Yo corría detrás de ti; tú corrías delante mío, le-
vantada la cabeza, los ojos cerrados, presintiendo no
sé qué cercano atontamiento; y sobre el puente que
ecoaba nuestra carrera, la luna a fin de mes se vestía
de amarillo, en una obstinación perdonablemente acia-
ga de maniática disculpable.
Te cogí. Tu falda se alzaba en el viento, como
un peinador de equívoca necesidad; tus manos apre-
miantes acudían a bajarla; y en el silencio de la no-
che, tu carcajada de cristal bajaba hasta el río.
Simulamos tu sacrificio. Reclinada sobre el pa-
rapeto, la esquiva boca debatiéndose entre risas, mi
brazo levantó el fingido puñal, buscando en tu gargan-
ta la claridad precisa. Y de pronto la luna se hizo
oscura, y un disco de sangre que observábamos con
estupor fue invadiéndola lentamente. El eclipse cre-
cía, y quisiste incorporarte. Yo te detuve, no sé por
qué extraña perversión. Entonces, desplegando tu aba-
nico, presa de involuntario miedo, le interpusiste en
el aire. Y quedamos mirando abstractamente el rojo
disco —que transparentaba la seda concreta del país,—
cuyo reflejo iba a esfumar en tu cuello una media luna
sangrienta.
