TIEMPO DE CARNAVAL

Colección de relatos

Ildefonso Robledo


Cuento,










































































































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TIEMPO DE CARNAVAL


CUADERNO DE RELATOS











Ildefonso Robledo Casanova





















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Ildefonso Robledo Casanova, septiembre de 2015



LULU - www.lulu.com



ISBN – 978-1-326-39579-7



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¿Qué es un ensueño? ¿Por qué los hombres, desde que de ellos tenemos noticias, detienen de cuando en cuando su tráfico vital, cierran los ojos o miran a una estrella y edifican dentro de sí esos castillos irreales que llamamos ensueños?


Pedro Laín Entralgo




































































A María, compañera de sueños

































































TIEMPO DE CARNAVAL

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La noche en que soñó que se iba a morir, el hombre que escribía cuentos se despertó animado. Tras varias horas de confusión, se sentía vivo y pensó que era un buen momento para enfrentarse a un cuento. “No puedo desaprovechar, se dijo, esta ocasión de escribirlo.” Se sentía con fuerzas.


En el cuento que acudió a su mente se veía rodeado de amigos. Estaban celebrando una fiesta de carnaval y todos parecían divertirse. Fue al poco cuando se dio cuenta de que algunos de ellos habían muerto hacía tiempo. Para su sorpresa, en aquella fiesta los vivos y los muertos convivían de un modo natural. Le costaba reconocer a algunos de ellos, disfrazados como estaban, pero todos, en sus trajes, se veían contentos. Reparó además en que allí estaban algunos que ni siquiera habían vivido. Eran gentes a las que él solo había soñado. Entre otros muchos, transformada en zíngara, podía ver a Erendida, y a su lado, como en el cuento, su abuela desalmada. También estaba allí, impartiendo guiños, Sierva María, aquella niña a la que había mordido un perro rabioso y a la que temiendo poseída habían encerrado en una de las celdas de endiabladas del convento de las clarisas. Se había disfrazado de bailarina de cabaret.


Aquella mezcla de gentes lo tenía confuso pero todos estaban muy animados y la parranda se fue prolongando. Hubo de pasar mucho tiempo antes de que en algún momento, poco a poco, sus amigos comenzaran a irse. Muchos de los vivos se fueron andando, ya que habían bebido demasiado y no eran capaces de conducir sus autos. Los muertos y los irreales, los de los puros cuentos, simplemente se esfumaban, pero todos, antes de irse, le daban un abrazo de despedida, que él sentía muy cálido.


Al fin, él, que también había bebido demasiado, decidió que había llegado el momento de irse, pero uno de sus amigos le dijo que eso ya no era posible. No iba a poder regresar a su casa. Ahora, su destino era otro. No le hizo caso y fue a despedirse de aquel coronel que se hizo viejo sin que nadie le escribiera nunca. Vestía un raído uniforme de cuando fue soldado raso y también le dijo que tampoco podía irse con él. El tiempo de las ensoñaciones había pasado. El coronel tenía que regresar a su cuento y él no podía acompañarlo.


Fue así, dejado a un lado por todos, como el hombre que escribía cuentos se dio cuenta de que la noche en que había soñado que se iba a morir, ciertamente se había muerto y reparó entonces en su madre, a la que hasta ahora no había visto, tan bella, tan joven, transformada en Cenicienta, y cuando ella le tendió su mano, se la cogió al instante y se confió. Sabía que ella le guiaría. “Vamos, hijo, le dijo, ya no tienes tiempo”.


Cuando caminaba otra vez, como de niño, de la mano de su madre, fue cuando recordó que hacía muchos años, en uno de sus cuentos, ya había predicho que morir no era sino darse cuenta de que a partir de ahora ya no iba a poder estar uno nunca más con sus amigos.








LA FUGA DE SOPHIE

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Sophie supo que algo iba mal. Al salir a la calle 57 había visto que un agente, plantado ante el automóvil de Daniel, estaba gesticulando. Todo sugería que lo estaba multando por haber aparcado en un espacio prohibido. De inmediato, Sophie tomó su decisión. Con dos ágiles movimientos de los pies se desprendió de sus zapatos de tacón y echó a correr en dirección a la avenida Madison.


Al verla correr, Joe y yo tampoco lo pensamos. Ni siquiera me di cuenta de que un policía estaba multando a Daniel. Vi salir disparada a Sophie y decidí correr. Joe, más ágil, me precedía. Me llevaba la delantera por unos diez metros. A uno, a fin de cuentas, le sobraban algunos años y muchos kilos y no era capaz de mantener su endiablada velocidad.


Apenas llevaba medio minuto corriendo, intentando acercarme a Joe, cuando tomé conciencia de que estaba a punto de asfixiarme. Fue entonces, en ese momento de desesperación, cuando pensé -¡maldita sea!- que uno ya no estaba para esas carreras. Unos segundos después, a punto de caer derrumbado, fue cuando observé que dos policías, desde la acera del otro lado, cruzaban la calle y se dirigían a Joe, que seguía corriendo con la desesperación de quien bracea antes de morir ahogado. Al verlos, me paré de inmediato. Quizás los agentes habían visto como Sophie pasaba corriendo, doblando luego la esquina de la avenida Madison, y habían pensado que Joe la iba persiguiendo. Era posible que ni siquiera hubieran reparado en mí. Quizás se habían lanzado sobre Joe pensando que este quería alcanzar a la mujer para hacerle daño.


Decidí pararme y me esforcé por aparentar tranquilidad mientras recuperaba el aliento. Durante unos segundos respiré todo lo pausadamente que pude. Llegó a parecerme, incluso, que el mundo que me envolvía se paralizaba conmigo. Solo Joe y los policías parecían estar vivos. Solo ellos se movían. La gente, contemplando la escena, había quedado inmóvil. Estaba junto a un semáforo y al poco una anciana, con paso vacilante, hizo ademán de cruzar la calle. Espere, señora – le dije. Yo le ayudo. Y con amabilidad fingida la tomé del brazo y muy despacio, caminando juntos, la conduje al otro lado. Mientras lo hacía, contemplaba como a unas decenas de metros los policías aporreaban las piernas y la espalda de Joe, que en ese momento ya estaba tirado en el suelo. Vi luego como uno de los agentes le aprisionaba la columna con sus rodillas. Después sabría que le habían roto un par de costillas.


La anciana y yo, mientras tanto, seguíamos caminando lentamente. Cuando terminamos de cruzar la calle, solté su brazo con amabilidad y ella me dirigió algunas palabras, supongo que de agradecimiento, que ni siquiera escuché. Mi interés ahora era otro. Los policías no me miraban y decidí que debía seguir a Sophie, aunque por motivos obvios no debía correr. No quería despertar el recelo de los agentes y caminé a paso normal por la calle 57 hasta alcanzar el cruce con la avenida Madison. Antes había visto como Sophie doblaba la esquina y huía por ella, así que decidí seguir sus pasos, ahora de nuevo corriendo, lejos ya de la mirada policial.


Estuve trotando un par de minutos hasta que supe que jamás podría alcanzarla. Antes había visto como la chica, tan menuda y sin zapatos, corría a la velocidad del vértigo. Algunos instantes después, entre jadeos cada vez más angustiosos, tuve que desistir.


Desde entonces han pasado cinco años. Joe, esta mañana, me ha llamado. Le han soltado, con la condicional. De Daniel nunca hemos vuelto a saber nada. Todo sugiere que se asustó y huyó a otro lugar. La verdad es que nos olvidamos de él hace ya mucho tiempo. A quién tenemos mucho interés en encontrar, sin embargo, es a Sophie, ese ángel escapista. Era ella, a fin de cuentas, quien llevaba los diamantes que habíamos robado en Tiffany.































































UNA SOMBRA EN BERLÍN

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El 9 de febrero de 1939 mi abuelo, Justino Vilaró, se transformó en una sombra y a partir de ese momento su familia nunca volvió a verlo. Solo por alguna noticia que le llegó, tuvo mi abuela durante algunos años la esperanza de que siguiera vivo.


Aquel día, mi abuelo, cubriendo la retaguardia de una interminable columna de vencidos, había atravesado los Pirineos. Dos semanas antes, el 26 de enero, en Barcelona, había contemplado como las tanquetas franquistas desfilaban por la Diagonal. Sabía que si quería salvar su vida debía huir a Francia.


Algunos años después, alguien que llegó en la noche le contó a mi abuela que su esposo estaba en Rusia. Al parecer formaba parte de un contingente español que Stalin había ordenado integrar en las tropas de élite que defendían de los invasores nazis su Cuartel General en Moscú. Ese desconocido le dijo también que Justino, además de un balazo en una pierna, había recibido la medalla de Héroe de la Unión Soviética.


En 1946, siempre según mi abuela, otro viajero de la noche le hizo saber que su esposo seguía vivo y que estaba ahora en Berlín. Le contó que tras la defensa de Moscú lo habían enrolado en el puesto de mando de una de las divisiones del Segundo Frente Ruso. Al parecer, su unidad había participado el 30 de abril de 1945 en el ataque al palacio del Reichstang y unos días después, Justino, ayudado por algunos camaradas soviéticos, había enarbolado en el balcón de la embajada franquista en Berlín las dos banderas por las que llevaba años luchando, la de la hoz y el martillo y la de la España republicana.

El desconocido, en aquella España de la años cuarenta no se debía conocer el nombre de quien traía noticias del exterior, también le dijo a mi abuela que unas semanas antes se había encontrado con Justino en una calle céntrica del Berlín controlado por los americanos. Por lo visto aquel hombre estaba haciendo algunas fotografías cuando observó que Justino se le acercaba paseando. A pesar de que estaba envejecido, lo había reconocido de inmediato. Iba vestido con cierta pulcritud, pero sin ostentaciones, como si su atuendo estuviera pensado para no atraer la atención de nadie. Era un hombre anodino. Una sombra, sin duda, pienso yo ahora. Debajo de una discreta gabardina, entallada con un cinturón, emergía el nudo ínfimo de una corbata de color indefinido. Le dijo también a mi abuela que Justino, cuando lo vio, se quitó el sombrero y se acercó para saludarlo. Le había llamado la atención que en todo momento tenía su mano izquierda dentro del bolsillo de la gabardina, como si en él guardara algo de valor que temiera perder. Conversaron durante unos minutos. Ambos habían combatido en 1937 en las milicias del Quinto Regimiento y aunque hacía varios años que no se veían se seguían considerando amigos. Justino le había pedido que si regresaba algún día a Madrid informara a mi abuela del encuentro y le hiciera saber que la seguiría amando mientras viviera. Parece que aquel desconocido, en el momento en que Justino se le acercaba caminando, le había hecho una fotografía, y entregó una copia a mi abuela.


El confidente, confirmó también que Justino no tenía mal aspecto, aunque estaba cambiado. Además de acumular algunos años más, vividos en unos tiempos difíciles, lucía ahora bigote y usaba gafas, y cuando se alejaba se dio cuenta de que cojeaba. Si, ya me había dicho alguien que le habían herido en la batalla de Moscú –le dijo ella.


Esa fue la última noticia que mi abuela recibió de su esposo, aquella sombra que en 1939 había abandonado España. Nunca volvió a verlo. Cada noche, sin embargo, durante muchos años, soñó con él y en esos sueños, en los que sentía que ambos eran felices, sabía que esa sombra a la que tanto amaba también soñaba con ella. Eran sueños en colores. Siempre he pensado que mi abuela, en aquella España atrapada en el dolor, solo veía los colores cuando soñaba.


Ella murió en 1980. Muchos años después, en 2010, en estos tiempos de Internet, fue cuando se me ocurrió si en la red alguien habría publicado alguna noticia que hiciera referencia a mi abuelo. Tecleé en el buscador “Justino Vilaró Casanovas” y para mi sorpresa, en varias páginas dedicadas a mantener viva la memoria de la guerrilla antifranquista encontré una breve biografía. Al parecer, en los ambientes del exilio se le conocía por “El Zurdo”. Con emoción pude ver incluso que en una de esas páginas aparecía la misma fotografía que había entregado a mi abuela aquel confidente que la visitó. Quedé sorprendido. Después, con mucho interés, estuve leyendo todo lo que Internet me brindaba sobre él. Supe así que cuando terminó la guerra había vivido en Berlín, dirigiendo una red clandestina de agentes comunistas que durante varios años se dedicó a ajusticiar a los españoles franquistas que caían en sus manos. Las víctimas eran hombres que habían luchado en Rusia enrolados en las filas de la División Azul y que cuando el frente del este se desplomó habían llegado a Alemania huyendo de la tenaza soviética. Allí, junto con grupos de holandeses y franceses de su misma ideología, se habían integrado en la División Nordland, la unidad nazi a la que se encargó en 1945 la defensa de la Cancillería del Reich. Cuando todo terminó, estos hombres que habían combatido contra el Ejército Rojo quisieron regresar a España y algunos lo consiguieron, pero otros no tuvieron la misma suerte. Terminaron siendo identificados por agentes comunistas y perdieron la vida en encuentros que las policías de ambas Alemanias nunca quisieron aclarar.


Según la información que pude recopilar, el grupo de mi abuelo, en esos enfrentamientos, había ajusticiado a unos veinte antiguos combatientes de la División Azul. A algunos, los mataron en la Alemania del este, y a otros en los barrios de Berlín que controlaban los americanos. Al parecer, quienes trataron a Justino Vilaró en esos años decían que “El Zurdo” nunca sacaba su mano izquierda del bolsillo, ya que en él guardaba una pistola siempre dispuesta a poner fin a la vida de aquellos que su red de confidentes conseguía identificar.


Todas las notas biográficas que pude localizar afirmaban que mi abuelo murió asesinado en 1946, al parecer por un doble agente franquista que en los tiempos de la Guerra Civil había servido en las milicias comunistas de Lister y le conocía de aquellos tiempos. Se dice en las reseñas que cuando lo localizó en una calle de Berlín, tras intercambiar algunos saludos y despedirse, cuando mi abuelo se alejaba le disparó por la espalda. Al parecer, la fotografía que ilustraba las biografías de Justino Vilaró había sido tomada por quien lo había asesinado, que quería justificar con ella ante sus mandos la identidad del fallecido.


Desde que supe que el asesino de mi abuelo era la misma persona que se había puesto luego en contacto con su viuda para hacerle llegar noticias de él, la confusión se apoderó de mí. No entendía nada. Ha sido esta mañana cuando hablando con mi madre ella ha encontrado una explicación que resulta creíble. Pudo suceder que el doble agente actuara condicionado por algo que nosotros desconocemos pero que quizás podamos intuir. Es posible que algún miembro de su familia estuviera preso en las cárceles franquistas y para mantenerlo con vida le hubieran exigido que matase a algunos de sus antiguos compañeros de armas, como era el caso de Justino Vilaró, ya que pensarían que podría acercarse fácilmente a ellos sin despertar sospechas. En aquellos tiempos de la posguerra esas cosas pasaban.


Es también posible que después del crimen, sintiéndose atormentado, decidiera tranquilizar su conciencia hablando con mi abuela para brindarle algunas noticias del hombre que acababa de matar y para transmitirle que él le había rogado que le dijera que la seguiría amando mientras tuviera un soplo de vida. Gracias a ese gesto del asesino fue posible que ella, durante mucho tiempo, cada vez más alejada de la realidad, viviera bellos sueños de colores.























































ALICIA Y EL MINOTAURO

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Alicia sentía una mezcla extraña de fascinación y de miedo. Acababa de escuchar los extraños rugidos que surgían de las entrañas de aquel espacio de terror y sabía que en cualquier momento el Minotauro se manifestaría. La culpa de todo la tenía aquel libro en el que se hablaba de mitos antiguos en los que unos héroes olvidados luchaban con hombres-toros. Ahora, en aquel agobiante pasadizo, Alicia podía oler el hedor que el monstruo había impregnado en las paredes y cuando escuchó su rugido supo que se acababa el tiempo. Tenía que actuar con rapidez. Antes, no obstante, decidió enfocar con su linterna alumbrando lo desconocido. Pudo ver así como el débil rayo de luz, antes de perderse en la obscuridad, iluminaba los ojos ensangrentados de furia del Minotauro. El animal se le estaba acercando, avanzando a un trote lento, calculando el golpe que habría de asestarle con su cornamenta. Alicia palideció. Sintió que le flaqueaban las piernas. Era consciente de que con su espada de madera no iba a poder enfrentarse al monstruo. Cada instante sentía más miedo. En el último momento, cuando el fin era inminente, Alicia pulsó el interruptor y su pequeña linterna se apagó. Mientras el último rayo de luz se desvanecía se tiró al suelo y se tapó la cabeza con las manos. Unos instantes después, pudo sentir como el Minotauro, mugiendo enloquecido, pasaba trotando a su lado, desorientado ante la pérdida de luz y golpeando en su confusión con sus cuernos el aire y las paredes de aquel espacio de tinieblas.


Antes de que el monstruo volviera sobre sus pasos, Alicia supo lo que tenía que hacer. Abrió la puerta del armario y dando un salto abandonó el reino del terror. Después, jadeando, apoyó su cuerpo contra la puerta para que el monstruo no pudiera salir y dio dos vueltas de llave a la cerradura. Ya solo le faltaba para estar a salvo dar un par de zancadas y alcanzar su cama. Se introdujo en ella sin ninguna vacilación y tapó todo su cuerpo, cabeza incluida, con la manta que la protegía, en la noche, de los monstruos.































YO DESPIERTO

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El objeto frío sigue en contacto con mi miembro. Me molesta. Me molesta. Me impide pensar. Me confunde. Me confunde. No tengo ganas de orinar. Escucho su voz. Su voz. La voz de Alexandra. De ella. Alexandra está a mi lado. No la veo. No puedo abrir los ojos. No puedo. A veces puedo parpadear. Veo algo que brilla. Veo una fuga de luces negras y círculos azules. Azules. Brotan de las incrustaciones de vidrio de un bolso de mujer. No la veo, la siento. La siento. Alexandra está a mi lado. Habla. Habla. Dice algo. Sus palabras me confunden. Me obligó. Ella me obligó. Ella. Estoy así. Está a mi lado. Alexandra. Habla. No cesa. No cesa. Quiero entender. Lo intento. Lo intento. No puedo. Sus susurros son débiles. El objeto frío sigue en contacto con mi miembro. No necesito orinar. No lo necesito. Los párpados me pesan. Me pesan. No puedo abrir los ojos. No puedo escuchar. No puedo abrir los ojos. Escucho murmullos. Murmullos. Me ama. Me ama. Dice que me ama. Lo dice. Me obligó. Ella. Dice que me ama. Me ama. Me obligó. Me ama. Me duermo. Solo Alexandra sabe que estoy vivo. Vivo. Solo ella. No puedo despertar. Tengo sueño. Estoy vivo. Despertar. No puedo. No puedo.
















































LUNA EN EL AGUA

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Acaricio tu boca, con mis dedos acaricio tu boca, perfilo tus labios como si los crease con mis dedos, como si tus labios existieran ahora por primera vez, entonces, cierro los ojos y todo se deshace y todo puede comenzar de nuevo, siento que tus labios nacen cuando yo los dibujo, son mis dedos los que hacen nacer tu boca, perfilo tus labios y los dibujo en tu rostro, y luego por un misterio mágico esos labios coinciden plenamente con tu boca, que sonríe debajo de la boca que mi mano ha creado.


Me miras, me miras de cerca, cada vez más cerca, y jugamos a ser cíclopes que se miran de cerca y nuestros ojos se agrandan, se aproximan, se unen, y respiramos aturdidos, y nos buscamos, nuestros labios se encuentran y luchan tibiamente, apoyando apenas la lengua en los dientes nos mordemos la boca, jugamos en unas oquedades en las que nuestros alientos vienen y van dejando un silencio y un perfume ambiguo. Ahora mi mano quiere tocar tu cabello, acariciar la frondosidad de tu pelo mientras nos besamos sintiendo que nuestras bocas están llenas de flores o de peces, de movimientos vivos, de oscuras fragancias. Y al mordernos, el dolor es dulce, y sin aliento nos sumergimos en un instante breve y terrible, y saboreamos esta muerte pasajera, tan bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.











































CON LA BOCA LLENA DE MIEL

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Tú, seas quien seas, que estás leyendo estas palabras, has de saber que me llamo Margarita Morena, o Polonia, que no estoy segura de cuál sea mi verdadero nombre, y que según me contó cuando era moza el Venerable Fray Martino de Córdoba, Visitador de la Cofradía de Niños Expósitos de Nuestra Señora de la Soledad, nací sin padres un día del mes de mayo del año de 1525. Hoy, cuando han pasado 28 años, soy monja del convento de las Hospitalarias de San Esteban y ante el Altísimo me llamo Consuelo Grande del Amor de Dios.


Antes de entrar en el convento, alguna de las veces que hablé con Fray Martino me dijo que cuando mi madre me abandonó había tenido conmigo un gesto de piedad, ya que había llenado mi boca con miel, buscando facilitar mi vida. Entre mis ropas, ella había dejado una cédula en la que decía que yo estaba bautizada y que mi nombre era el de Margarita Morena, posiblemente por lo oscuro de mi piel. El Venerable también me contó que mi madre pudo ser una mujer que había sido deshonrada y que queriendo evitar que la infamia golpeara a su familia había decidido abandonarme. En otra ocasión, sin embargo, me dijo que también era posible que ella fuera una esclava negra bozal que habría quedado preñada por su amo y que por ese motivo me había dado el apellido de “Morena”. En todo caso, la niña, yo, había aparecido abandonada en el patio del palacio de don Jerónimo Fadrique, obispo de la ciudad. Estaba protegida con la tela de varios sacos y con la boca llena de miel. Sin duda, quien así me expuso no quería que fuese yo alimento de los perros ni que muriese de frío o de hambre durante las primeras horas de mi abandono. De todos estos detalles era conocedor el Venerable Fray Martino debido a que durante muchos años estuvo desempeñando el cargo de Visitador de la Cofradía de Niños Expósitos, por lo que tenía acceso al “Libro del recibo y gastos de los niños”.


Pensando que habría de cuidarme hasta que yo tuviere siete años, la Cofradía me entregó a una madre mercenaria que había pedido hacerse cargo de mí a cambio de una paga de seis ducados al año, de los que era costumbre entregar tres de ellos por anticipado. Con esos dineros la mujer tenía que alimentarme y cuidarme, en tanto que el gasto de ropa y calzado era pagado en cuenta aparte por el propio Fray Martino, que en su cargo de Visitador de la Cofradía, dotado de un sueldo de diez ducados al año, estaba obligado a visitar las casas de estas mujeres todos los domingos y días de fiesta, para averiguar que los niños siguiéramos bien y estuviésemos siendo bien tratados.


La mercenaria que me acogió se llamaba Catalina Fraile y era portuguesa de nación. Según supe, siempre por el Venerable, aquella mujer, tan pronto como cobró los primeros tres ducados, había abandonado la casa donde vivía, no sin antes dejarme de nuevo expuesta, ahora desnuda, en el púlpito de la iglesia del Sagrario. Así fue como me vi de nuevo echada en el suelo, abandonada otra vez de padre y de madre. A las pocas horas, mi llanto de desconsuelo fue escuchado por los feligreses que acudían a misa y estos se sintieron tan lastimosamente excitados que organizaron una colecta en la que se recaudaron cuatro ducados para mi cuidado. El párroco fue quien se encargó de entregarme de nuevo a la Cofradía de Expósitos. En esta ocasión, la portuguesa, en otra cédula, había escrito, mintiendo para dificultar que pudieran sospechar de ella: “Señores, sabrán vuestras mercedes que esta criatura se encomienda a Dios y a vuestras mercedes. Porque su madre hasta aquí hizo lo que pudo por sustentarla, y ahora no puede, porque es pobre. La niña va bautizada y se llama Polonia.”


A los pocos días la Cofradía procedió a entregar a Polonia, que era yo, Margarita Morena, a otra nueva mujer mercenaria, una tal Juana Pérez, que de mí se hizo cargo hasta que cumplí los siete años. Fray Martino, sin embargo, tuvo según me confesaría muchos años después un presentimiento. Mi piel morena le resultaba familiar y sospechó que la portuguesa hubiese maquinado alguna maldad. Tras algunas averiguaciones descubrió el engaño y tras denunciarlo a la justicia se pudo dar con ella, que terminó siendo condenada a la pena de cincuenta azotes y destierro de la ciudad.


Mi nueva madre, Juana Pérez, amonestada de lo que había pasado por el Visitador, no tuvo más remedio que cuidar de mi, pareciéndole al poco al Venerable que lo hacía con cierto interés aunque nunca con cariño. Antes de entregarme, Fray Martino, temiendo caer en un nuevo engaño había querido cerciorarse de que Juana tuviese leche para mi crianza, y no tuvo reparo alguno en comprobar las tetas de la mujer haciendo que descubriese su pecho. No quería que Margarita Morena, o Polonia, llegara a pasar de nuevo por el trance de ser abandonada. Sin embargo, a pesar de esas precauciones del Venerable, recuerdo de mi niñez que nunca sentí que nadie me quisiera y que sentía de continuo la presencia del hambre cerca de mí. Siete años estuve al cuidado de Juana Pérez y ningún día de ellos dejé de tenerlo.


Al llegar a esa edad, la mujer me devolvió a la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad y el Venerable Fray Martino ordenó que fuese dejada al cuidado de las monjas del convento de las Hospitalarias de San Esteban. Cuando llegué allí me vieron tan flaca y ojerosa que dudaron de que pudieran llegar a enderezar mi quebrantado cuerpo, paso necesario para elevar luego mi alma al servicio del Supremo. Fray Martino había decidido que yo, en mi vida de abandono, debía encontrar refugio más allá de las tapias de alguno de los conventos de la ciudad y eligió el de las Hospitalarias de San Esteban conocedor de que no exigían dotes elevadas a las novicias, ya que yo, al carecer de familia, no iba a poder aportarla.



Sin colores


En esas fue pasando el tiempo y cuando alcancé la edad de doce años, repuesto ya mi cuerpo de las hambres que me había impuesto mi madre mercenaria, la priora decidió que yo, Margarita Morena podía pasar a prestar mi trabajo como freila del convento, desempeñando a partir de entonces los trabajos más penosos de la comunidad, tanto domésticos como en la huerta. Por esos años todavía no era novicia, ya que no tenía edad para ello. Era, simplemente, una sierva de las monjas, que con mi trabajo diario contribuía a la buena marcha del convento.


Cuando alcancé los dieciséis años, la priora me dijo que tenía previsto que para el año siguiente fuese yo admitida como novicia en el convento, si bien eso exigía que aportase mi familia una dote de al menos 10.000 maravedíes.


-Pero, Altísima Madre, dije yo, de donde sacaré esos dineros si soy huérfana y carezco de todo, salvo lo que de vos recibo cada día.


-Hija, debes saber que hace unos días ha fallecido la marquesa del Maestrazgo, que era una mujer piadosa que además de ser camarera de nuestra reina estaba dotada de una gran corazón con el que cada día sabía elevarse al Altísimo.


Escuchando aquello yo estaba en silencio. No sabía qué era lo que la priora quería decirme.


-En su testamento, la marquesa ha dejado 150.000 maravedíes destinados a casar doncellas menesterosas y otros 150.000 para que con ellos puedan entrar en religión algunas doncellas igualmente pobres que en ese santo estado quisieran servir a Dios.


Yo empecé a entender lo que la priora quería decirme, pero no dije nada.


-Mañana, terminó ella, nos visitará el licenciado Antón de Pedraza, escribano público, a quién he pedido que redacte la cédula por la que solicitarás que de la herencia de la marquesa se te destinen 10.000 maravedíes que permitirán que pases a ser novicia en esta casa. Cuando eso suceda, dejarás de ser freila y será otra la que se ocupe de tus trabajos. Otros designios más elevados te esperan.


Sabía que no tenía otra opción, así que yo, Margarita o Polonia Morena, al día siguiente firmé el documento que el escribano había redactado, en el que solicitaba esa dote, señalando que era doncella y huérfana de padre y madre, y que sabía que las Hospitalarias de San Esteban podrían admitirme en la vida conventual se tuviese 10.000 maravedíes. Suplicaba en esa cédula que se me hiciera merced de ello y que los dineros fuesen entregados a la priora del convento de las citadas Hospitalarias.


Con la mediación del escribano, que resultó ser sobrino de la difunta, y la recomendación de la priora la dote se me concedió a los pocos meses, lo que permitió primero que fuese admitida como novicia y después como monja, una vez que profesé haciendo los votos sagrados. Mi nombre, como antes ya dije, pasó a ser el de Consuelo Grande del Amor de Dios. Cuando todo esto sucedió, sentí un grande alivio en mi alma. Había acudido a la vida del convento no por vocación o amor a Dios sino por orden del Venerable Fray Martino, buscando a fin de cuentas un modo de vida que me asegurara el pan de cada día, y al fin había conseguido que ese deseo se viera transformado en realidad.


Ahora, cuando han pasado los años y soy una monja madura, he de reconocer que nunca he llegado a entender del todo las vicisitudes por las que pasan las vidas de las mujeres que vivimos en el convento. Nunca me gustó que las hermanas hubiéramos de tener siempre el cabello pelado al rape, al parecer para que no tuviéramos que perder el tiempo en peinarlo. Tampoco entendí nunca que el único bien que poseía, un espejito que me entregó mi madre mercenaria cuando a los siete años me devolvió a la Cofradía de los Expósitos, fuese algo que resultó estar prohibido. Decía la priora que el espejo era vanidad pura, con la que una no pretendía sino disfrutar en la contemplación de la propia imagen. “Por el espejo, me dijo a gritos mientras lo rompía, se acerca una al demonio.”


Poco me complació, igualmente, que en el convento estuvieran prohibidos los colores. “El color, nos decía la priora, es lujuria y puerta que se le abre a Satán. Deben tener presente, hermanas, que ni en vestido ni en cama deben tener cosa alguna que sea de color.”


Sin embargo, debido al hambre que había padecido en mi niñez, nunca tuve problema para soportar con dignidad las hambres que ocasionalmente pasábamos en el convento, por lo que no me causaba desasosiego que de vez en cuando la priora nos dijera que “fuera del almuerzo y la cena, ninguna hermana debía comer o beber sin su licencia”, o que “nadie debía quejarse de que la comida fuese mucha o poca, o estuviera bien o mal guisada”. Yo, la verdad, con comer todos los días, fuese lo que fuese, me veía complacida. Como nunca nadie me había abrazado tampoco me extrañó que de manera insistente la priora nos repitiera que “ninguna hermana debía abrazar a otra, ni podía tocarla el rostro, ni en las manos. Las monjas, decía, no debíamos tener amistades en particular.”


Cuando fui tomando algo de conciencia y razón, con el transcurrir de los años, fui reparando en que nuestra Madre, con sus órdenes y reglamentaciones, parecía estar empeñada en quebrar de continuo nuestra voluntad y ánimo, incluso en las cosas que en apariencia eran más sencillas. Solía decirnos que nada hay en el mundo que dañe tanto a una priora como el no ser temida y que piensen sus monjas que puedan tratar con ella como con una igual. “Si así sucediere sería muy difícil para ella el gobierno de las hermanas.”


Pienso ahora que nunca fui una monja devota, ya que nunca llegué a entender la austeridad tremenda del día a día de nuestra vida, toda ella plena de orar y laborar. Los ayunos y sacrificios, yo, que de niña tanta hambre había pasado, llegaron a parecerme sinsentidos.



La comitiva


Hace cosa de un año, teniendo yo veintisiete, ocurrió algo en la ciudad que vino a turbar con escándalo grave la recogida existencia que las monjas llevábamos. Sucedió entonces que fue aprobada una ordenanza municipal por la que entre otras cosas se prohibía que las rameras de la mancebía pudieran ejercer su oficio durante los días de la Semana Santa. Al parecer, el Cabildo de la Catedral había sido quien había impulsado que se tomara ese piadoso acuerdo que tantas desgracias habría de traerme. En la ordenanza se indicaba que cada año las putas, desde el Jueves de la Conversión de la Magdalena hasta el Sábado Santo, serían recogidas en un convento de la ciudad, corriendo a cargo del ayuntamiento los gastos de alimentación de ellas durante esos días, y el primer año que esta norma entró en vigor quiso el Altísimo, precisamente, que el corregidor decidiera que las mujeres fuesen traídas desde la mancebía hasta nuestro convento, lo que nos causó grave temor a las hermanas ya que todas temíamos que esas mujeres desvergonzadas atrajeran a los hombres tras ellas en su encierro. Ese primer año la ejecución del traslado fue encargada al conde de Coello, quien tras hablar con nuestra priora se ocupó de traer a las putas con diligencia y cuidado. En la ordenanza municipal se había establecido que las mujeres volverían a su acomodo habitual en la mancebía el lunes siguiente a las sagradas fiestas, día que se conocería como “lunes de aguas”, ya que las prostitutas, para mayor gloria de su regreso, cruzarían las aguas del río en barcas bellamente engalanadas, seguidas por una legión de hombres que cantaban y bebían.


El Jueves Santo llegó a nuestro convento la comitiva de rameras. Al frente de ellas venía una puta vieja, a la que todos llamaban Celestina, la cual según caminaba por nuestro claustro, caminando el grupo de mujeres a su encierro, iba ella dando gritos diciendo, con escándalo grave de las monjas: “que todos los hombres la adoraban, ya fuesen estos caballeros viejos o mozos, al igual que los abades de todas las dignidades, desde los obispos encumbrados hasta los simples sacristanes. Cuando yo entro en una iglesia, vociferaba la emperatriz de las rameras, veo como son derrocados los bonetes en mi honor, cual si fuera una duquesa. Hay hombres que estando diciendo misa, cuando me ven entrar se turban, de modo que no hacen ni dicen cosa a derechas. Unos me llaman señora, otros tía, otros enamorada, otros vieja honrada. Allí concierto yo sus venidas a mi casa, allí las idas de mis mujeres a la suya, allí me ofrecen dineros, allí se me hacen promesas, allí me dan otras dádivas, de modo que terminan los hombres besando el cabo de mi manto, y aun incluso algunos besando mi cara, por tenerme más contenta.”


Oyendo aquellas palabras que la emperatriz gritaba sentía yo que el miedo llenaba mi pecho. No podía entender que hubieran metido en nuestro convento a las tales mujeres cuando resultaba que nuestras vidas estaban habitualmente apartadas de los más pequeños peligros para la salud de nuestras almas. Incluso cuando entraba en el convento el médico o el barbero, este segundo para sacarnos alguna muela, o las demás personas necesarias, como el confesor, habían de hacerlo siempre acompañados de otras dos monjas, que en silencio debían estar atentas a todo lo que pasara, sobre todo cuando el sacerdote confesaba a alguna enferma que estuviera postrada en la cama.


En esos días, atraído sin duda por la presencia de las rameras, llegó al convento un caballero de nombre don Pedro de Acuña, del que se decía que tenía cierto parentesco con la priora y que al parecer venía huyendo de la justicia regia, ya que contaban que había matado a un hombre en duelo. Alojado en un cuarto junto a la puerta del torno pronto se descubrió por las monjas que el tal don Pedro era un infatigable cortejador de mujeres, causando su actividad chillidos de alboroto cada noche entre las putas, para escándalo nuestro, que además no podíamos protestar por lo que estaba pasando, ya que la priora nos tenía prohibido siempre quejarnos y sabíamos, además, que don Pedro era sobrino suyo.


Pero lo peor habría de suceder los días que siguieron al “lunes de aguas”. Ese mañana las putas abandonaron el convento y volvieron a su casa pero en los días que siguieron don Pedro, sin esas mujeres, manifestó ser ahora un gallado galanteador de monjas. Si antes había corrido cada noche tras las putas resultaba ahora que perseguía con el mismo celo a las hermanas, primero galanteando freilas y novicias y al poco a las propias monjas que habíamos otorgado votos, de modo que todas nosotras, creyendo a lo primero en su relación o teniendo ganas de conversar lo fuimos acogiendo en lo más secreto de nuestros aposentos, donde don Pedro se dio tan buena maña que antes de que pasaran tres meses había dejado empreñadas a seis hermanas, entre ellas yo misma, y fue entonces cuando una monja vieja que tuvo conocimiento de lo que pasaba, quiso también tener amores con el galanteador y él, bien complacido por las más jóvenes, no accedió, lo que hizo que la vieja lo denunciase a su confesor, quien terminó descubriendo el misterio de lo que allí estaba pasando.


Rueda de azotes


Sabedor de que había sido denunciado, don Pedro huyó, y con él partió igualmente la priora, temerosa de ser castigada por el Santo Oficio de la Inquisición y en pocos días, las seis monjas empreñadas, que no teníamos adonde ir, fuimos severamente amonestadas y para disimular nuestros crímenes se nos repartió por las cárceles de otros conventos de la ciudad.


Fue así como yo, Margarita Morena, niña expuesta dos veces y monja por compasión, me vi reducida a una vida de prisión en el convento de Santa Teobalda. Encerrada en mi celda pasé cuatro meses a pan y agua, llena de suciedad y de piojos, solo con la novedad de que los domingos me llevaban a la puerta del refectorio para que me tirase en el suelo, boca abajo, en la puerta y que todas las hermanas antes de entrar al almuerzo pisoteasen mi cuerpo. Luego, siempre estando yo tirada en el suelo, me daban mi alimento: pan y agua, y después las monjas me hacían la rueda del azote, es decir hacían entre ellas una rueda y cada una de ellas iba azotando mi espalda.


Cuatro meses duró el castigo, pasados los cuales la pena fue rebajada y si bien continué encarcelada se me facilitaba algo más de alimento y se me permitía asearme, quizás porque para entonces era notorio que ya no estaba sola sino que dentro de mi habitaba una criatura. A medida que iban pasando los meses y mi preñez avanzaba, me atreví a hablar con mi confesor y en mi desconsuelo le pedí que le hablase de mi situación al Venerable Fray Martino de Córdoba, que continuaba siendo Visitador de la Cofradía de Niños Expósitos. Pensaba yo que solo él sabría qué hacer con mi hijo cuando naciera. Solo él podría ayudarme. Y tal y como yo rogaba, tan pronto como tuvo noticias de lo sucedido, Fray Martino se personó en el convento y pidió hablar conmigo.


-Hija mía, me dijo sin ningún preliminar, debes saber que soy tu padre.


-Si, Padre, le respondí. Vuestra merced siempre ha sido Padre mío y gracias a su ayuda he podido ir haciendo mi vida. Espero, Padre, que ahora que voy a tener un hijo vuestra merced me ayude en mi desgracia.


-No me entiendes, hija. Lo que te estoy diciendo no es que sea yo tu Padre espiritual, sino que soy tu padre de carne. Por eso siempre he intentado saber de ti y te he ayudado en tus desconsuelos. En alguna ocasión en que nos hemos visto he intentando contarte algo de tu vida y queriendo ayudarte apoyé tu ingreso en el convento. He podido hacer poco por ti, pero lo que he podido hacer lo he hecho.


Estoy segura de que tú, que estás leyendo estas palabras, entenderás que tras escuchar a Fray Martino yo rompiese a llorar, entre hipidos, durante un tiempo interminable. Después, cuando él sintió que yo estaba recuperando el ánimo, me contó que mi madre había sido una esclava negra bozal que era propiedad de don Jerónimo Fadrique, por aquel entonces obispo de la ciudad y que entre sus propiedades contaba con más de cien esclavos. Fray Martino visitaba con frecuencia el palacio episcopal, dado su cargo de Visitador de la Cofradía de Expósitos, y allí conoció a mi madre. Sin saber cómo, ellos se habían enamorado.


Cuando la esclava, mi madre, me parió, Fray Martino no volvió a verla. El obispo, enfadado con su preñamiento, la vendió a un mercader que partía a la feria de Medina del Campo. El rastro de ella se perdió para siempre. “Se llamaba Margarita, me dijo, como tú. Por eso hija, siempre me he ocupado de ti, intentando ayudarte a vivir.”


-Ahora, terminó Fray Martino, todo ha cambiado. He alcanzado la edad de la serenidad y te juro ante el Altísimo que me ocuparé del cuidado de tu hijo, mi nieto. En mi casa, nada le faltará. Eres tú, hija mía, la que debe decidir si quieres seguir viviendo en el convento, en donde tendrás una vida de tranquilidad, una vez que has penado tu falta, o decides dejar los hábitos y venirte conmigo y con tu hijo. Tú has de decidir.


Ahora, en el momento en que estoy escribiendo estas palabras no tengo decidido lo que haré por mucho que lo vengo pensando. No sé si seguiré en el convento, ya que a fin de cuentas la existencia en la calle, tras una vida de encierro, me produce mucho miedo, o me iré con el Venerable, mi padre, y con el niño. Quiero pensar, ante mi indecisión, que cuando me llegue el momento de parir y escuche el aliento y el llanto de vida de mi hijo, el corazón me aclarará que es lo que tengo que hacer.
































































LA LOCA DE LOS ABRAZOS

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Me encontré con ella una mañana de mayo de 1944. Como todos los días, me dirigía a las oficinas del psiquiátrico para entregar la correspondencia cuando una mujer de edad mediana vino hacia mí abriendo los brazos. “Hijo –me dijo, mientras me abrazaba- sabía que algún día volvería a verte. ¡Que alegría que hayas venido, que alegría!”.


Yo, sorprendido, no supe que hacer. Primero me dejé abrazar por la mujer y luego, al sentir la calidez de su emoción, también la abracé. Pensé que se trataba de una desgraciada a la que podía hacer feliz durante unos segundos.


Y así fue. El encuentro duró poco. Al momento, mientras la mujer lloraba de felicidad por haber encontrado a su hijo, un vigilante se acercó y a empellones la apartó de mí.


-Vamos, vamos. Deja tranquilo al cartero. Cuando te vas a enterar de una vez de que tu hijo nunca vendrá a visitarte.


Contemplando como aquel energúmeno se la llevaba, sentí que un nudo aprisionaba mi garganta. Tragué saliva, me dirigí a la oficina, entregue la correspondencia y volví sobre mis pasos para salir a la calle algo desencajado. Necesitaba sentir el impacto del aire fresco en mi cara. Quería huir de aquel mundo de desgracia.


No fue hasta la hora del almuerzo cuando al regresar a casa me di cuenta de que en uno de los bolsillos de mi chaqueta había un papel, doblado varias veces. Pensé que tenía que haber sido la loca quién lo había puesto allí. Lleno de dudas, desdoblé la hoja y leí lo que la mujer, con trazo firme, había escrito:


-Señor, sepa usted que no estoy loca. Me llamo Patricia Santaella y era maestra. En los tiempos del alzamiento militar, ante los desastres que la guerra producía, yo, que nunca me había sentido atraída por la política, quise ayudar a los necesitados de mi pueblo, Villanueva del Valle, distribuyendo alimentos en el despacho de Socorro Rojo. El pueblo había quedado situado en la zona leal a la República y mi esposo, que había sido reclutado en una unidad de milicias, murió en 1937 cuando luchaba en el frente. Cuando la guerra estaba a punto de terminar, a mi hijo, que tenía entonces diecisiete años, tras haberlo molido a palos por ser hijo de rojos, lo hicieron desaparecer los nacionales que habían ocupado el pueblo. A mí me detuvieron pero me salvé de la muerte porque aquellos desalmados desearon aprovechar mi cuerpo, y el de tantas otras desgraciadas, para violarnos. Un par de semanas después de que me apresaran, consciente de que en cualquier momento me iban a matar, decidí escapar en la noche y me dirigí a la sierra buscando el apoyo de los huidos que vivían escondidos en sus honduras. Durante tres años, vestida como un hombre y codo con codo con ellos, estuve luchando contra las partidas de la Guardia Civil, hasta que todos mis compañeros murieron en los enfrentamientos o fueron apresados. Pensé entonces que debía buscar refugio en algún lugar en el que nadie me conociera. Tras pasar por muchas calamidades, conseguí llegar a Rionuevo y estuve mendigando en sus calles hasta que al fin un sacerdote, harto de verme pedir limosna en el atrio de su iglesia, delató mi presencia a la Guardia Civil. Cuando me interrogaron respondí con desvaríos y debieron pensar que estaba loca. Como no tenía documentación y no conocía a nadie en ese lugar que pudiera avalarme, decidieron ingresarme en este hospital psiquiátrico. Sucede así que no han llegado a saber quién soy. Me consideran sencillamente una loca a la que pueden vejar y violar cada vez que lo desean. Pero no estoy loca, señor, y por eso le he dejado esta nota cuando simulé el encuentro del abrazo. No tengo otra posibilidad de contactar con alguien del exterior. Dejándome guiar por mi intuición he entregado mensajes similares a varias personas que por su aspecto de bondad me han inspirado confianza. Ese es su caso, señor, a quién veo todas las mañanas cuando viene a traer la correspondencia. Le ruego que haga usted lo que pueda para ayudarme a escapar de este psiquiátrico, en el que soy sometida a diario a vejaciones por los vigilantes y en el que pronto terminaré por volverme loca. Se lo agradezco de todo corazón. Por favor, ayúdeme a escapar de aquí. Si no lo hace, y decide además denunciarme y entregar este papel a la policía, me fusilarán. Mi vida de sufrimiento habrá entonces terminado y tendrá usted que cargar con la responsabilidad de una muerte injusta.



Infierno y salvación


Cuando terminé de leer el papel, lo doblé de nuevo y luego lo quemé. Me dije que no debía intentar ayudar a esa mujer. Me sentía un cobarde atemorizado por los crímenes continuos que había contemplado desde que estalló la guerra civil. No me hubiera resultado difícil, por ejemplo, entregar ese papel a Gregoria Melgarejo, la tabernera del bar de la estación de ferrocarriles, de la que algunos sabíamos que su marido huyendo de la represión se había echado al monte y vivía escondido en la sierra, integrado en una partida que todavía seguía resistiendo el acoso de las fuerzas del orden. Algunos vecinos sospechábamos que el hombre, a veces, bajaba en la noche a visitar a su esposa. Seguro que él hubiera sabido que hacer con el papel. Pero no quise hacérselo llegar, no quise mover ni un solo dedo. Ni tan siquiera me atreví a conservarlo. Tenía miedo de verme involucrado en una historia que podía llevarme a la cárcel o a la muerte si la policía llegaba a encontrar esa cuartilla en mis manos.


Desde entonces han pasado dos años. Cada día yo he seguido llevando la correspondencia al psiquiátrico. Muchas veces he vuelto a ver a la loca de los abrazos y siempre he mirado para otro lado y la he rehuido. Ella, tampoco ha intentando nunca acercarse a mí. Tampoco me ha dirigido nunca una mirada de odio o de desprecio. Simplemente me ignora. Algunas veces he podido contemplar como abrazaba durante unos segundos a algún otro hombre y como los vigilantes volvían a separarla, siempre con desprecio, recordándole que su hijo nunca había dado señales de vida. Ha sido hoy, a través del periódico, cuando he conocido lo que había sucedido. Dice la nota informativa:


-Un grupo integrado por cinco pistoleros se presentó ayer en el despacho del director del hospital psiquiátrico de nuestra ciudad y sin mediar palabra le dispararon en la cabeza. Después, forzaron la caja fuerte y sacaron el dinero custodiado allí para la paga de los sueldos de los funcionarios. Seguidamente, tomando como rehén a una de las internas, que antes, en su locura, había insistido en abrazar a uno de ellos creyéndolo su hijo, se dieron a la fuga dejando tras de sí un rastro de sangre, ya que mataron también a tres de los vigilantes de las salas que fueron atravesando. En estos momentos no se tienen noticias de la mujer que los asaltantes se llevaron como rehén. La policía teme lo peor. Es posible que su cuerpo aparezca tirado en alguna cuneta una vez que ya no sirva de protección a los que huyen…


Cuando he terminado de leer la noticia, he sido consciente de que solo los hombres que hemos sido abrazados por la loca conocemos los motivos de este asalto que en apariencia ha incluido una cadena de crímenes sin sentido. No puedo ocultar que me siento feliz al saber que la loca de los abrazos ha podido finalmente escapar del infierno en el que vivía y que quienes la vejaron durante estos años han pagado sus crímenes con su vida.


Durante las noches siguientes, con la radio a un casi inaudible volumen para que ningún vecino la detecte, he estado siguiendo las noticias que lanza al aire Radio Pirenaica, emisora comunista que emite boletines desde fuera de España. Al quinto día se han hecho eco de la noticia: “Informamos con satisfacción a todos los hombres y mujeres antifranquistas de España que un comando de la Tercera Agrupación Guerrillera de Sierra Morena, dirigido por José Aragón Santaella, ha ajusticiado al director y a otros tres criminales que tenían atemorizados a los internos del psiquiátrico de Rionuevo, a los que venían sometiendo a continuas vejaciones, y han liberado a una mujer que había prestado destacados servicios a la causa de la República tanto en los momentos del alzamiento militar, cuando fue trabajadora de Socorro Rojo, como en los años que siguieron al fin de la guerra, cuando estuvo integrada en una de las unidades del maquis que opera en Sierra Morena…”


Al escuchar este comunicado radiofónico no he podido evitar que algunas lágrimas caigan por mis mejillas. Soy consciente de que la loca de los abrazos, Patricia Santaella, al fin se ha reencontrado con su hijo.










































SOLDADOS

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Esta mañana me han dicho que posiblemente tenga que matar a un hombre. Hoy está lloviendo y anoche apenas he dormido. He tenido servicio de guardia y eso supone, cuando llega la noche, dos horas de vigilancia en alguna garita, fusil en mano, y cuatro horas de descanso, de las que tenemos que descontar el tiempo de las idas y las venidas a los puestos y el de dar las novedades al oficial, de modo que las cuatro horas se quedan en poco más de tres. Un tiempo insuficiente de descanso para un joven de diecinueve años. Además, tenemos que acostarnos con el uniforme y los correajes y esta noche, con la lluvia, el “tres cuartos” y las botas estaban empapados de agua y barro. La áspera manta con la que nos cubrimos en las horas de descanso es incapaz de sacar de nosotros el frío de estas noches de invierno.


Hoy es 20 de diciembre de 1973. Faltan un par de días para que pueda tomar una semana de permiso de Navidad y esta mañana un grupo de terroristas de E.T.A. ha matado al almirante Carrero Blanco, al parecer un personaje importante en el gobierno de Franco. La verdad es que yo nunca he oído su nombre. No tengo ni idea de quién era, pero os puedo asegurar que su muerte ha ocasionado un revuelo en el cuartel. No han pasado un par de horas del atentado cuando el cabo furriel nos ha anunciado que los permisos han sido anulados, quedando todos nosotros acuartelados. Las guardias se han doblado y a mí, que había estado de servicio esta noche pasada, me han enlazado una guardia saliente con otra entrante.


Formados en el patio, bajo una lluvia que nos empapa, el capitán nos está hablando:


-Soldados, han asesinado al Presidente del Consejo de Ministros, el almirante Luis Carrero Blanco. La Patria exige que estemos alerta en este momento. Además, hace media hora hemos recibido en nuestro cuartel una amenaza de bomba. Al parecer, grupos que actúan en la clandestinidad quieren aprovechar estos momentos de confusión para sembrar la inquietud colocando explosivos en diversos lugares. Ya se os ha dicho que vamos a redoblar las guardias. Todos los que entréis de servicio tenéis que tener el fusil cargado. Ante cualquier duda, tenéis mi orden de disparar a matar. La situación lo exige. La Patria lo demanda. Si alguien se os acerca y no entra en razones ante vuestra orden de que se detenga y alce las manos, disparadle.”


Al poco, algo cabizbajo, acompañado por el cabo de guardia, me estoy dirigiendo a la puerta falsa del cuartel, para hacer el relevo en el puesto. “Espero –me digo, mientras camino con el fusil al hombro- que ningún insensato tenga pensado liarla.”


Y así ha sido. A los pocos minutos de hacer el relevo, mientras soporto la lluvia cayendo sobre mi cuerpo y observo los movimientos en la calle puedo ver como un tipo que arrastra una caja se acerca a la tapia del cuartel, la deja sobre el suelo y protegido por un paraguas se queda allí plantado, como esperando algo.


No lo dudo. Encañono al tipo con el fusil y le exijo a gritos que se aleje de allí. Pero él no se inmuta. No parece escucharme. Posiblemente piensa que no me dirijo a él. Están siendo unos segundos interminables. Al poco, se ha dado cuenta de que es él el destinatario de mis voces y me grita diciendo que está esperando a alguien, que lo llevara a Puente Osuna, y que se ha colocado allí para protegerse un poco de la lluvia.


Mi mirada y la suya se han cruzado en el instante en que yo he descerrajado el mosquetón provocando un ruido seco. La bala se ha introducido en la recámara. Siento que mi cuerpo está temblando.


-Las manos a la cabeza –grito-. Las manos a la cabeza. Y haga palmas con las manos. Que yo vea las manos haciendo palmas por encima de su cabeza.


-Estás loco, muchacho –me responde.


Lo tengo encañonado. No lo dudo. Aprieto el gatillo. Suena el trueno del disparo. El tipo se queda inmóvil. No debe creerse lo que está pasando. Mientras tanto, temo que tenga que disparar una segunda vez, pero no es así. No me ha dado tiempo a introducir una segunda bala en la recámara. Él se ha echado a correr, lanzando improperios. Deja atrás el paquete y el paraguas.


Unos minutos después la Policía Militar ha acordonado la zona y al poco unos artificieros están inspeccionando la caja. Parece que contiene cartones de tabaco, que son requisados y puestos a disposición del oficial que habrá de instruir el incidente. Todo ha sido una falsa alarma, pero yo he actuado tal y como se esperaba que hiciera. Recibo algunas felicitaciones. “Así es como tenéis que actuar”, me dice el Teniente Coronel en estos primeros momentos que siguen a la confusión del disparo.


El asunto se complica luego, cuando la Policía Militar se extraña de no encontrar en el pavimento ninguna señal del balazo. “Soldado –me están preguntando-, quieres decirnos exactamente a donde estabas apuntando. No encontramos ninguna señal de que la bala rebotara en el suelo.”


-Mi teniente -respondo-, aunque en ese momento tenía claro como debía actuar no puedo ocultar que me puse algo nervioso. Es posible que en lugar de disparar a las piernas, como era mi intención, la bala se desviara a otro lado. No sé decirle, mi teniente. Desde luego, disparé. Todos escucharon el ruido.


He tenido que prestar declaración varias veces y a la postre el asunto ha quedado zanjado. Lo importante, a fin de cuentas, es que he sido un ejemplo de actuación y que además la amenaza de la bomba ha quedado en nada. Nos dicen que hoy la ciudad ha estado tranquila. Ningún explosivo ha estallado. La gente está asustada pero tranquila.


No pueden sospechar que yo, en los tiempos en que era un recluta destinado en el C.I.R. número 7 de Saturio del Duero, cuando hacía los primeros ejercicios de tiro simulado había escondido en mis bolsillos tres balas de fogeo que pensaba conservar como recuerdo de mi tiempo de servicio obligatorio en el ejército. Esta mañana, cuando me han dicho que quizás tendría que matar a un hombre, decidí que las utilizaría.














EL VAPORETTO

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Sabía que solamente despertando del sueño podría escapar de los golpes de aquel hombre, pero no podía hacerlo. Una y otra vez me decía: “Debes despertar… Debes despertar…”, pero no conseguía despertarme. Estaba angustiado. Quería salir de la pesadilla y escapar de aquel hombre, pero no sabía cómo.


Todo en el sueño aparecía envuelto en las brumas de un atardecer invernal. Estaba en un vaporetto que surcaba las aguas del Gran Canal de Venecia. No tenía ni idea de cómo había llegado allí. Estaba fumando en la cubierta cuando una mujer, avanzando a grandes pasos, se acercó a mí: “Sálveme…” –me dijo cuando llegó a mi lado. Sin tiempo siquiera para pensar reparé en que unos pasos más allá alguien que empuñaba una navaja se acercaba a nosotros. Inesperadamente, la mujer, que iba vestida solamente con un camisón transparente de seda, me abrazó y me besó.


Estaba desconcertado. “Que imágenes tan extrañas nacen en las pesadillas” –pensé. En el irreal mundo de la noche puede uno enfrentarse a las más insólitas irrealidades. En la noche, en el tiempo de los monstruos, todo es posible.


Para entonces la mujer y yo nos estábamos besando. Ella había cerrado los ojos y apretaba sus pechos contra mi cuerpo. “Oh, un sueño erótico…” –pensé. Pero no lo era. Al momento el tipo llegó y me clavó la navaja en el vientre. Conmocionado supe que debía despertar si no quería perder la vida. Siempre he pensado que es mala cosa verse morir en un sueño y solamente podría eludir a aquel hombre y sus golpes si conseguía arribar al mundo de la vida. Una y otra vez me esforcé por abrir los ojos, mientras él me seguía clavando la navaja. Sentía que mi cuerpo era un manantial de sangre. En algún momento supe que la hoja de acero se había roto al chocar con alguno de mis huesos. Entonces, él, con un gesto de contrariedad, me dio una bofetada que hizo que mi cuerpo rodase por el suelo. Después me envolvió en sus brazos y me arrojó por la borda. “Vamos cariño, volvamos, ya ha pasado todo” -escuché que le decía a la mujer mientras yo me hundía en las aguas del canal.


Para entonces, yo había renunciado a despertar. Todo había terminado. Sentía que ya no me amenazaba ningún peligro. En aquellas aguas, al fin podía descansar. El sueño había terminado. Solo me restaba dormir profundamente, liberado de la pesadilla.


No sé cuanto tiempo pasó, pero en algún momento conseguí despertar. Me parecía que seguía soñando. Sentía que mi cuerpo estaba dolorido, magullado por decenas de heridas, y que apenas podía respirar. Estaba en un lugar que no conseguía identificar. Tuvieron que pasar unos minutos para que fuera tomando conciencia. Se trataba de la habitación de un hospital. Un médico le decía a una enfermera que estaba tomando notas que yo había sido apuñalado y que la operación de urgencia había sido satisfactoria si bien todavía tenía los pulmones encharcados de sangre y de agua. “Tendrá que estar unas semanas inmóvil –habló el hombre-. No deje usted que se levante. Lo tendremos sondado un tiempo.”


Fue así como supe, ya despierto, que aquello no había sido un sueño.


Es ahora, no sé cuanto tiempo ha pasado, cuando estoy sintiendo que alguien está abriendo la puerta de la habitación. Es una mujer. Es la mujer que me había besado en el vaporetto. Veo que viste una bata verde de médico. Se está acercando a mí y me susurra algo: "Vida mía, te amo, cuidaré siempre de ti..." Con una mezcla de emoción y temor siento que me está besando. Creo que piensa que estoy dormido, y quizás sea cierto...





































































TIEMPO DE OTOÑO

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He venido a la ciudad para escribir un poema. Anoche supe que Raulito, ¡quién sabe desde cuando!, ha estado leyendo mi diario. Me dijo que piensa que ya no le amo. No entiende que yo no anoto las cosas como me suceden sino como las sueño. Cree que los sueños son realidades y que le engaño con otros hombres. Anoche, cuando me lo dijo, me hizo un número. No me ha gustado que lea mis sueños y he decidido alejarme de él, venir a la ciudad y volcarme en escribir algún poema. Y aquí estoy, sentada en la terraza del café Varadero, frente al puerto y el mar, escuchando como una chica polaca interpreta “El otoño” de Vivaldi. Tengo ante mí una hoja de papel, pero siento que van pasando los minutos y no consigo que el poema acuda a mi mente. Todavía no he escrito ni una sola palabra. Maldita sea. En su lugar, de continuo viene a mi mente la visión de un trapecista que hace su número en el Circo Ruso.


Creía que alejándome de Raulito todo podría volver a ser como antes. Que podría escribir de nuevo algún poema. Pero algo me lo impide. Percibo con obstinación la imagen de ese vigoroso y desconocido trapecista, a pesar de que yo lo que quiero es escribir unos versos. Un poema de amor y de esperanza. Un poema de emociones que hable de mares y de sentimientos. Un poema como aquel que ahora estoy recordando:



Érase de un marinero

que hizo un jardín junto al mar,

y se metió a jardinero.

Estaba el jardín en flor,

y el jardinero se fue

por esos mares de Dios.”



Pero no consigo escribir nada. Siento que la hoja de papel está actuando como un espejo en el que solo se reflejan mis propios temores. Y aquí sigo. Llena de desesperanza. Han pasado varias horas. He escrito estas palabras pero siento que el poema no viene. Además, mientras tanto, mi teléfono móvil está sonando de continuo. Supongo que Raulito, que no sabe de mi huida, está buscándome enloquecido. Alzo mis ojos. He sentido que la música ya no suena. Miro y veo que la chica polaca ha guardado su violín y está recogiendo los trastos. Termina de hacerlo y se aleja.


Ya llevo tres horas en el Varadero. Creo que esto no tiene sentido. No consigo escribir. Voy a dejarme de historias. Me olvidaré de él, de los mares y de los amores. En su lugar volveré a casa, me maquillaré, me vestiré de rojo, me pondré tacones y me iré al Circo Ruso. Estoy segura de que el trapecista no se me podrá resistir.


Bueno, salvo que Raulito me lo impida.














EN EL SILENCIO DE LA NOCHE

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Una noche de julio de 1984, en sueños, hice el amor con la Dama del Lago. Desde entonces nunca he vuelto a soñar con ella. Fue ayer, cuando esperaba en la estación de autobuses la llegada de unos familiares, cuando la he visto en el vestíbulo del edificio. He dado unos pasos para alcanzarla y hubiera querido saludarla pero ella ni siquiera se ha fijado en mi. Reconozco que me ha entristecido saber que las damas de los lagos de los sueños también envejecen. Tenía aspecto de estar cansada. Sin embargo, conforme se alejaba, he pensado que las canas le sientan maravillosamente bien.


Ojala pueda volver a soñar con ella.

























































EL CRÍMEN

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Hace muchos años que no anotaba nada en este diario. Me hice un hombre y los hombres no escriben en los diarios. Simplemente sucedió eso. Pero hoy, 15 de septiembre de 2012, me ha ocurrido algo extraño. No sé qué hacer y he decidido anotarlo, no sea que el tiempo, con el paso de los años, me borre el recuerdo de lo que he tenido ocasión de vivir.


Sucede que esta mañana, al recoger la correspondencia, he encontrado en el buzón una carta dirigida a mí, “a Pablo, al niño cuya familia vive en la planta baja”. La carta no tiene remite, ni tampoco sello de correos. En la esquina superior derecha alguien ha escrito a mano una fecha: 19 de octubre de 1989. Cuando he tenido el sobre en mis manos me he sentido confuso. Alguien desconocido lo tiene que haber dejado en el buzón, y no precisamente el cartero, ya que no está sellado. Tampoco sé lo que esa fecha podrá significar. Lo único que tengo claro es que en 1989 yo era un niño de ocho años. Ciertamente, ante todo esto, me he sentido perplejo.


Después, cuando he abierto el sobre, me he encontrado con unas cuartillas en las que alguien ha escrito lo que ahora voy a reproducir sin añadir nada. Diré solamente que en el texto no se indica ni el nombre de la persona que lo escribió, ni la fecha en que lo hizo. Dice así: “Un día, hace ya muchos años, maté a un hombre. Soy el vecino que vive en la buhardilla, ese hombre al que nadie trata y del que nadie sospecha que vivo pendiente de los movimientos de los demás en la escalera. Sé por eso, Pablo, que en estas últimas semanas has estado rondando por la puerta de mi cuarto, queriendo quizás descubrir en él algún misterio que nadie conoce. Pues bien, hoy voy a revelarte ese secreto que andas buscando, voy a confesarte lo que sucedió hace ya muchos años. Es posible que el fantasma de la persona a la que asesiné sea quien te ha traído a mi buhardilla. Debes saber, eso sí, que cuando este escrito llegue a tu poder yo llevaré algunos años muerto. Cuando tú conozcas lo que te voy a revelar nadie podrá hacer ya nada contra mí. No tendrá ningún sentido que acudas a la policía. Yo me encargaré de que alguien te haga llegar estas palabras cuando el momento haya llegado.


Antes de que matara a ese hombre yo me sentía feliz en mi cuarto, sin meterme en la vida de nadie, salvo para espiar sus movimientos por la escalera. Los días se sucedían monótonamente y yo y mi perro Tobías veíamos como pasaban desde la placidez que van produciendo los años cuando se van acumulando en los cuerpos. Un desgraciado día, sin embargo, todo cambió. El vecino que vivía debajo de mi buhardilla se mudó, y el piso fue comprado o alquilado por alguien que solamente lo ocupaba los lunes y los jueves por la noche. Los demás días, el piso estaba vacío, pero esos dos días el individuo llegaba, con exquisita puntualidad, a las nueve y media de la noche, acompañado siempre por una mujer, su amante, con la que aquí mantenía sus encuentros. Fue así como yo, que vivía en el sosiego, sufrí contemplando que mi tranquilidad era destrozada todas las noches de lunes y jueves ya que esos desvergonzados se entregaban a amarse con un frenesí que me resultaba insufrible.


Cuando fueron pasando los días, decidí que aquello no podía continuar. Sus gritos de placer se habían introducido en mi mente y no me era posible llevar la existencia sosegada que hasta ahora había tenido. Fui pronto consciente de que no podía tolerar que esos seres inmundos hubieran venido a mofarse de mí, rompiendo mi vida con sus continuos chillidos de furia carnal. Sabía que en todos sus encuentros, a las tres en punto, el tipo pedía un taxi por teléfono y la mujer abandonaba la vivienda, plenamente satisfechas sus ansias, de modo que solo a partir de ese momento el silencio volvía a la casa. Era entonces cuando yo, insomne por mi estado de febril agitación, pasaba a escuchar durante horas, atormentado, como él roncaba con la furia de las bestias que habitan en las cavernas. Tomé mi decisión. Debía acabar con esa pesadilla. Tenía que matar a ese hombre. Solo así la paz retornaría a mi buhardilla.


Y así lo hice. Cierta noche, a las cuatro de la madrugada, cuando ella se había ido, bajé a su vivienda y simulé precisar algo con urgencia. Cuando él me abrió, preguntando extrañado que me sucedía, lo agarre por el cuello, después tapé su boca fuertemente con mi mano y finalmente lo degollé, tal y como antes había hecho con tantos rifeños durante el tiempo en que estuve enrolado en la Legión. Lo tenía todo planeado y todo sucedió como estaba previsto. Limpié el suelo con exquisita pulcritud, subí el cadáver a mi buhardilla y lo introduje en el congelador que había comprado un par de semanas antes.


Lo que luego sucedió fue, sencillamente, que me ocupé de desollar el cuerpo y de extraer sus vísceras, que tiré sin más a la basura. Después lo deshuesé y finalmente lo troceé y fui introduciendo los fragmentos en bolsas de plástico en el congelador. Luego, durante muchos días, fui calentando esos trozos de carne, que sirvieron de alimento diario para Tobias durante más de trece semanas.


Y lo cierto es que nadie en el bloque de viviendas ha echado en falta al alborotador, bueno supongo que su amante sí, pero tiene motivos sobrados para callar. Supongo que la familia del muerto, que desconocía sus actividades nocturnas, no tendrá siquiera idea de que ocupaba un piso en el que se dedicaba a satisfacer sus instintos más primarios. Quien sabe que excusa daría en su casa para no aparecer por ella todas esas noches de lunes y jueves.


En fin, que tras cometer mi crimen fui consciente, de un lado, de que la tranquilidad volvía a mi entrañable buhardilla, y de otro de que con el cuerpo de un hombre, sabiamente administrado, se puede saciar el hambre de un perro de tamaño medio, como Tobías, durante más de tres meses.


Hoy he decidido escribir estas palabras debido a que, precisamente, he vuelto a sentir que un niño subía por la escalera y se acercaba a la puerta de mi cuarto, supongo que con esa curiosidad que sienten los niños hacia las cosas misteriosas. Eras tú, Pablo, y para ti he decidido escribir esto, para que algún día, cuando yo ya no esté, sepas lo que aquí ocurrió. Llegará un momento, espero que dentro de muchos años, en que Tobias morirá. Cuando eso suceda, ya lo tengo decidido, a las pocas semanas yo me iré con él. Será entonces cuando habrá llegado el momento de que alguien te haga llegar este escrito.”


Así termina la carta que he recibido del vecino de la buhardilla. Tras su lectura no lo he dudado. He subido al cuarto que ocupó, he abierto la puerta de una patada y he entrado. El hedor del cuarto cerrado durante todos estos años era insoportable. Al abrir uno de los ventanucos he visto que en un rincón, sobre un camastro, están los restos de alguien que murió hace muchos años. Mezclados con ellos están los huesos de un perro. Parece que tampoco nadie ha echado en falta, en todo este tiempo, al hombre de la buhardilla. Todo me dice que en el cuarto viven ahora los fantasmas de dos hombres, el de un amante asesinado y el del hombre que lo mató.


En el momento de escribir estas páginas me estoy imaginando lo que le sucedió a Tobías cuando su amo murió. Todo parece sugerir que el animal sobrevivió al asesino y por las marcas de dentelladas que se observan en los huesos del difunto parece que Tobías, azuzado por el hambre, también se comió a su amo. Lo que luego pasó es fácil de pensar. Terminado el alimento y cerradas la puerta y las ventanas del cuarto el animal debió morir de hambre. En el último momento debió recostarse sobre los restos de su amo y por eso sus huesos están revueltos con los de él. Es indudable que algo espantoso se ha ocultado durante años en este cuarto, como es igualmente sorprendente que alguien desconocido se haya ocupado de echar en el buzón ese sobre del hombre de la buhardilla dirigido “a Pablo, al niño cuya familia vive en la planta baja”. Es posible, quizás, que todo sea sólo cosa de fantasmas.























































CUENTO FANTÁSTICO

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Como todos los días, terminado su trabajo, llegó a casa a las veinte horas y cinco minutos. Abrió la puerta y pasó al recibidor. “Buenas noches, cariño –dijo, sin esperar que nadie le contestara-” Caminó hacia el salón y rutinariamente dejó caer sobre la bandeja de plata sus llaves, la cartera, el teléfono móvil, el reloj y el pañuelo, este siempre como nuevo, inmaculadamente doblado. Con cierta desgana se quitó la gabardina y la colgó de una percha. Luego, fue caminando por el pasillo, dando golpecitos en los pulsadores de la luz, hasta que llegó al cuarto de baño, en donde se lavó las manos. Usaba siempre jabón de aloe vera. Fue en ese instante cuando sintió cierto estremecimiento. En ese momento, escuchó que su esposa lo llamaba.


Se secó las manos en una toalla de color azul y suave textura y emprendió el camino de regreso al salón, apagando cada uno de los pulsadores que antes había ido encendiendo. Cuando llegó, vio que su esposa no estaba allí. Se acercó a la cocina, tampoco estaba. Finalmente la encontró en la salita, frente al inmenso televisor de plasma que en ese momento ya la tenía absorbida. “Cariño –dijo-, me decías algo…” La mujer no le respondió. Pudo escuchar que mascullaba algo, pero comprendió que absorta en la contemplación de su programa de la noche, ella estaba en otros mundos.


Fue entonces cuando el hombre reparó en el estremecimiento que había sacudido su espalda cuando se estaba lavando las manos unos minutos antes. Recordó que cuando eso sucedía había podido materializar, más allá del espejo, a una mujer que lo estaba contemplando y que desde la noche le hablaba. Al escuchar sus palabras, había sentido durante unos instantes, mientras la miraba con asombro, que la vida todavía seguía latiendo en sus venas. Había sido en ese momento cuando su esposa lo había llamado, dando fin al hechizo.


El hombre pensó que debía volver al cuarto de baño. “Es posible –pensó- que la mujer todavía esté allí”. Iba caminando nuevamente por el pasillo cuando escuchó que su esposa, de nuevo, le decía algo. Estuvo a punto de volverse, pero no lo hizo. Había decidido proseguir con la aventura que le aguardaba más allá del espejo. Sabía que en la voz de la noche, que esa desconocida representaba, podría escuchar todas las voces que callan durante el día.
























CREACIÓN

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Ha decidido usted escribir un cuento fantástico. Enhorabuena por su decisión. Le damos la bienvenida al mundo de la creación y confiamos en que estas instrucciones le resulten útiles.


Ante todo, previamente al proceso creador, debe usted dedicar muchas horas a leer y debe hacerlo prestando interés a cada frase, a cada palabra, hasta que encuentre algo que le haga sentir cierta emoción. Debe leer poesía, narrativa, periódicos, folletos publicitarios, todo lo que caiga en su mano. Debe ser consciente, mientras lee, de que la emoción que producen las palabras suele estar escondida. Deberá buscarla.


En algún momento, sentirá que algo le conmueve. Por ejemplo, usted se topa con un poema que dice:


No fue un sueño,

lo vi:

La nieve ardía.”


Felicidades. Acaba usted de encontrar la materia prima que le va a permitir crear. Ya puede empezar a escribir el cuento. Lo iniciará, tal y como hace Georges Perec, con la frase “Me acuerdo…”, a la que empalmará al arranque de la historia, que copiará de ese poema que le ha conmovido:


Me acuerdo de que no fue un sueño…”


Ahora, para distanciarse del texto que está usando como inspiración, debe añadir algo novedoso, una frase que ha de abrirle el camino a la culminación del cuento. En este caso, podría ser:


Lo sentí.”


Sentirá que su imaginación se ha puesto a trabajar. No la moleste. Deje que haga su trabajo. Es ella la que debe ocuparse de buscar un elemento final que resulte irreal, imposible, maravilloso, fantástico. Da lo mismo que hable de sirenas, minotauros o niños asesinos. Usted debe seleccionar alguna de las alternativas que su mente le brinda. A modo de ejemplo, decide usar a la Nereida del Lago, y escribe lo siguiente:


La Nereida del Lago llegó en la noche y me amó.”


Magnífico. Nuevamente le felicitamos. El proceso creador se está acercando a su término. Su cuento está a punto de ser alumbrado. Bastará ahora con que una las tres frases que previamente ha construido y el contenido final del relato vendría a ser:


Me acuerdo de que no fue un sueño. Lo sentí. La Nereida del Lago llegó en la noche y me amó.”














CUENTO FANTÁSTICO IRREVERENTE

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Recuerdo que no fue un sueño. Lo sentí. Aquella noche, un líquido caliente me estaba empapando la cara y el pecho. Miré al cielo y vi que un platillo volante estaba abduciendo a la señorita C. Al momento, reparé en que ella, asustada, mientras su cuerpo se elevaba, se estaba orinando.
































































ANUNCIO DE CAFÉ

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Las rosas lloran en silencio mientras él, con las tijeras de podar en la mano, se les acerca canturreando. Se sienten condenadas. En el último momento, sin embargo, algo sucede. Procedente de la ventana de la cocina un embriagador aroma lo ha impregnado todo y las flores, al sentir su fragancia, intuyen esperanzadas que puede producirse el milagro.


Es entonces cuando ella le llama: “El café está listo, cariño…” Y le guiña un ojo, con gesto cómplice, mientras la cafetera, despidiendo amor, humea. Y las rosas, que comprenden que se han salvado, suspiran, y él, sonríe y se dirige al encuentro con su amada. Ella y una taza de café, preludio del dulce gozo de los sentidos, le esperan.
























































METONIMIAS

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A Ricardo le pierden las faldas y le vuelven loco el Ribera del Duero y las Sotas de Bastos. Con 45 primaveras el tipo es una joya. Todo un regalito obsesionado en buscar bombones con los que encamarse, vaciar botellas y desgastar barajas. Tiene, además, las manos largas y más de una noche, tras partirse la cara con alguien, los tricornios han tenido que alojarlo en el cuartelillo. Lucía, su costilla, harta de este deshecho con el que lleva compartidos veinte años de lucha, ha decidido escribirle unas letras avisando de que ya no aguanta más, las ha cosido al frigorífico y ha hecho mutis por el foro. Hoy hace siete días que no aparece por casa. Los vecinos, que sabemos que es una santa, la hemos entendido.

























































ANDREA Y LOS PESCADORES

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Andrea contempla las aguas que se ondulan con el viento mientras siente el regusto agridulce que impregna su boca. Después de lo que ha pasado, se siente intranquila. Es consciente de que todo se ha complicado. Ahora, cuando ya es media tarde, el sol desciende sobre el horizonte y está a punto de ser devorado por las suaves barranqueras que llegan hasta las márgenes del lago. Con el reflejo del astro en las aguas se ha creado una imagen que resplandece y en la que tienen también cabida las tenues sombras de los árboles. Los tonos rojizos y verdes, al conjuntarse, brindan una visión de ensueño. Contemplándola, ella siente que su mente se está sosegando.


Unos instantes después de hacerlo, se había dado cuenta, angustiada, de que en medio del lago, en una barca, dos hombres ocupaban las últimas horas de la tarde en pescar con caña. Todo se había desarrollado de un modo imprevisto y tenía miedo de que aquellos pescadores hubieran contemplado lo que había sucedido. Luego, Andrea ha estado sentada en el suelo rocoso más de una hora, intentando captar algún posible gesto de los hombres que le permitiera intuir que saben algo, pero esa señal no se ha producido. Ellos, ocupados en la pesca, no parecen mostrar interés en lo que sucede en las orillas.


Ahora, el sol está a punto de ocultarse y sus últimos rayos de luz, al incidir en las nubes, producen unos tonos saturados de rojo que contribuyen con sus reflejos a brindar una visión espectacular. Antes de irse, ella ha hecho incluso un par de fotografías con su teléfono móvil. Se ha sentido atraída por esas nubes que simulan mantenerse a flote sobre las aguas. La silueta oscura de la barca, a contraluz, con los dos hombres faenando, potencia el dramatismo de la escena.


Tras tomar las fotografías, Andrea fija su mirada por última vez en los pescadores y se dirige luego a su coche, que cuando llegaron habían dejado aparcado en el arranque de la pista forestal que conduce al lago. Sabe que a pesar de todo lo que ha sucedido en los últimos meses, la ausencia de Alessandro le va a resultar insufrible. Tiembla al pensar en que no sabe como se lo va a explicar a los niños.


























ADOLESCENTES EN FLOR

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Maldita sea, si ya sabía yo que no era buena idea participar en una carrera en la que dejan que corramos juntos chicos y chicas. Madre mía, como corre Macarena. Y que buena está con el pelo al aire y con esa camiseta y con esos pantaloncitos, tan azules, tan chillones. Está que se rompe. Y va la primera. Como corre la puñetera. A ver quién se atreve a adelantarla. Corremos todos mirándola. Estoy seguro de que si yo apretara un poco podría ganar la carrera. Todos los chicos, viendo como se mueve, corremos detrás de Macarena, acercándonos a ella pero sin pasarla. Faltaría más. Y las demás nenas, apelotonadas, corren todas al final. Claro, son más lentas que nosotros. Así que ahí está Macarena, en cabeza. Menudo cuadro hacemos. Maldita sea. No, si al final seguro que gana ella. Que buena está con esos pantaloncitos que chillan en azul. Yo, desde luego, no pienso adelantarla. No quiero que Macarena vaya a enfadarse conmigo. Faltaría más. Por menos de nada dejaría de hablarme. No quiero ni pensarlo. Uf, si ya sabía yo que no era buena idea dejar que chicos y chicas corriéramos juntos. Maldita sea. Está que se va a romper con esos pantaloncitos. Y como corre. 

















































LA SEÑORITA C. Y EL BOMBERO

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La señorita C. se había enamorado de un bombero que escribía poesía.


Ante sus compañeros del parque móvil, el hombre nunca hablaba de su pasión por la poesía. Esos tipos duros nunca le habrían entendido.


Los martes y los jueves por la tarde, cuando se reunía en la tertulia de los poetas, jamás mencionaba que el oficio que le permitía vivir era el de bombero. Ellos, tan alejados del mundo real, se hubieran reído de él.


Ante la señorita C. actuaba indistintamente como bombero y como poeta, según las circunstancias, de modo que cuando paseaban por la ciudad y se cruzaban con algún conocido la señorita C. nunca sabía como tendría que comportarse. Llegó un momento incluso en que ya ni siquiera se atrevía a hablar. Tenía miedo de decir algo que no resultara conveniente.


Sometida a esa tensión tan intensa, unos meses después, la señorita C. comenzó a mostrar claros signos de estar enloqueciendo. Fue entonces cuando empezó a susurrar a todo el mundo que su amante la engañaba. Al parecer había descubierto que el bombero-poeta mantenía relaciones con la novicia Rosalía, una monja de clausura de las Clarisas de Santa María Magdalena que los fines de semana actuaba como domadora de tigres en el Circo de la Luna.









































AMOR Y LOCURA

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Dejó una nota: “Amar y enloquecer, cielo e infierno, eso es lo que quiero vivir”. Después se fue. La señorita C., desde entonces, contempla como en el mármol de la habitación crecen las sombras. Sabe que tendrá que amarse más a sí misma. Solo así podrá vivir un eterno romance.
































































DE MONJAS Y DIABLOS

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Presa de los inquisidores la madre Magdalena de la Cruz habría de terminar confesando. Reconoció que había tenido tratos con el diablo, que habría sido el ser que desde niña había inspirado sus actos. La mujer, entre lágrimas, mostró signos de arrepentimiento. En algún momento parece que dijo incluso que ese ser que ella había creído de luz, tenía unos ojos azules especialmente bellos. Reconoció también la monja que cierta noche el maligno había deseado hacer con ella algo deplorable y ella se había negado, de modo que él, en un acto de gran violencia, la había arrojado al suelo. Magdalena nunca llegó a aclarar la naturaleza de ese acto impropio que no había accedido a realizar. Fue entonces cuando una de las hermanas habría de declarar: “Si todo lo que de ella sé de oídas y vista tuviese que decir, en verdad no cupiese en mucho papel”.


Y otra de las hermanas, testigo en el juicio, habría también de reconocer que a veces, durante los momentos de confesión de la madre, corría entonces el mes de enero de 1544, Magdalena de la Cruz entraba en trance y entonces: “Pasaron muchas y grandes cosas que no se pueden escribir; cosas que eran para espantarse; cosas que ni escribir, ni decir, ni menos oír, se pueden”.


Para entonces la Santa Inquisición había ordenado que a Magdalena se le retirase el hábito. La mujer, llorando, argumentaba que era cierto que había tenido tratos con el diablo pero que en su ingenuidad había pensado que gracias a ese poderoso auxilio iba ella a acceder más fácilmente a la santidad, única pretensión de toda su vida.



Auto de Fe


Cuando todos pensaban que el cuerpo de la monja habría de arder en la hoguera por su vida de pecado sucedió que sorprendentemente los doctores de la Inquisición se dieron por satisfechos ordenando que saliera en penitencia en el Auto de Fe que habría de celebrarse en 1555. Fue así como se vio a Magdalena de la Cruz caminando descalza por las calles de la ciudad, portando un velón amarillento en la mano y con una gruesa soga amarrada en torno a su cuello. Parece que la monja pudo salvar la vida gracias a las buenas relaciones que había tenido en otros tiempos con la nobleza de España. Se dice, incluso, que el propio emperador Carlos I hacía llegar al convento de Santa Isabel de los Ángeles, cuando la reina quedaba preñada, las canastillas y ropillas que habrían de usar los infantes, para que nuestra monja las bendijera. Solo gracias a esa anterior fama de santidad pudo Magdalena de la Cruz salvar su vida.


Los inquisidores, en todo caso, en la sentencia, habían dictaminado inflexibles: “Que siempre sea tenida por sospechosa; que salga de la cárcel con una vela encendida en la mano y una mordaza en la lengua y una soga en la garganta, sin llevar velo negro; y mandamos que esté encerrada perpetuamente en un monasterio fuera de esta ciudad; y que sea siempre la postrera en el coro, capítulo y refectorio; mandamos que no hable con persona alguna, si no fuere con las monjas o su Provincial o Vicario; le mandamos que en tres años no comulgue ni reciba el Santísimo Sacramento; y le mandamos que no traiga velo en toda su vida; todo lo cual le mandamos lo guarde y cumpla, so pena de ser tenida por relapsa.”


Se dice que Magdalena, tras la humillación atroz del Auto de Fe, merecido castigo por su infamia, fue encerrada en un convento de Andújar, en donde si hemos de creer lo que dejaron escritos los cronistas: “todos los días, al ir al refectorio, se había de tender atravesada en la puerta, pasando por cima las otras monjas, haciendo ademán de pisarla…” Parece que en alguna ocasión Magdalena de la Cruz habría reconocido a su confesor que sentía que muchas de sus hermanas la pisaban con saña, pero otras, muy pocas, lo hacían con la delicadeza propia de un ángel que caminase de puntillas.
































































EL NUDO DEL DIABLO

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Precedidas por Polonia, la Gran Rezadora, una turba de mujeres entonaba con dosis similares de fervor y alegría festiva la oración de las cien Aves María. La tarde caía. Todas sabían que un incierto peligro se cernía sobre Iris e intentaban conjurarlo.


Esa mañana, Iris, adolescente de belleza cobriza, había amanecido con el camisón desabrochado y con el cabello enredado. Cuando Felicia, su madre, al despertarla, la había visto así había recordado que en estos casos todos decían que se trataba de señales de que alguna bruja se había introducido en los sueños y había causado el enmarañamiento. La mujer no intentó desenredar el cabello. Sabía que si lo hacía, su hija corría el peligro de quedar hechizada. La niña no debía peinarse hasta que alguien con conocimiento disipara el conjuro.


Sin perder tiempo, Felicia informó del suceso a la vieja Polonia y esta sostuvo que el modo más fiable de eludir el hechizo era utilizando para deshacer la maraña de pelos una soga en la que se hubiera ahorcado a alguien. Deshaciendo el nudo de esa soga ella podría desenredar sin peligro el cabello de Iris. Bastaría luego con arrojar la soga y los restos del pelo que se hubieran desprendido a un fuego de purificación en el que habrían de consumirse. Nadie en la aldea tenía, sin embargo, una soga de ahorcado de modo que la vieja le dijo que tendría que hacer otro ritual, dirigido ahora, si tenía éxito, a amarrar los testículos del demonio, señor indiscutible de las brujas. Atándolos convenientemente, el conjuro que pesaba sobre la niña sería vencido. Fue así como todas las mujeres de la aldea salieron al campo aquella tarde en procesión entonando las cien Aves María y haciendo nudos en todas las plantas silvestres con las que se fueron topando, espartos, lentiscos, incluso anudando con trapos y pañuelos las ramas de los árboles. Mientras hacían eso, la Gran Rezadora repetía una y otra vez las palabras mágicas de prendimiento:



Diablo, diablo, de los huevos te ato, hasta el año que viene, no te los desato.”



Cuando anocheció, Polonia desenredó los cabellos de Iris y después las mujeres, entonando ahora canticos desvergonzados, regresaron a la aldea. Felicia se sentía contenta. El peligro que amenazada a su hija había sido conjurado. Suspirando, agradeció a las mujeres la ayuda que le habían prestado y prometió a Polonia que a la mañana siguiente le regalaría uno de sus gallos.

Sobresaltada con estos sucesos, aquella noche Iris ni siquiera pudo terminar su cena. Algo después, ya acostada, decidió que esa noche no iba a permitir que su primo Héctor, cuando llegase de madrugada para amarla, volviera a enredarla el pelo con sus manos ansiosas de tocamientos y caricias. Desde ahora, se juró, ni siquiera se desabrocharía el camisón.











EL TIEMPO SIN RELOJES

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El día que los relojes se pararon Angélica suspiró. Pensó que al fin iba a tener tiempo para descansar. Se sentía agotada, y sin relojes no podía saber a qué hora llegaría Tasio. Tumbada en el sofá, mientras se esforzaba en seguir el último capítulo de “El tiempo entre costuras” que había grabado la noche anterior, se sintió invadida por el sueño. Poco a poco fue cerrando los ojos. Fue algo después, cuando despertó, cuando sintió que la casa estaba impregnada de un desagradable olor a quemado. Reparó entonces en que la pizza que estaba horneando se había achicharrado. Maldita sea, se dijo, lo de los relojes no ha sido un sueño. Todos los relojes de la casa se han parado realmente y también ha dejado de funcionar el temporizador del horno. Ha faltado poco para que saliéramos ardiendo. La que se ha podido liar. Y Tasio tiene que estar a punto de llegar. Si queremos comer, tendremos que picar algo en el bar de abajo.


Fue él, cuando llegó, quien le dijo que la gente estaba fantaseando acerca del asunto de los relojes, que al parecer había afectado a todo el pueblo. Algunos decían que la culpa la habría tenido la empresa que estaba haciendo prospecciones en el subsuelo buscando donde alojar los sobrantes de gas natural; otros, entre ellos Cándida, la quiosquera, sostenían que era cosa de los americanos, que esa mañana habrían estado espiándolo todo desde sus aviones invisibles. La mujer, a voces, había insistido en que muchas veces, mirando al cielo, había distinguido sus reflejos metálicos entre las nubes. Lo que pasaba, a fin de cuentas, había sentenciado la portera, en palabras de Tasio, era que en estos tiempos la modernidad estaba corriendo tanto que hasta los relojes, derrotados de puro esfuerzo, estaban dejando de funcionar.




































MEMORIA DEL OTOÑO

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Recuerdo que era una tarde muy limpia. Había llovido por la mañana y el agua se había llevado los últimos vestigios del verano. Los árboles, desaparecido el polvo mortecino, lucían un intenso verdor y las calles del barrio brillaban. Todo en ellas era luz. Si, recuerdo que aquel día en que mis padres se conocieron el aire estaba tan fresco que era una delicia sentir su roce en nuestras mejillas. Era un aire que en su transparencia nos olía y sabía a otoño. Fue esa noche, en la verbena del barrio, cuando mis padres se vieron por primera vez y comenzaron a amarse. Recuerdo como si el tiempo no hubiera pasado que dos jóvenes a los que pronto conoceríamos como el Dúo Dinámico causaron furor cuando llegó la hora del baile. Incansables, durante varias horas, interpretaron canciones que nosotros nunca antes habíamos escuchado. A mi madre, una muchacha que comenzaba entonces a vivir su juventud, le gustó mucho su “Quince años”. No estoy seguro de que ella los tuviera, como tampoco estoy seguro de porqué, como si la hubiera vivido, estoy recordando ahora aquella noche de otoño.


















































LA BELLA Y YO

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Cuando vi que se acercaba con la mirada perdida en la ausencia supe que nunca antes había visto una mujer tan bella y lamenté que su presencia solo se manifestara durante unos segundos, los que pasaron hasta que llegó a mi lado. Después intuí, ni siquiera me atreví a volverme, que ella, diluida entre la gente, se alejaba. Durante ese instante en que todo sucedió, yo fui tan solo unos ojos que miraban y llegué a sentir que salvo nosotros no había nadie más en el mundo. Siempre me lamentaré de que nuestras miradas no llegaran a cruzarse.




























































MIRADAS

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Fue en aquel tiempo cuando conocí a una fiera que alguien me dijo que se llamaba gato. Tenía los ojos verdes, grandes y muy claros, pero de un verde no plenamente definido, como si a veces, según jugase la luz, quizás sometidos a su voluntad, pudieran mostrarse azulados o marrones. Decidí que se llamaría Jato. Era tal la belleza con que sus ojos, siempre asombrados, contemplaban el mundo que llegué a sospechar que las cosas, cuando él las miraba, se volvían transparentes.





























































EL HOMBRE QUE SE SOÑABA

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Anoche, cuando veía la televisión sentado en el sofá me quedé dormido y alguien inesperadamente se introdujo en mis sueños, plantándose delante de mí. Era un hombre de edad mediana al que vi pasar delante del televisor con la cabeza agachada. Su expresión era de desconcierto.

Después, cuando hablamos, me dijo que no sabía lo que hacía en mi sueño. Estuvimos charlando un rato y me confesó que estaba intranquilo ya que en las últimas semanas, por las noches, cuando dormía, siempre soñaba con el niño que había sido, y ese niño que venía de otros tiempos le contaba cosas que él tenía olvidadas.


Cómo puede suceder, pensé en mi sueño, que esté hablando con alguien que según me dice sueña con el niño que fue y ese niño, en su sueño, le cuenta cosas que ya nadie recuerda. Quizás, me dije, existan recodos en nuestra mente en los que todo lo que nos ha sucedido ha quedado almacenado, listo para ser vivido de nuevo si nos servimos de algún artificio como el que usa este hombre cuando se sueña como el niño que fue.


Gracias a las palabras del niño, el hombre me ha contado que ha llegado a conocer, a su pesar, algo que le atormentaba: saber cómo murió su madre. Me ha dicho que ha visto como fue aquella muerte que nunca se había aclarado. Ahora, todo ha llegado a su mente. Solo él, que entonces tenía cinco años, sabía lo que había sucedido y solo él es ahora consciente de lo que pasó y olvidó. Sabe por desgracia que ya es tarde para todo y le pesa tener la certeza de que él fue el culpable, con su travesura, de lo que todos pensaron que había sido un accidente desgraciado.


Lo malo de todos estos desasosiegos es que desde que le conocí han pasado siete días y todas las noches se sigue introduciendo en mis sueños y con sus palabras imposibles no me deja descansar.































LIBROS DEL MISTERIO

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Llegamos a Atocha a las 10.50. Habíamos reservado un par de noches en un hotel del Paseo de las Delicias y teníamos intención de disfrutar de unos días en Madrid. Tras presentarnos y dejar los trastos en la habitación salimos a dar un paseo por la Gran Vía y almorzamos gambas a la plancha y calamares fritos. Luego, con una copa de helado en “La Veneciana”, seguimos contentando nuestros cuerpos y finalmente unos cortados que nos tomamos en el café “Las Tres Ninfas” nos animaron el espíritu.


Fue después, cuando íbamos paseando por el Madrid de los Austrias, cuando nos topamos con “La Fontana de Quevedo”, una librería de viejo. Entramos en el local dispuestos a fisgar un poco y cuando estábamos curioseando en sus anaqueles un montón desordenado de libros llamó la atención de Roberto:


-Oye, ¿has visto esos libros apiñados y ese cartel que han colocado encima?


Me giré hacía el lugar que me señalaba. Pude leer lo que estaba escrito en el cartel:



LIBROS DEL MISTERIO

Estos ejemplares están incompletos. En todos los casos, las últimas hojas han sido arrancadas. Compra un libro por cinco euros e inventa tú el final. Si lo haces, te regalaremos un libro de poemas de Luis Cernuda.



-Pero, ¿qué es eso, por qué les han arrancado las páginas?


-Verá, joven –me dijo una mujer que atendía la tienda-, pensamos que el motivo puede ser variopinto. Posiblemente se trata simplemente de la acción de un loco, pero quien sabe. Hace unos días uno de nuestros clientes nos sugirió que quizás se tratase de un acto de espiritismo. Es posible que alguien quiera evitar que los espíritus que se manifiestan cuando se lee un libro queden liberados una vez que el lector lo termina. Quizás arrancando el final de cada libro se consigue que esos espíritus sigan atrapados en su interior, presos para siempre, aunque sinceramente creo que nunca llegaremos a saber la causa.


Al escuchar las explicaciones de la librera no supe que decir. Estaba sorprendida. Ni siquiera se me ocurrió preguntar como aquellos libros mutilados habían llegado a los estantes de “La Fontana de Quevedo”. Unos instantes después, reaccioné:


-Ricardo, ahora mismo compro uno de los libros por cinco euros, y me invento el final. Y me llevo los poemas de Luis Cernuda. Claro que sí. ¿Y tú? ¿Qué piensas? ¿Te animas?


Al poco, cuando salíamos de la librería yo llevaba en mis manos un ejemplar de “Tirano Banderas”, una novela de tierra caliente de Valle-Inclán, en tanto que Ricardo se había hecho con una edición antigua de “El Empecinado visto por un inglés”, de Federico Hardman, traducido por Gregorio Marañón. A los dos les faltaban sus últimas páginas.


Paseamos, entre risas por lo extraño de la situación que habíamos vivido, por las callejas del viejo Madrid. Queríamos llegar al Mercado de San Miguel, ya que habíamos decidido comprar algo de fruta que nos serviría para en la tranquilidad de nuestro hotel cenar esa noche. Allí, en el mercado, mientras saboreábamos con nuestras miradas el bello espectáculo de luz y color que los puestos nos brindaban alguien nos dijo que iba a ser clausurado próximamente. Al parecer algún grupo inmobiliario había decidido transformarlo en un lujoso espacio de ocio y de bares.


-Vaya –pensé-, estamos todos de acuerdo en que alguien que se dedica a destruir siquiera sea parcialmente un libro tiene que ser un loco. Nadie, sin embargo, piensa lo mismo cuando lo que se decide mutilar es un viejo mercado, pleno de color y de vida, para transformarlo en una creación que sintonice más con los tiempos modernos.


Aquella noche, en el hotel, Roberto, alborotado en su sueño, vivió una y otra vez una carga de fusilería de los hombres del cura Merino que al grito de “¡Mueran los polacos! ¡Acordaros de Ocaña!” masacraban a los coraceros de una columna napoleónica a los que mantenían encerrados en un corral al que habían prendido fuego. En medio de la inmensa humareda, Roberto podía ver como las balas de los guerrilleros atravesaban los cuerpos chamuscados de los franceses. Mientras tanto, yo, también enloquecida, releía en el sueño: “Tirano Banderas salió a la ventana, blandiendo el puñal, y cayó acribillado. Su cabeza, befada por sentencia, estuvo tres días puesta sobre un cadalso con hopas amarillas, en la Plaza de Armas: El mismo auto mandaba hacer cuartos el tronco y repartirlos de frontera a frontera, de mar a mar. Zamalpoa y Nueva Cartagena, Puerto Colorado y Santa Rosa del Titipay, fueron las ciudades agraciadas.”


Fue al amanecer, cuando charlábamos abrazados, cuando nos dimos cuenta de que los espíritus que viven en los libros, atrapados en aquellos ejemplares sin final, habían decidido alojarse esa noche en nuestras mentes. No obstante, nos sentíamos tranquilos. Intuíamos, sin saber porqué, que para combatir su embrujo nos bastaría con apropiarnos, después del desayuno, de algunos de los poemas de “Las nubes”, de Luis Cernuda, que la librera nos había regalado.


Unas horas después, cuando tomábamos el sol en los jardines del Retiro, sentados en la Santa Tierra, comencé su lectura. Tan pronto como leí los primeros versos tuve la certeza de que con ellos los espíritus que viven en las palabras podían ser fácilmente conjurados:



Vida tras vida, fueron

olvidando los hombres

aquella diosa virgen

que misteriosamente, desde el cielo,

con amor apacible

asiste a sus vigilias

en el silencio dulce de las noches…”



Me pareció que el regalo de la librera había sido providencial.










MEDITERRÁNEO

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Anoche, arrastrado por el mar, llegó al pueblo un loco. Decía que era nuestro rey pero se cubría con unas calzas pardas y con una capa teñida de mugre. Dando gritos, se empeñó en hablar con la reina y los soldados tras expulsarlo del palacio, al ver que no se iba, tuvieron que azuzarle los perros. Huyendo de las fieras, el loco encontró refugio en la taberna de Aristo, donde se sintió confuso al ver que nadie reconocía su majestad. Alguien le ofreció un vaso de vino caliente y él, con ademanes exaltados, habló de sus viajes por mares por los que nunca antes habían navegado los hombres, de sus hazañas en guerras de fantasía que ya nadie recordaba, de sus amores con sirenas que devoraban a los marinos y de cómo había matado a un ser monstruoso que tenía un solo ojo en la frente y que criaba cabras en los riscos de un islote que ni siquiera tenía nombre. Escuchando sus palabras de majadero todos reían. Solo el ciego Homero, con el semblante adormecido por el vino, dijo que quizás alguna de esas hazañas mereciera ser fabulada algún día por los poetas.


A la mañana siguiente, el loco insistió en hablar con la reina y los soldados, cansados de tanto alboroto, lo apalearon. Algo después se le vio abandonar el pueblo tambaleándose, camino nuevamente del mar. Una bandada de chiquillos lo acompañaba. Mientras caminaban a su lado, se reían de él y le tiraban piedras. Dicen que a Safo, una niña que no le insultaba y que lo miraba con tristeza, le dijo, entre los ladridos de los perros y las risotadas de los niños, que se llamaba “Nadie”.







































AQUEL CALOR TENUE

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Pies Ligeros, una niña de ocho años perteneciente al clan de los Hombres Rojos, se está esforzando por hacer su trabajo. Con sus dientes, está sujetando uno de los extremos de la piel de un cervatillo, en tanto que con su mano izquierda mantiene firme el otro extremo y con la derecha me está restregando, una y otra vez, contra el interior del pellejo, rayéndolo y liberándolo de pelos y grasa. Una anciana, que tiene más de treinta años, está vigilando como la jovencita hace su trabajo.


Ha pasado un rato y la niña, que está cansada por el esfuerzo, se ha distraído unos momentos al escuchar el griterío que se ha formado en el poblado cuando los cazadores han regresado del Gran Arroyo de Aguas Saltarinas. Al volver la cabeza para mirar a los que llegan, sus dientes han soltado el extremo de la piel y en un movimiento involuntario su mano derecha también me ha soltado a mí, con tal mala fortuna que he ido a estrellarme contra su boca.


Con un gesto de dolor y furia, Pies Ligeros, gritando, se ha levantado y, sin pensarlo, me ha lanzado tan lejos como le ha sido posible. La anciana, indignada, se ha alzado también y está emitiendo feroces gruñidos con los que está expresando a la niña su repulsa por la torpeza de su actuación.


Al momento, Pies Ligeros y la anciana han intentado buscarme, pero no es cosa fácil encontrar una lasca de sílex entre tantos cantos rodados como hay en este pedregal. No han tenido suerte. No han sido capaces de verme. Los cazadores, además, han llegado con hambre y ya no hay tiempo para que ellas lo pierdan buscándome.


En este momento, Pies Ligeros no sabe que dentro de cuarenta mil años un hombre, paseando por esta terraza próxima al Gran Arroyo, habrá de encontrarme fortuitamente, sí, a mí, a esa lasca de sílex que ella, gruñendo, ha arrojado tan lejos como su furia le ha permitido. Entonces, cuando eso suceda, el hombre, al tomarme en sus manos, todavía podrá sentir, a pesar del tiempo que habrá pasado, el calor tenue que los dedos de esta niña neandertal han dejado impregnado en mí.


























CRÓNICA DEL FIN DEL MUNDO

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El día en que Pies Ligeros murió, la humanidad fue aniquilada. Los Hombres del Cielo, enojados con los Hombres Rojos, decidieron exterminarnos. Solo mis hijas y yo seguimos vivos, escondidos como fieras en la oscuridad de esta cueva, y tiemblo al pensar que esta noche ellos vendrán otra vez. Ya no queda en el mundo ningún humano que pueda unirse con mis hijas y los Hombres del Cielo, que las desean, me harán dormir con su magia y luego yacerán con ellas. Saben que soy viejo y no puedo enfrentarme a ellos.


El día de la aniquilación el Mensajero me dijo que el clan de los Hombres Rojos iba a ser destruido y que solo nosotros nos salvaríamos. No sabía yo entonces que se sentían atraídos por la belleza de mis hijas y que estaban tramando su plan. Me insistió en que cuando se iniciara el ataque debíamos escapar. No debíamos enfrentarnos a ellos. No debíamos siquiera mirar atrás. Teníamos que olvidarnos de nuestro mundo y huir.


Unos instantes después de que el Mensajero hablara, pude escuchar el trueno de sus Pájaros de Fuego, que ya resonaba sobre la aldea. Al momento comenzaron las explosiones y las llamas lo arrasaron todo. Llamé a gritos a Pies Ligeros y a nuestras hijas. Les pedí que corrieran. Debíamos escapar, sin volver la vista atrás. Sé que mis hijas me oyeron, pero Pies Ligeros, sorda por los truenos, no debió escucharme. Aterrado por lo que estábamos viviendo, sentí que se volvía y miraba como nuestros hermanos estaban siendo aniquilados. Nunca hemos vuelto a verla. Algunos días después, los Hombres del Cielo, cuando nos encontraron, nos dijeron que se había consumido en una llama de luz.


Esta noche ellos volverán a hacerme dormir y cuando esté en el mundo de la niebla mis hijas tendrán que soportar otra vez sus abrazos. Los tres sabemos que cuando pasen las lunas y engendren a sus hijos, el clan de los Hombres Rojos habrá sido sustituido por otro en el que los nuevos humanos, que los Hombres del Cielo dicen que serán más sabios, llevarán una sangre nueva.




























DONDE HABITAN LAS AUSENCIAS

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La noche en que lo mataron todo había sucedido con tanta rapidez que él, con varias copas encima, ni siquiera se enteró. Al parecer, al salir del Blues Club, tras tropezar con un gato y caer al suelo de bruces, alguien lo había acuchillado. Ni siquiera le robaron la cartera. “Ajuste de cuentas” –había dicho la policía.


Cuando creyó despertar solo conservaba el vago recuerdo de haber contemplado, en algún momento, sus manos ensangrentadas. En la neblina de su mente también acudía a él la visión de un viaje en la noche en un autobús que no conducía nadie y en el que nadie más viajaba. Se sentía aturdido y le parecía como si el mundo fuese tan reciente que muchas cosas ni siquiera tuvieran nombre. Lo primero que vio cuando creyó recuperar la conciencia fue la fiera con la que había tropezado en la noche. Alguien le dijo que se llamaba gato. Tenía los ojos verdes, grandes y muy claros, pero de un verde no plenamente definido, como si a veces, según jugase la luz, quizás sometidos a su voluntad, pudieran mostrarse azulados o marrones. Decidió que el animal se llamaría Jato. Era tal la belleza con que sus ojos asombrados contemplaban el mundo que llegó a sospechar que las cosas, cuando el animal las miraba, se volvían transparentes.


Quedó tan impresionado con aquellos ojos que pocos días después comenzó a soñar con el animal. La primera vez, cuando dormía, le había parecido escuchar que Jato estaba maullando en el pasillo. Se levantó, pero allí solo habitaban las ausencias. La noche siguiente dejó abierta la puerta del dormitorio y al poco sintió que el gato se subía a la cama y ronroneaba mansamente acercándose a su cara. Notaba el dulce cosquilleo que le producían sus bigotes. “Es un gato de la calle –pensó en su sueño-, ¿cómo habrá entrado en casa…?” Y gracias a Jato, cuya presencia se fue repitiendo noche tras noche, se fue sintiendo reconfortado y vivió sueños felices en los que el felino le arropaba.


Pasaron algunas semanas antes de que se diera cuenta de que algo no iba bien: cuando se despertaba solo tenía presentes los sueños que había vivido junto a Jato pero no recordaba nada que le hubiera sucedido en el mundo real. Día tras día, iba pasando el tiempo y lo único que recordaba que no hubiera soñado es que se veía sentado en el sofá escuchando de continuo las emisiones radiofónicas de Cadena Nostalgia F.M. Pronto sospechó, aturdido, que quizá la visión de sus manos ensangrentadas no hubiera sido un sueño o que el viaje en el autobús estuviera revestido de algún significado que él no era capaz de captar. Su confusión iba en aumento. No entendía nada, salvo que cuando estaba despierto ni Jato ni nadie se le aparecían. Solo sentía la presencia del gato en los sueños. Posiblemente, pensó, el animal no fuese real, sino solo una apariencia que se le manifestaba en la noche. Fue algunos días después cuando estremecido fue tomando conciencia de que quizás tampoco él tuviera existencia.


Yo no existo –se dijo al fin-. Solo existe mi mente…”, y con alivio, con humillación, con terror, comprendió al fin que él era también una apariencia, y que era otro, ¿quizás Jato?, quien lo estaba soñando.






LA SEÑORITA C. Y LOS ESPEJOS

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Sucedió en la noche. La señorita C. estaba soñando y en el sueño se veía en un tiempo futuro en el que alguien o algo la obligaban a romper el espejo que tenía en su dormitorio. Tuvo que hacerlo, y al momento, mientras los cristales rodaban por el suelo haciéndose añicos, pudo contemplar que del interior del quebrado armazón brotaban dos mirlos, que se alejaron revoloteando mientras ella, que nunca había sospechado que dentro de los espejos pudieran anidar los pájaros, encorvaba su cuerpo y miraba más allá de la luna rota, temiendo que allí hubiera quedado abandonado algún polluelo. Fue entonces cuando vio que desde la obscuridad unos ojos la miraban. Supo al instante que eran sus propios ojos. Los ojos en los que ella había vivido hasta aquel día del futuro en que Raulito iba a abandonarla buscando el abrazo de otra mujer. En ese instante la señorita C. tomó su decisión: saltó dentro del espejo y se integró de nuevo con ella misma. Supo que nunca volvería a abandonar sus ojos. A partir de ahora, su mirada volvería a ser la de siempre, la que había tenido hasta que conoció a Raulito.


Cuando despertó del sueño, la señorita C. lo había olvidado. Sin embargo, al poco, inexplicablemente, sintió que una fuerza desconocida la obligaba a romper el espejo del dormitorio. Lo envistió con un golpe certero y al momento la luna saltó en pedazos. Los vidrios se desparramaron por el suelo. Raulito, que había despertado sobresaltado y contemplaba perplejo el estropicio de los cristales, no dijo nada y se echó a la calle. Parece que fue esa mañana cuando conoció a la niña Chole.







































DE AMOR Y MUERTE

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Cuando dijo sus palabras, terminados los rituales de la Apertura de la Boca, el sacerdote Sem, que vestía una túnica blanca y cubría sus hombros con una piel de leopardo, penetró en las profundidades de la mastaba y se situó al lado del sarcófago donde los hombres habían depositado el cuerpo de Ahmosis. De una bolsa de cuero fue sacando puñados de polvo ocre que fue espolvoreando sobre la momia. El intenso color rojo del mineral había de permitir que el aliento de la vida retornara al difunto. El sacerdote sabía que un poder desconocido facilitaba que gracias al ocre los cuerpos, tras haber sido momificados en la Casa de la Muerte, se pudieran preservar eternamente de la descomposición.


Entonces, cuando el cuerpo quedó impregnado del polvo rojo, el sacerdote hizo una señal y Nofret, la esposa de Ahmosis, se acercó al sarcófago y colocó sobre él un ramillete de flores. Afuera, los hombres bailaban la danza “mau mau” y las plañideras, simulando desesperación, se golpeaban los pechos y se tiraban de los cabellos. Después, mientras Nofret chillaba, cuatro hombres rodearon el sarcófago y se dispusieron a esperar a que llegara la noche. Sería entonces cuando habrían de ser recitadas las fórmulas mágicas de las Cuatro Antorchas de Glorificación, con las que llegarían a su término los rituales. Todos eran conscientes de que gracias a ellos, en el nuevo amanecer, Ahmosis, convertido en un dios tras atravesar victoriosamente el inframundo y superar el juicio de Osiris, se elevaría al reino celeste de Ra y volvería a la vida en las Estrellas Imperecederas, creadas por el Gran Dios para que en ellas habitasen los hombres Justos de Voz. Allí, en la Campiña de las Felicidades, más allá de la niebla matutina, seguiría viviendo Ahmosis durante Millones de Años, junto a los espíritus glorificados que conocen los secretos del fuego, el viento, las nubes y los relámpagos.


Algunas noches después, Nofret soñó que Ahmosis la estaba amando. Le sentía feliz e intuyó que a partir de ahora, desde el más allá, él iba a seguir cuidando de ella. Algo después, cuando estaba a punto de amanecer y la noche se iba diluyendo, la mujer sintió que esa intuición de amor se confirmaba en la certeza. Nofret se había levantado y estaba contemplando las Estrellas Inmortales, que todavía lucían débilmente. Dirigió su mirada a Orión, la residencia de los dioses, y fue entonces cuando notó que el dulce aliento de la vida llegaba a su boca con todo su frescor. Fue así como supo que Ahmosis, desde el reino del Sol, la estaba contemplando.





















UN DIOS EN SU SOLEDAD

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Los dioses no deberíamos estar tristes, pero yo lo estoy.


Todo sucedió en un instante. Vi como ella pasaba fugazmente delante de mí y en el gozo de su belleza no lo dudé: pedí un deseo a Afrodita y la diosa del amor me lo concedió.


Fue así como aquella mujer me amó como sólo las mujeres saben amar a los dioses y durante tres semanas la conocí del modo en que la hubiera conocido un hombre. Me sentía feliz. Las mujeres hacen que los dioses puedan alcanzar los gozos reales del amor y agradecí muchas veces a la diosa que me la hubiera traído.


A Casandra, así me dijo la mujer que se llamaba, la prometí el don de la profecía. Quise, incluso, transformarla en una ninfa, o en una heroida, si ella lo deseaba. Le fue otorgado todo lo que un dios puede conceder a una mujer.


Pero mi corazón, ahora, está triste y en mi desesperanza, yo, Apolo, he decidido que ella tendrá que vivir siempre con la amargura de saber que sus vaticinios nunca serán creídos por los hombres.


Y es que el espíritu de Casandra, Afrodita tenía que haberlo sabido, es el de una estrella fugaz y hace ya siete días que me abandonó.









































LA MUJER QUE AMÓ A AQUILES

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Todos piensan que Briseida ama a Aquiles, pero solo yo conozco la verdad.


La mujer le había correspondido al héroe como botín de guerra después de que este matase al troyano Brises, su padre. Briseida, sacerdotisa del templo de Apolo, se había visto así convertida en esclava y después amante de esa fiera a la que llaman Aquiles. Eso es lo que creen todos.


Cuentan las gentes que el espíritu de Brises, enloquecido de dolor en el Hades al conocer el estado de servidumbre de su hija, había rogado a los dioses que tuvieran clemencia de sus padecimientos y obligaran a Aquiles a liberarla. Habría sido así como Apolo, compadecido, se personó ante Agamenón, el Rey de Reyes heleno, y lo amenazó con una peste que diezmaría su ejército si Briseida no era liberada. Agamenón, viendo como sus hombres morían, ordenó a Aquiles que devolviera la mujer a su madre.


Forzado a perder a su amante, el héroe, encolerizado, hizo saber a todos que él y sus mirmidones iban a retornar a Grecia. No iba a seguir guerreando para alguien que había arrancado de sus brazos a la mujer que amaba. Antes del regreso, no obstante, Aquiles clamó ante la Nereida Tetis, su madre, a la que suplicó que mediara ante los dioses para que le devolvieran a su esclava, a la que amaba con esa pasión que solo es propia de los guerreros:


-Tú, madre –habló Aquiles-, socorre si puedes a tu buen hijo; ve al Olimpo y suplica a Zeus por mi si alguna vez llevaste consuelo a su corazón con palabras o con obras.


La Nereida, que había sido amada por Zeus en otros tiempos, fue escuchada por el dios, y Briseida, en la noche, dejó atrás los muros de Troya y regresó a los brazos de Aquiles. Quienes la vieron dirigirse al campamento heleno dijeron que tras haber conocido el fuego del amor no quería renunciar a esa pasión. Apolo, antes, la había liberado de Aquiles pero era ahora Zeus quien permitía que la mujer retornara a su servidumbre.


-¡Ay de mi –exclamó Briseida cuando estuvo en presencia de Aquiles-, que ni siquiera pude besarte cuando siguiendo el mandato de Apolo tuve que partir para dejarte. Entonces solo pude derramar lagrimas sin fin y desgarrarme los cabellos, pero ahora, amado mío, regreso a ti y no lo hago como una esposa que retorna a los brazos de su marido sino como una esclava que vuelve a su amo. Prometo, Aquiles, serte sumisa, y te suplico que abandones tu idea de regresar a Grecia, como se que pensabas hacer al sentirte agraviado por tu rey. Debes quedarte en estas costas troyanas y amarme de nuevo como antes lo hiciste. Vuelve, Aquiles, a guerrear con los troyanos y no dejes que el orgullo y la ira te posean. Podrás, así, también volver a mí y amarme.


Tetis, tan pronto como supo que Aquiles se iba a incorporar a la guerra, no lo dudó: pidió a Hefesto, el gran herrero, que fabricase para su hijo la mejor armadura que jamás hubiese sido hecha. Dicen que a cambio le prometió varias noches de amor, promesa que luego nunca cumplió. Hefesto creó la armadura con los mejores bronces, pero conocedor de que ella lo engañaría, a fin de cuentas es un dios y lo sabe todo, nunca terminó la parte que habría de cubrir los pies del héroe.


Ahora, todos recriminan a Briseida su traición a la causa troyana. No entienden que abandonando a los suyos se haya entregado a los abrazos del monstruo que mató a su padre. Solo yo, Paris, se que todo es una estratagema. Sé que su amor por Aquiles es pura falsedad y que Briseida solo me ama a mí. Solo nosotros sabemos que hace ya muchos meses que abandoné a Helena, la mujer que traje a Troya y que ha causado la ruina de esta ciudad, que ahora veo como está siendo consumida por las llamas, tras la pérfida estratagema del caballo ideada por Ulises.


En estos momentos, cuando todos están muriendo, solo nosotros sabemos donde hemos de encontrarnos. Briseida acudirá a donde ella sabe, y tras sus pasos vendrá Aquiles que confiado en su amor no sabe que lo estoy esperando con mi arco y que mi flecha, que tengo que dirigir a su talón, le causará esa muerte que las Moiras le profetizaron al nacer.


Pero, mirad: Briseida, corriendo, se está acercando a mí. Debo tensar bien mi arco. Aquiles, como esperábamos, corre tras ella. No sabe que su vida ha llegado a su fin. La venganza de Briseida está a punto de ser consumada. Después, huiremos por los subterráneos que unen Troya con la costa y abandonaremos esta ciudad que se consume en el fuego. Sabemos que atravesando el mar habremos de alcanzar playas ignoradas por los hombres y que será en ellas, en la Isla de los Pájaros, en unas nuevas tierras, en donde podremos vivir, al fin, nuestro amor.












































EL EXPRESO DEL NORTE

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-Eh, oye, ¿me escuchas?, ¿me puedo sentar? –había repetido ella alzando la voz.


Al oír estas palabras el joven uniformado había salido de su letargo. Quien le hablaba era una muchacha que le sonreía.


-Si… Claro que si… Ahora mismo quito mis cosas.


Antes, cuando se había sentado, el soldado había colocado su macuto en el asiento de enfrente. Después, concentrado en la música que emitía un pequeño transistor, había cerrado los ojos.


-¿Escuchando la radio, eh? –había exclamado la muchacha-, así no me oías…


-Si, si… Está tocando la “Credence” –balbuceó él.


-Buen grupo, me encanta su ritmo, siempre tan vibrante –dijo ella.


Mientras contemplaba su sonrisa y sus ojos verdes, el soldado estaba sintiendo que algo que surgía de esos ojos atravesaba su guerrera y se adentraba en él.


Desde hacía varios meses, el soldado realizaba ese mismo viaje todas las semanas en el Expreso del Norte. Llevaba en su macuto algunas piezas de repuesto para fusiles de asalto. Las recogía todos los lunes en el Parque de Artillería de su cuidad y las entregaba luego en la armería del acuartelamiento leonés donde estaba cumpliendo su servicio militar.


La muchacha, de aspecto campesino, le dijo que venía de pasar unos días en Dueñas, un pueblo de Palencia, y que se dirigía a una aldea de las montañas de León, donde vivía su familia. Fueron charlando durante todo el viaje y al poco, mientras sonreían y se miraban, el soldado sintió que aquella joven, toda ella simpatía, lo estaba atrapando.


Fue de súbito, pasado un tiempo que se le hizo demasiado breve, cuando la magia de aquel encuentro cesó:


-Oye, soldado –estaba diciendo ella-, no te tenías que bajar aquí. Hazlo de una vez, que veo que el tren se va a poner en marcha.


Y es que el joven del uniforme, atrapado en la conversación con aquella desconocida, ni siquiera se había dado cuenta de que el tren llevaba ya un tiempo parado en la estación de León y estaba a punto de proseguir el viaje.


De manera apresurada, balbuceando solamente “adiós”, el soldado corrió buscando la salida del departamento. Cuando la alcanzó tuvo que saltar, ya que el expreso, lentamente, estaba arrancando. Dando trompicones se había dirigido a la ventana desde donde la muchacha se despedía de él.


Fue entonces cuando ella gritó: “Espera, soldado, que te has dejado este bulto.” Y haciendo un esfuerzo le arrojó el macuto por la ventana.


Las personas que transitaban por la estación y contemplaron la escena sonrieron al ver como el contenido del macuto, al caer este sobre el hormigón del andén, se desparramaba por el suelo. Cinco bayonetas de mosquetón y más de cien percutores de acero habían brincado por el aire.


Dominado por el nerviosismo el soldado ni siquiera había podido balbucear alguna palabra de despedida.


-¡Adiós –había escuchado que gritaba ella-, a ver si nos vemos algún día. Ya sabes que me encanta la “Credence”. Para entonces, el tren se alejaba.


La joven campesina se llamaba Camino, estudiaba el primer curso de Veterinaria y el sol y el aire de los Picos de Europa habían tostado bellamente su piel.


El soldado nunca volvería a verla.
























































ATALANTA Y EL MONSTRUO

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Conocí a Meleagro el día que su padre nos convocó para dar caza a la bestia y ese mismo día me enamoré de él.


Eneo, su padre, rey de Calidón, el primer hombre al que Dionisios había enseñado el cultivo de la vid, no era piadoso y había olvidado ofrecer a Artemisa los sacrificios que los humanos deben a los dioses cuando llega el tiempo de la siega y ella, molesta, decidió castigarlo enviando a su reino un jabalí de inmensa fiereza que pronto dejó arrasadas las cosechas, destrozados los árboles cuando ya su flor hacía promesa de los inminentes frutos y diezmados los ganados.


El rey, para matar al jabalí, nos convocó a una jornada a la que acudimos los cazadores mas diestros de entre los calidonios y curetes. Yo, Atalanta, fui la única mujer admitida en la partida y es que todos conocían mis virtudes. Todos sabían que cuando nací fui abandonada por mi padre en el monte Partenio. Allí me crié, amamantada por una osa, y pasados los años, me transformé en una amazona de ágiles pies y diestra cazadora, muy grata a Artemisa, a la que prometí que mi cuerpo se mantendría siempre virgen y al servicio de su culto. El día de la cacería, sin embargo, tan pronto como vi a Meleagro sentí que me había enamorado y supe también por sus miradas que él igualmente me deseaba, y ello a pesar de que todos sabíamos que el hijo de Eneo estaba casado con la dulce Cleopatra.


He sabido después, me lo contó una vieja esclava, que cuando nació Meleagro las diosas del destino habían anunciado a su madre Altea que por decisión de Zeus, contrariado por algún gesto de impiedad de Eneo, la vida de su hijo habría de estar ligada a un tizón de leña que en ese instante estaba ardiendo en el fuego del hogar. Cuando el tizón se consumiera, Meleagro moriría. Altea, horrorizada, supo lo que tenía que hacer para evitar la muerte inminente del niño: sacó el tizón del fuego, lo apagó y lo escondió en un cofre forrado de metal que guardó en su propia alcoba. De este modo, la mujer sabía que su hijo, a pesar de la amenaza de Zeus, nunca moriría sino que se convertiría en un héroe invulnerable.


El día de la caza del jabalí, Meleagro y yo, antes de lanzar nuestros dardos a la fiera, nos amamos en la espesura del bosque. No era yo consciente entonces de que Artemisa, tan pronto como supiese de mi impiedad, habría de hacerme pagar aquella traición. Entonces, tras habernos gozado, mientras corríamos veloces tras el animal, los dos nos sentíamos felices. Gracias a mis pies ligeros tuve pronto la fortuna de alcanzar el primer puesto en la persecución, delante incluso de los perros y de los cazadores que montaban a caballo, y al poco, Zeus lo quiso, fueron mis flechas las primeras que hirieron los lomos del animal, que pocos instantes después fue masacrado por Meleagro, hábil en el arte de clavar la jabalina en el cuerpo de sus enemigos.


Fue entonces cuando la desgracia se cebó en nosotros. Meleagro, que había arrancado los trofeos del animal, su cabeza dotada de hirientes colmillos y su piel, me los entregó en un regalo que simbolizaba nuestro amor. Aquello contrarió a Altea, su madre, que le reprochó que no respetase a su esposa Cleopatra, la princesa de rubicunda cabellera, y que delante de todos mancillara su honor. Tampoco gustó lo que había hecho Meleagro a los cazadores curetes, que no toleraban que esos trofeos hubieran sido ofrecidos, para deshonra de todos, a una mujer, por bella y ágil que yo fuera. Pronto dos de esos curetes, Ificlo y Ajarete, que eran hermanos de Altea, echaron mano a sus falcatas y se enfrentaron a Meleagro, que en unos instantes había segado sus vidas. Viendo la sangre de sus hermanos derramada en los campos, Altea maldijo a su hijo y pidió a gritos su muerte.


Ahora, son muchos los que saben que Meleagro tiene contados sus momentos de vida. Todos piensan que su madre, enfurecida, ha decidido que muera y dicen que alguien la ha visto echando al fuego el tizón de leña que ardía cuando nació y que está dejando, entre lágrimas, que sea consumido por las llamas.


Esta noche, Meleagro me ha contado que ha visto a su madre, en un sueño, golpeando las paredes con su cabeza y exigiendo a la despiadada Perséfone que de muerte a su hijo. Meleagro se siente triste. Sabe que ningún hombre ha podido hacerle perecer con su violencia y su larga lanza pero, sin embargo, la predicción funesta de la Moira lo vincula a una muerte inminente. Sabe que el rojo tizón, que tiene su misma edad, comparte la duración de su vida y siente por momentos que se abrasa en una llama oculta que quema sus entrañas. Pronto, se lamenta, su espíritu se diluirá en el ligero aire y su cuerpo no será sino cenizas.


Lo que nadie conoce es que también sobre mi pesa otra maldición. Artemisa no me perdona que haya perdido la virginidad y me ha hecho saber que el mismo día en que nazca el fruto de mi amor con Meleagro, encontraré la muerte. Mi hijo nunca conocerá a sus padres.


Desde entonces han pasado ocho lunas y se acerca el tiempo en que el niño habrá de llegar a la luz. Ha sido esta noche, en un sueño, cuando Artemisa me ha dicho que ante los continuos ruegos que ha recibido de Cibeles, la gran diosa de los misterios, que se habría mostrado apiadada de mis desgracias, ha decidido que mi vida sea respetada. No moriré, pero me veré transformada en una bestia, en un león de soberbia cabellera, de acuerdo con mi condición de amazona. Desde ahora, Artemisa así lo ha querido, habré de arrastrar con mi cuerpo por los siglos de los siglos el carro dorado de Cibeles, a cuyo servicio he quedado consagrada por toda la eternidad, y es que a los héroes nos está permitido todo salvo contrariar a los dioses.



























UN HOMBRE VINO A MATARLO

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El 26 de junio de 1940 se había reunido en la ciudad el Consejo Permanente de Guerra número 2, presidido por el coronel de Infantería Sr. Cerdeño Lorenzo, para ver y fallar la causa 453, siendo parte el Ministerio Fiscal y con asistencia del procesado, Saturnino Arias Hornero. Constituido el consejo en sesión secreta había deliberado y dictado sentencia en la que se declaraba probado que dicho individuo era miembro del Partido Comunista, con enlaces para ejecutar en nuestra patria órdenes emanadas del extranjero, y que tenían la misión de hacer fracasar las instrucciones político-jurídicas de nuestro Estado Nacional, para lo cual, huido en la sierra desde que finalizó la Cruzada, había realizado actos de bandidaje habiendo escapado en diversas ocasiones al cerco de las unidades móviles de la Guardia Civil. En el fallo, se condenaba al procesado a la pena de muerte, y a las accesorias legales para caso de indulto, reservándose a favor del Estado Nacional, una acción civil de responsabilidad por cuantía indeterminada.


Lo quiero libre…


A través de alguien que vestía el uniforme azul de Falange, el coronel Cerdeño recibió unas escuetas instrucciones del Excmo. Sr. don Baldomero Tornavacas, Jefe Provincial del Movimiento:


-Querido Anselmo, quiero que dejes en libertad a Saturnino Arias Hornero, preso en estos momentos en la cárcel de Santiago y que sé que has condenado a muerte. Tengo motivos para pedirte que lo liberes. Haz lo que sea preciso para que quede en libertad. Sabes que siempre gozarás de mi afecto y que me tienes a tu disposición.


El coronel insinuó a don Baldomero que aún cuando el procesado había sido condenado a muerte, lo previsible era que fuera indultado y que no cumpliera más de diez o doce años de cárcel. Es cierto que tras la guerra había huido al monte pero no estaba vinculado a ningún crimen de sangre. En la guerra había luchado en las milicias republicanas y debía ser condenado, pero no iba a ser ejecutado.


-Lo quiero libre –había sentenciado el Jefe Provincial del Movimiento. Y ocúpate de que le entreguen dinero suficiente para que pueda viajar a otro lugar. No quiero verlo aquí.



Cuatro años antes


Tras el alzamiento franquista la situación en la ciudad era angustiosa. Todos sabían que el enfrentamiento con los nacionales era inminente. En la tarde del 28 de julio de 1936 cinco escuadrones de caballería y un contingente de legionarios, moros y requetés habían tomado los accesos. Tenían intención de lanzar el ataque a la mañana siguiente.


Esa noche, asustados ante la superioridad de los franquistas, los milicianos hicieron una saca de una docena de presos de derechas que tenían custodiados en la catedral. Los fusilaron en las tapias del cementerio. Esa misma mañana habían encontrado al alcalde, Carlos Castañeda, que había estado escondido en el corral de gallinas del hostal Casa Nuñez, donde se hospedaba. Había sobrevivido con el pienso y el agua de las gallinas. Ya extenuado, se había entregado a los rojos, que lo habían matado cerca del Ayuntamiento. Castañeda nunca supo que a la mañana siguiente los suyos iban a ocupar la ciudad.

Saturnino Arias era uno de los milicianos que estaban de guardia en la catedral y supo que en unas horas iba a producirse la saca. Entre los que iban a fusilar estaba Baldomero Tornavacas, un amigo de la niñez. “Baldo –le dijo- mientras lo sacaba a empellones de su encierro, huye a donde puedas. Vete lejos. Ocúltate. Sé que van a venir a por vosotros y no quiero que te fusilen.”



Esperando la muerte


Cuando el carcelero gritó su nombre, Saturnino Arias supo que lo iban a matar. Ni siquiera pudo despedirse de los otros presos que se amontonaban en el corredor de la prisión de Santiago. El calor era sofocante. En aquel infierno de dolor, solo se escuchaban los silencios.


Al poco, sin embargo, se vio libre. Estaba perplejo. Pensó que quizás todo fuese un error. ¿Por qué, si no, iban a soltar a un condenado a muerte? Además, le habían dado algo de dinero. No entendía nada. Decidió que tenía que alejarse de la ciudad. Conocía a alguien que actuaba como enlace entre los huidos de la sierra y los militantes del partido, ahora en la clandestinidad. Le dijeron que debía huir a Madrid, donde hasta que recibiera noticias se ocultaría en una pensión situada en la calle de Fuencarral.


Viajó a Madrid en la noche, en un tren expreso que lo llevó a la estación de Atocha. Cuando se dirigía a la pensión, Saturnino no podía saber que para entonces los dirigentes del partido ya lo habían sentenciado. Pensaban que era un traidor y que había sido liberado por colaborar con el nuevo régimen. Desde el comité local de la ciudad les habían informado de que antes de ser detenido y liberado tras una pantomima de juicio, Saturnino habría delatado a varios camaradas huidos en el monte.


En los días en que estuvo esperando en su habitación, con órdenes de no salir de ella, Saturnino nunca pudo sospechar que un hombre a quien no había visto nunca, Alejandro Quiñones, que había sido capitán de milicias en el Quinto Regimiento, había venido a Madrid para matarlo.




























EL REZO DE LAS MONJAS

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Todos decían que Santiago Benasar era un reptil, un tipo que se arrastraba por la vida servil ante los poderosos y despiadado con los próximos. Alguien me contó, brindando una compasión que no merecía, que Santiago era malo porque desde niño nadie lo había querido. Sus ojos de anfibio espantaban a las gentes y nunca tuvo el afecto de alguien. Quienes trataron a su madre, la ciega Felicia, afirmaban que sabían que cuando quedó preñada de él, ya vieja, engañada por un turco del que nadie recordaba su nombre, había presentido su maldad viviendo sueños en los que se veía pariendo serpientes. Santiago Benasar era un mal bicho.


Cuando pasó de los treinta, la ciega, ante el apremio de quitárselo de en medio buscó alguien con quien casarlo y se fijó en la niña Evangelina, una chiquilla del arrabal que contaba con el atributo único de su bondad. Era una niña que se traslucía en luz, como si no tuviera cuerpo, me contaría luego alguien. En los tratos para la boda, su madre, deseosa de restar al gasto de la casa el consumo de una boca, le dijo a la ciega que si Santiago Benasar se casaba con ella sería siempre feliz ya que Evangelina había sido criada para el sufrimiento. Y así fue. Según todos, el reptil vivió desde entonces en un satisfactorio estado de casado, arropado en sus maldades, mientras Evangelina, sumisa, las sufrió en el silencio de una resignación impropia de los nuevos tiempos que corrían.


Hubieron de pasar cuatro años antes de que Evangelina, cierto día, decidiera descuartizar al anfibio a golpes de hacha. Antes, me dijeron, lo había sedado con esos polvos de veneno que se usan para combatir la araña blanca de los emparrados de uvas. Su madre me contó que la noche anterior la niña había soñado que iba a quedar preñada del monstruo y que en su sueño de horror veía que de su cuerpo de mártir, al igual que había sucedido antes con la ciega, estaban naciendo serpientes. Algo después, cuando fui a visitarla al convento de monjas francesas de San Andrés, donde la niña vivía oculta, me dijo que no sabía si Dios habría de perdonarla algún día pero que deseando evitar que la maldad se perpetuara en su cuerpo se había visto forzada a aquella carnicería. Me confesó después que antes de huir había troceado su cuerpo, ya que sabía por las leyendas de indios que si rompía sus brazos no volvería a pegarla y que desmembrando sus piernas jamás podría Santiago Benasar abandonar su tumba y regresar al mundo de los vivos.


Para entonces el vientre de Evangelina lucía un embarazo de siete meses y en los rezos de vísperas y completas, las monjas francesas le pedían al Altísimo que el sueño de serpientes de la niña hubiese sido solamente un mal sueño.















AMORES REALES

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Aquella tarde de agosto de 1622 Felipe IV y su esposa Isabel, desde su balcón en la Casa de la Panadería, estaban contemplando el brillante espectáculo de cañas y toros que se desarrollaba en la Plaza Mayor de Madrid. La atracción principal del juego, en palabras de todos, iba a ser el lucimiento en el lance de toros de un hombre que sobresalía por su habilidad en esquivar a los monstruos, el conde de Villamediana, cortesano famoso, poeta apreciado, hombre intrigante y afamado galanteador, del que las malas lenguas decían que mantenía una relación ilícita con la propia reina.


Cuando el conde, conduciendo con arte su montura, se manifestó a los ojos de todos dispuesto a jugar con el toro un silencio inmenso se hizo en la plaza, un bello espacio público que siempre se ha distinguido por su sobriedad y distinción. Pronto, sin embargo, allí donde venían alternando las justas y los torneos, las lides taurinas y los autos de fe, el atronador silencio fue siendo sustituido por una oleada creciente de comentarios:


-¿Qué lleva en el cuello el conde…? -decía alguien.


-¡Señor, que osadía…! -exclamaban otros.


Todos habían reparado en que el conde de Villamediana había decidido manifestar la pasión que sentía por su reina. Dicen los que lo vieron que el conde, sobre su caballo engalanado, se mostraba desafiante luciendo en el cuello un collar con diversas monedas, todas ellas “reales de vellón”. Parece que a la altura de su pecho, en su chaquetón, había ordenado bordar unas sugerentes palabras: “Son mis amores…”, de modo que los “reales” que pendían del collar añadían una provocativa terminación a la frase.


Al parecer, poco después, ante el buen hacer taurino del lidiador, la reina habría de exclamar arrebatada de pasión: “¡Oh, Señor, pero qué bien pica nuestro conde!”.


Alertado por esas palabras, Felipe IV se mostró ceñudo: “Si, señora, pica bien el conde, pero pica muy alto”.


Quienes escucharon estas palabras sintieron que sus cuerpos se estremecían ante la contrariada respuesta del rey. Por las viejas crónicas sabemos que algunos días después, en la cercana Puerta del Sol, un hombre cayó al suelo derrumbado. Una flecha había atravesado el pecho del conde de Villamediana. La vida del burlador había sido arrebatada por una muerte inesperada. Las autoridades dijeron que la saeta había sido disparada por una ballesta. Parece que nunca se pudo identificar al anónimo asesino. Todos los madrileños, sin embargo, sospecharon que el rey Felipe había sido el instigador del crimen.


Habrían de pasar varios siglos para que alguien que investigaba en los archivos del Museo Histórico de la ciudad reparara casualmente en que doña Margarita de la Luz, bella mujer de la España barroca que ejerció como meretriz en la corte de los Austrias y de la que se sabe que tuvo trato carnal con el conde de Villamediana, por quién fue luego abandonada, tenía un hermano que servía como alférez en el Cuerpo Real de Ballesteros. Parece que ese hombre tenía una sorprendente puntería y que doña Margarita, cuando se sentía despechada por sus amantes, era especialmente rencorosa.


LA DIOSA QUE AMÓ A FERMÍN TABLADA

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-Buenos días, puede ponerme con Riquelme.


-Lo siento, señor –dijo la mujer de la centralita-, el inspector está ocupado en estos momentos.


-Por favor, dígale que soy Fermín Tablada, un viejo amigo, es urgente.


Unos minutos después, Riquelme, inspector de la Brigada de Homicidios, con cierta curiosidad por conocer los motivos por los que Tablada quería hablar con él, lo escuchaba al otro lado de la línea telefónica.


-Riquelme –le dijo Fermín Tablada-, tengo que hablar contigo. Tengo que contarte algo que me ha sucedido. Nos conocemos bien y sabes que no te molestaría si no se tratara de algo importante.


-¿Qué te parece si nos vemos dentro de dos horas en la cafetería del Hotel Suizo –respondió Riquelme-. Cuentan con algunos saloncitos en los que podemos hablar sin problemas.


-Perfecto, amigo. Allí estaré –remató Fermín Tablada.



…/…



-Verás, Riquelme –habló Tablada una vez que los dos amigos se habían acomodado en una de las salitas del Hotel Suizo-. Anoche me sucedió algo extraordinario. Algo que hace que todavía en estos momentos, cuando pienso en ello, se me pongan los pelos de punta.


-Ayer por la mañana operaron de cataratas a mi suegra en el Hospital de San Jorge. Como sabes es un viejo hospital que actualmente viene actuando como Centro de Día en el que se practican algunas sencillas operaciones, asuntos relacionados sobre todo con la vista o modestas intervenciones quirúrgicas en las articulaciones. Estaba previsto que en unas horas, tras el postoperatorio, mi suegra pudiera volver a casa, pero debido a algunas complicaciones de su edad la salida se demoró varias horas. A eso de las nueve y media de la noche yo estaba con ella en la habitación. Mi suegra me dijo que se encontraba bien y decidí bajar al jardín para fumar un de cigarrillo. Debían ser las diez menos unos minutos cuando volví al cuarto y para mi sorpresa me encontré que estaba vacío. Al parecer, mientras yo fumaba, había llegado mi mujer y había tenido que desocupar la habitación, con ciertas prisas, llevándose a su madre. Se extrañó de que yo no estuviera allí y me llamó por teléfono pero mi número estaba desconectado; yo lo había dejado olvidado en casa. No tuvo otra solución que ayudar a mi suegra a vestirse y ambas se fueron. Una enfermera les había dicho que a las diez de la noche el hospital se cerraba y que no podían quedarse allí más tiempo.



Cuando llega la noche


-Y lo cierto, Riquelme, es que efectivamente a las diez en punto de la noche alguien cortó el suministro de luz y yo, envuelto en la oscuridad, quedé olvidado en la habitación. Angustiado por la situación, ya que no entendía lo que había pasado, bajé a tientas las escaleras pensando que posiblemente alguien debía quedar todavía en la planta baja. Pensaba que no era posible que me hubieran abandonado. Lamentablemente, cuando llegué a la recepción no había nadie. Todo era silencio absoluto y oscuridad. La puerta de acceso desde la calle estaba cerrada y con la cancela protectora bajada, de modo que era imposible salir de allí.


-Una situación poco agradable –intervino Riquelme.


-Sin duda. Pasados unos minutos, cada vez más enfurecido conmigo, comencé a pensar que dado que me resultaba imposible salir del hospital, tendría que quedarme a pasar la noche allí. Desde el teléfono público de la recepción llamé por teléfono a mi mujer y le dije lo que me había sucedido. Tampoco se trataba –le hice saber, intentando tranquilizarla- de darle mayor importancia al asunto. Dormiría en la cama que había ocupado mi suegra y a la mañana siguiente, cuando retornara la actividad al hospital, regresaría a casa. No debía preocuparse por mí.


-Sin embargo, las cosas no resultaron tan sencillas como había pensado. Cuando volvía sobre mis pasos en dirección a la habitación sentí el ruido de unas pisadas en la lejanía. Pensé, con satisfacción, que podría ser algún vigilante de seguridad, pero pronto supe que no era así. Algo perplejo primero y después con cierto temor pude contemplar como una mujer muy bella, que vestía una túnica transparente de lino, se acercaba a mí caminando por el pasillo. Pronto pude distinguir las facciones de su rostro y las formas sugerentes de su cuerpo. Aquella mujer cubría su cabeza con una peluca, cuyo pelo negro, ensortijado, le brindaba un atractivo inmenso.


-Al llegar a mi lado, ella hizo un ademán con sus hombros y dejó que la túnica que vestía se deslizara al suelo. En unos segundos, iluminada por una luz cuya procedencia desconocía, se me manifestó bellamente desnuda ante mis ojos incrédulos. Su rostro, levemente oriental y con facciones matemáticamente simétricas, me sonreía con dulzura mientras su cuerpo se acercaba con un movimiento cadencioso buscando encontrarse con el mío. Yo, enmudecido, no fui capaz de articular ninguna palabra. Me sentía transportado a otro mundo y me dejé hacer cuando ella, sin decir nada, me besó y me abrazó en su desnudez.


-Pues no parece pintar mal la cosa –dijo Riquelme.


-Inspector –siguió hablando Fermín olvidando que Riquelme era además su amigo-, aquella mujer quería que yo la amara. Y yo la amé. Nos amamos en la soledad del viejo hospital con la furia con que se aman las fieras. Durante el tiempo que yacimos juntos en una de las olvidadas habitaciones llegué a ser consciente de que no era una mujer la que me estaba amando. Era una diosa. Riquelme, estaba amando a una diosa. No entendía nada, amigo, pero tenía muy claro que esa mujer no era de este mundo.


-Verás –habló Riquelme- veo magnífico que aquella noche te liaras con una diosa, pero supongo que no me habrás hecho venir aquí para contarme esa aventura sexual, sin duda apasionante pero sin especial transcendencia. Supongo que tendrás que contarme algo que todavía no llego siquiera a intuir.


-Riquelme, esa noche la diosa y yo no nos separamos. En alguna de las treguas que siguieron a nuestros encuentros amorosos ella me dijo que se llamaba Lucia Bellasaguas y que lo que estaba sucediendo no era algo casual. Ella –según me contó- vivía en el viejo hospital y por las noches recorría las salas abandonadas buscando a alguien que como yo se hubiera extraviado. Cuando eso sucedía, lo seducía y hacía el amor con él. Me confesó que actuaba así guiada por el deseo de sentir que la vida volviera de nuevo a su vientre. Quería quedar embarazada. Quería tener un hijo. Quería tener un nuevo hijo que ocupara el lugar de otro que había tenido hacía años, al que habían asesinado.



El hijo de Lucía Bellasaguas


Al escuchar la palabra “asesinado” Riquelme fijó su mirada en los ojos de Fermín Tablada. “Has dicho asesinado –exclamó”.


-Efectivamente. La mujer me dijo que había estado ingresada en la antigua sección de Psiquiatría de este Hospital de San Jorge. Según me contó, la vida de las mujeres en esos tiempos era un verdadero infierno. Parece que en los años que siguieron a la Guerra Civil los guardianes del manicomio cometieron atrocidades con las mujeres ingresadas. Las violaciones habrían sido algo cotidiano, y lo que es peor, algunas de esas mujeres habrían sido después asesinadas y la misma suerte habrían corrido sus hijos. Lucia Bellasaguas, a lo largo de la noche, me insistió en que ella había tenido un hijo y que se lo arrebataron cuando tenía unos meses y lo mataron. Desde entonces se encontraba sola y deseaba concebir otro hijo que ocupara el lugar del que habían asesinado. En esos momentos, cuando ella insistía en contarme su historia, yo pensé que esta mujer estaba loca. Era evidente que Lucia Bellasaguas, si es que ese era su nombre real, la mujer que yo había amado en la noche, no debía tener más de veintitantos años y era imposible que en los tiempos de la posguerra alguien hubiera asesinado a su hijo. Sin duda, la mujer cuya presencia sentía junto a mí estaba loca. Es una demente, me decía una y otra vez, y mientras lo pensaba la estrechaba en mis brazos y la besaba para cerciorarme, también, de que ella era alguien real.


Riquelme, cuyo cuerpo se balanceaba en el sillón en el que estaba sentado, se sentía perplejo. Pocas veces en su vida policial había escuchado una historia tan disparatada como esa. Nada parecía encajar con los atributos del mundo real, salvo que como afirmaba su amigo fuera cierto que una mujer enloquecida estuviera dedicando sus horas nocturnas a ligar con el primero que encontraba en aquel recinto solitario, para contarle luego historias imposibles de violaciones y asesinatos que habrían sucedido allí mismo en unos tiempos ya olvidados.


-O sea –recapituló Riquelme- que si es cierto lo que te dijo “la diosa” allá por los años cuarenta del siglo pasado se habrían producido diversos asesinatos de mujeres y niños en las instalaciones psiquiátricas del Hospital de San Jorge.


-Eso es lo que quería contarte –respondió Fermín-. Ese es el motivo de mi urgencia en hablar contigo. La mujer me dijo también que sabía donde habían ocultado los cuerpos de quienes habían sido asesinados. Cuando fue amaneciendo, antes de que nos separáramos, ella me dijo que si quedaba embarazada pondría mi nombre a su hijo: “Fermín Bellasaguas será su nombre –me dijo.” Después me tomó de la mano y me llevó a los sótanos del hospital. Allí, en un amplio espacio que actualmente está desocupado, tras un tabique situado a un costado de la entrada, estaría oculto un espacio, en el que los criminales ocultaban los cuerpos de quienes asesinaban. Me dijo también que quien había matado a su hijo era un hombre llamado Pedro Cifuentes, a quien como recompensa por los servicios que había prestado en la Guerra Civil en una unidad de la Falange, habían concedido un trabajo como vigilante del manicomio.


-Creo –dijo Riquelme pensativo- que tendré que hablar con el director del hospital y pedirle el favor de que alguien del equipo de mantenimiento abra un agujero en ese tabique. Conozco a su padre, que fue fiscal hace años, y él, que conoce esa amistad, no creo que nos ponga reparos. A fin de cuentas, abrir y cerrar un boquete por una persona que cobra su sueldo del hospital no supone ningún gasto. Déjame que me ocupe de este asunto. Tendré que manejarlo con prudencia. En estos momentos, si hablo en Jefatura de ciertos crímenes que habrían sido cometidos en el antiguo psiquiátrico y hago saber que la fuente de información es una “diosa” que antes de contar lo que sabía habría seducido a uno de mis amigos del instituto creo que mi credibilidad se quebrantaría. Actuaré con prudencia y te tendré informado de todo en estos próximos días. Intentaré también averiguar algo de ese Pedro Cifuentes.



Las huellas de un crimen


Pasaron tres días antes de que Riquelme llamara a Fermín Tablada. Había hablado con el director del hospital y este, que sabía en efecto de la amistad de su padre con el inspector, no había puesto ningún inconveniente para que uno de los hombres de mantenimiento bajara al sótano y diera algunos golpes para ver que podría haber más allá de lo que parecía ser un tabique levantado en un momento posterior al de la construcción del edificio.


A la mañana siguiente, el operario se puso manos a la obra. Estaban presentes el director, Riquelme y Fermín Tablada. Al poco, los golpes del pico traspasaron el tabique y todos vieron que al otro lado había un espacio libre. Riquelme enfocó con la linterna y pudo comprobar que en un rincón se distinguía un cúmulo formado por varios sacos.


-Tendrá usted que ampliar este boquete lo suficiente para que yo pueda pasar y comprobar que es lo que contienen aquellos sacos –habló Riquelme.


Varios golpes de maza aplicados con contundencia lograron que en pocos minutos el agujero alcanzara una dimensión que permitió que Riquelme se introdujera. Caminó en la oscuridad, guiado por la luz de la linterna y se acercó al rincón:


-Hay seis sacos –dijo.


Siguieron unos segundos interminables, en los que Riquelme se aplicó a romper con su navaja uno de los sacos.


-Tablada –dijo al poco Riquelme- la “diosa” no te mintió. En este saco hay huesos.


Confirmado que parecían estar ante las huellas de un crimen, Riquelme decidió que no debía proseguir. Tenía que poner el caso en conocimiento de su Jefatura. Habrían de ser los hombres de la Brigada Científica los que se ocuparan del hallazgo.



La diosa que asesinaron


Pasaron varios días antes de que el inspector Riquelme confirmara a su amigo Tablada que los seis sacos contenían los restos de seis mujeres y de seis niños. Eran, sin duda, las mujeres que la “diosa” había dicho que habían sido violadas y luego asesinadas, junto a sus hijos, por los guardianes de aquel lugar infernal.


-Fermín –habló Riquelme-, aquí poco podemos hacer. Los de la Científica confirman que los crímenes fueron cometidos, en efecto, en los años cuarenta, y por tanto ya están prescritos. Por otro lado, hemos investigado los nombres de quienes trabajaron aquí como enfermeros y celadores en esos años y todos están muertos. Incluso ese tal Pedro Cifuentes, cuyo nombre te dio la mujer. Parece que el tipo, cuando el manicomio cerró y se quedó sin trabajo, cometió algunos robos y fue también acusado de la violación de tres mujeres. Uno de los casos fue especialmente sonado, ya que la mujer era una sobrina de don Melchor Vallellano, en aquellos tiempos Jefe Provincial del Movimiento y que llegó a ser luego Gobernador Civil de Jaén. Al tal Cifuentes se le aplicó la pena de garrote vil en 1956.


-Creo, por tanto –prosiguió el inspector-, que hemos de dar por cerrado este asunto. Hemos comprobado que tal y como Lucia Bellasaguas te confesó, aquí se cometieron, al menos, doce asesinatos, pero poco más podemos hacer salvo contribuir a que esos hechos sean conocidos por todos. Cuando la noticia se divulgue en la prensa la gente sabrá que hubo un tiempo en que se produjo en nuestra ciudad, al amparo del abuso de fuerza de algunos de los que habían sido vencedores en la Guerra Civil, una cadena de crímenes que nunca debería ser olvidada. Tenemos los nombres de las seis mujeres fallecidas, ya que hemos investigado en los libros de altas y de bajas de los viejos archivos del hospital y hemos podido comprobar que hay precisamente seis mujeres que figuran clasificadas en esos registros como simplemente “desaparecidas”, sin constar ni la fecha de su posible abandono del hospital ni la de su muerte, como si en algún momento olvidado ellas se hubieran esfumado. En todos los casos son mujeres cuya edad oscilaba en el momento de su ingreso entre los quince y los treinta años. El director del hospital me ha dicho que como homenaje a esas mujeres y a sus hijos va a ordenar que se construya un modesto monolito en los jardines, en el que quedarán esculpidos sus nombres, para contribuir, al menos, al recuerdo de sus vidas.


-Tengo que decirte, en fin, y esto es algo que no llego a entender –siguió hablando Riquelme- que una de las mujeres asesinadas se llamaba Lucia Bellasaguas. Amigo, no sé cómo explicarte que la mujer que estuviste amando, que tú creías que era una diosa, realmente era una mujer que fue asesinada hace ya muchos años.


-Y lo que tampoco soy capaz de entender –finalizó el inspector- es que el hijo de esa mujer, según un bordado que hemos descubierto en los restos de la ropita que vestía cuando lo mataron, se llamaba Fermín Bellasaguas. Amigo, ese niño asesinado en los años cuarenta llevaba tu nombre. Creo que la “diosa” cumplió la promesa que te había hecho de ponérselo.
















EL HOMBRE INMÓVIL

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Cuando se despertó, el hombre inmóvil se sintió confuso. No entendía lo que estaba pasando. No comprendía por qué no estaba en su cama, que es donde debía estar, sino en uno de los paseos del Parque Central de su ciudad. Se veía subido en un pedestal, vestía una extraña casaca y estaba todo él, salvo los ojos y los labios, repintado de purpurina. ¿Qué le estaba pasando? Solo unos instantes después tomó conciencia de que estaba pidiendo una limosna a los turistas que paseaban indolentes a su lado. Quiso entonces bajarse pero se dio cuenta de que no podía moverse. Algo lo tenía inmovilizado. “Quizás -se dijo- solo tenga que esperar a que alguien me eche una moneda. Entonces, recuperaré mis movimientos, escaparé de un salto y volveré a casa.” Con sus ojos, que era la única parte de su cuerpo que podía mover, echó un vistazo a la gorra que estaba expuesta en el suelo. Calculó que había unas quince monedas. Unos doce euros. Suficiente para tomar un taxi y huir de allí tan pronto como al tintineo de una nueva moneda le devolviera los movimientos. Pero eso no sucedió. Los turistas pasaban a su lado pero ni siquiera lo miraban. Parecía que no veían al hombre inmóvil. Era como si él no estuviera allí y este pensamiento hacía que se sintiera cada vez más angustiado. A pesar de que lo intentaba una y otra vez era incapaz de moverse. Estaba anocheciendo y nadie mostraba interés en él. Las horas pasaban y el hombre inmóvil estaba más angustiado a cada instante. Sus enrojecidos ojos mostraban el temor que lo embargaba.


A las once y media de la noche, cuando ya nadie paseaba por el parque, las luces se apagaron y todo quedó sumido en la oscuridad. Para entonces, sus ojos lloraban. Si hubiera podido hablar, habría chillado hasta enronquecer pero no podía hacerlo. El hombre inmóvil estaba solo. El mundo se había desentendido de él.


A eso de las cuatro de la madrugada, cuando estaba exhausto, fue cuando tomó conciencia de que lo que estaba viviendo no podía ser real. En un instante, pleno de gozo, su mente pareció despertar y descubrió al fin que todo tenía que ser una pura fantasía. Lo que sucedía, sin duda, era que él seguía durmiendo. Estaba, simplemente, soñando. Eso es lo que pasaba, todo era una pesadilla, y se sintió feliz ante esa esperanza. “Tengo que despertar, pensó. Todo es un sueño, solo es un mal sueño.” Pero no pudo hacerlo. El hombre inmóvil, por más que lo intentó, no pudo despertar. Y lo que él pensaba que era una pesadilla prosiguió.


Sus ojos solo se abrieron, al fin, a las 6.30 de la mañana, cuando, como todos los días, mecánicamente puntual, el reloj le sobresaltó con su chirriante sonido.
















EL VIAJERO ENAMORADO

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El viajero, tras haber visitado una torre museo de raíces medievales disfrutaba ahora de las delicias primaverales del otoño del sur. Estaba paseando por un viejo puente cuyos orígenes se remontaban a otros tiempos en que los héroes de los antiguos mitos habían vivido en la tierra. Dirigía sus pasos a la Mezquita de la ciudad, cuya silueta se alzaba majestuosa al otro lado del río.


Cuando llegó a la altura de una estatua pétrea de San Rafael fue cuando le llamó la atención una muchacha morena, de rasgos agitanadamente bellos, que estaba haciendo ejercicios de malabarismo con una pequeña antorcha. Supo que la chica no actuaba para nadie salvo para él, ya que en ese momento no había allí ninguna otra persona. Echó una moneda en el plato de plástico que estaba en el suelo y al mirar a la muchacha reparó en que también ella lo estaba mirando y le sonreía. En ese mismo instante, en ese cruce de miradas, fue cuando la magia lo envolvió todo y el viajero supo que esa chica iba a ser la mujer de su vida. El también la sonrió. Tenía la certeza de que el amor había atracado en el cuerpo de su alma, tan desolado por tantos naufragios anteriores. Se dijo que iba a hacer lo imposible para conseguirla.


Unos instantes después una pareja se les acercó. Estuvieron observando las acrobacias y echaron también una moneda. La muchacha, ante este gesto, y para desesperanza del viajero, también les sonrió como antes le había sonreído a él. El viajero se sintió traicionado. Quedó inmóvil, entristecido, mientras ellos se fueron alejando y la chica se agachaba para recoger las monedas. Ya no le prestaba ninguna atención.


Pasó un tiempo antes de que el viajero, al fin, saliera de su letargo. Estaban llegando ahora a sus oídos los sones melodiosos del Adagio de Albinoni. Alguien los estaba interpretando. El viajero quiso saber quién era y al alzar sus ojos observó que algo más allá una muchacha de aspecto eslavo, rubia, menuda de cuerpo pero de bellas facciones, estaba tocando el violín.


El viajero no lo dudó. Sacó otra moneda de su bolsillo y con ella en la mano, sonriendo, se dirigió a la violinista.
























LOS OJOS DE EDWARD DALTON

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Edward Dalton era un tipo extraño. Decían de él que por las noches, cuando dormía, solía despertarse sobresaltado preguntando a nadie, pues vivía solo, en donde se ocultaba su sombra cuando él, antes de introducirse en la cama, apagaba la luz del cuarto, y dado que nunca fue capaz de encontrar respuesta parece que llegó a obsesionarse de tal modo que en los últimos años de su vida siempre durmió con los ojos abiertos y con las lámparas encendidas. Quería impedir que su huidiza sombra, aprovechando que la luz faltaba, se esfumara.


Pasados los años, cuando fue consciente de que su tiempo se acababa, fuera ya de sus cabales, le suplicó a su amigo John Kay, químico como él, que cuando exhalara su postrer suspiro se ocupara de que sus ojos, que tenían que estar siempre vigilantes, fuesen introducidos en un frasco con formol que habría de permanecer depositado en una de las estanterías del sótano del Trinity College, en el que ambos habían sido profesores. Al parecer, para que se ocupara del mantenimiento de ese peculiar legado, Kay habría comisionado a la Sociedad Fisiológica de Manchester.

Y eso fue lo que sucedió. Desde entonces, los ojos de Edward Dalton están siempre al acecho de todo, buscando de continuo sombras imaginarias. Dicen que todavía hoy algunos alumnos del Trinity siguen visitando sus sótanos, atraídos por lo que nos parece, a estas alturas, una malsana curiosidad. Cuando eso sucede, el cruce de miradas entre los ojos vivos de los jóvenes y los ojos muertos de Dalton resulta ciertamente estremecedor.







































DEL CATECISMO Y LOS PÁJAROS

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Al hombre que se ocupaba del faro un marino, en uno de sus regresos de ultramar, le trajo un papagayo brasileño y cuando le contó que el animal podía hablar, el farero decidió que iba a catequizarlo. No quería en su faro un animal impío y por las tardes le leía pasajes del catecismo. Pensaba, me dijo cuando lo conocí, que tenía confianza en que el papagayo, más pronto que tarde, sería capaz de recitar esos capítulos de su viva voz.


Aquello, sin embargo, no funcionó. Don Pedrito, que ese era el nombre del animal, parecía escuchar las explicaciones teológicas del farero pero jamás reprodujo ningún pasaje en su lengua pajaril, de modo que el hombre, harto de la inutilidad del esfuerzo, intentó incluso despeñar al animal tirándolo desde lo alto del faro, empeño destructivo inútil ya que, aunque torpemente, el papagayo, revoloteando, siempre evitaba romperse la crisma.


Hubo de pasar mucho tiempo antes de que muerto el farero, estando en su velatorio, Don Pedrito nos sorprendiera exclamando aquello de: “O desejo de Deus é um sentimento inscrito no coração do homem, porque o homem foi criado por Deus e para Deus...” Al escuchar estas palabras, sorprendidos, nos miramos unos a otros. El pájaro era capaz de recitar, en portugués eso sí, los capítulos del catecismo que el difunto se había esforzado por enseñarle en español.


Algunos meses después, cuando el marino regresó de otro de sus viajes, al conocer el prodigio nos dijo que había comprado el papagayo, hacía ya muchos años, en el mercado de Boa Vista a una niña llamada Felicidade, que le había garantizado que el animal hablaba. Parece, pensamos todos, que la niña había tenido más éxito que el farero en su empeño de cristianizar al ave.


































ÍNDICE



  • Tiempo de carnaval 9


  • La fuga de Sophie 11


  • Una sombra en Berlín 15


  • Alicia y el Minotauro 21


  • Yo despierto 23


  • Luna en el agua 25


  • Con la boca llena de miel 27


  • La loca de los abrazos 41


  • Soldados 47


  • El vaporetto 51


  • Tiempo de otoño 55


  • En el silencio de la noche 57


  • El crimen 59


  • Cuento fantástico 65


  • Creación 67


  • Cuento fantástico irreverente 69


  • Anuncio de café 71


  • Metonimias 73


  • Andrea y los pescadores 75


  • Adolescentes en flor 77


  • La señorita C. y el bombero 79


  • Amor y locura 81


  • De monjas y diablos 83


  • El nudo del diablo 87


  • El tiempo sin relojes 89


  • Memoria del otoño 91


  • La bella y yo 93


  • Miradas 95


  • El hombre que se soñaba 97


  • Libros del Misterio 99


  • Mediterráneo 103


  • Aquel calor tenue 105


  • Crónica del fin del mundo 107


  • Donde habitan las ausencias 109


  • La señorita C. y los espejos 111


  • De amor y muerte 113


  • Un dios en su soledad 115


  • La mujer que amó a Aquiles 117


  • El expreso del Norte 121


  • Atalanta y el monstruo 125


  • Un hombre vino a matarlo 129


  • El rezo de las monjas 133


  • Amores reales 135


  • La diosa que amó a Fermín Tablada 137


  • El hombre inmóvil 147


  • El viajero enamorado 149


  • Los ojos de Edward Dalton 151


  • Del catecismo y los pájaros 153











































































































Publicado el 21 de mayo de 2026 por Ildefonso Robledo Casanova.
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