Descargar Kindle 'Manuel Lozada, el Tigre de Alica', de Ireneo Paz Flores

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135 págs. / 3 horas, 56 minutos / 570 KB.
6 de abril de 2018.


Fragmento de Manuel Lozada, el Tigre de Alica

—¡Mucho cuidado con la gavilla de Manuel Lozada!

II. ¡Viva la religión!

Pasaron algunos años, la gavilla prosperó tanto, esto es, adquirió tal prestigio en el Nayarit, que ya todos los indios de la comarca querían pertenecer a ella, porque los que la habían formado primitivamente estaban ricos, según ellos mismos informaban, con pocos peligros y con fatigas verdaderamente insignificantes, viéndose por lo mismo Lozada en la necesidad o de negarles trabajo o de encomendarles que formaran otras pequeñas gavillas dependientes de la principal, que fueran a operar en remotas regiones. No sólo el mismo capitán, que se había propuesto no tener arriba de cincuenta hombres, así por no hacer mucho bulto como por la dificultad de mandarlos, se vio precisado a mantener cien y hasta doscientos sobre las armas para caer con ellos, en las largas temporadas en que no tenía que hacer, sobre las haciendas, fábricas y poblaciones en las cuales se hacían destrozos consiguientes, tales como los saqueos, los asesinatos y los estupros y violaciones. Principalmente cuando en algún punto se les resistía, cometían desmanes espantosos. Si la resistencia era débil, procuraban matar de preferencia a los que habían resistido; pero si era vigorosa, dando por resultado que los bandidos fueran rechazados, con seguridad volvían más tarde con mayores fuerzas y procuraban caer de sorpresa, a la media noche por ejemplo, cuando eran menos esperados, y todo era entregado al pillaje, a la muerte, al incendio y a la destrucción. Cuando ejercían estos actos de venganza, eran insaciables, y no perdonaban la vida a las mujeres ni a los niños, entregándose la gavilla desde el jefe abajo al desenfreno más salvaje. No habiendo quién les fuera a la mano, ni quién pretendiera dominar sus instintos brutales, y antes bien, viendo que el mismo capitán saciaba así sus apetitos camales como su sed de sangre con natural ferocidad, cada cual procuraba exceder en crueldad y lubricidad a los otros, alumbrando las llamas del incendio cuando ya todos estaban borrachos, las escenas más espantosas, más infernales, desenlanzándose a veces la orgía en combates sangrientos, en que ellos mismos, unos a otros se herían, disputándose entre sí las presas cuando ya no había a quien matar.