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Novela corta, Novela epistolar.
51 págs. / 1 hora, 30 minutos / 172 KB.
28 de enero de 2017.
En aquella época tenía dieciséis años. Vivía con su madre en una pequeña finca, a unas cinco verstas de la de mi tío. Su padre —un personaje, según contaban, bastante notable— había alcanzado en poco tiempo el grado de coronel, y sin duda habría llegado más lejos si no hubiera muerto en plena juventud, abatido desgraciadamente por un compañero en el transcurso de una partida de caza. Vera Nikoláievna se había quedado, pues, huérfana de padre a muy tierna edad. Su madre era también una mujer extraordinaria: hablaba varias lenguas, sabía un montón de cosas. Era siete u ocho años mayor que su marido, con el que se había casado por amor. Él se la había llevado en secreto de la casa paterna. La madre de Vera jamás podría superar ese golpe y hasta el mismo día de su muerte (según me ha comentado Primkov, fallecería poco después de la boda de su hija), sólo se puso prendas de color negro. Me acuerdo perfectamente de su rostro: expresivo, sombrío, enmarcado por abundantes cabellos grises, ojos grandes y severos, como apagados, y nariz recta y fina. Su padre —el abuelo de Vera—, apellidado Ladanov, había pasado unos quince años en Italia. La abuela, hija de un simple campesino de Albano, había sido asesinada al día siguiente de dar a luz por un trasteverino, su novio, al que Ladanov se la había arrebatado... Esa historia armó mucho ruido en su momento. De vuelta en Rusia, Ladanov no volvió a salir de su hacienda, ni siquiera de su despacho; se entregó al estudio de la química, de la anatomía, de la cabalística; quería prolongar la vida humana, se imaginaba que podía entrar en comunicación con los espíritus, convocar a los muertos. Los vecinos lo consideraban un brujo. Le tenía muchísimo cariño a su hija, y él mismo se ocupó de su instrucción, pero no le perdonó su huida con Yeltsov. Después de ese día se negó a recibirlos, les predijo una vida desdichada y murió solo. Al quedarse viuda, la señora Yeltsova decidió no recibir prácticamente a nadie y se consagró por entero a la educación de su hija. Cuando conocí a Vera Nikoláievna, no había estado en toda su vida en una ciudad, figúrate, ni siquiera en la capital del distrito.

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