Lázaro

Casi un novela

Jacinto Octavio Picón


Novela corta



Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorruptibilidad; y esto que es mortal se vista de inmortalidad.

(San Pablo: Epíst. Iª a los corintios, cap. XV, vers. 53.)
 

I

A mediados del siglo XVIII, en una plaza de Madrid, formando rinconada con un convento, claveteada la puerta, fornido el balconaje y severo el aspecto de la fachada, se alzaba una casa con honores de palacio, a cuyos umbrales dormitaban continuamente media docena de criados y un enjambre de mendigos que, contrastando con la altivez del edificio, ostentaban al sol todo el mugriento repertorio de sus harapos. Algunos años después, un piadoso testamento legó la finca a la comunidad vecina, y en nuestro tiempo descreído y rapaz, la desamortización incluyó en los bienes nacionales aquella adquisición que los pobres frailes debían a las legítimas gestiones de un confesor o al tardío arrepentimiento de un moribundo. Un radical de entonces, que luego se hizo, como es costumbre, hombre conservador y de orden, la compró por un pedazo de pan; y tras servir sucesivamente como depósito de leñas, mesón de arrieros, colegio de niños, café cantante y club revolucionario, vino a albergar una sociedad de baile en la planta baja y una oficina en el principal, aprovechándose lo de más para habitaciones de pago dominguero en lo interior de ambos pisos.

Aquella era la casa de los Tumbagas de Almendrilla. Nada queda de las grandezas de tan ilustre raza, y aún se teme que por falta de puntualidad en satisfacer derechos de lanzas y medias anatas, haya caducado el título que ostentaron, y cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos.

Como el de griegos y romanos, es incierto el origen de los Tumbagas de Almendrilla; pero eso mismo realza la antigüedad de su ralea, pues las cosas, las instituciones y los hombres parece que adquieren importancia con andar su nacimiento envuelto entre dudas y perplejidades de erudito. Dicho sea de paso, ninguno se ha propuesto poner en claro cuál fue la cuna de tan ilustres varones; pero si tal hubiese sucedido, nada habría sacado en limpio, pues, llegando la indagación a ciertas épocas, se para como ante muro de piedra o cortadura de monte, sin que se pueda averiguar lo que hay de cierto sobre que el primer Tumbaga fuese uno de los que acompañaron a Túbal en su venida a España.

Fundándose en raíces de palabras, cuyos tallos nadie conoce, dicen algunos que el origen de la raza no va más allá de la primera colonia fenicia, y hay quien afirma que lo de Almendrilla viene de un enorme peñón, así llamado, que sobre las cabezas de los moros dejó caer un Tumbaga desde las fragosidades en que Don Pelayo rechazó a los hijos del África. Ello es que en la época de los godos, y al empezar la reconquista, había ya Tumbagas de Almendrilla, y los habrá siempre, a no ser que en las páginas de este relato muera el solo individuo que queda de tan nobilísima estirpe.

En vano se ha querido manchar el blasón de aquella ilustre casa. No es cierto que en tiempos del apocado Mauregato fuese un Tumbaga quien intervino en el famoso tributo de las cien doncellas. No está probado, tampoco que cuando Sancho el Bravo se sublevó contra su padre, por creerle chiflado y a manera de espiritista, fuese un Tumbaga quien le alentó en la criminal rebelión. Son, en cambio, innumerables, y se convencerá de ello el que pueda, los beneficios, hazañas y hechos gloriosos o útiles que los Tumbagas de Almendrilla han realizado en pro de la patria española, dando pruebas de valor, tacto, arrojo y otras mil cosas escritas en caracteres ilegibles, almacenadas para solaz de ratones y pesadumbre de tablas de biblioteca.

Reinando Isabel primera, un Tumbaga ideó poner cruces en todas las torres de la Alhambra. Bajo Carlos de Gante, cuando la nobleza castellana se hizo de turbulenta cortesana y de independiente palaciega, trocando hierros y armaduras por rasos y brocados, un Tumbaga fue el primero que se presentó en la corte, llevando sobre los guantes de gamuza las armas de su escudo bordadas con sedas de colores. En los tiempos del prudente y piadosísimo Felipe II no hubo auto de fe que achicharrara maldecidos y perniciosos herejes a que no asistiera lleno de tanto celo un Tumbaga. Mientras Felipe III ocupó el trono, para mayor gloria de nuestro nombre y terror de nuestros enemigos, otro Tumbaga ilustró su apellido, sirviendo los amorosos caprichos de Úceda, que era entonces como servir al Rey mismo. Felipe IV y la Calderona no tuvieron confidente más fiel que Pedro de Tumbaga; y los bosquecillos del Pardo, las enramadas del Retiro, conservan todavía añosos troncos, bajo los cuales el orgulloso magnate esperó, calado por el agua del cielo, a que el autor de La vida por su dama cortase la sabrosa plática que en los camarines de aquellos palacios tenía con la famosa comedianta.

En reinados posteriores, los Tumbagas ocuparon puestos donde bien pudieran haber sido útiles a la Religión o al Rey: uno mandaba en las procesiones el piquete de honor; acompañaba otro, espada en mano, al Santísimo Sacramento; daba éste la guardia al Santo Sepulcro; encargábase aquél, durante el verano, del mando de las falúas de paseo en los estanques de los Sitios Reales. Todos dejaron escrito en la historia de su casa algún rasgo notable de tan azarosa, pero gloriosa vida. Ni Carlos III hubiese podido ajustar el patriótico Pacto de Familia ni las fiestas reales de tiempo de Carlos IV hubieran tenido tanto lustre, a no mediar en las negociaciones y toreos un Tumbaga. Durante el cautiverio de Fernando el Deseado, mientras el populacho, inconsciente y salvaje, preparaba motines como el Dos de Mayo, los Tumbagas rodeaban al Rey, dispuestos a perder la vida en su servicio, siempre dominados por la tradición, que les imponía antes el sacrificio del patriotismo que el de la propia lealtad.

El escudo de aquellos ínclitos varones es honroso jeroglífico, vivo recuerdo de triunfos, honores, distinciones y victorias. Tres cabezas de moro en campo verde no recuerdan, como algunos pretenden, la salvaje hazaña de haber vencido a tres sectarios de Mahoma, sino la graciosa broma de un Tumbaga que en cierto baile de trajes se presentó vestido de berberisco con dos amigos. Un gallo, desplegadas las alas y apoyado en sola una pata, recuerda que quien primero puso en su casa veleta de esta clase fue un Tumbaga; y el mote de la cinta que dice Yo solo no indica que algún Tumbaga hiciese algo que merezca ser tenido por glorioso, sino que uno de tan envidiable estirpe fue quien intervino en las diferencias que separaron a Fernando VII de Pepa la Naranjera.

La familia no se ha extinguido, y muy lejos de la corte, entre las sinuosidades de un valle que en vano pugnan por fecundar riachuelos exhaustos de agua en el verano, y ricos en todo el año de guijarros, hay una casa de labranza, donde viven los últimos Tumbagas, ignorados del mundo y casi ignorantes de lo que su nombre fue en otro tiempo. Los olivos de áspero y dislocado tronco, los naranjos sobre cuyo verde oscuro resaltan las encendidas notas de sus frutos, y las robustas encinas que asientan como garras gigantescas sus raíces desnudas en la seca tierra, pueblan las vertientes de los cerros coronados de calvos y cenicientos peñascos. A largas distancias, como escondiéndose en las desigualdades del campo, se alzan cortijos y granjas, cercadas por tapias de cascote; el viento mueve blandamente la alta copa de alguna palmera que parece centinela avanzado de otros climas, y en el oscuro centro de los bosquecillos de adelfas y granados entonan los ruiseñores sus cantos de amor y sus gorjeos de alegría.

De tales encantos rodeada se alza la casa del tío Tumbaga, labriego querido y respetado en la comarca, como pudiera serlo cualquiera de sus antepasados cuando se cubría ante el Rey, y a quien más que el olivar o las tierras de pan llevar que constituyen su hacienda, envidian las mozas el hijo que Dios y su mujer, de común acuerdo, le dieron, a los nueve meses justos de matrimonio, allá por el año de mil ochocientos cincuenta y tantos.

No más que diecisiete primaveras tenía el mozo, y ya traía revueltas las faldas del lugar, sin que él hiciera nada por atraerse el cariño de las chicas. Decían unos que si ellas le miraban con buenos ojos, era por la esperanza de ser algún día dueñas de las riquezas de su padre, y alguien añadía que la brillante perspectiva de ser sobrina de Su Ilustrísima era lo que volvía locas a las beldades de las cercanías, pues Su Ilustrísima, es decir, el Obispo de la diócesis, era hermano del Tumbaga, y por tanto, tío de Lázaro.

La causa de que dos hijos de un mismo padre tuvieran tan distinta suerte, que hizo al uno ser sucesor de todo el Apostolado y al otro humilde campesino, es por demás sencilla. Cuando el padre murió, sin dejarles más herencia que aquellos pocos terrones y algunas onzas de oro ocultas en un puchero enterrado en el huerto, tuvieron Diego y Antolín una conferencia, en la cual convinieron que debía uno de ellos procurar hacer carrera y conseguir medro, continuando otro al frente de la poca tierra a que habían quedado reducidos los antiguos estados de la nobilísima familia. De este modo, si la fortuna ayudaba al primero, podría luego proteger al segundo; y, en caso contrario, éste tendría siempre refugio que ofrecer al que intentaba restaurar el brillo de su casa y el renombre de su estirpe. Hiciéronlo así, y años después de la separación supo Diego que Antolín cantaba en una iglesia de Sevilla su primera misa. La protección de quien quiso dispensársela, y su buena fortuna, le empujaron de tal suerte, que a los cincuenta años llegó Antolín a canónigo de una basílica, y veinticuatro meses después era preconizado obispo, con gran regocijo suyo y de su ama de gobierno. Llegó la nueva a conocimiento de Diego, que, exento de envidia, tuvo con ella mucha alegría, y pasados algunos días, llegó también la siguiente carta, primera que Antolín escribía con timbre del obispado:

«Querido y nunca olvidado hermano:

»Por la ayuda de Dios Nuestro Señor, más que por mi propio esfuerzo, y también por favor de Su Santidad y del Rey (Q. D. G.), me he sentado hace una semana en la silla episcopal de esta diócesis, por cuyos fieles pido en mis oraciones. Ya ves cómo ha llegado para nosotros a lucir la fortuna, y qué bien hicimos en disponer las cosas de manera que han venido a dar este resultado. Excuso decirte que cuanto soy y valgo pongo a tu servicio; mas como no se trata de vanos ofrecimientos, sino de firmes y leales propósitos, bueno será que empecemos luego a disponer lo que mejores frutos pueda dar en lo porvenir. Por tus pocas y tardías, pero extensas cartas, he venido haciéndome cargo de que tu hijo Lázaro es listo como él solo. Tratemos, pues, de sacarle de entre esas breñas, démosle educación conveniente, instruyéndole en las buenas doctrinas del santo temor de Dios, y hagamos cuanto en nuestra mano esté para que, como yo he llegado a ser pastor de los rebaños de Cristo, alcance él mayores honras. Me encargo de todo. Envíamele sin cuidarte de más, y decídete a hacer el sacrificio de la separación en obsequio a su felicidad. Adiós, Diego; recibe para ti y los tuyos, con mi bendición de Prelado, mi abrazo de cariñosísimo hermano.

Antolín.»

Leer el pobre viejo esta carta, sentir sus ojos húmedos por el llanto y temblarle los labios de emoción todo fue uno. Restregase los párpados con el curtido revés de la encallecida mano, llamó al mozo, leyole la carta, y sin titubear un punto, le dijo:

—Dentro de dos días te vas del pueblo.

¡Pobre padre! Con la mejor intención del mundo y la mayor abnegación, pensando que cuanto su hermano proponía era lo más conveniente, decidió quedarse solo, añadiendo a su viudez la orfandad en que la partida del muchacho había de dejarle. No paró mientes en lo terrible de aquella soledad; ni menos consideró que para custodiar las trojes, vigilar a los segadores y cuidar de la aceituna, le faltaría en lo sucesivo su activo celo. Atendió solamente al porvenir de Lázaro, y de grado o por fuerza, hízole montar en una mula, y salir en ella, no a correr mundo como sus antepasados a Flandes en busca de aventuras o a Italia persiguiendo honores, sino a presentarse al bueno del obispo, para que éste modelara, cual si fuera de arcilla, aquella alma que aun no había despertado a la vida.

¡Qué largas iban a ser las veladas de invierno pasadas junto al hogar en que él atizaba el fuego, manteniendo con su donaire la conversación! ¡Qué tristes habían de parecerle las noches de verano! ¡Qué callado el silencio cuando no se oyera resonar junto al fresco brocal del pozo, ni bajo el emparrado de la puerta, el rasguear de aquella guitarra que parecía tener alma y quejarse cuando él la tocaba!

Todo lo pensó y midió el pobre campesino; pero poniendo antes los razonamientos del interés que los del cariño egoísta, vio que sería torpeza dejar pasar de largo a la fortuna cuando cruzaba ante el umbral de la casa.

Hiciéronse los preparativos, y una mañana partió Lázaro a la capital de la provincia, prometiendo a su padre tenerle al corriente de cuanto le acaeciera.

Dejando atrás montes y llanos, cortijos y caseríos, viajando hoy en compañía de arrieros, durmiendo mañana sobre los arcones de la paja en las ventas, llegó por fin a su destino más cansado de cuerpo que esperanzado de ánimo.

Eran las ocho de un día luminoso y alegre, cuando se apeaba nuestro héroe en el zaguán de la casa, llamada pomposamente Palacio Episcopal. Recibiéronle criados y familiares; hízosele esperar a que Su Ilustrísima terminara la misa que cotidianamente rezaba, y entráronle, atravesando pasillos y corredores, en una habitación cuyo aspecto parecía pedir señores de casacón y damas con faldas de medio paso. Cuanto había en ella olía a siglo pasado. En los muros, cubiertos de papel verde oscuro, rameado de otro verde más claro, veíanse algunas cornucopias enormes con figurillas grabadas en el cristal. Un par de cuadros religiosos, de dudoso dibujo, ocupaban el testero principal, y bajo ellos, rodeado de taburetes cojos, había un sofá raído y destrozado por el roce continuo con pedigüeños impacientes o canónigos de gran peso. Sobre una mesa de ébano, con señales de haber tenido en otro tiempo incrustaciones, había un crucifijo de marfil rajado y amarillento, con sus gotas de sangre abermellonada y sus clavos de plata. Un San Cristóbal gigantesco, mal trazado y de peor color que dibujo, guardaba la puerta de entrada, junto a la cual dormitaba con la mayor vigilancia un familiar dispuesto a troncharse el espinazo cada vez que Su Ilustrísima pasase por allí. Sobre el hueco de un balcón había un cuadro, acaso del Españoleto, que representaba a Santa María Egipciaca tendida en las arenas del desierto, enteramente desnuda, muy hermosa y más incitante de lo que fuera oportuno en sitio frecuentado por gentes de Iglesia. A un extremo, ante una mesita cubierta de expedientes y cartas, escribía, con pluma de ganso y tintero de loza, un clérigo flaco y apergaminado, como si viviera en perpetua cuaresma. Y, finalmente, de una percha pendían varios manteos, raídos y apolillados unos, de nuevo y luciente paño otros.

En aquella estancia dejaron a Lázaro. Ni él reparó en los clérigos ni ellos se dieron cuenta de la presencia del labriego. Pasó un cuarto de hora abstraído el chico en sus cavilaciones, dormitando el guardián y raspando borrones el que escribía, hasta que, tras ruido de puertas que se abrieron y cerraron, entró en la habitación el obispo.

Era alto, seco, nervioso, de mirada inteligente y dura y de tez morena oscurecida por el paño de la mal rapada barba. Vestía sotana morada, ya deslucida por el uso; llevaba en el pecho una cruz y en el dedo un anillo de gruesas amatistas. Le seguían, como doble sombra negra, otros dos eclesiásticos, y era al mismo tiempo, sin que una cualidad dominara a la otra, antipático y respetable.

Acogió a Lázaro, queriendo dar a sus facciones esa afabilidad de semblante con que pretende hacerse simpático quien sabe que no lo es, y echándole el brazo derecho sobre los hombros, le llevó hasta su cuarto, diciendo a los que le rodeaban:

—Llamaré cuando os necesite.

Pasaron de aquella sala a otra, donde lo severo de la ornamentación no excluía la comodidad y el regalo, y allí, arrellanado el tío en un sillón de cuero, sentado apenas el chico en el borde de una silla, miráronse mutuamente algunos segundos, tratando cada cual de explorar los pensamientos del otro.

—Tu padre y yo —dijo al fin el Prelado— hemos convenido en sacarte del pueblo y procurar, por cuantos medios haya a nuestro alcance, darte una educación que pueda labrarte un porvenir que compense nuestros sacrificios al par que tus esfuerzos. La posición en que, a Dios gracias, me encuentro ha de servirnos de mucho, y si te aplicas creo que podremos salir adelante. Listo eres, según me dicen; sé además trabajador, y el resto lo obtendrás con exceso. Aquí te quedas preparándote para entrar en el Seminario. Nada ha de faltarte; ni maestros, ni consejos, ni ejemplos. ¡Quiera el Señor que seas un día Príncipe de la Iglesia! Otros de más humilde origen han llegado a tan alta jerarquía, y no habrá milagro en que les iguales. Está preparado tu alojamiento y yo cuidaré de que nada te falte.

II

Desde aquel día disfrutó Lázaro cuantas comodidades podían gozarse en el Palacio Episcopal, siendo tratado como convenía a su parentesco con el reverendo, prelado. Diéronle un cuarto, aunque no bueno, de lo mejor que había en el edificio: tenía unas cuatro varas en cuadro, blanqueados los muros, la cama hecha con colchones de vieja y apelotonada lana, y las sábanas más ásperas que cutis de setentona. Le pusieron a la cabecera del lecho la imagen de un santo difícil de identificar, pero santo al fin, y al lado de una gran ventana, que se abría sobre el ancho panorama del campo, colocaron una mesa cargada de libros, y un tintero de cobre. Por deferencia a Su Ilustrísima, le sirvieron de maestros los más instruídos canónigos del cabildo; puso él de su parte cuanto pudo; ayudó en gran manera su clara inteligencia, y pocos meses después empezaba su imaginación a adivinar nuevos horizontes llenos de promesas gloriosas, en la senda a que se le destinaba. Los libros que leía, las lecciones que escuchaba, dejaban en su espíritu profunda huella; y el pobre muchacho, traído del campo hasta la morada del obispo, trasladado de pronto desde la libre existencia de los prados y montes al severo recinto por donde vagaban, como espectros atezados, los familiares de su tío; obligado a cambiar de género de vida, rodeado siempre de rostros en que parecía delito la sonrisa, sin nadie a quien poder transmitir las primeras impresiones que, como bandada de pájaros no avezados al vuelo, se alzaban en su alma, fue poco a poco haciéndose reservado y triste; sintió anublado su espíritu por las sombras que la soledad engendra, y sólo halló para sus pensamientos puerto de refugio en la esperanza del porvenir. Aquellos libros, que le obligaban a estudiar, y aquellos hombres que había de tratar por fuerza, le pintaban el mundo como una sola jornada de la vida humana, como una prueba para el temple del alma; la tierra como valle de lágrimas, en que son mentira los aromas del campo y las alegrías del corazón. —Aquí abajo —le dijeron— todo es falso, impuro y deleznable. Las dichas terrenales son cantos de sirena, que arrastran al mal; cuanto se sufre y se padece son méritos que en el mundo se hacen para que sean premiados arriba, y en este breve tránsito donde los pies se hieren en los guijarros de todos los caminos, debe la esperanza refugiarse en los cielos, que allí aguardan al alma la inmortalidad y a la virtud el premio de sus luchas. Pero fuera de esa esperanza y de lo que ha de hacerse por mirarla cumplida, en el mundo no hay nada; fuera del mal, la tentación y el error, todo es mentira. El desprecio de la Naturaleza y del hombre es la ley suprema de la conciencia; la contemplación de lo divino el solo cuidado del entendimiento; la fe en Dios y la confianza en los que le representan, la única luz que alumbra la pasajera pero densa tiniebla de la vida.

De esa idea del mal difundido en el mundo como el aire en los espacios, y de esa esperanza del bien puesto tras la existencia como la luz del día tras la oscuridad de la noche, nacía el horror a lo terrenal y humano, y también la conmiseración y la piedad hacia los que sufren y padecen. Esto era toda la religión, toda la esencia de sus doctrinas, toda la fuerza de sus dogmas, todo su concepto del universo mundo.

Sobre cuanto existe, Dios, fuente inagotable de dulzuras eternas, fuerza en constante trabajo, causa insondable, secreto impenetrable, misterio tanto más grande, cuanto mayor sea la inteligencia humana. Luego, en la tierra, colocado entre las amargas olas de los mares y las punzantes malezas de los campos, el hombre, sintiendo siempre el perdurable martirio de la duda, y bajo sus pies un erial rebelde al trabajo. Pero entre Dios y el hombre, la religión, bajo los pliegues de cuyo manto se cobija la humanidad, al modo que entre las anchas ramas de la encina se guarecen los gusanillos de la selva. Y, por fin, como última consecuencia de esta concepción del universo, el hombre de Dios, el sacerdote que tiene por misión tender la mano al que vacila, sostener al que cae, infundir fe al que duda, perdonar al que peca, defender al que sufre, sojuzgar al altivo, y abriendo a todos los brazos con amor decir como el Hijo del Hombre: «Amaos los unos a los otros; practicad la virtud, y lo demás os será dado con exceso.»

Esto enseñaban a Lázaro, y así lo admitía él.

«Sí, —se decía—; Dios y el hombre... El cielo y la tierra... El bien y el mal... Entre ambos la religión, el sacerdote, el soldado de las grandes peleas, el profeta que anuncia la aurora del porvenir, el eterno apóstol que, repitiendo la frase de San Pablo, dice a todos los pueblos de la tierra: «Hermanos, sois llamados a la libertad».

Como el áspero mármol que la mano del artista desbasta, esculpe y modela haciendo surgir de la brutal materia la forma encantadora, fue Lázaro trasformándose por el estudio, abriendo cada día con mayor avidez los ojos a la luz de la fe, sintiendo penetrar dulcemente en su alma un algo indefinible que cala sobre su corazón como el rocío del cielo sobre el brote de la planta.

Bien veía o creía ver algunas veces cierta disparidad entre lo que sentía y lo que le rodeaba; pero no se paraba a aquilatar las cosas muy despacio, embebecida su inteligencia en las novedades que a su entendimiento se ofrecían. Sin embargo, la transición de las costumbres campesinas al refinamiento mental de su presente vida, era demasiado inopinada y brusca para que dejara de parar mientes en ella. Además, pronto se dio cuenta de que no eran pocos los sagrados textos que parecían olvidados en derredor de Su Ilustrísima. Preceptos más sanos que aire de monte quedaban sin cumplimiento, o se obedecían por pura fórmula a veces, y otras había manifiesta oposición entre lo mandado por autoridades de continuo invocadas, y lo que en la morada episcopal se practicaba.

Por de pronto, el Rdo. Antolín, si no era rico, no daba muestras de aborrecer la riqueza: su pobreza tenía algo de problemática. Sin contar las mesadas que del Estado cobraba, las ricas vestiduras de que estaban atestados sus cajones, y los vasos y alhajas de metales preciosos, las gentes señalaban en los alrededores de la ciudad alguna finca, escondida entre macizos de árboles, donde Su Ilustrísima podía, como en cosa propia, hacer lo que mejor le pareciese.

Lázaro observaba que la caridad cristiana aparece en los Evangelios muy diferente, de la que se ejercía en torno suyo, que no eran siempre la humildad y la mansedumbre los móviles de los amigos íntimos del obispo, y que algunas veces se vela asomar cobardemente a los labios de los familiares cierta sonrisa reveladora de hipocresía y envidia.

La facilidad con que se recibía en aquella santa morada cuanto dinero daban para limosnas los caritativos fieles, se trocaba en formalidades y retrasos cuando las monedas habían de pasar a la faltriquera de los pobres, pareciendo aquello despacho de banquero donde se toma sin vacilar el oro ajeno y en donde todo son al devolverlo garantías, molestias y dilaciones. Nada oyó el futuro sacerdote en desdoro de su tío; pero, con frecuencia, las gentes que cruzaban las antesalas y corredores del palacio no parecían salir completamente satisfechas de la entrevista con el Prelado: y era, lo extraño que si nunca se retiraban descontentos la dama encopetada o el canónigo influyente, solía verse descorazonado y abatido al pobre párroco de aldea o al cura de misa y olla cuyos grasientos y raídos manteos pregonaban descaradamente la miseria. Jamás notó cosa que disonara en el tranquilo concierto de aquella existencia casi monacal, donde todo estaba dispuesto y regulado de antemano, como en ceremonia palaciega; pero semejante al sordo ruido de vientos lejanos, creyó escuchar algunos días el rumor de murmuraciones engendradas en las porterías, robustecidas en las antecámaras y detenidas por el miedo ante las puertas del despacho donde trabajaba el bueno del obispo.

Levantábase Lázaro a la hora del alba, oía misa, tomaba chocolate y ayudaba en algo a su anciano tío. No tenía otra cosa que hacer hasta la comida, que se hacía siempre a la una, con puntualidad cronométrica.

Y por supuesto, todo aquello de comer como los anacoretas hierbas salvajes o saltamontes del campo, era pura fábula, tradición olvidada. Al presente, y gracias a un cocinero lleno de buenas cualidades, en la mesa de Su Ilustrísima hubiera podido darse por satisfecho el más descontentadizo; en todo lo que a la culinaria se refiere, era el obispo ardiente partidario del progreso. Tratábase a cuerpo de rey constitucional; los mejores caldos de la cosecha, los más preciados sólidos del mercado iban a sus despensas; ya por encargo propio o por atención ajena, el pavo mejor cebado y el gazapillo más tierno eran, para él; las frutas que se le presentaban parecían ofrendas para las aras de la antigua Ceres, y era raro el día en que la piadosa mano de alguna devota no preparase para Su Ilustrísima un platito de dulce espolvoreado de canela, aroma a que, como buen andaluz, era muy aficionado. Una reparadora siesta servía del epílogo de la oración con que a Dios se daban gracias por tantos beneficios. Se trabajaba otro poco por la tarde, se cenaba concienzudamente tras el rosario, y un sueño tranquilo reinaba a las once en todos los ámbitos del edificio, donde la calma de este género de vida no se veía turbada sino en las vísperas de las grandes festividades de la Iglesia.

Lázaro notaba que todo esto no eran mortificaciones ni martirios, pero también se decía que aquello no era vivir en el mundo y sus luchas, y que siendo buenas cuantas gentes le rodeaban, no podía ser detestable la vida. ¡Cuán diferente se le ofrecía el espectáculo del mundo que empezaba un paso más allá de aquellos respetados muros! Cierto que de puertas adentro todo era reposo y santidad; pero, ¡cuántos horrores y amarguras le esperaban al poner la planta en esa sociedad donde cada día es un combate y cada hora causa una herida! Hacía el pobre chico proyectos para el porvenir, y juzgando el mundo tal cual se lo habían pintado, pensando que todo eran males, tristezas y desdichas, se preparaba a entrar en él inquieto, temeroso, como bisoño pronto a escuchar el primer paso de ataque tocado por las cornetas de su batallón.

Tratábale su tío afablemente; por respeto o adulación al Prelado, hacían lo mismo cuantos le rodeaban, y merced a su protección entraba Lázaro en la carrera que le destinaron escudado contra las privaciones, pero también con el alma llena de vagos presentimientos. Le habían pintado su misión de suerte que, impresionada la imaginación, veía en el sacerdocio el apostolado de toda idea generosa. Mas, a pesar de esto, cuando sólo, con su libro de horas bajo el brazo, se le veía cruzar los anchos corredores o sentarse bajo las umbrías del huerto, parecía que dentro de su alma bullían y a sus miradas se asomaban temores y dudas sobre la suerte que le estaba reservada. La santa casa que habitaba era, a su parecer, un puerto de refugio contra el oleaje infernal de la malicia humana, y le infundía pavor la idea de abandonarlo. Por todo aquello que sus libros devotos le aconsejaban huir, venía en conocimiento de cuán ciertas debían de ser las palabras con que se le avisaban los peligros mundanales, y por la interminable y fatigosa excitación a la virtud, podía apreciar cuán hondas y frecuentes son las simas del pecado; pero a medida que iba considerando las tentaciones que podrían rodearle, los riesgos que tendría que prever y males que evitar, su inteligencia miraba con mayor deleite la perspectiva de los días de gloriosa lucha.

Considerado por cuantos cerca de él andaban como la persona más allegada a Su Ilustrísima, los sacerdotes y demás gente de Iglesia que tenía ocasión de frecuentar, guardaban buen cuidado de no dejarle ver cosa que pudiera enojar al obispo. Todo era ante él resignación y humildad; de modo que teniendo constantemente ante los ojos la divina palabra de los libros y el mejor ejemplo en los hechos de los hombres, pensó que en contra de la perversión del mundo estaba aquella virtud; que el torpe bullir de las pasiones se contrabalanceaba por un santo fervor religioso, y que nada podía haber tan digno ni respetable para la humanidad como la voz de esos hombres que con la imagen de Cristo en una mano y señalando con la otra al cielo, dicen al desgraciado: «Cree y espera».

Su poética melancolía era el presentimiento de los dolores de la lucha. Parecía que su alma adivinaba las heridas que habría de sufrir más tarde, y sólo en la fe, ingénita en su espíritu, fomentada luego por cuanto le rodeaba, era donde el pobre Lázaro podía hallar reposo a la misteriosa agitación de sus ideas. Nacido en una aldea donde la hermosa y virginal Naturaleza le decía continuamente: —«Admira»—; sin escuchar más voz que la del cura que de continuo repetía: —«Cree»—; con el sano ejemplo de la honrada vida de su padre, y sin haber sufrido desgracias de las que pervierten al hombre, iba, en fin, allegando fuerzas y atesorando virtudes para verterlas luego como un maná divino sobre el rebaño de fieles que Dios le deparase.

Dos épocas distintas puede decirse que atravesó Lázaro mientras estuvo, en casa de su tío.

Durante la primera le dominaron los recuerdos confusos del pueblo con sus faenas y labores: acordábase de las conversaciones en que la tierra era la preocupación de todo el año, y empeñándose mentalmente en resucitar sus impresiones se esforzaba en reconstruir, con reminiscencias vagas y sensaciones olvidada s, aquellos días que no habían de volver jamás; las lluvias primaverales que hacían entrever los carros repletos de doradas gavillas; el estío con las llanuras serpeadas por surcos que parecían encender el aire con la irradiación de sus terruños abrasados; el otoño con sus frutas mal sujetas a la cargada rama, convidando al paladar a refrescarse con su azucarado jugo; las tardes con sus vientecillos impregnados de perfumes, y las calladas noches pobladas de misterios, llenaban su pensamiento de ensueños indecisos. Lejos, muy lejos de él estaba cuanto podía recordarle tiempos pasados y como tales más dichosos: el hogar ennegrecido por el humo de los troncos a cuya sombra jugueteó de pequeñuelo; la fuente donde las mozas, entretenidas en mirarle, dejaban rebosar en sus cántaros el agua; y en un altillo del cementerio, bajo la cruz de piedra que dora cada tarde el último rayo de la luz solar, la tumba de su madre...

En la segunda fase de aquella etapa de su vida todo era diferente. Habíanle trazado con sombrías tintas el plano de la revuelta arena del mundo. —«Aquí abajo no hay, le dijeron, sino males y perfidias; pero tú serás de los que tienen por misión encadenar el dolor a la esperanza de la dicha». A pesar de no considerar completos los ejemplos que se le ofrecían, todo lo que aprendía, sus vigilias y desvelos, cuanto intelectualmente se asimilaba, venía a compendiarse en un impulso de amor divino, que le hubiera hecho fijar los labios en la llaga del enfermo, si esto bastase a curarla, o correr a los campos de batalla para acallar con su rezo la maldición del desgraciado y dar alas al alma del creyente moribundo.

Sentado algunas veces junto a la fuente de la huerta, que desde una eminencia dominaba la ciudad, viendo a lo lejos tejados, y azoteas, escuchando el bullir y los ruidos que como provocación constante le traían los aires, Lázaro pensaba que aquellas eran las guaridas del mal. Sólo las cruces puestas en lo alto de las torres eran signos de redención o amparo. Y si su memoria, protestando de aquel falso sistema del mundo, le recordaba que no todo era malo en la tierra, que él había visto a su padre dar trigo a los labriegos pobres o socorrer a los necesitados, que en la tierra existían cariño, afabilidad y amor, que él mismo había llevado hasta los apartados caseríos consejos de paz y de justicia, todo se desvanecía ante la influencia maléfica del pulvis eris que le habían inculcado en el alma.

Fue Lázaro después al seminario; tuvo su celda estrecha y triste; aprendió mal latín y peor griego, no para admirar el genio de los grandes poetas paganos, sino para embotar su inteligencia en casuismos teológicos; se apacentó dócilmente con filosofía escolástica; le dieron los libros de los Padres de la Iglesia; le dijeron el criterio que había de seguir para que no cayera en la peligrosa pendiente de pensar; marcaron a su entendimiento las lindes que no debía traspasar, y como si el pensamiento del hombre fuese ave, cuyo vuelo depende de voluntad ajena, le impusieron la idea, el dogma y el sentido de cuanto debía creer y proclamar. En su cerebro había de dar cabida, lo repugnase o no, a lo que otros concibieron; su esfuerzo tenía que hacerse mantenedor de proposiciones que apenas le era dado examinar; debía admitir la verdad sin examinarla, creerla sin que le fuese demostrada. «No sólo de pan vive el hombre, sino también de la palabra de Dios», le dijeron; y la palabra de Dios era un enigma, todo lo más una promesa. Le fue negada la interpretación o el examen de los libros sagrados; y para colmo de absurdo le afirmaron que en aquel misterio impenetrable, que constituye la esencia de todo lo dogmático, están la imposible demostración de la verdad y el encanto de su divina poesía, porque la fe es substancia de las cosas, que se esperan, argumento de las cosas que no aparecen.

Entonces, falta de apoyo su inteligencia, sin que pudiera todavía discernir lo bueno de lo malo, ni estimar como nulo lo falso e inapreciable lo cierto, fue viendo desfilar ante su mirada, en las páginas de sus manoseados infolios, la interminable procesión de ideas, teorías y concepciones que se le daban como infalibles certezas. Leyó que el hombre, envilecido desde su nacimiento por una culpa ajena, no puede redimirse de ella; que el alma, capaz del crimen, está hecha a semejanza de Dios; que la misericordia celeste puede ser también cruel, haciendo eterno el castigo, y que la voluntad divina es poderosa a trastornar las leyes eternas de la materia y la energía.

Contraria, pero simultáneamente a la frase «Eres polvo», le dijeron que el hombre es el rey de la tierra; las aguas de los mares y las arenas del desierto llanuras francas a su actividad y su valor; las fieras de brutal poder, esclavas de su inteligencia; los metales, que como veneros de fuerza y riqueza serpean por las entrañas de los montes, tesoros escondidos para que el trabajo los descubra y el sudor los fecunde; y hasta la mujer, arcilla divinamente modelada con los rasgos de la amante y la madre, es suya también, carne de su carne, hueso de su hueso. Pero con todo, y a pesar de ello, le afirmaron que el ideal de la vida no es la existencia en el seno de la Naturaleza, ni la fecunda guerra del trabajo, ni la pasión de la verdad o del arte, sino la muda y extática contemplación de lo divino, el celibato estéril, el claustro, la pobreza, el ayuno, el desprecio de sí mismo y el ansia de llegar a la muerte como a puerta mágica, desde cuyo umbral se perciben los eternos albores del paraíso de los justos.

Sobre este conjunto de ideas, por cima de toda consideración superior a cuanto le rodeaba, estaban para Lázaro la santidad y grandeza de la misión aceptada, sin que llegara a alzarse un punto en su espíritu la idea de que el bien fuese independiente y extraño de la fe. Así llegó a cumplir los veinticinco años. Su inteligencia, como vaso forjado según las concepciones de los que dirigieron su educación, fue molde en que se vaciaron ideales ajenos. Cuanto en sí encierran las tendencias de los pasados siglos, cuanto en lo antiguo sirvió de turquesa para dar forma y ser a la sociedad, echó en su inteligencia hondas raíces. Educado para las batallas del presente, tuvo por armas las convicciones de antaño, fuertes por lo sinceras, pero quebradizas por lo viejas.

Llegada la época de abandonar el Seminario, el obispo le llamó a su despacho, y le habló de esta suerte:

—Vamos a separarnos. Cuando escribí a mi hermano encargándome de tu porvenir, no creí que fuese tan fácil poner a un hombre en camino de hacerse artífice de su propia fortuna; pero tu aplicación e ingenio han llevado las cosas de modo que aquí, de hoy en adelante, no harás más que perder tiempo. Si con nosotros te quedaras, no pasarías de pobre cura de pueblo; tal vez llegases algún día a predicar en nuestra Catedral; pero nada más. Yéndote a la corte, como deseo, tus méritos darán a tu carrera continuación tan lisonjera como halagüeños han sido los comienzos. Poco me agrada separarme de ti; pero dos consideraciones hago: que aquí te traje, no para satisfacción mía, sino por conveniencia tuya; y que en las luchas de la tierra, en la revuelta marejada de encontrados intereses, donde has de intervenir, puedes ser en alto grado útil a la santa causa de la Iglesia.

Vas a cambiar de género de vida, de hábitos y costumbres, hasta de ambiente respirable, que no son iguales las auras puras de estos campos cercanos, al aire viciado de la ciudad. Aquí, por más que haya doblez y engaño, no son la maldad tan refinada ni la hipocresía tan astuta; allí la cortesanía hace el daño hondo y más disimulada la torpeza. Vivirás entre hombres que antes aprenden a averiguar el pensamiento ajeno que a expresar el propio, rozándote con gentes que procuran hacer a la mentira hurón de la verdad, y que tratarán de adquirir tu confianza engañando a otros, como luego te engañarán a ti para provecho de tercero. Anda en todo pecho la falsía, en todo cerebro la comedia: muchos la representan de tal suerte, que toman en serio su papel, y ni aun la muerte da fin a la farsa, pues otros fingen que les han creído, y la lisonja llega hasta el epitafio, manchando hasta los mármoles. Desconfía de cuanto te rodee y mantente en guardia casi más que contra las maldades ajenas, contra tus propias debilidades. Dios ha puesto en ti fe y razón; aquélla, como faro eterno a que caminas y te alumbra; ésta, como apoyo y sostén para cuando dudes; mas ten cuenta que si tu fe vacila, antes te será causa de desdicha que de consuelo y esperanza. Lee los libros que te pongan en las manos sin cui darte de profundizar en sus páginas más de lo que ellas te descubran; que el libro, como el vino, fortalece si no se abusa de él, embriaga si se le prodiga. La ciencia es a la paz del alma lo que el agua a la semilla; con poca se fecunda y con sobrada se anega. Tu vida hasta hoy ha sido aprender lo que habías de huir mañana: desde ahora vivirás entre el mal, evitando que logre corromperte. Tu misión es consolar al que sufre, alentar al que espera, perdonar al que yerra, labrar en tu corazón puerto donde busquen amparo los náufragos del mundo. No hay en la tierra misión más noble que la nuestra. Si la virtud pudiera ser orgullosa, nos sería dado envanecernos; pero hemos de unir a la bondad la mansedumbre, y por altivo nos está vedado el orgullo, como por pueril la vanidad.

Ya ves, Lázaro, qué hermosa perspectiva se te ofrece a la vista. La vida es combate de pasiones, que unas a otras se hieren y lastiman: tú serás de esos hombres que por vocación de caridad se mezclan en la pelea, llevando en su alma la mina inagotable de la piedad y en sus labios el manantial perenne de la esperanza. Así como unos curan las dolencias del cuerpo, otros cuidan de la pureza del espíritu: serás de ellos, y mientras el tuyo permanezca incólume, jamás te faltarán palabras con que infundir a tus hermanos la fe que te aliente. Cree y te creerán, que nunca inspiró la sinceridad desconfianza. Si la misión es difícil, no ha de ocultársete que la tentación es temible: ya lo irás viendo; pero si algo divino y fuerte hay en el hombre, es la voluntad. A todo has de sobreponerte, temiendo mas la propia indulgencia que la ajena censura. Sé hasta rencoroso contigo por tus culpas, débil hasta la exageración con las del prójimo; que el hombre debe ser tan avaro de virtudes como pródigo de perdones. Si la persecución te maltrata o la ironía te hostiga, recibe a la primera con mansedumbre y a la segunda con piedad; pues si la maldad debe hallarnos pacientes, el sarcasmo ha de inspirarnos lástima; merézcate siempre más conmiseración quien se burle de lo bueno que quien practique lo malo. Por las funciones de nuestro ministerio habrás de hablar al oído de la esposa, y en el tuyo depositará la virgen sus secretos: dí a aquélla que lo sacrifique todo a la paz de la casa, y a esta que todo lo posponga a la paz del alma. Al hereje responderás con la palabra de la verdad, tratándole como amigo perdido que hay que reconquistar, no como enemigo que es preciso vencer, y rezarás por la salvación de quien persista en el error, pues ya que la religión no sea patrimonio de todos, séalo al menos la piedad. No mortifiques al moribundo con el recuerdo de sus delitos aquí abajo; háblale de sus esperanzas allá arriba. Fe, perdón, mansedumbre: tal es tu lema; el corazón tu escudo, tu premio el reino de los cielos. Si de la violencia que te hicieren hubieses de morir, muere con valor, mas no con aquella calma que, puede ser cinismo, sino con esa serenidad que reflejando el tranquilo fondo del espíritu, sirve a los demás de un ejemplo que equivale a un consuelo.

Mas no fuera bueno que te marchases sin tener seguro puerto de llegada. He arreglado todo de manera que entrarás en la corte por tal puerta, que muchos desearían tu posición como término a sus ambiciones. Vas de capellán a casa de los duques de Algalia, señores tan poderosos como buenos. De tus deberes para con ellos nada te digo, mas la humildad de sacerdote no ha de echar en olvido la dignidad de hombre. Tengo por cierto que antes de poco no sabrán a quien mirar con más cariño; si a su venerable eclesiástico o a su discreto y leal amigo. Partirás en breve, y sabe Dios hasta cuándo. Acuérdate alguna vez de mí, y siempre de lo que te debes a ti mismo. Recibe mi bendición y ojalá te dé ella todos los bienes que la voluntad te desea.

* * *

De allí a pocos días partió Lázaro, y aunque alentado por sus esperanzas no dejó de darle mucho en qué pensar la visible contradicción existente entre los discretos consejos que acababa de escuchar y la vida no muy austera de su tío.

III

Era por aquel tiempo en la corte la casa de los duques de Algalia una de las más ricas y aristocráticas. Su blasón no se había desdorado aún por completo con el roce de las costumbres, modernas; sus estados no eran todavía presa de ninguna junta de acreedores y hasta hubiesen podido añadir a su escudo nobiliario algunos rehiletes gallardamente puestos en atrevida becerrada.

Cuanto esplendoroso puede dar la vida contemporánea, cuanto grande son susceptibles de engendrar el refinamiento del gusto y la sobra del oro, se reflejaba en la morada de los duques de Algalia.

Cada uno de sus salones era una pequeña capilla consagrada a la elegancia; el palacio entero un suntuoso templo del buen gusto, enriquecido con detalles dignos de un museo: allí andaban revueltos lo antiguo y lo nuevo, formando ese consorcio extraño, pero armónico, que ofrece la reunión de lo bueno, por distintos que sean los caracteres que revista. No había pieza mal alhajada ni rinconcillo descuidado. Aparte el esmero con que se había atendido al regalo material del cuerpo, la ornamentación indicaba por doquiera el destino de las habitaciones: el gran salón de recepciones estaba decorado con el fastuoso estilo del monarca de Versalles; el comedor de ceremonia cubierto de tapices flamencos; el de familia, con grandes bodegones firmados por manos maestras; el despacho del duque, todo de ébano incrustado de bronce; los aposentos de la hija, tapizados de alegres y sencillas, pero valiosas telas, y los de la duquesa exornados con tal gusto y riqueza que ni el gabinete de raso negro con flecos de sedas multicolores, ni la sala de baño con jaspe y ónix argelinos, ni el tocador de azulados cortinajes hubieran sido mejores si los eligiese el arte para albergar a una gran dama en quien fuese aun mayor la distinción que la hermosura; que pisase con menudos pies, como ligera sombra, las aterciopeladas alfombras y se recostase en los divanes casi sin que los muelles cediesen al suave peso de su cuerpo.

Y así era, en efecto: que ni en la noble za toda, ni en toda la alta banca, había dama más digna de disfrutar aquellas grandezas que la duquesa Margarita, noble hasta las puntas de sus larguísimas pestañas negras y elegante hasta el claro fondo de sus ojos azules. Era una figura airosa, pero de movimientos lánguidos, como de gata friolera y actitudes sobriamente voluptuosas, como de estatua griega. El traje más modesto realzaba más su hermosura, y con un vestido negro y liso, un grueso ramo de amarillentas rosas en el entreabierto escote, sencillamente recogido el pelo, libres de pendientes las diminutas orejas y sin guantes las aristocráticas manos no había hombre que la contemplara sin darse la enhorabuena por haber nacido. Resta añadir, para mayor encanto de golosos, que Margarita de Oropendia, duquesa de Algalia, aunque tuviese más, sólo representaba treinta años, y era relativamente virtuosa.

El duque, algo apabullado por los excesos de la buena vida y un tanto vaga la mirada por el mucho trasnochar y la afición a los naipes, era todavía un hombre bien plantado, elegante, de educación británicamente escrupulosa en lo que a la etiqueta se refiere, y hasta instruido. No ignoraba, por ejemplo, que Luis XVI fue decapitado, y murió de resultas, ni que Carlos I de Inglaterra tuvo igual suerte, hechos que con frecuencia citaba para probar lo temibles que son las muchedumbres cuando, según su frase, se desbocan. Lo que mejor le caracterizaba era el ardiente deseo de ver satisfecha una aspiración constante de su vida, una exigencia de su imaginación que participaba de la seriedad de la ambición y la pequeñez del capricho: ser senador. La senaduría era a sus ojos el complemento de su nobleza; sería además una ocupación, un pretexto, para darse importancia, una satisfacción de su vanidad. Y si pudiera serlo de por vida... ¡Senador vitalicio! Soñaba con sentarse en los escaños rojos de la Alta Cámara, ir en coche hasta la plaza de los Ministerios, apearse lejos del zaguán para cruzar entre filas de curiosos, que murmurasen, «ese es el duque de Algalia»; entrar en el salón de conferencias, andar solo por los rincones como quien medita un plan, estrechar la mano a los ministros, acoger las peticiones de los pretendientes, diciendo «veremos» o «haré lo que pueda»; y salir después de una votación, exclamando: «¡Los deberes políticos!», «¡Mi conciencia!», «¡El partido!», «¡Las instituciones!»...

Esto basta para apreciar que el duque no era de ideas muy avanzadas; pero, a pesar de todo, podía considerársele como demagogo comparado con su hechicera consorte.

La duquesa era el prototipo de la dama aristocrática, que sólo en las cuestiones del amor y de la moda transige con el progreso. Religiosa hasta la superstición, devota por fe heredada, hipócrita por el qué dirán, e intransigente por decoro, adoraba la misa en que estrenaba un traje, la Semana Santa en que, tan guapa como el año anterior, pedía para los pobres, o la novena que facilitaba una cita. Mientras rezaba se complacía en bajar y subir la mirada, como jugueteando con los párpados, gozándose en dar alternativamente luz y sombra a los que la rodeaban. En sus relaciones con el gran mundo, tenía ese tacto supremo que sabe mortificar sin ofender, y que consiste en admirar a las gentes virtuosas sin comprometerse a imitarlas ni indisponerse jamás con los que pecan. Vivía entre el beau monde, formaba parte integrante de la high life; el pueblo le atacaba los nervios; huía de la multitud por miedo al mal olor, y si en otros tiempos la hubiesen llamado ciudadana, habríase muerto del susto. La palabra Revolución no evocaba a sus ojos más figura que la de María Antonieta prisionera en la Conserjería, y en la más leve agitación política veía carreras, tiros, desaguisados y atropellos. Para ella, ser de origen humilde no era una falta, pero sí una mancha, y aunque trabajar le parecía muy honrado, tenía por loca la pretensión de querer elevarse encalleciéndose las manos.

El duque transigía, en cierto modo, con el espíritu moderno: había comprado bienes nacionales, lo cual le hacía relativamente liberal; era individuo de varios consejos de administración de sociedades de crédito; viajaba con billetes de libre circulación; defendía las instituciones; hablaba del turno pacífico, y se llamaba conservador. No admitiría nunca que un artista pudiese ser su igual; pero, por benevolencia, protegía las artes cuando no le salía muy caro. Daba al trabajo mucha importancia, no hacía nunca nada, admitía las concesiones al talento, y se explicaba el otorgamiento de un título a quien supiera enriquecerse.

La hija de este matrimonio era un progreso vivo sobre sus padres: entre un rico tonto, apergaminado, achacoso, y un mozo de buena estampa, pero pobre, prefería bailar con el segundo, y en sus ambiciones de muchacha optaba por vivir acompañada de un hombre a quien quisiera, antes que por la boda con un heredero escrofuloso de respetabilísima alcurnia. Estas ideas hicieron, sin duda, que no se enojase cuando empezó a mirarla amorosamente cierto individuo, que por aquellos días atrajo a sí los elogios del país entero: un joven que en una reunión política había, con un discurso de extrema izquierda, conmovido la opinión y entusiasmado a las gentes: hizo el duque que se lo presentaran, no por rendir tributo al mérito, sino por tener en sus salones al hombre puesto en moda; y de esta suerte, sin que ninguno de entrambos lo buscara, llegaron a conocerse y tratarse Félix Aldea y Josefina de Algalia.

Así estaban las cosas cuando, en pleno invierno, es decir, en la época de más fiestas, bailes y recepciones, el mayordomo de los duques fue una mañana, por orden de sus amos, a la estación del ferrocarril a esperar al nuevo capellán que había de sustituir al anciano sacerdote muerto pocas semanas antes. Adivinole por los hábitos al bajar de un vagón, y acercándose a él, previos saludos y frases que puede figurarse quien desee más pormenores, le llevó al palacio en un simón, y presentole a los duques. Recibido por éstos como exigía la hidalguía en tan grandes personas, y en él lo respetable de su ministerio, le acompañaron hasta la habitación que le estaba destinada, le enseñaron la capilla, encargaron al mayordomo y al administrador que le respetasen y sirviesen, y sin más conversación quedó instalado Lázaro en casa de los duques de Algalia.

Al separarse del joven sacerdote, preguntó la mujer al marido:

—¿Qué te parece?

—Muy joven, —contestó el duque—; pero no habíamos de estar más tiempo sin capellán, y cuando el obispo le recomienda, bueno será.

¡Capellán! Este era el puesto que había de desempeñar. Nadie le había dicho todavía que era como un criado más en la cocina o un caballo nuevo en las cuadras, un simple, artículo de lujo. Debía decir la misa todos los días muy temprano y mucho más entrada la mañana cuando la duquesa no quisiese salir a oírla fuera de casa. No se hace especial mención del duque, porque éste era de los católicos que no practican.

Tan poca y breve ocupación dejaba a Lázaro el día libre; de modo que siendo grande su curiosidad por conocer el nuevo centro en que vivía, y fáciles los medios de satisfacerla, pronto empezó a observar y pensar sobre cuanto veía, desentrañándolo y analizándolo todo.

Al cambiar de medio social, al sentirse sacado de su esfera, y verse solo de repente en el torbellino del mundo, cada mirada producía en él una observación y cada observación un juicio que, chocando frecuentemente con sus propias ideas, las destruía o alteraba. Creyente sincero y de entendimiento poderoso, apoyado como en fuerte palanca en su ideal, comparó y juzgó las cosas de la vida.

Traía en el alma esa profunda fe que, a semejanza de ciertas piedras preciosas, va siendo más rara cada día. Sus preocupaciones tenían por lo ingenuas algo de sagradas, y libre de toda mira interesada, venía a nueva existencia, aplicando para examinarla, aunque con el espíritu de otros siglos, la más recta imparcialidad. Tranquilo, puesto el ánimo en Dios y la esperanza en el deseo de saber, tendió la vista en torno suyo; pero como ave obligada a volar demasiado alto, sus ojos se deslumbraron, sintió el vértigo que da la altura, y faltó aire a sus pulmones oprimidos.

Como llegan tardía y débilmente al oído los ecos de la tormenta lejana que va aproximándose por instantes, sintió Lázaro ir llegando a su alma vagos presentimientos de dudas y zozobras, misteriosos anuncios de un porvenir preñado de lágrimas e insomnios.

¿Qué era aquello? ¿Qué sombras comenzaban a turbarle? ¿Qué temores iban girando en derredor de su imaginación como fieras que se pasean en torno de la presa? ¿Era que empezaba a aspirar el hedor de los pantanosos lodazales de la tierra, o acaso que, sintiendo el yugo opresor de la materia, tenía ya su espíritu la nostalgia de la inmortalidad?

Era que cuanto había aprendido y creía, estaba en contradicción con la realidad. Llevaba dentro de sí una llama que no podía brillar en aquel nuevo ambiente. Sus estudios fueron ancha base a tantas cavilaciones; el espectáculo del mundo, cebo que incesantemente las provocaba. Cada día le trajo una lección, cada hora el agrio fruto de un anticipado desengaño.

El tiempo fue pasando por él como la onda sobre el lecho del río, haciendo la superficie más tranquila, pero agitando el fondo y profundizando el cauce. Es imposible pintar la invasión lenta y gradual en su alma de las cosas y los errores mundanos. Sería más fácil penetrar en las entrañas de la piedra y sentir la secreta atracción de la cohesión y la fuerza, o escuchar el latido de la planta en que la evolución tiende a la vida. Cuando su inteligencia quería bucear en lo hondo de su pensamiento, le veía poblado de formas extrañas que le hostigaban con las maldecidas preguntas de la duda. Semejantes a estrellas que se extinguen, fueron nublándose sus esperanzas, y su fe fue perdiendo lentamente la virginidad, como la nieve pierde su blancura puesta en contacto con la tierra.

IV

Apenas hacía un año que Lázaro estaba en casa de los Algalias, y ya se había captado todo el afecto que puede inspirar el que sirve a quien le paga su salario. La duquesa simpatizó con él como simpatiza la debilidad con la indulgencia: el duque vio, ante todo, en su capellán un hombre que sabía guardar las distancias, y la niña, querida de sus padres con ese cariño de los poderosos, quizá algo frío porque no impone sacrificios, encontró en Lázaro un alma dispuesta a comprender las impresiones que en los albores de la vida se alzan en el corazón de la mujer. Para los duques era una figura que, sin salirse de su esfera, contribuía al tinte aristocrático de la casa: la hija, como más joven menos sujeta a preocupaciones, sólo se daba cuenta de que, mozo o viejo, noble o plebeyo, había cerca de sí un ser respetable por su ministerio y digno de estimación por sus prendas.

La inteligencia con que el joven sacerdote iba leyendo cada vez más claro en las cosas de la vida; el carácter con que disculpando el error insistía en lo juicioso, y su buen corazón, merced a cuyo generoso impulso sabía hacer dulce la misma severidad, constituían en Lázaro una personalidad extraña, sencillamente buena, tan digna de estudio en su candidez como otras por su originalidad o extravagancia: y Josefina, para quien su padre era un socio del Casino que venía a dormir a casa, que, no miraba en su madre sino la encargada de satisfacer frívolos caprichos, ni veía en el aya más que una criada con vestido de seda, fue poco a poco acercándose a él, movida simultáneamente de la necesidad de un amigo para su soledad, de la simpatía que inspiraba el hombre y el respeto que infundía el clérigo.

Algunas mañanas, cuando el tibio calor primaveral parecía reconcentrarse en la gran estufa de cristales que, poblada de plantas raras y hojarascas exóticas, se alzaba en el jardín, Josefina y Lázaro se encontraban en ella, fijándose la niña en las camelias que podría cortar para lucirlas a la noche, entregado el sacerdote a sus rezos. Atraídos uno hacía otro, se sentaban en los escabeles de hierro, olvidándose la mujer del galanteo escuchado la víspera, y el hombre del libro que le acompañaba. La reseña de un baile o la noticia de otro, el proyectado enlace de una amiga, un cuento de la villa, lo que dijo una visita, un pensamiento de caridad, servían de motivo a las conversaciones. Relegado insensiblemente a segundo término lo que daba margen al coloquio, el cura y la muchacha conversaban amigablemente, depurando, casi sin saberlo, lo que de terrenal tenía el comienzo de su diálogo: y nunca bastardeó aquellos dulces esparcimientos cosa rayana en lo ridículo; que ni la candidez de la mujer tocaba en la sensiblería, ni la discreción del hombre llegaba a parecer afectada. Todo era natural hasta tal punto, que sí alguna vez traspusieron la imaginación o el labio los límites de lo prudente, no entendió la pureza el desmán ni pudo recogerlo la malicia. Quizá pensando alto llegaron uno u otro a decir lo que hubiese parecido escabroso a un tercero; pero la torpeza, si de sus bocas salía, brotaba con tal ingenuidad, que realmente la voluntad era tan irresponsable como la ignorancia. Josefina vertía sus ideas en el ánimo de Lázaro como la tierra deja brotar el manantial, confiadamente, sin esfuerzo, y él la escuchaba más cuidadoso de evitarle los errores que de confirmarla en las verdades. Andando el tiempo, e intimando el trato, llegaron a sentirse atraídos por la genial bondad del sacerdote cuantos habitaban la casa; pero siempre fue Josefina quien, verdaderamente encariñada con él, parecía gozarse más en frecuentar su compañía.

En cuanto a la madre, su desmedido afán de brillar en fiestas y saraos, su gozo en ajar la vanidad de las amigas, hallaban siempre respetuoso, pero claro correctivo en la palabra del cura, obrando este tan discretamente, que sus frases podían parecer a la duquesa avisos de su propia conciencia. Si el sacerdote hubiera pecado de autoritario, habríase librado de él Margarita, sin más que despedirle con cualquier pretexto; mas como era el ingenio del hombre quien obraba, dejando en la sombra su carácter de clérigo, poca defensa cabía en ella contra advertencias que fuera absurdo haber rechazado como ataques. Hasta los criados contenían la murmuración soez y maliciosa cuando en sus conversaciones se pronunciaba el nombre de Lázaro, pues no viendo en quien le llevaba sino virtudes sinceras, tenía la baja lengua que callar aun estando tan diestra en maldecir.

Así se deslizaba el tiempo para Lázaro, que, impensadamente tal vez, desvió sus miradas, del mundo para fijarlas en lo que más de cerca le rodeaba. Habíanle pintado el mundo como asiento de todo error, cuando no es sino el campo de la batalla librada por el bien y el mal; pero el espectáculo de esta lucha le bastó para sufrir mucho y al sufrir su ansia instintiva de consuelo, sin que en ello interviniera la malicia, tomó forma de mujer. A cada desengaño, a cada decepción, cerraba los fatigados ojos, prefiriendo la tristeza de la sombra a los resplandores del mal, y al cerrarlos quedaba como fotografiada en su pupila la imagen de Josefina destinada a ser juntamente el más grato ensueño y la más horrible pesadilla de su vida. La buscaba sin darse cuenta de ello; la echaba de menos sin sospecharlo; deseaba verla y hablarla como desea la dicha el acostumbrado a la amargura. Las mañanas en el jardín, los paseos en el invernadero, las tardes del lluvioso otoño pasadas ante los balcones del gabinete mirando estrellarse y correr las gotas de agua por los empañados vidrios; todos los momentos en que veía trasparentarse al fondo de las pupilas de Josefina la ternura de su alma, te hacían gozar de una manera tranquila, sin que su propia naturaleza varonil le llevara a pensar en otros halagos ni promesas. Se deleitaba en la contemplación de la mujer como la fría estatua de una fuente parece recrearse entre las ondas que la ciñen. Placer, peligro, dicha, dolor, todo lo tenía a su lado; y él, como invadido el espíritu por sólo un impulso, no sentía más que la admiración de la belleza en lo que tiene de ideal, sin que nunca llegaran los deseos a hostigarle con su aliento de fuego. Si la prudencia tenía las alas cortadas al deseo o la castidad sujetaba a la naturaleza, ni él mismo lo sabía; que no sintiendo torpeza, no tuvo ocasión de combatirla. Pero en el silencio de la noche, cuando todos dormían, tras el bullir de las cenas o el trajín de los bailes, Lázaro con la cabeza entre las manos, caído a sus pies el libro de rezo y rota la oración en los labios, sentía el alma invadida de esos misteriosos efluvios que nunca engendra la piedad religiosa, porque sólo brotan cuando saboreamos la esperanza de la propia ventura. El sueño o el cansancio le rendían luego, hundiéndole en los abismos de la nada, y su imaginación descansaba hasta que, al despertar, la esbelta figura de la niña flotaba de nuevo ante sus ojos, turbando la primer plegaria del día. En más de una ocasión la imagen de la Virgen grabada en el devocionario pareció alterarse y trastornar sus rasgos, adquiriendo el rostro divino las facciones de la mujer amada. Sus alucinaciones, aun tomando forma de impiedades, no llegaron a mancharse de lujuria; pero poco a poco la voluntad, capaz de dominarlas, iba dejando de ser lo suficiente poderosa para evitarlas.

Nadie, sin embargo, supo sus sufrimientos. La misma Josefina, ídolo de aquel culto, no sospechó que bajo la pobre sotana del capellán de sus padres empezaba a realizarse la misteriosa génesis que se cumple cuando el amor dice cerca de un alma: «sea hecha la luz».

Sencillo, afable, blando con los criados, respetuoso con los señores, sin salirse de los estrechos límites que su situación le marcaba, acabó Lázaro por ser en casa de los duques el más querido de cuantos la habitaban. Lo indulgente que con las culpas era, hacía creer a los culpables que permanecían sus faltas casi ignoradas, y si trataba de corregirlas, nunca las reprendía ante tercero, sabiendo que nada se remedia empezando por lastimar el amor propio.

Esta bondad, unida a su carácter religioso, le daba entre las gentes de los Algalias una consideración a que los mismos duques no podían sustraerse, viendo hermanados en Lázaro la mansedumbre del sacerdote y el ingenio superior del hombre. Quien más le quería, por ser quien más íntimamente le trataba, era Josefina, la cual había ido poco a poco, coloquio tras coloquio y confidencia tras confidencia, abriéndole su alma; pero sin dejarle conocer jamás el alcance de lo que sentía, quizá porque ella misma no se diese cuenta exacta de su verdadera índole.

V

Cuando Félix Aldea fue presentado en casa de los Algalias, el duque le recibió con la afabilidad que un caballero de su clase se cree obligado a tener con el hombre puesto en moda por la opinión y la prensa. La duquesa le agasajó con ésas distinciones que guarda la mujer bonita para quien rinde pleito homenaje a su hermosura, y Josefina, acostumbrada a la trivial conversación de gomosos insulsos, sintió hacia él profunda simpatía. Viendo en Félix un muchacho cortés sin afectación, galante sin lisonja, discreto sin esfuerzo, que sabía hablar de cosas serias sin hacerse enojoso, ser franco sin pecar de atrevido, y comparándole involuntariamente con los demás que la cortejaban, llegó a preferirle cuando ya en su alma, sin que ella lo advirtiera, iban despertando las sensaciones que al amor preceden, al modo que en una habitación cerrada se deslizan las primeras claridades del día.

Aquella especie de amistad, severa y dulce al mismo tiempo, que unía a Josefina con el cura, la sirvió para una transformación extraña; pero lo que Lázaro había provocado en la niña, más que una transformación era el desarrollo de cuanto fecundo puede haber en el corazón humano. Poniéndola en condiciones de distinguir, casi intuitivamente, lo bueno de lo malo, cumplió la preparación necesaria en ella para apreciar la diferencia que existía entre hombres como Félix Aldea y caballeretes como los que hasta entonces había tratado. Con todo lo que de Lázaro escuchó, de sus instintos, sentimientos, ideas y juicios, se formó Josefina una imagen que, sin llegar a personificarse en una figura, prestó a las impresiones la suficiente cohesión para engendrar la aspiración indeterminada de un ideal en que se daban juntas las buenas cualidades del cura y las promesas de futura dicha, ya evocadas en el corazón de la mujer. Para realizarlas estaba Lázaro incapacitado. Ni por un momento cupo en Josefina la idea de que, coexistieran en él las dos personalidades de hombre y sacerdote; pero cuanto se desprendía de su trato vino a formar algo como la fórmula de la ventura soñada, la profecía desinteresada de bienes que él no podría otorgar, pero que en él estaban visibles a los sentidos, aunque negados para siempre a la posesión o al goce. Él fue el primero en guiar a la virgen por los misteriosos senderos que llevan de la pureza a la ignorancia y de la ignorancia a la curiosidad, haciéndola salvar con la imaginación el límite marcado a la candidez por la sospecha: él infiltró, sin saberlo, en el espíritu de la niña esa inquietud secreta que dan las grandes crisis de la vida. Todo aquello con que Lázaro la había moralmente seducido, lo superior de su inteligencia, la atracción sobre ella ejercida, cuanto discurría y le daba expresado en frases de sencillez grandiosa para que ella viese clara la poesía del bien y del amor, contri buyeron a que Josefina, llevando a otro sus miradas, se fingiera un espejismo moral en que objetivó sus ilusiones, llegando a concebir una entidad en que palpitaron vivas todas aquellas perfecciones que la sotana del cura hacía estériles. Lázaro fue el eslabón a cuyo roce salta la chispa de que otro se aprovecha.

A poco de frecuentar Aldea la casa de los duques, empezó a dibujarse la índole del afecto que inspiró a cada uno de los tres individuos de la familia. El duque, en un principio ceremoniosamente obsequioso con la cortesía del caballero que se complace viendo en su casa al personaje del día, pensó luego que, bien pudiera serle útil en el porvenir la amistad de aquel hombre nacido apenas a la vida pública, y objeto ya de tantas conversaciones. Su propio valer y la suerte de su partido, la fortuna o la casualidad, podían alzarle a una posición en que su influjo fuese halago para la vanidad, o mina para la codicia. Y el duque era de los que, llevando previsoramente muy lejos sus ideas, echan cuentas sobre lo que pueden producir los amigos. No ignoraba que todo hombre es útil en algún momento de su vida, y que ese es el instante que debe aprovecharse. Pensó en la senaduría, y añadió para sus adentros: «¡Quién sabe!» Desde que tal idea cruzó por su mente, le empezó a distinguir sobremanera; dejó de llamarle Aldea, y tomó la costumbre de llamarle Félix.

La duquesa, que al principio no sintió hacia él sino la gratitud de la hermosura para con la galantería, fue apreciándole luego como uno de esos hombres con quienes la coquetería es un juego muy peligroso: la dama, avezada a la lucha de la audacia contra la belleza, adivinó un adversario terrible si llegase a atacarla. Pero nadie notó que Aldea la cortejase. Sus conversaciones tenían ese carácter de afectada cordialidad que da barniz de amistad al trato de personas indiferentes; sus amables futilidades parecían exigencias del círculo que frecuentaba; sus galanterías imposición trazada por la urbanidad de los salones. Tal vez a solas se entretuvieron en discreteos pecaminosos, pero nadie llegó a pensar mal; ni la expresión de lo que él decía daba lugar a sospecha, ni la manera de escucharle ella significaba disimulada alegría. Tal vez en medio de una fiesta, muellemente sentada la duquesa, vuelto hacia atrás el rostro, recatándose entre el plumaje de su abanico y apoyado él en el respaldo del sillón que ella ocupaba, se encontrasen una frase y una sonrisa, como se encuentran el delito y su premio; pero el descuido, si lo hubo, de nadie fue notado; quedaron secretos los latidos que hicieron levantarse el raso a impulso del corazón, y quedó ignorada la secreta alegría de quien lo hizo palpitar. Quizá si se acercaron fue impelidos por la sacudida que agita los nervios en medio de la viciada atmósfera que forman las mentiras oídas, los perfumes aspirados y los resplandores que deslumbran; fueron acaso como la rama que se inclina sobre el río mientras la violencia de la corriente alza la superficie del agua, sin que pueda notarse si los tallos la buscan, o es ella la que sube hasta mojar sus hojas.

Nada había en ellos que autorizase al mundo para suponerles unidos por un lazo más estrecho que el de la superficial amistad engendrada con el trato del medio social en que vivían. Existían en cambio poderosos indicios para suponer que, si algún exceso de galantería mostraba Félix Aldea hacia Margarita de Algalia, no eran enteramente desinteresadas sus intenciones. Cuando se le veía hablando embelesado con Josefina, los ojos recreándose en la contemplación de su belleza, mudo y como absorto unas veces, animado otras hasta la locuacidad, comprendíase el por qué de tales dulzuras y complacencias para con la madre de aquel tesoro de discreción y hermosura. La solicitud con que a la duquesa atendía se explicaba por el afán de acercarse a su hija: tratando de hacerse agradable a Margarita, parecía solicitar la venia para otros diálogos en que de antemano era la plática tenida por más dulce y amena, pues Josefina cada vez se le mostraba más propicia.

Era la vez primera que Josefina escuchaba con gusto las frases galantes y las palabras cariñosas de un hombre. Cuantos hasta entonces la cortejaron, no supieron disimular bien el impulso que les animaba: unos sólo vieron en ella lo que inmoral y descaradamente se llama un buen partido; otros la esperanza de satisfacer con sus amores una vanidad pueril: las pretensiones de aquéllos fueron siempre rechazadas con repugnancia; las de éstos miradas con desprecio. Josefina, incapaz de querer a nadie interesadamente, no admitía la idea de ser ambicionada por su oro, y sobrado discreta para confundir pruebas de amor con requiebros de salón, desoyó igualmente a los que la pretendían por su dinero y a los deseosos de preferencias en que fundar vanidades. Ni quiso prestarse a ser materia de contrato, ni pudo oír con paciencia las frases triviales, mejor o peor dichas, pero siempre falsas, con que el hombre pretende atraerse sonrisas y provocar miradas que pueda pregonar como favores. Mas cuando puesta en contacto con Félix Aldea apreció su valer y notó su inclinación por ella, se fijó primero, pensó después, y finalmente llegó a decirse que aquel hombre joven y juicioso, hermoso y varonil, obsequioso sin afectación, galante sin lisonja, era quien mejor merecía, si no su amor, al menos esa simpatía que la mujer dispensa como prólogo de más dulces concesiones. Tal vez le pareció demasiado engolfado en sus aficiones políticas; no se ocultaba a sus ojos que absorbido por la vida pública, la tranquila dicha del hogar sería en su existencia lo secundario; pero también apreciaba claramente la diferencia inmensa entre un hombre que daba el pensamiento a deseos de gloria y los figurines movibles que hasta entonces la rodearon. Cuando, cansado por las luchas del mundo o abatido por los reveses de la suerte, Félix buscara en el hogar fuerzas y consuelos, ella, con los brazos abiertos, le brindaría reposo, y con sus frases de cariño le infundiría la poderosa le que el temple de las grandes almas sabe trocar en energía. Cuando la rápida pulsación de la impaciencia atormentara sus esperanzas, palpitaría también con ellas; la alegría de los triunfos sería para ambos, y la fama que se conquistase para él solo: se contentaría con un beso el día de las victorias, endulzaría con una palabra las amarguras, y lejos de pensar que el matrimonio es el egoísmo de dos, sus ensueños de ventura se lo hicieron vislumbrar como la abnegación de uno solo.

Josefina no amaba todavía a Félix. Ni le conocía lo suficiente para cifrar en él todas sus esperanzas, ni la había tampoco hablado en esos términos que hacen recíproca la ternura. Sus finezas y palabras amables no fueron nunca lo bastante explícitas para provocar respuestas claras: él no parecía poner empeño en obtenerlas; ella, sin acertar a desearlas, las temía, pues si las conversaciones con Aldea pudieron servirla como medida de su valer intelectual no estaba igualmente segura de sus cualidades morales. Su trato le parecía cada vez más ameno, mayor su ingenio; pero no dejaba de observar que en todas sus conversaciones se quedaba corto, temeroso de pronunciar palabra en extremo arriesgada, cuidando siempre de evitar frases que no pudiera recoger. La perspicacia mujeril la prestó adivinación, y así fue advirtiendo que aquel hombre tenía su corazón repartido entre un amor naciente y otro sentimiento más vivo, más avasallador y poderoso.

Aldea no perdía ocasión de dar a entender en público su amor por Josefina: en las recepciones de su casa, en bailes, teatros y saraos se complacía en mirarla de ese modo que, prodigando expresión a los ojos, entera a las gentes de lo que uno calla. No se recataba para decir a quien quisiera oírselo que con ella sería feliz; a nadie llegó a permanecer oculta aquella inclinación. Los padres de Josefina se enteraron de todo antes que los extraños, pero ni la duquesa procuró evitarlo, ni el duque dio a la cosa gran importancia. Su hija era joven, rica y hermosa: nada tenía de particular que gustara a los hombres: Félix Aldea era un admirador más.

Sólo la interesada reflexionaba sobre su propia situación, procurando, a pesar de la ternura de que se sentía poseída, dominarse, ver claro y leer en el alma de aquel hombre.

Sin bastante conocimiento del mundo ni experiencia para explorar a Félix provocando atrevidamente explicaciones francas que pudieran ser indecorosas; sin coquetería que desconcertándole le hiciera venderse, Josefina sintió la falta de una persona amiga, leal, inteligente, que aconsejara su incertidumbre y gobernara su timidez convirtiendo la misma debilidad en arma poderosa. Por fin, aunque luchando con dificultades y dudas, a fuerza de pensar en aquel hombre, creyó ver determinado y fijo el rasgo que caracterizaba su extraña conducta. Cuando Aldea la tenía en público cerca de sí, hacía marcados, aunque prudentes, esfuerzos, porque le vieran enamorado de ella; pero cuando podía hablarla sin testigos, callaba o daba a la conversación los giros rebuscados de una tranquilidad afectada, huyendo cobardemente toda explicación de carácter íntimo. ¿Era esto el miedo natural de quien, deseando una dicha, vacila en pedirla temeroso de escucharla negada, o era un modo de implorar piedad?

Con tales dudas tropezaba Josefina al fin de todas sus cavilaciones.

VI

Llegó el día del santo de la duquesa y, como de costumbre, se festejó con una comida, que si tuvo sus puntas y ribetes de banquete no careció de aspecto familiar, pues sólo asistieron a ella los más asiduos amigos de la casa, incluso Félix Aldea, y el joven capellán.

Esmeráronse en prepararlo todo los criados, inspeccionándolo minuciosamente el mayordomo, y a la hora fijada estaba puesta la mesa, que juntamente daba muestra de la calidad de los dueños, y del cuidado de la servidumbre.

Un manojo de flores, presas en rico vaso de Bohemia, ocupaba el centro: la cubrían blanquísimos lienzos con letras y escudos primorosamente bordados; relucía sobre ellos la limpia plata; a las copas de diversas formas y tamaños esperaban los más preciados vinos, y la luz de las lámparas iluminaba aquella lujosa sencillez, mientras sólo el continuo tic-tac del reloj rompía el silencio del comedor, como llamando a convidados y dueños. Oíanse por las habitaciones inmediatas, a un lado el murmullo de la conversación de los que esperaban, a otro el ruido que producían con sus últimos preparativos los criados.

Las personas convidadas eran pocas, pero dignas de ser citadas. Además de Aldea, colocado no se sabe por qué previsora disposición a la izquierda de Margarita, estaban cuatro señoras y dos caballeros. La condesa de Busdonguillo, ahora dama elegantísima, en otros tiempos señorita cursi de las que se pasan las primaveras en el Retiro, los veranos en el Prado y los inviernos en torno de una camilla con lámpara de petróleo haciendo flores de trapo o redondeles de crochet, mientras alguno de los presentes cuenta lo que en la corte se dice cuidando de disfrazar la crónica escandalosa de modo que no dejen de enterarse las niñas de la casa. Conoció al conde cuando éste siendo muy joven acababa de perder a sus padres; se dejó abrazar varias veces en la penumbra de un pasillo, negándole, siempre otros favores; y un día, entre los enojos de una sesión de celos y las alegrías de una reconciliación, hizo que su madre dijese al muchacho: «Pronto nos darán ustedes un buen día». Poco años después el conde tiró por un lado, la mujer por otro, y hoy viven en la mejor armonía, ella disponiendo sus martes, y él amueblando casa distinta cada año a una pecadora de moda.

Frente a la de Busdonguillo, para mortificarla con el espectáculo de su lujo, colocaron a la señora de Alzaola, hija de una nobilísima familia que se vio obligada a casarla con un pollo imberbe, gracias a no se sabe qué cuentos y calumnias, según los cuales la niña tuvo que ausentarse durante un año de la corte para pasarlo en compañía de una tía pobre que vivía en un cortijo de Andalucía. Cuando, transcurridos dos años, el matrimonio volvió a Madrid, trajo en su compañía un precioso niño, que murió poco después de garrotillo mientras su madre estaba en un baile. En la actualidad la señora de Alzaola es individua de varias juntas de beneficencia a las cuales hace con frecuencia donativos de consideración que anuncian los periódicos, y suele pagar a su lavandera con bonos de los que el Ayuntamiento reparte para que se distribuyan entre los pobres.

Otra de las invitadas era Pura Menguado, una casi niña, de diecinueve años, sobrina de la de Busdonguillo. Tenía el pelo de un negro azulado por lo intenso, el rostro de una palidez clorótica, los pómulos salientes, algo caídos los labios, y los ojos de un mirar despreciativo y lánguido como de heroína de novela que no ha encontrado todavía su ideal en la tierra. Se levantaba a las tres, almorzaba, iba en coche a paseo, se vestía a las ocho para comer, volvía a vestirse a las nueve para ir a la ópera, engalanábase de nuevo para dar una vuelta por algún salón de buen tono, regresaba a su casa a las cuatro, se entregaba a la lectura de novelas francesas hasta las ocho, y dormía hasta la hora de levantarse para repetir las mismas operaciones. Pura, que era renombrada por su extranjerismo en el vestir, llevaba aquel día un vestido de raso negro, de mangas cortas, muy ceñido y muy largo, con volantes de ancho encaje azul, un collar de perlitas, medias de seda negra, zapatos de raso con la punta algo encorvada, y el pelo, recogido a la vierge, con horquillas de cabeza de brillante.

La cuarta señora era la generala viuda de Pillote. Tendría cincuenta años, pero a media luz representaba treinta y cinco; estaba hacía tiempo en relaciones con otro general a quien el difunto legó sus bandas y placas en prueba de buena amistad; se dedicaba mucho a las cosas de iglesia, hacía novenas, y creyendo que esto no podía ya ponerla en ridículo, vestía imágenes. Después del general, su pasión eran las amigas, a quienes siempre aconsejaba lo mejor, y las conversaciones en que se hablaba del decoro.

Los hombres merecen párrafo aparte.

Don Juan del Cupón era un señor muy rico, asociado con un marqués que no lo era menos, para prestar dinero a menores con escrituras de depósito como garantía. Cuando los muchachos que recibían el préstamo no se pegaban un tiro y sus padres se veían amenazados por la deshonra, el señor de Cupón transigía el asunto, viniendo siempre a quedar en sus garras lo menos el sesenta por ciento al año. Fue diputado de una mayoría reaccionaria y contribuyó poderosamente a varias peregrinaciones católicas.

Arturito Galeolo era un chico que frecuentaba las mejores casas y las peores mujeres de la corte: tenía dos hermanas jamonas, muy guapas, algo extravagantes en el vestir, de conducta dudosa y a quienes acompañaba a todas partes. Puede decirse que no tenía personalidad propia: todo el mundo le llamaba del mismo modo: «el hermano de la pareja»; nombre con que Madrid entero designaba aquellas elegantes y ex-jóvenes señoritas.

El último convidado de los duques era un antiguo periodista, amadamado y maldiciente, ducho en dos especialidades, merced a las que vivía haciéndose lado en todas partes. Poseía un repertorio completísimo de narraciones de disgustos conyugales entre lo más acomodado de la sociedad, que se complacía en contar oportunamente, y escribía revistas de bailes, detallando los trajes y prendidos de las damas. Llevaba las patillas teñidas de rubio y afeitado el bigote, que empezaba descaradamente a blanquear. Decían las gentes que algunas encopetadas señoras le habían pagado con dulzuras infinitas, más que los elogios a ellas, las censuras para otras. Tenía, además, otra particularidad: recibía toda su correspondencia en la redacción; no se pudo averiguar dónde vivía; se llegó a saber que tenía en una pobrísima casa una mala cama, un gran lavabo con muchos frascos, tintes, pomadas y cosméticos, y una percha cargada de ropa, pero nadie logró ser recibido por él.

Sentáronse los duques con sus comensales, ateniéndose más a la confianza que a la etiqueta, y se comió luego como se comía en aquella casa cuya mesa era uno de los mejores altares que pudo desear la gula. Mucho permitía su riqueza a los de Algalia; pero más valía su exquisito modo de elegir: eran de los pocos que saben comer, cosa harto difícil de aprender, porque sólo a gente rica está reservada su experiencia.

La conversación versaba sobre todo aquello que sin ofensa podía decirse ante una niña como Josefina y un clérigo como Lázaro; pues si ella contenía la libre lengua cortesana con su aspecto de pureza, bien se echaba de ver que el cura era un cura digno de sentarse donde cualquier grande o virtuoso se sentará.

Pasando de unas cosas a otras, se llegó a lo que era objeto de diversos comentarios por aquellos días: el estreno de un drama de esa escuela que, inspirada en la realidad, lleva a la escena nuestra propia vida y nuestras miserias, haciendo al teatro espejo donde las figuras que se mueven en la acción fingida, son, según su virtud o su torpeza, ejemplo de unos y escarmiento de otros. Servía de base al drama el manoseado problema de la falsa posición creada por la sociedad al hijo natural, y el autor atacaba duramente ciertas hipocresías, que serían ridículas si no tuvieran marcado carácter de intransigencia odiosa.

La generala Pillote se mostró desde luego partidaria del perdón para la madre. La de Alzaola sostuvo que la mujer que faltaba era porque quería faltar, idea que hizo sonreír a algunos de los presentes. Purita Menguado se deleitaba oyendo todo aquello que tenía todavía, en cierto modo, para ella el encanto de lo desconocido; y sólo en cierto modo, porque era una de esas niñas vírgenes que nada ignoran teóricamente, pero que se consumen procurando saber cuál será en la práctica la aplicación de sus conocimientos poco castos. La de Busdonguillo callaba y comía, no porque se acordara de que nadie puede tirar la primera piedra, sino considerando oportunamente que hay casas con tejado de vidrio.

Menos Josefina, que no podía explicarse todo el alcance de la conversación, todos tomaron parte en ella mostrando su opinión; unos acaloradamente, con tibieza otros, como quien ignora la de los dueños de la casa y no quiere desagradar; éste hablando en nombre de la moral ultrajada, y aquél tratando de darse por ingenioso, mientras alguno, comía en silencio, riéndose para sus adentros en general de la virtud, y en particular de los virtuosos. Guardaba silencio la duquesa, que, como mujer de mucho mundo, sabía los peligros que rodean a su sexo, y callaba también el cura, pensando que era excusado hablar cuando todos debían suponer que sólo en nombre de la misericordia podría hacerlo. La conversación quedó limitada al duque y Félix Aldea: el primero, apurando cuantos lugares comunes y frases hechas acoge la intransigencia disfrazada de moralidad, repetía los argumentos ideados por todos los que, afectando desconocer el origen de muchas faltas, son exigentes para que se les tenga por justos: Aldea decía que la madre es disculpable muchas veces, y los hijos inocentes siempre. Con sencillas razones, sin artificio ni esfuerzo, demostraba que la severidad en las costumbres no debe rayar en crueldad, y que, como más consolador, debía preferirse el perdón al desdén con que suelen mirarse en el mundo faltas que tienen mucho de desgracias. Defendíase y alzaba el duque la voz como aquel a quien van faltando armas; respondíale Félix tranquilo, al parecer, pero en realidad con vehemencia, hasta que el duque, formulando torpe y rudamente su modo de pensar, exclamó:

—Quizá tenga usted razón. Convengo en que el perdón es muy cristiano y muy humanitario el olvido; pero yo no daría nunca una hija mía a un hombre nacido en tales condiciones.

Si alguien hubiera tenido entonces fija la vista en el rostro de Félix, le hubiera visto demudarse; mas nadie notó que aquel hombre frunciera un instante el entrecejo o se violentase para no decir lo que desde el fondo de la conciencia le mandaba la dignidad ultrajada. Solamente la duquesa, que oyó la frase de su marido, se conmovió; pero supo callar, comprendiendo que había escuchado una torpeza irremediable.

Aldea se contentó con dar por terminada la discusión, y acabó de tomar tranquilamente su café, limitándose a decir.

—Estoy seguro, señor duque, de que nuestro querido don Lázaro sería menos cruel que usted.

—El capellán no es aquí buen juez; —replicó Algalia—, ni puede entender de esto, porque no puede tener hijos.

Lázaro no desplegó los labios. Levantáronse todos de la mesa y no se habló más; pero un momento después, Aldea, visiblemente conmovido, llevó al duque hasta el hueco de un balcón, y allí, sin ser oído de nadie, al mismo tiempo que sacaba un pliego del bolsillo, le dijo:

—Hace tiempo que deseaba probar a usted mi buena amistad. Aprovechándome de la influencia de mis amigos he conseguido para usted esta distinción: he venido con el propósito de aumentar en algo las alegrías de este día; y usted, en cambio, acaba de ofenderme desapiadadamente: soy hijo natural.

Y separándose con rapidez de Algalia, que maquinalmente había tomado el pliego, estrechó la mano a la duquesa, que intentó en vano detenerle, saludó al cura, hizo a los restantes una inclinación de cabeza y mirando profundamente a Josefina, extrañada de tan repentina despedida, salió del comedor y cruzó las antesalas. Un momento después el portero, descubriéndose respetuosamente, le abría la lujosa verja del parque.

—El duque, atónito, no sabía lo que le pasaba: abrió, el pliego, y al leerlo no pudo contener un estremecimiento de gozo: era la realización de su sueño de oro: su nombramiento de senador vitalicio: al pie del cual se leía la siguiente firma:

Yo el rey.

—Mira, Margarita, —dijo en voz baja, tendiendo el pliego a la duquesa y su hija—; ven, hija mía. Aldea me ha dado este papel y se ha marchado, diciéndome que le había ofendido.

Y mientras los circunstantes se miraban unos a otros, el duque, poseído de una sorpresa inconcebible, sin darse exacta cuenta de lo sucedido, atento sólo a su propio regocijo, leía y releía el nombramiento por cima de las hermosísimas cabezas de su esposa y su hija. La duquesa, apartando cariñosamente a la niña y recatándose de ser oída, asió a su marido fuertemente del brazo, diciéndole:

—¿Qué has hecho? Aldea es hijo natural.

—Pero este nombramiento, —repuso Algalia, a quien por el momento sólo importaba su senaduría—, ¿qué quiere decir, a qué viene darme tan gran prueba de afecto?

—Félix está enamorado de Josefina, —contestó Margarita.

Ya tarde, los convidados fueron desfilando repletos de buenos manjares y llenos de curiosidad: ellos saboreando el aromoso veguero, y ellas hablando de los trajes de la duquesa y su hija. Si alguno callaba, era porque lo mal que digería no le dejaba murmurar de lo bien que había comido.

VII

Tal fue la sorpresa del duque a consecuencia de lo ocurrido, que sólo después de algunas horas, y tras larga conversación con su mujer, llegó a convencerse de dos cosas: era senador vitalicio por nombramiento real; y, sin saberlo, había ofendido gravemente al hombre que le encumbraba.

Ambos esposos se preocuparon seriamente. El marido experimentaba impresiones contrarias: sentía el regocijo íntimo del orgullo satisfecho, y al mismo tiempo, no acabando de comprender cómo Aldea le había podido elevar hasta hacerle pater patrie, sentía vagamente el disgusto de tener que agradecer a tal hombre, a un cualquiera, tamaña honra. En cuanto a lo del agravio inferido, no podía Algalia explicarse satisfactoriamente por qué se había ofendido Félix por una frase, dicha con cierto carácter de generalidad.

La mujer se mostraba pesarosa en extremo; parecía dolerse también de tener que manifestarse agradecida a quien consideraba inferior; sentía la ofensa hecha a Félix, y, sobre todo, no perdía ocasión de repetir a su marido que Aldea estaba enamorado de Josefina. A pesar de todo, el disgusto tomó en Margarita un aspecto distinto del que pudieran prestarle tales consideraciones. Ni el orgullo, que creía rebajado por la persona que hacía el favor, ni la contrariedad de ver ofendida a esa misma persona, eran motivos bastantes a justificar su malhumor. Limitose, con respecto a su marido, a llamarle torpe y hablador, indicando ligeramente la idea de un desagravio, tanto menos doloroso, cuanto que Aldea no había recogido públicamente la ofensa: pero luego, a solas, con el ceño adusto y la mirada triste, abría a su mortificación libre salida, dando desahogo a su pena; arrojaba con desprecio sus alhajas en el sortijero; al no hallar lo que buscaba, cerraba con fuerza los cajoncitos de sus mueblecillos maqueados; recogía como con ira el abanico escurrido hasta la alfombra desde su falda de seda, y, al verlo en sus manos, metía distraídamente los dedos entre las varillas, o desgarraba el país con las sonrosadas uñas. Había momentos en que se le humedecían los párpados; pero el más leve rumor le daba fuerzas por miedo de ser sorprendida, y ahogaba la inoportuna lágrima, trocando en dulce sonrisa el salado llanto. Sumida en profundo y silencioso abatimiento, con miradas inquietas reflejaba el fondo intranquilo de su espíritu; pero no brotaba una queja de sus labios, ni hubiera sido posible averiguar, aun espiándola de cerca, la causa verdadera de su pesar. ¿Era quizás el disgusto de ver alejado de la casa al hombre enamorado de su hija? No, seguramente, pues harto podía comprender Margarita de Algalia que nunca faltarían a Josefina ocasiones de ventajosa y feliz boda. Ni su corazón de madre, ni su orgullo de dama podían tolerar suposición semejante.

Sólo por las conversaciones de sus padres, y al cabo de varios días, supo Josefina el alejamiento de Aldea. La impresión que recibió fue penosa: dando al olvido las inquietudes inspiradas por la conducta que Félix había observado respecto a ella, pensó en que ya no vería cerca de sí al primer hombre en quien creyó hallar algo como una promesa de felicidad. Cuando llegó a enterarse de la ofensa que mediaba, conociendo el carácter de su padre, admitió la posibilidad de que pudieran las cosas arreglarse; y, apenas concebida la esperanza, resolvió hablar a su madre.

Había en el palacio de los duques una ancha y lujosa galería, a la cual se abría la puerta de un salón tapizado de rojo, que era el menos frecuentado de la casa, y donde el duque guardaba en enormes armarios los libros que no cabían en las bibliotecas de su despacho.

A este salón venía muchas veces Lázaro en busca de algo para leer o por entretenerse ordenando lo que allí estaba confundido. Abría un balcón que daba al jardín, y, respirando el grato aroma de los tilos cercanos, dejaba pasar el tiempo o se abismaba en sus eternas dudas.

Una tarde, ya cerca del anochecer, Josefina, decidida a pedir a su madre que la ayudase a facilitar la reconciliación con Aldea, cruzaba la galería, en cuyos vidrios venían a dar los últimos y débiles rayos del sol. Al ver entornada la puerta, miró hacia dentro. El salón estaba casi oscuro. Lázaro, para aprovechar la claridad que iba faltando por momentos, leía apoyado de espaldas en los hierros del balcón, y su figura se destacaba por negra sobre la amarillenta luz del crepúsculo. El vientecillo de la tarde mecía ligeramente las ramas del jardín, y al chocar las hojas unas contra otras, producían un murmullo cadencioso y apacible, interrumpido sólo por el agudo piar de alguna golondrina que tenía su nido entre las vigas del tejado.

Al sentir ruido, Lázaro alzó la vista, y viendo a Josefina, adelantó algunos pasos, mientras ella permanecía callada y quieta, recostada en el quicio de la puerta.

Lo que allí pasó fue triste, silencioso, casi trágico. El confidente se trocó en capellán, el amigo dejó su puesto al ministro del cielo. Ella miró a Lázaro como quien, sin confesar su pena, implora alivio a su dolor, y él, juntas y caídas las manos que sujetaban el libro, se abismó en la contemplación de aquella mujer que mendigaba un apoyo o un consejo del único ser que no podía dárselo, y a quien era crueldad exigírselo. Los ojos de la niña suplicaban sin comprender el riesgo a que podía exponerle la súplica, y los de Lázaro querían entender el ruego; pero el cura veía alzarse ante sí su propia imagen, como se interpone lo imposible entre el hombre y la felicidad. El sacerdote podía aconsejar; el hombre no sabía formular el consejo, y en tanto la mujer aguardaba en vano, mirándole cada instante con más cariño, hermosa, inmóvil, sin explicarse en su mejor amigo la obstinación de aquel silencio. Entonces dejó caer la cabeza sobre el pecho, miró al cura como reconviniéndole dulcemente, y dijo:

—Voy a hablar con mamá.

Salió lentamente del salón, desapareciendo entre las sombras de la galería. Lázaro, ya solo, abrió de nuevo el libro, y, sin fuerza para contener el llanto, a través de sus propias lágrimas leyó estas palabras del Divino Maestro:... Y ¡ay de vosotros, Doctores de la Ley, que cargáis los hombres de cargas que no pueden llevar, y vosotros ni aun con uno de vuestros dedos tocáis las cargas!

VIII

Lázaro no durmió aquella noche. La emoción recibida era demasiado fuerte. Por vez primera se daba cuenta del género de afecto que le inspiraba Josefina; y vivo todavía el dolor de verla desear la vuelta de Félix a la casa, sintiendo la pena de recordarla implorando su ayuda, comprendía la grandeza de su mal y lo imposible del remedio. Pero no se sorprendió al confesarse el secreto de aquella inclinación; sus impresiones anteriores le habían llevado hasta aquel punto, y las que le pasaron antes casi inadvertidas, le aparecían explicadas ahora. Sus recuerdos le iban diciendo que los materiales del fuego, al parecer prendido entonces, ardían desde mucho tiempo atrás, y su memoria le revelaba cosas que, halagándole como hombre, le espantaban como sacerdote. Las reminiscencias venían, no evocadas por el deseo, sino involuntariamente. Recordaba que un día, estando sentada ella (¡ya subrayaba el pronombre!) en el invernadero con su bordado entre las manos y los ojos fijos en la labor, él, antes de llegarse a hablarla, la contempló a hurtadillas largo rato, deleitándose como un devoto en la imagen que tiene reputación de milagrosa. Otra vez, al querer ambos alcanzar al mismo tiempo un ovillo de estambre, que rodó por la arena del jardín, el pelo de ella, rozándole la cara, le había estremecido, cual si su alma vibrara dentro de su cuerpo. Lázaro conocía hasta dónde llegaban el sutil ingenio de la niña y su candidez exenta de mojigatería; no se le ocultaba ninguna excelencia de su condición y carácter; pero aquella noche fue cuando realmente se dio cuenta de que desde meses atrás hubiera podido dar detalles sobre la esbeltez del cuerpo, la pequeñez del pie, la roja frescura de la boca y el delicioso mirar de sus ojos. El capellán descubrió primero en ella un ser humano que parecía un ángel, y el hombre acabó por enamorarse de la mujer angelical, pero mujer al fin. Esto había sucedido natural, sencillamente, sin provocación de una parte o cálculo de otra; sobre todo sin intención en Lázaro, que se encontraba preso en una red, no porque se la preparasen, ni porque él, hallándola tendida, cayese en ella, sino porque los lazos estaban dispuestos en torno suyo por la fuerza y la naturaleza de las cosas. Tan inocente era Josefina, como irresponsable era él. Su único delito era haber llegado a aquel trance sin que su condición de eclesiástico le diera voz de alarma. Ahora, obligado a llamar a las cosas por su nombre, vio el peligro en Josefina y el mal en el amor. ¡La dulzura y la bondad un peligro!, ¡el amor un mal! ¿Por qué?

Antes de que el pobre clérigo se persuadiese de la certeza de su amor, empleaba en la lectura y el estudio la mayor parte del día y muchas horas de la noche. Las ideas que de sus observaciones brotaban chocaron claramente con los preceptos que se le imponían; su buena fe le impulsaba a buscar, cada vez con más ahínco, una opinión, un juicio, que diera solución a sus dudas, algo fuerte en que apoyarse para vivir y creer al mismo tiempo; pero ningún filósofo, ningún escritor sagrado le podían dar lo que su propia conciencia se obstinaba en negarle; y así llegó a ser uno de los seres más desdichados de la tierra: el cura que adquiere la costumbre de pensar.

Lentamente fue convenciéndose de que le habían educado dándole por verdades infalibles afirmaciones que no podía comprender. La santidad de la misión impuesta le servía de refugio, o buscaba en las prácticas religiosas una ocupación piadosa, durante la cual imaginaba sentir vagamente que su espíritu se elevaba en arrobos místicos hasta el prometido cielo, como espiral de incienso que sube a perderse en el espacio.

Quiso Margarita solemnizar la senaduría concedida a su esposo dando a los pobres una gruesa suma, y Lázaro fue el encargado de distribuirla. Durante algunos días vivió embargado por su hermosa tarea; no salió de sus manos una sola moneda sin que supiera que realmente la necesitaba quien la recibía; se gozó en remediar las penas, y lo hizo con tal dulzura, desplegando tanta bondad, prodigando con tan divino arte el consuelo, que duplicó el socorro, añadiendo al oro de la duquesa esa otra limosna que sólo se da con el espíritu: quien la recibía de sus manos quedaba obligado sin humillación y agradecido sin bajeza. El oro, al pasar por ellas, parecía purificarse sin dejarlas manchadas.

Cumplida su misión caritativa, Lázaro se encerró de nuevo en su soledad, y entonces las dudas, muertas al parecer aquellos días, tornaron a hostigarle, semejantes a esos reptiles asquerosos que después de aplastados vuelven a revivir y arrastrarse.

Ocupaba en casa de los Algalias un cuarto de humilde aspecto, que aquéllos quisieron inútilmente amueblarle con mayor regalo. Frente a un balcón, abierto sobre las arboledas del jardín, tenía una cama de hierro pintada de verde, y a su cabecera un Crucifijo de talla menos que mediana; un reclinatorio al pie del lecho; dos estantes de caoba deslucida llenos de libros, y una mesa también cargada de ellos; un modestísimo aguamanil de loza con su jofaina de lo mismo y un armario de pino barnizado, donde guardaba la sotana de los domingos.

Aparte la impresión de apacible melancolía que aquella estancia causaba, lo más chocante de ella era la multitud de libros esparcidos por todos lados. Parecía que quien allí habitaba, trataba de resolver un problema, y que en alguna de sus infinitas páginas esperaba encontrar la solución. No había fase ni aspecto del espíritu humano que no estuviese representado allí. Y era que Lázaro buscaba la verdad en todas partes: en los grandes escritores paganos, como en los Padres de la Iglesia; en los heresiarcas más ilustres y en los ortodoxos más severos; en los mantenedores del sentimiento religioso y en los descreídos pensadores modernos. Se enorgullecía con las certezas de la ciencia, y sonreía ante las promesas de las religiones; examinaba los piadosos engaños y las verdades demostradas: todo quería abarcarlo, cielo y tierra, presente y pasado, buscando con perseverante tenacidad las causas de las cosas, o el origen de las ideas, lo mismo en los tomos amarillentos de los siglos muertos, que en los volúmenes modernos, húmedos todavía, con su olor a tinta de imprenta y sus cubiertas de colores.

Ávido de saber, Lázaro estudió y observó cada vez con más ansia. Todas las perspectivas en que puede dilatar su mirada el entendimiento humano fueron presentándole dificultades e incertidumbres, y en confuso desorden invadieron su espíritu impresiones contrarias, dándose al mismo tiempo a su razón ideas justas y apreciaciones erróneas. De cada sistema recogió algo que parecía verdadero y de ninguno la verdad completa; unos le atormentaban con sus fraseologías de tecnicismos ingeniosos que dan nombre de cosas reales a creaciones del espíritu, afirmando lo que no demuestran; otros le decían que el hombre es fuerza y materia nada más, un reloj con cuerda para cierto número de años, que suele a veces por su genio adelantarse al tiempo en que vive, que se retrasa por la ignorancia, que puede arreglarse cuando se descompone, pero que al fin se rompe. Unos filósofos no le hablaban más que de ideas, otros todo lo fundaban en hechos. Y cuando tales pensamientos le absorbían, parecía que una vocecilla burlona sonaba en su oído, aconsejándole que arrojase los libros y se dejara de filosofías y estériles monólogos, que no habían de darle un grano de trigo ni una gota de agua. Él, sin embargo, seguía en sus estudios, y como el buzo baja con su escafandro a las profundidades del Océano, penetraba en los mares sociales, con la buena fe por apoyo y la sinceridad por gula.

Entonces cada paso fue un desengaño: vio que la vida es lucha de egoísmos contrarios, donde el oro sirve de absolución para la infamia y salvoconducto para la nulidad. La riqueza, el talismán que todo lo resuelve; no tener, el delito que a nadie se perdona; no haber tenido, una mancha que jamás se borra. En las puertas del mundo la impudencia ha escrito este letrero: «Posee, y lo demás te será dado con hartura».

Algunas veces creía ir convenciéndose de que la tierra era el asiento del mal, como le habían dicho sus maestros: todo, al parecer, le autorizaba para inclinarse a esta opinión. Mezclado con su amor a la humanidad, empezaba a sentir desprecio hacia el hombre, ser extraño, ridículo y sublime al mismo tiempo, que con frecuencia es malo, pero que algunas veces es peor. Veía que, como la fruta pasa pronto de la madurez a la corrupción, el hombre pasa rápidamente de la experiencia al egoísmo, y se fue persuadiendo de que la experiencia es inútil, porque siempre llega tarde. Si pensaba en sí propio, sentía humildad; si estudiaba al prójimo, le poseía el orgullo. Sus dudas eran continuas, y de unas nacían otras, semejantes a las olas mutuamente engendradas, y en que ninguna es la postrera.

Al analizar lo presente, todo le parecía negro; mas al estudiar la vida de otras épocas, miraba bajo distintas formas reproducidas las mismas dificultades, pero siempre atenuadas, hechas cada vez más soportables, y comprendió que ese trabajo de los siglos, aspiración y tarea de la humanidad, es el progreso. Vio que el mundo mejoraba con el tiempo, que el mal disminuía, y que sus antiguos maestros le habían pintado como perdurablemente malo lo que es eternamente perfectible. Aunque los estudios y las lecturas le amargaran, en el fondo de su alma quedaba siempre, como en la caja de Pandora, un bálsamo dulcísimo, la esperanza; y entonces la vocecilla burlona, cual si tuviera empeño en trocar sus ideales por ídolos, le decía: «La esperanza es el manjar más sabroso de la tierra, pero es también el menos nutritivo».

Fruto de tantos desvelos, Lázaro llegó a saber mucho, pero todo podía reducirse a dos observaciones: una relativa al mundo, otra a sí mismo. Supo que el mal y el bien no radican uno en la tierra y otro en el cielo, sino que ambos están aquí abajo, dentro de nosotros mismos, en gérmenes dispuestos a brotar y florecer o podrirse, según los instintos, la educación, el tiempo o la voluntad del hombre. Y supo, en cuanto a sí, que en la tierra hay algo muy parecido a la felicidad: el amor. Pero él no podía amar ni ser amado. Su alma debía ser un muerto que tuviese por sudario una sotana.

Las doctrinas de los que le educaron lo ordenaban así. Por cima del decálogo casi divino que debía practicar, los hombres habían escrito este mandato: «No te amarán».

«¡No te amarán!», se repetía Lázaro continuamente, y cada vez aquello le parecía más injusto. Su inocencia protestaba con la impetuosidad de la ira o con la amarga laxitud del desaliento, pero siempre tenía que confesarse vencida. Su conciencia era un siervo puesto en la alternativa de alzarse en armas o aceptar humilde y bajamente la esclavitud: no había más que dos caminos; abjurar o resignarse. Lo que no existía, lo que nadie le podía ofrecer, era una solución que tuviese algo de consuelo.

Cuando la tempestad sorprende al pájaro que se aleja del nido, lucha con la tormenta aleteando hasta recobrarlo; cuando el niño que rompe a andar cae y se lastima, busca afanoso el regazo de su madre; cuando el hombre abandona a la mujer que le quiere, y sufre desengaños, torna a ella, y en sus brazos se arroja: él no tenía nido, ni regazo, ni brazos a que acogerse. Llevaba, como una doble maldición, la duda en el cerebro y el amor en el alma. Sus meditaciones de religioso estaban cada día sujetas a mayor turbación, y si la enérgica voluntad o el temor al peligro traían la oración a sus labios, entre los severos pensamientos del sagrado rezo se deslizaba un nombre de mujer, surgiendo su imagen alegre y bulliciosa entre las austeras reflexiones, como entraría una ninfa en un coro de monjes.

IX

Josefina entró en el cuarto de su madre resuelta a descubrirle francamente la inclinación que hacia Félix sentía, y pedirle ayuda para que aquél pudiese ir decorosamente a la casa; pero frente a Margarita su energía y su resolución dieron en tierra, rompió a llorar, y balbuceó entre temores lo que se había propuesto decir claro. La duquesa, besándola cariñosamente, le secó las lágrimas, escuchó la confesión de aquel amor naciente, y despidiéndola con ternura, la llevó hasta la puerta de su gabinete, procurando que la entrevista fuese lo más breve posible.

Al quedarse sola, la duquesa lloró también, pero no con aquel llanto apacible y puro de la niña, sino amarga, desconsoladamente, con lágrimas tardas en brotar y abrasadoras al deslizarse por el rostro.

Decidida a hablar con su esposo, se encaminó al despacho, donde lo encontró hojeando el reglamento del Senado. Hízole suspender la lectura, y abordando de frente la cuestión, le dijo que por su propio interés, por no pecar de ingrato y sobre todo por desearlo Josefina, era necesario que Félix Aldea volviese como antes a frecuentar la casa. Examinose entre ambos cónyuges la situación, y el duque, que ya se iba encariñando con todo lo que tuviera sabor de polémica, aprovechó la oportunidad, hablando largamente de su decoro y prestigio, de que no quedase lastimada su dignidad, y de otra porción de cosas que hubieran hecho murmurar a cualquiera: palabras, palabras, palabras.

Por fin, Margarita, con ese tacto que las mujeres tienen, resolvió las dificultades proponiendo que se diera un baile para celebrar lo de la senaduría, enviándose a Félix, como de costumbre, su correspondiente invitación; lo cual, después de lo ocurrido, venía a ser una satisfacción, que sin desdoro del ofensor podía desagraviar al ofendido. Aceptada la idea, dejó al duque continuar su examen del reglamento de la alta Cámara, y vuelta a su cuarto, después de haber cerrado cuidadosamente las puertas para evitar verse de pronto sorprendida, se dejó caer en un sillón, apoyó en uno de sus anchos brazos los codos y rompió a llorar amargamente.

Nadie al verla hubiera podido decir si era una madre que se imponía un sacrificio, o una mujer a quien los celos hostigaban.

Se fijó el día de la fiesta, y empezaron los preparativos. Los tapiceros y adornistas tomaron posesión de los aposentos en que había de verificarse; se construyó una galería de follaje, que ponía en comunicación el salón principal de la planta baja con el espacioso invernadero de cristales que en el jardín se alzaba; cubriéronse las columnas de hierro con entrelazadas hojarascas; se colgaron de la bóveda de cristales los aparatos para gas; se pusieron en los ángulos las mejores esculturas que había en la casa, haciendo que los mármoles blancos destacaran sobre fondos de oscuro verdor; se prepararon farolillos para las enramadas del parque; diose orden en las cocinas para que la cena fuera opípara y, en fin, se apuraron todos los caprichos que puede el oro satisfacer al buen gusto. Una legión de artesanos invadió el palacio durante muchos días, haciéndose las cosas de suerte que cuando dos horas antes del baile los duques inspeccionaron todos los preparativos, el nuevo senador, arrellanándose en un sillón con la dignidad propia de su investidura, y mirando a su mujer con vanidosa satisfacción, exclamó: «Estará bien».

Y así fue. Desde la once de la noche una larga fila de coches iba poco a poco dejando en el vestíbulo del palacio centenares de convidados: las damas, envueltas en riquísimos abrigos, bajaban de sus berlinas y sus clárens, dejando ver los pies primorosamente calzados que se apoyaban un momento en el estribo, mientras con la mano, enguantada hasta el codo, se recogían la larga cola ornada de valiosos encajes; los lacayos recibían órdenes de volver a la madrugada; los mirones y curiosos, estacionados en la acera opuesta, contemplaba aquellas grandezas haciendo comentarios sugeridos por la hermosura de las mujeres o la envidia de las riquezas. Entretanto los salones se iban llenando, y el calor que la aglomeración de gentes y las luces engendraban iba animando y coloreando los rostros. Aquí se oían alabanzas a los dueños de la casa, dichas en voz alta; allá se agrupaban otros a murmurar censuras; unos buscaban a sus conocidos; saludaban todos a los duques; los más serios o curiosos examinaban en los salones inmediatos las obras de arte coleccionadas con exquisito gusto; y los jóvenes, juntos con los viejos alegres, parados en las puertas, pasaban revista a las mujeres que entraban, cambiando apretones de manos y diciendo lisonjas o recibiendo miradas que parecían señas.

A poco más de media noche el salón ofrecía tal aspecto de lujo y riqueza, la alegría reinaba, al parecer, con tanto imperio sobre las almas, tanto goce se reflejaba en las caras, que no parecía sino que en aquella regocijada turba nadie sabía lo que son la pesadumbre ni el dolor.

Ellas, ceñidas por estrechos trajes que oprimen hasta modelar las formas, con sus largas faldas prendidas de flores y de blondas, con sus diademas de pedrería sobre la frente, y la alegría en las miradas, recibían el homenaje, no siempre franco, de rebuscadas frases, con que sus adoradores trataban de rendirlas. Ellos, vestido el severo y antipático frac, pugnaban por llegar hasta alguna de las que más efecto causaban, para hacer en el corro gala de su ingenio. Hacia los extremos del salón veíanse algunas parejas, más ocupadas de sí mismas que del prójimo, en que ella parecía resignarse a conceder lo que deseaba otorgar, mientras él se obstinaba en pedir lo que luego había de cansarle. En un círculo se discurría de política; en otro se comentaba en voz baja el escándalo de la semana, pronunciando al oído y en secreto los nombres de los protagonistas. Algún mozalbete se acercaba con disimulo a las habitaciones contiguas, espiando el momento de tender la mano sobre los riquísimos vegueros esparcidos en bandejas de plata. La música dominaba a intervalos el rumor de las conversaciones; la atmósfera se iba cargando hasta hacerse enojosa; la temperatura aumentaba por momentos; el abrasado ambiente de la sala parecía luchar con el fresco que penetraba del jardín por los anchos balcones en suaves ráfagas, y entre aquel mar de luz y de colores, se percibía el olor extraño que juntos formaban los aromas de las flores, los perfumes de tocador y el calor de los sudorosos cuerpos.

La duquesa, rodeada de sus más íntimas rivales, recibía de cuantos se le acercaban elogios tributados a su buen gusto, casi todos cortados por un mismo patrón, muy pocos ingeniosos o bien dichos. Su traje era objeto de comentarios entre las damas, de admiración entre los hombres. El vestido de raso blanco, entre cuyos esculturales pliegues resbalaba la luz como en un mármol, había llegado de París aquella mañana, y las dos perlas negras que llevaba en las orejas valían una fortuna. Al lado de su madre, Josefina parecía el nuevo brote de una flor hermosísima: la madre era como esas rosas que han desplegado ya toda la pompa de sus galas; ella, como esos capullos entreabiertos que comienzan a esparcir en torno suyo olor suave y débil. Su traje era blanco también, pero en el tocado y los prendidos, las flores sustituían a las joyas.

La excitación que la agitaba la hacía más hermosa. Inquieta y disgustada, miraba sin cesar a todas partes, preguntándose: «¿No vendrá?», y de cuando en cuando hablaba con cariño a su madre, que por vez primera parecía esquivar las ocasiones de tenerla cerca de sí.

Por fin la enamorada niña vio entrar a Félix que, saludando al paso a diversas gentes, llegó hasta la duquesa, cambiando con ella algunas frases de simple cortesía: llegose luego a Josefina, y un momento después se les vio confundidos entre los grupos de parejas que parecían moverse impelidas por las notas de un vals, de Strauss.

Lázaro estaba recogido y leyendo cuando, llegó hasta sus oídos el alegre bullicio de la fiesta. Cerró entonces el libro, abrió el balcón, y el airecillo fresco de la noche le trajo claras, y distintas las apasionadas frases de la música; como si el mundo, con aquella voz de sirena, quisiera arrancarle de la soledad. Bajó al jardín, se acercó a una reja, y oculto entre unos arbustos cuyas ramas se entrelazaban trepando por los gruesos barrotes de hierro, tendió la vista hacia el salón. Su mirada lo abarcó todo. Pasado un instante, la sorpresa se convirtió en asombro: sus ojos, deslumbrados por la claridad, fueron descubriendo los grupos aislando las figuras, fijándose en los rostros, viendo surgir de entre un confuso mar de luces y colores las formas y el aspecto de las cosas. Los corrillos tan pronto formados como disueltos; el continuo pasar de sombras que se cruzaban ante la reja, cortándole la vista; la variedad infinita de actitudes; el estado de los ánimos reflejado en las caras, atestiguando en uno de la indiferencia, en otro de los celos, mostrando acá la frialdad del apático, allá la impaciencia del nervioso, y sobre todo aquel espectáculo de riquezas para él desconocidas, de lujos ignorados, le produjo una impresión extraña, fuerte porque era nueva, y poderosa porque era continuada. Las figuras de las damas, unas de semblante fresco como flores de campo, ajadas otras por los afeites o los años, pero todas con las espaldas desnudas y los pechos a propio intento revelados en lo poco que el raso les cubría, acabaron de marear al pobre cura, sin que por eso dejara de mirar con ansia, creyendo a cada instante descubrir novedades que hiriesen aún más su imaginación o calmasen sus agitados nervios. Hubo un momento en que la música apagó todos los otros ruidos: el ritmo melódico parecía arrastrarse como aura de primavera en plantío de rosas; los giros lánguidos de acordes amortiguados y dulcísimos se trocaban de pronto en explosión de sonidos alegremente locos, y las armonías se esparcían como suspiros que volaban a refugiarse entre los pliegues de los amplios cortinajes, produciendo combinaciones raras, que se perdían, unas envueltas entre los giros de otras, como crujir de sedas y estallar de besos reprimidos. Las parejas iban deslizándose rápidamente ante la reja en confuso desorden, desapareciendo y tornando a pasar cual figuras de una linterna mágica, hasta que, callando de repente la orquesta y suspendiéndose aquel vertiginoso movimiento, Lázaro vio acercarse, impelidos todavía por la última vuelta del vals, una mujer y un hombre: Josefina y Félix. Él la ceñía el talle atrayéndola hasta sentir confundidas las respiraciones, mientras ella se abandonaba por completo, dejándose llevar. Llegaron hasta donde él estaba, y ya parados, la niña, moviendo el abanico de nácares y encajes ante su agitado pecho, se apoyó en el brazo de Aldea, mientras éste murmuraba a su oído una frase, pagada con la sonrisa más hechicera del mundo. Lázaro, asido a la reja, los miró sin cuidarse de ser visto, sin pensar que no tenían ojos más que para contemplarse uno a otro. Fuera de sí, agitado por un dolor desconocido, creyó apurar toda la hiel del sufrimiento humano; y como si su sangre hirviese y fermentara agolpándose a ofuscar aquel pobre cerebro, la idea del odio se irguió en él terrible y poderosa. No hubo entonces crimen ni infamia que no se creyera capaz de cometer; y midiendo con la rapidez del pensamiento su inocencia, mayor aún que su desdicha, se preguntó, en un arranque impío, si era divina la justicia que toleraba aquel tormento.

Bajo la sotana del cura latieron por vez primera en el corazón del hombre los impulsos del mal. El ministro de Dios sufrió corno las criaturas de barro, y su alma de pureza inmaculada, su mansedumbre, su bondad evangélica, fueron un punto derrocadas por la ira, el aborrecimiento y la venganza. La que entonces le pareció más que nunca creada por el Señor con hueso de su hueso y carne de su carne, la prometida por el deseo y la Naturaleza para ser satisfacción de sus amores, la mujer que era su ideal y su felicidad, estaba en brazos de otro: aquellos hierros que les separaban y que él inútilmente sacudía con impotente fuerza, eran sus propios votos, y aquel instante supremo de su vida, la ratificación solemne de la infame ley que le decía: «No, te amarán». Sintiéndose morir, dejó caer con desaliento los brazos, y todo su rencor se disolvió en dos lágrimas que rodaron lentamente por su abrasado rostro. Pero hay almas que rechazan instintivamente el mal. El odio pasó sin detenerse sobre el espíritu de Lázaro, como la gota de agua que resbala por el hierro candente. Las fuerzas le faltaron, y mientras los alegres ruidos de la fiesta, convertidos en voces misteriosas por la fantasía, parecían llamarle queriendo embriagarle con efluvios de desconocidos placeres, dio en tierra rendido y sin aliento.

El baile estaba en sus momentos de mayor brillantez y la animación, engendrada por la muchedumbre, se traducía en un continuo murmullo, que sólo a desiguales intervalos dominaban los instrumentos de la orquesta. El salón parecía un foco de claridad intensa. Las temblorosas llamas del gas se reproducían hasta lo infinito en las grandes lunas que, multiplicando las imágenes, creaban una confusión extraña, y empezaba a reinar ese desorden propio de todo sitio donde se divierten muchos a la vez. Allí dentro todo era goce y alegría; fuera no había sino silencio y sombra; un hombre en tierra, como soldado herido que se desangra en el campo de batalla, y un cielo de azul profundo, casi negro, estrellado, que desde su inconmensurable altura miraba con millares de ojos, tan indiferente a los placeres de unos como a la desdicha de otros.

Los vientecillos precursores del día empezaron a retozar entre los troncos con las hojas agitando blandamente las ramas, y algún pájaro, desvelado por los inusitados ruidos, batió las alas piando alegremente, confundiendo desde su oculto nido las luminarias del festejo con los resplandores de la aurora.

X

Servida la cena, que fue espléndida, los convidados empezaron a marcharse contentos y satisfechos, como gentes que habían cumplido su misión. El ruido que causaban los que iban saliendo, despidiéndose con regocijadas risas, y el fresco del relente hicieron a Lázaro volver en sí del largo desmayo al tiempo que los últimos grupos esperaban, en el espacioso vestíbulo y en los primeros términos del jardín, la llegada de sus carruajes.

Los hombres, bien arropados con gabanes rusos y capas, fumaban puestos en filas, viendo a las damas que bajaban las escaleras de mármol, cubriéndose los desnudos hombros con costosos chales o vistosos abrigos. Unas se tapaban el escote aún sudoroso con el cachemir de cien colores; otras se envolvían entre las pieles del shunc, el zorro azul y la marta cibelina; ésta contestando a un saludo, aquélla buscando una mirada entre los apiñados rostros; muchas parecían en aquel momento hermosas y felices, aunque lo pareciesen sin serlo; todas llevaban algo que decir o habían dado algo que envidiar.

El cura, oculto entre las sombras del jardín, esperaba para salir de su escondite que se hubiese marchado toda aquella gente, cuando notó que no lejos de sí, entre las ramas de unos arbustos y cerca de una reja, había un hombre, que se quedaba rezagado adrede, y que, moviéndose de pronto cuidadosamente, se escurrió con cautela a lo largo de la casa, hasta penetrar en ella por una puerta de servicio, la cual por razón del baile aun estaba abierta aquella noche. Lázaro entonces intentó gritar; pero el asombro le ahogó la voz en la garganta, porque de repente se dio cuenta de que quien así penetraba en el palacio de los duques era Félix Aldea.

Subió rápidamente, y él cura se lanzó en su seguimiento; pero aquél llevaba mucha delantera. Al llegar al piso principal, Aldea, espiado siempre por Lázaro, cruzó los pasillos desiertos, y atravesando la galería que separaba las habitaciones del duque de las de su esposa y su hija, penetró en una sala, a la cual concurrían dos grandes corredores, uno que conducía al cuarto de la duquesa, y otro que llevaba al de Josefina. La puerta de aquella habitación estaba cerrada; pero apenas Aldea se detuvo ante ella, golpeándola un poco con los nudillos, una de sus hojas se abrió calladamente hacia fuera, mostrando un brazo de mujer ceñido por una manga de seda roja. Aldea entró, y el brazo atrajo a sí la puerta, que volvió a quedar instantáneamente cerrada, mientras Lázaro, pálido y tembloroso, clavados los pies en el suelo, escuchaba alejarse, sin saber en qué sentido, los pasos de dos personas, que andaban de puntillas para no producir ruido sobre los mármoles del piso.

¿Qué hacer en tal situación? ¿A quién pedir auxilio? ¿A quién llamar? Un desaliento que tenía mucho de impotencia y algo de despecho le arrancó de allí, y, temeroso de ser visto, huyó de aquella puerta, tras la cual quedaba rota para siempre la más hermosa de sus ilusiones. Además, juntamente con la idea del perdón que la conciencia le imponía, sintió latir en su alma vacilaciones engendradas por la sorpresa, sospechas pérfidas, pero lógicamente sugeridas por los celos. La que supuso ángel era mujer, y nada más; no merecía que como hombre la amase ni que como sacerdote tratara de disculparla. En su caída había llegado hasta la culpa por el camino de la premeditación: indudablemente había procurado que su amante volviera a pisar la casa de sus padres, y trémula de amor, agitada por el deseo, le esperó para recibirle en sus brazos.

Divagando de esta suerte, admitiendo como buenos los torpes antojos del despecho, la piedad fue quedando en el alma de Lázaro completamente borrada por la incontrastable fuerza de los celos: después el miedo de hacer público el suceso, el temor al escándalo, y aun la idea horrible de ver la hija deshonrada a los ojos de su propia madre, llegaron a ser en el sucesivo desarrollo de sus ideas otras tantas rémoras creadas por la malicia para eludir el cumplimiento del deber.

Al día siguiente del baile, ya muy entrada la mañana, unos cuantos criados, reunidos en la caseta del portero, formaban corro restregándose todavía los ojos, haciendo comentarios de la fiesta, charlando y maldiciendo. Otros arreglaban los salones reparando el desorden que habían producido los convidados. El cocinero, seguido de un pinche que llevaba al hombro un esportón, atravesaba el jardín para tomar el camino de la plaza. El mozo de cuadra, calzados los zuecos y entonando una canción de su tierra, frotaba los arreos en la puerta de la cochera; y en una habitación de la planta baja, junto a una ventana, la doncella de la duquesa limpiaba cuidadosamente los vestidos con que su señora se había engalanado la víspera, mientras otras compañeras admiraban las ricas galas de sedas, pieles y encajes que, colocadas sobre el respaldo de un sofá, podían fácilmente ser vistas desde fuera.

Lázaro, como de costumbre, había bajado al jardín, y con su libro entre las manos, paseo arriba, paseo abajo, recorría lentamente el trecho comprendido entre la estufa de cristales y la verja de entrada, pasando repetidas veces ante las rejas del salón de baile. Frente a una de ellas acertó a pararse distraídamente, y a través de los gruesos barrotes vio desamparado y desierto aquel mismo lugar donde pocas horas antes era todo animación y bullicio. Los sillones de oro y sedas estaban removidos, como recordando aún los corrillos de que fueron asiento; los cristales, velados por el polvo de una noche de continuo movimiento; olvidado sobre una butaca había un abanico y las bujías de los candelabros, apuradas hasta gotear sobre el mármol que cubría las consolas, habían hecho saltar con su llama expirante alguna de las arandelas de cristal. Las puertas que ponían en comunicación unos salones con otros estaban abiertas, dejando ver, fingida por los espejos, la perspectiva de una larga galería, encerrada en marcos dorados, formada con imágenes de telas o tapices que, multiplicándose, se reproducían hasta turbar la vista con su último término vacilante y confuso. Los rayos de sol penetraban por entre las junturas de los cortinajes, liquidando en resbaladizas gotas el vaho que empañaba los vidrios, y posándose luego en rasgos o jirones de luz sobre los rasos de colores. En el suelo, confundida con las de la alfombra, había quedado alguna que otra flor pisoteada y marchita.

«Así son ellas», pensó Lázaro al verlas; y volviendo al libro los ojos, prosiguió su paseo hasta llegar a la ventana donde estaba la doncella, que habiéndose ya marchado sus compañeras, para distraer su trabajo tarareaba a media voz una polka de moda. Oyola el cura, y, al mirarla, su vista se detuvo en la prenda que la muchacha tenía entre las manos: una bata de riquísimo raso de un rojo muy brillante, el mismo rojo que Lázaro había visto en el brazo que la noche pasada cerró la puerta donde Aldea era esperado. Su sorpresa fue inmensa. Su pensamiento se resistió a creer lo que los ojos le decían. Aquella chica era la primera doncella de Margarita de Algalia, y como Josefina tenía su servidumbre aparte, lógico era que aquella ropa fuese también de la duquesa. Sin embargo dudó un momento, y atreviéndose por fin, quiso ver aclarada su sospecha.

—¿De quién son esos trajes? —preguntó a la doncella, ¿De quién han de ser, —repuso la muchacha—, sino de la duquesa? Esto, —dijo señalando un magnífico vestido y un soberbio abrigo—, es lo que la señora llevó ayer al paseo; y esta bata de raso rojo, —añadió—, es la que se ha puesto de madrugada después del baile. Por cierto que se empeñó en quedarse leyendo, sin querer acostarse ni que yo la desnudara. Debe de haber velado hasta muy entrado el día, porque está, de ojerosa y descompuesta, que da grima mirarla.

Calló la criada, y siguió el hombre su paseo. Ya no cabía duda. Josefina era, no sólo inocente, sino víctima de una infamia. La culpable era Margarita de Algalia, y el que pasaba por novio de su hija era su amante. La madre quería asegurar el secreto de su delito a costa del reposo de la pobre niña. Por eso Josefina no podía explicarse la actitud de Félix Aldea, en la cual se contradecían el empeño en mostrarse enamorado y la falta de resolución para confesarle su amor.

Lázaro apreció rápidamente la situación: Josefina era buena, y el galanteo de que Félix la hacía objeto servía para alejar sospechas. La inocencia era tercera sin saberlo y la pureza cubría aquel amor culpable, de igual suerte que el inmaculado manto de nieve puede ocultar el sucio estercolero.

Una sensación, por mitad indignación y repugnancia, estremeció el alma del cura, y como el mal no engendra sino males, sus labios murmuraron involuntariamente esta blasfemia:

«¡Oh, madre; tú también puedes llegar a ser ídolo falso!»

Pocas horas antes, el dolor había estrujado su corazón, considerando perdida la mujer amada, tanto más, cuanto más imposible. Ahora sus ojos tropezaban con el delito más cobarde y monstruoso de la tierra.

Eran ya cerca de las doce. El ardoroso sol de los últimos días primaverales inundaba el jardín, engendrando sombras enérgicas que dibujaban en la arena formas extrañas. El movimiento y los ruidos iban devolviendo animación a la casa. Las persianas cerradas se abrían tras cortos intervalos, indicando el despertar de los señores, y los criados fingían acelerar la faena de borrar el desorden causado por la fiesta. Sólo en la habitación de Josefina reinaban todavía la quietud y el silencio. El cuarto estaba casi a oscuras; por las rendijas de las maderas penetraban dos o tres rayos de sol, agitando millares de átomos inquietos que bullían como polvo de luz; las galas estaban tiradas sobre un sofá de raso, y el corsé de seda azul con trencillas blancas, caldo al pie de una butaca. Josefina dormía. Tenía desnudo, fuera de las ropas, un brazo, ceñida aún la muñeca por la pulsera lisa de oro mate, y en el otro, puesto sobre la almohada, apoyaba la cabeza, embelesada tal vez por ensueños formados con reminiscencias de la víspera. Las sábanas, que habían quedado por un movimiento tirantes y presas bajo el peso del cuerpo, modelaban a trozos la forma que cubrían y el embozo caído dejaba al descubierto algo más que el nacimiento del pecho. Nada turbaba la tranquilidad de aquel reposo reflejado en una respiración fácil e igual. La sangre, como savia enérgica, regaba los tejidos, tiñendo la epidermis de tonos que variaban delicadamente desde el azul de las ramificaciones venosas hasta el carmín brillante de los labios húmedos; y una mata de pelo, escapada de la redecilla, hacía resaltar la blancura del cuello. Dormía descuidada, tranquila, segura de sí misma, tan ajena de la pasión del cura como de la perfidia de su madre. La salud y la pureza parecían haberse hermanado para formar aquella figura hermosa, impregnada de gracia y frescura juveniles. Semejaba la bacante virgen de los bosques antiguos traída por ensalmo al centro de la vida moderna. Todo en ella decía que estaban el cuerpo exento de males y la conciencia libre de impurezas.

De fijo hacia mucho tiempo que su madre no dormía así.

XI

Aquella misma tarde la duquesa mandó recado al capellán, rogándole que pasase a su gabinete.

«¿Qué me querrá? —se dijo Lázaro—. ¿Sabrá que no ignoro su falta? Quizá entonces, aunque culpable, sienta hacia mí el desprecio que debe inspirar quien, encargado en su casa de velar por la moral, transige cobardemente con el engaño y la deshonra. Seremos dos reos frente uno de otro... y, así son las cosas de la vida, ella, sin embargo, tendrá que ver en mí algo del juez».

Un momento después Lázaro entraba en el gabinete. Margarita estaba sentada ante una mesilla de valiosas incrustaciones, colocada delante de un balcón y sobre la cual, sostenido por dos amorcillos de bronce, había un espejo lo bastante grande para retratar entre sus abiselados bordes la cabeza de la hermosa dama, a quien una doncella sujetaba con dos horquillas de oro el rodete bajo en que, según la moda, llevaba recogido el pelo después de ondular ligeramente hacia las sienes. Tenía puesta una bata de un gris muy claro, guarnecida con encajes y lazos del matiz que toma el granate cuando la luz le hiere. Las medias, de finísima seda, eran del mismo color, y ceñían sus pies unas chinelas grises, que aun siendo muy pequeñas, eran grandes para ella. Las mangas de la bata, sueltas y muy cortas, descubrían los brazos blanquísimos, dorados por ese vello apenas perceptible que tienen algunas frutas antes de estar manoseadas. Al cuello, libre de alhajas, se ceñía desordenadamente un encaje ancho y rico, de tonos huesosos que acusaban su antigüedad, y el fulgurar intenso de un grueso solitario en cada oreja, hacía resaltar la palidez mate de la cara, amortiguando el brillo de los ojos, algo hundidos, y cercados por ojeras débilmente azuladas. La boca, en que el labio superior ligeramente contraído daba a la fisonomía cierto aire desdeñoso y triste, dejaba ver los dientes blancos, menudos y apretados. La expresión del rostro era graciosa y severa al mismo tiempo; la mirada triste con la falsa resignación del hastío. Era el tipo de la señora moderna, frívola sin ser insustancial, y coqueta sin parecer liviana, como también era devota sin ser profunda y verdaderamente religiosa. Fuera cansancio físico o dejadez moral, había en su figura cierto melancólico abandono, interrumpido a veces bruscamente por movimientos de una gracia encantadora que tenía algo de felina. Al entrar Lázaro estaba pasando con los dedos las hojas de un libro, puesta en ellas la vista descuidadamente, como si el pensamiento y la voluntad estuvieran muy lejos de aquellas páginas, que no bastaban a detener el vuelo caprichoso de sus antojos femeniles.

En sus hechiceras facciones empezaba a desaparecer la frescura que es el aliento misterioso de la vida. Parecía tener esa edad de la rosa en que unas cuantas horas más agotan la fragancia y ajan la lozanía. Era hermosa, y más que hermosa seductora; pero los ojos, la actitud, la voz, revelaban en ella, mermándole encantos, el desaliento de la mujer gastada. Nadie hubiera podido averiguar si aquella laxitud era la huella pasajera de los placeres de una noche, o la marca indeleble de los sufrimientos del espíritu.

Salió la doncella, y Margarita, ladeándose ligeramente en la butaca y echando atrás el rostro, animado por una sonrisa encantadora tendió la mano al capellán.

La situación de Lázaro era peligrosa y difícil: el menor descuido, la más ligera inoportunidad, podían ofenderla; que quien no está satisfecho de sí mismo, ve acusaciones en las frases más inocentes. Él, además, se consideraba sin derecho alguno para atacar a la madre en defensa de la hija. ¿Cuál invocar? Si el de enamorado, confesaba la propia y criminal flaqueza; si el de sacerdote, ¿cómo podría su conciencia sancionar la ridícula comedia de un hombre que utiliza la investidura sagrada para proteger su misma falta? Tenía delante a la mujer adúltera; pero no podía ser él quien le arrojase la primera piedra.

Margarita rompió el silencio, diciendo cariñosamente:

—¿Qué es de usted? Vivimos bajo el mismo techo, y apenas nos vemos. Estos días, los preparativos del baile, el bullicio de la fiesta, le han alejado de nosotros; pero también usted es tan excesivamente inclinado a sus soledades y sus estudios, que nunca se le ve. De los convites, aun de los más íntimos, siempre se excusa; en habiendo alguien de fuera, desaparece como por encanto. Y usted, sin embargo, no es huraño, sino cariñoso, afable. Vamos, siéntese usted aquí, a mi lado, y hablemos.

Obedeció Lázaro, y, acercando otra butaca corno la que ella ocupaba, dijo:

—Mucho agradezco a usted, duquesa, las deferencias con que me distingue: tan sinceramente le estoy reconocido por ellas, que aunque el deber y el sacerdocio no me lo impusieran, sentiría por ustedes verdadero cariño, profundo deseo de ser útil, verdaderamente útil, en esta casa, donde se me ha recibido con los brazos abiertos.

—Todos le queremos de veras. Mi marido y yo le apreciamos en lo que vale; y en cuanto a Josefina, puede usted estar seguro de que, si fuese necesario defenderle, con dificultad se encontraría abogado que tomara la cosa más a pechos.

—Yo también me haría defensor suyo si lo hubiera menester; pero está en una edad en que antes necesita gula que defensa. ¿Quién ha de pensar en hacerle daño? Eso sí, si sucediera, si alguien cometiera con ella una mala acción, lucharía con todas mis fuerzas por salvarla.

—Afortunadamente —replicó la dama— estamos seguros de que nadie la quiere mal; por el contrario, si alguna pena hemos de prever, será de las que puedan ocasionarla los que aparenten quererla bien. ¡Está en una edad tan peligrosa!

—Tiene usted razón, duquesa; de los que aparenten amarla, de los que deben estimarla en más, es de quiénes hay que guardarla. Los encargados del mayor bien son, con frecuencia, los que producen el mal mayor.

El cura dijo esto con la voz algo temblorosa, casi sin calcular el alcance de lo que decía, en parte ávido de arrostrarlo todo por la engañada niña, y en parte temeroso de que su inexperiencia en los discreteos inutilizara su buen propósito.

Ella, sin alarmarse por semejantes frases, sintió cierta sorpresa desagradable al escucharlas; pero pensó que a veces, aunque la malicia no las inspire, se dicen cosas que parecen intencionadas.

—Es necesario —dijo entonces— velar sin descanso y muy de cerca por las hijas cuando están en la edad de la mía; pero también es preciso convenir en que los deberes que la vida social impone, el trato con diversas gentes, tanto vivir fuera de casa y tanta facilidad en escuchar lo malo, hacen el deber más difícil.

—Eso mismo ha de aumentar la vigilancia y acrisolar el consejo, duquesa; pero cuando son tales las condiciones de la vida; cuando la atmósfera de fuera llega a viciar el ambiente de la casa, créame, usted, entonces es cuando hay que ponerse en guardia contra aquello que debía inspirar más confianza.

—¿Qué quiere usted decir con eso? ¿Que la educación de mi hija está vaciada en un molde torpemente labrado? Quizá tenga usted razón. Mil veces he pensado que para nosotras, el educar a las hijas es asunto más difícil que para las familias de la clase media y las mujeres del pueblo. Primero los cuidados mercenarios del ama, luego la hipocresía del convento, después la inútil compañía de un aya extranjera, más tarde la libertad de los salones, las emociones del teatro, la tentación constante por el espectáculo del mal...

—Y rara vez, —interrumpió el cura—, el ejemplo de la virtud.

—Por fortuna Josefina es una de esas naturalezas que repugnan instintivamente lo torpe. No es necesario esforzarse mucho para que lo aborrezca, y si lo fuese, usted nos ayudaría a ello. Un hombre de corazón, un sacerdote, ¿quién mejor?

—Pues crea usted, duquesa, que ni el hombre de corazón ni el ministro de Dios podrían aliviarla el peso de su santa tarea. Los medios que tiene para guiarla bien son infinitos; pero usted, usted sola puede emplearlos. Aunque mis hábitos me hagan como enviado del cielo, mi palabra siempre será palabra humana, y para una hija sólo es divina la palabra de su propia madre.

La hermosa y noble faz de Lázaro se iluminó con esa satisfacción intensa que produce la resolución inquebrantable de vencerse a sí mismo por amor al prójimo.

La duquesa, que ya empezaba a desasosegarse, esquivó las miradas del capellán. Su lenguaje era inesperado. ¿Qué decía aquel hombre? ¿Tenían realmente intención sus advertencias, o era que ella se acusaba adaptando a la situación el sentido de cuanto hablaba el cura?

Hubo un instante en que callaron ambos: él, por temor de ir más allá de lo prudente; ella, por no escuchar cosas como las que acababa de oír.

—Vengamos a lo que motiva esta entrevista, —dijo de pronto Margarita—. Le he llamado a usted para algo que se relaciona, en cierto modo, con nuestra conversación, según el giro que ha tomado, y se lo diré en dos palabras. Cuando llegó usted a casa creímos que el capellán era demasiado joven... no se ofenda usted...: estábamos acostumbrados a la frente rugosa, a las canas del pobre viejecito que le precedió. Después hemos visto que el carácter suple en usted lo que otros adquieren a fuerza de años; y, francamente, nadie hubiera creído, que pueda infundir tanto respeto quien cuenta todavía tan pocos. Al principio el cuidado de la capilla, la misa de los domingos, y el reparto de las limosnas... no hizo usted más. Luego usted mismo nos ha ido convenciendo de que teníamos en casa una joya, de que podíamos confiarnos a usted por todos conceptos...: Josefina y yo nos confesaremos en adelante con usted: esto es lo que tenía que decirle.

—¡Conmigo! —exclamó Lázaro poniéndose en pie, y sin poder reprimir su asombro.

—¿Y por qué no? ¿Se niega usted? No creo que el depósito de nuestras culpas pueda abrumarle. A Josefina, ya la conoce usted: tendrá usted, quizá, que desvanecer errores, esquivar preguntas, eludir respuestas, y hasta, en obsequio a su pureza, mentir algunas veces aparentando ignorancia de lo que no deba saber; pero no se verá usted obligado a resolver difíciles problemas ni perdonar graves faltas. Y en cuanto a mí, me dará usted buenos consejos, ahorrándome algunas amarguras. Yo, que parezco tan alegre, lloro a solas como si dentro de mí llevase algo malo de que pudiera librarme con el llanto. Llorar es nuestra defensa, con frecuencia nuestro recurso, a veces el mayor encanto, siempre nuestro verdadero consuelo. Pero, ¡qué diferencias establece el tiempo! Hay una edad en que el dolor se disuelve en las lágrimas como la sal en el agua; después, aunque se llore, también se sufre, y al fin ya no se llora, pero se sigue padeciendo.

—Eso será —repuso Lázaro— si el dolor procede de la culpa, como ponzoña rezumada de fruto venenoso; que mientras el sufrimiento no está manchado de delito ni tiene sabor a remordimiento, cuando es puro, no faltan lágrimas en que anegarlo. ¿Ha visto usted esas flores que, arraigadas a la orilla de los ríos, parecen prolongar su tallo si las aguas aumentan, sobrenadando siempre? Pues semejante a ellas es la pureza del alma: no hay lágrimas bastantes para ahogarla. Nunca llega el corazón a endurecerse tanto que se le pidan en vano; más duras son las peñas de los montes y de entre sus grietas surgen los manantiales.

Margarita escuchaba confusa. Era indudable que aquel hombre conocía su falta. Lo que la había dicho ya era algo; pero el modo de decírselo no podía ser más expresivo.

Estaban cerradas todas las puertas; el gabinete envuelto en las tintas pálidas del ocaso; los brillos de las sedas y el relucir de los metales amortiguados por la creciente sombra; la luz escasa parecía aumentar las distancias robando la forma a los objetos, y la mancha negra del ropaje del cura contrastaba con la esbelta figura de Margarita, que parecía absorber toda la claridad que penetraba por el ancho hueco del balcón.

De repente, hacia la puerta que conducía a las habitaciones de Josefina, se oyó el crujir de un vestido de seda que rozaba contra el muro: la niña venía al cuarto de su madre.

Lázaro se puso en pie, indicando a la duquesa con los ojos el ruido de los pasos que se acercaban, y ella bajó calladamente la cabeza.

La mirada del hombre no pudo hablar mejor; el silencio de la mujer no pudo decir más.

Al entrar Josefina estrechó a Lázaro la mano y besó a su madre. De allí a poco el cura y la niña conocieron que Margarita quería estar sola, y saliendo cada uno por distinto lado, la dejaron.

XII

Así llegó para Lázaro el momento decisivo de la lucha, el instante supremo en que las vacilaciones y las dudas habían de resolverse, informando en uno u otro sentido una resolución que decidiera de su vida.

La inexperiencia de la edad y la docilidad de la ignorancia le hicieron, casi niño, aceptar con alegría una misión, a la cual pensó dedicarse por completo, consagrándole la actividad de la inteligencia y el entusiasmo de la fe. Los que dirigieron su espíritu le hallaron dúctil y obediente para recibir las doctrinas de lo pasado, que fueron amoldándose a su pensamiento como el líquido al vaso. Nunca hubo hombre colocado en mejores condiciones para cumplir debidamente las exigencias de su sagrado ministerio. Aun resonaban en su oído las palabras del obispo cuando llegó a la corte y penetró en la vida moderna, no para llevar la agitada existencia del que vive al día, sin saber hoy dónde comerá mañana, sino para pasar las horas tranquila y reposadamente, sin más cuidados que cumplir con el formalismo y las exterioridades necesarias en una casa donde el capellán era un artículo de lujo. Tuvo a su disposición una capilla, de que vino a ser señor y dueño. Fue libre de día para sus obras de caridad, facilitadas por la liberalidad de los duques; fue libre de noche para las meditaciones y los rezos; nadie tendió redes a su buena fe, ni lazos a su tranquilidad; no hubo de luchar, y, sin embargo, su espíritu se volvió contra los que le enseñaron, su vida fue agitada, y su entusiasmo decayó lentamente. Sin olvidar los consejos del obispo, llegó a entenderlos como inspirados por un ideal distinto; dejó que sobre el altar de la capilla fuese posándose el polvo de la incuria; la caridad sirvió para amargarle con el espectáculo de las miserias sociales; las oraciones fueron trasformándose en las impías preguntas de la duda; las noches cedieron al insomnio; perdió la paz del alma, y sin faltar en nada voluntariamente a sus promesas, vio moralmente quebrantados sus votos. La misión que le impusieron y él aceptó confiado en leales propósitos, llegó a ser superior a sus fuerzas, y al convencerse de que no podía ser feliz, todo le pareció imposible, todo mentira.

El amor resumía todas sus ambiciones antes cifradas en la perfección religiosa, y precisamente cuando su conciencia rechazaba con más vigor lo que antes adoró fue cuando las circunstancias le obligaron a adoptar una resolución que fijara definitivamente el sentido y la norma de su vida.

El conflicto se le presentó entonces bajo la forma de un dilema inflexible. Romper con lo pasado, o borrar de su porvenir la esperanza. Confesar el error franca y honradamente, o seguir siendo sacerdote de un ideal en que ya no creía. Ser un farsante despreciable a sus propios ojos, o un renegado para el mundo, porque la sociedad transige con todas las deserciones y todas las apostasías, pero no tiene piedad para la abjuración del clérigo. Y sin embargo tenía que abjurar o resignarse.

Lo primero sería aventurarse a la lucha contra el mundo; lo segundo, envilecerse. ¿Hasta dónde podían precipitarle las consecuencias de una abjuración? Era imposible calcularlo: nadie debe echar cuentas sobre la maldad humana. ¿A qué grado de bajeza moral le arrastraría la abdicación de su propia dignidad?; ya se lo había dicho la duquesa: tenía que confesar a Josefina.

¡Confesar a la mujer que amaba! Es decir, emplear en provecho puramente humano y egoísta el prestigio de la Religión: valerse de la autoridad del sacerdote para escudriñar un corazón que como amante no podía sondar, utilizando su sagrada investidura en sorprender los secretos que le estaban vedados como hombre.

Otro cualquiera podría estrechar entre sus brazos la gentil figura de la niña, arrodillarse a sus pies, aproximar los labios a su oído, estremecer su alma con palabras de amor, y sorprender así sus secretos, sus pecadillos cometidos con algo de malicia, y revelados más con el rubor que con la frase. Pero él habría de emplear otros medios. Ella tendría que venir a buscarle, como penitente, entre la oscura lobreguez de un templo, al triste y fatigoso resplandor de los amarillentos cirios; caerla de rodillas a sus pies, y le hablaría avergonzada a través de tupida y mugrienta celosía, oculto el rostro con el espeso velo y acobardado el ánimo por el terror religioso. Las palabras saldrían de su boca indiferentes o medrosas, y él, que debía escuchar para perdonarlas como ministro de Dios sus debilidades, sus culpas, sus tentaciones, se embriagaría con ellas, aspirando el grato aroma del fruto prohibido. Los labios de la mujer quedarían detenidos ante la rejilla de madera; pero su aliento, penetrando en los oídos del amante, le agitaría el cerebro, fingiéndole las ardientes caricias de la tierra cuando debía sólo pensar en la conquista del cielo.

Su alma sufriría dos tormentos en un solo suplicio, deseando como, enamorado lo que le mancillaba como sacerdote. El corazón y la conciencia libraban en su espíritu el mismo combate que antes riñeron la fe y la duda; pero el desenlace no podía ser igual. Sus creencias habían ido muriendo lentamente día tras día, hora tras hora, como plantas criadas en la vida artificial y falsa de una estufa que de repente se sacan a la abrasadora luz del sol y al frío azote de los vientos; mas su corazón había de ser vencido por un imperativo de la voluntad, y su amor extirpado cruelmente como raíz que se arranca de cuajo con violenta mano.

XIII

Cerró la noche lluviosa y triste. Por los balcones del palacio de los duques empezaron a divisarse, a lo largo de las calles, luces de gas temblorosas y amarillentas, que se reflejaban, como en un espejo en las húmedas losas de las aceras. Los caballetes de los tejados, las buhardillas, las chimeneas, destacaban las, líneas de sus macizas sombras, bruscamente interrumpidas y dominadas por los negros contornos de las altas torres de los templos. En alguna ventana se veía lucir tras los vidrios mojados la pálida llama de una lámpara, y por cima de los edificios flotaba esa claridad que anuncia desde lejos el asiento de las grandes ciudades. Las calles estaban enlodadas, los jardinillos de las plazas encharcados con el continuo gotear de las ramas de los árboles, cuyas hojas aparecían como barnizadas por la lluvia. El rodar de los coches y el chocar de los herrados cascos sobre el piso desigual y duro formaban un ruido monótono, constante, sobrepujado de improviso por los gritos de los vendedores, los pitos de los tranvías, o las agrias notas de alguna murga que, refugiada en un portal, daba tormento a los oídos con sus instrumentos de cobre enfundados en sacos de percalina negra. En las puertas y sobre las muestras de las tiendas brillaban los reverberos o las bombas, proyectando resplandores enérgicos que iluminaban los escaparates llenos de sedas, objetos de níquel, cueros labrados, fotografías, frascos, botellas, estuches, corbatas, joyas, libros y cuanto el trabajo produce para que lo consuman las necesidades o la vanidad humana. Bajo los faroles, al borde del arroyo, las chulas y los granujas voceaban periódicos y décimos de lotería. Al atravesar de unas a otras aceras, las mujeres se levantaban la falda, más cuidadosas algunas de enseñar el pie que de resguardar los bajos. En las esquinas inmediatas a los talleres de modistas esperaban los estudiantes y los viejos verdes, acariciando en el bolsillo los billetes para ver una pieza en Eslava, o las entradas de favor para bailar en La Sutil. Ante las iglesias, cuyas campanas tañían sin sofocar los ruidos de las calles, esperaban el fin de la novena las berlinas de algunas damas devotas con los caballos engallados y los cocheros cubiertos de largos impermeables. Por todas partes reinaba la animación que forma el continuo vaivén de los que vuelven de paseo o salen del trabajo y los que no hacen nada, yendo de un lado para otro, como seguros de tropezar alguna vez con la fortuna, sin preocuparse de buscarla.

Lázaro, apoyados los codos en el antepecho de una ventana de su cuarto, y hundido el rostro entre las palmas de las manos, sentía llegar hasta su oído por cima de las enramadas del jardín el rumor sordo y constante que se alza de la villa y corte en las primeras horas de la noche: rumor semejante al ronco y prolongado rugido de una fiera que se estira y se espereza antes de tumbarse a dormir.

Escuchando aquellas voces engendradas por el movimiento y la actividad de la vida moderna, pensaba que tras cada balcón, en cada casa, al resplandor de cada luz, al volver de cada esquina, habría quien sufriese torturado por pena; pero que nadie sufriría un dolor tan hondo y acerbo como el suyo.

Era llegado el momento de poner por obra su firme y decidido propósito. Había sonado la hora de abandonar para siempre aquella casa; mas antes quería abarcar por última vez, en una despedida que perdurase en su memoria, los rasgos de cuanto allí le había rodeado mientras vivió cerca de Josefina.

Miró al jardín. Entre las ramas de los tilos vio brillar, lavados por la lluvia, los cristales de la estufa, donde tantas veces hablaron de cosas indiferentes que ahora le parecían dignas de recuerdo eterno. Hacia la izquierda de la enorme adelfa que extendía sus ramas cargadas de flores, estaban las sillas y la mesita de hierro, junto a las cuales la espió tantas veces, bordando ella, devorándola él con las pupilas dilatadas, mientras el airecillo juguetón levantaba la falda de la niña hasta descubrir sus primorosos pies, o desprendía del talle el pañuelo de finísimo estambre. Un poco más lejos estaban, reunidos en un solo plantío, erguidos sobre sus esbeltos troncos, los rosales de la Malmaison y Alejandría, que cuidaba para engalanarse luego con las rosas que ella misma: había regado. Todo parecía pronunciar su nombre, y, por extraña casualidad, el único balcón en que había luz era el suyo.

Una idea imprudente, avivada por un deseo incontrastable, se apoderó entonces de Lázaro. Quiso, antes de partir, ver su cuarto, tender la mirada sobre cuanto la pertenecía, tocar lo que ella tocaba, y recoger, tal vez con la imaginación extraviada, el eco de alguna palabra de amor perdida entre los cortinajes del lecho virginal.

Eran más de las diez de la noche, y los duques, que se habían marchado con su hija a la ópera, no volverían probablemente hasta muy tarde. El jardín estaba oscuro, desierto; no se percibían más ruidos que el caer continuo de la lluvia sobre los enarenados paseos y las alegres risotadas de la servidumbre que comía reunida en una cocina de la planta baja.

Lázaro, conociendo que tenía el campo libre y seguro, bajó al jardín, lo atravesó, andando casi de puntillas, y subió desde el vestíbulo a las habitaciones de los duques, llevando las manos delante, como quien se arriesga a oscuras y sin guía por un terreno poco conocido. El rumor de sus pasos quedaba apagado por la tira de tupida alfombra extendida a lo largo de los corredores. Al final de uno de ellos, el punto luminoso que brillaba en el ojo de una cerradura le indicó el cuarto de Josefina. Las criadas se habían dejado una luz encendida. Avanzando entonces confiadamente, posó la mano sobre el pasador de la puerta y abrió de pronto.

Una lámpara olvidada sobre la chimenea de mármol blanco esparcía tenues resplandores, filtrados a través de una bomba de cristal esmerilado, que, reproduciéndose en la luna de un gran espejo, duplicaba, la imagen de la luz sin aumentar la claridad. En el centro de un veladorcito de ébano, cubierto por un tapete de seda con flecos de colores vivos, había un joyero de porcelana vieja de Sevres, y en el cóncavo, de su copa varias horquillas, una sortija y una estrecha cinta tejida con raso de dos tonos, rosa y blanco. Tirado sobre la larga silla de reposo se veía un traje de calle con sus menudos tableados de seda, sus volantitos estrechos y sus largos lazos anudados como al descuido. Los frasquitos de perfumes y los acericos de encaje estaban desordenados en el tocador; y en la ancha jofaina de blanca porcelana el agua conservaba todavía las blancas espumas y las irisadas burbujas del jabón. Caída al pie de una silla había una enagua de batista, y medio ocultas por sus huecos pliegues unas botitas de raso negro con pespuntes blancos. Puesto en el borde de una mesilla que sostenía algunos libros ricamente encuadernados, un espejo de mano con mango de marfil. Era el amigo más íntimo, el abogado consultor de la niña, el que decidía sin apelación del efecto de los peinados. Un poco más allá de las columnas que separaban el tocador de la alcoba estaba la cama, y en la penumbra de un rincón se alzaba un mueblecito maqueado, con sus cajoncitos entreabiertos, dejando caer hacia fuera algún trozo de encaje, alguna madeja de estambre. En el gabinete el atril del piano sostenía un grueso y manoseado tomo de melodías de Schubert, y de uno de sus candelabros colgaba un precioso sombrerillo de raso pálido, con plumas rizadas y anchas cintas de seda algo ajadas en el sitio, donde se formaba el lazo. Delante del balcón había una jardinera y en su centro una jaula, cárcel de dorados alambres, donde, oculta la cabecita bajo el ala, dormía un canario de Holanda, su mejor amigo, casi el rival del espejito de marfil.

La luz tranquila, que caía como una caricia sobre cuanto iluminaba, parecía hacer visibles a los ojos del espíritu el silencio y la soledad de aquella estancia, y el excitante aroma desprendido de cuanto usa la mujer hermosa y limpia impregnaba la atmósfera de efluvios como formados con emanaciones de flores extrañas y aliento de beldades soñadas. Todo era allí poéticamente sensual, y su influencia tanto mayor cuanto más puro era su origen.

Lázaro tendió la vista en torno, aspirando con fuerza aquel ambiente, cual si quisiera asimilarse algo de lo que la pertenecía. El espíritu y la materia, lo casto y lo lascivo, hablaban a su alma y a sus sentidos. Cada objeto le decía una frase, de cada observación brotaba un deseo, y a lo más puro sucedía lo más terreno. Unas cosas engendraban sentimientos dulces y tranquilos, que confundían el amor con la adoración: otras hacían surgir los impulsos de la carne. Sus ojos lo escudriñaron todo... «Aquí se viste... aquí vive... aquí se peina... aquí duerme... aquí sueña... en esa almohada reclina la cabeza... este armario guarda sus secretos... aquél es el perfume en que humedece sus rizos. Allí están la imagen a quien reza la plegaria cortada por el sueño, y las sábanas a cuyo frío contacto se estremece su divino cuerpo.

En su imaginación empezaron a dibujarse las exigencias de un nuevo deseo. Quería esconderse, esperarla, escuchar acercarse el coche que la traía, oír el ruido de sus pasos, el crujir de su falda en las salas contiguas y verla entrar, por fin, sola, descuidada, indefensa...

De pronto se fijó en que la luna del espejo reproducía su figura sombría y triste, discordante con cuanto le rodeaba. Su cuerpo, enfundado en la sotana, era una mancha negra erguida sobre la clara alfombra. Sus propias miradas parecían gritarle con mudo y terrible leguaje: «¿Qué haces aquí? Para ti no hay amor».

Mas, de pronto, la voluntad por un esfuerza supremo dominó todos los ímpetus de la imaginación, tantas veces culpable a despecho de la conciencia; y Lázaro salió de allí precipitadamente como criminal que teme verse sorprendido.

XIV

Se encerró en su cuarto cual si tuviera miedo, atrancó cuidadosamente el balcón, y sin hacer ruido fue alzando la trampa que ocultaba el hogar de la chimenea.

A duras penas, con un mal cuchillo, hizo astillas la peana en que se sostenía la santa imagen puesta a la cabecera de la cama, colocó en el hogar los pedacitos de madera carcomida, y en torno suyo fue agrupando, primero los libros de rezo apoyándolos sobre las tapas y luego los accesorios de sus trajes sacerdotales, los alzacuellos, los rosarios, todo lo que podía recordarle aquel pasado que hubiera querido aniquilar de un solo golpe. Arrancó después algunas hojas de un breviario, retorciolas tranquilamente entre las manos, y sin vacilar, impasible, sereno, las encendió en la lámpara, prendiendo con ellas los combustibles hacinados.

Una llama pálida lo rodeó todo; enrojeciéronse prontamente las astillas; las voraces y azuladas lenguas de fuego atacaron las compactas páginas de los libros, y a los pocos momentos, una llamarada de resplandores vivísimos iluminó el cuarto, ofuscando la luz de la lámpara, y proyectando siniestra claridad de incendio sobre la figura de Lázaro. Todo ardía. Los cantos de los tomos parecían haces de aristas encendidas, cada hoja era una línea, y unas caían sobre otras, torciéndose, quebrándose hasta romperse como gavillas abrasadas. Los pliegos sueltos eran rápidamente consumidos y en su lugar quedaba una película negra, ingrávida, escrita con caracteres de fuego, que se iban extinguiendo poco a poco. Las chispas rodaban sobre los volúmenes hasta hacer presa en ellos, y sus puntos rojizos, agitándose corno larvas ardientes, roían las hojas antes que se cebara en ellas la enfurecida llama. Las tapas y las cubiertas de pasta empezaban a retorcerse; los pergaminos se abarquillaron, crujiendo y chasqueando, y las pavesas, absorbidas del foco de la hoguera, volaban envueltas en una nube de humo hasta desaparecer por el cañón de la chimenea.

¡Cuánto hubiera dado Lázaro por trocar en cosa tangible muchos de sus recuerdos, para destruirlos también! Cuando el hombre abjura sus errores, debía tener el derecho de olvidarlos.

En el hogar no quedó de allí a poco más que un montoncillo de cenizas, entre las cuales se veían relucir los broches de un libro de horas, y los alambres del engarce metálica de un rosario.

El sacrificio estaba consumado. La conciencia se resistió siempre darle nombre de apostasía.

Entonces vinieron a consolarle esas ficciones engañosas que uno se forja en las grandes amarguras de la vida, falsas esperanzas que no han germinado al calor de la ilusión o del deseo, sino que llegan con paso tardo y torpe, rebeldes a la voluntad que las evoca: imagino que la soledad, el campo, la quietud mental, apaciguarían sus penas, y desde lo más hondo del corazón dejó subir hasta los labios una palabra que murmuró, amorosamente con voz muy baja. Todo su porvenir estaba condensado en ella.

¡La aldea!

XV

Salió de la corte en un tren mixto, que se arrastraba torpemente como reptil enorme condenado a recorrer siempre el mismo camino, saludando con silbidos estridentes los mismos lugares, deteniéndose en los mismos sitios, y al cabo de veinte horas de viaje llegó a la estación más cercana a su pueblo, para ir al cual había de atravesar una dilatada llanura, a la cual ponían límite varias colinas que se divisaban veladas por flotantes brumas.

Alzábase cerca de la estación una venta con honores de posada, a cuya puerta, sentados en torno de dos mesillas mugrientas e inseguras cubiertas de jarrillos de vino, bebían y vociferaban unos cuantos arrieros y zagales. Lázaro cruzó ante ellos sin detenerse, pidió albergue, ajustó una mula para ir hasta su pueblo al otro día, y, encerrándose en un estrecho cuarto, se dispuso a pasar la noche.

Caía la tarde. Por la ventana se distinguían a lo lejos, oscureciendo con sus enormes sombras la incierta luz crepuscular, los picos de la vecina sierra envueltos entre vapores débilmente violados y azules. En primer término, las tapias llenas de carteles de colores y las vallas de la estación dibujaban con líneas de intenso negro sus contornos. Los rieles, abrillantados por el continuo roce de las ruedas, se alejaban hasta perderse en la revuelta de una curva; el polvillo del carbón oscurecía la tierra, marcando las rodadas de los carros, y a unos trescientos metros de donde paraban los trenes, indicando la entrada en agujas, empezaban a brillar los farolillos rojos y las señales de la vía.

Frente de la ventana, a regular distancia del corralón de la posada, contrastando su fábrica de piedra con el maderaje de que estaba formada la estación, había un edificio, rico en otro tiempo, a la sazón ruinoso, pobre, y sobre todo triste, como si fuera capaz de presentir la grandeza del rival que allí cerca y en pocas semanas alzaron unos cuantos hombres. Era una antigua iglesia, restaurada muchas veces sin criterio fijo, y que hasta en los más pequeños detalles mostraba estilos de distintas épocas o caprichos absurdos de los piadosos donantes que facilitaron fondos con que sostener en pie aquella amalgama en que parecían haber tomado cuerpo los desvaríos de un arquitecto loco.

Todo el que dio dinero para la obra imprimió en ella algo de su mal gusto o su ignorancia. Tenía rejas del Renacimiento adaptadas a huecos ojivales, vanos trazados sin tomar en cuenta la ponderación de las fuerzas, masas aglomeradas donde faltaba resistencia y preciosas ornamentaciones recubiertas de grosera pintura. Hasta la Naturaleza, a veces caprichosa, había añadido un sarcasmo a tanta burla, dejando brotar en la cornisa y enlazarse con las labores de la alta crestería, muchas de esas florecillas de un amarillo sucio que crecen en las ruinas como coronas funerarias puestas por el tiempo sobre aquello mismo que destruye.

Daba acceso al edificio un arco ojival en cuya magnífica archivolta se veía multitud de santos puestos en mensulillas esculpidas, cubiertos por doseletes calados, pero todos desconchados y rotos. No quedaba apóstol sano, evangelista entero, virgen intacta, ni mártir respetado por las salvajes pedradas de los chicos: los báculos, las mitras, los atributos y animales simbólicos estaban mutilados y dos o tres Padres de la Iglesia horriblemente desnarigados.

Lázaro, puestos los codos en el alféizar de la ventana y apoyado el rostro entre las manos, miraba distraído las bandadas de pájaros que, volando sesgadamente en torno de la vieja techumbre, venían a guarecerse en los intersticios de las tejas, y sentía que, tan rápidas como ellos, pero menos alegres, sus reflexiones iban trayéndole a la mente, revueltas con las tenaces preguntas de la conciencia, las inseguras disculpas de la razón. Sus pensamientos, en parte sugeridos por la realidad, en parte exaltados por su espíritu algo romántico, le hacían discurrir de esta suerte: «Todo ha concluido. ¿He hecho bien? ¿He hecho mal? ¿Por qué no experimento la dulzura que dejan las resoluciones honradas? Me he vencido: mi voluntad, domando los impulsos torpes, ha preferido a la hipocresía la sinceridad. Si cuanto creí era falso, mi alma se hubiera corrompido siguiendo en contacto con la mentira; sí era cierto, la oración se habría manchado al pasar por los labios del impío. Tan despreciable es a mis ojos el incrédulo que finge devoción, como el creyente que blasfema de lo que tiene por santo. He aceptado la desdicha por no doblegarme al envilecimiento, y, huyendo de ser perjuro, he parado en apóstata. He sido para la fe soldado leal y amante sin falsía; al dejar de amarla no he querido mentirla, que el corazón luego desprecia lo que prostituye. Plegaria que la vacilación suspende, frase de cariño que con el pensamiento se aquilata, ni entrañan fervor, ni revelan pasión. La religión y la mujer quieren al hombre todo entero: ambas transigen con el olvido antes que con la indiferencia, y para ellas en el menor desfallecimiento hay perjurio, en la más pequeña falta de entusiasmo hay engaño... Ya no volveré a verla. Creyente o renegado, no debe existir para mí. Emblema vivo de la felicidad, la he visto y la he sentido, gozando más que por la contemplación de su hermosura con los presentimientos en que el alma adivinaba las dichas que pudiera darme. Su frente, que nunca habrá de reclinar sobre mi hombro; su boca, que mis labios no besarán jamás, todo lo que, sin haber llegado a conseguir juzgo perdido, me parece infamemente arrebatado antes de empezar a poseerlo. Ya no tendré estímulo para el bien ni energía contra el mal. Ser algo por amor suyo me hubiera quizá impelido a serlo todo; ambicionar lejos de ella, es caminar sin término, pensar sin juicio, tender el vuelo sin que la mente sepa dónde ha de hallar satisfacción la esperanza...»

La claridad faltaba por instantes: las formas de arboles, casas, lomas y plantíos iban quedando como sorbidas y borradas por la creciente lobreguez de la noche.

Hendiendo el aire pausada y dulcemente sonó a lo lejos el tañer de una campana cuyas vibraciones se confundían con las repeticiones de los ecos.

«¡La oración! —pensó Lázaro— ¡Si pudiera rezar!»

Bajó al zaguán, salió al campo, y como quien no pierde por la precipitación idea del sitio donde va, cruzando tierras sembradas se dirigió hacia la iglesia que desde su cuarto había visto.

Llegó hasta ella casi rendido, y parándose primero ante el portón cerrado, rodeó después todo el edificio, a grandes pasos por si hallase otra entrada. No la había: pero contigua al templo, vio una casita que le pareció ser la morada del cura que lo tuviese a su cargo o del guarda que lo custodiase.

Avanzó resuelto, y con el aldabón de hierro que había en la puerta dio un recio golpe que, retumbando en la nave desierta de la iglesia, fue devuelto en seguida por los ecos más prolongado y más nutrido.

Entonces los pájaros cobijados entre las hendiduras de los sillares desquiciados, en los relieves de los frisos, en las estatuillas de los santos y las hojarascas de granito se alzaron en medrosa bandada, yendo fugitivos y asustados a perderse en la altura o a refugiarse rastreando por los cercanos trigos.

«Así han huido —se dijo Lázaro— mis esperanzas; pero estas aves tornarán al nido antes que la noche cierre, y las ilusiones no volverán jamás al alma mía.»

Nadie contestó al golpe. La iglesia y la casa estaban abandonadas. La campana cuyos tañidos llegaron hasta Lázaro, era la que en la estación del ferrocarril servía para marcar las horas del trabajo.

De allí a poco rasgó los aires el pito de una locomotora que venía lejana, y confundidos con su penetrante silbido empezaron a escucharse cercanos los alegres cantares de los obreros que volvían de su ruda tarea.

Era inútil rezar. A un lado estaban la soledad, el egoísmo indiferente de todo lo que se siente morir, la puerta del templo cerrada para siempre; al otro los símbolos del porvenir, de la esperanza y de la vida. La Iglesia es como esas queridas desdeñosas que nunca vuelven a recibir entre sus brazos al que una vez se aparta de ellas. Lázaro se volvió cabizbajo a la posada. Junto al portalón de entrada, iluminados por la rojiza llama del hogar y las amarillentas luces de un velón, unos cuantos arrieros y mozos de mulas jugaban con barajas abarquilladas y sebosas, apurando vasos de vino; mientras otros más descuidados o menos resistentes al trajinar del día, dormían a pierna suelta encima de los arcones de la cebada y tumbados sobre las mantas y albardas de las bestias.

Lázaro los miró, casi con envidia, y. pasó de largo.

XVI

Por un camino real que atraviesa los campos de Castilla rayanos con Andalucía, jinete en una mula parda, mal esquilada y sucia, va un hombre joven y de hermosas facciones, pero ojeroso, triste, pálido, dejando al animal que arregle a su capricho el paso, sin hostigarle con espuela ni palo.

En el cielo, de un azul intenso, no flota la más ligera nube. El aire, diáfano y trasparente, permite ver a grandes distancias las formas de las cosas, y el humo que se escapa de alguna choza perdida en la llanura, sube vertical y tranquilo a desvanecerse en la límpida atmósfera, sin que el más tenue soplo le conmueva. Algún ventorrillo, con su rama seca colgada ante el portón, ofrece de trecho en trecho al caminante el cochifrito o el tasajo, compañeros del vino, y a lo lejos se extiende hasta perderse la blanca cinta de la carretera, manchada por los excrementos de las bestias, o hendida por las pesadas llantas de los carros. Dilátanse a uno y otro lado las estrechas paralelas de los surcos cubiertas por mieses amarillentas o verdosas, y esmaltando el gris oscuro de los secos terrones, crecen profusamente las encendidas amapolas, los azulejos pálidos y las margaritas de botón de oro. En las cunetas del camino, junto a los montones de guijo y pedernal recién partido, se arraigan los punzantes cardos, y rastreando entre los trigos, hurtando fuerza a las cañas y peso a las espigas, se extienden las tenaces gramas. El sol brilla con fuerza; en el suelo se recortan enérgicamente las sombras, y el poco aire que corre, impregnado de rústicos aromas, apenas consigue agitar las hierbecillas sedientas del agua de los cielos. Todo está seco; en cuanto alcanza la mirada no hay una noria, ni un árbol, ni una fuente. Como flotantes en el ancho espacio, se oyen sonidos que la distancia debilita: el campanilleo tembloroso de la recua, el cántico semisalvaje del gañán, o el cansado voltear de alguna esquila de torre perdida en la soledad de la planicie...

La mula seguía su trote acompasado y lento, dejando tras sí lo que dejan todas las cosas de la vida: polvo que se alzaba en el aire, esparciendo un instante la nube sucia de sus átomos, para volver al suelo de donde procedía.

Las horas pasaban; a unos campos sucedían otros monótonamente iguales, repitiéndose sin cesar las quiebras del terreno, pareciéndose siempre en algo los caseríos, las granjas, los rediles vacíos, mientras sobre las lomas o en las laderas de los cerros se divisaban, como puntos inquietos blancos y negros, las ovejas y cabras que corrían acosadas por los celosos perros.

Íbanse luego poco a poco destacando del fondo luminoso del cielo los ángulos rectos y los macizos de las casas de las aldeas, con sus tapias de adobes y sus paredes blancas dominadas por la iglesia, en torno de cuyo campanario volaban las bulliciosas y alegres golondrinas y entonces Lázaro forzaba el trote de su cabalgadura, y llegando a la plaza del lugar, lo atravesaba rápidamente, sin reparar en las mujeres puercas ni en los chicuelos harapientos que le miraban, curiosos y asombrados, desde las ventanas y los umbrales de las puertas.

En una revuelta vio de repente una sombra oscura extendida sobre la blancura del camino, que se movía avanzando lentamente en dirección contraria a la que él llevaba, y entre la cual brillaban a intervalos algunos puntos luminosos. Parecía una serpiente colosal de enormes escamas heridas por los rayos del sol, y seguida de una tenue nubecilla de polvo. Lázaro la dejó acercarse, parado en lo alto de un repecho, y al cabo de unos cuantos minutos vio clara, distintamente, lo que en un principio miró sin acertar qué era.

A pie, despedazados los trajes, roto el calzado, o descalzos y ensangrentadas las callosas plantas, casi sin ropa que mal cubriera su desnudez y les aliviara del frío, atados en parejas y alguno sujeto por los codos, venían hasta dieciséis o veinte hombres. Era una cadena de eslabones humanos brutalmente soldados; gente forzada del Rey que iba a las galeras; una cuerda de presos. En torno suyo caminaban custodiándoles, arma al brazo, unos cuantos guardias civiles. Lo que Lázaro había visto brillar en lontananza eran los hierros de las bayonetas.

Allí iban el que mató por odio; el que hirió por venganza; el que robó por codicia; el que hurtó por hambre; el que delinquió por flaqueza; el que pecó por vicio y el pervertido por la mala educación; aquel a quien la herencia de la viciada sangre hizo rabiosos los sentidos, y el de brutal naturaleza que dejó al instinto sobreponerse a la razón: juntos estaban el que holló la moral desconociéndola, y el que hilo mofa de ella despreciándola: atados a la par iban el avaro convertido en ladrón por la idolatría del oro, y el pródigo trocado en criminal por ansia de riquezas: caminando unidos, avasallados por la misma tristeza, iban el que fue malo por fanático y el que dejó de ser justo por incrédulo: llagas en los tobillos y heridas en las manos llevaban igualmente quien faltó a la ley por no tener, y quien la violó para tener más: todos respirando venganzas, invocando auxilios, premeditando fugas, distintamente sacudidos por el arrepentimiento o el rencor, pero sin que uno solo se eximiera de la pesadumbre y la vergüenza.

«Son los hijos de la pobreza y la ignorancia —pensó Lázaro—. La ley de la Naturaleza es la vida, pero la ley del hombre es el dolor. Ser bueno para sí es lo propio del débil: en serlo para los demás están la sabiduría y la grandeza.

La transformación que venía realizándose en su espíritu se completó en aquel momento y la metamorfosis que trueca en amor al prójimo el feroz egoísmo de la fe quedó cumplida.

Cuando estaba resuelto a sepultarse para siempre en la soledad y el olvido de su pueblo, el espectáculo de unos cuantos miserables que la sociedad expulsaba de su seno, amputados como miembros podridos, le persuadió de que si la fe puede morir, el amor a la humanidad es inmortal. Y aquella pobre criatura, el ateo capaz de conmoverse viendo rezar a un niño, el que sin creer en la amistad se hubiera sacrificado por un amigo, el que sofocó su pasión sacrificándolo todo al respecto de la mujer amada, dejó caer la cabeza sobre el pecho y lloró vertiendo sólo una lágrima, pero tan acre y tan amarga como si estuviese saturada de todos los infortunios de la tierra. Mas enseguida, de repente, rehecho y animoso, alzando el rostro, de cara al sol, inspirado por algo superior a sí mismo, dio la vuelta a la mula guiándola hacia la corte para lanzarse en el torbellino de la vida sin otra fe que el amor al Bien impuesto por la razón a la conciencia.

«Nadie tiene derecho —se dijo— a convertir el escepticismo en inacción. Mientras en el mundo suene una queja engendrada, por la injusticia se debe luchar hasta morir, que para consagrarse al sacrificio no hace falta creer; basta amar».

En la misma dirección, pero a larga distancia, siguieron caminando entre dos remolinos de polvo, grande uno, imperceptible casi otro, los presidiarios y el jinete.

¿Fue su alto y leal propósito a malograrse en la inmensa vorágine de los intereses del mundo? ¿Cayó como granizo que se derrite al contacto de la tierra o gota de lluvia que en el mar se confunde sin alterar la muchedumbre de sus olas? ¿Fue hierro candente sumergido en el agua que chasquea y se enfría? ¿Se desvaneció como la última vibración de la onda sonora perdida en el espacio? ¿O fue tal vez como el grano de trigo que el viento orea en la parva y cae en el montón predestinado a la siembra? ¡Quién sabe! Pero aquel espíritu sin esperanza, destrozado por la lucha del sentimiento que le impulsaba a creer, con la razón que le arrastraba a dudar, debió de escuchar una voz misteriosa que, como la de Cristo al hermano de Marta y María, le arrancó del seno de las tinieblas y la muerte, gritándole enérgicamente:

—¡Lázaro, ven fuera!


Madrid, 1882.


Publicado el 16 de abril de 2019 por Edu Robsy.
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