Texto: El Mexicano
de Jack London


Cuento


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El Mexicano

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Fragmento de El Mexicano

—Siento compasión por él —dijo May Sethby—. No conoce a nadie. Odia a todo el mundo. A nosotros nos tolera, pues somos como él desea que seamos. Está solo… es un solitario.

La voz se le quebró en un sollozo ahogado y los ojos se le humedecieron.

La vida de Rivera era verdaderamente un misterio. A veces, dejaban de verlo durante una semana. Una vez estuvo ausente durante un mes. Esas ocasiones concluían siempre con su regreso, cuando, sin advertencias ni diálogo, dejaba monedas de oro en el escritorio de May Sethby. Luego, pasaba días y semanas con la Junta. Y luego nuevamente, por períodos irregulares, desaparecía durante horas, desde la mañana temprano hasta el atardecer. Entonces, llegaba temprano y se quedaba hasta tarde. Arrellano lo había encontrado a medianoche, escribiendo a máquina con los nudillos recién hinchados, o con el labio partido, sangrando.

II

Se acercaba el momento de la crisis. La Revolución dependería de la Junta y la Junta estaba abrumada. La necesidad de dinero era mayor que nunca, y el dinero era difícil de conseguir. Los patriotas habían donado hasta el último centavo y ya no podían dar más. Los trabajadores de la sección —peones fugitivos de México— contribuían con la mitad de sus exiguos salarios. Pero no bastaba. La extenuante lucha conspirativa de años se aproximaba al momento de dar frutos. Las cosas estaban maduras. La Revolución se encontraba en un delicado equilibrio. Un empujón más, un último esfuerzo heroico y, temblando, desplazaría el fiel de la balanza hacia la victoria. Conocían México. Una vez comenzada, la Revolución se sabría cuidar por sí misma. Toda la maquinaria de Díaz se desmoronaría como un castillo de naipes. La frontera estaba lista para levantarse. Un yanqui, con un centenar de hombres de la Internacional de Trabajadores, esperaba una orden para cruzar la frontera y comenzar la conquista de Baja California. Pero necesitaba armas. Y en toda la región, hasta el Atlántico, todos los que estaban en contacto con la Junta las necesitaban: aventureros, soldados de fortuna, bandidos, sindicalistas americanos descontentos, socialistas, anarquistas, matones, exiliados mexicanos, peones escapados de la servidumbre, mineros explotados en los socavones de Coeur d’Alène y Colorado, que no deseaban más que luchar para vengarse —toda una caterva de espíritus salvajes en el enloquecido y complicado mundo moderno—. Las armas y las municiones, las municiones y las armas, eran el eterno e incesante pedido.


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29 págs. / 51 minutos.
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Publicado el 5 de marzo de 2017 por Edu Robsy.


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