Texto: La Gente del Abismo

Jack London


Crónica, Periodismo, Investigación


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La Gente del Abismo

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Fragmento de La Gente del Abismo

A la sombra de Christ’s Church, a las tres de la tarde, contemplé un panorama que no deseo volver a ver en mi vida. No hay flores en ese jardín, que es más pequeño que el rosal que tengo en mi casa. Sólo crece hierba, y está rodeado, como todos los parques de Londres, por una valla de hierros puntiagudos para evitar que los que no tienen techo puedan entrar a dormir por las noches.

Al penetrar en él nos cruzamos con una anciana, de cincuenta o sesenta años, cargada con dos voluminosos fardos. Era una vagabunda, un alma sin hogar, demasiado independiente para encerrar su cuerpo decadente en una institución caritativa. Como el caracol, llevaba su casa a cuestas. Los dos fardos contenían todos sus bienes: vestidos, ropa blanca y sus más entrañables posesiones.

Recorrimos el sendero de gravilla. En los bancos de ambos lados se acomodaba una masa humana miserable cuya visión hubiera inspirado a Doré manifestaciones de fantasía diabólica, superiores a las habituales suyas. Era un revoltijo de harapos y mugre, de toda clase de espantosas enfermedades de la piel, úlceras abiertas, contusiones, estupidez, indecencia, repelentes monstruosidades y rostros bestiales. Soplaba un viento frío y crudo, y aquellas criaturas se envolvían en sus harapos, en su mayoría durmiendo o intentando dormir. Había una docena de mujeres, cuyas edades iban de los veinte a los setenta años. Junto a ellas, un bebé de unos nueve meses yacía dormido en el banco, sin almohada ni envoltura y sin que nadie le vigilase. Y media docena de hombres dormían muy tiesos, o apoyados los unos en los otros. También una familia, el hijo dormido en los brazos de la madre dormida, y el marido o compañero arreglando torpemente un zapato roto. En otro banco una mujer cortaba con un cuchillo las tiras de sus harapos, y otra, con aguja e hilo, se cosía los desgarrones. Al lado, un hombre sostenía en sus brazos a una mujer dormida. Más allá, otro hombre, con las ropas embarradas, dormía con la cabeza apoyada en el regazo de una mujer no mayor de veinticinco años, que también dormía.


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195 págs. / 5 horas, 41 minutos / 58 visitas.
Publicado el 5 de marzo de 2017 por Edu Robsy.