Libro gratis: En las Cuchillas
de Javier de Viana


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Cuento


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En las Cuchillas

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Fragmento de En las Cuchillas

—Chapiao e mío.

Y largó las bolas, que fueron á enroscarse en la lanza del diestro fugitivo.

No iba asustado aquél. Todavía tenía caballo, y él sabía dónde se salía con el rumbo que llevaba. El continuo castigar de sus persiguidores le decía que sus cabalgaduras no irían lejos: ¡habían lanceado mucho en ellas aquella mañana!...

Otras boleadoras picaron cerca, un poco atrás, golpeando los garrones del tordillo y las espaldas del jefe con pedazos de tierra dura. Y el tordillo dio un balance y el otro tiro de bolas cayó lejos.

—¡Los tres volidos de la perdiz grande!— murmuró, sonriendo, el fugitivo.

El viejo zorro había escapado una vez más á la perrada: el matorral estaba cerca. ¡Dejarlo para otro día, camaradas!...

La tarde empezaba á declinar. De cuando en cuando, una nube obscura y delgada nublaba el sol y proyectaba sombra sobre la loma. Y aquellas cortas interrupciones de la radiación solar producían como un alivio, como un consuelo en el alma áspera del jefe perseguido. Durante esos rapidísimos instantes hacía menos calor, y el viento azotaba fresco las sienes del caudillo, que tendía siempre hacia adelante la mirada, con insistencia, con tenacidad, como si á lo lejos, en el fin de la cuchilla, en el confín azul, le esperase un auxilio ó un refugio, una partida amiga ó un monte espeso. Tanto confiaba en la salvación, que empezó á examinar la insignificante herida que tenía en el muslo, un arañazo de lanza, y hasta sintióse fatigado con la postura incómoda que llevaba sobre el caballo. Estiró las piernas; y después de buscar un rato con la punta del pie logró estribar fuerte, firme, con satisfacción marcada. Varias veces volvió la cabeza para observar á sus enemigos, y sonrió irónicamente al considerarlos furiosos é impotentes. Ellos, en efecto, iban perdiendo terreno y habían renunciado á emplear las boleadoras, convencidos de que el único resultado era perder tiempo en recogerlas. Por eso se resignaban á seguir la presa de cerca, sin perderla de vista un solo instante, calculando que en el campo habían de encontrar algún caballo descansado, y tan pronto como el indio jefe de la partida hubiese "mudado", la cosa iría como lista de poncho.


14 págs. / 25 minutos.
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Publicado el 5 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.


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