I
Desde la mañana del sábado había comenzado la afluencia de quitanderos y quitanderas.
El vasto y recio edificio de la pulpería —la famosa azotea, especie de castillo feudal, cabeza de la enorme heredad que perteneció al coronel Inca Pereyra de Freitas—, se señoreaba dominando la multitud de blancas tiendas que lo circundaban.
Entre las carpas, numerosos carritos: y más allá, atados a soga, matungos flacos, petizos bichocos, yeguas escuálidas.
Tres timberos viejos y rivales, daban las últimas manos de “alisamiento” a sus respectivas canchas de taba.
Las chinas viejas distribuían los cacharros, ultimando “los preparos” para la elaboración de tortas fritas y pasteles de dulce de zapallo, esfé de porotos con achicoria, chorizos de cogote de novillo, vino aguado y caña compuesta.
Las muchachas, desgreñadas, sudorosos los rostros color chocolate, remangadas las batas de percal, iban de un lado a otro, arrastrando las chancletas, despreocupadas de todo espíritu de coquetería, reservando para el día siguiente los engorros del agua y del peine y las torturas del corsé y los zapatos.
Echados en el suelo o andando lentamente y sin objeto, con las cabezas gachas y las largas lenguas de fuera, perros grandes, perros chicos, todos flacos, todos con idéntica expresión de hastío en sus ojos de mirada humilde, pensando, sin duda, en el mañana promisor de abundantes huesos y piltrafas.
En amplias enramadas, enmantados, provistos de “trompetas”, y bajo la vigilante custodia de sus respectivos cuidadores, están los dos “parejeros” famosos que al día siguiente han de disputarse el clásico de aquella internacional gaucha, y a cuyas patas han de exponerse miles de onzas brasileñas y de libras esterlinas.
Cada uno de los caballos rivales tiene a su disposición un séquito de diez o doce personas que montan guardia dentro y fuera de las enramadas, en previsión de cualquier “travesura” del adversario; guardias que inspeccionan de continuo los respectivos dueños de los pingos —un rico hacendado de Cerro Largo y un riquísimo estanciero riograndense.
Ambos son amigos y compadres. Con frecuencia se encuentran en la trastienda de la pulpería y rivalizan en amabilidades y en astucias con el recíproco anhelo de “pescarse una seña”. Pero los dos son cancheros veteranos, que juegan cerrado y que difícilmente dejan descubierta una rendija por donde pueda vichar el contrincante.
—Maliseo —dijo Facundo Figueroa, el oriental dueño del tordillo—, maliseo, don Maneco, q'en esta ocasión me v'hacer pasar una vergüenza... Su tostao está como novia esperando la bendición del cura!
—No tanto, no tanto —respondió con fingida modestia el brasileño, disimulando una sonrisa entre sus bigotazos espesos como pajonal de bañado—. Hoy amaneció medio tristón...
Otro de los contertulios, Agapito Sosa, jugador “pichulero””, afanado en obtener algún dato entre mentira y verdad, opinó chacotonamente:
—No se haga el chiquito, don Facundo. Sin despreciar al tostao, tampoco se debe desacreditar al tordillo, que es el crédito del pago y sabe darle juego a las tabas...
—En las carreras el único medio de desengañarse es jugarle a uno de los dos. Es como la mujer: sólo dispués de un tiempo de acollarao con ella se puede saber el tiempo que da.
La entrada a la trastienda de otros privilegiados desvió la conversación, aun cuando prosiguió virando alrededor del mismo tema hípico, tema favorito de todas las gentes campesinas, jóvenes y viejos, riquísimos ganaderos o peoncitos harapientos.
II
En ese momento la entrada de don Pedro Alzugaray impuso momentáneo silencio, porque el vasco don Pedro era el hombre más respetado en el pago y hasta en los más lejanos pagos.
Alto, morrudo, la cara redonda, rubicunda, completa y prolijamente rasurada, los ojos azules, de expresión infantil, y la boca, cuyos labios tenían siempre una sonrisa bondadosa —de un lado solo, porque el otro estaba en todo tiempo ocupado por el caño de la pipa—, daban a don Pedro el aspecto de un niño grandote, el hijo de un titán.
Se le consideraba el estanciero más rico y más progresista de la comarca —ya suficiente motivo, en todas partes, para imponer respeto—, pero aparejaban a su fortuna condiciones morales no menos capaces de obligar las consideraciones. Era recto y firme como un tronco de yatay. Siempre jovial, francachón, bueno y compasivo y generoso, trataba con idéntica familiaridad a los más humildes como a los más encumbrados, lo mismo a sus peones que a sus vecinos ricachos y al comisario y al juez de paz. Todo lo cual no obstaba —o más bien dicho, explicaba— la inflexible rigidez con que obligaba a sus subordinados a cumplir sus obligaciones, y su intransigencia con los haraganes, embusteros y viciosos. A ese respecto no perdonaba a nadie y solía decir en su entevesado hablar:
—Si algún vez llego hacer un porquería, yo mismo me priendo y llevo comisario decirle: “Aquí te traigo pícaro, meterlo cepo y entregarlo justicia”... Palabra!...
Figueroa, cuya afición a las carreras y al naipe llevaba de capa caída su antes próspero establecimiento ganadero, se acercó a don Pedro y le tendió la mano con exagerada obsequiosidad:
—¿Usté también por acá pa mirar la riña?
—Sí, vine. Día domingo poco tener que hacer en casa.
—¿ Y cuál de los dos parejeros le gusta: mi tordillo o el tostao de don Maneco?... Usté tiene buen ojo...
——¡Oh! para mí igual: no voy poner el mitá de un vintén al patas de ninguno.
—De cualquier modo, aunque no juegue, siempre le ha de gustar más uno que otro. ¿Con cuál se queda...?
—¿Quedarme?... ¡Ni en regalao quiero!, a mucho alimentación fino y no servir ni pa prender carro. Parecer mozos lindos, fuertes pa pasar el noche tocando guitarra o barajando naipe; pero doblar lomo trabajar tierra, no, no!... acabó fuerzas al empieza.
Como en ese instante entrase del despacho un joven dependiente, en mangas de camisa, jadeante, muy apurado, Alzugaray lo detuvo asiéndolo de un brazo.
—A ver, galleguito, traeme un cuarta vino —dijo.
—¿Navarro? —preguntó el mozo, risueño y deferente.
—Si, navarro de ese que hacen boticas Montevideo. Navarro tuyo nunca vió bailar un jota.
Facundo Figueroa, que tenía especiales motivos para atraerse las simpatías de Alzugaray, lo palmeó en la espalda, y no largamente, festejando sus salidas.
—¡Este don Pedro siempre alegre y contento y jaranista!
Don Pedro cogió la medida que le había traído el dependiente, llenó de vino dos vasos de a media cuarta cada uno, y diciendo:
—Al salud... —bebió el suyo de un solo golpe.
Luego dijo, respondiendo a la anterior afirmación de don Facundo:
—No hay razón triste. ¡Vida corre más ligero que parejeros tordillo y tostao, sí, sí... si a uno fastidia una mosca, con renegar no hay cuidao que espantes!...
—Sin embargo, cuando le vienen mal las cosas... —exclamó Figueroa con voz apesadumbrada.
—¡Cuando vienen mal las cosas culpa es no haber sabido hacerlas bien. Si plantastes sauco creyendo plantar naranjo, arranca sauco y planta naranjo verdadero en vez perder tiempo lamentaciones. Lamentos ñublan cabeza y aflojan brazos.
—Tiene razón, don Pedro; voy a darle un vistazo a mi caballo, porque en estas cosas serias no se debe confiar en nadie.
—Anda, anda, intereses ante todo; hay que vigilar trabajo —respondió el viejo vasco con una expresión de ironía que pasó inadvertida para el carrerista.
—Lo qu'es yo, —exclamó alguien a sus espaldas—, me viá jugar al tordillo tuitos los rialitos que tengo, a ver si de una vez m'enderezo,
Alzugaray volvió la cabeza y al observar que el de la frase era un recio mocetón andrajosamente vestido, díjole con sorna:
—Sí, sí!... Vos vas hacer igualito que aquel que vendió camisa pa comprar jabón pa lavarla...
Y cargando de muevo la pipa y acercándose a la puerta que daba comunicación con el despacho, gritó alegremente:
—¡Che, galleguito!... trae otro cuarta vino!...
Se lo aportó el patrón mismo, quien le dijo con obsequiosidad:
Ya toda la gente se ha ido para el camino; ¿no va a arriesgar unas libras a alguno de los famosos parejeros?
—No; olvidé cinto en casa y jugar pulmón no gusta —respondió el vasco riendo—. A un solo cosa juego yo: a quien presiente novillada más gorda, mejor lana y mayor rendimiento sementera... A eso juego y doy luz y cola al barrer, al que enfrenen la corro!..
III
El respeto casi unánime de que gozaba don Pedro no significaba simpatía de parte de todos.
Se le acusaba de déspota, de excesivamente exigente para con sus subordinados.
—Nadie puede parar con el vasco —decían muchos que habían sido despedidos a los pocos días de estar a su servicio. Pero ninguno confesaba deber su expulsión a su flojedad en el trabajo, a la mala voluntad con que ejecutaban las órdenes del capataz, o vicios que el patrón condemaba inexorablemente.
Tampoco confesaban que en la Estancia de don Pedro había una veintena de peones y puesteros con tantos años de residencia allí, que algunos de ellos, entrados con una pelusilla sobre el labio, peinaban canas en la actualidad; y que más de uno de los componentes de esa veintena eran hijos de los peones primitivos; y que todos ellos, quien más, quien menos, tenía sus ahorros, representados en algunas vacas, en alguna puntita de ovejas, que crecían y multiplicaban sin que el patrón les cobrara un centésimo del usufructo de los novillos o de las lanas que vendían.
A todos tratábalos como un buen padre, cuya severa rectitud, lejos de expresar desamor, lo demuestra en todo su valor positivo.
Si algún peón lastimado o enfermo proseguía en el trabajo ocultando sus dolencias por exceso de pundonor, sulfurábase don Pedro al enterarse de ello, obligándolo al reposo tras violenta reprimenda.
Cierta vez, don Pedro, que había salido muy temprano para ir a realizar una compra de novillada, regresó cuando ya estaba obseureciendo; sin embargo, a la escasa luz crepuscular sus ojos de lince alcanzaron a advertir la honda tristeza y el abatimiento que expresaba el rostro del peoncito que tomó las riendas de su caballo y se aprestaba a desensillarlo.
—¿Qué te pasa que tenés ese cara de carnero augao? —interrogó.
El mozo, con voz compungida, respondió:
—Lo estaba esperando, patrón, pa pedirle una licencia...
—¿Licencia pa qué?... Por el cara que tienes supongo no será ir un baile.
—No, patrón. Mi hermano Juan me mandó avisar que mama, que vive con el Arrachán, está muy mala y que me apure en ir si quiero alcanzarla viva...
—¿A qué hora te llegó aviso?
—Cuasi en seguida que usted salió.
—¿Y entuavía estás aquí?
—Lo esperaba pa pedirle permiso.
—¡Permiso, permiso! —exclamó violentamente el patrón—. ¡Mal hijo!... Pa ir ver madre moribunda no se espera permiso ni del Dios mismo!... Anda, ensilla mejor caballo mi tropilla y metele galope aunque reviente. ¡Anda, mal hijo!...
Pero no era tan sólo la chusma haragana, viciosa y murmuradora la que experimentaba enconos contra el porfiado luchador que a fuerza de voluntad había sabido edificar la más grande y sólida fortuna de la comarca.
Cuando llegó allí contando poco más de veinte años, llevaba consigo un pequeño capitalito, fruto de sus ahorros. Arrendó unos centenares de hectáreas de campo, edificó un ranchejo y compró una majadita de ovejas, un arado y dos yuntas de bueyes. Como en esos tiempos los campos, lo mismo que las ovejas, —todo hacendado de fuste desdeñaba ocuparse en la cría de “ganado rabón”—, valía muy poco, el vasquito pudo instalarse sin necesidad de agotar sus exiguos recursos pecuniarios.
Solito cuidaba su majada, que no sólo aumentaba considerablemente año tras año, sino que también se perfeccionaba en la cantidad y calidad de la lana, debido a la constante e inteligente selección.
El solito trabajaba la chacra, obteniendo soberbias cosechas de maíz. Más tarde tuvo el primer peón, se acrecentó la chacra y se inició el cortijo con la cría de cerdos y de aves y con los productos de lechería.
Y así Alzugaray compró campo y más campo hasta hacerse poseedor de cinco suertes de campo y las mejores haciendas ovinas y bovinas.
Su fortuna debida al trabajo incesante, a las iniciativas inteligentes, a la economía y al orden, chocaba a la mayor parte de la aristocracia ganadera del pago, cuyas grandes fortunas heredadas iban mermando rápidamente debido a la incuria, al empecinamiento rutinario, al juego y al desorden.
Facundo Figueroa, casi arruinado, contaba en ese grupo de envidiosos; pero, muy hábil, hombre de mucha trastienda, ocultaba su envidia del mismo modo que trataba de ocultar su mala situación de fortuna, multiplicando las fiestas, los bailes, las grandes comilonas en su Casa, donde el hijo se pasaba cuidando parejeros, la esposa tomando mate dulce con torta casera y las hijas emperifollándose y golpeando las teclas de algo que en un tiempo remoto fué piano.
IV
La casa-habitación de la Estancia de don Pedro Alzugaray estaba constituída por un largo pabellón techado de rojas tejas y de muros siempre impecablemente blancos. A todo lo largo del frente se extendía amplia glorieta guarnecida de madreselvas, jazmines y glicinas.
En la tarde calurosa de ese domingo, disfrutaban del fresco de la glorieta doña Dominga, la esposa del estanciero, que, repantigada en un sillón de mimbre, se entretenía haciendo crochet; cerca de ella, Bernardo, el hijo mayor, quien, de cuando en cuando, renegaba y de cuando en cuando reía, luchando con las dificultades de ejecutar una “trenza patria”, y a cierta distancia, recostados a la baranda, Martina, la hija única, una hermosa muchacha de diez y ocho años, cuyo rostro fresco, blanco y sonrosado denunciaba la exuberancia de su salud, conversaba amistosamente con Juan José, mocetón gallardo, uno de los peones favoritos del patrón.
Doña Dominga, preocupada con su labor, ni miraba mi hablaba; pero, en cambio, Bernardo charlaba sin cesar.
¡De pronto:
—¡Mama, mire lo que se le cayó!
—¿Qué se me cayó? —preguntó la buena señora, inclinando la cabeza todo lo que le permitía su abultado abdomen, para mirar al suelo.
—La baba, al ver que tiene un hijo como yo! —respondió el mozo lanzando una sonora carcajada.
—¡Pedazo e zonzo! —dijo doña Dominga, sin poder ocultar una sonrisa que iluminó de satisfacción su rostro de bondadosa expresión.
Bernardo, satisfecho, volvió a su tarea, para poco después exclamar con simulada cólera:
—¡Malhaya!... Me equivoqué otra güelta.
Y como en ese momento pasara junto a él la sirvientita acarreadora del mate, una linda morochita muy oronda dentro de su blanco y almidonado delantal:
—¡Vos tenés la culpa! —gritó, al mismo tiempo que le daba un pellizco en la recia pantorrilla.
—¿Por qué tengo yo la culpa? —preguntó la muchacha haciéndose la enojada.
—Porque m'encandilás con tus ojos... ya te he dicho que no mirés cuando estoy trabajando.
—¡Atrevido!... ¿Ha visto, madrina?
—No le hagas caso —respondió la bondadosa señora—; vos sabés que este muchacho tiene un mangangá metido entre los sesos.
Ella no le hizo caso, pero al regresar le pegó un fuerte tirón de la oreja y escapó riendo, lo que dió motivo a que Bernardo le advirtiera con fingida severidad:
—Jugá no más con fuego y verás cómo a lo mejor se te arde el rancho!
En el aparte, Juan José y Martina continuaban en voz baja su tierno coloquio:
—No me va decir a mí que no tiene ningún pretendiente —insinuó el mozo.
Y ella, en igual forma:
—Si lo tuviera, no lo ocultaría.
—Sin embargo, yo sé de uno.
—¿Quién?
—El hijo de don Facundo Figueroa...
—¡Salga de ahí!— exclamó ella con manifiesto desagrado—. ¡Ese gandul que no piensa más que en parejeros, en lucir su herraje de plata y oro. en bañarse en agua Florida y en hacerle el amor a todas las muchachas!
—Sin embargo, puede ser que tenga habilidá p'abrir las puertas del corazón que codisea.
—No será el mío; mi corazón es corazón, es como nido de hornero, que tiene una sola puerta, y muy fácil de guardar.
—¿Y cómo hay que hacer pa pasar esa puerta?
—Merecerlo —respondió Martina inclinando la cabeza y bajando la vista para ocultar su ligera turbación.
Juan José, tímido y más emocionado que ella, guardó silencio.
En cambio, Bernardo, que no podía pasar diez minutos con la boca cerrada:
—Ché, Juan José, ¿sabes lo que maliseo?
—No acierto.
—¡Qué estás estudiando pa recibirte e cuñao mío!...
—¡Bobeta! —respondió Martina, y con el rostro empurpurado se alejó de la baranda y fué a sentarse al lado de su madre.
Bernardo tornó a reir estrepitosamente, y doña Dominga, sonriendo bondadosamente, dijo:
—No hay duda que a este muchacho le falta un tornillo.
V
Era todavía día claro cuando regresó don Pedro. Venía muy contento, algo alegrón.
—Buenas tardes, mozada —dijo al penetrar en la glorieta y echando a los pies de su esposa la inflada maleta.
—¿Qué me trajistes, tata? —preguntó Martina después de haberlo besado cariñosamente.
—Ya verás... Pa todos algún cosa traigo... Primero aquí está corte vestido que encargastes, vieja.
Doña Dominga, después de desenvolver y observar la tela, exclamó risueñamente:
—¡Pero Pedro!... ¡si éste es un género para invierno!
—¿Invierno?
—Naturalmente, un tartán...
—Bueno. Invierno ha de venir también, guarda pa invierno... Toma el para ti, Martina.
—¡Qué horror, tata!
—¿Qué?... ¿También ese estar invierno?
—No, pero es un colorinche... ¡Esto es bueno para la chinita!...
—Bueno, se lo das al chinita.
Y continuó repartiendo sus obsequios: una golilla de seda para Bernardo, unas bombachas para Juan José, su ahijado, y montón de prendas más: latas de dulce, galletitas, puntillas, festones... Y como todos continuaran riendo, él se encogió de hombros, diciendo:
—A mí me dió pulpero, yo traje... Vacas y ovejas entiendo, trapos no. Otra vez prienden carretón y van ustedes comprar al gusto.
—¿Compraste los calcetines para ti? —interrogó la señora.
—Ese olvidé, mira; pero traje cinco libras tabaco pal pito.
—¿Quién ganó? —inquirió Bernardo.
—No pregunté tampoco; pero, al fijo que quien ganó más, fué pulpero.
Al día siguiente, muy de mañana, se presentó en la Estancia don Facundo Figueroa. El vasco lo recibió con su imperturbable buen humor y sana ironía:
—¿Qué tal, qué tal?... ¿ganancia tordillo alcanza comprar un suerte 'e campo?
—¡Déjeme, don Pedro!... Si parece cosa 'e mandinga...
—¿Perdió mentao tordillo?...
—¡Era una fija, amigo! ¡un robo a la fija!... Yo me hacía el zonzo pa hacer dentrar a la brasilerada, porque sabía que con el tostao no había cotejo y que los iba a pelar sin susto...
—Sí, sí, jugador todos siempre piensan la misma.
—¡Callesé!... ¿Usté conoce mi tordillo?...
—Así no más, al vista.
—En la salida es como luz y en sacando un cuerpo 'e ventaja no le da palmada ni el más pintao de los parejeros de pu' acá. Pero mi corredor, un muchacho de confianza y que tiene bastante picardía...
—¿Poco vergüenza?
—... se dejó primeriar por el contrario y dispués lo atoró a rebenque aplastándolo a la mitá del tiro!... Pa mí que el brasilero lo había comprao. ¿Qué le parece?
—Posible, posible. Utilizó el picardía pa su bolsico...
Don Facundo revolvió con los dedos su larga melena y exclamó con acento compungido:
—¡Y me cuesta un platal!... ¡He perdido más de cuatro mil pesos!...
—¡Cuatro mil pesos! Cuatro mil ovejas podía haber comprado, y que bastante falta le hace campo suyo, lindo campo, lástima da ver vacío!...
—Y eso no es lo pior... Lo pior es que considerándola una fija, me metí hasta el pescuezo y necesito agenciar en seguida un par de mil pesos.
—Verdad que está pior; jugar teniendo, malo; jugar no teniendo, feo encuentro.
—Pero como yo tengo bienes pa responder por muchísimo más de esa suma... Precisamente venía a verlo pa que me sacase del apuro, dandolé un vale con el interés que usté quiera ponerle.
—¡Erró el tranquera, amigo!... Yo nunca tener dinero parado. En mi casa haragán no para, ni mismo dinero.
En vano insistió Figueroa, humillándose, ofreciéndose a aceptar las más usurarias condiciones.
Don Pedro permanecía inflexible.
—No; cuando vasco decir no, siempre no, hasta el muerte; tan inútil gastar saliva como querer romper pared con cabeza.
En ese momento se acercó un peón diciendo:
—Ya está todo pronto, patrón.
—Bueno, bueno, vamos.
Y luego, dirigiéndose al visitante, recuperando todo su buen humor, díjole:
—¿Quiere venir ver asao con cuero que cuesta tres mil pesos?...
—Vamos a ver...
Echaron a andar. Del otro lado del galpón estaba tendido, muerto, un soberbio toro Durham.
—¡El toro puro! exclamó don Facundo con cierta expresión de vengativo contento.
—Sí, me murió anoche con maldito carbunclo.
—Es una gran pérdida.
—Grande; padre muy bueno y gran sangre.
—Y se pierde tres mil pesos.
—No, plata no pierdo porque tenía asegurado; pero pena sí me agarra, mucho pena.
Figueroa advirtió entonees una enorme hoguera que vomitaba inmensas llamaradas a pocos metros de allí, y preguntó intrigado:
—¿Qué v'hacer?
—Pues, ¡quemar toro!
—¿Sin sacarle el cuero?
—¿Sacar cuero animal muerto carbunclo?... ¿Usté saca cuero animal muerto carbunelo?
—Dejuro. El cuero vale...
Con repentina indignación, don Pedro exclamó:
—¿Y el vida del peón que desuella no valer nada?... ¿Y el vida de tantas personas que pueden morir manejando cuero envenenao, tampoco valer nada?
Y luego, calmándose súbitamente:
—¿Quiere consejo vasco viejo?... Degüelle parejero tordillo, le saca cuero p'hacer maneadores y coyundas... Mucho utilidad sacará; garantizo yo, vasco viejo más sobao que maneadores y coyundas!...
