Las tres encarnaciones del hombre: perro, burro y cerdo
I
El auto que conducía al joven doctor Medina, a su señora madre y a sus dos primitas, Elvira y Leonor, había abandonado el camino real para penetrar en una larguísima avenida, bordeada a ambos lados por gigantescos eucaliptos, y que conducía en línea recta al edificio de la estancia “El Trebolar”.
Bien que éste estuviera asentado en una loma y fuese una construcción de considerable altura, desde aquel punto sólo se divisaban trozos del mirador, porque los árboles circundantes le formaban espeso cortinado de follaje.
En el rico trebolar de los potreros que bordeaban la avenida pacían tranquilamente las desgarbadas vacas normandas, de salientes ilíacos y enormes ubres, sin preocuparse del continuo retozar de los potrillos, que pasaban haciendo piruetas, por delante de sus belfos pulposos.
De trecho en trecho, las margaritas rojas teñían el verde del césped con grandes manchas que semejaban coágulos de sangre; y, como en la madrugada había caído una pequeña llovizna, el suave perfume de las marcelas y de los tréboles aromaban deliciosamente el aire.
—¡Qué hermosura! —exclamó Elvira; y tocando en el hombro a su primo Medina, que conducía el auto—, para un poco, primito, quiero hacerme un ramo con esas hermosas flores.
Juan, complaciente, frenó y las chicas apresuráronse a descender y pasar por entre los hilos del alambrado para formar sendos grandes ramos de las purpúreas florecillas silvestres.
—¡Qué paraje encantador!... —exclamó Elvira.
—Decididamente —intervino Leonor—; el dueño de este establecimiento debe ser un señor de buen gusto.
Juan rió sin responder.
—¿De qué ríes? —interrogó la joven.
—Ya lo sabrás luego, cuando conozcas a don Marcolino, el viejo más atrabiliario que pueda existir en el mundo.
—¿Es medio gaucho?
—Es más gaucho que la bota de potro.
—¡Qué horror!... ¡Cómo deberá sufrir Rómulo, que es un mozo tan educado y tan fino!...
—¡Ya verán, ya verán!
El auto echó a correr sobre la hermosa carretera y pocos minutos después se detenía frente al artístico vestíbulo del palacio, verdadera residencia principesca.
II
El doctor Rómulo, en compañía de su joven y aristocrática esposa, había invitado a varios colegas, jóvenes como ellos, a pasar unos días en la estancia, aprovechando la feria judicial. Varios lujosos autos condujeron la brillante y bulliciosa comitiva, provista de un arsenal deportivo, de caza, de pesca, de football, de tennis, de polo, etc. Cuando se va a la campaña se va a descansar, es sabido; a tonificar los músculos y los nervios con continuos y variados ejercicios, entre los cuales uno de los más saludables consiste en cambiar de indumentaria cuatro o cinco veces por día.
Y el doctor Salvatierra, uno de los ases del dandysmo metropolitano, barnizado en París y Londres, Niza y Monte Carlo, poseía especial competencia en el chic de las diversiones mundanas. No había olvidado ningún detalle tendiente a deslumbrar a sus huéspedes con la magnificencia del agasajo. Llevó consigo un afamado “chef de enisine” y un no menos celebrado repostero. Un cuarteto musical, compuesto de distinguidos profesores especialistas en tangos, “two step” y “fox troter”, había sido enviado la víspera para que tuviera tiempo de reposarse y ensayar su selecto repertorio.
En fin, el joven doctor Salvatierra había puesto a contribución toda su vasta ciencia de refinada cultura social —adquirida en los más famosos cabarets y en los más aristocráticos casinos de Europa— para proporcionar a sus invitados una semana de exquisito esparcimiento del cuerpo y del espíritu, en aquel medio agreste, de una belleza insuperable, de una sencillez encantadora.
III
La cena fué digna de un gran restaurant patisino: “hors d'euvre” selecto —jamón de
York, salchichón de Lyón, canapés de caviar y tartinas de “foie gras”,— mayonesa de homard, “poulet á l'Américaine”, espárragos de Argenteuil “au gratin”, “jigot de mouton”, etc., etc., y todo eso regado con dorados vinos del Rhin y sangrientos vinos de Borgoña y por término la burbujante champagna, diosa de la alegría y de la frivolidad...
El doctor Frenedoso, que había estado tres meses en París, levantó su copa para decir:
—“C'est épatant!...” ¡A la salud del anfitrión!...
—“¡Wonderful!”... —exclamó el diputado García, quien acariciaba, de largo tiempo atrás, el propósito de hacer un viaje a Norte América, “para estudiar las instituciones políticas de la gran República”, y solía consultar su manual de conversación anglo-hispana.
Terminados los brindis, el dueño de casa invitó a sus huéspedes a dar un paseo por los jardines, profusamente iluminados con lamparillas eléctricas multicolores,
Era una maravilla aquel jardín compuesto en su totalidad de arbustos y plantas exóticas, palmeras multiformes, pintadas begonias de cien variedades, deliciosos cyclamens, crisantemos soberbios y orquídeas, una colección de orquídeas que por sí sola valía un dineral!...
—¡De este modo concibo la campaña!... —exclamó entusiasmada Leonor.
—Pero la dirección de un establecimiento de esta clase —observó el doctor Medina— debe exigir, aparte de vastos conocimientos técnicos, una labor abrumadora.
—Sin duda —respondió con modestia Rómulo.
—Es usted un héroe del trabajo —proclamó Elvira —. ¡El parlamento, el foro, el periodismo, las obligaciones sociales!... ¡Y todavía le sobra tiempo para consagrarlo a las prosaicas tareas camperas!...
Él consideró de buen tono rechazar la hipérbole del elogio:
—No tanto, no tanto... El viejo me ayuda. Yo dirijo personalmente el haras, porque la cría y cuidado de animales de esta clase necesita conocimientos especiales y un personal muy seleccionado, que hay que buscarlo en el extranjero, en Inglaterra, sobre todo: y tengo el mayordomo, el veterinario, el “entreneur” y todos los peones de la cabaña ingleses; no hay nada mejor... En lo referente a la cría, engorde y venta de las haciendas, eso corre por cuenta del viejo.
—Tengo muchos deseos de conocer “al viejo”... ¿Por qué no nos lo ha presentado?...
—Hace rato que está durmiendo.
—¿Durmiendo a las diez de la noche?... ¡Qué horror!...
—El hábito: come y se acuesta.
IV
Hasta las tres de la mañana duró el baile. Y no se prolongaron los tangos, fox-troter, two step y machichas, porque las fatigas del viaje, la copiosidad de la cena y la abundancia del champagne y del whisky obligaban al reposo.
Tanto más cuanto que al día siguiente había que madrugar para ir de caza: a las ocho toda la comitiva tendría que estar de pie. “Hora indecente para levantarse una persona culta?” — según la expresión del doctor García.
Tan “indecente”, que no hubo forma de hacerlo levantar para alistarse en la comitiva. Todas las exhortaciones de Rómulo fueron inútiles.
—¡No, no! —respondía—. Yo, cuando quiero cazar o pescar, voy al mercado con mi sirviente y en pocos minutos obtengo las becasinas más apetitosas, las perdices más gordas, los “sarceles” más exquisitos, los peces más delicados, los mariscos más finos, sin otra molestia que elegirlos y echar mano al portamonedas.
—Pero el placer de matar uno mismo las piezas...
—No concibo el placer de matar. Soy pacifista; el derramamiento de sangre, sea de humanos, sea de bestias, me crispa los nervios.
—Pero comes lo que otros matan.
—Sin solidarizarme con sus crímenes. Respeto la moral de cada uno y exijo que se respete el derecho más sagrado del hombre: ¡El derecho a dormir a su satisfacción!... ¡Con que... fila!... Déjame seguir dándole gusto al ojo...
—Está bien —dijo sonriendo Rómulo—; pero te aconsejo que apresures tu proyectado viaje a Norte América.
—¿Por qué?
—¡Porque si lo dilatas, ya no habrá “profesor de energías”, ni aún cuando resucitase Roosevelt, capaz de trasmitírtelas a ti!...
García se incorporó a medias, apoyándose en los codos, y exclamó indignado:
—¡Ignorante!... ¡Dormir es acumular fuerzas!
—Eso te lo enseñó la santa madre pereza... Hasta luego.
—...ego... —respondió el dormilón, ahogando un bostezo y dejándose caer sobre la almohada.
V
La repentina descomposición del tiempo obligó a los cazadores a regresar antes de mediodía, frustrándose el proyecto de almuerzo campestre
El fracaso puso de mal humor a los expedicionarios, quienes, tras una frugal comida improvisada en las cocinas del palacio, aceptaron, por unanimidad de votos, la proposición de Rómulo de echar la siesta, tan grata bajo la adormidera del tambolinear de la mansa lluvia en los cristales de las ventanas.
Al atardecer, la lluvia había cesado; pero, como el chaparrón fué copioso, tanto la cancha de tennis como los senderos del jardín se encharcaron.
Se presentaba, pues, un programa de aburrimiento, cuando Elvira tuvo una iniciativa que mereció aplauso unánime.
—Vamos a los ranchos; conoceremos al “viejo”, que dicen tiene salidas muy ocurrentes, y pasaremos una hora de gauchería.
—¡Bravo! —exclamó el doctor García—; ¡comeremos tortas fritas!
—Y oiremos cantar en la guitarra los versos de “Martín Fierro”.
—Vamos —dijo Rómulo, sin demostrar entusiasmo; más aún, refrenando la expresión de su contrariedad.
Frente al palacio había un gran patio finamente balastrado que permitía a los autos evolucionar con toda holgura. Limitábalo por delante una muralla viva formada por altos y ramosos eucaliptos y un tupido cerco de cinacina, destinada a ocultar a la vista de los refinados huéspedes del doctor Rómulo la “estancia”, los ranchos rústicos, padres del orgulloso palacio señoril.
Un bajo y estrecho portillo daba acceso a la fábrica gaucha. Tres ombúes centenarios se erguían en medio del patio barroso. Más allá rojeaba un ceibo que hacía vis a vis a un grupito de talas, entre cuyas desgreñadas melenas habían hecho nido los espineros —unos nidos grandotes, toscos, feos...
Bajo la enramada dormitaban dos o tres caballos, pequeños, ventrudos, desgarbados, con las patas cubiertas de barro.
Unos perros flacos, hirsutos, de aspecto feroz, salieron al encuentro de los insólitos visitantes, en actitud amenazadora, pero al notar la presencia de Rómulo se retiraron gruñendo.
El conjunto ofrecía desagradable contraste con la artística suntuosidad de la mansión lindera. El anfitrión advirtió el mal efecto producido en sus huéspedes y apresuróse a disculparse, diciendo:
—Me imaginaba la impresión desfavorable que habría de causarles este espectáculo; yo ya hubiera transformado todo, pero el viejo es tan apegado a la tradición, que se moriría si le suprimiese este decorado del semi salvajismo gauchesco...
VI
Penetraron en el amplio galpón de techo pajizo, negras paredes de adobe y pavimento de tierra endurecida. El capataz y los peones que rodeaban el fogón se pusieron de pie, quitándose respetuosamente los chambergos. Don Marcolino los imitó y saludó con desenvoltura a sus visitantes.
—Me disculparán si no los invito a sentarse... pero estos banquitos de ceibo sólo son cómodos para nosotros... Antes teníamos cabezas de vacas —agregó sonriendo irónicamente—; pero, como hay que seguir la marcha de la civilización, las cambié por estos tronquitos...
—No se moleste —dijo Elvira—; nosotros venimos solamente a saludarlo... Como usted no ha querido hacernos el honor de ir a vernos...
—¡Ah, m'hijita!... Yo me encuentro en la tercera encarnación de la vida del hombre.
—¿Cómo es eso? —interrogó el doctor Medina.
—Muy sencillo. De los veinte a los veintiséis o veintiocho años, el hombre se encuentra en la edad del perro. Es el cachorro, alegre, ágil, juguetón, inquieto, que todo lo olfatea, que nada le preocupa. Por lo general, se casa entre los veinticinco y treinta y penetra en la edad del burro...
Las damas se miraron entre sí, expresando contrariedad, y el viejo prosiguió maliciosamente:
—Esto no es ofender al hombre, ni al burro. Es algo muy natural. Al casarse, el hombre se debe consagrar exclusivamente al trabajo, para tener derecho a las satisfacciones que le proporciona la familia. Algunas veces el paciente animal experimenta la nostalgia de su edad de perro y hace una breve escapada para retozar y revolcarse en las cuchillas; pero como sabe que al regreso lo esperan los garrotazos de los reproches acerbos, concluye por renunciar a esas veleidades de momentánea independencia.
—Eso será para los matrimonios gauchos —objetó Leonor.
—Para todos, hijita, para todos... Cambian los arreos, la mantención, el trato; aquí viven a campo comiendo las hierbas que encuentran; allá están bajo techo y alimentados a grano; aquí, cuando protestan, se les sacude con un garrote de tala, y allá con un látigo lujoso... pero su condición de burro no cambia.
Elvira, apoyándose en el brazo de su primo Medina, musitó con fastidio:
—Está chocho el viejo... Y yo ya no puedo soportar el olor inmundo de los cueros y las lanas... Sólo las bestias pueden vivir aquí...
Rómulo, dándose cuenta del desagrado general, dijo:
——Concluya su historia, viejo, que estas gentes tienen que ir a tomar el te.
—¡Bueno, bueno!... Termino en seguida... Cuando el burro envejece, después de haber engordado a todos, entra en la edad del cerdo. Sus manías, sus chocheces, su resistencia a aceptar las costumbres nuevas, lo hacen incómodo, fastidioso y ridículo. Por eso cuando alguna visita pregunta: —¿Y el viejo? —se responde—: Está bien. Cenó y se fué a dormir... ¡Como el cerdo!...
La salvadora
Todos los días, unas veces de mañana, otras veces de tarde, Virgilio partía de su casa, a galope casi frenético, como un poseído, sin rumbo y sin objeto.
Interpuestas veinte o treinta cuadras entre su persona y su casa, sus nervios se aplacaban un poco, moderaba la marcha y se afanaba en razonar sobre lo ilógico de su caso.
En ocasiones, la impotencia humedecía con lágrimas de rabia sus ojos varoniles, inclinándose a admitir la intervención, en su daño, de las misteriosas fuerzas sobrenaturales.
—¡Arterías de Mandinga, deben de ser!...
Experimentaba, indefectiblemente, el deseo de volver grupas, regresar a su rancho y sorprender con amoroso beso reparador los estragos causados en el alma de su esposa, a quien estaba seguro de encontrar entregada heroicamente a las lidias domésticas, con los ojos anegados en lágrimas y el pecho destrozado por aquella diaria escena del más cruel y del más injusto repudio.
Pero, su voluntad cedía ante una fuerza extraña que lo obligaba a proseguir la marcha hacia la pulpería.
—Dejuro debo tener una gusanera en el alma!...
En el negocio, la charla con los amigos, varias partidas de truco y un par de copas de caña, disipaban transitoriamente las sombras de su espíritu.
Y era probable —aún cuando Virgilio no lo hubiese advertido—, que mucho interviniera en la transformación la presencia de Sara, la cuñadita de Bermúdez, el pulpero, que cebaba mate y alegraba la tertulia con la alegría de sus veinte años, la provocante morbidez de su cuerpo, la perpetua incitación de sus ojos y de sus labios.
Pero él no la codiciaba. Tan es así que, calmados los nervios, no partía nunca sin llevarle algo a su mujercita; un corte de vestido, un pañuelo bordado, un paquete de golosinas, las pobres golosinas del medio: pasas de higo, orejones, caramelos o galletitas.
Y al regresar, en el fresco de los crepúsculos, iba monologando:
—La verdá que no tengo razón p'hacerle tragar juego a la pobre Petrona... Dende diez años que semos casao, siempre jué buena, lial, trabajadora, deshaciéndose por complacerme... Y no es que se haya güelto fea; no... Muchas veces, al mirarla, siento como si de adentro alguno soplara el fogón del cariño y me pongo a acariciarla, como cuando era antes... Pero en cuanto ella deja de estar triste y me sonríe y responde a mis caricias se me regüelve adentro 'e las entrañas una cosa fiera, como un arañazo, como un desparramo de yel... y ya m'enojo, y ya me repuna, y ya tengo que juirle!...
Virgilio sacudía la cabeza con rabia y apuraba el caballo, con ansias de llegar:
—Pueda qu'esta noche se acomode el recao... ¡No!... ¡Y hay que acomodarlo!... A la fin, yo la quiero, ella es una santa, no tengo ninguna queja, y p'hacerle pasar la vida que l'estoy haciendo pasar, más lial es sumirle el cuchillo en el tragadero!...
Y esa noche fué como siempre. Cuando la pobre víctima, vencido por el amor su orgullo de mujer, hizo lucir en sus ojos una luz de afecto, de perdón, de esperanza, el demonio que Virgilio llevaba anidado en el alma, le clavó la uñas, imponiéndole la repulsión. Bastó un pretexto.
—Estás demasiao zalamera, hoy.
—Zalamera, no, cariñosa... No sabés cómo te quiero...
Ella le había echado los brazos al cuello, y se abandonaba en infinitas ansias de reconquistarlo. Él sintió imperioso deseo de estrecharla entre sus brazos, de volcarle en los labios todo el amor concentrado en un año de torpe rebeldía, pero se detuvo de pronto, la rechazó y exclamó con voz glacial:
—¿Qu'es ese moretón que tenés en el pescuezo?...
Petrona enrojeció primero, empalideció después, comprendiendo el alcance de la injuriosa sospecha; pero, buenamente, cariñosamente, explicó:
—Me quemé con la plancha, probándola pa que saliera bien el planchao de tu golilla blanca, que m'encargaste esta mañana... ¡Aquí'stá!...
Él se separó, hosco y frío. Sacó la tabaquera, hizo un cigarrillo, echó humo y dijo con una intención tanto más penosa, cuanto que no sentía la más mínima sospecha:
—¿Estuvo el comisario esta tarde?... ¡Tiene fama de mordedor el comisario Isasmendi!...
* * *
Virgilio no demoró en saber en qué consistía su mal, la artería de Mandinga que le envenenaba el alma, la gusanera que le roía el corazón. Su plácido, honesto amor de esposo, había sido derivado arteramente por las coqueterías de Sara.
Abandonó casi su hogar y se entregó frenéticamente al amor encendido por la chica coqueta, hasta que se produjo lo irremediable. Sara, después de haberlo enloquecido con sus semipromesas, aprovechó la ocasión de unas “carreras grandes?” para embaucar a un muchacho bobote, hijo de un estanciero muy rico, con quien se casó tres meses después.
En los ranchos del Coronilla, la felicidad triunfa. Virgilio consagra todo el día al cuidado de su modesta hacienda y al atardecer, durante la cena, casi no cena, por mirar, por acariciar, por besar a su Petrona, bella, fresca, rejuvenecida en diez años con aquel reverdecimiento amoroso de su marido, que otra vez había vuelto a ser todo suyo y por siempre.
En una tormentosa noche de invierno, cuando Virgilio y Petrona, terminada la cena, se disponían a ganar su aposento, ladraron los perros.
—Patrón, es una familia que viene en carretón y pide posada.
—Hacelos apiar.
Cuando los forasteros penetraron en el comedor de Virgilio y se reconocieron, todos quedaron cohibidos. El dueño de casa fué el primero en reaccionar, y dirigiéndose a sus huéspedes, exclamó con la habitual hospitalidad gaucha:
—Hay poca comodidá en casa, pero toda la casa es de ustedes.
Y mientras Virgilio iba con el marido de Sara a prepararles alojamiento, ésta, emocionada, dijo a Petrona:
—Señora, usté me debe odiar...
Y ella, con admirable sinceridad:
—No, —respondió— usté es mi salvadora; usté con su perversidá, con sus falsías, con sus engaños, me ha devuelto el cariño de mi marido y no temo que me lo vuelva a robar: ¡ha sufrido tanto!...
Pájaro-bobo
I
Era un día gris, bastante frío, cuando Pancho Carranza salió, á las dos de la tarde, de la estancia de Manungo Láinez, en la 5.ª sección del departamento de Treinta y Tres.
Había estado cinco días en la casa de su correligionario, comiendo churrasco á todas horas, tomando mate amargo en los intervalos, fumando del tabaco del amo, y enfermándose cada vez que las faenas necesitaban brazos. Hubo una parada de rodeo, hubo un aparte de ganado y hubo una compostura de alambrados: todos los peones con el amo á la cabeza habían salido al campo; pero él, hoy por dolor de cabeza, mañana por indisposición de vientre, y pasado por un reumatismo crónico, se quedaba en las casas tomando mate y comiendo tortas fritas con la "patrona".
Al tercer día, Láinez frunció el ceño; al cuarto le habló con grosería; al quinto, de mañana, lo detuvo en momentos que cortaba un churrasco en el galpón, diciéndole:
—Amigo Carranza, su caballo hace cinco días que está en un potrero bien empastao: ya tiene la panza llena... y usted también.
El aludido se escarbó los dientes con la punta del cuchillo, miró al estanciero y dijo simplemente, secamente:
—Está bien.
Fué á la cocina, asó su churrasco, lo comió muy tranquilo y esperó á que la peonada llegara para almorzar. Mientras tanto, preparó el amargo y estuvo mateando. Dos horas más tarde almorzaba con apetito desmedido, devorando el puchero de espinazo y el asado de costillas con fariña cruda. En seguida, mate otra vez para asentar la comida. Recién á la una y media recogió su caballo, ensilló y se dispuso á partir.
Era Carranza un hombre de cuarenta años; alto, escuálido, de fisonomía repelente. El pelo rubio tirando á rojo, lacio y apelmazado, bastante largo, cubría la parte posterior del cuello del saco —negro en un tiempo, color ratón al presente—, al cual había trasmitido el aceite de almendras rancio y la grasa de patas, dibujando una mancha inmensa y repugnante, aumentada y hecha más visible con el polvo que se unió y formó una costra resistente al enjebe más poderoso.
El rostro enjuto, salpicado de pecas, estaba casi en su totalidad oculto por una barba roja, larga, rígida y sucia, confundiendo sus hebras con las del bigote desparejo y crecido sin cuidado alguno.
De entre ese bosque de pelos que no dejaba ver la boca, salía una nariz fina y aguileña, terminada en punta aguda, y en cuya base dos ojos diminutos, medio ocultos por el matorral de las cejas, lanzaban una mirada recelosa, hipócrita, torva.
Trotaba tardo el overo viejo y panzón, arrastrando los cascos largos y rotos, y muy estirado el pescuezo ornado de crines con pelotones de abrojos. Sobre el mezquino apero, "recado de negro", según la frase consagrada, alzábase inclinado hacia adelante el gran busto de Carranza, mientras las inmensas piernas flacas se balanceaban sin gracia y taloneaban á menudo, quizás para ahuyentar el frío que penetraba á través de las bombachas de casineta y de las alpargatas de lona, cuyas flores coloreadas había casi borrado el desaseo.
El jamelgo ascendía penosamente una cuesta por amplia senda festonada de cerraja, y el viajero, preocupado con el frío que amorataba sus manos, no prestaba atención ni mucha ni poca al panorama espléndido que se ofrecía á su vista.
Pequeñas colinas amarilleando con las brañas secas del que fué pasto jugoso, se alzaban sin orden, negreando en las lindes donde corría un arroyo ó se ocultaba una hondonada ó dormitaba un vallecito. Ni los cantos pelados, ni los riscos agudos, ni los conos de los cerros lejanos, ni la gallarda crestería de la sierra envuelta en cendales de espesas neblinas, despertaban sensaciones artísticas en el tosco espíritu del bordonero. En su cerebro oscuro de gaucho sin hogar, cínico, corrompido y haragán, no bullía otra idea que la de encontrar quien saciara sus apetitos. Un mes pasado en campaña, de estancia en estancia, de rancho en rancho, había agotado el sentimiento hospitalario de los propietarios rurales, y veíase forzado á dirigirse al pueblo, donde esperaba conseguir recursos. Por lo demás, estaba tan acostumbrado á la incertidumbre sobre el pan del mañana, que eso no le preocupaba gran cosa.
Profesaba una máxima: para jugar y para beber, siempre se consigue plata, y careciendo de vergüenza nadie se muere de hambre. Mientras existan corazones sensibles que se conmuevan por el mal ajeno sin investigación de causa, y mientras haya almas egoístas y torpes que piensen ganar el cielo con limosnas, los truhanes pueden estar tranquilos y vivir sin temores en la quietud apacible de su holganza.
Carranza conocía á fondo estos defectos y debilidades de la humanidad; y por eso viajaba sosegado, lamentando el frío, causa única que impedía su completa felicidad presente.
Trepó la cuesta, siguió la senda que serpenteaba en plano inclinado y penetró en un boquete de la sierra, costeando un cañadón de lecho arenoso y de riberas salpicadas de isletas de sauces y molles.
Desmontó, y volviendo al revés el sucio chambergo alicaído, se sirvió de él como de una copa para beber el agua cristalina que corría saltando sobre piedras blancas y arenas finas. De su caballo no se ocupó para nada y tornó á cabalgar por el valle que desembocaba en el camino real, extendido sobre una ladera amplia y cubierta de pajonales.
Una idea le asaltó de pronto. ¿No era jueves? Si no se equivocaba, esa tarde debía salir del pueblo su gran amigo y protector don Marcos Correa, y era necesario apresurarse para no dejarle escapar.
Apuró la marcha y no estuvo contento hasta columbrar el boscaje del Yerba retorciéndose á inmediaciones de la villa.
El paso estaba crecido; funcionaba la balsa, pero cobrando un real por pasaje. No; un real significaba varias copas de caña. Recordó que en sus mocedades había sido gaucho, algo gaucho, al menos; recogió los cojinillos —unos pobres cojinillos blancos de cuero de carnero sin curtir—, arrolló las piernas... y ¡al agua! Dio ésta arriba del cuadril de su caballo; pero no nadó; lo cual no fué obstáculo para que, ya vadeado el río, desmontara y preparase un cigarrillo á fin de descansar y festejar su arrojo.
II
En la noche de ese mismo día, Carranza entraba satisfecho en un café muy concurrido por la plebe, que existe hace años en la plaza del pueblo.
Bullicioso enjambre de harapientos bullía en aquel salón de techo aplastado y desaseados muros. Quiénes á la carambola, quiénes á la treinta y una, quiénes al truco ó al tute, todos los vagos del pueblo se agitaban allí, impacientes, casi febriles, sin que el frío traspasara sus trajes pingajosos, con las ansias de ganar un real en el apunte, para saciar con pan y queso la hambre vieja, ó un par de vintenes en el capricho del naipe mugriento, para pagar la caña, el anís ó el duraznillo.
Entre la concurrencia no faltaba un oficial de policía embriagándose con las convidadas de los adulones, ni un guardia civil —algún moreno con el kepis sobre la oreja izquierda, bombacha remendada, casaquilla sin botones, alpargatas enlodadas y gran sable en la cintura—, quien, entre consejo y consejo á los jugadores de truco, ligaba una copita debida á la generosidad del ganador.
En aquella tertulia, Pancho Carranza era conocido viejo y estimado de veras. Por eso, apenas entró, escarbándose los dientes con una pluma de perdiz, le salió al encuentro un camarada.
—¿No hace pierna pa una truquiada? —le dijo.
Y él, abriendo los brazos para desperezarse á gusto, y la boca para dar salida á un bostezo prolongado y bullicioso,
—Bueno —contestó.
Se sentaron los cuatro jugadores: Carranza, un sargento de policía, un indio con cara de facineroso y un negro, cuya borrachera lo hacía locuaz y juranista.
Una lámpara de kerosene, suspendida de un tirante del techo, iluminaba á Carranza. Veíase su saco roñoso, cuyas solapas estaban cubiertas de suciedad, al extremo de que, según la expresión de un su amigo, "podían venderse en el saladero para grasa, como las yeguas". Cada comida había dejado su rastro, y databa de tanto tiempo la acumulación de materias grasosas, que desde lejos percibíase el olor á olla sucia ó á cocina mal cuidada. El chaleco claro, á cuadros, sin botones en la parte superior, dejaba al descubierto la pechera de la camisa, casi negra con la mugre.
—¡Tengo "flor"! —exclamó el negro, hamacándose en la silla.
—"Contra flor el resto" —respondió Carranza, que había dado las cartas.
—¡Quiero!... ¡Treinta y siete!
—Cuarenta.
El negro, impacientado al perder, tiró las barajas y se levantó de la silla, exclamando con rabia:
—¡Ya "pastelió", Pájaro-bobo!
Debido á su aspecto desgarbado y ridículo, á su modo de hablar pausado y torpe, á su holgazanería proverbial y á su hábito de andar muy lentamente, echado su cuerpo hacia atrás y estiradas las piernas como chajá, pusiéronle á Carranza por apodo ó por "mal nombre", como allí se dice, Pájaro-bobo.
Pocos le conocían por su verdadero nombre; y eso que si no había nacido en el departamento, al menos en él estaba desde tantos años atrás, que ningún vecino se hubiera atrevido á fallar sobre qué había visto primero en el pueblo: si los eucaliptus gigantes de la plaza, ó la figura desairada y sombría de Pancho Carranza.
Nadie tampoco le conoció más pobre ni más rico, ni mejor ni peor puesto, ni más joven ni más viejo: era uno de esos hombres que tienen siempre la misma edad y el mismo aspecto y que parecen haber comprado el derecho de resistir á la acción destructora del tiempo, á cambio de tener desde la juventud la apariencia de viejos.
El cómo y el con qué vivía, era para la población otro problema insoluble. Durante largo tiempo, hombres y mujeres se afanaron en averiguarlo, no mezquinando tretas y ardides para conseguir su fin; pero, sea porque se reconocieran impotentes para dar con la clave, sea porque otros motivos de murmuración distrajeran la curiosidad pública, dejaron de preocuparse de él y se avinieron á considerarle como un producto natural del pueblo, igual ó por lo menos semejante á los eucaliptus de la plaza, cuyas corpulencias tampoco se explicaban.
III
Finalizada la partida de truco, y vaciada de un sorbo la copa de caña, Pájaro-bobo se puso en pie y comenzó á pasearse por el salón, arrastrando las chancletas que dejaban ver el calcetín de algodón rojo, roto en el talón, que mostraba la piel roñosa. Escarbándose unas uñas con las de los meñiques —que usaba largas cual de peludo y "curadas con ajo y sebo"—, recorría las mesas ofreciendo consejos á los jugadores y comentando las probabilidades de ganar en unos y de perder en otros.
Un indiecito de cara deslavada, que, sentado junto á unos jugadores de naipes, seguía la partida con atención, vendiendo al que estaba á su lado, lo miró sonriendo y le dijo:
—¿Qué tal, amigo Carranza, no tiene miedo que lo güelvan á maniar?
Él, sonriendo también, respondió:
—Yo me sé sacar el lazo con la pata.
Y miró con aire desdeñoso al oficial de policía; el mismo que semanas antes lo había prendido por vago junto con otros varios. Él, como los otros, encontró quien dijera ser su patrón y tenerlo empleado á sueldo.
El juez hubo de absolverlo y la policía de largarlo; y gracias que no había exigido una indemnización pecuniaria como vindicación de su honor ofendido, y en pago de los días pasados en la cárcel imposibilitado para el desempeño de sus numerosas obligaciones.
Al poco rato penetró en el café don Marcos Correa, un hermoso viejo, alto, grueso, bien plantado, de venerable cabeza poblada de ensortijados y largos cabellos blancos, frente despejada, grandes ojos llenos de vida y abundosa barba color de nieve: era un rostro que reflejaba nobleza, inteligencia y bondad.
Saludó atentamente á toda aquella plebe —de la cual sólo los que se hallaban cerca de la puerta se fijaron en él, y eso para ver si la cerraba, porque entraba un gran viento frío—, y tendió la mano á Carranza, que fué á su encuentro.
Hablaron algunas palabras en voz baja y salieron juntos.
Las campanas de la iglesia tocaban á ánimas cuando los dos amigos cruzaban la plaza negra y desierta. Un viento huracanado rugía entre la espesa ramazón de los grandes eucaliptus, y Pájaro-bobo, hundidas las manos en los bolsillos de la bombacha y levantado el cuello del saco, respondía con monosílabos á las preguntas de su amigo; sentía deseos de hallarse pronto en la pequeña sala de juego. Allí —donde la única puerta estaba continuamente cerrada, para evitar el refistoleo policial, y donde el humo del tabaco y las respiraciones de diez ó quince individuos calentaban el ambiente— él se hallaba muy á su gusto, muy en su centro.
Al enfrentar la Casa Departamental, se detuvo un momento, contemplando gozoso el gran edificio, que se alzaba negro é imponente, con dos farolillos empotrados en la pared, uno á cada lado de la puerta principal, como si fueran ojos diminutos en rostro de gigante.
¡Necio gigante! No volvería á tenerle en sus brazos; ¡no era Pancho Carranza el que había de dormir de nuevo en las crujías oscuras ó en frío calabozo, mortificado con el continuo rebramar del viento y el triste ¡alerta! de las centinelas!
En cambio, allá adentro se pasaban alegremente las horas y con gusto se veía entrar la luz del nuevo día por las rendijas de la puerta. Allí, confundidos, en igualdad republicana, se codeaban el rico con el pobre, el magnate altanero con el humilde harapiento; se bebía en las mismas copas, se tomaba mate en la misma calabaza y hasta se fumaba del mismo tabaco, dando fuerza de ley á la frase: "á cigarro en carpeta se le menea jeta..."
Atravesaron la calle barriosa y entraron en un café, cuyo amplio salón estaba ocupado por una media docena de parroquianos. Dos mozalbetes imberbes jugaban á la carambola y tenían los rostros infantiles enrojecidos y descompuestos por la acción del alcohol y la fiebre del juego; en un ángulo, casi en tinieblas, algunos personajes políticos de la oposición conversaban en voz baja, mustios y alicaídos, reprimiendo el deseo de repetir la taza de café, porque sus capitales exiguos no les permitía tal derroche.
Detrás del mostrador dormitaba el mozo, y en aquel gran recinto casi á oscuras no se oía otro ruido que el del choque de las bolas sobre el billar, ó las interjecciones del mozuelo que erraba un golpe tirado con pretensiones de maestro.
Los recién llegados pasaron por el salón sin detenerse, abrieron una puerta, penetraron en un patio y llamaron á otra puertecilla con la señal convenida.
Segundos después la puerta se abría y ellos entraban en aquel templo asqueroso del vicio pobre, donde el padre de familia, olvidando la mujer, los hijos, la dignidad, consumía el dinero ganado con esfuerzo y destinado á las necesidades del hogar, agotando su vida, la fuerza del músculo que la vigilia rebaja, y el espíritu que pierde su tonalidad y se baja y se degrada con el hervor de la pasión impura —junto al perdulario repelente de oscuro origen, de sucia vestimenta, de conversación soez y de truhanescas costumbres heredadas en el lecho de la mancebía y acrecentadas hora á hora con la práctica del mal.
Las velas de sebo que iluminaban la pieza permitieron ver el rostro transfigurado de Pancho Carranza. No muy bien instalado, comprimido por los jugadores y los "mirones" —"las lechuzas"—, al lado de don Marcos, se restregaba, las manos esperando que le llegara el turno de manejar los naipes y lucir sus habilidades de "pastelero".
Y cuando ese turno llegó, sus manos blancas, sus dedos finos y diestros se agitaron febriles, brillaron sus ojillos entre el matorral de las cejas y la lengua torpe comenzó á moverse rápida, llamando la atención con compadradas y refranes, á fin de practicar más libremente sus fullerías. Aquello era la dicha, la vida, el único objeto de su existencia, el mayor placer y la fuente de todos los demás placeres.
IV
No fué feliz aquella noche. Su protector había perdido todo cuanto dinero llevaba consigo, y aun quedaba debiendo una suma jugada sobre su palabra; y como no contara con más recursos, ese mismo día salió á campaña en busca de trabajo que le proporcionara nuevo combustible para alimentar su pasión.
Contra lo de costumbre, Pájaro-bobo salió esa vez con las manos vacías, y empezó el día malhumorado, hosco, ceñudo, y se dió á vagar por donde él sabía hacerlo, de un café á otro, de la cancha de pelota á la de bochas de este almacén á aquél; por todos los parajes donde estaba seguro de encontrar similares y podía obtener limosnas bajo una ú otra forma: un real, un peso, un vaso de caña, una invitación para almorzar, ó, cuando más no fuera, un pan.
No premeditó nada, no se tomó la molestia de idear nada; porque, para este gran haragán, hasta pensar era labor pesada y difícilmente emprendida.
Conocía bien los sitios y las horas, sabía con certeza dónde y en qué momento encontraría á determinadas personas, y allá iba, tranquilo, indiferente, encasquetado el descolorido sombrero fungiforme y arrastrando las largas piernas con pereza.
A las once se encontró en la trastienda de un almacén asaz concurrido por negros y por pardos. Recostado sobre el mostrador, pisándose un pie, estuvo largo rato silencioso, limpiándose las demás uñas con la del meñique de la mano derecha.
La vigilia y la mala suerte en el juego habíanle pintado el rostro con barniz cetrino y apenas brillaban los diminutos ojos gatunos, que aparecían más chicos con la hinchazón de los párpados.
Poco á poco fueron llegando los marchantes. Un negro viejo, medio paralítico, apareció primero. Llevaba un paquete con una docena de huevos que vendió al dueño de casa por unos centésimos. En seguida pidió un vaso de caña, ofreciendo otro galantemente á Pájaro-bobo, é iban á beber en momentos en que se presentó un conocido, un moreno viejo, portador de un cuero de carnero, cuyo precio arregló sin dificultades con el almacenero.
Y acto continuo, ¡á beber!
Minutos más tarde, la trastienda se llenaba de gente, poniendo en aprietos al mozo para servirlos á todos.
—A ver, galleguito, si me servís pronto! —gribaba uno; y más allá un indiecito vicioso, cuarteador de diligencias, golpeaba el mostrador con la gran argolla de su rebenque:
(p. 253)—¡Vamos, nación, que se me yelan las tripasL
En tanto Carranza y los dos negros iban concluyendo el producto de los huevos y el cuero, sosteniendo amigable conversación.
—¿Sabe, don Carranza—decía el primer negro—, quando po vendé el telenito?
—¡Ahí ¿sí?
—¡Chí; no lo puelo elificá, de toa soelte!... Lva patrona no quiele... ¡Pucha, amigo!... ¡sabe qué juerte esta caña!...
—¡Qué ha de ser juerte!—contestó el otro negro sonriendo—; é que osté etá mu viejo, compare...
—Viejo son lo trapo, compare—replicó el aludido, algo amostazado.
Siguióse un corto diálogo injurioso, y luego entre las frases de "¡No, amigo!" y "¡Pero, amigo!" volaron un par de aquellos vasos chatos y culones y un cuerpo cayó pesadamente sobre eL pavimento humedecido por los licores y las escupidas.
La autoridad, representada por un negro grandote, se presentó sable en mano. Pájaro-bobo intervino, los combatientes se reconciliaron sobre el terreno, el polizonte bebió de un trago la copa, de caña que le ofrecieron, y limpiándose la boca con la manga de la blusa, salió, recomendando orden.
Después, Carranza se paraba en el umbral de la puerta y agitando los brazos, semejantes á astas de molino, ahuyentaba á los pilludos curiosos, gritándoles con indignación:
—Vamos á ver: ¿qué les importa á ustedes las cuestiones de los hombres?...
Y los hombres, los dos negros andrajosos y borrachos, estaban ya muy tranquilos, departiendo amigablemente, sentados uno al lado del otro, sobre una barrica de hierba.
Estas escenas eran frecuentes; pero muy rara vez Pájaro-bobo desempeñaba el papel de protagonista. El no daba moquetes: sacaba á relucir un facón de hoja corta, pero buena, según él, que garantía ser de origen brasilero; y quien lo dudaba podía ver el escudo, el globo terráqueo con sus meridianos, la cruz y la leyenda: In hoc signo vinces.
Su facón no había muerto á nadie; pero imponía respeto, porque todo el pueblo estaba conteste en que Carranza había sido hombre de empuje allá en sus mocedades, y hasta se le asignaba un grado militar ganado en las luchas civiles y no reconocido por el adversario triunfador.
Además estaba emparentado con varios oficiales y hasta jefes de verdad, "con despachos", lo que influía para que no se le despreciara y al contrario se le considerase como agregado político de marcada importancia; tanto más, cuanto que se hablaba con encomio de la firmeza de sus convicciones partidarias. ¡Como si en aquella alma podrida de hombre estéril para todo bien pudiera arraigar algún sentimiento noble ó alguna idea generosa!
Ni siquiera halagaba su vanidad esa estima pública, porque el aprecio de sus semejantes era para él lo que el beso del sol de primavera es á las infecundas faldas de los cerros, donde no se alzan árboles ni crecen gramillas; lo que la lluvia benéfica es á la llanura yerma y arenosa donde cavan sus cuevas los tucutucus y en cuya soledad pasean de noche yaguapopés y mulitas. Vago de origen, vago de profesión, sus sentimientos eran secos guijarros, ásperas hierbas y punzantes zarzas.
Hablarle de la patria á él, que había permanecido alegre en la carpeta la noche en que moria triste y abandonada la madre; madre impura, es cierto, pero madre al fin!
¡Hablarle de la patria, á él que pasaba silbando junto á la tapera que le abrigó en la infancia, y no tenía para ella una mirada, ni un recuerdo! Ignorante en toda industria, incapaz para cualquier labor, enemigo del trabajo que enaltece y dignifica, se contentaba con la limosna diaria, sin ninguna ambición para el mañana, sin ninguna esperanza para el futuro. Ninguna obligación á que sujetarse, ningún amo á quien obedecer, ninguna ley moral que cumplir: ¡ésa era vida!
V
Casi afuera del pueblo, sobre un barranco, al pie de un zanjón, solo, sin huerto, sin árboles, se elevaba un rancho miserable, carcomidas las negras paredes de cebato y con grandes averías en la techumbre de paja. Era un repugnante cobertizo, donde al desaseo uníase la pobreza para afearlo y hacerlo indigno de vivienda humana.
El playo que había delante de la puerta estaba sembrado de huesos, de sobras de comida, papeles y basuras de todas layas, á cuyo olor nauseabundo se agregaba el no menos repelente de los "yuyos colorados", la borraja cimarrona y el apio silvestre, que crecían con exuberancia rodeando la casa, sin respetar otra cosa que una senda estrecha, frecuentemente convertida en barrizal peligroso.
A eso de las cinco de la tarde, Pancho Carranza llegóse allí, más hosco y ceñudo que por la mañana, más apagado el brillo de sus ojuelos, más repulsiva la expresión del semblante.
Entró como dueño de casa, y con un simple ¡buenas tardes! dado á la mujer que tomaba mate sentada sobre un banquito de ceibo, fué á tirarse sobre el catre, cuyas pocas ropas, rotas y sucias, estaban en desorden.
—¿Querés un mate?—le preguntó la mujer; y él respondió secamente:
—Alcansá.
Ella se levantó con pereza para alcanzarle la calabaza, y al recibirla, Pájaro-bobo estuvo un rato mirando con persistencia á la dueña de casa. Era ésta una mulata destruida, no tanto por los años como por el trabajo, las privaciones y la vida licenciosa.
Alta y flaca, con el pelo desgreñado y vistiendo un batón de zaraza descolorido y desgarrado en varios sitios; tenía unos ojos negros y brillantes y una boca grande y lasciva. Sus manos morenas estaban lustrosas á fuerza de refregar ropa en el río, pues había aceptado el oficio de lavandera cuando, huida la juventud, no le fué dable seguir viviendo del placer.
En las noches de suprema pobreza, Pancho Carranza había encontrado albergue en el rancho derruido de la mulata y había aceptado la mitad del lecho de lona, y, con más frecuencia, habíase llevado el producto de algún lavado para poder concurrir á la carpeta.
Algunas veces los golpes suplían á las súplicas y tomaba por la fuerza lo que no le daban por voluntad. Esa tarde había ido con la intención de obtener algo, y no tardó en manifestar sus deseos.
—China—le dijo con displicencia—, ando muy cortao.
—¿Y á mí qué?—respondió ella liando un cigarrillo.
—¿A vos, qué? ¡Ya estás escondiendo la leche! Has de tener algunos riales.
—¡Sí, afílate que has de oler! ¡Te pensás que yo voy á estar trabajando como burra pa pagarte tus vicios! ¡No, mhijito! ¡El que quiera celeste, que le cueste!... Y además que yo no tengo ni medio vintén... Tuve que comprar esta yerba y este tabaco al fiao, al pulpero don José, ¡y entuavia tuve que peliar, porque el roñoso no me quería fiar dos vintenes!... Y además que si tuviera lo precisaría y sería mío... y pa mí!., que pa eso lo gano con mis lomos...
—¡Es al ñudo que palabriés tanto!
—¿AI ñudo?... te equivocas, y no penses que vas á hacer como en otras ocasiones... mira que ya me tenes hasta el buche... y, palabra de honor, pala falta que haces aquí, más vale que no vengas más... ¡Sí, que no vengas más!... ¡Por este puñao de cruces!...
Y al decir esto, la mulata, furiosa, puso una mano sobre la otra, haciendo el "puñao de cruces".
Carranza quiso parlamentar. Sin moverse de la cama, y mientras la lavandera se paseaba por el chiribitil gruñendo enojada, él, con toda calma, le decía:
—Vamos, no te enojes. Préstame unos riaies, que yo te los devuelvo mañana. ¡No me hagas perder una buena jugada en que voy á ganar á la fija!...
—¡No doy! ¡no doy!... y dispués que no tengo; ¡te he dicho que no tengo ni medio vintén!—repetía ella con rabia.
Pájaro-bobo se puso de pie. Estaba decidido á conseguir dinero por cualquier medio, á fin de poder ir esa noche por el desquite; y él no era hombre que retrocediese ante ningún obstáculo.
—Vamos á ver—dijo; y fué hacia el baúl desvencijado que estaba enfrente de la cama.
Ella saiíó como una tigre, y hundiendo rápidamente la mano entre las ropas sucias y las baratijas que contenía el baúl, sacó un pañuelo, en una de cuyas puntas tenía atado su dinero, los veinticinco reales del lavado cobrado la víspera.
Carranza la zamarreaba, la golpeaba, la insultaba; pero ella no largaba su presa, oprimía el pañuelo contra su pecho y se revolvía furiosa.
—¡Larga, ó si no te mato!—gritó el bandido, encolerizado.
—¡No! ¡no!—repetía ella.
Pájaro-bobo la soltó un momento y fué hasta la puerta. Estaba oscureciendo y no veía alma viviente por Jss inmediaciones; era uno de esos crepúsculos tristes de los suburbios de aldea, sin luces y sin rumores.
Carranza, veloz como Un felino, se abalanzó sobre la mulata y le asestó un golpe de plancha con su facón, en medio de la frente. La mujer lanzó un grito, un grito horrible, más de rabia que de dolor, y retrocedió apretando su tesoro contra el pecho, con ansia convulsiva; y mientras el bandido le descargaba golpe sobre golpe, ella vociferaba iracunda, vomitando palabras horribles, insultos sangrientos.
Al fin Pájaro-bobo, cansado de sostener tan larga lucha, la asió de la trenza, dio un tirón seco y la arrojó al suelo. Le puso un pie en la garganta, otro en el vientre, é iba á robarla miserablemente, cuando tres hombres, sable en mano, entraron de súbito en la covacha.
—¡Date presol—gritaba una voz imperativa, al misino tiempo que los sables caían sin misericordia sobre Carranza, que no tuvo tiempo de recoger su facón y defenderse. En pocos segundos estuvo amarrado. Lo condujeren á la cárcel, donde su aparición fué ruidosamente festejada. Allí estuvo toda la noche, una horrible noche de invierno, á la intemperie, atormentado por el alerta de las centinelas y el rebramar del viento que azotaba los grandes eucaliptus de la plaza.
Doña Melitona
Aquella tarde, doña Melitona había salido más temprano que de costumbre. En Enero, dos horas después del mediodía, el sol castigaba recio y sus rayos quemaban como finísimas agujas de metal enrojecido; y el cielo era azul, azul, hasta el límite distante en que se soldaba con la tierra amarillenta. Del suelo blanquecino, de la costra agrietada, desprovista de yerbas verdes, salpicada de troncos secos, cortos y leñosos, subía el calor reflejo, haciendo vibrar las impalpables moléculas de polvo que flotan en la quietud del aire. A lo lejos, sobre los contornos difusos de la sierra, sobre las áridas alcarrias, se cimbraba la luz en danza voluptuosa. En el lecho de los canalizos blanqueaban los vientres de las tarariras muertas al recalarse el agua, y en el lomo de las colinas negreaban las llagas del "campo en tierra". Los vacunos erraban inquietos, mostrando sus caras tristes, sus flancos hundidos, sus salientes ilíacos, y distribuyendo el tiempo en plumerear con la cola ahuyentando insectos y en buscar maciegas donde hincar el diente. Las ovejas, sin vellón, blancas y gordas, se inmovilizaban en grupos circulares, resguardando las cabezas del baño de fuego que las enloquece; los borregos, en su indiferencia infantil, dormían á pierna suelta.
Doña Melitona avanzaba muy lentamente. Un burdo pañuelo de algodón le protegía el cráneo y la cara; su busto, encorvado y seco, holgaba en la bata de zaraza descolorida, y la falda de percal raído era bastante corta para dejar al descubierto el primer tercio de unas miserables piernas escuálidas, calzadas con medias blancas, que por las arrugas que mostraban tenían semejanza con sacos mal llenados. Viejas alpargatas de lona aprisionaban los grandes pies juanetudos. Con la mano izquierda levantaba las dos puntas del delantal, donde iba depositando las chucas secas que con la diestra arrancaba.
A cada cuatro ó cinco pasos que daba se detenía para observar el contorno. A su frente dormitaba la campaña, inmensa sucesión de llanos y colinas que las líneas de alambrados de los "potreros" cortaban en rectángulos de varios kilómetros de superficie; á su derecha, sobre una loma, se señoreaba el edificio grande, macizo, fuerte, de una Estancia; á su izquierda, sobre otra loma, se alzaba análogo edificio de la Estancia lindera. La vieja dejaba transcurrir varios minutos contemplándolos alternativamente, y en su rostro cetrino, en su frente estrecha, donde se pegaban con el sudor los mechones de cabello gris sucio, en la nariz afilada y semejante á un tajo de guillotina, en los labios secos, en la barbilla aguda y en los brillantes ojillos pintábase un odio acumulado en cerca de un siglo de miserias. A esa misma hora sesteaban tranquilos los propietarios de ambos caserones, á quienes de seguro nunca les faltó carne gorda y buena leña para asarla. ¡Oh Dios! ¿Es posible que existan gentes á las cuales nunca les falte carne gorda y leña para asarla?... Después giraba la cabeza recorriendo un arco semicircular de lechuza, y su vista abarcaba la ranchería acostada en la llanura. ¡Miseria también!... No amaba ni compadecía á los menesterosos habitantes de las chozas; á nadie amaba ni compadecía. Su historia era muy triste: la historia de las personas que no tienen historia. Su vida, sin haber experimentado ninguno de esos magnos dolores que devastan el alma en un segundo, abatiendo, como el huracán en las huertas, las orgullosas lozanías, presentaba la desolada aridez de esas tierras malditas donde nunca llueve. Retoñan las plantas de la huerta, y en sus brotos encienden nuevas florescencias las nuevas primaveras; las ilusiones, flores del espíritu, tornan á abrirse sobre el pecíolo tronchado, y el dolor moral, cuando no mata, es el surco del arado que rasgando las carnes de la tierra multiplica la vida, porque "sangre que corre equivale á existencias que nacen". Pero en esas míseras almas que semejan inmensos arenales, donde jamás fué juventud, ni hubo corolas pintadas, ni suaves aromas, ni fresco rocío, los años son como una eternidad vacía, sin luces y sin ecos, en la cual el pensamiento pliega las alas ateridas. El bardo itálico, cantor de las torturas infinitas, olvidó en su infierno el tormento de esas almas que mueren de frío contemplando el resplandor de los hogares vecinos; míseras almas infelices consumidas por la sed y que siempre, corriendo tras dichas ilusorias ó esperando siempre la dicha en la forma de un desposado quimérico, podrían decir de la vida como el personaje de Shakespeare de su esquiva amada:
«I love and hate her!.,.»
Hay árboles que sólo producen espinas, y hay, á su semejanza, almas en las cuales cada brote es un odio. Sobre la cuna de ciertos seres, el hado tejió cendales de tinieblas, y los condenó á vagar por los caminos, á mirar sin ver y á escuchar sin oir, extraños en su tienda y fuera de su tienda, como el Job de la Biblia. Al igual de las cavernas, tiene un ojo que sólo les sirve para comparar la luz que acaricia las praderas con las húmedas obscuridades de sus antros; y al considerar la injusta parcialidad de la suerte, no pudiendo albergar la esperanza de mejor destino, germina en ellos la negra simiente de los odios. La codicia implica posesión: cuando no se tiene nada,, nada se ambiciona y se aborrece todo. Las flores que aromatizan el jardín lindero pueden despertar nuestra envidia cuando no luce tan bellas nuestro propio jardín; pero cuando cavamos, y carpimos, y regamos con sudor la tierra ingrata que nos responde con malezas, nuestro empeño es triturar las florescencias vecinas, exprimirlas como á un seno de mujer en cría, no sólo para causarles la muerte, sino también para impedirles que transmitan la vida. La Naturaleza ha creado, en horas caprichosas, seres parecidos al árbol indígena que llamamos Espina de cruz: por dondequiera que se les toque, pinchan. En ellos no hay partes blandas: todo es coriáceo y duro, y hasta los conductos vasculares son rígidos como las ateromatosas arterias de los viejos. No dan sombra, ni flor, ni aroma. Crecen solitarios en las junturas de las rocas y no hay enredadera que se enrosque en sus ramos ásperos y fríos. Sin ninguna belleza, desprovistos de todo atractivo y para todo inútiles, se endurecen y pinchan. Su hincadura es su odio; y su mayor tormento es no poseer, como los crótalos, una ponzoña mortal.
Aquella tarde, doña Melitona sentía arder su odio con incandescencias desconocidas hasta entonces, y llegaba al extremo de dejarlo trazumar; lo que era raro, porque si bien nadie la observaba, ella tenía, como todos los castigados por la suerte, el hábito de la reserva y la religión del disimulo. Quizá porque el sol quemaba demasiado, quizá porque la atmósfera estaba excesivamente seca, sus rencores se evadían de la cárcel y se transparentaban en su rostro acecinado. Se le ocurrió pensar en la monotonía de su existencia y en la cruedal de su destino; y al ver que todos los días eran semejantes, todos los años iguales, halló un placer recordándose á sí misma, y como si lo pregonara en plaza pública, las vergüenzas que sabía de las gentes ricas, aquellas á quienes consideraba privilegiadas y felices. Entre las orgullosas familias del pago podía citar no pocas que habían ido á solicitar su ciencia de curandera, para que en silencio desembarazase del fruto de ilícitos amores á damiselas que hoy se creían absueltas con la abstersión del matrimonio, y que pasaban por su lado altaneras, despreciativas, sin reconocimientos en el alma ni rubores en la faz. Hasta el mismo pecado se le antojaba un insulto á su persona, tan miserable y desgarbada, que aun gozando de amplia libertad desde la infancia, nunca encontró quien codiciase su carne, haciéndola soñar en la posibilidad de afectos. No hay abismo más obscuro que el alma de esas virginidades conservadas, porque nadie jamás las ha querido, de esas flores marchitadas en el árbol, de esos frutos secados en la rama.
Andando lentamente, evocando un pasado donde todo era crespúsculo—nueve décadas grises comparables á una plancha de plomo interminable y sin relieves—, olvidóse de arrancar las chucas y anduvo un tiempo sin rumbo. De pronto llegó á sus oídos el eco de risas juveniles, levantó la cabeza, dilató las pupilas de ave de rapiña, y noticiada de la causa de tan insólita alegría, refunfuñó con acritud despreciativa:
—¡Las cuerudasl...
No tardaron en presentarse dos muchachuelas á quienes la vieja había designado con el feo apodo de las cuerudas. Eran hermanas, casi de la misma estatura y tan parecidas, que las hubiese creído gemelas. Eran bajas y gruesas; sus cuerpos representaban doce años; sus caras treinta. Eran enormes sus caras, y tan anchas, tan toscas, tan rugosas, que semejaban caparazones de "peludo". Descubiertas las desgreñadas cabezas, encerrando el busto en batas mugrientas y rasgadas, llevaban una falda muy corta que dejaba al descubierto las gruesas pantorrillas desnudas color bronce, con vetas blanquecinas, producidas por los rasguños de las zarzas; sus pies, cortos y anchos, calzaban alpargatas mugrientas y desflecadas. Cada una llevaba en la mano un gran pañuelo de algodón repleto de carne, yerba, sal, galleta dura y otras provisiones que la caridad pública les había dado. Venían sudorosas, corriendo, empujándose mutuamente, retozando como potrancas en primavera; sus fealdades no les impedía estar contestas. Una de ellas, la mayor, vio á la viejecita, y golpeando á su hermana con el codo, le dijo al oído:
—¡Maletas!... ¡la vieja bruja!...
Y luego, alzando la voz y cambiando de tono, exclamó:
—¡Güeñas tardes, ña Militona! ¿Cómo le va diendo? Puai decían que andaba media apestada.
Doña Melitona masculló algunas palabras ininteligibles y fijó su mirada en el atado que traía la rapazuela y que en vano ésta había tratado de ocultar, porque no pudo evitar que ella viese los choclos que asomaban sus barbas rubias.
—¿Qué trais ay?—preguntó.
La rapaza, encogiéndose de hombros, respondió:
—Cosas que mi han'dao.
—¿Y los choclos tamién te los dieron?
Ruborizóse la muchacha y doña Melitona agregó con rabia:
—¡Bien se ve que te se han pegao al pasar por la chacra 'e don Méndez!... Pero sos más ladrona que urraca y más sinvergüenza que cuzco,y tanto te da que te lo planten en la jeta...
—¡Hasta luego, doña Militona!—gritó la chinita interrumpiendo el sermón de la curandera y echando á correr. Cogidas del brazo, cantando y riendo con indiferencia de cigarras, se alejaron rápidamente. ¿Por qué les tendría rabia la vieja?... ¡Bah! ¡qué les importaba la rabia de la vieja!... En la abyección en que habían crecido, en la escuela de vicio en que habían vivido, acostumbradas al azote y al insulto grosero de su propia madre, ¿quién ni qué podía ofenderlas? Desde pequeñitas llevaban aquella vida, y hacía años que se las veía cruzando campos, siempre asidas de la mano, siempre cantando y riendo, siempre de estancia en estancia y de rancho en rancho, mendigando carne, sal, yerba, azúcar, y robando, de pasada, algunas sandías en las huertas, algunos "choclos" en las chacras. Sus oídos estaban acostumbrados á todos los insultos, á todas las groserías del gauchaje soez; habían recibido bofetadas, golpes y hasta mordiscos de perros; impúberes aún, se habían rendido en las frondas del monte á la bestialidad del paisanaje, ó se habían entregado, en el secreto de los maizales, á la fiebre inocente de algún compañero de infortunio. ¡No había ignominia que no hubiese salpicado sus almasl ¡Pobres seres que pasan sin transición de la infancia á la vejez y que son más dignos de conmiseración que de reproche, porque no son una llaga, sino la supuración de una llaga que la sociedad ha permitido crecer y que no se preocupa de curar!
Doña Melitona las estuvo mirando largo rato y concluyó por sacudir la cabeza con desdén. ¿De qué servía encolerizarse? El enojo sólo es provechoso á los fuertes; en el débil no sirve nada más que para anular el poder de la hipocresía, su único poder.
En el primer momento de indignación había soltado las puntas de delantal, dejando caer el manojo de chucas; las juntó paciente y filosóficamente, y siguió andando, resignada, ¡oh!, sí, resignada, porque un siglo desgasta todos los orgullos; pero más rencorosa que nunca, porque, á la inversa, en esas almas heladas, cada injuria es un martillazo que aguza las espinas del odio.
Siguió andando y recogiendo chucas. Delante había una majadita, algunos bueyes dormían cerca. Una idea penetró en el cráneo de aquella miserable criatura. ¿Por qué no había de regalarse con un cordero gordo?... Los ricos, los dueños, no los comían, considerándolos plato demasiado caro; se mata lo viejo, lo que ya no sirve, lo que ha cesado de dar beneficios: ¡Lo mismo que en lo humano!... Y la idea se puso escarlata... Siguió andando: cerquita, al alcance de su mano, dormía tranquilo un cordero de buena carne. La vieja hizo ademán de cogerlo y se detuvo: la idea había subido al rojo blanco y quemaba: el principal móvil del robo no era en ella satisfacer una necesidad orgánica, comer. ¡Los días que había pasado sin otro alimento que una docena de mates amargos, cebados con yerba vieja y sin sustancia! Era necesario dañar, dañar mucho; ¡y aquel cordero era negro!... Siguió andando, con precauciones, observando á éste y aquél, hasta que se fijó en un soberbio borrego, de los "arrugados", de los finos. Era seguro que no estaba castrado, y que su carne era fea; ¡pero cuánto sentiría el dueño su perdida!... Ya se disponía á cogerlo, cuando por un lujo de precauciones echó una mirada en contorno, y alcalzó á columbrar un jinete que venía al trote por un cercano bajío. ¿La vería? ¿no la vería? Siguió observando, y al reconocer á Jacinto, un muchacho bobalicón de la estancia de Méndez, una sonrisa mefistofélica plegó sus labios. Cuando nos vengamos sentimos necesidad de hacer saber á la víctima que el daño es causado por nosotros, como sentimos la imperiosa necesidad de gritar nuestro nombre cuando se aplaude una obra que hemos publicado con un seudónimo...
Rápidamente cogió el cordero, lo echó en el delantal junto con las chucas secas, y comenzó á andar en dirección á sus ranchos, que no distaban de allí más de cien metros. Con pasmosa agilidad lo colgó de una pata, lo degolló y le sacó el cuero, que escondió en seguida.
Cuando el muchacho llegó, rojo y sudoroso, cansado de castigar al petiso rodilludo que no salía del tranco, doña Melitona estaba vaciando tranquilamente su cordero.
—Ña Melitona... el borrego fino... yo vide...
Y al ver al animal sin piel y sin tripas, pronto para ir al asador, el peoncito enmudeció de estupor. El robo no era nada; ¡pero cometer el sacrilegio de matar un borrego fino!... Nunca creyó que la vieja lo degollase.
Cuando pudo hablar, exclamó espantado:
—¡Nada menos qu'el hijo 'e los galponeros!...
—¿Qu'estás cantando, gurí abombao?—preguntó la curandera sin dignarse mirar al chico.
—Qu'ese animalito es de la hacienda.
—¿Onde le ves la señal? ¿En el rabo?
—Yo vide cuando usté lo agarró.
—¿Querés ser dijunto?...—gritó doña Melitona amenazando al muchacho con su gran cuchillo de cocina. Aquél aflojó las riendas al petiso y se alejó todo lo más aprisa que le fué posible. Desde cierta distancia volvió la cabeza, gritando:
—¡Ya va'ver con el patrón!
Horas más tarde, el patrón se presentó seguido del sargento de la policía y un miliciano. Registraron la casa y los alrededores, mientras la viejecita, sentada junto al fogón en la cocina, tomaba mate, impasible, sonriendo, saboreando su venganza.
Cuando, concluido el inútil registro, el patrón se retiró vomitando injurias y amenazas, ésta dijo en voz muy baja, pero con entonación muy mala:
—Otra vez será pior.
Una niñita de cuatro años—una sobrina que había recogido y criado —estaba tirada en el suelo, con el vestido hecho jirones y la cara inmunda, disputando un trozo de maíz asado á una marrana blanca que gruñía á su lado. Al oir las palabras de su tía, batió las palmas:
—¡Oto coldelo!...
Doña Melitona le dio un sopapo y la marrana le cogió el trozo de mazorca.
Cuando llegó la noche, la curandera se fué al patio: levantó la olla vieja y rota que servía de abrevadero á las gallinas y sacó del pozo abierto debajo, el cordero envuelto en una bolsa. Luego, en su cuarto, con mucho cuidado, con excesivas precauciones, cerrada la puerta, vigilando el humo, vio cómo, poco á poco, se iba dorando el suculento manjar. Y sonreía, sonreía con un odio más afilado que sus amarillentos caninos de perra cimarrona.
Al día siguiente, muy temprano, doña Melitona se levantó para emprender su paseo habitual, recorriendo la ranchería, tomando mate donde había yerba, churrasqueando donde tenían carne; única manera que tenía de cobrarse sus servicios profesionales, sus brebajes y sus cataplasmas, en aquella población de indigentes. Su primera visita fué para Secundina, la madre de las cuerudas. La habitación era un rancho que el pampero habia casi tumbado hacia el Norte y que se sostenía con prodigios de equilibrio. No había un árbol, ni un cerco, ni una gallina, y en toda la media hectárea de terreno de que era propietaria doña Secundina no había plantado una mata de trigo, ni de maíz, ni de patatas, ni de cebolla siquiera, y no pacía tampoco lechera ni oveja alguna. La propietaria era una mujer joven aún, baja y rolliza, despeinada y muy sucia, mostrando en su semblante apático su haraganería, su desidia, su indiferencia de bestia.
Había hecho fuego con chucas, cerca de la única puerta del rancho, y estaba sentada en un tronco de sauce, tomando mate y asando choclos. Desde afuera se veía la única pieza, negra como una cueva. En un rincón, una cama de fierro con las ropas todavía revueltas; en otro, en el suelo de tierra, un colchón de "chala", donde dormían las muchachas; un cajón que servía de baúl, otro cajón sobre el cual había un par de platos de latón y algunos trebejos más, una silla de pino sin respaldo, sobre la cual una botella cubierta de sebo, sostenía un cabo de vela. Y era todo. No se veía palangana, ni jabón, ni escoba; pero se sentía un hedor de pocilga, húmedo y tibio, que hacía retroceder al curioso.
Doña Melitona tomó unos mates, echó una mirada rencorosa á las cuerudas y se despidió para ir á ver á su comadre Sinforosa, que era lindera. No tomó la calle: aquellos alambrados se pasaban sin dificultad. A los cinco minutos de marcha estaba en casa de su comadre.
Igual decoración, igual rancho ruinoso, igual predio inculto, idéntica miseria, idéntico abandono. La dueña de casa era más vieja, la familia más numerosa, compuesta de cinco muchachos escalonados de tres á siete años, y un sexto que contaría doce. La madre, tomando mate y asando choclos; los pequeños, revolcándose en el suelo, el mayor muy afanado en construir una cimbra para cazar perdices y escupiendo groseros juramentos cada vez que se presentaba una dificultad en su trabajo.
Doña Melitona hizo allí lo mismo que en la casa vecina: tomó mate, charló, habló mal de todas las personas conocidas, escuchó todos los chismes de su comadre y salió para su tercera visita, á lo de Dominga, muy amiga suya ésta y muy buena persona, aunque embustera y pedigüeña.
Igual decoración, igual rancho ruinoso, igual predio inculto, idéntica miseria, idéntico abandono. La dueña de la casa era joven, casi una niña, rubia, alta y bien tallada. Como era la protegida del comisario, vestía mejor y tenía una silla en la cual estaba sentada—tirada—fumando un cigarrillo. Tenía un rostro de animal bonito: los ojos grandes, castaños, con una mirada idiota—una luz de candil que alumbra á medio metro—unos labios gruesos de color terroso y unas mejillas pálidas, mostrando el cansancio, la fatiga de los que nunca han hecho nada.
Doña Melitona fué más afable con ella que con las otras tres. Se informó de su salud, inquirió noticias del comisario y del negro Pedro, asistente de éste, y concluyó por preguntarle:
—¿No hay mate, m'hijita?
Ella respondió con pereza:
—Mate, no; pero hay caña.
—¿Onde?
—Allí—dijo ella indicando el sitio con la mano y sin molestarse en traer la botella, que la vieja cogió en seguida y la empinó con ansia. Al ir á dejarla en su sitio vio sobre una silla un pedazo de queso y lo escamoteó rápidamente. Después, secándose la boca con la manga de la bata:
—'Tuve en casa'e Secundina—dijo—; una puerca que me envitó con un mate lavao. Y eso que ayer yo mesma vide á las cuerudas venir con un atao en que traiban yerba, y azucara, y fariña, y sal, y fideo y galleta, y un montón de cosas más.
—Buena liendre, Secundina—contestó la rubia con voz perezosa—;no tiene vergüenza dehacer sus porquerías delante de las hijas...
—¿Y ellas, m'hijita, y ellas?...
—¿Ellas?... ¡como pulpa 'el cogote!...
Doña Melitona se despidió y echó á andar en dirección á lo dé Policarpa.
Igual decoración, igual rancho ruinoso, el mismo predio inculto, idéntica miseria, idéntico abandono. La dueña de la casa era vieja y tenía diez hijos, dos varones y ocho mujeres. El mayor de los varones tendría veinte años: era grueso, no muy alto, de rostro lampiño y mirada canallesca. Acostado sobre un cojinillo, se entretenía en dibujar marcas con el dedo sobre la tierra del piso. Entre las mujeres había cuatro ya púberes, y de ellas tres exhalaban olor de vicio por sus cuerpos y sus caras. La cuarta, la mayor, era delgada y alta, desgarbada, fea, sin otro atractivo que una soberbia cabellera negra y unos ojos negros también, de mirada profunda y tibia, bondadosa y triste, resignada y casta. Todos la odiaban en la casa y ella tenía por todos un cariño humilde de perro maltratado. Ella cocinaba, cebaba mate, acomodaba y era la única que recibía insultos y moquetes.
Cuando doña Melitona llegó,Toribio, el hijo mayor, discutía agriamente con su madre, que estaba sentada en el suelo, junto al fogón, donde la caterva formaba corro.
—¡Fijesé, ña Melitona—dijo dirigiéndose á la visita sin levantarse—; fijesé si esta mama es bruta, que no me quiere hacer gancho pa con la gurisa 'e doña Tomasa!
—¡Dejuro! ¡A güen árbol te vas'arrimar!
Una de las muchachas intervino:
—¿Y si es gusto?
— ¡Pues!—agregó la otra—; cada cual tiene su modo de pelar el mondongo.
—¡Yo te viá pelar!...—gritó la madre encrespada.
Y la hija respondió riendo:
—¡No, vieja, no me pele, porque dispués don Frutos no me va'querer!... Él dice que n'usa badana porque'es malo pal...
Una carcajada general no dejó oir la última palabra de la chinita ladina.
— ¡Gente devertida—dijo doña Melitona aceptando el mate que le brindaba Sixta, la muchacha flaca, la única que no reía; y doña Policarpa, la madre, llorando de risa, exclamó:
—¡Esta muchacha es el diablo!... ¡Es capaz de hacer rair á un dijunto!...
La llegada del señor Pintos, estanciero de las inmediaciones, interrumpió la chacota. El señor Pintos, un hombre ya viejo y muy serio, traía una cara afligida.
—Bájese—dijo la dueña de casa.
—Gracias—contestó Pintos—; vengo apurado. Tengo á mi mujer en cama, muy atrasada, y mis dos hijos también cayeron ayer con trancazo, y estoy sin piona...
—¡Vea! El trancazo anda matando como peste en el ganao.
—Así es; y como estoy sin piona, he andao por todas estas casas y no he conseguido ninguna, porque ninguna quiere ir, y vine á ver si usté...
Doña Policarpa se irguió,roja de vergüenza:
—¿Yo?—dijo—. No, señor; yo no nací pa piona 'e naides.
—¿Y alguna de sus hijas?—insistió el estanciero mirando á las mocetonas.
—Mis hijas no tienen necesidá de humillarse... ¿No es verdá, muchachas?
—¡Ya lo creo!—contestó una.
—¡Dejuro!—respondió otra.
—¡Clavao!—concluyó la tercera.
El ganadero, desconcertado, intentó persuadirlas:
—Yo pagaría hasta...
—¡Por nada!
—...cinco ríales por día...
—Ni aunque usté se pinte de oro y traiga más onzas que el finao David Fernández. Nosotras no sernos de esas que sirven pa todo, y aunque sernos pobres, sabemos darnos el lugar que nos corresponde.
Sixta se atrevió á decir con voz humilde:
—Si usté quiere, mama, yo voy...
Pero la madre le lanzó una mirada furibunda y la hizo callar con un apostrofe autoritario:
—¡Cállese usté, mocosa sinvergüenza!
Y doña Melitona, después de depedirse, salió en dirección á otro rancho.
Y recorrió esa mañana, como todas las mañanas, las treinta y tantas miserables viviendas de la ranchería, satisfecha de encontrar en todas igual desidia, idéntico abandono; centenares de seres que viven como cerdos, mendigando, robando, prostituyéndose, sucios de cuerpo y de alma, sin educación, sin sentido moral, sin instinto de sociabilidad; legando á la numerosa progenie sus hábitos de haraganería, su perversidad y su vicio: negra herencia de miseria adyecta, maldita simiente destinada á producir zarzas ruines, espina de cruz que no da sombra, ni flor, ni fruto, ni sirve para calentar el hogar, ni para hacer un cerco, ni para construir una vivienda, y no tiene otro ornato que sus múltiples espinas silicosas, su rencor, su odio.
Y con cerca de un siglo sobre sus encorvadas espaldas, doña Melitona vivía aún, y aún era fuerte y diestra en el mal. No debía morir sin haber llevado á cabo alguna gran hazaña que inmortalízase su nombre. Ella fué la que voy á contar.
Era en invierno, un invierno excepcionalmente lluvioso y frío. Los temporales habían concluido rebaños enteros; las haciendas vacunas estaban tan flacas que en muchos rodeos no se lograba una res para carnear; nadie había engordado cerdos, porque con la sequía del verano se habían perdido las cosechas y estaba el maíz carísimo; legumbres nunca hubo en aquella zona. La vida era penosa para los ricos, miserable para los pobres, desesperante para las gentes de la ranchería, que no encontraban ni quien les diese, ni qué robar.
Doña Melitona, que siempre obtenía algún dinero con sus medicinas, no fué de las que peor lo pasaron. Pocas veces le faltó con qué comprar un capón flaco ó una oveja vieja y sal con que charquearlos para hacerlos durar una semana, á veces más. No era raro que algún cliente le regalase una gallina, algún queso, ó algunos kilos de harina; pero la miseria pública la alegraba, la satisfacía, y hubiera querido aumentarla, ver reventar de hambre á pobres y á ricos, aun cuando debiera reventar ella misma. Su alma era como esas habitaciones que nunca se barren: cada día deja en ellas una nueva capa de basura, y cada día la fermentación es más grande, más intenso el odio. Doña Melitona veía concluirse su existencia, y al considerar el poco mal que había hecho sentía vergüenza y se despreciaba, y pasaba las noches soñando venganzas y cataclismos. En las exacerbaciones de su odio llegaba á imaginarse que todos eran felices, que para todos la vida habla tenido caricias, ¡para todos, menos para ella, pulpa flaca, escoria humana, ser maldito, condenado á perdurar para ser testigo de la dicha ajena!... No conocía persona á quien alguna vez no hubiese visto reir; en los más desgraciados hogares había visto brillar alguna vez la luz del contento; y á ella, que no golpeaban, que no insultaban, á quien no le faltaba alimento, jamás se le había acercado un gozo, jamás la alegría había llegado á depositar un beso sobre su frente y á dejar un poco de calor en su alma helada.
Lindando con el terreno de doña Melitona, había un "potrerito" de la estancia vecina, en el cual, por ser muy abrigado, había puesto el estanciero su rebaño de ovejas finas, la majada tipo. Doña Melitona, unas veces de noche, otras veces de día, estuvo durante dos meses robando de esas ovejas. El patrón llegó á notar la merma y ordenó la vigilancia, pasando él mismo las noches en el campo, á la espera del cuatrero. Sus desconfianzas recaían sobre la curandera, á quien, desde el robo del borrego, profesaba odio mortal; pero como no era difícil que también comiesen de su hacienda otros holgazanes de la ranchería, llevaba el winchester bien cargado. Todas aquellas chozas, donde en el día no se encontraba un hombre, se animaban durante la noche. Una banda de perdularios—los maridos de aquellas mujeres degradadas—llegaba al anochecer, y unas veces unos y otras veces otros, salían para robar á los vecinos. La policía los conocía á todos y había cogido á muchos con las manos en la masa; pero á ellos eso no les apenaba gran cosa. Instruido el sumario, eran remitidos á la capital del departamento, de donde, casi todos, regresaban á los pocos días, puestos en libertad gracias á la influencia del caudillejo, de quien eran ellos elementos importantes; los menos permanecían de uno á tres meses en la cárcel, comiendo, durmiendo, "engordando á la sombra", y volvían al pago más que nunca dispuestos á la holganza y el robo. Por eso los ganaderos habían considerado como único remedio "meterles plomo" cuando los hallaban en sus rebaños.
Sorprender á doña Melitona era difícil; sin embargo, una tardecita el patrón alcanzó á verla enlazar una oveja, echarla en una bolsa y marchar con ella á cuestas. Su primer impulso fué hacer fuego; pero era una mujer, y su nobleza se rebeló, optando por seguirla de lejos. Ella no fué derecho á su rancho, sino á un bajío que distaba pocos metros, y allí, entre el barro, abrió un foso con su cuchillo, degolló el animal y lo enterró, tapándolo prolijamente con tierra y yerbas. Concluida la tarea iba á retirarse y vio un bulto que se alejaba agazapándose, y en ese bulto reconoció al patrón.
Tuvo unos instantes de sorpresa, pero pronto se repuso.
—Vas á buscar la autoridá—refunfuñó—; ¡ya vas á salir aviao!...
Y sonriendo, se encaminó á las casas.
Estaba acostada, muy tranquila, cuando ya cerca de la media noche golpearon á la puerta y respondieron á su
—¿Quién es?—con una frase seca e imperativa:
—¡La autoridad!
Empezó á vestirse con calma, dando lugar á que el comisario se impacientase y le gritara amenazándola:
—¡Abra de una vez, ó le echo la puerta abajo!
—¡Ya va!—replicó ella con aspereza—. Espérese que me vista, ¿ó quiere que le abra desnuda?... ¡Pucha que viene apurao!...
Cuando al fin abrió, cinco hombres entraron en la pieza: el comisario, el juez de paz, el ganadero y dos vecinos. Ella los saludó sin inmutarse, sin demostrar asombro ni contrariedad.
—Síganos—ordenó el primero.
—¿Onde?
—¡Siganós!
El estanciero iba delante, indicando el camino; doña Melitona seguía, rodeada por los cuatro hombres. Al llegar al sitio donde estaba enterrada la oveja, el guía se detuvo:
—Aquí es—dijo, señalando la tierra removida.
—Abra ese pozo—ordenó el comisario.
La vieja lo miró con insolencia:
—¿Y p'abrir pozos mi han hecho levantar á media noche?
—¡Abra! Usted bien sabe lo que hay ahí.
—¡Ya lo creo que sé!
Era una noche serena; la luna alumbraba el curioso cuadro. Doña Melitona se puso á escarbar, descubrió una pata del animal enterrado y tiró con fuerza.
La estupefacción fué general. En vez de una oveja, lo que allí había era la marrana blanca, la conocida marrana blanca de la curandera. Pasado el primer momento de asombro, el ganadero protestó, gritando furioso que él había visto robar y enterrar la oveja. El juez, muy serio, muy dentro de sus funciones, preguntó con voz grave:
—¿Cómo se explica que usted haya venido á enterrar esa chancha como una cosa robada, desde el momento que era suya?...
Ella respondió sin titubear:
—Porque era muy artera y tuíto me estragaba en el rancho, y no me servía pa nada; porque yo no tengo plata con que comprar maíz para engordarla, y, pa venderla, nadie la quería porque era muy ruin, y por eso hacía tiempo que la quería matar; pero me daba pena la pobrecita Juana; mi sobrinita, que aunque está feo decirlo, la quería como á hermana y se me prendía de la pollera cada vez que yo quería matarla, y por eso, como ayer m'hizo una judiada volcándome la olla 'el puchero y dejándonos sin cena, me dio rabia y me dije: esta noche, en cuanto se duerma la chiquilina, te degüello y te escuendo... ¡Ai'stá, señor!...
La llevaron nuevamente al rancho, pasaron la noche allí, en vela, y al siguiente día se realizó un prolijo registro, sin hallar rastros de oveja. El propietario juraba y perjuraba que existía el robo, que aquello era un ardid de la maldecida vieja; pero no se puede condenar sin pruebas á nadie, aun cuando se trate de un vecino de la ranchería.
El juez, siempre serio, siempre grave, tomó la palabra para finalizar el incidente:
—Bueno, amigo—dijo dirigiéndose al estanciero—, usted tiene que indemnizar á esta señora, puesto que no le ha podido probar nada y su afirmación resulta una calumnia.
—¡Una calumnia!—respondió el ganadero furioso.
Y el juez, impasible, contestó:
—No lo será; pero para la ley...
Luego, dirigiendo la palabra á doña Melitona:
—¿Qué pide usted?—le preguntó.
La vieja pensó un rato; después dijo con indiferencia:
—Que me dé un capón gordo... y cinco riales en plata.
El patrón, no obstante su rabia y su repugnancia, no tuvo más remedio que aceptar la sentencia, furioso al oirle decir al juez que debía darse por muy satisfecho, pues que cualquiera otro le habría sacado un par de cientos de pesos.
Cuando ya todos se retiraban, el comisario se acercó á doña Melitona, y, después de pedirle noticias de la rubia, le dijo en son de reproche:
—¡Sos boba! ¿Por qué pedistes tan poco?
Doña Melitona se encogió de hombros:
—Mi conduta no valía más—contestó.
Salomón
Parecía que estuviese lloviendo fuego. Los tostados, achicharrados pastos de la pradera, presentaban un color amarillo ictérico y el camino que la cortaba diríase cubierto con un tapiz de cenizas. Como hasta la atmósfera dormía la siesta, el silencio era absoluto.
Sin embargo, Salomón proseguía la marcha por el camino polvoriento, con aire indiferente, como si la atroz inclemencia solar no tuviese acción ninguna sobre su organismo hercúleo.
Llegado a la vera de un arroyito de lecho pedregoso, por el cual corría un hilo de agua cristalina, desmontó y quitó el freno a su yegüita lobuna, la cual, rápidamente, fué a sumergir su belfo reseco en la linfa incitante.
El viajero se refugió a la sombra de un tala, menguado en altura pero abundoso en ramaje, y empezó a desprenderse, con calma, sin apuro, de la escopeta que llevaba en bandolera y de dos voluminosas alforjas de cuero, depositándolas al pie del árbol. Luego quitóse la “cazadora” de pana, raída, descolorida, que llevaba usando, invierno y verano, desde cinco o seis años atrás.
Esto hecho, encaminóse hasta el regato y echándose de bruces bebió con una avidez capaz de darle envidia a la jaca lobuna. Retornó en busca de la sombra del tala, y, tras un reposo de media hora, cargóse de nuevo con las alforjas y la escopeta y reanudó la marcha, a pie, por el camino soleado. Detrás suyo seguía, dócil como un perro, la yegüita.
Aquel espectáculo, extraño en nuestra campaña, era familiar a las gentes del pago. Raro era el día del año en que algún vecino no lo encontrase, vagando por los caminos, tanto en invierno como en verano, con igual desdén por las lluvias que por los soles.
Y era casi infalible que el vecino se descubriera, expresando con respeto un:
—Buenos días, don Salomón.
Las más veces el viajero permanecía inmóvil, con el sombrero en la mano, algo cohibido, y como el otro sabía que esa actitud era indicio de una súplica, apresurábase a facilitarla, preguntando:
—¿Qué hay de nuevo por su casa?
—Estee... sabe... se me ha descompuesto la desgranadora de maíz.
—Bueno, bueno; mañana la arreglaremos... ¿No hay nada más descompuesto en casa?
—Nada más, don Salomón.
—¿Y la patrona?
—Siempre juertaza, gracias a Dios.
—¿ Y los cachorros?
—Lo mesmo.
—Bueno, hasta mañana.
Algo más lejos, la escena se repite con otro pasajero que se cruza:
—¿Qué tal, don Domingo?...
—Cusí, cusí, dun Salamón... Mi dentrú la peste a lu tumate e pensaba ir da osté...
—Está bien; hoy es lunes; el miércoles voy por allá.
Y prosiguió el viaje para detenerse frente a unos ranchos situados a cosa de una cuadra del camino. No obstante su impedimenta, Salomón pasó por entre dos hilos del alambrado, con agilidad insuponible, su macizo corpachón. Una bandada de perros le salió al encuentro, ladrando furiosamente, como ladran y embisten los perros gauchos al viajero pedestre, porque no conciben que se viaje a pie en el país de los caballos. Pero fué simple amago: en el pago no moraba ninguna persona ni ningún perro que no conociera y quisiera al “rubio grandote y bueno”, al cual, quien más, quien menos, en una o en otra forma —y a veces en varias—, debían algún servicio. Entre esos mismos perros había dos que eran deudores suyos: un barcino grandote, al cual empatilló y curó con arte de perfecto cirujano una pata quebrada por la coz de un potro; y una perra leonada, dejada por muerta, con las tripas de fuera, por el cuerno aguzado de un toro serrano...
Lejos, pues, de morderle, los perros le formaron escolta, acompañándole, entre saltos y gritos alegres, hasta el guardapatio del rancho donde lo esperaba toda la familia, una caterva, en que aparecían mezclados viejos y viejas de cabellos de escarcha, mocetones robustos, garridas mozas y el cardumen de pequeñuelos.
—Vamos a ver a la enferma —dijo Salomón para dar término a los agasajos que le tributaban grandes y chicos.
La enferma era una vieja máquina de coser, una de las Singer precursoras, La observó, y dijo mientras buscaba unas herramientas en una de sus alforjas de cuero:
—Achaques de la vejez... Pero vejez sólida; le pondremos un remiendo y' todavía seguirá tirando por algún tiempo.
Efectuadas las reparaciones, disponíase a partir cuando Sandalio, el jefe de la familia, le dijo tímidamente:
—Si no le juese mucho incomodo...
—Pida no más.
—Sucede que le arriendé un potrerito al pulpero Fernández, y si usté quisiera escrebirme el contratito... Truje el papel...
—Venga.
En un santiamén quedó redactado el contrato.
—¿No quiere tomar aleuna cosa, don Salomón?...
—No, gracias; tengo que ir a lo de Camacho, que tiene un chico muy enfermo...
¿Quién era este extraordinario personaje, con aspecto de mozo de cordel?
Para todos un enigma. Ejercía de curandero y sus curas notables, al par que sus sentimientos humanitarios y su desinterés y sus múltiples habilidades, lo habían convertido en el ídolo de toda la comarca.
Sólo los médicos lo detestaban, y con sobrada razón, porque ninguno de los varios que habían ido a establecerse allí pudo resistir la competencia de Salomón. Es sabido que la casi totalidad de los médicos que van a establecerse a la campaña son o jóvenes reción doctorados, faltos de experiencia, o —más frecuentemente— viejos fracasados por incapacidad o negligencia. Eran incontables los casos de enfermos que tras el desahucio de aquéllos habían revivido en manos de Salomón.
Varias veces denunciado a la justicia por ejercicio ilegal de la medicina, había logrado ser absuelto gracias a sus prestiglos entre toda la población, incluso las autoridades locales.
Pero llegó al pago un viejo facultativo napolitano que había recorrido toda la república con deplorables resultados pecuníarios y con otros profesionales no menos deplorables. No logró un solo cliente. Furioso, en su despecho y en su miseria, persiguió al curandero hasta conseguir que el Consejo de Higiene le aplicara una multa.
Salomón pagó sin protestas y sin dejar por eso de seguir ejerciendo su profesión.
Vino una segunda multa, duplicada, por reincidencia, y observó la misma conducta.
El napolitano, cada vez más exacerbado, proSiguió implacable la persecución, hasta conseguir que Salomón fuese encarcelado. Se comprobó que el curandero empleaba los yuyos “para despistar”, empleando, en realidad, los medicamentos farmacéuticos, especialmente sueros y alcaloides. El secuestro de un arsenal quirúrgico completo, corroboró la denuncia sobre numerosas operaciones realizadas por el audaz aventurero.
Requerido si tenía algo que alegar en su defensa, Salomón se limitó a decir:
—Todos los cargos son ciertos; pero ninguno de ellos constituye delito.
—¡Ya lo dirá el Juez! —respondió el napolitano frotándose las manos con expresión de vencedor.
Tranquilamente, pausadamente, el curandero desabrochó la raída cazadora de pana y extrajo del bolsillo interior unos papeles amarillentos, que extendió ante el Juez.
Observólos éste con toda prolijidad, y luego expresó:
—Y bien. Esto comprueba que usted se llama Arturo Meyer, y nada más.
¡—Perdón, señor Juez. Demostrada mi identidad, me queda por presentar este otro documento.
Y aportó un pergamino amarillento, que el magistrado leyó con manifiestas muestras de asombro: era un diploma —en perfecta forma— expedido por la universidad nacional, concediéndole el título de “médico-cirujano”.
—¿Por qué, siendo médico, se ha hecho pasar usted por curandero?...
—Para tener clientela —respondió Salomón, enfundando sus documentos—. Los campesinos les tienen miedo a los médicos, porque, en general, son ignorantes y explotadores...
La comarca embrujada
En las más de doscientas leguas de perímetro de la sección existían tres puntos de referencia que ningún comarcano ignoraba: los “Ombuses del Alto Grande”, la “Azotea Embrujada” y la “Madriguera de los Acosta”.
Los dos primeros constituyen evocaciones de leyendas.
Los “Ombuses del Alto Grande” son siete y son enormes: tam enormes que no obstante mediar más de diez metros entre uno y otro, las gruesas raíces superficiales se entrelazan formando como un ovillo de monstruosas culebras; y arriba, en muchas partes, se mezclan las ramazones. Observado de cierta distancia el grupo aparece como un árbol solo, un ombú de dimensiones fabulosas, acaso milenario, que domina la altura con su mole imponente, siempre verde y siempre inmóvil.
Unos metros al norte de los ombúes, veíanse vestigios de cimientos de piedra, de un edificio que debió ser igualmente enorme y cuya desaparición databa de tantos años, que ni los abuelos de los actuales abuelos conservaban de él otro recuerdo que el de los ombúes y los fundamentos graníticos.
¿Quién fué el morador de aquella formidable vivienda con tantas habitaciones y tan complicada distribución, que sugería la idea de un monasterio fortificado?
La fantasía de los viejos comarcanos, herederos de las leyendas —¡quién sabe cuántas veces deformadas y complicadas!— de sus lejanos ascendientes, sólo coincidían en que fué aquél el nido recio, áspero, inexpugnable, de un señor, cacique o caudillo, anterior o posterior —probablemente anterior—, a la conquista, de un poderío, de una soberbia y de una crueldad como no existió otro, en tiempo alguno, sobre tierra americana.
De cualquier modo que sea, lo cierto es que los paisanos, impotentes para despojarse de lasuperstición heredada, tratan de pasar siempre a distancia prudencial de aquel sitio de misterio, y ni aún en las ardencias de los mediodías asoleados se atreven a buscar el reposo de la sombra sin igual de los “Ombuses del Alto Grande”...
Siguiendo hacia el este, a una distancia —unánimemente reconocida en el pago— de siete leguas cabales, en medio de una prolongada llanura, se conservan aún firmes, resistentes a los vendavales y toda la acción destructora del tiempo, los cuatro muros de la “Azotea Embrujada”.
Dichos muros, que no miden menos de sesenta centímetros de espesor, están construídos con grandes bloques de piedra bruta asentados en barro.
Las paredes que miran al norte, sur y este, presentan cada una la correspondiente abertura de ventanas estrechas y que por las dimensiones y la altura a que están colocadas, más que ventanas semejan mechinales y las tres se encuentran herméticamente tapiadas por las zarzas hirsutas crecidas en los quicios.
Al oeste se abre la única puerta exterior, en gran parte obstruída por un grueso, torcido y espinoso tala.
De la techumbre ya ni rastros quedan y en el interior de la sombría morada crecen con injuriosa lozanía los yuyos malos...
Ocurre con respecto a esta recia tapera, seguramente centenaria, algo parecido con el origen y la historia de la presunta fortaleza del “Alto Grande”.
Nadie sabe quiénes la edificaron, ni cómo vivieron, ni por qué maleficio llegaron a desaparecer sin dejar ni vestigios de su existencia real, que debió ser satánica y perversa, entregada a las malas artes y devoradas hasta en el recuerdo, por la justicia divina.
Lo que sí saben positivamente todos los moradores del pago, es que la azotea está embrujada.
Se cuentan por centenares las personas que pueden dar testimonio de las cosas extrañas, amedrentadoras, que pasan, de tiempo en tiempo, dentro de aquellos muros fatídicos.
En ciertas épocas del año, principalmente en invierno y si en la gestación de una tormenta coinciden el sábado y el día 7 de un mes, las manifestaciones satánicas adquieren allí magnitud aterradora.
Luces verdosas brotaban del interior de la tapera y detonaban en el espacio con marcado olor a azufre.
Merced a esas luces, fugitivas como relámpagos, veíanse numerosos ñacurutús, cinco veces más corpulentos que los comunes, de pie e inmóviles en lo alto de los muros.
Ruidos terribles “como de una tropa de carretas que cargadas con fierros bajara al trote por la falda de un cerro pedregoso”, pretendiendo inútilmente ahogar los desgarrantes quejidos femeninos que escapaban del antro infernal...
Entre los Ombúes y la Azotea, en punto perfectamente equidistante, estaba situada la “Madriguera de los Acosta”, ranchería que aunque poblada por seres de carne y hueso y perfectamente conocidos, no escapaban al ambiente macabro que expandían por el contorno las ruinas mencionadas.
El primer rancho lo edificó, con menos prolijidad que un hornero su cúpula de barro, Camilo Acosta, mocetón fornido y malencarado que un día cayó al pago, donde nadie le conocía, acompañado de una joven y linda morocha.
Nadie trató de inquirir con qué título poblaba, ni el hecho causó sorpresa, por cuanto aquel extenso predio pasaba por bien mostrenco, dado que nunca se le conoció dueño; y si antes que Acosta ningún audaz se atrevió a tomar posesión del campo, fué sólo por falta de suficiente audacia para afrontar la vecindad fatídica de las dos taperas.
Acosta, que no había llevado más hacienda que una tropilla de caballos flor y tres lecheras, vivía misteriosamente, sin trato alguno con sus comarcanos. A menudo desaparecían él y su mujer, permaneciendo ausentes por largos meses.
Esto ocurrió hasta el día en que Isasia, la pastora salvaje, alumbró mellizos; desde entonces ella no volvió a seguir a su hombre en las misteriosas desapariciones.
Al año siguiente Isasia tornó a tener mellizos; y al precedente igual. Los seis cachorros cerriles, todos varones, crecieron aislados en aquella cueva de leones, donde rarísima vez llegaba algún forastero extraviado, quien ante el aspecto huraño e inhospitalario del rancho y sus moradores, apresurábase a continuar el viaje.
La prole fué creciendo y a medida que crecían iban acompañando al padre en sus misteriosas ausencias. Al regreso de una de ellas, Alodio, uno de los mellizos primogénitos, se puso a edificar un rancho frente y cercano al paterno. Poco después montó a caballo una noche y a la noche del tercer día regresaba con una china en ancas.
El mismo hecho fuese repitiendo a intervalos casi regulares: cada uno de los varones edificaba su morada y traía su compañera, elegidas no se sabe dónde. Ninguno de esos ayuntamientos fué celebrado con ceremonia ni fiesta de clase alguna; y otro tanto ocurría con los nacimientos que se producían atestiguando una común prolificidad.
Los siete ranchos, diseminados sin orden entre las talas que salpicaban el montículo pedregoso, desbordaban en pergenios que crecían juntos, confundidos, y al terminar la lactancia, ni ellos reconocían a sus madres ni sus madres los reconocían a ellos: lo mismo que en las majadas los corderos con las ovejas.
Nunca hubo en la madriguera, sin embargo, reyertas de importancia: la indiferencia animal y el común desamor en que vivían, excluían susceptibilidades, pujos de preminencia y escozor de agravios. Sociedad basada en individualismo feroz, cada cual tenía lo que sus fuerzas le daban y sus voluntades no tenían más valla que la voluntad de otro más fuerte.
* * *
Un acontecimiento imprevisto fué a turbar la paz feliz de la madriguera.
Al alba de una noche de horrenda tormenta, Isasia se dirigió como de costumbre al corral de las lecheras. Reinaba aún densa obscuridad, pero los ojos felinos de la vieja advirtieron que estaban allí, tiritando de frío, echadas sobre el suelo de fango estercoloso, la “barcina reyuna”, la “yaguanesa renga”, la “bragada mocha” y la mora en calostros... Pero había, además, una vaca ajena y desconocida, una vaca grandísima, blanca como escarcha, armada de imponente cornamenta y que la miraba con enormes ojos rojos como brasas de ñandubay.
—Esta la ha traido el temporal, pero si tiene ubre la viá ordeñar lo mesmo —musitó Isasia.
Ubre tenía, la vaca blanca; una ubre enorme y repleta. La vieja observó, sin asombro ni miedo, que la lechera estaba sólidamente maneada por una culebra de extraordinarias dimensiones. Como el ofidio no hizo ningún movimiento a su aproximación, la mujer sonrió y dijo:
——Güeno: una ayuda no se le despresea a naides.
Y se puso a ordeñar tranquilamente. Llenó un balde y luego un jarro, que pensaba bebérselo “de una sentada”; pero en el momento en que iba a levantarse, la culebra metió en el recipiente su grande, chata y repugnante cabeza.
—Güeno —tornó a decir Isasia—; tuito trabajo carece recompensa.
Y la dejó beber tranquilamente; luego apuró el resto del contenido...
Al año siguiente se produjo el insólito acontecimiento a que hemos hecho referencia más arriba; Isasia, que a la sazón traspasaba los cincuenta, alumbró de un séptimo varón.
En tanto sus hermanos habían venido al mundo robustos y sanos, éste nació enclenque y disforme.
Tenía las piernas cortas y endebles, casi juntas las rodillas, muy separados los pies, anchos | y palmeados como de murciélago. Sobre un tronco raquítico, encorvado, casi jubiloso, descansaba la desproporcionada cabeza, de tamaño anormal, poblada de abundante cabellera roja. El rostro, ancho en la base, se afinaba para concluir en un mentón puntiagudo; los ojos grandes, denegridos, un tanto oblicuos y situados muy próximos uno de otro, al par que la nariz pequeña y fina y la boca extensa, con labios sin relieve, le daban una expresión bestial.
Llamáronle Gelasio y fué creciendo entre la repulsión de todos sus parientes, incluso los padres. Su inesperada venida al mundo y su deformidad evocaban la misteriosa lechera blanca, de ojos de fuego, maneada por la serpiente y desaparecida con las luces del día. En aquel ambiente de leyendas y supersticiones, la intervención de lo sobrenatural era aceptada sin dificultad y era para todos certidumbre que el monstruo había sido engendrado por el demonio transmutado en la serpiente que bebió la mitad del vaso de leche de la vaca blanca.
La caterva de la madriguera llegó a cobrarle miedo, y el miedo se convirtió en “lobinzón”.
En las noches obscuras, en efecto, el mozo desaparecía del ranchaje sin que nunca nadie haya podido verlo partir. Y cuando grandes y chicos estaban entregados al sueño, despertaban de súbito azorados por un lúgubre aullar lejano que provenía de la cerrillada breñosa interpuesta entre la madriguera y la Azotea embrujada.
Ese aullido conturbador que obligaba a la vigilia, iba intensificándose y acercándose a medida que transcurrían las horas, larguísimas horas de insomnio medroso, poblado de inquietudes, de visiones abracadabrantes productoras de espasmos. Recién en las proximidades de la aurora cesaba el aullar. Sentíase entonces en la puerta de algunos de los ranchos, furioso arañar y cuando la puerta se abría, Gelasio recuperaba su forma humana, pero abatido, exhausto, mortalmente pálido, penetraba, agachándose con la humildad de un perro que se siente culpable, e iba a echarse en un rincón de la pieza, donde, de inmediato, inmovilizábase en un sueño letárgico...
Así fué durante aleunos años.
Los comarcanos, al tener conocimiento de aquel nuevo engendro maléfico, esquivaron más que nunca aproximarse a la zona endemoniada. La impresión llegó hasta la policía, que tuvo veleidades de olfatear la madriguera en averiguación de cómo vivían aquellas gentes sin bienes ni ocupación conocida.
Mas, en esta vida efímera, todo, hasta las leyendas, tiene marcado un término. Y ocurrió que el día menos esperado, los moradores de la madriguera fueron sorprendidos por la visita de un agrimensor a quien acompañaban dos ayudantes, el Juez de Paz, el Comisario y tres guardías civiles.
El viejo Acosta recibió a los visitantes con la expresión más dura y recelosa de su rostro siempre adusto.
El agrimensor explicó el objeto de la visita:
—Como terminación de un larguísimo pleito, los Tribunales acaban de reconocer legítimos propietarios de estos campos a los hermanos Andrés, Julio y Lindolfo Benítez, y yo vengo a proceder a su mensura y proceder al desalojo de los intrusos.
—Ta bien —replicó secamente el viejo gaucho.
—Le advierto —continuó el forastero—, que tienen ustedes tres meses improrrogables para levantar sus ranchos y desalojar el Campo.
—Ta bien —tornó a decir Acosta sin demostrar emoción alguna.
La bandada de muchachos harapientos rodeó a la comitiva, observando en silencio y con expresión admirativa aquellas gentes en quienes, instintivamente, presentían enemigos.
—Así es que —prosiguió el agrimensor— nosotros vamos a instalarnos para empezar mañana la tarea.
—Disculpará, pero yo no tengo dónde darles cobijo.
—No se preocupe; yo traigo una carpa y todo lo necesario para instalarnos.
—Carne tampoco puedo darles...
—La compraremos.
—No puedo vender; semos pobres y las pocas ovejitas que tengo a gatas alcanzan pal consumo e Casa: hay muchas barrigas qu'enllenar...
—Ya lo veo —respondió sonriendo el forastero—; y todos están gordos.
—Pa eso comemos —contestó con rudeza el viejo...
* * *
Sin más explicaciones la comitiva partió. A media legua de la ranchería, a la orilla de un arroyuelo de márgenes ralamente pobladas por molles y talas, los peones del agrimensor habían armado ya la gran carpa y establecido el campamento con la prolijidad de profesionales.
El Comisario, al despedirse en compañía del Juez, advirtió:
—Tenga mucho ojo, amigo; esta gente de la madriguera es mala gente y los creo capaces de todo... Por las dudas le viá dejar un melico y si algo le acontece mandemé un chasque qu'estoy pronto pa servirlo.
—Gracias, Comisario —contestó el técnico—; yo estoy acostumbrado a tratar con esta clase de fieras y no les tengo miedo.
—Güeno, pero conviene no descuidarse, y no se olvide —continuó el Comisario con forzada sonrisa— de la tapera de los Ombuses, la Azotea Embrujada y el lobinzón.
—Vaya tranquilo; yo no creo en brujas ni les temo a los difuntos.
La noche transcurrió sin novedades y a la madrugada siguiente don Lindoro Gómez, el agrimensor, acompañado de sus ayudantes y del policiano, decidió visitar la famosa tapera de los Ombuses del Alto Grande.
Después de una prolija inspección de los vestigios de la presunta fortaleza, Gómez echó a reir y dijo:
—Ya tenemos explicado uno de los misterios: si aquí existió alguna vez una población, como parece indicarlo el grupo de ombúes, ella no estuvo jamás edificada sobre estas rocas; nunca fueron cimientos de ninguna casa sino simples estrías graníticas, como vamos a verlo.
Hizo cavar la tierra en varios sitios y apareció, a menos de un palmo de hondura, la compacta masa rocosa.
—No demoráremos en descubrir los otros misterios de la comarca —agregó el agrimensor—, y como el sol comienza a picar, aprovechemos la preciosa sombra de los ombúes para asar los churrascos del desayuno y tomar unos verdes.
Aunque con manifiesto recelo el policiano se sometió a la prueba.
Ese mismo día comenzaron los trabajos de mensura y la semana transcurrió sin novedades.
Pero al lunes siguiente se desencadenó repentinamente una tormenta formidable que obligó al equipo a permanecer bajo la carpa. El Comisario, que había concurrido a visitar al huésped e inquirir si algo se le ofrecía, cediendo a las instancias de aquél accedió a cenar y pernoctar en su compañía. Dos milicos acompañaban al funcionario policial, llevando consigo, entre las abundantes provisiones solicitadas por el agrimensor, un hermoso capón de “cola chata” y una damajuana de vino, de modo que la cena se convirtió en banquete.
A las nueve de la noche, sin embargo, cediendo al hábito, los peones y los policías dormían a pierna suelta. Gómez, su ayudante y el Comisario prolongaron la velada, “cimarroneando”, ahuyentando el frío con tragos de buen coñac y el sueño con amenas pláticas. Como forzosamente tenía que ocurrir, saltó el tema de los embrujamientos de la comarca. El Comisario aceptó la explicación del misterio de la tapera de los Ombúes, pero cuando el agrimensor aseguró que lo de la Azotea Encantada era otra superstición idéntica, manifestó sus dudas diciendo:
—Disculpemé, yo soy un paisano bruto, pero no me llevo de cuentos ni me sé asustar muy fácil... Una noche me resolví a ver por mis ojos y oir por mis oídos las cosas fantásticas que me contaron cuando recién llegué al pago.
—¿Y fué?
—Fuí. Era una noche asina como esta, de tormenta, de truenos y tan escura que uno iba marchando y no vía ni las orejas del mancarrón... Nos apiamos bajo unas talas que hay como a veinte varas de la tapera... y esperamos... Pasó cuasi como una hora y en un redepente nos solprendió un estampido como si hubiese reventao un cajón de municiones. Una gran llamarada se alzó d'entro las ruinas. A lo primero las llamas eran rojas pero dispués s'hicieron verdes y largaban un jedor de fólforo que nos volteaba... Luego siguió un ruido de fierro que ensordecía y cuando concluyó el ruido escuchamos unos lamentos desgarradores de mujer; unos lamentos que hacían poner los pelos de punta...
Gómez, que había escuchado en silencio el largo relato del Comisario, encendió un cigarrillo, echó una humada y preguntó con indiferencia:
—¿Y ustedes no entraron en la tapera?
El Comisario enrojeció, tosió, bajó la vista y al fin dijo con heroica sinceridad:
—No; confieso que tuve miedo...
—¿Y se marcharon?
—No, señor; quedamos hasta que vino el día; y dispués nos retiramos al bajo, sin perder de vista la tapera...
—¿No vieron salir a nadie de allí?
—A nadie.
—¡Es claro!
—¿Es claro qué?
—Nada; es una reflexión que me hacía... ¿Otra copita de coñac, Comisario?...
—Si se empeña...
Bebieron, y el agrimensor, siempre calmoso, interrogó:
—¿Qué clase de gentes son esas de la madriguera?
—Con verdá no podría responderle. Hace muchísimos años que viven aquí y son unos salvajes que no se dan con naides,
—¿De qué viven?
—Tienen hacienda. Y asigún dicen tropean pal Brasil y ganan plata. Acá naides les ha inculpao nunca ningún delito...
Apenas había terminado su frase el Comisario, cuando un estampido formidable lo hizo saltar de su silla, pálido y azorado.
—Ya encomienza.
—Me alegro —contestó sonriendo Gómez—; me alegro. Lo presentía y exprofeso dejé mi caballo atado del cabresto. Voy a ensillar; espéreme aquí.
—Si quiere lo acompaño, pero mire, le aconsejo...
—Espéreme aquí, Comisario. Me conviene ir solo, para descubrir este otro misterio, que ya casi lo tengo descubierto.
Y sin decir más, verificó si el revólver estaba bien cargado, cogió su wínchester y salió de la carpa.
* * *
Cuando regresó era ya día claro.
El Comisario, que había dormitado vestido, le esperaba con el mate pronto.
—¿Descubrió algo? —fué su primera pregunta.
—Todo —respondió complacido el agrimensor— y hoy mismo tendrá usted oportunidad de comprobar en qué consiste y qué objeto tiene el misterio... Le ruego se traiga hoy mismo el Juez y un par de vecinos para efectuar un registro en la Azotea Embrujada.
Aunque no del todo convencido, el Comisario no podía desoir el pedido sin faltar a sus deberes y sin dejar traslucir su recelo; y poco después de mediodía regresaba al campamento con la comitiva solicitada.
Gómez, acompañado por su ayudante y dos peones, se les unió, emprendiendo inmediatamente la marcha hacia la fatídica tapera.
Al ir acercándose, el primero hizo observar unas huellas de cabalgadura, bien visibles en el suelo ablandado por las lluvias.
—Por lo visto —exclamó—, los demonios modernos viajan a caballo.
La recelosa aprehensión que dominaba más o menos a los comarcanos de la comitiva se acentuó llegado el momento de penetrar en el sitio infernal. Sin embargo, la actitud resuelta de Gómez hizo que, de Comisario abajo, todos le siguieran.
Como antes dijimos, un gran tala medio obstruía la única entrada a la tapera; venía de inmediato un yuyal tan espeso y alto que parecía invadirlo todo, no dejando ver ni rastros del paso de un hombre. Sin embargo, Gómez advirtió que a la entrada, contra el muro de la izquierda había un montón de ramas si no secas, bastante marchitas. Quitadas éstas apareció, siempre contra la pared, una senda bastante ancha y trillada.
El misterio empezaba a desvanecerse.
La senda llegaba hasta algo menos de la mitad del local, y allí también concluía la lujuriosa vegetación herbácea, cuyo objeto evidente era establecer espesa cortina entre el laboratorio demoníaco y algún presunto curioso.
El espacio libre de yuyos estaba casi atestado con pilas de cueros vacunos y lanares, sacos de café, fardos de tabaco y otras mercaderías, todas protegidas por unas planchas de zinc.
En un rincón había una gruesa cadena de hierro que debía tener cinco o seis metros de longitud. Cerca, un cajón, cuya tapa levantó Gómez cerciorándose de que estaba casi lleno de azufre en polvo; próximo un tronco de coronilla horadado en forma de mortero...
El agrimensor lanzó una carcajada y señalando los tres objetos mencionados, exclamó:
—El utilaje de estos diablos o brujos, no es, como pueden verlo, muy complicado, El mortero, el azufre, unas libras de pólvora y un fósforo bastan para producir las formidables explosiones y las humazas verdes; las cadenas, sacudidas por un par de hombres vigorosos, imitan muy bien los ruidos infernales; y en lo tocante a los lamentos y los quejidos desesperados, los sabe simular perfectamente cualquier mujer sin necesidad de muchos ensayos... Ahí tienen explicado el pavoroso misterio; y en cuanto a su objeto lo está diciendo claramente la mercadería acumulada.
Y luego, dirigiéndose al Comisario:
—Ahora, sólo le falta echarle el guante a los habilidosos contrabandistas, que, estoy casi seguro, han de ser al mismo tiempo, unos famosos cuatreros.
En la madrugada del día siguiente, el Comisario, en compañía de un sargento y cuatro policianos armados de sable y carabina —precauciones justificadas—, rodeó la madriguera.
No encontraron allí más hombres que el viejo Camilo y el contrahecho Gelasio...
El viejo recibió a los visitantes sin demostrar extrañeza ni temor. Al preguntar el Comisario por los hijos y los nietos Mayores, respondió impasible:
—¡Qué sé yo!... Tuitos son grandes pa que yo los gobierne.
El minúcioso registro efectuado en la ranchería no descubrió nada sospechoso, y la policía se retiró dirigiéndose a la “Azotea Embrujada” para incautarse de los contrabandos descubiertos, y grande fué la sorpresa de todos al ver que no quedaba allí nada más que la cadena de hierro, el mortero y el cajón de azufre: los cueros, los sacos de café y los fardos de tabaco habían desaparecido como por arte de encantamiento...
Dos semanas después el Comisario llevó a cabo una segunda investigación en la madriguera, y grande fué su asombro al encontrarse con la ranchería desierta.
Artera, sigilosamente, a estilo de los rapaces que saben descubierto el nido, la tribu de los Acosta desapareció sin dejar rastros.
¿Dónde fueron?...
Nadie nunca lo supo; pero es justicia decir que tampoco nadie hizo mayor esfuerzo para averiguarlo. El agrimensor Gómez demostró que la fantástica fortaleza del Alto Grande no había existido nunca y que la sombra de sus ombúes no tenía nada de maléfica; puso en evidencia el origen y el objeto de las terroríficas sesiones infernales de la “Azotea Encantada”, que no volvieron a conturbar el espíritu comarcano, como no volvieron a oirse los aullidos del lobinzón... pero las supersticiones, hijas de la ignorancia, tienen raíces centenarias que sólo un instrumento puede extirpar: La Escuela.
Sin palo ni piedra
Es el Pipirí un arroyuelo insignificante, plácido, casi lampiño y que da la impresión de un joven exangüe, agobiado por un mal constitucional incurable.
Sobre el llano, de muy leve declive, las aguas blanquísimas parecen inertes, tan grande es la pereza con que van marchando hacia la confluencia. Se diría que expresamente dilatan el término inevitable de su apacible andar, horrorizadas con la perspectiva de mezclarse a las masas briosas del gran río, que, en impetuoso galope van a choca con las duras aguas marinas.
En sus márgenes, vénse, de trecho en trecho, raros bosquecillos de sauce, que acrecientan la melancólica fisonomía del paisaje.
A un centenar de varas del arroyo, hay una casita de muros muy blancos y de techos de teja ensombrecida por la acción del tiempo.
Al frente se yergue, como celoso guardián, un opulento paraíso; y tras un modesto jardincillo, se extiende la huerta, con escasos árboles frutales, viejos también, casi improductivos. Una lujuriosa madreselva, de ramas gruesas, negras, nudosas, se eleva, retorciéndose hasta el alero de la techumbre y se desparrama por la fachada, prediéndose a los barrotes de las rejas de las ventanas.
Un gran silencio reina de continuo en aquella casa, que parece estar en duelo o habitada por algún enfermo grave. Hasta el viejo perro canelo que dormita junto a la puerta principal, cumple sus deberes de guardián anunciando la aproximación de los forasteros con discreto y apagado ladrido...
En una tarde de otoño, cuyo cielo pálido aumentaba la melancolía del lugar, una joven paisana, extremadamente bella, sentada en un rústico banquito, al pie del paraíso, cosía.
Su rostro, de finas facciones, denotaba honda tristeza; una de esas tristezas serenas, que tienen origen remoto, que anidan en las almas una tristeza crónica, pertinaz, incurable, que ser manifiesta especialmente en el subrayado violeta de los ojos y en el pliegue amargo de los labios.
Habría transcurrido un cuarto de hora cuando apereció en la puerta un joven de mediana estatura, magro, muy pálido, casi lampiño. A paso lento, fatigoso, se acercó a la paisana, quien, al verlo, se levantó ofreciéndole solícitamente el banco.
—¿Querés sentarte?...
—No—respondió con voz áspera; y luego con violencia:
—¡De lo que tengo ganas es de acostarme!
—¿Te sentís mal?... ¿querés que te prepare la cama?—preguntó ella cariñosamente.
Y él, con mayor agriedad:
—¡No!... ¡Tengo ganas de acostarme allí, al lao de los sauces, bajo tierra, pa siempre!...
—¡No digas locuras, José!... ¿Te sentís incomodao?...
El mozo, recostado en el tronco del paraíso, guardó silencio se pasó la mano por la frente, y al cabo de unos segundos respondió con angustia:
—Vengo de hablar con Pancha... me dijo qu'era al ñudo, que su padre se había encaprichao en no dejarla casar conmigo...
—¿Siempre con el mismo pretesto?
—Siempre el mesmo: que no soy bastante rico pa'ella...
—¿No le dijiste que yo te cedía mi parte, que todo el campíto la población, l'hacienda, todo era tuyo?...
—Le dije, y ella se lo dijo y él respondió que tuito junto no le alcanzaba pa la ración de un pasajero!...
La joven paisana tornóse todavía más pálida; hondo suspiro escapó por sus labios exangües y sus bellos ojos se llenaron de lágrimas.
Penoso silencio los envolvió durante largo rato. Al fin la joven, serenada por violento esfuerzo de voluntad, exclamó:
—Tené paciencia hasta mañana... ¡Yo te prometo que mañana don Valentín dará su consentimiento!
* * *
Carmen tenía dieciséis años y doce José cuando murió su padre, reventado por su caballo en una rodada.
La madre había fallecido varios años antes y Carmen, desde niña cargó con toda la responsabilidad de la administración doméstica. Sin más ayuda que la escasa de una vieja peona, debió atender las necesidades caseras, incluso el cuidado de su hermanito, un muchacho débil, enfermizo, que mordido por la tuberculosis, mostrábase siempre díscolo, agrio, triste y violento.
Al fallecimiento del padre, ella tuvo que hacerse cargo de la administración del establecimiento, y consagrada heroicamente en ese doble deber, se olvidó de sí misma. Vivió enclaustrada y rechazó a cuantos pretendientes se le ofrecieron, haciendo el sacrificio de su juventud en aras del amor fraternal.
Había cumplido veinticinco años resignada, tranquila, cuando un grave conflicto doméstico se presentó de imprevisto: José, quien ya en la mayoría de edad continuaba siendo el mismo niño enfermizo, irritable, se enamoró violentamente de Pancha, la hija de un rico estanciero, Valentín Gutiérrez. Ella correspondió a su amor y durante un tiempo las cosas marcharon sin tropiezos. Don Valentín, prototipo del hombre sin dignidad, devorado por todos los vicios, no se preocupó de los amores de su hija, como no se preocupaba de su infeliz esposa.
Pero, llegó un día en que conoció a Carmen y no tuvo escrúpulos en hacerle las más infames proposiciones, que la joven rechazó indignada. Él rió cínicamente ante el insulto.
—¿Adonde irás, paloma, que no te coma este gavilán?—dijo.
Y se decidió a explotar el cariño de Carmen por su hermano, poniendo canallesco precio a su asentimiento al matrimonio de aquel con Pancha...
Al día siguiente de la escena del paraíso, muy de mañana, mientras José dormía aún, rendido tras una noche de doloroso insomnio,—disponíase a ir a la estancia de Gutiérrez, cuando la vieja peona le anunció la visita de aquél. Lo recíbió inmediatamente.
El estanciero, que había pasado la noche en la pulpería, jugando y bebiendo, llevaba una faz más lasciva y repugnante que nunca. Carmen, armándose de todo su valor, le dijo afablemente:
—Me alegra su visita, don Valentín.
—¡Vaya!... ¡vaya!... ¿Comienza a ablandarse?...
—¡Deseaba verlo para rogarle que no sea cruel y deje casarse a esos dos muchachos que se están muriendo de amor!...
—¡Si no me opongo, prenda!.... ¡Pongo nomás una condición, y justa, porque yo también m'estoy muriendo de amor por usté!
—¡Sea bueno, don Valentín!
—Emprencipíe por ser güeña usté y yo sigo el movimiento...
—¡Se lo pido por su madre!
—¡Si yo ya ni mi acuerdo de la finada mama!...
Hubo un angustioso silencio. Luego, Carmen, con voz lúgubre, preguntó:
—¿De modo que el único medio de que usted permita el matrimonio...
—¡Es que vos correspondás a mi cariño!...
—¡Sea!—exclamó con firmeza la heroica joven—Puesto que no hay otro medio de salvarle la vida a mi hermano, sea!... ¡Pero sepa que lo detesto, que le tengo más asco que a una osamenta!...
Loco de alegría, el canalla se levantó y avanzó con los brazos abiertos y el semblante babeando lujuria.
Carmen, lívida más que pálida, dio un salto atrás, poniéndose a la defensiva. Pero entonces ocurrió una cosa extraña. Don Valentín quedó de pronto inmovilizado, rígido como una estatua. Su rostro adquirió súbitamente la blancura del mármol. Nubláronsele los ojos, contrajéronsele los labios en una mueca horrible, y su cuerpo se desplomó sobre el pavimento con la violencia de un gran árbol hachado...
Algunas veces el alcohol hace obra buena.
Más oveja que la oveja
Y sin hacerse rogar más, don Indalecio comenzó de esta manera:
—La justicia lo condenó pa treinta años... Yo no sé; ninguno de nosotros sabemos de esas cosas, porque la ley es muy escura y más enredada que lengua de tartamudo... pero pa mí qu’el pobre Sabiniano no era merecedor d’esa pena... ¿A ustedes que les parece? ...
—¡Qué nos va a parecer!... ¡Que p’abrír sentencia carece conocer el hecho; y hast’aura usté, se lo pasó escarsiando sin largar la carrera!
—Jué cosa simple. A Graciana, la mujer de
Sabiniano, se le antojó un día que se juese a comprar una botella'e miel de caña ...
—¿Se habrá cansao de la caña con ruda?
—No interrumpás... Ella dijo que se l’había mandao la entendida p’al mal de riñones, por culpa del cual se l'hinchaban bárbaramente los pieses.
Ese día era domingo, llovía como mundo, la pulpería distaba tres leguas, y Sabiniano había largao la víspera su lobuno cansadazo dispués de haber trabajao de sol a sol en el aparte del Rodeo Grande de la Estancia.
—«Tené pasencia hasta mañana —propuso él; y ella, enfurecida, l'escupió esto:
—«¡Siempre has de ser el mesmo cochino!... ¡Sos capaz de dejarme morir por no tomarte una molestia y gastar unos centavos pa mi salú!... ¡Y eso que yo echo los bofes pa servirte como si juese una piona! ...
Sabiniano recordó que desde veinte días atrás llevaba la misma ropa interior porque su mujer «no había tenido tiempo» de lavarle y plancharle otra muda; y que tuvo que coser él mismo el rasgón que le hizo una «uña de ñapinday» mientras «leñaba» en el monte; y que la mayor parte de los atardeceres, cuando volvía cansao del trabajo, tenía que hacer juego y calentar la comida, porque ella cenaba temprano pa tener tiempo de dir a casa de alguna comadre de la ranchería pa prosiar desollando vivos a conocidos y conocidas...
Recordó tuito eso y otras cosas más, y le pasó por la vista una nube color de brasa de ñandubay...
—¿Y ai no más se le jué al humo?
—No. Sofrenó el pingo. Se levantó, ensilló el lobuno y salió tranquiando pa la pulpería.
El caballo estaba muy cansao y Sabiniano lo mesmo: jueron dispacito, y cuando pegaron la güelta ya diba cayendo la tarde.
Llovía mucho, y llovía con viento. Las ovejas, buscando reparo, caminaban sin rumbo, idiotamente, y muchas, desamoradas, dejaban abandonados y perdidos entre las malezas a los corderos recién nacidos.
Uno de esos corderitos le salió al encuentro en el camino y comenzó a seguirlo, balando desesperadamente, temblando de hambre y de frío el pobrecito.
Lo siguió cerca de una legua y, al fin, a Sabiniano le dió lástima; se apió, lo alzó, lo puso por delante y lo tapó con el poncho.
—¡Güen corazón, Sabiniano!
—Gaucho a l’antigua... Cuando su mujer lo vído llegar con el corderito, s’encrespó como gallina culeca y prencipíó a gritar:
—«¿Qué pensás hacer con esa basura?... ¡Siquiera sirviese p’al asador!
—«Lo vi’a criar gaucho, pobrecito.
—«¡Eso es! ... ¡Pa que me quede un poco menos de la poca leche que dá la única tambera que me has traído!... ¡Cuando yo digo que sos un cochino que me querés hacer morir de hambre!...
Sabiniano no dijo nada, y Graciana agarró la botella’e miel de caña y, sin darle las gracias, se jué p’adentro, echando más maldiciones que un carrero a quien se le quiebra el eje en un pantano...
El caso jué que Sabiniano siguió cuidando el guacho como si fuese un hijo propio, y era una distración pa’él y un consuelo de las perrerías de su mujer. Y el guacho perecía mesmo una criatura agradecida; en cuanto lo via, disparaba saltando ’e contento y diba acariciarle las piernas con el hocico...
—Muchas veces los animales son más agradecidos que los cristianos.
—Muchas veces. Güeno: una ocasión, al volver del campo a medio día, Sabiniano se sorprendió al ver el macanudo cordero al asador que su mujer sirvió pal almuerzo.
—«¿De ande has sacao ese cordero? —preguntó.
—«¿De ande ha ’e ser? ... ¡De aquí no más!...
—«¿Mi guachito?
—¡Dejuro!... Una, que yo tenía gana ’e comer cordero; y otra, que no podía aguantar le tuvieses más apego a un animal que a tu mujer.»
Al óir esto, Sabiniano sintió que se le revolvía tuita la yel que le hacía tragar aquella tigra; desenvainó el cuchillo y le sumió no sé cuántas puñaladas ... ¿Qué les parece a ustedes?
—A mí me parece —respondió sombríamente el viejo Saturno— que la china Graciana era más oveja que la desamorada madre del borrego...
Añojal
Al despertar, Mardanio experimentó gran disgusto. El cuarto estaba obscuro; ni un rayo de luz colábase por las múltiples rendijas que obrecían el techo, las paredes, la puerta y la ventana de la rústica estancia. Pero había ser tarde, sin embargo. Probablemente el sol había emprendido marcha en medio de un cielo toldado aún, después de la furiosa lluvia nocturna: el sol es un mayoral experto y rígido, que no posterga la hora de salida cualesquiera sean las amenazas del tiempo.
Mardonio tenía conciencia de haber dormido mucho y avergonzábase de ello. En el transcurso de los quince años que llevaba desempeñando la mayordomía de la Estancia, jamás nadie se había levantado antes que él y cuando aparecían en el galpón los más madrugadores, siempre encontraban encendido el fuego, caliente el agua y ya enflaquecida la cebadura del cimarrón.
Se había dormido; era una vergüenza que lesionaba su prestigio de hombre capaz de los más grandes sacrificios con tal de que no pudieran tarjarle una sola falta en el cumplimiento de sus deberes.
Levantóse, se vistió someramente y abrió la pequeña ventana. Contra su presunción, el cielo estaba sin nubes y en la lejanía del horizonte una fina ceja roja anunciaba el nacimiento del día.
Salió. El galpón estaba desierto, frías las cenizas, apagado el trashoguero de espinillo. Silencio completo en las casas. Todos, hasta los perros dormían aún.
Recién entonces Mardonio respiró a gusto; y en tanto encendía el fuego y preparaba el mate, con la metódica prolijidad que empleaba en todos los actos, iba recapitulando los extraordinarios acontecimientos de la víspera.
¿Eran realidades, o simple ensoñación engendrada por la atmósfera de tormenta y el prolongado verberar del agua y del viento durante aquellos ocho días de furioso temporal?...
No acertaba a decidirlo, y tanto más pujaba, tanto más enredábansele los tientos del raciocinio. En la duda, irritóse consigo mismo.
—¡Duele errar un tiro 'e bolas, pero más duele correr por los cuestabajos, con peligro de romperse el alma, pa enlazar una fantasma!...
El sol había desabroechado los últimos velos; de la noche y ascendían majestuosamente entre el cobalto de un espléndido cielo atoñal.
Persistía el silencio. Todo dormía aún, cuando Mardonio, después de haber cansado una cebadura de yerba y agotado el agua de la pava, fué hasta la puerta del galpón y tendió la vista al campo.
Sorpredióse como quien ve inesperadamente una persona que suponía muerta desde muchos años atrás. Aquel día naciente no era uno de esos tantos que pasan como para un viajero desconocido por el camino. No; él había visto antes, en tiempo lejano, ese mismo día otoñal, blanco, luminoso y sereno.
¿Cuándo? ¿En qué oportunidad?
Una recapitación inconsciente se fué operando en su espíritu produciéndose en él algo así como el despertar después de largo sueño cataléptico.
—¡Aura mi acuerdo!—exclamó.—Han galopiao más de veinte años, y esta madrugada se me presienta acollarada con la otra, igualitas como potrancos mellizos!...
Más de dos décadas, sí. El frisaba entonces en los veinticinco, y era un gallardo mancebo, que si no poseía una elocuencia profusa no le faltaban palabras y frases precisas para expresar las ternuras de su alma.
Amó una vez sola, pero amó intensamente. Sin violencias, por natural conformidad con su espíritu, siguió siempre al pie de la letra uno de los predilectos aforismos de su padre:
—«Una sola mujer, un solo caballo, una sola pistola.»
—«No es rico quien tiene mucho, sino quien sabe guardar lo que tiene.»
En el clarear de un día de otoño, luminoso y plácido como aquel que ahora presenciara, Mardonio salía del interior de un ranchito, donde había exhalado el último suspiro su novia adorada...
Dentro de un corazón, sin exteriorizaciones de ningún género, consagró un culto a la muerta, convencido de que ninguna otra podría reemplazarla en su afecto.
Y la vida siguió su curso, con sus exigencias ineludibles. La muerta había cerrado con llave el huerto una sola vez cultivado y el mozo no tuvo nunca tentaciones de entrar en él.
De esa laya transcurrieron veinte años, monótonos, gríseos, insípidos, todos iguales.
Mas he ahí que al cabo de ellos Mardonio se vió bruscamente abocado a un nuevo conflicto sentimental. Había fiesta en la estancia. Baile en la noche. Entre las muchachas hallábase Consolación, huérfana de un puestero y que el patrón había recogido. Como era muy pobre y poco agraciada, nadie sacábala a bailar, y entonces Mardonio, compasivo, la invitó...
¿Agradecimiento?... ¿Afecto sincero?...
No entremos en análisis demasiado complecados. El caso es que Mardonio vió brotar una rama verde y vigorosa del tronco tronchado, y el que creía seco de su sensibilidad amorosa...
Se amaron. Debían casarse en breve. Mardonio, sobre todo, tenía prisa: a los cuarenta y cinco años la estación terminal del amor está muy próxima.
El sol seguía ascendiendo lenta y majestuosamente por el ancho camino azul del firmamento y todo el mundo dormía aún en la estancia.
El capataz empezaba a impacientarse en su soledad, renegando del madrugón, cuando se le presentó Consolación, quien fingiendo sorpresa dijo:
—¡Ah!... Está usté... yo iba... iba...
—¿A donde, amiguita?—contestó él con afecto.
—Es decir... yo no iba....venía...—balbuceó.
Y luego, resueltamente:
—Mire; yo vine pa esplicarme con usté... Usté es un hombre muy bueno y yo no quiero engañarlo...
El palideció un poco y respondió grave y sereno:
—Hable...
—Oiga... Yo cría quererlo, pero dispués he visto que no era posible... que usté es muy bueno, sí, pero que... ¡yo no sé cómo decirlo!... Vea y es l'único que se me ocurre: que usté me quiere, pero que se ha olvidao de querer...
¡La terrible frase!... No basta amar, es necesario saber trasmitir el amor a la persona querida. Y él no podía hacerlo. En las tierras vírgenes, un enérgico roturaje asegura el brote de la semilla; pero en los añojales la maleza la obstruye y la mata!...
Madre Desidia
I
Aún no es día claro y ya todo el mundo está en movimiento en la chacra de don Lindoro Segovia. No porque el Sol, economizando calorías, tarde en auyentar la niebla y despejar el cielo, han de alterarse los hábitos a cuyo riguroso cumplimiento débese la prosperidad del cortijo.
Fué así que medio a obscuras y a tropezones, Froilán y Elviro encendieron el fuego en el galpón para preparar el “mate hervido”, del desayuno, porque don Lindoro había prescripto en su establecimiento el “amargueo” haraganeante que reduce a la pitada de un cigarro, o el parpadeo de un bichito de luz, el largo que señala y auspicia al trabajo el gran arco luminoso que dibuja el sol desde la aurora al ocaso.
En última síntesis, la felicidad es el reposo; pero éste sólo proporciona satisfacciones efectivas a quien lo ha ganado con el esfuerzo productivo de su cerebro o de sus músculos.
Don Lindoro díjole a Froilán en la noche de un sábado:
—En la cerrillada del monte está flojo el alambrado y las yeguas de don Epifanio entran al maizal; mañana temprano agarras la máquina y vas a estirar los hilos.
—Mañana es domingo —objetó tímidamente el peón.
Y don Lindoro, con esa suprema autoridad que presta al reproche justo la moral innata, respondió reposadamente:
—Has pasado tres días de jugarreta y de borrachera en la pulpería... El derecho al domingo, al reposo, al descanso, es necesario merecerlo, ganarlo... Demasiado bueno soy proporcionándote la oportunidad de purgar tus faltas...
Era siempre así el austero labrador, cuyo corazón de coronilla ningún gusano lograría taladrar.
Jamás una acción deshonesta salpicó su alma, ni tuvo nunca una debilidad vergonzosa; y bondadoso al extremo, perdonaba debilidades ajenas, en tanto no implicaban indignidad, cobardes transacciones con el vicio, amparadas hipócritamente en pretextos de imposiciones vitales.
Se crió de peón primero, y de quintero después, en una estancia de ingleses donde las sanas cualidades de su temperamento se perfeccionaron con el ejemplo. Sobrio, laborioso, economizaba no sólo el dinero y el tiempo, sino también las palabras reduciendo éstas como aquéllas, al estricto necesario.
Esas virtudes naturales encontraron el más propicio campo para prosperar en aquel establecimiento donde el método, el orden y la prolijidad se imponían hasta en los más mínimos detalles de su funcionamiento.
Y ese espíritu de labor asidua y metódica, de perfeccionamiento y previsión, contribuyó en gran parte al éxito de su afanoso batallar.
Muy joven todavía, adquirió con sus ahorros un pedazo de campo sobre la margen derecha del Cebollatí, lindando con el campito del vasco Urtiaga. Ambas fracciones procedían de los desgarrones que continuamente iban sufriendo los vastos dominios de don Blas Hernández, desde que, tras su fallecimiento, pasaron a las manos inexpertas y disolutas de su hijo Pascual.
Cuando llegaron hasta el vasco Urtiaga, —ostra terrestre adherida a las paredes de su casa—, las mentas de la virtuosa laboriosidad de su vecino, exclamó en su pintoresca parla bilingiie:
—Pueda ser que verdad; pueda ser que mentira... Hijo'el páis, bueno, bueno pal trabajo, y honrao también, si, si.... Experiencia tengo, gente conozco; gaucho cuando arremanga, cincha sin miedo reventar lazo... Eso se, si, si... Pero también se que gaucho, en viendo naguas blancas o carpeta verde, olvida trabajo; y si corre parejero, tirar a patas caballo toda platita ganada sudor frente... Yo estimar gaucho, pero hija mía, antes cortar pedazos, echar los perros que darla esposa...
—Lindoro es un muchacho muy güeno a quien naides le conoce otro vicio que'el de no tener compasión denguna pa si mesmo, desparramándola pa los demás, sean gentes o animales —dijo en defensa del recién llegado, el viejo Anselmo, desde tiempo inmemorial Juez de Paz del distrito, amigable y eficaz componedor de todas las querellas originadas en el pago.
Y replicó el vasco:
—Palabra honrada suya yo no desmentir nunca; pero precisar verlo para creerlo... Decir no, no digo, decir sí tampoco... Un día trabajo poca, voy ensillar yegua y camino haciendo, cerrillada arriba, cerrillada abajo, voy visitar vecino...
II
—Bien trabajada tierra, bien trabajada!...
—La tierra es como las mujeres: nadie debe esperar de ellas cariños si uno no sabe tratarlas cariñosamente...
Meditó el vasco, quitóse el chambergo y después de haberse escarbado furiosamente el cráneo, dijo:
—Verdad es eso!... Verdad grandota también!... sí, sí.
Andando, mostróle el mozo un joven bosque de olivares; y al observarlo, el montañés, entre asombrado y desconcertado exclamó:
—¡Olivos aquí!... Tardan mucho en producir!... Viejo estarás cuando aceite recojas!...
Y Lindoro, con una voz solemne, solemnizada aun más por la placidez del atardecer otoñal, respondió:
—Plantar árboles es un deber humano idéntico al deber de construir un hogar y procrear. La humanidad no tiene término. Lo que no podamos aprovechar nosotros, lo aprovecharán nuestros hijos, del mismo modo que nosotros disfrutamos del esfuerzo generoso de nuestros padres.
Guardó silencio el viejo Urtiaga y luego asintió:
—Lindo hablado.
Transcurrió el tiempo y con él el acelerado progreso de la chacra de Lindoro. Las inclemencias que arruinaron a más de uno de sus vecinos, escasa mella hicieron en sus haciendas y sementeras.
—¡Animal suertudo! —exclaman con rabiosa envidia sus comarcanos—. Ni los temporales ni las secas le hacen mella!...
Pero a ninguno ocurrióseie considerar que esa “suerte”, era el producto de una labor inteligente y metódica, una suerte que podía albergar en la casa de todos aquellos que no fuesen devotos de la madre Desidia.
No advertían que si los frutales de Lindoro salían casi ilesos después de las más furiosas embestidas de los vendavales, en tanto los de los vecinos quedabam exhaustos, el milagro no debíase a injusta preferencia del destino, sino a la previsión del mozo que supo rescuardarlos con espesa y sólida muralla de eucaliptos. Y por idénico esfuerzo previsor, continuo, sistemático, su reducido rebaño daba todos los años mayor porcentaje de lana y procreo, que las grandes majadas, comidas por la sarna y expuestas sin reparo a la injuria de las intemperies.
Si sus lecheras, sus bueyes y sus caballos de labor no perdían carnes o perecían de inanición en el rigor de las sequías asoladoras, debíase a la provisión de granos y a los ensilajes —enseñanza fórmica— que le permitían contar en la escasez lo que otros derrochaban o desperdiciaban en la opulencia, confiados en la ayuda ilimitada de la divina providencia.
Sabiendo utilizar con acierto los desperdicios de la granja —que en casi todos los establecimientos limítrofes iban a parar al basurero— él criaba económicamente y en abundancia aves y cerdos, fuerte renglón de sus entradas anuales.
Y así ocurría que en tanto la mayoría de los pobladores rurales del contorno —incluso los ricos— llegaban con frecuencia a carecer de artículos de primera necesidad, como ser legumbres, huevos, manteca, quesos.
Sin embargo, los linderos insistían en atribuir la prosperidad del intruso a una tacañería extrema ayudada por una “suerte descomunal”.
Hablándose de él en una pulpería, en rueda de bebedores, alguien dijo con expresión del más profundo desprecio:
—¡Hasta aura nadie lo vido envitar ni con una miserable copa'e caña!..
—¡Qué va envitar! A mí me han contao que tuitos los días pesa hasta la ración de pasto de cada animal y que cuenta los granos de maiz que le corresponde a cada gallina.
—Al propósito de las gallinas —comprobó otro—; me han asigurao que los lunes las deja a pico seco, alegando que un día de ayuno en la semana les hace mucho bien...
—A su bolsillo!...
—Es el vecino más egcísta que hay en la sección —expresó el pulpero— ¡por sacar unos cuantos reales más, vende sus frutos en el pueblo o en Montevideo y todo lo que precisa lo trae de la capital...
—Dicen que anda por acollararse con la hija del vasco Urtiaga...
—Otro tiento de la misma lonja!...
—Sí, pero el vasco al menos suele chupar unas cuantas cuartas de vino jugando al mus los domingos.
—Y sabe convidar a los mirones, lo mesmo gane que pierda.
—Y pita también.
III
Lindoro se casó, en efecto con Martina, la hija del vasco Urtiaga; y con el aporte de ese nuevo elemento de laboriosidad, de orden y economía, la granja, duplicada en extensión territorial, adquirió mayor impulso.
Se multiplicaron las plantaciones de árboles, se utilizaron las partes serranas del dominio para formar viñedos que pronto permitieron elaborar vinos en cantidad apreciable; merced a la adquisición: de buen utilaje moderno, las sementeras aumentaron en rendimiento y la fabricación de conservas de frutas y carnes, lo mismo que de productos de lechería, permitieron adquirir nuevas tierras y extender los cultivos.
Semejante éxito, tildado de escandaloso, exasperaba cada vez más a los numerosos devotos de Madre Desidia.
Hubo un año en que Lindoro cosechó en tierra mediocre, dos mil kilogramos de trigo por hectárea, obteniendo el resultado fabuloso de cien pesos por hectárea.
Cuando el hecho fué conocido en el pago, la indignación se hizo general.
—¡Ese hombre debe tener banca con el Diablo! —exclamó un envidioso, uno de los muchos que se consolaban del escaso rendimiento de sus cosechas, jugando al naipe y bebiendo caña en las trastiendas de la pulpería.
—Fijensé —agregó otro— qu'el viejo Bermúdez, que siembra trigo dende hace más de treinta años, y que naides puede decir que sea haragán ni vicioso...
—Le pega un poco al trago...
—Le pega como le pegamos tuitos, de vez en cuando; pero naides negará que como trabajador hay que sacarle el sombrero.
—Eso sí; y a saber trabajar la tierra no le va a enseñar nada ese mocito agringao que viste traje y gorra de pana y lleva polainas de cuero en vez de botas!...
—Y en invierno usa guantes de lana, de miedo a los sabañones!....
—Y recorre el campo en charrete...
—Eso es porque de puro maturrango tiene miedo'e cáirse'el caballo.
—Por eso no más ha'e ser... Pero, como iba diciendo cuando me pialaron la palabra; el viejo Bermúdez sólo levantó cuarenta kilos por hectárea.
—¡Está visto que no hay justicia en la tierra!... Cuanti más güeno es un hombre y más agacha el lomo pa fin de ganar el puchero pa la familia, más aporriao se ve pu'el destino!...
—Siempre jué asina y asina ha'e ser hasta la fin del mundo... Hay que conformarse no más, que con calentarse y escupir rabia no se apaga ningún juego.
—Eso mesmo digo yo. El que más y el que menos tuitos los paisanos estamos curtidos a rebencazos por la suerte perra y es al santo botón afligirse... Patrón! tráiga otra cuarta de caña!...
No ignoraba Lindoro ninguna de las diatribas con que intentaban castigarlo aquellos que por falta de aptitudes, por desamor al trabajo o por culto a la desidia, encorralados en el rutinarismo que ata las manos y quiebra las alas de las fecundas iniciativas, restaban méritos a su obra reformadora, atribuyendo sus éxitos a ciegas o injustas preferencias de la suerte...
Dolíale esa general animadversión; pero como su conciencia estaba tranquila, como nada tenía que reprocharse en su honrada vida de labor, encogíase de hombros, prosiguiendo cada vez con mayor perseverancia su propósito inflexible de constante perfeccionamiento.
En la construcción de su fortuna no había lesionado ni el derecho ni el interés de nadie.
Toda vez que algún vecino iba a su casa por cualquier motivo, esforzábase en revelarles el secreto de sus éxitos; secreto bien simple, pues sólo consistía en la adopción de los métodos modernos de cultura, que cuadruplicaban el rendimiento de la tierra.
—Sí —solían responderle—, pero para eso se precisa comprar maquinarias y para comprarlas es preciso tener capital.
Y él respondía:
—El capital lo hace el ahorro. Con lo que se gasta al año en bebidas, en tabaco y en otras cosas innecesarias y hasta perjudiciales a la salud, alcanza para comprar el primer arado moderno y para adquirir semilla seleccionada. El tiempo que se pierde cimarroneando, jugando al truco o dejando pasar las horas en la holganza, empleado en arar y rastrillar bien la tierra, en carpirla con afán en guerra a muerte con los yuyos se acumulan vintenes que pagarán otros utensilios, simplificadores del trabajo y multiplicadores de la cosecha. Y el aumento de utilidades obtenido por ese primer arado, esos primeros utensilios y esa mayor consagración al trabajo, permitirán adquirir nuevas maquinarias, aumentar la producción y las ganancias y al mismo tiempo el bienestar del hogar.
Una luz de convencimiento solía entrar en el ánimo de algunos de aquellos descreídos retardatarios. Comparando la confortable morada del reformador, sus establos, sus graneros, sus aprovisionamientos en previsión de cualquiera eventualidad adversa, con la miseria de sus ranchos, sentíanse picados por el aguijón emulatorio.
¡Era lindo aquello!
El cuidado jardín que circundaba la casa encendía alegrías en el alma. ¡Cuánta diferencia entre los rientes bosquecillos de rosales, de camelias, alternando con platabandas iluminadas con el rojo de los claveles, el suave azul de los myosotis y la albura de nardos y de lirios! ¡qué diferencia con los montes de cicuta, ortiga y cepa caballo que rodeaban sus ranchos y avanzaban en ansias de clavar sus uñas en los terrones de los muros negros y carcomidos por las lluvias!... ¡Qué contraste entre los grandes bueyes que confortablemente instalados en sus establos, rumiaban con la plácida satisfacción del buen obrero equitativamente remunerado, y sus bueyes escuálidos, que al rigor de la intemperie no tienen otra recompensa a su esfuerzo generoso y paciente que escasa cena de yerbas ruines con dificultad arrancadas del campo acosado por la sequía!
Empero esa reacción duraba poco sin jamás cuajar en hecho.
—Yo ya estoy viejo para empezar —solían decir, sacudiendo la cabeza.
Y Lindoro:
—Nunca es tarde para reconocer defectos y enmendar faltas. Y si la muerte nos impide realizar la obra emprendida, lo hecho, por poco que sea, siempre será ganancia. Es necesario domar el egoísmo y pensar que aquello que no podamos aprovechar nosotros, lo aprovechará nuestra descendencia. Trabajar es la ley primera.
—¡Trabajar! ¡Trabajar!.... ¡Nosotros trabajamos de sol a sol y siempre andamos de la cuarta al pértigo!...
—Eso en vez de un mérito es una falta censurable. No merecen alabanzas las energías gastadas sin provecho propio ni ajeno... ¿Cuántos trabajan en su campo?
—Yo y mis dos hijos...
—Es bien poco.
—¡Pa dos intereses que tengo estamos sobrando!... Seiscientas ovejas, veinte vacunos y unos cuantos mancarrones!...
—Usted posee casi doble tierra que yo, que empleo, sin embargo, entre hombres y mujeres, treinta y seis personas.
—¡Es claro!... ¡Con tantos cultivos!...
—Usted también podría hacerlo, aunque fuese en escala reducida... Apostaría que usted compra leña para su consumo...
—Dejuramente!... Si mi campito es tan disgraciao que ni un mal monte tiene!...
—Ni un solo árbol tenía el mío; y hoy vendo leña; no obstante la gran cantidad que se consume en el establecimiento, mis eucaliptos en vez de mermar aumentan su producción año por año.
—Sí, pero voy pa viejo y los ucalitos tardan mucho en crecer!...
—Todavía tiene tiempo de calentarse en los inviernos de su vejez con leña sacada de los eucaliptos que plante este año... Mi suegro, que no es por cierto de los espíritus más timoratos, se rió de mí al verme plantar olivos, diciendo que acaso mis nietos comerían mis aceitunas.
—¿Y dan algo, no?
—Desde hace dos años me proporcionan con exceso el aceite necesario para el consumo; y espero que dentro de dos o tres más rindan lo suficiente para iniciar una fábrica de conservas de pescado.
—¿De pescao?... ¿De ande?
—De aquí cerquita: el Cebollatí produce una enormidad de peces de excelentes cualidades...
—Eso es, eso es! —exclamó el gaucho con tristeza— D'esa laya no nos quedará a los pobres ni el recurso de comer una tararira, ni un bagre, cuando nos falta una oveja en carnes pa carniar!
—Al contrario. Yo compraré a los pobres pescadores lo que ellos pesquen; y esa fauna fluvial que hoy alimenta más a los lobos que a los hombres, dará ocupación y provecho a muchísimos indigentes.
Después de prolongado silencio, el paisano respondió sacudiendo melancólicamente la cabeza:
—Ansina será... Yo no compriendo, nosotros no comprendemos esas cosas!
La mayor parte no comprendían en efecto. No comprendían, no: carecían de fuerza de voluntad para vencer la timidez de sus espíritus rutinarios adormecidos por el beleño de la desidia.
Sin embargo, la prédica y sobre todo el ejemplo del innovador fueron recolectando adeptos.
El rencor persistía; atenuado y disimulado en los convencidos, que en mayor o menor escala seguían sus huellas y palpaban los beneficios; acendrado en los incapaces que pretendían responsabilizarlo de sus ruinas inevitables, con el mismo insensato criterio de quienes increpan a Dios porque no les ha proporcionado los dones que ellos no han sabido ganar con el esfuerzo propio.
Entre los más acerbos detractores encontrábase don Pascual Fernández, cuyo campo, improductivo, iba pasando, parcela a parcela, a poder del laborioso Lindoro, quien de inmediato los transformaba en fecundos productores de riqueza.
La última vez que fué a verlo para concertar la venta de otra fracción de campo, el viejo gaucho mostróse como nunca alegre y decidor.
Una granizada sin precedentes había destruído la casi totalidad de los sembrados y como Lindoro había más que duplicado ese año la siembra de trigo, halagaba al alma ruin del desidioso pensar que el odiado rival debía haber sufrido grandes pérdidas.
—Esta vez —dijo, sonriendo con una mala sonrisa—, a usted también le habrán tocao los chicotazos, porque supongo que sus trigos no se habrán librao de la granizada.
—Por cierto que no —respondió sonriendo a su vez, Lindoro—; el Diablo, con quien, según dicen ustedes, trabajo en sociedad, en esta ocasión se quedó dormido...
—¿Debe haber perdido un platal?
—¿Yo, o el Diablo? —bromió el innovador.
—Calculo que los dos, dende que trabajan a medias.
—Le diré; de mi socio no puedo decirle si habrá perdido o no, pero en cuanto a mí la granizada no me ha hecho perder ni un real.
—¡Cómo!... ¿Tamién tiene un secreto pa librarse'e la piedra?
—Para librarme de ella no; pero para que sus destrozos no me cuesten plata sí.
Con amarga ironía, interrogó el rezagado:
—¿Y no podría hacernos conocer ese secreto?
—¡Cómo no!... Todos los años asegure sus sementeras, y lo que el granizo destruya, el Banco se lo abonará.
Tuvo Fernández un gesto de despecho y respondió enconado:
—¡Esas son cosas pa los ricos!
—Es verdad —respondió Lindoro—, para los ricos; pero principalmente para los que aspiran a hacerse ricos.
Por sendas opuestas
I
Desde la mañana del sábado había comenzado la afluencia de quitanderos y quitanderas.
El vasto y recio edificio de la pulpería —la famosa azotea, especie de castillo feudal, cabeza de la enorme heredad que perteneció al coronel Inca Pereyra de Freitas—, se señoreaba dominando la multitud de blancas tiendas que lo circundaban.
Entre las carpas, numerosos carritos: y más allá, atados a soga, matungos flacos, petizos bichocos, yeguas escuálidas.
Tres timberos viejos y rivales, daban las últimas manos de “alisamiento” a sus respectivas canchas de taba.
Las chinas viejas distribuían los cacharros, ultimando “los preparos” para la elaboración de tortas fritas y pasteles de dulce de zapallo, esfé de porotos con achicoria, chorizos de cogote de novillo, vino aguado y caña compuesta.
Las muchachas, desgreñadas, sudorosos los rostros color chocolate, remangadas las batas de percal, iban de un lado a otro, arrastrando las chancletas, despreocupadas de todo espíritu de coquetería, reservando para el día siguiente los engorros del agua y del peine y las torturas del corsé y los zapatos.
Echados en el suelo o andando lentamente y sin objeto, con las cabezas gachas y las largas lenguas de fuera, perros grandes, perros chicos, todos flacos, todos con idéntica expresión de hastío en sus ojos de mirada humilde, pensando, sin duda, en el mañana promisor de abundantes huesos y piltrafas.
En amplias enramadas, enmantados, provistos de “trompetas”, y bajo la vigilante custodia de sus respectivos cuidadores, están los dos “parejeros” famosos que al día siguiente han de disputarse el clásico de aquella internacional gaucha, y a cuyas patas han de exponerse miles de onzas brasileñas y de libras esterlinas.
Cada uno de los caballos rivales tiene a su disposición un séquito de diez o doce personas que montan guardia dentro y fuera de las enramadas, en previsión de cualquier “travesura” del adversario; guardias que inspeccionan de continuo los respectivos dueños de los pingos —un rico hacendado de Cerro Largo y un riquísimo estanciero riograndense.
Ambos son amigos y compadres. Con frecuencia se encuentran en la trastienda de la pulpería y rivalizan en amabilidades y en astucias con el recíproco anhelo de “pescarse una seña”. Pero los dos son cancheros veteranos, que juegan cerrado y que difícilmente dejan descubierta una rendija por donde pueda vichar el contrincante.
—Maliseo —dijo Facundo Figueroa, el oriental dueño del tordillo—, maliseo, don Maneco, q'en esta ocasión me v'hacer pasar una vergüenza... Su tostao está como novia esperando la bendición del cura!
—No tanto, no tanto —respondió con fingida modestia el brasileño, disimulando una sonrisa entre sus bigotazos espesos como pajonal de bañado—. Hoy amaneció medio tristón...
Otro de los contertulios, Agapito Sosa, jugador “pichulero””, afanado en obtener algún dato entre mentira y verdad, opinó chacotonamente:
—No se haga el chiquito, don Facundo. Sin despreciar al tostao, tampoco se debe desacreditar al tordillo, que es el crédito del pago y sabe darle juego a las tabas...
—En las carreras el único medio de desengañarse es jugarle a uno de los dos. Es como la mujer: sólo dispués de un tiempo de acollarao con ella se puede saber el tiempo que da.
La entrada a la trastienda de otros privilegiados desvió la conversación, aun cuando prosiguió virando alrededor del mismo tema hípico, tema favorito de todas las gentes campesinas, jóvenes y viejos, riquísimos ganaderos o peoncitos harapientos.
II
En ese momento la entrada de don Pedro Alzugaray impuso momentáneo silencio, porque el vasco don Pedro era el hombre más respetado en el pago y hasta en los más lejanos pagos.
Alto, morrudo, la cara redonda, rubicunda, completa y prolijamente rasurada, los ojos azules, de expresión infantil, y la boca, cuyos labios tenían siempre una sonrisa bondadosa —de un lado solo, porque el otro estaba en todo tiempo ocupado por el caño de la pipa—, daban a don Pedro el aspecto de un niño grandote, el hijo de un titán.
Se le consideraba el estanciero más rico y más progresista de la comarca —ya suficiente motivo, en todas partes, para imponer respeto—, pero aparejaban a su fortuna condiciones morales no menos capaces de obligar las consideraciones. Era recto y firme como un tronco de yatay. Siempre jovial, francachón, bueno y compasivo y generoso, trataba con idéntica familiaridad a los más humildes como a los más encumbrados, lo mismo a sus peones que a sus vecinos ricachos y al comisario y al juez de paz. Todo lo cual no obstaba —o más bien dicho, explicaba— la inflexible rigidez con que obligaba a sus subordinados a cumplir sus obligaciones, y su intransigencia con los haraganes, embusteros y viciosos. A ese respecto no perdonaba a nadie y solía decir en su entevesado hablar:
—Si algún vez llego hacer un porquería, yo mismo me priendo y llevo comisario decirle: “Aquí te traigo pícaro, meterlo cepo y entregarlo justicia”... Palabra!...
Figueroa, cuya afición a las carreras y al naipe llevaba de capa caída su antes próspero establecimiento ganadero, se acercó a don Pedro y le tendió la mano con exagerada obsequiosidad:
—¿Usté también por acá pa mirar la riña?
—Sí, vine. Día domingo poco tener que hacer en casa.
—¿ Y cuál de los dos parejeros le gusta: mi tordillo o el tostao de don Maneco?... Usté tiene buen ojo...
——¡Oh! para mí igual: no voy poner el mitá de un vintén al patas de ninguno.
—De cualquier modo, aunque no juegue, siempre le ha de gustar más uno que otro. ¿Con cuál se queda...?
—¿Quedarme?... ¡Ni en regalao quiero!, a mucho alimentación fino y no servir ni pa prender carro. Parecer mozos lindos, fuertes pa pasar el noche tocando guitarra o barajando naipe; pero doblar lomo trabajar tierra, no, no!... acabó fuerzas al empieza.
Como en ese instante entrase del despacho un joven dependiente, en mangas de camisa, jadeante, muy apurado, Alzugaray lo detuvo asiéndolo de un brazo.
—A ver, galleguito, traeme un cuarta vino —dijo.
—¿Navarro? —preguntó el mozo, risueño y deferente.
—Si, navarro de ese que hacen boticas Montevideo. Navarro tuyo nunca vió bailar un jota.
Facundo Figueroa, que tenía especiales motivos para atraerse las simpatías de Alzugaray, lo palmeó en la espalda, y no largamente, festejando sus salidas.
—¡Este don Pedro siempre alegre y contento y jaranista!
Don Pedro cogió la medida que le había traído el dependiente, llenó de vino dos vasos de a media cuarta cada uno, y diciendo:
—Al salud... —bebió el suyo de un solo golpe.
Luego dijo, respondiendo a la anterior afirmación de don Facundo:
—No hay razón triste. ¡Vida corre más ligero que parejeros tordillo y tostao, sí, sí... si a uno fastidia una mosca, con renegar no hay cuidao que espantes!...
—Sin embargo, cuando le vienen mal las cosas... —exclamó Figueroa con voz apesadumbrada.
—¡Cuando vienen mal las cosas culpa es no haber sabido hacerlas bien. Si plantastes sauco creyendo plantar naranjo, arranca sauco y planta naranjo verdadero en vez perder tiempo lamentaciones. Lamentos ñublan cabeza y aflojan brazos.
—Tiene razón, don Pedro; voy a darle un vistazo a mi caballo, porque en estas cosas serias no se debe confiar en nadie.
—Anda, anda, intereses ante todo; hay que vigilar trabajo —respondió el viejo vasco con una expresión de ironía que pasó inadvertida para el carrerista.
—Lo qu'es yo, —exclamó alguien a sus espaldas—, me viá jugar al tordillo tuitos los rialitos que tengo, a ver si de una vez m'enderezo,
Alzugaray volvió la cabeza y al observar que el de la frase era un recio mocetón andrajosamente vestido, díjole con sorna:
—Sí, sí!... Vos vas hacer igualito que aquel que vendió camisa pa comprar jabón pa lavarla...
Y cargando de muevo la pipa y acercándose a la puerta que daba comunicación con el despacho, gritó alegremente:
—¡Che, galleguito!... trae otro cuarta vino!...
Se lo aportó el patrón mismo, quien le dijo con obsequiosidad:
Ya toda la gente se ha ido para el camino; ¿no va a arriesgar unas libras a alguno de los famosos parejeros?
—No; olvidé cinto en casa y jugar pulmón no gusta —respondió el vasco riendo—. A un solo cosa juego yo: a quien presiente novillada más gorda, mejor lana y mayor rendimiento sementera... A eso juego y doy luz y cola al barrer, al que enfrenen la corro!..
III
El respeto casi unánime de que gozaba don Pedro no significaba simpatía de parte de todos.
Se le acusaba de déspota, de excesivamente exigente para con sus subordinados.
—Nadie puede parar con el vasco —decían muchos que habían sido despedidos a los pocos días de estar a su servicio. Pero ninguno confesaba deber su expulsión a su flojedad en el trabajo, a la mala voluntad con que ejecutaban las órdenes del capataz, o vicios que el patrón condemaba inexorablemente.
Tampoco confesaban que en la Estancia de don Pedro había una veintena de peones y puesteros con tantos años de residencia allí, que algunos de ellos, entrados con una pelusilla sobre el labio, peinaban canas en la actualidad; y que más de uno de los componentes de esa veintena eran hijos de los peones primitivos; y que todos ellos, quien más, quien menos, tenía sus ahorros, representados en algunas vacas, en alguna puntita de ovejas, que crecían y multiplicaban sin que el patrón les cobrara un centésimo del usufructo de los novillos o de las lanas que vendían.
A todos tratábalos como un buen padre, cuya severa rectitud, lejos de expresar desamor, lo demuestra en todo su valor positivo.
Si algún peón lastimado o enfermo proseguía en el trabajo ocultando sus dolencias por exceso de pundonor, sulfurábase don Pedro al enterarse de ello, obligándolo al reposo tras violenta reprimenda.
Cierta vez, don Pedro, que había salido muy temprano para ir a realizar una compra de novillada, regresó cuando ya estaba obseureciendo; sin embargo, a la escasa luz crepuscular sus ojos de lince alcanzaron a advertir la honda tristeza y el abatimiento que expresaba el rostro del peoncito que tomó las riendas de su caballo y se aprestaba a desensillarlo.
—¿Qué te pasa que tenés ese cara de carnero augao? —interrogó.
El mozo, con voz compungida, respondió:
—Lo estaba esperando, patrón, pa pedirle una licencia...
—¿Licencia pa qué?... Por el cara que tienes supongo no será ir un baile.
—No, patrón. Mi hermano Juan me mandó avisar que mama, que vive con el Arrachán, está muy mala y que me apure en ir si quiero alcanzarla viva...
—¿A qué hora te llegó aviso?
—Cuasi en seguida que usted salió.
—¿Y entuavía estás aquí?
—Lo esperaba pa pedirle permiso.
—¡Permiso, permiso! —exclamó violentamente el patrón—. ¡Mal hijo!... Pa ir ver madre moribunda no se espera permiso ni del Dios mismo!... Anda, ensilla mejor caballo mi tropilla y metele galope aunque reviente. ¡Anda, mal hijo!...
Pero no era tan sólo la chusma haragana, viciosa y murmuradora la que experimentaba enconos contra el porfiado luchador que a fuerza de voluntad había sabido edificar la más grande y sólida fortuna de la comarca.
Cuando llegó allí contando poco más de veinte años, llevaba consigo un pequeño capitalito, fruto de sus ahorros. Arrendó unos centenares de hectáreas de campo, edificó un ranchejo y compró una majadita de ovejas, un arado y dos yuntas de bueyes. Como en esos tiempos los campos, lo mismo que las ovejas, —todo hacendado de fuste desdeñaba ocuparse en la cría de “ganado rabón”—, valía muy poco, el vasquito pudo instalarse sin necesidad de agotar sus exiguos recursos pecuniarios.
Solito cuidaba su majada, que no sólo aumentaba considerablemente año tras año, sino que también se perfeccionaba en la cantidad y calidad de la lana, debido a la constante e inteligente selección.
El solito trabajaba la chacra, obteniendo soberbias cosechas de maíz. Más tarde tuvo el primer peón, se acrecentó la chacra y se inició el cortijo con la cría de cerdos y de aves y con los productos de lechería.
Y así Alzugaray compró campo y más campo hasta hacerse poseedor de cinco suertes de campo y las mejores haciendas ovinas y bovinas.
Su fortuna debida al trabajo incesante, a las iniciativas inteligentes, a la economía y al orden, chocaba a la mayor parte de la aristocracia ganadera del pago, cuyas grandes fortunas heredadas iban mermando rápidamente debido a la incuria, al empecinamiento rutinario, al juego y al desorden.
Facundo Figueroa, casi arruinado, contaba en ese grupo de envidiosos; pero, muy hábil, hombre de mucha trastienda, ocultaba su envidia del mismo modo que trataba de ocultar su mala situación de fortuna, multiplicando las fiestas, los bailes, las grandes comilonas en su Casa, donde el hijo se pasaba cuidando parejeros, la esposa tomando mate dulce con torta casera y las hijas emperifollándose y golpeando las teclas de algo que en un tiempo remoto fué piano.
IV
La casa-habitación de la Estancia de don Pedro Alzugaray estaba constituída por un largo pabellón techado de rojas tejas y de muros siempre impecablemente blancos. A todo lo largo del frente se extendía amplia glorieta guarnecida de madreselvas, jazmines y glicinas.
En la tarde calurosa de ese domingo, disfrutaban del fresco de la glorieta doña Dominga, la esposa del estanciero, que, repantigada en un sillón de mimbre, se entretenía haciendo crochet; cerca de ella, Bernardo, el hijo mayor, quien, de cuando en cuando, renegaba y de cuando en cuando reía, luchando con las dificultades de ejecutar una “trenza patria”, y a cierta distancia, recostados a la baranda, Martina, la hija única, una hermosa muchacha de diez y ocho años, cuyo rostro fresco, blanco y sonrosado denunciaba la exuberancia de su salud, conversaba amistosamente con Juan José, mocetón gallardo, uno de los peones favoritos del patrón.
Doña Dominga, preocupada con su labor, ni miraba mi hablaba; pero, en cambio, Bernardo charlaba sin cesar.
¡De pronto:
—¡Mama, mire lo que se le cayó!
—¿Qué se me cayó? —preguntó la buena señora, inclinando la cabeza todo lo que le permitía su abultado abdomen, para mirar al suelo.
—La baba, al ver que tiene un hijo como yo! —respondió el mozo lanzando una sonora carcajada.
—¡Pedazo e zonzo! —dijo doña Dominga, sin poder ocultar una sonrisa que iluminó de satisfacción su rostro de bondadosa expresión.
Bernardo, satisfecho, volvió a su tarea, para poco después exclamar con simulada cólera:
—¡Malhaya!... Me equivoqué otra güelta.
Y como en ese momento pasara junto a él la sirvientita acarreadora del mate, una linda morochita muy oronda dentro de su blanco y almidonado delantal:
—¡Vos tenés la culpa! —gritó, al mismo tiempo que le daba un pellizco en la recia pantorrilla.
—¿Por qué tengo yo la culpa? —preguntó la muchacha haciéndose la enojada.
—Porque m'encandilás con tus ojos... ya te he dicho que no mirés cuando estoy trabajando.
—¡Atrevido!... ¿Ha visto, madrina?
—No le hagas caso —respondió la bondadosa señora—; vos sabés que este muchacho tiene un mangangá metido entre los sesos.
Ella no le hizo caso, pero al regresar le pegó un fuerte tirón de la oreja y escapó riendo, lo que dió motivo a que Bernardo le advirtiera con fingida severidad:
—Jugá no más con fuego y verás cómo a lo mejor se te arde el rancho!
En el aparte, Juan José y Martina continuaban en voz baja su tierno coloquio:
—No me va decir a mí que no tiene ningún pretendiente —insinuó el mozo.
Y ella, en igual forma:
—Si lo tuviera, no lo ocultaría.
—Sin embargo, yo sé de uno.
—¿Quién?
—El hijo de don Facundo Figueroa...
—¡Salga de ahí!— exclamó ella con manifiesto desagrado—. ¡Ese gandul que no piensa más que en parejeros, en lucir su herraje de plata y oro. en bañarse en agua Florida y en hacerle el amor a todas las muchachas!
—Sin embargo, puede ser que tenga habilidá p'abrir las puertas del corazón que codisea.
—No será el mío; mi corazón es corazón, es como nido de hornero, que tiene una sola puerta, y muy fácil de guardar.
—¿Y cómo hay que hacer pa pasar esa puerta?
—Merecerlo —respondió Martina inclinando la cabeza y bajando la vista para ocultar su ligera turbación.
Juan José, tímido y más emocionado que ella, guardó silencio.
En cambio, Bernardo, que no podía pasar diez minutos con la boca cerrada:
—Ché, Juan José, ¿sabes lo que maliseo?
—No acierto.
—¡Qué estás estudiando pa recibirte e cuñao mío!...
—¡Bobeta! —respondió Martina, y con el rostro empurpurado se alejó de la baranda y fué a sentarse al lado de su madre.
Bernardo tornó a reir estrepitosamente, y doña Dominga, sonriendo bondadosamente, dijo:
—No hay duda que a este muchacho le falta un tornillo.
V
Era todavía día claro cuando regresó don Pedro. Venía muy contento, algo alegrón.
—Buenas tardes, mozada —dijo al penetrar en la glorieta y echando a los pies de su esposa la inflada maleta.
—¿Qué me trajistes, tata? —preguntó Martina después de haberlo besado cariñosamente.
—Ya verás... Pa todos algún cosa traigo... Primero aquí está corte vestido que encargastes, vieja.
Doña Dominga, después de desenvolver y observar la tela, exclamó risueñamente:
—¡Pero Pedro!... ¡si éste es un género para invierno!
—¿Invierno?
—Naturalmente, un tartán...
—Bueno. Invierno ha de venir también, guarda pa invierno... Toma el para ti, Martina.
—¡Qué horror, tata!
—¿Qué?... ¿También ese estar invierno?
—No, pero es un colorinche... ¡Esto es bueno para la chinita!...
—Bueno, se lo das al chinita.
Y continuó repartiendo sus obsequios: una golilla de seda para Bernardo, unas bombachas para Juan José, su ahijado, y montón de prendas más: latas de dulce, galletitas, puntillas, festones... Y como todos continuaran riendo, él se encogió de hombros, diciendo:
—A mí me dió pulpero, yo traje... Vacas y ovejas entiendo, trapos no. Otra vez prienden carretón y van ustedes comprar al gusto.
—¿Compraste los calcetines para ti? —interrogó la señora.
—Ese olvidé, mira; pero traje cinco libras tabaco pal pito.
—¿Quién ganó? —inquirió Bernardo.
—No pregunté tampoco; pero, al fijo que quien ganó más, fué pulpero.
Al día siguiente, muy de mañana, se presentó en la Estancia don Facundo Figueroa. El vasco lo recibió con su imperturbable buen humor y sana ironía:
—¿Qué tal, qué tal?... ¿ganancia tordillo alcanza comprar un suerte 'e campo?
—¡Déjeme, don Pedro!... Si parece cosa 'e mandinga...
—¿Perdió mentao tordillo?...
—¡Era una fija, amigo! ¡un robo a la fija!... Yo me hacía el zonzo pa hacer dentrar a la brasilerada, porque sabía que con el tostao no había cotejo y que los iba a pelar sin susto...
—Sí, sí, jugador todos siempre piensan la misma.
—¡Callesé!... ¿Usté conoce mi tordillo?...
—Así no más, al vista.
—En la salida es como luz y en sacando un cuerpo 'e ventaja no le da palmada ni el más pintao de los parejeros de pu' acá. Pero mi corredor, un muchacho de confianza y que tiene bastante picardía...
—¿Poco vergüenza?
—... se dejó primeriar por el contrario y dispués lo atoró a rebenque aplastándolo a la mitá del tiro!... Pa mí que el brasilero lo había comprao. ¿Qué le parece?
—Posible, posible. Utilizó el picardía pa su bolsico...
Don Facundo revolvió con los dedos su larga melena y exclamó con acento compungido:
—¡Y me cuesta un platal!... ¡He perdido más de cuatro mil pesos!...
—¡Cuatro mil pesos! Cuatro mil ovejas podía haber comprado, y que bastante falta le hace campo suyo, lindo campo, lástima da ver vacío!...
—Y eso no es lo pior... Lo pior es que considerándola una fija, me metí hasta el pescuezo y necesito agenciar en seguida un par de mil pesos.
—Verdad que está pior; jugar teniendo, malo; jugar no teniendo, feo encuentro.
—Pero como yo tengo bienes pa responder por muchísimo más de esa suma... Precisamente venía a verlo pa que me sacase del apuro, dandolé un vale con el interés que usté quiera ponerle.
—¡Erró el tranquera, amigo!... Yo nunca tener dinero parado. En mi casa haragán no para, ni mismo dinero.
En vano insistió Figueroa, humillándose, ofreciéndose a aceptar las más usurarias condiciones.
Don Pedro permanecía inflexible.
—No; cuando vasco decir no, siempre no, hasta el muerte; tan inútil gastar saliva como querer romper pared con cabeza.
En ese momento se acercó un peón diciendo:
—Ya está todo pronto, patrón.
—Bueno, bueno, vamos.
Y luego, dirigiéndose al visitante, recuperando todo su buen humor, díjole:
—¿Quiere venir ver asao con cuero que cuesta tres mil pesos?...
—Vamos a ver...
Echaron a andar. Del otro lado del galpón estaba tendido, muerto, un soberbio toro Durham.
—¡El toro puro! exclamó don Facundo con cierta expresión de vengativo contento.
—Sí, me murió anoche con maldito carbunclo.
—Es una gran pérdida.
—Grande; padre muy bueno y gran sangre.
—Y se pierde tres mil pesos.
—No, plata no pierdo porque tenía asegurado; pero pena sí me agarra, mucho pena.
Figueroa advirtió entonees una enorme hoguera que vomitaba inmensas llamaradas a pocos metros de allí, y preguntó intrigado:
—¿Qué v'hacer?
—Pues, ¡quemar toro!
—¿Sin sacarle el cuero?
—¿Sacar cuero animal muerto carbunclo?... ¿Usté saca cuero animal muerto carbunelo?
—Dejuro. El cuero vale...
Con repentina indignación, don Pedro exclamó:
—¿Y el vida del peón que desuella no valer nada?... ¿Y el vida de tantas personas que pueden morir manejando cuero envenenao, tampoco valer nada?
Y luego, calmándose súbitamente:
—¿Quiere consejo vasco viejo?... Degüelle parejero tordillo, le saca cuero p'hacer maneadores y coyundas... Mucho utilidad sacará; garantizo yo, vasco viejo más sobao que maneadores y coyundas!...
