Ensayo Sobre el Origen de las Lenguas

Jean-Jacques Rousseau


Ensayo



I. De los diversos medios de comunicar nuestros pensamientos

La palabra distingue al hombre entre los animales: el lenguaje distingue a las naciones entre sí; sólo se sabe de dónde es un hombre hasta que ha hablado. El uso y la necesidad hacen aprender a todos la lengua de su país; pero ¿qué hace que esa lengua sea la de su país y no la de otro? Para decirlo, es preciso remontarse a alguna razón concerniente a lo local, y que sea anterior a las costumbres mismas: por ser la primera institución social, la palabra sólo debe su forma a causas naturales.

Tan pronto como un hombre fue reconocido por otro como un ser sensible, pensante y similar a él, el deseo o la necesidad de comunicarle sus sentimientos y sus pensamientos lo llevó a buscar los medios apropiados para ello. Tales medios sólo pueden sacarse de los sentidos, únicos instrumentos por los que puede un hombre actuar sobre otro. De ahí, pues, la institución de los signos sensibles para expresar el pensamiento. Los inventores del lenguaje no se hicieron este razonamiento, pero el instinto les sugirió su consecuencia.

Los medios generales por los que podemos actuar sobre los sentidos de otros se limitan a dos, a saber: el movimiento y la voz. La acción del movimiento es inmediata por el tacto o mediata por el gesto: la primera, cuyo límite es la longitud del brazo, no puede transmitirse a distancia, pero en cambio la otra alcanza tan lejos como el radio visual. Por ello solamente quedan la vista y el oído como órganos pasivos del lenguaje entre los hombres dispersados.

Bien que la lengua y la voz sean igualmente naturales, la primera es más fácil y depende menos de las convenciones: pues son más los objetos que llaman la atención de nuestros ojos que los que alcanzan nuestros oídos, y las figuras poseen mayor variedad que los sonidos; también son más expresivas y dicen más en menos tiempo. Se dice que el amor fue el inventor del dibujo. Pudo también inventar la palabra, pero con menor fortuna. No muy contento con ella, la desdeña: tiene modos más vivos de expresarse. ¡Cuántas cosas decía a su amante aquella mujer que dibujaba gustosa su sombra! ¿Qué sonidos hubiese empleado para traducir el movimiento de esa varita?

Nuestros gestos sólo significan nuestra inquietud natural; no es de ellos de lo que quiero hablar. Nadie más que los europeos gesticulan al hablar: se diría que toda la fuerza de su lengua está en sus brazos, le añaden además la de sus pulmones y todo ello no les sirve de nada. Mientras un francés se agita y atormenta el cuerpo para decir muchas palabras, el turco retira un momento la pipa de su boca, dice una frase entre dientes y lo aplasta con una sentencia.

Desde que aprendimos a gesticular, olvidamos el arte de las pantomimas; igualmente, por muchas y muy perfectas que sean nuestras gramáticas, no entendemos ya los símbolos de los egipcios. Lo que de más profundo y vivo decían los antiguos no lo expresaban con palabras sino con signos; lo mostraban, no lo decían.

Abrid la historia antigua; la encontraréis llena de esos modos de argumentar a los ojos, y nunca dejan de producir un efecto más seguro que todos los discursos que se hubieran podido poner en su lugar. Ofrecido antes de hablar, el objeto conmueve la imaginación, excita la curiosidad, mantiene en vilo el espíritu y a la espera de lo que se va a decir. He observado que los italianos y los provenzales, entre quienes es corriente que el gesto preceda al discurso, encuentran así el medio de hacerse escuchar mejor y aun con mayor placer. Pero el lenguaje más enérgico es aquel en que el signo lo ha dicho todo antes de que se hable. Tarquino Trasíbulo abatiendo las cabezas de las adormideras, Alejandro aplicando su sello en la boca de su favorito, Diógenes paseándose ante Zenón, ¿no hablan así mejor que con palabras? ¿Qué circuito de palabras hubiese sido capaz de expresar tan bien las mismas ideas? Darío, enfrascado en Escitia con su ejército, recibe de parte del rey de los escitas una rana, un ave, una rata y cinco flechas: el heraldo entrega su presente en silencio y parte. Esta terrible arenga fue entendida y Darío no tuvo otra urgencia mayor que la de regresar a su país como pudo. Sustitúyanse esos signos por una carta: cuanto más amenazante sea, menos asustará; escrita, no hubiese sido más que una baladronada de la que sólo habría reído Darío.

Cuando el levita Efraín quiso vengar la muerte de su mujer, no escribió a las tribus de Israel; dividió el cuerpo en doce pedazos y se lo envió. Ante su horrible aspecto, corrieron a las armas gritando a una voz: no, nunca nada semejante ha ocurrido en Israel, desde el día en que nuestros padres salieron de Egipto hasta hoy. Y fue exterminada la tribu de Benjamín. En nuestros días le hubiesen dado largas al asunto, convertido en alegatos, discusiones, quizás en chanzas, y el más horrible de los crímenes habría quedado finalmente impune. Al volver del laboreo, el rey despedazó del mismo modo los bueyes de su carreta, y empleó un signo parecido para hacer que Israel socorriera a la ciudad de Jabés. Los profetas de los judíos, los legisladores de los griegos, al ofrecer al pueblo con frecuencia objetos sensibles, le hablaban mejor por medio de esos objetos de lo que lo hubieran hecho mediante largos discursos; y la manera en que Atenea cuenta cómo el orador Hipérides hizo absolver a la cortesana Friné, sin alegar una sola palabra en su defensa, es también una elocuencia muda cuya acción suele tener efecto en todos los tiempos.

Así, se habla a los ojos mucho mejor que a los oídos. No hay nadie que no sienta la verdad del juicio de Horacio a este respecto. Se ve incluso que los discursos más elocuentes son aquellos en que se insertan más imágenes; y los sonidos nunca tienen tanta energía como cuando hacen el efecto de colores.

Pero cuando se trata de conmover el corazón y de inflamar las pasiones, es absolutamente distinto. La impresión sucesiva del discurso, que afecta mediante golpes redoblados, os da una emoción muy distinta a la del objeto mismo, que queda visto con una ojeada. Imaginad una situación de dolor perfectamente conocida; al ver a la persona afligida, difícilmente os conmoveréis hasta el llanto, pero dadle tiempo de deciros cuánto siente y pronto os desharéis en lágrimas. Sólo así hacen sentir su efecto las escenas de tragedia. La pantomima sola os dejará casi sin discursos, tranquilos, el discurso sin gestos os arrancará lágrimas. Las pasiones tienen sus gestos, pero también tienen sus acentos: y esos acentos que nos hacen estremecer, esos acentos a los que no puede uno sustraer su órgano, penetran por él hasta el fondo del corazón, llevando ahí, a nuestro pesar, los movimientos mismos que los arrancan, haciéndonos sentir lo que oímos. Concluyamos que los signos visibles vuelven más exacta la imitación, pero que el interés se excita mejor mediante los sonidos.

Esto me hace pensar que si nunca hubiésemos tenido otra cosa que necesidades físicas, muy bien habríamos podido no hablar nunca y entendemos a la perfección exclusivamente con la lengua de los gestos. Habríamos podido establecer sociedades poco diferentes de lo que hoy son o que aun se hubiesen encaminado mejor hacia su meta. Habríamos podido instituir leyes, elegir jefes, inventar artes, establecer el comercio y hacer, en una palabra, prácticamente casi tantas cosas como las que hacemos gracias a la ayuda de la palabra. La lengua epistolar de los salamas transmite sin temor de los celosos los secretos de la galantería oriental a través de los harenes mejor guardados. Los mudos del Gran Señor se entienden entre sí y captan todo cuanto se les dice por signos, tan bien como lo que puede decirse por medio del discurso. El señor Pereyre, y quienes, como él, enseñan a los mudos no solamente a hablar sino a saber lo que dicen, están obligados a enseñarles antes una lengua no menos compleja, con cuya ayuda puedan hacerles comprender aquella.

Dice Chardin que en la India los comerciantes, dándose la mano y modificando sus atuendos de un modo que nadie puede advertir, tratan en público, pero en secreto, todos sus asuntos sin decir una palabra. Suponed ciegos, sordos y mudos a esos comerciantes, no por ello dejarán de entenderse; lo cual muestra que de los dos sentidos por los que estamos activos, uno sólo bastaría para formarnos un lenguaje.

Parece incluso por las mismas observaciones que la invención del arte de comunicar nuestras ideas depende menos de los órganos que nos sirven a esa comunicación que de una facultad propia del hombre, que le hace emplear sus órganos a ese fin y que, de faltarle éstos, la haría emplear otros con el mismo propósito. Dad al hombre una organización tan burda como gustéis: adquirirá sin duda menos ideas; pero basta que exista un medio de comunicación entre él y sus semejantes por medio del cual uno pueda actuar y el otro sentir, para que logren comunicarse tantas ideas como tengan.

Los animales cuentan para esa comunicación con una organización más que suficiente, pero nunca ninguno de ellos le ha dado tal uso. Ésta es, me parece, una diferencia muy característica. Entre los animales que trabajan y viven en común, los castores, las hormigas, las abejas, son dueños de alguna lengua natural para comunicarse entre sí, no tengo la menor duda. Cabe incluso creer que la lengua de los castores y la de las hormigas están en el gesto y hablan sólo a los ojos. Como quiera, por lo mismo que una y otra son lenguas naturales, no son adquiridas; los animales que las hablan las tienen ya al nacer; la tienen todos y en todas partes es la misma; no la cambian en absoluto, tampoco hacen en ella el menor progreso. La lengua de convención no pertenece más que al hombre. He ahí por qué el hombre hace progresos, para bien o para mal, y por qué no los hacen los animales. Esta única distinción parece llevar lejos. Se explica, dicen, por la diferencia de órganos. Siento curiosidad por ver tal explicación.

II. Que la primera invención de la palabra no proviene de la necesidad sino de las pasiones

Es, pues, de creer que las necesidades dictaron los primeros gestos, y que las pasiones arrancaron las primeras voces. Siguiendo con estas distinciones el rastro de los hechos, quizá habría que razonar sobre el origen de las lenguas de modo harto distinto de como hasta aquí se ha hecho. El genio de las lenguas orientales, las más antiguas que nos sea dado conocer, desmiente totalmente la evolución didáctica que suele imaginarse en su composición. Esas lenguas no tienen nada de metódico ni de razonado; son vivas y figuradas. Nos han hecho del lenguaje de los primeros hombres una lengua de geómetras y ahora vemos que fue lengua de poetas.

Debió ser así. No se empezó por razonar sino por sentir. Se pretende que los hombres inventaron la palabra para expresar sus necesidades; esta opinión me parece insostenible. El efecto natural de las primeras necesidades fue distanciar a los hombres en vez de aproximarlos. Era preciso que fuese así para que la especie llegara a extenderse y para que la Tierra se poblara con rapidez; sin lo cual, el género humano se habría amontonado en un rincón del mundo y todo el resto habría quedado desierto.

Sólo de esto se deduce con evidencia que el origen de las lenguas no se debe en absoluto a las primeras necesidades de los hombres; sería absurdo que la causa que los separa se transformase en el medio que los une. ¿De dónde, pues, puede venir este origen? De las necesidades morales, de las pasiones. Todas las pasiones aproximan a los hombres a quienes la necesidad de procurarse la vida obligó a eludirse. No fue el hambre ni la sed, sino el amor, el odio, la piedad, la cólera, los que les arrancaron las primeras voces. Los frutos no se sustraen a nuestras manos, puede uno nutrirse de ellos sin hablar; se persigue en silencio la presa con que quiere uno alimentarse, mas para conmover un corazón joven, para rechazar a un agresor injusto, la naturaleza dicta acentos, gritos, quejas: he ahí las más antiguas palabras inventadas, he ahí por qué las primeras lenguas fueron melodiosas y apasionadas antes de ser sencillas y metódicas. Todo esto sólo es verdad con salvedades; pero sobre ello volveré más adelante.

III. Que el primer lenguaje debió ser figurado

Como los primeros motivos que hicieron hablar al hombre fueron las pasiones, sus primeras expresiones fueron los tropos. El lenguaje figurado fue el primero en nacer, el sentido propio fue encontrado al último. Sólo se llamó a las cosas por su nombre verdadero cuando se les vio bajo su verdadera forma. Al principio sólo se habló en poesía; a nadie se le ocurrió razonar más que mucho tiempo después.

Siento que aquí el lector me detiene, y me pregunta cómo una expresión puede ser figurada antes de tener un sentido propio, puesto que la figura sólo consiste en la traslación del sentido. Convengo en ello; pero para entenderme, hay que sustituir la idea que la pasión nos presenta por la palabra que trasponemos; pues sólo se trasponen las palabras porque se trasponen también las ideas; de otro modo, nada significaría el lenguaje figurado. Respondo, pues, con un ejemplo.

Un hombre salvaje al encontrar a otros, al principio se habrá espantado. Su miedo le habrá hecho ver a esos hombres más grandes y más fuertes que él mismo; les habrá dado el nombre de gigantes. Después de muchas experiencias, habrá reconocido que esos presuntos gigantes no eran ni más fuertes ni más grandes que él; su estatura no correspondía en nada a la idea que en un principio había asociado a la palabra gigante. Inventará, por tanto, otro nombre común a ellos y a él, como por ejemplo el de hombre, y dejará el de gigante para el objeto falso que lo había impresionado durante su ilusión. Así es como la palabra figurada nace antes que la palabra propia, cuando la pasión fascina nuestros ojos, y cuando la primera idea que ella nos ofrece no es la de la verdad. Lo que he dicho de las palabras y de los nombres también vale para los giros de las frases. Como se mostraba en primer lugar la imagen ilusoria ofrecida por la pasión, el lenguaje que le respondía fue también el primero en ser inventado; luego, se convirtió en metafórico, cuando el espíritu esclarecido, reconociendo su primer error, sólo empleó las expresiones de ese lenguaje en las mismas pasiones que lo habían producido.

IV. De los rasgos distintivos de la primera lengua, y de los cambios que tuvo que sufrir

Los sonidos simples salen naturalmente de la garganta, la boca está naturalmente más o menos abierta; pero las modificaciones de la lengua y del paladar, que hacen articular, exigen atención, ejercicio; no se hacen sin querer hacerlas; todos los niños precisan aprenderlas, y muchos no lo logran con facilidad. En todas las lenguas, las exclamaciones más vivas son inarticuladas; los gritos, los gemidos, son voces simples; los mudos, es decir los sordos, sólo lanzan sonidos inarticulados. El padre Lami no concibe siquiera que los hombres hayan podido inventar otros si Dios no les hubiese enseñado expresamente a hablar. Las articulaciones se cuentan en pequeño número; los sonidos, en número infinito, y los acentos que los marcan pueden multiplicarse del mismo modo. Todas las notas de la música son otros tantos acentos. De éstos, es verdad, sólo tenemos tres o cuatro en la palabra; pero los chinos tienen muchos más: a cambio de ello tienen menos consonantes. A esa fuente de combinaciones, añadid la de los tiempos o la de la cantidad y tendréis no solamente más palabras sino más sílabas diversificadas que las que precisa la más rica de las lenguas.

No dudo en modo alguno que, independientemente del vocabulario y de la sintaxis, la primera lengua, de existir aún, habría conservado los rasgos y caracteres originales que la distinguirían de todas las demás. No solamente imágenes, todos los giros de esa lengua deberían estar en imágenes, en sentimientos, en figuras; sino que en su parte mecánica, esa lengua debería además responder a su primer objeto y presentar a los sentidos, así como al entendimiento, las impresiones casi ineludibles de la pasión que trata de comunicarse.

Como las voces naturales son inarticuladas, las palabras tendrían pocas articulaciones; bastarían algunas consonantes interpuestas para hacer desaparecer el hiato de las vocales y para volverlas fluidas y fáciles de pronunciar. En compensación, los sonidos serían muy variados, y la diversidad de los acentos multiplicaría las mismas voces; la cantidad, el ritmo, serían nuevas fuentes de combinaciones; de suerte que las voces, los sonidos, el acento y el número, que son de naturaleza, al dejar poco que hacer a las articulaciones que son de convención, llevarían a cantar en vez de hablar; la mayoría de las palabras radicales serían sonidos imitativos o del acento de las pasiones o del efecto de los objetos sensibles; la onomatopeya se dejaría sentir de continuo.

Esa lengua tendría muchos sinónimos para expresar el mismo ser en sus diferentes relaciones; tendría pocos adverbios y palabras abstractas para expresar esas mismas relaciones. Tendría muchos aumentativos, diminutivos, palabras compuestas, partículas expletivas para dar cadencia a los periodos y elegancia a las frases, tendría muchas irregularidades y anomalías; descuidaría la analogía gramatical para acentuar la eufonía, el número, la armonía y la belleza de los sonidos. En lugar de argumentos, tendría sentencias; persuadiría sin convencer y pintaría sin razonar; se parecería a la lengua china en ciertos aspectos; a la griega, en otros; a la árabe, en otros. Extended esas ideas en todas sus ramas y comprobaréis que el Cratilo de Platón no es tan ridículo como parece.

V. De la escritura

Cualquier estudiante de la historia y el progreso de las lenguas verá que cuanto más monótonas se vuelven las voces, más se multiplican las consonantes, y que los acentos que se pierden, las cantidades que se igualan, son remplazados por combinaciones gramaticales y por nuevas articulaciones: pero sólo por la fuerza del tiempo se producen estos cambios. A medida que las necesidades crecen, que los asuntos se complican, que las luces se desarrollan, la lengua cambia de carácter; se hace más exacta y menos apasionada; sustituye los sentimientos por las ideas; no habla ya al corazón sino a la razón. De ahí que el acento se extinga, la articulación se extienda, la lengua se haga más exacta, más clara pero más lánguida, más sorda y más fría. Este progreso me parece completamente natural.

Otro medio de comparar las lenguas y de juzgar su antigüedad se desprende de la escritura, y ello en razón inversa de la perfección de este arte. Cuanto más burda es la escritura, más antigua es la lengua. La primera manera de escribir no consiste en pintar los sonidos sino los objetos mismos, ya sea directamente, como hacían los mexicanos, ya sea por medio de figuras alegóricas, como hicieron los egipcios antaño. Este plano responde a la lengua apasionada y supone ya tanto una sociedad como las necesidades engendradas por las pasiones.

La segunda manera es representar las palabras y las proposiciones por medio de caracteres convencionales, cosa que no puede hacerse más que cuando la lengua está cabalmente formada y a todo un pueblo lo unen leyes comunes, pues ya existe aquí una doble convención: tal es la escritura de los chinos; eso es en verdad pintar los sonidos y hablar a los ojos.

La tercera consiste en descomponer la voz hablada en cierto número de partes elementales, ora vocales, ora articuladas, con que poder formar todas las palabras y todas las sílabas imaginables. Esta manera de escribir, que es la nuestra, ha debido ser concebida por pueblos comerciantes que, al viajar por diversos países y verse obligada a hablar numerosas lenguas, tuvieron que inventar por fuerza caracteres que pudiesen ser comunes a todas. Esto no es precisamente pintar la palabra, es analizarla.

Esas tres maneras de escribir responden con harta exactitud a los tres diversos estados bajo los que se puede considerar a los hombres agrupados en naciones. La pintura de los objetos conviene a los pueblos salvajes bárbaros, y el alfabeto a los pueblos civilizados.

Así que no hay que pensar que esta última invención prueba la gran antigüedad del pueblo que la inventó. Por el contrario, resulta probable que el pueblo que dio con ella haya tenido en mente una comunicación más fácil con otros pueblos hablantes de otras lenguas, que por lo menos eran sus contemporáneos y que bien podían ser más antiguos que él. No es posible decir lo mismo de los otros dos métodos. Confieso empero que, de atenerse a la historia y a los hechos conocidos, la escritura del alfabeto parece remontarse tan atrás como cualquier otra. Pero no resulta asombroso que nos falten monumentos de los tiempos en que no se escribía con ella.

Es poco verosímil que los primeros a quienes se les ocurrió resolver la palabra en signos elementales hayan hecho en un principio divisiones muy exactas. Cuando se dieron cuenta de la insuficiencia de su análisis, unos, como los griegos, multiplicaron los caracteres de su alfabeto, otros se contentaron variando el sonido o el sentido por medio de posiciones o de combinaciones diversas. Así parecen escritas las inscripciones de las ruinas de Persépolis cuyos ectipos ha dibujado Chardin. Solamente se distinguen ahí dos figuras o caracteres, aunque de tamaños diversos y puestos en diferentes sentidos. Esa lengua desconocida y de una antigüedad que casi causa espanto, debía haber estado bien formada, empero, a juzgar por la perfección de las artes que anuncian los caracteres y los monumentos admirables donde esas inscripciones se encuentran. Ignoro por qué se habla tan poco de esas ruinas asombrosas: cuando leo su descripción en Chardin, me creo transportado a otro mundo. Me parece que todo esto da mucho más qué pensar.

El arte de escribir no se relaciona en lo absoluto con el de hablar. Va determinado por necesidades de otra naturaleza, que nacen más temprano o más tarde, según circunstancias completamente independientes de la duración de los pueblos, y que podrían no haber tenido nunca lugar entre las naciones más antiguas. Se ignora durante cuántos siglos el arte de los jeroglíficos fue quizás la única escritura de los egipcios; y está comprobado que una escritura similar puede bastar a un pueblo cultivado, como por ejemplo el de los mexicanos que tenían una menos cómoda aún.

Al comparar el alfabeto copto con el alfabeto sirio o fenicio, se aprecia sin demasiada dificultad que uno viene del otro; no sería sorprendente que este último fuese el original, ni que el pueblo más moderno hubiese instruido al más antiguo a este respecto. También resulta claro que el alfabeto griego proviene del alfabeto fenicio; y aun se ve que tiene que provenir de ahí. Sea Cadmo o cualquier otro quien lo haya traído de Fenicia, parece seguro en todo caso que los griegos no fueron a buscarlo y que los fenicios lo llevaron por sí mismos: pues, de los pueblos de Asia y África, ellos fueron los primeros y prácticamente los únicos que comerciaron en Europa, y ellos fueron antes hacia donde los griegos que los griegos hacia ellos: lo cual no prueba de ningún modo que el pueblo griego no sea tan antiguo como el pueblo de Fenicia.

En un principio, los griegos no sólo adoptaron los caracteres de los fenicios, sino incluso la dirección de sus líneas, de derecha a izquierda. Luego se les ocurrió escribir por surcos, o sea volviendo de la izquierda a la derecha y luego de la derecha a la izquierda, alternativamente. Por fin llegaron a escribir, como hacemos hoy en día, empezando todas las líneas de izquierda a derecha. Este progreso no tuvo nada de natural: la escritura por surcos es, sin contradicción, la de más cómoda lectura. Hasta me sorprende que no haya sido establecida por la imprenta; pero como era difícil de escribir a mano, debió desaparecer cuando los manuscritos se multiplicaron.

Pero, si bien el alfabeto griego proviene del alfabeto fenicio, no se desprende de ahí que la lengua griega provenga de la fenicia. Una de estas proposiciones no depende de la otra, y parece que la lengua griega era ya muy antigua, y que entre los griegos el arte de escribir era reciente y aun imperfecto. Hasta el sitio de Troya sólo tuvieron, si es que las tuvieron, dieciséis letras. Se dice que Palamedes añadió cuatro y que Simónides las otras cuatro. Todo ello en líneas generales. Por el contrario, el latín, lengua más moderna, tuvo casi desde su nacimiento un alfabeto completo, del cual los primeros romanos apenas se sirvieron, pues empezaron muy tarde a escribir su historia y, entre tanto, los lugares sólo se señalaban con clavos.

Por lo demás no hay una cantidad de letras o de elementos de la palabra absolutamente determinada; unos tienen más, otros tienen menos, según las lenguas y según las diversas modificaciones que se dé a las voces y a las consonantes. Quienes no cuentan más que cinco vocales se equivocan bastante: los griegos escribían siete, los primeros romanos seis; los señores de Port-Royal cuentan diez, el señor Duclos diecisiete; y no dudo que se pudieran encontrar muchas más, si la costumbre hubiese hecho al oído más sensible y a la boca más diestra en la articulación y reconocimiento de las diversas modificaciones de que son susceptibles las letras. Según la delicadeza del órgano, se encontrarán más o menos modificaciones entre la a aguda y la o grave, entre la i y la e abiertas, etc. Lo puede experimentar cada uno pasando de una vocal a otra mediante una voz continua y matizada, pues que se pueden fijar más o menos esos matices y señalarlos mediante caracteres particulares, según se haya vuelto uno más o menos sensible a fuerza de costumbre; y esa costumbre depende de las voces usadas con mayor frecuencia en el lenguaje, y a las que el órgano se conforma insensiblemente. Lo mismo puede decirse de algunas variantes de las letras articuladas o de las consonantes. Pero la mayoría de las naciones no lo hacen así; han tomado el alfabeto unas de otras para representar mediante los mismos caracteres voces y articulaciones muy diferentes; lo cual lleva a que, por exacta que sea la ortografía, ridículamente uno siempre lee una lengua distinta a la suya, a menos de haberlo practicado mucho.

La escritura, que al parecer debería fijar la lengua, es precisamente lo que la altera; no cambia las palabras sino el genio mismo de la lengua; remplaza la exactitud por la expresión. Uno comunica sus sentimientos cuando habla, y sus ideas cuando escribe. Al escribir se ve uno obligado a tomar todas las palabras en su sentido común; pero quien habla varía las acepciones con los tonos, las determina a placer; menos preocupado por ser claro, da más a la fuerza; y no es posible que una lengua que se escribe conserve durante mucho tiempo la vivacidad de la que sólo es hablada. Se escriben las voces y no los sonidos; ahora bien, en una lengua acentuada, son los sonidos, los acentos, las inflexiones de toda especie, los que constituyen la energía mayor del lenguaje y hacen que una frase, por lo demás común, solamente resulte adecuada por el lugar en que se halla. Los medios que se emplean para remplazar a éste extienden, prolongan la lengua escrita y, al pasar de los libros al discurso, debilitan la palabra misma. Diciéndolo todo como se escribiría, lo único que se hace es leer al hablar.

VI. Si es probable que Homero haya sabido escribir

A pesar de todo lo que se nos diga de la invención del alfabeto griego, la creo mucho más moderna de lo que se le supone, y fundo principalmente esta opinión en el carácter de la lengua. A menudo me ha surgido en el espíritu la duda, no solamente de que Homero haya sabido escribir sino de que se escribiera en su tiempo. Lamento mucho que esa duda se vea tan formalmente desmentida por la historia de Belerofonte en la Iliada; como tengo la desgracia, al igual que el padre Hardouin, de ser un poco obstinado en mis paradojas, si fuese menos ignorante tendría la poderosa tentación de extender mis dudas sobre esa historia y de acusarla de haber sido interprelada, sin mayor examen, por los compiladores de Homero. No sólo se ven pocas huellas de ese arte en el resto de la Iliada sino que me atrevo a adelantar que toda la Odisea no es más que un tejido de tonterías y de inepcias que una letra o dos hubiesen convertido en humo, en vez de hacer a este poema algo razonable, y aun bastante bien manejado, suponiendo que sus héroes hayan ignorado la escritura. Si la Iliada hubiese sido escrita, habría sido mucho menos cantada, las rapsodias habrían sido menos complicadas y se habrían multiplicado menos. Ningún otro poeta ha sido tan cantado, salvo Tasso en Venecia; con todo, sólo lo ha sido por los gondoleros, que no son muy buenos lectores. La diversidad de los dialectos empleados por Homero constituye un prejuicio sólido. Los dialectos distinguidos por la palabra se aproximan y se confunden por la escritura, todo se remonta insensiblemente a un modelo común. Cuanto más lee y se instruye una nación, tanto más se borran sus dialectos; y al fin sólo subsisten en forma de jerga entre el pueblo, que lee poco y no escribe nada.

Ahora bien, como esos dos poemas son posteriores al sitio de Troya, tampoco es evidente que los griegos que hicieron ese sitio conocieran la escritura, y que el poeta que lo contó no lo conociera. Estos poemas quedaron mucho tiempo escritos solamente en la memoria de los hombres; fueron reunidos por escrito muy tardíamente y con hartos esfuerzos. Cuando Grecia comenzó a abundar en libros y en poesía escrita, todo el encanto de la de Homero se hizo sentir en comparación. Los otros poetas escribían, sólo Homero había cantado; y sus cantos divinos no dejaron de ser escuchados con arrobamiento más que cuando Europa se cubrió de bárbaros que se entrometieron juzgando lo que no podían sentir.

VII. De la prosodia moderna

No tenemos ninguna idea de una lengua sonora y armoniosa que hable tanto por medio de los sonidos como por medio de las voces. Quien crea que se puede sustituir el acento por los acentos cae en un engaño; sólo se inventan los acentos cuando el acento ya se ha perdido. Hay más: creemos tener acentos en nuestra lengua, y no los tenemos en lo absoluto: nuestros supuestos acentos sólo son vocales o signos de cantidad: no señalan ninguna variedad de sonidos. La prueba está en que esos acentos se transmiten por medio de intervalos desiguales o por medio de modificaciones de los labios, de la lengua o del paladar, procesos todos que producen la diversidad de los sonidos. Así, cuando nuestro acento circunflejo no es una voz simple, es una larga o no es nada. Veamos ahora lo que sucedía entre los griegos.

Dionisio de Halicarnaso dice que la elevación del tono en el acento agudo y su descenso en el grave eran de un quinto: así el acento prosódico era también musical, sobre todo el circunflejo, donde la voz, luego de haber subido un quinto, bajaba otro quinto sobre la misma sílaba. Por este pasaje y por lo que en él registra el señor Duclos, se ve bastante bien cómo él no reconoce acento musical alguno en nuestra lengua, sino solamente el acento prosódico y el acento vocal. Se añade a eso un acento ortográfico, que no altera en nada la voz ni el sonido ni la cantidad, pero que tan pronto indica una letra suprimida, como el circunflejo, y tan pronto fija el sentido equívoco de un monosílabo, como el acento supuestamente grave que distingue adverbio de lugar, de ou partícula disyuntiva, y à, tomada como un artículo, de la misma a tomada como un verbo; el acento en cuestión sólo distingue los monosílabos a la vista, nada los distingue en la pronunciación. De ese modo la definición del acento que los franceses han adoptado generalmente no conviene a ninguno de los acentos de su lengua.

Espero que muchos de sus gramáticos, convencidos de que los acentos señalan la elevación o el descenso de la voz, protesten por esta paradoja, y en lugar de poner más cuidado en la observación de la experiencia, crean marcar mediante las modificaciones de la glotis esos mismos acentos que producen únicamente variando la abertura de la boca o la de la lengua. Empero, lo que tengo que decirles para verificar la experiencia y volver incuestionable mi prueba es esto:

Tomad exactamente con la voz el unísono de algún instrumento de música; y, sobre ese unísono, pronunciad una tras otra todas las palabras francesas más diversamente acentuadas que os sea posible reunir: como aquí no se trata del acento oratorio sino solamente del acento gramatical, no es necesario que esas diversas palabras tengan un sentido en conjunto. Al hablar así, observad si no marcaría con el mismo sonido todos los acentos, tan sensibles, tan nítidamente como si los pronunciarais sin dificultad variando el tono de voz. Ahora bien, supuesto ese hecho, y es incontestable, afirmo que, ya que todos vuestros acentos se expresan sobre el mismo tono, no señalan en consecuencia sonidos diversos. No me imagino qué se puede responder a eso.

Cualquier lengua donde se puedan adoptar diversos aires musicales sobre las mismas palabras carece en lo absoluto de acento musical determinado. Si el acento estuviese determinado, el aire lo estaría también; a partir del momento en que el canto es arbitrario, el acento no cuenta para nada.

Las lenguas modernas de Europa se encuentran todas más o menos en el mismo caso. Ni siquiera hago excepción de la italiana. La lengua italiana, igual que la francesa, no es en sí misma una lengua musical. La diferencia reside solamente en que la una se presta a la música y la otra no.

Todo esto lleva a la confirmación de aquel principio según el cual, por un progreso natural, todas las lenguas letradas deben cambiar de carácter y perder fuerza al ganar claridad; principio para el que, cuanto más esfuerzos se hacen por perfeccionar la gramática y la lógica, tanto más se acelera ese progreso, y conforme al que, cuando se desea que una lengua se haga rápidamente fría y monótona, basta con establecer academias entre el pueblo que la habla.

Las lenguas derivadas se conocen por la diferencia entre la ortografía y la pronunciación. Cuanto más antiguas y originales son las lenguas, menos arbitrariedad hay en la manera de pronunciarlas y, en consecuencia, hay menos complicación en los caracteres para determinar esa pronunciación. Todos los signos prosódicos de los antiguos, dice el señor Duclos, suponiendo que estuviese bien fijado su empleo, aún no llegaban a tener valor en el uso. Diré más: fueron remplazados. Los antiguos hebreos no contaban ni con puntos ni con acentos, ni siquiera tenían vocales. Cuando las otras naciones quisieron ponerse a hablar hebreo, y cuando los judíos hablaron otras lenguas, la suya perdió su acento; para regularla se hicieron necesarios puntos y signos; y esto restableció mucho mejor el sentido de las palabras que la pronunciación de la lengua. Al hablar hebreo, los judíos de nuestros días ya no serían entendidos por sus antepasados.

Para saber inglés es preciso aprenderlo dos veces: una al leerlo, otra al hablarlo. Si un inglés lee en voz alta y un extranjero echa una mirada sobre el libro, el extranjero no advertirá relación alguna entre lo que ve y lo que oye. ¿Por qué sucede esto? Porque, como Inglaterra ha sido conquistada sucesivamente por diversos pueblos, las palabras se han escrito siempre igual, mientras que la manera de pronunciarlas ha cambiado con frecuencia. Existe ciertamente una gran diferencia entre los signos que determinan el sentido de la escritura y los que norman la pronunciación. No sería difícil hacer únicamente con las consonantes una lengua muy clara por escrito, pero que nadie sabría hablar. El álgebra tiene algo de tal lengua. Cuando una lengua es más clara por su ortografía que por su pronunciación, ése es un signo de que es una lengua más escrita que hablada: tal podría ser la lengua culta de los egipcios; tales serían para nosotros las lenguas muertas. En las que están cargadas de consonantes inútiles, la escritura parece incluso haber precedido a la palabra: ¿y quién no creería que el polaco se encuentra en ese caso? De ser así, el polaco debería ser la más fría de todas las lenguas.

VIII. Diferencia general y local en el origen de las lenguas

Todo lo que he dicho hasta aquí conviene a las lenguas primitivas en general y a los progresos que resultan de su duración, pero no explica ni su origen ni sus diferencias. La causa principal que las distingue es local, proviene de los climas donde nacen y de la manera en que se forman: hay que remontarse a esta causa para concebir la diferencia general y característica que se observa entre las lenguas del Mediterráneo y las del Norte. El gran defecto de los europeos reside en filosofar sobre el origen de las cosas a partir de lo que sucede alrededor de ellos. No dejan de mostrarnos a los primeros hombres habitando una tierra ruda e ingrata, muertos de frío y hambre, apurados por hacerse un abrigo y ropa; no ven en todas partes más que la nieve y los hielos de Europa, sin pensar que la especie humana, como todas las demás, ha nacido en los países cálidos, y que en las dos terceras partes del globo el invierno apenas si es conocido.

Cuando se quiere estudiar a los hombres, es necesario mirar acerca de sí; pero para estudiar al hombre, hay que aprender a llevar la vista a lo lejos; hay que observar primero la diferencia para descubrir luego las propiedades.

El género humano, nacido en los países cálidos, se extiende desde allí a los países fríos; en éstos se multiplica, para luego fluir de vuelta a los países cálidos. De esta acción y reacción provienen las revoluciones de la Tierra y las constantes agitaciones de sus habitantes. Intentemos seguir en nuestras investigaciones el orden mismo de la naturaleza. Entro en una extensa digresión sobre un tema tan debatido que hasta es trivial, pero al que siempre es necesario volver aunque sea para dar con el origen de las instituciones humanas.

IX

En los primeros tiempos, los hombres desperdigados sobre la faz de la Tierra no tenían otra sociedad que la de la familia, otras leyes que las de la naturaleza, otra lengua que la del gesto y algunos sonidos inarticulados. No se encontraban vinculados por ninguna idea de fraternidad común; y, como carecían de otro árbitro que la fuerza, se creían enemigos entre sí. Su debilidad e ignorancia les daban esta opinión. No conocían nada, lo temían todo; atacaban para defenderse. Un hombre abandonado solo sobre la Tierra, a merced del género humano, ha de ser un animal feroz. Estaba listo a hacerles a los otros el mal que temía de ellos. El temor y la debilidad son las fuentes de la crueldad.

Las afecciones sociales solamente se desarrollan en nosotros con nuestras luces. Aunque natural para el corazón humano, la piedad permanecería eternamente inactiva sin la imaginación que la pone en juego. ¿Cómo nos dejamos conmover por la piedad? Transportándonos fuera de nosotros mismos; identificándonos con el ser que sufre. Sólo sufrimos al juzgar que él sufre; no es en nosotros, es en él en quien sufrimos. Que se piense cuántos conocimientos adquiridos supone esa conducta. ¿Cómo podría yo imaginar males de los que no tengo idea alguna? ¿Cómo sufriría viendo sufrir a otro, si ni siquiera sé que sufre, si ignoro lo que hay de común entre él y yo? Él nunca ha reflexionado: no puede ser clemente ni justo ni piadoso; tampoco puede ser malo ni vengativo. El que no imagina nada, sólo se siente a sí mismo; se encuentra solo en medio del género humano.

La reflexión nace de las ideas comparadas, y es la pluralidad de las ideas la que lleva a compararlas. El que solamente ve un objeto, no tiene alguna comparación que hacer. El que no ve más que un pequeño número y siempre el mismo desde su infancia, no los compara todavía, pues la costumbre de verlos le quita la atención necesaria para examinarlos; pero a medida que un objeto nuevo nos impresiona, queremos conocerlo; le buscamos relaciones entre los que nos son conocidos. Así aprendemos a considerar lo que está a nuestra vista, y lo que nos resulta extraño nos lleva al examen de lo que toca.

Aplicad estas ideas a los primeros hombres y veréis la razón de su barbarie. Como nunca habían visto más que lo que estaba a su alrededor, ni siquiera eso conocían. Tenían la idea de un padre, de un hijo, de un hermano, pero no de un hombre. Su cabaña contenía a todos sus semejantes; un extranjero, una bestia, un monstruo eran para ellos lo mismo: fuera de ellos y de su familia, el universo entero era nada.

De ahí las contradicciones aparentes que se observan entre los padres de las naciones; tanta naturalidad y tanta inhumanidad; costumbres tan feroces y corazones tan tiernos; tanto amor por su familia y tanta aversión por su especie. Concentrados entre quienes estaban cerca, todos sus sentimientos tenían mayor energía. Todo lo que conocían les era querido. Enemigos del resto del mundo, que no veían y que ignoraban, detestaban todo lo que no podían conocer.

Estos tiempos de barbarie eran la edad de oro no porque los hombres estuvieran unidos sino porque estaban separados. Se dice que cada uno se creía el amo de todo; puede ser, pero nadie conocía ni deseaba más que lo que se encontraba bajo su mano; lejos de aproximarlo a sus semejantes, sus necesidades lo distanciaban. Los hombres, si se quiere, se atacaban al encontrarse, pero en aquel entonces raramente se encontraban. El estado de guerra reinaba por doquier, y toda la Tierra estaba en paz.

Los primeros hombres fueron cazadores o pastores, no labradores; los primeros bienes fueron los rebaños y no los campos. Antes de que la propiedad de la tierra estuviese repartida, nadie pensaba en cultivarla. La agricultura es un arte que exige instrumentos; sembrar para cosechar es una precaución que exige previsión. El hombre en sociedad busca extenderse; el hombre aislado se retrae. Fuera del alcance de su vista y de su brazo no hay para él ni derecho ni propiedad. Cuando el cíclope ha rodado la piedra a la entrada de su caverna, sus rebaños y él están seguros. Pero ¿quién podría guardar las cosechas de aquel por quien las leyes no velan?

Se me dirá que Caín fue labrador, y que Noé plantó la viña. ¿Por qué no? Estaban solos; ¿qué tenían que temer? Por lo demás esto no me contradice; ya dije lo que entendía por primeros tiempos. Al volverse fugitivo, Caín se vio obligado a abandonar la agricultura; la vida errante de los descendientes de Noé también debió habérsela hecho olvidar. Fue preciso poblar la Tierra antes de cultivarla; estas dos cosas se hacen mal juntas. Durante la primera dispersión del género humano, hasta que la familia fue detenida, y hasta que el hombre tuvo una habitación fija, no hubo agricultura alguna. Los pueblos que no se establecen no sabrían cultivar la tierra: como antaño los nómadas, como los árabes que vivían bajo las tiendas, los escitas en sus carros; como hoy los tártaros errantes y los salvajes de América.

Generalmente, en los pueblos cuyo origen nos es conocido, se encuentran primero bárbaros voraces y carniceros antes que agricultores y granívoros. Los griegos nombran al primero que les enseñó a labrar la tierra, y al parecer sólo conocieron ese arte tardíamente. Pero cuando añaden que antes de Triptolemo sólo vivían de bellotas, dicen algo poco verosímil y que desmiente su propia historia, pues comían carne antes de Triptolemo, ya que se la prohibió. Por lo demás no se ve que hayan tenido muy en cuenta tal prohibición.

En los festines de Homero se mata un buey para regalar a los huéspedes, igual que en nuestros días se mataría un lechón. Al leer que Abraham sirvió una ternera a tres personas, que Eumeo hizo rostizar dos cabritos para la cena de Ulises, y que otro tanto hizo Rebeca para la de su marido, se puede juzgar cuánta carne devoraban los terribles hombres de aquella edad. Para imaginar las comidas de los antiguos, sólo hay que ver las de los salvajes hoy día (por poco digo las de los ingleses).

El primer pastel que fue comido constituyó la comunión del género humano. Cuando los hombres comenzaron a establecerse, desbrozaron un poco de tierra en torno a su cabaña; más que un campo era un jardín. El poco grano cosechado se machacaba entre dos piedras; se hacían algunos pasteles que se cocían bajo la ceniza, o sobre una brasa, o sobre una piedra ardiente, y que sólo se comían en las grandes festividades. Esta antigua costumbre, consagrada por la Pascua entre los judíos, todavía se conserva hoy en Persia y en la India. Ahí solamente se comen panes sin levadura, y esos panes se cuecen en hojas delgadas y se consumen en cada comida. Solamente pensaron en fermentar el pan cuando tuvieron que hacer más, pues la fermentación se hace mal con pequeñas cantidades.

Sé que la agricultura en grande ya se encuentra desde los tiempos de los patriarcas. La vecindad de Egipto debió haberla llevado a Palestina en épocas muy tempranas. El libro de Job, acaso el más antiguo de todos los libros existentes, habla ya del cultivo de los campos; cuenta quinientos pares de bueyes entre las riquezas de Job: la palabra pares muestra a esos bueyes acoplados para el trabajo. Dice positivamente que esos bueyes labraban cuando los sabeos los robaron y se imagina qué extensión de tierra debían labrar quinientos pares de bueyes.

Aunque todo esto es verdad, no confundamos las épocas. La época patriarcal que conocemos se encuentra muy lejos de la primera edad. La Escritura cuenta diez generaciones de una época a la otra en aquellos tiempos en que los hombres vivían mucho. ¿Qué hicieron durante esas diez generaciones? No sabemos. Como vivían desperdigados y prácticamente sin sociedad, apenas hablaban: ¿cómo podían escribir? y, en la uniformidad de su vida aislada, ¿qué acontecimientos hubieran podido transmitirnos?

Adán hablaba; Noé hablaba; concedámoslo. Adán había sido instruido por Dios mismo. Al dividirse, los hijos de Noé abandonaron la agricultura, y la lengua común naufragó con la primera sociedad. Eso habría sucedido incluso cuando no hubiese habido jamás una torre de Babel. Se ha visto en las islas desiertas que los solitarios olvidan su propia lengua. Raramente, después de varias generaciones, los hombres conservan su primera lengua fuera de su país, aun cuando tengan trabajos comunes y vivan en sociedad entre sí.

Desperdigados por el vasto desierto del mundo, los hombres recayeron en la misma estúpida barbarie en que se hubiesen encontrado de haber nacido de la tierra. Siguiendo esas ideas tan naturales es fácil conciliar la autoridad de la Escritura con los monumentos antiguos, y no se ve uno obligado a tratarlas como fábulas tradicionales tan antiguas como los pueblos que nos las legaron.

Era preciso vivir en aquel estado de embrutecimiento. Los más activos, los más robustos, quienes iban siempre adelante sólo podían vivir de los frutos y de la caza: en consecuencia, se volvieron cazadores, violentos, sanguinarios; luego, con el tiempo, guerreros, conquistadores, usurpadores. La historia ha mancillado sus monumentos con los crímenes de los primeros reyes; las guerras y las conquistas sólo son cacerías de hombres. Luego de haberlos conquistado, sólo les faltaba devorarlos: y eso fue lo que sus sucesores aprendieron a hacer.

Menos activo y más sereno, el mayor número se detuvo tan pronto como pudo, reunió el ganado, lo abasteció, lo hizo dócil a la voz del hombre, para nutrirse de él; aprendió a guardarlo, a multiplicarlo: y así comenzó la vida pastoral.

La industria humana se extiende con las necesidades que la hacen nacer. De los tres modos de vida posibles para el hombre, a saber, la caza, el cuidado de los rebaños y la agricultura, la primera ejercita al cuerpo para la fuerza, la agilidad y la carrera; al alma la ejercita en la valentía y el ingenio: endurece al hombre y lo vuelve feroz. La tierra de los cazadores no es durante mucho tiempo la de la caza. A la caza mayor hay que perseguirla desde lejos; de ahí la equitación. Es preciso alcanzar a esa misma presa que huye; de ahí las armas ligeras, la honda, la flecha, la jabalina. El arte pastoral, padre del reposo y de las pasiones ociosas, es el que menos se basta a sí mismo. Proporciona al hombre, prácticamente sin esfuerzo, la vida y el vestido, le proporciona incluso su morada. Las tiendas de los primeros pastores estaban hechas con la piel de las bestias: el techo del arca y del tabernáculo de Moisés no estaban hechos de otra tela. En cuanto a la agricultura, más lenta en nacer, requiere de todas las artes; introduce la propiedad, el gobierno, las leyes y, gradualmente, la miseria y los crímenes, inseparables para nuestra especie de la ciencia del bien y del mal. En consecuencia, los griegos no sólo consideraban a Triptolemo como el inventor de un arte útil, sino también como un pedagogo y un sabio, al que le debían su primera disciplina y sus primeras leyes. Por el contrario, Moisés parece reprobar la agricultura, atribuyéndole un malvado por inventor y haciendo que Dios rechace sus ofrendas. Se diría que el primer labrador presagiaba en su propio carácter los malos efectos de su arte. El autor del Génesis había visto más lejos que Herodoto.

A la división precedente se asocian los tres estados del hombre considerado en relación con la sociedad. El salvaje es cazador, el bárbaro es pastor, el hombre civilizado es labrador.

Sea que se busque el origen de las artes, sea que se observen las primeras costumbres, se ve cómo se relaciona todo en su principio con los medios de proveerse para la subsistencia; y por lo que hace a esos medios que reúnen a los hombres, están determinados por el clima y por la naturaleza del suelo. En consecuencia también hay que explicar por las mismas causas la diversidad de las lenguas y la oposición de sus caracteres.

Los climas suaves y los países feraces y fértiles fueron los primeros en ser poblados y los últimos donde se formaron las naciones porque ahí los hombres podían prescindir más fácilmente unos de otros, y porque las necesidades que hacen nacer la sociedad se hicieron sentir ahí más tardíamente.

Imaginad una primavera perpetua sobre la Tierra; imaginad agua, ganado, pastos por doquier; imaginad que los hombres saliendo de las manos de la naturaleza se dispersan de una vez entre todo eso; no se ocurre cómo habrían renunciado a su libertad primitiva y abandonado la vida aislada y pastoral, tan de acuerdo con su natural indolencia, para imponerse sin necesidad la esclavitud, los trabajos, las miserias inseparables del estado social.

Quien deseó que el hombre fuese social tocó con el dedo el eje del globo y lo inclinó sobre el eje del universo. Por ese ligero movimiento, veo cambiar la faz de la Tierra y decidirse la vocación del género humano; oigo a lo lejos los gritos de alegría de una multitud insensata; veo levantarse palacios y ciudades, veo nacer las artes, las leyes, el comercio; veo que los pueblos se forman y se extienden, se disuelven, se suceden como las olas del mar; veo que los hombres, reunidos sobre algunos puntos de su residencia para devorarse ahí en abierta reciprocidad, hacen un horrible desierto del resto del mundo, digno momento de la unión social y de la utilidad de las artes.

La tierra nutre a los hombres; pero cuando las primeras necesidades los han diseminado, otras necesidades los reúnen, sólo entonces hablan y hacen hablar de ellos. Para no encontrarme en contradicción, hay que darme tiempo de explicarme.

Si se busca en qué lugares nacieron los padres del género humano, de dónde salieron las primeras colonias, de dónde vinieron las primeras emigraciones, nadie nombrará los climas bienhechores del Asia Menor, ni de Sicilia, ni de África: nombrará las arenas de Caldea, los peñascos de Fenicia. Veréis los mismos en todos los tiempos. Por mucho que China se pueble de chinos, también se puebla de tártaros: los escitas inundaron Europa y Asia; actualmente las montañas de Suiza vierten en nuestras más fértiles regiones una colonia perpetua que promete no agotarse.

Resulta natural, se dice, que los habitantes de una tierra estéril la abandonen para ocupar otra mejor. Muy bien, pero ¿por qué esa tierra mejor, en vez de hormiguear de sus propios habitantes, hace lugar a otros? Para salir de una tierra estéril es necesario estar en ella: ¿por qué pues tantos hombres nacen ahí de preferencia? Uno creería que las tierras ingratas sólo deberían poblarse con los excedentes de las tierras fértiles, y vemos que sucede lo contrario. La mayoría de los pueblos latinos se decían aborígenes, mientras que a la gran Grecia, mucho más fértil, sólo la poblaban extranjeros: todos los pueblos griegos confesaban remontar su origen a diversas colonias, salvo aquel cuyo suelo era el peor, a saber, el pueblo ático, que se decía autóctono o nacido de sí mismo. En fin, sin pretender traspasar la noche de los tiempos, los siglos modernos ofrecen una observación decisiva: pues ¿qué clima del mundo es más triste que el que fue llamado la fábrica del género humano?

Las asociaciones de hombres son, en su mayor parte, obra de los accidentes de la naturaleza: los diluvios particulares, los mares extravasados, las erupciones de los volcanes, los grandes temblores de tierra, los incendios prendidos por el relámpago que destruían bosques enteros; todo lo que debió espantar y dispersar a los salvajes habitantes de una región, debió reunirlos en seguida para reparar en común las pérdidas comunes: las tradiciones de las desgracias de la Tierra, tan comunes en aquellos antiguos tiempos, muestran de qué instrumentos se sirvió la Providencia para obligar a los humanos a acercarse. Desde que las sociedades quedaron establecidas, cesaron esos grandes accidentes y se volvieron cada día más raros: al parecer también hoy debe ser así; las mismas desgracias que reunieron a los hombres dispersos por la Tierra o diseminarían a los que están reunidos.

La revolución de las estaciones constituye otra causa más general y más permanente, que debió producir el mismo efecto en los climas expuestos a esa variedad. Obligados a abastecerse para el invierno, los habitantes se ven en el caso de ayudarse mutuamente, se ven impuestos a establecer entre sí alguna especie de convención. Cuando las correrías se vuelven imposibles y el rigor del frío los detiene, la fatiga los liga tanto como la necesidad: sepultados en sus hielos, los lapones, los esquimales, el más salvaje de todos los pueblos, se reúnen durante el invierno en sus cavernas, y en el verano ya no se conocen. Aumentad un grado su desarrollo y sus luces, y los veréis reunidos para siempre.

Ni el estómago ni los intestinos del hombre están hechos para digerir la carne cruda: por lo general, no la toleran. Acaso con la única excepción de los esquimales de que acabo de hablar, los salvajes mismos asan sus carnes. Al uso del fuego, necesario para cocerlas, se añade el placer que da a la vista, y su calor agradable al cuerpo: el aspecto de la llama, que hace huir a los animales, atrae al hombre. Hay reuniones alrededor del hogar común, se hacen fiestas, se baila; ahí los suaves lazos de la costumbre aproximan insensiblemente al hombre a sus semejantes, y sobre ese hogar rústico arde el fuego sagrado que lleva al fondo de los corazones el primer sentimiento de la humanidad.

En las tierras cálidas, las fuentes y los ríos, desigualmente dispersos, son otros puntos de reunión tanto más necesarios cuanto que los hombres pueden prescindir menos del agua que del fuego: los bárbaros sobre todo, que viven de sus rebaños, requieren abrevaderos comunes, y la historia de los tiempos más antiguos nos enseña que, en efecto, fue ahí donde empezaron sus tratados y sus querellas. La abundancia de las aguas puede retardar la sociedad en los lugares bien irrigados. Por el contrario, en los lugares áridos fue preciso recurrir a cavar pozos, a trazar canales para abrevar el ganado; se ven ahí hombres asociados desde tiempos inmemoriales, pues o la tierra quedaba desierta o el trabajo humano la volvía habitable. Pero la propensión que tenemos a relacionar todo con nuestras costumbres vuelve necesarias algunas reflexiones sobre lo anterior.

El estado original de la tierra difería mucho del que tiene hoy en día: se le ve arreglada o desfigurada por la mano del hombre. El caos fingido por los poetas en los elementos reinaba más bien en sus producciones. En aquellos tiempos remotos, cuando las revoluciones eran frecuentes, cuando mil accidentes alteraban la naturaleza del suelo y los aspectos del terreno, cuando todo crecía confuso, árboles, legumbres, arbustos, pastos, ninguna especie tenía tiempo de apoderarse del terreno que le convenía mejor y de sofocar ahí a las demás; se separaban lentamente, poco a poco; y luego sobrevenía un estrago que lo confundía todo.

Hay una relación tal entre las necesidades del hombre y las producciones de la tierra, que basta que esté habitada para que todo subsista; pero antes de que los hombres reunidos lograran mediante sus trabajos comunes un equilibrio entre sus producciones, era necesario para que todas éstas subsistieran que la naturaleza se encargara sola del equilibrio que la mano del hombre conserva hoy; ella mantenía o restablecía ese equilibrio por medio de revoluciones, como ellos lo mantienen o restablecen hoy en día por medio de su inconstancia. La guerra, que aun no reinaba entre ellos, parecía reinar entre los elementos. Los hombres no incendiaban ciudades, no cavaban minas, no abatían árboles; pero la naturaleza encendía volcanes, estimulaba temblores de tierra, y el fuego del cielo consumía los bosques. Entonces un relámpago, un diluvio, una exhalación, hacían en pocas horas lo que cien mil brazos humanos hacen hoy en un siglo. Sin eso, no veo cómo hubiera podido subsistir el sistema y mantenerse el equilibrio. En los dos reinos organizados, las grandes especies hubiesen absorbido a la larga a las pequeñas, toda la Tierra sólo hubiese estado cubierta de árboles y de bestias feroces; al final, todo hubiese perecido.

Poco a poco las aguas habrían perdido la circulación que vivifica la tierra. Las montañas se degradan y disminuyen; crecen los ríos, el mar se colma y se dilata: todo tiende insensiblemente al nivel: la mano de los hombres retiene esa inclinación y retarda ese progreso: sin ellos sería más acelerado y la tierra quizás ya se encontraría bajo el manto de las aguas. Antes del trabajo humano, las fuentes, mal distribuidas, se extendían más desigualmente, fertilizaban menos la tierra, abrevaban más difícilmente a sus habitantes. A menudo los ríos eran inaccesibles, sus orillas eran escarpadas o pantanosas: como el arte humano no las retenía en sus lechos, las aguas salían de ahí con frecuencia, se derramaban a derecha e izquierda, cambiaban su orientación y su curso, se abrían en diversas ramas: tan pronto se les encontraba secas, tan pronto las arenas movedizas impedían el acceso; estaban ahí como si no existieran, y no era imposible morir de sed en medio de las aguas.

¡Cuántos países áridos sólo son habitables por las bifurcaciones y por los canales que los hombres han sacado de los ríos! Prácticamente toda Persia subsiste gracias a este artificio. China es un hervidero de gente por el auxilio de sus numerosos canales; sin ellos, los Países Bajos se verían inundados por los ríos, igual que lo serían por el mar sin sus diques. Egipto, el país más fértil de la Tierra, sólo es habitable por el trabajo humano; en las grandes planicies desprovistas de ríos y cuyo suelo carece de la pendiente necesaria, no se cuenta con otro recurso que los pozos. Si en consecuencia los primeros pueblos que menciona la historia no vivían en las tierras feraces o sobre las fáciles riberas, no es porque los climas benévolos estuviesen desiertos sino porque sus numerosos habitantes, al poder prescindir unos de otros, vivieron mucho tiempo aislados en sus familias y sin comunicación; pero en los lugares áridos donde sólo se podía tener agua mediante pozos, fue necesario reunirse para cavarlos, o al menos ponerse de acuerdo para su uso. Ése debió ser el origen de las sociedades y de las lenguas en los países cálidos.

Ahí se formaron los primeros lazos de familia, ahí tuvieron lugar los primeros encuentros entre los dos sexos. Las muchachas venían a buscar agua para las faenas domésticas; los mozos venían a abrevar sus rebaños. Ahí, los ojos acostumbrados a los mismos objetos desde la infancia comenzaron a ver otros con mayor dulzura. El corazón se conmovió ante esos nuevos objetos; una atracción desconocida lo volvía menos salvaje, le hacía conocer el placer de no encontrarse solo. El agua se volvió insensiblemente más necesaria; el ganado tuvo sed con mayor frecuencia: se llegaba con prisa y se partía a regañadientes. En aquella edad feliz cuando nada indicaba las horas, el tiempo no tenía otra medida que la de la diversión o el fastidio. Bajo los viejos robles, vencedores de los años, una juventud ardiente olvidaba insensiblemente su ferocidad; poco a poco se abastecían unos a otros; haciendo esfuerzos por darse a entender, aprendía uno a explicarse. Ahí se hicieron las primeras fiestas: los pies saltaban de alegría; no bastaba el gesto solícito: a la voz la acompañaban acentos apasionados; el placer y el deseo, confundidos, se hacían sentir a un tiempo: ésa fue, en fin, la verdadera cuna de la humanidad; y del puro cristal de las fuentes surgieron los primeros fuegos del amor.

¡Qué, pues! ¿Antes de eso los hombres nacían de la tierra? ¿Las generaciones se sucedían sin que los dos sexos estuviesen unidos y sin que nadie comprendiera nada? No: había familias, pero no había naciones; había lenguas domésticas, pero no había lenguas populares; había matrimonios, pero no había amor. Cada familia se bastaba a sí misma y no se perpetuaba más que por su sangre: los hijos, nacidos de los mismos padres, crecían juntos, y poco a poco encontraban modos de comunicarse entre sí; los sexos se distinguían con la edad; la inclinación natural bastaba para unirlos, el instinto ocupaba el lugar de la pasión, la costumbre el de la preferencia, se llegaba a ser marido y mujer sin haber dejado de ser hermano y hermana. No había ahí nada lo suficientemente animado para soltar la lengua, nada que pudiera arrancar con suficiente frecuencia acentos de pasión ardiente para convertirlos en instituciones: y se puede decir otro tanto de las necesidades raras y poco imperiosas que podían llevar a algunos hombres a concurrir en trabajos comunes; uno empezaba la pileta de una fuente y el otro la acababa en seguida, a menudo sin necesidad del menor acuerdo y algunas veces hasta sin haberlo visto. En una palabra, en los climas dulces, en los terrenos fértiles, fue precisa toda la vivacidad de las pasiones agradables para empezar a hacer hablar a los habitantes: las primeras lenguas hijas del placer y no de la necesidad, llevaron durante mucho tiempo la huella de su padre; sus acentos seductores sólo se desvanecieron con los sentimientos que los habían hecho nacer, cuando nuevas necesidades, introducidas entre los hombres, obligaron a cada uno a ocuparse solamente de sí mismo y a retirar su corazón a su propia intimidad.

X. Formación de las lenguas del Norte

A la larga todos los hombres se vuelven semejantes, pero es diferente el orden de su progreso. En los climas meridionales, donde la naturaleza es pródiga, las necesidades nacen de las pasiones; en los países fríos, donde es avara, las pasiones nacen de las necesidades, y las lenguas, tristes hijas de la necesidad, resienten su arduo origen.

Aunque el hombre se acostumbre a las intemperies del aire, al frío, al malestar, hay sin embargo un punto donde sucumbe la naturaleza: presa de esas crueles pruebas, todo lo que es débil muere; todo el resto se consolida; y no hay un término medio entre el vigor y la muerte. He ahí por qué son tan robustos los pueblos septentrionales: no es el clima el que los ha hecho así; pero solamente ha soportado a quienes lo eran, y no es sorprendente que los hijos conserven la buena constitución de sus padres.

Se presupone ya que los hombres más robustos deben tener órganos menos delicados, que sus voces deben ser más ásperas y más fuertes. Por lo demás, ¡qué diferencia entre las conmovedoras inflexiones que provienen de los movimientos del alma y los gritos que arrancan las necesidades físicas! En aquellos horribles climas donde todo está muerto durante nueve meses del año, donde el sol sólo calienta el aire algunas semanas para enseñarles mejor a los habitantes de qué bienes están privados y prolongar así su miseria, en esos lugares donde la tierra no da nada si no es a fuerza de trabajo, y donde la fuente de la vida parece estar más bien en los brazos que en el corazón, los hombres, atareados sin cesar buscando provisiones para su subsistencia, se preocupan apenas por lazos más dulces: todo se limitaba al impulso físico; la oportunidad hacía la elección; la facilidad, la preferencia. La ociosidad que nutre las pasiones cedió el lugar al trabajo que la reprime: antes que preocuparse por vivir feliz, era preciso preocuparse por vivir. La necesidad natural unía a los hombres mucho mejor de lo que el sentimiento lo habría hecho, la sociedad sólo se formó gracias a la industria: el peligro permanente de muerte no permitía limitarse a la lengua del gesto, y, entre ellos, la primera palabra no fue ámame sino ayúdame.

Esos dos términos, si bien muy semejantes, se pronuncian con un tono diferente: no había nada que hacer sentir pero era necesario darlo a entender todo; luego, no se trataba de energía sino de claridad. El acento que el corazón no proporcionaba fue sustituido por articulaciones vigorosas y sensibles, y si hubo en la forma del lenguaje alguna impresión natural, esa impresión contribuyó todavía más a su dureza.

En efecto, los hombres septentrionales no carecen de pasiones, pero las tienen de otra especie. Los de los países cálidos tienen pasiones voluptuosas, relacionadas con el amor y la suavidad; la naturaleza hace tanto por los habitantes que éstos casi no tienen nada que hacer; si un asiático tiene mujeres y reposo, está contento. Pero en el Norte, cuyos hombres consumen mucho sobre un suelo ingrato, los hombres sometidos a tantas necesidades son fácilmente irritables; les inquieta todo lo que se hace a su alrededor; como sólo subsisten con grandes trabajos, cuanto más pobres son, menos aprecian lo que tienen; acercárseles es atentar contra su vida. De ahí les viene ese temperamento irascible tan dispuesto a trocarse en furor contra todo lo que los hiere: de ese modo, sus voces más naturales son las de la cólera y las de las amenazas, y esas voces van siempre acompañadas de articulaciones fuertes que las vuelven duras y ruidosas.

XI. Reflexiones sobre esas diferencias

Ésas son, según mi opinión, las causas físicas más generales de la diferencia característica entre las lenguas primitivas. Las del Mediodía debieron ser vivas, sonoras, acentuadas, elocuentes y, a menudo, oscuras por su energía; las del norte debieron ser sordas, rudas, articuladas, desentonadas, monótonas, claras a fuerza de palabras antes que por una buena construcción. Cien veces mezcladas y refundidas, las lenguas modernas guardan todavía algo de esas diferencias: el francés, el inglés, el alemán, son el lenguaje privado de hombres que se ayudan entre sí, que razonan a sangre fría entre ellos mismos, o de gente exaltada que se enoja; pero los ministros de dios al anunciar los misterios sagrados, los sabios al dar leyes a su pueblo, los jefes al arrastrar a la multitud tienen que hablar árabe o persa. Nuestras lenguas valen más escritas que habladas, y se nos lee con mayor placer que con el que se nos escucha. Por el contrario, escritas, las lenguas orientales pierden su vida y su calor: el sentido sólo está a medias en las palabras, toda su fuerza descansa en los acentos; juzgar el genio de los orientales por sus libros equivale a pintar un hombre por su cadáver.

Para apreciar bien las acciones de los hombres es preciso considerarlas en todas sus relaciones, y es eso lo que no se nos enseña a hacer; cuando nos ponemos en lugar de los otros, nos ponemos ahí tal y como estamos modificados, no tal y como ellos deben estarlo, y cuando pensamos juzgarlos con la razón, nos limitamos a comparar sus prejuicios con los nuestros… Quien, por saber leer un poco de árabe, sonría hojeando el Corán, si hubiese oído a Mahoma en persona anunciarlo en esa lengua elocuente y cadenciosa, con esa voz sonora y persuasiva que seduce al oído antes que al corazón, y que anima sin pausa sus sentencias como los acentos del entusiasmo, se prosternaría en tierra gritando: Gran profeta, enviado de Dios, llévanos a la gloria, al martirio; queremos vencer o morir por Ti. El fanatismo siempre nos parece risible porque carece de voz entre nosotros para hacerse oír; nuestros fanáticos mismos no son genuinos fanáticos; sólo son bribones o locos. Nuestras lenguas, en vez de inflexiones para los inspirados, sólo tienen gritos para los poseídos del diablo.

XII. Origen de la música y sus relaciones

Con las primeras voces se formaron las primeras articulaciones o los primeros sonidos, según el género de la pasión que dictaba las unas o los otros. La cólera arranca gritos de amenaza que la lengua y el paladar articulan; pero la voz de la ternura es más dulce, es la glotis la que la modifica, y esa voz se convierte en un sonido; sólo que los acentos de esa voz son más frecuentes o más raros; las inflexiones, más o menos agudas, según el sentimiento que se ponga. De ese modo, la cadencia y los sonidos nacen con las sílabas: la pasión hace hablar a todos los órganos y adorna la voz con todo su esplendor; así, los versos, los cantos, la palabra tienen un origen común. Alrededor de las fuentes de que he hablado, los primeros discursos fueron las primeras canciones: las vueltas periódicas y reguladas del ritmo, las inflexiones melodiosas de los acentos hicieron nacer, con la lengua, la poesía y la música, o, más bien, todo eso no era más que la lengua misma para esos climas dichosos y para aquellas épocas dichosas, en que las únicas necesidades imperiosas que exigían el concurso del otro eran las que hacía nacer el corazón.

Las primeras historias, las primeras arengas, las primeras leyes fueron en verso: la poesía fue encontrada antes que la prosa; así debió ser, ya que las pasiones hablaron antes que la razón. Sucedió lo mismo con la música: no hubo primero otra música que la melodía, ni otra melodía que el sonido variado de la palabra; los acentos formaban el canto, las cantidades daban la medida, y se hablaba tanto mediante los sonidos y mediante el ritmo como mediante la articulación y la voz. Decir y cantar eran antiguamente lo mismo, dice Estrabón; lo que demuestra, añade, que la poesía es la fuente de la elocuencia. Habría que decir que una y otra tuvieron la misma fuente, y que en un principio fueron lo mismo. En cuanto a la manera en que se unieron las primeras sociedades, ¿sorprende que se pusieran en verso las primeras historias, que se cantaran las primeras leyes? ¿Sorprende que los primeros gramáticos sometieran su arte a la música, y fuesen a la vez profesores de una y otra?

Una lengua que sólo tiene articulaciones y voces no posee más que la mitad de su riqueza: entrega ideas, es verdad, pero para transmitir sentimientos, imágenes, todavía le hacen falta ritmo y sonido, es decir, una melodía; es eso lo que tenía la lengua griega y lo que le falta a la nuestra.

Vivimos inmersos en el estupor ante los efectos prodigiosos de la elocuencia, de la poesía y de la música entre los griegos: esos efectos no se acomodan bien en nuestras cabezas porque hemos dejado de experimentar algo siquiera parecido; y, al verlos tan confirmados, todo lo que podemos llegar a ganar sobre nosotros mismos es fingir que creemos en ellos para complacencia de nuestros sabios. Al traducir como pudo ciertos fragmentos de música griega a la notación de nuestra música, Burette tuvo la simple ocurrencia de hacer ejecutar esos fragmentos en la academia de Bellas Artes; y los académicos tuvieron la paciencia de oírlos. Admiro este experimento en un país cuya música es indescifrable para cualquier otra nación. Dad un monólogo de ópera francesa para que lo ejecuten los músicos extranjeros que gustéis, os desafío a reconocer algo: sin embargo son esos mismos franceses los que pretenden juzgar una oda de Píndaro a la que se puso música hace dos mil años.

Leí que hace mucho, en América, los indios, al ver el efecto sorprendente de las armas de fuego, recogían del suelo las balas del mosquete; luego, arrojándolas con la mano y haciendo el mayor ruido posible con la boca, se encontraban absolutamente sorprendidos de no haber matado a nadie. Nuestros oradores, nuestros músicos, nuestros sabios se parecen a esos indios. El prodigio no está en que no hagamos con nuestra música lo mismo que los griegos hacían con la suya; al contrario, sería prodigioso que se produjeran los mismos efectos con instrumentos tan diferentes.

XIII. De la melodía

Nadie duda de que el hombre modifica sus sentidos; pero, en vez de distinguir las modificaciones, nosotros confundimos sus causas; conferimos demasiado poco influjo a las sensaciones; no vemos cómo a menudo no nos afectan sólo como sensaciones sino como signos e imágenes, y cómo sus efectos morales también tienen causas morales. Así como los sentimientos que despierta en nosotros la pintura no provienen de los colores, el imperio que la música tiene en nuestras almas no es de ningún modo obra de los sonidos. Los colores bellos bien matizados agradan a la vista; pero ese placer es único y exclusivamente sensación. Es el dibujo, es la imitación lo que da a esos colores la vida y el alma; son las pasiones que esos colores expresan las que vienen a afectarnos. El interés y el sentimiento no dependen de los colores; los rasgos de un cuadro conmovedor nos conmueven hasta en una réplica: despojad de esos trazos al cuadro y los colores ya no dirán nada.

La melodía hace precisamente en la música lo que el dibujo en la pintura; es ella la que señala los trazos y las figuras cuyos colores son los acordes y sonidos. Pero, se dirá, la música sólo es una sucesión de sonidos. Sin duda, pero el dibujo no es también más que un concierto de colores. Un orador usa tinta para delinear sus escritos: ¿quiere decir eso que la tinta es un licor muy elocuente?

Suponed un reino donde no se tuviera idea alguna del dibujo, pero donde mucha gente, que pasara su vida combinando, mezclando, matizando colores, creyera sobresalir en pintura. Esa gente pensaría de la nuestra precisamente lo que nosotros pensamos de la música de los griegos. Cuando se les hablara de los cuadros bellos y del encanto de enternecerse ante un tema patético, sus sabios en seguida se lanzarían a profundizar sobre la materia, compararían sus colores con los nuestros, examinarían si nuestro verde es más suave, o nuestro rojo más brillante; buscarían qué conjuntos de colores pueden hacer llorar, qué otros pueden llevar a la cólera; los Burettes de aquel país simularían sobre andrajos jirones desfigurados de nuestros cuadros; luego se preguntarían con estupor de dónde venía la maravilla de ese colorido amasijo.

Y si en alguna nación vecina se empezara a formar algún trazo, algún esbozo de dibujo, alguna figura todavía imperfecta, todo ello pasaría por garabatos, por una pintura caprichosa y barroca y, para conservar el gusto, sería preciso atenerse a esa belleza simple, que verdaderamente no expresa nada, pero que hace brillar con hermosos matices grandes y bien coloreadas planchas, extensas degradaciones de tonos sin trazo alguno.

En fin, acaso a fuerza de progresar, se llegará a la experiencia del prisma. De inmediato, algún artista célebre construiría un hermoso sistema. Señores, les diría, para filosofar bien es preciso remontarse a las causas físicas. Esta es la descomposición de la luz; éstos son los colores primitivos; éstas sus relaciones, sus proporciones, éstos los principios genuinos del placer que os procura la pintura. Dibujo, representación, figura —todas esas misteriosas palabras— son pura charlatanería de los pintores franceses, quienes mediante sus imitaciones, se imaginan traducir yo no sé qué movimientos del alma, cuando se sabe que solamente hay sensaciones. Se dicen maravillas de sus cuadros; pero ved mis tonos.

Los pintores franceses, añadiría, quizá han observado el arco iris; han podido recibir de la naturaleza cierto gusto por los matices y cierto sentido del color. Pero yo os he mostrado los verdaderos y grandes principios del arte. ¡Qué digo del arte!, de todas las artes, señores, de todas las ciencias. El análisis de los colores, el cálculo de las refracciones del prisma os dan las únicas relaciones exactas que sea posible encontrar en la naturaleza, la regla de todas las relaciones. Ahora bien, todo en el universo no es más que relación. Así que cuando se sabe pintar, se sabe todo; todo se conoce cuando se conoce cómo disponer los colores.

¿Qué diríamos del pintor lo bastante desprovisto de sentimientos y de gusto para razonar de esa suerte, y limitar estúpidamente el placer que nos da la pintura a lo físico de su arte? ¿Qué diríamos del músico que, lleno de prejuicios semejantes, creyera ver únicamente en la armonía la fuente de los grandes efectos de la música? Al primero lo enviaríamos a poner colores sobre los artesonados, al segundo lo condenaríamos a hacer óperas francesas.

Así como la pintura no es el arte de combinar colores de un modo halagador a la vista, la música tampoco es el arte de combinar sonidos de un modo agradable al oído. Si no hubiera más que eso, ambas se contarían entre las ciencias naturales y no entre las bellas artes. Únicamente la imitación las eleva a ese rango. ¿Y qué hace de la pintura un arte de imitación? El dibujo. ¿Qué hace de la música otro arte similar? La melodía.

XIV. De la armonía

La belleza de los sonidos es la de la naturaleza; su efecto es puramente físico; resulta de la reunión de las diversas partículas de aire puestas en movimiento por el cuerpo sonoro, y por todas sus alícuotas, quizá al infinito: el conjunto da una sensación agradable. Todos los hombres del universo experimentarán placer al escuchar sonidos bellos; pero si ese placer no se ve animado por inflexiones melodiosas que les sean familiares, no será delicioso, no se trocará en voluptuosidad. Los más bellos cantos, según nosotros, siempre tocarán mediocremente un oído que no esté habituado a ellos; se trata de una lengua cuyo diccionario es preciso tener.

La armonía propiamente dicha se halla en un caso mucho menos favorable aún. Como sólo posee belleza de convención, no halaga en ningún aspecto los oídos no familiarizados; es necesario tener un largo hábito para ser capaz de sentirla y de gustarla. Los oídos rústicos sólo oyen ruido en nuestras consonancias. Cuando las proporciones naturales se ven alteradas, no es sorprendente que el placer natural haya dejado de existir.

Un sonido lleva consigo todos sus sonidos armónicos concomitantes, en las relaciones de fuerza y de intervalo que deben guardar entre sí para dar la más perfecta armonía de ese mismo sonido. Añadidle la tercera o la quinta, o alguna otra consonante; no la añadís, la dobláis; dejáis intacta la relación de intervalo pero alteráis la de fuerza. Al dar más fuerza a una consonante y no a las otras, rompéis la proporción; queriéndolo hacer mejor que la naturaleza, lo hacéis peor. A fuerza de ser halagados, vuestros oídos y vuestro gusto se han echado a perder por un arte mal entendido. Naturalmente no hay otra armonía que la del acorde.

El señor Rameau sugiere que las notas agudas de cierta sencillez sugieran naturalmente las notas graves y que un lego dueño de un oído justo entonará naturalmente esas notas graves. Ese es un prejuicio de músico, que se ve desmentido por cada experiencia. No solamente quien nunca haya oído ni las notas agudas ni la armonía, no encontrará por sí mismo ni esa armonía ni esas notas graves sino que hasta le disgustarán si se le hacen oír, y preferirá con mucho el simple acorde.

Si se calculasen en mil años las relaciones de los sonidos y las leyes de la armonía, ¿cómo se haría de ese arte un arte de imitación? ¿Dónde está el principio de esa presunta imitación? ¿De qué es signo la armonía? ¿Y qué hay de común entre los acordes y nuestras pasiones?

Hágase la misma pregunta sobre la melodía y la respuesta vendrá por sí misma; está por adelantado en los espíritus de los lectores. Al imitar las inflexiones a la voz, la melodía expresa las quejas, los gritos de dolor o de alegría, las amenazas, los gemidos; todos los signos vocales de las pasiones se inscriben dentro de su jurisdicción. Imita los acentos de las lenguas y los giros afectados en cada idioma según ciertos movimientos del alma: no solamente imita, habla; su lenguaje inarticulado pero vivo, ardiente, apasionado, tiene cien veces más energía que la palabra misma. He ahí de dónde nace la fuerza de las imitaciones musicales; he ahí de dónde surge el imperio del canto sobre los corazones sensibles. La armonía puede contribuir a ello en ciertos sistemas, regulando la sucesión de los sonidos mediante algunas leyes de modulación; volviendo más justas las entonaciones; llevando al oído un testimonio seguro de esa exactitud; aproximando y fijando a intervalos consonantes y ligados inflexiones inapreciables. Pero al proporcionar también obstáculos a la melodía, la despoja de energía y expresión; desvanece o destruye multitud de sonidos o de intervalos que no entran en su sistema; en resumen, separa de tal modo el canto de la palabra que estos dos lenguajes se combaten, se contrarían, se despojan recíprocamente de todo rasgo de verdad, y no pueden reunirse sin absurdo en un tema patético. De ahí viene que el pueblo encuentre siempre ridículo que se expresen cantando las pasiones vigorosas y serias; pues sabe que en nuestras lenguas esas pasiones no tienen en lo absoluto inflexiones musicales, y que los hombres del Norte, a diferencia de los cisnes, no mueren cantando.

La armonía sola es insuficiente para las expresiones que al parecer dependen exclusivamente de ella. El trueno, el murmullo de las aguas, los vientos, las tempestades, se transmiten mal por medio de simples acordes. Hágase lo que se haga, el ruido aislado no dice nada al espíritu, es preciso que los objetos hablen para hacerse oír; en toda imitación, es preciso que una suerte de discurso remplace a la voz de la naturaleza. Se engaña el músico deseoso de transmitir el ruido con el ruido; no conoce ni la fuerza ni la debilidad de su arte; juzga sin gusto y sin inteligencia. Enseñadle que debe transmitir el ruido por medio del canto y que, si hiciese croar ranas, sería necesario que las obligara a cantar; pues no basta con que imite, es necesario que conmueva y halague, sin lo cual su insípida imitación no es nada, y si no despierta el interés de nadie no suscita ninguna impresión.

XV. Que nuestras sensaciones más vivas actúan a menudo mediante impresiones morales

Mientras se quiera considerar a los sonidos solamente por la conmoción que producen en nuestros nervios, se carecerá en lo absoluto de los principios genuinos de la música y del gobierno sobre los corazones. Los sonidos en la melodía no solamente actúan sobre nosotros como sonidos sino como signos de nuestros afectos, de nuestros sentimientos; es así como excitan en nosotros los movimientos que expresan y cuya imagen reconocemos ahí. Se advierte algo de este efecto moral hasta en los animales. El ladrido de un perro atrae a otro. Si mi gato me oye simular un maullido, de inmediato lo veo atento, inquieto, agitado. Y una vez que se da cuenta de que soy yo quien falsifica la voz de su semejante, se vuelve a sentar y sigue en reposo. ¿Por qué esta diferencia de impresión, puesto que no la ha habido en el estremecimiento de las fibras auditivas, y puesto que él mismo se engañó en un principio?

Si el mayor imperio que sobre nosotros tienen las sensaciones no se debe a causas morales, ¿por qué entonces somos tan sensibles a impresiones inexistentes para un bárbaro? ¿Por qué nuestras músicas más conmovedoras sólo son un ruido vano para el oído del Caribe? ¿La naturaleza de sus nervios es distinta a la de los nuestros? ¿Por qué no se conmueven del mismo modo?, ¿o por qué esas mismas conmociones afectan tanto a unos y tan poco a los otros?

Se cita como prueba del poder físico de los sonidos la curación de la picadura de tarántula. Ese ejemplo prueba todo lo contrario. No son necesarios ni sonidos absolutos ni tonadas para curar a quienes fueron picados por ese insecto; cada cual precisa aires de una melodía que le sea conocida y frases que comprenda. El italiano requiere tonadas italianas; al turco le harían falta tonadas turcas. Cada cual solamente se ve afectado por los acentos que le son familiares; sus nervios se prestan tanto como el espíritu los predispone: es necesario que oiga la lengua que se le habla para que lo que se le dice lo ponga en movimiento. Se dice que las cantatas de Bernier curaron de fiebre a un médico francés pero la habrían producido en un músico de cualquiera otra nacionalidad.

En los otros sentidos, y hasta en el más tosco de ellos, es dable observar las mismas diferencias. Cuando un hombre, con la mano y el ojo fijos en el mismo objeto, lo cree sucesivamente animado e inanimado, aunque los sentidos se vean impresionados del mismo modo, ¡qué cambio de impresión! La redondez, la blancura, la firmeza, el calor dulce, la resistencia elástica, la dilatación sucesiva no le dan más que un tacto suave e insípido si no cree sentir un corazón lleno de vida palpitar y latir bajo todo eso.

Sólo conozco un sentido a cuyas afecciones no se mezcla nada de moral: el gusto. Por eso la gula es siempre el vicio dominante entre quienes no sienten nada.

En consecuencia, quien quiera filosofar sobre la fuerza de las sensaciones, que comience por separar de las impresiones puramente sensibles, las impresiones intelectuales y morales que recibimos por vía de los sentidos, pero de las que éstos sólo son causas ocasionales; que evite el error de dar a los objetos sensibles un poder que no tienen, o que proviene precisamente de las afecciones del alma que ellos nos representan. Los colores y los sonidos pueden mucho como representaciones y como signos; son capaces de poco como simples objetos de los sentidos. Algunas sucesiones de sonidos o de acordes me divertirán un momento quizás; pero, para seducirme y enternecerme, es preciso que esas sucesiones me ofrezcan algo que no sea ni sonido ni acorde, y que lleguen a conmoverme a mi pesar. Los cantos mismos que sólo son agradables y que no dicen nada, cansan también; pues no es tanto el oído quien lleva el placer al corazón como el corazón el que lo lleva al oído. Creo que desarrollando mejor estos razonamientos se habrían ahorrado numerosas tonterías sobre la música antigua. Pero en este siglo que se empeña en materializar todas las operaciones del alma y en despojar de toda moralidad a los sentimientos humanos, estaré equivocado si la nueva filosofía no se vuelve tan funesta para el gusto como para la virtud.

XVI. Falsa analogía entre los colores y los sonidos

No hay absurdos a los que las observaciones físicas no hayan dado lugar en la consideración de las bellas artes. Se han encontrado en el análisis del sonido las mismas relaciones que en el de la luz. En seguida esa analogía ha sido vivamente aceptada, sin preocuparse de la experiencia y de la razón. El espíritu de sistema lo ha confundido todo; y, en lugar de saber pintar para los oídos, ahora se las ingenian para cantar a los ojos. Vi ese célebre clavecín sobre el que se pretendía hacer música con colores; no ver que el efecto de los colores está en su permanencia y el de los sonidos en su sucesión era conocer muy mal las operaciones de la naturaleza.

Todas las riquezas del colorido se despliegan a un tiempo sobre la superficie de la tierra; al primer vistazo se ha visto todo. Pero cuanto más se mira, mayor es la fascinación; de ahí en adelante lo único que hay que hacer es admirar y contemplar sin fin.

No sucede así con el sonido; la naturaleza no lo analiza ni separa los armónicos: por el contrario, los oculta bajo la apariencia del acorde; o, si algunas veces los separa en el canto modulado del hombre y en el trinar de ciertas aves, lo hace sucesivamente, uno luego del otro; la naturaleza inspira cantos y no acordes, dicta la melodía pero no la armonía. Los colores constituyen el ornamento de los seres inanimados; toda materia es colorida: pero los sonidos anuncian el movimiento; la voz, un ser sensible; sólo cantan los cuerpos animados. No es el flautista autómata quien toca la flauta, es el mecánico que midió el viento y dotó de movilidad a esos dedos.

De ese modo cada sentido tiene un campo que le es propio. El campo de la música es el tiempo, y el de la pintura es el espacio. Multiplicar los sonidos oídos simultáneamente, o desarrollar los colores uno luego del otro, equivale a cambiar su economía, a poner el ojo en lugar del oído, y el oído en lugar del ojo.

Decís: igual que cada color está determinado por el ángulo de refracción del rayo que lo produce, cada sonido está determinado por el número de vibraciones del cuerpo sonoro en un tiempo dado. Ahora bien, como las relaciones de esos ángulos y de esos números son las mismas, la analogía es evidente. Sea y pase; pero esa analogía proviene de la razón y no de la sensación, y no es de eso de lo que se trata. En primer lugar, el ángulo de refracción es sensible y mensurable, pero no lo es el número de vibraciones. Sometidos a la acción del aire, los cuerpos sonoros cambian incesantemente de dimensiones y de sonidos. Los colores son perdurables, los sonidos se desvanecen, y nunca se tiene la certidumbre de que los que renacen sean los mismos que desaparecieron. Además, cada color es absoluto, independiente, mientras que cada sonido sólo es relativo para nosotros y sólo se distingue por comparación. Un sonido no tiene por sí mismo ningún rasgo absoluto que lo haga reconocible: es grave o agudo, fuerte o suave, en relación con otro; en sí mismo no es nada de eso. En el sistema armónico, un sonido cualquiera tampoco es nada naturalmente; no es ni tónico, ni dominante, ni armónico, ni fundamental, porque todas esas propiedades sólo son relaciones, y como todo el sistema puede variar del grave al agudo, cada sonido cambia de orden y de lugar dentro del sistema, conforme el sistema cambia de grado. Pero las propiedades de los colores no consisten en relaciones. El amarillo es amarillo, independientemente del rojo y del azul; en cualquier lugar es sensible y reconocible; y tan pronto como se haya fijado el ángulo de refracción de que proviene, se tendrá la seguridad de poder contar con el mismo amarillo para todos los tiempos.

Los colores no están en los cuerpos coloridos sino en la luz; para que un objeto se vea, es menester que esté iluminado. Los sonidos también tienen necesidad de un móvil, y para que existan, es preciso que el cuerpo sonoro se vea perturbado. Ésta es otra ventaja a favor de la vista, pues la emanación perpetua de los astros es el instrumento natural que actúa sobre ella: que mientras que la naturaleza sola engendra pocos sonidos y, a menos que no se admita la armonía de las esferas celestes, son necesarios seres vivos para producirla.

Se ve por ahí que la pintura así está más cerca de la naturaleza y que la música depende más del arte humano. Se siente también que una interesa más que la otra, precisamente porque acerca más el hombre al hombre y nos da siempre alguna idea de nuestros semejantes. La pintura suele estar muerta e inanimada; puede transportaros al fondo de un desierto: pero tan pronto como unos signos vocales hieren vuestros oídos, os anuncian un ser semejante a vosotros; ésos son, por decir así, los órganos del alma y, si también os describen la soledad, os dicen que no estáis solo ahí. Las aves trinan, sólo el hombre canta; y es imposible oír un canto o una sinfonía sin decirse en seguida: ahí está otro ser sensible.

Una de las mayores ventajas del músico consiste en poder pintar las cosas que nadie sabría oír mientras que resulta imposible al pintor representar las que no se sabría ver; y el mayor prodigio de un arte que sólo actúa por el movimiento está en poder formar con él la imagen misma del reposo. El sueño, la calma de la noche, la soledad y el silencio mismo, entran en los cuadros de la música. Se sabe que el ruido puede producir el efecto del silencio, y el silencio el efecto del ruido, como cuando uno se duerme con una lectura igual y monótona y despierta en cuanto se interrumpe. Pero la música actúa más íntimamente sobre nosotros, al despertar por medio de un sentido afecciones semejantes a las que se puede excitar por medio de otro; y como la relación no puede ser sensible si la impresión no es bastante fuerte, la pintura, desprovista de esa fuerza, no puede trasladar a la música las imitaciones que ésta extrae de ella. Si toda la naturaleza está dormida, quien la contempla no duerme, y el arte del músico consiste en sustituir la imagen sensible del objeto por la de los movimientos que su presencia despierta en el alma del contemplador. No solamente agitará el mar, animará las llamas de un incendio, hará correr los arroyos, caer la lluvia y crecer los torrentes; sino que pintará el horror de un desierto espantoso, teñirá de ocre los muros de una prisión subterránea, amansará la tempestad, devolverá su serena tranquilidad al aire, y con la orquesta rociará una frescura inédita sobre los bosques. No representará directamente esas cosas, pero excitará en el alma los mismos sentimientos que se experimentan al verlas.

XVII. Error de los músicos pernicioso a su arte

Ved cómo todo conduce incesantemente a los efectos morales de que he hablado, y cuán lejos están los músicos que sólo consideran el poder de los sonidos por la acción del aire y la perturbación de las fibras de conocer en qué reside la fuerza de este arte. Cuanto más lo acercan a las impresiones puramente físicas, más lo alejan de su origen, y más lo despojan de su primitiva energía. Desprovista del acento oral, adherida únicamente a las instituciones armónicas, la música se hace más ruidosa al oído y menos dulce al corazón. Ya ha dejado de hablar; pronto ni siquiera cantará, y entonces, con todos sus acordes y toda su armonía, dejará de hacer efecto sobre nosotros.

XVIII. Que el sistema musical de los griegos no tenía relación alguna con el nuestro

¿Cómo llegaron a darse esos cambios? por un cambio natural del carácter de las lenguas. Nadie ignora que nuestra armonía es una invención gótica. Se burlan de nosotros quienes pretenden encontrar el sistema de los griegos en el nuestro. El sistema de los griegos carecía en lo absoluto de otra armonía —en nuestro sentido— que la necesaria para fijar el concierto de los instrumentos sobre consonancias perfectas. Todos los pueblos que poseen instrumentos de cuerda están obligados a afinarlos mediante consonancias; pero quienes carecen de esos instrumentos tienen en sus cantos inflexiones que llamamos falsas porque no entran en nuestro sistema, escapan a nuestro sistema y no las podemos anotar. Es eso lo que se ha observado en los cantos de los salvajes de América, y eso también lo que habría debido observarse en diversos intervalos de la música de los griegos, si se hubiese estudiado esa música con menos prejuicios sobre la nuestra.

Los griegos dividían su diagrama en tetracordes, como nosotros dividimos nuestra clave en octavas; y las mismas divisiones se repetían como se repiten entre nosotros a cada octava; similitud que no se hubiese podido conservar en la unidad del modo armónico y que ni siquiera se habría uno imaginado. Pero como se pasa por intervalos menores cuando se habla que cuando se canta, fue natural que considerasen la repetición de los tetracordes, en su melodía oral, como nosotros consideramos la repetición de las octavas en nuestra melodía armónica.

Sólo admitieron como consonancias las que nosotros denominamos consonancias perfectas; excluyeron de ese número las tercias y sextas. ¿Por qué? Como el intervalo del tono menor era ignorado por ellos o, al menos, proscrito de la práctica, y como sus consonancias no estaban templadas en lo absoluto, todas sus terceras mayores eran más fuertes que una coma (mus), sus terceras menores otro tanto más débiles, y en consecuencia sus sextas mayores y menores se veían alteradas recíprocamente del mismo modo. Imagínese ahora qué nociones de armonía se pueden tener y qué modos armónicos se pueden establecer desterrando las tercias y las sextas del número de consonancias. Si las consonancias mismas que admitían les hubiesen sido conocidas por un sentimiento genuino de la armonía, las habrían dado por supuestas al menos en sus cantos, y la consonancia tácita de las escalas fundamentales hubiese prestado su nombre a las marchas diatómicas que aquéllas sugerían. Lejos de tener menos consonancias que nosotros, habrían tenido más; y, preocupados por ejemplo por la base do-sol, hubiesen dado el nombre de consonancias a la segunda do-re.

Se me dirá, ¿por qué entonces escalas diatónicas? Por un instinto que en una lengua acentuada y cantante nos lleva a elegir las inflexiones más cómodas: pues entre las modificaciones demasiado pronunciadas que hay que imprimir a la glotis para entonar continuamente los grandes intervalos de las consonancias; y la dificultad de regular las entonaciones en las relaciones más complejas de los intervalos menores, el órgano eligió el justo medio y cayó naturalmente sobre intervalos más pequeños que las consonancias, y más simples que las comas: lo que no impidió que los intervalos menores también tuviesen su empleo en los géneros más patéticos.

XIX. Cómo ha degenerado la música

A medida que la lengua se perfeccionaba, la melodía, imponiéndose nuevas reglas, perdía insensiblemente su antiguo vigor, y el cálculo de los intervalos fue remplazado por la finura de las inflexiones. Así fue como la práctica del género enharmónico se abolló poco a poco. Cuando los teatros tomaron una forma regular, sólo se contó ahí según modos prescritos; y, a medida que se multiplicaban las reglas de la imitación, se debilitaba la lengua imitativa.

El estudio de la filosofía y el progreso del razonamiento, al perfeccionar la gramática, despojaron a la lengua de ese tono vivo y apasionado que la había hecho tan cantarina. Desde los tiempos de Menalípides y de Filomeno los sinfonistas, quienes en un principio estaban a las órdenes de los poetas y sólo ejecutaban bajo su dirección, y por así decirlo bajo su dictado, se volvieron independientes; es de esa licencia de la que se queja tan amargamente la Música en una comedia de Ferécrates de la que Plutarco nos ha conservado un pasaje. Del mismo modo, la melodía, comenzando por estar tan apegada al discurso, cobró insensiblemente una existencia aparte, y la música se volvió más independiente de las palabras. Entonces también terminaron poco a poco esos prodigios que ella había producido cuando no era más que el acento y la armonía de la poesía, y cuando le confería a ésta un imperio sobre las pasiones que la palabra sólo pudo llegar a ejercer luego por sobre la razón. Por eso, desde que Grecia se llenó de sofistas y de filósofos, ya no se vieron ahí ni poetas ni músicos célebres. Al cultivarse el arte de convencer, se perdió el de conmover. Platón mismo, celoso de Homero y Eurípides, difamaba al primero sin poder imitar al segundo.

Pronto la esclavitud añadió su influencia a la de la filosofía. La Hélade en cadenas perdió ese fuego que sólo inflama a las almas libres, y para ensalzar a sus tiranos no pudo encontrar el tono con que había cantado a sus héroes. La mezcla de los romanos debilitó aún más lo poco que en el lenguaje subsistía de armonía y de acento. El latín, lengua más sorda y menos musical, le hizo poco favor a la música al adoptarla. El canto empleado en la capital alteró paulatinamente el de las provincias: los teatros de Roma dañaron a los de Atenas. Cuando Nerón le llevó premios, Grecia había dejado de merecerlos; y la misma melodía, compartida por dos lenguas, convino menos así a la una como a la otra.

Llegó por fin la catástrofe que destruyó el progreso del espíritu humano, sin terminar con los vicios que la habían producido. Inundada de bárbaros y sometida por los ignorantes, Europa perdió a la vez sus ciencias y sus artes, y el instrumento universal de ambas: a saber, la lengua armoniosa perfeccionada. Aquellos hombres toscos que el Norte había engendrado, acostumbraron insensiblemente a todos los oídos a la rudeza de su órgano: su voz dura y exenta de acento era ruidosa sin ser sonora. Juliano, el emperador, comparó el hablar de los galos con el croar de las ranas. Como todas las articulaciones eran tan ásperas como sus voces nasales y sordas, sólo podían dar una especie de estrépito a su canto, que consistía en reforzar el sonido de las vocales para ocultar la abundancia y la dureza de las consonantes.

Ese canto ruidoso, unido a la inflexibilidad del órgano, obligó a esos recién llegados y a los pueblos sometidos que los imitaron a retardar todos los sonidos para poderlos oír. La ardua articulación y los sonidos reforzados concurrieron igualmente a desterrar de la melodía todo sentimiento de medida y de ritmo. Como lo que resulta más difícil pronunciar es siempre el paso de un sonido a otro, no se podía hacer otra cosa mejor que detenerse el mayor tiempo posible sobre cada uno, inflarlo, hacerlo retumbar lo más que se podía. Pronto el canto no fue otra cosa que una molesta y lenta secuencia de sonidos arrastrados y gritaba, sin dulzura, sin medida y sin gracia; y pese a que algunos sabios dijeron que había que observar las largas y las breves en el canto latino, se cantó el verso como si fuera prosa, y ya no fue cuestión de pies, de ritmo, ni de ninguna especie de canto medido.

Despojado así de toda melodía y apenas constituido por la fuerza y la duración de los sonidos, el canto debió sugerir, en fin, los medios de hacerlo aún más sonoro mediante el auxilio de las consonantes. Arrastrando sin cesar y al unísono sonidos de una duración ilimitada, varias voces encontraron por casualidad algunos acordes que, reforzando el ruido, lo hicieron parecer agradable; así comenzó la práctica del discanto y del contrapunto.

Ignoro durante cuántos siglos dieron vueltas los músicos alrededor de vanas cuestiones que el efecto conocido de un principio ignorado les hizo debatir. El más infatigable lector no tolerará en Jean de Muris la verborrea de ocho o diez grandes capítulos para saber, en el intervalo de la octava cortada en dos consonancias, si es la quinta o, la cuarta la que debe estar en la grave; y cuatrocientos años después se encuentran todavía en Montempi enumeraciones no menos fastidiosas de todos los graves que debe llevar la sexta en lugar de la quinta. Con todo, la armonía tomó insensiblemente el camino que le prescribe el análisis, basta que al fin la invención del modo menor y de las disonancias pudo introducir ahí la arbitrariedad de que está llena y que sólo el prejuicio nos impedía advertir.

Como la melodía estaba olvidada y la atención del músico estaba enteramente volcada hacia la armonía, todo se dirigió paulatinamente sobre ese nuevo objeto; los géneros, los modos, la gama, todo recibió un rostro nuevo; fueron las sucesiones armónicas las que regularon el desarrollo de las partes. Como ese desarrollo había usurpado el nombre de melodía, efectivamente no se pudieron negar en esa nueva melodía los rasgos de su madre; y como de ese modo nuestro sistema musical se hizo grado a grado puramente armónico, no sorprende que el acento oral se haya visto afectado y que la música haya perdido para nosotros casi toda su energía.

He ahí cómo el canto se volvió gradualmente un arte separado por entero de la palabra, en la que tiene su origen; cómo los armónicos de los sonidos hicieron olvidar gradualmente las inflexiones de la voz; y cómo, en fin, limitada al efecto puramente físico del concurso de las vibraciones, la música se vio privada de los efectos morales que había producido cuando era la voz de la naturaleza.

XX. Relación de las lenguas con los gobiernos

Esos progresos no son ni fortuitos ni arbitrarios; conciernen a las vicisitudes de las cosas. Las lenguas se forman naturalmente sobre las necesidades de los hombres; cambian y se alteran según los cambios de esas mismas necesidades. En los tiempos antiguos, cuando la persuasión era considerada una fuerza pública, la elocuencia era necesaria. ¿De qué serviría hoy que la fuerza pública remplazara a la persuasión? No se necesita ni arte ni figura para decir éste es mi placer. ¿Qué discursos entonces le quedan por hacer al pueblo reunido? Sermones. Y ¿qué importa a quienes los hacen para persuadir al pueblo, puesto que no es él quien da los cargos? Las lenguas populares se han vuelto para nosotros tan inútiles como la elocuencia. Las sociedades han cobrado su forma última: en ellas no se cambia nada si no es con cañones y dinero; y como ya no se tiene nada que decir al pueblo, salvo dad dinero, se le dice con carteles en las esquinas de las calles o con soldados dentro de las casas. No es necesario reunir a nadie para eso: por el contrario, hay que mantener dispersos a los sujetos; y ésa es la primera máxima de la política moderna.

Hay lenguas favorables a la libertad; son las lenguas sonoras, prosódicas, armoniosas, cuyo discurso se distingue desde muy lejos. Las nuestras están hechas para el ronroneo de los divanes. Nuestros predicadores se atormentan, sudan en los templos, sin que nadie sepa nada de lo que dijeron. Luego de haberse agotado gritando durante una hora, abandonan el púlpito medio muertos. Seguramente no valía la pena cansarse tanto.

Entre los antiguos uno se hacía oír con facilidad en la plaza pública; se hablaba ahí durante todo un día sin incomodar a nadie; los generales arengaban a sus tropas; se les oía y nadie se agotaba. Los historiadores modernos que han querido introducir arengas en sus historias sólo han provocado burlas. Imagínese a un hombre arengando en francés al pueblo de París en la Place Vendôme: aunque grite con toda su energía, se oirá que grita pero no se distinguirá una palabra. Herodoto leía su historia a los pueblos de Grecia reunidos al aire libre, y todo resonaba de aplausos. Hoy en día, el académico que lee una memoria es apenas oído en el otro lado de la sala. Si los charlatanes de las plazas abundan menos en Francia que en Italia, no es porque en Francia sean menos escuchados, es solamente porque no se les oye bien. El señor D’Alembert cree que se podría pronunciar el recitativo francés a la italiana; sería preciso pronunciarlo en la oreja, o de otro modo no se entendería nada. Ahora bien, yo sostengo que toda lengua con la que no se puede uno hacer oír por el pueblo reunido es una lengua servil; es imposible que un pueblo siga siendo libre y que hable esa lengua.

Terminaré estas reflexiones superficiales, pero que pueden hacer despertar otras más profundas, con el pasaje que me las inspiró.

Sería materia de un examen bastante filosófico, observar en el hecho, y mostrar por el ejemplo, cómo el carácter, las costumbres y los intereses de un pueblo influyen sobre su lengua.


Publicado el 18 de octubre de 2017 por Edu Robsy.
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