Helénicas

Jenofonte


Historia



Prólogo

Jenofonte ha sido siempre conocido y admirado por tres de sus obras: la Anábasis, o expedición de Ciro, la Ciropedia y las Memorias socráticas; pero la gloria que estas obras han proporcionado a su autor, han perjudicado a sus restantes escritos, pues los han oscurecido. Y no es porque no les correspondan, así por el estilo, como por la propiedad del lenguaje, ya por la fluidez y galanura de la narración o por la elevación de sus ideas; antes al contrario, con justicia puede decirse de este autor lo que no puede afirmarse de casi ningún escritor, es a saber: que en cualquiera página que se abra la colección de sus obras, siempre y en todas partes merece el dictado de abeja ática, que ya le dieron sus contemporáneos por su fluidez y gracia en el decir.

Cierto que, así por la importancia del objeto como por el elevado fin que se proponen, son aquellas obras superiores a los pequeños tratados de Jenofonte, el Agesilao, la república ateniense y lacedemonia, la Apología, el Económico, el Comandante de caballería, etc.; pero no puede decirse lo mismo respecto de sus Helénicas, es decir, la historia de Grecia y en especial de la guerra del Peloponeso durante los años 411 a 362, antes de Jesucristo, que escribió nuestro autor como continuación a la de Tucídides. Y, sin embargo, pocos son los que piensen en Jenofonte al mencionarse aquella celebérrima guerra en que, con ardor digno de mejor causa y con lances variadísimos y verdaderamente épicos, se desangraron y desunieron todos los estados, grandes y pequeños, de Grecia, preparando su decadencia y su sujeción al coloso macedonio.

Pero en España tiene este olvido mayores proporciones, pues no se ha publicado hasta hoy ninguna traducción de esta obra que hubiera dado a Jenofonte tantos lauros como cualquiera de las ya citadas y por todos tenidas como sus obras maestras. De ahí que con muy buen criterio el editor de esta Biblioteca clásica, le haya dado cabida en ella para que acompañe a las restantes obras de Jenofonte ya publicadas, la Anábasis y la Ciropedia, y para que pueda verse a nuestro autor bajo un prisma casi por todos aun ignorado.

La principal causa de este olvido estriba en la comparación que se establece por todo crítico entre los ocho libros de la historia de la guerra del Peloponeso por Tucídides, y los siete libros de las Helénicas que hoy publicamos. Pero esto es únicamente una preocupación que no tiene razón de ser, pues no solo difieren ambos autores en el estilo, sino también en su idiosincrasia especial, si se me permite la frase, por lo cual ningún resultado positivo puede dar su comparación.

Es verdad que cuantos busquen en Jenofonte aquella sobriedad en el estilo y aquella plenitud del período, así como aquel lujo de detalles que todos admiramos en Tucídides, tendrán que sufrir un desencanto y una decepción, pues no son las condiciones peculiares y características de nuestro autor; pero, en cambio, la magistral fluidez y la suavidad inimitable en el decir, y la galanura en las imágenes, y la elocuencia en los discursos, y la precisión en el lenguaje, y el orden y encadenamiento en los sucesos, estas condiciones, unidas a un sinnúmero de otras que podríamos citar, se hallan todas en las Helénicas de igual modo que se hallan en todas las obras de Jenofonte.

No carece tampoco de variedad en la narración y de imaginativa en los episodios; antes al contrario, estas cualidades son las que más avaloran esta obra, y para que no se diga que nos hemos contagiado del panegirismo del propio autor, de que habla uno de nuestros mejores humoristas, vamos a comprobarlo con un ligero y superficial análisis de las Helénicas, y con una breve enumeración de las más capitales bellezas que contiene.

Comienza la narración de Jenofonte en el año 411, antes de nuestra era y poco después del combate naval del cabo del Sepulcro del Perro, entre Míndaro y Trasíbulo, en que perdieron 21 naves los lacedemonios, acción con que termina Tucídides su historia. Ábrese el relato de la de su sucesor, con las brillantes proezas de Alcibíades en Abido y Cícico, con la muerte de Míndaro y derrota de Farnabazo, y la retirada de Agis, que abandona el cerco de Atenas ante la entereza de Trasilo, quien al año siguiente experimenta una derrota en Coreso, junto a Éfeso, cuyos efectos no son muy desastrosos, pues no impiden se apodere de cuatro naves siracusanas frente a Metimna, ventaja seguida de otras victorias que Alcibíades alcanza sobre Farnabazo y de la toma de algunas ciudades importantes, y en especial de Bizancio.

Todas estas proezas sirven de preparación al regreso de aquel general a Atenas, y a su nombramiento de generalísimo revocado algunos meses después por el pueblo al ser conocido el revés sufrido por la flota ateniense en Notio, eligiéndose entonces diez nuevos generales y retirándose aquel jefe a su castillo del Quersoneso, mientras se pone Conón al frente de la flota, que experimenta otro descalabro de consideración en el Helesponto.

No desmayan por eso los atenienses, pues al divulgarse nuevas tan aflictivas, decretan un socorro de 110 naves, que se equipan en treinta días y logran obtener una gloriosa victoria naval sobre Calicrátidas junto al cabo Maleo, con muerte del general lacedemonio y perdiendo unas 70 naves la flota espartana. Pero no habiendo cumplido Terámenes y Trasíbulo con el encargo que les hicieron los ocho generales en aquella acción presentes, de salir en auxilio de los náufragos por hallarse la mar muy gruesa, son juzgados todos ellos por el pueblo y condenados a muerte en medio de escenas tumultuarias que con gran sobriedad, pero con no menor exactitud, describe nuestro autor, poniendo en boca de Euriptólemo, hijo de Pisianacte, uno de los mejores discursos que nos presenta esta obra.

Así termina el primer libro, no sin que nos diga Jenofonte, a tenor de sus ideas filosófico-religiosas, la suerte final que obtuvieron los instigadores principales de aquel injusto y revolucionario desacierto, y el pronto arrepentimiento que sintió el pueblo ateniense por haber muerto a sus generales, cuando las derrotas sufridas hicieron que los echase de menos.

Comienza el libro segundo con la conjuración de los soldados de Eteónico, cortada en sus comienzos gracias a la energía y prudencia de este general, y el regreso de Lisandro a la flota. Las sabias medidas de este, y el dinero de los persas, le permiten reorganizarla y levantar el abatido espíritu de sus soldados, así como obtener ventajas de consideración por mar y tierra sobre los atenienses, tomándoles varias ciudades y derrotándoles cerca de Egospótamos, a pesar de los consejos de Alcibíades, que no quieren escuchar los generales de la flota ateniense, de la cual solo ocho naves dejan de caer en poder del enemigo.

Consecuencia de esta derrota y de las restantes ventajas obtenidas por los lacedemonios, es el abandono en que toda Grecia, a excepción de los samios, deja a Atenas, cuyo pueblo comprende ha sonado para él la hora de la expiación y del castigo.

Pausanias, al frente de un numeroso ejército de peloponesios, comienza el sitio de aquella población, mientras Lisandro, después de una brillante expedición, que mejor podría llamarse marcha triunfal, por entre las islas, fondea junto al Pireo, con ciento cincuenta naves, y cierra por mar el bloqueo de Atenas. Agotados todos los recursos, y después de unos meses de asedio, tienen que capitular los atenienses, aceptando las humillantes condiciones que les imponen los éforos, que a causa del hambre son recibidas con verdadero júbilo.

Síguese a esta rendición, el año llamado de la anarquía y la entronización de los Treinta tiranos, la descripción de cuyos actos, que ocupa el capítulo tercero de este libro, da ocasión a Jenofonte para escribir unas cuantas páginas que por sí solas bastarían para dar fama a cualquier escritor. En efecto, la enemistad de Critias y Terámenes, así como la acusación y condena del último, y su discurso de defensa, están escritos de mano maestra y evocan el recuerdo de hechos bastante análogos en la celebérrima revolución francesa y en los años del Terror, que en realidad ofrecen muchos puntos de contacto con aquella época de convulsión popular.

Tales atropellos e iniquidades apresuran la vuelta de los desterrados, aumentando el número de los descontentos y de los que desean un gobierno regular. Pónese Trasíbulo a su frente, y después de unas ligeras escaramuzas, en las que son favorecidos los desterrados, no solo por su valor y esfuerzo, sino también por el terreno y las variaciones atmosféricas, acorralan en Eleusis a los treinta tiranos, en favor de los cuales poco hacen los mismos lacedemonios, pues Pausanias, uno de sus jefes, favorece pasivamente la vuelta de los fugitivos, y procura se arreglen las cosas de manera que cese aquel estado de perturbación, para lo que, después de dar al olvido las antiguas disensiones, se restablece por completo la paz, constituyéndose el gobierno del mismo modo que estaba antes del sitio, y poniéndose Trasíbulo a su frente, con lo cual termina el libro segundo, acaso el más bello de la obra, ya que no sea también el más importante.

Cambia de lugar la escena al comenzarse el libro tercero, pasando a Asia Tibrón, y más tarde su sucesor Dercílidas, que tomó «nueve ciudades en ocho días», no realizándose hechos de gran importancia, gracias a la enemistad latente entre Tisafernes y Farnabazo, que saben avivar arteramente los jefes espartanos, quienes consiguen con astucia hacerles firmar una tregua que debía ser precursora de la paz.

Tienen lugar también en esta misma época varias expediciones de los espartanos contra los eleos, bajo el mando de Agis, quien muere poco después de su regreso a Esparta, sucediéndole su hermano Agesilao, a pesar de las pretensiones de Leotíquides, que decía ser hijo del difunto rey. Nárrase después la conjuración de Cinadón, descrita con vigoroso pincel, y que pinta con pocos, pero seguros rasgos, el carácter espartano y el de su constitución social y política.

Refiérense después las victorias de Agesilao en Asia, describiéndose su previsión, prudencia y energía, así como sus dotes de gran general en la guerra y de buen gobernante en la paz, terminando el libro tercero con la funesta expedición contra Tebas dirigida por los espartanos, que experimentan una seria derrota en Haliarto, donde perece Lisandro, uno de sus jefes.

Continúa el libro cuarto relatando las proezas de Agesilao en Asia y la tregua celebrada con Farnabazo, interrumpidas aquellas por el llamamiento que le hace su patria por necesitar de sus servicios. Recrudécese mientras tanto la lucha entre Tebas y Esparta, en la que, prescindiendo de otros secundarios combates, tiene lugar el desastre naval de Cnido, donde entre otras pérdidas experimentaron los espartanos la de su general Pisandro, y la batalla de Coronea, en que obtiene Agesilao una señalada victoria sobre los tebanos, atenienses y demás aliados.

Tiene después lugar la guerra junto a Corinto, consiguiendo los argivos y lacedemonios algunas ventajas, gracias principalmente a Praxitas y Agesilao, oscurecidas en parte por el desastre experimentado por la cohorte del Lequeo, que viene a acibarar las glorias del último, quien, para evitar la irrisión y las burlas de los mantineos al pasar en retirada por su territorio, tiene que entrar de noche en las poblaciones que atraviesa, y salir de ellas al clarear el día. Siguen después las expediciones contra los acarnanios y argivos, llevadas a cabo respectivamente por Agesilao y por Agesípolis, quien comienza a actuar de esforzado y pundonoroso capitán.

Después del combate naval de Cnido, dan la vuelta Farnabazo y Conón a las islas y ciudades marítimas, arrojando de ellas a los harmostas lacedemonios, y haciendo nulas las ventajas obtenidas últimamente por los jefes espartanos, si bien todos sus esfuerzos se estrellan en Sesto y Abido, gracias a la energía de su gobernador Dercílidas.

Conciertan después ambos jefes, el persa y el ateniense, lo que mayores daños pueda causar a los espartanos, y terminada su expedición por las islas, resuelven la reconstrucción de los muros de Atenas, que habían sido derribados cuando los espartanos tomaron la ciudad. Logra con esto Conón que los atenienses recuperen la fuerza moral que habían perdido con los desgraciados sucesos de los años anteriores, y temiendo los espartanos empeorar su situación, envían a Asia a Antálcidas con objeto de proponer al rey la paz, bajo condiciones las más ventajosas para él; pero no consiguen su objeto, pues los demás estados beligerantes no se adhieren a ellas.

Termina el cuarto libro con la narración de algunos otros hechos secundarios, acaecidos en Rodas, en el Helesponto o en Asia, y que, prósperos unas veces, y otras adversos, no hacen inclinar la victoria ni en favor de los atenienses ni en favor de los espartanos.

Ábrese el quinto libro con las alabanzas que tributa Jenofonte al general lacedemonio Teleutias, quien regresa a su patria, una vez terminado el plazo de su mando, en medio de las aclamaciones de sus subordinados y de los aplausos de los extraños. Relátanse algunos de los hechos realizados por Gorgopas y Cabrias en Egina, que no ofrecen grande importancia, volviendo Teleutias a ponerse al frente de la flota espartana, a gusto y satisfacción de todos. Bajo su mando tiene lugar la atrevida y arriesgada expedición al Ática y al mismo Pireo, mientras Antálcidas se apodera astutamente de las 8 naves de Trasíbulo de Colito, con lo cual dominan en la mar los espartanos, y todos tienen que aceptar las condiciones de la paz llamada vulgarmente de Antálcidas, que en nombre del rey propone Tiribazo a los griegos.

Todo sonreía a los lacedemonios; las ventajas obtenidas en la guerra se habían aumentado con las alcanzadas por la paz; los tebanos la aceptan con solo saber se dirige Agesilao contra ellos, y los argivos se retiran de Corinto, dejándola completamente autónoma, al solo anuncio de que Esparta les declarará la guerra; pero el orgullo ciega a los espartanos y presta manifiesta ocasión a nuestro autor para que vea el dedo de la Providencia en los hechos que posteriormente tienen lugar entre Tebas y Esparta.

En efecto, vencida Mantinea, que tiene que sujetarse a la voluntad de Agesípolis, su vencedor, y reclamado por los de Acanto y Apolonia el auxilio de Esparta contra las exigencias de Olinto, decrétase una expedición contra esta ciudad bajo las órdenes de Eudámidas. Salen con este las tropas disponibles, pero queda encargado su hermano Fébidas de recoger las fuerzas restantes y conducirlas a su destino. Este último, a su paso por Tebas, arrastrado por su ambición y por su carácter aventurero, escucha las proposiciones de Leontíades, que, movido de su enemistad contra Ismenias y su partido, le entrega la acrópolis y hace prender a su rival. Sancionan con su aprobación los éforos esta injusta acción, que se convierte en causa de infinitas contrariedades para Esparta, pues todas las guerras relatadas en los siguientes libros hasta terminar la obra, no son más que consecuencias de aquel hecho.

Pónese Teleutias, hermano de Agesilao, al frente de las tropas enviadas contra Olinto, y consigue algunas ventajas, hasta que en cierta ocasión, cegado por la cólera producida por la derrota de uno de sus lugartenientes, se arroja inconsideradamente contra los olintios, pereciendo bajo los golpes de estos, que derrotan por completo a su ejército. Sucédele en el mando Agesípolis, quien muere al poco tiempo a consecuencia de una ardiente fiebre que le origina el inconstante clima de aquella región. Polibíades, que le sucede en el mando, obliga a los olintios a ajustar la paz y a jurar la alianza con los lacedemonios, mientras Agesilao, después de un año y ocho meses de asedio, logra rendir el valor de los fliasios y hacer que se entregue Fliunte, que no había querido acceder a las proposiciones que sobre la admisión de los desterrados le había hecho Esparta.

Siete conjurados bastan para rescatar a la acrópolis de Tebas, arrojar de ella a los lacedemonios, y una vez reconstituido el gobierno, oponerse e inutilizar por completo la expedición que contra ellos dirige Cleómbroto, hermano y sucesor de Agesípolis. Consiguen también, a fuerza de dinero, que Esfodrias, gobernador espartano en Tespias, simule un ataque al Pireo, a pesar de hallarse Atenas en paz con Esparta, y no habiendo sido castigado este jefe por el senado, los atenienses entran en campaña contra su antigua rival. Dirige después Agesilao dos expediciones contra Tebas, consiguiendo algunas ventajas, contrarrestadas en la primera por la derrota y muerte de Fébidas, su lugarteniente, y en la segunda por lo avanzado de la estación y la desunión de los habitantes de Tespias y de las demás ciudades en que se apoyaban. No consiguen tampoco ninguna ventaja los lacedemonios con la nueva expedición decretada contra Tebas y que dirige Cleómbroto, después de lo cual, cansados los aliados, piden se active la guerra o se haga la paz, por lo cual renuévanse las expediciones marítimas, en las que sufren algunos descalabros los espartanos en los combates que sostienen con Cabrias y Timoteo, jefes de las flotas atenienses.

Así termina el quinto libro. Favorecidos los tebanos por la suerte y por su valor, salen de la oscuridad en que hasta entonces habían estado sumidos, y se prevé comienza para ellos el brillante, aunque breve resplandor que sabrán dar a su ciudad dos de sus más notables y eminentes hijos: Pelópidas y Epaminondas.

Ábrese el libro sexto de las Helénicas con la embajada del tesalio Polidamante, que viene a implorar el auxilio de los lacedemonios contra el creciente poder de Jasón de Feras, descrito con mucha precisión y gran colorido en el discurso de aquel ante el senado. Este tiene la franqueza de confesar al enviado tesalio la imposibilidad en que se encuentra de auxiliarle, y le aconseja procure sacar todo el partido que pueda en su alianza con aquel tirano.

Cansados los atenienses de la guerra, y siendo los tebanos los únicos que obtendrán por ella alguna ventaja positiva, ajustan la paz con Esparta, paz que dura muy poco, convirtiendo los lacedemonios en teatro de la guerra a la isla de Corcira, primera causa ocasional de la larga lucha entre las dos repúblicas rivales. Sufre Esparta un verdadero descalabro con la muerte de su general Mnásipo, y reembarcados los soldados expedicionarios, dominan los atenienses en la mar, y su general Ifícrates, con su prudencia y esfuerzo, somete las ciudades de Cefalenia, y se apodera de diez naves siracusanas que enviaba Dionisio a los lacedemonios.

Los excesos que cometen los tebanos con los aliados cuando les sonríe la fortuna, ocasionan el aislamiento en que les dejan los atenienses y demás pueblos griegos, que ajustan la paz con Lacedemonia, comprometiéndose a declarar la guerra a todo el que no se someta a las condiciones del tratado. Quedan con esto los tebanos solos enfrente de toda Grecia; pero sin desanimarse, y sabiendo sacar partido de todo, aun de los mismos rumores que hacen propalar para animar a sus soldados, consiguen en Leuctra una de las más famosas victorias que se registran en los griegos anales, que sume en estupor a Grecia toda, pero que no es obstáculo para que se conserve Atenas fiel a su nueva alianza con Esparta.

La intervención de Jasón de Feras, que se apresura a socorrer a los tebanos, hace que se suspendan las hostilidades y se negocie una tregua que todos acogen con júbilo, pudiendo volverse aquel tirano a sus dominios, donde a poco es asesinado, como lo son algo más tarde sus sucesores Polidoro y Polifrón, y su sobrino Alejandro de Feras.

Los disturbios de los tegeatas y la muerte de Próxeno por los partidarios de Estásipo, así como el auxilio prestado por los mantineos a los enemigos del último, dan ocasión a una nueva ruptura de las hostilidades entre Esparta y Mantinea y a una expedición de Agesilao a Arcadia, que no produce a la primera república ningún resultado positivo y que fue seguida de la primera invasión de Laconia por los tebanos y arcadios coaligados. Llega el ejército invasor hasta la misma Esparta, abatiendo con ello el orgullo lacedemonio y despojando a los espartanos de la aureola de invictos e inexpugnables con que hasta entonces se habían envanecido. Al saberse en Atenas estos sucesos, vacila el pueblo entre su deber de aliado de Esparta y el recuerdo de sus antiguos odios; pero hácense oír las voces de sus oradores, y decrétase ir en masa a socorrer a su antigua rival, poniéndose al frente de la expedición al general Ifícrates, que perdiendo el tiempo en los preparativos y en la marcha, llega a Laconia cuando ya se habían retirado los enemigos.

Comienza el séptimo y último libro de las Helénicas con la alianza celebrada entre Atenas y Esparta para oponerse a los tebanos, alrededor de los cuales se había agrupado considerable número de estados griegos, siempre dispuestos a aliarse con el atleta naciente que comienza a derrocar a los viejos colosos, si bien las ventajas de los tebanos se amenguan ante la naciente rivalidad de los arcadios, que les impide sacar toda la utilidad que podían esperar de la influencia y consideración que alcanza Pelópidas con el rey de Persia en la embajada que para conseguir la paz mandan a este los principales estados griegos.

Dedica Jenofonte el cap. II de este libro a narrar las proezas de la ciudad de Fliunte, cuyo relato y los encomios que tributa a dicha ciudad son más bien un canto épico en prosa dirigido a ensalzar el valor y la fidelidad, entusiasmado ante la heroicidad de un puñado de hombres libres que todo lo sacrifican en aras de su libertad y de su fidelidad a los amigos que se hallan en la desgracia.

Ocúpase luego en describir los disturbios que ocurren en Sición, motivados por la ambición de Eufrón, quien sufre el merecido castigo de sus injusticias al ser asesinado públicamente ante el senado de Tebas, donde había ido a sobornar a los magistrados para tiranizar a sus conciudadanos, hecho al que siguen poco después las diferencias que se agitan entre los arcadios y los eleos, a quienes con varia fortuna auxilian los lacedemonios, diferencias que terminan con la celebración de la paz entre ambos estados, si bien la injusticia del gobernador tebano de Tegea hace que se rompan nuevamente las hostilidades y da lugar a la célebre expedición de Epaminondas al Peloponeso y hasta el mismo corazón de Esparta, y después de una derrota de la caballería tebana por la ateniense, a la célebre batalla de Mantinea, una de las más importantes que tuvieron lugar en Grecia, en la cual tomaron parte cerca de 60.000 hombres, y que a no ser por la muerte del general tebano, hubiera acaso influido de un modo decisivo en la suerte de todos los estados griegos.

Con esta batalla termina Jenofonte su historia, cuyo breve resumen basta para que se comprenda la importancia capital de los sucesos narrados por nuestro autor y la variedad de asuntos de que se ocupa. Muchas páginas debiéramos escribir si quisiéramos consignar todos los pasajes que se destacan en las Helénicas, pero no podemos dejar de consignar, aunque muy a la ligera, pues va haciéndose este prólogo excesivamente largo, algunos de los más capitalísimos y que dan preclaro timbre de gloria a su autor.

La descripción de la opinión en Atenas a la vuelta de Alcibíades, el juicio de los generales atenienses por no haber recogido los náufragos en el combate naval del cabo Maleo y el justo e intencionado discurso de Euriptólemo, hijo de Pisianacte, así como el rasgo de haber sido Sócrates el único ciudadano ateniense que sin dejarse llevar por la corriente revolucionaria se opuso a cuanto pudiera ser ilegal en aquel juicio, es de lo más importante y bello del libro primero.

En el segundo destácase en primera línea la lucha entre Critias y Terámenes, dos de los Treinta, y el discurso del último que no puede impedir su muerte, pero que llena de infamia a su rival. El sitio de Atenas y la desesperada situación de sus habitantes, así como la relación de las negociaciones para la paz, son también de gran importancia estética, de igual manera que el pintoresco relato de la conjuración de los soldados de Eteónico en Quíos, el regreso de Trasíbulo a Atenas y las arengas que dirige a sus soldados para animarles y a los ciudadanos todos para que reine entre ellos la concordia.

Las bellezas más capitales del tercer libro son, entre otras, el episodio de Manía la gobernadora de la satrapía de Eólida, los discursos de los diputados tebanos en Atenas, la humorística disputa entre Agesilao y Leotíquides acerca de sus derechos al trono de Esparta, y sobre todo, la gráfica y bella descripción de la abortada conjura de Cinadón y la rivalidad noble y digna entre Agesilao y Lisandro.

El episodio de Otis y Espitrídates, así como la entrevista entre Farnabazo y Agesilao y la hospitalidad que contrae este con su hijo, el certamen guerrero que abre en Asia el general lacedemonio, las operaciones de guerra que tienen lugar junto a Corinto y la conducta hábil y valiente de Dercílidas en Abido, es de lo mejor que nos ofrece el cuarto libro de la historia de Jenofonte.

Lo propio sucede respecto al quinto con los discursos de Teleutias a sus soldados, y de Clígenes, enviado de Acanto y Apolonia ante el senado espartano, con la astuta traición de Leontíades en Tebas, con la pintorescamente descrita revolución de esta ciudad que dirigen Fílidas y Melón, y con el relato de los esfuerzos de Cleónimo, junto a Arquidamo, para salvar a su padre Esfodrias, que ha incurrido en la justa indignación de los éforos.

El discurso vivo y descriptivo del farsalio Polidamante, la táctica prudente y previsora de Ifícrates en su expedición a Corcira, los discursos de los atenienses enviados a Lacedemonia para ajustar la alianza entre las dos repúblicas, así como el pánico de los espartanos al ver en su territorio a los tebanos, su heroica resistencia ante el peligro de la patria y los discursos pronunciados en la asamblea ateniense al discutirse si se auxiliará a su rival, avaloran en gran manera el libro sexto.

Finalmente, en el séptimo los discursos de los enviados a Atenas para celebrar la alianza entre varios estados griegos, la conducta esforzada de Arquidamo, la narración de las proezas de Fliunte, la muerte de Eufrón y la defensa de su matador, así como el elogio de la última campaña de Epaminondas, es todo ello digno remate de la obra de Jenofonte, y aquilata la verdad de nuestro aserto al afirmar que no desmerece de las tres obras maestras del mismo autor.

Al terminar estas líneas, réstanos únicamente manifestar que hemos seguido los textos más modernos y apreciados (principalmente el de Reiske), de los que podemos decir no hemos discrepado más que en alguno de los lugares más controvertidos y oscuros, cuando a nuestro entender no ofrecían un sentido claro y terminante, en cuyo caso, hemos seguido otra variante, aunque expresándolo casi siempre en nota.

Permítasenos también consignar, como declaración última para terminar este prólogo, que aunque hubiéramos deseado verter al castellano, no solo las ideas de Jenofonte, sino también su galanura en el decir, nos daremos por muy satisfechos si el público nos reconoce, además del buen deseo que nos ha animado en nuestro trabajo, el constante empeño que hemos puesto para darle una traducción lo más ajustada posible al original griego, con objeto de que, ya que no reúna otro mérito literario, le permita hacerse cargo de los sucesos de la guerra del Peloponeso, narrados por Jenofonte.

Libro primero

Capítulo I

Algunos días después de estos sucesos, Timócares llegó de Atenas con algunas naves e inmediatamente verificose un combate naval entre atenienses y lacedemonios, quedando vencedores estos últimos bajo la dirección de Agesándridas.

Poco después y a principios del invierno, Dorieo, hijo de Diágoras, partió de Rodas y llegó al Helesponto al clarear el día. El centinela de los atenienses que debía anunciarle señaló su presencia a los generales, los cuales se hacen a la vela contra él con veinte naves. Huye ante ellos Dorieo, y vara las naves en los alrededores de Reteo. Acércanse los atenienses, y combaten junto a las naves y en la costa, hasta que se juntan con el resto del ejército en Mádito, sin haber realizado cosa alguna de provecho.

Durante este tiempo, Míndaro, que ofrecía en Ilión un sacrificio a Minerva Atenea, viendo el combate, se dirige a socorrerlos; se hace a la vela con sus trirremes, y alcanza el puerto donde estaban las naves de Dorieo. Hácenle frente los atenienses, y junto a la costa de Abido libran un combate naval que dura hasta la noche. Mientras se dudaba de quién quedaba vencedor o vencido, llega Alcibíades con veintidós naves, e iníciase la retirada de los peloponesios hacia Abido. Sobreviene después en su auxilio Farnabazo, y metiendo el caballo en el agua hasta donde le es posible, incita peleando a que hagan lo mismo los infantes y los caballos que le acompañan; reúnen los peloponesios sus naves, y alineados en orden de batalla combaten junto a la costa. Los atenienses vuélvense hacia Sesto, llevando consigo treinta naves enemigas que encontraron vacías después de haber recuperado cuantas habían antes perdido. Desde aquella población, dejando en ella cuarenta naves, se hacen a la vela en distintas direcciones, con objeto de recoger dinero, y Trasilo, uno de los generales, se dirige a Atenas para anunciar esta fausta nueva y para pedir hombres y naves. Después de todo esto, llega Tisafernes al Helesponto; dirígese a él Alcibíades con una sola trirreme, con objeto de ofrecerle los dones de hospitalidad y los presentes de amistad; pero hácele prender aquel y encerrarle en Sardes, diciendo que el rey le ha dado orden de hacer la guerra a los atenienses. Treinta días después, Alcibíades, habiendo podido procurarse caballos, huye de noche con Mantíteo, otro prisionero en Caria, y se dirigen durante la noche a Clazómenas.

Los atenienses que estaban en Sesto, al saber que Míndaro va a hacerse a la vela contra ellos con sesenta naves, huyen durante la noche a Cardia, donde llega también Alcibíades desde Clazómenas con cinco trirremes y un buque costero; pero informado de que las naves peloponesias desde Abido se han dirigido a Cícico, llega a Sesto por tierra, y manda a sus navíos se le reúnan en dicho punto dando un rodeo. Después que estos llegaron, y cuando estaban a punto de levar anclas para marchar al combate, sobreviene Terámenes con veinte naves, viniendo de Macedonia, así como Trasíbulo con otras veinte de Tasos, habiendo recogido ambos algún dinero. Ordénales en seguida Alcibíades que amainen velas, y todos juntos navegan hacia Pario. Reunidos allí ochenta y seis buques, se hacen a la vela al día siguiente y al otro llegan a Proconeso a la hora del almuerzo, donde tienen conocimiento de que Míndaro y Farnabazo, con las tropas de infantería, están en Cícico, por lo cual permanecen a la expectativa todo el día en aquel sitio. Al siguiente, convoca Alcibíades una asamblea, en la cual manifiesta la necesidad en que se hallan de combatir por tierra y bajo los muros. «En efecto —dice—, no tenemos dinero, y los enemigos recíbenlo todo en abundancia de parte del rey.»

La noche anterior, al anclar, había reunido alrededor de la suya a todas las naves, aun las más pequeñas, a fin de que nadie pudiese participar al enemigo el número de buques con que contaba, e hizo pregonar pena capital para todo el que fuera sorprendido dirigiéndose a la opuesta costa. Disuelta la asamblea, se prepara para el combate y se dirige sobre Cícico, mientras llovía fuertemente; al llegar junto a dicha población, y gracias a una momentánea claridad y a los rayos del sol, ve las naves de Míndaro, en número de sesenta, maniobrando fuera del puerto, de manera que puede cortarles la retirada. Al ver los peloponesios las naves de Atenas en número mayor que antes y junto al puerto, huyen en dirección a la costa, y haciéndolas varar, hacen frente al enemigo, que se dirige hacia ellos; Alcibíades hace dar un rodeo a sus veinte naves, y desembarca en la playa, como lo hace también al verlo Míndaro, quien recibe la muerte combatiendo, y los suyos se declaran en fuga. Los atenienses conducen todas las naves a Proconeso, a excepción de las de los siracusanos, pues ellos mismos les pegaron fuego.

Al día siguiente hácense a la mar los atenienses en dirección a Cícico, cuyos habitantes, abandonados por los peloponesios y por Tisafernes, le reciben en sus muros; quédase allí Alcibíades durante veinte días, recibe grandes cantidades de los de Cícico, y sin hacerles ningún daño se retira a Proconeso. De allí navega hacia Perinto y Selimbria. Los perintios reciben al ejército dentro de sus muros, y los selimbrios no les abren las puertas, pero les dan dinero. Inmediatamente dirígense a Crisópolis, en Calcedonia, población que fortifican, y donde establecen un contador para exigir el diezmo de las naves que salgan del Ponto Euxino, y dejan en ella una guarnición de treinta naves y dos generales, Terámenes y Éumaco, encargados de vigilar la plaza y las naves que pasen delante de ella, así como de hacer todo el daño posible a los enemigos. Los otros generales parten para el Helesponto. Cae en manos de los atenienses una carta de Hipócrates, el segundo de Míndaro, que remiten a Atenas, y que contenía estas palabras:


«Terminaron nuestras victorias; Míndaro ha perecido; están hambrientos los soldados: no sabemos qué hacer.»


Farnabazo exhorta al ejército peloponesio y a sus aliados a no apesadumbrarse a causa de algunos leños, pues hay madera en abundancia en los dominios del rey, y todo va bien cuando se conserva la vida; regala a los soldados un traje y el sueldo de dos meses, y después de armar a los marineros, establece guarniciones en el litoral. Convoca luego a los generales de las ciudades y a los comandantes de las naves, les ordena construyan en Antandro tantas trirremes como cada uno haya perdido, y entregándoles el dinero necesario, les dice pueden construirlos con las maderas de los bosques del Ida. Mientras se construyen los buques, los siracusanos, unidos a los habitantes de Antandro, terminan las murallas, y son las tropas más disciplinadas de la guarnición, por lo cual se les concede en dicha ciudad el título de bienhechores y el derecho de ciudadanía. Habiéndolo dispuesto todo de esta manera, Farnabazo se dirige en seguida en socorro de Calcedonia.

Hacia este tiempo se anuncia a los generales siracusanos, que han sido desterrados por el pueblo. Reúnen, pues, a sus soldados, y por medio de Hermócrates deploran las desgracias de ser todos víctimas de un destierro injusto e ilegal; excitan a los soldados a que sean siempre tan valientes como hasta entonces, y a que se muestren siempre celosos en el cumplimiento de sus deberes, y luego los mandan elijan jefes hasta la llegada de los que deben sustituirles. Los soldados gritan con entusiasmo que deben conservar el mando: tal es el deseo unánime de los comandantes de las naves, de los marinos y de los pilotos. Objétanles los generales que es preciso no insubordinarse contra su patria, y que si tienen algo que reprocharles pueden hacer uso de la palabra.

—«Acordaos —añaden— de todas las victorias navales que habéis alcanzado, de todas las naves que habéis tomado con vuestras solas fuerzas, de todas las ocasiones en que, reunidos a otras tropas, os habéis mostrado bajo nuestras órdenes invencibles y tenaces en vuestro puesto, gracias a vuestro valor y a nuestras excitaciones, así en la tierra como en el mar.»

No levantándose nadie para hacerles cargos, continúan en sus funciones hasta la llegada de los generales que deben sustituirles, Demarco, hijo de Epícides; Miscón, hijo de Menécrates, y Pótamis, hijo de Gnosias. La mayor parte de los comandantes de las naves juran les harán levantar el destierro así que lleguen a Siracusa; cólmanles de elogios y les dejan marchar a donde quieran. Principalmente los que habían frecuentado la amistad de Hermócrates, le echaban de menos por su actividad, su celo y su amabilidad: en efecto, cada día, mañana y tarde, reunía en su tienda a los comandantes más distinguidos de las naves, así como a los mejores pilotos y marinos; comunicábales lo que tenía intención de decir y hacer, y les enseñaba a hablar, obligándoles unas veces a expresarse sin preparación alguna, y otras después de haber meditado unos momentos. De este modo había adquirido Hermócrates gran consideración en el consejo, y se le tenía por el que mejor hablaba y que daba mejores consejos. Habiendo acusado en otro tiempo a Tisafernes en Esparta, y habiendo parecido fundada su acusación, sostenida por el testimonio de Astíoco, Hermócrates se dirige a Farnabazo, quien le ofrece dinero sin aguardar a que lo pida, y reuniendo tropas mercenarias y trirremes, se prepara para regresar a Siracusa. Mientras tanto llegan a Mileto los generales nuevamente nombrados por los siracusanos, y allí toman posesión del mando de las naves y del ejército.

Declárase hacia el mismo tiempo una sedición en Tasos, siendo vencidos los partidarios de Lacedemonia y Eteónico, el harmosta espartano. Pasípidas, oriundo de Esparta, acusado de haber preparado con Tisafernes aquella sedición, es desterrado de su población natal, y como había reunido la escuadra de los aliados, envían a Cratesípidas para que tome el mando, quien la encuentra en Quíos.

En esta misma época, mientras que Trasilo está en Atenas, Agis hace una salida de Decelia y llega, devastando la campiña, hasta los mismos muros de Atenas; Trasilo, al frente de los atenienses y de cuantos allí se encuentran, sale de la ciudad y coloca sus tropas a lo largo del gimnasio del Liceo, en disposición de combatir si los enemigos avanzan, al ver lo cual Agis emprende prontamente la retirada, no sin que sean muertos por las tropas ligeras algunos de sus rezagados. Con este motivo hállanse los atenienses más dispuestos a conceder a Trasilo el auxilio que había venido a impetrar, y decretan que puede reclutar mil hoplitas, cien caballos y cincuenta trirremes.

Al ver Agis desde Decelia que entran en el Pireo con las velas desplegadas gran cantidad de naves cargadas de trigo, declara que ninguna utilidad pueden prestar sus tropas bloqueando por tierra a Atenas, si no se les impide el aprovisionamiento por mar, y que el mejor partido sería mandar a Calcedonia y a Bizancio al hijo de Aristómenes y a Clearco, hijo de Ranfias, huésped público de los bizantinos. Habiéndose adoptado este parecer en Lacedemonia, se hace a la vela aquel con quince naves, equipadas por los megarenses y demás aliados, si bien eran más propias para el transporte de soldados que para navegar con velocidad; por lo cual tres de ellas son echadas a pique en el Helesponto por las nueve naves atenienses que vigilan continuamente los buques enemigos, y las restantes huyen a Sesto, y de allí se refugian en Bizancio.

Así terminó este año, durante el cual invaden Sicilia los cartagineses, bajo el mando de Aníbal, con un ejército de cien mil hombres; y en el espacio de tres meses se apoderan de dos ciudades griegas, Selinunte e Hímera.

Capítulo II

Al año siguiente, el de la nonagesimatercia olimpiada, en la cual Evágoras de Elea alcanzó el premio en la carrera del carro tirado por dos caballos, y Eubotas, el cireneo, el del estadio, siendo éforo en Esparta Evárquipo, y arconte en Atenas Euctemon, los atenienses fortifican Tórico, y Trasilo, tomando los buques que le han sido decretados, arma como peltastas cinco mil marineros para que puedan hacer igualmente los dos servicios, y se hace a la vela en dirección a Samos, al comenzar el verano. Permanece allí tres días, partiendo después para Pígela, cuyo territorio devasta, y comienza el sitio. Habiendo acudido en auxilio de los sitiados algunos habitantes de Mileto, persiguen a las tropas ligeras atenienses que se hallaban en desorden; pero los peltastas y dos cohortes de hoplitas, acudiendo a socorrer a las tropas ligeras, dan muerte a casi todos los milesios, toman unos doscientos escudos y levantan un trofeo. Al día siguiente se hacen a la vela en dirección a Notio, y después de hacer sus preparativos, se dirigen a Colofón, cuyos habitantes les reciben amistosamente. Invaden durante la noche inmediata las comarcas de Lidia, en que el trigo está ya en sazón, incendian varias poblaciones y se apoderan del dinero, de los esclavos y de un rico botín. El persa Estages, que se hallaba en dicha comarca, aprovechándose de un momento en que los atenienses se hallaban dispersos fuera del campamento para saquear por su cuenta, se arroja sobre ellos con su caballería, les mata siete hombres y les hace un prisionero. Trasilo, después de esta proeza, recoge a su ejército junto al mar para dirigirse a Éfeso; pero adivinando Tisafernes sus designios, reúne numeroso ejército y envía gente de a caballo para exhortar a todos a que vayan a socorrer a Ártemis Diana en Éfeso.

Diez y siete días después de la invasión se hace a la mar Trasilo en dirección a Éfeso, y desembarcando a sus hoplitas junto al Coreso, ordena a su caballería, a los peltastas, a los marinos y al resto de sus tropas se queden junto a los pantanos, a la otra parte de la ciudad, y así que apunta el día hace avanzar a sus dos cuerpos de ejército. Las tropas de la plaza, con el refuerzo de los aliados mandados por Tisafernes y el de los siracusanos (así los de las veinte naves primeras como los de otras cinco que habían llegado recientemente con los generales Eucles, hijo de Hipón, y Heraclides, hijo de Aristógenes) y además con dos naves de Selinunte, se dirigen a su encuentro. Reunidas todas esas tropas, derrotan primeramente a los hoplitas acampados junto al Coreso, y después de ponerles en fuga, de causarles unas cien bajas y de haber perseguido hasta el mar a los fugitivos, se dirigen contra las tropas de los pantanos; son asimismo derrotados los atenienses, que perecen en número de unos trescientos. Los efesios levantan allí un trofeo y otro junto al Coreso; dan premios por su valentía a los siracusanos y a los selinusios, así en general como a algunos de ellos en particular, y conceden inmunidad completa de impuestos al que quiera domiciliarse en la ciudad. Conceden asimismo el derecho de ciudad a los selinusios cuya patria había sido recientemente destruida.

Los atenienses, después de recoger sus muertos por una tregua, regresan a Notio; les dan allí sepultura, y se hacen a la vela en dirección a Lesbos y al Helesponto. Mientras están anclados delante de Metimna, ciudad de Lesbos, distinguen a veinticinco naves siracusanas que volvían de Éfeso, y arrojándose a ellas, se apoderan de cuatro con todo su equipaje, y persiguen hasta Éfeso a las restantes. Trasilo envía a Atenas los prisioneros, y suelta únicamente al ateniense Alcibíades, primo y compañero de destierro del otro Alcibíades. Con el resto del ejército se hace a la vela para Sesto, y de allí pasa a Lámpsaco. Llega, sin embargo, el invierno, durante el cual los cautivos siracusanos, que habían sido encerrados en las canteras del Pireo, perforando la roca se evaden de noche y huyen unos a Decelia y otros a Mégara. Quiere Alcibíades formar en Lámpsaco un solo cuerpo de ejército con todas sus tropas; pero sus soldados veteranos, que nunca habían sido vencidos, no quieren reunirse con los de Trasilo, que acaban de sufrir una derrota. Pasan todos el invierno en Lámpsaco fortificando dicha plaza, y verifican una expedición contra Abido, en la cual, acudiendo en socorro de esta Farnabazo con numerosa caballería, es derrotado y tiene que declararse en fuga. Alcibíades le persigue con sus caballos y ciento veinte hoplitas mandados por Menandro, hasta que la oscuridad les impide seguir en su persecución. Después de este combate, mézclanse los soldados y fraternizan los suyos con los de Trasilo. Realízanse en el mismo invierno algunas excursiones en el continente, en las cuales son devastados los territorios del rey. Durante este tiempo los lacedemonios, gracias a un tratado, dejan retirarse libremente a los hilotas sublevados, que habían huido a Corifasio desde Malea. También en dicha época los aqueos hacen traición a los colonos de Heraclea de Traquinia, en un combate general contra los eteos, sus enemigos; de manera que perecieron unos setecientos de ellos, con Labotas, harmosta lacedemonio.

Así terminó este año, en el que los medos sublevados contra Darío, rey de los persas, volvieron a acatar su autoridad.

Capítulo III

Al año siguiente el templo de Minerva Atenea, en Focea, es reducido a cenizas por un rayo. Al terminar el invierno, siendo éforo Pantacles y arconte Antígenes, conmemorando el buen tiempo, se hacen a la vela los atenienses hacia Proconeso con todo el ejército, en el año XXII.º de la guerra, y de allí van a anclar ante Bizancio y Calcedonia, acampando alrededor de esta ciudad. Informados los calcedonios del ataque que iban a sufrir por parte de los atenienses, habían entregado todas sus riquezas a sus vecinos los tracios de Bitinia; Alcibíades, tomando consigo la caballería y algunos hoplitas, hace costear las naves y se dirige a los bitinios, pidiéndoles las riquezas de los calcedonios, diciéndoles les hará la guerra si no se las entregan. Así lo hacen, y, de vuelta ya a su campo con el botín y la garantía de un tratado, ataca Alcibíades por ambos mares a Calcedonia con todo el ejército, y cierra con un muro de madera, lo mejor que puede, el río que les divide. Hipócrates, el gobernador lacedemonio, hace salir de la ciudad a la guarnición para librar combate; despliéganse frente a frente los atenienses en orden de batalla, y Farnabazo acude desde la otra parte de aquel muro en socorro de los sitiados, con su ejército y con una caballería numerosa. Combaten durante algún tiempo Hipócrates y Trasilo, cada uno con sus hoplitas, hasta que llega Alcibíades con algunos de estos y con su caballería. Queda muerto en el campo Hipócrates, y huyen sus soldados a la ciudad. Mientras tanto, Farnabazo, que no había podido reunirse a Hipócrates a causa del poco espacio que se había dejado entre el río y las trincheras, tiene que retirarse al Heracleo, que está junto a Calcedonia, en cuyo lugar tenía su campamento. Alcibíades marcha después hacia el Helesponto y el Quersoneso, con objeto de recoger dinero, y los restantes generales convienen entonces con Farnabazo, relativamente a Calcedonia, en estas condiciones: Que entregará veinte talentos a los atenienses y presentará al rey los diputados de Atenas. Afirman con juramento esta convención, obligándose a pagar los calcedonios el acostumbrado tributo a los atenienses, y a entregarles las cantidades atrasadas, a condición de que los atenienses no emprendan hostilidad alguna contra Calcedonia hasta que regresen los enviados al rey. Alcibíades no estuvo presente al celebrarse este tratado, puesto que estaba frente a Selimbria; pero una vez tomada esta ciudad, vuelve a Bizancio con gran multitud de quersonesios, soldados tracios y más de trescientos caballos. Espérale en Calcedonia Farnabazo, considerando necesario hacerle prestar juramento a lo tratado; pero Alcibíades, al llegar de Bizancio, declara que no jurará si no renueva también Farnabazo el juramento en su presencia; por lo cual él jura la convención en Crisópolis, delante de Mitrobates y Arnapes, enviados de Farnabazo, mientras este presta el juramento público ante Euriptólemo, enviado de Alcibíades, después de lo cual se dan mutuamente algunos dones privados. Hecho esto, parte Farnabazo de dicha población, y ordena a los diputados que deben dirigirse al rey se le unan en Cícico. Estos diputados eran Doroteo, Filocides, Teógenes, Euriptólemo y Mantíteo por parte de los atenienses, y Cleóstrato y Pirróloco por parte de los argivos; iban también con ellos algunos enviados por los lacedemonios, Pasípidas y otros, habiéndoseles juntado asimismo Hermócrates, expatriado siracusano, y su hermano Próxeno, a todos los cuales conducía Farnabazo.

Los atenienses, sin embargo, sitian Bizancio, después de rodear a la ciudad con una trinchera y de inquietarla con proyectiles, y avanzan hasta el muro. Encontrábase en dicha población el harmosta lacedemonio Clearco, y con él algunos periecos y un pequeño número de neodamodes, así como algunos megarenses mandados por Helixo de Mégara y algunos beocios que obedecían a Cerátadas. Viendo los atenienses que nada pueden conseguir por la fuerza, persuaden a algunos bizantinos para que les entreguen la plaza. No creyendo Clearco el gobernador que hubiese en ella nadie capaz para hacerlo, organizándolo todo lo mejor que puede, y encargando de la defensa de la ciudad a Cerátadas y a Helixo, se dirige hacia Farnabazo, en el opuesto continente, a fin de obtener de él el estipendio para sus soldados y reunir las naves que Pasípidas había dejado en observación, así en el Helesponto como en Antandro, y las que Agesándridas, segundo jefe de Míndaro, tenía en Tracia: deseaba asimismo hacer construir otras, y con todas estas fuerzas reunidas, acosar a los atenienses y hacerles levantar el sitio de Bizancio. Luego de haber partido Clearco, pónense a la obra los que querían entregar la ciudad, Cidón, Aristón, Anaxícrates, Licurgo y Anaxilao, quien fue más tarde acusado en Lacedemonia como culpable de traición, siendo absuelto por alegar había salvado la ciudad al entregarla, pues veía morir de hambre a las mujeres y a los niños, y además por ser bizantino y no lacedemonio. Como Clearco hacía entregar a los soldados todo el trigo que había en la ciudad, decía Anaxilao que había introducido al enemigo, sin que le moviese para ello el deseo de obtener dinero, ni el odio hacia los lacedemonios.

Así que todo estuvo arreglado para realizar su designio, abren una noche la puerta llamada de Tracia, e introducen a Alcibíades y a su ejército. Helixo y Cerátadas, que nada sabían de la conjuración, se dirigen con todas sus tropas armadas a la plaza pública; pero viendo a los enemigos dueños de todo, y conociendo nada podían hacer, se entregan y son enviados a Atenas, donde Cerátadas, al desembarcar en el Pireo, huye por entre la multitud y llega salvo a Decelia.

Capítulo IV

Farnabazo y los enviados conocen los sucesos de Bizancio en Gordio, ciudad de Frigia, donde pasan el invierno; al comenzar la primavera se dirigen hacia el rey, encontrando en su marcha la embajada lacedemonia, compuesta de Beocio y de otros mensajeros, los cuales les participan que los espartanos han alcanzado del rey cuanto pedían. Encuentran asimismo a Ciro, que había recibido el mando de todas las provincias marítimas, y que debía auxiliar a los lacedemonios, quien les enseña una carta con el sello real dirigida a todos los habitantes del Asia inferior, y en la que se decía: «Envío a Ciro como cárano de los pueblos que se reúnen en el Castolo». Cárano quiere decir Señor. Los diputados atenienses, al conocer estas órdenes, y después de haber visto a Ciro, desean aún más vivamente dirigirse hacia el rey, y si no, regresar a su patria; pero Ciro ordena a Farnabazo que le entregue los diputados, o que les impida a lo menos volver a su patria, no queriendo que los atenienses conociesen cuanto había sucedido. Farnabazo los retuvo todo el tiempo necesario, diciendo unas veces iba a llevarles ante el rey, y otras que les enviaría a Atenas, a fin de que nada pudiesen reprocharle; pero al cabo de tres años suplica a Ciro les deje en libertad, representándole había jurado volver a conducirles hasta el mar, si no les llevaba ante el rey; por lo cual son enviados a Ariobarzanes con la orden de conducirles a la costa, y este les lleva a Cíos en Misia, de donde, por mar, se reúnen a su ejército.

Queriendo Alcibíades volver con sus tropas a Atenas, se hace a la vela directamente hacia Samos, de donde, tomando veinte naves, entra en el golfo Cerámico de Caria y regresa de nuevo a aquella ciudad después de haber exigido veinte talentos a estas comarcas. Trasíbulo, con treinta buques, se dirige a Tracia, donde somete las plazas que habían sido tomadas por los lacedemonios, y entre otras Tasos, que había sido devastada por la guerra, las sublevaciones y el hambre. Trasilo llega a Atenas con el resto del ejército, y antes de su llegada habían elegido los atenienses tres generales: Alcibíades, desterrado; Trasíbulo, ausente, y Conón, que se hallaba en la ciudad.

Alcibíades, con sus veinte trirremes y el dinero recogido, parte de Samos, dirigiéndose a Paros, de donde marcha directamente a Gitio para vigilar las treinta trirremes que sabía preparaban allí los lacedemonios, y para cerciorarse del modo que sería recibido a su vuelta a Atenas. Después que conoció le era favorable la población, que se le ha elegido general, y que especialmente sus amigos le incitan a que regrese, entra en el Pireo el día en que la ciudad celebraba las Plinterias, en las cuales se cubre con un velo la estatua de Minerva Atenea, cosa que consideraron algunos como infausta para él y para la ciudad, puesto que en aquel día ningún ateniense se atrevía a emprender cosa alguna seria. Al desembarcar en el Pireo, la muchedumbre de este y de la ciudad se aglomera alrededor de las naves para admirar y ver a aquel Alcibíades que aseguran muchos es el mejor de todos los ciudadanos, y el único, dicen, que ha mostrado la injusticia de su destierro. Él es la víctima de muchos que le son inferiores y a quienes aplastaba con su elocuencia, porque su política no tenía otro objeto que el interés personal, mientras que él, por el contrario, tendió siempre a aumentar el bien común con el simultáneo empleo de sus propios recursos y de los de la ciudad; cuando ha querido ser juzgado sin dilación alguna de la acusación contra él dirigida como profanador de los misterios, sus enemigos han conseguido se desechase una súplica que tan justa parecía, y durante su ausencia le han hecho desterrar de su patria; entonces, esclavo de la necesidad, se ha visto obligado a servir a sus enemigos más crueles, expuesto cada día a perder su vida, y viendo a sus más íntimos amigos, a sus parientes, a sus conciudadanos y a la ciudad entera cometer grandes faltas, sin poder serles de ninguna utilidad a causa de su destierro; no deben temerse las revoluciones ni las sublevaciones de hombres como él, añaden, puesto que la popularidad le coloca encima de todos los de su edad y le iguala a los que son más ancianos, mientras sus enemigos continúan a estar dispuestos, como antes, a hacer perecer a los mejores ciudadanos, así que puedan verificarlo impunemente, por lo cual quedarán solos en su patria, ya que, apartados los ciudadanos que valen más que ellos, deberá el pueblo necesariamente contentarse con los que queden.

El partido opuesto a Alcibíades aseguraba era este la única causa de todas las calamidades públicas que se habían experimentado, y que había el peligro de que este general atrajese a la ciudad por sí solo, todos los funestos resultados que eran de temer.

Alcibíades, después de haber entrado en el puerto, no desembarca en seguida por temor a sus enemigos, pero quedándose sobre el puente, procura distinguir a sus amigos, viendo a su primo Euriptólemo, hijo de Pisianacte y a sus restantes parientes y amigos, desembarca y se dirige a la ciudad con esta escolta, preparada a rechazar cualquier ataque que contra él se intente. En el senado y en la asamblea se defiende de la profanación, diciendo ha sido víctima de una injusticia, y después de haber presentado varias razones del mismo género, sin que nadie le replique, pues no lo hubiera tolerado la asamblea, por unanimidad es proclamado generalísimo, con amplias facultades, como el único capaz de recuperar para la república su antiguo poderío; hace salir inmediatamente todas las tropas a fin de que la procesión de los Misterios pueda celebrarse por su trayecto acostumbrado por tierra, ya que a causa de la guerra había tenido que hacerse por mar, y después levanta un ejército de mil quinientos hoplitas, ciento cincuenta caballos y cien naves.

Tres meses después de su regreso, se embarca en dirección a Andros, que se había separado de la alianza ateniense, designándosele como generales adjuntos de las tropas de tierra, a Aristócrates y Adimanto, hijo de Leucolófides. Desembarca Alcibíades su ejército en Gaurio, que está en la isla de Andros; pone en fuga a los andrios, que se habían dirigido a su encuentro, y después de haberles causado muchas bajas, los encierra en los muros con los lacedemonios que estaban con ellos. Levanta después un trofeo, y pasados algunos días, se dirige hacia Samos donde principia las hostilidades.

Capítulo V

Algún tiempo antes de estos sucesos, habían enviado los lacedemonios a Lisandro para tomar el mando de la flota en sustitución de Cratesípidas, pues había terminado ya el tiempo de su mando. Al llegar aquel a Rodas, toma posesión de las naves y se dirige a Cos y a Mileto, de donde se hace a la vela para Éfeso, y allí permanece con setenta naves hasta que Ciro llegue de Sardes, y así que este llega va a su encuentro Lisandro con los enviados espartanos y quejándose de Tisafernes y relatándole todo lo que ha hecho, suplican a Ciro excite la guerra cuanto pueda; contesta este que tal es precisamente el encargo que ha recibido de su padre, que estas son sus intenciones y que hará cuanto de él dependa para realizarlas; añade que trae quinientos talentos con este objeto; que si no bastan, hará uso de los fondos privados que le ha entregado su padre, y que si todo esto no es aún suficiente, hará fundir el trono sobre que está sentado, que es de oro y plata.

Alábanle esta respuesta y le deciden a dar una dracma ática a los marineros, manifestándole que este aumento de sueldo hará desertar a los de la flota ateniense, lo cual le economizará más tarde grandes dispendios. Ciro aprueba tales propósitos, pero manifiesta le es imposible ir contra las órdenes del rey, puesto que, según el tratado de alianza, debe dar únicamente treinta minas al mes, por cada nave que los lacedemonios sostengan en la guerra. Nada replica entonces Lisandro, pero al fin de la comida, al brindar Ciro y pedirle qué podrá hacer que le sea agradable, contestó Lisandro: «Aumentar un óbolo al sueldo de cada marinero.» Desde aquel momento, el sueldo para los marineros fue de cuatro óbolos, habiendo sido de tres hasta entonces. Ciro paga además los atrasos y hace repartir un mes adelantado, lo cual redobla el celo de los soldados.

Desanímanse con esta nueva los atenienses, y por medio de Tisafernes le envían mensajeros, que no admite, por más que se lo ruegue aquel, y por más que le incite a procurar, como él había hecho siguiendo los consejos de Alcibíades, que ningún pueblo adquiriese gran poderío, antes bien, que se debilitasen mutuamente con sus intestinas disensiones. Después de haber reunido su flota en Éfeso, Lisandro hace poner en seco sus naves, en número de noventa, y se mantiene en reposo, ocupándose en recomponerlas y calafatearlas y en dar descanso a sus tropas. Por su parte Alcibíades, sabiendo que Trasíbulo ha salido del Helesponto para fortificar Focea, se dirige hacia él, después de dejar el mando de la flota a su lugarteniente Antíoco, mandándole expresamente no se acerque a las naves de Lisandro; pero este, con su nave y otra, se hace a la mar con dirección al puerto de Éfeso desde Notio, y se acerca a las proas de las de Lisandro. Este, poniendo a flote un pequeño número de naves, le da caza; pero después, al ver vienen los atenienses con mayor número de naves en auxilio de Antíoco, dirige contra ellos toda su flota formada en orden de batalla. Echan al agua entonces los atenienses que habían quedado en Notio todas sus trirremes, y se hacen a la mar; de este modo se verifica un combate naval, permaneciendo en buen orden los lacedemonios, mientras son puestos en completa dispersión los atenienses, hasta que, perdidas quince trirremes, se declaran en fuga: la mayor parte de los que las montaban consiguen escaparse, pero algunos son apresados por los enemigos. Lisandro se lleva las naves que ha tomado, levanta un trofeo en Notio y se dirige a Éfeso; los atenienses se retiran a Samos.

Después de este combate, Alcibíades, habiendo regresado a Samos, se hace cargo de toda la flota y la conduce hacia Éfeso, apoderándose de la entrada del puerto, donde se coloca en orden de batalla para ver si se acepta el combate; pero como Lisandro no se mueve a causa de la numérica inferioridad de sus naves, se vuelve a Samos. Poco tiempo después, los lacedemonios se apoderan de Delfinio y de Eión.

Cuando llega a Atenas la nueva de este combate naval, levántase gran indignación contra Alcibíades, y a su negligencia y mala dirección se atribuye la pérdida de las naves. Son elegidos diez nuevos generales: Conón, Diomedonte, León, Pericles, Erasínides, Aristócrates, Arquéstrato, Protómaco, Trasilo y Aristógenes. Al ver Alcibíades que el ejército está también indispuesto contra él, toma una trirreme y se retira a su castillo del Quersoneso.

Sale en seguida Conón de Andros con sus veinte naves, y se dirige a Samos para tomar el mando de la flota, según el decreto de los atenienses. Para sustituir a Conón envían a Andros con cuatro naves a Fanóstenes, quien encontrando dos trirremes turias, se apodera de ellas con su equipaje; los atenienses encadenan a todos los prisioneros, excepto a Dorieo, su jefe, natural de Rodas, quien prudentemente había tenido que huir de Rodas y de Atenas para evitar la pena de muerte pronunciada contra él y contra sus parientes por los atenienses, y había adquirido después el derecho de ciudadano en Turios; túvose compasión de él y se le soltó sin exigirle siquiera rescate.

Al llegar a Samos encuentra Conón la flota en completo desorden; consigue arreglar setenta trirremes, en lugar de más de ciento a que ascendía aquella anteriormente; se hace a la vela, seguido de los otros generales, y hace desembarcos en varios puntos del territorio enemigo, que entrega al saqueo.

Así termina este año, en el cual los cartagineses invaden Sicilia con ciento veinte trirremes y un ejército de tierra de ciento veinte mil hombres; vencidos primeramente en un combate, consiguen más tarde apoderarse por hambre de Agrigento, después de un sitio de siete meses.

Capítulo VI

Al año siguiente, en el que se observó un eclipse de luna por la noche y se quemó el antiguo templo de Minerva en Atenas, siendo éforo Pitias y Calias arconte en Atenas, los lacedemonios envían a Calicrátidas para sustituir a Lisandro en el mando de la armada, puesto que su magistratura acababa de expirar al mismo tiempo que terminaba el vigesimocuarto año de la guerra. Al entregarle las naves, dice Lisandro a Calicrátidas se las entrega después de haber sido declarado rey del mar y después de haber vencido en un combate naval; pero aquel le replica debe primeramente abordar a Éfeso, costear por el lado izquierdo la isla de Samos, donde estacionan las naves atenienses, y entregarle en Mileto el mando de la flota para que le reconozca acreedor a dicho título de rey del mar. Contéstale Lisandro que le importa poco todo eso siendo otro el jefe; y entonces Calicrátidas, añadiendo a las naves que ha recibido de Lisandro otras cincuenta, entregadas por Quíos, Rodas y otros países aliados, reúne la flota entera, en número de ciento cuarenta embarcaciones, y se prepara para arrojarse sobre el enemigo. Habiendo sabido que los amigos de Lisandro principian a hablar mal de él y que no solo no cumplen su deber con todo el celo posible, sino que esparcen rumores calumniosos por las ciudades, entre otros el de que se comete gran yerro al cambiar los jefes de la armada, con lo cual se exponen a entregarla a hombres sin talento, sin conocimiento de las cosas marítimas y de la táctica debida con sus subordinados, y que, al enviar gente sin experiencia y desconocida en aquellos países, corren grave peligro de atraerse grandes desgracias, reuniendo Calicrátidas en asamblea a los lacedemonios presentes, les dice:

—«Me es completamente indiferente permanecer en mi casa, y si Lisandro u otro cualquiera cree ser más perito que yo en la marina, nada tengo que oponer. Pero como he recibido del estado el mando de la flota, no puedo hacer otra cosa que ejecutar lo mejor que pueda las órdenes que me han dado. En cuanto a vosotros, sin perder de vista el objeto que yo ambiciono y las acusaciones que se dirigen a nuestra patria y que sabéis tan bien como yo mismo, quiero que me aconsejéis lo que os parezca mejor, entre quedarme aquí o regresar a Esparta para anunciar lo que sucede en la armada.»

No atreviéndose nadie a manifestar otra cosa sino que debía obedecer las órdenes de Esparta y realizar aquello para que ha sido nombrado, dirigiéndose a Ciro le pide dinero para pagar a sus soldados. Ruégale este aguarde dos días, por lo cual, irritado Calicrátidas por la demora y por las antesalas que debía hacer para verle, dice que los griegos son muy desgraciados por tener que hacer la corte a los bárbaros en súplica de dinero; y añade que si consigue volver salvo a su patria, hará cuanto pueda para reconciliar a los atenienses con los espartanos. Después de esto se hace a la vela para Mileto, desde donde envía algunas trirremes a Lacedemonia en busca de dinero, y convocando a consejo a los milesios, les dice:

—«Mi deber, oh milesios, me obliga a obedecer a los magistrados de mi país, y espero de vosotros mostréis el mayor celo posible para la guerra, puesto que situados en medio de los bárbaros, habéis tenido que sufrir mucho de ellos; es preciso, pues, deis el ejemplo a los demás aliados, a fin de que podamos hacerles cuanto antes el mayor daño posible, hasta que regresen los que he enviado a Lacedemonia en busca de dinero, puesto que Lisandro a su marcha entregó a Ciro, como cosa superflua, cuanto le quedaba, y este me ha despedido sin darme nada cada vez que me he presentado a él, por lo cual no he podido decidirme a esperar eternamente en su antecámara. Os prometo, sin embargo, daros proporcionadas muestras de reconocimiento a las ventajas que alcancemos sobre los bárbaros, mientras estamos aguardando lleguen aquellos fondos; y con la ayuda de los dioses mostrémosles que no tenemos necesidad de lisonjear a nadie para poder vengarnos de nuestros enemigos.»

Después de estas palabras levantáronse algunos, principalmente aquellos a quienes se acusaba de ser sus adversarios y a los cuales el miedo incita a indicar los medios para proveerse de dinero y a ofrecerse ellos mismos para proporcionar alguna cantidad. Con ayuda de este dinero y del de Quíos, da Calicrátidas cinco dracmas a cada marinero para la travesía, y se dirige a Metimna, en Lesbos, ciudad aliada de los atenienses. Rehusando entregarse los metimneos, pues tenían una guarnición ateniense y sus principales habitantes eran de este partido, sitia la ciudad y la toma a viva fuerza. Saquean los soldados cuantas riquezas encuentran; pero hace reunir Calicrátidas en la plaza pública todos los esclavos, y aunque querían los aliados fuesen vendidos también los ciudadanos de Metimna, declara que mientras tenga él el mando se opondrá con todas sus fuerzas a que ningún griego sea reducido a la esclavitud. Da libertad al día siguiente a la guarnición ateniense y a los ciudadanos, y hace vender a todos los esclavos de que se habían apoderado. Hace decir también a Conón que pronto le impedirá ser el favorito de la mar; y viendo se hace a la vela al clarear el día, le persigue y le corta el camino de Samos para que no pueda refugiarse allí.

Huye Conón con sus naves, que eran muy veleras, puesto que había escogido en sus numerosos equipajes a los mejores remeros y los había colocado en un pequeño número de naves, y se refugia con dos de los diez generales, Erasínides y León, a Mitilene, ciudad de Lesbos. Calicrátidas entra persiguiéndole al mismo tiempo que él en el puerto con ciento setenta naves. Prevenido, pues, Conón en sus intenciones por los enemigos, vese obligado a librar un combate naval ante el puerto, en el que pierde treinta naves; la tripulación huye a tierra, y las cuarenta naves restantes, llevadas a remolque, son puestas en seco junto a los muros de la ciudad. Calicrátidas ancla en el puerto, bloquea al enemigo, guardando la entrada de aquel, y hace acudir por tierra gran cantidad de metimneos y las tropas de Quíos; recibe asimismo el dinero de Ciro.

Sitiado por mar y por tierra Conón, y no pudiendo procurarse los víveres en parte alguna, con gran cantidad de gente que mantener en la población y sin recibir auxilio alguno de los atenienses, puesto que ignoraban lo que ocurría, echa al agua sus dos mejores naves; equípalas antes del día marcado con los mejores remeros de la flota; hace bajar al fondo de la nave a los marinos, y para ocultarlos hace correr las telas de la cubierta. Así se hace durante el día, y por la noche, cuando oscurece, los hace bajar a tierra a fin de que su maniobra pasase desapercibida al enemigo. Al quinto día, después de haberse aprovisionado de todo lo necesario, esperan hasta mediodía, y estando entonces descuidadas las guardias y aun algunos centinelas dormidos, salen del puerto, dirigiéndose un navío al Helesponto y el otro a la alta mar. Salen en seguida en su persecución; cada cual se coloca donde puede, córtanse las amarras, despiertan, y en tumulto procuran armarse en el mismo lugar en que acababan de comer; embárcanse y se arrojan en persecución de la nave que había ganado la altura; alcánzanla al ponerse el sol, y se apoderan de ella después de un combate, remolcándola con su tripulación hacia el resto del ejército. Pero la que había huido en dirección al Helesponto burla la persecución y llega a Atenas, donde lleva la nueva del bloqueo. Llega Diomedonte al canal de Mitilene con doce naves en auxilio de Conón, pero echándose sobre él de improviso Calicrátidas, le toma diez de sus naves, y Diomedonte consigue escapar con otra nave y la suya.

Los atenienses, al saber cuanto ha ocurrido, decretan un socorro de ciento diez naves, en las que embarcan a todo el que está en edad de soportar el peso de las armas, así esclavos como libres; equípase esta tropa en treinta días, después de los cuales se hace a la vela, habiéndose también embarcado en ella una numerosa caballería. Dirígense primero a Samos, donde se les reúnen diez naves samias; júntanseles también más de treinta naves de otras comarcas aliadas, a cuyos habitantes en masa obligan a embarcarse, y recogen también cuantas naves tenían desparramadas en varios sitios, con lo cual se eleva el número total de esta flota a más de ciento cincuenta embarcaciones.

Calicrátidas, al saber que la flota de socorro está en Samos, deja en Mitilene cincuenta naves al mando de Eteónico, y se hace a la vela con las otras ciento veintiuna en la isla de Lesbos, junto al cabo Malea, que está frente a Mitilene. Dio la casualidad que los atenienses cenaban aquel mismo día en las islas Arginusas, que están situadas muy cerca de Lesbos. Distinguiendo Calicrátidas los fuegos durante la noche, y habiendo averiguado eran de los atenienses, leva anclas a media noche para caer sobre ellos de improviso, pero sobreviene fuerte lluvia y truenos que le impiden aguantar la mar. Disipada la tormenta al comenzar el día, se hace a la vela en dirección a las Arginusas; avanzan inmediatamente los atenienses a su encuentro, teniendo a su frente el ala izquierda y en este orden: Aristócrates en la extrema izquierda con quince naves, y luego con otras quince Diomedonte; Pericles sigue a Aristócrates, y Erasínides a Diomedonte; detrás de este están los samios con diez naves formados en una sola línea y mandados por un samio llamado Hipeo, y seguidos inmediatamente de las diez naves de los tribunos ordenadas también en una sola línea; seguían después las tres trirremes de los comandantes y el resto de la flota aliada; a la cabeza del ala derecha está Protómaco con quince naves, y después Trasilo con otras quince. Apoyan al primero Lisias con un número igual de naves, y Aristógenes a Trasilo. Habían escogido este orden de batalla a fin de impedir forzara el enemigo sus líneas, pues sus buques eran mejores.

Las trirremes lacedemonias se habían colocado frente a frente dispuestas en fila y preparándose a forzar la línea enemiga para atacarla por la retaguardia, siendo más ligeros en la maniobra: Calicrátidas mandaba el ala derecha. Hermón de Mégara, su lugarteniente, le indicó que no haría mal en retirarse, ya que las trirremes atenienses eran superiores en número, a lo cual contestaba Calicrátidas que su muerte no sería gran desgracia para Esparta, mientras que la huida sería una deshonra. Comienza en seguida el combate, que dura largo tiempo, primero estando muy apretadas las naves, después muy diseminadas. Arrojado al mar Calicrátidas en un choque de su nave, no vuelve a aparecer. Protómaco y los suyos del ala derecha, derrotan a la izquierda de los lacedemonios, quienes principian a acentuar su fuga, unos a Quíos y la mayor parte a Focea; los atenienses regresan a las Arginusas. Las pérdidas de estos habían sido de veinticinco naves con su tripulación, fuera de algunos que habían alcanzado la costa; las de los peloponesios fueron de nueve naves espartanas, sobre diez que eran, y más de sesenta de los aliados.

Los generales atenienses deciden encargar a los comandantes Terámenes y Trasíbulo, y a algunos tribunos, vayan con cuarenta y siete trirremes en busca de las naves naufragadas y de los hombres de a bordo, mientras que ellos, con el resto de la flota, se dirigirán al encuentro de las naves ancladas en Mitilene bajo las órdenes de Eteónico. El viento y un violento temporal les impide realizar tales propósitos, por lo cual permanecen allí mismo y erigen un trofeo. Recibe Eteónico la noticia del combate por medio de una nave de transporte; despídela en seguida, ordenando a los de la tripulación retrocedan sin ruido y sin comunicar con nadie y avancen poco después hacia la flota coronados y gritando que Calicrátidas ha ganado la batalla y que ha perecido toda la escuadra ateniense. Así lo hacen, y él, inmediatamente después de su regreso, ofrece sacrificios por tan feliz nueva, y ordena al mismo tiempo a los soldados tomen el almuerzo y a los comerciantes coloquen con sigilo sus mercancías en las naves a fin de dirigirse a Quíos, ya que el viento es favorable, y salgan detrás de ellos las trirremes, y recoge asimismo las tropas en Metimna, después de haber incendiado los campamentos. Conón, al ver en fuga a los enemigos y soplando un viento favorable, hace botar al agua sus naves y se dirige al encuentro de los atenienses, que habían ya abandonado las Arginusas, participándoles la estratagema de Eteónico. Prosiguen los atenienses su marcha hasta Mitilene; de allí se dirigen a Quíos, y luego se vuelven a Samos sin haber realizado hecho alguno importante.

Capítulo VII

Excepto Conón, al cual añaden Adimanto y Filocles, son depuestos en Atenas todos los generales. Dos de ellos que habían asistido al combate naval, Protómaco y Aristógenes, no regresan a dicha ciudad; pero así que los otros seis, Pericles, Diomedonte, Lisias, Aristócrates, Trasilo y Erasínides llegan a ella, Arquedemo, demagogo y distribuidor del dióbolo, propone una multa contra Erasínides, a quien acusa ante el tribunal de haberse apoderado en el Helesponto de cantidades que pertenecían al pueblo; acúsale igualmente por su mala gestión como general, y el tribunal decreta el arresto de Erasínides. Los generales dan después en la asamblea explicaciones sobre el combate naval y sobre la violencia de la tempestad. Diciendo Timócrates que era preciso encarcelarlos y conducirlos a la barra, la asamblea los hace prender. Verifícase después una asamblea, en la que Terámenes, entre otros, acusa vivamente a los generales; dice es de justicia expliquen el motivo por el que no han recogido los náufragos, y lee una carta en la que se disculpan únicamente con la tempestad para probar que aquellos no alegan otra excusa. Cada general se defiende después en pocas palabras, puesto que no se les concede el tiempo que les dan las leyes, y relatan cuanto ha sucedido: mientras que ellos mismos se hacían a la vela contra el enemigo, han confiado el cuidado de recoger los náufragos a comandantes capaces y que habían sido ya generales, Terámenes, Trasíbulo y otros de igual categoría. Si es, pues, preciso acusar a alguien a causa de esto, únicamente debe inculparse a los que de esta comisión fueron encargados; «y sin embargo —añaden—, la acusación no nos conducirá a mentir y a pretender sean ellos culpables, puesto que la violencia de la tempestad es la única que ha impedido recoger los muertos». En apoyo de esta declaración producen el testimonio de los pilotos y otros muchos que formaban parte de la expedición. Persuaden con esto al pueblo, y levantáronse muchos particulares que se ofrecen como caución; decrétase, pues, dejar el asunto para la próxima asamblea, ya que era una hora muy avanzada y no podían verse las manos al votar. Mientras tanto, debiendo el senado ocuparse primeramente de este asunto, se propondrá al pueblo la conducta que debe seguirse al juzgar a los procesados.

Sobrevienen las Apaturias, durante las cuales se reúnen los parientes y aliados entre sí. Terámenes y sus partidarios preparan una multitud de individuos vestidos de negro y con la cabeza afeitada a fin de que comparezcan ante la asamblea como parientes de los muertos en aquel combate, y persuaden a Calíxeno para que acuse a los generales en el senado. Hacen convocar en seguida una asamblea, en la cual, por boca de Calíxeno, da el senado su decisión:


«Habiendo sido oídas en la asamblea precedente así la acusación como la defensa de los generales, se llama a votar a todo ateniense en su propia tribu; se dispondrán dos urnas para cada una de estas, y un heraldo publicará en la suya respectiva que todos los que consideren fundamentada la culpabilidad de los generales deben votar en la primera, y los que no lo consideren así, en la segunda. Si son declarados culpables, serán castigados a muerte y entregados a los Once, confiscados sus bienes y consagrado el décimo a la diosa Minerva Atenea.»


Comparece entonces un hombre ante la asamblea, diciendo se ha salvado sobre un tonel de harina, y que los que perecían le encargaron anunciara al pueblo, si se salvaba, que los generales no recogieron a los valientes que habían combatido por la patria. Sin embargo, Euriptólemo, hijo de Pisianacte y algunos otros, hacen presente que Calíxeno ha leído un decreto contrario a las leyes; algunos de los del pueblo les aplauden, pero la mayor parte grita, que es muy extraño no se deje hacer al pueblo lo que quiera. Hace uso entonces de la palabra Licisco, para decir que debe condenarse a los perturbadores a iguales penas que a los generales, si no dejan en reposo a la asamblea; con lo cual principia de nuevo el tumulto, y por fin tiene que retirarse aquella proposición. Algunos pritanos afirman que no consentirán se vote en contra de las leyes, y Calíxeno sube de nuevo a la tribuna y repite la acusación antes formulada; gritan otros que es preciso acusar también a los que sean de opuesto parecer, y sobrecogidos de miedo los pritanos, consienten todos en que tenga lugar la votación, fuera de Sócrates el hijo de Sofronisco, que da su voto contrario, diciendo no hará nunca nada contra las leyes. Después de todo esto, sube a la tribuna Euriptólemo, y en favor de los generales, dice lo siguiente:


«Atenienses: Subo a la tribuna para acusar en algunos puntos y para defender en otros a Pericles, mi pariente y aliado, y a Diomedonte, mi amigo, así como para daros el consejo que me parece de más utilidad para la patria. Acuso a estos generales porque se opusieron a sus colegas, cuando querían anunciar por medio de una comunicación al consejo y al pueblo, que habían encargado a Terámenes y a Trasíbulo recogiesen los náufragos con cuarenta y siete trirremes, y que estos no lo habían hecho. Ahora comparten en común el peso de la falta que ha sido cometida por algunos pocos, y en cambio de su filantropía pasada corren el riesgo de sucumbir por una intriga de los culpables y de sus enemigos. Pero no será esto así, si puedo convenceros para que obréis conforme a justicia y según la religión, y para que procuréis averiguar la verdad de todo ello, a fin de no tener más tarde que arrepentiros y reconocer cometisteis una gran falta contra los dioses y contra vosotros mismos. Os aconsejo, pues, no os dejéis engañar ni por mí ni por nadie; que averigüéis quiénes son los culpables y les apliquéis el castigo que queráis, uno a uno o a todos de una vez; pero concededles, a lo menos, un día para defenderse, y no confiéis en nadie más que en vosotros mismos.

»Atenienses, todos sabéis que el decreto de Canono es considerado como muy severo y que ordena se defienda cargado de cadenas ante el pueblo todo el que haya dañado a los atenienses, y que si es declarado culpable sea condenado a muerte y arrojado al Báratro, confiscados sus bienes y el diezmo consagrado a la diosa. Pues bien, yo pido que por este decreto sean juzgados los generales, ¡y por Zeus! si os parece bien, antes que nadie mi pariente Pericles, pues gran deshonra sería para mí me interesara más por él que por el estado. Pero si no lo queréis así, juzgadles según la ley contra los sacrílegos y traidores, por la cual, todo el que haga traición al estado o robe algún objeto sagrado, debe ser juzgado ante el tribunal, y si es condenado no puede enterrársele en el Ática siéndole confiscados sus bienes. Sea cualquiera, pues, oh atenienses, la ley que prefiráis, juzgad separadamente a estos hombres, y dividid en tres partes la sesión: en la primera os reuniréis e indagaréis si son culpables o no; en la segunda tendrá lugar la acusación, y en la tercera la defensa. Gracias a esto, caerá el mayor castigo posible sobre los culpables, pero pondréis en libertad a los que no lo sean, y no perecerá, oh atenienses, ningún inocente.

»En cuanto a vosotros, juzgad según la ley, y respetando los juramentos religiosos, tened cuidado de combatir, juntamente con los lacedemonios, a aquellos que les tomaron setenta naves y les vencieron por completo, al condenarles ilegalmente y sin forma de proceso. ¿Qué teméis para apresuraros tanto? ¿Acaso no podéis condenar o dar la libertad, según creáis conveniente, conforme a la ley y no contra ella, como lo quiere Calíxeno al persuadir al senado proponga al pueblo decida todo el asunto en una sola votación? Tened presente que de este modo podéis condenar a muerte a algún inocente, y que más tarde tendréis que arrepentiros de ello. Tanto más extraña sería vuestra conducta al pensar que Aristarco, después de haber cometido grandes excesos en Énoe y haber entregado esta ciudad a los tebanos, vuestros enemigos, obtuvo de vosotros un día para su defensa, como había pedido, y todo se realizó según prescribe la ley; y en cambio priváis de este mismo derecho a unos generales que han vencido por completo a los enemigos, después de haber obedecido siempre vuestras órdenes. Pero no, no lo haréis, atenienses; antes al contrario, vigilaréis por el cumplimiento de esas leyes que vosotros mismos habéis establecido y por las cuales habéis llegado a tan gran poderío, y no intentaréis jamás hacer nada contra lo que ellas establecen.

»Remontaos hasta los mismos sucesos y a las circunstancias que han motivado la falta de los generales. Vencedores en la batalla naval, habían bajado otra vez a tierra; Diomedonte propone que todas las naves, diseminándose, vayan a recoger los náufragos y los restos de las naves; por el contrario, Erasínides pide que la flota entera se haga a la mar cuanto antes, para atacar al enemigo en Mitilene; Trasilo sostiene pueden conciliarse ambas opiniones dejando una parte de las naves en el lugar del combate y persiguiendo al enemigo con las restantes. Prevalece este parecer; se decide que cada uno de los ocho generales deje tres naves de su sección, a las cuales se añadirán las diez de los tribunos, las diez de los samios y las tres de los navarcos: resultan entre todas cuarenta y siete; de modo que había cuatro naves por cada una de las doce que habían sido sumergidas. En el número de los tribunos puestos al frente de esta división se hallaban Trasíbulo y Terámenes, el que en la asamblea anterior acusó a los generales; el resto de la flota se hace a la vela contra los enemigos.

»¿Qué encontráis en todo eso que no os parezca prudente y bien dispuesto? ¿Acaso no es justo que los jefes de la expedición rindan cuentas de cuantos yerros hayan cometido ante el enemigo, y que si los encargados de recoger los náufragos han dejado de ejecutar las órdenes de los generales, sean ellos traídos a juicio? Pero en favor de unos y otros, debo añadir que la tempestad impidió realizaran las órdenes que habían recibido de los generales. Como testigos presenciales tenéis a cuantos han conseguido salvarse, y entre estos a uno de los generales que escapó al naufragio de su navío, y que hoy quieren también envolver en la misma sentencia que debe darse contra aquellos que faltaron al cumplimiento de su deber, a pesar de haber necesitado él mismo de ese socorro. No queráis, pues, oh atenienses, conduciros en medio de la victoria y de la fortuna como harían los vencidos y los desgraciados: no imputéis a falta de previsión una desgracia inevitable enviada por un dios, ni condenéis como traición la imposibilidad de obrar y de obedecer lo ordenado, a causa de la tempestad. Mucho más justo sería recompensar con coronas a los vencedores, que condenarles a muerte escuchando los consejos de hombres depravados.»


Después de decir estas palabras, propone Euriptólemo por escrito, sean juzgados separadamente los acusados, según la ley de Canono, a pesar de la propuesta del senado, de que fuesen todos sentenciados a la vez. Al votarse esta proposición, primeramente es adoptada, pero después de las solemnes protestas de Menecles, se procede a una segunda votación, y se aprueba lo propuesto por el senado, después de lo cual se condena a muerte a los ocho generales que habían tomado parte en el combate naval, y los seis presentes son ejecutados.

No tardaron mucho tiempo los atenienses en arrepentirse, y decretaron se presentasen ante la asamblea cuantos procuraron engañar al pueblo, como culpables hacia el estado, debiendo prestar caución hasta ser juzgados. Uno de ellos era Calíxeno; otros cuatro son encausados con él y encarcelados por los mismos que prestaban caución por ellos; pero antes de ser juzgados pudieron escaparse en una revuelta en que pereció Cleofonte. Calíxeno volvió a Atenas con otros desterrados del Pireo; pero execrado por todos, pereció de hambre.

Libro segundo

Capítulo I

Los soldados de Eteónico que estaban en Quíos se alimentaron durante todo aquel verano con los frutos propios de la estación y con lo que produjeron los campos, que hicieron cultivar por mercenarios; pero cuando llegó el invierno y no tuvieron víveres y se hallaron desnudos y sin calzado, se conjuraron y resolvieron apoderarse por sorpresa de la ciudad de Quíos, conviniendo en que todos los que se asocien a este proyecto, lleven como bastón una caña para darse a conocer mutuamente. Instruido Eteónico de la conjuración, no sabe qué partido tomar, a causa del gran número de los portacañas: si se opone abiertamente, parecerá temer hagan uso de las armas, y una vez dueños de la ciudad y convertidos en enemigos, lo perdía todo al ser vencido, y por otra parte, el condenar a muerte a tan gran número de aliados sería una iniquidad, y con ella correría evidentemente el riesgo de atraerse la enemistad de los demás griegos, y de perder su prestigio sobre los soldados. Tomando, pues, consigo quince hombres armados de puñales, recorre la ciudad, y encontrando a un individuo que enfermo de la vista salía de casa del médico llevando una caña, le mata. Prodúcese con esto gran tumulto; todos preguntan por qué ha sido muerto este hombre, y Eteónico hace pregonar entonces que no ha sido por otra cosa más que por llevar en la mano una caña. Así que se hizo este pregón, arrojan las cañas cuantos las traían, y todo el que lo ha oído teme que le hayan visto con ella en la mano. Reúne en seguida Eteónico a los habitantes de Quíos, y les invita a que le proporcionen dinero para que recibiendo los soldados su paga, no intenten contra ellos ninguna novedad. Entréganle el dinero pedido, y da la señal para embarcarse. Recorre entonces todas las naves, una por una, y prodiga las exhortaciones y los halagos como si nada supiese de lo ocurrido, dando luego a cada cual la paga de un mes.

Después de estos sucesos los habitantes de Quíos y los demás aliados se reúnen en Éfeso y decretan se envíen diputados a Lacedemonia pidiendo regrese Lisandro para ponerse al frente de la flota, puesto que había sabido congraciarse los aliados en su anterior jefatura, sobre todo después de haber vencido en el combate naval de Notio. Salen los diputados, y con ellos algunos mensajeros encargados por Ciro para presentar la misma súplica. Los lacedemonios mandan como segundo jefe a Lisandro, pero como general de la flota a Áraco, pues sus leyes se oponen a que una misma persona desempeñe dos veces aquel cargo; confíanse, sin embargo, las naves a Lisandro al terminar el vigesimoquinto año de la guerra.

Durante este mismo año Ciro hizo perecer a Autobesaces y a Mitreo, hijos ambos de la hermana de Darío e hija de Artajerjes, padre de aquel; porque hallándose un día a su paso no habían ocultado sus manos en las mangas del traje, lo cual no se hace más que para el rey, pues siendo la manga más larga que la mano, cuando esta está oculta por aquella, nada malo puede intentarse. Hierámenes y su mujer dicen a Darío que es indigno permita tanta osadía en Ciro, y fingiendo hallarse enfermo le manda llamar.

Al año siguiente, siendo éforo Arquitas y Alexio arconte en Atenas, llega Lisandro a Éfeso y hace venir de Quíos a Eteónico con sus naves; y reuniendo las demás que se hallaban estacionadas en distintos parajes, las hace recomponer y manda construir otras en Antandro. Después se dirige a Ciro pidiéndole dinero, quien le contesta ha gastado ya más de las cantidades que ha recibido del rey; y después de mostrarle lo que ha dado a cada uno de los jefes de la armada, le entrega lo que pide. Establece con este dinero Lisandro comandantes en las naves, y paga el sueldo que se debe a los marineros. Por su parte los generales atenienses equipan en Samos su flota.

Ciro envía un mensajero a Lisandro, pues le ha llegado un correo anunciándole que su padre está enfermo en Tamneria de Media, junto a los cadusios, contra los cuales dirigía una expedición, y le manda llamar. Al llegar Lisandro, le prohibe librar combate a los atenienses sin tener mayor número de naves, pues tanto el rey como él mismo poseen bastante dinero para armar en regla una flota con este objeto. Muéstrale al mismo tiempo los tributos pagados por las ciudades que le pertenecen, le da el dinero restante, y después de recordarle su particular afecto hacia los lacedemonios y hacia él mismo, marcha a reunirse con su padre.

Gracias al dinero que le ha dado Ciro al partir para donde se halla enfermo su padre, paga Lisandro al ejército y se hace a la vela en dirección al golfo Cerámico de Caria; ataca a Cedreas, ciudad aliada de los atenienses, tómala por asalto al siguiente día y reduce a la esclavitud a sus habitantes, que en gran parte eran bárbaros, dirigiéndose después a Rodas. Los atenienses, al partir de Samos, saquean el territorio del rey y se dirigen hacia Quíos y Éfeso, preparándose al combate: a los generales con mando añaden Menandro, Tideo y Cefisódoto. Mientras tanto dirígese Lisandro desde Rodas al Helesponto, costeando Jonia, así para asegurar libre paso a las naves, como para reducir a su deber a las ciudades que se habían emancipado. Los atenienses, dejando Quíos, se dirigen a la alta mar, pues las costas de Asia les eran enemigas. Lisandro, partiendo de Abido, se apodera de Lámpsaco, aliada de los atenienses, y al ir costeando se le juntan los habitantes de Abido bajo el mando del lacedemonio Tórax; sitian la ciudad, se apoderan de ella por asalto, y los soldados saquean todas las riquezas, de que está bien provista, así de vino y trigo como de toda otra clase de provisiones. Lisandro deja en libertad a todos los ciudadanos de ella.

Los atenienses, que seguían su pista, fondean en Eleunte del Quersoneso con ciento ochenta naves; mientras están comiendo reciben la nueva de cuanto ha sucedido en Lámpsaco y se dirigen inmediatamente a Sesto, de donde, después de aprovisionarse, se hacen a la vela de dirección a Egospótamos, frente a frente de Lámpsaco, cuyo lugar dista del Helesponto unos quince estadios, y cenan allí.

A la mañana siguiente y al clarear el alba, da Lisandro la señal para que se embarquen las tropas, que acababan de almorzar, disponiéndolo todo para el combate; hace colocar unas bandas a modo de barreras a los lados de las naves, y prohibe que nadie abandone su puesto en el buque. Al salir el sol van a colocarse los atenienses en orden de batalla delante del puerto, enfrente del enemigo; pero no moviéndose Lisandro y comenzando a hacerse tarde, se retiran de nuevo a Egospótamos. Ordena Lisandro sigan a los atenienses las naves más veleras, y vuelvan así que hayan observado lo que hacen los atenienses al desembarcar; mientras están ausentes esas naves, no permite que nadie abandone su puesto, y lo mismo hace durante cuatro días seguidos, en los cuales los atenienses vienen a presentarle combate.

Al ver Alcibíades desde sus muros a los atenienses anclados junto a la playa, lejos de toda ciudad y teniendo que hacer venir por mar los víveres desde Sesto, distante quince estadios de su estación naval, mientras que el enemigo está en el puerto y junto a una ciudad en la cual se encuentra todo lo necesario, díceles no han fondeado en puerto a propósito, y les exhorta a que se sitúen delante de Sesto, en las cercanías de un puerto y de una ciudad. «Allí —les dice— podréis librar combate cuando queráis.» Los generales, principalmente Tideo y Menandro, le envían noramala, pues no es él el general, sino los que han sido elegidos para este cargo, y él se retira. Al quinto día de presentar batalla los atenienses, da Lisandro a sus subordinados instrucciones para que cuando vean en tierra y dispersos en busca de víveres y provisiones a los atenienses y divertidos en mofarse de él, regresen inmediatamente y eleven desde lejos un escudo en los mástiles. Hácenlo así, y Lisandro manda dar la señal de partir, llevando consigo a Tórax y su infantería.

Al ver Conón que se acerca el enemigo, hace dar la señal para que todo el mundo se embarque apresuradamente; pero los soldados se hallaban completamente diseminados, y en algunos buques solo dos filas de remeros estaban ocupadas, en otros una, y algunos se hallaban completamente vacíos; únicamente la nave de Conón, con otras siete que estaban junto a ella y la Páralos, consiguen la altura; todas las restantes son tomadas junto a la costa por Lisandro, quien se apodera además de la mayor parte de los soldados atenienses, consiguiendo solo unos pocos huir a las aldeas próximas. Conón, que había podido escapar con las nueve naves, viendo perdida la causa de Atenas, se detiene en el promontorio Abárnide de Lámpsaco, donde se apodera de las grandes velas de las naves de Lisandro, y con ocho naves se dirige a Evágoras de Chipre, mientras que la Páralos toma la dirección de Atenas para llevar la nueva de cuanto acaba de suceder.

Lisandro conduce a Lámpsaco las naves, los prisioneros y todo lo restante de que se ha apoderado, así como algunos de los generales, entre otros Filocles y Adimanto. En este mismo día manda a Lacedemonia para que dé la nueva de su victoria, al pirata milesio Teopompo, quien emplea solo tres días en la travesía. Después de esto, reuniendo Lisandro a los aliados, les pide consejo respecto al destino que se ha de dar a los presos; numerosas acusaciones se levantan contra los atenienses y contra los crímenes que han cometido o querían cometer, sobre todo el de cortar la mano derecha a los prisioneros si hubiesen vencido en el último combate, así como el de haber arrojado al mar a todos los tripulantes de dos trirremes, una de Corinto y otra de Andros, de que se habían apoderado; barbarie cometida por el general ateniense Filocles. Enuméranse además muchas otras quejas, y después se decide matar a todos los prisioneros atenienses, excepto Adimanto, por haber sido el único que se opuso al decreto de las manos cortadas, lo cual hizo que más tarde le acusasen en su patria de haber entregado las naves. Lisandro, después de haber pedido a Filocles qué castigo merecía el que había violado por primera vez las leves equitativas de Grecia, arrojando al mar a los de Andros y Corinto, le hace decapitar.

Capítulo II

Después de haber arreglado los asuntos de Lámpsaco, navega Lisandro hacia Bizancio y Calcedonia; recíbenle los habitantes y dejan en libertad, bajo la fe de los tratados, a las guarniciones atenienses. Entonces huyen al Ponto los que habían entregado a Alcibíades la ciudad de Bizancio, y más tarde se refugian en Atenas, donde se hacen ciudadanos. Lisandro manda a Atenas a todas las guarniciones y a cuantos atenienses encuentra, dándoles salvoconducto solo para dicha ciudad, con la certidumbre de que cuanto mayor sea el número de los que se reúnan allí o en el Pireo, tanto más pronto se hará sentir la falta de víveres. Deja como gobernador lacedemonio en Bizancio y Calcedonia a Estenelao, y él regresa a Lámpsaco, donde hace reparar las averías de las naves.

Llega a Atenas durante la noche, la Páralos; espárcese la noticia de la catástrofe, y los lamentos pasan del Pireo y de los grandes muros a la ciudad, al transmitirse de boca en boca la noticia; nadie duerme durante aquella noche, y los llantos son continuos, no solo por los que habían perecido, sino sobre todo porque comienzan a temer tendrán pronto que sufrir el mismo tratamiento que habían antes aplicado a los melios, colonia espartana que habían tomado a la fuerza, a los histieos, escioneos, toroneos, eginetas y a muchos otros griegos. Al día siguiente se reúne la asamblea y en ella se dispone se obstruyan todos los puertos, excepto uno solo, se reparen los muros, se establezcan guardias y, por fin, se tomen todas las medidas necesarias para poner a la ciudad en estado de sostener un sitio. Tal era su situación.

Lisandro, partiendo del Helesponto con doscientas naves, llega a Lesbos, donde arregla el gobierno de las otras ciudades y de Mitilene, y envía diez trirremes, bajo el mando de Eteónico, a las plazas de Tracia para someter aquel país a los lacedemonios. Después del combate naval, Grecia entera abandona a los atenienses, a excepción de los habitantes de Samos, los cuales, degollando a los notables, conservan la posesión de su ciudad. Lisandro hace saber después de esto a Agis y a Esparta que se pone en camino con doscientas naves.

Levántanse en masa los lacedemonios y los demás peloponesios, a excepción de los argivos, por orden de Pausanias, uno de los dos reyes de Esparta. Reunidas las tropas, pónese a su frente Pausanias y acampa junto a Atenas, en el gimnasio de la Academia. Al llegar Lisandro a Egina, devuelve la ciudad a los eginetas, de los cuales había reunido gran número, y lo propio hace con los melios y restantes pueblos que habían sido desposeídos de sus poblaciones; después de lo cual, una vez devastada Salamina, fondea con ciento cincuenta naves junto al Pireo e impide la entrada a los buques que quieran dirigirse a este puerto.

Sitiados por tierra y por mar los atenienses, sin saber qué resolver, careciendo de naves, de aliados y de víveres, imaginan, como único porvenir posible, el sufrir cuanto ellos habían realizado con las pequeñas ciudades aliadas de Esparta, no por venganza, sino únicamente por represalias. Por esto, rehabilitando a los que habían sido depuestos de sus honores, sufren valerosamente el sitio, y a pesar de los muchos que perecen de hambre, nadie se atreve a proponer la capitulación. Sin embargo, comenzando ya a faltar el trigo, mandan diputados a Agis proponiéndole una alianza, con la sola condición de conservar los muros y el Pireo; pero aquel les dice que se dirijan a Esparta, por carecer él de poderes bastantes. Traen los diputados esta respuesta a los atenienses, y estos les envían a Lacedemonia; pero una vez llegados a Selasia, junto a las fronteras de Laconia, y al saber los éforos que lo que tienen orden de proponerles es lo mismo que habían indicado a Agis, ordénanles se retiren y que vuelvan, si desean la paz, después de una deliberación más prudente.

De regreso en Atenas, anuncian los diputados al pueblo el resultado de su misión, y sobrecoge a todos la desesperación más profunda: cada cual se figura ya ser vendido como esclavo, y cree que hasta que se envíen nuevos diputados habrá tiempo bastante para que perezcan de hambre muchos ciudadanos; además no había nadie que se atreviera a proponer la demolición de los muros, puesto que por haber dicho Arquéstrato en el senado, que lo mejor que podía hacerse era ajustar la paz bajo las condiciones propuestas por los lacedemonios, que era la demolición de la grande muralla en una extensión de diez estadios en cada uno de sus recintos, fue preso, y había sido decretado además que no fuese permitido abrir discusión sobre este punto. Así las cosas, Terámenes dice en la asamblea que si quieren enviarle a Lisandro, averiguará de los lacedemonios si la condición de los muros es para esclavizar la ciudad o solo como garantía. Es enviado y aguarda junto a Lisandro más de tres meses, espiando el momento en que por la falta de víveres deberán aceptar los atenienses cuanto se les proponga. Por fin llega al cuarto mes, y anuncia en la asamblea que Lisandro le ha detenido todo este tiempo y que después quería mandarle a Lacedemonia, pues no era dueño de hacer por sí lo que le pedían, por ser atribución de los éforos. Entonces se le manda en comisión a Lacedemonia con otros nueve más, con amplios poderes; por su parte Lisandro envía, entre otros lacedemonios, a Aristóteles, expatriado de Atenas, para anunciar a los éforos que había contestado a Terámenes que ellos eran los únicos que podían tratar de la paz y de la guerra. Al llegar Terámenes y los demás enviados a Selasia, son interrogados respecto al objeto de su venida, y al decir que tienen amplios poderes para tratar de la paz, los éforos mandan llamarles. Convócase una reunión cuando llegan, y en ella los corintios y principalmente los tebanos y otros muchos griegos manifiestan no debe tratarse con Atenas, sino arrasarla; pero los lacedemonios declaran que no reducirán a la esclavitud a una ciudad helénica que ha prestado los mayores servicios a los griegos en sus grandes calamidades; por lo cual se ajusta la paz bajo condición de demoler los grandes muros y las fortificaciones del Pireo, de entregar todas sus naves a excepción de doce, de admitir de nuevo a los desterrados y de reconocer por amigos o por enemigos a los que lo sean de Esparta, siguiéndola así por mar como por tierra a donde quiera. Llevan a Atenas estas condiciones Terámenes y sus colegas, y al entrar en la ciudad son rodeados por una inmensa multitud que temía verles volver sin haber alcanzado nada, pues no había ya medio para sostenerse más tiempo a causa del gran número de los que perecían de hambre. Al día siguiente hacen conocer los diputados las condiciones bajo las cuales otorgan la paz los lacedemonios, y habla Terámenes declarando que es preciso someterse a todo y arrasar los muros. Algunos ciudadanos se levantan para oponerse, pero habiéndose declarado una fuerte mayoría en favor de aquella proposición, se acuerda aceptar la paz. Aborda entonces Lisandro al Pireo, entran los desterrados, son derruidos los muros con gran ardor al son de las flautas, y se considera este día como el primero de la libertad para Grecia.

Así termina este año, a mitad del cual Dionisio de Siracusa, hijo de Hermócrates, se hace tirano, después de haber vencido los siracusanos a los cartagineses, que tomaron más tarde, sin embargo, Agrigento por hambre, una vez abandonada por los sicilianos.

Capítulo III

El año siguiente, en el cual tuvo lugar la olimpiada en que Crocinas de Tesalia ganó el premio del estadio, siendo Endio éforo en Esparta y arconte en Atenas Pitodoro, y que no cuentan los atenienses por haber sido elegido durante la dominación de los oligarcas, es el que llaman aquellos el año de la anarquía. Dicha oligarquía se estableció del siguiente modo: el pueblo decretó se eligieran treinta personas que escribiesen las leyes patrias por las que debía gobernarse la república, y fueron elegidos Polícares, Critias, Melobio, Hipóloco, Euclides, Hierón, Mnesíloco, Cremón, Terámenes, Aresias, Diocles, Fedrias, Queréleo, Anecio, Pisón, Sófocles, Eratóstenes, Caricles, Onomacles, Teognis, Esquines, Teógenes, Cleómedes, Erasístrato, Fidón, Dracóntides, Éumates, Aristóteles, Hipómaco y Mnesítides. Después de esto vuélvese Lisandro a Samos con la flota, y Agis sale de Decelia con el ejército de tierra, dando licencia a cada división para que se vuelva a su país.

En este mismo tiempo, y coincidiendo con un eclipse de sol, Licofrón de Feras, queriendo dominar en toda la Tesalia, derrota en una batalla a los laríseos y a los demás que se le oponen, matándoles mucha gente. En la misma época, Dionisio, el tirano de Siracusa, vencido en un combate por los cartagineses, pierde las ciudades de Gela y Camarina. Poco más tarde los leontinos que habitaban en Siracusa hacen decepción a su partido y se retiran a su ciudad, al propio tiempo que era enviada a Catana por Dionisio la caballería siracusana.

Sitiados por todas partes los samios, y aunque no habían querido acceder primeramente a las proposiciones de Lisandro, se entregan cuando saben que había ordenado el asalto, a condición de que cada hombre libre pudiera salir de la ciudad con el traje que lleve puesto, pero abandonándoles todo lo restante, y así lo verifican. Lisandro entrega más tarde la ciudad y cuanto contiene a sus antiguos habitantes; establece en ella para su gobierno diez arcontes, licencia las naves de los aliados para su respectiva ciudad y navega en dirección a Esparta con su flota, llevando consigo los espolones de las naves tomadas al enemigo, todas las trirremes del Pireo, menos doce, las coronas que le han regalado las ciudades, cuatrocientos cincuenta talentos que le quedaban de los tributos que para la guerra le había concedido Ciro, y todo lo restante que había ganado en esta campaña. Hace entrega de todo ello a los lacedemonios cuando termina el verano en que tuvo fin la guerra, después de haber durado veintiocho años y seis meses, durante los cuales fueron éforos los siguientes: el primero Enesias, bajo el cual principió la guerra, quince años después de la tregua de treinta años concertada después de la toma de Eubea; los restantes fueron Brásidas, Isanor, Sostrátidas, Exarco, Agesístrato, Angénidas, Onomacles, Zeuxipo, Pitias, Plístolas, Clinómaco, Ilarco, León, Quérilas, Patesiadas, Cleóstenes, Licario, Epérato, Onomantio, Alexípidas, Misgolaidas, Isias, Áraco, Evárquipo, Pantacles, Pitias, Arquitas y Endio, bajo el cual volvió Lisandro a su patria, después de haber realizado cuanto acabamos de referir.

Son elegidos los Treinta al concluir de derribarse la gran muralla y las fortificaciones del Pireo, cosa que se hace con gran prisa; pero nombrados para redactar las leyes por las que debía gobernarse la república, difieren siempre para otro tiempo su composición y publicación, y mientras tanto organizan el senado y las demás magistraturas a medida de su deseo. Después hacen prender y condenan a muerte a cuantos eran tenidos bajo la forma democrática por vivir de las delaciones a expensas de todas las personas honradas; el senado les condena con gran satisfacción, y no lo ven con pena todos aquellos a quienes nada semejante les reprocha su conciencia. Deliberan después respecto a los medios para gobernar la ciudad en completa libertad, y para esto envían a Esquines y a Aristóteles a Lacedemonia con el encargo de persuadir a Lisandro mande una guarnición hasta que se hallen desembarazados de los malos ciudadanos y hayan constituido el gobierno de la ciudad, obligándose a proveer a su mantenimiento. Dejándose aquel persuadir, consiguen se envíe allí la guarnición con el gobernador Calibio.

Así que reciben la guarnición, tratan los atenienses a Calibio con todos los miramientos posibles, a fin de que apruebe este cuanto hagan, y habiendo puesto aquel a su disposición todos los soldados que necesiten, comienzan a prender, no solo a los malvados y a las personas de humilde clase, sino también a cuantos consideran poco dispuestos a tolerar las injusticias y a cuantos pueden reunir cierto número de partidarios para resistirles.

En sus primeros tiempos, Critias y Terámenes tenían las mismas opiniones y estaban unidos por la amistad; pero como mostrara Critias gran ardor para hacer perecer a muchos, por haber sido antes desterrado por el pueblo, se le opuso Terámenes diciéndole no era justo condenar a muerte a los que gozaban de la estimación del pueblo y que ningún daño habían hecho a la gente honrada.

—«Así tú como yo —añadió— hemos dicho y hecho muchas cosas para agradar al pueblo.»

Pero Critias, que era aún íntimo de Terámenes, le contesta que no es posible dejar de deshacerse de personas capaces de oponer obstáculos a su dominación.

—«Si crees que porque somos treinta y no uno solo, no debemos vigilar por nuestro mando como en una tiranía, eres muy inocente.»

Sin embargo, habiéndose concertado públicamente mucha gente, a causa de la injusta muerte de varios ciudadanos, censurando los actos de este gobierno, Terámenes hace presente de nuevo, que la oligarquía será de corta duración si no se procura robustecerla con hombres versados en los negocios. Temiendo entonces Critias y los demás de los Treinta la influencia de Terámenes sobre los otros ciudadanos dispuestos a agruparse a su alrededor, forman una lista de tres mil individuos que deben asociárseles en la gestión de la república. Declara seguidamente Terámenes que esto le parecía muy absurdo, ante todo porque queriendo asociarse a todos los buenos ciudadanos, lo hacían solo con tres mil, como si este número debiera contener únicamente personas honradas, o bien como si fuera de estos tres mil no hubiese hombres celosos de las cosas públicas, o finalmente, como si no pudiesen entrar en este número algunos malvados. «Además —añade—, os veo hacer dos cosas enteramente opuestas: un gobierno violento y a la par más débil que los gobernados.» Eso dijo. Pero los Treinta, habiendo reunido en la plaza pública a los tres mil, convocando en otro lugar a los que no estaban incluidos en la lista, mandan a aquellos vayan a buscar sus armas, y una vez se han marchado, envían a sus soldados y a los ciudadanos que eran de su partido a recoger las armas de todos los que no constan en dicha lista, haciéndolas después transportar a la acrópolis y depositarlas en el templo. Hecho esto, y siéndoles ya todo posible, condenan a muerte a muchos ciudadanos únicamente por enemistad y a otros por sus riquezas. Deciden asimismo, con objeto de tener con qué pagar a la guarnición, prenda cada uno de ellos a un meteco, y después de darle muerte le sean confiscados sus bienes. Mandan entonces a Terámenes que escoja el que bien le parezca; pero este contesta:

—«No me parece honroso que aquellos que se tienen por los más excelentes ciudadanos puedan obrar con más injusticia que los delatores, porque estos a lo menos dejan la vida a aquellos a quienes quitan las riquezas, ¿y nosotros, sin que nos hayan dañado en lo más mínimo, condenaremos a muerte a esa gente para confiscarles su fortuna? ¿Acaso no será más injusta esta conducta que la suya?»

Los demás, al ver que Terámenes va a convertirse en un obstáculo a sus proyectos, le tienden toda clase de asechanzas y le calumnian ante cada uno de los senadores como si quisiera destruir el gobierno actual. Por fin incitan a algunos jóvenes, que les parecen suficientemente audaces, para que armados de puñales se dirijan con ellos al senado cuando esté reunido. Así que aparece Terámenes, se levanta Critias y dice:


«Senadores, si alguno de vosotros cree se han decretado más muertes de las que exigían las circunstancias, reflexione que en todas partes, durante las revoluciones, sucede lo mismo, y que aquellos que han establecido la oligarquía deben contar necesariamente con gran número de enemigos en una ciudad que es, no solo la más poblada de todas las de Grecia, sino también aquella en la que el pueblo ha disfrutado de libertad durante más tiempo. No ignoráis tampoco cuán duro ha sido el gobierno democrático para con nosotros; así, como nunca el pueblo fue amigo de los lacedemonios que nos han salvado, mientras por el contrario pueden contar seguramente con la fidelidad de los mejores ciudadanos, establecimos de concierto con aquellos el actual gobierno y donde quiera que vemos un enemigo de la oligarquía, hacemos cuanto podemos para deshacernos de él. Pues bien: más justo aún nos parece que si alguno de nosotros mismos procura dañar al actual gobierno, sufra por ello la justa pena: eso es lo que hemos observado en Terámenes, aquí presente, que procura perdernos miserablemente con todas sus fuerzas. Fácilmente comprenderéis la verdad de lo que os digo, considerando que no puede hallarse quien critique y se oponga a nuestros planes, cuando queremos deshacernos de algún demagogo, como lo hace Terámenes. Si así hubiese pensado desde el principio, le tendríamos como enemigo, pero nadie podría considerarle como un hombre perverso. Él ha sido, sin embargo, el primero que trató de la alianza y amistad con Lacedemonia; él el primero que ha querido derribar la democracia; él quien nos invitó más vivamente a castigar con la última pena a los primeros acusados que fueron conducidos ante nosotros; y ahora que tanto yo como vosotros somos considerados como enemigos manifiestos del pueblo, no aprueba ya lo que se hace, sin duda para ponerse al abrigo y para dejarnos responsables de todas las culpas.

»Por esto, no solo es preciso castigarle como un enemigo, sino como un traidor hacia todos nosotros. Y ciertamente es tanto más grave que la guerra la traición, cuanto más es difícil resguardarse de los golpes invisibles que de los visibles, y tanto más odiosa, cuanto que puede tratarse con los enemigos y hacerse con ellos alianza, mientras que jamás puede tratarse ni tenerse la más mínima confianza con el que ha sido reconocido una vez por traidor. Con el objeto de que conozcáis que no es nueva para él esta manera de obrar, sino que es traidor por naturaleza, voy a recordaros algunos de sus actos anteriores.

»Honrado en un principio a causa de su padre Hagnón, mostrose uno de los más fogosos para que se entregase la democracia en manos de los cuatrocientos, entre los cuales ocupó el primer lugar. Pero más tarde, habiéndose apercibido de que se había levantado gran oposición contra la oligarquía, fue también el primero en ponerse a la cabeza del pueblo contra aquellos, por lo cual recibió el apodo de Coturno, porque este se ajusta del mismo modo a cualquiera de los pies. Es preciso, Terámenes, que el hombre digno no comprometa hábilmente a sus partidarios en empresas que abandone él mismo así que se presenta un obstáculo, sino que en cierto modo se halla sobre una nave y en ella debe trabajar hasta que sopla el viento favorable, porque si no, ¿cómo llegaría dicha nave a alcanzar el punto de destino si a cada obstáculo volvía hacia atrás?

»Ciertamente son sangrientas todas las revoluciones; pero tú mismo, por tu facilidad en cambiar de partido, te has hecho cómplice así de la muerte de los oligarcas que perecieron a manos del pueblo, como de la de aquellos demócratas condenados por el gobierno aristocrático. Este es el mismo Terámenes que habiendo recibido de los generales el encargo de recoger los cuerpos de los atenienses que habían naufragado en el combate naval junto a Lesbos, no solo no los recogió, sino que para salvarse acusó a los generales e hizo condenarles a muerte. Pero ¿cómo podríamos perdonar a un hombre ocupado únicamente en satisfacer su ambición, sin cuidarse en lo más mínimo ni del honor ni de sus amigos? ¿Ni cómo no guardarnos de él, sabiendo sus repentinos cambios, para que no pueda hacer lo mismo con nosotros? Por esto acusamos a este hombre como conspirador y como procurando hacernos traición a todos. Reflexionad sobre esto, y veréis cuánta razón tenemos al formular esta acusación. Dícese que la mejor constitución de gobierno es la de los espartanos; pues bien, si entre ellos uno de los éforos procurase criticar al gobierno o hacer oposición a sus actos en vez de obedecer ciegamente las decisiones de la mayoría, ¿no creéis que así por los éforos como por todo el resto de la ciudad se le consideraría como merecedor del más grande castigo? Vosotros, pues, también, si queréis obrar con prudencia, no absolveréis en modo alguno a este, para poder conservaros vosotros, puesto que si le perdonáis aumentará el número y la audacia de vuestros adversarios, y si perece, en cambio, perderán las esperanzas cuantos le son afines en ideas, así dentro como fuera de la ciudad.»


Dicho esto, se sienta, y levantándose Terámenes, dice:


«Ciudadanos, debo ante todo recoger el último cargo que se ha formulado contra mí. Dice Critias que he hecho perecer a los generales por haberlos acusado; pero no fui yo quien principió los ataques; ellos mismos fueron los que sostuvieron que a pesar de sus órdenes no recogí los desgraciados del combate de Lesbos. Defendime diciendo era imposible a causa de la tormenta aguantar la mar, y con mayor motivo recoger los cuerpos; la ciudad en masa aprobó mi defensa, y los generales parecieron acusarse a sí mismos, puesto que afirmaban era posible salvar a los soldados, y sin embargo al marchar con la flota habían preferido dejarles perecer.

»Por lo demás, no me admiro de que me acuse Critias injustamente: cuando tenían lugar aquellos sucesos no estaba él presente, pues había ido a Tesalia, donde con Prometeo se esforzaba en establecer la democracia y armaba contra sus dueños a los mismos esclavos. ¡Ojalá no pueda reproducir aquí cuanto allí realizó! Estoy con él acorde en un solo punto, y es, en que merece los mayores castigos todo aquel que quiere derribaros o fortalecer a los que contra vosotros conspiran; pero fácil os será, según creo, decidir quién es el que se conduce así, reflexionando un momento tan solo sobre la conducta actual y la conducta pasada de cada uno de nosotros.

»Mientras se constituía este senado; mientras elegíais los magistrados y se citaba a juicio a los delatores por todos conocidos, estuvimos todos conformes en el mismo modo de pensar; pero cuando se principió a prender a los hombres honrados y pacíficos, entonces fue cuando comencé a pensar de un modo contrario al de mis colegas, porque sabía que si se hacía morir sin haber cometido el más pequeño crimen a un León de Salamina, considerado, con razón, como un hombre egregio, todos los que se le parecen vendrían a temer para ellos mismos una suerte igual, y este temor haría de ellos otros tantos enemigos del actual gobierno; conocía también que si se prendía a Nicérato, hijo de Nicias, ciudadano rico y que jamás había hecho nada con objeto de lisonjear a la plebe, ni él ni su padre, se convertirían en enemigos nuestros todos los ciudadanos a ellos parecidos; también sabía, cuando hicisteis perecer a Antifón, quien durante la guerra había proporcionado dos trirremes completamente equipadas, que os mirarían con desconfianza todos aquellos que habían mostrado celo por la república. Por esto combatí cuanto pude la proposición de aquellos que querían nos apoderásemos cada uno de nosotros de un meteco; pues era evidente que una vez muertos los primeros de estos, todos los restantes se convertirían en enemigos del gobierno; opúseme también a que se tomasen las armas al pueblo, pues no creí debiera debilitarse la ciudad, convencido de que si los lacedemonios nos habían salvado no era para que reducidos a un pequeño número nos hallásemos imposibilitados para ayudarles, ya que, si esto hubiesen querido, podían habernos dejado a todos sin vida haciendo durar por más tiempo el hambre que por el sitio padecíamos. No he sido yo tampoco el que aprobase la gestión de obtener una guarnición a sueldo, cuando nos era posible rodearnos de cierto número de ciudadanos por medio de los cuales fácilmente hubiéramos podido hacernos respetar. Tampoco me pareció oportuno, al ver en la ciudad muchas personas descontentas del gobierno y gran número de expatriados, desterrar a Trasíbulo, Anito y Alcibíades, pues estaba cierto que adquiriría gran fuerza la oposición si hábiles jefes se ponían al frente de la multitud, y si entreveían como posible poder contar con un gran número de aliados aquellos que aspiraban al poder.

»Y aquel que da tales avisos ¿debe ser considerado como traidor, o por el contrario, debe tenérsele por un buen amigo? No son, Critias, verdaderos enemigos los que impiden acrecer las fuerzas de los adversarios, ni los que enseñan los medios para adquirir mayor número de aliados, sino más bien aquellos que injustamente arrebatan las riquezas de la gente honrada y condenan a muerte a los inocentes: estos son los que aumentan el número de los enemigos y los que hacen traición, no solo a sus amigos, sino a ellos mismos, movidos por una culpable codicia. Si aún no estáis bastante convencidos de las verdades que os digo, reflexionad un poco más conmigo. ¿Qué os parece preferirán que aquí suceda Trasíbulo, Anito y los demás desterrados: lo que os aconsejo, o lo que hacen todos estos? Creo que ahora piensan hallar aliados en todas partes; pero en cambio, si los elementos más poderosos de la población estuviesen por nosotros, no se atreverían ni siquiera a poner el pie en la parte más remota del país.

»En cuanto a lo que ha dicho este respecto a mis mutaciones políticas, considerad que el pueblo había votado por sí mismo el gobierno de los cuatrocientos, juzgando que los espartanos confiarían más en un gobierno de cualquier clase que fuese, que en la democracia; sin embargo, no dejándonos estos ni un momento de reposo, y siendo público que los jefes Aristóteles, Melantio y Aristarco construían un fuerte sobre los diques, en el que querían introducir al enemigo, a fin de alzarse ellos y sus amigos con el mando de la ciudad, el haberme yo opuesto a sus designios así que me fue notorio, ¿debe ser considerado como un acto propio del que hace traición a sus amigos?

»Llámame Coturno porque procuro ajustarme a los dos partidos: ¡muy bien! pero, por los dioses, ¿cómo debe llamarse aquel que no sabe ajustarse a ninguno? Porque, oh Critias, bajo la democracia te consideraban como el mayor enemigo del pueblo, y ahora, bajo la aristocracia, solo has sabido conquistarte el más fuerte odio de los hombres honrados. En cuanto a mí, he declarado guerra permanente a cuantos creen que solo es buena una democracia cuando toman parte en el poder hasta los mismos esclavos y aquellos que por su pobreza venderían por una dracma al estado; y combato sin tregua del mismo modo a aquellos que creen es buena oligarquía la que somete la ciudad a la tiranía de unos pocos. Siempre he creído que lo más conveniente era unirse a los hombres de mérito, y robusteciéndolos con la caballería y los escudos, apoyar al gobierno, y no he variado aún hoy de modo de pensar; si puedes decir, Critias, dónde y cuándo me has visto, o con el pueblo o con los tiranos, procurando arrebatar el gobierno a las gentes honradas, habla y dilo, porque si me convences de que medito hoy este crimen, o de que lo he perpetrado en otro tiempo, convengo en que soy digno de perecer entre los más atroces suplicios.»


Así que cesó de hablar se oye en el senado un murmullo de aprobación, y Critias, comprendiendo que si deja decidir la suerte de Terámenes por los senadores, va a ser absuelto, lo que considera como intolerable y afrentoso, se adelanta, y después de haber conferenciado un instante con los Treinta, ordena a la gente que había hecho ir allí armada de puñales, se coloque frente al consejo y junto a las puertas. Volviéndose después a la asamblea, les dice:


«Senadores: creo del deber de un buen presidente no permitir sean engañados sus amigos cuando de ello se apercibe: esto es lo que voy a hacer. Toda esta gente que veis aquí ante vosotros, declara no consentirá absolvamos a un hombre que públicamente trabaja para derribar la oligarquía. Según las nuevas leyes, ningún ciudadano incluido en la lista de los tres mil puede ser condenado a muerte sin vuestra aprobación; pero los Treinta son dueños de hacerlo respecto a los que no están incluidos en ella. Pues bien, de acuerdo con todos mis colegas, borro de esta lista a Terámenes, que está presente, y a este hombre, ya simple particular, añade, le condenamos a muerte.»


Al oír estas palabras Terámenes, corre hacia el altar de Vesta y dice:


«Ciudadanos: os suplico me concedáis la petición más legítima que nadie os pueda dirigir, y es, que no se permita a Critias borrar ni a mi ni a cualquiera de vosotros por su sola voluntad del número de los tres mil, sino que, por el contrario, tanto a vosotros como a mí se nos juzgue según la ley que rige para los que están inscritos en la lista. No ignoro que este altar de nada podrá servirme, los dioses me son testigos de ello; pero quiero rasgar el velo de la atroz injusticia de todos estos hacia los hombres, y de su impiedad sin límite hacia los dioses. Sin embargo, honrados ciudadanos, lléname de asombro el que no procuréis poneros a cubierto de las asechanzas de todos estos, pues bien sabéis que no es mi nombre más fácil de borrar de la lista que el de cualquiera de vosotros.»


Inmediatamente el heraldo de los Treinta ordena a los Once prendan a Terámenes, y entran estos con sus criados, teniendo a su cabeza a Sátiro, el más audaz y el más desvergonzado de todos. Critias les dice:

—«Os entregamos a Terámenes, que aquí veis, condenado según la ley; apoderaos de él, y después de conducirle donde sabéis, haced con él lo que deben hacer los Once.»

Apenas dice estas palabras, Sátiro, con ayuda de sus criados, arranca del altar a Terámenes; como puede suponerse, este implora a los dioses y a los hombres sobre la infamia que sufre; pero el senado no se conmueve, sobre todo cuando ve colocados junto a las puertas a hombres semejantes a Sátiro, y llena de guardias toda la sala del tribunal, sin que ignoren tampoco están preparados los hombres armados de puñales.

Llévanse aquellos a través del foro al acusado, quien se lamenta en alta voz del tratamiento que le hacen sufrir. Cuéntase de él que, diciéndole Sátiro lo pasará mal si no se calla, le pregunta: «¿Y si me callo, qué pena me darás?» Después, cuando obligado a morir bebe la cicuta, se pretende derramó las últimas gotas como si jugase a los cotabos, diciendo: «Esto para el hermoso Critias.» Bien sé que todas esas frases carecen de valor; pero hay que admirar, sin embargo, a un hombre que cara a cara con la muerte no pierde ni su presencia de ánimo ni su buen humor.

Capítulo IV

Así murió Terámenes. Libres entonces los Treinta para ejercer sin temor su tiranía, prohíben entrar en la ciudad a los que no están inscritos en la lista, y les arrancan de sus propiedades para apoderarse de sus tierras y para repartírselas con sus amigos; huyen muchos al Pireo; pero habiendo hecho prender allí a gran número de ellos, se refugian en Mégara y en Tebas.

Mientras tanto, Trasíbulo, con unos cincuenta compañeros, sale de Tebas y se apodera de la fortaleza de File. Avanzan contra él los Treinta con los tres mil y su caballería, haciendo un tiempo magnífico: así que llegaron, algunos jóvenes de los más ardientes se arrojan al asalto de la plaza, pero nada consiguen y se retiran con muchos heridos. Queriendo los Treinta sitiar la fortaleza a fin de interceptar la entrada de víveres e incomunicarles con sus partidarios, sobreviene durante la noche una gran nevada, que continúa al día siguiente. Retíranse entonces a la ciudad envueltos por la nieve, mientras caen muchos de los escevóforos bajo los golpes de los de File. Comprendiendo los Treinta que será saqueada la campiña si no colocan en ella centinelas, envían a las fronteras la guarnición lacedemonia, fuera de algunos soldados y dos escuadrones de caballería, a unos quince estadios de File. Estas tropas acampan para la vigilancia, en un lugar protegido por los árboles.

Trasíbulo, que había reunido ya en File unos setecientos hombres, tómalos consigo y sale de la ciudad durante la noche, apostándose con los suyos sobre las armas, a unos tres o cuatro estadios del cuerpo de observación, y allí se quedan a la expectativa. Por la mañana se levantan los soldados, unos después de otros, y van en busca de las armas, así como los palafreneros con el cepillo en la mano principian a almohazar con estrépito los caballos; inmediatamente Trasíbulo con los suyos se arrojan sobre ellos a la carrera con las armas en la mano: hacen algunos prisioneros y los persiguen por espacio de seis o siete estadios, matando a más de ciento veinte hoplitas, y entre los de caballería a Nicóstrato, llamado por sobrenombre el hermoso, y a otros dos que sorprendieron aún durmiendo. Terminada la persecución levantan un trofeo, recogen las armas y el botín y regresan a File. La caballería que había salido de Atenas en auxilio de los suyos, no encuentra ya ningún enemigo y aguarda únicamente a que los parientes levanten los cadáveres de los que han perecido, para regresar a la ciudad.

Después de esto, los Treinta, no considerándose ya seguros en la ciudad, quieren robustecer su dominación en Eleusis, a fin de encontrar allí un refugio en caso de necesidad. Critias y los otros Treinta, dando las órdenes a la caballería, se dirigen a dicha población, donde les pasan revista, y bajo pretexto de saber con exactitud el número de los habitantes y las fuerzas de la guarnición, ordenan a todo el mundo se inscriba en una lista; a medida que se inscribía cada uno, se le hacía salir por la puerta que da al mar, a ambos lados de la cual estaba la caballería en dos filas, y cuantos salían eran atados en seguida por los servidores de los Once. Así que están todos reunidos, recibe Lisímaco, jefe de la caballería, orden de escoltarlos y entregarlos a los Once.

Al día siguiente, convocan en el Odeón a los hoplitas cuyos nombres están en las listas y a los restantes de caballería; levantándose después Critias, les dice:


«Ciudadanos: tanto en nuestro interés como en el vuestro, procuremos consolidar nuestro gobierno: por esto debéis participar también de los peligros, ya que participáis de los honores; por esto es preciso votéis la condenación de los eleusinos aquí reunidos para que tengáis nuestras mismas esperanzas, al propio tiempo que nuestros propios temores.»


Señalando entonces cierto lugar destinado a la votación, les manda dar públicamente su voto. En el centro del Odeón se hallaba sobre las armas toda la guarnición espartana. Todo esto fue aprobado por algunos ciudadanos que no iban en busca de otra cosa que de su interés personal.

Mientras tanto, Trasíbulo, poniéndose al frente de los de File, cuyo número se aproximaba a mil, llega de noche al Pireo. Así que reciben los Treinta esta noticia, ponen sobre las armas a los lacedemonios, a la caballería y a los hoplitas y se dirigen hacia la carretera que conduce al Pireo. Los de File intentan primero rechazarlos, pero como la extensión del círculo necesitaba muchas guardias y ellos eran aún poco numerosos, se retiran todos a Muniquia. Reúnense los de la ciudad en el ágora de Hipódamo y se ordenan de modo que llenan por completo el camino que va al templo de Diana y al Bendideo; no tenían menos de cincuenta escudos de fondo. Formados así, se ponen en marcha; pero entonces los de File llenan también por su parte el camino y se colocan a diez hoplitas en fondo, detrás colócanse los peltastas y los arqueros, y finalmente, después de todos, los honderos. Su número había aumentado considerablemente, pues se les habían juntado los habitantes de aquel lugar. Mientras se acerca el enemigo, Trasíbulo manda a los suyos depongan sus escudos, y haciéndolo también él, aunque conservando las otras armas, y colocándose en el centro de su ejército, les dice:


«Ciudadanos: debo hacer saber a algunos, y recordar a los demás, que los que se dirigen a nosotros en su ala derecha se componen de tropas que habéis derrotado y perseguido hace cinco días, y en la extremidad de su ala izquierda contienen a esos Treinta que a pesar de nuestra inocencia nos privaron de la patria, nos arrojaron de nuestras casas y han proscrito y expoliado los bienes de nuestros más caros amigos; hállanse ahora en una situación que no habían previsto y que siempre hemos deseado, puesto que tenemos armas y estamos frente a ellos. Los mismos dioses combatirán por nosotros, después de haberles visto apoderarse de nuestras personas y bienes durante nuestras comidas, mientras dormíamos y en la misma plaza pública, no solo sin haberles hecho el más mínimo daño, sino sin que nuestra permanencia haya motivado el destierro. En efecto, desencadenan una tormenta cuando el tiempo estaba despejado para que nos aprovechemos de ello, y cuando ensayamos dirigirnos a ellos nos permiten levantar el trofeo de una victoria sobre numerosos enemigos, siendo escasísimo el número de los nuestros; y ahora mismo nos invitan a pelear en un terreno donde, obligados nuestros enemigos a subir una cuesta, no pueden arrojarnos ni dardos ni flechas, mientras que nosotros con solo dejar caer las picas, los dardos y las piedras estamos seguros de tocarles y de herirles en gran número. Y que nadie crea que al menos sus primeras filas combatirán con ventaja, puesto que si arrojáis con valor, como es preciso, vuestros dardos, ninguno dejará de alcanzar a uno de aquellos que llenan por completo el camino, y que obligados a cubrirse siempre con sus escudos para protegerse, nos permitirán fácilmente dar sobre ellos como si estuviesen ciegos y dispersarlos cuando les ataquemos. Es preciso, soldados, que cada uno de vosotros combata hoy de modo que alcance el testimonio de haber contribuido en gran manera a la victoria, porque, si Dios quiere, ha de devolvernos esta nuestra patria, nuestros hogares, la libertad, los honores y las esposas e hijos a los que son jefes de familia. ¡Felices aquellos de vosotros que, sobreviviendo a la victoria, vean día tan afortunado; y felices también los que tengan que morir para alcanzarla, pues ningún rico podrá obtener jamás monumento funerario tan glorioso! Cuando llegue el momento entonaré el peán, invocaremos después a Enialio y todos entonces, de consuno, nos arrojaremos sobre nuestros enemigos para castigar a los que nos han insultado.»


Dicho esto, se vuelve de cara a los enemigos y se mantiene a la expectativa, pues el augur le había recomendado no ordenase el ataque hasta que alguno de ellos hubiese sido muerto o herido. «Haciéndolo así —había dicho— os guiaré a la victoria, que se inclinará hacia vosotros, aunque preveo me costará a mí la vida.» Y no mintió, pues habiendo tomado las tropas sus armas, arrójase él el primero, como arrastrado por su destino, sobre los enemigos, hallando entre ellos la muerte y siendo enterrado en el paso del Cefiso: quedan los otros vencedores y persiguen hasta la llanura a los enemigos. Critias e Hipómaco, dos de los Treinta, quedan entre los muertos, del propio modo que Cármides, hijo de Glauco, uno de los diez comandantes del Pireo, además de unos setenta de los contrarios; apodéranse de las armas los vencedores, aunque sin despojar de las túnicas a sus conciudadanos; después de lo cual, y una vez devueltos los muertos por medio de una tregua, dirígense unos a otros hablando entre sí, y Cleócrito, heraldo de los Iniciados que tenía una voz muy fuerte, después de pedir silencio, dice:


«Ciudadanos: ¿por qué nos perseguís, por qué queréis matarnos? Jamás os hemos hecho daño alguno; por el contrario, hemos tomado parte con vosotros en los actos religiosos más solemnes, en los sacrificios y en las fiestas más espléndidas; juntos estuvimos en los mismos coros, en las mismas escuelas y bajo las mismas banderas, y tanto por tierra como por mar, hemos corrido con vosotros los mismos peligros para la salvación común y para la mutua libertad. En nombre de los dioses paternos y maternos, por la comunidad de origen, por la familia y por la amistad que nos son comunes con la mayor parte de vosotros, respetando a los dioses y a los hombres, cesad de faltar a la patria, dejad de obedecer a esos Treinta, los más impíos de entre los hombres, quienes por su particular interés han hecho morir durante ocho meses a un número de atenienses igual o mayor al que durante diez años ha perecido por la guerra con los peloponesios. Fácil era vivir en paz bajo nuestro gobierno, y sin embargo ellos han encendido la más deshonrosa de las guerras entre nosotros y la más terrible, impía e inicua ante los dioses y ante los hombres. Sabed que no habéis sido vosotros solos, sino también nosotros, los que han derramado abundantes lágrimas sobre los cuerpos de los que hoy han perecido.»


Esto dijo, y los restantes jefes, después de oírle, mandan retirar a los suyos a la ciudad. Al día siguiente, humillados y abandonados por completo, vienen los Treinta a ocupar sus asientos en el senado y los tres mil no hacen más que disputarse en cualquier lugar en que se sienten. Cuantos habían cometido alguna violencia y temían por lo mismo por su seguridad, sostienen con fuego no debe cederse cobardemente a los del Pireo, mientras que aquellos a quienes no remuerde su conciencia el haber obrado injustamente, reflexionan con serenidad y hacen comprender a los demás que ninguna necesidad les obliga a sufrir tantas calamidades, y declaran no deben ya prestar más obediencia a los Treinta, ni dejarles consumar la perdición de la ciudad. Decretan, finalmente, la deposición de aquellos y la elección de otros jefes, los cuales son nombrados en número de diez, uno por cada tribu.

Los Treinta se refugian en Eleusis, y en la ciudad los Diez se ocupan con los jefes de la caballería en calmar los turbados y abatidos ánimos. La caballería pernocta en el Odeón con sus caballos y escudos, y en su desconfianza, montan desde el anochecer las guardias sobre la muralla, armados con los escudos, y por la mañana vuelven a tomar los caballos, temiendo continuamente un ataque repentino de los del Pireo. Estos, que habían crecido en número, y a quienes de todas partes llegaban nuevos reclutas, constrúyense escudos, tanto de madera como de mimbres, que pintan después de blanco, y luego, apenas han transcurrido diez días, y habiendo proclamado la igualdad de tributos para todos los que con ellos combatieran, aunque fuesen extranjeros, salen en gran número, así de hoplitas como de gimnetas, teniendo además unos setenta caballos; y después de forrajear y de coger leña y frutos, vuelven a pernoctar en el Pireo. Nadie salía armado de la ciudad, fuera de la caballería, que se arrojaba de tiempo en tiempo sobre los exploradores del Pireo, maltratando sus partidas. Encuentran en cierta ocasión algunos eonios que se dirigían a sus tierras en busca de provisiones, y el comandante de la caballería, Lisímaco, los hace degollar, a pesar de las súplicas y de la indignación de varios de sus soldados. En represalias, los del Pireo dan la muerte a Calístrato, de la tribu leóntida, uno de los caballeros de quien se habían apoderado en el campo, pues tenían ya tal confianza, que llegaban en sus excursiones hasta los mismos muros de Atenas. Debe referirse aquí la idea que tuvo el ingeniero de la ciudad, que al saber quieren los enemigos aproximar sus máquinas de guerra al Liceo por la carretera, emplea todos los animales de acarreo en transportar enormes piedras y esparcirlas sin orden ni concierto por aquellos, lo cual hizo que cada piedra causase muchas molestias al enemigo.

Los Treinta envían desde Eleusis a Lacedemonia diputados de entre los ciudadanos de Atenas inscritos en la lista, pidiendo socorros, bajo pretexto de que el pueblo se ha sublevado contra los lacedemonios. Lisandro, reflexionando que es imposible forzar en poco tiempo a los del Pireo sitiándolos por tierra y por mar y cortándoles los víveres, consigue se destinen cien talentos a esta expedición y que se le envíe como gobernador y jefe del ejército de tierra, y a su hermano Libis como comandante de la flota, y dirigiéndose a Eleusis reúne muchos hoplitas peloponesios, mientras el comandante de las naves vigila la costa para que no reciban ninguna clase de víveres los sitiados; de manera que pronto los del Pireo sufren grandemente por la falta de provisiones, mientras que los de la ciudad vuelven a hallarse en la abundancia con la llegada de Lisandro.

Así las cosas, el rey Pausanias, envidioso de Lisandro y temiendo que si consigue sus propósitos adquiera gran consideración y pueda reducir bajo su dominio particular el territorio de Atenas, después de ganar a tres de los éforos, sale de Atenas con la guarnición y acompañado de todos los aliados, fuera de los beocios y corintios, que dicen creerían faltar a sus juramentos si se dirigían contra los atenienses que no han violado tratado alguno, pero que en realidad obran así porque conocen quieren los espartanos apropiarse y hacerse dueños del territorio ateniense. Pausanias sienta su campo junto al Pireo, en el lugar llamado Halipedón; manda por sí mismo el ala derecha, y Lisandro con los mercenarios la izquierda. Envía Pausanias delegados a los del Pireo, ordenándoles marchen a sus hogares; pero no obedeciéndole ellos, hace como que les atacan, para que no se haga notorio les es favorable: después se retira sin haber comenzado siquiera el ataque. Al día siguiente, tomando dos cohortes espartanas y tres escuadrones de atenienses, se adelanta hacia el puerto cegado, examinando por dónde puede más fácilmente levantar trincheras contra el Pireo; saliendo algunas tropas de los sitiados, le inquietan durante su retirada, e irritándose entonces, hace cargar la caballería, manda también detrás de esta a todos los que han pasado ya diez años de la pubertad, y él mismo se adelanta también con el resto de sus tropas. Matan unos treinta soldados ligeros y persiguen a los demás hasta el teatro del Pireo, donde hallábanse sobre las armas todos los peltastas y hoplitas de la plaza. Verifican una salida las tropas ligeras, y arrojan dardos, lanzas, flechas y piedras a los enemigos; tienen estos gran número de bajas, y viéndose los lacedemonios muy hostigados, principian a retirarse, lo cual permite a sus adversarios cargar sobre ellos con más vigor. Perecieron en esta acción Querón y Tíbraco, ambos polemarcas; Lácrates, vencedor en los juegos olímpicos, y otros lacedemonios enterrados en el Cerámico.

Al ver esto Trasíbulo, avanza con el resto de los hoplitas, y se colocan con prontitud delante de los demás, a ocho en fondo. Pausanias, vivamente hostigado, se retira unos cuatro o cinco estadios hacia una colina inmediata, a donde ordena se dirijan los lacedemonios y los demás aliados, y dando a su falange una profundidad considerable, marcha sobre los atenienses. Sostienen estos el primer choque, pero después son rechazados unos hasta el pantano de Hale, y otros son puestos en fuga, perdiendo sobre ciento cincuenta hombres. Eleva entonces Pausanias un trofeo, y se retira, pues no estaba irritado con ellos; antes por el contrario, mandando ocultamente enviados, hace saber a los del Pireo le envíen mensajeros, así como a los éforos presentes, para exponer sus intenciones. Siguen su consejo.

Siembra asimismo la división entre los de la ciudad, y les excita para que se presenten en el mayor número posible a los éforos; entonces les declara que no hay necesidad alguna para que combatan con los del Pireo; antes bien, deben reconciliarse y ser ambos partidos amigos y aliados de los lacedemonios. El éforo Nauclidas oye con agrado esta proposición, y, como es costumbre en Esparta acompañen dos de los éforos al rey en la guerra, era uno de ellos Nauclidas, que con su compañero se inclinaban más bien del lado de Pausanias que del de Lisandro. Envían sin tardanza a Lacedemonia la diputación de los del Pireo, enviada para tratar con Esparta, y también a los particulares Cefisofonte y Meleto por parte de la ciudad.

Mientras están estos en camino hacia Lacedemonia, envían los de la ciudad mensajeros públicos para manifestar a los espartanos que están dispuestos a entregarles los muros que conservan en su poder y sus mismas personas para que dispongan de todo a su gusto; añaden que hallarían justo que si los del Pireo son también amigos de los lacedemonios, les entregasen igualmente el Pireo y Muniquia. Después de haberles oído los éforos y los demás convocados, envían quince diputados a Atenas para arreglar los asuntos del mejor modo posible, de mutuo acuerdo con Pausanias. Estos enviados devuelven la tranquilidad a todos, poniendo por condición que los partidos hagan la paz entre sí y que cada cual vuelva a sus quehaceres, fuera de los Treinta, los Once y los Diez que habían sido elegidos en el Pireo, ordenando al mismo tiempo que cuantos teman estar en la ciudad pueden morar en Eleusis.

Después de arreglar estas cosas, Pausanias licencia a su ejército, y los del Pireo suben con las armas a la acrópolis para ofrecer un sacrificio a Minerva. Bajan después los generales, y Trasíbulo les dice entonces:


«Hombres de la ciudad: os aconsejo procuréis conoceros a vosotros mismos, y el mejor medio para ello es que examinéis los motivos en que fundáis vuestras pretensiones para pretender dominarnos a todos. ¿Sois acaso los más justos? Aunque más pobre que vosotros, el pueblo no os ha dañado nunca a causa de vuestras riquezas, y en cambio, vosotros que sois los más ricos, movidos únicamente por vuestro interés, habéis hecho mil acciones vergonzosas. Pero ya que la justicia no está de vuestra parte, examinad si os puede enorgullecer vuestro valor; ¿y qué juicio puede decidir mejor esta pregunta que el modo como hemos combatido unos contra otros? ¿Podéis, acaso, decir que nos aventajáis por los conocimientos, vosotros que, poseyendo un muro, armas y riquezas y a los peloponesios por aliados, habéis tenido que ceder a gentes que con nada de esto contaban? ¿Son acaso los lacedemonios los que os enorgullecen? ¿Cómo es posible, si os han entregado (del mismo modo que se entregan con bozal los perros que muerden) al pueblo víctima de vuestra injusticia, y además se han marchado? Sin embargo, yo espero, ciudadanos, que no faltaréis a cuanto habéis jurado; antes por el contrario, añadiréis a vuestras restantes virtudes la de ser fieles al juramento y a las promesas.»


Otras exhortaciones añade para demostrar que todo ha de suceder sin perturbaciones de ninguna clase y que es preciso obedecer a las antiguas leyes, y luego levanta la asamblea. Establécense en seguida los poderes, constituyéndose el gobierno. Más tarde se sabe que los que se habían retirado a Eleusis toman soldados mercenarios a sueldo, y acometiéndoles en masa, matan a sus generales, que se habían adelantado para negociar, y envían a los restantes sus amigos y aliados para reconciliarse; juran todos no conservar rencor alguno por todo lo que ha sucedido, y aun ahora no ha cambiado el régimen político, pues el pueblo se conserva fiel a sus juramentos.

Libro tercero

Capítulo I

Así terminaron los disturbios en Atenas. Poco tiempo después, Ciro, habiendo enviado sus legados a Lacedemonia, pide que los espartanos se porten con él del mismo modo que él se ha conducido con ellos en su guerra contra los atenienses. Reconociendo los éforos lo justo de esta petición, ordenan a Samio, comandante de las naves, se ponga a las órdenes de Ciro para cuanto a este se le ofrezca, y aquel realiza con gusto cuanto le pide Ciro. Después de haber reunido su flota a la de este, se hace a la vela hacia la Cilicia, e imposibilita a Siénesis, gobernador de ella, para oponerse por tierra a la expedición de Ciro contra el rey. La manera como Ciro reunió un ejército y se dirigió contra su hermano, el combate que tuvo lugar, la muerte de Ciro, y cómo llegaron felizmente al mar los griegos, ha sido todo esto relatado por Temistógenes el siracusano.

Tisafernes, de quien creía el rey haber recibido grandes servicios en la guerra contra su hermano, habiendo sido enviado como sátrapa de los países que ya antes de aquella gobernaba, y a los que tenía antes Ciro, exige que todas las ciudades jónicas se sometan a él; pero estas ciudades, decididas a conservar su libertad y temiendo a Tisafernes, a quien habían menospreciado en el mero hecho de preferir entregarse a Ciro, cuando vivía, no quieren recibirle, y envían mensajeros a Lacedemonia para suplicarles tomen a pecho, en calidad de directores de Grecia, los intereses de los griegos de Asia, a fin de que su país no sea sometido y puedan continuar siendo libres. Envíanles los lacedemonios a Tibrón como gobernador, al frente de mil neodamodes y de otros cuatro mil peloponesios; Tibrón pide asimismo a los atenienses trescientos de a caballo, cuyo sueldo se obliga a satisfacer. Envíanle los atenienses muchos de los que habían servido bajo los Treinta, considerando como un beneficio para el pueblo el que sean alejados, aunque tengan que perecer en esa expedición. Después que han llegado a Asia, reúne Tibrón otras tropas en las ciudades griegas del continente, pues todas ellas están dispuestas a obedecer cuanto les mande un espartano.

Con este ejército, Tibrón no desciende aún a la llanura, pues ve demasiado débil su caballería; pero preserva del pillaje la comarca que ocupa: únicamente después que se han juntado a él las tropas griegas, salvadas felizmente de la expedición de Ciro, marcha a oponerse a Tisafernes y toma posesión de las ciudades de Pérgamo, Teutrania y Halisarna, en las cuales gobernaban Eurístenes y Procles, descendientes del espartano Demarato, que había recibido este país como regalo del rey por haber guerreado con él contra los griegos. También se le juntan Gorgión y Góngilo, hermanos, uno de los cuales poseía Gambrio y Palegambrio, y el otro Mirina y Grinio, las cuales habían sido dadas por el rey a Góngilo por haber sido desterrado de Eretria a causa de ser allí el único partidario de los medos. Tibrón se hace dueño de todas las ciudades escasamente fortificadas. No habiendo querido capitular Larisa, llamada la Egipcia, acampa en sus alrededores y pretende sitiarla; viendo que no puede tomarla más que privándola de agua, hace construir un gran pozo y un canal; pero como que los sitiados en sus frecuentes salidas arrojan piedras y leña en el canal, hace construir asimismo una testudo de madera encima del pozo, que no priva a los laríseos de acudir durante la noche para incendiarla; por lo cual los éforos, viendo que Tibrón nada consigue, le ordenan deje a Larisa y marche contra Caria.

Hallábase ya en Éfeso para dirigirse a dicha región, cuando llega Dercílidas para tomar el mando del ejército: era hombre tenido por buen ingeniero, y por sobrenombre se le llamaba Sísifo. Parte, pues, Tibrón para Esparta, y allí se le castiga con el destierro, pues los aliados le acusan de haber permitido a su ejército saquear territorios amigos. Dercílidas toma el mando del ejército, y viendo que Tisafernes y Farnabazo desconfían uno de otro, se concierta con Tisafernes y conduce sus tropas al país de Farnabazo, prefiriendo tener que guerrear con uno solo a dirigirse contra los dos. Hacía ya tiempo que Dercílidas se hallaba enemistado con Farnabazo, pues siendo gobernador de Abido mientras Lisandro era jefe de la flota, las calumnias de Farnabazo hiciéronle condenar a estar de pie con un escudo en la mano, lo cual es un castigo a que se condena a los desertores en Lacedemonia, donde se es muy sensible a esta afrenta; de ahí que se dirigiera con gran placer contra Farnabazo. Muestra prontamente cuánto difiere su mando del de Tibrón conduciendo su ejército a través de países amigos, y sin hacer daño alguno a los aliados hasta Eólida, provincia de Farnabazo.

Eólida pertenecía a Farnabazo; pero Zenis de Dardania, durante su vida la había gobernado con el título de sátrapa, y después que este murió de enfermedad natural, su mujer Manía, también de Dardania, reúne una escolta, prepara numerosos presentes para Farnabazo y para obtener la protección de las queridas de este y de cuantos gozan de su favor, y se pone en marcha cuando Farnabazo se preparaba a dar a otro la satrapía.

Introducida junto a él, «Farnabazo —le dice—, mi esposo era afecto a tu persona y te pagaba con regularidad los tributos, de modo que le honrabas muchas veces con tus alabanzas; ¿por qué nombrar, pues, otro sátrapa, si yo puedo continuar sirviéndote con igual celo? Cuando no sea de tu agrado, solo de tu voluntad depende el quitarme el mando».

Después de haberla oído, Farnabazo se decide a dar a esta mujer la satrapía, y una vez dueña del país, fue tan exacta como su marido en pagarle con regularidad los tributos, y además cada vez que iba a ver a Farnabazo le llevaba algún presente, y cuando este visitaba el país, le recibía más espléndida y graciosamente que los demás tributarios: conservole asimismo las ciudades de que se había apoderado, y sometió también a tres ciudades libres del litoral, Larisa, Hamáxito y Colonas, asaltándolas con un ejército griego, mientras presenciaba la acción sentada en su carro, y honrando después con ricos presentes a los que se distinguían, de manera que formó a sus órdenes uno de los más brillantes cuerpos de mercenarios. Acompañaba asimismo a Farnabazo en sus expediciones contra los misios y pisidios que inquietaban los territorios del rey, por todo lo cual Farnabazo le tributaba los más grandes honores y alguna vez la llamaba a consejo.

Tenía ya más de cuarenta años cuando Midias, el esposo de su hija, se deja llevar por las indicaciones de los que decían era vergonzoso que estuviese el gobierno en manos de una mujer y él no fuese más que un simple particular; y como a pesar de estar en guardia contra todos, como es natural en una tiranía, tenía entera confianza con Midias y le recibía con todo el cariño que puede existir entre una mujer y su yerno, se dice que en una de esas ocasiones la ahogó. Mata igualmente al hijo de Manía, joven de diez y siete años y muy notable por su belleza, después de lo cual se apodera de Escepsis y Gergis, plazas fuertes donde guardaba aquella sus tesoros. Las demás ciudades no quieren reconocerle, y las guarniciones de las mismas las conservan para Farnabazo. Midias, enviando después regalos a Farnabazo, le pide el gobierno del país con iguales condiciones que le tenía Manía; pero este le contesta que puede guardar los presentes para cuando venga a buscarlos juntamente con su persona, y añade que no quiere vivir sin vengar a Manía.

En esta situación llega Dercílidas, y en un solo día se apodera sin lucha de Larisa, Hamáxito y Colonas, ciudades del litoral, y enviando mensajeros a las ciudades eolias, les promete la libertad si le abren sus puertas y se hacen sus aliadas. Los habitantes de Neandria, Ilión y Cocilio se declaran en favor suyo, pues sus guarniciones griegas no habían sido muy bien tratadas después de la muerte de Manía; pero el jefe de la de Cebrene, plaza muy fuerte, esperando alcanzar de Farnabazo grandes honores si le conserva esta ciudad, no recibe a Dercílidas, quien, enojándose, se prepara para ponerle sitio; no siendo favorables los signos de los sacrificios que ofrece antes de comenzar el sitio, los renueva al día siguiente, y presentándose también desfavorable, vuelve a consultarlos al otro día, continuando de este modo durante cuatro días, irritándole mucho tales dilaciones, pues deseaba apoderarse de toda Eólida antes de que llegara Farnabazo.

Aténadas de Sición, uno de los capitanes, creyendo pierde el tiempo Dercílidas en estas bagatelas, y suponiéndose bastante para cortar el agua a los cebrenios, avanza con su compañía y procura cegar las fuentes; pero hacen una salida los sitiados, le hieren, mátanle dos hombres y ahuyentan a los demás a fuerza de golpes y de dardos. Hallábase Dercílidas muy apesadumbrado por este accidente, pues comprendía se daría el asalto con menos vigor, cuando llegan mensajeros de los griegos encerrados en la ciudad participándole no estaban conformes con la conducta de su jefe y que preferían servir a los griegos mejor que a los bárbaros. Estaban aún en tratos, cuando llega un enviado del jefe para decir que tal es también su modo de pensar. Inmediatamente Dercílidas, para quien son favorables aquel día las víctimas, pone a sus tropas sobre las armas y las conduce a las puertas de la ciudad, que le son abiertas para que puedan entrar en ella, y dejando allí una guarnición, se dirige en seguida a Escepsis y Gergis.

Midias, que temía la llegada de Farnabazo y que desconfiaba ya de la disposición de ánimo en que se hallaban los ciudadanos, envía mensajeros a Dercílidas diciéndole entrarán en parlamento si le manda rehenes; Dercílidas envía un ciudadano de cada una de las poblaciones aliadas y le invita a escoger el número que bien le parezca: quédase con diez, sale de la ciudad, entra en componendas con Dercílidas y le pregunta qué condiciones pone a su alianza, a lo cual contesta aquel que quiere sean libres e independientes todos los habitantes, diciendo lo cual, avanza en dirección a Escepsis, y Midias, conociendo no puede impedirle la entrada contra el deseo de los ciudadanos, no se opone. Dercílidas, después de haber sacrificado a Minerva en la acrópolis de Escepsis, hace salir la guarnición de Midias y entrega el gobierno de la plaza a los ciudadanos exhortándoles a que se rijan por leyes propias de griegos y de hombres libres; después de lo cual, se dirige a Gergis acompañado de gran número de los de Escepsis, que le tributan toda clase de honores y se alegran con lo que acaba de suceder. Midias, que iba con él, le suplica le entregue la ciudad de Gergis, a lo cual contesta Dercílidas que no le rehusará jamás ninguna cosa justa; pero mientras dice esto, se adelanta con él hasta las puertas de la ciudad seguido de las tropas, que marchan pacíficamente en dos filas. Los vigías apostados en las torres reconocen a Midias, que va con él, y no lanzan un solo dardo. Entonces le dice Dercílidas:

—«Midias, manda abrir las puertas para guiarme y dirigirte conmigo al templo a ofrecer un sacrificio a Minerva.»

Midias vacila, pero por fin, temiendo ser detenido si se opone, da orden para que abran las puertas. Entra Dercílidas en la ciudad, yendo con él Midias, y se dirigen a la acrópolis, ordenando antes a sus soldados estén con las armas a lo largo de los muros mientras ofrece con su acompañamiento el sacrificio a Minerva. Una vez este terminado, da la orden a los guardias de Midias de alinearse en armas a la cabeza del ejército, como si fuesen mercenarios suyos, ya que nada tenía que temer de Midias. Este, vacilante y sin saber qué hacer,

—«Me voy —le dice— para prepararte mi hospitalidad.

—No, por Júpiter —contesta Dercílidas—; me sonrojaría recibiendo de ti la hospitalidad en lugar de ofrecértela yo una vez terminado el sacrificio; quédate, pues, con nosotros, y mientras preparan la comida, examinemos ambos lo que tenemos que hacer uno para otro en conformidad a la justicia.»

Después que se sentaron, comienza Dercílidas a preguntarle:

—«Dime, Midias, ¿te dejó tu padre dueño de cuanto posees?

—Seguramente —contesta.

—Y ¿cuántas casas tenías, cuántos campos y cuántos prados?»

Habiéndolos enumerado Midias, los escepsios que se hallaban presentes, gritan:

—«Este hombre miente, Dercílidas

—Y vosotros —les dice este—, no seáis tan puntillosos.»

Cuando ha detallado todas sus posesiones, vuelve a preguntarle:

—«Dime, ¿de quién dependía Manía?»

Todos exclaman:

—«De Farnabazo.

—Por lo mismo ¿todo lo que tenía era, pues, de Farnabazo?

—Seguramente —contestan.

—Entonces todo nos pertenece, pues Farnabazo es nuestro enemigo y poseemos lo que era suyo. Conducidme, pues, a donde se hallan los bienes de Manía y de Farnabazo.»

Condúcenle entonces a la habitación de Manía, de la cual ha tomado posesión Midias, y este también le sigue. Así que ha entrado Dercílidas, llama a los mayordomos y los hace prender por sus servidores, declarándoles serán degollados inmediatamente si se descubre han robado algo de lo que pertenecía a Manía. Muestran cuanto tienen, y Dercílidas, asegurándose de todo, hace cerrar la casa, pone su sello y establece en ella guardia. Al salir dice a los tribunos y a los capitanes colocados junto a la puerta:

—«Compañeros, tenemos asegurada la paga durante un año a un ejército de 8000 hombres; si encontramos aún algo más, todo eso tendremos.»

Dijo esto conociendo que los que le oyesen serían mucho más obedientes y celosos. Midias le pide entonces:

—«¿Y yo, Dercílidas, dónde deberé habitar?

—En el lugar que te designa la justicia, Midias —le contesta—; en Escepsis, tu patria, y en casa de tu padre.»

Capítulo II

Después de haber realizado estas cosas y de haber tomado nueve ciudades en ocho días, Dercílidas pensó en los medios de no servir de carga a los aliados invernando en un país amigo, como lo había hecho Tibrón, y al mismo tiempo impedir a Farnabazo inquietase con su caballería a las ciudades griegas. Envía por lo mismo mensajeros a Farnabazo pidiéndole si quiere la paz o la guerra, y este, comprendiendo que Eólida es una temible avanzada para Frigia, donde reside, prefiere una tregua.

Hecho esto, dirígese Dercílidas a Tracia de Bitinia para invernar, lo cual no desagrada en modo alguno a Farnabazo, pues los bitinios le hacían a menudo la guerra, con lo cual Dercílidas toma y saquea con seguridad completa Bitinia y tiene siempre víveres en abundancia. Llégale de la otra orilla un refuerzo de los odrisios, enviado por Seutes, consistente en unos doscientos caballos y trescientos peltastas, cuyas tropas forman su campamento y se atrincheran a unos veinte estadios del ejército griego, y después de pedir a Dercílidas algunos hoplitas para guardar su campamento, emprenden sus correrías, en las que hacen numerosos prisioneros y consiguen rico botín. Hallábase su campo muy lleno de cautivos cuando los bitinios, informados del número de los que salían y del de los centinelas griegos que para su guarda dejaban, reuniéndose en masa peltastas y caballería, caen, al apuntar el día, sobre los hoplitas, que eran unos doscientos, y una vez a tiro, los reciben con flechas y dardos. Los hoplitas, al ver heridos o muertos a sus compañeros sin poder hacer nada por impedírselo la empalizada, que tiene la altura de un hombre, arrancan las estacas y se lanzan sobre el enemigo, que cede donde quiera que le ataquen, por ser fácil a los peltastas burlar la persecución de los hoplitas; no cesan, sin embargo, de arrojar dardos a derecha e izquierda, y a cada salida de los guardias les hacen gran número de bajas, hasta que por fin, acorralados estos últimos como en un establo, son aplastados por el gran número de los enemigos, con excepción de unos quince hoplitas que, viendo lo desesperado de su situación, habían podido escaparse durante el combate sin ser vistos por los bitinios y que consiguen llegar al campamento griego. Matan los bitinios a los guardas de las tiendas de los odrisios tracios y se retiran después de haber recuperado todos los prisioneros, de manera que los griegos, al acudir para prestarles auxilio, no encuentran en el campamento más que los cadáveres completamente despojados de sus vestidos. A su vuelta entierran los odrisios sus muertos, y después de beber sobre sus cuerpos mucho vino, celebran carreras de caballos, acampando desde entonces con los griegos y saqueando e incendiando Bitinia.

Al principio de la primavera, partiendo Dercílidas de Bitinia, entra en Lámpsaco. Hallábase aún allí cuando llegan los magistrados lacedemonios Áraco, Naubates y Antístenes para examinar el estado general de los negocios en Asia, y para decir a Dercílidas que debía conservar el mando durante el año siguiente. Los éforos les habían encargado igualmente convocasen a los soldados y censurasen su conducta anterior y alabasen el que en la actualidad no obrasen injustamente con nadie; debían asimismo decirles, que en lo futuro no se les toleraría perjudicasen a nadie, mientras que si obraban justamente con los aliados, sería alabada su conducta. Así, pues, reuniendo a los soldados, les dijeron cuanto se les había encargado; pero el que había sido jefe de las tropas de Ciro les contestó:

—«Ciudadanos de Lacedemonia, nosotros somos hoy lo mismo que éramos antes; pero el jefe que hoy tenemos no es el mismo que era entonces; he ahí por qué no cometemos hoy las mismas faltas, como podéis cercioraros por vosotros mismos.»

Mientras los diputados de Lacedemonia y Dercílidas habitan juntos en una misma tienda, uno del séquito de Áraco cuenta que habían dejado en Lacedemonia mensajeros del Quersoneso que iban a quejarse de que no se podían cultivar las tierras de aquella región a causa de las incesantes correrías de los tracios, y que si se elevaba una muralla de mar a mar, se conseguiría poder gozar de grandes extensiones de buen terreno que podrían cultivar cuantos espartanos quisieran, y añadían que no les admiraría que enviase Lacedemonia algunos de sus ciudadanos con las fuerzas necesarias para realizar este proyecto. Nada dice Dercílidas del plan que ha formado al oír este relato, y les envía entonces a Éfeso para recorrer las ciudades griegas, muy contentos por la seguridad de que las hallarán tranquilas y prósperas. Pónense aquellos en marcha, y Dercílidas, sabiendo que se queda aquel año con el mando, envía nuevamente a pedir a Farnabazo qué prefiere, prolongar la tregua del invierno, o la guerra. Prefiriendo aún aquel la tregua, y habiendo Dercílidas asegurado así la paz para las ciudades limítrofes, cruza el Helesponto con su ejército y pasa a Europa atravesando la parte de Tracia que le es amiga, y recibiendo la hospitalidad del rey Seutes, llega al Quersoneso. Después que reconoce contiene once o doce ciudades, que posee un excelente suelo, favorable a toda clase de cultivo, pero que según se le ha dicho se halla devastado por los tracios, mide el istmo, y averiguando tiene treinta y siete estadios, no vacila ya, ofrece sacrificios a los dioses y hace principiar el muro, señalando a cada soldado el espacio que tiene que construir, y prometiendo brillantes premios a los primeros que terminen su tarea, y recompensas a todos los que de ellas se hagan dignos, con lo cual queda terminada antes del otoño la muralla, que había sido principiada en la primavera, detrás de la cual quedan completamente protegidas once ciudades, varios puertos, gran extensión de excelente tierra cultivable, de campos en pleno cultivo y magníficos y abundantes pastos para toda clase de ganados. Hecho esto, vuelve a pasar a Asia.

Observando la situación de las diferentes ciudades, ve que en general se hallan en plena prosperidad, excepto Atarneo, que halla ocupada por desterrados de Quíos, los cuales, partiendo de esta plaza, saquean y devastan Jonia, viviendo de su rapiña. Aunque informado Dercílidas de que están abundantemente provistos de víveres, acampa alrededor de sus muros y la sitia. A los ocho meses se apodera de ella, y colocando a Dracón de Pelene por gobernador, después de llenar la plaza de toda clase de provisiones con objeto de hacer de ella un descanso para cuando pase por allí, se dirige a Éfeso, que está a tres jornadas de Sardes.

Hasta entonces Tisafernes y Dercílidas, así como los demás griegos y bárbaros de aquellas regiones, habían vivido en paz; pero llega a Lacedemonia una diputación de las ciudades jonias anunciando que si Tisafernes quiere, pueden hacerse independientes las ciudades griegas, y que además, si se inquieta Caria, donde reside Tisafernes, se conseguirá fácilmente el reconocimiento de dicha independencia. Oyendo esto los éforos, mandan a Dercílidas que invada con su ejército Caria, y a Fárax, comandante de las naves, que amenace las costas de dicha comarca. Ejecutan ambos estas órdenes coincidiendo con la llegada de Farnabazo junto a Tisafernes, tanto por haber sido nombrado este general en jefe de las tropas, como con el intento de asegurarle estaba pronto a hacer la guerra mancomunadamente con él y peleando juntos para arrojar a los griegos de los dominios del rey; por lo demás, sufría su amor propio por haberse dado el mando a Tisafernes, y no podía en modo alguno consolarse de la pérdida de Eólida. Tisafernes, después de haberle oído, le dice que comenzarán por dirigirse a Caria, y que después decidirán lo que debe hacerse. Llegados a ella, después de haber dejado suficientes tropas en las guarniciones de las fortalezas, deciden volver a Jonia. Informado Dercílidas de que han pasado nuevamente el Meandro, comunica a Fárax el temor de que Tisafernes y Farnabazo saqueen y devasten el país poco fortificado que tienen que recorrer y atraviesa también él el río. Iban marchando los dos jefes seguidos del ejército, algo en desorden, puesto que creían al enemigo en camino para Éfeso, cuando de pronto ven algunos centinelas subidos en los túmulos funerarios, y subiendo también sobre algunos de los túmulos y algunas torres que por allí había, distinguen formados en batalla sobre el camino que deben seguir, a los carios, de blancos escudos, a todo el ejército persa de aquellas comarcas, a las tropas griegas que tenían a sueldo cada uno de los dos sátrapas, y a su caballería, bastante numerosa, con Tisafernes en el ala derecha y Farnabazo en la izquierda.

Al ver esto Dercílidas, manda inmediatamente a los jefes y capitanes hagan formar a toda prisa sus tropas a ocho en fondo y se coloquen a ambos lados los peltastas y caballos en el mayor número posible, y él ofrece un sacrificio. Todas las tropas peloponesias aguantan a pie firme y se preparan para el combate; pero los de Priene, Aquileo, de las islas y de las ciudades jonias, arrojando las armas entre los trigos, pues había espesas mieses en la llanura del Meandro, huyen en gran parte, y cuantos quedan, dejan ver que no sostendrán el choque. Anuncian que Farnabazo da la señal de combate, pero Tisafernes, acordándose del valor con que se batió contra los persas el ejército de Ciro, y creyendo que todos los griegos se parecen a esas tropas, no quiere aventurar el combate, sino que hace decir a Dercílidas desea entrar en parlamento con él: este en seguida, tomando los mejores de su caballería e infantería, se adelanta hacia los mensajeros y les dice:

—«Ya veis que estaba dispuesto a combatir, pero ya que desea Tisafernes parlamentar, no me niego; únicamente es preciso demos y recibamos primero rehenes y garantías de buena fe.»

Aceptada esta proposición, después de realizarla, retíranse los dos ejércitos: el de los bárbaros, a Trales de Caria, y los griegos a Leucofris, donde se halla un templo de Diana muy venerado y un lago de más de un estadio de circuito, notable por su arenoso fondo y por el agua continua potable y templada.

Así se pasa este día, y al siguiente reúnense en el lugar indicado y deciden se enuncien por cada cual las condiciones bajo las cuales puede firmarse la paz. Dercílidas propone que reconozca el rey la independencia de las ciudades griegas, y Tisafernes y Farnabazo que el ejército griego evacue el territorio del rey y que retiren los lacedemonios los gobernadores de las ciudades. Aceptado esto, convienen en una tregua que dure mientras Dercílidas comunica las proposiciones a Lacedemonia y Tisafernes al rey.

Mientras se verifica todo esto en Asia bajo el mando de Dercílidas, irritados los lacedemonios desde largo tiempo contra los eleos, porque habían hecho alianza con los atenienses, argivos y mantineos, por haber rehusado admitir a los lacedemonios, bajo pretexto de haberles condenado, en los combates hípicos y gimnásticos, y no solo por esto, sino también porque habiendo Licas entregado su carro a los tebanos, y estos, habiendo sido proclamados vencedores, al adelantarse aquel para coronar al cochero, le dan de palos, a pesar de ser un anciano, y le arrojan de allí, y porque más tarde habiendo Agis sido enviado por un oráculo para sacrificar a Júpiter, se opusieron los eleos y no quisieron procurase obtener una victoria con sus ruegos y plegarias, pretendiendo además que, según una antigua ley de los griegos, no podían estos recurrir al oráculo en una guerra con otros griegos, de manera que Agis tuvo que marchar de allí sin haber podido ofrecer los sacrificios; por todo esto, sobremanera irritados, deciden los éforos y la asamblea hacerles entrar en razón, castigando su osadía. A este efecto envían mensajeros a Élide para declarar que ha parecido justo a los magistrados de Lacedemonia devuelvan los eleos su independencia a las ciudades vecinas; contestan estos que habiendo conquistado por la guerra estas ciudades, no quieren acceder a lo que se les pide, y entonces los éforos les declaran la guerra. A la cabeza de su ejército atraviesa Agis la Acaya e invade la Élide por Lariso, pero al momento en que sus tropas entran en territorio enemigo y principian a saquearle, sobreviene un temblor de tierra, por lo cual Agis, considerándolo como un signo divino, saliendo del territorio eleo licencia a su ejército. Desde entonces los eleos se hacen más audaces y envían diputados a todas los ciudades que saben se hallan indispuestas con los lacedemonios.

Al año siguiente decretan los éforos otra expedición contra Élide, y exceptuando a los beocios y corintios, todos los aliados, incluso los atenienses, se ponen a las órdenes de Agis. Penetra Agis en Élide por Aulón, y en seguida los lepreatas, abandonando a los eleos, se le unen seguidos de los macistios y epitalios; después de haber pasado el río, se le entregan los letrinos, los anfídolos y los marganeos. Dirígese entonces a Olimpia y sacrifica a Zeus olímpico sin que nadie se lo impida. Después de haber sacrificado marcha contra la ciudad, saqueando e incendiando el país, apoderándose de extraordinario número de animales y de esclavos, oyendo lo cual llegan grandes grupos de arcadios y de aqueos para tomar parte espontáneamente en la expedición y en el botín; de manera que esta expedición vino a ser como un abastecimiento para el Peloponeso.

Llegado junto a la población, Agis devasta los suburbios y los gimnasios, notables por su hermosura; y en cuanto a la ciudad, desprovista de murallas, bien se comprende que si no la tomó no fue porque no pudo, sino porque no quiso.

Mientras saquea el país y el ejército esté acampado junto a Cilene, los partidarios de Xenias, de quien se dice haber medido a celemines el dinero heredado de su padre, quieren entregar la ciudad a los lacedemonios, y echándose a la calle espada en mano, degüellan algunos ciudadanos, y entre otros a un hombre parecido a Trasideo, jefe del partido popular, creyendo que era este, con lo cual el pueblo, completamente desanimado, se halla en la inacción: los asesinos creen haber hecho ya cuanto tenían que hacer, y sus cómplices transportan las armas a la plaza pública; pero Trasideo se hallaba aún durmiendo en el mismo sitio en que se había apoderado de él la borrachera. Así que el pueblo sabe que Trasideo no ha muerto, rodeando su casa por todas partes como un enjambre de abejas alrededor de su reina, y después de reunir al ejército, se pone a su cabeza y tiene lugar un combate en el que queda vencedor el pueblo, y los autores del degüello tienen que refugiarse en Lacedemonia.

Agis, al marchar, después de atravesar nuevamente el Alfeo dejando una guarnición en Epitalio junto a este río, con los fugitivos de Élide, y nombrando gobernador a Lisipo, licencia el ejército y regresa a su país. Durante el resto del verano y en el siguiente invierno, Lisipo y los suyos devastan el país de los eleos, y al verano siguiente, Trasideo, mandando mensajeros a Lacedemonia, les participa que consiente en demoler las murallas de Fea y Cilene, y liberar las ciudades trifilias: Frixa y Epitalio, y a los letrinos, anfídolos y marganeos, así como a los acroreos y la ciudad de Lasión, que les disputaban los arcadios, exigiendo, sin embargo, quedarse con Epeo, situada entre Herea y Macisto, que decían haber comprado por treinta talentos, habiéndolos pagado a los que poseían dicha ciudad: pero los lacedemonios, conociendo que es tan injusto tratando con uno más débil, comprar algo por fuerza, como tomárselo con violencia, les obligan también a renunciar a dicha ciudad, sin quitarles la presidencia del templo de Júpiter olímpico aunque no la poseyesen desde mucho tiempo antes, por ser los pretendientes a la misma muy poco idóneos para ella. Hechas estas concesiones, se ajusta un tratado de paz y de alianza entre los eleos y los lacedemonios, y de este modo termina la guerra entre los dos pueblos.

Capítulo III

Dirígese después Agis a Delfos, donde ofrece el diezmo del botín; pero a su regreso a Herea, y siendo ya viejo, se siente enfermo y ordena le lleven a Lacedemonia, donde llega aún vivo, pero donde muere al poco tiempo, haciéndole unos funerales más espléndidos de lo que puede esperar hombre alguno.

Transcurridos los días de luto, cuando debe ser elegido el rey, levántanse rivales pretensiones a la realeza entre Leotíquides, que decía ser hijo de Agis, y Agesilao, hermano de este último. Leotíquides decía:

—«Agesilao, bien sabes que el hijo del rey y no el hermano debe ser elegido, y únicamente si no hay hijos es cuando debe serlo el hermano.

—Pues por eso debo ser rey.

—¿Cómo es posible, si estoy yo aquí?

—Pues muy sencillo, porque aquel a quien tú llamas padre, dice que no eres suyo.

—Pero mi madre, que debe saberlo mejor que él, dice que lo soy.

—Poseidón declara que miente, pues echó a tu padre del tálamo nupcial a la vista de todo el mundo con un temblor de tierra, y este hecho está confirmado por un testigo que se considera el más verdadero de todos, el tiempo, puesto que tú no naciste hasta diez meses después que tu padre huyó del tálamo y no volvió a él.»

He aquí lo que decían; Diópites, hombre muy versado en la interpretación de los oráculos, recuerda en apoyo de Leotíquides un oráculo de Apolo que dice deben guardarse de un rey cojo; pero Lisandro replica en favor de Agesilao, que no cree ordene el dios se guarden de uno que sea verdaderamente cojo, sino de un rey que no fuera de sangre real, porque entonces sería verdaderamente coja la realeza, no descendiendo de Hércules los jefes de la ciudad. Después de haber oído a las dos partes, elige la ciudad por rey a Agesilao.

No había transcurrido aún un año desde que era rey Agesilao, cuando un día, mientras se hallaba ofreciendo para el estado uno de los sacrificios prescritos, el augur exclama, que los dioses indican una conjuración de las más terribles; sacrificando de nuevo, preséntanse aun más funestos los signos, y al sacrificar por tercera vez el rey, le dice el adivino: «Agesilao, parece que estamos rodeados de enemigos; he aquí los signos.» Sacrificase inmediatamente a los dioses protectores y salvadores, y se cesa así que se han obtenido, no sin trabajo, signos favorables. Hacía ya cinco días que estaban terminados estos sacrificios, cuando un hombre denuncia a los éforos una conjuración de la que es jefe Cinadón. Era este un joven de exterior y alma varoniles, pero que no pertenecía a la clase de los iguales. Pídenle los éforos detalles de cómo debe aquella realizarse, y el denunciador refiere que Cinadón le ha conducido a un extremo de la plaza pública y le ha mandado contara el número de los espartanos que se hallaban en ella.

—«Y yo —dijo—, después de haber contado el rey, los éforos, los senadores y algunos otros, en número de unos cuarenta, pregunté: ¿Por qué, Cinadón, me has hecho contar toda esa gente? A lo cual me contestó: Debes considerar a todos estos como enemigos; todos los demás que se encuentran sobre la plaza pública, en número de más de cuatro mil, puedes considerarlos, por el contrario, como aliados.»

Después añade que Cinadón le ha enseñado en las calles unas veces uno y otras veces dos a quienes daba el nombre de enemigos, mientras que todos los demás, decía, eran amigos y del propio modo de los espartanos que están en el campo, pues siendo enemigo el dueño, todos los demás son aliados. Los éforos le preguntan cuál puede ser el número de los conjurados, y contesta que también sobre este punto le ha dicho Cinadón que los jefes tienen únicamente un pequeño número de auxiliares, pero que les son completamente fieles los hilotas, los neodamodes, las clases inferiores y los periecos. Cada vez que entre esta gente la conversación gira sobre los espartanos, ninguno de ellos puede ocultar que les sería agradable el comérselos crudos. Pídenle también:

—«Pero ¿cómo pensabais procuraros armas?»

Y él contesta:

—«Los jefes de nuestra conspiración dicen siempre que poseen las armas necesarias.»

Y en cuanto a las armas para la multitud, cuenta que Cinadón le ha llevado al mercado del hierro, donde le ha enseñado gran cantidad de sables, espadas, estoques, hachas, hachuelas y hoces, y le ha dicho que todos los instrumentos que emplean los hombres para trabajar la tierra y para labrar la madera y la piedra, son otras tantas armas, así como la mayor parte de los útiles de los otros oficios, son armas bastantes contra gente desarmada. Finalmente, se le pide la fecha en que debe estallar la conspiración, y refiere que se le ha recomendado no se aleje de la ciudad.

Inmediatamente, y sin convocar siquiera lo que se llama la pequeña asamblea, los éforos, después de oír todos estos datos y comprendiendo que existe un plan determinado y completo en la conjuración, sobrecogidos por el miedo, reúnen a toda prisa algunos ancianos, y deciden enviar a Cinadón con otros jóvenes al pueblo de Aulón con orden de conducir algunos hilotas y aulonitas, cuyos nombres están escritos en una escítala. Danle asimismo orden para conducir de aquella ciudad a una mujer que decían era muy hermosa y a quien acusaban de haber corrompido a todos los lacedemonios jóvenes y viejos que habían ido a Aulón, encargo semejante a los que ya otras veces le habían confiado los éforos. En esta ocasión le dan la escítala en la cual estaban escritos los nombres de los que debía prender, y cuando pide quiénes son los que tienen que ir con él, «dirígete al más anciano de los hipagretas, le dicen, y ruégale te entregue seis o siete de los que se hallen presentes.» Se había tenido buen cuidado de hacer saber al hipagreta a quiénes debía mandar, y estos sabían también que debían prender a Cinadón. Dícesele asimismo que irán con él tres carros para que no tengan que ir a pie los presos, procurando así ocultar lo mejor posible el único objeto para que se le enviaba. No se apoderaron de él en la ciudad por no saber la extensión de la conspiración, y para averiguar por Cinadón quiénes eran sus cómplices, antes que estos pudieran saber se les había denunciado, y por lo tanto tomar la fuga. Los encargados de prenderle debían retenerle e informarse de los nombres de sus cómplices, enviándolos después inmediatamente, por escrito, a los éforos. Estos tenían tanto interés en el buen éxito de su plan, que habían enviado un escuadrón de caballería con los que se dirigían a Aulón. Así que está preso Cinadón, llega un soldado de a caballo con los nombres que aquel ha escrito, e inmediatamente los éforos hacen prender al adivino Tisámeno y a los más notables de los conjurados. Cuando llega Cinadón declara de plano y lo confiesa todo, incluso el nombre de sus cómplices, y cuando se le pide qué objeto se proponía con su trama, contesta que no quería ser inferior a nadie en Esparta. Después de esto, átanle las dos manos, pásanle el cuello en una pieza de madera, danle azotes, clávanle aguijones y es paseado así con sus cómplices por la ciudad. Tal fue el castigo que recibieron.

Capítulo IV

Después de estos sucesos, cierto siracusano, llamado Herodas, que se hallaba en Fenicia con el dueño de una nave, viendo gran movimiento en las trirremes fenicias, que se equipaban otras en los astilleros y que se construían buques de toda clase en gran número, averigua que deben formar parte de una flota de trescientas naves, y subiendo en la primera que se hace a la vela para Grecia, llega a Lacedemonia para anunciar que el rey y Tisafernes preparan una expedición que ignora contra quién irá dirigida.

Sobresaltados los espartanos, reúnen a sus aliados, consultando sobre el partido que deben tomar, y Lisandro, que conoce la superioridad de la marina griega, y recuerda la retirada del ejército heleno que había ayudado a Ciro, persuade a Agesilao para que se encargue de dirigir una expedición a Asia, poniendo a sus órdenes treinta espartanos, dos mil neodamodes y seis mil hombres de los aliados. Tenía asimismo la intención de acompañar a Agesilao a fin de restablecer las decarquías en las ciudades donde en otro tiempo las había instalado pero que habían sido más tarde abolidas por los éforos al restablecer los antiguos gobiernos.

Acepta Agesilao el mando de esta expedición, concediéndole los lacedemonios cuanto pide, y proveyéndole de víveres para seis meses. Después de haber ofrecido a los dioses los debidos sacrificios, principalmente los necesarios para pedir un viaje feliz, se pone en marcha, no sin haber mandado antes mensajeros a los diferentes estados, fijando el número de soldados que debe enviar cada uno y el sitio en donde deben reunírsele, yendo a sacrificar, como Agamenón al dirigirse a Troya, a Áulide. Informados los beotarcas de que ofrecía sacrificios, envían soldados de caballería que le ordenan cese al instante en sus sacrificios, y que arrojan asimismo del altar las víctimas que allí encuentran inmoladas. Irritado Agesilao y tomando a los dioses por testigos, embárcase en una trirreme, llega a Gerasto, donde reúne la mayor parte de sus tropas, al frente de las cuales se hace a la vela para Éfeso.

Una vez allí, recibe un mensaje de Tisafernes pidiéndole el motivo de su llegada. Contéstale Agesilao es para asegurar la independencia de las ciudades de Asia, a fin de que gocen la misma libertad que las de Grecia. Replícale entonces Tisafernes:

—«Si quieres ejecutar una tregua hasta que lleguen las órdenes del rey, me parece podrás volverte después de haberlo conseguido.

—Bien lo quisiera, contesta Agesilao, pero temo quieras engañarme; mientras tanto, a cambio de las garantías que me des, puedo ofrecerte que si obras con sinceridad ningún daño causaremos a tus provincias mientras dure la tregua.»

Después de estos preliminares, jura Tisafernes que desea de buena fe la paz, ante los enviados de Agesilao, Herípidas, Dercílidas y Megilo, y estos se comprometen por juramento, a nombre de Agesilao ante Tisafernes, a respetar la tregua mientras sea este fiel a su palabra. Tisafernes, sin embargo, no tarda en faltar a su juramento, pues en lugar de respetar la paz, hace pedir al rey un ejército numeroso para reforzar el suyo; pero Agesilao, aunque conociendo esta conducta, permanece fiel a la tregua.

Mientras permanece inactivo y en reposo en Éfeso, encuéntranse las ciudades en plena anarquía, pues había sido derribada la democracia que habían constituido los atenienses, y no había sido tampoco restablecida la decarquía establecida por Lisandro; sus habitantes, que tanto querían a Lisandro, le suplican con vehemencia obtenga de Agesilao lo que desean, por lo cual está siempre rodeado de una apretada muchedumbre, que le sigue a todas partes, pareciendo Agesilao un simple particular, mientras Lisandro se asemeja a un rey, lo cual contribuye a excitar contra él a Agesilao, como pudo verse más tarde. Los Treinta no pueden tampoco ocultar su envidia y representan a aquel cuán culpable es la conducta de Lisandro, que despliega un fausto verdaderamente real; de ahí que cuando este le presenta algunas personas, niega Agesilao todas las peticiones en que parece interesarse Lisandro. Finalmente apercibiéndose este de que todos los asuntos por los que se interesa son despachados en sentido contrario a su deseo, adivina el motivo de ello, y desde entonces no consiente que nadie le acompañe, y manifiesta sin ambages a cuantos reclaman su mediación, que sus asuntos tendrán peor éxito si interviene en ellos, y no pudiendo ya soportar por más tiempo su infortunio, dirigiéndose a Agesilao le dice:

—«Agesilao, tú no buscas más que humillar a tus amigos.

—Sí, por Júpiter —contesta este—, en cuanto a aquellos que desean sobreponérseme, porque respecto a aquellos que procuran mi engrandecimiento, consideraría como una gran vergüenza el no procurar honrarles como merecen.

—Posible es —replica Lisandro— que obres en ello con más justicia que yo, pero concédeme una nueva gracia, a fin de que no me deshonre el no poder conseguir nada junto a ti, y que al mismo tiempo no sea un obstáculo a tus acciones: envíame a cualquier parte, pues donde quiera que sea procuraré serte útil.»

Después de haber hablado así, parécele conveniente a Agesilao y le manda al Helesponto. Una vez allí, Lisandro averigua que el persa Espitrídates ha sido humillado por Farnabazo, y teniendo con él una entrevista le persuade a que se una a los griegos con sus hijos, sus riquezas y unos doscientos caballos, dejando a los cuales en Cícico se embarca con Espitrídates y su hijo y los conduce a Agesilao. Este, al verlos, admirablemente complacido por esta acción, se informa del país y del mando de Farnabazo.

Enorgullecido Tisafernes por saber se halla en camino el ejército que le envía el rey, declara la guerra a Agesilao si no sale de Asia; los aliados y los lacedemonios que allí se hallaban se muestran apesadumbrados, comprendiendo la grande inferioridad de las fuerzas de Agesilao, comparadas al grande aparato de las del rey; pero aquel, con rostro alegre, ordena a los mensajeros den a Tisafernes las gracias por haberse hecho enemigos de los dioses con su perjurio, y haberlos convertido con él en aliados de los griegos. Da inmediatamente orden a sus soldados para que hagan sus preparativos de campaña, y a las ciudades por donde debía pasar para dirigirse a Caria, la de tener bien provistos sus mercados, y envía asimismo a los jonios, eolios y helespontinos la orden de que le manden a Éfeso las tropas que deben proporcionarle. Tisafernes, sabiendo que Agesilao no tiene caballería mercenaria y que Caria no se presta para las maniobras de la caballería, así como que le guarda aquel rencor por su perfidia, y creyendo que Agesilao va a dirigirse directamente hacia Caria, su residencia, hace pasar a ella toda su infantería y ocupa con su caballería la llanura del Meandro, esperando hallarse en situación para aplastar con sus caballos a los griegos antes de que puedan estos llegar a las otras comarcas, que no son favorables para las maniobras de la caballería. Pero Agesilao, en vez de dirigirse directamente a Caria, cambia súbitamente de dirección y avanza por Frigia, reclutando fuerzas a su paso, sometiendo ciudades y recogiendo abundante botín con esta repentina invasión. Avanzan con entera tranquilidad; pero al llegar junto a Dascilio, los soldados de caballería de su vanguardia suben a una colina para reconocer el país que se ofrece a su vista, y da la casualidad que los caballos de Farnabazo, mandados por Ratines y Bageo, hermano natural de Farnabazo, en número igual al de los griegos, galopan también por orden de este último en dirección a la misma colina. Cuando se distinguen unos a otros no distaban ya entre sí más de cuatro pletros; fórmanse los griegos en falange en cuatro filas, y los bárbaros a doce de frente, pero con el fondo muy nutrido; atacan los primeros y vienen a las manos. A cada golpe rompen los griegos sus lanzas, mientras los persas, que las tienen de cornejo, matan en poco tiempo a doce soldados y dos caballos, con lo cual declárase en fuga la caballería griega; pero llega Agesilao en su auxilio con los hoplitas, y tienen los bárbaros que retroceder después de haber sido muerto uno de los suyos.

Al día siguiente de esta escaramuza entre la caballería, ofrece Agesilao un sacrificio para el ataque; pero siendo desfavorables las entrañas de las víctimas, retrocede hacia el mar. Conociendo que no podrá adelantarse en la llanura mientras no posea una caballería bastante fuerte, comprende debe procurársela a todo trance, a fin de no tener que hacer la guerra huyendo; ordena, por lo tanto, a los más ricos de todas las ciudades de la comarca procuren criar caballos, anuncia que dispensará del servicio a todo el que presente un caballo con su equipo y un soldado experto en el manejo del mismo y hace ejecutar con prontitud sus órdenes, como si se tratase de que cada cual pusiera un sustituto para morir en su lugar.

Al principiar la primavera reúne todo su ejército en Éfeso, y queriendo adiestrarle, promete premios a las tropas de caballería que mejor maniobren, a los hoplitas que tengan el cuerpo más robusto y a los peltastas y arqueros que muestren mejor puntería en sus tiros; hubiérase visto entonces los gimnasios llenos de hombres que se ejercitaban, los hipódromos de los que evolucionaban a caballo, y de arqueros y saeteros que tiraban al blanco. La ciudad entera en que se hallaba ofrecía un interesante aspecto: la plaza pública llena por todas partes de armas y caballos en venta; los obreros de toda clase, en cobre, en madera, en hierro, en cuero y en pintura, trabajando en la fabricación de armas; en fin, hubiera podido tomarse a Éfeso como un taller de la guerra. Nada inspiraba, sobre todo, tanta confianza como el ver al mismo Agesilao y a sus soldados con coronas de flores ir a ofrecerlas al salir de los gimnasios a la diosa Diana; porque ¿cómo no hallar buenas esperanzas donde los hombres respetan a los dioses, se ejercitan en la guerra y obedecen a sus jefes? Persuadido asimismo Agesilao de que el desdén hacia el enemigo da valor para combatirle, dio orden a los pregoneros para que vendieran desnudos a los bárbaros cogidos por los exploradores, y los soldados, viendo aquellos cuerpos tan blancos, porque no se desnudan nunca, linfáticos y obesos, pues siempre se hallaban montados en los carros, comprendían que la guerra con ellos sería como si peleasen con mujeres.

Con estos preparativos había transcurrido ya un año desde la marcha de Agesilao; de manera que Lisandro y los otros treinta vuelven a Esparta, siendo reemplazados por los que se habían nombrado bajo el mando de Herípidas. Agesilao confía la caballería a Jenocles y a otro jefe, los hoplitas neodamodes a Escites, a Herípidas las tropas que habían servido a Ciro, y a Migdón el contingente de los aliados. Anuncia después a sus soldados va a llevarles por el más corto camino a la parte más fortificada del país, a fin de que preparen su espíritu y su cuerpo para combatir dentro de poco. Tisafernes cree quiere engañarle como la otra vez, y que su verdadero designio es el de dirigirse a Caria: hace, pues, pasar como la primera vez su infantería a dicha región, y coloca también su caballería en la llanura del Meandro; pero Agesilao, que no había mentido, se dirige inmediatamente, cumpliendo lo que había dicho, a la provincia de Sardes; marcha tres días a través del desierto, sin encontrar al enemigo, procurando a su ejército víveres en abundancia; pero al cuarto día se distingue la caballería de los bárbaros. El comandante de la caballería da orden al jefe de los escevóforos para que pase el Pactolo y asiente el campamento; y allí, al ver algunos sirvientes griegos apartarse de los suyos para saquear, matan a gran número de ellos, por lo cual Agesilao envía a la caballería para socorrerles. Por su parte los persas, al conocer les llega este refuerzo, reúnen también su caballería y hácenla avanzar en orden de batalla. Agesilao, al ver que los enemigos carecen de infantería mientras él tiene todas las fuerzas que necesita, juzga oportuno librar combate. Inmoladas las víctimas, hace avanzar a su falange contra la caballería enemiga, ordena a los hoplitas veteranos lleguen al mismo tiempo a la carrera y avancen corriendo los peltastas, así como manda cargar a la caballería, mientras él les sigue con todo el ejército.

Rechazan los persas a la caballería; pero cayendo sobre ellos todo el peso del ejército, tienen que replegarse, pereciendo unos inmediatamente en el río, mientras los otros se declaran en fuga. Persíguenles los griegos y se apoderan de su campamento, ocupándose los peltastas, según su costumbre, en saquear. Agesilao, envolviéndolo todo con su ejército, hace que los dos campos se confundan y realiza un inmenso botín que produce más de setenta talentos, además de los camellos de que se apoderan, y que se llevó Agesilao a Grecia.

Mientras tenía lugar este combate, se hallaba Tisafernes en Sardes, por lo cual los persas le acusaron de haberles hecho traición, y el rey, considerándole como la causa de todos esos desastres, envió a Titraustes con orden de cortarle la cabeza. Hecho esto, envía Titraustes mensajeros a Agesilao para decirle:

—«Agesilao, el autor de todas las dificultades entre ambos ha recibido ya su merecido castigo; el rey quiere que te vuelvas a tu país y que las ciudades independientes de Asia le paguen el antiguo tributo.»

Agesilao contesta que no puede adherirse a esto sin el consentimiento de los magistrados de su país.

—«Pues bien —dice Titraustes—, mientras esperas las instrucciones de tu patria, retírate al territorio de Farnabazo, pues yo te he vengado ya de tu enemigo.

—Está bien —contesta Agesilao—; pero es preciso que proveas a mi ejército de los víveres necesarios, hasta que haya llegado allí.»

Titraustes le da treinta talentos, y él los toma y se dirige a Frigia, que pertenecía a Farnabazo.

Mientras estaba en la llanura que se encuentra pasada Cime, llega un mensajero de los magistrados de Esparta y le ordena tome también el mando de la flota, escogiendo a quien quiera para comandante de las naves. Obran así los lacedemonios por la razón de que, gracias a la concentración del mando de los dos ejércitos en un solo jefe, el de tierra ganará mucho en poder, y la flota podrá también ser sostenida por el ejército cuando así fuese necesario. Al saber esta nueva, Agesilao excita a las ciudades situadas en las islas y en el litoral a que construyan cuantas trirremes puedan, con lo cual obtiene un refuerzo de ciento veinte naves, así de las ciudades a quienes las ha pedido, como de los particulares que quieren congraciarse con él. Escoge para comandante de las naves a Pisandro, su cuñado, amigo de la gloria y de alma bien templada, pero que carece del talento necesario para un mando tan elevado. Parte Pisandro para llenar sus funciones, y Agesilao continúa, como se había propuesto, su marcha contra Frigia.

Capítulo V

Creyendo Titraustes apercibirse de que Agesilao menosprecia el poder del rey y que en vez de evacuar Asia alimenta más bien grandes esperanzas de someterla, en la incertidumbre en que está respecto a lo que debe hacer, envía a Grecia al rodio Timócrates, a quien entrega unos cincuenta talentos en oro, encargándole soborne a los magistrados de las diferentes ciudades, exija de ellos las mayores pruebas de fidelidad y les excite para que declaren la guerra a los lacedemonios. Parte aquel a Grecia y hace aceptar sus dones a Androclidas, Ismenias y Galaxídoro en Tebas, a Timolao y a Poliantes en Corinto y a Cilón y sus amigos en Argos. Los atenienses, aunque no participan de este oro, desean, sin embargo, la guerra con ardor, pues creen están bajo el yugo de Esparta. Comienzan los que han recibido el dinero por declamar en sus mismas ciudades contra los lacedemonios; después excitan contra ellos el odio de todos, y concluyen, por último, por confederar con ese objeto las ciudades más principales.

Conociendo el gobierno de Tebas que si no se principia la guerra no querrán los lacedemonios romper la tregua con sus aliados, persuade a los locrios opuntios a que levanten tributos en el territorio que tienen en litigio con los focidios, con lo cual espera se arrojarán enseguida los focidios sobre la Lócrida, presunción que vienen a confirmar por completo los hechos, pues los focidios invaden aquella comarca y se apoderan de considerables riquezas. Con este motivo el partido de Androclidas persuade fácilmente a los tebanos a que socorran a los locrios ya que los focidios han invadido un territorio que no solo no está en litigio, sino que es reconocido por todos como amigo y aliado. Así, pues, cuando los tebanos verifican una nueva irrupción en la Fócida y devastan el país, envían los focidios diputados a Lacedemonia reclamando su auxilio, juzgándose dignos de él, pues no han principiado la guerra, ya que, según afirman, solo se han dirigido contra los locrios para rechazarlos. Acogen con alegría los espartanos este pretexto para combatir con los tebanos, pues tiempo hacía les guardaban rencor por haber reclamado en favor de Apolo el diezmo del botín de Decelia y por no haberles querido acompañar en el ataque del Pireo, así como les acusaban también de haber convencido a los corintios para que no fuesen a pelear con ellos, ni habían olvidado tampoco el haber impedido a Agesilao sacrificar en Áulide, arrojando del altar las víctimas y el haber rehusado seguirle en su expedición a Asia. Consideran que es una preciosa ocasión para dirigir contra ellos un ejército y poner coto a su insolencia; sus asuntos en Asia hállanse en próspera situación, gracias a las victorias de Agesilao, y en Grecia ninguna otra guerra ha de servirles de obstáculo; por todo lo cual, estando los ciudadanos en esta disposición de ánimo, anúncianles los éforos la declaración de guerra y mandan a Lisandro junto a los focidios ordenándoles se dirijan a Haliarto con un ejército compuesto de focidios, eteos, heracleotas, melios y enianos. Pausanias debía también dirigirse allí el día prefijado, seguido de los espartanos y de los aliados peloponesios, para tomar el mando. Lisandro ejecuta puntualmente las órdenes recibidas y aparta además a Orcómeno del partido de los tebanos. Por su parte Pausanias, después de ofrecer los sacrificios impetrando el feliz viaje, se establece en Tegea, de donde envía a reclutar soldados a los jefes de los mercenarios y adonde consigue asimismo se dirijan las tropas de las ciudades vecinas. Así que los tebanos tienen la seguridad de que los lacedemonios invadirán su país, envían mensajeros a Atenas que dicen al pueblo lo siguiente:


«Atenienses: Los cargos que nos habéis hecho de haber decretado al terminar la guerra, crueles leyes contra vosotros, no son justos; no era la ciudad, sino un solo hombre, quien lo propuso, pues se sentaba entonces en el consejo de los aliados. Pero cuando los lacedemonios hicieron decidirnos para atacar el Pireo, la ciudad en masa decretó que no nos uniéramos a ellos para esta expedición. Por esto, ya que sois vosotros una de las causas principales del odio que nos tienen los espartanos, creemos justo vengáis en socorro de nuestra ciudad. Pero aun creemos más, pues confiamos en que cuantos se hallaban entonces en vuestra población se apresurarán a marchar contra los lacedemonios. Ellos son, en efecto, los que después de haber impuesto al pueblo una oligarquía odiosa, y mientras se llamaban nuestros aliados llegando con poderoso ejército, os entregaron en manos de la multitud; de modo que no ha dependido de ellos el que no hayáis perecido por completo, pues el pueblo ha sido el que os ha salvado.

»Todos sabemos, ¡oh atenienses! que queréis reconquistar vuestro antiguo poderío, y ¿qué mejor medio para conseguirlo que ayudar vosotros mismos a los que son víctimas de las injusticias de Esparta? No temáis el número de los que les siguen, pues debéis ser mucho más audaces al recordar teníais tantos más enemigos cuando contabais con muchos aliados. Mientras carecían estos de quien protegiera su defección, ocultaban hipócritamente el odio que os tenían; pero así que los lacedemonios se pusieron a su cabeza, mostraron inmediatamente sus verdaderos sentimientos hacia vosotros. También hoy sucederá lo mismo; así que se haga público que nos unimos unos y otros para combatir a los lacedemonios, inmediatamente aparecerán, y en gran número, los que les detestan. Basta que reflexionéis un poco para convenceros de que es verdad cuanto os decimos. En efecto, ¿qué pueblo fiel les queda ahora? No serán sin duda los argivos, que se han considerado en todo tiempo como enemigos suyos, ni los eleos, pues acaban de enajenárseles al tomarles sus ciudades y gran parte de su territorio; y ¿qué diremos de los corintios, arcadios y aqueos, que, si bien cediendo a sus instancias, han compartido con ellos sus trabajos, sus peligros y sus gastos en la guerra que os hicieron, después de haber hecho cuanto querían, no han alcanzado la más pequeña parte en su poder, honores y riquezas? Por el contrario, se les ha envilecido e irritado al enviarles hilotas por gobernadores, del propio modo que supieron declararse jefes de los aliados independientes después de haber conseguido el predominio sobre vosotros. Por otra parte, han engañado notoriamente a cuantos apartaron de vuestra alianza, pues en vez de reconocerles su libertad, les han impuesto la doble tiranía de los gobernadores y de los Diez que estableció Lisandro en cada ciudad. Y el rey de Persia, después de haberles proporcionado los recursos más considerables para batir vuestro poderío, ¿ha alcanzado, por ventura, ninguna ventaja que no hubiera podido obtener uniéndose a vosotros contra ellos?

»¿No adquiriréis, pues, un poder mayor que el que teníais antes, si os ponéis al frente de los pueblos que tan imprudentemente han perjudicado? Durante la época de vuestro predominio teníais únicamente imperio sobre el mar; pues bien, ahora podéis dominarnos a todos nosotros, a los peloponesios, a las ciudades que antes os estaban sometidas y al mismo rey, cuyo poderío es tan grande. Bien sabéis que éramos para Esparta unos aliados dignos de ser tenidos en cuenta, y ahora es natural que combatamos con vosotros con una energía mucho mayor que la que desplegamos al combatir con ellos, pues la lucha actual no tiene por objeto pelear por los siracusanos o por algún otro pueblo extranjero, como sucedía entonces, sino por nosotros mismos, que hemos visto lesionados nuestros derechos.

»No debéis ignorar tampoco que la codiciosa dominación de los lacedemonios es mucho más fácil de abatir que en otro tiempo lo fue la vuestra; vosotros teníais grandes fuerzas navales y mandabais sobre ciudades que carecían de ellas, y en cambio los lacedemonios, cuyo número es muy escaso, tiranizan a un gran número de estados que cuentan con mayores fuerzas que ellos. He aquí lo que os decimos; sabedlo bien, sin embargo, atenienses, pues creemos proponeros una alianza que os ha de ser mucho más ventajosa que a nosotros.»


Después de decir esto se callaron. Gran número de atenienses hablan en igual sentido, y por unanimidad se decreta socorrer a los tebanos. Trasíbulo, después de leer el decreto a los enviados, les manifiesta que, aunque el Pireo carezca de muralla, no por eso Atenas retrocederá ante el peligro, para devolver a los tebanos más que lo que de ellos ha recibido.

—«Vosotros —les dice— no habéis hecho más que rehusar a nuestros enemigos vuestro auxilio para combatirnos, y en cambio nosotros pelearemos con los que os ataquen.»

Los tebanos regresan a su ciudad y se preparan a la defensa, así como los atenienses para ayudarles. Tampoco los lacedemonios dejan de prevenirse, pues el rey Pausanias avanza hacia Beocia con su ejército y el del Peloponeso a excepción de los corintios, que no han querido seguirle. Lisandro, que conduce los soldados de Fócide, de Orcómeno y de las demás ciudades de aquella región, llega antes que Pausanias frente a Haliarto, y una vez allí, no espera tranquilamente al ejército lacedemonio, sino que avanza contra la ciudad con las tropas que tiene; había persuadido ya a sus habitantes a que se apartaran del partido enemigo y a que se hicieran independientes, pero habiéndose opuesto a ello algunos tebanos que había en la ciudad, la pone sitio, lo cual sabido por los de Tebas, avanzan estos a la carrera, así hoplitas como caballos. No se ha averiguado aún si le sorprendieron de improviso o si es que creyó poder sostener su ataque con esperanza de vencerlos, pero lo que sí está completamente averiguado es que el combate tuvo lugar ante los muros, y que levantaron los tebanos un trofeo ante las puertas de Haliarto. Muerto Lisandro, huyen sus soldados al monte, vigorosamente perseguidos por los tebanos, los cuales alcanzaban ya la cima, cuando los hoplitas enemigos, viéndoles atascados en desfiladeros estrechos y difíciles, se vuelven y les lanzan dardos y les rechazan. Dos o tres tebanos de los más osados perecen, y las piedras arrojadas desde la cima caen sobre los restantes, lo cual hace que volviendo al combate los fugitivos rechacen del monte con más de doscientos hombres de pérdida, a los tebanos.

Contristados estos, pensando que en la jornada no han experimentado menos daño que el que han hecho sufrir al enemigo, recobran al día siguiente los ánimos al cerciorarse de que los focidios y demás aliados han regresado durante la noche a sus hogares. La llegada, sin embargo, de Pausanias y el ejército espartano hace creerles de nuevo en gran peligro, y se dice que el silencio y la consternación reinaba en su ejército; pero cuando al día siguiente llegan los atenienses para juntárseles y ven que Pausanias no se mueve ni presenta combate, comienzan a recobrar los ánimos. Convoca Pausanias a los polemarcas y penteconteras, deliberando sobre si debe librar el combate o proponer una tregua para levantar los cuerpos de Lisandro y de los que han perecido con él. Considerando todos ellos que Lisandro ha muerto, que su ejército ha sido vencido y dispersado y que los corintios no han querido tomar parte en esta guerra, así como que las tropas que mandan no se hallan muy dispuestas a combatir, deciden pedir una tregua para recoger los muertos, sobre todo después de considerar que la caballería enemiga es muy numerosa y muy débil la suya, y sobre todo que yaciendo los muertos al pie de los muros, aunque quedasen vencedores en la batalla sería muy difícil levantarlos, por impedirlo los soldados que estaban en las torres. Los tebanos declaran, sin embargo, que no devolverán los muertos si los lacedemonios no evacuan el país, cosa a que acceden gustosos, y recogiendo sus muertos salen de Beocia.

Después de estos hechos, los lacedemonios se retiran completamente desconcertados, mientras quedan los tebanos llenos de arrogancia, hasta el punto de que, si llega alguien a poner el pie en su territorio, después de apalearle le ponen otra vez en la frontera. Tal es el resultado de la expedición de los lacedemonios.

Al llegar a Esparta es acusado Pausanias y es condenado a la pena capital. Los cargos que se le hacían consistían: En haber llegado más tarde que Lisandro a Haliarto, siendo así que había convenido en llegar el mismo día; el haber recogido los muertos gracias a una tregua y no por un combate, y por fin, haber dado libertad al pueblo de Atenas que tenía encerrado en el Pireo. Como no se presenta al tribunal, es condenado a muerte; huye a Tegea y allí muere de enfermedad. Esto es cuanto sucedió en Grecia en esta época.

Libro cuarto

Capítulo I

Agesilao, después de haber llegado en otoño a Frigia, gobernada por Farnabazo, tala y saquea la comarca y se apodera de grado o por fuerza de las ciudades. Habiéndole asegurado Espitrídates que si quiere ir con él a Paflagonia, podrá tener fácilmente una entrevista con el rey de aquella región y obtener su alianza; se pone en marcha esperando obtener que abandone esta nación la obediencia del rey, cosa que deseaba hacía mucho tiempo.

Así que llega a la Paflagonia, Otis se dirige a su encuentro para negociar una alianza; había sido llamado por el rey pero no había acudido a su llamamiento, y siguiendo los consejos de Espitrídates, había, por el contrario, mandado a Agesilao mil caballos y dos mil peltastas. Reconocido Agesilao al servicio prestado por Espitrídates, le dice:

—«Espitrídates, ¿darías con gusto tu hija en matrimonio a Otis?

—Con mayor gusto —contesta este— del que tendría aquel siendo rey de un país vasto y poderoso en casarse con la hija de un desterrado.»

No se trató más de este asunto, pero cuando Otis se despide de Agesilao para volverse a su país hace este que se retire Espitrídates, y delante de los Treinta le dice:

—«Escucha, Otis: ¿es noble el linaje de Espitrídates?

—Tanto, contesta Otis, como el que más entre los persas.

—¿Viste cuán hermoso es su hijo? dice nuevamente Agesilao.

—Ya lo creo; anoche cené con él.

—Pues dicen que más hermosa es su hija.

—Por Júpiter, no dicen nada que no sea verdad.

—Pues bien —añade Agesilao—, ya que somos amigos, vería con mucho gusto que te casases con ella, pues dices es tan hermosa, cualidad que es la mejor condición para el esposo. Su padre es de elevado nacimiento, y suficientemente poderoso para haber podido vengarse, como ves, de las injusticias de Farnabazo, arrojándole de toda esta comarca; fácilmente comprenderás, que así como ha podido vengarse de este enemigo, podrá favorecer también al que esté ligado con él por la amistad. Piensa además, que al realizar mis deseos, no solo entras en la parentela de Espitrídates, sino también en la mía y en la de todos los espartanos, y como que mandamos sobre toda Grecia, en la de toda ella. ¿Quién habrá tenido unas bodas más espléndidas si a ello te decides? y ¿qué novia habrá tenida jamás un cortejo tan numeroso de caballeros, peltastas y hoplitas, como la tuya al ser conducida a tu morada?

—Agesilao —dice entonces Otis—, ¿tiene la aprobación de Espitrídates cuanto me dices?

—Por los dioses —contesta Agesilao—, no me ha indicado que te hablase de ese asunto, pero yo, si tengo gran placer al vengarme de un enemigo, mucho mayor le experimento cuando puedo hacer algún bien a mis amigos.

—¿Por qué pues —dice Otis—, no te enteras si sería esto de su agrado?

—Herípidas y todos vosotros —dice Agesilao, dirigiéndose a los demás que están con ellos—, id a verle y convencedle para que consienta en lo que todos deseamos.»

Levántanse estos y le hablan de este asunto, pero como tardasen en volver,

—«¿quieres Otis —dice Agesilao—, que le hagamos venir? Me parece que le convenceremos más pronto que todos estos juntos.»

Hace llamar entonces Agesilao a Espitrídates y a cuantos habían ido a hablarle. Cuando llegan, díceles Herípidas:

—«¿Para qué decirte, Agesilao, detalladamente cuanto hemos hablado? Bástete saber que Espitrídates ha consentido en hacer cuanto desees.

—Paréceme pues, conveniente —dice Agesilao— y cosa próspera y feliz que des tu hija en matrimonio a Otis, y que tú, Otis, te cases con ella.

—Sin embargo, hasta la primavera próxima —dice Espitrídates— no podremos hacer venir por tierra a mi hija.

—Por Júpiter —exclama Otis—, si tú quieres puede venir inmediatamente por mar.»

Después de esto, entrelázanse ambos las manos y acompañan a Otis a su casa. Agesilao, viendo la impaciencia de Otis, hace equipar una trirreme y da orden al lacedemonio Calias para que vaya a buscar a la novia.

Adelántase él mismo hacia Dascilio donde se hallaban los palacios de Farnabazo, rodeados de grandes poblaciones completamente aprovisionadas, con caza abundante en los parques cerrados o en los lugares descubiertos, atravesando por allí un río con toda clase de peces, y aves de toda clase para quien quisiera cazarlas. En este lugar es donde sitúa sus cuarteles de invierno alimentando a su ejército con las expediciones de las partidas de forrajeadores. Hallábase el ejército completamente descuidado y sin parar mientes los soldados en su vigilancia por la falta de resistencia, cuando sorpréndeles un día Farnabazo con diez carros armados de hoces y cuatrocientos caballos, mientras se hallaban dispersos por la llanura en busca de víveres. Al verle avanzar, los griegos se reúnen corriendo en número de unos setecientos, pero esto no le detiene, sino que haciendo avanzar a los carros y colocándolos detrás con su caballería, da la orden de ataque. Lanzados los carros, ponen en confusión al grueso de aquella fuerza y pronto la caballería les causa unas cien bajas, y los restantes se refugian junto a Agesilao, que con los hoplitas no estaba lejos.

Tres o cuatro días después recibe Espitrídates noticia de que Farnabazo se halla acampado en Cave, importante población situada a unos ciento setenta estadios de donde se encontraban. Comunícalo inmediatamente a Herípidas, el que deseando fogosamente distinguirse por alguna hazaña, pide dos mil hoplitas y otros tantos peltastas a Agesilao así como la caballería de Espitrídates, los paflagonios y cuantos griegos deseen seguirle, obteniendo lo cual, ofrece el sacrificio que termina al anochecer después de haber conseguido signos favorables. Manda que después de la comida se reúnan los expedicionarios en las avanzadas, pero como era ya muy oscuro salen solo la mitad de las tropas.

Temiendo Herípidas las burlas de los otros Treinta si se deja intimidar, se adelanta con las tropas que tiene y al clarear la aurora se arroja sobre el campamento de Farnabazo; perecen a sus golpes gran número de misios que formaban la vanguardia, huyen los restantes y es tomado el campamento, así como gran número de copas y otros objetos de valor pertenecientes a Farnabazo; su bagaje y las acémilas que lo llevaban. En efecto, Farnabazo temiendo siempre ser sorprendido y sitiado al establecerse en algún sitio, atravesaba el país en todas direcciones al modo de los nómadas, y tenía siempre oculto su campamento. Al llevarse los paflagonios y Espitrídates las riquezas de que se habían apoderado, Herípidas les despoja de ellas, colocando convenientemente sus compañías a fin de poder entregar mucho botín a los lafirópolas; Espitrídates y los paflagonios no pueden tolerar esta conducta, y por la noche levantan su campo y se dirigen a Sardes entregándose a Arieo, que se había apartado de la obediencia del rey y le hacía la guerra; al recibir Agesilao la nueva de la defección de Espitrídates, Megabates y los paflagonios, experimenta el golpe más rudo de toda la campaña.

Cierto Apolófanes de Cícico, ligado por hospitalidad desde largo tiempo con Farnabazo, y que lo estaba asimismo desde poco con Agesilao, dice a este le parece fácil conseguir de Farnabazo una conferencia para ver de cesar en su enemistad. Después de oírle, decreta Agesilao una tregua y dan su palabra a Apolófanes, quien lleva al lugar convenido a Farnabazo, donde le aguardan Agesilao y los Treinta sentados en el suelo sobre la hierba; Farnabazo vestía un traje cubierto de ricos adornos y al ir a extenderle sus criados los almohadones en que muellemente se sientan los persas, se avergüenza de parecer afeminado ante la simplicidad de Agesilao y se sienta también en el suelo. Principian por saludarse uno a otro y después, habiendo Farnabazo tendido su mano a Agesilao, este se la da también a su vez. Hecho esto principió a hablar Farnabazo, pues era el más anciano:

—«Agesilao, y todos los espartanos que estáis presentes, yo era vuestro amigo y vuestro aliado cuando hacíais la guerra a los atenienses; fortalecí vuestra flota dándoos dinero, he combatido a caballo con vosotros y hemos perseguido juntos hasta el mar a los enemigos. No podréis tampoco reprocharme como a Tisafermes el haber obrado o hablado con doblez, y a pesar de esta conducta me habéis reducido a no poder hallar de qué comer en mi mismo territorio, más que recogiendo como los animales, lo que vosotros dejáis; cuanto me dejó mi padre, hermosos palacios, parques, jardines y casas de todas clases en que yo me complacía, todo esto lo veo arrasado e incendiado. Si acaso ignoro lo justo y sagrado, enseñadme cómo pueden ser tales actos hijos de hombres que no quieran ser tenidos por ingratos.»

Así dice, y los Treinta permanecen confusos y guardan silencio. Agesilao contéstale al cabo de un rato:

—«Farnabazo, creo que no ignoras que en las ciudades griegas todos los hombres se ligan con los lazos de la hospitalidad, y sin embargo, cuando estas ciudades están en guerra, combaten todos por su patria respectiva, y algunas veces acontece que a pesar de estar unidos por la hospitalidad se matan unos a otros. Eso es lo mismo que nos pasa hoy, pues haciendo la guerra a vuestro rey, necesariamente debemos considerar como enemigo todo lo que a aquel pertenece, y sin embargo, nada deseamos tanto como ser amigos tuyos. En modo alguno te aconsejaría cambiaras la sumisión al rey con la nuestra, pero aliándote con nosotros puedes ahora no tener que prosternarte ante nadie y vivir sin ningún dueño que goce de lo que es tuyo, porque por mi parte considero la libertad como superior a todos los tesoros, y sin embargo, no te proponemos que al hacerte libre te empobrezcas, sino únicamente que nos tomes por aliados a fin de aumentar, no el poder del rey, sino el tuyo, y a subyugar tus compañeros de esclavitud para que puedas convertírtelos en súbditos; y a la verdad, si pudieras hacerte libre y rico a la vez, ¿qué te faltaría para ser completamente feliz?

—¿Debo manifestaros con franqueza —contesta Farnabazo— lo que haré?

—Esto deseamos.

—Pues bien —dice—: Si el rey nombra otro general a cuyas órdenes deba yo obedecer, quiero ser vuestro amigo y aliado; pero si me encarga a mí el mando, a consecuencia de la emulación que nace de tal cargo, debéis saber que tendré que emplear para haceros la guerra todos los medios que estén a mi alcance.»

Al oír estas palabras Agesilao, tomole de la mano y díjole:

—«Ojalá puedas ¡oh amigo mío muy querido! ser de este modo nuestro aliado, pero sabe que ahora voy a evacuar cuanto más pronto pueda tu territorio, y que en adelante, aunque haya guerra entre nosotros, nos abstendremos de ir contra ti y los tuyos mientras quede algún otro enemigo.»

Dicho esto, dase por terminada la conferencia; Farnabazo sube de nuevo a caballo y se aleja; pero el hijo que había tenido con Parapita y que era un hermoso joven, quedándose y corriendo hacia Agesilao:

—«Agesilao —le dice—, quiero estar unido contigo por los lazos de la hospitalidad.

—Yo te recibo como huésped.

—No lo olvides.»

Inmediatamente toma su lanza que era muy preciosa y la da a Agesilao; este la recibe, y quitando los magníficos adornos del caballo de su secretario Ideo, los da al joven, quien salta sobre su caballo y corre para alcanzar a su padre. Posteriormente otro de los hijos de Farnabazo, durante la ausencia del padre se apoderó del poder y destierra al hijo de Parapita. Entonces Agesilao rodéale de cuidados y hace cuanto puede para que el hijo del ateniense Evalces, de quien se hallaba prendado, sea admitido en Olimpia al combate de la carrera, a pesar de ser el de más edad entre los muchachos.

Conforme lo había ofrecido a Farnabazo, Agesilao evacuó en seguida el territorio de aquel; acercábase ya la primavera. Llegado a la llanura de Tebe, acampa junto al templo de Diana Astirene, y allí ocúpase en reunir numerosas tropas de todas partes para aumentar las que tiene, pues se preparaba para penetrar tan adentro como pudiera en el interior de Asia, creyendo que cuantos pueblos dejase atrás se sublevarían contra el rey.

Capítulo II

Hallábanse así las cosas, cuando los lacedemonios, sabedores positivamente de que se han derramado por Grecia grandes cantidades de dinero, y que las ciudades más importantes se han coaligado contra ellos para hacerles la guerra, consideran en peligro su república y juzgan necesaria una campaña. Mientras están preparándolo todo para este objeto, envían junto a Agesilao a Epicídidas, quien le expone el estado general de los negocios y le transmite la orden de marchar inmediatamente en auxilio de su patria. Experimenta Agesilao vivo sentimiento por esta noticia, al pensar los honores y esperanzas de que se halla privado; juntando, sin embargo, a los aliados, les muestra las órdenes de su patria y les dice que es necesario vayan a prestar auxilio a aquella; «pero podéis estar seguros —añade—, oh aliados, de que cuando marchen bien los asuntos, no solo no os olvidaré, sino que volveré en medio de vosotros para poder llevar a buen término lo que todos deseáis.» Al oír esto, muchos derraman lágrimas y todos decretan ir con Agesilao a socorrer a Lacedemonia, y que si, como es de esperar, todo marcha bien, conservándole como jefe, vuelvan de nuevo a Asia, por lo cual se preparan para seguirle. Deja Agesilao en Asia al gobernador Éuxeno al frente de las guarniciones, en número no inferior a cuatro mil hombres, para que pueda conservar las ciudades; pero al apercibirse de que la mayor parte de los soldados tienen más deseos de quedarse que de ir a combatir con otros griegos, queriendo llevarse en buen número a los mejores, ofrece premios a las ciudades que envíen un ejército más aguerrido, así como a los capitanes de tropas mercenarias que le presenten las compañías mejor armadas y disciplinadas, así de hoplitas como de arqueros y peltastas. Anuncia asimismo un premio para el comandante de caballería que del propio modo presente el escuadrón mejor montado y armado. Declara que la distribución de esos premios tendrá lugar en el Quersoneso después que se haya pasado de Asia a Europa, a fin de que comprendan bien quiere distinguir a los que deben formar parte de la expedición. Los premios eran en su mayor parte armas lujosamente labradas, así de infantería como de caballería; algunas de las recompensas eran coronas de oro. El valor total de los premios ofrecidos no bajaba de cuatro talentos, y a pesar de su excesivo coste, consagrose aún mucho dinero a comprar armas de toda especie para el ejército. Después de haber atravesado el Helesponto, establece como jueces a los espartanos Menasco, Herípidas y Orsipo y a un ciudadano de cada una de las poblaciones aliadas. Después de la distribución de premios se dirige a la cabeza de su ejército a Grecia, por el mismo camino que había seguido el rey en su expedición contra el territorio griego.

Los éforos deciden que comience la campaña, y la ciudad, por la menor edad de Agesípolis, elige a su tutor y pariente Aristodemo, para dirigirla. Así que han pasado la frontera los lacedemonios, reúnense sus enemigos en asamblea para deliberar sobre el modo más favorable de librar combate. El corintio Timolao toma la palabra y dice:


«Aliados: Paréceme que los lacedemonios se asemejan a aquellos ríos que junto a su manantial son pequeños y fáciles de pasar, pero a medida que avanzan se hacen cada vez más violentos por la reunión de otros ríos que a ellos afluyen; del propio modo los lacedemonios, cuando salen de su ciudad, hállanse solos y aislados, pero a medida que se apoderan de las ciudades van engrosando y se hacen más difíciles de combatir. Veo también, añadió, que cuando los que quieren destruir las abejas las persiguen mientras vuelan en libertad, lo único que consiguen es experimentar numerosas picaduras; pero, por el contrario, cuando las atacan con el fuego en el interior de su morada, sin padecer ningún daño se apoderan de todas ellas. Hácenme pensar estas reflexiones, que lo mejor es librar el combate a los lacedemonios lo más cerca posible de Laconia, ya que no se pueda en ese mismo país.»


Esta proposición es aceptada, por parecer a todos tiene razón el orador; pero mientras se discute sobre la jefatura y se acuerda el número de filas en que debe disponerse el ejército para el combate, a fin de que no den los diversos estados demasiado fondo a sus falanges, con lo cual permitirían a los lacedemonios les envolviesen, estos, reunidos ya a los tegeatas y mantineos, avanzan hacia el istmo. Con esta rápida marcha hállanse los lacedemonios en Sición, casi al mismo tiempo en que se encuentran los corintios en Nemea. Adelantan por la Epiecea; pero los gimnetas enemigos, arrojándoles dardos y flechas desde lo alto de las colinas, hácenles mucho daño. Bajan entonces de nuevo hacia la costa y avanzan por la llanura, saqueando e incendiando el país. Llegan mientras tanto los corintios y acampan a la otra parte de un torrente; cuando los lacedemonios se hallan a la distancia de diez estadios de sus adversarios asientan también estos su campo y se mantienen a la expectativa.

Voy a indicar la fuerza de cada uno de los dos ejércitos. Los lacedemonios habían reunido unos seis mil hoplitas, tres mil eleos, trifilios, acroreos y lasioneos, mil quinientos sicionios y unos tres mil epidaurios, trecenios, hermioneos y halieos, con más cerca de seiscientos caballos lacedemonios, trescientos arqueros cretenses y casi cuatrocientos honderos marganeos, letrinos y anfídolos; los fliasios, pretextando una suspensión de armas, no habían querido seguirles: tales eran las fuerzas de los espartanos.

Componíanse las fuerzas de los enemigos de unos seis mil hoplitas atenienses, siete mil argivos, unos cinco mil beocios, pues no habían comparecido los orcomenios; tres mil corintios, y a lo menos unos tres mil hombres reclutados en toda Eubea. Este era el número de los hoplitas; y en cuanto a la caballería, componíase de ochocientos beocios, pues no habían acudido los orcomenios; unos seiscientos atenienses, cien calcídeos de Eubea y cincuenta locrios opuntios. Reunida toda la infantería, era superior en número la de los corintios, pues formaban parte de ella los locrios ozolios, los melios y los acarnanios.

Tales eran las fuerzas respectivas. Mientras los beocios ocuparon el ala izquierda, no apresuraron el combate; pero cuando se hubo colocado a los atenienses frente a los lacedemonios y se hallaron aquellos en el ala derecha enfrente de los aqueos, declaráronse en seguida favorables las víctimas y diose la orden de prepararse para el combate.

Descuidando desde un principio la formación de diez y seis en fondo, dan mucha profundidad a la falange y marchan luego hacia la derecha con objeto de hacer retroceder el ala de los enemigos; los atenienses les siguen para impedir se les aísle aunque conozcan corren grande riesgo de ser envueltos. Hasta entonces no habían conocido los lacedemonios la proximidad de los enemigos, pues el país estaba muy poblado de árboles; pero al oír el peán les reconocieron e inmediatamente ordenaron a todas sus tropas se formaran para el combate. Cuando llegan al sitio en que las han alineado los jefes extranjeros, se da la orden de que cada cual siga a su jefe de fila, y se dirigen entonces los lacedemonios hacia la derecha, extendiendo de tal modo su ala, que solo seis tribus de los atenienses se hallan frente a los lacedemonios, y las otras cuatro frente a los tegeatas. Cuando no están ya más que a la distancia de un estadio, los lacedemonios, según su costumbre, inmolan una cabra a Diana Agrótera y avanzan contra los enemigos en línea curva para poder envolverlos. Una vez comenzado el combate, los aliados de los lacedemonios son derrotados por los enemigos; únicamente los peleneos, que luchaban contra los tespieos, lo hacen de manera que mueren muchos de ambas partes. Los lacedemonios derrotan por completo a los atenienses que les están opuestos, y envolviéndolos les matan mucha gente, y como no han sufrido casi ninguna baja, adelantan en orden de batalla. De este modo atraviesan por entre las otras cuatro tribus atenienses antes de que hayan vuelto sobre su persecución; de manera que no tienen más bajas que las sufridas en el primer choque con los tegeatas. Encuentran entonces los lacedemonios a los argivos que se retiraban; iba a atacarles de frente el primer polemarca, cuando, según se dice, grita uno que debe dejarse pasar a las primeras filas, y una vez hecho esto, caen los lacedemonios sobre los flancos descubiertos de los enemigos que pasan ante ellos, y les producen muchas bajas. Atacan del propio modo a los corintios que iban en retirada, y luego, encontrando a algunos tebanos que volvían de la persecución, matan a gran número de ellos. Refúgianse primeramente los vencidos junto a los muros, pero rechazados por los corintios, se recogen nuevamente a su primitivo campamento; por su parte los lacedemonios, retirándose al lugar en que había principiado el combate, levantan allí un trofeo. Así terminó esta acción.

Capítulo III

Agesilao acudía desde Asia en auxilio del ejército. Hallábase en Anfípolis cuando Dercílidas le anuncia la victoria de los lacedemonios, victoria que les ha costado solo ocho hombres, mientras han tenido los enemigos gran número de muertos.

—«¿No te parece —le dice Agesilao— que sería muy conveniente participar cuanto antes esta noticia a las ciudades que nos han enviado soldados?

—Ciertamente —responde Dercílidas—, porque esto contribuirá a aumentar su valor.

—Pero ya que estás aquí, ¿quién mejor que tú puede encargarse de llevarles esta nueva?»

Dercílidas, que era muy aficionado a los viajes, le oye con gusto y le dice:

—«Si tú lo ordenas...

—Te lo mando —contesta Agesilao—, y te encargo les digas que si la fortuna nos es próspera, volveremos a verles conforme les prometimos.»

Dercílidas dirígese entonces al Helesponto, y Agesilao, después de atravesar Macedonia, llega a Tesalia. Los de Larisa, Cranón, Escotusa y Farsala, pueblos aliados todos de los beocios, así como los tesalios que no se hallaban expatriados, le seguían acosándole: hasta entonces su ejército estaba formado en un gran cuadrado con la mitad de la caballería a la cabeza y la otra mitad a la cola. Pero como los tesalios atacan su retaguardia deteniendo su marcha, envía allá toda la caballería de la vanguardia excepto su guardia personal. Cuando los dos ejércitos se hallan frente a frente, pareciendo peligroso a los tesalios combatir a los hoplitas con solo caballería, se retiran poco a poco. Son perseguidos prudentemente; y Agesilao, conociendo el error que por ambas partes se comete, envía los vigorosos caballeros que le acompañan con orden de unirse a los demás y de perseguir a los enemigos con la mayor prontitud posible sin dejarles tiempo para rehacerse. Los tesalios, al verse cargados de improviso, no se vuelven en su mayoría, y los que quieren hacerlo son alcanzados cuando dan media vuelta sus caballos; mientras, el farsalio Policarmo, comandante de la caballería que combate con denuedo, perece, con los suyos, después de lo cual los tesalios se declaran en derrota. Hallan unos la muerte, caen otros prisioneros, y los fugitivos no se detienen hasta que llegan al monte Nartacio, y elevando Agesilao un trofeo entre Pras y el monte Nartacio, queda muy satisfecho de haber derrotado al pueblo más célebre por su caballería, con soldados que él mismo ha reclutado y formado; al día siguiente atraviesa las montañas aqueas de la Ftía, y desde entonces no tiene que pasar más que por países amigos hasta la frontera de Beocia. Cuando iba a franquear dicha frontera, el sol se muestra bajo la forma de luna y reciben al mismo tiempo la noticia del desastre naval de Cnido y la muerte del lacedemonio Pisandro, comandante de las naves. Se le cuenta también la manera cómo tuvo lugar este combate: junto a Cnido, Farnabazo, ejerciendo de comandante de las naves, se hallaba al frente de las trirremes fenicias, delante de las cuales Conón con la flota griega había dispuesto sus buques; Pisandro se había puesto en orden de batalla, y cuando se vio cuán inferiores eran en número a los de la flota griega mandada por Conón, los aliados que se hallaban en el ala izquierda emprenden la fuga; reducido Pisandro a sus propias fuerzas, libra combate, pero su trirreme, atravesada en varios puntos por los espolones de los buques enemigos, tiene que encallar en la costa, salvándose huyendo la mayor parte de los que estaban con él después de haber abandonado la nave y refugiándose en Cnido, mientras perece Pisandro combatiendo en su nave.

Al saber estas noticias experimenta Agesilao grande aflicción, y reflexionando después que la mayor parte de su ejército se halla bien dispuesto a pelear, pero que en modo alguno podrá retener a sus soldados si saben han experimentado los lacedemonios algún desastre, disimula y les anuncia que Pisandro ha muerto después de haber vencido en un combate naval. Dicho esto, sacrifica algunos bueyes como en acción de gracias por la buena nueva y manda a muchos algunos trozos de las víctimas; de este modo las tropas de Agesilao, gracias al rumor de la victoria naval de los lacedemonios, quedan vencedoras en una escaramuza que tiene lugar poco después.

Los enemigos que iban a oponerse a Agesilao se componían de beocios, atenienses, argivos, corintios, enianos, eubeos y locrios de las dos regiones, mientras que Agesilao tenía consigo la cohorte lacedemonia que había llegado de Corinto y otra media recién llegada de Orcómeno, además de con los neodamodes que habían hecho la campaña de Asia, los mercenarios mandados por Herípidas, las tropas de las ciudades griegas de aquella misma región y las que había reclutado a su paso por las de Europa, así como los hoplitas de Orcómeno y de Fócida. Los peltastas de Agesilao eran mucho más numerosos y el número de los caballos era casi igual por ambas partes.

Tal era la fuerza de cada uno de los dos ejércitos, cuyo combate voy a describir, pues no ha habido otro igual en nuestra época. Tiene lugar el encuentro en la llanura cercana a Coronea, viniendo los de Agesilao del Cefiso y los tebanos del Helicón. Mandaba Agesilao el ala izquierda y los tebanos en su ejército formaban el ala derecha y los argivos la izquierda. Iníciase el combate con gran silencio, pero llegados los tebanos a la distancia de un estadio, arrojan grandes gritos y avanzan a paso de carga: había entre ellos aún un intervalo de tres pletros, cuando la falange mercenaria de Agesilao, al mando de Herípidas y con ella los jonios, eolios y helespontinos, se destacan del grueso del ejército, y a la carrera ponen en derrota a los tebanos cuando han llegado al alcance de las picas; los argivos, no pudiendo resistir el empuje de las tropas de Agesilao huyen hacia el Helicón. Coronaban ya a Agesilao algunos soldados extranjeros, cuando le anuncian que los tebanos se han entrado por entre los orcomenios hasta los bagajes; despliega entonces la falange por medio de una brusca evolución, se arroja sobre ellos, y los tebanos, viendo que sus aliados huyen hacia el Helicón, apresuran el paso para alcanzarlos.

Entonces es sin duda alguna cuando muestra Agesilao el valor más decidido; pero el partido que toma es el más peligroso. Podía haber dejado pasar al enemigo, que se batía en retirada, y luego, cayendo sobre él, destrozar su retaguardia, pero no lo hizo, sino por el contrario, marchó de frente contra los tebanos, que chocando entre sí los apretados escudos, y combatiendo dan la muerte al par que la reciben. Finalmente, una parte de los tebanos consigue refugiarse en el Helicón, pero en la derrota ha perecido gran número de ellos. Después que está ya la victoria asegurada y que se ha conducido al mismo Agesilao herido hasta su falange, llegan algunas soldados de a caballo, preguntándole qué deben hacer con unos ochenta enemigos que se hallan armados en el templo, y él, cubierto de numerosas heridas, pero sin olvidar lo que debe a la santidad del lugar, manda se les deje salir en completa libertad. Después, como ya era tarde, cenan los soldados y se entregan al descanso.

Al día siguiente, manda Agesilao al polemarca Gilis forme el ejército y levante un trofeo, se coronen de flores los soldados en honor del dios y toquen sus instrumentos los flautistas; todo lo cual se cumple puntualmente. Envían los tebanos sus heraldos, pidiendo una tregua para recoger los muertos: concédesela Agesilao y se dirige a Delfos para consagrar al dios la décima parte del botín, que no bajó de cien talentos. Retírase a la Fócida el polemarca Gilis a la cabeza del ejército y desde allí invade la Lócrida. Durante el día los lacedemonios saquean efectos y víveres en las aldeas, pero cuando llega la noche y quieren retirarse, son perseguidos por los locrios que les lanzan dardos y flechas: vuélvense los espartanos y tratan de perseguirles, causando algunas bajas a sus enemigos, pero los locrios, renunciando desde entonces a acosarles, se contentan con ofenderles desde lo alto de las colinas; recházanles también los lacedemonios hasta los lugares más escarpados, y cuando emprenden la retirada, habiendo cerrado por completo la noche, unos caen por las desigualdades del terreno, otros porque no pueden ver, y muchos, finalmente, a manos del enemigo. Halla la muerte, entre otros muchos que le rodean, el polemarca Gilis, así como diez y ocho soldados aplastados por las piedras o atravesados por los dardos, y si no hubiesen sido socorridos por los soldados del campamento, después de haber cenado en él, corrían todos gran riesgo de perecer.

Capítulo IV

Después de esta campaña, parte cada división del ejército para su respectiva ciudad y Agesilao se embarca en dirección a su patria. Hácese la guerra desde entonces entre los atenienses, beocios, argivos y aliados apostados en Corinto, y los lacedemonios establecidos en Sición. Viendo los corintios su territorio devastado y diezmada su población por el continuo pelear en su comarca, mientras goza el resto de los aliados de la paz y cultivan sus campos, desean se llegue a un acuerdo, principalmente los más notables y de mayor poderío, y se reúnen para comunicarse sus deseos. Pero los argivos, atenienses, beocios y aquellos corintios que habían participado de las dádivas del rey y que eran los más activos fautores de la guerra, comprenden que si no se deshacen de aquellos que piensan en la paz, correrán gran riesgo de volver a caer bajo la influencia de Lacedemonia, y apelan al degüello para impedirlo. No vacilan ante la más impía de las medidas, pues que en efecto, ninguna sentencia de muerte se ejecuta durante una fiesta y ellos escogen el último día de las Eucleas, a fin de que puedan dar la muerte al mayor número de personas en la plaza pública. Al dar la señal, cuantos se habían obligado a ejercer de asesinos sacan sus puñales y principian a dar golpes a diestro y a siniestro, así entre los que están de pie como entre los que están sentados, así entre los espectadores como entre los jueces. Al esparcirse la noticia del degüello, refúgianse los principales ciudadanos, unos junto a las estatuas de los dioses en la plaza pública y otros en sus altares, pero también allí aquellos impíos, pisoteando toda clase de leyes y siendo a la vez sentenciadores y ejecutores, les degüellan delante de los santuarios, de tal modo, que aun aquellos que no son asesinados, por poco amor que tengan a la justicia, sienten horrorizarse su alma al ver esta impiedad. De este modo perecen gran número de los ciudadanos de más edad, pues eran los que en mayor cantidad se hallaban en la plaza pública, ya que los más jóvenes, sospechando algo de lo que se tramaba por las indicaciones de Pasimelo, se hallaban tranquilamente en el Craneo; pero pronto oyen los gritos y ven llegar algunos ciudadanos que han podido escapar al degüello; arrojándose entonces al Acrocorinto rechazan a los argivos, así como a las restantes tropas que les acosan. Mientras deliberan sobre lo que deben hacer, ven caer el capitel de una columna, sin temblor de tierra ni viento alguno, y cuando sacrifican, las víctimas son tales que los adivinos declaran que lo mejor es abandonar la plaza.

Aléjanse, pues, para huir del territorio de Corinto; persuadidos empero por las madres, hermanos y amigos que han ido a su encuentro y por los juramentos de los que están en el poder, garantizándoles la más completa seguridad, algunos regresan a sus hogares. Pero más tarde, cuando ven el país tiranizado y destruido el estado al quitarle sus fronteras y el nombre de Corinto a su patria, para darle el de Argos, y un gobierno argivo impuesto a los corintios, gobierno que no puede convenirles, pues les deja menos independencia que la que tienen los metecos, comienzan muchos a pensar que no es vivir el tener que sujetarse a tal estado de cosas, y paréceles una acción meritoria procurar que Corinto vuelva a ser de nuevo la antigua patria, que goce de su libertad, que se la purifique de los degüellos y se la haga disfrutar de una buena legislación; enardécense al considerar que si tales cosas llevan a cabo serán tenidos por los salvadores de la patria, y que si no pueden realizarlo, conseguirán la más gloriosa de las muertes, pues habrán ambicionado el mejor y más grande de los bienes.

Así, pues, dos de ellos, Pasimelo y Alcímenes atraviesan el torrente y procuran llegar hasta el polemarca lacedemonio Praxitas, que se hallaba con su guarnición en Sición y le dicen que podrán introducirle en el recinto del muro que lleva al Lequeo. Praxitas, que los conocía desde mucho antes como hombres dignos de fe, cree en su palabra, y lo dispone todo de manera que la división que debía partir a Sición, se quede para tener fuerzas con que entrar en la ciudad. Sea casualidad, sea cálculo, aquellos dos hombres se hallaban de guardia en el lugar en que había sido levantado el trofeo, cuando se presenta Praxitas a la cabeza de su división con los sicionios y todos los corintios desterrados. Llegados junto a las puertas y temiendo la entrada repentina, prefiere mandar antes a un hombre de su confianza para que examine el estado interior de la ciudad; introdúcenle aquellos dos hombres y se lo enseñan todo con tanta naturalidad, que vuelve y declara que no hay que temer ningún engaño, conforme habían asegurado. Con estas seguridades entran en la ciudad, pero como los muros estaban separados entre sí por un intervalo bastante considerable, les parece ser poco numerosos para ocupar este espacio, y hacen del mejor modo que pueden una empalizada y un foso delante de ellos, a fin de poder esperar acudan a unírseles los aliados. El puerto que estaba a su espalda se hallaba guardado por los beocios.

Termina sin combate el día siguiente a la noche en que entraron, pero llegan en masa al otro día los argivos y encuentran a sus enemigos formados en orden de batalla, y constituida el ala derecha por los lacedemonios, al lado de los cuales estaban los sicionios y los fugitivos de Corinto en número de unos ciento cincuenta a la parte oriental del muro; apoyándose en dicho muro están Ifícrates y sus mercenarios y a su lado los argivos: el ala izquierda está formada por los corintios de la ciudad. Llenos de confianza en su número, marchan de frente al enemigo derrotando a los sicionios, derribando la empalizada y persiguiéndolos hasta el mar, junto al cual hacen de ellos gran matanza. El jefe de caballería Pasímaco, que mandaba un pequeño número de caballos, ordena a sus soldados aten sus corceles a los árboles, arranca a los fugitivos sus escudos y marcha contra los argivos con cuantos quieren seguirle. Al ver los argivos grabada la Σ en sus escudos, creen que son sicionios y no les temen; se cuenta que Pasímaco dijo en este momento: «¡Por los Dióscuros! estas Σ os engañan», y se arrojó sobre ellos; pero a pesar de combatir con valor con el puñado de valientes que le rodean, él y muchos otros, no consiguen más que hacerse matar.

Los expatriados corintios, sin embargo, habían vencido a sus adversarios, y avanzando siempre se habían aproximado mucho al recinto de la plaza; los lacedemonios también al apercibirse de la derrota de los sicionios, acuden en su auxilio, defendiendo al mismo tiempo la empalizada que estaba a su lado izquierdo. Así que saben los argivos que van a acosarles los lacedemonios, se vuelven, y a la carrera se dirigen hacia la empalizada para pasarla nuevamente, pero las últimas filas de la derecha, al exponer sin defensa su flanco, son destrozadas bajo los golpes de los lacedemonios, y el resto, que se había reunido junto a los muros, se retira en gran desorden hacia la ciudad, queriendo dar un rodeo para evitar el encuentro con los desterrados corintios que se reconocen como enemigos, y subiendo a los muros por medio de escalas, sin hallar en su precipitación más que la muerte, ya al saltar de la muralla, ya al pie de la misma escalera, a manos de sus perseguidores o bien aplastados bajo los pies de sus mismos compañeros.

No falta gente que matar a los lacedemonios, pues parece les concedió en aquel momento la divinidad una victoria que jamás hubieran podido esperar; porque, en efecto, ¿cómo es posible no parezca empujada por una fuerza divina aquella multitud de enemigos entregada por su voluntad, llena de miedo y estupor presentando al descubierto sus cuerpos y arrastrada toda ella a combatir, contribuyendo a su pérdida con todos sus esfuerzos, de manera que en un pequeño espacio de tiempo pereció tan gran número, que los hombres acostumbrados únicamente a ver montones de trigo, de leñas y de piedras, pudieron ver asimismo montones de cadáveres? Los guardias beocios apostados en el puerto son también muertos unos sobre los muros y otros sobre los tejados de los astilleros, donde se habían refugiado.

Después de esta acción, los corintios y argivos alcanzan una tregua para recoger sus muertos; llegan entonces los aliados de los lacedemonios y una vez reunidas todas las tropas, decide Praxitas demoler en los muros un trozo suficiente para dar paso a un ejército y luego, poniéndose a la cabeza de sus tropas, se dirige hacia Mégara. Toma por asalto a Sidunte y Cromión, y después de dejar allí guarniciones, retrocede fortificando Epiecea, a fin de que tengan los aliados una fortaleza avanzada que proteja a los países amigos, licenciando luego su ejército, y volviéndose a Lacedemonia.

Tienen lugar entonces importantes expediciones por ambas partes: envían las ciudades contingentes de tropa, unas a Corinto y otras a Sición para conservar los puestos avanzados; los dos ejércitos sostienen tropas mercenarias con las cuales se mantiene la guerra en vigor.

Invade Ifícrates el territorio de Fliunte, y por medio de sucesivas emboscadas devasta el país con pequeño número de soldados, y produce muchas bajas a los habitantes de la ciudad que salen sin las debidas precauciones, con lo cual los fliasios, que no habían querido antes admitir en sus muros a los lacedemonios, temiendo no hiciesen volver a sus desterrados bajo pretexto de su adhesión a Esparta, tienen un miedo tal a las tropas de Corinto, que llaman en su auxilio a los lacedemonios y les entregan la defensa de la ciudad y de la fortaleza. Los lacedemonios, sin embargo, aunque afectos a los desterrados, no hacen mención de su llamamiento mientras ocupan la ciudad, y cuando les parece está suficiente tranquila, se marchan dejando el gobierno y las leyes en el mismo estado en que se hallaban cuando entraron.

Ifícrates y sus soldados verifican numerosas irrupciones en Arcadia, saquean el país y ponen sitio a las ciudades fuera de las cuales nunca se atreven a salir los hoplitas arcadios, pues tienen un miedo cerval a los peltastas, quienes a su vez temen de tal modo a los lacedemonios, que no se ponen jamás a tiro de los hoplitas; pues había sucedido ya, que poniéndose a su alcance habían sido perseguidos por los lacedemonios más jóvenes, que habían conseguido matarles algunos soldados. Los espartanos, que menospreciaban a los peltastas, despreciaban aún más a sus propios aliados desde la conducta que los mantineos habían tenido cierto día en una salida contra los peltastas; habíanse arrojado sobre ellos fuera del Lequeo, pero recibidos con una lluvia de dardos, se habían replegado y declarado en fuga, dejando en poder de los enemigos algunos muertos, de manera que los lacedemonios no dejaban de burlarse de ellos, diciéndoles temían más a los peltastas que los niños a los fantasmas.

Salen los lacedemonios del Lequeo con una cohorte y con los desterrados corintios, con objeto de rodear de tropas a Corinto. Por su parte los atenienses, temiendo el poderío de los lacedemonios, y que después de abatir los grandes muros de Corinto se dirigían contra ellos, creen que lo mejor es reconstruir los muros derruidos por Praxitas, por lo cual llegan con albañiles y carpinteros en gran número, restablecen en pocos días el muro occidental que mira a Sición, y en cuanto al muro oriental lo reconstruyen con mayor facilidad.

Reflexionando los lacedemonios que los argivos están en completo reposo en su país y que se complacen en esa guerra, determinan dirigir contra ellos otra expedición. Pónese al frente de ella Agesilao, y después de devastar el país, pasa de improviso la frontera en Tenea y se dirige hacia Corinto, donde destruye las murallas reconstruidas por los atenienses. Acompañábale por mar su hermano Teleutias con una docena de trirremes; de manera que pudo alabarse su madre de que en un mismo día, uno de sus hijos se había apoderado por tierra de los muros enemigos, y el otro por mar de sus naves y astilleros. Hecho esto, licencia Agesilao el ejército de los aliados y conduce a Esparta las tropas nacionales.

Capítulo V

Informados los lacedemonios por los desterrados de que todos los ganados que poseían los habitantes de la ciudad los habían puesto en seguridad en el Pireo, donde se refugiaron también muchos de la población, determinan una nueva expedición contra Corinto, siendo asimismo jefe de ella Agesilao. Dirígese primero al Istmo, pues era durante el mes en que tienen lugar los juegos ístmicos, y eran los argivos los que hacían los sacrificios a Neptuno, como si fuesen una misma cosa Argos y Corinto; pero cuando saben la llegada de Agesilao, dejan abandonados los sacrificios y festines y se retiran con gran miedo a la ciudad por el camino de Céncreas. Agesilao, al ver esta retirada, no los persigue, sino que estableciéndose en el templo, sacrifica por sí mismo al dios, y permanece allí hasta que los fugitivos corintios hayan sacrificado y celebrado los juegos en honor de aquel dios. Así que se marcha vuelven los argivos y a su vez comienzan los juegos ístmicos, por lo cual se vio este año a los mismos individuos vencidos dos veces en los juegos, y a los demás proclamados dos veces vencedores.

Al cuarto día conduce Agesilao su ejército contra el Pireo; pero viendo que está guardado por numerosas fuerzas, se retira después del almuerzo en dirección a la ciudad, como si fuese a hacerse cargo de la entrega de la misma. Temiendo entonces los corintios que en realidad esto se verifique, ordenan a Ifícrates vaya con numerosos peltastas a reforzarla; pero Agesilao, informado de su marcha durante la noche, cambia de dirección al apuntar el día, y avanza contra el Pireo. Dirígese él mismo, hacia las termas, mandando una cohorte a las cimas más escarpadas, y pasa la noche junto a las termas, mientras la cohorte tiene que pernoctar en las alturas. En esta ocasión tiene Agesilao que imaginar un rasgo oportuno que, aunque pequeño en sí mismo, no deja, sin embargo, de merecer aplauso: ninguno de los que habían llevado alimentos a la cohorte se había acordado de llevar fuego consigo, y haciéndose sentir en gran manera el frío, por la extremada elevación en que se hallaban así como por haber llovido y granizado durante la tarde, los soldados, que habían subido en traje de verano, hallábanse ateridos de frío, y por esto y por hallarse en la oscuridad, no se sentían con ganas para comer la cena. Entonces Agesilao envía no menos de diez hombres con utensilios llenos de fuego. Subiendo estos por distintas partes y hallando leña en abundancia, encienden gran número de hogueras, después de lo cual se frotan con aceite, y la mayor parte se ponen a cenar. Viose durante esta misma noche el resplandor del incendio del templo de Neptuno, sin que nadie supiese la causa que lo ocasionó.

Cuando vieron los del Pireo ocupadas las alturas, ya no pensaron en defenderse, sino que hombres y mujeres, esclavos y libres, huyeron a refugiarse con la mayor parte del ganado en el Hereo. Agesilao dirígese entonces con su ejército hacia el mar, y al mismo tiempo la cohorte, al bajar de las alturas, se apodera de la fortaleza de Énoe y de todo lo que contiene, proveyéndose abundantemente de víveres los soldados en los alrededores de la misma. Cuantos se habían refugiado en el Hereo salen asimismo y piden a Agesilao decida sobre su suerte: este ordena se entreguen a los desterrados cuantos hayan contribuido a los degüellos, y que los demás sean vendidos como esclavos, con lo cual se hace una inmensa cantidad de prisioneros en el Hereo.

Llegan entonces diputados de varias ciudades, sobre todo de Beocia, para saber las condiciones bajo los cuales podría obtenerse la paz. Agesilao les niega audiencia orgullosamente, a pesar de que Fárax, en su calidad de próxeno, se interesara mucho en que los recibiese; sentado en un edificio circular construido en el puerto, inspecciona los prisioneros. Los hoplitas lacedemonios, armados con sus lanzas, acompañan a estos esclavos y atraen principalmente la mirada de cuantos están presentes; porque siempre los que son felices y vencedores parecen merecer más la atención de todo el mundo.

Estaba aún sentado Agesilao, y parecía satisfecho de su victoria, cuando llega al galope un soldado con el caballo lleno de sudor, sin contestar a cuantas preguntas se le hacen sobre las noticias que trae, salta del caballo cuando está junto a Agesilao, corre hacia él y con profunda tristeza le relata el desastre que ha sufrido la cohorte del Lequeo. Levántase Agesilao de su asiento a esta nueva, coge su lanza y ordena al heraldo convoque inmediatamente a los polemarcas, penteconteras y jefes de las tropas mercenarias. Así que se presentan les dice que coman algo, pues aún no habían almorzado, y le sigan al instante, poniéndose él en marcha al frente de sus comensales, sin pensar siquiera en tomar alimento. Ármanse los doríforos y le siguen inmediatamente. Habían ya pasado las termas y llegado a las llanuras del Lequeo, cuando se les presentan tres soldados de a caballo anunciándoles se han recogido ya los muertos. Así que Agesilao oye esto, manda deponer las armas y da algún reposo a sus tropas, que conduce después al Hereo; al día siguiente son vendidos los prisioneros.

Los diputados beocios que Agesilao hace llamar, y a quienes pregunta el motivo de su venida, no hacen ya mención de la paz, sino que dicen desean dirigirse a la ciudad junto a sus soldados, si nada se opone a ello, y él, sonriendo, «Bien sé —les dice— que no os mueve el deseo de ver a los soldados, sino el de inspeccionar por vuestros propios ojos hasta dónde llegan las ventajas obtenidas por vuestros amigos; quedaos, pues; yo mismo voy a conduciros, y podréis comprender mejor que yo cuanto allí ha sucedido.» No se engañó: al día siguiente, después de ofrecer un sacrificio, conduce a su ejército hacia la ciudad, y sin derribar el trofeo, pero talando y quemando cuantos árboles quedaban en pie para demostrar que nadie se atreve a salir a su encuentro, establece su campo junto al Lequeo, y en lugar de dejar entrar en la población a los diputados tebanos, les hace partir por mar hacia Creusis. La magnitud del desastre sufrido por los espartanos causó gran pena a los soldados, excepto en aquellos cuyos hijos, padres o hermanos habían perecido en el combate, pues se les veía pasear adornados como después de una victoria, y glorificándose de la pérdida que habían experimentado.

He aquí cómo había sucedido este revés a la cohorte. Cuando los amicleos se hallan en campaña o ausentes de su patria, tienen costumbre de volver a ella en la época de las Jacintias, para cantar el peán, y en esta ocasión Agesilao había dejado a todos los amicleos de su ejército en el Lequeo. El polemarca que mandaba la guarnición ordena a las tropas de los aliados que allí se hallaban, queden guardando la plaza, y él con una división de hoplitas y de caballería, escolta a los amicleos a lo largo de los muros corintios. Al llegar a unos veinte o treinta estadios de Sición, vuelve a tomar el camino del Lequeo con los hoplitas, en número de unos seiscientos, y ordena al jefe de la caballería regrese después de haber acompañado a los amicleos todo el tiempo que lo deseen. No ignoraban los lacedemonios que se hallaban en Corinto gran número de peltastas y de hoplitas, pero confiaban no se atreverían estos a atacarles después de las últimas victorias. Al ver dos hombres de los de la ciudad, Calias, hijo de Hipónico, general de los hoplitas atenienses, e Ifícrates, jefe de los peltastas, aquellas tropas en número tan exiguo y desprovistas de infantería ligera y de caballería, creen poder atacarles con entera seguridad con el cuerpo de peltastas; porque, en efecto, si los lacedemonios continúan su marcha, asaltando sus flancos indefensos podrán causarles muchas bajas, y si tratan de perseguirlos, los peltastas, que son los soldados más ligeros, podrán escapar fácilmente a su persecución, por lo cual se deciden a atacarles. Calias forma sus hoplitas a cierta distancia de los muros, e Ifícrates, a la cabeza de los peltastas, ataca a la cohorte; alcanzados los lacedemonios por los dardos que les hieren o matan, ordenan a los escuderos cojan los heridos y los lleven al Lequeo, y en realidad fueron los únicos de la cohorte que quedaron con vida. Después ordena el polemarca a sus veteranos persigan a los que les acometen; pero pesadamente armadas estas tropas, no pueden aproximarse a tiro de los peltastas, pues habían recibido estos la orden de retirarse sin aguardar a pie firme a los hoplitas, y los lacedemonios, no corriendo todos con igual velocidad, se habían desordenado algún tanto. Así, pues, cuando quieren juntarse de nuevo a los suyos, los soldados de Ifícrates, dando una media vuelta, les agobian con sus dardos, unos por detrás y otros por su flanco descubierto, y matan en esta primera etapa diez o doce lacedemonios, éxito que les infunde mayor osadía. Habiendo tenido los lacedemonios esta desventaja, ordena el polemarca ataquen de nuevo los que hacía ya quince años habían salido de la adolescencia; pero cuando se repliegan, perecen en mayor número que la primera vez. Habían perdido ya sus mejores tropas, cuando se les une la caballería e intenta con ellos un nuevo ataque, y cuando se retiran los peltastas, ejecuta aquella una falsa maniobra, pues en lugar de perseguirles hasta haberles causado algunas bajas, carga de frente con los hoplitas y avanza y se retira al mismo tiempo que estos. Después de haber repetido varias veces la misma maniobra con iguales resultados, se debilitan cada vez más en número y valor, mientras, por el contrario, los enemigos atacan cada vez con mayor audacia y en mayor número.

No sabiendo ya qué hacer, se reúnen en una pequeña colina a dos estadios del mar y a diez y seis o diez y siete del Lequeo. Los de este punto, al apercibirse de su mala situación, se embarcan en botes para dirigirse a la colina, y los lacedemonios, reducidos ya a la mayor desesperación por su triste posición y por el número de sus muertos, no pudiendo hacer nada para su defensa, emprenden la fuga cuando ven que solo vienen hoplitas en su auxilio. Arrójanse unos al mar, y otros, en reducido número, consiguen refugiarse en el Lequeo con los caballos. En estos combates parciales y en la derrota pierden unos doscientos cincuenta hombres. He aquí cómo sucedió este desastre.

Agesilao, después de dejar en el Lequeo una cohorte y los restos de la que ha quedado en cuadro, se dirige a Esparta, entrando en las ciudades lo más tarde posible y saliendo a primera hora. Aunque sale de Orcómeno por la mañana, no entra en Mantinea hasta por la noche: tanto es lo que teme la exasperación de sus soldados al comprender la alegría e irrisión de los mantineos por su derrota. Ifícrates añade nuevos laureles a los anteriores, pues se hace dueño de todas las plazas en que había Praxitas establecido guarniciones, como en Sidunte y Cromión, y Agesilao en Énoe, después de tomar el Pireo. En cuanto al Lequeo, estaba guarnecido por tropas lacedemonias y aliadas. Desde el desastre de la cohorte lacedemonia, los desterrados corintios no se atrevían ya a salir de Sición más que por mar, y costeando desembarcaban en distintos puntos, desde donde inquietaban a los de la ciudad que a su vez los inquietaban también cuando podían.

Capítulo VI

Poco después los aqueos, que eran dueños de la ciudad de Calidón, en otro tiempo de Etolia, y que habían concedido el derecho de ciudadanía a los calidonios, se ven obligados a poner en ella guarnición, pues los acarnanios se dirigían a atacarla sostenidos por algunas tropas atenienses y beocias con quienes habían hecho alianza. Acosados por ellos, envían, pues, los aqueos mensajeros a Lacedemonia, donde declaran al llegar que no habían sido bien tratados por los espartanos.


«Ciudadanos —dicen—, nosotros hemos tomado parte en todas las expediciones a que nos habéis convocado y os hemos seguido donde quiera nos lo habéis mandado, pero vosotros, en cambio, ningún cuidado experimentáis por nosotros al vernos sitiados por los acarnanios y por sus aliados los atenienses y beocios. Si esto continúa así, no podremos resistirles, pues nos será preciso abandonar la guerra del Peloponeso y pasar el mar con todas nuestras fuerzas para ir a combatir a los acarnanios y sus aliados, o procurar hacer la paz bajo las mejores condiciones posibles.»


He aquí lo que dicen a los lacedemonios, amenazándoles veladamente con apartarse de la alianza si no acuden a prestarles auxilio. Los éforos y el senado declaran, después de haberles oído, que es preciso marchar en auxilio de los aqueos contra los acarnanios, y envían a Agesilao al frente de dos cohortes y del contingente de los aliados, a los cuales se unen también en masa los aqueos. Así que desembarca Agesilao, los campesinos acarnanios se retiran a las ciudades, y todos los rebaños son llevados a gran distancia para que no caigan en poder de los soldados. Al llegar a las fronteras, envía Agesilao mensajeros a la asamblea acarnania reunida en Estrato para que declaren que asolará por completo su país, sin perdonar lo más mínimo, si no renuncian a la alianza de los beocios y atenienses y no se confederan con los lacedemonios. No obedeciéndole, lleva a efecto sus amenazas, y ocupado únicamente en devastar el país, no avanza más que diez o doce estadios por jornada, por lo cual, creyéndose los acarnanios en seguridad a causa de la lentitud de su marcha, hacen bajar de los montes a sus rebaños y continúan el cultivo de sus tierras; pero cuando Agesilao les supone completamente tranquilizados, a los quince o dieciséis días de su entrada en la comarca, sale temprano después de haber celebrado los sacrificios, hace una marcha de ciento cincuenta estadios, llega por la noche a las orillas del lago alrededor del cual están apacentándose casi todos los rebaños acarnanios, y apoderándose de una inmensa cantidad de bueyes, caballos y otros animales de toda clase, hace igualmente gran número de prisioneros.

Quédase al día siguiente en el mismo lugar para venderlos como esclavos; pero los peltastas acarnanios, llegando en número bastante regular, y apostándose en los montes, al pie de los cuales está acampado Agesilao, arrójanle dardos y piedras, permaneciendo ellos fuera de su alcance, y obligando al ejército a abandonar las alturas para bajar a la llanura, a pesar de hallarse ocupado en preparar la cena. Durante la noche retíranse los acarnanios, y colocando centinelas los lacedemonios, se entregan al descanso.

Al día siguiente comienza Agesilao su retirada; pero las montañas que rodean el valle y la llanura donde está situado el lago no dejan más que un estrecho paso, y los acarnanios, dueños de las alturas, arrojan desde allí proyectiles de toda clase, y bajando de las cúspides, atacan al ejército y le acosan de manera que hacen completamente imposible su avance. Ningún daño causan a los acosadores los hoplitas y caballeros de la falange que intentan su persecución, pues pronto, al retirarse, llegan los acarnanios a posiciones inexpugnables. Conociendo entonces Agesilao la dificultad en que se encuentra de salir de aquel desfiladero mientras esté expuesto a los mismos ataques, decide atacar a los que inquietan su izquierda a pesar de ser su número bastante considerable, pues esta ladera de montaña es más accesible a los hoplitas y caballos.

Mientras ofrece los sacrificios acósanle vivamente los acarnanios, arrojando a sus soldados flechas y dardos, y adelantándose tanto, que les causan gran número de heridos; pero luego que da la orden de ataque, los hoplitas, que hacía quince años servían en el ejército, se lanzan con arrojo hacia adelante; carga la caballería sobre los enemigos, y él mismo les sigue con el grueso del ejército. Repliéganse entonces los acarnanios que habían bajado hasta la llanura, y después de haber lanzado algunos proyectiles, son alcanzados y muertos al querer huir a las alturas. Los hoplitas acarnanios y la mayor parte de sus peltastas se hallaban ordenados en batalla en la cima del monte, donde aguardan a pie firme al enemigo: arrojan gran número de dardos; sírvense de sus lanzas como armas arrojadizas, hiriendo a algunos soldados de a caballo y matando muchos caballos; pero cuando están a punto de llegar a las manos con los hoplitas lacedemonios, emprenden la fuga y pierden en esta jornada unos trescientos hombres.

Levanta entonces Agesilao un trofeo, devastando después e incendiando los alrededores; y obligado por los aqueos, ataca algunas poblaciones, pero sin conseguir apoderarse de ninguna. Finalmente, como se acercaba el otoño, decide abandonar el país, a pesar de que los aqueos creen nada ha conseguido, pues no se ha apoderado de población alguna de grado ni por fuerza. Ruéganle, pues, que, ya que no ha hecho otra cosa, se quede allí el tiempo necesario para impedir a los acarnanios la siembra de sus tierras; pero él les contesta que lo que le aconsejan es contrario a sus propios intereses. «En cuanto a mí —dice—, pienso dirigir una nueva expedición contra este país en el próximo verano, y cuanto más hayan sembrado, mayores deseos tendrán de la paz.» Dicho esto, se retira por la vía terrestre a través de Etolia, por un camino que ni con muchas ni con pocas tropas hubiera podido seguirse contra la voluntad de los etolios, pero que estos le franquean, con la esperanza de que se les devuelva Naupacto. Llegado a Río, atraviesa el mar y llega a Esparta, porque el paso del Calidón en el Peloponeso había sido interceptado por las trirremes que los atenienses habían enviado desde Eníadas.

Capítulo VII

Al terminar el invierno, Agesilao, para cumplir la promesa hecha a los aqueos, preparó al principiar la primavera una nueva expedición contra los acarnanios. Habiéndolo sabido estos, consideran que a causa de su situación en medio de la campiña, serán sitiadas sus ciudades por un enemigo que destruirá sus mieses y por ejércitos que rodearán sus muros, por lo cual envían diputados a Lacedemonia y firman la paz con los aqueos y una alianza con los lacedemonios. Así terminaron los asuntos de los acarnanios.

Entonces los lacedemonios, considerando peligroso el dirigirse contra los atenienses o contra los beocios dejando detrás de ellos en las fronteras de Laconia una ciudad enemiga tan poderosa como Argos, declaran la guerra a esta república.

Luego que sabe Agesípolis que debe mandar la expedición, y después de celebrar los sacrificios de la marcha, dirígese a Olimpia para consultar al oráculo, preguntando al dios si podía sin impiedad rehusar la tregua que puedan proponerle los argivos, pues tenían costumbre de pretextar los meses sagrados, no cuando llegaba su época, sino cuando los lacedemonios estaban a punto de invadir su territorio. Contéstale el dios, que puede sin impiedad desechar una tregua injustamente reclamada; y entonces, dirigiéndose a Delfos para pedir a Apolo si tiene sobre esta tregua igual modo de sentir que su padre, aquel dios le da una contestación exactamente igual. Encamínase entonces a Fliunte para reunirse con su ejército, pues este era el punto para el cual había citado a sus tropas mientras consultaba los oráculos, e invade la Argólida por Nemea. Al ver los argivos que no pueden resistir, envían, según su costumbre, dos heraldos coronados de flores para pedir la tregua; pero Agesípolis, contestando que los dioses han declarado la injusticia de su petición, no acepta la tregua, e invade el país, causando gran terror así en los campos como en la capital.

Mientras cenaba por primera vez en el territorio argivo, y cuando terminaban de hacer las libaciones acostumbradas después de la comida, el dios conmovió la tierra. Siguiendo el ejemplo de los comensales del rey, los lacedemonios entonan el peán en honor de Neptuno, creyendo los soldados se va a ordenar la retirada, puesto que Agis había abandonado Élide después de un temblor de tierra. Mas Agesípolis dice que si el temblor se hubiese verificado en el momento de entrar en el territorio enemigo, lo hubiera considerado como una prohibición, pero habiendo acontecido después de su entrada, lo consideraba como signo favorable; así es que al día siguiente, después de haber ofrecido los sacrificios a Neptuno, prosigue su marcha, sin ir, sin embargo, muy lejos. Teniendo ante su vista la reciente expedición de Agesilao contra Argos, pide Agesípolis a sus soldados hasta qué distancia de los muros llegó Agesilao y hasta dónde extendió sus devastaciones por el país, como un pentatlo que procura sobrepujar en todo a su rival.

Un día atraviesa dos veces los fosos excavados alrededor de los muros de la ciudad, a pesar de los proyectiles que le arrojan desde lo alto de las torres; otra vez, mientras la mayor parte de los argivos habían ido a Laconia, se adelanta tan cerca de las puertas, que los argivos que las guardaban no se atreven a abrirlas a la caballería beocia que iba a entrar en la ciudad, por miedo de que los lacedemonios entren en ella al mismo tiempo, de manera que tuvieron los caballos que pegarse como murciélagos a los muros y a las barbacanas, y si los cretenses no se hubiesen hallado en expedición contra Nauplia, hombres y caballos hubieran perecido en gran número bajo sus flechas. Algún tiempo después, mientras Agesípolis estaba acampado alrededor de los muros de la ciudad, cayó un rayo en el campamento, pereciendo unos asfixiados y otros de miedo. Más tarde, mientras ofrece un sacrificio para levantar un fuerte en el paso de Celusa, las entrañas de las víctimas aparecen incompletas; por todo lo cual se retira con su ejército, y le licencia, después de haber hecho, sin embargo, mucho daño a los argivos al atacarles tan de improviso.

Capítulo VIII

Tales eran los acontecimientos que tuvieron lugar por tierra durante ese tiempo; voy a contar ahora cuanto sucedió por mar en la misma época, así como cuanto tuvo lugar en las ciudades marítimas, fijándome únicamente en los hechos más culminantes y dejando de mencionar aquellos que carecieron de gran importancia.

Después de haber derrotado a los lacedemonios en el combate naval, Farnabazo y Conón dieron la vuelta a las islas y ciudades marítimas para arrojar de ellas a los gobernadores lacedemonios, dando a aquellas la seguridad de que no se ocuparían sus fortalezas y que se les respetaría su independencia. Oyen con placer las ciudades esta declaración, y envían en reconocimiento dones de hospitalidad a Farnabazo. Conón era quien había hecho comprender a este que tratando de ese modo a las ciudades se las haría completamente amigas, mientras que si quería sujetarlas abiertamente, cada una de ellas le suscitaría tantos obstáculos como pudiera, y le pondría en el riesgo de una coalición de todos los griegos si comprendían sus designios; y estas reflexiones habían convencido a Farnabazo. Desembarca después en Éfeso y da cuarenta trirremes a Conón, diciéndole le aguarde en Sesto, pues él irá por tierra a su gobierno, ya que Dercílidas, que era su enemigo desde largo tiempo, se hallaba en Abido, mientras tenía lugar la batalla naval, y en lugar de huir como los otros gobernadores lacedemonios, se había conservado en dicha población y había sabido mantenerla fiel a Esparta.

Convocando a los abidenos, les había dirigido estas palabras:


«Abidenos, ahora es cuando vosotros, los antiguos amigos de nuestra ciudad, podéis mostrar vuestros beneficios hacia Esparta. Nada tiene de notable el conservarse fieles en la próspera fortuna, pero se es acreedor a un reconocimiento eterno cuando se permanece fiel a los que se hallan en desgracia. No hay que creer, sin embargo, que hayamos perdido nuestra importancia por haber sido vencidos en este combate naval, pues aun en la época en que los atenienses tenían el predominio marítimo, en todas partes se hallaba nuestra república en situación de recompensar a los amigos. Y ciertamente, cuanto más se apresuren las otras ciudades en abandonarnos cuando no nos sonríe la fortuna, más grande aparecerá realmente vuestra fidelidad. Si teme alguno de vosotros ver sitiada por tierra y por mar a esta ciudad, piense que no hay aún en estos parajes ninguna flota griega y que jamás Grecia podrá consentir intenten los bárbaros tomarle el imperio sobre el mar, de manera que esta ciudad al defenderse se hará a la vez aliada nuestra.»


Al oír estas palabras, obedecen con intenso placer los abidenos y reciben amigablemente a los gobernadores que llegan a la ciudad, así como llaman a los que se encuentran fuera de ella. Cuando se halla reunido en la ciudad un número considerable de hombres importantes, Dercílidas pasa a Sesto, que está a una distancia que no llega a ocho estadios; reúne allí a todos los lacedemonios que han recibido de Esparta los bienes que poseen en el Quersoneso y a todos los gobernadores que habían sido arrojados de las ciudades de Europa; les recibe amigablemente y les dice no deben desesperar de su actual situación, antes bien, acordarse de que en la misma Asia y en los dominios del rey hay las pequeñas ciudades de Temnos, Egas y otras plazas, que pueden habitar sin estar sujetos al rey. «Y sin embargo —añade—, ¿podríais acaso encontrar una posición más segura e inexpugnable que Sesto, para cuyo sitio son necesarios un ejército terrestre y una flota?» De este modo con sus discursos procuraba fortalecer su valor. Farnabazo, hallando en estas disposiciones a los de Sesto y Abido, les hace saber que si no mandan retirar a los lacedemonios, les declarará la guerra, y como rehúsan obedecerle, ordena a Conón les bloquee por mar, mientras él devastará el territorio de los abidenos. Pero no pudiendo llevar a cabo su sumisión, se vuelve a su provincia y ordena a Conón procure concertarse con las ciudades griegas del Helesponto a fin de que pueda reunir gran número de naves para la primavera siguiente. Irritado contra los lacedemonios por cuanto ha sufrido de ellos, su más vivo deseo es el poder dirigirse a su país vengándose de la manera más manifiesta.

Consumen ambos el invierno ocupándose en estos preparativos y al llegar la primavera equipa Farnabazo gran número de naves, recluta un ejército mercenario y se hace a la vela con Conón, pasando por Melos a través de las islas y dirigiéndose a Laconia. Principia por abordar en Feras, cuyo país saquea por completo, y después verifica varios desembarcos en distintos puntos de la costa, haciendo en ella todo el daño posible. Pero temiendo pronto la falta de puertos en estos parajes y la llegada de los enemigos, así como la falta de víveres, abandona aquellas costas y se dirige a Fenicunte, en la isla de Citera. Temiendo un asalto, las tropas que ocupaban aquella ciudad abandonan la plaza y Farnabazo deja que se retiren en libertad a Laconia, bajo la garantía de un tratado repara después las fortificaciones de la ciudad, y estableciendo en ella una guarnición, nombra gobernador de los citereos al ateniense Nicofemo. Dirígese después al istmo de Corinto y exhorta a los aliados para que sostengan con vigor la guerra y se muestren fieles aliados del rey, con lo cual, después de entregarles todo el dinero de que puede disponer, regresa a su gobierno.

Conón le ruega entonces se le confíe la flota, que sabrá sostener a expensas de las islas, y con la cual podrá volver a su patria y reconstruir los grandes muros atenienses y la muralla del Pireo, ya que no cree haya cosa más penosa para los lacedemonios. «De este modo —añade—, te asegurarás la amistad de los atenienses y te vengarás de los lacedemonios, pues con esto solo inutilizarás todos los esfuerzos que hasta ahora han realizado.» Persuadido de esto Farnabazo, le envía inmediatamente a Atenas, dándole además el dinero necesario para la reconstrucción de los muros. Luego que llega a Atenas levanta Conón gran parte de la muralla, empleando el equipaje de su flota, pagando el salario de los albañiles y demás operarios y haciendo todos los gastos necesarios; reconstrúyense otras partes por los atenienses, beocios y demás aliados que se apresuran todos a contribuir a tal obra.

Habiendo los corintios equipado algunas naves con el dinero que les dejó Farnabazo, nombran comandante de las mismas a Agatino y dominan en el golfo de Acaya y del Lequeo. Por su parte los lacedemonios hacen a la vela las naves mandadas por Podánemo; pero es muerto en un combate, y habiéndose visto obligado Polis, su lugarteniente, por sus heridas a dejar la flota, toma Herípidas el mando de las naves. El corintio Proeno, sucesor de Agatino en el mando de la flota, sale de Río, punto de que se apoderan los lacedemonios, y Teleutias, que había sucedido en el mando a Herípidas, vuelve a adquirir la supremacía en el golfo.

Sabiendo los lacedemonios que Conón reconstruye los muros de Atenas y sostiene su flota con el dinero del rey, conquistando para Atenas las islas y las ciudades vecinas del continente, piensan que si informan de todo esto a Tiribazo, general del rey, podrán conquistarle a su partido, o a lo menos hacer que se retiren a Conón los medios para el sostenimiento de la flota. Envían con este objeto a Antálcidas junto a Tiribazo, con encargo de informarle de cuanto sucede y de procurar la paz entre Lacedemonia y el rey. Sabiendo los atenienses estas disposiciones, envían por su parte a Conón, Hermógenes, Dión, Calístenes y Calimedonte, así como deciden a sus aliados manden también los suyos, haciéndolo los beocios, corintios y argivos. Una vez allí, Antálcidas dice a Tiribazo que viene de parte de su república para proponer al rey la paz bajo condiciones verdaderamente ventajosas para él, pues respecto a las ciudades griegas de Asia, ninguna condición pretenden imponer los lacedemonios al rey, bastándoles sea reconocida la independencia de las islas y de las restantes ciudades. «Y como estos son nuestros deseos —añade—, ¿qué motivo hay para que los griegos o el rey nos hagan la guerra y derrochen neciamente el dinero? Toda expedición contra el rey es imposible por parte de los atenienses mientras no la ordenemos nosotros, cosa que nos es completamente inútil desde el momento en que sean autónomas las ciudades.»

Oye Tiribazo con la más viva fruición estas palabras de Antálcidas; pero la opinión contraria se formulaba en estos términos: temían los atenienses ver declarada la independencia de las islas y ciudades, pues perderían Lemnos, Imbros y Esciros; los tebanos temían también verse obligados a reconocer la autonomía de las ciudades beocias, y los argivos no deseaban se los obligase a renunciar a tratar a Corinto como parte de Argos, cosa que sucedería si se firmaba esta paz. Esto hizo que la paz no pudiese concertarse y que cada cual volviera a su patria. Tiribazo, sin embargo, cree puede ser peligroso para él el aceptar la alianza de los lacedemonios sin previo conocimiento del rey; pero da ocultamente dinero a Antálcidas, con objeto de que puedan los lacedemonios equipar una flota y obligar de este modo a los atenienses y demás aliados a que deseen más vivamente la paz, y luego, dando crédito a las referencias lacedemonias, hace prender a Conón como traidor. Preséntase después al rey para participarle las proposiciones de los lacedemonios; dícele asimismo que ha hecho prender como traidor a Conón, y le pide instrucciones para obrar a tenor de lo que el rey le mande.

Este, mientras se halla Tiribazo junto a él, envía para dirigir los asuntos marítimos a Estrutas, quien se inclinaba fuertemente en favor de los atenienses y de sus aliados, recordando todo el daño que había causado Agesilao a los países del rey. Al ver los lacedemonios que Estrutas les es hostil y que se halla favorablemente dispuesto hacia los atenienses, envían a Tibrón para que le haga la guerra. Dirígese este a Asia, y saliendo de Éfeso, atraviesa por Priene, Leucofris y Aquileo, ciudades de la llanura del Meandro, pasando a sangre y fuego el país del rey. Por fin Estrutas, observando que Tibrón sale cada vez desordenadamente sin tomar precauciones de ningún género, destaca la caballería para la llanura, ordenándole se arroje sobre el enemigo procurando envolverle y cargándole de frente con todo el empuje posible. Tibrón acababa de almorzar y salía de su tienda con el flautista Tersandro, quien no solo era un músico excelente, sino que se gloriaba también de haber aprovechado la educación lacedemonia, relativamente a su fuerza y vigor. Estrutas, viendo marchan en aquel momento las fuerzas enemigas en completo desorden con una vanguardia muy débil, se le opone de improviso con una caballería numerosa y bien ordenada. Son de los primeros en morir Tibrón y Tersandro, y los demás soldados, al saber que han perecido, emprenden la fuga, siendo perseguidos por el enemigo, que hace en ellos gran matanza, consiguiendo solo unos pocos refugiarse en las ciudades aliadas. Quedan también con vida algunos que no han salido con la expedición por ignorar que se verificase, ya que muchas veces, como en esta, Tibrón se ponía en marcha sin anunciarlo anticipadamente. De este modo tuvo lugar el referido desastre.

Llegan a Lacedemonia algunos rodios desterrados por el pueblo, y declaran que es una indignidad tolerar que los atenienses ocupen a Rodas y robustezcan de tal modo su poderío. Comprendiendo los lacedemonios que efectivamente si el pueblo domina en Rodas toda la isla caerá en poder de los atenienses, y por el contrario, dominarían en ella si mandasen los ricos, equipan ocho naves bajo el mando de Écdico. Embárcase también en ellas Dífridas, a quien habían ordenado protegiese las ciudades que se habían entregado a Tibrón, reuniese los restos del ejército y aumentándolo con cuantas tropas pudiese reclutar, hiciese la guerra a Estrutas con todas estas fuerzas reunidas. Dífridas ejecuta estas órdenes y consigue algunas ventajas; apodérase del yerno de Estrutas, Tigranes, que se dirigía a Sardes con su esposa, y por el cual exige considerable rescate, que le proporciona los necesarios medios para pagar a sus tropas. Era Dífridas un hombre no menos amable que Tibrón, y un general más previsor y activo: no se dejaba dominar por los placeres corporales, y al mismo tiempo ponía todo su empeño en llevar a buen término cuanto se proponía.

Al llegar Écdico a Cnido, y sabiendo que el pueblo de Rodas gobernaba en todos los asuntos de mar y tierra y que poseía doble número de trirremes de las que él traía consigo, se queda a la expectativa en Cnido, hasta que se convencen los lacedemonios de que no tiene bastantes fuerzas para ayudar a sus aliados, y ordenan a Teleutias se reúna a Écdico con las doce naves que están a sus órdenes en el golfo, en las zonas de Acaya y del Lequeo, y dictan las necesarias instrucciones para que volviéndose Écdico a Esparta abrace los intereses de cuantos se declaren amigos y cause todo el daño posible a los enemigos. Teleutias llega a Samos, donde toma el mando de las naves, y se hace a la vela para Cnido, regresando Écdico a la patria. Dirígese Teleutias a Rodas, teniendo a sus órdenes veintisiete naves, y por el camino encuentra casualmente a Filócrates, que venía de Atenas con diez trirremes y se dirigía a Chipre para auxiliar a Evágoras, apoderándose de todas ellas, con lo cual se invierten los papeles, pues los atenienses aliados del rey protegen a Evágoras, que hace la guerra a aquel, y Teleutias, mientras los lacedemonios están en guerra con el rey, destruye las naves que iban a hacerle la guerra. Vuélvese a Cnido para vender la presa, y después dirígese nuevamente a Rodas para socorrer a los partidarios de Esparta.

Los atenienses, al ver que los espartanos vuelven a estar en camino para reconquistar su poderío sobre el mar, envían a Trasíbulo, el de Estiria, con cuarenta naves, quien no se dirige a Rodas, pues le parece difícil tomar venganza en los amigos de Lacedemonia, siendo, como son, dueños de una plaza fuerte y apoyados por la presencia de Teleutias y de su flota, y además no cree que los aliados de los atenienses corran peligro de sucumbir, pues poseen las ciudades, son superiores con mucho a sus adversarios, y acaban de ganar una batalla, por todo lo cual navega hacia el Helesponto, y no encontrando allí adversario alguno, imagina podrá prestar algún buen servicio a su patria. Habiendo, pues, sabido que Amádoco, rey de los odrisios, y Seutes, soberano del litoral, se hallaban enemistados, los reconcilia y se capta su amistad y alianza para Atenas, pues esperaba que, gracias a esta alianza, las ciudades griegas de Tracia estarían mejor dispuestas en favor de los atenienses. Y como estas comarcas, del propio modo que las ciudades griegas de Asia, no le daban inquietud alguna, a causa de la alianza del rey con Atenas, se dirige a Bizancio y asegura el diezmo que se exigía a las naves que salían del Ponto. Sustituye asimismo el gobierno democrático al oligárquico de los bizantinos, por lo que este pueblo ve con placer a gran número de atenienses que residen en su ciudad. Después de esto afirma con mayor seguridad la amistad de los calcedonios, y luego sale del Helesponto.

Halla aliadas al partido lacedemonio a casi todas las ciudades de la isla de Lesbos, excepción hecha de Mitilene; pero no ataca a ninguna de ellas antes de haber reunido en esta población los cuatrocientos hoplitas que se hallaban en sus naves y todos los desterrados de aquellas ciudades que se habían refugiado en Mitilene, a los cuales añade asimismo los habitantes más valerosos de esta última población. Promete a los mitilenios que si se apodera de aquellas ciudades les dará la preeminencia sobre toda la isla; a los desterrados, que si reúnen sus fuerzas contra cada una de las ciudades de que han sido expatriados, se hallarán en condiciones para volver cada uno a su patria y a los marinos, que si consiguen hacer de la isla de Lesbos una aliada de Atenas, procurarán a esta un abundante manantial de riquezas. Después de haberles animado de esta suerte, forma sus tropas y las conduce contra Metimna.

Cuando Terímaco, el gobernador lacedemonio, sabe la llegada de Trasíbulo, reúne los marineros de sus naves, los metimneos y a todos los mitilenios que se hallaban en la ciudad, y se dirige con sus tropas a la frontera. Librado el combate, perece Terímaco, sus tropas emprenden la fuga y mueren muchos de ellos. La mayor parte de las ciudades abren entonces las puertas a Trasíbulo, quien devasta a las que rehúsan rendirse, con lo cual procura dinero a sus soldados. Apresúrase después en volver a Rodas; pero a fin de infundir ánimo a su ejército, exige contribuciones a las diferentes ciudades y llega a Aspendo, sobre el río Eurimedonte. Había ya recibido el dinero de los aspendios, cuando sus soldados cometen algún destrozo en los campos, e irritados aquellos, verifican de noche una irrupción y le degüellan en su tienda. Así murió Trasíbulo, que era tenido por uno de los hombres mejores de su patria, y los atenienses eligen como su sucesor a Agirrio, que va a tomar el mando de las fuerzas.

Los lacedemonios, al saber que los atenienses han vendido en Bizancio el diezmo sobre las naves que salen del Ponto, que ocupan a Calcedonia y que gracias a la amistad de Farnabazo se hallan en inmejorables relaciones con las demás ciudades del Helesponto, creen no deben descuidar sus asuntos. Nada tenían que echar en cara a Dercílidas; pero Anaxibio, que había sabido conquistarse el favor de los éforos, alcanza que se le mande como gobernador a Abido, prometiendo, si se le conceden subsidios y naves, hacer una guerra tan decidida a los atenienses, que su posición en el Helesponto no pueda sostenerse. Concédenle tres trirremes y el dinero necesario para poder sostener mil soldados mercenarios, y entonces se le manda a Abido. Una vez allí, recluta en los alrededores buen contingente de tropas mercenarias, aparta de la amistad de Farnabazo algunas ciudades de Eólida, ataca a las que se habían confederado contra Abido e invade y devasta su territorio, equipa además otras tres naves, que añade a las que posee, e intenta con ellas apoderarse en el mar de alguna nave ateniense o de sus aliados.

Informados los atenienses de estos hechos, y temiendo ver destruido el predominio que ha obtenido para ellos Trasíbulo en el Helesponto, envían a Ifícrates con ocho naves y cerca de mil doscientos peltastas, la mayor parte de los cuales habían servido a sus órdenes en Corinto. Los argivos, una vez sometida Corinto, les habían declarado no necesitaban ya de ellos, acaso porque Ifícrates había hecho matar algunos argivos, por lo cual había regresado a Atenas, donde entonces se hallaba. Después de su llegada al Quersoneso, Anaxibio e Ifícrates pelean entre sí mandándose corsarios, pero algún tiempo después, habiendo sabido Ifícrates que Anaxibio se había dirigido a Antandro con sus mercenarios, con los lacedemonios que tenía a sus órdenes y doscientos hoplitas de Abido, y sabiendo además que se ha aliado con la ciudad de Antandro, sospecha que después de dejar allí una guarnición, regresará a Abido para conducir de nuevo a los habitantes de esta población, por lo cual, pasando la noche en lo más desierto del territorio de Abido, y subiendo a los montes, le prepara una emboscada; al propio tiempo ordena a las trirremes que le han conducido allí, se vuelvan al Quersoneso, para aparecer, como de ordinario, ocupadas tan solo en la exacción de tributos. Obrando de este modo no se equivocó, pues Anaxibio emprende su regreso sin que las víctimas, según se dice, fuesen favorables; pero esto no le inspira cuidado, pues tenía que pasar únicamente por territorio amigo hacia una ciudad aliada, y con la noticia que dan cuantos encuentra, de que Ifícrates navega en dirección a Proconeso, avanza completamente descuidado.

Ifícrates, sin embargo, no se mueve mientras que el ejército de Anaxibio se halla a su misma altura; pero así que los abidenos, que formaban la vanguardia, han llegado a la llanura de Cremaste, donde se hallan las minas de oro, y que el ejército que le seguía se encuentra en la pendiente del monte que baja Anaxibio con los lacedemonios, échaseles encima a la carrera saliendo de su emboscada. Comprende Anaxibio que no tiene esperanza alguna de salvación, y contemplando la larga línea de su ejército, que se extiende por el desfiladero, conoce que la montaña impedirá vengan en su auxilio los que le preceden. Viendo, pues, el terror que se apodera de todas sus tropas cuando se aperciben de la emboscada, dice a los que le rodean: «Amigos, hermoso me parece el morir aquí; procurad salvaros vosotros, antes de que vengáis a las manos con los enemigos.» Dice esto, y tomando el escudo a su paje, halla la muerte combatiendo. Perece a su lado su amado, así como unos doce gobernadores lacedemonios de diferentes ciudades, y el resto, o perece en la fuga o es perseguido hasta la ciudad. Quedan en el campo unos doscientos hoplitas y unos cincuenta abidenos, después de lo cual, Ifícrates regresa nuevamente al Quersoneso.

Libro quinto

Capítulo I

Tal era el estado de los asuntos de los atenienses y lacedemonios en el Helesponto. Eteónico, sin embargo, había regresado a Egina, cuyos habitantes habían mantenido hasta entonces amistosas relaciones con los atenienses, y de acuerdo con los éforos animaba a cuantos quisieran ir a saquear el Ática por mar, dando por motivo que la guerra estaba en toda su fuerza. Encerrados así los atenienses dentro de sus muros, envían a Egina una expedición de hoplitas a las órdenes de Pánfilo, su general, los cuales se atrincheran en la isla, y como tenían diez trirremes, sitian a los eginetas por mar y por tierra. Pero cuando Teleutias, que se hallaba en las islas ocupado en la exacción de tributos, sabe que está bloqueada Egina, acude en su auxilio y hace retirar las naves atenienses, aunque sosteniéndose Pánfilo en sus atrincheramientos.

Llega mientras tanto Hiérax, enviado por los lacedemonios, toma el mando de la flota, y Teleutias regresa a su patria bajo los más favorables auspicios. Efectivamente, al bajar al puerto para embarcarse, no hay ningún soldado que no quiera estrecharle la mano: unos le coronan de flores, otros le ponen las ínfulas, y aun aquellos que llegan tarde para despedirle, arrojan al mar las coronas mientras se aleja y le desean toda clase de prosperidades. Bien sé que en estas cosas no hay ni grandes gastos, ni peligros, ni notables astucias de guerra y sin embargo, ¡por Zeus!, no me parecería impropio de un buen historiador el investigar los medios por los cuales Teleutias consiguió hacerse querer de sus subordinados, pues ni las riquezas ni los peligros son tan dignos de recordación como la conducta de un hombre como este.

Hiérax, haciéndose a la vela para Rodas con sus restantes naves, deja doce de ellas en Egina, a las órdenes de Gorgopas, su lugarteniente, con las atribuciones de harmosta o gobernador. Desde entonces, en realidad, los atenienses de la fortaleza hállanse más sitiados que los habitantes de la ciudad; por lo cual, en virtud de un decreto del pueblo, equipando los atenienses gran número de naves, abandonan sus fortificaciones al quinto mes de su ocupación y conducen la guarnición a su patria. Hecho esto, sufriendo mucho los atenienses a causa de Gorgopas y de los corsarios, equipan trece naves, que ponen a las órdenes de Éunomo. Mientras se halla Hiérax en Rodas, nombran los lacedemonios a Antálcidas comandante de las naves, creyendo que este nombramiento será del agrado de Tiribazo, y al llegar aquel a Egina se hace seguir por las naves de Gorgopas y se dirige a Éfeso, desde donde envía de nuevo a Egina a Gorgopas con sus doce naves, y pone al frente de las restantes a su lugarteniente Nicóloco. Se hace este a la vela hacia Abido, con el fin de socorrerla; pero antes se detiene en Ténedos, cuya comarca saquea, y en la cual exige fuertes contribuciones. Reúnense los generales atenienses de Samotracia, Tasos y de los países comarcanos, para acudir en socorro de Ténedos, y cuando tienen aviso de que Nicóloco se halla en Abido, salen del Quersoneso y bloquean con sus treinta y dos naves la flota de aquel, que tiene solo veinticinco.

Gorgopas, al volver de Éfeso, encuentra a Éunomo; pero se refugia precipitadamente en Egina a la caída del sol, y al desembarcar hace cenar inmediatamente a sus tropas. Éunomo, después de aguardar algún tiempo, se retira, y sobreviniendo la noche tenía luz, según costumbre, en su nave, que marchaba al frente de las demás, para que no pudiera extraviarse ninguna de las que le seguían. Embarca entonces de nuevo Gorgopas a sus tropas y sigue a cierta distancia aquel resplandor, procurando no ser apercibido; para no despertar sospechas, los celeustes dan las voces de mando golpeando dos piedras entre sí, en vez de darlas de palabra, y reman sin hacer mucho ruido. Cuando las naves de Éunomo han llegado ya a la costa de Ática, cerca de Zoster, da Gorgopas la orden de ataque con la trompeta. En las naves de Éunomo, unos desembarcaban ya, otros echaban anclas y otros aún navegaban. Principia el combate a la luz de la luna, y Gorgopas se apodera de cuatro trirremes, que remolcadas por las suyas se lleva a Egina, y las demás consiguen huir al Pireo.

Después de estos sucesos, parte Cabrias para Chipre a fin de socorrer a Evágoras, con ochocientos peltastas y diez trirremes, y tomando en Atenas otras naves y hoplitas, aborda durante la noche a Egina, emboscándose con los peltastas en un lugar oculto a alguna distancia del Heracleo. Al rayar el alba, conforme a lo que se había acordado, los hoplitas atenienses, a las órdenes de Deméneto, avanzan hasta unos diez y seis estadios del Heracleo, a un sitio llamado la Tripirgia. Al saberlo Gorgopas, se dirige al encuentro del enemigo con los eginetas, los soldados de su flota y ocho espartanos que estaban con él: hace saber también a los equipajes de sus naves deben seguirle cuantos sean de condición libre, y algunos hay que comparecen con las primeras armas que hallan a mano. Así que las primeras filas han dejado atrás a la emboscada, Cabrias y los suyos se arrojan sobre ellos, agobiándolos con sus proyectiles; acuden en este momento los hoplitas que han desembarcado de las naves, y pronto queda destruida la vanguardia, de que forman parte Gorgopas y los lacedemonios, pues no puede ofrecer una resistencia compacta; y una vez muertos estos, el resto emprende la fuga. Quedan en el campo unos ciento cincuenta eginetas y más de doscientos hombres mercenarios, metecos y marineros que habían tomado parte en esta salida; con cuya victoria, los atenienses pueden navegar con tanta confianza como si se estuviese en plena paz, pues por no haber recibido sus pagas rehúsan los marineros servir a Eteónico, aunque pretenda este obligarles a ello.

Es enviado de nuevo Teleutias para ponerse al frente de estas naves, y al verle los marineros manifiestan abiertamente su satisfacción, y él, reuniéndoles, les dice:

—«Soldados, llego sin traeros dinero; pero si el dios lo permite y vosotros me ayudáis con vuestros esfuerzos, haré todo lo posible para procuraros víveres en abundancia, pues bien sabéis que mientras habéis estado a mis órdenes he tenido mucho empeño en que nada os faltase; y acaso os admiréis si os digo que preferiría carecer yo de víveres a que vosotros estuvieseis sin ellos, pues ¡por los dioses! os aseguro sufriría mejor estar dos días sin comer, que no veros a vosotros sin víveres un solo día. Hasta hoy siempre ha estado abierta mi puerta a todo el que ha tenido que pedirme algo; del propio modo continuará de hoy en adelante: así es, que únicamente cuando vosotros tengáis abundantes provisiones, me veréis a mí vivir con esplendidez; pero sabed también soportar el frío, el calor y las vigilias, mientras veáis tengo yo también que sufrirlas, pues si os impongo esta conducta no es por el placer de atormentaros, sino para que podáis recoger de ello grandes resultados. Soldados, añade, nuestra patria, que todo el mundo reconoce como la más floreciente, no ha llegado a este grado de prosperidad abandonándose a la molicie, sino, por el contrario, sabedlo bien, exponiéndose a los trabajos y peligros cuando ha sido necesario. También vosotros, lo sé muy bien, os habéis portado como unos valientes; pero es preciso procuréis hoy sobrepujaros a vosotros mismos, para que participemos con gozo de vuestras penalidades y de vuestras victorias; porque ¿qué hay, en efecto, más hermoso que el no tener que adular a nadie, ni griego, ni bárbaro, para obtener una paga, y hallarse en estado de procurarse su subsistencia por sí mismos y del modo más glorioso? Pues no debéis olvidar que la abundancia que en la guerra nos procuramos a expensas del enemigo, produce a la vez nuestro sustento y la gloria a los ojos de todos.»

Esto dijo, y todos gritan que están prontos a obedecer cuanto les mande. En este momento estaba ofreciendo el sacrificio y les dice:

—«Soldados, id ahora a cenar, como ibais a hacer, y después de tomar víveres para un día, volved inmediatamente a las naves para que nos dirijamos a donde el dios tenga a bien llevarnos y lleguemos en momento oportuno.»

Da la orden de embarcarse cuando vuelven y se hace a la vela de noche hacia el puerto de Atenas, mandándoles unas veces remar y otras ordenándoles el descanso. Si alguno cree una locura el ir a atacar con doce trirremes a un enemigo dueño de tantas naves, reflexione un momento que Teleutias pensaba que los atenienses debían tener en completo descuido la flota del puerto después de haber muerto Gorgopas, y que aunque allí hubiese muchas naves arregladas, prefería atacar a veinte estacionadas, que a diez en el mar, pues en estas los marinos no pueden abandonar ni un momento su nave, y por el contrario, sabía que los jefes de las naves ancladas en Atenas duermen en sus casas y habitan los marinos en distintos lugares.

Con estos pensamientos se hace a la vela: cuando no dista ya del puerto más que unos cinco o seis estadios, se detiene y hace tomar algún descanso a sus soldados, y cuando apunta el día, se adelanta seguido de los demás buques. Prohíbeles echar a pique o atacar ninguna nave redonda, pero ordénales que cuando vean alguna trirreme anclada, procuren ponerla fuera de combate, que se amarren a los buques de transporte o de carga y procuren remolcarlos fuera del puerto, y en cuanto a las naves de mayores dimensiones, las aborden y hagan prisionera a toda la tripulación. Hubo algunos que, arrojándose sobre el Digma, se apoderaron de varios comerciantes y propietarios de naves y los condujeron a su flota. Todas las órdenes de Teleutias fueron puntualmente ejecutadas.

Los atenienses, al apercibirse de que pasaba algo extraordinario, salen fuera de sus casas para averiguar lo que era: unos van en busca de armas, y otros esparcen la noticia por la ciudad. Todos los atenienses hoplitas o de caballería llegan entonces armados al Pireo, que creen en poder del enemigo; pero Teleutias envía a Egina las naves de que se ha apoderado, haciéndolas escoltar por tres o cuatro de sus trirremes, y después, alejándose del puerto con las demás naves, se retira costeando por el Ática, se apodera de muchas barcas de pescadores y de naves mercantes llenas de pasajeros que venían de las islas, y se dirige a Sunio, donde toma gran cantidad de buques de transporte cargados de grano o de mercancías. Hecho esto, regresa a Egina, donde vende su presa, y con el producto de ella da a sus soldados la paga de un mes. Continúa después recorriendo el mar y tomando cuanto encuentra, con lo cual consigue mantener sus tripulaciones y se granjea soldados que lo sirven con placer y prontitud.

Antálcidas volvía de su visita a Tiribazo, después de haber negociado la alianza con el rey para el caso en que los atenienses y sus aliados no quisieran aceptar la paz que este les proponía; pero cuando sabe que Nicóloco y su flota se hallan bloqueados en Abido por Ifícrates y Diotimo, se dirige a pie a dicha población, y tomando el mando de la flota, se hace a la vela durante la noche, después de haber esparcido el rumor de que ha sido llamado por los calcedonios, y aborda a Percote, donde se entrega al reposo. Habiendo sabido Deméneto, Dionisio, Leóntico y Fanias su marcha, salen en su persecución por el lado de Proconeso; pero después que aquellos hubieron partido, regresa a Abido, pues había llegado a su conocimiento que debía llegar Políxeno con las naves de Siracusa y de Italia y quería se juntaran a sus naves.

Mientras tanto, Trasíbulo de Colito sale de Tracia con ocho naves para reunirse a la flota ateniense. Habiendo los vigías anunciado se hallan a la vista ocho trirremes, hace Antálcidas embarcar los marinos en sus doce naves más veleras, y dando orden de completar cuanto pudiera faltar en los equipajes con los de las naves que deja, se pone en emboscada, ocultándose lo mejor que puede. Deja después pasar las trirremes, y entra entonces en sus aguas; así que le distinguen, emprenden la fuga, pero sus buenos veleros alcanzan pronto a las más pesadas. Prohibe a sus naves las ataquen, y continúa en persecución de las más lejanas. Cuando se han apoderado de ellas, pierden ánimo las naves atenienses que ha dejado detrás, y no oponen gran resistencia a las últimas de los lacedemonios, con lo cual todos caen en su poder.

Además de las veinte naves de Siracusa que vienen a juntarse a Antálcidas, llegan otras de la parte de Jonia sometida a Tiribazo, así como varias equipadas por la provincia de Ariobarzanes, con quien se hallaba desde largos años unido por los lazos de la amistad: por otra parte, Farnabazo, llamado por el rey, se había dirigido hacia la capital, ya que entonces fue cuando se casó con la hija del rey. Antálcidas, que se hallaba al frente de más de ochenta naves, domina en el mar e impide la navegación de las naves que del Ponto debían dirigirse a Atenas, obligándolas a refugiarse en los puertos de los aliados.

Viendo los atenienses la fuerza de la flota enemiga, y temiendo termine esta guerra de un modo tan desastroso para ellos como la primera, sobre todo después de haberse aliado el rey con los lacedemonios, y acosados además por los corsarios de Egina, desean vivamente la paz. Los lacedemonios, que sostenían un ejército en el Lequeo y otro en Orcómeno, y que se veían obligados a tener guarniciones en varias ciudades, en las fieles para no perderlas y en las sospechosas para que no se uniesen a los enemigos, y teniendo que soportar asimismo en Corinto todas las contingencias de una guerra, sentíanse también fatigados por la duración de esta lucha. En cuanto a los argivos, viendo que se había decretado una expedición contra ellos, y sabiendo por experiencia que el pretexto de los meses sagrados no les sirve para nada, desean igualmente la paz.

Por todo lo cual, cuando Tiribazo propone a cuantos deseen saber las condiciones de la paz que aceptará el rey acudan a su presencia, todos se apresuran a realizarlo. Cuando se hallan reunidos, Tiribazo, mostrándoles el sello real, da lectura a un escrito que decía:


«El rey Artajerjes considera justo ser reconocido como dueño de las ciudades griegas de Asia, así como de las islas de Clazómenas y Chipre, y que sean independientes las demás, pequeñas o grandes, a excepción de Lemnos, Imbros y Esciros, que continuarán como siempre sujetas a los atenienses. Todos los que no acepten esta paz serán reputados enemigos míos, y les haré la guerra con los que la acepten, así por mar como por tierra, y sin economizar dinero ni naves para ello.»


Después de haber oído estas condiciones, los diputados de las ciudades las participan a sus respectivos estados. Juran todos su cumplimiento, y los tebanos quieren prestar juramento por toda Beocia; pero Agesilao rehúsa recibirlo si, como decía el escrito real, no juran respetar la independencia de las ciudades grandes y pequeñas: contéstanle aquellos diputados que no habían recibido instrucciones suficientes.

—«Id, pues —les dice Agesilao—, y pedidlas, pero anunciad al mismo tiempo a los vuestros que si no lo hacen, serán declarados fuera del tratado.»

Parten dichos diputados, y Agesilao, a causa de su odio a los tebanos, no quiere aguardar, y persuadiendo a los éforos, ofrece el sacrificio de partida. Así que lo ha verificado, se dirige a Tegea, de donde manda algunos soldados de caballería para apresurar los reclutamientos en los alrededores, y varios mensajeros a las ciudades; pero antes de que saliese de Tegea llegan los tebanos declarándole reconocen la independencia de las ciudades. De este modo tienen los lacedemonios que volverse a su población, después de haber obligado a entrar en el tratado a los tebanos y haberles hecho reconocer la independencia de las ciudades beocias. Los corintios no recogían tampoco su guarnición de Argos; pero Agesilao les anuncia que si no se retiran, y a los argivos que si no salen de Corinto, les declarará a todos la guerra. Apodérase el miedo de ambas partes, y se retiran los argivos, volviendo a tomar Corinto su antiguo gobierno, pues los autores de los degüellos y sus cómplices se deciden voluntariamente a abandonar la ciudad, y los demás ciudadanos llaman con placer a los expatriados.

Después que tiene lugar todo esto, y cuando las ciudades se han obligado por juramento a observar la paz dictada por el rey, licéncianse los ejércitos de mar y tierra. Celebran de este modo su primera paz los lacedemonios, los atenienses y los aliados, después de la guerra que siguió a la demolición de los muros de Atenas. Los lacedemonios, después de haber hecho inclinar a su parte las ventajas durante la guerra, consíguenlas mayores con la paz, pues no solo fueron los promovedores de esta cerca del rey y obtuvieron la independencia de las ciudades, convirtieron a Corinto en aliada y libertaron a las ciudades beocias de la dominación tebana, cosa que deseaban desde largo tiempo, sino que además hicieron cesar la ocupación de Corinto por los argivos, amenazándoles con la guerra si no se retiraban de dicha ciudad.

Capítulo II

Aunque todo hubiera salido a medida de su deseo, los lacedemonios son de parecer de castigar a aquellos de sus aliados que durante la guerra se han pasado a sus contrarios, o han mostrado más benevolencia hacia sus enemigos que hacia Lacedemonia, para quitarles de este modo los medios de una nueva defección. Envían primeramente a los mantineos la orden de demoler sus muros, diciendo que no pueden asegurar de otra manera su fidelidad, pues pretenden estar ciertos de que enviaron trigo a los argivos cuando estos se hallaban en guerra con Lacedemonia, que a menudo rehusaban tomar parte en las expediciones, a pretexto de la tregua sagrada, y que si les acompañaban hacían mal el servicio. Añadían también que no ignoraban su envidia cuando alcanzaban alguna victoria los espartanos, y su gozo cuando sufrían alguna derrota. Recuérdase asimismo que la tregua de treinta años, concertada después de la batalla de Mantinea, ha terminado en este mismo año. Rehúsan los mantineos demoler sus muros, por lo cual decrétase contra ellos una expedición. Agesilao suplica a la ciudad se le dispense de dirigir esta expedición, pues la ciudad de Mantinea había prestado grandes servicios a su padre en las guerras de Mesenia; por lo cual se nombra jefe de ella a Agesípolis, a pesar de los lazos de amistad que había tenido su padre con los principales de Mantinea.

Apenas ha llegado a este país lo entrega al saqueo; sin embargo, como a pesar de esto los mantineos no demolían sus muros, hace excavar un foso alrededor de la ciudad, empleando en este trabajo la mitad de sus tropas, mientras la otra mitad está sobre las armas protegiendo a los trabajadores. Una vez terminado este foso, podía ya con plena seguridad levantar un contramuro alrededor de la ciudad; pero al saber que hay en ella mucho trigo, por haber sido muy fértil el año precedente, cree que corre el riesgo de arruinar a Lacedemonia y a los aliados con largas campañas, y corta el río que pasa por la ciudad y que era bastante considerable. Hallándose así obstruido el curso del río, el agua retrocede y se extiende sobre los cimientos de las casas y de la muralla; luego que se mojan los ladrillos de la parte inferior, no pueden sostener el peso de los de arriba y principia el muro a hundirse, y finalmente se derrumba. Intentan los sitiados, durante algún tiempo, apuntalarlo con maderos, e imaginan varios medios para que no caiga la torre; pero vencidos por las aguas y temiendo que una vez haya caído la muralla sean tomados por asalto, consienten en arrasar sus muros. Los lacedemonios rehúsan entonces tratar con ellos, sino con la condición de repartir su población entre las inmediatas, y las mantineos, viendo que no pueden evitarlo, se muestran prontos a hacerlo.

Los partidarios de Argos y los principales de la población juzgaban se les condenaría a muerte; pero Agesípolis consiente, a instancias de su padre, en dejarles salir de la ciudad completamente seguros, en número de sesenta. Los lacedemonios, con la lanza en la mano, se colocan para verlos salir a ambos lados de las puertas de la ciudad, y a pesar de su odio, dicho sea como una gran prueba de disciplina, les cuesta menos trabajo el abstenerse de ofenderles que a los oligarcas mantineos. Después hacen arrasar el muro y reparten en cuatro barrios la población de Mantinea, conforme estaba dividida en otro tiempo. Apesadúmbrales este cambio en los primeros momentos, porque era preciso derribar las casas que poseían y levantar otras; pero al ver los propietarios que permanecen de este modo más cercanos a sus tierras, que se hallaban junto a los suburbios, que dominarán con el gobierno aristocrático, y que de este modo se verán libres de los turbulentos demócratas, concluyen por regocijarse de lo sucedido. Los lacedemonios no les mandan un solo oficial para todos, sino uno para cada barrio; y los mantineos, bajo su nueva constitución, toman parte más activa en la guerra que bajo la democracia. He aquí lo que sucedió en Mantinea; esto puede servir de experiencia para que no se deje pasar nunca un río por dentro las murallas.

Cuando los fugitivos de Fliunte saben que los lacedemonios examinaban la conducta retrospectiva de sus aliados durante la guerra, consideraron la ocasión oportuna y se dirigieron a Lacedemonia, recordando a los espartanos que mientras estuvieron ellos en su patria, la ciudad les recibió siempre dentro de sus muros y los habitantes estuvieron siempre dispuestos a acompañarles en guerra donde quisieron, y que después de haber sido arrojados de su población, en cosa alguna querían obedecerles, y eran los únicos a quienes se rehusaba la entrada en la población. Al oír esto los éforos, juzgan digno de observación su parecer, y envían a decir a los fliasios que siendo amigos de Lacedemonia, sus desterrados no habían merecido esta pena, y por lo tanto, parecíales oportuno fuesen llamados voluntariamente por la ciudad, mejor que hacérselos llamar a la fuerza. Los fliasios, después de oír este mensaje, temen que si marchan contra ellos los lacedemonios, haya algunas personas dentro de la ciudad que les introduzcan, y efectivamente, contaban en ella los expatriados buen número de parientes y partidarios, y además hallábanse en ella, como sucede en casi todas las ciudades, bastantes individuos que deseaban un cambio en la cosa pública, así como el levantamiento del destierro a los expatriados. Por todo lo cual decretan sean nuevamente admitidos los desterrados y se les devuelvan los bienes cuya propiedad se pruebe, indemnizando a los actuales poseedores con fondos del tesoro público, y para el caso de sobrevenir algún litigio, que se decida en justicia. He aquí lo que sucedió durante este tiempo, relativamente a los desterrados fliasios.

Llegan a Lacedemonia mensajeros de Acanto y Apolonia, las dos ciudades más importantes de las cercanías de Olinto. Introducidos en la asamblea y ante los aliados, después de haber visto a los éforos, el acantio Clígenes dice:


«Espartanos y aliados: creemos ignoráis algo de lo que sucede en Grecia. Bien sabéis vosotros todos que Olinto es la mayor ciudad de Tracia; los olintios han principiado por apoderarse de algunas ciudades, y después de someterlas les han impuesto sus leyes y su constitución: más tarde han dominado en ciudades más importantes, después de lo cual han procurado desligar de la dominación de Amintas, rey de Macedonia, a las ciudades de esta región, y después de haber persuadido a las más cercanas, se han dirigido igualmente hacia las más distantes y poderosas: nosotros mismos les hemos dejado en posesión de gran número de ciudades, entre ellas de Pela, la más importante de todas las de Macedonia, y hemos sabido que el mismo Amintas habíase visto obligado a abandonar su capital, y que poco falta para que no se vea arrojado de toda Macedonia. Nos han enviado también muy a menudo diputados para anunciarnos a los acantios y apolonios, que si no juntamos nuestras tropas a las suyas, nos declararán la guerra. Nosotros, oh lacedemonios, queremos conservar nuestras antiguas leyes y nuestro gobierno nacional; pero si nadie viene a prestarnos su auxilio, tendremos necesariamente que unirnos a ellos: tienen ya más de ocho mil peltastas, y si tenemos que unir nuestras fuerzas a las suyas, tendrán más de mil caballos. Hemos dejado allí diputados atenienses y beocios, y hemos sabido que habían decretado también los olintios enviar mensajeros a esas repúblicas para negociar una alianza. Si dicha fuerza se junta a la de los atenienses y tebanos, ya podéis comprender, añaden, qué invencible poder adquirirán vuestros enemigos. Se han apoderado ya de Potidea, en el istmo de Palene; juzgad si tardarán mucho en someter todas las ciudades que están aquende el mismo. Una prueba de cuánto temor inspiran a todas aquellas ciudades es, que a pesar del odio que sienten todos hacia los olintios, no se han atrevido a enviar diputados con nosotros para enteraros de cuanto sucede.

»Reflexionad también si sois consecuentes, después de haber procurado con tanto interés que las ciudades de Beocia no estén reunidas bajo el poder de un solo jefe, dejando ahora se forme un poder mucho mayor, y que amenaza aumentar cada día, no solo por tierra, sino también por mar. ¿Qué obstáculo podría, en efecto, hallarse para ello en un país que posee en abundancia maderas de construcción, ingresos de grande importancia en los mercados, y una numerosa población favorecida por la fertilidad del suelo? Además, este país hállase inmediato al de los tracios independientes, que ya actualmente se muestran con ellos muy deferentes: si este pueblo cayera también bajo su dominación, adquirirían mucha mayor fuerza y poder, sin contar con que, una vez dominados los tracios, las minas de oro del Pangeo se ofrecerán a su vista. Y nada de cuanto os decimos ha dejado de repetirse mil y mil veces en la asamblea popular de los olintios. ¿Quién podría decir hasta dónde llegan sus pretensiones? porque parece, en efecto, que el dios haya querido fuesen aumentadas las pretensiones de los hombres a medida que va en aumento su poder.

»Venimos, pues, lacedemonios y aliados, a participaros el estado en que se hallan nuestros asuntos: ahora vosotros deliberaréis si os parecen dignos de atención. Es preciso, sin embargo, que sepáis que esta grande fuerza de que os hemos hablado no es en modo alguno inatacable, porque, en efecto, todas las ciudades a las cuales se ha impuesto un gobierno que detestan, le abandonarán así que vean oponérsele un partido importante; pero si se les deja el tiempo de unirse estrechamente por los lazos del matrimonio y por las adquisiciones que han decretado, y de ver que puede sacarse provecho siendo del partido del más fuerte, como sucede a los arcadios cuando os acompañan, pues aseguran sus bienes y se apoderan de los de los enemigos, entonces este poder será menos fácilmente abatido.»


Después de haber dicho esto, invitan los lacedemonios a los aliados para que den su parecer en el mejor sentido para el Peloponeso y para los aliados, y un gran número de ellos, principalmente los que quieren dar gusto a los lacedemonios, se declaran por la expedición, decidiéndose que cada ciudad enviará su contingente para un ejército de diez mil hombres, permitiéndose también a las ciudades el que den dinero en lugar de hombres, a razón de un trióbolo de Egina por individuo, y las que tienen que proporcionar caballería pagarán por cada soldado de ella el sueldo de cuatro hoplitas. Apruébase asimismo que si alguna ciudad falta al llamamiento, podrán condenarla los lacedemonios a la indemnización de un estatero diario por individuo.

Convenidos estos extremos, levántanse los acantios y hacen nuevamente uso de la palabra para declarar que ciertamente son muy buenas estas condiciones, pero que no son susceptibles de la prontitud que el asunto reclama. Añaden que valdría más que mientras se verifican estos preparativos partiese al instante un jefe con todas las fuerzas disponibles en Esparta y en las ciudades aliadas, y que al obrar así, las ciudades que aún no se hubiesen unido a los olintios, no llegarían a realizarlo, y que las que lo estuviesen ya, les prestarían un auxilio más débil. Prevalece igualmente esta opinión, y envían los lacedemonios a Eudámidas con los neodamodes y unos dos mil periecos y esciritas.

Eudámidas, antes de marchar ruega a los éforos den a su hermano Fébidas orden para reunir el resto de las tropas que no se le habían aún juntado, y para conducirlas. Así que llega a las comarcas fronterizas de Tracia, envía guarniciones a las ciudades que las desean, y ocupa a Potidea, que se entrega voluntariamente, pues desde largo tiempo era aliada de los lacedemonios, y de allí verifica varias excursiones, haciendo la guerra en cuanto se lo permite la exigüidad de sus fuerzas.

Fébidas, después de reunir las tropas que no se habían podido juntar a Eudámidas, colocándose a su cabeza, se pone en marcha. Llegado a Tebas, acampa fuera de la ciudad, no lejos del gimnasio. Hallábanse en disensión los tebanos: los dos polemarcas Ismenias y Leontíades eran enemigos y estaba cada uno al frente de su partido. Ismenias, por odio a los lacedemonios, no visitó siquiera a Fébidas; pero Leontíades le agasaja, y cuando hubo intimado con él, le dice:

—«Fébidas, hoy puedes prestar el mayor servicio a tu patria, pues si quieres seguirme con tus hoplitas, te introduciré en la acrópolis, y una vez te hayas apoderado de ella, puedes estar seguro de que Tebas se hallará completamente bajo el poder de los lacedemonios y de nuestro partido, que os es enteramente afecto. En verdad que ahora, como ves, ha sido pregonada la prohibición a todo tebano para acompañarte contra los olintios; pero si nos ayudas a llevar a cabo nuestros planes, enviaremos contigo gran número de hoplitas y caballos; de manera que conducirás numerosos refuerzos a tu hermano, y mientras este procura apoderarse de Olinto, tú te habrás hecho dueño de Tebas, ciudad mucho mayor que aquella.»

Deslúmbrase Fébidas ante este discurso, pues prefería a la misma vida cualquier brillante proeza; bien es verdad que no tenía fama de muy razonable ni muy sensato. Luego que ha consentido en ello, Leontíades le dice que emprenda la marcha como si fuese ya su partida definitiva, y cuando sea oportuno, le dice, me juntaré a ti y te serviré de guía. La asamblea tenía lugar en este momento bajo los pórticos de la plaza pública, pues las mujeres celebraban las Tesmoforias en la Cadmea; era en verano y a la hora del mediodía, por lo cual las calles se hallaban desiertas. Leontíades, saltando entonces a caballo, hace retroceder a Fébidas y le conduce a la acrópolis. Después de haber establecido allí a Fébidas y a sus tropas, le entrega las llaves de las puertas y le recomienda no deje entrar a nadie sin orden suya, y se dirige al senado. Llegado allí, dice:


«Ciudadanos: los lacedemonios ocupan la acrópolis: no os asustéis por ello, pues declaran no tratarán como enemigo al que no quiera la guerra. Pero yo, en virtud de la ley que permite al polemarca prender a todo hombre cuya conducta merezca la muerte, hago prender a Ismenias, aquí presente, como fautor de la guerra. Vosotros, pues, capitanes de las cohortes, y todos los restantes a quienes esto incumbe, levantaos, apoderaos de este hombre y conducidle al lugar convenido.»


Estos, que habían recibido anticipadamente sus instrucciones, obedecen y se apoderan de Ismenias: en cuanto a aquellos que nada saben y que pertenecen al partido opuesto a Leontíades, unos huyen inmediatamente de la ciudad por temor de que se les condene a muerte, y los otros se dirigen primero a sus casas, y al saber que Ismenias está preso en la Cadmea, se refugian en Atenas en número de unos trescientos, todos ellos partidarios de Androclidas e Ismenias. Después de haber hecho todo esto, eligen un nuevo polemarca para la vacante de Ismenias, y Leontíades se dirige inmediatamente a Esparta. Encuentra allí a los éforos y al pueblo fuertemente irritado contra Fébidas, porque ha obrado en todo eso sin conocimiento del gobierno. Sin embargo, Agesilao dice que si su conducta ha sido funesta a los intereses de Lacedemonia, debe ser castigado; pero que si ha sido ventajosa para la ciudad, es costumbre muy antigua poder tomar a su cuenta y riesgos tales golpes de mano. «Se trata, pues —dice—, de averiguar si son favorables o contrarios para Lacedemonia estos sucesos.» Presentándose entonces Leontíades ante los miembros del senado, les dice:


«Ciudadanos lacedemonios: antes de los actuales sucesos conocíais y censurabais los hostiles sentimientos que hacia vosotros abrigaban los tebanos, pues les veíais siempre amigos de vuestros adversarios y enemigos de vuestros aliados. ¿No rehusaron, acaso, seguiros en vuestra expedición contra el pueblo del Pireo, vuestro más acérrimo enemigo? ¿No hicieron también la guerra a los focidios porque los veían favorablemente dispuestos a vosotros? Y ahora, ¿no acaban de concertar una alianza con los olintios, porque sabían os dirigíais contra ellos? Siempre teníais en la mente la posibilidad de que se apoderaran violentamente de Beocia para sujetarla a su dominio, mientras que ahora, después de lo que ha ocurrido, nada tenéis ya que temer de los tebanos, y bastará mostréis una pequeña escítala para que veáis cumplimentadas allí vuestras órdenes, si queréis interesaros por nosotros como nosotros nos interesamos por Esparta.»


Después de oído este discurso, determinan los lacedemonios conservar la acrópolis, ya que se halla en su poder, y hacer juzgar a Ismenias, para cuyo objeto mandan tres jueces lacedemonios y uno por cada ciudad aliada, así de las grandes como de las pequeñas. Una vez reunido este tribunal, se acusa a Ismenias de haber sostenido relaciones con los bárbaros; de estar ligado por la hospitalidad con el rey de Persia, en daño de Grecia; de haber aceptado dinero del rey, y de haber sido autor con Androclidas de las turbulencias de las ciudades griegas. Defiéndese Ismenias de todos estos cargos; pero no puede, sin embargo, probar que no alimente grandes y perniciosos designios, y es condenado a muerte, sufriendo inmediatamente su pena. Leontíades y sus partidarios quedan dueños de la ciudad y conceden a los lacedemonios más de lo que estos deseaban.

Terminado así este asunto, continúan con vigor su expedición contra Olinto. Envían como harmosta a Teleutias, con el contingente que del reclutamiento de diez mil hombres deben proporcionar, y remiten además a las ciudades aliadas las escítalas que ordenan seguir a Teleutias, según el decreto acordado por los aliados. Son generalmente obedecidos, a causa de la fama que tenía de no ser ingrato con los que le complacían; y como era hermano de Agesilao, mostró gran celo la ciudad de Tebas en enviarle hoplitas y caballos. Teleutias, sin embargo, avanzaba con lentitud, porque procuraba no causar en su marcha daño alguno a los países aliados y reunir cuantas fuerzas pudiese. Envía anticipadamente mensajeros a Amintas, diciéndole que si desea reconquistar su reino debe reclutar mercenarios y sembrar a manos llenas el dinero entre los reyes vecinos, con el fin de hacérselos aliados. Hace decir también a Derdas, gobernador de Elimia, que los olintios han sometido ya la parte más considerable de Macedonia, y que no retrocederán ante la más pequeña si no hay quien haga cesar sus violencias.

Mientras toma todas estas medidas, llega al país aliado al frente de un numeroso ejército. Una vez en Potidea, reúne todas sus fuerzas y avanza por el territorio enemigo. Dirigiéndose a la ciudad, no incendia ni devasta la comarca, convencido de que haciéndolo se crearía grandes obstáculos, así para su marcha como para su retirada, mientras que cuando de ella se aleje será el momento oportuno para cortar los árboles, y con ello impedir la marcha de los que le persigan. Cuando llega a unos diez estadios de la ciudad, hace descansar sobre las armas a sus tropas; y como mandaba el ala izquierda, dirígese él mismo contra las puertas por donde debía salir de la ciudad el enemigo: el resto de la falange de los aliados formaba el ala derecha. Había también dispuesto a la derecha la caballería lacedemonia, la de los tebanos y la de los macedonios que se le habían unido. Había conservado, sin embargo, a su lado a Derdas y su caballería, en número de unos cuatrocientos, así porque la tenía en mucho aprecio, como por hacerse agradable a Derdas prestándole un servicio que había de complacerle.

Cuando han salido los enemigos y están formados en batalla al pie de sus muros, reunida toda su caballería, se arroja sobre los lacedemonios y beocios. Policarmo, comandante lacedemonio, es arrojado de su caballo y recibe en el suelo numerosas heridas; otros son muertos, y por fin vuelve grupas la caballería del ala derecha. Al ver la derrota de esta, cede también la infantería, y todo el ejército corría el riesgo de ser vencido, si Derdas a la cabeza de su caballería no se hubiese dirigido al galope hacia las puertas de Olinto; síguele también Teleutias con su división en buen orden. La caballería olintia, al apercibirse de este movimiento, y temiendo se le cierren las puertas, da media vuelta y se retira a toda prisa. Mata entonces Derdas a gran número de ellos, mientras pasaban ante él a escape, y la infantería olintia se retira también dentro de los muros sin haber experimentado muchas bajas por la proximidad de la muralla. Teleutias, después de levantar un trofeo y haber hecho constar esta victoria, se retira cortando los árboles.

Tal fue la expedición que verificó en este verano; después licencia las tropas macedonios y las de Derdas. Los olintios hacen, sin embargo, frecuentes excursiones contra las ciudades aliadas a los lacedemonios, devastan su territorio y matan a sus habitantes.

Capítulo III

Así que comienza la primavera, la caballería olintia, en número de unos seiscientos hombres, verifica una excursión hacia Apolonia en mitad del día, y se disemina por la campiña para saquearla: aquel día Derdas y su caballería habían llegado a Apolonia y se hallaban tomando el almuerzo. Cuando se apercibe aquel de esta correría, da orden a su gente para que armados y con los caballos enjaezados se mantengan a la expectativa; y cuando ve que los olintios avanzan con seguridad completa hasta los suburbios y las mismas puertas de la ciudad, sale al frente de su caballería en correcta formación. Así que le distingue el enemigo, emprende la fuga; mas él no se contenta con esto, sino que le persigue unos noventa estadios sin cesar de matarle gente, hasta los mismos muros de Olinto: dícese que les mató unos ochenta caballeros. Permanecen desde entonces los enemigos encerrados dentro de sus muros y sin cultivar más que una pequeñísima parte de su territorio. Algún tiempo después, Teleutias dirigíase contra la ciudad de Olinto, a fin de destruir los árboles que habían quedado en pie y los trabajos de cultivo de los enemigos, cuando la caballería olintia avanza silenciosamente contra los lacedemonios, a cuya vista Teleutias, indignado por su audacia, ordena a Tlemónidas, jefe de los peltastas, se arroje sobre ellos a paso de carga. Los olintios, al verse atacados por los peltastas, vuelven la espalda, retíranse en buen orden, y vuelven a pasar el río; y los que les siguen, creyendo habérselas con fugitivos, persíguenles con grande audacia y se disponen también a atravesar el río; pero entonces la caballería olintia, aprovechando el momento en que acaban los peltastas de atravesar el río y les ofrecen un inmenso flanco, se vuelve, y cargando sobre ellos, matan al mismo Tlemónidas y a más de ciento de sus soldados. Teleutias, al conocer lo sucedido, monta en cólera, coge sus armas, y dirigiéndose hacia adelante con sus hoplitas, ordena a los caballeros y peltastas persigan sin tregua al enemigo. Gran número de ellos, cumpliendo sus órdenes, avanzan hacia las murallas más de lo que la prudencia exige, y tienen que retirarse con grandes pérdidas; y otros, alcanzados por las flechas arrojadas desde las torres, tienen que replegarse desordenadamente para ponerse a cubierto de los proyectiles. Cargan entonces los olintios con su caballería, apoyada por los peltastas, y últimamente los mismos hoplitas salen de la ciudad y se arrojan sobre la falange desordenada. Perece Teleutias combatiendo, y al momento ceden las tropas; nadie hace resistencia, y se declaran todos en fuga: unos procuran refugiarse en Espartolo, otros en Acanto o en Apolonia, y gran parte en Potidea. Persíguenles en todos sentidos los vencedores, y dan muerte a gran número de hombres de los más útiles al ejército.

Paréceme que tales desgracias deben enseñar a los hombres, y servirles para comprender que no se debe castigar mientras se está encolerizado, ni siquiera a los esclavos, porque a menudo ha sucedido que, arrastrados los dueños por la pasión, se han atraído a sí mismos mayores desventuras de las que a los demás han ocasionado. Pero sobre todo en la guerra, es una falta, muchas veces irreparable, el obrar siguiendo las inspiraciones de la cólera. La cólera, en efecto, es imprevisora, mientras la reflexión procura hallar con igual cuidado los medios de evitar un desastre, que los necesarios para perjudicar al enemigo.

Los lacedemonios, después de saber esta noticia, celebran consejo y deciden mandar fuerzas considerables para abatir la soberbia de los vencedores y no hacer inútiles cuantas ventajas hasta entonces se habían conseguido. Pensando de esta suerte, envían como general al rey Agesípolis, designándole también treinta espartanos, como se había hecho cuando la expedición de Agesilao a Asia. Muchos periecos, gente esforzada, así como buen número de extranjeros de los que se llaman trófimos y algunos bastardos espartanos bien reputados y que habían ejercido elevados cargos en la ciudad, le siguen como voluntarios. También proporcionan voluntarios las ciudades aliadas, alistándose también como tales algunos caballeros tesalios que querían hacerse conocer y apreciar por Agesípolis, y finalmente Amintas y Derdas muestran mayor actividad que la primera vez. Después de disponerlo todo, Agesípolis parte para Olinto.

La ciudad de los fliasios, que había merecido los elogios de Agesípolis a causa de la prontitud con que había proporcionado grandes cantidades para esta expedición, creyendo que hallándose ausente Agesípolis no se dirigirá Agesilao contra ella, pues no había sucedido nunca que estuviesen los dos reyes ausentes al mismo tiempo de Esparta, se atreve a no conceder justicia a los desterrados que han regresado a su patria, pues estos, en efecto, pedían fuesen decididos los puntos en litigio por un tribunal imparcial; pero los ciudadanos quieren sea juzgada su querella por la misma ciudad. Reclaman aquellos, alegando que no puede haber verdadera justicia si una de las partes litigantes ha de decidir como juez; pero no se les escucha, por lo cual se dirigen entonces a Lacedemonia para quejarse del gobierno de su ciudad: acompáñales asimismo cierto número de habitantes de Fliunte, que afirman se les considera por gran número de ciudadanos como verdaderas víctimas de la injusticia, por lo cual, irritada la ciudad, condena a todos los que se han dirigido a Esparta sin misión alguna del estado. Estos no se apresuran a volver a su patria; antes por el contrario, permanecen en Lacedemonia e informan a los de esta ciudad de que los que cometen estas violencias son los mismos que les han desterrado y cerrado las puertas a las tropas espartanas, que han comprado sus bienes y emplean la violencia para conservarlos, habiendo encontrado por fin el medio de hacerles castigar por haberse dirigido a Lacedemonia, a fin de que nadie, en lo futuro, se atreva a revelarles lo que pasa en su ciudad.

Creyendo los éforos que, en efecto, se cometía allí injusticia, declaran la guerra a los fliasios, cosa que no disgustó a Agesilao, pues la familia de Podánemo, desterrada en la actualidad, estaba unida con su padre Arquidamo por los lazos de la hospitalidad, y él mismo lo estaba con la familia de Procles, hijo de Hipónico. Terminados los sacrificios de la marcha, emprende la campaña, a pesar de que varias diputaciones marchan a su encuentro ofreciéndole grandes cantidades para evitar la invasión: contesta a todos que no se dirige allí para cometer injusticias, antes al contrario, para proteger a los que de ellas son víctimas. Por fin afirman los fliasios se hallan dispuestos a hacer cuanto quiera, rogándole suspenda su expedición; pero él les contesta que no puede creer solo en sus palabras, pues otras veces le han engañado y necesita, por lo mismo, una garantía efectiva. Habiéndole preguntado cuál era la garantía que exigía, contesta: «La misma que nos disteis otra vez sin que hubieseis padecido perjuicio alguno: el entregarnos la acrópolis.» No habiendo accedido a su petición, invade el país y rodea su ciudad con obras de fortificación, dejándola completamente sitiada. Gran número de lacedemonios repiten, sin embargo, que por algunas personas se enajena una ciudad de más de cinco mil almas, y en realidad, para ponerlo más de relieve, los fliasios celebraban sus asambleas a la vista del ejército, por lo cual Agesilao ideó el siguiente medio para contrarrestar este reproche. Cada vez que salía alguien de la ciudad, atraído por la amistad o por la parentela de los desterrados, hace preparar comidas públicas como las de Esparta y dar alimentos suficientes a cuantos quieren tomar parte en los ejercicios; ordena asimismo se les procure toda clase de armas sin retroceder ante ningún gasto. Ejecútanse sus órdenes, y de este modo se forma un cuerpo de más de mil hombres robustos, disciplinados y bien armados; de manera que llegan los lacedemonios a desear por compañeros de armas a estos soldados.

En estas cosas empleaba su actividad Agesilao. Mientras tanto, Agesípolis, saliendo de Macedonia, sitúase con sus tropas frente a Olinto: pero viendo que nadie sale a atacarle, se ocupa en devastar cuanto ha sido hasta entonces respetado en su territorio, y destruye las mieses de las comarcas aliadas, así como cayendo sobre Torone, se apodera de ella por asalto. Hallábase en esto, cuando es atacado por una ardiente fiebre, propia de la estación canicular en que se encontraban; y habiendo visto por la mañana el templo de Dioniso en Afitis, entrole el deseo de gozar de la sombra de sus cuevas y de sus aguas límpidas y frescas: transpórtasele aún con vida, pero muere fuera del templo, una semana después de haber caído enfermo. Su cuerpo, cubierto de miel, es llevado a su patria, donde recibe sepultura real.

Agesilao, al saber esta noticia, no demuestra que ha perecido un rival, antes derrama abundantes lágrimas y echa de menos su compañía, pues en Esparta los reyes habitan juntos cuando en ella se encuentran. Agesípolis y Agesilao confiábanse a menudo las confidencias más intimas sobre su juventud, sus cacerías, sus caballos y sus amores, y además, mientras vivían juntos, mostrábale el último gran respeto, pues era mayor en edad. Envían en su lugar los lacedemonios en calidad de gobernador contra Olinto a Polibíades.

Agesilao había dejado ya trascurrir el tiempo prudencial que se había fijado para la duración de las provisiones en Fliunte, pues tal es el dominio que sobre los apetitos puede tenerse que los fliasios, habiendo decretado entregar la mitad del trigo que antes se daba a todo el mundo, al ejecutar esta resolución, pudieron sostener el sitio durante doble tiempo del que se había presumido. Y tal es también la superioridad de la audacia sobre la timidez, que cierto Delfión, que pasaba por hombre distinguido, al frente de trescientos fliasios pudo dominar el influjo de los que deseaban la paz, y retener en la cárcel a los individuos de quienes desconfiaba; pudo asimismo obligar al pueblo a montar las guardias y asegurarse de su fidelidad vigilándole constantemente. A menudo verificaba salidas con sus partidarios más decididos, y rechazaba las guardias de diferentes puntos de las fortificaciones enemigas. Sin embargo, cuando a pesar de todos sus arbitrios esos hombres tan decididos no pudieron hallar víveres en parte alguna de la ciudad, pidieron una tregua a Agesilao para enviar una comisión a Esparta, pues habían determinado entregar a discreción la ciudad a los lacedemonios.

Irritado Agesilao de que no le consideren con autoridad suficiente para ello, halla medio para que sus amigos de Esparta obtengan se le deje árbitro de la suerte de Fliunte, y entonces accede a dejar paso franco a aquella comisión. Redobla, sin embargo, la vigilancia en las guardias para que nadie pueda salir de la ciudad, pero a pesar de todas estas precauciones, Delfión, y con él un esclavo estigmatizado que había sustraído gran cantidad de armas a los sitiadores, consiguen escapar durante la noche. Cuando los diputados vuelven de Esparta con la noticia de que esta da sus más amplios poderes a Agesilao respecto a lo que debe hacerse con la ciudad, decide aquel que cincuenta desterrados y cincuenta sitiados sean los que han de manifestar quiénes deban conservar la vida o perecer de entre los sitiados, y que más adelante establecerá las leyes según las cuales deban gobernarse. Mientras ejecutan sus órdenes, deja una guarnición en la ciudad con el sueldo de seis meses, después de lo cual licencia a los aliados y regresa a Esparta con sus conciudadanos. Así terminó la expedición a Fliunte, después de haber durado un año y ocho meses.

Polibíades, por su parte, acosaba vivamente por el hambre a los olintios, pues no podían recibir por tierra ni introducir por mar alimento alguno, obligándoles con esto a enviar una diputación a Lacedemonia para tratar de la paz. Danse a los enviados amplios poderes, y celebran allí un tratado, obligándose a reconocer por amigos o por enemigos a los que lo sean de Lacedemonia, a seguir a todas partes donde quieran conducirles los espartanos, y a ser sus aliados. Después de haber jurado permanecer fieles a estas condiciones, regresan a su país.

Todo favorecía a los lacedemonios: hallábanseles completamente sometidos los tebanos y beocios; afectos y bien dispuestos los corintios; humillados los argivos, después de haber visto que el pretexto de los meses sagrados de nada les servía; de todos abandonados los atenienses, y castigados cuantos aliados a Esparta no habían sido enteramente fieles: de ahí que todo parecía indicar para ellos una gloriosa y duradera dominación.

Capítulo IV

Podría citarse en la historia de Grecia y en la de los bárbaros gran número de hechos que prueban que los dioses tienen en cuenta así a los hombres religiosos como a los impíos; pero solo referiré lo que atañe a mi objeto. Los lacedemonios habían jurado respetar la independencia de las ciudades, y, a pesar de esto, se habían apoderado de la acrópolis de Tebas, por lo cual fueron castigados por las mismas víctimas de su injusticia, ellos, que no habían sido sometidos jamás a ningún hombre y bastaron siete desterrados para destruir el poder de los ciudadanos que les habían introducido en la acrópolis y habían querido poner a su patria bajo la dominación de los lacedemonios a fin de poder ejercer la tiranía. Voy a relatar cómo sucedió todo esto.

Había en Tebas un cierto Fílidas que hacía de secretario de Arquias y de los demás polemarcas, y que aparentemente les había prestado grandes servicios. Habiendo ido este hombre a Atenas para algunos asuntos, se encontró con Melón, sujeto muy conocido y que era uno de los tebanos allí refugiados. Informado este por Fílidas de la tiranía ejercida por el polemarca Arquias y por Filipo, comprende que la situación de la patria le es tan odiosa a Fílidas como a él mismo. Danse, pues, garantías recíprocas de su fidelidad, y conciertan el plan que debe seguirse. Melón inmediatamente se une a otros seis desterrados, los más a propósito para sus designios, y no les hace tomar otras armas que sus puñales. Principian por entrar de noche en el territorio tebano, y después de haber pasado el día en un lugar enteramente desierto, se acercan a las puertas de la ciudad como si volviesen del campo, a la hora en que dejan su trabajo los más rezagados. Luego que entran en la ciudad, pasan la noche en casa de un ciudadano llamado Carón, y allí permanecen todo el día siguiente. Fílidas se hallaba ocupado en arreglarlo todo para que celebrasen los polemarcas las Afrodisias antes de ser relevados de sus cargos; habíales dicho hacía largo tiempo que les llevaría las mujeres más hermosas y amables de Tebas, y les dice entonces que aquel día cumplirá su palabra, pues querían, según sus gustos, pasar una noche agradable. Terminada la cena, y cuando principian a hallarse ebrios a causa de las incitaciones de aquel, sale para cumplir la orden de llevarles las heteras, y vuelve acompañado de Melón y sus compañeros, de los cuales, tres iban disfrazados de dueñas y los otros de sirvientas. Después de haberles introducido en la antecámara del polemarca, entra y dice a Arquias que las mujeres rehúsan entrar si hay en la sala algún criado, por lo cual dan inmediatamente la orden para que todos se retiren, y Fílidas, dando vino a los esclavos, les manda se recojan en la habitación de uno de ellos. Introduce entonces a las heteras y hace sentar una al lado de cada hombre. Se había convenido que después de sentarse y al quitarse el velo, les darían de puñaladas. He aquí, según se dice, cómo perecieron los polemarcas, aunque otros aseguran que entraron como convidados los amigos de Melón, y los mataron.

Tomando luego Fílidas tres de los conjurados, se dirige a casa de Leontíades y llama a la puerta, anunciándose como portador de una orden de los polemarcas. Hallábase aquel acostado solo, después de haber cenado, y su mujer hilaba sentada a su lado. Creyendo fiel a Fílidas, les hace entrar, y apenas introducidos, le degüellan, y obligan a su mujer con amenazas a guardar silencio: cuando salen, dicen que dejan cerrada la puerta y que si la encuentran abierta, matarán a cuantos están en la casa. Tomadas estas medidas, Fílidas se dirige con dos de los suyos a la cárcel, y dice al carcelero que por orden de los polemarcas conduce a un hombre para ser encarcelado; ábreles el carcelero, y después de darle muerte, ponen en libertad a los presos. Entréganles a toda prisa armas tomadas del pórtico y les conducen entonces al Anfión, donde les ordenan se conserven sobre las armas. Inmediatamente hacen pregonar a todos los tebanos, caballeros y hoplitas, pueden salir de sus escondrijos, pues han perecido ya los polemarcas. Mientras es de noche permanecen los ciudadanos en sus casas, resistiéndose a creer que sea verdad; pero cuando se hace de día y se ve la realidad de lo sucedido, júntanse a los conjurados así los hoplitas como los caballeros. Los desterrados envían emisarios montados a los que están en las fronteras de Atenas y a los dos generales, que acuden así que conocen el motivo por el que se les llama.

El gobernador de la acrópolis, así que conoce el pregón que ha tenido lugar durante la noche, pide refuerzos a Platea y Tespias, pero la caballería tebana, informada de la llegada de los plateenses, marcha a su encuentro y mata a más de veinte. Después de este encuentro, vuelven a la ciudad, y reunidos a los atenienses que habían llegado de las fronteras, atacan la acrópolis. Los que se hallaban en ella, conociendo su pequeño número, principian a sobrecogerse de miedo al ver el ardor de los que les atacan, excitados por las recompensas brillantes prometidas a los que asaltaran primero la fortaleza, y declaran la entregarán si se les permite salir libremente con sus armas. Concédeseles gustosamente lo que piden, y se les deja salir, después de haber celebrado una tregua y de haberse obligado con juramento a sostenerla. Pero mientras salen, se apoderan los tebanos de cuantos reconocen como enemigos y les condenan a muerte: algunos son secretamente ocultados por los atenienses que habían venido de las fronteras, y así consiguen salvarse; pero los tebanos se apoderan asimismo de los hijos de aquellos a quienes habían muerto, y les degüellan.

Luego que los lacedemonios conocen estos sucesos, condenan a muerte al gobernador, que había abandonado la acrópolis sin aguardar a que llegaran los refuerzos, y decretan una expedición contra los tebanos. Agesilao, declarando que hacía más de cuarenta años había pasado de la adolescencia, y demostrando que la ley en virtud de la cual los otros ciudadanos de esta edad no se hallan obligados a salir de la patria debe aplicarse igualmente a los reyes, se ve libre de dirigir la expedición. No era, sin embargo, este el motivo por el que deseaba permanecer en su patria, sino porque sabía que si mandaba esta invasión dirían sus conciudadanos que Agesilao creaba obstáculos al estado únicamente para favorecer tiranos, y por esto procuró amoldarse a las circunstancias. Los éforos, acosados por los tebanos que habían podido escapar de la matanza, envían en lo más fuerte del invierno a Cleómbroto, que dirigía por primera vez un ejército. Como el camino que pasa por Eléuteras se halla ocupado por Cabrias y los peltastas atenienses, toma Cleómbroto, para atravesar el monte, la vía de Platea; pero al avanzar los peltastas, se hallan en los picos a los prisioneros libertados, que guardaban el paso en número de unos ciento cincuenta. Mátanlos todos los peltastas, a excepción, acaso, de uno o dos, y Cleómbroto baja a Platea, ciudad aún afecta a los lacedemonios, y se dirige después a Tespias, de donde se dirige a Cinoscéfalas, ciudad tebana, para establecer allí su campamento. Permanece en ella unos diez y seis días, y regresa a Tespias, donde deja a Esfodrias como gobernador con la tercera parte del continente de los aliados, y le entrega todo el dinero que había sacado de su patria, ordenándole reclute mercenarios. Esfodrias ejecuta sus órdenes, y Cleómbroto toma el camino de Creusis y conduce a sus hogares a las tropas de su mando, no sabiendo aquellas si en efecto se estaba en guerra o no con los tebanos. Lo cierto es que había conducido su ejército al territorio tebano, y que volvía después de haberles hecho el menos daño posible. A su regreso, fue asaltado por un viento impetuoso, que interpretaron muchos como un funesto presagio para el porvenir. Este viento, que no le ocasionó poco destrozo, sorprendió al ejército después de salir de Creusis, mientras pasaba por el lugar en que la montaña costea el mar, y precipitó a él gran número de acémilas con sus bagajes y arrebató muchas armas, que cayeron también al mar. Finalmente, muchos de ellos, que no podían seguir la marcha con las armas, abandonaron en las cimas del monte sus escudos vueltos del revés y llenos de piedras para que no volasen. Comieron del mejor modo que pudieron en Egóstena de Mégara, y al día siguiente volvieron a buscar sus armas. Hecho esto, fuese cada cual a su casa, pues Cleómbroto había licenciado a sus tropas.

Viendo los atenienses el poderío de los lacedemonios, pues la guerra no está ya en Corinto, sino a las puertas del Ática, invadiendo Tebas, se dejan dominar de tal modo por el miedo, que citan a juicio a los dos generales que ocasionaron la conjuración de Melón contra Leontíades y su partido, condenando a muerte a uno de ellos y desterrando al otro, que no había esperado a saber el resultado del juicio.

Temiendo también los tebanos al poder lacedemonio si se hallan solos contra ellos en la guerra, recurren a la siguiente estratagema. Persuaden a fuerza de dinero al gobernador de Tespias, Esfodrias, que aparente invadir el Ática para que se origine con ello una ruptura entre atenienses y lacedemonios. Dócil Esfodrias a dichas instrucciones, aparenta querer apoderarse del Pireo, que se hallaba ya sin puertas, y parte de Tespias una mañana con sus soldados, después de haberles hecho comer, diciendo quiere llegar al Pireo antes de terminar el día. Llega en aquel mismo día a Tría y nada hace para ocultar su camino; pero tomando otra dirección, se apodera de los ganados y saquea las casas. Algunos de los que le habían encontrado durante la noche, habían huido hacia Atenas, donde habían anunciado la proximidad de un ejército formidable. Habíanse los atenienses armado a toda prisa, y tanto los de a pie como los de a caballo, custodiaban las puertas de la ciudad. Hallábanse en Atenas en aquella ocasión los embajadores lacedemonios Etimocles, Aristóloco y Ocilo, quienes estaban alojados en casa del próxeno Calias; préndenlos los atenienses después que reciben aquella noticia, y los vigilan cuidadosamente creyendo que han tenido parte en la trama; pero ellos quedan sorprendidos del suceso y se justifican diciendo que si hubiesen sabido que debían tomar el Pireo, no hubieran sido tan imprudentes para entregarse de este modo a los atenienses, y sobre todo en casa del próxeno, donde a cualquier momento podía hallárseles. Dicen además que pronto verán los atenienses que nada de ello sabía la ciudad, pues están seguros de que Esfodrias será condenado por Esparta. Se decide, pues, que ninguna participación tienen en el asunto, y se les pone en libertad. Por su parte, los éforos llaman a Esfodrias e intentan contra él una acusación capital: el temor le impide comparecer a la citación, es sentenciado, y a pesar de esta desobediencia, se le absuelve. Muchos encontraron en Lacedemonia esta sentencia como informada por una notoria injusticia. He aquí cuál fue su causa:

Esfodrias tenía un hijo llamado Cleónimo, que apenas había salido de la infancia y era el más bello y amable de los muchachos de su edad y el favorito de Arquidamo, hijo de Agesilao. Los amigos de Cleómbroto, que en su cualidad de íntimos de Esfodrias deseaban vivamente salvarle, temían a Agesilao y sus amigos, así como a los hombres imparciales, pues parecía que Esfodrias había cometido una grave falta. En dicha ocasión, Esfodrias díjole a Cleónimo: «Hijo mío, de ti depende el salvar a tu padre, rogando a Arquidamo me vuelva favorable al suyo para mi juicio.» Al oír estas palabras Cleónimo, se atreve a dirigirse a Arquidamo y le suplica sea el salvador de su padre. Al ver Arquidamo deshecho en llanto a Cleónimo, permaneciendo a su lado acompáñale en su llanto, pero cuando hubo oído su súplica le contesta: «Oh Cleónimo, has de saber que ni siquiera me atrevo a mirar cara a cara a mi padre, y que cuando quiero obtener algo en la ciudad, procuro recurrir a cualquier persona mejor que a él; pero sin embargo, ya que tú me lo ruegas, está seguro que emplearé todo mi valimiento para hacer esto por ti.» Vuélvese a su casa después de la comida pública y se entrega al descanso. Al día siguiente, apenas se levanta, se pone al acecho para que su padre no salga de casa sin que él se aperciba de ello. Así que le ve salir, deja que le aborden los ciudadanos, que se dirijan después a él los extranjeros, y aun cede el paso a los mismos esclavos que tienen algo que pedir, y por fin, cuando Agesilao volviendo de la orilla del Eurotas entra en su casa, se retira a sus habitaciones sin haberle dicho nada. Al día siguiente hace lo mismo; Agesilao sospecha el motivo de su presencia continua, pero no le interroga y le deja hacer. Por su parte Arquidamo deseaba, como era natural, ver a Cleónimo, pero no se atrevía a ir a su casa hasta que no hubiese hablado con su padre; y los amigos de Esfodrias, no viendo entrar a Arquidamo en la casa que antes frecuentaba, hallábanse en la mayor inquietud, y creían había sido rechazado por su padre encolerizado.

Por fin Arquidamo se decide a abordarle y decirle: «Padre mío, Cleónimo me ruega te suplique salves a su padre, y yo te lo ruego encarecidamente, si es posible.» Agesilao le contesta: «En cuanto a mí, te perdono la súplica que acabas de hacerme; pero ¿cómo obtendría yo el perdón de mi patria si no declaraba culpable a un hombre que se ha enriquecido a expensas de la ciudad?» Nada puede replicar Arquidamo, y se retira vencido por la evidencia de la justicia. Sin embargo, volvió de nuevo a la carga, ya espontáneamente, ya aguzado por otros, y dijo: «Padre mío, ya sé que absolverías a Esfodrias si no fuese culpable; pues bien, si ha cometido alguna falta, perdónale por amor a mí.» Agesilao le contesta: «Si esto debe sernos honroso, así se hará»; y él, al oír esto, se retira completamente descorazonado. Pero uno de los amigos de Esfodrias, hallándose de conversación con Etimocles, le dice:

—«Supongo que vosotros, los amigos de Agesilao, decidiréis todos la muerte de Esfodrias.»

A lo cual contesta Etimocles:

—«¡Por Zeus! entonces haríamos todo lo contrario de lo que desea él mismo, pues este repite a cuantos habla de este asunto que no puede negarse que sea culpable Esfodrias, pero sería muy cruel condenar a muerte a un hombre que ya desde niño, de adolescente y de hombre formal, ha llevado siempre la conducta más honrosa; sobre todo necesitando, en efecto, Esparta de soldados como él.»

Referidas estas palabras a Cleónimo, este, radiante de júbilo, se dirige inmediatamente a casa de Arquidamo, y le dice: «Ya sé lo que has hecho por nosotros, y por lo mismo has de saber que procuraré obrar de manera que nunca tengas que sonrojarte de mi amistad.» No mintió, pues durante su vida conservó en Esparta la conducta más ejemplar; y en Leuctra, donde combatió a la vista del rey, junto al polemarca Dinón, después de haber caído tres veces, fue el primero de sus conciudadanos que halló la muerte combatiendo a los enemigos. Esta pérdida afligió cruelmente a Arquidamo, pues según su promesa, Cleónimo no fue jamás para él un motivo de vergüenza, sino más bien de honor. De este modo evitó Esfodrias su condenación.

Los atenienses que eran partidarios de los beocios anuncian al pueblo que los lacedemonios no solo no han castigado a Esfodrias, sino que han alabado su proceder al tender asechanzas contra Atenas; por lo cual colocan inmediatamente puertas en el Pireo, construyen naves y socorren a los beocios con todo el celo posible. Por su parte, los lacedemonios decretan otra expedición contra los tebanos, y creyendo que Agesilao la dirigiría con más prudencia que Cleómbroto, le ruegan se ponga al frente de aquella expedición, y él, contestando que no resistirá jamás a la voluntad de la ciudad, se prepara para la marcha. Conociendo, empero, que no es fácil llegar a Tebas si no se ocupa de antemano el Citerón, y averiguando que los cletorios se hallan en guerra con los orcomenios y sostienen mercenarios, entra en tratos con ellos, a fin de poder disponer de sus tropas mercenarias cuando las necesite. Después de haber ofrecido los sacrificios de la marcha y antes de llegar a Tegea, hace entregar al jefe de los mercenarios de Clétor el sueldo de un mes, con orden de apoderarse del Citerón, y al mismo tiempo ordena a los orcomenios suspendan toda hostilidad mientras dure la campaña, declarando que, según lo decretado por los aliados, se dirigirá inmediatamente contra toda ciudad que ataque a otra cualquiera, mientras esté el ejército ocupado en su expedición.

Después de haber pasado el Citerón, se dirige a Tespias, de donde sale para entrar en el territorio tebano; pero encuentra la llanura y los puntos más importantes del país completamente fortificados con fosos y empalizadas. Sin punto fijo como centro de operaciones, y acampando donde mejor les parece, salen las tropas cada día después del almuerzo, y saquean la campiña situada a oriente de las empalizadas y fosos. En efecto, los enemigos, así que aparecía Agesilao en un punto, llegaban por su parte, para defenderse detrás de sus trincheras. Un día que se retiraba ya hacia su campamento, los caballos tebanos se arrojan de improviso sobre él por las aberturas practicadas en la trinchera, mientras los peltastas habían salido para preparar la comida, y mientras la caballería se hallaba completamente desmontada o en preparación. Sorprenden los tebanos a los peltastas, así como a Cleas y Epicídidas, caballeros espartanos, a un perieco lacedemonio, Éudico, y a algunos desterrados atenienses que no habían montado aún a caballo. Agesilao inmediatamente hace retroceder a los suyos, y acude en su auxilio con los hoplitas; su caballería carga sobre la del enemigo, estando apoyada por los hoplitas, que hacía diez años servían en el ejército. Los de la caballería tebana, sin embargo, parecían como si hubiesen bebido demasiado, pues aguardaban al enemigo hasta que se hallaba a tiro, y entonces les lanzaban sus dardos sin alcanzarles; finalmente, empezaron la retirada, en la cual perdieron más de doce hombres. Así que comprende Agesilao que la caballería tebana no comparece hasta después que ha pasado la hora de almorzar, ofrece los sacrificios al clarear el día, introduce a sus soldados en el interior del territorio atrincherado, saquea y quema cuanto en él encuentra, y avanza hasta la ciudad. Después de haber hecho esto, se retira a Tespias, que fortifica, y donde deja como gobernador a Fébidas; volviendo él a pasar el monte, llega a Mégara, donde licencia sus tropas, y conduce a Esparta la milicia nacional.

Fébidas, entonces, envía partidas de merodeadores para que pasen a sangre y fuego el país tebano, y él dirige en persona varias expediciones, en las que destruye cuanto a su mano encuentra. Por su parte los tebanos, queriendo hacer uso de represalias, dirígense en masa contra el país de Tespias; pero llegados allí, se encuentran con Fébidas, quien, acosándoles constantemente con sus peltastas, les impide separarse un solo instante de la falange; de manera que, arrepentidos los tebanos de su invasión, emprenden inmediatamente la retirada, y aun los mismos bagajeros, arrojando los granos de que se habían apoderado, se apresuran a encaminarse hacia sus casas: tan grande es el temor que ha sobrecogido al ejército. Fébidas, rodeado de sus peltastas, y seguido, según sus órdenes, de los hoplitas en correcta formación, acosa vivamente al enemigo. Acaricia ya la esperanza de derrotarle; marcha valerosamente a la cabeza de las tropas, exhortándolas a cortar la retirada al enemigo, mientras da orden a los hoplitas tespieos para que le sigan; pero llegada en su retirada la caballería tebana a un bosque impenetrable, reúnense primero, y después dan media vuelta, ya que es completamente imposible el pasar: el pequeño número de peltastas que se hallan a la cabeza de los lacedemonios tienen miedo y emprenden la fuga, y entonces la caballería tebana toma de ellos mismos la idea de su persecución. Fébidas y dos o tres de los que estaban a su lado perecen combatiendo, y los mercenarios emprenden todos la fuga. Cuando llegan huyendo junto a los hoplitas tespieos, estos, que se alababan antes de no haber cedido nunca a los tebanos, huyen también, sin que se intente siquiera perseguirles, pues era ya muy tarde. Por esto no fueron considerables sus bajas; pero sin embargo no se detuvieron en su retirada hasta llegar a los muros de la ciudad. Esta victoria inflama con nuevo ardor a los tebanos, que verifican entonces varias expediciones contra Tespias y las ciudades vecinas. El partido democrático de estas se refugia en Tebas, pues que en todas ellas, como había sucedido con aquella misma, se hallaban dominando los aristócratas; de manera que también en ellas necesitaban socorros los amigos de Lacedemonia. Después de la muerte de Fébidas, envían los espartanos por mar un polemarca y una cohorte para conservar a Tespias.

Así que se aproxima la primavera decretan los éforos otra expedición contra Tebas, y como en la anterior, suplican a Agesilao se ponga al frente de ella. Juzgando este necesario seguir el mismo plan de invasión, antes de ofrecer los sacrificios de la marcha da orden al polemarca de Tespias para que se apodere de los desfiladeros del Citerón, conservándolos en su poder hasta que él haya pasado. Después de haberlos atravesado y haber llegado a Platea, aparenta querer dirigirse a Tespias, dando orden para que preparen los alojamientos, y mandando a las diputaciones se dirijan allí a esperarle, con lo cual los tebanos creen que invadirá su territorio por aquella parte. Pero Agesilao, después de haber sacrificado, se dirige, al apuntar el día, del lado de Eritras; hace en un día con su ejército dos jornadas de marcha, y a toda prisa pasa el atrincheramiento junto a Escolos, antes de la llegada de los tebanos, que se hallaban defendiendo el lugar por el cual había penetrado la primera vez. Obrando así, destruye el país situado a oriente de Tebas, hasta el territorio de los tanagrios, que se hallaba sometido bajo el poder de Hipotadoro a la influencia espartana, y luego se retira, teniendo a su izquierda los muros de la ciudad.

Acudiendo los tebanos, se forman en batalla junto a Graostetos, teniendo detrás de ellos el foso y la empalizada, creyendo hallarse en un lugar muy favorable para el combate por la estrechez de la llanura y la dificultad del acceso. Conociendo Agesilao la ventaja de la posición del enemigo, no se dirige contra ellos, sino que, describiendo una curva, avanza contra la ciudad, y los tebanos, temiendo por su capital, que había quedado abandonada, se retiran de estas posiciones y corren hacia Tebas por el camino de Potnia, pues en realidad era el más seguro. Este ingenioso artificio de Agesilao, que obligó a los enemigos a retirarse a la carrera, a pesar de estar distante él con su ejército, fue muy celebrado y admirado. Algunos polemarcas con sus cohortes atacan al enemigo a su paso; pero los tebanos, lanzando sus dardos desde las colinas, dan muerte a Alípeto, uno de los polemarcas, alcanzado por una lanza, siendo por fin rechazados los tebanos de la altura en que se encontraban, mientras los esciritas y algunos caballos, subiendo detrás de ellos, alcanzan a los últimos que se dirigían a la ciudad. Pero una vez que han llegado los tebanos junto a sus muros, se vuelven de frente, y al verlos a la defensiva los esciritas se retiran velozmente. No murió ninguno de ellos, pero sin embargo los tebanos erigieron un trofeo, pues habían hecho retirar a sus perseguidores.

Agesilao por lo avanzado de la hora se vuelve situando su campamento en el lugar en que los enemigos se habían formado en batalla, y al día siguiente regresa a Tespias. Los peltastas mercenarios de Tebas le siguen audazmente a poca distancia, y llamaban en voz alta a Cabrias, que no había querido seguirles, cuando la caballería olintia, que fiel a su juramento se hallaba en las filas lacedemonias, se vuelve y les persigue en las laderas del monte, donde mata a gran número, pues la infantería es alcanzada fácilmente por la caballería, si tiene que subir una cuesta franqueable a los caballos. Llegado a Tespias, Agesilao encuentra en completa desunión a los habitantes de la ciudad: los que pretendían ser del partido lacedemonio querían matar a sus adversarios, entre los cuales se hallaba Melón; oponiéndose a sus designios, procura reconciliarles y les hace jurar la unión; luego atraviesa nuevamente el Citerón y llega a Mégara, donde licencia las tropas aliadas, conduciendo a las espartanas a su patria.

Atormentados vivamente los tebanos por la falta de víveres, pues hacía ya dos años que no habían recolectado las mieses, envían a Págasas algunos comisionados, para que con dos trirremes compren diez talentos de trigo. Mientras se hallan en esa comisión, Alcetas, lacedemonio que guardaba a Oreo, equipa tres trirremes y procura que nada se trasluzca de su intento, y cuando se halla el trigo en la travesía, Alcetas se apodera de las trirremes, del trigo y de la tripulación, que no bajaba de trescientos hombres. Enciérralos en la acrópolis, donde habitaba él mismo, y hallándose entre los de su séquito un jovencito oreíta, hermoso y amable, baja de la acrópolis para entretenerse con él; pero, aprovechándose de esta negligencia los prisioneros, se apoderan de la acrópolis. Sublévase también la ciudad, y desde entonces los tebanos encuentran allí toda clase de facilidades para procurarse víveres.

Al volver la primavera, hállase enfermo Agesilao, pues cuando con el ejército volvió de Tebas, encontrándose en Mégara, y subiendo del templo de Afrodisia a la casa del gobernador, rompiósele una vena, y la sangre del cuerpo se fue toda hacia la pierna sana: habiéndosele hinchado el muslo, y sufriendo insoportables dolores, un médico siracusano le abrió la vena junto al tobillo, y una vez que principió a manar sangre, no se detuvo día y noche, siendo vanos cuantos esfuerzos se hacían para atajarla, hasta que perdió el sentido Agesilao: únicamente entonces fue cuando cesó de fluir. Llevado en este estado a Lacedemonia, permaneció allí enfermo el resto del verano y durante todo el invierno.

Así que vuelve la primavera, los lacedemonios decretan una nueva expedición, y dan el mando de ella a Cleómbroto. Cuando llega con su ejército al pie del Citerón, destaca a los peltastas para apoderarse de las alturas que dominan el camino. Pero siendo ya dueños de aquellas alturas un cuerpo de tebanos y uno de atenienses, dejan avanzar a los peltastas, y cuando están a sus pies se arrojan en su persecución y matan más de cuarenta de ellos, por lo cual Cleómbroto considera imposible el tránsito al país tebano, y retirándose con sus fuerzas, las licencia.

Reunidos en Lacedemonia los aliados, hacen presente en su asamblea que se hallan agotados sus recursos por la guerra, a causa de la debilidad con que se verifican las operaciones, porque podríase, en efecto, equipar un número de naves mayor que el de los atenienses, y tomar su ciudad por hambre; podríase también con estas naves hacer pasar un ejército a Tebas por la Fócida, o si se quería por Creusis. A consecuencia de este parecer, equípanse sesenta trirremes, que se ponen a las órdenes de Polis. Los que habían tenido esta idea no se engañaron, pues los atenienses son bloqueados. Las naves cargadas de víveres llegan hasta Gerasto, pero no se atreven a pasar de allí, pues la flota lacedemonia se halla en los alrededores de Egina, Ceos y Andros. Impulsados por la necesidad, suben los atenienses a las naves, y bajo el mando de Cabrias obtienen la victoria en un combate naval con Polis, desde cuyo suceso pueden llegar sin obstáculo los víveres a Atenas.

Como los lacedemonios se preparaban para hacer pasar un ejército a Beocia, los tebanos suplican a los atenienses envíen otro alrededor del Peloponeso, creyendo no les sería posible a los lacedemonios defender al mismo tiempo su país y las ciudades aliadas de estos comarcas mientras enviaban fuerzas suficientes contra ellos. Irritados también los atenienses por el asunto de Esfodrias, envían llenos de ardor sesenta naves alrededor del Peloponeso, después de haber elegido como jefe a Timoteo. Hallándose Tebas libre durante toda la estación de la invasión de los enemigos, mientras mandaba las tropas Cleómbroto y se hallaba en expedición naval Timoteo, dirígense osadamente los tebanos contra las ciudades próximas y les hacen volver a su dominio. Al mismo tiempo Timoteo en sus correrías marítimas somete en poco tiempo a Corcira, sin reducir a sus habitantes a la esclavitud, ni desterrar a nadie, ni cambiar las leyes, conducta que le granjea la simpatía de todas las ciudades.

Los lacedemonios por su parte equipan otra flota y nombran como comandante de la misma a Nicóloco, hombre osado: así que se hallan a la vista las naves de Timoteo no duda ni un momento, y aunque le faltan seis naves de los ambraciotas, ataca con sus cincuenta y cinco embarcaciones a las sesenta de Timoteo. Es vencido, y Timoteo eleva un trofeo en Alicia; pero mientras este, después de haber varado sus naves, se ocupaba en arreglar las averías, reforzado Nicóloco con las seis trirremes ambraciotas, navega hacia Alicia, donde se hallaba Timoteo, y no acudiendo este a la provocación, levanta a su vez un trofeo en las islas más próximas. Timoteo, sin embargo, después de haber recompuesto sus naves y recibido otras de Corcira, con lo cual reúne una flota de más de setenta velas, conserva decididamente la superioridad naval, y pide dinero a Atenas, pues lo necesita en abundancia a causa de tener muchas naves.

Libro sexto

Capítulo I

Mientras se hallan así ocupados los atenienses y lacedemonios, los tebanos, que han sometido ya todas las ciudades de Beocia, avanzan contra la Fócida, mientras los focidios envían diputados a Lacedemonia para participarles que si no se les socorre tendrán que someterse a los tebanos; por lo cual los lacedemonios hacen pasar por mar a la Fócida al rey Cleómbroto y cuatro cohortes con el contingente aliado.

Casi al mismo tiempo el farsalio Polidamante llega de Tesalia para tratar ciertos asuntos con el gobierno lacedemonio. Era un hombre que gozaba de brillante reputación en toda la Tesalia; pero en particular era tenido en su ciudad por tan virtuoso, que los farsalios, a pesar de sus disensiones, le habían confiado la acrópolis y entregado el cuidado de la percepción de los impuestos fijados por la ley, para que dispusiese de los ingresos para los asuntos religiosos y para otros gastos de la administración; de todo lo cual rendía anualmente sus cuentas: si le faltaba dinero, lo tomaba de su peculio particular y se reembolsaba cuando había sobrante en los ingresos. Era además hospitalario y muy amigo del lujo y la esplendidez, según la costumbre tesalia. Después que llegó a Lacedemonia habló en estos términos:


«Ciudadanos lacedemonios: soy de tiempo inmemorial y de padre a hijo vuestro próxeno y bienhechor, y por lo tanto creo poder recurrir a vosotros cuando se levantan ante mí dificultades y cuando asimismo se prevén serias complicaciones en Tesalia, para daros conocimiento de ello. Sin duda habréis oído hablar de Jasón, pues es un hombre de gran poder y de inmensa fama. Después de haber celebrado conmigo una tregua, vino a encontrarme y me dijo:


«Polidamante: aunque Farsala tu ciudad quisiera oponérseme, podría someterla por lo que voy a decirte. Tengo por aliadas las mayores y más importantes ciudades de la Tesalia, y las he sometido cuando reunisteis contra mí vuestras fuerzas a las suyas. Sabes también que tengo a sueldo cerca de seis mil mercenarios, a los cuales paréceme que ninguna ciudad podría hacer frente, y no porque no puedan oponérseles igual número de tropas; pero los ejércitos de las ciudades se componen de hombres de distintas edades, tanto de gente anciana como de gente que no ha llegado aún a la virilidad, y además solo un pequeñísimo número en cada ciudad se entrega a los ejercicios gimnásticos, mientras que no hay uno solo de mis mercenarios que no sea capaz de soportar las mismas penalidades que yo.»


»Y a la verdad, Jasón es un hombre muy robusto y que despliega mucha actividad: cada día somete a una infinidad de pruebas a su ejército; pónese en armas a su cabeza, ya en los gimnasios, ya en las expediciones, despide a los mercenarios en quienes apercibe molicie, pero a los que ve llenos de ardor por las fatigas y los peligros contra los enemigos, les distingue, dándoles doble, triple y cuádruple sueldo y otros regalos, cuidándoles en sus enfermedades y honrándoles en sus funerales: así es que todos estos extranjeros saben que el valor en la guerra les asegura una vida honrada y opulenta. Me ha contado también, aunque ya lo sabía por otro conducto, que los maracos, los dólopes y Alcetas, gobernador de Epiro, le estaban sometidos.


«Pues bien —dijo—; ¿quién podría hacerme temer el más mínimo obstáculo al someteros? Y sin embargo, dirá cualquiera que no me conozca, ¿por qué no te diriges, pues, inmediatamente contra los farsalios? ¿qué aguardas? Pero ¡por Zeus! no lo hago porque me parece preferible me estéis sometidos voluntariamente que a la fuerza, pues sometidos por la violencia, procuraríais por todos los medios que se hallasen a vuestro alcance hacerme todo el daño que pudierais, y yo desearía os vieseis reducidos a la mayor debilidad; pero si de buen grado queréis someteros, claro es que ambos buscaremos las ocasiones en que podamos favorecernos unos a otros.

»Yo bien sé, Polidamante, que tu patria ve solo por tus ojos; así, pues, si tú procuras que se convierta en aliada mía, te prometo hacerte después de mí el hombre más importante de Grecia. Escucha en qué asuntos quisiera darte el primer puesto, y no creas lo que te digo si tu propio raciocinio no te indica voy acertado en mis conjeturas. ¿No es verdad (dicho sea entre nosotros) que una vez me esté sometida Farsala y las ciudades que de ella dependen, me constituiría fácilmente rey absoluto de toda la Tesalia, y que una vez reunida la Tesalia entera, la caballería ascenderá lo menos a seis mil hombres y los hoplitas a más de diez mil? Cuando considero la robustez y valentía de esas tropas, me parece que sabiendo cuidar de ellas no hay nación alguna que pueda dominar a los tesalios; y además, siendo la Tesalia un país vasto y formando las naciones a su alrededor un círculo, así que esté sometida a un jefe absoluto, las irá dominando una a una. Casi todas las tropas del país son de excelentes tiradores, por lo cual necesariamente los peltastas han de ser vencidos por nuestro ejército. No puedo dejar de aliarme a los beocios y a cuantos pelean contra los lacedemonios, y seguramente consentirán todos en seguirme si les libro de ellos. También los atenienses, estoy seguro, harían cuanto pudieran para adquirir nuestra alianza; pero, sin embargo, no soy de parecer de entablar relaciones con ellos, pues creo que nos ha de ser más fácil apoderarnos del dominio marítimo que del terrestre.

»Para que veas si mi cálculo es justo, observa además lo que voy a decirte. Una vez poseamos Macedonia, de donde los atenienses sacan la madera de construcción, nos hallaremos en situación de construir muchas más naves que ellos. Y en cuanto a sus tripulaciones, ¿quién podrá más fácilmente tripular sus naves, los atenienses o nosotros que tenemos tantos penestes?. En cuanto a lo que se refiere a poder sostener los gastos, ¿no es natural que nosotros tengamos más medios; nosotros a quien nuestra misma abundancia nos permite exportar el trigo, mientras que los atenienses no tienen el necesario si no lo compran? Y en cuanto a riquezas, es natural que tengamos más abundancia de plata, puesto que en lugar de tener que recurrir a pobres islotes, impondremos tributo a todas las naciones continentales que nos rodean, y que tendrán que someterse desde el momento en que los tesalios reconozcan a un jefe absoluto. Bien sabes que el rey de Persia, que saca tributos no de las islas sino del continente, es el más rico de los hombres. Pues bien, considero más fácil el someterle a él que a Grecia, pues todos los hombres de dicho país, menos uno solo, están más ejercitados a la servidumbre que al valor guerrero, y conozco el género de fuerzas que han puesto en la última extremidad al rey en la expedición de los griegos con Ciro y en la de Agesilao.»


»Cuando me hubo dicho esto, contestele que todas sus palabras merecían reflexionarse; pero que me parecía completamente imposible, sin haber un motivo para ello, abandonar a los lacedemonios, con los cuales nos hallamos ligados por la amistad, para unirnos a sus adversarios. Él alabó mi proceder, y me dijo que desea aún más que sea su amigo, ya que tales son mis sentimientos, y me encargó venga junto a vosotros para relataros la verdad de todos estos sucesos, y haceros saber que piensa marchar contra los farsalios si rechazamos sus proposiciones, por lo cual me manda os pida refuerzos.


«Y si —añade— te dan bastantes fuerzas para creerte en situación de rechazarme, aceptaremos el resultado que dé la guerra; pero si te parece no te dan bastantes refuerzos, entonces no podrás evitar los justos reproches de tu patria, en la que has sabido elevarte al primer puesto.»


»He aquí por qué vengo a visitaros y por qué os relato cuanto he visto y cuanto él mismo me ha dicho. Ciudadanos lacedemonios: creo que si nos enviáis fuerzas que parezcan suficientes, no solo a mis ojos, sino al de todos los tesalios, para combatir a Jasón, las ciudades abandonarán su partido, pues que todas temen el acrecentamiento del poder de este hombre. Pero si creéis que algunos neodamodes y algún hombre vulgar han de bastar para ello, os aconsejo que no os mováis, pues tenéis que saber os hallaríais en guerra contra un vigor poco común, contra un general suficientemente precavido para no experimentar ningún desastre, para prevenir toda sorpresa, para tomar toda clase de precauciones o vencer por la violencia; que igual partido saca de la noche que del día, y que cuando quiere ir de prisa sabe almorzar y comer sin abandonar la marcha; que no se concede descanso hasta que ha conseguido su objeto y ha llevado a buen fin sus asuntos, a lo cual ha acostumbrado a cuantos con él están. Cuando después de largas penalidades han sabido sus soldados llevar a buen término alguno de sus mandatos, realiza por completo sus deseos; de manera que saben sus soldados y cuantos están a su alrededor, que de las fatigas nacen las comodidades, y en cuanto a él, es el hombre más dueño de sus pasiones que yo conozco; de modo que no da nunca a los placeres el tiempo necesario para los negocios. Reflexionad, pues, y decidme lo que os sea conveniente, lo que podéis y lo que queréis hacer.»


Así dijo. Aplazan los lacedemonios su respuesta para más adelante; pero después de haber consagrado el día siguiente y el otro para reflexionar sobre la cantidad de cohortes que se hallan ya fuera del país, el número de tropas que sostienen en las costas de Laconia contra las correrías de las trirremes atenienses, y en la guerra que sostienen en las fronteras, contestan que en las circunstancias presentes no pueden enviarle recursos bastantes, y le animan a que procure arreglar los negocios del modo que sea más favorable a sus intereses y a los de la patria.

Polidamante parte, alabando la franqueza de Lacedemonia: ruega a Jasón no le obligue a entregar la acrópolis de Farsala, a fin de conservarla para los que se la han confiado; pero le da en garantía sus mismos hijos, y le asegura procurará que voluntariamente la ciudad entre en su alianza y contribuya a proclamarle rey absoluto. Cuando se han dado recíprocas garantías de seguridad, conciertan los farsalios la paz, y Jasón es reconocido al poco tiempo como tago o jefe absoluto de los tesalios. Una vez en el poder, fija el número de caballos y de hoplitas que cada ciudad debe proporcionarle, y reúne de este modo más de ocho mil caballos, contando con los de los aliados, y eleva hasta veinte mil el número de sus hoplitas; y en cuanto a sus peltastas, por el número y ardimiento podían dominar al mundo entero: sería trabajo muy pesado el enumerar todas las ciudades que suministraban este ejército. También ordenó a los periecos pagasen el tributo que había sido fijado por Escopas: tal fue el resultado de estos sucesos. Reanudemos, pues, la relación de los que interrumpimos para hablar de Jasón.

Capítulo II

Los lacedemonios y sus aliados se reunían en la Fócida, mientras los tebanos, retirados a su país, defendían las entradas del mismo; en cambio los atenienses, viendo que por ellos los tebanos aumentan su poderío sin contribuir en modo alguno al sostenimiento de la flota, mientras ellos se hallan abrumados por contribuciones en metálico, por las piraterías de los eginetas y por el sostenimiento de los destacamentos que vigilan el país, desean termine la guerra y envían diputados a Lacedemonia para concertar la paz.

Celebrada esta, dos de los diputados atenienses embarcándose en Lacedemonia, se dirigen directamente por orden de su ciudad a participar a Timoteo conduzca a Atenas la flota, porque se ha hecho la paz. En el trayecto, Timoteo conduce a Zacinto a los desterrados de esta isla; pero cuando los zacintios participan a los lacedemonios la manera como con ellos se ha portado Timoteo, consideran los espartanos como culpables a los atenienses y equipan nuevamente una flota de sesenta naves, no solo de Lacedemonia, sino también de Corinto. Léucade, Ambracia, Élide, Zacinto, Acaya, Epidauro, Trecén, Hermíon y Halias. Nombran comandante de estas naves a Mnásipo, con orden de vigilar todos estos parajes, y sobre todo de atacar particularmente a Corcira. Envían asimismo a Dionisio unos mensajeros para que le hagan ver cuán ventajoso sería para él que no dominaran los atenienses en aquella población.

Así que ha reunido su flota, se hace a la vela Mnásipo en dirección a Corcira. Iban con él unos mil quinientos mercenarios, además de las tropas lacedemonias. Luego de haber desembarcado, domina y saquea el país, que estaba completamente plantado y cultivado y cuyas campiñas estaban pobladas de magníficas habitaciones y bodegas bien provistas, de tal suerte que se cuenta habían llegado los soldados a tal lujo que no querían beber más que vino perfumado. Apodéranse también en los campos de considerable número de esclavos y rebaños. Acampa después Mnásipo su ejército terrestre en una colina distante unos cinco estadios de la ciudad, que dominaba el país, a fin de poder atajar el paso a todos los que viniesen a Corcira: en cuanto a la flota, la coloca a la otra parte de la ciudad, en un lugar desde el cual podía verse a lo lejos e impedir fondease cualquier nave en el puerto, en el que, cuando no se oponía a ello la tempestad, hacía anclar sus naves, a fin de tener mejor bloqueada la ciudad.

Los corcirenses, desde que no pueden recibir provisiones de sus tierras, ocupadas por el enemigo, ni tampoco por el mar, pues la flota enemiga supera en gran manera a la suya, hállanse en una situación muy aflictiva. Envían a pedir socorros a Atenas, indicándoles perderán inmensas ventajas y darán gran fuerza al enemigo si se dejan arrebatar Corcira, ya que ninguna ciudad, excepto Atenas, puede equipar tantas naves ni proporcionar tanto dinero. Además, Corcira se halla en una situación sumamente estratégica, a la entrada del golfo de Corinto y de las ciudades que baña, y su posición permite dañar a Laconia, así como se encuentra a la distancia más favorable de Epiro, y en la situación más ventajosa para el trayecto de Sicilia y del Peloponeso.

Al oír los atenienses tales indicaciones, creen deber tomar con empeño este asunto, y envían al jefe Ctesicles con unos seiscientos peltastas, que ruegan a Alcetas haga pasar a la isla. Los soldados, después de desembarcar por la noche en un punto del país, entran en la ciudad. Decretan además los atenienses se equipen sesenta naves, y eligen para mandarlas a Timoteo, quien no hallando en Atenas las tripulaciones necesarias para equiparlas, se dirige a las islas para completarlas, no creyendo negocio baladí el dirigirse en cualquier situación contra una flota completamente provista. Pero los atenienses, juzgando pierde en la inacción la estación favorable para navegar, no tienen con él la más mínima indulgencia y le quitan el mando, que dan a Ifícrates. Inmediatamente de ser nombrado, equipa este con gran rapidez las naves y obliga aun con violencia a los comandantes de las mismas. Toma igualmente todas las naves atenienses que cruzan las aguas del Ática, así como la Páralos y la Salaminia, asegurando a los atenienses que si alcanza buenos resultados en Corcira les devolverá gran número de naves. De esta manera forma entre todas una flota de setenta naves.

Durante este tiempo los corcirenses padecen de tal modo por el hambre, que Mnásipo hace publicar, a consecuencia del gran número de tránsfugas que coge, que hará vender a todos los desertores; pero como no por esto llegan en menor número, concluye volviéndolos a la ciudad después de hacerlos azotar, y como los sitiados no quieren recibirlos en sus muros, ni siquiera como esclavos, perecen muchos de ellos fuera de las murallas. Viendo Mnásipo sus sufrimientos, cree tener ya en su poder a la ciudad, y cambia su modo de proceder con los mercenarios; despide a unos sin pagarles y a otros retiéneles el sueldo de dos meses a pesar de que, según se dice, no andaba escaso de dinero, pues que, en realidad, la mayor parte de las ciudades le habían remitido dinero en lugar de soldados, pues era cosa permitida en expediciones en que se había de pasar el mar. Los sitiados, apercibiendo entonces desde lo alto de las torres que las guardias están más descuidadas que antes y que las tropas se hallan diseminadas por la campiña, verifican una salida en la que hacen algunos prisioneros y matan algunos soldados. Mnásipo, al verlos, se arma, y seguido de todos los hoplitas se arroja en auxilio de los suyos, después de haber dado orden a los jefes y oficiales de los mercenarios para que salgan a sostener el ataque; pero habiéndole respondido algunos de aquellos que difícilmente encontraría dispuesta a la obediencia a la gente a quien rehúsa la subsistencia, principia a golpearles con su bastón y con la punta de la lanza, por lo cual salen completamente desanimados del campamento y llenos de odio contra él, enojosa disposición para un día de combate. Fórmalos en batalla Mnásipo, derrota y persigue a los enemigos que estaban junto a las puertas, pero llegados junto a los muros se vuelven y desde los túmulos funerarios les arrojan flechas y demás proyectiles, mientras otros, saliendo por distinta puerta, se lanzan sobre la retaguardia enemiga en masa compacta: los lacedemonios, que se hallaban formados a ocho en fondo, creen muy débil el frente de su falange y procuran verificar una maniobra para robustecerla; pero persuadidos sus enemigos de que se declaran en fuga, se arrojan sobre ellos impidiéndoles el realizar su movimiento y obligando a emprender la fuga a sus tropas auxiliares. Mnásipo no puede auxiliar a las tropas así acosadas, pues está también agobiado por los enemigos que tiene a su frente y a los cuales deja cada vez mayores ventajas por el pequeño número de sus fuerzas. Finalmente, los enemigos en masa atacan todos la división de Mnásipo, ya muy abatida; los mismos ciudadanos, viendo el aspecto que toman sus asuntos, salen también contra él; mátanle y persiguen todos a sus tropas. Sin duda se hubieran apoderado del campamento y de las trincheras, si no hubiesen visto la multitud de comerciantes, criados y esclavos, y no se hubiesen retirado, tomándoles por tropas de reserva. Levantan los corcirenses un trofeo y conceden una tregua para recoger los muertos.

Redoblan el valor desde entonces los sitiados mientras experimentan un abatimiento indecible los sitiadores, pues se decía también que Ifícrates debía llegar de un momento a otro, y los corcirenses equipaban al mismo tiempo las naves que tenían. Hipermenes, que era el segundo de Mnásipo, equipa todas las embarcaciones que allí había, se hace a la vela hacia los atrincheramientos y cargando las naves con el dinero y los esclavos, las hace marchar mientras él permanece para defender sus trincheras con los soldados y marineros que le quedan; pero viéndose por fin completamente desorganizados, suben también a las trirremes y parten, dejando mucho trigo, vino, esclavos y soldados enfermos, pues temen ser sorprendidos en la isla por los atenienses y se refugian en Léucade.

Ifícrates, una vez en camino para doblar el Peloponeso, mientras avanza, hace todos los preparativos necesarios para el combate: deja en tierra las grandes velas como si se dirigiese al combate, y no se sirve ni un momento de las altas ni aun con viento favorable; pues haciendo el trayecto a fuerza de remo, aumenta el vigor de sus soldados y acelera la marcha de sus naves. Muchas veces, mientras debían comer sus tropas, hacía poner en fila las naves y las conducía alineadas unas después de otras: luego operaba una conversión a fin de que tuviesen la proa hacia la costa, y a una señal las hacía partir para ver cuál llegaría primero. Era esto un gran premio para la que conseguía el hacer antes que todas la provisión de agua y de cuanto se necesitaba, así como comer antes que todas; por el contrario, los que llegaban últimos experimentaban gran castigo, pues tenían que hacer todo esto después que los otros, y sin embargo, tenían que volver a marchar al mismo tiempo cuando se daba la señal, por lo cual, los primeros que llegaban podían hacerlo todo despacio y con comodidad, mientras que los demás tenían que hacerlo a toda prisa. Cuando se hallaban en país enemigo y era la hora de comer, establecía Ifícrates centinelas en tierra, según es costumbre, pero además hacía levantar los palos, colocando en ellos vigías que, hallándose en el punto más alto, tenían un horizonte más extenso que los centinelas terrestres. Cuando cenaba o dormía en alguna parte, no encendía fuego durante la noche, sino que hacía encender fogatas antes de llegar a la vanguardia, a fin de que nadie pudiera acercarse desapercibidamente. Cuando el tiempo era hermoso, volvía a hacerse a la mar después de cenar, sobre todo si era favorable la brisa, avanzando mientras descansaban, pero si era preciso hacer uso de los remos, daba reposo a los soldados por tandas. Durante el día guiaba su flota por medio de señales, disponiéndola unas veces en falange y otras poniéndola en fila: de este modo sus tropas se habían ejercitado en todas las maniobras de un combate naval, mientras avanzaban y llegaban perfectamente instruidas a los mares que creían ocupados por los enemigos. Comía y cenaba la mayor parte de las veces en territorio enemigo, pero como no se detenía en él más que el tiempo necesario, volvía a zarpar antes de que llegaran los habitantes, y avanzaban así con gran rapidez.

Cuando acaeció la muerte de Mnásipo se hallaba Ifícrates en los alrededores de las islas Esfagias en Lacedemonia: llegado a Élide, pasa la embocadura del Alfeo y echa el ancla junto al promontorio Ictis. Al día siguiente parte para Cefalenia, teniendo en orden de batalla su flota, sin descuidar durante su trayecto la más pequeña precaución para hallarse dispuesto a combatir así que se presentase ocasión; pues como no tenía noticia de la muerte de aquel jefe espartano por ningún testigo ocular, sospechaba que esta noticia era únicamente para engañarle, y se mantenía a la defensiva. Llegado, sin embargo, a Cefalenia tiene entonces noticias positivas y permite descansar a sus soldados.

Ya sé yo que se toman todas estas medidas y todas estas precauciones cuando se espera un combate naval, pero lo que yo alabo en Ifícrates es que tratando de llegar lo más pronto posible al lugar en que creía poder librar batalla con los enemigos, hubiese encontrado medio de impedir olvidaran los soldados durante el trayecto las maniobras de un combate naval, sin que estos cuidados retardasen en lo más mínimo su marcha. Después de haber sometido las ciudades de Cefalenia, se dirige a Corcira, donde viene en conocimiento de que se aproximan diez trirremes enviadas por Dionisio en socorro de los lacedemonios: examina por sí mismo el paraje del país desde donde puede apercibirse la llegada de las naves y participarlo por medio de señales visibles a la ciudad; establece en él vigías y concierta con ellos respecto al modo de señalar la llegada y desembarco, y después da sus órdenes a veinte jefes de naves que deberán acompañarle, para que le sigan así que les llame el pregonero, declarándoles anticipadamente que el que no obedezca no deberá quejarse del castigo. Cuando se señala la proximidad de los enemigos, y así que el heraldo ha llamado a los expedicionarios, se despliega una actividad digna de encomio, pues ni uno solo de los que debían embarcarse deja de correr hacia las naves. Ifícrates, dirigiéndose al lugar en que se hallan las trirremes enemigas hace prisioneras las tripulaciones que habían desembarcado; el rodio Melánipo había, sin embargo, aconsejado a los demás que no permaneciesen allí, y con sus naves se había hecho a la vela después de embarcar sus equipajes, y aunque encontró en su camino las naves de Ifícrates, pudo huir; pero las de Siracusa caen todas con sus tripulantes en poder del último, quien después de despojar de sus accesorios a las trirremes, las entra a remolque en el puerto de Corcira. Concede a cada cual pueda pagar su rescate, excepto al comandante Crinipo, que conserva, ya para sacar de él gruesa suma, ya para venderle; pero este, vencido por el pesar, se da la muerte. Ifícrates da libertad a los demás prisioneros, aceptando unos corcirenses como garantía de su rescate.

Durante todo aquel tiempo acude al mantenimiento de sus marineros haciéndoles cultivar las tierras para los corcirenses. Pasa después a Acarnania a la cabeza de sus peltastas y de los hoplitas de la flota y socorre las ciudades amigas que se hallan en perentoria situación, haciendo la guerra a los turieos, pueblo esforzado y dueño de una plaza fuerte. Más tarde, habiendo robustecido su flota con las naves corcirenses, y teniendo entre todas unas noventa, se hace a la vela hacia Cefalenia, donde levanta tributos y se prepara después para devastar el país lacedemonio, unirse las ciudades enemigas de esta comarca que quisieran recibirle, y hacer la guerra a las que quisieran resistirle.

No puedo dejar de tributar grandes elogios a esta expedición de Ifícrates, así como a su petición de que le dieran por colegas al orador Calístrato, a quien no tenía simpatías, y a Calias, que gozaba fama de ser uno de los más hábiles generales. En efecto, si quería juntárselos como consejeros por ser hombres cuya habilidad conocía, paréceme obraba como hombre prudente; y si veía en ellos únicamente unos rivales, el no temer se le acuse jamás de molicie o descuido, lo considero como propio de un hombre que tiene elevadísima conciencia de sí mismo. Eso es lo que hizo Ifícrates.

Capítulo III

Los atenienses, al ver arrojados de Beocia a los de Platea, pueblo aliado, para los cuales no quedaba ya otro remedio que el de refugiarse entre ellos, y a los tespieos, que les rogaban no permitiesen se les privara de su patria, no aprueban la conducta de los tebanos, y experimentan alguna desazón por apoyarles en sus guerras, sobre todo al reflexionar será sin ventaja ninguna para ellos, por lo cual no quieren ya asociárseles cuando les ven marchar contra los focidios, desde muy antiguo aliados de los atenienses, y arrasar ciudades que se les habían mostrado fieles en la guerra contra los bárbaros y que además eran sus propios aliados. Habiendo, pues, el pueblo decretado la paz, se enviaron primeramente diputados a los tebanos para invitarles se dirijan con ellos a Lacedemonia, si tal es su voluntad, para tratar allí de este objeto, después de lo cual envían los atenienses sus diputados, entre los cuales fueron elegidos Calias, hijo de Hipónico, Autocles, hijo de Estrombíquides, Demóstrato, hijo de Aristofón, Aristocles, Cefisódoto, Melanopo y Liceto. Al presentarse ante la asamblea de los lacedemonios y de los aliados, hallábase también entre ellos el orador Calístrato, pues había prometido a Ifícrates que si le dejaba ir, le enviaría dinero para la flota o celebraría la paz, ya que en aquel tiempo se hallaba en Atenas procurando negociarla. Así, pues, cuando fueron admitidos los diputados ante los lacedemonios y aliados, el primero que tomó la palabra fue Calias, el portaantorcha, que era un hombre que se deleitaba no menos en alabarse a sí mismo que en ser alabado por los demás. Principió, pues, de este modo:


«Lacedemonios: no data mi proxenia con vosotros de mí mismo, sino que ya el padre de mi padre la ha legado a nuestra familia. Quiero haceros ver también los sentimientos de que se halla animada mi patria respecto a vosotros; en tiempo de guerra nos escoge por general, y cuando desea la paz nos elige asimismo para negociarla. He venido ya dos veces en otro tiempo para terminar la guerra, habiendo conseguido en estas dos diputaciones lograr la paz entre vosotros y mi ciudad; y ahora vengo por la tercera vez y creo tener razones más justas aún para obtener una reconciliación.

»Hallo, en efecto, que vuestros sentimientos son los mismos que los nuestros y que además os molesta también como a nosotros la destrucción de Platea y Tespias. ¿Cómo, pues, no sería natural sean más bien amigos que enemigos los que participan de iguales sentimientos? Y seguramente que aun cuando haya alguna diferencia en el modo de ver las cosas, las personas prudentes evitan comenzar una guerra, por lo cual, si en todo estamos acordes, ¿no sería verdaderamente extraño que no ajustásemos la paz? Prohibíanos la justicia esgrimir nuestras armas contra vosotros, ya que se dice que a los primeros extranjeros a quienes Triptólemo, nuestro antepasado, inició en los misterios sagrados de Deméter y Hera, fueron Hércules, padre de vuestra raza, y los Dióscuros, vuestros conciudadanos, y además que el Peloponeso fue el primero que recibió de él la semilla del fruto de Deméter. ¿Cómo, pues, sería justo que vosotros vinieseis a destrozar las mieses de aquellos de quien habéis recibido las primeras semillas, así como que nosotros no pudiésemos desear se hallasen en la mayor abundancia posible de frutos aquellos a quienes les dimos las primeras simientes? Pero si los dioses han decidido haya guerras entre los hombres, es preciso pongamos toda la lentitud posible en comenzar las hostilidades, y una vez existan estas, la mayor prontitud en terminarlas.»


Autocles, orador muy famoso por su precisión, habla después de él en estos términos:


«Lacedemonios: cuanto voy a deciros no tendrá por objeto el adularos, no lo desconozco; pero me parece que aquellos que quieren ver tan sólida y permanente como sea posible, la amistad que desean celebrar, deben manifestarse mutuamente las causas de sus guerras. En cuanto a vosotros, decís abiertamente que todas las ciudades deben ser independientes, pero vosotros mismos ponéis los mayores obstáculos a su independencia, pues imponéis como primera condición a las ciudades aliadas la de que os sigan a donde quiera las conduzcáis. ¿Y cómo puede conciliarse eso con la independencia? Os hacéis enemigos sin el consentimiento de los aliados, a quienes mandáis después contra aquellos; de suerte que los que se llaman independientes, se hallan muy a menudo obligados a marchar contra sus mejores amigos.

»Pero lo que es aún mucho más opuesto a la independencia, es que establezcáis en todas partes gobiernos de diez o de treinta individuos y que procuréis con todas vuestras fuerzas, no que estos jefes gobiernen a tenor de la ley, sino que tengan la suficiente fuerza para contener a las ciudades, de manera que parece os regocijáis más en la tiranía que en el gobierno libre. Además, cuando el rey mandó fuesen independientes las ciudades, habéis sabido reconocer y proclamar que no obrarían los tebanos según las prescripciones del rey, si no dejaban que cada ciudad se gobernase a sí misma por las leyes que quisiere; pero en cambio, cuando os habéis apoderado de la Cadmea, no habéis permitido siquiera a los tebanos conservaran su independencia. Los que desean contraer una amistad, no deben pretender de los demás se les conceda plena justicia, mientras se abandonan ellos a su más desenfrenada ambición.»


Después de terminar este discurso hízose general silencio y acogieron con gozo sus ataques cuantos conservaban motivos de queja contra los lacedemonios. Después de esto, Calístrato dice:


«Oh lacedemonios, no creo poder pretender que no hayáis cometido tantas faltas como las que nosotros hemos hecho. No pienso, sin embargo, que no se deba sostener relación alguna con los que han errado alguna vez, pues veo que no hay hombre alguno que termine su vida sin claudicar. Por el contrario, paréceme que los hombres que han cometido errores alguna vez, se hacen con ello más prudentes, sobre todo cuando han resultado castigados con estas faltas como nosotros. Veo que vosotros también os habéis atraído algunas veces grandes desastres con vuestras desconsideradas acciones, entre las cuales es preciso contar la ocupación de la Cadmea en Tebas, pues a pesar de todos los cuidados que habéis tomado para asegurar a las ciudades su independencia, todas han vuelto a caer en poder de los tebanos, luego de haber sufrido estos tan notoria injusticia. Por esto espero que habréis aprendido la poca utilidad que presta la ambición, y confío que en lo futuro seáis más comedidos en vuestra recíproca amistad.

»Respecto a los calumniosos rumores de algunos que queriendo impedir la paz han dicho que al venir nosotros no nos mueve el deseo de vuestra amistad, sino el temor de que regrese Antálcidas con el dinero del rey, considerad todo esto como pura habladuría. En efecto, el rey decretó positivamente la independencia de todas las ciudades griegas; ¿en qué, pues, temeríamos al rey, si cuanto obramos y decimos se halla informado por esta misma idea? ¿Creerá, acaso, alguno que prefiera el rey emplear su dinero haciendo a otros poderosos, cuando ve realizar sin gasto alguno cuanto reconoció como más ventajoso? Pero, sea de esto lo que quiera, ¿para qué hemos venido? Comprenderéis fácilmente que no es a causa de vuestros apuros, si echáis una ojeada al estado actual de nuestros asuntos así por tierra como por mar. ¿Por qué, pues, hemos venido? Evidentemente porque algunos de nuestros aliados obran de un modo que nos es tan poco grato como a vosotros. Quisiéramos comunicaros gustosamente las ideas de rectitud que tenemos, a fin de reconocer os debemos nuestra conservación; y para abordar la cuestión principal os recordaré que todas las ciudades son consideradas como vuestras o como nuestras, así como en cada estado todo el mundo está dividido entre el partido lacedemonio y el ateniense. Si fuéramos, pues, amigos, ¿de qué parte podríamos temer razonablemente ningún peligro? ¿Quién podría inquietarnos por tierra siendo vosotros nuestros amigos, y quién podría dañaros por mar al ser nosotros vuestros más íntimos aliados?

»Todos sabemos que las guerras tienen siempre un comienzo y un fin, y que si no es hoy, más adelante desearemos todos la paz. ¿Por qué, pues, aguardar al momento en que nos hallemos agobiados por multitud de males, más bien que hacer la paz lo más pronto posible y antes de ser alcanzados por algún daño irreparable? No doy mi aprobación a aquellos atletas que después de haber vencido muchas veces y de haberse labrado gran reputación, son ambiciosos hasta el punto de no querer detenerse hasta haber sido vencidos y haberse visto obligados a renunciar a su profesión, ni tampoco a aquellos jugadores que cuando están de suerte doblan en seguida la apuesta, pues veo que la mayor parte de ellos son presa de la más completa miseria. Considerando todas estas cosas debemos aprovecharnos de que aún nos hallemos en vigor y en prosperidad para hacernos francos y mutuos amigos en lugar de liarnos en una guerra en la que juguemos el todo por el todo, pues nosotros por vosotros y vosotros por nosotros hemos de elevarnos en Grecia a un poder mucho mayor en lo futuro del que hemos tenido en lo pasado.»


Habiendo parecido todas estas cosas animadas por la prudencia y sabiduría, decretan los lacedemonios aceptar la paz bajo las condiciones de retirar los gobernadores de las ciudades, licenciar sus tropas de mar y tierra, y reconocer la independencia de las ciudades. Establécese asimismo que en el caso de que un estado contravenga a estas cláusulas, socorran los que quieran a las ciudades oprimidas, pero los que no quieran ir en su auxilio no puedan ser obligados a ello por su juramento. Juran estas condiciones los lacedemonios por ellos y por sus aliados, así como los atenienses y los suyos, cada ciudad de por sí. Los tebanos habían sido inscritos entre las demás ciudades que habían jurado, pero al día siguiente vuelven sus diputados para suplicar se escriba beocios en lugar de tebanos, entre los que han jurado. Agesilao responde que no cambiará nada de cuanto han jurado y escrito primeramente, pero que si no quieren ser comprendidos en el tratado, borrará su nombre, si así lo exigen. Como de este modo la paz se hallaba en vigor entre todos los estados griegos, excepto los tebanos, que eran los únicos que habían reclamado contra ella, consideran los atenienses la posibilidad de que sean diezmados los tebanos, como se decía, y estos se ausentan completamente desconcertados.

Capítulo IV

Retiran después de esto los atenienses las guarniciones de las ciudades, llaman de nuevo a Ifícrates y a la flota, ordenándole devolver cuanto haya tomado desde que se ha prestado juramento a los lacedemonios. Estos retiran también los gobernadores y guarniciones de todas las ciudades, a excepción de Cleómbroto que mandaba el ejército en la Fócida, y que cuando pide a los magistrados de su patria qué debe hacer, Prótoo dice que, a su parecer, debe licenciarse aquel ejército conforme al juramento, y participar a las ciudades deposite cada una en el templo de Apolo la suma que quiera; que después, si hay quien rehúse el reconocimiento a la independencia de las ciudades, es preciso entonces reunir nuevamente los aliados que quieran proteger dicha independencia y dirigirse contra los que se opongan, todo lo cual creía sería el modo de hacerse favorable a los dioses y el de indisponerse lo menos posible con las ciudades. La asamblea, después de haber oído su parecer, consideró cuanto había dicho como pura habladuría, pues, según parece, se hallaba ya inspirada por el genio malo que la conducía. Hízose decir a Cleómbroto que no licenciase su ejército, sino que, por el contrario, marchara contra los tebanos si no reconocían la independencia de las ciudades. Cuando Cleómbroto tiene conocimiento de que ha sido hecha la paz, pide a los éforos qué debe hacerse, y estos le ordenan se dirija contra los tebanos si no reconocen la independencia de las ciudades de Beocia. Así, pues, cuando ve que, lejos de dar libertad a las ciudades no licencian su ejército a fin de poder oponerlo a los lacedemonios, conduce sus tropas a Beocia. Existía un camino por el cual esperaban los tebanos verle entrar: era por el lado de la Fócida, por cierto desfiladero que guardaban; pero él avanza de improviso a través del país montañoso de Tisbe, llega a Creusis, y después de tomar esta plaza fuerte, se apodera de doce trirremes tebanas. Hecho esto, se aparta de la costa y acampa en Leuctra en el territorio de Tespias. Los tebanos, que no tenían otros aliados que los beocios, colocan su campamento en una colina que se hallaba a su frente y a poca distancia de los mismos. Entonces los amigos de Cleómbroto, dirigiéndose a él, le dicen:

—«Oh, Cleómbroto, si dejas que los tebanos se retiren sin combate, peligras de ser tratado con la última pena por tu patria, pues todo el mundo recordará que cuando viniste a Cinoscéfalas no saqueaste parte alguna del territorio tebano, y que en una expedición siguiente fuiste detenido en el paso, mientras Agesilao ha penetrado siempre en su país por el Citerón. Si, pues, deseas tu propio interés y el bien de la patria, debes dirigirte contra los enemigos.»

Esto decían sus amigos; sus enemigos decían por su parte:

—«Ahora es cuando mostrará claramente este hombre si favorece a los tebanos, según se dice.»

Al oír todo esto Cleómbroto, se inclinaba a librar combate.

Por su parte, los jefes de los tebanos reflexionan que si no presentan batalla, se apartarán de ellos las ciudades vecinas y serán sitiados por los enemigos, en cuyo caso, no teniendo el pueblo tebano los necesarios víveres, corren peligro de que la misma ciudad se declare contra ellos, y como varios habían sido anteriormente desterrados, sostienen que vale más morir combatiendo que ser nuevamente desterrados. Además de esto, dales cierta confianza el oráculo popular, según el cual debían los lacedemonios experimentar una derrota en el mismo lugar en que se hallaba el sepulcro de las doncellas que, según se dice, se habían dado la muerte después de la violencia que les habían hecho experimentar los lacedemonios. Por esto los tebanos habían adornado este monumento antes del combate. Anúnciaseles igualmente que en la ciudad todos los templos se habían abierto por sí solos, y que las sacerdotisas declaran que los dioses indican una victoria. Dícese asimismo que las armas del Heracleo se han diseminado por el suelo, lo cual significa que el dios ha salido al combate. Algunos pretenden, sin embargo, que todo esto no eran más que estratagemas preparadas por la autoridad superior.

Todo era, pues, en esta batalla contrario a los lacedemonios, mientras lo había dispuesto todo la fortuna en favor de sus adversarios. Efectivamente, después de almorzar había tenido Cleómbroto su último consejo respecto al combate, a mediodía, después de beber regularmente, y, según se dijo, después que el vino se les había subido a la cabeza. Cuando los dos ejércitos se hubieron armado y se hizo inminente el combate, los comerciantes y algunos bagajeros, así como los que no querían combatir, prepáranse para alejarse del ejército beocio, pero los mercenarios, bajo el mando de Hierón, y los peltastas focidios, con la caballería heracleota y fliasia, forman un círculo y se arrojan sobre ellos en el momento en que iban a alejarse, poniéndoles en fuga y persiguiéndoles hacia el campamento beocio, con lo cual hacen mucho más fuerte y más numeroso el ejército de los tebanos. Después, extendiéndose una llanura entre los dos ejércitos, colocan los lacedemonios su caballería al frente de su falange, mientras los tebanos opónenle también la suya; pero la caballería tebana era una tropa aguerrida por la guerra con los orcomenios y por la de los tespieos, mientras que en aquel tiempo la de los lacedemonios era muy detestable, pues los ciudadanos ricos eran los que criaban los caballos, y al anunciarse una campaña llegaba cada uno de los designados, tomaba el caballo y las armas que se le daban, y partía inmediatamente. Además, eran los soldados más débiles y menos deseosos de ilustrarse los que formaban parte de la caballería. Tal era la de ambas partes. En cuanto a los cuerpos de ejército, dícese que los lacedemonios ordenaron en tres filas las compañías, lo cual no hacía más que doce hombres en fondo. Por el contrario, los tebanos se habían aglomerado formando una profundidad de cincuenta escudos, considerando que si vencían al cuerpo real, vencerían fácilmente los restantes cuerpos.

Cuando Cleómbroto comenzó a dirigirse contra el enemigo, y aun antes de que su ejército se hubiese apercibido de que se avanzaba, la caballería de ambas partes había venido ya a las manos, y la de los lacedemonios había sido derrotada al primer empuje; al huir cae sobre sus mismos hoplitas, atacados a su vez por los tebanos. Sin embargo, un testimonio positivo demuestra la superioridad que el cuerpo de Cleómbroto tuvo en los comienzos del combate, pues no hubieran podido levantarle y apoderarse de él vivo, si los que combatían a su alrededor no hubiesen tenido en aquel momento la mejor parte en el combate. Pero cuando fue muerto el polemarca Dinón, así como Esfodrias, uno de los comensales del rey, y Cleónimo, su hijo, la caballería y los sinforeos del polemarca no pudieron detener el poder del número y comenzaron a ceder; las tropas del ala izquierda, al ver derrotada la derecha, principiaron también a aflojar en su resistencia. A pesar del número de los muertos y de su derrota, después de atravesar el foso que se hallaba delante del campamento, vuelven a colocarse con las armas en el lugar de donde habían partido. El campo no era completamente una llanura, pues formaba cierta pendiente. Hubo entonces algunos lacedemonios que, creyendo no debía soportarse tal desastre, dijeron era preciso impedir al enemigo erigir un trofeo, y procurar recoger los muertos por la fuerza de las armas sin recurrir a la tregua. Pero los polemarcas, viendo que habían sucumbido ya cerca de mil lacedemonios, y que de unos setecientos espartanos habían muerto cerca de cuatrocientos, así como que se hallaban ya sin valor para combatir los aliados, a alguno de los cuales acaso no contrariaba el giro que tomaban los sucesos, reúnen a los jefes principales para determinar lo que debe hacerse. Habiendo todos sido de parecer de pedir una tregua para recoger los muertos, envían un heraldo para suplicarla. Levantan en seguida los tebanos un trofeo y conceden la tregua para recoger los muertos.

Después de estos sucesos, el enviado que lleva a Lacedemonia la nueva de este desastre, llega a Esparta el último día de las Gimnopedias en el momento en que el coro de hombres se hallaba en función; los éforos, al enterarse de este desastre, necesariamente tuvieron que afligirse, pero no suspendieron el coro y dejaron terminar los juegos. Después dieron los nombres de los muertos a cada uno de sus parientes, recomendando a las mujeres no manifestaran su dolor, sino, por el contrario, lo soportaran en silencio. Al día siguiente pudo verse aparecer en público a los padres de los que habían perecido, alegres y llenos de júbilo, mientras los padres de los que se había anunciado sobrevivían al combate, no se mostraron más que en muy pequeño número y con el rostro abatido y humillado.

Inmediatamente decretan los éforos una leva de las cohortes restantes llamando a las armas aun a los que hacía cuarenta años habían pasado de la adolescencia; hacen partir también a los de esta edad que pertenecían a las cohortes que habían salido antes, pues hasta entonces solo se había enviado contra la Fócida a los que pertenecían al ejército hacía menos de treinta años; ordénase, finalmente, que deben también partir cuantos se habían antes quedado a consecuencia del cargo que desempeñaban. No habiéndose repuesto aún Agesilao de su enfermedad, da la ciudad el mando a su hijo Arquidamo. Los tegeatas muestran mucho celo por ir con ellos, pues Estásipo y sus partidarios, que abogaban por Lacedemonia, y que contaban con gran poder en su ciudad, se hallaban aún con vida. Los mantineos de las aldeas les acompañan también valerosamente, pues eran dominados por la aristocracia. Los corintios, los sicionios, los fliasios y los aqueos muestran también mucho celo en acompañarles, y muchas otras ciudades envían asimismo su respectivo contingente. Los lacedemonios y los corintios equipan trirremes, y piden también a los sicionios equipen algunas en las cuales pensaban transportar al ejército, y Arquidamo sacrifica después para obtener una marcha feliz.

Los tebanos, inmediatamente después de la batalla, envían a Atenas un mensajero coronado de flores, y al mismo tiempo que describen la magnitud de la victoria, piden refuerzos, diciendo ha llegado el momento oportuno de obtener venganza de todo el daño que han hecho los lacedemonios. El senado ateniense se hallaba casualmente en sesión en la acrópolis. Cuando los senadores se enteran de lo que ha sucedido, dejan comprender a la vista de todos el vivo pesar que por ello experimentan, pues no ofrecen presente hospitalario al mensajero ni dan contestación alguna respecto a los refuerzos. De este modo sale de Atenas aquel emisario.

Los tebanos envían, sin embargo, diputados a Jasón, su aliado, pidiéndole a toda prisa refuerzos y considerando los peligros del porvenir. Equipa inmediatamente Jasón algunas trirremes para venir en su auxilio por mar, y después, reuniendo sus mercenarios y la caballería de su guardia, dirígese por tierra a Beocia, a pesar de hallarse en una guerra de exterminio con los focidios, apareciendo antes de que se haya anunciado en la mayor parte de las ciudades que debía atravesar. Antes de que haya habido tiempo de reunir las tropas para oponérsele, previniéndoles con su prontitud, se halla fuera de su alcance, haciendo ver con esto que a menudo la velocidad en la ejecución conduce más fácilmente al buen éxito que la violencia.

Luego que ha llegado a Beocia, dícenle los tebanos que sería un momento favorable para caer sobre los lacedemonios desde las alturas con sus mercenarios, mientras ellos les atacarían de frente; pero Jasón les aparta de este proyecto, demostrándoles que, después de un hecho glorioso, no es conveniente entregar al acaso el adquirir una nueva victoria mayor que la primera, o perder la que se ha conseguido.

—«¿No veis —les dijo— que vosotros mismos habéis sido vencedores cuando os hallabais sumidos en la aflicción? Es preciso, pues, también creer que los lacedemonios combatirían desesperadamente al verse reducidos a la última extremidad. Además, la divinidad, según parece, se complace muy a menudo en engrandecer a los débiles y humillar a los grandes.»

Jasón disuade, pues, a los tebanos, con estas palabras, de atacar a los lacedemonios, mientras por otra parte demuestra también a estos que es muy distinto ponerse en campaña con un ejército victorioso que con tropas completamente vencidas.

—«Si queréis olvidar el desastre que habéis experimentado, os aconsejo toméis aliento y aumentéis vuestras fuerzas para mediros de nuevo con aquellos a quienes no pudisteis vencer. Mientras tanto, añadió, debéis saber que hay algunos de vuestros aliados que están en tratos con vuestros enemigos para celebrar una alianza. Procurad, pues, a todo precio obtener una tregua; y si deseo esto —añadió finalmente—, es porque quiero salvaros, así por la amistad de mi padre hacia vosotros como porque soy vuestro próxeno.»

Esto dijo, pero acaso obraba así para que los dos bandos, aunque separados entre sí por sus diferencias, necesitasen ambos de él. Los lacedemonios, sin embargo, después de oírle, deciden negociar una tregua, y cuando anuncian que está hecha, los polemarcas mandan pregonar que se cene y se esté preparado para emprender la marcha durante la misma noche, a fin de pasar el Citerón al apuntar el nuevo día. Terminada la comida, en lugar de dormir, se da la orden de marcha y se toma el camino de Creusis al oscurecerse el día, teniendo más confianza en esta maniobra secreta que no en la tregua. Después de una marcha penosa durante la noche, con miedo y en un camino áspero, llegaron a Egóstena de Mégara, donde hallaron al ejército de Arquidamo. Este, después de haber aguardado en dicho lugar a todos sus aliados, conduce al ejército reunido a Corinto, de donde, después de licenciar a los aliados, lleva a sus conciudadanos a Lacedemonia.

Jasón, sin embargo, al volverse por la Fócida, se apodera del arrabal de Hiámpolis, saquea el país y da muerte a gran número de los habitantes. Llegado a Heraclea, después de haber atravesado pacíficamente lo restante de la Fócida, destruye las murallas de aquella población, no porque temiese pudiera ser atacado su poder por aquel paso, sino más bien porque deseaba impedir que, ocupando a Heraclea, que está situada en un desfiladero, pudiesen cerrarle el paso cuando quisiese marchar contra cualquier comarca griega.

Llegado a Tesalia, era grandemente poderoso, ya por haber sido nombrado legalmente soberano absoluto de los tesalios, ya por tener a sueldo y a sus órdenes gran número de tropas de infantería y de caballería, ejercitadas de manera que pudieran vencer siempre a sus contrarios, y por tener además gran número de pueblos aliados, fuera de los cuales había también otros muchos que deseaban serlo. Pero lo que le colocaba encima de todos los de su época, era que nada había en él que pudiese ser objeto de desprecio por parte de nadie. Al acercarse la fecha de los juegos píticos, hizo publicar en las ciudades se preparasen bueyes, corderos, cabras y cerdos para los sacrificios, y se dice que, a pesar de que había mandado muy moderadamente esa imposición, no se reunieron menos de mil bueyes, y el resto de los otros ganados se elevó a diez mil cabezas. Hizo también anunciar daría una corona de oro como premio a la ciudad que presentase el más hermoso buey como primicia de las víctimas. Ordenó asimismo a los tesalios se preparasen para ponerse en campaña en la época de los juegos píticos, diciéndose tenía intención de presidir por sí mismo la fiesta y los juegos en honor del dios. Nada se sabe aún hoy, sin embargo, de cuáles eran sus intenciones respecto a los tesoros sagrados; pero se dice que habiendo pedido los delfios al oráculo qué es lo que debían hacer si se apoderaba de las riquezas del dios, este contestó que eso corría de su cuenta. Este hombre, pues, tan poderoso, que alimentaba en su espíritu designios tan vastos y tan numerosos, acababa de verificar un día la inspección de la caballería de Feras y de pasarle revista, cuando, al sentarse para contestar a lo que pudiesen pedirle, fue asesinado e instantáneamente muerto por siete jóvenes que se aproximaron a él como si tuviesen algún litigio entre sí. Los doríforos, que se hallaban junto a él, se precipitan inmediatamente para defenderle y matan de una lanzada a uno de los asesinos, mientras daba aún a Jasón la última puñalada: otro es cogido mientras montaba a caballo, y muere bajo sus golpes. Los otros se lanzan a los caballos, que de antemano tenían preparados, y pueden escaparse, siendo recibidos con honor en la mayor parte de las ciudades griegas, lo cual demuestra cuánto temían los griegos que se convirtiese en tirano.

Sin embargo, una vez muerto Jasón, son nombrados jefes absolutos sus hermanos Polidoro y Polifrón: Polidoro muere en un viaje que hicieron ambos hermanos a Larisa, mientras dormía, y, según parece, asesinado por aquel, pues su muerte acaeció de un modo completamente repentino y sin causa ninguna aparente. A su vez Polifrón reina durante un año, y ejerce un poder semejante a la tiranía, pues en Farsala hace perecer a Polidamante y a ocho de los principales ciudadanos, y en Larisa destierra a gran número de personas. Entregábase a tales excesos, cuando Alejandro le da muerte para vengar a Polidoro y hacer cesar la tiranía; pero cuando a su vez se ha revestido del poder, se hace aborrecible como jefe a los tesalios, y como enemigo odioso también a los tebanos y atenienses, mostrándose asimismo injusto saqueador por tierra y por mar. A su vez cae bajo los golpes de los hermanos de su mujer, que los incita con sus consejos, pues anunciándoles que Alejandro les tiende una emboscada, les oculta en el interior de la casa durante todo el día hasta que vuelve Alejandro completamente ebrio. Después que se ha acostado, le quita la espada a la luz de la lámpara, y viendo vacilar a sus hermanos, que no se atrevían a entrar para matarle, les amenaza con hacerle despertar si no le mataban en seguida. Después que entraron en su cámara, cierra la puerta, sosteniendo ella misma el pestillo hasta que han dado muerte a su marido. Según dicen algunos, el odio que tenía a este provenía de haber hecho prender Alejandro a un joven muy hermoso a quien ella amaba, y de que al pedirle ella le pusiera en libertad, le hizo salir de la cárcel para matarle. Dicen otros que Alejandro, no habiendo tenido ella sucesión, había hecho pedir en matrimonio a la mujer de Jasón, en Tebas. Tales son, pues, las causas que se asignan como productoras de este atentado. El poder recae entonces en Tisífono, el mayor de los hermanos autores de este asesinato, quien reinaba aún al escribirse esta historia.

Capítulo V

Los sucesos de Tesalia que tuvieron lugar bajo el mando de Jasón, y después de su muerte hasta la entronización de Tisífono, acaban de relatarse, ahora voy a proseguir mi relación en el punto en que la interrumpimos para esta digresión.

Cuando Arquidamo hubo conducido a Leuctra los refuerzos que mandaba, los atenienses, considerando que los peloponesios continuaban siguiendo a los lacedemonios, y que no se hallaban aún estos en el estado a que habían sido reducidos los atenienses, reúnen los enviados de todos los estados que quieren participar de la paz que había dictado el rey. Una vez reunidos, decrétase, que cuantos quieran participar de la paz, se unan a ellos con este juramento:


«Permaneceré fiel al tratado dictado por el rey y a los decretos de los atenienses; y si se ataca alguna de las ciudades que han jurado, la socorreré con todas mis fuerzas.»


Todos los estados aplauden este juramento; únicamente los eleos le hacen oposición, pretendiendo no deben declarar independientes a los marganeos, esciluntios y trifilios, cuyas ciudades, según decían, les pertenecían legalmente. Los atenienses y cuantos habían decretado, a tenor de la carta real, fuesen igualmente libres todas las ciudades pequeñas y grandes, envían encargados para recibir los juramentos, con orden de hacer jurar a los principales magistrados de cada población. Prestan juramento todos los estados, a excepción de los eleos.

Mientras tanto los mantineos, considerándose completamente independientes, se reúnen todos y decretan constituir una sola ciudad en Mantinea y fortificarla. Por su parte, los lacedemonios no hallan esta decisión acomodada a su gusto, si antes no se les pide su consentimiento. Eligen, pues, a Agesilao para enviarle junto a los eleos, porque, según creían, de padres a hijos había su familia sido amiga de los mantineos.

Al llegar entre ellos, los magistrados rehúsan convocar la asamblea, y mandan les declare el objeto de su llegada. Promételes Agesilao que si suspenden el levantamiento de las fortificaciones durante algún tiempo, hará de manera que puedan construirlas con el consentimiento de los lacedemonios y sin gasto alguno; pero al responderle les es imposible suspender estos trabajos, puesto que el estado en masa ha decretado levantarlas sin la menor tardanza, se va de Mantinea muy encolerizado. A pesar de todo, no parecía posible el guerrear contra ellos, pues la autonomía era una de las condiciones de la paz que se había celebrado. Algunas ciudades de Arcadia envían también a los mantineos operarios para trabajar en la reconstrucción de los muros, y los eleos les proporcionan tres talentos de plata para aplicarse al gasto de aquella. He ahí el estado de los asuntos de los mantineos.

Entre los tegeatas, el partido de Calibio y Próxeno se reunía con el objeto de favorecer la confederación de toda la Arcadia y para procurar la sumisión de todas las ciudades a las decisiones de la confederación; pero el partido de Estásipo procuraba conservar a la ciudad su estado actual y las leyes patrias por que se regía. Vencidos los partidarios de Próxeno y Calibio en la elección de las magistraturas, y creyendo que si el pueblo se reunía, dominarían por el número, corren a las armas. Estásipo y sus partidarios se arman también al verlos, y poco les ceden en número: al venir a las manos, dan muerte a Próxeno y a algunos otros que estaban junto a él, aunque no persiguen a los fugitivos, pues el carácter de Estásipo no era a propósito para desear fuese grande la matanza entre los ciudadanos: los de Calibio, que se habían retirado junto a los muros y puertas de Mantinea, se reúnen y toman descanso así que ven que sus adversarios no les persiguen. Habían enviado ya a pedir socorro a los mantineos y se hallaban en tratos con la fracción de Estásipo para llevar a efecto una reconciliación; pero cuando ven llegar a los mantineos, unos escalan los muros y ordenan les socorran cuanto antes y les gritan se apresuren, y otros les abren las puertas. Los de Estásipo, al apercibirse de ello, salen precipitadamente por la puerta que lleva al Palantio, y logran refugiarse en el templo de Ártemis antes de ser alcanzados por los que les persiguen, y allí se encierran, manteniéndose a la expectativa. Los enemigos que les persiguen súbense al templo, y después de levantar la techumbre, les arrojan las tejas. Los demás, conociendo su mala situación, les ruegan cesen en su ataque y declaran quieren salir del templo. Apodéranse de ellos sus adversarios, les encadenan y conducen sobre un carro a Tegea, donde, de acuerdo con los mantineos, les condenan a muerte y les ejecutan.

Durante estos sucesos, unos setecientos tegeatas, del partido de Estásipo, huyen a Lacedemonia, e inmediatamente decretan los espartanos que es preciso, conforme a los juramentos, vengar a los muertos y desterrados de Tegea. Dirígense, pues, contra los mantineos, a quienes acusan de haber faltado a sus juramentos al dirigir sus armas contra los tegeatas.

Los éforos decretan una leva de tropas, y la ciudad da el mando de las mismas a Agesilao. Los arcadios se reúnen a consecuencia de esto en Ásea, a excepción de los orcomenios, que no quieren tomar parte en la Liga arcadia a causa de su enemistad con los mantineos; pero como habían recibido en la ciudad el cuerpo de mercenarios reclutado en Corinto y mandado por Polítropo, los mantineos quedáronse allí para vigilarles; los hereos y lepreatas se unen a los lacedemonios contra los mantineos.

Agesilao, después de ofrecer los sacrificios de la marcha, se dirige a Arcadia. Ocupa a Eutea, ciudad fronteriza, donde no halló más que los ancianos, las mujeres y los niños, pues que los hombres aptos para las armas habían partido todos a unirse al ejército arcadio. No hace, sin embargo, daño alguno a la ciudad: conserva a los habitantes todas sus propiedades y compra todo lo que necesita su ejército, así como hace restituir todo aquello de que se habían apoderado al entrar en las poblaciones. Hace también reparar los muros, mientras espera los mercenarios de Polítropo. Durante este tiempo dirígense los mantineos contra los orcomenios; pero tienen que retirarse de delante de sus muros después de haber sufrido bastantes bajas: decláranse en retirada, y llegan a Elimia sin que les persigan los hoplitas orcomenios; pero siendo acosados con grande audacia por las tropas de Polítropo, y conociendo entonces los mantineos que si no rechazan a este enemigo, perderán mucha gente con sus proyectiles, dan repentinamente una media vuelta y les aguardan. Polítropo muere combatiendo y los demás se declaran en fuga y hubieran perecido en su mayor parte si no hubiese sobrevenido la caballería fliasia, que consiguió detener a los mantineos en su persecución después de circunvalarles. Hecho esto, vuélvense los mantineos a su ciudad. Al saber Agesilao esta nueva, piensa que no podrán juntársele ya los mercenarios de Orcómeno, y avanza con las tropas que tenía bajo su mando. Cenan el primer día en territorio tegeata, y al día siguiente pasa al de Mantinea, acampa al pie de los montes situados al occidente de esta ciudad, saquea el país y devasta los campos. Los arcadios, reunidos en Ásea pasan de noche a Tegea; al día siguiente acampa Agesilao a unos veinte estadios de Mantinea; pero los arcadios de Tegea, que ocupaban ya los montes entre esta ciudad y Mantinea, llegan con gran número de hoplitas, deseando vivamente unirse a los mantineos, pues los argivos no les habían mandado todas sus fuerzas. Indicaron algunos a Agesilao que era conveniente les atacase separadamente; pero aquel, temiendo ser acosado por la espalda por los mantineos, mientras avance contra los enemigos, decide como cosa mejor permitir la unión, y en el caso en que quisieran venir a las manos, combatir abierta y francamente. De este modo conservan reunidas los arcadios todas sus fuerzas.

Los peltastas de Orcómeno, acompañados de la caballería fliasia, marchando por la noche en dirección de Mantinea, se presentan al apuntar el día ante el campamento, mientras Agesilao ofrecía el sacrificio, haciendo que cada cual corra a su puesto y que Agesilao se retire hacia los suyos. Pero después que reconocer que son amigos y que ha obtenido aquel signos favorables, da orden de avanzar a su ejército después del desayuno. Por la noche, sin ser visto, acampa en la garganta de la montaña situada detrás del país mantineo y rodeada de montes próximos. Al amanecer del día siguiente, y mientras sacrificaba delante del campamento, ve poblarse de enemigos las montañas, al pie de las cuales se halla su retaguardia, y comprende entonces que es preciso salir cuanto antes de aquel desfiladero. Teme, sin embargo, que si él abre la marcha, el enemigo caerá sobre su retaguardia, por lo cual permanece en el mismo sitio y mostrando al enemigo el frente de su ejército, da orden a los que le siguen hagan su conversión a la derecha y se coloquen junto a él detrás de la falange; de este modo, al propio tiempo que aumenta la fuerza defensiva de esta, hace salir de los desfiladeros a sus tropas. Cuando la falange se halla de este modo con doble fondo, se pone a la cabeza de los hoplitas, y llegado a la llanura, despliega nuevamente su ejército sobre nueve o diez escudos de fondo.

Los mantineos, sin embargo, no verificaban ninguna salida, pues los eleos que se les habían juntado, les persuaden a no librar combate hasta que hayan llegado los tebanos, pretendiendo saber positivamente que se les juntarán a causa de haberles prestado diez talentos para esta expedición. Cediendo a sus razones, no salen de Mantinea los arcadios, y Agesilao, a pesar de su vivo deseo de sacar de allí a sus tropas por hallarse ya a mitad del invierno, permanece tres días en estos países y a poca distancia de la ciudad para que no aparezca que apresura por miedo su partida; pero al cuarto día por la mañana, después de almorzar, da la orden de marcha a su ejército como para acampar en el sitio en que lo había hecho el primer día después de haber salido de Eutea. Luego, no distinguiéndose ningún arcadio, se apresura a dirigirse a esta población aunque era ya muy tarde para que no se apercibiesen los fuegos enemigos y nadie pudiese decir sea una fuga su retirada. En efecto, parecía haber levantado un poco el ánimo de su patria, pues había invadido Arcadia y nadie había querido aceptar batalla, a pesar de hallarse saqueando el país. Llegado a Laconia, permite vuelvan a su casa los espartanos y despide para sus respectivas ciudades a los periecos.

Inmediatamente después de la marcha de Agesilao, los arcadios, al saber ha licenciado aquel su ejército, mientras ellos se encuentran todos reunidos, se dirigen contra los hereos por no haber estos querido formar parte de la confederación; hacen una irrupción en su país, incendian las casas y cortan los árboles; pero cuando se anuncia la llegada de los tebanos a Mantinea en socorro de esta, dejan a los hereos y se juntan a ellos. Una vez reunidos, opinan los tebanos haber hecho lo bastante acudiendo en su socorro, pues no veían ya enemigo alguno en el país; pero los arcadios, argivos y eleos, procuran persuadirles para que se arrojen inmediatamente sobre Laconia, mostrándoles su gran número y alabando sobre manera al ejército tebano. Los beocios, en efecto, se ejercitaban todos en las armas orgullosos por la victoria obtenida en Leuctra, e iban acompañados además por los focidios, a quienes habían subyugado, por las tropas eubeas de todas las ciudades, por los locrios de las dos comarcas, por los acarnanios, por los heracleotas y por los maleos, yendo también con ellos la caballería y los peltastas tesalios. Regocijándose con esta superioridad, a la cual oponen el aislamiento de Lacedemonia, suplican a los tebanos que no se ausenten sin haber hecho antes una invasión en el territorio espartano.

Los tebanos atienden a sus razones, pero reflexionan sobre lo difícil que se reputa la entrada en Lacedemonia, y piensan que sin duda se habían colocado puestos de vigilancia en los puntos más practicables. Efectivamente, Iscolao se hallaba en Eo, ciudad escirita, con un destacamento de neodamodes y unos cuatrocientos desterrados de Tegea, de entre los más jóvenes, hallándose otro destacamento en Leuctro, sobre la Maleátide. Reflexionan asimismo los tebanos que las fuerzas lacedemonias pueden reunirse prontamente, y que en ninguna parte se batirán mejor que en su misma patria. Todas estas reflexiones hacen que no se apresuren a dirigirse contra Lacedemonia.

Llegan, sin embargo, algunos habitantes de Carias que les anuncian el aislamiento en que se encuentra Lacedemonia y que prometen servirles de guías, manifestando consienten en ser degollados a la menor sospecha de traición: llegan asimismo algunos periecos para llamarles en su auxilio, manifestándoles solo aguardan su entrada en el país para sublevarse en masa. Afirman igualmente que los periecos de Esparta rehúsan obedecer en aquellos momentos la orden de congregarse que han recibido de los lacedemonios. Oyendo los tebanos todas estas referencias, que les llegan por conductos tan distintos, se dejan convencer e invaden Laconia por Carias, mientras los arcadios avanzan por Eo en la Escirítide. Según se dice, si Iscolao hubiese avanzado hasta llegar a los pasos difíciles y los hubiese defendido, ningún enemigo hubiera podido penetrar por allí; pero queriendo aprovecharse del contingente de los eatas, permaneció en esta población mientras los arcadios llegan en masa. Las tropas de Iscolao conservan sus ventajas mientras tienen enemigos solo a su frente; pero cuando estos les circunvalan subiéndose a los tejados de las casas, y les agobian con sus proyectiles, perecen Iscolao y los suyos, a excepción de unos pocos que consiguen escapar sin ser reconocidos. Los arcadios, después de haberse abierto camino de este modo, avanzan sobre Carias para unirse a los tebanos. Estos, al venir en conocimiento del éxito que han tenido en su expedición los arcadios, se hacen mucho más audaces para bajar a la llanura. Principian por incendiar y saquear Selasia, y al bajar de los montes, acampan en el territorio consagrado a Apolo, de donde salen al día siguiente, y no atreviéndose a atravesar el puente para dirigirse contra la ciudad, pues se veían los hoplitas en el templo de Alea, avanzan, teniendo a su derecha el Eurotas, quemando y saqueando habitaciones llenas de considerables riquezas.

En cuanto a los de la ciudad, las mujeres espartanas no pueden soportar la vista del humo del campamento enemigo, pues nunca lo habían visto desde la ciudad, y los lacedemonios, cuya capital carece de murallas, se aprestan convenientemente para defenderla, sin poder ocultar el pequeño número de hombres que tienen en realidad. Deciden los magistrados anunciar a los hilotas que cuantos quieran tomar las armas y alistarse, obtendrán la seguridad de recibir su libertad después de haber combatido con los ciudadanos. Dícese que inmediatamente se inscribieron más de seis mil; de manera que reunida esta multitud, inspiró nuevo temor y se les encontró demasiado numerosos; pero como quedaban en Esparta los mercenarios de Orcómeno y recibieron los lacedemonios el contingente de los fliasios, de los corintios, de los epidaurios, de los peleneos y de otras ciudades, principiaron a tener menos cuidado del número de los hilotas inscritos.

Cuando el ejército enemigo ha avanzado hasta Amiclas, atraviesa allí el Eurotas. Los tebanos, dondequiera acampen, cortan los árboles y los colocan ante sus líneas en el mayor número posible, y de esta manera se ponen en guardia contra un ataque; pero los arcadios no toman estas precauciones, pues abandonando sus armas, corren a saquear las habitaciones. Tres o cuatro días después, la caballería avanza en buen orden hasta el hipódromo, junto al templo de Geoco; esta caballería estaba formada por todos los tebanos, los eleos, todos los caballos focidios, tesalios y locrios. Frente a esta caballería se hallaba la de los lacedemonios, que parecía poco numerosa; pero una emboscada de los hoplitas más jóvenes, en número de trescientos, había sido colocada en la Casa de los Tindáridas, y al cargar la caballería se arroja sobre el enemigo, obligando a aquella a replegarse sin sostener el choque, movimiento seguido asimismo por gran número de infantes que emprenden la fuga. Cuando ha cesado la persecución y hace alto el ejército tebano, vuelven a restablecer su campamento. Principia a esperarse entonces con más confianza que no atacarán la ciudad, y efectivamente, levantando el campamento, toma el ejército el camino de Helos y de Gitio; quemando cuantas ciudades indefensas y cuanto encuentra a su paso, sitia durante tres días a Gitio, donde se hallaban los arsenales lacedemonios, habiéndose juntado cierto número de periecos a los enemigos y continuando después la campaña con los tebanos.

Al conocer los atenienses estos sucesos, hállanse sumidos en vacilaciones respecto a lo que deben hacer para los lacedemonios, y celebran una asamblea por decisión del senado. Hallábanse presentes los diputados lacedemonios y los de los aliados que permanecían aún fieles a Esparta. Los espartanos Áraco, Ocilo, Fárax, Etimocles y Olonteo dijéronles todos casi lo mismo. Recuerdan a los atenienses que siempre, en las grandes ocasiones, se han sostenido mutuamente para su mayor bien. Ellos en efecto, dicen, arrojaron de Atenas a los tiranos, mientras los atenienses les socorrieron valerosamente cuando se hallaban sitiados por los mesenios; enumeran asimismo todas las ventajas que han obtenido cuantas veces han obrado de común acuerdo. Les recuerdan también la manera cómo combatieron juntos a los bárbaros, y que los atenienses fueron elegidos por todos los griegos, con el beneplácito de los espartanos, jefes de la flota y depositarios del tesoro común, así como los espartanos unánimemente proclamados jefes de los ejércitos de tierra por el consentimiento de los atenienses.

Uno de ellos, en especial, dice con poca diferencia estas palabras:

—«Ciudadanos: si os unís con nosotros en esta ocasión, es casi seguro se realizará el antiguo proverbio de que los tebanos serán diezmados.»

Los atenienses, sin embargo, no acogen favorablemente estas palabras, sino por el contrario, levantándose grandes murmullos, dicen:

—«Eso declaráis ahora; pero cuando estabais en la prosperidad bien sabíais oprimirnos.»

Lo que pareció como más fundado en los hechos de cuanto dijeron los lacedemonios fue que después de haber subyugado Atenas, se habían opuesto al proyecto de los tebanos, que querían fuese arrasada Atenas. El argumento más repetido fue el de que se debían los refuerzos en virtud de los juramentos, pues no eran las injusticias de los lacedemonios las que les habían indispuesto con los arcadios y sus aliados, sino el auxilio que habían prestado estos a los tegeatas, atacados por los mantineos contra la fe jurada. Esto produjo grande alboroto en la asamblea, diciendo uno que los mantineos habían obrado justamente al socorrer a los partidarios de Próxeno muertos por Estásipo, y otros afirmando que habían sido injustos al dirigirse en armas contra los tegeatas.

Mientras tiene lugar esta discusión en la asamblea, se levanta el corintio Clíteles y dice:


«Ciudadanos atenienses: si ciertamente procuráis con imparcialidad dejar sentado quiénes fueron los primeros en obrar injustamente, ¿quién podrá acusarnos a nosotros, desde que se celebró la paz, de habernos dirigido contra alguna ciudad, de habernos apoderado de las riquezas del que las poseía o de haber devastado las comarcas de otro estado? Y, sin embargo, los tebanos han entrado en nuestros dominios, han cortado nuestros árboles, incendiado nuestras casas y arrebatado nuestros bienes y nuestros rebaños. ¿Cómo podríais, pues, sin faltar a vuestros juramentos, no socorrernos cuando somos víctimas manifiestas de la injusticia, y cuando habéis sido vosotros los que os tomasteis el trabajo de ligarnos por toda clase de juramentos?»


Después de estas palabras, los atenienses, con sus muestras de aprobación, indican que Clíteles ha hablado justa y equitativamente. Inmediatamente después levantose el fliasio Procles, y dijo:


«Atenienses: luego que los tebanos se hayan deshecho de los lacedemonios, seréis vosotros los primeros contra quienes tendrán que dirigirse, pues, en efecto, sois el único estado que puedan considerar como un obstáculo a su dominación sobre los griegos; es un hecho que me parece evidente. Si esto es así, creo que al ir a defender a los lacedemonios os defendéis también vosotros mismos, porque siendo dueños de Grecia los tebanos, que se hallan mal dispuestos hacia vosotros y que habitan al pie de vuestras mismas fronteras, será mucho más difícil vuestra situación que teniendo lejos a vuestros rivales. Mucho más prudente es, pues, el defenderos a vosotros mismos, mientras tenéis aún aliados que no esperan el momento en que la ruina de estos últimos os obligue a luchar solos contra los tebanos. Si algunos de vosotros teméis que los lacedemonios, al salir con bien, os susciten obstáculos más tarde, considerad que no debe temerse el engrandecimiento de aquellos a quienes se prestan beneficios, sino el de aquellos a quienes se hace algún daño. Debéis asimismo reflexionar que es conveniente para las repúblicas, del propio modo que para los particulares, asegurarse de la posesión de algún bien mientras se halla este en todo su vigor, a fin de que, si alguna vez pierde su fuerza, conserve algo como resultado de las penalidades pasadas. Ahora la divinidad os ofrece ocasión propicia para adquirir en los lacedemonios unos amigos para siempre, si los socorréis según sus súplicas; y, en efecto, paréceme que no recibirían ante pequeño número de testigos este beneficio vuestro, pues los dioses, que lo ven todo, lo sabrán ahora y siempre, y llegará asimismo a oídos de aliados y enemigos, de griegos y de bárbaros, ya que todo el mundo se preocupa en gran manera de lo que está sucediendo. Si se mostraran ingratos hacia vosotros, ¿quién podría manifestar consideración hacia ellos? Pero es preciso esperar que se mostrarán leales y no ingratos ellos, que más que nadie son considerados como amigos constantes de la gloria y enemigos de toda acción deshonrosa.

»Además de esto, reflexionad sobre lo que voy a deciros: Si en cualquiera ocasión amenazara a Grecia algún nuevo peligro por parte de los bárbaros, ¿en quién podríais tener más confianza que en los lacedemonios? ¿Qué defensores podríais desear mejores que aquellos que, apostados en las Termópilas, prefirieron morir todos, que salvar la vida abriendo el camino de Grecia a los bárbaros? ¿No es, pues, justo que el recuerdo del valor que desplegaron con vosotros y la esperanza de alcanzar juntos nuevos lauros, animen vuestro celo para con ellos, para con nosotros y para con vosotros mismos? Es preciso asimismo que sus aliados actuales sean para vosotros un nuevo estímulo para vuestro celo hacia ellos, pues bien sabéis que cuantos les permanecen fieles en sus apuros se avergonzarían de no atestiguar su reconocimiento. Si nosotros, que parecemos solo exiguas ciudades, queremos, sin embargo, participar de sus peligros, pensad que, al juntarse a nosotros vuestra república, ya no serán pequeños estados los que vendrán en su auxilio.

»En cuanto a mí, atenienses, siempre he admirado grandemente vuestra ciudad cuando oía decir que cuantos se hallaban oprimidos o temían la opresión se refugiaban entre vosotros y recibían vuestros auxilios; pero ahora no solo lo oigo, sino que veo por mí mismo las súplicas que los lacedemonios, tan afamados, y con ellos sus aliados más fieles, os dirigen, rogándoos los socorráis. Veo asimismo a los tebanos, aquellos que en otro tiempo no pudieron convencer a los lacedemonios para que os redujesen a la esclavitud, que os piden ahora veáis con indiferencia la destrucción de aquellos que os salvaron en otro tiempo. Dícese, para la gloria y buena fama de vuestros antepasados, que no permitieron quedaran insepultos los argivos que perecieron ante la Cadmea; sería mucho más glorioso para vosotros no consintáis que se ultrajen ni destruyan los lacedemonios que se hallan aún con vida. Es ciertamente, asimismo, una gloriosa acción el haber reprimido la insolencia de Euristeo, y haber salvado a los hijos de Hércules. Pero ¿no sería más hermoso el salvar asimismo a los fundadores de la población y a la población entera? Sin embargo, la acción más hermosa sería hoy socorrer, con las armas en la mano y a través de los peligros, a los lacedemonios que en otro tiempo os salvaron por un voto, aunque sin peligro. Si nosotros nos sentimos orgullosos al exhortaros para que socorráis a un pueblo de valientes, ¿no sería para vosotros, que podéis socorrerles eficazmente, un acto de reconocida generosidad, que después de haber sido a menudo amigos y enemigos de los lacedemonios, olvidaseis más bien las injurias que los beneficios y les mostraseis vuestro reconocimiento, no solo en vuestro nombre, sino en el de toda Grecia, como efectivamente por sus acciones han merecido?»


Después de este discurso comienzan los atenienses la votación: no permiten hablar a los que quieren hacerlo en sentido opuesto, y votan socorrer en masa a los lacedemonios, poniendo al frente de este ejército al general Ifícrates. Terminados los sacrificios, ordena este se coma en la Academia, y se dice que muchos salieron ya antes de ponerse en marcha dicho jefe. Colócase este al frente de las tropas, que marchan con entusiasmo, en la esperanza de que se las conduce a realizar gloriosas acciones. Llegado a Corinto, permanece allí durante algunos días, y principian a reprocharle las tropas esta pérdida de tiempo; pero cuando les hace salir de la ciudad, se hallan llenos de ardor para seguirle dondequiera los conduzca y para atacar los muros contra los que se dirija.

En cuanto a Lacedemonia, los enemigos que devastaban su territorio, arcadios, argivos y eleos, sus fronterizos, habían ya partido en gran número, llevándose con ellos el botín que habían hecho. Los tebanos y los demás enemigos deciden abandonar la comarca, porque ven disminuir cada día más su ejército y porque cada vez se hacen más raros los víveres, pues todo había sido consumido, arrebatado, dilapidado o quemado, a lo cual se une la presencia del invierno, que contribuye a que todos deseen partir. Cuando todas estas tropas se alejaron de Lacedemonia, Ifícrates condujo igualmente a sus atenienses de Arcadia a Corinto.

No pretendo criticar lo bueno que puede haber hecho durante el conjunto de su mandato, pero respecto a su conducta en esta época, paréceme que todos sus actos pecaron de inútiles o de imprudentes. Efectivamente decide apoderarse del monte Oneo, a fin de que no puedan los beocios regresar a su patria, y deja libre el paso más fácil, junto a Céncreas. Más tarde, queriendo saber si los tebanos han pasado el monte Oneo, envía en exploración a la caballería ateniense y a todos los corintios; y sin embargo, un pequeño destacamento de hombres puede ver lo mismo que una gran sección, pero en cambio, en caso de una retirada, es mucho más fácil que puedan aquellos realizarla, hallando mayores facilidades en los caminos que una gran división. Pero ¿no es el colmo de la locura el hacer avanzar contra el enemigo muchas tropas, no siendo bastante fuertes para rechazarle? Por esto aquella caballería, cuya extensa línea ocupaba grande espacio, halló a causa de su número muchos pasos difíciles, de manera que perdieron a lo menos veinte hombres; y en cuanto a los tebanos, se retiraron como y por donde quisieron.

Libro séptimo

Capítulo I

Al año siguiente llega a Atenas una comisión de lacedemonios y aliados, con plenos poderes para negociar las condiciones de una alianza entre Esparta y Atenas. Diciendo muchos extranjeros y atenienses que la alianza debía tener lugar bajo el pie de la más perfecta igualdad, el fliasio Procles pronuncia el siguiente discurso:


«Atenienses: ya que os ha parecido bien aceptar la amistad de los lacedemonios, considero conveniente procuréis, por todos los medios posibles, que esta amistad sea duradera: esto lo conseguiréis estableciendo como bases del tratado las condiciones que sean más ventajosas a los dos partidos, y de este modo podremos permanecer largo tiempo unidos. Estamos de acuerdo sobre todos los puntos, a excepción del referente a la hegemonía, de que ahora se está tratando; vuestro consejo ha propuesto que el mando en la mar pertenezca a los atenienses, y en tierra a los lacedemonios, y me parece a mi también que este reparto de atribuciones está indicado, no solo por la prudencia humana, sino por la naturaleza y providencia divinas. En primer lugar, vuestra situación es lo más favorable que imaginarse pueda para el imperio del mar, pues la mayor parte de las ciudades que necesitan de él se hallan construidas en los alrededores de la vuestra, y todas ellas son más débiles que vosotros; además poseéis varios puertos, sin los cuales es imposible todo poder marítimo. Tenéis asimismo muchas trirremes, y habéis heredado de vuestros mayores el afán de aumentar sin cesar su número.

»Además, todas las artes necesarias para este poderío las tenéis aclimatadas en vuestra ciudad; y respecto a la habilidad en la profesión marítima, dejáis atrás a todos los pueblos, pues la mayor parte de vosotros no vive, efectivamente, más que por el mar; de manera que, mientras cuidáis de vuestros particulares asuntos, no descuidáis el sobrepujar a los demás en las maniobras navales. Pero aún hay más: no hay puerto alguno que pudiese proporcionar reunidas tantas naves como el vuestro, lo cual no es poco para la hegemonía, pues todos prefieren agruparse alrededor del que desde el principio y por sí mismo, les supera en fuerzas. Los dioses mismos os han concedido el poder sobresalir en esto; habéis librado los más importantes combates navales, y con poquísimos reveses habéis conseguido el mayor número de victorias, por lo cual es muy natural que los aliados prefieran correr junto a vosotros las penalidades de estos combates. Comprenderéis asimismo la necesidad y el deber que os están impuestos respecto al cuidado y vigilancia de vuestras fuerzas navales, por lo que voy a deciros. Os hacían la guerra los lacedemonios desde largos años, y aunque vencedores por tierra, no conseguían gran cosa para vuestra ruina; pero así que la divinidad les concedió poder dominar por mar, inmediatamente consiguieron subyugaros por completo. ¿No hay, pues, en esto una prueba evidente de que vuestra salvación depende de vuestro poder marítimo? Siendo esto así, ¿cómo podríais abandonar a los lacedemonios el mando en el mar, una vez convienen ellos mismos en la inferioridad de su marina, sobre todo si consideráis que no hay paridad entre ellos y vosotros en las luchas navales, pues que ellos exponen únicamente los hombres que tienen en sus trirremes, y vosotros exponéis a vuestros hijos, a vuestras mujeres y a vuestra ciudad entera?

»Eso por lo que hace a vuestra ciudad. Pongámonos ahora en el punto de vista lacedemonio: en primer lugar tienen su morada lejos de la costa; de manera que, mientras sean dueños de su comarca, su existencia no está comprometida, aunque sean inferiores en el mar. Por esto, desde su más tierna infancia se entregan a los ejercicios necesarios para los ejércitos terrestres: poseen en tierra, como vosotros en el mar, y en el más alto grado, la obediencia a los jefes, cosa la más esencial a todo ejército. Además pueden poner en pie de guerra un numeroso ejército con la misma prontitud con que podéis vosotros equipar una poderosa flota; de donde resulta que los aliados se unen también a ellos con la mayor confianza. También la divinidad les ha concedido en tierra igual beneficio que a vosotros por mar: han sostenido en tierra el mayor número de luchas, habiendo experimentado muy pocas derrotas y obtenido innumerables triunfos. De ahí la necesidad en que se hallan de fijar toda su actividad del lado de la tierra, como vosotros en el mar, resultando asimismo de los hechos pasados, pues aunque les hayáis ganado a menudo combates marítimos, sin embargo, no habíais conseguido nada importante para dominarles; pero así que les derrotasteis una sola vez en combates terrestres, vieron comprometida la existencia de sus hijos, de sus mujeres y de su misma ciudad. ¿Cómo, pues, dejaría de serles penoso el confiar a otros la supremacía de los ejércitos de tierra, cuando ellos son los primeros en este elemento? He aquí por qué he hablado en apoyo del proyecto del consejo, pues, a mi modo de ver, ofrece las mayores ventajas a ambas partes. Ojalá seáis todos felices por haberos decidido conforme al general interés de todos.»


Tal fue su discurso. Los atenienses y lacedemonios presentes aprobaban vivamente sus palabras, pero levantándose Cefisódoto, les dice:


«Atenienses: estad alerta, que os quieren engañar; escuchadme, que voy a daros inmediatamente las pruebas de ello. Ciertamente mandaréis en el mar, pero al hacerse aliados vuestros los lacedemonios, es natural que os envíen jefes y marinos espartanos, aunque los marineros serán únicamente hilotas o mercenarios; he aquí los hombres que pondrán a vuestras órdenes; por el contrario, cuando os anuncien los lacedemonios una expedición terrestre, es natural que les mandéis vuestros hoplitas y vuestra caballería. He aquí, pues, que vosotros os pondréis bajo sus órdenes y en cambio vosotros no tendréis bajo las vuestras más que esclavos y gente de ningún valer.

»Dime, Timócrates lacedemonio, ¿no has dicho hace poco que venías para concertar la alianza, partiendo de la base de la más perfecta igualdad?

»—Así lo dije.

»¿Puede haber, pues, una igualdad más perfecta que si cada uno a su vez ejerce el mando de la flota y del ejército, y si participáis vosotros de las ventajas que puede presentar el mando marítimo, y nosotros del terrestre?»


Al oír estas palabras, cambian los atenienses de opinión, y decretan que cada uno de los dos estados ejerza el mando durante cinco días.

Dirígense las tropas de ambos estados y las de sus aliados a Corinto, donde deciden guardar todos juntos el monte Oneo, y cuando llegan los tebanos con sus aliados, distribúyense los pasos que cada uno debe defender. Los lacedemonios y peleneos se colocan en el lugar de más peligro. Así que los tebanos y sus aliados se hallan a unos treinta estadios de estos pasos, acampan en la llanura, y calculando entonces el tiempo que necesitan para franquear esta distancia, salen con el alba contra el destacamento lacedemonio: su cálculo no les engaña, pues caen sobre los lacedemonios y peleneos cuando acababan de relevarse las guardias nocturnas, mientras los soldados se levantaban de sus lechos para ir cada cual a sus quehaceres. Arrójanse sobre ellos los tebanos en correcta formación, y los derrotan por completo, pues no habían tomado precaución alguna y se hallaban en desorden. Al refugiarse los que se habían salvado de este combate a la colina más próxima, hubiera podido el polemarca lacedemonio conservar su posición tomando el número que le hubiese parecido conveniente de peltastas y de hoplitas aliados, pues le era fácil recibir en completa seguridad las provisiones desde Céncreas; pero no lo hizo, y mientras los tebanos vacilan sobre si bajarán por el lado de Sición o si volverán sobre sus pasos, concierta una tregua que consideran casi todos más ventajosa para los tebanos que para los suyos, y se retira con sus tropas.

Los tebanos bajan con la seguridad más completa, reúnense a todos sus aliados arcadios, argivos y eleos, y principian por atacar a Sición y Pelene, dirigiéndose después sobre Epidauro y devastando todo su territorio. Retíranse después sin preocuparse del enemigo, y cuando se hallan junto a la ciudad de Corinto se arrojan a la carrera por la cuesta que conduce a Fliunte a fin de penetrar en ella si se encuentran abiertas sus puertas. Algunas tropas ligeras de la ciudad se dirigen en armas contra los soldados escogidos de los tebanos que no se hallaban ya más que a unos cuatro pletros de las murallas, y subiendo sobre los túmulos sepulcrales y sobre las eminencias del terreno, arrojan gran número de dardos y flechas sobre los enemigos, a quienes matan gran número de los que se hallan en los puntos más avanzados, y después de haberles puesto en fuga, les persiguen hasta la distancia de tres o cuatro estadios, después de lo cual, los corintios se llevan los muertos hasta junto a las murallas; concédese al enemigo una tregua para recogerlos y levantan los trofeos. Esta victoria consigue dar algún ánimo a los aliados de los espartanos.

Al mismo tiempo que tenían lugar estos sucesos, reciben los lacedemonios un refuerzo de más de veinte trirremes que les manda Dionisio, consistente en celtas e iberos y unos cincuenta soldados de caballería. Al día siguiente, los tebanos y todos sus aliados, formándose en la llanura, que llenan por completo hasta el mar y las colinas que rodean a la ciudad, destruyen en ellas todo cuanto puede prestar alguna utilidad. La caballería ateniense y corintia no se atreve a aproximarse a un ejército enemigo tan fuerte y numeroso; pero los caballos de Dionisio, a pesar de su pequeño número, esparciéndose por una y otra parte, se acercan a las líneas enemigas y les arrojan sus dardos, retirándose así que son perseguidos, y comenzando de nuevo cuando ya no les persiguen: al mismo tiempo bajan del caballo para descansar, y así que el enemigo quiere aprovecharse de esta maniobra, saltan de nuevo ligeramente sobre sus corceles y se baten en retirada. Si algunos enemigos se abandonan en su persecución a gran distancia del ejército, persíguenles al retirarse y les arrojan sus dardos, causándoles grandes bajas: de este modo obligan a todo el ejército a que avance o se retire a causa de ellos.

Los tebanos permanecen allí, sin embargo, solo unos días, después de los cuales regresan a sus hogares y hacen lo mismo sus aliados. Entonces las tropas de Dionisio marchan contra Sición, derrotan a los sicionios en la llanura, y en combate regular, haciéndoles unos setenta muertos: toman después por asalto el fuerte de Deras, y realizadas estas proezas hácense a la vela para Siracusa los primeros socorros de Dionisio. Hasta entonces los tebanos y los demás pueblos que se habían apartado de los lacedemonios, habían obrado de consuno y guerreado bajo el mando de los tebanos; pero cierto Licomedes de Mantinea, hombre de esclarecido linaje y poseedor de grandes riquezas, comenzó a alimentar inmensa ambición y a excitar orgullosas aspiraciones entre los arcadios, diciendo que ellos solos pueden considerar como a su patria al Peloponeso, puesto que son ellos los únicos autóctonos del mismo y les asegura que la nación arcadia es la más numerosa de todas las griegas y que sus habitantes son los más robustos de toda Grecia. Añade que ellos son los más valientes, dándoles como prueba, que cuando hay necesidad de mercenarios siempre son preferidos los arcadios, afirmando además que los lacedemonios no hubieran podido atacar el territorio ateniense si ellos no les hubiesen auxiliado, ni los tebanos hubieran tampoco podido llegar sin ellos a Esparta.

—«Si, pues —dice—, tenéis el buen sentido necesario, rehusaréis acudir adonde se os llama, pues del propio modo que antes habéis acrecido en gran manera el poder lacedemonio poniéndoos a sus órdenes, también ahora, si seguís ciegamente a los tebanos, sin reclamar la parte que os corresponda en el mando, hallaréis pronto otros lacedemonios en ellos.»

Hinchados de orgullo los arcadios con estos discursos, y apreciando a Licomedes, a quien consideran como el único varón esforzado de quien deban seguir los consejos, eligen por jefes a cuantos él les propone. Los sucesos contribuyen a aumentar aún el alto concepto que de sí mismos tenían formado, pues habiendo invadido los argivos el territorio de Epidauro, su retirada es cortada por los mercenarios de Cabrias con los atenienses y corintios: entonces los arcadios les socorren y libran a aquellos argivos sitiados por todas partes, a pesar de tener que luchar para ello, no solo con los hombres, sí que también con las condiciones topográficas del territorio.

En otra expedición hecha contra Ásine en Laconia, derrotan a la guarnición lacedemonia, matan al polemarca espartano Geranor, y saquean los extramuros de Ásine. Nada les detiene cuando deciden alguna expedición; ni la noche, ni el mal tiempo, ni la distancia, ni los montes impracticables; de manera que en aquel tiempo se consideraban mucho más poderosos que todos. De ahí que los tebanos desconfíen de los arcadios y no se hallen ya amigablemente dispuestos a su favor. Por su parte, los eleos piden a los arcadios las ciudades de que habían sido despojados por los lacedemonios; pero viendo el poco caso que se hace de su petición y en cambio las consideraciones que se tienen con los trifilios y con los demás estados apartados de ellos y que se llaman arcadios, comienzan también a mirar a estos con malos ojos.

Mientras cada uno de los aliados exagera así su importancia, llega el abideno Filisco, portador de grandes sumas por parte de Ariobarzanes. Reúne primeramente a los tebanos, a sus aliados y a los lacedemonios para tratar de la paz. Después de reunidos no comunican con el dios sobre la manera como puede hacerse la paz, si no que, por el contrario, deliberan únicamente entre sí; pero rehusando los tebanos consentir en que se deje Mesenia sujeta a los lacedemonios, recluta Filisco gran número de mercenarios a fin de hacer la guerra de consuno con los espartanos.

Durante este tiempo, llegan los segundos auxilios mandados por Dionisio: los atenienses pretenden debe mandárseles a Tesalia contra los tebanos y los lacedemonios a Laconia, parecer que prevalece entre los aliados. Cuando la flota de Dionisio llegó a Laconia, Arquidamo une a las tropas de Esparta los soldados que la formaban y entra inmediatamente en campaña. Apodérase por asalto de Carias, donde degüella a todos los prisioneros; al frente de sus tropas dirígese inmediatamente contra los parrasios de Arcadia y saquea su comarca; pero a la aproximación de los arcadios y argivos, se retira y acampa sobre las colinas que se hallan junto a Midea. Hallábase en este lugar cuando Císidas, jefe de los socorros mandados por Dionisio, declara haber terminado ya el tiempo que se le había prescrito para permanecer allí, y marcha para regresar a Esparta; pero apenas se ha separado del ejército, es detenido por los mesenios en un desfiladero y pide socorros a Arquidamo, quien se dispone a proporcionárselos; cuando llega a la encrucijada que conduce a Eutresia, los arcadios y argivos avanzan en dirección a Laconia para cortarle la retirada; pero Arquidamo baja a una llanura en el cruce de los caminos de Eutresia con los de Midea, y allí forma en orden de batalla a sus tropas.

Cuentan que pasando por delante de sus compañías las exhortó en estos términos:


«Ciudadanos: procuremos que hoy nuestro valor nos dé derecho a ir con la cabeza erguida. Entreguemos a nuestros descendientes la patria, tal como la hemos recibido de nuestros mayores: cesemos de tener que avergonzarnos ante nuestros hijos, nuestras mujeres, los ancianos y los mismos extranjeros, que tenían antes los ojos fijos en nosotros más que en ningún otro pueblo griego.»


Terminaba de decir esto, cuando, según se dice, viose algún relámpago seguido de truenos, a pesar de que el cielo estaba completamente despejado, lo cual se consideró como un feliz presagio; llegó también a su conocimiento que junto a su ala derecha se hallaba un bosque sagrado y una imagen de Hércules a quien considera como uno de sus antepasados. Todas estas circunstancias inspiran tal ardor y una confianza tal a los soldados, que no tienen poco que hacer sus jefes para impedir se arrojen sin previo mandato contra los enemigos. De ahí que cuando Arquidamo se pone a su cabeza, los enemigos, que se mantienen firmes hasta llegar al alcance de las lanzas, son muertos, y los demás se declaran en fuga o caen bajo los golpes de la caballería o de los celtas. Terminado el combate, Arquidamo levanta un trofeo y manda a Esparta al heraldo Demóteles para anunciar la magnitud de la victoria, pues los lacedemonios no han tenido una sola baja, mientras los enemigos han perecido en gran número. Dícese que al saber esta nueva los senadores espartanos y el mismo Agesilao y los éforos, todos derraman lágrimas: de tal modo son estas comunes al placer y al dolor. Este revés de los arcadios no regocija, sin embargo, menos a los tebanos y a los eleos que a los mismos lacedemonios: de tal manera se hallaban heridos a causa de su orgullo.

Los tebanos, que pensaban constantemente en la manera cómo podrían apoderarse de la hegemonía de Grecia, creen que algún resultado práctico alcanzarán para su poder enviando embajadores al rey de Persia. Después de haber excitado a sus demás aliados para que se les unan con este objeto, bajo el pretexto de que el lacedemonio Euticles se hallaba junto al rey, envían como diputados a Pelópidas como tebano, al pancratiasta Antíoco como arcadio, y Arquidamo, a quien acompaña Argeo, como eleo. Por su parte, los atenienses al saberlo mandan a Timágoras y a León. Una vez llegados a Persia los diputados, Pelópidas es quien consigue mayor influjo con el rey, pues era quien podía decirle que entre todos los griegos, los tebanos habían sido los únicos que se habían batido por el rey en Platea, y que nunca habían peleado contra él, mientras los lacedemonios les hacían la guerra únicamente por no haber querido acompañar a Agesilao en su expedición contra los persas, y por no haberle querido dejar sacrificar en Áulide a Ártemis Diana, en aquel mismo lugar donde sacrificó Agamenón antes de emprender su expedición a Asia y de apoderarse de Troya. Contribuye asimismo a dar a Pelópidas gran crédito junto al rey, la reciente victoria obtenida por los tebanos en Leuctra y el haber visto todos las devastaciones que han realizado en las comarcas lacedemonias. Dijo asimismo Pelópidas, que los argivos y arcadios han sido derrotados por los lacedemonios en un combate cuando no se hallaban entre ellos los tebanos. Cuanto dice se halla confirmado por el testimonio del ateniense Timágoras, que es quien goza de mayor consideración con el rey después de Pelópidas.

Pidiendo el rey a este la clase de edicto que deseaba, manifiesta Pelópidas desea se consigne la independencia de Mesenia respecto a los lacedemonios y que los atenienses pongan en seco sus naves, añadiendo que si rehúsan cumplimentarlo, les sea declarada la guerra, y que si una ciudad rehúsa tomar parte en la expedición, deban dirigirse en primer término contra ella.

Redactadas y leídas estas condiciones a los diputados, León dice de manera que pueda oírlo el rey: «¡Por Zeus, oh atenienses! paréceme es ya tiempo para nosotros de acudir buscando otro amigo fuera del rey.» Habiendo el secretario repetido al rey las palabras que dijo el ateniense, hace aquel añadir al decreto, que si los atenienses saben algo que sea más justo, pueden participárselo al rey.

Cuando los diputados han regresado cada cual a su patria, los atenienses condenan a muerte a Timágoras, acusado por León de no haber querido habitar con él y por haber constantemente obrado de concierto con Pelópidas. Respecto a los otros enviados, Arquidamo de Élide alaba al rey por haber este manifestado mayor aprecio a los eleos que a los arcadios; pero Antíoco, lastimado de que la confederación arcadia haya sido tratada con cierto menosprecio, rehúsa los presentes y anuncia a los diez mil que el rey tiene gran número de panaderos, cocineros, coperos y reposteros; pero que a pesar de todas sus investigaciones, no ha podido ver hombre alguno capaz de combatir contra los griegos. Añade, además, que respecto al gran número de riquezas que se le atribuyen, parécele es también una baladronada, puesto que aquel plátano de oro tan ensalzado no podría siquiera dar sombra a una cigarra.

Cuando los tebanos han convocado todos los estados para dar lectura a la carta del rey, y cuando el persa portador del decreto, después de haber mostrado el sello del rey, lo verifica, los tebanos invitan a cuantos quieran ser amigos del rey y suyos, a que presten juramento de observar sus condiciones; pero los diputados de las ciudades objetan que han sido enviados únicamente para oír la lectura de aquella carta y no para jurar su contenido, para lo cual es preciso manden nuevos mensajeros a cada ciudad. Añade, sin embargo, el arcadio Licomedes, que la reunión debe tener lugar en el teatro de la guerra y no en Tebas. Encolerizándose a consecuencia de esto los tebanos, y diciendo que procura destruir la alianza, no quiere ya seguir tomando asiento en el consejo, y levantándose sale de Tebas y con él los restantes arcadios. No queriendo, pues, prestar juramento los enviados reunidos en Tebas, envían los tebanos mensajeros a las distintas ciudades para recibir el juramento a los edictos del rey, figurándose que todas las ciudades temerán atraerse su enemistad y la del rey. Pero los corintios, que son los primeros a quien se dirigen, les manifiestan su oposición y les contestan que de nada ha de servirles la alianza del rey, por lo cual, muchas otras ciudades siguen su ejemplo y les dan igual contestación. Tal es el resultado de las intrigas de Pelópidas y de los tebanos para alcanzar el mando.

Epaminondas, por otra parte, queriendo unir a los aqueos a su causa, a fin de que los arcadios y los demás aliados concediesen mayores consideraciones a Tebas, decide una campaña contra Acaya. Persuade, pues, al argivo Pisias, general de los de su población, para que se adelante y ocupe militarmente el monte Oneo. Habiendo averiguado Pisias que las tropas que le custodiaban bajo el mando de Naucles, jefe de los mercenarios lacedemonios, y del ateniense Timómaco, hacían el servicio muy negligentemente, se apodera durante la noche, con unos dos mil hoplitas, de la colina que está más allá de Céncreas, habiéndose aprovisionado primeramente para una semana. Llegan durante este tiempo los tebanos franqueando el monte Oneo, y se dirigen, bajo el mando de Epaminondas y con todos los aliados, contra Acaya. Habiéndole implorado gracia los principales de esta, consigue Epaminondas que no sean desterrados los oligarcas, ni se cambie la forma de gobierno, y después de haber recibido los aqueos garantías suficientes a su promesa de ser aliados de los tebanos y de seguirles donde quiera que vayan, regresa a su patria. Siendo acusado, sin embargo, por los arcadios y sus enemigos de haber abandonado Acaya, después de haberla organizado convenientemente para los lacedemonios, deciden los tebanos enviar gobernadores a las ciudades aqueas. Arrojan estos al llegar a los oligarcas con ayuda de la plebe y establecen en Acaya el gobierno democrático; pero los desterrados se coaligan con prontitud, dirígense aisladamente contra cada una de las ciudades, entran en ellas por su gran número y las retienen bajo su dependencia. Restablecidos ya, no se mantienen neutrales, sino que apoyan vigorosamente a los lacedemonios, con lo cual los arcadios se hallan acosados de una parte por los lacedemonios y de otra por los aqueos.

En Sición, sin embargo, el gobierno se había conservado según las antiguas leyes; pero Eufrón, que bajo la dominación lacedemonia era el ciudadano más poderoso, quiere conservar también su rango bajo el mando de sus adversarios, por lo cual dice a los argivos y arcadios que es evidente que si los ricos conservan el gobierno de Sición, se declarará la ciudad a la primera ocasión en favor de los lacedemonios. «Por el contrario —les dice—, debéis considerar que si se establece la democracia, la ciudad siempre quedará a su favor. Si, pues, me secundáis, yo mismo me encargo de reunir al pueblo, y a la vez os daré esta garantía de mi fidelidad y una aliada segura a vuestra ciudad. Debéis saber, además, que el motivo de obrar así, es que estoy, como vosotros, cansado desde largo tiempo del orgullo lacedemonio, deseando escapar de la esclavitud.»

Los arcadios y argivos escúchanle con placer y le secundan en sus deseos. Eufrón, entonces, aprovechándose de la presencia de los arcadios y argivos, convoca al pueblo en la plaza pública, declarándole que desde entonces el gobierno se apoyará en la base de la más perfecta igualdad, y después le exhorta a que elija los generales que quiera, resultando elegidos el mismo Eufrón, Hipódamo, Cleandro, Acrisio y Lisandro. Hecho esto, pone Eufrón al frente de los mercenarios a su hijo Adeas después de haber quitado el mando a Lisímenes, que era quien antes lo tenía. Luego se asegura el reconocimiento de algunos de dichos mercenarios por medio de favores, y toma a sueldo a muchos otros sin economizar para esto ni el tesoro público ni los fondos generales. Emplea asimismo para sus designios los bienes de cuantos destierra por su afecto a Esparta, y con astucia hace dar la muerte, o destierra a todos sus colegas, reduciéndolo así todo a su poder y convirtiéndose claramente en un tirano. A fin de obtener el consentimiento de los aliados, les prodiga su dinero y sus bienes y les acompaña siempre en sus expediciones con los mercenarios.

Capítulo II

Así las cosas, los argivos habían ya fortificado contra Fliunte el fuerte de Tricárano, cerca del templo de Juno, cuando los sicionios rodearon también con muros a Tiamia, que se halla en la frontera de los fliasios, con lo cual estos se encontraron vivamente acosados y privados de víveres, pero no por esto perseveran menos en la fidelidad de su alianza. Cuando las grandes ciudades realizan algo glorioso, menciónanlo todos los historiadores; mas paréceme a mí que cuando una pequeña ciudad se manifiesta como autora de gran número de gloriosas acciones, merece aún más que sean estas publicadas.

Habían sido los fliasios amigos de los lacedemonios cuando estos se hallaban en la prosperidad; después de sus reveses en la batalla de Leuctra, a raíz de la sublevación de gran número de periecos y de la de casi todos los hilotas, a pesar de la defección de los aliados y cuando los griegos todos les abandonaban, no solo permanecieron fieles a ellos, sino que teniendo por enemigos los pueblos más poderosos del Peloponeso, los argivos y los arcadios, vinieron a socorrerles. Designados por la suerte para pasar a Prasias como último cuerpo de los auxiliares (corintios, epidaurios, trecenios, hermioneos, halieos, sicionios y peleneos), no solo no les hicieron traición, sino que abandonados por su jefe, que a la cabeza de la vanguardia se retiró, sin acobardarse y tomando un guía de Prasias por estar los enemigos alrededor de Amiclas, consiguieron abrirse paso por entre mil obstáculos y llegar finalmente a Esparta, donde los lacedemonios les dieron varias muestras de admiración y les enviaron un buey como presente de hospitalidad.

Cuando los enemigos se retiraron de Lacedemonia, irritados los argivos por el celo excesivo de los fliasios, invadieron en masa el territorio de Fliunte y lo devastaron por completo; pero ellos no cedieron tampoco, sino que, por el contrario, en el momento en que los enemigos se retiraban después de haber saqueado cuanto a mano habían hallado, la caballería fliasia verifica una salida, y poniéndose a sus alcances, a pesar de tener en contra toda la de los argivos y las compañías se hallen desplegadas junto a su retaguardia, cargan sobre ellos en número de sesenta, consiguiendo derrotarlos, y si bien dan muerte solo a unos pocos, levantan a la vista de los enemigos un trofeo, del mismo modo que si los hubiesen muerto a todos.

En otra ocasión custodiaban los lacedemonios y sus aliados el monte Oneo, mientras se aproximaban los tebanos para atravesarle; pasaban por Nemea los arcadios y eleos para reunirse a los tebanos, cuando los desterrados de Fliunte les indican que con solo mostrarse pueden apoderarse de la ciudad. Concertada la empresa, los desterrados, seguidos de unos seiscientos hombres, se colocan durante la noche junto a los muros, después de haberse procurado escalas para el asalto, y cuando los centinelas de Tricárano señalan la presencia del enemigo, los traidores aprovechan los momentos en que la atención toda de la ciudad se dirige hacia aquella parte, y dan la señal de subir a los que se hallan apostados al pie de los muros. Una vez han conseguido subir, apodéranse de las armas abandonadas por los centinelas, persiguen a los guardas diurnos, que eran únicamente uno por cada diez, y dan muerte a uno que se hallaba durmiendo y a otro que se había refugiado en el Hereo. Cuando los centinelas fugitivos se arrojan desde lo alto de los muros por la parte que mira a la ciudad, se cree, sin ninguna clase de duda, que la ciudadela se halla en poder de los enemigos; pero cuando los gritos de alarma llegan a la población, acuden los ciudadanos después de haberse armado, saliendo entonces los enemigos de la acrópolis peleando frente a la puerta que conduce a la ciudad, y allí, viéndose rodeados por la incesante multitud, que cada vez más en aumento les ataca, tienen que retirarse de nuevo a la acrópolis, donde se precipitan con ellos los ciudadanos. Pronto queda desierto el centro de la acrópolis, pero súbense los enemigos a la muralla y a las torres, desde donde arrojan sus proyectiles y sus dardos sobre cuantos se hallan dentro de su recinto: defiéndense estos desde abajo y combaten a lo largo de las rampas y escaleras por las que se sube a la muralla. Una vez dueños los ciudadanos de algunas de las torres, avanzan desesperadamente sobre sus enemigos, a los que por su audacia acosan y acorralan en un pequeño espacio. Al mismo tiempo, los arcadios y argivos rodean la ciudad, y en su parte superior principian a minar el muro de la acrópolis.

Los de dentro, entonces, mandan proyectiles a diestro y a siniestro a los que se hallan sobre los muros, a los que están en las escalas procurando escalarlo, y a los que han conseguido subir a las torres; habiendo hallado fuego en las tiendas, las incendian, y para este objeto sírvense de los haces de heno que encuentran a mano por haber sido segado en la misma acrópolis. Arrójanse desde lo alto de las torres cuantos en ellas se hallaban, por temor a las llamas, los que se encuentran en la muralla perecen bajo los golpes de los ciudadanos, y así que principian a ceder desaparecen los enemigos de la ciudadela. Verifica también la caballería una salida, al ver lo cual, los enemigos se retiran abandonando las escalas y los muertos, así como los heridos de gravedad. Sus bajas, contando así los que perecieron combatiendo en el interior de la acrópolis cómo los que se arrojaron de ella, no bajaron de ochenta hombres. Era de ver entonces los abrazos y las felicitaciones que se daban mutuamente cuantos se habían librado de aquel peligro, y a las mujeres darles de beber, derramando al mismo tiempo lágrimas de alegría, y era de ver también a todos los presentes llorar y reír a la vez.

Al año siguiente, los argivos y todos los arcadios invaden nuevamente el territorio de Fliunte: la causa de esas continuas luchas consistía en la animadversión que contra los fliasios sentían por hallarse situados dentro de sus fronteras y por la esperanza que abrigaban siempre de que la falta de víveres les obligaría a entregarse. En esta invasión, la caballería y las tropas escogidas de los fliasios, reunidas a los caballos atenienses que se hallaban en ella casualmente, caen de improviso sobre el enemigo mientras atravesaba el río, y después de derrotarle, le obligan a retirarse a las colinas cercanas durante el resto del día, como si temiese pisotear en la llanura las mieses de pueblos amigos.

En otra ocasión, dirígese contra Fliunte otra expedición mandada por el gobernador tebano de Sición, al frente de la guarnición de esta ciudad y de las tropas de sicionios y peleneos, pues en aquella época obedecían ya a los tebanos; Eufrón tomó parte en la expedición con sus mercenarios en número de unos dos mil hombres. Bajaron todos hacia Tricárano junto al Hereo, con objeto de saquear la campiña, a excepción de los sicionios y peleneos, que se hallaban apostados en las alturas junto a los desfiladeros que conducen a Corinto, a fin de que no pudiesen los fliasios, circunvalándoles, hacer frente a su vanguardia, que se hallaba junto al Hereo.

Luego que saben los de la ciudad que los enemigos ocupan la llanura, verifican la caballería y las tropas escogidas de los fliasios una salida, y librando combate, impiden a los enemigos apoderarse de los alrededores: pasan en dicho lugar la mayor parte del día en escaramuza, persiguiendo Eufrón y sus tropas al enemigo hasta los lugares accesibles a la caballería, y los de la ciudad hasta el Hereo. Cuando creen los enemigos que ya es tiempo de partir, rodean a Tricárano, pues el foso que se halla delante de esta fortaleza les impedía dirigirse en línea recta hacia los peleneos. Después de haberles seguido durante algunos momentos en su marcha hacia las alturas, los fliasios se inclinan hacia uno de sus lados, y pasando por el camino que existe junto a los muros, se dirigen a atacar la división pelenea; observando el jefe tebano la rápida marcha de los fliasios procura con todas sus fuerzas llegar antes que ellos en socorro de los peleneos; pero alcanzándoles la caballería fliasia, carga contra ellos, y si bien son rechazados en el primer choque, vuelven después a cargar apoyados por la infantería que había ya podido juntárseles, y se generaliza el combate. Principian a ceder entonces los enemigos y perecen algunos sicionios y muchos peleneos, soldados esforzados, y los fliasios elevan un magnífico trofeo y cantan un peán, como era natural, mientras los tebanos y Eufrón hacen de espectadores como si hubiesen acudido a una función teatral. Después se retiran ambos bandos, el uno a Sición y el otro a la ciudad.

He aquí asimismo otro bello rasgo de los fliasios. Logran apoderarse del peleneo Próxeno, y aunque se hallasen faltos de todo, le sueltan sin rescate alguno. ¿Cómo dejar de llamar generosos y valientes a los que así se conducen?

Es proverbial, además, su constancia en guardar fidelidad a sus amigos; como no recolectaban nada en sus tierras, vivían así de lo que tomaban al enemigo, como de lo que compraban en Corinto, a cuyo mercado se dirigían a través de mil peligros, procurándose difícilmente fondos para sus compras y hallando la misma dificultad para encontrar quien les procurase víveres o quien les garantizara las cabezas de ganado que les traen. Hallábanse ya en verdadero apuro, cuando consiguieron que Cares escoltase un convoy. Después de llegar a Fliunte, persuádenle a que se lleve las bocas inútiles a Pelene: allí les deja, compran provisiones, preparan tantos animales de carga como pueden, y vuelven a marchar durante la noche. No ignoraban que los enemigos les espiaban; pero juzgaban menos terrible el combatir, que el no tener que comer. Iban en la vanguardia los fliasios con Cares cuando dan con los enemigos: excitándose recíprocamente y sin pensarlo un momento, se arrojan sobre ellos mientras gritan a Cares que les socorra. Queda para ellos la victoria, y limpiando de enemigos el camino, llegan sanos y salvos a Fliunte con todo lo que traían. Como habían velado toda la noche, duermen hasta una hora avanzada del día. Cuando Cares se ha levantado ya, dirígense a él los de la caballería y los más escogidos de los hoplitas, diciéndole:

—«Cares, hoy puedes obtener un triunfo de los más notables: los sicionios están fortificando una de sus plazas fronterizas, tienen gran número de operarios, pero no tienen muchos hoplitas; vamos, pues, a dirigirnos contra ellos todos los de a caballo, y los más distinguidos hoplitas; si quieres seguirnos con tus mercenarios, acaso cuando vengas hallarás el trabajo ya hecho, o podrás decidir, como en Pelene, el resultado de la acción. Si te parece cosa demasiado difícil lo que te proponemos, ofrece un sacrificio a los dioses para consultarles, pues creemos que te exhortarán aún con mayor fuerza que nosotros para que hagas lo que te pedimos. Importa también que sepas, oh Cares, que si realizas lo que te suplicamos, no solo adquirirás un fuerte contra el enemigo, sino que también conservarás una ciudad amiga y adquirirás gran fama en tu patria y gran renombre entre los aliados y entre los enemigos.»

Persuadido Cares, ofrece el sacrificio, y la caballería fliasia, sin perder un momento, se arma con sus corazas y enjaeza sus caballos, mientras los hoplitas realizan los preparativos peculiares a la infantería. Después de haberse armado se dirigen adonde se verificaba el sacrificio, y les anuncian Cares y el adivino que las víctimas son favorables; «pero, aguardad —añaden—, pues vamos a salir todos juntos». Se da a toda prisa la señal de marcha y acuden los mercenarios inmediatamente, como arrastrados por un ardor divino. Cuando se pone en marcha Cares, forma la vanguardia la caballería y la infantería de Fliunte; primero marchan con rapidez y después a la carrera, y finalmente, la caballería avanza al galope y la infantería a paso de carga procurando conservar apretadas sus filas: a todos ellos sigue Cares marchando con bastante velocidad. Era poco antes de la puesta del sol, mientras los enemigos se hallaban ocupados unos en bañarse, otros en arreglar su comida, en la elaboración del pan o en preparar sus camas: todos ellos se sobrecogen de terror al ver la impetuosidad del ataque, huyen a la desbandada abandonando a los valientes enemigos todas sus provisiones. Después de haber cenado los fliasios con estos víveres y con otros llegados de Fliunte, haciendo libaciones por la victoria y entonando el peán, colocan centinelas y se entregan al descanso. Los corintios, a la llegada del mensajero que durante la noche les trae noticia de lo ocurrido en Tiamia, muestran amistosa actividad en reunir, por medio de pregón, vehículos y animales que cargados de trigo envían a Fliunte. Estos convoyes se renuevan cada día mientras dura la construcción del fuerte.

Capítulo III

He aquí cuanto quería decir respecto al valor de los fliasios en la guerra, de su fidelidad y constancia hacia los aliados aun en sus momentos más difíciles. Casi al mismo tiempo Eneas de Estínfalo, general de los arcadios, cree que no debe soportarse ya más tiempo lo que sucede en Sición. Sube con su ejército a la acrópolis, convoca a los notables de la ciudad y envía a buscar a cuantos han sido desterrados sin decreto. Temiendo el resultado de estas medidas, Eufrón huye al puerto de Sición, y haciendo venir de Corinto a Pasimelo, entrega por su mediación a los lacedemonios aquel puerto y entra de nuevo en su alianza declarándoles les ha sido siempre fiel. Pretende que cuando se puso a votación en la ciudad la proposición que decidió la defección, él votó contra ella con pequeño número de senadores, y que después había establecido la democracia para vengarse de los que le habían hecho traición.

—«Yo soy —añade— la causa del actual destierro de cuantos os han abandonado. Si hubiese podido hacerlo, hubiera tomado vuestro partido cuando me hallaba dueño de toda la ciudad; pero ya que no puedo más, os entrego ahora el puerto de que me he apoderado.»

Muchos fueron los que le oyeron pronunciar estas palabras, pero no se ha averiguado aún el número de los que las creyeron. Ya que la he principiado, voy a concluir la historia de Eufrón. Aprovechándose de las disensiones que tenían lugar en Sición entre los notables y la plebe, consigue Eufrón entrar de nuevo en esta ciudad, con ayuda de un cuerpo de mercenarios que había alistado en Atenas. Auxiliado por la plebe se apodera de la población; pero el gobernador tebano conserva en su poder la acrópolis. Comprendiendo entonces que no podría ser dueño de Sición mientras los tebanos posean la ciudadela, reúne grandes cantidades de dinero y sale a fin de persuadir por este medio a los tebanos para que arrojen de la ciudad a los notables y se la entreguen nuevamente. Pero habiendo averiguado los antiguos desterrados su viaje y el objeto del mismo, dirígense también a Tebas; y viéndole en intimidad con los magistrados, temen se salga con la suya, y algunos, sin hacerse cargo del peligro que corren, asesinan a Eufrón en la acrópolis, en el mismo instante en que los arcontes y senadores se hallaban en sesión. Los arcontes conducen a los autores de aquella muerte ante el senado y se expresan en estos términos:


«Ciudadanos: reclamamos la pena de muerte contra los matadores de Eufrón, considerando que jamás los hombres honrados cometen acciones criminales e impías, y que los mismos malvados, al llevarlas a cabo, procuran ocultarlas en la sombra; pero estos que aquí veis dejan de tal modo atrás a todos los hombres en osadía y en maldad, que con pleno conocimiento de causa, y por su sola voluntad, han dado muerte a ese hombre en presencia de vuestros magistrados y de vosotros mismos, que sois dueños de castigar y de absolver. ¿Quién se atreverá, pues, a venir aquí si no reciben estos culpables el último castigo? ¿Cuál será la suerte de nuestra ciudad, si está permitido a todo el mundo hacerse justicia por sí mismo, sin haber siquiera dado a conocer el motivo de su venida? Acusamos, pues, a estos hombres y les perseguimos como culpables de la más grande impiedad y del crimen más horrendo, como individuos que se han atrevido indignamente contra esta ciudad. A vosotros os toca ahora, después de habernos oído, darles el castigo que a vuestro juicio merezcan.»


Así dijeron los arcontes; en cuanto a los culpables, todos niegan haber cometido el crimen, fuera de uno solo que después de confesarlo se defendió poco más o menos en estos términos:


«Tebanos: es imposible que se atreva nadie a afrontar vuestro poder, puesto que todos sabemos que tenéis la fuerza necesaria para tratar como mejor os parezca al que os insulte. ¿Qué sentimiento, pues, de confianza ha podido llevarme a dar muerte aquí a este hombre? Sabedlo bien: en primer lugar, el de que obraba justamente; y en segundo, el de que juzgaréis mi acción del modo que se merece. Sabía, en efecto, que no habíais esperado a juzgar a Arquias y a Hípates, a quienes habíais hallado culpables del mismo crimen que Eufrón, pues sin aguardar a la votación les castigasteis así que pudisteis, convencidos de que el mundo entero tendría que condenar a los que no procuraban siquiera ocultar su impiedad, sus traiciones y su deseo de ejercer la tiranía. Pues bien; ¿no era acaso Eufrón culpable de esos mismos crímenes? Después de haber hallado el tesoro sagrado lleno de ofrendas de oro y plata, lo dejó completamente vacío. ¿Quién podría haberse mostrado más evidentemente traidor que Eufrón, el cual, siendo amigo íntimo de los lacedemonios, les ha abandonado por vosotros, y que después de haberos dado las garantías más evidentes de fidelidad, os ha hecho nuevamente traición por aquellos, después de haber entregado el puerto de nuestra ciudad a vuestros enemigos? Y ¿cómo poder negar que fuese un tirano quien reducía a la esclavitud no solo a los hombres libres, sino a los ciudadanos, quien no cesaba de matar, desterrar y despojar de sus bienes, no a los culpables, sino a cuantos quería, a pesar de ser los mejores ciudadanos?

»Reúnese después a los atenienses, vuestros enemigos más tenaces, vuelve a entrar en Sición, haciendo armas contra el gobernador que vosotros habíais nombrado, y no habiendo podido arrojarle de la acrópolis, dirígese aquí después de reunir todo el dinero que puede. Bien sé que si hubiese abiertamente levantado tropas contra vosotros, tendríais que mostraros agradecidos por haberle dado muerte, pero ¿cómo os hallaríais animados por la equidad, al castigarme a muerte por haber hecho justicia con un hombre que llegaba con el dinero recogido para corromperos y persuadiros a que le restablecieseis como tirano de su patria? Y en efecto, aquellos contra quienes se emplea la fuerza de las armas, experimentan una desgracia, pero no aparecen nunca como criminales, mientras que, por el contrario, los que por dinero se dejan corromper, caen en la desgracia y se llenan de infamia.

»Sin embargo, si Eufrón hubiese sido mi enemigo personal o vuestro amigo particular, reconozco que no hubiera debido matarle dentro de vuestro territorio; pero una vez que os había hecho traición, ¿dejaría acaso de ser tan enemigo vuestro como mío? Y ¡por Zeus! se dirá: ha venido libremente. ¡Pero qué! Hubiera merecido vuestros elogios el que le hubiese muerto lejos de vuestra ciudad, y ahora que volvía nuevamente para aumentar el número de las maldades que os ha hecho, ¿ha de poder decirse que no ha merecido su suerte? ¿Dónde podréis enseñarme entre los griegos tratado alguno que favorezca a los traidores, a los desertores o a los tiranos? Recordad, además, que habéis votado la extradición de los desterrados de todos los estados aliados. En cuanto a mí, ciudadanos, pretendo que si me condenáis a muerte conseguiréis únicamente vengar a vuestro mayor enemigo, pero que si proclamáis la justicia de mi conducta, habréis vengado a la vista de todos, vuestras propias injurias y las de vuestros aliados.»


Los tebanos, después de haber oído esta defensa, decretan que Eufrón ha sufrido el castigo que merecía. Sus conciudadanos, sin embargo, recogen su cuerpo como el de un hombre honrado y le dan sepultura en la plaza pública, donde le honran como uno de los jefes supremos o fundadores de la población. De este modo, según parece, la mayor parte de la gente trata como hombres honrados a sus bienhechores.

Capítulo IV

He aquí lo que debíamos decir de Eufrón: volvamos ahora a nuestro relato. Ocupábanse aún los fliasios en fortificar Tiamia, y Cares se hallaba todavía entre ellos, cuando la ciudad de Oropo cae en poder de los ciudadanos que habían sido desterrados. Todos los atenienses dirígense entonces contra esta plaza y llaman a Cares desde Tiamia, con lo cual este puerto de los sicionios vuelve a caer en poder de estos y de los arcadios; y en cuanto a los atenienses, como no están auxiliados por ninguno de sus aliados, tienen que dejar a Oropo en poder de los tebanos hasta que puedan hacer valer sus derechos.

Comprendiendo Licomedes que los atenienses se hallan quejosos de sus aliados, que les ocasionan grandes contratiempos sin que a su vez les presten el más mínimo apoyo, persuade a los diez mil para que negocien con ellos una alianza. En los primeros momentos hay algunos atenienses que ven con malos ojos que Atenas, amiga de Lacedemonia, se alíe con sus adversarios; pero reflexionando más tarde que son las ventajas tan grandes para los lacedemonios como para los atenienses, por aislar de los tebanos a los arcadios, aceptan la alianza de estos. Licomedes, encargado de estas negociaciones, muere al regresar de Atenas por un azar del destino, pues escogiendo de entre el gran número de buques de transporte el que más le place, bajo condición de que él mismo fijaría el lugar del desembarco, elige casualmente el sitio donde se encuentran los desterrados. Así es como perece; pero la alianza no por esto deja de ratificarse.

Democión manifiesta en la asamblea popular de Atenas que la alianza con los arcadios, si bien es verdad que parece ser una feliz negociación, no obsta, sin embargo, para mandar a los generales órdenes terminantes a fin de conserven Corinto a la dominación ateniense. A esta nueva envían los corintios con todo apresuramiento suficientes guarniciones de tropas propias, a todos las plazas donde han puesto los atenienses guarnición, y dicen a estos últimos que pueden retirarse, pues no tienen ya necesidad de sus tropas. Obedecen los atenienses, y cuando las tropas de estos que custodiaban las fortalezas se hallan reunidas en la ciudad, hacen pregonar los corintios que todo ateniense que tenga que reclamar de alguna injusticia por ellos causada, no tiene más que anunciarse y se le hará justicia. Durante este tiempo llega Cares con la flota delante de Céncreas: cuando averigua lo que ocurre, manifiesta que ha venido a socorrer a la ciudad, sabiendo que se hallaba amenazada; pero los corintios le agradecen su cuidado, sin que por eso abran el puerto a sus naves; le suplican que se vaya y despiden también a los hoplitas después de haberles hecho justicia. De este modo evacuaron los atenienses a Corinto; en virtud de la alianza, debían, sin embargo, poner su caballería a disposición de los arcadios, cuando se hallasen amenazados de una invasión, pero no llevar la guerra a Laconia.

Los corintios, considerando que tienen pocas probabilidades de éxito, sobre todo después de haberse atraído la malevolencia de los atenienses y habiendo anteriormente sido vencidos, deciden formar un cuerpo mercenario de infantería y otro de caballería, que emplean en defender la ciudad y en llevar la devastación a los enemigos más cercanos. Sin embargo, envían a Tebas una diputación para saber si podrían fácilmente alcanzar la paz, y obtenida la venia de los tebanos, que se la garantizan, suplícanles los corintios les permitan dirigirse a los demás aliados a fin de hacer la paz con los que quieran hacerla y continuar en guerra únicamente con los que la prefieran. Siéndoles igualmente concedida por los tebanos esta petición, los corintios se dirigen a Lacedemonia, donde se expresan de esta manera:


«Lacedemonios: venimos a vosotros como amigos y reclamamos de vuestra parte nos descubráis, si las veis, las probabilidades de salvación que tenemos perseverando en la guerra, pero que si reconocéis las pocas esperanzas de nuestra situación, hagáis con nosotros la paz, si eso entra igualmente en vuestras intenciones, pues con nadie preferimos participar nuestra prosperidad más que con vosotros. Sin embargo, si la reflexión os convence de que está en vuestro interés el hacer la guerra, os suplicamos nos concedáis la paz, pues si conservamos nuestra ciudad, algún día acaso podamos seros de alguna utilidad; pero si perecemos ahora, es completamente evidente que jamás podremos acudir en vuestro auxilio.»


Oyendo esto los lacedemonios, aconsejan a los corintios que hagan la paz, y al mismo tiempo permiten también a todos los aliados que la hagan si no quieren guerrear concertadamente con ellos. Declaran al mismo tiempo que continuarán la guerra y se someterán a los designios providenciales, pero que jamás consentirán en dejarse tomar Mesenia, que habían recibido de sus mayores. Los corintios, obtenida esta declaración, se dirigen a Tebas para negociar la paz: pretenden los tebanos que les juren también alianza, a lo cual contestan los diputados que la alianza no es una paz, sino un cambio en el lugar de la guerra, y añaden que, si quieren, de ellos solos depende el establecer una paz completamente informada por los principios de la justicia. Llenos de admiración los tebanos por esos hombres, que aunque en peligro rehúsan enemistarse con sus bienhechores, les conceden la paz, del mismo modo que a los fliasios y demás estados que con ellos han venido a Tebas, y aseguran por medio de juramento la posesión de su territorio a cada cual.

Según la convención, los fliasios evacúan inmediatamente Tiamia; pero los fliasios que habían jurado la paz bajo estas mismas condiciones, viendo que no pueden conseguir que los desterrados fliasios habiten en Tricárano, dentro del mismo territorio de Fliunte, se apoderan de aquella plaza y establecen en ella una guarnición después de dar el nombre de propiedad a un territorio que poco antes habían devastado como enemigos, y sin querer hacer justicia a los fliasios.

En esa misma época, poco después de haber muerto Dionisio el antiguo, envió su hijo a los lacedemonios doce trirremes bajo el mando de Timócrates. Después de haber llegado, ayúdanle a apoderarse de Selasia, y después de este hecho de armas vuelven a hacerse a la vela para Siracusa.

Algún tiempo después apodéranse los eleos de Lasión, que les había antiguamente pertenecido, pero que dependía ahora de la confederación de los arcadios. Estos no permanecen indiferentes a la ofensa, pues reúnen inmediatamente sus tropas y se dirigen contra ellos; los eleos ponen en pie de guerra sus cuatrocientos, y además otros trescientos hombres. Durante la noche, los arcadios, que habían estado durante el día acampados frente a frente a los eleos en un terreno llano e igual, por la noche se apoderan de unas alturas que dominaban a sus contrarios y se arrojan sobre ellos al apuntar el día. Viendo los eleos bajar de las alturas, y en tan gran número, a los enemigos, se avergüenzan de tener que retirarse hallándose aún a tan larga distancia, y viniendo a las manos, se declaran en fuga a los primeros embates, perdiendo muchos hombres y gran número de armas en su retirada por caminos difíciles de atravesar.

Después de esta victoria, los arcadios marchan contra las ciudades de los acroreos. Apodéranse de todas ellas, a excepción de Tresto, y llegan a Olimpia, donde, después de haber rodeado el Cronión con una empalizada, establecen en él una guarnición y se apoderan del monte Olímpico y de Margana, que les es entregada. Esta serie de reveses entrega a los eleos a la desesperación más completa; pero los arcadios marchan contra su ciudad y llegan a penetrar hasta la plaza pública, donde, sin embargo, la caballería elea y los demás ciudadanos les hacen cara, les arrojan de la ciudad y después de matarles algunos hombres levantan un trofeo. Anteriormente habían tenido lugar en Élide ciertas disensiones públicas. El partido de Cáropo, Trasónidas y Argeo tendía a la democracia mientras que la facción de Estalquias, Hipias y Estrátola deseaban la oligarquía; como los arcadios, al frente de considerables fuerzas, pasaban por los aliados del partido que quería la democracia, Cáropo y los suyos se hacen más audaces, y concertándose con los arcadios para que le ayuden, se apoderan de la acrópolis; pero la caballería elea y los trescientos, sin perder un momento, se arrojan a la ciudadela y les echan de allí, después de lo cual Argeo, Cáropo y cerca de cuatrocientos ciudadanos son desterrados. Consiguen estos apoderarse poco tiempo después de Pilos con ayuda de algunos arcadios; y muchos del partido popular abandonan entonces su ciudad natal, yendo a juntarse a los desterrados que se ven en posesión de una hermosa plaza fuerte y sostenidos por considerables fuerzas de arcadios.

Más tarde, invaden estos igualmente el territorio eleo después de haberles asegurado los desterrados que la ciudad se les rendiría. Sin embargo, los aqueos, que se hallaban nuevamente en amistad con los eleos, defienden la población de manera que tienen que retirarse los arcadios sin haber hecho más que devastar el país; pero apenas salen, noticiosos de que los peleneos se hallan en Élide, verificando durante la noche una larga marcha, se apoderan de Oluro, ciudad de los peleneos, que desde largo tiempo permanecían aliados a los lacedemonios. Así que saben aquellos la toma de Oluro, verifican una contramarcha y se dirigen a Pelene, su patria, y desde entonces, a pesar de su pequeño número, se hallan constantemente en guerra con los arcadios establecidos en Oluro y con el partido popular, sin tener un punto de reposo hasta haber rescatado esa población.

Los arcadios, por el contrario, verifican una nueva expedición contra los eleos. Mientras acampan entre Élide y Cilene, asáltanles los eleos; pero los arcadios se defienden con valor y los rechazan; Andrómaco, jefe de la caballería elea, a quien se acusa de haber promovido este ataque, se da la muerte, y el resto de los vencidos se refugian en la ciudad. En el mismo combate pereció el espartano Soclides, quien había tomado parte en él en virtud de la alianza que ya se había establecido entre los espartanos y los eleos; estos, en efecto, viéndose acosados por sus enemigos en su propio territorio, envían a Lacedemonia una comisión que reclame su auxilio y les exhorte a que realicen una expedición en el territorio arcadio, pues consideraban el mejor medio para librarse de sus enemigos, el atacarles por ambas partes. Arquidamo parte, pues, con un ejército de ciudadanos y se apodera de Cromno, donde deja en guarnición a tres de las doce cohortes que llevaba, y regresa a su país. Hallándose, sin embargo, los arcadios reunidos todos a su regreso de la expedición a Élide, llegan a Cromno y la rodean con dos filas de empalizadas, con lo cual, hallándose en seguridad, asedian a la guarnición; pero Esparta, indignándose al saber se hallan sitiados sus ciudadanos, envía un ejército, también al mando de Arquidamo, que a su llegada hace cuantos destrozos puede en Arcadia y Escirítide y procura con todas sus fuerzas hacer levantar el sitio; pero los arcadios no se mueven y nada les importa cuanto hace.

Había notado Arquidamo una colina por el centro de la cual pasaba el atrincheramiento exterior de los arcadios; cree que podrá apoderarse de ella y que una vez en su dominio será imposible a los enemigos sostener su posición. Mientras hacía dar un rodeo a sus tropas para llegar a aquel lugar, los peltastas y su vanguardia, viendo fuera de las trincheras a los eparitas, caen sobre ellos al propio tiempo que la caballería procura cargarles. No ceden los eparitas, sino que se conservan inmóviles en correcta formación; vuelven los enemigos a la carga, pero aquellos, en vez de ceder en este segundo ataque, llegan a avanzar algún terreno. El tumulto era ya muy grande, cuando llega Arquidamo, que había dado la vuelta por la carretera que conduce a Cromno y guiaba sus tropas, que iban de dos en dos, tal como se hallaban al recibir la orden de marcha. Los dos ejércitos se aproximan, el de Arquidamo en larga fila a causa del camino que había seguido y los arcadios formando un tupido cuerpo de escudos; los lacedemonios no pueden resistir al empuje de los arcadios y pronto Arquidamo es herido en el muslo, que le atraviesan con una lanza, sucumbiendo junto a él Poliénidas y Quilón, que se había casado con la hermana de Arquidamo, elevándose a más de treinta el número de los que allí perecen.

Emprenden, pues, los lacedemonios su retirada por el mismo camino por el que habían venido, y así que salen a más ancho terreno, se despliegan y hacen cara al enemigo; pero los arcadios conservan su misma formación, y aunque inferiores en número, hállanse animados del mismo entusiasmo, puesto que persiguen tropas que se baten en retirada y a las que han ocasionado gran número de bajas. En cuanto a los lacedemonios, habían perdido todo su valor al ver herido a Arquidamo y al saber los nombres de los que han muerto, quienes formaban todos entre los más valientes y más ilustres ciudadanos. Al hallarse los dos ejércitos uno junto a otro, grita uno de los más ancianos:

—«Soldados: ¿quién nos obliga a combatir, y por qué no podemos pedir una tregua y hacer cesar la guerra?»

Los dos bandos acogen con placer estas palabras y se hace la tregua: retíranse los lacedemonios después de haber recogido sus muertos, y los arcadios levantan un trofeo en el lugar en que habían comenzado a dar las primeras cargas.

Mientras los arcadios se hallan ocupados en Cromno, los eleos dirígense primeramente contra Pilos y se encuentran con los pilios que habían sido rechazados de Tálamas. Al verles, la caballería elea carga sobre ellos matándoles mucha gente, y los restantes se refugian en una eminencia; pero al llegar la infantería los derrota por completo, matando a unos y haciendo prisioneros a los otros en número de unos doscientos: todos los mercenarios son vendidos y los desterrados degollados. Después de esto subyugan a los pilios, que no recibían ya auxilios de nadie, se apoderan de su ciudad y recobran Marganea.

Algún tiempo después, sin embargo, habiéndose los lacedemonios durante la noche aproximado a Cromno, apodéranse de la trinchera y llaman a los argivos y lacedemonios sitiados. Cuantos se hallaban cerca y supieron aprovecharse de esta ocasión, consiguieron escaparse; pero los que dieron tiempo a los arcadios para que acudiesen en gran número, fueron encerrados en el interior de la ciudad y después presos y distribuidos entre los vencedores. Una parte de ellos tocó a los argivos, otra a los tebanos, otra a los arcadios y otra a los mesenios; el número de espartanos y periecos hechos prisioneros elevose a más de ciento.

Los arcadios, no teniendo ya que ocuparse de Cromno, vuelven a dirigirse contra los eleos, refuerzan la guarnición de Olimpia, y cuando se acerca el año olímpico prepáranse para celebrar los juegos en compañía de los pisatas, que pretenden haber sido los primeros que tuvieron en otro tiempo el cuidado del templo. Ya en el mes en que se celebran los juegos olímpicos, y durante los días en que se reúne la Panegiria, los eleos hacen sus preparativos abiertamente, llaman a los aqueos y toman el camino de Olimpia. Nunca se hubieran figurado los arcadios que vinieran los eleos a atacarles, y lejos de este pensamiento, hallábanse organizando las fiestas con los pisatas y habían terminado ya las carreras de caballos y el pentatlón; pero cuando llegó el turno de la lucha, no tuvo esta lugar en el estadio sino entre este y el altar, pues los eleos en armas ya estaban junto al recinto sagrado. Sin ir más lejos a su encuentro, los arcadios despliegan sus fuerzas a orillas del Cládeo, riachuelo que corre a lo largo del Altis y que desemboca en el Alfeo: tenían como aliados unos dos mil hoplitas argivos y unos cuatrocientos caballos atenienses.

Los eleos, que se habían formado en batalla al otro lado del riachuelo, inmolan las víctimas y avanzan inmediatamente contra los enemigos. Hasta esta época habían sido considerados siempre como guerreros de segundo orden por los arcadios y argivos, así como por los aqueos y atenienses, pero aquel día fueron considerados como los más valientes de entre todos los aliados. Ponen en fuga a los arcadios, contra los cuales primero se dirigen, y hacen lo mismo, después de rechazarlos valientemente, con los argivos. Persiguen los eleos a los fugitivos hasta el espacio situado entre el senado, el templo de Vesta y el teatro, que se halla junto a aquel edificio: allí combaten con igual denuedo y rechazan al enemigo hasta el altar, pero alcanzados por los proyectiles que se les arrojan desde lo alto de los pórticos de la sala del consejo y del gran templo, mientras que ellos combaten en un suelo completamente llano, pierden a muchos de sus soldados, y entre otros al mismo Estrátola, jefe de los trescientos.

Después de esta acción se retiran a su campamento, pero los arcadios y sus aliados quedan atemorizados de tal modo, en previsión de lo que ocurrirá al día siguiente, que no se dan punto de reposo durante toda la noche, derribando las tiendas elevadas a gran coste, y fortificándose con trincheras. Al otro día, cuando se aproximan los eleos y ven una fuerte empalizada y gran número de individuos subidos a los templos, se retiran a su ciudad, pues el valor que habían desplegado el día anterior había sido tal que solo un dios podía haberlo inspirado y hacerle aparecer en un solo día, pues no está en el poder de los hombres, aun en un largo espacio de tiempo, volver valientes a los que se hallan privados de valor.

Habiendo los arcontes arcadios hecho uso de los fondos sagrados para el sostenimiento de los eparitas, los mantineos prohíben por un decreto hacer uso de los fondos sagrados, y recogida en su ciudad la parte que les toca pagar para los eparitas, la envían a los arcontes. Pretenden entonces los jefes arcadios que los arcontes mantineos atentan a la confederación arcadia, y les citan ante los diez mil; pero no compareciendo, se pronuncia sentencia y mandan a los eparitas que conduzcan a los condenados. Cierran los mantineos sus puertas y no les admiten dentro de sus muros: al mismo tiempo levántanse otras voces entre los diez mil, diciendo que no debe gastarse el dinero sagrado y legar a sus descendientes este crimen contra los dioses, por lo cual, así que se ha decretado en la asamblea común que no se pueden tocar aquellos fondos, los eparitas que no pueden servir sin sueldo se retiran, mientras por el contrario, los que poseen medios abundantes, se exhortan mutuamente y ocupan el lugar de los que se han marchado, a fin de no hallarse más bajo su dependencia y tenerles, por el contrario, bajo la suya.

Los jefes arcadios, que habían gastado el dinero sagrado, conociendo que pronto se les obligará a dar cuenta de él, y con el temor de ser ahorcados, hacen decir a los tebanos que si no se ponen en marcha inmediatamente, corren peligro de ver nuevamente amigos de los lacedemonios a los arcadios, por lo cual, los tebanos se preparan para ponerse en camino; pero cuantos sinceramente se preocupan de los verdaderos intereses del Peloponeso, persuaden a la asamblea arcadia para que mande embajadores a los tebanos, que les digan no vayan en armas a Arcadia entretanto no se les llame, y mientras hacen decirles esto, reflexionan que de nada ha de servirles la guerra y que, en efecto, ninguna necesidad tienen de correr con el cuidado del templo de Júpiter, y que, por el contrario, al renunciar a él realizarán una acción más justa y piadosa y se harán más agradables a la divinidad. Como los eleos no tenían ninguna otra pretensión, ambos partidos se deciden por la paz y firman el tratado.

Jurado este por todas las ciudades, del propio modo que por los tegeatas y por su mismo gobernador tebano, quien se hallaba en Tegea con trescientos hoplitas beocios, todos los arcadios permanecen en dicha población, entregándose a la alegría y a las fiestas y júbilo con libaciones y cantos en honor de la paz. Pero el tebano y los arcontes que temían la rendición de cuentas, uniéndose a los beocios y a los eparitas, que hacían causa común con ellos, cierran las puertas de Tegea y hacen prender a los primeros ciudadanos en medio de los banquetes. Como se encontraban allí arcadios de todas las ciudades, pues todos deseaban la paz, el número de los que prendieron fue muy considerable: pronto queda llena la cárcel y aun la casa del consejo. Siendo muchos los presos, algunos saltaron desde lo alto de los muros, y aun permitiose a otros evadirse por las puertas, pues solo se estaba quejoso de los que eran considerados como causantes de su perdición; y lo que enoja más al tebano y a sus cómplices, es que solo tienen en su poder un pequeño número de mantineos, cuando casualmente contra ellos era contra quienes se tenía una enemiga mayor; pero gracias a la proximidad de su población, casi todos habían podido escapar.

Cuando viene el día y saben los mantineos lo que ha ocurrido, recomiendan inmediatamente a todas las ciudades de Arcadia se pongan a la defensiva y vigilen sus murallas: hacen ellos lo mismo y envían al mismo tiempo a Tegea pidiendo la libertad de todos los mantineos que se hallan detenidos, exigiendo al mismo tiempo que ninguno de los otros arcadios sea encarcelado o condenado a muerte sin someterle previamente a juicio, ofreciendo la garantía de la ciudad de Mantinea para el caso de que contra ellos hubiese motivo de acusación y prometiendo llevar ante la asamblea arcadia a cuantos sean citados ante ella. El tebano no sabe qué resolver ante esta embajada y da libertad a todos. Al día siguiente reúne a cuantos arcadios quieren acudir a su llamamiento, y procura justificarse con ellos, asegurando ha sido engañado y pretendiendo, en efecto, haber sabido que los lacedemonios se hallaban en armas en las fronteras y que algunos arcadios querían entregarles la ciudad de Tegea. Después de oírle, le dejan libre, a pesar de saber bien que había mentido en cuanto les había dicho, pero envían diputados a Tebas para acusarle y para pedir se le condene a muerte. Cuéntase, sin embargo, que Epaminondas, entonces uno de los generales en mando, dijo que se había tenido más razón al detener a aquellos hombres que al devolverles la libertad.

—«Pues —dijo—, ¿cómo no os acusaríamos de traición con justicia después que nos habéis hecho la guerra y sin nuestro consentimiento ajustáis la paz? En cuanto a nosotros, sabed, añadió, que marcharemos a Arcadia, y allí haremos la guerra concertadamente con aquellos que pertenecen aún a nuestro partido.»

Capítulo V

Habiendo sido llevada esta contestación a la asamblea arcadia y a las diferentes ciudades, los mantineos y cuantos arcadios se interesan por el Peloponeso, del mismo modo que los eleos y aqueos, se convencen desde entonces de que los tebanos no ocultan ya su deseo de ver al Peloponeso lo más débil posible para subyugarlo después con mayor facilidad.

—«¿Por qué, en efecto, dicen, quieren que estemos siempre en guerra, si no es para que nos hagamos todo el mal que podamos unos a otros y para que los dos partidos beligerantes tengan ambos necesidad de sus auxilios? ¿Por qué contestan que se hallan dispuestos a marchar cuando les decimos que por el momento no tenemos necesidad de ellos? ¿No es evidente que si preparan esta expedición es para hacernos algún daño?»

Envían igualmente a Atenas en demanda de socorro y dirígese también a Lacedemonia una comisión de eparitas, encargada de exhortar a los lacedemonios para rechazar todos juntos a cuantos quisieran subyugar el Peloponeso. En cuanto a la hegemonía, convínose desde entonces en que cada pueblo ejercería en su territorio el mando supremo. Durante estas negociaciones, Epaminondas había salido en expedición con todos los beocios y con gran número de eubeos y tesalios, enviados unos por Alejandro y otros por los adversarios de este tirano. Los focidios no van con él, sin embargo, alegando los tratados, que, según dicen, les obligan a socorrer a Tebas cuando se halle atacada, pero no a formar parte de ninguna expedición contra otros estados. Epaminondas no duda de que, una vez en el Peloponeso, se le juntarán los argivos y mesenios, del propio modo que los arcadios que permanecen en su amistad y que eran los tegeatas, megalopolitas, aseatas, palantieos y todas aquellas ciudades a las que su pequeñez y su situación, en medio de dichos estados, no les dejaban otro remedio.

Parte Epaminondas a toda prisa, y llegado a Nemea, permanece allí con la esperanza de sorprender a los atenienses a su paso, contando que sería un gran motivo de animar a sus tropas y aliados y desanimar a sus adversarios, pues, para decirlo en una palabra, creía que todo revés para los atenienses era una ventaja para los tebanos. Durante esta detención reúnense los estados confederados en Mantinea, y cuando Epaminondas sabe que han renunciado los atenienses a pasar por tierra y se preparan a enviar por mar, y a través de Laconia, sus refuerzos a los arcadios, sale de Nemea y llega a Tegea. No puedo decir que este hombre haya sido afortunado en la época de su mando, pero creo que nada dejó que desear de cuanto es obra de la prudencia y de la audacia. En primer lugar, debo alabarle por haber instalado su campamento dentro de los muros de Tegea, pues esto le daba una posición más segura que si acampaba al aire libre, le permitía al mismo tiempo ocultar mejor sus designios al enemigo y proveerse más fácilmente en la ciudad de cuanto podía necesitar. Podía también además ver a los enemigos acampados fuera y juzgar de la bondad de todos sus actos, así como, a pesar de creerse más fuerte que el enemigo, podía dejar de atacarle si creía que tenía este ventajas por las condiciones del terreno.

Viendo, sin embargo, que ninguna ciudad se declara a su favor, y juzgando que pasa el tiempo, se determina a obrar, pues de lo contrario, cuanto mayor ha sido su gloria anterior, mayor será su consiguiente deshonra. Habiendo, pues, sabido que los enemigos se han fortificado en los alrededores de Mantinea y han venido a buscar a Agesilao y a todos los lacedemonios, quienes, según le refieren, se hallan ya en camino y han llegado a Pelene, hace cenar a sus tropas, y dando la orden de marcha, se dirige directamente a Esparta. Si un cretense, por inspiración divina no hubiera venido a anunciar a Agesilao la aproximación del ejército enemigo, la ciudad entera hubiera caído en poder de Epaminondas, que la hubiese hallado como un nido y completamente desguarnecida; pero Agesilao, informado a tiempo de este golpe de mano, llega antes que él a la ciudad, y los espartanos se reparten los distintos puntos de peligro, a pesar de hallarse en pequeño número, pues su caballería estaba en Arcadia, del mismo modo que los mercenarios y tres de las doce cohortes.

Cuando Epaminondas llega a los alrededores de Esparta, evita entrar en lugares en que las tropas tengan que pelear a descubierto y ofreciendo blanco a los proyectiles que se les arrojarán desde las casas y en situación en que el mayor número no pueda dar ninguna superioridad; pero apoderándose de una posición que cree ventajosa, en lugar de atacar subiendo, dirígese contra la ciudad partiendo de una altura. En cuanto a lo que después sucedió, puede verse en ello la intervención de un dios; pero puede decirse también con razón que nadie puede resistir a los que se hallan en estado de completa desesperación; en efecto, cuando llega Arquidamo con menos de cien hombres después de una marcha que se reputa muy difícil, dirígese en línea recta hacia los enemigos, y he aquí que estas tropas que se hallaban arrojando fuego, que estos vencedores de los lacedemonios superiores en número y en posiciones ventajosas, no resisten el choque de Arquidamo, y ceden, pereciendo las primeras filas de los de Epaminondas; pero como los de Esparta, orgullosos por su victoria, continuaran la persecución más lejos de lo que debían, reciben a su vez el justo castigo, pues sin duda estaba escrito por una mano divina hasta qué límite les estaba concedida la victoria. Arquidamo levanta, pues, un trofeo y devuelve, bajo la fe de una tregua, a los enemigos los cuerpos de los que allí han muerto.

Epaminondas, por su parte, previendo que los arcadios vendrán en auxilio de los lacedemonios, no quiere tener que combatir con todos los lacedemonios reunidos con ellos, sobre todo después de haber alcanzado los enemigos una ventaja y sufrido sus tropas un revés, por lo cual se dirige a toda prisa a Tegea, donde deja descansar a sus hoplitas, aunque mande su caballería a Mantinea, exhortándoles a no dejarse abatir y manifestándoles que a causa de la estación probablemente encontrarán fuera de los muros de Mantinea a todos sus rebaños y a todos sus habitantes. Partió, pues, la caballería tebana, pero saliendo la ateniense de Eleusis, había cenado en el Istmo, y después de atravesar Cleonas, había llegado al territorio mantineo acantonándose dentro de los muros. Cuando se sabe en Mantinea que se aproximan los enemigos, ruegan los habitantes de dicha población a los atenienses que les socorran con todas sus fuerzas; muéstranles en los campos sus rebaños, sus obreros y gran número de ancianos y niños de libre condición, y los atenienses al oírles, se ponen en campaña a pesar de hallarse en ayunas ellos y sus caballos. ¿Quién no admirará el valor que desplegaron en estas circunstancias? Aunque inferiores en número, y a pesar de haber experimentado su caballería un desastre en Corinto, no se dejan dominar por estas consideraciones ni se detienen pensando que van a combatir a los tebanos y tesalios, que siempre han sido reputados como los mejores caballos, sino que, sonrojándose a la idea de que su presencia no preste utilidad alguna a sus aliados, se arrojan sobre los enemigos así que les distinguen, deseosos de poner en buen lugar a su patria, y a su valor debieron los mantineos el poder salvar cuanto tenían en los campos. Pierden los atenienses algunos valientes y los enemigos pierden también algunos evidentemente, pues no había armas bastante cortas para que los dos partidos no pudiesen alcanzarse recíprocamente. Recogen sus muertos, y por medio de convención entregan a los enemigos los suyos.

Epaminondas, sin embargo, considerando que va a verse obligado dentro de pocos días a partir, pues terminaba ya el tiempo fijado para la expedición, conoce que si deja sin defensa los estados que ha venido a socorrer, serán atacados por sus adversarios y que él mismo verá completamente perdida su reputación por haber sido vencido en Lacedemonia con su numerosa infantería por un puñado de hombres, y junto a Mantinea en un combate de caballería, siendo causa con su expedición al Peloponeso de la liga formada por los lacedemonios, arcadios, aqueos, eleos y atenienses. Por esto le parece vergonzoso marchar sin combatir, sobre todo reflexionando que si vence terminará todo en bien, y que si muere combatiendo, será un fin muy glorioso perecer procurando dejar a su patria el dominio del Peloponeso.

No son, sin embargo, estos sentimientos los que le hacen más admirable a mis ojos, puesto que tales son los pensamientos de todos los hombres generosos; lo que me parece más digno de admiración es el haber formado un ejército que no teme ninguna penalidad ni de día ni de noche, que no retrocede ante ningún peligro y que no rehúsa jamás su obediencia aun cuando carezca de todo. Cuando manda por la última vez a sus tropas que se preparen para el combate, la caballería se pone a dar brillo a sus cascos, y los hoplitas arcadios graban en sus escudos marcas que indican son tebanos, afilando todos las espadas y sables y pulimentando sus escudos. El orden de combate que emplea después de haberse puesto al frente de sus tropas es también digno de alabanza. Así que manda alinear filas, como era natural parece indicar se dispone para el combate; pero cuando su ejército se halla en completa formación, no se dirige hacia el enemigo por el camino más corto, sino que marcha en dirección a las montañas situadas al occidente y frente a frente de Tegea, de manera que hace creer al enemigo que no quiere aquel día librar el combate. Efectivamente, llegado al pie de la montaña, despliega su falange y hace deponer las armas en las alturas como si quisiese acampar allí. Con esta maniobra debilita el ardor del enemigo que se había dispuesto para el combate y que entonces rompe filas; pero después de haber hecho converger a la vanguardia las compañías que marchaban por filas y formar alrededor de él un fuerte cuerpo de ataque, hace repartir nuevamente las armas y avanzar contra el enemigo. Sus tropas le siguen inmediatamente.

Cuando los enemigos, contra sus esperanzas, le ven llegar, nadie sostiene el ataque; unos corren a sus filas o se alinean, ensillan otros los caballos mientras los restantes revisten sus corazas, y todos, en fin, tienen que rechazar al enemigo, más bien que atacarle. Epaminondas guiaba su ejército como una trirreme con la proa hacia adelante, contando con hacer retroceder al enemigo allí donde atacase y aniquilar así todo el ejército. Preparábanse, en efecto, a combatir con las tropas más vigorosas, habiendo colocado todo lo más lejos posible y en la retaguardia a los soldados más débiles, comprendiendo bien que la derrota de estos produciría a los suyos el desaliento y entusiasmaría al enemigo. Este había ordenado su caballería como un cuerpo de hoplitas, sin mezclar con ella la infantería; pero Epaminondas forma también la suya en un compacto cuerpo de ataque, mezclando con ella a los infantes para que una vez deshecha la caballería sea completa la derrota de los enemigos, pues, en efecto, difícilmente se halla quien sostenga el ataque del enemigo una vez emprende la fuga una parte de su ejército; y a fin de impedir asimismo a los atenienses del ala izquierda vayan en auxilio de sus vecinos, coloca frente a ellos, en las alturas, algunos caballos e infantes para inspirarles el temor de ser cogidos por la retaguardia así que se dirijan a auxiliar a los demás. Tal fue su orden de batalla, y sus esperanzas no salieran fallidas, pues, vencedor allí donde atacó, puso en fuga a todo el ejército enemigo.

Sin embargo, así que cae herido, no saben los suyos aprovecharse de la victoria, y aunque los hoplitas ven derrotados a los enemigos, no matan a nadie y se quedan inmóviles en el punto en que había tenido lugar el primer choque. La caballería, por su parte, aunque ve huyendo a la del enemigo, no mata tampoco ni infantes ni caballos, pues sobrecogidos de terror se arrojan, como lo hubieran hecho unos vencidos, a través de las filas enemigas en derrota; sin embargo, la infantería que había sido mezclada con la caballería, y los peltastas, habían participado de la victoria de la caballería, y llegaban vencedores al ala izquierda; pero allí son casi todos deshechos por los atenienses.

Terminada la batalla, sucedió lo contrario de lo que todos creían, pues al ver reunido el contingente de toda Grecia formado en batalla, nadie podía prever que los resultados del combate no fuesen la dominación de los vencedores ni la sujeción de los vencidos; pero la divinidad hizo que cada bando elevase un trofeo como vencedor sin oponerse el contrario; ambos recogen sus muertos por una tregua, concediéndola como vencedores y suplicándola como vencidos, y más tarde, aunque ambos pretenden haber quedado dueños de la victoria, no se vio a ninguno de ellos poseer comarca, ciudad o mando que no tuviese antes del combate. Después de este, la confusión y la turbulencia dominan con mayor insistencia que antes en toda Grecia.

En cuanto a mí, no me he propuesto escribir de esta historia más que lo que llevo referido: la narración de lo que siguió a este combate, queda para otro escritor.


Publicado el 19 de marzo de 2017 por Edu Robsy.
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