Axel Sodi atrapado en las sombras

El misterio de Axel Sodi

Jesús Quintanilla Osorio.


Monstruos, Destino Final


Axel Sodi atrapado en las sombras.Jesús Quintanilla Osorio.ILas sombras fueron cubriéndolo todo, y en el auto, me entregué al sueño. 
Un descanso que necesitaba después de esas jornadas agotadoras, de lucha, de sobrevivencia, donde esperar el cambio de suerte, era creer en milagros.
Ahora, por fin, estaba libre. 
Nos detuvimos en un hotel. 
En el restaurante, suplí mi hambre con toda la comida que mi estómago aceptó. 
“¿Cómo supiste de mí, Alan?”, le inquirí. 
Sonrió. 
Su aspecto, aunque cansado, demostraba el gusto que le daba verme. 
“No fue difícil. Estabas cerca de San Gervasio, y la última vez, hacia allá te dirigías…¿Recuerdas?” 
Asentí no sé por qué, buscando olvidar, confiándome. 
“Lo bueno es que me rescataste de una muerte segura. Si hubiera caído en sus manos, sería historia”, comenté. 
“Pero no eres historia. Estás comiendo tu plato favorito, de comida mexicana, y sobretodo, estás vivo…¿Te das cuenta?” 
“Te lo agradezco” 
Lágrimas, gruesas, rodaron por mis mejillas. 
“No te preocupes. Debía salvarte, y lo hice”, explicó. 
“¿Sabes algo de Tass Zander, la del Centro de Salud Ambiental, que trabajaba conmigo?” Ignoraba porque le pregunté eso. 
No tenía motivo para conocerla. 
Sin embargo, esa noche se sentía crédulo, como si pudiera creer a todos y a todo. 
Estaba libre. 
Y la libertad, como dice un dicho, produce confianza. 
“Dicen que está con Cienfuegos”, dijo. 
De alguna manera me quedé satisfecho con su explicación. 
Dormí como un bendito. 
Me despertó antes del amanecer, y nos alejamos de allí, antes de que pudiésemos ser visibles, y que nos reconocieran. En un puesto de gasolina, una patrulla del Centro Ambiental estaba al acecho. Me agaché al pasar cerca, y pude pasar desapercibido. 
Esa fue una larga jornada. 
Apenas si nos detuvimos en las gasolineras, y en un puesto ambulante a comer hamburguesas y tomar refrescos de soda. 
Era necesario que hubiera tierra de por medio. 
De otro modo, nuestro destino estaría marcado. 
“¿Hasta dónde llegaremos?”, le pregunté. 
“Ya tengo el lugar elegido…Es seguro. Confía en mí” 
“Está bien” 
“¿Encontraste a tu abuelo con ellos?”, quiso saber. 
“¿Acaso sabes algo de esto?” 
“Hace mucho que investigo…Más de lo que te imaginas” Su revelación me mostró que el ignorante en ese asunto, era yo. 
El sabía lo necesario. 
Por eso, supo donde hallarme. 
Quise preguntarle más, pero decidí esperar para que no sospechara. 
Era mejor tener paciencia. 
La paciencia, logra mejores propósitos que el miedo. 
Si actuaba con calma, las cosas saldrían bien. 
Tenía esperanza. 
 Y un hombre con esperanzas, vale más que un soldado entrenado. 
Las siguiente horas, parecieron interminables. 
Cedió el peso de la noche, y nos detuvimos a un lado del camino. 
Descansé, luego de efectuar la primera guardia. 
Me sacudió el hombro. 
“¿Estás muy cansado?”, preguntó. 
“No. Descansa tú”, dije. 
El amanecer me sorprendió. 
Nubes de arrebol, coloreadas por los rayos del sol que comenzaban a despertar del letargo, fueron mis compañeras ese nuevo día. 
Alan dormía como un bendito. 
Era tiempo de pensar. 
Algo me indicaba que Scofield sabía más de lo que podía imaginarme siquiera. 
Su manera de hablar era muy extraña. 
Me desconcertaba. 
Pero, de algún modo, tenía la ilusión de que contara con un amigo de verdad, que no me defraudaría. 
Sonreí. 
Cuando el sol estuvo en lo alto, lo desperté porque parecía no tener intención de hacerlo por sí solo.  
Tomamos café de un thermo. 
Tenía hambre. 
En el siguiente pueblo, compré unas tortas de pierna de cerdo, una pizza pequeña, y engullimos la comida como si lleváramos años sin probarlas. 
Era reconfortante tener el estómago lleno. 
Cuando avanzamos nuevamente, le pregunté a Alan. 
“¿Estamos cerca de nuestro…Refugio?” 
“Sí. Bastante cerca. Tranquilízate, y esperemos a llegar”, explicó. 
Durante un rato me quedé en silencio, pensando en el posible lugar de escondite donde en palabras de Alan estaríamos seguros” 
Reflexioné sobre la circunstancia actual. 
Esa aventura tan rara en la que estaba metido, donde los plaguicidas y los cambios teratogenéticos eran actores principales, y en la que los muertos volvían a la vida, convivían conmigo y no me inspiraban el mínimo temor. 
Sin embargo, por muy insólita que se antojara todo, era mejor conocer el secreto, que encerrarse en el anonimato. 
Conforme las horas fueron pasando, mis pensamientos y mi mutismo, fueron 
Acrecentándose. 
Pero, pronto, las cosas cambiaron. 
Llegamos hasta una cabaña semiderruida. 
Empero, adentro, el aspecto del lugar era totalmente distinto. 
Un cuarto de material, cerrado, sin ventanas, de un blanco chocante, era su guardia. 
Encendió el aire acondicionado. 
“Pasa a mi refugio…Nadie se imagina que en este sitio, vive un investigador privado”, sonrió enigmático. 
“¿Investigador? No te entiendo. Creo que eres un periodista reconocido…O eras”, dije, lamentándome enseguida de la alusión, pero, por un momento, sentí estar viviendo una experiencia con muertos. Volví al presente” 
“Verás. Alan Scofield, el verdadero Alan, era un periodista muy bueno por cierto. Murió hace cuatro años, mientras averiguaba el proyecto ultrasecreto de Cienfuegos. Fue asesinado como mi primo en mi departamento. Una cosa lo atacó, desfigurándolo. Se alteró la información y nunca se supo en verdad, de quién se trataba” Lo interrumpí. 
“¿Cómo entras en esto?” 
“Sencillo. Era mi hermano gemelo. Nadie conocía de mi existencia y aproveché su desconcierto para tomar la personalidad de Alan, y descubrir a sus asesinos. Yo soy el detective de una compañía de seguros, Lloyds de Londrés. Investigamos el destino de las instalaciones del laboratorio de plaguicidas cercano a San Gervasio” 
“¿Tú conocías del depósito clandestino que visitamos?” Negó con la cabeza. 
“No…En realidad, el laboratorio era tan secreto que sólo la gente de Cienfuegos sabía de su existencia. Pero existía un seguro, pagado en efectivo en Londrés por alguien que se hizo pasar por Cienfuegos. La Compañía pagó 500 millones de dólares en pérdidas…Me asignaron a la investigación del caso y fue que supe del caso. Ignoraba que tuviera que ver con la muerte de Alan, y cuando lo supe, me interesé de verdad en los hechos, porque se convirtió en algo personal” 
“Te hiciste pasar por tu hermano” 
 “Sí. Nadie supo de la muerte de Alan y todos pensaron que el muerto era un visitante. Así que me fue fácil substituirlo” 
El lugar era confortante, agradable. 
Sin embargo, sentí cierta inseguridad, una sensación de estar viviendo una mentira, una falsedad que no valía la pena en forma alguna” 
Debía saber más… 
“Encuentro extraño que sólo se trate de una simple coincidencia”, dije, viéndolo para estudiar su reacción. Una idea bastante rara se iba formando en mi mente…¿Y qué tal si él era parte de Destino Final?” 
El vio mi rostro de perplejidad. 
“Sé que estás pensando. Crees que es imposible que de pronto te encuentres en el caso que resolverá la muerte de tu hermano. Que quizá yo no sea yo, y sea uno de esos engendros de los mustangos…¿No es así?” 
Creo que si no era un monstruo, tenía poderes psíquicos, porque exactamente esos eran mis temores: Estar tratando con un ser contranaturalaza, surgido de un experimento donde se buscaba formar los abyectos militares del mañana que estuvieran dispuestos a morir sin el menor sentimiento, sin importarles el daño que causaran, pues para eso estaban hechos. Entes que lo mismo les daba matar que comer, que cumplían misiones al pie de la letra, y no desobedecían como sucede entre los soldados normales que, además, tienen su parte humana que los hace rebelares muchas veces contra las atrocidades. Sí, tenía mucha razón. Dudaba de él” 
“Sí, así es. Tengo mis dudas muy fuertes sobre ti. Estás demasiado metido en esto para no ser parte de ello…¿Y ahora eres investigador de la Llyod de Londrés? ¡Mañana tal vez seas el Papa o el Presidente de México, si conviene a tus intereses!”, exploté. 
“Eres injusto, Axel. Si no te hubiera salvado, ahora serías abono de las plantas” 
Me senté, tratando de hilar mis ideas, calmarme. Debía mantenerme sereno, no dejarme atrapar por la inseguridad” 
“Es que no entiendo nada de lo que pasa, Alan o quienquiera que seas…¿Cómo debo llamarte?”, pregunté. 
“Llámame como lo desees; pero por favor, créeme. No soy una de esas bestias de laboratorio. Soy tan humano como tú… 
Sólo he estado protegiendo mi identidad para salvar mi pellejo…¿No es el instinto de conservación algo natural a los humanos?”, soltó. 
“Y a los animales”, respondí, seco. 
Se sentó. 
“¿Cómo lograr tu confianza?” “Fácil. Pruébame quién eres”, reté. 
“No puedo”, dijo. 
“Claro que no…Vienes en un tubo de ensaye” 
“Estás obsesionado…¿Y qué tal si tengo razón?” Me detuve un momento. 
Podía estar en lo cierto. 
De alguna forma, me sentí mejor. 
“Okey. Explícame lo demás…Voy a creerte”, pedí. 
“Espero que sí, pues dependo de tu ayuda” 
“Okey” 
Encendió el monitor de una computadora. 
“Me llamó Demos, como la luna de Marte. Demos Scofield, como Alan. Hace unos cuantos años, entré a la Lloyds. Me había graduado en Criminalística en la universidad y me gustaba lo de los detectives. Alan, en ese tiempo, trabajaba como periodista. Nunca le hice caso cuando me comentó sobre sus teorías de un laboratorio genético que operaba cerca de San Gervasio. De pronto sus cartas comenzaron a parecer más atemorizantes, como si algo estuviera detrás suyo. Cuando nuestros padres murieron, yo prometí cuidar de Alan aunque mi vida estuviera de por medio. Alan era… 
Era muy bueno. Demasiado para este tipo de mundo en el que vivimos” Se interrumpió. Lloraba, y gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas. 
Estaba recordando, y la memoria produce dolor. 
“Sí. Era bueno. Decidí que debía ver lo que pasaba, y fui a verlo…Y el día que llegué, le enviaron a unos de esos bichos, de esos engendros…Y…Lo mataron. Entonces…” “¿Entonces?”, le apresuré. 
“Quemé la casa, para que no lo reconocieran. Ni supieran del cambio. Debía vengarme de sus enemigos, y la mejor forma era substituyéndolo” 
“Aunque ellos no se lo iban a tragar. Los monstruos sabían a quién mataban” 
“El parecido entre nosotros era extraordinario. Aún un bicho con IQ de 400 podía dudar ante un parecido de ese tipo” Era convincente. 
Decidí arriesgarme, y creerle. 
Estaba a punto de decírselo, cuando escuché un fortísimo ruido de afuera. 
El se alarmó. 
“¡Vienen por mí!”, gritó. Y su expresión de terror, fue terrible. Jaló una palanca del piso, y una puerta se desprendió del piso. Se introdujo a ella. Le seguí” 
Abajo, un subterráneo como el del metro neoyorquino, apareció a mi vista. 
Corrimos. 
Venían por nosotros.   
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
II
A una veintena de metros, vi una luz. 
Estábamos cerca de una salida, supongo. 
Rugidos horribles se escuchaban muy cerca. 
El aire me faltaba. 
Demos resbaló, y cayó al piso. 
Me detuve. 
“¡Corre, Axel, corre!” 
Sus gritos se confundieron con el espantoso ruido que esos seres producían. 
Supe que lo tenían. 
Me sentí cobarde de cuando no lo ayudé. 
No me detuve. 
Salí de allí, mientras los gritos de Scofield, desgarradores, inundaban el ambiente, lacerando mis oídos, y mi alma. 
Huí despavorido. 
La suerte de mi amigo, estaba entre dientes, literalmente hablando. 
Cuando me detuve después de mucho tiempo, me sentía tan cansado como nunca. 
Estaba aterido de frío, y una pertinaz llovizna contribuía a empeorar las cosas. 
Un dolor profundo me mordía las entrañas. 
Un hombre que había confiado en mí, estaba muerto. Y yo, nadie más que yo, era el culpable. 
Encontré un granero que me sirvió de refugio, y dormí hasta que los picotazos de la desesperación y el miedo, me regresaron a la realidad, al lacerante mundo real, donde convivían los negros pensamientos y la bondad. 
Un nuevo día. 
Un día de luchas y de congojas. 
El sol brillaba en todo su esplendor, y el límpido cielo azul, mostraba un singular espectáculo; pero en mi interior, sentía tristeza. 
La tristeza de la muerte y la cobardía. 
Un desierto dentro de mí crecía y avasallaba mis ganas de seguir. 
Alan… 
Demos… 
Los dos hermanos atrapados por un destino terrorífico. 
Era necesario hacer algo al respecto, para evitar que la cadena de muertes prosiguiese. 
Debía encontrar respuestas. 
Y no me sentía preparado para ello, y estuve escondido un tiempo para retomar energías. Las experiencias pasadas no sólo eran traumáticas, si no que se requería de un deseo verdadero de superarlas para poder enfrentar de nuevo todo. 
De otra manera, estaría atrapado en una pesadilla horrible. 
Cambié de personalidad, y me entregué a tareas muy distintas a las que antes desempeñaba, para poder dedicar mi atención al olvido, distraerme de las heridas sangrantes, esas que no dejaban continuar mi aliento. 
Cierto es que, una y otra vez, durante las noches, las pesadillas se repetían incesantes. 
Monstruos de todos tipos y figuras, me amenazaban, bestias feraces pasajeras de un mundo de horrores, que caminaban el valle de la muerte con la guadaña en ristre, dispuestas a cobrar su cuota de maldad, y destruir a la vida, para tomar su lugar. Quizá Lovecraft, ese genio de los cuentos thriller tenía razón, y no estaba lejano el día en que nuevamente, los abominables caminarían sobre la tierra de los vivientes, y apenas esos eran avisos de una realidad que ahora se antojaba intangible y absurda, rayana en la locura y la obsesión. 
En mis viajes oníricos, aún las plantas y mis seres más queridos eran parte de un complot para crear un planeta salvaje donde la radiación sería la atmósfera, y los plaguicidas el alimento. El silicio era en esas citas con Morfeo, la superficie esperada, luego de una guerra nuclear. 
Los laboratorios genéticos eran las catedrales del saber, los científicos los amos del universo, aún así fueran como Watson y Crick sugerían en “La doble hélice”, una partida de ineptos que buscaban su provecho personal y la admiración del mundo, antes que el bien de la sociedad en su conjunto. 
Y esos malos sueños, se repetían durante largos períodos, agotadores, sin dejar tregua a mis emociones. 
Fueron esos meses, dolores continuos, fracasos aviesos donde la bruja de la desdicha jugaba con mi paciencia y mi deseo de seguir adelante. 
Permanecí refugiado. 
Pero, para acabar con todo esto, me era necesario enfrentarlo, vivirlo, y romper el influjo. 
Todavía no encontraba fuerzas. 
Una mañana de Junio, leyendo un matutino, me enteré de que en un poblado de Angola donde una cruenta guerra civil cobraba muertes de miles y la miseria, el hambre, enemigos de los pobres y los desamparados que esperan siempre que suceda un milagro, había sucedido una rara catástrofe, porque, de pronto, de acuerdo a testimonios de unos pocos sobrevivientes que solamente eran tomados en cuenta por los reporteros de periódicos sensacionalistas, un centenar de espantosas creaturas “surgidas del averno”, habían matado a los rebeldes al gobierno. 
Pronto imaginé de quiénes se trataba. 
Eran mis terrores caminantes. 
Los entes. 
Ellos eran los ejecutores. 
Los responsables…¿Cienfuegos, o el gobierno de mi país? Tal vez. Pero era claro que esos bichos servían como mercenarios, al mejor postor, para construir altares a la muerte. 
Parecía que una conspiración de proporciones gigantescas, se cernía sobre mi cabeza. 
No se trataba nada más de unos cuantos. 
Ya existía el tráfico de soldados teratogenéticos, dispuestos a destruir a quien se les ordenara. 
Y por lo visto, eran fácilmente controlables. 
Tan es así que ejecutaban sus trabajos y no veía una la manera clara de pagarles por sus servicios. 
Un IQ de 400 aunque fuera de un ser horripilante, debía ser recompensado de alguna forma. 
Sin embargo, lo que en verdad era alarmante, sin duda, estribaba en el hecho de que la actividad de los monstruos marchaba viento en popa. 
Recordé a mis abuelos. 
Tal vez, tuvieran vida. 
Quizá, sobrevivían. 
El único que había conseguido escapar, se encontraba anclado a sus humanas pasiones, aterido del frío del miedo, y no actuaba al respecto. 
Dejé el diario a un lado. 
Era hora de decidir. 
No podía convivir con mis abyecciones, mi absurdo. 
Si no tomaba cartas en al asunto ahora, hacerlo después significaría esperar a que fuera tarde. 
La gente de inteligencia me seguía; aunque con mi nueva personalidad, pasaba inadvertido. 
Todavía no encontraban un rastro que les revelara mi paradero real. 
Eso estaba a mi favor. 
Debía seguirlo aprovechando. 
Sin embargo, preferiría enfrentarlos, tal como era, que esperar a que se cansaran de buscarme. 
Regresé a mi anterior personalidad. 
Me costó un poco de trabajo. 
Casi no recodaba mi pasado. 
Debía cavar tumbas y sacar mis muertos. 
Mis culpas. 
Mis pecados. 
Pero si quería resolver las cosas, no existía otra forma mejor que esa para lograrlo. 
Tenía la oportunidad de salvar mi conciencia, el juez que me acompañaba a todas partes. 
Un juez severo, regio, reacio al perdón. 
Y el juicio pesaba sobre mí, como una losa que me asfixiaba e impedía mi libertad. 
Fue así como una noche, decidí marchar, a un parque de diversiones, para ser reconocido y enfrentar a esas fuerzas ocultas y poderosas. 
Fui caminando. 
Un frío que calaba hasta los huesos, me sirvió de compañía en esa noche. 
Mis huesos protestaban ante la humedad. 
Mi sentido común, me invitaba a retroceder; pero estaba decidido a llegar hasta el final de este asunto que tanto tiempo llevaba molestándome. 
El sonido de mis tacones, golpeteaba las baldosas. 
El viento lamía las calles. 
Calles desiertas, a pesar de lo temprano de la hora. 
Soledad y desesperanza. 
Describir en mi ser todas las sensaciones de esa velada tan extraña, es difícil. 
Sólo podría decir que tenía miedo. Un miedo atroz. Enfermizo, tal vez. 
Las grotescas figuras, bailaban en mi recuerdo. 
Centellantes y furiosas. 
Y el rostro de Demos, achacándome mi falta de valor, como un traidor de la amistad, con tal de salvar el pellejo, no importando las consecuencias. 
¿O en realidad era Alan? 
Sea quién fuere, sentía la culpa dominando mis sentidos, marginando la paz, y llenándome de sospechas el alma. 
Ese era el cuadro, esa helada vigía nocturnal, en espera de mi encuentro con la verdad. 
Una verdad cruel. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 



III
Pronto, sin saber como, estuve en la feria, donde el jolgorio y el bullicio, olvidaban el dolor, y la amargura. 
Un ambiente alegre, festivo, donde, por unas horas, se podía escapar de la realidad. 
Las caras sonrientes, divertidas, con los niños que gritaban a sus padres, su deseo de subir al carrusel, o a los carritos chocones, para gastar la semana del papá que, aunque no tuviera para el día siguiente, soñaba entretener a su hijos. 
Los eternos vendedores de vajillas, y los altavoces anunciando la nueva ronda de lotería para ganar ositos de peluche o un juego de porcelana, si le pegabas al ojo. 
Los juegos mecánicos donde se retaba a la suerte a jugar una mala jugada, sólo con el ánimo de pasar por emociones fuertes, que dejaban el corazón palpitante, los nervios de punta, y la satisfacción de haber enfrentado por unos minutos, una cita con el suspenso. 
Los rifles con balines que tanto me divertían en mi niñez, cuando acompañado del Tío Samuel, pasaba tardes y noches que con el tiempo fui olvidando con el ajetreo de la vida diaria. 
Toda esa atmósfera de diversión, me parecía lejano, distante, fuera de mi mundo. 
Mi situación era muy distinta, avasalladora, y debía enfrentarla aunque me costará la vida misma. 
Me mezclé entre la gente, como cualquier persona, consciente de que en muy poco tiempo, me identificarían pues sus redes de información y espionaje estaban bastante extendidas. 
Su organización era perfecta. 
Pensar siquiera que podía mantenerme siempre en el incógnito, era iluso. 
Cerca de la mayor atracción del parque, La Montaña Rusa donde la mayor concentración de la gente se concentraba, distinguí a tres sujetos, con el pelo recortado a la usanza militar, que por supuesto eran del Centro de Seguridad Nacional. 
Me acerqué a prudente distancia, con la intención de que me vieran. 
De jeans negros y camisas vaqueras, sus lentes negros bien disimulaban su aspecto. 
De súbito, me vieron. 
Manifesté sorpresa, una cara de asombro mayúsculo, como si de improvisto me viera al descubierto, como en aquellos sueños donde estás desnudo ante miles de personas que se ríen grotescos, en una mofa que no disfraza la intención de dañar. 
Y para hacerla más creíble, para de verdad parecer sorprendido, eché a correr. 
Corrí, con todas mis fuerzas, dispuesto a no ser capturado tan fácil. 
Las callejas, obscuras, que rodeaban el lugar, me sirvieron para fabricar mi huida. 
Escuchábamos el ruido de mis tacones, como dedos corriendo sobre una mesa. 
Venían tras de mí. 
Volteé para ver la distancia que me separaba de mis captores. Era mínima. 
Cada vez, acortaban la separación entre ambos. 
Mis pulmones pugnaban por salirse de mi pecho. 
Era el momento de detenerse para retomar energías. 
Venía tan veloz, que al detenerme, tropecé y caí de bruces. 
Cuando me incorporé, ya estaban a mi lado, cortando todas mis posibles salidas. 
“Está bien. Me rindo…¿Trabajan con Cienfuegos, no es así amigos?” 
“No. Cienfuegos, trabajaba con nosotros. Somos un grupo. El sólo es un peón, recuérdalo”, espetó. 
Me extrañé sobremanera. 
Si el Coronel no era el mero jefe de esa élite, de ese crepúsculo de personajes que jugaban a ser Dios, dispuestos a actuar como los fabricantes del Destino, entonces…¿Quién o quiénes eran los verdaderos dirigentes? 
“Acompáñanos…Ya tendrás tiempo de preguntar lo que quieras, no lo dudes. Hace mucho que ellos te esperan” 
Sus palabras, resonaron en mi cerebro. 
Ellos. 
El tenebroso equipo de la muerte. 
Un miedo atenazador, me apresó. 
Ya era tarde para intentar algo. 
Nada más quedaba esperar los acontecimientos. 
Fui con esos tipos hasta una suburban blanca, de vidrios polarizados. 
Clásico vehículo de personajes como estos. 
En el camino, me sumí en una mar de pensamientos, desde la culpa atosigante que consumía mi ser, hasta la inseguridad e impaciencia por enfrentar, y, de ser posible destruir a los enemigos que jugaban con los genes para lograr sus propios fines. 
Eran artistas de tanatos, adornados y célebres, pintando el cuadro de un universo de desolación y tristeza. 
El viaje fue largo. 
Ya conocía sus trayectos. 
Me sorprendió la mañana siguiente, mientras dormía una leve siesta con Morfeo, con el bamboleo del camino. 
Estábamos cerca, según escuché en voz de uno de los captores. 
Cuando llegamos al edificio de portón alto, y este se abrió, me sentí desesperanzado. Vacío. 
Me condujeron hasta una oficina confortable, con una luz inocua, adormecedora. 
Esperé durante un buen rato. 
Al cabo de un tiempo, el famoso Coronel Antoine Cienfuegos, se presentó ante mí. 
“Sí, no le quepa la menor duda; soy el Coronel Cienfuegos, Código Azul del gobierno Federal” 
“Entiendo que sus labores son al más alto nivel del Gobierno de nuestra nación”, solté. 
“Va más allá de lo que se imagina. Tenemos el control de todo y de todos. No hay mejor forma de manejar las cosas, que controlando todos los aspectos de la vida…¿No cree usted, Axel?” 
“Sí, sin duda ustedes manejan cada parte del todo”, aventuré. 
“No importa que nos ignore…Lo importante es que el servicio que prestamos a la humanidad, es valioso”, explicó con una extraña sonrisa en sus labios. 
“¿Creando soldados?”, pregunté. 
“¡Ah, es eso! Le preocupan los entes” 
“¿Acaso hay algo más?” 
“Para tener el mando de todo, necesitamos quien pueda manejar las situaciones riesgosas. Allá entran ellos. Destino Final no es sólo un trabajo para crear monstruos. Usted sólo leyó los apuntes. El verdadero proyecto es muy complejo, muy especial y muy aceptado por muchos grupos humanos”, reveló. 
“Eso indica que hay otros conocedores de este plan” 
“Claro…¡Claro que sí! Gobiernos, instituciones, organizaciones políticas, acuerdos comerciales…Destino Final es el futuro de la humanidad” “No le entiendo”, confesé. 
“¿Quiere un refresco?”, preguntó de pronto…¿Acaso estaba equivocado o en realidad parecía querer convencerme de la grandeza de sus ideas?” 
“Sí, por favor. De cola” 
Durante unos minutos, salió de la oficina. 
A través de los cristales, pude ver al lluvia que se precipitaba con fuerza. El cielo encapotado. 
Esos instantes me sirvieron para reflexionar sobre lo que me estaba planteando Cienfuegos. 
Parecía tener tela de fondo. 
Regresó al poco rato. 
Su rostro mostraba una expresión de contento. 
“Aquí tiene”, me entregó un vaso. 
Dudé por un momento. 
“No le puse nada. Créame” Tomé un sorbo. 
“Destino Final pretende mejorar la raza humana. Nosotros creemos que el Creador se equivocó en algunos conceptos y decoloró a algunos seres de su creación2 
“¿Los blancos?” 
“No…Al contrario, las demás razas son las imperfectas. Nosotros estamos regresando a la primera perfección. Adán, el primer ser creado era un blanco. Con el tiempo y el pecado, caímos en una aberración genética y salieron los morenos, negros, mulatos y amarillos. Tenemos que regresar al Edén. 
Este es Destino Final. Lo que conoces, es apenas un pico del iceberg. En el fondo del mar, se encuentra la libertad de la raza” 
<<¡Vaya loco!>>, pensé para mis adentros. 
“Usted es de los que apoya la xenofobia contra los extranjeros y apoya políticas como las del apartheid…¿No es así?”, pregunté. 
Había un brillo maléfico; pero de excelsitud, de presunción que sus ojos revelaban muy bien. 
Me dio miedo. 
“¿Recuerdas Camboya, Vietnam, y El Salvador? Han sido nuestros experimentos para crear la nueva raza. Nuestros engendros sirvieron en misiones especiales para mostrar la nueva gloria que el mundo necesita” Tenía ganas de escapar. 
Estaba en manos de un lunático. 
“Todo el tiempo, hemos controlado este mundo…El vodka cola sólo sirvió a nuestros propósitos…La supuesta guerra fría fueron nuestros ensayos para formar nuestro propio jardín donde los negros, morenos y todo aquel que no fuera blanco, serviría al beneficio de la raza superior” 
“Al estilo Hitler”, dije. 
“Adolfo fue un visionario al que debimos eliminar para que sus sueños mesiánicos no nos estorbarán” 
“¿A quienes?” 
“A los dioses. Hace mucho que dirigimos este mundo” Contuve mi risa. 
“Aunque no le parezca, el proyecto nos llevará de vuelta al estado de perfección que perdimos por ese absurdo de la manzana roja” 
“¿El fruto prohibido?” 
“Así es. Tenemos el conocimiento. Somos los dioses, y nadie nos va a detener…O se someten a nosotros o nosotros los destruiremos”, amenazó. 
“Pero, ustedes son unos cuantos…” 
Una estruendosa carcajada fue la respuesta a tal afirmación. 
“No, somos miles…Miles de elegidos del nuevo mundo. Científicos del mañana que poblaremos la tierra y gobernaremos por siempre” Tomé de mi refresco. 
Ahora comprendía mejor las cosas. 
Una partida de locos dominaba el escenario actual. 
“Ustedes son los responsables de los males del mundo, de acuerdo a sus afirmaciones”, dije. 
“Nada más hemos aprovechado sus propios odios, su locura y la ambición de unos cuantos en cada país para manejarlos a nuestro antojo” “¿Esperan ganar?”, pregunté. 
“Ya hemos ganado…El mundo es nuestro. Los rebeldes como usted sólo requieren de pagarles el precio”, y sacó una cartera de piel. Una pluma de otro fue el complemento” “¿Cuál era el suyo?”, inquirió. 
“¿Puedo preguntarle algo…Antes de responder?” 
“Sí, claro…Tiene el derecho a saber” 
Escogí las palabras. 
“¿Ustedes controlan la economía mundial, o…?” Se puso en pie. 
Me dio una carpeta. 
“Lo que desea saber lo dice el contrato. Firme y ya”, espetó con grave voz. 
Abrí la carpeta. 
Una docena de hojas, con letras impresas en colores dorados, guardaban la explicación. 
Leí por un momento. 
Las cifras manejadas eran alarmantes. 
El noventa por ciento de las compañías, les pertenecían. 
Los demás, eran sólo la pantalla. 
Todo les pertenecía. 
Un universo de enfermos que se sentían la raza elegida para darle a la humanidad el nuevo rumbo que trajera la prosperidad. 
Prometían acabar con la enfermedad y la muerte para quien se sumara al pacto, y contrajera un compromiso con ellos, en CUERPO Y ALMA. 
Debía existir lealtad absoluta. 
Ellos tenían la cura para las enfermedades consideradas como de imposible curación…Los virus eran controlados por sus laboratorios. 
SIDA, GRIPE, HEPATITIS B. 
Nada les parecía sin solución. 
Aún la muerte, servía sólo de descanso para quien se rindiera al ajetreo y la monotonía. La criogenia sería la respuesta inmediata. 
Un mundo feliz, al estilo de Huxley, a cambio de la sumisión para volver al Paraíso Perdido de Milton. 
“¿Tienen baño aquí?”, pregunté. 
Me indicó donde. 
No cabía duda que el Coronel me consideraba atrapado. 
Ese era su problema. 
 
 
IV
En el cuarto de retretes, me entretuve más de lo esperado. 
Cienfuegos envió alguien a buscarme, y salí del baño con una idea fija: Firmar y ya en la organización, destruir sus planes, revelando al mundo la verdadera intención de ese diabólico proyecto. 
Durante ese día que pedí se me concediera para “pensar” con determinación, me fueron entregados documentos sobre el plan que revelaban actitudes de las más abyectas, que harían aparecer a los entes, como angelitos de la guardia. 
La organización Destino Final era la responsable de las guerras, y el planeta servía como gigantesco tablero de ajedrez, donde se ensayaban las armas, químicas, biológicas, y hasta las nucleares, con el fin de lograr supuestos adelantos científicos para el futuro. 
La primera Guerra Mundial, para ellos, había sido un éxito total. 
Los muertos, eran bajas insignificantes. 
Israel sólo era un pretexto de argucia religiosa para tener el motivo en la exterminación de toda una nación. 
Los árabes, en constante lucha con los hebreos, ignoraban las causas escondidas de este grupo y eran –sin saberlo –sus instrumentos. 
Un pacto diabólico. 
Poder y gloria sin importar el precio. 
Sin valorar la vida humana. 
Solamente la conveniencia de algunos. 
Los Elegidos. 
Durante la noche, me concentré en pensar en quienes serían los llamados “dioses”, y cuál sería su jerarquía, si existía alguna. 
“¿Serán sólo hombres?”, me preguntaba. 
El ángel de la duda fue mi guardián de esa velada. 
Pensé también en la humanidad que bailaba la macabra danza de la sangre. 
Que estaban dispuestos a matar, y a destruir…A dañar, y morder la esperanza. 
Los desprotegidos de las ciudades, y el hambre de las tribus. 
Y las familias que destruye la enfermedad. 
Un mundo injusto. 
Y el color de la piel que tanto sufrimiento traía consigo a quien tenía la desgracia de ser diferente, que había nacido con una epidemia que no era la aceptada pues a unos locos se les ocurría que quien valía era el blanco. 
Recordé mis años de escuela, donde nos solazábamos molestando a los chicos con algún defecto…Los gordos, los muy flacos, los tontos y hasta los tímidos. Nos creíamos muy perfectos, poderosos, capaces de vencer a todo y a todos. Luego, el tiempo vino a verme cuando era niño, y fui hombre bajo un árbol de naranjo, donde viví la experiencia de convertirme en adulto, con todos los problemas que esto conlleva. Así que, de alguna forma, siempre estuve discriminando. Me dolió el darme perfecta cuenta en esa 
Introspección, una lección sobre mi propia existencia tan devaluada, tan vacía y sin sentido. 
Fue una noche dolorosa, decisiva. 
Cuando el amanecer llegó, estaba decidido. 
Firmé. 
Los destruiría dentro de su mismo grupo. 
Debía investigar quiénes eran los cabecillas, los absurdos líderes de esa confederación de la maldad, que ganaba adeptos aún, entre religiosos e iglesias con doctrinas que supuestamente, protegían al hombre. 
El hombre lobo del hombre. 
Hermanos contra hermanos. 
Fue una nocturnal jornada, cuando me llegó la ocasión de saber algo de los jefes. 
Me dejaron esperando en un cuarto a obscuras, como si temieran ser reconocidos. 
“Estamos aquí”, dijo una glacial voz. 
La luz se encendió. 
Un enorme reflector que me encandiló para no verlos. 
Me rodeaban. 
Me lanzaron miles de preguntas que no entendí. 
Luego, me regresaron a mi habitación de antes, para convivir con mis fantasmas, con mis dolores y mi temor que acechaban en la obscuridad, dispuestos a soltar el primer zarpazo, desgarrando mi espíritu. 
Al poco rato, me mandaron llamar. 
Estaban sentados en un enorme salón, con luz muy agradable, y eran muchos… 
Recorrí con la vista los rostros. 
Nadie parecía conocido. 
Tal vez, los hilos se mueven en el escenario, y manejan al títere, pero nunca hemos visto al 
Titiritero. 
De súbito me topé con un rostro conocido. 
Cinnamon. 
Cinni…Mi novia, era de ellos, de los jefes, los locos que buscaban el dominio absoluto de las personas. 
Vio mi asombro y en lugar de tranquilizarme rió divertida. 
“¡Oh, Axel! ¿Creíste que te amaba?”, y su sonrisa hilarante, como de esquizofrénica, me atemorizó. 
Hablaron conmigo de cosas que no entendía. Parecía estar analizan un espécimen. 
“Nosotros somos los Amos…Tú has firmado tu libertad, que es esclavitud, porque ya nos perteneces de voluntad…Ahora, vete”, y su voz helada, me siguió a través de los pasillos, largos y sinuosos. 
Volví al cuarto. 
Al despertar, era pasajero de un vuelo comercial. 
“Disculpe, señorita…¿Falta mucho para llegar a…?”, hice el ademán de buscar mi boleto. “Viena, señor…No se preocupe en mostrarme su ticket. Su pasaje es efectivo. Descuide…¿Quiere café?” Asentí. 
Aquello si era de los más raro. 
Me dirigía a Suiza, tal vez a retirar mi dinero. En mis bolsillos, encontré un sobre con instrucciones. Debía retirar una fuerte suma, producto de los beneficios de mi contrato, en la speedcktrasse, la famosa calle suiza de los negocios, sumarme a la gente, y convivir con la sociedad, como un miembro más de los adinerados del mundo. 
Me fue fácil lograr tal encomienda, pues a ella dediqué mis energías apenas pisé suelo vienés. 
Los restantes días los dediqué al ocio y al olvido. 
La experiencia en Destino Final, parecía hablar de una larga y feliz vida. 
 
EPÍLOGO 
Pasó un largo tiempo, y los recuerdos fueron diluyendo el pasado que se antojaba absurdo, si lo comentaba en una noche bohemia. 
Europa fue mi mundo desde entonces. 
Residí en Francia. 
Me casé y engendramos tres pequeños hermosos y fuertes. 
Sin embargo, aún tendría noticias de Destino Final. 
Recibí una carta del abuelo, que vivía con la abuela en una hermosa isla de su propiedad…Era blanco, al fin y al cabo, y sus sufrimientos estaban hartamente recompensados, aunque siendo parte del plan, no encontraba lógico el motivo de sus padecimientos. El los atribuía a su renuencia a aceptar su “divino” origen. Bueno, cada quien aceptaba lo conveniente a sus intereses. 
Siempre fue de ellos. 
¿Y yo, por qué era favorecido si no formaba parte de esa élite, de ese grupúsculo selecto? 
Lo supe cuando Cienfuegos se presentó la noche que debía renovar mi contrato. Lo dejé en el porshe de la casa, pues mi esposa y los chicos dormían. 
“¿No podías esperar a que fuera a la oficina en América mañana?” 
“Tú eres nuestra obra maestra…El mejor de nuestros experimentos. Tu defecto fue ser más humano que tus hermanos, aquellos seres que aborreciste hace mucho…¿Te acuerdas?”, sus palabras resonaban en mi cabeza, sin ser comprendidas. 
“¿Recuerdas tus malestares, esos dolores de cabeza y la amnesia temporal…? ¡Oh, cómo vas a recordarlo, si estabas amnésico! ¡Fue cuando te caíste en el cubículo del laboratorio, hijo!”, rió paternal. 
Una alarma interior, me indicó mantenerme callado. 
“Tú eres el hermano mayor…De los que tú llamabas monstruos. No lo son, hijo. Son tus hermanos” 
“¿Por qué me dices hijo, Coronel?”, le pedí explicaciones. 
Esbozó una sonrisa. 
“Tú eres uno de ellos. Yo te hice en el laboratorio# 
“¿Tú? Pero si tú no eres médico, ni científico”, repliqué. 
“Yo soy el director y jefe del laboratorio. Te fabricaron bajo mis órdenes. Fuiste perfecto, nos fallaron tus dedos que salieron muy largos; pero al menos no tienes deformaciones importantes” 
“¿Soy un engendro de ensayo?”, inquirí asustado. 
Asintió con la cabeza. 
“¿A qué te refieres?” 
“Nunca pudimos resolverte un instinto terrible, que te muestra como eres…Como eres en verdad” 
De las sombras, se desprendió una figura. 
Era uno de los monstruos. 
Me atacó. 
Al principio, no reaccioné, mas de pronto, sentí rasgarse mi piel, y algo comenzó a mostrarse…Dientes filosos surgieron… 
Una tremenda transformación me sacudió de pies a cabeza. 
Supe que era un monstruo… 
Por eso no me dañaban nunca…  Era su experimento maestro. 
Podía convivir como humano, y ser una aberrante creatura. 
A mi lado, aparecieron mis hijos, mi esposa, en la misma espantosa condición que yo… Grité desesperado. 
¡Era un monstruo de laboratorio! 
La larga y sinuosa pesadilla me había consumido muchas horas de la noche, así que desperté… 
En mi sueño, era parte de un bestial proyecto llamado Destino Final donde una raza predominaría sobre las demás, y dentro de mí, se escondía una aberración genética…Fue aterrador… 
Encendí la lámpara del buró. 
Eran cerca de las cuatro de la mañana. 
Dentro de unas horas, debía marchar a la oficina del Centro de Salud Ambiental. 
Timbró el teléfono. 
Lo desusual de la hora, me preocupó. 
Levanté el auricular. 
“¿Sí? ¿Quién es?” 
“¿Ya viste tus manos, hijo?”, aquella voz, paternal, sonaba clara. 
Era él. 
Mis manos comenzaron a transformarse ante mis ojos. 
Solté la bocina, mientras una desagradable risa, se escuchaba en el aparato Rugidos aterradores, poblaron el ambiente. 



Publicado el 18 de enero de 2021 por Jesús Quintanilla Osorio.
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