La Pavura

Joaquim Ruyra


Cuento


De camino para una masía de la Selva, donde me aguardaban los míos, hube de retrasarme por motivos que no es preciso narrar. El sol caía bastante bajo cuando llegué al molino del Olmo, que distaba aún tres horas del término de mi viaje; mas a pesar de que no andaba sobrado de tiempo, hube de detenerme a beber, y me senté en una piedra, junto al río, a descansar un instante, fumando un cigarrillo.

El molino del Olmo no trabaja desde hace muchos años. Es un caserón inhabitado, o mejor una ruina inhabitable, porque buena parte de las paredes se ha convertido en escombros, y los tejados y techos no se mantienen más que a pedazos. Crecen en el interior espontáneos arbustos, y la viña salvaje asoma sus pámpanos a la ventana. La presa, reblandecida y usada, deja escapar desdeñosamente las aguas murmuradoras. La ancha turbina se pudre inmóvil sobre la acequia enjuta; las arañas la cubren de telas sutiles, y los bardales de las márgenes la llenan de briznas y hojarasca. Cuando uno recuerda que en otros tiempos esta rueda movía una complicada maquinaria, e imagina el ronco son de las muelas, correas y engranajes, el tráfago de los molineros, las teorías de carros que henchían los patios, la música de los cascabeles, el chasquido de las zurriagas y los gritos de los carreteros que animaban todo el valle, no puede menos de lamentar la ruina y el silencio presentes. Ahora estos parajes permanecen desiertos y silvestres. Crece la hierba en los caminos; ha desaparecido el surco de los carros. Nadie transita de ordinario por estos senderos. El sol mira hacia acá días y días y meses sin descubrir figura humana, y desaparece al morir la tarde en medio de un silencio mortal.

Poco tiempo concedí al reposo. Quería aprovechar en lo posible para mi ruta la luz del día que empezaba ya a tomar tonos purpúreos. Penetré, pues, en la selva, avanzando rápidamente, mas no tardé en comprender que me afanaba en vano; dentro de poco la noche me alcanzaría en pleno bosque. El sol se había puesto ya, de seguro. A pesar del altísimo alisar que me impedía la vista del poniente, las vislumbres que, filtrándose por los claros del follaje, manchaban el bosque, denotaban suficientemente con su débil color la decadencia de la hoguera de donde procedían. Habían perdido su esplendor dorado, se enrojecían, parpadeaban, no podían durar. Extendiose a lo mejor una racha de sombra y se apagaron doquiera.

—Adiós, bondadosa mirada del crepúsculo; abandonome tu dulce compañía.

Con todo, me equivocaba. La muriente llama diurna reavivose aún, y sus reflejos volvieron a esparramarse por la sierra; y pálidos, violáceos, ondulando como humaredas de luz vagaron de una parte a otra y se extinguieron, y reaparecieron, y volvieron a extinguirse una porción de veces, de tal suerte que no perdí la confianza de verlos de nuevo hasta que hubo transcurrido un largo espacio en que los aguardara vanamente. Comprendí al fin que no volverían y entonces se me oprimió el corazón. Faltábanme todavía dos horas de marcha por unas tierras enteramente deshabitadas.

Cuando atravesé el puente de la Comadreja, un puente estrechísimo y de un solo arco, tan simple que parece el hueso de una costilla gigantesca, había cerrado la noche. ¿A qué negarlo? Tuve miedo. Pero… ¿de qué? ¿De ladrones? Ni soñarlo. ¿De despeñarme? Sabía muy bien que no bordeaba mi ruta ningún abismo.

—Bah, bah, pavura lisa y llana —murmuré— un miedo inmotivado, propio de mujeres y chiquillos. Hay que despreciarlo. Filosofía, y adelante.

Pero la filosofía que me impelía a avanzar, nada conseguía en orden a mi zozobra.

Un acompasado flautear de sapos, que sonó allá a lo lejos, en una hondonada, me infundió más decisión que los mejores razonamientos. Concentré toda mi atención en aquella monótona cantinela, y al oírla me parecía que no estaba completamente solo. Tenía la percepción de unos seres que se movían y permanecían unidos conmigo para el cumplimiento de una obra vital, y conmigo se comunicaban por medio de la voz. No dejaban de acompañarme.

Una lucecita que surgió más tarde en medio de la masa informe de una montaña, contribuyó también a consolarme. Allí había un hogar y una familia. En mi imaginación vi a la masovera cerniendo harina al fulgor de aquella lucecilla, a los chicos disponiendo la nocturna ración de los establos, y a los jornaleros apoyando los codos en la mesa, sobre los manteles, y aguardando la hora de cenar. La buena gente dejó la ventana abierta sin tener idea de la caridad que le hacían al caminante con sólo dejarle ver el punto donde moraban. No estaba todo desierto, no. Ya sentía la sociedad de aquella gente lejana; no me atrevía a dudar de su existencia.

Esparciendo de esa suerte la imaginación, recorrí buen trecho de camino con cierto denuedo; pero al perder de vista la lucecilla, y cuando al entrar en una nueva accidentación del camino, dejé de oír el flautear de los sapos, y un silencio perceptible, que aterraba, vibró a mi alrededor en la inmensidad, me pareció que la noche se me arrojaba encima.

Me detuve azorado, presa de un malestar semejante al que a veces experimentamos cuando alguien se nos acerca cautelosamente por detrás. Quería volverme y no me atrevía. Al cabo pude lograrlo, y pasó por mi piel una vaharada fría, espantosa. Pero nada vi… ante mis ojos no había más que la selva, las hondonadas, la oscuridad.

Caminé de nuevo, y hube de detenerme nuevamente a los pocos pasos. No podía sustraerme a la impresión de que alguien me seguía y me escrutaba. Palpitando de emoción volví a mirar, a escuchar… El silencio era absoluto. Sólo el ritmo de un menguado aliento se atrevía a profanarlo. La noche era augusta, diáfana; un abismo azulado, inmenso, salpicado de estrellas que indicaban confusas lejanías en el piélago interminable. Y abajo, la tierra desapoderada de luz, permanecía muda, en santo silencio, como recogiendo con místico respeto, las irradiaciones de lo infinito… Esto es lo que percibían ojos y oídos… Pero además… ¿Cómo explicaré aquella honda sensación estremecedora que me perseguía? No sabría comparar mi estado, lo repito, sino con el de una persona que se siente molestada hasta lo insufrible por la insistente mirada de otra que la espía en silencio con los ojos fijos. Sí, la tensión de mi espíritu llagaba a lo insostenible. No pude contenerme más. Con la sangre helada en las venas, caí de rodillas.

—¡Oh, Infinito, oh Ignoto, oh Santo, yo te adoro! ¡Protégeme, ampárame! —exclamé con un grito involuntario que resonó espontáneamente en mi corazón. Y seguí rezando, aplastado contra el suelo, rezando con desvarío, encogido, tembloroso, hasta que obtuve la emoción, y el llanto y el consuelo.

Por fin me levanté reconfortado, impregnado de una religiosa suavidad. La pavura no me había abandonado totalmente, pero me era soportable. Con aire modesto y párpados humillados continué mi marcha por senderos solitarios, murmurando plegarias a media voz; de esta suerte pude llegar a la masía.

Allí me aguardaban la familia amante y el encendido hogar. Todo el mundo estaba ya inquieto por mi causa. Me dirigieron algunas palabras, a las que di la única respuesta. Y creí que nadie puso atención a cuanto respondía. Sería tal vez que cuanto dije era cosa de vago interés, y que los ojos de todos descubrían en mi rostro algo solemne e indescifrable que fijaba la atención más que mis palabras. ¿Qué suerte de honesta vergüenza o de poquedad espiritual me obligó a callar el lance más importante de mi jornada? Lo ignoro. Lo cierto es que rehuí conversaciones, me senté en el banco del hogar, alegando cansancio y me sumergí en la meditación.

Jamás como aquella noche había conocido la pavura, ese miedo de lo infinito, de lo ignorado, ese inmenso padecimiento que todos han experimentado alguna vez y que nunca fue estudiado con la debida serenidad. ¿De qué depende la pavura? ¿Acaso la soledad, la inmensidad y la tiniebla ejercen por sí solas una influencia maligna sobre las facultades humanas, desordenándolas en un aura de locura? ¿O acaso en aquellas circunstancias se aviva en nosotros una facultad cegada casi en todo momento por groseras sensaciones, un sentido íntimo que nos capacita para recibir la sugestión de poderes suprasensibles que nos perturban y estremecen? Oh, Dios mío, ¿cómo dudar de este profundo sentido con que he llegado casi al tacto de vuestro ser, santamente aterrorizado en medio de la oquedad nocturna? Es un sentido balbuciente, oscuro; parece incipiente, y, sin otras luces que tengo recibidas, hubiera podido conducirme a algo detestable, como a tantos pueblos que quizás no tuvieron en religión más institutor que la pavura; pero, aunque balbuciente y oscuro todo lo que se quiera, es preciso reconocerlo: existe.


Publicado el 22 de octubre de 2016 por Edu Robsy.
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