Texto: El Nido de Gorriones
de Joaquín Dicenta


Cuento


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El Nido de Gorriones

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Fragmento de El Nido de Gorriones

Ni su dinero, ni sus hijos (cuatro hombretones ya casados), ni sus años, ni sus fatigas, fueron bastantes a inducirle al reposo, a la existencia cómoda, al vivir quieto de un anciano pudiente... Quebrantábase su salud con el rudo trabajo a que venía entregado desde el amanecer; algunas noches de invierno, una tos seca desgarraba su pecho; no pocos días de verano sintió un ahogo, un principio de asfixia, que le hizo detenerse y buscar apoyo en el tronco de un árbol; aconsejóle el médico multitud de veces que descansase, que renunciara a su labor diaria; pero el tío Roque se encogía de hombros, se burlaba de consejos y de dolencias, y al romper la aurora bebía un vaso de aguardiente, ensillaba su caballejo, y al campo, a inspeccionarlo todo, a que trabajasen los braceros, a que produjese la tierra, a que no estropeasen a su querida; la única hembra que había sabido pagarle con usura sus desvelos y su constancia.

¡El reposo! ¡Entregar a manos ajenas el cuidado y conservación de lo suyo! ¡Buena locura!... ¡No ver sus tierras sino a ratos y como un paseante más! ¡Como si aquello fuera posible!... ¡Como si él, acostumbrado a trabajar sus terrones y a dirigirlo todo, pudiera resignarse a permanecer inactivo, a convertirse en espectador, a no ver cómo en las mañanas frías de invierno desflora la reja del arado la tierra húmeda y palpitante, para que la mano del sembrador arroje en su seno la simiente fecundadora; a no contemplar bajo los rayos abrasadores del sol de agosto, cómo el trigo desgrana la requemada espiga y la horquilla la recoje y la pala la aventa para que el trigo caiga convertido en granizo de oro sobre el ancho montón que cubre la era y se eleva en forma de pirámide; quedarse en casa bajo la sombra perezosa del emparrado, cuando la hoz arranca de la cepa el lozano racimo y el carro lo traslada al lagar y los mozos lo pisotean entonando canciones hasta que, convertido en mosto, lo recogen las cubas y fermenta en ellas y de ellas sale transformado en chorro rojizo que humedece los labios y calienta la sangre; no tomar parte en la recolección de los frutos, en el esquileo de sus ovejas, en la labor harinera de sus molinos, en la confección y refinamiento de sus aceites! ¿Era acaso eso lo que querían de él? Pues no lo esperaran. Él haría siempre lo mismo, recorriéndolo todo, visitándolo todo; a caballo, mientras pudiera tenerse firme en la silla; en un carro si no podía andar. ¡Aunque fuese arrastra!


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5 págs. / 9 minutos.
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Publicado el 22 de septiembre de 2019 por Edu Robsy.


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