El Pasaporte Amarillo

Joaquín Dicenta


Cuento



I

La Judería es, en esta noche, museo de alabastros. Cayó en ella la nieve, y congelándose después; ha realizado el prodigio. Gracias a la nieve parece el barrio miserable, iluminado por la luna, un capricho arquitectónico de gnomos. Los cristales del hielo relumbran como piedras preciosas.

Por encima de esos cristales resbala, con homicida cuchicheo, el viento de la estepa. Refugiado en el quicio de un portalón, próximo a la casa de Isaac, aúlla un perro la muerte.

La familia del anciano judío se agrupa en torno del hogar.

Previamente se mojaron los troncos para que ardiesen muy despacio; las mujeres espolvorean con ceniza las ascuas, a fin de que duren más tiempo. Apenas llamea la leña humedecida, y sus llamas son anémicas, intermitentes. Cuando se desprenden del tronco y flotan por la chimenea, parecen fuegos fatuos. El humo que asciende a la campana dibuja sobre sus paredes frases jeroglíficas.

—Por todos se queja—murmura tristemente el viejo, oyendo a un leño chasquear.¡Suerte cruel la de nuestra raza—prosigue— en esta Rusia, donde Jehová dispuso que naciéramos!

Isaac deja ir contra el pecho su cabeza de blancas y despeinadas barbas, de pelo que se eriza, a mechones, bajo un casquete renegrido; sus labios se contraen, irónicos, contra unas encías desprovistas de dientes; su gran nariz tiembla por las fosas y sus ojillos relampaguean entre las arrugas de los párpados.

—¡El Padre!...— exclama, tras una pausa que nadie se atreve a interrumpir.—Con tal nombre designan, designamos al zar sus súbditos. ¡Padre quien nos expolia, por mano de sus agentes administrativos, y por mano de sus agentes policíacos, esgrime sobre nuestras carnes el knout!...

—¡Chist! —modula la esposa.— Seguro es que atranqué bien la puerta y que no estamos en casa más que tú, las nietas y yo; pero ciertas palabras, ni a solas deben pronunciarse. En Rusia tiene la soledad oídos.

—Verdad hablas, Raquel—contesta el anciano, mientras su mujer acaricia a las nietas.

—¡Ay!—continúa Isaac.—Si esta vida de miserias y de perpetuo sobresalto fuera únicamente para ti y para mí, no me quejara yo. Viejos somos y la muerte no tardará en ahorrarnos martirios. Tal vez ese perro que aúlla anuncia nuestro fin. Venga cuando Jehová ordene. Pero ellas—añade, poniendo su mirada en las mozas,—son jóvenes y son mujeres. ¿Qué será de ellas al dejar nosotros de ser?

—A la voluntad del Señor queda—responde la más joven de las hermanas.—Él, que nos trajo al mundo, marcará nuestro derrotero. Como supo la abuela compartir contigo escasez e injusticias, sabré yo compartirlas con mi prometido Nathán, cuando me haga su esposa. Siempre, aun en la más horrible existencia, en el más duro sino, hay horas felices. Pocas nos aguardan, llevas razón, abuelo; pero estando juntos yo y Nathán, con las pocas tendremos suficiente. Esas pocas horas felices nos darán resignación para sufrir las muchas horas malas.

—¡Resignación!...—replica la otra hermana, con ironía desdeñosa.—Resignándose y esperando en el verdadero Mesías, que no tiene prisa—por llegar, vive nuestra raza va para dos mil años. ¡Ya es esperanza, y ya es paciencia!

—Sobradas serán para ti, que llevas en el corazón el espíritu de la rebeldía.

—Como son cortas para ti, que llevas el de la servidumbre.

Las dos hermanas callan, mirándose hito a hito.

La menor, Sara, es rubia,, de ojos berilianos, frente baja y labios sensuales. Falta en ellos el pliegue enérgico de la voluntad, como falta la sangre en su piel de blancura lechosa.

Débora es morena, de pálido y nervioso cutis; sus pupilas brillan, con firmeza indomable, entre el pestanal, recio y corto; sus labios son finos; alta su frente, dibujada en forma de torre.

—¡Esperar siempre! ¡Siempre resignarse!— dice Isaac, reanudando la conversación. Ochenta años de vida sumo. Al cabo de ellos, ¿qué me aguarda? Si mi existencia se prolonga, aumento de penalidades, que la vejez lo trae; después dé la muerte... ¿Hallaré pago a los sufrimientos de aquí con las dichas del más allá?...

—En blasfemia incurres, si lo dudas—interrumpe Raquel,—porque desconfías del Altísimo. A más de ello, no es tan malo nuestro presente. Ruin condición la de los judíos en Rusia; como a casta infame se nos mira; pero nosotros, comparándonos con muchos con vecinos, no debemos quejarnos. Al fin y a la postre tenemos lo preciso a nuestro sostén. Tu comercio, dentro de su modestia, proporciona el yantar, el vestir y el acojo de la familia toda. Nathán es honrado y es hábil; pocos lo ganan en astucia para embaucar compradores. Sara y é1 nos ayudarán, acreciendo los ahorros hurtados por tu ingenio a las codicias de la Administración.

—No es fácil que descubran el escondite responde Isaac, mientras sus pupilas chispean.—Bien huroneaban los agentes en el embargo último que hicieron. Huroneo perdido. Mis rublos, y los que legara a estas niñas Josefo, están salvos de inquisiciones. Si muero antes que tú, Raquel, hallarás intacta la porción que en los ahorros te corresponde, como hallarán intacta mis nietas la herencia de su padre.

—De ella quisiera hablar—interrumpe Débora.

—Habla.

—Todos sabéis que, desde muy niña, tuve aficiones al estudio.

—Orgullo eres de nuestra casa y de los maestros a quienes debes tu cultura. El rabino Ezequiel, hombre de gran ciencia, se hace lenguas de ti y afirma que para una mujer de tus méritos no hay en esta ciudad ambiente.

—A eso voy, abuelo; Ezequiel habla bien, no cuando habla de mi sabiduría, cuando asegura que mis aspiraciones no hallan ambiente en la ciudad. Tengo hambre de aprender, de conseguir el último grado en los estudios de mi predilección. Para ello necesito vivir, en una capital universitaria, Petersburgo, Kiew... la que, sea.

—¿Pretendes, hermana, separarte de los abuelos y de mí?

—Para instruirme, para hacerme digna de las esperanzas que pusieron en mí los maestros, para tornar después a vosotros y ayudaros con mi labor. ¿Es la empresa tan ruin?

—Grande y generosa como tú—responde la abuela, cogiendo entre sus manos el rostro de Débora y besando su frente.

—Muchas son—añade el abuelo—tu inteligencia y tu energía. No obstante...

—Concluye.

—Eres mujer. Es muy difícil a mujeres conseguir lo que tú deseas.

—Otras lo consiguieron. No me juzgo con menos voluntad y menos aptitudes que ellas. Para llegar donde ellas, iré a una ciudad universitaria; allí ensancharé y terminaré mis estudios. No es cara la vida en esas poblaciones; yo no me asusto de estar sola. Sólo me precisa dinero. De ahí que recurra a ti suplicándote que me auxilies con un algo de los ahorros que me dejó mi padre en herencia.

—No necesitas suplicar; mandar puedes. Eres, si no por la ley, por mi gusto, dueña de tus acciones. No hallarás en mí obstáculo al logro de tus nobles propósitos. El obstáculo existe en otra ley, distinta a la de la mayoría de edad.

—¿Qué ley?

—La ley de Residencia impide a las hembras judías trasladarse solas a ciudad y barrio distintos de aquellos donde con sus deudos residen.

Esta ley es vigente para los judíos en Rusia.

—Hay forma de evitarla.

—¡Débora!

—La hay y la emplearé.

—¡Hermana!

—¡El pasaporte amarillo! La cédula de...

—Sí.

—¿Olvidas que el pasaporte amarillo sólo se da a las prostitutas; que no más quienes ejercen tan cruel y vergonzosa profesión pueden utilizarlo?

—No lo olvido; pero la cédula de infamia me permitirá ir libremente por todo el imperio. Lo que a otras desdichadas sirve para comerciar con su carne, me servirá para engrandecer y dignificar mi inteligencia. No seré la primer virgen de mi raza que utilizó el afrentoso pasaporte en bien de su cultura.

Son muchas en Rusia las jóvenes solteras judías que se hacen expedir pasaporte o cédula de meretrices para trasladarse a las ciudades universitarias y poder estudiar en ellas.

—Hija mía... Cuando exhibas el papel envilecedor, por envilecida te darán. Si tú propia vas por el mundo mostrando un padrón de deshonra, ¿quién verá tu honradez?

—Dios, que entra en las almas.

—Oye.

—Mi resolución es inquebrantable.

—Dueña eres de ti —replica Isaac, tras una pausa.—Mi deber es decirte los peligros a que te expones.

—Lo sé, y no los temo. Digna de vosotros tornaré a este hogar, cuando torne. Espero en la voluntad de Dios y en la mía. Con ellas triunfaré.

Puesta en pie, erguido el busto, echada atrás la valiente cabeza y desafiando con los ojos el porvenir, es la virgen reencarnación de su par en nombre, «la mujer fuerte de la Biblia».

—Sea como tú quieres y como decrete el Señor —dice solemnemente Isaac, imponiendo sus manos sobre los cabellos de Débora.

El can, refugiado en el quicio del portalón, sigue aullando la muerte.

II

Terminadas las vacaciones, regresó Débora a la población universitaria donde fijara su residencia estudiantil.

Vivía en uno de los barrios extremos. Allí alquiló un pisito, amueblado con gran modestia.

Componíase de tres habitaciones. La más grande, es decir, la menos pequeña, servía de sala para recibir, de comedor y estudio. Junto a ella estaba la cocina, dedicada por Débora, que comía fuera de casa, en un económico fondín, a cuarto de aseo: un tocadorcito, un baño y el limpio chorrear de una fuente justificaban el nuevo destino de la pieza.

La alcoba era un primor con sus blancos y replanchados lienzos, con su cama, de exiguas proporciones, justamente capaz al solo reposo de un cuerpo. Siempre se veía algún libro sobre la mesita de noche.

En una arquilla, próxima a la ventana, guardaba sus papeles la joven. Entre éstos amarilleaba la cédula afrentosa. Cuando ponla en ella los ojos o, sin querer, la rozaban sus dedos, contraíase angustiosamente el rostro de Débora. Las ocasiones en que era forzada a presentarse en la Comisaria, para visar su pasaporte, le significaban un martirio.

Y gracias a tocarle en suerte, durante el primer curso, un funcionario bondadoso y discreto, se libró en tales visitas de interrogaciones vergonzosas; pero no evitaba las sonrisas mortificantes, los cuchicheos despectivos, las miradas lúbricas y el torpe requebrar de los empleados inferiores.

Débora vivía a lo estudiante, como casi todas sus compañeras. Iba por la mañana a la Universidad, donde tomaba apuntes, oyendo las explicaciones del profesor; paseando con sus amigas, aguardaba la hora de comer, y, luego de hacerlo, se metía en su casa para repasar las lecciones o para escribir a su familia, labor grata, cumplida por la joven sin pérdida alguna de correo.

Los domingos abrían en esta existencia monótona un alegre paréntesis.

Hacia excursiones al campo, acompañada de estudiantes, hembras y varones, cuando era el tiempo bonancible; cuando no, distraía sus horas en cualquier teatro o espectáculo honesto.

—Nunca faltaba a tales excursiones o divertimientos Miguel, y eso que no era él estudiante,. sino tenedor de libros en un afamado comercio.

Conociéronse Miguel y Débora en la fonda donde ella se abonara a comer. Parroquiano más viejo el tenedor de libros, tenía costumbre de asentar en una mesa próxima al mostrador; escogió Débora la inmediata, que, por hallarse cerca de una puertecilla contigua al portal, permitía a la joven entrar por él directamente, a salvo de curioseos importunos.

Pronto se establecieron entre la estudiante y el empleado relaciones corteses de amistad. Era Miguel servicial y simpático; a más de ello, respetuoso. El comedimiento con que saludó los primeros días y habló más tarde a su vecina captáronle las simpatías de ésta. El mozo gustó de la joven. Atrajéronle la belleza serena y firme de su rostro, la gallarda línea de su cuerpo, la no afectada majestad de su paso. Más adelante, al hacerse el trato íntimo, al poder Miguel apreciar la inteligencia, la bondad, la. rectitud, en pensamientos y en acciones, de Débora, acrecieron las simpatías del tenedor de libros, llegando al enamoramiento. Pero éste sólo se manifestaba en miradas, en temblores repentinos de voz, en silencios, tan inexplicables como el turbión de palabras que les solía suceder.

También Débora se sentía atraída por aquel galán de negros cabellos y ojos claros, que miraban dulces y leales.

Indudablemente, era Miguel un novio de quien podría envanecerse la más desdeñosa doncella, un hombre que haría la felicidad de quien le escogiera por esposo.

Así pensaba Débora, y aun lo repetía, a sus solas, en alta voz. Más de una noche, cuando recostada en su lecho daba un repaso a las lecciones, huyeron del libro sus miradas y su pensamiento: el pensamiento, para evocar la imagen de Miguel; las pupilas, para ver a Miguel dibujarse sobre el espacio y avanzar lentamente hacia ella, sin tocar el suelo con los pies, pisando en el aire, puestos los ojos en adoración y en beso la boca.

III

Fué durante el crepúsculo, al regreso de una excursión campestre.

Por influencias de Débora, y a ruego insistente de Miguel, se le admitió en el grupo estudiantil que aquélla, con otros jóvenes, formaba. Pronto se captó la voluntad de todos, compartiendo sus diversiones y sus gastos como si fuera un estudiante más.

Micaela Gorachoff, una revoltosa y burlona rubia, de veintidós abriles, lo llamaba « el accidente amoroso de la partida».

No lo decía en alta voz, si estaba presente Miguel, para evitar al enamorado rubores; pero lo decía por lo bajo entre los demás compañeros; a gritos, aprovechando las ausencias del tenedor de libros, y con cualquier pretexto, cuando dialogaba con Débora.

Ésta no protestaba; oía con silenciosa aquiescencia las bromas de Micaela, y aun las interrumpía con frases y juicios, siempre favorables a su tímido adorador.

Nada existía, sin embargo, entre ellos que diera a su trato aspecto de noviazgo.

Aquella tarde, en que un tibio sol de primavera había calentado la campiña y las almas, tornaban los excursionistas a la ciudad, entonando a coro una poética canción.

Era popular la canción: un himno a la Tierra, abierta por mandato del astro Rey, para dar salida a los gérmenes que retuvo el invierno cautivos.

Decía así el estribillo de la canción primaveral:


Besa a la madre Tierra, padre Sol,
Y que broten, en yemas y capullos,
Los gérmenes, al beso del amor.
 

Miguel y Débora habían quedado algo detrás del grupo. No ocurrió ello por decisión del uno o de la otra; se rezagaron impensadamente, no sabiendo por qué ni a qué lo hacían.

Sin voluntad propia, porque su hora llegaba, brotaban, a la caricia solar, los gérmenes del seno fecundo de la tierra. Acaso porque el sol, calentando las venas de los jóvenes, dispuso que llegara su hora también, languidecían ellos e iban caminando despacio, cada segundo más despacio, con lentitud mística.

—Hermoso canto el de la primavera—exclama la judía.—Al unísono va con la Naturaleza, que inspiró sus estrofas.

—De amor hablan esas estrofas —contesta Miguel.—Las oigo sonar dentro de mí y experimentan mis labios el deseo de reproducirlas.

—Una usted su voz a la del coro.

—No es eso, Déb —así nombran a la joven familiarmente.—No es eso.

—¿Qué es entonces?

—Es...

Miguel se detiene y su semblante se empurpura. También enrojecen las mejillas de Débora, que pone en el suelo los ojos.

Ya no andan. Inmóviles quedan bajo un árbol de perpetuo verdor, que cierne la lumbre postrera del ocaso.

—Es... Lo sabe usted, Déb; lo sabe desde hace mucho tiempo. ¿Verdad que lo sabe, que conoce el sentimiento profundo y leal que me inspira?

—Lo conozco y lo comparto —responde Débora, mirando a Miguel frente a frente.

—¿Entonces?...

—¡Entonces!... Hasta concluir mi carrera, ni puedo ni quiero contraer compromisos formales. Después... Cuatro años faltan, a más de éste, para que finen mis estudios. Si al término de esos cuatro años viene usted a buscar en mí la compañera de su vida, la encontrará, Miguel.

—¡Débora!...

—Razones y circunstancias, independientes de mi voluntad, que sabrá usted cuando sea ocasión, me impiden, antes de la fecha indicada, aceptar sin reservas sus pretensiones amorosas. Si quiero usted esperar tan largo tiempo, espere.

—Esperaré.

—También yo esperaré, pensando y viviendo en y para usted solo. Hombre alguno puso en mi frente un beso de amor. Recibiéndolo ahora de usted, consagro mi promesa.

Débora presenta su frente a Miguel.

Éste pone sus labios en aquella frente, no rozada por hombre alguno con caricia de amante.

Los últimos reflejos solares tiñen el Poniente de rosa. El coro de voces juveniles lanza al espacio el estribillo de la canción primaveral:


Besa a la madre Tierra, padre Sol,
Y que broten, en yemas y capullos,
Los gérmenes, al beso del amor.
 

IV

El jefe policíaco de la ciudad fué relevado y sustituído por Iván Petroviteh, hombre de cuarenta años, pequeño y huesudo. Tenía la mandíbula inferior prominente, carnosos los labios y apagado el mirar. A veces, sus ojos mates brillaban con fulgores de incendio. Si esto ocurría, notábanse en las manos de Iván crispaciones de garra.

Venía precedido de una fama cruel. Se le calificaba, hasta por sus compañeros de profesión, de inabordable e impiadoso. De lo último había dado pruebas concluyentes en todos los sitios donde ejerció cargos oficiales. Respecto a lo primero, malas lenguas aseguraban que no era insensible a los fajos de billetes bancarios, y que lo era menos a los halagos y favores de cualquier buena moza.

Dispuso el gobierno su traslado a la capital universitaria por andar revueltos los estudiantes y temerse que algunos, en connivencia con los revolucionarios, esparcidos por la frontera, tramasen un complot o encendieran con sus predicaciones el espíritu, siempre levantisco, de las masas.

Iván Petrovitch era irremplazable para comisiones de tal índole.

A fin de cumplimentar ésta con eficacia, quiso conocer e interrogar a las gentes de mal vivir que residían en la población. Son ellas, especialmente las mujeres, hábiles, tanto como propicias, en las artes de encubrimiento; más hábiles aún, sabiendo atraérselas, por temor o codicia, en las de la delación y el espionaje.

Consistió, pues, el primer acto de gobierno del jefe en ordenar que desfilaran ante su persona todas las hembras de antecedentes criminales y todas las meretrices ceduladas que existían en la ciudad. Como una de las últimas hubo de acudir Débora, requerida de oficio, al despacho de Petroviteh.

—¡Guapa moza!—dijo el funcionario a su escribiente cuando salió del despacho la hebrea.

—Y extraña—añadió el otro, contestando a la exclamación de su jefe.

—¿Extraña? ¿Por qué?

—Porque, según cuentan los agentes, el vivir de la moza va desacorde con su oficio.

—¿Qué quieres decir?

—Que la muchacha estudia en la Universidad; y no es lo del estudio artimaña para sacar mayores rendimientos al oficio que su cédula indica. Es una estudiante formal, y goza, entre sus compañeros, fama de inteligente y de asidua a las aulas.

—¿De veras?

—Como lo escucha usted. A más (esto lo han comprobado los agentes a cuya vigilancia corre la conducta de las meretrices), su vida es la de una honrada mujer. Ni frecuenta las casas públicas ni acude a aquellos espectáculos donde buscan las del gremio parroquia. En su casa no entran hombres tampoco. Amante, como ella, siendo lo que es oficialmente, debiera tenerlo, no lo tiene. Un joven hay que la corteja; pero es hombre de vida respetable y honesta: tenedor de libros en casa de los Pestriacoff. Pretende a Débora, pero con fines serios. En una palabra: novio para casarse.

—¡Sí es extraño!

—No se extrañaría usted tanto, recordando que Débora es judía. Muchas vírgenes de su raza adquieren el pasaporte amarillo para burlar la ley de Residencia y habitar donde conviene a sus estudios o negocios.

—¡Ah!... Puede que te halles en lo cierto. ¡Tendría gracia que esa mujer, cedulada como meretriz, fuese toda una virgen!

—Más gracia tendría—prosiguió Iván, haciendo un guiño de ojos y tendiendo el labio inferior hacia fuera, que siendo virgen y no siéndolo, por causa del papel amarillo...

—¿Qué señor?

—Nada. Por lo que hace al momento, nada. Recoge tus papeles y vuelve a la noche. Tengo que poner estas notas en orden y no quiero que me distraigan.

Salió el escribiente del despacho, e Iván Petrovitch, cargando su pipa hasta los bordes, encendió un fósforo, puso fuego al tabaco y comenzó a fumar, despidiendo el humo lentamente a la atmósfera.

Sus ojos seguían las espirales de aquel humo. Y ya no eran mates sus ojos. Brillaban con fulgores de incendio entre el rojizo pabellón de los párpados.

V

Desagradable y gran sorpresa recibió Débora, a los pocos días, viéndose llamada nuevamente, en oficio de toda urgencia, al despacho de Iván Petrovitch.

Acudió a la hora en punto, y no hubo de aguardar largo tiempo. A corto espacio estaba en presencia del jefe.

—Tengo entendido —le dijo éste, retrepándose en el sillón—que no ejerce usted el oficio. ¿Qué motivos hay para esa holganza?

—Señor...

—Hablará usted cuando le toque. No he concluido todavía de preguntar. ¿Tiene usted —añadió Petrovitch, recogiendo sus labios contra la dentadura— algún amante rico que le permita andar ociosa?

Débora enrojeció ante aquella brutal pregunta; sus pestañas se enrejaron para detener lágrimas y su carne toda se erizó en calofrío.

—¡Vamos! —gritó Iván.—Ha llegado la hora de responder. Responde —prosiguió, tuteándola.—Y respóndeme sin mentiras. ¿Por qué no ejerces el oficio? ¿Ignoras que el papel amarillo no sólo te autoriza, sino que te obliga a ejercerlo?

—No, señor; no lo ignoro —repuso la doncella alzando la vista y poniéndola en su interrogador; —desgraciadamente no lo puedo ignorar.

—¿Desgraciadamente?...

—El jefe antecesor de usted supo las razones que me habían hecho adquirir esa cédula y me permitió, me concedió la gracia de vivir según me conviniese, sin más obligación que la de presentarme en esta oficina cuando fuera absolutamente preciso para cumplir las exigencias de la ley.

—¡Vaya!... ¿Conque el viejo y mantecoso Nicolás te dejó vía franca? ¿Y a cambio de qué obtuviste el salvoconducto?

En la sonrisa que acompañaba la pregunta de Iván se crispaban todos los ultrajes que la pregunta pretendía inferir.

—¿Qué se atreve usted a insinuar? —interrogó Débora, irguiéndose con arrogancia.

—Cierto —siguió él sin aparentar escucharla— que mi antecesor no era de peligro. Está muy viejo el infeliz.

—Ni aun siendo quien es, tiene usted derecho a insultarme.

—¡Insultarte!... A las hembras que usan la cédula amarilla, por mucho que llegue a decírseles, no se las insulta.

—Al menos se les debe piedad; y cuando se desempeña el cargo que desempeña usted, sean quienes sean y como sean esas desventuradas, se les debe respeto.

—Bien se conoce, en las retóricas que gastas, que eres de la Universidad, vamos, que tus parroquianos son casi todos estudiantes. Pero conmigo no valen retóricas. Más valdrán, en caso de favores, tu cara que es una maravilla y tu cuerpo, que, juzgando por los indicios, ha de ser una estatua.

—¡Caballero!...

—¡Señorita!—Puesto que adopta esa actitud, la trataré de señorita.—Señorita, o es usted lo que reza su cédula, en cuyo caso sobran los aspavientos, o no lo es, en cuyo caso necesita explicarse.

—No lo soy. Pertenezco a una honrada familia, que reside lejos de esta ciudad. Nunca falté al decoro que, desde niña, vi en los míos. Ansiosa de aprender, de ganar un puesto entre las mujeres independizadas por el estudio, resolví trasladarme a un distrito universitario...

—Y para burlar la ley de Residencia tomó pasaporte de meretriz. ¿Estamos de acuerdo?

—Sí, señor.

—En tal caso comete usted un grave delito. La ley se ha hecho para cumplirla. Sus transgresores incurren en penas, en castigos...

—Lo sé, aun cuando no sepa de un modo fijo en qué consisten.

—Consisten, y al objeto tenemos órdenes severísimas, en que a la judía, adquiridora del pasaporte que ha utilizado usted para burlar la ley de Residencia, se la obligue a ejercer su oficio.

—¡Dios santo!...,

—¡Vamos! ¡Vamos! —Insinuó Iván con tono afectuoso.—¡No vale apurarse! No soy tan cruel, tan inflexible como a simple vista parezco.

—¿Qué?

—Tranquilícese— siguió Iván, alzándose del sillón y dirigiéndose al sitio donde sollozaba la judía.—Si hablé antes brutalmente, fué para cerciorarme de que no me habían engañado quienes me dieron informes a propósito de la conducta de usted y de su real condición. En sus réplicas, en sus rubores, he hallado el más completo testimonio. Excuse usted, en obsequio de la intención, mis frases del principio y hablemos de otra suerte. Ante todo, recobre usted la calma. ¡Siéntese! ¡Siéntese!... ¡Aquí, junto al sillón!... De este modo, sentados frente a frente, segura usted de mi cortesía, yo de su honestidad, hablaremos sin acritud y sin estar incómodos.

Durante el discurso, Iván se transformó. Sus ademanes eran respetuosos, afable su voz, punto menos que paternales su sonrisa y su gesto. únicamente sus pupilas seguían llameando bajo los párpados rojizos y sus manos crispándose en garra contra el paño verde de la mesa.

—De modo ¿que es usted estudiante?

—De Medicina; si, señor.

—¿Qué año estudia?

—El segundo de Anatomía.

—¿Tiene usted gran empeño en concluir y ejercer su carrera?

—Por seguirla acepté el deshonroso pasaporte amarillo.

—Pues nada, si usted quiere y no desoye mis indicaciones, todo puede arreglarse.

—¿De qué forma?... No se tarde en decirlo.

—Claro que nosotros, los funcionarios del Gobierno, estamos obligados, perentoriamente obligados, a cumplir con sus órdenes. Pero, ¡qué diablo!, tratándose do una criatura como usted, bien puede uno comprometerse.

Al decir esto, Iván aproximaba su asiento a la silla ocupada por Débora; una de sus manos avanzó hipócritamente sobre los bordes de la mesa; siguiendo el viaje de la mano, el busto huesoso y la cabeza, de quijada inferior saliente y labios en hechura de hocico, se inclinaron hacia la joven.

—¡Haré la vista gorda!—murmuró, subrayando las sílabas.—Para ello es necesario que usted...

Iván trató de concluir la frase cogiendo las manos de Débora y robando un beso a su boca.

Enérgica, fieramente, la judía rechazó a Iván y se puso de un salto en pie.

—¡Nunca!—gritó.—¡Nunca!... ¡Es usted un infame!

—Le propongo a usted que haga por mí lo que su cédula le manda hacer por todos; lo que tengo órdenes severísimas de exigir a las mujeres que, obteniendo ese salvoconducto, quieren burlar la ley de Residencia. Yo soy un hombre solo. ¡De otra manera serán tantos!... Merece la pena de pensarlo. Cuatro días le concedo para resolver. La audiencia ha concluído. Salga.

El brillo de los ojos de Iván era amenazador; los dedos que avanzaran pocos segundos antes, contraídos para la caricia, se contraían ahora dispuestos al zarpazo.

Al llegar Débora a su casa se dejó caer —contra su lecho y prorrumpió en sollozos.

VI

—¿Qué tiene usted—preguntó a Débora Miguel, cuando por la noche se reunieron como de costumbre en la fonda.—Está usted lívida; en sus ojos hay seriales de llanto. ¿Ha recibido nuevas desagradables? ¿Por acaso— las cejas de Miguel se fruncieron —tuvo alguien la audacia cobarde de ofenderla?

—Nada tengo, Miguel: fatiga, exceso de trabajo quizás. No se preocupe por mí.

—¿Por quién si no? Sabe usted de sobra que todas mis dichas presentes y futuras se cifran en usted.

—Y en el afecto de usted mi mayor esperanza.

—¿De veras?

—De veras.

—En tal caso, vuelva a mi alma la paz. Hoy más que nunca hubiera sentido ver en usted asomos de disgusto.

—¿Por qué?

—Porque hoy he recibido una gran alegría.

Mi hermano mayor, a quien usted por mis referencias conoce, ha fondeado en nuestro puerto. Su buque no saldrá hasta fin de semana, y mi hermano, sabedor por mí de lo que usted para mí representa, desea saludarla.

—Con verdadero gusto.

—¿Quiere usted que sea mañana?

—Corriente.

—Si usted lo permite, almorzaremos los tres juntos.

—Como ustedes dispongan. Ahora acompáñeme hasta mi casa.

—¿Tan pronto?

—Tengo que estudiar y que pensar mucho, Miguel.

*

Todos los días, desde el siguiente al de la entrevista de Débora con Iván Petrovitch, salía éste al paso de la joven, cuando ella se encaminaba a la Universidad.

—¿Acepta usted mi proposición?—preguntaba a la estudiante el jefe policiaco.

—¡Jamás!—le respondía Débora.

—¡Jamás!—dijo también la mañana del cuarto día.

—¿Resuelto?

—Resuelto.

—Siendo así, acataré su resolución.

E Iván, recogiendo sus labios contra la dentadura, echó calle arriba, despacio, sin volver la cabeza.

VII

Al amanecer del nuevo día se daba al mar, —con su vapor, el marino hermano de Miguel.

Débora, deseosa de festejarle y de hacer más íntimo el adiós, dispuso la cena en su casa, improvisando un comedor en el cuarto de estudio y devolviendo a la cocina sus títulos y sus preeminencias anteriores.

La joven, que oficiaba de cocinera, iba y venia desde la hornilla a la habitación donde conversaban los hermanos.

Dominando sus angustias y sus temores, mostrábase alegre, decidora, replicando con ingenio y soltura a los requiebros que la dirigía el marino y a las bromas que éste daba a Miguel con motivo de su futuro matrimonio.

—Ya está aquí la cena—exclamó Débora, poniendo sobre la mesita, prevenida al objeto, un cazolón lleno hasta los bordes de humeante y aromática sopa.

—Pues a cenar —respondió el marino.

—Y Dios con todos—dijo, sentándose, Miguel.

—Con todos y para su felicidad —añadió Débora, imitando a su novio.

En el aire estaban las cucharas cuando llamaron reciamente a la puerta.

—¿Quién llamará a estas horas—preguntó la doncella disponiéndose a abrir.

Al hacerlo, entraron por el hueco libre Iván Petrovitch y tres agentes de policía.

—¡Usted!...—murmuró Débora.

—Yo. No veo motivo de extrañeza. En ciertas casas no deben sorprender mis visitas.

—¿Qué habla este hombre?—interrogó Miguel, levantándose al par de su hermano.

—Hablo lo que debo y lo que puedo hablar —dijo Petrovitch, enseñando el distintivode su empleo. Nada de rebeliones, que resultarían inútiles. Tú—agregó, encarándose con Débora,—disponte a seguirme, y no olvides recoger tu cédula, porque tienes que presentarla.

—¿Usted tutea a esta señora?

—¡Señora!... ¡Vaya! Enseña a estos caballeros tu cédula. Veremos si después de ojearla siguen llamándote señora.

—¡Qué infamia! ¡Qué infamia!—sollozó roncamente Débora.

—¿Qué quiere usted decir?—interrumpió Miguel, avanzando, amenazador, hacia Iván.

—Ténganme —dijo éste a sus agentes— a esos hombres a raya.,

—Digo —continuó, cuando los agentes obedecieron su orden— que esta mujer se halla inscripta en los registros policiacos como meretriz; que tiene cédula corriente para ejercer su oficio, y que para asuntos que no les interesan a ustedes urge su presencia en la Comisaría, donde voy a llevarla.

—¡Cómo!... — gritó Miguel, retrocediendo con espanto, mientras el marino hacía un gesto doloroso de asombro.—¿Has oído —prosiguió, dirigiéndose a Débora— lo que este hombre acaba de afirmar? ¡Contesta! ¡Di que miente! ¡Que miente!...

La interpelada ocultó el rostro entre sus manos.

—No puede decirlo —repuso desdeñosamente Iván Petrovitch. —Aquí está, puede usted leerla si gusta, y usted lo mismo, caballero. Aquí está la nota de inscripción de esta moza en el registro de la Comisaría. Viene firmada, rubricada por ella. Supongo que conocerán ustedes su letra y su firma.

Iván, que en tanto hablaba había sacado de su cartera un documento, lo puso, desdoblado, ante los ojos de Miguel.

—¡Su firma! ¡Sí; es su firma! —gritó el joven con acento desgarrador. —¡Infame!... ¡Infame! ¡Y yo he respetado, con respeto igual al que sentía por mi madre, a tan miserable mujer!...

—¡No hables así, Miguel!... Te aseguro que las apariencias que me condenan mienten! ¡Por mis padres, por el amor,grande que me inspiras, te juro que soy una mujer honrada!...

—¡Honrada una hembra conocida por meretriz en los registros policiacos!... ¡Yo, imbécil, que creí en tu virginidad, respetando ese cuerpo, que es mercancía para todos!...

—¡No me insultes! ¡Por compasión, no me insultes, Miguel! ¡Duden todos de mí! ¡Tú, no!... ¡Necesito que tú no dudes! ¡Cómo probárselo, Dios mío!...

—¡Llevadla, llevadla!—mandó ferozmente Miguel.—¡Llevadla, y así Dios te condone!

Débora separó sus manos del rostro, y mirando fijamente a Miguel, le dijo con voz, donde temblaban y se confundían el reproche y la resignación:

—¡Haces mal! ¡Haces mal!

—Conducidme donde queráis—agregó, reuniéndose con Iván y con los agentes.— Si él me abandona, Dios me sigue.

—Salgan ustedes antes —ordenó el comisario, dirigiéndose a Miguel y al marino.— Mis agentes les acompañarán, con orden expresa de dejar al uno en su domicilio y al otro en su barco. En ellos permanecerán hasta que vaya a interrogarles. Yo, antes de salir con esta mujer, he de practicar un registro.

—No hace falta —continuó, dirigiéndose a los agentes— que vigiléis a estos caballeros, siempre que ellos empeñen su palabra de honor de aguardarme en el lugar que a cada uno designo.

Los cinco hombres salieron.

Débora, incrustada en un ángulo de la habitación, con los ojos de par en par abiertos, inmóvil, marmórea, parecía un alto relieve.

VIII

—Ya estamos solos— dijo Iván, echando el cerrojo a la puerta.— Ahora, antes de tomar otras resoluciones, vuelvo a mi proposición de hace cuatro días. ¿Aceptas?

—¡Jamás! —respondió Débora, despegándose de la pared y avanzando hacia el polizonte con firme y resuelta actitud.— ¿No le basta a usted con arrebatarme la felicidad y quiere arrebatarme la honra?...

—Déjate de palabrerías. ¿Aceptas?

—¡Jamás dije, y jamás repito!

—Está bien. En tal caso, disponte a venir donde yo te llevo.

—¡Usted!...

—Yo.

—¿Dónde quiere llevarme?

—Donde te reclama tu oficio.

—¿Qué?...

—A casa de la Korablova. No dirás que te hago honor. En su clase es de las mejores.

Allí no han de valerte ni las súplicas ni los ruegos. Tu cédula los hace inútiles.

—¿Es posible que llegue usted a infamia tan horrible?...

—Tu condición oficial me permite llegar a ella sin compromiso y sin remordimiento.

—¡Canalla!

—Sólo tienes un modo de ahorrarte el camino de casa de la Korablova. Piénsalo bien antes de contestar. ¿Aceptas mi proposición de la Comisaría?

El rostro de Débora adquirió una lividez trágica; sintióse el ruido de sus uñas rasgando las palmas de las manos; en sus labios espumeó la sangre.

—Acepto —dijo secamente.— Aquella es mi alcoba —siguió, señalando el cuartito donde blanqueaba su lecho.— Acepto. Disponga usted de mí. Sólo un favor, el último, quiero suplicarle.

—Di cuál.

—Que me dejo entrar sola; que espere a que le llame yo.

—Conformes.

Cayó la cortina y se oyó el ruido de ropas desceñidas nerviosamente; después, el frufrú de las sábanas al plegarse.

—¡Ya!—dijeron adentro.

Soltando tras él la cortina entró Iván en la alcoba, y, acercándose al lecho, resopló, mientras rodeaba con sus brazos el cuerpo de la virgen.

—¡Ves como tenía que ser!...

—Sí. ¡Tenía que ser y es!...

Iván lanzó un sordo quejido y dió en tierra de espaldas. De su garganta brotaba la sangre en surtidor.

—¡No en balde se estudia Anatomía!—silabeó Débora rasgando con los dientes la frase.

IX

—Soy yo: ¡abre, Miguel, abre!

Casi desnuda estaba, arropado el cuerpo en un largo abrigo de pieles.

—¿Tú?... ¿A qué vienes?

—A decirte que acabo de matar a un hombre, a Iván Petrovitch.

—¡Tú!...

—Yo.

—¿Qué has hecho?

—Matar antes que perder la honra. Porque soy honrada, Miguel. Tú dudaste de mi honradez porque la cédula amarilla me proclamaba infame. ¡Dudaste de mi sólo porque leíste en ella! ¡No quiero que dudes! ¡Lee en mí; leo en este cuerpo que te brindo, tan ajeno al trato con varón como ajena al beso de varón estaba mi frente el día que la desfloraron tus labios!

—¡Débora!...

—¡Tenme! Después, cuando no dudes, vengan la prisión y la muerte.

—¡No! Aun hay tiempo. Mi hermano puede salvarnos. ¡Ven!

X

Mar adentro, despidiendo torrente de humo, abriendo el agua con su proa, se aleja de la costa rusa un vapor.

Recostados contra la baranda de popa contemplan Débora y Miguel aquella costa, cada minuto más imprecisa y más lejana. En dirección de ella impulsa a las aguas el viento.

La judía oprime entre sus manos un papel amarillo.

Miguel se lo arrebata y lo lanza con desprecio a las olas.

Éstas, escupiendo contra él los salivazos de su espuma, lo empujan hacia la tierra de los zares...


Publicado el 7 de abril de 2019 por Edu Robsy.
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