Barraquera

José de la Cuadra


Cuento



I

Los días de entre semana, a las doce quedábase el mercado vacío de compradores. La última cocinera rezagada cruzaba ya la puerta de salida, llevando al brazo la cesta de los víveres y balbuciendo maldiciones contra el calor y contra la entrometida perra que la jaló de las patas.

—¡Mejor mi hubieran dejao podrir en la pipa'e mi madre…!

—No blasfemée, vecina, que tienta a Dios.

—¡ Pa lo que a Dios le importa una!

—Récele a San Pancracio.

—Ese, sí; ese es milagroso.

—Y li oye al pobre.

—No, comadre; li oye al rico.

Ña Concepcioncita escuchaba, devota, medrosa. Se santiguaba repetidamente, precavida. Para no pecar. Porque también los oídos pecan.

Ella permanecía en su barraca, esperando la portavianda del almuerzo, que se la traía un longuito "suyo" que mercó en Licto y que se llamaba Melanio Cajamarcas. Esperaba, también, vagamente, a cualquier marchante ocasional —algún montuvio canoero, de esos que se van con la marea, "verbo y gracia"—, que le completara la venta horra de la jornada.

Mientras tanto, soñaba.

Esta hora caliente del mediodía, que le sacaba afuera el sudor hasta encharcarle las ropas, le propiciaba el recuerdo y la ensoñación.

Ña Concepcioncita ni podía explicarse por qué le ocurría aquello, ni le había pasado por la mente el explicárselo; pero, era lo cierto que le ocurría.

Lo más cómodamente que era dable arrellanaba las posaderas en el pequeño banquito que, tras el mostrador y entre los sacos de abarrotes, le servía de asiento; dejaba descansar sobre los muslos rollizos, hinchados de aneurismas, la barriga apostólica; cruzaba contra las mamas anchotas los brazos; cerraba a medias los ojos; y recordaba, y soñaba…

No la importunaban las moscas zumbadoras. Ni las espantaba, siquiera, permitía que revolaran por la barraca, posándose en los artículos expuestos, o correteándole pegajosas sobre su propia piel. Quién sabe si, instintivamente, ña Concepcioncita hallaba por bien que las moscas reclamaran su puesto al sol y tomaran su breve parte del pan de Dios.

Apenas si impedía que le cosquillaran los labios con sus patitas vellosas. Las ahuyentaba, entonces, con un suave resoplar, expeliendo el aire por la boca.

Pero, no se molestaba en abrir los ojos.

No fuera que, por espantar un bichito, espantara un recuerdo… o un ensueño…

Calma, reposada, tranquila, permanecía ahí sentada, sudando…

Y el olor agrio de las cebollas, de las papas, de la manteca enranciada de calor y de las verduras recocidas, lo sentía, sabroso, en las narices…

II

Veíase, maltoncita, con sombrear de senos, en su poblado natal, perdido en un ostiago de los Andes enormes, y cuyo oscuro nombre quichua sonaba —armonioso, triste…—como un acorde de pingullo.

Veíase jugando en torno de la fuente, con los otros chicos de la aldea, en los atardeceres claros, cuando el cielo estaba despejado y azul.

Tenía poca gracia y siempre le tocaban los malos papeles.

Ponían el juego del ángel, el diablo y los colores, que el cura de almas metiera en moda.

Hacía de diablo el Juan Saquicela, un longote fiero, casi un mozo ya; y, de ángel, la Michita Pumba, indiecita alhaja. La "madrina" repartía entre la muchachada los colores.

—Vos serás blanco; la Dolorcitas será verde; la Carmen, amarillo; el Joaquincito, negro. Vos, Conchita, serás morado.

Los peores colores, los predilectos del señor Satanás.

Venía el ángel que, lo propio que el diablo, se había alejado mientras distribuíanse los papeles.

Decía:

—Tun… tun…

Preguntaba la madrina:

—¿Quién es?

—El ángel de su capa de oro.

—¿Qué busca?

—Una color.

—¿Qué color?

—Blanco.

—Aquí hay blanco.

Se armaba un griterío jubiloso, y el ángel se llevaba de la mano al chico que le correspondiera el color blanco.

Venía el diablo.

Decía:

—Tun… tun…

—¿Quién es?

—El diablo con sus mil cachos.

—¿Qué busca?

—Una color.

—¿Qué color?

—Colorado.

—No hay colorado. ¡Pase cantando!

Se armaba otra vez el griterío. Coreaba la muchachada:

—¡Pase cantando!

—¡Pase cantando!

—¡Pase cantando!

Pero, el diablo volvía. Y pedía el color negro, y se llevaba a Joaquincito. Y, luego, el color morado, llevándosele a ella, a esa otra personita, distinta de la de ahora y que se llamaba —entonces…— Conchita.

Variaban los de conducir del ángel y del diablo. Este lo hacía a empellones, poco menos que a golpes, y hablaba con voz cavernosa, atemorizante:

—Alma condenada, perdido te habís por tus grandes culpas, por tus pecados que te han quitado la benevolencia de taita Dios, Por eso "gozarás" de las llamas del infierno. Amén.

Igual que enseñaba Su Paternidad.

El coro repetía:

—¡Amén!

El Juan Saquicela se apoderaba de su papel y lo desempeñaba a maravilla. En ocasiones hasta se excedía.

Cuando las sombras se habían echado ya sobre el poblado y no había luna, a ella, a la Conchita de esa época remota, le daba positivamente miedo dejarse llevar por el diablo.

En los rincones más oscuros, Saquicela la apretaba contra su cuerpo estrechamente y le pellizcaba las nalgas y los senos en albor.

Ella creía que todo eso era parte del juego, y nada decía.

Pero, sentía miedo. Un miedo calladito, calladito y tembloroso.

Provocábale gritar; pero, Saquicela le decía que si gritaba le haría más, y no gritaba.

III

Recordaba…

Una noche —las siete serían— tocóle en el juego el último lugar. Ni el ángel ni el diablo se acordaron de solicitar "su" color, no obstante ser uno de los preferidos, justamente, por el señor Satanás: el negro.

Los muchachos habíanse ido ya a dormir. Solo quedaban la madrina y Juan Saquicela.

Adivinó, por fin, éste el color; y, como de costumbre, se la llevó por los sitios oscuros.

Se levantó la madrina. Se despidió.

—Que haigan buena noche y sueñen con taita Diosito.

Se marchó.

Juan Saquicela dijo:

—A’ura. Conchita, te daré acompañando a tu casa.

—Bueno.

Andaban. En eso salió la luna.

—¡Elé! Bonito, ¿no?

—¡Ahá!

—Vos, Conchita, ¿habís visto el río cuando hay luna?

—No.

—Alhajita se pone.

—Ah…

—¿Vamos?

—Si tardo, mama me hinca en el suelo.

—¡Qué has de tardar! Aquisito no más es.

Bajaron por las laderas del cañón en cuyo fondo se abría cauce el río pedregoso, bravo. Saquicela la empujó hasta un silo orillero, hundido en el ribazo, cavado sin duda por algún desvío de la corriente.

—¡Elé, juntitos!

La abrazó.

—Frío hace, ¿no? ¡Achachay!

Oprimíala más, hasta dificultarle la respiración.

Y, de improviso, fue otra vez Juan Saquicela el diablo de los juegos: pero, un diablo peor, que pegaba de veras cuando ella le oponía resistencia.

—¡Quieta, carajo!

La arrancó el folloncico, descubriendo sus muslos infantiles y su sexo inapto.

Estaba como loco. En la penumbra del silo, se veían sus ojos brotados, brillantes. Y contra la carne dura y aterrorizada de la chica, babeaba la boca, exhalando un vaho caliente.

Ella, todavía, no sabía nada de nada. Sus once años eran de una ignorancia blanca. Pero, se defendía. Se defendía con las uñitas y con los dientes. Y apretaba las piernas.

Gritaba. Ahora sí gritaba. Su vocecilla aguda se estrellaba contra las grandes piedras, precisamente ahí donde el río chocaba sus aguas, y subía a las alturas impávidas, perdida entre el rumor y las espumas…

A la postre, Juan Saquicela venció. Y destrozó la doncellez impúber.

Ella lloraba mas intuía que ya no había nada qué hacer.

Por eso, cuando Saquicela le dijo que no podía volverla a donde la mama y que tendría que seguirlo, musitó, resignada:

—Ahá…

—Posaremos ahí en el anejo, en la choza del Nacho Tumbaco, que está aurita sola no más, porque el Nacho está trabajando de cuadrillero en la liña.

—Ahá…

—A la vueltita no masito queda. ¿Podrás dir a pata?

Ella lo intentó. No consiguió levantarse.

—¡Quiersde he de poder!

Saquicela rió. La tomó en los brazos.

—Te he de dar amarcando. Chazo recio soy… ¡a la Virgen, gracias!

Al pronunciar la invocación, se persignó el longo e hizo una inclinación de cabeza en el aire, como si se encontrara delante de la imagen en la parroquia.

Repitió:

—A la Virgen, ¡gracias!

Y volvió a gesticular supersticioso.

En seguida le dijo a la muchacha que estaba arrepentido y que lo perdonara.

Se manifestó afectuoso con ella. Por todo el camino —dos horas largas— le fue besando la pelambrera y sobajeándole los senos.

Con el follón de bayeta, le contenía la hemorragia…

IV

Seguía el recordar, exaltado de sol…

—Ah, ¡cómo se alborotó el poblado con el rapto!

Supo ella, mucho después, cuando la madre le dio su bendición de nuevo, los comentarios que hicieron los vecinos en las chinganas de la plaza.

—¡Elé, la mosquita muerta! ¡Puta no más había sido!

—Razana es. Hija de la Manuela había de ser…

—¡Ahá!

—Cuatro maridos le he conocido a la longa vieja.

—Y aura mismo la duerme un tal Toalisa que jué soldado.

—¡Ahá!

—Razana no más es la Concha.

—¡Ahá!

Sólo el yuro Piñas le había salido a la defensa.

—¿Y, pus, qué dirá taita curita? El misu dio enseñando esos juegos del diablo… ¡Elé, pus, viendo!

Deveritas salió que el diablo se llevó a la longuita.

Jodido el curita, ¿no? ¡Beta le diera!

—¡Ahá!

V

No había trabajo. Se pasaban los días muertos arando y sembrando la chacra del Nacho Tumbaco. Pero ni así. A la tarde, apenas si comían unas papas cocidas sin sal y bebían una tisana amarga. Ni mote tenían.

Y, en las noches, eran los festines de la carne excitada por el hambre insatisfecha.

Amanecían ojerosos, paliduchos, más flacos que se acostaran.

Ella rezaba. Rezaba sin tregua. En plena labor, cuando comía: a todas horas. Aun antes de dormirse, exhausta de fatiga tras los largos abrazos del hombre.

¡Que les diera una ayuda taita Diosito!

Pero, no. Taita Diosito no les daba una ayuda.

Sería porque vivían amancebados, porque no se habían casado por la Santa Iglesia y porque no le habían, en fin, pagado al cura la platita para la conservación de Su templo.

Por nada más sería.

VI

Supo Juan Saquicela que en las minas de azufre de Tixán necesitaban braceros.

Decidió ir allá con la mujer.

Cumplieron a pie el viaje de seis días, marchando por los cerros sin caminos; trepando a uña las paredes de las quebradas; dejándose rodar, desfallecidos, en los prolongados descensos por las faldas de los montes.

Iban bajo las paramadas, mascando el frío. Se angustiaban de asfixia en las horas de sol, al escalar el lomo de las cimas.

Cuando llegaron a las minas, eran dos guiñapos, dos muñecos a medio desarmar. Ni la lujuria les hablaba ya.

Dormían reposadamente, casi sin sentirse.

Consiguió plaza el hombre. Le proporcionaron un pico y le dieron una placa.

—Cavador.

Le pagaban cinco reales y trabajaba diez horas en los socavones tenebrosos, atado —peor que con cuerdas— a la mirada del peón capataz, que brillaba metálicamente, más que los pencos del azufre nativo en las vetas grandes.

Esto duró mucho tiempo. Tres años quizá.

Eran —marido y mujer— casi felices. Tenían su chocita de lodo y piedras, al socaire de una eminencia de terreno, tapada de los vientos. Además, comían a menudo, porque, con frecuencia, daban trabajo en la mina unos catorce días de cada mes.

Y, lo mejor…

Regresó cierta ocasión, ya anochecido, muerto de cansancio Juan Saquicela.

Miró a la hembra:

—Vos tas empreñada— dijo.

—Ahá.

Acaso se sentiría contento, acaso se sentiría dichoso por su triunfo másculo.

La abrazó con las ansias de otras épocas; y, ahí, junto al fogoncillo, antes de comer y burlando la fatiga, la poseyó… una… dos… tres veces…

VII

Cuando nació la huahua —una cocolita linda era— hubo fiesta mayor. Acudieron los braceros de la mina con sus mujeres; se bebió a galonadas la chicha fuerte, y se bailó una noche y un día hasta el atardecer. Como era reducida la choza y dentro estaba el tendido de la puérpera, la zambra se arregló en un pequeño placer fronterizo.

El domingo siguiente cristianaron a la chica en Alausí. El cura dijo que, para que le fuera más fácil la entrada al cielo, la chica debía llamarse María, como la Santa Madre de Jesús; y, después de percibir con religiosa escrupulosidad sus derechitos, la bautizó en la pila con ese nombre.

Saquicela había querido que se llamase Concepción, como la mama; pero Su Paternidad se mostró intransigente, y no hubo manera de arreglar el asunto.

Los padrinos —un matrimonio vecino— costearon los gastos de la nueva fiesta, y encima le regalaron un sucre de capillo a la ahijadita.

¡Ah, era el buen tiempo…!

Concepción se sentía feliz. Cuando lactaba a la huahua, metiéndole en el hociquito el pezón del seno regordito, de esponjaba de placer.

El marido, desde la puerta, sentado junto al umbral, arreglándose las alpargatas, la veía.

—¡Linda la cocola! ¿no?

—Sí.

Desgraciadamente, la mina se desquitó una vez más de quienes la herían la entraña amarilla con los picos agudos.

Y el desquite de la mina envolvió a Juan Saquicela, cavador.

VIII

Fue una mañana, a cosa de las nueve dadas.

Brotó del campamento un clamoreo deslabazado que se iba extendiendo por las chozas del aledaño.

—¡Se ha hundido la mina! ¡Se ha hundido la mina!

—¡Se ha tapado un socavón!

—¡Hay hombres dentro!

—¡Dios los ampare!

—¡Dios nos ampare!

—¡Y la Virgen los cubra con su manto!

Concepción acudió, a prisa, con la mamoncita a la espalda, en la macana.

La entrada de una galería estrecha, que se profundizaba en la base del cerro, se había derrumbado.

Era imposible penetrarla. Las paredes habían cedido bajo el peso del techo, y era sólo un montón de piedras y tierra lo que antes fuera amplia boca del socavón. El derrumbamiento modificó la estructura de los corredores, y no se acertaba al principio con cuál era, exactamente, el sitio a atacarse con los picos para que a los mineros apresados les llegara aire.

Concepción preguntó:

—¿Quiersde el Saquicela?

Un capataz se le aproximó, compasivo:

—Ahí… — dijo, señalando para la galería derruida—.

El y tres zapadores más.

En los comienzos de la labor de salvamento, Concepción lloraba y se desesperaba. Después cesó en sus lamentaciones. Tenía los ojos secos, fijos en el lugar donde presumía estaba el marido.

Hasta le fastidiaba que las mujeres de los otros cavadores encerrados lloraran.

—Shis…, doña… —repetía—. Le van a entrar las iras al ingeñero. Callesé.

De rato en rato lactaba a la huahua.

Se había sentado en un rincón, con el anaco arremangado para abrigar a la cocola. Y contemplaba.

Se trabajó el día y toda la noche. Vinieron en auxilio gentes de los anejos y una compañía de artilleros del Chimborazo, destacada en Alausí.

Cerca del alba se terminó de abrir una nueva galería que cortaba oblicuamente a la taponada, y se logró entrar en ésta.

De los cuatro hombres, dos habían muerto asfixiados: sus rostros amoratados, con los ojos desesperadamente saltados, eran horripilantes.

Juan Saquicela había muerto aplastado; y era tan un poco de carne sanguinolenta, hediendo, a medio corromper, lo que quedaba de él.

Vivía uno no más, pero se había vuelto loco.

Amarrado, lo mandaron en seguida para Riobamba en un furgón de carga.

Conocióse luego su fin.

En un descuido de los policías que lo custodiaban se zafó de sus ataduras, se arrojó a la vía y se mató…

Ya antes, al pasar el puente de Shucos, había rogado a sus conductores que lo dejaran lanzarse al abismo, que nada le ocurriría; porque él, mientras estuvo en la entraña del socavón, había aprendido a volar.

Este hombre se llamaba Pedro Duchicela, y se decía de él que pertenecía a casta de Shyris.

IX

Concepción lloraba.

La comadre le dijo:

—No se apure, comadre Concepcioncita. En Alausí hay donde trabajar. La recomendaré a mi prima Zoila Vilagómez, y ella le buscará colocación… Y por hombres, no lo haga… Sobran los hombres. Y más para busté, comadrita, que es un buen bocado… Yo misu feota como soy, hey tenido propuestas; y, si no fuera porque le quiero al Diego Jara… ¡viera, comadrita, viera!

Concepción se fue a Alausí con la huahua de pechos. La Zoila Villagómez la recibió afablemente.

—De criandera, ¿le parece?

—Como sea su gusto.

—Hay aquí unas monas guayacas que andan a buscar quién le dé el seno a un huambrito que tienen. A la mama se le ha secado la leche.

—Tísica ha de ser…

—¡Psh! A la plata no se le pega el mal, y de que no la contagéen a una…

—Ahá.

—He oído que un quemado de sangorache con puro de veintiún grados, tomado de mañanita, es lo que hay para librarse.

—Ah…

La familia porteña aceptó a la longa criandera, cuando ésta se presentó a ofrecerse.

—Te pagaremos diez sucres por mes… ¿ves?

Una fortuna… Le darás de mamar a Luisito: un seno a él, otro a tu hijita.

—Bueno, ñiña.

—Nos iremos a Guayaquil el lunes. ¿Estás lista?

—Lo que me ve de encima tengo no más, ñiñita.

—Entonces, ¿nos iremos?

—Bueno, ñiñita.

Ya en Guayaquil la patrona cambió de parecer.

—Concepción, el médico dice que mijo no debe estar a media leche. Dale a tu chica mamadera.

—Bueno, ñiñita.

No le quedaba más que acceder; pero, cuando podía, robaba su propia leche para su propia hijita. Le sabía extraño tener que hacer esto. Después de todo, habían otras cosas en su vida de ahora que le extrañaban más.

Hasta que el fraude le fue imposible…

La vigilaban constantemente. Le palpaban el hincharse de las tetas. Se le metían de noche, en el tendido, bajo el tolde de zaraza, a espiarla…

—¡Cuidado! No lo des el seno a tu chica.

Veía a ésta enflaquecerse día por día: la carita, antes sonrosada y buchona, se le había puesto demacrada y paliducha, con las mejillitas flácidas.

Mientras tanto, el niño Luisito estaba rollizote y lúcido.

—¡Buena leche ha tenido la india!

—Y mantecosa… ¡vieras!

—Estas serranas son así. Para crianderas son lo que hay…

El dueño de casa, al escuchar tales comentarios, sonreía y rezongaba:

—Mi plata me cuesta la vaca.

Por fin se murió la chica.

El médico de la familia, que sería un sabio sin duda, expresó que el deceso obedecería a cualquiera de estas dos causas: paludismo… o cólera infantil. Es difícil diagnosticar post mortem… El sólo la veía, ahí, cadáver… Si lo hubieran llamado antes es seguro que podría ahora decir, con exactitud clínica, qué enfermedad se llevaba a la bebe.

Con todo, el doctor pareció inclinarse por el paludismo. Acaso le tendría más simpatías a este mal amarillo que al otro verdoso. Quizás, también él, a su modo, jugaría a los colores.

Porque al firmar, vacilante, el certificado de defunción, puso así: paludismo…

(Y era, ¡carajo! de hambre que se moría).

A Concepción se le había hecho seco el dolor. Ni una lágrima vertió por la cocola. La miraba, no más, la miraba alumbrada por cuatro velas de sebo, metidita en su ataúd de tabla humilde de figueroa, forrado de ruan. La familia murmuraba:

—¡Qué alma dura la de esta mujer! Ni llora, siquiera.

—Estas serranas son así, hija. Me han contado que les echan ají o agua caliente en los ojos a las criaturas.

—¿Para mandarlas a pedir caridad?

—O para librarse de ellos. Así, ciegos, los reciben en los hospicios.

—¡Qué barbaridad!

—En la costa no pasan esas cosas.

—No.

—Es que acá somos mejores.

—¡Ah, claro…!

Concepción no oía estas murmuraciones.

Sufría en silencio. Cuando más un suspiro. Si no lloraba era, en verdad, porque su dolor se le había hecho seco.

X

Cuando, terminada la lactancia del bebe, dejó el empleo, guardaba, anudados en un pañuelo que escondía entre los senos, unos cincuenta billetes de a sucre. Eran sus ahorros miserables, reunidos a costa de sacrificio y medio, consumado hora tras hora, en secreto.

Se asoció con una paisana e instaló una venta de chicha de jora en la calzada de la Legua.

Era estratégico el sitio. Los pata-alsuelo que volvían de los entierros, se bebían la chicha fresca y dejaban sus moneditas de níquel.

—Sírvame otra botella, vea.

—No; esa no. Esa otra más panzona.

—La de allá.

Ña Concepcioncita —ya la nombraba así el vecindario— destapaba el frasco de largo cuello, y lo entregaba con un cojudo redondito, al marchante.

Se entretenía en prestar atención a las charlas.

—¡Barajo que con la muerte se crece! Grandota la caja de don Venancio, ¿no? Y él que era retaquito en vida.

—Dizque deja dos madres d'hijos, ¿cierto?

—Ahá.

—Todo patucho es mujeriego, dice er dicho.

—¡Y el huecote qué hondo!

—Seis sucres costó la cavada.

—Medía tres metros.

—¡Lo que es uno!

—Deme otra chicha.

—Cuidado te coge.

—¿Quién? ¿El difunto?

—No. La chicha.

—¿Será agarradora?

—¿Y meno?

Ña Concepcioncita escuchaba. Quería enterarse a todo trance de lo que era la vida en la ciudad, en esa ciudad rara y especialísima que es el arrabal. Cuando sus clientes trataban de negocios, ella paraba las orejas como las yeguas asustadizas, en los sitios abiertos. Al rumorear el viento.

—Donde se gana es vendiendo carbón.

—No. Más mejor es tener comensales.

—El negocio que rinde es la pulpería.

—¿Y hacer cajas pa muertos?

—De veras.

—Pero el único es dar plata sobre prenda.

—O prestar pa que le vayan pagando sucre diario.

—En el mercado hacen eso.

—Y el interés se redobla. Sale al cuarenta por ciento.

—¡Barajo que vos sabés de número!

—No sé. Me han dicho.

—Ah…

Adentro, en el fondo del solar, la compañera de ña Concepción, junto a una candelada enorme que tostaba la piel, preparaba la chicha para la venta.

Iba bien el asunto. Se ganaba algún dinerito.

Ña Concepcioncita pudo encargar a un carpintero vecino que le hicera una cruz tamaña, con cuadrada caja de vidrio y letrero dentro, para la tumba de su hija que estaba allá, en lo alto del cerro.

Pero la paisana hubo de irse.

Me ha salido una contrata buena pa dar de comer a los soldados y a la polecía en Baboyo. Te quedarás voz con la chicha.

Se repartieron sin pleito las utilidades. ¿Qué iban a pelear? Eran dos hermanas, dos hermanas en la desgracia común de haber nacido como habían nacido: mujeres y pobres, es decir, carne propicia de los prostíbulos baratos, de cuya entrada se iban alejando gracias al esfuerzo incontenido.

No se prometieron escribir. No sabían eso. Y de haber sabido algo, ya se los habría hecho olvidar el trabajo duro, agobiador. Firmarían, apenas. Las cosas pasan así. Y no hay remedio.

—Mandarás recados en las lanchas cuando haigan conocidos.

—Vos también.

Moquearon. Aullaron despacito. Y se separaron. Ña Concepcioncita perseveró en la faena. Sola ahora, era mayor la ganancia.

Pero la labor era terrible: de la madrugada a la prima noche, sin reposo.

XI

Todo anduvo bien, empero, para ña Concepcioncita, hasta que se echó encima un marido.

La soledad sería. Quizás el grito ronco del instinto. Fue un cholo dauleño, que acudía diariamente a beberse su botella de chicha.

Sentado en una piedra plana, con las manos cruzadas sobre las piernas recogidas, permanecía hora tras hora mirándola.

Cuando pasaba cerca de él la piropeaba:

—¡Serranita linda! ¡Mamacita!

Después hablaba con ella. Le hacía confidencias. Era jornalero en el Muelle Fiscal. Ganaba uno cincuenta diario.

—Y soy íngrimo. En la fonda, como. Hasta me sobra plata.

Poco a poco cobraba ánimos.

—A usté, digo yo, le falta compañero.

—¿Y para qué? ¿para que no me coman los muertos?

Indicaba hacia el cementerio próximo con el brazo extendido y, añadía, convencida:

—¡Ave María purísima! No necesito más dolores de cabeza. El que me da la candela basta.

—Un par de pantaloneh no estorban, y son un respeto.

—¿Sí? ¡Ay qué gracioso!

—Y como soy flaco, ¡pa'l poco lao que ocuparé en su cama! Le pagaré lo mismo que pago en la fonda, por la comida. Sólo er cariño no máh me dará usté, mamacita.

—¡Ay, calle!

La tomó por sorpresa.

Cierta noche golpearon escandalosamente la puerta del cuarto. Ella se despertó, asustada.

—¿Quién es?

Una voz desconocida sonó afuera:

—Abra, señora, que hay incendio cerquita.

Quitó la tranca, desprevenida; y, mientras un hombre corría, otro —el cholo dauleño— se metió a prisa.

—Le tapó la boca con la mano abierta.

—No te asusteh, longuita. Soy yo, tu Ramón.

Estaba el hombre borracho, y el alcohol le aumentaban las fuerzas hercúleas. A tientas la condujo al catre, y la tumbó.

Ella se agitaba, se agitaba. Luchaba con todo su cuerpo.

Pero de pronto evocó una escena tejana y se quedó quietecita…

Quitecita…

XII

Ramón Frías le robó cuanto pudo y le hizo dos hijos: Ramoncito y Herminia.

A ésta no la conoció el padre.

Semanas antes de que la mujer librara, Ramón Frías anunció un viaje a Daule, donde dizque tenía un hermano grave.

Arrambló con lo ahorrado para el parto, y…

Estaba de moda el cuplé de Irene Soler… Los guitarristas de la Legua lo cantaban en son de pasillo…


Ojos que te vieron ir,
¿cuándo te verán volver?


Ña Concepcioncita se consoló con los hijos nuevos, le trajeron un buen olvido de la muertecita…

y de todo…

Se dedicó con más ahínco aún a su negocio, para criarlos, para educarlos.

Lo consiguió. El hijo estudiaba —ahora— leyes en la universidad. En breve plazo le entregarían el cartoncito que, encerrado en marco dorado con bandera ecuatoriana en raso, ostentaría como un blasón. Y puede que blasón también lograra. A lo mejor, cualquier amigo genealogista descubriría por ahí, en los medio quemados archivos paisanos, que, por parte del cholo dauleño que lo engendró, descendía el hombre nada menos que de la casa ducal de Frías.

La hija —armada de un flojo bagaje de inglés, piano, violín, polvos auténticos de Coty y raras esencias de narcisos de todos los colores—, esperaba al macho que la acabara de hacer mujer.

Era el triunfo.

Y el epílogo.

Sin duda que ña Concepcioncita había prosperado. La antigua chingana se convirtió en pulpería; la pulpería en barraca grande del mercado, atiborrada de artículos.

Ña Concepcioncita podía casi considerarse rica.

Pero había pasado más de veinte años. Ella tenía ya cuarenta… y, en el corazón —"que me le ha sufrido tánto, niño"— insuficiencia mitral.

Eso: el epílogo…

XIII

Melanio Cajamarca, el longuito de Licto, comía su tercer guineo cuando ña Concepcioncita abrió los ojos.

—¿Se despertó ya, niña?

—Si no estaba durmiendo…

—Ah… Largo rato estaba yo con la portavianda de la comida. Estará frío el locro.

—No importa.

—Ah… Diga, niña, ¿y a quién daba entonces, cuando tenía cerrados los ojos, esos besotes?

Sospiraba busté, niña, y hacía ¡juh!, como mula cansada. ¡Y decía unas palabrotas más cochinas!

Ña Concepcioncita se revolvió, inquieta.

—¡Callaraste la trompa, longo atrevido!

Permaneció un instante silenciosa, y agregó luego, cambiando de conversación:

—¿A vos, Cajamarca, te gusta el pinol?

—Claro, niña.

—Te voy a dar un poco para que tragues.

—Dios le pague, niña.

—Ve y no andarás a repetir, aura que estés con el doctor y la señorita Hermiña, las pendejadas que has estado hablando.

Cajamarca sonrió y dijo:

—Bueno niña.


Publicado el 25 de abril de 2021 por Edu Robsy.
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