Descargar Kindle «El Gran Galeoto», de José Echegaray

Teatro, drama, melodrama


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Este texto, publicado en 1881, está etiquetado como Teatro, drama, melodrama.


  Teatro, drama, melodrama.
73 págs. / 2 horas, 9 minutos / 627 KB.
22 de agosto de 2026.


Fragmento de El Gran Galeoto

DON JULIÁN.— Y ahora lo estamos los dos; tal maña te has dado, y tal es la fuerza de tu lógica. ¿Y qué título tiene?

ERNESTO.— ¡Título!... Pues ésa es otra... Que no puede tener título.

DON JULIÁN.— ¿Qué?... ¿Qué dices?... ¡Tampoco!...

ERNESTO.— No, señor; a no ser que lo pusiéramos en griego para mayor claridad, como dice don Hermógenes.

DON JULIÁN.— Vamos, Ernesto; tú estabas durmiendo cuando llegué; soñabas desatinos y me cuentas tus sueños.

ERNESTO.— ¿Soñando?... Sí. ¿Desatinos?... Tal vez. Y sueños y desatinos cuento. Usted tiene buen sentido y en todo acierta.

DON JULIÁN.— Es que para acertar en este caso no se necesita gran penetración. Un drama en que el principal personaje no sale; en que casi no hay amores; en que no sucede nada que no suceda todos los días; que empieza al caer el telón en el último acto y que no tiene título, yo no sé cómo puede escribirse, ni cómo puede representarse, ni cómo ha de haber quien lo oiga, ni cómo es drama.

ERNESTO.— ¡Ah!... Pues drama es. Todo consiste en darle forma, y en que yo no sé dársela.

DON JULIÁN.— ¿Quieres seguir mi consejo?

ERNESTO.— ¿Su consejo de usted?... ¿De usted, mi amigo, mi protector, mi segundo padre? ¡Ah!... ¡Don Julián!

DON JULIÁN.— Vamos, vamos, Ernesto, no hagamos aquí un drama sentimental a falta del tuyo que hemos declarado imposible. Te preguntaba si quieres seguir mi consejo.

ERNESTO.— Y yo decía que sí.

DON JULIÁN.— Pues déjate de dramas; acuéstate, descansa, vente a cazar conmigo mañana, mata unas cuantas perdices, con lo cual te excusas de matar un par de personajes de tu obra, y quizá de que el público haga contigo otro tanto, y a fin de cuentas tú me darás las gracias.

ERNESTO.— Eso sí que no. El drama lo escribiré.

DON JULIÁN.— Pero, desdichado, tú lo concebiste en pecado mortal.

ERNESTO.— No sé cómo, pero lo concebí. Lo siento en mi cerebro; en él se agita; pide vida en el mundo exterior, y he de dársela.

DON JULIÁN.— Pero ¿no puedes buscar otro argumento?

ERNESTO.— Pero ¿y esta idea?

DON JULIÁN.— Mándala al diablo.

ERNESTO.— ¡Ah, Don Julián! ¿Usted cree que una idea que se ha aferrado aquí dentro se deja anular y destruir porque así nos plazca? Yo quisiera pensar en otro drama; pero éste, este maldito de la cuestión, no le dejará sitio hasta que no brote al mundo.

DON JULIÁN.— Pues nada... que Dios te dé feliz alumbramiento.

ERNESTO.— Ahí está el problema, como dice Hamlet.

DON JULIÁN.— ¿Y no podrías echarlo a la inclusa literaria de las obras anónimas? (En voz baja y con misterio cómico)

ERNESTO.— ¡Ah, Don Julián! Yo soy hombre de conciencia. Mis hijos, buenos o malos, son legítimos; llevarán mi nombre.

DON JULIÁN.— (Preparándose a salir.) No digo más. Lo que ha de ser está escrito.

ERNESTO.— Eso quisiera yo. No está escrito por desgracia; pero no importa, si yo no lo escribo, otro lo escribirá.

DON JULIÁN.— Pues a la obra; y buena suerte, y que nadie te tome la delantera.

Escena III

ERNESTO, DON JULIÁN, TEODORA.


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