Texto: Costumbres Húngaras, Historia verdadera de un militar retirado con una descripción de un viajito río arriba, en el Támesis
de José María Blanco White


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Costumbres Húngaras

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Fragmento de Costumbres Húngaras

Algún rato había pasado gozando en silencio esta escena, cuando entre los pasajeros descubrí a un conocido que, habiéndome visto casi al mismo tiempo, se dirigía hacia mí. Era éste un militar que, habiendo servido, aunque extranjero, en el ejército inglés con mucho honor y en dilatadas campañas, subió por su mérito a un grado muy alto en él. Los españoles, acostumbrados al uso constante de uniformes y distintivos, extrañarían que un oficial de tan alta graduación pudiese confundirse entre los pasajeros de un barco, sin llamar la atención por algún tiempo. Pero es menester que sepan que las costumbres inglesas no permiten la odiosa afectación de presentarse al público con distintivos de ninguna clase, a no ser para ir a palacio en días de besamanos o cuando los oficiales están de facción. Mi conocido (pues el poco trato que hasta entonces habíamos tenido no nos había aún hecho amigos) se sentó a mi lado, y desde entonces pasamos bastante parte del día en conversación agradable. A la vuelta, apenas pusimos pie en el barco, me dijo que su casa estaba tan cerca de la orilla del Támesis y de Londres que tendría mucho gusto en que desembarcásemos en sus inmediaciones y fuésemos juntos a tomar té en ella. Admití gustoso el convite y, antes de ponerse el sol, me hallé en una casa adornada con gusto pero sin ostentación, asilo en que mi buen general, cargado más de dolencias contraídas en sus campañas que de años, pasaba la tarde de su vida en honrada quietud. Colocámonos en la sala principal, sin tener que pasar por nuevos cumplimientos a la entrada, porque, siendo soltero y sin parientes en Inglaterra, mi huésped vivía solitario. Estaba la sala, que era espaciosa, adornada con varios cuadros y curiosidades, muchas de ellas hechas por manos del general, hombre de habilidad e ingenio. Era dado a la música, y esta circunstancia contribuyó bien pronto a cierta intimidad, pues, siendo yo de los iniciados en este arte encantador, siempre he hallado en todos los verdaderos aficionados una especie de fraternidad masónica. Examiné los cuadros —planos de fortificaciones de que nada entendía—, vi sables e insignias de honor ganadas en el campo de la gloria que me hicieron bullir la sangre en el pecho; mas nada fijó mi atención sino un marco con cristal que encerraba una especie de mapa de relieve en que los objetos resaltaban de bulto, casas, montes y bosques. Admiré la destreza de la ejecución y el agradable efecto de la ilusión producida, pues, con poco esfuerzo de imaginación, se podía uno creer sobre algún alto cerro desde donde descubría a lo lejos y reducido por la distancia el pequeño territorio que el mapa representaba. Era éste un espacio de como una legua a la redonda, con una espaciosa casa de campo en el centro, un pequeño lago bajo el recuesto en que aparecía la casa y varias colinas que ondeaban el terreno en todas direcciones, coronadas algunas de pequeños bosques, y todas ellas con aspecto que indicaba ser aquel sitio un valle de país montañoso.


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17 págs. / 31 minutos.
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Publicado el 6 de mayo de 2019 por Edu Robsy.


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