Eran dos únicos hermanos, huérfanos de un capitán del Ejército que murió al servicio de su patria, regando con su sangre generosa la cálida tierra africana.
Su madre, enamorada perdidamente de su esposo, sobrevivió poco a éste, y quedaron solos los huérfanos: el mayor, Enrique, de once años; la menor, Josefina, de ocho; sin más amparo que el de una de esas bienhechoras asociaciones para huérfanos de militares, ni más familia que algunos lejanos parientes que demostraban escaso interés por los infortunados niños.
La asociación los puso internos en los colegios que sostenía, enclavados en un pueblecito cercano a la villa del o?o y del madroño y unido a ella por una línea de tranvía. Allí, entretenidos con sus estudios y recreaciones, fué deslizándose, placentera y monótona, la vida para los huérfanos, sin más acontecimientos insólitos que algunas raras visitas de su tía Juana, prima segunda de su difunta madre y representante en Madrid de la familia; una señorona de muchos perendengues, que venía siempre muy aparatosamente emperejilada con abundancia de perifollos y fililíes; una jamona "muy solemne", a quien parecía que era preciso hablar en papel sellado. Tía Juana se dignaba ir de tarde en tarde a ver a los colegiales; llegaba siempre con el entrecejo arrugado y el hocico fruncido; les echaba grandes réspices por cualquier leve desafuero que le contasen las monjas que había cometido la pequeña o por la menor travesura infantil del chico, que era despierto y estudioso, pero la piel de Barrabás; permanecía poco tiempo, como a desgana y de compromiso, con los niños, y se marchaba con tan majestuoso aire como había arribado. Era natural que los muchachos no apeteciesen mucho estas visitas de su encumbrada deuda, que de tanta prosopopeya se revestía.
Contaba Enriquito trece años, y cursaba el tercer año del bachillerato, cuando un día, ¡día feliz!, vino a verlos tío Miguel, otro tío segundo, que llegaba para asuntos desde Bilbao, donde residía. Tío Miguel, que era muy simpático y campechano—¡otra cosa que tía Juana, afortunadamente!—, obtuvo permiso para sacar a los huérfanos un día festivo, y así lo hizo, llevándolos a Madrid, comiendo con ellos en un café de la Puerta del Sol y conduciéndolos más tarde al cine, lo cual acabó de colmar de júbilo a los chiquillos. Luego, reintegró la niña a las excelentes monjas, y a tiempo de hacer lo mismo con el rapaz en su colegio, al darle el beso de despedida, depositó en su diestra un disco metálico. ¡Un duro nada menos!, según pronto se cercioró el nene, quien a cada momento se palpaba con disimulo el bolsillo en donde lo había guardado, temeroso de que su pingüe caudal pudiera "evaporarse" por artes infernales. ¡Decididamente tío Miguel era el fénix de los tíos! ¡Lástima que tía Juana no fuese igual! ¡Y otro dolor era que tío Miguel residiese tan lejos y y viniese tan poco por la Corte! La gratitud de los pequeños para el buen tío fué inmensa y perdurable, y con frecuencia añoraban las venturosas horas que pasaron en su compañía. Más que nada agradecían las criaturas el agrado y la dulzura con que los había tratado, sin amargarles el solaz, poniendo cara hosca o endilgándoles alguna reprimenda destemplada. Unicamente les dio paternales y saludables consejos con entonación afable.
Aquel duro donado por el tío fué motivo de hondas preocupaciones y serias perplejidades para Enriquito. ¿Qué hacer con tanto dinero? Desde el balón de foot-ball al magnífico automóvil, pasando por la jaca alazana y por la motocicleta con side-car en que pasear a su hermanita, la fértil imaginación del estudiante discurrió diversos empleos para su fortuna, pero siempre en el instante decisivo de ir a gastar su querido duro, retrocedía temeroso de que la pensada adquisición no fuese la más adecuada a sus futuros planes.
Sumido en estas irresoluciones permanecía aún al mes largo de la visita de tío Miguel, cuando recibió una epístola de tía Juana, quien le decía que los esperaba el jueves por la mañana para que pasasen unas horas con ella, pues era su fiesta onomástica; ya tenía concedido el correspondiente permiso del director del colegio, y considerándolo como a un hombrecito le encomendaba el cuidado de recoger a Josefina de su internado; una vez juntos tomarían el tranvía de las diez de la mañana, y ella enviaría a recogerlos a la parada final de éstos.
El día señalado, y previa la venia de sus superiores, salió Enriquito del colegio muy ufano y contento. Además de su duro, del cual nunca se separaba, llevaba en el bolsillo unas perras que le facilitaron en el colegio para que abonase su billete del tranvía y el de su hermana. Recogió a ésta, que previamente advertida por las reverendas madres encargadas de su educación, lo aguardaba impaciente, y muy grave en su papel de cabeza de familia, ayudó, con protector cuidado, a subir a la tierna Josefina al tranvía.
Iban tan monos y guapos los chicos, él con su uniforme de marinera de jerga azul y ella también con el suyo de los días festivos.
Durante el trayecto cambiaron impresiones los hermanos; ambos se las prometían muy felices: otro "banquete", como el que les dio tío Miguel, y después, con seguridad, cine o teatro. "Bien considerado, no era mala tía Juana; algo adusta de más, pero en el fondo se acordaba de ellos y los quería"—tal se decían entre sí los niños.
Llegados al término del recorrido, vieron que los esperaba el criado de su tía, quien los condujo a casa de ésta. Tía Juana, que era viuda y sin hijos, estaba muy ocupada cuando llegaron los chicos: en importantísima conferencia con su modista, combinaba los últimos detalles de unas toilettes que proyectaba hacerse; no obstante tan delicado asunto, se dignó recibir a los chicos, les dió un frío beso de bienvenida y les sermoneó largo y tendido a propósito de sus últimas notas mensuales. Después de tan tibio recibimiento y de tan exageradas recriminaciones, tía Juana llamó a su doncella y le hizo entrega de los muchachos. La sirvienta los llevó a otra estancia, y no sabiendo qué hacer con los pequeños, les entregó un álbum de fotografías para que se entretuviesen hojeándolo y se marchó a charlotear con la restante servidumbre.
Quedaron solos los chicos, y Enriquito empezó con mucha compostura a pasar las hojas del álbum; pero no tardó en aburrirle tan sedentaria ocupación y mandó enhoramala los retratos. Como con su viveza no podía estar largo tiempo quieto, comenzó a idear y ejecutar diabluras; consistió una de éstas en saltar a pie juntillas el taburete del piano; mas lo hizo con tan poca fortuna, que, tropezando en su asiento, cayó, derribando un veladorcito que sustentaba un jarrón de porcelana y varios bibelots de china, que se hicieron añicos al caer. Al estrépito acudieron tía Juana, toda sulfurada, y la doncella; aquélla increpó y reprendió áspera y duramente a los niños por su travesura, y cuando terminó con ellos se encaró con la fámula, la amonestó por su descuido y la amenazó con despedirla. Tras de esto marchóse olímpicamente tía Juana, y quedaron los chicos mustio? y avergonzados, sin atreverse a mover pie ni mano, bajo la iracunda mirada de la doncella, que no se separó ya del lado de ellos.
Largo rato permanecieron los niños en esta violenta situación, hasta que al cabo volvió tía Juana, aún con ceño adusto, y les dijo que sentía que no le fuera posible comiesen aquel día en su casa; el tener invitados a su mesa a unos amigos de mucha etiqueta lo impedía; en otra ocasión cualquiera vendrían a comer con ella. Era, por lo tanto, necesario que se fuesen sin dilación para que estuvieran en los colegios a las horas de sus respectivas comidas; el criado los iría acompañando hasta que tomasen el tranvía. Con esto los despidió, dándoles con despego un beso a cada uno, entregándoles una peseta para el tranvía y un cartuchito de bombones y caramelos, y no sin hacerles muchas recomendaciones en agrio tono para que fuesen formales y estudiosos.
Salieron los chicos cariacontecidos y cabizbajos, y en el rellano de la escalera esperaron a que se les incorporase el criado. ¡Adiós sus ilusiones! ¡Adiós opípara comida y función teatral o cinematográfica! De súbito, Enriquito tomó una resolución heroica: miró con ira la entreabierta puerta de la vivienda de su tía, cerciorándose de que aun no venía el criado, y arrojando con violencia al suelo el cartucho de golosinas, que rodaron desparramadas por los escalones, causando la desolación de Josefina, cogió a ésta de la mano y empezó a bajar rápido la escalera. Ya en la calle, corrió, arrastrando casi a su hermana, temeroso de que el criado pudiese alcanzarlos. Sólo cuando hubieron transpuesto tres o cuatro calles se consideró seguro y refrenó la marcha.
—¿Dónde vamos, Quique?—interrogó, curiosa, la pequeña.
—A comer al café, como el día que nos convidó tío Miguel. ¡Nos vamos a dar un "banquetazo"!—y le enseñaba su famoso tesoro.
La niña palmoteo de alegría.
Entraron en un café y sentáronse ante una mesa. El niño llamó estruendosamente. Acudió un camarero, que a la pregunta de Enriquito de qué podrían comer, respondió presentándole la lista de raciones con sus precios respectivos. Enriquito, con ella a la vista, hizo habilidosas combinaciones matemáticas, sumas y restas mentales; pero pese a éstas y a sus buenos propósitos, la comida elegida tuvo que ser harto frugal: un plato de sopa y unas chuletas de cordero. ¡En estos empecatados tiempos cinco pesetas dan bien poco de sí!
Terminado su yantar, la chica deseó café. Enriquito, temeroso de rebasar el duro, pues lo consumido, según sus cuentas, debería importar cuatro pesetas y pico, llamó al mozo y le preguntó:
—¿Cuánto es?
—Diez y siete reales—replicó el camarero.
—¿Qué vale un café?
—Cincuenta céntimos.
—Pues traiga uno para ésta—indicó señalando a su hermana; no quedaba para dos.
Inmediato a ellos estaba sentado un anciano, militar retirado, que los miraba con afecto y ternura, primero por su niñez y segundo por haberse dado cuenta de que debían de ser huérfanos de militares al leer el letrero que campaba en la cinta de la gorra de marinero de Enriquito. Sin perder palabra había oído el diálogo anterior y comprendido la razón de la abstención del niño en tomar café. El emérito veterano hizo una seña al camarero cuando se apartó de la mesa de los pequeños, cruzando con él unas misteriosas palabras.
Resultado de esta conferencia fué que el mozo regresó del mostrador con sendos cafés para ambos infantiles comensales.
—Si no pedí más que uno—expuso confuso Enriquito, mirando atónito al camarero, el cual, silencioso y sonriente, le indicó con la mirada al viejo retirado, que también sonreía.
Enrique quedó un momento perplejo; después se levantó y se fué hacia el incógnito convidante, y quitándose la gorra, le dijo con pujos de hidalgo:
—Caballero, no sé si debo aceptar...
—Sí, sí: debes. Es quizá de un compañero de tu padre.
—¡Gracias!—articuló el chico, y aproximándose al anciano con los ojos arrasados en lágrimas, depositó un beso en una de sus curtidas mejillas.
Dos lagrimones asomaron a los ojos de éste, conmovido como nunca llegó a estarlo en los cien combates de la guerra y de la vida que sostuvo, y murmuró:
—¡Reconcho! Pues no me ha hecho llorar este mocoso...
