Esbozos y Rasguños

José María de Pereda


Cuento



Al Sr. D. Manuel Marañón

Queridísimo amigo e inolvidable conterráneo: Perdone usted la franqueza con que le elijo para presentar al bondadoso público, a quien tantas atenciones inmerecidas debo, estos rebuscos de mis cartapacios, obras, las más de ellas, que ni siquiera tienen el atractivo de ser inéditas; pero precisamente para las malas causas es para lo que se necesitan los buenos abogados; y he aquí por qué, en la presente ocasión, le cargo con el peso de esta dedicatoria. Mas no se entienda por ello que reputo el libro por enteramente indigno de andar en letras de molde, porque si tal creyera no le publicara: observación que se me ocurre cada vez que leo al frente de una obra pueriles e insistentes declaraciones del autor, de que la tal obra no vale un pito. Pues si tal cree, ¿para qué la da a luz?; y ya que la da, ¿para qué lo dice? Con franqueza, amigo mío: creo que entre mucho, menos que regular, hay en este libro algo que merece los honores de la imprenta, y por eso no comienzo poniéndole a los pies de los caballos, aunque lamente de todo corazón que no sea, en conjunto, tan excelente como yo quisiera, para que el público le recibiera con palmas y usted me agradeciera el cargo que le encomiendo.

Lo que podrá muy bien ocurrir (y aquí está lo grave del negocio) es que el lector y yo discordemos grandemente en lo relativo a la bondad de lo que yo reputo por no malo.

Él no verá, pongo por caso, donaire, ni color, ni dibujo, ni ingenio en tal Rasguño o en cuál Esbozo, y yo le pondré sobre mi cabeza porque me recuerda tiempos, hombres, cosas, motivos y ocasiones que, al pasar por mi memoria, tócanme en el corazón y remózanme el espíritu. Diráme que nada de esto le sucede a él, y que, por ende, la obra es mala; a lo cual replico que pasan de media docena los lectores que la esperan y han de juzgarla por el mismo lado que usted y yo, porque fueron unos actores y otros testigos presenciales de los sucesos, y hasta de la pintura de ellos, y saben y aprecian el por qué de cada trazo y el motivo de cada línea... y no digamos tan mal de un libro que cuenta con siete lectores, por lo menos, hoy que tantos mueren intonsos, pasto de polillas y ratones.

Hay, además, otra razón que justifica la aparición de este volumen; y es la de habérsele ofrecido al público en dos ocasiones, llevado yo de esta candorosa sinceridad que no me consiente ocultarle el más mínimo propósito que tenga alguna conexión con estas mis literarias aficiones...

De todas maneras, ruégole a usted, mi buen amigo, que si oye lamentarse a alguien del dinero que invirtió en comprar el libro, le excite a volver los ojos al rótulo de la portada: verá entonces cómo no tiene derecho a pedirme más de lo que le doy, o miente el diccionario de la Academia; y hasta le sería a usted fácil demostrarle que me debe gratitud, puesto que, al limpiar los fondos de mis cartapacios, no agregué a los presentes papelejos más de otros tantos que, en su obsequio, condené a perpetua oscuridad.

Conste, pues, que, al salir a luz este libro, pago una deuda contraída con el público, y, que la pago con cosa que, aunque no buena, encaja perfectamente en los términos de la oferta. La recta justicia no obliga a más.

Y si, a pesar de éstas y de las otras razones, aún insiste el huraño lector, tentado del demonio, en dar una silba al libro, ¿qué hemos de hacerle?... En este triste caso, ruéguele usted, amigo mío, en nombre de los dos, que la reserve para un poco más adelante; pues entre manos traigo asunto de mayor empeño, y más digno que esta pequeñez, de encender sus iras o de alcanzar sus alabanzas.

Déme Dios bríos para merecer las últimas; inspírele a él, y no la idea de la silba; guárdele a usted, y reciba estos renglones y la pobre ofrenda que los acompaña, en testimonio de lo mucho que le quiere su amigo y paisano.

José María de Pereda

Santander, enero de 1881.

Las visitas

I

Ponte los guantes, lector; sacude el blanco polvo de la levita que llevabas puesta cuando despachaste el último correo (supongamos que eres hombre de pro); calza las charoladas botas que, de fijo, posees; ponte majo que hoy es día de huelga, no hay negocios en vamos a hacer visitas.

Este modo de pasar el tiempo no será muy productivo que digamos; no rendirá partidas para el debe de un libro de caja; pero es preciso hacer un pequeño sacrificio, lo menos una vez a la semana, en pro del hombre-especie de parte del hombre individuo; es decir, dejar de ser comerciante para ser una vez sociable.

Y para ser sociable, es de todo punto necesario atender a las exigencias del gran señor que se llama Buen-tono. Ser vecino honrado, independiente y hasta elector, son cualidades que puede tener un mozo de cuerda que haya sacado un premio gordo a la lotería.

Para vivir dignamente en medio de esta marejada social, es indispensable tener muchas «relaciones», hacer muchas visitas, aunque entre todas ellas no se tenga un amigo.

Porque amistad es hoy una palabra vana: es un papel sin valor, que nadie toma, aunque le encuentre en medio de la calle.

La amistad, tal como la comprenden los hombres de buena fe, es una señora que, si bien produce algunas satisfacciones, en cambio acarrea muy serios compromisos, y no es esto lo que nos conviene. Hállese un afecto, llámese como quiera, que aparentando las primeras evite los segundos, y entonces estaremos montados a la dernière. En esta época de grandes reformas todo lo viejo debe desaparecer como innecesario, si no quiere pintarse al uso moderno.

Dar los días a la señora de A.; despedirse de la condesa de B.; apretar la mano al barón de C.; refrescar con el capitalista D.; hablar en calles, plazas y cafés de la última reunión de las de Tal, o del de las de Cual; decir «a los pies de usted» a cuantas hembras crucen por delante de uno, y no conocer a fondo a nadie, es lo que se llama vivir a la alta escuela moderna; ser un fuerte apoyo de la flamante sociedad.

¡No se concibe cómo se arreglaban las gentes cuando no se conocían las tarjetas, ni se pagaban los afectos con papel-visita!

Por eso tenemos el derecho de reírnos de su crasa ignorancia.

Pero no te rías, lector, en este momento, porque vamos a entrar de lleno en el asunto, y el asunto es tan serio, que la menor sonrisa le profana.

Descúbrete, pues, y chitito.

La visita de rigor es un vínculo sui géneris que une a dos familias entre sí. De estas dos familias no puede decirse que son amigas, ni tampoco simplemente conocidas: son bastante menos que lo uno y un poco más que lo otro; es decir, están autorizadas recíprocamente para no saludarse en la calle, para hacerse todo el daño que puedan; pero no deben de prescindir entre sí del ofrecimiento de la nueva habitación, ni de la despedida al emprender un viaje, ni de la visita al regreso, ni del regalo de los dulces después de una boda o de un bautizo.

Esta definición parecerá un poco ambigua a primera vista; pero si se reflexiona un poco sobre ella, se comprenderá menos.

Y lo peor es que no se puede dar otra más clara, porque lo definido es incomprensible.

Vaya un ejemplo, en su defecto.

Doña Epifanía Mijo de Soconusco, y doña Severa Cueto de Guzmán, son visita.

Ricas hasta la saciedad y envidiadas de cuantas se quedaron unos grados más abajo en la rueda de la voluble diosa, son la esencia de buen tono provinciano, que es la equivalencia o copia de la etiqueta cortesana, si bien, como todas las copias, bastante amanerada, o, como diría un pintor, desentonada. Mas la entonación de cuya falta adolece el cuadro, está perfectamente compensada con la riqueza del marco que le rodea; lo cual, en los tiempos que alcanzamos, vale algo más que los rancios pergaminos de un marqués tronado.

Y no se crea por esto que doña Epifanía despreciaría una ejecutoria si la hubiera a sus alcances. Dios y ella saben lo que ha trabajado para encontrar, entre las facturas de su marido don Frutos, algún viejo manuscrito que la autorizara para pintar en sus carruajes algún garabato heráldico; ya que no león rampante en campo de gules, siquiera una mala barra de bastardía entre un famélico raposo y una caldera vieja en campo verde; pero siempre tan nobilísimos deseos han tenido un éxito desdichado. Los únicos manuscritos que parecieron de algún valor, eran efectos a cobrar; las barras eran más de las precisas, pero de hierro dulce y ya estaban vendidas; la caldera se halló en la cocina, pero era la de fregar; por lo que hace al raposo, le dijeron que, aunque abundaban en el país, eran muy astutos y difíciles de atrapar.

A pesar de tan funestos desengaños, no vayan ustedes a creer que doña Epifanía desistió de su proyecto. Persuadida, por lo que había oído alguna vez, de que la heráldica es una farsa, y que cada cual se la aplica según le parece, concibió un proyecto magnífico si se le hubieran dejado llevar a cabo. Ideó cruzar en una gran lámina de oro, la barra, colgando de ella la caldera; en el cuartel que quedaba vacío, retratar el gato, ya que el raposo no se prestaba a ello, y para orla, a manera de toisón, encajar un rosario de peluconas de don Félix Utroque. Todo esto cubierto por detrás con un pañolón de Manila, en defecto de un manto santiagués, debía hacer un efecto sorprendente, y sobre todo, un escudo que si aristocráticamente valía poco, en cambio, en riqueza intrínseca, mal año para todos los más empingorotados de la historia. Tal fue el proyecto de doña Epifanía; mas a don Frutos, que, aparte de ser hombre de gran peso, es bastante aprensivo con sus puntas de visionario, se le antojó que aquel grupo de figuras era una batería de cocina; que el gato mayaba; que la caldera sonaba contra la barra, y que bajo los pliegues del pañuelo asomaba la punta de un estropajo, lo cual era hablar muy recio en heráldica y exponer a grave riesgo su posición entonada.

Dos Frutos negó su consentimiento, por primera vez en su vida, a un capricho de doña Epifanía. Por eso no gasta librea su servidumbre.

Más afortunada doña Severa por haber dado su mano a un Guzmán, le ha sido muy fácil llenar su antesala y sus carruajes de coronas y blasones, sin más trabajo que encargar a un pintor unas cuantas copias de las armas del defensor de Tarifa, armas que, dicho sea de paso, apenas fueron expuestas a la pública consideración, produjeron terribles disgustos al infeliz que las consideraba como su mejor obra. ¡Pobre Apeles, y cómo le pusieron las visitas de doña Severa, y hasta gentes que nada tenían que ver con ella! ¡En mal hora para su fama emprendiera aquella obra! Nadie quiere reconocer en los cuarteles del escudo el pensamiento de la de Guzmán. Quien toma la torre por un barril de aceitunas; quien por un balde de taberna; a unos recuerda el tajo de un herrador; a otros el yunque de un herrero; a éste un cuévano pasiego; al otro la cubeta de un zapatero; y en su afán etimológico, no falta quien le compare con el tamboril del Reganche. El puñal del héroe, que aparece en el espacio, también varía de nombre a medida que le van observando. Ya es una lesna, ya una navaja de afeitar, el flemen de un albéitar... en lontananza, es decir, allá a lo lejos, como existen en la mente los recuerdos de lo ya pasado.

Entre tantas divergencias, doña Epifanía endereza su opinión hacia otro lado. Sostiene, siempre que viene a pelo y aunque no venga, que las alhajas y los blasones valen tanto como el que los lleva; lo cual en el asunto de que se trata podrá ser un poco exagerado, pero en tesis general es la mayor verdad que ha salido de los labios de la señora de don Frutos. El fragmento de un vaso sobre la pechera de un rico negociante, pone en grave riesgo la reputación de un diamantista, al paso que el mismo Soberano lanzando sus rayos de luz bajo las solapas del humilde gabán de un hortera, parece un cristal mezquino; la espada de Alejandro en la diestra de un cocinero, no vale más que un asador. Todo lo cual, traducido libremente, significa que el hábito no hace al monje.

Pero sea de esto lo que fuere, es indudable que la blasonada señora figura en el gran mundo (no se olvide que estamos en una provincia), y es individua de cuantas asociaciones filantrópicas se crean; circunstancia que, por sí sola, constituye el crisol en que se prueba hoy el verdadero valor social de las gentes principales.

Al grano, lector.

La señora de don Frutos ha dado la última mano a su prendido; y enterada, por su libro de memorias, de las visitas con quienes está en descubierto (técnicas), se ha decidido a cumplir (id.) primero con doña Epifanía, o expresándonos a mayor altura, con la de Guzmán.

Provista la visitante de todo lo necesario para el caso (sombrilla, abanico y tarjetero), sale a la calle a pie, no por falta de carruaje, sino porque la distancia no le exige; y sin alterar por nada ni por nadie su grave marcha, llega a pisar el lujosísimo estrado de su visita, que aparece, a poco rato, con la sonrisa en los labios.

Oprímense ligeramente las manos (la etiqueta no permite más); y, después de las preguntas de ordenanza, añade doña Epifanía:

—¿Y ese caballero?

(Con permiso del dómine de mi lugar, ese caballero es Guzmán).

—Bien, gracias —dice su costilla—: está en el escritorio y siente mucho no poder saludar a usted. ¿Y Soconusco?

Pues está bien, gracias: ocupado, corno siempre, en sus negocios.

Aquí se constipa doña Epifanía, y su abanico revuelve un huracán. Hay que advertir que esta señora trata, siempre que puede, de mencionar a su marido con el nombre de pila, y por lo mismo sus visitas se empeñan en usar el apellido.

Como de ordinario le sucede, esta vez le amargó el Soconusco, y quedó la conversación interrumpida un breve rato, hasta que doña Severa, algo más diplomática y traviesa, volvió a anudarla.

—¿Conque usted, según eso, no se ha movido de su casa este verano? —dijo la de Guzmán, después de haber tocado el capítulo de los viajes.

—¡Como pienso ir muy pronto a París por dos o tres meses, o por todo el ivierno, si me acomoda!... —contestó la de don Frutos, poniendo un gesto que quería decir: «chúpate esa».

—¡Ay, dichosa de usted que sale de este destierro! Yo también había pensado en ese viaje; mas con el trastorno de los baños primero, y ahora con la indisposición de la niña, temo no poder hacerle hasta la primavera.

—Pero lo de Mariquita no es cosa de importancia.

—¡Jesús!, ya se ve que no; pero, con todo, ¿cómo había de salir yo de casa dejándola tan delicada?... ¡La pobre!... ¡Quince días con dolor de muelas! ¡Bien tranquila estaría yo!...

—Eso se le pasará pronto —insistió doña Epifanía, que a todo trance quería obligarla a confesar la verdadera causa que le impedía el viaje.

—También yo lo creo así, pero la convalecencia.

—Cuestión de dos días, hija...

—No te hace, siempre quedará algo delicada.., y ¡qué sé yo! —añadió ya picada—, la inquietud... y... porque el amor de madre...

—(¡A quién se lo cuenta) —díjose la otra señora; y en voz alta:

—Tiene usted razón; para no ir con toda libertad, más vale quedarse en casa.

Doña Severa no contestó. Esta vez venció doña Epifanía, que enseguida mudó de conversación.

—¿Y cómo han estado los baños?

Pues como siempre: mucho barullo y nada en limpio. Aquello se va poniendo incapaz... Yo, gracias a que estaban allí la marquesa A, la generala B y la condesa Z, con quienes pasaba el rato, que si no, me hubiera vuelto en cuanto llegué. ¡Qué bromas! ¡Qué bailes! Aquella gente parece que no tiene prencipios.

—Por supuesto que no los tiene, y por aquí sucede lo mismo; hay una mescolanza que nadie la entiende.

—Pero por Dios, señora, que sepan distinguir de colores tan siquiera.

—A buena parte va usted.

—¡Si yo estoy atontada con lo que veo! Esa gente de todo saca partido; lo mismo de una boda que de un intierro.

—Así anda ello —dice la de don Frutos con cierto retintín—. Por algo menos se ha visto muchas veces intervenir a los de policía.

—¡Ya se desengañarán alguna vez! —exclama entonces en tono profético la de Guzmán.

—Sí; pero entretanto, como dicen ellas, «gozamos y vivimos».

—Y luego extrañarán que... Más vale callar.

—Dice usted bien: hay cosas que no valen la pena de que una trate de ellas.

La conversación toma otro giro nuevo; pero le toma como la tijera de un sastre, sobre el mismo paño.

Cuando la visitante cree que ha pasado el tiempo preciso para la visita (la de rigor le tiene rigorosamente marcado), cambia el abanico a la mano izquierda, pónese de pie, tiende la diestra a la visitada, asegúranse por la milésima vez sus profundas simpatías, dánse el último adiós en la escalera, y poco después está doña Epifanía en la calle, haciendo rumbo a otra visita, con quien se halla también en descubierto.

No trataremos de seguirla, porque las visitas de rigor todas son lo mismo, con ligerísimas variantes.

Despidámonos, pues, de ella con toda la galante gravedad que el caso exige, y vamos a hacer otra de distinto carácter.

II

Si te estorban los guantes, amigo lector, puedes quitártelos; si el charol te oprime los pies, puedes sustituirle con anchas botas de becerro; si las tirillas te sofocan, aflójate sin reparo la corbata; si el négligé, en fin, te gusta más que el acicalamiento, adóptale enhorabuena, que la visita que vamos a hacer es de confianza y admite la comodidad en todas sus formas, como no le falte el asco.

Todas las horas del día y de la noche, hasta las diez, son hábiles para esta ceremonia, excepto la de la una de la tarde, que es la de comer, y la en que las señoritas de la casa se están vistiendo. En la primera suele transigirse algunas veces en obsequio a la franqueza; pero en la segunda no se abre la puerta, ni a cañonazos, especialmente a los que gastamos pelos debajo de la nariz. El tocador de una dama ha sido, es y será siempre una fortaleza inaccesible (no por ello inexpugnable); porque las mujeres, desde que la primera satisfizo aquel antojo que tan caro nos costó, han tenido, tienen y tendrán un misterio bajo cada pliegue, misterios que sólo conocen ellas y los que, por dejarse arrastrar del demonio de la curiosidad, no reparan en condiciones.

Por estas y otras razones de no menor calibre, doña Narcisa y su linda polluela, la segunda de sus tres hijas, han ido al anochecer a casa de doña Circuncisión, madre de dos pimpollos que son el encanto de los paseos y la ilusión de su casa.

Dos meses hace que las visitantes y las visitadas no se han visto juntas; pero no por eso carece de oportunidad la visita, porque sobre ser ésta de confianza, las tres niñas han sido compañeras de enseñanza, y las dos mamás cuentan una amistad de muchos años. ¿Qué importa, con estas circunstancias solas, un olvido de dos meses?

La cara de doña Narcisa está radiante de elocuencia; su paso es decidido, su respiración visiblemente anhelosa. Su hija la sigue con dificultad y con menos risueño semblante, aunque no por eso te lleva triste. Llegan a la puerta de doña Circuncisión, llama con los nudillos de la mano doña Narcisa, abre una doncella, introduce a las visitantes en un gabinete, salen las visitadas, y lo que allí pasa es un verdadero motín, aunque sin la gravedad trágica de los que se usan en calles y plazuelas en estos días de confraternidad y bienandanza: refiérome al estrépito y al movimiento.—¡Carolina! —¡Doña Circuncisión! —¡Elisa! —¡Soledad! —¡Doña Narcisa!... —¡Pícara! —¡Ingratas!... Voces en todos los tonos, chillidos, exclamaciones, estallido de besos, crujido de muebles, ruido de seda... Todo ello junto hace temblar la casa por algunos instantes. Al fin se calma la tormenta. Las mamás se sientan en el sofá, y las tres polluelas en las sillas inmediatas, pero agrupadas, compactas, como las flores de un ramillete.

—¡Dos meses sin venir a vernos!

—Hijas, otros tantos habéis pasado vosotras sin poner los pies en mi casa.

—¡Anda, pícara!

—¡Andad, ingratas!

—¡Y al cabo de tanto tiempo vienes tú sola! ¿Por qué no te acompañó Mercedes?

Carolina contesta con una sonrisa particular, y mira de reojo a su mamá.

Doña Narcisa no lo ve, porque está hablando con su amiga, a quien dice en el mismo momento:

—¡Qué ganas traía de llegar!... Por supuesto, por ver a ustedes, en primer lugar, y después por descansar un rato... Como que ya había pensado dejar esta visita para mañana.

—Muchas gracias por la atención.

—Ya se ve que sí... Precisamente porque no me gusta venir a esta casa de cumplido. ¡Y como hoy tengo el tiempo tan escaso!... Hija, gracias a que estas cosas suceden muy pocas veces en la vida, que si no... ¡Las escaleras que yo he subido hoy!

—¿Tantas visitas han hecho ustedes?

—Figuréselo usted, doña Circuncisión: desde mi casa hasta aquí, que es una regular distancia, he visitado a todas mis relaciones... y ya sabe usted que son algunas.

—¡Ave María Purísima! Comprendo que esté usted rendida... ¿Pero qué idea le ha dado a usted hoy de hacer tanta visita?

—Va usted a saberlo, que a eso he venido... y por lo mismo dije antes que estas cosas suceden pocas veces en la vida.

—¡Hola! —exclama doña Circuncisión, haciéndose toda oídos.

—A ver, a ver —dicen sus hijas con una sonrisilla maliciosa, acercándose más a doña Narcisa.

Carolina abre el abanico, le mira por ambos lados y se hace la distraída.

Doña Narcisa, después que es dueña de todo el auditorio, le dirige, sonriendo, estas palabras:

—Tengo que dar a ustedes una noticia que, me parece, les ha de ser agradable.

—Si lo es para ustedes, desde luego —contesta el auditorio.

—Sí, por cierto... Pues la noticia es... que se casa mi hija Mercedes.

—¡Que sea enhorabuena mil veces! —grita a doña Narcisa su amiga doña Circuncisión, estrujándole la mano y mirando con cierta languidez a sus dos hijas.

Éstas, al mismo tiempo, abrazan a Carolina colmándola de plácemes y asediándola a preguntas.

—¡Pero qué callado se lo tenían ustedes! —dice doña Circuncisión.

—No hay tal cosa —replica doña Narcisa.

—Crean ustedes que hasta hace tres días no se ha espontaneado ese señor.

—¿Y quién es él?... si se puede saber, se entiende.

—Claro está que sí... Pues un tal don Simeón Carúpano, sujeto muy recomendable, aunque poco conocido aquí.

—Efectivamente; yo no recuerdo... ¿Le conocéis vosotras, chicas?

Las dos polluelas, después de reflexionar un rato, dicen que no; pero la mayor de ellas, arrepintiéndose enseguida, exclama:

—Espere usted; creo que le conozco. ¿Es un señor... de alguna edad?

—Ese mismo —contesta Carolina—; cetrino, bajito... no conoceréis otra cosa.

—¡Eh, mujer! —repone su mamá con disgusto—; no es para tanto. Es verdad que no es alto, pero tampoco choca por lo bajo; y si no fuera tan cargado de hombros, sería hasta esbelto. El color, es verdad que no es de rosa, ni muy sano; pero sería preciso un cutis de cera para que no perdiese muchísimo al lado de un pelo tan blanco como el suyo. La edad no es la de un joven; pero no es tan avanzada como cualquiera creería al oír a esta chiquilla: cincuenta años... poco más.

—¡Bah!... ¿eso qué vale? —contesta doña Circuncisión, como si hablara con la mayor sinceridad.

—Es que las mujeres de ahora no quieren más que donceles; como si la vida de un matrimonio estuviese reducida al día de la boda. Lo que yo le dije a Mercedes: «mira que en el día hay muchas necesidades, y el amor de un hombre hermoso no puede satisfacerlas todas; y cuando hay privaciones, hasta el amor se entibia. Por el contrario, cuando hay recursos, todos los obstáculos se allanan; y el hombre que los tiene, si además es honrado y caballero, acaba por hacerse amar, aunque no sea un Adonis. Ahora haz tu gusto». Y como dio la casualidad de que don Simeón es tan rico como hombre de bien y Mercedes no es tonta, no ha habido más dificultades para el asunto que las que usted acaba de oír.

—Ni era de creer otra cosa. ¡Ave María!

—Adivine usted, doña Circuncisión, lo que se dirá por ahí: lo menos que su padre, porque el pretendiente es rico, la ha obligado, «la ha sacrificado», que es la frase de moda entre la gente sensible.

—¡Cómo se va a creer eso, doña Narcisa! No sea usted aprensiva.

—¡Ay, doña Circuncisión!, yo conozco bien el mundo y sé cómo juzga de las cosas.

—Sí, pero el mundo les conoce bien a ustedes, y no puede, en justicia, atribuirles ciertas miras... Yo, por mi parte, encuentro muy en su lugar la boda, pues que es del gusto de toda la familia y especialmente de la novia; y la vuelvo a felicitar a usted con todo mi corazón.

—Y yo se lo agradezco a usted con el mío, porque sé lo mucho que ustedes nos aprecian.

—Ustedes se merecen eso y mucho más.

—Usted nos honra demasiado, doña Circuncisión.

—Les hago a ustedes justicia, doña Narcisa.

—Gracias, amiga mía.

A la vez que las dos mamás en este diálogo, se han ido enredando en otro muy animado las tres polluelas, y separando poco a poco del sofá hasta formar grupo aparte.

—¿Sabes, Carolina, hablándote con franqueza, que yo no esperaba esta noticia? —dice muy bajito la mayor de las dos hermanas.

—Ni yo tampoco —añade la pequeña.

Carolina mira hacia su mamá, y viéndola engolfada en conversación con la otra señora se vuelve hacia sus amigas, y haciendo un graciosísimo gesto en el que se revela su disgusto, les dice lacónicamente:

—Ni yo.

—Yo esperaba otra cosa.

—Y yo.

—Y yo también.

—César es un chico muy guapo, muy fino y de talento, según dicen. No tiene una gran fortuna, pero está bien acomodado, quería mucho a Mercedes... y Mercedes a él, si no me engañó cuando me lo dijo.

—No te engañó.

—Pues, hija, no comprendo lo que está pasando.

—Ni yo.

—Ni yo.

—Pues yo sí lo comprendo, vamos, ¿a qué te he de engañar?

Apostaría una oreja a que a César se le despidió en cuanto se presentó ese hombre.

—Algo ha habido de eso.

—¿Lo ves?

—¡Eh!, ¿por qué no se ha de decir la verdad entre amigas de confianza como nosotras? ¿Queréis saber lo que hubo?

—Sí.

—Sí.

—Pues bien: César era muy bien recibido en casa, como sabéis; Mercedes le quería... y toda la familia le quería también. En esto, viene recomendado a papá ese hombre, da en visitarnos a todas horas... y yo no sé lo que pasaría en el escritorio y con mamá; pero es lo cierto que a ellos todo se les volvía hablar de los hombres ricos, y de lo buenos que eran para las jóvenes; decir que «oro es lo que oro vale», ponderar a don Simeón y marear a Mercedes con sus gracias. A todo esto, no se le ponía muy buena cara a César; y tan cierto es, que él lo conoció, tuvo una pelotera con Mercedes y faltó algunos días de casa. Diose Mercedes por ofendida, riñó algo con él, y como al mismo tiempo mamá no se cansaba en obsequiarle, creyó el infeliz que mi hermana no le quería ya... y se largó para no volver. Entonces apretó de firme el otro, mamá le ayudó más que nunca, y Mercedes, por pique, dijo que sí. Le pesó al principio; pero dice que ha encontrado luego tan fino y tan complaciente a don Simeón, que se casa con él muy a gusto. Ahí tenéis todo lo que ha pasado.

—Ya me sospechaba yo algo de eso... Pero, hija, francamente, aunque me lo jures, no creo que Mercedes llegue a querer a ese vejestorio.

—Ella lo asegura.

—Ella dirá lo que quiera... Y puede que tenga razón después de todo; que, según yo voy viendo, las mujeres, cuando se trata de mejorar de fortuna, nos dejamos convencer enseguida...

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Pero doña Narcisa ha concluido su párrafo con su amiga, y quiere marcharse.

—Pon los huesos de punta, Carolina; que tu papá nos estará esperando.

—¡Tan pronto! —exclaman las tres niñas.

—Para vosotras, cuando estáis reunidas, nunca alcanza el tiempo. Otra vez hablaréis más despacio... Vámonos, hija.

Nuevo estrépito en la casa, nueva confusión.

—Conque repito la enhorabuena, y désela usted de mi parte a Mercedes.

—Y de la mía.

—Y de la mía... ¡Que no se te olvide, Carolina!

—Gracias.

—Gracias.

—Ya iremos un día de éstos a verla.

—Cuando ustedes gusten. (Muchos besos.)

—Adiós, doña Circuncisión. —Adiós, doña Narcisa. —Adiós, niñas. —No me olvidéis, ingratas. —Ven a vernos a menudo. (Siguen los besos.) —¡Hija, qué gruesa te vas poniendo, Carolina! —Es muy precoz esta chica; tiene más pantorrilla que yo. —Lo dicho, y memorias. —¡Agur!... —¡Adiós!... —¡Adiós!...

Los últimos ósculos resuenan en la escalera.

Dejemos en ella a nuestras conocidas, y vámonos a otra parte.

III

—¿Está la señora?

—Creo que sí.

—Pero ¿está visible?

—Debe estar acabando de vestirse.

—Pásela usted recado.

—Tenga usted la bondad de pasar a la sala, caballero.

El que pasa al estrado, lector, es Alfredito, pollo incipiente con aspiraciones a hombre formal; Alfredito, con el pelo escarolado, pantalón con crecederas, gabán con más vuelos que una golondrina, sombrero abarquillado, guantes de color de calamina, botas de flamante charol y bastón de sándalo.

Hétele contemplándose ante un espejo, en tanteos de una seductora sonrisa y de una reverencia de verdadero gentleman, para presentarse ante el objeto de su visita, o examinando uno a uno los cuadros de la sala, después que se ha convencido de su beldad y desenvoltura. No te extrañes si ves que en medio de la delicadeza con que se atusa el cabello y arregla el pantalón sobre la bota, deja escapar un suspiro de angustia y se tira con agitación de los cuellos de la camisa: es que pisa por primera vez aquel terreno, y recuerda entonces que quizá no esté para ello debidamente autorizado.

Ocho días hace que en un tren de placer se halló colocado entre una mamá... como todas, y una hija, rubia como un doblón, rolliza como una muñeca, fresca y lozana como una rosa.

Desde el muelle de Maliaño hasta Renedo, hay más que suficiente distancia para que un pollo endose un centenar de fascinadoras miradas, para que reciba otras tantas incendiarias, y para que crea que ha hecho efecto.

Por otra parte, la flamante raza femenil no escrupuliza mucho en materia de aceptaciones; en vistiendo a la europea, todo es papel corriente.

Esta circunstancia justifica las ilusiones de Alfredito, que, tan pronto como llegó a la estación, ofreció sus servicios a las dos señoras, porque los tres llevaban igual destino; y como el día era de campo, los servicios fueron aceptados mientras pasaban las horas hasta el retorno del tren. Dudar que Alfredo echó los bofes para hacerse necesario y cumplido caballero a los ojos de las damas, sería lo mismo que decir que éstas hallaron el placer que habían soñado; que no bostezaron trescientas veces, sentadas en el viejo tronco de una cajiga, mientras dirigían la vista hacia el Oeste en busca de una columna de humo, mensajera de una locomotora, y lo mismo que negar que al día siguiente, aun contra la experiencia y la verdad de los hechos, sostenían las mismas señoras que se habían divertido.

La hora del retorno llegó, y nuestro visitante se colocó en un coche de primera con sus acompañadas.

Ya sabía que ella se llamaba Luisita, y su mamá doña Tadea, y que eran hija y esposa de un gran contribuyente, circunstancia que no dejó de animar bastante al galán para sus futuros propósitos.

Cuando se despidieron en el Muelle, Alfredito se prometió a sí mismo que aquello no había de quedar así; y aunque no le ofrecieron la casa, no dudó que en ella sería bien recibido.

Aquella noche soñó con Luisita, con el párroco y con la luna de miel.

Desde el día siguiente se dedicó a recorrer bailes, reuniones, teatros y paseos con el objeto de encontrarse con su conquista, ponerse a su lado y echarla un discurso sentimental que llevaba estudiado. Pero todo fue en vano: ella no pareció por ninguna parte.

Un día le dijo su papá que en cuanto se lo permitieran los negocios de la casa, iba a hacer un viaje... lo menos hasta Torrelavega, y que él, Alfredito, le acompañaría.

Para el que nunca pasó de Cajo o de Renedo, un viaje hasta Torrelavega es un acontecimiento vital.

Alfredito, pues, se echó a la calle para contárselo a sus amigos y consultarles sobre la forma de un traje y acerca de otros preparativos indispensables.

Como además de pollo era enamorado, pensó que el viaje le prestaba cierta aureola de interés. En su consecuencia, trató de hacer sus visitas de despedida, y consultó si debería ir a casa de Luisita, ¡único remedio que le quedaba a su abatida esperanza!

—¡Vete, y sobre mí los resultados! —le dijo otro pollo que no tenía por dónde cogerse, en fuerza de ser flaco y encanijado.

—¡Oh magnífico amigo! —exclamó entusiasmado Alfredo, como se entusiasman los chiquillos siempre que encuentran un apoyo a sus antojos—; ¡tú me reconcilias con la sociedad que ya me hastía sin ella!... ¡Corro ahora mismo a verla!...

Poco después salía de su casa con lo más selecto de sus galas, en dirección a la morada de su conquista de Renedo, como él la llama aún.

Ya le hemos visto llegar hasta el estrado, y casi arrepentirse de tanta temeridad.

Los instantes que pasan sin que aparezca lo que él desea, los cree siglos. ¿Si vendrá ella?, ¿si saldrá su madre?, ¿si hará el diablo que salga el papá?

Esta idea le hizo temblar, y hasta le indujo a marcharse a la calle; pero entonces oyó crujir el vestido de seda de alguna persona que se acercaba a la sala, y se quedó. Era doña Tadea.

—A los pies de usted, señora.

—Beso a usted la mano, caballero... No tengo el gusto de...

—¡En buena me he metido! —se dijo el otro—: ¡ya no me conoce!

Y perdiendo el color, dejóse caer en una butaca.

—Señora —balbuceó—, me he tomado la libertad de...

—Me parece —le interrumpió doña Tadea, después de reflexionar unos instantes—, que no es la primera vez que nos vemos; pero no recuerdo cuándo ni dónde.

—Hemos viajado juntos —añadió el pollo, más animado ya.

—Ya recuerdo: hasta Renedo, ¿no es verdad?

—Justamente, señora.

—¿Y decía usted que?...

—Que pensando marchar dentro de unos días, me he tomado la libertad de venir a despedirme de ustedes.

—Gracias, amiguito. ¿Y va usted solo?

—No, con papá.

—¿Para dejarle a usted en algún colegio?

Hacer a un pollo galanteador capaz de ser colegial, es el mayor insulto que se le puede dirigir. Alfredito se mordió los labios de coraje, y pasando la diestra por su bigote... futuro, contestó ahuecando la voz:

—No, señora, voy a viajar por gusto.

—¡Ah!, ya. ¿Y adónde van ustedes?

—Pues, por ahora, a Torrelavega.

—¡Hola! ¿Por mucho tiempo? —repuso doña Tadea, disimulando la risa.

—Pues por lo que quiera papá.

—Se va usted a divertir.

—Así lo espero; tengo muy buenas noticias de ese país: dicen que la gente es muy animada.

—¡Yo lo creo!

—Sin duda que me voy a divertir.

—Bien hecho; deben aprovecharse todas las ocasiones de dar expansión al ánimo, aunque el de usted no debe estar muy combatido.

—¡Quién sabe! —exclamó Alfredo con dolorido acento.

—¿Será posible?

—¡Ay, señora!, las pasiones no reconocen edad ni categoría.

—Es cierto. Y ¿hace mucho que padece usted?

—Muy poco tiempo —contestó él con intención, por si Luisa estaba escuchando detrás de alguna puerta—. Libre y feliz vivía procurando estudiar el mundo al través de un prisma por el cual las pasiones y las flaquezas, apareciendo en toda su desnudez mezquina y reflejándose en la mente del profundo observador cuyo corazón palpitara al abrigo de... pues las... y los... en lucha tenaz, y luego la seducción de los atractivos...

—Dispense usted, amiguito, que me llama la cocinera —dijo doña Tadea, cortándole su inspirado discurso y lanzándose fuera de la sala para reír a sus anchas.

Alfredo se quedó estupefacto, y, herido en su amor propio, juró marcharse enseguida si no iba Luisa a la visita. Al mismo tiempo sacó su reló y vio con espanto que señalaba la una y media. En su casa se comía infaliblemente a la una, y conocía muy bien el genio de su papá: un retraso de media hora siempre le había valido una caricia con la punta de una bota paterna por debajo de los faldones del gabán.

Este recuerdo excitó su materialidad de una manera tan notable, que, olvidándose de su Filis y de que aún no se había despedido de doña Tadea, caló el sombrero y se dispuso a marcharse. En esto volvió a entrar aquella señora.

—¿Se retira usted ya?

—Si usted no dispone otra cosa...

—Que lleve usted feliz viaje, y...

—Gracias, gracias. A los pies de usted —y sin aguardar contestación, escapó hacia la escalera.

Entonces, al fin del corredor, por la estrecha puerta de un cuarto adyacente a la cocina, salió una mujer desgreñada, con una bata de percal de color de polvo, y en chancletas. Era Luisa. Pero Alfredo, como iba buscando a la elegante viajera de Renedo, pensó que aquélla era la cocinera, y se fue sin saludarla.

IV

Supongamos que la escena pasa en un salón, a media luz, adornado comm'ilfaut.

En el centro de un muelle sofá está una señora vestida de rigoroso luto: a sus dos lados y en otros varios asientos, formando semicírculo, hay muchos personajes de ambos sexos, de distintas edades y parecidas condiciones. Todas sus fisonomías están graves e impasibles.

Los hombres miran al suelo mientras tocan en el bastón una marcha con los dedos, o se afilan las puntas del bigote, o se pasan la mano por la barba, o juegan con los sellos del reló.

Las mujeres agitan el abanico, se arreglan la mantilla, tosen de vez en cuando y miran de reojo a la presidente del mustio cortejo. Ésta lanza un hondo suspiro, levanta los ojos al cielo y hace un gesto como si tratase de contener una lágrima que asomara entre sus párpados, rojos como los de una cocinera que ha picado cebolla.

Su marido, sentado entre los concurrentes y a corta distancia de ella, contesta con un rugido que bien pudiera tomarse por el resuello de un cetáceo, saca el pañuelo del bolsillo, cruza las piernas y murmura:

—¡Cómo ha de ser!

Los demás personajes, por hacer algo, cambian de postura en sus respectivos asientos, suspiran por lo bajo y exclaman:

—¡Válgame Dios!

Después sigue un intervalo en que no se percibe otro ruido que el de las respiraciones y el de los abanicos que no cesan de agitarse.

Nuevos personajes aparecen en escena. Es un matrimonio.

Todos se levantan para recibirle.

Los recién venidos penetran en el semicírculo; la señora enlutada y su marido dan dos pasos al frente y, sin cambiar con ellos una frase, les tienden la mano.

Luego se estrechan las señoras del sofá para hacer lugar a la que llega, la cual toma asiento y dice:

—No se molesten ustedes.

Su marido se coloca más abajo.

—Con permiso —murmura, y se deja caer.

Después vuelve todo a quedar en silencio.

Ahora me preguntas tú, impaciente lector, ¿qué significa ese cuadro lúgubre? ¿Se ha muerto alguno?

—Sí, amigo: doña Casilda Guriezo, la señora enlutada, acaba de perder un tío en San Francisco de la Alta California; un tío a quien nunca conoció más que de oídas. Sólo sabe de él que hace cuarenta años marchó de su pueblo, en calidad de grumete, en un bergantín, a Matanzas, y que acaba de morir en remotos climas, legando su inmensa fortuna a los pocos parientes que le quedan en la madre patria.

—¿Y por eso —me replicas—, está tan llorosa y abatida; por un tío a quien nunca conoció, cuando hay padres cuya muerte no deja en el corazón de sus hijos más huella que la que dejó en el Océano el bergantín que condujo al grumete a Matanzas?

—¿Y eso qué, malicioso? ¿No ves que ese tío ha dejado a su sobrina la miseria de ciento cincuenta talegas, mientras aquellos padres han tenido la desfachatez de morirse ab intestato, por no tener de qué? ¿Qué menos ha de hacer doña Casilda que llorar unos días y vestirse seis meses de negro?

—¿Y esa gente que ahora la rodea?

—Son sus visitas que van a darle el pésame, después de haber rogado a Dios por el alma del difunto en las pomposas honras que se acaban de celebrar en la mejor iglesia de la población.

—¿Y por qué se presentan todos con cara de herederos?

—Porque, «donde estuvieres, haz como vieres».

La escena sigue muda algunos instantes más, hasta que doña Casilda se vuelve a la señora que tiene a su derecha para hacerle algunas preguntas.

Esto es para la reunión lo que el «rompan filas» para un pelotón de quintos; el «hasta mañana, señores» en una cátedra de humanidades. Cada uno se dirige hacia la persona más inmediata; y, aunque a media voz, el semicírculo se fracciona en varias porciones y en otras tantas conferencias.

—¿Ha visto usted el correo de hoy, don Tiburcio?

—¡Ojalá no le viera!

—¿Otra tenemos?

—No fuera malo... quiero decir que... que no sé cuál es peor.

—¿La expedición de harinas acaso?

—Sí, señor... ¡desgraciadísima!

—¡Hombre, qué lástima!

—Y aún hay más.

—¡Conque... hay más!

—Lo de Alaejos...

—¡Aprieta!

—¡Ni un garbanzo!

—Hombre, ¿qué me cuenta usted?... Conque ni un garbanzo.

—Bien sé yo quién tiene la culpa; pero deje usted, que a cada puerco, como usted sabe, le llega su San Martín.

—¡Oh!, perfectamente, sí, señor; vaya si le llega... Conque todo, todo desgraciado... ¡Hombre, qué lástima!

—Sí, señor... ¡todo!

—¡Vea usted... qué demonio!

A la derecha de este señor que con todo conviene y de todo se admira, así se trate de la elocuencia de Bellini como de la música de Demóstenes, pero que todo lo escrupuliza si puede terminar en el Diario de su casa, se ventila otro asunto cuya índole nos evita revelar el sexo, y hasta el seso, de las personas que en él toman parte.

—Desengáñese usted, que todas son a cual peor...

—Si parece mentira que se porten así después que tanto se hace por ellas... Mire usted que en mi casa jamás se las reprende; todo lo contrario: tiene cuanta libertad desean.

—Así paga el diablo a quien le sirve.

—Si por más que usted se empeñe, no puedo creer...

—En hora buena; pero sírvale a usted de gobierno que la puse de patitas en la calle en cuanto empezó con esas historias.

—¿Nada más que por eso la despidió usted?...

—Es que hoy por ti y mañana por mí.

—Pero, ¿qué es lo que dijo? ¡Alguna tontería!

—Por supuesto; pero irrita oírlas.

—A mí no me importaría tres cominos.

—Cuando son cosas serias...

—En mi casa hago lo que me da la gana.

—Mucho que sí; pero... cuando se aumenta...

—Por eso quisiera saber lo que ha dicho.

—¡Dios me libre! Soy muy enemiga de mezclarme en chismes ni en cuentos. Además, tal fue la rabia que me dio su descaro, que ni siquiera la escuché. ¿Qué me importa a mí si en casa de usted nunca se come a la hora; ni si hay madres de tres hijos que pasan el día haciendo moños y ensayando pasos al espejo para ir por la noche al baile; que no saben en dónde están los calcetines del marido, ni los pañales del último retoño que está gimiendo a los pies de la cama de la nodriza, mientras ésta despide a un primo que va a la Isla de Cuba; ni si hay mujeres que aprecian más un vestido que al padre de sus hijos? No, amiga, esas cosas no las oigo yo nunca de boca de una mujer así... Como yo la dije: «esa no es cuenta que hemos de ajustar nosotras: si hay mujeres tan simples y madres tan frívolas, con su pan se lo coman... Vaya usted con Dios, que no me conviene usted».

—¿Y eso es todo lo que pasó?

—¿Y cree usted que es poco?

—¡Bah! ¿Y qué tengo yo que ver en ello?

—Nada, si a usted le parece...

—Por supuesto... Y hablando de otra cosa: cuando salgamos de aquí va usted a ver un vestido que acabo de comprar en la tienda de enfrente... verá usted qué bonito es... Eso de la cocinera ya lo arreglaremos otra vez.

—Como usted quiera.

Tampoco falta allí quien habla con su vecino del tiempo, a falta de otro asunto más importante; del tiempo, que es siempre el refugio de un diálogo agotado ya de materiales; la rama de salvación de un enamorado cuando al frente de su ídolo no sabe por dónde empezar, en fuerza de ser mucho lo que tiene que decirle; el amparo del que se las ha con un prójimo a quien apenas conoce, o le merece pocas simpatías y está deseando que se largue; del tiempo, en fin, que ha sido, es y será el objeto de la conversación de todos los aburridos y de todos los tontos.

También hay quien, muy bajito y con una cara muy triste, dice a su vecino:

—¡Cuidado si hay personas de suerte!... Vea usted, meterse en caja, de sopetón, un pico de dos o más milloncejos...

—Lo dice usted por...

—Chitón, que mira doña Casilda.

Estos personajes son inherentes a toda sociedad, por pequeña que sea; y téngase presente que si hay algo que echar a perder, como ellos dicen, son los primeros que llegan y los últimos que se van.

El aspecto de la visita, en general, es animado, pero grave. A veces apunta la risa en los labios de los visitantes y retoza vergonzante en los de los visitados: enseguida desaparece para dejar el puesto a la circunspección. Alentado por el rumrum de la sociedad, no falta quien aventure un chiste; mas al punto se retira dos pasos atrás, como diciendo: «yo no he sido». El cuadro no tiene carácter propio: ríe con un ojo y llora con el otro.

Doña Casilda ha preguntado a una amiga que en dónde hallará buenos lutos para sus niñas.

—Encárguelos usted a París —le responde ésta—: son más baratos y mejores que aquí.

—¡Les hacen tanta falta! Ya se ve ¡como no contábamos con este golpe! ¡Ayyyyy... qué desgracia!

Estupefacción en la visita; todos suspiran.

Después de algunos instantes de recogimiento, el más atrevido se levanta, da dos vueltas al sombrero entre sus manos, mira en torno de sí como pidiendo parecer sobre su nueva determinación, y un «vámonos, si usted quiere» le contestan algunas bocas de otros tantos individuos que a la vez se ponen de pie; hacen una profunda reverencia a doña Casilda, dan un apretón de manos a su marido, y con una grave inflexión de pescuezo hacia los que se quedan, se largan fuera de la sala.

¡En nuestros días todo se hace con una precisión asombrosa!

En un caso igual, los antiguos se hubieran despedido diciendo «acompaño a ustedes en el sentimiento... Dios les dé a ustedes salud para encomendarle el alma»; a lo cual los herederos contestarían «amén», marchándose los visitantes en la persuasión de haber dicho, al menos, a lo que fueron a la casa mortuoria. ¡Necedad como ella! Cerca de una hora pasaron algunos en casa de doña Casilda, y ni siquiera la dirigieron la palabra. ¿Para qué? Una frase de consuelo en tales casos no sirve más que para recrudecer la herida...

Cuando nuestros personajes están en la calle, nótaseles igual transformación que si salieran de un sermón de cuaresma: sus lenguas se desatan y sus ojos chispean; parece que quieren vengarse de la violencia en que han vivido durante la visita. El uno llama la atención sobre el gesto de la señora; el otro sobre los ronquidos de su esposo; éste sobre que la cocinera estaba atisbando la escena detrás de las cortinillas; el más cauto se conforma con decir que dineros y calidad, etc., y que ya, será algo menos de lo que se dice. A nadie se le ocurre una palabra sobre el papel que ellos han desempeñado en la comedia.

Al quedarse solos los herederos cónyuges míranse cara a cara, con una sonrisa que quiere decir «¡qué felices somos!», y volviéndose la espalda mutuamente, se van a saborear a sus anchas el dolor que les ha causado «un golpe tan tremendo».

¡Cómo se miente!

I

—Adiós, señor don Pedro.

—Muy buenos días, don Crisanto. ¿Va usted a misa?

—No, señor: yo la oigo muy temprano. Ahora estoy esperando al amigo don Plácido que está en la de nueve, para irnos enseguida a dar nuestro paseo.

—Ustedes nunca le pierden: muy bien hecho. ¡Ojalá pudiera yo acompañarlos hoy!

—¿Y por qué no? Es domingo, no hay negocios... Pero ahora recuerdo que anoche no fue usted al Círculo.

—Estuve bastante disgustado ayer todo el día... y sigo estándolo... Tengo el chico mayor indispuesto.

—¿De cuidado?

—Hasta ahora no, a Dios gracias; pero como está tan robusto, no sería difícil, si nos descuidáramos, que le sobreviniese alguna fiebre maligna.

—¿Qué es lo que tiene?

—Una indigestión de castañas.

—¡Diablo, diablo!... Mucho cuidado don Pedro, que la estación es muy mala: la primavera para los muchachos...

—Por eso precisamente me apuro yo... Pero ya sale don Plácido y le dejo a usted con él... Adiós, señores.

—Beso a usted la mano, señor don Pedro: que se alivie el chico.

—Pues qué ¿está enfermo? —preguntó don Plácido, que cogió al vuelo las palabras de don Crisanto.

—Parece que sí.

—¿Cosa de cuidado?

—Me lo sospecho. El origen fue una indigestión de castañas; pero como está tan robusto, le ha sobrevenido una fiebre que ha puesto en cuidado a la familia.

—¡Caramba! ¿Si serán viruelas?

—Oiga usted, es fácil.

Y en esto, los dos personajes se dirigieron hacia la calle de San Francisco, por la Plaza Vieja, deteniéndose un instante junto a la esquina del Puente, en la cual había un vistoso cartelón, recientemente pegado, anunciando, para después de varios ejercicios olímpicos, la segunda ascensión aerostática del intrépido Mr. Juanny.

Mr. Juanny era un muchacho, casi imberbe, director de una desmantelada compañía ecuestre, que trabajaba los domingos en Santander, en un lóbrego corral, ante un escaso público de criadas, soldados y raqueros. La primera ascensión, por cierto en una tarde fría y lluviosa de abril, tuvo para el valeroso aeronauta el éxito más desgraciado.

Henchida la remendada mongolfiera en medio del circo, y sujeta al suelo, del que distaba más de veinte pies, por dos delgadas e inseguras cuerdas, Mr. Juanny comenzó a trepar por otra suelta del centro, para alcanzar el trapecio que en el espacio le había de servir de columpio; pero al oscilar el globo con el peso del aeronauta, rompió las cuerdas que le sujetaban, y rápido se lanzó a las nubes, cuando aún distaba del trapecio el pobre muchacho más de ocho pies. Para el público no tuvo el lance aquel nada de particular: creyó de buena fe que el ir Mr. Juanny agarrado a la cuerda era un alarde más de su agilidad y de su impavidez; sólo su familia, que era toda la compañía, y él, comprendieron lo terrible de la situación: la primera la manifestó bien pronto con lágrimas de desconsuelo; y por lo que hace al segundo, según la relación que de boca del mismo oímos, conociendo mejor que nadie el espantoso peligro en que se hallaba, trató, lo primero, de llegar hasta el trapecio; pero la rapidez con que ascendía el globo le impedía adelantar un solo palmo. Como la cuerda era larga, al salir del circo se enredó entre las ramas de la Alameda vieja, y por un momento creyó Mr. Juanny que había desaparecido el peligro; mas, para mayor desconsuelo, las débiles ramas cedieron al empuje del globo, y aquel desdichado no tuvo otro remedio que acudir a su valor y a su destreza. Agarróse, pues, lo mejor que pudo a la cuerda, y dejó a la Providencia lo demás. Entre tanto, las manos se le habían desollado, sus fuerzas se debilitaban por instantes, y cada vez hallaba más irresistible la violencia con que el globo parecía que trataba de desprenderse de él. Las casas, los objetos que en furioso torbellino pasaban a su vista, le mareaban en aquella angustiosa situación: perdió al fin el conocimiento, y maquinalmente siguió todavía agarrado a la cuerda. Un instante más y no había remedio para él. Pero afortunadamente la mongolfiera era muy vieja, y a pesar de los remiendos que tenía, iba perdiendo gas a cada instante por sus muchas rendijas; cedió al fin al peso del aeronauta, y descendió rápidamente, cayendo una legua adentro de la bahía, y a más de media del barco más próximo. Ya era tiempo. Mr. Juanny sólo conoció que se hallaba en el agua, cuando su frialdad le sacó de su estupor. Mas el nuevo peligro era insignificante comparado con el que acababa de correr. El globo, aún henchido, flotaba como una enorme boya: agarróse, pues, a él y esperó. Por mucha prisa que se dieron los tripulantes de algunas lanchas que le vieron caer, las dos primeras que hasta él llegaron, a toda fuerza de remo, tardaron un cuarto de hora.

Mr. Juanny desembarcó al fin en el Muelle, entre su familia y un inmenso concurso, desolladas las manos y tiritando de frío, pero sereno y risueño como si nada le hubiera sucedido.

Hecha esta ligera digresión, que bien la merece el asunto por su histórica terrible gravedad, volvamos a nuestros conocidos.

Pertenecen éstos por patrón, edad e instinto al pequeño grupo de figuras reglamentadas que son indispensables a toda población, y sobre las cuales pasan en vano los años y las revoluciones: alguna arruga de más, algún cabello de menos, son los únicos rastros que deja el tiempo sobre estos seres: traje, costumbres y alimento siguen siendo para ellos los mismos que los del año en que se plantaron, hasta la hora de su muerte; porque ésta, siendo producida generalmente por una apoplejía fulminante, o por otro torozón cualquiera, no les atormenta con sus preludios, ni les altera en lo más mínimo, durante la vida, el metódico sistema de ella. Egoístas y avaros por naturaleza, temiendo adquirir compromisos o arriesgar su dinero, sólo toman del mundo aquello que el mundo echa a la calle, bien porque le sobre o porque lo regala.

Por eso, su única biblioteca, en el capítulo de erudición, la constituyen los carteles de las esquinas, los prospectos volantes y los periódicos del café.

Sabido esto, y no olvidando el dramático suceso que acabamos de referir, excusado será decir a ustedes que leyeron con avidez el cartel de Mr. Juanny; que al separarse de la esquina, continuando su paseo, iban hablando con horror de tamaño atrevimiento; que calcularon y se concedieron recíprocamente el sitio en que, según el viento que reinaba, caería aquella tarde el aeronauta, y, por último, que decidieron ir a presenciar la ascensión; mas no se crea que al circo mismo, donde no habría bastante comodidad sobre costar el dinero, sino a los prados de la Atalaya, cuya elevación les permitía dominar los sucesos con la vista y respirar aires puros.

Cuando llegaron a San Francisco, discurriendo aún sobre el mismo tema, repararon que un corredor, muy conocido de ellos, se les acercaba con un andar de siete millas.

Al cruzarse con él no pudieron contener su curiosidad, y, a dúo, le interpelaron:

—¿Adónde tan de prisa?

—¿Han visto ustedes a don Pedro? —les preguntó, casi al mismo tiempo, el corredor.

—Ahora mismo acabamos de separarnos de él.

—¿Ha ido al escritorio?

—No, señor; a su casa... ¿Ha ocurrido alguna otra novedad? —añadió alarmado don Plácido, al ver cómo jadeaba aquel hombre.

—¿Según eso había ya una?

—¡Qué! ¿No lo sabe usted?

—Hombre, no; yo le buscaba para un negocio... y muy bueno.

—Pues, amigo —dijo don Crisanto en tono sentido—, de nosotros se ha separado de muy mal talante.

—Pero, ¿qué tiene?

—El chico mayor muy malo —exclamó don Plácido.

—¿De qué? —dijo sorprendido el corredor.

De viruelas —contestó solemnemente don Crisanto, y con la más profunda convicción.

—¡De viruelas!... Pero si ayer le he visto yo en el escritorio copiando una factura.

—Pues ahí verá usted —observó don Plácido.

—¿De suerte —añadió el corredor—, que su padre no estará dispuesto a hablar de negocios?

—Figúreselo usted —contestaron los dos amigos.

—Pues ¡cómo ha de ser!... paciencia, que lo peor es para él... Adiós, señores, y gracias.

—No hay de qué: vaya usted con Dios.

—El agente, desesperanzado de hacer el negocio, emprendió una marcha más lenta que la anterior; y mustio y cabizbajo, se internó en la calle de San Francisco.

Los dos amigos continuaron su paseo hacia la Alameda.

Habrán extrañado al lector los progresos de la enfermedad del hijo de don Pedro, o habrá creído, a pesar de lo que le he dicho acerca de don Plácido y don Crisanto, que éstos trataban de dar un bromazo al corredor. Nada de eso. Ni el carácter, ni la posición, ni la edad de estos señores se prestan a la broma: tienen cincuenta mil duros cada uno, y un siglo cumplido entre los dos. Pero sobre algunas otras manías a que consagran todos los desvelos que no necesita la administración del milloncejo, les esclaviza y atormenta la de adquirir noticias, cualesquiera que ellas sean; y no por el placer de saberlas, sino por el de propalarlas; pero de propalarlas de manera que interesen y exciten bien la curiosidad del público. Esto no podrían conseguirlo siempre, porque los datos adquiridos, algunas veces no lo dan de sí. Por eso, ocurrido un suceso cualquiera, le suponen el curso que les parece más natural, y con la mejor buena fe, le colocan en el término que más se acomoda a sus cálculos. —«Que esto ha de suceder, es infalible —dicen ellos—; pues contémoslo enseguida, porque después no tendría novedad, y, bien mirado, no faltamos a la verosimilitud». La calidad de la noticia es lo que menos les importa, ni las consecuencias que pueda producir su afán de exagerarla: haga ella efecto, coméntese, propáguese, y su amor propio se verá satisfecho.

No tuvieron otro origen las viruelas del hijo mayor de don Pedro.

El corredor, entre tanto, llegó a la Guantería, se sentó sobre el mostrador y comenzó a renegar de su suerte.

—Vea usted —decía—, hasta las epidemias conspiran contra mis intereses.

—Pues ¿qué sucede? —le preguntó un tertuliante de aquel establecimiento—; ¿vuelve otra vez el cólera?

—¿Qué más cólera que no hacer un negocio en cuatro días?

—Como decía usted que la epidemia...

—Y lo repito: el mejor corretaje, acaso el único de toda la semana, acabo de perderle porque han entrado las viruelas en la casa.

—¿Hay algún comerciante con ellas?

—No, señor: un hijo.

—¿Quién es el padre?

—Don Pedro Truchuela.

—¡Caramba! ¿Aquel muchachón tan robusto está con viruelas?... ¿Y son de mala ley?

—Según me han dicho, con referencia a su padre, no lo cuenta.

—¡Qué lástima!

Y al exclamar así el ocioso, marchóse a la Plaza y refirió el suceso al primer conocido que halló a mano.

En los comentarios estaba ya, cuando la doncella de don Pedro, muy conocida del comentarista por su lindo palmito, cruzó hacia el Puente y entró en uno de sus portales. Al notarlo el ocioso, exclamó:

—¡Adiós, mi dinero!, ¡ya van a llamar al cura!

—¡Ca! —dijo el otro sorprendido.

—Sí, señor: he visto entrar a la doncella de don Pedro en casa del padre N... Cuando salga la he de preguntar.

Ignoraba el noticiero que el padre N... se había mudado a otra calle, y que vivía, a la sazón, una modista en la casa que él dejó.

A poco rato salió la doncella con unos paquetes debajo del brazo, y se fue por el Muelle. El espía no lo notó por haberse enredado en una nueva acalorada controversia, sobre las causas de algunas epidemias como la que ya juzgaba apoderada de la población; pero, en su defecto, vio poco después atravesar al padre N... por la esquina de la Ribera y en dirección al barrio en que vivía don Pedro.

—Véalo usted —exclamó—; ¡se realizaron mis sospechas!...

Y sin despedirse de su contrincante, fue a llevar la noticia a la Guantería.

Cuando a la una en punto volvieron del paseo don Crisanto y don Plácido, encontraron otra vez al corredor.

—¿Ha visto usted a don Pedro? —le preguntaron.

—¡Bueno estará el pobre señor para visto! —contestó.

—Pues ¿qué ha sucedido? ¿Está peor su hijo?

—Ya le han dado la unción.

—¡Ave María purísima! —exclamaron los dos amigos—. Lo mismo que sospechábamos salió, desgraciadamente.

Y con cierto aire de satisfacción, por el buen éxito de sus presunciones, pues que no estaba en sus manos evitar la desgracia y era ocioso afectarse por ella, se separaron del corredor, sin pasarles por la imaginación que ellos, y nada más que ellos, eran el origen, desarrollo y progreso de la enfermedad del hijo de don Pedro Truchuela.

II

Fieles como dos cronómetros, a las cuatro en punto de la tarde llegaron nuestros dos amigos a los prados de la Atalaya, y se colocaron en el más elevado de ellos para dominar mejor todos los incidentes de la ascensión del globo. Destacábase éste, henchido ya de humo, en el reducido circo de la Alameda, balanceándose sobre las cuerdas que le sujetaban, esperando a que le dieran libertad para lanzar al espacio su gran mole.

En instantes tan supremos, cuando la curiosidad de medio pueblo diseminado por aquellas praderas estaba fija en el aparato, el campanón de la catedral sonó, grave y acompasado, tres veces. Su lúgubre tañido no produjo el menor efecto en el ánimo de aquellos espectadores. Sin embargo, nuestros dos conocidos, aunque afanosamente ocupados en explicarse la teoría del espectáculo que a tales alturas les había conducido, suspendieron la discusión.

—¿Ha oído usted, don Plácido?

—¿Qué?

—Tocan a paso.

—Efectivamente: es por el hijo de don Pedro.

—¿Lo sabe usted con seguridad?

—¡Hombre, estando ya con la unción esta mañana!...

—Es verdad... ¡Pobre muchacho!... ¡tan joven!

—Al anochecer nos pasaremos por su casa para saludar a don Pedro y acompañarle en su dolor.

En esto se oyó un rumor infinito de hurras, aplausos y silbidos. El globo se elevaba majestuoso, arrastrando al joven aeronauta, vestido de artillero, y de pie sobre un cañón... de madera.

—¡Allá va eso! —dijo don Crisanto—; siempre te bañarás como la otra vez... Sospecho que cae en Maliaño... ¡Allí sí que no te salvas!

—Pues yo —repuso don Plácido—, creo que más acá se queda, según la dirección que toma.

—Como caiga en el agua, es lo mismo: el cañón le arrastrará al fondo... Le aseguro a usted, don Crisanto, que si tuviera facultades para tanto, suprimiría estos espectáculos... porque, desengáñese usted, son una barbaridad.

—¿Qué demonios le diré a usted, don Plácido?... Es preciso que haya de todo en el mundo.

—¿Y para qué hace falta esto? Para aumentar el número de huérfanos y de viudas, y para fomentar la vagancia: total, para molestar al hombre de bien y pacífico, y sacarle lo que, acaso, necesita para su familia... o para su regalo; que ya que uno se lo ha ganado, nadie más que uno mismo tiene derecho a hacer de ello lo que le dé la gana.

—Todo lo que usted dice está muy en su lugar; pero repare usted que ese pobre volatinero brinca y salta, sube y baja y se remoja en la bahía cuando y cada vez que le da la gana, para ganar un miserable pedazo de pan, y que a nosotros no nos cuesta un cuarto. Ahora mismo, desde estos prados, le estamos viendo de balde, y por cierto, con más comodidad que los que han pagado su entrada en el circo. Desengáñese usted, el que no quiere y sabe ahorrar, no gasta un maravedí por más lazos que se le tiendan.

—No lo niego; pero concédame usted que, a veces, se complican las circunstancias de un modo... Sin ir muy lejos, ni acotar con muertos, el día en que este mismo sujeto estuvo a pique de ahogarse en la bahía, me hallaba yo, después del suceso, leyendo el correo en la botica; cuando a uno de esos filántropos que de todo el mundo se conduelen, porque no tienen otra cosa que hacer, y que había visto las desolladuras y contusiones que se hizo el volatinero, le da la gana de echar un guante para él entre todos los concurrentes al establecimiento, que sabe usted que no son pocos... Pues señor, ¿usted creerá que me sirvió de algo volverme de espaldas, hacerme el distraído, ni marcharme hasta el escaparate con la disculpa de que necesitaba más luz para leer el periódico?... ¡que si quieres! El muy importuno me siguió como si fuera mi sombra... y gracias a que, como de costumbre, yo no llevaba un ochavo sobre mí; que de otro modo, me cuestan la función del volatinero y la impertinencia de su protector, un par de reales, o tal vez más.

—Pero, al fin, nada pagó usted, y siempre venimos a parar a que, amarrando bien, por más que tiren de uno, no le sacan céntimo. ¡Buen cuidado me da a mí por todos los filántropos del mundo!... ¡sordo siempre!, que oídos que no oyen, corazón que no siente. Pero se me figura que desciende el globo... y va a caer, como lo anuncié, hacia Maliaño.

—Mire usted que a esa distancia engaña mucho la vista.

Cuando poco después desapareció la mongolfiera detrás de la colina del Cementerio, los dos observadores bajaron a paso redoblado a la ciudad, y se encaminaron a la estación del ferrocarril, con el objeto de averiguar lo cierto del caso, pues el globo, a medida que bajaba, fue pareciendo más próximo, en línea horizontal, a los dos curiosos; tanto, que don Plácido, al perderle de vista, hubiera sido capaz de jurar que había caído en la Peña del Cuervo.

Andando, disputando y sudando el quilo, llegaron a la Pescadería, y preguntaron a un aldeano que hablaba sobre el suceso:

—¿Dónde cayó, buen amigo?

—Pus dí que se ha jundío en metá la canal.

—¡Fuego! ¿Oye usted, don Plácido?, lo que yo temía.

Y siguieron más adelante.

Dos cigarreras daban grandes voces.

—Tamién fue causelidad de pasar al mesmo tiempo la comotora.

—¿A quién ha cogido? —preguntó el curioso don Plácido.

—¡Otra... esta sí qué! ¿Pos no lo sabe usté, buen hombre? ¿A quién tiene de ser? Al del globo.

—¿Y le mató?

—¡Ahora escampa! ¡No sé si le mataría pasando por encima el camino de hierro!

—¡Qué atrocidad!

—Y lo peor hubiera sido —continuó la cigarrera—, si no se apartan a tiempo las personas que se agolparon allí... Ya le quiero un cuento... ¡pos no sé si hay carná!... ¡Más de veinte estuvieron a pique de perecer!

—Y diga usted, ¿se podrá ver el cadáver?

—¡Quiá!, ¡que si quieres! Han dío allá los de polecía, y no dejan de pasar a naide... Está un poco más acá de la Peña del Cuervo.

—Pero si acaban de decirnos que el globo cayó en la canal.

—No haga caso, señor; eso fue la otra vez.

—¡Toma!, y es verdad. ¡Cómo se miente!

Las noticias adquiridas, si no eran cuanto podía apetecer la insaciable curiosidad de los dos amigos, cumplían en gran parte con los deseos de éstos, en la imposibilidad en que estaban, según los informes de la cigarrera, de acercarse al lugar de la catástrofe. De todas maneras, Mr. Juanny había perecido indudablemente, y muchas personas habían estado a pique de ser aplastadas por el tren.

—He aquí una cosa que yo no puedo comprender bien —dijo don Plácido a su amigo, mientras los dos retrocedían apresuradamente, para dar pronta salida a sus frescas provisiones de noticias.

—¿Qué es lo que usted no comprende? —replicó don Crisanto.

—Que haya habido gente a pique de perecer. La vía (fíjese usted mucho en esto), en el sitio que nos han señalado, está completamente bañada por el mar, por ambos lados, y la marea está alta en este momento. Y una de dos: o hubo gente o no la hubo al llegar el tren. Si la hubo, y mucha, en lo cual convienen todas las noticias adquiridas, ¿en dónde se refugió cuando apareció de sorpresa la máquina?... porque hubo sorpresa, y la prueba está en que Mr. Juanny no tuvo tiempo para ponerse fuera del peligro... ¡como que pereció en él! Yo quiero suponer que las personas que le rodeaban, que eran muchísimas, atendiendo cada una a su propia salvación, se olvidasen del desgraciado, que tal vez cayó enredado entre las cuerdas del globo, o se inutilizó al caer y no pudo moverse; al huir cada cual del tren que se aproximaba rápido, ¿se refugió en las orillas de la vía? Imposible, porque son muy estrechas... o perecieron los de la primera fila indefectiblemente. ¿Se atropellaron unos a otros, y se salieron de la vía? En este caso cayeron al agua; y como no es probable que todos supiesen nadar, y sabe que, en semejantes conflictos, el mejor nadador se ahoga arrollado por la multitud, el resultado es más horroroso aún que el de la primera suposición... En fin, don Crisanto, no me cabe duda alguna de que la escena debe haber sido espantosa. Y esto parece providencial después de lo que dije a usted en la Atalaya sobre las consecuencias de semejantes espectáculos.

—Me deja usted aturdido —exclamó don Crisanto que no había perdido una sola de las palabras de su amigo— los argumentos son irrebatibles... Pero si tantas víctimas hubo, ¿cómo no se sabe nada de cierto?

—Muy sencillo, amigo mío: el juzgado estará instruyendo las diligencias de cajón; habrá detenido a los que salieron ilesos para tomarles declaración, y a los de fuera no se nos ha permitido acercarnos allá; ¿por dónde, pues, se ha de haber sabido la verdad? Desengáñese usted, que se van a descubrir horrores.

Y penetrados ambos, pero con toda convicción, de esta trágica idea, continuaron Muelle adelante.

—¿Vienen ustedes de la estación? —les preguntó un conocido que hallaron al paso.

—Sí, señor.

—¿Y en dónde cayó?

—En mitad de la vía.

—¿Al pasar el tren?

—Desgraciadamente... y le ha partido por la mitad.

—¡Horror! ¿Es posible?

—Como usted lo oye... y no es eso lo peor, sino que entre la gente que se agolpó a verle, entre ahogados y aplastados pasan... tal vez de veinte.

—¡Santo Dios de misericordia!... ¿Pero ustedes lo han visto?

—Casi, casi. Las autoridades están allá, y el juez instruye las diligencias: por eso no se nos ha permitido ver a las víctimas; pero hemos oído los gritos y la bulla.

—Estremece pensarlo, señores... Corro a ver si logro adquirir más pormenores.

El buen señor partió, azorado, hacia la estación, mientras los noticieros, conmovidos, no de pesar por las víctimas que suponían, ni de remordimiento por la ligereza con que habían propalado una noticia tan grave y tan dudosa, sino de entusiasmo por el caudal de horrores que llevaban en la mollera, continuaron caminando a largos pasos, rojo el semblante, chispeante la mirada y diciendo con la fisonomía a todo el mundo: —«Pregúntenos usted, o se lo contamos».

De esta suerte llegaron al café Suizo.

Media hora haría que estaban aterrando a un numeroso auditorio que se habían formado con sus trágicos relatos, cuando entró en el salón don Pedro Truchuela, acompañado de su hijo, el mismo que, según noticias, había fallecido aquella tarde.

Verlos entrar los dos amigos y atascárseles en la garganta las palabras que iban a dirigir al concurso, fue todo uno.

Repuestos algún tanto de la sorpresa, partieron ambos hacia don Pedro, y tomando la palabra don Plácido, le dijo, dándole la mano:

—Pero, señor... ¡cómo se miente en este pueblo! Si se nos había dicho...

—¿Qué? —le interrumpió don Pedro.

—Que estaba peor su chico de usted —añadió don Crisanto—; y ya vemos, que a Dios gracias, es mentira. Sea, pues, mil veces enhorabuena; y ojalá sirva esto de lección a los que con tanta ligereza se entretienen en propalar malas noticias.

—Mucho que sí —murmuró don Plácido, un si es no es corrido y abochornado con la lección.

—Gracias, señores —les contestó don Pedro, que lo que menos se imaginaba era el cisco que sus dos conocidos habían revuelto desde que los saludó por la mañana—. Afortunadamente este chico es fuerte, y cuando volví a casa me le encontré levantado y empeñado en que había de salir a la calle, lo cual no le consentí, porque en su estado no lo juzgué prudente; pero esta tarde, después de notar las buenas disposiciones con que comió, no he tenido inconveniente en que me acompañara a dar un paseo y a ver al mismo tiempo elevarse el globo.

—¿Desde dónde le han visto ustedes? —preguntaron anhelosos los dos embusteros.

—Desde los prados del Cementerio —contestó don Pedro.

La ansiedad de los viajeros crecía por momentos.

—Según eso —exclamó don Crisanto—, ¿estará usted al corriente de todo lo que ha sucedido?

—Como que lo he visto.

—Ya lo oye usted, don Crisanto, ¡lo ha visto!

—¿Y qué tiene de particular, señores? —exclamó don Pedro, a quien ya chocaban los gestos y el afán de sus amigos—. Nada más sencillo: cuando noté que el globo descendía, nos bajamos a lo largo de las tapias del Cementerio, hasta cerca de la vía; allí nos sentamos y le seguimos en todos sus accidentes, hasta que cayó.

—¿En dónde?

—En la cortadura del muelle de Maliaño, en el agua, pero a pocas varas de la escollera; así es que el aeronauta, con muy leves esfuerzos, salió a tierra firme inmediatamente... Lo hemos visto con los gemelos.

Los dos amigos se miraron estupefactos.

—¿Pero no cayó en la vía? —preguntó asombrado don Plácido.

—¿Pues no lo está usted oyendo? —contestó don Pedro.

—Luego no le ha cogido el tren, ni han perecido ahogadas y aplastadas otras personas...

—¡Ave María Purísima! —exclamó, santiguándose, don Pedro—: ¿quién les ha engañado a ustedes?

—¡Conque es mentira!... Pero ve usted, don Crisanto, ¡cómo se miente en este pueblo!

Y don Plácido miró a su amigo con una expresión indefinible. Éste le contestó en idéntico lenguaje, y recordando entrambos sus recientes trágicos relatos, y notando que en algunas mesas vecinas se hablaba, con referencia a ellos, de la terrible catástrofe, despidiéronse de don Pedro y de su hijo como mejor en su aturdimiento supieron, y se echaron a la calle renegando, con la mayor sinceridad, del arte que se da el público siempre para desfigurar la verdad y sorprender la buena fe de los hombres de bien, como ellos dos, y exclamando, escandalizados, a cada instante:

—Pero, señor, ¡cómo se miente!

Las bellas teorías

¡Dichosa edad, dichoso siglo XIX! ¡Tú, con, tu ciencia, arrancaste a los pueblos de la barbarie de sus antecesores; tú, con la razón por bandera, redimiste a la humanidad del pecado de la estúpida ignorancia de nuestros abuelos! Ya no hay privilegios, ya no hay distancias, ya no hay razas, ya no hay fuertes ni débiles, víctimas ni verdugos. Las diversas naciones del mundo culto forman un solo pueblo; los hombres una sola familia; todos somos hermanos con una sola religión, la ciencia; con un solo gobierno, la virtud; con una misma riqueza, el trabajo. La antorcha de la razón, disipando las densas tinieblas de las viejas preocupaciones, ha transformado la naturaleza pensante. La razón es la luz, la razón es el pan, la razón es la Providencia, la razón es la famosa palanca que soñó el sabio. Yo digo que blanco, mi vecino que negro: he aquí la palanca. Demuestro yo mi teoría, sostiene el otro la suya: he aquí el punto de apoyo. Se la combate, me la protesta, se formaliza el debate, la discusión, que llamamos; he aquí que el mundo se tambalea y que al fin acaba por dar la voltereta.

Resumen: El talento es el árbitro soberano de la tierra.

Corolario: Sólo los necios tendrán hambre, sed y frío.

Vamos a verlo.

Juan era todo un mozo modelado a la última (no quiero decirlo en francés). Admiraba la ciencia, adoraba la idea y respetaba el talento. Tenía fe ciega en el progreso moderno, soñaba con la perfectibilidad hasta el extremo de vislumbrar lo perfecto; creía en todo, de tejas abajo, porque todo cabía dentro de la razón; dudaba de todo cuanto debía dudar un hombre que creía como él creía, cuanto debía dudar un verdadero espíritu fuerte; dudaba, en fin, de tejas arriba, de todo.

Juan había mamado en sus libros favoritos la esencia pura de la flamante filosofía; y no llegó a ser un sabio completo, porque a la mitad del camino se halló huérfano y sin recursos.

Juan, en una palabra, era ilustrado y pobre, y tenía talento.

Cuando se vio solo en el mundo y abandonado a sus propias fuerzas, después de llorar las prendas queridas de su corazón, tuvo miedo a lo porvenir y decayó su ánimo; mas luego apeló a su razón, descubrió su ciencia, abrazóse a ella, y con el mayor entusiasmo exclamó: «El dolor me hizo ingrato contigo, mi noble compañera; juzgábame solo, y te encuentro a mi lado cicatrizando la herida que han hecho en mi corazón los santos afectos de la naturaleza. Bajo tu amparo no temo lo porvenir; tú me haces necesario. La sociedad es una cadena cuyos eslabones somos los hombres útiles y virtuosos. Para nosotros no hay favores; la sociedad nos debe su protección, porque la sociedad somos nosotros: la justicia es su ley, y la justicia ha destronado a la fortuna que era, en épocas ominosas, el amparo de los necios, de los atrevidos y de los tiranos».

Pasáronse algunos días tras este arranque de entusiasmo. Juan consumió durante ellos los poquísimos restos de su miserable herencia, y la equitativa sociedad no se presentó a sus puertas pidiéndole ciencia a cambio de protección. Siguió el tiempo pasando; y como aquella señora no iba a buscarle aún, se resolvió Juan a salir a buscarla a ella. Indagó, encontróla al fin y se metió entre sus laberintos, pliegues y sinuosidades. Hízose el interesante, miró de frente, de reojo, al sol, al polvo, atrás, adelante... y nada; ni una sonrisa para él, ni una palabra cariñosa, ni una mano que estrechara la suya.

—¡Es natural! —pensó el iluso—: no me ha visto: no es hora aún. Esperemos.

Entre tanto, como su estómago no se nutría, como su razón, de teorías, sino de pan, y el pan costaba dinero, y él no lo tenía, sintió los amagos del hambres y trató de conjurarla.

—Mientras esto cambia —se dijo—, busquemos algún recurso.

Y salió a pedírsele a la patria, creyendo de buena fe que esta señora los tenía de sobra siempre para sus hijos virtuosos, inteligentes y necesitados, como la razón aconsejaba.

—¿Quién es usted? —le preguntó la patria por boca de uno de sus representantes (ministro, director, o lo que ustedes quieran).

—Juan Portal —respondió tímidamente el interpelado.

—Y ¿qué es lo que usted quiere?

—Pan —(léase destino).

—Y ¿quién le recomienda a usted?

—Mi necesidad, mi honradez y mi aptitud.

—Y ¿nadie más?

—Nadie más.

—¿Y tiene usted descaro para acercarse a mí de esa manera?

—Me parece que un hombre honrado, con amor al trabajo...

—Le digo a usted que todo eso es hojarasca, música celestial.

—No comprendo...

—¿Ve usted esa montaña de papel que está sobre la mesa? Pues son recomendaciones de hombres influyentes en pro de necesitados como usted.

—Luego quiere decir que...

—Que está usted aquí de más.

—Tiene razón —dijo Juan para sí, retirándose—: las necesidades de esos hombres serán más antiguas y más grandes tal vez que la mía. ¡Cuando los recomiendan las personas influyentes!...

Acosado más de cerca por el hambre, buscó en más bajas regiones lo que en las altas se le negaba.

—¿Para qué sirve usted? —le preguntó un banquero.

—Para todo —contestó Juan.

—¿Conoce usted alguno de los misterios de la maquina bursátil?

—No, señor; pero lo aprenderé.

—¡Bah! Yo necesito una persona que los conozca hoy, ahora mismo. No me conviene usted.

Y Juan siguió buscando.

—¿Sabría usted administrar mi hacienda? —le dijo un propietario.

—Sin duda alguna.

—Y ¿quién le garantiza a usted?

—Mi honradez, mi aptitud...

—Y ¿cómo me las acredita usted?

—Con mis obras.

—Pero ¿quien me responde hoy?...

—Mi palabra.

—¿Nadie más?

—¿Duda usted de ella?

—Como no le conozco a usted...

—Me llamo Juan Portal.

—Muy señor mío... pero nunca he oído ese nombre. Si usted me diera el de alguna persona de arraigo, yo me informaría.

—Soy muy joven aún, y esta es la primera vez que busco el amparo de un extraño... Sin embargo, en la universidad...

—No trato a esa señora.

—Allí soy bien conocido.

—¿Como estudiante?

—Como buen estudiante.

—Pero como lo que yo necesito es un buen administrador... Beso a usted la mano.

Juan sufrió con resignación este nuevo desengaño, y siguió recorriendo, con el heroísmo del que no tiene que comer, todas las categorías del comercio y de la industria, buscando un pedazo de pan al precio de su trabajo. ¡Inútiles pesquisas! Cuando Juan no conocía el ramo a que se le destinaba, se le desechaba por inútil; cuando le conocía, no se le aceptaba por falta de responsabilidad; y ¡cosa rara!, por todo se le preguntaba menos por aquello que constituía su orgullo: su talento.

Entre tanto, el hambre avanzaba a pasos de gigante; y el pobre teorista se vio tan apurado, que se decidió a pedir un puesto detrás del roñoso mostrador de un aceitero.

—Aquí —se dijo—, no se escrupulizará tanto en la cuestión de garantías; tampoco me rechazarán por incompetente; y pues sólo se trata de paciencia y humillaciones, yo procuraré ser un héroe de este género. De paso estaré más a la vista de la sociedad, que, al cabo, tomará en cuenta tan grande sacrificio.

Y salió resuelto a ejecutar su plan.

—¡Qué casta de hombre es usted —le dijo, al oírle, el grosero mercader, mirándole receloso—, que con ese traje y esa elocuencia se atreve a servir en mi casa?

—Un hombre acosado por la necesidad —respondió Juan—, que busca trabajo y no le encuentra; que tiene hambre y no quiere robar para comer; que tiene títulos universitarios y los vende por un pedazo de pan.

—Pues, amigo, usted sabe demasiado para vender jabón y aceite. Para luchar con mi parroquia necesito hombres de grasa, no de ciencia... Lo siento, pero no me conviene usted.

Este último golpe anonadó a Juan. Encerróse en su oscura buhardilla, renegó de la fatal casualidad que le había conducido ante los poquísimos ejemplares del grosero positivismo que aún quedaba en medio de la llama civilizadora de la época; y así por entretener el hambre como para consolarse algún tanto de los reveses sufridos, se puso a escribir sobre el tema que le ofrecía su propia situación. Y con tanta fe escribió, con tanto ahínco, que en poco tiempo se halló con un volumen considerable.

—He aquí las ventajas de la ciencia —exclamó Juan con entusiasmo, después de leer y corregir su manuscrito—. Yo demuestro con argumentos irrebatibles que el hombre civilizado no debe, no puede tener hambre viviendo en sociedad, conocidas las bases sobre que ésta descansa hoy, bases que expongo con toda minuciosidad, y cuya exactitud nadie podrá negarme en el terreno de la razón... ¡Si yo publicara este libro! Y ¿por qué no? El buen éxito es seguro: mi teoría está en la mente del público; y si parezco algo atrevido, el triunfo será mayor: me argüirán, haré ruido, se hablará de mí... Me alegro ya de mis recientes contrariedades; sin ellas no hubiera emprendido esta obra, que tal vez está llamada a ser mi providencia. ¡Bendita sea la chispa civilizadora que inflamó la mente del hombre, pata que brotara de ella el genio de nuestro siglo! Yo iba a ceder al peso de una aparente adversidad, y quizá seré mañana el ejemplo vivo de que el espíritu moderno se nutre de fuerza hasta en el egoísmo, en la ignorancia que aún viven entre nosotros; de que el fuego de la civilización purifica, como el de la naturaleza al oro, al hombre de las malas pasiones que le rodean y le manchan con su contacto.

Y ocultando cariñosamente el manuscrito en el seno, salió, radiante de entusiasmo, en busca de un editor, tributando de paso fervientes alabanzas a estos modernos industriales literarios, con cuyo auxilio popularizan sus creaciones los ingenios desheredados de la fortuna.

—Quisiera publicar un libro —dijo al primer editor que halló al paso, después de saludarle afectuosísimo.

—No habrá inconveniente en ello —respondió el industrial—, si nos ponemos de acuerdo en los términos del negocio.

—Así lo espero.

—Veamos.¿Quiere usted imprimir la obra por su cuenta?

—Carezco de recursos para ello. Desearía que usted me la comprase.

—Corriente. Y ¿cuál es el nombre?...

Conquistas y derechos de la razón.

—No me ha dejado usted concluir. Preguntaba por el nombre de usted.

—¡Ah!, por el mío... Me llamo Juan Portal.

—¡Juan Portal! Juan Portal... Portal... Portal. No quiero publicar su libro de usted.

—No comprendo.

—Es harto claro. Juan Portal es un nombre desconocido en el comercio de libros.

—Y eso ¿qué?

—Que no le conoce a usted el público.

—Pero vea usted el libro y juzgue. Si es bueno, ¿qué le importará al público el nombre de su autor?

—Es que no le verá aunque inundemos el mundo de ejemplares.

—¿Por qué no?

—Porque no le conoce a usted.

—¡Dale! ¿Qué tiene que ver la obra con mi apellido?

—¡Friolera!... ¿Usted ignora que el público de España no compra un libro cuyo autor no sea conocido... o extranjero?

—Ese es un cargo gravísimo que ofende al buen criterio de la sociedad moderna.

—Será lo que usted guste, pero es la verdad.

—El entusiasmo de la juventud...

—No hay tal entusiasmo; no hay más que curiosidad, y ésta sólo la despierta un nombre popular.

—¿Y cómo se populariza un nombre?

—Zarandeándole unos cuantos años en la prensa periódica de la corte. Pero ¿de dónde viene usted, santo varón? ¿No sabe usted que hay una sociedad de elogios mutuos entre los literatos, que se encarga de labrar reputaciones?

—¿Cómo ha de ser eso posible?

—Muy sencillamente. Usted escribe en el periódico A., y publica un trabajo literario, supongamos que con pretensiones de jocoso. Yo escribo en el periódico B., y le reproduzco en él con el siguiente preámbulo: «Tomamos del periódico A. la siguiente bellísima producción que nos ha hecho tendernos de risa, etc., etc., debida a la pluma del festivo e ilustrado escritor Fulano de Tal». Mañana, vice-versa, escribo yo en el periódico B. unas malas seguidillas con dejos sentimentales, y usted, reproduciéndolas en el A., asegura a sus lectores que le han hecho llorar, y que encierran más ternura que un puchero de lágrimas. Pasado mañana se pone usted a escribir del Chimborazo, y, pegue o no pegue, encaja de vez en cuando un «como dice muy oportunamente el sensible escritor Zutano de Cual», etc., etc. Hablo yo de las Batuecas otro día, y cito una frase de usted, o que la supongo de usted, anteponiéndola el adjetivo chispeante, feliz... Y de este modo una semana, y un mes, y un año, llega el público a hacerse tanto a nuestros nombres, que cuando le faltan en los periódicos, está inconsolable. Calcule usted qué hará este público el día en que aparece un libro nuestro, máxime después de haber dicho de él la prensa entera: «De un momento a otro debe ponerse a la venta la obra que acaba de imprimir el señor don Fulano de Tal. El nombre del autor es la mayor recomendación que podemos hacer del libro, a todas luces digno de tan privilegiado talento y de la protección del público, que tan familiarizado está con las producciones de la delicada pluma del señor Tal...».

—Pero, señor mío, si la obra es buena, no hallo del todo injustos esos elogios, ni los que usted ha dicho que se tributan mutuamente de periódico a periódico. Si la obra es mala, ¿no bastará ella a castigar la desvergüenza de su autor?

—No, señor, porque el público, en general, se paga mucho de lo que lee en la prensa periódica; y antes de asegurar que ésta no tiene razón, confiesa que él no lo entiende.

—Pero ¿dejará la verdad de brillar al fin y al cabo?

—Esa es otra cuestión. Por de pronto, antes de que llegue ese caso, el bombo ha hecho efecto, los libros malos se han despachado como pan bendito, y el escritor de pega es popular, es decir, una reputación.

—Cualquiera que le oiga a usted creerá que no hay en España verdaderas glorias literarias.

—¡Dios me libre de negarlas! Lo que sí le aseguro a usted es que estas reputaciones que han rechazado, al nacer, la Sociedad de elogios, han sudado el quilo para formarse, y sólo a fuerza de años y de méritos han conseguido la consideración en que se las tiene. Cierto es que sus nombres no morirán jamás, y que los de artificio acabarán muy jóvenes; pero esa no es cuenta para nosotros, los editores, que sacamos más jugo de las obras de relumbrón que de las de verdadero mérito. Por eso, al recibir un manuscrito, no leemos de él más que la portada.

—¿Luego usted está resuelto a no leer el mío?

—Resueltísimo.

—¿Y de qué medios me valdré para publicarle?

—Ingrese usted antes, si le admiten, en la Sociedad de elogios mutuos.

—¡Oh!, eso no lo haré jamás; y, por otra parte, yo necesito dinero hoy mismo para comer.

—¿De qué género es el libro de usted?

—Filosófico-social-económico...

—Basta, basta... No sirve.

—¿Qué pretendía usted?

—Si fuera una novela patibularia, incendiaria, foragida, parricida o adulterina, poniéndole algunas láminas al cromo y portadas alegóricas a diez tintas, tal pudiera haber en ella de horrores, que se la compraran a usted, a pesar de su poco nombre.

—¿Cómo?

—Porque este es el género que hoy priva, y tantos pedidos tengo de él, que acaso nos arreglásemos. ¿No podría usted dialogar su libro, introduciendo en él siquiera un par de frailes cínicos, una ramera virtuosa, un bandido filantrópico, un banquero ex-presidiario, una marquesa adúltera... cualquier cosa así? Porque con un título ad hoc, verbigracia: El cráneo del monje, La caverna del crimen, Cien generaciones de adúlteras, El puñal y el hisopo, le daríamos a luz con éxito seguro.

—Usted se está burlando de mi situación, e insultando de paso el buen sentido de ese público que le da de comer.

—Por eso le conozco tanto, y por eso le vuelvo a asegurar a usted que, de algún tiempo a esta parte, salvas honrosísimas pero cortas excepciones, repara, no sólo en el nombre de los autores, sino hasta en el color de las portadas.

—Usted le está injuriando.

—Es usted un inocente.

—Beso a usted la mano.

—Vaya usted con Dios.

Juan salió a la calle persuadido de que el editor se había querido burlar de él; mas cuando trató con otros inmediatamente y vio que todos ellos convenían en que el señor público se pagaba mucho del ruido, y que por esta razón no hallaba él quien publicase su libro ni de balde, el desdichado filósofo acabó por perder los estribos, confundido con tanto desengaño y, sobre todo, abrumado por el hambre que no podía acallar.

—¡Cerradas todas las puertas para mí!... —exclamaba el desdichado desde la lobreguez de su pobre buhardilla—. Unos porque me tienen en poco, otros porque me consideran demasiado, todos me rechazan. La sociedad, ese fantasma a quien dedico mis desvelos, a quien sacrifico mi reposo, a quien tengo siempre delante como el juez de mis debilidades, no acepta al pobre atribulado porque no le conoce... ¡Y, entre tanto, soy honrado, soy bueno en obsequio a esa misma sociedad que me perseguiría inexorable por la menor de las faltas!... Y ¿qué partido tomo a la altura en que me encuentro? Estoy asediado, aherrojado por la miseria. No puedo dedicarme ni aun a vender fósforos, porque para comprarlos antes se necesita dinero, y yo no tengo un maravedí ni quien me le preste. Pero ¿he de morirme de hambre?, ¿he de robar? ¡Oh, eso jamás!... Si mi delicadeza me permitiera aceptar un enlace ventajoso... porque esto es hoy lo más fácil del mundo. El hombre, sólo por ser honrado, representa en las actuales circunstancias un capital enorme; y cuando, además de honrado, sabe, la cifra a que asciende su valor es incalculable. En cuanto a las mujeres, están bien penetradas de esta verdad. Todas prefieren hoy el hombre que vale al hombre que tiene, porque la experiencia les ha enseñado que no se compra con todos los tesoros del segundo el menor de los santos goces que les proporciona la inteligencia del primero. Éste les da amor puro, sublime, gloria tal vez; acaso títulos y consideraciones: el otro, lujo y ostentación en el mundo, desvío, aridez, lágrimas en el hogar. Esto es un hecho. Pero ¿debo yo lanzarme a adoptar este partido? Teresa, mi tierna amiga en mis buenos tiempos de estudiante, es rica, y muchas veces me juró que me amaba con toda la sublimidad del alma juvenil de una doncella fuerte; su familia me acogía con cariño... Yo podría, pues, reanudar estas amistades interrumpidas por mis vicisitudes, y salir de apuros para siempre... Mas ¿qué diría de mí la sociedad? De fijo que me vendía por una posición; que era poco delicado... ¡Oh, no, no me caso! Pero, entre tanto, ¿qué debo yo a esa sociedad? ¿Por qué he de temerla? Además, ¿no está demostrado que represento por hombre, y por hombre ilustrado, un capital mucho mayor que el que pueda tener en dinero mi mujer, por grande que él sea? Luego si me caso con Teresa, no me vendo: será que yo la elijo, no que ella me compra... Me caso decididamente.

Y Juan, tras este razonamiento, se arregló la corbata, se cepilló las manchas de la levita, se afeitó, se acicaló, en fin, cuanto pudo; y sin reparar mucho en el chocante deterioro de su vestido, pues profesaba, como se deja comprender, el principio de que el hábito no hace al monje, salió de su buhardilla, bajó de cuatro en cuatro los escalones, y se dirigió rápidamente a casa de su antigua novia, negándose a escuchar sus propios recelos por si antes de llegar al término de su viaje se arrepentía de aquella debilidad a que las circunstancias le obligaban a ceder...

Lector: tú que, de fijo, serás menos filósofo que Juan, menos científico, más escarmentado, en una palabra, ¿necesitarás que yo te cuente el éxito que tuvo su postrera resolución? Seguramente que no. ¡Atreverse un hombre con la levita raída a ofrecer su mano a una mujer de posición! ¡Horror!

Juan no salió de cabeza por el balcón de Teresa, porque ésta, después de oír de pie las pretensiones de su antiguo novio, y de quien se hizo la desconocida al recibirle, tuvo la magnanimidad de no dar parte a su padre de tan inaudita desvergüenza.

Pero lo que en aquel caso hubieran hecho las losas de la calle, estuvo a pique, el desventurado optimista, de encomendárselo a los peldaños de la escalera de su adorada; pues tantos desengaños y tan juntos, y tanta miseria entre ellos, eran más que suficiente causa para que cualquier mortal de las creencias de Juan se rompiese el cráneo contra una esquina.

Por fortuna suya, la excitación que le dominaba era tan febril, que no dándole tiempo ni para detenerse a arrojarse de coronilla sobre la escalera, le hizo bajarla volando, y volando pasar la calle, y volando atravesar la población, y como un huracán recorrer la campiña, y volver de ella, y vagar por calles y plazas y paseos, hasta que el cansancio le detuvo y le obligó a caer rendido en una banqueta de un café.

Cuando pudo darse cuenta de su situación, uno de sus pocos amigos, pero tan desdichado como él, estaba a su lado.

Juan, al conocerle, le abrazó estrechamente y lloró de desesperación. Después le contó sus cuitas sin omitir un solo detalle, y acabó diciendo con desconsuelo: —He vivido engañado: nuestras teorías son una farsa; la sociedad no es lo que nosotros sonarnos; es tan egoísta, tan material como siempre, porque la humanidad, aunque se instruye, no varía. El hombre será siempre explotado por el hombre y jamás su hermano. No hay, pues, sociedad, no hay filantropía, no hay igualdad: no hay más que ricos y pobres, tiranos y víctimas, felices y desgraciados, cuerdas y pescuezos.

—El dolor te hace cruel —le replicó su amigo.

—¿Serás capaz de demostrarme que yo no tengo hambre, que no me he humillado hasta el polvo para ganar un poco de pan que se me ha negado?...

—No intentaré tamaño absurdo. Además, opino contigo en cuanto al desequilibrio social de que te lamentas. Lo que te niego es que nuestras teorías sean quiméricas. Di que, por hoy, son ineficaces, y estarás en lo justo; pero la razón triunfará al cabo.

—Y ¿por qué no triunfa ya?

—Porque está comprimida por los altos poderes que aún estriban en viejos, funestos privilegios. Mientras el actual orden de cosas no sufra una transformación radical en el sentido de nuestras ideas, la fuerza, el capricho, la inmoralidad, seguirán aniquilando a la patria.

—No veo bien clara la relación que pueda haber entre los altos poderes del Estado y el tabernero que me negó una plaza detrás de su mostrador.

—¡Oh ceguedad! ¿Olvidas que ese tabernero, porque es hombre de arraigo, tiene derechos civiles, aunque es un estúpido, que a ti se te niegan porque eres pobre? ¿Quiénes son los hombres que están hoy al frente de la cosa pública? ¿Merece alguno de ellos el puesto que ocupa, por sus virtudes cívicas o por su talento? No. ¿Cómo han llegado a tan alto? Por la fuerza de sus influencias, por el voto, tal vez subastado, de los hombres que tienen, nunca por el de los que saben; que a éstos les niega la ley el criterio que concede a los primeros. Supón, por un instante, en manos de hombres virtuosos e ilustrados los primeros cargos de la nación...

—Pero es una quimera suponer eso...

—Eso será una realidad el día en que prevalezcan entre nosotros el saber y el talento; el día en que se prescinda para siempre de ese fantasma de la tradición, y luzca clara y sin una sola nube el sol de la libertad.

—Me parece que no te falta en este momento en que te despachas tan a tu gusto.

—Me falta; porque se me prohibiría predicar en medio de la calle... a Mahoma, si se me antojaba; porque no puedo hacer públicos cargos a esos mismos poderes que en nombre de la patria la aniquilan; porque no se tolera que yo me reúna, donde y cuando me acomode, a mis amigos, para conspirar con ellos contra quien me dé la gana; porque no podemos acercarnos al calor, a la ebullición de la vida política donde los hombres de nuestro temple deben vivir, porque ellos son la luz, el sustento, la razón; porque sólo así no estaremos a merced de estúpidos aceiteros, como el tuyo, que nos tasen el pan...

¡Oh sublime poder de la razón! ¿Creerá el lector que Juan, con párrafos como el antecedente y otros, no menos peregrinos, que su amigo le fue enjaretando a continuación, olvidó al cabo hasta el hambre que le aniquilaba, y juró solemnemente asociarse a su consejero en la empresa de regeneración que éste le propuso como el único medio para que acabaran sus desgracias y se convirtiese la patria en una verdadera jauja?

Y con tanta fe se adhirió a la empresa, y con tanto ahínco trabajó por la destrucción de ciertos privilegios sagrados, que a los pocos días del encuentro con su amigo, estaban entrambos... errando de bosque en bosque, huyendo de las leyes de la patria que habían atropellado, aunque con la mejor intención.

Una vez fuera del alcance de ellas, acogiéronse al amparo de un país regido por los mismos principios que ellos adoraban; Juan con algunos recelillos propios de sus desengaños, y su amigo con la fe de un mártir.

Pasó un día, y otro, y otro, y pasaron muchos más después, y Juan esperó en vano a que la libertad de aquel país le sentara a su mesa... Y llegó a tener hambre como en su patria; pues como el derecho que en ésta le negaban de conspirar y de predicar dónde y cómo se te antojase, le tenía allí cada ciudadano, y cada ciudadano pensaba de distinta manera, no bien abría la boca para decir blanco, cuando ya tenía un contrincante al lado que le sostenía que negro, no logrando jamás avenirse con nadie, pues que nadie se avenía con él. Oyó, lo mismo que en su tierra, lamentarse a todo el mundo de que el poder no era de los rectos, sino de los fuertes; que el talento estaba postergado, y que la idea se inmolaba en aras del interés privado; vio también ricos egoístas, y sobre todo, pobres mucho más ignorantes, mucho más soberbios y mucho más temibles que los de su patria; presenció un motín cada día, un cisma cada semana; y notó tal afán por santificar todo género de opiniones, que acabó por no creer en nada de tejas abajo, y por mirar lo de tejas arriba con más cuidado que en los albores de su sabiduría.

Con esto, con el hambre que no le abandonaba un solo instante, y con lo que en su cuerpo y en su espíritu habían labrado sus primeras tribulaciones, está, en mi concepto, sobradamente justificada la horrible hipocondría que al cabo postró a Juan en un mísero lecho de un hospital, que le acogió, no por caridad, sino por evitar a un pueblo culto el espectáculo de un cadáver en medio de la calle.

Momentos antes de espirar el infeliz, llamó a su amigo que le velaba fiel, y con la voz empañada por el frío de la muerte, le dijo estas palabras, reconcentrando en sus cristalizados ojos toda la intención de su alma:

—El mayor remordimiento de cuantos en este instante me martirizan, es el de morir de inocencia, después de haber vivido idólatra de la razón.

La razón es la mayor farsa de este siglo. Con ella se demuestran todas las teorías, y la verdad no parece nunca.

Hoy, lo mismo que ayer, el reino del mundo es de los fuertes, de los atrevidos y de los afortunados, a despecho de las decantadas conquistas de la humana inteligencia.

La sociedad es otra farsa: no hay más que hombres que por opuestos caminos van cada cual en pos de su particular interés.

El amor, la belleza y los honores, son del que más los paga.

Fuera de la familia no hay abnegación, no hay caridad; sólo hay negocios; pues, desde el polvo hasta la patria, todo se vende. Entre un ochavo y una fortuna está el precio de estas mercancías. El talento es de las pocas monedas que no pasan en este mercado. Por eso tantos hombres que le tienen se mueren de hambre. Si eres, pues, ambicioso, ya que eres honrado, deja el culto que das a la Razón y conviértele a la Fortuna, que de vez en cuando, incitada por la Divina Providencia, tiene la humorada de socorrer a los hombres de bien.

Si cuando sus dones te sonrían, deseas ser feliz, limítate al recinto de tu familia; enséñala a practicar la virtud; pero descuartízala antes que se haga idólatra de las bellas teorías. Semejante muerte será una caricia comparada con la que me está cerrando los ojos.

En fin, teme al hombre como a tu mayor enemigo; duda de todas sus lucubraciones; hazle todo el bien que puedas, y cree en Dios a puño cerrado, que Él es, al cabo, la única verdad que hay sobre la tierra...

Tras esta última palabra, volvió los ojos al cielo, estiró sus miembros yertos, y espiró.

Lo que de infalibles puedan tener las máximas postreras de Juan, no quiero yo decirlo; pero sí me atrevo a asegurar, en vista de que fueron dictadas por una triste experiencia, que por mucho que disten de la verdad, están más cerca de ella que los sueños que las engendraron. Y seamos francos:

¿Quién no ha conocido en el mundo algún Juan atribulado?

¿Quién está sin algún rasgo de semejanza con él?

¡Dichoso sobre todos los dichosos de la tierra, aquél de mis lectores que no conozca al héroe de mi cuento!


1863

Fisiología del baile

«El baile es un círculo cuyo centro es el diablo».

Esto lo dijo un teólogo que no era rana.

Mas para los moralistas de ogaño esta definición no es admisible, porque, prescindiendo de que el tiempo de los sábados y de las metamorfosis ha pasado, el círculo no es la figura simbólica de nuestros bailes. Demasiado saben ustedes que cada pareja se va por donde se le antoja, pierde el compás cuando le acomoda y vuelve cuando le da la gana; luego si no hay círculo, no hay centro; ergo si no hay centro, mal puede el diablo hallarse en él.

Sin embargo, la opinión del teólogo tiene su fundamento. «Las mujeres son el mismo diablo», se dice vulgarmente; y admitiendo la denominación de círculo que suele darse a las reuniones danzantes, y teniendo en cuenta que «el bello sexo» es el núcleo o centro de estas reuniones, «el baile es un círculo cuyo centro es la mujer».

Sustituyendo ahora en lugar de este término su equivalente «el mismo diablo», viene a quedar probada la exactitud de la máxima del teólogo.

Pero de este modo se infiere un gravísimo cargo a las mujeres; pues no es lo mismo decir que «son el diablo», que «el diablo es la mujer»; y apelo en testimonio a la gramática.

Buscando un término medio a estas combinaciones diabólicas, he llegado yo a creer que el teólogo citó al diablo por dar alguna forma decente a las tentaciones.

Por lo que hace a éstas, los mismos que no creen en brujas y se ríen del diablo, no se atreverán a negar que tienen en el baile la mejor parte. Yo las he visto, y no soy escrupuloso ni aprensivo.

Pero sean las tentaciones o el diablo el centro abominable del baile, según el consabido teólogo, conste que he querido comprobar su máxima para que no se me diga que la acepto por sistema; porque yo la acepto... Ergo, detesto el baile.

Y ya que la solté, voy a justificar a mis propios ojos esta opinión, que a los de la flamante filosofía no pasa de ser una ridícula debilidad.

—«La mujer baila como toca el piano, hace puntillas o va de tiendas».

Tal es la opinión general, aun entre los padres más celosos y los maridos más avisados.

Yo opinaría como ellos, si la mujer bailase sola, o con otra mujer y ante un círculo de mujeres; entonces, a todo tirar, podría el más malicioso atribuirle un poquillo de afán por lucir su garbo, su ligereza o sus formas; pero la mujer no baila sola ni con otra mujer, sino con un hombre y ante un concurso de hombres.

Si la mujer bailase sólo por el gusto de dar brincos, no sería el baile su placer favorito; tendría igual afición que a él, a jugar al marro, o a la pelota, o a saltar la cuerda; placeres que, en cuanto a ejercicio muscular, nada tienen que pedir a ningún otro; y no sucede así.

La historia de la mujer civilizada dice bien claro que sólo se descompone en público, sólo marchita sin duelo sus adornos, y sólo es insensible a la acción de la intemperie y de los pisotones y porrazos, en el baile... pero en brazos de un hombre (conditio sine qua non).

De lo cual deducirá cualquiera que una mujer, en teniendo un hombre con quién bailar, ha colmado sus ambiciones en el baile; es decir, que sólo se ocupa entonces, en espíritu y materia, en dar vueltas por el salón.

Pues no, señor; si así fuera, las simpatías de una mujer en un baile estarían en favor del hombre más ligero y mejor bailarín; pero allí, como siempre y en todas partes, le es más simpático el que es más hermoso y más travieso.

Reparad cada vez que calla la orquesta y las mujeres se retiran a las orillas del salón en torpe desorden, como la espuma a la playa cuando va cesando la tormenta. Oíd lo que dicen a sus amigas cuando se han sentado a su lado; y desafío al más sagaz a que me cite una muchacha que, al sentarse a descansar, se dé por satisfecha si sale de los brazos de un hombre vulgar y adocenado, por más que en el baile sea una peonza, y la prudencia misma en su comportamiento.

De lo que se deduce que la mujer, para bailar, no solamente necesita un hombre que la estreche, quiero decir, que la acompañe; sino también que este hombre sea intencionado, travieso y de estampa más que regular, importando muy poco que baile como una avutarda.

Explanemos una idea que apunté más atrás.

La mujer, ordinariamente, es meticulosa y pulcra; la vista de una araña la hace temblar; al contacto de un hombre en un paseo se ruboriza; la menor humedad la obliga a caminar de puntillas; el humo de un cigarro la hace estornudar, y en un carruaje público se marea.

Puesta esta misma mujer en un baile campestre, aguanta el relente de la noche sin constiparse; gira como una peonza en brazos de un hombre horas enteras, y no se marea; sufre un pisotón que le aplasta un par de dedos, y no se queja; encuéntrase en su rápida marcha con una docena de parejas, crujen hasta sus pulmones con la violencia del choque, y no se da por entendida del suceso; rozan su terso cutis las patillas de su adjunto, y no se ruboriza; respira casi en la boca de éste su aliento tabacoso, y no estornuda; rómpese el leve zapato entre los chinarros del salón, y su pie delicado no da señales de sentir la aspereza del suelo; cae, en fin, un chaparrón de agosto, y si no le dicen «párate», sigue bailando con el agua a las rodillas.

¿Qué significa todo esto? ¿Que tiene la mujer dos naturalezas, una débil para la vida ordinaria, y otra insensible e impermeable para los salones de baile? Esto es imposible. ¿Que son estudiados artificios siempre en ella el rubor y la sensibilidad? No quiero creerle, aunque atrevidos autores lo aseguren. ¿Que hay en el baile alguna cosa que la preocupa tanto que la hace superior a sus propias debilidades? No hay más remedio que creerlo.

Y ¿cuál es esta cosa? Hac est quaestio.

¿Qué pensamiento será capaz de dominar a una mujer hasta el extremo de que no se duela al contemplar desgarrado su vestido, desgreñada su cabellera, sudosa su piel, desencajadas sus facciones, ni se caiga desmayada viéndose abrazar y resobar por un hombre, ante un público numerosísimo, bullanguero y bromista?

Respóndame el Adán más bonachón. Por mi parte, aseguro que el tal pensamiento no es sólo el de dar brincos. Esta sola causa haría muy poco honor al chirumen de la mujer civilizada, que será... lo que ustedes quieran, pero no tonta.

¡Qué diablo!, entremos en un baile, en el de más campanillas, y echemos un vistazo en derredor; y aun cuando uno quiera figurarse a la mujer desprovista de toda tentación, ella nos demuestra lo contrario.

Como el estilo es el hombre, el baile es la mujer.

Reparad en esa esbelta morena, con la frente inclinada sobre el hombro de su pareja: mirad sus ojos de fuego velados por sus lánguidos párpados, sus labios entreabiertos, encendidas sus mejillas, palpitante el seno, flexible como un junco la cintura, y pisando el suelo apenas con las puntas de sus menudos pies.

La otra, rubia, de mirada tierna y hechicera boca, que se repliega nerviosa y con picante sonrisa cada vez que otra pareja la toca al pasar y la oprime contra su caballero.

Esa pálida de yerta fisonomía, que cierra los ojos en éxtasis siempre que la precipitan en el torrente impetuoso de algunos compases de wals.

Aquella pequeñita y ligera de chispeante mirada, que busca a hurtadillas la de su acompañante cuando la mece, casi sobre su rodilla, en los bamboleos de una schotisch... y tantos, y tantísimos otros ejemplares que pasan ante vuestros ojos entre las confusas turbas de un salón de baile, ¿no os dicen en sus especiales actitudes que en todo piensan entonces menos en que van saltando?

Si no me llamaran cruel, haría una pregunta al marido tolerante.

¿No has notado alguna vez, al retirarte de un baile, que tu hermosa costilla está taciturna, áspera y desabrida contigo?

Como me vas a contestar que sí, me tomo la libertad de explicarte ese fenómeno, aunque me llames entremetido. Todo ese despego significa que has perdido mucho en la comparación que de ti ha hecho con los que en el baile la han acompañado; significa que le pareces feo, tonto y ridículo, aunque seas bello, discreto y elegante; porque... está probado que en las comparaciones que hacen las mujeres salen perdiendo siempre los maridos, y en el baile se compara como en ninguna otra parte.

Pero ¿a qué cansarnos en traducir el pensamiento de la mujer en el baile, con deducciones más o menos lógicas? ¿Ha más que consultarnos a nosotros mismos? La proximidad de hombre a la mujer, cuando con ella baila, hace casi idéntica las situaciones de entrambos: si el primero se quema, no debe estar muy lejos del fuego la segunda.

Pues bien; el hombre busca siempre, para su pareja, la mujer de mejores formas, más amable y menos escrupulosa.

Lo que esto quiere decir, me excusa de lo que callo por respeto a vosotras, que, dicho sea de paso, me arañaríais de buena gana si me tuvierais a mano.

Pero sospecho que, por lo crudo de esta aseveración, sois capaces de recusarme por apasionado. Lo cierto es que pocos se han atrevido a hablar tan claro en tan revuelto asunto. Veamos si hallo una razón que no tenga vuelta.

El baile es una sociedad como otra cualquiera, regida por leyes especiales y con sus costumbres propias.

Tratemos de formar con ellas un cuadro exacto y compendiado, de modo que de una sola mirada se aprecie el asunto en su verdadero valor; y con este objeto, examinemos el salón, reparemos lo que los concurrentes hacen, y escribamos el resumen de nuestras impresiones.

Hele aquí:

—«El baile es una república en que no tienen autoridad ni derechos los padres y los maridos sobre sus hijas y mujeres respectivas. Éstas pertenecen al público, que puede necesitarlas para bailar al tenor de los siguientes dos preceptos:

Deberes de la mujer: Ésta, sin faltar a la buena educación, no puede negarse al que primero la solicite.

Derechos del hombre: El hombre es dueño de elegir la mujer que más le guste, y, ya en la arena, puede estrecharla entre sus brazos; poner en íntimo contacto con ella, por lo menos todo el costado derecho, desde la coronilla a los talones; pisarle los pies, romperle el vestido y limpiarle el sudor de la cara con las patillas, si no con el bigote, sin faltar a las leyes de la decencia; pues contando con la agitación y la bulla de la fiesta, no es posible establecer un límite a los puntos de contacto, ni amojonar el cuerpo para decir al hombre: «aquí no se toca».

Nota.—Las anteriores prescripciones se observan rigorosamente, desde el hombre más feo y antipático, hasta la mujer más linda y exigente».

Repárese que en la tal república, donde el hombre tiene derechos tan peregrinos, la mujer no tiene más que deberes.

Creo que esta fidelísima fotografía que acabo de hacer del baile, completa sobradamente mi propósito.

Una observación en honor del hombre culto. No hay padre ni marido que repare en enviar sus hijas y su mujer al baile; pero la sociedad se escandaliza el día en que una soltera atraviesa sola, de acera a acera, la calle en que vive.

Fundándome en mejor lógica, establecería yo la siguiente «Jurisprudencia: Los padres y los maridos que proveen los bailes con sus hijas y sus mujeres, no tendrán derecho a ampararse a las leyes de la justicia ni del honor, en los casos de agravio... de mayor cuantía; se les negará la sal y el fuego, y, con un cencerro al cuello, expiarán su estupidez... de baile en baile».

Consignado así mi voto, no debo insistir en nuevas deducciones, y doy por acabada mi corta tarea.

Porque creo que se necesita mucho menos que sentido común, para condenar el baile bajo el aspecto puramente estético, y no hay necesidad de que yo gaste tinta ni paciencia en ello.

Un hombre de frac y chistera, máxime si tiene canas, y una mujer bonita, muy prendida y remilgada, dando brincos como dos salvajes de Mozambique, sudando el quilo y sacando la lengua de cansancio, solamente los puede uno soportar delante sin echarse a reír, cuando considera... que el fin justifica los medios.

Ahora bien; ¿por qué escribo yo esto? ¿Aspiro a la austeridad del anacoreta?

No tengo, desgraciadamente, tanta virtud: me gusta la carne más que las raíces.

Si en el baile encuentro un filón de verdaderas gangas, ¿por qué, en vez de procurar su destrucción, no le exploto callandito?

Veamos si mis lectoras, cuyos pies beso a pesar de lo dicho, hallan la respuesta en la siguiente

Moral del cuento

Yo he bailado también; pero preguntándome con horror a cada vuelta:

¿Me casaré yo algún día?

Y si me caso, ¿habrá bailado mi mujer?

¿Llegaré a tener hijas?

Y si las tengo, ¿dejaré que me las bailen?

Temiendo ser tan padre y tan marido como todos los demás, he escrito estos renglones: quiero tenerlos delante de los ojos cada vez que mi ceguera de marido y de padre vaya a hacerme merecedor del castigo a que condeno a todos los mansos del gran rebaño de la sociedad danzante.


1863

Los buenos muchachos

I

Lector, cualquiera que tú seas, con tal que procedas de uno de esos que llamamos centros civilizados, me atrevo a asegurar que estás cansado de codearte con los personajes de mi cuento.

Así y todo, pudiera suceder que no bastase el rótulo antecedente para que desde luego sepas de qué gente se trata; pues aunque ciertas cosas son en el fondo idénticas en todas partes, varían en el nombre y en algunos accidentes exteriores, según las exigencias de la localidad en que existen.

Teniendo esto en cuenta, voy a presentarte esos chicos definidos por sí mismos.

—«Yo soy un hombre muy tolerante; dejo a todo el mundo vivir a su gusto; respeto los de cada uno; no tengo pretensiones de ninguna clase; me amoldo a todos los caracteres; hago al prójimo el bien que puedo, y me consagro al desempeño de mis obligaciones».

Esta definición ya es algo; pero como quiera que la inmodestia es un detalle bastante común en la humanidad, pudiera aquélla, por demasiado genérica, no precisar bien el asunto a que me dirijo.

Declaro, aun a riesgo de perder la fama de buen muchacho, si es que, por desgracia, la tengo entre algunos de los que me leen, que soy un tanto aprensivo y malicioso en cuanto se trata de gentes que alardean de virtuosas.

Esta suspicacia que, de escarmentado, a más de montañés, poseo, es la causa de que los llamados por ahí «buenos muchachos» hayan sido repetidas veces, para mí, objeto de un detenido estudio. Por consiguiente, me encuentro en aptitud de ser, en datos y definiciones, tan pródigo como sea necesario hasta que aparezca con todos sus pelos y señales lo que tratamos de definir.

Pero como no ha de ser interminable esta tarea, he de reducir la infinita procesión de ejemplares que veo desfilar ante mis ojos, a tres grandes modelos, en cada uno de los cuales se hallan reunidas las condiciones típicas que andan repartidas entre todos sus congéneres.

Primer modelo.—Buen muchacho que ya cumplió los cuarenta años. Señas particulares, indefectibles: es gordo, colorado, nada garboso, muy escotado de cuello y de chaleco, recio de barba y escaso de pelo. Habla mucho y se escucha.

Segundo modelo.—Buen muchacho que no ha cumplido los treinta y cinco. Señas particulares: enjuto, macilento, cargado de entrecejo y de espaldas, vestido de oscuro, muy abrochado, largo de faldones y pasado de moda. Este ejemplar tiene, necesariamente, a la vista y como si fuera marca de ganadería, una señal indeleble: verbigracia, un lobanillo junto a la oreja, un lunar blanco en el pelo, una verruga entre cejas, la nuez muy prominente, o toda la cara hecha una criba de marcas de viruelas. Habla bastante y con timbre desagradable, casi siempre en estilo sentencioso, y a menudo con humos de gracioso.

Tercer modelo.—Buen muchacho que raya en los veinticinco. Señas infalibles: rollizo, frescote como un flamenco y miope. Rompe mucha ropa, y procura llevarla muy desahogada; es hombre de poco pelo y de no mucha barba; habla más que una cotorra, muy recio y con los términos más escogidos del diccionario. Detalle peculiarísimo: antes de adquirir en público el título de «buen muchacho», ha gozado, durante seis años, entre las diversas tribus de su familia, la opinión de hombre precoz.

En vista de todos estos datos, podemos sentar la siguiente regla general:

La edad de los «buenos muchachos» varía entre veinticinco y cincuenta años.

Como detalles comunes a los tres modelos, pueden apuntarse los siguientes:

Son mesurados en el andar; saludan muchísimo, descubriendo toda la cabeza; en sus paseos buscan la compañía de los señores mayores, y en tales casos, miran con aire de lástima a los jóvenes que a su lado pasan, si van muy alegres o muy elegantes; usan a todas horas sombrero de copa, y se calzan con mucho desahogo; temen de lumbre los tacones altos y por eso los gastan anchos y muy bajos; sacan chanclos y paraguas al menor asomo de nube en el horizonte, y en cuanto estornudan tres veces seguidas, guardan cama por dos días y se lo cuentan después a todo el mundo; no fuman, o fuman muy poco, pero chupan caramelos de limón y saben dónde se venden un vinillo especial de pasto y garbanzos de buen cocer; conservan con gran esmero las amistades tradicionales de familia, y al hacer las visitas de pascuas o cumpleaños, llaman a la visitada «mi señora doña Fulana»; la preguntan minuciosamente por todo el catálogo de sus achaques físicos, y siempre tienen algún remedio casero que recomendarla; se dedican a negocios lucrativos, mejor dicho, están asociados, y en segunda fila, a personas que saben manejarlos bien; y, por último, se perecen por echar un párrafo en público y familiarmente con las primeras autoridades de la población, y se rechupan por formar parte de cualquiera corporación oficial u oficiosa, con tal que ella trascienda a influyente y a respetable.

Hasta aquí, algo de lo que el menos curioso debe haber visto en esos personajes; desde aquí, lo que todo el mundo puede ver en los mismos si se toma la pequeña molestia de levantar los pliegues de la capa con que la señora fama parece haberse empeñado en protegerlos contra críticas y murmuraciones.

II

Hallábame yo, no ha mucho, cerca de un pequeño círculo de murmuradores de mayor edad, con quienes ningún lazo de amistad íntima, ni siquiera de simpatía personal, me ligaba; y dicho se está que yo oía, veía y callaba. Hablábase a la sazón de un suceso ocurrido recientemente en el pueblo, con sus vislumbres de escandaloso, cuando entró en escena un personaje muy conocido mío, y muy amigo, al parecer, de aquellos murmuradores. Parecía el tal fundido en uno de los tres modelos que dejo registrados; y no digo en cual, porque no es necesario.

—Aquí llega... Fulano, que podrá darnos algunos pormenores más del suceso —dijo un murmurador.

—Voy muy de prisa, señores —respondió el aludido—, y sólo me he acercado a ustedes con el objeto de saludarlos... Pero, en fin, ¿de qué se trata?

—Pues, hombre, de la novedad del día... de cierta joven que ha desobedecido la paterna autoridad.

—Efectivamente: tengo entendido algo que suena a eso mismo; pero como no me gusta meterme en la hacienda del vecino, y dejo a cada uno vivir a su antojo, no he querido enterarme muy a fondo.

—Pero es lo cierto que usted sabe algo...

—De manera que algo, algo, por muy sordo que uno se haga...

—Vamos, que ya sabrá usted más que nosotros.

—Les aseguro a ustedes que no. Soy de lo menos dado a chismes y murmuraciones, como es bien notorio... Pero entendámonos: ¿se refieren ustedes a la chica mayor de don Geroncio?

—Cabales.

—¿De la cuál se dice que dos horas antes de ir a la iglesia a casarse con el chico menor de don Atanasio, se plantó y dijo: «no me caso ya», por lo que su padre la amenazó iracundo, de lo cual no hizo ella caso maldito, y resultó un escándalo, y se deshizo la boda?...

—¡Justamente... eso es!... ¿Ven ustedes cómo... Fulano sabía los pormenores del lance?

—Repito que no sé una palabra más de lo que de público se dice. Hay asuntos, como éste, que, sin saber por qué, me repugnan... Pero observo que ustedes me miran con recelo, como si me callara cosas muy graves.

—¡Hombre, no!

—Pues a mí se me antoja que sí, y, señores, yo soy muy delicado en ciertas materias: está por medio la reputación de una joven que puede lastimarse con una sola suposición injuriosa, y esto es bastante a mis ojos para que, en descargo de mi conciencia, me apresure a contar la verdad del caso, es decir, lo que a mí se me ha referido: —Saben ustedes que hace quince días tuve un golpe de sangre a la cabeza, por lo cual, ya repuesto, me ordenó el médico que paseara de madrugada cuando la temperatura lo permitiera. Salía yo esta mañana a cumplir este precepto, con el cual por cierto, me va muy bien, cuando ¡plaf!, tropiezo, al volver la esquina de la plaza, con doña Severa, que, como no ignoran ustedes, por parte de su difunto marido don Estanislao, es prima política de la señora (que esté en gloria) de don Geroncio, y, por consiguiente, tiene motivos poderosos para estar al tanto de los asuntos particulares de esta familia, aparte de que a doña Severa siempre se la ha considerado mucho en aquella casa, por su capacidad y don de gobierno. Pues, señor, como daba la casualidad de que no veía yo a esta señora lo menos hacía... sí, ¡vaya!, ¡yo lo creo!... lo menos... lo menos... quince días... ¿qué digo?, aguárdense ustedes y perdonen: el día de San Lorenzo fue cuando la vi; estamos hoy a... veintitrés días justos hace que la saludé a la puerta de su casa... cabalmente tenía yo que preguntarla dónde había comprado una pasta para matar ratones, que ella usaba con gran éxito, y allí mismo me dio la receta de memoria, porque resultó que la tal pasta era invención suya, digo, de un choricero extremeño que se la confió en secreto por no sé qué favores que la debía... Pues a lo que iba: encuentro esta mañana a doña Severa, y —«¿Cómo está usted, señora mía? —la pregunto. —Bien, ¿y usted, don Fulano? —Pues para servir a usted. —¿Y la familia? —Tan buena, gracias... ¡Caramba, cuántos días hace que no la veo a usted! —Pues no he perdido una misa desde que no nos vemos. Precisamente es hoy el día en que debí haberme quedado en cama, siquiera hasta las diez. —Efectivamente: la encuentro a usted algo pálida y desmejorada. —Le aseguro a usted que no sé cómo me tengo de pie. —¿Se encuentra usted mal? —Mal, precisamente, no; pero ayer tuve un disgusto con la cocinera, y estoy sufriendo hoy las consecuencias. Figúrese usted que a mí me gusta mucho la merluza; pues, señor, la condenada (Dios me perdone) de la chica, dale con que había de traerme siempre abadejo. Chocándome, como era natural, tanta obstinación, pues yo sabía muy bien que no faltaba merluza en la plaza, indago por aquí, pregunto por allá, y averiguo ayer que la muy pícara daba todos los días las sobras del principio a un soldado, su novio, que se pela por el abadejo. ¡Imagínese usted cómo yo me pondría al saberlo!... Por supuesto que lo primero que hice fue plantarla de patitas en la calle, y tan deprisa, que la dije que volviera más tarde por el baúl y la cuenta. ¡En mal hora a mí se me ocurrió semejante idea! ¿Creerá usted, Fulanito, que, la muy sin vergüenza, se me presentó a las dos horas acompañada del soldadote para que éste repasara la suma, y que entre los dos me pusieron como hoja de perejil sobre si faltaban o dejaban de faltar seis maravedís? —Nada me choca, doña Severa, de cuanto usted me dice, que algo parecido podía añadir yo de lo ocurrido en mi casa: el ramo de sirvientas está perdido. —¡Ay, Fulano, lo peor es que el de amas no está mucho más ganado! —También es cierto. —Vea usted a mi pobre primo Geroncio: ¡qué horas está pasando por causa de esa hija a quien ha mimado tanto! —En efecto he oído anoche que esa chica ha roto, por un capricho, su proyectado casamiento. —¿Capricho, eh?, ¡buen capricho me dé Dios! —Así se dice al menos. —Así se dice, porque de alguna manera decente ha de tapar la familia el pastel descubierto. —¿Luego ha pasado algo grave? —¡Gravísimo... Fulano!... y ya ve usted si yo lo sabré cuando he sido y estoy siendo el paño de lágrimas del desdichado Geroncio. —No lo dudo... Pero ahora caigo en que, siendo secretos de familia esos sucesos, estoy pecando de indiscreto al hacer ciertas preguntas. —De ningún modo, Fulano; usted es una persona muy decente, y hasta debe conocer esa clase de líos para ejemplo y escarmiento en el día de mañana, si se resolviera a casarse. —Usted me favorece demasiado, doña Severa. —Le hago a usted justicia, Fulano. —Gracias, señora. —Repito que no hay por qué darlas; y sepa usted (por supuesto, con la debida reserva) que si la boda de mi sobrina no se ha llevado a cabo, es porque el novio descubrió a última hora que la muy taimada había tenido un año antes relaciones íntimas, muy íntimas, entiéndalo usted bien, con un joven andaluz que estuvo aquí veraneando. —Pero ¿tan íntimas fueron, señora? —Tan íntimas, que faltando horas nada más para ir a la iglesia, se plantó el novio al conocerlas, y dijo que nones. —¿Luego no fue ella quien se opuso? —¡Qué había de ser, hombre!... eso se ha dicho para tapar...». Y etcétera, señores —añadió el narrador, con una sonrisita que apenas tenía malicia—; por ahí fue hablándome doña Severa, y lo que acabo de referir es lo único que, en sustancia, hay de cierto sobre el particular.

—¡Que no es poco! —objetó un chismoso, con diabólica expresión—. ¡Cuando yo decía que usted sabía grandes cosas!

—Hombre, si bien se mira, no es tanto como parece —continuó el suavísimo Fulano—. Y de todas maneras, señores, conste que lo he referido aquí en el seno de la confianza y teniendo en cuenta, además de lo que dije al empezar, que una cosa leve callada con misterio, autoriza a suponer otra muy grave: que la mayor parte de ustedes son padres de familia que no echarán el ejemplo en saco roto.

—¡Bravo! —exclamaron algunos oyentes casi enternecidos con este rasgo.

—Conque, señores, vuelvo a recomendar la reserva, y me voy a mis quehaceres —saltó casi ruborizado el amiguito de doña Severa.

Y se marchó.

—¡Qué discreta observación! —dijo uno de los que se quedaron.

—¡Qué juicio tan aplomado! —añadió otro.

—¡Es un gran muchacho! —exclamaron todos.

—¡Valiente infame! —dije yo, y era lo menos que podía decir, con esta franqueza que Dios me ha dado, largándome también, y sin despedirme, por más señas.

Nada se me contestó en el acto; pero me consta que, refiriéndose a mí, se dijeron luego en el corrillo primores como los siguientes:

—¡Qué víbora!

—¡Qué lengua de acero!

—Con veneno semejante es imposible que haya en la sociedad una sola virtud incólume.

Todos estos pormenores forman un detalle que no es de los menos típicos en los «buenos muchachos».

Veamos otros.

Detestan cordialmente todo cuanto no pertenece al gremio del cual son, según dicen, humildísimos miembros; y hablan con afectada lástima, pero con sincera indignación, de los hombres aficionados a los trabajos del ingenio; se jactan de apreciar la prensa periódica, sea del matiz político, científico o literario que se quiera, en mucho menos que el papel de empaque, y son para ellos novelistas y poetas sinónimos de gente perdida. Esto, en general; pero cuando son sus convecinos, sus antiguos condiscípulos, tal vez sus amigos, los que escriben, los que peroran, los que pintan, ¡de Dios les venga el remedio a estos desdichados!

—Hoy todo el mundo escribe, todo el mundo charla, todo el mundo emborrona un lienzo y garrapatea el pentagrama —gritan escandalizados los «buenos muchachos»—. ¿Qué es esto? ¿Dónde estamos? ¿Adónde vamos a parar? Señores, el que más y el que menos de los que en nada figuramos conocemos algo de esas materias, y pudiéramos echar en ellas nuestro cuarto a espadas practicando un poco; pero ¿sería esto suficiente?, ¿nos autorizaría para erigirnos en maestros ni en directores de la opinión pública? ¡No faltaba más!... ¡Pues no son pocas las pretensiones de la gente del día!

Así se explican: veamos cómo se conducen.

Estarán ustedes cansados de hallar en los periódicos de su pueblo centenares de remitidos, al tenor del siguiente:

Señor Director de El Vigilante.

«Muy señor mío y de mi mayor consideración: Aunque ajeno por carácter y por mis habituales ocupaciones a las lides periodísticas, me tomo la libertad de remitir a usted las adjuntas mal perjeñadas líneas, por si tiene a bien insertarlas en su apreciable periódico. La cuestión que las motiva es, en mi humilde sentir, de gran interés para toda la población, y en ello confío para que usted, etc., etc., etc.».

El asunto que se desenvuelve en el remitido y que, según el humilde sentir del comunicante, encierra gran interés para toda la población, es un guardacantón que sobresale media pulgada más de lo que previenen las ordenanzas, o un árbol que se seca en el paseo... o si debe andar cubierto o en pelo por los claustros, durante la celebración de la misa, el perrero de la catedral.

Otros tres detalles esencialísimos distinguen siempre a estas producciones, a saber: lo poco que figuran en ellas los artículos determinados, y lo demasiado que juega la rosa de vientos, lo cual da motivo a cada paso a frases del siguiente jaez: «entrando en mencionado paseo por el lado del Sudeste; tomando la alineación por la fachada vendaval de repetida casa...». Por último, la firma. Esta tiene que ser necesariamente Un curioso, Un contribuyente, Un vecino, o Un amante de su país.

Pues bien, lector, cualquiera de estos motes es el modesto velo con que tapa el rubor de su vera efigies, para dirigirse al público, un «buen muchacho», es decir, uno de esos hombres sensatos, aplomados y sin pretensiones, que detestan la prensa porque no sabe tratar cuestiones que enseñen algo, porque no es capaz de exponer teorías de transcendencia o de universal interés; uno de esos hombres, en fin, que no hallan jamás otro bastante autorizado para erigirse en intérprete, ya que no en director de la opinión pública.

Y no puede quedar la menor duda de que citados artículos pertenecen a referidos autores, porque éstos, en el mismo día del alumbramiento, o en el siguiente a más tardar, teniendo la bondad de interesarse mucho por la salud de uno, le abordan en la calle para enredarle en un diálogo como el siguiente:

—«¿Cómo va, amigo mío?

—Pues, hombre, vamos viviendo.

—¡Cuánto me alegro!

—Muchísimas gracias... ¿Usted tan gordo y tan guapo?

—Gracias a Dios... Pero retírese usted un poquito a la derecha.

—¿Qué ocurre?

—Que está usted colocado junto a una losa quebrada, y un pie se disloca con la mayor facilidad.

—No veo yo la quebradura...

—En efecto, era una ilusión mía... Como en este pueblo anda el ramo de empedrados peor que en Marruecos... Y, a propósito, ¿ha visto usted un comunicado que publica ayer El Vigilante?

—¿Sobre Marruecos?

—No, señor; sobre el guardacantón de la calle X...

—Sí que le he visto.

—¿Y qué le ha parecido a usted?

—Pues, hombre... bien.

—Lo celebro infinito, pues como está hecho al correr de la pluma, no hubiera sido difícil que algún descuidillo...

—Según eso, ¿es de usted?

—Ya que usted lo ha conocido, no lo quiero negar.

—Es usted muy modesto.

—Hombre, no; pero no tengo pretensiones de escritor. Así es que cuando quiero llamar la atención del público hacia un asunto de interés tan general como el que ayer saco a relucir en mi escrito, firmo con un nombre cualquiera... Yo he escrito mucho sobre policía, ¡muchísimo!, sólo que no me gusta darme importancia; porque, vamos, no tengo pretensiones de ninguna clase.

—¡Oh!, ya se conoce bien.

—Por lo demás, el artículo de ayer creo que abraza cuanto se puede decir sobre el particular.

—¡Vaya si abraza!

—Pues me alegro mucho; que eso me ha de animar a concluir otro que traigo entre manos acerca de la maldita costumbre que hay aquí de colgar la ropa blanca en los balcones... Por supuesto que es un trabajillo sin pretensiones de ninguna clase.

—Naturalmente, pero eso no impedirá que yo le lea con gusto.

—Muchas gracias.

—No hay por qué».

También me consta que esos remitidos se leen, por su autor, en familia, con grande aplauso del severo papá que, rebosando en satisfacción por todos los poros de su cuerpo, se vuelve hacia su conjunta para decirle, muy bajo, pero de modo que lo oiga el elogiado: «Estos muchachos son el mismo demonio. ¡Mira que está bien hilado el tal impreso!».

Vamos ahora a otro terreno.

Hay una junta de acreedores, de contribuyentes, de vecinos formales, o de arraigo; una junta, en fin, en la que se trate del vil ochavo o de salvar los intereses de la plaza. Toman la palabra los más expertos y autorizados; llénanse recíprocamente de piropos, abordan la cuestión por cien lados diferentes; llégase, tras de muchos sudores y fatigas, a vislumbrar un acuerdo definitivo; va a darse por concluida la sesión, y he aquí que se oye una voz perezosa y afectadamente tímida que pide la palabra. Concédesela el presidente, y se levanta una persona que comienza a hablar en estos términos:

—«Señores: como desconozco completamente la ciencia del derecho, y soy en materia de negocios la más incompetente de todas las personas que componen esta respetable reunión; y como tampoco tengo pretensiones de orador, quizá vaya a decir un disparate al hacer uso de la facultad que me ha concedido el digno señor presidente; pero, así y todo, me parece a mí que teniendo en cuenta esto y lo otro (resume desastrosamente cuanto han dicho los que han hablado antes, y añade cincuenta desatinos de su cosecha) la dificultad está vencida. Repito, señores, que tal es el punto desde el cual debe mirarse la cuestión, según mi humilde entender. He dicho».

«Bravos» por acá y «bravos» por allá. Rumores en todos los rincones. —¿Quién es ese? —Pues el hijo de don Zutano. —¡Excelente chico! —Nómbrase la indispensable comisión, y entra en ella, el primerito, el orador. Al día siguiente no se le puede sufrir. —Como yo dije, como yo propuse... bien que ya usted me oiría... ¡y eso que no está uno hecho a esos lances, ni tiene pretensiones de orador!... ¡Ah!, pues si no me tira de la levita don Práxedes, que estaba a mi derecha, ¡qué cosas salen a relucir! Pero es uno condescendiente y poco amigo de llamar la atención, ¡que si no!...

Aunque no necesito decir quién es este orador, bueno es que se tenga presente que pertenece, por su tipo, al tercer modelo.

Veámosle ahora en el teatro. Se acaba de representar un drama moderno que ha alcanzado un triunfo. A él no le ha merecido un solo aplauso. Lejos de ello, se vuelve a su vecino y le dice:

—Amigo, yo no sé si diré un disparate, porque no soy competente en literatura; pero esta obra, según mi humilde entender, no merece el ruido que está metiendo. Valerse de una aldeana para el principal papel, y no haber en toda la comedia más que dos personajes de buena sociedad, me da muy pobre idea del talento del autor. De ese modo también yo hago comedias.

El vecino le mira estupefacto, y el censor, creyendo que le apoya, continúa.

—Desengáñese usted, el teatro va en decadencia; ya no se escriben comedias como La trenza de sus cabellos y La conquista de Granada. ¿Pues y los actores? Ahí han estado ustedes aplaudiendo a ese primer galán como si supiera lo que hace... ¡Dónde estaba aquel Lozano!... ¡Ese sí que cortaba el verso! Parece que le estoy viendo salir, vestido de moro y a caballo, por debajo del palco del ayuntamiento. Valía más una mirada de aquel hombre, que toda esa comiquería junta.

Oyendo música, aunque no menos descontentadizos, son más lacónicos siquiera.

—¿Qué le parece a usted? —se pregunta a uno de ellos.

Y responde necesariamente:

—Hombre, yo no soy del arte; pero por más que ustedes digan, esta música está tomada, al pie de la letra, de «El Hernani».

Si le buscamos a la esquina de la plaza, se le hallará deteniendo a un transeúnte para decirle con mucho misterio:

—¿Ve usted aquella chica que está hablando con un cabo de la guarnición? Pues es la cocinera de don Ruperto Puntales: dos horas lleva ahí: he tenido la curiosidad de contarlas en mi reló. Buena andará aquella cocina, ¿eh?

O sino:

—Don Aniceto, una palabra: esa doncella que cruza ahora la esquina y va cargada de cartones, me parece que sirve en casa de doña Telesfora.

—Bien, ¿y qué?

—Nada, que es la sexta vez que, en hora y media que llevo en esta esquina, ha salido de ese bazar cargada de género. Sospecho que el pobre marido de su ama no hace hoy el gasto con dos mil reales. Después vendrán los apuros... y algo peor. Bien empleado les está.

En un paseo público hacen el mismo papel: comparar las galas que ven, con los caudales de quienes las lucen, y demostrar siempre y donde quiera, que llevan el alza y baja de cuanto respira y se agita en la población.

Creo que el lector no necesita más noticias para orientarse por completo en el terreno a que he querido traerle, ni para hallar pertinente y hasta de alguna transcendencia moral la exposición de estos apuntes...

Se me olvidaba decir que los buenos muchachos son, por regla general, solteros. Si les da por casarse, son en el hogar doméstico unos tiranuelos, chismosos y casca-rabias; y esto es lo único en que varían al variar de estado.

Otro dato. Casados o solteros, son en política conservadores, de justo medio y ancha base.

III

Si tratáramos ahora de llamar las cosas por su verdadero nombre, deduciríamos de todo lo expuesto, dentro de la más inflexible lógica, que el «buen muchacho» no es otra cosa que un quídam soberbio, entremetido, fisgón e ignorante. Escandalízase de los hombres que, sin remilgos ni estudiadas protestas de humildad, se muestran en lo que valen, y él, con la previa advertencia de que no vale nada, se atreve a meterse en todas partes para imponer su razón a los demás. A nadie concede competencia para nada, al paso que él, confesándose el último de los hombres, se porta como si la tuviera para todo; no halla en la pluma ni en los labios de su vecino una cuestión que le parezca bastante digna de ocupar la atención pública, y al día siguiente pretende él absorberla entera sacando a plaza pequeñeces y vulgaridades de portería. Ofende a su moralidad un pecado oculto, y él, para enmendarlo, le descubre, le comenta y le propaga; no juega, no jura, no malgasta; pero, con la mejor intención, se conduele a gritos de Juan y de Pedro, que juran, no ahorran y, según sus noticias, juegan. En suma, sus labios jamás se abren para elogiar: siempre para maldecir.

Por lo demás, el ser «buen muchacho» es un gran negocio, máxime cuando el teatro representa una población lo suficientemente pequeña para que todos nos codeemos y nos conozcamos.

El vecino de enfrente, persona que tiene el don de discurrir con alguna claridad más que la multitud, es víctima de una adversidad cualquiera, acarreada por una serie de sucesos inevitables. —Me alegro —dice el rumrum—: ese hombre lo tenía bien merecido; es una mala cabeza, un fatuo, un pretencioso.

Sucédele eso mismo a un «buen muchacho», y dice la Fama: —¡Pícara suerte, que nunca quiere proteger a los buenos!

Acúsasele por alguien de una acción poco edificante, y dice la misma señora: —¡Calumnia!... Fulano no puede ser reo de semejante delito; yo abono su conducta, porque... es un excelente muchacho.

Al primero se le enreda, al pasar, un botón en los flecos del chal de una modista, y doña Opinión, la mala, le marca con el dedo como a un desenfrenado corruptor de la pública moralidad.

Enrédasele al otro la honra entera entre los hechizos de la mujer de su vecino; asoma el escándalo la oreja, y exclama doña Opinión, la buena: —«¡Atrás!, que es un buen muchacho incapaz de cometer tan feo delito». Si el escándalo pugna, y forcejea y vence al cabo, la mujer es la serpiente que le ha seducido: todo menos lastimar en lo más mínimo la cándida sensibilidad de su amante.

Hay vacante un puesto que exige a quien ha de ocuparle mucho tacto y mayor experiencia, y, sin saber cómo, empieza a sonar el nombre de un buen muchacho; crece el ruido, formase la atmósfera, provéese la plaza en un hombre nulo o sin merecimientos, y apenas la justicia severa se dispone a condenar la elección, grita el rumor atronador de la Fama: —Me alegro, porque el elegido es... «un buen muchacho».

Trátase de una heredera rica que se halla en estado de merecer, y al punto dice aquella señora: —«¡Qué buena pareja haría esa chica con... Fulano, que es un gran muchacho!». Y los ecos van repitiendo la ocurrencia, y se la llevan a la aludida, y se echa ésta a cavilar, y comienzan las embajadas oficiosas de los aficionados a la diplomacia casamentera, y aceptan la mediación las partes beligerantes, y... «es cosa hecha» exclama un día con aire de triunfo la gente. Y añade: «y me alegro, no solamente por el novio, que es un buen muchacho, sino por lo que van a reconcomerse los otros».

... Los otros, lector, son los desheredados de la fama de «buenos muchachos», que tal vez no conocen a la novia, y que, de seguro, no han cruzado una palabra con ninguno de los que forman la opinión que tan cordialmente antipática se les presenta.

Cuando un padre sencillo reprende a su hijo por una falta propia de la edad, vuelve los ojos con envidia a un «buen muchacho»; si éstos no van al teatro más que dos veces por semana, no se puede ser hombre de bien yendo tres; cuanto en costumbres es un pecado, deja de serio desde el momento en que le comete un «buen muchacho»; las mamás los miran con un memorial en cada ojo; las autoridades los saludan como a las mejores garantías del orden... hasta los agentes de policía los acatan y reverencian, porque ven en ellos otros tantos futuros concejales...

Júzguese ahora del riesgo que yo corro al estrellarme contra tanta popularidad... y eso que todavía no he dicho que un «buen muchacho» es necesariamente tonto de remache.

Y dirá aquí el lector cándido: —¿Cómo puede un tonto adquirir tal fama de discreto?

Y pregunto yo a mi vez a ese lector: —¿Han sido nunca otra cosa los ídolos del vulgo de levita?

Por de pronto, apuesto una credencial de «buen muchacho» a que si yo tomo de la mano a un hombre, de los muchos que conozco, que se pasan la vida luchando brazo a brazo con la adversa fortuna, sin reparar siquiera que a su lado cruzan otros más felices con menores esfuerzos; a uno de esos hombres verdaderamente discretos, verdaderamente generosos, verdaderamente honrados; apuesto, repito, la credencial consabida a que si le tomo de la mano y le saco al público mercado, no encuentro quien le fíe dos pesetas sobre su legítimo título de buen muchacho, título que se le ha usurpado para ennoblecer a tanto y tanto zascandil como se pavonea con él por esas calles de Dios.

Por tanto, lector amigo, y para concluir, voy a pedirte un favor: mientras no se adopte en el mundo civilizado la costumbre de dar a las cosas y a las personas el nombre que legítimamente les pertenece, si por chiripa llegara yo a caerte en gracia (lo que no es de esperar) y desearas darme por ello un calificativo honroso, llámame... cualquiera perrería; pero ¡por Dios te lo ruego!, no me llames nunca buen muchacho.


1867

El primer sombrero

I

Un conocido mío que estuvo en Santander quince años ha y volvió a esta ciudad el último verano, me decía, después de recorrer sus barrios y admirar los atrevidos muelles de Maliaño, desde el monumental de Calderón:

—Decididamente es Santander una de las poblaciones que más han adelantado en menos tiempo.

Y después de hablar así del paisaje, echóse a estudiar el paisanaje, es decir, la masa popular, en la cual reside siempre, y en todas partes, el sello típico del país, el verdadero color de localidad: pero tanto y tanto resabio censurable encontró en él, tanta y tanta inconveniencia admitida y respetada por el uso; tanto y tanto defecto condenable ante el más rudimentario código de policía y buen gobierno, que, olvidado de que semejantes contrastes son moneda corriente aun en las capitales más importantes de España, exclamó con desaliento:

—¡Qué lástima que las costumbres populares de Santander no hayan sufrido una reforma tan radical como la ciudad misma!

Y el observador, al hablar así, estaba muy lejos de lo cierto; porque precisamente es más notable el cambio operado aquí en las costumbres públicas, que el que aquél admiraba tanto en la parte material de la ciudad.

Considérese, por de pronto, que los vicios de que adolecen actualmente las costumbres de este pueblo, no sólo han disminuido en número, con respecto a ayer, sino en intensidad, como diría un gacetillero hablando de las invasiones de una epidemia que se acaba; y téngase luego muy en cuenta que en todas las escenas en que hoy toma parte el llamado pueblo bajo, y en otras muchas más, figuraba antes en primer término la juventud perteneciente a las clases sociales más encopetadas.

Y no acoto con muertos, como vulgarmente se dice, pues aún no peinan canas muchos de los personajes que llevaban la mejor parte en empresas que más de dos veces degeneraron en trágicas.

Yo, que soy más joven que ellos, conocí las famosas pedreas de baja-mar, en las cuales se tiraban a muerte dos bandas capitaneadas por mancebos de elevada alcurnia. También presencie algunas de las sangrientas batallas que se daban frecuentemente entre los jóvenes de este pueblo y los mozos de Cueto y Monte. Las inolvidables troncadas que se pegaban en bahía dos lanchas tripuladas por gente de distintos bandos, y en cuyos duelos el infeliz que caía al agua no hallaba compasión ni auxilio más que entre los suyos, ocurriendo ayer, como quien dice.

No hay en Santander quien no recuerde a los insignes personajes Tío Pipuela, Capa-rota, don Lorenzo y otros ejusdem fúrfuris. Todos estos tipos pasaron aquí por locos. Yo no diré que no lo fueran; pero sí aseguro que sus excentricidades tuvieron por causa, más que una predisposición natural, la implacable persecución que los infelices sufrían de todo el pueblo, de día, de noche, en la calle y hasta en el sucio y desabrigado rincón de sus albergues.

Los socios de la Unión soltera y de la Sociedad sin nombre, eran el terror de los tipos y la pesadilla de los legos y sacristanes; hacían, por sus travesuras, intransitables las calles en que estaban establecidas sus sociedades, y tenían por teatro de sus predilectas fechorías, los bailes y paseos públicos, dejándolas sentir muy a menudo en ocasiones como el rosario de la Orden Tercera, en San Francisco, y las tinieblas de Semana Santa.

Encontrábase en la calle un grupo de elegantes, que iban de Paseo departiendo sobre los más graves asuntos que cabían en sus rizadas cabezas, con el pobre Jerónimo, con su cara abotargada, su mirar yerto y sus brazos caídos al desgaire.

—¡Infla, Jerónimo! —le decían aquellos, deteniéndose de pronto y rodeando al tipo.

Y éste hinchaba los carrillos, sobre los cuales iban los pisaverdes descargando papuchadas, continuando después la interrumpida marcha, sin que a Jerónimo, ni a los transeúntes, ni aun a ellos mismos, les chocase el lance lo más mínimo; antes al contrario, creyéndole todos la cosa más natural del mundo. Como lo era detener a Esteban, que todavía vive, pedirle la hora, y responder el detenido, con esa cara de frío que le caracteriza: «las tres», aunque fueran las diez de la mañana. Como lo era también decir a Juan, el aguador, «alabado sea Dios», para tener el gusto de verte hincar la rodilla y santiguarse, aunque llevara sobre la cabeza la herrada llena de agua, y contestar: «Para siempre sea alabado su santísimo nombre», con otra retahíla de que ya no me acuerdo. Como lo era, asimismo, convidar al tío Cayetano a beber en un café, y darle una purga por sangría, o tinta de escribir por vino de Rioja. Como lo era, en fin, prender fuego al horno de la tía Cuca, cuando roncaba Mingo dentro de él.

Todo esto y mucho más que no cito, se consideraba entonces como natural, porque todo ello era en alto grado popular, penetrando la fama de estos tipos y la de su martirio hasta los más severos gabinetes de la culta sociedad.

No trato de discurrir aquí sobre si un pueblo que con tales pequeñeces se preocupa, es preferible o no al que, como el de hoy, peca por el extremo contrario, de despreocupado y desdeñoso; sobre si las crueldades cometidas entonces por la juventud llamada a encargarse de los futuros destinos de su país, revelaban mejor o peor corazón que el que hoy debemos suponer bajo la precoz formalidad que caracteriza a nuestros intonsos legisladores e imberbes periodistas. Dejo esta tarea al buen juicio del lector, y me limito a decirle que in illo tempore aún no se conocían en Santander las diligencias por la carretera, y creo que ni los vapores por la bahía.

Cuando la superficie de este dormido lago comenzó a agitarse a impulso de los nuevos aires, la clase acomodada fue reparando poco a poco en la estrechez del círculo en que hasta entonces había vivido, y, a bordo de un vapor por la boca del puerto, o en el mullido interior de las diligencias peninsulares, por la carretera de Becedo, salió a descubrir más anchos horizontes. Desde aquel momento, las costumbres populares de Santander sufrieron una transformación casi radical, y sólo quedaron en escena la clase del pueblo, que viene dando hasta hoy grandes pruebas de que sobre ella pasan en vano años y civilizaciones; más algunos pocos recalcitrantes de la otra clase, apegados con exceso a los viejos hábitos, que se limitaban a escaramuzas aisladas y completamente independientes de las feroces campañas del populacho.

A esa época pertenecen los brevísimos episodios que voy a referir, no por lo que en sí tengan de interesantes, que nada tienen; sino por el contraste que forman, atendida su reciente fecha, con la despreocupación y la tolerancia que caracterizan en la materia a Santander de hoy, y también por si encuentro un lector de allende estas montañas que, al conocerlos, exclame:

¡Lo mismo sucedía en mi pueblo!

II

Muy pocos años después de la desaparición de Capa-rota y de Cobertera de la escena del mundo, y cuando el martirio de Mingo y de Jerónimo corría de cuenta exclusiva de la gente menuda, e ingresaban en la Casa de Caridad don Lorenzo y Tumba-navíos, entraba en España la primera locomotora, y yo en plena pubertad... y a cursar tercero de filosofía.

Robustote y fuerte por naturaleza, y hasta gordinflón (¡quantum mutatus ab illo!), a pesar de mis catorce anos representaba diez y nueve, circunstancia que no dejaba de darme alguna preponderancia entre mis condiscípulos, sobre todo, entre los que eran más débiles que yo. Pues señor, en aquel tiempo tuvo un pariente mío la desdichada ocurrencia de regalarme un sombrero de copa. ¡Me parece que le estoy viendo! Era de finísimo castor aplomado, largo de pelo y apañadito de cilindro. Aunque no tan bajo, en el conjunto de su arquitectura se daba bastante aire a los que usan en este país los curas de aldea.

Habrán observado ustedes que las familias clásicas han tenido siempre la obstinada manía de que sus muchachos se revistan, cuanto antes, de la mayor formalidad posible, y truequen, por el de los hombres circunspectos, el carácter y hasta los hábitos propios de la edad del trompo y de la cometa. La mía (es decir, mi familia, no mi cometa), fue en este punto una notabilidad, y puedo asegurar que desde el instante en que llegó a mis manos el condenado regalo, se trocaron para mí en amargura los antes dulcísimos placeres de los días festivos. No bien en uno de éstos asomaba el alba y empezaba yo a respirar con íntima satisfacción, recordando que por aquel día no me aguardaban disertaciones metafísicas ni traducciones de Horacio, cuando me hacía estremecer el arrastrado sombrero, colocado sigilosamente durante la noche sobre el equipaje dominguero que debía vestirme al levantarme.

—¡Hoy no te escapas sin ponerle! —me decían por todo consuelo. Y yo, no atreviéndome nunca a responder abiertamente que no, pero resuelto a ejecutarlo, aguardaba un momento oportuno para encasquetarme la gorra y echar por la escalera abajo como perro goloso. Pero, ¿creen ustedes que yo gozaba después entre mis camaradas? ¡Ni por asomos! El recuerdo de lo que me esperaba al volver al hogar por mi desobediencia, calificada ya de rebeldía; la idea de que por la tarde necesitaba jugar la vuelta otra vez a la gente de mi casa para salir a la calle sin la afrentosa colmena, y la consideración de que estos sudores tendrían que repetirse en adelante cada día de fiesta, aplanaban mi espíritu y envenenaban mi sangre.

La razón que tenía mi familia para empeñarse tan tenazmente en que me pusiera el sombrero, era que yo parecía ya un hombre, y que, por lo tanto, me sentaba muy mal la gorra. Los motivos que yo tenía para no ponérmele eran de muchísima consideración para mí; pero, desgraciadamente, de ninguna para mi familia, porque no creía en ellos, por más que yo se los expusiera hasta con lágrimas en los ojos.

Y lo cierto es, acá para internos, que a veces se me iban los susodichos por el maldito sombrero, y que hubiera dado hasta una caja de pinturas, que yo apreciaba en mucho, por haber podido sacarle a la calle impunemente. Tenía una fragata, a toda vela, pintada en el forro interior de su cúpula, que me enamoraba, y parecía estampada allí para enseñársela a unos cuantos de mis condiscípulos que se daban humos de pintores, porque sabían iluminar barcos con el amarillento jugo que sueltan en primavera los capullos de los chopos de la Alameda Segunda.

En esto llegó el día del Corpus, y yo iba a estrenar en la procesión un traje que tenía que ver. Se componía de pantalón de grandes cuadros, con trabillas de botín, tuina de mezclilla verdosa con cuello de terciopelo, chaleco de merino perla con botones jaspeados, y corbata azul y roja con ancho lazo de mariposa.

Cuando, con este atavío, me miré al espejo, confieso que me pareció muy mal la gorra que, por vía de prueba, me puse en la cabeza: me encontraba con ella un si es no es descaracterizado, y más que un elegante en toda regia, parecía un mozo de mostrador cortejante dominguero de doncellas de labor. En cambio, con el sombrero puesto, me hallaba en rigoroso carácter de persona decente, y hasta disculpaba en mis adentros la incesante pretensión de mi familia.

Pero, ¿cómo me arriesgaba yo a lanzarme al público con la velluda cúspide sobre mi cabeza? La gorra no era elegante, en verdad; pero, en cambio, me permitía asociarme a mis amigos, correr, observar, divertirme y gozar sin tasa de los atractivos de la procesión. Pero con el sombrero... ¡Oh! Los inconvenientes del sombrero eran capaces de hacer sudar al muchacho de más agallas.

Mi familia debió enterarse de mis vacilaciones, porque hallándome en lo más comprometido de ellas, supo explotarlas tan bien, tanto me aduló, tanto ponderó mi garbo y mi estatura, que, vencido al cabo, arrojé la gorra debajo de la cama, como si quisiera huir de todo peligro de tentación, me calé el sombrero, cerré los ojos, y me lancé a la escalera, zumbándome los oídos y viendo las estrellitas sobre cejales del rojo más subido, entre relámpagos verdes y amarillos, y otras muchas cosas que sólo se ven en circunstancias como aquellas y cuando aprietan mucho unas botas nuevas.

A media escalera se me pasó la fiebre; vi clara y despejada la situación, y retrocedí. Pero al llegar a la puerta de mi casa, temí los anatemas de mi familia; pasé un breve rato comparando los dos peligros; elegí el peor, como sucede siempre a los hijos de Adán cuando les importa mucho lo que meditan, y me planté en el portal.

En el que me entraron nuevos y más copiosos sudores, porque nunca había contemplado tan de cerca lo arriesgado de mi empresa. Pero estaba ya resuelto a no retroceder por nada ni por nadie. Reconcentré en un solo esfuerzo todos mis vacilantes bríos; y como bañista perezoso que teme el primer remojón, contuve el aliento, hinché los carrillos, cerré los ojos y me lancé a la calle, sin que pueda describir el efecto que ésta me hizo, porque yo no veía más que el ondulante pelambre del plomizo alero que asombraba mis ojos extraviados.

No obstante, al doblar la primera esquina, lograron grabarse con toda claridad en mis pupilas las estampas diabólicas de dos pilluelos que departían amistosamente en un portal. Al verme uno de ellos, respingó como si le hubiera electrizado súbita alegría, llamó hacia mí la atención de su camarada, y exclamó con un acento que me atravesó desde la copa del sombrero hasta las trabillas de mi estirado pantalón:

¡Agua! ¡Qué pirulera!

—¡Me la parten! —dije entonces para mi chaleco perla.

Y, acto continuo, dos tronchos de repollo pasaron zumbando junto a mis orejas, y fueron a estrellarse en la pared de enfrente.

Comenzaban a realizarse mis temores.

Híceme el desentendido a esta primera insinuación, apreté el paso, y pronto me encontré de patitas en la carrera de la procesión, que estaba cuajadita de gente. Culebreando un rato entre ella me creía ya inadvertido para todo el mundo, merced al barullo, cuando di de hocicos con un grupo de calaverillas domingueros, con gorritas de terciopelo, chaquetillas de paño negro, pantalón muy estirado de perneras y muy ceñido a la cintura, nada de tirantes ni chaleco, y mucha punta de corbata; traje que en aquellos tiempos privaba mucho entre la gente joven y de buen tono. Al verlos, traté de hacerme a la izquierda, convencido de lo que me esperaba si me veían; y ya creía logrado mi propósito, cuando oí decir a uno de ellos con un retintín que me heló la sangre:

—Siempre me han hecho a mí mucha gracia las bombas de castor.

—Eso va conmigo —pensé yo, echando ambas manos a las alas del sombrero para asegurarle bien, y lanzándome resuelto a naufragar en aquel mar de gente. Media braza habría penetrado en sus profundidades, cuando un golpe despiadado sobre la cúpula velluda, me hundió el ignominioso bombo hasta la punta de la nariz. Saquéle como pude, jadeando de angustia; esforcé aún más mi empuje, pisé a muchas personas que, por desgracia, todas tenían callos, bramaron de ira y de dolor, fijáronse en mí; y al ver el sombrero, como si fuera la cosa más justa y natural, le saludaron con una descarga cerrada de cáles a la media vuelta, tan nutrida y constante, que a mí mismo me daba lástima de él.

Al cabo de tantos atropellos, mi espanto se trocó en furor. Recordé que yo también tenía puños y no flojos; y a ciegas, como estaba por la vergüenza y el despecho, comencé a esgrimir los brazos en todas direcciones, y a machacar cráneos, halláranse o no coronados por apéndices tan ignominiosos como el que a tales mal-andanzas me arrastraba en aquel día infausto. Pero mi heroica resolución sólo contribuyó a que me persiguieran más y más los odios populares; los cuales, al fin, me estropearon un ojo y me rasgaron el faldón de la tuina. En tal situación logré llegar a la Ribera, que estaba, a Dios gracias, despejada de calaveras y pilletes, que todos eran unos.

Allí me atreví a contemplar entre mis manos el sombrero. ¡Cómo me le habían puesto! La copa se había derrumbado a la derecha; y como si todo él hubiese participado de la irritación en que se hallaba mi espíritu, tenía el pelo erizado, como los gatos en pelea, y hasta se me antojó que su color plomizo se había trocado en verde bilioso, como debía de ser entonces el de mi cara. Enderecé la copa como mejor pude, no por cariño, bien lo sabe Dios, y me dispuse a volverme a casa por calles solitarias.

A poner iba en práctica mi plan, después de prender con un alfiler el jirón de la tuina, cuando distinguí un grupo de camaradas de colegio que venían hacia mí. Volé a su encuentro, ansioso de rodearme, para un evento, de corazones nobles y caras amigas. Pero me engañé miserablemente. Ellos no corrieron hacia mí con la franca cordialidad que acostumbraban cuando yo llevaba gorra. Lejos de ello, se detuvieron sorprendidos: después se miraron unos a otros, enseguida se sonrieron, luego me rodearon apostrofando irónicamente a mi sombrero, y hasta pretendió alguno de ellos tomarle el pelo. Este desengaño me aplanó. Prometí solemnemente romper el bautismo al que tocase la copa maldecida; y por consejo de los mismos, que parecieron condolerse en mi situación cuando se la referí detalladamente, me dirigí a mi casa. Pero al pasar bajo el Puente de Vargas, y cuando apenas había salido del término de su sombra, una descarga de tronchazos llovió sobre mi cabeza. Al volver los ojos hacia arriba, no sin ciertas precauciones, sorprendí a mis amigos en el acto de saludarme con otra descarga. Huyeron al verse cogidos infraganti; y yo, jurando romperles las narices en cuanto me pusiera la gorra, metí el sombrero bajo la tuina y apresuré la marcha, prefiriendo asarme la mollera al sol, a sufrir un martirio como el pasado.

De este modo llegué a casa, donde faltó muy poco para que me solfeasen las espaldas por término de mis desventuras, pues nadie quiso creer el relato que de ellas hice; y todos se empeñaban en que las abolladuras del sombrero, y el jirón de la tuina, y la hinchazón del ojo, eran consecuencias de alguna travesura indigna de un mocetón como yo. ¡Pícara justicia humana!

Este nuevo golpe me dio fuerzas con que antes no contaba. Entré en mi cuarto; y con el placer que puede sentir un africano al desbandullar a un sabio inglés, rasgué con el cortaplumas en cuatro pedazos la execrable copa.

Esto —pensé—, me costará una felpa; pero me pone a cubierto de nuevas afrentas. Sublata causa, tollitur afectus —añadí, hasta con entusiasmo, recordando algo del poco latín que sabía.

Y a pique estuve de llevar la felpa cuando se supo en casa lo que yo había hecho con el peludo regalo; pero no volví en adelante a sufrir amarguras como las de aquel infausto día; y puedo asegurar a ustedes que tenía bien cumplidos los veinte, cuando me atreví a presentarme en las calles de Santander con sombrero de copa alta.

III

Repito que no saco a plaza las aventuras de mi primer sombrero, por lo que ellas puedan interesar a otra persona que no sea la que iba debajo de él cuando ocurrieron. Cítolas por lo dicho más atrás, y añado ahora, que lo que me pasó a mí en el mencionado día solemne, estaba pasando en Santander a todas horas a cuantos infelices tenían la imprevisión de echarse a la calle con sombrero de copa, y sin algún otro signo característico de persona mayor, y además decente.

Como hoy se proveen los chicos de novelas o de cajas de fósforos, entonces se proveían de tronchos de berza y de pelotillas de plátano; y había sitios en esta ciudad, como el Puente de Vargas, los portales del Peso Público, los del Principal, la embocadura de la cuesta de Garmendia y la esquina de la Plaza Vieja y calle de San Francisco, que constantemente estaban ocupados por exterminadores implacables del sombrero alto. Los pobres aldeanos de los Cuatro lugares que no gastaban, como hoy, finos y elegantes hongos, sino enhiestos tambores de paño rapado, caían incautos en estas emboscadas, que muchas veces dieron lugar a furiosas represalias.

Para estos pobres hombres, para los señores de aldea y los polluelos de la ciudad, no se conocía en ésta la compasión si llevaban sombrero de copa. En tales circunstancias, no había amigo para amigo, ni hermano para hermano. Se perseguía a sus sombreros como a los perros de rabia, sin descanso, sin cuartel.

Esto es lo que se hizo conmigo el día del Corpus; esto lo que yo había hecho tantas veces con el prójimo; esto lo que yo alegaba ante mi familia para no ponerme el sombrero; esto lo que mi familia no quería creer... y todo esto pasaba en la ciudad de Santander, llamada ya el Liverpool de España, por su riqueza mercantil y pretendida ilustración, en el año del Señor de 1848, y en algunos de más acá.

Y no se ría de ello la generación que siguió a la mía, y que no sólo se encasquetó el sombrero impunemente al cumplir los catorce años, sino que le llevó al teatro, y a butaca, después de haberle lucido en la Alameda, y fumigado con el aroma de un habano de a dos reales, lujos que a nosotros nos estaban prohibidos hasta en sueños; no se ría, digo, y acepte de buena fe lo que le refiero; que más gorda se ha de armar cuando ella cuente dentro de quince años, que en el de gracia de 1868, aún estaban en gran boga en Santander las cencerradas y los gigantones.


1868

La guantería

I

Afuer de retratista concienzudo, aunque ramplón y adocenado, no debo privar a la fisonomía de Santander de un detalle tan característico, tan popular, como la Guantería. Mis lectores de aquende le han echado de menos en mis Escenas Montañesas, y no me perdonarían si, en ocasión tan propicia como ésta, no reparara aquella falta. Tómenlo en cuenta los lectores de allende (si tan dichoso soy que cuento algunos de esta clase), al tacharme este cuadro por demasiado local.

Y tú, mi excelente amigo, el hombre más honrado de cuantos he conocido en este mundo de bellacos y farsantes; tú, cuya biografía, si lícito me fuera publicarla, la declarara el Gobierno como libro de texto en todas las escuelas de la nación; tú, a quien es dado únicamente, por un privilegio inconcebible entre la quisquillosa raza humana, simpatizar con todos los caracteres, y lo que es más inaudito, hacer que todos simpaticen contigo; tú, ante quien deponen sus charoles y atributos ostentosos las altas jerarquías oficiales para hacerse accesibles a tu confianza, eximiéndote de antesalas, tratamientos y reverencias; tú, que no tienes un enemigo entre los millares de hijos de Adán que te estrechan la mano y te piden un fósforo... y algo más, que no siempre te devuelven; tú, en fin, «guantero» por antonomasia: perdona a mi tosca pluma el atrevimiento de intrusarse en tu propiedad, sin previo permiso, para sacar a la vergüenza pública más de un secreto, si tal puede llamarse a lo que está a la vista de todo el que quiera tomarse, como yo, el trabajo de estudiarlo un poco.

Pero no te alarmes, Juan amigo: acaso lo que tú más estimas en el establecimiento, sea lo que menos falta me hace en esta ocasión. En efecto: yo respetaré tus cajas de guantes, tus montones de pieles, tus frascos de perfumería, tus cajones de tabacos, tus paquetes de velas, tus resmas de bulas... toda la enciclopedia industrial que se encierra en el estrecho recinto de la tienda: no colocaré mi huella profana más allá del charolado mostrador. Todo ello te pertenece; todo lo has ganado a fuerza de constancia, de trabajo y de honradez. De guantes, de pieles, de perfumería, de tabacos, de velas, de bulas... de mostrador afuera está lo que yo necesito ahora; y lo que es eso, amigo mío, todo lo voy a echar a la calle, mal que te pese, porque todo me pertenece, como el rubor de una novia a la crítica de sus amigas; todo es del público dominio, como la forma de mi gabán, por más que él me haya costado el dinero.

Conque, supuesto que no he de retroceder ya en mi propósito, dejemos toda digresión impertinente, y manos a la obra.

II

Bajo tres aspectos pudiera, en rigor, estudiarse la Guantería: el monumental, el mercantil y el de círculo charlamentario.

Bajo el aspecto primero, no ofrece gran interés que digamos: conténtese quien lo ignore, que no será, de fijo, de Santander, ni habrá permanecido en esta capital más de veinticuatro horas, con saber que está en la calle de la Blanca; que tiene el número 9 junto a un modesto tablero en que se lee Guantería y Perfumería, en sustitución de otro más lujoso que ostentó hasta no ha mucho con las armas reales, debajo de las cuales se leían estas breves, pero resonantes palabras: Juan Alonso, Guantero de SS. MM. y AA.; que al lado de esta sencilla muestra se cierne una mano, ya roja, ya verde, ya amarilla, pregonando con su expresivo bamboleo la principal mercancía del establecimiento; que de las charoladas puertas, plegadas sobre las jambas, penden multitud de cuadros anunciando La Honradez, La Rosario, La Sociedad higiénica, Aceite de bellotas, Expendición de bulas... y tutti quanti; que el local de la tienda es reducidísimo, y que no hay arquitecto que sea capaz de fijar el orden a que pertenece... ni de meter en igual espacio la cantidad de objetos que encierran aquellos barnizados estantes.

Bajo el segundo aspecto. He prometido no ocuparme en esta materia; y cumpliendo mi palabra, después de recomendar al público la excelencia de los géneros, paso a considerar el establecimiento.

Bajo el tercer aspecto. Esta es su gran fachada, la única que nos importa examinar.

Nada más común en una población de España, la patria clásica de los garbanzos y de los corrillos; nada más común, repito, siquiera cuente veinte vecinos, que un mentidero, o sea un establecimiento público que sirva de punto de reunión a todos los desocupados. En las aldeas y villas de corto vecindario suelen serio la taberna, la estafeta o la botica. En las capitales hay un mentidero por cada barrio, si no por cada calle o por cada grupo de personas que convengan entre sí en algo, siquiera en la forma del chaleco, o en la edad... o en no convenir en nada.

La Guantería de Santander está muy por encima de todos los mentideros del mundo; y así como en su calidad de establecimiento abruma a cuantos, de su mismo género, se atreven a iniciarse a su lado, en su calidad de círculo chismográfico resume todas las tertulias masculinas de la capital. Todos los hombres, todas las edades, todas las categorías tienen su representación en ese centro; para todos hay cabida en la elástica estrechez de su recinto, y, lo que es más extraño, las opiniones más opuestas se miran en él sin arañarse, aunque no sin regañar.

Como punto en que se reúnen todos los caracteres de la población, la Guantería es un palenque magnífico en que cada uno prueba a su gusto la fuerza de su lógica, el veneno de su sátira o la sal de su gracejo. El que allí logra hacerse oír en pleno concurso y captarse las simpatías de los demás, ya puso una pica en Flandes: no habrá puerta que se le cierre, y está abocado a grandes triunfos en bailes y tertulias.

El primer paso que da un estudiante al terminar su carrera, antes que en la práctica de su profesión, es en el recinto de la Guantería. Allí va a estudiar el país, a crearse amistades, a darse a conocer. Pero que se lance a la sociedad de este pueblo desde la cátedra de una Universidad, sin entrar por la tienda número 9 de la calle de la Blanca: estará desorientado en los salones, violento, fuera de quicio, como un oficial de cuchara en un cuerpo facultativo.

En un baile se ve un joven solitario o, lo que aún es peor, en tibia conversación con un tipo extravagante: es que no asiste a la Guantería como tertuliano de ella. Os llama la atención otro prójimo amanerado, que en el paseo no saluda a nadie con desembarazo: pues no dudéis en asegurar que no tiene entrada en la Guantería. El que pasea en los Mercados del Muelle; el que os mira con cierta curiosidad, como si estudiase el nudo de vuestra corbata o la caída del levi-sac; el que bosteza en la Plaza Vieja a las doce del día; los que transitan por la calle de la Blanca, muy de prisa y por la acera de los hermanos Vázquez...; en una palabra, todos los que llevan consigo cierto aire exótico y de desconfianza por las calles, plazas y paseos de esta capital, carecen del exequatur del círculo de la Guantería. Esos hombres podrán ser buenos comerciantes al menudeo, ejemplares hermanos de la Orden Tercera, inspirados vocales de juntas de parroquia, maridos incansables, y, a lo sumo, en tiempo de efervescencia popular, reformistas vulgares, peones de candidatura; pero no otra cosa: la entrada a la buena sociedad está por la Guantería; el desembarazo, el aplomo y hasta la elocuencia, no se adquieren en otra parte... salvas, se entiende, las excepciones de cajón, pues excusado creo decir que también allí los hay, y de muy buen tamaño.

En suma: la Guantería es la cátedra de todos los gustos, el púlpito de todos los doctores, la escuela de todos los sistemas... la tribuna de muchos pedantes; la escena, en fin, donde se exhiben, en toda libertad y sin mutuo riesgo, las rosas y las canas, la bilis y la linfa, el fuego y la nieve, el gorro y los blasones, el frac y los manteos; pues, como ya he dicho más arriba, en ese círculo charlamentario todas las edades, todas las condiciones, todos los temperamentos, todas las jerarquías tienen su representación legítima.

III

Sentadas estas ideas generales sobre tan famoso mentidero, tratemos de estudiarle en detalle.

Al efecto, le consideraremos en los días laborables, como dice la jerga técnica forense, y en los días festivos.

En el primer caso. Se abre a las siete de la mañana, y media hora después llegan los metódicos de mayor edad, de ancho tórax y protuberante panza, caña de roten, corbata de dos vueltas y almohadilla, y zapato de orejas; maridos del antiguo régimen, que se acuestan a las nueve de la noche y madrugan tanto como el sol, dan toda la vuelta al Alta o llegan a Corbán sin desayunarse. Estos señores rara vez se sientan en la Guantería: a lo sumo se apoyan contra el mostrador o la puerta. Su conversación es ordinariamente atmosférica, municipal, agrícola, mercantil o de política palpitante. Suelen extralimitarse a lo profano, pero con mucho pulso: matrimonios notables, y no por lo que hace a la novia, sino a la dote. Su permanencia es sólo por el tiempo que les dura caliente el sudorcillo que les produjo el paseo.

A las ocho y media. Pinches de graduación, tenedores de libros, lo menos, dependientes con dos PP., de los que dicen «nuestra casa», «nuestro buque», por el buque y la casa de sus amos. Estos suplementos mercantiles ya gastan más franqueza que sus predecesores los tertulianos de las siete y media: no solamente se sientan en la banqueta y sobre el mostrador, sino que, a las veces, abren el cajón del dinero y cambian una peseta suya por dos medias del guantero, o te inspeccionan el libro de ventas, o le averiguan las ganancias de todo el mes. Sus discursos son breves, pero variados, gracias a Dios: muchachas ricas, probabilidades del premio gordo, tíos en América, bailes y romerías en perspectiva. El más mimado de su principal no estará a las nueve y cuarto fuera del escritorio, por lo cual el desfile de todos ellos es casi al mismo tiempo: al sonar en el reló del ayuntamiento la primera campanada de las nueve. Son muy dados a la broma, y se pelan por la metáfora. De aquí que ninguno de ellos salga de la Guantería sin que le preceda algún rasgo de ingenio, verbigracia: «vamos a la oficina», «te convido a una ración de facturas», «me reflauto a tus órdenes», «me aguarda el banquete de la paciencia», y otras muchas frases tan chispeantes de novedad como de travesura.

Poco después que el último de estos concurrentes se ha largado, empiezan a llegar los desocupados, de temperamento enérgico; los impacientes, que se aburren en la cama y no pueden soportar un paseo filosófico. Éstos entran dando resoplidos y tirando el sombrero encima del mostrador; pasan una revista a los frascos de perfumería, y se tumban, por último, sobre lo primero que hallan a propósito, dirigiendo al guantero precisamente esta lacónica pregunta: —¿Qué hay? Ávidos de impresiones fuertes con qué matar el fastidio que los abruma, son la oposición de la Guantería, siquiera se predique en ella el Evangelio, y arman un escándalo, aunque sea sobre el otro mundo, con el primer prójimo que asoma por la puerta. Si por la tienda circula alguna lista de suscrición para un baile o para una limosna, ¡infeliz baile, desdichado menesteroso! Por supuesto, que todas sus declamaciones no les impiden ser, al cabo, tan contribuyentes como los que más de la lista; pero el asunto es armar la gorda, y para conseguirlo no hay nada como hacer a todo la oposición. ¡Conque te la hacen a ti, Juan, cuando sostienes que tu establecimiento estaría más desahogado si ellos le desalojaran!

En medio de sus violentos discursos, es cuando suele entrar la fregona, oriunda de Ceceñas o de Guriezo, descubiertos los brazos hasta el codo, pidiendo una botelluca de pachulín para su señora; o ya la pretérita beldad, monumento ruinoso de indescifrable fecha, que avanza hasta el mostrador con remilgos de colegiala ruborosa, pidiendo unos guantes oscuritos, que tarda media hora en elegir, mientras larga un párrafo sobre la vida y milagros de los que tomó dos años antes, y conservándolos aún puestos, se queja del tinte y de su mala calidad, porque están de color de ala de mosca y dejan libre entrada a la luz por la punta de sus dediles; el comisionado de Soncillo o de Cañeda, que quiere bulas, y regatea su precio, y duda que sean del año corriente porque no entiende los números romanos, y no se gobierna en casos análogos por otra luz que la del principio montañés «piensa mal y acertarás»; la recadista torpe que, equivocando las aceras de la calle, pide dos cuartos de ungüento amarillo, después de haber pedido en la botica de Corpas guantes de hilo de Escocia; todos los compradores, en fin, más originales y abigarrados y que parecen citarse a una misma hora para desmentir, con la acogida que se les hace allí, la versión infundada y absurda que circula por el pueblo, de que los ociosos de la Guantería son «muy burlones».

A medida que estos tipos entran y salen, nuevos tertulianos se presentan en escena sin que la abandonen los que la invadieron a las nueve. Vagos reglamentados que se visten con esmero y se afeitan y se mudan la camisa diariamente; indianos restaurados a la europea; forasteros pegajosos; estudiantes en vacaciones; militares que están bien por sus casas, etc., etc., y ¡entonces sí que se halla el establecimiento en uno de sus momentos más solemnes! Rumores de actualidad, política, administración, modas, gastronomía, temperatura, negocios, calidad y dinero, gustos, el boquerón del Muelle... de todo se habla y sobre todo se discute, y, lo que es peor, nadie se entiende.

Así las cosas, dan las doce y media, y entran algunos de los que salieron a las nueve. Con este refuerzo, más el de tal cual perezoso que vuelve de los jardines de la Alameda, ávido de conversación, la controversia, o mejor dicho, las controversias van subiendo de temperatura; crece la gritería, aumenta la confusión, y el alboroto de la tertulia acaba por parecerse al de una jauría de sabuesos en la pista de un cervatillo.

Mientras tú, en tan breves como duras e inútiles palabras, llamas al orden a la tertulia, discurren por delante de la puerta ciertas parroquianas, esperando a «que se largen los ociosos. «De éstas puede asegurarse, juzgando piadosamente, que contrabandean; es decir, que quieren polvos de arroz o vinagrillo... o son excesivamente modestas, tienen mala dentadura, peor mano o cualquiera de esos defectos ostensibles que obligan a vivir a las mujeres presumidas un término más atrás que sus semejantes, por no patentizarse con todos sus detalles naturales.

Óyese al fin la una; y lo que no han podido conseguir ruegos ni amenazas, lo alcanza, si bien poco a poco, el recuerdo de la sopa humeando sobre la mesa de cada tertuliano: despejar la tienda. Media hora después se cierra ésta, que, al cabo, logró diez minutos de calma y de soledad, que aprovechan algunas pudibundas parroquianas necesitadas.

Por la tarde, desde las dos y media, hora en que vuelve a abrirse, hasta las tres, apenas la visita nadie más que los mismos pinches de las ocho y media, de paso para sus escritorios; y ya no entra en carácter hasta el anochecer, hora en la cual se reviste de una gravedad inalterable. La tertulia del crepúsculo la forman el apacible y prudente señor mayor, de vuelta del muelle de Maliaño o de los Cuatro-Caminos; el viejo canónigo después que, aburrido de pasear en los claustros de la catedral, tomó su pocillo de aromático chocolate; el atribulado cesante, el militar retirado, el joven juicioso, o «buen muchacho», que tiene la manía de la higiene pública o de la policía urbana; el veterano catedrático de humanidades; el orondo rentista... y no pocas veces el gobernador civil, o el militar, o el alcalde... O los tres juntos. El fondo de la conversación entonces es grave y filosófico, y rara vez se localiza una cuestión si el joven juicioso no hace una excursión por los presupuestos del municipio o el empedrado de la capital o tal otro ramo del ornato público, convencido de que con estas y otras análogas materias es con lo que se prueban y se patentizan una razón bien sentada, una inteligencia exquisita y una formalidad venerable.

Esta pacífica reunión dura hasta poco después de anochecido. Una hora más tarde en el invierno, y dos en el verano, se cierra la tienda, excepto las noches de baile de lustre, en el cual caso la Guantería permanece abierta hasta que ha provisto sus elegantes superficialidades el último invitado o contribuyente a la fiesta. Desde que salen los señores de la tertulia grave hasta que se cierra la tienda, rara vez se presenta en ella cuadro que llame la atención: el tendero de al lado, el boticario de enfrente, el peluquero de más arriba... gente toda apreciabilísima, pero que, cansada de bregar con sus parroquianos, sólo desea el reposo y la quietud. Esta ocasión es la que suele aprovechar el guantero para hacer en sus libros el balance del día, porque el guantero es hombre que lleva así sus cuentas, a fuer de honrado y precavido.

IV

Además de los pormenores apuntados, que son los más característicos, diariamente, de la Guantería, deben consignarse también, como entremeses variables hasta lo infinito, algunos otros, verbigracia: el corredor que pide un fósforo y toma asiento durante dos minutos para respirar; el forastero que desea saber dónde se venden buenas langostas de mar o ron puro de Jamaica; el pollo desatentado o la doncella pizpireta que preguntan cuándo es, o por qué se ha suspendido el baile, el baile de campo, de cuya sociedad es el guantero administrador, más que administrador, el alma y la inteligencia, la varita mágica que allana las dificultades, reclutando socios, extendiendo circulares, invitando a forasteros, procurando orquesta y servidores, y transformando en un edén en breves días el ya, de suyo, bello jardín de la calle de Vargas; la oficiosa senora que indaga por quién tocan a paso, o de quién es el bautizo, o a quién han dado el Viático; el cartero mismo que quiere averiguar en qué calle y en qué casa vive la persona cuyo nombre, sin más señas, contiene el sobre de una carta recién llegada, ¡y qué sé yo cuánto más!, porque la Guantería es una agencia universal, y su dueño una guía de viajeros, un libro de empadronamientos, un registro de policía, en punto a datos y curiosidades locales.

Consideremos ahora el mentidero en día de fiesta, y ejemplo al canto.

Son las doce de la mañana: la concurrencia, no cabiendo en la tienda, invade el portal inmediato y parte de la calle. La sesión está fraccionada en grupos que apenas logran oírse, en fuerza de lo mucho que gritan. En uno, la joven América, vestida a la europea, se afana porque le comprenda su teoría sobre la comenencia de la infusión de razas, un jurisconsulto de gran volumen, que, olvidando la severidad del Digesto, y sin negar al indiano la oportunidad de su descurso, acaba por hacerle creer que Bezana se llamó Bucefalonia en tiempo de los romanos. La ciencia de Hipócrates, dejando sus rancios aforismos, predica higiene moderna, y haciendo aplicaciones al bello sexo, vacila entre el zapato de charol con moña y las botinas de marrón; un procurador le arguye contra los escotes de los trajes de baile, y aun de paseo en verano, y un mayorazgo, dueño de una gran huerta, sostiene lo contrario, porque piensa explotar las hojas de sus higueras, en día no lejano, si los vestidos no dan en subir al paso que van bajando; el matrimonio anda en un rincón a merced de un meritorio con cinco hijos, que le defiende, y de un mal humorado que le acribilla; la hacienda pública se arregla más allá con los cálculos de un desarreglado que jamás pudo establecer en su casa el orden y la economía; el arte dramático moderno perece bajo las iras de un erudito que no distingue la prosa del verso más que por el tamaño de los renglones; la religión, la política, el baile, tienen allí también su grupo de competentes, sin que le falten, por supuesto, al comercio, cuyo grano merece la preferencia de ciertos hombres de chapa, siempre y en todas partes.

Entre tanto, tú, mi buen amigo, detrás del mostrador, pides, ya que no parroquianos, cuya entrada es imposible, un poco de luz para clasificar los guantes que en horas anteriores has desparramado por servir a algún precavido consumidor; pero ni luz ni parroquia te conceden los que, en el egoísmo de su deleite, se curan muy poco del daño que te hacen.

De pronto se revuelven las masas, ábrese un angosto sendero, y, a toda fuerza de puños y caderas, avanza hasta el mostrador una robusta pasiega. La imprudente ama de cría desenvuelve ante el concurso una tira informe y deshilada, y pide un par igual, pero «que alargue y encoja».

—¿Para quién son? —pregunta un curioso, rollizo y alegrote, movido de no sé qué sentimiento.

—Para la señorita —contesta la montaraz nodriza, sin sospechar el cúmulo de deducciones que pudieran desprenderse de este solo dato. Ignora la desdichada que, como al naturalista le basta un diente hallado en un basurero para saber el género, la especie, la edad, la estatura y otra porción de circunstancias del animal a que perteneció, a un ocioso de la Guantería le sobra una liga vieja para... ¡bah, yo lo creo!

La animación de la concurrencia crece con este motivo (no el de la liga, sino el de los empellones de la pasiega); ésta se amosca, lanzando por su bendita boca más rayos y centellas que una tempestad; y tú, que necesitas ya muy poco para estallar, empiezas a tratar de «usted» a la reunión, detalle terrible que suele preceder a tu tardío, pero imponente enojo, concluyendo... por largarte a la calle por la puerta falsa, cerrando la principal, en la imposibilidad de arrojar a los demás fuera de la tienda. ¡Ejemplo sublime! Dos minutos después no queda un ocioso en la Guantería. Vuelves entonces a entrar en ella, abres la puerta de la calle, respiras con ansia, vas a lanzar una exclamación de sorpresa al encontrar el local libre y despejado, y antes que despliegues los labios, te ves envuelto en la misma muchedumbre de marras. Pero tu fisonomía se halla ya serena, tu voz firme y segura, y en tu pecho no queda el más leve enojo hacia los invasores. Y ¿cómo tan repentino cambio? ¿Consiste en que la frecuencia de esas escenas te han acostumbrado a mirarlas con indiferencia, o en que, en la imposibilidad de corregir a tanto incorregible, te resignas a sus vandálicos atropellos? No, seguramente: es que los breves momentos en que te ves solo detrás del mostrador, te hacen extranjero en tu propia casa, te entristecen y te afectan hasta el extremo de que ofrezcas, en tus adentros, la mejor caja de guantes por el peor de tus amigos. Porque no puedes vivir sin su presencia; tú me lo has confesado más de una vez: te son tan necesarios como a nosotros la Guantería.

No la cierres nunca, Juan, aun cuando la fortuna te persiga más allá de tus ambiciones, o no te respondo de los resultados.

¿Qué sería de nosotros si al salir un día de casa nos hallásemos esa puerta cerrada? Mediten un poco sobre este punto mis contertulios. La Guantería, como la salud, no se sabe lo que vale hasta que se ha perdido.

En una ocasión, y por un motivo que no quiero recordarte por no afligir tu corazón de padre, hallé cerrada la puerta ¡caso inaudito!, en un día de trabajo. Nunca, hasta entonces, había reparado yo en el aspecto de los sillares de aquella puerta, desnudos de las charoladas hojas que de ordinario los revisten; jamas me pareció la calle de la Blanca más larga, más silenciosa, más triste. Llegaron varios contertulios; pasmáronse, como yo, ante tal espectáculo, y mustios y cabizbajos dímonos a vagar por la población. Sobrónos el tiempo, aburrímonos en todas partes, y tornamos a casa en el mayor desaliento. Tres días sin Guantería, y comprendo en Santander hasta la revolución.

Así, pues, Juan incomparable, explota, estruja tu establecimiento famoso mientras lo necesites para provecho de tus hijos y sostén de tu familia; pero si, como he dicho ya, llegaran sus productos a colmar tus modestas ambiciones, antes de cerrarle considera que es indispensable para tu gloria y deleite de tus infinitos amigos; y ya que, a pesar de su utilidad patente y preclara historia, no le declare el gobierno monumento nacional, ilustre Senado montañés, quede siempre abierto para que los futuros santanderienses aprendan allí, como nosotros, a ser excelentes ciudadanos y tan buenos amigos como lo es tuyo el que, en prueba de ello, te dedica estos renglones.


1869

El peor bicho

Si cambiándose un día las tornas, o trastrocándose los poderes, fueros y obligaciones entre los seres condenados a purgar sobre la pícara tierra el delito de haber nacido, se tomara residencia por los que hoy son sus esclavos al tiranuelo implume, al bípedo soberbio que habla y legisla de todo y sobre todo de tejas abajo, y aun, a las veces, osa levantar sus ojos profanos más arriba del campanario de su lugar, como si todo le perteneciera en absoluta indisputable propiedad, ¡magnífica lotería le iba a caer!

Y cuenta que no hablo del hombre encallecido en el crimen; ni del a quien la altura de su poderío hizo desvanecerse y desconocer la índole y naturaleza de sus gobernados; ni del guerrero indomable a quien embriaga la sed de una funesta gloria, y han hecho creer que ésta puede fundarse alguna vez sobre montones de cadáveres mutilados y de ruinas humeantes: refiérome al hombre vulgar, al hombre de la familia, y, por tanto, no excluyo a las mujeres ni a los niños; tomo, en fin, por tipo para mis observaciones al hombre de bien, a la mujer de su casa, al niño cándido; y empiezo por asegurar que ninguna de estas criaturas se acuesta una sola noche sin un delito que, en justas represalias, no le costara una mano de leña, cuando no el pellejo, si se suspendieran las garantías que hoy nos mantienen en despótico dominio sobre los irracionales, y tocara a éstos empuñar el látigo.

No pretendo ser el descubridor de esta verdad manoseada en fábulas y alegorías hasta el infinito; pero nihil est novum sub sole; y si la forma de mi breve tarea lo parece, en ello doy cuanto puede exigírseme.

Hemos de convenir de antemano en que todo bicho viviente tiene su sensibilidad física como el hombre, y, a falta de razón, un instinto que le hace amar la vida y aterrarse enfrente de todo peligro de perderla; y hay que conceder forzosamente que el frío, el hambre, la sed, la fatiga, la persecución, los palos y las heridas atormentan a los irracionales, en lo físico, lo mismo que nosotros.

Esto entendido, recordemos algunos de los actos de ferocidad más comunes en la vida del hombre, ejercidos sobre las demás especies.

¿Han visto ustedes matar un cabritillo? Yo sí, tentado del demonio de la curiosidad. La tímida bestezuela lamía, con su lengüecita, roja y brillante como una cinta de raso, la mano del pedazo de bárbaro que la sujetaba, y cuando éste hundió en su cuello, blanco como la nieve, medio palmo de navaja, el pobre animal gimió con la angustia de un niño delante de un objeto horrible; lanzó después algunos quejidos débiles, suspiró trémulo y cerró los ojos con que poco antes parecía implorar el perdón del carnicero.

Siempre que veo, diariamente, conducir centenares de estas reses al matadero, recuerdo con verdadero disgusto aquella escena, que me he guardado muy bien de volver a presenciar.

Nada más corriente y acreditado entre nosotros que el caldo de gallina: este líquido, que se administra cincuenta veces al día a los enfermos, y se recomienda, por sustancioso, a todas horas, y se usa a cada veinticuatro en la cocina de la gente que sabe y puede cuidarse. Y ¿se han fijado ustedes con atención en los preliminares que exige la costumbre para obtener el susodicho caldo? Pues no tienen malicia, que digamos. Se coge la gallina, la coloca una fregona incivil entre sus rodillas, le pliega el pico sobre el cuello; y con un cuchillo, de ordinario roñoso y desportillado, le sierra el cráneo por la mitad. No cabe suplicio más feroz... ni más frecuente.

El que se emplea en los mataderos con el ganado vacuno, es más breve; pero, en cambio, es tal la cantidad de reses sacrificadas en ellos diariamente que se engulle la humanidad, que debiera, siglos hace, haber puesto en alarma a la especie, no obstante lo bestia que es.

Y ¿qué diremos del señor de la Cerda, del apreciable individuo «de la vista baja», en sus postrimerías? ¡Cuánta iniquidad se comete con él! Tan mimado, tan cebadito durante el año, ¿para qué? Para dar con una muerte ignominiosa ocasión, a una fiesta de vecindad; para ofrecer su agonía por blanco a la burla, a la sátira y al escarnio de un barrio entero... y no es exageración. En los pueblos rurales que yo conozco, entran por docenas las personas que rodean a la cerdosa bestia en su último trance: unas para atesar las cuerdas que la impiden moverse, y hasta gruñir; otras para tener por las cerdas del lomo; varias con ellas para cargarse sobre la mole y sujetar su cabeza contra el poyo en que yace todo el cuerpo; quién para revolver la sangre cuando fluya; quién, en fin, para los preparativos de cada operación de las subsiguientes al sacrificio.

En medio del grupo descuella el matarife, que comienza su tarea lavando la garganta del reo, y raspando enseguida la parte lavada con un cuchillo que no mide menos de dos pies de hoja; fija después la afilada punta en un hoyuelo que forma el tocino cerca del pecho, y ¡chiff!, le sopla dentro media vara de hierro, saliendo por la herida, acto continuo, un torrente de sangre que se precipita en una caldera por el mango del cuchillo y sobre la mano que no le suelta. Ni las ligaduras, ni el peso que le oprime en tan crítico instante, impiden al herido animal darse un par de revolcones sobre el poyo y lanzar un gruñido que dura medio minuto. Cuando la sangre fluye en menor cantidad, el matador revuelve bonitamente el arma buscando a tientas el corazón, y ¡figúrense ustedes lo que pasará allá dentro! A la cuarta o quinta calicata de esta clase, espira la víctima entre la rechifla, los puñetazos y los improperios de sus mataores, que le hacen esta despedida por todo consuelo. Vienen después la chamusquina, y las fricciones de teja, y la apertura en canal, y el desbandullamiento, y el disputarse el rabo y la vejiga los chicos de la casa; y en éstas y otras operaciones se pasa todo un día. Al siguiente se destocina, o descuartiza, y se salan los pedazos, y se hacen los chorizos, y dura aún la broma y el buen humor, en torno a los sangrientos despojos, media semana.

Aunque la forma de éstos y otros delitos, que no quiero citar por no hacer de este artículo una carnicería, lleva en sí todas las condiciones de alevosía, ensañamiento y premeditación que tan duramente castiga el Código cuando la víctima es un hombre, éste se ha ido acostumbrando a ellos, cediendo a las exigencias de una supuesta necesidad que le obliga a cometerlos.

Pero si admitimos como razón atenuante esta salvedad, hay que convenir en que otros mil que diariamente consuma el mismo tirano son penables a todas luces.

Por ejemplo: don Serafín Rosicler es un rentista modelo de los hombres pacíficos y morigerados; ni se enfada, ni juega, ni fuma, ni murmura. Vive perpetuamente con su mujer y sus hijos, y para sus hijos y su mujer. Por única diversión, extraña al régimen doméstico, se permite salir todas las mañanas muy temprano a tirar cuatro perdigonadas a los pajaritos de su huerta. Y estos pajaritos son, según las estaciones, la tórtola, el jilguero, la golondrina o la calandria; es decir, lo más bello, lo más inofensivo y tímido de la volatería. Pero don Serafín, como todos los cazadores, hiere con más frecuencia que mata; y cuando hace el recuento de sus víctimas para volverse a almorzar, entre los seis u ocho pájaros que contiene su morral, halla tres o cuatro que están vivos, aunque con un ala rota o el pecho atravesado. —«Éstos, para los niños», exclama lleno de satisfacción el seráfico rentista. Y al llegar a casa, entrega gozoso a sus inocentes retoños los inválidos animalitos. Los cuales, aletargados por el dolor de sus heridas, apenas se mueven al variar de poseedor; y como esta circunstancia no divierte a los rapaces, cada uno examina el que le pertenece, pluma a pluma y hueso a hueso. Así consigue tropezar con el ala rota o con la patita hecha astilla, a cuyo brusco contacto el pobre animalito se estremece y abre el pico y quiere extender las alas. ¡Felicísimo descubrimiento! El angelito ya sabe cómo poner en actividad aquel cuerpo inerte. Y tira que tira de la pata o del ala, o pincha que pincha la herida, se pasa medio día, hasta que, no hallando chiste en la tarea, comienza a aporrear los muebles de la sala con la cabeza del pájaro, o le echa, vivo aún, a la lumbre, o le ata al extremo de un cordel para que el gato le vaya destrozando poco a poco.

Don Cleofás es un sabio, y estudia incesantemente las funciones del estómago, la circulación de la sangre y la actividad de los venenos; y como gusta de ver las cosas con sus ojos y no con los de la ciencia, tiene la casa llena de animales que le ayudan en sus experimentos. Quiere estudiar, por ejemplo, la virtud de un tósigo que ha extraído de la planta a o b: va al corral, atrapa un conejo, le lleva a su gabinete, le aplica a los ojos, o a la lengua, o a una herida que al efecto le hace, una pluma mojada en el veneno, y si éste es fino, el animal cae como herido del rayo; pero si es lento, allí le tienen ustedes un día o una semana sufriendo horrores y prestando a cada instante síntomas que el sabio devora con ansiedad febril. Para estudiar la circulación, diseca a un pollo, o a un perro, o a otro conejo, una arteria, le pasa una lámina de cristal por debajo, y al microscopio enseguida. Si ve entonces lo que deseaba, yo no lo sé; pero es evidente que el suplicio del animal que le sirve en la experiencia debe ser morrocotudo. ¿Y cuando le lleva su fanatismo hasta el extremo de querer estudiar los fenómenos de la digestión sobre el terreno, y, para conseguirlo, abre al perro o al gato un boquerón en el pecho hasta dejar descubierto el estómago, o taladra quizá esta víscera y le encaja dentro un aparato de su invención, capaz de ver, palpar y analizar los jugos... y qué sé yo cuántas cosas más?

Cierto es que, con tamañas atrocidades, dicen que ha ganado y gana todos los días mucho la ciencia; pero también es verdad que la vida humana sigue tan achacosa y breve como antes, y a esto me atengo. Juzgo, pues, punto menos ocioso que el delito del cazador de pajaritos, el de los sabios que sacrifican centenares de víctimas al afán de sorprender a la naturaleza animal un secreto que, aun después de descubierto, no había de hacer más feliz a la humanidad.

Juan es un jornalero que se gana el sustento con el trabajo de un par de bueyes que le pertenecen. Parece natural que Juan tuviera los cinco sentidos puestos en aquellas mansas bestias que son su pan y su abrigo, y que las mimase como a las niñas de sus ojos. Pues no, señor: todos los días les pega dos docenas de palizas, una cada vez que, por arrastrar más carga que la que pueden sufrir, resbalan en el repecho de una calle adoquinada, y besan repetidas veces el duro suelo hasta sangrar por los hocicos.

Lo que hace Juan con los bueyes, hace Pedro con un caballejo que también le sostiene con su trabajo. Palo para que ande, y más palo si se para o si tropieza.

Cuando los bueyes se caen de viejos, Juan los engorda un poco y los envía al matadero.

La recompensa que da Pedro a las fatigas de su caballo, que le ha servido diez o quince años, es aún más digna de la ingratitud de la raza humana: se le vende por un puñado de pesetas a un contratista de la plaza de toros; y dicho se está con esto que Pedro es español, y que, por ende, acude solícito a la corrida en que sale a la arena su caballo con los ojos vendados, para que no vea el peligro a que le expone el picador que le monta, al acercar su pecho indefenso a las astas de la fiera, que a la primera embestida le arroja al suelo y le desgarra el vientre. Pedro no pierde ripio de esta escena; y al ver a su caballo levantarse aún, merced a los palos que se le administran, y al contemplar cómo el noble bruto, sin exhalar un quejido, pisa y desagarra sus propias entrañas, patea frenético, y grita pidiendo «¡más caballos!» y llama, porque tarda un instante en aparecer otro de refresco, ladrón al empresario, pillos a los picadores, tunantes a los chulos y estúpido al presidente; pero no vomita estos improperios porque hayan desbandullado a su caballo, no, señor, sino porque el toro, que tal hizo en tan breves instantes, promete hacer mucho más, y es un dolor que no se le ofrezca prontamente abundancia de víctimas. Y la prensa ilustrada, al siguiente día, cuando reseña la función, al llegar a este toro que destrozó siete caballos e hirió a tres lidiadores, le llama bueno y voluntarioso, y al pobre jaco de Pedro, sardina, aleluya, oblea y otras transparencias por el estilo; del picador que lastimó con el hierro, indebidamente, el cuello de la fiera, y a lo cual debió el pobre hombre salir vivo de la suerte, dice que es un tumbón, y que el presidente debió enviarle a la cárcel.

Si los caballos supieran leer, no podrían menos de simpatizar con los periodistas que, en su empresa de difundir la luz de la civilización por todos los rincones del globo, consagran diariamente largas columnas ad majorem gloriam de la celebérrima fiesta nacional. —«En los circos taurinos, dirían, se nos trata inicuamente; pero también es verdad que allí es donde vemos al hombre medir a su semejante con la misma vara que a nosotros, animado contra él de mayor ferocidad que el toro, que no embistiera si no se le hostigara».

Donde no se lidian toros, hay carreras de caballos; y para estas bestias quizá no sea preferible, a morir de una cornada, espirar con los pulmones entre los dientes, por haber corrido dos leguas en diez minutos buscando el oro de la apuesta... de sus amos.

Y si no hay carreras, hay batallas abundantes, gracias a Dios, y cuadros en ellas, cuyas bayonetas mechan en un instante un escuadrón que acude a desordenarlos, porque los hombres no han podido conseguirlo.

Todos éstos y otros muchos favores por el estilo, tienen que agradecernos los animales que más nos sirven y acompañan, incluso el fidelísimo can, cuya raza medio extermina todos los años la estricnina, con el filantrópico objeto de acabar con media docena de excepciones rabiosas, que son, precisamente, los únicos perros que no comen la morcilla traidora.

Pero no se contenta el hombre con esto sólo; no ejerce su tiranía exclusivamente sobre aquellos irracionales que encuentra en su terreno y pueden ayudarle o estorbarle. Surca también los mares, y de su seno roba el esquivo pez, y le fríe, a veces vivo, o le reduce a la triste condición de cautivo en una mezquina vasija, o, cuando más, en una tinaja, donde le enseña, por dos cuartos, al son de un organillo saboyano. ¡Digno destino de un ser que tuvo por cuna y por barreras de su libertad el seno y la inmensidad del Océano!

Armado hasta los dientes, penetra asimismo en las montañas y en los bosques, y destroza cuanto pasa al alcance de su plomo mortífero: lo mismo cae entonces la tímida cierva que el valiente jabalí; lo mismo persigue sañudo y feroz al oso forzudo que al débil gazapo, y lo mismo le deleita la agonía del primero que la del segundo. Su único afán es matar, sin otro objeto que la gloria de la matanza.

Entre tanto, acosado por el hambre o extraviado en la senda, un fiero morador de las selvas baja un día al valle; pasa rápido junto a la morada de un hombre; halla delante una res de la pertenencia de éste, y le tira una zarpada que vale al salvaje animal media libra de carne. Sábelo el hombre; toca a concejo; ármanse los vecinos; echan tras la fugitiva bestia; alcánzanla en el monte; dánle una batida, y acaban con su vida a palos. Cunde la noticia del suceso; apoderase de ella la prensa; desgañítase ésta pidiendo a las autoridades que exijan a sus dependientes la más exquisita vigilancia; llama héroes a los apaleadores, y no parece sino que el equilibrio del globo terrestre dependió del buen éxito de la paliza aquella. ¿La llevarían menuda los hombres, si después de ésta y otras fechorías fuesen llamadas las bestias a legislar sobre la tierra?

Mas contra esta consideración se subleva nuestro orgullo de raza. O somos, o no somos hombres. ¿Lo somos? Luego el mundo y cuanto en él y sobre él crece y respira, nos pertenece.

Niego resueltamente este principio tiránico. Si en la mente sublime del Hacedor supremo cupo, al crear la oveja y el caballo, la idea de que el hombre utilizase el vellón de la una y el trabajo del otro, no pudo ofrecerle los tormentos y la agonía de entrambos para su deleite. La crueldad y la ingratitud son vicios de la humana naturaleza, no la obra inmediata de quien es la suma perfección. Por eso los castiga inexorable.

Por tanto, creo que, en el supuesto caso, merece el hombre la consabida paliza como un santo un par de velas.

Más aún: creo que el hombre es el bicho de peor intención, más malo, más dañino de cuantos viven sobre la haz de la tierra.

Y lo pruebo con nuevas razones. Hemos visto hasta aquí que el bípedo a quien Platón llamó implume, persigue y atormenta a los irracionales siempre y en todas partes... y porque le da la gana. Se ha observado más. Al hallarse sorprendido el hombre con la presencia de un individuo de una especie que no es la suya, su primer impulso es tirarle con lo que encuentre a mano; matarle, si es posible.

Las bestias, en su estado de libertad, huyen del hombre y viven con sus propios recursos, y las más feroces no le atacan, si en su insensato atrevimiento no va él a provocarlas en sus recónditas guaridas. El mismo tigre no mata si el hombre no le obliga a ello; la víbora no muerde si no la pisan.

Se llama fiero al león, carnicero al lobo, porque viven a expensas de la sangre de las especies inferiores. Y ¿qué hace el hombre? Eso mismo y algo más. El león no devora al león, ni el lobo al lobo; pero el hombre devora también al hombre, de lo que pueden certificar no pocas tribus salvajes de ambos hemisferios.

Nuestro orgullo de raza vuelve a sublevarse aquí, y exhibe como protesta, contra ese resabio de la barbarie, al hombre civilizado.

Acepto el reto, por más que, probada mi tesis con relación a la especie, nada signifique contra ella la excepción del individuo.

El hombre de la civilización devora también a sus semejantes.

Como pueblo, ataca al de enfrente por ensanchar un palmo más su territorio, o por vengar la injuria envuelta en una frase que su misma diplomacia no ha logrado descifrar; y en estas perdurables empresas sacrifica millares de víctimas, que ni el consuelo tienen, al morir, de saber por qué se han batidotala los campos, arrasa aldeas, villas y ciudades, y siembra el luto y la desolación por todas partes.

Como individuo, explota, humilla, veja y martiriza a cuantos halla un grado más abajo que él en la escala de la fortuna; por satisfacer una venganza mezquina, acecha a su enemigo, y, rastrero y cobarde, le clava un puñal en el corazón; tiene esclavos, así como suena; esclavos a quienes apalea y acorrala, y vende y cambia y anuncia, como si fueran bestias; y por último, so pretexto de un pudor que, a serlo, infamara al mismo Lucifer, más de dos veces arroja al fondo de una letrina el fruto de su propia sangre.

Para coronamiento de gloria de la especie, recuérdese que ésta necesita una ley y un verdugo para matar con hierro a quien con hierro mata.

Ahora, respóndaseme con franqueza:

¿Es esto devorar a sus semejantes? Y si no lo es, de ello a comerse uno al vecino en pepitoria, ¿hay muchos pasos de distancia?

Que se ponga de moda en París la carne humana como se ha puesto la de caballo, y, aunque no peco de rollizo, verán ustedes lo que tardo yo en liar el petate y en buscar, más que deprisa, una guarida donde jamás haya respirado la prole de Adán.

Entre tanto, bueno es que conste que veinte siglos ha dijo Plauto: Homo, homini lupus: el hombre es lobo para el hombre.

Su enfermedad, como se ve, procede de muy atrás; y como quiera que, lejos de decrecer, ha ido en aumento, puede fundarse en ello la esperanza de que, si Dios no lo remedia, no ha de sanar en los siglos de los siglos.

Tal es el único consuelo que puedo ofrecer en este instante a las especies inferiores, que, como el hombre mismo, gimen bajo la tiranía del lobo del poeta.


1870

La mujer del ciego ¿para quién se afeita?

I

Es evidente que el hombre se acostumbra a todo.

Ama con delirio a su esposa, a su hijo, a su madre: cree que si la muerte le arrebatara el objeto de su amor, no podría sobrevivirle; y llega la muerte al cabo, y le lleva la prenda querida... y no se muere: la llora una semana, suspira un mes, viste de luto un año; y con el crespón que arranca de su sombrero a los trece meses, desarraiga de su pecho el último recuerdo doloroso.

Vive en la opulencia, contempla la miseria que agobia a su vecino, y cree de buena fe que si él se arruinara sucumbiría al rigor de la desesperación antes que aclimatarse a las privaciones, a la levita mugrienta, a la estrechez de una buhardilla y, sobre todo, al desdén de los ricos. Y un día la inestable rueda da media vuelta, y le coge debajo, y le desocupa los bolsillos, y le desgarra el frac, y le reduce a la más precaria de las situaciones; y lejos de morirse, frota y cepilla sus harapos, devora los mendrugos de su miseria, y con cada humillación que le produce el desprecio de sus mismas hechuras, más afortunadas que él, siente mayor apego a la vida.

Quien se imagina, porque nació en América, que sin aquel sol, sin plátanos, sin dril y jipi-japa, fenecería en breve; y la suerte le trasplanta a la mismísima Laponia, y allí, bajo una choza de hielo, sin sol, chupando témpanos, royendo correas de bacalao y vestido de pieles, engorda como un tudesco.

Quien otro, artista fanático, gana el pan que le sustenta vergando pipas de aceite o pesando fardos de pimentón...

Y si así no fuera; si Dios, en su infinita misericordia, al echar sobre la raza de Adán tantísima desdicha, tanta contrariedad, no hubiera dado al hombre una memoria frágil, un corazón ingrato, un cuerpo de hierro y una razón débil y tornadiza, ¿cómo llegaría al término de su peregrinación por este mundo pícaro sin ser un santo?

Pues bien; esta misma ley, que tal se enseñorea de nuestro corazón y de nuestro temperamento, por su propio e inatacable origen, se impone también al humano criterio y le obliga a aceptar como casas corrientes los absurdos más peligrosos.

No es otra la razón del baile, como fórmula solemne del regocijo social en la Europa civilizada, donde, oficialmente, el rubor, la compostura, el decoro de la doncella, tienen un culto; ni me explico de distinta manera la causa de que en esos certámenes lujosos de la escogida sociedad, sea la mujer casada la que da el tono en salones, espectáculos y paseos, con pleno, omnímodo, amplísimo consentimiento de su legítimo consorte.

Y ahora que estamos en nuestro terreno, discurramos sobre este hecho tan notorio como transcendental.

Y pregunto yo:

—¿Para qué se adorna la mujer?

Y me responden todas ellas:

—Para embellecer más y más nuestros naturales atractivos.

—Y ¿por qué queréis embellecerlos más y más? —vuelvo a preguntar.

—Por rendir culto a un sentimiento de amor a lo bello, que es innato en nosotras —vuelven a responderme—; por parecer bien, como se dice vulgarmente.

—Y ¿qué es eso de parecer bien, tratándose de la mujer? —insistió.

—Causar cierta complacencia en los hombres de buen gusto, y la mayor curiosidad posible en las mujeres de nuestra esfera —me responden aún.

—Y ¿qué pasa por los hombres cuando se deleitan en la contemplación de los hechizos de una mujer?...

Aquí callan éstas, quizá por ignorancia, acaso por prudencia; pero callan. Mas, en su defecto, responde la experiencia de mis francos lectores:

—Un deseo más o menos vehemente, más o menos pronunciado, de esos mismos hechizos.

—Luego —concluyo yo—, la mujer que adorna sus naturales gracias con el fin de embellecerlas más y más a los ojos voraces de los hombres, si deliberadamente no provoca el asedio de éstos, da, cuando menos, ocasión a él. Esto es lógica pura.

Ahora bien: no tengo inconveniente en admitir esta conclusión para la mujer soltera, que, al cabo, con ese anzuelo se pescan casi todos los maridos; pero la que ya le tiene, ¿debe ostensiblemente aceptarla para sí? ¿Puede, acaso, sin su propio desdoro? No, seguramente.

Y aquí me sale al encuentro un hecho que se está dando testerazos con esta ley.

Mientras la mujer es soltera, las faltas que cometa refluyen sobre ella exclusivamente, y nadie más que ella paga, a costa de su porvenir, las flaquezas o debilidades de su fortaleza; pero desde el momento en que se casa, todos sus deslices redundan en desprestigio, en desdoro de su marido. Pues bien: el hombre sabe esto (¡como que en su egoísmo lo ha dictado él como una ley social!), y, sin embargo, en su ciega obstinación, cuando se trata de la hija, toda precaución se le antoja escasa, y cuando se trata de la esposa, toda libertad le parece poco. A la primera le exige un guardián asalariado para la calle, cuando carece de una madre o de una hermana, no soltera, que le preste el amparo de su autoridad; le tasa el número y la clase de espectáculos y las horas de paseo; le prescribe el modo de andar, las expresiones del rostro y los asuntos de sus conversaciones; le fija el color, la calidad, la forma de sus vestidos, y hasta le impone las horas de descanso y los platos de su comida. A la segunda, ni una traba, ni una restricción en su conducta pública o privada: es libre como el aire; va por donde quiere y como y cuando quiera; viste lo que más le gusta; habla de lo que se le antoja y se ocupa en lo que más le agrada. En suma: a la doncella, todas las seguridades; a la casada, a su propia mujer, es decir, a su propio honor, todos los peligros. Áteme usted esa perspicacia por donde pueda... y prosigamos. Decía que la mujer casada no aceptaría jamás, ostensiblemente, como móvil de su presunción, el efecto sensual que he definido; al contrario, sostienen todas que al rendir a la moda ese ostentoso testimonio de adoración, no les anima otro afán que el de satisfacer esa misma pasión; que visten, que bailan y que pasean como el gastrónomo come y bebe el sediento y estudia el sabio; pero que, en todo caso, aun cuando (y esto lo dicen en confianza y muy bajito), aun cuando el efecto que causan en el otro sexo sus exhibiciones y coqueterías les fuera previamente conocido, ningún peligro corrían en ello, ni tampoco sus maridos, supuesto que el sentimiento de los deberes, su educación, etc., etc... se opondrían, y que es un agravio hasta hacerlas capaces, por un instante, de exponerse siquiera a... y que su distinción por arriba, y que su dignidad por abajo... En fin, que no puede ser.

Yo voy a demostrar que sí.

Al efecto, examinemos su tesis. «Que visten y bailan y triunfan por el mero afán de vestir, de bailar y de triunfar; y que aunque otra cosa fuera, ningún riesgo corrían en ello ni su honra ni la de sus maridos».

Tenemos aquí dos aseveraciones, a cual más importante, que rebatir; y para proceder en orden y con mejor éxito, empiezo haciéndome cargo de la primera.

La mujer que necesito para ejemplo la conoce perfectamente el lector, y se la encuentra todos los días en la calle, en los entierros, en el teatro, en el paseo, en las tiendas; en todas partes menos en su casa. El invierno, el verano, el frío, el calor, la lluvia, el sol, las tinieblas, la alegría, las lágrimas de los demás... todas las estaciones, todas las horas, todas las circunstancias climatéricas, meteorológicas y astronómicas, todas las preocupaciones, todos los acontecimientos sociales, políticos y religiosos la ayudan en su empresa; todo lo explota para sus fines. Con el barro, se luce una bota hecha ad hoc en Francia; sobre el polvo, se arrastran unas enaguas que harían la fortuna de un pobre; con el frío, se ostentan las ricas pieles y el pesado terciopelo; con el calor, las gasas leves; de noche, el abrigo fantástico; en el duelo, la mantilla de encajes, el rosario de gruesos corales o las doradas cifras del devocionario relié en oloroso cuero; en el baile, en los salones... ¡oh, aquí todos los recursos de la fortuna, de la naturaleza y de la coquetería! Esta mujer no existe solamente en los grandes centros de la elegancia: existe también en la más humilde capital de provincia. En la corte será su teatro más grande, más aparatoso; pero su papel es el mismo en los pueblos provincianos, con la ventaja de ser en éstos sus relumbrones de mayor efecto, su vocación más enérgica, su voluntad más decidida. En una como en otra región, este tipo vive para todo menos para su familia, y de todos se deja ver menos de sus hijos y de su cocinera. Los demás puntos de diferencia importan poco o nada en los tiempos que corremos; y lejos de las etiquetas palaciegas, una ejecutoria de rancia nobleza se suple fácilmente con un caudal efectivo... o aparente, con un destino bien remunerado, o con uno de esos créditos de prestidigitación que, por más que no se conciban en su origen, se dejan apreciar a cada paso en sus efectos. La posesión de cualquiera de estos diplomas y un palmito regular, bastan a un mujer vana para hacerla creer que no es vulgo, que es distinguida. Inmediatamente, no conformándose con que su propio convencimiento se lo diga, exige el testimonio de alguno más; después no le basta que dos, diez o veinte que la hallan al paso se lo confirmen: necesita hacerse sentir en todo el círculo de sus semejantes. Así se lanza a la carrera del buen tono. Si el porvenir se vislumbra en ella, se observa entonces que adquiere popularidad en esta esfera su hechizo especial; verbigracia, la pantorrilla, un lunar en el hombro... algo que pertenezca al catálogo de lo oculto y a la jurisdicción exclusiva de los ojos de su marido. Es de advertir que cada mujer de esta madera tiene su especialidad por el estilo, y también es de notar que no ignora que los hombres la conocen en todos sus detalles... y que no la conocen éstos por haber sondeado con ojo profano los misterios del tocador, sino porque ella la ha puesto córam pópulo con la frecuencia necesaria y en ocasión oportuna. Así las cosas, necesita popularizarse toda entera; y, por ende, aspira a que de ella se hable como del sol; que nadie ponga en duda sus resplandores; a que sean proverbiales su belleza y su elegancia, hasta entre aquellos que no la han visto. Si lo consigue, un síntoma infalible se lo da a entender: deja de ser señora, y se convierte simplemente en Fulana de Tal, sin más doña, ni más de, ni otra zarandaja; o en Fulanita, o Fula, o Fulita Tal; con la cual contracción, tan lisa y llana, la citan siempre en sus recuerdos pollos, modistas, solterones, cursis y demás gente nociva... y la prensa, si la hay en el pueblo, que sí la habrá, gracias a Dios, para sahumerio, cuando menos, de estos ídolos, y decirnos si van o si vienen, o si vestían de nube o de carámbano la noche de la recepción de X o de Z. La popularidad en esta forma es la consagración del apetecido encumbramiento de la heroína. Los hombres la admiran y la codician; las mujeres la odian. Triunfo completo.

Sustancia de todo este potaje: una mujer a la moda, que aspira siempre, y en ocasiones llega, a ser una mujer de moda.

Esta aspiración significa: una lucha sin cuartel con todas y cada una de las mujeres que se dirigen al mismo fin, y con las que a él han llegado ya; arrancar a éstas el cetro y conquistar a todas ellas su corte, o sean sus apasionados satélites.

Entre éstos hay mucho tonto, es verdad: muchos hombres que sólo anhelan que el público los vea en familiar inteligencia con el astro de moda; pero los hay también muy diestros y muy pegajosos, que van derechos al bulto, y no gustan de perder el tiempo en escarceos inocentes.

Es preciso, pues, tolerar a los unos; transigir, hasta cierto punto, con los otros, y mostrarse afable, nada escrupulosa y un tantico insinuante con todos. (Aquí asoma la oreja la causa de la publicidad del precitado hechizo secreto). Y poner en juego el arsenal de recursos que tal campaña exige; defenderse, acometer, herir con ellos, según las circunstancias, y no conocer sus respectivos efectos la misma persona que los maneja con magistral habilidad, ¿es posible acaso?

Concediendo cuanto en este asunto puede concederse, admito que no sea la sensación de marras en el otro sexo el móvil único y exclusivo de los alardes públicos de esta mujer; pero negar que la conoce y que la acepta como el arma más poderosa para llegar al fin que se propone... es imposible, porque está a la vista.

Y demostrada así la falsedad de su primera aseveración, paso a destruir la segunda: tarea harto fácil en verdad.

«Que aun conociendo la mujer casada el susodicho efecto; aun siendo éste el móvil de sus afanes, ni para su honra ni para la de su marido hay peligro en entregarse a ellos».

Demos de lado todo lo que se viene preceptuando, desde Jesucristo hasta el último de nuestros moralistas, acerca de la conducta pública y privada que debe observar una buena esposa: fuera esta arma, por su temple, demasiado ventajosa para mí; y arguyendo sólo al sentido común, prescindamos también del estado, y consideremos a la mujer como sexo simplemente. Y ahora respóndaseme: —la que tiene por oficio hacer ostentación pública de sus atractivos morales, físicos y artificiales; aceptar lisonjas y galanteos, y resistir más de un asedio tenaz, ¿se expone a sucumbir en la lucha? Es evidente que sí; y aunque la historia de la humana debilidad no lo enseñara, me lo confirmaría el hombre mismo, el vencedor en esas luchas, poniendo un guardián a la virtud de su hija, de cuyas fuerzas desconfía, porque él las ha probado en otro terreno análogo.

Y si la hija es débil, ¿por qué no ha de serio la esposa joven? ¿Tienen acaso distinta naturaleza?

Pero aún quiero suponer, cerrando los ojos a la elocuencia de los mil desastres conyugales que recuerdo, que todas las mujeres de moda salen vencedoras e incólumes de sus luchas. La fama que en ellas adquieren pregona la posibilidad, y, muy a menudo, las probabilidades de todo lo contrario.

Una mujer casada, como la del tipo que nos ocupa, lo primero de que prescinde es de sus deberes domésticos, de los derechos, de la autoridad, de la consideración, de todo lo que se refiere a su marido.

Pues este síntoma, según Balzac, hombre competentísimo en la materia, se presenta siempre que la mujer está resuelta a profanar la fe conyugal; y no es lo peor que lo diga él, sino que los hechos comprueban, con una precisión horrible, la exactitud de la máxima.

Callo, en obsequio a la especie, la definición que da el mismo filósofo de la mujer que vive, como ésta, de sus vanidades mundanas: sus adjetivos sacan sangre, y yo no soy cruel.

Recomiendo, en su defecto, la no menos autorizada opinión, aunque más suave, del sublime Cervantes, a propósito del mismo asunto.

«La buena mujer, dice, no alcanza la buena fama solamente con ser buena, sino con parecerlo».

Verdad es que las aludidas podrán objetar a este sabio dictamen: «Nosotras no buscamos buena fama, sino que, conservando la que ya tenemos adquirida, vamos, en alas de nuestro gusto, por la atmósfera de nuestras inclinaciones».

Pero es el caso que el sutil manco, como si previera esta objeción, añadió, para confundirla, la siguiente friolera:

«Mucho más dañan a la honra de las mujeres las desenvolturas y libertades públicas, que las maldades secretas». Aunque esta máxima es contundente, yo quiero todavía prescindir de ella para dar la mayor amplitud posible a la defensa de las acusadas.

«Balzac y Cervantes», podrán decir éstas, «no pasan de ser dos hombres de mucho talento... según fama, pues nosotras jamás los hemos visto en la sociedad, y, por tanto, sus opiniones no son al cabo más que... dos opiniones particulares».

Aceptando yo, por un momento, tamaña herejía, en mi propósito de atacar al enemigo (vamos al decir) en sus trincheras, apelo ahora a la sinceridad de los mismos satélites de esas señoras, o, lo que es igual, sus apasionados, sus aduladores, sus amigos, las personas que más las admiran, acatan, estiman y consideran, y les pregunto: —Resueltos a casaros, ¿elegiríais para mujer propia a una de ésas?...

Pongo las dos orejas por la negativa.

Ergo... No formulo la consecuencia, porque está en la mente de todos, hasta en la de las aludidas, aun desde antes que yo estableciera como premisas los hechos consignados hasta aquí.

Una vez demostrada la existencia del peligro para la mujer, es evidente, por necesidad, el del hombre, que, a este propósito, no es más que un cuerpo con la desdichada virtud de reflejar, en tamaño centuplicado, la menor de las máculas de la honra de su adjunta.

Habrán observado ustedes que a medida que adquiere popularidad en el mundo el nombre de una mujer, va olvidándose el de su marido; y que cuando la primera está en la cumbre de su triunfal carrera, cuando se la cita en todas partes con la llaneza que más atrás indiqué, el segundo ha perdido todos sus títulos personales.

Verbigracia:

—¿Quién es ese sujeto? —pregunto, al pasar junto a uno que, sin saber por qué, me llama la atención.

El marido de Fulanita de Tal —me responden.

No tengo más que averiguar... Ya sé que aquel sujeto es.. nadie, menos que nadie, el que paga los despilfarros de la mujer cuyo nombre arrastra.

No puede darse, para un nieto de Caín, una condición más humillante, un desprestigio más lastimoso.

Pues esto es lo menos que le cuesta a un marido la gloria de serlo de una mujer de moda, ¡lo menos!

Y, sin embargo, con ello habría sobrado para... Les aseguro a ustedes que, pensando en la posibilidad de despertar de un sueño semejante, se concibe hasta la morcilla municipal.

La idea de esta posible catástrofe me excusa de extender mis consideraciones hasta los casos de lesión enormísima en el honor conyugal por los propios excesos elegantes de la mujer.

El lector, no obstante, puede discurrir sobre este tema, y de su cuenta y riesgo, cuanto guste: yo, entre tanto, voy a permitirme hacer una salvedad, que juzgo necesaria en mis inofensivos propósitos.

Al condenar la pasión desenfrenada del lujo y de la popularidad en la mujer casada, no pretendo someter a ésta a su antigua condición de esclava, ni transformarla en beata gazmoña, ni condenarla a perpetua clausura: tan peligroso sería cualquiera de estos extremos como el otro para la felicidad conyugal. El menos severo de los moralistas cristianos, dice: time Deum et fac quod vis. En la necesidad de formular yo mi pensamiento sobre el asunto en cuestión, diría algo parecido a este sabio precepto a las señoras mujeres... «Cumplid con vuestros deberes de esposas, y después haced lo que os acomode»; bien entendido que, sujetándose ellas a la condición de la primera cláusula no me apuraría por verlas disfrutar ampliamente de la libertad entendida en la segunda. Ni la visita, ni el vestido, ni el paseo, ni el mismo rigodón, aliquando, presentarían entonces a mis ojos el menor síntoma alarmante. Sin embargo, antes de solemnizar este contrato, precisaría con toda claridad un punto interesantísimo, para evitar ulteriores disgustos: yo entiendo por deberes de esposa su atención constante hacia esos mil detalles domésticos que constituyen el fundamento de la vida íntima, desde el estrado hasta la cocina, desde los calcetines del niño hasta el ropero del marido... ¡Oh, el marido sobre todo! Sus derechos, su prestigio; nada antes que él. La tan ilustre por el talento como por la cuna, la condesa Dash, dice a este propósito: «tu único, tu urgente negocio (se dirige a la mujer casada), es agradar a tu marido, conservar su ternura y esparcir en torno vuestro un aura de poesía que le impida pensar en otra cosa... Vela tú misma por lo que él tenga en más estima, y no confíes a los criados el cuidado de su ropa y de su gabinete: debe encontrarte en todo cuanto le rodee, y agradecer tus cuidados y tu amor».

Elijo de intento esta autoridad, porque su doble carácter de mujer y de mujer del gran mundo, presta al consejo mayor importancia. Las razones en que le funda esta célebre escritora pueden servir a la vez como testimonio de mi sinceridad al proponer semejante plan de conducta: «No olvides, continúa, que el marido es el jefe, por Dios y por la ley, por la sociedad y por la naturaleza: tú eres débil, él es tu apoyo y tu protector... ¡y nada más dulce que ser protegida por aquél a quien se ama!».

Conspirando a un fin tan dichoso, no cabe egoísmo en proponer los medios que yo he propuesto, ni aceptándolos es posible verlos por su lado prosaico.

De acuerdo sobre este punto ella y yo, firmaría, con la fe de un bienaventurado, el convenio de más atrás... et si non, non; entonces, y sólo entonces, le diría sin el menor recelo: «Haz lo que te dé la gana»; entonces, y sólo entonces, la vería, sin estremecerme, abarrotar su tocador, porque seguro estaría de que, al encerrarse en él, conforme al consejo de la misma ilustre señora, «para asearse, todo le parecería poco; para pintarse, todo le parecía mucho», fórmula cuya aparente trivialidad abarca entero el modelo de una mujer discreta.

Mientras a él se ajustan las de mi cuento (que no se ajustarán), retournons a nos moutons; es decir, vuelvo a mi tema.

—No comprendo cómo es la mujer casada la que da el tono en paseos, salones y espectáculos, siendo tan notorios los riesgos que en la empresa corre el prestigio de su marido... He dicho mal: comprendo que la mujer casada aspire a esos triunfos de su vanidad, y que a ellos consagre todos sus afanes; lo que al sentido común se resiste es que lo tolere, y hasta lo aplauda (¡borrego!) su marido.

Por eso dije al principio, y lo he demostrado con un ejemplo más, que el hombre se acostumbra a todo.

Ahora, si ustedes me preguntan que cómo este supremo legislador de costumbres, egoísta y tiranuelo por naturaleza, arregló las cosas de tal manera; cómo promulgó esa ley cuya ejecución había de caer sobre su propia mollera a modo de infamante coroza; cómo, en fin, se colocó, pudiendo evitarlo, en la necesidad de mostrar tan inaudita mansedumbre; si ustedes, repito, me preguntan esto... tampoco sabré dar una respuesta satisfactoria, porque no soy fatalista. Y a fe que, si lo fuera, nunca podría citar con mayor oportunidad que ahora, el tan sabido apotegma pagano:

Quos Júpiter vult perdere, dementat prius.


1870

El tirano de la aldea

I

Cándidos hay todavía que creen que existe sobre la tierra algún rinconcillo donde es posible la paz del espíritu, y, como consecuencia inmediata, el perfecto equilibrio de los humores.

Las grandes pasiones, los choques infinitos de los múltiples elementos y encontradas tendencias que constituyen la vida social en los grandes centros de población, aturden al hombre pacífico y sedentario.

—¡Dichoso el campesino —exclama a menudo—, que vive sin ruido, sin política, sin literatos, sin filosofía, sin periódicos, sin gas, sin talleres... y sin guantes! El sol refulgente, la pradera florida, el verde follaje, el río murmurando, la dulce brisa, las mieses fecundas, la sonora esquila y el santo trabajo a la luz del astro vivificante, para depositar en las entrañas de la madre tierra el leve grano que, bendecido por la mano de Dios, ha de producir la suculenta hogaza... Esta es la vida. ¡Gloria a Dios en las alturas, y paz a los hombres de buena voluntad!

Concédanme ustedes que no hay versión más admitida entre los desengañados de la civilización. Pero ¿dónde está ese rincón bendecido?

Yo le buscara con más ahínco que el ilustre genovés el Nuevo Mundo entre los misterios del virgen Océano; yo trocara estos hábitos, refinados por la civilización, por el burdo ropaje del labriego, y la pluma con que trazo estos rasgos por el timón del arado, si bajo los duros pliegues del tosco vellón y revolviendo las costras de la tierra, callaran todos mis deseos, renacieran mis juveniles esperanzas, tornara a mi imaginación el color de las rosas, y rendido mi cuerpo por el trabajo de todo un día, hallara, aunque en pobre lecho, el perfecto reposo... Y eso, lector, que no soy, a Dios gracias, de los más infortunados mortales; que mato con repugnancia hasta el insecto que me destruye las flores del jardín, y no he robado al vecino ni a la Hacienda el pan que comen mis hijos. ¡Qué fuera, gran Dios, si me infundiera espanto la guardia civil! ¡Ah! Podrán variar hasta el infinito el peso y la calidad de la cruz, según las fuerzas y la condición de quien la lleve a cuestas; pero es innegable que allí donde existe un hombre, hay una cruz que le agobia.

Lo del aire puro, lo de la luz radiante, lo de la humilde choza o del soberbio palacio, lo del paño burdo y del frac ridículo, aunque son la verdad pura, no pasan de ser meros detalles de paisaje, simples accidentes del inevitable Calvario social en que hemos de morir crucificados.

Cierto es que el sencillo aldeano no conoce el tufillo de las modernas industrias, ni el de los artículos de fondo, ni se ha inscrito en la Internacional, ni frecuenta el Salón de Conferencias, ni está al tanto de los motivos primordiales de ciertas crisis ruidosas, ni da una higa por todos los derechos políticos, ni conoce las visitas de etiqueta; pero no es menos cierto que paga los desmanes, y las ambiciones, y las calaveradas de los periódicos y de la Internacional, y las intrigas de los pasillos del Congreso... y hasta las alfombras de los pasillos. Con sus hijos, porque la gente ilustrada armó un cisco gordo, y se necesitan hombres para defender al Gobierno y a las instituciones que se hallan en peligro; con sus pobres ahorros porque los grandes ejércitos y los grandes destinos consumen mucho dinero, y con su hogar y su cosecha a veces, porque las vicisitudes de la guerra se la llevaron a las puertas de su casa, y se la destruyó una bomba por casualidad, o se la arrasaron de intento, porque estorbaba a la visual de una batería inmediata.

Además, como pecado ingénito y cruz peculiar, tiene el campesino sus pasiones non sanctas, sus deudas de taberna, su tercio para caer, su res enferma, su vecino envidioso, su vecina deslenguada, su pleito muy a menudo; y, por último, la desdicha que no conocéis, la plaga que no adivináis, viciosos de la ciudad; la pesadilla que jamás os ha quitado el sueño, dormilones del gran mundo: tiene, en una palabra, al secretario de su ayuntamiento.

Esta es la gran cruz, digo, la cruz grande de los pueblos rurales, el espantajo de su tranquilidad, el abismo de sus economías... el tirano de la aldea.

Y aquí debo yo hacer una salvedad muy importante, tanto en honra de los que desempeñan este respetable cargo dentro de las atribuciones que le son propias, como en aclaración del verdadero asunto de este Esbozo.

En las grandes agrupaciones municipales, o allí donde, junto a la riqueza rústica, tienen alguna representación otras industrias lucrativas, no hay que buscar al personaje aludido. El destino está bien remunerado, ha habido muchos aspirantes, y ha podido elegirse uno verdaderamente capaz, suficientemente ilustrado y honrado a carta cabal. Este secretario, lejos de ser una calamidad para el pueblo, es el mejor amigo del ignorante labriego, y el procurador más desinteresado en todos sus apuros con el municipio. Conozco muchos funcionarios así, y me honro con la amistad de algunos de ellos.

Al tirano de mi cuento se le encuentra en esos pequeños municipios que tanto abundan en las provincias del Norte y Occidente, compuestos de aldeanos de pura raza, sin excepción quizá de una levita temporera, apegados a sus yuntas y a sus tierras, como el marisco a la roca, sin más ciencia, sin más literatura, sin más necesidades intelectuales; en esos rinconcitos contribuyentes, de los que jamás se acuerda el Gobierno si no es para sacarles sus hijos y su dinero.

Mi personaje pertenece, en suma, al grupo de secretarios de ayuntamientos de los lugares, que son (al decir de Fernán Caballero) los más malos, los más venales, los más tiranos y los más opresores de los hombres.

La plaza está pobremente remunerada, y tuvo pocos golosos que la pretendieran. Sólo un indígena puede con ella, y un indígena la explota.

¿Cómo la consiguió? No es fácil decirlo, porque no se sigue en esto una tramitación determinada. Era el tal menos apegado que sus convecinos a los trabajos agrícolas, díscolo además y turbulento; no tenía mala letra y escribía con soltura; sabía en aritmética algo más que las cuatro reglas, y sustituía al maestro de escuela en ausencias y enfermedades; pintaba en el aire unas cuentas municipales; escamoteaba como un prestidigitador la riqueza imponible a las barbas de la misma administración de Hacienda... quizá sacó alguna vez al ayuntamiento de alguna maraña peligrosa, y libró con ello de un grillete a los inocentes concejales... ¡qué sé yo! Ello es lo cierto que de la noche a la mañana se hallaron sus convecinos amarrados a su omnipotencia, como pollino al árbol de la noria. Y no borro la comparación, porque como a pollinos entre varas los trata el tiranuelo.

El cual no tiene otras rentas ostensibles que los tres mil escasos reales que vale el destino; y no obstante, traga más vino que una cuba; cada sábado va de caracolada y cada lunes de callos con arroz: el resto de la semana, ferias y mercados, para cuyos viajes tiene un tordillo de buen andar; viste bien y tiene moza, amén de la familia, numerosa, eso sí, pero rollicita y bien trajeada. No se le conocen deudas.

II

Una administración municipal no se hace odiosa a un aldeano por el solo delito de ser algo más cara que otras que la antecedieron: suspira, murmura, pero no pierde el sueño porque le pidan el recargo, y el recargo del recargo, y el tanto por ciento más sobre todos estos recargos, y dos del anticipo, y tres del empréstito, y cinco de consumos, y tanto del puerto, y cuánto de los pastores, y esto para el médico, y lo otro para el señor cura. Todas éstas y otras exacciones llevan apariencia legal: el aldeano cuenta siempre con ellas o con otras parecidas; y aunque alguien más sagaz pudiera, con mucha frecuencia, hallar no poco que tachar, así en la calidad como en la cantidad de lo exigido, él lo paga religiosamente y no se escandaliza, porque no le extrañan los motivos.

Pero es el caso que, después de descansar pagando, como en señal de su ingénita honradez dice el pobre hombre, logra éste, a fuerza de privaciones, esconder un roñoso ochavo en el pico del arca. Aquel ochavo es, con otros que irá juntando poco a poco, una chaqueta nueva para él, o una saya para su hija, o el puchero limpio del primero de la familia que caiga en cama, o el socorro para el chico si la suerte se le lleva al servicio de las armas, o el calor del invierno, o el pan de la primavera. Robarle aquel ochavo es robarle la paz, el sueño, el mayor pedazo de su alma.

Pues bien: este ochavo es, precisamente, el ochavo del secretario.

Cómo le huele, no siempre se sabe, ni nos importa. Cómo le saca, es lo que iremos viendo poco a poco.

Al efecto, extendamos más el lienzo y bosquejemos algunos accesorios esenciales a la figura principal.

La corporación municipal, como que en el pueblo no hay otra cosa, se compone de media docena de toscos, sencillos e ignorantes labriegos, para quienes es una carga insoportable la obligación de asistir a las sesiones. Generalmente, estos concejales ignoran por qué y para qué lo son; cuáles son sus atribuciones y hasta dónde alcanzan. El secretario preside, el secretario habla, el secretario resuelve, el secretario lo hace todo. El alcalde y los concejales firman como autómatas, y no pocas veces temblando, como soldado novel que corre a la brecha en pos de su jefe, y teme que aquel esfuerzo de disciplina le cueste la vida. Porque es de advertir que estos pobres hombres, recelosos por naturaleza, y que tantas cosas ignoran, no desconocen que están amarrados como bestias a la voluntad del secretario.

El juez de paz, o municipal, es otro campesino de la misma madera que los concejales: deletrea mal el catecismo, apenas sabe firmar, y así entiende de códigos y de interpretar leyes, como de capar cigarras. Mal sentado en el tosco banco de la justicia, sabe decir tartamudeando:

—Hable Juan, o conteste Pedro —y Juan y Pedro hablan y riñen, y aun quizá se cascan las liendres. Y nada más. Pero el juez tiene a su lado un secretario, y este secretario habla, discurre y sentencia por el juez, que no da señales de vida sino para firmar la sentencia.

El tal secretario es el mismo del ayuntamiento, porque el juzgado no produce bastante para permitirse el lujo de uno especial.

Y he aquí cómo viene a tener en sus manos la administración municipal y la de justicia, libre de toda responsabilidad.

Pero todavía tiene más.

El solemnizar un contrato de venta con un documento público, trae, según él, el compromiso y los derechos del registro; el registro una declaración oficial de la finca, y esta declaración la contribución subsiguiente. Es preferible un documento privado, a lo más en un pliego del sello 9º. extendido ante él, que, sin rúbricas ni garabatos, da tanta fe como el más guapo, y a mitad de precio que el escribano.

Y así se hace.

Por un procedimiento análogo recibe la última voluntad de sus convecinos in articulo mortis.

Se ve, pues, que también es depositario de la fe pública.

Es dueño del monte, porque el guarda es obra suya; y lo es también, en cierto modo, del médico, del maestro y hasta del párroco, por razones que iremos viendo.

Amén de otros recursos, que el lector deducirá fácilmente, tiene uno más, que puede considerarse como el mejor filón de su mina: un apoderado universal del ayuntamiento en la capital de la provincia. Este hombre es, por lo común, un bribón de siete sucias, capaz de pegársela al lucero del alba, concursado veinte veces y procesado criminalmente otras tantas.

Por último, tiene guardadas las espaldas por un señorón, que nunca falta en la ciudad, de esos que en todo ven por disculpa la razón de Estado, y que a todo trance le ampara y sostiene, aunque le salten a las barbas rociadas del fango que no ha logrado tapar con su influencia omnipotente.

III

Conocidos ya sus principales instrumentos, hemos de ver ahora cómo maneja algunos de ellos; y no todos, porque fuera ofender la perspicacia del lector irle enumerando uno a uno cuantos recursos tiene un secretario de esta calaña para hacer un buen agosto en el campo de lo que pudiéramos llamar trampas corrientes del oficio, después de haber dicho que el ayuntamiento que le paga es sordo, mudo y ciego, y que el pobre pueblo está amarrado a sus antojos como borrico a la noria.

Fijémonos, por ejemplo, en la época de quintas, que es, de todas las del año, la más socorrida para el secretario.

Por de pronto, si éste tiene un hijo sorteado, le libra a todo trance, aunque sea más sano y robusto que una encina, le haya tocado el número 1 y no esté comprendido en ninguna de las exenciones que marca el cuadro. En último caso, se forja un expediente declarándole hijo o nieto único de padre o abuelo sexagenario y pobre, aunque tenga otros hermanos, y el abuelo más nietos, y el padre no llegue a los cuarenta, y el padre y el abuelo vivan de sus rentas como unos caballeros.

Y es de notar que todo esto lo saben los infelices sacrificados; pero se les fascina con un fárrago de palabrotas estampadas en un papel sellado, a cuyo pie, para mayor escarnio, se les hace poner sus firmas, cerrando de este modo todo pretexto a ulteriores reclamaciones contra semejante felonía. Para conseguir tal resultado, basta, generalmente, el miedo que inspira el tiranuelo a los sencillos aldeanos; pero si éstos se resisten, se les hace creer que hay el proyecto de presentar ante el Consejo provincial a todos los mozos sorteados exentos del servicio, por medio de expedientes arreglados por el secretario, a condición de que todos los interesados se presten a formar a su gusto el de su hijo.

Lo que después de servido hace el pícaro con los incautos que le ayudaron, no lo saben éstos hasta que en la capital se verifica la declaración de soldados, y se examinan los fárragos, intencionalmente incomprensibles, que, como áncoras de salvación de sus hijos, llevaban los pobres hombres guardados cuidadosamente en el bolsillo más hondo de sus burdos chaquetones.

Pedro y Juan son dos mozos que han jugado la suerte juntos. Pedro fue declarado libre en el ayuntamiento, y Juan, soldado; por lo cual Juan protestó a Pedro. Pero el secretario, que es hombre previsor y sabe que ni el padre de Juan ni el de Pedro dejan de apurar los recursos que estén a sus alcances por un punado de duros, pues los tienen para tales casos, si no al pico del arca, en una res o en unas tierras, echándosela de magnánimo y compasivo, le dice a Juan:

—Creo que puedes ganar este negocio si sabes trabajarle en la capital. No seas tonto: sacrifica una onza, y yo te diré quién te ha de sacar triunfante.

El inocente se deja seducir, y poco después recibe una cartita de recomendación, que te da el seductor para cierto caballero de la ciudad.

—Entrégasela mañana mismo —le dice—, porque me consta que Pedro piensa ver también al mismo sujeto.

Luego se avista con Pedro, le hace las mismas reflexiones que a Juan, y le añade:

—Sé que Juan va mañana a ver a don Fulano; pero sé también que no le podrá servir, porque es negocio perdido. Aguántate sin apurarte hasta el día de la entrega, y entonces te recomendaré yo a cierta persona que en un momento arregla los imposibles.

Entre tanto, presenta Juan la carta al caballero de la ciudad, que no es otro que el apoderado de quien ya se hizo mención. Después de oír al mozo y de leer la credencial, se hace el pensativo, frunce las cejas, ráscase la barbilla, y dice, por último:

—Esto es muy grave... y muy caro. Cuando es cuestión de talla o de exenciones físicas, con un par de duros para el tallador, o media onza para el médico, estamos al cabo de la calle; pero estos señores del Consejo pican muy alto, amigo.

—Ya lo veo —observa tímidamente el mozo, o su padre, o quien lo represente—; pero quiere decirse que... vamos al decir, en el conceuto de que la cosa marche, probes semos, pero por una onza... u dos...

Y el infeliz las hace sonar en la faltriquera para que no se dude de su palabra.

El agente oye el sonido como el tigre huele la presa, y se hace el desentendido; y después de meditar un rato, o de fingir que medita, despide al recomendado citándole para dentro de una hora, tiempo que dice necesitar para tantear el terreno.

Cuando se vuelven a reunir, el agente está muy sofocado. Ha reñido con unos, ha tenido que empeñar grandes luchas con otros, y se ha visto muy mal para convencerlos a todos. El negocio es ya cuestión de dos onzas; pero a condición (y ésta la obtuvo el agente por un esfuerzo especialísimo que hizo en obsequio a una persona tan digna como el recomendante) de que si el mozo no se libra, se le devolverá el dinero.

¿Qué más celo, qué mayor desinterés puede exigirse a aquel protector?

Así pensando, afloja las dos peluconas el desdichado; y con la promesa de no hablar del asunto ni a su propia sombra, porque de descubrirse el ajo tanto sufriría el seductor como los seducidos, vuélvese Juan a su lugar lleno de risueñas esperanzas.

La misma escena se representa días después en casa del agente, cuando el secretario le presenta a Pedro para que haga algo por él en las pocas horas que faltan hasta la de la declaración de soldados.

Cuando ésta llega, Juan y Pedro admiran al protector, que no cesa de moverse del salón de sesiones a los pasillos, de los pasillos a las oficinas y de las oficinas al cuarto de los médicos. Es verdad que también notan que todos sus trabajos se reducen a dar una sombrerada a unos, a mirar intencionadamente a otros, a salir detrás de aquél y a entrar en pos de éste; pero como lo principal está hecho de víspera y en secreto, basta su presencia allí como recuerdo de lo convenido.

El Consejo, entre tanto, declara soldado a Juan.

Bien sabía el secretario que uno de los dos tenía que serlo irremisiblemente.

El activo protector, en cumplimiento de su palabra, devuelve, pocas horas después, las dos onzas de oro a la persona que representa a Juan.

—No se ha podido hacer más —dice al entregar las monedas.

Y el que las recibe, al ver tanta honradez, tantos afanes malogrados, ¿qué menos ha de hacer que obsequiar con unos cuantos duros a aquel caballero?

Despachado así Juan, le dice a Pedro:

—Amigo mío: la cosa ha estado en un tris; llegué a temer que aquellos señores no se conformaran con las dos onzas y se me volvieran atrás: así me lo anunciaron; pero les apreté de firme, y al cabo se conformaron. El presidente, sobre todo, estaba emperrado como un demonio en los sesenta duros. Conque te doy la enhorabuena.

Y Pedro, o su padre, conmovido ante tanta adhesión, estrecha la mano de aquel señor generoso, y desliza en ella, por no ofenderle con la oferta, media onceja más, que el otro recibe muy ruboroso y porque no se tome a desaire.

De este modo, aun sin la propina, que es eventual, son infalibles las dos onzas, puesto que uno de los dos mozos tenía que ser soldado.

No necesito decir que éstas y otras ganancias análogas se parten religiosamente entre el secretario que prepara los negocios, y su asociado que los remata.

—¿Y es posible —preguntará el lector menos perspicaz—, que nada sospechen esos pobres hombres?

Así debe ser, puesto que el único convencimiento seguro que llevan, de vuelta a su casa, es que los señores que componen el Consejo o la Diputación, todos, sin excepción de uno solo, se venden por un puñado de dinero.

Otra vez se trata de un mozo notoriamente inútil por defecto físico, cuyo padre tiene en dinero o en especie algo que explotar. Aunque declarado libre y sin protesta en el ayuntamiento, el secretario le advierte que en la capital le van a dar un disgusto si no se agarra bien. El mozo tiembla, y su padre se resigna a hacer un sacrificio. Una carta para cierto médico célebre, que todo lo arregla en la ciudad, y la promesa de que con menos de quinientos reales quedará el pobre hombre libre de todo recelo, le hacen encaminarse con su hijo en busca de aquella providencia, después de haber malvendido una vaca o hipotecado el huerto, para llenarse de duros el bolsillo. El médico no es otro que el agente consabido. Enterado de la carta de su socio, manda desnudarse al mozo, que tiene una joroba enorme y una pierna más corta que la otra; te palpa, le soba, le exprime, le estira y le sacude, y acaba por decirle que aquello está grave y que, si no anda listo, le van a declarar útil. Felizmente influye él en el Consejo y sobre los facultativos, y puede arreglarlo todo si el interesado hace un sacrificio para tapar la boca a aquella gente hambrienta. Se calcula en veinte duros el esfuerzo, los afloja la víctima; y con la promesa del filántropo médico de que si el chico no se libra se compromete él a ponerle sustituto a sus expensas, vuélvense a su casa padre e hijo, maldiciendo de las leyes del país y de la conciencia de sus intérpretes jurados, porque sin hombres entendidos como el secretario, y benéficos como el médico influyente, ni los pobres jorobados estarían seguros en su pueblo.

Lo mismo discurre otro infeliz que, merced a un procedimiento análogo, ha conseguido que sólo le cueste doscientos reales el testimonio de un expediente de quintas archivado en la Diputación, de donde no podía sacarse, según dictamen del secretario, en menos de quince duros, sin la influencia de un amigo suyo que todo lo arregla en la ciudad. Como el señorón sólo hace aquellas cosas por servir a los amigos, el buen hombre le ha dado además tres pesetas para el portero, que, por lo visto, se ocupó en esas pequeñeces oficinescas, a la sombra de la influencia poderosa de aquél; y cree que se ha ahorrado cinco duros, sin sospechar que le han robado diez y medio.

Y no quiero citar más ejemplos de este género de infamias, por lo mismo que es inagotable el catálogo.

Con la idea que se tiene en los pueblos del saber, de la travesura y de la omnipotencia de un secretario, nada más fácil sería para éste, si le diera por honrado como le da por bribón, que conseguir la concordia completa entre las más enconadas rencillas de sus convecinos. Lejos de esto, las irrita, y procura que se lleven todas a la justicia, para explotarlas a su gusto; y donde no las hay, las enciende con el mismo fin.

Un día se ve citado un pobre hombre ante la autoridad.

—Se te acusa —dice el secretario mientras el juez eructa despatarrado en su banco—, en parte que pasa el montanero, de haber traído tu hija una carga de quimas.

—¡Eran ramas secas, señor!

—¡Quimas dice la autoridad!... Ésta sabe también que la susodicha hija tuya saltó la huerta de Juan Bardales, al venir del monte; robó las manzanas y rompió el seto. Ítem, que apedreó las gallinas del mismo vecino en su propio corral. Ítem, que enturbió la fuente pública un poco después, y le rompió el silabario a una niña del mismo sujeto, que iba de la escuela y se encontró con ella.

—Señor, la muchacha dice que no cogió una sola manzana; que el seto que se cayó, al entrar ella, volvió a levantarle; que al ver que la acometía el perro, le tiró con una piedra que fue a parar al corral y espantó las gallinas; que por sacar un pendiente que se le cayó en la fuente bebiendo en ella, enturbió el agua; y que si rompió la cartilla a la hija de ese sujeto, fue porque la muchacha la tiró del moño.

—Pamema y todo pamema. Pruebas cantan, y aquí están contra ti. Con la menor de ellas se te puede echar a presidio, porque este montón de papeles, que son leyes y decretos, se te va encima. Todo te condena: la Ley de aprovechamiento de aguas, por lo de la fuente; la de orden público, por lo de las pedradas tomoltuosas a las gallinas en propio corral ajeno, y el Código penal, título tantos, artículos tales o cuales,por lo de la huerta, supuesto que ha habido robo con fractura, y fractura también en lo de la cartilla. ¿Y qué fue lo de las quimas más que un robo a mano armada y en despoblado? ¿No fue en el monte? ¿No llevaba tu hija un machete? ¿Pues sabes tú lo que rezan las leyes en tales casos?... ¡Hasta la horca, si a mano viene! Pero la justicia no es rencorosa... y todo puede arreglarse.¿Quieres transigir antes de que escriba el juicio y haya que enviarle al juzgado de primera instancia para que se forme causa criminal?

El pobre hombre tiembla y cree, ante tanto papelón oficial como se le enseña, y, sobre todo, ante la idea que tiene de que, si no merece su delito tanta pena, puede la habilidad del secretario conseguir que se la apliquen.

—Transijo —dice—, aunque casi ignora por qué se le persigue.

Se tasa en seis duros la multa por la leña y los desperfectos de la fuente; págalos el paciente, así como los derechos del juicio, aunque no se ha celebrado, y paga también la convidada en la taberna, de la cual sale a media noche y a medios pelos, admirándose de que el secretario no le haya pedido también las asaduras, pues, lo mismo que la multa, se las hubiera dado sin replicar.

En algunas ocasiones estos infelices se arman de valor, y hasta se atreven a consultar sus cuitas con alguna persona más ilustrada y pudiente que ellos. Entonces oyen un consejo sano, que de algo les valdría si le pusieran en práctica; pero antes de volver a su casa, ya les pesa comoun remordimiento porque temen las iras deldéspota si lo descubre, y no descansan hasta dar con él y hacerle beber en su mismo vaso.

Porque se han dado casos,muy pocos en verdad, de apelar, en un juicio de faltas, para ante el juez de primera instancia, y ¡qué cola ha traído el atrevimiento! Por de pronto, una sola vez se ha revocado la sentencia del secretario, porque aquel señor que le guarda las espaldas, puede hasta torcer la vara de la justicia. Para eso es influyente en elecciones; y como el secretario le sirve a él en iguales lances, tiene él que servir al secretario a toda costa. La vez que se revocó la sentencia, aunque era inicua, le costó al juez el destino. ¡Conque figúrense ustedes!

El hecho es que los perdidosos y el ganancioso sufrieron las mismas consecuencias con respecto a los furores del tirano; porque lo que éste castiga es el atrevimiento de alzarse contra él, no el resultado de la apelación.

Al tenor del caso pintado más atrás, calcúlese cuántos puede urdir el bribón para castigar a sus víctimas y sacarles los cuartos. Aun sin estos motivos, no se conoce un ejemplar de que haya sentenciado un juicio conforme a justicia: según el ojo con que mira a cada uno de los litigantes, así sentencia.

Por eso la frase sacramental de los desdichados, al verse perseguidos y robados, es ésta siempre:

—¿Y qué voy a hacer yo contra ese hombre? ¡Gracias que se ha conformado con esto!

Y «esto» es, quizá, el haberse quedado el pobre sin pan y sin camisa.

Cuando se muere alguien que deja cosa que valga la pena, y se propone sacar una parte de ello, bien en concepto de manda especial, o de mejora en favor de tal cual pariente, con quien ya se ha puesto de acuerdo, acude a la cabecera del moribundo, papel en mano y pluma en ristre, «porque los abintestatos acaban con las familias».

—Lego para misas por mi alma... —dice el que va a morir.

—¡Qué alma ni qué calabaza, hombre! Las buenas obras son las que te han de salvar, no los pícaros curas.

—Es que San Gregorio...

—Los santos no comen.

—Es que Dios...

—Dios no se mete en estas pequeñeces...

Si el testador se convence, se estampa en el papel la voluntad del secretario; y si no... también. Apuradamente aquél casi nunca sabe, o ya no puede, leer ni firmar. Hecho el documento, llama el secretario a siete borregos que ya estaban avisados y reunidos en la taberna inmediata; firman a ciegas, y se acaba la operación.

Muerto el testador, cobra el secretario seis duros por sus derechos y el papel; y después que éste se formaliza ante escribano, llámase a la parte y recibe la manda, o lo ofrecido en la mejora que él supo arrancar.

Si el secretario necesita madera, va al monte, señala los árboles que le convienen, y dice al guarda:

—Túmbalos.

A los pocos días se rematan en concejo tantos robles viejos que han aparecido caídos en el suelo, según parte del guarda. Están en lo más inaccesible del monte, y apenas valdrán para quemar. Con estas noticias los puja. Un solo vecino ofrece cinco reales por cada uno; y eso es porque no son para él.

De este modo adquiere el secretario media docena de hermosas vigas por treinta reales... Porque el acarreo se le hacen los vecinos por una convidada de aguardiente.

Como tiene todas las voluntades en su mano, y éstas pueden volverse contra el médico titular, contra el maestro o contra el cura, cuando a él se le antoje, al primero le ha impuesto la obligación de darle dos mil reales de los diez que le paga el pueblo; al segundo, parte del maíz que recauda, o el equivalente en dinero; y al último, como nada le puede chupar, le tiene prevenido que a la menor alusión que oiga en sus sermones, a su mozona, a sus manejos o a cosa que le pertenezca, le forma un expediente de conspirador que le balda.

Cuanto se mueve, cuanto respira, cuanto vive en el pueblo, está sujeto, amarrado, a la voluntad del tirano. Todas las épocas, todos los acontecimientos le sirven para sus fines y le producen dinero; y este dinero es el sudor, la agonía de unos cuantos pobres labriegos, que, sin una cruz como aquélla, quizá fueran felices... hasta donde se puede serio en este pícaro mundo.

Por eso todos le maldicen, todos le execran; todos, pero muy bajito, le piden a Dios que se le quite de en medio, como la mayor de las calamidades; mas como todos le temen, todos, entre tanto, marchan sumisos a su voz, como rebaño de esclavos delante del sangriento azote; todos tiemblan en su presencia, y todos le dan de buena gana la camisa, considerando que pudo haberles robado hasta el pellejo...

Y ahora caigo en que, entretenido en pintar a este tipo por el lado de sus hechos, no le he dado a conocer por el de su estilo.

Sirva, pues, de muestra el siguiente párrafo tomado de un informe suyo cerca de unos terrenos comunales que trató de apropiarse, so pretexto de que había en ellos una charca, la cual se comprometía a cegar si se la cedían a este precio... con el terreno en que radicaba.

«Asimismo, el vecindario colindante a cuatro vientos acaece de continuo de terciana pestífera y otras insalaciones, porque, según dictamen facultativo, las aguas contingentes en un solo punto, arrojan de sí corrompiciones y putrimentos que insurrecionan toda robustez por opípara que sea. Y tocante a esta laguna, excmo. Señor, es de las más eminentes y perseverantes; como que ocupa una extensión de diez carros de tierra, y no se ve seca de sus líquidos ni en la fogosidad del verano, por lo cual abundan en ella las ranas cuadrúpedas y los peces acuáticos de ambos sexos, quiero decir, de varias dimensiones».

De manera, lector, que no puede darse un pillo más redomado, que sea, al mismo tiempo, mayor pedazo de bárbaro.

IV

Ahora bien, señores gobiernos (y perdonen ustedes la franqueza): son ustedes muy escrupulosos en averiguar a cada instante cómo piensan en política este ayuntamiento y el de más allá; y si hay informes de que no son adictos sin condiciones a los hombres de la situación, se les sustituye ignominiosamente con otros que inspiren a ustedes mayor confianza. ¡Como si estos pobres baldragas supieran lo que son matices políticos, ni adhesiones, ni partidos! ¡Como si les interesara otra cosa que la lozanía de sus mieses y la seguridad de sus ahorros!

Si se tomaran ustedes el mismo afán por preguntar a sus delegados: —¿Qué tal por esos pueblos? ¿Se roba, se veja mucho a los pobres campesinos? ¿Queda todavía algún mal secretario sin grillete?

Y con esto, y con enviar a presidio a los ladrones oficiales que aún quedasen rezagados en los ayuntamientos... y también a los señorones que los encubren, amparan y protegen, los pueblos se irían en tropel detrás del inverosímil gobierno que tal hiciera, le defenderían hasta el heroísmo, y no desplegarían sus labios sino para bendecirle.

Pues a fe que si los gobiernos no toman de buena gana mi consejo, no será por lo comprometido del trance, ni por lo costoso del procedimiento; terribles fantasmas que, en estos tiempos de la diplomacia, de los cabildeos, de las mutuas contemplaciones... y de los empréstitos ventajosos, son la obligada disculpa para dejar de hacer tantas cosas buenas como se van echando de menos en España.


1876

Reminiscencias

Esto de comparar tiempos con tiempos, no es siempre una manía propia de la vejez, como la fama asegura y muchos ejemplos lo acreditan.

Manía es, en los que se van, creerse de mejor madera que los que vienen, porque la raza humana, desde Caín acá, ha variado muy poco en el fondo; pero ¿quién podrá negar que en el siglo que corre, como en ningún otro, los usos y las costumbres y el aspecto exterior de los hombres, ofrecen notabilísimas diferencias, de generación en generación, de año en año, de día en día?

Tales y parecidas cavilaciones me asaltan la mente cada vez que, obligado a ello por una irresistible exigencia de carácter, me detengo a contemplar con infantil curiosidad esos enjambres de niños que a las horas de paseo invaden las alamedas, y corren, y saltan, y gritan, y dan vida, gracia y armonías, como los pájaros al bosque, con sus regocijos y colores, a aquel monótono bamboleo de señores graves y de jovenzuelas presumidas, que recorren, arriba y abajo, el recto y empolvado arrecife, como tropa disciplinada en revista de comisario.

¡Qué asombrosa variedad de formas, de matices, de adornos, de calidades, la de aquellos arreos infantiles! No se ven dos vestidos iguales, ni rapaz que no varíe el suyo tres veces a la semana; y cada traje es lo que aparenta, es decir, que no es pana lo que parece terciopelo, ni talco lo que por oro toma la vista.

Lo mismo que los trajes son los juguetes. El sable es de hierro bruñido; la empuñadura dorada; sus tirantes, de charol; y al ser arrastrado con marcial donaire por el microscópico guerrero, vestido rigorosamente de húsar o de dragón, suena como los sables de veras; la pistola es de hierro, y tiene articulaciones; y ya con un corcho, haciendo el vacío, o ya con un fulminante colocado en su chimenea, produce tiros verdaderos; con el fusil sucede lo propio, y además tiene bayoneta que encaja en la extremidad del brillante cañón, con todas las reglas militares; las canicas son primores de vidrio colorado; los coches remedan, en forma y calidad, resistencia y comodidades, a los que ruedan en las calles, tirados por fogosos brutos... Y así todo lo demás, porque la industria moderna, explotando a maravilla estas debilidades humanas, tiene fábricas colosales que no producen otra cosa.

Pues bien: yo me traslado con la memoria a los años de mi infancia, y a los mismos sitios en iguales horas y circunstancias, y no puedo menos de asombrarme de la diferencia que hallo entre el enjambre que bulle entre mis recuerdos y el que tengo delante de los ojos.

Véome allí, entre mis contemporáneos, jugando a la gallina ciega, al marro o a las cuatro esquinas, tirando de vez en cuando un pellizco al mendrugo de pan que se guardaba en el bolsillo para merendar, o formando parte del grupo que devoraba con los ojos un lorito de cartón, tamaño como un huevo de gallina, que no soltaba de la mano un camarada feliz a quien se le había traído su padre, no sé de qué parte del mundo ni con qué fausto motivo; o armando en apartado rincón la media docena escasa de fementidos soldados de plomo; véome, repito, con mi traje de todos los días, o sea el desechado de los domingos del año anterior, corto, descolorido y opresor, amén de repasado y añadido. Y ¡qué traje!

Seguro estoy de que mis coetáneos no necesitan que yo se le describa, pues no habiendo más que un modelo para todos, y tirando con él hasta que nos vestían de muchachos, acordaránse de él como si aún le tuvieran encima. Pero he de describirle, siquiera para demostrar parte de mi tesis a los ojos de cuantos, más acá y a la edad aquella, han arrastrado por los suelos ricas lanas y deslumbrantes sedas:

Un calzón, ceñido a la rodilla, con muchos frunces en la cintura, de lo cual resultaba una culera (déjese el lector moderno de remilgos, y acepte la palabra corriente entonces) monstruosa y exuberante, que se bamboleaba a diestro y siniestro, según que las piernas se movían; uníase a la cintura por innumeros botones, otra en que terminaba, sobre el vientre, una especie de blusa con mangas, también fruncidas, y puños ajustados; sobre los hombros se tendía, cayendo por detrás hasta media espalda, un cuello blanco llamado vuelillo, en la cual prenda agotaban nuestras madres su paciencia, su gusto, sus larguezas y su ingenio; por lo que los tales vuelillos eran ora calados, aliquando con encajes (de imitación, se entiende), a veces bordados, y muy a menudo tenían una borlita en cada pico delantero; medias blancas el que quería gastarlas, pues no era mal visto ir en pernetas, y borceguíes de becerro hediondo, ni más finos ni más relucientes que los que gastan hoy los peones del Muelle. Sobre este conjunto, y faltando a todas las reglas arquitectónicas y de buen gusto, una gorra de pana morada, muy ancha de plato y muy estirado éste, como piel de pandero, por la virtud de un aro de palo que tenía dentro, y de uno de cuyos bordes, creo que el derecho, colgaban hasta los hombros dos borlas de canutillo, descomunales.

Mientras todo esto era nuevo o poco usado, llamábase vestido de los domingos; cuando a los calzones se le habían soltado todas las lorzas, y a la blusa los frunces, y además tenía ésta medias mangas, y los otros refuerzos en las rodillas y en el trasero; y a la gorra, ya sin borlas o con los cordones solos, se le salía la punta del aro roto por un lado, y cuando los borceguíes, con tapas, bigoteras y medias suelas, sin lustre, orejillas ni correas, más servían de grilletes que de amparo a los pies, llamábase, y pasaba a ser, vestido de todos los días.

Y lo era tan al pie de la letra, que así se casara el rey o se tomara a Gibraltar, y el mundo se hundiera con música y cohetes el traje de los domingos no salía a luz más que en éstos o en las fiestas de guardar, bien especificadas en el calendario.

A lo sumo, se nos permitía la media gala; es decir, poner con el vestido viejo la gorra nueva o los borceguíes flamantes.

En tal guisa íbamos a la escuela, y después al paseo, con el ya citado mendrugo de pan en el bolsillo, comiéndole a retortijones mientras corríamos, saltábamos o nos contaban o contábamos cuentos de ladrones y encantados.

¿Quién de mis coetáneos podrá jactarse de haberse divertido en estos lances sin que los calzones o los zapatos se le reventaran por alguna parte, y sin que asomara por ella medio palmo de camisa o el dedo gordo del pie, libre, desde mucho antes, de la prisión de la media correspondiente?

Y yo pregunto ahora: ¿hay hijo de remendón de portal, que se presente hoy en un paseo con el traje más raído que el de la flor y nata de los rapazuelos de entonces? ¿Hay cuero que más dure, colgado de una percha, que lo que duraba sobre nosotros un vestido de...?, yo no sé de qué demonios eran aquellas telas, y voy a decir algo a este propósito.

Iba uno muy ufano con su madre a ver como ésta sacaba género para un vestido que nos iban a hacer, después de estar dos meses hablándonos de ello en casa, y prometiendo nosotros «ser buenos, obedientes y aplicados».

—Saque usted tela de estas señas y de las otras —decía la buena señora, después de saludar a doña Sebastiana o a otra apreciable tendera por el estilo, y de haber preguntado ésta por todos y por cada uno de los de nuestra casa, y de acusarnos in facie materna de cualquiera travesurilla que nos hubiera visto hacer delante de la tienda, al salir de la escuela, con lo cual nos poníamos rojos de vergüenza y de ira. Inmediatamente echaba sobre el mostrador una pieza de lo pedido; y como la tienda había de ser oscura por necesidad, nuestra madre salía hasta la calle con el género entre brazos, siguiéndola nosotros y alzándonos sobre las puntas de los pies para ver la codiciada tela, que desde luego nos enamoraba.

—Me parece demasiado fino esto —decía nuestra madre cuando ya había tentado, resobado y olido el género a la luz del sol, con lo cual se nos caía el alma a los pies, y la ilusión con el alma.

—¿Para qué lo quería usted? —preguntaba la tendera.

—Para hacer un vestido a éste —respondía la interpelada, señalándonos a nosotros.

—¡Ah, es para el chico! —exclamaba la otra—. Entonces, tengo aquí una cosa más a propósito.

Y del último rincón de la tienda, debajo de todos los recortes y sobrantes del año, sacaba un retal infame, del color de todo lo marchito y resobado, diciendo al propio tiempo:

—De esto mismo se han hecho un traje los niños de don Pedro de Tal y de don Antonio de Cual. —Y como, para desgracia nuestra, aquellos chicos, por ser hijos de pudientes notorios, daban el tono a las modas, por el retal se decidía nuestra madre, después de la indispensable porfía de media hora sobre el cuarto de más o de menos en vara.

—¿Y cuánto necesita usted?

—Lo de costumbre... La costurera dice...

—No se fíe usted mucho de ella.

—Como es quien ha de hacer el vestido... ¿Cuánto cree usted que necesito?

—Pues tanto.

—Córtelo usted entonces... Pero aguarde usted... Necesito otra vara más para cuchillos y medias mangas el año que viene; ¡porque este chico crece tanto... y rompe!...

—Déjele usted lorzas.

—Siempre se las dejo; pero no le alcanzan ya las de las perneras cuando se las suelto, y tengo que añadirles una tira. Mire usted que este vestido que trae puesto, no tiene más que un año de uso.

—Aquí le compró usted, bien me acuerdo.

—Pues ya tiene dos refuerzos atrás, rodilleras y tres pares de medias mangas... ¡Le digo a usted que son cuerpos de hierro los de estos chicos de hoy!...

Juzgue ahora el lector de qué serían esos trajes cuando los echábamos a todos los días, y cómo estarían cuando ni para diario podíamos aprovecharlos ya.

Pero lo chusco era cuando, pasado este período de nuestra existencia, salíamos de la primera enseñanza para entrar en la segunda; es decir, cuando nos vestían de muchacho, lo cual era nuestra gran ilusión, con chaquetilla pulga, pantalón de patencur, chaleco de cabra, gorra de felpa atigrada, zapatos de tirante y camisolín de crea. Como todo traje nuevo, este primero era para los domingos; de manera que hasta que pasara a la categoría de viejo, teníamos que andar todos los días con el ya especificado de niño, sin lorzas y con pegas, si no había un padre o un hermano que nos socorriera con algún desecho.

No quiero decir nada de aquella primera levita que, andando el tiempo, nos hacían, de cúbica o de manfor, con una tira de tafetán, de cuatro dedos por abajo y acabando en punta por arriba, que se llamaba vuelta, o embozo de los largos faldones; porque esa época está fuera del alcance de estas reminiscencias, aunque sería otra prueba más de que, en aquellos tiempos, las modas se eternizaban sobre nosotros, y costaba un muchacho a su padre, en cuatro años, la vigésima parte de lo que hoy le cuesta un niño en ocho meses.

Diré únicamente, por si no volvemos a hablar de esto y para regodeo de los imberbes elegantes de ogaño, que estas levitas y otras prendas anteriores y contemporáneas, eran hechas en casa por la costurera; y que todavía, años andando, no nos medían las espaldas Vázquez, Nieto o Valentín, sin haber pasado antes por los célebres Nerín y Pulpillo».

Apuntadas estas diferencias de aspecto entre aquellas generaciones y la actual, digamos algo sobre los avíos de nuestros juegos.

Para nosotros no producía la industria más que las canicas y los botones; y digo «para nosotros», porque si bien es cierto que en los Alemanes de la calle de San Francisco se vendían ermitaños, zapateros y pocas chucherías más, de cartón pintado, nadie las compraba. Allí se estaban en la vidriera, y allí se deshacían bajo el peso de los años y del polvo.

Cuán raros eran estos juguetes en manos de los chicos de entonces, pruébalo el ansia con que acudían a mi casa todos mis camaradas a contemplar un carpintero que me había regalado un pariente, el cual carpintero, al compás del glan-glen de su cigüeña de alambre, movía los brazos, y con ellos una garlopa sobre un banco; pruébalo asimismo la veneración que yo sentía por aquel juguete, y los años que me duró.

En rigor de verdad, también había custodias, carritos y soldados de plomo, en una tienda de la esquina del Puente.

Las canicas. Las había de piedra barnizada, como hoy; de jaspe, que escaseaban mucho; de cristal, que eran la octava maravilla, y, por último, de betún, plebe de las canicas.

Las de piedra, que eran las más usuales, costaban a cuarto en la tienda de Bohigas; pero sacadas a la calle, aun sin estrenar, no valían más que tres maravedís; el otro se echaba a cara o cruz. De este modo se adquiría la primera canica, con la cual un buen jugador ganaba una docena, que podía valerle doce cuartos, si al venderlas tenía un poco de suerte jugando los maravedís de pico. Advierto que como el género escaseaba y los muchachos no pensaban en cosas más arduas, los compradores llovían en derredor del afortunado.

La canica de jaspe valía dos cuartos en la tienda, seis maravedís en la calle, o canica y media de las negras. En cuanto a las de cristal, no se cotizaban en la plaza. Poseíanlas siempre los pinturines o señoritos, ciertos niños mimosos que iban a clase y a paseo con rodrigón, y jamás se manchaban los pantalones, ni se arrimaban a la muchedumbre, ni bebían en las fuentes públicas. Jugaban aparte con aquéllas, y, o bien se las ufaban los otros, o se las estrellaban contra un banco de la Alameda, después de habérselas pedido traidoramente para contemplarlas.

Las de betún se hacían con el de la azotea de las casas de Botín o de los Bolados, único asfalto que existía en el pueblo. Cómo se adquiría esa materia prima, yo no lo sé; pero es un hecho que nunca faltaba betún para canicas. Éstas valían poco: tres por una de piedra.

Los plomos. Los buenos eran hechos de balas aplastadas. Se adquirían a precios más varios que el de las canicas, que siempre fue invariable. Se jugaban al bote y se negociaban del mismo modo que aquéllas.

Los botones. Eran preferidos los del Provincial de Laredo. Tampoco me explico cómo sucedía que hubiera siempre botones nuevos en el juego, no existiendo el batallón desde muchos años atrás. Se jugaban al bote, como los plomos, y, como éstos, se cotizaban con variedad de precios.

El cobre de esta moneda eran las hormillas, que también se jugaban al bote y se vendían siempre al desbarate.

Éstos, es decir, las canicas, los plomos y los botones, eran los únicos objetos de diversión que podíamos adquirir hechos. Los demás, como la espada, el fusil, el arco, la pistola, el látigo, la pelota, el taco, etc., etc... teníamos que hacerlos a mano, o pagar muy caro el antojo al afortunado que ya poseyera el que nos faltaba; siendo muy de advertir que, por única herramienta, teníamos un cortaplumas viejo, con la hoja muy caída hacia atrás.

La espada era un pedazo de vara hendida o arco barrilero, con otro más corto, cruzado y amarrado convenientemente para formar la empuñadura. Sujetábase el arma a la cintura por medio de un tirante hecho ceñidor, o descosiendo un pedazo de la del pantalón y metiendo la hoja por la abertura resultante. El resto del equipo militar, es decir, las charreteras, el tricornio, banda y condecoraciones, era de papel.

El fusil era una astilla grande de cabretón, pulida, con ímprobos trabajos, con el cortaplumas, ayudado a veces por el cuchillo de la cocina, que si no cortaba más que él, estaba, en cambio, mucho más sucio.

Pues habéis de saber, motilones que alborotáis hoy los paseos vestidos de generales casi de verdad, que con aquellos arreos de palo y de papel se dieron encarnizadas batallas en los Cuatro Caminos y en el paseo del Alta.

Y esto me trae a las mientes el recuerdo de que yo fui cabo primero de la compañía mandada por el capitán Curtis, a las órdenes del general Saba. No diré si entre los varios ejércitos que por el mismo campo pululaban le había más bizarro; pero sí aseguro que no tuvo rival el nuestro en táctica ni en disciplina.

Y no es extraño: aquel capitán de juguete que nos hacía conquistar castillos imaginarios, trepar cerros y despeñarnos por derrumbaderos, escalar los árboles, atravesar bardales por lo más espeso y saltar las tapias sin tocar las piedras más que con las manos, todo por vía de instrucción y ensayo, es hoy uno de los coroneles más organizadores, más bizarros, más sufridos y más fogueados del ejército español». Por cierto que fue él el único soldado de veras que dio aquella tropa de soldados de afición: todos, incluso el general, trocamos las armas por las letras (las de cambio inclusive).

Doy por hecho que este recuerdo evocado será con exceso pueril, y quizá impertinente, si no de mal gusto, para los lectores que no alcanzaron los Mártires en la Puntida, ni a Caral en el Instituto, y que hicieron en ferrocarril su primer viaje a la Universidad; pero, salvo el respeto que estos señores me merecen, no borro este detalle de mis tiempos, en gracia siquiera del ansia con que han de devorarle los soldados de mi compañía que aún anden, por su ventura o su desgracia, entre los vivos de este valle de lágrimas, y acierten a pasar la vista por estos renglones que escribo a vuela pluma... no sé por qué; quizá movido de la necesidad del espíritu que obliga a vivir de los recuerdos cuando comienzan a escasear las ilusiones, porque el sendero recorrido es más largo que el que nos queda por andar. Quien tenga a menos pagarse todavía de estas pequeñeces, que vuelva la hoja y pase a otro capítulo; quien sienta agitársele el alma en el pecho al contacto de estas reminiscencias de la mejor edad de la vida, óigame lo poco que me falta decir entre lo mucho que me hormiguea en la memoria y tengo que apartar de ella por no caber en el propósito que he formado ahora.

La pistola. Componíase de una culata de pino, hecha a navaja, y de un cañón de hoja de lata, arrollado a mano y reforzado con alambre. Eran muy estimados para este objeto los tubos de los paraguas antiguos, que no tenían abertura al costado para dar paso al resorte que mantenía plegadas las varillas. De cualquier modo, tapábase uno de sus extremos con un corcho o con un taco de madera, bien ajustado y sujeto por medio de otro alambre al tubo que se colocaba luego en la ranura de la culata, a la cual se amarraba con cabos de zapatero. Enseguida se abría el oído con la punta del cortaplumas, si el tubo era de caña, o con un clavo, si era de latón; y al Prado de Viñas, o a la Maruca, a hacer salvas. Generalmente uno construía el arma y otro adquiría la pólvora: ambas adquisiciones eran superiores a las fuerzas de un muchacho solo. Por eso las salvas eran también a medias, si, como era frecuente, después de estar cinco minutos chisporroteando el figón, o cucurucho de pólvora amasada con agua, sobre el oído, no salía el primer tiro por éste o por la culata, llevándose el tapón que, por un milagro, no se llevaba a su vez, al pasar, la tapa de los sesos del que sostenía la pistola en su mano, o del asociado que se colocaba junto a él después de haber encendido el figón con un fósforo de los cuarenta que contenía cada tira de cartón, comprada al efecto por dos cuartos.

Conocí algunos afortunados que poseían cañoncitos de bronce. Eran éstos los Krupps de aquella artillería, y como a tales se les respetaba y se les temía.

El arco. Aunque los había de madera, asequibles a todos los muchachos, juzgábase sin él quien no le tuviera de ballena de paraguas con cuerda de guitarra.

Y aquí debo advertir, para lo que queda dicho y lo que siga, que aunque no siempre poseíamos el material necesario para construir un juguete, le adquiríamos en la plaza por medio del cambio. Había, por ejemplo, quien estaba sobrado de astillas de pino, y no tenía una triste tachuela: se iba a buscar con paciencia al de las tachuelas, y se le proponían astillas en pago, o botones, o canicas, o lo que tuviéramos o pudiéramos adquirir complicando el procedimiento.

La pelota. Las de orillo solo no botaban: se necesitaba goma con él; pero la goma era muy rara en la plaza: no había otro remedio, por lo común, que acopiar tirantes viejos y sacar de ellos, y de los propios en uso, los hilos de goma que tuvieran, hacer una bola con éstos, mascarla después durante algunas horas, envolverla en cintos con mucho cuidado, y dar al envoltorio resultante unas puntadas que unieran todas las orillas sueltas. Así la pelota, había que forrarla. Primero se buscaba la badana por el método ya explicado, si no nos la proporcionaba algún sombrero viejo; después se cortaban las dos tiras, operación dificilísima que pocos muchachos sabían ejecutar sin patrón, y, por último, se cosían con cabo, pero poniendo sumo cuidado en no dejar pliegues ni costurones que pudieran ser causa de que, al probar la pelota, en vez de dar ésta el bote derecho, tomara la oblicua. lo cual era como no tener pelota.

El látigo. No conocí ninguno hecho de una sola cuerda nueva: todos eran de pedazos heterogéncos, rebañados aquí y allá; pero a dar estallido seco y penetrante, podían apostárselas con los más primorosos: para eso se untaba muy a menudo la tralla con pez o con cera.

Y el taco. Era de saúco, y saúco bueno no le había más que en Cajo o en Pronillo; y no en bardales públicos, sino en cercados de huertas muy estimadas. Cuestión de medio día para cortarle, y capítulo, por ende, de correr la clase correspondiente.

Un chico que ya había cortado allí el suyo, nos acompañaba a los varios que le necesitábamos. El más fuerte y más ágil trepaba al arbusto con la navaja descoyuntada, ya descrita, mientras los otros vigilaban el terreno y le indicaban la mejor rama. Enredábase con ella el de arriba, echando maldiciones a la navaja, que tanto le pellizcaba el pellejo de la diestra entre la hoja y el muelle trasero, como penetraba en el saúco.

Al cabo de media hora, cuando la rama empezaba a ceder y la mano a sangrar a chorros, aparecía el ama a lo lejos. —«¡Ah, pícaro!.. ¡ah, tunante!... ¡yo te daré saúco en las costillas!». El de la rama hacía un esfuerzo supremo; arrancábala, más bien que la cortaba, y se arrojaba con ella al suelo, quedando en él medio despanzurrado. Alzábase enseguida por amor al pellejo; y corre que te corre con sus camaradas, no parábamos hasta los Cuatro Caminos.

Allí nos creíamos seguros y nos poníamos a examinar el botín de la campana.

—¡Es hembra! —decía uno al instante.

—¡Hembra es! —exclamábamos luego los demás, tristes y desalentados.

Trabajo perdido. Llámase saúco hembra al que tiene mucho pan, o médula, y el taco, para ser bueno, ha de ser de saúco macho, es decir, de poco pan.

Vuelta a empezar en Cajo, si el sobresalto fue en Pronillo, o en Pronillo, si el susto le recibimos en Cajo.

Obtenido al cabo el buen saúco, a costa de trabajos como el citado, se cortaba en porciones adecuadas; se le sacaba el pan y se despellejaba. Esto se hacía por el camino volviendo a casa, cargada la conciencia con el peso de la clase corrida.

Ya teníamos taco; pero se necesitaban balas y baqueta.

Las primeras eran de estopa; y como no la había a la vista, teatro... Absolutamente nada. ¿Qué ha de sentir si cada día le ponen uno diferente, y concurre al teatro todos los domingos desde que aún no sabía hablar?

Ofrézcale llevarle a Madrid dentro de un año, si saca buena nota en los exámenes de la escuela. ¡Qué efecto ha de causarle la promesa, si ya ha estado tres veces con su mamá en París, una para arreglarse los dientes, otra para que le redujeran una hernia, y otra de paso para Alemania a curarse las lombrices!

Pues salgan ustedes a la calle y pronuncien muy recio las palabras «ministro», «diputado» y «gobernador»: las cuatro quintas partes de los transeúntes vuelven la cabeza, porque los unos lo han sido ya, y los otros aspiran a serlo.

Ahora bien: si es preferible esta aridez del espíritu, esta dureza precoz del sentimiento, como producto necesario del torbellino de ideas, de sucesos y de aspiraciones en que, lustros ha, nos agitamos, a aquellos apacibles tiempos en los cuales se dormían en nosotros los deseos, y era la memoria virgen tabla en que todo se esculpía para no borrarse nunca, dígalo quien entienda un poco de achaques de la vida.

Pero conste, en apoyo de mi tesis, que hubo un día, que yo recuerdo (y cuenta que aún no soy viejo) en que la familia española, impulsada por el reflujo de vecinas tempestades, pasó de un salto desde la patriarcal parsimonia de que dan una idea los pormenores apuntados, a este otro mundo en que la existencia parece un viaje en ferrocarril, durante el cual todo se recorre y nada se graba en la mente ni en el corazón; viaje sin tregua ni respiro, como si aún nos pareciera largo el breve sendero que nos conduce al término fatal, donde han de confundirse en un solo puñado de tierra todos los afanes de los viajeros, todas las ambiciones y todas las pompas y vanidades humanas.


1877

Más reminiscencias

I

Creo que fue Mad. de Sevigné quien dijo que sucede con los recuerdos lo que con las cerezas en canastilla: se tira de una y salen muchas enredadas. Los evocados en el cuadro anterior traen a mi memoria mil, íntima y necesariamente encadenados a ellos.

El primero que me asalta es el de mi ingreso en el Instituto Cántabro; suceso por todo extremo señalado en aquella edad y en aquellos tiempos, y muy especialmente para mí, y otros pocos más, por las singularísimas circunstancias que concurrieron en el paso, verdaderamente heroico y transcendental.

Comúnmente, pasar de la escuela de primeras letras al Instituto de segunda enseñanza, era, y es, cambiar de local, de maestro y de libros, y ascender un grado en categoría. El trabajo viene a ser el mismo en una y otra región y aún menos engorroso y molesto en la segunda. Pero entrar en el Instituto el año en que yo entré, saliendo, como yo había salido, de la escuela de Rojí, donde le trataban a uno hasta con mimos, era como dejar el blando y regalado lecho en que se ha soñado con la gloria celestial, para ponerse delante de un toro del Jarama, o meterse, desnudo e indefenso, en la jaula de un oso blanco en ayunas.

Fue aquel año el último en que rigió el antiguo plan de enseñanza; es decir, que la segunda se comenzaba por el latín solo, y que aún conservaba esta asignatura sus tradicionales categorías de menores, medianos y mayores. Enseñaba a los minoristas el catedrático don Santiago de Córdoba, trasmerano inofensivo, tan laborioso y emprendedor como desgraciado en sus empresas hasta el fin de su vida. Este buen señor, a quien estimaban mucho sus discípulos por la sencillez bondadosa de su carácter, hallábase a la sazón viajando, creo que por motivos de salud, y estaba encomendada su cátedra, interinamente, al propietario de la de medianos y mayores, con el ítem más de la de Retórica, y Poética, el campurriano archifamoso, perínclito e inolvidable don Bernabé Sáinz, ejemplo vivo de dómines sin entrañas, espanto y consternación de los incipientes humanistas santanderinos de entonces, y de muchos años antes y de algunos después.

Pasar de don Santiago a don Bernabé, no dejaba de ser duro y penoso; pero, al cabo, había cierta semejanza entre uno y otro territorio: los dos eran fronterizos en el edificio del Instituto, y los moradores del primero tenían ya hecho el oído y el corazón a los alaridos que a cada instante partían del segundo, entre el zumbar de la vara y el crujir de los bancos derrengados; el espíritu se empapaba en la idea de aquellos tormentos inevitables, y siquiera, siquiera, cuando era llegado el día de comenzar a padecerlos, se llevaban vencidos ya los riesgos de la aclimatación. Pero yo, Dios mío, que no conocía de aquellos horrores más que la fama, y, candoroso borrego, iba a pasar de un salto desde el apacible redil a la caverna del lobo, ¡qué no sentiría en mis carnes, vírgenes de todo verdascazo, y en mi corazón, formado en el amor de la familia y entre las insípidas emociones de la escuela que acababa de dejar!

Dígaseme ahora si exagero al decir que en aquel paso memorable había heroísmo y transcendencia.

Le di un día, ya comenzado el curso, acompanado de mi padre. Después de haber estado en la secretaría a pagar la matrícula y arreglar el indispensable expediente, me entregaron un papelejo, especie de filiación, y con él en la mano, y temblándome las piernas, por orden del secretario bajamos a la cátedra de don Bernabé. La tal cátedra, como todas las de entonces, se reducía a un salón con una puerta y algunas ventanas; un largo banco de pino, bajo y angosto, arrimado a cada pared lateral; en la testera, y entre los dos bancos, una mesa con tapete verde y tintero de estaño, y enfrente la puerta.

Cuando por ella entramos mi padre y yo, los bancos estaban llenos de muchachos tristes y encogidos, y don Bernabé sentado a la mesa. Levantáronse a una, al vernos, los infelices, que me parecieron bestezuelas destinadas al sacrificio sobre el dolmen de aquel druida fanático, y también se levantó éste, no por mí, sino por mi padre. Me atreví a mirarle mientras contestaba al saludo reverentísimo que le habíamos hecho. Me espantó aquella mueca que en él se llamaba sonrisa. Era de mediana estatura, tenía la frente angosta, bastante pelo, ojos pequeñitos, boca grande, labios apretados, pómulos salientes, largas orejas, color pálido, rugoso el cutis y muy afeitada la barba. Todo esto ocupaba poquísimo terreno, porque la cabeza era pequeña. El pescuezo y las quijadas se escondían entre los foques de un navajero muy planchado y una corbata negra de armadura, con el nudo atrás, oculto por el cuello de la levita, o gabán, pues de ambas prendas tenía algo la que él usaba. Seguía a la corbata, en sentido descendente, un chaleco de terciopelo negro, abierto de solapas, entre las que se veían los ramales, unidos por un pasador, de un grueso cordón de seda, que iban a parar, como supe andando el tiempo, al bolsillo de la cintura del pantalón. Éste era de paño verdoso, con trabillas postizas que pasaban por debajo de unos pies con los juanetes más tremendos que yo he visto. Era de notar que los zapatos de aquellos pies semejaban ébano bruñido; la camisa era blanca y tersa, y en la ropa no descubriría una mancha el microscopio, ni un cañón de barba en aquella cara de marfil arranciado.

Cuando le entregamos el papelejo, nos le devolvió después de leerle.

—¿No apunta usted su nombre? —le preguntó mi padre.

—No hay para qué —respondió—. No se me olvidará.

Tampoco a mí se me han olvidado jamás aquellas palabras, ni la mueca con que las acompañó al mirarme de hito en hito.

Bajé yo los ojos, como cuando relampaguea, y clavé la vista en la mesa. Había en ella, junto al tintero, un atril chiquito con dos balas de plomo al extremo de un cordelillo cada una, con las cuales sujetaba las hojas de un libro abierto. A la derecha de este atril, un bastón de ballena con puño y regatón de plata, y a la izquierda un manojo de varas de distintos gruesos, longitudes y maderas. De aquel bastón y de aquellas varas, o de otras parecidas, habían llegado a mis oídos sangrientas historias. Así es que el no se me olvidará, juntamente con este cuadro de tortura, hizo en todo mi organismo una impresión indescriptible.

Aún no había leído yo la Odisea, ni sabía que tal poema existiese en el mundo, y, sin embargo, presentí, adiviné las mortales angustias de los compañeros de Ulises en la caverna de Polifemo, al ver a este monstruo zamparse a dos de ellos para hacer boca.

Díjonos, no el Cíclope, sino don Bernabé, qué libros necesitaba yo y dónde se vendían; qué horas había de cátedra por la mañana y por la tarde; encargóme que no faltara al día siguiente, y a mi padre que no me diera mimos, porque «aquello no era cosa de juego», y volví a ver la luz del mundo; pero ¡ay!, con los ojos con que debe verla el reo que deja la cárcel para subir al patíbulo.

Notó mi padre algo de lo que por mí pasaba, y díjome por vía de consuelo:

—No te apesadumbres, hijo; que si, andando los días, resulta que es tan bárbaro como cuentan, con no volver a verle está el asunto despachado.

¡Cuánto agradeció a mi padre aquel auxilio mi espíritu angustiado!

II

La primera noticia que me dieron los minoristas antes de entrar en cátedra al día siguiente, fue que don Bernabé no podía verlos, más que por minoristas, por ser para él carga pesada y hacienda del vecino. Y yo dije para mí: si ese señor desloma a los discípulos a quienes ama por suyos, ¿qué hará con los ajenos cuando dice que no los puede ver?

¡Ay!, no me engañaban mis conjeturas ni mis condiscípulos, ni la fama mentía. El frío de la muerte, la lobreguez de los calabozos, el hedor de los antros, el desconsuelo, el dolor y las tristezas del suplicio se respiraban en aquella cátedra. La vara, el bastón, la tabaquera, el atril de las balas, la impasible faz del dómine, sus zumbas sangrientas, su voz destemplada y penetrante como puñal de acero, apenas descansaban un punto. Mal lo pasaban los novicios; pero no lo pasaban mucho mejor los padres graves: para todos había palos, y pellizcos, y sopapos, y denuestos.

Virgilio y Dante, tan diestros en pintar infiernos y torturas, se vieran en grave apuro al trazar aquellos cuadros que no se borrarán de mi memoria en todos los días de mi vida; porque es de saberse que, con ser grande en aquel infierno la pena de sentido, la superaba en mucho la de daño. Juzgábame yo allí fuera del amparo de la familia y de la protección de las leyes del Estado; oía zumbar la vara y los quejidos de las víctimas, y las lecciones eran muchas y largas, y no se admitían excusas para no saberlas; y no saberlas, era tener encima el palo, y la burla, que también dolía, y la caja de rapé, y el atril de las balas, y el calabozo, y los mojicones, y el truculento azote, y la ignominia de todas estas cosas. ¡Quién es el guapo que pintara con verdad escenas tales, si lo más terrible de ellas era lo que sentía el espíritu y no lo que veían los ojos ni lo que padecía la carne?

Lo diario, lo infalible, venía por el siguiente camino: Como no todos los condiscípulos dábamos una misma lección, cada uno de nosotros tenía un tomador de ella, impuesto por el dómine, el cual tomador era, a su vez, tomado por otro. Hay que advertir también que cuatro puntos eran malé, entendiéndose por punto la más leve equivocación de palabra. Había de saberse la lección materialmente al pie de la letra; de modo que bastaba decir pero en lugar de mas, para que el tomador hiciera una raya con la uña en el margen del libro, después de las tres acometidas que se permitían en las dudas o en los tropezones. Dadas las lecciones, don Bernabé, desde su asiento, iba preguntando en alta voz, por el orden en que estábamos colocados en los bancos:

—¿Fulano?

—Dos —respondía, por ejemplo, su tomador.

—¿Mengano?

Bené —si no había echado éste ningún punto, o

Malé —si había pasado de tres.

—¿Cuántos? —añadía entonces el tigre, como si se replegara ya para dar el salto. Lo que aguardaba al infeliz, era proporcionado al número que pronunciaran los ya convulsos labios del tomador, que, de ordinario, y por un refinamiento de crueldad del dómine, era su mejor amigo. Hasta seis puntos se toleraban allí sin otros castigos para la víctima que los ya conocidos y usuales; pero en pasando de seis, en llegando, por ejemplo, a diez, no había modo de calcular las barbaridades que podían ocurrírsele al tirano.

Estas primeras carnicerías tenían lugar después de pasada la lista a todo el rebaño.

Como al lector, por haberle yo dicho que solían ser grandes amigos el tomador y el tomado, puede haberle asaltado la humanitaria idea del perdón de los puntos en obsequio a la amistad, debo decirle que estos perdones... digo mal (pues nadie fue tan valiente que a tanto se atreviera), las apariencias de ellos, dejaron rastros de sangre en aquel infierno en que se castiga el perdón como el mayor de los pecados. Apariencias de él había siempre, y no otra cosa, en las emboscadas del dómine, porque bastábale a éste el intento de tomar una lección sospechosa, para que se le olvidara al que iba a repetirla hasta el nombre que tenía.

En la traducción, en las oraciones, en el repaso, en cada estación, en fin, de aquel diurno calvario, había las correspondientes espinas, lanzadas y bofetones.

Todo esto, en rigor de verdad, pudiera pintársele al lector con bastante buen colorido, y aun puede imaginárselo fácilmente sin que yo se lo pinte con todos sus pelos y señales. Pero, en mi concepto, no era ello lo más angustioso de aquellos inevitables trances.

Temibles son los rayos, y dolorosos, y aun mortales sus efectos; pero los rayos son hijos de las tormentas, y las tormentas se anuncian y pasan; y con ciertas precauciones y esta esperanza fundadísima, el espíritu se habitúa a contemplarlas impávido. Lo tremendo fuera para los hombres el que las centellas dieran en la gracia de caer también a cielo sereno, y a todas horas y en todas partes, sin avisos ni preludios de ningún género.

¡Qué vida sería la nuestra! Pues esa era la mía en aquella cátedra, porque allí caían los rayos sin una sola nube. Don Bernabé no se enfurecía jamás, ni gritaba una vez más que otra; antes parecía más risueño y melifluo, y hasta era zumbón, cuando más hacía llorar. Hería con el palo y con la palabra, como hiere el carnicero: a sangre fría, ejerciendo su oficio. No había modo de prevenirse contra sus rayos, ni esperanza de que la tormenta pasase, ni, por ende, instante seguro ni con sosiego. Ésta era la pena de daño a que yo aludí más atrás; pena mil veces más angustiosa que la de sentido, con ser ésta tan sangrienta.

Andando los meses, y en fuerza de estudiar aquella naturaleza excepcional, pude descubrir en ella, como síntoma de grandes e inmediatos sacudimientos, cierta lividez de semblante y mucha ansia de rapé. Siempre que se presentaba en cátedra con estos celajes, y después del despacho ordinario, o sea la toma de lecciones, con las subsiguientes zurribandas, mandaba echar la traducción a alguno de los cuatro o seis muchachos de palo seguro, que había en clase; media docenita de torpes que guardaba él como oro en paño, para darse un desahogo a sus anchas cuando el cuerpo se le pedía.

Sin más que oírse nombrar la víctima, como ya tenía la conciencia de su destino, levantábase temblando; y con las rodillas encogidas y muy metido el libro por los ojos, comenzaba a leer mal lo que había de traducir... peor. Don Bernabé, con la cabeza gacha, la mirada torcida, las manos cruzadas sobre los riñones, en la una el bastón de ballena y en la otra la caja del rapé, paseábase a lo largo del salón. Poco a poco iba acercando la línea que recorría al banco del sentenciado. Dejábale decir sin replicarle ni corregirle. De pronto exclamaba, con su voz dilacerante envuelta en una caricatura de sonrisa: —¡Anda, candonga! Esta salida equivalía a un tiro en el pecho. El pobre chico se quedaba instantáneamente sin voz, sin sangre y con los pelos de punta.

—¡Siga, calabaza! —gritábale a poco el dómine, acercandose más al banco.

Y seguía el muchacho, pero como sigue el reo al agonizante, seguro de llegar muy pronto al banquillo fatal. Y el lobo siempre acercándose, hasta que, al fin, se paraba muy pegadito a la oveja. En esta postura, tomaba un polvo, agachaba la cabeza, arrimaba la oreja derecha al libro y requería con la zurda el bastón. El traductor perdía entonces hasta la vista, caían de su boca los disparates a borbotones, y empezaba el suplicio. El primer golpe, con la caja de rapé, era a la cabeza; el segundo, con el libro, empujado con el puño del bastón, en las narices, al bajarlas el infeliz hacia las hojas huyendo de los golpes de arriba; después, lanzadas, con el propio puño de plata, al costado, al estómago, a la barriga y a los dientes; doblábase la víctima por la cintura, y un bastonazo en las nalgas le enderezaba; gemía con la fuerza del dolor, y un sopapo le tapaba el resuello.

—¿Conque pasce capellas significa paz en las capillas? —decía, en tanto, el verdugo con espantosa serenidad—. ¡Candonga!, eso se lo habrán enseñado ahí enfrente.

«Ahí enfrente» era la cátedra de Córdoba.

Cuando la víctima, rendida por el dolor y por el espanto, no daba ya juego, es decir, se sentaba resuelta a dejarse matar allí, el verdugo, señalando una nueva con la mano, decía:

—A ver, ¡el otro!

Y el otro seguía la interrumpida traducción; y como era de necesidad que no anduviera más acertado que su camarada, seguían también los palos y los denuestos. En ocasiones no lo hacían mejor los suyos, fuera por ignorancia, fuera por espanto, al llegar a ellos el punto dificultoso; ¡y allí eran de ver en juego todos los rayos de aquel Júpiter inclemente! Entonces tiraba al montón, y recorría los bancos de extremo a extremo, y hería y machacaba hasta romper las varas en piernas, manos, espaldas, entre las orejas, y en el pescuezo, y en el cogote; y cuando ya no tenía varas que romper, iba a la mesa, agarraba el atril de las balas y se le arrojaba al primero en quien se fijaran sus ojuelos fosforescentes.

Por tales rumbos solía venir lo que, no por ser extraordinario, dejaba de ser frecuentísimo, y, sobre todo, imprevisto e inevitable. Inevitable, puesto que ni la falta de salud, ni la pena de un luto reciente, ni las condiciones de temperamento, ni siquiera la incapacidad natural, valían allí por causas atenuantes. Saber o no saber; mejor dicho, responder o no responder. Esta era la ley, y allá va un caso de prueba.

Aquel famoso don Lorenzo el Pegote, cura loco, que al fin acabó recogido en la Casa de Caridad, tuvo el mal acuerdo de que aprendiera latín un sobrino suyo, marinero de la calle Alta. Este infeliz muchacho entró en el Instituto ocho días después que yo, y sentóse a mi lado, con su elástica de bayeta amarilla, sus calzones pardos, sus zapatones de becerro, y oliendo a parrocha que tumbaba».

Cómo le entraría el latín a este alumno que apenas sabía deletrear el castellano, y dejaba el achicador y las faenas de la lancha para coger en las manos el Carrillo, júzguelo el pío lector. Ni en su cabeza cabían las más sencillas declinaciones, ni siquiera la idea de que pudieran servirle en los días de su vida para maldita de Dios la cosa. En cátedra estaba siempre triste y como azorado.

Cualquier mortal de buena entraña, teniendo esto en cuenta, le hubiera guardado muchas consideraciones; pero don Bernabé no vio en el sobrino del loco don Lorenzo más que un discípulo que no tragaba el latín, y desde el segundo día de conocerle comenzó a atormentarle, con una perseverancia verdaderamente espantosa.

Preguntábale sin cesar sabiendo que había de obtener un desatino por respuesta; y como si este desatino fuera un mordisco de fiera acorralada, como a tal contundía y golpeaba al pobre chico, y hasta le ensangrentaba a varazos las encallecidas palmas de las manos. Sufríalo todo el desventurado con la resignación de un mártir, y solamente algunas lágrimas silenciosas delataban su dolor y su vergüenza. Tomaba el dómine la resignación por resistencia provocativa, y entonces caía en una de aquellas borracheras de barbarie que tan famoso hicieron su nombre en el Instituto Cántabro.

Hay que advertir que el tal don Lorenzo iba casi todos los días, con su raído levitón, su bastón nudoso y su faz airada y fulgurante, a preguntar a don Bernabé por los adelantos de su sobrino. Hartábase el dómine entonces de ponderarle la torpeza y holgazanería del muchacho; con lo cual aquel energúmeno, que tenía por costumbre apalear en la calle a cuantos le miraban con cierta atención, deslomaba al sobrino en cuanto éste volvía a casa, harto más necesitado de bizmas y buen caldo.

Antes de cumplirse un mes, ahorcó los libros el callealtero, y se metió a pescador, en cuyo oficio se había amamantado. Y fue un sabio acuerdo. La vida que traía de estudiante no era para tirar más allá de cinco semanas con pellejo. Desde entonces no he vuelto a verle, ni he sabido nada de él. Pero dudo que, por perra que haya sido su suerte, envidiara la que tuvo al caer bajo la férula sangrienta de don Bernabé Sainz.

Qué carnes y qué corazón se me pondrían a mí contemplando estos cotidianos espectáculos, júzguelo el pío lector. Yo no comía, yo no sosegaba. Como don Quijote con los libros de Caballerías, me pasaba las noches de claro en claro, estudiando el Carrillo, sacando oraciones y traduciendo a Orodea; y con tal ansia devoré aquel Arte, tan a mazo y escoplo le grabé en la memoria, que hoy, al cabo de treinta y más años, me comprometería a relatarle, después de una sencilla lectura, sin errar punto ni coma. Y no obstante, más que a estas faenas sobrehumanas, atribuyo a la Providencia el milagro de no haber probado de las iras de don Bernabé sino lo que me tocó en los vapuleos generales, que nunca fue mucho. ¡Pero qué inquietudes! ¡Pero qué temores! ¡Pero qué pesadillas!... vuelvo a decir. Desde entonces niego yo que pueda nadie enfermar, y mucho menos morir, de susto, puesto que sobreviví a tal cúmulo de horrores, tan extraños e inconcebibles en mi edad y especiales condiciones de temperamento.

Algunas veces, al presenciar una de aquellas matanzas, atrevíame a preguntarme con el pensamiento, pues con la lengua hubiera sido tanto como quedarme sin ella en el gaznate: «¿Qué razón puede haber para que faltas tan leves merezcan castigos tan horrendos? ¿Cómo hay padres que consientan que un extraño maltrate de este modo a sus hijos? ¿Quién ha dado a este hombre tan bárbaras atribuciones? Si esto es cátedra, sobran los palos; si matadero, sobran los libros».

Pero como había padres que aplaudían aquellas tundas feroces administradas a sus hijos, y leyes que no ataban las manos al verdugo, calculaba yo que así, y no de otro modo, deberían andar aquellas cosas.

Refiere Suetonio que hallándose Tiberio en Caprea, una tarde en que se paseaba junto al mar, un pescador se le acercó muy quedito por detrás y le ofreció una hermosa lobina que aún coleaba. Sorprendido el tirano por la voz del pobre hombre, mandó que le restregaran la cara con el pez, en castigo de su atrevimiento; y así se hizo. «Fortuna —dijo luego el pescador, mientras se limpiaba la sangre que corría por sus mejillas—, que no se me ocurrió ofrecerle una langosta».

No por el dicho del pescador, sino por el hecho del tirano, saco el cuento a relucir aquí; y esto, para que se vea que, en ocasiones, don Bernabé daba quince y falta a Tiberio. Verbigracia: para el acopio de varas se valía de los mismos discípulos a quienes vapuleaba todos los días; y hubo ocasión en que rompió sobre las nalgas de uno de ellos todas cuantas acababa de presentarle, recién cortadas con ímprobos trabajos, so pretexto de que no eran de las buenas, y que además estaban picadas con el cortaplumas.

Pudiera citar muchos ejemplos de esta especie; pero cállolos, porque no se crea que me ensaño en la memoria de este hombre, que ¡admírese el lector!, a pesar de lo relatado, no fue merecedor de tal castigo.

III

Esta figura trágica tenía también su lado cómico en la cátedra, no por intento del catedrático, sino por la fuerza del contraste; como es alegre, en un cielo negro y preñado de tempestades, la luz del relámpago que en ocasiones mata.

Don Bernabé era hombre de cortísimos alcances, y esto se echaba de ver en cuanto se salía de los carriles del Arte señalado de texto. En tales casos, hubiera sido, como ahora se dice, verdaderamente delicioso, por la especialidad de los recursos que le suministraba la angostura de su ingenio, si su lado cómico no hubiera estado tan cerca del dramático.

Fuera de los poquísimos ejemplos que sacaba de Tácito o de Tito Livio, todas sus oraciones, propuestas muy lentamente y paseándose a lo largo de la clase, tomando rapé, eran del género culinario, y, mutatis mutandis, siempre las mismas.

—Estando la cocinera —díjome una vez, al llegar yo a hacer oraciones de esta clase—, fregando los platos, los discípulos le robaban el chocolate.

Pues en latín, y sin grandes dificultades, lo de la cocinera, lo de fregar los platos y hasta lo del robo por los discípulos; pero llegué al chocolate y detúveme.

—¿Qué hay por chocolate? —pregunté.

—Hombre —me respondió deteniéndose él también en su paseo, torciendo la cabecita y tomando otro polvo—, la verdad es que los romanos no le conocieron. —Meditó unos momentos, y añadió, con aquella voz destemplada, verdadera salida de tono, que le era peculiar:

—Ponga masa cum cacao, cum sacaro et cum cinamomo confecta. (Masa hecha con cacao, azúcar y canela).

Hízonos gracia la retahíla, y reímonos todos; pero pudo haberme costado lágrimas la dificultad en que me vi para acomodar tantas cosas en sustitución del sencillísimo chocolate, sin faltar a la ley de las concordancias en género, número y caso.

Otra vez, y también a propósito de fregonas y de discípulos golosos, salió a colación la palabra arroba.

—¿Qué hay por arroba? —preguntó el alumno.

A lo que respondió don Bernabé, con la voz y los preparativos de costumbre:

—La verdad es, candonga, que esa unidad no la conocían los romanos... Ponga... pondus viginti et quinque librarum (peso de veinticinco libras).

Como en estos casos le daba por estirarse, en otros prefería encogerse.

—Voy a Carriedo —mandó poner en latín en una ocasión; y como el alumno vacilase...

—¡Carretum eo, candonga! —concluyó el dómine alumbrándole dos estacazos—. ¿Qué ha de haber por Carriedo sino Carretum, carreti?

Cuando un muchacho quería salir de la cátedra, obligado a ello por alguna necesidad apremiante, o fingiendo que la sentía, alzábase del banco, cruzaba los brazos sobre el pecho, y quedábase mirando a don Bernabé, con la cara muy compungida; hacía éste un movimiento expresivo con la cabeza, y así concedía o negaba el permiso que se le pedía.

Aconteció una vez que se alzó un muchacho; y después de haber estado cerca de un cuarto de hora en la susodicha forma de interrogante, sin obtener respuesta, díjole don Bernabé:

—¡Corre, que te pillan!...

Y el chico apretó a correr hacia la puerta.

—¿Adónde va, candonga? —le gritó el dómine. ¡Vuelva, vuelva, y póngamelo en latín!

Volvió el muchacho, y, torpe y atarugado, comenzó a decir:

Curre... quod... pillant...

—¡No estás tú mal pillo, calabaza! —y deslomóle de un bastonazo—. ¡A ver, el otro!

Y como el otro no estuviese más acertado que su antecesor, continuó el de más allá, y luego el que le seguía, y después el otro, y, por último, los mayoristas, que tampoco supieron vencer la dificultad, con lo que don Bernabé fue entrando en calor, y la bromita del «corre, que te pillan» acabó en tragedia.

Tal era el lado cómico de este personaje. Fiar en sus chistes, equivalía a retozar con el tigre. Al fin, siempre había zarpada.

IV

Y ahora quisiera tener yo a mi lado a los más sutiles fisiólogos del mundo, para que me explicaran el fenómeno de aquella singular naturaleza; cómo podía ser a un mismo tiempo el más empedernido y sanguinario de los maestros, y el mejor de los hombres. Porque es de saberse que don Bernabé Sainz, fuera de su cátedra, lo era de pies a cabeza. Jamás he conocido persona más inofensiva, más sencilla, más bondadosa. Un niño le engañaba en la calle, un juguete le entretenía, el menor acontecimiento le asombraba. Su integridad rayaba en manía.

Tenía pupilos, ordinariamente. Cuando se trataba de repasarles la lección, era el tigre del Instituto; pero en la mesa, en el paseo, en la intimidad del hogar, era un amigo, un padre cariñosísimo para ellos, como lo era para todos sus discípulos en cuanto dejaban de serio.

A mi modo de ver, era un pobre hombre poseído de un demonio: el demonio del fanatismo, el fanatismo de la enseñanza. Si castigaba a un discípulo con un día de calabozo, dejaba de comer para ir a tomarle la lección de la tarde en el calabozo mismo. Iba a clase hasta con calentura a cumplir con su deber, y su deber era enseñar latín, porque creía haber nacido para eso. Si una consulta sobre la traducción pendiente le robaba el sueño, tanto mejor: ningún hecho más digno, en su concepto, de consignarse en la hoja de servicios de sus alumnos. Presentaba los buenos en un examen con el orgullo y el amor de un general que ve desfilar, en ostentosa parada, a sus valientes veteranos cargados de cruces; y hablaba de ellos en todas partes, y los seguía con la atención a la Universidad, y aunque allí claudicasen, jamás los apartaba ya de su memoria. Llena de esos nombres la tuvo hasta la hora de su muerte. Muchas veces me los citó conmovido y entusiasmado, y por el menos brillante de aquellos «chicos» hubiera dado él, sin titubear, a ser preciso, la diestra con que tantas veces le deslomó a varazos.

En una ocasión, después de haber oído la razón que le dio un discípulo de haber faltado a la clase el día antes, le oí decir:

—Candonga, ¿y por eso no vino? ¿Sabe cómo vengo yo todos los días y como vivo? Pues óigalo, calabaza. Hace veinte años que estoy enseñando latín, y quince que la mujer no sale de la cama; me consume cuanto gano y no tengo más que lo puesto; los únicos ahorros que había hecho se los presté a un compañero que no me los ha de pagar en los días de su vida, y lo mejor de cada noche me lo paso en claro velando a la enferma. ¿Les parece poco? ¡Ah, candonga! ¡Si os cogieran los tiempos que a mí me cogieron para aprender latín, ya os darían confites en estos lances, y os guardarían los miramientos que yo os guardo! Enfermo, y con la nieve a la rodilla, fui yo una noche a casa de un compañero que tenía Calepino, para sacar un significado de la traducción del día siguiente... Y ¡pobre de mí, candonga, si llego a ir al aula sin sacarte!... Y sepan, calabaza, que para entonces ya había servido yo al rey seis años en una compañía de fusileros: dos de soldado raso, uno de furriel y tres de sargento.

He aquí algo a que se agarrarían los fisiólogos llamados a explicar las crueldades profesionales de un hombre tan manso y apacible. Don Bernabé enseñaba como le habían enseñado a él: a estacazos. La costumbre fue haciéndose naturaleza poco a poco. La escasez de entendimiento, lo extremado del amor al oficio, los resabios del cuartel y las tradiciones del sistema, hicieron lo demás. No era a sus ojos mayor delito que echar malé en una lección, faltar con palabras un soldado raso a un triste cabo segundo; y, sin embargo, la Ordenanza militar castiga estas faltas con el presidio, si no con la muerte, ¡y él se conformaba con apalear a los delincuentes de su cátedra!

Hasta dónde llegaban su sencillez y su puntillo de hombre de cuenta y razón, muéstralo el hecho siguiente, que no fue el único en su género:

Llegóse una vez a cobrar la paga del mes a secretaría, y diéronsela con la merma de cierta cantidad que le correspondía pagar por no sé qué gastos hechos por todo el Claustro de profesores.

—Venga mi paga entera —dijo don Bernabé negándose a recoger lo que le entregaban.

—Pues ahí la tiene usted —le replicaron—. Tanto que usted debe, y tanto que le entrego, hacen lo que le corresponde.

—¡Venga mi paga entera, candonga! —insistió.

Diéronte lo que le faltaba.

—¿Cuánto debo yo? —preguntó al tener todo el dinero enla mano.

—Tanto.

—Pues ahí va —dijo entregándolo y guardándose el resto después de contarlo.

—¿Cuánto le queda a usted ahora?

—Tanto.

—Lo mismo que yo entregaba a usted antes.

—Nunca lo negué, candonga; pero yo soy hombre de cuenta y razón, y para tan cortos caudales no necesito mayordomos; y como pago de lo mío, quiero pagar con mi mano, ¡calabaza!

El nuevo plan de estudios le transformó radicalmente. Continuó siendo en la cátedra una fiera, pero con bozal y sin uñas. Perdió así lo mejor de sus bríos, y se entibió su entusiasmo por la enseñanza. No la comprendía sin palos y sin sangre. Andaba triste y desperdigado; y como ya era viudo y sin hijos, se casó con la criada.

Le dieron una cencerrada espantosa: tres noches duró; y no duró más, porque habiéndole insultado groseramente los actores, los dispersó a tiros desde el balcón, en lo cual obró como un sabio y en justicia».

Murió el año de 1865, víctima del cólera que diezmó la población de Santander; y es de advertir que ni este espantoso azote pudo doblar aquel rígido carácter antes de romperle, puesto que don Bernabé fue a cátedra invadido ya por la enfermedad, salió a la hora reglamentaria, y sólo se metió en el lecho para rendir cristianamente el alma a Dios.

En resumen, lector: en mi sentir, las crueldades del dómine, aunque lamentables, e hijas, más que del corazón, del tiempo, de las costumbres y de las leyes que las toleraban y hasta las aplaudían, no hacen al íntegro y virtuosísimo personaje indigno de la estimación de las gentes hidalgas. Me complazco en declararlo así, en honra del hombre que más me ha hecho padecer en menos tiempo. Pero no me arrepiento de haber pintado a Filipo por los dos lados; pues si el vivir bajo el imperio de su barbarie me acongojaba entonces, hoy, que tengo hijos, me espanta el pensar que puede quedar todavía algo de ella en los centros de enseñanza.

Obra es, pues, de caridad sacar esa barbarie al rollo, para lección de incautos y castigo de verdugos.


1878

Las tres infancias

Al señor don Tomás C. de Agüero

He de decirlo, aunque el atrevimiento me cueste una multa municipal: para un hombre de mi temperamento, por no decir idiosincrasia, tiene gravísimos inconvenientes la amistad de un señor alcalde, a cuya persona se profesa un arraigado y (por desgracia mutuo) ya viejo cariño, afianzado con el doble remache de sus raros talentos y no comunes virtudes. Cuando un amigo semejante se nos acerca, y, otorgando a nuestro ingenio una alcurnia que no tiene, nos pide una chispa de su luz para convertirla en pan para los menesterosos, no hay medio de resistirle, ni de negarle un esfuerzo heroico en pro de su noble intento. Y entonces se llama a las puertas del ingenio, holgado y desprevenido; pero el ingenio, que parece fundido en corazón de avaro, echa todos los cerrojos de su mazmorra, y más se esconde cuanto más se le invoca.

Y aquí las perplejidades y las angustias; porque la súplica es mandato, y el tiempo avanza, y el término fatal se acerca, y lo que era crepúsculo en la mente, llega a hacerse noche tenebrosa.

Expongo estos hechos ante el insigne jurisconsulto, para que en aprecio los tome el magistrado, como razones atenuantes, si mi franqueza llega a parecerle merecedora del papel en que se saldan con la autoridad las cuentas del desacato a ciertos preceptos de sus Ordenanzas; o no la halla bastante castigada con haberme sacado al palo, que no otra cosa es, en sustancia, poner a un hombre avezado a la oscuridad de todos los aislamientos, en estas alturas por tantos soles alumbradas y expuestas al rigor de los huracanes de la crítica.

Siguiendo en mis propósitos, digo que es fama que el aire libre, sin los ruidos ni el vaivén de la civilización, es un gran inspirador de ideas y un desinteresado y docto consejero. Yo no lo dudo, aunque tengo para mí que con esta receta se han cogido más catarros que pensamientos. Pero es innegable que hay un instinto que le arrastra a uno lejos del rumor de las gentes cuando tiene necesidad de reconcentrar las fuerzas del espíritu; y que ese instinto me sacó de mi guarida en la ocasión citada, y me condujo, si no al campo, porque estaba éste lejos y yo perezoso, a cosa que en algo se le parecía, bien que no en colores, en aromas ni en frescura. Sentéme al pie de añoso tronco, como dicen los bucólicos; y no en mullida y olorosa alfombra, sino en duro y empedernido banco, a la sombra del escueto Y desgarbado ramaje, porque las tiernas hojas aún dormían arrebujadas en los pliegues entreabiertos de sus yemas.

La condición humana tiene tendencias inexplicables. En los conflictos más graves del espíritu, suelen los hombres preocuparse con los sucesos más triviales. El reo que aguarda la sentencia del tribunal que puede enviarle al patíbulo, acaso se entretiene en contar los clavos de la puerta tras de la cual deliberan sus jueces, o en traer a su memoria el día y el precio en que compró los zapatos que lleva puestos. No hay ejemplo de persona que al resbalar en la calle y caer al suelo y quedar en él descalabrada y quizá sin sentido, no trate de indagar, antes que la gravedad de su herida, la causa del resbalón, ni que deje de disputar acaloradamente sobre si la cáscara que pisó es de limón o de naranja, como haya quien sostenga lo contrario.

Solicitado yo de la propia inexplicable tendencia, al sentarme aquel día en demanda de una idea adecuada a mis intentos, comencé por hacer rayitas caprichosas en la arena del suelo con mi bastón; después puse todo mi conato en demostrar prácticamente, sobre el propio terreno y con la misma herramienta, la exactitud del teorema geométrico que dice que la superficie de un rectángulo es igual al producto de la base por la altura, cosa que siempre me tuvo sin cuidado, como ustedes pueden comprender, sin que yo lo afirme; después tracé caprichosas cifras, y dibujé barcos, y hasta retraté de perfil a mis amigos.

Cuando me cansé de dibujar, di en el ansia de reparar en los transeúntes; si eran rubios o trigueños, si altos o bajos, si pobres o ricos; en qué iría pensando el de la cara hosca y encorvada cerviz; de dónde vendría la que a tales horas tan menudito pisaba, y con empeño recataba la faz; adónde iría a comer, qué comería, qué habría cenado, en qué lecho dormiría aquel infeliz de rostro macilento, mal calzado y peor vestido, en cuya mirada triste y angustiosa parecía reflejarse el deseo de trocar la memoria de pasadas abundancias por un mendrugo de pan y una camisa; cómo y de qué viviría el exótico chulo de ceñidos pantalones, charolada bota, rizada pechera, relumbrante leontina y exagerado chambergo; por qué funesta preocupación juzgaría un mozuelo sin chaqueta y desaseado, que el ser descortés y blasfemo, al pasar por delante de mí, le daba gran importancia y respetabilidad; por qué no hay leyes que castiguen a los blasfemos como a los ladrones, mientras llega a ser un hecho que la cultura no es enemigo mortal de la taberna, como aseguran los que dicen entender mucho de achaques de moralizar sin Decálogo ni carceleros...; por qué el mísero jumento que por más allá pasaba zarandeando las orejas, con una carga que le doblaba el espinazo, no recibía de su ingrata conductora, en recompensa de sus fatigas, más que una lluvia continua de varazos; si, bien pesados el entendimiento de la una y el instinto bestial del otro, no tendría la balanza el capricho de inclinarse hacia el platillo del cuadrúpedo; qué papel le estará destinado en el sublime escenario de la creación, donde nada huelga, al diminuto insecto que se retorcía, esforzándose por apartar un grano de arena que le obstruía su camino... Preocupéme, en fin, con todo menos con lo que debía preocuparme en aquellos momentos, cuando acertó a pasar por delante de mí un verdadero enjambre de niños, corriendo como liebres perseguidas por un galgo. Habíalos rubios, morenos, rollizos, cenceños, y el más talludo no pasaba de esa edad encantadora de la sinceridad y de la inocencia; niños, verdaderos niños, libres, sueltos, revoltosos y bullangueros, que gritaban saltando, y, corriendo sin cesar, sudaban más por los gritos que por lo que corrían. No podía ofrecérseme tentación que más lejos de mis intentos me arrastrara.

Mi vista se fue tras ellos, y con la vista el último recuerdo de mi compromiso. Jugaban al marro, y me interesé en el juego lo mismo que si en él tomara yo parte.

De pronto observé que los gritos crecían, que los dispersos se agrupaban, y que del grupo salía uno como disparado hacia mí, con la hermosa faz desencajada y los ojos anhelantes, perseguido por un camarada, que, según apretaba los dientes y la carrera, debía tener gran empeño en alcanzarle. Al ver la expresión angustiosa de aquella linda criatura, y temiendo lo que al cabo le sucedió, levantéme para salir a su encuentro. Pero ya era tarde. El pobrecillo dio un paso en falso, y cayó al suelo; y únicamente pude evitar que se lastimara la cabeza con los guijarros. El otro niño retrocedió como una exhalación, en cuanto vio caer al fugitivo.

Apresuréme a levantar a éste, y procuré consolarle, esperando que tan pronto como se incorporara empezaría a poner el grito en el cielo. No bien estuvo de pie, fijó en mí sus grandes ojos azules, de los que se escapaban dos enormes lágrimas, y lanzó de lo más hondo del pecho un suspiro trémulo e interminable.

—Ahora empieza —dije para mí—. Pero me llevé chasco. El atribulado niño sorbió sus lágrimas en cuanto llegaron a perderse entre los húmedos corales de sus labios, y devoró otro suspiro que aún se le escapaba.

—¡Bravo! —exclamé dándole un beso—. Así se portan los valientes. ¿Te has hecho daño?

Y el chico, sin contestar a mi pregunta, se sacudió el traje precioso de terciopelo que vestía, con el gorrito escocés que se quitó de la cabeza, y se limpió el sudor de su linda cara con un pañuelito que a duras penas, y después de meter el brazo hasta el codo, sacó del bolsillo de su pantalón bombacho. Limpiábale yo también y le arreglaba los desordenados rizos de su cabellera rubia, cuando, después de lanzar el tercer suspiro, me dijo, poniéndose muy cuadrado:

—¿Ve usté qué taidoría?

—Pero ¿qué te ha pasado, hijo mío? —le pregunté.

—¡Ese Gabielón!... —me respondió con ira—, que estábamos juegando al marro, y salí yo, y dipés toqué; y como él me pillaba, ya no me podía pillar, porque yo toqué... y dipés saqué un poquitín el pie... así, así no más; y porque le saqué, dice que no toco, y me pilla, y dice que ¡apillao!; dipés digo yo que eso no vale... y me escapé... y va él y me quiere pillar otra vez; y como me tiene tirria... me caí.

—¡Picardía como ella! —¿Y por qué te tiene tirria?

—Porque esta mañana sabí el Feuri mejor que él, y a mí me dieron vale, y él echó tes borrones en la plana... Por eso.

—¡Dígole a usted con Gabielón!... ¡Habráse visto envidioso y desaseado!... ¡Tres borrones en una plana!... ¿Y qué le dijo el maestro?

—Le pegó tes coquetazos.

—¡Bien hecho!

—Y dipés le volvió a palotes.

—¡Chúpate esa!... ¿Y de qué escribes tú?

—De Zaramagullón.

—¡Hombre!... ¿Y qué es eso?

—De pimera con ese letero.

—¡Ya! Y ¿cómo te llamas?

—Pelín Benabé de lo Zantos.

—¡Cáspita!, me parece mucho.

—¿Po qué?

—Porque eres tan chiquitín...

—¿Y qué?

—¡Y son tantos los nombres!... no podrás con ellos.

—Ya queceré yo más.

—Cierto es. Y cuando crezcas ¿qué vas a hacer?

—Cuando yo sea gandón, gandón, voy a ser general.

—¡Hola!

—¡A mí me gusta mucho ser general!

—¿Por qué?

—Porque los generales tienen pumero en el ticornio, y banda, y sable de oro, y muchas cuces en la casaca; y cuando pasan, todos los soldados les hacen la venia; y van a caballo... y comen con el rey.

—Bien está eso; pero los generales, amigo Pedrín, van a la guerra, y allí...

—Dice papá que no.

—Muchos hay de esos, según cuentan; pero algunos van a ella y salen heridos.

—¿Y se mueren?

—A veces... Pero vamos a ver: si tú fueras general ahora mismo, ¿qué harías?

—Lo pimero, llamar a los civiles y pender a Gabición.

—Lo sospechaba.

—Poque Gabielón me hace mucho de rabiar.

Mientras así, y por el estilo, departía yo con Pedrín, el llamado Gabielón había llegado junto a sus camaradas, un tanto sobresaltados al ver caer al fugitivo, y no poco recelosos al contemplarle luego bajo mi protección. El causante, más valiente o más curioso, después de enterarse de todo y de meditar un momento, salió del grupo; y arrimándose a los árboles, y haciendo una paradita en cada uno de ellos, durante las cuales roía la yema del índice, sin dejar de mirarme de reojo, llegó hasta el banco inmediato al que yo ocupaba. Pronto imitaron el ejemplo sus camaradas, acercándoseme poco a poco, con las caras compungidas y dando a sus respectivos continentes el aire más inofensivo y bonachón.

Era el enemigo de Pedrín trigueño, de ojos de terciopelo, tan negros como centellantes, de blanca y apretada dentadura, labios finos y un tanto desdeñosos, muy rollizo y bastante desaliñado en el vestir.

—¡Ven acá, buena pieza! —díjele cuando estuvo a pocos pasos de mí—. ¿Por qué tienes tirria a Pedrín?

Decir yo esto y rodearme la infantil muchedumbre, fue una misma cosa. Saeteábanme sus ojuelos con verdadera avidez; y aquel racimo de angelicales cabezas y de cuerpos entrelazados, traíame a la memoria el famoso capricho de la Fecundidad, que eternizó el pincel del Tiziano.

Callóse Gabrielón a mi pregunta, y respondióle un camarada desdentado, por estar en la mudanza de los incisivos:

—¡No le tiene tirria!

—Pues ¿qué le tiene, si no? —repliqué fingiéndome muy serio.

—No sé yo qué le tendrá —repuso, muy grave, el entremetido.

Otras voces salieron también del grupo; y aunque negando todos los supuestos rencores de Gabriel, acusáronle, unánimes, de ser muy dado a pintar sabandijas en los márgenes de las planas, y hacer pajaritas con las hojas del Catecismo; cargos que escuchaba el acusado balanceando el cuerpo, recostado contra el árbol, y arrancando media suela descosida de uno de sus zapatos con el otro pie.

Toméle yo de todo esto para entrar en animado diálogo con todos ellos; y tras larga y bulliciosa sesión, a duras penas los puse en orden y en silencio, contándoles, entre otros, el cuento de Alí-Babá, o sea el de Los cuarenta ladrones exterminados por una esclava. Cuando los vi más hechizados con los recuerdos del tesoro, que yo les había descrito a mi manera, de la caverna misteriosa que franqueaba sus puertas a la mágica frase de ¡Sésamo, ábrete! propuse la paz entre los dos enemistados camaradas.

—¡Es un cascarruña... y muy acusón! —dijo Gabriel.

—¡Mecachis! —respondió Pedrín con cierta sonrisa irónica.

—¡Y sí! —añadió el otro—: siempre está poniéndome en mal con don Moisés.

—¿Quién es don Moisés?

—Un señor muy viejo que juba aquí con nosotros.

—Pues es preciso que hagáis las paces, ¡caramba!

—¿Yo con ése?...

—¡Para él estaba!...

—Ahora lo veremos.

Dije, y saqué la cartera. Al verla, el enjambre se echó sobre mí. Teníala bien repleta de estampitas y otras puerilidades análogas; porque es de saberse que, aun sin las eventualidades de la calle, no me faltan ocasiones de desocuparla muy a menudo. Ofrecí las mejores a los dos enemigos rapaces, a condición de que se abrazaran; y sin quitar los ojos de la cartera, estrujáronse heroicamente. Cumplí mi palabra en el acto; y mientras les entregaba las estampas, los ojos de los demás no cesaban de ir de los míos a la cartera, y de la cartera a los míos, a la vez que sus manos tanteaban las inmediaciones de las estampas, con una inquietud nerviosa. Comprendí la mímica y repartí una figurita a cada uno.

—¡Contra, qué lápiz! —exclamó el más talludo. Y tuve que dársele. Así me arramblaron cuanto en la cartera flotaba o relucía.

Noté que, según me iban desvalijando, se mostraban menos pegajosos; y cuando nada tuve que darles, bastó media palabra para que desaparecieran de mi vista como bandada de gorriones al ruido de una palmada.

Entonces advertí que en el banco de enfrente se habían sentado hasta media docena de incipientes galanes; mozos de semillero, metidos de cuajo en la edad más antipática de la vida humana; conjunto desgarbado de brazos, zancas y pescuezo, en la cual edad todo en el hombre es transitorio y pegadizo, y nada completo ni armonioso; pajaros en tiempo de muda, como ellos son escalofriados y angulosos; huyen de los niños porque se juzgan hombres, y los hombres los rechazan porque los toman por niños. Para remate de desentono, hasta los sastres se complacen en extremar sobre ellos los caprichos de la moda con tajos y recortes atrevidos, que sólo conducen a poner en evidencia el armazón que falta en el tronco, o el esqueleto que sobra en las extremidades. En mis tiempos se los conocía con el adecuado nombre de pollos; hoy se les llama, si no estoy mal informado, sietemesinos y gomosos. Llegaban perceptibles hasta mí sus declamaciones, altisonancias y discreteos; pues hablando ellos para ser oídos de sedentarios y transeúntes, buscaban de propio intento lo más sonoro y atractivo del habla castellana. Quién de los seis mostrábase mal ferido de punta de amor, y lloraba y gemía contrariedades y discordancias; quién, más feliz en sus empresas, dábale amparo y consejo, y afanábase por pintarle como artificios y disimulaciones lo que el atribulado tomaba por desdenes ciertos y coqueterías probadas; quién, pellizcándose el musgo mal nacido de su labio, y frunciendo los dos con menosprecio, burlábase del candor de los amantes que aún creen en el amor y en las mujeres, porque él, a los diez y ocho años que a la sazón contaba, tenía petrificado el corazón a fuerza de desengaños y mentiras.

Otro, nacido para amar, no hallaba ocasión propicia para mostrar su corazón abierto a tantas mujeres que parecían venidas al mundo para corresponderle.

Otro estaba por las glorias de la inteligencia, y no aceptaba el amor sino como resorte para mover a los personajes de sus creaciones en proyecto. Tenía un drama comenzado y tres novelas en embrión, y estudiaba el carácter y la situación de aquellos sus amigos para reproducirlos en la escena y en el libro. El último, lacio, encanijado y escrofuloso, no hablaba sino para echar por aquella boca estocadas y pistoletazos, los cuales medios, según la experiencia se lo demostraba cada día, eran los únicos que todo hombre de corazón, como él, debía aceptar para desembarazar de dificultades el sempiterno drama de la vida.

A lo mejor del cacareo, venían a enardecerle el sastre y el zapatero, como accesorios del asunto principal; pues no faltó quien achacase parte de un fracaso galante, a la influencia de un levitín con dos centímetros de más en la longitud de las haldillas, o a la de un punto menos en la altura de los tacones. De aquí se pasó a ponderar la fortuna de los elegantes que hallan en las grandes capitales, artistas de talento que comprenden la filosofía del corte y la estética de la moda, haciendo así que las clases no se confundan, y brillen en todo su esplendor de cuna los jóvenes distinguidos y elegantes.

En éstas y otras, comenzó a poblarse el sitio de paseantes, y noté que algunas parejas femeninas, sólo con pasar por delante de los gomosos, dejáronlos como petrificados en el banco. Callaron todos de repente, y el tierno y el desdeñoso, el poeta y el espadachín, el más tímido y el más osado, pusieron los ojos tiernos, y en exhibición el atractivo que en más estima tenían: quién la cabellera, quién la curva del pecho, quién la rectitud de la pierna, quién los dientes, quién el pie, y todos, unánimemente, los puños de la camisa. Después se dividieron en parejas, y cada una de ellas se fue detrás de la femenil de sus preferencias, cuál suspirando, cuál hablando recio y escogido, cuál alardeando de agudo y de chistoso, pero todos en busca de un corazón y una mirada. Entonces noté con gusto que las damas de ahora, como las de mi tiempo, en cuanto se visten de largo, ya no gustan de muñecos. Pero los seis de marras creían lo contrario, y así se divertían.

Pues éstos —dije para mí— son otros niños felices, y no se diferencian de Pedrín y sus camaradas sino en que visten de otro modo y juegan al amor, al talento y a otras cosas serias, mientras los primeros juegan al marro o a las aleluyas. Por lo demás, créense hermosos y apuestos, y son ridículos; admíranse de sus propios talentos, y son tontos de capirote; júzganse amados, y nadie los puede ver. Su vida es una constante equivocación. ¡Envidiable felicidad!

Un rayo de sol bañaba entonces el sitio que yo ocupaba, y el miedo de que me calentara los cascos con exceso, llevóme al otro extremo del banco. En el instante en que me acomodaba en el sombrío rincón, llegaba a ocupar el que dejé vacío un anciano octogenario, arrastrando los pies sobre la arena, y con el cuerpo vacilante encorvado sobre una cachaba. Eligió el punto en que más copiosamente se desparramaba el manojo de sol, y sentóse allí poco a poco y agarrándose, como si temiera romper en una brusca sacudida el hilo desgastado y tenue de su existencia. Saludóme con una penosa inflexión de su pescuezo y una mirada yerta, y devolvíle el saludo con respeto.

—Usted huye del calor —me dijo con voz desentonada y trémula, cuando se hubo sentado—: yo le busco con ansia. ¡Ineludible ley del equilibrio!... A su edad de usted yo hacía otro tanto... Me sobraba el calor. Desde entonces ¡cuántos inviernos han pasado sobre mí!... ¡Cuánto calor me han robado sus hielos!...

Sin dejarme decir algunas palabras de pura cortesía, continuó así el buen señor:

—Se reirá usted de mí, porque apenas despliego los labios, comienzan a asomar la oreja mis manías de viejo... Así llaman los jóvenes a nuestra afición a evocar recuerdos de otras edades... Hay mucha injusticia en eso. Quien, como yo, no tiene por delante más que una tumba y una mortaja, cuadro en verdad poco risueño y deleitable, necesita volver los ojos a lo pasado para no morirse de tristeza, y cuanto más lejos, mejor... Por eso me gustan tanto los niños. Ellos vienen, yo me voy; nos encontramos a la puerta del mundo, unos entrando y otros saliendo. Viajeros con opuesto rumbo, que hacemos una parada en una misma estación y comemos en la misma mesa. Ellos me hablan de lo que vienen a buscar; yo les hablo de lo que por acá dejo... Esto divierte y consuela. El resto de la humanidad ya no me pertenece, como no me pertenece lo que conduce el tren que se cruza con el que a mí me lleva a la eternidad. Alargar todo lo posible los momentos de parada, a fin de que dure un poco más la compañía de la mesa, es ya mi único negocio. A él me consagro tiempo ha, y aquí me vengo todos los días, como un niño, a jugar con estos niños... ¿Por dónde andan esos diablejos?... Helos allí... ¡Qué monísimos son!... Verá usted lo que tardan en asaltarme... y en desvalijarme... Afortunadamente vengo hoy bien pertrechado de metralla para defenderme. Caramelos... rosquillas... estampas; y en este otro bolsillo, medio quintal de paciencias... ¡Cuánta necesito a veces para armonizar tantas cabecitas sin tornillo, y para no enfadarme!... ¡Sí, señor, para no enfadarme!... ¡Ahí anda un Gabrielón, travieso y mal intencionado!... Ayer me tiró con una aceituna desde su balcón... Pues mire usted, sentí aquel golpe como si hubiera sido un balazo... porque ni yo le había dado motivos para ello... ni está bien que así se trate a los mayores, bajo ningún pretexto... ¿No lo dije? ¡Ya está la nube encima!...

En efecto, la misma que poco antes había caído sobre mí, pero lenta y apacible, envolvió al octogenario, tormentosa y rugiente. Entre gritos de «¡papá Moisés, señor don Moisés!» y alguno de «¡Señor Matusalén!» que yo jurara que procedía de los pulmones de Gabrielón, aquella muchedumbre estrujó al anciano, asaltándole por piernas, brazos y cabeza. Quién le besaba, quién le sacudía, quién le interpelaba, quién, más osado, le registraba los bolsillos... hasta que, falto ya de respiración, arrojó por encima de las cabezas de todos un paquete de almendras, que se desparramaron en el suelo; cebo estimulante sobre el cual se echó en el acto aquella bandada de pájaros golosos. Empezó luego el reparto de lo que quedaba en los bolsillos, y no faltaron entonces reclamaciones, protestas y refunfuños de una y otra parte, y aun llegó a riña formal, entre el anciano y Gabriel, lo que empezó por quejas del primero sobre el incidente de la aceituna, al ofrecer su ración, un tanto mermada, al segundo. Interviene poniendo paz, cuando vi que las sequedades del muchacho iban a hacer llorar de pena al pobre viejo; diole un beso cada cual, como firma de amor y de alianza; y, ya todos unos, como dijo don Moisés hecho unas pascuas, pusiéronse a jugar los rapazuelos delante del anciano, haciéndole juez árbitro de sus contiendas, lo cual le deleitaba y entretenía.

Pues éste es otro niño —dije para mí, contemplándole—; y con él son ya tres los ejemplares. Es decir, que de tres no bajan las necesarias infancias del hombre, las que son inseparables condiciones de otras tantas edades de la vida... porque si a sumar vamos las que son el fruto de las mundanas flaquezas, casi son tantas como los años que vivimos.

Niño es, en efecto, el hombre que de vanidades se nutre y al huero relumbrón endereza todas sus aspiraciones; niño cuando se pavonea con un cintajo en la solapa, como si fuera señal de sus virtudes y no de la amistad de un prócer dadivoso; niño cuando se desvela por adquirir un diploma que le autorice para estampar en coches y tarjetas dos calderos y una escoba, o cualquier otro emblema heráldico no menos expresivo y linajudo; niño cuando, ya con canas, se prenda de su apostura, y despilfarra ante el espejo las horas que niega a más honrosos y transcendentales afanes; niño cuando... cuando se parece a tantos y tantos nietos de Adán por el estilo; y niño, en fin, soy yo, que con frecuencia me enredo en tales filosofías.

Pero volviendo a los niños ochentones, ¡cuántos hay en uno y otro sexo que han tomado la ciencia, las letras, las artes o la caridad por juguetes, y dejan el sendero de su vida lleno de luz y de beneficios, en bien de sus semejantes!... Preciso es convenir en que estos niños tienen mucho de ángeles... Y conviniendo en ello, forzoso es declarar que la raza de Caín no es tan mala como su fama la pinta.

Pensando así, levantéme con rumbo a mi casa; pero nuevos aires me soplaron, y a otras regiones más intranquilas me condujeron las ideas. Y extendí la mente por los campos de la historia; y al ver la haz de la tierra cubierta de ruinas y de cadáveres; a las razas luchando contra las razas; a las ideas contra las ideas; al ver la fuerza convertida en derecho y a los pícaros en la cumbre de los honores, y a los buenos en el abismo de todas las desventuras; a la mujer holgada y consentida, arrojando a los pies de su amante el honor de su marido; al marido, mancillando en torpes mancebías la fe jurada en los altares; al ver al poderoso explotar al necesitado, y al necesitado escupir la mano que le da la hogaza; al ver aquí el látigo, allí la tea, acá el atropello, allá la asechanza, y en todas partes y en todos tiempos y a todas horas, el orgullo, la soberbia, la envidia, la venganza, imponiéndose al mundo como una calamidad incontrarrestable —¡ay!, exclamé en mis adentros—, niño es el hombre, y aun con frecuencia es ángel; pero también es tigre carnicero en cuanto arroja a Dios de su conciencia.

Dicho se está que este hallazgo no me satisfizo tanto como el anterior; pero consoléme mucho al caer en la cuenta de que si Dios entregó el mundo a las ambiciones y a las disputas de los hombres, también infundió en los buenos el sublime sentimiento de su caridad para ejemplo de verdugos y consuelo de perseguidos y desheredados.

Y andando, andando, con la mente abismada en tan santas cavilaciones, mi capa no parecía.

Y las horas corrieron, y los días pasaron, y la inspiración no vino, y llegó el trance fatal, y trajéronme al banquillo de los reos... desde el cual me atrevo a suplicaros, después de llamar a las puertas de vuestro corazón con las narradas dificultades, como testimonio fiel de una heroica voluntad, que la toméis en cuenta para absolverme de las confesadas culpas de mi torpe ingenio.


1878

Manías

Afirmo que no existe, ni ha existido, un nieto de Adán sin ellas. Por lo que a mí toca, desde luego declaro que tengo una. Por ser lo que es y de quien es, no quiero aburrir al lector diciéndole en qué consiste; pero, en cambio, voy a hablarle de las suyas y de las de sus amigos y allegados, con la previa advertencia de que la palabra manía no ha de tener aquí la única significación de locura que le da la ciencia; yo la uso, además, en su acepción vulgar de extravagancia, resabio, etc. Así las cosas, repito que la humanidad entera es una pura manía. Me he convencido de ello desde que al conocer la mía, y por el deseo de consolarme de ella, di en la de observar las del prójimo.

Yo era de los cándidos que ven a los hombres privilegiados sólo a la luz de su fama o de sus relumbrones, y a los colaterales, con las cataratas que da la costumbre de mirarlos sin reparar en ellos.

Un escritor ilustre, un pensador profundo, era a mis ojos el hombre que veía en sus libros. Representábamele, escribiéndolos, lo mismo que se retratan los poetas cursis: vestidos de etiqueta, arrimados al pupitre, graves y solemnes, y observando aquella regularidad matemática que encarga Torío que haya entre la mesa y el asiento; rodeados de libros en pasta, unos cerrados, otros abiertos; la cabeza alta, los ojos casi en blanco, y las ideas pasando de la mente a la pluma con la facilidad con que bajan las cristalinas murmurantes aguas del monte a la llanura. De una inocentada por el estilo debe haber nacido la admitida creencia de que Buffon escribió su Historia Natural con guantes blancos.

Si la celebridad era del género cáustico, veíala yo igualmente sentada a la mesa, ataviada en carácter, con cierto desaliño artístico, la melena revuelta y ondulante, por pluma una saeta con cascabeles, la boca sonriente y los ojos chispeantes; y éste y el otro, y todos los hombres de su talla, escribían a todas horas y siempre que se les antojaba. Los chistes de los unos y las profundidades de los otros, eran tan necesarios en ellos, como la facultad de ver en cuanto se abren los ojos. Sus cerebros estaban en constante elaboración, sin fatigas, sin violencias, sin la menor dificultad, y derramaban las ideas digeridas y a borbotones sobre el papel, tan pronto como la voluntad alzaba las compuertas con la pluma.

A los guerreros famosos representábamelos siempre como se ven en el teatro, con la mirada napoleónica, cargados de cruces y alamares, y andando a paso trágico; a los diplomáticos, con la casaca bordada, la diestra en el pecho, sentados en áureo sillón, muchos protocolos encima de la mesa, y la izquierda mano sobre uno de ellos; a los músicos, a los pintores, abismados en las profundidades de su inspiración. En unos y en otros casos, nada de prosa doméstica, nada de dolores del cuerpo, nada de extravagancias, ni de resabios, ni de vulgar...

¡Qué candor el mío! Precisamente en esta aristocracia de la humanidad es donde andan el desorden, las miserias, las pasiones y las manías como Pedro por su casa; y no habría libro más curioso... ni más triste, que el que tratara de las preocupaciones, ridiculeces, vicios y extravagancias de los grandes hombres, y de los que levantan una pulgada más que el vulgo de las gentes.

Desde luego puede asegurarse que no hay, ni ha habido sabio, ni escritor de nota, que haya tenido ni tenga método, ni orden, ni gobierno en el estudio, ni en la comida, ni para escribir; y rara es la obra que leemos y contemplamos con admiración, que no necesitara, como auxiliar poderoso en su nacimiento, alguna manía prosaica y hasta grotesca.

Os dirán de un poeta célebre sus amigos, que escribe de pie y sobre un montón de libros colocados en una silla.

Mezerai, el historiador, trabajaba con luz artificial de día, y despedía a las personas que iban a verle acompañándolas, con la bujía en la mano, hasta la puerta de la calle.

A Corneille le daba por lo contrario: buscaba la oscuridad para componer sus obras.

¿Quién no ha visto a Walter Scott retratado con un perro a su lado? La fama dice que manoseando la cabeza de este animal, era como mejor pensaba y escribía el célebre novelista escocés.

Malherbe era muy friático, y se ponía varios pares de medias a la vez; por lo cual, y temiendo ponerse en una pierna más que en la otra, las marcaba con letras. Él mismo confiesa que hubo día en que llegó a calzarse hasta la L.

De un literato español, de reciente fecha, Zea, dice uno de sus amigos que, mientras meditaba, se golpeaba la cabeza con una reglilla.

Gretry, el músico, para inspirarse ayunaba rigurosamente y tomaba café a pasto, y enardecía su musa tocando el piano sin cesar, hasta arrojar sangre por la boca. Sólo entonces descansaba y trataba de contener la hemorragia. Refiérelo el doctor Reveille-Parise, famoso higienista.

Paer, mientras componía, gritaba con todas sus fuerzas y mandaba a su mujer, a sus amigos y a sus criados que gritasen también.

Paisielio componía en la cama, y Zingarelli leyendo los clásicos latinos y los Padres de la Iglesia.

A Byron le envanecía más su renombre de nadador que de poeta; y el haber pasado seis veces el Helesponto por realizar la fábula de Leandro, le halagaba más el orgullo que el haberse vendido en un solo día 18.000 ejemplares de su Don Juan. Tenía pasión por andar en mangas de camisa por parques y alamedas; y antojándosele que los transeúntes reparaban demasiado en su cojera, muy a menudo se enredaba a sopapos con ellos. En Inglaterra fue su vida un perpetuo escándalo que jamás le perdonó aquella encopetada aristocracia. Teniendo miedo a la obesidad, que él llamaba hidropesía de aceite, cuando fue a Grecia sólo se alimentó de manteca y vegetales; y como este alimento no bastaba a su naturaleza poderosa, entretenía el hambre, que sin cesar le asaltaba, con una oblea empapada en aguardiente. Todas las mañanas se medía la cintura y las muñecas. (Véanse sus Memorias).

Edgard Poe buscaba la luz fatídica y misteriosa con que alumbra sus portentosas investigaciones por los abismos del espíritu humano, en el alcohol. Era un borracho contumaz; matóle el delirium tremens, y se halló su cadáver en medio de la vía pública.

La vida de Swift, el inmortal autor de los Viajes de Gulliver, fue una cadena de deslealtades y prevaricaciones, terminada con la locura.

Al célebre J. Jacobo le atormentaba sin cesar la duda de su final destino. Refiérese que en sus frecuentes paseos solitarios, lo mismo que en su habitación, solía elegir un blanco en los árboles o en la pared, al cual lanzaba su bastón desde cierta distancia. —«Si doy en él, pensaba, mi alma será salva; si no le toca, se condenará».

Lichtemberg dice textualmente: «Nadie es capaz de saber lo que yo padezco al considerar que, desde veinte años hace, no he podido estornudar tres veces seguidas... ¡Ah!, si yo consiguiera persuadirme de que estoy bueno, ¡qué feliz sería!».

Carlos Nodier no admitía en su biblioteca más que libros en 8º y Joubert arrancaba de los que adquiría todas las hojas que no le agradaban; y como era hombre de gusto, quedábase con poco más que la encuadernación de cada libro.

El pintor Rembrandt se moría de hambre teniendo tesoros amontonados en los sótanos de su miserable vivienda.

Balzac sentía verdadera fiebre especuladora, y se pasó la vida tanteando negocios, siempre de baja estofa y desatinados, porque tenía poco dinero y no sabía más que escribir novelas...

Y ¿a qué seguir, cándido lector, si no cabría en libros la lista de las especies de rarezas, vicios y debilidades que tienen y han tenido los hombres cuyas obras admira el mundo y vencerán al tiempo?

¿Qué te diré yo ahora si de esa encumbrada región descendemos al mísero polvo de la tierra, a la masa vulgar de los mortales? Mira en tu casa, mira en tu calle, mira en la plaza, en la tertulia, en el paseo, y verás que cada hombre es una manía, cuando no un vivero de ellas.

Tu mujer no se cortará las uñas en menguante, ni dormirá con sosiego después de haber derramado la sal sobre la mesa; ni tú te pondrás a comer con otros doce, ni emprenderás viaje en martes, ni permitirás que en tal día se case ninguno de tus hijos.

Fíjate en el primer corrillo que encuentres al salir de la casa, y observa: un prójimo no halla palabras en su boca si no echa una mano a la corbata, a las solapas, a la cadena del reloj o a las patillas de su interlocutor. Otro se ve en igual apuro si no tira el sombrero hacia la coronilla, y no agarra por el brazo al mártir que le escucha. Otro necesita girar sobre sus talones para perjeñar una frase. Otro será derrotado en una porfía, aunque defienda el Evangelio, si no se rasca un muslo en cada premisa, y no deduce la consecuencia sonándose las narices; y, de fijo, no faltará uno, a quien le apeste la boca, que deje de arrimarla mucho a la tuya para darte el más breve recado.

No digamos nada de las muletillas, hincapiés o apoyaturas del diálogo. Los «¿está usted?» «¿me entiende usted?» «¿me explico?» «pues» «¿eh?» hasta el inescribible carraspeo de los que peroran, y los «sí, señor»; «mucho que»; «comprendo, comprendo»; «justo, justo»; «claro»; «¡pues digo!» «tiene usted razón»; «¡ajajá!» de los que escuchan, aunque no entiendan lo que se les dice, son el alma de la retórica de corrillos y cafés.

La manía de los números es de las más corrientes. Hay hombre que la toma con el número tres, por ejemplo, y se lava de tres chapuces, bebe de tres sorbos, se pone la corbata en tres tiempos, come a las tres cosas en tres platos, da tres vueltas en el paseo y las tres últimas chupadas al cigarro. Si el número tres no alcanza a satisfacer sus deseos, como le sucede en la mesa, le triplica.

Las ramas de esta familia son innumerables, y a ella pertenecen por un costado las personas que fían el éxito de sus negocios al resultado de una apuesta que se hace in mente, por el estilo de la que, según queda dicho, se hacía Rousseau a cada instante. Verbigracia: un señor, a quien yo conozco, no da un paso en la calle sin contar un día de la semana, y al salir de casa se propone él en que ha de llegar al fin de su jornada; advirtiendo a ustedes que al éxito de este propósito une la suerte del negocio que va a emprender, o del asunto que a la sazón le preocupe. Supongamos que compra un billete de la lotería. Al salir de la administración se dice: «Si llego a mi casa en jueves, me toca»; y hala que te vas, comienza a contar: lunes, martes, miércoles... a razón de paso por día. Ganará la apuesta si, al poner el pie en el umbral de la puerta de su casa, le toca decir jueves. Estos monomaníacos son un tantico tramposos; pues ya la experiencia les hace conocer desde lejos si han de faltarles o sobrarles días, por lo cual cambian el paso en el sentido de sus conveniencias. Pero la duda de si es o no lícita la trampa, les hunde en nuevas preocupaciones, de lo cual les resulta una manía-remedio tan molesta como la manía-enfermedad.

Sigue inmediatamente a ésta la de ir siempre por el mismo camino para llegar al mismo punto; o, al contrario, buscar una nueva senda cada vez que se emprende el mismo viaje; la de no volver a hacer, a comer ni a vestir, lo que hizo, comió y vistió el aprensivo el día en que le descalabraron en la calle o perdió el pleito; la de no pisar jamás la raya mientras se anda por la acera; la de no embarcar en días de r; la de no acostarse sobre el lado izquierdo después de beber agua... y tutti quanti.

Pues entremos con las carreras, oficios y empleos... ¿Han conocido ustedes algún marino que no use en los negocios terrestres el lenguaje náutico? Para el hombre de mar, si de mujeres se trata, la jamona es una urca; la joven esbelta una piragua; fijarse en ella, ponerle la proa; hablarla, atracar al costado; casarse, zozobrar, irse a pique. El amante es un corsario: si tiene mucha nariz, de gran tajamar; si es alto, mucha guinda.

Como el marino en tierra, hay médicos, y abogados, y curiales de toda especie, y militares... y zapateros, que usan el lenguaje técnico de la profesión o del oficio, siempre que pueden, que es siempre que les da la gana, lo cual sucede cada vez que se ponen a hablar.

¿Y los aficionados a ciertos juegos? Para un sujeto a quien yo conozco, que veinte años hace juega diariamente a la báciga, tres muchachas bonitas juntas son un bacigote de ases; si tiene un pleito ganado en primera instancia, dice que salió a buenas; si es amigo del juez, que tiene comodín, y si busca recomendación para un magistrado, es porque quiere hacer las cuatro cosas.

Es seguro que el lector conoce a más de una docena de caballeros, de cuyos labios no se caen jamás el albur, el elijan, los párolis y otros análogos donaires del caló de los garitos; pintoresca y culta manía que anda ya retozando en la literatura humorística al menudeo, y hasta en la comedia de costumbres españolas.

Y ¿qué diremos de la manía política, si la mitad del género humano adolece de esa enfermedad! ¡Qué horas, Dios eterno, las de los unos devorando periódicos, tragándose sesiones de Cortes, preámbulos de decretos y movimientos del personal! ¡Qué disputas en plazas y en cafés! ¡Qué jurar en la autoridad de ciertos nombres, y qué renegar de otros! ¡Qué cavilaciones, qué presentimientos, qué sudar el quilo corriendo de esquina en esquina, y qué alargar el pescuezo, ponerse de puntillas y encandilar los ojos para leer partes oficiales recién pegados, y hasta bandos de buen gobierno! ¡Y éstos son hombres de arraigo, libres, independientes, que pagan sin cesar para que vivan y engorden esos mismos personajes que caen, y se levantan, y alternan en la política imperante, y se ríen de los cándidos babiecas que toman esas cosas por lo serio!

¡Qué vida la de los otros! El taller, el escritorio, las cajas de la imprenta, la buhardilla angosta, el andamio... doce horas de trabajo penoso, poco jornal, ocho de familia, deudas indispensables, privaciones dolorosas!... Y por todo consuelo, hablar muy bajito de la que se está armando; acudir a sitios peligrosos para oír una noticia absurda, o entregar el roñoso ochavo del ahorro para pagar los gastos de un viaje fantástico al falso emisario que tiene estas estafas por oficio; ver al tirano siempre sobre sus cabezas y en su sombra y en todas partes; dejar la herramienta, o saltar del lecho al menor ruido, creyéndole anuncio de la gorda; soñar con pronunciamientos y barricadas; desechar honrosos acomodos por amor a la idea que ni sienten ni penetran; triunfar al cabo los suyos; echar la gorra al aire; enronquecerse victoreándolos, y quedarse tan tejedores, tan escribientes, tan cajistas, tan zapateros, tan pobres y tan ignorantes y tan paganos comer antes... ¡y locos de contentos!... ¡Oh manía de las manías! ¡Oh candor de los candores!

He dicho que la mitad del género humano está tocada de esas locuras. Pues la mitad de la otra mitad tiene, cuando menos, la manía de meterse en todo lo que no le importa: lo que tiene su vecino, lo que come, lo que viste, lo que gasta, lo que ahorra, lo que debe; qué empresas acomete: si son atinadas, si son locuras, si se arruinará; si lo merece, si no lo merece, si listo, si tonto, si terco, si cándido. La casa que se construye en la plaza: por qué es tan grande, por qué tan chica; si alta, si baja, si huelgan los peones, si hay muchos, si hay pocos; si avanza la obra, que «así irá ello»; si va lentamente, que «¿por qué no se acaba ya?». Estas cosas quitan el sueño a muchísirnos hombres, y por ellas sudan y porfían, y no tienen paz ni sosiego.

¿Y los que se pasan lo mejor de la vida rascando las cuerdas de un violín, hinchando las del pescuezo para hacer sonar un clarinete, o recortando figuritas de papel, persuadidos de que han nacido para ello, aunque la vecindad se amotine contra la música, y hallen en los basureros los primores que de las tijeras pasan, por paquetes, a los álbum de sus amigas?

Y entre estos mismos seres, al parecer exentos de toda deformidad maniática, ¿no hay cada manía que canta el credo? ¿No es un filón de ellas cada estación del año, amén de otras que no cito por respeto a la debilidad del sexo? ¿Qué son, sino manías, los estatutos de la vida elegante y las exigencias de la moda?

¿Y la manía del matrimonio, y la de la paternidad, y la de la propaganda con tan santos fines, y la de hacer versos, y la de ser chistoso... y la de culotar pipas?

Pues todo esto, con ser tanto y tan frecuente, es un grano de anís comparado con la manía coleccionista, que va invadiendo el mundo en toda su redondez. Se coleccionan sellos, se coleccionan cajas de fósforos, se coleccionan botones, y tachuelas, y sombreros, y tirantes, y todo género de inmundicias, y se pagan precios fabulosos por cosas que los traperos abandonan con desdén en las barreduras. Un plato de Talavera vale ya tanto como una vajilla de la Cartuja, y un trapo da para una capa; y si tiene auténtica y resulta por ella ser un pedazo del herreruelo de don Rodrigo Calderón, vale un tesoro; y no tendrá precio si se trata de un jirón de la casa de los Jirones, o de un pañal de la camisa de un cortesano de Felipe II. Un Vargueño herrumbroso, infestado por las chinches y taladrado por las polillas, vuelve tarumba al hombre de gusto que topa con él en el desván de su vecino, o en los montones del Rastro; y la espada mohosa, y la daga roída, y el morrión aplastado... ¿quién sabe lo que valen hoy si el vendedor lo entiende y el comprador es de casta?

Y hétenos aquí, como traídos del brazo, de patitas entre los señores bibliómanos, la flor y nata, como si dijéramos, de las extravagancias y de los delirios.

Este loco (y perdóneme la franqueza) no busca libros, sino ediciones; ejemplares raros por su escasez y por su fecha. Un incunable ¡qué felicidad! Los de ciertos impresores, como los Aldos, los Estéfanos, Plantinos y Elzevirios; la letra gótica o de tortis; y si el ejemplar es un gran papel y está intonso ¡Virgen María!... ¡qué efervescencia en el gremio, qué ir y venir, qué mimos al poseedor, qué ofertas, qué debates, qué descripciones del ejemplar, qué historias de su procedencia y vicisitudes!... Y el asunto del libro es una chapucería escrita en bárbaro casi siempre, porque no puede ser otra cosa. Los libros buenos se imprimen y abundan; los malos se imprimen una vez sola, y por eso escasean los ejemplares de los antiguos; y precisamente porque escasean, los pagan a peso de oro los bibliómanos, con tal que estén cabales sus folios, tengan íntegros los márgenes y no carezcan de colofón, aunque huelan a demonios, y la pringue no deje por donde agarrarlos; por eso, por ser tan raros y tan viejos, son los más inútiles para el literato. Comúnmente tratan de esgrima, de jineta, caza, heráldica, cocina, genealogía, juegos de manos, caballerías, o de indecencias (Celestinas) semejantes en el fondo, no en la forma, a la famosa de Rodrigo de Cota».

He visto a un fanático ofrecer por una de éstas, a otro que tal, un cuadro de Goya, tres porcelanas del Retiro, no sé qué empuñadura de Benvenuto y cuatro mil reales en dinero... ¡y se escandalizaron los peritos circunstantes y el venturoso poseedor, de lo mezquino de la oferta! Conocía yo el ejemplar codiciado, y te aseguro, lector, a fe de hombre de bien, que sus hojas, atestadas de viñetas, no mejores que las de las coplas de ciego, arranciadas y pringosas, no pasaban de treinta, y que por todo forro tenían un retal de pergamino ampollado y lacerioso, con lamparones de sebo y otras porquerías; pero era un gótico rarísimo, y ¡ahí verá usted! Y yo dije para mí, contemplando al poseedor, al, que quería serio y a los testigos: —«Señor, ¿para cuándo son los manicomios...».

Asombra oír narrar a estos hombres la historia de algunas adquisiciones de mérito. ¡Qué de viajes, de intrigas, de asechanzas, de astucia, de dispendios! ¡Cuántas enemistades, cuántos odios a muerte entre prójimos, antes hermanos en el corazón, por la conquista de unos papelejos hediondos, que ni siquiera se dejan leer, en lo cual nada se pierde, porque se ventila en ellos insípidamente un asunto ridículo, amén de trasnochado!

De la lealtad con que muy a menudo se juega entre estos señores, no he de ser yo quien hable aquí, sino la gente del oficio. Recuérdese la pelea habida años ha en la prensa entre el famoso don Bartolomé Gallardo y otro bibliófilo, muy distinguido y docto, que se firmaba con el seudónimo de Lupián Zapata.

Aplicaba éste al primero (cuya rapacidad en materia de libros es proverbial en la casta), después de haberle dicho de propia cuenta más de otro tanto en variedad de metros y de prosas, las siguientes frioleras, obra, si no recuerdo mal, del famoso Solitario, padre grave de la Orden:


«Caco, cuco, faquín, bibliopirata,
tenaza de los libros, chuzo, púa,
de papeles, aparte lo ganzúa,
hurón, carcoma, polilleja, rata:
Uñilargo, garduña, garrapata,
para sacar los libros, cabria, grúa;
argel de Bibliotecas, gran falúa
armada en corso, haciendo cala y cata:
Te pones por corbata una maleta,
un Simancas te cabe en el bolsillo,
empapas un archivo en la bragueta;
juegas del dos, del cinco y por tresillo,
y al fin te sorberás, como una sopa,
de libros llenas África y Europa».
 

Por cierto que esta moral debe ser muy antigua y corriente entre la gente del rebusco, porque recuerdo haber leído, con referencia a Barthélemy, que habiéndosele preguntado una vez cómo había podido reunir la rica colección de medallas que poseía, respondió con el candor de un niño:

—Me han regalado algunas; he comprado otras, y las demás las he robado.

Dicho esto, lector (que, cuando menos, tendrás la manía de ser buen mozo, por ruin, y encanijado que seas), hago punto aquí, apostándote las dos orejas a que siendo, como te juzgo, hombre de bien, después de meter la mano en tu pecho, no te atreves a tirar una chinita a mi pecado.


1880

La intolerancia

Al señor don Sinforoso Quintanilla

Bien saben los que a usted y a mí nos conocen, que de este pecado no tenemos, gracias a Dios, que arrepentirnos.

No van, pues, conmigo ni con usted los presentes Rasguños, aunque mi pluma los trace y a usted se los dedique; ni van tampoco con los que tengan, en el particular, la conciencia menos tranquila que la nuestra, porque los pecadores de este jaez ni se arrepienten ni se enmiendan; además de que a mí no me da el naipe para convertir infieles. Son, por tanto, las presentes líneas, un inofensivo desahogo entre usted y yo, en el seno de la intimidad y bajo la mayor reserva. Vamos, como quien dice, a echar un párrafo, en confianza, en este rinconcito del libro, como pudiéramos echarle dando un paseo por las soledades de Puerto-Chico a las altas horas de la noche. El asunto no es de transcendencia; pero sí de perenne actualidad, como ahora se dice, y se presta, como ningún otro, a la salsa de una murmuración lícita, sin ofensa para nadie, como las que a usted le gustan, y de cuya rayano pasa aunque le desuellen vivo.

Ya sabe usted, por lo que nos cuentan los que de allá vienen, lo que se llama en la Isla de Cuba un ¡ataja! Un quidam toma de una tienda un pañuelo... o una oblea; le sorprende el tendero, huye el delincuente, sale aquél tras éste, plántase en la acera, y grita ¡ataja!, y de la tienda inmediata, y de todas las demás, por cuyos frentes va pasando a escape el fugitivo, le salen al encuentro banquetas, palos, pesas, ladrillos y cuanto Dios o el arte formaron de más duro y contundente. El atajado así, según su estrella, muere, unas veces en el acto, y otras al día siguiente, o sale con vida del apuro; pero, por bien que le vaya en él, no se libra de una tunda que le balda.

Como se deja comprender, para que al hombre más honrado del mundo le toque allí la lotería, basta la casualidad de que al correr por una calle, porque sus negocios así lo requieran, le dé a un chusco la gana de gritar ¡ataja! Porque allí no se pregunta jamás por qué, después que se oye el grito: se ve quién corre, y, sin otras averiguaciones, se le tira con lo primero que se halla a mano.

Pues bien: a un procedimiento semejante se ajusta, por lo común, entre los hombres cultos de ambos hemisferios, la formación de los caracteres. No diré que sea la fama quien los hace, pero sí quien los califica, los define... y los ataja.

Me explicaré mejor con algunos ejemplos.

Un hombre, porque tiene la cara así y el talle del otro modo, es cordialmente antipático a cuantos no le conocen sino de vista, que son los más.

—¡Qué cara!, ¡qué talle!, ¡qué levita!, ¡qué aire! —dice con ira cada uno de ellos, al verle pasar. Y si averiguan que se ha descalabrado, por resbalarse en la acera.

—¡Me alegro! —exclaman con fruición—, porque ¡cuidado si es cargante ese mozo!

Y si se habla de un ahogado en el baño, o de un infeliz cosido a puñaladas en una callejuela, o de un desgraciado mordido por un perro rabioso, dícense, con cierta delectación, pensando en el antipático:

—¡Él es!

Pero llega un día en que se le ve del brazo de quien más le despellejaba; pregúntase a éste cómo puede soportar la compañía de un hombre tan insufrible, y responde con el corazón en la mano:

—Amigo, estábamos en un grandísimo error: ese sujeto es lo más fino, lo más discreto, lo más bondadoso... lo más simpático que darse puede.

Así es, en efecto, el fondo de aquel carácter que en el concepto público, según la fama, es todo lo contrario, por lo cual se le niega la sal y el fuego.

Ilustraré este caso con otro dato, que si no es enteramente irrecusable, es, cuando menos, de una ingenuidad meritoria: No sé, ni me importa saber, la opinión de que goza mi propio carácter entre la gente; pero es lo cierto que hombres que hoy son íntimos y bien probados amigos míos, me han dicho alguna vez:

—¡Caray, qué insoportable me eras cuando no te conocía tan a fondo como ahora!

Jamás me he cansado en preguntarles el porqué de su antipatía. Cabalmente la sentía yo hacia ellos en igual grado de fuerza.

—¡Qué hombre tan célebre es Diego —dice la fama—. Es un costal de gracias y donaires.

Y es porque Diego hace reír a cuantas personas le escuchan, y sus burlas son celebradas en todas partes, y sus bromazos corren de boca en boca y de tertulia en tertulia, y hasta las anécdotas más antiguas y resobadas se le atribuyen a él por sus admiradores.

Ocúrresele a usted un día estudiar un poco a fondo al célebre Diego, y hállale hombre vulgarísimo, ignorante y sin pizca de ingenio ni de cultura; capaz de desollar la honra de su madre, a trueque de hacerse aplaudir de aquellos mismos que le han colocado con sus palmoteos en la imprescindible necesidad de ser gracioso.

Al revés de Diego, Juan es ingepioso y prudente, seco y punzante en sus sátiras, oportuno y justo al servirse de ellas; y sin embargo, Juan, según dicen, es una vulgaridad antipática.

Una dama espléndida y de buen humor, reúne en su casa, muy a menudo, una escogida sociedad. La tal señora no tiene, en buena justicia, prenda que digna de notar sea en su persona. En terreno neutral, sería una completa vulgaridad. Pero hay lujo en sus salones y gabinetes, variedad en sus fiestas, abundancia en sus buffets, novedad en sus trajes, y siempre una sonrisa en su cara. Los asiduos tertulianos se saturan de este conjunto; siéntense repletitos de estómago en el elegante comedor, bien divertidos en el estrado suntuoso, hartos de música y de danza, y todo de balde y cada día. ¿Cómo, a la luz de tantas satisfacciones, no ha de parecerles encantadora, o por lo menos distinguidísima, la persona que se las procura, con celo y desinterés verdaderamente maternales?

Así nace la fama de esa distinción: pregónanla las bocas de los tertulianos donde quiera que se baila y se cena de balde, y luego en corrillos y cafés, y cátala proverbial en todo el pueblo, y a la dama, autorizada para enmendar la plana a la moda reinante y acreditar caprichosos aditamentos de su invención, como prendas de gusto superfino.

Enséñansela en la calle a usted, que no baila, y dícenle los que la saludan:

—¡Qué señora tan elegante, tan chic... y qué talento tiene!

Ni usted la halla elegante, ni eso que los elegantes llaman chic, no sé por qué; ni ha visto usted una muestra del ensalzado talento; pero tanto se lo aseguran, que antes duda usted de la claridad de su vista y de la solidez de su juicio, que de la razón de la fama.

Al mismo tiempo pasa otra señora, bella a todas luces, elegante sin trapos raros, y discreta a carta cabal; y usted, que es sincero, dice al punto a los otros:

—¡Esto es lo que se llama un tipo elegante y distinguido...!

—Cierto que no es enteramente vulgo —le contestan con desdén—; no es fea, no es tonta... pero le falta, le falta... vamos, le falta...

—¡Qué canario! —digo yo—: lo que le falta es dar un baile cada tres días y una cena en cada baile, como la otra; pues la mayor parte de los juicios que hacemos de las cosas, dependen, según afirmó muy cuerdamente el poeta,


del cristal con que se miran.
 

Demuestran los casos citados, y otros parecidos que no apunto por innecesarios, que la señora fama no juega siempre limpio en sus pregones, y que al inocente que se descuida le vende gato por liebre, o, siguiendo el símil habanero, ataja sin caridad ni justicia al primer transeúnte que corre delante de ella, mientras el verdadero delincuente fuma tranquilo el robado veguero dos puertas más abajo.

Pero, al fin, estos ejemplares no mueren en el trance, y, aunque heridos y maltrechos, llegan a curarse; y, en ocasiones, hasta parece el ratero y lleva su merecido en la cárcel de la opinión pública.

Donde el ataja es de muerte, y completa la perversión del buen sentido, es en lo referente al pecado social de la «intolerancia», contra el que bufan y trinan los hombres y las mujeres que tienen la manía de creerse muy tolerantes, y, lo que es peor, la de contárselo a todo el mundo. Aquí sí que puede decirse que van los proyectiles a la cabeza de los atajados, cuando debieran estrellarse en las de los atajadores.

Esto es lo que vamos a ver, con clarísimos ejemplos y no con estiradas metafísicas, que marean más que convencen, y además no caben en la paciencia angelical de usted ni en la mía.

Como punto de partida, y para los efectos legítimos de esta conversación, hemos de fijar el verdadero alcance que tienen la intolerancia y la tolerancia a que me refiero.

Llámase, en el ordinario trato social, intolerante, al hombre que, de cuanto ve a su lado, solamente aplaude lo que le agrada, o le parece ajustado a las leyes del buen sentido; y se llama tolerante al que lo aplaude todo, racional y absurdo, serio y ridículo, cómodo y molesto; al que a todo se amolda en la sociedad, menos a tolerar con calma que otros censuren algo de ello.

Y dice usted, como deducción lógica de estas dos definiciones:

—Luego viene a quedar reducido el caso, si no es cuestión de más o de menos franqueza, a tener o no tener paladar en los sesos. De cualquier modo, pierden el pleito los señores tolerantes.

Es la pura verdad; y para remacharla, vayan ahora los prometidos ejemplos, pues como decía el soldado de la comedia que tanta gracia nos hizo en cierta ocasión, «con los deos se hacen los fideos».

Concurre usted ordinariamente, para esparcir las nieblas del mal humor, a un punto (llamémosle H), donde halla conversación, siquiera tolerable, lectura deleitosa, espacio para revolverse y muelles sillones en qué tender, en un apuro, el cuerpo quebrantado. Allí no choca que usted permanezca mudo y silencioso, si el hablar le incomoda; ni lo que se hable le molesta, porque si no es instructivo ni risueño, tampoco es sandio. Aunque el tal esparcimiento no es cosa del otro jueves, para quien, como usted, no los cuenta por docenas, vale más de lo que parece. Pero un día se ve invadido el local por una turba de gomosos, que tararean trozos de ópera, y hablan a gritos, y se tumban sobre los muebles, y aporrean las mesas con los bastones, y se tirotean con chistes de rincón a rincón, y se descubren sus calaveradas del gran mundo... y lo demás de rúbrica en tales casos y entre tales gentes. Sufre usted con paciencia esta primera irrupción, y casi, casi, la segunda; pero al ver en la tercera que el mal se hace crónico, renuncia usted generosamente a sus adquiridos derechos, y no vuelve a poner los pies en aquel centro de racionales entretenimientos.

Uno de los tolerantes que con usted concurría a él, le encuentra en la calle andando los días.

—¿Cómo no va usted ya por allá? —le dice, abrazándole.

—Pues, hombre —responde usted con entera ingenuidad—, porque no se puede sufrir aquello.

—¿Lo dice usted por esos chicos?...

—Cabal.

—¡Bah!... se ahoga usted en poca agua.

—Por lo visto, ¿a usted le divierten?

—Hombre, tanto como eso, no; pero no me incomodan.

—Pues a mí, sí.

—Porque, con franqueza, amigo: es usted ¡muy intolerante!

¡Vea usted qué jurisprudencia tan peregrina! Le echan a usted de casa; ni mata usted ni encarcela a los invasores; se larga usted a la calle sin despegar los labios, y distrae usted su fastidio brujuleando por donde mejor le parece, probablemente en paz y en gracia de Dios; hay quien halla tolerables las causas de este cambio forzoso de vida, ¡que ya es tolerar!, y, al propio tiempo, no tolera que usted diga que huye de ellas porque no las puede resistir. ¡Y, sin embargo, usted es el intolerante, y no los que con cuatro majaderías quieren imponerse a cuarenta personas serias, ni las que se escandalizan de que alguien halle insoportable la imposición!

Otro caso análogo: frecuenta usted una tertulia de su gusto; concurren a ella las pocas personas que le han quedado a uno en limpio, del expurgo que viene haciendo durante el curso de la vida, en el montón de amigos que le tocó en suerte a la edad de color de rosa. Está usted allí como en su propio hogar; sabe usted de qué pie cojea cada uno, como cada uno lo sabe de usted, y se habla y se discurre con entera libertad y a gusto de todos, sin producir otras desazones que las puramente indispensables en toda reunión de amigos que, por lo mismo que lo son a prueba, rara vez están de acuerdo unos con otros. En estas reuniones semi-públicas, nunca faltan allegados que, aunque en segunda fila, toman parte, siquiera con la atención, en los debates de la primera. Habrá seguramente entre los allegados un señor muy fino y muy risueño, con bastón y gafas. No se moverá de la silla, no pedirá un fósforo, no hará una pregunta, sin despepitarse en excusas y cumplidos. «Usted dispense», «¿me hace usted el obsequio?» «con permiso de usted», etc., etc... y no habrá dicho en todo el año cosa más sustanciosa. Pero, en una ocasión, trajo usted a la porfía (y note que no digo conversación), un apellido que hasta entonces no había sonado allí. Óyelo el de las gafas, y, clavándolas en usted, le pregunta, con una voz muy dulce y una cara muy risueña:

—¿Verduguillos ha dicho usted, caballero?

—Verduguillos, sí señor —responde usted parándose en firme.

—¿Sabe usted —insiste el otro—, (y usted perdone si le interrumpo un momento), si ese señor de Verduguillos tiene parientes en Cuzcurrita de Río Tirón?

—¿Por qué he de saber yo eso, si jamás allá estuve, ni conozco a ese señor más que de vista? —replica usted con el sosiego y la amabilidad que eran de esperarse.

—Perdone usted, caballero —dice el intruso hecho unas mieles—, y verá por qué me he tomado la libertad de interrumpirle.

Y en esto, deja la silla, sale al centro, encárase con el grupo principal, afirma las gafas en el entrecejo, carraspea, sonríese y dice:

—Pues, señor, verán ustedes por qué me ha interesado tanto el oír a este caballero nombrar a ese señor de Verduguillos. Por el mes de Septiembre del año treinta y ocho, salí yo de Zamora (donde nací y me crié y radican los pocos o muchos bienes que heredé a la muerte de mis padres, y los que he podido adquirir después acá con el fruto de mis especulaciones modestas), con el propósito de hacer un largo viaje, por exigirlo así los asuntos de la familia, y también, si he de ser franco, el estado de mi salud...

Así comienza este señor la relación de un viaje por media España, con largas detenciones en todos los puertos y plazas del tránsito, y minuciosas observaciones estadísticas y climatéricas, sin pizca de interés, ni método, ni estilo, ni sustancia, hasta venir a parar, al cabo de tres mortales cuartos de hora, a Logroño, en la cual ciudad conocía al comerciante don Fulano de Tal; y decirnos que, yendo a visitarle a su escritorio, hallóse allí con un caballero, muy amigo también del don Fulano, el cual don Fulano le dijo a él al despedirse el otro:

—Este señor que acaba de salir, es don Pacomio Verduguillos, natural y vecino de Cuzcurrita de Río Tirón.

Al llegar aquí con el cuento el de las gafas, espera usted el toque de efecto, el desenlace sorprendente, la gracia del suceso; porque es de saberse que el narrador se ha quedado en silencio y mirando de hito en hito a los resignados oyentes. Pero el silencio sigue y la sorpresa no asoma. Alguien se aventura, y pregunta al del bastón:

—Pero ¿por qué le chocó a usted tanto el oír nombrar a este Verduguillos?

—Hombre —responde el interpelado, con candidez angelical—, porque podía muy bien ser pariente del otro Verduguillos que yo conocí en Logroño.

¡Y para eso interrumpió un animado y sabrosísimo debate; y estuvo, durante cerca de una hora, ensartando insulsez tras de insulsez, simpleza tras de simpleza, adormeciendo a unos, quemando la sangre a otros y aburriéndolos a todos! Y usted llevó la cruz con paciencia, y yo también; y lo mismo al día siguiente, porque el bueno del zamorano, desde que pierde la cortedad con el primer relato, ya no cierra boca en la tertulia, y siempre tan ameno, divertido y oportuno. Pero nos permitimos los dos un desahoguillo en un aparte.

—Amigo —dije, o me dijo usted—, ¡este hombre es insufrible: estando él no se puede venir aquí! Y se oyó el rumor del desahogo, y ¡qué caras nos pusieron los señores tolerantes, que estaban tan aburridos como nosotros!

Al día siguiente asoma usted la cabeza a la puerta, ve al de las gafas en el uso de la palabra, retrocede y no vuelve; ni yo tampoco. Y porque no volvemos, y además decimos lo que mejor nos parece del motivo, ¡qué ponernos de intolerantes y hasta de inciviles!...

¡Caramba, protesto contra la enormidad de esta injusticia! En este caso no hay más intolerantes que el señor de Zamora, que interrumpe toda la conversación racional y obliga a hombres de buen sentido a que oigan las interminables boberías que él enjareta sin punto de reposo, y los forzados tolerantes que le escuchan con paciencia, y no la tienen para oír que otros carecen de ella.

Trátase ahora de un embustero, que un día y otro día le abruma a usted con narraciones autobiográficas, sin principio ni fin, como la eternidad de Dios; pero muy punteadas, muy comeadas y con más espacios que un libro de malos versos. Oye usted una historia, y dos, y tres, ya con mala cara; pero, al fin, se acaba la paciencia, y un día interrumpe usted al sujeto de los a propósitos, y le dice:

—Mire usted, hombre: en primer lugar, la mayor parte de lo que usted me cuenta se lo he contado yo a usted en cuatro palabras; en segundo lugar, le sucedió a un condiscípulo mío en Oviedo, y no a un amigo de usted en Zaragoza; en tercer lugar, no pasó como usted lo refiere, sino del modo contrario: mi condiscípulo no adquirió una capa aquella noche, sino que perdió la que llevaba, y, además, el juicio, con costas, a los pocos días...

—Pues lo mismo da...

—Justo: media vuelta a la derecha es lo mismo que media vuelta a la izquierda, sólo que es todo lo contrario.

—¡Caramba, es usted lo más intolerante!... No se puede hablar con usted...

¡Todavía te parece poco, al ángel de Dios, la tolerancia que se ha tenido con él!

Media docena de mujeres, o menos, si a usted le parecen muchas seis, se pasan una tarde entera desollando con la lengua al lucero del alba. ¡Eso sí, con las mejores formas y la intención más santa! De una dirán que es un dolor que, siendo tan bonita, sea tan charra en el vestir, tan tosca en el hablar, tan inconsecuente en sus amistades, tan desleal en sus amores; de otra, que es mordaz y maldiciente, en lo cual se perjudica mucho, porque teniendo esta falta, y la otra, y la de más allá, da pie para que cualquiera que se estime en tan poco como ella, se las saque a relucir; de otra, que es una desgraciada, porque el marido la ha puesto a ración, así en el vestir como en el bailar, a causa de que fue algo despilfarrada siempre en estos dos ramos de buena sociedad; de otra, que ya no halla modista que la haga un traje si no paga adelantadas las hechuras, y que no le venden nada en las tiendas, sino con el dinero en la mano, etc., etc., etc... En esto, entra usted (es un suponer) y, continuando el desuello, llegan a preguntarle si conoce a cierta señora de éstas o las otras señas; y como la tal es mujer de historia, y usted la sabe de corrido, repítela allí con comentarios, creyendo hacer a su auditorio un señalado servicio. Yo creo también que usted se le hace, pues no fue a humo de pajas la preguntita; pero es lo cierto que todas aquellas señoras, después de oírle a usted, exclaman, con el más sincero de los asombros:

—¡Jesús!... Con razón dicen que es usted temible.

—¡Yo temible, señoras mías? —responde usted—. ¿Y por qué?

—¡Porque es usted lo más intolerante y lo más!

¡Vaya usted a convencer a aquellas damas de que viven constantemente encenagadas en el pecado que a usted le cuelgan!

No hay inconveniente en que, abandonando estos tiquismiquis que ocurren en el ordinario trato social, dirijamos el anteojo unos grados más arriba.

Todos los días halla usted en periódicos, en folletos y en libros, sátiras, burlas y disertaciones en serio contra ideas, sentimientos y hasta personas muy de la devoción de usted. Ocúrresele mirar al campo de donde parten tantos proyectiles, y le ve usted sembrado de ridiculeces, farsas y toda clase de miserias; saca usted al palo media docena de ellas, por vía de muestra, en un papel, en un folleto o en un libro; y ¡Virgen María, cómo le ponen a usted de intolerante y de mordaz, los mismos que tienen la mordacidad y la intolerancia por oficio!

Así andan, amigo, las cosas de justicia en el ordinario comercio de las gentes; así se ataja al más inofensivo en el trayecto social en que pasea su nombre, y así se pretende conducirle al extremo a que no llegan en el mundo más que las bestias... y los que tienen la manía de la tolerancia (siendo lógicos en ella): a ver, oír y callar... es decir, a matar la sed con petróleo, allí donde haya un extravagante que tal haga delante de usted.

Usted es hombre de sencillas y ordenadas costumbres (es también un suponer): ni el mundo le tira, ni sus pompas y algaradas le seducen. Estos son gustos lícitos y racionales. Ajustándose a ellos, en paz y en gracia de Dios, se da usted con un baile en los ojos: tuerce usted el camino; tropieza usted más allá con una mascarada de calaveras del gran mundo: echa usted por otro lado; allí topa usted con la misma gente haciendo cuadros plásticos y animados acertijos: cambia usted de rumbo; aquí asaltos, en el otro lado conciertos... pues a la otra acera. Ni usted apedrea a los que bailan, ni apostrofa a los que jiran, ni se ríe de los que se descoyuntan para remedar a Cristo en la agonía, ni silba a los que reciben una sorpresa, anunciada quince días antes, ni influye con el Gobernador para que meta en la cárcel a toda esa gente: limítase a huir de lo que le aburre, y a hacer lo que más le divierte o menos le incomoda. No haría otra cosa un santo.

Pero es el caso que los señores tolerantes no se conforman con esto, y quieren que les diga usted por qué no concurre a los bailes, y a las jiras, y a los cuadros vivos, y a los asaltos... y aquí está el intríngulis precisamente; y si estos Rasguños que trazo no fueran, como he dicho, un inocente desahogo entre nosotros dos, y en reserva, me atrevería a llamar la atención del lector hacia el aparente fenómeno, cuya explicación es sencillísima, por lo cual no es fenómeno, aunque por tal le toman algunos.

Cuando a usted se le pregunta por qué no piensa como su vecino sobre determinados puntos de transcendencia, a buen seguro que se le ocurra a nadie que oiga la respuesta, agarrarse a ella para llamarle a usted intolerante; pero que se le pregunte por qué no baila, por qué no jira, etc., etc... y no bien ha contestado usted, ya tiene encima el Inri de la intolerancia. Y ¿por qué en este caso y en el otro no? Porque no está el intríngulis en la persona, ni en sus razones, ni en el modo de exponerlas, sino en la cosa de que se trata, que, muy a menudo, es, de por sí, ridícula, o impertinente, o pueril cuando menos, y no resiste, sin deshacerse entre las manos, el análisis de un hombre de seso; al cual hombre, no pudiendo replicársele en buena justicia, en venganza se le pone un mote.

Por eso llevan el de intolerantes tantos caracteres dóciles, y creen poner una pica en Flandes, y hasta se llaman guapos chicos y excelentes sujetos en la sociedad, los que en ella entran con todas, como la romana del diablo, menos con el sentido común. Quod erat demostrandum.

A pesar de ello, y aun de la mucha saliva que al propio asunto hemos consagrado en nuestras conversaciones verbales, júzgole apenas desflorado. ¡Cuánto me queda todavía que oír de los inofensivos labios de usted!

Entre tanto, y dicho lo dicho, despidámonos por hoy, con la íntima satisfacción, bien añeja en nosotros, de haber pasado juntos, en espíritu, un agradable rato, sin murmurar de nadie ni ofender al prójimo con hechos, con dichos ni con deseos.


1880

El cervantismo

El Diccionario de la Academia no contiene este vocablo; pero es uno de los propuestos por el último de los individuos del insigne cuerpo literario para la edición que está imprimiéndose. Por si la Academia no le acepta, conste que entiendo yo por

Cervantismo: La manía de los Cervantistas; y por

Cervantista: El admirador de Cervantes, y el que se dedica a ilustrar y comentar sus obras.

En rigor, pues, estos párrafos debieran haberse incluido entre los que, bajo el rótulo de Manías, quedan algunas páginas atrás; pero son tantos, y de tal índole la enfermedad a que se refieren, que bien merecen vivir de cuenta propia y establecerse capítulo aparte.

Dice Chateaubriand, hablando de los españoles como soldados, que nuestro empuje en el campo de batalla es irresistible; pero que nos conformamos con arrojar al enemigo de sus posiciones, en las cuales nos tendemos, con el cigarrillo en la boca y la guitarra en las manos, a celebrar la victoria.

Si despojamos a esta pintura del colorido francés que la califica, nos queda en ella un exactísimo retrato del carácter español, no sólo en la guerra, sino en todas las imaginables situaciones de la vida.

Ya que no la guitarra, la pereza nacional nos absorbe los cinco sentidos, y sólo cuando el hambre aprieta, o la bambolla empuja, o la curiosidad nos mueve, sacudimos la modorra. Entonces embestimos con el lucero del alba para estar donde él estuvo, medrar de lo que medró y hacer todo cuanto él hizo.

Pero de allí no pasamos. Nuestra política, nuestra industria y nuestra literatura contemporáneas lo declaran bien alto. Todo el mundo nos lleva la delantera, y siempre estamos imitando a todo el mundo, menos en andar solos y por delante; vivimos de sus desechos, y cada trapo que le cogemos nos vuelve locos de entusiasmo, como si se hubiera cortado para nosotros. Así estamos llenos de conquistas y de «títulos a la admiración de las naciones extranjeras»; todos somos ilustres estadistas, invictos guerreros, sabios hacendistas, insignes literatos, laboriosos industriales y honrados obreros; hemos tenido códigos a la francesa, códigos a la inglesa, códigos a la americana; revoluciones de todos los matices, reacciones de todas castas, triunfos de todos calibres, progresos de todos tamaños; y a la presente fecha, el ciudadano que tiene camisa propia se cree muy rico; la escasa industria desaparece antes que la Hacienda la devore; los bufos imperan en el teatro; el hijo de Paul de Kock en la novela; los Panchampla en desfiladeros y caminos reales, y la navaja del honrado menestral desbandulla en las plazas públicas, a la luz del mediodía, las víctimas a pares. De manera que quien nos comprara por lo que decimos y nos vendiera por lo que hacemos, buen pelo iba a echar con el negocio. A hacer cosas nuevas y útiles nos ganará cualquiera; pero a ponderar lo que hacemos no hay quien nos eche la pata, ni a hacerlo mal y fuera de sazón, tampoco.

—Pero ¿qué tiene que ver todo esto con el cervantismo? —preguntará el lector, oliéndole lo dicho a artículo de oposición más que a otra cosa.

—No sé —respondo— por cuál de los lados encajará mejor en el asunto prometido; pero lo cierto es que a las mientes se me ha venido con él y como eslabón de la misma cadena de ideas. Acaso en el cervantismo vea yo algo de la intemperancia, que, entre nosotros, lleva en todo lo demás hasta el ridículo las cosas más serias y respetables; quizá esa manía me ha hecho recordar la tendencia española a perder en escarbar el huerto del vecino, el tiempo que necesitamos para cultivar el propio; quizá me asaltó las mientes el dicho de Chateaubriand pensando en los valientes que conquistan el Quijote, y no pasan de allí, y allí se quedan, rebuscando hasta las polillas, como si ya no hubiera otra cosa que leer ni que estudiar en el mundo; acaso coinciden los dos asuntos por el lado de la facilidad con que pasamos de la apatía al asombro, de la indiferencia al entusiasmo, de la fiebre al delirio... ¿Quién sabe? Pero el hecho existe, y ya no borro lo escrito, aunque el lector me diga que soy uno de tantos como en España malgastan sinfruto la hacienda, echando siempre los garbanzos fuera de la olla.... Y vamos al caso.

Y el caso es que ya estaba el mundo cansado de admirar a Cervantes y de reproducir las ediciones del Quijote en todas las lenguas que se hablan sobre la haz de la tierra, y aún eran muy contadas en España las librerías en que se vendiera la obra inmortal del ilustre soldado, que vivió de las limosnas de los próceres y fue enterrado de caridad. Conocíanla los literatos, poseíanla los menos de ellos, y veíase de vez en cuando en los mezquinos estantes de algún particular, al lado de Bertoldo, cuyos chistes saboreaba con preferencia la patriarcal familia. Los nombres de don Quijote y Sancho Panza eran populares; pero contadísimas las personas que conocían a estos personajes más que de oídas; teníanlos unas por históricos, las menos por novelescos; pero ni unas ni otras habían oído jamás el nombre del padre que los engendró en su fantasía.

De pronto, ayer, como quien dice, alguien, y no español ciertamente, nos aguija y nos apunta el Quijote con el dedo; sacudimos la tradional modorra, y allá vamos en tropel, y caemos como espeso granizo sobre la obra señalada; las prensas gimen vomitando ediciones populares del libro insigne, entre los cuadernos de Jaime el Barbudo y Las cavernas del crimen; y aunque las masas de levita siguen prefiriendo estas creaciones para solaz del espíritu, el nombre de Cervantes suena en todas partes y a todas horas, y las plumas y las lenguas ya no saben decir sino «el Cautivo de Argel» y «el Manco de Lepanto».

¡Qué baraúnda! ¡Qué vocerío! Hay hombre, ya con canas, que acaba de leer a saltos el Quijote, y se escandaliza de buena fe al saber que un mozo imberbe no le conoce todavía; otro no le ha visto ni por el forro, y mira con lástima a quien declara noblemente que no ha podido adquirir un ejemplar para leerle... ¡Y cómo abunda esta clase de admiradores!

—«Pero ¡qué hombre!... Pero ¡qué libro!... Pero ¡qué tiempos aquellos en que se morían de hambre tan preclaros ingenios! Como esa obra no hay otra... El mundo la admira, y España no necesita más que ella para su gloria... ¡Ah, Cervantes! ¡Ah, el Manco de Lepanto!... ¡Ah, el Cautivo de Argel!».

Verdades como puños, enhorabuena; pero que tienen suma gracia dichas por una generación, ya vieja, que no ha reparado en ellas hasta que se las han metido por los ojos; y aun así no las ha visto bien.

Y sigue el estrépito, y llena los ámbitos de la patria, y se conmueven los poetas de circunstancias y los periodistas de afición y hasta los filántropos de la usura; y allá van odas Al Manco de Lepanto, y sonetos Al Cautivo de Argel, y llega a verse el nombre de Cervantes en la popa de un falucho carbonero, y en el registro de una mina de turba, y en los membretes de una sociedad anónima, y hasta en la muestra de una zapatería; y hoy se celebra el aniversario de su muerte, y mañana el de su nacimiento, y al otro día el de su redención por los frailes trinitarios, y al otro, el de su casamiento; y aquí brota una Academia cervantina, y allí un Semanario cervantino y un Averiguador cervantesco; y en los unos y en los otros, y acá y allá, no se trata sino de Cervantes y sus obras; y Cervantes aparece en discursos, en gacetillas, en charadas, en rompe-cabezas y en acertijos.

Lo que era de temer, sucede al cabo: la fiebre se propaga, hácese peste asoladora, y no se libran de ella ni los que tienen el juicio más aplomado; caen hasta los cervantistas de buena casta, y caen sobre el Quijote y sobre la memoria de su autor, como antes cayera el servum pecus, y allí se están cual si hubieran jurado, en el paroxismo de su manía, gastar en la empresa hasta el último soplo de la vida; porque cada cual cree encontrar en aquellas páginas inmortales lo que más se acomoda a sus deseos y aficiones.

Imagínomelos yo como aquellos sabios resucitados de que nos habla Balmes, husmeando el amplísimo establecimiento, y tráenme a la memoria el caso de Mabillon despitojándose sobre un viejo pergamino para descubrir algún renglón medio borrado, cuando llega un naturalista y tira hacia sí del pergamino, para ver si halla en él huevos de polilla.

Merced a estas faenas sobrehumanas, sabemos hoy, por otros tantos señores cervantistas, cuyas plumas lo han afirmado en sendos escritos, a cual más serio y pespunteado, que de las obras de Cervantes resulta que fue éste sobresaliente

teólogo,

jurisperito,

cocinero,

marino,

geógrafo,

economista,

médico,

liberal (¡patriotero!)

administrador militar (!!!!)

protestante (¡¡¡!!!)

viajero, etc., etc., etc.

Es decir, Cervantes omniscio, y sus obras la suma de los humanos conocimientos.

Pero ni con todo esto, ni con más de otro tanto por el estilo, que no hay para qué mentar, ni con el pintoresco catálogo de los cervantómanos que han contado las veces que dice sí don Quijote, o Sancho vuesa merced, y otros admiradores de parecida ralea, hemos llegado al delirium tremens de la enfermedad; puesto que hay un español que ha dicho, y dice sin tregua ni descanso, porque sospecho yo que por eso y para eso alienta y ha nacido:

—Caballeros, nada de lo que el mundo ha leído en el Quijote es la obra de Cervantes.

Asombró el aserto, y preguntósele:

—Pues ¿qué otra cosa puede ser?

—Quiero decir —repuso el crítico—, que hasta ahora nadie ha sabido leer el Quijote. No hay tal Dulcinea, ni tal Sancho Panza, ni tales molinos, ni tales yangüeses, ni tal ínsula Barataria, ni nada de lo que allí aparece tal como suena. El Quijote, en suma, es una alegoría.

—¡Canastos! Y ¿quién se lo ha dicho a usted?

—Me lo han dicho treinta años de estudio incesante de esa obra maravillosa, y lo demuestro en catorce volúmenes de comentarios, que he escrito y tengo en casa esperando un editor que se atrevería con ellos.

—¡Tendrán que leer! Y diga usted, señor sabio, ¿qué especie de alegoría es esa que usted ha visto en el famoso libro?

—Es, como si dijéramos, el siglo XIX hablando en profecía en el siglo XVII; la luz de nuestras libertades columbrada por un ojo sutil, a tan larga distancia; la protesta de un alma generosa contra la cadena de la tiranía y las mazmorras de la Inquisición.

—¡Cáspita! Luego Cervantes...

—Cervantes fue un libre-pensador; un demócrata que nos precedió cosa de tres siglos.

—Pero, hombre, aquellas declaraciones terminantes de neto y fervoroso católico, que a cada instante hace; aquel su único propósito, que jamás oculta, de escribir el Quijote para matar los libros de caballerías...

—No hagan ustedes caso de ello. También dice (no lo niega al menos) que lo de cabalgar Sancho en el Rucio después de habérsele robado Ginés de Pasamonte, fue un lapsus de su memoria, si no descuido del impresor, y, sin embargo, se le ha demostrado todo lo contrario... A Cervantes hay que saber leerle, desengáñense ustedes.

—Corriente; pero ¿cómo teniendo ese hombre tanto talento, no logró hacerse entender de sus lectores?

—Porque temía a la Inquisición y al tirano.

—Callárase entonces y ahorrárase el riesgo y la fatiga.

—No debía callar, porque había nacido para escribir.

—Pero no alegorías; pues, por las trazas, no le daba el naipe para ellas.

—¿Cómo que no?

—Hombre, me parece a mí que una alegoría que no halla en cerca de tres siglos más que un sabio que la desentrañe, no es cosa mayor que digamos.

—¿Y qué son tres siglos en la vida de la humanidad?

—Trescientos años nada más; y aunque a usted le parezcan pocos, pienso yo que, para desentrañar un libro, sobran de ellos casi todos, aunque el libro esté en vascuence, cuanto más en neto castellano...

No se eche a broma el precedente diálogo, porque es la quinta esencia de las polémicas sostenidas en la prensa, todos los días, por el desenredador único de la supuesta maraña del Quijote, contra los defensores del servum pecus, que no ha visto ni verá jamás en las páginas del áureo libro otra cosa ¡y no es poco, en gracia de Dios!, que lo que en ellas se dice y se enseña.

¡Ah!, y si al pasar esto —porque ha de pasar como pasan las epidemias y las tempestades— nos viéramos libres de las extravagancias del cervantismo, pudiéramos darnos con un canto en los pechos; pero, no obstante lo impresionables que somos y lo propensos, por ende, a olvidar mañana lo que hoy nos alborota, como el mal deja semillas, éstas germinarán andando los años, y, cuando menos menos, ha de nacer de ellas una raza que, empezando por ver zurcidos en el Quijote, acabe por negar la existencia de su autor.

Todos los grandes hombres van teniendo, en la posteridad, su fama roída por este género de gusanos. Yo no sé qué demonios anda por la mollera de ciertos sabios cuando examinan las obras que admira el mundo, que, no bien las contemplan, cuando ya exclaman: «esto nació ello solo». ¡Como si no fueran más maravillosas estas producciones espontáneas que la existencia de un padre que las engendrara! A Homero le niega ya el último zarramplín de la crítica, y hay una Escuela antihomérica, a la cual se van arrimando todos los catasalsas del helenismo; se está negando también a Hesiodo, y hasta a Guttemberg y a Dante, y luego se negará la luz del mediodía. Y ¿por qué no? ¿No hay historiador que niega toda autoridad a los cinco siglos de Roma? Y la maña es vieja: cien años hace aseguró el P. Harduino, y hasta intentó probarlo, que todos los libros griegos y latinos, excepción hecha de unos pocos de Cicerón, Plinio, Horacio y Virgilio, habían sido forjados en el siglo XII por una comunidad de frailes.

¡Y qué luz derraman estos sabios negativos en las oscuridades con que van topando en sus investigaciones! ¡Con qué primor reconstruyen lo que derriban de un voleo! Paréceles mucha obra la Iliada para un hombre solo, de tan remotos siglos; niegan la existencia de Homero fundándose en aquella potísima razón; pregúntaseles entonces cómo se formó ese admirable poema, y responde uno de ellos, Dissen, por ejemplo:

—De la manera más fácil: se reunió una especie de academia de cantores que se propusieron hacer una epopeya; encargóse cada cual de un canto, y el resultado de esta asociación fue la Iliada.

De modo que nos salen, por esta cuenta, veintiséis Homeros, por lo menos, ¡Y al sabio que los presenta le asombraba, por su grandeza, un Homero solo!

Dos cuartos de lo mismo ocurre con los sabios de otra catadura, cuando nos hablan del Universo. Le niegan un Autor, porque no les cabe en la cabeza la idea de tanto poder, y se le adjudican al átomo, y sudan y se retuercen entre los laberintos de una tecnología convencional y de unos procedimientos fantasmagóricos, para venir a demostrar... que no saben lo que traen entre manos, y que, a pesar de sus humos de gigantes, no pasan de gusanillos de la tierra, como el más indocto de los que en ella moramos.

Por eso creo yo que a los sabios de la crítica les pasa algo grave en la mollera, cada vez que se las han con otras de gran calibre. No diré que este algo, y aun algos, sean tufillos de la envidia; pero tampoco aseguro que lo sean de la caridad.

Volviendo al asunto, digo que nacerá quien niegue la existencia de Cervantes, apoyando el aserto en la autoridad, por supuesto, de otro sabio, necesariamente francés. Este tal habrá descubierto que en el siglo XVII no sabían leer ni escribir en España sino los frailes, a los cuales se debió la traducción, del francés al castellano, de aquel teatro admirable que ha estado pasando tantísimos años por español de pura raza; que los nombres de Lope, Moreto, Tirso, Calderón, etc., etc., no son otra cosa que seudónimos con que se disfrazaban los traductores temiendo a la Inquisición, que prohibía el culto de las bellas letras a la gente de cogulla. En cuanto al Quijote (seguirá diciendo el sabio de mañana), basta examinarle una vez para convencerse de que no pudo ser la obra de un hombre solo. La novela de Grisóstomo, la de Dorotea y Luscinda, la del Curioso impertinente, la del Cautivo, la del Mozo de mulas, etc., intercaladas, violentamente en la primera parte, y desenlazadas, con otros varios sucesos, en la Venta de Juan Palomeque el Zurdo, en una sola noche, lo prueban hasta la evidencia. Esas historias las narrarían los ciegos por las calles al ronco son de la guitarra, o las recitarían los inquisidores en las tertulias de los señores de horca y cuchillo, mientras las segnoritas y las monjas bailaban el zapateado y el Jaleo de Jerez. Algún fraile ingenioso las recogió, engarzólas en las populares aventuras de un loco legendario, llamado, según doctas pesquisiciones de un bibliómano cochinchino, don Fidalgo de la Manga, y publicólo todo bajo el rótulo con que se conoce la obra del supuesto Cervantes. Por lo que toca a la segunda parte de la misma ¿quién ignora que se debe a los frailes Agustinos, que la escribieron en odio al autor de otro Quijote falsificado, al P. Avellaneda, Prior de los Jerónimos del Escorial?

Cosa parecida se dirá de las Novelas ejemplares, del Persiles y la Galatea: tradiciones popularísimas en España, aunque de procedencia francesa, recogidas y dadas a luz por frailes codiciosos que explotaban el prestigio del imaginario Cervantes, hecho célebre desde la aparición de la primera parte del Quijote.

—Pero —seguirá diciendo el futuro bibliófilo francés ¿qué mayor prueba de la no existencia de Cervantes que la que nos dan los cervantistas españoles del siglo XIX, en el que ya comenzaba a leer y escribir la clase media, porque se había secularizado la enseñanza? En el último tercio de aquel siglo no trataron los escritores de España más que de Cervantes, y, sin embargo, no pudieron hallar un solo rastro de su persona. Quién le supuso soldado en Lepanto; quién cautivo en Argel; quién teólogo; quién marino; quién abogado; quién cocinero; quién médico; quién ardiente propagandista de la Reforma; quién afirmó que había nacido en Madrid; quién que en Alcalá; quién que estuvo preso en Argamasilla; quién que en Valladolid; y nada se prueba en limpio, ni nadie supo jamás en qué punto de la tierra descansan sus cenizas. La misma confusión de pareceres se observa en lo relativo al texto primitivo y a la intención generadora de la novela. Cada edición de ella en aquel siglo salía ilustrada por un nuevo comentarista, que quitaba y añadía, a su antojo, frases y períodos, so pretexto de enmendar así los errores tipográficos del impresor Juan de la Cuesta. Esto nos hace creer que el Quijote que salió del siglo XIX no se parece en nada al que, por primera vez, publicaron los frailes del XVII, de cuyas ediciones no ha llegado un solo ejemplar a nuestros días. Afortunadamente, se conservan catorce volúmenes de un literato andaluz de aquella centuria en cuya obra se pone de manifiesto la verdadera importancia del libro del supuesto Cervantes. El tal libro es una ingeniosísima alegoría, según afirma el intérprete feliz de los catorce volúmenes; y a su parecer nos adherimos, no sin declarar que si el perspicuo andaluz sudó tinta para dar con la clave del enigma, nosotros hemos sudado pez para acomodar nuestro criterio a las angosturas, nebulosidades y retortijones de sus ingeniosos razonamientos. Pero a gimnasias más abstrusas y complicadas nos tiene avezados el intelecto la filosofía alemana; y al influjo de esa ciencia, madre de la actual sabiduría, debemos este descubrimiento portentoso. De modo que bien podemos decir, con otro ingeniosísimo comentarista, contemporáneo del de los catorce volúmenes (el cual comentarista de jactaba de poseer el autógrafo del famoso libro): «Ni Cervantes es Cervantes, ni el Quijote es el Quijote».

Estos y otros tales dichos del sabio francés de los futuros siglos, llegarán a formar escuela; y esta escuela se acreditará en España; y habrá españoles que se pasarán la vida cotejando el fárrago cervantista del siglo XIX con los asertos de la escuela; y al fin perderán el jucio, y quizás den origen a una nueva orden de cervantistas andantes, que saldrán por el mundo a buscar las aventuras, deshaciendo escolios y enderezando notas al Quijote y a la dudosa vida de su autor, que es cuanto queda ya que ver.

Entre tanto, cosa es que abruma el espíritu la contemplación del cervantismo de nuestros días, malgastando lo mejor de la vida en resobar, sin pizca de respeto, al más ilustre de los nombres y a la más hermosa de las creaciones del humano ingenio; apesta y empalaga ese fervor monomaníaco con que todo el mundo se da hoy a buscar misterios en el fondo del libro, y habilidades en el autor. Debémosle admiración, y es justo que se la tributemos; pero no con cascabeles ni vestidos de payasos. Popularícese el Quijote, y, si es necesario, declárese de texto en las escuelas; pero no el que nos ofrezca, arreglado a su caletre, el cervantismo al uso.

Si las investigaciones hechas por doctos y respetables literatos, desde Navarrete hasta Hartzenbusch, no bastan a poner en claro cuáles son, en las primeras ediciones de Juan de la Cuesta, errores del impresor, y cuáles descuidos de Cervantes, inténtese esa empresa; pero una sola vez y por gentes erigidas en autoridad literaria; y lo que resulte del expurgo, sin más notas que las precisas para aclarar la significación de palabras poco conocidas hoy del vulgo, o para mostrar los pasajes en que Cervantes parodia escenas y trozos de los libros de caballerías, algo, en suma, de lo que hizo Clemencín (y no digo todo, porque este comentarista cayó también en la impertinente tentación de meterse en pespuntes y reparos gramaticales. como si quisiera enmendar la plana a Cervantes), guárdese como oro en paño y sea el modelo a que se ajusten cuantas ediciones del Quijote se hagan en lo sucesivo; pues el mal no está en que un literato de autoridad y de juicio meta su escalpelo en las páginas del áureo libro, sino el precedente que de ese modo se sienta para que todos nos demos a expurgadores de faltas y a zurcidores de conceptos. Y aun sin este riesgo, ¿qué se saca en limpio de las enmiendas de los doctos, si cada uno de estos señores está tan discorde con las de los demás, como lo están todos ellos con el asendereado Juan de la Cuesta? Y si ya entran por miles las confesadas alteraciones hechas en el texto de las primeras ediciones por esos respetables literatos, ¿qué lector, al poner el dedo sobre una palabra del Quijote, se atreve hoy a asegurar que esta palabra sea de Cervantes y no de alguno de sus correctores? Y ¿quién se atreverá mañana si a la afición reinante no se le ponen trabas?

Volviendo al cervantismo inconsciente e intemperante, digo que no mezcle berzas con capachos, ni confunda tan lastimosamente lo serio con lo bufo. Elévese una estatua en cada plaza pública española al príncipe de nuestros novelistas, y sea cada edición de sus obras un monumento tipográfico; pero, por el amor de Dios, no pidamos fiestas nacionales para cada uno de sus aniversarios, ni nos demos todos a académicos cervantinos, ni estampemos el egregio nombre en desvencijadas diligencias, ni en sociedades de bailes públicos, ni salgamos a la calle con cara de parientes del ilustre difunto, ni asociemos su memoria a todas nuestras debilidades y sandeces. Léase y estúdiese la inmortal obra, que deleite y enseñanzas contiene para doctos e indoctos en todas las edades de la vida; pero no pretenda cada lector imponerse a los demás con el fruto de la tarea; pues cada hombre es un carácter, y, como dijo un insigne escritor, disputando sobre reparos hechos, y no del todo mal, a unas enmiendas suyas al Quijote,


«Cada uno tiene, don Zacarías,
sus aprensiones y sus manías».
 

¡Y adónde iríamos a parar si se diera, como se va dando, en la gracia de remendar e interpretar el libro, al tenor de esa suma de aprensiones, y conforme al parecer de cada aprensivo?

Dudo mucho que el Gobierno de la nación permitiera a los aficionados a la arquitectura poner sus manos en determinados detalles artísticos de un monumento público, so pretexto de que así lo quiso el arquitecto, a quien no deben achacarse los errores de los canteros. ¿Ha habido pincel que se atreva a borrar el tercer brazo con que aparece en el Museo uno de los mejores caballos de Velázquez? Antes al contrario, ¿no se lleva el respeto al gran pintor al extremo de hacerse las copias de tal cuadro hasta con ese glorioso arrepentimiento?

¿Por qué no ha de merecernos iguales deferencias y consideraciones el blasón de nuestra nobleza literaria?

Por lo que a mí toca, desde luego aseguro que, si tuviera poder para ello, declaraba el Quijote monumento nacional, y no consentiría, bajo las penas más severas, que se alterara en una sola tilde el texto de la edición que, por los medios indicados, o por otros análogos que se juzgasen mejores, se hubiera declarado oficial, con todas las solemnidades y garantías apetecibles.

¿Que tiene erratas?... Que las tenga. ¿Que lo del Rucio?... Mejor que mejor. ¿Habrá trastrueque de párrafos, ni razonamientos que valgan lo que dice del caso el mismo Cervantes en la segunda parte de la novela? ¿No son estos descuidos y aquellos arrepentimientos y los otros deslices gramaticales, el mejor testimonio de la frescura y espontaneidad de la obra? ¿O creen los químicos del cervantismo que un libro como el Quijote puede hacerse con regia, compás y tiralíneas?

Si Cervantes hubiera tenido que estar atento a cuantos tiquis-miquis le quieren sujetar sus admiradores; si lo que dijo de herir de soslayo los rayos del sol a su personaje al lanzarse al mundo de las aventuras, lo dijo para que la posteridad no dudara que salía de Argamasilla de Alba y no de otro lugar manchego; si no fueron donaires de su pluma y primores de lengua otros mil pasajes de su libro, sino estudiados disfraces de otros tantos propósitos transcendentales; si cada frase es un jeroglífico y cada nombre un anagrama; si, amén de esto y mucho más, necesitó trabajar con el calendario a la vista, y encarrilar a su caballero por cualquiera de los itinerarios que le han trazado sus comentaristas de ogaño, y conocer a palmos los senderos para no dar con una aventura en martes, cuando, por el cómputo del mapa y del almanaque, podía demostrársele que la fazaña debió tener lugar en miércoles, día de vigilia además, con otros muy curiosos pormenores que el lector habrá visto, tan bien como yo, en escolios, notas y folletos; si a todo esto, y a lo de la cocina, la teología, la jurisprudencia, el protestantismo (!!!), la economía política, etc., etc., etc... y otro tanto más, tuvo que estar atento, repito, el glorioso novelista, más le valiera no haber salido nunca del cautiverio de Argel; que entre escribir un libro con tales trabas, o arrastrar las de hierro bajo la penca de un moro argelino, aun con el ingenio de Cervantes optara yo por el cautiverio, y saldría mejorado en tercio y quinto.

¡Dichoso día aquél en que el cervantismo pase y vuelva a reinar el Quijote en la patria literatura, sin enmiendas, reparos ni aditamentos, y su autor perínclito sin habilidades ni misterios! Venga, pues, la inmortal obra sin teologías, náutica ni jurisprudencia, y, sobre todo, sin claves ni itinerarios ni almanaques; venga, en fin, como la hemos conocido los que peinamos ya canas, cuando en ella aprendimos a leer, a pensar y a sentir; que así, al pie de la letra y hasta con las erratas y garrafales descuidos de los primeros impresores, ha sido admirada de todos los hombres y traducida a todas las lenguas, y servido de pedestal a la fama de Cervantes, que ya no cabe en el mundo.


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Publicado el 24 de octubre de 2018 por Edu Robsy.
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