Pachín González

y otros relatos

José María de Pereda


Cuento



Carta-Prólogo

Sr. D. Victoriano Suárez.

Madrid.

Mi querido amigo: Persevera usted en la creencia, ya bien antigua en usted, de que mi trágica novelita PACHÍN GONZÁLEZ debe incluirse en la colección de mis Obras completas, hasta por gratitud, pues es uno de los libros que, al publicarse, más lectores me conquistó en menos tiempo; y por esta razón sola no merece ciertamente el desaire con que se le castiga, obligándole a vivir hoy fuera de la vida común de familia, descuidada y regalona, que hacen todos sus hermanos de padre. A las razones que usted me da para convencerme y convertirme a sus arraigadas creencias, en vano opongo yo otras que conceptúo irrebatibles: por ejemplo, la pequeñez material de la obra, que no dará motivo para un volumen aproximado siquiera al tamaño del más pequeño de la colección de las demás obras, y que aunque lo diera con creces, el éxito venturoso que usted dice haber tenido ese librejo al nacer, bien pudo consistir en lo terrorífico del drama que narra, por desgracia rigorosamente histórico hasta en sus menores detalles, y no a la manera de describirle, con lo cual nada debería yo en buena justicia a esa avidez con que la ha leído el público, ansioso siempre de impresiones hondas y emociones fuertes, como las que produjo aquella horrenda catástrofe en aquel inenarrable día de eterna recordación.

También he alegado por razón la diferencia que va de tiempos a tiempos en el modo de escribir y de pensar desde que yo no escribo ni pienso, amén de que ni por los años que cuento ni por los males que me agobian, estoy ya para meterme en caballerías de esa especie menuda, que en nada se parecerían a las que yo tenía proyectadas cuando aún me permitía Dios andar por el mundo sano y bueno; materia que me parecía más a propósito que esta otra para dar digno fin y remate a mi larga vida de escritor, en la cual, si he aprovechado poco, he visto mucho.

Para mí, la tarea de narrarlo me sería siempre muy entretenida y grata, aunque a las gentes del público les sucediera todo lo contrario, pues al fin y al cabo siempre hallaría en lo primero muy dulce recompensa para el disgusto que me causarla el ver que ya no me entendían los lectores al hablarles en nuestra lengua común de unas cosas que, aunque yo las consideraba como cosas suyas también, no lo eran por lo visto.

En fin, que usted, que siempre me quiso de veras, alegando de continuo por la entrada de PACHÍN GONZÁLEZ en la colección, y yo amontonando razones en contrario, incluso la de que cuando Dios había querido apartarme tan inopinadamente de todos los ruidos y vanidades de la vida, como lo ha hecho, por algo habrá sido ello, llegó usted a proponerme, como transacción del caso litigioso, la pequeñez del libro; que rebuscando yo mis cajones y cartapacios viera si quedaba en el fondo de ellos algo inédito o poco conocido, siquiera, del público que me ha leído hasta hoy, y que con lo que de ello me disgustara menos, añadiera algo que engordara el libro y le hiciera Publicable, y así lo hice con el más firme propósito y en obsequio a usted, que tanto lo deseaba.

En cuanto a las murmuraciones del público con motivo de esta calaveradilla mía, tan poco en consonancia con mi edad y estado lamentable de salud, usted cargaba con toda la responsabilidad de ello, pues para eso «tenía buenas espaldas», y yo, que nada puedo ni sé negar a la inagotable bondad de usted conmigo, accedí a lo que deseaba; y por eso se publica este libro, que para los que bien me quieran no tendrá otro mérito que el de ser el último que dé a luz su moribundo amigo que le abraza.


J. M. de Pereda.

Santander 15 de Noviembre de 1905.

Pachín González

Nihil in terra sine causa fit, et de humo non oritur dolor.

(JOB, c. V, 6.)
 

Salió de su casa el día preciso (el de los Difuntos, por más señas), después de oír las tres misas del párroco de su aldea; día bien triste, ciertamente, para los vivos, si tienen memoria para recordar y corazón para sentir, porque los hay que no sienten ni recuerdan, sobre los cuales pasan esas y otras remembranzas como el viento sobre las rocas. Sin los alientos que le infundió el cura aquella misma mañana, sabe Dios si hubiera padecido serios quebrantos su resolución, porque fue mucho lo que lloró su madre oyendo las misas y comulgando a su lado, aunque afirmaba la buena mujer que solamente lloraba por los pedazos de su corazón que pudrían en la tierra: por aquel esposo tan providente y tan bueno, por aquella hija tan garrida y cariñosa, cuyas vidas había segado el dalle de la muerte tres años antes. Sería o no sería esto la pura verdad en opinión del hijo, que también lagrimeaba por contagio y a cuya sutileza de magín no se ocultaban ciertas cosas; pero las reflexiones del párroco por una parte, y por otra la labor tentadora de cierto diablejo que no descansaba un punto en su imaginación pintándole cuadro tras de cuadro y siempre el último más risueño que el anterior, lograron hacerle triunfar, sin gran esfuerzo, de sus flaquezas de hombre y de sus ternuras de hijo cariñoso. Tocante a lo señalado del día, no era posible elegir otro más alegre. El vapor zarpaba el 4 a media mañana, y no le sobraba una hora del 3 para despachar debidamente los indispensables quehaceres que le esperaban en la ciudad.

Ello fue que la madre y el hijo llegaron a Santander, según lo anotó a pulso el jovenzuelo en su flamante cartera, «en la tardezuca del 2 de noviembre de 1893».

Poco más de veinticuatro horas le quedaban ya que pasar en este viejo mundo, en tierra firme, conocida, propia... después, la inmensidad de los mares, lo remoto, lo desconocido, lo incierto, «el otro mundo», del que tantos aventureros no volvían, o volvían envejecidos y desencantados... Pero estas notas sombrías de sus alegres panoramas imaginativos, no eran ya para traídas a cuento en ocasión como aquélla. El dado estaba echado, y no cabía volverse atrás. Adelante, pues, con el empuje de la fe de sus visiones; y por de pronto, a aprovechar bien aquel puñadito de horas que le quedaban disponibles al lado de su madre: había que saborearlas como las últimas migajas de la primera golosina que se nos da. ¡Dios piadoso! ¡que no fueran las últimas de su vida, consagradas a tan santo destino!

Estas ráfagas invernizas le mortificaron algo en las primeras horas de la noche, y eso que procuró distraerse, andando a la ventura por las calles, contemplando los escaparates iluminados de las tiendas y complaciéndose en mover la curiosidad admirativa de su madre; hasta que el cansancio y las ganas de cenar los volvieron a la posada.

Al amanecer del día siguiente, ya estaba Pachín González despierto y restregándose los ojos en la cama. De un brinco saltó de ella; y delante del escapulario bendito que se quitó del cuello y colgó de un boliche de la cabecera, rezó las oraciones de costumbre y algunas más por las necesidades del momento. Después salió con su madre a oír una misa en la iglesia más cercana. Así, a la vez que servía a Dios, «mataba el tiempo», hasta que se abrieran los escritorios y las oficinas, y pudiera despachar sus negocios más importantes.

Desde la iglesia y antes de almorzar, quiso dar una vuelta por el Muelle y un vistazo desde allí. Ya sabía él que su vapor estaba hacia la derecha, arrimado a uno de los tableros salientes de Maliaño. Se lo había dicho en la posada un huésped que había de ser su compañero de pasaje: buen barco, poderoso y grande, aunque menos lujoso que el correo, aquél de cuatro palos que se erguía como un gran señor a la misma embocadura de San Martín. En otra ocasión había visitado él uno semejante, casi igual, fondeado en el mismo sitio. ¡Qué riqueza, por dentro, de maderas finas, de terciopelos y bronces como los mismos oros! ¡Qué salones tan grandes, qué espejos tan resplandecientes, qué pompas de comedor y qué alfombraje por los suelos! Cierto que no gozaban de tantas maravillas los pasajeros que pagaban tan poco como él; pero, al cabo, tan en palacio se vive habitando el principal, como los desvanes. Este vapor no salía hasta el 20, y de seguro iría atestado de pasajeros de su modesta clase, que no podrían revolverse en el sollado. Dos desventajas en comparación del otro, del suyo, que salía con quince días de delantera, y, por ser barco de carga principalmente, llevaba poco pasaje: ocho o diez, a lo sumo, en buenos y desembarazados camarotes, como se vería luego... Por eso le había dado la preferencia.

Todas éstas y otras muchas reflexiones, enderezadas al mismo fin, se las hacía el chico a su madre, que le seguía, sin desplegar los labios, con su pañuelo negro a la cabeza, su chal de merino sobre los hombros, su refajo de estameña, negro también, un paraguas con funda terciado sobre el brazo izquierdo, y mirando y pisando con timidez, como si se hubiera metido en propiedad ajena sin permiso de su dueño.

El día, a todo esto, se presentaba hermoso, primaveral, esplendente de luz, suave, dulcísimo de temperatura, convidando a vivir sin penas ni cuidados, y ofreciendo el espectáculo admirable de la Naturaleza con lo más lucido de sus galas otoñales, a los encogidos de espíritu y quejosos de la vida por contrariedades de poco más o menos.

Después de almorzar en la posada, vuelta los dos a la calle para realizar el programa acordado de sobremesa: el pasaporte en «la Aduana», el billete de pasaje en «el escritorio», etc., etc. Para esto y algo más iban bien pertrechados de instrucciones y de dinero, y hasta traían una esquelita de recomendación para cierto tabernero rico «de por allá» que se pintaba solo para abreviar trámites y vencer obstáculos de cierta especie.

En estas idas y venidas, siempre los mismos pensamientos en la cabeza de Pachín González, pero extendiéndose y agigantándose en ella, de momento en momento, de hora en hora, y a medida que el sol avanzaba en su carrera y envolvía en luz los «palaciones» del Muelle, y chisporroteaba sobre el extenso cristal de la bahía, y se llenaba la calle de transeúntes, y de rumores, y del estruendo del áspero rodar de todo linaje de vehículos, desde el carro de bueyes hasta los coches de lujo. Para él no tenía todo aquel tráfago febril con el grandioso escenario en que se agitaba, más que un aspecto y una forma y un sonido: el dinero, mucho dinero... ¡muchísimo dinero! Con el dinero se construían aquellas casas «grandonas» y aquellos vaporazos que ahumaban y mugían en el puerto, arrimados a los muelles o levantando espumas en las aguas, en su andar acelerado para llegar cuanto antes a donde fueran con la carga de sus bodegas; por el dinero se movían aquellas gentes que se cruzaban con él en todas direcciones, con papeles en las manos, o hablando solas, o de lejos y a gritos y sin detenerse con otras que tampoco se detenían y también respondían gritando; de los pudientes y adinerados eran aquellas señoras tan arrogantes y peripuestas, que, al pasar a su lado, dejaban un olor más fino todavía que el de las rosas y la mejorana; y aquellos coches tan lujosos, arrastrados por caballos regalones, cargados de metales relucientes sobre correajes charolados, y obra de ricos y para los ricos, los potentes muros que contenían el mar y le disputaban el terreno y llegaban a conquistársele; y aquellos palitroques altísimos plantados en hileras y sosteniendo madejas de alambres que llevaban la palabra de los hombres con la velocidad del rayo, por todos los rincones y escondrijos de la población y aun por todas las regiones del mundo conocido; el dinero era el talismán prodigioso que ponía en movimiento, que daba vida y valor y prestigio a todas aquellas cosas, seres y artefactos. Ser rico significaba, por lo menos, ser rueda principal de aquella máquina asombrosa; sonar y hacerse oír en medio de la ruidosa baraúnda; ser alcalde de la ciudad, marido de una señora guapa y elegante, vivir en casa grandona, andar en carruaje propio, recibir los saludos de otros ricos y formar comunión con ellos; y entre todos, ejercer absoluto poderío sobre todo, desde los barcos de la mar y las casonas mejores y las piedras de la calle, hasta las cajas del Banco y el tesoro del Ayuntamiento; ser, en fin, el alma y la vida y el espejo de una gran ciudad como aquélla. Esto... o nada; es decir, quedarse en Pachín González para siempre, o lo que era igual, el hambre, la desnudez, la ignorancia, la obscuridad, el trabajo rudo de sol a sol, el pedazo de borona, la vejez prematura, y la muerte, al cabo, en la desconocida choza de su pobre aldea... o tal vez en el pajar remoto que la caridad de un extraño le haya ofrecido para refugio de sus huesos quebrantados por el peso de la edad y la fatiga, y el dolor de pedir una limosna de puerta en puerta... ¡Oh, el dinero!... ¡el dinero! mucho, ¡muchísimo dinero!... Bien sabía él dónde se hallaba y de dónde le habían traído otros. A buscarlo iba allá. ¿Por qué había de ser él menos afortunado?

Y como con el ardor de estos pensamientos resultaban su andar más decidido y su continente más apuesto y marcial, su madre, que lo veía y lo admiraba, mientras le seguía los pasos muy de cerca, iba pensando a su vez: —La verdá, que campa como él solo, y gusto da verle con ese porte tan airoso y tan gallardo. ¡Qué conformación de cuerpo la suya, y qué espigao está! ¿Quién diría que no nació de señorones de lustre pa cerner la levita y el bastón de puño de oro, más que el atalaje corto que lleva encima? Verdá que, por llevarle él, no le conociera el mesmo sastre que acaba de hacérsele... ¡Pos dígote el mirar de los sus ojos y el plegue de la su boca! Duro es que se me marche, duro que yo le pierda, y sabe Dios si para siempre en jamás; pero si con ese magín despierto, y esa agudeza que sacó de suyo, y ese palabreo tan... vamos, y un plumear como él plumea, y las escuelas que tiene, y las historias y hasta los latines que sabe, está llamado a mejor suerte que la que tuvo su padre, majando terrones toda su vida sin ver quitada el hambre a su gusto una vez siquiera, ¿por qué no ha de echar su correspondiente cuarto a espadas? Hasta, bien mirado el caso, no es de los que menos triunfos tienen en el juego para atreverse a un envite... ¡Vaya, vaya!... Lleva buenas cartas de unos y otros que nos quieren bien, y colocación segura por lo pronto. ¡Cuántos con menos amparo al salir de casa, han vuelto de allá hechos unos principeses, aborrecíos de caudales! Y ¿por qué no has de volver tú como el más pudiente de todos ellos?... Sí, hijo, sí, que de menos nos hizo Dios; y el que no se arriesga no pasa la mar... Ni tú sabrás nunca lo caro que cuesta a tu madre ese puñado de duros con que te pone en camino de hacer fortuna, ni tu madre vivirá para gozarse en verte afortunado, si lo alcanzas; pero otros lo verán, y lo verás tú mesmo, sobre todo, que bien te lo mereces, por mucho que ello sea y por donde quiera que se te mire...

Cuando dieron por terminados sus quehaceres de la mañana y vieron que les quedaba algún tiempo sobrante hasta la hora de comer, quiso Pachín llegarse «hacia los otros muelles» para ver más de cerca su vapor. Deseaba conocerle «por afuera» antes de visítarle por adentro, y bien despacio, por la tarde.

Volviendo de esta excursión, que hacía de mala gana su madre, porque estaba rendida de dar vueltas por la ciudad, como la ardilla en su jaula, oyeron decir a unos hombres que miraban con fijeza a un vapor que estaba atracado a la cabeza de uno de los muelles:

—Dicen que se le ha declarado fuego a bordo.

Estremeciose la buena mujer, y exclamó con los ojos puestos en Pachín:

—¡Que el Señor te libre, hijo mío de mi alma, de peligros tales! Pos, mira, no había contado yo con ellos.

—También las casas se queman —respondió Pachín empujando suavemente a su madre para alejarla de aquel sitio, pero sin apartar la vista del barco. —Por lo pronto —añadió, queriendo chunguearse—, ahí me las den todas... y vámonos a la posada, que ya es hora de comer.

A gloria les supo la comida con el hambre que llevaban y la sazón que le dio aquel comensal que había de ser compañero de viaje de Pachín, hombre ya duro de colmillos, que iba a la Habana a recoger la herencia de un pariente muerto allá, y muy hecho, según afirmaba, a navegar por «los mares de acá». Todo lo pintaba llano y placentero como la palma de la mano; y en cuanto a los incendios de los vapores, tras de no ocurrir dos en medio siglo, eran tan fáciles de apagar con las «maquinarias» que hoy se llevaban a bordo solamente para eso, como aquel pitillo que él estaba fumando, en cuanto le metiera por la punta encendida en el agua del vaso que tenía delante. Y como lo afirmaba lo hizo. Con esta demostración y aquellas seguridades, a Pachín le irradiaba la cara de complacencia, y respiró su madre con entero desahogo; de manera que mucho antes de acabarse la comida, ya habían perdido el uno y la otra hasta el recuerdo del vapor, con fuego a bordo, atracado a uno de los muelles de Maliaño.

Sin levantarse de la mesa arreglaron el programa de la tarde. Primeramente irían al vapor suyo, al cual no habían llegado por la mañana para verle por fuera a su gusto, porque, puestos a andar hacia allá, iba resultando el camino más largo de lo que aparentaba visto desde lejos, y, ellos estaban ya muy rendidos y con grandes ganas de comer. Le verían, pues, a la tarde, por afuera y por adentro; se acercarían al capitán, billete de pasaje en mano; conocerían el camarote que se destinaba a Pachín y cuanto les dejaran ver de las maravillas del barco, y averiguarían cuándo debía presentarse a bordo con su baúl el pasajero, y a que hora saldría el vapor al día siguiente. Después de hacer esto, y de hacerlo bien, porque era su principal negocio de aquel día, volverían a la ciudad y visitarían, si daban con ella, a Juana Cornejo, hija de tío Juan Cornejo, su convecino, que les había rogado mucho está visita a la mozona, la cual servía en casa del señor don Pedro Redondo, viudo, sin otras señas, y andaba (la moza) algo olvidada de su familia de año y medio a aquella parte. Luego irían a dar «las gracias al tabernero influyente que tan bien les había servido por la mañana, y hasta suministrado los informes necesarios para rastrear el paradero de Juana Cornejo, no tan a la vista como su padre pensaba. Hecho esto, si era posible, comprarían algunas baratijas que necesitaba Pachín y le regalaba su madre para ornamentación de su persona; verían la Catedral, si estaba abierta... y, en fin, irían aprovechando, para sus ya escasos negocios, y entretenimiento y, recreación de sus espíritus, las sobrantes horas del día y las primeras de la noche, minuto a minuto e instante por instante, como si fueran los últimos de la vida.

El huésped consabido de la posada y comensal de ellos en la mesa, y que parecía una buena persona, les convidó a café después de la comida; agasajo que no aceptó Pachín sin la condición de que el otro aceptara el obsequio de un puro de diez céntimos y una copita de Ojén. Con este motivo se prolongó la sobremesa algo más de lo calculado; y cuando el hijo y la madre se vieron en el portal de la posada y se despidieron del comensal, que se largó con rumbo opuesto al que ellos iban a seguir, oyeron que daba las dos el reló de la Catedral. Afortunadamente había tiempo para todo, y no se apuraron gran cosa por el desperdiciado en el comedor.

Por sentar Pachín los pies en la acera, comenzó el diablejo de su meollo a darle que hacer. ¡Ni en aquellas horas críticas sosegaba el arrastrado! Al contrario, cuanto más se iba aproximando el instante de la despedida final del pobre muchacho, con mayor ahínco le sentía trabajar en su cabeza.

—Mira, Pachín González —le dijo entonces—, y fíjate bien en la calle por donde vas: qué angosta, qué vieja es; qué sombría, qué silenciosa y qué solitaria está, como todas las que arrancan de ella a uno y a otro lado; compáralas con lo que has visto esta mañana, henchido de gentes, de cosas y de ruidos. Pues esto es la muerte de algo que fue; aquello, la vida robusta y poderosa de lo que viene: lo uno es la sombra, el frío de la vejez con hambre; lo otro, la luz, el calor ardiente y vivificador de la riqueza. ¡Qué diferencia tan grande, eh? Pues atente al nuevo ejemplo, Pachín González, y no te llames a engaño mañana u otro día, que bien avisado estás.

Andando y pensando así el hijo y siguiéndole la madre, sabe Dios con qué pensamientos, porque los tenía de todos colores la pobre mujer, pasaron de la zona antigua a la moderna, donde hasta el sol se complacía en ser más esplendente y lo bañaba todo por igual con sus rayos de oro, tan deseados y apenas vistos entre las angosturas del barrio fósil. Hasta las gentes parecían otras allí, más diligentes, más expresivas, más locuaces. Esto ya lo había notado Pachín por la mañana al verlas caminar en todas direcciones; pero le llamó bastante la atención que la actividad de por la tarde, sin ser menor que la de la mañana, se manifestaba en una forma muy distinta: casi todas las personas que iban a mucho andar, seguían una misma dirección, la de los muelles de Maliaño. ¿Por qué? Y ¿por qué cuanto más acentuaban éstas el andar, mayor era el número de las que arrastraban consigo de las otras? Era como una corriente central que iba absorbiendo poco a poco los remansos adyacentes. Pero ¿a qué fuerza de atracción obedecía todo aquel extraño movimiento? ¿A dónde iba aquella gente tan apresurada y afanosa?

Un raquerillo desarrapado que pasó corriendo junto a Pachín, aclaró las dudas de éste, respondiendo a grito pelado, y sin detenerse, a otro camarada que le había interrogado desde lejos:

—¡A ver un vapor que se quema atracao al tercer muelle!

—¡El vapor de esta mañana! —dijo Pachín a su madre, que se quedó en una pieza.

¡Bien enterado estaba el hombre de la posada en materias de apagar incendios en los vapores!

Sin cruzarse una palabra entre la madre y el hijo, continuaron ambos andando, o mejor dicho, dejándose conducir como dos burbujas más en el centro de la corriente. Así llegaron a dar vista a la gran explanada donde se esparcía la muchedumbre de curiosos, sobre cuya masa, y por la línea borrosa que ésta dibujaba hacia el Sur, se elevaba una columna de humo negro con toques de llamaradas rojas, que recordaba a Pachín el calero de la sierra de su lugar cuando le encendía, bien a menudo, una cuadrilla de tejeros asturianos. Al revés de lo que se observaba en los demás, la madre y el hijo acortaban el paso a medida que se aproximaban al lugar del suceso. Les imponía mucho aquel espectáculo tan nuevo para ellos, sin contar con que, como buenos aldeanos, eran tímidos y recelosos. Anduvieron de este modo un buen trecho, palpando el terreno con los pies, mirando cautelosamente en derredor y buscando siempre los espacios más abiertos y desembarazados. Pachín dirigía los rumbos, y le seguía su madre maquinalmente y como cosida a sus ropas. Así llegaron hasta las filas más avanzadas, oyendo desde allí bien claramente el siniestro resollar de la hoguera formidable, pero sin ver lo que el mozuelo deseaba por los momentáneos e intermitentes resquicios de la muralla de gente que tenía delante. Estas dificultades avivaron más sus deseos: cogió con su diestra una mano, que temblaba, de su madre, y sin apresuramientos ni violencias, se la llevó consigo, y no paró de maniobrar y de entretejerse hasta que se halló con ella delante de la primera fila de espectadores y pudo contemplar el cuadro sin estorbos. Pero como en Pachín González hasta la curiosidad era metódica, en vez de saciarla de un golpe y atropelladamente, como los glotones el hambre, quiso proceder con orden, y comenzó por averiguar, ante todo, qué barco era el que se quemaba. Cabalmente lo podía leer con suma facilidad en el tablero de popa; allí estaba su nombre estampado en letras de oro: Cabo Machichaco. Y el vapor era grande. Por uno y otro lado del muelle a que estaba arrimado, sobresalía un tercio del casco; y aunque era baja la marea, la cubierta del buque levantaba más que el tablero del muelle, enfrente del cual había un buen espacio despejado por la Guardia civil y la policía. La quema estaba entre el palo delantero y la máquina. Por aquella escotilla, por aquel ancho agujero, salían rugientes las llamaradas entre apretadas columnas de humo denegrido y espeso. Imponía mirarlo y oírlo.

No podía explicarse Pachín las razones de qué había nacido la ocurrencia de tener un barco en aquellas condiciones arrimado a unos muelles de maderas embreadas y tan cercanos a la población. Pero ¡qué sabía el pobre aldeanuco de esas cosas? Cuando así se había hecho, bien hecho estaría. Por de pronto, las medidas que se tomaban para combatir el incendio, no dejaban de ser una excusa muy atendible: en lo más apartado y solo de la bahía, no hubiera sido fácil luchar contra el fuego como se estaba luchando allí desde tierra y desde el barco mismo, con todos los recursos de que se podía disponer, dentro y fuera, y una voluntad y una valentía que a Pachín le tenían entusiasmado. Bomberos, marinos, paisanos de todos pelajes... de todo había en aquella legión de trabajadores, y nadie economizaba las fuerzas ni esquivaba los peligros: el agua caía a chorros en las bodegas incendiadas, y por todos los portillos de su obra muerta entraban y salían hormigueros de hombres bien organizados que ponían a salvo del incendio, sobre el muelle, cuanto podía cargarse al hombro o sacarse entre las manos, de las cámaras del vapor: libros, cajas, muebles, ropas, aparatos náuticos, papeles y mil cosas más, cuyo destino desconocía Pachín González en su ignorancia de aldeano de tierra adentro. Por eso prestaba suma atención a lo que se hablaba a su lado; y cuando de este modo no salía de sus dudas, se atrevía a preguntárselo a algún colateral, que nunca le negaba la respuesta. Así supo que unas cuantas personas que estaban agrupadas sobre el muelle y muy cerca del vapor, eran el gobernador civil, y los ingenieros del puerto, y el comandante general, y el coronel de las fuerzas que prestaban servicio afuera con la Guardia civil, cuyo jefe estaba allí también, y el de Marina, y el alcalde... en fin, todas las autoridades de la ciudad y de su puerto; jefes y autoridades que a lo mejor desaparecían en el barco o entre las muchedumbres, porque en nadie había allí sosiego, ni para nadie puesto fijo ni punto de reposo. Se cruzaban a gritos muchas veces, entre los del barco y los de afuera, las órdenes y las respuestas; tan a gritos, que las entendía Pachín perfectamente, y siempre parecían mayores las inquietudes en los hombres que pudieran llamarse de casa, con relación al barco, que en los extraños que contendían con ellos.

Entre tanto la hoguera continuaba rugiendo y devorando, sin crecer ni menguar en la apariencia, como si de los elementos mismos que contra ella se empleaban, se nutriera su voracidad. Algunas veces, sin embargo, se acentuaban los mugidos del incendio, se estremecían, alargándose, las llamaradas, y salían las columnas de humo entre guirnaldas y ramilletes de pavesas crepitantes. No parecía sino que andaba hozando algún monstruo en los profundos de aquel enorme brasero. ¡Aquel brasero! Precisamente era el tema que más daba que hablar a los curiosos inmediatos a Pachín. ¿De qué se alimentaba aquel brasero? ¿Cómo se concebía que siendo de hierro el casco del vapor, de hierro su costillaje y armadura, de hierro, según se decía, la mayor parte de la carga que contenía en la bodega incendiada, llevara ya el incendio más de cuatro horas, sin la menor señal de extinguirse, a pesar de los esfuerzos con que se le combatía?

En estas investigaciones se andaba, cuando la hoguera dio un respingo de gigante, arreciando hasta lo espantable sus mugidos; y coronada de humo más negro que la pez, que se retorcía y enroscaba sobre sí propio como una monstruosa sierpe enfurecida, se elevó en el espacio a grande altura. Fue aquello como un huracán que barrió de gente toda la planicie, con la heroica excepción de los imperturbables centinelas, a quienes el deber obligaba a permanecer en sus puestos a pie firme. Todos los curiosos huyeron a la desbandada, entre los alaridos de las mujeres y los ayes angustiosos de los niños, que rodaban por el suelo arrollados por la muchedumbre despavorida. Porque había allí niños también, ¡muchos niños! La tarde, por su templanza, serenidad y hermosura, tentaba a salir de casa; y una vez en la calle, ¿qué mejor campo de recreo que los terraplenes de Maliaño, con la golosina de un vapor ardiendo junto a ellos? Así resultó aquel sitio como el fondo de una sima que se fue tragando poco a poco toda la gente desocupada de la ciudad.

Pero el fenómeno que había producido la desbandada desapareció en breves instantes; cesaron los rugidos anormales, descendió la columna de fuego a su ordinario nivel, y volvieron a atacarla con mayores bríos los denodados trabajadores, que se habían quedado, en presencia del fenómeno, con el ánimo suspenso. Todo lo cual alentó a los fugitivos y les devolvió la tranquilidad y la confianza, fueron saliendo poco a poco de sus refugios y escondrijos, y avanzando en masas y en hileras hasta el lugar que les atraía con una fuerza irresistible; y cuando a él llegaron, ya estaba delante de todos Pachín González con su madre, pálida, temblorosa y sin pulsos, que le pedía, por todos los santos y santas del cielo, que la sacara de allí, donde no podía suceder cosa buena. Además, la tarde iba corriendo demasiado, y no les quedaría, dentro de poco, el tiempo que necesitaban para lo que tenían que hacer en el otro vapor, en el suyo. A todo ello respondía Pachín con muy buenas y muy cariñosas razones; pero no raía de allí: le tenía fascinado aquel espectáculo, y no quería perderle de vista hasta ver en qué paraba. Cabalmente llegaba en aquel momento al costado del vapor otro pequeñito y negro, con gente de uniforme a su bordo, y oía él decir que eran el capitán, oficiales y parte de la tripulación del Alfonso XIII, del vapor-correo, el de los cuatro palos, fondeado en la embocadura de San Martín. Pues aquella gente tan marcial y tan gallarda, con la multitud de aparatos que traía consigo, no vendría al buque incendiado a humo de pajas. Le pidió a su madre media hora siquiera para ver los resultados que daba aquel importante refuerzo, y no supo negársela la pobre mujer.

Desde el momento de la dispersión tumultuosa, no había pasado uno solo sin que Pachín oyera hablar a su lado de las causas probables de aquel inesperado e instantáneo embravecimiento de la fogata, y de lo mismo continuaba hablándose junto a él a la vuelta de las oleadas de dispersos. También observó que por un buen rato después de aquel alarmante caso, hubo menos tranquilidad en los espectadores, él inclusive. Dominaba la creencia de que había en la bodega incendiada líquidos y materias inflamables en abundancia: latas de petróleo, por lo menos. No podían ser de otro origen aquellas tremebundas llamaradas de antes, cuya humera apestaba «a demonios chamuscados».

Hablándose de esto, fue cuando llegó por primera vez en aquella tarde a los oídos de Pachín, la palabra dinamita. ¡La dinamita! Bien sabía él lo que era: cansado estaba de verla usar en unas canteras de su pueblo. Con un cartucho solo de dinamita, se hacía rajas un peñasco más grande que la Catedral. ¡Y se daba en su derredor, como noticia comprobada recientemente, la de que en las bodegas del vapor incendiado venían centenares de cajas de dinamita. ¡Imposible! Cuando menos, debían saberlo los de a bordo; y sabiéndolo, ¿cómo habían tenido entrañas para dejar arrimado a la ciudad tan espantoso peligro, pudiendo llevarle mar afuera? Era esta reflexión tan humana y de buen sentido, que a Pachín le bastó para no dar crédito a los alarmantes rumores, como no se le daba la muchedumbre que continuaba creciendo y desparramándose tranquila y descuidadamente en todas direcciones, desde la estación del ferrocarril de Solares, hasta los últimos muelles de las escolleras.

Pero donde estaba la mayor espesura, la gran masa de gente, era en los contornos de los tres lados del vasto rectángulo, cuyo centro ocupaba el vapor que ardía; rectángulo formado por el muelle longitudinal y otros dos salientes y perpendiculares a él, y la línea exterior de embarcaciones de todas castas y tamaños, unas fondeadas allí, y otras recién llegadas en auxilio del vapor.

De toda la masa de espectadores, lo más curioso para Pachín era la primera fila de ellos, sentados al borde de los tres muelles y con las piernas colgando. La mayor parte de este apretado festón se componía de chicuelos de la hampa de la ciudad, «chicos de la calle», sin apego al hogar (los que le tienen) y a toda casta de disciplinas, las del maestro de escuela en particular; vagabundos empedernidos por las intemperies y los vicios precoces, y para los cuales un espectáculo como aquél, tan imponente y duradero, es un manantial inagotable de regocijos, y además «de ellos» y «para ellos», que no tienen otros que los de la vía pública, y de balde. Agitando las desnudas piernas sin cesar, parecían éstas los flecos de una colgadura de balcón movidos por el aire; porque la colgadura, con relación a estos adornos flotantes, la fingían bastante bien las apretadas hileras de gente que se escalonaba detrás, levantándose sobre las puntas de los pies o encaramada en las grúas, o en las estibas de tablones, o sobre las pilas de grava del arrecife inmediato. En miles calculaba Pachín las personas de que se componía esta gran muralla, coronada a trechos por las rizosas cabecitas de los niños, alzados en hombros de sus zagalas para ver «la quema», una vez sola y a su gusto.

Detrás de la muralla había otra muchedumbre, pero errabunda y dispersa, con la atención repartida entre las peripecias del incendio, las hipótesis de sus motivos y los encantos del paseo en un lugar tan animado y a la luz esplendorosa y tibia de la tarde otoñal más apacible que pudiera apetecerse... En suma: que por ninguno de los términos del cuadro que dominaba Pachín desde su sitio, volviendo la cabeza a diestro y siniestro, o empinándose sobre los pies cuando miraba hacia atrás, veía señales de temor al denunciado y formidable enemigo; al contrario, todo en su derredor y al alcance de su vista revelaba el más profundo descuido: hasta las palpitaciones y respingos de la fogata, por repetirse a menudo, habían dejado de ser temibles y empezaban a ser divertidos; al borde del muelle, junto al vapor mismo que se quemaba, el corrillo de autoridades departiendo con la mayor tranquilidad, y voltejeando a pocas varas del buque, embarcaciones atestadas de gente que no hacía falta ninguna allí. Se había visto poco antes sacar del barco varias cajas; apilarlas una por una y con gran tiento en el sitio más despejado del tablero; llegar después un carro de bueyes, cargar las cajas en él y llevarlas así, pero con mucho cuidado y custodiadas por dos policías, en dirección a las afueras de la ciudad; y, por último, había corrido la voz de que aquellas cajas eran la única dinamita que conducía el barco en sus bodegas.

—Todos teníamos un poco de razón —se dijo entonces Pachín, como se dijeron cientos, miles de personas tan interesadas como él en aquel delicado particular. —Había un poco de dinamita: se ha sacado, y en paz.

De esta sesuda reflexión había nacido la tranquilidad absoluta en que descansaban hasta los más recelosos; y en medio de ella continuó el incendio largo, larguísimo rato, dando que mirar a los incansables espectadores, y mucho, muchísimo que hacer a los que llevaban horas y horas combatiéndole sin fruto y sin descanso.

La pobre viuda aldeana, cuyos terrores habían ido trocándose poco a poco en indiferencia y después en cansancio, no sabía ya sobre qué pie sostenerse, y eso que se apuntalaba con el paraguas; y volvía a pedir por Dios a su hijo que la sacara de allí: aquello no llevaba trazas de rematarse ni de pasar a mayores; ella no podía ya con el cuerpo; habían dado las cuatro en el reló de la Catedral, y se iba acabando la tarde sin hacer los dos lo que tenían que hacer en el su barco, que era urgente y de importancia.

—La pura verdad, la pura verdad, —respondía Pachín a su madre, pero sin moverse del sitio ni apartar los ojos del incendio, en cuyo derredor, lo mismo que sobre el puente y en los portillos de la obra muerta, acababa de notarse un desusado movimiento entre las personas que allí mandaban y servían.

Al cabo, también esto perdió el interés por lo continuo y duradero; llegó a cansarse de veras Pachín, y dijo de pronto a la entumecida y buena mujer, precisamente en el instante en que el reló de la Catedral daba las cuatro y media:

—Vámonos, madre, y antes con antes, al nuestro barco, porque lo de éste ya dio de sí todo lo que tenía que dar.

Dicho esto, cogió de un brazo a su madre, y sin soltarla, abrió brecha en el muro de gente por el intersticio más próximo, y pasó a la otra parte, desde la cual, y no bien puso los pies en ella, oyó un golpeteo, como de grandes martillazos sobre láminas de hierro. Detúvose a recoger unos rumores que venían de hacia el sitio mismo que él había abandonado, y averiguó por ellos que se intentaba, como último y supremo recurso adoptado por los hombres que lo entendían, abrir un boquete en el casco del vapor para echarle a pique y apagar el incendio de un solo golpe.

—Hay que ver eso, madre —dijo entonces Pachín—, porque ha de ser cosa de verse y de poca espera.

Arguyole en contra su madre, y hasta duramente; pero no le convenció. Lejos de ello, sin soltarla de la mano ni replicar una palabra, intentó atravesar de nuevo el muro de gente para volver a la primera fila; pero hallándola demasiado compacta y resistente, desistió de su empeño; volvió entonces los ojos en derredor, descubrió una estiba de maderos que tenía plazas desocupadas, corrió hacia allá, ocupó una de ellas y brindó con otra a su madre, que prefirió quedarse abajo, de pie y refunfuñando.

Desde aquel pedestal dominaba Pachín el espectáculo a todo su gusto, porque sin el menor esfuerzo veía, no solamente el barco, sino la muchedumbre que llenaba el escenario vastísimo de aquel drama que parecía no tener fin, como la paciencia de sus espectadores, en los cuales crecía la curiosidad a medida que continuaban los martillazos en el vapor, cuya sumersión se aguardaba de un instante a otro. Pero pasaban los minutos, y el barco no se iba a pique, y hasta se amortiguaba el martilleo, del que llegó a parecer un eco el tintinar de la campana de un tren de pasajeros que arrancaba lentamente de la estación de Solares.

Con estas dilaciones y con acreditarse el rumor de que se había abandonado el intento de echar el barco a pique, se le acabó al fin la paciencia a Pachín González; enderezose de pronto como si le hubieran dado el impulso las campanadas del tren, que ya sonaban a su espalda; bajó el primer escalón de la tosca gradería, y dijo mientras se disponía a dar un brinco para saltar de una vez:

—Tenía usté razón, madre: esto no se acaba. Vám...

Lo que cortó la palabra en la boca de Pachín, y la respiración en sus pulmones, y hasta el circular de la sangre en sus arterias, no tiene nombre en ninguna lengua conocida. En la pobre fantasía de los hombres no hay término de comparación para el sonar de aquellos dos estallidos, casi simultáneos; para aquel cráter horrible que se abrió con ellos; para aquella inmensa columna de fuego que se elevó al espacio y en cuya cima humeante flotaban, entre denegridas espirales, cuerpos humanos; para aquella infernal metralla de candentes y retorcidos hierros que vomitaron los senos del vapor entre infectas oleadas de cieno del fondo de la mar, sobre las apiñadas, desprevenidas e indefensas multitudes; para el color extraño de aquella luz que se enseñoreó del aire, empañando la del sol que corría a precipitarse en el ocaso como si huyera de alumbrar tantos desastres acumulados en tan reducido lugar y en tan breve tiempo.

De nada de ello se dio Pachín cuenta cabal. Se sintió de pronto como invadido de una pesadilla, y soñó que salía volando de la pila de maderos, y que, volando a flor de tierra, con velocidad y fuerza prodigiosas, iba arrollando con su propio cuerpo, pero sin tocar en ellas, masas de gentes que se inclinaban y caían a su paso, como al del vendaval enfurecido los verdes maizales en las mieses de su aldea.

Al despertar de aquel sueño, o lo que fuera, no supo explicarse por qué estaba él tendido a la larga entre un carro hecho astillas y un caballejo perniquebrado y espirante. Le faltaba casi en absoluto la memoria: no conservaba en ella otro recuerdo que el de un «tronido» muy fuerte y el de una llamarada tremebunda. ¿Cuánto tiempo llevaba en aquel sitio y de aquel modo? ¿Un minuto, una hora, meses, años? ¿Había nacido allí mismo y para aquello solo? Sentía gran quebranto en su cuerpo, dolor agudo en algunas coyunturas, y escozor vivo en el cogote. Maquinalmente, y no sin dificultades, se incorporó, y también maquinalmente se llevó las manos a la cabeza, porque en su nueva postura se le desvanecía algo. Al retirarlas después, las vio teñidas de sangre, y había también un charco de ella a su lado, charco que se alimentaba con la del perniquebrado caballejo que espiraba entre convulsiones y quejidos. Al enterarse de ello Pachín, descubrió su vista azorada, un poco más allá del caballo, un hombre tendido en el suelo, con la boca contraída y muy abierta, los ojos encandilados, y ceniciento el color de la faz; tenía un brazo de menos y una pierna destrozada. Esta visión produjo en el pobre chico un sacudimiento feroz, instantáneo; quiso huir de allí, por instintivo terror, y para suplir la agilidad que le faltaba y levantarse pronto, se agarró con la diestra mano a una de las curvas espirales de una larga pieza de hierro que había entre él y las astillas del carro; pero no bien lo hubo hecho, cuando lanzó un grito de dolor, retirando la mano y levantándose de un brinco por su propio esfuerzo. Aquel hierro abrasaba.

Sin apartar aún su vista del reducido espacio en que tan extrañas cosas le rodeaban y sucedían, puso y clavó toda su atención en ellas, porque notaba que iba despertándosele en las regiones de la inteligencia algo que estuvo dormido poco antes, y quería darse exacta cuenta de lo que le estaba pasando. Aquel hombre y aquel caballo, muertos, y no sólo muertos, sino destrozados; el carro hecho astillas junto a un hierro candente y retorcido; entre él y el carro y los cadáveres y el hierro caprichoso, sembrado el suelo de las cosas más raras e inconexas: clavos de herradura, fundas de cartuchos de fusil...; aquel recuerdo, único de su memoria: el «tronido» y la llamarada... Asociando estas ideas y eslabonándolas bien unas en otras, Pachín llegó a preguntarse, haciendo hincapié en la más luminosa y firme: «¿qué hacía yo cuando sentí el tronido ese y vi la llamarada?». Y sin gran esfuerzo de su retentiva, consiguió responderse, adquiriendo una idea más y trabándola en la cadena de las otras: «ver un vapor que se estaba quemando». Con este recuerdo solo se abrieron de par en par las puertas de su memoria, y se le fueron despertando en el cerebro, una por una, todas las dormidas ideas: las peripecias del incendio, las muchedumbres de curiosos, los rumores alarmantes esparcidos entre ellos, los sitios que él ocupó... Y de ésta, de ésta nació la otra idea, la idea terrible, la que le dejó frío y sin alientos, como le había dejado el estallido del vapor: la idea de su madre que le acompañaba entonces. ¿Por qué no estaba ya a su lado? ¿A dónde había ido a parar? ¿Qué habría sido de ella? ¿Qué fuerza los separó al pie de la estiba de maderos donde habían estado juntos los dos? ¿Viviría, por milagro del cielo, como él vivía? ¿Habría sido muerta, destrozada quizás, como aquel otro desdichado?... Y el infeliz temblaba de pies a cabeza; se golpeaba el cuerpo con los puños cerrados; sentía un hormigueo punzante y frío debajo de la piel, que le volvía loco de inquietud, y como un loco gritaba revolviendo en torno suyo los ojos desencajados: «¡Madre!... ¡Madre!... ¡Madre mía de mi alma!» Quería correr en su busca; pero no sabía en qué dirección, al tender la mirada codiciosa por la vasta llanura que poco antes había visto él colmada, repleta, de gentes vivas y regocijadas, y que ahora... ¡Dios santo! ¡Dios de las grandes misericordias!... ¡qué espantoso le pareció todo aquello que veía! Como si hubieran pasado huracanes y terremotos por allí, todo era campo de desolación y muerte, ruinas, escombros y cadáveres entre el silencio y la inmovilidad imponentes de los grandes desastres consumados. Cuanto quedó con vida y movimiento al consumarse aquél, había huido muy lejos con el espanto en el alma y la angustia en el corazón... Pero algo vivía aún en aquella región del exterminio inclemente y bárbaro; algo puesto allí como de intento para dar al cuadro una nueva tinta de horror; algo que rebullía sobre la tierra aquí y allá, y cuyos debían ser los ayes de agonía que llegaban a los oídos de Pachín, como si el aire se los fingiera para recordarle el martirio de su madre.

Él parecía ser el único vivo y sano en aquella región de muertos insepultos; él, Pachín González, el mísero aldeanuco recién llegado a la ciudad, forastero y pobre en ella, desconocido de todos los supervivientes de la gran catástrofe. ¿A dónde y hacia quién volver los ojos para pedir ayuda o consejo en el amargo trance en que se hallaba?...

¿Quién oiría en aquel negro páramo sus lamentos? ¿Quién daría valor a su desventura sin ejemplo, delante de tan enorme cúmulo de ellas?... ¡Jamás hubiera creído que podían llegar a extremos tales la soledad y el desamparo de un hombre sobre la tierra!...

Y el pobre muchacho comenzó a llorar de pesadumbre... y de miedo. Pero el amor de hijo, sobreponiéndose en él a todo, le devolvió la energía de su espíritu, hasta con dobladas fuerzas; y, sin enjugarse las lágrimas, se lanzó a la empresa con una decisión que rayaba en lo desesperado.

La extraña «cosa» que le había llevado a él en volandas desde la estiba de maderos al sitio en que acababa de despertar, debió de llevar a su madre de igual modo y en la misma o muy aproximada dirección, puesto que juntos estaban los dos entonces, aunque un poco más en alto él que ella... Pues a buscar, primero, por allí, en derredor suyo y del hombre muerto cuya visión le aterraba... Y a buscar se puso, con la avidez y el espanto en los ojos; y vio más hierros, a modo de grandes carriles retorcidos y enroscados; masas informes, como de cubos metálicos fundidos unos con otros; más clavos de herradura y más cartuchos vacíos... ¡jirones de prendas de vestir, ensangrentados y humeantes!... Más allá unos edificios cerrados que parecían grandes almacenes, con los aleros quebrantados y los cristales hechos añicos; debajo, en la calle, más hierros enroscados, y más cubos fundidos, y cascos de maquinaria... En la misma calle, hacia la derecha, un tren detenido y sin gente... el de las campanadas, no podía ser otro, con el resuello fatigoso y extenuado, los coches contundidos por la metralla del volcán, uno de ellos con las portezuelas desvencijadas, y dentro... ¡la muerte también!... Huyó de allí, en dirección contraria, hacia la izquierda... Un grupo de árboles entecos y con el ramaje desgarrado. En la plazuela que formaban, otra vez los hierros, pero revueltos y enmarañados, como una lucha de sierpes infernales; y entre los montones, recias planchas, de hierro también, reviradas, contraídas, dos de ellas de canto y prestándose mutuo sostén, y detrás un cuerpo... un cuerpo de mujer vestida de obscuro, casi negro, y boca abajo. Pisando de puntillas, lívido de terror, con un brazo trémulo extendido y mirando sin ver, se atrevió Pachín a llegar hasta el cadáver; se bajó, cerró los ojos, y a tientas y con las manos crispadas y sin sangre, le levantó la cabeza cuya cara quería reconocer... Lo que le pidió el mísero a Dios en aquellos supremos instantes, ni él mismo lo supo: ¡tan contrapuesto y complicado era!... Haciendo después un esfuerzo de voluntad sobrehumano, abrió los ojos para ver la cara... No la tenía aquel cadáver. Lo que había sido cara, tal vez hermosa, era una masa de carne macerada y sanguinolenta y de huesos triturados. Pachín lanzó de lo más hondo de su pecho un rugido de espanto; dejó caer de sus manos la mutilada cabeza, y se incorporó de un salto frenético. ¡Virgen María! si aquello era su madre, valiérale más no haberla hallado. La vehemencia misma del deseo de haberse equivocado, le movió a hacer otros y más detenidos reconocimientos; y entonces se convenció de que ni el corte, ni el color, ni la calidad de los vestidos de la muerta, eran señales de lo que él buscaba.

Más tranquilo ya, es decir, menos aterrorizado, pero con las mismas angustias en el alma, quiso, para orientarse mejor y metodizar un poco su trabajo, averiguar dónde estaba la pila de maderos desde la cual había volado él... Al tender la vista para buscarla, observó que al otro extremo, hacia lo más ancho de la llanura, había seres humanos, de pie, vivos y moviéndose entre los obstáculos del suelo, y que otros muchos iban llegando apresuradamente de hacia la ciudad... ¿De dónde y cuándo habían venido los primeros? ¿Eran resucitados, como él? ¿Qué más le daba? Los unos y los otros eran hombres vivos: no era ya todo muerte en aquel fúnebre escenario, y el amor y la caridad comenzaban a habitarle. Esto le consoló algo, porque ya no se veía solo y desamparado, y se sintió más fuerte y valeroso para continuar su triste faena.

No tardó mucho en hallar la estiba de maderos que buscaba; pero sí en llegar hasta ella, porque, aunque el camino era corto, no había en él un palmo de terreno sin los hierros de siempre o charcos de sangre humana. Con esfuerzos heroicos de su espíritu llegó al fin a la pila; recorrió todo su perímetro, y nada halló de lo que andaba buscando, ni de cosa parecida.

—Aquí mismo estaba mi madre... y yo allí —se dijo apuntando sucesivamente a un sitio al pie de la estiba y a otro de una de sus gradas...

En seguida trepó a ella para estimar con acierto el camino que él había llevado por el aire, y la dirección del impulso, o de la «cosa» que le había arrebatado y pudo y debió arrebatar a su madre también. Enterado de lo primero, buscó, sin moverse de allí, el vapor funesto; y como no le vislumbraba, se orientó por el muelle a que había estado arrimado. Al fin, distinguió sus restos: un palo muy caído hacia atrás, con un guiñapo sucio en la punta, y el puente y el castillo de popa sobresaliendo del agua. El muelle, dislocado en partes y en partes ardiendo; y sobre el otro muelle que corría a derecha e izquierda, y sobre el arrecife inmediato, en cuanto alcanzaba la vista, un sedimento negro y reluciente como el fondo de una poza recién agotada; sobre este tizne asqueroso, más despojos de la catástrofe horrible, más cadáveres, y carros desvencijados y yuntas mutiladas junto a ellos... Pachín se quedó espantado. ¿Era todo aquello obra de Lucifer, que se hubiera complacido en vomitar tantos horrores entre el légamo de las charcas infectas de sus cavernas infernales? Y si no era obra de tales manos, ¿de qué otras podía serlo? De la dinamita, de aquellos centenares de cajas de ello de que tanto se había hablado cuando se quemaba el vapor: eso no podía dudarse; pero ¿qué más daba? Sin el mal espíritu que había cegado a los que lo sabían y ensordecido a los que lo sospechaban, ¿cómo hubiera sucedido aquello?... Si cuando su madre, una vez, dos veces, tres veces... le pedía por caridad... ¡Oh! ¡qué sordo, qué necio, qué mal hijo fue y qué mal cristiano, desoyendo los avisos que Dios le enviaba por la boca de la santa mujer... Pensó perder el juicio con el punzante dolor de estos remordimientos, y se arrojó de la estiba gritando desconsolado:

—¡Madre mía... madre de mi alma! ¡Dónde estás? ¡Viva o muerta, yo necesito... yo quiero hallarte!

Y corría de un lado para otro, con la vista desencajada y las manos en la cabeza, ensangrentada y desnuda.

Aunque tenía el racional convencimiento de que lo que iba buscando no podía hallarse más que en una dirección, el desventurado Pachín quería rebuscar en todas; y en todas rastreaba y corría, saltando laberintos de escombros y charcos de sangre, y miembros mutilados, y prendas de vestir con despojos palpitantes, y cadáveres de hombres. Nada le imponía ya en materia de horrores, y sobre todo pasaba insensible, más que insensible, loco, si no era prenda o miembro que pudo pertenecer a su madre. Así entró en la zona del fango negro, cuya fetidez dio a sus sentidos la nota repulsiva que le faltaba al cuadro. Allí todo era negro, hasta los cadáveres.

Sobre uno que lo parecía, se inclinaba, hundidas las rodillas en el cieno, un sacerdote con los talares mojados y ensangrentada la faz descolorida; le exhortaba a bien morir, y le absolvía, en nombre de Dios, de todos sus pecados, redimidos con el dolor de su martirio cruento. Pachín se quedó absorto, mudo, poseído de estupor, delante de aquella escena imponente; y por un impulso irresistible de su alma fervorosa, cayó arrodillado y rezó por la de aquel hombre, que espiró con un estremecimiento.

—¡Señor, señor! —se atrevió entonces, acordándose de su madre, a preguntar al sacerdote, que empezaba a incorporarse a duras penas—: ¿qué es esto, que jamás se vio en el mundo? ¿qué ha pasado por aquí?

—La ira de Dios, hijo mío —le respondió el cura limpiándose con un pañuelo de percal la sangre del rostro que le fluía de la cabeza.

Y se fue, recogiendo los talares embarrados y andando trabajosamente, en busca de otro moribundo a quien auxiliar.

Pachín iba a lanzarse de nuevo a sus interrumpidas faenas en aquel piélago nauseabundo, cuando oyó gritos y lamentos hacia la mar y como en la dirección del barco sumergido: le parecían gritos y lamentos de mujer, y, por tanto, de su madre. No era racional que hubiera ido a parar hacia aquel lado, sino hacia el opuesto, al ocurrir la explosión; pero ¿qué contrasentido no era posible en un tan espantoso desquiciamiento de toda ley natural? Había que verlo todo y registrarlo todo, y allá se fue, entrando hasta las corvas por la charca negra, y volviendo a saltar, acelerado y anheloso, por encima de hierros, cadáveres y moribundos.

Cerca del vapor sumergido voltejeaban botes y lanchas tripulados por gentes caritativas que recogían náufragos que gastaban las últimas fuerzas en sobrenadar unos instantes más, o agarrarse a los pilotes del muelle, o adherirse como lapas a los peñascos de las escolleras debajo de los tableros. De hacia allí procedían los gritos; mas no de los infelices amparados de aquel modo, que ni para gritar tenían ya alientos, sino de los que, como Pachín, buscaban algo que no parecía, y lo buscaban desde lo alto de los muelles, porque por allí debía de estar, según sus cálculos, muerto o vivo. Lo vivo era bien escaso, por desdicha; lo muerto... ¡qué manera de buscarlo! Una de las lanchas iba provista de garfios al extremo de una cuerda: se arrojaban los garfios al fondo, bogaban los remeros para que tirando de la cuerda se pudiera rastrear en él; y cuando trababan sus hierros algo, se detenía la lancha, se halaba poco a poco de la cuerda, y surgía, al fin, a la superficie, un cadáver... o pedazos de cadáveres, que embarcaban en la lancha los remeros silenciosos. Y nunca salía lo que esperaban los desdichados de tierra, de cuyos pechos brotaban en cada hallazgo los alaridos de dolor que habían apartado a Pachín de sus investigaciones.

Cuando trató de volver a ellas, porque nada esperaba de las que allí se hacían, reparó que estaba a su lado un chicuelo con la escasa y fementida ropa goteando y pegada al cuerpo; el cual granuja, mirándole fijamente, le dijo sin más ni más:

—Yo vi eso.

—¿Cuál? —le preguntó Pachín.

—Lo que pasó ahí, en la mesma canal, y se tragó tanta gente... Lo vi desde aquel muelle, el del Ferrocarril: yo estaba asentao en el mesmo carel. ¡Dios, qué cosa!... Había contra el casco del vapor muchas embarcaciones, y la lancha fina de las Obras del Puerto, y el Auxiliar de los correos con toa la gente del Alfonso XIII... ¡Mucha gente Dios!... y buena y bien prencipal, y con bien de galones y bordaos: hasta el comendante de Marina y el ingeniero de las Obras... ¡y muchos, vamos!... De repente, ¡pliinn!... ¡plaann!... ¡Me valga! y al mesmo tiempo, el agua de esa mar, ¡arriba, con basa y too! y abajo, el suelo de la canal, limpio como la palma de esta mano; y en ese suelo... ¡Dios!... rocimos de hombres... enteros o descuartizaos... Y en menos de un decir «Jesús» to ello... Porque hazte tú el cargo: la mesma oleá que dejó en seco la canal, me sacó a mí por la otra banda del muelle, como sacó a otros muchos que fueron conmigo por el aire. No sé qué habrá sido de los más, por que puede que no fueran tan sanos como yo iba cuando chaplemos. ¡Dios, qué cole! ¡y las cosas que había en el agua cuando salí a flote!... Dispués, anadé, anadé, hasta el paredón; por él me subí... y de eso vengo... ahora mesmo. ¡Me valga!... ¡lo que se alcuentra en el camino!... ¡Pero como esto de la canal!... ¡Dios!...

—Y dime —le preguntó Pachín, que le escuchaba electrizado—, en esos racimos de la canal, ¿viste una mujer aldeana, vestida de negro, con un paraguas en la mano?

—No diré que la viera —respondió el granuja muy serio y echando las manos atrás—. Pero ¿te piensas tú que daba el tiempo pa tanto?... Por las trazas, buscas algo de esas señas. Cuando viva, ¿estaba aquí esa mujer?

—No: allá abajo...

—Pues cacia ese lao debes buscar... lo que quede de ella.

Con esto se fue el granuja a ver más de cerca las tristes maniobras que se hacían en las lanchas, y se volvió Pachín al otro mar, al de cieno, para continuar en él sus interrumpidas exploraciones.

¡Pobre muchacho! ¡Lo que él anduvo!...

¡Lo que él indagó! ¡Las ansias desesperadas con que, no fiándose ya de su propia iniciativa, se unía a los grupos que buscaban heridos para socorrerlos, y se adelantaba a todos cuando la víctima era una mujer! ¡El terror santo con que recogía del suelo cada despojo, cada jirón de vestido, cada mechón de cabellos, que pudiera haber pertenecido a su madre! ¡El valor, la vida, las fuerzas que gastaba en este empeño sobrehumano, en la bárbara lucha de sus deseos voraces de encontrar lo que buscaba, con el temor horrible de hallarlo entre los muertos! Para hacer las primeras armas en las luchas de las contrariedades de la vida su corazón de niño, ¡un campo de batalla como aquél! Ni cálculos risueños, ni ideas consoladoras cabían allí, ni siquiera la consideración de que, estando vivo él, podía estarlo igualmente su madre, por lo mismo que no la hallaba ni entre los muertos ni entre los moribundos; porque la clasificación en vivos, muertos y moribundos, no era bastante para aquel cuadro excepcional: necesitaba otra casilla para el renglón de los despedazados, cuyos eran los despojos, las entrañas, los miembros que Pachín hallaba dispersos, sembrados por toda la extensión de la llanura entre las pilas de los escombros o revueltos con el fango negro de las escolleras. ¡Y si de las víctimas de este renglón era su madre!...

Sin embargo, llegó a ver el desdichado una chispa de luz en medio de tan densa obscuridad: oyó decir que en los primeros momentos después de la explosión, habían sido llevados muchos heridos leves, o que lo parecían, a la casa de socorro. ¿Por qué no había de ser su madre uno de esos heridos? Pues a la casa de socorro sin parar. ¿Dónde estaba esa casa? ¿por dónde se iba? Él lo averiguaría preguntando, sino la descubría por el rastro sangriento de los infelices que iban acudiendo a ella.

Cuando salió de Maliaño en dirección a la ciudad, empezaba el crepúsculo de la tarde, plácido, tranquilo, sonriente, como si nada hubiera pasado en la tierra; como si uno de sus pedazos más hermosos y florecientes, no estuviera cubierto de luto y llorando sobre el estrago sangriento de una de las mayores catástrofes que registran los anales del mundo; y a la luz débil de aquellas horas, iba adquiriendo esplendor y señorío la del incendio de los muelles de madera, que continuaba propagándose, y se erguía resplandeciente la de otro que comenzaba en las alturas de la gran cortina de edificios que servía de fondo, por el Norte, al escenario siniestro del espantoso drama.

Al abocar Pachín a la amplia calle por donde había de internarse en la ciudad, no pudo menos de comparar lo que iba viendo con lo que había visto tres horas antes. Entonces, hervor de gentes afanosas, contentas y engalanadas; los edificios bañados en sol, abiertos todos sus claros a la saludable alegría de la espléndida tarde; rumores de vida, cánticos del goce soberano de ella; esperanzas, ambiciones y amor logrados y satisfechos; la expresión externa, en fin, de la salud robusta de un pueblo venturoso que vive de su trabajo y va en próspera fortuna. Ahora, rostros macilentos; grupos de gentes consternadas que ni se mueven, ni hablan ni se miran; puertas entreabiertas o desvencijadas y fuera de sus quicios; muros y aleros quebrantados; el suelo cubierto de escombros, de polvo de cristales y de aquellos hierros malditos, metralla de Lucifer y segures de tantas vidas; los ayes angustiosos del herido que pasa en brazos de la caridad; los gritos desgarradores de la madre que va en busca de su hijo, o del hijo que vuelve sin haber hallado a su padre, y la desconfianza, el terror, la pena en las caras de los menos desventurados.

Contristábale tanto aquel espectáculo como el que dejaba atrás, y andaba, andaba, sorteando los grandes estorbos del camino... hasta que dio con uno que le llenó de espanto.., ¡a él, que acababa de ver tantas cosas espantables! Era una mujer tendida en el suelo, cerca de la Pescadería, cuyos puestos estaban solos y abandonados. Aquella mujer era ya cadáver rígido; pero cadáver como él no había visto otro. Los había visto sin miembros, con la cabeza sin cara, con el tronco sin cabeza, deshechos materialmente; pero no laminados, como el que tenía delante, cerca de un bloque de hierro, que bien pudo ser el laminador... Cerró los ojos para no volver a verlo, y huyó por la ancha plaza en dirección a la Ribera.

Allí, lo mismo que lo que iba quedando a su espalda: igual aspecto, igual estrago en los edificios; los mismos grupos inmóviles, silenciosos y consternados; iguales o parecidos escombros y proyectiles sobre la calle; los mismos lamentos, la misma desolación en todo; y como detalle sorprendente que le hizo pensar en la fuerza inconmensurable de la mina diabólica, en lo alto de la cuesta y en una de las aceras de la calle, un ancla enorme clavada entre dos losas, debajo de un balcón despedazado. En la plaza inmediata, los vecinos en medio de ella, en hábitos caseros, como si hubieran abandonado precipitadamente sus viviendas después de un terremoto y temieran su repetición.

Pachín, aldeano, inexperto y niño, no se dejaba herir de las impresiones de estas cosas más que por la conexión que tuvieran, a sus ojos, con las ideas que llevaba en el cerebro y le obligaban a andar sin punto de reposo. Por eso, cada vez que pasaba junto a un corrillo de gente, le asaltaba el mismo pensamiento: «pero, señor, ¿no habrá entre todas estas personas alguna que conozca a mi madre por haberla visto pasar conmigo esta mañana por aquí?». Y le entraban tentaciones de preguntar a cada paso si habían vuelto a verla después del estampido del vapor. Pero temiendo que no le escucharan o que se rieran de él, se limitaba a preguntar por la casa de socorro... y así llegó a ella.

La invadía, por todos los mezquinos claros de sus dos fachadas, una multitud medio amotinada ya, porque eran muchos los heridos, poco el espacio interior y muy escasos los hombres y los recursos para curar. Pachín fue mirando una por una a todas las mujeres de la muchedumbre invasora... Ninguna de ellas era su madre. Después se dijo: «hay que entrar, ¡y entraré aunque muera en el empeño!...». Y entró al fin, ingiriéndose, deslizándose, forcejeando, oprimido, pisoteado y devorando los ayes que le arrancaba cada golpe que recibía en la herida de su cabeza... pero entró; entró, para luchar de nuevo en las angosturas de los pasadizos y encrucijadas miserables de aquel triste asilo, oprobio, por su pobreza y desamparo, de una ciudad cristiana y rica. Se ahogaba el infeliz en medio de aquella otra muchedumbre prensada entre mugrientos tabiques resquebrajados, y en una atmósfera impregnada de todas las pestilencias imaginables y de las notas aflictivas de todos los quejidos del dolor. Ni siquiera tenía la suficiente luz para orientarse en el menguado recinto. Pero por todo suplía el ardor de la fiebre que le movía y le guiaba. Así logró ver entre las tinieblas y andar a través de compactos muros de gente, y examinar uno a uno a los sanos, y a los heridos que esperaban turno para ser curados, y a los que curándose estaban, y a los que yacían en sillas, catres y rincones, muertos ya o agonizando... hasta llegar a convencerse de que ni entre los muertos ni entre los vivos de dentro ni de fuera de la casa de socorro, estaba su madre... ¡Nada, pues, le quedaba que hacer allí!... Y ¿a dónde volver ya la consideración en busca de una esperanza siquiera?

Ni en el lugar horrendo, ni en aquella casa, ni en el camino intermedio había dado con su madre, ni entre los muertos ni entre los heridos. Estas señales bien podían serlo de que vivía; pero si vivía, seguramente habría andado buscándole a él como él la buscaba a ella; y buscándose uno a otro de esta suerte, se hubieran encontrado ya los dos.

Arrastrando por estas asperezas el fatigado discurso, se le ocurrió la idea de que, herida o contusa o buscándole a él, bien pudiera su madre haber vuelto a la posada. Este chispazo de luz iluminó un poco su tenebrosa fantasía y reavivó las fuerzas que iban faltándole por momentos y a medida que perdía las esperanzas. Pensar y ejecutar eran en Pachín entonces una misma cosa. Buscó con una rápida mirada el camino más breve y desembarazado para salir de aquellas espesuras asfixiantes; vio cerca de él una ventana entreabierta, y por ella saltó a la calle.

La noche, pues ya había cerrado, límpida y serena arriba en un cielo fulgurante de estrellas, era abajo negra, tediosa y funeraria; estaban a obscuras o a media luz las calles, según que hubieran sido más o menos flageladas por el azote de la tarde, y las que no desiertas en absoluto, escasamente recorridas por transeúntes que se movían sin ruido, como los fantasmas de las pesadillas. Todo esto doblaba las dificultades de Pachín, nada práctico en los laberintos de la ciudad con el sol del mediodía, cuanto más entre las tinieblas de la noche, ¡y de una noche como aquélla!; pero acertando por instinto unas veces y preguntando otras, siempre caminaba con buen rumbo y no perdía terreno en su afanoso andar sobre un empedrado nunca limpio de escombros de las casas contiguas ni de la metralla homicida de la explosión.

Lo peor era, para el infeliz, la poca fe que le animaba ya en sus exploraciones, con la experiencia de las malogradas; pero como tenía mucha en la misericordia de Dios, a menudo elevaba al cielo los ojos, conductores de las plegarias que salían del fondo de su pecho. Así se confortaba un poco, y así llegó al barrio y a la calle en que estaba su albergue provisional.

No sabía el pobre muchacho si condolerse o alegrarse de llegar a él, porque mientras andaba, eran tan grandes como sus deseos de triunfar en el empeño, los temores de un nuevo desengaño. Pero más que estas vacilaciones de su espíritu, le detenían en su marcha la obscuridad y los estorbos de la calle, y hasta la codicia de oír algo que pudiera convenir a sus fines en el vocingleo desacordado y clamoroso de los corrillos que encontraba al paso, y encontró uno en cada puerta. Toda la vecindad estaba a la intemperie y medio a obscuras, unos por miedo a la soledad del propio domicilio; otros por las ruinas y quebrantos de los suyos; otros por saber de amigos o deudos que no volvían, y casi todos por el ansia bien justificable de cambiar impresiones tristes y averiguar algo más de lo ocurrido, y de lo que se pronosticaba y se temía para aquella noche. Esto sacó en limpio el angustiado muchacho de lo que pescaba en las conversaciones sorprendidas al pasar, y además, que aquel resplandor que se notaba sobre la línea de edificios de la acera del Sur y era la causa de que no fuera absoluta la obscuridad en la calle, procedía de un gran incendio, del de otra cuyo nombre, citado en las conversaciones, le era desconocido. Pero de lo que le interesaba verdaderamente, de lo único que le llegaba al alma y le poseía de pies a cabeza, ni una palabra. En estas ansiedades, temblándole las piernas y latiéndole el corazón, se acercó al corrillo que obstruía el portal de su posada. Sin despegar los labios miró a todas las mujeres que había en él, una de las cuales era la posadera: ninguna era su madre. Entonces se atrevió a preguntar por ella: si estaba en casa o si había estado poco antes. Conociole por la voz la buena mujer, que no cerraba boca ponderando estragos y dolores, y corrió a abrazarle, declarando a gritos lastimeros que él era el único huésped de la casa que veía desde la «reventadura» del vapor.

El mísero Pachín, que estaba gastando en aquella prueba las últimas fuerzas que le quedaban en el espíritu y en el cuerpo, no dio con el suyo en las piedras de la calle, porque le recogió en sus brazos la posadera.

Proezas de caridad hicieron con él aquellas buenas gentes, que al verle a la luz de una vela que ardía en el portal, donde en seguida le metieron, hasta muerto llegaron a considerarle. No era para menos el aspecto que ofrecía, con las manos y la cara pálidas como la cera, donde no estaban manchadas de sangre o teñidas de negro, como las ropas que le cubrían el cuerpo desmayado, después de haberse citado allí por alguien que acababa de verlo, casos de heridos o contusos que andando por sus pies hacia la casa de socorro desde el lugar de la catástrofe, habían caído muertos de repente. Mas como en opinión de otro, menos pesimista y charlatán que los demás circunstantes, quedaban en Pachín restos de vida, cada cual subió en volandas a su piso y bajó con el remedio que más fe le merecía en un caso como aquél: cabezas de ajo, vinagre fuerte, pencas de romero, vino generoso. De todo ello y de mucho más se hizo uso, rápida e inmediatamente, quitándose la vez las afanadas ministrantes (pues lo eran sólo las mujeres, y tantas como los remedios aplicados), hasta que con ellos, o a pesar de ellos, fue volviendo en sí poco a poco el desmayado.

A todos y a cada uno de los presentes miró después con gran fijeza, pero a nadie dijo una palabra; y en el mismo silencio apartaba con las manos los remedios con que le perseguían implacables las caritativas mujeres por las narices, por la boca, por «el dedo del corazón» y por detrás de las orejas, hasta que estimó con el olfato el contenido de una copa que le ponían entre los labios, y sorbió con avidez aquel licor vivificante, que era vino generoso. Sintiéndose más reanimado con él, probó a levantarse del escalón en que estaba sentado; consiguiolo sin dificultad, y se negó a beber más vino que le ofrecía la vecina triunfadora. Se consideraba ya en posesión de las fuerzas que necesitaba para lo que se proponía; habló solamente para preguntar si durante su desmayo se había sabido algo de su madre; dedujo una negativa de las artificiosas respuestas que se le dieron, y se lanzó de nuevo a la calle, sin que advertencias ni ruegos en contrario alcanzaran a detenerle un solo instante.

¿A dónde iba el infeliz?, ¿qué planes llevaba en la cabeza? Ni él mismo lo sabía. A buscar a su madre, a saber de su madre donde quiera que hubiera gente, muerta o viva, o se oyeran acentos de lástima o quejidos de dolor; a todos los sitios y lugares, menos a aquellos en que reinaran la alegría y el reposo, si es que algo de esto quedaba a aquellas horas en los ámbitos entenebrecidos de la castigada ciudad.

De pronto reflexionó que estando su madre viva, y sana ya, y no habiendo ido todavía a buscarle a la posada, era lo natural que anduviera buscándole a aquellas horas en el lugar mismo donde él la había buscado a ella apenas resucitado. Y hacía allá se fue sin vacilar.

Andando, andando, por el mismo camino que los dos habían llevado por la tarde al salir de casa, también llegó a verse, como entonces, bien acompañado de transeúntes a medida que ensanchaban las calles que recorría y se acercaba a la desembocadura de la más ancha de todas en el vasto recipiente. Pero entre estos transeúntes y los de la tarde, ¡qué diferencia! Los que llevaban su mismo rumbo, ¡qué desesperados o qué abatidos! Los que con él se cruzaban parecían el cortejo fúnebre de los muertos o mal heridos que encontraba a cada paso, conducidos en camillas por hombres de andar acompasado y solemne. Así llegó al término de su viaje.

Pensaba Pachín que ya había visto el cuadro por la tarde en su aspecto más imponente y amedrentador; pero se convenció, al hallarse de nuevo delante de él, de que estaba equivocado en sus juicios. El incendio de los muelles se había ido nutriendo de la madera de los contiguos; hacia el fondo del Oeste se erguían otros nuevos, cebados en las entrañas de grandes edificios, y el que él había dejado naciente sobre los que cerraban la plaza por el Norte, era ya una lumbre formidable que llevaba devorado un tercio de la hermosa cortina, y extendía sus tentáculos de llamas destructoras sobre todo lo que quedaba enhiesto a sus alcances.

A la luz brillante de estas enormes hogueras, los relieves siniestros de la superficie negra, iluminados en sus perfiles, resultaban más negros y repulsivos todavía, por la brusquedad y fuerza del claro obscuro; y como figuras de cuadro fantasmagórico, las personas que discurrían lentamente o maniobraban agrupadas en toda la extensión de la llanura. Como detalle, también nuevo para Pachín, el vecindario de la calle incendiada llorando otro infortunio más sobre la ruina de sus ajuares arrojados por los balcones o amontonados en el arroyo, y cada cual mirando por lo suyo, porque en aquel infausto día nadie estaba tan libre de desventuras propias, que tuviera tiempo sobrado para atender a las ajenas de tal casta. Donde se contaban por cientos los cadáveres, ¿qué importaban las gentes sin hogar?

Pachín, por mozo, por inteligente y por blando y noble de corazón, aunque inculto aldeano, era un poco artista sin saberlo; y por eso se le impuso y le anonadó el espectáculo, más que por cada uno de sus siniestros componentes, por la terrible grandeza del conjunto de todos ellos. Para un campo cubierto de ruinas, de cieno y de cadáveres, ¡qué luz más propia y adecuada que la de una conflagración como aquélla? Un horror alumbrado por otro horror.

El trabajo del pobre chico iba a ser muy diferente del que allí mismo había hecho por la tarde. No rebuscaría entre los muertos, que ya se sabía de memoria, sino entre los vivos que buscaran algo, como había buscado él. Mas como los vivos eran muchos y, aun a corta distancia de ellos, por la negrura del suelo y las fantasías de la luz todos aparecían a sus ojos como bultos informes, sin distinguirse los hombres de las mujeres, necesitaba examinarlos muy de cerca, y, para eso, recorrer el campo de extremo a extremo. No le arredró la tarea, y la acometió en seguida sin otras vacilaciones que las que le imponían las dificultades del suelo agravadas por la obscuridad.

Eran ya más las lágrimas que los quejidos en aquel enorme spoliarium, y por eso había ocasiones en que Pachín no oía en su derredor otros rumores que el incesante crepitar de las llamas devoradoras, y alguna voz de los que huían de sus estragos, o de los que empleaban en combatirlos, inútilmente, las escasas fuerzas que les había dejado la tremenda sacudida del otro azote. En estos casos eran mayores las repugnancias y el miedo del pobre aldeanillo, que al dudar si pisaba entre las negruras del suelo «carne cristiana,»soñaba oír hasta el gemido de protesta contra la profanación cometida por sus pies. Sudaba el infeliz en estos trances y procuraba acercarse a la luz mortecina de los farolillos que llevaban algunos grupos y personas dispersas, y lo hacía con el doble fin de saber mejor dónde pisaba y reconocer más fácilmente lo rastreado, si tenía la dicha de dar con ello.

Pero andaba, andaba, palpando casi las personas cuyos pasos seguía, y jamás lograba otros frutos que un desengaño en cada intento. En esta labor dolorosa, prefería las figuras solitarias, por calcular que su madre, desconocida y forastera, no podía andar de otro modo por allí.

Una vez, siguiendo el rumbo de la luz extenuada de uno de los farolillos errantes, verdaderas luces de cementerio, tropezó con dos mujeres. La una llevaba un farol en la mano; la otra en las suyas un jarro con agua, una jofaina y una esponja. La del farol, aunque se envolvía el talle y parte de la cabeza en un espeso manto, le pareció, por la blancura de su tez, y el aire de su persona, dama distinguida. A la luz de los incendios más que a la amortiguada del farolillo, vio Pachín que tenía los ojos enrojecidos de llorar y surcadas de lágrimas las mejillas; y aunque se había cerciorado de que ninguna de las dos era la mujer que él andaba buscando, las siguió en su faena y sin estorbarlas, durante un buen rato. Cuando encontraban el cadáver de un hombre, si tenía cabeza, la señora arrimaba a ella el farol, y con la esponja empapada en agua que le ofrecía la otra mujer, le quitaba cuidadosamente la tizne de la cara... ¡y adelante con su pesada cruz! porque nunca era el muerto que reconocía, la prenda de su corazón que iba buscando. De todos los dolores que había conocido Pachín hasta entonces en el mismo triste lugar, ninguno le pareció tan hondo, ni le mereció tanto respeto como aquél.

Dejando perderse a la infeliz señora en los misterios de la obscuridad lejana, corrió él hacia los grupos de gente que vio sobre uno de los muelles fronteros al buque sumergido, alumbrados por el resplandor del que estaba quemándose. Tampoco estaba su madre allí, entre las mujeres que seguían con avidez ansiosa los trabajos que se hacían en el agua, trabajos ya conocidos de Pachín, aunque en escala más reducida. Ahora los botes y las lanchas eran más, y más los garfios que se arrojaban al fondo, y más los restos que salían enganchados, sin contar lo que se recogía flotando entre maderos, latas y otros mil despojos del desastre, que iba apareciendo arrastrado por la corriente, sin que nadie supiera de dónde venía o dónde había estado hasta entonces. Se alumbraba la escena con hachones de viento, cuya luz iluminaba racimos de cabezas, y se reflejaba trémula en las removidas y turbias aguas. Pachín huyó de allí con el corazón oprimido por una nueva forma de dolor congojoso y asfixiante, y se sumió de nuevo en las sombras de la llanura, a continuar su labor con más bríos que esperanzas.

Observó que los grupos con luz eran siempre de hombres solos, hombres encargados de recoger cadáveres y de conducirlos en camillas o amontonados en furgones, al sitio que les estaba destinado. Esto le pareció muy aflictivo, y, sin embargo, seguía a los grupos, aunque sin saber si lo hacía por verse más acompañado en su pavorosa soledad, o por guiarse mejor con la luz de sus faroles, o porque le arrastraba la fascinación de lo tremendo, como arrastra la visión de los abismos.

Explorando así entre vivos y muertos, y devorando, más bien que mirando, con los ojos hechos ya a la obscuridad y a descifrar los engaños en que envolvían a las personas errabundas los resplandores siniestros de las llamas, dio con otro grupo de hombres cuya ocupación era cuanto allí le quedaba que ver. Aquellos hombres llevaban entre manos unos sacos negros, muy grandes, y en estos sacos iban metiendo los despojos que encontraban desparramados: miembros, entrañas... y hasta la sangre, recogida del suelo con la tierra empapada en ella y por ella santificada ya... Asociósele, con la fuerza y velocidad del rayo, el recuerdo de su madre desaparecida a la visión de aquellas reliquias espantosas, y no pudo más el desdichado: sintió una angustia indefinible entre corrientes de sudor frío que le bañaban el cuerpo; turbósele la vista, y sin fuerzas para sostenerse de pie, cayó desplomado sobre un rimero de escombros.

Cuando volvió en sí, socorrido por aquellos buenos hombres, respondiendo a preguntas que le hicieron les contó su desventura y sus intentos malogrados. Allí, a aquellas horas, había perdido su última esperanza. ¿Qué le quedaba sin explorar? ¿Qué más muertos, qué más heridos ni qué más buscadores de ellos, que los que ya había visto y reconocido él? Dijéronle entonces, acaso para levantarle un poco el espíritu desmayado, que había en el Hospital muchos heridos y muertos de que él no tenía noticia, y ello bastó, en efecto, para que le renacieran los bríos y se creyera capaz de los imposibles. ¿Por dónde se iba al Hospital? Le indicaron dos caminos: el más abreviado y el más largo; pero eligió el segundo, porque el arranque del primero, según se veía desde allí, estaba obstruido por dos incendios que casi cruzaban ya sus llamaradas.

Hasta entonces no se había detenido el pobre muchacho a considerar el incremento que tomaba por instantes aquel nuevo desastre, y la extensión y fuerza que alcanzaba. Por el lado del Norte formaban las llamas una altísima cordillera; y de la anchura que había adquirido su base, de la cual parecían las raíces las enrojecidas lenguas que asomaban por todos los corroídos huecos de los edificios que le servían de pasto y golosina, se deducía fácilmente que estaban ardiendo los dos lados de la calle trasera en casi toda su longitud. A su vez, el primer incendio del otro lado, el del Oeste, encrespándose y respingando y nutriéndose sin cesar de las casas en que había hecho presa, se esforzaba en dilatarse a diestro y siniestro, pero especialmente hacia el Norte, como si tratara de tomar de aquel otro incendio más pujanza, para llegar de un salto a enlazarse con el que le seguía por el Sur, el cual también se cernía y forcejeaba para salirle al encuentro.

Por misericordia de Dios, las voraces hogueras subían pacíficas y rectas al espacio, en cuyas alturas chisporroteaban sus pavesas entre los remolinos del humo ceniciento acumulado allí en espesos nubarrones. Un soplo de aire que inclinara las llamas hacia el Norte, y desaparecía toda la ciudad en breves horas. No se concebían en lo humano fuerzas bastantes para triunfar en una lucha contra enemigos como los de aquel día; día no menos infausto y pavoroso que los evocados por el poeta; aquellos


«.............. días de espanto
en que rezan a solas los ateos».
 

¿Qué fuerzas sostenían a Pachín para hacerle capaz de tanta resistencia? ¿Quién de los que le veían pasar y adelantarse a todos los que más andaban entre calles, y retroceder de pronto, o desviarse para examinar un corrillo de mujeres, o meter la cabeza por las entreabiertas hojas de la puerta de un tenducho, porque había creído oír una voz que se parecía a la de su madre, podía sospechar siquiera lo que aquella criatura llevaba andado, rebuscado, y padecido en el cuerpo y en el alma, desde las cinco de la tarde? ¡Oh! si los que pesan y miden por escrúpulos la fuerza y la resistencia de determinadas substancias del mundo físico, pudieran estimar del mismo modo lo de que es capaz y resiste el espíritu humano puesto en tensión vibrante por los grandes infortunios de la vida, ¡qué hallazgo para la ciencia y qué sorpresa para los sabios del alambique! Pues esta fuerza prodigiosa era la que sustentaba a Pachín y ponía en actividad todos sus miembros, y en plena luz su juvenil inteligencia, y le hacía insensible al dolor de sus heridas y a los lamentos de los desdichados como él, y diestro en la obscuridad de la noche entre calles que jamás había pisado, y sutil en la investigación de su camino. ¡Si hubiera podido dominar sus impaciencias como su debilidad y sus angustias! Y eso que no iba solo, porque le acompañaban otros muchos peregrinos del dolor. Allá iban todos en busca de lo que no habían podido descubrir en otra parte. ¡Lo mismo que él! Y con ellos siguió, calle arriba, calle arriba, como si todos fueran unos, aunque todos eran extraños entre sí. Nada se hablaban, nada se decían; pero casi todos lloraban en silencio, y éste era el lenguaje único inteligible y familiar de aquel pueblo en aquellas horas de infortunios cuya expresión no cabía en ninguna lengua humana.

El portón del Hospital estaba abierto, porque no había un instante en que alguien no entrara o no saliera por él. Pachín entró, adelantándose un buen trecho a los que con él iban; y dejándose guiar por las primeras luces que descubrieron sus ojos al hallarse en una galería de macizos arcos de piedra, tomó por el lado derecho, sin parar mientes en las monjas y otros servidores del piadoso asilo, que pasaban a su lado en afanoso trajín; volvió luego hacia la izquierda, siguiendo los rumbos de la nave; viose enfrente de la embocadura de una gran escalera; subió por ella, y se encontró en otra galería como la de abajo, pero más abrigada y menos libre de estorbos para recorrerla, porque estaba a medio llenar, y continuaba llenándose, de camas improvisadas tendidas en el suelo. Mientras dudaba si tomar por un lado o por otro, y sin atreverse a preguntar a nadie, o quizás olvidado ya de cómo se preguntaba por lo que no se sabía, oyó rumor de voces y de lamentos hacia la derecha, y por aquel lado se encaminó. A los pocos pasos topó con una puerta que daba ingreso a una habitación colmada de gente. De allí salían los rumores y los ayes. La habitación no era grande; pero sí lujosa, al parecer del aldeanillo, con muchos retratos en las paredes, y un piso tan reluciente y fino, que Pachín se resbalaba al andar sobre lo poco de él que estaba desembarazado. Olía allí mucho «a boticas», y había colchones y mantas en el suelo, y en cada cama de éstas y sobre cada mueble de los arrimados a las paredes, un herido o un moribundo. Junto a los primeros, curándoles las tremendas heridas, médicos con sus blancos mandiles por delante, y la bruñida herramienta o los vendajes entre manos, y practicantes que les ayudaban en la cruenta labor, y las santas siervas de la Caridad que cuidaban de todo y a todo atendían como quienes eran. Junto a un hombre que se moría, un sacerdote arrodillado e inclinado sobre él, casi abrazándole; un sacerdote muy extraño para Pachín, que recordaba haberle visto en idénticas ocupaciones en la casa de socorro: vestía ropaje muy fino de color morado; colgaba de su cuello sobre el pecho un crucifijo de oro, y llevaba un grueso anillo en una de sus manos. Su voz era dulce, como el mirar de sus ojos compasivos, y su palabra, elocuente, persuasiva y amorosa. ¡Qué cosas sabía decir al moribundo, casi llorando de pena! ¡qué valor le infundía, y cómo le consolaba! Jamás había visto Pachín un Obispo sino en estampas y con mitra, báculo y capa pluvial; y por eso no conoció al de su Diócesis en aquel caritativo y humilde sacerdote con vestiduras moradas, de corte igual al de las negras de los otros curas que por allí andaban también, como en la casa de socorro y en el campo mismo de la catástrofe.

Pero ni entre los que se morían, ni entre los que eran curados por los médicos o esperaban su turno para curarse, ni entre los vivos y sanos que se entretejían con ellos, se hallaba su madre. Supo que estaban colmadas de heridos todas las salas de cirugía del Hospital, y que por eso se había habilitado precipitadamente aquélla, cuyos destinos ordinarios eran bien distintos; y en busca de las otras salas fue, con las señas que le dieron.

El rastro de las improvisadas camas de la galería, algunas ocupadas ya, iba enseñándole el camino a lo largo de ella; otro, de lamentos y quejidos, le guió a un departamento en que había dos grandes mesas de muy extraña forma, y varios aparatos de uso desconocido también para el ignorante aldeanillo, aunque por el sitio en que se hallaban y la vecindad que tenían, y, sobre todo, por «el arte» de unas herramientas que vio relucir en el fondo de un armario cerrado con cristales, presumió que nada de ello debía de ser para «cosa buena». En cada costado, según se entraba, había una puerta, y cada puerta daba ingreso a un gran salón en que se percibían mucha gente, muchas camas, muchos ayes y mucho olor «a boticas».

Tomó, al azar, por la derecha y penetró en aquella estancia; pero con más desahogo que en la primera que había visitado, porque no sólo era más grande, sino que las camas estaban armadas y en dos filas, con los testeros a la pared, dejando entre los pies de unas y de otras, un ancho pasadizo para la gente. Por lo demás, el mismo linaje de enfermos, iguales martirios, igual trabajo de los médicos y sus ayudantes, las mismas religiosas asistentes, idénticos moribundos con el cura a la cabecera, el mismo espanto en todas las caras, las mismas lágrimas en muchos ojos, y el mismo afanoso ir y venir de los que no podían subdividirse para estar a la vez en todas partes.

Pachín fue recorriendo cama por cama, detrás de los médicos unas veces, y otras como podía o le era permitido; y sólo cuando llegó a las últimas, supo que no había más que hombres en aquella sala. La destinada a las mujeres era la de enfrente. Salió volando de aquélla, atravesó la de los aparatos y penetró en la que le interesaba más.

Era una exacta reproducción de la de hombres, con el mismo número de camas y de enfermos, e idéntica legión de médicos y asistentes. A Pachín le parecía imposible que habiendo tantas mujeres reunidas allí, víctimas de una misma causa, no fuera una de ellas su madre. Esto le reanimaba mucho las vacilantes ilusiones; pero al mismo tiempo aumentaba enormemente su trabajo. No tenía más campo de investigación que las caras; y la que de ellas no estaba desfigurada por el dolor, lo estaba por las heridas, o por las contusiones, o por el fango negro. Tenía que preguntar a la enferma misma, y casi nunca le respondían, o le respondían con un ¡ay! que le desgarraba el alma. A las más contrahechas de semblante o aletargadas por el ardor de la fiebre, les gritaba su propio nombre al oído, para sorprender un indicio en un gesto o en una vibración de aquella vida espirante. Cuando en estas investigaciones no satisfacía sus dudas, preguntaba a las monjas, a los médicos, a cualquiera de los enfermeros, por la procedencia de la enferma, y, al último, por las ropas con que había llegado al Hospital, y corría a examinarlas; y con un desengaño más, volvía a la sala de nuevo a proseguir su dura labor, cada vez menos afortunada y más dificultosa.

Al darla por concluida allí, ¡qué hallazgo, en definitiva, el suyo! En los lugares azotados directamente por la catástrofe, había visto un sinnúmero de heridos y muertos; tantos, que había llegado a familiarizarse con los horrores amontonados, con la tizne del fango negro y los vestidos en jirones; pero en las camas del Hospital, siguiendo las faenas heroicas de los médicos, había estimado los horrores en toda su desnudez y detalle por detalle, limpios de todo disfraz y destacándose sobre la blancura de las ropas. Le parecía imposible que con aquellos enormes boquetes sanguinolentos, con aquellas desgarraduras espantosas de la carne, con aquellos miembros macerados y brutalmente desprendidos de sus goznes, pudieran vivir los pacientes hasta que, según también sabía ya, fueran operados en la sala contigua y en otras semejantes, a la luz del sol de nuevo día... si era creíble que nacieran días de sol de una noche como aquélla.

Largo rato pasó el sin ventura a pie firme en medio de la estancia, con la cabeza inclinada sobre el pecho, la imaginación perdida en un páramo de desconsuelos, y la memoria atestada de los espectáculos recientes que se renovaban en ella a cada instante con los lamentos que llegaban a sus oídos de todos los rincones del salón. Sintiendo enervarse sus fuerzas y no resignándose fácilmente a darse ya por vencido en su generoso empeño, preguntó si no le quedaba más que ver y que registrar en los departamentos de aquella casa. El preguntado, después de levantar los brazos hasta la cabeza y la vista hacia el techo, le respondió afirmativamente y le dio minuciosas señas del camino que debía seguir.

Con ellas en la memoria y reavivada su energía con el estímulo de una nueva esperanza, salió Pachín de allí; desanduvo todo lo andado al subir, y cuando acabó de bajar la escalera, atravesó el patio interior que tenía enfrente, y después la nave del claustro... Allí estaba, abierta de par en par, la puerta que se le había indicado en los informes.

Cuando puso los pies en el umbral, sintió en la cara la impresión del relente frío de la noche, y tropezaron sus ojos con las espesas columnas de llamas de los incendios de Maliaño, recortadas en sus bases por la línea negra del muro que cerraba por dos lados el espacio del primer término. Se le antojaba que podían alcanzarse con las manos desde allí, a poco que se estiraran los brazos, las guedejas resplandecientes de las cabelleras infernales de aquellas furias destructoras, y tembló de espanto al considerar que podía cernerlas de un momento a otro una veleidad del aire sobre aquel santo asilo colmado de víctimas del otro azote. Rogó a Dios con toda su alma que apartara de allí tan negra desventura, y se dispuso a bajar los cuatro escalones de piedra que le separaban del suelo de aquel extraño recinto, que, por las primeras señales, le pareció un corral abierto, bien poblado de gente y regado de lágrimas.

El corral, patio o lo que fuera, no tenía otra luz que la reflejada de los incendios por encima de las tapias, y, de este modo, acontecía en él lo que en la explanada de los muelles: que con aquellos reflejos indecisos y fantásticos, las sombras adquirían mayor intensidad que la ordinaria, y en los relieves del suelo se multiplicaban los engaños; por lo cual le costaba a Pachín mucho trabajo orientarse en el terreno que dominaba mal con la vista en la penumbra. Al fin se orientó, aunque más le valiera no haberlo conseguido; porque apenas descubrieron sus ojos, hechos ya a la obscuridad, los misterios de aquel cuadro, los apartó de él estremecido y se encontró sin fuerzas para dar un paso más hacia adelante. El recinto era largo y angosto y con el suelo muy inclinado hacia el Sur, es decir, hacia la mar; enfrente de la escalerilla había un cobertizo arrimado al muro que limitaba el patio por aquel lado, paralelo a la fachada del Hospital; en la parte alta, una puerta cochera; en la de abajo, un muro ciego; y entre este muro y la esquina visible del Hospital, un espacio encerrado por una verja. Inmediato al costado de la escalerilla, a la derecha de Pachín, de largo a largo en el suelo del patio y con la cabeza arrimada a la pared del edificio, había un cadáver; más abajo, a dos palmos de él, otro, y luego otro, y otro... y otro; y así hasta donde alcanzaba la vista o lo permitía el estorbo de la gente que hormigueaba entre ellos. Por la puerta cochera entraban entonces un carro de bueyes y un furgón; y aquel furgón y aquel carro venían también cargados de muertos, que algunos hombres vivos iban colocando después, uno a uno, en la línea de la pared, boca arriba, para ser más fácilmente examinados y reconocidos por los buscadores que, como Pachín, llevaban horas y horas rastreando desolados lo que no encontraban en ninguna parte. Con los cadáveres del furgón iban algunos sacos: aquellos sacos negros cuyo destino había espantado poco antes al pobre muchachuelo, el cual volvió a sufrir mayor espanto al ver que, después de conducidos del furgón a la tejavana, se amontonaba en el fondo de ella su contenido sangriento. No podía impresionar mucho la vista de unos muertos más a quien tantos y tantos había visto en pocas horas; ¡pero verlos como Pachín los veía allí!... en aquel estrecho y obscuro callejón, ordenados en hilera y cara arriba, oyéndose el coro de gemidos de la gente que iba manoseándolos y reconociéndolos uno a uno; por lo alto, la luz siniestra de los incendios; abajo, la penumbra misteriosa y tétrica, y enfrente, el antro negro del cobertizo colmándose de despojos humanos y de sangre: todo esto ofrecía un conjunto de novedad tan patética y horripilante a los ojos del infeliz aldeanillo, que le hizo temblar de miedo y clavó sus pies en el umbral de la puerta.

Le costó mucho, mucho trabajo rehacerse; pero se rehízo al cabo, impulsándole la conciencia de su deber impuesto por las leyes de su corazón de hijo, y descendió con paso firme y resuelto los peldaños de la escalerilla; y tuvo valor, o, por lo menos, fuerza de voluntad, para acercarse a la andanada de muertos, y pasarlos revista uno por uno, y palparlos y removerlos en busca de mejor luz, cuando eran sus mortajas vestiduras de mujer. Pasaba ya la fila de ellos de la esquina del Hospital, y penetraba en el enverjado. Pero en aquel terreno, que era un pedazo de jardín, cambiaba de forma la exposición y aparecían los cadáveres tendidos en los senderos, con los aterciopelados taludes de las canastillas por cabezal. ¡Contraste bien horrendo! La mansión de las flores, que son el adorno y la sonrisa de la Naturaleza, invadida y hollada por los despojos de la muerte en su aspecto más repulsivo y desconsolador.

Pachín notó el contraste a su manera, y a su manera le sintió en el fondo del alma, herida ya en lo más vivo por una alucinación de su vista perturbada. La luz de los incendios, al reverberar en el suelo y en las caras de los cadáveres, contraídas y desfiguradas, fingía en ellas convulsiones y gestos que Pachín descifraba siempre en un mismo sentido. Le parecía que todas aquellas caras terrosas, sepulcrales, mirando al cielo, imploraban algo de él: unas, misericordia; otras, venganza. Esta obsesión invencible y avasalladora, y el espectáculo aflictivo de los que, más felices... o más desdichados que él, hallaban al fin lo que habían ido a buscar en aquel fúnebre depósito, le obligaron a abandonarle.

Cuando, bien informado, además, de que nada le quedaba que hacer allí ni en ninguna otra parte de la ciudad por aquella noche, salía del enverjado en dirección a la puerta cochera que acababa de abrirse para dar paso a otros furgones con más muertos, se fijó en un hombre, muy anciano, que estaba sentado en un poyo y acariciaba la cabeza de un mastín acurrucado junto a él. Le sorprendió el hallazgo; y por entretener el miedo que le hacía temblar, o por un inconsciente impulso de su condición de muchacho, preguntó al hombre lo que deseaba saber; y el hombre, bondadoso y con voz dulce y en la desconcertada sintaxis de todos los campesinos de su tierra, después de quitarse de la boca la pipa de barro que chupaba maquinalmente, satisfizo su curiosidad. Era hortelano «de la casa» muchos años hacía, y el perro, guardián de la huerta por las noches. Estaban allí los dos juntos, para que el mastín no molestara a nadie; y no le tenía solo y amarrado en su garita, porque no ladrara.

—¿Y qué que ladrara? —preguntó Pachín.

El buen hombre le miró con gesto admirativo; y extendiendo una mano después y la vista sobre la andanada de cadáveres, le dijo:

—¡Ladrar... ladrar!... ¡y eso por delante todo!... Resar, resar mejor es.

—Pero entonces —replicó Pachín lleno de asombro—, ¿hasta cuándo va a estar usted de este arte?

—Hasta que Dios amanesiendo mañana, hijo... o dispués.

Todo, en aquellas horas tremendas, era extraordinario y grande, como el infortunio que las había engendrado: hasta la piedad de los corazones más sencillos.

En el de Pachín González no quedaba más que una chispa de calor para sostenerle en el incierto andar con que seguía el camino de su posada: la esperanza levísima de encontrar en ella, y aguardándole, a su madre. ¡Pero si esta esperanza le salía fallida también!... Y cuando el pobre pensaba en ello, le abandonaba el vigor artificial sostenido por la tirantez de su espíritu, y se sentía desfallecer, le dolían las heridas de la cabeza, y tenía sed ardorosa, latidos en las sienes y mucho frío en las extremidades... En estas alternativas de vida y muerte, llegó a la posada; y febril, dolorido, desconsolado, se desplomó sobre la cama en cuanto la posadera respondió con un triste movimiento de cabeza a la pregunta que él la hizo con los ojos acobardados.

Ni razones, ni súplicas de la buena mujer y de las personas que la acompañaban, lograron sacarle del marasmo en que se hundió. Al verle así, en un estado más alarmante aún que la otra vez en el portal, se pensó en avisar a un médico para que le asistiera; pero ¡quién encontraba entonces un médico libre, cuando todos los de la ciudad no alcanzaban para atender a los grandes apuros de los tristes lugares en que se apilaban los heridos? Con desdichas tan grandes, ¿qué importaba el enfermo venturoso que se moría en su propia cama?... Había que renunciar a este recurso y valerse de los caseros. Y a ellos se acudió inmediatamente. Quieras que no, se le lavotearon las heridas, y se las curaron con menjurjes en que abundaban el vino blanco, la ruda y el aceite; se le vendó la cabeza, y hasta se le obligó a desnudarse y a que se metiera en la cama, donde le hicieron tragar una buena ración de vino generoso. El pobre muchacho, primero insensible a todo, y después dejándose gobernar como una máquina, ni desplegaba los labios para pronunciar una sílaba, ni apenas abría los ojos. La vida exterior no parecía interesarle lo más mínimo. Así permaneció largo rato. De pronto gritó «¡madre! ¡madre!» llevándose ambas manos a la cabeza, y rompió a llorar amargamente. Lloró mucho el infeliz, y llorando desahogó su pecho de las angustias que se le oprimían.

Cuando acabó de llorar, se le acercó la posadera enjugándose las lágrimas, contagiada por la aflicción de su huésped, para preguntarle si se sentía mejor. Pachín la respondía con una mirada en que se reflejaba más la gratitud que una respuesta afirmativa... Pero el hielo estaba roto, y eso buscaba la noble mujer para ingerirse por allí con otro remedio del orden moral, en el que fiaba mucho para esparcir los nubarrones de aquel cerebro enardecido. Había que hablarle, referirle «cosas entretenidas», distraerle, sin salirse del círculo de las ideas que le tenían tan amilanado; porque irse con la conversación por otros caminos más risueños, sería como burlarse de las tristezas del pobre muchacho. Y acomodado a esta pauta fue el relato de la posadera, sentada a la puerta de la alcoba. ¡Cómo y por dónde venían las cosas más negras, Señor de los cielos! ¡Qué descuidada estaba ella cuando!... ¡Jesús, María y José! De pronto creyó que habían reventado las cañerías del gas, porque propiamente parecían los tronidos debajo de los balcones. No quedó un cristal a vida, retembló toda la casa y se resquebrajaron casi todos los tabiques: allí tenía Pachín uno de ellos, bien a la vista, si quería mirar. Pero ¿qué valían todas esas pequeñeces comparadas con lo que había ocurrido en otras casas del barrio, como pudo averiguar en cuanto se echó a la calle para saber lo que pasaba? Techos y tabiques enteros desplomados, escaleras descoyuntadas, y, lo que era peor, heridos a montones por los ladrillos y cascotes de la ruina... ¡Las cañerías del gas! ¡Buenas y gordas! Al descubrirse lo cierto, todo el mundo se asombraba de que hubiera quedado cosa con cosa en la ciudad, ni alma viviente para contarlo. Pues en seguida le entró el recelo por la suerte de los que faltaban de su casa: tres personas, sin contar a Pachín y a su madre; pero todas habían ido volviendo, gracias a Dios, y allí presentes estaban entonces, menos la pobre mujer que no había llegado aún, pero que llegaría, ¡vaya si llegaría!: tenía ella, la patrona, buenas razones para afirmarlo... Pero ¡cuánta desgracia, Señor, y de qué pelaje muchísimas de ellas!... porque no había que decir: primeramente, todas las autoridades, desde el señor Gobernador civil, y luego.. en fin, que no tenían cuenta los «malogrados.» Esta era la cara «propiamente mala» del asunto. La otra, no la buena, porque buena no la tenía desde ninguna parte que se mirase, ya era algo distinta. Quedaban los desaparecidos; los que habían sido amparados de repente, al ser barridos por el huracán, en esta tienda y en la de más allá, en esta casa o en la otra. Pues todos habían de parecer a su hora; pero ¿quién sabía el cómo y el cuándo de tantas cosas raras como habían de suceder?... Por lo pronto, en cuanto amaneciera Dios, saldrían a la calle todos los papeles públicos atestados de noticias, bebidas en buenas fuentes; y en esas noticias habría para todos los gustos y para todas las necesidades de muchísimos desconsolados como Pachín. Con que no había que amilanarse por completo, ni perder la confianza en la misericordia de Dios...

Lo cierto fue que con el relato y los comentos de la posadera, reforzados con la aquiescencia bien declarada de los circunstantes, Pachín fue pasando poco a poco del marasmo a la atención y de la atención al interés, hasta acabar por reanimarse y por tomar el alimento sólido y confortativo que le ofreció la patrona y que hasta entonces se había obstinado en rechazar. Con esto, y el cansancio de unas faenas tan extraordinarias como las suyas y las necesidades imperiosas de su naturaleza juvenil, llegó a dormirse profundamente; y cuando de ello se convenció la posadera, apagó la luz de la alcoba y se alejó allí, de puntillas, como todos sus acompañantes.

El sueño le agarró de tal manera, que no le soltó hasta la madrugada. Pero ¡bien caro le pagó entonces el infeliz! Es un hecho comprobado por la experiencia de muchas gentes, que cada hombre tiene designado por el mismo Lucifer un diablejo que se encarga de recogerle, en el momento en que se queda dormido, todos los pensamientos tristes que vagan por su cerebro, y de ponérselos delante de los ojos y a través de un cristal de aumento, en cuanto se despierta. Un diablejo de esa casta fue quien martirizó a Pachín, al despertarse, arrebatándole de pronto las plácidas visiones de su sueño, y poniéndole a la vista el cuadro de su negra realidad.

Jamás había tenido un sueño como aquél. Se había visto dichoso, completamente dichoso; y no porque se hubieran realizado sus ambiciones de gran señor, ni porque tuviera ya los billetes de Banco y el oro de las Indias a carretadas: al contrario, la dicha la había encontrado en el rincón de su aldea. ¡Pero qué rincón aquél! ¡qué praderas, qué ganados! ¡qué frutos los de sus heredades! ¡qué montes tan espesos, y qué música la de su ramaje verde! Y la casa, dentro del cercado que parecía un jardín por la abundancia, la variedad y el esmero en el cultivo, tan abrigadita del vendaval y con la solana al Mediodía; la parra, que nacía arrimada a un esquinal, formando un arco, amarrada a los tornos del balcón; las cuadras, con hermosas pesebreras debajo del pajar henchido de heno fragante, al costado, y dentro de la casa, la abundancia de todo lo indispensable para la vida de familia; el trabajo de la tierra fecunda, placentero, libre y a la luz del sol; la conciencia tranquila, y el descanso, como la conciencia; el corazón sin odios; y en el más estimado rinconcito de él, un cierto cosquilleo vivificante, que tentaba a levantar y ennoblecer el espíritu y despertaba en la imaginación recuerdos de ojos azules, de sonrisas plácidas, de promesas cambiadas con palabras trémulas y miradas cobardes; cuadros, en fin, de una nueva vida de amor y paz y bienandanza... ¡Y su madre!... el alma de todo, el calor, el ejemplo, el ambiente sano, la luz y la sabiduría de la casa. ¡Cómo le quería y miraba por él y le aconsejaba! ¡Y qué vanidad tan lícita la suya al considerarse merecedor de una madre como aquélla!... En suma, que Pachín había dado con el idilio de la vida y adivinado el argumento de un paisaje de abanico. Pues hallándose en el goce de lo más delicioso de él, fue cuando el diablejo, su enemigo, le apagó las luces de la fantasía y le puso delante de los ojos el cuadro de sus desdichas verdaderas. Gimió, lloró mucho entonces, unas veces en el mayor desconsuelo, otras veces desesperado. Clamó a gritos por su madre, y rezó fervorosamente por ella, y pidió a Dios... todo lo que más necesitaba: a su madre, o fuerzas para resignarse a perderla de aquel modo.

No quiso desayunarse ni que le curaran las heridas, pero sí levantarse de la cama: esto lo quiso con grande y reiterado empeño, contra el parecer y los consejos de la posadera y cuantos con ella habían acudido a consolarle. Quería levantarse para lanzarse de nuevo a la calle y registrar toda la ciudad, casa por casa y piedra por piedra. Pero el trabajo de la víspera y los sufrimientos morales habían acabado con sus bríos, y se sintió clavado en el lecho por la extrema debilidad.

En estas peleas y arrechuchos, entró el comensal de marras: venía pálido y descompuesto de faz. Le acosaron a preguntas y refirió lo que había visto. Había salido muy temprano, porque había dormido mal, y la curiosidad le arrastraba fuera de casa. Las calles, a la luz del sol naciente, le habían parecido más tristes que al anochecer de la víspera; las gentes más abatidas y desencajadas; los estragos más notorios, y el aspecto, en general, de la población, más patético y aflictivo. Los incendios continuaban, pero aislados y en camino de acabarse por falta de cebo y no haber querido Dios que los empujara el viento hacia donde le había muy abundante. Tentado del diablo y de un mal consejo, había ido al Hospital. ¡Nunca allá fuera! Entró sin dificultades, como entraba mucha, muchísima gente, y no toda en son de paz y con el respeto que debía. Por subir la escalera, comenzó a arrepentirse de haberla subido y tuvo tentaciones de volverse a la calle. Pero la curiosidad, ¡la pícara curiosidad!... Estaba la galería por donde andaba, llena de colchones en el suelo, y yacía en cada colchón un herido; ¡pero qué heridos! ¡qué caras tan monstruosas, tan negras, cuando no eran amarillas como la cera de las sepulturas! Y sobre todo, ¡qué alaridos los de aquellos desdichados y otros tales que se oían de más lejos! Según noticias, así estaban desde la madrugada, desde que «se les habían enfriado las heridas» curadas por la noche. Le temblaban las piernas y se le turbaba la vista, pero le arrastraba la fascinación del horror mismo, y ¡adelante, adelante, adelante!... Así llegó hasta una embocadura, a cuya puerta, mal cerrada, se quedó como clavado por los pies. Lo que vio por los resquicios le hizo dar diente con diente: unas mesas muy raras; sobre las mesas, cuerpos desnudos de pies a cabeza; y en aquellos cuerpos, insensibles por el cloroformo, mutilados, chamuscados, desgarrados por la metralla del vapor, un enjambre de médicos con los mandiles manchados de sangre, y grandes y relucientes cuchillos, o formones o sierras en las manos, cortando miembros destrozados, o extrayendo costillas machacadas, o mondando, desbrozando boquetes horrorosos, obstruidos por piltrafas sanguinolentas; irrigando los cortes en carne viva con chorros incesantes de un agua que olía muy mal, y luego mantas y más mantas de esponjados algodones y vendajes sobre lo operado; y por fin, entre brazos de enfermeros el herido, a otra sala contigua; y otro enfermo de ella, o de otra igual, a sustituirle en la mesa de operaciones; y cada cual de los heridos no operados aún, pidiendo a gritos desgarradores la merced de la sierra o del cuchillo cuanto antes. Sudaba de congoja el pobre hombre, y, sin embargo, no podía apartarse de allí: al contrario, iba insensiblemente y poco a poco penetrando en la sala, y no sabía qué le fascinaba más, si el horror de los tormentos y de la sangre, o el valor, el trabajo heroico e inmensamente caritativo de aquellos incansables y diestros cirujanos. Al fin llegó a sentir su cerebro, su corazón, todo su organismo, saturado, ebrio de aquel conjunto de cosas espantables, y huyó en busca de otro ambiente y de otros espectáculos.

Corrió, más que anduvo, por las galerías en demanda del aire libre de la calle, y le invitaron a ver el patio exterior, lleno ya, materialmente, de muertos; pero esta invitación, lejos de seducirle, le hizo apretar el paso y buscar con dobladas ansias la salida del Hospital... De un tirón había llegado a casa por el camino más corto, y sin poder quitarse de entre cejas la visión de tan grandes lastimas y de tanta carnicería...

Con el fin de este relato coincidió la llegada de un periódico recién salido de la imprenta. Al verle Pachín en manos de la posadera, la pidió por caridad de Dios que le dejara enterarse de él con sus propios ojos. No se fiaba de nadie. Complaciósele de buena gana, y se engolfó con avidez febril en aquel mar de letras de molde. Comenzaba por la historia del suceso, con declamaciones y comentarios que, por entonces, no importaban a Pachín cosa mayor. Después iban listas inmensas de nombres, nombres de muertos conocidos y comprobados; de heridos muy graves que pronto morirían, y de otros más leves, y de desaparecidos... Pues todas estas listas leyó Pachín, nombre por nombre y en voz alta, sin topar con el que buscaba el inocente de Dios. Luego venían en montones los anónimos, y en seguida el resumen de cada serie, en números, hasta la hora en que se imprimía... Sumaban más de doscientos los cadáveres reconocidos en el campo de la catástrofe y en las calles de la población, más de otros tantos los heridos muy graves, y muchísimos más los relativamente leves, los que habían sido curados en establecimientos y casas particulares y los que se suponían existentes de esta clase, por último, los desaparecidos, que no eran pocos, y que, a aquellas horas, podían sumarse con los muertos. Después, una enumeración de los efectos del estampido en la ciudad: casas ruinosas, inhabitables en absoluto; otras con grandes quebrantos en el interior; la Catedral, cuya mole había librado a la ciudad de muchas desgracias, ametrallada materialmente por el costado del Sur; el tejado, hundido por la cumbre; en el jardín de su claustro, a montones las vigas de hierro engarabitadas, y las madejas enmarañadas de cables metálicos, y los clavos de herradura y los cartuchos vacíos; en tal casa de tal calle, un casco de la caldera del vapor sobre la alfombra de un gabinete; en el balcón de tal otra, un bastidor de un camarote; y así hasta el infinito. Luego, muestras del alcance increíble, de la fuerza expansiva del volcán diabólico: por ejemplo, un bloque de hierro fundido, de más de seis quintales de peso, que había matado a una mujer en el camino de Corbán, es decir, a tres kilómetros del sitio de la explosión. Otros ejemplos de los extraños efectos de ella: cadáveres sin la más mínima lesión aparente; otro, descalzo de un pie y con el correspondiente botito al lado; otro, de una señora, con el abrigo, que llevaba puesto, intacto, y arrancada una manga del vestido que tenía debajo de él; niños desaparecidos de los brazos de sus zagalas ilesas, y al revés, sobre el tejado de un almacén de los contornos de la explanada y sin un solo rasguño ni la contusión más leve, un jovenzuelo que había estado viendo el incendio muy cerca del vapor; en la mesa del comedor de un hotel frontero al muelle del desastre y ocupada por varios huéspedes, la caída del busto mutilado de un hombre, colado como un proyectil por la vidriera inmediata... Por último, un aviso de la Alcaldía en el que se suplicaba a los propietarios que hicieran reconocer los tejados de sus casas, y si encontraban en ellos restos humanos, los recogieran cuidadosamente para darles cristiana sepultura... ¡Qué más ya?

¿Había entre los allí presentes, ni entre los vivos de la ciudad ni del mundo entero, quien tuviera noticia de cosas semejantes sucedidas, ni siquiera soñadas? Ni en duda puso Pachín este sentido apóstrofe de la posadera... ¡A buena parte iba con el quejido la buena mujer!... ¡a Pachín, que había visto con sus propios ojos casi todo lo que se puntualizaba en el periódico! Pero no era ese el caso ya para él, que no podía evitar tanta desgracia, sino ver el modo de remediar la suya, si cabía en lo humano, o, cuando menos, intentarlo con nuevas investigaciones.

Se hablaba en el papel de gentes recogidas en establecimientos y casas particulares... Por aquí se podía rastrear, y mucho, siquiera en las vecindades del abominado sitio, porque no era creíble que su madre hubiera sido impulsada con vida más al centro... Pero... Y se retorcía el infeliz en la cama, haciendo pruebas inútiles para levantarse. No sólo la debilidad, los dolores de sus coyunturas, el quebranto de todo el cuerpo, le tenían amarrado, adherido a aquel potro de insufribles tormentos morales. Volvió a llorar desesperado y a rezar, pidiendo a Dios que le diera las fuerzas que necesitaba para moverse, de allí, para salir a la calle y recorrer la población casa por casa: esta merced siquiera, ya que no le considerara digno de la fortuna de hallar a su madre viva, al fin de sus investigaciones. Con lo que hizo llorar de nuevo a la posadera y conmoverse al comensal, que prometió al afligido muchacho echarse a la calle en seguida y hacer sus veces en el empeño que a él le estaba vedado. Y como lo dijo lo cumplió.

Pasó tiempo, casi toda la mañana, sin que el comensal volviera, ni llegaran a la posada otras noticias que las que andaban en todas las lenguas y por todas partes; y Pachín, pensando que el adquirir fuerzas para levantarse pronto dependía de engullir mucho, no cesó de bregar contra la obstinada inapetencia que se lo impedía. A la hora de comer, bien corrida ya, volvió el comensal, desmadejado y sudoroso, pero no desalentado al parecer. Nada traía de lo que había ido a buscar; pero aseguraba haber dado con un rastro que le prometía algo bueno. Si Pachín creyó o no creyó aquel embuste caritativo, nadie se lo conoció; pero lo cierto fue que el excelente sujeto se volvió a la calle sin deglutir el último bocado, dejando la posada llena de noticias que había adquirido en su excursión: que venían legiones de hombres con potentes aparatos contra incendios, de varios puntos de la provincia, y todos los bomberos de Bilbao, y el Ministro de la Gobernación con una falange de altos funcionarios, de Madrid, y un batallón de ingenieros, de Logroño. Porque toda España se había estremecido de espanto al conocer la extensión de la catástrofe, y de todas partes llegaban generosas demostraciones de ello.

Con el comento de estas noticias y la adquisición de otras por el estilo, fue pasándose la tarde y entreteniendo Pachín sus impaciencias; porque, a todo esto, el comensal no volvía... Hasta que empezó a anochecer; y cansado de llorar, de sufrir y aun de impacientarse, en un breve rato en que se quedó solo en la alcoba y casi a obscuras, le acometió el sueño; pero tan a traición y de repente, que no tuvo tiempo el diablejo, su espía, de recogerle los malos pensamientos, y se le quedaron todos en la cabeza. También soñó con su pueblo entonces; pero ¡de qué distinta manera que la otra vez! Toda la comarca era un erial ingrato: ni el sol se dignaba alumbrarla dos veces al mes, y se sentía frío en ella hasta en agosto. Él se descoyuntaba el cuerpo trabajando, ¡y nada! Sembraba, y lo sembrado no nacía; el suelo resquebrajado de sus praderas, sólo daba escajos y zarzas miserables; la casuca se le desmoronaba a ojos vistas; el hambre y la ruinera acababan con sus ganados, y se veía con el último vestido que había podido adquirir, hecho jirones y mugriento por el uso, y además solo, ¡solo de toda soledad! Porque su madre había muerto también. Subiendo a lo alto del monte para hacer una carga de leña de la única que se conservaba en todo él, pero raquítica y chamuscada, como que procedía del incendio que devoró los robledales que allí hubo, había rodado por los peñascos de una quebrada, sin que apenas hubiera hallado él quien, por caridad, le ayudara a sacar del fondo de la barranca el destrozado cadáver. Todavía estaba viéndole metido en un ataúd sin tapadera, porque era el de los pobres de solemnidad, con cuatro varales y cuatro patas: los unos para ser cargado en hombros de cuatro hermanos de la Vera-Cruz; las otras para mantenerle en alto junto a la sepultura y volcar en ella fácilmente el cuerpo, sin tocarle con las manos. Se había vuelto hacia casa, después de rezar el responso entonado por el cura sobre la fosa rociada con agua bendita al mismo tiempo, y aún seguía andando, andando; pero cuanto más andaba, menos adelantaba en el camino. Había pasado así toda la mañana y casi toda la tarde; y ya se había puesto el sol debajo de la espesa capa de nubes cenicientas, y se veía venir la noche; y unos perros, extenuados de hambre, que habían salido a ladrarle de las corraladas por donde había ido pasando, no cesaban de ladrar ni de perseguirle; y él andaba y andaba, moviendo a un lado y a otro un palo que llevaba en la mano apoyada sobre la cadera, y empezaba a tener miedo. Porque la noche venía; y al latir lastimero de los canes se iban agregando voces humanas, que no sabía él si eran para apaciguarlos o para azuzarlos más. Por último, anocheció de todo, y a los ladridos y a las voces se juntó un manoseo que sentía sobre el pecho y sobre la cara, sin poder averiguar quién o qué cosa se le producía; porque la noche era negra, negra como él no había conocido otra, y no veía en torno suyo más que la negrura impenetrable, maciza, de la obscuridad. El manoseo del pecho llegó a quitarle la respiración, al mismo tiempo que le taladraban los oídos, no ya el ladrar de los perros, sino unos gritos y llamadas que no acertaba a definir; y como la angustia, el ahogo de su pecho, seguía apretándole, hizo un esfuerzo de respiración en que puso todo lo que le quedaba de vida... y triunfó en el empeño. Rotas aquellas opresoras ligaduras, hasta se disiparon las tinieblas y cesaron los aullidos de los perros... y vio, vio delante de sus ojos, comiéndole a besos y estrechándole entre sus brazos, ¡oh prodigio y caridad de Dios!... a su madre; pero a su madre viva: no a la que había rodado por los peñascos de la quebrada del monte de sus delirios, sino a su verdadera madre; a la que había desaparecido cuando la voladura del vapor y buscado él por todas partes, llorándola ya por muerta. Y vio más todavía: vio, a la derecha de su madre, a la posadera, y a la izquierda, al comensal, ambos con los ojos encharcados de lágrimas, fijos en él... por más señas, que la posadera tenía en la mano una palmatoria con una vela encendida, a cuya luz, que hasta le deslumbraba, veía Pachín la escena como al sol del mediodía, y distinguió claramente a las personas que formaban parte de ella en la penumbra del segundo término. No cabía la menor duda: aquello no era continuación de su sueño desconsolador y fatigoso, sino la realidad patente. Pachín estaba despierto, y su madre, viva, junto a él. Pensó volverse loco de alegría, como ya lo había estado dos o tres veces de pesadumbre. De un brinco se sentó en la cama y se colgó del cuello de su madre que seguía devorándole a besos e inundándole de lágrimas... ¡Fueran los químicos del sentimiento a averiguar cuál de los dos corazones ponía mayor cantidad de fibras en aquel abrazo sublime!

No fueron largas ni minuciosas las explicaciones de la madre cuando llegó el momento de darlas, ni podían ser de otro modo. Sabía muy poco de lo que le había pasado; y eso, por referencias hechas cuando ya no había en ella otro pensamiento ni otras ansias que el saber de la suerte de su hijo. Por lo visto, había sido encontrada debajo de unos maderos, a la vera de un portal, por unas almas caritativas que la subieron sin conocimiento a su casa. De tal arte estuvo hasta cerca de la media noche, hora en que empezó a volver en sí. El verdadero y cabal conocimiento no lo había adquirido hasta las dos de aquella tarde. Entonces fue cuando la enteraron de todo lo del vapor y del modo que había sido hallada y recogida ella; pero como no la daban noticias de su hijo cuando preguntó por él, ya no vio ni oyó nada de lo que a su lado pasaba o se decía, ni pensó en otra cosa que en saltar de la cama para echarse a la calle cuanto antes en busca del pedazo de su corazón. No tenía otro mal que una pesadez muy grande en la cabeza y unos cuantos golpes en el cuerpo, que no le habían hecho sangre ni levantado el menor bulto, pero que le dolían algo... Pues todo se le quitó, como por milagro de la Virgen, tan pronto como se empeñó en que se le quitara con unos sorbos de caldo y la necesidad que tenía de hallarse buena y fuerte. Y tan animosa se vio de pronto y tan firme y atrevida, que ni siquiera quiso aceptar la compañía que le ofrecieron, por lo que pudiera acontecerla en sus exploraciones: demasiado habían hecho ya aquellas caritativas gentes. Se lanzó a la calle como desatinada y loca; y al verse en ella, se la ocurrió que, ante todo, debía comenzar por volver a la posada, donde quizás estuviera Pachín llorándola por muerta. Anduvo, anduvo hacia allá, y a medio camino alcanzó a aquel buen hombre (el comensal), que se alborotó de alegría al conocerla, y la impuso de lo que más la interesaba saber. Alabó a Dios con toda su alma agradecida... y allí estaba, un poco menos boyante que la víspera y más baja de color; pero con la salud sin quebranto serio... y hasta con su paraguas y todo, pues abrazada a él había sido encontrada bajo la pila de maderos, según después se la dijo.

—Y ahora, hijo mío de mi alma —añadió, volviendo a besarle con ansias de frenesí—, ahora que sabes de esto más de lo que hace falta, cuenta, cuenta tú de lo tuyo, que es lo que importa y viene al caso.

Quería Pachín dejarlo «para luego», porque la historia era larga y su madre necesitaba, ante todo, alimentarse y descansar; pero pensaba ella de muy distinto modo: insistió en su empeño; se acomodó en una silla que la posadera le arrimó a la cama; sentáronse también, aunque a prudente distancia, aquella buena mujer y el comensal y cuantas personas estaban allí presentes, y no tuvo Pachín más remedio que ponerse a contar su terrible Odissea.

Como tenía el corazón bien repleto del asunto, la boca del narrador le fue pintando de tal arte, que a los fascinados oyentes les parecía estar viéndole estampado en un papel; y tan a lo vivo resaltaban los horrores del cuadro y las angustias del pintor, que al andar éste por la mitad escasa de su tarea, le pidió su madre, por caridad de Dios, que hiciera punto en lo ya dicho y dejara lo restante para otra vez.

—Razón tenías, hijo de mi alma —añadiole—, en resistirte a contármelo ahora. Están las llagas demasiado frescas todavía para poder tocarlas sin que sangren.

Y con el evidente propósito de llevar sus imaginaciones a otra parte menos triste, le dijo en seguida:

—A más de que hay que hacer de tripas corazón y ponerse cada cual en su deber. Lo que no tiene de por sí remedio, no lo han de remediar fuerzas humanas; y cuando el Señor de los cielos te libró de mal tan grande, será porque te guarda para mejor suerte por otros caminos. ¿No te lo paece a ti también? Y si no, dime: ¿a cuántos estás, a la hora presente, de tu negocio? ¿A que no has pensado siquiera que se puede haber largado el otro barco sin acordarse del santo de tu nombre?

—¡El otro barco! —exclamó Pachín, llevándose ambas manos a los ojos, espantado de la idea despertada en su cerebro por las preguntas de su madre—, ¡el que había de llevarme a mí por esos mares, días y días, lejos, ¡muy lejos! en busca de... no sé qué?

—El mesmo, hijo mío, el mesmo.

—Pues hágase cuenta, madre, que, para mí, todos esos particulares, ya, como las nubes de antaño. Desde ayer acá, soy muy otro de lo que fui en el ver y en el pensar de ciertas cosas... Aquello, ¡ay, madre de mi alma!... yo no sé explicarlo bien; pero, aunque torpe de entendederas, paéceme a mí que es a modo de libro abierto que tiene mucho que leer y no poco que rumiar. De algo de ello viví yo loco por tentaciones de Satanás, y así y con todo no pagué mi culpa donde tantos inocentes perecieron ayer.¿Qué mayor suerte? ¿Qué mayor aviso, madre?

Y si no lo fuere, yo por tal le tengo y a él me agarro... y al pobre rinconuco del nuestro lugar quiero volverme antes con antes, a trabajar para usté... para los dos, majando terrones como los majó mi padre, que, trabajando así, honrado vivió y en santa paz entregó a Dios el alma... Y, en suma y finiquito, ¿qué mejor caudal, madre? El trabajo que honra y da la paz, ¡bendito sea él!... pero la cubicia tirana, el hambre del dinero que con todas entra, porque nunca se ve harta, ¡maldita sea de Dios como la peste más dañosa!

Al otro día, o al siguiente, porque no están acordes los datos acerca de este insignificante particular, la madre y el hijo emprendieron el viaje de vuelta a su aldea, hablando poco y meditando mucho, según iban adelantando en el camino. Pachín, sobre todo, que había visto y sufrido más que su madre, no podía apartar su discurso del cuadro que llevaba estampado a fuego en la memoria, ni cesar un instante en el empeño de reconstruirle, de componerle y de completarle en su fantasía con los elementos adquiridos fuera del alcance de su propia observación. Así, a larga distancia, con el espíritu en reposo y a la serena luz de sus recuerdos, llegó a verle en toda la magnitud de su conjunto de horrores, sobre los cuales se cernían los espectros del dolor, de la orfandad y de la miseria, como una bandada de buitres sobre un campo de batalla; y al estremecerse entonces de espanto, no podía sospechar el noble y rudo aldeanillo que aún faltaban nuevos renglones en la columna negra de aquella cuenta terrible; que el monstruo, aunque sepultado, respiraba todavía, y que, como el de la fábula bajo el peso de su monte, había de vomitar nuevas desventuras sobre la infortunada ciudad, al agitarse en el fondo de su tumba con las últimas convulsiones de la agonía.


Santander, diciembre 1895.

De Patricio Rigüelta redivivo a Gildo, «el letrado» su hijo en Coteruco

Santander, a 28 de febrero de 1882.

Por demás te costa, Gildo, que el tiempo, bien aprovechao, da para todo, por mucho que ello sea, y que el hombre, si entiende sus comenencias, puede andar a cambas y a bolsas en un mesmo viaje, sin detrimentos de lo uno, cuando se enreda con el otro, porque la suerte se lo puso delante. Tamién te costa que no es tu padre de los que más desaprovechan las buenas ocasiones. Dígalo el auto de que mientras haga valer aquí los empeños que te son notorios en el caso que ventilo, agarro la que se me presenta bien a bien por la otra banda, sin quebrantos de la hacienda personal y en mayor auge del regalo del cuerpo.

Sabrás, Gildo, cómo, motivao al curso apetecido por uno de los empeños que trije, di con un sujeto que, en tiempos de ayer, fue lobo de la nuestra camá... y aticuenta que no empondero la comparanza, visto que Cueva se llamaba el punto de las juntas que teníamos; y que para lo tocante a echar la zarpá, con razón o sin ella, media provincia era monte para nusotros con la excusa del voto liberal. Buena escuela aquélla, Gildo. Allí aprendió tu padre esa finura de trabajo que le envidian tantos peines de ahora.

Pus dígote que me avisté con este tal sujeto; y avistándome con él, hízolo la suerte en hora y punto, que ni de molde. Agolía la casa a temblor de tierra, como el otro que dice, por salas y rincones; retinglaban vasos y cazuelas, y resollaba el manjar en la cocina, que era una bendición de Dios. Esta fue ocasión de pregunta maliciosa; la pregunta trijo una respuesta de cortesía y un brindis de cirimonia; y por si el sujeto se negaba a repitir la fineza, agarréme a la primera, que es la más segura, y quedé tan convidado como el mejor de los amigos causantes del osequio. Apuradamente, estoy yo en mis cabales cuando me veo entre gentes de viso y pulimento cevil; y no te rías de ello, Gildo, que si esas gentes me sacan punto en finuras de palabreo, yo le saco un jeme al más pintao en esto de apartar el grano de la paja; y váyase lo uno por lo otro.

En fin, hijo, que me di por solicitao; que llegó la hora, y que allá me fui con el más guapo. Y no fui de los últimos, porque esto lo tengo yo a descortesía, y porque, no habiendo alreguedor de la mesa más que pie y medio de plaza estipulao para cada asistente, no era cosa de arriesgarse uno a verse sin pizca de ella, como era de temer si menudeaban los convidaos fuera de cuenta, como yo. Recibiome el sujeto de lo bien, vamos al decir, que con toda la cirimonia y cortesía del caso; sin que por ello me atreva a asegurarte que no le quedara otra en sus adentros, visto lo poco que puso de su parte para que yo me diera por avisao. La verdá es que si en reparos tan cortos fuera capaz de tropezar yo, no hubiera pasao aquella vez del portal; porque, o me engañó el oído, o un diantres de guardián que estaba en él con carátula y sable, me llamó «pegotón»con una desvergüenza que asombró a la mía. Pero yo me hice el sordo, como si se lo llamara a otro que iba detrás (y bien pudiera ser así)... y ¡arriba, Patricio!

Ya irás cayendo en la cuenta, hijo mío, de que este particular de que te hablo fue una comida, aunque por la hora en que aconteció, cena la llamaran en Coteruco; pero has de saberte que ni cena ni comida se llamó el sujeto osequiante, sino Te masqué, como paece que se llaman entre los currutacos de ahora estos festines nocturnos, bien séase por acontecer en días de máscara o carátula pública, bien porque así lo estipulen extranjeros pudientes, que son los que dan el punto a estas cosas, y paece ser que lo entienden. Por lo demás, aquello ardía, Gildo, y rechispeaba; de tal modo, que si me preguntas el ditamen de mi paecer al asomar de pronto en la sala del agasajo, no te le sabré dar; porque lo que yo sentí entonces (y ya sabes que soy hombre sereno) fue a modo de una gofetá que me atolondró; sin que pueda yo decírte si esta gofetá fue de mano de la luz, de la del visual de la mesa escripía de vidrio, u del vocear del señorío presente, porque too ello junto lo tragué de súpito y cuando menos lo esperaba.

Pero pasó aquello tan aína como vino; y cata, Gildo, a tu padre en sus propios elementos y tan a gusto como en el mesmo poyo de la su cocina; porque has de saberte que por remate de ventajas, no echaba el ojo por el hemisferio de la mesa sin topar con personas de mi conocimiento. ¡Lo que tiene el haber corrido mundo y bebido en muchas fuentes! Así es que, Gildo, besamano desde allá, cabeceo por la otra banda, saludo por aquí, reverencia por allá, paecía yo un intendente de Rentas, lo que menos, y no un pobre pardillo de Coteruco, arrimao de pegote a aquella mesa tan relumbrante.

A lo que voy, Gildo. ¿Quién pensarás que fue el primer conocido que en aquel redondel de gentes me saltó a los ojos tan aína como se me pasó el deslumbre? Pus el mesmo don Pepitón el de la Corralera. Por lo resultante del relate que se hizo, parece ser que agolió el guisote dende el su lugar, y a catarle vino por sólo ese gusto. ¡Buena nariz, Gildo! Así está él de opíparo y nutridote de carnes. Verdad que es hombre de pocos desgastes, y tan fiel y bien regido de conducta, que fue capaz de venir desde su casa a la del sujeto sin alcordarse de otra mujer que de la suya propia.

Tamién cambié unas cortesías con don Ciprianito el de Toranzo. ¡Buen letrado! Tres veces me libró de cadena en causa criminal, y más de otras tantas hemos trabajado juntos en eliciones por la causa de la libertá. ¡Vaya si es fino de trabajo en esos particulares! Buen amigo me paeció siempre de sus amigos, campechanote y arrojado por ellos. Dijéronme si andaba o no ahora en propósitos de encarcelar al Gobernador civil y al Juez de primera istancia. No te afirmaré que el dicho sea el Evangelio; pero si el hombre llega a empeñarse de veras en ello, cátalos a la sombra.

A la vera de él estaba, guante en mano, tose que tose y bebe que bebe, el amigo que no le suelta de un tiempo acá, y por eso le conozco yo. El tal, aunque ya blanquea de arriba, sigue mozo soltero, y bien pué decirse de él que ha encanecío en la juventú, por los años que lleva metido en ella y el apego que la tiene. No es hombre de carnes, aunque no podría con ellas si toas las que dio con ujano a las tropas de nusotros en la última guerra, se le agarraran al hueso. Paece ser que tiene un equipaje en cada casa pudiente de la provincia: así es que cuando cae en una de ellas, no se levanta tan aína. De modo y manera que con estos agorros y aquellas ganancias, está el amigo reventando de posibles. Refiérote esto, Gildo, porque recordarás que en su día se dijo en Coteruco que aquella piojera y consumición que trijo de la guerra el hijo del nuestro vecino, y que al cabo le mató, fue obra del ujano del rancho que le daban allá. Y ahí tienes tú cómo, en ocasiones, lo que a los unos ajoga, a los otros engorda. Córrese tamién que este señor tiene un pavo.

Hacia salva la parte mía topé con otro lobazo viejo de la cama de la Cueva. No está tan rigioso de personal como en aquellos entonces, porque años y malos humores le agobian y enflaquecen; pero en lo tocante a la entraña, no ha cambiado pizca: quiero decir, respetive a lo eclesiástico; porque has de saber que siempre picó en hereje en ese particular. Resulta de que ahora le han excomulgao, y calcula tú cómo rezará al consiguiente, aunque yo tengo para mí que, vista la ruta que llevaba, no podía parar en otra cosa... Acá entre los dos: tamién él debía esperárselo, u no le asombró el asperge, porque he visto que sigue firme de diente; y de saque, mucho mejor. Llámase Justo. Con que fíate en nombres.

¿Te alcuerdas de un medidor que anduvo unos días en el nuestro valle, banderín aquí y banderín allá, marcando minas a unos y a otros, minas que luego salían castaña, y que decían de él que arremedaba a las gallinas cuando quería: según voces, por divertirse, y según otras, por sonsacarlas del gallinero y llevárselas a la su mujer? Pus allí estaba con los antiojos metidos en el plato...

Hombre, ya que miento el plato, he de decirte que se emponderaron mucho unas fegurucas pintás con jollín en el culo de uno grande, por el muchacho menor de don Cornelio. La verdá es, Gildo, que con lo chicucas que son y too, vivas paecen, y que el muchacho lo entiende; pero no me pasmé cosa mayor de la pintura, porque por mucho que pinte el muchacho, no es capaz de pintar en el aire unas cuentas municipales como yo.

Golviendo al caso, has de saberte que, por haber de too allí, también había un marqués. Por cierto que para ser tal marqués, me paeció bastante desmejorao, aunque esto pudiera consistir en que, según se corrió, anda de celo ahora; sin contar con que esto de lo territorial último paece ser que le trae bastante caviloso, motivao a que, como a mí y a otros probes, se le destapó lo enculto y le va a partir la contrebución resultante.

De angunos más pudiera darte cuenta en esta carta; pero no quiero alargarla con puntos de poco más o menos. Había allí mucho lagarto hambrón, agarrao al pesebre más que a la estima de la casa, a mi modo de ver; zancudones y largos; saltadores, por oficio, del huerto ajeno, por escarmentaos los unos y por arrepentidos los otros; quiero decir, Gildo, que habíalos padres ya, dados a la mujerona ensuta; y solteros con canas, viviendo de lo que cae por detrás de la Iglesia... Esto pude sacar de los relatos de unos y otros; que te aseguro, Gildo, que se los echaban acá y allá en puro guerreo, como si anduvieran a puñalada seca. Bien me paeció la engarra; pero mejor me paeciera si de tantos golpes como allí se dieron, hubiera alcanzao uno siquiera, para dejarle panza arriba, al hombre único que me quitó el sosiego con su presencia aquella noche; porque has de saberte, hijo mío, que allí estaba el pícaro faicioso que a ti y a mí y a todos los ensalzaos de Coteruco, nos sacó a la vergüenza pública con imposturas calumniosas en aquel libro que tú sabes. Pero el hombre debe estar muy en su punto en aquellos particulares, porque no tuve el consuelo de que le achacaran un mal tropiezo donde tantos otros salieron con descalabraúra gorda. Tentaciones tuve, Gildo, de golver a mis intentos de empapelarle, de rabia que me daba; pero ya me había dicho don Ciprianito en miles ocasiones que más me valía callar al respetive; y por si hablaba en razón, aguanté la corajina.

Dime con quién andas, Gildo, y te diré quién eres; relátame la fiesta, y pintaréte el santo; con que auto a lo estipulao, cata al sujeto osequiante. Hombre es, hijo, que ha de ser cogido en buena luna, si se quiere sacar raja de él; sin esto, que le tomes a la veta, que le tomes a contrapelo, es total igual: una pura lumbre; vamos, que centellea y retingla lo mesmo que una troná de verano. Cogido en su punto y sazón, como aquella noche, no paece pariente de sí mismo, respetive al genial y otros particulares; aunque en punto a explicativa, Gildo, en toa clase de lunas le encuentro lo mesmo, salvo el humor; quiero decirte, que, rabiando o triunfando, onde pone la lengua, cata la ampolla. Por lo demás, no se mete con naide ni murmura de ninguno. Así me gusta a mí la gente: la verdá por delante y los dichos claros, sin faltar al respeto... y caiga el que caiga, sin llamarse a engaño. Esto siempre es una ventaja, y, si a mano viene, un consuelo. Además es, de por suyo, picao al mujerío como un demontres; y basta verle, como yo le vi, pa caer en la cuenta de que tampoco escupe la melecina; pero si hemos de hablar en josticia, esto es lo menos en que pué dar a sus años un probe huérfano desamparao como él.

Tamién me paició suelto de pluma y ocurrío de idea, porque lió una copla allí relative a un compañero suyo, que por las trazas ha pensao invernar en el matrimonio, que te digo que estaba de lo bien. Pos évate con el interesao, que le soltó otra, malas penas las sintió encima, que no tenía güelta: oí si a esta tal le había sustipendiao el Gubierno de arriba por entendío en el copleo.

A too esto, ná te he dicho relative al manjar, y la carta se va acabando. Pus relative al manjar, has de saberte que me paició mejor que las coplas, aunque, en punto a sustancia, no tuvo comparanza con aquello de la becerra, de que te alcordarás. Pero no sólo de tajás y picardías vive el hombre, sino tamién de un buen roce personal, vistosidá de los ojos y recreo del magín, relative a la que hubo ración a manta en la ocasión que te pinto; quiero decir, en lo tocante a gentes de viso, relumbre de mesa, floriqueteo pomposo y leturas maníficas. Ello, sí, bien emponderao fue de unos y otros cada sorbo y cada bocao; tanto, que yo dije para mí, sin agravio de naide: «No sé yo qué quedara de esas emponderaciones, si el sujeto vos pidiera el tanto más cuanto al respetive de lo que habéis envasao».

Noté que entre alabanza y alabanza, se sonsacaba a éste y a aquél promesa de otro festival noturno; pero noté, al mesmo tiempo, que naide se daba por entendido: lo que no me gustó mayormente, porque si allí se alcordara algo, pudiera yo darme por entrao en el alcuerdo. La verdá es que me paició aquella gente, en lo respetive al caso, de la que lima pa dentro. El que se clareó un poco más, y como si quisiera reblandecerse algo, fue el pudiente del pavo. Por sí o por no, ya he pedío para él carta de empeño, con ánimo de entregársela el día que regienda la su cocina a temblor de tierra; cosa que yo he de saber por el mesmo sirviente que le cuida el ave, en virtú de media peseta que le tengo ofrecida si cumple bien, como espero.

Sobre lo que de esto resulte, con algo relative a las mázcaras de estos días, te hablaré en ocasión conviniente. Mientres tanto, puedes referir en Coteruco lo que mejor convenga de esta carta, porque algo ensalzan a tu padre estos osequios que recibe de personas tan pudientes y vistosas. No te olvides de contárselo a don Gonzalo. Sospecho yo, Gildo, que el tal no es quién para salir vivo de una cena como aquélla.

No han nacido todos con la entraña y el don de gentes prencipales (aunque me esté mal el decirlo) de éste tu padre que te estima

Patricio Rigüelta

Agosto

Bucólica montañesa

I

No lo podía remediar el pobre tío Luco Sarmientos: mentarle el mes de agosto era producirle un escalofrío. Y si fuéramos a decir que le aborrecía, vaya con Dios; pero sucedía todo lo contrario. Como él decía: «De agosto, no hay que hablar mal delante de mí por lo tocante a sí mesmo, o séase respetive a su mesma mensualidá. No tiene tacha sobre estos particulares; y por gustar, me gusta como el mejor del año; pero...».

Pero era excesivamente supersticioso el bendito de Dios, y hasta creo que no le faltaban motivos para ello, si convenimos, como debemos convenir, en que es muy difícil dejar de ver en una larga y ordenada serie de casualidades, el cumplimiento fatal de una ley misteriosa e inexorable. ¿Quién no es algo supersticioso en este sentido?

Y relataba de este modo el caso, a su compadre y convecino, Mingo Ranales, sesentón y acartonado como él. Acababan de tumbar entre ambos un prado de quince carros, de los que, entre propios y a renta, cultivaba años hacía el preopinante, y se disponían a almorzar a la sombra que proyectaba un maizal sobre la linde del susodicho prado. Tío Luco desanudaba entre sus piernas, abiertas en ángulo agudo sobre el heno recién segado, las cuatro puntas de una servilleta casera, mezquina y bisunta, que envolvía dos torreznos y otros tantos pedazos de borona fríos. Mingo Ranales, sentado a la mujeriega, parecía, por de pronto, más atento a la ración que esperaba y le correspondía, que a las palabras y gestos de su compadre. Ambos se habían despojado de la colodra que llevaban a la cintura atascada de hierba (la colodra, se entiende), para que con los movimientos del cuerpo no se derramara el agua en que se hundía la pizarra hasta la mitad, y habían escondido cuidadosamente el dalle entre las mijas húmedas y sombrías del maizal, para preservarle de los rayos directos del sol, que destemplarían su boca. En la opuesta cabecera del prado, que parecía un papel de música, cuyos pentágramas, rigurosamente paralelos, eran las cordilleras, o lombíos, que había ido formando cada dalle a la izquierda del segador, esparcía la hierba con el mango de una rastrilla, para que se oreara pronto, una zagalona descalza, muy nutrida de seno, corta de refajo, ancha de caderas y de pies, y no mal encarada del todo. Demasiado abultados tenía los párpados de arriba, y algo desmayada la boca por abajo; pero no resaltaban cosa mayor estos defectos para la fama de bobalicona que gozaba en el pueblo, y lo parada de magín que era. Hasta le caía bien un pajero de doce cuartos, adornado con hiladillo encarnado, que llevaba sobre el pañuelo de su cabeza redonda. Acababa de llegar con el almuerzo que aún tenía su padre entre manos, y con el intento de esparcir todo lo segado mientras los dos comensales despachaban las correspondientes raciones, garrapateaba en el suelo con el palo, que se las pelaba; volaba en ocasiones la hierba por los aires, y, para hacer más llevadera la tarea, derramaba cantares, casi a borbotones, por la ancha embocadura de su gaznate, sin pizca de concierto ni medida.


«Sospiritos de mi alma,
olé sí, bien lo sé yo,
y dime de quién te alcuerdas
cuando estás solo».
 

Y así por el estilo: unas veces en falsete, y otras a grito pelado. La voz, que era recia y destemplada, según los rumbos en que la ponían los bruscos movimientos de la cantadora, se perdía en los inmensos ámbitos de la mies, se apagaba poco a poco arrebatada por el soplo de la naciente brisa, o repercutía en los próximos altozanos, y, en ocasiones, empalmaba en las lejanías con otras voces que semejaban reprenderla, o con los ecos de un varonil relincho que parecía flagelarla. Porque la mies estaba a aquellas horas pobladísima de gente. Era el mes de la siega: en agosto ya cae rocío por la noche, y se aprovechan las madrugadas para secar antes que el sol se beba la rociada que necesita el dalle para cebarse bien en la hierba. La que se había segado la víspera, estaba en montones, o hacinas, que se deshacían entonces para que el sol, que ya calentaba, fuera acabando de secarla. De modo que entre los hombres que segaban los últimos lombíos, las mujeres que los iban esparciendo y las gentes que deshacinaban, se hallaba medio pueblo desparramado por allí, llenando de música los aires y salpicando de alegres notas de color el inmenso tapiz de la campiña. El cual tapiz era un completo muestrario de verdes, formado con retazos geométricos de todas las formas imaginables, zurcidos en el más caprichoso desorden: el verde seco de los prados sin segar; el pajizo de los recién segados; el aterciopelado jugoso, en variedad de matices, de las húmedas regatadas; el verde sucio de los bardales; el gris de las mimbreras que festoneaban a trechos los regatos... hasta el negro lustroso de los maizales, algo menos intenso en las alturas que en las hondonadas.

A medida que el sol se elevaba, iba arreciando la brisa del nordeste, y envolviendo en sus ondas una fragancia de que no tienen idea los que sólo conocen la del heno segado, por esos falsos testimonios que la industria le levanta en pomos de vidrio con lazos de seda y cromos de veinticinco colores; sacudía los picos de los pañuelos y los pliegues de las sayas de percal; bamboleaba la hierba de las praderas y el débil ramaje de los arbustos; columpiaba los átomos en el espacio entre cascadas de luz, y hacía que se entrechocaran blandamente las relucientes hojas del maíz en las heredades. De este modo, si el olfato se deleitaba con los aromas de que se henchía sin embriagarse, la vista y el oído no se regalaban menos: aquélla, con los caprichos de la luz chisporroteando en los dispersos arbustos de esmaltado follaje, en las escondidas espadañas y en las flotantes moléculas, y meciéndose, en anchas ondas tornasoladas, sobre prados y maizales; y el oído, con otras armonías harto más dulces y concertadas que las de la música de las cantadoras, o de los relinchos de los segadores: —el suave y continuo rumor de todo lo que se movía en la naturaleza, como un interminable arrullo de amor, con sus chasquidos de besos... Vamos, que se podía decir mucho de estas cosas, que nunca son por acá convencional y vana poesía, si hubiera tiempo y espacio para ello, y yo supiera decirlo.

Por la tarde entrarán nuevas figuras en el cuadro y distintos accesorios, y las ya conocidas se emplearán en tareas diferentes. Se atropará el heno esparcido y seco, y llegarán los carros, al perezoso andar de los bueyes, con sus campanillas untadas de lodo para apagar el sonido que atrae el tábano que enloquece a las bestias con su acerado aguijón; los carros, digo, con sus altas armaduras postizas, a colmarse de hierba, formándose la inverosímil balumba por arte singular de la moza que la va acaldando arriba, y obra de los bríos y de la destreza del hombre que se la envía a horconadas desde abajo... asunto, en verdad, que apesta retratado en los abanicos y en las cajas de bombones, y que, sin embargo, dejaría embelesado al lector de estos rasguños, si tuviera yo la dicha de apuntársele con el dedo en las mieses de mi aldea... Y ahora caigo en que podría darse el caso de que le sucediera con lo descrito lo propio que con lo pintado; temor por el cual déjolo aquí de pronto y vuélvome al principio, donde nos aguardan los dos compadres «en dulce amor y compaña».

II

Y repito que se expresaba del siguiente modo el bueno del tío Luco Sarmientos, mientras su compadre, tendido ya sobre el codo del lado izquierdo, llevaba a la boca con la diestra el deseado torrezno para darle la primera dentellada:

—Pues a lo que te decía respetive al caso: ya estamos en agosto, ¿no-verdá? y a más de mediao, por más señas; ya estamos en el agosto... Corriente; ya pasó lo más duro de la brega de la labranza: el romper la tierra, el golverla a amañar, el golverla a romper para la sementera; el sallo, que no es flojo de por sí; el resallo, que allá se le anda... y cátame aquí los maizales hechos una bendición de la gloria: negrean de puro sanos; no se ve ya el hombre adentro de ellos, la barba de la panoja apuntando, y cuatro dedos de pendón afuera de la caña. Cuanto se puede pedir en buena ley. Lo de la herba, me gusta: no rinde el cuerpo, porque es labor de pocos días; en menos de ocho, como tú sabes, he llenao el pajar, cuasi pa el cuasi, con lo de los praos que llevo, menos lo de éste, que se empayará mañana si Dios quiere... ¿Te vas enterando tú?

—Te digo que sin perder ite.

—Pues escucha y perdona. Ya estamos en el agosto: el ganao anda en los puertos; no vendrá hasta octubre, y por esta banda, nengún desvelo me apura. Iten con iten, no debo un cuarto que tenga que pagar en este mes; el tercio no cae hasta el que viene, y ya sé de ónde sacar el montante de la contrebución. De maíz, no ando gran cosa; pero lo mesmo fue en julio y en el anterior, y lo propio será hasta el maíz nuevo, porque lo viejo finiquitó en mayo.

—En febrero se bajó el último grano del mi desván.

—Otros le bajaron en diciembre, Mingo, y en el pueblo hay contrebuyente que no cogió veinte celemines. Voy al decir con esto, que tanto más a favor mío por lo respetive al presente, si a mirar fuéramos las cosas por la estampa de ellas y a primera vista... ¿Me entiendes tú bien?

—De lo mejor.

Pues entoavía le apunto otras ventajas al mes de agosto... pa que veas si ajusto bien las cuentas en su provecho... Hombre soy, como tú sabes, más tentao de recreo que de la malenconia; ni me pesan los años, ni se me cansan los ojos al auto de echar unas canas al aire siempre que hay ocasión de ello, sin ofensa de Dios ni escándalo de las gentes. Me gusta coger el palo y ponerme la camisa limpia con la ropa de los domingos, en cuanto se toca a fiesta en cualquiera parte que no esté muy lejos. Pues dime tú si hay otro mes en el año como el de agosto, por lo tocante a romerías de las buenas y a ferias de lo mejor, y a la puerta de casa, como el otro que dice. Pues évate con el perojo rodero, y la buena breva, que me alampo por ello, y la manzana de nánjara, que sabe... ¡a ochentines, hombre, de puro rica que es!

—¡Y que tienes tú en el huerto buenos frutales de cada cosa!...

—¿Qué si tengo? Una hermosura de Dios compadre; y más siento yo un morrillazo a las ramas desde la calleja, que si me le encajaran a mí en metá de la nuca. Y como yo digo a los muchachos más de cuatro veces: «Pedímelo por la puerta, condenaos, que yo vos lo dar en mano propia, sin que me lo robéis malamente, con ultraje del árbol y riesgo, pa vusotros, de una taringa...». Porque no tiene el hombre la pacencia en el bolsillo pa usar de ella cuando más falta le hace. Y a lo que te voy: pues dame la mora, que ya blandea, y tómate...

—Por estipulao, compadre: estamos al corriente de la cosa en todo lo que me puedas decir a ese respetive: ya está visto el mes por esa cara buena, que por decir buena, tamién yo digo que lo es de verdá. Vamos al otro consiguiente.

—Voy a servirte, Mingo, y dígote que con gustarme tanto como me gusta este mes, no hay en todo él cuarto de hora sin amargores y espantos para mí.

—¿Por qué, hombre de Dios?

—Porque todos los males de mi casa han venío en agosto, y no ha pasao uno dende que yo nací, sin que me haya llovido algún mal. Por eso me pasmo de que estemos a decinueve ya, sin que haya llegao lo del año presente.

—¿Lo esperas como lo dices, Luco?

—Como el sol de mañana, compadre.

—Feguraciones del magín, y no más que feguraciones.

—Vete contando por los deos, para hacerte mejor el cargo. Por un milagro de Dios salí con vida al mundo.

—De muy allá lo tomas.

—Es que no empieza ello más acá. No es mía la culpa. Labrega fue tan dura, que mientres se andaba con que si me ajuego o no me ajuego, o sobre si alendaba o no alendaba, se le acabó el resuello a mi madre. La semana que viene hará de esto sesenta y dos años, día por día... veintitrés de agosto. Me crié mal y por obra de misericordia, y dicen que pasé toas las enfermedades que pueden pasar las criaturucas en los cinco primeros años de vida. En toas estuve a las puertas de la muerte, y toas me acometieron en agosto. Cuando llegué a muchacho, no pasó un mes de éstos sin quebranto gordo para mí o para mi casa... En agosto se cayó mi padre por un boquerón del pajar, y de resultas falleció al año cabal; en agosto le aconteció a la única hermana que me quedaba, aquella desgracia que la mató de vergüenza en pocas horas, como es bien notorio en el pueblo... ¡Paécese propiamente que está la mala estrella ojeándole a uno para que en cuanto uno quiere darse una miaja de respiro en ese mes, le encaje la pesaúmbre encima!

—Bien pudiera estribar algo de ello, compadre, en que el mesmo recelo acelera al hombre, ¿estás tú? y le lleva, le lleva, como el otro que dice, a caer en la boca mesma del lobo, que no se alcordaba de él.

—No sé yo qué habrá sobre el caso, compadre, por la banda que tú le miras; pero las más de las veces, contra lo que tú piensas, me han cogío de súpito los malos golpes... Aquí está esta pata, zamba desde entonces, que no me dejará por mentiroso de lo que afirmo... Bien sabes tú lo que pasó. Tenía yo que ir a Santander como por la posta... Contigo lo traté primero.

—No hay pa qué relates el caso, porque le tengo bien sabido.

—Importa el relate de él aquí, al auto de lo que se trata. El viaje era motivao a un expidiente que me interesaba mucho, y se creía que de llegar o no llegar yo a punto, con un decumento, que por fortuna no hizo falta después, dependía el que la cosa resultara bien o mal para mis intereses. En estos apuros, atrevíme a pedirle la jaca al Mayoralgo, que, aunque no muy esponiá, era animal de aguante y buen andar. El hombre se prestó al ruego, porque, en verdá sea dicho, algún favor me debía en la cortedá de mis posibles; y al apuntar el alba, ya estaba yo a caballo saliendo de la corralá. De víspera había llovido mucho, y el regatón de abajo mi casa iba algo más lleno que lo de costumbre. Tomé la vaera, que, como tú sabes, hace un remanso: habría como palmo y medio de agua, a todo tirar; el suelo como la palma de la mano. Pues, señor, meto un espolazo ala jaca, y encogí un poco las rodillas pa no mojarme los pies con la salpicaúra, cuando noto que el animal se para en metá de la vaera, y espienza a golpear el agua con un remo de los de alante. «Esto es que quiere beber», dije para mí mesmo; y le aflojé los ramales para que bebiera. ¡Que Dios no me salve si yo recelaba cosa nenguna de que el demonio del animal pudiera ser agostizo! Bien sabes tú que los caballos de esta clase, tan aína meten las patas en el agua, ¡chapla! ya están revolcándose en ella. Pues lo propio aconteció allí, hijo del alma: aflojarle yo los ramales a la jaca y tumbarse ella a la larga en metá del río, fue una cosa mesma. Y no se contentó con esto sólo, que ya era mucho para mí, por haberme cogido la pata derecha debajo, sino que el demonio del animal, al verse en sus glorias, escomenzó a pernear al aire y a querer darse la vuelta del otro lao. ¡Fegúrate!, compadre, si clamaría yo allí al Dios verdadero!... Como que pensé que me había llegado la última; y así, di el grito y el lamento que pudieron oírse en dos leguas a la redonda. Fortuna que, contra lo que yo esperaba a aquellas horas, andaba cerca un muchacho, el hijo de Antón Burciles, que llevaba el ganao a la sierra. Oyome, acudió, echó mano al freno de la jaca, hízola levantarse a estacazos... y quise levantarme yo tamién, hecho una sopa y empanderao de agua como me veía. ¡Menearme yo! Lo mesmo que una peña. Y no era ná el motivo: la pata rota, hijo, así como suena. Acudió gente avisá por el muchacho, y me llevaron a casa como pudieron... ¡El veinticuatro de agosto, compadre! ¿Te vas enterando? Cuarenta días estuve entablillao; y entre uno y otro, cerca de tres meses sin soltar las cachavas y acabando con la poca hacienda. ¿Busqué yo esta desgracia? ¿Metíme por ella, como te piensas tú?

—Me alcuerdo del caso, compadre, que no fue pa olvidao, ni de los que se alcuentran con la ceguera del miedo.

—Ni tampoco los otros, Mingo. En un agosto enviudé, a lo mejor de la vida, y en un par de agostos perdí los dos hijos varones, que ya me ayudaban mucho en la labranza. El uno se me desnucó en el monte. Al otro le mató un tabardillo en cuatro días. Quedome esa muchacha: en agosto nació, pa que haya salido cosa buena.

—No digas, compadre, tan mal de Narda; no porque yo la sacara de pila, sino porque las hay mucho peores.

—Es una tordona sin pizca de sentío.

—Pero honrada, como es, te la conserve Dios.

—Eso ha de verse, compadre. Por la presente, tentaona de la risa es, y motivos hace para ponerme en recelo... ¿Qué buscas alreguedor, si puede saberse?

—Algo con que refrescar el gaznate, que el torrendo, aunque frío, pide lo suyo.

—Ahí está el botijo, debajo de ese brazao de hierba.

—¿El botijo dijistes, compadre? Estará hecho un caldo.

—Con eso no te cortará el sudor. De lo que tú deseas, no hay gota a mis alcances como otros días, y no me gustan trampas en la taberna. Ya mejorará Dios las horas y habrá para todos: bien sabes que yo no lo escupo, ni, cuando lo tengo, lo escondo de los amigos... ¡Mal pecho te deja lo del botijo, por la cara que pones!... Dámele acá, que cuando no hay solomo...

—Allá va, compadre, y sin pena maldita por que le saques la entraña neta... Y golviendo al caso, relátame eso que apuntabas de la muchacha, si es que puede relatarse. La estimo de veras y quisiera su bien.

—Por demás sabes tú lo que hay al consiguiente.

—¿Lo dices por Baldragas?

—Justas y cabales. No la deja un punto ni ella le pierde de vista. Cada semana me la pide; antanoche repitió la solfa: desde el empaye de antier, está el mozo hecho una brasa... y Narda poco menos. ¡Primero la descuartizo! dicho se lo tengo.

—No estamos al ite en eso, compadre; y bien sabes que siempre te hablé del particular en esta mesma consonancia. Te estorban las moscas, y las estás metiendo la miel por los ojos. Reniegas de ese muchacho, y cada día le llamas de obrero.

—Porque, a ese respetive, hace más que su deber. Trabaja al demontres, y no hay brega que le rinda el brazo... a más de que cuento con que, a fuerza de verlo y no catarlo, acabará por aborrecerlo... Pero ya sabes la tacha que le pongo: aquí cayó como llovido, siendo una criatura; y sirviendo a unos y a otros, ha llegado a lo que es. Toas las casas son suyas, y no duerme en nenguna con buen derecho. Padres conocidos tiene, porque lo asegura él; pero naide los ha visto.

—Sea honrao el hombre, que lo demás es chanfaina. ¿Qué otras manchas tiene?

—Un vino muy malo, las veces que lo cata, que no son muchas. Se fuma un caudal... ¡no he visto otro vicio! Cuando no tiene tabaco, quema en la pipa lo primero que encuentra: berros en vinagre, si no hay cosa mejor...

—Se hace a lo que tiene, compadre, y eso no es un vicio.

—De personal, a la vista lo lleva: no vale tres cuartos... En finiquito, compadre, me busca la hacienda pa el día de mañana; y está en ley de Dios que el que pide el torrendo, traiga siquiera el zoquete.

—Eso ya es cubicia tuya, que puede romperte el saco al salirte las cuentas que te echas. ¿No tiene otra falta Ceto?

—Otra, y la más negra. Sé que es agostizo: una vez lo oí de su boca.

—Tú lo dijistes: eso sólo te espanta; y, en casos como éste, pecas contra Dios, porque no puede creerse en cosas pirtiniciosas.

Y como en esto llegara Narda a hurgar con el mango de la rastrilla cerca de los pies de los dos compadres, cambiaron éstos de conversación tomando por pretexto la maldita calidad del tabaco que comenzaban a fumar en sendos cigarrillos.

Cuando Narda hubo esparcido los últimos mechones de hierba recién segada, le dijo su padre:

—Cógete el botijo y la servilleta, y pica hacia casa a mirar un poco por la comida. Nusotros nos quedamos para dar otra vuelta a la hierba con el asta del dalle antes de irnos.

Obedeció Narda sin despegar los labios, pero sin apurarse gran cosa; y mientras se alejaba mies arriba, zarandeando el refajo y echando cantares por la boca, decía su padre a Mingo Ranales, no sé si para rematar la conversación o para empalmarla con otra sobre el mismo tema, tras una bocanada de humo y un regüeldo muy sonado:

—Será lo que tú quieras, compadre; pero no hay quien me arranque del magín que esa muchacha me la ha de hacer, y ha de hacérmela en agosto.

III

Al día siguiente reverberaba el sol sobre el campo, como el fuego a la boca del horno, sin pizca de nube en el cielo ni asomo de brisa en el aire. ¡Gran día de hierba... y de tábanos! Por la mañana había deshacinado tío Luco, con la ayuda de Narda, la del prado segado la víspera, y al darle vuelta cerca del mediodía, sonaba de puro seca. A las tres de la tarde, mientras la mozona volvía del molino, echando los bofes (porque no había polvo de harina en casa y era preciso amasar temprano para que cenaran los obreros al anochecer), con una carga de celemín y medio, dejada allá en grano la antevíspera, tío Luco entraba en la mies con su propio carro, en el cual iba sentada, con su pajero en la cabeza y su refajo encarnado, la nieta mayor de Mino Ranales, zagalona precoz que se pintaba sola para acaldar carros de hierba.

Entre su madre, su abuelo y Baldragas, atropaban en tanto la del prado, formando anchas fajas entre las cuales había de colocarse el carro para cargarlo. Llegaron pronto los bueyes, porque iban a un andar que pasaba de los gustos de su dueño. Pusiéronles bajo el hocico, y para que no se movieran de allí, abundante ración, encogollándola bien a menudo, para que la fueran comiendo sin humillar la cabeza; pero no se logró el intento sino en parte, porque con el calor andaban las moscas desesperadas, y las mansas bestias, no bastándoles el rabo para sacudírselas, daban cada embestida al aire, entre patadas y manotazos, que crujía la armadura y aun se removían y sonaban algunas tablas mal seguras de la pértiga vacía.

Cuando la moza de arriba comenzaba verdaderamente a lucir sus talentos de cargadora, cimentando con arte la balumba que iba formando entre aquellos zarandeos de marejada, es decir, cuando ya salía la carga media braza fuera del carro por todas partes, contando la armadura y la rabera postizas, dijo tío Luco a Baldragas:

—Pica a uncir el carro de mi compadre, y estate aquí con él en un vuelo, que ya sabes lo convenido. Los dos han de salir juntos del prado, para empayarlos en seguida y volver por lo que quede... ¡y mira que te he de contar las zancás y los minutos, para ver los que malgastas en el viaje!

Ceto, sin chistar, soltó la rastrilla, y, con su pipa rabona entre los dientes, salió del prado a buen andar.

Tenía razón el padre de Narda: no valía el mozo tres cuartos en buena venta. Era feo, estevado y de corta alzada, pero nervudo y sano; torcía las alpargatas, rotas por encima de los dedos, y no le llegaban a los tobillos las perneras de sus amorralados calzones de mahón, con remiendos azules y varios agujeros sin remendar. Los aseguraba por encima del hombro derecho con un tirante de orillo, sobre una mala camisa sin botones. Iba en pelo, el cual pelo era algo lanudo y apardado. Bizcaba un poco de ambos ojos, y le blanqueaban mucho los dientes, a pesar del vicio que le dominaba, entre sus labios gruesos y en frecuente retozo con la lengua. Esto y lo saliente de la mandíbula inferior y de los pómulos, lo chispeante de los ojuelos, cierto encogimiento de cuerpo que le era habitual en el instante de las grandes resoluciones, y su viveza montuna, acusaban una naturaleza de sátiro, sensual y vigorosa al mismo tiempo, formada a prueba de todos los rigores del desamparo y de las intemperies.

Y era verdad, como afirmaba tío Luco, que desde el último empaye andaba el mozo más empeñado que nunca en casarse con Narda, que, por cierto, no trataba de quitárselo de la cabeza. Aquello no podía olvidarlo él: lo tenía estampado a fuego en el meollo. Tío Luco, desde el corral y encaramado en el carro, arrojaba las horconadas de hierba al boquerón del pajar; a la parte de adentro del boquerón la recogía una obrera, que se la echaba a Mingo Ranales, el cual la lanzaba con el horcón a la pila; en la cual pila la recibía Baldragas para corrérsela a Narda, que iba arrojándolo por donde más falta hacía para levantarla por igual. Pero en las pilas de hierba se hunden los pies y se tropieza a menudo; y Narda, al correr hacia Ceto, solía caerse, y Ceto, por no haberla visto, porque el pajar siempre es obscuro como boca de lobo, al correr hacia Narda caía sobre ella. Costábale entonces «hacer pie» en suelo tan esponjado, y se agarraba a lo que podía; y muchas veces, después de alzado, por volver a tomar el brazado de heno, tomaba un pedazo de Narda, que aclaraba la equivocación como su apuro le daba a entender; pero nunca con gritos que podrían tomar los presentes por otra cosa. Si el caído era Ceto, Narda hacía lo que él cuando era ella la caída, porque el caso era el mismo con la tortilla a la inversa.

Y así hasta que Mingo Ranales echó arriba la última horconada, y tuvieron que bajarse, dejándose esborregar por la pila, Narda y Ceto, sudando el quilo, rojos como tomates maduros, escupiendo grana y sacándose pelos de hierba hasta de los agujeros de los oídos.

«¿Te pido otra vez?» —le había preguntado Ceto en la última caída. —«Cuanti más antes»—, le había respondido Narda, sin dejarle acabar la pregunta.

Y con aquellos alientos había ido él la misma noche con la demanda, por séptima vez, al testarudo padre de Narda, que a más de negársela, le arrimó un soplamocos. Desde aquel punto se la juró al vicio. Narda, por su parte, había apoyado las pretensiones de Ceto, y también había recibido la negativa envuelta en un sopapo. Al comunicarse estas tristes, mutuas y hasta dolorosas impresiones, apenas recibidas, él se había afirmado en su querer con nuevos puntales, y la había sondeado la voluntad con el esbozo de un proyecto. «Cuanti más antes», le había respondido ella, lo mismo que en el pajar. Y el esbozo llegó a plan sazonado al otro día, y también le había respondido Narda al enterarse del caso, que ya picaba en urgente, «cuanti más antes». No estaba él tan huérfano de valedores como de familia; no faltaban luces de caridad con que alumbrarle las entenderas en aquello que pudiera llegarle al alma; ya sabía él cómo atarle las manos al descorazonado vicio y hacerle pagar de un golpe todas las que le debía... Y se las iba a pagar muy pronto; más pronto de lo que pudiera pensarse hasta por los listos que tomaban a burla sus cavilaciones.

«Pica a uncir el carro de mi compadre». ¡Ya le daría el carro... para llevarle a la horca! «Y estate aquí en un vuelo». ¡Como no esperara otro, ya podía esperarle sentado! Allí no había más que una ley, la ley de Narda: «cuanti más antes»; y esa ley había que cumplir, y se cumpliría a no juntarse el cielo con la tierra, o faltar la moza a su palabra, que venía a ser lo mismo, y tan imposible «pa el cuasi».

En consonancia con estos pensamientos, al entrar Ceto en el barrio, lejos de tomar la calleja que conducía a casa de Mingo Ranales, echó por la opuesta que pasaba por delante del corral de Luco Sarmientos; pero no llegó a él de un solo tirón, no obstante la prisa con que caminaba, sino después de detenerse como medio cuarto de hora en otra casa, desde cuyas ventanas traseras, en el piso del sobrado y por encima del espeso bardal que cercaba su huerto, se veía hasta el portal del padre de Narda.

La cual, en el momento de llegar Ceto a su casa, estaba en la cocina, arrimada a una mesa, sobre cuyo tablero, áspero y roñoso, había una masera en la que la moza, arremangados los brazos hasta cerca de los hombros, iba echando harina, tomándola a dos manos de un saco, entreabierto de boca, que estaba en el suelo. Hacía un instante que había llegado del molino, y aún estaba coloradona, de la fatiga del viaje, con el pañuelo de la cabeza corrido hacia atrás y medio deshecho el nudo de los picos; no más arreglado el de la repolluda garganta, y recogido el refajo hasta cerca de las rodillas. La llegada de Ceto no la sorprendió pizca, porque se lo daba el corazón y contaba con ella. Siguió, pues, echando harina en la masera, sin responder cosa alguna a, las primeras palabras de Ceto, hasta que echó toda la necesaria para la borona que iba a amasar: la más grande de todas las del año. Después hizo un hoyo en el centro, y comenzó a llenarle de agua. El mozo, en tanto, tomaba un ascua de la lumbre con su mano encallecida, y la metía en la pipa rabona. En seguida se arrimó a Narda, precisamente en el momento en que ésta hundía los dos brazos en la masa.

—Yo en tu caso —la dijo—, no me cansaría ni tan siquiera en eso... Que se chumpen las...

—¡A ver si te estás quieto con las manos, Ceto!... Hay obreros en casa, y todos son de buen diente.

—Que coman clavos, Narda, que no merecen más... Pero no es ese el caso: a lo que vengo, vengo.

—¡Y dale con las manos!... ¿Ves? Ya lo pasé de agua.

—Pues echa más harina, y anda por la posta... o déjalo sin hacer, que sería lo más acertao. ¿Estás en tus trece, Narda?

—Pienso que lo estoy.

—Pues mira lo que pasa, pa que te duermas. El carro de tu padre está a medio cargar; yo vine a uncir el de tu padrino, pa golver allá en un vuelo. No pienso en tal cosa...

Aquí un ratito de silencio: Narda revolviendo la masa, y Ceto chupando la pipa. De pronto exclamó ella:

¡Ya lo pasé de harina!... ¡Esto es un puro barro!

—Échale más agua —repuso él; y añadió en seguida, mientras ella entornaba la escala, con las dos manos, sobre la masera: —No hay alma viva en la barriá; too el mundo está en la mies... Si tardo en golver allá, recelará tu padre y picará pa casa... ¡y si nos alcuentra juntos, Narda!... ¡si nos alcuentra juntos!...

—¡No m'aceleres, hombre!... Por tanto jurgarme, ya se me jué la mano, y esto es una poza.

—Güen remedio tienes: echa más harina.

—¡Ya, ya!... Pero a ese paso...

—¿Oístes lo que dije, que es lo que más importa?... El barrio está soluco... ¡soluco de too!... ¿Te vas enterando, Narda?... Digo que soluco... y sin alma viviente... Los pasos están daos, y cada cosa en su punto..., ¿Lo has oído bien?

—¡El Señor m'ampare!...

—¿Qué rejón te clavan ahora?

—Que espesé la masa otra vez, y no puedo regolverla.

—Pues échala más agua, torda, y no te apure el caso... Mucho más debe apurarte el otro... ¡Por vida de...! ¿Estás en tus trece, u no lo estás?

—Lo estoy como lo estaba, Ceto; pero hay que mirarse una miajuca...

—¡Mal rayo me parta!... ¿Ahora me sales con esas?... ¿Qué es lo que te espanta?...

—La ira de mi padre, Ceto, y el decir de las gentes...

—¡La ira de tu padre!...

—¡Virgen de la Miselicordia!...

—¡Qué te duele, Nardona del demontres?

—¡Que esto es una mar, y malas penas me coge ya en la masera!...

—Echa más harina, y verás cómo abaja el caldo...

—¡Quiera Dios que me acance lo que me queda en el saco!

—¡Con que la ira de tu padre!... Bien probá la tienes tú. Pa que tome a la juerza lo que no quiere en voluntá, amañemos la trampa... ¡y ahora te asusta!...

—¡Trampa!... ¡Y bien que trampa es ello! que si no lo juera tanto, no me desafligiera yo, Ceto.

—¿Te me güelves atrás, Narda?

—¡Eso sí que no, Ceto; que a leal de palabra no me gana naide!

—Pues pierde esta ocasión y no pescas otra tan aína. Por eso me consumo yo... por eso me jierve la sangre al ver lo remolona que estás, como si te sobrara el tiempo...

—¡Ay, Virgen Santísima de las mesmas Angustias!...

—¡Por vida de mi agüela! ¿Qué otro pujo te consume, Narda?

—¡Qué ha de consumirme, Ceto? ¡Bien a la vista lo tienes!... ¡Que se acabó la harina del saco!... ¡que no hay otro polvo de ella en casa, y que esto se quedó en caldo, como lo estaba!... ¡Güena la hice yo! ¿Qué va a comer esa gente? ¿Qué dirá mi padre?... ¡Y tú tienes la culpa, Ceto, por acelerarme tanto!...

—Castigo de Dios, Narda, por malgastar el tiempo que hace falta pa cosa mejor... Que coman centellas... Pues si estás aquí cuando venga tu padre y arrepara en ese estropicio más, piensa en la mortaja, porque lo menos menos, te abre en canal.

Narda plegó entonces su corpazo sobre el banco de la cocina, y quiso como gemir un poco, escondiendo media cara entre las manos, que no se acordó de lavar.

—¡Ahora moquiteas? —le preguntó Baldragas con disgusto, sentándose a su lado y pasándole un brazo sobre el pescuezo.

—Hombre —replicó la otra, alzando la cara llena de engrudo—, déjame echar un par de glarimucas tan siquiera: me paece que el caso bien lo pide... ¡y a ver si te estás quieto!

—Echa anque sea una azumbre de ellas, Narda; pero mejor juera que las echaras andando... ¡Mira que el tiempo va que vuela!... ¡mira que puede venir tu padre!...

—¡No me le mientes, Ceto, que con sólo alcordarme de cómo se pondrá!..

—Ya se ha hablao de eso: se pondrá ajumando y tocará las vigas con las uñas; pero dormirá a la noche la corajina, y acabará por hacerse a la gamella. Él necesita un hombre que le ayude: ¿qué más da que ese hombre sea yo u que sea otro? En esto ya estábamos, Narda, y con too y con ello, bien firme dijistes que «cuanti más antes».

—Y te lo digo ahora... ¡Deja esas manos quietas!...

¡Cuidao que es mucho cuento!... Pero ponte en los casos, Ceto.

Ceto, con los hocicos engrudados, se volaba con aquellos reparos, porque el tiempo corría, corría... y Narda no acababa de arrojarse. Pasó así media hora: Ceto apremiando, ora con palabras, ora con pellizcos y manoseos, y Narda queriendo y aguantando, pero sin pasar de allí; hasta que, de pronto, alzaron los dos la cabeza en actitud de escuchar. Habían oído un chirrido lejano, lento, desconcertado y clamoroso: el cantar del carro de tío Luco. ¡Bien le conocían ellos!

—¿Qué dices ahora? —preguntó Ceto incorporándose.

Narda hizo lo propio. Miró a Ceto, a la masera, y a la lumbre sin borona, y al saco vacío, y se acordó del pajar, y de la bofetada siguiente, y de otras muchas más, y respondió resuelta:

—Que cuanti más antes.

Era, en efecto, el cantar del carro del tío Luco.

Cuando éste notó que pasaba el tiempo y no asomaba por la portilla de la mies el de su compadre, comenzó a temer algo que le inquietó y le hizo echar las horconadas de hierba a escape y de cualquier modo. Por otra parte, las moscas no dejaban sosegar un instante a los bueyes, y se temía a cada momento un grave estropicio por este lado. Se abrevió, pues, la tarea cuanto se pudo; y después de bajarse la moza cargadora (que ordinariamente vuelve de la mies sobre la carga) por temor al posible percance; puesto tío Luco a la cabeza misma de los bueyes, a los cuales enderezaba piropos en dulce y cariñoso acento como si le entendieran, y yo creo que le entendían, y arrimados los demás obreros a ambos lados del carro con las rastrillas y los horcones alzados, por si había que apuntalarle en un balance demasiado brusco, comenzó la vuelta a casa atravesándose las praderas a buen andar, y cuando se llegó a la barriada, arrimándose los bueyes con ansia bravía a todos los bardales de los callejones, para rascarse el pellejo y espantarse las moscas que los acribillaban, con lo cual se peinó la carga algo más de lo conveniente; pero tío Luco no reparaba en ello, porque cuanto más se acercaba a su casa, más recio le golpeaban en la mollera los malos pensamientos.

Al llegar a la corralada, antes de arrimar el carro a la pared debajo del boquerón del pajar, llamó a Narda a gritos; pero nadie le respondió. La puerta estaba entreabierta. Lanzáse hacia allá desatinado; entró en casa de un brinco... y la soledad en ella. Sobre la mesa de la cocina estaba la masera rebosando de agua con harina, clara, muy clara, y debajo de la mesa el saco vacío; en el llar, las brasas apagándose, pero ni señal de borona cociéndose. Olía por allí a la peste de la pipa de Ceto.

—¡Ya me la hizo esa bribona! —fue lo primero que dijo, llevándose las manos a la cabeza.

Salió al corral, contó lo ocurrido, apuntó sus recelos, y pidió por Dios a los oyentes que le ayudaran a buscar a la pícara que tal vejez le preparaba.

—¡Mucho ojo a los maizales! —decía a la gente que ya se disponía a ayudarle en las pesquisas. Onde veáis uno que se menea, golpe a él, que ellos u otros tales serán, porque hoy no anda viento que vos engañe. Si hay una casa abierta, preguntar allí, y a los mesmos pájaros del aire que topéis al paso.

Se dejó el carro abandonado, y se dispersó la gente por la barriada. Tío Luco volvió a entrar en casa; lo registró todo, hasta el pajar y la cuadra... Silencio y soledad en todas partes.

Del vecino de enfrente sabía él que amparaba mucho a Baldragas. Vio una ventana abierta en su casa, y se resolvió a ir allá; pero dio primero unas vueltas por el huerto y alrededor del maizal colindante. Nada... Corrió entonces a la casa del vecino. La puerta cerrada. Saltó el portillo del huerto trasero, se encaró con la ventana abierta, escuchó un instante, y oyó hablar adentro. Llamó, y callaron las voces. Volvió a llamar... y a llamar... y a llamar, hasta que apareció en la ventana... ¡la aborrecida jeta de Baldragas!

—¿Ónde la tienes, bribón? —preguntole, ronco de coraje, tío Luco.

—Onde usté no puede cogerla —respondió muy fresco el preguntado, poniéndose de codos a la ventana.

—¡He de verte en presidio, tunante!... Y por lo que toca a ella, yo la alcontraré, por escondía que se halle...

—La ampara la Josticia, y no la verá usté el pelo hasta que el señor cura nos ponga bien a cubierto con agua bendita.

—¡Mal rayo vos parta, hijos de una...! ¡Ladrón!... ¡desalmá!

En esto se oyeron golpes y trastazos y como estruendo de cantos en revoltijo hacia el corral de Sarmientos. Miró Ceto desde la ventana, y gritó a tío Luco:

—¡Que mosquean las bestias!

Sin oír más, Sarmientos voló hacia su casa, con la cabeza al aire, la aguijada en la mano y la boca abierta. ¡El tábano la había hecho al fin! Los bueyes le habían sentido encima, y locos de furor tomaron la huida por derecho, atropellaron la paredilla seca del corral, rompiose allí el eje, volcó la balumba; y cada vez más locas las bestias, continuaban arrastrando la pértiga por la calleja, revolviendo los cantos del suelo y dejando, por señal de su carrera furiosa, montones empolvados de la carga...

Tío Luco, esparrancado en mitad de la calleja, con los pelos de punta y los brazos en alto, volviendo los ojos tan pronto a la casa del vecino como a los bueyes que se iban perdiendo de vista, clamaba con voz de espanto y desconsuelo:

—¡Esta es la mi suerte! ¡Di ahora que no, compadre!... ¡No hay que darle güeltas!... ¡Lo esperaba yo, porque tenía que venir, y siempre jué lo mesmo! ¡La peste de mi casa!... ¡La ruina de mi hacienda! ¡La deshonra de mi sangre!... ¡El AGOSTO!... ¡El AGOSTO!...

El óbolo de un pobre

Llevaba en el bolsillo del chaquetón el oficio que acababa de recibir de la primera autoridad de la provincia. Se le encarecía mucho en él la necesidad de aprovechar el tiempo; se le hablaba de su «bien probado celo», de su «acreditada actividad», y de su «nunca desmentida abnegación en beneficio de los menesterosos». No estaba él muy seguro de haber dado motivo a la susodicha autoridad para afirmar tan en redondo todas estas cosas, aunque sí de ser tan hombre de bien y sano de entraña como el primero que se le pusiera delante, y de haber merecido de la bondad de Su Señoría, en los dos años no cabales que llevaba rigiendo la administración municipal de su pueblo, el favor de dos comisionados de apremio, con treinta reales de dietas, por deudas insignificantes del Ayuntamiento; pero cuando Su Señoría lo afirmaba de un modo tan terminante... Además, Su Señoría daba también por sentado que el alcalde estaría bien al corriente ya del «horrendo cataclismo» que había «casi borrado de la haz de la tierra española» dos «de las más ricas, bellas y celebradas provincias andaluzas»; y el alcalde no sabía jota de ello, ni aprenderlo podía en el vago, ampuloso y, para él, enrevesado contexto del oficio; ni creía que le sentaba bien a una persona erigida en autoridad, declararse oficialmente ignorante de sucesos que debían ser harto sabidos en el mundo; y como los últimos Boletines recibidos en el Ayuntamiento estaban intonsos aún en poder del secretario, acudió al señor cura en demanda de pormenores que le pusieran en autos; pero el señor cura, que en aquel instante iba muy de prisa a confesar a un feligrés moribundo, solamente pudo darle ligerísimas nociones, así de las causas, como de los efectos del cataclismo mencionado por el señor Gobernador. Tampoco el médico, a quien el alcalde acudió en seguida de apartarse del párroco, fue muy pródigo en informes, por que iba, a todo el andar de su peludo tordillo, a visitar a un enfermo muy grave. Fortuna que el alcalde no se mamaba el dedo; y por ser así, creyó haber atrapado al aire el argumento de la cosa, y hasta consiguió encerrar en el saquillo de su memoria un buen acopio de «fuegos centrales», «fenómenos geológicos», «desprendimientos subterráneos», «gases comprimidos» y otros terminachos que le parecieron de perlas, y más de lo suficiente para dar en el acto cumplido desempeño al encargo que se servía encomendar Su Señoría a «su bien probado celo, acreditada actividad», etc., etc...

Porque «lo resultante, en finiquito», era, para él, que había muchos menesterosos de pan y de abrigo, «motivao al cataclismo», y que, por caridad de Dios, había que pedir de puerta en puerta una limosna para ellos. Recogiérase la limosna, que de cuenta de quien sabía más que él corría el hacerla llegar hasta los desgraciados.

Y tomó el palo en una mano; metió con la otra el oficio en la faltriquera, y lanzose, con el más sano de los propósitos, a recorrer el mísero, corto y escondido lugar de la Montaña, casa por casa.

Así llegó a la de un su muy especial amigo, y además compadre.

—Ya sabrás a lo que vengo —díjole en el soportal, donde le halló amañando un armón de la pértiga de su carro.

—Verdaderamente que no lo barrunto —respondió el otro.

—Pues es motivao al cataclismo.

—¿Cata... qué?

—Cata... nada, hombre: que hay mucho probe enfermo y menesteroso que socorrer.

—¿En ónde?

—En la haz de lo más majo de Andalucía.

—¿Peste, quizaes?

—Mucho peor: cataclismo.

—¡Cataclismo!... Ya lo dijistes; pero ¿qué es ello?

—Juego central, a lo que paece; terremoto al resultante.

—¿Terremoto dices?

—Como lo oyes. Mete miedo aquello. ¡Zas, zas! Abajo una casa. ¡Zas, zas!... Al suelo media docena de ellas. ¡Golpe acá!... La iglesia a tierra. ¡Golpe allá!... La casa de Ayuntamiento.

—¿Y las gentes, hombre?

—Las gentes, según la suerte respetive.

Unas, soterrás en vida; otras, muriéndose de hambre, con lo puesto, a campo raso.

—¿Y eso es terrimoto?

—Temblío de la mesma tierra.

—¿Temblío dices? Cuéstame creerlo.

—A la vista está el resultante.

—No le niego; pero tomara yo el caso por juriacán de arriba: vientos mayores...

—Cataclismo neto; no te canses: costa en papeles; terrimoto puro.

—Si costará; pero si no fue bien reparao de las gentes... Porque no se me diga a mí que este suelo que yo piso, que esta peña viva que asoma aquí mesmo por la arcilla del portal, que ese monte de ahí en frente...

—Pura chanfaina todo ello, hijo; pura chanfaina, por lo visto, en cuanto se menea el filómeno jológico.

—¿El qué?

—El despeñamiento soterráneo.

—¿Cuál es eso?

—El juego central.

—Ponlo más claro, si te paece.

—Pues el cataclismo.

—Me dejas como estaba. ¿ónde se menean esas cosas?

—Por abajo, ¡muy abajo! Allá adentro, ¡muy adentro! ¡Boum! por acá. ¡Boum! por allá... hasta que, motivao al retingle, todo lo de arriba se viene a tierra.

—Mucho sabes, a lo que veo, y bien claro lo explicas; pero con todo y con ello, dígote yo tamién ahora que chanfaina pura.

—Como te paezca mejor; pero a lo que vengo, vengo.

—Tú dirás.

—Pues digo que vengo a pedir, por caridá de Dios y mandato que costa en este oficio de la autoridá competente, una limosna pa los enfelices que andan por aquellas tierras sin pan y sin abrigo, a la misma santimperie.

—Esa es otra conversación, y me paece muy en su lugar. Hoy por ti, mañana por mí.

—Justo. ¿Y cuánto apurres?

—Según lo que tú pidas.

—Lo más que puedas darme.

—¿Qué te dieron los otros?

—En el puño cerrao me cabe todo ello junto. ¡Si valiera el buen deseo!...

—Eso digo yo.

—¿Das media peseta?

—¡Echa dinerales! ¿Piensas que tengo mina?

—¿Puedes con un real?

—Ni tampoco con medio.

—Un perro grande...

—¡No seas cubicioso, hombre!...

—Pues un perro chico.

—¡Si no lo hay en casa!... bien lo sabes tú. Mes y medio hace que no conozco al rey por la moneda. Las últimas que tuve se las llevó el cobrador por el último tercio... porque pa eso las guardaba... De lo colgao comemos, y gracias que hay un poco de ello. ¿Quieres una parte? De corazón la ofrezco.

—Lo sé por demás. Pero sonante se quiere, y sonante ha de ser, aunque sea poco.

—Pues de eso no tengo a la presente... ni barrunto que lo halles en todo el lugar: cuando venda la novilla, para pagar con las ganancias, si las da, las rentas al amo de ella y de las pocas tierras que labro, del sobrante te daré lo que pueda, aunque yo lo coma de menos ese día.

—¿Y no das más por la presente?

—En sonante no más que eso, y una buena voluntá para el día de mañana.

—Pues esa te apunto, por lo que sea.

Y yo se la garantizo, porque le conozco mucho; y además, ofrezco por él, para las páginas de Charitas, estos renglones que taso, si no le parecen caros a mi amigo Matheu, en un perro chico, moneda con que ya se conformaba el alcalde.

Cutres

El dibujo era de mi pertenencia, por espontánea e inmerecida generosidad del artista, como constaba y consta en la dedicatoria al pie, de su puno y letra; lo cual, por sí solo, le daba ya, en mis adentros de hombre agradecido, un valor excepcional. Pero con ser este valor tan grande, aún me parecía mayor el que tenía en absoluto el cuadro, considerado como obra de arte y como primera y palpable revelación, a mis ojos, de los talentos del artista, mozo santanderino, en quien el delicado sentimiento de la tierruca madre no se ha embotado ni se embotará jamás con el roce continuo de la jerga ramplona de los alegatos en papel de oficio; como no ahondarán los barnices de la vida madrileña en la epidermis de su cepa campurriana.

Me complacía yo en pensar esto del artista en presencia de su cuadro, y en creerlo a pies juntillas, porque, para mí, es innegable que ciertas delicadezas de estilo no pueden tenerse sin una exquisita afinación del sentimiento de la cosa tratada; inquiría, como lego, los procedimientos seguidos por el dibujante para lograr aquellos efectos de verdad y de hermosura en su obra; admiraba tan pronto lo acertado de la composición como la destreza de la mano ejecutora del pensamiento; regocijábame en hacer con el mío rápidas excursiones al campo del arte montañés; contaba y clasificaba a los artistas por orden de géneros y hasta de edades; resultábame de tan varias, independientes y ricas manifestaciones, una tendencia común, una perfecta unidad final, como resulta en la fábrica del gallardo monumento con todas y cada una de las partes que le componen y que tan diferentes parecían entre sí, desparramadas y en manos de los artífices que van dándoles la forma determinada por el arquitecto; colábanse por este resquicio la idea de la escuela, el esbozo de la región; algo de lo que puede haber en estas ideas de ilusorio, por espíritu de raza o por embriaguez patriótica; mucho de lo que, aunque irrealizable, tiene de bueno el achaque, por lo fecundo que es en nobles empresas y en generosos esfuerzos locales, que, a la postre, lucen en beneficio y en gloria de la patria común... en fin, hasta pesaba y medía el cuadro, que ya era mío, recordando sitios y espacios, para elegir el más conveniente para colgarle, cuando se me dijo que preguntaba por mí «un hombre de allá».

Hay que advertir que estos «hombres de allá» siempre llegan a mi casa (y llegan cada día desde los de mi mocedad) a la hora y en las ocasiones menos a propósito para entender yo con paciencia en los roñosucos «particulares» que los sacan del lugar: por lo común «expedientes» que «no corren» en estas oficinas; diferencias sobre intereses con el convecino; juicios en apelación al juzgado de primera instancia; cartas de recomendación para el Preste Juan de las Indias, o para el mismo Príncipe de los Apóstoles, portero de la Gloria celestial, «motivao al muchacho que anda por los mundos» y desea mejorar de fortuna, o a «la difunta que falleció» la víspera y pudiera, «con un buen empeño», verse libre de las penas del Purgatorio; a menudo, porque la cosecha ha sido mala, el perdón de la renta o el anticipo «pa salir avante del mayor apuro a la presente»; la fianza para aquello o el consejo para lo otro, y así, por este orden, hasta los pajaritos del aire o los cuernos de la luna, porque, los benditos de Dios, no se paran en barras, puestos a pedir lo hacedero y lo imposible.

En todos estos casos, relatos eternos y digresiones interminables; los puntos litigiosos, sacados a tenaza por mí; salivazos en el suelo, tres libras de barro molido y estirado a pisotones sobre el hule, mal herido, además, por las tachuelas de los blindados borceguíes, y una humera, densa y asfixiante, del tabaco más malo que puede suministrar la Dirección de Estancadas, puesta de intento a darlo de lo peor... Vamos, que me cuestan un sentido, en todos conceptos, esas benditas gentes, que, por remate y «finiquito», no me lo agradecen tanto así... ¿Agradecer dijiste? ¡Buenas y gordas! Gracias que no se me responda lo que cierto compadre a quien yo ponderaba los sudores y congojas que, en dos meses de brega, me había costado poner en claro un derecho suyo desconocido en determinado centro oficial: «Si usté, al meterse en lo que no le importa, supiera teclear como es debido, más pronto... y mejor quizaes, hubiera sido el resultante». ¡Y lo había ganado con costas, y yo le había servido a sus instancias y de balde... y poniendo dinero encima! De veras: hay para pegarlos, muy a menudo. Pues así y todo, sufro y estimo, ¡qué estimar? amo a esos «hombres de allá», por el más sarnoso de los cuales me lío la manta al brazo a cada hora, para habérmelas con el lobo mismo, como si la oveja fuera de mi rebaño, sangre de mis venas, o fibra de mis propias carnes; y frecuento oficinas, y escribo cartas, y molesto a los amigos, y aburro al más paciente y estimado de todos ellos, ¡yo que jamás he «incoado» un expediente propio en ningún centro del Estado, ni por asuntos de mi pertenencia he dado los buenos días, en todos los de mi vida, al más modesto funcionario!

Conste que no lo puedo remediar, y vamos al caso.

Pregunté qué hombre era el que me buscaba, y me respondieron que «uno muy oscuro», que se llamaba no sabían si Blas o si Juan, si Roque o si Gómez, porque el hombre no se dejaba entender.

No caí en la cuenta por estas señales. Pedí algunas más, y a poco rato me dieron estas otras:

—Dice que es Cutres.

¡Cutres! ¡Cutres en la ciudad! Lo menos hacía veinte años que Cutres no ponía los pies en ella. ¿Qué río se había salido de madre, o qué monte se había desborregado en el lugar? Porque, vistos los antecedentes de Cutres, y conocidos como yo los conocía, se necesitaba un verdadero cataclismo para hacerle salir de sus enroñecidos quiciales. De cualquier modo, con la visita anunciada había para que me temblaran las carnes; porque Cutres era de los hombres «de allá» que más me daban que hacer. Siempre tenía en tramitación dos o tres expedientes, dos juicios de faltas «para el sábado que viene», y otros tantos en apelación; y todo ello por ser Cutres el hombre más testarudo que ha nacido de madre; por el condenado empeño de hablárselo todo él solo, después de forjarse las cosas a su gusto en la empedernida mollera. Oía o soñaba el agravio, la reclamación o el consejo; bajaba la cabezona hirsuta, fruncía las cejas grises, cerraba los ojos mortecinos apretando mucho los párpados... y allá va esa descarga de sonidos broncos, desconcertados y feroces, intraducibles en ideas ni en palabras. Se le llamaba a la razón con templadas reflexiones para explicarle el caso, para que oyera, cuando menos. Peor. La interrupción le cegaba más, y el zumbar de su palabreo incesante y confuso, llegaba al mugido del torrente en el fondo de una sima. De tiempo en tiempo, un estampido, una detonación, como si estallara algo allá dentro. Era una interjección, o una desvergüenza, o una injuria: «¡Ajo!... ¡La tal de tu madre!... ¡Ladrón!... ¡Saca-mantas!». Lo único que se le entendía claro en sus tremendos desfogues; y como había testigos, y él no escuchaba a nadie ni quería «volverse atrás de lo dicho», demanda «al consiguiente», y a juicio verbal «el sábado que viene». A este tenor, sus negocios con el Municipio o con la Hacienda; y expediente al canto... y a mí con el mochuelo al otro día, de palabra si me hallaba a la vera, o, si en la ciudad, por el correo, en letras como perojos, que parecían hechas con la ahijada, sobre papel de hilo barbudo, y cerrada la carta con pan mascado.

¡Y este hombre había sido risueño y campechano, cantador y bailarín, la alegría del lugar!... hasta que se acabó «la carretería». Desde entonces, y por eso sólo, se hizo esquivo, lúgubre y desapacible, y se declaró en guerra implacable con todo el género humano. El mundo ya no andaba para él, ni las cosas que pasaban eran valederas ni producían derechos para nadie. Todo estaba fuera de la ley, incluso el tiempo, considerado por Cutres como una suelta, más o menos larga, que tendría su fin más tarde o más temprano, llegado el cual, volvería él a uncir... y hala con lo tuyo por el camino de siempre.

Pero la suelta duraba y duraba... y duraba, y el peso de los años que corrían, aunque ilegales, iba quebrantándole los bríos, arrugándole el pellejo y encorvándole los hombros. Él tenía fe ciega y tenaz en la vuelta de las aguas al abandonado cauce; pero ¿cuándo sucedería eso? Al paso que iba desmoronándosele la armazón, que fue de encina brava en otro tiempo, cuando se tocara a uncir de nuevo y a preparar la mostela, ¿tendría él agallas ya para subirla al carro?

Y esto le impacientaba y le consumía, y con ello iba haciéndose, de hora en hora, más feroz e inaguantable.

A la sazón de preguntar por mí, tenía por acá tres expedientes dormidos en los respectivos centros; expedientes forjados a su manera sobre soñados atropellos del Municipio de allá. Se habían dejado dormir de propio intento y por obra de caridad, porque el menos improcedente de todos ellos contenía descomedimientos y crudezas de sobra para dar que hacer en el asunto, por razón de desacato, al juez de primera instancia. Cutres no quería entenderlo así; y en su empeño obcecado de ver en Ceuta al Alcalde, y en la cárcel al Gobernador que «le encubría», me había puesto a mí para pelar cincuenta veces, de palabra y por escrito, suponiéndome primero tibio en ampararle a él, y, por último, cómplice y encubridor de «los otros», por lo que se me pudiera pegar, «si a mano viene».

¿Había o no para que me temblaran las carnes al saber que Cutres estaba en la ciudad, y a la puerta de mi casa, resuelto a verse conmigo?

Mandé que le hicieran entrar; y entró, poco a poco, a paso de buey, marcando con dos golpes cada pisada de sus enormes borceguíes; en la mano un palo corto, rayado a fuego; vestido de paño pardo y con camisa de estopilla, a la moda de treinta y cinco años atrás. Guardó en un bolsillo del chaleco la punta apagada del cigarro que traía entre los amoratados labios, para darme los buenos días, sin pensar en descubrirse la cabeza; y del modo que ya se le ha descrito, desde el vano mismo de la puerta, donde se quedó parado, me disparó la andanada; pero, en honor de la verdad, no con la artillería gruesa. Así y todo, se llenó el cuarto de ruidos, y temblaron dos cristales mal seguros en sus mortajas. No le entendí una palabra, porque no hubo injuria, ni interjección, ni desvergüenza; lo cual era de agradecer, y se lo agradecí.

Mirándole y admirándole y gozándome en contemplar su estampa original y pintoresca, dejele que se desfogara a su gusto; y cuando ya abrió los ojos y pudo mirarme y verme, con señas y ademanes expresivos le invité a que pasara más adelante y se sentara cerca de mí. Pasó y sentose, poco a poco, muy poco a poco, y al carel de la butaca arrimada a la pared, casi debajo de un aparato telefónico, por más señas. ¡Qué acabado estaba el pobre hombre! ¡qué vicio, qué acartonado y rugoso, y cómo olía a humo de cocina, de cuyo fuego eran señales las cabras que se le veían en las enjutas canillas por debajo de las campanas de sus perneras!

Estando así sentado, quedaba enfrente de él, y muy cerca, el cuadro de que íbamos hablando, colocado sobre una silla, tal como yo le había puesto para contemplarle a mi gusto.

Pensando en la manera de conjurar aquella tormenta que se me había venido encima de repente, en el breve espacio de silencio durante el cual tuvo mi hombre clavados los ojos en el cuadro, y andaba yo con los míos del cuadro a él y de él al cuadro, acordeme de que en la naturaleza bravía e irracional de Cutres había una cuerda sensible y entonable con el sentido común y el lenguaje humano, y traté de herírsela, para distraerle un poco del asunto que le había sacado de casa, a pie y andando, por las señales del barro blanco de sus borceguíes, y por constarme bien que no se movía su cuerpo de otro modo, o en carro de bueyes... ¿El tren?... Primero el coloño de espinos, «arrastrao por las patas, u la horca mesma».

—¿Qué le parece a usted esto? —díjele corriendo más hacía él la silla en que estaba el cuadro.

El hombre, que aunque le miraba no le veía, se encogió de hombros por toda respuesta. Contaba yo con ello, y le añadí:

—Mírele bien, que hay algo ahí que le interesa a usted.

—¿A mí? —exclamó entre admirado y desdeñoso.

—A usted.

Volvió a encogerse de hombros, y volví yo a insistir en que mirara bien, metiéndole el cuadro por los ojos.

—A manera de puente cascao —dijo al fin, después de mirar el dibujo con la cabeza entornada, tan pronto a un lado como a otro, la boca muy abierta y haciendo embudos con los labios. —Y si no lo juere —añadió sombrío— que, no lo sea. A mí, ¿qué cutres me va ni qué me viene en ello? ¡Ajo! En esas penturucas con que tiene apestá la casa de allá, y la de acá por lo que veo, gastará usté los dinerales que estarían mejor gastaos en sacar avante la hacienda ultrajá de un probe como yo. ¡Cutres! A ver cómo anda eso vengo, ¡ajo! y no más que a eso.

Se me iba, se me iba el salvaje por los cerros de su gusto, si no me apresuraba a atajarle.

—Mire usted, Cutres de los demonios, cabezón y testarudo —díjele apuntando al mismo tiempo con el dedo—, ¿ve usted esta figuruca de hombre, metida en una O grandona?

—Pué que la vea —respondió volviendo a mirar como antes.

—Pues es la estampa de un campurriano.

—¿Por ónde es campurriano eso, cutres?

—Por la cara, por la gorra de pelo, por la pipa, por la capa...

—Por el... ¡ajo! ¿Ónde están los zajones? ¿ónde están las albarcas de pico entornao? ¿ónde los escarpines negros con botonaúra?

—¡Otra te pego! ¿No ve usted que esto es un retrato de cintura arriba?

—Y ¿ónde se han visto campurrianos que no tengan ná de cintura abajo, cutres? ¡Y si habré visto yo campurrianos en mi vida!... ¡Ajo!

Ya estaba clavado mi hombre. Expliquele, como mejor pude lo que era un retrato de medio cuerpo de un hombre que le tenía cabal, sin que Cutres cayera de su burro, por supuesto, y le señalé otro detalle del cuadro.

—Esto que usted cree un puente cascado, es un pedazo de una iglesia célebre que está en Cervatos, cerca de Reinosa.

—¡Reinosa! —exclamó estremeciéndose.

—Sí, señor —añadí ahondando en la herida abierta—: Reinosa. Todos estos peñascos, y estos montes algo nublados, y este tronco viejo... y hasta estos patucos que se bañan en esta poza, son cosas de por allá, de Reinosa; y escondido en estos repliegues de los montes, irá el camino real que tanto ha trillado usted.

—¡Treinta y dos años hace —exclamó en un mugido que retumbó en toda la casa—, días más que menos, que no le pisan los mis pies dende Corrales pallá!... ¿Se puede vivir así? ¿No es hora ya de que cambeen las cosas? ¡Ajo! ¡Ladrones dilapidaos!...

Templele un tanto las iras, porque no me convenía tampoco que se dejara llevar de ellas en el terreno en que le tenía ya; y con la ayuda de ciertos toques cuyo buen efecto conocía yo por la experiencia de su trato, le encarrilé blandamente por donde me proponía, seguro de oírle lo que ya me había contado cien veces, pero también de apartarle con ello del negocio de los expedientes; y eso, que no dejaba de interesarme el por qué de su venida a tratar de ellos pico a pico conmigo en la ciudad.

—Aquello era las Indias, ¡las puras Indias, cutres! —llegó a decirme, echándose el sombrero atrás, animado el rostro sombrío y con las dos manos sobre el garrote chamuscado.

—Yo espencé el trajín de mozo, con el carro de mi padre: le gané un platal diendo y viniendo... ¡ajo! lo que se llama un platal. Me casé en su día: la mujer llevó algo de por sí, yo tenía otro poco por mi padre; jallemos quien nos diera a renta lo demás, y como dos pepes, ¡ajo! como dos pepes caímos en la casería... Dos vacas de vientre, una pareja tudanca de lo mejor de la feria... ¡Cuarenta doblones pagó el amo por ellas! Había entonces con ese dinero pa mercar un navío de tres puentes. La pareja curriente, treinta doblones, menos que más. No se conocía el carro de rayos que anda ahora: la carreta de Penaos, que costaba una onza, u el rodal de maera que no pasaba de cuatro duros: la carreta, por estrechuca de llanta, se comía las ganancias en potargos: el rodal de maera, con una llanta postiza, daba mejor cuenta, y eso se estilaba entre los que más, salvo los marinos de Bezana y por ahí, que se metieron en lujos de carros con galga, parejas dobles, mantas y atelajes que tenían que ver, pollos y chorizos en las sueltas; y así salieron ellos al finiquito, cutres, cuando la cosa paró: en cueros vivos y a la temperie del camino real, que ya no daba un . Nusotros, pa un por si acaso, siempre guardemos el quinto pa el alma, como el otro que dijo... A lo que iba: la mujer (que Dios haya perdonao) era un brazo de mar, lo mesmo con hijos que antes de tenerlos; de modo y manera que, al irme yo a porte, no se conocía la falta en casa, porque ella remaba por los dos y amenistraba por deciséis. Salíamos, de cada golpe, los ocho u los doce carros del lugar, en ca compañía. Un sujeto de ellos, el más curriente y avisao de pluma, llevaba el gubierno, con voz y mando, pa la carga en Reinosa y el cobro de la guía en Santander. Siempre juí de éstos, cutres, siempre, por sujeto leal y socorrío en cuentas de retaporción. Pues, señor, que dos días de repaso a la pértiga y al rodal; que amaña esta trichoría; que pon este verdugo; que el encañao del toldo, y la jabonera en su punto; que llegó la hora; y el jabón a la jabonera, y los garrotes del pienso colgaos de los armones detraseros, y la saca de ceba aentro... y hala pallá, cutres, con la pareja enmantá, el eje bien enjabonao por la calentaera, pa que no cantara, porque sí allegaba a cantar, multaban los camineros... multaban, ¡ajo! multaban... y con mucha cuenta y razón, ¡cutres! que a cantar cá carro de aquella senfinidá de ellos, cosa juera de no poderse vivir en los vecindarios transeúntes... ¡Santísimo Cristo de mi padre, cómo estaba aquel camino real por aquellos estonces de la pompa de la carretería!

La repentina visión de ello debió de deslumbrar a Cutres, porque al mencionarlo se llevó las dos manazas a los ojos, dejando caer el palo entre las piernas; y así estuvo a obscuras un buen rato, bufando como un jabalí y balbuciendo palabras que yo no le entendía.

—Le digo a usté —continuó enderezándose y volviendo a empuñar el garrote—, que había veces que no sabía uno cómo enrabarse en la ringlera al abajar al camino, u al salir de la suelta, porque no se jallaba un claro por onde meterse. Aquello era el sinfinito de carros por las dos orillas, diendo el un rosario, y otro que tal golviendo. Lo que a mí me entraba al ver aquel trajín... y al agolerle, ¡cutres, al agolerle tamién! sí, señor, porque agolía: agolía el aire como a jabón recalentao, de tantísimos ejes, con su punto, además, de vaho de las tabernas... Lo que a mí me entraba estonces, no es pa dicho con palabras. Lo mesmo era verme allí, ya me tenía usté con la ahijá por los hombrales, los brazos por encima de ella, colgando dispués palante; y toná va y toná viene, al andar de la pareja y a la vera mesma del carro... Un puro silguero, vaya, porque no cerraba boca en lo mejor del camino. Los otros compañeros, en escomenzando yo, se me iban arrimando poco a poco; y éste ahora y el otro dimpués, acababan por entonar conmigo toos ellos. ¡Offf! ¡Ajo!... y sépase usté, por si no lo sabe, que siempre y en toas partes era yo estonces lo mesmo. Yo nunca supe hasta dispués lo que era la malencunía negra, como ésta que me viene consomiendo y acabando malamente, por culpa de las picardías de otros hombres que han güelto lo de arriba abajo en las cosas de la tierra... ¡Mal rayo los parta, cutres! por la metá de los riñones, ¡ajo!

Viéndole temblar de ira y con los ojos casi cerrados ya, señales infalibles de sus malos propósitos de largarse otra vez por los cerros de su barbarie, atajele de prisa, pero con sumo cuidado para no embravecerle más.

—Vamos —le dije—, a lo que íbamos, y que tanto me gusta oír de boca de usted. En acabando con ello, le ayudaré yo a echar un buen coloño de rayos y centellas sobre esos pícaros malhechores que lo merezcan. Ya estaba usted en el camino real, hecho unas tarrañuelas y cantando como un jilguero, entre dos filas de carros sin principio ni fin, oliendo a jabón recalentado y al vaho de las tabernas. ¿Y qué más?

—La primera suelta —continuó Cutres volviendo dócil, como un buey, al camino hacia el cual le arreaba yo—, era en Somahoz. Allí el pan y el vino pa acompañar al torrendo que usté llevaba de casa. El sueño, encima de la saca. La taberna del portalón onde dejaba usté su hacienda arreglá, escripía de carreteros; los de la Marina, tratándose a cuerpo de rey; los demás, a lo probe; y el más cuerdo, amañándose la probeza en la sartén de su propiedá, en el mesmo por talón, o matando el ujano del hambre a pan y navaja. Yo siempre fui de éstos, ¡ajo! siempre, salvo uno que otro caso, y porque no se dijiera, en este compromiso u en el de más allá... Porque motivos pa echase a perder el mejor de los hombres, los había a manta allí... ¿ónde no los hay, cutres? San Pedro pecó negando a Cristo, y el más justo cae siete veces, aunque se agarre bien... Sobrando el tiempo y siendo las noches largas, había en las sueltas de too, hasta briscas de a peseta el partío, que era cuanto podía haber; y andando la baraja y el vino tan currientes, no es mucho de extrañar que una vez que otra saltara el camorreo entre los más vidrosos, y se alumbrara por remate daque garrotazo... Pero repito que eran habas contás estos desgustos; y bien puede jurarse que nunca se vio en ellos una navaja. ¡Nunca de Dios! ¡Siempre la ahijá! Y en güena hora lo diga, que casqué más de cuatro en las costillas de unos y otros, por amparar a algún compañero: en los jamases por culpa mía. Ahora, si al alcontrarse en el camino la carretería de nusotros, pinto el caso, con la de los litos de Güelna, que tenía lo que se llama vicio de apalear, le decían a uno daque ultraje u disvergüenza, ¡ajo! la cosa ya era difirente, porque no estaba en manos de uno el contenerse; y hasta la güena crianza le obligaba a uno a ventear la ahijá antes con antes. Pero esto, por no buscao y muy pasajero de suyo, no lo cuento yo por males de la carretería. Ya subiendo las Hoces, la primera suelta del meodía era en Santolaya, y la segunda, de noche, en Lantueno. Al romper el alba siguiente, en Reinosa. A tiro hecho y a precio curriente, a cargar. Tantas arrobas en tantos carros; ochenta o noventa de ellas el que más, de una pareja. Se estipulaba el montante en la guía, que me llevaba yo, como asimesmo el socorro de dinero entregao a cada uno de la compañía, pa el debido rebaje del total en Santander, y güelta varga abajo por los mesmos pasos que se habían contao varga arriba. Sin más, ¡ajo! sin más... y jala, jala, como una seda hasta la puerta de casa, como el otro que dijo; vamos, hasta el Regato... Allí una suelta, y la pareja a casa, pa que a los probes animales no les entrara solengua... ¡Ajo! porque son así de suyo: más sentíos y leales que los hombres mesmos. Con ese tente en pie y ese recreo, güelta al camino real: las bestias tan campantes, y yo detrás con la mostela a cuestas: la ración de los probes animales pa lo que les faltaba por bregar. A uncir al vuelo, y palante otra vez, ¡cutres! siempre palante. Jala, jala, Pedroga y Puente-Arce allá, una suelta en Bezana por la noche, y al romper el día en Santander, pa descargar tan aína como se abrieran los almacenes. Ahí va la carga, ésta es la guía, resultaba conforme, venga el sustipendio, que se me entregaba a mí solo, por el camino y andando se hacía el reparto en el aire, dábase a ca uno su por qué debido; y a prima noche en casa, el carro en el portal, la pareja en la corte y bien trisná, y al pico del arca, por propia mano de la mujer, los tres y los cuatro napoliones de a decinueve que uno la entregaba por llegar, limpios y saneaos, como los mesmos soles, ¡ajo!... Sin más. En veces salía carga en Santander pa algún punto de la güelta, como salía de vena en Requejá pa las ferrerías de Portolín o de Montesclaros al dir parriba; y esto más locía al resultante por mejora del peculio. Pero lo fijo era lo otro, que en sí mesmo podía beneficiarse mucho, como yo lo beneficié, ¡ajo! lo beneficié, porque sabía el cómo; me empeñé en hacelo, y me salí con ella, ¡cutres! Me salí con ella. Motivao a las vargas de acá que se subían de cargao, nenguna pareja arrastraba, sin quebranto, más de ochenta arrobas: a lo más noventa. Tres bestias, ya eran otro cuento. ¡Cutres! a buscar la tercera, decíame yo, dispierto y soñando. Y piensa que piensa y agorra que agorra, y pidiendo a réito el pico que me faltaba, compré el sacaízo. ¡Ajo! Dende aquel día, las ciento veinte, las ciento treinta y hasta las ciento cuarenta arrobas... como una seda, y los siete y los ocho duros netos, al pico del arca, a cá güelta de viaje, de viaje corto... Corto digo, ¡ajo! porque dende que tuve sacaízo, no me contentaba con Reinosa, y porteaba dende el mesmo Alar. Nueve días viaje reondo, y doscientos riales libres, lo que menos. ¡Daba gusto, cutres, lo que se llama gusto, ajo!... Pero, hombre, ¡lo que es una bestia sola delante de una yunta y jalando con ella varga arriba! Tiene más cuenta que otra pareja más con su carro correspondiente. ¡Y qué sacaízos tuve yo siempre, me valga la Virgen de la Soledá! El último de ellos en particular, el último de ellos, ¡ajo! el último de ellos fue el pasmo de la carretería. Tasugo era de pelo, y un poco cerrao de gamas; pero ¡con una voluntá, y unas anchuras, y una firmeza de remos!... Como este brazo se le ponían las cuerdas del piscuezo cuando jalaba cuesta arriba, ¡Qué jalar de bestia! ¡Ajo! a pico de pezuña y triscando las cadenillas. ¡Las cadenillas, cutres! porque yo nunca quise los tirantes de cuartajo, que a lo mejor se podrecían y le dejaban a usté en blanco en la varga de más empeño... ¡Ajo! siempre cadenillas, como hombre avisao; y por serlo, tuve yo siempre en su punto toos los avíos de carretero... Una vez me tentó la cubicia y llegué hasta Palencia. Tardé quince días en dir y venir: me salió mal la cuenta, y no golví más. A lo tuyo tente, dice el refrán, y a lo mío me tuve, al camino trillao... a lo mío... ¡Ajo! mío hasta que me lo robaron, ¡cutres! esos ladrones de pelo rojo, amparaos por malos españoles de acá... ¡Mal rayo los parta, cutres! mal rayo los parta, amén, y por los riñones, ¡ajo!... Lo digo y lo siento, ¡cutres!

Y bien demostraba que no mentía el hombrazo, según lo que golpeaba el suelo con el garrote y encandilaba los ojos y se revolvía en la butaca. Dile la razón antes que me diera él un disgusto serio; y después de calmar un poco sus iras, a mis nuevas instancias continuó refiriéndome sus desventuras en estos términos:

—Muerta la carretería en cuanto el tren anduvo de veras, cosa que ni viéndola podía yo creer, ná se me amañaba en casa, ni descurría ónde ganar una peseta... la peseta, ¡cutres! la peseta que hace falta en el arca del probe pa el tercio que cae, pa el vestío nuevo, pa la media suela... ¡ajo! pa lo que no da la tierra de por sí, por mucho que se ajonde en ella. Por remate de fiesta, las parejas de porte, como ya no los había, abajaron un espanto, y tuve que vender en ochenta lo que me había costao ciento y más. De esa probeza pagué los empeños en que estaba; y si no me quedé a esquina, como los marinos, jué porque nunca eché como ellos, de un solo golpe, too el tocino en la puchera. Pero quebrantao, eso por la metá del eje, más que menos... ¡Ajo! sacabó el cantar, sacabó el respingo y sacabó la vida alegre. Anochició de repente pa mí, y no ha güelto a amanecer hasta la hora presente... Ni amanecerá, cutres, ni amanecerá hasta que las cosas güelvan aonde deben golver... Y golverán, ¡ajo! porque es de ley, y pa hacer josticia está Dios en los cielos. (Pausa larga.) El golpe jué de muerte, créalo usté, pa mí y pa muchos, ¡ajo! pa muchos que le lloraron y le lloran como le lloro yo. Hombre hubo de ellos... eso es doler en lo vivo... y eso es ser hombre, ¡ajo!... campurriano era y amigo mío fue, gran carretero, anque de llano: de Alar a Reinosa. Neles le llamaban, por llamarse Nel, como a mí Cutres por esta maña que siempre tuve de decirlo tan a menudo, sin saber por qué ni poderlo remediar. Digo que se llamaba Neles, y quizaes lo sepa usté, porque el caso hasta en papeles anduvo. Pos este campurriano cogió tal duda y tema al tren recién estrenao, que una noche le salió al encuentro allá en su tierra, y, ahijá en mano, se empeñó en tichale atrás. El hombre, es claro, quedó hecho una torta allí, lo que se llama una torta, ¡ajo! pero la voluntá jué vista, y la muerte con honra: cutres, con muchos hombres como él, a ver si nos entraban moscas a la presente... Pero ¡mi güela!... Los días pasaban, y de malo a pior. En estas jonduras negras, ná me salía por derecho, y too lo juí viendo patas arriba, como Pateta me lo arreglaba, por remate de la obra de los herejes del tren. Murióseme la mujer, casáronseme los hijos y quedeme solo en casa, solo en el lugar, y aticuenta que solo en el mundo entero. ¿Qué me iba ni qué me venía ya en toas las cosas de él? Otros los pensares, otros los sentires de las gentes, otro el vestir, otro el calzar, otro el peso, otra la medía... ¡ajo! hasta el dinero jué otro de la noche a la mañana. Ahí están esas décimas, que en los jamases pude entender. ¿Quién las trijo? ¿para qué sirven, si no es pa golveme loco en cá peseta que me cambean? ¡Ajo! a mí, a Cutres, que era un viento pa sacar las cuentas de cuartos-riales... Pos ya, ni riales ni cuartos... ni cuentas que sacar, ¡ajo! si no es la que han de dar a Dios los desalmaos que tienen la culpa de lo que pasa de estonces acá... Por explayarme un poco, aunque me rebajara en ello, eché un porte el mes pasao con fierro pa los Corrales, cosa de un señor tocayo de usté, a lo que supe, bien trisnao de estampa y parcialote de genial, la verdá sea dicha. Veinticinco años largos hacía, ¡cutres! que yo no pisaba aquel camino, de la villa pallá. ¡Ajo! ¡Nunca yo hubiera caído en la tentación de golver a pisale! ¡Qué soledá la suya! ¡Qué caserío aquél tan sin sustancia, que nunca se había visto allí! Y aquellos portalones tan largos, de otras veces, viniéndose a tierra quebrantaos; y las tabernas pegantes, punto menos, con ortigas en la puerta cerrá, y bardas y jalechos en las rejas de la ventana podría... ¡cutres! daba vergüenza miralo; y por no ver afrentas como ellas, me emboqué en el carro, cogí el sueño y no disperté hasta los Corrales... Estando allá, pasó él... él mesmo, ¡ajo! con un runflar, y una jumera, y un tronío fantesioso... ¡ajo! lo mesmo que si juera suya y no de nusotros la tierra que iba pisando... ¡Cutres! si le caeron la metá siquiera de las maldiciones que le eché, no llegó a Barcena sin despeñarse, ¡ajo!... ¡Pos dígote la ciudá! Yo conocía el Muelle canto a canto y casa a casa. De punta a punta no cabían los carros en él; los picos de los sacos de harina asomaban por las ventanas de los escritorios, y la mar se acanzaba con la mano en toas partes. ¡Ajo! vete a verle hoy; de puro largo, se pierde de vista: búscame el carro, búscame el almacén... búscame la mar, que no se acanza a ver por nengún lao, como si la hubieran sorbío los herejes del tren; y tómate portales como iglesias, y tómate tropeles de birlochos disparaos... Respetive a lo del pueblo, bien lo sabe usté. Yo soy allí el forastero. Ni caridá pa mis años, ni josticia pa la poca hacienda que me queda. ¡Ajo! esto es el Evangelio. Jurga de acá, jurga de allá; quiero defenderme y defender lo que es mío, y luego resulta, ¡cutres! que tampoco rige ya pa mí la ley que ampara a los demás. ¡Ajo!

—Pero, hombre —díjele aquí, a riesgo de echarlo todo a perder—, si desea usted vivir en paz con sus convecinos, ¿por qué no toma como ellos, y como todo el mundo, las cosas conforme son y los tiempos como vienen? ¡Cuantísimas veces se lo tengo aconsejado a usted!

—¡Ajo! —me respondió dando en el suelo un tremendo garrotazo— tantas como he respondío yo que no puedo amañarme con esas cosas ni con esos tiempos; y que quiero que cuando güelvan los míos me alcuentren en el mesmo ser y estao en que me dejaron, ¡cutres!... ¿Acabó usté de entendelo?

—Sí, señor —le respondí para concluir de una vez, aunque fuera a linternazos—; y porque lo tengo bien entendido, no me sorprende lo que le pasa a usted tan a menudo... por necio, por cabezón, por... Vamos a ver —añadí, sin pizca de temor a los visajes que hacía Cutres, picado ya de la barbarie ciega que le estaba acometiendo—, ¿a qué ha venido usted hoy?... digo, ¿por qué ha venido? ¿Cómo se ha resuelto usted a hacer hoy lo que no ha hecho en tantos años, sin que haya un motivo especial que lo justifique?

Se desbordó el hombrazo para responderme; se desbordó como en los accesos más impetuosos de su atrabilis. Las primeras oleadas no fueron más que estruendo y algún ajo que otro perceptibles. Trasteándole con paciencia y con cuidado, logré averiguar que había venido porque, al decir de su vecino Güétagos, el alcalde no iba a Ceuta ni el gobernador a la cárcel, porque yo estaba pasteleando con los dos, y «quizaes» trabajando para comernos entre los tres la «probeza» que le quedaba a él, a Cutres. En otros tiempos me hubiera dado la queja por el correo; pero, tras de haberle llegado muy al alma la noticia, de día en día se iba encontrando «menos amañao pa el relate» por escrito y el manejo de la pluma. Además, le había asegurado Güétagos que eso del tren andaba de mal en peor, casi a punto de fenecer; y como yo tardaba en ir por allá, se había resuelto él a venir para «tomar lenguas antes con antes, y según era debido», sobre cosa de tanto bulto.

Armándome de paciencia, comencé por afirmarle que todo «lo corrido» sobre el tren, era la pura verdad: no podía ya con el rabo, le consumían las deudas y las desazones, y a la hora menos pensada dejaría de rodar, y volvería a imperar la carretería como en los tiempos de sus mayores pompas. Súpole como a gloria lo afirmado por mí, y a cuenta de este alegrón, le di sobre el otro caso una recorrida de las buenas, por necio, por irracional y por desagradecido.

Me falló la cuenta, porque borrada la primera impresión con el escozor de la segunda, se puso que ardía; y ardiendo estaba, a su manera, cuando, por haber sonado de repente el timbre del teléfono, que estaba a media vara y casi a plomo de su cabeza, le vi enmudecer y contraerse todo, revolver los ojos azorados, hundir el pescuezo entre los hombros, y, por último, esparrancarse y salir, hecho un ovillo, de la butaca, para mirar desde afuera hacia el punto en que se producía aquel estrépito, que continuaba a más y mejor, mientras yo me complacía en estudiar sus efectos de asombro, de sorpresa y hasta de pánico, en la naturaleza medio salvaje de Cutres.

Acerquéme al fin al aparato, y pregunté quién me llamaba. Respondiéronme que del Gobierno civil. Un instante después se ponía al habla conmigo el amable funcionario que entendía en el expediente más agrio de los tres que tenía durmiendo Cutres por acá.

—¿Qué ocurre? —le pregunté.

—Que acabo de hojear otra vez el expediente de marras, y que cuanto más le examino, más me convenzo de que no basta con dormirle, sino que es preciso matarle.

—¿Por qué?

—Porque hay en él horrores de desacato; y si un día llega a moverle cualquiera, va a presidio esa bestia de hombre a quien usted llama Cutres, y tanto nos da que hacer.

—Hágame usted el obsequio —repliqué al funcionario, por haberme asaltado de pronto una idea—, de esperar unos instantes, sin apartarse del teléfono.

Dicho esto, me volví hacia Cutres, que iba de asombro en asombro, y parecía un jabalí acosado por los perros. Mandele que se acercara, y no quiso a la primera. Al cabo se acercó, recelosote y gruñendo.

—Tome usted esto —le dije descolgando el otro auditor—, y póngasele al oído, como yo.

El hombre cogió aquello, como si quemara: lo sopesé, lo palpó y hasta lo olió; pero no acababa de arrimarlo a la oreja. Tuve que hacerlo yo por él; y cuando le dejé convenientemente colocado (con la boca en dirección opuesta al micrófono, por lo que pudiera tronar), llamé otra vez al funcionario, el cual me respondió al instante. Por rara casualidad, aquel día andaba el teléfono tan sutil, que se oían hasta las respiraciones.

—¿Tiene usted la bondad —le supliqué, de repetirme lo que me dijo antes sobre el expediente ese y sobre el interesado?

—Con mucho gusto —me contestó, llegando el asombro de Cutres hasta el espanto convulsivo al sentir el cosquilleo y el sonar de estas palabras en su oído—. Pues digo que cuando quiera que ese expediente se mueva, irá a presidio el irracional y testarudo causante, esa acémila llamada Cutres.

—Está bien —respondí—, y ya me veré yo con usted. Entre tanto, adiós y muchísimas gracias.

Mientras yo hablaba así, había temblado el aparato al soltar Cutres, enfurecido, el auditor; retumbaban en el despacho sus mugidos y sus pataleos; y disparando por andanadas las interjecciones más crudas y soeces, paseaba la vista sanguinolenta por todos los rincones de la estancia.

—¡Ajo! —bramaba—; ¡que dé la cara ese pillo que me falta, y ha escondío usté por ahí?... ¡De mí no se burla él, cutres, ni la tal de su madre... ajo!... Estos son los hombres, ¡cutres! éstos los amigos, ¡ajo!...

Viéndole taladrar con los ojos la pared en que se colgaba el aparato telefónico, apresureme a abrir la puerta falsa que hay en ella para comunicación con la pieza contigua.

—Vea usted. Aquí tampoco hay nadie escondido.

Asomó la cabezona un momento, y volvió a retirarla.

—No dude usted que esa voz venía de la oficina...

Y aquí traté de explicarle lo que era un teléfono. Como si se lo explicara a un adoquín. Volvió a meter la cabeza por el vano de la puerta falsa, temblándole todo el cuerpo y balbuciendo atrocidades.

—Entre usted más adentro, y se convencerá mejor —le dije empujándole un poco por los riñones.

—¡Ajo! —me respondió, largándome una patada que no me alcanzó—; no es esta puerta la que yo busco.

—¿Cuál es la que usted busca?

—La del rey, ¡ajo! la de la calle, porque me ajuego en este ujero, ¡onde me vilipendian, cutres!...

—¡Ah! entonces por aquí —le dije, enseñándole el camino por el cual había venido.

Siguiome zumbando, como tormenta lejana; abrí la puerta de la escalera, y salió. Quise allí templarle un poco, desengañarle... ¡Qué cosas dijo! ¡Cómo me puso mientras bajaba, con un estruendo de pisadas, de garrotazos y de palabrotas, como si rodara algo duro, pesado y hueco, de peldaño en peldaño!

¡Ajo... los pillos! (¡Pum!) el saqueo del probe... (¡Pum, pum!) con zumba y vilipendio a más que más, ¡cutres!... (¡Pum... pum!) No me engañaba Güétagos, no. (¡Pum, pum!) ¡Ajo, qué razón tenía!... unos apañando... otros encubridores. ¡Pior que los del pelo rojo, esos herejes del tren! ¡Cutres, qué ladronera! (¡Pummm!) ¡Mal rayo... por los riñones! ¡Ajo! (¡Pummm!)

Hasta que salió a la calle no cerró boca ni yo dejé de oírle. Pero ¡con qué gusto mío, porque se largaba y me dejaba en paz... hasta la primera!

Estoy seguro de que en cuanto llegó a casa y se le pasó el berrinchín, se puso a armar otra. Pues verán ustedes cómo me la consulta en cuanto me coja «por allá», y en la que me va metiendo poco a poco, por la obra caritativa de «sacarle avante» a él.

No lo podemos remediar.

Por lo que valga

También yo, aunque lego, voy a echar mi cuarto a espadas, o si se prefiere, porque encaje mal cuanto se parezca a broma en un caso tan serio, a poner la pluma en el que han sacado a relucir en las columnas de El Atlántico dos entusiastas y distinguidos redactores de él, en los números correspondientes al sábado y el domingo últimos. En el primer artículo se trata la cuestión, con la autoridad y la lucidez de un experto criminalista, doctrinalmente y con el más alto e independiente espíritu de crítica; en el segundo, sin perderse de vista este aspecto de la cuestión, se apela al sentimiento público con hermosos arranques de generosa piedad, a favor del reo condenado a muerte por esta Audiencia, en el juicio oral celebrado ante ella pocos días hace. Ambos escritores afirman, y afirman la pura verdad, que fue hondísimo el sentimiento, y más grande aún la sorpresa que recibió el público al conocer ese terrible fallo del Tribunal de derecho. Natural es lo del sentimiento en este triste caso y en otros de igual linaje; pero ¿qué hay de anómalo, de irregular o de raro en este negro proceso para que la extrañeza haya sido tan grande como la conmiseración entre las gentes que teníamos fija la atención en él, no tratándose de un criminal a la usanza de los famosos del día, sino de un obscuro, vulgar y embrutecido presidiario, extraño en todo y por todo a la tierra montañesa y jamás visto de nadie aquí? Según los dos escritores mencionados, según lo que pudo verse y estimarse en lo que tuvo de público el juicio oral, cuya parte más larga y minuciosa, por lo que había en ella de escandaloso y repulsivo a la moral, se celebró a puertas cerradas, la inconcebible exigencia de un precepto legal absurdo, que obligó a tres dignos y rectos magistrados a ser, antes que jueces justicieros, hombres de ley inexorables.

Esto es lo que principalmente ha conmovido a la conciencia pública, lo que tanto ha dado que hablar a doctos y a legos en la ciencia del Derecho penal, y lo que me excita y arrastra ahora a mí, que ni soy jurisconsulto ni entiendo una palabra en el arte de desentrañar textos ni de aplicar artículos del Código, a verter a la buena de Dios, en media docena de cuartillas que huelgan sobre mi cartapacio, un puñado de reflexiones vulgares, para desahogo y expansión del sentimiento que me ha correspondido, como parte mínima e insignificante que soy de ese público conmovido y asombrado. Al fin y al cabo, y tomada la cuestión en el punto en que ahora se halla, no se trata ya de ningún problema jurídico, sino de una simple obra caritativa, para entender en la cual el sentido común y un corazón sano bastan y sobran por títulos de suficiencia.

Juan Oller cumplía en el presidio de Santoña tres condenas a la vez: la más importante, por el delito de robo. Según declaración bien probada de la defensa, ni una mancha de sangre se hallaba en la historia criminal de este desdichado. Un matón, un baratero, procedente de la cárcel de Cádiz donde estaba recluso por homicidio, y llegó a cometer otro; pendenciero por índole, borracho además, díscolo y de infames apetitos, era el gallo, el cheche de todos los presidiarios de Santoña; y de Juan Oller, por los atropellos nefandos de que le hizo víctima y las amenazas de muerte con que le conminaba a cada instante, una pesadilla horrenda. El mísero penado intenta varias veces hacer uso de los irrisorios derechos que cree tener en aquel antro de tristezas y de abominaciones, para verse libre de la tiranía que le espanta; y sólo consigue con estas ociosas tentativas, encender las iras irracionales del tirano. El miedo y la vergüenza llegan a quitarle el sueño y a enloquecerle; vive de día y de noche aterrado por la visión incesante de aquel monstruo que le llena de oprobios y esgrime ante sus ojos azorados la tremenda faca avezada a ensangrentarse en el corazón de tantos infelices. Una madrugada de agosto último, tras una noche pasada entre los horrores de estas visiones, Juan Oller sale despavorido de su cuadra, penetra en la de su perseguidor, hállale tendido en su camastro y envuelto en una sábana; y sin considerar que pueden verle otros ochenta presidiarios que yacen de idéntico modo a lo largo de la cuadra, se lanza sobre él y le cose a puñaladas. Muchos le vieron cometer el crimen; nadie se cansó en salir a la defensa de la víctima, ni siquiera con una frase de amenaza o de súplica. Todos le aborrecían, y muy pocos eran los que no tenían algún agravio que vengar de él.

Esto resulta del luminoso resumen hecho por el dignísimo presidente de la Sala; de lo que se sabe de las declaraciones prestadas por el reo y los testigos; de la brillantísima y a todas luces magistral defensa hecha por mi joven amigo don José Zumelzu, honra ya del foro español; del minucioso y, desde su punto de vista, concienzudo informe fiscal; de los fundamentos de la sentencia, etc., etc.; y tal es el crimen por el cual Juan Oller ha sido condenado a muerte, crimen abominable y horrendo, como todos los crímenes; pero en medio de todo, de tal casta por las singularidades de su génesis, que el hombre más honrado, puesto con la imaginación, por un instante, en lugar del criminal, si es posible una hipótesis semejante, aun forzando las repugnancias hasta el último extremo, quizás llegara a pensar que él hubiera hecho lo mismo.

Juan Oller, no hay más que verle, es de la madera de los criminales; pero no de los que matan por lujo de matar: su educación, o, sus instintos... o lo que sea ese móvil misterioso y fatal que arraiga en determinadas naturalezas como ciertas plantas viciosas en el fango de las charcas, le impelen al robo. También esto era sabido aquella tarde, por lo que resultaba de los autos y del juicio y hasta de los antecedentes que investiga con rara diligencia la curiosidad vibrante, en ciertos casos excepcionales, y lo sabía yo también antes de leerse el fallo que produjo en Juan Oller aquel estremecimiento indescriptible de que nos habla en su artículo Pedro Sánchez, y aquella palidez cadavérica... y aquellas lágrimas silenciosas que pudimos observar los más cercanos.

Sabía yo, amén de esto, porque acababa de leerlo en los periódicos, que se había absuelto, por segunda vez, en Madrid, a un hombre que, deshonrado, atormentado y escarnecido por su mujer, la había dado muerte, a puñaladas, mientras dormía a su lado, en el mismo lecho que tal vez fue, en mejores días, nido de amores para entrambos. Con mi sentir de lego en la materia, el mismo caso de Juan Oller... Y a Juan Oller, con todas las mencionadas atenuantes, y con un veredicto del Jurado que las tomaba en consideración, y que por ello, en mi profano entender, resultaba absolutorio en definitiva, se le condena a muerte por el Tribunal de derecho, como lo pedía la acusación fiscal, ajustando su criterio a los preceptos y a la letra descarnada de una ley dura, terrible, absurda, pero ley al cabo, y obligatoria para los jueces encargados de aplicarla. En una palabra, a Juan Oller se le ha condenado a muerte porque ha cometido el crimen siendo presidiario no arrepentido de sus delitos anteriores. Es decir, que con ese mismo crimen y ese mismo Código y ese mismo Tribunal, Juan Oller, en libertad, hubiera sido castigado con menos rigor, y tal vez absuelto. Esto es lo singular y lo más llamativo, para el público en general, de éste ya fallado proceso.

¡Ah!... ¡qué noche tan tremenda debió pasar el mísero condenado, a solas con sus pensamientos, más negros que la obscuridad pavorosa de su calabozo, sin otros ruidos para distraerle de la visión del patíbulo, que el siniestro tintinar de su cadena a cada latido de su corazón, a cada estremecimiento de sus carnes!

«Bien está —se diría, allá a su manera ruda y salvaje, pesando y midiendo las cosas en su cerebro atrofiado y sintiéndolas en el fondo del corazón, por muy relajadas que tenga las cuerdas del sentimiento—. Bien está esa ley que exime de responsabilidad a un hombre libre, y a mí, porque soy presidiario sin pruebas de arrepentimiento, me manda al patíbulo. Habrá sus razones hondas, muy hondas, para que el legislador lo haya dispuesto así; pero mirado todo con el sosiego y la prudencia que debe mirarse en casos como éste, para que la ley se cumpla sin faltar a la justicia, ¿quién es el responsable de que yo no haya dado en el presidio, esas pruebas de arrepentimiento que se me piden para salvarme la vida? ¿Se me ha puesto a mí en condiciones de enmendarme, ni de intentarlo siquiera? Si el presidio ha de ser un lugar de corrección a la vez que de castigo, ¿por qué no impera allí la misma ley que me condenó, para protegerme contra los riesgos de delinquir nuevamente? ¿Por qué en el presidio tienen todos los vicios, todos los crímenes y todas las maldades absoluto imperio y señorío? ¿Por qué no hay allí otra ley ni otra voluntad que la del matón desvergonzado? ¿Por qué el jugador tiene barajas, y el borracho licores, y el estafador víctimas y cómplices dentro y fuera del local, y por qué, hombres de ley, cuando yo quise matar, hallé el cuchillo que necesitaba? ¿Conoce el legislador, conoce el Estado, el poder infeccioso de tanta podredumbre en cerrada en tan angosto recinto? Y conociéndole como debe conocerle, porque está obligado a ello, y siendo evidente que un santo se corrompería allí, ¿cómo quiere que se corrijan en el mismo lugar los hombres que, al entrar en él, han sido ya criminales? De manera que lo que en buena justicia debiera servirme para atenuación de mi delito, se ha estimado como agravante, y con la misma ley que pudo haber absuelto al más depravado de los hombres libres, se me condena a mí al patíbulo porque soy un presidiario que no ha hecho el milagro de corregirse viviendo en una atmósfera criminal, no por mi gusto, sino por imperio de la ley que allí me puso, y aquiescencia del Estado que no purifica esos lugares de corrección. Podrá, en fin, haber sido legal la sentencia que me condena a muerte; pero de justa, ¿qué tiene, Dios piadoso y justiciero?».

Si el desventurado Juan Oller no pensó de este modo aquella noche, porque no cupieran tan sencillas reflexiones en la pequeñez de su cerebro, o por tenerle perturbado bajo el peso de su desdicha, muchos lo pensamos por él...

Parece ser también que si se hubiera de mostrado, de un modo concluyente, que Juan Oller había matado a su verdugo impulsado por un miedo insuperable, el Tribunal le hubiera absuelto. ¡El miedo insuperable! ¿Dónde comienza él, y dónde acaba el otro miedo? ¿Quién es el guapo que se atreve a echar la raya entre los dos, sin recelo de equivocarse? En el cúmulo de impresiones de ira, de vergüenza, de zozobra, de espanto, que dominaban a la víctima de tan varias, tan frecuentes, tan terribles y nefandas iniquidades, ¿qué alambique psicológico puede dar la condición exacta, la naturaleza inequívoca del miedo que puso el hierro homicida en manos de Juan Oller? Es triste, muy triste y muy desconsolador, que en nuestras leyes penales, para hacer justicia en casos de tanta gravedad como éste, haya distingos, tan peligrosos en su aplicación, como los dos que mandan al patíbulo al presidiario de Santoña, si el recurso entablado por la defensa no produce en el Supremo los resultados que parecen de justicia, a la luz de toda conciencia honrada.

Y si por la tiranía de la misma ley, por el absurdo de sus preceptos terminantes, se vieran aquellos jueces, cuyos fallos son inapelables, en la dura precisión de dejar las cosas como quedaron aquí, álcese el clamor que, por anticipado, se ha pedido ya en El Atlántico, con el piadoso fin de que lo que se ha negado por justicia, se conceda por misericordia. Al cabo, en Juan Oller, aunque degradado y mísero, hay un alma inmortal que puede, por decreto de Dios, purificarse y redimirse en medio del cenagal de un presidio; y España es un pueblo de cristianos.


1890.

El reo de P...

La mañana era brumosa y fría, y escaseaba la luz, porque aún no había traspuesto el sol las lomas del Oriente. Se me habían «pegado las sábanas» aquel día, y llevaba muy contados los minutos cuando salí de casa; temía llegar tarde y apretaba el paso, con lo que doblaba el empuje y la frialdad del terralillo madrugador, que me daba de frente.

Al entrar en el espacioso vestíbulo de la estación, observé que salía de él bastante gente de pueblo, en la que predominaban las mujeres. Nada tenía esto de particular a aquellas horas y en aquel sitio; pero sí lo tuvo para mí el que todas las frases que iba sorprendiendo, al pasar rápidamente para llegar al despacho de billetes antes de que le cerraran, fueran la expresión de una misma idea, de un mismo sentimiento; del mismo, precisamente, como recordé de pronto, que las de unos chicuelos que se habían cruzado conmigo en las inmediaciones de la estación: frases compasivas, exclamaciones de pena, dedicadas a alguien que no se nombraba terminantemente. Lo apurado del tiempo me impidió enterarme allí mismo de lo que ocurría; tan apurado, que no sé cuál fue antes, si el dar yo el primer paso en dirección al andén con el billete comprado, o el oír el golpe del ventanillo que se cerraba.

Instalado al fin tranquilamente, y solo por añadidura, en el departamento que me correspondía, me asomé a la ventanilla, tentado de la curiosidad que se me había despertado en el vestíbulo; pero nadie pasaba por allí: todas cuantas personas quedaban en el andén después de cerradas las portezuelas de los carruajes, estaban agrupadas enfrente de uno de ellos, muy alejado del mío. De pronto se separó del grupo un hombre a quien yo conocía mucho: cierto barbero muy popular en la ciudad, el cual prestaba tiempo hacía sus servicios en la cárcel, con derecho al uso de la gorra galoneada con que cubría su cabeza voluminosa. Le llamé con una seña; y él, que era la despreocupación y el regocijo andando, se vino a mí con la faz angustiada y el color ceniciento.

—¿Qué ocurre aquí de extraordinario? —le pregunté.

—Que se llevan al infeliz... En aquel coche va —me respondió con una voz como la cara.

—¿Quién es ese infeliz?

—El reo de P...

—Y ¿a dónde le llevan?

—A su pueblo.

—¿Para qué?

—Pues... para matarle en cuanto llegue. Ayer se supo que se le había negado el indulto, y anoche mismo se dieron las órdenes para trasladarlo allá y ponerle en capilla. El verdugo estará también en camino a estas horas desde Burgos, y el piquete saldrá hoy de aquí por la carretera...

—Y ¿sabe él todo eso?

—Como saberlo fijamente, creo que no; pero temérselo... Le hemos dicho que, como lo del indulto puede ir por largo y está la cárcel de aquí llena de presos, se ha mandado que le trasladen a él a la de su partido para que cada palo aguante su vela... Con esto se conformó anoche; pero esta mañana, al ver que eran cuatro los guardias que le acompañaban, y no dos como cuando iba a la Audiencia, se le cambió de pronto el color, y nos pidió, por todos los santos del cielo, que le dijéramos la verdad si le teníamos engañado. Juramos y perjuramos que era cierto lo que ya sabía... sólo que como al que más y al que menos de los que estábamos presentes no nos sobraba el arte para fingir, aunque él no peca de listo... ¡qué sé yo! a mí se me figura que en el cuerpo la lleva... Hasta aquí le hemos acompañado, y en el coche le dejo, sin atreverme a estar más tiempo delante de él, por si me descubre en la cara lo que no quiero que sepa por mí.

—Ya veo que te ha impresionado mucho la despedida.

—¡Qué quiere usted!... Gorda fue la que hizo, y bien merecido tiene en ley lo que le cuesta; pero llevo muchos meses tratándole y observándole en la cárcel; es un simplón que hasta los niños le engañan; tiene uno su corazón correspondiente, y... en fin, no se puede remediar.

En esto arrancó el tren; se descubrió Nisio para saludarme, y yo me dejé caer en el cojín de mi asiento con el corazón oprimido y la cabeza llena de pensamientos y de visiones.

Lleva consigo el reo de muerte mucho de lo que es peculiar a la corriente mansa del río profundo, a la mar tranquila, al bosque silencioso; a cuanto es misterio, abismo y soledad. Un impulso desconocido nos arrastra hacia ello, y otra fuerza más poderosa aún nos detiene allí, y nos obliga a contemplarlo, a meditar, a penetrar lo que es impenetrable, a hundir el pensamiento y el espíritu en lo invisible. No parece sino que por el camino de aquellos misterios se llega más pronto a descubrir ese algo, que es el anhelo constante del alma humana.

Pues de esa misma fuerza me sentí yo esclavo tan pronto como supe que en el mismo tren que yo, iba el reo de P...: yo con propósito de pasar un alegre día de campo, y él destinado a morir en el patíbulo. No me era aquel hombre enteramente desconocido: le había visto una vez en la calle, maniatado, entre dos guardias civiles que le conducían a la Audiencia, seguido de una turba de muchachos vagabundos. Recordaba algo de su fisonomía, de su estatura, de su vestido; pero eso, que entonces me pareció hasta demasiado, en la nueva ocasión no era ni siquiera lo suficiente. La primera ocasión se trataba de un hombre aún no juzgado, que podía ser o no ser condenado a muerte, y ejecutado en un día y lugar determinados por la justicia humana; de un ser que estaba expuesto a morir en manos del verdugo, como lo está cualquier hombre de bien, en cada instante de su vida, a perderla por obra de una enfermedad o de fortuito accidente; era, en suma, uno más de los condenados a muerte que a todas horas andan por el mundo y pasan a nuestro lado con mayor o menor derecho a nuestra curiosidad; pero en la segunda ocasión ese mismo hombre tenía ya contadas las horas de su vida: estaba condenado a morir en día fijo y muy cercano. Si tenía dudas, iba a aclararlas de un momento a otro; si poseía la certeza que infunde la luz de la fe, ¡qué espanto el suyo con una conciencia tan cargada de culpas! De todas suertes, y sin contar su natural apego a la vida, ¡qué estado el de su espíritu!

Ya no inspiraba repugnancia por el recuerdo de su crimen, sino profunda compasión por la certeza del suplicio con que iba a pagarle; ya era la corriente mansa, la mar tranquila, el bosque silencioso, que atraen y subyugan, y obligan a meditar y a sentir. Por eso se despertaron en mí tan fuertes deseos de verle y de contemplarle de cerca.

Y los satisfice en la primera estación en que hizo el tren una de sus interminables paradas. Comencé por pasar y repasar muchas veces por delante del coche que le conducía: temía mortificarle si notaba el empeño que me mortificaba a mí. Estaba de perfil en el centro del banco y con la cara vuelta al lado opuesto al andén; y como supuse que hacía esto por apartar sus ojos de las miradas con que muchos le perseguían, no sólo desde la estación, sino desde los otros compartimientos del coche, separados por vallas de poca altura, me detuve, me acerqué, y hasta me subí al estribo... y hasta se retiró hacia el respaldo de su asiento, leyéndome los deseos en la cara, un guardia civil que tapaba con su busto media ventanilla.

Era el reo un mocetón grandote y de muchas carnes, que apenas cabían en su vestido, negro y resobado, cuya chaqueta, o no tenía cuello, o le tenía sumamente bajo, como si le hubiera preparado el verdugo para que se desbordaran por allí las ronchas de un pescuezo corto y de un cerviguillo digno de un toro de lidia, y quedara sitio en que acomodar la fatal argolla de su oficio. Cubría su cabeza, rapada y no muy grande, con un casquete también negro, y era el color de su cara el de la de todos los encarcelados: pálido y enfermizo. En sus formas adiposas y en su quietud casi absoluta, con las manos sobre los redondos muslos, atadas por los pulgares, se revelaba un temperamento linfático; y costaba trabajo creer, porque tampoco en su cara mofletuda y sosa había nada de repulsivo, que bajo aquella envoltura grasienta y apelmazada cupieran impulsos tan feroces como los que le arrastraron a cometer el horrendo crimen que iba a expiar muy pronto... Pero, a todo esto, ¿lo sabía él? ¿lo sospechaba siquiera? ¿Era creíble que sospechándolo, nada más, pudiera guardar aquella actitud tan sosegada y tranquila? ¿Será que el organismo físico y moral de los criminales se rige por leyes singularísimas e impenetrables al juicio, a la lógica y al sentimiento de los hombres de bien?

Por aquí andaba con mis reflexiones, cuando un rapaz, que se había encaramado también en el estribo, y se empinaba sobre los pies, inquieto, desconcertado y nervioso, para ver al reo a todo su gusto, exclamó de pronto, enderezándome a mí la pregunta:

—¿Es verdá usté que van a matarle en cuanto llegue?

Me espantó la pregunta, temiendo que la oyese el aludido; tapé la boca con una mano al rapaz, que saltó de un brinco al andén, y respondí al propio tiempo en voz alta, con intento de que lo oyera el desdichado:

—¡No es cierto eso! Le llevan a su cárcel, porque no cabe en la de Santander.

Pero ni a la pregunta del rapaz ni a mi respuesta volvió la cara, ni en todo su cuerpo se notó la menor señal de haberse enterado de ellas. Más valdría así; y mejor para los que le compadecíamos si las había oído y no daba importancia a la primera por ser la confirmación de lo que ya sabía, ni a la segunda por no creerla...

Descendí del estribo porque se oyó la señal de que se acababa el tiempo de parada allí; entré de nuevo en mi departamento; volvió el tren a deslizarse sobre sus carriles, y volví, yo a pensar en lo que pensaría aquel hombre que iba aproximándose poco a poco al término de su viaje y de su vida. Haríamos el mismo camino hasta la estación de T... Allí tomaría yo el de mi lugar, hacia el Nordeste; el más largo, o el más corto; el que me conviniera más; y él... el que le señalaran, hacia el Oeste, para llegar cuanto antes a su triste paradero... ¡Y hasta la eternidad!

En la estación de T... podría yo verle y contemplarle a todo mi gusto, pues habría tiempo y comodidad para ello: era ocioso bajar en las otras dos intermedias, y encaramarme en el estribo y mortificar tantas veces al desgraciado con la impertinencia de mi fisgoneo. Sin embargo, en ambas me bajé, y en ambas hice lo mismo que en la primera, y siempre encontré al reo en la misma postura, con las manos atadas descansando sobre los muslos, y la cara vuelta al lado opuesto al andén. No había duda: me arrastraba el misterio y me atraía el abismo.

Al fin llegamos a la estación de T.... donde quedó casi desocupado el tren, que era, según la jerga de la Compañía, corto, es decir, de los que no pasan de los límites de la provincia, con un andar de carromato. Por eso invirtió dos horas en un trayecto de cuatro leguas; y cuando llegamos a su término, se había elevado el sol por encima de los montes; y desde un cielo limpio, azul, barrido de toda señal de nube, alumbraba con su luz esplendorosa cuanto abarcaba la vista desde aquellas alturas: uno de los panoramas más hermosos que pueden admirarse en la Montaña, la tierra de las grandes maravillas de la Naturaleza. El coche en que iba el reo había quedado fuera del andén contiguo a la estación y enfrente de un jardincillo muy cercano de ella; y no hubo viajero que no desfilara por delante de él antes de entregar su billete en la puerta de salida. Esta peregrinación, que tenía no poco de solemne, duró algunos minutos. Yo no tomé parte en ella porque me reservaba para ver a mi hombre fuera del carruaje... como le vi poco después.

No sé cuándo ni cómo bajó o le bajaron, porque, al volverme hacia aquel lado en uno de los maquinales paseos que me daba por delante del coche en que había llegado yo, toparon mis ojos con él, encarado a mí, de pie y como clavado en el suelo, como tronco de árbol desmochado que hubiera nacido allí: fijo, inmóvil, en una actitud y con una expresión en la cara imposibles de olvidar. Le daba el sol un poco de soslayo; y sobre el suelo arenoso, casi dorado, en que se alzaba la masa negra de su cuerpo, se dibujaba su sombra, que iba a perderse entre la hojarasca verde y las flores olorosas del jardín. Los cuatro guardias iban y venían y andaban a su lado de acá para allá; y no faltaban curiosos, como yo, que le contemplaban desde cierta distancia respetuosa; pero de nada de ello parecía enterarse él, cuya mirada, profundamente melancólica, se desvanecía en lo invisible... Ni un gesto; ni la contracción más ligera de un músculo de su cara lívida, algo inclinada al pecho; ni la más leve señal de que latiera la sangre en sus arterias. Era la verdadera estatua del desconsuelo, de las grandes melancolías, del mayor de los desamparos. En esto cayó a sus pies un saco a medio henchir, con la boca amarrada con un cordel. Era su petate: los cuatro guiñapos de su equipo. Tampoco se fijó en ello. ¿Para qué, ni aunque el saco hubiera estado lleno de perlas y diamantes? Porque era indudable que aquel hombre conocía entonces la terrible verdad, o por habérsela revelado en el camino indiscreciones como la del muchacho de marras, o porque la adivinaba o la presentía. Era incompatible con la menor esperanza de vivir, aquélla su imponente expresión de desconsuelo: sólo la certeza de que le conducían a la muerte, y en un cadalso afrentoso, podía imprimir en su naturaleza medio salvaje aquel sello de acerbísimo dolor moral, devorado por la conciencia de merecerle... Y en derredor del desdichado, como dispuesto por la crueldad de su mala fortuna, si es que no lo disponía la justicia de Dios para mayor castigo suyo, ¡qué espectáculo! Nunca he pasado por allí sin detenerme largo rato para dársele a mis ojos por recreo; pero no recuerdo haberle visto jamás tan admirable como le vi en aquélla tan señalada ocasión; y es que rara vez se logran, en esta tierra de los celajes grises y de los húmedos vendavales, un cielo tan limpio, tan azul; un sol tan vivo y resplandeciente, y una tranquilidad y un reposo en la Naturaleza, como aquel día. Abajo, en el llano, empalmando con el breve recuesto que da acceso a la estación, el largo arrecife entre alamedas, robledales, praderas y caseríos; más allá, al fin de la alameda, la masa roja de los primeros tejados de la villa que da nombre a la estación, la segunda capital de la Montaña, no sólo por su riqueza, sino por su hermosura: la reina y la señora de la admirable vega, en uno de cuyos contornos asienta el trono de su señorío; después de la vega, que se pierde de vista a derecha e izquierda entre montes y cerros, la cuenca del río entoldada de espesa vegetación, entre la cual se destacan las notas blancas de los pueblecillos ribereños; luego otro valle, más bien adivinado que visto a través de las manchas diáfanas del arbolado desnudo y de las veladuras del humo blanquecino arrojado en espirales por las chimeneas de las barriadas; y a un lado y a otro de estos valles deliciosos, más sierras y más montes escalonados y sarpullidos de aldehuelas... hasta que termina y cierra el panorama por aquel extremo un monte pedregoso que sirve de barrera, por el Norte, a las aguas inquietas del Océano, y por el Oeste, erguidos sobre una gradería de altos y negros montes, los dos colosos de la cordillera cantábrica: Peña Sagra y los Picos de Europa, ya cubiertos de nieve, iluminados de frente por el sol y recortando los gallardos florones de su corona con el intenso azul del cielo.

Pues en este espectáculo, siempre nuevo y admirable para mí, hallaba yo aquella mañana un atractivo singular, que, en definitiva, me mortificaba mucho: por de pronto, el contraste que formaba su hermosura, convidando a regocijarse y a vivir, con el estado moral de aquel hombre que le tenía tan cerca, sin reparar en él, o sin atreverse a mirarle; pero singularmente porque en lo más grandioso del cuadro, en uno de los repliegues de la falda de los Picos, estaba el término de su viaje: allí había nacido, allí había cometido el crimen, y allí había de expiarle por la mano del verdugo. Por embrutecido que tuviera el entendimiento, era imposible que no le hubieran entrado en él estas reflexiones al fijar la vista un instante en aquel lado del panorama, o al saber que, desde el punto en que se hallaba, le tenía delante de los ojos; y a poco que se le fueran eslabonando las ideas en el cerebro, había de asaltarle la visión de su hogar y de los seres que le habitaban; pensaría que eran sabedores de su viaje y de lo que había de acontecerle en cuanto le terminara, y los vería a todos huyendo en busca de un escondite fuera del lugar: un agujero, una caverna en el monte, para ocultarse y morir allí de dolor y de vergüenza. Si no pensó entonces de este modo aquel criminal, yo lo leí en su cara, cuya expresión se acomodaba exactamente a estos pensamientos; y por eso, por lo que padecería él pensando de ese modo, padecía yo al poner los ojos en lo que tantas veces me los había recreado; y hubiera preferido a aquella luz tan brillante, a aquella augusta placidez de la Naturaleza, a aquellos aromas vivificantes de la húmeda tierra acariciada por el sol, a aquel cuadro, en fin, tan despertador de todos los alicientes más nobles de la vida, un día ceniciento y borrrascoso, de los que menos influyen en las imaginaciones adormiladas y en los entendimientos incultos. ¿Quién duda del poder que ejercen los agentes externos en el ánimo de ciertos hombres... y aun en el de toda casta de ellos?...

Andando en éstas y otras meditaciones análogas, y sin apartar la vista del reo, que tan profundamente me iba contaminando de sus tristezas, enderezose de pronto, como si saliera de un letargo, y, al mandato de los guardias que le custodiaban, rompió su marcha con paso firme hacia la puerta de salida, a la cual me acerqué yo para verle más de cerca.

Fuera ya de la estación, no le condujeron por la carretera que de ella arranca en dos ramales curvos, sino a campo-travieso por el serrato intermedio, que entonces estaba en abertal. Desde mi observatorio le vi bajar a buen paso y saltando matorros alguna vez, y le seguí con la vista hasta que desapareció entre los edificios y bardales del entrellano. Entonces recordé que me esperaba el carruaje; monté en él, con el pensamiento fijo tenazmente en aquel desdichado; y al cabo de media hora llegué a mi casa, sin perder la visión del criminal con las manos atadas, pálido y angustiado el semblante, y de pie e inmóvil entre el jardincillo de la estación y el tren que nos había conducido a los dos.

¡Cosa rara! Desde que supe que viajaba con él hasta que desapareció de mi vista en el camino de T..., ni una vez sola puse la consideración en el crimen que había cometido: siempre fueron sentimientos de lástima los que me inspiraron su recuerdo o su presencia. El corazón humano es así, más propenso a compadecerse que a castigar delante de un delincuente arrepentido. Y lo cierto es que en la necesidad de que flaquee en algún sentido: ese órgano, que, en opinión de un grande hombre que fue a la vez un gran tirano, es el que gobierna el mundo, más vale que flaquee de ese lado. Digo esto, porque precisamente por ello, o por algo semejante, comencé yo, al cabo de algunas horas y en las soledades de mi huerto, a ingerirme en otro orden de ideas para descargar el espíritu de aquella fatigosa obsesión compasiva.

¿Merece ese hombre —llegué a preguntarme—, los malos ratos que me está dando? ¿Puede concebirse nada más abominable ni más merecedor del castigo que le aguarda, que el crimen que cometió? Bien está la misericordia, y hasta es de ley divina en todo corazón cristiano; pero ¿y la justicia? ¿y aquella pobre víctima tan bárbaramente sacrificada? ¿y aquella alevosía y aquella ferocidad más propias de un tigre que de un hombre? ¿Qué derecho tiene a la vida el que mata a sangre fría y por lujo de maldad? ¿No se persigue hasta el exterminio a las fieras que hacen eso? ¿Y no son fieras los hombres en tales casos? ¿Y la ejemplaridad del patíbulo, y...? En fin, que insensiblemente me fui colando en las sinuosidades de la sempiterna disputa sobre la pena de muerte, cosa que no era de mi gusto, y por eso torcí de rumbo en cuanto caí en ello; porque lo que yo necesitaba entonces con urgencia no había de hallarlo entre la seca y fría argumentación del raciocinio, sino en las fuentes espontáneas y generosas del sentimiento. Con esta bien fundada esperanza, me puse a reconstruir en la imaginación el crimen de autos, tal como le conservaba en la memoria, y constaba en ellos bien comprobado y hasta referido por el mismo criminal.

Cierto día, un convecino suyo, hombre ya muy entrado en años y padre de varios hijos, fue a vender no sé qué frutos en su carro de bueyes a una feria que se celebraba en otro pueblo de la misma comarca. Un camino solitario y muy asomado con frecuencia a grandes precipicios, separaba a los dos pueblos. De vuelta de la feria este hombre, al anochecer y con el carro vacío, le salió al encuentro, en uno de los parajes más desamparados del camino, el mocetón de mi historia, su amigo y convecino, nunca sospechoso a nadie, y muy a menudo objeto de las zumbas de muchos, porque, si pecaba de algo, era de bobalicón y de zángano. El caso fue que los dos convecinos se saludaron a su modo, y hasta empezaron a entrar en conversación, a carro parado. De pronto el mozallón descarga un tremendo garrotazo en la cabeza del feriante y le tiende en el suelo, donde acaba su labor machacándole el cráneo con dos piedras. Después le registra los bolsillos; encuentra en uno de ellos el puñado de dinero que le había valido «su pobreza», y, por último, arroja el cadáver, sangriento y palpitante aún, al precipicio inmediato. En seguida se encarama en la pértiga del carro, husmea y rebusca con los ojos y las manos entre la hierba esparcida sobre el tablero, y no halla otra cosa que los restos de la merienda de su víctima: unos míseros fiambres y unos mendrugos de pan envueltos en un pañuelo; apodérase también de estos relieves mezquinos, y se los come tranquilamente, sentado, a su comodidad, en la rabera de la pértiga. Cuando no queda ni una hebra ni una miga de todo ello, se endereza, arrea a los bueyes para arrimar al asomo el carro; y después que lo ha conseguido, aplica a la rueda del otro lado todas las fuerzas de su corpazo, y le vuelca sobre el precipicio. Con esta precaución, considera borradas las huellas de su crimen. Un carretero despeñado en el fondo de un derrumbadero, y su carro volcado en lo alto y pendiente del yugo de los bueyes parados a la orilla, no son cosa del otro jueves en aquellas regiones escabrosas: el espanto repentino de una bestia, yendo dormido su conductor, basta y sobra para ocasionar una desgracia semejante. Y con esto se volvió, libre de toda intranquilidad y de toda pena, a su pueblo y a su casa.

¿Cuándo ni por qué había surgido en su mollera brutal el pensamiento de aquella salvajada espantosa? Porque tras de no tener agravio alguno que vengar en su infortunado convecino, no ignoraba el escaso valor de lo que éste había ido a vender, ni tenía la menor necesidad de apoderarse de ello, porque era hijo de familia y no carecía de lo indispensable en su casa. ¡Temeroso misterio, bien digno, ciertamente, de ejercitar en él todas sus fuerzas inductivas esos señores que tanto saben de pesos y medidas de cuerdos y desequilibrados! a mí nada se me alcanzaba en tan abstrusa materia, y todo me volvía buscar términos de comparación fuera de la especie humana, porque dentro de ella no recordaba uno solo.

¡Pues ni por esas! El horror de estas cosas, la impresión de estos recuerdos, aunque templaron en mi fantasía el colorido deslumbrador de los otros, al fin y al cabo la máquina de mis reflexiones fue haciendo insensiblemente un cambio de dirección, y volvió a encajarme en la memoria el suceso más reciente, la figura patibularia del hombre melancólico, con la cabeza inclinada, inmóvil y como clavado en el suelo, con el mísero petate a sus pies, inundado por la luz del sol, como para hacer más patente su vergüenza y su ignominia. Era mucho más sugestivo aquel cuadro para mí, que la corriente profunda, que la mar en calma y que el bosque silencioso; era un libro cerrado en que, indudablemente, había mucho que leer. Y empeñado en leerle, volvía a buscarle con el pensamiento al punto en que le habían perdido de vista mis ojos; y le vi siguiendo el arrecife hacia la villa, entre el horror y la compasión de los transeúntes que se cruzaban con él; acomodarse, es decir, dejar que le acomodaran en el vehículo que había de conducirle hasta allá, porque ya no tenía derecho a desear ni a pedir cosa alguna: era una propiedad de la ley, del verdugo; dejando atrás valles, pueblos y santuarios, por donde tantas y tantas veces habría pasado libre y señor de sí mismo; contando cada trozo de camino andado, con la congoja del avariento forzado a entregar uno a uno, al ladrón que le sorprende, los cartuchos de las monedas de su tesoro; viendo, por término de su jornada, el cuadro aterrador de su propio suplício, y, lo que sería más angustioso que la visión de la hopa y del garrote, la del pobre labriego, honrado hasta aquel día, hundíendo en el polvo su cabeza y maldiciendo la hora en que tal monstruo fue engendrado.

Aquí se detuvo la máquina de mis reflexiones, y ya no fue el hijo el tema principal de las que fui acumulando en mi cerebro, sino el padre, el hombre de bien, el honrado campesino; y después el pueblo entero, cerrando puertas y ventanas mientras se alzaba el patíbulo afrentoso y se congregaban al pie de él las multitudes extrañas que descendían en hileras por todos los senderos de los montes inmediatos. ¡Día de espanto y de vergüenza para un pueblo montañés, cristiano y laborioso!

De esta casta fueron mis pensamientos mientras volvía a la ciudad aquella misma tarde y durante las primeras horas de la noche, y creo no mentir si afirmo que también mientras dormía. Yo no sé cuántos de aquellos fatídicos cuadros vi y tracé entonces, pensando, hablando y soñando.

De boca de los que oían mis relatos y comentos, y llegaron a calificar de chifladura mis preocupaciones, supe que se había intentado nuevamente el indulto, aprovechando la ocasión de no sé qué aniversario, muy próximo ya, obra de dos o tres días, y que, con objeto de que no pudiera ser ejecutado el reo antes de esa fecha, se había ordenado que no utilizara el piquete el ferrocarril hasta T..., y se fuera por la carretera a pie y en tres jornadas. Para dar cumplimiento a esta orden, había salido por la mañana. «¡Dios haga que tan caritativos propósitos se realicen!» —me dije, acordándome entonces, más que del reo, de su infeliz padre, fugitivo quizás a aquellas horas por los riscos y quebradas del monte.

El día siguiente a aquél tan risueño y esplendoroso, amaneció invernizo, destemplado y como los más crudos del invierno montañés: nevó por la tarde, y continuó nevando por la noche; y cuando el nuevo sol alumbró la tierra de este pedacito de mundo, había sobre ella una nevada de más de un palmo de espesor: eso en los valles. ¿Qué menos de una vara en las alturas? Y así fue; con lo cual el piquete no pudo pasar de las gargantas del Deva, y en un pueblo de ellas estuvo detenido dos días.

Llegó en tanto el del aniversario palatino; se concedió el indulto solicitado; salió el reo de la capilla en que ya le habían metido, y con ello sentí yo que me aliviaba el espíritu de un gran peso.

Pero ¿qué efecto había causado allá el indulto? ¿En qué forma había manifestado el reo su natural regocijo? ¿Llorando, rezando?... ¿Y su padre? ¿Quién fue a buscarle al monte para enterarle de la buena nueva? ¿Le habían hallado vivo en su escondite? ¿Le quedaba, en caso de vivir, algún lado sensible en su ser moral, tan macerado por la crueldad de su dolor? ¿Se le había podido convencer de que no es lo mismo tener un hijo criminal, que ser padre de un criminal ajusticiado, porque, más que en el crimen cometido, está la ignominia en el patíbulo en que se expía? ¿Se había logrado reducirle a que volviera al pueblo y a su casa, en la que quizás hallaría ya a su familia llorando de gratitud y alabando a Dios por la merced recibida? ¿Vería a su hijo después? ¿Cómo sería aquella escena entre ambos?...

No caben en números las reflexiones de este género que me hice durante aquel día y el siguiente, porque es la pura verdad que, al curarme de una gran preocupación el suceso del indulto, me había metido en otra no tan desagradable como ella, pero, en cambio, mucho más vehemente.

Al fin se franquearon las comunicaciones entre P... y la capital, y publicó un periódico de ésta una correspondencia de allá, recibida por el último correo. Según ella, los primeros efectos del perdón dieron motivo a una escena singularísima entre el reo y el verdugo. Este afirmó, entre chanzas y veras, que el pescuezo del otro era, de los ya «metidos en capilla», el primero que le fallaba desde que ejercía la profesión. Y ¡qué pescuezo!... Y de aquí el palpársele y el medírsele con ambas manos, y el apretarle el gañote con los dedos, y el reírse el otro bestia para celebrar la farsa, y el sacar la lengua y temblar de pie y mano, y hacer toda casta de visajes para remedar a un ajusticiado; y hasta el entrar en ganas de conocer la herramienta y su modo de funcionar; y el apoyarle en la brutal demanda los espectadores de la escena, y, por último, el prestarse a ello el verdugo y dar allí mismo una larga conferencia sobre el manejo del tornillo y de la argolla, sirviéndole de modelo ajusticiable su propia víctima fracasada.

Se me cayó el periódico de las manos, y no quise leer más ni meditar sobre lo leído, por no mezclar las tintas del nuevo cuadro con el recuerdo del otro, del hombre melancólico de la estación de T..., y mucho menos con el de su padre, el infeliz, el sencillo, el honrado labriego que volvería a ponerse a punto de morir de indignación y de vergüenza si se enteraba de aquella infame comedia representada en la cárcel de P...

Pasaron unos cuantos días, y con ellos se fue borrando en mi memoria lo más saliente de los recuerdos del hijo; pero no me sucedió lo mismo con los trazos de la imagen que yo había formado de su padre: nada más venerando para mí que la vejez de un pobre honrado, abatido por las pesadumbres; y en este concepto, lejos de achicárseme la idea de aquel viejo campesino cristalizada en mi cerebro, se iba agrandando a medida que pensaba en él, y pensaba muy a menudo.

Un día, cuando aún se hablaba mucho de los sucesos referidos, oí llamar a la puerta de mi casa, y se me dijo que preguntaba por mí «un aldeano ya de edad».

—¿Cómo se llama? —pregunté yo a mi vez y sin gran curiosidad, porque a las visitas de este linaje estoy bien acostumbrado.

—Dice que es el padre del reo de P...

—¡El padre del reo de P...! —exclamé estremeciéndome—. Y ¿para qué pregunta por mí? ¿Qué se le ocurre a ese buen hombre? —añadí muy dispuesto a mandarle entrar para conocerle y echar un párrafo con él.

—Ya se lo he preguntado, y me ha respondido que «a ver si le da usted algo...».

—¿Algo de qué?

—De dinero... de limosna...

—¿A qué santo?

—Pues también me lo ha dicho: a santo de que es «el padre del reo de P...». Por lo visto, anda así de puerta en puerta.

Algo como luz de pajuela que alumbraba en un rinconcito de mi cerebro a una figura de patriarca venerable, se apagó de repente, dejando a obscuras el santo y la hornacina.

—¡Dile que no estoy en casa! —respondí con intención de que lo oyera el postulante.

«¡El padre del reo de P...!» o como si dijéramos, el verdadero, el auténtico Delfín de Francia.

¡El bendito de Dios se había dedicado a explotar de aquel modo la negra fama de su hijo!

No hago comentarios, lector pío y justiciero: hazlos tú si gustas y eres de esos ya citados linces que se pasan la vida aquilatando cerebros y corazones, para distinguir entre cuerdos, imbéciles y desequilibrados; en la seguridad de que todo lo referido en estas cuartillas es exacto y rigurosamente cierto, y de fecha no remota.


1898.

La lima de los deseos

Apuntes de mi cartera


Apenas un asomo de razón iluminó las obscuridades de su cerebro, ya vieron sus ojos obstáculos mortificantes, y sintió en su corazón el ansia de librarse de ellos. El silabario fue su pesadilla, porque envidiaba a los que leían «en Fleury» y escribían «de palotes»; llegó a hacerlos, y le desazonaba la experta mano que guiaba a la suya, débil y torpe; escribió solo, y maldijo del método que le obligaba a trazar las letras a pulso entre líneas paralelas; escribió después libre y suelto sobre la blanca superficie del papel, y le quitaron el sueño las lecciones de memoria, los primeros problemas de la Aritmética, la vigilancia de la niñera que le acompañaba en sus ratos de huelga en plazas y paseos; y deseó con ansia llegar a esa edad en que termina la fastidiosa tutela de los rodrigones, y comienza el niño a campar por sus respetos.

También llegó pronto esa edad, porque el tiempo vuela; y le cambiaron los bombachos cortos por los calzones de largas perneras, la holgada blusa por la tirana chaqueta, y el birretillo gracioso por el empedernido sombrero; atáronle con una correa muchos libros, en latín los más divertidos de ellos, imponiéndosele la obligación de estudiar un poco de cada cosa todos los días, bajo la férula de otros tantos profesores, a cual más huraño y desabrido; y desde aquel momento empezó a envidiar la suerte del estudiante de Universidad, que no necesitaba esclavizar los bríos de su temperamento a la engorrosa e inalterable ley de los declinados y de las conjugaciones; que era mozo con barbas y fumaba sin esconder el cigarrillo tras de cada chupada; que vestía como un caballero, viajaba solo y vivía en completa libertad. Entre tanto, cada hora de cátedra le parecía un año de cadena, cada examen le ponía fuera de quicio, y el peso de las lecciones pendientes le amargaban los pocos ratos que le quedaban libres para jugar al bote en las aceras y al marro en las plazas públicas.

Así fueron corriendo los años de su bachillerato, años que le parecieron siglos en su afán de que pasaran pronto, y también llegó a la Universidad. Para entonces ya le negreaba el bozo en la cara; y como era un mozalbete hecho y derecho, comenzaban a dilatarse, arrebolados y primaverales, los horizontes de su fantasía; el corazón palpitaba de regocijo en su pecho, rebosaba de vida y de esperanzas, y se anegaba todo su ser en un golfo de delicias, sin fondo, sin riberas y sin tempestades. Pero tenía este mar un escollo, uno no más, contra el cual se estrellaba él en cuantos rumbos le trazaban sus inquietas imaginaciones: la Universidad misma, su condición de estudiante con las horas fijas de cátedra, su escasez de dinero y de levitas, su falta de verdadera independencia. ¿Qué era él, en substancia, a la sazón? Entre los hombres, un niño; entre los niños, un hombre; es decir, que en todas partes estaba de sobra, fuera de la ley... en todas partes, menos en la Universidad: precisamente donde él no quería estar. De modo que todos sus «ideales» se realizaban fuera de la región en que el deber y la edad le colocaban... ¡Ah! la borla, ¡la borla! ¡Cuándo la ostentaría en sus sienes! ¡La borla era la libertad, la independencia, el carácter, la verdadera carta de ciudadanía! La borla en sus sienes era tener barbas, ser hombre, hablar en público, escribir, ser actor principal en la escena del mundo, adquirir fama, gloria quizás; de seguro, riquezas.

Y llegó también el día de ceñirse la borla, tras de muchos cursos ganados sabe Dios cómo, y sin haber pegado todas sus cuentas al sastre; pero pasando las penas del Purgatorio, para que en tan largo número de años no conociera su padre los apuros de su vida.

Doctor yo no sé en qué, tampoco en esta nueva jerarquía encontró lo que en ella había creído vislumbrar desde lejos. Desvanecíase su persona en la confusión de otros mil doctores de la propia ralea, y hasta observaba que no eran los más favorecidos por el aura popular los que tenían mayores merecimientos, sino mejores padrinos; ni éstos los más venturosos, puesto que cada altura que ganaban de un salto sólo les servía para codiciar con dobladas ansias otra mayor. Mortificábale esta invencible contrariedad de su carrera, y no resultaba, por ende, aquel punto el que le satisfacía para detenerse y acampar en él hasta el fin de su vida, colmadas ya sus ambiciones, y muertos, o apaciguados siquiera, sus deseos. Molestábale también aquel vivir entre fárragos insubstanciales, que no podía barrer de su pupitre, porque ellos eran su pan y su vestido; fárragos acumulados por el movimiento maquinal de su cerebro de doctor, no producto de la febril ebullición de su fantasía, que le arrastraba en bien distintas direcciones. Hastiábale, asimismo, la soledad en que vivía dentro de su propio hogar, y suspiraba echando de menos, para estímulo en su trabajo y consuelo en su fatiga, el afecto noble y generoso de la compañera elegida por el corazón, y por Dios otorgada y bendecida. ¡Venturoso instante aquél en que éstos sus deseos llegaran a realizarse! ¿A qué más afanes ya ni más intentos?

Y llegó pronto el suspirado «mañana». Pero los insaciables deseos no callaron. Faltaba algo en el cuadro de su felicidad; algo que es en el hogar doméstico lo que la brisa y los pájaros en el bosque: armonías y regocijo. Faltaban esos angelitos con ojos azules, húmedos labios y dorados rizos... Y también vinieron, según los días y los años fueron corriendo; vinieron lanzando el primer vagido antes de abrir los ojos, especie de protesta que exhala el alma, aliento de Dios, al sentir el contacto de la tierra, montón de barro de maldades. Pero los tiernos seres sólo eran ángeles en la figura; y cogían indigestiones, y padecían tos ferina y sarampión, y un soplo de aire frío los ponía a morir. La estadística acusaba una cifra espantosa de víctimas a aquella edad. ¡Qué pena cuando enfermaban! ¡Qué horrible pensamiento el de que podían morirse, cuando le asaltaban por todas partes, y le comían a besos, y le registraban los bolsillos, y le aturdían con sus preguntas sin fin en una lengua cuya gramática sólo conocen los padres!

¡Años!, ¡más años!... Que pasaran los años era su anhelo incesante, para que aquellas tiernas existencias, con mayor desarrollo, corrieran menos peligros. Además, ¿no es cada niño un problema que ha de resolver el tiempo? Y ¿qué curiosidad más lícita que la que siente un padre por conocer esa solución? ¿Qué llegará a ser aquel inocente que se aflige por la rotura de su juguete, y ríe como un loco con la mosca que se estrella contra los vidrios del balcón, imagen fiel de la razón sin guía? ¡Y qué cosas ven los padres en esas contemplaciones, a la luz de su amor y de sus deseos! ¡Qué figuras, qué cuadros se pintan en el lienzo de su fantasía!... Poetas ilustres, sabios ingenieros, invictos generales, tribunos arrebatadores... tal vez el arte glorificado, la ciencia transformada, la patria engrandecida... porque todo ello puede ser obra del hombre, y para estas aristocracias del genio no hay cuna de preferencia; y no habiéndola, ¿por qué no ha de soñarla cada padre en la de sus hijos? Verdad que tampoco la hay para los monstruos del crimen; pero Dios no ha querido dar a los padres la espantosa tortura de poder imaginarse en el inocente ser que acaricia sobre sus rodillas, al héroe del presidio o a la presa del verdugo. ¡Que vuelen, pues, las horas y los años! ¡que se aclare el misterio! ¡que se resuelva el problema!

Y voló el tiempo, y el niño inocente llegó a muchacho revoltoso, y el muchacho se hizo mozalbete presumido, y el mozalbete se transformó en hombre barbado; y en cada una de estas fases o etapas de su vida se iban retratando otras iguales de la vida de su padre, cuyos deseos, lejos de apaciguarse, a la edad de las abnegaciones y de los desengaños, crecían y se multiplicaban, porque vivía por todos y para todos y cada uno de sus hijos; y los cuidados y los afanes de éstos eran sus propios afanes y cuidados... hasta que un día, al tender la vista en su derredor, se vio solo, ¡solo en su hogar! Unos muertos, otros ausentes... ¡nadie quedaba allí ya!... nadie más que él, con la carga de su vejez y de sus achaques.

Corto, muy corto, resbaladizo y pendiente era el camino que le restaba, y aún le parecía que era lento su andar y que el tiempo no corría bastante; aún esperaba «mañana» el alivio de sus dolores y el calmante de sus pesadumbres. Débil filamento es ya lo que antes fue árbol robusto de su vida; y aun sin cesar, le muerde y le adelgaza con la lima de sus deseos implacables; y sólo cesa en él el ansia de otra cosa, cuando con el último suspiro de la vida se desprende el alma de la grosera envoltura que la ha ligado a la tierra, y libre y purificada con la resignación y el martirio, vuela a su verdadera Patria, donde el tiempo no corre, ni la luz se extingue, ni la dicha se acaba.

Tal fue, a grandes rasgos, su vida. Supla cada cual con sus recuerdos y su experiencia los detalles que faltan en el cuadro; los mezquinos, prosáicos deseos de cada instante; desde la bota que oprime, y el trabajo que fatiga, y el calor que sofoca, y el frío que entumece, hasta el festín que se aguarda, o el ascenso o el alivio o el mendrugo que se esperan. ¡Siempre el deseo empujando! ¡Siempre la lima mordiendo! Siempre, en fin, el alma, como desterrada en el mundo, ansiando por salir de él. No es otra la enfermedad que acusan nuestros deseos incesantes y nunca satisfechos: la nostalgia de la patria. ¡Lástima que no paren mientes en ello los sabios que han dado en engreirse con su ilustre progenie de gorilas y chimpancés! ¡Si al menos, y en virtud de su descubrimiento prodigioso, se vieran sanos de la enfermedad de los deseos! Pero ¿dónde los hay más insaciables que entre las luchas de la soberbia, engendrada por los impulsos de una razón sin trabas ni cortapisas?

Los hasta aquí trazados, son rasgos de la vida, digámoslo así, del hombre bueno; el cual, con serlo y todo, jamás encontró en ella un punto de perfecto reposo, ni nunca hizo jornada que, al terminarla, deseara no pasar de allí. Pues fíjese un poco la atención, para completar el cuadro, en esas regiones sombrías donde la inteligencia se atrofia y el corazón se corrompe; donde el vicio es la ley, y la miseria se impone con sus negros atributos de ignorancia, de envidias y de rencores. ¿Quién es capaz de medir el empuje y la velocidad vertiginosa de aquellos deseos? Ya no son lima que muerde en aquellas vidas agitadas: son, a un mismo tiempo, huracán que arrasa y precipita, y fuego que devora.

¿Qué es, pues, en substancia, esto que llamamos vivir? ¿Qué tesoro es ese, por cuya guarda tantas injusticias y tantas maldades se cometen en la tierra? ¿A qué queda reducido el espacio comprendido entre el recuerdo de lo último, ya pasado, y el primer deseo de otra cosa mejor?

Es posible que fueran muy otros los rumbos y el andar de los pueblos, si los hombres tuviéramos, ya que no alientos para vencer nuestras nativas debilidades, ojos, siquiera, para conocerlas y valor para confesarlas.


1900.

Va de cuento

Vase un lugarejo (lindante, por más señas, con el mío) de reducidos términos y hacienda escasa, pero rico en galas y ornamentos de la naturaleza: floridos prados, selvas umbrías, montes abruptos, rumor de oleajes, auras marinas... lugar costeño, en fin, de la Montaña, y está dicho todo.

Habitábanle pobres labriegos, tan pobres, que a duras penas sacaban de los senos de la madre tierra, dándoles muchas vueltas cada año, el necesario jugo para nutrir mal y vestir a medias el cuerpo encanijado. En cambio, gozaban fama, muy bien adquirida, de ser la gente más lista de toda la comarca. Sabían algo de letras de molde, y se perecían por estar al tanto de las cosas y sucesos del mundo.

Érase, al mismo tiempo, un señorón de la corte, que había dado en la gracia de visitar a menudo aquel lugar, tentado de la codicia de sus bellezas naturales. El tal señorón no lo parecía por la sencillez de su porte, ni por la suavidad de su carácter, ni por la llaneza patriarcal de sus costumbres. Súpose, al cabo, allí, que no era «sujeto de los de tres al cuarto», por la fama vocinglera, que ya lo tenía bien pregonado por esos mundos de Dios; y fue la noticia motivo de gran asombro para aquellos aldeanos, no sólo por lo que les descubría de repente, sino porque no acertaban a explicarse cómo un hombre de tan erguido copete y de tan grande poder se daba por contento allí con trepar a las montañas, pintar en unas tablucas caseríos y peñascos, coger en el arenal caracoles y concharras, y con verlo y observarlo todo, grande y chico... y desde lejos, para no molestar a nadie, sin pedirles jamás nada, ni siquiera el voto a favor de un candidato para alcalde del lugar, ni una parcela de lo baldío para anzuelo de otras muchas que iría pescando poco a poco, hasta alzarse «en su día» con todo el territorio comunal.

Al contrario, era muy pródigo de lo suyo, particularmente con los muy necesitados de ello; y su corazón y las puertas de su casa siempre estaban abiertos a las ajenas pesadumbres y necesidades. Como por estas solas prendas ya se le tenía allí en cordial y grande estima, al catarle señorón pudiente y de relumbre, el simple cariño rayó en admiración. Un viejo sentencioso dijo un día ante un corrillo dominguero en que se trataba del asunto:

—Vos digo que el sujeto ese tiene los mengues en el pellejo, y vale, por saber y por entraña, más que too el oro que pesa.

Y se convino en ello, sin una sola discrepancia.

En esto, el señorón, que no lo parecía, compró un terreno en las praderas más elevadas de la costa, y labró una casa en él.

—Mucho te van a soplar ahí los vendavales —dijo el pardillo sentencioso—, y no te alabo el gusto por eso; pero en siendo el tuyo, como lo es, Dios te le prospere con vida y salú pa una eternidá.

Andando así las cosas, volviose a la corte, como solía hacerlo de vez en cuando el pudiente señorón; y volviéndose a la corte, hizo allí una de las suyas, pero de las más sonadas; tanto, que al día subsiguiente ya había llegado el ruido hasta las cocinas de aquella aldea.

—Bien está eso —dijo un pardillo a otro que con él departía sobre el caso—, y visto es ya que si el sujeto ese pone empeño en sacar oro molido de los pedregales de la costa, oro molido sacará. Decís vusotros que tien los mengues en el pellejo... Pus yo vos digo que es el mesmo Pateta en cuerpo y alma; y vos digo más, si a mano viene: vos digo que siendo lo que es y valiendo lo que él vale, no basta con sentirlo y conocerlo, como lo conocemos y lo sentimos nusotros, si nos lo callamos allá dentro, como nos lo hemos callao hasta aquí: la cortesía pide más al respetive; al cabo y postre, el sujeto es ya de casa, y como el otro que dijo, pertenencia de uno y tuya y mía.

—¿A que distes en el mesmo clavo en que yo di no hace muchas horas? —respondió el oyente.

—No te diré que no —repuso el primer hablante—. ¿Y qué clavo es ese?

—Pus el mesmo en que tamién han dao ya muchas gentes del lugar.

—Estipúlalo más claro y de una vez.

—Lo estipulo y digo: que cuando llegue el caso de tener a tiro a ese sujeto, se corresponda con él, si no al respetive de lo que es y de lo que se merece, tan siquiera de lo que nusotros semos y podemos; pos, como tú dices, de palabra callá y de obra enculta sólo Dios se entera; y el hombre que tiene un sentir honrao, debe decirle, porque si no lo dice, es como si no le tuviera. Y por lo que toca a ese pudiente, ya es hora de que nos conozca los sentires, pa que vea que no vive aquí en tierra de desagradecíos ni de melones.

—Esa es la cosa, y a dar en ella tiraba yo cuando te dije lo que te dije. Con que entendíos, y no hay más que hablar por la presente.

De esta conversación nació una concejada que tuvo que ver. No faltó en ella un solo vecino. Puesto el punto en tela de juicio, y acordado de golpe y sin disputa que cada cual de los congregados acudiese «en su día» a casa del señorón para «rendirle homenaje», llegose a tratar del cómo, y dijo un concurrente:

—Pos yo le llevaré, pinto el caso, dos aves de las mejores que tengo en el corral.

—Curriente —dijo el pardillo sentencioso que llevaba allí la dirección del cotarro—. Pero ¿has de entregarlas en seco? ¿No has de acompañar la fineza con una mala palabra?

—Justo que sí —respondió el de las aves—, y ya estaba yo en esa cuenta.

—Y contabas bien —repuso el otro—. Pero ¿qué piensas decirle?

—Hombre —contestó el interpelado—, lo que sea de razón y venga al ite de la cosa.

—Con verlo basta.

—Pos le diré, punto más, punto menos, que... por acá, que... por allá; que si eres esto; que si vales lo otro; que bendita sea la luna en que nacistes, y la hora en que te avecindastes aquí... y... y...

—Pos, mira, tendrá que oír too ello, como lo jiles bien. ¿Y tú? —añadió el pardillo encarándose con otro concurrente.

—Pos yo —respondió el aludido rascándose el cogote—, si no tengo aves que llevar a ese sujeto, algo de cuenta paecerá en casa, o en las aguas de la mar, con que pintarle la buena ley que le tengo; y al auto de la palabra, tampoco ha de faltarme en su hora y punto.

—Pon un simen de ello.

—Pos al simen de lo que acabas de oír al mi compadre: que... por arriba, que... por abajo; que lo que sabes, que lo que puedes, que lo que vales; que ni los mesmos soles del día, ni los luceros de la noche que te se acomparen, y que bendita sea la hora...

—A otro —dijo el pardillo manducón, guiñándole un ojo al mismo tiempo.

Y el otro siguió cantando la mismísima tonada que sus antecesores, como todos y cada uno de los que le siguieron en la fila. Entonces dijo el pardillo sentencioso:

—Bien está el intento, y de agradecer será el buen sentir que a todos nos mueve; pero, por lo que pueda valer, quisiera decirvos que, como semos muchos, hay ringlera pa una semana diendo uno a uno, y va a resultar el cuento, pa el pudiente, el acabose.

Túvose el reparo por muy cuerdo, y se convino en que hicieran la visita todos juntos.

—Punto pior pa el caballero —expuso un concurrente algo malicioso—, si a cada osequio ha de acompañar una soflama del osequiante, y todas ellas entonás en una mesma solfa, como aquí se ha visto; porque de este modo tendrá que envasarse de una alendá lo que del otro pudo ir sorbiendo poco a poco en una semana, y sin quebrantos del cuerpo.

De este nuevo conflicto surgió otra idea: ir todos juntos, pero hablando uno solo. Se acordó así, y se acordó también, nemine discrepante, encomendar la soflama a un arrumbado fiel de fechos, allí presente, que no había dicho una palabra hasta entonces, ni era muy socorrido de ella que digamos; pero que, en cambio, era uno de los más viejos del concurso, de los que más admiraban al pudiente y el que más veces había conversado con él y mejor le conocía los gustos y el «genial». Asustó al hombre la embajada; pero pensando que para las grandes ocasiones son los grandes sacrificios, y contando más con su entusiasmo que con sus fuerzas, aceptola sin chistar.

Pasaron días; volvió de la corte el señorón pudiente, y, cuando menos se lo esperaba, invadiole la casa el vecindario, con los trapitos de cristianar encima y el modesto agasajo bien escondido.

Adelantose el fiel de fechos, carraspeando mucho y pisando mal; y encarándose con el señor pudiente, que allá se andaba con él en angustias y congojas, según rezaba su semblante, quiso echar la soflama que había «amañado» con trabajos... y se le fue la idea: intentó buscarla por atajos y recodos más trillados, y le faltó la palabra; y finalmente, empeñado en salir, con una excusa, del conflicto en que se veía, hasta le faltó la voz.

Entonces, por no tirarse por la ventana que veía enfrente, se arrojó al único asidero que tenía a sus alcances para salir vivo del atolladero: a su propio modo de ser, a la pata-la-llana y a la buena de Dios; y comenzó así, braceando hacia los congregados y con la vista fija tan pronto en los cestucos en que éstos llevaban las respectivas «finezas», como en la cara compasiva del pudiente festejado.

—Y por último, aquí están estos sujetos, y aquí estoy yo; y ellos y yo, y lo que ellos traen y lo que yo también traigo, estas pobrezas que están a la vista, y el corazón que, a poco que se arrepare, también puede verse aticuenta que en la palma de la mano; todo ello y cuanto somos y valemos y esperamos, es de la Su Mercé; y con ello y con todo, aunque damos cuanto tenemos, no damos la metá de lo que la Su Mercé se merece. En esta cuenta, ordene y mande; y verá cómo no se queda más corta que las palabras la buena voluntad para servirle. Y con esto no canso más.

Dijo; y sin esperar la respuesta, puso su cestuco en el suelo; imitáronle sus poderdantes, y se fueron en tropel a la calle, tan poco satisfechos del valor de sus ofrendas, como de la soflama del arrumbado fiel de fechos, de quien se habían prometido cosa mejor.

Pues bien, mutatis mutandis, aquí se está dando un caso muy semejante al caso de la aldehuela de mi cuento, y por eso precisamente le he sacado a relucir. Tú, comensal perínclito, admirado compañero y amigo del alma; tú eres (y perdona el modo de señalar) el señorón pudiente y campechano; nosotros los congregados en tu derredor para festejarte sin agredirte; los pardillos de la aldehuela, hombres de índole sana y animosos, muchos de ellos un tanto dados al vicio de las letras, y todos, en conjunto, admiradores fervientes de los grandes maestros, como tú, en el arte de cultivarlas; y yo, el arrumbado fiel de fechos que aceptó, en mal hora, el encargo de echarte la soflama, y que al llegar el fiero instante de cumplir su cometido, siente, congojoso y trasudando, que le falta la palabra, y se le cuaja la voz en el gaznate, y nada sabe del paradero de sus ideas, para decirte, siquiera, a lo que viene.

En tan negro trance, dejándome de retóricas inútiles, y atento sólo al cumplimiento fiel del honroso mandato, llamo tu consideración, con el respeto debido, no hacia los humildes cestucos de nuestras pobres ofrendas, sino al hondo sentimiento que palpita en nuestros corazones al presentártelas, a la buena amistad, a la admiración fervorosa y al cariñoso respeto que te consagramos.

Todo esto, y otro tanto más que se siente mejor que se explica, junto y en una pieza, sazonado al calor de nuestro regocijo, y entre fragantes hojas de laurel virgen que, tan profuso crece en el florido suelo de la tierruca, que ha dilatado sus linderos al henchirse de noble vanidad desde que la diputaste por tu segunda patria; todo esto, repito, te ofrecemos, y te lo sirvo yo con alma y vida, como plato final de este agasajo cariñoso, en la salsa de mi oficio.

Esbozo

El sujeto de él no es producto castizamente español; pero, a tuertas o a derechas, ya le tenemos acá, y tan aclimatado como otras muchas cosas que por españolas pasan, porque en España viven y crecen y hasta se multiplican; y si no se acomodan rigorosamente a nuestro genuino modo de ser, vamos nosotros acomodándonos a ellas, y tanto monta.

No apareció sobre la haz de esta tierra por la obra lenta y gradual de una gestación sometida a las leyes inalterables de la Naturaleza, sino por el esfuerzo violento de un cultivo artificial, semejante al que produce los tomates en diciembre, y los pollos vivos y efectivos sin el calor de la gallina. Trájole la arbitraria ley de una necesidad de los tiempos que corren; un antojo de las gentes de ahora, que exigen, para alimento de su voracidad, no los manjares de ayer, suculentos, pero en grandes y muy contadas dosis, sino la comidilla incesante, la parvidad continua, estimulante y cáustica, que mantenga el apetito en actividad perenne.

Dándole, pues, carta de ciudadanía en España, y estudiándole un poco desde aquí para filiarle en justicia, puede afirmarse, sin asomo de duda, que desciende en línea recta de aquel modestísimo gacetillero o localista, que, pocos años hace, ejercía el precario oficio a la callada y a escondidas de las gentes, por respeto al proverbial quijotismo español, que le tenía en poco y le sumaba con todos los «holgazanes vagabundos» y demás «gentes de mal vivir y perniciosas»; de aquel excelente muchacho que, de higos a brevas y en casos muy extraordinarios, se veía, con una mano en el bolsillo, y en la otra el sombrero de copa alta, a la puerta de una oficina pública, pidiendo veinte veces y en voz baja licencia para entrar un poco más adentro, con los modestos fines de preguntar a un oficial de cuarta clase, o a un agente de policía de los más ínfimos, si eran ciertas las noticias corrientes entre el público sobre este robo o aquel descalabro, en la seguridad de ser respondido, a la quinta o sexta acometida, con una desvergüenza o un bufido que le causaban angustias y trasudores, muy merecidos en su humilde entender; pero que aún le parecían cosa de chanza si a la salida de allí, y después de llegar en volandas a la redacción, le era lícito escribir, para el número del día siguiente, un sueltecillo a este tenor: «Con noticias de buen origen, podemos confirmar (o desmentir) las que circulan media semana hace, en plazas, tertulias y cafés, acerca de esto o de lo otro».

Así nació, de golpe y porrazo, y por aquí vino, ese personaje, o mejor dicho, esa institución con fuero propio y jurisdicción sin límites, que se hombrea con los poderes públicos y campa por sus respetos donde quiera que cae como llovido del cielo. ¡Que le vayan a él con bufidos y sofiones aquellos desabridos funcionarios que cerraban las puertas a su padre! Por mucho menos que ello, por la más leve torpeza o la menor tardanza en su ministrarle las noticias que desea y ha pedido, les hará temblar con una amenaza fulminante: se lo dirá al gobernador, se lo dirá al ministro, o al jefe del Estado, si es preciso, si le apuran un poco «y vuelve a suceder eso». Para él no hay estorbo allí que le detenga, ni razones que le contraríen. Toda la casa es suya, y entra por ella como en lugar conquistado, sin contestar a los porteros que le saludan reverentes, preguntando por quien le acomoda y colándose donde le da la gana.

Para lo usual y ordinario, hasta tiene su poco de oficina en lo más inaccesible al vulgo y más sagrado del local, con las noticias que desea sobre la mesa ya, para que no tenga más trabajo que el de apoderarse de ellas. Si le parecen poco, también tiene, por tener de todo, el derecho de llamar al funcionario que necesite para que le dé más, y el de introducirse en el despacho del jefe, que le servirá gustosísimo después de haberle agasajado con un abrazo, dos regalias y un puñado de caramelos. Las noticias adquiridas de este modo, noticias relacionadas a menudo con lo más hondo y más secreto de la política o de la administración del Estado, noticias de sensación las más de ellas, se publicarán pocas horas después en la segunda o tercera edición de las varias que hace cada día el periódico que le paga. Cuando no quiere molestarse en ir a recogerlas a los centros respectivos, los funcionarios de la Nación, los mismos que acostumbran a recibir con cara de vinagre y poco menos que a escobazos al manso contribuyente que da lo que ellos consumen, cuidarán de enviárselas a la redacción, con la súplica de que perdone por lo poco y mande lo que le acomode.

En la vía pública trabaja con igual suerte y se despacha con el mismo desparpajo. Si se rompe o se vuelca el andamio de una fachada antes de que el perniquebrado albañil lance en el suelo el primer quejido, ya está a su lado él, lápiz y cuartillas en ristre, no para levantarle ni socorrerle, por de pronto, sino para acosarle a preguntas. «¿Cómo se llama usted?—¿Cuántos años tiene?—¿Cuántos hijos?—¿Es viudo?—¿Dónde vive?—¿De dónde es?—¿Cómo fue la caída?¿Se rompió la cuerda? ¿Se volcó el andamio?—¿Quién tuvo la culpa?—¿El propietario por mezquino?—¿El arquitecto por descuidado?».

Después llegará la camilla; se conducirá al albañil a la Casa de Socorro, y él irá delante y entrará en la casa antes que el enfermo; y mientras el médico va palpando en éste lo que está lesionado y lo que no lo está, irá interrogándole él, para anotar las respuestas con su lápiz sempiterno: «¿Es rotura?—¿Es dislocación?—¿De la tibia?—¿Del fémur?—¿Tiene fiebre?—¿Es de cuidado?—¿Sanará?...».

Hasta que, harto él de preguntar y no cansado el otro de responder, se largará de allí, sin apurarse gran cosa por la suerte del albañil, aunque al leer más tarde en el periódico la relación del suceso con todos sus pelos y señales, cualquiera creería «de la casa» al relatante, por lo que plañe y gime la caída, y truena contra los inhumanos que construyen o dirigen edificios, sin mirar por la salud y la vida de los míseros obreros que los ayudan con su trabajo peligroso.

A un incendio llega antes que el sonido de las campanas que le anuncian, y mucho antes, por supuesto, que las bombas, los mangueros y el piquete; y tampoco por ansia caritativa, que este particular no le apura a él cosa mayor. Lo que le importa es averiguar antes que nadie, para ser el primero en publicarlo, cómo y por dónde empezó la cosa; qué gentes viven allí; qué hacen y por dónde salen o se tiran para salvar el pellejo; cuántos huesos se quebrantan en estos trances, o cuántos muebles se hacen añicos; qué mangueros, qué autoridades, qué personas conocidas o qué fuerzas de la guarnición han sido las primeras en llegar; y mientras unos dan órdenes, casi siempre al revés, y otros las cumplen como mejor les parece, y este bombero trepa fachada arriba hincando las uñas en las grietas y resaltos de la pared, si no tiene mejores asideros, o se destaca en lo más alto, a la claridad imponente de la voraz hoguera sobre el negro fondo del estrellado cielo, esgrimiendo el hacha para derribar la cumbre del tejado; o asoma otro por la chamuscada puerta del balcón, entre espesa columna de humo con chispas, para respirar un poco de aire oxigenado que no hay adentro; o sudan el quilo en la calle los hombres que mueven los brazos de la bomba, o dirigen la pesada boquilla de la manga; o amontonan muebles desvencijados, ropas y colchones, jaulas, sombrereras y cacharros, entre el vocerío de los que mandan con derecho y de los que tachan los mandatos por lujo de tachar; de los ayes lamentosos del herido; del gemir de las mujeres delante de sus ajuares destrozados; del golpear de las culatas del piquete sobre los duros adoquines, y del continuo rumor de toda aquella compacta e hirviente muchedumbre, que se bambolea y oscila como un pedazo de mar, él va y viene, y entra y sale y se desliza y cuela por todos los resquicios de la masa, y atraviesa la línea de soldados, y salta por encima de la cordillera de montones y de las henchidas mangas, y todo lo atropella y vence, para saber antes, si es posible, que ningún otro de su oficio, cómo se llaman el bombero del tejado, y el hombre que se rompió una clavícula, y el vecino que salió por el balcón; de dónde son nativos, de qué viven y cuál es su estado; qué mote tiene el ratero detenido por el gobernador, y por qué se le detuvo, etc., etc. En seguida, y volando, a la redacción para dar a luz aquello poco, y volver al sitio del siniestro para recoger a escape las notas de lo que vaya aconteciendo, hasta que el incendio se apague por el esfuerzo de los hombres o por falta de materia en que cebarse.

Entonces una parrafada de última hora; y por remate de todo, un resumen de lo acontecido, con la tasación de daños, y lágrimas compasivas en recuerdo de los perjudicados y contusos; una descarga de reflexiones acerca del mal servicio contra incendios, otra de loores para las «dignas autoridades» y demás personas que han sido complacientes con él, y una alabanza especial para el heroico bombero del tejado.

Gran teatro es un incendio gordo para lucir su diligencia y su sagacidad un hombre así; pero aun hay otros que se prestan mejor al ejercicio de los raros talentos que posee por privilegio singular de su naturaleza y por ley de la costumbre que le ha formado: verbigracia, los crímenes ruidosos, las causas célebres. ¡Aquí es donde hay que verle para admirarle en toda la pompa de su absoluto poder y señorío! A donde va el Juzgado instructor, allí está ya él, que también es juez y magistrado, y Audiencia y Tribunal Supremo y cuanto hay que ser; allí está desde mucho antes, mano a mano con el supuesto criminal, o testigo, o cómplice, cuyas declaraciones se buscan.

—¿De cuántas puñaladas mató usted a su víctima?

—¡Señor!... Yo no he matado a nadie: bien lo sabe el juez.

—¡Qué juez ni qué niño muerto! Aquí no hay más juez que yo, ni más tribunal que el que yo represento, que es el tribunal de la prensa, el de la conciencia pública; y público y notorio es que usted la hizo, por lo que nadie más que usted ha de pagarla. Con que, a cantar de plano.

—Repito que soy inocente.

—¿En dónde se hallaba usted a las ocho de la mañana del día siete de febrero del año próximo pasado?

—¡Yo qué sé!

—¿Qué señas tenía cierta mujer que en aquella ocasión, y mientras usted saludaba al Espatarrao, pasó por la acera de enfrente?

—No recuerdo nada de eso.

—Ya lo recordará usted en el patíbulo. ¿De qué color eran las botinas de la barbiana con quien usted se detuvo en la misma calle, ocho meses después, al rayar el mediodía, y por qué, al despedirse, fijó usted la mirada en el balcón de un tercer piso, y ella dijo que sí con un movimiento de su cabeza?

—Tampoco hago memoria de cosa alguna de esas.

—¿Y tampoco recuerda usted quién era la señora recatada que salió en compañía de un caballero muy elegante, con el cuello del sobretodo alzado y el ala del sombrero muy caída sobre los ojos?

—¿De dónde salían esas personas?

—Del portal mismo de la casa del interfecto, tres horas después de cometido el crimen. ¿De qué piso bajaban? ¿A dónde iban, y por qué al extremo de la calle se cruzaron con un hombre, y este hombre arrojó en aquel instante la colilla del cigarro que fumaba, y al arrojarla tocó con el codo el brazo de la señora, y la señora volvió la cara hacia él?

—Pero ¿por qué he de saber yo esas cosas?

—Porque el hombre de la colilla era usted, y la señora recatada y el señor que iba con ella, sus cómplices y encubridores de usted, como se irá demostrando poco a poco.

—¡Por los clavos de Jesucristo!... Pero, señor, aunque fuera cierto que tirara yo una colilla en ese sitio que usted dice, y tropezara con el brazo a una señora al mismo tiempo, y esa señora se volviera para mirarme, ¿qué tiene todo ello de particular ni que ver con el crimen cometido tres horas antes... no sé en dónde?

—Por esa puerta falsa quiere la justicia histórica dar escape a la responsabilidad criminal de usted; pero a mí no me la da esa señora con vuelillos y hopalandas... Y vamos adelante. ¿A qué hora de aquella misma noche entregó usted un envoltorio al Presidente del Consejo de Ministros?

—¡Yo!...

—Usted, sí. Ya ve usted cómo todo se sabe. Y ¿a qué otra, sobre poco más o menos, tuvo usted una entrevista con el Nuncio, y le dio una carta que le había proporcionado un gentilhombre de Palacio, a instancias del Embajador de Rusia?

—¡Qué barbaridad!

Es verosímil que mientras el periodista anda empeñado en un interrogatorio como éste, llegue la justicia a cumplir con su deber, y que, advertido de ello el preguntante, responda altanero al funcionario que se lo advierte:

—Que aguarde.

Porque se han dado casos en que la justicia le obedezca y espere a que él concluya.

Después del interrogatorio, a la redacción para echarle a la calle corregido y anotado, o, como si dijéramos, puesto en la salsa estimulante que el público apetece y saborea; y si le conviniese para sus fines, antes o después de este trámite, a la Presidencia del Consejo de Ministros o a la del Tribunal Supremo. Si el Presidente está ocupado, que se desocupe; si descansando, que perdone, pero que le reciba. Él necesita verle, y le verá. Y le ve al fin. Se ve con el encumbrado personaje, inaccesible a la masa anónima de los simples mortales; y no sólo le ve así, sino que le interroga y le amonesta por lo torcida que anda la vara de la justicia en lo del crimen aquél, y hasta le habla del envoltorio de marras en la entrevista del Jetas con el Nuncio, y de la carta del gentilhombre, y de las intrigas del Embajador de Rusia, sin que nadie le tire con algo ni se amontone siquiera.

En el juicio oral tendrá lugar y asiento de preferencia, señalados por el Poder judicial para que tome y haga a su gusto notas y semblanzas, y pueda, después del juicio, ofrecer al público, para que se deleite con ello, los nuevos rumbos que va tomando el negocio criminal en la causa aparte que sigue él a los procesados.

Con igual derecho y con idénticas prerrogativas acudirá a las solemnidades académicas si son públicas, y si no lo son, a recoger las notas que se le proporcionarán de lo que unos hagan y de lo que digan otros, para dar cuenta minuciosa de todo ello, y fallar ¿él en seguida ex-cátedra, háyase tratado en el concurso de agricultura, de matemáticas, de navegación o de teología. A él lo mismo le da, porque de nada de ello entiende jota; pero es listo y posee el arte de aparentar que de todo entiende mucho, y con ello le sobra para desempeñar airosamente su cometido.

Al salir los ministros de un consejo, o un grupito de diputados de un conciliábulo, ya está él a la puerta para echarles el alto y pedirles cuenta de lo que se haya dicho y acordado en la secreta reunión.

En cuanto llega un personaje de nota, o publica un documento de sensación, o produce con su palabra o con sus actos una excisión en el Parlamento, le pide la correspondiente interview; y sin aguardar la respuesta, se le planta delante y le somete a la tiranía de sus inevitables interrogatorios: «¿A qué ha venido usted?—¿Qué día salió de París?—¿Cuál fue el verdadero objeto de la conferencia que celebró usted el día tantos con el Embajador de Alemania en aquella capital?—¿Qué juicio han formado los hombres eminentes de ese Gobierno sobre la última crisis del nuestro?—Al publicar usted la carta que tanto da que decir hoy, ¿se propuso únicamente satisfacer una necesidad de su conciencia política, o entró por algo en sus planes el deseo de molestar al Gobierno y de hacer más apurada su situación?—¿Fue obra de su propio y exclusivo impulso, o por acuerdo también de los amigos políticos de usted?—En este caso, ¿tiraban ustedes solamente a herir, o tiraban a matar?—Los motivos en que declaró usted fundarsu acto, ¿son los únicos y verdaderos? ¿No hay otros reservados de muy distinta naturaleza?—¿Puede darse algún crédito a la versión, corriente en los pasillos, de que la inesperada discrepancia de usted reconoce por causa eficiente el haberle negado el Presidente del Consejo, en la última modificación ministerial, una cartera que le tenía ofrecida?».

Tampoco aquí se le tira con nada ni se le niega la más insignificante de las respuestas que pide.

Si en aquel día o en el anterior ha andado rebotando en las columnas de la prensa periódica algún escandalillo con iniciales transparentes, o se ha descubierto un ingenio de chispa en el teatro o en la novela... a ello en seguida para echarlo desnudo a la calle, antes que envejezca entre las veladuras del misterio. Al marido ultrajado: ¿qué causas pudieron influir en el origen de los sucesos que acarrearon la catástrofe? Y así. Al banquero en quiebra: si tuvo parte la política en el desastre; a cuánto ascienden el pasivo y el activo; de qué pelaje son las víctimas más numerosas, y si están resignadas, etc., etc. Al autor dramático o al novelista: si es verdad que «en sus principios» fue guardia civil, o seminarista, o teniente de Estado Mayor; que robó a una bailarina y se batió a navaja con uno de Orden público; que escribe boca arriba, y que en su pueblo come la carne cruda y duerme en el pajar...

* * *

Cualquiera que entienda un poco en achaques de la débil naturaleza humana, pensará que ese hombre que no ha cesado de moverse, de ver, de hablar y de escribir en todo el santo día de Dios, caerá desplomado en la cama a las primeras horas de la noche. Pues no, señor: es también corresponsal de diez o doce periódicos de provincias; y después de haber enviado por el correo otras tantas correspondencias de su puño y letra, a última hora, es decir, a las dos o las tres de la mañana, cuando ya nada queda que husmear en las tertulias de los Ministerios y se han apagado las candilejas de los escenarios del otro mundo, correrá al telégrafo, y allí, con la velocidad del rayo, mandará hasta los últimos confines de la Península la quinta esencia de cuanto ha averiguado desde que se levantó de la cama, para que se desayunen con ello, pocas horas después, los suscriptores de los periódicos provincianos que le pagan este inapreciable servicio.

En suma: que no conoce el cansancio ni las puertas cerradas; está en todas partes y a todas las horas del día y de la noche, presenciando todos los sucesos que sean narrables en letras de molde... o esperando que acontezcan, porque solamente suponiéndole dotado de un prodigioso instinto de adivinación o de presentimiento, puede concebirse la puntualidad con que asiste a cuanto ocurre en todas partes, público o secreto, grande o chico, fausto o infausto.

Tampoco hay distancias para él. En cualquier estación del año las salva, de balde y en primera (¡otro privilegio asombroso en ese feudo proverbial de las compañías de ferrocarriles!), o como la necesidad lo exija, a ratos (de balde también, por supuesto), y ya está allá gimiendo sobre los estragos de un terremoto, o las víctimas de una epidemia, o los despojos de un naufragio; cantando los triunfos de la ciencia en la inauguración de un artefacto; describiendo la pompa de una fiesta excepcional, o inventariando moños e intrigüelas en tal o cual punto «de cita» veraniega para las damas distinguidas de «nuestro mundo elegante».

Pero aún alcanzan a mucho más los alientos de este hombre, de ordinario simple fisgón al menudeo. Cuando la ocasión lo pide, sabe elevar su oficio a las alturas de la epopeya; y es de admirar entonces cómo un día, porque en lo más remoto del mundo pasa o va a pasar algo que no se ve a todas horas ni en cualquiera parte, atraviesa mares y montañas, arrostra los peligros de las tempestades y de los climas insalubres; y en la diestra el lapicero, espada de este conquistador de nuevo cuño, después de haber residenciado al capitán del buque o a los guías de la montaña o del desierto, como preámbulo de la obra que le preocupa y le arranca de su hogar, si es que le tiene, acomete al Sha de Persia, o a un Rajá de la India, o a un salvaje patagón, por señas, si no puede de otro modo, y le desocupa la conciencia sobre las cuartillas de papel de su cartera inagotable.

El suceso que le lleva a tan lejanos confines es, por lo común, una guerra bárbara entre dos grandes naciones por un «quítame esas pajas». Ya está debidamente instalado en el cuartel general de uno de los ejércitos beligerantes. Es plaza montada; y si no tiene ración y lecho en la tienda del general en jefe, los tendrá en la que la sigue. Antes de darse la batalla, ya tiene él contados los combatientes de cada lado, con sus respectivos elementos de pelea, descritas las condiciones del terreno y pronosticado el éxito definitivo. Suena el primer cañonazo, y él, después de consultar su reló, consigna el gran momento en sus cuartillas. Desde entonces, y como si su oficio fuera el de guerrear, olvidado de los peligros que corre, todo es ojos y actividad para cumplir con su deber, no de cronista escrupuloso, sino de noticiero diligente; y se le verá entre el polvo y el humo de la batalla correr de acá para allá, movido del ansia de ver las cosas más salientes por sí mismo y de anotarlas con el mayor lujo posible de pelos y señales. Y si deduce de algunas de ellas, extrañamente desastrosas en su campo, que en el frontero se estrena un nuevo artificio bélico, será capaz de meterse bajo los fuegos enemigos y de no parar hasta ver con sus propios ojos el aparato mortífero y el modo de funcionar. Si lo consigue, ¿qué victoria como ella? Pero consígalo o no, exista o no exista el artificio, cuélese o no se cuele en el campo enemigo, que éste pierda o gane la batalla, él, siempre infatigable y con el estruendo del último cañonazo aún en los oídos, saldrá del revuelto y ensangrentado campo a todo correr de su cabalgadura, y atravesará llanos y desfiladeros, y andará leguas y leguas sin punto de reposo, hasta la más próxima estación telegráfica u oficina de Correos. Allí, quizás sin haberse desayunado todavía, coordinará sus apuntes, y, en la forma conveniente a sus propósitos, los enviará a su destino. Al día siguiente, vuelta a empezar la misma dura faena con ligerísimas variantes, hasta la terminación de la contienda... si antes no ha terminado él de vivir por obra y gracia de algún mal tropiezo con que no soñaba en la borrachera de su insaciable y peligrosa curiosidad.

¡A tal extremo puede llegar, y ha llegado más de una vez, la manía de este nuevo caballero andante, para quien, hallándose en el ejercicio de su libre profesión, tampoco rigen las comunes leyes del Estado!

Y todo ello, en definitiva, lo grande y lo chico, lo serio y lo cómico, de este sujeto, ¿por qué y para qué?... Pues por el ansia, como ya se ha apuntado, de ser el primero en recoger hechos y dichos, para que el periódico que le paga no sea el segundo en venderlos en la vía pública a un tropel de haraganes desdeñosos y a otros tantos lectores impacientes, que han de olvidarlos, apenas engullidos, por el hambre de otros nuevos, y que aún hallan cara la ración en la miseria que les cuesta de un perro chico.

Verdaderamente son dignos de más altos destinos el ingenio, la frescura y las fatigas sobrehumanas que se necesitan, y de ordinario se emplean, para desempeñar a conciencia el oficio de reporter.


1892.

De mis recuerdos

Una tarde gris con intermitencias de sol tibio; una iglesia pobre y vieja sobre una meseta pedregosa con jirones de césped y matas de arbustos bravíos; una extensa campiña verde con fondos lejanos de cerros ondulantes y de erguidos montes gallardamente escalonados.

En el porche de la iglesia, corrillos de aldeanos hablando y pisando quedo, por reverencia a lo que acontece en el santo lugar en día tan señalado. Dentro de la iglesia, el viejo párroco y un su feligrés, no mucho más joven, sentados en un banco de elevado espaldar, delante de un tenebrario, y cantando las Lamentaciones de Jeremías. En la capilla mayor y lleno de luces, el Monumento, cuya armazón está cubierta de colchas y pañuelos muy vistosos, que se extienden después en dos alas, a diestro y siniestro, hasta los respectivos muros de la iglesia. Al pie de las gradas del Monumento, echada la Cruz sobre un paño negro y descansando sus brazos en dos almohadas guarnecidas profusamente de lazos de colores, cadenas de plata, acericos y relicarios. Los fieles, que llenan casi todo lo desocupado del templo, rezando fervorosos o andando en grupos el Calvario, y a veces, cómo para acompañar al murmurio de los rezos o al cántico de las tinieblas, el sonido tenue de la humilde moneda de cobre al caer en el platillo colocado junto a la Cruz yacente.

En el cuerpo de la iglesia, los dos pasos, en sus correspondientes andas, que han de salir en la procesión: el de la Dolorosa, que no es muy grande, y el de «los Judíos», que lo es y pesa mucho, pues representa a Jesús atado a la columna, flagelado por dos sayones: tres esculturas, no modelos de arte seguramente, pero de buen tamaño y bien macizas; por eso tienen sus andas ocho brazos.

Por fin se apaga la última candela del tenebrario, se oye la palmada del Cura sobre su libro, cerrado ya; y los chicuelos que hormigueaban entre los hombres del portal, armados de cachiporras los más de ellos, comienzan a golpear desaforados todo lo que suene, como los postes que sostienen la achacosa teja-vana, y hasta las hojas mismas de la puerta principal; los afortunados que tienen carraca, a voltearla furiosamente, y los que no tienen cachiporra ni carraca, a piafar sobre los morrillos del suelo con sus herradas almadreñas. El caso es hacer ruido... hasta que apareció el Cura en la meseta del pórtico.

Detúvose allí, calláronse todos en cuanto le vieron, y dijo en voz alta dirigiéndose a los del portal:

—Seis hombres para el paso de la Virgen.

—Hay cuatro —respondió un buen mozo señalando a otros tres que le acompañaban.

El párroco les dio las gracias con un gesto, y volviendo a recorrer todo el concurso con la vista, tornó a decir:

—Ocho para los judíos.

—Hay seis —respondió en un lado un fornido mocetón.

—¡Hay cuatro! —dijo en seguida otro más fornido aún, saliendo al frente desde el lado opuesto con los tres que mantenían su atrevido arranque.

Produjo en los presentes aquella valentía rumores de entusiasmo, y en el señor Cura cierta expresión de asombro placentero. Con ella en la cara, dio por terminado el asunto y se volvió a la iglesia, a donde le siguieron los mozos triunfadores en la puja, y se dispuso a seguirle la gente del portal.

Que no le siguió por de pronto, porque aparecieron en él, por el boquete del Norte, dos penitentes, cuya inesperada presencia allí suspendió los ánimos de todos. Vestían luengas túnicas muy bastas, con alta caperuza y muy caído antifaz: iban descalzos, embarrados los pies y los vestidos, y llevaban a cuestas sendas cruces de madera en bruto, muy grandes y de mucho peso. No era extraño el suceso en toda la comarca, ni nuevo en aquella iglesia; pero sí poco frecuente. Según algunos forasteros, que por curiosidad los acompañaban desde su pueblo, cuyo Sagrario habían visitado ya, los penitentes llevan andadas a aquellas horas seis Estaciones, es decir, recorridos seis pueblos, que nombraron; y esto lo sabían los relatantes por otros curiosos que los habían seguido hasta el de ellos. Lo que no se sabía a punto fijo era de qué lugar procedían, ni quiénes eran, ni por qué pecado hacían aquella dura penitencia, que debió de comenzar por la mañana y no podía terminar sino bien entrada ya la noche. Nadie los había visto comer, ni beber, ni descansar, ni siquiera ponerse a subio para defenderse de los chubascos y granizadas que habían caído alrededor del mediodía.

Llegaban, pues, muy quebrantados de fuerzas, y bien se les conocía en el andar, y, sobre todo, cuando subieron los escalones del pórtico para entrar en la iglesia.

Tras ellos se fue toda la gente que había fuera, y vio cómo la de adentro, muy admirada y respetuosa, les iba abriendo paso hasta las gradas del Monumento, donde se postraron de rodillas, uno a cada lado de la Cruz, sin aliviar los hombros del peso de las suyas.

Mientras oraban allí venerando al Sacramento, se iba formando la procesión que había de seguir su carrera acostumbrada alrededor de la iglesia, por el camino más largo y dificultoso: una cambera desnivelada y áspera, festoneada, a trechos, de bardales, mimbreras y saúcos que ya empezaban a reverdecer. Todo este camino había de recorrerse sin descanso alguno; y en eso estaba el toque de la puja entre los bravos mozos para conducir los pasos, especialmente el de «los Judíos».

Salió al fin la procesión, haciendo cabeza de ella un hombre descalzo, revestido con un alba de desecho, envueltas en un lienzo blanco la cara y la cabeza, y con un gran Crucifijo alzado. A este personaje le llamaban allí el Fariseo. Detrás de él iba el paso de «los Judíos», cuyas andas crujían con el peso de las tres esculturas, mal aseguradas al tablado por largos tutores de hierro que a menudo rechinaban en sus hembrillas roñosas. Después, y a una regular distancia, iba la Virgen; y entre este paso y los niños de la escuela que precedían al sacerdote y sus acompañantes, se colocaron los dos penitentes, hecha ya su visita al Monumento. La masa de feligreses cerraba la procesión, que fue entrando poco a poco en su carrera.

De las viviendas inmediatas y de las callejas y senderos que confluían en aquel punto, iban saliendo apresuradamente los últimos rezagados del lugar, e incorporándose a la piadosa comitiva: las mujeres cubriéndose la cabeza con un pañuelo o con el chal de gala, y los hombres vistiéndose la chaqueta de los domingos. Las casas quedaban desiertas, los animales recogidos y los hogares apagados; y, como la vasta campiña y la brumosa cordillera y el cielo mismo, sombrío y anubarrado, todo en silencio, inmóvil y melancólico. Todo parecía sumido en hondas meditaciones y pendiente de los salmos que entonaba el pobre cura de aldea, con voz trémula y fatigosa, únicos sonidos que se percibían en toda la extensión de aquel grandioso escenario de la naturaleza entristecida y solitaria.

Según andaba lentamente la procesión, disgregábanse, de tarde en cuando, de la masa del fervoroso cortejo hombres y mujeres, que por las laderas altas del camino se adelantaban hasta los pasos; y por lo tímido del andar, lo respetuoso del continente y lo anhelante de la mirada, en cuanto la fijaban en ellos, no parecía sino que buscaban en aquella representación tangible, viva, de lo que allí se conmemoraba, una fuerza imaginativa más poderosa que la de sus meditaciones: en la sangre que corría por las espaldas de Jesús a los golpes de sus verdugos, en la que goteaba de las heridas abiertas por las espinas de su corona y en la cuerda que ataba sus manos, como las de un criminal, la magnitud del sacrificio del Hijo de Dios por amor a sus criaturas, a las mismas que tan despiadadamente le atormentaban; en la faz amargurada de la Virgen-Madre, la intensidad de sus inenarrables angustias y dolores; y ¡quién sabe si del logro de sus piadosos deseos; de haber visto y sentido, por este medio, cuanto anhelaban ver y sentir entonces, nacía aquella singular expresión de sus ojos al fijarlos después en los dos penitentes desconocidos que iban arrastrando pesada cruz de pueblo en pueblo en alivio de sus propias culpas, que tal vez eran leves, y en desagravio del Redentor del Mundo, tan ofendido por la soberbia y la ingratitud de los hombres?

La crítica mundana, que se paga mucho de la superficie y del aparato teatral de las cosas, ¡cuánto hubiera hallado merecedor de sus burlas en aquel espectáculo tan desprovisto de primores del arte y de las pompas del lujo! Y, sin embargo, allí, en la traza risible de los dos penitentes y bajo el pobre y abigarrado aspecto de aquel apiñado concurso de honrados campesinos, que sabían descubrir la realidad del dolor en las imperfectas imágenes, y sentirle y llorarle en sus corazones, se guarecía, como en su propio albergue, la fe sin nubes, sencilla, profunda y arraigada; la fuerza poderosa que traslada los montes, redime los pueblos y dignifica los hogares.

Cuando la procesión volvió a la iglesia, los fieles todos cayeron de rodillas, y dirigidos por el Cura, elevaron a Dios una plegaria de perdón. ¡Y era cuanto había que oír aquel coro de voces de todos los matices imaginables, nutrido, concordado, llenando, clamoroso y resonante, los ámbitos del templo! Escena verdaderamente sublime, así por la ocasión como por la grandeza de su sencillez.

Tan pronto como la iglesia volvió a quedar en silencio, salieron de ella los dos penitentes, ya cerca del anochecer; y tomando el camino de la Vega, se les vio desaparecer muy pronto en una de sus hondonadas, seguidos por algunos muchachos que no tardaron en volverse por miedo a la noche que ya estaba encima, y de las bendiciones de la gente que admiraba su piedad heroica y aplaudía su ejemplo edificante.

Marzo 30, 1900.

A Marcelino Menéndez y Pelayo

De cómo se celebran todavía las bodas en cierta comarca montañesa, enclavada en un repliegue de lo más enriscado de la cordillera cantábrica

Querido Marcelino: Si no estorba en el libro que se está imprimiendo en honor tuyo; si no te parece que resultará nota discordante en su concertada seriedad, ayúdame a conseguir que se publique el contenido de las adjuntas cuartillas en la última de sus páginas, fuera, si quieres, de los dominios del índice, y aun a espaldas del mismo colofón; en lo más recóndito, en suma, donde nadie más que tú se entere de ello. Lo que importa, por el lado, de mis ardientes deseos, es que no falte un pobre ramajo de los laureles de mi huerto en la corona que hoy se teje para ti; porque no puedo resignarme a que, cuando tus admiradores tratan de elevar un monumento a tu gloria, deje de contribuir a él con su modesta pedrezuela precisamente el que más te admira y más te quiere, por mucho que te admiren y te quieran los demás. Al fin y al cabo, y bien apuradas las razones, dentro cae del programa de ese libro el humilde tributo que te ofrezco para él, pues es fruto, aunque trivial y sin substancia, de mi propia investigación, y de asunto, no solamente español, sino de ésta nuestra tierra nativa de la Montaña... En fin, «con verlo basta», y allá va, sin adobos ni arrequives, y tal como consta, seis años hace, en mi cartera de apuntes.

«Lo que puede llamarse cortejo nupcial, compuesto de lo más espigado y rozagante de la juventud del pueblo, ellas con panderetas muy adornadas de cintajos y cascabeles, y muchos de ellos con escopetas al hombro, y todas y todos con lo mejor de sus equipos a cuestas, se ha ido formando, desde la salida del sol, junto a la casa de la novia; y en cuanto ésta y el novio, acompañados de los padrinos, aparecen en el umbral de la puerta, las mozas la saludan con un cantar alusivo al caso, y los mozos con una explosión de relinchos... y una descarga cerrada.

«Puestos en marcha todos, en debida y ordenada formación camino de la iglesia, al andar lento y balanceado que marca y determina el incesante y monótono golpear en los parches de las panderetas, las mozas van cantando a los novios, y al señor Cura, y a los padres de los novios, y a los padrinos del casamiento, y a cuantas personas de algún viso en el lugar formen en la comitiva o recuerden las cantadoras. Los mozos responden algunas veces a los cantares de las mozas con otros bien relinchados al remate, y los que llevan escopetas hacen salvas a menudo. Así hasta la iglesia por el camino más largo, con notorio regocijo de las gentes, que abren puertas y ventanas para ver pasar la boda, y acrecentándose el cortejo a cada instante con los muchachos desocupados y las chicuelas tentadas de la curiosidad; camino siempre de flores y sin tropiezos... menos cuando es forastero el novio; porque, en este caso, tiene esta primera jornada de la fiesta una variante no poco original y muy curiosa. Sucede entonces que a lo mejor de andar la boda este camino, aparecen en él, saliendo de ésta y de la otra encrucijada, hasta media docena de mocetones, dando brincos y haciendo corcovos, aullando, relinchando y disparando las escopetas, con el estruendo y la traza temerosa de una horda de salvajes. Echan el alto a la procesión, y se apoderan de la novia, que desde aquel instante queda secuestrada, o, como ellos dicen, empeñada, sabiendo muy bien todos los presentes, y el pueblo y la comarca entera, que aquella boda no se celebrará «en jamás de los jamases», si el novio, o en su defecto el padrino, no desempeña a la novia con la cantidad de tres duros, que han de gastarse después en honra de los recién casados y provecho de la gente moza, la cual da, a este precio y de ese modo, carta de ciudadanía en el lugar al novio forastero.

»Cuando la novia, rescatada o no, ha llegado a la puerta de la iglesia, la echan las zagalas de la comitiva este cantar:


Al tomar agua bendita
Despídete, compañera:
El primero de casada
Y el último de soltera.
 

»Donde se ve que no anduvo la musa cerril muy atenta a enlazar el sentido de los dos últimos versos del cantar con el de los anteriores.

»Después de las ceremonias de ritual y de la misa, en que comulgan los novios, ya «amarrados al yugo pa sinfinito», vuelta a la calle la procesión, con nuevos cánticos de las mozas, al mismo andar del son cadencioso de las panderetas, y con los propios relinchos de los mocetones y las propias salvas de las escopetas de antes.

»Esta vez se dirige la pintoresca y alegre comparsa al domicilio del novio, es decir, al de sus padres; y en cuanto llega a él entre la vibrante curiosidad del vecindario de la barriada, detiénese enfrente de la puerta, y cantan las infatigables mozas de este modo:


Señora doña... Fulana,
Salga a recibir su nuera,
Y trátela con cariño
Y tenga cuidado de ella.
 

»Y la invocada suegra, vestida con los trapos domingueros, y descolorida por la emoción que es de suponerse, sale, en efecto, y toma de la mano a su nuera, bésala en una mejilla, y la conduce a su casa, a donde la siguen primeramente el novio y los padrinos, y después todo el cortejo, si cabe adentro, y aunque no quepa muy holgado. Entonces, puesta en orden la muchedumbre en la pieza más grande y de mayor respeto, y cada cual en el sitio que le corresponde según el papel que desempeñe en aquella verdadera solemnidad, los recién casados se arrodillan delante de la conmovida mujer, que permanece a pie firme, y la dicen:

»—La pedimos el su perdón, si la hemos ofendido en algo.

»A lo que responde ella:

»—Perdonados estáis.

»Y les tiende las manos para que se levanten.

»En seguida se encara con ella el padrino, y la pregunta:

»—¿Qué señala usté por arras a su nuera?

»Y responde la suegra:

»—Tal o cual finca, tal o cual res, o vestido, o mueble, etc., etc.

»El padrino entonces, vuelto hacia lo que pudiera llamarse público congregado allí, dice:

»—Vosotros sois testigos de esta manda.

»En seguida cantan las mozas al son de sus panderetas:


A la novia en este día
Dios la dé salud y hacienda
Y trigo para su año,
Y después la gloria eterna».
 

«Con esto salen de la casa las gentes que la habían invadido, novios inclusive, y, ya en la calle, echan las cantadoras esta despedida:


La casa queda de luto;
Las tejas quieren llorar;
Adentro quedan los padres
Que las pueden consolar.
 

»Es muy de notarse que aunque viva el suegro y esté presente al acto, siempre se dirigen los novios a la suegra para que se les perdone, y el padrino cuando pide las arras para la novia.

»A casa de los padres de ésta vuelve ahora la comitiva, con los cánticos, los relinchos y las salvas de rigor; y en cuanto llegan a ella, cantan las mozas de esta suerte:


Abranse las puertas de oro
Y los candados de plata,
Que aquí viene don... Fulano
Con la su paloma blanca.
 

»Y se abren las puertas, que no suelen ser de oro ni tener candados de plata, y entran en la casa los novios, sus parientes y padrinos, y las mozas del acompañamiento. Allí les espera la mesa puesta y preparada la comida de bodas, que ha de presidir el señor Cura, y de la que no participarán entonces las cantadoras, las cuales se limitarán a presenciar el acto... y a cantarle.

»Cuando esta primera parte de él se da por terminada, se levanta el padre de la novia, y encarándose con ella y con su marido, los bendice por despedida en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; responden todos los presentes: «Amén;» y con esto y una breve exhortación del señor Cura al despedirse también, queda la mesa abandonada por la gente grave. Entonces es cuando se arriman a ella las zagalonas de las panderetas; se llama a los mozos, que aún relinchan en la corralada, y comienza el verdadero jolgorio, que no termina hasta las altas horas de la noche, si antes no se rinden los comensales al peso de la hartura y al quebranto de los bailoteos, como suele acontecer».

* * *

Tal es mi ofrenda. Ya ves que, aunque mezquina, cae dentro de las exigencias del programa, y, además, ¡caso inaudito! te enseña algo que tú no sabías, con saber tanto como sabes. De todas suertes, y aun suponiendo que en mi mano estuviera ofrecerte cosa mejor, todo había de parecerme poco y malo al pensar en la magnitud y alteza de su destino.


Publicado el 27 de octubre de 2018 por Edu Robsy.
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