Tipos Trashumantes

José María de Pereda


Cuentos, Colección



Al lector

Los pueblos, como los hombres, tienen dos fisonomías, por lo menos (algunos hombres tienen muchas): la que les es propia por carácter o naturaleza, o, como si dijéramos, la de todos los días, y la de las circunstancias, es decir, la de los días de fiesta.

La que en este concepto corresponde a la perínclita capital de la Montaña, la forma esa muchedumbre que la invade cada año, durante los meses del estío, para buscar en ella quién la salud, quién la frescura y el sosiego; ora en las salobres aguas del Cantábrico, ora contemplando y recorriendo el vario paisaje que envuelve a la ciudad, mientras la raza indígena la abandona y se larga por esos valles de Dios ansiando la soledad de la aldea y la sombra de sus castañeras y cajigales.

Para los que sólo se fijan en la variedad de matices y en la movilidad de los pormenores, esta fisonomía es híbrida, abigarrada, indefinible e inclasificable.

Para un ojo ducho en el oficio, es todo lo contrario. Hay en ese movimiento vertiginoso, en ese trasiego incesante de gentes exóticas que van y vienen, que suben y bajan, que entran y salen, rasgos, colores y perfiles que sobrenadan siempre y se reproducen de verano en verano, como el aire de familia en una larga serie de generaciones. ¿No es todo esto una fisonomía como otra cualquiera?

Por tal la reputo, y muy digna la creo, por ende, de ser registrada en el libro de apuntes de quien se precie de pintor escrupuloso de costumbres montañesas.

Y como quiera que yo, si no tengo mucho de pintor, téngolo de escrupuloso, abro mi librejo y apunto... pero, entiéndase bien, sin otro fin que refrescar la memoria del que leyere, y con la formal declaración de que «cuando pinto, no retrato».


1877

Las de Cascajares

No es aristócrata por la sangre, ni siquiera tiene un título nobiliario de los de nuevo cuño; no por haber llegado tarde al reparto de ellos, sino acaso por distinguirse más, llamándose a secas el señor de Cascajares.

El cual es un banquero, o hacendado, o contratista de alto bordo, muy rico, según la fama, que reside en Madrid, en donde, al decir de los que de allá vienen a pasar las vacaciones de verano, habita espléndido palacio en el paseo de Recoletos, o elegante casa en la calle de Alcalá o en la del Barquillo.

Es diputado a Cortes cuantas veces quiere, y lo quiere casi siempre, porque todos los gobiernos apoyan su candidatura, en cambio de la decisión con que él aplaude a todos los gobiernos. Sin embargo, no es hombre político: sólo se comunica con los del poder por el ministerio de Hacienda.

Su señora tiene más conexiones e intimidades que él con los altos personajes de la cosa pública. Se tutea con muchos de ellos, aunque tampoco es aficionada a la cábala ni al cabildeo; es decir, que le gusta el personaje por lo que brilla, y nada más.

Tiene tres hijas solteras, y «va con ellas al gran mundo». Ni éstas son modelos de hermosura, ni la madre encaja, por ninguna parte que se la mire, en el más modesto de los moldes aristocráticos; pero, así y todo, pasan en la corte por «ornamentos distinguidísimos de la alta sociedad». Lo cierto es que los Asmodeos y Pedros Fernández las citan siempre, en sus almibaradas crónicas de salones, en el catálogo de las bellas, discretas y elegantes.

Dos hijos varones tienen también los señores de Cascajares. El mayor es diplomático; y aunque rara vez sale de Madrid, siempre se le considera como en activo servicio, para los efectos de la nómina y del escalafón, en una de las embajadas de más categoría. El segundo, que pasa ya de los veinticinco, no se ha decidido aún por la carrera que ha de seguir. Por de pronto, asiste con asiduidad al Veloz-Club y al Casino, y sabe poner cien onzas a una sota, sin que le tiemble el pulso.

Toda esta gente, más tres doncellas o camaristas, dos criados para los señoritos, un sotamayordomo, u hombre de confianza, para «el señor», dos lacayitos y un cocinero negro, vienen en el mes de julio a Santander a habitar un piso amueblado, en la población, que paga el señor de Cascajares a razón de ocho mil reales mensuales, con la obligación de habitarle dos por lo menos, o de pagarle como si le habitara, y de reponer cuanta vajilla, ropa de camas y muebles sufran el menor deterioro en el ínterin.

Día y medio dura la mudanza, desde la estación del ferrocarril a casa, de los mundos, maletas, cajas, baúles, rollos de mantas, bastones y paraguas, que siguen a la familia de Cascajares como la estela al buque. Y se llena de baúles un cuarto del patio, y hay mundos amontonados en los gabinetes, y cajas sobre todos los veladores, y paquetes sobre todas las sillas, y maletas hasta en el mismo salón en que aquellas señoras reciben las visitas.

Tanto es el equipaje y tanta la servidumbre, que la familia no ha podido colocarse en ninguna fonda del Sardinero; y por acordarse tarde, tampoco logró establecerse en uno de aquellos amueblados chalets.

Esto tiene disgustadísimas a las niñas y desazonada a la mamá. Y no es para menos el caso. Las de Himalaya, las de Tenerife, las de Potosí, las de Chimborazo... en fin, toda la más encumbrada aristocracia está en el Sardinero, y ellas, por consiguiente, «sin sociedad». Además, mal alojadas y achicharradas de calor. (El termómetro marca 20º al sol, y cuando ellas salieron de Madrid señalaba 41 a la sombra.) Gracias a que han conseguido alquilar por toda la temporada un mal carruaje que las lleve por la mañana al baño y por la tarde a pasear al Sardinero.

Así es que se las ve poco en la calle; y cuando se las ve, se observa que se mueven perezosamente, como buque en calma chicha, y miran tiendas, objetos y personas con gesto de hondo disgusto. Si alguien las saluda al paso, responden con lánguido cabeceo, que más parece desmayo que otra cosa.

Por lo común, se las halla, hechas un racimo y envueltas en transparente bata, sentadas en el mirador.

En esta ocasión y en otras varias del día, nunca les falta en la acera de enfrente una guardia de honor, compuesta de los arrapiezos más encanijados y escrofulosos, pero a la vez más principales, que haya en la población. Allí, los inocentes, se pasan las horas muertas retorciéndose la inverosímil guía del incipiente bigote; exhibiendo, a fuerza de disimuladas contracciones de muñeca, los puños de la camisa; esgrimiendo las solapas de la levita para que se destaque en todo su desarrollo la curva del robusto pecho, y haciendo, en fin, cuantas evoluciones y habilidades pudiera una bestezuela amaestrada por diestro gitano para seducir al incauto feriante.

Ya hemos dicho que las de Cascajares no son bellas; pero que son distinguidas, categoría inventada en estos tiempos democráticos para colocar en ella todo lo que no es vulgo, sin ser aristocracia, no por la sangre, sino por el aire.

El efecto de esta distinción se deja conocer en el pueblo inmediatamente. En esos días es cuando se tropieza uno con alguna indígena que lleva sobre su cuerpo cierta cosa rara que llama nuestra atención; verbigracia, un moño encima de los riñones, un pispajo de tul en el cogote, el pelo echado sobre los ojos, o medio vestido azul y medio de color canario, collar de rollos de canela, o pendientes de melocotón... cualquiera extravagancia por el estilo.

Si tenemos franqueza para tanto, y la preguntamos, deteniéndola en la calle, qué es aquello, nos responderá sorprendida:

—¿No le hace a usted gracia?

—Maldita.

—¡Oh!, pues lo llevan mucho las de Cascajares, y en Madrid hace furor.

—¡Hola!

—¿No le gustan a usted esas chicas?

—¿Quiénes?

—Las de Cascajares.

—La verdad es que no me han llamado la atención...

—¡Oh!, pues son muy distinguidas.

Y no es otra, lector, la razón de que muchos arreos femeniles que te parecen espanta-pájaros por esas calles de Dios, se consideren, entre las gentes de «buena sociedad», como modelos de gracia y bien caer.

¡Lo llevaban las de Cascajares!

Y es de advertir que entre los hombres que se pagan mucho del adorno exterior, sucede lo propio. Tienen también sus Cascajares distinguidos que les hacen zambullirse en unas bragas descomunales; u oprimir el busto entre las láminas de una levita sin solapas, sin faldones, y hasta sin paño; o la mollera en un cilindro sin alas, o en unas alas sin cilindro.

Volviendo a las de Cascajares, añado que asisten a los bailes campestres, muy elegantes, pero con mal gesto; bailan poco, o no bailan nada. Son las últimas que llegan al salón, y las primeras que se retiran de él.

Y como son tan distinguidas, suspiran muy a menudo por aquel «Biarritz de su alma», donde todo es chic y confortable. En cuanto a Santander, «no las hace felices».

El diplomático dice «amén» a todos los discursos de sus hermanas, y no se separa de ellas en todo el día. Es autoridad de peso en asuntos de moños y vestidos; y en el ramo de modas en general, bastante más entendido que en los protocolos de la secretaría de su cargo.

Por lo que hace al otro Cascajares, se levanta a las dos de la tarde, come a las seis, se va a la ruleta, si la hay, o a timbirimba más fuerte, que sí la habrá, y no vuelve a casa hasta las tres de la mañana, viendo siempre las estrellas, aunque el cielo esté nublado; porque es de advertir que tropieza mucho en el camino.

En cambio, su papá no tiene más afán que pasear solo por el Alta; y como se acuesta temprano y madruga mucho, no ve a su familia más que a las horas de comer. Sabe que está sin la menor novedad en su importante salud, y no se mete en otras honduras. Lo mismo hace en Madrid.

Y llega a la mitad el mes de setiembre, y vuelven a empaquetar los equipajes; y después de haber pagado diez visitas de las veinte que deben, tórnanse a Madrid las de Cascajares, llevándose las maldiciones de las diez familias con quienes quedan en descubierto, y dejando, en cambio, el recuerdo de su distinción entre las señoras pudientes, que las imitan en cuanto les es dable, así en el vestir como en el andar, y entre algunas inocentes cursis, que sudan y se desgañitan por remedar sus frescas y turgentes sedas, con marchitos tafetanes y engomadas percalinas.

Los de Becerril

Los taleguillos blancos llenos de ropa de muda, unas alforjas atacadas de chorizos y garbanzos, y un paraguas. Éste es el equipaje de cada familia al meterse en el tren en la estación más próxima.

Cuando se apean en Santander, el padre carga con las alforjas, amén de la capa, que también se echa al hombro; la madre con un taleguillo y la criatura que amamanta; una jovenzuela, con el otro talego, y un rapaz de doce años, con el paraguas.

Vienen a Santander porque el padre tiene dúlceras en las piernas, y dúlceras en el cuadril de la derecha; la madre, desde el último parto, «añudados los gonces» de la rodilla izquierda; el mamoncillo no puede echar los últimos dientes «de por sí solo»; la jovenzuela ha cumplido ya quince años y está pálida como la cera, y el rapaz, que va para doce, tiene los labios como un embudo, el cuello como un botijo, y le salen ya los lamparones por detrás de las orejas.

Por consejo del médico de Becerril de Campos, vienen a tomar los baños de mar, porque éstos han de curar todas y cada una de las dolencias enumeradas.

Con estas esperanzas y aquel equipaje, y en el orden de formación en que hemos ido citándolos, llegan a la Dársena y echan Muelle adelante con el asombro pintado en los ojos y en la boca.

El molinete que suena; el vapor que cruza la bahía, el ligero esquife que se desliza sobre las aguas, como la golondrina en el espacio; la sardinera que grita su mercancía; el coche que pasa rápido; el carretero que aturde la vecindad con las blasfemias de costumbre; el marcial arreo y las infantiles galas; sedas, tules, libreas y levitas, chaquetas y manteos... Todo esto junto y revuelto, casi en torbellino, que es lo primero con que tropiezan los ojos del viajero que desde la estación del ferrocarril se lanza, de sopetón, al Muelle en una tarde de verano, aturde y deslumbra con sobrado motivo al sedentario y patriarcal lugareño de tierra de Campos.

Pero el coche, y «los señores», y el soldado, y «las damiselas», todo, en fin, lo que es terrestre, cabe perfectamente en las presunciones de los de Becerril, y luego dejan de admirarlo. Lo que realmente los fascina por de pronto, y acaba por atontarlos, es «lo marítimo». Les faltan ojos para contemplarlo y hasta narices para olerlo.

—¡Míales, míales, hijo! —vocea la madre—. ¿No te lo ecía yo?... Más altos son los palos que el campanario del pueblo.

—¡Pus anda —añade el padre—, con el otro que va río abajo! Mal rayo me parta si no ahuma como si llevara los demonios aentro. ¿Qué tié que ver el tren con esto! ¡Pus ávate con el barquillico que lleva a la zaga!...».

—Será la cría, padre —grita el rapaz.

—Puá que, hijo: no te diré yo que no lo sea.

—Y toas éstas que están arrimaicas aquí lo paecen tamién... ¡Cristo, cuánta barca!... y allá va una cargá de cubetos... ¿Y dende esta orillica se pescará el fresco?

—¡Otra con el inocente! Eso se pesca en alta mar, borrico.

—¿Pues no es esto la alta mar?

—¡Anda si qué! ¿Pus no oístes a aquel señor que venía en el tren a la vera de tu madre, que esto es el puerto? ¡Qué tic cacer esto pa-onde está la alta mar!

—Y ¿ónde está esa mar?

—En cuantico alleguemos a casa, di que se ve de golpe.

Y en éstas y otras por el estilo, admirando acá, exclamando allá, parándose aquí, retrocediendo en el otro lado, preguntando a este «caballero» y a la otra «buena mujer», llegan a Miranda, en el cual barrio tienen apalabrada una habitación que les ha buscado otra familia castellana que les precedió en el viaje.

Al ver el mar desde aquellas alturas, los padres se atolondran y los hijos se estremecen, considerando que al día siguiente han de meterse todos ellos en tales honduras.

Como el barrio de Miranda es el que eligen siempre los castellanos, por la doble razón de economía y de proximidad a la playa, tienen ocasión los nuestros de hacer rancho en la misma casa en que viven, con otros paisanos instalados en ella también. De todas maneras —y por eso traen las alforjas llenas de provisiones—, siempre «se ajustan» sin la comida.

El primer baño no le toman sin grandes recelos, sobresaltos y serias meditaciones: los chicos lloran y los grandes tiemblan de miedo, mucho antes de temblar de frío; pero, al cabo, bien agarrados éstos a las cuerdas, y a empellones los muchachos, van entrando todos poco a poco, hasta que, después de acurrucados, les llega el agua al pescuezo. Es decir, que se quedan a la orilla, donde, al romper las olas, tras de machacarles los cuerpos como mazos de batán, les hacen sorber la arena a carretadas.

En la misma guisa que salieron del tren, exceptuando el detalle de las alforjas, van al baño y vuelven de él: con la propia capa el hombre, las mujeres con los talegos y la criatura, y el rapaz con el paraguas. La capa para arroparse, el paraguas para quitarse el sol el de los lamparones, y los taleguillos para guardar la ropa del baño.

Catorce de a media hora recetó a cada uno el médico de Becerril; pero ellos, que traen muy contado el tiempo y el dinero, toman dos cada día, y así despachan en una semana, cuando no en media, echándose en remojo una hora por la tarde y otra por la mañana.

Siempre que no están en el baño, o comiendo, o durmiendo la clásica siesta, se los hallará corriendo las alturas de la costa, metiendo la cabeza en todas las grutas y rendijas de las penas, y preferentemente escarbando los arenales para acopiar pelegrinas y caracolillos, por las cuales baratijas se perecen.

Antes de volverse a Becerril, o a Frómista, o a Amusco, al pueblo, en fin, de Castilla del cual procedan, bajan dos veces a la ciudad: una para verla y comprar a la chica unas arracadas de cascaritas, y otra para visitar, por adentro, un vapor-correo, y, si le hubiere en el puerto, «un barco de rey».

Por lo demás, son los bañistas más metódicos y decididos de cuantos se zambullen en el Cántabro. Ni en los días de más resaca perdonan el remojón. De manera que si también en la hidroterapia obra la fe prodigios, estas buenas gentes se vuelven a Becerril tan sanas como corales.

El excelentísimo Señor...

Una semana antes de suspenderse, por razones de alta temperatura, las sesiones de las Cortes, pronunció un discurso de abierta oposición a la política del Gobierno. Tres días después se trasladó a Santander con su señora, luciendo todavía los tornasoles de la aureola en que le envolvió aquel triunfo parlamentario. No hay que decir si llegaría hueco y espetado, él que, por naturaleza, es grave y repolludo.

Como, ni su excelencia ni su señora piensan tomar baños de mar, sin duda por aquello de que de cincuenta para arriba, etc..., refrán cuya primera parte les coge por la mitad, no han querido alojarse en el Sardinero; y como tampoco quieren el bullicio y las estrecheces del cuarto de una fonda, se han acomodado en una modesta casa de huéspedes, ocupando la mejor sala con el adjunto gabinete.

Su excelencia sale a la calle con zapatos de cuero en blanco, sombrero hongo de anchas alas, cómoda y holgada americana, chaleco muy abierto y tirillas a la inglesa.

Siempre camina lento y acompasado, con las manos cruzadas sobre los riñones, y entre las manos la empuñadura de cándida sombrilla. Nunca va solo: generalmente le acompañan cuatro o seis personas de la población y de sus ideas políticas.

Marchan en ala, y el personaje ocupa el centro de ella.

A cada veinte pasos hace un alto, y el acompañamiento le rodea. Es que va a tocar uno de los puntos graves de su discurso; porque es de advertir que su excelencia no gasta menos, ni aun para diario.

Y, en efecto: si un oído indiscreto se acerca entonces al grupo, percibirá éstas u otras semejantes palabras, dichas en tono campanudo y resonante:

—Porque, señores: los hombres que hemos adquirido la experiencia del gobierno con amargos desengaños, debemos al país toda la verdad, todo el esfuerzo de nuestro patriotismo acrisolado. Por eso, si en el Parlamento, como la Europa ha visto, fui implacable con los hombres de la situación, lo fui mucho más, lo estoy siendo todos los días, en el terreno de mis personales relaciones con todos ellos. Momentos antes de salir de Madrid, decía yo al presidente del Consejo de Ministros: «Esa que ustedes siguen es una política de aventuras; y ciegos están si no ven que con ella está el país al borde de un abismo... El país no quiere utopías: el país quiere hechos prácticos; el país quiere reformas tangibles y beneficiosas; el país quiere economías positivas; y ustedes, para corresponder a sus justos anhelos, le dan la dictadura en hacienda, el caos en la política y el desconcierto en todo».

—¡Bravo! —exclamará aquí uno de los oyentes que más arriman los asombrados ojos a los crespos bigotes del orador—. Y él, ¿qué le respondió a usted?

—¿Qué me respondió? —replicará su excelencia mirando al interpelante como si fuera a tragársele, y recorriendo luego el grupo con la vista airada, haciéndole desear por un buen rato la respuesta—. Lo de siempre: que el estado del país; que el desbarajuste de las pasadas administraciones; que los compromisos contraídos; que la demagogia; que la revolución latente; que la necesidad de cimentar las instituciones... ¡Farsa, señores, farsa todo!

—¡Pues es claro! —responderá el coro.

Y el orador, después de pasear otra vez la vista por los circunstantes, sin añadir una sola palabra, erguirá la cerviz, fruncirá el ceño y continuará su paseo.

Y así hasta el infinito.

Por la noche, aquellos mismos complacientes y complacidos caballeros le acompañan al Círculo de Recreo; y dicho se está que le llevan, medio en triunfo, al salón del Senado, venerable mansión donde, al revés de la cárcel del mísero Cervantes, «toda comodidad tiene su asiento y ni el más leve ruido hace su habitación».

Allí se levantan los más autorizados señores al ver al recién llegado; cédenle la poltrona presidencial, y, alargando tirios y troyanos el pescuezo y los hocicos (intentique ora tenebant, que dijo el otro), dispónense a escuchar, sin perder sílaba, la quincuagésima octava variante sobre el consabido tema...

Que sigue y se reproduce también en el camino del Sardinero, que gusta su excelencia de recorrer a pie, muy a menudo.

Y así va deslizando la temporada, salpimentando sus solaces con tal cual visita a éste o al otro personaje que veranea en la playa, o pasa de largo para el extranjero.

Al fin del verano se le lleva un día a ver el Instituto, y otro a la Farola de Cueto, que, a lo que parece es todo lo monumental que aquí tenemos digno de que lo vean esos señores; y hasta el año que viene, si para entonces no está su excelencia en candelero... o en las Marianas, que de todo se ha visto.

Cuando el personaje montó en el coche que le llevó a visitar la Farola, se notó que le acompañaba una señora, sobrado vulgar de aspecto, y nada joven, por las trazas. Aquella señora era la suya, y entonces se la vio en público por primera vez.

Extrañó mucho la gente reparona que un señor de tal fachada y de tantos requilorios, hubiera elegido una compañera de tan vulgar modelo.

Pero estos reparones no reparan en que los hombres no nacen para ser personajes, como los príncipes para ser reyes; y así les sucede a muchos lo que al cosaco Kalmuff, que «como no esperaba llegar a sargento, descuidó un poco la letra»; es decir, que como al verse abogados sin pleitos, o temporeros de una modesta tesorería de provincia, o alféreces de reemplazo, no pudieron soñar que el viento de una revolución o los caprichos de la fortuna los colocasen en las mayores alturas del presupuesto, no se les ocurrió entonces tomar una señora de majestuoso porte, para reflejar en ella en el día de la apoteosis los relumbrones del oficio.

Mas a esto dicen también las gentes que en España todos los hombres, en cuanto llegan a serio, debieran prepararse para lo más grave, porque parece ser, y varios hechos lo atestiguan, que, por una rara excepción de la naturaleza, todos los españoles servimos para todo.

Las interesantísimas señoras

Generalmente son dos: rubia la una, morena la otra; pero esbeltas y garridas mozas ambas. Arrastran las sedas y los tules como una tempestad las hojas de otoño. De aquí que unos las crean elegantísimas, y otros charras y amaneradas. Pero lo cierto es que los otros y los unos se detienen para verlas pasar, y las ceden media calle, como cuando pasa el rey.

Como nadie las conoce en el pueblo, las conjeturas sobre procedencia, calidad y jerarquía, no cesan un punto.

El velo fantástico de sus caprichosos sombrerillos, que llevan siempre sobre la cara, es el primer motivo de controversias entre el sexo barbudo. Si aquellos ojos rasgados, y aquellas mejillas tersas, y aquellos labios de rosa que se ven como entre brumas diáfanas, son primores de la naturaleza o artificios de droguería. Esta es una de las cuestiones. Pero aunque se resolviera en favor de la pintura, no sería un dato; porque ¿qué mujer no se pinta ya?

Otra duda: ¿dónde viven? Se averigua que se hospedaron en una fonda muy conocida, a su llegada a Santander, y que permanecieron en ella tres días, durante los cuales las acompañó por la calle varias veces un inglés cerrado.

Primera deducción: Que son inglesas.

A esto replica un curioso que las siguió entonces muy de cerca, que siempre hablaban por señas a su acompañante, y que le decían «aisé» para llamar su atención. Dato feroz: de él se desprende que no son inglesas ni tienen la más esmerada educación, puesto que usan ese vocablo con que el tosco populacho bautiza a todo extranjero cuando quiere decirle algo.

Pero un joven optimista hace saber que esa palabra es compuesta de dos inglesas, muy usuales en la conversación, y que equivalen a digo yo, o mejor aún, a nuestro familiar oiga usted.

Se desecha el dato desagradable.

Ignorándose dónde viven después que salieron de la fonda, se las sigue discretamente con objeto de averiguarlo. Trabajo inútil. Como si el pueblo fuera para ellas tramoya de magia, desaparecen en el punto y hora que les convienen.

Estas contrariedades excitan doblemente la curiosidad y multiplican la suma de los curiosos y de los admiradores, cuya voracidad fomentan ellas, sin pretenderlo quizá, exhibiéndose con nuevas y más llamativas galas y más sandunguero garbo.

A todo esto, los que las suponen de solar conocido alegan que las han visto en el teatro, en sendas butacas. Pero esto es poco y equívoco.

Otros, de mejor instinto investigador, declaran que las vieron, días antes, salir de la iglesia. Este es mejor dato, sin duda.

Pero otro mucho más elocuente se ofrece a los pocos días.

Se las ve en el baile campestre, lo cual, ya lo sabe el lector, constituye aquí casi una ejecutoria de limpia prosapia.

Sin embargo, todavía no resuelve ni aclara nada este dato. Asistieron a la fiesta, aunque con intachable arreo, solas como de costumbre. Se observó que no quisieron bailar, no obstante las muchas invitaciones que otros tantos despreocupados las hicieron. La incipiente juventud no se atrevió a tanto desde que notó que las damas distinguidas las miraban de reojo.

Esto era muy significativo. No pudo averiguarse, por más que se registraron al otro día los billetes de convite entregados al portero del salón, qué socio las había dado la credencial para entrar allí.

Inútil es decir que estas nuevas confusiones excitan más y más el afán de las conjeturas acerca de las desconocidas. Las señoras del pueblo comienzan a tratar de ellas con alguna vehemencia, y también se dividen en pareceres.

No falta ya quien asegura que son dos princesas rusas que se han propuesto darse, a todo gusto, un paseo por Europa. Pero como hay también quien afirma que hablan el castellano, y hasta con cierto dejillo andaluz, se conviene en que serán dos sevillanas de buen humor, cuyos maridos llegarán de un momento a otro.

Esta suposición coincide con el aserto de un curioso, de que, según noticia de Pedro, tomada de Juan, que a su vez la tomó de Felipe, las dos incógnitas tienen letra abierta en una casa de comercio, de las más respetables de la plaza.

Y entonces es cuando empieza a vacilar la repugnancia que hacia ellas sentía la femenil sociedad indígena. Y tanto vacila y tanto decae, que si a la sazón no asisten aquéllas al más encopetado baile particular, o a la tertulia más entonada, es o porque no ha habido una disculpa para invitarlas, o porque ellas no han querido aceptar la invitación.

Tal sube y baja en el humano criterio el concepto que en él se forjan los hombres... y las mujeres, dejándose seducir por las apariencias.

Un día se observa que al pasar junto a uno de esos forasteros bullidores y omniscientes, en lo que respecta a pueblos, tipos y costumbres, y de quien hablaré al lector más adelante, le sonríen con inusitada familiaridad, al cual agasajo corresponde él flagelando el vestido de la rubia con dos golpecitos de bastón.

Entonces se le asedia, se le acosa, se le marea con preguntas de todos los colores.

Asómbrase el interpelado del asombro de los interpelantes, y dales una respuesta brevísima.

—¡No es posible! —se le replica.

—Con verlo basta, caballeros.

Desde el día siguiente se las mira en la calle como a gente conocida, y se observa un hecho bien opuesto a todo lo usual y corriente en el trato social; y es a saber, que a medida que van ellas ensanchando sus relaciones entre los antes codiciosos de sus miradas y preferencias, van éstos escatimándoles sus atenciones en público, es decir, que más se aíslan cuanto más se comunican.

Muy poco tiempo después tiene lugar el completo eclipse de estos dos astros, que aparecieron entre los de primera magnitud.

Y llamo completo al eclipse, porque se necesita un ojo muy avezado a la observación para distinguirlos, de vez en cuando, en las alturas de un palco segundo del teatro, oscurecidos ya por la luz de una candileja; o describiendo, como fuegos fatuos, caprichosos giros y recortes en el Muelle, al desembarcar en él los indianos de un vapor-correo.

Un artista

—¡Gusta usted que le sirva, cabayero!

—Sí, señor.

—Sírvase usted tomar asiento aquí...

—¿Qué va a ser?

—¿Cuál?

—Digo si gusta usted cortarse, rizarse...

—Quiero que me afeiten.

—Al momento, cabayero... ¿Le gusta a usted así el respaldo? ¿Quiere usted que le suba... que le baje?

—No, señor.

—Muy bien. ¿Fría o caliente?

—Como a usted le dé la gana, con tal que me afeite pronto y bien.

—¡Oh!, como una seda, cabayero... Un poquito más alta la barbiya, si usted gusta... Así... ¡Qué calores tenemos, eh? ¡Cómo se estará asando aquel Madrí!... ¿Hace mucho que no ha estado usted por Madrí, cabayero?

—Y ¿qué sabe usted si yo he estado allá alguna vez?

—¡Oh!, yo le conozco a usted.

—Pues que sea por muchos años.

—Sí, señor. Cuando vino usted a cortarse el pelo anteayer, me lo dijo el chico que le sirvió a usted.

—Es decir, que es usted nuevo en esta peluquería.

—Ocho días hace que llegué de Madrí.

—Como en verano se aumenta la parroquia...

—No, señor: yo he venido de placer; quiero decir, a baños.

—Vamos, afeita usted por recreo.

—Hágase usted cuenta que sí; porque lo que sucede es de que al saberse que yo había venido, me solicitó el maestro; y yo, por hacerle un favor...

—Ya lo comprendo.

—Como a mí, en dejándome tiempo para bañarme, una hora para el café y otras dos para ir con los amigos al paseo, no me hace falta el resto del día...

—¿Y todos los años viene usted a bañarse aquí?

—No, señor. Ésta es la primera vez; pero otros amigos de mi arte han venido otros veranos, y me han hablado muy bien de este pueblo. Lo demás, yo siempre he salido a San Sebastián. Hay muy buena sociedad allí.

—¿De modo que usted no piensa quedarse todo el año en esta barbería?

—¡Qué ha dicho usted! ¡Dejar yo aquel Madrí... Madrí de mi alma!... Desengáñese usted, cabayero: nosotros, los artistas, acostumbrados a aquel mundo, no servimos para provincias.

—Según eso, nacería usted allí.

—Naturalmente, cabayero.

—Lo supongo; y supongo también que será extremada la necesidad que tiene usted de los baños de mar, cuando sale usted todos los veranos a una miserable provincia para tomarlos.

—Yo le diré a usted lo que hay. Mi papá estuvo en ultramar muchísimo tiempo desempeñando un buen destino; y a los dos años de venir él de allá, nací yo... Por cierto que mi mamá tuvo un parto atroz... ¿Hace daño?

—¿Cuál, hombre?

—La navaja.

—Va «como una seda».

—Es claro... Pues verasté. Yo me crié muy delicadito, y los médicos decían que unos tumores como puños que me salían en salva la parte, eran escrúfulas, ínticas a las que papá había traído de América.

—Pero las llevaría ya de España.

—No, señor, las cogió allá.

—Yo creía que las escrófulas no se adquirían así tan de repente.

—Por eso decían los médicos, cabayero, que cuando las escrúfulas se cogen de golpe y a esa edad, ya no se sueltan; y a más a más, se pegan.

—Ya me voy enterando.

—Como que mamá, que nunca las había tenido de joven, se fue a la sepultura llena de ellas... Pues verasté: y criándome yo tan delicadito, dijeron los médicos que necesitaba poco trabajo y mucho baño de mar. Por eso nunca pude ir al colegio; que, por lo demás, mi papá quería que yo estudiara para ingeniero. Pero papá era muy liberal, y murió en la Plaza de la Cebada... de un tiro, cuando la revolución del cincuenta y cuatro. Entonces mi mamá no pudo con el susto; se le metieron en el cuerpo las escrúfulas, y murió también. Quedándome yo huérfano y con pocos recursos, me dediqué a este arte, y con él voy viviendo, gracias a los baños de mar que tomo todos los veranos... ¿Quiere usted que le descañone?

—Haga usted todo lo de costumbre.

—Y usted, cabayero, ¿no se da luego una vuelta por Madrí? Conocerá usted allí mucha gente.

—No tanta como usted.

—¡Oh!, yo conozco a todo el mundo... Sobre todo, artistas y literatos.

—¡Anda!

—No sé si vendrá este año por aquí Benito.

—¿Qué Benito?

—Galdós.

—Parece que le trata usted con mucha confianza.

—Muchísima. Cuando salí de Madrí quedaba él dando las últimas plumeadas a un libro muy bonito que va a publicar en seguida.

—Se le leería a usted.

—Porque yo no quise que se molestara, no me le leyó; pero hablamos de él, así, por encima.

—Vamos, le gustará su parecer de usted.

—Aunque yo no debiera decirlo... ¿No ve usted que no se riza con nadie más que conmigo?

—Es extraño eso; porque yo juraría que gasta el pelo rapado.

—Efectivamente, pero yo me refería a la barba.

—Siempre se la vi afeitada.

—Pues se la afeito yo, caballero.

—¡Ah, ya!

—Y la misma intimidad tengo con Adelardo Ayala. Pues ¿y con Campoamor?... El primero que le dio la mano cuando se echó el último drama suyo, fui yo. «Gracias, chico —me dijo—, y créete que estimo tu enhorabuena como la mejor».

—De modo que trata usted a toda la literatura por debajo de la pata.

—Hágase usted cuenta que a toda... ¡Qué chicos! Tienen la gracia de Dios... Pues ahí está Lagartijo, que dice en el Imperial a voz en cuello que la tarde que no estoy yo en la plaza no sabe dar un volapié. ¡Ese sí que tiene sombra!

—¿El Imperial?

—No, señor, Lagartijo... Así decimos en Madrí... Cosas de esos chicos del Gil Blas. Aquí, en provincias, tiene uno que mirarse mucho para hablar, porque en seguida se escama la gente.

—Ya ve usted, la ignorancia...

—Es natural; porque no están, como uno, al tanto de las cosas del día... pero allí, aunque no se quiera, hay que estruirse... Misté, cabayero; yo estoy todo el año en la peluquería de Prats, que es la mejor de Madrí. Allí el literato, allí el músico, allí el diputado... Para que usted vea: ocho días antes que Salaverría leyera en las Cortes los presupuestos últimos, sabía yo todo aquello del recargo que tanto dio que hablar. Lo mismo me sucedió con lo de los fueros. Así es que yo tengo a montones las papeletas para las trebunas de orden; y si no voy a todas las sesiones, es porque, para mí, todo lo que no sea hablar Emilio o Roque Barcia...

—De modo que es usted de los que llaman «de la cáscara amarga».

—¡Pues ahí verá usted!... No, señor. Por de pronto, yo no soy ya hombre de opinión, porque los desengaños me han hecho ateo en política; pero, de estar por alguno, más bien estoy por los de guante blanco, que, al cabo, se peinan y se afeitan, y son, como el otro que dice, parroquianos de uno. Es que esos oradores yo no sé qué tienen para mí: bien séase que no los entiendo, o que lo dicen con cierto... Vamos, ello es que me llevan detrás, como si me dechizaran... Aquí, en provincias, estarán ustedes poco al tanto de esas cosas.

—Nada, hombre, nada.

—Es natural. Les falta el roce y la... Allí da gusto: de todo se trata y en todo se ilustra la persona... ¿Descañono más?

—Está bastante.

—¿Fría o caliente?

—De la más fría.

—Tenga usted la bondad de ensugarse con esta toballa. Le daré a usted unos golpes de peine.

—¿En dónde?

—En el pelo... ¡Oh, cabayero!, ¡qué antigua es ya esa moda que usted yeva! Ahora, en Madrí, todos los chicos distinguidos llevan el pelo en bandós...

—¿Sí, eh? Pues deje usted el mío como está, y así seré mucho más distinguido.

—Como usted guste, cabayero... ¿Conque también tienen ustedes ya tranvía?

—Así parece.

—Han querido imitar al de Madrí. ¡Aquél sí que es tranvía!

—¿Mejor que éste, eh?

—¡Qué tiene que ver! Sin embargo, cabayero, para una provincia, éste es todo lo que se puede pedir.

—Ya me hago cargo. Además, aquél recorre sitios más amenos.

—¡Muchísimo más! Recoletos, la calle de Alcalá, la Mayor, Palacio, el barrio de Pozas... todo Madrí; conque, figúrese usted.

—Al paso que aquí, Molnedo, San Martín, La Magdalena, el Sardinero...

—Eso es: mucho prado, mucha mar... rústico todo. Pero no hemos de pedir en una provincia las ventajas de un Madrí.

¡Cuántas tiene usted en España todavía mucho más atrasadas que ésta! Pero ya irán ustedes entrando poco a poco. Por de pronto, la buena sociedad madrileña que les visita todos los veranos, ya adorna esto y algo ilustra. Misté: el domingo fui yo en el tranvía, y se me figuraba que estaba en Madrí. Todos los pasajeros éramos de allá, y todos conocidos. Así es que la gente se nos quedaba mirando cuando nos apeamos.

—¡Qué le parece a usted!

—Lo mismo me sucede cuando voy por las mañanas a tomar el baño. Toda la gente que anda por el arenal y por la galería, somos de Madrí. De modo que todo se le vuelve a uno saludar. Le digo a usted, cabayero, que algunas veces me parece que estoy en el Prao, y me da tristeza.

—¿Por qué, hombre?

—Ya ve usted la diferiencia: cuatro peñascos, un arenal y un poco de agua. Compáreme usted esto con aquel gentío de carruajes, con aquellos palacios y aquel vaivén de sociedad, que a veces no cabemos en el salón... porque, créame usted, cabayero, aquello es la mar de elegancia... Esto no es decir que el Sardinero sea del todo malo, pues, para una provincia, no puede pedirse más; pero desengáñese usted, a los que estamos hechos a aquel Madrí... ¡Ay, Madrí de mi alma!... Está usted servido, cabayero.

—Muchas gracias, amigo.

—Me alegraré haberle dado gusto.

—Pues vaya usted alegrándose:

—Ya lo sabe usted: por ahora, desgraciadamente, aquí; desde el mes que viene, calle del Carmen, peluquería de Prats, para cuanto se le ocurra.

—No olvidaré las señas. Conque agur, y aliviarse de las escrúfulas.

—Tantísimas gracias... Beso a usted su mano, cabayero.

Un sabio

Al siguiente día de su llegada a Santander, o acaso sin sacudirse el polvo del camino, dase a conocer en tertulias y corrillos diciendo, con la mayor impavidez, que España es un país de estúpidos, y que la capital de la Montaña es el último rincón del país, puesto que no hay un solo montañés que conozca la telematología, ni la filosofía del sentimiento estético en sus relaciones con la actividad del yo pensante, en, dentro, sobre, sobre en y por debajo de la conciencia universal. Pero esta ignorancia no le sorprende en un pueblo en que todavía oyen misa los hombres que se llaman ilustrados, y desconocen a Jeeéguel (muy arrastrada la J) o Hegel, como decimos las personas vulgares.

Y ahora que el lector sabe algo sobre la venida de este huésped, voy a decirle otro poco acerca de su procedencia.

La humana debilidad tiende, por instinto, a lo más cómodo, hacedero y comprensible.

Por eso a los grandes apóstatas, aunque arrastrados a la apostasía por el demonio de la soberbia, o de la codicia, o de la concupiscencia, nunca les han faltado inocentes que formen su cortejo.

Pero llegó el siglo XIX, hijo legítimo de la glacial filosofía del XVIII, y la masa dócil a tantas voluntades durante tantos siglos de controversias y de charlatanes, endurecióse como el mármol, y hasta el más lerdo se convenció de que en estos días esplendorosos, de luz y de pronunciamientos, ya no cabe el cisma, por la sencilla razón de que el que se separa de la verdad católica no es para proclamar otra creencia, sino para dudar de todas; y dudar de todas equivale a carecer de entusiasmo, que es hijo de la fe, y careciendo de fe y de entusiasmo, no cabe la disputa ni, por consiguiente, la escuela. Es decir, que los disidentes de la verdad «ya no creen en brujas», o, hablando más en «carácter de época», están «curados de espantos», en plena despreocupación. Deducción lógica de esto: no puede darse una ocasión que sea menos a propósito que la presente, para fundar sectas religiosas y sistemas filosóficos.

Pues bien, lector: en ninguna otra, desde que el mundo es mundo, se han hecho mayores esfuerzos para arrastrar a la razón humana a los extremos que más la repugnan; jamás se ha visto mayor cúmulo de desatinos presentados como armas de seducción, unos en el campo religioso, otros en el filosófico y otros en el de la política; siendo inútil advertir que todas estas agrupaciones, tan diferentes entre sí, coinciden en un punto: el consabido odio a las viejas instituciones y creencias.

Ni de los fundadores, ni de los pontífices, ni de los apóstoles (aunque todo ello suele andar en una sola pieza) de estas doctrinas, ni siquiera de los adeptos que lo sean de veras, voy a tratar aquí, gracias a Dios.

Pero es el caso que alrededor de estas colmenas de insípida melaza, bulle de continuo un enjambre de zánganos impresionables, que, so pretexto de un amor desmedido a lo nuevo y a lo fuerte, pero incapaces de elaborar cosa propia, aunque sea mala, van chupando, a hurtadillas, cien desatinos de la filosofía, cincuenta extravagancias de lo religioso y doscientas majaderías de la política; y con estas provisiones en el buche, mal digeridas, así por falta de jugos como por la indigesta condición de lo engullido, échanse zumbando por esos mundos de Dios, y aun pretenden elevar su vuelo hasta las águilas, porque les han dicho que aquello que les nutre el menguado entendimiento se llama ciencia moderna.

Uno de estos sabios es el huésped consabido.

Y ya que tampoco ignoras de dónde viene, continúo leyéndote todas las señas particulares de su pasaporte.

Generalmente es tipo por su figura, o por el corte de su vestido, y joven; porque no se concibe que pueda llegar nadie a la edad de las canas con tantos grillos en la cabeza.

Ni la experiencia, ni la erudición más vasta en el campo de los viejos sistemas, le merecen el menor respeto; porque él ha asistido durante dos meses a una cátedra de filosofía krausista en la Universidad de Madrid, y sabe, por boca de uno de los oráculos españoles de esta escuela alemana, que «cada filósofo debe construir su propia ciencia sin necesidad de abrir un libro». Y tan al pie de la letra ha tomado el consejo; a tal extremo ha llevado el asco a los libros, que ni siquiera conoce la gramática castellana.

Ya hemos visto, al dársele a conocer al lector, qué desparpajo le presta o le infunde esta ilustrada ignorancia; mas como aquella tesis la repite donde quiera que halla tres hombres reunidos, y como no es raro que entre tantos haya muchos a quienes sobre de buen sentido lo que les falte de ciencia moderna, su temporada de verano es una pelea sin tregua ni sosiego.

Porque es de advertir que, aunque de pronto se le escucha como quien oye llover, una vez metido en barro ya no hay paciencia que sufra tantas salpicaduras al sentido común, única ciencia, a mi entender, que se construye sin abrir un libro, por la sencilla razón de que no hay libro que enseñe a construirla cuando Dios ha negado a alguno la materia prima.

Sin ese lastre en la cabeza, claro es que, como todo lo henchido de aire, o menos pesado que él, este sabio, no bien se agita un poco, ya está dando tumbos por el espacio y perdiéndose de vista en el infinito. Por eso lo primero que discute, y con doble afán si hay mujeres en el auditorio, es a Dios, es decir, al Dios de las viejas creencias.

Eso de Dios Trino y Uno, tiénelo él por logomaquia.

La conciencia humana no siente este concepto absurdo; la mente, por tanto, no le penetra, no le alcanza.

Entonces es la ocasión de echar atrás las solapas del levisac, poner la cara hosca y lanzarse sobre los ignorantes con este párrafo que, según el sabio, es claro, perceptible y concluyente:


«Dios es el absoluto ser, en su total unidad e integridad, como lo que es y de lo que es, en la esencial sustantiva unión y composición del ser y del existir, del conocer y del pensar, dándose y determinándose en, dentro y debajo de la unidad, sabiéndose de sí, para sí y consigo, congrua, individual y homogéneamente, antes y sobre toda determinación concreta de la materia caótica en tiempo y espacio, medio en que lo objetivo y lo subjetivo recíprocamente comulgan».
 

En seguida apoya su aserto con la autoridad de los santos padres, o pontífices de su iglesia, Krause, Sanz del Río y Salmerón; mira en derredor de sí con cara de lástima, y pasa a otra cosa.

Nada le repugnaba tanto cuando él era católico, «por no disgustar a su pobre madre que creía como una inocente todas esas cosas», como los milagros, lo sobrenatural; y lo del premio y el castigo inmediatos a la muerte del cuerpo, ni más ni menos que si Dios llevara una cuenta corriente a cada una de sus criaturas. Esto es empequeñecer la idea; agraviar a la razón humana, que es un destello divino, etc., etc.

Y he aquí que comienza a cantar endechas al espiritismo, secta de la cual se declara partidario y hasta miembro integrante. Y siendo espiritista, cree, por ende, y así lo manifiesta, que los espíritus vagan por el espacio, ramoneando de planeta en planeta, como carneros trashumantes, para purificarse por una serie de trasmigraciones, hasta que Dios los llame junto a sí, después de juzgarlos dignos de Él: cree, por tanto, en los meta-espíritus, y que el hombre está en la tierra, de tránsito, procedente ya de otro planeta, o de otra criatura de diferente condición social o naturaleza, y ni siquiera niega que pueda él mismo haber sido asno tiempo atrás, por más que —¡otro contrasentido!— no le guste que se lo llamen. En fin, repugnándole todo lo sobrenatural, y hasta negándolo con indignación, nos cuenta entusiasmado que se pasa las horas muertas hablando mano a mano con el espíritu de Confucio... o con el de Sancho Panza (pues inspirados eruditos hay en la secta que se lo han tragado), si es medium, por su propia virtud, y si no, por el del hermano que la posea; y le cuentan que esto está perdido, y que la Iglesia caerá, y que prevalecerá lo que quieran Bassols, Solanot, Allan-Kardek y otros cuantos apóstoles de la doctrina famosa... Y todo esto y mucho más se lo cuentan en parábolas y rengloncitos entrecortados, que necesitan luego una interpretación no poco ingeniosa.

También en este trance tapa la boca a los incrédulos que se ríen al oírle, con nombres propios. En seguida enjareta una letanía de los más sonados en España entre políticos y militares, los cuales sujetos hacen lo mismo que él, y aliquid amplius, en esas conferencias con los espíritus; cuya prueba, no por ser irrecusable, porque es la pura verdad, levanta un ápice la cuestión ante el testarudo y arranciado sentido común que escucha al sabio; pues se obceca aquel inconquistable tribunal en sostener que en ninguna parte hay reunidas, en menos terreno, más extravagancias, más monomanías, más opuestas condiciones sociales que en un manicomio, y, sin embargo, a nadie se le ha ocurrido tomar por lo serio aquella algarabía de insensatos.

Indígnale también que existan todavía hombres que se llaman ilustrados sosteniendo que la raza humana, entera y verdadera, procede de Adán. Parécele absurda esta teoría; y buscando otra más verosímil, y hasta solar más noble a la humanidad, agárrase a Darwin, y pónese muy hueco al declarar con este otro sabio que el hombre desciende del mono —cosa que muchos ignorantes no negarían si todos los ejemplares de la especie fueran idénticos al preopinante—. Verdad es que el sustentar esta teoría le permite soltar la palabreja antropiscos o antropoides, que no es despreciable para un sabio de su calibre, y tapar con ella el resuello al que le pregunte por la raza que debió llenar el abismo que separa al cuadrumano famoso, del más estúpido de los hombres... Por eso me gustan a mí los sabios (y no aludo ahora al de mi cuento): se tropiezan en sus investigaciones con un abismo sin fondo, y le cubren con una palabra rimbombante; y saltando sobre ella, para no sentir el vértigo que les perdería, siguen adelante tan satisfechos como si la senda no tuviera un bache.

Volviendo ahora a nuestro sabio, digo que si se logra hacerle descender de esas alturas en que se mece tan a su gusto, y bajar al mundo terreno, se le ve lanzarse rápido sobre la memoria de los grandes hombres; porque ésta es de las águilas que no pierden el tiempo cazando moscas. La calidad del auditorio es lo que menos le importa.

Así, por ejemplo, al primer tratante en caldos que halla a mano, le enreda en una discusión sobre Cervantes.

Concedo —dice el generoso sabio—, que no fue el autor del Quijote un hombre enteramente vulgar teniendo en cuenta la época en que vivió; pero ¿qué materiales dejo preparados para la arquitectónica de la ciencia moderna? ¿No están sus obras impregnadas del estúpido fanatismo religioso? Lo mismo a él que a Calderón les faltó la filosofía de la estética, que les hubiera enseñado lo poco que valían sus creaciones por sí, mediante, en, con relación al idealismo trascendental, en cuanto, sobre, antes y después de.

Por el mismo procedimiento demuestra el idiotismo de Colón, la candorosa ignorancia de Agustín (como no cree en brujas, le suprime la santidad), el espíritu mezquino de Raimundo Lulio, la charlatanería de Balmes, y la sublime metafísica de las coplas de Mingo Revulgo.

Ninguno de estos hombres, ni otros infinitos que cita sin pararse en barras, hicieron cosa alguna en beneficio de la humanidad progresiva; les faltó la gran idea del símbolo, del schema, o séase la gráfica determinación en que la naturaleza y el espíritu se unen en forma de lenteja.

¿Necesito añadir que la aspiración política de este mozo es ir tan lejos como puedan llevarle las corrientes de la idea nueva, o los huracanes de la libertad de su altivo pensamiento?

Así es, en efecto; y conste que, según propia declaración, para colocarse en la senda que necesita su razón sin trabas ni cortapisas, ha comenzado por tomar en una logía masónica el nombre de Wamba, y por jurar, a oscuras, sacrificarse en cuerpo y alma a la voluntad de un superior a quien no conoce, sin que le sea lícito preguntar jamás el por qué ni el para qué de los esfuerzos que se le impongan.

En fin, lector ignorante, después de volcar este ollón de potaje religioso-filosófico-político en plazas, casinos, tiendas y cafés, es cuando el sabio, para rematar la obra, encaja este ribete, pespunteado con aires de protección y tono campanudo:

—Esto se llama, señores, estar penetrado del ideal de la humanidad; esa ciencia sublime, mediante la cual, el hombre, artista de su vida, determinándose en todas las esferas de la actividad, se hace divino en, bajo, mediante Dios.

Mas, a pesar de la sustancia de este luminoso dato, oigo al asombrado lector preguntarme: —Pero ¿adónde va ese mozo con semejante grillera entre los cascos?

¿Adónde va? En Madrid, al Ateneo, si hemos de creerle.

En Santander, a lo que hemos visto, a difundir la luz; a tomar el aire... y, muy a menudo, a la ruleta.

Mañana... (si antes no se cura) al Limbo, que es la mansión adonde van a parar los que en vida tuvieron la enfermedad debajo del pelo.

Un aprensivo

Puede ser de Rioseco, lo mismo que de Palencia o de Zamarramala. No es viejo, ni tampoco joven, ni rubio, ni moreno, ni alto ni bajo, ni rico ni pobre. Trajo baúl de cuero peludo y sombrerera de cartón. Hospedóse como pudo, y al día siguiente fue a entregar la carta de crédito que traía, a su orden, contra una casa mercantil de la plaza.

—¿Los señores de Tal y Cual y Compañía?

—Servidores de usted.

—Tenga usted la bondad de enterarse de esta esquelita.

—Cúbrase usted y siéntese.

—Muchas gracias.

—¿Quiere usted recibir ahora la cantidad que los señores Morcajo y Compañía nos mandan poner a su disposición?

—No, señor; iré tomando a cuenta lo que necesite, si a ustedes les parece.

—Como usted guste. Y ¿cómo están aquellos señores?

—Tan guapamente... quiero decir, salvo el sobrehueso del don Atanasio, que no le deja moverse de la silla cuatro años hace.

—Eso es lo peor. Y usted, a lo que parece, ¿se ha venido por ahí a veranear?

—No fuera malo, señor mío. Por ese solo placer quedárame en casa, que los tiempos no están para moverse de ella. Vengo, créalo usted, por la necesidad que tengo de tomar los baños.

—¿Y ya está usted instalado?

—Sí, señor: ahí paro en cá de un paisano, en Santa Clara. Mucha bestia, mucha mosca y bastante ruido hay; pero como dicen que el olor de la cuadra es bueno para el pecho, no me pesa haber encontrado eso. Yo mejor querría un parador con vistas a la mar alta; pero ¡mire usted que llegué a dar hasta doce reales por un cuarto en el Sardinero, y el demontres del posaero se me echó a reír! Conque volvíme ahumando a la ciudad, donde pago medio duro. Le digo a usted que la vida cuesta aquí un sentido. Pero la pícara necesidad de los baños...

—Pues, hombre, el semblante de usted revela mucha salud.

—¡Calle usted, por Dios, que estoy hecho una carraca vieja!... Como que si en este mar no la compongo, no me queda más remedio que la huesera...

—¿Ha tomado usted ya algún baño?

—¡Si llegué ayer, de tardecita; y en un carricoche fui al Sardinero, y en el mismo me volví, ya de noche, cuando vi lo caro que andaba por allí el hospedaje! Ahora vuelvo allá a enterarme de lo tocante al baño; porque pensar que me he de meter yo en lo que no conozco, siquiera de oídas, es pensar los imposibles. Conque, si ustedes no mandan otra cosa, me alegro de verlos tan buenos, reconózcanme por un servidor, y hasta otro día, que algunos he de volver, si Dios quiere y la salud me lo permite.

—Muchísimas gracias, y que aprovechen los baños.

—Pues si no me pintan, no será por falta de modo para tomarlos.

En la playa

—¿Conque, según las trazas, es usted bañero?

—Ya ve usted.

—Vaya, pues lo celebro. Yo también vengo a tomar baños.

—Me alegraré que aprovechen.

—Así lo espero. Y diga usted ¿está esto muy hondo?

—Hay de todo. Si se queda usted cerquita...

—¿Y si entro mucho?

—Si entra usted mucho, hallará más agua.

—Quiere decir, que según voy entrando...

—Le va a usted cubriendo, cubriendo...

—Eso es, hasta que ¡plaf!, se va uno al hondo.

—Cuando no se sabe nadar...

—Pues es una broma pesada. Y diga usted, ¿estarán firmes estas cuerdas?

—Ya lo ve usted.

—De modo que, bien agarrado uno a ellas, aunque venga la ola de firme... Diga usted, ¿de qué lado suelen venir?

—Hombre, según sople el viento; pero, por lo común, de frente, como ahora.

—Quiere decirse... eso es, que poniéndome de cara hacia afuera, las recibiré en las espaldas... Pero entonces no veré lo que viene sobre mí. ¿Cuál le parece a usted lo mejor?

—Eso va en gustos.

—Como tiene usted la experiencia ya...¿Y si me tiran?

—No suelte usted la cuerda.

—¿Y si la suelto?

—Le tiran a usted.

—¿Y qué hago entonces?

—Agarrarse a la arena.

—¿Es seguro eso?

—A veces.

—Pero ¿no están ustedes para sacar de tales apuros?

—Cuando se nos manda.

—¿Y si no se lo mandan a ustedes?

—Nos estamos, como ahora, paseando por el arenal.

—¿Aunque yo me esté ahogando?

—Si le viéramos a usted, y hubiera tiempo...

—¿Es decir, que puede no haberle?

—¡Yo lo creo!

—¡Canastos! Pues ¿cómo hay ahora otros bañeros con aquellas mujeres?

—Porque los han pedido y pagado.

—¡Ah!, vamos. Pues yo también tomaré uno... ¿Tiene usted mucha fuerza?

—¿Para qué la necesita usted?

—Hombre, para un apuro de esos de que íbamos hablando.

—¿Va usted a empezar hoy a bañarse?

—No, señor, mañana. Ahora vengo a tomar informes de esto, porque a mí no me hace gracia meterme en lo que no conozco... Por de pronto, me gustaría más la playa si fuera llana, siquiera media legua adentro.

—¡Tendría que ver!

—Dicen que algunas son así.

—Valientes playas serán esas.

—¿Quiere decir que ésta es mejor?

—Como ésta no la hay, hombre.

—Y el agua, ¿también es buena?

—De la mejor que se conoce.

—Pues eso es lo esencial para los que venimos a bañarnos por necesidad. Y, a propósito: yo quisiera ver al médico del establecimiento. ¿Andará por acá?

—Cabalmente está ahora en la galería... Mírele usted.

—¿Quién es?

—Aquel señor de la barba negra que está hablando con otro joven delgadito.

—Pues voy a verle antes que alguno le comprometa... Conque, amigo, muchas gracias por todo, y hasta mañana; porque yo desearía bañarme con usted.

—Si estoy desocupado entonces, con mucho gusto.

—Pues lo dicho, dicho.

—(Como yo te eche la zarpa, menudo remojón vas a chuparte... Yo te diré de qué lado viene la mar.)

Con el médico

—Saludo a usted, caballero.

—Beso a usted su mano.

—Me han dicho que es usted el facultativo del establecimiento.

—Tengo en él mi gabinete de consultas.

—Es igual. Pues yo quería consultar.

—Cuando usted guste...

—Ahora mismo.

—Pase usted a esta habitación... Sírvase usted tomar asiento.

—Muchísimas gracias, señor de... ¿de qué, si no le incomoda?

—Zorrilla.

—¡Hombre! Como ese que hace coplas. ¿Son ustedes parientes, por si acaso?

—Sospecho que no.

—Es que es paisano mío ese Zorrilla, y podría usted serio también.

—Pues hágase usted la cuenta de que no lo soy.

—Vaya, pues lo siento, porque cuando se halla uno con gente de la misma tierra, le parece que no ha salido de casa... Pero es igual, con tal que la salud... Pues yo quería consultar sobre la mía.

—Usted dirá.

—¿Cuántos baños cree usted que debo tomar yo, de cuánto tiempo y a qué hora?

—Si usted no me dice antes por qué los necesita...

—Pues por la salud.

—Ya lo supongo; pero la salud se quebranta por mil causas: cada causa puede dar origen a una enfermedad, y cada enfermedad necesita un tratamiento determinado.

—Es verdad, y voy a decirle a usted de contado lo que padezco. Pues, amigo de Dios, ha de saberse usted que todo ello resulta de un susto que cogió mi madre el día en que se casó.

—¡Es raro eso, hombre!

—¿Por qué?

—Porque no hallo concomitancia... Si el susto le hubiera cogido algún tiempo después...

—Es que yo soy sietemesino.

—¡Vamos! Eso ya varía de especie.

—Pues sí, señor: se escapó un novillo que se había de correr aquella misma tarde en la plaza, y arremetió a mi padre en el momento de salir de la iglesia con mi madre, después de casados. Mi madre se desmayó al verlo, vino gente, salvaron a mi padre como de milagro, recogieron a mi madre; y sobre si tuviste tú la culpa o la tuve yo, armóse después en el pueblo una de palos que el mundo ardía. Mi madre tardó en volver en sí, pero no echó el susto del cuerpo en mucho tiempo; y puede asegurarse que en todo el embarazo no fue ya mujer: un soponcio le iba y otro le venía. De resultas de todo esto, nací yo hecho una miseria, y hágase usted la cuenta que el verme vivo a los siete años le costó a mi padre un sentido. El ruido de una puerta me tumbaba en el suelo; el aire me hacía toser; con el frío, sabañones; con el calor, agonías; con el agua fresca, pasmos; con la templada, vómitos... en fin, que llegué de milagro a los diez y ocho años. A esa edad me entoné un poco ya; y como quedé huérfano y tuve que atender a mis haciendas, el trabajo y la distracción me arreglaron el cuerpo algo más, y así estoy; pero, créame usted, aborrecido de cambiar de médicos y de medicinas. Tan pronto que baños calientes de esta clase; tan pronto que de la otra; tan pronto que los de río; hoy que friegas, y mañana que restregones; hasta que un médico de regimiento que pasó por el pueblo y que venía recomendado a un amigo mío, me aconsejó que tomara los baños de mar... y aquí me tiene usted.

—Bien está; pero todavía no me ha dicho usted que dolencia es la que principalmente le aflige.

—Pues todas esas de que le he hablado.

—¿Cuáles?

—Mire usted, por de pronto, el estómago.

—¿Le duele a usted?

—No, señor.

—¿Hace usted malas digestiones?

—¡Por ahí!

—¿Siente usted ardores?...

—¡Quiá! Lo que me pasa es que yo soy de mucho comer, y que en cuanto como algo más que lo de costumbre, siento aquí un peso...

—¿Y repugnancia?

—No, señor; nada más que el peso, que me dura como un par de horas... hasta que...

—¿Vomita usted, eh?

—No, señor, me quedo como un reló... Y con un hambre de dos mil demonios.

—¡Hola!

—Y eso es lo que a mí me hace cavilar, porque parece mentira que con lo que yo como no se me quite el hambre... y, sobre todo, el peso.

—Y la cabeza, ¿qué tal?

—La cabeza... ¡esa es otra más gorda! Cuando tenía veinte años, resistía yo el sol de la era toda la mañana, en pelo, sin que uno de ellos me doliera; pues ahora ¡ya te quiero un cuento!, a las dos horas de estar al sol, ya sudo y me entran los desperezos... Y esto es lo que también me va dando cuidado.

—Y es grave, en efecto.

—¿Lo ve usted?

—Sí, señor, bastante grave... ¡muy grave!

—¡Cuando te digo a usted que paso la vida en una agonía!... Y lo que más rabia me da es que todo el mundo dice que me quejo de vicio, y que patatín y que patatán... ¡Hasta los facultativos se han reído de mí!... Conque ¿le parece a usted que me sentarán estos baños?

—Están indicadísimos.

—Y ¿cuántos?

—Lo mismo una docena que dos.

—Yo creí que siempre se tomaban nones.

—Tome usted nones.

—Así me parece mejor. Y ¿de cuánto tiempo?

—Hasta que usted tirite de frío.

—Y mientras esté de baños, ¿podré tomar fresco?... porque a mí me gusta mucho.

—A mí también en este tiempo.

—¿Luego cree usted que podré tomarlo?

—A todas horas.

—¿Antes del baño también?

—Y después del baño.

—¿Y también para el desayuno?

—También para el desayuno.

—¡Caramba!... Y ¿qué fresco elegiré?

—El que corra.

—¿Y si corren varios?

—Los toma usted todos.

—¡Hombre, será mucho! Yo prefiero la merluza sola.

—¡Ah!, vamos. Usted me hablaba del pescado.

—Sí, señor, le llamamos fresco en mi tierra.

—Pues, en este caso, tengo que corregir... El mejor pescado para usted es el atún.

—No me disgusta; pero yo creía que era más pesado que la merluza. Y ¿a qué hora lo tomaré?

—Un poco antes je meterse en el baño.

—¡Hombre! ¿Y en qué cantidad?

—Un par de libras, si caben.

—¡Yo lo creo!

—Pues a ello.

—¿En seco?

—De ningún modo.

—Entonces, clarete.

—Nada de eso; aguardiente es mejor digestivo.

—Es verdad. Y diga usted, ¿cómo aprovecha más el baño, entrando poco a poco o de sopetón?

—Ni de un modo ni de otro: a usted le conviene el trote.

—Y después me acurruco, agarrado a la cuerda.

—No, señor; después de darse usted una trotada por el arenal...

—¡Ah!, ¿conque ha de ser por el arenal?

—Precisamente; se echa usted de cogote...

—¿Al agua?

—Naturalmente.

—Pero ¿cómo?

—¿Sabe usted nadar?

—Como un canto.

—Entonces véngase usted a la galería, y desde allí le enseñaré yo... ¿Ve usted, a la derecha, aquel peñasco que se mete más que los otros en el mar?

—Sí que le veo.

—Pues desde allí se tira usted de cabeza.

—¡Zambomba!... ¿Y después?

—¿Después?... después va usted a contárselo a su abuela.

—Jajajá... ¡qué buen humor tiene este señor de Zorrilla!... ¡Pues anda, que se ha largado... y sin cobrar la consulta! A bien que todos los días he de verle después del baño para explicarle el resultado y pedirle el plan para el siguiente.

En la despedida

—Conque, vaya usted mandando lo que se le ofrezca para mi tierra.

—¿Tan pronto?

—Y la mitad me sobra.

—Como vino usted a bañarse.

—A matarme, dirá usted.

—Es decir, que no han sentado los baños.

—En la misma boca del estómago... y eso tan sólo con olerlos. Conque, ¡figúrese usted si llego a probarlos!

—No comprendo...

—¿No se acuerda usted que le dije que el médico me había mandado tomar, antes de bañarme, dos libras de?...

—Mucho que sí.

—...¿Y usted se empeñaba en que era una broma del señor de Zorrilla para darme a entender que yo era un aprensivo, y que torna y que vira? ¡Mal rayo me parta!... Pues bueno: yo, que tomo al pie de la letra todo lo que toca a la salud y al modo de recobrarla, porque la tengo perdida, aunque diga lo contrario el mundo entero, el día siguiente al de la consulta me bajé por la mañana al Sardinero, después de haberme envasado las dos libras de bonito y el medio cuartillo de aguardiente. Vestíme de bañista, salíme al arenal y comencé a trotar en redondo. La gente me miraba. Eran las diez, y no parecía sino que Dios echaba rescoldo por el cielo abajo, según las ampollas que sacaba el sol. A la media vuelta ya sudaba, y a los cinco minutos hubiera jurado yo que el aguardiente estaba en llamas y el bonito hecho una lumbre... ¡Le digo a usted que aquello era abrasarse vivo! Así es que, a las pocas vueltas, porque las daba por largo, me caí redondo en el arenal. Acudió la gente, y también el médico, que andaba por allí; hízome echar por la boca hasta los hígados; y después de llamarme bárbaro muy serio, contó a la gente lo de la consulta, y acabaron todos por reírse de mí. ¿Le parece a usted que el lance era de risa?... Pues toda esa falta de caridad la enmendó el facultativo con decirme que cómo él pudo imaginarse nunca que hubiera un hijo de Adán tan... adán, que tomara en serio lo del bonito y lo del trote antes del baño; que si lo que yo había tenido en el cuerpo lo mete él debajo de una peña, la levanta en vilo; que si, hallándome vivo después de lo ocurrido, no me convencía de que mi salud era de bronce; y, por último, que no tentara más a Dios, que me volviera a mi pueblo a cuidar de mis haciendas, y que no aburriera más al prójimo llorando males que no tenía... Con esta rociada por todo consuelo, me vestí, volvíme a la posada y me metí en la cama a sudar, que poco me costó con el calor que hacía.

—¿De manera que ha hecho usted el viaje en balde?

—No lo crea usted... y por algo se dijo que «por lo más oscuro amanece». Hablando yo de estas cosas, a los tres días, con un compañero de posada, me dijo que él también había rodado mucho por el mundo buscando la salud, y que no la había encontrado hasta que se la dio un curandero ¡pásmese usted!, un remendón que trabaja en un portal de esta misma ciudad. ¡Y decir a Dios que hay médicos que gastan coche! Pues, señor, que me alegró la noticia, que me animé y que fui a consultar con el curandero... ¡Le digo a usted que es preciso verlo para creerlo! No hizo más que saber que yo estaba enfermo, y sin dejarme hacerle historia alguna de la enfermedad, me estiró los brazos hacia adelante, me juntó las manos, y poniéndome una de las suyas en la boca del estómago, me dijo: «Usted tiene toda la maleza en el arca, motivado a que los güétagos se han arrimado mucho al padrejón, a causa —¡esto es lo más asombroso!— de que las dos paletillas no encajan bien en el espinazo...». Pues en esto, señor mío, no ha dado hasta hoy ningún facultativo.

—Lo creo sin dificultad. ¿Y qué remedio le dio para tan complicada enfermedad?

—Uno que me parece tan sencillo como cuerdo: dos parches y un haz de yerbas. Uno de los parches me coge desde la nuca hasta la curcusilla; el otro es para encima del estómago.

—¿Los tiene usted puestos ya?

—No, señor: los llevo para ponérmelos en cuanto llegue a casa;. porque, tan pronto como me bizme, tengo que meterme en la cama y estar en ella veintisiete días, boca arriba, sin moverme.

—¿Y las yerbas?

—Las yerbas son para cocerlas. De este cocimiento he de tomar, mientras esté en la cama, dos azumbres por la mañana y otras dos por la tarde. De este modo dice el curandero que romperé en aguas abundantes, y que a la vez que con ellas sale toda la maldad, con los parches fortificaré el estómago y entrarán en sus propios gonces las paletillas... Conque, sírvase usted darme lo que me resta del crédito que traía, porque ya me parece que tardo en llegar a casa para ponerme en cura, y mande lo que guste para aquellos señores.

—¿Resueltamente va usted a ejecutar el plan del curandero?

—Como estamos aquí los dos.

—En ese caso, venga un abrazo... y apriete usted bien.

—¿Por qué tan apretado?

—Por si no volvemos a vernos.

Un despreocupado

Se da un aire a todos los hombres que conocemos o recordamos, de escasa talla, comunicativos, afables sin afectación ni aparato, limpios y aseados, que siempre parecen jóvenes, y llegan a morirse de viejos sin que nadie lo crea, porque hasta el último instante se les ha llamado muchachos y por tales se les ha tenido; hombres, por el exterior, insignificantes y vulgares hasta en el menor de sus detalles; hombres, en fin, de todos los pueblos, de todos los días y de todas partes.

Se llama Galindo, o Manzanos, o Cañales, o Arenal... o algo parecido a esto, pero a secas; y a nadie se le ocurre que tenga otro nombre de pila, ni él mismo le usa jamás.

—¡Ya vino Galindo! —se nos dice aquí un día al principiar el verano. Y cuantos lo oyen saben de quién se trata, como si se dijera:

—Ya llegaron las golondrinas.

Tiene fama, bien adquirida, de fino y caballero en sus amistades y contratos, y no se ignora que vive de sus rentas, o, a lo menos, sin pedir prestado a nadie, ni dar un chasco a la patrona al fin de cada temporada; y esto es bastante para que hasta los más encopetados de acá se crean muy favorecidos en cultivar su trato ameno.

Al oírle hablar de las cinco partes del mundo con el aplomo de quien las conoce a palmos, tómanle algunos por un aristocrático Esaú que ha vendido su primogenitura por un par de talegas «para correrla»; quién por un aventurero osado, sin cuna ni solar conocidos; quién por antiguo miembro del cuerpo consular, o diplomático de segunda fila... Pero lo indudable es que ha viajado mucho, y con fruto; y que no teniendo en su frontispicio pelo ni señal que no sean comunes y vulgares, no hay terreno en que se le coloque del cual no salga airoso, cuando no sale en triunfo.

Tampoco, mirado por dentro, posee cualidad alguna que brillante sea.

No es elocuente, no es poeta, no es artista: no es perfecto ni acabado en nada.

Pero, en cambio, tiene un poco de todo... y algo más: es, por de pronto, un estuche de cosas. En manejarlas a tiempo consiste su habilidad.

Con ella y con su impenetrable cara de vaqueta, en su boca no se distingue la verdad de la mentira, y eso que las echa gordas; y en cuanto a sus cosas, ni es avaro ni despilfarrador de ellas; quiero decir que ni es entremetido, ni se hace rogar mucho. Como los buenos músicos, entra en el concierto en que hace falta, cuando le corresponde: ni antes ni después.

Cuando, por primera vez y solo, se presenta en una tertulia, nadie frunce el ceño ni le pregunta con gestos o con palabras: «¿Qué busca usted por aquí?». Antes bien, se le recibe con palio, y se le dice, entre sonrisas y agasajos:

—¡Oh... Galindo! ¡Acabara usted de llegar!

Ni más ni menos que si se le esperara y fuera antiguo contertulio de la casa. Y desde el mismo instante, Galindo es el alma de aquellas reuniones.

Una noche falta quien toque el piano para bailar. Galindo no conoce una nota de música; pero sabe de oído unas cuantas piezas de baile, y se sienta en el banquillo, y araña el teclado, y toca lo que se necesita.

No tiene voz ni condición alguna de cantante; y cuando llega el caso, acompañándose él mismo al piano, suelta un par de canciones picarescas, de acá o de allá, que alborotan la reunión. Si se trata de hacer coplas, nadie le gana a hacerlas pronto y al caso, aunque le ganen todos a poeta.

Que no se baila, ni se canta, ni se hacen coplas, y la gente se agrupa en los gabinetes, medio aburrida, medio soñolienta. Allí está Galindo para reanimar los decaídos espíritus. Para entonces son las anécdotas frescas, o los recuerdos de Calcuta o de Constantinopla. Y tras esto y un sinnúmero de mentiras verosímiles sobre las mujeres del Cáucaso o los hombres de Ceilán, llegará a hablarse, por ejemplo, de objetos raros, y habrá allí quien crea decir mucho diciendo que ha visto camisas de hoja de llantén, catalejos de trapo, o chocolate sin cacao... y tantas cosas más como se anuncian todos los días, en éstos de extravagancias que corremos.

No dejará Galindo de admirar las citadas rarezas, con toda la expresión que cabe en su estilo lento y suave y en su cara impasible; pero hombre que ha corrido y visto tanto, no puede estar sin algo que citar a propósito de rarezas, y no lo está, en efecto; y saca un grueso anillo de uno de sus dedos, y se le presenta a la reunión, diciendo:

—¿A que no saben ustedes qué piedra es ésta?

Y la gente se abalanza al anillo, y le da mil vueltas, y recorre la lista conocida de piedras buenas y malas, sin que falte la de Colmenar Viejo, a la cual se parece en el color la del anillo; pero nadie acierta. En vista de lo cual, dice Galindo:

—Eso que ustedes creen piedra, no lo es.

Nuevas ansiedades, nuevo examen y nuevas conjeturas.

—Pues ¿que es, si no? —se le pregunta al cabo.

—Eso es —responde Galindo, lenta y dulcemente—, hígado de cocodrilo, endurecido al sol en Pekín. Se lo compré al joyero que lo hace para la corte imperial; o mejor dicho, me lo cambió por una zamarra fina que llevaba yo de España.

Para calmar el asombro que esta respuesta produce, muestra una bolsa de tripa de un indio, medio devorado por un tigre en una cacería a que asistió él, y se refiere a una corbata que tiene en casa, hecha de piel de culebra, por un indígena del Canadá.

Cuando se agota este catálogo, tiene Galindo a su disposición otro más abundante todavía. Por el procedimiento de las pajaritas de papel, hace, entre mil primores, catedrales y navíos de tres puentes; y de un tijeretazo solo, sobre el mismo papel convenientemente plegado, saca una procesión de Jueves Santo, con sus pasos, curas, monaguillos, autoridades, músicas y piquete. De sombras en la pared, no digo nada; ni tampoco de problemas de dibujo a lápiz, a punta de cigarro y hasta a moco de candil: así pinta el día y la noche, el sol y la lluvia, de dos o tres rasgos, y gatos y perros... y demonios colorados.

En la calle, no hay forastero a quien él no conozca de vista y de trato. Sabe las rentas o las trampas de cada uno, y lo que antes tuvieron y lo que esperan, o lo que temen, y la vida que hacen en Madrid, y quién de ellos trae señora propia y quién pegadiza o temporera, y dónde la ha adquirido y a cómo, y quién se la corteja y con qué éxito, y si el cortejo es andaluz o salamanquino...

Hablando de parecidas cosas conmigo en una ocasión, iba delante de nosotros el aludido, sin haberle visto yo.

—En suma —me dijo—: el duque de los Frijoles es un perdido, y la duquesa, tan perdida como el duque.

Y en esto volvió la cara el tal; y cuando yo creí que iba a romper el bautismo al maldiciente, rióse hacia él, le tendió la mano y le dijo afectuosísimo:

—¡Ah, tuno!, ¿conque venía usted detrás?

—¿En qué lo ha conocido usted? —le preguntó Galindo muy sereno.

—En la voz. Y apuesto a que estaba usted despellejando a alguien.

—Precisamente.

—Amigo de usted, por supuesto.

—Cabal... Como que hablaba de usted.

—¡Ah, mala lengua!

Dijo, y dándole al propio tiempo un golpecito en el hombro, como si aún tuviera que agradecerle mucho, alejóse el señor duque y se quedó Galindo tan fresco.

No desconoce uno sólo de los secretos íntimos de la política. Él os dirá, con pruebas, cuando menos verosímiles, por qué se sustituyó tal ministro con cual otro; a qué móvil obedeció la evolución de aquel periódico, o la cesantía de cierto personaje, o el encumbramiento de esotra vulgaridad, o por qué no puede salir de apuros el Tesoro... Y sus causas jamás son las causas que conoce o que sospecha el vulgo: siempre son particularísimas, personales y microscópicas, con relación a sus efectos.

De cómicos y toreros, no se diga: a todos los trata y los tutea, y habla con ellos de la escena o del redondel con el aplomo y la autoridad de Romea o de Costillares.

En lo físico, es sano y duro como un diamante: jamás se constipa ni se queja del estómago, y eso que no se abriga más que lo de costumbre, y come tanto como habla, si la ocasión se le presenta.

Y digo esto de la ocasión, porque aun cuando ordinariamente es sobrio y metódico, come cuanto le pongan por delante, aunque haya comido ya, si a comer se le convida, o si se acepta el convite que él proponga, pues hace a todo.

Como no viene a bañarse, sino a veranear, y tampoco le es muy simpático el ceremonial del Sardinero, vive en la ciudad en una fonda, o en una de las mejores casas de huéspedes; lo cual no obsta para que dé cuenta, si se le pide, de cuantas personas habitan en aquellos hoteles, con sus correspondientes vidas y milagros.

En agosto hace una escapadita a ver las corridas de Bilbao, y en setiembre arregla su marcha definitiva en combinación con las ferias de Valladolid y la apertura de los teatros de la corte, donde, por lo visto, se pasa gran parte del invierno, no sé cómo ni con quién.

Qué familia y qué patria son las suyas, se ignora siempre; y se ignora, porque jamás se le ha preguntado por ellas; y no se le ha preguntado, porque se prefiere ignorarlo; y se prefiere esto, porque desde el instante en que estos hombres tienen patria y familia, y nombre como cualquier otro nieto de Adán, ya no son Galindos, ni Manzanos, ni Arenales a secas, y pierden su peculiar carácter de universalidad, en lo que estriba la mayor parte de su mérito.

Luz-radiante

Un si es no es macilento, desmayado de barba, corto de vista y regularmente ataviado.

Tal es su facha. En cuanto a su fecha, lo mismo puede venderse por hombre que parece un joven, que por joven que parece ya un hombre... y cuenta que hablo en vulgo limpio, por lo cual ha de entenderse esto de hombre, por hombre de cierta edad.

Le habréis visto, con un libro en la mano, en la braña del Cañón, sentado a la sombra de un bardal; o en idéntica postura e igual ocupación, sobre escueta roca entre los dos Sardineros; o a la entrada de los Pinares; o en un rincón de la galería, con los pies sobre la balaustrada y el tronco desencuadernado en una silla; o paseándose por el arenal, absorto en la lectura, como joven alumno repasando la lección en el patio del colegio.

Y aseguro que le habréis visto, porque aunque jamás abandona el libro y parece la meditación su natural elemento, siempre elige para el estudio las horas de más ruido y busca la soledad a orillas de todo movimiento.

Es de Madrid, vive en un hotel del Sardinero, y, a juzgar por lo que se ve, priva mucho con todas las señoras circunvecinas.

Lo cual no es de extrañar, visto lo docto que es en todos esos tiquis-miquis que forman el arte de agradar en la sociedad distinguida.

¡Qué donaire tiene, el indino, y remilgado pespunteo de palabra, para revolver un corrillo de pizpiretas jovenzuelas! ¡Qué mirar de ojos, qué rasgar de boca y accionar de índice para decir, por ejemplo: «¡Vamos, Conchita, ya se ha descubierto por qué esperaba usted el correo anoche con tanta impaciencia!». O: «¿Saben ustedes por qué está Soledad tan preocupada?... ¿Lo ven ustedes? Ya se sonroja». O: «Carmela, en mi solitario paseo de esta madrugada me han revelado las ondinas el secreto que usted me ocultaba ayer. ¡Ah, picarilla!...».

...¿Dicen ustedes que éstas son impertinentes y sobadas vulgaridades?... Séanlo enhorabuena; pero atrévase un buen Juan a hacerse con ellas solas hombre ameno y travieso, y verá cómo le plantan en seco. Hay que desengañarse: para decir ciertas cosas y brillar en ciertos terrenos, hay que ser mozo de cierta catadura.

La del de quien vamos hablando parece cortada para el oficio. Como ramo de su ciencia, conserva en la memoria muchas anécdotas rechispeantes de la última campaña del gran mundo, y anuncia el desenlace de más de un suceso interesante, para la próxima. Y como todos los del corrillo son de Madrid, dicho se está que las agudas murmuraciones y los retorcidos discreteos no languidecen un punto, por falta de interés.

Posee otra cualidad, muy importante para esto de veranear con éxito en una provincia entre las personas que lo han por oficio: sabe de corrido toda la fraseología literaria y musical de moda entre la gente madrileña.

Y cuidado, que esto no es grano de anís. Figúrense ustedes que por allí anda muy en boga Dante, como anduvo un invierno, porque un orador del Parlamento dijo, a cuento de no sé qué:

Non ragioniam di lor, ma guarda e passa,

cosa, por lo visto, hasta entonces no oída en Madrid, según la prisa que se dio todo el mundo, en papeles y en corrillos, a traducir la cita, a estudiar el pasaje entero, a desentrañar el intríngulis, a hablar de la Divina Comedia, y hasta a poner en perverso castellano el inmortal poema. En tal caso, ¿qué joven que se precie de ilusitrado ha de salir a provincias el verano siguiente, sin saber decir, por ejemplo, cuando se le cae de la boca la punta del cigarro, o de la mano el bastón, que se le cayeron

...como corpo morto cade?

o cuando quiere bromearse con alguno que no encuentra lo que busca, o que llega tarde:

Lasciate ogni speranza?...

o si trata de pintar el abismo en que se han hundido sus ilusiones:


Nel mezzo del camin di nostra vita
me ritrovai per una selva oscura?...

 

Si el de moda es Goethe, porque se cantó en el Real una ópera cuyo argumento está tomado de su célebre poema, no hay más remedio que llamar Fausto a todo viejo galanteador y acicalado, Margarita a toda joven que suspira, Mefistófeles a todo señor que tenga la nariz afilada, rasgada la boca, trigueña la color y zurda la mirada.

Si es Flotow el que priva, hay que saber, por lo menos, entonar a media voz, con los ojos fruncidos, las uñas clavadas en el pecho y mucho arrastre de amargura, aquello de

¡Marta Marrrrrrrrrrta!

como nos cantaban en una ocasión todos los señoritos que venían de Madrid, empeñándose en que había uno de llorar oyéndolos, porque en el Real lloraba toda la gente cuando lo cantaban Talini... o Cualini, tenores de mucho sentimiento.

Cuando reinan estas epidemias en el pueblo, no hay más remedio que aguantarlas como mejor se pueda, y resignarse a exclamar en cada caso, siquiera por no hacerle más grave: ¡Admirable, magnífico, arrebatador!

Pues iba diciendo yo que para evocar estas reminiscencias, citar aquellos textos y cantar las otras ternezas, nadie como el amigo de quien vamos hablando.

No sé si he dicho, o ustedes lo han comprendido ya, que es literato, o que cree serlo.

Por de pronto, escribe quintillas en el arenal con la punta del bastón, y en la tertulia de la noche lee a las señoras tal cual balada tierna o alusivo soneto.

Si hemos de creerle, conoce a todos los literatos, y se tutea con los más talludos.

Lo cierto es que si llega al Sardinero alguna celebridad de este género, él es quien le presenta a las damas y se compromete a que el presentado les lea alguna cosa; al cual compromiso corresponde éste (después de asegurar que viene enteramente desprevenido) leyendo una comedia resobada, o una oda que ya reluce de tanto manoseo, las cuales saca de un enorme cartapacio de poesías que ya han sido leídas por el autor trescientas veces en Ontaneda o las Caldas, mientras tomó aquellas aguas.

Como piensa hacer algunas investigaciones históricas, arqueológicas y geográficas en la provincia, ha traído con su equipaje una mochila, un grueso garrote con agudo regatón de hierro, y borceguíes ingleses de ancha y claveteada suela. Parece ser que todas estas cosas ayudan mucho a recoger noticias sobre aquello que se trata de conocer y describir, especialmente en un país como éste, en el cual hay un pueblecillo a cada cuarto de legua, una casa en que dormir regularmente, y comer, aunque no muy bien; buenos senderos para cabalgaduras de alquiler, cuando no excelentes caminos para carruajes; poquísimas antigüedades, y esas a la vista y muy estudiadas ya; nada de historias del otro mundo, y ninguna montaña que escalar a uña y puntera, porque todas son cómodamente accesibles por algún costado. Y la prueba de que este atalaje debe servir de mucho al tourista para sus explotaciones, es que el nuestro, aunque le lleva a cuestas, no camina a pie, ni come de la fiambrera, ni duerme al socaire de los torreones; antes aprovecha el mullido vagón de primera hasta donde le conviene, y luego la diligencia, y hasta los caballejos y carros del país, como hacemos los hombres vulgares, y las fondas y las tabernas y los figones. Luego la mochila y el báculo y los borceguíes, que evidentemente no sirven para lo que en rigor significan, tienen alguna virtud de carácter, que atrae, combina y depura todo lo que va buscando en sus peregrinaciones un erudito a la flamante usanza, cuando con ellos carga, como con el fardo de sus pecados. Que es lo que yo quería demostrar, recelándome alguna observación maliciosa de tal o cual lector demasiado montañés.

Y ahora continúo diciendo que este ilustrado mortal, en los ratos que le dejan libres sus baños, sus abstracciones solitarias, sus discreteos públicos, sus inscripciones poéticas en los arenales, en las rocas duras y hasta en los troncos resinosos de los Pinares, escribe correspondencias a un periódico de Madrid, que las agradece mucho y quizá las paga.

La última que yo leí impresa, después de haberla leído el autor manuscrita y recién nacida, a sus bellas contertulias, decía, entre otras muchas cosas, plus minusve, lo siguiente:

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

«¡El mar!... ¡¡La mar!!... ¡¡¡Los mares!!!... ¡¡¡Las mares!!!... ¡Ah!... ¡Ohhhh!...

Perdone usted, señor director. Perdonadme vosotros, mis queridos compañeros; faltan palabras a mi pluma para expresar cuanto la mente concibe en este horizonte sin medida, sobre este abismo sin fondo. ¡El mar! Pero ¿por qué son verdes sus aguas?, ¿por qué son salobres?, ¿qué fuerza las precipita contra la roca dura que ahora me sirve de pedestal?, ¿por qué suben?, ¿por qué bajan? ¡Inescrutables misterios de la Naturaleza!... Pero ¡qué espectáculo, gran Dios!... Contemplándole, el corazón palpita, la mano tiembla, los ojos se turban. El sol sin una nube que empañe sus fulgores; la brisa rizando la inquieta superficie de las aguas sin fin; la blanca gaviota, cerniéndose voluptuosa en el espacio; bajo la gaviota, la esbelta nave de tajante proa; allá el puerto; acá el escollo; allí la espuma; aquí las flores, y en todo y sobre todo, un torrente de luz y una embriaguez de aromas... ¡Ah!... Mas ¿qué es esto?, el trueno ruge; cruzan la atmósfera rayos y centellas; se respira el hálito abrasador de la tempestad; desgájase el secular peñasco; húndese en el abismo, y se elevan hasta mí los pliegues espumantes del salobre sudario que le envuelve... Se columbra un punto en el horizonte ¡Helas! Es una nave. Distingo perfectamente al angustiado nauta que implora el auxilio de los hombres... Muchos son los que pueblan la orilla, pero ninguno acude. El que va a hacer naufragio no implora el auxilio para él solo... también le necesitan sus tiernos camaradas de equipaje... Yo me arrojo a la mar, y los salvo a todos, entre los saludos y los aplausos de este querido bello sexo, regulador de todas mis acciones, inspirador de mis más elevados pensamientos, y fin y exclusivo objeto adonde hasta el menor de mis intentos se endereza.

En la próxima semana emprenderé mi viaje de exploración por la provincia. Mi primera jornada concluirá en Colindres, bellísima capital de la Liébana, región, que, como ustedes saben, se extiende desde el valle de Camargo al de Reocín, y está protegida, al Oriente, por los Picos de Europa, y al Occidente, por el monte de Cabarga, el de las eternas nieves. Según Estrabón y Quinto Curcio, esta parte de la provincia fue la verdadera Cantabria, la que dio aquellos héroes que entregaban el robusto cuello, cantando himnos guerreros, al hacha de los esbirros de Felipe II, cuando este fanático monarca, no pudiendo implantar aquí el bárbaro tribunal de la Inquisición, por repugnar a los altivos pechos de estos libres montañeses, ocupó militarmente el país. Algunos rasgos típicos de esa raza insigne se observan todavía en sus actuales descendientes, los famosos pasiegos, únicos pobladores de la Liébana. Pero, mejor que en el sello fisonómico, revela su ilustre procedencia esta hermosa gente en sus costumbres nómadas e independientes. Anidan, como las águilas, en los picos de las rocas; jamás pisan las sendas frecuentadas, ni duermen dos noches consecutivas bajo un mismo techo. Se alimentan de frutas silvestres y de carne montaraz; pues su ocupación exclusiva es la caza, pero con honda, la cual manejan con una destreza asombrosa.

Mas de esto y de otras muchas cosas tan auténticas como interesantes, hablaré a mis bellas lectoras en las sucesivas correspondencias y en un libro que traigo entre manos tiempo ha».

Con lo cual queda el corresponsal tan satisfecho, el periódico tan hueco, los lectores que no conocen esta provincia, tan enterados, y los pocos montañeses que le leen, haciéndose cruces con los dedos.

Pero no impide, sin embargo, que la prensa local que nos anunció su llegada en junio, nos diga un día a mediados de setiembre:

«Hoy ha salido para Madrid el distinguido publicista don F. de Tal, después de haber permanecido más de dos meses entre nosotros. En las varias excursiones que ha hecho por la provincia, ha recogido gran cantidad de curiosos y fidedignos datos, los cuales piensa utilizar para dar a la estampa un libro que tratará de la historia, carácter y costumbres del pueblo montañés, desde los más remotos tiempos hasta nuestros días. Nos atrevemos a rogar al insigne literato que cuanto antes nos haga conocer su obra, que seguramente habrá de darle tanta gloria como títulos al aprecio de todo montañés que estime en lo que vale el buen nombre de su patria».

Y adelante con los faroles; que en los venturosos tiempos que corren,


Sic itur ad astra:
 

o, como dijo el otro,


Por estas asperezas se camina
de la inmortalidad al alto asiento.

 

Brumas densas

Éstos son dos, y cada uno de ellos pudiera pedir un cuadro aparte; pero es de saberse que siempre que trato de sacarlos del fondo de mi cartera, al tirar del uno hacia arriba, sale enredado el otro con él; de donde yo deduzco que son tal para cual, y uno en esencia, aunque dos en la forma.

Tiro, pues, de ellos, agarrando a tientas, y ahí tienen ustedes al primero.

Convengamos en que es mozo de gran estampa. Pedrusco en el anillo que recoge los dos ramales de su chalina; pedruscos en los dedos; pedruscos en el pecho y pedruscos hasta en la leontina; flamante vestido de lanilla; leve pajero muy tirado sobre los ojos; éstos de mirada firme, pero no muy noble; largo cigarro en retorcida y caprichosa boquilla; la siniestra mano en el correspondiente bolsillo del pantalón, y en la diestra, flexible junco.

Sin embargo, aunque sus ojos son negros, y negras las anchas relucientes patillas, y es regular su boca, y blanca su dentadura y alta su talla, no puede decirse de él que es lo que ordinariamente se llama una buena figura. Mirado más al pormenor, tiene juanetes en los pies, ásperas y muy gruesas las manos, demasiado redonda la cara y muy destacados los pómulos. Además, carece su persona de ese aire de que todos hablamos, que todos conocemos a la legua, pero que nadie sabe definir, y al que, por darle algún nombre, se llama vulgarmente buen aire, o aire distinguido; cuya falta es, sin duda, la causa de que, a pesar de su pedrería, que relumbra mucho, y de su boquilla, que sin cesar ahúma, pase este mozo enteramente inadvertido, como figura vulgar e insignificante.

Anda con parsimonia lo poco que anda, como hombre que no lleva prisa ni se preocupa de cuanto le rodea mientras va andando.

Se lee más en su frontispicio cuando está parado a la puerta del café, de una iglesia, del teatro, o de la plaza de toros, que siempre son sus sitios de parada y para los cuales ha nacido, como la estatua para el pedestal. Arrimado a las jambas de una puerta, flagelándose una pernera con el junquillo, lanzando de la boca espirales de humo y dignándose apenas fijar la vista en los que entran o en los que pasan, es precisamente cuando su cuerpo revela más soltura y lucen en sus ojos chispas de inteligencia. Al verle pegado a esas puertas, siempre que al otro lado de ellas se oye el rumor y hasta se huele el tufillo de las muchedumbres emparedadas (pues es de advertir que jamás se arrima a puerta que no encierre mucha gente), cualquiera pensaría que el ruido le aturde, que el calor le marca y las estrecheces le sofocan; y, sin embargo, deteniendo sobre él un poco la curiosidad, puede observarse que siempre se le ocurre entrar cuando los demás comienzan a salir, como si las apreturas fueran su deleite y hallara en rozarse con pechos y solapas un atractivo irresistible.

Obsérvase también que, por lo común, es de noche más activo que de día. Su andar es más resuelto entonces; y si a la luz del sol le gustan los sitios más públicos y concurridos, a la del gas prefiere las calles más solitarias y sombrías, en alguna de las cuales suele desaparecer por largas horas.

Llega a Santander días antes de los de ferias y toros; pero ni él mismo sabe fijar la época de su marcha, porque ésta depende, a menudo, de los agentes de la autoridad, que pueden echarle la mano encima, en el momento en que él pone la suya sobre el reló de su prójimo, o está en un garito tirando el pego a dos docenas de incautos a quienes va desvalijando con el auxilio de otros camaradas de oficio, o tanteando los intestinos de la ciudad para buscar una salida por los fondos de la caja del Banco...

Y aquí asoma ahora, lector, el otro tipo, enlazado, por estas profundidades, a la figura de la cual voy tirando para mostrártela en todas sus principales actitudes. Hablemos de él, pues que se empeña, como si fuera un miembro del otro cuerpo, o una cereza del mismo ramillete.

Viene a veranear mucho antes que el otro, y con un pelaje bien diferente. Su tipo es el de un caballero que ha venido a menos. Negra la raída levita, negra la deshilada corbata, negros los relucientes pantalones, negras las puntas que se ven de su chaleco, negra la descuidada barba, negros los ásperos mechones de su pelo y negras las puntas afiladas de su luengas uñas. En esta figura no hay nada que blanquee: ni siquiera la camisa. Los únicos puntos menos oscuros de este veraniego nubarrón, son dos puntos pardos, ni siquiera grises: los zapatos y el sombrero.

No busquéis esta figura entre los recodos de apartada callejuela, huyendo avergonzada de los resplandores de la luz, o temiendo manchar con su contacto la brillante librea de los capitalistas; ni tampoco en oscuro taller, encorvado sobre la tosca herramienta para ganar, con un trabajo, extraño quizá a sus hábitos y procedencia, un miserable pedazo de pan; ni en la estrechez de una buhardilla, repartiendo ese mendrugo entre una esposa y unos niños extenuados por el hambre y envejecidos por la miseria y por las lágrimas. Si de ese grupo fuera esta figura, yo no profanara su augusta miseria presentándola en esta breve galería de debilidades risibles y aun de cosas abominables. Buscadla, pues, entre la engalanada concurrencia de calles y paseos, haciendo de su mugriento equipaje una desvergonzada protesta, y lanzando punzantes miradas sobre los que pasan, como si le debieran la camisa limpia, las botas nuevas o el gabán sin manchas.

Si con esta luz no columbráis aún el tipo, os apuntaré otro dato que necesariamente ha de iluminar vuestra memoria. Durante lo más recio de un chubasco estival, de esos cuyas gotas pesan, cada una, medio cuarterón, y después de saltar de rebote hasta los balcones, convierten las calles en torrentes; cuando las losas relucen, y el tránsito cesa, y comienzan las ratas a asomar por los sumideros huyendo de la inundación, y los chicos las apedrean, y la gente, pegada a las fachadas, porque ya están llenos de ella los portales y las tiendas, silba y aplaude y ríe a carcajadas celebrando las corridas, y asoman cabezas por los entresuelos, y hierven, hasta levantar la tapadera, las alcantarillas del Correo, y se inunda la calle de San Francisco; cuando todo esto y mucho más sucede, un solo mortal atraviesa impávido la Plaza Vieja, o marcha Muelle adelante por la acera del mar, sin paraguas, en chancletas, con las manos en los bolsillos, y, por toda precaución, la cabeza muy hundida entre los hombros. Pues ese es.

Probablemente habréis recibido alguna vez su visita. Es hombre que hace muchas, recién llegado.

Un día os anuncia la inexperta fámula que ha llamado a la puerta un caballero que desea hablaros. Con tal anuncio, la decís que le introduzca en lo más sagrado de la casa; y cuando acudís a recibirle, os le halláis, como la estatua del desconsuelo, con las manos cruzadas sobre el cóncavo vientre, el sombrero entre las manos, y la mirada tangente a las fruncidas cejas y fija en vuestra mirada.

—Cabayero —os dice con voz trémula y un poquillo de olor a aguardiente—: un desgraciado, con su señora enferma y siete criaturas... sin hogar, sin un pedazo de pan que yevar a sus inocentes labios, implora el auxilio de su generoso corazón.

—¿Quién es ese desgraciado? —le preguntáis, por preguntarle algo, antes de plantarle en la escalera.

—Un servidor de usted, que no hace mucho ocupó una briyante posición social. Pero los acontecimientos políticos...

—¿Era usted de los del presupuesto?

—¡Jamás, cabayero!... Me estimaba demasiado para eso. Yo era rentista.

—¡Hola!

—Sí, señor: tenía todo mi capital en los fondos públicos.

—Lo creo.

—Y con estas bajas tan atroces, a consecuencia de la intranquilidad en que tienen al país estos gobiernos...

—Y a mí ¿qué me cuenta usted?

—¡Ah, cabayero!... Yo quisiera una ocupación honrosa para ganarme el sustento.

—Pues tómela usted, si hay quien se la ofrezca.

—Tras eso ando, cabayero; y mientras la hayo en alguna parte, quisiera merecer de usted la atención de veinticinco pesos que necesito para que tome los baños mi señora, y para que no me arroje el tigre del casero, desde la miserable buhardiya en que ahora vivo, hasta la ignominia de un hospital. Crea usted, cabayero, que la fortuna da muchas vueltas; espero volver a lo que fui, y no perderá usted un cuarto de su préstamo.

Al llegar aquí la historia, se os acaba la paciencia; le dais media peseta, por no darle un puntapié, y se larga tan ufano, haciendo reverencias y mirando con preferente curiosidad, todo lo que es puerta o pasadizo.

Estas visitas son, como si dijéramos, las generales de la ley. Pero hace también otras, bastante más productivas, aunque no tan frecuentes.

Pinto el caso. Comienza a hablarse mucho en el pueblo de que la va a haber, lo cual, como ustedes saben, sucede cada verano. De mí sé decir que, desde que tengo barbas, no recuerdo uno en que no se haya dicho: «¡Oh!, lo que es de ésta, se arma la gorda, y no va a quedar títere con cabeza. Me consta por esto y por lo de más allá». También es otro hecho innegable que nunca faltan almas cándidas que dan entero crédito a estos rumores, ni hombres vehementes que se hallan dispuestos a echar el sombrero al aire y hasta una mano al negocio, si hay quien sepa colocársele a conveniente distancia. Excuso decir que en cada verano aparece esta señora Gorda con diferente tocado, y que nada le queda ya en el ramo que lucir, desde el gorro frigio hasta la boina.

Pues uno de estos hombres, o una de aquellas almas, es quien recibe la visita del ex-rentista cuando más en punto de caramelo andan los rumores públicos; pero, aunque raído y mal trajeado el visitante, no se compunge ni encorva en la visita; antes se presenta, si bien comedido y muy atento, con gran desenvoltura y buen talante, como quien más ha de ofrecer que recibir. Entonces es el hombre iniciado en los grandes secretos de la conspiración; viene del extranjero, donde aquélla se fragua, y va de paso para uno de los puntos de más peligro el día de la batalla. Sabe que el emperador de allí, o el comité de acullá, o el Gran Oriente del otro lado (según el color que tenga la Gorda), ha hecho a la causa un anticipo de doscientos millones. Hay metidos en el ajo quince batallones, treinta generales, ocho fragatas de guerra y el presidente del Consejo de Ministros. El grito se dará en tal parte al salir la gente de tal espectáculo. Toda España está hecha un reguero de pólvora, y sólo falta, para que arda, arrimar la mecha. El triunfo, pues, es seguro y muy pronto. Él ha pasado la frontera con grandes precauciones, y a pie, por lo cual está tan desarrapado. No trae credenciales ni papeles de ninguna clase, por no comprometer con ellos la «alta misión» que se le ha encomendado; pero si el encargo especialísimo para el visitado, de parte del personaje bajo cuya dirección se hace el fregado, de decirle que se cuenta con él, con su patriotismo, con sus influencias, para animar el espíritu del partido en esta ciudad, reunir los dispersos elementos, etc., etc. Antes de tres días saldrá el emisario para Madrid, donde ha de recibir cuarenta mil duros para ciertas atenciones de la causa. Entre tanto, necesita que los partidarios de Santander le proporcionen, siquiera, la miseria de dos mil reales para el viaje y comprar a un maquinista del tren que ha de despeñar un batallón que debe salir de aquí, por ferrocarril, dentro de unos días, a sofocar el alzamiento que tendrá lugar en los confines de la provincia.

Y el pobre hombre que escucha, devora hasta con los ojos, no ya con los oídos y la boca, las palabras del mugriento, y le da una convidada, y se echa a la calle, y revuelve a sus correligionarios, les cuenta lo que le han dicho, les saca los cuartos, reúne los dos mil reales más otros quinientos que él pone de su bolsillo, como en correspondencia al alto concepto que de él ha formado su excelencia, y se vuelve a casa tan convencido del inmediato triunfo del partido, que le falta muy poco para subir a la del Gobernador y aconsejarle que deje el mando por buenas, antes que le se quiten los suyos a linternazos. ¿Necesito pintar el afán con que el bolonio entrega el dinero recaudado y el placer con que lo recibe el descamisado bribón?...

Algunos días después de éstas y otras análogas, aunque no tan productivas fazaña, se oye decir que la policía ha hecho una redada de ladrones que intentaban robar el escritorio del señor de Tal, o la caja del Banco.

—Y ¿quiénes eran? —pregunta uno de esos curiosos que se creen en la obligación de conocer a todo el mundo.

—Pillería de Madrid —responde el preguntado—. Pero a dos de ellos quizá los conozca usted. El uno es un farsantón, de gran fachada, que se pasaba los días arrimado a las puertas de los cafés; el otro, sucio, raído y descamisado, probablemente le habrá visitado a usted para pedirle un anticipo de veinticinco duros.

Los de marras, lector. Bien dije yo que estos mozos eran tal para cual.

Fáltame añadir que, a pesar de esta quiebra del oficio, que, por de pronto, los lleva a la cárcel pública, si no en el mismo verano, al siguiente, y antes que los frutos de sus mieses lleguen a punto de sazón, ya los tenemos acá otra vez, preparándose para recoger su agosto.

¡Oh sabias y protectoras leyes de la patria!

El barón de la rescoldera

Cuando llega, en julio, a Santander, viene de Burdeos, adonde fue de París, donde pasó la primavera después de haber repartido el otoño y el invierno entre Madrid (su patria nativa), Berna, Florencia, Berlín y San Petersburgo. Ni los hielos le enfrían, ni el calor le sofoca. Es una naturaleza de roble que se endurece con los años y a la intemperie.

Pasa ya de los cincuenta, es de elevada talla, trigueño de color, de pelo áspero y rapado a punta de tijera; derecho como un poste; algo protuberante de estómago y de nariz; pequeño de pies, de manos y de boca; ancho de espaldas y de frente, y muy cerrado de barba, que se afeita todos los días cuidadosamente, menos en la parte en que radican sus anchas y bien cuidadas patillas a la macarena.

Viste todo el año de medio tiempo, y es su traje intachable en calidad y corte, así como es intachable también la blancura de su camisa, de la que ostenta no flojas pruebas en pecho, puños y pescuezo.

Fuma sin cesar grandes habanos, y saliva mucho, e infaliblemente antes de empezar a hablar lo poco que habla; y en cada desahogo de éstos, larga, zumbando, una pulgada de tabaco que ha partido con los dientes.

Para saludar, no da la mano entera, sino la punta del índice... cuando alguno le saluda; pues él no saluda a nadie en la calle, ni tampoco se para. Si el que pasea con él se detiene para hacerle alguna observación, él sigue andando inalterable. Si el detenido le alcanza después, bueno, y si no, como si jamás se hubiesen visto.

En estos casos, no usa, para sostener la conversación, más que salivazos y monosílabos: también algún carraspeo que otro. Para las grandes ocasiones tiene disponibles unas cuantas frases y pocas más interjecciones y palabras, tan breves como enérgicas: las frases para preguntar, las palabras sueltas para responder, y las interjecciones para comentarios.

Es rico y soltero; trae todo su equipaje en una maleta de cuero inglés, y por toda familia un criado joven que ya le entiende hasta por la mirada.

Viene a Santander acaso porque halla esta ciudad en su camino; pero es lo cierto que viene todos los veranos, y no por pocos días.

Se hospeda en la fonda que mejor le parece y la deja cuando le conviene; y le conviene dejarla, en cuanto observa que una falta grave se repite hasta tres veces; siendo para él faltas graves, el pescado que da en la nariz, el desaseo en su cuarto, la servilleta cambiada en la mesa y el vino adulterado, o cualquier de esas carnavaladas que suelen permitirse los huéspedes a las altas horas de la noche, sin respeto ni consideración a los que duermen y descansan.

En cuanto a baños, solamente toma dos o tres en la temporada; pero de a hora y media cada uno. Allí se está como una boya en la mar, restregándose la cabeza, carraspeando, escupiendo y estornudando sin cesar y a sus anchas, y con un estrépito que excede a toda ponderación. Cuando sale del agua, no es porque siente frío, sino porque se aburre sin fumar en tanto tiempo.

La primera vez que vino, tuve el gusto de conocerle y de estudiarle, porque un amigo mío con quien yo en cierta ocasión paseaba, era amigo suyo también: saludóle al cruzarse con él, diole éste el dedo, y juntos, retrocediendo nosotros dos, continuamos los tres aquella tarde; pues por la tarde era cuando esto sucedía, y en el alto de Miranda, cerca de la ermita.

Según íbamos andando, iba el barón devorando con los ojos el hermoso panorama que se descubría desde allí. A la izquierda, la ciudad amontonada, oprimida, agarrándose unas casas a otras, como con miedo de caerse al agua, y cual si se hubiesen detenido un instante, después de bajar rodando desde el paseo del Alta; la bahía, mojando los cimientos de las últimas; la bahía, con sus verdes riberas, sembradas de pueblecillos; después sus cerros ondulantes, y detrás de todo, los abruptos puertos, con su gigantesca anatomía recién desnuda y en espera ya de sus blancas vestiduras de invierno. A la derecha el mar, coronado de rizos por la juguetona brisa del Nordeste... y lo demás que sabe el lector tan bien como yo.

—¡Hermoso es todo esto! —dijo mi amigo al barón, cuando notó, por los gestos de éste, que la misma idea debía andar rodando por sus mientes.

—Sí —contestó lacónicamente el barón.

—Hasta la ciudad tiene algo de curioso, así tendida...

—Derramada —corrigió enérgicamente el otro, después de lanzar de su boca, con la fuerza de un cohete, medio cuarterón de tabaco.

Y tomó el rumbo del Sardinero, siguéndole nosotros con trabajillos: tan veloz era su andar.

Hay en aquel crucero, durante las tardes de verano, algo como laberinto de gentes y carruajes, que van y vienen. El barón surcaba impávido sus revueltas dificultades, como si éstas fueran su elemento, o llevara en su mano la punta del famoso hilo de Ariadna. Verdad es que yo no he visto una fuerza de codos como la suya, ni una facilidad más asombrosa para dejar, a su paso, figuras ladeadas y sombreros fuera de la vertical. Nosotros nos colábamos por el surco que él iba abriendo.

Al comenzar la bajada del camino, y en terreno ya más despejado, acortó un poco la marcha, y describió con la vista un arco desde Cabo Mayor a Cabo Quejo; abrió los ojos desmesuradamente, y su pecho y sus narices se dilataron, cual los de noble corcel que aspira el aire de la rozagante pradera, tras de oscuro cautiverio. Era indudable que el espectáculo le agradaba. Después estrelló la mirada contra las tabernas y los bardales inmediatos, frunció las cejas, escupió recio... y apretó el paso.

Así llegamos al Sardinero, y, sin momento de descanso, visitamos la galería, y la playa, y las casas una a una (exteriormente, se entiende), y las fuentes, y los paseos; y como un torbellino atravesamos el puentecillo1y llegamos a la capilla, en frente de la cual tuvo el barón la buena ocurrencia de hacer un alto. Diose luego media vuelta sobre sus talones, y encarándose con cuanto habíamos visto desde que comenzamos a bajar, como si quisiera hacer un resumen de todo ello.

—¡Gran naturaleza! —exclamó, hasta con su poco de entusiasmo.

—¡Admirable! —dijimos nosotros, haciendo coro a su himno.

—Pero sin arte —añadió, dejándonos con las notas entre los labios, y en la duda de si también alcanzaba su censura a la humanidad que hormigueaba por allí.

Y sin más explicaciones, describió la otra media vuelta que le faltaba, y emprendió la marcha hacia la Magdalena, como si el camino le fuera conocido.

Después de contemplar un instante el panorama del Puntal desde el polvorín, echó cambera arriba por detrás de éste. Indudablemente tiene este hombre un instinto particular para adivinar sendas y caminos.

Hasta dar con el de Miranda, no dijo una palabra, ni tampoco su respiración se agitó una sola vez. Lo mismo son para él las cuestas arriba que lo llano. Es un roble que anda.

Al bajar a la ciudad, le pidieron limosna, como a todo transeúnte, los pobres del paseo de la Concepción.

Al primero le largó un bufido que heló la plañidera retahíla en su gaznate abierto. Más abajo le tendió su arrugada diestra una anciana que estaba sentada a la sombra de un árbol. Entonces el barón, que parecía no fijarse en nada, después de llevar una mano al bolsillo, acercóse a la pobre y depositó algo en su regazo remendado. Miré hacia ello quedándome dos pasos atrás, y vi que eran monedas de plata. ¿Fue casual la acertada distinción que hizo entre los dos pobres, o es que la costumbre de dar muchas limosnas le ha enseñado a distinguir los buenos de los malos, con una sola mirada?

Ya en Santander, ofrecímosle billete para concurrir al Círculo de Recreo. Aceptóle, y acompañámosle por si quería ver sus salones y encrucijadas. Preguntónos por el de lectura, llevámosle a él, y no quiso visitar los restantes, especialmente el de juego; enteróse de la lista de los periódicos que se recibían allí, dio un vistazo a la biblioteca, y después de decirnos que en aquel departamento había más pasto para el cuerpo que para el alma (señalando respectivamente a la mesa de los papeles y a los estantes de los libros), salimos hacia la calle, sin mirar él siquiera a los que jugaban a la baraja a cuarenta grados de calor, entre nubarrones de humo de tabaco.

Cuando le dejamos a la puerta de la fonda en que se había hospedado, nos dio el índice, se descubrió toda la cabeza con la otra mano, y ofreciéndonos con un ademán fino y expresivo su habitación, trepó hacia ella... no sin haber estrellado antes, con un resoplido, contra la pared del portal, el medio tabaco que le quedaba entre los labios.

—¡Vaya un tipo! —dije a mi amigo, llevándome las manos a los riñones, que me dolían de correr tras él.

—Le conocí en Madrid el año pasado —me replicó mi amigo—, y puedo asegurarte, por lo que deduje de sus hechos y lo que de él me contaron los que le conocían mejor que yo, que es hombre que vale mucho. Tiene gran experiencia del mundo, y un ojo sutilísimo para conocer y apreciar las gentes. Es bueno y generoso, hasta el punto de que sería capaz de arrojarse al fuego por sacar de él a su mayor enemigo.

Posteriormente tuve ocasión de ver que no eran exagerados estos informes de mi amigo.

El barón de la Rescoldera, con todos los desabrimientos y resquemores, externos, de su título, es realmente un hombre de positivo valer.

De él puede decirse, como en resumen, que, al revés de tanto farsante y de tanto bribón como vive y medra, a expensas de la pública credulidad, es un hombre que no tiene palabra buena ni obra mala.

El marqués de la mansedumbre

Llegó a los cincuenta años sin haber salido de Madrid y sus contornos. El Retiro, la Virgen del Puerto, y a lo sumo el Pardo, eran para él las mayores espesuras y fragosidades de la Naturaleza. El mar podría tener, en cuanto alcanzase la vista, diez, veinte... hasta cien estanques como el Grande, si se quería. Estanque más o menos, ¿qué más daba? Del Manzanares al Saja, o al Deva, o al Ebro, o al Guadalquivir, habría la diferencia de algunas cántaras de agua en verano: en invierno, ninguna. En cuanto a praderas, no serían más verdes ni más extensas las del Norte que las que contemplaba él desde el cerrillo de San Blas cuando el trigo comenzaba a crecer. La temperatura estival de la corte no le afligía gran cosa, porque, además de estar formado en ella, no conocía otras más agradables.

Por lo cual, y sin mujer que le pidiera veraneos, y sin hijas que exhibir en las provincias, metódico y rutinario, amén de enemigo irreconciliable de toda lectura que a viajes y a novelas trascendiese, ni una sola vez sintió la tentación de meterse en alguna de las diligencias que salían de Madrid a varias horas y por todas las puertas de la villa, durante el verano, entre muchedumbres de curiosos que envidiaban la suerte de los pocos mortales que abandonaban aquel asadero implacable, y eso que él era uno de los curiosos. Antes al contrario, se compadecía de aquella carne embutida entre los cuatro inseguros tableros de la diligencia; carne cuyo destino era harto dudoso, considerando los riesgos que afrontaba, echándose a rodar por cuestas y desfiladeros, durante media semana, y a merced de bestias y mayorales. ¡Cuánto más higiénicos y menos arriesgados eran los paseos matinales que él se daba por los alrededores del estanque de las Campanillas; o vespertinos, junto al pilón de la Fuente Castellana!

Antes que el sol levantase ampollas, se encerraba en su casa, lo bastante grande, vieja y desamueblada, para ser, relativamente, fresca, y sustituía su traje de calle con un chupetín y unos pantalones de transparente nipis; y si esta precaución contra el calor no le bastaba, se quedaba en calzoncillos y en mangas de camisa. De un modo o de otro, se pasaba el día contemplando sus queridos pececillos.

Porque es de advertir que el señor marqués tenía la pasión de los peces de colores, y hasta seis redomas de cristal llenas de ellos.

Cambiarles el agua, desmigar pan sobre ella a horas determinadas, y estudiar en un tratado especial la manera de conservarlos y reproducirlos, eran sus únicas ocupaciones de recreo.

Posteriormente, dos viajes a Aranjuez en ferrocarril le demostraron que podía meterse un hombre en estos rápidos vehículos, sin el riesgo infalible de romperse las costillas o el bautismo; por lo cual, hasta se atrevió a prometerse a sí propio que tan pronto como hubiera una línea abierta hasta un puerto de mar, la aprovecharía para admirar los grandes peces en su propio y natural elemento. «Porque, desengañémonos —se decía—, no puede asegurar que conoce la merluza ni el besugo, quien solamente ha visto sus cadáveres embanastados en la plazuela del Carmen».

Y cumpliendo su promesa, tan pronto como la línea del Norte empalmó en Alar del Rey con la nuestra, armóse de valor y de dinero, y se plantó de un tirón en el famoso puerto del mar cántabro.

Si ha encontrado aquí lo que se prometían sus ilusiones, dígalo la puntualidad con que, desde entonces, viene cada verano a Santander.

Cansados estarán ustedes de conocerle. Es de corta estatura, muy derecho, enjuto de carnes, redondito de cara, risueño y corto de vista; son rubios los pocos pelos de su cabeza, y casi blancos los del recortado bigote. Gasta, en público, levita, corbata y pantalón negros, y chaleco blanco, sombrero de copa alta y anteojos con armadura de oro.

Tal es, repito, en público, su arreo, o, mejor dicho, en tierra, y con él le habrá visto el lector, no en las alamedas, ni en el Sardinero, ni en la sociedad, sino en los embarcaderos de todos los muelles, desde Maliaño hasta Puerto-Chico, o en camino de alguno de ellos, en los cuáles no faltan nunca pescadores de caña o de aparejo.

Tras ellos está siempre, estando en tierra, con las manos a la espalda, el bastón entre las manos, el cuerpo inclinado hacia adelante, y la vista inmóvil, fija en el corcho flotante o en la sereña tendida.

—¡Quieto, quieto! —exclama a lo mejor, si nota que el corcho se mueve y el pescador se apresura a tirar—. Esa es picada falsa... Ahora, ahora muerde..., ¡Fuera con él!

Y si el pescado sale coleando en el anzuelo, lanza un ¡bravo!; y si el pez no es pancho, bate además sus manezuelas; y de todos modos, sean panchos o lobinas lo que se pesque, él lo destraba, confundiéndose entonces, en un solo ovillo, el pez, las manos, las gafas y el anzuelo.

Semejantes intrusiones y familiaridades no dejaron de costarle al principio algún disgusto, pues no son siempre los pescadores de caña tan pacientes como la fama supone; pero, poco a poco, fueron éstos acostumbrándose a las cosas del señor marqués (que, por otra parte, no peca de roñoso con los del oficio), y hoy todos le toleran y hasta le encuentran devertido y célebre.

Mas no son éstas sus ocupaciones de carácter; quiero decir, que no viene para sólo eso el señor marqués a Santander.

Cuando llega, ya le está esperando una barquía perfectamente limpia y carenada, con los necesarios útiles de pesca, incluso la guadañeta para maganos. Prefiere la barquía, porque teniendo todas las condiciones de seguridad de la lancha y todas las de ligereza del bote, es bastante más grande que el uno y de más fácil manejo que la otra. Dos marineros, condueños de la barquía, están, como ella, a su disposición; y según que el marqués prefiera las porredanas o las llubinas, le conducen a la boca del puerto, o a las puntas de arena de la bahía, todos los días, infaliblemente, si el tiempo no está tempestuoso; pues por chubasco más o menos, no deja él de embarcarse para estar en el sitio conveniente al apuntar la marea.

Ancho pajero y desaliñado y viejo vestido de lanilla, lleva para el sol; y por si llueve, amplísimo impermeable y enorme paraguas de mahón. Por supuesto, no falta el acopio de vino y de fiambres para él y los marineros, el día en que la marea tercia de modo que no puedan volver a comer a casa a la hora conveniente.

Durante la pesca, transige con que los marineros le ceben los anzuelos o le reemplacen con otra nueva una tanza rota, o le desengarmen el aparejo, cuando éste se le enreda entre peñas o en la caloca; pero se guardarán muy bien de tocar el pez que él saque preso en el hierrecillo traidor.

Un día quiso lanzarse a correr aventuras fuera del puerto, seducido por las pinturas que sus marineros le hacían del tamaño y abundancia del pescado en aquellas honduras: y salió, en efecto; mas apenas comenzó la barquía a mecerse en pleno mar, y a columpiarse desde «el lomo altivo al seno proceloso de las ondas» (como acontece allí, aun en las ocasiones en que se dice de la mar que está como un plato), pensó que la costa bailaba el fandango, cambió la peseta, y tuvieron los dos marineros que llevarle a puerto seguro, antes que se les quedara entre las manos.

Esta lección le sirvió para no intentar siquiera «el estudio del besugo y de la merluza en su propio y natural elemento», contentándose, hasta mejor ocasión, con el anfiteatro de la Pescadería, donde los veía tan cadáveres como en la plazuela del Carmen, aunque un poco más frescos.

Por lo demás, entregándose, como se entrega, con verdadera embriaguez, al placer de la pesca menor, y poseyendo el arte como cree él poseerle, es, durante la temporada, casi completamente feliz. Y digo casi, porque no ha podido adiestrarse mayormente en el manejo especialísimo de la guadañeta.

—Aquí hay algún misterio que yo no penetro todavía —dice con desconsuelo a sus remeros e instructores, cada vez que éstos, predicando con el ejemplo, van sacando maganos—. Esta pesca es al vuelo, digámoslo así: hay que robar más bien que pescar; y necesito yo estudiar, ante todo, la marcha y la estrategia de la banda.

Y estudia, en efecto; y cuando ya se le rinde la muñeca de tanto menearla, la caridad, sin duda, medio le traba un magano que, al salir al aire libre, le lanza a la cara toda la tinta, dejándosela más negra que la del negro Domingo, sin que falte su abundante rociada para la camisa y cuanto blanquea sobre su cuerpo. Pero como esta tinta es la sangre de aquellas batallas, lejos de creerse afrentado con el tizne, lúcele orgulloso al desembarco, y toma las risas de la gente por muestras de admiración a sus proezas.

Tal es el verdadero punto negro de su felicidad; y eso que, generalmente, pesca poco, o no pesca nada, si no se le cuentan cómo pesca tal cual dolor de cabeza, o romadizo, que de esto no le falta, gracias a Dios, durante la temporada.

No hay para qué decir que es uno de sus grandes placeres obsequiar a las personas de su mayor aprecio con el producto de sus bregas de pescador. Que cuando no pesca habla de lo que ha pescado y de lo que piensa pescar, y que miente en la mitad de lo que habla entonces, también por sabido se calla. La afición desmedida a ese y otros parecidos entretenimientos, lleva consigo esa pequeña debilidad. Que lo digan los cazadores, y no se ofendan por ello.

La temporada de este tipo concluye cuando los noroestes se hacen crónicos, y la bahía, incitada por ellos, dice que no tolera más bromas en sus aguas. Entonces, curtida su cara por las brisas y el sol, apestando su equipaje a brea y a parrocha, gratifica generosamente a sus dos camaradas de campaña, después de pagarles el alquiler de la barquía, y sale para Madrid con el temor de que han de parecerle siglos los meses del invierno, aunque lleno de satisfacción por haber cumplido ampliamente el propósito que le trajo a Santander.

Un dato muy expresivo, que se me olvidaba:

Le vi en una ocasión pararse delante de una tienda donde yo estaba sentado. Plantóse a la puerta; dio en las losas dos golpecitos con la contera de su bastón, en el que apoyó en seguida su diestra mano; oprimió suavemente con la otra sus gafas contra el entrecejo; carraspeó tres veces; levantó mucho sus cejas y los correspondientes párpados, como si se maravillara de algo, y exclamó, por todo saludo, encarándose con mi amigo, y también de ustedes probablemente, el dueño de la tienda:

—Señor don Juan: pic... pic... pic... pic... pic... pic... pic... (y marcaba cada uno de estos sonidos con la mano izquierda, unidos índice y pulgar). Siete veces picó, y yo quieto... quieto... quieto... Picadas falsas... Tú te clavarás... En efecto: un poco después, ¡zas!... ¡zas!... (y aquí frunció el ceño el buen señor, y marcó los golpes a puño cerrado)... Ahora muerdes, dije yo; y ¡rissch!, tiro en firme... ¡Dos libras y media pesó! ¡Una porredana como un bonito!... Ayer tarde, a dos brazas de la Horadada... Esta noche tendemos el esparavel... Ya diré a usted la carnicería que resulte... Adiós, señor don Juan.

Y se fue.

Así conocí yo al inofensivo, al dulce, al apacible, al venturoso marqués de la Mansedumbre.

Un joven distinguido (visto desde sus pensamientos)

I. En un cuarto de una fonda

No me digan a mí (enfrente del espejo y en ropas menores) que aquellos hombres de anchas espaldas y robusto pecho, que gastaban gabanes de acero y pantalones de hierro colado, eran el tipo de belleza varonil... Serían, todo lo más, forzudos; pero ¿elegantes?... ¡bah!... Hay que desengañarse: es mucho más hermosa la juventud de ahora... ¿Qué hay que pedir a esta pierna larga y delgada, como un mimbre?, ¿a este brazo descarnado y suelto, como si no tuviera coyunturas?, ¿y a este talle que se cimbrea?, ¿y a este pescuezo de cisne?... ¡Si no fuera por esta pícara nuez! Pero se me ha corregido mucho, y a la hora menos pensada desaparece por completo. De todas maneras, la cubriré con la barba... cuando la tenga... Y en verdad que sentiré tenerla, porque con ella perderá el cutis su frescura: ¡cuidado si es fresco y sonrosado mi cutis! ¡Si estuviera la cara un poco más llena de carnes y fueran los dientes algo más blancos y menudos!... porque con estos ojos rasgados, este bigotillo de seda y este pelo negro echado hacia atrás... ¡Qué hermosa frente tengo!... Y eso que no es muy ancha... Bien. Ahora el traje amelí de negligé. ¡Qué bien cae el pantalón sobre los pies! Me gustan estas campanas tan anchas, porque tapan los juanetes. ¡Pícaros juanetes! ¿Por qué he de tener yo juanetes como un hombre vulgar?... No sé si me ponga el sombrero de paja a la marinera, o el de fieltro. Como es por la tarde... Me decido por el de paja. No viste tanto, pero me va muy bien... Ahora los guantes de piel de Suecia, el bastón de espino ruso... Y a la calle... Vaya antes una mirada general... ¡Intachable!... ¡Cómo se nos conoce en el aire a los chicos distinguidos!... ¡Por cierto que estos provincianos de Santander tienen un afán de arrimarse a uno!... Y luego serán capaces de quejarse si se les da un desaire... Pues no me hace gracia esta corbata: no juega bien con el traje. La cambiaré. Afortunadamente tengo en qué escoger. Papá se propuso sin duda que en esta primera salida mía a provincias dejara yo el pabellón bien puesto, y nada me ha escaseado. Corresponderé, papaíto, a tus propósitos, y la fama te dirá luego quién es tu hijo. Así están más en armonía los colores; y hasta las puntas sueltas dicen mejor a este traje que el nudo armado... Probablemente me estarán esperando en el Sardinero Casa-Vieja, Monteoscuro, Prado-verde y Manolo Cascajares... Y hoy me hacen suma falta para que me ayuden a averiguar quién es aquella hechicera y distinguida rubia que paseaba ayer tarde con las de Potosí. Cuando quise acercarme a ellas para saberlo, se metieron en un carruaje, y perdí la pista... Tres veces me miró ¡tres!, pero ¡con qué intención!... Lo raro es que yo no la conocía hasta entonces... Acaso ella me haya visto antes en alguna parte: esto es lo más probable... En lo que no cabe duda es en que las de Potosí la habrán dicho quién es papá; por consiguiente tengo andada la mayor parte del camino, y mis relaciones con ella son seguras... Lo siento por el desengaño que van a llevarse mis dos conquistas del Muelle. ¡Pobres chicas! Pero ellas se lo han querido. A la tercera vez que pasé bajo sus balcones, ya me devoraban con los ojos... Y el caso es que son muy bonitas... Si se conformaran con el segundo puesto que les corresponde en mi corazón. ¡Corazón! Pero ¿le tienes tú, acaso, joven voluble?... ¡Y ellas que aspiran a conquistar el primero! Tendría que oír lo que se dijera de mí en Madrid este invierno, si me presentara en el gran mundo con la historia de dos conquistas provincianas por botín de mi campaña veraniega. ¡Yo que soy uno de los chicos de moda y de más porvenir!... En fin, por de pronto martiricémoslas un poco, y enseñemos a estos cursis montañeses algo de lo que vale y puede un joven de la buena sociedad madrileña.

II. En la calle

Antes de acometer el asunto principal de mi empresa de hoy, hagamos un poco de prólogo por el interior de la ciudad. Éntrome por la calle de San Francisco... ¡Vulgo, vulgo todo! Modistillas, horteras, traficantes que van y vienen, y algunas señoras cursis... Aquellos tres chicos con humos de elegantes van a querer arrimarse a mí... Haré que no los veo, poniéndome a mirar esta vidriera... Ya pasaron... Me carga esta gente por lo pegajosa que es... No sé por qué se les figura que el darle a uno billete para el Círculo, o para los bailes de campo, les autoriza para tomarse ciertas libertades... Todos los que pasan a mi lado me miran. Dirán para sus adentros: «¡Qué chico tan elegante y tan distinguido! Ese es de Madrid...» porque se nos conoce a la legua... Se me figura que por más allá de San Francisco viene algo que no es vulgo... ¡Oh, fortuna!, son las de Cascajares. Bien decía yo que ese aire no era de por acá. Voy a saludarlas... —A los pies de ustedes... —Perfectamente, gracias... —Pues por aquí matando el aburrimiento... —Lo comprendo sin que ustedes me lo digan... —Ni tampoco sociedad... —Qué quieren ustedes, les falta chic... —También yo, en cuanto se marchen las amigas del Sardinero... —Creo que van primero a Ontaneda... —Y Pilar erisipela... —¡Qué maliciosas son ustedes! —Y Manolo ¿dónde anda?... —Entonces le veré en el Sardinero... —A los pies de ustedes.

¡Qué amables, qué discretas y qué distinguidas! Pues tampoco yo he sido rana... ¡Aquello de la erisipela lo dije con una travesura y un retintín!... A estos gomosos provincianos quisiera yo ver tiroteándose con las señoras del gran mundo. ¿Qué idea tendrán de él aquí! ¡Pobre gente!

Pues, señor, esta región ya está explorada. Ahora al Muelle. Allí lanzaré un par de flechazos a mis dos montañesitas, y en seguida tomo el tranvía para el Sardinero. De más tono sería un carruaje abierto, en que fuera yo recostado con esa indolencia voluptuosa que tan bien me va; pero no hay que hablar de eso en este pueblo atrasadísimo... Echo por los atajos para llegar primero.

¡Oh, qué brisa tan oportuna corre por aquí!... ¡Cómo juguetea con mis cabellos y con las puntas sueltas de mi corbata!... ¡Debo estar hermosísimo en este instante!... Andaré un poco más de prisa, no se figure algún mentecato indígena que la Ribera ni las que en ella viven son capaces de llamar mi atención... ¡Voy de paso, sí, señores, nada más que de paso!... aunque demasiado conocerá la gente que, a estas horas, no puede venir por aquí con otro objeto un chico distinguido de Madrid.

Me parece que aquel mirador es el de una de ellas. Justamente... ¡como que está esperándome en él!... Pero no está sola... ¡Anda!, pues es la otra quien la acompaña. Serán amigas... Tanto mejor: así despacho de un solo viaje. ¡Hermosa carambola voy a hacer con cada mirada!... ¿qué digo carambola?, la discordia es lo que van a producir mis miradas, como la manzana del otro... ¡Suerte más provocativa!... Vayan, ante todo, un par de estirones de puño, haciendo, de paso, como que el sombrero me sofoca, para meter los dedos entre el pelo... A esos dos provincianillos que vienen por la otra acera, les haré un saludo desdeñoso; y dirán las chicas: «¡con qué desdén tan distinguido los trata!, ¡cómo los domina!...». ¡Agur!... ¡Qué fachas van!.. Las del mirador me han visto... Pues allá va la mirada... Ya la pescaron... Me miran de reojo y se sonríen y cuchichean. ¡Cómo disimulan la una con la otra! Luego será ella, cuando tratéis de ver quién se le lleva. Para vosotras estaba, inocentes... La verdad es que son monísimas... ¡Válgame Dios, qué estragos podía yo hacer en este pueblo si me lo propusiera! No miro a una que no me corresponda... Otro golpe de brisa. Todo me favorece hoy. ¡Es que estoy graciosísimo con estas arremetidas del aire!... Antes de perder de vista el mirador, voy a volver la cara... ¿No lo dije? Devorándome están con los ojos... Y para disimular más, se meten corriendo en casa, haciendo que ríen a carcajadas... ¡De cuánto fingimiento es capaz la mujer! Pues, señor, este fruto está ya sazonado; y aunque sea para entreplato, se aprovechará.

El Suizo. Con la disculpa de buscar a alguien, voy a darme un par de golpes de espejo... Perfectamente. ¡Qué hermoso estoy esta tarde!... Es que nunca ha sido mi cutis más blanco, ni han tenido mis ojos más hechicera languidez. ¡No me extraña que las del mirador hayan quedado fascinadas!... ¡Es mucho ese Madrid para chicos distinguidos!

Ahora, a tomar el tranvía y buscar a mi gente al Sardinero... ¡Ah, rubia!, te compadezco...

Me cargan a mí estos tranvías de provincia, por la morralla que va en ellos... Por supuesto que, como de costumbre, tendré que ir de pie en la imperial, porque en el interior es un poco pesado llevar tanto tiempo el ceño fruncido y la cara de asco... Y de otro modo no puede ir un chico distinguido como yo. Arriba, con la disculpa de mirar al mar, puede uno siquiera volver la espalda a todo el mundo sin violencia y sin que choque... Debería haber departamentos en estos carruajes.

III. En el sardinero

Esto ya es otra cosa... aquí puedo decir que estoy en mi casa. ¡Qué toaletas; qué negligés tan chic!... ¡Cómo se destacan las madrileñas!... y ¡cómo me destaco yo! Empecemos por buscar a los amigos; después a la rubia. La compañía le hace a uno más osado y hasta más elocuente... No los veo por ninguna parte... Pero en cambio veo a las de Potosí, que están aquí paseando. ¡Canastos!, vienen solas... ¿Y la rubia?... Lo más acertado será preguntar discretamente por ella... —Señoritas... —Muy bueno, gracias... —Sí, la tarde está hermosa para eso... —Ayer estaban ustedes más acompañadas... —Palabra de honor: jamás había visto a esa señorita.. —Hermosa es, en efecto; pero ¿y qué?... —Ni tarde ni temprano... —¡Que se ha marchado ya?... —¡Oh!, no me admiro por lo que ustedes creen, sino por lo poco que ha estado aquí... —De modo que veinticuatro horas escasas... —Pues no vi yo a su papá. —¡Barrizales! ¿Luego ella es Lola Barrizales, la que estaba en un colegio de Alemania? Y ¿qué va a hacer ahora en Madrid?... —¡Que va a casarse en cuanto llegue?... —Nada hay de raro, en efecto, sino que... en fin, que sea enhorabuena. Y hablando de otra cosa, ¿han visto ustedes a Casa-Vieja y demás amigos por aquí?... —Lo siento, porque andaba buscándolos para un asunto... Veré si en la galería... A los pies de ustedes.

¡Horror y maldición! Conque era Lola Barrizales, y Barrizales es íntimo de papá, y ella supo quién era yo; luego aquellas miradas eran lo que yo me figuraba; y tal vez la sacrifican y ella quería decírmelo, y yo pude haberlo impedido con una sola entrevista... ¡Maldito coche en que se metieron ayer! ¡Lola Barrizales!, ¡bella, rica y distinguida!... ¡Qué ocasión para mí!, ¡qué ocasión perdida, dioses inmortales! Pero ¿tiene remedio ya este bárbaro contratiempo? Eso es lo que tengo que consultar con mis amigos, y voy a buscarlos ahora mismo a la galería... Entraré en ella muy pensativo y hasta cabizbajo, como quien lleva herido el corazón: esta actitud me irá muy bien. Entremos. ¡Cuánta gente elegante!... No están ellos aquí tampoco... En aquel extremo hay una silla desocupada... La ocupo... Dos chicas muy guapas se han fijado en mí. Buena ocasión para herirlas... Apoyo el codo en la barandilla, la cabeza sobre la palma de la mano, y me pongo muy triste y melancólico. Siguen mirándome... Y dirán ellas: «Ese joven debe tener una gran pesadumbre: ¡qué hermoso es!» y me compadecerán... Ahora miro al suelo, apoyando la frente en mi mano; y como si quisiera ocultar alguna lágrima que enturbiara mis ojos, doy golpecitos en el pie con el bastón. Pero la angustia va en aumento, el disimulo no alcanza y vuelvo la cara hacia la ermita. Para expresarlo mejor, muerdo el pañuelo... Estoy así un ratito, como sollozando. ¡Qué hermoso debo estar!... Ahora, después de sonarme y guardar el pañuelo, debo levantarme y salir de prisa, ocultando la cara, como si mi dolor se aumentase entre la gente. Allá voy... Siguen mirándome las dos chicas, y creo que algunas más. No importa; yo no puedo, no debo, en esta situación, fijarme en nadie: a papá mismo negaría el saludo... ¡Magnífica salida he hecho! ¡Qué interesante he estado!... Me parece que he causado gran efecto. A la noche indagaré si se habló algo de mí después que salí de la galería.

Aquí afuera hay demasiada gente también, y no debo permanecer entre ella estando tan triste como estoy. Me voy del Sardinero a buscar la soledad que me corresponde. «Estuvo aquí un instante (debe decir la gente mañana) muy afectado, y se retiró en seguida sin saludar a nadie...» y habrá hasta quien crea que fui a los Pinares a levantarme la tapa de los sesos. ¡Magnífico! Esto me pondrá de moda.

Me vuelvo a la ciudad, a pie, por la Magdalena; y me ayudarán a conllevar las fatigas del camino mis tristezas. En marcha, pues.

IV. Otra vez en su cuarto

Resumen de mis meditaciones del camino: continuaré en Madrid la empresa malograda aquí. El destino me la arrebató soltera; yo haré que el diablo me la devuelva casada. (Desnudándose enfrente del espejo.) ¡Qué interesante me han puesto la pena y el cansancio!... Un amor contrariado con los correspondiente azares y escándalos, debe ser la ambición de todo hombre de mundo. La suerte quiere, por lo visto, que yo empiece por donde tantos calaveras han concluido. ¡Cúmplase mi destino, y adelante! Pero entre tanto, yo padezco y necesito distraerme. Me distraeré... abusando un poquito de mis ventajas... Esta noche al teatro; mañana al baile de campo con todos los recursos de mi hermosura, de mi distinción y de mi ropero. No me contentaré ya con la mirada y con la sonrisa; usaré también el billete perfumado, y luego el soborno, y después el escalamiento, y, por último, hasta el rapto, y, si es preciso, la estocada... Comencemos por vestirme de serio... ¡Juro a Dios que no me detendrán en mi carrera ni lágrimas ni amenazas! Yo no he traído esta contrariedad fatal; yo no me he colocado por mi gusto en esta actitud que ha de dejar memoria eterna en Santander. No se me pregunte luego por qué dejo víctimas detrás de mí:


«Soy el león... perseguido
que sacude la melena».
 

Y pues al cielo plugo hacerme sentir el fuego de una pasión, y arrebatarme el objeto que me la inspirara, de las cenizas que deje a mi paso esta llama abrasadora,

«responda el cielo, yo no».

Las del año pasado

¿Conoce el lector a las de doña Calixta? En un libro que anda por ahí con el rótulo de Tipos y Paisajes, se habla de ellas y de otras muchas cosas más. Si no las conoce, compre el libro. Si las conoce, con decirle que no se separan de ellas en todo el verano las aludidas en el título de este croquis, debe hallarlas en su memoria a poco que la registre.

A mayor abundamiento, le daré algunas señas particulares. Son dos, madre e hija. La madre es achaparrada, con el pescuezo más bien embutido que colocado entre los hombros, y la cabeza ensartada en el pescuezo, como una calabaza en la punta de una estaca; tiene ancha y risueña la boca, fruncido el entrecejo, grises los ojos, poca frente, mucho pelo, mala dentadura y peor el cutis de la cara. La hija, por uno de esos caprichos inconcebibles de la naturaleza es todo lo contrario de su madre: de bizarras líneas, de hermosas y correctísimas proporciones; modelo del arte clásico, mármol griego, y, como de tal sustancia, fría e inanimada. Se llama Ofelia. Su madre no responde más que al nombre de Carmelita, aunque otra cosa se le grite al oído.

Los que lo entienden, dicen que Ofelia podría ser irresistible por la sola fuerza de su propia hermosura, con expresión en la fisonomía, flexibilidad en el talle y gusto en el vestir; pues además de rígida e inanimada, parece que es sumamente cursi. En cuanto a Carmelita, basta verla en la calle una vez para que el menos autorizado en la materia pueda decidir de plano que es un espantapájaros.

Táchese en las dos, como resabio de su mal gusto, un afán inmoderado de hacer ver a todo el mundo que siempre llevan zapatos nuevos, de los más relumbrantes o de los más historiados.

Cómo empezaron sus relaciones con las de doña Calixta, no lo sé yo: acaso hubo entre unas y otras esa atracción misteriosa que se explica en latín con aquello tan sabido de similis, similem querit; pero es indudable que desde que por primera vez llegaron a Santander a veranear, intimaron con la «coronela» y sus tres hijas, como dos gotas de agua con otras cuatro. A sus reuniones van, a sus amigas visitan; con ellas recorren de día y de noche calles y paseos; por ellas pagan sorbetes en el café, coches al Sardinero y lunetas en el teatro; y en su exclusiva compañía asisten a los bailes campestres, a las serenatas, a las procesiones y a las solemnidades públicas.

Desde la primera vez que se la vio en este pueblo, llamó la atención la hermosura de Ofelia; pero ni los hombres la codiciaron, ni las mujeres la temieron: sus ya enumerados defectos, y el contrapeso estrafalario que le hacía su madre constantemente, entibiaban hasta el frío el entusiasmo de los unos, y tranquilizaban hasta el desdén a las otras. Nadie, pues, supo su nombre, ni quiso cansarse en preguntar por él. El primer año, si se la citaba en una conversación, se decía únicamente: esa que anda con las de doña Calixta. Desde el verano siguiente, ya se las llamó, a ella y a su madre, las del año pasado; especie de mote que revela cierto cansancio de verlas y pocos méritos para murmurar de ellas más de una vez.

Las de doña Calixta están locas por Ofelia. En su presencia, la ensalzan hasta la adulación; ausente, aburren al lucero del alba hablando de su hermosura, de su elegancia, de su brillante posición, de sus relaciones entonadas en Madrid, de las magníficas proporciones que desecha, de sus deseos de llevarlas a pasar el invierno a su lado, de las cartas que se escriben desde que se va de aquí, y de los encargos que se hacen mutuamente.

—Pero ¿quiénes son ellas? —se ha preguntado muchas veces a las de doña Calista—. ¿Qué pito tocan en Madrid; cuál es su verdadera posición social?

A las cuales preguntas jamás han dado las interrogadas una respuesta satisfactoria; porque, a decir verdad, no están ellas en el asunto mucho más enteradas que los preguntantes.

Y bien sabe Dios que hacen todo lo posible por ajustar a sus amigas las cuentas al menudeo; pero sea porque el asunto es harto sencillo y no necesita explicaciones y está a la vista, o porque realmente hay malicia para disfrazarle, es lo cierto que las de Madrid no acuden al interrogatorio con la claridad que desean las de Guerrilla.

—¡Dichosa de ti —dicen éstas a Ofelia en sus frecuentes confidencias con ella—; dichosa de ti, que puedes vivir en la corte con todas las ventajas que te dan tu posición y tu figura!

—No tanto como creéis —contesta Ofelia entre desdeñosa y presumida.

—¡Ay!, no me digas eso... Di que Dios da nueces... Aquí te quisiera yo ver todo el año.

—De modo que, mejor que aquí, desde luego os confieso que se pasa allí el tiempo; pero de esto a lo que vosotras pensáis...

—¡Madrid!, con aquellos paseos, con aquellos teatros, con aquella tropa y aquellas músicas... Todo el día estarás oyéndola,¿verdad?

—Psé... Como no sea alguna vez que voy a la parada con mamá...

—¡A Palacio!... ¡qué hermosura!... estará la plaza llena de generales.

—Ni se arrepara en ellos, chicas... La última vez que fuimos se empeñó el coronel entrante en que tomáramos asiento en el pabellón...

—Y tú, con esa sequedad condenada, no querrías.

—Claro está que no.

—¡Uf, qué rara, hija!... ¡Me da coraje ese genio! No me extraña que te sucedan ciertas cosas.

—¿Qué cosas?

—Por de pronto, aburrir a tus proporciones y hacerlas creer que las desprecias, que es lo mismo que si las tiraras por la ventana... Ya ves cómo lo creyó aquel de quien nos hablabas ayer...

—¡Mira qué ganga!... Un simple catredático.

—Ya se ve ¡como tienes otros adoradores de alto copete!

—No lo dirás por el comendante que me echó la carta por debajo de la puerta.

—Ya sabes tú que voy por más arriba.

—Por el marqués de la esquina, ¿eh?

—¿Se llama así?

—No, pero vive a la esquina de la calle, dos puertas más abajo que nosotros... como vive un duque tres puertas más arriba y un conde enfrente.

—De modo que en tu calle todos sois personajes.

—Eso sí.

—¡Qué gusto! ¿Y lo del marqués será cosa hecha?

—Psé... Hay poco que fiar, si os he de decir la verdad; no porque él no esté bien apasionado, sino porque como en Madrid hay tantas proporciones y cambia una tantas veces de parecer... Esto nació del teatro Real... Como es muy amigo de papá, me acompañó hasta casa a la salida. Después me ha visitado muchas veces, y siempre ha tenido alguna cosa que decirme al oído.

—Y tú, ¿qué le has contestado?

—Que se lo diga a papá.

—¿Ve usted? ¿A que desprecias también esa proporción?

—Allá veremos.

—¡Ay, qué sangre de chufas!... ¿De modo que vas muy a menudo al Real?

—Bastante.

—Estarás abonada.

—No quise que se abonara papá a turno con las Consejeras del principal: ellas bien me lo rogaron; y desde entonces, porque no lo tomaran a desprecio, no me he abonado nunca.

—¡Buenas estarán aquellas funciones! ¡Qué concurrencia habrá allí!

—Mucho personaje... toda la corte... y muchísimo título; pero de confianza.

—Como que os conoceréis todos.

—La mayor parte son íntimos de papá.

—¿Por qué no tiene título tu papá?

—Porque, como él dice, está por lo positivo.

—¿Tendréis carruaje?

—¡Como hay tantísimos de alquiler!...

—Es verdad.

—Por supuesto, que te escribirás con el marqués.

—Anda, curiosa, picarona, ¿quieres saber tanto como yo? ¡Esas cosas no se dicen, ea!

Y con esto, o algo parecido, y cuatro palmaditas sobre el hombro de la preguntona, corta Ofelia el interrogatorio a que todos los días se la somete, y cambia de conversación.

Entre su madre y doña Calixta pasa, en el ínterin, algo por el estilo.

—¿Y cómo no se anima su esposo de usted a acompañarlas algún verano? —pregunta a la de Madrid la coronela.

—Porque no puede, doña Calixta.

—¡Que no puede!... ¡un hombre de su posición!

—Pues por lo mismo. ¡Usté no sabe, doña Calixta, qué bregas y qué laberientos trae ese hombre de Dios metidos en aquella cabeza! Ya se lo digo yo bien a menudo: «¡Cualquiera pensará que no tienes qué comer!».

—Lo mismo me pasa a mí con el coronel, Carmelita. Ahí le tiene usted metido en sus haciendas todo el año de Dios. Hoy, que está levantando la presa de una fábrica de harinas; mañana, que va a los cierros con un regimiento de cavadores; otro día, que está cercando una mies que compró la víspera; ahora, que construye una casa de labor; después, que entró la peste en la ganadería y ha tenido que visitarla con los albéitares; cuándo que los colonos; cuándo que el administrador... ¡Nunca jamás tiene un día para ver a su familia!... «Pero, hombre —le he dicho algunas veces—, sacrifica media semana siquiera para saludar a estas señoras tan buenas y que tanto nos quieren...». Como si callara, Carmelita...

—Pues sucediéndole a usted eso con su esposo, ¿cómo le extraña que el mío no nos acompañe jamás?

—Creía yo que los negocios de ese caballero no serían de los que amarran tanto como las aficiones de Guerrilla.

—¡Mucho más, doña Calixta! Fígurese usted que mi esposo no tiene hora libre. Estamos almorzando: carta del ministro de Hacienda para que se vea con él inmediatamente; nos sentamos a comer: volante del gobernador que tiene que hablarle de continente; vamos a salir al Prado, o a la Castellana, o al teatro, o al baile de Palacio, es un suponer: pues el diputado, o el ayudante del general, o el diablo, está ya a la puerta para que se vea en el azto con el presidente de las Cortes, o con el capitán general, o con el director de Beneficencia, sobre que la contrata, o el suministro... Le digo a usted que él podrá ganar buenos caudales, pero buenos sudores le cuestan al pobre. Así es que algunos días tiene un humor que tumba de espaldas.

—Y ¿por qué no tiene un hombre de su confianza en quién descansar?

—Porque, como él dice, «hacienda, tu amo te vea». Lo mismo le pasará a su esposo de usted.

—Es verdad; pero ya que tan bien le ha ido y le va con los negocios, ¿por qué no se retira de una vez? La salud ante todo, Carmelita. Y para una hija sola que tiene...

—Cierto es eso; pero los negocios parece ser que están enredados unos con otros, y que no es tan fácil como se cree echar el corte cuando se quiere... Y si no, pregúnteselo usted al coronel.

—En verdad que algo de eso suele decirme a mí Guerrilla cuando le llamo codicioso, y le aconsejo que lo deje todo y se venga al lado de su familia.

—Pues velay, usté.

—Ya, ya; ya me hago cargo.

Y por más vueltas que dan la madre y las hijas a sus interrogatorios, no sacan otra cosa en limpio las de doña Calixta, con respecto a la verdadera posición social de sus amigas de Madrid.

Algo pudiera decirlas yo que les ahorrara más de la mitad del camino para llegar al asunto; pero ¡vaya usted a ponerlo en sus bocas! Toda la veneración que sienten por Ofelia, no alcanzaría a impedirlas que se lo contaran, en secreto, al primero que les manifestara el mismo afán que ellas tienen hoy. Y que ese algo no debe publicarse después de haber ellas mismas ensalzado tanto la prosapia de Ofelia, es indudable. Y si no, que lo diga el imparcial lector, a quien hago juez en el asunto. Trátase de una carta que las de Madrid se dejaron olvidada, debajo de la cama, en la casa de huéspedes que habitaron el verano pasado; carta que llegó a mi poder, no diré cómo, y canta así:

«Mi más querida esposa Carmelita y amadísima hija Ofelia: Sus escribo la presente para decirvos que estoy bueno de salú, y para que me digáis cómo anda la vuestra; pus va diquiá dos semanas que no recibo carta de vusotras. De paso sus alvertiré que, como la lezna no entra por onde señala, lo de la contrata de zapatos para el Hospicio no salió esta vez como las otras; y gracias que lo cuento en mi casa. Paece de que antier volvieron los chicos descalzos al establecimiento, porque, a resultas de la lluvia, se reblandeció el cartón de la suela y se descubrió el ajo. Diréis que cómo otras veces ha pasado el engaño, y ahora no. Sus diré a eso que, en primer lugar, esta vez, por guitonada de los oficiales, no se dio bien al cartón el unto que sabéis y con el que aguantaba un zapato siquiera tres posturas (no mojándose en la segunda); y después, porque ya no está allí el encargado de enantes, que además de recibir la obra por buena, echaba a los chicos la culpa de la avería, cuando se le quejaban de ella. Tomó cartas ahora el administrador, y me baldó. Por buena compostura, he consentido en perder todo el valor de lo entregado, que, por fortuna, de cartón era ello y de badana. ¡Bien haya los sofocos que me di cortando pares en el mostrador! ¡Y yo que pensaba calzar a medio ejército de tropa, por lo que, como sabéis, tenía echado un memorial en el menisterio! Me temo que lo del Hospicio no me ha de favorecer nada para el caso. Y lo peor es que por atender con todos mis operarios a la tarea, los parroquianos de fino han estado mal servidos, y algunos me dejan.

A todo esto, sus diré que el marqués de la esquina se ha casado en Alicante con una viuda rica y vieja, para salir de trampas. Bien sus decía yo que estaba más tronado que una rata, y también sus dije que me debía los botitos de dos años; y ahora sus diré que además me debía siete duros que me pidió una noche al pasar por la tienda, porque no llevaba suelto. Cuando venga le pasaré la cuenta de todo; y si paga, que no pagará, eso saldremos ganando... ¡y gracias que no nos debe más, que bien hubiera podido ser! No hay que pensar en estos marqueses que soban mucho a los artistas que tenemos hijas guapas.

Esto me alcuerda que ya van cinco veranos que veraneáis en esa, sin el menor apego de indiano, como sus figurestes. Con un par de negocios como el del Hospicio, sacabó la tela, y, como el otro que dice, el veraneo de moda. Mucho sus quiero, pero no sé si podréis ripitir.

Venisius pronto, que ya me hacéis falta para el ribeteo de fino: alcordarvos de que pierdo dinero pagando, más de mes y medio, oficialas que hagan vuestra labor.

Tocante a lo demás, devertisius mucho, pues bien sabéis sus ama y sus estima vuestro esposo rendido y amante padre.

Crispín de la Puntera».

En candelero

—Que va a Alicante; que prefiere a Valencia; que acaso se decida por Barcelona.

—Que ya no va a Barcelona, ni a Valencia, ni a Alicante, porque viene a Santander.

—Que ya no va a ninguna parte.

—Que le son indispensables los baños de mar, y que tiene que tomarlos.

—Que se decide por la playa del Sardinero.

—Que vendrá en julio; que acaso no pueda venir hasta principios de agosto; que lo probable es que ya no venga hasta muy cerca de setiembre.

—Que ya no viene ni en julio, ni en agosto, ni en setiembre.

—Que, por fin, viene, y se cree que se hospedará en una fonda del Sardinero.

—Que es cosa resuelta que llegará el tantos de julio, y que no se hospedará en el Sardinero, sino en la ciudad.

—Que no se sabe si le tendrá en su casa el marqués de X, o el conde de Z, o don Pedro, o don Juan, o don Diego.

—Que resueltamente se hospedará en casa del señor de Tal.

Eso, y mucho más por el estilo, cuentan, corrigen, desmienten, rectifican y aseguran todos los días estos periódicos locales, con el testimonio de los de Madrid y algunas correspondencias particulares, desde mayo a fin de julio, casi en cada año, refiriéndose a alguno de los personajes que a la sazón se hallen en candelero.

Un día vemos conducir a hombros, por la calle, una lujosa sillería, un espejo raro, una mesa de noche muy historiada... algo, en fin, que no se ve en público a todas horas; observamos que las señoras indígenas transeúntes se quedan atónitas mirando los muebles, y hasta las oímos exclamar: «Son para el gabinete que le están poniendo. El espejo es de Fulanita, la mesa de Mengaño y la sillería de Perengaño».

Y llega el tantos de julio; y por la tarde se ven fraques, levitas y tal cual uniforme, camino de la Estación, y además el carruaje que envía el señor de Tal, propio, si le tiene, y si no, prestado.

Poco después estallan en el aire, hacia el extremo del andén, media docena de cohetes, y casi al mismo tiempo se oye el silbido de la locomotora que entra en la Estación. Luego salen de ella los viajeros vulgares, y puede verse en el fondo, en frente de la puerta, un grupo de personas apiñadas, confundiéndose en él el oro de los uniformes con el negro paño de la media etiqueta; el cual grupo se cimbrea de medio arriba muy a menudo, dejando ver, a tiempos, en su centro, una persona erguida e impasible, como ídolo que recibe la incensada; después el del centro del grupo, con otros tres de la circunferencia, toman asiento en el carruaje; sale éste al trote de sus caballos; síguenle, echando los pulmones por la boca, dos docenas de granujas impertinentes, y una pareja de guardias municipales que llevan los paraguas y los abrigos de algunos de los que van en el coche, y vuelven a verse los mismos fraques y galones de antes camino de la Dársena, pero dispersos y en desorden.

Y andando andando, el carruaje llega al punto de su destino.

—¿Cuál de ellos es? —pregunta algún curioso, al ver apearse a los del coche.

—Ese que va en medio...

—Pues no tiene la mejor traza —replica el preguntante, con cierto desaliento, en la creencia, sin duda, de que el hombre está obligado a embellecerse a medida que asciende en la escala de los empleos.

Los que le acompañaron hasta su misma casa, salen de ella a poco rato; y cuando anochece, comienzan a llenar de ruido la barriada la charanga de la Caridad, y sucesivamente todas las murgas que de la caridad pública viven.

Al día siguiente vuelven a verse por la calle las libreas de la etiqueta. Son de los que tienen obligación de ir a ofrecer sus respetos al recién venido, y de las comisiones de esto y de lo otro. Recibe a cada grupo a hora distinta, y tiene para todos frases bastante lisonjeras, ya que no muy variadas.

—Señores —suele decirles—: yo me felicito de recibir el cordial saludo de... (aquí lo que sean los visitantes) tan dignos y beneméritos. Estad seguros de que si seguís prestándonos todo el apoyo de vuestra importantísima adhesión y de vuestro celo e inteligencia en el desempeño de vuestros respectivos cargos, el Gobierno se envanecerá de ello; y el país, que tanto espera de nosotros, porque por nosotros está nadando en la felicidad y en la abundancia, os lo recompensará con largueza. Yo, fiel intérprete de sus deseos y aspiraciones, os lo prometo en su nombre.

Se dicen luego cuatro vaguedades sobre la salud del visitado, sobre la virtud de los baños de ola, y sobre el paisaje y el clima de la Montaña, y a otra cosa.

Al segundo día, aún se ven algunos curiosos... y curiosas de copete, husmeando hacia la puerta de la calle, a las horas probables en que él ha de salir.

Al tercero, nadie se acuerda ya del personaje. Sólo la prensa local se ocupa, con un celo superior a todo elogio, en decirnos si va o si viene; si le pintan los baños; si piensa darse tantos o cuántos, y cuántos se ha dado ya; si prefiere el bonito a la merluza; con quién comió y con quién comerá; a qué hora se acuesta; quiénes le hacen la tertulia; de qué lado duerme y a qué hora se levanta.

Al octavo día, observa la gente que por la Plaza Vieja sube un coche lleno de señores muy espetados.

—Ahí va —dicen algunos.

—¿Adónde? —se les pregunta.

—A visitar el Instituto. Desde allí irá a la Farola. Ahora viene del Cristo de la Catedral.

—Entonces ¿está ya para marcharse?

—Claro; ¡cuando le enseñan eso!...

Y así es, en efecto. Al cumplirse la semana y media desde su llegada, vuelven a verse una mañana, camino de la Estación, los fraques, los galones, el coche, los granujas y los policías de la otra vez; y en el andén, el mismo grupo dando sombreradas y apretones de manos al propio personaje, que va poco apoco desapareciendo en un coche reservado y muy majo; estalla en los aires otra media docena de cohetes; vuelve a silbar la locomotora, y parte el tren hacia la Peña del Cuervo, dejando detrás la consabida crencha de humo vaporoso, que ondula, se enrosca y serpentea, y al cabo se pierde y desvanece en el espacio, como todas las vanidades de la tierra.

Durante algunos días después, la gente bien informada se las promete muy felices para los intereses del común. Todos los proyectos que el Municipio tiene pendientes de superior resolución, serán despachados «como se pide»; habrá subvenciones para esto y para lo otro y para lo de más allá; el puerto va a quedar como nuevo; los barrancos que están a expensas del Estado a las inmediaciones de Santander, volverán a ser anchas, firmes y cómodas carreteras... Él lo ha prometido; él lo ha asegurado; él se lo ha ofrecido en confianza a Juan, a Pedro y a Diego... Va muy satisfecho de nosotros, ¡contentísimo de la acogida que se le ha hecho!

Claro es que ninguna de estas ofertas se cumple, no sé si porque, en realidad, no se hicieron, o porque se olvidaron, como tantas otras; pero, en cambio, un día del próximo otoño amanecen Caballeros y Comendadores de tal y de cual, seis docenas de ciudadanos que se acostaron simples mortales como yo.¡Única estela que hoy dejan, a su paso por los pueblos, los varios españoles que gozan del eventual e instable privilegio de ser recibidos con música y cohetes!

Al trasluz

O hay que convenir en que la mujer es susceptible de adquirir cuantos aspectos y actitudes morales quiera darle la educación, o debemos confesar que la naturaleza tiene, de vez en cuando, caprichos muy singulares.

Esto, que probablemente se habrá dicho cincuenta mil veces a propósito de las mujeres que se han hecho célebres en el campo de las ciencias, en el de las artes, en el de las letras... y hasta en el de las armas, cuadra perfectamente al hablar de cierto tipo que, no por pasar como un relámpago todos los años sobre la fisonomía veraniega de Santander, deja de imprimirse en ella; y no así como quiera, sino como imprime un pintor de fama el sello de su ingenio, su idiosincrasia artística, si vale la palabra, sobre todas las figuras de sus cuadros.

Nacida y propagada esta verdadera originalidad del sexo débil en regiones algo inverosímiles todavía en la tradicional y cachazuda España, cuando aparece en una, señal es de que allí puede vivir ya; de que en ella se encuentran los elementos que necesita su vida de ostentación y de aventuras. Estos elementos son: los hombres de Estado, los ricos banqueros, los famosos calaveras, los pontífices de las letras y de las artes, y, como a manera de orla de todo el catálogo, una muchedumbre de damas del llamado gran mundo, y de mozuelos esclavos de la moda.

De que Santander reúne todo eso y ha llegado ya, por ende, a la alta categoría que alcanzan en el mundo elegante tantos otros puertos extranjeros, en cuyas aguas lavan cada verano sus distinguidas mataduras las primeras aristocracias europeas, es evidente prueba el que nos visita todos los años, desde muchos acá, algún ejemplar de aquella fenomenal especie.

Mas antes que el lector eche a mala parte lo que le dije de los elementos vitales de esta señora, apresúrome a indicarle en qué concepto los necesita hoy.

Figúresela en un hotel del Sardinero, con todo un piso a su disposición, porque sus criados y equipajes no caben en menor espacio, si ha de quedarle a ella el necesario para dormir, para peinarse, para vestirse, para recibir y para comer en ancha mesa, siempre dispuesta para una docena de convidados.

Éstos han de ser de las notabilidades a que aludí; es decir, de lo más cogolludo en letras, artes, política, banca, armas... y aun tauromaquia, que a la sazón resida en el Sardinero o en la ciudad.

Para comer con ellos, para hablar con ellos, necesita, busca y agasaja a esos hombres. Ella los preside, ella dirige las conversaciones, ella provoca y salpimenta los discreteos, y en sus labios hay siempre agudezas y oportunidades para los discretos, y sutiles epigramas para los necios, pues no dejan de serlo, en varios lances, muchos hombres de talento. Que quien tal vida trae no debe mostrarse muy aficionada al trato de las mujeres, no hay necesidad de asegurarlo: evidente es que huyera de ellas si no las necesitara para fondo y accesorios del cuadro en que ella entra como principal figura, o, a lo sumo, para tener en quien cebar impunemente sus sátiras implacables, o esos pedazos más de entretenimiento que repartir entre la voracidad murmuradora de su corte favorita.

Hay quien atribuye esta antipatía hacia su sexo a cierta pasión non sancta que suele albergarse en los pechos que ya no laten a impulso de un alma juvenil y retozona; cuando se huye del espejo como de las grandes verdades que acusan faltas e imperfecciones; cuando los tristes desengaños de las primeras arrugas hacen recordar con envidia y desconsuelo los triunfos y los encantos de la risueña juventud; cuando se aspira, en fin, a conquistar, a fuerza de dispendios y agudezas, lo que antes se atrajo por el solo brillar de la hermosura.

Pero esta suposición, que bien pudiera admitirse con referencia al molde común de las mujeres, y aun de los hombres, no está justificada cuando se endereza a este otro tipo, cuyas pasiones, talentos y debilidades están, y han estado quizá, muy por encima de todo lo usual y corriente. Con esta consideración a la vista, no se afane el lector porque le diga yo de dónde vienen esas intimidades encumbradas; de qué procede ese varonil desparpajo que la hace, en verano, reina y señora del Sardinero, como en invierno le da absoluto predominio en los aristocráticos salones de Madrid, y eso que no es aristócrata ella, ni nombre llevó jamás que a pergamino huela. Cierto es que cuando se ha pasado la vida en roce continuo con hombres de todas las imaginables condiciones y cataduras, a poco que se haya tomado de cada uno de ellos puede reunirse, cerca de la vejez, gran copia de saber y de experiencia; pero ¿cómo se llegó en la juventud a esas alturas? —pregunto yo a mi vez—; ¿cómo lo que en unas gasta y desprestigia, en otras acrecienta el poder y el atractivo? Aquí no hay otro remedio que volver a la segunda parte de mi tema: la naturaleza tiene, de vez en cuando, caprichos muy singulares; y añado ahora que también la Fortuna suele complacerse en mimar con sus dones más preciados a lo que es obra de los caprichos de la Naturaleza.

Así hay que explicarse esas cataratas de doblones que siguen y preceden a esta clase de mujeres en sus viajes, y las envuelven en los alcázares que habitan la mayor parte del año; pues ni feudo se las conoce que tanto produzca, ni ya son Dánaes pudibundas que creer nos hagan en las lluvias de oro de los Joves de ogaño.

Ofrecedle dificultades al vulgar entendimiento, y veréis a la imaginación echarse desatentada por los cerros de Úbeda. Tal sucede en el presente caso. No se comprende bien, o no se explica, la razón de su predominio y de sus caudales, y cada cual se forja una historia a su capricho, fundada sobre vagos rumores; y estas historias juntas quieren ser una pequeña parte de la historia de esa dama, a quien se adjudican todas las anécdotas picantes, todas las frases equívocas, todos los triunfos y todos los escándalos con que han inmortalizado sus nombres en la alta sociedad las demás mujeres de su talla.

No desconoce ella estos rumores; y como sabe muy bien que son los gajes de su oficio, antes la lisonjean que la ofenden.

En las poquísimas veces que se da a luz entre su escogida corte bigotuda, los hombres abren calle para que pase, y las mujeres temen su mirada como el siervo la de su señor. ¿Qué mayor triunfo para su vanidad de mujer de historia?

Tan pocas veces se exhibe en público, que yo mismo, que trato de hacer su monografía, no la he visto jamás, ni la conozco sino por la fama que la han dado aquí los que nos dicen que la conocen mucho.

Pero mito o realidad, ella pasa por Santander cada verano, y, como al principio dije, se imprime en la fisonomía veraniega del pueblo de un modo indeleble, como el detalle que más resalta y hasta da carácter e importancia a todos los demás.

Y he aquí por qué yo, que estoy haciendo el croquis de esa fisonomía, no puedo prescindir de dibujar en ella tan expresivo pormenor.

Eso haré yo tan solo, y me guardaré muy mucho de escarbar el cutis para ver lo que hay debajo.

Quédese esto, en buen hora, para los aduladores que la cantan, o para los maldicientes que la despellejan.

Si el calor de unos hechizos, que ya no existen, derritió el aureo pedestal sobre que la adoración de laborioso marido colocó a su propia mujer para atraerla el culto de los demás; si la tarea olímpica de reponer con otro nuevo cada trono derretido, dejó sin fuerzas, sin esperanzas y hasta sin vida al desventurado que tal empresa creyó fácil; si el peso que a él le mató, abandonado al pie de la montaña tuvo nuevos Sísifos que le empujaran, esperando llevarle triunfantes hasta la cima, y también rodaron hasta el abismo, desalentados y rotos; si mientras duró aquel fuego no le faltaron tronos que consumir, ni tesoros que rodar montaña arriba, buscando su calor; si de ese montón de escombros y cenizas ha hecho la química de la necesidad inagotable venero que surte de esplendor a una soberanía no destronada, antes ennoblecida con la augusta diadema de las canas; si éstas no son el fruto natural de los años, sino la huella de las tempestades que corrió la juventud en el mar de todos los deleites; si el corazón de la mujer, que es casi siempre un libro abierto, sin ser por eso un libro bueno, a menudo es una caverna con ruidos y sin luz, ¿a mí qué me cuentan ustedes?, ¿qué me importa en el presente caso? Cuéntenselo a ese enjambre del buen tono que tanto se paga de ciertos relumbrones; cuéntenselo a esa sociedad que se complace en crear ídolos que después escupe y despedaza, acaso porque le imponen y amedrentan; cuéntenselo a esas gentes del gran mundo, para quienes nada es bueno ni plausible, sino lo distinguido y elegante. Ellas solas son las trompetas de esas famas; ellas quienes las elevan y sahuman antes; ellas mismas quienes las difaman después.

En cuanto a mí, dibujos hago, que no autopsias; y dibujo es éste, al trasluz, por más señas, sobre los perfiles que la fama trazó. Al público sale, pues, como el público le ha forjado: yo no hice más que copiarle en ésta, por ahora, última hoja de mi cartera.


1877


Publicado el 25 de octubre de 2018 por Edu Robsy.
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