Tipos y Paisajes

José María de Pereda


Cuentos, Colección



Prólogo, advertencia, preludio... o lo que ustedes quieran

El asunto es que algunos de mis paisanos, muy pocos, afortunadamente, han creído hallar en más de una página de mis Escenas montañesas motivo suficiente para que se sobrexcite y alarme su amor patrio; y que yo, que me guardaría muy bien de rebelarme contra el fallo del más incompetente crítico, a quien se le antojase apreciar aún en menos de lo poco que vale mi chirumen, como buen montañés, amante fervorosísimo de mi bella patria, no puedo, ni debo... ni quiero prescindir de oponer algunos reparos a los escrúpulos patrióticos de los mencionados señores, antes de darles a conocer esta segunda serie de Escenas, en las cuales, juzgándolas con el criterio con que juzgaron a las primeras, han de hallar nuevas causas de resentimiento contra mi pluma, y, por consiguiente, contra la intención que la ha guiado.

El cargo que se me hace (y, por cierto, entre piropos que siento no merecer) es la friolera de haber agraviado a la Montaña, presentando a la faz del mundo muchos de sus achaques peculiares, y hasta en son de burla algunos; es decir, con delectación pecaminosa.

Confieso que no ha podido hacérseme una imputación más cruel, ni más injusta, ni que más me lastime. Cruel, porque lo fuera, aun siendo muy notoria la perversidad del alma de un hijo, acusarle de ser capaz de hallar deleite en burlarse de su propia madre; injusta, por lo que vamos a ver.

De dos maneras puede representarse a los hombres: como son, o como deben ser. Para lo primero, basta el retratista; para lo segundo, se necesita el pintor de genio, de inspiración creadora. Concedo sin esfuerzo que el mérito de éste es superior, en absoluto, al de aquél; pero que, tratándose de dar a conocer a un individuo, haya de representársele como debe ser y no como es, no lo concedo aunque me aspen.

Retratista yo, aunque indigno, y esclavo de la verdad, al pintar las costumbres de la Montaña, las copié del natural; y como éste no es perfecto, sus imperfecciones salieron en la copia.

A este modo de pintar es a lo que se ha llamado, por algunos montañeses, delito de lesa patria.

Un pintor del riñón de Castilla se decide un día a copiar en el lienzo a su país; pero tiende por él la vista, y observa que el suelo es árido y monótono; que no le cruza un mal arroyo, ni le sombrea un árbol, ni le limita una montaña; teme que la representación de aquella sábana de tierra calcinada y de cardos agostados infunda un sentimiento de repulsión en el ánimo del observador del cuadro, y que por éste se adquiera mala idea de la poesía del famoso granero de España; y sin pararse en barras, copia, de todo lo que ve, un grupo de casas que no ofrecen mal aspecto, dos recodos de una era, media docena de borregos y una mula, y echa por enmedio un río como el Missisipí que baja de unas montañas como los Andes, y adorna las orillas con sauces y naranjos, y tapiza el suelo con flores y césped, y hasta le puebla de zagales, cuyos modelos busca en un abanico. En seguida escribe debajo: «Panorama de Amusco», y expone el paisaje al público como un cuadro de costumbres castellanas. ¿Sería este sistema de retratar la naturaleza más patriótico que el mío? Sería lo que ustedes quieran; pero el sentido común siempre vería en un cuadro tal, con semejante rótulo, un embuste ridículo, una mentira bien ociosa.

Otro caso. Un señor, que sería el tipo de la hermosura si no tuviera un ojo huero, y una verruga en la nariz, y un lobanillo en la frente, y una cicatriz en los labios, va a retratarse; pero el retratista, por amor al modelo, o por adularle quizá, no reproduce en el lienzo ni el ojo huero, ni la verruga, ni el lobanillo, ni la cicatriz: antes al contrario, pinta dos ojos como dos luceros, y hasta exagera la corrección de los demás detalles de la cara. Concluida así la obra, quiere sorprender con ella a los deudos y amigos del retratado: examínanla atentamente, admiran todos la belleza del modelo; pero ninguno de ellos le conoce. ¿Puede el retratado, sin ser tonto de remache, deleitarse contemplando la supuesta imagen suya?

Pues bien: supongamos ahora que yo hubiera tenido ingenio bastante para componer un libro de leyendas poéticas y edificantes, llenas de madres resabidas y sentimentales, de padres eruditos y elocuentes, y de hijos galanes, trovadores y sensibles como los pastores de la Galatea; quiero imaginarme que, al pintar el concejo de mi tierra, hubiera arrojado de él al tío Merlín, y puesto por tema de discusión, en vez del que allí se ventiló bajo la impresión de una suspicacia casi estúpida y de una malicia lamentable, tal cual égloga de Virgilio o artículo del Código Penal, como para una asamblea de académicos escrupulosos o de sabios legisladores; supongamos que, en lugar de exhibir a la familia del tío Nardo vendiendo hasta las tejas para echar a América al niño Andrés con la esperanza de verle tornar un día rico e influyente, sin hacerse cargo de los infinitos ambiciosos montañeses que han perecido hambrientos y abandonados en aquellas regiones, hubiera pintado un indiano poderoso en cada casa, arrojando sin cesar talegas de onzas por la ventana y atando los perros con longaniza; supongamos también que, en vez del sencillo mayorazgo Seturas, hubiera presentado un patriarca venerable explicando, bajo los bardales de una calleja, las maravillas de la botánica y de la astronomía, deteniéndose extáticos, ante la majestad de su palabra, los tardos bueyes, los fieles canes y los rizados borregos; supóngase asimismo que, en lugar de admitir como base del carácter del campesino montañés el puntillo y la suspicacia, causa de tantos males en este país, donde todos los días es una verdad el paso de Las Aceitunas del buen Lope de Rueda le hubiese poblado de hombres infalibles y longánimos, sin más tribunales que el de la penitencia, ni otras leyes que las del Decálogo; supongamos, además, que, en lugar de Cafetera y de la nuera del tío Bolina, y de otros personajes ejusdem farinae que andan por el libro, hubiera presentado algo parecido a los marineritos que bailan en el teatro la tarantela napolitana, y a las bateleras del demimonde en las regatas del Sena; supongamos, en fin, que yo hubiera sido capaz de crear un país y un paisanaje con todos los primores que caben en la naturaleza y en la humanidad, y de sacar a la plaza pública esa creación con el título de Escenas Montañesas: ¿qué hubieran dicho entonces de ella esos mismos señores a quienes dedico estas líneas? De fijo: «Hombre, esto es muy bueno sin duda; pero tiene tanto de montañés como nosotros de turcos.»

Supongamos, si no, que, sin añadir en el retrato una sola belleza a las que tiene el original, me hubiera limitado a presentar las más libres de toda mácula local y, por ende, semejantes en todo a las de todos los pueblos sometidos al régimen estricto de la nueva civilización. Entonces hubieran dicho mis escrupulosos censores: «No encontramos en este libro a nuestro vecino, ni a nuestro concejo, ni la escuela en que aprendimos a leer, ni las fiestas de nuestros santos patronos, ni la rioja de nuestras tabernas, ni a los pescadores de nuestra costa, ni el maíz de nuestras mieses, ni las deshojas del maíz, ni el aire, ni el sol de nuestra hermosa campiña... Lo que aquí pasa, pasa también en cualquiera otra provincia de España, y estas costumbres lo mismo pueden llamarse montañesas que manchegas.»

Y en ambos casos habrían desdeñado el libro, y éste no hubiera corrido de mano en mano todos los rincones de la Montaña, ni a sus personajes se les hubiesen abierto todas las cocinas montañesas, como a gente de la casa, señal infalible de que es bueno el retrato en cuanto al parecido, por más que, como obra mía, no luzca primores de arte.

Pero supongamos ahora, y no es poco suponer (¡y vuelta a las suposiciones!), que los susodichos mis paisanos me conceden que todas las imperfecciones fisonómicas que aparecen en el cuadro existen en el original, y que al copiarle, con la mejor intención del mundo, me limité a cumplir estrictamente mi cometido de retratista escrupuloso; todavía me dicen: «Si creías que no podía hacerse de la Montaña un retrato de color de rosa, ¿para qué la retrataste? Y si la retrataste, ¿para qué expusiste al público el retrato?»

La retraté, señores míos, cediendo a una tentación más fuerte que mi voluntad; la misma que obliga al poeta a cantar a la naturaleza, y al músico a robarle sus dispersas armonías; impulso irresistible, incontrarrestable, quizá más que el que lanzó a algunos de vosotros hasta el otro lado del Atlántico en busca de soñados torrentes de acuñadas peluconas. Y le expuse al público, porque no juzgué ni juzgo a ningún español tan mentecato, que fuese ni sea capaz de creer a su país exento de achaques tan gordos como los que yo cito del mío, ni tan tonto que, si se los concediera, se forje la ilusión de que el vecino no los ha visto; le expuse al público, porque muchos de los vicios que pregona apenas excitan la compasión, algunos la risa, y los más, el escasísimo interés que haya podido prestarles el esmero, ya que no la destreza del pintor, y porque el más grave de ellos es, a Dios gracias, mucho más leve que el más insignificante de los consignados en la estadística viciosa de cualquier otra provincia de España; le expuse al público como se expone un cuadro de fotografías que ni son obscenas ni injurian a nadie: para que las vea aquel caballero y las juzgue... y las compre, si es posible; le expuse al público, en fin, en la confianza de que, aun en el caso de tropezar con jueces tan aprensivos, tan quisquillosos... tan montañeses como ustedes, podría responder, en abono de mi intención inmejorable: «Creo, con la mano sobre mi corazón, que exhibiendo resabios y picardías como las de tío Merlín, desdichas y miserias como las de la familia del Tuerto, preocupaciones funestísimas como las de la de tío Nardo, etc., etc., y poniendo a su lado estimables cualidades y méritos que no faltan en otros personajes del libro, se prueba mejor el patriotismo que con ostentosos vanos alardes de tan noble virtud; y que la Montaña perdería menos oyendo a los que, como yo, entre himnos entusiásticos a sus bellezas, dedican una cariñosa censura a muchas de sus curables imperfecciones, que a los que transigen con todas ellas a trueque de que nadie las vea.»

En cuanto al estilo más o menos irónico, más o menos alegre de la obra, ¡qué diablo! no es ella ninguna colección de elegías ni de sermones de Ánimas; a más de que cada hombre tiene el que Dios le concedió, y yo, al usar el que bajo este título me pertenece, malo y todo, le he creído preferible, por mío, al mejor de los prestados.

Y aquí debiera poner fin a este proemio, asaz enojoso para mí por el fin que lleva; mas no quiero dejar la pluma sin resarcirla del disgusto de escribirle, dedicándola un instante a más placentera ocupación. Sírvame, pues, en este momento, no del todo inoportuno, para dar un público testimonio de mi gratitud profunda a mi querido amigo Antonio de Trueba, cuyo solo nombre, puesto al frente de mi libro, embelleció sus innumerables defectos al ser admitido, no de mala gana, en la república literaria española; al inimitable autor de las Escenas Matritenses; al insigne poeta y sabio crítico, D. Juan Eugenio Hartzenbusch; al malogrado ingenio que dejó, por huella de su paso por el mundo, el monumento literario Ayer, Hoy y Mañana, y a otros escritores no menos discretos, y a la prensa periódica en general, cuyas felicitaciones conservo como prendas de inestimable valor; no porque de ellas me juzgue digno, sino porque las considero como otras tantas manos cariñosas que estrecharon la mía al acercarme por primera vez a una región donde la censura de los doctos enerva y el desdén mata.

Otra deuda no menos sagrada, que también quiero pagar, tengo con el público, especialmente el de la Montaña, que, aceptando mi buena intención y dispensándome los pecados de inexperiencia o de incapacidad, acogió las Escenas con una benevolencia que yo jamás me hubiera atrevido a esperar.

¡Quiera Dios que, al dar a luz esta segunda serie, no se arrepientan, público y escritores, de haberme aplaudido la primera!


Enero de 1871.

Dos sistemas

I

Se fue a la Habana en 1801, en el sollado de un bergantín, entre otros cien muchachos, también montañeses, también pobres y también aspirantes a capitalistas. Unos de la fiebre amarilla, en cuanto llegaron; otros de hambre, otros de pena y otros de fatigas y trabajos más tarde, todos fueron muriendo poco a poco. Él solo, más robusto, más animoso o más afortunado, logró sobreponerse a cuantos obstáculos se atravesaban delante de sus designios.

Treinta años pasó en la oscuridad de un roñoso tugurio, sin aire, sin descanso, sin libertad y mal alimentado, con el pensamiento fijo constantemente en el norte de sus anhelos. Una sola idea extraña a la que le preocupaba, que con ésta se hubiese albergado en su cerebro, le hubiera quizá separado de su camino.

Creo que fue Balmes quien dijo que el talento es un estorbo cuando se trata de ganar dinero. Nada más cierto. La práctica enseña todos los días que, sin ser un monstruo de fortuna, nadie la conquista luchando a brazo partido con ella, si le distrae de su empeño la más leve preocupación de opuesto género. De aquí que no inspiren compasión los sufrimientos del hombre que aspira a ser rico por el único afán de serlo. En el placer que le causa cada moneda que halla de más en su caja, ¿no está bien remunerado el trabajo que le costó adquirirla? ¡Ay del desdichado que busca el oro como medio de realizar empresas de su ingenio!

No le tenía muy pronunciado el mozo en cuestión, por dicha suya. Así fue que, dándosele una higa porque a sus oídos jamás llegara una palabra de cariño ni a su pecho una pasión generosa, echó un día una raya por debajo de la columna de sus haberes, y se halló dueño absoluto de un caudal limpio, mondo y lirondo, de cincuenta mil duros; sumó después los años que él contaba, y resultaron cuarenta y cinco.

—¡Alto! —se dijo entonces—; reflexionemos ahora.

Y reflexionó.

He aquí la sustancia de sus reflexiones:

En la situación en que se hallaba podía, dando más latitud a sus especulaciones, aumentar considerablemente el caudal; pero se exponía también a perderle: además, le habían conocido allí ciruelo, y no le prestarían la consideración a que se juzgaba acreedor. Lo contrario le sucedería en su pueblo natal, donde pasaría por un Nabab, llevándose el respeto y las atenciones de sus paisanos; pero ¡eran éstos tan pobres! Iban a saquearle sin piedad. Por otra parte, habiendo muerto ya sus padres, a quienes en vida socorrió largamente, ¿qué atractivo podían tener para él los bardales de su aldea? Establecerse en Santander ya era distinto: esta ciudad, que al cabo era su país, le brindaba con ocasiones de especular, si quería; de figurar, en primer término, entre los encopetados señores, y sobre todo, de casarse con una señorita joven y fina, único lujo de ilusiones que se había permitido su imaginación en los treinta años de cadena, sufridos detrás del mostrador.

Como buen montañés, sentía muy vivo en su pecho el santo amor a la patria, y no vaciló, conste en honra suya, para adoptar una resolución definitiva.

Ésta fue la de trasladarse, por de pronto, a Santander con cuanto le pertenecía; y al efecto, escribió pidiendo los necesarios informes acerca del estado de la plaza.

Ateniéndose con fe a la contestación, que procedía de persona de reconocida formalidad, invirtió su dinero en azúcar y en café; fletó un bergantín, cargóle, y después se embarcó en él, resuelto a hundirse con su caudal en el Océano, si estaba escrito que el fruto de tantas privaciones no había de llegar a seguro puerto.

Pero lejos de hundirse, hizo uno de los viajes más rápidos que se hacían entonces: cincuenta días tardó, nada más, desde el castillo del Morro al de San Martín.

Personas que, al fondear el buque enfrente de la Monja, le vieron de pie sobre la toldilla de popa, contemplando afanoso el panorama que se desenvolvía ante sus ojos, aseguran que era bajo de estatura, ancho de espaldas y de pies planos y juanetudos; el color de su cara, moreno pálido y algo reluciente; los pómulos destacados, los ojos pequeños y hundidos, los labios gruesos y mal cerrados, y las cejas espesas; la cabeza, en conjunto, redonda como un queso de Flandes, pero de mayor diámetro que el más grande de éstos; el pelo corto, espeso y áspero; la barba rapada a navaja, menos un mechón, entre mosca y perilla, que le colgaba del labio inferior, y una especie de barboquejo de largos pelos que le defendía el cuello de la camisa de los punzantes cañones de la sobarba. Sobre el pelo llevaba un jipijapa, y arrollado al pescuezo, un pañuelo de seda de cuadros rabiosos. Vestía levita negra de Orleans, y pantalón y chaleco de dril blanco, destacándose sobre el último gruesa cadena de oro, y calzaba holgados zapatos de charol.

Y es cuanto tengo que decir al lector acerca de don Apolinar de la Regatera, desde que salió impúbero de la choza paterna, hasta que llegó de retorno de la Habana, casi viejo, a la bahía de Santander.

Hallábase este mercado a la sazón a plan barrido, como decirse suele, en punto a azúcares y cafés. Súpose en breve lo del arribo de estos artículos por el bergantín fletado por don Apolinar; llovieron demandas sobre éste, y sin dejarle desembarcar siquiera, arrebatáronle el cargamento al precio a que quiso cederle.

De este modo el caudal de Regatera, mejorando, como los vinos, con el mareo, salió de la Habana como un millón, y al desembarcar en el muelle de Santander apenas podía revolverse en setenta talegas.

El salto, pues, a tierra, de don Apolinar hizo más ruido en el pueblo que el que han hecho en el mundo los saltos más célebres, desde el de Safo en Leúcade hasta el de Alvarado en Méjico y los de Leotard en los trapecios de su invención. Su entrada en Santander, a la vez que un negocio, fue un triunfo. La plaza le saludó con todos los honores, batiendo a su paso el cobre de las cajas más repletas, y abriéndole de par en par salones y gabinetes. El vulgo se conmovió también con tanto ruido, y en mucho tiempo no conoció al afortunado intruso otro nombre que el de el indiano del azúcar.

II

No era lerdo el tal cuando se trataba del vil ochavo. Aceptó de buena gana la consideración que se le daba por aquella plutocracia de tradicional severidad, y se propuso utilizar el arma para llegar más pronto con su auxilio al fin a que se dirigía.

Merced a tan favorable coyuntura, no tardó en conocer perfectamente el terreno que pisaba.

Santander era una aldea grande, con casas muy viejas y calles muy irregulares, donde el confort no se conocía ni se echaba de menos. Los hombres de quienes tomaba su prestigio e importancia la plaza famosa del mar cántabro no levantaban media línea más que él, ni procedían de otro origen más preclaro: indianos más o menos antiguos; sencillos en sus gustos, vulgares en sus formas, afanosos, pero nobles, en su profesión, ricos casi todos, e ignorantes sin casi, como se dejaba ver en la sencillez primitiva de la población cuyo sostén y principal objeto eran ellos mismos. Verdad es que eran muy orgullosos, más que orgullosos, ásperos, desabridos; pero también es cierto que este resabio sólo se dejaba sentir contra la gente de poco más o menos, y hasta se trocaba en impertinente amabilidad cuando se trataba de un caudal bien cimentado, de lo que podía certificar él mismo.

Sin riesgo, pues, de deslucirse, antes con muchas probabilidades de preponderancia, podía terciar como uno de tantos en aquel juego en que, con un poco de serenidad y de prudencia, se ganaba siempre.

Formada su resolución, hizo una visita a su pueblo, distribuyó algunos miles de reales entre sus paisanos, y se volvió a la ciudad donde tan importante papel hacía y quedaba algo que, aparte de su proyecto citado, le escarabajeaba en la moliera y tal vez en el corazón.

Este algo era la sexta hija de un rico colega suyo: una joven blanca como la azucena, fina como una seda y sosa como un espárrago. Viola don Apolinar cuando su padre le llevó a comer a su casa; halló en ella el tipo de sus ilusiones... y no quiso saber más. Pidió su mano, concediéronsela los papás, desde luego, y todos los que querían a la favorecida se alegraron: todos... menos uno. Éste era un joven jurisconsulto, de ingenio nada escaso, que seguía desde mucho atrás las huellas a la beldad en cuestión, habiendo recibido de ella más de tres sonrisas y de trescientas miradas, lo cual no era poco en un carácter semejante. Pero la firma del pobre abogado no se cotizaba en el bolsín, y el padre de su ídolo, que sabía esto... y lo otro también, no sosegaba un punto. Júzguese del placer con que oiría las proposiciones del nuevo pretendiente. En cuanto a la pretendida, no mostró hacia ellas la menor repugnancia; y se explica, aunque parezca que no: era el candidato indiano rico, y los novios de esta madera siempre fueron aquí de moda; y yendo a la moda una mujer, va muy a gusto, aunque lleve a cuestas un borrego.

Casado don Apolinar, alquiló tres partes de una casa próxima al Muelle: el piso principal, el entresuelo y el almacén; el primero para habitación, el segundo para escritorio y el tercero para depósito de mercancías.

El entresuelo es el que nos importa, y éste es el que vamos a examinar, tal cual se hallaba algunos meses después de ingresar el indiano Regatera en el gremio mercantil.

Era un salón angosto, largo y bajo de techo. A la derecha de la puerta de entrada había un doble atril de castaño; a la izquierda, otro más alto, de pino pintado de color de chocolate; junto al primero, dos banquetas, una forrada de badana verde, con tachuelas doradas alrededor del asiento, y otra sin forrar; junto al segundo, otra banqueta, también de madera limpia, y una especie de facistol de la altura de un hombre; entre los dos atriles, es decir, enfrente de la puerta, una mesa de castaño, rodeada de un listón de media pulgada de alto, y con un grande agujero en un ángulo, el cual agujero servía de boca a una manga de lona que por debajo del tablero de la mesa colgaba hasta cerca del suelo; a un extremo del salón, inmediatamente detrás del banquillo de las tachuelas, una puerta recién hecha, con gruesos clavos de apuntada cabeza, cerrada, sobre dos pernos enormes, con un colosal candado de hierro, amén de la llave que, a juzgar por el tamaño del ojo de la cerradura que se veía debajo de aquél, debía pesar dos libras cumplidas: cuando esta puerta, siempre por la mano de don Apolinar, se abría rechinando, a la luz de un cabo de vela de sebo que el indiano llevaba a prevención, se distinguía en el centro de una pieza de seis pies en cuadro una mole de hierro que, aplicando a una hoja de cierta guirnalda mal grabada que le servía de adorno la punta de un clavo trabadero, y después de haber dado seis vueltas a una llave especial y de soltar cuatro candados, se dejaba abrir por la parte superior, mostrando entonces por entrañas, montones de talegas repletas de oro y cartuchos de todas clases de monedas, menos de cobre, pues éstas yacían en saquillos de arpillera fuera de la caja, aunque dentro de la mazmorra también. Por todo adorno en las paredes del escritorio había un Plan de matrículas, otro de Señales de la Atalaya, una cuartilla de papel con los Días de correo a la semana, y una percha de cabretón. Añádanse a estos detalles media docena de sillas de perilla, arrimadas a los gruesos muros de la caja, y paren ustedes de contar. La banqueta forrada la ocupaba don Apolinar, y la inmediata su amanuense, a cuyo cargo se hallaban también el copiador de cartas y el de letras, más la presentación y cobro de éstas, sacar el correo, abrir y cerrar el escritorio, correr las hojas, etc., etc. La mesa del centro era para contar dinero, el cual se echaba por el agujero a la manga adyacente, que iba a desembocar al saco previamente colocado debajo. El otro atril, la banqueta y el facistol correspondientes eran para el viejo tenedor de libros.

Dos palabras acerca de este tipo, cuyo molde se perdió muchos años hace. Era su cargo el término anhelado de una carrera de treinta años de pinche, durante la cual, como es fácil de comprender, todo se concluía en el aspirante: el humor, el apetito, la salud... todo, menos la paciencia y el pulso. Este hombre no reía, ni hablaba, ni pisaba recio desde el momento en que entraba en el escritorio. Entonces se quitaba a pulso el sombrero, y a pulso le sustituía en la cabeza con un gorro de terciopelo negro; a pulso se ponía los manguitos de percalina; a pulso y con respetuosa parsimonia abría los libros, y a pulso mojaba la pluma, y sentaba las partidas, y ataba y desataba los legajos que le entregaba en silencio el principal, a cuyo cargo estaba la obligación de volverlos a recoger. Ordinariamente no fumaba; pero si tenía este vicio, fumaba cuatro medios cigarrillos al día, dos por la mañana y dos por la tarde, uno de ellos al medio y otro a la conclusión de la tarea, la cual tenía para él términos inalterables. No la cercenaba ni un segundo al empezar; pero si al ser las doce en su reloj de plata, por la mañana, o las seis por la tarde, le faltaba una palabra, una sola letra para concluir el renglón o período que escribía, alzaba la pluma, la limpiaba sobre el manguito izquierdo, y así quedaba el asunto hasta la próxima sesión. Ni un instante más ni menos de lo justo; ni una plumada siquiera en asuntos de la jurisdicción de otra mesa. En cuanto a los libros, eran suyos, exclusivamente suyos, y el principal mismo tenía que pedirle por favor que se los abriera para examinar el estado de alguna cuenta. ¿Tocarlos otra mano que la suya? ¡Jamás! La contemplación de aquellas letras perfiladas, de aquellas columnas inmensas de números casi de molde, de aquel rayado azul y rojo, era su orgullo, el único deleite de su alma al abrir las extensas páginas de sus dos infolios de marquilla. Un borrón sobre ellas, y su naturaleza, probada al rigor de un método inalterado de treinta años, se hubiera quebrado como débil caña.

Con un hombre así y los demás elementos materiales inventariados de su escritorio contaba don Apolinar de la Regatera como auxiliares de su instinto mercantil en la nueva campana que había abierto.

Los corredores le importunaban poco, pues sabían que de un hombre semejante se sacaba escasa utilidad. Efectivamente, don Apolinar, que no se fiaba ni de su sombra, gustaba de hacer los negocios por su mano; y así, no solamente los discutía a su antojo, sino que, no parándose en la fe de una muestra aislada, iba «a la pila», y allí se hartaba de palpar, oler y paladear el género, hasta que le hallaba a su entera satisfacción. Entonces, si el negocio era de «clavo pasado», le abarcaba solo; pero si presentaba la más pequeña duda, le dividía en lotes y, aplicándose uno a sí mismo, se consagraba una semana a conquistar amigos que cargasen con los restantes, mancomunidad en que él entraba con frecuencia a solicitud de algunos de los mismos reclutados. De este modo, si perdía, la pérdida no podía ser grande; y si se ganaba, eso más habría en la caja. Ganar poco y a menudo, y abarcar algo menos de lo que pudiera; pisar sobre terreno conocido, dejando siempre «cubierta la retirada»; llevar a la Habana frutos de Castilla y a Castilla frutos coloniales, o vender los unos y los otros en la plaza misma, si se presenta ocasión ventajosa; cobrar en moneda sonante y de buena ley; hundirla en los abismos de la mazmorra... y dejar el mundo y las cosas como se hallasen; y «Antón Perulero, cada cual a su juego, y a Cristo por redentor le crucificaron».

Tales eran sus máximas; tal era su ciencia.

He aquí ahora su estilo:

«Muy señor mío y mi dueño: Por la presente, acúsole recibo de la muy atenta y favorecida del tantos de los corrientes, atento a cuyo contenido diré:

Fue en mi poder la letra que adjunta acompañaba de su mismo puño, a los ocho días vista y cargo de estos señores Cascarilla Hermanos y Compañía, por valor de

Rs. 12.576 con 31 mrs. de vellón. Mencionados señores han dicho ser corriente referida letra, por lo que hago a usted abono en su cuenta de expresada cantidad, que en su día, y Dios mediante, será efectiva, sin cuyo requisito valgan en mi favor todas las salvedades de costumbre.

Subsiguientemente me impongo de que me dice usted: «Tal y tal /(y copiaba aquí cerca de una carilla de la carta de su corresponsal).» A lo que respondo refiriéndome a la mía del tantos, en que decía que: «Esto y lo otro (y reproducía íntegro un párrafo de su carta citada).»

El mercado de caldos sigue encalmado, si bien las aceites arribaron ayer a una poca de estima, motivado a que, como era día de correo, se supo que la cosecha de aceituna en el literal de Sevilla amagaba de malogro.

Azúcares. Este dulce en favor, máximen los mascabados y el blanco Bombita y el Guanaja.

Harinas. Este polvo un tanto desconcertado, según el viso que va presentando la sementera en Castilla, al respective de los últimos temporales.

Por el correo de la próxima semana venidera daré a usted nuevas noticias, si el caso lo requiriese. Por hoy sólo tengo que repetirme de usted, como siempre, y para cuanto guste, suyo afectísimo seguro servidor Q. B. S. M.»

Esto, dictado por don Apolinar, lo escribía su amanuense con la más desastrosa ortografía, sobre un ancho papel verdoso sin membretes ni garambainas.

III

Pasáronse muchos años, durante los cuales vio Regatera acrecentarse incesantemente su caudal; y fue dos veces Alcalde, y Cónsul, y hasta Prior del Tribunal de Comercio, y cuanto podía ambicionar entonces, por afán de lustre, un hombre como él. Habíale concedido Dios un hijo, para colmo de su satisfacción; y este hijo, después de ir a la escuela y tomar algunas nociones de latín con los padres Escolapios, fue, velis nolis, cuando tuvo quince años, agregado al atril principal del escritorio, con el objeto de que fuera instruyéndose en el ramo, para que algún día sustituyese a su padre en la dirección de la casa que éste había colocado a tanta altura.

Cuando el chico llegó a cumplir los veinte, pasaba en el ánimo del rico indiano algo que le hacía soñar más de lo conveniente. Oía, aunque muy a lo lejos, ciertos rumores extraños, y aspiraba en el aire reposado y tranquilo de la plaza efluvios de un olor que le era desconocido. Leía que en el extranjero viajaban al vapor hombres y mercancías, y que alguna plaza española se había dejado seducir ya por la tentación innovadora. Verdad es que Santander, excepción hecha de las diligencias que años antes se habían establecido, se hallaba en la misma patriarcal tranquilidad en que la dejó él para ir a América y la halló a su vuelta; que su comercio seguía tan rutinario como entonces; que en su exterioridad no revelaba, ni al más avaro, que servía de albergue a una comunidad de capitalistas cuya justa reputación de tales daba ya la vuelta al mundo; y, en fin, que la procesión de carretas cargadas de harina que diariamente asomaba la cabeza por Becedo, lejos de disminuir en longitud, llegaba con la cola hasta Reinosa; pero que afuera pasaba algo, y algo muy grave, era evidente; que ese algo amenazaba la quietud tradicional de Cantabria, estaba bien a la vista. Y ¿qué sucedería en el caso probable de una invasión? No podía él adivinarlo, porque no conocía al enemigo. Era, pues, indispensable conocerle para resistirle si se podía, o para aliarse a él si valía la pena; y

—¡Vete con mil demonios a ver qué es eso! —dijo un día a su heredero.

Y éste marchó, bien recomendado, a Francia, Inglaterra y Alemania, a instruirse en todo cuanto cupiera en la jurisdicción de un comerciante «a la extranjera».

Seis años se estuvo por allá el joven Regatera; y a su vuelta, presentándose con patillas muy largas, cuellos hiperbólicos y fumando en pipa, le recibió don Apolinar con una ansiedad indecible. El ruido extraño había ido en ese tiempo creciendo, y los efluvios impregnando toda la atmósfera de la plaza; el enemigo avanzaba rápido, y hasta se dejaba ver en ella, y don Apolinar y los suyos eran notoriamente el blanco de la saña del invasor: el terreno se hundía bajo sus pies, y en todas partes estaban estorbando. Como a los cómicos viejos que hacen papeles de galán, se les toleraba a veces en obsequio a lo que habían sido; pero lejos de excitar el entusiasmo sus esfuerzos, inspiraban compasión.

Sus trajes, sus costumbres, su estilo, todo en ellos empezaba a ser raro; y el pueblo mismo, tan fiel hasta entonces a las exigencias del carácter de los viejos señores, ocultaba sus ruinas, lavaba su cara, ensanchaba sus calles y se entregaba alegre y ufano al intruso. Decididamente no era la generación de don Apolinar, encanecida y achacosa, la que había de luchar contra aquel torbellino, ni de soportar siquiera su vertiginoso empuje sin perecer en él. De aquí la ansiedad con que Regatera recibió a su hijo al volver éste de «esos mundos de Dios», como decía el pobre hombre cuando hablaba del paradero del expedicionario.

Ni el polvo del camino, como quien dice, le dejó limpiarse.

—Esta es mi fortuna limpia y saneada: cinco millones y medio, en buques, mercancías y onzas de oro. No eres lerdo ni calavera; pero de nada servirá tu prudencia si los demás te empujan; no me inspira fe vuestro porvenir, porque eso es más fuerte que todos vosotros; y como sería muy triste que después de pasar la vida amontonando talegas tuviera, de viejo, que comer de limosna, retiro del fondo el pico para mí, y te dejo el resto, que no es flojo. Buen provecho te haga y allá te las arregles, que, al cabo, para ti había de ser.

Dijo don Apolinar, y, enternecido, traspasó a las manos de su hijo el cetro de su adorado imperio.

IV

El modesto escritorio quedó radicalmente transformado desde el momento en que el nuevo jefe de la casa se posesionó de él. La caoba, la gutapercha y el aterciopelado papel sustituyeron al castaño, a la badana y a la deleznable cal de aquellos atriles, banquetas y paredones. Cayeron con estrépito los de la mazmorra, y en vez de la pesada caja que amparaban codiciosos, colocóse en el elegante improvisado gabinete, cerca del boureau señorial, un esbelto cofre-fort. Seis dependientes ágiles, alegres y tan elegantes como el principal, se distribuyeron en las respectivas funciones, incluso la de tenedor de libros, que dejó vacante el viejo de marras, mal avenido con los «títeres intrusos». Barómetros de todas formas, tarifas de vapores y ferrocarriles en dorados marcamentos y mapas de todas las regiones del mundo, llenaban las paredes; prensas para todo cuanto antes ejecutaba la mano del escribiente ocupaban los rincones, y el voluptuoso sofá tapizado brindaba con su comodidad a cuantos esperaban el pago de una letra o la contestación de un simple recado. Todas las demás minuciosidades del escritorio guardaban perfecta armonía con este tono. En el gabinete del jefe, pero fuera de su alfombrada tarima, se había colocado una butaca para don Apolinar, que, por afición, por interés propio y por necesidad (pues ya muy viejo y no sabiendo más que ser comerciante, se aburría en todas partes), la ocupaba casi todo el día, durmiendo a ratos, oyendo a veces y preguntando a menudo sobre lo que veía y escuchaba.

Giraba la casa bajo la razón de Hijo de don Apolinar de la Regatera, no por respeto cariñoso a la memoria del padre, sino en consideración al valor que su nombre de guerra tenía en el comercio de España y de toda América.

La calma, la reflexión hasta la pesadez, habían sido la expresión característica del espíritu mercantil del indiano; la vivacidad, la inquietud, la prisa hasta la ligereza, lo eran del de su hijo, como creía observar el primero hasta en los actos más triviales de las tareas del segundo.

—¿Londres? —decía lacónicamente un corredor entrando.

—¿Mucho? —le respondía el joven comerciante sin levantar la vista de su pupitre.

—Setecientas, ocho, once: aceptadas.

—¿A...?

—Redondo.

—Por París.

—¿Corto?

—¿Vista?

—Fecha.

—¿Cambio?

—Veinte.

—Se andará. ¿Primeras Riosecana y Flor de Arriba?

—¿Para?

—Al quince: a diez y nueve y medio y diez y nueve y cinco octavos. Treinta mil.

—Sobre buena, diez y nueve y diez y nueve y cuartillo; dos meses, dos y medio: tres por ciento.

—Lo veré. ¿Nada más?

—Por aquí no.

Y se iba el agente y no le miraba siquiera el comerciante; y el que había encanecido siéndolo se quedaba in albis.

En la correspondencia brillaba el propio laconismo. He aquí un modelo de los más explícitos que constaban, a media tinta, en el volumen no sé cuántos del copiador mecánico, o de prensa:

«Muy Sr./m: En m/poder s/grata I.º act.l; y silenciando puntos de conformidad, paso a decirle he desplegado de ella £ m/.8 d/v c/Butifarra y C.º, de Barc.na, por

Rvon. 10.560,86 que, s. m. p., paso al crédito de s/c.

Impuestos de s/proposición estos Sres. Carpancho Herm.s que examinarán, contestándole directamente s/particular.

Para el mercado, me remito a la adjunta Revista, que desearé le aproveche.

De V. afmo. s.s. q. b. s. m.»

Y por firma había llevado esta carta un garabato que lo mismo podía decir Hijo de don Apolinar de la Regatera, que Padre del sacristán de la Parroquia.

No tardó el viejo indiano en advertir que este sistema eléctrico no era exclusivamente propio de su hijo, sino de toda «la clase», y de que no se aplicaba sólo a los detalles mecánicos del escritorio, sino que servía de base al flamante espíritu mercantil.

Se había hablado tiempo hacía de la necesidad de dotar a Castilla de un puerto de mar, y se había demostrado que este puerto debía ser el de Santander, uniendo la comunicación entre ambas regiones con una línea férrea, en lugar de las tradicionales reatas de mulos y carros del país. El plan era vasto y costosísimo; pero como debía ser reproductivo en extremo, se había aceptado con regocijo.

Llegó la ocasión de acometer la empresa, y don Apolinar vio con susto a su hijo trocar pilas de reverendas peluconas por algunas resmas de papel pintado. Poco después ofrecían al accionista una prima considerable por la cesión de sus títulos, pero esperando sacar de ellos en el día de mañana utilidades más pingües, desechó la oferta.

El mecanismo de cobros y pagos era engorroso, y el dinero, quieto en la caja, ni estaba seguro ni ganaba; además, el porvenir del comercio eran las sociedades de crédito. En consecuencia se formó una, y de ella fue el principal accionista el hijo de don Apolinar. Con parte de las onzas amontonadas por su padre pagó las acciones, y el resto le envió a la caja de la sociedad, que le abrió en el acto una cuenta corriente. A los pocos días de cubierto el cupo de la emisión, hubo la indispensable oferta de prima a los tenedores y la consabida resistencia de éstos, en espera siempre de mejor ocasión.

Los desairados en el reparto de las dos gangas anónimas, habiendo tornado ya el gusto al papel, formaron capítulo aparte y echaron a la plaza nuevas resmas de otra sociedad que se creaba para esto y para lo de más allá.

Tragóse también este cebo como pan bendito, cubrióse el cupo en breve, solicitáronse con prima las acciones y quedóse con las muchas que tenía el joven Regatera esperando «el día de mañana».

Hubo también esta vez envidiosos de la suerte de los accionistas primitivos, y «allá va, dijeron, esa lluvia de papeles de una sociedad de crédito que fundamos para explotar aquello, y lo otro y lo de más acá». Y también se cubrió el cupo, y también se ofreció la acostumbrada prima, y también la rehusó nuestro comerciante, metido como el que más en esta cuarta asociación anónima.

Y como al último lo que se buscaba era lisa y llanamente la primada, surgían proyectos de nuevas sociedades detrás de cada esquina, no parándose nadie en el objeto a que decían destinarse, porque no habían de llegar a constituirse siquiera.

Algo de esto quería hacer con las mercancías el hijo de don Apolinar. Agotadas las de su casa y comprometidas las de la plaza, diose a vender harinas que aún no se habían molido, trigos que no se habían sembrado.

El negocio era bueno si en el día prefijado para la entrega el precio de la mercancía era más bajo que el estipulado; pero si sucedía lo contrario, calculen ustedes lo que podía costarle la arriesgada operación.

Después no se contentó con esto: importándoles a él y al comprador muy poco la formalidad material de la entrega de lo vendido, suponían una a fecha y precio convenidos, y se comprometían a abonarse respectivamente la diferencia de más o de menos, según que jugaran al alza o a la baja, partiendo del tipo prefijado.

—Pero, hombre —decía en estos casos el viejo Regatera—: para eso, más te valdría jugarlo a una carta o a cara o cruz; a lo menos abreviarías la agonía que necesariamente sufres viendo durante meses enteros pender de una casualidad la mitad de tu fortuna.

Y el hijo se sonreía con desdén, y el padre se aterraba.

Porque no perdiendo ripio de cuanto pasaba en su derredor, veía que de aquéllos sus positivos caudales no quedaba ni señal; que su hijo los había trocado por cifras que cada día iban perdiendo una parte considerable de su valor real; que tenía los cartapacios atestados de este papel y de otros, representando grandes sumas sin más garantía que las firmas de los respectivos deudores, tan empapelados con el acreedor de quien ellos, a su vez, tenían no flojo montón de obligaciones; presumía que toda la plaza se hallaba lo mismo, y era evidente para él que una sola piedra que se desprendiese del inseguro edificio le haría desmoronarse hasta los cimientos.

—¿No te asusta esta situación? —decía a su hijo.

—Al contrario: me deleita —respondía el iluso.

—¿Pero y tu dinero?

—Aquí está centuplicado.

—En papeles.

—Que valdrán mañana montes de oro; y en prueba de la fe que en ello tengo, acabo de comprar más acciones de la sociedad Tal...

—Acciones que, como todas las que tienes, valen hoy un treinta por ciento menos de lo que te costaron.

—Pero como han de subir necesariamente en su día, compro más para ganar más.

—¿Y si no suben?

—¡Bah!

—Y si, concediéndote que se cumplan tus esperanzas, te ocurriese en el ínterin un apuro de los que te acarrean a cada paso tu juego favorito de las diferencias y otros por el estilo, ¿qué sería de ti?

—¿Y los recursos del crédito?

—¡Si tienes echado a la plaza cien veces más del que puedes sufrir!

—Juzgando con el viejo criterio mercantil, yo lo creo.

—¡El viejo criterio!... el viejo... ¡ingratos! ¡El viejo os amontonó esos caudales que apenas veo por ninguna parte; el viejo criterio os legó con ellos un crédito bien fundado, que estáis destruyendo miserablemente!

—Para edificar.

—¿En dónde?

—En todas partes: hemos creado un pueblo; hemos dado la vida al cadáver del país entero.

—Habéis echado la casa por la ventana, y nada más.

—Aun así, por generosa fuera justificable nuestra conducta.

—No hay generosidad en arrojar la hogaza cuando no se está seguro de no tener que salir después a mendigar un mendrugo de ella.

—En todo caso, ¿quién se opone a la corriente?...

—La prudencia, el viejo criterio.

—No pudo resistirla y abandonó el campo.

—A una generación más joven, para que con sus bríos y nuestra experiencia utilizase lo bueno del actual sistema; no sus errores, no sus delirios. Eso queríamos y eso han hecho los únicos que en este desconcierto que a ti te arrolla, marchan con pie firme al término que se han propuesto.

—Ya veremos qué camino es el mejor, si el de ellos o el mío.

—Lo tengo bien visto ya. El tuyo es el de la perdición; el otro, todo lo contrario.

Y en esto, yo no sé qué aires soplaron en Castilla, que, trasponiendo las cumbres de Reinosa, bajaron al valle, y a su contacto se bamboleó la piedra en que espantado pensaba don Apolinar, y todas las del edificio se removieron: todas, menos unas pocas adheridas aún a la argamasa rancia que sabían batir los viejos comerciantes. El temor de una catástrofe produjo un pánico indescriptible. Hasta entonces las de este género se contaban en Santander como hechos fenomenales, y el temor de que pudiera realizarse una quitaba el sueño todavía a los menos aprensivos y más asegurados.

Al mismo tiempo, las cajas de aquellas sociedades que habían de realizar tantos prodigios, lejos de dar, pedían hasta por Dios, para no fenecer de hambre, consumido ya cuanto en ellas se había depositado; suceso que, como es lógico, se dejó sentir en todas las carteras de la plaza, que mermaron en más de tres cuartas partes del valor del papel que atesoraban. Del vacío resultante vino el desequilibrio natural, y por consiguiente, el desencadenamiento de la tempestad, que a los primeros embates dio en tierra con la vacilante piedra, la cual se llevó consigo cuantas se hallaban en su inmediato contacto. ¡Allí fue el crujir de los dientes y el temblar de la voz y el maldecir de aquel engrudo que ningún apoyo prestaba a los removidos sillares que trataba de sostener; allí fue el buscar el barro que representaba y por el cual se había trocado en mejores días, y allí fue el negarse los que le tenían a dar una mala paletada de él por todo el inútil fascinador amasijo!

Y siempre creciendo el vacío y cada vez más furiosa la tormenta y más desamparado el edificio, crujió todo él y al cabo se desplomó con horrible estrépito, pereciendo entre sus ruinas hasta el último ochavo, y algo más, del hijo de don Apolinar de la Regatera.

Éste, que creyó poder presenciar el desastre con sereno valor, al ver entre sus escombros destacarse incólume la parte que había encomendado su seguridad al viejo cemento, sintió en su pecho tan vivamente la elocuencia del contraste, aquella palpable confirmación de su sistema, que reventó en el acto, de despecho, de pena, de desesperación... y de viejo.

V

Hijo del egoísmo el tal sistema, había reinado muchísimos años sobre la plaza sin extenderla un palmo, sin fijar un adoquín en sus angostas calles y sin salir del paso de sus recuas de mulos; pero atesorando enormes positivos caudales que llevaban la abundancia desde el hogar del propietario al sotabanco del bracero. Hijo el otro del entusiasmo, lanzóse a la calle, destruyó lo viejo, removió la tierra, reparó, creó y combinó; y hubo un instante en que pareció anegarse el país en la abundancia; en que el confort llegó hasta el fregadero y creyó el más pobre que había caído de pie en mitad de la famosa Jauja; pero no se echó de ver que los recursos que desatentadamente iba creando el delirio de la ambición, no podían con el peso de las necesidades que de los mismos se desprendían; que, como muchas sustancias de la naturaleza, el crédito, en dosis prudentes, es elemento de la vida, y en exageradas proporciones tósigo violento; y sucedió el marasmo a la efervescencia, la penuria a la abundancia, el duelo a la alegría y el remordimiento a tanta ilusión deslumbradora.

Sin embargo, pródigo el hijo de don Apolinar, aún le sirve de alivio, en medio de su desgracia, la contemplación de la obra que contribuyó a su ruina, y mira, con cierto orgullo justificable, la parte que de sus actuales bellezas y comodidades le debe su pueblo. Avaro el padre, en idéntica situación, en su tiempo, nada encontraría que poner enfrente de su imaginación sino el recuerdo desesperante de su perdido tesoro.

Lo cierto es que con los generosos instintos del uno y la reflexiva parsimonia del otro, podía haberse hecho una mezcla de peregrinos resultados; pero también es verdad que si el hombre se colocara una vez siquiera en el justo medio de la razón, esa vez haría traición a una de las más esenciales condiciones de su naturaleza: el equivocarse en la mitad, por lo menos, de todo lo que cavila y ejecuta.

Para ser un buen arriero...

(Cuadro que pica en histórico)

I

Blas del Tejo y Paula Turuleque eran de un mismo pueblo de la Montaña, y entrambos huérfanos de padre y madre y hasta de toda clase de parientes. Blas poseía, por herencia, un cierro de ocho carros de tierra y un par de bueyes. Paula era dueña, en igual concepto que Blas, de una casuca con huerto, de dos novillas y de una carreta.

Paula y Blas convinieron un día en que si sus respectivas herencias se convirtiesen en una sola propiedad y se añadiesen a ésta algunas reses en aparcería y algunas tierras a renta, se podría pasar con todo ello una vida que ni la del archipámpano de Sevilla.

Y Blas y Paula se casaron para realizar el cálculo, y pronto, como eran honrados, hallaron quien les diese en renta veinte carros de prado y otros tantos de labrantío, más un par de vacas en aparcería.

Blas era gordinflón, bajito, risueño y tan inofensivo como una calabaza.

Paula no era más alta que Blas, y allá se le iba en carnes y en malicias.

Cogían maíz para ocho meses, partían con el amo una novilla cada año y mataban un cerdo de siete arrobas por Navidad. Paula tenía siempre colgados en la vara, sobre la cama, un jubón de cúbica negra, una saya de estameña del Carmen con randa de panilla, y un pañuelo de espumilla para los días de fiesta. Blas, por su parte, nunca estaba sin unos calzones y una chaqueta de paño fino, y un sombrero serrano para las grandes solemnidades.

Blas no probaba el vino más que para celebrar los días de fiesta, y en estos casos nunca pasaba de medio cuartillo, y Paula se escandalizaba cuando oía decir que algunas de sus vecinas empeñaban las ropas o vendían el maíz para beber aguardiente.

Paula y Blas no tenían hijos, ni siquiera trazas de tenerlos, como decía la primera; pero, en cambio, se querían como dos palomos. Juntos iban a trabajar al campo; juntos al mercado cuando le había en la villa inmediata; juntos a misa, y hasta bailaban juntos en el corro más de cuatro veces; pues aunque eran casados eran jóvenes, no debían nada a nadie, tenían buen humor y los hijos no habían de echarles en cara esa pequeña debilidad.

Blas solía decir: «Yo no sé qué demonches tien esta Paula: ella no es del todo bien encará ni se pasa de lista; pero la verdá es que yo no la cambiaría por la mejor moza del lugar».

Paula decía, a su vez: «Blas es mal empernao, desconcertao de espalda, pica más en bobo que en otra cosa, y con todo y con eso, la baba se me cae de satisfacción cuando le miro».

Blas y Paula se jactaban a cada instante de que jamás había habido entre ellos «un sí ni un no», y era cosa corriente en el lugar que en aquella casa nunca se había oído una disputa, ni había sonado un mal garrotazo, ni se había derramado una lágrima.

Paula no comprendía que en el mundo pudiera nadie ser mucho más feliz que ella; y de fijo hubiera juzgado su felicidad superior a todas las de la tierra, si sus medios le hubieran permitido beber agua con azucarillo y comer bizcochos siempre que se le antojaran. Paula, pues, era golosa, pero sin vicio ni cosa que se le pareciera.

Blas no había ocultado nunca a su mujer que envidiaba a todos los hombres que podían, sin arruinarse, beber un cuartillo de vino blanco a cada comida, y echar una siesta de tres o cuatro horas sobre media docena de colchones, precisamente colchones. Blas, pues, amaba la poltronería y el buen vino, pero sin que la carencia de estos regalos bastase a quitarle su buen humor habitual.

Blas y Paula, en una palabra, eran un matrimonio dichoso, tan dichoso como se puede ser en este pícaro mundo de ambiciones y miserias y donde tan rara es y tan extraña la paz del espíritu.

II

Así estaban las cosas, cuando al salir Blas un día al corral vio que entraba en él un señor, caballero en un rocín, a todos pelos de alquiler, con maleta a la grupa y espolique al costado.

—¿Vive aquí Blas del Tejo? —preguntó a Blas el caballero.

—Para servir a Dios y a usté —respondió Blas descubriéndose la cabeza y abriendo un palmo de boca y casi otro tanto de ojos y narices.

Apeóse el preguntante; quitó la maleta al jaco; dio unas monedas al espolique, que se largó con el cuadrúpedo haciendo cortesías y muy agradecido, y volvió a preguntar el mismísimo señor al mismísimo Blas:

—¿Se llama tu mujer Paula Turuleque?

—Y además Rodero de la Peña —gritó Paula, que atisbaba la escena desde el ventanillo de la cocina, saliendo de un brinco al corral.

—Perfectamente —añadió el recién llegado.

—Pues yo soy vuestro tío.

—¡Mi tío! —exclamaron admirados Blas y Paula.

—¡Pero, señor —añadió Blas—, si nosotros no tenemos padre ni madre ni perruco que nos ladre!

—¡Se te figurará a ti! Tu mujer debe haber oído hablar a su difunta madre de un hermano...

—Sí, señor —interrumpió precipitadamente Paula—: mi madre (que en gloria esté) me habló muchas veces de un hermano suyo que se fue, de muchachuco, a la otra banda, pero también decía que se había muerto a los pocos años.

—Pues no se murió. Fue, en verdad, un poco ingrato con su patria y su familia durante mucho tiempo; pero, al cabo, pensó en ambas cosas, quiso volver a verlas... y aquí está, aunque con la pena de saber, por informes que ha adquirido oportunamente, que sólo quedas tú de su familia. Conque, con franqueza, ¿me dejáis vivir con vosotros? Ya veo que la casa no es un palacio ni mucho menos; pero como nací en ella, no la cambiaría por el de los reyes de España: además que ya tendremos tiempo de reformarla o de hacer otra mejor, que todo se consigue cuando hay dinero, y éste, a Dios gracias, no me falta.

Blas y Paula estuvieron a pique de volverse locos de alegría. A Paula se le nublaron los ojos, le zumbaron los oídos y tuvo un momento de soñar que se elevaba por encima del campanario del lugar sobre una nube de azucarillos claveteada con bizcochos. Blas, no menos atortolado que su mujer, se imaginó que se hallaba tumbado panza arriba sobre una pila de colchones, y que le caía en la boca un chorro inagotable de vino rancio de la Nava del Rey.

Cuando se le pasó el mareo, apresuróse a coger la maleta que su tío tenía pendiente de una mano; Paula sacó al portal una silla de bañizas, rayada de encarnado y verde, que había en la casa para las grandes ocasiones; sentóse en ella el recién llegado, y los tres, en dulce amor y compañía, comenzaron a departir sobre asuntos del país y de la familia, interrumpiendo Blas de vez en cuando la conversación para quitar, con muchísimo respeto y previa la frase «aguántese y perdone», alguna mancha de polvo o tal cual película extraña de la levita de su tío.

Representaba éste sesenta años: era delgado y pálido y bastante encorvado, y había en su fisonomía, bondadosa y noble a todas luces, algo que revelaba padecimientos físicos inveterados. Vestía un traje sencillo, pero rico y bien cortado, y llevaba en la cabeza un sombrero de jipi-japa de anchas alas.

Y por si ustedes no le han conocido bien, entérense del siguiente retrato que de este personaje hizo Blas a sus vecinos al día siguiente de su llegada:

—El hombre pica en vejera, es agobiao de cuerpo, baja la color, muy baja; el ojo penoso y hundío, mucha ojalera, mucha, a manera de cerco ceniciento. Trae un demonches de pajero duro como una peña y blanco que tien que ver, cadena de oro al pescuezo, corbatín de fleque, carranclán más fino que el del señor cura y botas relumbrantes, que se ve la cara en ellas. Es fino de habla y noblote en su genial, y maneja ochentines como agua.

III

Dos meses hacía que el indiano había llegado a casa de sus sobrinos.

Trasladados a ella los equipajes que había dejado en Santander, y hechas algunas reformas indispensables en la habitación que había elegido en la misma casuca, el pobre hombre vivía bastante satisfecho, entregado a los potajes que le disponía su sobrina, si no con gran acierto, con la voluntad y el deseo más nobles del mundo.

Los dos esposos comían con él a la mesa y de sus mismos manjares; lo cual, no obstante (preciso es confesarlo), siempre se levantaban de ella Blas y Paula un si es no es descontentos y contrariados. El indiano no era goloso ni probaba el vino; por el contrario, se daba como un diablo a los amargos, y por tanto, comía aceitunas y bebía cerveza por todo regalo. Paula, pues, no veía un azucarillo por un ojo de la cara, ni Blas se hartaba de vino blanco.

Pero, en cambio, tenían unos aperos de labranza nuevos y completos, dos vacas más, otro traje nuevo y fino cada uno, y comían carne y «pan de trigo» todos los días. Debo advertir que Blas, siguiendo aquella famosa máxima del pobre, «antes reventar que sobre», por aprovechar los medios puros que tiraba encendidos el indiano, se había hecho un fumador de primera fuerza, a costa de media docena de horribles mareos que le costó el aprendizaje.

Pues señor, volviendo al indiano, han de saber ustedes que cada día que pasaba le dejaba más flaco y más amarillo, porque el padecimiento que le ocasionaba tal ruinera, una disentería muy vieja y de fatal carácter, lejos de aliviársele con los aires de su tierra, iba caminando con ellos de mal en peor; tan mal, que hasta el mismo Blas entró en cuidado y le dijo un día a Paula que si aquel despeño no se contenía, iba a ir el buen señor a contarlo muy pronto al otro mundo. Y adviertan ustedes que lo mismo que Blas opinaba el médico del pueblo, que asistía al enfermo.

Y tan fundada era esta opinión, que a los pocos días de manifestada por Blas a su mujer, el paciente se halló sin fuerzas para salir de la cama. El médico, al verle así, no se anduvo en chiquitas, y de buenas a primeras le dijo que se preparase en toda regia, porque se las liaba.

Cumplió el indiano, como cristiano viejo que era, con sus deberes religiosos, y previno que quería hacer testamento, por lo cual ordenó que se le trajese un escribano.

Mientras éste llegaba, el mísero paciente aprovechaba la poca tranquilidad de espíritu que tenía para pensar en la distribución que debía hacer de su caudal.

—Pero, señor, ¿a quién se lo dejo yo, vamos a ver? —se decía—. Yo no tengo en el mundo más parientes que Paula y su marido, y, en rigor, a ellos les corresponde heredarme; pero ¿qué van a hacer de tanto dinero estas dos bestias? De fijo, dárselo a cuatro pillos que se lo quieran sacar con maña, porque las almas de Dios de Blas y Paula no tienen sentido común. Y si no se lo dejo a ellos, ¿a quién se lo dejo? ¿A un extraño que tal vez no rece un Padrenuestro por mi alma? No, señor. ¿A los pobres? Pobres son Paula y Blas, y además sobrinos míos, y me han cuidado con esmero, y me quieren indudablemente. Por otra parte, ¿quién me quita a mí de hacer un legado especial para los pobres, dejando lo demás a mis sobrinos? ¿Y quién sabe si éstos, a pesar de sus cortos alcances, sabrán dar al dinero un buen empleo?... Y, por último —pensó el enfermo poniendo un gesto de hiel y vinagre—, ¿qué me impide ya que se lleve Pateta ese caudal que, después de haber sudado el quilo por adquirirle, no me sirve para detener un solo instante la muerte que me amenaza? Decididamente va a ser Blas un capitalista y el primer personaje del pueblo.

En esto llegó con tres acólitos el escribano, y bajo su fe testó el enfermo; y tan a tiempo, que acababa de poner la firma en el testamento y estirar la pata, fue todo uno.

Al salir del cuarto el escribano se encontró con Blas que andaba dando vueltas, muy afligido, por el estragal; y entre mil reverencias y sombrero en mano, le dijo:

—Resignación, señor don Blas: los altos juicios de Dios son incomprensibles. Él, que ha llamado a su seno a su señor tío, sabe por qué lo ha hecho. Otro día, cuando usted se halle con ánimo más sosegado, me permitiré anunciarle las últimas disposiciones del finado; disposiciones, señor mío, por las cuales le felicitara de muy buena gana si ellas cupiesen al lado del dolor que le embarga sin arañarse con él. Vuelvo, pues, a aconsejar a usted, mi señor don Blas, resignación y conformidad, y tengo la honra de saludarle hasta los pies.

Blas, que empezaba a pasmarse del señor don que le encajó el escribano, dejó para otra ocasión el cuidado de averiguar el motivo de las dos palabrillas, porque la segunda parte del apóstrofe del oficioso notario dio al traste con su serenidad, y rompió a berrear como un ternero, colándose en seguida en el cuarto de su tío para convencerse de que realmente había espirado éste. Paula había entrado en él momentos antes que su marido, y también daba el grito que aturdía el barrio. De manera que, al reunirse el matrimonio junto a la cama donde se hallaba el aún caliente cadáver del indiano, no parecía sino que se iba a hundir la casa.

Decididamente, Blas y Paula habían tomado cariño al buen señor; pero noble y desinteresadamente. Conste así en elogio de estos dos borregos.

IV

Cuatro días después de este suceso, y cuando ya se hubo honrado y sepultado dignamente al indiano, se leyó solemnemente su testamento en presencia de los herederos. Según él, Blas y Paula quedaban dueños absolutos de todo el caudal del testador, separadas algunas cantidades señaladas por éste para los pobres del lugar, misas por su alma, etc., etc. La tajada que Paula y Blas se llevaban valía la friolera de treinta mil duros.

Al oírlo de boca del escribano, que leía el testamento, los improvisados capitalistas se cayeron de espaldas; y no se murieron de repente, porque no podían comprender entonces lo que aquella cantidad representaba. Todas las ambiciones de su vida juntas no habían pasado de mil reales. Respecto a esta cantidad, sabían cuanto había que saber: lo que abultaba en onzas, en medias onzas, en ochentines, en duros, en pesetas y hasta en monedas de cobre; lo que se podía comprar con ella; en qué monedas cabía en la faltriquera y en qué otras se necesitaba un taleguillo de a maquilero para guardarla, etc., etc. Pero, ¡treinta mil duros! ¿Cuándo habían pensado ellos en semejante cantidad?... qué digo, ¿cuándo la habían mencionado siquiera?

Cuando el escribano los dejó solos y hubieron pasado los efectos más gordos de su sorpresa, los dos cónyuges se dieron a discurrir sobre la enorme cantidad, y trataron de pesarla y de medirla según sus pobres alcances.

—Digo, Paula —exclamaba Blas, rascándose la cabeza y apretando mucho los ojos—, que treinta mil duros deben ser... deben ser... ¡Ca!... ¡una barbaridá de dinero!... Deben ser... Yo creo que no cabrán en la caldera grande, aunque estén en onzas de oro.

—Yo no sé, Blas, si caben o no caben en la caldera —replicaba Paula verdaderamente fascinada por la idea de semejante masa de riqueza—; lo que sé es que debemos ser muy ricos... ¡horror de ricos!... más ricos que el señor cura, más ricos que el médico, más ricos que ese fachendoso de tabernero que, porque tiene caballo, quiere pisar a too el mundo; más ricos que el alcalde, más ricos que toa la riqueza mesma de cuatro leguas a la reonda. Esto es lo que yo sé, y no quiero saber más.

—¡Calla! —gritó Blas de pronto, dándose en la frente un puñetazo, que a habérsele dado en igual sitio a un becerro, le hubiera dejado redondo—; creo que vamos a saber a punto fijo cuánto abulta ese dinero. Yo voy contando duros uno a uno hasta mil... ¿eh?, dempués otra vez uno a uno hasta mil; luegomente uno a uno hasta mil tamién, hasta que haga treinta mil pilas de a mil duros ca una...

—¡Treinta no más, borrico! —contestó Paula dando un puñetazo a su marido.

—Bueno, lo mesmo da: siempre resultará que tenemos una pila de duros que... ¡María Santísima!, se me va la vista sólo de pensar en ella. Paece que la estoy viendo: grande, grande, grande, como... No sé cómo es de grande; pero se me fegura que aunque estemos comiendo duros a pienso too el año, no acabamos con ella... ¡Virgen de la Encarnación del Hijo de Dios y de María Santísima y de toos los santos y santas de la corte celestial!

Y Blas, fuera de sí, comenzó a sacudir puñetazos sobre las ancas de su mujer, que se tumbó boca abajo riéndose a carcajada seca, sin darse cuenta de lo que hacía; arrebato que concluyó por levantarse de repente los dos esposos lanzando berridos y echando cada lagrimón como una manzana carretona.

—¡En buena hora te casaste conmigo, cachorrón! —gritaba Paula entre sollozos y tirones de greñas.

—¡No te cantó mal gallo cuando me engañaste, becerrona! —contestaba Blas sorbiendo sus propias lágrimas y echando al aire la chaqueta y las abarcas.

—¡Anda, marranón!

—¡Anda, jabalina!

Cuando la calma volvió a apoderarse de los desquiciados espíritus de Blas y de Paula, ésta, después de meditar un largo rato, propuso a su marido llamar al maestro de escuela que, como hombre de pluma, era el único que podría sacarlos de aquella oscuridad en que cada vez se extraviaban más.

—¡Defetivamente, canijo! —respondió Blas con entusiasmo—.Vea usté y cómo mil demonios no dimos antes en ello. Y voy a ir yo mesmo por él... aunque, bien mirao, ya no debía de andar a recaos como un zarramplín cualsiquiera; pero como entovía no hemos apandao la herencia, no estará del too mal visto lo que voy a hacer.

Y Blas salió del corral afuera como alma que lleva el diablo, mientras su mujer se tendió a la bartola en mitad del estragal, riendo y llorando a la vez de puro gusto.

V

Era el maestro, don Canuto Prosodia, hombre enjuto y pequeño de cuerpo, corto de alcances, aunque él creía lo contrario, y muy largo en adular a todo el que podía dar algo.

Vestía ordinariamente traje oscuro de corte humilde con aspiraciones a más elevado; es decir, gastaba un aparejo que lo mismo podía llamarse gabán corto que chaqueta larga, y llevaba al cuello un corbatín de lana que tiraba a seda. Era gran echador de epístolas los días feriados, y llevaba toda la correspondencia del lugar con los indianos y jándalos ausentes de él. Blasonaba de muy aplomado en sus pareceres, y esto le valía la intervención en todos los picos de las familias del lugar; tenía, en fin, mucha mano con ellas... y mucha cuenta que dar a Dios de los desaguisados que causaba en el vecindario su torpeza o su malicia. Se la echaba de sobrio, pero yo sé que tomaba cada turca que ardía Troya; sólo que para emborracharse se encerraba en casa.

Prevengo que ninguno de estos pormenores es de absoluta necesidad en la presente historia, y que sólo los he apuntado porque no me gusta presentar a mis lectores un personaje sin decirles lo que es, para que sepan con qué casta de pájaros tienen que codearse.

Pues señor, volviendo a lo que más nos importa, Blas y don Canuto Prosodia llegaron a casa del primero cuando aún Paula no se había levantado del suelo, donde cayó desconcertada por la alegría al salir su marido en busca del pedagogo.

—¿Mi señora doña Paula está indispuesta? —dijo don Canuto descubriéndose y parándose delante de la mujer de Blas.

—¡Qué endispuesta ni qué canijo! —respondió Paula levantándose de un respingo—; si tengo más salú que Pateta. Lo que yo quiero es saber en un periquete cuánto dinero tenemos, y, sobre todo, que no me güeiva usté a zamarrear con tanta doña ni tanta jeringa.

—A todo señor, todo honor —replicó don Canuto doblándose a compás—. Pero dejando este punto por ahora, pasemos al que me trae aquí a solicitud del señor don Blas, que ha tenido la dignación de enterarme por el camino de todo lo necesario para el mejor éxito de mi cometido.

Don Canuto, al decir esto, sacó del bolsillo interior de su chaquetón-gabán un tintero de cuerno y un pliego de papel blanco en ocho dobleces. Destornilló el primero, extrajo del hueco de su cónica tapadera una pluma de ave, limpióla sobre la manga de su brazo izquierdo, llenóla luego de tinta con mucha pulcritud, oprimiendo la parte tallada contra los tintales de algodón que contenía el tintero, desdobló el papel dejándole reducido a cuatro pliegues, sentóse en la silla de bañizas, pidió a Paula la tortera, puso ésta horizontalmente sobre su muslo derecho, y en el suelo y al alcance de su mano el tintero, colocó el papel sobre la tortera y el brazo derecho sobre el papel, pluma en mano, carraspeó dos veces mirando de hito en hito a los dos esposos que acurrucados en el suelo contemplaban en silencio al dómine, jadeando de curiosidad, y con el tono más melifluo y acompasado que pudo, habló lo siguiente:

—Hame dicho el señor don Blas que asciende la herencia de ustedes a la respetabilísima cantidad de treinta mil duros. Apúntolos, pues. Para reducirlos a reales, los multiplico por veinte, o, lo que es lo mismo, por dos, añadiendo luego un cero a la derecha del producto que esta multiplicación nos arroje. Tenemos, pues, que los treinta mil duros son lo mismo que seiscientos mil reales.

—¡Echa reales! —dijo Blas sobándose las manos.

—¡María Santísima! —exclamó Paula mordiéndose los puños.

—También me ha dicho Blas —continuó don Canuto— que esa suma está invertida en América, según reza el testamento, en fincas y empresas a cargo de un apoderado del testador, que cuidará en lo sucesivo de remitir a ustedes los productos de dicho capital, o el capital mismo si ustedes lo desean. ¿No es esto lo que usted me ha dicho, señor don Blas?

—Hombre, precisamente eso mesmo, no; pero eso es lo que he querío decir.

—Tanto monta.

—Pero señor don Canuto —exclamó Paula con impaciencia—, lo que nusotros queremos saber es cuánto nos corresponde caa día al respetive de esa barbaridá de dinero.

—A eso vamos, señora mía. Suponiendo que el capital produzca un seis por ciento, rédito que me parece muy conforme con la ley de Dios, ganará en todo un año... ¿Por qué método quieren ustedes que hagamos este cálculo? Tenemos dos: uno que consiste en establecer la siguiente proporción: ciento es a capital como tanto es a interés, y despejar luego la incógnita, que en el caso presente es el interés, según las reglas establecidas por los autores; y otro, que llamamos abreviado, consistente en...

—Déjeme usté de esas andróminas, señor don Canuto —interrumpió Paula ya quemada— y sáqueme usté pronto el montante del dinero, aunque lo saque por el satanincas o por el diaño que cargue con usté y con esa calma condená que se le pasea por los gañotes.

Don Canuto bajó la cabeza, un si es no es contrariado en su alarde de erudición con la andanada de Paula, y comenzó a hacer números con mucho pulso sobre el papel. Blas y Paula seguían con la vista con ávida curiosidad los giros de la pluma de don Canuto, como si conocieran los guarismos que éste hacía. Al cabo de un cuarto de hora levantó el maestro la cabeza, colocó la pluma sobre la oreja derecha, tomó entre sus manos el papel en que había hecho los cálculos, y dijo a los dos herederos, que seguían arrodillados delante de él y mirándole sin pestañear:

—Importan anualmente los réditos del caudal, al seis por ciento, según hemos convenido, treinta y seis mil reales, que divididos entre trescientos sesenta y cinco días que tiene el año, proporcionan a ustedes un diario de noventa y ocho reales y veinte maravedíes, salvo error de pluma o suma.

—Y ¿qué es eso de diario, señor maestro? —preguntó Paula.

—Diario, señora mía, es lo mismo que si dijéramos todos los días; más claro: cada veinticuatro horas tienen ustedes una renta de noventa y ocho reales y veinte maravedíes.

—¡Carafle!, yo creí que nos correspondía más —dijo Blas con cierto disgusto mirando a Paula.

—Yo también —añadió ésta mirando a Blas.

—Pero, señores, reparen ustedes en que ese diario procede solamente de las rentas del capital, que siempre queda entero y de ustedes.

—¡Ahhh! —exclamaron, respirando con placer, los dos bolonios herederos.

—El capital es, como quien dice, una fuente que da cada veinticuatro horas, para ustedes que son dueños de ella, noventa y ocho reales y medio. Claro está que si ustedes no se satisfacen con lo que de la fuente mana espontáneamente, pueden acudir al depósito, zambullir en él la cabeza y darse un atracón hasta que revienten o hasta que lo agoten; resolución que yo no aprobaría, pues esta clase de fuentes, una vez secas, ya no vuelven a dar, por lo general, una mala gota.

—Aguárdese usté y perdone —dijo Paula de repente, cogiendo al maestro por las solapas del chaquetón—. Pinto el caso de que yo tengo una vaca; la ordeño un día, y me echa en la zapita noventa y ocho reales y medio; la ordeño otro día, y me da otro tanto, y todos los días lo mesmo: esta vaca nunca se seca, y además la vaca es mía. ¿No es así el aquel de la herencia?

—Cabalito —respondió el maestro, desprendiendo, con mucho cuidado, de su gabán-chaqueta las manos de Paula, porque no se llevaran las raídas solapas entre las uñas.

—¡Paula! —gritó Blas entre lloroso y risueño—; espienzo a conocer lo riquísimos que semos, y que he sío un burro pensando que tú eras rematá de bestia. Y usté, señor don Canuto, toque esos cinco y cuente con un vestío de arriba abajo, y con un barril de lo blanco.

—¡Tanta munificencia! ¡Tanta generosidad!... ¡Oh, señor don Blas, yo no merezco semejante agasajo! —replicó el pedagogo plegándose como un libro y relamiéndose de gusto.

—¡Qué comenencia ni qué grandiosidá son esas que usté emperegila! —añadió Paula dando manotadas al aire—; tome lo que le dan sin cirimonia y con toos los sentíos del alma, que usté se lo merece y nusotros podemos darlo... ¡y mucho más, si se mos pone en el testú!

—Seguramente que sí, y sólo con el recurso de la renta; porque si se propusieran ustedes gastar en veinte años, por ejemplo, todo el capital, que no deja de ser plazo respetable, hasta carruaje podrían tener ustedes, y ujieres y saraos, banquetes y justas o torneos. Acepto, pues, la oferta, aunque conmovido por el reconocimiento. Y con esto no canso más. Terminada mi misión entre ustedes, déjoles entregados a sus risueños cálculos, y vuélvome a buscar a mi dulce amigo, el estudio, que me espera en la lobreguez de mi paupérrima morada. He dicho, y soy de ustedes afectísimo seguro y agradecido servidor que sus pies y manos besa respectivamente.

Y tras esto, salió don Canuto, de espaldas por más señas, dejando más y más aturdidos a los dos herederos con la andanada de carruajes y saraos que les soltó.

Cuando Blas y Paula se quedaron solos, el primero se separó de la segunda tres o cuatro varas; miróla un rato, y se dio en seguida a bailar y a gritar. Paula hizo lo mismo que su marido. De pronto se paró éste, fijó otra vez su vista en Paula, abrió los brazos y gritó, poseído del mayor entusiasmo:

—Paula... ya lo has oído: ¡semos riquísimos! ¿Qué te pide el cuerpo?

—Blas —contestó Paula con iguales ademanes y el mismísimo entusiasmo—: ¡muchísimo azucarillo! ¡horror de bizcochos! Y a ti, ¿qué te pide el tuyo?

—Paula, ¡muchísimo colchón! ¡atrocidá de vino blanco!

—¡Pus a ello, Blas!

—¡A ello, Paula!

VI

Y aquí entra la parte más lastimosa de esta verídica historia.

Han pasado tres años desde la escena que acabo de referir. Blas y Paula no viven ya en la pobre casuca que heredó de su madre la segunda: han comprado un caserón solariego con portalada y solana, y han trasladado a él sus penates. El tal caserón tiene gran corralada y anchas cuadras; pero ni en la primera saltan los terneros, ni en las segundas se oyen los mugidos de las vacas ni las campanillas de los bueyes. Blas, que a veces se la echaba de listo, se había reído en más de una ocasión, desde que supo el cuento de la boca del oportunísimo señor cura, de aquel labrador de Castilla que solía decir, pareciéndole muy larga la distancia que mediaba entre su casa y sus haciendas: «Si por algo deseo ser rico, es por poder ir a caballo a cavar mis tierras».

Cuando Blas y Paula cambiaron de morada, se propusieron cambiar también de costumbres y dedicarse resueltamente a ser señores, y nada más que señores. La casuca quedó, pues, con sus ganados y sus tierras, encomendada a un aparcero, que halló con todo ello el cielo abierto. Los flamantes capitalistas sólo llevaron al caserón sus cuerpos, sus ropas nuevas y los equipajes del indiano. A Blas le incomodaba hasta el olor del ganado vacuno, y Paula se compadecía de las gentes que tenían, para comer, que sallar maíces bajo los rayos del sol de junio. «Bastante hemos tirao del mango de la azáa y arrascao las nalgas a las bestias», decía Paula muy a menudo; «y cuando el Señor nos ha puesto en las manos la fortuna, es porque no quiere que trabajemos más».

No se extrañe, pues, el silencio y la soledad que reinan en la nueva morada de nuestros conocidos: bajo sus carcomidos techos y entre la pesadumbre de sus viejos resquebrajados muros no hay más seres vivientes que Blas y Paula; un criado zurdo y perezoso, pastor de vacas en los malos tiempos de sus actuales amos; un perro holgazán, que lo poco que ladra lo ladra echado, y algunos centenares de ratas y lagartijas.

El mobiliario de la casona se compone de una docena de sillas de perilla, de una gran mesa de nogal, de una cama de lo mismo con un enorme jergón, y otra con ocho colchones y una escalera de mano arrimada a ellos. La primera es la de Paula, pues no ha habido fuerzas humanas que la reduzcan a dormir sobre lana. «En quitándome a mí», decía, «de meter las patas por las aberturas del jergón entre las hojas, no cierro el ojo ni descanso». Blas era en este punto el vice-versa de su mujer: amaba con delirio los colchones, según hemos tenido ocasión de observar; y como eran ricos y podían hacer su santísima voluntad, la una se proveyó de un jergón a su gusto, y el otro se atracó de colchones hasta el extremo de necesitar una escalera para trepar al último de ellos.

Entre las doce sillas, que apenas se ven en el anchísimo salón en que están colocadas, hay un gran armario.

Este armario está dividido, interiormente, en tres departamentos: en el superior hay pan y algunas otras municiones de boca; en el centro, cuatro vasos de a cuartillo y dos grandes envoltorios, uno de azucarillos y otro de bizcochos; por último, en el inferior se guarda, cuidadosamente calzado con tacos de madera, un barrilito de a cántara, con canilla de metal, haciéndole la guardia de honor dos vasos de a cuarterón, o cortadillos.

Y ahora que conocemos estos detalles de la casa, digamos algo de los que la habitan.

Paula no es ya aquella mozona rechoncha que vendía salud y alegría cuando ustedes la conocieron: está flaca como un espárrago, y vela su morena faz un tinte amarillento que tira a cárdeno; es apagada y triste su mirada, y su voz débil y penosa; anda a cortos pasos, y así y todo, vacilan sus piernas bajo el leve peso del descarnado tronco. No sale de casa más que para ir a misa, y se pasa los días tendida en la solana.

Blas, aunque no más risueño y alegre que su mujer, es físicamente el viceversa de ésta. Ha echado un morrillo como un toro y un vientre que mete miedo. Anda con dificultad por la excesiva gordura de sus muslos, y parece que echa lumbre por los ojos, las mejillas y la punta de la nariz. También sale poquísimo a la calle, y tantas horas como su mujer en la solana se pasa él tumbado boca arriba encima de los ocho colchones de su cama.

El criado y el perro huelgan siempre, y sólo están alegres cuando están comiendo.

¿Cuáles son las causas que han producido un cambio tan radical y tan rápido en el carácter de nuestros simpáticos amigos Paula y Blas?

Van a conocerlas ustedes.

Al saberse en el pueblo la noticia de que éstos habían heredado al indiano, la mayor parte de los vecinos se sintieron mordidos por el demonio de la envidia, y ya que no podían deshacer con su mala intención lo hecho por la bondad de aquél, decían a cada instante: «¡Qué lástima de dinero!» Lo cual significa, para todo el que conozca un poco a ciertas gentes: «Les cayó a los herederos la lotería con la guerra que les vamos a armar si no aflojan la mitad de lo heredado». Otra parte del vecindario recibió con indiferencia la noticia; y otra parte, la más pequeña, por supuesto, se alegró de buena fe al saber que Paula y Blas habían salido de pobres.

Cuando «se corrió» que éstos habían recibido la primera remesa de fondos, su casa no se pudo cerrar en todo el santo día de Dios.

—Soy la hija de tío Juan Pendejo —dijo una muchacha mal ataviada, con las greñas sobre la frente y dos dedos de roña sobre la piel, presentándose en el portal de Blas—, y vengo de parte de mi padre a que me emprieste veinte riales pa mercar un celemín de fisanes pa la olla.

Blas prestó los veinte reales a la hija de Juan Pendejo.

Tras la hija de Juan Pendejo se presentó la mujer de Antón Cervatos.

—Vengo al efeuto, Blas, de que tengas la caridá de dame dos duros pa ver de pagar ocho riales que debemos al peganio por el demonches del destrozo que hizo la vaca en la heredá del señor alcalde, y pa yuda de un poco de maíz que llevar al molino, que too lo pagaremos, como Dios manda, a vuelta de viaje del mi hombre que está a porte.

Blas aflojó los dos duros.

Tras la mujer de Antón Cervatos llegó Pedro Baldragas.

—Cuando Dios da, no da pa uno solo, amigo Blas —dijo Baldragas—: yo, como sabes, tengo seis meses hace la mujer en la cama, baldeá de un lao: hay malas lenguas que icen que el baldeo fue a resultas de una paliza que yo la di; pero esos son malos quereres, porque bien sabe Dios que la condená de la golosona, por ir a robar los higos del güerto del vecino, se cayó de un higar, y de la caída se quedó como está. Al respetive de esto, debo al boticario, que porque ice que el daño es de mano airá, no me quiere dar las melecinas por el asalareo, dos cantabrias que la encajó el médico en sóbala-parte, dos gallinas que me fió la vecina, y tengo que comprar dos celemines de maíz para dar de comer a los hijucos de Dios, que no han probao bocao de ayer acá. De modo y manera es que vengo aquí al ojeuto de que me emprestes un ochentín que yo te pagaré antes de ocho días, porque voy a vender el prao de cinco carros.

Blas largó también el ochentín, y más tarde dos ducados, y más tarde un doblón, y en seguida medio duro, y en seguida... yo no sé cuánto, porque en dos días todos se dieron a pedir y ni una sola vez se negó Blas a dar.

Pero el asunto se iba poniendo serio, tan serio que apenas les quedaba a los benditos herederos, de la primera remesa de dinero, lo más preciso para satisfacer sus más perentorias necesidades. Merced a esta circunstancia, tampoco pudo Blas dispensarse de ir pidiendo los préstamos que había hecho a medida que iban venciendo los plazos. Pero los benditos aldeanos, que ya se habían propuesto vivir a costa de la herencia del indiano, como si fuera hacienda de perdidos, recibieron las justísimas negativas y reclamaciones de Blas como una bofetada. Acusáronle, primero por lo bajo y luego a grito pelado, de «fantesioso», de «agarrao», y sobre todo, de bragazas y rocín, y a su mujer de «tordona», de «piojo resucitao» y de tarasca. Amenazáronlos con el rigor de sus venganzas; y puede asegurarse que desde aquel día infausto empezó a nublarse la estrella feliz de Blas y Paula, que jamás habían tenido un enemigo en el pueblo y estaban acostumbrados a dormir a pierna suelta sin penas ni cuidados.

Estrenaba Paula un vestido y se iba con él a la misa mayor: un rumrum de risas y cuchicheos la seguía desde su casa a la de Dios. Si era largo el vestido, que por qué no era corto; si era corto, que por qué no era largo; si era fino, que por qué no era basto; si era basto, que por qué no era fino; que tarasca por arriba, que bestia por abajo, que holgazana por acá, que golosaza por allá.

Presentábase Blas en público con una chaqueta un poco más larga y más fina que las que antes había gastado, y la pública murmuración no callaba un instante: que morral, que «señor mal acomparao», que talego de pesetas, que si debió o no debió soñar en verse tan alto, que burro, que pollino y que marrano.

Un servicio que se presta gratis entre convecinos, les costaba a ellos un dineral, y una riña escandalosa, amén de una indemnización arbitraria y enorme, el menor desliz cometido fuera de casa por el gato o por el perro.

Sabíase en todo el pueblo lo que comían, lo que bebían, las horas que pasaban en la cama y las que destinaban a sus sencillos recreos; los planes que les preocupaban y las cantidades que recibían, siendo cada uno de estos asuntos un incentivo para la incansable maledicencia del vecindario.

Dos meses se necesitaron para que Blas y Paula se enteraran de esta guerra cruel que la mayoría de sus convecinos les habían declarado. Eran inofensivos, y sólo deseaban al prójimo bienes y felicidad. ¿Cómo habían de suponer que hubiera una sola persona en el pueblo que se doliese del fortunón que se les había entrado por las puertas?

Cuando Blas conoció la amarga verdad, estuvo un cuarto de hora haciéndose cruces, y exclamó después, hablando con Paula:

—¿Pero quién ha dicho a esa gente que yo no soy el Blas de siempre y que no eres tú la Paula de ayer? ¿No damos lo que se nos pide y algo más, mientras lo tenemos? ¿No es justo que se nos devuelva cuando lo necesitamos? ¿Salimos al camino con un trabuco a robar la riqueza que tenemos? ¿No fue la voluntad de Dios la que nos la trajo a casa? ¿La hemos pintao nosotros de señores finos en ninguna parte? Si hemos dejao la labranza y vestimos y comemos mejor que endeantes, ¿lo hacemos a costa de naide? Luego ¿qué mil demonios de rézpede tiene esa gente contra nusotros?

Paula lo echaba todo por el amor de Dios, y no sabía qué contestar a su marido.

El señor cura y los pocos buenos vecinos que se alegraban de la prosperidad de estas dos sencillas criaturas, les aconsejaron que se hiciesen sordos a las murmuraciones de los malévolos, que se apartasen de todo trato con ellos y que les hiciesen todo el bien que pudieran.

Blas y Paula tomaron el consejo al pie de la letra y cerraron con doble vuelta la portalada de la casona, que sólo se abría cuando la verdadera necesidad llamaba a ella.

Pero, ¡ay! no era bastante este recurso contra el mal que les amenazaba, porque no era el mayor enemigo de la felicidad de Blas y Paula la maledicencia de algunos envidiosos. El demonio que había de perturbar la ventura de su soñado paraíso le llevaban ellos consigo, encarnado en su excesiva sencillez y casi primitiva inexperiencia.

Pensaban Blas y Paula, como piensan muchos en el mundo, que el mayor mal de todos los males conocidos es ser pobre, y, por consiguiente, que tener mucho dinero es el supremo bien de la tierra; con esta errada máxima por norte, acogieron con frenética alegría las talegas del indiano y se desprendieron con ingrato desdén de su antigua honrada pobreza, sin pararse a considerar una sola vez siquiera, que ésta satisfacía todas sus cortísimas necesidades, y que con ella habían sido completamente felices muchos años; es decir, que era punto menos que imposible que todo el rico tesoro de la herencia del indiano les proporcionase vida más placentera que la que les habían proporcionado hasta allí cuatro terrones y una casuca.

Pero lejos de pensar así, porque a gentes que calzan más puntos que nuestros personajes les sucede lo mismo, diéronse Blas y Paula a satisfacer los más ardientes deseos de toda su vida.

Ya sabemos cuáles eran estos deseos. Paula hizo abundante provisión de azucarillos y bizcochos, y Blas de vino blanco y de colchones. Sustituyeron la olla de berzas y la borona de antaño con un puchero bien provisto de carne y garbanzos, y con pan de trigo; hiciéronse un traje fino para cada uno, y pare usted de contar. Para aquellas dos almas benditas no había más que apetecer en el mundo.

Paula usaba el agua azucarada y los bizcochos hasta en la comida, en lugar del agua natural y del pan.

Al levantarse de la cama, agua con azucarillo; si el calor de la cocina la molestaba un poco, agua con azucarillo; si el sol picaba, agua con azucarillo; para salir a la calle, agua con azucarillo; al volver a su casa, agua con azucarillo, y agua con azucarillo al acostarse, y al despertar, y al volver a dormirse. El cuerpo de Paula era una tinaja que no se llenaba nunca, y lejos de eso, más agua pedía cuanto más agua se le daba.

De un abuso semejante resultó lo que era indispensable que resultase. Pervertido aquel estómago con tanto y tanto jarabe, lo mismo era darle alimentos sólidos y suculentos, que enviarlos enhoramala con la fuerza de una catapulta. A los quince días, el alimento de Paula estaba reducido a dos docenas de azucarillos, a media libra de bizcochos y a un cuarterón de chocolate cada veinticuatro horas; tenía una sed insaciable, y comenzó a palidecer y a perder su buen humor.

Blas, que se pasaba el día comiendo cada tajada que metía miedo, bebiendo a pasto vino blanco y roncando sobre una pila de colchones, notó la alteración física que había experimentado su mujer, y no pudo menos que decirle:

—¿Qué mil demonches de ruinera es esa que te come de un tiempo acá, y no paece sino que te dan la ración en dinero?

—Yo no sé lo que es esto, Blas —replicó Paula con acento triste—; pero harto será que algún mal querer no me persiga. Porque, si no, ¿por qué no había de estar yo partiendo de gorda?

—Pué que no te siente bien lo que comes.

—¡Que no me siente bien, y estoy comiendo dulce todo el santo día de Dios!

—Verdá es.

Y entrambos quedaron conformes en que no podía ser el alimento la causa de la ruinera de Paula.

Un día le dijo su marido:

—Parece mentira; pero los días se me hacen años, y si no fuera por el qué dirán, me largaba al monte a hacer un carro de leña, o a levantar un vallao, o a segar media ocena de lombíos. Y el demonches es que cuando éramos probes no me sucedía nada de esto: ahora con el ganao, dempués en el campo y más tarde en el avío de los trastos de la labranza, se me iba el tiempo en un periquete. ¿Cómo diaños se las arreglarán esos señores de la villa pa estar siempre contentos y entreteníos? Pus a fe a fe que nusotros tenemos tanto dinero como ellos, comemos de lo bien que se pué comer, y vestimos lo que nos da la gana. ¿Qué te paece a ti, Paula?

Y Paula, que aún tenía el ánimo más aplanado que su marido, no pudiendo explicarse la causa de ello, achacábalo, como todo lo malo que le sucedía, a los malos quereres, y echábalo por el amor de Dios.

Pretendió Blas en una ocasión aprender a escribir, o, cuando menos, a leer, pues no se le ocultaba lo necesario que esto le era en su nueva posición. Llamó a don Canuto; participóle su proyecto y hasta recibió del dómine las primeras lecciones. Un mes necesitó para llegar a conocer las letras del abecedario; y como le fuese de todo punto imposible aprender a formar sílabas, tiró el libro por la ventana y renunció a su proyecto, fundándose en que le iba a costar muchos malos ratos y no estaba dispuesto a pasarlos, ya que sus medios le permitían vivir sin penas ni cuidados.

Entre tanto, iba engordándole el pescuezo más y más, y coloreándosele los ojos y las narices, y aumentaba cada día su ración de vino blanco y las horas de reposo sobre el montón de colchohes. Paula, por el contrario, enflaquecía visiblemente y perdía por horas el sano color de su cara; pero también aumentaba sus raciones de bizcochos y agua azucarada.

Al criado zurdo se le iba el día en escanciar vino a Blas y agua fresca a Paula.

Ni las observaciones del señor cura ni las de don Canuto, únicas personas que penetraban en la casona, pudieron convencerlos de que se estaban matando con semejante método de vida; que había otros goces muy distintos del dulce y del vino blanco, al alcance de su fortuna, si querían reformar su educación, y, por último, que treinta mil duros, disfrutados como ellos los disfrutaban, lejos de ser una fortuna, eran una calamidad.

Hacía ya un mes que Paula no hablaba más que lo puramente preciso, por lo cual no contestaba jamás a estas observaciones. En cuanto a Blas, sostenía, y sostenía desgraciadamente la verdad, que Dios le había hecho así y que le era imposible amoldarse a otras costumbres más refinadas.

Y pasábanse los días, y Paula no se saciaba de bizcochos y agua con azucarillo, y bajaba el color de su cara, y enflaquecía su cuerpo y se abatía su ánimo; engordaba el morrillo de Blas, y subía el color rojo de sus narices, ojos y mejillas; crecía su afición al blanco y a las siestas sobre los colchones, enronquecíasele la voz y se iba haciendo su paso más lento y más inseguro. Llegó el caso de no cruzarse en todo un día una sola palabra entre ambos esposos, que apenas salían el uno de la solana y el otro de la alcoba, en los cuales sitios se entregaban, con la fiebre de la pasión, a sus respectivas devociones.

Dejaron de visitarlos el cura y don Canuto, porque al entrar en la casona no hallaban con quién hablar; continuaron en el pueblo criticándolos y calumniándolos unos, compadeciéndolos otros y conviniendo el resto en que la herencia del indiano había sido para los herederos como una maldición de Dios, lo cual era la pura verdad.

Y aquí tiene el lector explicada la causa de la situación física y moral en que hemos visto a nuestros personajes al comenzar este capítulo.

El médico del partido se propuso algunas veces poner en cura a la pobre Paula, que indudablemente caminaba a un fin desastroso; pero siempre tuvo que desistir de su noble plan, porque para llevarle a cabo era preciso empezar por proscribir de la casona los bizcochos y los azucarillos, y Paula no creía, aunque se lo jurase la ciencia de curar, que el dulce hiciese mal a ningún cuerpo humano.

Blas opinaba lo mismo respecto del vino blanco, y ambos atajaban los razonamientos del médico que quería ponerlos en cura, con el siguiente argumento que no dejaba de ser lógico, a la cerril usanza:

—¿No dice usté que un poco de dulce y un poco de vino hacen provecho, no digo a un sano, sino a un moribundo? Según esto, mucho vino y mucho dulce deben hacerle mucho más.

Y de aquí no salían estos majaderos, ni a palos.

Con muchísima frecuencia recordaba Blas aquellos felices días pasados entre las faenas agrícolas de sus tiempos de pobre, y hasta el alma le retozaba de placer cuando se imaginaba que tenía una pareja de cuarenta doblones, con anchas colleras de campanillas, y una carreta ligera y bien claveteada, con pértiga de armadura vizcaína; que él iba con la aguijada al hombro por el camino real al lado de sus bueyes, echando un cantar al son de las campanillas; que tenía además una cabaña de vacas gordas y relucientes, y un cierro de doscientos carros de tierra con pared de cal y canto, y que iba al corro los domingos con un puñado de siemprevivas en el sombrero, al lado de Paula, que relinchaba de contenta.

Pero el muy zopenco, en lugar de agarrarse a tan sencillo y placentero goce, que estaba a dos deditos de su mano, apresurábase a darle al olvido como una mala tentación, empeñado en que, ya que era rico, debía vivir «como un señor».

Y para remachar más y más el clavo de su majadería, dábase al blanco con mayor empeño, y engordaba, es decir, se abotargaba más y más cada día; tanto, que entorpecidas sus fuerzas y debilitada en extremo su cabeza, y no atreviéndose a trepar por la escalera de su cama, se había visto precisado a ir quitándole colchones para hacer menos expuesta la subida.

Cinco tenía solamente cuando Paula, que ya no pensaba porque estaba hecha un madero seco, le llamó un día desde la solana, donde estaba encogida como un ovillo y bebe que te bebe agua dulce.

Acercósele Blas con mucho trabajo y con gran sorpresa, porque su mujer hacía dos meses no pronunciaba otra palabra que «agua».

—¿Qué quieres? —le dijo cuando se halló a su lado. Paula, sin levantar la vista del suelo y manoteando al aire, contestó con voz débil y cavernosa:

—Quítame estos azucarillos que están cayendo alreguedor de mí.

Blas se hacía todo ojos, y así veía azucarillos como mamelucos.

—¡Uf! —exclamó Paula—; ahora me ha caído en la cabeza uno que pesa media arroba... Y también tengo un bizcocho atravesao en el pasa-pan...

Blas se restregaba los ojos para ver más claro; pero ni por esas.

Paula continuó.

—Mira hacia el corral: too está lleno de azucarillos que caen de las nubes como si granizara... ¡Uy! otro me ha caído en metá en metá del testú: mira a ver si sangro... Y ahora se me ensancha el bizcocho del pasa-pan, y caa vez más... ¡Ayyy!...

Y Paula, al decir esto, encandiló los ojos, estiró una pata, y luego la otra, y fue a digerir el bizcocho al otro mundo.

Epílogo

La última vez que yo vi a Blas estaba tumbado en la cama, que no tenía ya más que tres colchones.

Las manchas rojas de su cara se habían vuelto cárdenas, y tenía la nariz lo mismo que un tomate podrido. Apenas abría los ojos y no podía mover las piernas, que eran dos postes por lo abultadas.

Costóle mucho trabajo reconocerme, y a las palabras que le dirigí lamentándome de su estado, me replicó, con voz ronca y pausada, estas otras:

—Yo me tengo la culpa de too lo que me pasa. Quise echámela de señor, sólo porque tenía rentas, y no hice caso de lo que tantas veces le oí al señor cura hablando del alcalde, que fachendeaba mucho: Para ser buen arriero, hay que ser hijo de rocín. Yo tengo mucho dinero; pero por no saber gastarlo he reventao con ello... y que no vale mentir. Paula se murió atracá de azúcara, y yo me voy a morir hinchao de vino blanco... ¡Permita Dios que a ningún probe le caiga encima de repente, como a mí, una herencia tan grande como la de mi tío!

En su vida había estado Blas tan cuerdo como lo estuvo al proferir esta jaculatoria.

Tengo para mí que si los herederos del indiano hubieran hecho lo que pensaba hacer el labrador de Castilla en el caso de que le tocara la lotería, es decir, aprovechar la herencia para poder ir a caballo a labrar la tierra, hubieran sido muy felices.

¡Era más cuerdo de lo que parecía a primera vista el rancio castellano!

Recomiendo su consejo a los que, siendo felices en la pobreza, reciban una visita de la caprichosa fortuna; en la inteligencia de que es más difícil que adquirir grandes riquezas, el saber gastarlas.

El buen paño en el arca se vende

Tengo el gusto de presentar a ustedes a la señora doña Calixta Vendaval y Chumacera, de Guerrilla y Somatén, mujer de cincuenta eneros cumpliditos, enjunta de carnes, pálida de cutis, sutil y hasta punzante de mirada, y bajita de estatura.

Dice a cuantos se lo preguntan, y a muchos más, que su marido es coronel retirado del ejército de la Isla de Cuba, en donde ganó el grado rechazando la invasión del filibustero López; pero yo sé de buena tinta que el señor Guerrilla y Somatén no pasó jamás de teniente con grado de capitán, carrera, en mi concepto, brillante para un hombre que, como el marido de doña Calixta, procede de la clase de tropa y es además muy bruto y muy feo. Pero doña Calixta no es de esta opinión; y lejos de ello, es capaz de arañarse con cualquiera que se atreva a poner en duda que su marido es un hermoso y bizarro militar que tiene tres galones como tres luceros. Sírvales a ustedes de gobierno esta circunstancia, especialmente en este instante en que van a ser presentados por mí a la simpática familia de aquella señora.

Tres hijas y un hijo tiene doña Calixta. La mayor de las primeras pasó ya de los treinta abriles, aunque ella, como es de rigor, lo niega a pie juntillo: es rubia, bastante flaca y sobradamente marchita; se llama Pilar y hace doce años está en relaciones con un teniente de infantería que desde que era alférez espera el empleo de capitán para casarse con ella. La segunda, Trinidad, Trini, llamada, por apócope, entre sus amigas y su familia, es trigueña, también enjuta, y frisa en los veintisiete. Ésta muda de adoradores con más frecuencia que su hermana: en cinco años ha recorrido casi todas las clases de servidores del Estado: últimamente ama desesperadamente a un auxiliar de aduanas que, por no alcanzarle el mezquino sueldo para cubrir las exigencias de su pasión, negocia más empréstitos que el Gobierno y tiene más ingleses que Gibraltar. La tercera se llama Leonor: es más bonita y más fresca que sus hermanas, de quienes ha conseguido hacerse llamar Leonora. Delira por Il Trovattore... y por un escribiente sin sueldo, sólo porque lleva por nombre Manrique. El cuarto vástago de doña Calixta es un gaznápiro de doce años, destrozón, sucio y díscolo: hace seis años que va a la escuela y todavía no sabe leer; pero es capaz de beberse, sin resollar, dos copas de ron, si se las pagan, y se fuma cuantas colillas encuentra en la calle: se le educa para militar, y es mucho más bruto y más feo que su padre; se llama Augusto, y jamás se ha visto un nombre peor colocado.

Doña Calixta tiene algunas posesiones en la Montaña, heredadas de su tío, cura párroco que fue de un pueblecito de Trasmiera, y bajo cuyo amparo estaba dicha señora cuando se casó con Guerrilla, que era entonces sargento con grado de oficial. Con lo que estas haciendas producen, que es bien poco, y el retiro de Guerrilla, vive en Santander la familia de doña Calixta, feliz y satisfecha... si hemos de juzgar por lo que se ve.

Ni la sediciente coronela ni sus hijos han salido jamás de la capital de la Montaña, no sé si por apego de la primera a la tierruca, o por razones de economía: lo cierto es que Guerrilla, con quien parece haberse complacido el Gobierno haciéndole correr toda la Península y provincias ultramarinas, no ha llevado consigo en sus largas peregrinaciones más familia que el asistente y la Ordenanza, ni ha gustado los placeres del hogar doméstico, en cuarenta años de carrera, más que durante cinco meses, tiempo de otras tantas licencias temporales que pudo obtener. De aquí que las hijas de este buen señor sean conocidas siempre en los círculos santanderienses por las de doña Calixta, y jamás por las de Guerrilla. Y me alegro de haber hablado de este asunto, porque no faltan lenguas que aseguren que el no citarse nunca con el nombre de Guerrilla a su familia, consiste en que ésta se preocupa muy poco del pobre retirado, y hasta que es ella también la causa de que el teniente con grado de capitán se pase los once meses del año en las haciendas de su mujer entregado al cultivo del repollo y de algunos frutales, y al cobro de las rentas que producen unos cuantos prados de regadío y dos casitas de labranza.

Estas mismas lenguas, que pertenecen a ese grupo heterogéneo y multiforme que se llama público, son las que más consumen la paciencia de doña Calixta, que no es sorda, con ciertas voces que hacen correr, interpretando maliciosamente hasta los actos más triviales de la familia de la coronela. Hay que convenir en que con ciertas «gentes» no hay tranquilidad posible. Estas «gentes» son las que en todo pueblo, grande o pequeño, pero especialmente en los que son ilustradas medianías, entre corte y cortijo, llevan a cada vecino una cuenta corriente, en la cual aparecen consignados los más insignificantes gastos al frente de los más mezquinos ingresos; y, como si ellas lo pagaran, alcanzan el cielo con las manos en cuanto exceden en un céntimo los primeros a los segundos. Pues bien; estas gentes son las que más muerden a todas horas a las de doña Calixta, porque a pesar de sus cortísimos recursos habitan una gran casa, dan reuniones de vez en cuando, visten siempre a la moda, frecuentan bailes y espectáculos, y se pasan todo el santo día de Dios visitando tiendas y recorriendo calles. ¡El diablo son estas «gentes»!

Un deber de amistad me obliga a tomar cartas en este juego, si no para vindicar completamente ante el público a la familia del buen Guerrilla, para dejar, al menos, las cosas en su verdadero terreno. Vamos por partes.

Cobra doña Calixta por rentas de sus haciendas y retiro de Guerrilla, diez mil reales, pico más o menos.

Esto lo saben «las gentes» tan bien como ella, y, en su consecuencia, se escandalizan de que no viva en una casa retiradita para que sea barata. Y aquí me cumple a mí decir que la gente apunta bien, pero no da.

Es verdad que la casa que habitan las de doña Calixta está en una de las calles principales, y ostenta gran balconaje y ancho y lustroso portal; mas lo que no saben «las gentes» es que la tal habitación sólo consta de una salita con dos alcobas, de otra oscura en el carrejo y de un reducidísimo comedor junto a una exigua cocina con sus aún más exiguas dependencias: total, que el cuarto que habitan las de doña Calixta no tiene más que fachada, razón por la que sólo les cuesta cinco realitos diarios. También es cierto que por este mismo precio se podía hallar en las calles excéntricas de la población una casa mucho más desahogada y cómoda y saludable; pero las de doña Calixta prefieren la que habitan por cuestión de lustre, que al cabo es un gusto tan respetable como el que más.

Y continúan «las gentes»: «El lujo y los moños que gasta esa familia, planchado, fregado y servidumbre que esto exige, requieren gastos que no pueden cubrirse con lo que resta de los diez mil reales después de satisfechas las atenciones indispensables de una casa...».

Otra exageración que vamos a demostrar. Consideren ustedes que en casa de doña Calixta no hay siquiera una mala criada, pues allí se arreglan todos con la aguadora, para lo más esencial, merced a un cortísimo sobresueldo que se le da. Ella hace la compra diaria de plaza, enciende el hogar, pone al fuego el sencillísimo puchero, friega por la tarde la vasija y hace los recados. El resto queda a cargo de doña Calixta y sus hijas: y el resto se reduce simplemente a que se dé la primera una vuelta por la cocina, al sonar la una, para sazonar el puchero y hacer la sopa, poner en seguida la mesa y servir de un solo viaje toda la comida, compuesta de sota, caballo y rey, como decían los estudiantes de tricornio y cuchara de palo; y al avío de la casa, que es de cuenta de las chicas. Esta operación se despacha en un cuarto de hora. Ya he dicho que en la tal casa no hay más que tres alcobas; debo añadir ahora que en éstas sólo hay dos camas: en la una duermen las tres chicas, y en la otra doña Calixta y Augusto. Por lo que hace a Guerrilla, las pocas noches al año que pasa con su familia se arregla como puede en un catre de tijera que se habilita en el cuarto oscuro. De manera que se reduce el avío a mullir dos camas, barrer los suelos y quitar los polvos. La ropa blanca da poquísimo que hacer, pues no hay más que la que está en uso y otro tanto que se llevó la lavandera. En cuanto al planchado de las enaguas, ocurre una vez cada semana y le hacen las chicas, que no quieren privarse ni de sus paseos ni de sus otros placeres cotidianos, a las altas horas de la noche del sábado. ¿Qué despilfarro... de dinero encontrará en todo esto el más roñoso fiscal? Pues pasemos ahora al ramo de vestidos y moños.

El menos avezado a examinar los caracteres del lujo podrá notar, si se fija un poco en los trajes que usan generalmente las de doña Calixta, que éstos son de género marchito y de color enfermizo; que les falta esa tersura fresca y rechispeante que distingue los de las verdaderas elegantes, cualidad que es la voz, digámoslo así, que va pregonando por calles y paseos: «Estos trapos nuevecitos acaban de salir del taller de la modista, y están cortados y sazonados con arreglo a los preceptos más severos de la última moda».

Las hijas de Guerrilla, sépanlo ustedes, dan treinta vueltas a sus trajes y prendidos: ora les ponen lo de abajo arriba, ora lo de arriba abajo, ora atrás lo de delante, ora lo de dentro afuera; para las cuales operaciones tienen una costurera baratita, que posee además la gracia de darlas exacta noticia de lo poquísimo que ellas ignoran en cuanto a crónica local: verbigracia, matrimonios en ciernes, idem en crisis; «jóvenes» recién llegados a la población, con qué figura, empleo y sueldo; si dejan novia en el punto de su procedencia, etc., etc.; si se proyecta algún baile; si se fueron o no los forasteros que pasaron por su calle más de tres veces el día anterior; dónde se han hecho y cuánto valen los vestidos que llevaron al paseo el domingo último las de X o las de Z; si se pagaron o si se deben, etc., etc... Tal es el misterio que envuelve el lujo de las de doña Calixta; misterio que deben tener en cuenta las gentes que se escandalizan de verlas, lo menos una vez cada día, revolviendo géneros en las tiendas de modas. Harto se deja comprender, después de lo dicho, que si bien son la desesperación de los horteras, por lo que les hacen plegar y desplegar, en cambio, de higos a brevas compran algo; de lo cual, sin que yo se lo demostrara, debían estar convencidas «las gentes», si se tomaran la molestia de observar cómo estas chicas se despiden en los establecimientos que frecuentan: «Conque dice usted que el último precio de este corte es tal, y el de este otro cual, y que nos dará en tanto las mangas y en cuanto los pañuelos... Corriente. Pues en consultándolo con mamá nos decidiremos y le pasaremos a usted el recado por la muchacha». Así se despiden generalmente las de doña Calixta en las tiendas de modas; y sabido es en toda tierra de cristianos lo que semejante despedida quiere decir.

Que doña Calixta da reuniones: convenido; pero vamos a ver cómo las da. Invita una vez cada semana, durante el invierno, a todos sus conocimientos íntimos, que están reducidos a tres o cuatro familias de la índole de la suya, y a una porción de empleados de cortísimo sueldo, jóvenes imberbes los más de ellos que hacen alguno que otro soneto por Semana Santa o alguna décima por Pascua de Navidad. Como la sala es pequeñísima, fuera ocioso convidar a más personas. Las que en ellas se reúnen la llenan de bote en bote. Empieza la «soaré» a las ocho de la noche, y son los primeros que a ella asisten los dos futuros yernos de doña Calixta; y digo los dos, porque el teniente muy rara vez se halla en la ciudad. Excuso decir que en la «soaré» se baila mucho; pero como en la casa no hay piano, ni siquiera una mala guitarra, se ha convenido en que los mismos que bailan tarareen el aire, en el cual ejercicio se ha captado el joven Manrique la honrosa calificación de «ruiseñor». Por eso es muy frecuente oír entre la confusión de estos bailes éstas o parecidas exclamaciones: «No apriete usted mucho, no me haga usted reír, no me distraiga usted, porque voy a desafinar».

La sala está alumbrada por un quinqué que consume un cuarterón de aceite, y en el comedor arde una bujía de estearina; junto a la bujía hay una bandeja, y en la bandeja un paquete de azucarillos y media docena de vasos llenos de agua. A esto se reduce todo el gasto que hace doña Calixta en cada reunión que da a sus conocimientos.

Y ya que de estas reuniones se trata, creo que estoy en el deber de citar el rasgo que más las distingue. Éste consiste en alguna barbaridad de Augusto. Augusto, cuando ha pasado el día corriéndola fuera de la ciudad, vuelve a casa rendido y jadeante, y se acuesta al anochecer. Cuando esto sucede en noche de reunión, es segurísimo que al darse la primera vuelta en la cama, a eso de las nueve y media o las diez, es decir, cuando la tertulia está más en punto de caramelo, arma el gran escándalo, comenzando a gritar de improviso desde el fondo de la alcoba, junto a la cual se entretienen tal vez algunas parejas en dulces y sentidos conceptos amorosos.

—¡Ayyyrrr... re San Bruno!!... ¡Mamá!!

Doña Calixta palidece y entra corriendo en la alcoba, cerrando apresuradamente la puerta.

—¡Calla, condenado! —dice muy bajito, pero con mucha rabia, al energúmeno—. ¿Qué mil diablos te pasa?

—¡Que me comen vivo! —responde Augusto, gritando mucho más alto.

—Pero, ¿quién te come, alma de Lucifer?

—¡Las pulgas!... ¡las chinches!!...

—¡Hijo de los demonios! —exclama doña Calixta, tapando la boca a Augusto, que cada vez grita más—; ¿no ves que está la sala llena de gente?

—Que se vaya al infierno esa gente; yo no tengo nada que ver con ellas... i Hambrones, que vienen aquí a llenar la tripa de azucarillos!...

Doña Calixta, en el colmo de la ansiedad, pone una almohada sobre la boca de su hijo y le sacude un par de puñetazos. Pero el gaznápiro se desprende con rabia de la blanda mordaza, y grita mucho más recio:

—¡Esto no es cama!... ¡Esto es un bardal! ¡y la culpa de ello la tienen esas pingolondangas de mis hermanas, que son capaces de vender las sábanas por un moño!

La coronela, no sabiendo ya cómo tapar el resuello a aquel ganso, le echa encima toda la ropa del colgador y hasta las sillas, y se vuelve a la sala; pero su hijo, derribando al suelo de un respingo todos los trastos que le sofocaban, coge una bota, tira con ella a su madre y la pega en el occipucio, en el instante en que esta atribulada mujer abría la puerta de la alcoba. Doña Calixta aparece en la sala haciendo que se ríe con las bromas de su hijo; pero la tertulia se ha comido la partida, a pesar de los esfuerzos que han hecho para desorientarla las chicas de la casa durante la refriega, y no acepta de todo corazón la sonrisa de la mamá.

Si Augusto no está en la cama cuando hay reunión, todavía son más temibles sus inconveniencias. A lo mejor se presenta descalzo, o en camisa, en medio de la sala, pidiendo, por ejemplo, el cordel de su trompa, empeñándose en que alguna de sus hermanas se le ha cogido para amarrarse las enaguas; trata a sus tertulianos a la baqueta; les dice que se larguen a la calle porque quiere cenar; les cuenta que la cena no tiene arte ni sustancia, y que sus hermanas no piensan más que en emperejilarse, y que no tienen más camisa que la puesta y otra, y que a veces andan a la greña porque se disputan el único refajo decente que hay en casa, y que rabian por casarse, y que por algo su papá no quiere parar en casa... ¡qué sé yo! porque aquel bárbaro, en cuanto se enfada, no tiene atadero y cuenta lo que sabe y hasta lo que presume. Los tertulianos de doña Calixta, con estas escenas que tienen lugar infaliblemente en todas las reuniones que da la coronela, sudan la gota gorda de pura vergüenza... pero siguen asistiendo a ellas a pesar de todo.

Y demostrando ya que estas reuniones, si bien originales, no son caras, pasemos al asunto de los espectáculos.

Al decir «las gentes» que las chicas de Guerrilla asisten a todos los de pago, las calumnian. Yo sé que los frecuentan poquísimo, y esto con su cuenta y razón. Por ejemplo: sabe doña Calixta que una familia muy conocida suya se dispone a ir al teatro; pues pasa un recado a la señora, concebido en estas palabras, que la aguadora que le lleva va repitiendo por el camino:

«De parte de doña Calixta, que tome usted otra luneta para la señorita Pilar, que ella le abonará a usted el importe mañana, y que cuando ustedes vayan al teatro, que se pasen por su casa para acompañarla».

La luneta se compra, y la hija de doña Calixta va a ocuparla. Pero, ¿con qué cara le pide a la coronela al día siguiente la familia pagana un par de pesetas, a pesar de las instancias de aquélla?

—Me quita usted la libertad, con este desaire, para incomodarlas otra vez —dice, como si realmente estuviera ofendida, doña Calixta.

Y con esta moneda paga de ordinario el teatro a sus hijas: razón por la que siempre las verán ustedes en los espectáculos de pago dispersas y agregadas a otras familias; jamás reunidas y en un solo grupo con su mamá.

Su fuerte son los espectáculos gratis y al aire libre. Ellas son las que inauguran los paseos nocturnos de verano en la Alameda Primera, y las que los cierran en octubre. Si hay música en la Plaza Vieja, allí están ellas, con un pañuelo de seda echado sobre la cabeza, rompiendo las masas para examinar hasta la última cara de los circunstantes y el último escondrijo de la plaza. Que por casualidad llegó un batallón que se embarca en este puerto para otro cualquiera del reino: allá van ellas junto a la plana mayor, a misa y a la revista. ¿Hay procesión? A los balcones de la carrera. ¿Suena el tamboril? A la calle, que por algo sonará. ¿Entra en el puerto un buque de guerra? A visitarle tres veces al día. Para probar a ustedes hasta qué extremo adoran estas chicas el aire de la libertad y lo que suene a broma y espectáculos, básteles saber (y esto me consta por una indiscreción de Augusto) que llevan un libro en el cual tienen anotadas todas las serenatas de rúbrica del año; todas las procesiones, con la demarcación de las calles que recorren y balcones con que pueden contar para verlas; épocas probables de cambio de guarnición; bailes campestres; chicos aceptables, con expresión de sus edades, carácter, posición y figura; funciones religiosas solemnes, etc., etc.

Merced a esta pasión de publicidad que las embriaga, las chicas de doña Calixta son conocidas hasta de la última fregona de Santander, y no hay un ser que respire en este pueblo de quien ellas no puedan dar más pormenores que un agente de policía. Si ellas faltaran una sola vez de un paseo, de una serenata o de un espectáculo cualquiera, el público lo notaría, sin darse cuenta de ello, como nota el derribo de una casa en una calle, o de un árbol robusto en la Alameda. «Yo no sé lo que es», diría, «pero aquí falta algo».

Y ahora que conocen ustedes la vida y milagros de la familia de doña Calixta, díganme, desprovistos de toda pasión, si no son unas embusteras «las gentes» que aseguran que las hijas de Guerrilla gastan mucho más de lo que importan las rentas de su madre y el retiro de su padre. ¡Bonito es el genio de doña Calixta para tolerar despilfarros en su casa!

Desengáñense «las gentes»: el gusanillo que roe la tranquilidad de la coronela no es la pasión del lujo por el lujo mismo: es única y exclusivamente el deseo vivísimo, ardiente, voraz, de casar pronto a sus hijas. Doña Calixta es de las madres que creen, como artículo de fe, que los hombres, cuando tratan de casarse, no se fijan en las mujeres si éstas no se les meten a todas horas por los ojos; que prefieren una chica pizpireta y vana, muy emperejilada y compuesta en la calle, aunque en casa no tenga pan que comer ni camisa que ponerse, a una joven modesta, que sepa coser y no salga a la calle más que lo puramente preciso. La señora de Guerrilla cree a puño cerrado que el paño más exquisito no se vende jamás si el pregonero no lo saca a la plaza más orlado y laureado que una colineta; y no hay quien convenza a la infeliz de que, si algo perjudica hasta a los géneros que son buenos, es el pregón incesante de su misma bondad. Por eso no comprenden, aunque la maten, que si algo repugna al hombre que desea casarse, es la mujer que le echa memoriales de galas y cintajos por toda recomendación, para que la elija, y prodiga en calles y paseos una belleza que le fascinaría brillando entre las santas paredes del hogar doméstico junto al costurero, detrás de unas cortinillas blancas como los ampos de la nieve. Doña Calixta, en fin, y sus hijas no se persuadirán jamás de que hoy, como nunca, atestiguan los hechos, en la historia de los buenos matrimonios, la infalibilidad del antiguo proverbio que dice: «el buen paño en el arca se vende».

La romería del Carmen

I

Yo deploro ese espíritu inquieto y ambicioso que viene, años hace, apoderándose del hombre; yo abomino ese monstruo de pulmones de hierro que, devorando distancias y taladrando el corazón de las montañas, ha arrojado de nuestros pacíficos solares las tradiciones risueñas y el inocente bienestar de los patriarcas.

Me apresuro a advertir que esto no lo digo yo. Quien lo dice, y mucho más, a todas las horas del día, es mi respetable amigo el señor don Anacleto Remanso.

Necesito decir a ustedes quién es y de dónde viene este apreciable sujeto.

Don Anacleto era allá por el año 15 un mozo perfectamente reputado en el comercio de esta plaza. Tenía excelente letra y manejaba los libros con rara inteligencia. Merced a estas cualidades, su principal le aumentó el modestísimo sueldo que había estado ganando durante doce años, y cuando hubieron pasado seis más, le interesó en los negocios de la casa. Con este pie de fortuna, y gracias a no sé qué plaga que llovió sobre los trigos extranjeros tiempo andando, don Anacleto se encontró de la noche a la mañana con un capital neto de veinte mil duros. Entonces se plantó, contrajo matrimonio con una honesta doncella, su contemporánea; y libre de las penas y zozobras que torturan el alma de los que fían su bienestar en el acrecentamiento de la fortuna, comenzó a gustar las delicias de la paz del hogar, tras una sabrosísima luna de miel.

No hace a mi propósito seguir a este buen señor paso a paso en todos los de su vida hasta el año 48, época en que yo le conocí.

Era entonces don Anacleto un tanto obeso, calvo de occipucio, y sufría de vez en cuando dolores reumáticos, ya en las cuerdas, como él decía, del brazo derecho, ya en la paletilla. Su señora doña Escolástica, aún más gruesa que él, aseguraba que esa dolencia no acababa de curársele radicalmente porque no podía la buena señora conseguir que su marido conservara puesta durante el verano la almilla de bayeta que gastaba sobre la carne durante el invierno. A este remedio debía ella, según decía, la modificación que notaba últimamente en sus periódicos accesos histéricos. Pero esto no nos importa gran cosa, y vuelvo al asunto. Don Anacleto y doña Escolástica tenían una hija y un hijo. La primera gozaba en la vecindad fama, bien adquirida por cierto, de «guapa muchacha»; y aquí, en confianza, debo decir que no tenía otra cualidad que digna de notar fuese. El segundo, más joven y más feo que su hermana, se prometía un buen porvenir en la casa de comercio en que se hallaba colocado, seis años hacía, por amistad de su principal con don Anacleto.

Esta familia vivía en un piso segundo de la calle de Atarazanas, y tenía en la sala sillería de cerezo con asiento de tejido de cerda negra sobre mullido de pelote; alfombras catalanas junto al sofá y la consola; sobre ésta, dos floreros, cuyos ramilletes eran de obleas y hechos por «la chica»; un espejito sobre ellos, de vara en cuadro, con marco dorado; un estuche con incrustaciones de nácar, debajo del espejo; delante de los fanales de los floreros, dos candeleros de planta sobre redondeles de estambre azul y rojo, de la misma procedencia que los ramilletes de obleas; y por último, en las paredes, media docena de cuadros bordados en seda, representando uno de ellos un perro de lanas, trasquilado de medio atrás, con una cestita llena de flores colgada de la boca. Todos estos cuadros tenían en el fondo el siguiente letrero, bordado también en seda:

«Lo hizo en Santander, en la enseñanza de doña Sempronia Dobladillo, Joaquina Remanso y Resconorio. Año de 1845».

Tenía para su servicio (hablo siempre de la familia de don Anacleto) criada y aguadora, comía principio todos los días, y asistía al teatro tres veces al año: el día de los Inocentes, el de Año Nuevo y el de los Santos Reyes.

Don Anacleto se levantaba poco después de amanecer, se arreglaba, tomaba chocolate, cogía su caña de roten y se iba a oír la misa de nueve a San Francisco. Se daba una vuelta por las calles, leía El Eco del Comercio en el café Español, y se volvía a su casa para comer a la una en punto. Por la tarde salía a dar un largo paseo con sus amigos; a la vuelta, después de ponerse unas zapatillas de cintos en los pies y un gorro de terciopelo azul en la cabeza, tomaba chocolate y agua de naranja, y ya no salía a la calle hasta el día siguiente. En los de fiesta, si no llovía, después de oír la misa primera en San Francisco, se iba con un par de amigos a cazar pajaritos, disponiendo de tal suerte la campaña, que al dar las doce llegaban a la venta de Rocandial, donde les esperaba un puchero bien provisto, media azumbre de chacolí y una buena tajada de queso pasiego para dejar boca. Tomado este refrigerio, se echaban poco a poco camino de Santander, disparaban de vez en cuando sobre tal cual gorrión o calandria que se les metiese por el cañón de la escopeta, y llegaban a casa, en paz y en gracia de Dios, al anochecer. Si en los días festivos llovía, en lugar de irse a Rocandial tomaban dos horas de movimiento en los Mercados del Muelle o en los claustros de la Catedral.

De higos a brevas don Anacleto dejaba la sociedad de sus amigos para acompañar a su familia a comer una empanadita o unas tajadas frías de merluza, sobre las brañas de la Magdalena o detrás de un bardal de Pronillo.

Tal era ordinariamente el personaje que nos ocupa, tales sus aficiones y placeres, sin otro misterio, ni otro repliegue, ni otra solapa; tal era, digo, ordinariamente, porque este hombre, que bien pudiera tomarse por la personificación de la clase media de Santander en la época citada, tenía una semana cada año en que se transfiguraba física y moralmente hasta el extremo de que él mismo se desconocía.

Ocho días antes del domingo siguiente al 16 de julio, comenzaba a salir de casa a horas inusitadas; el sombrero, que siempre llevaba a plomo sobre su cabeza, se le retiraba poco a poco de la frente, y como si huyera de la ebullición que debajo de ella notase, se echaba hacia la coronilla. Sus ojos, siempre fruncidos y dormilones, se abrían desmesuradamente y brillaban como ascuas en la oscuridad; los ángulos de su boca se iban arrimando más y más a las orejas, y el arco de las cejas se elevaba, frente arriba, como si éstas quisieran alargar el pelo que les sobraba a la cabeza que no le tenía; daba, al andar, grandes golpes de regatón con el de su caña sobre las losas de la calle; se detenía delante de todas las tiendas donde se vendían cintajos, cascabeles, plumas de color o corbatas de fantasía; examinaba con afán estos artículos, compraba algunos y dejaba con pena los demás; miraba a las chicas guapas con ojos tiernos; detenía a todos los amigos que encontraba, y echándoles las manos sobre los hombros, les decía: «Supongo que no faltarás; cuento allá contigo»; a lo cual el interpelado, si no tenía un luto reciente o no le esperaba de un momento a otro, contestaba con el tono más solemne que podía: «Eso no se pregunta a ninguna persona de gusto: primero faltaría la ermita que yo». A los jóvenes, aunque solo los conociera de vista, los detenía también para encargarles que fuesen bien animados y que, a ser posible, llevaran su cachito de orquesta. Pero a los que no dejaba sosegar era a los marinos. «¿Cree usted que estamos seguros? ¿Traerá malicia este airecillo? ¿Lloverá el domingo?». A las cuales preguntas, los marinos, que deseaban tanto como el interpelante la llegada del día cuyo recuerdo traía a éste desconcertado, contestaban prometiéndole un sol africano. Nada le quemaba tanto como que, al preguntar si llovería el domingo, le contestaran: «El lunes se lo diré a usted». «Parece mentira —replicaba don Anacleto, bufando de indignación—, que en un asunto tan serio se permita usted semejantes bromas».

Cada nube que se formaba en el horizonte le costaba un disgusto, y la seguía en todas sus formas y colores sin perderla un minuto de vista, hasta que anochecía. Desde entonces hasta que se acostaba, salía al balcón doscientas veces para ver si corría el nublado del vendaval o del nordeste, y si tenía cerco la luna. Ya acostado, tenía el oído siempre atento a la voz del sereno. Si éste cantaba... «y nublado», se apenaba; pero si decía... «y lloviendo», echaba con furia su cabeza sobre la almohada y le faltaba muy poco para llorar; lo mismo que le sucedía si el reúma le amagaba o le dolían los callos.

Mientras don Anacleto corría estos temporales, que, como he dicho, te sacaban de quicio, su mujer, doña Escolástica tampoco vivía un momento de reposo. Encargaba pollos bien gordos a la lechera; solemnizaba contratos en la plaza del pescado y en los Mercados para que no le faltasen el sábado al mediodía seis libras de merluza y cuatro de ternera; encargaba en la mejor confitería una colineta de almendra, y rebuscaba las tiendas de comestibles hasta dar con un jamón de Liébana «que le llenara el ojo».

Entre tanto, la joven Joaquina revolvía el ropero y el colgador, y aviaba los trajes de hilo de su padre y de su hermano, y repasaba, fruncía y planchaba los vestidos de indiana y los pañuelos de seda que ella y su madre habían de ponerse en el anhelado día.

Y, para que todos los miembros de la familia tuvieran su faena correspondiente, el aprendiz de comerciante corría la ceca y la meca para hallar un carro del país que estuviera al amanecer del domingo a las órdenes de don Anacleto.

En medio de tantas y tales fatigas, llegaba la noche del sábado... ¡y entonces sí que tenía que ver la casa de don Anacleto!

Doña Escolástica, recogida la falda de su vestido sobre la atadura del delantal, descubiertos hasta el codo sus brazos, luciendo unas enaguas de muletón bajo las cuales asomaban un par de rollizas pantorrillas envueltas en unas medias caseras de mezclilla de algodón; abierta, a guisa de pantalla, delante de la cara, la mano izquierda, y con una cuchara de palo en la derecha, se hallaba en la cocina delante del fogón. Ora daba una voltereta a un par de pollos en la tartera en que se asaban; ora revolvía, dentro de una enorme cazuela, un trozo de carne mechada, porque se le antojaba que olía a chamusquina; ora sacaba de la sartén, cuyo mango sostenía la criada, una tajada de merluza rebozada y ponía en su lugar otra chorreando huevo batido; ora destapaba la cacerola en que se sazonaba la menestra; ora pateaba porque presumía que «se pegaba» el asado; ora gritaba a la muchacha para que añadiera el guisado que le estaba dando en las narices, y a la vez reía, canturriaba, bufaba, iba, venía y sudaba la gota gorda.

Cerca de la cocina, en el gabinete del comedor y a la luz de una vela de sebo, daba Joaquinita la última mano a los trajes de campo y colocaba sobre dos enormes sombreros de paja sendas cintas que había planchado poco antes, de color verde esmeralda.

Don Anacleto y su hijo andaban como autómatas, de la sala al comedor y del comedor a la cocina: se probaban los sombreros, pellizcaban la merluza y levantaban las coberteras, olían los guisotes y examinaban las piezas de sus respectivos trajes de campaña.

A las diez se cenaba mal y sin orden un poco de lo mucho que se guisaba en la cocina. Pero ni las ratas se retiraban a descansar mientras no estuviesen perfectamente colocados en sus respectivas cacerolas de latón y cazuelas de barro los diversos guisotes que había preparado con una pulcritud admirable la señora doña Escolástica.

Por supuesto que al acostarse la familia había la de Dios es Cristo sobre quién había de despertar a quién antes de amanecer, pues nadie tenía en sí mismo bastante confianza para comprometerse a desempeñar lucidamente un cargo tan delicado.

Pero este afán era excusado, porque ni entonces ni en tiempos anteriores hubo necesidad de despertadores en la noche que precede al día del Carmen, porque durante ella se encargaban de ahuyentar el sueño de la población las cuadrillas de romeros que recorrían las calles desde el sábado por la tarde.

Pues señor, que llegaba el anhelado día tras una noche de parranderas, de trompadas y de toda clase de expansiones populares. Y aquí vamos a seguir paso a paso a la familia de don Anacleto en una de las expediciones que hizo a la famosa romería; y por aquello de ab uno disce omnes, yo me ahorraré algunas digresiones y ustedes se fastidiarán menos asistiendo a la fiesta popular que les describo.

II

Aún no habían asomado por encima de San Martín los primeros rayos del sol, cuando paró a la puerta de don Anacleto un mal carro del país, arrastrado por dos bueyes remolones. Este carro llevaba, fijo en su armadura, el esqueleto de un toldo, y sobre las tablas de la pértiga, yerba desparramada. Antes que el carretero enrabase a la puerta, bajó al portal la criada de don Anacleto con un par de colchones arrollados sobre la cabeza y plegada al hombro una colcha de indiana con grandes ramos verdes, amarillos y encarnados. Extendió los primeros sobre la yerba de la pértiga y la segunda sobre los arcos del toldo, sujetándola bien a éstos con tiras de hiladillo azul. En seguida volvió a la habitación, y bajó de ella dos grandes cestas que colocó con mucho cuidado en la parte delantera del carro. De estas cestas, la una contenía guisados y frituras, y la otra, pan, cubiertos, vino, cacharros y una colineta.

Arreglados ya todos estos preliminares, bajó la familia. Iba delante don Anacleto con tuina, pantalón y chaleco de hilo crudo, zapato descotado, de castor amarillo con lazos encarnados, corbata clara, sin armadura, y sombrero de paja con anchas alas y cinta verde esmeralda.

El chico vestía un traje casi igual al de su padre, con la sola diferencia de que no llevaba chaleco y se había arrollado a la cintura una faja de seda púrpura, entre la cual y la camisa se perdía el extremo de una cadena de similor, que no sujetaba, como el mozalbete quería aparentar, el anillo de su reloj, sino el de la roñosa llave de su baúl.

Doña Escolástica y su hija llevaban vestidos de percal rayado, pañoletas de espumilla a la garganta y pañuelos de seda cruda con grandes lunares sobre la cabeza y anudados bajo la barbilla.

Entraron estas señoras y la criada en el carro, y se colocaron a la rabera don Anacleto y su hijo, que, para ir más en carácter, se sentaron de espaldas a los bueyes, dejando colgar las piernas fuera de la pértiga.

—Cuando quieras —dijo el marido de doña Escolástica al carretero.

Y éste, con un ¡arre! y dos castañeteos de lengua, puso en movimiento a las dos entumecidas bestias.

Sobábase las manos don Anacleto y se revolvía en su asiento a cada tumbo que daba el carro, como si tales bamboleos fueran lo más sabroso del viaje que empezaba.

—¡Esto es magnífico! —exclamaba el buen señor al recibir un golpe que a otra persona más imparcial le hubiera arrancado lágrimas de dolor.

Y tras esto, volvía a sobarse las manos y saludaba risueño a cuanta gente pasaba junto al carro con el mismo rumbo que él, y se despedía de los barrenderos y polizontes, a quienes compadecía porque quizá eran las únicas personas sanas de la población que no iban al Carmen aquel día.

Ya en el camino real, sacaba a cada instante la cabeza por encima del toldo y buscaba con la vista algo que no le gustaba encontrar.

—Ya sé lo que busca usted, señor don Cleto —le dijo en una de estas ocasiones el carretero acercándosele con la aguijada bajo el brazo, un papelillo pegado por un ángulo al labio inferior y picando entre los dedos de la mano izquierda, parte de dos cigarros de a cuarto con una navaja que empuñaba en su derecha—; pero también este año hay quien ha madrugado más que nosotros.

—Amigo —respondió don Anacleto—, yo no sé cómo se me componen las cosas, que ningún año logro ser el primero... Mira, mira, allá por la cuesta de San Justo... Uno, dos, cinco, siete. ¡Ave María Purísima!

Lo que don Anacleto contaba eran carros entoldados que precedían al suyo.

—Pero es lo más raro —añadió este buen señor—, que no hay nadie que se atreva a decir «yo llegué el primero»: aunque vaya a amanecer a la romería, se encuentra con dos docenas de carros que están ya cansados de descansar en ella. Pero todo tiene su compensación: si yo cogiera la delantera a los demás, no podría ir gozando, como voy ahora, en la contemplación del cuadro que presenta la carretera. ¡Vaya una animación! ¡Uf! ahí viene esa gavilla de locos galopando... ¡Agur, caballeros!... Sí, échales un galgo. Mira esos cuatro pobres marineros, descalzos y con los remos al hombro: irán a cumplir la promesa que harían a la Virgen del Carmen durante alguna borrasca. Me gusta esa fe. No tendrán tanta esos botarates que van delante de nosotros retozando con las mozas que los acompañan... Arrima un poco a la derecha, Antón, que viene un coche echando demonios sobre nosotros... ¡Tengo un miedo a estas máquinas diabólicas!... Se me figura que va dentro la familia de don Geroncio... La misma es. Beso a usted la mano... saludo a ustedes, señoras... ¡hasta luego!... Como si callaras. Sospecho que ni siquiera me han visto... ¡Pero si pasó el coche como un rayo!... ¡Magnífico está esto hoy, caramba! Lástima que no se pudiera ver de una sola ojeada, con la gente que va por la carretera, otro tanto que va por el atajo de las Presas y embarcada por la bahía... ¡Y que haya mentecatos que se atrevan a decir que a la romería del Carmen le quedan pocos años de vida!

—¿Quien dice eso, don Cleto?

—Hazte cuenta que nadie, hombre: cuatro peleles que se la echan de gente a la moderna.

—¿Pero al auto de qué creen eso?

—Dicen que después que se construya el ferrocarril de cuyo proyecto empieza a hablarse ahora, la ida y la vuelta de la romería serán un soplo, y por consiguiente ésta no tendrá chiste y acabaremos por ir abandonándola.

—¿Y usté cree, señor don Cleto, que ese ferril se hará?

—Como ahora llueven tocinos. Mas aunque, por un momento, conceda que el proyecto se realice, y lleguemos a ver un rosario de coches penetrar por las aguas de la bahía, pues por ella dicen que ha de ir el camino, ¿cómo es posible que ese infernal invento mate nunca entre nosotros al carro de bueyes para todo lo que sea comodidad?

—Y ello, don Cleto, ¿a manera de qué es ese demonches de laberiento? Dicen que es tou fierro po acá y fierro po allá, y que rueda po encima del carril como si el diablo le llevara.

—Como no soy competente en la materia, no puedo decirte lo que es el ferrocarril detalladamente; pero sí me atrevo a asegurar que no ha de tardar en convertirse esta invención en castigo providencial de la soberbia del hombre. Parecíanos molesto un viaje en carromato que tardaba quince días a Madrid desde Santander, y le sustituyeron en seguida las galeras aceleradas, que echaban semana y media en recorrer la misma distancia. íbamos en estos carruajes como en nuestra propia casa, pues en ellos dormía usted, comía, se mudaba la camisa, se quedaba en zapatillas, bajaba usted, se estiraba las piernas, se deleitaba en la contemplación de los paisajes que recorría; y llegó todo esto a parecernos poco, y se inventaron las diligencias que van en tres días a Madrid, poniendo en constante peligro de muerte la vida de los viajeros. Parecía mentira que se pudiera correr más en menos tiempo; que hubiera un vehículo más veloz que las diligencias, que sólo de verlas devorar distancias sobre la carretera me mareo yo, y el orgullo del hombre ha querido más y ha inventado el ferrocarril, que marcha con la velocidad del pensamiento.

—Pero ¿tanto corre, don Cleto?

—Hombre, lo que yo puedo decirte, por lo que me ha contado mi amigo don Jorge Pedregales, que ha visto un ferrocarril que hay en Barcelona, es que si, cuando va marchando un tren, dejas caer una manzana desde la ventanilla de un coche, antes que la manzana llegue al suelo ha corrido el tren media legua.

—¡María Santísima! Pero ¿tan alta está la ventana?

—No, señor; tanto es lo que corre el tren... ¡Toma! como que si sacas la cabeza por la ventanilla, te mareas y apenas alcanzas respiración.

—¡Buenos caballos llevarán los coches!

—¡Qué caballos, bolonio, si toda aquella batahola la mueve el vapor!...

—¡Ah, ya! conque el vapor...

—Pero no es la velocidad lo más espantoso: figúrate que, a lo mejor, se encuentra el tren con una montaña. Lo natural era que la faldeara poco a poco y con mucho tiento para no despeñarse: pues no, señor; como esta precaución exige tiempo, arremete con la montaña, y ¡plaf! la pasa de parte a parte en un decir Jesús...

—¡Santísima misericordia de Dios!

—Te dije que eso es atroz. Pues bien: yo tengo para mí que en el ferrocarril hay algo de amenaza a la omnipotencia de Dios, que el mejor día va a hacer una que sea sonada, ofendido de tanta temeridad.

—¿Y to esto es lo que nos van a traer a Santander?

—Eso de traer tendrá sus más y sus menos; pero de traerlo es la intención.

—¿Y tendrá buen aquel ese demonches de diablura en esta tierra? ¿Servirá pa algo?

—Te diré: para la materialidad de las mercancías, podrá ser útil el ferrocarril en este país; mas no para la población, que no se mete en un tren a tres tirones... ¡Bah!, ¡pues no faltaba más! Y esto tratándose de viajes de urgencia; porque en cuanto a expediciones de placer, a baños y otras por el estilo, desengáñate, Antón, siempre dirá el carro de bueyes: «aquí estoy yo para in sécula seculorum».

—¿Y cuánto tiempo cree usté que se tardará en hacer el ferril en Santander, caso que se haga?

—Pues hombre, por de pronto, para resolver si ha de ir por aquí o por allá, échate un par de años; después otro tanto para ventilar dimes y diretes, deslindes y otras dificultades de cajón... cuatro años hasta empezar las obras.

—¿Y para acabarla?

—¿Para acabarla?... No me atrevo a decírtelo; pero si encuentras quien te fíe medio millón de reales a pagar en esa fecha, tómale sin reparo...

¡Y a Cachorru! ¡que te duermes, condenao!

—No los apresures, que a tiempo llegamos.

—Es que va calentando el sol, y además no me gusta que se me duerma el ganao. Ello es cierto que las probes bestias están toa la semana jalando en el Muelle.

—Pues tanto más para que no las hostigues... Mira, ponte a tu derecha, que va a pasar otro coche... y cuidado que no atropelles a alguna persona, porque está el camino real cuajadito de gente.

Y en ésta y otras pláticas llegaron nuestros conocidos a Peñacastillo, donde se hallaron con un preludio de romería en la famosa taberna de Gómez, y siguieron andando, andando hasta la Venta de Cacicedo. Allí se detuvieron un instante para confortar el estómago con un bocadillo y un trago de las provisiones que llevaban, y de otro tirón se plantaron en Revilla de Camargo, sitio de la romería, a las tres horas de haber salido de casa, tiempo que hubiera podido reducirse a la mitad si entonces hubiera estado hecha la rectificación de la carretera de Burgos por Muriedas, que se hizo años después.

III

No hablemos del aspecto que presentaba la romería en el acto de entrar en ella la familia de don Anacleto; ni de la misa que se dijo en la capilla de la Virgen; ni del sermón que se predicó desde un púlpito al aire libre; ni de los ofrecidos que llegaron al santuario descalzos unos, de rodillas otros y extenuados de fatiga y achicharrados por el sol todos; ni de que a las doce de la mañana se pusieron nuestros amigos a comer en el santo suelo, a la escasa sombra que proyectaba el carro; prescindamos, en obsequio a la brevedad, de todos estos pormenores, y examinemos el cuadro en que don Anacleto y sus adjuntos entraban como figuras de primer orden, a las cuatro de la tarde.

Imagínense ustedes todos los colores conocidos en la química, y todos los instrumentos músicos portátiles asequibles a toda clase de aficionados y ciegos de profesión, y todos los sonidos que pueden aturdir al humano oído, y todos los olores de figón que pueden aspirarse sin llorar... y llorando, y todos los brincos y contracciones de que es susceptible la musculatura del hombre, y todos los caracteres que caben en una chispa, y todas las chispas que caben en una agrupación de quince mil personas de ambos sexos y de todas edades y condiciones, de quince mil personas entregadas a una alegría carnavalesca; imagínense ustedes estas pequeñeces, más algunos centenares de escuálidas caballerías, de parejas de bueyes, de carros del país y coches de varias formas; imagínense, repito, todo esto, revuélvanlo a su antojo, bátanlo, agítenlo y sacúdanlo a placer; viertan en seguida «a la volea» el potaje que resulte sobre una pradera extensísima interrumpida a trechos por peñascos y bardales, y tendrán una ligera idea de la romería del Carmen en la época a que me refiero.

De las quince mil almas que, como he indicado, concurrían a ella, las tres cuartas partes procedían de Santander, que por esta razón aquel día tenía sus calles desiertas y silenciosas, y más se asemejaba a una fúnebre necrópolis, que a lo que era ordinariamente, una ciudad laboriosa, llena de movimiento y de vida.

La romería del Carmen era entonces el punto de mira de todos los hijos de esta capital: los que viajaban por placer o por negocios... hasta los marinos arreglaban sus expediciones de manera que éstas pudieran emprenderse después del Carmen o terminarse antes del Carmen: lo esencial era encontrarse en la capital en el famoso día.

Jamás he podido comprender este entusiasmo.

La Montaña tiene casi tantas romerías como festividades; el sitio más malo donde se celebra la más insignificante de las primeras, es mucho más pintoresco y más cómodo que el de la del Carmen de Revilla de Camargo, y, no obstante, ninguna se ha captado tanta popularidad ni tantas simpatías en toda la provincia...

Cuestión de gustos, y volvamos a don Anacleto, que es lo que más nos importa.

Este señor, después que acabó de comer y de beber, y cuando se encontró un tantico avispado, ya por los vapores del añejo, ya por la impresión que le causaba la efervescencia de la romería, dejando al cuidado de su chico, que ya estaba rendido de correr por la pradera, las mujeres, y prometiendo a éstas volver a la media hora, marchó en busca de su amigo íntimo y su contemporáneo, y casi su retrato físico y moral, don Timoteo Morcajo, a quien había guipado a lo lejos momentos antes.

Pues, señor, reuniéronse los dos veteranos camaradas, cogiéronse del brazo, aflojáronse el leve nudo de la corbata, echáronse el sombrero hacia atrás, miráronse con una sonrisita muy expresiva, y dijo don Anacleto a don Timoteo:

—Amigo, estoy atroz: esta tarde la voy a armar.

—Anacleto, no seas temerario, y considera que tienes a Escolástica a dos pasos de ti.

—Timoteo, en un día como hoy a cualquiera se le permite un resbaloncillo... Y no te me hagas el santo, que ya te he visto yo en otras más gordas.

—Concedido; pero... en fin, chico, cuenta conmigo para cuanto se te ocurra.

—Pues vamos a aquel rincón, que allí creo que se trabaja por lo fino.

Y en esto, se dirigieron los dos amigos apresuradamente a un corro donde se bailaba a lo largo al son de dos guitarras y una flauta.

—Aquí va a ser, Timoteo... y con esa resaladísima morena que baila enfrente de nosotros con un macarenito que me carga —exclamó don Anacleto, piafando de inquietud.

—Mira lo que haces, Anacleto, que hay en el baile gente conocida...

—Nada, Timoteo, no te canses... yo la hago... y va a ser ahora mismo; verás qué luego echo fuera a ese mocoso...

Y al decir esto don Anacleto, se quitó la tuina, se la echó sobre la espalda amarrando las mangas al pescuezo, dejó caer hacia la oreja derecha el sombrero, en cuya copa se levantaba erguida una rama de laurel, aprovechó la ocasión en que la moza morena daba una vuelta, metióse por debajo de los enarcados brazos del mozo que la acompañaba, y diciéndole «perdone, hermano», comenzó a jalearse de lo lindo aguantando resignado dos cales que le pegó el desalojado mancebo.

Al ver esto don Timoteo, sintió que la boca se le hacía agua; largóle al mismo tiempo su amigo un «¡anímate, muchacho!», y ya no pudo contenerse.

«Echó fuera» al bailador inmediato a don Anacleto, y se lanzó, como éste, en medio del furor del jaleo.

Y no se rían ustedes de la calaverada de estos dos rancios camaradas; que a dos varas de ellos bailaban otros de su misma edad y de su propio carácter, y más allá dos señoritas de lo más encopetado de Santander, y lo mismo sucedía en cada corro de baile de los infinitos de la romería. Entonces era esto una costumbre y como tal se respetaba.

No me parece necesario seguir a don Anacleto y a su amigo en cada lance de los que tuvo el baile a que tan furiosamente se lanzaron. Dejémoslos entregarse con toda libertad a esa calaveradilla, ya que para cometerla han logrado burlar la vigilancia de sus respectivas familias.

Cuando los dos amigos se encontraron satisfechos de la danza, y, más que satisfechos, rendidos, compusieron el traje lo mejor que les fue posible, se dieron aire con los sombreros para refrescarse la cara que les relucía de puro encendida, y se separaron. No sé lo que hizo después don Timoteo; pero me consta que don Anacleto fue a reunirse con su familia y la acompañó a dar la quincuagésima vuelta por la pradera, y compraron escapularios y fruta, y la comieron sin gana, y bostezaron de hartura, de dolor de cabeza y de cansancio (que tal es, en sustancia, lo que se saca de las romerías), y volvieron a presenciar las escenas de todo el día y que yo no debo detallar aquí. Porque que se peguen de linternazos cuatro borrachos acá; que dos docenas de señoritos, porque tienen gorro de terciopelo con borla de oro en la cabeza y manchas de vino tinto en la camisa, pantalón sin tirantes y levita al hombro, se crean más allá unos calaveras irresistibles; que un señor cura de aldea más o menos gordo marche más o menos recto; que aquí se vendan cerezas y allí manzanas, y cazuelas de bacalao en este figón; que bailen mazourkas en un lado las costuderas y en otro coman callos las señoritas, cosas son a la verdad que con citarlas simplemente se les hace todo el favor que merecen.

Bastante más digno de consideración es el episodio que hizo desternillarse de risa a don Anacleto y a su familia cuando se retiraban en busca del carro para volverse a casa; episodio que voy a referir yo con todos sus pormenores, no porque espere que a ustedes le haga la misma gracia que a aquellos señores, sino porque omitirle sería lo mismo que robar al Carmen de entonces una de las galas con que más se honraba la célebre romería.

Entre un corrillo de aldeanos se hallaba subido encima de una mesa un hombre alto, delgado, rubio, con las puntas de su largo bigote caídas a la chinesca. Este hombre estaba en pelo, en mangas de camisa, sin chaleco ni corbata, y vestía de medio abajo un ligero pantalón de lienzo, mal sujeto a la cintura.

—Ea, muchachos —decía gesticulando como un energúmeno—; llegó la ocasión en que se van a ver aquí cosas tremendas. Yo, por la gracia de aquél que resuella debajo de siete estados de tierra y de donde vienen por línea recta todas las poligamias de la preposición y los círculos viciosos del raquis y el peroné, Micifuz, Juan Callejo y la Sandalia; yo, digo, pudiera dejaros ahora mismo en cueros vivos si me diera la gana, sólo con echar un rezo que yo sé; pero no tembléis, que no lo haré porque no se resienta la moral y todo el aquel de la jerigonza pirotécnica del espolique encefálico: me contentaré por hoy, gandules y marimachos, con algunos excesos híspidos que os dejarán estúpidos y contrahechos de pura satisfacción y congruencia.

A la cual parrafada se quedó el auditorio como aquel que ve visiones, no tanto por lo que le marearon los conceptos, cuanto por la boca que los escupía; porque aquel hombre era el pasmo de los aldeanos montañeses, tan conocido en las romerías como sus santuarios mismos. Concurría a todas, y no se presentaba en dos de ellas del mismo modo y como la demás gente. Aparecía por el camino más desusado, ya cabalgando al revés sobre una burra, ya a lomos de un novillo; ora vestido de muerte en cueros, ora con tres brazos o dos cabezas.

Se le conocía igualmente en Santander, de donde era y donde se le veía de continuo tan pronto vestido con elegancia y paseando con los más elegantes, como bailando en Cajo al uso de la tierra con las aldeanas de Peñacastillo. Era hasta pueril en su tenacidad para chasquear a los sencillos campesinos que llegaban a la capital; y tan benéfico al mismo tiempo, que muchas veces terminaba una broma dando de comer al embromado, o vistiéndole, o socorriéndole con dinero si lo necesitaba. Conservó su carácter alegre aprueba de adversidades hasta el último instante de su vida, que se extinguió muy poco tiempo ha.

Este hombre, en fin, cuya memoria me complazco en evocar aquí, porque cuento que con ello no la ofendo, pues si no no la evocara, era Almiñaque.

Pasmados, repito, escucharon los aldeanos el discurso que éste les espetó como introducción a las maravillas que se proponía hacer.

—Aquí tenemos tres perojos —continuó Almiñaque sacándolos del bolsillo del pantalón—, y voy a hacérselos comer por el cogote al primero que se presente.

En esto se le acercó un peine, que así era parte del inocente público, como chino. Almiñaque le aceptó como si le viera entonces por primera vez, le hizo subir a su lado, enseñó al público uno de los tres perojos, púsole sobre el cogote del recién llegado, hizo luego como que le apretaba con la mano, y retirándola en seguida dijo a aquél:

—Abre la boca.

Y el hombre la abrió, dejando ver en ella un perojo que se apresuró a comer.

La concurrencia prorrumpió en una tempestad de admiraciones.

—Pero ¿cómo mil diaños será esto? —decía una pobre mujer aldeana a un su convecino.

—Pues esto —replicó dándose importancia el aldeano—, tien too el aquel en los mengues que lleva Almiñaque en un anfilitero.

—¿Y qué son los mengues?

—Pus aticuenta que a manera de ujanos: unos ujanos que se cogen debajo de los jalechos en lo alto de un monte, a mea-noche, cuando haiga güena luna. Y paece ser que a estos ujanos hay que darles dos libras de carne toos los días, sopena de que coman al que los tiene, porque resulta que estos ujanos son los enemigos malos.

—¡Jesús y el Señor nos valgan!

—Con estos mengues se puen hacer los imposibles que se quieran, menos delante del que tenga rézpede de culiebra; porque paece ser que con éste no tienen ellos poder.

—De modo y manera es —dijo pasmada la aldeana—, que si ese hombre quiere ahora mismo mil onzas, enseguida se le van al bolsillo.

—Te diré: lo que icen que pasa es que con los mengues se beldan los ojos a los demás y se les hace ver lo que no hay. Y contaréte al auto de esto lo que le pasó en Vitoria a Roque el mi hijo que, como sabes, venu la semana pasá de servir al rey. Iba un día a la comedia onde estaba un comediante hiciendo de estas demoniuras, y va y dícele un compañero: «Roque, si vas a la comedia y quieres ver la cosa en toa regla, échate esto en la faldriquera». Y va y le da un papelucu. Va Roque y le abre, y va y encuentra engüelto en el papel un rézpede de culiebra. Pos, amiga de Dios, que le quiero, que no le quiero, guarda el papelucu y vase a la comedia, que diz que estaba cuajá de señorío prencipal. Y évate que sale un gallo andando, andando por la comedia, y da en decir a la gente que el gallo llevaba una viga en la boca. «¡Cómo que viga!» diz el mi hijo, muy arrecio; «si lo que lleva el gallo en el pico es una paja». Amiga, óyelo el comediante, manda a buscar al mi hijo, y le ice estas palabras— «Melitar, usté tien rézpede, y yo le doy a usté too el dinero que quiera porque se marche de aquí». Y, amiga de Dios, dempués de muchas güeltas y pedriques, se ajustaron en dos reales y medio y se golvió el mi muchacho al cuartel. Con que ¿te paez que la cosa tien que ver?

Mientras éstos y otros comentarios se hacían entre los sencillos espectadores, Almiñaque siguió obrando prodigios como los del perojo. De todos ellos sólo citaré el último. Tomó entre sus manos una manzana muy gorda, levantóla en alto y dijo:

—¿Veis este conejo?

—Hombre, así de pronto paez una manzana —murmuraban en el corro—; pero, mirándola bien, no deja de darse un aire...

—¿Veis este conejo, gaznápiros?

—¡Sí! —contestaron todos a coro, con la mayor fe, pues la influencia que en sus ánimos ejercía Almiñaque era capaz de obligarles a confesar, si éste se empeñaba, que andaban en cuatro pies.

Pues bueno... pero veo que algunos dudan todavía. ¡Eh, paisano! —añadió Almiñaque dirigiéndose a un sujeto que pasaba cerca del corro, como por casualidad— ¿Qué es esto que yo tengo en la mano?

—Un conejo de Indias —respondió el interpelado, siguiendo muy serio su camino.

—Ya lo habéis oído. Pues bueno: este conejo se va a convertir en un becerro de dos años y medio, que voy a regalar al que me ayude en la suerte.

En seguida salieron al frente varias personas. Escogió Almiñaque entre ellas a un mocetón como un trinquete, y le dijo:

—Túmbate en el suelo, boca abajo.

El mozo obedeció.

—Más pegado al suelo, más: mete bien los morros en la yerba: así. Ahora berra todo lo que puedas hasta que el becerro te conteste... ¡Vamos, hombre!... ¡Ajajá!... Otra vez... ¡Más fuerte!... Bueno. Ustedes, todos, miren hacia el Oriente, que está allí, y levanten los brazos al cielo, porque el becerro va a venir por Occidente. Muy bien: así vamos a estar dos minutos; yo avisaré.

Y cuando Almiñaque tuvo el cuadro a su gusto, y cuando estaba berrando a más y mejor y sorbiendo polvo el mocetón, escapóse de puntillas y se escondió entre la gente de otro corro inmediato para reír la broma con sus camaradas.

IV

Y ahora sí que nos es de todo punto indispensable salir de la romería, porque don Anacleto, riéndose aún de la broma de Almiñaque, ha mandado al carretero que unza los bueyes y ha colocado alrededor del toldo, por la parte exterior, unas cuantas ramas de cajiga, señales infalibles de que se dispone a marchar.

Otros muchos carros, igualmente adornados, han tomado al suyo la delantera y caminan, entre multitud de personas a pie, hacia Santander.

Una hora después de haber entrado nuestro amigo en la carretera, anocheció, razón por la cual me es imposible referir a ustedes los detalles del viaje ni hallar cronista que se los refiera, pues la vuelta de la romería del Carmen, perdida siempre entre las tinieblas de la noche y bajo las aún más oscuras bóvedas de los toldos, ni el diablo es capaz de describirla en todos sus detalles.

Tengo para mí que sólo Dios sabe a punto fijo lo que hay sobre el particular.

Por el ruido que se oía cuando volvió don Anacleto, sospecho yo que debía reinar grande animación entre los romeros; y sé, porque esto se veía a la luz de las tabernas, que se detuvo el carro en Cacicedo, en Peñacastillo y en Cajo, puntos en los cuales había otras tantas romerías; y sé, por último, que al llegar a Santander se apeó la familia de nuestro amigo, y que, dando éste un brazo a su mujer y otro a su hija y ordenando al chico que anduviera delante con un ramo enarbolado, entraron todos por la Alameda de Becedo tarareando un pasodoble al que hacían coro un centenar de chiquillos y cigarreras, atropellando a la gente que había concurrido al paseo con el solo objeto de ver a la que volvía del Carmen.

V

Por espacio de diez años continuó aún don Anacleto concurriendo a esta romería con el mismo entusiasmo que en la ocasión en que se le he presentado al lector. Pero al cabo de ese tiempo se inauguró el trozo de ferrocarril de Santander a los Corrales... y ¡adiós tradiciones!

Contra la opinión de mi respetable amigo, la gente dejó el carro de bueyes y aceptó los trenes de placer; la pradera del Carmen se llenó de romeros trashumantes, digámoslo así, y se armaron en Boo, punto en que se deja y se toma el tren para ir a la romería y volver de ella, esas tumultuosas reuniones de gente de todos pelajes, tan fecundas en borracheras y cachetinas.

El número de concurrentes a la célebre fiesta, lejos de ser hoy menor que en la época en que la honraba don Anacleto con su presencia, es mucho mayor; pero típicamente vale mucho menos. El pito de la locomotora ha espantado de allí el entusiasmo característico de los antiguos romeros. Se baila, se come, se bebe mucho todavía; pero en insípido desorden y casi a la fuerza. El antiguo camino por Cacicedo feneció con el nuevo de Muriedas, y éste, a su vez, y el de las Presas y hasta la bahía, se encuentran punto menos que desiertos el día del Carmen desde que la gente optó por el ferrocarril. Convengamos en que ha habido un poco de ingratitud hacia los viejos usos, de parte del pueblo de Santander, aquí donde no nos oye don Anacleto.

El cual, desde que observó la gran traición, como él llama a este cambio de costumbre, juró dos cosas que va cumpliendo estrictamente: no volver más a la romería, y un odio a muerte al ferrocarril.

Muchos de sus amigos y contemporáneos, uno de ellos don Timoteo, han sufrido con más resignación el contratiempo. Verdad es que odian tanto como don Anacleto el ferrocarril; pero forjándose la ilusión de que no existe, van todavía en carro al Carmen a hacer que se divierten, y a tomar baños a las Caldas, y eso que pasa el tren por la puerta del establecimiento.

—Yo no estoy por esos términos medios —dice furioso don Anacleto al verlos marchar todos los años—, y bien sabe Dios la falta que me hace los baños termales para el reúma. Pero o todo o nada. Quiero el carro íntegro, como el de mis abuelos; quiero las Caldas sin estación y el Carmen por Cacicedo. Mientras esto no exista, no me habléis de moverme de casa, en la cual espero, mirando cara a cara a ese tráfago diabólico de trenes y telégrafos, a que la sociedad vuelva a enquiciarse. Y si yo no lo veo, me consolará al morir la esperanza de que lo vean mis nietos, pues casi tan viejo como el orgullo del hombre es el infalible proverbio español que dice que «al cabo de los años mil, vuelven las aguas por donde solían ir».

Las brujas

I

Con decir que el paisaje que el teatro representa en este cuadro es montañés, está dicho que es bello, en el sentido más poético de la palabra. De los detalles de él, sólo nos importa conocer un grupo o barriada de ocho o diez casas cortadas por otros tantos patrones diferentes; pero todos del carácter peculiar a la arquitectura rural del país. Tampoco nos importa conocer toda la barriada. Para la necesaria orientación del lector, basta que éste se fije en dos casas de ella: una con portalada, solana de madera y ancho portal, y otra enfrente, separada de la primera por un campillo o plazoleta rústica, tapizada de hierba fina, malvas, juncias y poleos. Esta casa, que apenas merece los honores de choza, sólo descubre el lado o fachada principal correspondiente a la plazuela; los otros tres quedan dentro de un huertecillo protegido por un alto seto de espinos, zarzas y saúco. Los tesoros que guarda este cercado son una parra achacosa, verde, de un solo miembro; dos manzanos tísicos y algunos posarmos, o berza arbórea, diseminados por el huerto, que apenas mide medio carro de tierra.

En el momento en que le contemplamos, la parra tiene media docena de racimos negros; los manzanos están en cueros vivos, y los posarmos en todo su vigor; la puerta de la casuca permanece herméticamente cerrada, y, agrupados junto a la parte más transparente del seto, hay hasta cinco chicuelos mirando al interior del huerto, todos descalzos y en pelo, con un tirante solo los más, y los calzones íntegros los menos.

El más alto es mellado; el más bajo es rubio, como el pelo de una panoja; otro es gordinflón, con unos ojazos como los del buey más grande de su padre; el cuarto tiene un enorme lunar blanco en medio del cogote, y el quinto las cejas corridas y un ojo extraviado.

—¡Madre del devino Dios! —exclama el rojillo—. ¡Qué grande es aquel que cuelga cancia el suelo!

—No, pus el otro que está a la banda de acá —objeta el del lunar—, puei que pese tres cuarterones.

A todo esto el gordinflón, que está en la última fila, se pone de puntillas y, relamiéndose los hocicos, dice con fruición:

—Y bien maduros que deben de estar... ¡Me valga, cómo negrean las uvas! ¡Paicerán las puras mieles!...

—Puei que saban a pez —observa el rojillo.

—Sí, a pez...; ¡como no saban a pez!... —replica el grandullón.

—Pus ello —dice el del lunar—, yo no las comía.

—Tocante a eso, puei que yo tampoco —añade el rojillo—; pero puei que sí por otro lao, que a Andrés el de la Junquera bien le sabieron el otro día, que saltó el huerto y apandó un rucimo.

—Pero, ¡contra! —observa el mellado—, ello tamién semos bien güeis; ¿por qué mos han de saber a pez esos rucimos?

—Porque es bruja el ama —responde el gordinflón con cierta solemnidad.

—Y como que es bruja —añade el rojillo—, tiene los mengues y tuviendo los mengues, tóo lo que es suyo sabe a azufre, y supiendo a azufre, tóos los cristianos que lo comen revientan de contao.

—Y también parece ser que los que son miraos con enquina por las brujas —dice el del lunar.

—De eso se murió el otro día la hija del tío Juan Bardales —replica el rojillo—. Y jué y la encontró allá abajo la bruja, adjunto casa del señor cura, y jué y no dio a la bruja güenos días, y jué la bruja y la miró así, así, así..., no, más arrevesao entovía...: así, así, así; y jué y entráronle unas tercianas a la otra; conque, hijos de Dios, antayer la dieron tierra.

—Y tamién le entró solengua al güey de la viuda, porque la bruja le tocó con el palo...

—Y dice que la otra noche apaició amontá encima del campanario, dimpués de haberse chupao el aceite de la lámpara del altar mayor, y al dir el campanero a tocar al alba viola allí agarrá al mango de la escoba; y quisiendo espantarla, hizo la señal de la cruz, dijiendo al mesmo tiempo «¡Jesús!», y la bruja se comirtió en un cárabo y tresponió los aires y se jué al monte. Dicen que enestonces golvía de Cerneula de bailar con el enemigo malo.

—¿De modo y manera que en hiciendo la señal de la cruz se va?

—O tuviendo ajos y acebache al piscuezo, como tengo yo —dice el rojillo—, y por eso no se ha metío conmigo como con mi madre, que toas las mañanas se levanta con el cuerpo amoratao, de pura dentellá que le ha dao la bruja por la noche.

—Pus a tu hermana —repone el gordinflón dirigiéndose al rojillo— no le han valío los acebaches, que bien la ha chumpao la bruja.

—Eso fue endenantes, cuando no sabíamos la melecina; pero desde enestonces acá no ha dío a más la ruinera.

—Y si no le ven a uno las brujas —pegunta el bizco, hasta ahora silencioso, aunque atento observador de todo lo que hacen y dicen sus camaradas—, ¿no pueden hacerle mal?

—Creo que no —responde el rubio.

—Pus enestonces, ahora que no está ella en casa, bien podíamos saltarle el huerto.

—Eso digo yo tamién.

—Pus sáltale tú, que en tóo caso tienes amenículo—propone el grandullón.

—Cóntrales!...; no me atrivo con tóo y con eso.

—¡Devino Dios! —exclama al mismo tiempo el gordinflón metiendo los ojazos por el bardal—, si paece que los rucimos le están dijiendo a uno que los arranque.

—Anda, hombre, entra por un ver...

—Cóntrales, no matentéis la cubicia... —dice el rubio, a quien le bailan ya las piernas.

—¡Cudiao que aquel de allá lantrón es manífico!...

—¿Saberá ese a pez, tú?

—Tocante a eso —observa el rubio, con un pie ya en el seto—, podíamos cogerle, y dimpués pipiabas una uva, ¿eh?; y dimpués escopías, dijiendo «Jesús»; y dimpués pipiabas otra uva, ¿eh?, y escopías y decías «Jesús», y escopías; y si no sabían a pez las pipiabas toas dijiendo «Jesús». ¿No verdá?

Como se ve, el rubio necesitaba muy poco para decidirse a entrar en el huerto; y como lo conocían también perfectamente su camaradas, no les fue difícil arrancarle sus últimos escrúpulos.

—Pero ¡contra! —observó todavía el travieso rapaz mirando con gran avidez a la portalada de enfrente y rascándose la cabeza a dos manos—; si me guipa mi madre, va a ser pior que si me cogiera la bruja mesma.

También este recelo supieron desvanecerle sus amigos, prometiéndole una vigilancia escrupulosa. En seguida le ayudaron a elevarse sobre el seto, y desde aquella altura, no sin santiguarse antes y besar el amuleto de ajos y azabache que llevaba al cuello, se dejó caer en el huerto.

—No me aceleréis ahora, ¿eh? —dijo desde adentro.

—No tengas cuidao.

—¿Viene anguno?

—No vien delguno. No ta-celeres por eso.

Pasaron escasos cinco minutos de anhelosa emoción para los de afuera, y al cabo de este tiempo apareció en el aire, y sobre el seto, un racimo como un lebrato, que fue a caer a los pies de los cuatro muchachos.

—No pipiar, ¿eh? —dijo el de adentro.

—No pipiamos, no —respondieron los de afuera, recogiendo uno el racimo y los otros las uvas dispersas.

Tomábanlas entre los dedos, como si quemaran, y entre escupitinas y conjuros las llevaban a los labios, probando apenas su provocativo licor.

—Pus no me saben a pez —se aventuró a decir uno, muy por lo bajo.

—Tampoco a mí —añadió otro.

—No vos engoloséis mucho tovía, pusiacaso —advirtió el gordinflón, que no se atrevía a chupar una mala uva.

Otro racimo cayó del huerto.

—No pipiar, ¿eh? —volvió a decir el de adentro.

—¡Que no pipiamos, contra!... ¡Me valga, qué hombre más confiao!...

Y mientras el rojillo andaba bregando en la parra con el tercer racimo y sus camaradas probando y escupiendo las uvas de los otros dos, se abrió la puerta de la casuca y apareció en el hueco una viejecita encorvada sobre un palo, con una alcuza en la mano, cubierto el tronco con una raída saya de estameña parda, y dejando asomar por la abertura superior una carilla macilenta, compuesta de una nariz y una barbilla que se juntaban sobre la boca, no permitiendo ver de ésta más que las dos extremidades, de dos agujeros en que apenas oscilaba un rayo de luz mortecina, y de una tercia escasa de arrugado pergamino para revestirlo.

La vieja volvió a trancar con una llave roñosa la insegura puerta que acababa de abrir para salir por ella, y, renqueando, se dirigió a la parte de la plazoleta en que estaban los chicuelos, para buscar la calleja con que lindaba por aquel extremo.

Verla los chicos, hacer la señal de la cruz, dejar los racimos en el suelo y desaparecer como una bandada de palomas a la vista del milano, fue todo uno.

Al mismo tiempo aparecía sobre el seto el rojillo con el tercer racimo entre las manos. No sé si la vieja le vio; pero tan clara vio él a la vieja y tal horror se apoderó de su ánimo, que, vacilando entre la idea de volverse al huerto o de saltar a la otra parte, enredáronsele los pies entre las zarzas, perdió el equilibrio y cayó junto a los dos racimos abandonados y a los pies de la anciana, hiriéndose las narices contra un morrillo.

Detúvose sobrecogida la mujer al verle en tal estado, y tratando de incorporarle.

—Hijo mío —le dijo con cariño—, te pudiste haber matado... Y todo ¿por qué? —añadió reparando en los racimos—: por coger de prisa y corriendo unas uvas que yo te hubiera dado por la puerta si me las hubieras pedido.

—¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! —gritó tres veces el rojillo al reparar a un tiempo en la presencia de la vieja y en la sangre que le brotaba de las narices.

—Vaya, ángel de Dios, que esto no vale nada —añadía la pobre mujer con el fin de tranquilizarle y después de convencerse de que la sangre procedía de un ligero rasguño.

—¡Madre, madre mía! ¡Jesús de mis entrañas! —gritaba el chico con el mayor desconsuelo.

—¡Pero inocente, si no es nada lo que tienes!

—¡Si no es por eso...; es que..., es que tengo miedo!...

Y el infeliz daba diente con diente.

—Es verdad... ya no me acordaba —murmuró con pena la anciana.

Y requiriendo el báculo y la alcuza, continuó su camino a lentos, cortos e inseguros pasos, como los de la humana vida bajo el peso de los años y a media vara del sepulcro.

Iba a doblar el ángulo de la plazoleta para entrar en la calleja, cuando salió de la portalada una mujer desgreñada y mal ceñida de refajo, que acudía a los gritos del descalabrado muchacho. Vio la sangre que bañaba el rostro, reparó en la vieja y sin más averiguaciones, rugiendo como una pantera, cogió un morrillo tan grande como su cabeza y se le arrojó a la pobre mujer que, aunque le recibió de rebote y en la espalda, hubiera caído de pechos sobre las piedras a no recogerla en sus brazos el señor cura, que providencialmente iba a cruzarse con ella, siguiendo su diario y acostumbrado paseo.

El discreto sacerdote abarcó con una sola mirada todo el cuadro, y casi con lágrimas en los ojos dijo con voz conmovida, pero solemne, a la mujer que había arrojado la piedra, y sin dejar de sostener a la anciana:

—¡Teresa, eso no lo manda Dios!

Mucho contuvo a Teresa la presencia del señor cura, sin la cual Dios sabe lo que hubiera hecho; pero no tanto que la impidiera responder con ira:

—Lo que no manda Dios es que ande suelto el demonio por la tierra acabando con las familias honradas.

Y levantando del suelo al muchacho:

—Ven acá, hijo mío —le dijo con voz cariñosa.

Pero no había llegado con él a la portalada, cuando, cambiando de tono y dándole media docena en cada nalga, comenzó a gritar:

—¡Si tú has de morir como las cabras, lambión! ¿A qué te metes en hacienda de naide? ¿A qué juistes a tentar la paciencia de ese mal enemigo de mujer? ¿No sabías lo que te esperaba de ella?

Estas últimas palabras se perdieron dentro de la portalada, que cerró Teresa con estrépito.

Entretanto la pobre vieja perdía el conocimiento en brazos del señor cura, que la prodigaba las mayores atenciones; pero tan pronto como volvió en sí, se empeñó en continuar su camino, sin exhalar una queja siquiera contra el proceder de su vecina.

El señor cura, después de verla caminar algún trecho, se dirigió presuroso a la portalada y entró en el corral de Teresa.

Hallábase ésta ya en el ancho soportal de su casa lavando la cara al rojillo, y junto a los dos, una joven, como de veinte años, pálida como la cera, envuelta en un refajo de bayeta amarilla y acurrucada en el suelo. Sus ojos, yertos y desanimados, parecían no fijarse en lo que delante tenía.

—¡Maldita sea ella por siempre jamás amén, que se empeñó en acabar con mi casa y ya lo va consiguiendo! —gritaba Teresa mientras restañaba la sangre de su hijo.

Y a cada exclamación de éstas se santiguaba el chicuelo, y la joven pálida bajaba la vista y escarbaba el suelo con un dedo trémulo y tan descolorido como la tierra que tocaba.

Así continuó la escena un corto rato, y ya parecía calmarse la furia de Teresa, cuando al ver que, por haberse arañado la herida, volvía a sangrar su hijo, gritó más iracunda que nunca, precisamente en el instante en que entraba el cura en el corral.

—Pero, Señor, ¿ya no hay justicia en la tierra?

—En la tierra, no, Teresa —respondió el cura—; en el cielo, sí; y ésa es la que has de temer, porque nunca falta ni se tuerce.

—Eso es: tras de cuernos, con perdón de usté, penitencia... ¡Ay, señor cura!, no es lo mesmo pedricar que ser infeliz.

—No hay verdadera desgracia, Teresa, cuando se llevan todas con resignación... ¿Tú sabes lo que acabas de hacer?...

—Sí, señor; y también lo que no hice, porque algún ángel le puso a usté delante.

—Tú lo has dicho, Teresa: algún ángel protegió a esa pobre anciana; luego tú no obrabas bien cuando la...

—Lo que yo sé, don Prefeuto, es que estoy acabándome y que está feneciendo toa mi casta por los malos amaños de esa endina.

—Calla, calla, y no difames a quien ni siquiera conoces.

—¡Que no conozco yo a la Miruella, señor cura!

—No, yo te lo aseguro.

—¿No ve usté a esta infeliz de hija que tengo aquí con un pie en la sepoltura? ¿No ve usté a esta criatura de Dios medio atontecía de un golpe que le vino sin saber por ónde ni por ónde no?... ¿No sabe usté que mi marido, el hombre más de bien de tóo el mundo, y el labrador más atropao, es hoy un borracho que se va bebiendo el pan de sus hijos?... ¿No sabe usté que una cabaña de reses que yo tenía?...

—Óyeme, Teresa... Pero antes, tú, Juana, y tú, Andrés, entrad en casa un momento, que vamos a tratar nosotros un punto muy importante.

Los dos aludidos hijos de Teresa obedecieron dócilmente; y con trabajo la joven y lloriqueando Andrés, se metieron en casa, cerrando la puerta en seguida.

Solos en el portal el señor cura y Teresa, tomó asiento el primero en el poyo y comenzó así su diálogo con la segunda:

—Ya que eres la única persona razonable de tu casa, aunque no el jefe por la ley, contigo debo entenderme en el importante asunto que aquí me trae ahora, porque tu marido... ¿En dónde está tu marido, Teresa?

—En la taberna, señor.

—Como siempre... Conque, vamos a cuentas, y a cuentas claras. ¿En qué te fundas tú para creer que esa pobre mujer es capaz de ocasionarte todas las desdichas de que te quejas?

—En que es bruja... ¡bruja! Créalo usté por...

—Corriente. ¿Y qué pruebas tienes de que es bruja?

—¡Otra sí qué! Tóo el pueblo lo sabe, señor, como usté mesmo.

—Poco a poco: yo no solamente no lo sé, sino que niego que lo sea; y en cuanto al pueblo, puede equivocarse como tú. Lo que yo quiero saber son los motivos particulares que tú tienes para tratar a esa mujer como la has tratado hace poco.

—¡María Santísima!... Si yo fuera a retaporcionarle a usté tóo los itimenejes que esa endina trae contra mí... ¡Me valga el divino misterio!

—Pues mira, Teresa: para mí es hasta un deber de conciencia arrancarte esas preocupaciones funestas; conque así, no me ocultes ni una sola de tus razones.

—Espenzando por lo más gordo, dígame, señor don Prefeuto, ¿qué tiene la mi Juana que se me va consumiendo como un sospiro?

—Una enfermedad como otra cualquiera.

—Y entonces, ¿por qué en cuanto se le alcuerda la Miruella le entra un temblío que se pone a morir, y un lloriqueo que se va en lágrimas?

—Mera casualidad; y cosa muy natural si te empeñas tú en hacerla creer que esa mujer es la causa de todos sus males.

—Y si eso juera, ¿por qué el otro día hablando la Miruella de la mi hija con la mi sobrina Anestasia, le decía: «se empeñan en sanar a Juana curándola de la palotilla, y no es esa la melecina que la conviene»? Es decir, señor don Prefeuto, que la Miruella sabe la enfermedá de Juana, y conoce la melecina tiene satisfación en verla morir, porque ni quiere descobrir la enfermedá, ni decir «éste es el remedio».

—Lo que eso quiere decir, Teresa, es que tía Bernarda tiene más sentido que tú, y conoce que es una barbaridad descoyuntar los huesos a las jóvenes porque están pálidas y macilentas, y ve claro que así no pueden sanar.

—Segundamente, y perdone, Juana era una moza robusta como un castaño siete meses hace, como usté se alcordará, hasta el instante mesmo en dir una tarde al molino, porque así lo quiso, que en verdá no hacía mucha falta aquel día, porque harina teníamos tovía pa una semana. Pos señor, diéndose al molino, estuvimos en casa siete días y medio espera que espera, y mi Juana no golvía. Al cabo del tiempo voy yo mesma a preguntar por ella, y díceme el molinero que por allí no se ha visto a Juana. Güélvome desafligía como una Magalena a casa, y me la encuentro aquí mesmo gimoteando y tapujá con la saya. Dígola que ónde ha andao metía, y respóndeme que en el molino ha estao, y que se güelve sin moler porque la presa está seca... Alviértole, don Prefeuto, que yo mesma vi el molino arreguñao, motivao a lo mucho que había llovido. A tóo esto, le faltaba el saco de maíz, y no sabía decirme ónde le había dejao, ni saberlo pude nunca. Con éstas y otras, pregunto de acá y de allá, y adquiero que a la muchacha la vieron salir aquella mañana mesma de la casa de la Miruella. Añada usté a tóo esto, y perdone, que dende aquel día Juana no ha limpiao la ruinera, y dígame si no es la cosa pa que yo reniegue de esa bruja y crea como los Avangelios que el enemigo malo le anda en el cuerpo, y que me destravió y atonteció a la hija al dir al molino pa acabar dimpués con ella.

Pensativo dejó por unos instantes este relato al bondadoso don Perfecto; pero como no era por las hechicerías de tía Bernarda, en las cuales empezase a creer, ni mucho menos, disimuló discretamente su curiosidad y se limitó a responder a Teresa:

—Todo eso no prueba sino que el día en que tu hija se puso mala entró en casa de la Miruella, suponiendo que esa noticia sea cierta.

—¿Y la vaca que se murió de solengua por tocarla con el palo esa mujer, cuando la alcontró en la calleja?

—Esa mujer tocó con el palo a tu vaca para que no la atropellara en la calleja, precisamente el día mismo en que tu vaca, por causas que no conocemos, se puso enferma y se murió.

—¿Y por qué cuando habla de las borracheras del mi hombre dice que yo me he de ver sin manta que echar en la cama, porque me la ha de sacar la josticia si el diablo no la lleva antes, y tóo se va complicando, porque yo he visto salir de mi casa, hoy pa el tabernero y mañana pa la contrebución, hasta la caldera de la cocina, dempués de haber consomío el ropal de sábanas que yo tenía hilás y cosías por estas manos, a más de haber tenío que vender en dos años toa la propiedad terrentorial? ¿No ha estao dos veces la josticia esta semana a sacarme prenda porque no se pagó una contrebución nueva, motivao a no tener un mal ochavo en mi casa, ni de ónde sacarle? ¿Y no es tóo esto una maldición de esa bruja, que me va caendo encima?

—¿Crees tú que yo soy brujo?

—¡Jesús, señor cura!...

—Pues mira, yo te he pronosticado las mismas desgracias que tía Bernarda; y cualquiera que desee tu bien y tenga dos dedos de frente te hará el mismo pronóstico, porque no puede dar otro resultado la conducta de tu marido.

—Sí, sí; lo que es para usté tóo tiene güena explicativa... ¿Y el golpe que acaba de llevar el mi Andrés por haberle visto la bruja salir de su güerto?

—Si haciendo lo que manda Dios y la buena educación, no se hubiera metido Andrés en el cercado ajeno, no se habría descalabrado al salir de él con el fruto robado.

—Y estos mordiscos (Teresa se descubre un brazo lleno de cardenales), ¿de quién son sino de esa condená de bruja mientras que yo duermo?

—Eso que tú llamas mordiscos, son cardenales, Teresa, hijos legítimos de la paliza que te pegó tu marido anteayer.

—Y aunque tóo eso fuera verdá, ¿me negará usté que el domingo se le olvidó a usté cerrar el misal al acabar la misa?

—Efectivamente, me sucedió eso; pero, ¿y qué?

—Que motivao a ello la bruja se quedó clavá de rodillas en la iglesia, y que no hubiera salío de allí si a la mego-día no va el campanaro a tocar y ve asina el misal y le cierra.

—¿Y qué tiene que ver el misal abierto con toda esa monserga?

—¡Esta sí qué! ¿Pues usté no sabe que las brujas, cuando entran a misa, no pueden salir de la iglesia si se queda el misal abierto?

El bendito sacerdote no pudo contener la risa al oír semejante desatino, y eso que no ignoraba que era versión aceptada en la Montaña como artículo de fe.

—En el presente caso —dijo formalizándose otra vez don Perfecto—, el acto de quedarse tía Bernarda en la iglesia cuando sus convecinos salen de ella, no significa sino que se queda a rezar mientras vosotras vais acaso a murmurar y a maldecir de ella; y si tú frecuentaras la iglesia tanto como esa bruja, la verías, como la he visto yo, permanecer allí muy a menudo las horas enteras sin que a mí se me haya olvidado cerrar el misal... Y ahora te digo que es ofender a Dios creer supercherías semejantes, y mucho más con relación a determinadas personas.

—Tamién la han visto encultar debajo del llar de la cocina el puchero del unto que se da pa dir a Cernuela...

—Lo que le habrán visto, sin duda alguna, ocultar son hasta los mendrugos de borona que recoge de limosna, para que no se los roben los que, a título de bruja, se creen con derecho a atropellarle todos los días el pobre hogar...

Aquí llegaba el diálogo cuando se abrió con estrépito la portalada y cayó de hocicos en el corral un hombre.

—¡El Señor me dé paciencia! —exclamó Teresa juntando las manos al reconocer a su marido.

El primer impulso de don Perfecto fue correr a levantar al caído; pero éste no tuvo necesidad de su auxilio, porque, apenas besó el suelo, volvió a incorporarse, aunque no sin perder más de dos veces el equilibrio. Puesto ya de pie, con las greñas encima de los ojos, tirado el sombrero sobre el cogote, negros los labios, mal sujetos a la cintura los pantalones, medio vestida la chaqueta, los brazos al desgaire y desgarrada y tinta de vino la pechera de la camisa, comenzó a mirar en derredor de sí con esa vaguedad de vista propia de los borrachos.

El señor cura y Teresa le observaban en silencio.

—Ssssufffrrrsss... sschsis —masculló el beodo fijándose más obstinadamente en don Perfecto—. ¿Un carranclán en mi casa? Hombre, hombre, ¿que me cuenta usté?... Conque en mi casa... ¡Ssssangrrre va a corrrrrer aquí!...

Y se acercó más al portal.

—Dios te ilumine, Gorio —le dijo con suavidad el señor cura.

El borracho se fijó entonces con más empeño en don Perfecto; se restregó los ojos en seguida, y derribando perezosamente de un revés el oscilante sombrero de la coronilla:

—Perdone usté, señor dd... ddiácono —tartamudeó—; creí que eras... ¡Me valga Dios, que juriacán sopla de esta banda!...

—Pero, hombre, ¡si está una tarde magnífica!

—¿Mosolina dice usté, señor a... cólito? Mosolina no... La cogí con... ¡brrrrumbssh!... con rioja... Un hombre como yo no gasta menos... Oye, Teresona, tarascona, dame... ¡aachhhis! dame... los...

—¿Qué es lo que quieres, hombre de Dios? —respondió Teresa casi llorando.

—Quiero las... ¡Menuda paliza te vas a chumpar esta tarde! Cuando te digo que te vas a relamber de gusto... Misté, don prisbítero, cuando yo echo la mano por salva la parte a Teresona, y le aministro un par de morrás a mi gusto, vamos, no me cambio por...

—Pues eso es muy mal hecho, Gorio, y de ello tienes que dar cuenta a Dios.

—¿A Dios?...; ¿a Dios... padre... sssuddiácono? Verá usté quién es Dios ahora mesmo. «¿Quién es Dios, niño? —Respondo: la cosa más... más...» ¡Por vida de!... Y ahora que me alcuerdo, ¿qué haces tú en mi casa con ese camisolín de seda y ese futifraque?... ¿Te debo yo algo?... Vamos a ver, ¿te debo yo algo?

—Nada me debes, Gorio.

—Sin andróminas, hombre, ni pitismiquis, ¿te debo algo?... Porque si te debo algo, yo soy muy auto para pagarlo ahora mesmo... Conque, pide por ese piquito, hermoso.

Al decir esto Gorio, metió su diestra en el bolsillo del chaleco, y sacó, entre puntas de cigarro, papelillos arrugados y pedazos de hojas de maíz, hasta dos reales y medio en piezas de cobre.

—Miá tú —dijo a Teresa— si yo soy hacendoso y atrapao...; como no tenía ya para beber esta semana, he vendío hoy al jándalo del Regatón la novilla que nos queda, y me ha dao de señal och... ochh... ochhh... riales.

—¡Jesús me ampare! —exclamó Teresa llorando al oír esto—. ¿Lo oye usté, don Prefeuto? ¡Lo único que nos quedaba!

—Eso no, divinidá de mis entrañas —repuso el borracho con una horrible mueca que quería hacer pasar por sonrisa—. ¿Y este cuerpecito, salero? ¿No te queda para tu sussstento y alegría?... Y si hay algún guapo que lo niegue, que salga al frente...; náaa, vamos, que salga... ¿Lo niega usted, padre... prifacio?... ¡Calla!; ¿si vendrán a negarlo esos dos sandifesios?

Al decir esto, señalaba Gorio a dos hombres que acababan de entrar en el corral. Teresa palideció al verlos. El señor cura levantó los ojos al cielo murmurando apenas:

—¡Desdichada familia!

—¡Toma! —dijo el borracho—, sí es el sacamantas.

Con este nombre se conoce en muchos pueblos rurales de la Montaña al alguacil del concejo, y nunca mejor que en este caso mereció el mote. Casualmente traía al hombro una de dormir y un caldero en cada mano. El hombre que le acompañaba era el alcalde pedáneo: llevaba colgado de un ojal de la chaqueta un tintero de cuerno, y una tira de papel en la mano.

—Ya sabes a lo que vengo, Teresa —dijo éste al llegar al portal—, Buenas tardes, señor cura... Dios te mate, borracho —añadió encarándose respectivamente con los aludidos.

—Buenas y santas, señores —dijo por su parte el alguacil.

—El os ampare —contestó don Perfecto—. Y ¿qué os trae por acá?

—Poca cosa, don Perfecto —respondió el pedáneo—. Hemos estado otras dos veces a pedir a Teresa el reparto, y como nada nos ha dado, y a la tercera es la vencida, vuelvo hoy con el portero, para que cargue con la prenda, como carga con las que ya trae encima, si no me dan dinero.

—¿Y qué reparto es ese? —preguntó el cura.

—Pues el de la campana.

—¡El de la campana!

—Cabal. El de la campana que se hizo el año pasado, y que todavía está sin pagar.

—Pero, hombre, ¿no se cobró un impuesto seis meses hace para pagar esa campana dichosa?

—Sí, señor; pero paece ser que el secretario echó entonces mal las cuentas, y no alcanzó el dinero que se cobró del primer reparto, y por eso se hizo otro.

—¡Ya! ¿Conque no alcanzó?... ¡Vea usted qué atrasadillo anda en contabilidad el señor secretario! —observó don Perfecto con cierto retintín.

—Y velay —dijo la afligida Teresa—; porque no he querido..., porque no he podido pagar ese segundo reparto, me vienen a sacar prenda...

—¡Y vaya si te la sacaré!...; como éstas que ves aquí —recalcó el pedáneo con aire de importancia.

—¡Dichosa campana! —exclamó Teresa afligida.

A todo esto, Gorio, que se había recostado contra el poyo, comenzó a canturrear con voz chillona y destemplada:


Tocan las campanitas
por la mañana;
tocan las campanitas,
tocan al alba.

—¿Y cuánto te corresponde pagar, Teresa? —preguntó don Perfecto.

—Una barbaridá de dinero, señor.

—¡Taday, moquitona! —gruñó el pedáneo, desplegando la tira de papel— Verá usté, señor cura... «Gregorio Pajares... cuatro reales y medio...» Conque dígame usté si eso vale la pena de...

—Sí: para el que no tiene pan que llevar a la boca, como si fueran mil duros —respondió Teresa anegada en lágrimas.

—Con lo que ese mata en la taberna —añadió el alguacil— había sobrado pa comer arroz con leche todo el año.

—Si no hubiera pícaros en el mundo —replicó con cierta intención Teresa—, no se harían borrachos los hombres de bien como el mi marido... Y de toas maneras, yo no tengo hoy con qué pagarvos: así, tirar por onde queráis...

Entretanto, el señor cura, vuelto de espaldas a todos los del portal, se palpaba a dos manos los bolsillos con febril impaciencia.

—¡Por vida del ocho de bastos! —murmuraba— No salen más que veintiséis cuartos...

Luego, como si le hubiera cruzado una idea por la mente, se dirigió a Gorio, le sacudió un hombro y

—Oye, Gorio —le dijo—, ¿me prestas doce cuartos?

—¿Para beber a escote? —preguntó a su vez el borracho.

—Cabal —respondió el cura, deseando acertar el deseo de Gorio.

—Pues para eso no presto: lo que hago es jugarlos a la brisca a tres juegos hechos... mano a mano.

—No puedo jugar ahora; pero te prometo devolverte por ellos mañana... veinticuatro.

—Me conviene el ajuste..., y allá van esos intereses.

El borracho desocupó su bolsillo en las manos de don Perfecto.

Al mismo tiempo, apremiada por el pedáneo, decía la infeliz Teresa:

—No tengo más prenda que dar que la manta de la cama: todo lo demás se lo han ido llevando entre la justicia y la taberna.

—Pues venga la manta de la cama —decía el alguacil.

—¡Dios mío! ¿Lo oye usté, señor cura, cómo se cumple la maldición de la Miruella?

—¿Quién dijo Miruella? —interrumpió Gorio.

—No se cumplirá esta vez —exclamó con alegría don Perfecto—. Ahí van —añadió, poniendo las monedas en manos del pedáneo— los cuatro reales y medio de esta infeliz. Y quiera Dios que esta nueva exacción sea tan legítima como las lágrimas que cuesta.

Teresa se anegaba en las suyas; Gorio miraba la escena con aire estúpido, y el pedáneo, mientras destornillaba el tintero y ponía una P enfrente del nombre de Gregorio en la lista, contestaba a la indirecta de don Perfecto:

—Pues por vida mía, señor cura, que la campana no fue para la torre de mi casa; otros sacan de ella más raja que yo, probe.

—Pues mira, hijo —respondió con sorna don Perfecto—, si lo de la raja lo dices por mí, sírvate de gobierno que yo no mandé hacer la campana ni en la iglesia la hubiera puesto al prever lo que está sucediendo, porque no le gustan a Dios en su casa campanas que suenen tanto como esa... Conque ve en paz, ya que te han pagado.

—¿Quién dijo Miruella aquí? —insistió Gorio—. Miruella, Miruella... Señor, ¿qué tenía yo que decir de la Miruella?

—A propósito de la Miruella, señor cura —añadió el pedáneo cuando se disponía a marcharse—: el portero y yo la hemos encontrado junto a la abacería sin sentido y por caridad la hemos llevado a su casa al venir acá: Yo creo que de ésta va a dar al diablo lo que es suyo. Conque a la par de Dios.

Y se fueron el pedáneo y el alguacil.

—¡Ajajá!; ¡eso era! —tartamudeó Gorio volviendo a recostarse contra el poyo.

Teresa se quedó como petrificada al oír la noticia. Don Perfecto, olvidándose de todo cuanto le rodeaba y pensando sólo en que su presencia sería necesaria al lado de la moribunda, si era cierto que en tal estado se hallaba la Miruella, salid precipitadamente del portal; pero no había dado tres pasos cuando le detuvo Teresa, y entre anhelosa y acongojada, le preguntó:

—Y diga, usté, señor cura, ¿de qué se habrá puesto así la Miruella?

—¿De qué?... Acaso de algún golpe —respondió don Perfecto con notoria intención, desprendiéndose de Teresa y saliendo apresuradamente del corral.

—¡No lo permita el señor! —exclamó la atribulada mujer, cubriéndose la cara con las manos, como si quisiera huir de algún remordimiento.

Al levantar después la cabeza y abrir los ojos, vio a su marido que comenzaba a roncar tendido como un cerdo sobre el poyo. Al mismo tiempo aparecía en la puerta de la casa la escuálida figura de su hija, que sin duda se cansaba de esperar adentro.

—¡Devino Dios! —exclamó entonces la pobre madre, elevando la vista al cielo—, ¡mándame un poco de fuerza, porque no puedo ya con esta carga!

II

La pedrada que recibió en las espaldas tía Bernarda, ustedes quieren, la Miruella, o la Bruja, si más les agrada, necesita una explicación que, ya que no justifique, disculpe en parte el atentado de Teresa. Debo a la mujer de Gorio esta reparación en buena justicia, toda vez que del relato precedente, por sí solo, no se saca el necesario acopio de razones en favor de la conducta de aquélla.

Que hay brujas, lo creen todos los aldeanos, y muchos que no lo son, así montañeses como no montañeses. Hasta qué punto creen en ellas y las temen mis paisanos, y cómo son las brujas montañesas, es lo que vamos a ver ante todo.

Cuál es el primer hecho del cual nace la fama de una bruja, nunca se supo: me inclino a creer que esa fama procede de su mismo tipo, porque he observado que están cortadas por idéntico patrón todas las mujeres que he conocido y conozco calificadas de brujas en este país; todas se parecen a la Miruella, y como ésta, han vivido o viven solas, generalmente sin familia conocida ni procedencia claramente averiguada.

La bruja de la Montaña no es la hechicera, ni la encantadora, ni la adivina: se cree también en estos tres fenómenos, pero no se los odia; al contrario, se los respeta y se les consulta, porque aunque son también familiares del demonio, con frecuencia son benéficas sus artes: dan la salud a un enfermo, descubren tesoros ocultos y dicen adónde han ido a parar una res extraviada o un bolsillo robado.

La bruja no da más que disgustos, chupa la sangre a los jóvenes, muerde por la noche a sus aborrecidos, hace mal de ojo a los niños, da maldao a las embarazadas, atizalos incendios, provoca las tronadas, agosta las mieses y enciende la guerra civil en las familias.

Que montada en una escoba va por los aires a los aquelarres los sábados a medía noche, es la leyenda aceptada por todas las brujas.

La de la Montaña tiene su punto de reunión en Cernégula, pueblo de la provincia de Burgos. Allí se juntan todas las congregadas, alrededor de un espino, bajo la presidencia del diablo en figura de macho cabrío. El vehículo de que se sirve para el viaje es también una escoba; la fuerza misteriosa que la empuja se compone de dos elementos: una untura, negra como la pez, que guarda bajo las losas del llar de la cocina y se da sobre las carnes, y unas palabras que dice después de darse la untura. La receta de ésta es el secreto infernal de la bruja; las palabras que pronuncia son las siguientes:


Sin Dios y sin Santa María,
¡por la chimenea arriba!

Y parte como un cohete por los aires.

Redúcese el congreso de Cernégula a mucho bailoteo alrededor del espino, a algunos excesos amorosos del presidente, que, por cierto, no le acreditan gran cosa de persona de gusto, y, sobre todo, a la exposición de necesidades, cuenta y razón de hechos, y consultas del cónclave al cornudo dueño y señor. Tal bruja refiere las fechorías que ha cometido durante la semana; otra pregunta cómo se las arreglará para acabar en pocos días con esta hacienda o con aquella salud; otra manifiesta que la familia de aquí o de allí goza de una alegría y un bienestar escandalosos, y que, en su concepto, debe hacérsela algún daño, etc., etc., etc... A todo lo cual provee el demonio en el acto, en unos casos dando consejos, en otros echando la maldición que saca lumbres; proporcionando a esa bruja ciertos polvos para que se los haga tomar a Petra, a Antonia o a Joaquina, con los cuales es segura la jaldía a las pocas horas; indicando a otra la necesidad de que el vecino X o Z le chupe un par de reses, o haga malparir a su mujer; y, en fin, ilustrando y auxiliando con toda clase de luces y medios materiales al numeroso congreso, para la mayor honra del demonio y desesperación de los pueblos. Estas soirées duran desde las doce de la noche hasta que el alba asoma sus primeros tornasoles sobre las cumbres más altas.

Aceptando esta versión el vulgo como artículo de fe, no bien la fama califica de bruja a una mujer, ya se pone aquél en guardia contra ella. Nadie pasa de noche junto a su casa; no se toca cosa que le pertenezca; se le da en todas partes el mejor sitio, y en cuanto vuelve la espalda, se le hace la señal de la cruz. En la calle se la saluda desde media legua, y las mujeres encinta huyen de su presencia como de la peste; las que ya son madres separan a sus niños del alcance de su vista para que no les haga mal de ojo. Si a un labrador se le suelta una noche el ganado en el establo y se acornea, es porque la bruja se ha metido entre las reses, por lo cual al día siguiente llena de cruces pintadas los pesebres. Si un perro aúlla junto al cementerio, es la bruja que llama a la sepultura a cierta persona del barrio; si vuela una lechuza alrededor del campanario, es la bruja que va a sorber el aceite de la lámpara o a fulminar sobre el pueblo alguna maldición. En una palabra, todo lo triste, todo lo desgraciado, todo lo calamitoso que ocurre en la jurisdicción de una bruja, se atribuye por el vulgo a las malas artes de ésta.

Acontece que las llamadas brujas son mujeres de la misma piel del diablo, es decir, enredadoras, chismosas, borrachas y algo más, en el cual caso explotan en beneficio de sus malos instintos la necia credulidad de sus convecinos; o son como otra persona cualquiera, y acaban por ser completos demonios, acosadas, escarnecidas y vejadas por el fanatismo popular; o son, en fin, mujeres virtuosas y honradas a carta cabal, y entonces viven, las desdichadas, mártires de la más estúpida persecución.

De los tres grupos he conocido brujas en la Montaña. La Miruella pertenecía al último.

Había venido al pueblo bajo los auspicios de una vieja viuda sin hijos que al morir le dejó la casita y el huerto. Era la Miruella(que así se la bautizó al llegar al pueblo por su pequeñez de cuerpo y afición a vestirse de negro) más discreta que el vulgo que la rodeaba, y ésta fue su perdición.

Sus atinadas sentencias, sus sesudos pareceres, dejaban boquiabiertos a los aldeanos; y como además era amiga del retiro, o por lo menos, enemiga de murmuraciones, corrillos y tabernas, diose en decir que tenía pacto con el diablo.

La Miruella notó al asomar sus primeras arrugas y al perder el último diente, que comenzaba a cundir la fama de sus brujerías. De este modo vio pasar toda su larga ancianidad entre el horror y la repugnancia de sus convecinos. No le fue dado en todo este tiempo ni siquiera el placer de hacer un beneficio, porque al conocer su procedencia todos le rehusaban.

Una vez comenzó a arder su casa y no hubo una mano caritativa que le ayudara a apagarla.

Era el verdadero paria a quien se negaba la hospitalidad y hasta la sal y el fuego. Para ella jamás había conmiseración, porque se le atribuían todos los infortunios que sufrían sus convecinos, y si no se le daba cada día una paliza no era por repugnancia al acto en sí, sino por miedo a la venganza de la apaleada, que podía no morir de las resultas.

Teresa, que sobre ser la vecina más desgraciada del barrio, era la más propensa a la superstición, amén de ser la que más cerca vivía de la bruja, fue, por consiguiente la que se creyó más perseguida por ella y más castigada; no la olvidaba un solo instante, y en todos los de su vida el odio que le profesaba era sólo comparable al horror que hacia ella sentía. De aquí su convicción, al arrojarle la piedra cuando la creyó causante también de la descalabradura del rojillo, de que, matando a la bruja, libraba a su familia de la perdición y de una calamidad al pueblo.

Un solo corazón había en él que no fuera insensible a los tormentos que sufría la Miruella; una sola mano que para ella no se cerrara; una sola lengua que no la maldijera: el corazón, la mano y la lengua del señor cura. Este santo varón no se cansaba de consolar ni de socorrer, en cuanto podía, el amargo infortunio de tía Bernarda.

Don Perfecto no era uno de esos sacerdotes ideales que se ven a menudo en el teatro y en las láminas de las entregas de a cuarto, con los ojos vueltos al cielo y los brazos en cruz, que hablan en sonetos y van seguidos de un enjambre de niños a quienes enseña la doctrina y regalan castañas: era un tipo bastante más terrenal, así en figura como en estilo, sin que por ello fuera menos virtuoso. Predicaba el Evangelio del día todos los festivos, y si en su elocuencia no era un pico de oro, en los efectos de sus pláticas podía apostárselas al más inspirado, porque conocía, como las suyas propias, hasta la más liviana flaqueza de sus feligreses, y siempre les hería en lo vivo. Dar al pobre lo que le sobraba a él y vivir con lo más indispensable, le parecía un deber social, cuanto más de conciencia para un sacerdote; sacrificar hasta su vida por la del prójimo, la cosa más natural del mundo, y conquistar al demonio un alma para Dios, el colmo de sus ambiciones. Por lo demás, le gustaba hablar de vez en cuando con sus feligreses de los azares de la cosecha de éstos; oírles discurrir sobre análogas cuestiones; corregirles más de cuatro desatinos, y hasta atufarse un poco con los más díscolos. En cambio todos le querían bien; y eso que nunca le hallaron en la taberna, ni recorriendo las ferias o los mercados de las inmediaciones.

Como a su larga experiencia y natural penetración no se había ocultado la guerra implacable que se venía haciendo a la Miruella, creyéndola bruja el pueblo con la mayor buena fue, a cada paso estaba predicando contra ésta y otras preocupaciones semejantes, tan ocasionadas a excesos de imposible remedio y de incalculables consecuencias. No le gustaba que le tildasen de entremetido, por lo cual prefería este sistema de amonestación indirecta al de acometer de frente al objeto de sus excitaciones, que le era bien conocido; esperaba que los sucesos le proporcionasen una disculpa notoria para adoptar el segundo método que juzgaba más eficaz que el primero, y por eso le hemos visto entrar tan resuelto en casa de Teresa, después de haber presenciado la agresión brutal de ésta sobre la infeliz anciana.

Lo que le dijo durante el diálogo que con ella tuvo y queda consignado más atrás, no era más que el introito de lo que pensaba decirle después; pero habiendo oído la noticia que le dio el pedáneo, creyó de su deber acudir a lo más urgente; y para él no había nada que reclamase su presencia con mayor derecho que un feligrés en peligro de muerte.

Cuando la Miruella, pasado el primer efecto de la pedrada, se empeñó en continuar su camino, no calculó bien la infeliz todas las consecuencias del golpe. Así fue que pocos pasos antes de llegar a la abacería adonde iba a comprar tres ochavos de aceite, volvió a perder el sentido y cayó como un tronco seco sobre los morrillos de la calleja. Viéronla en tal estado el pedáneo y el alguacil, y Gorio que, aunque borracho, no dejó de enterarse del suceso; y ya que no como prójimos los dos primeros, como miembros de la justicia se creyeron en el deber de conducir a la vieja a su casa.

Al entrar en ella don Perfecto, halló a tía Bernarda tendida sobre un jergón que le servía de lecho, con todo el aspecto de un cadáver. Que a su lado no había un alma caritativa que la cuidase, no hay para qué decirlo.

Largo rato pasó sin que la enferma diera señales de vida, durante el cual don Perfecto no cesó de rociarle la cara con agua fresca y de darle a oler un poco de vinagre que halló en un pocillo desportillado. Al cabo abrió los ojos la Miruella y balbució algunas palabras ininteligibles. Cuando su mirada fue algo más firme y pudo conocer distintamente al señor cura, que no se separaba de su lado.

—Siempre es usted mi providencia, don Perfecto —dijo con voz lenta y apagada.

—Es mi deber, tía Bernarda, consolar a los afligidos y auxiliar a los menesterosos —contestó con acento cariñoso el sacerdote— ¿Padece usted mucho? —añadió en seguida, viendo la angustia con que respiraba la anciana.

—No, señor..., al contrario...; ahora que veo que el Señor me llama a sí, me siento muy animada...; porque yo, a no haber ofendido a Dios en ello, muchas veces hubiera deseado la muerte.

—¡Tía Bernarda!...

—Sí, señor cura... Usted sabe muy bien que mi vida... ha sido una pasión... sin tregua ni descanso.

—Más dolorosa fue la de Jesús y era un justo.

—Sí, señor...; y por eso le alabo en mis penas... y bendigo la mano que me azota..., por eso... Pero, padre mío... siento que se me apaga la vida poco a poco... y necesito aprovechar el tiempo que me queda... Quisiera que después de morir yo no fuera mi fama tan aborrecible a mis convecinos... como ha sido mi vida..., y quisiera también, de paso..., volver a alguno... la que está perdiendo por miedo a una falta, que yo sola conozco..., y debo, en conciencia, descubrir a usted, para que devuelva la paz a una familia... y el honor a un muerto.

—¿Y qué puedo hacer yo en beneficio de tan santos propósitos?

—Oírme, si a bien lo tiene... Una noche entró por esa puerta una moza hecha un mar de lágrimas... buscando en el miedo que da esta choza a los demás, el secreto que su estado necesitaba... Engañada por un hombre... con promesas muy formales..., estaba a pique de echar al mundo... el fruto de su falta, que hasta entonces... había podido ocultar... a la poca malicia de su madre... Dolida de su desgracia, le presté toda la ayuda que podía... Siete días estuvo oculta en esta casa.

—Y al cabo de ellos —interrumpió don Perfecto, no sé si por economizar fuerzas a la enfermera o por seguir mejor la pista a alguna sospecha que acababa de adquirir—, quizá su familia comenzó a alarmarse por su ausencia.

—Justamente...; porque ella... según me dijo, para su familia se hallaba en el molino..., a legua y media de aquí...

—Y esa muchacha, como es natural, hoy vivirá llena de inquietudes...

—Y acabando por instantes la vida que le queda... si vida puede llamarse... la pesada cruz que arrastra la infeliz...

—Y probablemente se atribuirá su enfermedad...

—A mis hechizos..., señor.

—Vea usted..., ¡lo que es obra de un remordimiento!

—Y del abandono en que la tiene el desalmado que la perdió.

—Tía Bernarda, la misericordia de Dios es infinita y su justicia infalible.

—En esto confío..., por ella... y por mí también.

—¡Y usted ha sufrido con resignación el odio de esa familia, cuando con una palabra...!

—Antes que decirla... me hubiera arrancado la lengua... La honra del prójimo es para mí más sagrada que la mía... Por eso le descubro este secreto a usted, que sabrá hacer con él lo que se debe..., sin que padezca el honor... de esa desgraciada; que, a tanta cosa, no quiero que valga lo que le he dicho...

—Yo sabré respetar tanta lealtad, tía Bernarda... Pero ¿qué fue del fruto de ese pecado?

—A eso iba, y ello le baste por toda señal... Recibió de mis manos el agua de socorro... y se volvió al cielo... el ángel de Dios... De lo demás... creo que está usted más enterado que yo... Y ahora, padre mío, que dejo arreglada esta última cuenta con el mundo..., pensemos en la que voy a darle a Dios dentro de poco..., y para ello, óigame en confesión.

III

Felipe (a) Fantesía, era un mozalbete presumido, con humos y tal cual prueba de seductor. Últimamente se hallaba en matrimoniales proyectos con una huérfana que tenía doce carros de tierra y media casa, aunque en manos de su tutor y tío, gran pleitista y enredador, con quien vivía.

En el momento en que aparece en escena Felipe, a la ventana del cuarto que ocupaba en el portal, especie de lobanillo característico de la mayor parte de las casas de aldea montañesas, la cual habitación se le había cedido porque no molestara a la familia en las altas horas de la noche al volver de sus frecuentes galanteos y francachelas, mirándose la cara en medio palmo de vidrio azogado, aprovecha los últimos fulgores del crepúsculo para atusarse el pelo sobre las sienes, mojando los dedos en su propia saliva.

Antes se había calzado sus zapatos amarillos con lazos verdes y encarnados, y vestido su chaleco de pana con profusión de galones de color en las orejillas de la espalda. Cuando acabó su peinado echó la chaqueta sobre el hombro izquierdo, se colocó un calañés en la cabeza, muy tirado a la derecha, y se dispuso a salir. Aquella noche iba a cantar a su novia, y esperaba que ésta le recibiría después en la cocina. Por eso se pulía tan esmeradamente. En esto oyó sonar la campana grande de la iglesia, con un tañido especial.

—Tocan a administrar—dijo para sí— ¿A quién será?

—Al mismo tiempo oyó llamar a la puerta de su cuarto.

—¡Ave María!

—¡Sin pecado concebida! —respondió abriéndola de par en par.

Y se halló frente a frente con don Perfecto.

—Buenas noches, Felipe.

—Buenas las tenga, señor cura —contestó Felipe muy sorprendido.

—¿Te extraña mi visita?

—A la verdá que... no sé qué pueda traer a usté por aquí a estas horas.

—La cosa más natural del mundo, hijo —replicó don Perfecto entrando en el cuarto y cerrando la puerta—. Cuando el prójimo no viene a nosotros en las grandes ocasiones, hay que ir a buscar al prójimo adondequiera que se encuentre.

—Y, si a mano viene, ¿en qué puedo servir a usté?

—En mucho, hijo, en mucho... Pero ¿estamos solos?

—No hay en casa más que mi padre, y ese anda en la corte arreglando el ganao.

—Corriente; y si me viera, no faltaría una disculpilla que darle... Ahora, óyeme. Hace siete meses fuiste una noche a despertarme y me pediste, por la honra de una mujer, que diera sepultura sagrada al cadáver de un niño recién nacido que traías debajo de la capa... Como me aseguraste que el niño había recibido agua antes de morir, y yo respeté el misterio en que querías envolver el asunto, y mucho más la honra aquélla de que tanto me hablaste, sin meterme en más averiguaciones, que, en todo caso, competían a Dios en el cielo y a la humana justicia en la tierra, di sepultura al cadáver, sagrada como era debido.

—Y Dios le pagará a usté la buena obra— dijo con notoria emoción Felipe.

No se trata de eso ahora, sino de que la madre de ese niño se está muriendo de vergüenza y de pesar; de que esa agonía espantosa se atribuye a otras causas inventadas, que perjudican a la buena fama de una inocente, y por último, de que el único que puede devolver la salud y la paz a esa madre y la honra a la culpada, es el padre del niño que tú llevaste a enterrar aquella noche.

—¿Y qué tengo que ver yo?... —tartamudeó Felipe, más pálido que su camisa.

—Mucho —respondió don Perfecto en tono decidido—; mucho, Felipe; porque tú eres el padre de ese niño y el seductor de su madre.

—¡Bah, bah!..., señor cura —repuso el mozalbete, desconcertado ante aquella estocada a fondo—. Y aunque eso fuera verdá, ¿qué había de hacer yo al auto de...?

—Cumplir una palabra que comprometiste a cambio de una honra que quitaste. Pagar lo que debes a Dios, si eres cristiano, y al mundo si eres honrado.

—Señor cura —observó tímidamente el jaque—, yo... Y, por último, ya hablaremos de eso.

—No, hijo mío, no; tenemos muy poco tiempo que perder, y por eso vengo ahora a tu casa.

—Además, hay otros compromisos para mí de mucho... de mucho aquel, que...

—No hay mayores compromisos que los de la conciencia, Felipe... Y te advierto que si tratas de realizar proyectos que se opongan a lo que hiciste con esa infeliz, que se muere de vergüenza, no te perdonará Dios, ni en el mundo habrá paz para ti.

No era Felipe malo de corazón, pero le tiraban mucho los doce carros de tierra y la media casa de la huérfana; mucho más que los compromisos contraídos en momentos de vértigo amoroso, sin que por eso dejaran éstos de morderle un poco la conciencia a cada seguidilla que echaba a la ventana de su nueva amada: así fue que en el largo rato que duró su conversación con don Perfecto, nada pudo éste conseguir de él sino evasivas más o menos respetuosas.

Entonces fue cuando el cura se resolvió a echar mano del recurso en que había pensado, por lo cual había ido a aquella hora y en aquellas circunstancias a ver a Felipe.

—Ya que no me concedes este favor, que al cabo había de redundar en tu bien —continuó don Perfecto—, no me negarás otro que también vengo a pedirte.

—Hable usté, señor cura —dijo más animado por su supuesta victoria el mozalbete—, que en siendo cosa que yo pueda...

—¿Quieres acompañarme a llevar el Santo Viático a un enfermo?... No tengo quien me ayude, si no es un chico que por caridad se ha prestado a tocar la campana que estás oyendo.

—Eso para mí es una obligación, don Perfecto, y siempre que puedo lo hago, cuanto más ahora que usté me lo pide... ¿Y quién se muere?

—La Miruella, hijo.

—¡La Miruella! ¿Y de qué?... ¡Si la he visto esta mañana!

—¿De qué? De vieja; y además de... de un golpe.

—¡De un golpe!...

—Sí, hijo, de un golpe. Una madre que la tiene odio porque cree que su hija se muere embrujada, ayudada de la ira que la cegó, la tiró con una piedra y...

—Y esa hija... ¿es verdá que se muere?

—Sí; pero se muere de vergüenza, porque a título de casamiento...

—¡Vamos, vamos, don Perfecto, a llevar el Señor a tía Bernarda!... —exclamó aturdido Felipe, como si no quisiera oír más de aquellas palabras que caían sobre su conciencia como gotas de plomo derretido.

Un cuarto de hora después salía de la iglesia el Rey de los Reyes en manos del digno sacerdote. Iban delante Felipe, con un farol y un Crucifijo, y un muchacho que hacía sonar acompasadamente una campanilla; detrás, casi todo el barrio y parte de los más próximos a la iglesia, descubiertos los hombres, y las mujeres con un refajo sobre la cabeza, llevando una luz en la mano cuantas habían podido hallar en casa un mal cabo de vela.

Cuando la imponente comitiva llegó a la plazoleta que conocemos, se vieron, al escaso resplandor de las luces, arrodillados fuera de la portalada, a Teresa, que lloraba; a Juana, que parecía ser ella la que necesitaba el consuelo de la religión; al rojillo, que tiritaba de miedo, y a Gorio que, disipada ya su borrachera, hundía la cara en el pecho como si se avergonzara de exponer tanta abyección y tanta miseria delante de tanta majestad y tanta pureza. Estos personajes se agregaron luego a la comitiva y entraron con ella en casa de la Miruella, no sin grandes apreturas, por la excesiva estrechez de aquélla. Teresa y Gorio no se contentaron con entrar, sino que se pusieron cerca del altar que se había improvisado sobre una vieja mesa cerca del lecho de la enferma. El señor cura había cuidado también de revestir las paredes inmediatas con dos colchas suyas de percal, para hacer aquella pobre morada menos indigna del Huésped que iba a honrarla.

Al verle tan cerca de sí, la moribunda anciana quiso incorporarse, pero sus fuerzas no se lo permitieron.

—Teresa... Gorio... Juana... Antonia... Felipe... —dijo en seguida, y a medida que iba distinguiendo las personas que la rodeaban, con una voz que, aunque débil, se dejaba oír de todos, por la pequeñez del recinto y el silencio que en él reinaba—: ¿tenéis algún resentimiento contra mí?

—No —contestaron vigorosamente todos aquéllos que, una hora antes, hubieran dado de buena gana un tizón cada uno para quemarla viva.

—¿Me perdonáis cualquier agravio, cualquier ofensa que en vida os haya podido hacer?

—Sí perdonamos.

—Yo, en cambio, os juro... en presencia de Dios, que voy a recibir... que jamás mi lengua se movió para infamaros, ni mis manos para ofenderos, ni mi corazón para odiaros...; que os hice todo el bien que pude, y que no pagué... con deseos de venganza el mal... que de vosotros recibí...

Teresa, a quien ahogaban los sollozos, no pudiendo contenerse más, avanzó hasta el lecho, y cogiendo entre las suyas las manos de la anciana, exclamó besándoselas al propio tiempo:

—Y yo que tanto la he ofendido a usté, ¿cómo he de esperar que me perdone?

—Hija mía —respondió la moribunda—, si Dios murió por salvar a los que le crucificaban, ¿cómo yo, miserable criatura... no he de perdonarte la falta... de haberme querido mal... porque creías... que así obrabas bien?...

Lo patético de este cuadro conmovía a todos. Felipe, aquel fachendoso que oía la misa de pie en el altar mayor, atusándose el pelo y mirando a las muchachas, clavaba sus rodillas en el suelo, y su vista, turbada por el llanto, en el Crucifijo. El mismo Gorio se mordía los labios, como si en su obstinada dureza quisiera protestar contra los impulsos de su corazón; retiraba de su frente los ásperos mechones de su salvaje cabellera, y se afanaba por ocultar con disimulo debajo de la chaqueta las manchas de vino que afrentaban su camisa. Era la primera vez que sentía asco y repugnancia de sus propios vicios.

El sacerdote, con la Hostia en la mano, brillando en sus ojos las lágrimas como perlas de purísimo rocío al reflejo de la luz que levantaba Felipe en un brazo trémulo, tenía en su semblante algo de sobrehumano, poseído como estaba de la sublime grandeza de su augusto ministerio; más sublime entonces que nunca; entonces, al dar la vida espiritual a un moribundo y acabando de convertir en suave y benéfico rocío de amorosas lágrimas un torrente de malas pasiones.

* * *

Después de comulgar, la anciana pasó algunos minutos en el recogimiento más profundo, observándose en su semblante, cada vez más determinados, los signos de la muerte.

El cura volvió a aproximarse a ella, dirigiéndola fervorosas exhortaciones.

—No me acerco a Dios —dijo la moribunda con voz más débil, pero con evidente deseo de ser oída de los circunstantes—; no me acerco a Dios... con la serenidad del justo...; pero sí con la esperanza del que... no le ha ofendido... ni con blasfemias..., ni con difamaciones..., ni con escándalos... No estoy... tan firme... que no tiemble... cerca ya... de la divina presencia..., porque pecadora soy..., pero... ¡bendito sea el Señor... por tanta gracia!...; libre me veo... del espantoso... tormento... que pasar deben... en este mismo trance... los que dejan... en el mundo... por señal... de sus vicios... hijos sin pan..., familias sin sosiego..., vidas sin honra... ¡Dios mío!..., perdón para... ellos... y para... mí... también...

Y expiró.

—Su alma está ya en presencia de Dios —dijo entonces conmovido el sacerdote, levantando sus ojos al cielo.

En seguida, tomando tema de aquel ejemplo, predicó grandes verdades y muy al caso. El terreno no podía estar mejor dispuesto para recibir la semilla.

Antes de volver a la iglesia el religioso cortejo todos se brindaron a porfía a velar el cadáver durante la noche

—Eso me corresponde a mí —dijo el buen cura—: la acompañé en vida, y no debo abandonarla hasta el sepulcro.

IV

La muerte edificante de la Miruella produjo en la casa de la portalada los efectos más maravillosos. Juana volvió a ser la moza robusta y fuerte, porque Felipe se casó con ella enseguida, sin más excitaciones nuevas que las de su conciencia. Teresa no volvió a tener cardenales en el cuerpo ni amarguras en el alma, porque Gorio, libre de la pasión del vino, no la pegaba jamás; y como éste reconquistó su antigua condición de labrador activo e inteligente, supo recuperar parte de la hacienda malvendida en azarosos días, y con ella el bienestar de toda la familia que, como ya no creía en brujas, arrojó por las bardas del corral los azabaches del rojillo, con lo cual no quedó éste tan tranquilo como deseara.

Pero ¿querrán ustedes creer que antes de cumplirse un año de la muerte de tía Bernarda, ya había en el mismo pueblo, si no en el mismo barrio, otra bruja tan odiada, tan temida y tan bruja como la Miruella?

Los chicos de la calle

I

Los seres que con este nombre se designan vulgarmente en Santander tienen más de seis años y no pasan de doce; andan en bandadas, como los gorriones, y, como éstos, son dañinos y objeto de general antipatía.

Usan un remendado pantalón de indefinible género, una camisa que siempre es vieja, y a las veces blusa: nada de zapatos y muy poco de gorra.

Son alumnos de la escuela de balde; y aunque concurren a ella dos o, a lo sumo, tres veces al mes, llevan siempre al costado, y pendiente de un hiladillo azul, una cartera o bolsa de lienzo manchada de tinta, que contiene un Amigo de los niños; una pluma reseca y abierta de puntos; un pliego de papel rayado para planas de segunda o, cuando más, de cuarta, la mitad de ellas en blanco y la otra mitad escritas, todas éstas corregidas por el maestro con la calificación de «pésimo» entre unas cuantas crucecitas que significan otros tantos palmetazos, ya cobrados; y, por último, un cuaderno, de hechura casera, para cuentas, con forro de papel de estraza.

El destino de estas criaturas es vivir al aire libre, fijarse en todo cuanto ven, atropellar lo más respetable, atravesarse donde más estorban... hacer, en fin, todo lo contrario de lo que conviene a los demás.

Empiezan sus proezas al amanecer, porque es de advertir que los angelitos madrugan tanto como el sol. Revuelven los basureros, y son objeto de su predilección los recortes de papel y de telas de color, los pedazos de cuerda, cacerolas de latón y todo objeto sonoro, y las ratas. ¡Las ratas! Un hallazgo de esta clase es una ganga para ellos: cogerlas vivas, la mayor de sus satisfacciones.

Los recortes de color les sirven de papel-moneda: juegan con ellos al pinto-blanco, y el que gana diez o doce pedazos sabe que tiene un cuarto seguro en cuanto los saca a la plaza, es decir, en cuanto propone su venta a cualquier camarada. Las cuerdas les son indispensables: a un chico de la calle nunca le falta algo que amarrar, y, en último caso, se hace con ellas un látigo que siempre es de gran utilidad en sus manos. Las cacerolas de latón sirven para hacer ruido empujándolas con el pie de calle en calle, o para colgárselas del rabo al primer perro que se halle durmiendo al sol. Las ratas muertas, atadas a una cuerda, son de lo mejorcito para dar sustos a los transeúntes, echándoselas, a la descuidada, entre los pies: metérselas en la cesta a la fregona que vuelve de la compra, es para los granujas un lance de primer orden; encajárselas en la pechera de la camisola a un niño decente y vestidito a la moda, es poner una pica en Flandes, y si la pobre criatura se accidenta de susto, muchísimo mejor. Con las ratas vivas tienen mayor efecto estas hazañas, porque las sorpresas son mayores. Pero no es por esto sólo por lo que los chicos prefieren a las ratas muertas las vivas: a una de éstas, después de haber recorrido con ella las calles y los mercados, se la lleva al Muelle, se la hace nadar a todo lo largo de él en las aguas de la bahía; y cuando está hinchada como una pelota y sin fuerzas para nadar, se la conduce a una plazuela, y allí, colgada por el rabo, se la asa viva, se ven los gestos que hace cuando le llega el fuego a los hocicos, cómo se le contrae la piel, cómo sube la llama a medida que gotea sobre los tizones la grasa de la víctima, y se observa minuciosamente cómo van siendo cada vez más débiles y tardíos sus desesperados quejidos de dolor... Esta satisfacción no puede proporcionársela a los tiranuelos una rata muerta.

A las horas de entrar en la escuela huyen de su puerta como el diablo de la cruz, y se desparraman por las calles para no llamar la atención de la policía; rondan los almacenes del comercio y recogen el azúcar derramado sobre las losas, o lo extraen con una astilla por las hendiduras de las cajas.

Ayudan algunas misas en San Francisco y se pirran por las recortaduras de la sacristía; se disputan la campanilla para acompañar al Viático por las calles, y ufan, es decir, trincan; más claro, roban las lágrimas de los blandones.

Acuden a todos los bautizos, y acorralan, persiguen e insultan, llamándole pelón por las calles, al padrino que no les tira al robo algunos puñados de monedas.

Se introducen en las cuadras de los mesones de Santa Clara, y arrancan a los machos las cerdas de la cola para hacer aparejos de pescar.

En la plaza de la verdura afanan, al paso, huevos y castañas; y encaramándose unos sobre otros, despegan los carteles impresos de las esquinas.

Se fijan en toda persona que se cae en la calle, o que revele en su fisonomía o en su actitud ser víctima de algún suceso extraordinario; la rodean, la siguen, la abochornan con su escandalosa curiosidad; y si los reprende, la silban, y si es muy tímida por naturaleza, la vuelven loca.

Ellos se encargan, aullando de placer, de ejecutar a todos los perros que lleguen al Muelle condenados a morir ahogados. Los arrojan al agua junto a la Capitanía del puerto, y los conducen a pedradas hasta el Merlón, si la infeliz víctima no espira, como suele suceder, a medio camino. A los angelitos les parece demasiado sencillo, para acabar con un perro, el conocido sistema de echarle al agua con un canto al pescuezo.

En los portales de la vecindad juegan a la pelota a dos paredes, y hacen de éstas su libro de memorias. En ellas escriben todas sus grandes impresiones del día: es decir, los nuevos motes de sus amigos, lo más grave que a éstos les haya ocurrido recientemente, y algunas otras menudencias que a mí no me es lícito copiar aquí. También retratan, a su modo, a los policías más populares de la ciudad, añadiendo a la efigie observaciones curiosas, y hasta pretenden reproducir las escenas que más les hayan admirado en el teatro o en el circo.

Por no perder tiempo, cuando, consumada una fechoría, se trasladan, para emprender otra, a distinto punto de la ciudad, mientras andan y discuten van rayando con yeso los tableros de las tiendas, abriendo las puertas que están cerradas y tocando marchas en los cristales de los escaparates. Si hay lodo en las calles, es de rigor que borren con él cuanto letrero o muestra, recién pintados, hallen al paso.

Es de su incumbencia exclusiva aclimatar los juegos nuevos y conservar el orden de sucesión establecido para los viejos.

Ocho días antes de Semana Santa recorren las calles formados en pelotones imponentes y batiendo, con entusiasmo feroz, mazos y carracas, cuyo estrépito aturde al vecindario.

El domingo de Ramos transforman la población en un bosque ambulante de laureles: montan sobre un ramo al camarada que juzguen más a propósito para el caso, y, conduciéndole a hombros, cantan todos a coro:


«Bendito sea el que viene
en el nombre del señor;
bendito sea el que viene,
aquí viene el Salvador.»
 

El día de la Candelaria recorren las calles en igual forma, pero llevan romero en lugar de laurel, y en vez del romance del día de Ramos, cantan con la misma música de éste...


«Cuando la Candelora llora
el invierno bota afora;
cuando se ríe está
por venir.»
 

Aman con delirio los precipicios y las grandes alturas; y no pudiendo, por falta de permiso, montarse sobre la torre de la catedral, se columpian en las cadenas del warf del Merlón y se encaraman en las pilas de madera del muelle de Maliaño.

Poseen, como los monos, el instinto de la imitación, y remedan en las calles lo que han visto hacer en la plaza de toros a los acróbatas, a los osos o a Cúchares. Merece citarse un ejemplo a este propósito:

Cuando se inauguró el ferrocarril de Santander a Bárcena, recuerdo haber visto a estos chicos jugar a los trenes, imitándolos con una precisión pasmosa. Colocábanse diez o doce de ellos en fila, apoyadas la cabeza y las manos de los de atrás en las espaldas de los de adelante. El que formaba el primero hacía de locomotora, y tenía la habilidad de imitar maravillosamente los silbidos y resoplidos de esta máquina. El segundo hacía de maquinista. Diferentes portales, señalados de antemano en la calle en que se jugaba, eran otras tantas estaciones. Formado el tren, el chico maquinista levantaba la gorra del chico-locomotora, el cual, como si realmente tuviera una válvula destapada, comenzaba a pitar que se las pelaba, y pitando continuaba hasta que la gorra caía otra vez sobre su cabeza, siendo de advertir que había tal relación entre la voluntad del maquinista y la suya, que los pitidos seguían los movimientos de la gorra con la misma precisión que siguen a los de la mano de un maquinista verdadero los del silbato de la máquina que guía. Después de este requisito, el tren se ponía en marcha poco a poco, y a vuelta de muchos resoplidos, paraba en cada estación, previos los pitidos de rúbrica, y con el mismo ceremonial tornaba a la estación en que se había formado.

Tienen una afición, que raya en locura, a los espectáculos públicos; a los volatines especialmente. Los toros les gustarían mucho más; pero como son muy caros y se ejerce a las entradas de la plaza una vigilancia de todos los diablos, no se atreven a pensar en colarse «de mogollón». Cuando se acercan las corridas y ha llegado el ganado, se van todas las tardes a verle a los prados de la Albiricia, le acompañan al abrevadero al lado de los pastores, averiguan el nombre de éstos, saben cuáles son los toros de cada corrida, y a la cuarta o quinta visita, andan por el prado a media vara de los bichos. Indagan en qué fonda o posada paran los toreros, rondan su habitación, cuando la conocen, y mirando a las ventanas por si se asoman los, para ellos, héroes entre todos los héroes habidos y por haber, se pasan horas enteras. A la de la corrida se van al arrastradero; y allí, metidos hasta las rodillas en un charco de sangre, pugnan y sudan el quilo por arrancar a los toros y caballos que salen arrastrados de la plaza, una banderilla del morrillo o media docena de cerdas de la cola; menos aún, por tocar con los pies la cabeza de estos animales; por ver un poquitín el interior de la plaza en el momento en que salen o entran las engalanadas mulas, cuya suerte envidian.

Se los halla infaliblemente junto al despacho de billetes del teatro, y piden a cuantas personas se acercan a tomar localidad, dos cuartos que les faltan siempre para completar el valor de una entrada. Los que con este recurso la adquieren, un poco tarde siempre, llegan a la cazuela pidiendo plaza a todo el mundo y pisando muy recio. Ya sentados, se mueven más que las ardillas, porque todo les llama la atención. La frase más insignificante en boca del gracioso les hace reír a carcajadas, y piden con estrépito que se repita. Cuando oyen aplaudir a los demás, ellos silban como cien huracanes, no porque desaprueben los aplausos, sino porque el silbido es la gran expresión de su entusiasmo, lo mismo en el teatro que en la plaza. Saborean con delicia todas las situaciones de un melodrama (género por el que se pelan); y tal les abstrae el gozo, que se olvidan del lugar en que se hallan y del público que los rodea. Sólo les escuece el deseo de saber si tal camarada, que es algo distraído, está, como ellos, bien al tanto de lo que pasa en el escenario. El tal camarada suele distar de ellos todo el diámetro de la cazuela. Mas ¿para qué les dio Dios una voz extensa y penetrante. Aprovechan, pues, una situación en que se oiría volar una mosca en el teatro, y entablan a grito pelado un diálogo como el siguiente:

—¡Ay que Dios!... ¡Rajuca!

—¡Queeé!

—¡Miale, miale!... ¡ése que arrastra a la dama!

—¿Qué casulla tiene, eh?

—¿Sabes quién es?

—El marido de la marquesa que salió endenantes.

—¡Quiá!... El que hizo la otra noche de general y luego le llevaron a la horca.

—¡Si aquél era más gordo!

—¡Cómo no fuera!... ¡si lo sabré yo!... ¡Le he visto más veces al balcón! Vive en casa de Chiripa, que tiene su padre posada de comediantes. Güena va la comedia, ¿eh?

—¡De mi-flor!

—¿Tienes algo de pan?

—No; precebias.

—Arría un par de ellas.

—En abajándose el telón.

Son, por lo general, poco aficionados a la mar; prefieren hacer sus correrías por las alamedas o por el campo: en primavera y en verano, para acechar nidos, pescar grillos o robar huertas; en invierno, para cazar con liga pardillos y jilgueros.

He dicho que no son aficionados a la mar estos diablejos, y debo añadir la razón. En la mar y en el terreno que le pertenece, no hay más cheche que el raquero, con el cual no pueden competir. Este, de quien no trato ahora porque ya he tenido el honor de dedicarle algunas páginas en mis Escenas Montañesas, tiene menos ingenio, menos travesura que ellos; pero, en cambio, tiene más entraña, y una correa, que ni las de un toro de Colmenar: se pasa un par de meses en la cárcel y se duerme todo un invierno sobre las duras y húmedas losas del Muelle sin exhalar una queja ni coger un constipado; y sobre todo, acomete él solo la empresa raquera más difícil y arriesgada, y antes deja en ella los dientes que la presa. Los «chicos de la calle» saben muy bien que el más templado de todos ellos, su jefe como si dijéramos, el famoso Coneja, a quien conozco mucho, las mayores pruebas porque ha pasado, sin llorar, han sido dormir dos noches, no consecutivas, bajo las maderas de Cañadío, y permanecer diez horas en el cuarto de los perros. ¿Y qué proezas ha hecho él solo? Poco más de nada: entrar en una huerta de Cajo, torcer el pescuezo a un pollo y robar dos docenas de manzanas. Para eso le guipó el amo, dejó el pollo y las manzanas para hacer menor su responsabilidad, y, llorando de susto, volvió a saltar las tapias sin llevarse consigo una mala camuesa.

Debe, pues, quedar consignado:

1.— Que estos chicos, tan osados y dañinos en pandilla, uno a uno son inofensivos borregos.

2.— Que nada les intimida ni les detiene en sus incesantes campañas más que los raqueros del Muelle, que son indomesticables e irresistibles por naturaleza y por educación.

II

He apuntado algunos de los rasgos característicos de la vida malhechora de mis personajes, omitiendo otros, porque, sobre ser de la naturaleza de los referidos, son tantos que no cabrían en un libro.

Debo ahora cambiar el cuadro de faz y presentársele al lector por la del martirio; y abrigo la esperanza de que de este modo concluirá por compadecer de todo corazón, como las compadezco yo, a esas pobres criaturas.

Persíguelas implacable a todas partes la vara del polizonte. Estos hombres, insensibles a cuanto les rodea, sólo dan señales de actividad y de inefable regocijo cuando se trata de dejar su junco flexible marcado en las nalgas de los revoltosos chicos.

Cuando éstos juegan a la pelota o a la birla, tienen un par de centinelas de vista que a cada paso les interrumpen la diversión con el grito alarmante de ¡agua!, señal infalible de que la policía se acerca.

Otras veces, en medio de la escena más deliciosa, se les aparece una mujer descalza y mal ataviada, por lo común en cinta: es la madre de uno de ellos. Coge a su hijo por donde le alcanza, y así le arrastra, administrándole de vez en cuando injurias y puntapiés, hasta la escuela. Abre la puerta, llama al maestro y le hace entrega del objeto con estas palabras:

—Ahí está: mátemele usted...

El pedagogo administra a buena cuenta un par de bofetones al chico, y más tarde cumple en él casi todo el mandato de su madre.

Ellos son los primeros arrojados a la calle, sin formación de proceso, cuando hay alboroto en algún espectáculo público; los que llevan los coscorrones del perrero en las funciones de la catedral y los únicos a quienes se niega la entrada en ella.

La mayor parte de los días no comen, bien porque han llegado tarde a casa, o porque no se han atrevido a acercarse a ella temiendo un castigo bárbaro por el siete que se hicieron en la blusa o en los pantalones, jugando, con sus camaradas; es decir, por el único de sus pecados digno de perdón.

En las fuentes públicas se les niega por las fregonas el derecho de beber un trago de agua en el caño, cuando a él se acercan sedientos y fatigados.

Lo que en los niños «decentes» se castiga en la calle con una reprensión ligerísima, les cuesta a ellos un par de puntapiés o un trancazo, y todo el mundo se cree con el derecho de tirarles con una banqueta, de romperles un brazo o de abrirles la cabeza... de matarlos, si es preciso.

La prensa local los denuncia a todas horas a las iras de la autoridad, y los llama granujas, pilletes, canalla y otros primores por el estilo, y pide para ellos zurriagazos, encierro y hasta banderillas de fuego.

El noventa y cinco por ciento de los chicos atropellados por carros y caballerías, y de los ahogados en verano en las Higueras o San Martín, pertenecen al grupo de los de este cuadro.

De ellos son los que en el crudo invierno, arrojados de casa donde no se los compadece porque no se los ama, tiritan de frío desnudos y descalzos, y sufren, acurrucados en el quicio de una puerta, los rigores de una fiebre.

Todos ellos, al tornar de noche a sus hogares, tras un día de inquietudes y fatigas, tal vez heridos y, de fijo, mal alimentados, saben, por una cruel experiencia, que les espera, después de muchos golpes y maldiciones, un duro pedazo de pan para acallar el hambre y un no muy blando jergón para reposo del cuerpo.

Ellos son, en fin, ¡desventurados! los que nunca han sabido cuánto consuelan y purifican el alma la dulce y sabia tutela de un padre y los besos, las oraciones y los cuidados de una madre cariñosa.

III

Estas criaturas, cuya viveza, cuya osadía, cuyo ingenio precoz harían esperar a cualquiera algo, muy bueno o muy malo, pero algo extraordinario para cuando fueran hombres, tienen, sin embargo, el fin más vulgar, prosaico y triste que imaginarse pueda.

A los trece años de edad están todos aprendiendo mal un oficio; a los diez y seis se emancipan de la tutela paterna, es decir, fuman, votan y beben delante de su padre y le niegan el derecho de castigarlos y hasta el de reprenderlos; a los veinte unos pocos van, por la suerte, al servicio de las armas; otros pocos, muy pocos, empiezan a ser industriales aplicados y virtuosos, pero vulgares, y casi todos los restantes se casan. A los veinticinco años tienen éstos seis hijos, poca salud, mucha miseria y bastantes vicios; a los treinta representan cincuenta y cinco, tienen cuatro hijos más, muchísima aversión al trabajo, ninguna paz en casa y la mitad de la prole vagando, como ellos vagaron, por las calles de la población.

Desde esta edad hasta la de los sesenta años, distribúyalos el lector a su gusto entre las garras del hambre, el hospital, la cárcel... y el cementerio.

Blasones y talegas

I

De la empingorotada grandeza y el coruscante lustre de sus antepasados, he aquí lo que le restaba, catorce años hace, al señor don Robustiano Tres-Solares y de la Calzada.

Un casaquín de paño verde con botones de terciopelo negro.

Un chaleco de cabra, amarillo.

Un corbatín de armadura.

Dos cadenas de reló con sonajas, sin los relojes.

Un pantalón de paño negro, muy raído.

Un par de medias-botas con la duodécima remonta.

Un sombrero de felpa asaz añejo, y

Un bastón con puño y regatón de plata.

Esto para los días festivos Y grandes solemnidades.

Para los días de labor:

Otro casaquín, incoloro, que soltaba la estopa de los entreforros por todas las costuras y poros de su cuerpo.

Otro corbatín, de terciopelo negro, demasiadamente trasquilado.

Otro chaleco, de mahón, de color de barquillo.

Otro pantalón, «de pulga», con más p asadas que un pasadizo.

Otro sombrero de copa, forrado de hule.

Unas zapatillas de badana; y

Un par de abarcas de hebilla para cuando llovía.

Como ornamentos especiales y prendas de carácter:

Una capa azul, con cuello de piel de nutria y muletillas de algodón; y

Un enorme paraguas de seda encarnada, con empuñadura, contera y argolla de metal amarillo.

Como elementos positivos y sostén de lo que antecede y de algo de lo que seguirá:

Una casa de cuatro aguas con portalada y corral, de la que hablaremos luego más en detalle.

Una faja o cintura de vicios y retorcidos castaños alrededor de la casa.

Un solar contiguo a los castaños por el Sur, dividido desde tiempo inmemorial en tres porciones, prado, huerto y labrantío, por lo que se empeñaba don Robustiano en que tenía tres solares, y que ellos daban origen a su apellido; un solar, repito, mal cultivado y circuido de un muro apuntalado a trechos, y todo él revestido de una espesa red de zarzas, espinos y saúco.

Algunos carros de tierra en la mies del pueblo; y

Un molino harinero, de maíz, zambo de una rueda, que molía a presadas y por especial merced de las aguas pluviales, no de las de un mal regato, pues todos los de la comarca le negaban últimamente sus caudales.

Item, como objetos de ostentación y lustre:

Un sitial blasonado junto al altar mayor de la Iglesia parroquial.

Y un rocín que rara vez habitaba bajo techado, por tener que buscarse el pienso de cada día en los camberones y sierras de los contornos.

Item más. Tenía don Robustiano una hija, la cual hija era alta, rubia, descolorida, marchita, sin expresión ni gracia en la cara, ni el menor atractivo en el talle. No contaba aún treinta años, y lo mismo representaba veinte que cuarenta y cinco. Pero, en cambio, era orgullosa, y antes perdonaba a sus convecinos el agravio de una bofetada que el que la llamasen a secas Verónica, y no doña Verónica.

Por ende, al verse colocada por mí en el último renglón del catálogo antecedente, tal vez enforcarme por el pescuezo le hubiera parecido flojo castigo para la enormidad de mi culpa; pero yo me habría anticipado a asegurarla, con el respeto debido a su ilustre prosapia, que si en tal punto aparece no es como un objeto más de la pertenencia de su hidalgo padre, sino como la segunda figura de este cuadro, que entra en escena a su debido tiempo y cuando su aparición es más conveniente a la mayor claridad de la narración.

En el ropero de esta severa fidalga, he dicho mal, en su carcomida percha de roble, había ordinariamente:

Un vestido de alepín de la reina, bastante marchito de color.

Un chal de muselina de lana rameado; y

Una mantilla de blonda con casco de tafetán, de color de ala de mosca.

Con estas prendas, más un par de zapatos, con galgas el en los pies, un marabú en la cabeza y un abanico en la mano, ocupaba Verónica, junto a su padre, el sitial blasonado de la iglesia los días festivos, durante la misa mayor.

Ordinariamente no usaba, ni tenía más que un vestido de estameña del Carmen, un pañuelo de percal y unas chancletas.

Y con esto queda anotado cuanto a nuestros personajes les quedaba que de público se supiese.

Penetrando ahora en la vida privada para conocer también algo de ella, conste que tenían un Año cristiano y la ejecutoria, envuelta, por más señas, en triple forro de papel de bulas viejas. Con el primero daban pasto a su fervor religioso, leyendo todas las noches la vida del santo del día. Registrando los blasones y entronques de la segunda fomentaban más y más su vanidad solariega.

Así nutrían el espíritu.

En cuanto al cuerpo, un ollón de verdura, con escrúpulos de carne y un torrezno liviano y transparente como alma de usurero, se encargaban de darles el poco jugo que los dos tenían.

Exprimiendo y estirando hasta lo invisible las casi implacables rentas que les proporcionaban las tierrucas, podían permitirse aliquando el lujo de una arroba de harina de trigo, que amasaba doña Verónica, dándoles una hornada de panes que duraban tres semanas muy cumplidas, alternándolos prudentemente con las tortas de borona que se comían los dos ilustres señores a escondidas y con grandes precauciones.

He dicho que el Año cristiano y la ejecutoria constituían el pasto y deleite espiritual de esta familia, y no he dicho bastante, pues conocía don Robustiano otro placer que, si bien muy relacionado con el de hojear la ejecutoria, era aún mucho más grato que éste y, en concepto del solariego, más edificante y trascendental. Consistía en rodearse siempre que hallaba ocasión, y él procuraba encontrarla casi todos los días, de aquellos convecinos suyos más influyentes en el pueblo y de más arraigo, y evocar ante ellos las gloriosas preeminencias de sus antepasados, de las que él apenas vislumbró tal cual destello tibio y descolorido. En tales y tan solemnes momentos, empezaba por explicar la significación histórica de las figuras de su escudo de armas: por qué, verbigracia, el león era pasante y no rampante, por qué era grajo y no lechuza el pajarraco que se cernía sobre el árbol central; por qué eran culebras y no velortos lo que se enroscaba al tronco de éste; qué querían decir los arminios del tercer cuartel, que los aldeanos habían tomado por un cinco de copas bastante mal hecho, etc. etc... Y desde tal punto iba descendiendo, poco a poco, por el árbol de su familia, cuyas raíces alcanzaban, claras, evidentes y perceptibles, hasta la época de los Alfonsos. En cuanto al espacio comprendido entre esta época y las anteriores, la leyenda de sus armas, esculpida en todos los escudos de su casa, copias fidelísimas del que constaba en la ejecutoria, le llenaba digna y elocuentemente. Decía así:


«Antes que nobles nacieran,
Antes que Adán fuera padre,
Por noble era insigne ya
La casa de Tres-Solares.»
 

Y entonces entraba lo bueno. Según don Robustiano, sus mayores cobraron marzazgas, martiniegas, yantares y fonsaderas; no pagaron nunca derechos al Rey «e le fablaban sin homenaje». Uno de ellos fue trinchante, en época posterior, de la mesa real, y más acá, acompañando otro a su Alteza a una cacería, tuvo ocasión de prestarle su pañuelo de bolsillo y hasta, según varios cronistas, unas monedas para obsequiar a un mesonero. Cuando pasó Carlos V por la Montaña pernoctó en su casa, dejando por regalo al día siguiente un hermoso mastín que apreciaba mucho el Emperador, el cual regalo dio origen a la colocación de las dos esculturas que lucía la pared de su corral, una a cada lado de la portalada, y que groseramente tomaban los aldeanos por dos de la vista baja, o sean cerdos, con perdón de ustedes. Aún más acá, dos hembras de su familia fueron acompañantas de una Princesa de sangre real, y un varón sostuvo cuarenta años pleito con el Duque de Osuna, sobre si a aquél correspondía o no poner seis plumas en vez de cuatro en la cimera del casco del escudo. Todavía en tiempos más modernos, ayer, como quien dice, un su abuelo fue Regidor perpetuo de toda aquella comarca; otro cobró alcabalas y barcajes, y, por último, su padre, como era bien notorio, gozó muchos años los derechos de pontazgo y de pesca sobre tres pontones de otros tantos regatos del país, y todos los cangrejos, langostinos y hasta zapateras que se cogieran en las mismas aguas de los propios regatos. Echar las campanas a vuelo y sacar el palio hasta la puerta de la Iglesia para recibir en ella ciertos días a algún pariente suyo, se vio en el pueblo constantemente; sentarse junto al altar mayor en sillón de preferencia, lo disfrutaba él; enterrarse cerca del presbiterio, todos, hasta su padre inclusive, lo lograron por legítimo, propio y singular derecho. ¿Y privilegio de talas, de estrena de puertos y derrotas, exención de plantíos y de reparto de camberas, o prestaciones... y tantísimas cosas por el estilo?... «Pero, ¡ay, amigos!» (y aquí cambiaba don Robustiano su tono campanudo y reposado por otro plañidero y dolorido), «a otros tiempos otras costumbres. Cundieron los francmasones; la impía, la infame filosofía del francés invadió los pueblos y cegó a los hombres; cayó el Santo Oficio; asomó la oreja la Revolución; aparecieron los herejes; dejaron de infundir respeto a la plebe cuatro emblemas heráldicos esculpidos en un sillar; sostúvose sacrílegamente que todos los hombres, como hijos de un padre común, éramos iguales en condición, así como en el color de la sangre, creyéndose una grilla lo de que algunos privilegiados la teníamos azul; para colmo de maldades, nos hicieron trizas los mayorazgos y tragar más tarde una Constitución; y como si esto junto no fuera bastante, para no dejarnos ni siquiera una mala esperanza, muere Zumalacárregui al golpe alevoso de una bala liberal. De tan horrible desquiciamiento, de tan inaudita perversión de ideas, ¿qué había de resultar? El sacrificio estéril, pero cruel, de cien víctimas inocentes como yo; la irrupción en los poderes públicos de los descamisados; la herejía, el desorden, la confusión..., el escándalo universal.»

Todo esto y mucho más, decía don Robustiano a sus convecinos, revistiéndose de cuanta elocuencia y dignidad podía disponer, con el doble objeto de satisfacer esa necesidad de su alma y de vengar en los groseros destripaterrones, con la exhibición de tanto lustre, ciertas voces que corrían por el pueblo en son de burla sobre las privaciones y estrecheces que sufrían los dos descendientes de tanto ringo-rango. Por supuesto, que los aldeanos oían al solariego como quien oye llover, y al ver su casaquín raído, no daban un ochavo por toda la letanía de grandezas, que, puestas en el mercado, no valdrían a la sazón medio celemín de alubias. Pero don Robustiano creía lo contrario, y se quedaba tan satisfecho.

La misma relación hacía con frecuencia a su hija durante las largas noches del invierno. ¡Y vaya si se engreía doña Verónica al conocer las grandezas de sus progenitores! ¡Vaya sí gozaba y si se le ensanchaba el encogido espíritu con la ilusión de que estaba muchos codos por encima de la grosera plebe que la rodeaba en su lugar, único mundo que conocía! ¡Vaya si se juzgaba tan alta y tan ilustre como la más encopetada princesa!

Todas las horas del día que estos entretenimientos, más los indispensables de comer y dormir la siesta, dejaban libres a don Robustiano, las invertía en pasear, bostezando, su larga, arrugada y derecha talla por el balcón principal, o solana, de su casa, si llovía, o por el solar si hacía bueno, echando de paso a la calleja las piedras que los muchachos habían metido en el cercado al arrojarlas sobre los castaños vecinos para derribar su codiciado fruto.

Verónica, entretanto, recosía unas medias, soplaba la lumbre o bajaba al huerto a sallar medía docena de berzas cuando estaba segura de que nadie la miraba. Todo lo emprendía, todo lo tocaba y todo la aburría al instante, porque es de advertir que Verónica, con toda su ilustre condición, era, amén de otras cosas, tan holgazana como asustadiza, recelosa y huraña.

Sabía leer mal y escribir peor, gracias a que su padre se lo había enseñado en casa, pues éste no quiso que su hija, cuando niña, asistiera a la escuela del lugar, donde necesariamente había de rozarse, con peligrosa familiaridad, con toda la morralla femenil de sus toscos convecinos.

Ya adulta, no la dejó tampoco asistir al corro, donde la gente moza baila, goza y ríe; ni la permitió visitar una tertulia casera, ni una hila, ni una deshoja. Para que formara una idea del primero, la acompañó varias veces a que le viera por encima de las tapias del solar, en cuanto a las segundas, sólo las conocía, con repugnancia, por los relatos exagerados que, respecto a la descompostura y licencia, le hacía don Robustiano.

De este modo la pobre chica pasó por su niñez y llegó al colmo de la juventud sin una amiga, sin una compañera de juegos e inocentes confidencias, sin haberse reído una sola vez con expansión; sin poder deleitarse con el recuerdo de una mala travesura; sin un deseo vehemente, sin una alegría completa, sin una pena, y lo que es peor, sin poder darse cuenta de su propio carácter ni del de los demás.

La portalada de su casa, con la palanca perpetuamente atravesada por dentro, no se abría, sino en las ocasiones indispensables, o cuando llamaba a ella cierta vecina ya entrada en años, chismosa y cuentera, que les hacía los recados y que, por un fenómeno inexplicable, se había ganado el afecto y, lo que es más asombroso, la familiaridad de don Robustiano, que no honraba con ella por no desprestigiar su grandeza ni aun a su propia hija. Siendo esta mujer la única que trató Verónica con intimidad, amoldóse por entero a su criterio, y tomando su voz por un oráculo, hízose, por necesidad, chismosa como ella. Oír a esta mujer y murmurar a su lado de todo el mundo sin conocerle, era la única tarea que no cansaba a la solariega doncella. Que no amó jamás; es decir, que nunca tuvo novio, no hay para qué consignarlo; su corazón fue siempre extraño a semejante necesidad, además de que su posición era lo menos a propósito para creársela. En los mozos del pueblo, como si fueran seres de otra especie, ni reparó siquiera, saturada como estaba de las máximas aristocráticas de su padre. En cuanto a pretendientes ilustres dignos de ella, ni los había a sus alcances, ni a proponérselos de afuera se presentó embajador alguno dentro de su corral, ni, en verdad sea dicho, le atormentó un solo instante su falta. La vida de Verónica, por obra y gracia de su señor padre, pasaba, dentro de la casona, como fuera de ella la de los castaños; éstos vegetaban con sol y aire, ella con el escaso pan de cada día, los chismes de la vecina y las declamaciones de su padre. Sabía que era noble, que le estaba prohibido el trabajo grosero, aun cuando le necesitase para no morirse de hambre; sabía que eran plebeyos cuantos seres la rodeaban en el pueblo, y como no la enseñaron jamás a cansarse buscando la razón de las cosas ni el fundamento de ciertas ideas, apegada a las suyas postizas, como el árbol a la tierra, dejaba pasar sobre sí años y acontecimientos sin curarse más de ellos que de mi abuela. Ni más sabía ni más necesitaba.

Escasísimas eran las palabras que entre ella y su padre se cruzaban durante el día, si al buen señor no le daba por hablar de sus antepasados, o por renegar de los tiempos presentes, en los cuales los hombres de su importancia nada tenían que hacer. Por lo demás, si bien es cierto que no amaban gran cosa, tampoco se aborrecían.

Don Robustiano sabía de memoria todos los apellidos ilustres de la Montaña, y conocía, hasta en su menor detalle, sus respectivos lemas y escudos de armas; pero jamás citaba a las familias, sino por el nombre del pueblo en que residían. Así, por ejemplo, decía: «los de...»y sabido era que se refería a la familia del señor Fulano de Tal, que radicaba en aquel punto. Profesaba a algunas de ellas, por tradición, cordiales simpatías, y a otras, también por herencia, odio implacable; pero ni las unas ni las otras podían jactarse de haber atravesado, en los días de don Robustiano, los umbrales de su puerta. No era otra la causa de que cuando éste, de Pascuas a San Juan, iba a visitar tal o cual santuario, o a espolvorearse un poco en la feria de acá o de allá o a la capital, rodease media provincia, si era preciso, por no tocar en casa de los de A o de B, como en su concepto mandaba la buena cortesía, si las tales casas se hallaban en el camino recto. De este modo creía él que estaba excusado de recibir en la suya visitas de tal calibre.

Por eso, cada vez que, después de oírse ruido de herraduras en la calleja contigua, llamaba alguien a su portalada, salía corriendo Verónica, y decía, fingiendo la voz:

—¡No está en casa!

Y esta mentira la soltaba por el ojo de la llave, apretando fuertemente con ambas manos el picaporte y cuidando mucho de que no se le vieran las chancletas por debajo de la portalada.

Si el que llamaba no se alejaba en el acto, añadía con zozobra:

—¡Y no vendrá en todo el mes!

Y si aun insistía el de afuera, concluía la de adentro con espanto:

—¡Y está sola la casa... y se llevó la llave don Robustiano!

En seguida se retiraba, y su padre, que observaba el suceso con un ojo por el ventanillo o cuarterón de la puerta del estragal, le decía con febril ansiedad:

—¡Ahora arriba; y silencio, aunque echen la puerta al suelo!

Y el pobre señor sufría angustias de muerte cada vez que se hallaban en trances semejantes, porque es de advertir que su carácter era afable y expansivo, y su corazón noble y hospitalario; pero el orgullo, el pícaro orgullo de raza, el ardiente celo por el lustre de su estirpe, eran más fuertes que él, y no podía resignarse a mostrar aquel roñoso polvo de su grandeza, aquella angustiosa desnudez de sus hogares preclaros, a los, en su concepto, más esponjados rivales suyos en timbres y pergaminos.

La verdad es que las grandezas interiores de la casa de don Robustiano mejor estaban para apuntaladas que para vistas... Y a propósito: esta ocasión es la más oportuna para dedicar a aquélla el párrafo que le tenemos prometido. Vaya, pues.

Dividíase el edificio en tres partes: baja, principal y alta. En la primera se hallaban las cuadras, el anchísimo soportal y la bodega. La segunda estaba, a su vez, dividida por un largo carrejo en dos porciones iguales, una al Sur y otra al Norte. Constaba aquélla de tres piezas, dos de las cuales eran dormitorios y la restante un gran salón llamado de Ceremonias por la familia, y sépase por qué. Según don Robustiano, allí recibían sus mayores los homenajes de sus súbditos; allí trataban y pactaban de potencia a potencia con los señores de aquende y de allende en los apurados conflictos que surgían a cada instante por cuestiones de etiqueta o de administración; allí, en fin, se verificaban todos los actos domésticos que más sublimaban el recuerdo histórico de los ascendientes preclaros de don Robustiano. Por eso consagraba éste al salón de Ceremonias un respeto casi religioso: no entraba en él en mangas de camisa, ni escupía sobre su suelo, ni consentía que se abriese más veces que las puramente indispensables. Por lo demás, no le quedaban otras señales de sus pasados altos destinos que dos retratos ahumados y sin fisonomía ni traje perceptibles a la simple vista, aunque el solariego aseguraba que eran las veras efigies de dos de sus abuelos; un sillón de vaqueta, blasonado; tres sillas cojas, de lo mismo; una mesa apolillada, de nogal, con gruesos relieves, y las ensambladuras del techo manchadas y corroídas por las goteras. Tal es la historia del salón de Ceremonias, y tal era el salón mismo. De las dos piezas inmediatas a él, hay muy poco que hablar: estaban tan desnudas y deslucidas como el salón, y es cuanto se puede decir, no contenían más que las camas, de alto y pintarrajeado testero, eso sí; la percha de Verónica, una silla de encina por cada cama, un Crucifijo y una mala estampa de Santa Bárbara encima de la de don Robustiano, y otra percha para la ropa y sombreros de éste.

La parte Norte constaba del mismo número de piezas que la del Sur; pero una estaba ya sin tillado cuando Verónica vino al mundo; la otra se quedó sin techo pocos años después, merced a una invernada cruel que entró por el tejado, llevándose detrás los cabrios, las latas, las tejas y el pedazo de desván correspondiente; la otra, sala de comer y de tertulia en los buenos tiempos, había perdido la mitad del muro exterior, quedando en su lugar un boquete que tenía que tapar don Robustiano todos los otoños a fuera de rozo, morrillos y barro de calleja, únicas reparaciones asequibles a sus fondos, por el cual boquete se empeñaban en meter la cabeza todas las iras del invierno. Felizmente, la cocina, que se hallaba en terreno neutral a una de las extremidades del carrejo, había quedado servible y respetada de los temporales. De manera que don Robustiano no había tenido más remedio que irse replegando poco a poco a la parte del Sur, a medida que la del Norte se arruinaba. Al fin y al cabo, el pobre señor, disponiendo aún de media casa, y de media casa enorme, apenas podía revolverse en ella, y eso que su ajuar estaba reducido a la última expresión. Para comprender este, al parecer, contrasentido, hay que observar que en cada salón de los citados se podía dar una batalla. Del desván no quiero hablar, pues tal se hallaba, que hasta una mirada le conmovía. No obstante, debe citarse un tesoro que encerraba, un tesoro, en concepto de don Robustiano: dos piezas roñosas de una armadura de un su ascendiente que peleó en San Quintín. Yo juraría que eran dos grandes vasos o cangilones de noria; pero cuando el solariego decía lo contrario, sabido se lo tendría. Dentro del corral (que, como es de ene, estaba al Sur y contiguo a la casa), había un pabellón habitable, aunque muy pequeño, que don Robustiano llamaba la glorieta. Allí tenía el solariego todos sus papeles de familia y escasísimos libros de abolengo en una alacena embutida en la pared, junto a una mesa de castaño, sobre la que había una carpeta de badana y un tintero de estaño. Enfrente del pabellón había una teja-vana que servía de leñera, y al lado de ésta un pozo con el correspondiente lavadero.

Añada el lector a todo lo que queda dicho un largo balcón a cada fachada del edificio, un escudo de armas grabado en alto relieve sobre cada puerta, y media torre almenada, cubierta de hiedra en el ángulo del vendaval, y tendrá una idea de lo que era por dentro, por fuera, por abajo y por arriba la casa de don Robustiano Tres-Solares y de la Calzada, llamada en el pueblo, de cuyo nombre tampoco yo quiero ni debo acordarme, el palacio.

Hemos dicho que de higos a brevas hacía don Robustiano un viaje a la capital, o a alguna feria o santuario de la provincia, y es conveniente añadir cómo le hacía, pues este cómo le comía a él la atención mucho tiempo antes y después de la expedición, y constituía uno de los acontecimientos más graves de su estirada y económica existencia.

Concebido el proyecto cuatro o cinco meses antes de realizarle, le consultaba con Verónica y con la almohada, soñaba con él y le rumiaba con lo que comía, y sólo a vueltas de muchas semanas de brega se atrevía a aceptarle como un hecho, tras de muchos y muy recios suspiros, como aquel que se decide a acometer una empresa heroica y descomunal. ¡Y entonces empezaba el trajín gordo! Examen por Verónica del vestido de gala de su padre, costura a costura, botón a botón, pelo a pelo; pasada al calzoncillo; remiendo a la espalda del chaleco; zurcido a la pechera de la camisa; refuerzo a un ojal; cepillo y saliva a esta mancha; estirón y puñetazo a aquella arruga. reposición de jaretas..., y para todo ello, en atención a la transparencia y esencial debilidad de las prendas, un pulso y un equilibrio en los movimientos como si se anduviera con telas de araña o panes de dorar. Esto, por lo que hace a Verónica.

Don Robustiano, por su parte, frotaba las botas con parvidades de tocino; las ponía al sol dos o tres días, y cuando ya las hallaba flexibles y a su gusto, golpe de cepillo y betún, hasta que corrían por su pellejo enjuto mares de sudor y asomaba al de las botas un destello vergonzante y ruboroso de lustre. Examinaba pieza a pieza todas las de la montura de su jamelgo, y afirmaba con bramante encerado las flaquezas de aquellos achacosos viejos restos de mejores días; pero en lo que echaba todas sus fuerzas y ponía los cinco sentidos, era en bruñir las armas de su casa esculpidas en las placas enmohecidas del frontalete y del pretal, y en las abrazaderas de los estribos de celemín. Un mocetón, hijo de un rentero suyo, que al día siguiente había de servirle de paje, o espolique, se encargaba de rascar con un par de garojos el encrespado pelambre del rocín que, pastando siempre a su libertad, como ya se ha dicho, estaba hecho una miseria a fuerza de revolcarse en el polvo y en el barro de las callejas.

Al amanecer se levantaba don Robustiano el día destinado al viaje; daba, por extraordinario, un pienso de maíz al penco; le ensillaba, colocaba en sus respectivos sitios las alforjas y la capa, y dejando las bridas preparadas junto al pesebre, mientras con los granos en él diseminados se regodeaba el manso bruto, se vestía pausada y escrupulosamente con las galas que conocemos, tomaba un huevo pasado por agua, y después de almorzar en la cocina un torrezno de espolique, vestido de día de fiesta y con la chaqueta al hombro, bajaban ambos al corral. Allí se embridaba al caballo; daba don Robustiano, por vía de prueba, un par de tirones a las cinchas y, calzando una espuela en el pie derecho y santiguándose luego tres veces, decía al paje, puesto ya en actitud de montar:

—Cuidado con olvidarte de los requisitos de costumbre; sobre todo a la llegada al parador. Allí, ya lo sabes, fuera el sombrero y en seguida mano al estribo y al bocado. Yo, aunque viejo, soy bastante ágil, y si no hay correspondencia y auxilio en los movimientos, puedo llevarme detrás la silla al desmontar, ¡a fe que haría la triste figura un hombre de mis circunstancias rodando por el suelo a los pies de su caballo! Por lo demás, distancia respetuosa siempre... y lo que te he repetido mil veces.

Y esto tan repetido era, que mientras caminasen por callejas o sierras solitarias podía permitirse el paje tal cual interpelación o advertencia familiar a su amo; pero que se guardara muy bien de hacerlo y de no observar la más rigurosa compostura cuando atravesasen barriadas o caminos reales. Sólo en casos muy apurados, le concedía el derecho de interpelarle en público, y eso con tal que no omitiese el previo señor don, exigencia en la cual no hubiera hallado nada que reprochar el mismo ilustre paisano suyo, el famoso Don Pelayo, Infanzón de la Vega.

¡Y era cosa de admirar cómo cabalgaba don Robustiano! Erguido, cerrada sobre el muslo la diestra mano, las riendas en la izquierda a la altura del estómago, las cejas arqueadas y los labios contraídos, impasible a todo cuanto a su lado ocurriese, atento sólo a devolver los saludos que le dirigían los transeúntes, hundido hasta la cintura entre la capa arrollada en el arzón delantero y las alforjas; fijando alguna vez los ojos fruncidos en el rígido cuello de su cabalgadura, y dándose aires de inquietud por los desmanes fogosos de ella, como si capaz fuese de permitirse tanto lujo de vigor. A una vara del estribo izquierdo marchaba el espolique con su chaqueta y el paraguas del amo al hombro, al mismo trote pausado y monótono del rocín.

En tal guisa, parándose a respirar a la sombra de este castaño, bebiendo el mozo un trago de lo fresco... en la fuente de más allá, llegaban al punto prefijado, del que necesariamente habían de volver a casa antes que el sol se ocultase; pues el solariego, ni por razón de alcurnia ni de carácter, osaba caminar de noche, inerme y solo, o poco menos.

Era de rigor entre los hombres de su importancia volver con las alforjas llenas. Don Robustiano las atracaba de lechugas o de cualquier otro vegetal parecido que, costando poco, abultara mucho.

Sus expansiones con Verónica durante muchos días después de la expedición y a propósito de ella, eran del siguiente jaez: —¿Por qué me miraría tanto un lechuguino que hallé en tal punto? Quizá me conociera. Lo mismo me sucedió con unos personajes que iban en coche: hasta sacaron la cabeza para verme mejor. —Creí conocer a una dama que viajaba en jamugas. —Me pareció, a lo lejos, bastante deteriorada la casa de los de Tal. —De los siete que comimos en la mesa redonda, tres debían de ser títulos: uno de ellos me hizo plato; los demás me parecieron gentuza de poco más o menos... Por cierto que ahora se gastan unos carranclanes que con ellos parecen títeres los hombres: el marqués que comía a mi derecha tenía uno. —En el pueblo de Cual se está levantando un palacio: supuse que le harían los de X..., pero se me dijo que le fabricaba, ¡pásmate!, un rematante de arbitrios...

Si el viaje había sido a Santander, los comentarios subsiguientes, aunque del mismo género, eran más minuciosos, y jamás se le olvidaba contar que, merced a su destreza, el caballo galopó muy erguido al salir por la Alameda, a consecuencia de lo cual todo el señorío que en ella paseaba se le quedó mirando, y muchos personajes le saludaron, entre ellos uno que llevaba bastón con borlas y que, en su concepto, debía de ser el Intendente.

Creo que el lector con lo que apuntado dejo hasta aquí, tiene cuanto necesita para conocer, algo más que superficialmente, al nobilísimo don Robustiano. En esta inteligencia omito de buen grado otros muchos detalles que aún pudieran añadirse al bosquejo. Pues bien: este personaje, en la ocasión en que yo le exhibo y tal como ustedes le han visto, era feliz. Y quiero que así conste, por si de los pormenores referidos no se desprendiese muy clara semejante felicidad que, dicho sea de paso, no debe chocar a nadie que se fije un poco en las condiciones morales del solariego.

«Las revoluciones, el materialismo grosero de la época», aboliendo los derechos y las preeminencias que llenaron las escarcelas y los graneros de sus mayores, barrieron hasta el polvo de sus pergaminos, sobre los que ya no fiara el siglo una peseta, y dejaron limitado el sostén de su grandeza al miserable producto del exiguo mayorazgo, castigado en la mies por la cizaña y el pan de cuco, y en el hogar por el orín y la polilla. Pero aún su vanidad era independiente; aún no había tenido que humillarla delante de ningún villano en solicitud de un mendrugo para acallar el hambre; aún el árbol venerando de la familia se ostentaba virgen, sin el menor injerto de leña grosera; aún la piqueta revolucionaria no había profanado los enhiestos escudos de su morada...; en una palabra, don Robustiano tenía pura la sangre de su linaje, pan para nutrirse y casa blasonada que le prestaba abrigo en el invierno y sombra en el verano. Es decir, tenía cuanto un pobre de su alcurnia, de sus ideas y de su carácter podía apetecer en los tiempos que corrían, y en ello fundaba su mayor vanidad.

II

Toribio Mazorcas (a) Zancajos, era en figura, en carácter, en alcurnia y en y dinero el viceversa de su convecino don Robustiano: chaparro, mofletudo, con las piernas formando un paréntesis amazacotado y borroso, como le hiciera un niño sobre la pared mojando un dedo en el tintero de su padre, imperfección de la cual le procedía el mote que llevaba; risueño y hablador, plebeyo por todos cuatro costados, y rico. Fuese en sus mocedades a probar suerte en Andalucía, y allí, fregando la mugre del mostrador de un amo avaro y cruel, supo ahorrar y aprender lo suficiente para establecerse de cuenta propia en una taberna al cabo de algunos años de esclavitud y de sufrimientos indecibles. Poco a poco la taberna llegó a ser bodega; y cuando el jándalo cumplió medio siglo, podía alabarse de contar muchos menos años que pares de talegas. Entonces se vino a la Montaña con ánimo de no volver a salir de ella, y a los pocos meses de establecido en su casa perdió la compañera que, con poco amor y escasa inclinación, había tomado en el mismo pueblo durante una de sus primeras breves visitas a él (generalmente se daba una vuelta por la tierruca cada cuatro años). Al hallarse viudo y rico, pasóle por la mollera la idea de volver a casarse más a su gusto; pero tomando con calma el consejo de su propia experiencia, desistió fácilmente de su empresa temeraria y se consagró desde luego con toda decisión al cuidado de sus muchas haciendas y al de un hijo que le quedaba, muchachón de dieciocho años, fresco, rollizo, esbelto, buen mozo en toda la extensión de la palabra, y no tonto ni de mal carácter, aunque algo resabiado por el casi abandono en que había vivido cuando más necesitaba freno y dirección, mientras su padre se hallaba en Sevilla más apegado al interés de la bodega que al recuerdo de su familia. Fluctuó el rico Mazorcas entre enviarle a Andalucía a continuar allí explotando su ya morrocotudo filón de riqueza, o casarle de golpe y porrazo con una muchacha que valiera la pena, con objeto de que se encargase de la dirección de las labranzas que aquí poseía el afortunado jándalo; pero temiendo que la inexperiencia del joven diera al traste en pocos días con las botas amontonadas a fuerza de sudores, y, por otra parte, cansado ya de bregar con vacas, salladoras y rozadores, y anheloso de verse algún día rodeado de familia decente, fina y de principios, se decidió... por enviar a Antón (así se llamaba el chico) a Santander a un colegio «de los caros», con el fin de que allí se puliese, desasnase y civilizase, para dar comienzo en él al plan de restauración que se proponía con respecto a su descendencia. El tal chico, sin parar mientes en la talla de granadero que ya medía, y guiado sólo de su afán de salir a ver mundo y gastar como un señor algunos cuartos, aceptó el compromiso y se instaló en la capital como su padre quería. Pero antes de un mes se convenció que no estaba ya su madera para tarrañuelas, ni su talle para la desgarbada y exigente levita. Con ella era una facha que excitaba la risa en los paseos, mientras que un traje corto y desahogado se llevaba detrás de sí los ojos de las muchachas. En vista de lo cual se volvió al pueblo y se decidió a no salir más de él, ni de su condición de labrador, como sus abuelos, aunque con todas las ventajas y comodidades de que podía rodearle la posición de su padre.

Como éste, y tal vez por la propia causa, no mecía gran cosa con las mozas del aparejo redondo tratándose de elegir una para perpetua compañera, le gustaban más las de alto copete, no muy emperejiladas y pizpiretas como las que él había visto en las alamedas de Santander, sino las modestas y recatadas que, sin dejar de ser señoras «desde sus principios» y sin carecer de un interesante personal, sabían ser «amas de su casa», Y he aquí el camino por el cual encarriló el demonio al hijo del plebeyo Zancajos para hacerle ir a parar con sus pensamientos, sin darse apenas cuenta de ello, nada menos que a la hija del orgulloso don Robustiano Tres-Solares y de la Calzada, que estaba bien lejos de presumirse tamaño desaguisado a su estirpe solariega.

Y no se sorprenda el lector, que ya conoce el retrato Verónica, del gusto del joven Antón, así en cuanto a lo físico como a la moral del objeto de sus deseos. Verónica, físicamente estudiada, sería en el teatro o en los salones de nuestras cultas capitales una mujer desagradable a los ojos de un hombre avezado a saborear los afeites y la voluptuosidad de las jóvenes de «buena sociedad»; pero colocada en una aldea entre mocetonas de anchas y pesadas caderas, de tostadas mejillas y de torpes y varoniles movimientos, no podía menos de inspirar codicioso interés con su cutis pálido, su pelo rubio y sus manos blancas y pequeñas. La hija de don Robustiano, bajo este aspecto y era, relativamente a lo que le rodeaba, una filigrana, una cosa fina, materialmente hablando; y en siendo una cosa fina en estas aldeas, ya tiene cuantos títulos necesita para conquistar el deseo y hasta la envidia de los aldeanos. Lo fino es para ellos el prototipo de lo bello. Por otra parte, Verónica era señora por herencia y no piojo resucitado, como lo atestiguaban cien testimonios irrecusables; cualidad que basta y sobra para inspirar a las gentes sencillas una más que regular consideración, por lo que hace a sus prendas morales, ni Antón las conocía, ni aunque las conociera hubiera sido capaz de apreciarlas con su falta de mundo.

Lo cierto es que el hijo de Toribio Mazorcas, empezando por mirar con atención las dotes personales de Verónica y por recrearse en el examen de las aristocráticas, concluyó por cobrar a la hija de don Robustiano un verdadero interés.

Tanto, que habló a su padre del asunto; y como la feliz casualidad de que Zancajos no miraba sin cierta envidia el sitial de preferencia en la Iglesia y los blasones del palacio, por más que muchas veces se hubiese reído de las hinchadas presunciones de su noble convecino, lejos de combatir las inclinaciones de Antón, le prometió apoyárselas con la mejor voluntad.

Así las cosas, un domingo volvía Verónica de misa, sola, porque don Robustiano se había quedado en la sacristía a saludar al señor cura. Iba, como de costumbre, a un paso más que regular y sin otro pensamiento que el de llegar a casa cuanto antes, pues en fuerza de vivir en oscura reclusión había cobrado miedo hasta a la luz y al aire de la libertad. Ya doblaba el ángulo de un muro de la calleja por donde marchaba, y podía distinguir hasta los clavos de su portalada, cuando se halló frente al hijo de Mazorcas.

Vestía el esbelto chico su mejor ropa, luciendo en cada bolsillo de su finísima chaqueta un pañuelo de seda, cuyos picos caían por fuera, como a la casualidad, pero en rigor con mucho estudio; calzaba ajustados zapatos de becerro en blanco con trencillas verdes, medio cubiertos por la ancha y graciosa campana de un pantalón de satén color de caramelo; prendía con dos gemelos de oro el ancho y almidonado cuello de su camisa de batista, de bordada pechera, ocultando la mitad de los primores de ésta entre las solapas de un chaleco de terciopelo azul con bandas carmesí, y cubría su cabeza con un sombrero de copa, bajo cuyas alas asomaban sobre las sienes dos grandes rizos de pelo negro y lustroso.

Al hallarse Antón enfrente de Verónica se descubrió respetuosamente, y cediéndole galante los morrillos que en aquel sitio pudieran llamarse acera, dijo con voz no muy segura:

—Muy buenos días, señora doña Verónica.

Esta, sin levantar su vista del suelo, pero acelerando más el paso que llevaba, contestó con la mayor indiferencia:

—Buenos días, Antón.

Y Antón, revolviendo el sombrero entre sus manos, la vio alejarse algunas varas, luchando entre sus deseos, su turbación y el recelo de no volver a hallar ocasión tan propicia. Pero bien pronto, haciendo un supremo esfuerzo durante el cual se cambiaron veinte veces los colores de su cara, se decidió por lo que más le interesaba, y avanzó hacia la solariega, atreviéndose a llamarla bastante recio:

—¡Doña Verónica!

No hubiera hecho más efecto en la hija de don Robustiano dos banderillas de fuego que esta interpelación del hijo de Toribio Mazorcas. En un instante asaltaron su mente aprensiva los temores más extraños; y no teniendo formado el mejor concepto de la conducta de Antón, hasta le creyó capaz de asesinarla allí mismo. En consecuencia, lejos de responder al llamamiento, apretó más y más el paso que estuvo a pique de llegar a carrera. Pero Antón se había resuelto a no dejar la empresa una vez metido en ella. Avanzó, pues, hasta ponerse al lado de la fugitiva, y le dijo dulcificando la voz cuanto le fue dable:

—Tengo que pedir a usted un favor.

Entonces Verónica no pudo menos de detenerse. Trató de combatir su turbación, y retorciendo los picos de la mantilla entre sus manos convulsas y pálidas como la muerte,

—¿Un favor... a mí? —dijo, entre desabrida y asustada.

—A usted, sí, señ... —respondió Antón sin poder pasar de la ñ, porque la emoción le atascó, como un tarugo, la garganta.

Dio nuevas vueltas al sombrero entre sus manos, miró a Verónica y después a los morrillos de la calleja, y en seguida al cielo, y luego a cada uno de los treinta y dos vientos de la rosa, hasta que por fin, logrando tragar el tarugo, rompió a hablar de esta manera:

—Yo, doña Verónica, presunto el respeto que Dios manda y que usted me contribuye, porque se lo merece, quería decir a usted ahora lo que... vamos, lo que ya la hubiese dicho más de cuatro veces al habérseme acomodado tan buena proximidad como ésta... La verdad es, señora doña Verónica, tomando el intento con el arrodeo del caso, que yo no estoy de lo más convenido ni amoldado al gentío del pueblo; y ya que mis medios me lo permiten, quería transigir a mi gusto y proporcionarles comenencias... Usted, por sus principios de nacimiento y finura de personal... Vamos al decir..., que si... yo...

Y aquí volvió a anudársele la garganta.

A Verónica le rodaban las gotas de sudor por su cara, cada vez más lívida y descompuesta.

Antón, tras unos momentos de silencio, durante los cuales se repuso algún tanto, continuó:

—Quiero decir que, como tengo bienes de fortuna y no soy bebedor ni pendenciero ni amigo de rondar las hijas del vecino, creo... sin que esto sea menosprecio y me esté mal en decirlo, creo que... vamos, no son quién para mí las mozas del lugar, llamado a contraer enuncias el día de mañana... Porque, doña Verónica, a mí me dio Dios un corazón muy blando de su natural y un poco de sentido acá a mi manera, y pienso que con esto y los cuatro cuartos que uno tiene puede, si a mano viene, declinar a una miaja de finura y cortesía que le consuele en una inclemencia... Por otra parte, no dejo de conocer que he descuidado bastante los principios gramaticales de colegio y demás, porque mi padre se acordó ya muy tarde de que yo era más rico de lo conveniente para bregar con los terrones como un pelifustrán de tres al cuarto; pero si reflexiono que tengo, como he dicho, medios para manutenciar a una señora en todos sus requisitos, y genial para contemplarla como a los oros de la Arabia, con tal que ella se contrapunte siempre en las circunstancias del temor de Dios y de la buena ley, a mí, creo que bien puedo, sin ofender a nadie, echar un memorial en este respetive... ¿No es verdad doña Verónica?

—Me parece que sí —tartamudeó maquinalmente ésta, que ya no sabía adónde poner el cuerpo ni la vista, y, en fuerza de tirar de los picos de la mantilla, había hecho de ella un turbante tunecino.

Antón, después de limpiarse el sudor con uno de sus dos pañuelos de seda, continuó:

—Pues bueno; en contingencia de estas razones, y sin más ites ni consonancias, sépase usted, doña Verónica que lo que yo quiero con todas las ansias de la cortesía es... casarme con usted.

Tres sacudidas sintió Verónica en su corazón; tres sacudidas que le produjeron en los oídos como tres cañonazos, y en seguida se le cubrió la cara de un color más encendido que el del paraguas de su padre, jamás se había visto en otra el pálido semblante de la solariega. Sin embargo, téngase en cuenta que no era oro todo lo que relucía. Lo inesperado de la declaración, el sitio en que se le hacía, la novedad del lance y el orgullo de raza, un si es no es agraviado, contribuyeron un poco a producir el fuego que al cabo lograba inflamar una vez aquel gélido organismo.

Antón, que al soltar la andanada había bajado la vista al suelo, como si se asustara de su propio atrevimiento, osó levantarla hasta la altura de la cara de Verónica, precisamente en el instante en que ésta llegaba al colmo de su inflamación, digámoslo así... Y, lectores, preciso es confesar que la hija de don Robustiano le iba el rubor a las mil maravillas: ¡de veras que estaba guapa con las mejillas coloradas!

Al conocerlo así Antón, no pudiendo contener la expansión de su entusiasmo, exclamó, dando al mismo tiempo dos puñetazos al sombrero que siempre conservaba respetuosamente en la mano:

—¡Doña Verónica, dígame usted que sí... o me solivianto!

No sé qué entendería Verónica por soliviantarse en aquel caso; pero es indudable que la palabra y también algo la acción que la acompañó, acabaron de desconcertarla... precisamente en el instante en que don Robustiano doblaba el ángulo de la calleja. Verle la atortolada muchacha, palidecer hasta lo de costumbre, escapar hacia la portalada y cerrarla detrás de sí, dejando al entusiasmado Antón con la boca cerrada y los ojos echando lumbre, fue cosa de un solo instante.

Pero don Robustiano la vio, y en el acto dedujo, así de su huida como de la actitud de Antón, que allí había pasado algo extraordinario. En consecuencia, acortó su ya bien lenta marcha y comenzó a hacer el molinete con su bastón, Al llegar junto al hijo de Mazorcas hundió la barbilla en los abismos de su corbatín, doblando el cuerpo hacia atrás al mismo tiempo, y miró al chico frunciendo el entrecejo. Entonces reparó Antón en el solariego; púsose encendido como un tomate maduro y, apartándose a un lado, saludó respetuosamente a don Robustiano; pero éste, sin dejar de mirarle ni de hacer el molinete, continuó marchando inalterable y silencioso hacia su casa.

Al entrar en ella, y antes de cerrar la portalada, exclamó con acento melodramático:

—¡Sol de mi estirpe!, ¿habrá osado mirarte frente a frente ese baldragas?

Era por carácter don Robustiano, como se ha visto, suave, apacible y bondadoso hasta el extremo de que a su lado no hubiera habido un pobre si sus recursos le hubieran permitido ser pródigo. Ni las indispensables rencillas de vecindad, ni los manejos del Ayuntamiento, nada de cuanto constituye el interés y la comidilla favorita de la gente de estas aldeas, lograba sacarle de su serena dignidad; pero que oyera anteponer un don al nombre de un plebeyo; que viera vestido con una prenda dos dedos más larga que la chaqueta a un rústico labrador; que entrara en aprensión de que su vecino no le había saludado al pasar con la debida consideración, o que tal otro se había reído del marabú de su hija o del escudo de su portalada... ya no dormía. Que se atreviera alguien a sostener que cuatro miserables onzas de oro valían más o eran más dignas de respeto que todos los empolvados pergaminos del más empingorotado infanzón; que le hicieran capaz de cruzar con su sangre noble y pura la borra miserable de un destripaterrones; que, como una provocación a su augusta pobreza, osara un villano meterle por los ojos el brillo de su riqueza improvisada..., ya se ponía trémulo e iracundo, y era capaz de arrojar un sillón a la cabeza del provocador. Por eso odiaba a muerte a Toribio Mazorcas. Zancajos vivía cerca del palacio, en una gran casa pintada de verde y amarillo, con recios muros de pulida sillería y elegante balconaje de hierro, respirando el flamante edificio abundancia y alegría por todas partes, La contigüidad de esta casa a la vieja, descolorida y vacilante de don Robustiano, era, en concepto de éste, un reto desvergonzado y continuo a su rancia dignidad. Por otra parte, en el pueblo era conocido el rico jándalo, más que por Zancajos, por don Toribio, que por añadidura era bromista y risotón como unas castañuelas. ¿Cómo había de sufrir en calma tan irritantes provocaciones el fanático solariego?

Júzguese ahora de lo que pasaría por sus adentros cuando sorprendió a Verónica con el hijo de Mazorcas en pecaminosa plática, según las señas.

No bien entró en casa, sin detenerse en su alcoba a quitarse el sombrero y mudarse el casaquín, se dirigió al salón de Ceremonias, tomó asiento en el sillón central y llamó con voz terrible a Verónica.

Esta, que temiéndose algo grave andaba trémula y despavorida de rincón en rincón desde que había llegado a casa, acudió al llamamiento de su padre con la cabeza caída sobre el pecho y las manos cruzadas sobre el delantal.

—Míralos frente a frente —le dijo don Robustiano señalando a los dos retratos de la pared.

Verónica, obedeció, y por cierto muy satisfecha de que no se le exigiera más.

—Esa impasibilidad me tranquiliza algún tanto —pensó don Robustiano—. Y añadió en voz alta:

—Al volver de misa te he sorprendido en la calleja con ese ganapán grosero, hijo del aún más rústico jumento de oro, Toribio Mazorcas... Al verme, tú huiste despavorida y él se quedó hecho una bestia... Todo esto es muy grave, Verónica, y me vas a decir lo que significa.

Y Verónica sintió, por segunda vez en el día y en la vida, arderle la cara. Bajóla aún más, pero no contestó una palabra.

—¡Qué significa todo eso, repito! —añadió don Robustiano.

—Nada, señor padre —contestó al fin la hija tartamudeando.

—¡Ira de Dios! ¿Cómo que nada?

—Nada, señor padre.

—¡Celliscas y granizo! ¿Y esa vergüenza que te vende?... Si nada malo has hecho, ¿por qué corriste al verme? ¿Por qué ahora, cuando te lo pregunto, te pones encarnada?

—Porque como su merced está tan enfadado y es ésta la primera vez que conmigo le sucede...

—Es la verdad: jamás te he reñido, y eso te probará la magnitud del motivo de mi cólera... Así, pues, habla y no trates de engañarme: ¿qué ha sucedido en la calleja?

—Yo, señor padre, verá su merced... Venía de misa, sola, porque su merced se quedó hablando con el señor cura..., y viniendo sola, al llegar a la esquina del solar de Toribio, pasó su hijo y me dio los buenos días... Yo seguí, seguí hacia casa sin reparar en él siquiera..., cuando va y me llama con la mayor cortesía...

—¡Fuego divino!

—¡Señor, que me asusta su merced!

—¡Cortesía! ¡Cortesía!... ¡Cortesía un zamarro como ese!... ¡Cortesía ese cerdo!...

—Sí señor, con mucha cortesía...

—¡Acaba!

—Primeramente me dijo que tenía que pedirme un favor... y por eso me paré... Entonces, entonces me habló de que sus sentimientos por arriba, y de que su riqueza por abajo..., y que yo... y mis prendas...

—¡Truenos y relámpagos! ¿Sería capaz ese camueso, rascaboñigas, de decirte galanteos..., a ti, a la nieta de cien nobles?

—¡Jesús-María, señor padre, si su merced se enfada tanto!...

—¡Habla! ¿Qué sucedió al cabo?

—Pues nada, señor padre, que... me habló... yo no sé de qué..., porque la verdad es que no le entendí la mitad de lo que me dijo.

—¡Pero te faltó!

—No lo crea su merced, señor padre: ni una vez siquiera dejó de llamarme doña Verónica.

—Pues, hombre, hasta el extremo de negarte el don, el don que es tuyo por derecho divino, pudo haber llegado ese pendejo... pero vamos adelante... ¿Qué más pasó? Apuesto una oreja a que te manifestó algunas pretensiones.

Verónica al oír esto, acabó de hundir en el pecho su cara cada vez más roja. Don Robustiano saltó sobre el sillón y gritó fuera de sí:

—¡Rayos y centellas! ¿No lo dije? ¡Tú la has hecho hoy, Verónica!

— ¡Señor —respondió ésta casi llorando—, puedo jurar a su merced que ni siquiera me tocó en el pelo de la ropa!

—¡Qué ropa, ni qué pelo, ni qué doscientos mil demonios! Te detuvo, osó mirarte a la cara, hablarte, decirte chicoleos como a una tarasca bardaliega; él, un panojo hediondo, un rocín indecente; a ti, mi hija, la descendiente de un real trinchante y de cien señores de primer lustre. ¿Qué más agravio? ¿Qué más profanación? ¿Qué más infamia? Pero ya se ve; estamos en los tiempos de la igualdad... ¡de la canalla, digo yo!, y ya no hay picotas ni parrillas para los villanos insolentes ni para los sacrílegos... Verónica, tu madre, que murió al echarte al mundo, tu noble, tu ilustre madre, la única mujer digna de estas siete comarcas, por sus títulos de nobleza, de unirse a mí; tu madre, digo, no te dio ese ejemplo. Hembra denodada y majestuosa, purgó como buena, con un torozón y tres sangrías, el requiebro francés de un soldado de Napoleón: «charmante femme»la dijo al pasar, y ella, indignada, aunque sin comprender la frase, a la vergüenza de aceptarla prefirió caer desplomada en mis brazos... Pero tú no te has muerto al escuchar la escoria inmunda que te arrojó al oído ese bodoque, mal criado y peor nacido... Eres hija desnaturalizada, has prevaricado y no te quiero ver delante... Vete, vete lejos de mí...; y cuenta que no te pongo a pan y agua... porque eso no sería penitencia para ti.

Verónica, sin esperar a que le repitiera su padre la orden, sin alzar la cabeza y pisando corto y menudito, salió del gran salón y no se detuvo hasta la cocina.

Cuéntase que don Robustiano, al quedarse solo, cayó de hinojos ante los retratos de sus dos antepasados, y, rodándole las lágrimas por sus enjutas mejillas, ofreció a las roídas imágenes su vida inmaculada en reparación del crimen de su hija, según él, primera demagoga en aquella larga y copetuda familia.

III

Cuatro días necesitó Verónica para poder darse cuenta de los extraordinarios sucesos que le habían ocurrido en media hora. Al cabo de ese tiempo, y cuando ya el recuerdo de los anatemas de su padre no la hacía estremecerse, analizando en todos sus detalles la escena con Antón en la calleja, llegó a sacar en limpio:

Que su vanidad de noble no se resentía ya al considerar la falta de etiqueta cometida por el plebeyo Mazorcas, en el hecho de haberla detenido y requerido de amores a la faz del sol;

Que había hecho muy mal en aturdirse tanto como se aturdió al escuchar las manifestaciones de aquél, y mucho peor en no haberle respondido con un poco de agrado;

Que Antón era un buen mozo, con los ojos así y las narices de tal modo y la boca de cuál otro;

Que todo esto lo había visto ella sin saber cómo, pues juraría que no había mirado una vez siquiera al mozo durante su conversación con él, ni hasta entonces se había parado jamás a considerarle tan al pormenor;

Que al paso que se borraban de su memoria con la mayor facilidad las iracundas expresiones de su padre, las respetuosas y suaves de Antón se le habían grabado en ella a mazo y escoplo;

Que cuanto más examinaba éstas, más las quería examinar, y cuanto más quería examinarlas, más le latía el corazón y le zumbaban los oídos; y por último,

Que Antón la había dicho que consistía su felicidad en casarse con ella, lo cual significaba que la quería de veras.

En seguida se atrevió a pensar:

Que casarse con Antón equivalía, porque Antón era muy rico, a vestir y comer todo cuanto apeteciera; a salir de estrecheces y privaciones; a reír como todo el mundo; a ser el ama de una casa llena de ropa nueva y firme, y, sobre todo, a dar fomento, expansión y cuerpo a aquel inexplicable sentimiento que por primera vez experimentaba en su vida; aquel rarísimo no sé qué que la hacía encontrar algo en el ruido del follaje, en el curso del agua, en el contacto del aire y, en la luz del sol; algo que hasta entonces había pasado en la naturaleza inadvertido para ella;

Que una vida, como la suya hasta allí, consagra da al recuerdo triste, monótono y miserable de su rancia progenie, era una abnegación estúpida y sacrificio estéril; al paso que compartida con la de un hombre honrado, cariñoso y pudiente, tenía que ser más útil, más placentera y más grata a Dios que se le había dado.

En fin, por pensar en todo, hasta pensó:

Que era una solemne majadería creer que valía más cuantos más timbres tenía su ejecutoria,

Como se ve, la hija de don Robustiano empezaba, aunque un poco tarde, a pagar su tributo a las leyes de la Naturaleza; que Dios no formó a la mujer con el solo destino de vegetar como un helecho.

Aparte de los pensamientos que la hemos descubierto, otros síntomas exteriores mostraban bien a las claras el cambio radical operado en ella en tan breve tiempo. Una mirada viva e insinuante brillaba en sus ojos, antes yertos y apagados; animaba su boca, de ordinario marmórea y mal cerrada, el alegre perfil de la sonrisa, y el color de sus labios y mejillas no era ya el de los fúnebres blandones, sino el de las rosas de mayo. Tampoco le causaban tedio las faenas domésticas: al contrario, se aficionó de repente al trabajo y se apasionó del aseo y del orden; y siempre en actividad y movimiento, la antigua rigidez de su talle se trocó en agradable y hasta elegante flexibilidad.

Dormía poco y soñaba con Antón; y no bien oía su cantar en la calleja, ya estaba atisbando por las rendijas de las ventanas para ver y oír si la cantaba a ella y si el que cantaba era él... Por de contado que para esto, y hasta para pensar, se ocultaba de su padre, que desde la escena consabida la trataba con la severidad más implacable.

Entretanto Antón, a quien dejamos más atrás saludando a don Robustiano después de haber declarado su atrevido pensamiento a Verónica, al ver cómo ésta le abandonó a lo mejor, cuando él aguardaba de sus labios una palabra digna del emperejilado discurso que ya conocemos, sintió crecer más y más su entusiasmo por la solariega, y juró que había de llevar adelante la empresa, o de «finiquitar» en ella.

En consecuencia de sus firmes propósitos... Pero atiendan ustedes, y perdonen, que donde hay hechos están de más los comentarios.

Era una tarde del mes de agosto. Pesados, plomizos nubarrones avanzaban casi tocando las cumbres de las altas montañas que limitaban el horizonte de la casa de don Robustiano; las hojas de los castaños que la circundaban no se movían; los vencejos se cernían y revoloteaban sobre el campanario de la aldea, como si jugaran a las cuatro esquinas; el aire que se respiraba era tibio; el calor, sofocante. De vez en cuando se rasgaban los nubarrones, y una rúbrica de fuego, precursora de un sordo y prolongado trueno, daba fe de que se estaba armando por allá arriba el gran escándalo: los obreros se apresuraban a hacinar en la mies la hierba segada y seca; el ganado suelto se arrimaba a los bardales de las callejas, y los perros, con las orejas gachas y rabo entre piernas, a un trote menudito tornaban a sus corraladas respectivas a roer un hueso el que había tenido antes la suerte de robarle, o a lamerse las patas o echar una siesta los menos afortunados, al amparo de una pértiga o de un montón de junco seco, mientras pasaba la ya próxima tormenta.

Don Robustiano y Verónica contemplaban estos síntomas con un miedo cerval, y al oír el cuarto trueno cerraron todas las puertas y ventanas de la casa. Siguiendo la costumbre establecida en ella en lances de tal naturaleza, Verónica corrió a buscar el libro del Trisagio y la vela de los truenos —cuya virtud consistía en ser una de las empleadas en alumbrar el Monumento de Semana Santa—, y entregó ambas cosas a su padre. Este sacó de un haz de pajuelas una a medio quemar, y se dirigió con ella a la cocina, seguido de Verónica, que no se atrevía a estar sola en ninguna parte de la casa. Arrimó con mucho tiento la pajuela a las brasas y después a la vela, y ésta quedó encendida a vueltas de tres estornudos del pobre señor, a cuyas narices llegaba sofocante y nauseabundo el humo del infernal amasijo.

Y porque no se me tache de demasiado minucioso, al llegar aquí, por algún lector impaciente, debo advertir:

1.º Que don Robustiano había jurado no admitir en su casa, rancia y apegada a los viejos usos, los fósforos de cerilla, ni siquiera los de cartón, por ser uno de los modernos inventos que más caracterizaban el espíritu de la época.

2.º Que si encendió la pajuela de las brasas y la vela en la pajuela, y no la vela en los tizones directamente, fue porque siendo la llama de éstos más fuerte que la de la pajuela, derretía la cera que le aproximaba mientras a fuerza de carrillo prendía el pábilo, y la cera costaba cara.

Queda, pues, demostrado que los pormenores consabidos no están a humo de pajas y sin su razón de carácter en el sitio en que los puse. Y ahora prosigo.

Encendida la vela, puso don Robustiano delante de la llama, trémula y escasa, la palma de su mano a guisa de pantalla, y marchó carrejo adelante a paso de procesión, siempre seguido de Verónica, hasta su alcoba, en la que había, como se recordará, una imagen de Santa Bárbara. Hincáronse ante ella padre e hija, después de colocar la vela en un candelero de metal amarillo; abrió don Robustiano el libro de oraciones, y dijo santiguándose:

—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

—Amén —contestó desde la puerta de la alcoba una voz robusta.

—¡Jesús, María y José! —gritaron padre e hija, pensando que algo sobrenatural ocurría allí.

Y cuando se atrevió don Robustiano a mirar hacia atrás se halló con su vecino Zancajos apretándose los ijares y riendo a más mejor.

—¡Bárbaro! —rugió colérico el solariego poniéndose en pie.

—¿Qué será esto? —pensó Verónica al ver en su casa y tan inesperadamente al padre de Antón.

—¡Tú solo eres capaz de eso, animal! —añadió don Robustiano echando espumarajos por la boca.

—¡Ja, ja, ja! —reía cada vez con más ganas el intruso.

—¡Toribio!

—¡Ja, ja, ja!

—¡Zancajos de los demonios! ¿Vienes a provocarme a mi propia casa?... Y ahora que me acuerdo, ¿cómo has entrado en ella, bandido?

—Aprovechando la salida de la obrera o sirvienta..., o lo que sea esa bruja chismosa que está siempre metida aquí... Llegaba yo con ánimo de visitar a ustedes; vi que se abría la puerta y me colé, porque dije: si dan en no abrir, por más que yo llame no asomo al corral en todo el santo día de Dios.

—En mi casa no entra nadie sin mi permiso.

—Lo sé muy bien, señor don Robustiano.

—Entonces...

—Pero hay casos...

—Acabemos: ¿qué morcilla se te ha roto aquí? ¿Qué tienes que decirme?

—Poco y bueno.

—¿Bueno y tuyo?¿Y qué haces callado?

—Esperando a que usted me deje hablar... Como se me ha hecho un recibimiento tan suave...

—El que merece un hombre que se introduce como tú en el hogar ajeno.

—¡Ja, ja, ja!

—¿Otra vez, Toribio?

—Perdone usted, don Robustiano, que soy muy tentado de la risa...

—¿Acabas o no? ¿Qué es lo que tienes que decirme?

—Si doña Verónica nos dispensa el favor de dejarnos solos un instante...

—Mejor será que la dejemos nosotros a ella. Así como así, ya que el diablo te pone a mis alcances, no quiero que te vayas sin llevar las orejas calientes a propósito de cierto asunto. Vente conmigo.

—Adonde usted quiera, don Robustiano.

Toribio Mazorcas se puso en seguimiento del solariego, que le condujo al salón de Ceremonias, cerrando, cuando en él estuvieron, la puerta, a la cual se pegó por fuera Verónica como una lapa, no tanto por el miedo que tenía, como hemos dicho, al quedarse sola durante la tormenta, cuanto por escuchar la conversación por el ojo de la cerradura.

Vestía Zancajos un rico traje oscuro, de corte medio entre el de caballero y el de hombre de pueblo, brillando entre los rizos de la chorrera de su camisa los gruesos eslabones de una cadena de oro que salía después sobre el pecho y bajaba en dos grandes ramas a perderse en uno de los bolsillos del chaleco; calzaban sus enormes pies brillantes botas de charol, y llevaba en la mano un recio bastón de caña de Indias con puño y contera de oro.

Ninguna de estas prendas pasó inadvertida para don Robustiano; antes al contrario, las examinó de reojo, una a una y sintió con indignación herirle las pupilas los rayos de tanto lustre, porque los consideró, según costumbre, como un insulto a su descolorida pobreza. Y como en situaciones análogas era cuando más irritada se erguía su vanidad, tomó asiento con aire majestuoso en el sillón de los blasones y dejó delante de él y de pie al rico Mazorcas que, como hombre de buen humor, se reía de aquellas debilidades.

—Habla —le dijo el solariego ahuecando la voz.

Mas antes que Toribio desplegase los labios, dejóse oír un trueno horrísono que hizo temblar el pavimento.

—¡Santa Bárbara bendita! —exclamó don Robustiano cubriéndose la cara con las manos.


—Que en el cielo estás escrita
con papel y agua bendita
en el ara de la Cruz
líbranos. Amén, Jesús.
 

concluyó Verónica desde su escondrijo, dando diente con diente.

—Esto pasará, don Robustiano —dijo Mazorcas.

—¡Ya habría pasado si nos hubieras dejado rezar el Trisagio en paz y en gracia de Dios!

—Si es por eso, ya lo estarnos rezando, que precisamente me lo sé de memoria desde que era tamañico... Y si no, escuche y perdone:


El trisagio que Isaías
escribió con grande celo,
le oyó cantar en el cielo
a angélicas jerarquías...
 

—¡Toribio!... No te burles de las cosas santas, ya que las mundanas te merecen tan poco respeto.

—Yo no me burlo, señor don Robustiano; que, a Dios gracias, soy hombre de mucha fe.

—En fin, alma de Satanás, ¿qué es lo que quieres?

—De hacerlo saber trato..., y en pocas palabras.

—Dios lo quiera.

—Yo, don Robustiano, aunque hombre de baja estola, como ustedes dicen, sin más educación que el dalle y el ariego, supe, a fuerza de sudores y paciencia, ganarme honradamente, en Andalucía, un caudal más que regular.

—Y a mí, ¿qué me importa eso?

—Algo puede importarle.

—Ni tanto como una castaña, menos que un alfiler, para que lo sepas, ¡farsantón!

—No hay que tomar así las cosas, don Robustiano, que yo vengo de paz; en casos como éste es cuando debe hablarse con toda claridad, y lo que dejo apuntado no va en otro concepto. Digo que soy bastante rico, y añado que soy viudo, que pico en viejo y que por aquello de que «el joven puede morir, pero el viejo no puede vivir», y por lo de que «antes va el carnero que el cordero», todos mis haberes han de pasar bien aina a manos del único hijo que tengo.

—A propósito: ese hijo es un facineroso.

—Creo que está usted equivocado, don Robustiano: Antón es un gran sujeto, nada tonto y muy cariñoso.

—Repito que es un bandido.

—Sostengo que usted le calumnia.

—Me ha inferido un agravio.

—Eso ya es otra cosa; y si fuera cierto, podía usted contar con que el ser mi hijo no le libraría de que yo le virase la jeta de un sopapo. Conque dígame usted cómo le ha agraviado.

—Osando elevar sus ambiciones hasta mi hija.

—Eso no es agravio.

—¡Impío!

—Lo dicho. Y tan no lo tengo por tal, que hablarle a usted de este asunto es lo único que aquí me trae.

—¡Hola!...; según eso, ¿vienes tú a remachar el clavo?

—¿Quiere usted dejarme acabar de explicarme?

—Sigue, sanculote; acaba, francmasón.

—Agradeciendo, señor don Robustiano. El caso es que tanto yo como mi hijo, ya que los medios lo permiten, nos hemos propuesto dar en él que es joven, robusto y generoso, base, cimiento y entronque a una familia a la usanza de las ricas del día; queremos que fenezcan la chaqueta y los terrones en mi generación y que de ella en adelante aparezcan otras más lucidas; vamos, que, a ser posible, nazca desde hoy la gente de mi casa con la levita puesta, como el otro que dice.

—Y ¿piensas, ganapán, groserote, que a un señor le hace la levita? ¿Piensas que basta rascarse la boñiga de las manos y echarse un puñado de onzas en el bolsillo y una cadena de oro al cuello, para quedar convertido en un personaje de calidad? Pero, señor, ¡a esta canalla del día, a esta caterva de jacobinos se le figura que hasta la ley de Dios está también al capricho de sus infames ambiciones!

Y al decir esto estalló un trueno aún más fuerte y prolongado que el anterior. A sus vibraciones temblaron hasta los viejos cuadros de la pared. Don Robustiano se encogió como un ovillo, y el mismo Zancajos no se creyó muy seguro bajo aquellos carcomidos techos.

—¿Lo oyes, Voltaire?... ¡Hasta la cólera divina te amenaza! —exclamó don Robustiano abriendo los ojos después que cesó el trueno.

—Lo que yo oigo —respondió con sorna Toribio— es que truena, y lo que veo es que esto se tambalea, lo cual lo mismo puede significar una amenaza para mí que un aviso para usted.

—¿Un aviso para mí?; revolucionario, ¿para mí? Y ¿por qué?

—Porque esto se va, don Robustiano, y es una lástima que por una vanidad mal entendida se queden ustedes a la luna de Valencia el día de mañana, o aplastados debajo de un montón de escombros, como sabandijas, que aún será peor.

—¿Qué quieres decir, bandolero?,

—Que nosotros, no los impíos como usted cree (y yo se lo perdono), ni los bandoleros, ni los jacobinos, sino los hombres de bien, creyentes y laboriosos, que a fuerza de trabajo hemos hecho una fortuna; que nosotros, repito, somos los llamados a afirmar estos escudos que se caen de rancios, y estos techos minados por la polilla; a hacer producir esos solares yermos y a llenar de ruido y de alegría el hueco de estos salones ahumados, que ya no tiene nada que hacer de por sí desde que feneció la reina Maricastaña.

—¡Jesús..., Jesús mil veces! Y no hay un rayo que... ¡Dios me perdone! Una centella... ¡Ave María purísima!... Pero sigue, sigue, Robespierre; continúa, desollador: quiero ver hasta dónde llega tu sacrílega osadía.

Todo esto lo dijo don Robustiano revolviéndose iracundo en el sillón, castañeteando los dientes y apretando los puños.

Zancajos continuó después de sonreírse:

—Yo, como ya he dicho, tengo mucho dinero.

—¿Otra vez las talegas, fanfarrón? ¿Otra vez provocas, jandalillo aceitero?

—Digo que tengo mucho caudal.

—¡Y dale!

—Que tengo muchos monises, pero nada más.

—Ya se te conoce.

—Y quisiera, a costa de lo que me sobra, adquirir lo que me falta; quisiera hallar para mi hijo una colocación que no se pareciera en nada a estas mocetonas rústicas de la aldea; ni tampoco a las pisonderas relamidas, damiselas de la ciudad...; quisiera, pinto el caso, una solariega pobre...

—¡San Robustiano bendito!

—Una solariega pobre que se hallara dispuesta a apuntalar las fachadas de su palacio con los montones de ochentines ganados en la taberna de Sevilla.

—Te veo, Iscariote.

—Ella sería siempre una señora; descansaría a la sombra y sobre bien mullidos sillones, y dejaría oscuro al sol con las galas que Antón la echara...

—Sigue, sigue...

—Saldría a ver un poco el mundo, si le daba la gana; educaría a sus hijos en el temor de Dios y a la altura de las necesidades del día...

—¡Echa, echa, hijo de una perra!

—Y con tal que quisiera bien a su marido y se creyera muy honrada con él...

—¡Vamos... con franqueza, hombre, pide por esa boca!

—En conclusión, don Robustiano: mi hijo y yo hemos pensado para el caso en doña Verónica, cuya mano vengo a pedirle a usted para Antón.

Verde, amarilla, azul..., de veinticinco colores se puso la cara del orgulloso solariego al oír las últimas palabras de Zancajos, y ya se disponía, no sé si a tirarle con un mueble o a llamar en su auxilio todas las furias del averno, pues de ambas cosas tenía trazas, cuando el salón, que poco a poco había ido quedándose medio a oscuras con la intensidad del nublado, viose súbitamente iluminado por una luz fatídica y fosforescente: los próximos castaños doblaron rugiendo sus pesadas copas; se abrieron con estrépito las puertas del balcón; estalló en los aires un trueno despatarrado, es decir, según el diccionario montañés, agudo, estridente, como si el cielo fuera una inmensa lona y la rasgasen a estirones desiguales dos gigantes enfurecidos; las nubes se desgajaron, y el huracán, arrollando con su ira potente mares de agua y pedrisco, inundó con ello valles, callejas y tejados...; y del achacoso palacio lanzó un quejido lúgubre, aterrador, como si, rindiéndose a la pesadumbre de los años y al furor de la tempestad, gritase a sus cobijados: «¡Sálvese el que pueda, que yo me hundo!». Todo esto junto sucedió en brevísimos instantes.

Verónica, que aguardaba con afán la respuesta de su padre a la demanda de Toribio, lanzó un grito, don Robustiano dos, y Zancajo un ¡zambomba! que valió por diez; y acto continuo los tres personajes, atropellándose unos a otros, salieron despavoridos al corral.

Allí, guarecidos de la lluvia, bajo la teja-vana, estuvieron largo rato esperando a que se desplomaran los últimos restos de la grandeza de don Robustiano. Qué angustias pasaría este desdichado en aquella situación, durante la cual no se atrevió a abrir los ojos, no hay para qué decirlo. Si el techo se hundía, ¿qué iba a ser de él?; ¿dónde iba a parar su pobre, pero altiva independencia?

Pasó media hora, y pasó también el furor de la tormenta. Don Robustiano empezaba a creer que el crujido que les hizo huir del salón no procedía de ninguna lesión grave sufrida por su palacio, y ya se iba serenando su ánimo, y hasta se había atrevido a abrir los ojos, cuando después mirar y remirar el edificio, exclamó señalando a un punto del tejado:

—¡Qué horror!

—Hace media hora que lo estoy viendo yo —dijo Mazorcas—. ¡Y si fuera eso solo!...

—Pues ¿qué mas hay, hijo de Lucifer?

—Mire usted debajo del alero, junto a la puerta del balcón.

—¡Dios de bondad!

Lo que veían don Robustiano y Toribio era una enorme quebradura en la cumbre del tejado y una grieta tremenda en la pared de la fachada principal.

La pobre Verónica lloraba; su padre hacía pucheros. El rico Mazorcas, profundamente conmovido, se atrevió a decirles:

—Ya no deben ustedes pensar en dormir en esta casa, y para remediar el mal en parte, les ofrezco la mía de todo corazón.

—¡Primero la cárcel! —replicó iracundo el fanático solariego.

—Muy mal pensado don Robustiano: es mucho más cómoda mi casa, donde nada les faltará a ustedes mientras ésta se repara...; y pongo también para ello mi dinero a su disposición.

—¡Yo no pido limosna!

—Ni yo se la ofrezco a usted, señor don Robustiano.

—Aún me queda por ahora esa glorieta.

—Es cierto; pero ese garito no tiene desahogo suficiente, ni siquiera el preciso abrigo.

—Y a ti ¿qué te importa?

—Nada, si usted quiere; pero, francamente, me da lástima verle a usted, en una situación como ésta, andarse todavía reparando en pelillos y respirando por esa condenada herida de señorío.

—¿Aun tienes humor para provocarme, carbonero?

—No, señor; lo que tengo es afán de que usted comprenda para in saecula que por aquella grieta de la pared se ha largado ya la poca grandeza que en casa le quedaba.

—¡Vete tú de ella, corsario! ¡Sal de mi corralada, salteador!

—Sí que me marcho, y sin enfadarme, don Robustiano; y en prueba de ello, otra vez le ofrezco, sin plazo, ni réditos, el dinero necesario para reparar los estragos de la tempestad.

—¡Primero la unción que tu dinero!

—¡Bah!... Piénselo usted en calma...; y no olvide tampoco mi otra proposición, que usted me dará las gracias algún día... y usted también, doña Verónica.

—Señor padre, dígale su merced que sí —se atrevió a murmurar la pobre muchacha en tono suplicante, aludiendo, en verdad sea dicho, más a la proposición matrimonial que a la otra.

—¡Un rayo que le parta! —gritó convulso don Robustiano—. ¡Dejadme en paz!

—Voy a complacerle a usted. ¡Salud, don Robustiano! Adiós, doña Verónica.

—Vaya usted con Él, don Toribio —respondió afectuosamente la solariega.

—¡Don... alforjas!, ¡don marrano!, digo yo, ¡hembra perversa! —exclamó don Robustiano fuera de sí al oír a su hija dar semejante tratamiento a un hombre tan vulgar como Zancajos.

Entretanto, éste salió del corral entre risueño y apenado: risueño, porque para un carácter como el suyo siempre ofrecían un deleite sabrosísimo las rabietas aristocráticas de don Robustiano; apenado, porque como hombre de buen sentido y excelente corazón, se condolía de la tenacidad del señorón que se sacrificaba lastimosamente, con cuanto le pertenecía, en aras de una mal entendida dignidad, rechazando obstinadamente a la fortuna que llamaba a las puertas de su casa.

IV

Cuando se quedaron solos don Robustiano y Verónica, dio el primero rienda suelta a sus lamentaciones Y tomaron mayor cuerpo los sollozos de la segunda. Con aquel rudo golpe de la adversidad no había contado nunca el vanidoso Tres-Solares, que pensó llegar al sepulcro con la misma altiva aunque pobre independencia que halló al venir al mundo. ¡Todo lo había perdido en un solo instante! Todo, porque el pabellón que le restaba sólo podía aceptarse, como habitación interinamente, y eso con grandes dificultades: era su capacidad mezquina, y no bien entrase el otoño daría tanto dormir allí como raso en la llosa más desabrigada.

No había, pues, otro remedio que reparar las averías del palacio, cuyo techo podía desplomarse de un momento a otro; y para esto se necesitaba dinero, precisamente lo que a don Robustiano le faltaba; y para adquirirlo tenía que vender las tierras y el molino, del cual modo tendría casa..., pero no tendría qué comer; y para tenerlo, había que renunciar a las reparaciones, lo cual equivalía a condenarse a vivir a la intemperie, que aún era peor que morirse de hambre.

Todas estas consideraciones en esta misma forma y en un momento, asaltaron la imaginación del atribulado señor antes que saliera de la teja-vana. En seguida, como el caso era apremiante se resolvió a habilitar la glorieta con los muebles y ropas que, acto continuo y entre sustos, carreras y toda clase de precauciones, sacaron Verónica y él de la antigua morada.

Cuando fue hora de acostarse, don Robustiano renunció a este placer; prefirió pasar la noche en vela y dando vueltas por la angosta habitación (que el pudor de Verónica había dividido con una colcha, dos palos y cuatro tachuelas), buscando en su imaginación el medio de procurarse, con la decencia, el decoro y la dignidad que a su clase convenía. Aquellos ochavos viles que con tanta urgencia necesitaba. Desde luego desechó el recurso de venta de su escasa hacienda. El de un préstamo más aceptable. Pero ¿a quién se le proponía? ¿A Toribio? Antes el hambre, el frío y la misma muerte. En los demás convecinos no había que pensar: eran míseros colonos de Zancajos, o ricachos tan ordinarios como él. El señor cura que, como en confesión, podría hacer el anticipo sin que ni los pájaros le olieran, necesitaba la cortísima paga que le daba el Estado para no morirse de hambre. El Ayuntamiento ya era otra cosa: éste era indudablemente, entre todos los prestamistas, el menos indigno de él, pues al fin y al cabo era una entidad, oficialmente, de alta significación, por más que en detalles individuales fuera bien despreciable. Pero ¿podía el Ayuntamiento meterse a prestamista? Y si podía, como mero administrador de ajenos caudales, ¿no sería más exigente que nadie en precauciones y garantías? Y si le exigía una de éstas, ¿debía él humillarse a concederla? Y si se humillaba, ¿la encontraría? Las tierras y el molino le bastaban para ello; pero, vencido el plazo del préstamo, ¿con qué le pagaba si había de comer hasta entonces? Y si no pagaba y le vendía lo hipotecado, ¿con qué comía en adelante?... Y siempre girando en este estrecho círculo de hierro, don Robustiano perdía la cabeza y sudaba la gota gorda. «¡Oh siglo perro y desquiciado, ladrón y materialista, que ves mi afán y no te conmueves ni te abochornas!», clamaba entre iracundo y afligido el mísero, como si el siglo tuviera la culpa de lo que a él le sucedía. Y en cuanto se calmaba un poco, tornaba a discurrir y volvía a tropezarse con los dos fatales extremos: no comer, o la humillación de pedir; más claro: el hambre o el dinero de Zancajos. —«Vea usted —decía retrocediendo ante estas dos conclusiones, como si fueran puntas aceradas que le hiriesen el rostro—, vea usted cómo sería muy útil que todos los hombres de mi jerarquía estuviéramos unidos en estrecha alianza. De este modo podríamos hacer frente a ciertas eventualidades y reírnos descuidadamente de la tendencia artera y demoledora de la canalla impía que nos estima en poco y nos acorrala como a bestias despreciables... Pero en lances como el que a mí me ocurre hoy ¿tendríamos la abnegación suficiente para confesar a los demás una necesidad tan perentoria? El orgullo de estirpe, ¿sería capaz de tanto sacrificio?... ¿Cómo dudarlo? En la triste alternativa de demandar una... sí, señor, una limosna a un tabernero soberbio y presuntuoso, o de reclamar el auxilio generoso de un hombre de calidad, no cabe vacilación. Por otra parte, la ropa sucia, dice el proverbio, debe lavarse en casa... Es indudable que yo debía acudir con mis cuitas a las rancias familias del país. ¿Pero querrán ampararme? ¿Podrán, acaso, aunque quieran? La verdad es que entre nosotros ha habido siempre unas prevenciones, unos odios tan sistemáticos y tan tenaces... Luego, ¡me he aislado tanto!... Y después, ¡abrigo tantas sospechas de que no tengan esos señores más lúcido pelaje que yo!... También es cierto que no tratarnos aquí de que, por llegar me llenen los bolsillos de monedas... ¡Me guardaría yo muy bien manifestar a nadie mis apuros de sopetón! Por de pronto, me limitaría a ir tanteando el terreno y preparando las voluntades, y después... después, ¡qué diablo!, me quedaría siquiera el consuelo de desahogar con alguno esta angustia que me mata.»

Y revolviendo en su magín don Robustiano razonamientos por el estilo, acabó por aceptar la conveniencia de recurrir, cuando menos, al consejo de un hombre de los suyos. En seguida procedió a formarlos a todos en su memoria y a pasarles la necesaria revista para elegir el más conveniente. Por supuesto que no conocía a ninguno de ellos de trato, ni siquiera de vista, y sólo por noticias de su padre; pero él creía que, para el caso, esta circunstancia importaba muy poco. He aquí el resultado de su tarea. —Diez familias habían sido enemigas mortales por razón de intereses, otras por puntillos de etiqueta y otras por cuestiones de carácter: del paradero de otras tantas no tenía la menor noticia; le constaba que otra media docena de ellas se habían extinguido por completo, Y que algunas estaban reducidas a una vieja solterona o a un celibato memo. Solamente halló una que no le desanimó del todo: una familia cuyas íntimas y cordiales relaciones con la de él habían durado hasta la época de su abuelo inclusive. Verdad es que desde entonces no habían vuelto a comunicarse directa ni indirectamente los representantes de ambas; pero esto no era un obstáculo para los planes de nuestro solariego, pues éste, como hombre de calidad, antes de reparar en pelillos semejantes, debía atenerse a lo que la historia y la tradición le enseñaban en muy diverso sentido. Atúvose, pues, a ello, y se resolvió a encomendar sus amarguras al consejo, a la protección... o a lo que saliera, de esa familia, única, ciertamente, con que podía contar entre todas las contenidas en el largo catálogo de las nobles de la Montaña. Debo advertir que sabía de ella que su actual representante se llamaba don Ramiro, que tendría su edad aproximadamente; que vivía en un pueblo bastante cercano del suyo; que estaba casado con una hidalga de lo más rancio y blasonado del país, y que el lema de sus armas era, entre todos los lemas de escudos montañeses, el único que casi podía competir con el de los Tres-Solares. Decía así:


    «A un Rey hicieron merced
Y con Infanta casaron,
Y al mismo sol dieran lustre
Los que esta casa fundaron.»
 

En consecuencia de su resolución, en caliente y antes que vacilase su voluntad, apenas amaneció mandó que cazasen el caballo, que con la pasada tormenta había ido a parar a los quintos infiernos; hizo que después de cogido se le diera el indispensable frote de garojo; preparó Verónica de prisa y corriendo una muda blanca, y con todo el ceremonial que conocemos cabalgó don Robustiano a las diez de la mañana. Atravesó seis callejas, dos sierras y un monte, y a la bajada de él, y en medio de un centenar de robustas encinas, se detuvo delante de una portalada tan vieja y tan blasonada como la suya. Era la de la casa de don Ramiro. Llamó su paje, abrió un jayán de mala traza y mandó al tal que le anunciara a su amo.

Mientras éste salía, echó una mirada desde el corral al exterior de la casa, y no le encontró mucho más lucido que el de su palacio. Tomó en cuenta este dato y no se las prometió muy felices para sus pretensiones, por lo que hacía al auxilio directo de su colega. Pero, en cambio, con este convencimiento se sintió más animoso para tratar a don Ramiro con cierto desparpajo, y esto le consoló hasta cierto punto.

Entretanto, don Ramiro, sorprendido con la noticia de la llegada de don Robustiano, y careciendo de tiempo para ponerse su traje de etiqueta, se echó encima una especie de balandrán de cúbica para tapar de un golpe sus muchas pasadas y transparencias de diario, y bajó al portal haciendo al recién llegado las mayores cortesías.

—¿Tengo el honor de hablar al señor don Ramiro Seis-Regatos y Dos Portillas de la Vega? —le preguntó, apeándose, don Robustiano.

—El honrado soy yo, señor don Robustiano —contestó don Ramiro doblándose más y más.

Entonces el primero tendió su diestra al segundo, y

—Salvo el guante —le dijo, aludiendo a uno con que la cubría, viejísimo y bordado con tres filas de lentejuelas por el dorso.

—La acepto y correspondo —dijo Seis-Regatos apretándosela mucho.

Enseguida introdujo a su huésped en casa, mandando al paje a la cocina y disponiendo que se encerrase el caballo en las caballerizas. Nada se habló de almuerzo para el primero ni de pienso para el segundo.

Las piezas que recorrieron los dos solariegos hasta llegar al estrado en que se detuvieron, no merecen el trabajo de una especial mención, porque ninguna de ellas podía echar grandes roncas a las del palacio de don Robustiano. En cuanto al estrado, también corría parejas, en tamaño y conservación, con el salón de Ceremonias que conocemos. Pero no tenía retratos como éste. En su defecto, había un reló de caja, muy antiguo, y un trofeo compuesto de dos sables corvos, una espada de cazoleta, un cuerno de caza y dos cuchillos de monte. Por todo mueblaje, el indispensable sillón de vaqueta, con las armas talladas de la familia, y cuatro sillas de paja en muy mal estado.

Don Robustiano apreció también el valor de todo aquello que, por el sitio que ocupaba, tenía que ser lo mejorcito de la casa, y dedujo que se las había con un personaje tan tronado como él.

Por su parte, don Ramiro había tenido tiempo suficiente para examinar el hábito de su huésped, y se convenció bien pronto de la exactitud de las noticias que tenía acerca de los medios de fortuna de don Robustiano.

Tomaron asiento los dos señores, y dijo el de casa:

—Ante todo, debo manifestar a usted mi pena por no poderle presentar a mi esposa e hijas, porque están en la Iglesia desde esta mañana.

—¡Te veo! —pensó don Robustiano—. Apostaría una oreja a que están escondidas en algún rincón por falta de vestido con que presentarse delante de mí como conviene a su clase.—Y en voz alta respondió: —Su señora esposa de usted y sus señoras hijas, todas muy señoras mías, están siempre cumplidas con este humilde servidor, señor don Ramiro.

—Mil gracias en nombre de ellas y en el mío, señor don Robustiano. Y ¿a qué debemos la honra de tan agradable visita?

—La honra es mía, señor don Ramiro; y en cuanto al objeto de mi visita, es pura y simplemente el deseo de conocer personalmente al noble nieto del gran amigo de mi señor abuelo.

—¡Cuánto celebro esa ocurrencia que me proporciona a mí el placer de estrechar su mano y de ofrecerle mi cordial amistad!

—Que yo acepto con todo mi corazón, señor don Ramiro, lamentándome de no haber puesto en ejecución muchos años hace el pensamiento que realizo hoy. Pero usted sabe, por propia experiencia, cómo en los hombres de nuestra condición llegan a hacerse los hábitos una segunda naturaleza. Se aísla uno, se retrae y, metido en su cáscara un día y otro y un mes y un año, ya no acierta a salir de la portalada la vez que se lo propone. Así es que yo, aunque siempre con el afán de estrechar la mano de usted, jamás he podido lograr una ocasión que me pareciese bastante oportuna para ello.

—Lo mismo, poco más o menos, me ha sucedido a mí con respecto a usted.

—¡Vaya si o creo!

—Y ¿cómo logró usted hoy vencer tanta pereza?

—Pues le diré a usted, señor don Ramiro: voy siendo ya muy viejo; llevo muchos años de retiro y de devorar en silencio la pena, por no decir despecho, que me causa el desdén y menosprecio con que mira el siglo que corre a los hombres de nuestra procedencia; y me he dicho: «¿será preciso que yo me muera sin el placer gratísimo de desahogar mi pecho junto al del hombre en quien se reconcentran todos mis afectos amistosos, sin decirle: he aquí vinculada en este corazón toda la lealtad con que fue adicta a tu familia durante siglos enteros la mía?» Y con tal fe me lo dije, don Ramiro; tan ardiente llegó a ser mi deseo, que en el acto monté a caballo... y aquí me tiene usted.

—Ese rasgo le enaltece a usted, don Robustiano; y, en recíproca, puedo, a Dios gracias, brindar al insigne Tres-Solares con toda la adhesión y sincero cariño de cien generaciones de Seis-Regatos.

—¡Líbreme Dios de ponerlo en duda! Y ¡ojalá que todos los buenos de la Montaña hubiéramos seguido siempre, y para todo, esta misma conducta, entre nosotros! ¡otro gallo nos cantara hoy!

—¿Usted lo cree así?

—¿No he de creerlo? ¿Acaso usted lo duda?

—No tal; pero...

—No hay pero, don Ramiro. Es a todas luces evidente que una estrecha y cordial inteligencia entre todos los nobles de cada país, nos hubiera dado una fuerza considerable. Lo vulgar, lo nuevo, lo ilustrado, como ahora se dice, nos desecha, nos acoquina: agrupémonos mutuamente; y de este modo, si no logramos vencer al torrente desbordado, podremos, separándonos de él, vivir en un remanso aparte con nuestros recuerdos, nuestras ideas y nuestros mutuos auxilios. ¿Quién de nosotros está exento de una adversidad, de un golpe de desgracia? Usted vive hoy tranquilo y descuidado en el seno de su familia, al calor de su hogar; y ya que el siglo no puede arrebatarle derechos y preeminencias que valían pingües maravedís, porque todos se los tiene ya por allá a muy buen recaudo el tizón de un villano, el rayo de una tempestad le aniquila el techo venerable de sus mayores. Las rentas son escasas (pongo un ejemplo), suprimidas las obvenciones y privilegios de mejores tiempos; la familia exige atenciones que no se pueden cercenar: ¿con qué se repara el inesperado siniestro? ¿Ha de profanar usted sus timbres de nobleza, ha de injuriar las augustas tradiciones poniéndose a especular como un judío, o a labrar la tierra como un miserable ganapán? No, seguramente. ¿Ha de aceptar la humillante limosna de un rústico filántropo? Mucho menos. ¿Ha de vender sus blasones por un puñado de oro? ¡Qué horror! El Estado, entretanto hace como que no le ve y aparenta que no le necesita: ¿qué partido toma usted en el supuesto infortunio? He aquí dónde está indicada la necesidad de un mutuo auxilio entre todos nosotros.

—Magnífico sería eso, don Robustiano; pero equivaldría a quitarnos uno de los rasgos que más nos han distinguido siempre: el hacernos capaces de esa fraternal unión. Precisamente la discordia ha sido entre las familias de calidad el pecado más común.

—Pecado sublime, pecado magnífico, señor don Ramiro, en los tiempos de nuestra grandeza; porque teniéndonos en perpetua rivalidad, fructificaba en grandes empresas que redundaban en honra de la clase y lustre de la nación. Pero hoy es distinto: hoy somos pocos, estamos sin fuerzas y nos aqueja un infortunio común. Y pues no podemos vivir como señores, debemos tratar de no morir como esclavos.

—Veo, don Robustiano, que usted no se ha convencido aún de una triste verdad.

—¿De cuál?

—De que ya paso nuestro tiempo; de que estamos de sobra en el mundo, y es una quimera soñaren alianza y menos en restauraciones; de que no hay más remedio que entregarse a discreción...

—¡Cómo? ¿Sería usted capaz de transigir con las tendencias del siglo?

—Hombre, así tan en absoluto...

—Luego ¿transigiría usted en algo?

—Según y conforme.

—Precisemos más el asunto. Supongamos que mañana se presenta en casa de usted un zascandil cualquiera, un tabernerillo rico, como quien dice, y le pide una hija en matrimonio: ¿se la concedería usted?

—Señor don Robustiano, si el rico tabernero fuese honrado... Pero me pone usted un ejemplo de difícil solución, porque como no me he visto en el caso supuesto y no puedo prever las circunstancias en que me hallaría entonces y las que adornarían al tabernero...

—¿Es decir, que me concede usted la posibilidad de admitir en su familia un injerto semejante?

—Perdone usted, don Robustiano, que hasta ahora ni he negado ni he concedido nada sobre el asunto. Mas ya que de ejemplos se trata, suponga usted, por su parte, que yo me muero de hambre; que tengo muchas hijas; que un tabernero rico me pide una; que yo se la niego porque me llamo Seis-Regatos y Dos-Portillas de la Vega; que real y efectivamente me muero mañana: y que mi familia, sola y, miserable, va extinguiéndose poco a poco, entre congojas de hambre y estremecimiento de frío. ¿Qué objeto tienen estos sacrificios, quién me los agradece, quién los recompensa? ¿El mundo? El mundo o no los ve, o se ríe de ellos; porque, créalo usted, don Robustiano, risa es lo que inspiran muchos actos que a nosotros nos cuestan lágrimas, ¿La historia? No hemos de merecerle una triste mención. ¿Nuestros antepasados? Dan su descendencia por acabada, pues dos docenas de individualidades arrinconadas, carcomidas y sin prestigio que lucir ni destino que llenar en la tierra, no alcanzan a preocupar ni por un momento los manes venerandos de aquellos ilustres progenitores. ¿Nuestra conciencia? A mí me dice la mía que cuando las mundanas vanidades no tienen un objeto transcendental e inmediato, es hasta un delito pagarse de ellas.

—¡Me asombra usted, don Ramiro!... Pero aun admitiendo que el mundo y la historia y nuestras ilustres tradiciones no deban tenerse en nada para nuestra conducta de hoy, esas dos docenas de individualidades, carcomidas como usted dice, ¿no son acreedoras a alguna consideración? Si uno de nosotros por no sucumbir al rigor de la adversidad, faltara a sus antecedentes, prescindiera del lustre de la clase, ¿qué dirían los demás?

—Ni una palabra.

—¡Cómo!... Usted se chancea.

—Lo dicho, don Robustiano.

—¡Los orgullosos de A.*... por ejemplo!

—Hace seis años engordan a expensas de un destino de secretario de ayuntamiento que logró el hijo mayor, el segundo recría ganado, y la tercera es la esposa de un maestro de escuela.

—¡Don Ramiro!

—No hay más, don Robustiano. Y ya se conoce bien que se ha pasado usted la vida encerrado en su cáscara, dedicado sólo a rendir culto a sus propios timbres. A mí también me ha sucedido mucho de eso mismo, créalo usted; pero tengo cuatro hijas: éstas, como mujeres, son curiosas y han podido darse arte para adquirir grandes noticias de los nuestros sin salir de estas cuatro paredes. Creílas yo, como usted, exageradas; traté, a mi modo, de comprobarlas, y bien pronto me convencí de que eran la pura verdad. De entonces data esta mi manera de pensar que a usted tanto le sorprende. Desde entonces, y a despecho de mi entusiasmo por el lustre y la dignidad de la clase, no sé qué responder a preguntas como la que usted me dirigió a propósito del consabido tabernero.

Don Robustiano se hacía cruces.

—¿Y los encopetados de B.*?

—Han casado la hija mayor con un tratante en carnes.

—¡Horror! ¿Y los de C.*?

—Se han dividido entre los hermanos el mayorazgo, Y tiene usted allí de todo: carretero, salta-ferias, vago camorrista...

—¡Es posible! ¿Y los de D.*?...

—Los de D.* han trocado en pajares sus torres almenadas, y en dalles y rastrillas sus blasones: labran la tierra y rascan la boñiga a su ganado. Los de E.* han hecho lo mismo, e igual todos los que han podido hacerlo, y los que no, por falta de propiedades, si tienen hijas aguardan al tabernero consabido que cargue con una de ellas y mantenga a las demás; y si no las tienen, se irían con el moro Muza que les diera de comer.

Don Robustiano se hallaba, oyendo a don Ramiro, como aquel que acaba de despertar y duda si sueña en el acto o si soñaba antes. Solo, encerrado en su caserón, sin haber cruzado en su vida una palabra con los demás señores nobles del país, creía en ellos y en su augusta dignidad con toda la fe de que era capaz su razón, alimentada, durante el curso de tantos años, a fuerza de quimeras y abstracciones caballerescas: creía en la incorruptibilidad y en la grandeza de sus conmilitones como don Quijote en Amadís de Gaula o en Tirante el Blanco: los juzgaba a todos por sus propios sentimientos. Por eso las manifestaciones de don Ramiro le hacían tanto efecto cuanto eran inesperadas; y como procedían de un caballero tan cumplido, ni se atrevió por un momento a ponerlas en duda. Aceptó, pues, desde luego la creencia de que había vivido equivocado muchos años y que a la sazón se hallaba solo en la Montaña. Semejante desencanto hizo asomar una lágrima a sus ojos. Pero como no hay mal que por bien no venga, la enjugó en el acto con la idea, no mal fundada, de que la defección de sus cofrades de nobleza le relevaba a él de los escrúpulos que tanto le dificultaban la solución del conflicto en que se hallaba.

Como solariego fanático, le apenaban las palabras de don Ramiro; pero como mortal necesitado, las recibía hasta con deleite. Atúvose a este último efecto como más llevadero; y para hacerle más justificable a sus propios ojos y sacar de él todo el partido posible en obsequio a su situación, buscó en nuevas razones de su interlocutor desapasionado la fuerza de que carecía su propio convencimiento.

—Me deja usted atónito con sus noticias —dijo a don Ramiro, siguiendo su propósito.

—No lo quedé yo menos cuando las adquirí, don Robustiano.

—Según ellas, don Ramiro, el ejemplo que le puse a usted del solariego a quien le destruye su casa un golpe de la adversidad, toma un color enteramente distinto del que yo le daba.

—Ya lo creo.

—Aceptar un noble el préstamo de un villano cuando todos los demás recursos dignos se han apurado inútilmente y cuando el siniestro es irreparable si el préstamo se rechaza, no es ya para el primero una humillación.

—Todo lo contrario.

—¿Tal le parece a usted?

—Con el convencimiento más sólido.

—Y si ese villano tiene un hijo y solicita para éste a su hija de usted al mismo tiempo que ofrece el préstamo, acceder a sus pretensiones, máxime siendo el hijo honrado, me parece una friolera después que sé que los orgullosos de B.* han admitido en su familia a un tratante en carnes.

—Indudablemente. Y aquí donde usted me ve y nadie nos oye, y hablándole con más franqueza que al principio, le diré sin rebozo que si el tabernero honrado y pudiente de nuestro ejemplo solicitara la mano de una de mis hijas, yo le concediera las dos, y hasta las de sus hermanas si la ley me lo permitiera.

—¿Palabra de honor, don Ramiro?

—Palabra de honor, don Robustiano. Pero veo que usted hace mucho hincapié en estos dos supuestos. ¿Pecaría de indiscreto si le preguntara la razón de ello? ¿Quizá se encuentra usted en el caso de tener que decidir algo en este sentido?

—¡Qué aprensión, don Ramiro! Nada de eso. Verónica, mi única hija, está muy libre hasta la hora presente de tener que elegir ni entre noble ni entre villanos, y en cuanto a mi casa... ¡Bah!, está más firme que una roca... salvo una pequeña avería que ha sufrido y, a Dios gracias, reparé sin el auxilio de nadie... Pero pudiera... en el día de mañana..., y es conveniente caminar sobre el terreno despejado..., porque, en fin, ya usted me entiende.

—¡Mucho que sí!

—De manera, don Ramiro, que hemos concluido ya los de la sangre azul.

—Para in saecula saeculorum.

—Y, por consiguiente, ¡adiós hidalguía, adiós formalidad, adiós buena fe y adiós nobleza!

—Dicen que nos ha sustituido otra de nuevo cuño: la nobleza de los hechos, la aristocracia de la posición, la del dinero.

—¡Nobleza diabólica, aristocracia informal!

—Pero que no hay más remedio que aceptar.

—¡Primero el suplicio!

—Recuerde usted, don Robustiano, lo que hemos hablado.

—Tiene usted razón. ¡Ya no somos nada, nada podemos, nada valemos!

—Es duro, pero es verdad.

—¡Oh, miserable canalla!

—Despréciela usted como yo..., y adelante con la vida... Y para hacerla más llevadera, vamos a tomar las once.

—No se moleste usted, don Ramiro.

—Lo hago con el mayor gusto, don Robustiano.

Don Ramiro salió del estrado, y volvió al poco tiempo trayendo en una bandeja deslustrada dos cortadillos, una botella de vino blanco y hasta media docena de bizcochos de soletilla, muy duros y desportillados.

Mientras los dos solariegos se regodeaban con aromático la Nava, abordaron nuevos asuntos de conversación, que maldito el interés que inspiraban ya a don Robustiano después de lo que sabía acerca del que allí le había llevado. Así es que procuró abreviar el diálogo todo lo posible y volverse cuanto antes a su pueblo.

Al despedirse le prometió don Ramiro pagarle la visita.

—No le perdonaría a usted que no me honrase con ella —le respondió don Robustiano.

Y, sin embargo, determinó al mismo tiempo darle un solo de portalada, como de costumbre, pues por más desprestigiada que estuviera la clase, él no se resignaba todavía a mostrar su casa a nadie, máxime desde el percance del día anterior.

Caminando de vuelta a ella iba don Robustiano torturándose el magín para convencerse a sí propio de la necesidad en que se hallaba de aceptar las ofertas de Toribio, y del ningún desdoro que de ello resultaría para su buen nombre. He aquí sus últimas consideraciones:

—«Si todos han prevaricado, ¿a qué conduciría mi inflexibilidad? ¿Quién podrá echarme en cara como un delito el recibir los ochavos de Toribio para reedificar mi casa? ¿Quién podrá tomar por agravio al lustre de la clase el enlace de Verónica con Antón? Nadie... Sin embargo, mi propia sangre, mi propio carácter me increpan esos actos como indignos de mí... Pero a estos señores no debo yo prestarles hoy la misma consideración que en tiempos normales. Estoy a pique de quedarme sin hogar, y para restaurarle no puedo contar con el apoyo de mis semejantes... En una palabra, con pan y techo, en mi posición de anteayer, hubiera muerto inmaculado protestando contra la prevaricación de los míos; pero desertados éstos de su campo natural y legítimo, y en mis circunstancias de hoy, puedo y debo, sin sonrojarme, transigir con mis escrúpulos en obsequio a lo apremiante de la necesidad que me abruma.»

Se ve, pues, harto clara la inesperada resolución que adoptó don Robustiano a consecuencia de su visita a don Ramiro. Dígolo porque no se sorprendan ustedes al ver cómo se porta nuestro solariego en los párrafos que siguen.

No bien llegó a casa y comió de prisa, y abrasándose el paladar, la bazofia de todos los días, que Verónica había preparado peor que nunca en un fogón improvisado en la leñera, envió un recado a Toribio, previniéndole que pasara a verle enseguida.

Zancajos no se hizo esperar y se presentó en el acto en casa de don Robustiano. Mandó éste a Verónica que los dejara solos en el pabellón, y dijo a Mazorcas tan pronto como su hija le hubo obedecido:

—Toribio, tú debes saber que hay algo en el hombre más fuerte que su propia voluntad...

—Sí, señor, el genio —contestó Zancajos.

—Precisamente, y por eso ayer estuve contigo un poco más severo de lo que yo hubiera deseado.

Toribio recibió con la mayor sorpresa esta satisfacción del altivo solariego.

—Pues pelillos a la mar, don Robustiano —le contestó con afabilidad—. Apuradamente tengo yo un carácter que se pinta solo para no tomar a pecho ciertos desahogos... Con que no hable más del asunto, y dígame usted en qué puedo servirle.

—Voy allá. Ya sabes la desgracia ocurrida ayer en mi casa: tú la presenciaste.

—Sí, señor.

—Esa desgraciada necesita una reparación inmediata.

—Sí, señor. (¿Adónde irá a parar esto?)

—Yo tengo recursos para llevar a cabo esta reparación... ¡no me lo negarás!

—¡Ca, no, señor!

—Pero esos recursos son raíces, propiedades que rinden intereses, mas con lentitud y parsimonia. ¿No es así?

—Mucho que lo es.

Por lo tanto, no puedo disponer en el acto de la cantidad necesaria para acometer inmediatamente la obra..., ¿eh?

—Cabales.

—Luego, que a cuenta de mis fincas, si no alcanzasen mis rentas, proponga yo a Juan o a Pedro un anticipo, nada tiene de particular.

—¡Qué ha de tener! Y en prueba de ello, vuelvo yo a poner a su disposición de usted cuanto dinero necesite para el caso.

—Gracias, Toribio... Y para que veas que correspondo dignamente a tu oferta, la acepto desde luego.

El sagaz ricacho, buscando mientras oía y contestaba a don Robustiano el motivo del rápido cambio verificado por éste, recordó de pronto haberle visto cabalgar por la mañana, y no dudó ya un momento, al escuchar sus últimas palabras, que su viaje había tenido por objeto solicitar de algún otro señorón el favor que a él le desdeñó, y que sus propósitos se habían malogrado. No obstante, lejos de tratar de vengarse, agravando la situación aflictiva del mísero don Robustiano, acogió su rasgo de abnegación con la más viva alegría. Verdad es que pensaba utilizar el acontecimiento para sus otros conocidos planes.

—¡Bien, candonga! Así me gustan a mí los hombres —dijo al solariego—, francos y descubiertos. Pida usted ahora por esa boca, que de fijo será medida.

—En cuanto a garantías... —añadió don Robustiano con repugnancia, temiendo que Zancajos le exigiese en tal sentido una nueva humillación.

—En cuanto a garantías —respondió Toribio con la expresión de siempre—, una sola me basta, don Robustiano.

—¿Cuál? —dijo éste temblando.

—Que toque usted estos cinco. Y Mazorcas alargó su mano al solariego.

Este la vio junto a sí como si viera una culebra; pero sacrificando otra vez sus instintos orgullosos en aras de la necesidad, correspondió a los deseos del jándalo, tocándole apenas los cinco robustos dedos de la diestra con los de la suya, fríos, enjutos, largos y afilados, diciendo al mismo tiempo:

—Toco y estimo.

—Ahora va lo grave —pensó Mazorcas. Y sin estar muy seguro de no encolerizar de nuevo a don Robustiano, le dijo con sumo cuidado: En cuanto a cantidad, usted la fijará, así como el momento de la entrega. Pero antes de tratar de estos puntos secundarios... quisiera yo recordarle otro que dejamos pendiente ayer.

Nuevo efecto de repugnancia en don Robustiano y nuevo sacrificio de su vanidad solariega.

—En cuanto a este asunto —respondió con visible disgusto— he resuelto que te entiendas con la persona a quien exclusivamente importa en mi casa. Y llamó a Verónica. Zancajos llegó al colmo de su sorpresa.

—¡Poder de la necesidad! —exclamó para sus adentros.

Al obrar así se proponía don Robustiano salvar con la forma lo humillante que en el fondo, y según su juicio, era para él la consumación del proyecto de Toribio. No asistiendo a él con la palabra, creía menos agraviada su dignidad, que, a pesar de sus recientes convicciones, se le revelaba tan soberbia como siempre.

Cuando entró Verónica y la saludó Toribio, se puso más encarnada que cuando Antón le declaró sus amorosos anhelos. Don Robustiano, mordiéndose los labios y pellizcándose la solapa del casaquín, empezó a dar vueltas por el estrecho recinto en que se hallaba.

—Doña Verónica —dijo Mazorcas desde luego—, a mí me consta que usted conoce las intenciones de mi hijo respective a usted, y me consta igualmente que Antón la quiere a usted mucho más que el domingo pasado, ¡y eso que entonces la quería bien! Con estos antecedentes tuve ayer la honra de pedir al señor don Robustiano la mano de usted para mi hijo Antón. Un suceso que usted no habrá olvidado fue la causa de que mi memorial se quedara por entonces sin respuesta; pero hoy han variado las cosas, a Dios gracias, y su señor padre me responde que deja al cuidado y a la discreción de usted el asunto. ¿No es así, señor don Robustiano?

—Sí —contestó éste refunfuñando Y volviéndoles la espalda.

La sorpresa de Verónica al conocer el cambio operado en la voluntad de su padre fue aún mayor que la de Toribio poco antes.

—Con que usted dirá —añadió éste aproximándose más a la atortolada muchacha. Pero Verónica no daba lumbres. Se pellizcaba las uñas, se mordía el labio inferior, se balanceaba sobre un pie... y nada más, Por fin al cabo de un rato y tras de varias excitaciones de Toribio.

—Si mi señor padre es gustoso... —dijo convulsa y mirando de reojo a don Robustiano.

El solariego por toda respuesta dio otro gruñido y aceleró más sus paseos.

—Dice que sí —gritó Toribio interpretando a su gusto el confuso monosílabo.

—Pues entonces... yo también —añadió Verónica sudando de vergüenza.

Don Robustiano, al oírlo, rugió como una pantera, mas trató de refrenar su coraje.

—¡Ea! —exclamó Toribio entonces lleno de júbilo—, esto es cosa hecha. Vuelvo a mi casa a dar la noticia al borregote de Antón, que la recibirá como una bendición de Dios, y... Pero antes vengamos a cuentas. La obra de esta casa corre prisa, tanto que yo la empezaría mañana. Ustedes no pueden vivir aquí con el jaleo que se va a armar, y puesto que somos unos...

—¡Todavía no! —gritó don Robustiano en las últimas agonías, como sí dijéramos, de su vanidad.

—Quiero decir —repuso Mazorcas— que lo seremos, y en esta inteligencia, espero que ya no rehusarán mi casa.

—¡Decente estaría eso! —refunfuñó don Robustiano. ¿No te parece? ¡Después de lo que habéis arreglado, ir a meterse esa allí!...

—Hay un buen remedio —observó Zancajos—, anticipemos el belén. ¿No es verdad, doña Verónica? ¿No es cierto, don Robustiano?

Excusado es decir que la primera asintió de buena gana a la proposición. En cuanto al segundo, estaba resuelto a no hablar del negocio, y se calló como un muerto, digo mal, como un lobo acorralado.

Pero Zancajos se pintaba solo para descifrar gruñidos y refunfuños, y ajustando los de don Robustiano a su deseo, declaró «el belén» anticipado y acordó, en nombre de los demás, que tendría lugar tan pronto como se despachasen todas las zarandajas indispensables.

—Otra cosa —añadió—, usted, señor don Robustiano, no es tan a propósito como yo para lidiar con el laberinto que se va a revolver aquí desde mañana al comenzar la obra. Si usted me lo permite, me encargaré yo de ella.

—¡Eso más! —dijo don Robustiano con honda amargura, pensando que ni sobre los viejos morrillos de su casa podía disponer ya.

—Creo que usted no me ha comprendido bien —dijo Toribio adivinando la intención de las palabras de don Robustiano—, usted recibirá de mí la cantidad que guste; usted dirigirá la obra y pagará obreros y materiales y hará en todo su voluntad: lo que yo quería para mí era, como si dijéramos, el cargo de sobrestante, porque, desengáñese usted, conozco mucho a la gente menuda y sé, como nadie, hacerla andar en un pie. Todo esto, don Robustiano, con el fin de adelantar la obra y conseguir que no nos den en ella gato por liebre. Además, creo que se puede sacar un gran partido de esta casa dando a la compostura cierta dirección... vamos, como yo se la daría.

Don Robustiano no halló del todo descabellada la pretensión de Toribio, y como al fin era la menor de las tres humillaciones que llevaba aceptadas en el día, accedió a ella sin gran dificultad.

Zancajos se despidió enseguida y corrió, como había dicho, a llevar a Antón la feliz nueva.

Verónica se quedó en éxtasis, saboreando, sin acabar de comprenderla, su inesperada felicidad.

Don Robustiano, entretanto, creía ver incrustados en el techo los rostros de sus antepasados que le miraban iracundos fulminando sobre él una tempestad de maldiciones. «¡Caín solariego!» —pensó que le gritaban—. «¿Qué has hecho del lustre de tu familia?» Y dominado por esta pesadilla, corría febril por la estancia y sudaba gotas de hiel. Al cabo se rindió a la fuerza de su misma excitación, y al desplomarse desfallecido en el sitial blasonado, dirigió al cielo, desde el fondo de su acongojado corazón, esta plegaría:

—Dios de justicia, si obré con mengua, haz que caiga toda sobre el siglo que me abandona, ¡no sobre mis timbres preclaros! ¡No sobre mí, que sucumbo al rigor del infortunio!

V

Quince días después de estos sucesos, el pueblo en que ocurrieron era teatro de otros de muy distinta naturaleza.

Las puertas y ventanas de la casa de Zancajos estaban festoneadas de rosas y tomillo; las seis mejores guisanderas de los contornos, posesionadas del gallinero, de la despensa y de la cocina, desplumaban acá, revolvían allá y sazonaban acullá, y atizaban la fogata que calentaba a veinte varas a la redonda, y al salirse en volcán de chispas por la chimenea se llevaba consigo unos aromas que hacían chuparse la lengua a toda la vecindad. En un ángulo del corral otras cocineras, menos diestras, guisaban en grandes trozos seis terneras, improvisándose en el centro una fuente de vino tinto y se armaba una cucaña en el otro lado. Estallaban en el espacio multitud de cohetes; recorrían las callejas cuatro gaiteros, sacando a sus roncos instrumentos los más alegres aires que podían dar; volteábanse las campanas; los mejores mozos del lugar ponían el relincho en las nubes; las mozas adornaban sus panderos con cintas y cascabeles; el sacristán tendía paños limpios y planchados en el ara del altar mayor, y el maestro de escuela se comía las uñas buscando un consonante que le faltaba para concluir un epitalamio.

Toribio Mazorcas, resplandeciente de oro y charol, iba de la cocina al corral, del corral a la bodega, de la bodega a la fuente, de la fuente a la solana y daba aquí una orden, allá un coquetazo, en el otro un pellizco, y en todas partes reía y alborotaba.

Antón, atortolado y tembloroso, se vestía en su cuarto, con el esmero de una coqueta, un traje tan rico como flamante y se miraba al espejo y se atusaba los rizos, y daba el suspiro que temblaban los cristales de la ventana.

Verónica hacía casi lo mismo en su angosto nicho del solariego pabellón, y hasta las lágrimas se le caían de gusto al ajustar a su talle un precioso vestido de seda y colocar sobre su cabeza delicada guirnalda de flores, como los ampos de la nieve; miraba con infantil complacencia las tornasoles de su falda y las ondulaciones de la cadena de oro que le pendía del cuello, y lo pulido de sus zapatos de raso azul..., y todo el montón de galas que el rumbo de Zancajos había hecho que le preparasen en Santander en poco más de una semana.

Don Robustiano, no sé si por respeto al pudor de su hija o por tirria a sus lujosos atavíos, había abandonado el pabellón y recorría meditabundo las ruinas de su palacio.

Y a propósito: no quedaban de éste más que las cuatro paredes, y no completas, pues en la agrietada se había cortado por lo sano, lo cual es tanto como decir que le faltaba la mitad. El tejado, el desván, el piso principal..., todo había venido al suelo en pocos días, pues Zancajos se había propuesto hacer una gorda, y esta pieza porque falseaba por el tillado y aquella por la pared, todas las demolió, contra la intención de don Robustiano, que hubiera querido conservarlas en su primitivo estado a serle posible. El corral y la castañera estaban llenos de caballetes de aserrar y de montones de argamasa y de sillares a medio pulir, distinguiéndose en el portal, y en grupo aparte, todos los que contenían escudos de armas, pues éstos se guardaban como oro en paño para ser colocados, a su tiempo, en los lugares que siempre ocuparon en el edificio. En el día a que nos estamos refiriendo, la turba de operarios que allí trabajaba había suspendido sus tareas en atención a la fiesta.

Todo lo que de ella llevamos dicho pasaba cuando aún el sol apenas alcanzaba a dorar la cruz del campanario de la Iglesia.

Dos horas más tarde una alegre y pintoresca comparsa salió del corral de Toribio y se dirigió a la portalada vecina. Componíase aquélla de un numeroso grupo de danzantes, bajo cuyos arcos cruzados iban Mazorcas, su hijo y la alcaldesa (luego sabremos qué pito tocaba allí esta señora), detrás de la danza formaban doce cantadoras con panderetas adornadas de dobles cascabeleras, y siguiendo a las cantadoras, un sin número de mozas y mozos de lo más florido del lugar. Las inmediaciones de ambas casas estaban ocupadas por una multitud de curiosos. Los cuatro gaiteros abrían la marcha tocando una especie de tarantela muy popular en la Montaña, y a su compás piafaban, graves como estatuas, los danzantes. Cuando las gaitas cesaron, dieron comienzo las cantadoras en esta forma. Seis de ellas, en un tono pausado y lánguido, marcando el compás con las panderetas, cantaron:


    —De los novios de estas tierras
aquí va la flor y nata.
 

Las otras seis, con igual aire y acompañamiento, respondieron:


    —Válgame el Señor San Roque
Nuestra Señora le valga.
 

Luego las doce:


    —De los novios de estas tierras
aquí va la flor y nata.
Válgame el Señor San Roque,
Nuestra Señora le valga.
 

Alternando así otras dos veces las cantadoras y los gaiteros, llegó la comparsa a la portalada de don Robustiano, ante la cual se detuvieron y callaron todos por un instante. Enseguida los mozos de la comitiva echaron una relinchada; pero tan firme, que llegó a los montes vecinos y aun quedó una gran parte para volver de rechazo hasta el punto de partida en ecos muy perceptibles. Acto continuo las de las panderetas, mientras Zancajos daba tres manotadas en los herrados portones, cantaron esta nueva estrofa:


    —Sol devino, de estos valles,
deja el escuro retiro,
que a tu puerta está el lucero
que va a casarse contigo,
 

Momentos después se abrió la portalada y aparecieron don Robustiano y Verónica; el primero, pálido y con un gesto de hiel y vinagre; la segunda, trémula y ruborosa; aquél con su raído traje de etiqueta; ésta con las ricas flamantes galas de novia.

Zancajos, Antón y la alcaldesa se adelantaron a recibirlos, y como los cinco no cabían bien debajo de los arcos, se determinó que solamente ocuparan tan honorífico puesto los dos señores. Esta honorífica distinción no dejó de halagar la vanidad del solariego, que entró bajo los arcos dando la mano a su hija con aire majestuoso y ciertos asomos de desdén, como si aquello y mucho más se mereciera.

Las mozas se relamían al contemplar el lujo de Verónica, y más de cuatro de ellas, considerando que se había llevado el gran acomodo del pueblo, la miraban de bien mala voluntad.

Colocados así los solariegos, y a su lado, aunque fuera de los arcos, Toribio, su hijo y la alcaldesa, se puso en marcha la comitiva entre los relinchos y las aclamaciones de los curiosos, la música de las gaitas, las coplas de las cantadoras, el estallido de los cohetes y el toque de las campanas, porque es de advertir que el sacristán estaba encaramado en lo más alto de la torre, toda la mañana, con objeto de solemnizar a volteo limpio cualquier movimiento que notase entre la gente de la boda.

Cuando ésta llegó al portal de la Iglesia, salieron a recibirla el señor cura, el alcalde con una comisión del Ayuntamiento, el maestro y los chicos de la escuela.

El primero, hombre prudente, se limitó a saludar a cada uno de los cuatro principales personajes del alegre y pintoresco grupo.

El alcalde, labrador pudiente, rapado a navaja en cuanto no fuese mejorar terrenos y amillarar riquezas imposibles, que en esto era capaz de marear al más lince; pero con presunciones de servir para todo por lo mismo que a saber ser alcalde nadie le echaba la pata, hallando sin aquel lo que hizo el señor cura por todo «homenaje» a los novios, se propuso darle una lección en tan solemnes momentos y mostrar al pueblo entero lo que él sabía hacer por lo fino cuando el caso lo requería. Al efecto, se afirmó bien sobre los pies, braceó tres veces, escupió cuatro, levantó la cabeza, medio cerró los ojos, y encarándose con los novios, dijo muy recio:

—¡Oh devinos misterios!... ¿Qué miro? ¿Qué arreparo? ¿Son fantesías de mis ojos? No, que seis vusotros que venéis; vusotros lo más runflante de mis... vasallos, a uncirvos... para sinfinito... en la santa... metripolitana parroquial... Yo, y la Comisión del monicipio que aquí de cuerpo presente eisiste, vos... vos... inciensamos..., vos requerimos y ensalzamos para que sea enhorabuena y por la gloria que vos deseo. Tal digo con esta fecha.

Y no dijo más el alcalde; pero miró en derredor de sí con aire de conquistador. Los concejales que le acompañaban añadieron unísonos estas lacónicas palabras, haciendo al propio tiempo una reverencia:

—La comisión otorga.

El maestro se limitó Por de pronto a plegarse en dos mitades sin decir una sola palabra; pero enseguida giró rápido sobre los talones y vuelto hacia sus chicos, les gritó alzando los brazos:

—¡A una!

Y los granujas comenzaron a cantar un himno compuesto por el pedagogo, formando al mismo tiempo, con la precisión de reclutas, en dos filas que terminaban a la puerta de la Iglesia.

Pasó la comitiva por en medio de ellas y entró en el templo. Don Robustiano fue a ocupar el sitial que a la sazón estaba cubierto con la mejor colcha de Toribio. Este, como padrino; su hijo, Verónica y la alcaldesa, como madrina, se hincaron en las gradas del altar mayor.

Los gaiteros y el maestro subieron al coro, aquéllos para tocar la misa, éste para echar la epístola y dirigir a los demás cantores.

Pasaré por alto los detalles de la ceremonia religiosa pues, mutatis mutandis, fueron los que conoce todo fiel cristiano, como sin duda lo es el lector. Solamente haré notar que hubo tiros de escopeta y cohetes a la puerta, en el momento de la Consagración; que los novios, cuando fue ocasión de leerles la epístola de San Pablo, se trasladaron al sitial para oírla desde allí como si de este modo se le diera más solemne posesión del privilegiado asiento al hijo de Mazorcas; que don Robustiano, aunque vio esta intrusión con amargo despecho, ya no sabía qué cara poner en fuerza de lo que, por otra parte, le halagaba la pompa desplegada en obsequio de su hija; y por último, que Toribio reía y lloraba a la vez, y no pudiendo contenerse, abrazó a su consuegro, y a Verónica, y a Antón, y a la alcaldesa, y estuvo en un tris que no abrazase también al señor cura.

Cuando se dio por terminada la ceremonia, y después de las felicitaciones y enhorabuenas de costumbre, volvió a formar la comitiva a la puerta de la Iglesia y se puso en marcha conforme había venido, con la sola diferencia de que ahora iba Antón también debajo de los arcos, y su padre echaba, durante el tránsito, puñados de tarines y aun de medias pesetas a la muchedumbre, cebo apetitoso y estimulante que hizo más de dos veces desorganizarse la comparsa por bajarse los danzantes, los gaiteros y las cantadoras a recoger tal cual moneda descarriada, no obstante haberles dicho Toribio, temiéndose tamañas informalidades, que para todos habría luego.

Una hora después que la boda llegó a casa del rico jándalo, la fiesta tomó un carácter muy distinto. El señor cura, don Robustiano, Zancajos, los novios, el alcalde, la alcaldesa, los concejales de la comisión, el maestro, el sacristán y más una docena de personas de lo más selecto del lugar, ocuparon la larga mesa que se había preparado en la sala principal. Los danzantes, los gaiteros, las cantadoras y cuanta gente se presentó allí, se posesionaron del corral, donde había, para el que menos, abundante ración de guisado, pan y vino... y arroz con leche.

El señor cura, como hombre previsor y cuerdo, se retiró muy pronto de la mesa, dejando a los convidados en completa libertad, después de haber brindado por la felicidad de los novios, a quienes dedicó muchos y sabios consejos. La presidencia que dejó vacante este buen señor fue ocupada por don Robustiano, que la aceptó con su característica gravedad. Pero toda ella no fue bastante a mantener en orden a las buenas gentes que le rodeaban. Rió, gritó y echó bombas Toribio; cantó el sacristán; largó tres discursos el alcalde; batió palmas la alcaldesa; otorgaron tres veces los concejales, y el maestro, creyendo llegada la ocasión, después de pedir la venia a la cabecera de la mesa, leyó la composición que tantos sudores le había costado y decía así:

«Versificación de epitalamio en doce pies de verso desiguales, conforme a reglas; discurrida por Canuto Prosodia, maestro de instrucción primaria elemental de este pueblo, y dedicada a la mayor preponderancia, majestad y engrandecimiento de la ilustre Doña Verónica Tres-Solares y su excelso consorte, Don Antonio Mazorcas (vulgo Antón, por apócope), hoy día de sus nupcias o esponsales, 1.º de septiembre del año corriente de gracia:


Salgan a luz los astros naturales
    Y las estrellas,
Y cante la rajuca en los bardales
    Y las miruellas;
Que doña Verónica, pues con don Antonio
    En este día
Ya las nupcias contrajo, o matrimonio,
    Con sinfonía.—
Que el cielo les derrame bendiciones
    Es mi deseo,
Y que tengan los hijos a montones.
    Amén.—Laus Deo
 

Mientras éstas y otras cosas pasaban arriba, en el corral se solazaba medio pueblo, despachando tajadas de carne y jarros de vino, que era una maravilla. Dos carrales, o pipas, de lo de Rioja, hacía la fuente, y a las tres de la tarde hubo necesidad de atizarla con otra cuba, porque se estaba apagando ya. De arroz con leche iban a la misma hora siete calderas engullidas, y de las seis terneras no quedaba más que una pata.

Cuando ésta hubo desaparecido también, y se agotó la fuente y se rebañaron las calderas, se levantaron los tableros que habían servido de mesas, se retiraron los toldos que las amparaban del sol y comenzaron los músicos a darle a las cigüeñas de las gaitas. Esto y media docena de cohetes lanzados al aire fue la señal del gran jaleo; quiero decir, de trepar a la cucaña y del baile general.

Lanzáronse a ello cuantos podían tenerse de pie, y los que no, panza arriba o como su hartura y mareos se lo permitían, diéronse a relinchar y a vitorear a los novios. Estos, con una parte de los convidados de arriba, salieron entonces al balcón. Y digo que una parte de los convidados, porque los concejales, el maestro y tres comensales más, al ponerse de pie dieron en la manía de que el suelo se tambaleaba, y no habiendo razón que fuese capaz de probarles lo contrario, quedáronse donde estaban, apurando unas botellas de Jerez con el buen fin de fortalecer el ánimo para arrostrar mejor la catástrofe que temían. En cuanto al sacristán, así que oyó la bulla del corral se empeñó en ir a echar un repique musical que sabía para las grandes ocasiones; pero no vio logrados sus deseos, porque al ir a empuñar los badajos creyó que las campanas se volteaban solas, asustóse, perdió el poco aplomo que le quedaba, y contó uno a uno con la cabeza y las costillas todos los escalones del campanario.

Entretanto, siguiendo la gresca en el corral de Toribio, dio la gente en pedir a gritos que «echara un baile» doña Verónica; apoyó Zancajos la pretensión, y no tuvo más remedio la nieta de cien señores «de primer lustre» que zarandearse un poco entre aquella turba de mocetones de buen humor. Mazorcas, Antón y la alcaldesa aplaudieron cada vuelta de la ruborizada Verónica; pero don Robustiano, que había tragado más bilis que chuletas durante toda la comida, al verse precisado a alternar allí con semejante canalla y sintiendo colmada la medida de su paciencia con la nueva condescendencia indecorosa de su hija, tomó el sombrero y se largó a su casa, sin que hubiera ruegos ni súplicas que alcanzaran a detenerle.

—De todas maneras —dijo a Zancajos—, yo no había de dormir aquí...

—¿Cómo que no? ¡Y yo que le tenía a usted preparada la mejor habitación de mi casa!

—Mientras en la mía quede una teja que me ampare contra la intemperie, no han de reposar mis hidalgos miembros en el hogar ajeno. Te hago la justicia de concederte que es tu intención la mejor del mundo al brindarme con tu casa y al dedicar a mi hija el fausto que la dedicas hoy: aún más, te lo agradezco; pero no deben tus ambiciones llegar hasta el punto de pretender que yo autorice con mi presencia ciertos excesos y transija con otros resabios, incompatibles con mi carácter. Deja el tiempo correr, y entonces veremos si en mi propia casa me es dable aceptar de buen grado lo que hoy, de pupilo en la tuya, me sería intolerable. En el ínterin, la vieja vecina de siempre suplirá en la glorieta la falta de Verónica para aderezarme el frugal sustento. Y a Dios te queda.

No dijo más el inflexible solariego; pero me consta que cuando llegó al viejo pabellón le pareció éste un páramo inmenso, no obstante su pequeñez material; halló su recinto frío, y el color de las paredes más oscuro y triste que de costumbre. Intentando explicarse la causa de aquel fenómeno, fijó su vista en la parda estameña del abandonado vestido de Verónica, y dos gruesas lágrimas le escaldaron las mejillas. Protestó contra tamaña debilidad; mas le fue inútil el recurso, porque entonces vertieron sus ojos mares de llanto y su pecho oprimido estalló en quejidos de angustia. Por primera vez cayó don Robustiano en la cuenta de que había en la naturaleza algo más que un sentimiento de admiración a su linaje. Treinta años pasados junto a Verónica no habían bastado a dárselo a Conocer: un momento de soledad se lo evidenciaba. El orgulloso y el fanático Tres-Solares notó en aquellos instantes supremos que la ausencia de su hija angustiaba más a su alma que la pérdida de su palacio blasonado. Jamás se hubiera atrevido a creerlo. Pero sus viejos resabios tenían hondas raíces en su pecho, y hallando en ellas fuerzas bastante para resistir por entonces los impulsos del corazón, devoró rebelde su propia amargura en la triste soledad de aquel recinto, antes que ir al ajeno a buscar el consuelo que tanto necesitaba.

No obstante, su llanto no fue estéril: la cuerda más sensible de aquella alma había vibrado ya, y sus ecos misteriosos hallaron pronto y cariñoso refugio en el corazón.

Cuando la humana naturaleza sufre tales sacudidas, el tiempo solo basta ya para conducir al vacilante espíritu al término que anhela, al centro que necesita.

Nada dijo Mazorcas a Verónica de la retirada de su padre; por el contrario, y con el fin de no turbar la alegría de la recién casada en un momento tan crítico, al notar aquélla la ausencia de don Robustiano, la hizo creer que éste se había recogido a descansar en la habitación que se le tenía allí preparada.

Siguió, pues, la boda tan animada como al principio, y llegó la noche, y se encendieron hogueras en el corral, y continuó la gente danzando y riendo hasta cerca de las diez. Entonces dio Toribio espita a un barril de exquisito aguardiente, y con esta sosiega despidió a la muchedumbre, que bien necesitaba ya el reposo de la cama. Hubo cantares y música otra vez, pero con una desafinación insoportable; vivas y plácemes a los novios, a don Robustiano y a Toribio; despertaron los concejales, el maestro y comparsa, que roncaban sobre la mesa de la sala; desalojóse ésta, quedó el corral desierto, recogióse lo que se pudo de la cacharrería y demás zarandajas del festín de abajo, fuéronse las guisanderas, volvió a reinar el orden y el silencio en casa del rico jándalo, retiróse éste discretamente, y...

El que quiera saber más que vaya a Salamanca, pues yo hago punto y tiendo, como dicen los novelistas finos, un velo sobre los restantes acontecimientos de aquel día de imperecedera memoria entre los vecinos del consabido pueblo, de cuyo nombre, vuelvo a repetir, no quiero ni debo acordarme.

VI

Al llegar aquí y a punto de dar fin a la presente historia, necesito que el lector suponga que han pasado ocho años desde los sucesos que dejo referidos. Hecha esta suposición, vuelva los ojos hacia las personas y las cosas de que venimos tratando, y mucha será su penetración si al primer vistazo las conoce.

El palacio es ya digno de tan pomposo nombre por fuera, por dentro, por arriba y por abajo.

El solar se ha convertido en huerta de ricas y variadas frutas y en ameno y delicioso jardín, y ya no le cierra la pared apuntalada y cubierta de malezas, sino un sólido muro que, a la vez que de resguardo a lo cercado, sirve de base a una elegante verja que permite al transeúnte recrear la vista con lo que está vedado a su mano.

La cintura de castaños es un hermoso parque bordado de caprichosos senderos y macizos de flores y tupido de césped.

La antigua media torre almenada es un anchísimo mirador de cristales; la glorieta una sala de verano; la teja-vana de enfrente, mitad invernáculo, mitad pajarera, y así todo lo demás; porque Toribio se había propuesto, como dijimos, hacer una gorda, y lo cumplió transformando el antiguo caserón solariego en una morada provista de cuantas comodidades pudiera exigir en el campo el gusto más exquisito.

¡Pues dígole a usted los moradores del improvisado Edén!

Antón es un señor bastante grueso, que se pasa el día corriendo de hacienda en hacienda, aquí dirigiendo la siega, allá inspeccionando la cabaña, más allá la poda de un monte, en el otro lado la construcción de una nueva casa de labranza, aquí riñendo a un colono holgazán, allí remunerando la laboriosidad de otro, etc., etc. Siempre va tarde a comer a casa, por más que se propone lo contrario, pero nunca de mal humor; y el mayor desahogo que se permite, al desplomarse rendido en un sillón mientras se enfría un poco la sopa, es un par de resoplidos al aire y otro de besos en cada mejilla a dos chiquitines rubios como el oro, rollizos y frescos como unas mantecas y sanos como corales, que le acometen apenas se sienta, y trepan sobre sus rodillas, y le sueltan el chaleco, y le aprietan la garganta, y se le encaraman en los hombros, y le aturden y le embriagan a embestidas, abrazos y pisotones.

Verónica es una matrona ágil y risueña que se mira en los ojos de Antón. Tiene sobre sí el peso de la dirección interior de la casa, y después de atender, como ella lo hace con afanoso deleite a tan sagradas ocupaciones, apenas le queda una hora que consagrar a su mayor delicia: ver a sus dos hechiceros diablillos correr por el jardín o por la castañera. No ha querido salir un instante fuera de los términos del pueblo, como Toribio deseaba, para que conociera un poco el mundo. Para ella el mundo es aquel rincón donde ha nacido, donde están sus hijos, Antón y cuantas personas y objetos le son caros.

El único pesar que le aqueja es la consideración de que algún día, y no lejano, tendrá que separarse de sus pimpollos para darles una educación que allí no pueden recibir, si su padre y sus abuelos no se resuelven, como ella desea, y ellos no quieren, a que sean unos señores labradores, corno lo es su padre.

Toribio, un poco más cano y caído de voz que antes, es el mismo de siempre: risueño bromista y cariñoso. Tan pronto como conoció que su hijo era tan capaz como él para dirigir el belén de sus propiedades, encomendóselas con la mejor gana y se consagró pura y exclusivamente a saborear los goces de la familia, para lo cual contaba con un corazón de perlas.

Don Robustiano pasó la pena negra durante los ocho meses que necesitó la mágica dirección de Toribio para terminar las obras del palacio. Su corazón de padre le aconsejaba todos los días que fuese a ocupar la cómoda habitación que el rumboso jándalo le preparó en su casa; pero su tesón característico, sus resabios aristocráticos se lo impedían. Pero eso, no bien se dio al edificio solariego el último brochazo de pintura, brindó con la flamante morada a toda la familia de su hija. Y brindar en tales términos equivalía en don Robustiano a decir: «Necesito que vengáis a vivir conmigo; quiero morir en vuestra compañía.» La verdad era que al pobre viejo le mataba la soledad, y hasta le pesó más de una vez, durante aquellos meses de angustia, haber nacido tan noble, y ya que lo era, haber alardeado siempre de serlo, porque la repugnancia a contradecirse, a tener que tragarse las tempestades que había soltado contra la canalla plebeya, y especialmente contra Toribio, era ya lo único que le impedía aceptar la hospitalidad de éste. Por el contrario, acogerle a él bajo el techo solariego trascendía a merced de parte de don Robustiano, y esto ya daba muy distinto color al asunto.

De este modo vieron satisfechos sus más vivos anhelos todos los personajes de nuestra historia al cobijarse juntos dentro del antiguo palacio: don Robustiano, porque, como se ha visto, languidecía en la soledad; Verónica, porque, conociéndolo, padecía mucho lejos de su padre, y Toribio y Antón, por ver contenta a Verónica y por acabar de una vez de formar en todos conceptos parte de la ilustre familia. Con tan favorables antecedentes, no era aventurado pronosticar la más completa armonía entre los nuevos moradores del restaurado palacio.

Ya hemos visto qué pelaje tan en consonancia con este pronóstico muestran ocho años después Verónica, Antón y Toribio.

En cuanto a don Robustiano, ¡asómbrese y santígüese el lector!, ha engordado, se ríe con los chistes de Zancajos, le coloca junto a sí en el sitial de la Iglesia, pasea con él y le da con frecuencia palmaditas en el hombro; departe con Antón, le excita a que no vista chaqueta ni aun para andar en casa; va con él muchas veces a visitar las labranzas..., y le quiere entrañablemente. ¿Cabe mayor transformación de carácter? ¿Y cómo había de suceder otra cosa? Don Robustiano es el primero en su casa para todo. Preside la mesa, guía el rosario, a él se le pide el dinero para los gastos domésticos, su menor capricho se respeta con una orden, se le cede el mejor asiento cuando vuelve de pasear, los criados le saludan desde media legua, el gabinete más soleado, más ancho y mejor amueblado es el suyo; Toribio le ha suscrito a un periódico de sus ideas..., y todas estas y otras infinitas atenciones se le consagran por la familia espontáneamente, sin que él necesite apuntar la insinuación más vaga. Por si no fueran bastantes estos motivos de satisfacción, los dos ángeles de Verónica no le dejan sosegar un momento y le hacen correr con ellos, y contarles cuentos, y jugar al escondite..., y le comen a besos, que es, entre todas las delicias de que se ve rodeado, la que más consuela y rejuvenece el alma del honrado viejo.

Largas y acaloradas discusiones sostiene con la familia a propósito del porvenir de las dos hermosas criaturas. Él quiere que sean jurisconsultos; Antón que ingenieros; Toribio que generales, y emperadores si es necesario; Verónica... que no se los lleven nunca de su lado.

—En todas las profesiones, artes y oficios —concluye siempre el solariego—, cabe lo que más debe ambicionar un padre para su hijo: que sea hombre de bien, y estos niños tienen ya mucho adelantado para serlo como el que más; el no necesitar ocuparse en el modo de adquirir el pan de cada día; tarea peligrosa en la cual se tuercen, al rigor de la necesidad, muchas conciencias de suyo rectas y delicadas, y desmayan no pocos espíritus denodados. Otra ventaja tienen aún de inmensa utilidad, si saben aprovecharla en cuanto vale: un gran libro en que aprender, un ejemplo vivo que imitar: su abuelo Toribio... Sí, amigo mío: tú, mal que pese a tu modestia, sin argumentos pomposos, sin ruidosa palabrería, pero con hechos muy elocuentes, has sido capaz de hacerme comprender, y ahora me deleito en confesarlo, que existe una nobleza más ilustre, más grande, más veneranda que la de la sangre, que la de los pergaminos: la nobleza del corazón.

Después de oír tan claras, tan ingenuas manifestaciones de boca de don Robustiano, y después de contemplar el cuadro de su familia, que acabo de describir rápidamente, ¿qué me resta de decir a mí? Nada, benévolo lector. Hazte, pues, la cuenta, y no te equivocas, de que he concluido; perdona las faltas, y si eres montañés y montañés fidalgo, refrena tu suspicacia y otórgame la justicia de creer que al hablar de don Robustiano y de don Ramiro y de la caterva de solariegos que éstos evocan en su diálogo, así me acordé de tu padre o de tu abuelo, como del emperador de la China.

Los baños del sardinero

A vista de castellano rancio


—¿Y en qué coche vamos?

—En el primero que encontremos en la Plaza Nueva.

—Ahí tiene usted tres... cuatro...

—Todos ellos son peores; pero vamos a tomar aquél que se está ocupando ya, porque será el primero que salga. Iremos en la delantera, si a usted le parece.

—Perfectamente: con eso veré mejor el paisaje. A mí me gusta mucho la campiña de aquí. Además, ya sabe usted que no he visto aún la mar, porque me guardo esa sorpresa para hoy: quiero verla de sopetón, como si dijéramos... ¡Oiga! ¿Sabe usted que son de rechupete estas dos madamitas que van en el interior? ¡Caracoles, y qué bien les cae el sombrerito ladeado!... Pues mire usted la señora que está en el rincón de mi derecha: ocupa ella sola medio coche... y parece joven y muy bonita; digo, si el velo del demonio del gorro que lleva puesto no me engaña.

—Que todo podrá ser.

—¿Le parece a usted?

—Lo que a mí me parece es que está usted muy animado para ser tan tempranito.

—¡Qué quiere usted, hombre! Viene uno de aquel demonches de Campos donde todo se ve de un color, y ese malo, y parece que aquí se ensancha el corazón entre tanto verde, y, sobre todo, entre tanta gracia como Dios echó encima de estas criaturas... ¡Zape! qué mal movimiento tiene este coche... ¡Buenas casas son éstas!... ¡digo, pues es nuevo todo el barrio!... Una iglesia en construcción...

—Por construida pasa hoy.

—Hará poco que se empezó.

—Muy poco, unos trece años.

—¡Anda! ¿pues y eso? Escasearía el dinero.

—No, señor: con lo que han costado esas paredes se hubiera hecho una catedral en cualquier otro pueblo.

—Pues no lo comprendo.

—Ni yo tampoco.

—¡Qué repecho tan penoso!... y se llama «Calle de Motezuma». ¡Y qué fea es la condenada de la calle!... ¡Hola!, ya estamos en el camino real... Me parece que aquello es la plaza de toros, ¿eh?

—Precisamente.

—¡Bien, canario! le confieso a usted que se me hincha la vanidad de castellano cuando veo entrar a los pueblos por esas reformas. Una plaza de toros no debe faltar nunca en ninguna población nuestra que se aprecie en algo. O somos españoles o no lo somos. ¿No-verdá-usté?

—Claro... y ¡viva la Pepa!

—Ya se ve que sí. Con tal de que haya trigo en Castilla para los que quieran pagarle bien...

—¡Cabales! aunque coman los pobres de allá y de acá centeno y borona.

—Esa es la derecha, que así lo quiso Dios: por eso los dedos de la mano no son iguales. Dejemos al extranjero, que no tiene riquezas propias, arreglárselas con sus industrias, o sus brujerías, como dice el señor cura de mi pueblo, que ellas le darán el pago... ¡Canario, qué vuelta tan en corto! Por lo que se ve, es recién hecho este camino.

—Sí, señor: es más recto y menos penoso que el antiguo, que es el que hemos dejado.

—¡Bonitas praderas! Arbolado, huertos, casitas; la bahía detrás y más allá las montañas... ¡bien, retebién! ¡esto me gusta! Pero calle: eso que se ve ahí junto a los árboles del camino viejo, ¿es una fábrica?

—Sí, señor; de estearina y jabón.

—¿Y qué es eso de estearina?

—Para hacer bujías.

—¿Y qué son bujías?

—Velas.

—¡Acabaras! Pues me gusta el aquel de la fábrica. Y ¿con qué muele?

—¿Cómo que con qué muele?

—Quiero decir, con qué anda; porque no veo el río por ninguna parte.

—Con vapor.

—¡Ah, ya! Velay-usté por qué ahuma tanto la chimenea. Y a todo esto, ¿cuándo se ve la mar?

—Ahora vamos a verla, en cuanto lleguemos a aquellos árboles.

—¡Sopla, y qué airecillo tan fresco me ha dado en la cara de repente! ¿Será de la mar, eh?... Ya estamos arriba... ¡María Santísima, qué vista tan hermosa se descubre ahora!... Pero no veo la mar por ninguna parte.

—¿Cómo que no? Fíjese usted entre esas dos puntas de tierra que se ven a derecha e izquierda.

—Ya me fijo, pero no veo más que cielo... Pero deja, que allí salta una cosa contra aquel peñasco... ¡Anda, morena! ¡pues si es la mar!... ¡Virgen del Tremedal, y qué grande es! Ya se ve, como tiene el mismo color que el cielo, ya podía yo estar mirando una semana entera hacia acullá-lante... ¡Hombre, cuánto hace Dios con sus divinas manos! Y diga usté, ¿por dónde se ve a la América?

—Pues, hombre, por esos mares de Dios.

—Pero, ¿a qué mano se echa la embarcación?

—¡Bendito sea el Señor que tanto da! Y ¿qué torre es aquélla que está sobre ese peñasco aislado?

—Ese es un faro que se ilumina todas las noches para que los barcos que se dirigen al puerto...

—Ya comprendo; para que no se den de testerazos contra la isla. Pues allá, a la izquierda, se ve otra torre más grande.

—Otro faro aún mejor que el de Mouro.

—¿Cuál es el de Mouro?

—El que está sobre el peñasco y del cual toma el nombre.

—¡Soberbio es todo esto! ¡Y decir a Dios que hay en el mundo tantísima gente que se va a la eternidad sin verlo!... Pero ocúrreseme que estará muy hondo.

—¿Cuál?

—¡Toma! el mar.

—Calcule usted.

—¿Y cómo mil diablos se baña uno allí sin ahogarse? Bien que se bañará la gente a la orillita. Y digasté: aquello que revolotea allá lejos ¿son gorriones?

—Hombre de Dios, si son lanchas pescadoras.

—Pues mire usted, así de pronto lo parecían... ¡Canastos, y cómo corre el coche por esta cuesta abajo! Allí vienen otras dos diligencias llenas de gente... ¡Anda, y qué cara traen de frío los pasajeros! Estos ya van bien remojados... ¿Es el parador alguna de estas casas?

—No, señor: son de campo, menos esa grande de la derecha, y esa que la sigue, y la otra de más allá, que son fondas.

—¿Luego ya estamos en el Sardinero?

—Ahora mismo va a parar el coche.

—¿Le parece a usted que dé la mano a las señoras del interior para que bajen?

—Es usted muy fino; pero está usted dispensado de esa atención.

—Con franqueza, que en este punto quiero más pecar por rumboso que por encogido... Le digo a usted que me gustan mucho las compañeras del sombrerito... ¡Y qué torneadas están las indinas... miusté, miusté!... ¡El demonches del estribo ya sabe lo que se hace!

—¿Se pescó algo, eh?

—Un poquillo, de refilón... Pero por aquí no se ve arte de baño ni de cosa que se le parezca... ¡Santa Bárbara, qué ruido!... ¿es que truena?

—No, señor, son las olas. Ahora las verá usted, bajando por esta rampa...

—¡Digo! ¡lo que yo más quería, lo que me encargaron las hijas del procurador!

—¿Y qué es?

—¿Qué ha de ser? Cascaritas, caracolillos. ¡Pues ahí es nada lo del ojo! Sepa usted que en mi pueblo se pirran por esto desde que la sobrina del cura llevó de aquí una peregrina de cáscaras, con su cayado y todo: al demonio del muñeco no le faltaba más que hablar. Y digasté, y perdone, ¿podré yo hallar otro?

—Sí, señor; pero antes vamos a tomar cuarto en la casa de baños.

—Es bastante cómoda esta bajada... ¡Hombre, qué hermoso está el arenal! Vea usted, vea usted qué tal salta el agua en él... ¡Zambomba!, ¡cómo se estrelló esa ola!... Ahora ya sé en qué consiste el ruido que oí antes... Y digasté, ¿para qué son estas casetas con ruedas que hay arrimadas a la casa de baños?

—Para los enfermos, o para usted, si quiere desnudarse y vestirse a la orilla del agua.

—Vea usted si discurre la gente para sacar el ochavo.

—Ya estamos en la casa de baños.

—Pues la tenía a mi vera, y mal pecado si la había visto... Pues no fue por no ser vistosa, que está bien pintada, de verdá; ni por ser chiquitica, que ¡digo si es grande!... Pues no te digo nada del corredor éste; ¡cuidado si es largo!... Pues anda con los cuartos que tiene a las dos manos... y cada uno con su avío bien decente... Y aquí el mostrador para el amo... y detrás de estos cortinajes más cuartos...

—Alto ahí, que ése es el departamento de las señoras.

—¿Y está acotado?

—Sí, señor.

—Pues no he dicho nada... A ver esto otro... Vamos, es el recreo, como quien dijo... ¡anda, qué solana!... con sus pilaritos y su techo. Le aseguro a usted que se puede pasar aquí la mañana recreando la vista.

—No lo niego. Pero usted ¿piensa bañarse?

—Hombre, le diré a usted: con ese ánimo salí de casa; pero según me voy acercando a la mar la voy tomando un respetillo... Quisiera, si a usted le parece, dejar el primer baño hasta mañana.

—Corriente.

—Pero usted puede bañarse si quiere.

—Muchas gracias; prefiero consagrarme hoy enteramente a usted, porque se me antoja que aún le quedan muchas preguntas en el cuerpo.

—Es verdad; pero no lo deje usted por eso: mañana será otro día.

—Es que no respondo de estar mañana de tan buen humor como hoy.

—Pues adelante. Y dígame, por de pronto: ¿para qué son esas dos cuerdas tan largas que van desde la orilla hasta mar adentro?

—Para agarrarse, si quieren, a la de la derecha los hombres y a la de la izquierda las mujeres.

—Calla, pues es verdad, que allí veo una porción de bultos que son cabezas de mujer. ¡Anda, y cómo chillan!... ¡Cataplum!... ahí va esa ola... ¡las tapó! Le digo a usted que son valientes las condenadas de las hembras. Ya sale una. ¡María Santísima, qué visión!... ¡Y cómo se le azota el saco! Sí, híspele, híspele con las manos, que ya adelantarás bastante!... Ya sale otra; ¡ésa sí que está de buen año! parecen la l y la o. Y vienen hacia aquí muy serias. ¿Sabe usted que, a lo que veo, maldito el inconveniente habría en que se bañaran juntos hombres y mujeres? Esos trajes son capaces de quitar la ilusión al más regioso.

—No tanto como usted cree.

—¡Oiga! estas dos que salen ahora del cuarto son nuestras compañeras de viaje. ¡Bendito sea Dios, qué rollizas y graciosísimas están así! Vea usted cómo saltan sobre la arena los diablejos. Pues dígote los pies: yo juraría que eran panecillos de nácara. Vamos, me los comería. ¿Y quién es ese hombre a quien se agarran?

—Un bañero.

—¡Ay! yo quisiera ser bañero... ¡Plafs!... se zambulleron en el agua... Agua quisiera yo ser ahora... ¿Se ríe usted? Pues hace usted mal, porque soy capaz de echarme a las olas sólo para ver cómo se bañan.

—¡Miren el tonto! Pero ¿no decía usted que perdía las ilusiones al ver esos trajes y esas fachas?

—En primer lugar, esos trajes no son como los que antes vimos; y después, ¡ay, amigo! no eran los trajes, sino las mujeres, lo que me quitaba la ilusión... Pero ésta otra que sale al baño, ¿no es la que también vino con nosotros y que parecía llenar ella sola medio carruaje? Sí, no hay duda, es la misma. Pero, señor, ¿dónde ha dejado las carnes? ¡Mire usted qué engaño, hombre! ¿Y cómo se consiente eso?... ¡Uf! ahí va ese rebaño de ovejuelas... más de doce... ¡Anda! pues allá van los lobos por el otro lado, es decir, los hombres... Amigo, es preciso ser justos: por regla general estamos nosotros, en ropas menores, más graciosos que las mujeres... Cuando yo era niño, recuerdo haber gastado los días de fiesta un traje del mismo corte que el que aquí se ponen los hombres para bañarse; sólo que el mío estaba abierto por detrás. Por cierto que, porque se me salía a menudo por la abertura el faldón de la camisa, me sacudía mi madre cada lapo que cantaba el credo... ¡Juich! por un tris no se queda en cueros aquella infeliz: una ola le ha levantado el saco hasta cerca del cogote. Noto que los hombres no salen de su jurisdicción. Me gusta esa honradez, que, al cabo, nadie está libre de... ¡Ay! ya salen las mías... Mírelas usted qué azotadicas vienen... por aquí van a pasar... ya llegan... ¡Uy, cómo les chorrea el agua a las infelices!... ¡Toma! y el otro fantasmón las saluda muy fino... Valiérale más afeitarse las pantorrillas y los brazos al muy descortés... Pues mire usted, en medio de todo, no deja de gustarme esa franqueza salvaje que reina aquí entre ambos sexos. Esas señoritas se guardarán muy bien de enseñar en la calle media pantorrilla, y aquí no se les da una higa por correr en pernetas por el arenal y recibir a sus amigos en camisa... Está visto que en hombres y mujeres, todo, todo es hijo de la costumbre y de las circunstancias... ¡Anda, el otro que corre al agua! Sospecho que es un presbítero... ¡Cómo se le distingue la corona! ¡Pum! de cabeza se ha tirado el muy reverendo. Ahora resopla y se friega la panza. Ese hombre debe gozar mucho en el baño... Ahí salen tres mujeres: que Dios no me salve si no parecen tres disciplinantes de los que van en la procesión de mi pueblo el Viernes Santo... ¡Un vapor!... ¡un vapor! mírele usted qué hermosísimo va: parece que se le puede alcanzar con la mano... y se dirige al puerto. ¿Vendrá de América, eh?

—No, señor, de Andalucía probablemente.

—¡Cómo viene por la mano izquierda!... Pues ahora asoma por detrás de la isla un barco de vela: ¡éste sí que va gracioso! Le digo a usted que esta solana es un coche parado... ¿Y qué hay a la parte de allá en esa punta de tierra?

—Otro arenal más grande aún que éste. Iremos a verle, si usted quiere.

—Pues vamos andando... ¿Y se baña gente en ese otro arenal?

—Sí, señor; más que en éste, y con mayor economía.

—¿Cuánto cuesta?

—Nada.

—Barato es.

—Venga usted detrás de mí, con mucho cuidado, porque vamos, para abreviar el camino, a trepar por las rocas.

—¡Canario, qué puntiagudas son!... ¡Zape!

—¿Qué ocurre?

—¡Chist!... Mire usted con el rabillo del ojo y con mucho tiento, a tres varas delante de nosotros, en el hueco de esas dos peñas manchadas de verdín... ¿Eh?, ¿qué tal? Rollizota es la muchacha. Pues, calla, que dos pasos más a la derecha hay una familia entera acurrucada en otro hueco, mudándose de traje... Ya veo el arenal; ¡qué grande es y qué limpio!... ¡Jesucristo, qué rebundio!...Hombres, mujeres, chiquillos, todos en el mismísimo traje de la inocencia. Pero, señor, ¡esto es el valle de Josafat!... ¿Cómo es que hay tanto rigor en el otro arenal y en éste tanta tolerancia?

—Pues ahí verá usted.

—Esa no es razón.

—No creo que tenga otras de más peso la autoridad que así lo consiente.

—Y noto que hay por estas alturas mucha gente que no viene a bañarse.

—Está en igual caso que nosotros; viene a recrear la vista en ese agradabilísimo y pintoresco desorden.

—¡Y qué lástima de arenal!

—Le prevengo a usted que aquí se bañaba la reina cuando estuvo en Santander.

—¡Hombre, qué me cuenta usted? ¿Y se bañaba también al aire libre y entre esta clase de gente?

—¡Está usted loco? Tenía una rica y cómoda caseta que bajaba, resbalando sobre rails hasta muy adentro de las olas.

—¡Ajá!... Una cosa así quisiera yo para bañarme completamente tranquilo; pero, ya se ve, ¡como soy un pobre castellano!... ¡Uy, cómo retozan los condenados muchachos en el agua!... Y los que se visten encima de aquel montón de arena son soldados, si no me engaño... y mujeres las que se desnudan a dos varas de ellos. ¡María Santísima! Le digo a usted que el cuadro tiene que ver.

—¿Está usted bien enterado de él?

—Hombre, así al pormayor, bastante.

—Pues otro día le verá usted en detalle: ahora volvámonos por donde hemos venido, porque debe estar aguardándonos el coche.

—¿No nos dará tiempo para que yo compre unos caracolillos?

—Le van a llevar a usted un dineral por lo que puede coger de balde otro día en el arenal: lo mejor será que compre usted en Santander esa peregrina que tanto desea.

—Aprobado, y vamos al coche... y aprisica, porque ya veo a las dos compañeritas que entran en él.

—Cuando le digo a usted que le han mareado esas dos criaturas.

—La verdad, me gustan mucho... Ya se ve, está uno hecho a aquel gentío de Campos... que lo que es bueno, por decir bueno, ya es; pero... vamos, le falta, como si dijéramos, la salazón que tiene esto de por acá... Conque nosotros ¿otra vez a la delantera?

—Si usted no prefiere ir adentro para ofrecer sus respetos a las consabidas...

—¡Quiá, hombre, quiá! ¡pues estoy yo ahora de buen pelaje para echármela de fino con gente tan emperejilada!... Una cosa es que me gusten y otra que yo me alborote... Vamos, vamos a la delantera... Pues ahora entra la del rincón... y ha vuelto a ser gorda otra vez... ¡Anda, y dile a tu padre que te dé para libros; y el que no te conozca que te compre! Lo que yo veo es que delante de la cara de Dios no valen trampas, y han de salir muchas a relucir el día del juicio, porque allí todos hemos de estar peor vestidos que los bañistas del Sardinero chico, por no decir tan desnudos como los del Sardinero grande... ¡Cómo jadean estas pobres bestias! ¿Están en este trajín todo el día?

—Justamente.

—No le envidio las ganancias al empresario.

—Y por de pronto, ¿qué opina usted de estos baños, tal cual hoy los ha visto? Vamos a ver; cuénteme usted sus impresiones.

—¿Mis impresiones, eh? Pues le diré a usted. Me gusta muchísimo la mar, y deben ser muy provechosos los baños de ola, cuando tanto se recetan; pero les tengo un poquillo de respeto, y, a la verdad, tomándolos en coche los encuentro bastante carillos. Me entusiasma la franqueza que reina en el arenal, donde se olvidan de sus escrúpulos y etiquetas, sexos, condiciones y catigurías; y es de sentir que no se tome en la ciudá alguna parte de este sistema, ya que está probado que cabe de lo bien hasta en las señoras mujeres. Franqueza, sí, señor, franqueza. Este es el modo de que nos conozcamos a fondo los unos a los otros. Vea usted; yo tenía hasta hoy a las damas por una cosa así... vamos, que hasta el aire las hacía daño; y ahora que las he visto correr descalzas y, como si dijéramos, en camisa por el arenal, echar un párrafo con un amigo en ropas menores, y jugar con las olas como quien juega a los litos, voy creyendo que tienen más correa que nosotros. ¿Y qué me dice usted de lo físico? Es verdad que, por regla general, todas las mujeres pierden en traje de baño; pero también es cierto que la que así nos gusta le asegura a uno de desengaños para toda la vida; como que, hoy por hoy, yo me atrevería a aconsejar a todos los amantes a macha-martillo que, a no estar muy seguros, muy seguros de que al respective eran rollos de manteca, no se citasen en las olas del Sardinero... ¡Cuidado si las tales olas son enemigas de artificios y mentiras! Dígalo si no la consabida compañera del rincón... ¿pues no se quedó la indina más seca que un espárrago en cuanto se arrimó a la playa sin los ringo-rangos que ahora lleva encima!

—Eso le probará a usted que hay mentiras físicas y morales, dado que el género humano no puede ser perfecto, que son indispensables y hasta meritorias. He aquí por qué yo no perdería la ilusión si encontrase a mi novia en el Sardinero con algunas libras de peso menos de las que yo le había supuesto en el paseo... Y conste que mi opinión no vale para aquellos que eligen las mujeres por libras y trapío, como si fueran toros de lidia.

—Pues mire usted, confieso con toda franqueza que he sido siempre un poco llevado de esa debilidad.

—¿Sí? Pues en ese caso procure usted no frecuentar el Sardinero en época de baños; y sobre todo, báñese usted en él las menos veces que pueda; que si las mujeres azotadas por las olas pierden casi todos sus muchos físicos atractivos, los hombres en idéntica situación... también tenemos que ver.

—Me ha convencido usted: ya no vuelvo al Sardinero.

—Hará usted muy mal. Lo que usted debe hacer es lo que hago yo: no tomar las mujeres al peso; de este modo, y pensando siempre en mis propias flaquezas, me baño en el Sardinero sin ver las de los demás.

—¡Canario! pues creo que tiene usted razón. Desde mañana me voy a bañar a las olas, y he de tratar de contener este pícaro genio reparón, aunque pase por delante de mí la misma estampa de la muerte.

—Usted me dará las gracias si es firme esa resolución.

—¿Qué no?... Vayan a cuenta esos cinco, y abajo, que ya llegamos.

—Tome usted esos diez... y hasta la vista.

Ir por lana...

I

Nutrida de carnes, sana de color, ancha de caderas, roma de nariz, alta de pecho, alegre de mirada y frisando en los veintidós, Fonsa, hija de un viejo matrimonio cargado de trabajo, de arrugas y privaciones, era quien se llevaba la palma entre todas las mozas de su lugar. Rondábanla por la noche y bailábanla a porfía los domingos en el corro los mozos más gallardos; poníanle arcos de flores a la ventana durante la velada de San Juan, y la hacían, en fin, objeto de cuantas manifestaciones es susceptible la rústica galantería montañesa.

Pero Fonsa no era feliz, a pesar de todo. Su único hermano había marchado a América poco tiempo hacía, y dos amigas y convecinas que servían en Santander, se habían presentado en el pueblo con vestido de merino de lana y botas de charol. Lo primero la tenía en constante esperanza de ser señora; lo segundo la hizo reparar más de lo conveniente en que ella aún vestía bayeta y percal, y que, descalza casi siempre, se pasaba lo más del año cavando la tierra y sufriendo la inclemencia del sol y del frío. Por eso se dijo una vez, a su modo, por supuesto: «Mi hermano me ha prometido hacerme una señora principal, pero mañana u otro día; y de aquí allá, ya hay lugar para morirse de hambre. Yo podía, para entretener mejor el tiempo, irme a servir a Santander, donde dicen mis compañeras que se divierten mucho y comen y se visten bien y trabajan poco».

Y a Fonsa empezó a quitarle el sueño el condenado gusanillo de la ambición, que está haciendo y ha hecho en la Montaña más estragos que el oidium, la epizootia y el cólera juntos.

Los padres de la ilusa muchacha, tan pobres de criterio como de bienes de fortuna, soñaban como ella en riquezas y señoríos, y miraban con repugnancia la escasa tierra que labraban, como si no fuese capaz de prestarles lo necesario para cubrir sus cortísimas necesidades; así fue que, al conocer las pretensiones de Fonsa, en lugar de darle un par de moquetes por atreverse a aspirar a la lana y al charol de sus amigas, sin saber antes cómo lo habían ganado, y a abandonar a los pobres viejos al rigor de los trabajos campestres, superiores a sus ya cansadas fuerzas, aceptaron el plan como una inspiración de Dios, aunque con la condición precisa, porque los viejos eran honrados a carta cabal, de que Fonsa había de entrar a servir en casa conocida y de prencipios, donde se mirara por ella con interés.

La aspirante a sirvienta propuso en seguida a sus padres la familia de cierta doña Remedios que pasaba los veranos en aquella aldea, bien para servir en su casa, bien para que le buscase otra de su confianza. Y tan racional pareció la idea de Fonsa a su padre, que en seguida fue éste a la taberna, compró un pliego de papel y se plantó en casa de un mozalbete que tenía en el barrio fama de gran pendolista.

—Vengo —le dijo—, al auto de que me escribas una carta para doña Remedios, la de Santander.

El mozalbete dejó el enorme mazo con que encambaba un rodal, entró en casa, volvió a salir con un tintero de cuerno en la mano, y, puesto de rodillas delante del poyo del portal, escribió sobre el papel que le dio el padre de Fonsa lo siguiente, que éste le dictó rascándose la cabeza:

«Señora doña Remedios:

Para servir a usté y de toda mi satisfación: sabrá usté primeramente cómo la mi muchacha y nusotros deseamos que la muchacha pase a servir a casa de usté, o a persona de la comenencia de usté, porque la muchacha, como usté sabe, es honra, y nusotros, vamos al decir, y perdone la franqueza, semos muy hombres de bien por mar y por tierra y por el reondel del orbe. Si usté tiene a bien que la muchacha sirva en casa de usté, o en casa de su comenencia de usté, avisará tan aina como ésta llegue a ojos de usté; y si, pinto el caso, no llegara, avisará tamién pa ver de ponerle otra al mesmo tenor.

Y con esto no canso más; quédese usté con Dios, y mandar con franqueza. La mujer güena, gracias a Dios.

Portada. La muchacha es docilota y sofría, está en güenas carnes y es avispá de por suyo; güen genial y mejor voluntá.

Y no cansando más por ahora, pa servir a usté y finezas a la señora familia, me repito. Y con esto tendrá usté el honor de saber que es su vasallo con respeto y servidumbre y fineza,

Celigonio Calostros».

El pendolista arañó la pared para sacar polvos, cubrió con ellos la carta y la cerró con pan mascado; púsola el sobrescrito, y dándosela al tío Celedonio, llevóla éste a la estafeta del lugar.

Ocho días después contestó doña Remedios diciendo que había encontrado una casa de su confianza, en la cual podía servir Fonsa.

Entonces llamó tío Celedonio a su hija, y la habló en estos términos: «A Santander vas a dir, probe sí, pero con muchísima honra. Si sé que te sales de la casa onde te meta doña Remedios, sin el aquél de su permiso, y si, pinto el caso, faltas al respeto a tus amos o levantas los ojos del suelo cuando te reprendan, malos lichones me jalen si no voy a la ciudá y te traigo a casa entre ceviles. Y si, llevá de malas compañías, faltas al temor de Dios y te das a picos pardos, Nuestra Señora de las Angustias te ampare, porque yo te descuartizo».

Oído con respeto este sermón, Fonsa arregló su pequeño equipaje, cerróle en un arca de pino, y con ella sobre la cabeza salió de su pueblo dos días después, acompañada de su madre.

La cual hizo solemne entrega de su hija a doña Remedios, quien, a su vez, entregó la muchacha a la familia a que había de servir.

Volvió a oír Fonsa de boca de su madre el mismo sermón que le echó en el pueblo su padre, y convencida la pobre vieja de que dejaba asegurado el porvenir de su hija, compró un rosco de vasallón y se volvió tranquila a comerle con su marido al amor de los tizones, y a continuar bregando con los terrones y las vacucas.

II

Empezó Fonsa su servicio rompiendo mucha vasija y empleando toda su escasa inteligencia en aprender su modesta, pero trascendental obligación.

Hacía los recados en un periquete, porque la asustaban el ruido y el movimiento de las calles, y en ninguna parte se hallaba tranquila más que en el rincón de la cocina. No quería salir los días de fiesta, porque «no se amañaba» con las diversiones de la ciudad; y recordando los bailes y los cantares de su lugar, se llevaba la tarde suspirando y hasta llorando, acurrucada en el balcón del comedor.

Pasaba la pena negra cada vez que iba a la fuente, porque le pasmaba el extenso semicírculo de criadas que, sentadas sobre sus respectivas herradas, esperaban la vez para coger. Aquellas mujeres hablaban a gritos, reñían casi siempre entre grotescos ademanes y contorsiones, y no era su más rara ocupación desollar la opinión de sus amos, sacando a relucir secretos sorprendidos a la familia, y no pocas invenciones calumniosas. Según aquel congreso de ingratas y desleales, todas sus amas eran roñosas, todos sus señores impertinentes, todos sus señoritos dulces y afables, y todas sus señoritas gazmoñas y fastidiosas. Hablaban el pejino, es decir, con el tonillo acentuado característico del pueblo bajo de Santander; y hasta la peor ataviada de todas ellas vestía casabeca, aunque muy sucia, y tenía el pelo en rodete. Fonsa, con el acento de su lugar, había dicho, aludiendo al botijo que tenía en la mano, que llevaba media hora esperando y que tuvía estaba vacíu. Estas expresiones valieron a la pobre muchacha una rechifla espantosa, haciéndole saber, para en adelante, algunas fregonas compasivas, que debió haber dicho «entodavía está vacido». También la advirtieron que el nombre de Fonsa era aldeano, y que en la ciudad se decía Eldifonsa. Todo esto, más la circunstancia de andar la sencilla moza con justillo y en mangas de camisa y gastar el pelo en moño, había hecho que la llamasen sus colegas de la fuente arlotona y ordinaria. Por supuesto que las cultas fregatrices eran, sin excepción, tan aldeanas como Fonsa; pero llevaban algún tiempo más que ella en la ciudad, y bien sabido es que no hay peor cuña que la de la misma madera.

Cuando la hija del pobre Celigonio Calostros se retiraba a casa con la herrada en la cabeza, al paso que bendecía a Dios porque, según las trazas, le había procurado para servir la única familia buena que había en Santander, suspiraba de pena al considerar todo lo que tenía que aprender para colocarse a la altura de sus correctoras de estilo.

Así se pasó algún tiempo.

Poco a poco la rolliza aldeana fue perdiendo la corteza que oscurecía el claro color natural de su cara; la esmerada y nutritiva alimentación que le daban en casa de sus amos redondeábala más y más cada día; se ajustaba con todas sus fuerzas la cintura y estudiaba con cuidado el modo de vestir de sus comprofesoras para cuando sus medios le permitiesen adquirir el anhelado traje de lana y las botas de charol. Sus dos paisanas le decían que estaba ya más vistosa que en la aldea, y que se iba afinando.

Un día, al volver de la fuente, se le acercó un joven chupando un puro de a cuarto y vestido con el traje de estos artesanos, es decir, heterogéneo en sus piezas, pero poco limpio.

—¿Necesita usted, prenda —dijo a Fonsa mirándola con terneza—, que la ayuden a llevar la herrada?

—¿Qué se le importa al demontres del?... —respondió la interpelada con acento y gesto más duros que los aros de su herrada.

—No se ofenda usted, buena moza, que lo pregunto con el corazón más tierno y la más fina voluntad.

—Que le digo que me deje en paz y no me prevoque... ¡Cuidao que tien que ver!

—Repito, joven, que no quiero faltarla a usted, porque sépase usted que no es ésta la primera vez que mis ojos se han quedado ciegos al ver los resplandores de ese cuerpecito tirano.

—Sí, sí; mucho de palique, y aticuenta que na.

—Este palique se prueba si se agradece.

—¡Bah, bah! Quítese day y no me consuma la pacencia, que tengo más cacer coir esas pampirolás del diañu. No ¡pus si una juera a hacer caso de to lo que la ladran a la oreja!...

—Me parece que cuando uno viene con honradez...

—¡Como no venga!

—¿Y por qué no, morena?

—Morena o no morena, Fonsa Calostros me llamo con toa la honra de la honría más relumbrante... y si me tomó el sol y no soy tan blanca como las de la ciudá, sallando maíces fue en la mies de mi lugar... ¡Esta si que me gusta!... ¡Pus pue que se le figure al birriagas de este hombre que yo tengo a menos el ser morena!

—Si algo he dicho que la ofenda, perdonar la falta, que de buena intención fue la palabra. Pero sepa usted, Alifonsa, que ahora que sé cómo usted se llama, siento que la miro con mucha mayor estimación.

—¡Otra que te vas! Como si fuera a pasarme el deo con esa compresación... ¡Ea, no se arrime tanto!

—No merece usted que se la quiera.

—Ni falta que me hace, pa que usté lo sepa.

—Es usted una ingrata.

—Y usté un lenguatón mal enseñao.

—Ya se arrepentirá usted algún día de haber recibido tan mal mis finezas.

—¡Ya me voy arrepintiendo! Pus si yo juera a creer... ¡Madre de mi corazón! Valiérame más un cólico cerrao que me llevara en un periquete. Güenos son los hombres de la ciudá, trapaceros y embusterones.

—En la ciudad hay de todo, Alifonsa; y aunque me esté mal el decirlo, soy un artesano honrado que sabe obsequiar finamente a una joven tan interesante como usted.

—De manera es que como una no debe, vamos al decir, corresponder al respetive de lo primero que la cantan...

—Por eso yo la pido a usted su correspondencia para cuando mis finos obsequios la prueben que no he querido engañarla.

—Eso ya es otra cosa... Velay. Ya espienzo yo ahora a cogerle un poco de ley, siquiera por el aquel de la formalidá.

—En cuanto a lo demás, aquí me tiene usted; y creo que, mejorando lo presente, no soy del todo mal personal.

—Tocante a eso, hijo del alma, no hay una mujer menos reparona que Lifonsa; y aunque fuera más feo de lo que es...

—No creo que lo soy tanto, Alifonsa.

—Vamos al decir, que es usté chumpao de cara, y tiene así un demontres de hocico de juriacagüevos; y dimpués es mal empernao de patas y malaspenas acanza a la talla... Pero, como yo digo cancia mí: sea el hombre honrao, que lo demás no vale dos anfileres.

—¿Es decir, no dándome por ofendido de la semelitura que acaba usted de hacer de mi personal, que usted corresponde a mis finezas?

—¡Ca! Entodavía no.

—Pero a lo menos no me negará usted su conversación cuando se la pida.

—Tocante a eso... puei que no... Y, mire, no me jeringue más, que pasucu a pasucu hemos allegao al portal de mi casa, y puei que la señora nos haiga echao ya el ojo.

—Entonces no canso más. ¿Y se puede saber en qué piso sirve usted?

—En el segundo.

—Pues ahora me retiro satisfecho... Por supuesto, con la condición de...

—¿Condición y tou, eh? Pus ándese con chunfleterías así, y verá si le echo encima toa el agua de la herrá y le hago dirse echando centellas.

—Vamos, no he dicho nada entonces. Quedar con Dios hasta... ¿hasta cuándo?

—Hasta que me dé a mí la gana.

—Corriente, y no hay que ofenderse, Alifonsa. Conque, a más ver.

Y tras esto se separaron Fonsa y su cortejante. Fonsa, bufando como una gata montés, subió las escaleras de su casa; su derretido galán siguió calle adelante, recorrió otras muchas y no se detuvo hasta que encontró al ciego de la bandurria. En Santander hay siempre un ciego que toca admirablemente este instrumento, y una mujer que le sirve de guía y le acompaña además con la guitarra.

—A las nueve en punto en la calle de San Francisco —dijo al ciego lacónicamente el mozo que le buscaba.

—No puede ser a las nueve: tengo una boda a esa hora.

—Pues a las ocho y media.

—Corriente. ¿Serenata o paseo?

—Serenata.

—¿Cómo se llama?

—Alifonsa.

—¿Doncella, zagala o cocinera?

—¿En qué piso?

—En el segundo.

—Está bien.

—Ahí va real y medio.

—No doy serenatas por menos de media peseta.

—No hace cuatro días la has dado por diez cuartos.

—Es que se ha subido el pan de entonces acá. Además, el nombre de aquélla era María.

—¿Y qué?

—Que casi todas las coplas las tengo arregladas a él por ser el más corriente; y las que no, se amañan en seguida diciendo Mariquita o Mariuca u otra cosa así. Créelo, es nombre muy socorrido. Al paso que Alifonsa... Vamos, te aseguro que tengo que hacer las coplas casi que de nuevo.

—Todo eso es pantomina y floreo para dorar la píldora; pero como yo no soy hombre que dejo de hacer una fineza por una insinificanza más o menos, ahí van los dos reales.

—Salú te dé Dios. ¿Y has de ir tú conmigo?

—Pues claro: enfrente de su portal te esperaré: allí me verá ésta.

—No hay necesidá de que te vea, porque yo, en cuanto doble la esquina, empiezo a echar el pasacalle, y ya me sentirás para decirme dónde han de ser los cantares. Conque vete descuidado.

—Pues adiós.

—Adiós.

Aquella misma noche, mientras Fonsa fregaba una cacerola, se dejó oír en la calle, al son de una bandurria bien tañida, este cantar entonado a dúo por las voces de un hombre y de una mujer:


«En ese piso segundo
vive la reina tirana
de un corazón que la adora
y estos cantares la manda».
 

Fonsa siguió fregando. Pero a este cantar siguió este otro:


«Alifonsa de mi vida,
prenda de mi corazón,
asómate a la ventana,
que debajo espero yo».
 

El cual cantar dio a entender a Fonsa que si la música no iba con ella, le faltaba muy poco. Otras dos copias, en las que entraba también el nombre de Alifonsa, persuadieron a ésta de que a nadie más que a ella se dirigía el obsequio. Entonces abrió el balcón de la cocina, se asomó a él y vio, a la luz de una cerilla que encendieron en la calle, la cara de su cortejante; y aunque esta nueva circunstancia no le dejaba la menor duda del objeto de la serenata, el siguiente cantar que se oyó abajo al asomarse ella al antepecho acabó de confirmarlo:


«Emperatriz de las Indias
quisiera nombrarla yo
a la hermosa cocinera
que se ha asomado al balcón».
 

Fuese que empezaban a hacer alguna mella en el pecho cerril de Fonsa las finezas de su adorador, o bien que la música por sí sola la fascinase, lo cierto es que la obsequiada mocetona se estuvo al balcón cerca de media hora escuchando la serenata.

Cuando se retiró de él, después de oír el último cantar, se encontró con que se le había resquemado la cena, con que lo había olido la señora y con que ésta la estaba llamando a gritos diez minutos hacía. Semejante falta fue la primera que cometió Fonsa en casa de sus amos, y también la primera que oyó en ella la dura reprensión que le echó la señora.

Aquella noche durmió muy mal entre los recuerdos de la serenata y los de la subsiguiente reprimenda: los primeros le sabían a miel; pero los segundos le hacían dar en la cama cada revolcón que temblaba la casa.

III

Pasó más tiempo.

Durante él habló Fonsa varias veces con su atento obsequiante, o mejor dicho, novio; perdió el miedo que le causaban antes la gente y el bullicio de la calle y las pejinas de la fuente; adquirió, por regalo de su señora, una casabeca, y por anticipo sobre su soldada, un vestido de percal rameado y unas botas de lienzo de color de tórtola con trencillas verdes; bailó cuatro tardes en el Reganche; adquirió algunas amigas íntimas entre aquellas mismas criadas veteranas que tanto respeto la infundían al principio, y se convenció de que, a pesar de sus remilgos y casabecas, eran tan bestias como ella; aprendió en su escuela a reírse a gritos sin saber de qué, y a estarse una hora, con la herrada llena sobre la cabeza, diciendo tonterías a otra que tal en medio de la acera; fue tres veces tarde a casa, y llevó por estas tres faltas graves tres sermones en tiple de la señora; volvió a ésta tres respuestas nada reverentes, y por la última de ellas fue conminada con la pena de ser puesta de patitas en la calle si reincidía en semejante falta; habló con sus amigas de este asunto, y quedó convencida de que su ama era gruñona, y además roñosa, porque le trancaba los garbanzos, el azúcar y el chocolate; se atrevió a buscar dos veces casa sin el consentimiento de su familia; se permitió algunas burlas de las aldeanas que llegaban a servir a la ciudad en las mismas condiciones en que había llegado ella poco antes; trocó su aire antiguo de marcha, rígido y empinado como el mango de una escoba, por un exagerado contoneo, soltó el moño tradicional de su recia cabellera para reemplazarle por el moderno rodete, y fijó bien en la memoria las palabras abuja, endimpués, bujero, cudiado, sastinfecho, bolpe, juegar y otras por el estilo del lenguaje fino fregonil, y algunas muletillas de igual procedencia, como ¡Ya baja! ¡A la vuelta lo venden tinto! ¡Cómo no, morena!... Soy de Orozco y no te conozco, las cuales encajaba a cada momento, pegasen o no pegasen; y con todos estos adelantos se creyó completamente cepillada y pulida, pero no satisfecha, porque aún no tenía lo que más ambicionaba en la tierra: botas de charol y vestido de merino de lana.

Llegó en esto el día del Santo patrono de su pueblo, y obtuvo permiso de su ama para ir a pasar la fiesta con su familia. Presentóse entre sus antiguas relaciones con aire de taco y, como el jándalo famoso del rastrillo, alardeó de haber olvidado hasta el nombre de los más comunes aperos de labranza, como si hiciera siglos que los había perdido de vista; chilló como una perra apedreada cada vez que tuvo que saltar un charco, y aparentó, brincando con muchos dengues de morrillo en morrillo, no saber andar ya por las callejas; se compadeció de los enfelices que tenían que pasar la vida destripando terrones y comiendo borona; se desdeñó de bailar el periquín en la romería, pretextando que ya no sabía más que al punteao de la ciudad; reprendió a cuantas personas la llamaban Fonsa, advirtiéndoles que debían decir Eldifonsa; llamó a su vez Celipas y Enestasias a las llamadas Lipas y Tanasias, y volvió a salir de su pueblo a las treinta y seis horas de haber entrado en él, dejando medio duro a su padre y asegurando a las amigas de quienes se dignó despedirse que le repuznaba la ordinariez de la aldea.

Otra vez en Santander, continuó progresando en la escuela fregonil y adquiriendo cada día una nueva amistad en fuentes y plazuelas, haciéndose más y más susceptible a las reprensiones de su ama y dándole a cada hora un nuevo motivo de enojo.

Entre tanto, no llevaba más que siete meses de servicio, y el saldo de su cuenta no le alcanzaba para comprar el vestido de merino y las botas de charol que la traían a mal traer, especialmente desde que frecuentaba el trato de una moza que se distinguía entre todas las de su categoría por la variedad de sus trajes y por la frecuencia con que cambiaba de amos.

La tal moza había mostrado siempre una decidida inclinación hacia Fonsa, y no sosegó hasta que se hizo su inseparable compañera de plazas, fuentes y paseos. Ella se tomaba la molestia de arreglar el prendido y los cuatro trapos del vestido de la sencilla cocinera, cada vez que salían juntas; ella le corregía el estilo, así en el decir como en el andar; ella le procuraba las disculpas que había de dar en casa cuando suponía que habían de reñirla por su tardanza; ella le prometía colocaciones a porrillo para cuando se decidiera a enviar enhoramala a su ama; ella, en fin, se mostraba tan cariñosa y tan placentera y servicial con Fonsa, que ésta concluyó por quererla de todas veras y por seguirla a todas partes como una borrega.

En una ocasión se hallaban juntas en la Plaza de la Verdura. Fonsa miraba y admiraba, como de costumbre, el vistoso traje de su amiga, y ésta se dejaba admirar hasta con delectación y como si se propusiera excitar la envidia de aquélla.

—¡Cómo mil diaños te las amañas tú —dijo de pronto Fonsa— para echarte todos estos amenículos? Yo estoy agorra que agorra, y he espenzao tamién, por consejo vuestro, a ordeñar la compra, y así y todo no me acanza la ganancia pa mercar un par de medias.

—Pues ya te he dicho otras veces —contestó la interpelada que yo he dado siempre con buenos amos.

—¡Buenos amos!... ¡y has parao un mes en la casa que más!

—Eso no quita... Y luego dispués, yo te diré... me tocó la lotería.

—¡La lotería!... Entonces voy a echar yo.

—Es que puede que a ti no te toque, y entonces pierdes lo que eches.

—Y ¿por qué echestes tú?

—Porque... porque sabía que me iba a tocar.

—Y ¿cómo lo sabías?

—Porque me lo dijo la adivina.

—¡Madre de Dios!... ¡la adivina!... Si yo me atreviera...

—Y ¿por qué no te has de atrever?

—Porque dicen que es pecao.

—¿Quién lo dice?

—El señor cura de mi pueblo... y además el Catecismo, que bien claro lo canta: «el que usa de chapucerías o cosas pertiniciosas».

—¡Otra! pero ése será el Catecismo de tu pueblo; aquí no rige.

—¿Pus qué rige aquí?

—El Obispo; y el diablo me lleve si le he oído una palabra contra las adivinas.

—Entonces, ¿yo puedo ir a que me echen las cartas?

—Claro que sí. ¿Crees en la adivina?

—Como en los Avangelios. ¡Y buenas ganas que se me han pasao de ir a verla desde que estoy en Santander!

—Pues, hija, ahora tienes güena preporción.

—¿Ahora mesmo?

—No hay incominiente.

—Pus andando se va.

IV

Fonsa, temblando de emoción, se puso a las órdenes de su amiga y salió con ella de la plaza; tomaron por la calle de la Lealtad, y, torciendo por otras callejuelas, entraron en un portal oscuro, angosto y lóbrego, del que arrancaba una escalera carcomida y tortuosa. Subieron una docena de peldaños y se detuvieron delante de una puerta tan miserable como la escalera. Llamó la amiga de Fonsa y salió a abrir un ser que no me atrevo a calificar de mujer porque no se ofenda el «bello sexo». Era una mole de carne mugrienta y asquerosa, mal cubierta con algunos trapos tan sucios como la carne; arrastraba en los hinchados pies unos soletos, y tenía, en lo que llamaremos cara, dos a manera de ojos ribeteados de sangre; una, como nariz, atascada de rapé, y alrededor de una abertura, que pudiera ser la boca, sucia y profunda, como el foso de una letrina, crecían rígidas y dispersas algunas cerdas grises.

—¡Entray, buenas mozas! —dijo con voz de trueno a las recién llegadas.

Y éstas siguieron al extraño ser por una especie de caverna donde se respiraba una atmósfera que debía parecerse mucho a la de las guaridas de las fieras.

A Fonsa le temblaban las piernas y le palpitaba el corazón. Lo que estaba viendo no se parecía en nada a cuanto ella se había imaginado sobre los hechiceros de las coplas y las viejas de los cuentos que sabía. Por eso, si hasta entonces había creído en el poder de las adivinas, desde aquel momento las suponía capaces de competir con el mismo demonio.

La vieja se detuvo en un sitio donde la habitación era un poco más ancha y menos oscura. No había allí más muebles que un banquillo cojo de madera de pino y una mesa de la misma clase, sobre la cual se sostenía, adherido a sus propias lágrimas, un cabo de vela de sebo. En un rincón de la misma pieza había un jergón sucio y desgarrado. El suelo y las paredes estaban cubiertos de roña, lamparones y telarañas.

Fonsa no podía orientarse en aquel antro asqueroso, ni siquiera darse cuenta de los objetos que la rodeaban. Por eso no se fijó en que su amiga habló muy callandito algunas palabras con la vieja.

Ésta, cuando hubo oído a su discreta interlocutora y después de mirar a Fonsa con un gesto que la hizo estremecer, llevó la diestra mano a su enorme seno, extrajo de él un papel sucio y arrugado, un mendrugo de pan tan sucio como el papel, y una baraja mucho más asquerosa que el pan y el envoltorio. Tomó de éste entre el índice y el pulgar una buena porción de rapé que sorbieron con avidez sus narices, llevó a la boca el mendrugo y puso la baraja sobre la mesa.

—¿A quién echo las cartas? —preguntó.

—A ésta —contestó, señalando a Fonsa, su amiga.

—Corta —dijo la adivina presentando la baraja.

Fonsa, temblando como un azogado, hizo de la baraja dos montones.

—Se me figura que voy a decirte algo bueno, moza —murmuró la mujerona reuniendo la baraja—. Y cuidado que lo que yo digo se cumple como el Evangelio; y aquí está tu amiga que no me dejará mentirosa. ¿Eh?

—No, señora, no; ya le he dicho que todo se me cumplió al respetive de lo prometido.

—Es que yo no soy como esas embaucadoras de tres al cuarto, que andan por la plaza engañando a las inocentes con una mala baraja sin virtud. Yo puedo decir con vanidad y con orgullo que heredé estas cartas de una adivina que las compró a costa de su alma, en una noche de truenos, a un espíritu que se le metió por la chimenea.

Fonsa, al oír esto, pensó que la tragaba la tierra; cerró los ojos, y admiró aquel monstruo que tales armas usaba.

—Y ahora que sabes —añadió la adivina—, lo que puedo, guárdate muy bien de no poner en planta mis consejos, pues no te perdonaría Dios si los desecharas.

Tras esto, y cuando conoció que Fonsa estaba completamente fascinada y aturdida y dispuesta a dudar, antes que de su poder, de la misericordia de Dios, comenzó a tender las cartas en la mesa y a hacer sobre ellas, a medida que iban saliendo de la baraja, comentarios de este jaez:

—Oros arriba, bastos abajo: ni bueno ni malo. Oros, más oros; copas boca abajo: tú tienes deseos. Rey de copas: de lo que no está a tus alcances. Oros otra vez, el as: dinero te hace falta. Otro rey con túnica: vestido apeteces. Espadas ahora: por la guerra. No, que salen bastos, por la aldea: trabajos en ella; no te convienen. Más oros todavía: tendrás el vestido. Más oros, la sota... y muchas galas y primores. El caballo detrás: un caballero se prendará de ti que te llenará de riquezas. Sota de copas: una mujer barrunta, morena de color. Bastos atravesados: sin fuerza ni poder. Más oros: la fortuna te persigue. Cinco y cuatro nueve, y siete diez y seis, y trece de los lados veintinueve... y ahora la sota de bastos: joven será y con un bastón. Más oros: rico otra vez.

Y así prosiguió hasta que se acabó la baraja. Volvió en seguida a reunirla y tornó a desparramarla acompañándose con la propia jerga, y así continuó hasta tres veces.

Fonsa estaba aplanada de sorpresa, de terror y de gozo, todo junto. Pero aún se aplanó más cuando la adivina le hizo el resumen de sus investigaciones cabalísticas en estos términos.

—Un caballero bien parecido y muy principal se prendará de ti, y esto te lo hará saber a la hora menos pensada por medio de una mujer morena con un lunar en el carrillo izquierdo, una verruga debajo de la nariz y vestida de oscuro, con un pañuelo a la cabeza. El caballero hará tu suerte si no te niegas a nada de lo que te ordene ni de lo que disponga la mujer que ha de hablarte de su parte. Tendrás por de pronto el vestido de merino y las botas de charol que deseas, y estarás muy poco tiempo sirviendo, porque tú has nacido para mayores puestos. No dirás nada de todo esto a tu familia, ni a tus amos, ni a nadie, mientras no empiece a cumplírsete. Apurre ocho cuartos y vete, bendita de Dios, que algún día me darás las gracias.

Con mano trémula sacó Fonsa de la faltriquera las monedas que le pedía la adivina; y no digo ocho cuartos, ocho mil la hubiera dado si los hubiera tenido a su disposición. ¡Por cuatro monedas viles de cobre una fortuna!

Hecho el pago de los ocho cuartos, salieron de la zahurda las dos amigas, acompañándolas hasta la puerta la especie de fiera que la habitaba.

Fonsa, cuando a la calle salió, no vio la luz del sol, ni la gente que encontraba, ni el camino que seguía: toda su poca razón estaba ocupada en desmenuzar las risueñas promesas que acababa de hacerle la adivina.

Así volvieron a la Plaza de la Verdura, donde la amiga de Fonsa hizo una seña muy expresiva a cierta mujer que se hallaba vagando, como sin objeto determinado, entre las banastas de frutas y repollos.

La mujer se acercó en seguida a las dos muchachas, y Fonsa al verla dio un respingo. Había encontrado en ella todas las señas que la adivina le había dado de la persona que debía anunciarle su felicidad.

—¿A dónde va lo bueno? —dijo la recién llegada a las dos amigas.

—Pues aquí voy con Eldifonsa —respondió la mentora de ésta recalcando mucho el nombre.

—¿Eldifonsa has dicho?

—Sí, señora: Eldifonsa, una muchacha que vino de la aldea pocos meses hace...

—¿Y que sirve en casa de...?

—Doña Liboria, que vive en la calle de San Francisco...

—¡La misma, hija! Vea usted si la suerte lo dispone bien. Pues tengo que hablar contigo una cosa de mucha importancia, Eldifonsa... ¡Y vaya si tienes todas las señas que me han dado!

—Entonces las dejo a ustedes solas para que hablen más a satisfacción —dijo la pícara fregona disponiéndose a marcharse—. Mira, Eldifonsa —añadió—, la señora es de toda mi confianza, y lo que ella te diga ha de ser para tu provecho. Conque quédate con Dios, y usted lo pase bien, doña Rosaura.

Y se fue la muy pícara.

Fonsa se quedó con la llamada doña Rosaura, sin saber lo que le pasaba. Tantas coincidencias juntas eran para dar al traste con otra razón menos dormida que la suya.

—Tengo que hablarte de parte de un caballero que te estima —dijo de sopetón doña Rosaura.

Oír esto y caérsele a Fonsa la cesta que llevaba al brazo, fue todo uno.

—¿Conque de parte de un caballero... que me estima? —tartamudeó al cabo la inocente borrega, pellizcándose las uñas.

—Cabal —insistió doña Rosaura, estudiando minuciosamente los efectos del aturdimiento de su víctima.

—Y güeno, ¿y qué? —añadió ésta deseando saber algo más.

—Pos, hija de Dios, bien claro está: cuando pasan rábanos... y la ocasión dicen que es calva. El caballero desea verte; principal, ya es bien principal, y por lo que hace a campechano, no hay nada que pedirle; y según las trazas, está muy prendado de ti... Posupuesto, hija mía, que yo en este asunto no soy más que una amiga de buen aquél que se presta a servir a un amigo a quien se deben favores. «Que Fulana me gusta y no puedo hablarla en la calle por el bien parecer»; que veo yo a Fulana y la digo de parte de esa persona que esto, que lo otro y lo de más allá, como ya has oído... Y velay lo que pasa... Conque tú dirás.

—Y a usted, ¿qué le paece? —preguntó Fonsa con voz insegura, después de meditar un rato, durante el cual recorrió muchas veces con los dedos los tres lados sueltos de su delantal.

—¿Que qué me paece a mí? —respondió la supuesta embajadora, penetrando con su mirada hasta el último rincón de la flaca mollera de la sirvienta—. Pues a mí me paece, hablándote sin rodeos, que debes aprovechar la ocasión que se te presenta de salir de miserias. ¡Vaya! ¡pues no faltaba más! Una moza tan bizarra como tú, vestida todavía con cuatro pispajos, cuando las más enfelices de las de tu clase gastan lana y charol y paecen unas señoras prencipales.

¡Lana! ¡Charol! Pronunciar estas palabras junto a las orejas de Fonsa, era soplar el fuego, empujar el cuerpo que rueda al abismo.

—Pero ¿sabe usted si ese caballero, vamos al decir, desea hacer mi suerte sólo por el aquel del beneficio? —objetó la moza luchando con sus últimos escrúpulos.

—Eso no se pregunta —replicó doña Rosaura, afectando resentimiento—... Pero ¿de qué tierra vienes tú, mujer, que todavía te paras en esos inconvenientes? ¡Ave María, qué poco conoces el mundo!

—¡Ay, doña Rosaura, que dicen que está perdío!

—Cuatro gazmoñas que desean echarse a perder, y ni así se acuerda nadie de ellas.

—Con too y con eso; ¡si tuviera yo aquí a mi padre para pedirle consejo!...

—¡Líbrete Dios de ello! —exclamó la consejera con una viveza como si hubiera pisado lumbre—. A los padres siempre les ciega el cariño que tienen a los hijos, y por el afán de apartarlos del mal, los privan del bien muy a menudo. Desengáñate, Eldifonsa: si quieres aprovechar la ganga que se te ofrece, no solamente no has de decir una palabra sobre el asunto a tu familia ni a tus amos, y has de guardar el secreto hasta en sueños, sino que has de obedecer ciegamente, en todo lo que te ordene, a la persona que te busca.

Esta última condición, por ser la misma que le impuso la adivina, acabó de aturdir a Fonsa. Creyó a puño cerrado que se hallaba bajo una influencia sobrenatural, y dando al traste con su último reparo, entregóse a discreción a la voluntad de doña Rosaura.

Ésta, que no quería perder tiempo, se apresuró a preguntarla:

—¿Cuándo te toca salir?

—Yo salgo todos los días de fiesta por la tarde, hasta el anochecer.

—Mejor sería hasta un poco después de anochecido; pero, en fin... Hoy es sábado; espérame mañana por la tarde a las cuatro en este mismo sitio, vestida con la mejor ropa que tengas.

—¿A dónde vamos a dir?

—Aonde yo te lleve. Y te vuelvo a advertir que te dejes manejar de mí y del caballero, si no quieres que se lo lleve todo la trampa; y ni en sueños se te escape nada de lo que aquí hemos hablado; y mucho cuidao también con no darte por conocida mía cuando vayas con alguno, sobre todo con la señora.

—Entonces, hasta mañana... y mira que si faltas, contra ti harás.

—No faltaré, doña Rosaura.

—Ya me darás las gracias algún día.

—¡Dios lo quiera!

Y las dos mujeres se separaron.

Fonsa, hechas las compras que se le habían encargado, volvió a casa dos horas después de lo que debía, oyó por esta falta tempestades de su ama y estuvo a pique de ser despedida por algunas respuestas descaradas que devolvió. Pasó todo el día y la mayor parte de la noche preocupada y luchando con el recuerdo de los consejos de su padre, con el de los augurios de la adivina y con el de las proposiciones de doña Rosaura. A veces temía algo que no veía claro, y medio se decidía a no asistir; pero las raras coincidencias de la víspera, aquellas promesas de fortuna hechas por la monstruosa vieja y puestas por la otra mujer a dos dedos de la realidad, no eran para desechadas sin levantar antes por lo menos la punta del velo misterioso. Durmióse, pues, en estas reflexiones, y amaneció el día siguiente, llegó la una de la tarde, comieron sus amos a las dos y media, fregó la vasija, vistióse lo mejor que pudo a las tres, y a las cuatro en punto se hallaba en la Plaza de la Verdura saludando a doña Rosaura, a cuyo lado marchó en seguida por la calle de Atarazanas adelante, y llegaron a la Cuesta del Hospital... y se eclipsaron en una de sus afluentes callejuelas.

V

Aquí hay un paréntesis de algunas horas. Fonsa no vuelve a presentarse en escena, en la escena que nos es lícito contemplar, hasta muy entrada la noche. Entonces se la vio, a la escasa luz de los faroles, caminar calle abajo hecha una exhalación, tomar por el Arco de la Reina, entrar por Puerta-la-Sierra en la calle de San Francisco y llegar al portal de su casa. Gruñendo como una jabalina, recibió de su ama la advertencia de que al día siguiente sería despedida, supuesto que sus faltas, lejos de corregirse, iban haciéndose más graves cada vez; dirigióse rápida a su alcoba; rompió un cristal de la puerta al cerrarla con furia; cambió su traje de gala por el de diario; fue a la cocina y se empeñó en avivar el fuego del hogar vertiendo agua sobre los tizones, y sazonó las alubias con azúcar y echó media libra de pimentón en la compota. Al conocer tanta torpeza, se tiró de los pelos, lloró de coraje y maldijo en sus adentros a la adivina, a doña Rosaura y a la pícara que se las había dado a conocer. Porque es de advertir que Fonsa, a pesar de su roma inteligencia, había empezado a sospechar que era la víctima de una infame combinación preparada contra ella; siendo lo peor del lance que ya no podía retroceder, porque en ciertas situaciones, como al borde de un abismo, el primer paso decide la caída, y Fonsa acababa de darle corriendo ciega tras la confirmación de las risueñas profecías.

En vano buscó más tarde un poco de tranquilidad entre las dulzuras del sueño; este caballerito sólo dispensa sus favores a los muy felices o a los muy perdidos, y Fonsa, aunque no pertenecía al grupo de los segundos, estaba aquella noche muy lejos de ser de los primeros. Así es que se la pasó en claro, batallando sin cesar con sus recuerdos y, sobre todo, con el de los pobres viejos que en tanto tenían su acrisolada honradez. Y tal la carcomía y la impresionaba éste, que llegó a ponerse febril. Entonces se te presentó la cara del tío Celigonio más avinagrada y más contraída que nunca; vio la mano del viejo campesino levantarse, armada de un palo de acebo, y hasta sintió sobre sus costillas la impresión de un furibundo garrotazo. Aparecíansele también en su delirio la casa de la adivina, y su amiga, y un millar de barajas dispersas, y un señor que la echaba onzas y más onzas sobre el delantal, y el delantal se llenaba de ellas, y caían después por el suelo y nunca acababan de caer, y veía culebras que se convertían en vacas y subían por la Cuesta del Hospital detrás de doña Rosaura, que iba vestida de escajos y tenía cabeza de raposa y cola de lagarto; después asomaba un señor por una bocacalle, daba un silbido, se espantaban las vacas y la corneaban a ella, que salía de un portal muy largo, muy largo, muy largo, con vestido de merino de lana y botas de charol; después se quería levantar, y venía su padre con un garrote lleno de nudos y la molía las costillas; luego pasaba la adivina sorbiendo tabaco y royendo un mendrugo, y se comía a su padre de un bocado, y le daba un beso a ella, y de aquel beso salían barajas, barajas, barajas y muchísimas botas de charol que recogía en la falda del vestido; después se ponía a probárselas encima del campanario de su lugar, bajo el cual estaba su rendido novio echándola una copla al son de la bandurria y llorando al mismo tiempo a moco tendido. En esto arreció el viento, zarandeó el campanario y la despidió por los aires. Vuela, vuela, vuela y cae, cae, cae, parecióle haber estado bajando más de tres días, al cabo de los cuales llegó al suelo... y volvió en sí. Restregóse los ojos, vio la luz del crepúsculo de la mañana, orientóse por completo, suspiró con la más negra pena y se levantó.

No bien hubo desempeñado las primeras faenas de su cargo y se desayunó, le puso la señora la cuenta en la mano y la plantó en la escalera. Lloró entonces Fonsa muchas lágrimas, y las lloró con el corazón; pero se abstuvo de implorar misericordia, porque reconoció todas sus culpas y se penetró de que su ama no había de creer en su arrepentimiento.

Una vez en la calle, y puesto que, por entonces, no tenían remedio sus pesares, se dedicó a recorrer tiendas, y compró el suspirado vestido, las anheladas botas y aun algunas prendas más, y todavía le quedó dinero sobrante. En la mañana del día anterior no le hubiera sido posible adquirir ni siquiera el vestido con el saldo de su cuenta. Convengamos en que los pronósticos de la adivina no fueron del todo descabellados.

Con sus nuevas galas en la arquilla, que llevaba consigo, se encaminó a la Plaza de la Verdura, centro obligado de esta clase de gente. Allí encontró, al llegar, a doña Rosaura. Requemósele un poco la sangre a su vista, y aun quiso decirle cuatro frescas; pero tales trazas se dio la caritativa mediadora, que acabó Fonsa por mostrársele muy reconocida... y por aceptar su casa para vivir mientras no hallase colocación.

Entre tanto supo doña Remedios que su recomendada había sido despedida, y avisó inmediatamente a tío Celedonio para que le sirviera de gobierno, añadiéndole que Fonsa no se le había presentado aún a participarla el suceso, lo cual no le daba muy buena espina.

Mientras llegó la carta a la aldea, y lo supo tío Celedonio, y la sacó de la estafeta, y halló quien se la leyera, y le lavó su mujer la camisa fina, y secó ésta, se pasaron ocho días, al cabo de los cuales entró el pobre aldeano en Santander, resuelto a llevarse a su hija a machacar terrones si las disculpas que le diera no le satisfacían completamente.

Dos días antes había sido colocada Fonsa en una casa que le proporcionó su amiga, aquella buena pieza que la llevó a ver a la adivina. Allí la encontró su padre; y aunque le repitió doña Remedios que no la había visto desde que fue despedida y que no le gustaban las noticias que de su comportamiento le había dado la familia a que acababa de servir, como los nuevos amos no le dijeron nada malo de su hija, y como ésta, entre protestas, lágrimas y disculpas, le entregó enterito el saldo de su cuenta, tío Celedonio se dio por muy satisfecho y se volvió a la aldea, creyendo de todo corazón que Fonsa estaba en grande y que nada tenía que temer por ella. Quedóse, pues, otra vez en Santander la temeraria muchachona, libre de la tutela de doña Remedios y descuidada, por entonces, en cuanto a sospechas y recelos de su familia.

Durante los seis días que vivió con doña Rosaura consiguió ésta hacerla transigir con muchos escrúpulos. Fonsa comprendió al fin qué género de prosperidad era el que le habían dispuesto entre la adivina y sus agentes, y no deliró, como la noche de marras, al conocer tan triste verdad; en una palabra, Fonsa no aceptó su situación sin cierto disgusto, pero se resignó a ella. Doña Rosaura quiso más aún y obró en consecuencia.

No llevaba la inexperta muchacha quince días de servicios en casa de sus nuevos amos, cuando su amiguita le dijo:

—Es preciso, Eldifonsa, que cambies de clase; ya tienes ropas como la más peripuesta y estás afinada que pasmas; tienes que dejar de ser cocinera y tratar de ser doncella.

—¡A güen tiempo te acuerdas! —respondió Fonsa con una sinceridad admirable.

—Nunca es tarde para eso, chica.

—Vaya un arte de doncella que tengo yo, que ni sé planchar, ni recibir como se debe a las señoras, ni amañarse con toas esas zarandajas del oficio.

—Todo eso se aprende en tres días. Y por de pronto, vas a dejar de ir al Reganche los domingos y te vas a venir conmigo al Relajo, para que empieces a tratar gentes de mundo.

—¡Al Relajo! ¡Pero si en mi vida he bailao por lo fino!

—Ya te enseñarán allí mismo.

El Relajo, El Crimen, La Chaqueta al hombro, El Infierno, etc., son otros tantos salones de baile que han gozado, y aún gozan muchos de ellos, gran boga en Santander entre las fregonas más desastradas y los aficionados a este género desastroso. Cómo en esos salones se baila y cómo se conduce en ellos la concurrencia, lo dicen bien gráficamente los títulos de las mismas sociedades.

Fonsa entró un domingo con su amiga en el Relajo; y se aturdió por de pronto al ver aquella multitud de personas que giraban, aullando como bestias, en brazos unas de otras, al son de una murga estridente y bajo una atmósfera de tabaco y aceite de candil. Poco a poco se fue orientando; y como era frescachona y rolliza, cosas bastante raras en aquel agosto nauseabundo, pronto se halló solicitada por un sinnúmero de caballeros que aspiraban a la honra de bailarla. Quiso eximirse diciendo que no sabía bailar; pero lo puso peor así: todos se brindaron a enseñarla. Una chica que no sabe bailar es una ganga en semejantes salones: primero, porque revela cierta inocencia de costumbres muy envidiable; y segundo, porque enseñarla a bailar es lo mismo que estar autorizado para estrujarla, resobarla y exprimirla. Fonsa cayó en manos, mejor dicho, en brazos de un maestro que había sido en Madrid estudiante de medicina catorce años seguidos sin haber llegado jamás a bachiller. Después bailó con un corneta de la guarnición, y, por último, con un corista del teatro, a quien le faltaban la campanilla y media nariz.

—¿Qué tal? —le preguntó la amiga al salir del baile.

—¡Manífico, chica! —respondió Fonsa—. Al escomenzar me dio algo de vergüenza; pero en seguida la perdí toa... Mucho rempujón y muchísimo pellizco me han dao, eso sí; pero también te aseguro que me he divertío de lo güeno... Y que al mesmo tiempo he aprendío el valseo y las habaneras ¡vaya!... ¡Y bien que me gustan! ¡Güena deferiencia va de esto al Reganche!... Vendremos todos los domingos, ¿eh?

La amiga, como era de esperar, aplaudió tan buenos propósitos.

Para abreviar: Fonsa perseveró tanto en ellos, que antes de tres semanas fue despedida de la casa en que servía, y en vano trató de entrar en otras en calidad de doncella. Su vida agitada la impedía cumplir con sus deberes domésticos, y encontraba insoportable la sujeción y mezquino el sueldo que ésta le proporcionaba. Declaróse, pues, libre, y se instaló en casa de doña Rosaura. No aspiraba ésta a otra cosa.

Así vivió dos meses, entregada de lleno a las emociones del baile y a otras aún de peor calidad; hízose popular en los salones del Relajo, del Crimen y del Infierno, y continuó progresando en esta senda, hasta que no tuvo el diablo por dónde desecharla.

Supo tío Celedonio algo de lo que pasaba: vino a Santander, obligóla a irse con él al pueblo, la arrimó allí un par de palizas de padre y muy señor mío, y la hizo trabajar en las más rudas faenas de la labranza. Pero Fonsa no era ya capaz de soportarlas, y un día, muy tempranito: hizo un lío con su mejor ropa y desapareció de la aldea. Buscáronla sus padres con el ahínco que ustedes pueden imaginarse, pero todo fue en vano: Fonsa no volvió a aparecer para los pobres viejos, que se murieron algún tiempo después rogando a Dios por ella.

¿Adónde había ido? ¿Cuál fue su paradero?

No contándose segura en Santander, adonde volvió cuando se escapó de casa, largóse a Madrid con el doble objeto de continuar su carrera en mayor escala y vivir más a cubierto de la persecución de su familia. Entregóse en la corte a todo género de licencias; perdió muy pronto las pocas gracias que debía a la naturaleza; y hambrienta, casi desnuda y enferma, cayó una noche de enero sobre un montón de basura en un rincón de una plazuela, y allí se recogió al amanecer su rígido cadáver.

Al amor de los tizones

Porque hace música, y literatura, y política, y sorbe tes dansants y chocolates bulliciosos, y juega al encarté... y a la banca en los salones, piensa la gente del «gran mundo» que ella sola sabe sacar partido de las largas noches del invierno. Llenas están las columnas de la prensa periódica de almibaradas revistas y hasta de poemas garapiñados que me lo hacen creer así. Pero la gente susodicha y sus melifluos infatigables salmistas se equivocan de medio a medio, como voy a demostrarlo con hechos, que son argumentos sin vuelta ni revés; y con hechos que no han de proceder de la vida y milagros de la benemérita clase media que, por horror innato a su propia medianía, vive en perpetuo remedo aristocrático; ni tampoco de los anales de los sabañonudos gremios horteril, especiero y consortes, rebaño que ya viste frac, toma sorbete y baila con guantes los domingos, y forcejea y suda por eclipsar el brillo social de la clase media. Para que el éxito de mi tarea sea más completo, he de buscar los hechos prometidos en una esfera mucho más distante, en grado descendente, de la en que reside la encopetada jerarquía que, por no saber en qué dar, da con frecuencia en vestirse de estación, y de nube, y de astro... y de no sé cuántas cosas más; he de buscarlos, repito, entre los más sencillos aldeanos del más apartado rincón de la Montaña, contando, por supuesto, con que sabrán otorgarme su indulgencia aquellos señores del buen tono por el crimen de lesa etiqueta que cometo al oponerles, siquiera por un instante, un parangón tan grosero, tan inculto, tan cerril.

Y hecha esta importante salvedad, dejo al arbitrio del más escrupuloso lector la elección del pueblo... ¿Ese? Corriente.

Treinta casas tiene; se divide en tres barrios, y en cada uno de ellos hay un acabado modelo de lo que yo necesito: una hila.

Fijémonos en cualquiera de las tres, a la casualidad: en la del tío Selmo Lombío.

Selmo, o Anselmo Lombío, es un pobre labrador que a duras penas cosecha maíz para todo el año; por consiguiente, no es siquiera lo que se llama un hombre acomodado. Pero no ha conocido jamás el mal humor, no tiene vicios ni cosa que se le parezca, ni, lo que siente mucho, hijos que le pidan pan, no obstante llevar más de treinta años unido en legítimo matrimonio a tía Ramona Maizales, cuyo carácter parece cortado por el mismo patrón que el suyo.

Ambos profesan y predican, con más fe cada día, la máxima de que «la gente humana ha nacido para la comunicancia y parcialidad»; y por ende no transigen con que el pobre, rendido por el trabajo cotidiano, se limite, por único consuelo, a tumbarse a roncar sobre una mala cama a la hora en que se albergan las gallinas. Y en prueba de que no hablan sólo por el aquél de abrir la boca, no bien se coge el maíz, y se siega el pelo de la toñá (la yerba de otoño), y se derrotan las mieses, y comienzan los pelados bardales a llorar gota a gota por las mañanas el rocío de la noche, ya los tienen ustedes brindando con su cocina a todo convecino que quiera favorecerla con su presencia.

Y la gente del barrio, que se guarda muy bien de desairar el brindis, acude solícita a ella, y hasta la hace de moda entre la rústica sociedad.

Estarán ustedes cansados de leer en la grave prensa periódica de España párrafos como el siguiente:

«Magnífica estuvo, como todas las anteriores, la recepción que tuvo lugar anoche en los espléndidos salones de la encantadora marquesa del Rábano o de la Coliflor, viéndose aquéllos poblados de cuanto más bello, elegante y distinguido encierra la buena sociedad de...».

Y esto lo dice el periodista porque presume, o sabe, o quiere hacer creer que concurrieron a los salones espléndidos de la encantadora marquesa del Rábano o de la Colifor, la seductora baronesa de la Ortiga, la adorable condesa del Pámpano, las hechiceras señoritas de Azafrán, la interesante viuda de Mogol, el opulento banquero Potosí, el ilustre diplomático vizconde del Tornasol, el mimado poeta Aljófar, el lisonjero folletinista que lo cuenta, Jarabe, y el artista sublime más en boga en el regio coliseo, si de Madrid se trata.

Pues bien, pregunten ustedes por las hilas de tío Selmo en el pueblo en que éste vive, y le dirán sus convecinos, uno a uno, o a coro si se prefiere:

¡Maníficas! ¡de lo mejor!

Lo cual equivale, allí donde no hay prensa ni revisteros de salones, al reproducido suelto de los periódicos del «gran mundo».

Porque a la cocina de tío Selmo concurren, infaliblemente cada noche y todas las del invierno, amén de otros eventuales, los siguientes personajes:

Tanasio Mirojos. Maduro de edad, largo de talla y no muy limpio de porte, mediano labrador, pero gran carretero. Gusta mucho de «estar al tanto» de lo que pasa por el mundo, y es un almacén de cuentos y romances.

Pólito Redondo. Cuadrado de espaldas, angosto de frente, recio de pelo y barba, cetrino de color y duro de entendimiento. Amaña, es decir, resume todo lo que oye a los demás para comprender algo de ello; pero al cabo se queda siempre en ayunas, porque tiene peores amañaduras que entendederas.

Lencio, Cencio, Delencio, Endilencio, o como ustedes quieran, pues por todo responde menos por Indalecio, como le nombró en la pila su padrino. Tiene escasos cuarenta y cinco años, y no fuma, ni vota, ni se enfada nunca; su fuerte es la elocuencia; y como también es erúdito, resuelve de plano cuantas dudas científicas, históricas, ortográficas y etimológicas se le consultan. Pone la pluma como un maestro de escuela, y no hay cuenta que se le resista, desde las de medio-partir y partir por entero, hasta las de cuartos-reales y compañías inclusive.

Gorio Tejares. Ex-soldado del ejército, ha corrido muchas tierras, y no se la deja pegar de ningún listo. Trató con intimidad, durante el servicio, a todos los generales por quienes se le pregunta. O'Donnell le convidaba a café y copa tres veces a la semana, y pasando un día con su regimiento por la Plaza de Palacio, la Reina, que estaba en el balcón, le echó los galones de sargento. Pudo haber llegado a capitán, pero le tiraba mucho el pueblo, y no quiso reengancharse.

El Polido. Corto de estatura, flaco y torcido de piernas y chupado de jeta, mal vestido y peor alimentado. Su manía es hacer creer a los demás, siempre y a todas horas, que acaba de comer y que revienta de harto.

Tío Ginojo. Más antiguo en el mundo que las viruelas, sordo de un oído, torpe del otro y sin pizca de memoria: se duerme en cuanto se sienta.

Silguero. Mozo presumido y seductor irresistible, bailarín consumado y, sobre todo, gran entonador de Kiries, Glorias y Credos en misa mayor; habilidad que constituye su mayor orgullo y le ha valido el honroso mote, mal pronunciado, de Jilguero, con que se le conoce.

Tía Cimiana. Mujer de Tanasio: «tiene gloria en las manos» para cortar sayas y jubones, y es por eso la única costudera del pueblo.

Sabel. Moza robusta y potente, ancha de encuentros y caderas, alegre de ojos y suelta de lengua.

Chiscona. Digna pareja de Pólito, y no hay que más que decir de ella.

Clavellina. La antítesis de Sabel, pequeñita, sonrosada, muy compuesta y algo parada.

Mari-Juana. Mujer de seis pies de talla, flaca y curtida, es una notabilidad para salar tocino y curar de la palotilla a las chicas pálidas.

Y la Rijiosa. Apreciable mitad del Polido, con un genio de doscientos mil demonios, pero con una gracia especial para sembrar a chorco y empozar lino.

Es decir, lo más escogido de la buena sociedad del barrio.

Las mujeres van a la hila provistas de rueca y mocío de estopa o madeja de cerro. Por una excepción, que se comprende bien, tía Cimiana suele llevar obra de aguja y tijera, según se encuentre de atareada. Los hombres no llevan nada, o, cuando más, un taco de madera para una llavija, o un haz de mimbres retorcidos para peales.

Para colocar a todos los tertuliantes, hay en la cocina del tío Selmo tres grandes bancos de roble, muy ahumados, que, con el largo poyo de la pared, forman un espacioso rectángulo, dentro del cual queda la lumbre, en llar bajo, o sea, en el santo suelo.

No hay, como ustedes pueden comprender, lacayo que vaya anunciando a las personas que llegan. Allí se cuela todo el mundo como Pedro por su casa. De todos modos, sería ociosa aquella ceremonia, pues mucho antes de que el tertuliante se anuncie a sí propio en la cocina con el saludo obligado de «Dios sea aquí», «el Señor nos acompañe» u otro del mismo laudable género, se ha dado a conocer perfectamente. Tío Ginojo, por ejemplo, porque se le oye dar en la calleja una en los morrillos y ciento en las pozas con sus almadreñas; el Polido, porque las que calza, no teniendo clavos y siendo muy viejas y desiguales entre sí, suenan a madera rota; Pólito, que las gasta con tarugos, porque cuando pisa con ellos, sus golpes parecen de mazo de encambar; Silguero, por las tiranas que entona; Mari Juana, por los golpes de tos «que la ajuegan»; Gorio, por las dianas que silba, etc., etc.

Que las mujeres van a hilar a casa de tío Selmo, debe haberse presumido desde el mismo instante en que yo dije que llevan rueca y lino.

Con este dato, adivine el perspicaz lector por qué se llaman hilas y no soirées ni recepciones las tertulias montañesas del género y calidad de la que yo voy a describir.

Y cuenta que al hacerlo me cabe la persuasión de que en ello rindo un tributo que, en buena justicia, se debe a las rancias costumbres de mi tierra. Siglos, acaso, hace ya que en ella están siempre abiertas centenares de cocinas a la mayor recreación del vecindario. En ellas vienen exhibiéndose millares de bellezas vigorosas, de ingenios peregrinos, de tipos y escenas que hubieran envidiado, para su gloria, los pinceles de Goya y de Theniers; y no obstante, no han logrado una pluma que los ensalce y los sahume, o siquiera los reviste a la faz del público, hoy que en el gran mundo no se come una mala raja de salchichón, ni se hace una cabriola, ni se suelta un vocablo ingenioso, sin que las cien trompas de la fama cuenten, enaltezcan y sublimen el suceso desde el folletín de los periódicos más en boga, y le lleven en alas de éstos hasta el último confín de la tierra.

De lamentar es, por otra parte, que la falta de esas plumas privilegiadas haya de repararse con la mía, indigna por tosca y mal tajada, de empresa tan difícil; pero si la buena intención es algo, a la que me guía me amparo por excusa, y en ella confío para que los apreciados tertuliantes de tío Selmo Lombío me dispensen su más amplia y cordial indulgencia al encontrar sus retratos en las humildes páginas de este libro.

Nada más grato para tía Ramona, nada que más la recree, que ver llegar al último de sus tertuliantes y contemplarlos en seguida a todos llenando los tres bancos de la cocina.

Para solemnizar debidamente momentos tan placenteros, toma del rincón de la leña la mejor mata de escajo, y la arroja sobre el montón de gruesos tizones que empiezan a quemarse en el llar. La vacilante escasa llama prende las secas apiñadas espinas de la mata, y bien pronto una columna de fuego sube chisporroteando hasta más arriba del sarzo del desván, iluminando los rostros de la hila sobre el fondo negro lustroso de las ahumadas paredes, con una luz que entusiasmara a Rembrandt, si dado le fuera resucitar para contemplarla.

Con esta salva se inaugura cada noche la tertulia. Las mujeres aprovechan la lumbrada para preparar las ruecas; los hombres sus velortos, navajas y tacos de madera.

Tío Ginojo, que ocupa siempre uno de los ángulos del poyo, con el fin de tener cerca los pies de la jornia, o cenicero, al sentir la primera bofetada de la llama, saca las manos de los respectivos bolsillos, mete una brasa en la pipa, le tira tres chupadas que suenan como tres pistoletazos... y vuelve a su estupor crónico.

No es raro que la sesión comience por un rosario, a cuyo final se pida por cada uno de los muertos del pueblo, que recuerde la memoria de Cencio, que reza delante.

De todas maneras, es seguro que a la media hora de constituida la hila, toma, salvas ligeras variantes, el siguiente rumbo:

—¡Uno de los buenos, tío Tanasio!

—¡Que nos haga de reír!

—De ladrones y encantos, que son más divertíos.

—De lo que él quiera, ¡condenius, pedigones!

—Si digieris de lo que yo sepa, digieris más verdá.

(Tanasio es hombre que gusta hacerse rogar en estos casos, pues cree que de otro modo desprestigia su ingenio).

—¡Hombre, pues no dice que!... ¡Si sabe usté más cuentos!

—Pero si tos vos los he contao ya.

—Menos los que le quedan en el magín.

—Marrecelo que delguno... Pero, en fin, veremos a ver si estrujando, estrujando, sale daque cosa.

Silencio profundo. Tanasio medita. Pólito se soba los dedos, se rasca la cabeza a dos manos, abre medio palmo de boca y clava sus ojazos verdes en el narrador. Cencio se dispone a resolver las numerosas dudas que del cuento puedan surgir. Silguero se contonea, cruza las piernas y se atusa el pelo mirando tierno a Clavellina. El ex-soldado se encara con Sabel. El Polido eructa como si le llegara la cena a la garganta. Las mujeres, hila que hila. Tío Ginojo se recuesta contra el poyo, bosteza y mete un pie en el montón de ceniza.

Al cabo de un rato dice Tanasio:

—Con que en el supuesto, vos contaré el cuento de ArrancaPinos y Arranca-Peñas.

—Ya se contó anoche.

—Enestonces vos contaré el romance de don Argüeso.

—También se contó.

—El del Soldado.

—¿Cuál es ése?


—Estaba una señorita
sentadita en su balcón;
pasó por allí un soldado
de muy buena condición...
 

—Se contó antanoche.

—Cuando yo vos decía que toos vos los había contao... ¿Sabéis el cuento de Rosaura del Guante

—Está contao tamién.

—Pus, ojo, que allá va uno que nunca habéis oído.

Atención general.

—Amigos de Dios...

Una palabra, con permiso de Tanasio. Reproduzco íntegra su narración, porque el estilo de los cuentos populares de la Montaña tiene un sabor especialísimo de localidad que yo debo dar a conocer.

Oigan ustedes ahora a Tanasio.

—Amigos de Dios; éste era un pastor de tierra de gentiles; y siendo un pastor...

—¿Qué son gentiles? —pregunta Pólito.

—Pus gentiles —responde Tanasio algo apurado, mirando a Cencio—, gentiles, a mi modo de ver, deben ser, así como quien dice... ¿no es verdá, Cencio?... ¿A que Cencio lo sabe también?

Y Cencio, con aire de la más hinchada importancia, encaja sin pararse en barras la siguiente explicación:

—Gentiles es bien sabido que son unos vivientes que viven en islas acuáticas, y son gigantes muy robustos de fegura corporal... y no tienen iglesias ni tampoco señores curas, y se comen los unos a los otros, si a mano viene.

—¿Lo oyes, Pólito? Pus eso lo saben hasta los mozucos de la escuela.

—Pero como yo no la he tuvido, por eso lo pregunto. Ahora ya lo sé pa sinfinito.

—¿Y lo sabes bien?

—¡Ni aunque yo fuera tan torpe!... Pus me paez a mí que la cosa tien poco que estudiar. Los gentiles son unos seres corporales que viven en las iglesias y se comen gigantes acuáticos.

—¡Ave María Purísima!

—Qué, ¿no es eso?

—¡Sí, hombre, sí!

—Es que por las risas paecía que no... ¿Y qué es eso de acuático?, aunque sea mala pregunta. Digo yo que será cosa de carambelo o de azúcara.

—Acuático —responde el grave Endelencio— declina de los mares mayores... porque estas islas de los gentiles están entre aguas de los mares...

—Pus entonces, las islas serán a manera de barcas.

—Islas —añade el erudito un poco asustado ya por la extensión geográfica que van tomando las dudas— son unos lugares encultos y de mucho matorral; y tan aina las hay acuáticas, como de tierra firme; sólo que entonces se llaman islas Celepinas, porque están en Morería.

Lo mismo queda enterado Pólito de lo que son islas que quedó de lo que eran gentiles; pero como no es cosa de pasar la noche en semejantes explicaciones, se da la duda por aclarada y continúa Tanasio:

—Siendo un pastor de tierra de gentiles, este pastor diz que conocía toda herba del campo y con ellas curaba que tenía que ver. Le dolía a usté salva la parte: le untaba él con la herba del caso, y sanaba usté; que el otro tenía un lubieso: pues, señor, ahí va la herba, y fuera con él al minuto; que el de más allá perecía de tercianas: dábale la herba respetive, y largo las tercianas. De modo y manera es que too el mundo se valía del pastor pa las melicinas, motivao a lo que los cerujuanos y los boticarios de veinte leguas a la redonda no le podían ver. Pus, señor, sépanse ustedes que este pastor no bajaba al pueblo más que los domingos; y como era buen mozo y manífico bailador, dispués del rosario se iba al corro; y diéndose al corro, no le gustaba jugar a la brisca ni a los bolos; y no gustándole, se pasaba la tarde baila que te baila con una misma moza, respetive a lo que tomáronse los dos mucha ley y conviniéronse en que, malas penas entrara él en quintas, se habían de casar si no le tocaba soldao. Bueno. Amigos de Dios, évate que una tarde estaba el mi pastor en la sierra toca que toca el caracol, tumbao debajo de una cajiga; encárase con él un caminante de lo más bien portao que podía verse, como que llevaba sombrero fino, bastón de puño de oro, levita y cadena de reló. Apárase de pronto el caminante, y dícele de esta manera al pastor: «Oiga usté, buen amigo, ¿me dirá usté por casualidá onde para un pastor que dicen que anda por estos lugares y que cura too mal que se le presente?». «Está uste hablando con él, buen caminante», dícele el pastor. Y oyéndolo el otro, salta y le dice: «¿Quiere usté venirse conmigo y ganará too lo que pida». «Si no es muy lejos, ya estamos andando». «A los palacios del rey». «¿Quién está malo allí». «Una hija mía que quiero como a las telas del corazón: dos años lleva en la cama, toos los mejores médicos la han auxiliao, más de tres mil reales van gastaos con ellos, y la muchacha a peor, a peor, a peor. Díjome una adivina que usté sólo me la podía curar, y por buscarle a usté vengo corriendo tierras». «Y usté, ¿quién es?», saltó entonces el pastor. «El rey de los gentiles», arrespondió el caminante muy aquello. Amigos, el pastor que tal oye, vio su suerte hecha y se risolvió a seguir al rey con el aquel de ganar, por lo menos, seis mil reales pa librarse del servicio, caso que le tocara quinto. En éstas y en otras, ayudóle el rey a recoger el ganao pa acabar primero, y fuéronse andando, andando, y al cabo de los tres días llegaron a los palacios; y llegando a los palacios, fuéronse a ver a la enferma, que diz que paecía un sol, de maja que era, en aquella cama de plata con colcha sobre-dorá. No hizo el pastor más que echarla una ojeá, y sin tocarla ni cosa anguna, dijo: «La moza tien esto y lo otro: se le dará tal herba así y de la otra manera, y a los quince días estará tan rebusta como endenantes». A too esto, al buen pastor se le hospedó en un cuarto alhajao de lo bueno, se le echó un vestido de arriba abajo, como el de un señor prencipal, y se le puso a qué quieres boca, con su puchero de garbanzos con carne del día, su vino de la Nava, de lo mejor, y el azucarillo y el bizcocho tiraos, como el otro que dice, por el suelo. Con estos regalos el pastor, que ya era majo de por suyo, hízose un pasmo de buen mozo; y como entraba tan a menudo en el cuarto de la hija del rey, prendóse ella perdidamente de él. Tanto, que a los ocho días ya le orillaba los pañuelos del bolsillo y le espulgaba. Pus, amigos de Dios, la hija del rey, con éstas y con las otras, a mejor, a mejor y a mejor... como que a los doce días ya salía a tomar el sol a un balcón de cristales que daba a la huerta del palacio. Y saliendo un día al balcón, dice la muchacha al rey: «Padre, yo estoy prendada del que me ha curado, y si usté es gustoso, me casaría con él». Y dícela el rey (que era bueno y parcialote de suyo), que no tendrá en ello inconveniente; pero con la condición de que no se hará el casamiento mientres que la muchacha no quede sana como un coral; y si, pinto el caso, ella falliciese de resultas de la enfermedá, por recaída, el pastor perecería en la horca. Pus, amigos de Dios, como el pastor estaba bien seguro de las melecinas que daba, firmó el compromiso delante de escribano, sin alcordarse ni pizca de la probe moza que estaba en su lugar esperándole como el agua de mayo. No era esta muchacha sabedora del caso; pero una bruja que era vecina suya, llámala y cuéntaselo todo; con lo que la probe se desafligió como una Magalena. Atento a ello, dícele la condená de la bruja que en su mano tendrá la venganza si la apeticiese; y va y la da un alfilerón y una feguruca a modo de santuco de cera, y la dice: «Onde tú pinches con este anfilerón en la fegura, le dolerá a la hija del rey; pero ten mucho cuidao, porque si le pincharas el corazón, la otra moriría».

Pus, amigo de Dios, que la moza, deseosa de atrasar el casorio, espienza a pinchar de acá y a pinchar de allá a la fegura, y cátate que al mesmo tiempo espienza la hija del rey «¡ay! que me duele aquí, ¡ay! que me duele en el otro lao», hasta que volvió a caer en cama. El pastor se volvía loco buscando herbas por los praos y no atinaba con el aquél de la recaída. Y no atinando, pasaron así más de dos meses; y pasando más de dos meses, viendo la moza del pueblo que el pastor no llegaba, alteriósele el pulso con las penas, y al ir a pinchar la fegura un poquitín, fuésele la mano y llegó al corazón con el alfiler... En el auto fallició la hija del rey. Y falliciendo la hija del rey, en el mesmo día que se la dio tierra se ahorcó al pastor enfrente de la casa del Ayuntamiento. Corrió la voz del caso, y sabiéndolo la moza fue a los palacios del rey a pedir josticia contra la bruja; y pidiéndola, salieron ceviles por toas partes, cogieron a la pícara y la quemaron juntamente con la fegura de cera; y quemándolas a las dos, se convirtieron en una bandá de enemigos malos que ajuyeron agoliendo a azufre y asolando los campos por onde iban, con el viento y la llama que llevaban consigo mesmos. A too esto, como el rey no tenía más hija que la defunta, cogió mucha ley a la muchacha aflegida que le pidió josticia; y cogiéndola ley, llevóla a los palacios, y más alante se casó con ella. Siendo la muchacha reina de gentiles, llamó a toos sus parientes y los hizo unos señores, y al que menos de los vecinos de su pueblo le dio cuarenta carros de tierra y una pareja de güeis, y le pagó las contrebuciones por dos años; y siendo ella crestiana y de suyo lista y despabilá, convirtió a toos los gentiles al cabo de los tiempos... y colorín colorao.

—De manera es —dice Pólito—, que too se refiere a un rey que ahorca a la hija, porque un pastor se prenda de una bruja que le curó a él con herba del campo.

—Justo —se le contesta para acabar primero.

—La historia —objeta Gorio Tejares—, es de suyo manífica; pero creerán ustedes que eso de prendarse una hija de un rey de un mozo seglar, quiero decir, paisano, es panoja de diez libras; pues es cosa muy corriente, y si el mozo es melitar, tanto mejor. Yo, en las tierras que he corrido, he tenido ocasión de verlo; y si hubiera sido, como otros, tentado de la cubicia o de la vanidá, pudiera haber sacado del uniforme, no diré que una princesa, pero una infanta... en fin, ¡mucho!

Concluida la tanda de cuentos, porque Tanasio cuenta varios, entra la de adivinillas. Éstas las propone siempre el erudito Cencio. Oiganle ustedes.

—Una cosa cosina que Dios adivina: Anda, anda y nunca llega a Miranda.

Tío Ginojo se perece por las adivinillas. Espabílase un poco al oír la primera, frótase los ojos y pregunta:

—¿Cómo has dicho, Cencio?

—«Anda, anda y nunca llega a Miranda».

—Hombre, muy arrevesao es... Si dijeras, apara, apara... podría ser, pinto el caso... pero eso de anda, anda...

—Anda, anda —repite Pólito dándose puñetazos en la cabeza— ¿Qué mil demonios podrá ser?... ¡Un güey!

—No estás tú mal güey —dice Cencio.

—Anda, anda —canturrea Gorio...— el batallón de cazadores de Chiclana.

—¡Echa!

—Anda, anda... —suspira el Polido—, será... Vamos, con esta jartura que tengo ni veo el ite de las cosas. Cuatro güevos, dos torrendos y media vara de longaniza me he triscao para cenar...

—Anda, anda —murmura Tanasio—. Hombre, aunque sea mala pregunta, ello ¿es cosa de comer?

—No.

—¿Es animal u persona humana?

—Es semoviente de por sí mesmo y finca imponible en contrebución terrentorial —contesta Cencio con su aire habitual de importancia.

—Apara, apara... y luego allega a la villa —refunfuña el desmemoriado tío Ginojo.

—No, señor: es «anda, anda y nunca llega a Miranda».

—¿Y qué sabe uno onde está Miranda?

—Tiene razón —dice Sabel—. Si fuera la villa lo conoceríamos mejor, y podría ser...

—El mercao —añade Mari-Juana.

—O la deligencia —dice Chiscona.

—He dicho que es semoviente de por sí mesmo y finca imponible en contrebución territorial —repite Cencio.

—Pus me doy —exclama tío Ginojo.

—Y yo. Y yo. Y yo —añaden otros varios.

—Pus yo no —dice Pólito, dándose un tremendo puñetazo en la rodilla— ¿Cómo espienza?

—Por mo —contesta Cencio.

—Mo, mo, mo... —repite tío Ginojo—. Si fuera ma, ma, ma, sería, pinto el caso... pero mo, mo, muy arrevesao es.

—Mo, mo, mo —se canturrea por todos los rincones.

—¡El marrano! —grita Pólito como si hubiera resuelto la dificultad.

—He dicho que empieza por mo.

—Pus por lo mesmo.

—¿Y marrano declina mo en primera instancia, animal?

—Pus si no, no sé lo que es...

—Vaya, vos lo pondré más claro: moli, moli, moli...

Dos voces:

—Molinero.

—Cerca andáis.

Toda la hila a coro:

—¡Molino!... ¡El molino!

—¡Hombre! ¡qué gracia!

—Pus no me satisface —protesta Pólito—, porque al molino se llega en cuatro zancás, y tú has dicho que nunca se llega a Miranda.

—¡Virgen, qué caráiter de riflisión que tiene este hombre! He dicho: «Anda, anda y nunca llega a Miranda». ¿No está el molino rueda que rueda todo el santo día de Dios sin moverse de su sitio?

—Sí que lo está.

—Pues ahí tienes cómo no puede llegar a Miranda ni a denguna parte.

—¡Vaya una cencia que tien la adivinilla! —gruñe tío Ginojo— ¡Y pa eso le despiertan a uno!

—¿No decía usté que era tan arrevesá?

—Como tú la ponías, sí.

—Pos si lo estipulara claro desde su descomienzo, buena habilidad sería dar con el ite.

—¡Taday!¡Chapucerías que no valen un anfiler!

Dice tío Ginojo, hunde la segunda pierna en la jornía y vuelve a dormitar.

Otras dos o tres adivinillas más vuelven a poner a prueba el ingenio de los tertuliantes; pero no se resuelve ninguna sin que Cencio diga la mitad del nombre de la cosa en problema.

No falta allí su párrafo de discreteo, que suelen provocar Gorio y Sabel, especialmente mientras el primero tiene el huso para que la segunda devane lo que lleva hilado, o Silguero y Clavellina en igual o parecida ocasión.

Por ejemplo:

—Muy gordo hilas, Sabel.

—Pa quien es mi padre basta mi madre.

—Mucho te abajas.

—No es porque tú me alevantes.

—¡No fuera malo!

—Pa que te lijaras...

—Buena bizma conozco yo que me sanara en un contao...

—Esa bizma no tiene tanta vertú.

—Más de la que tú piensas.

—¡Cómo no!...

—¡Juy, quién fuera capitán de ese regimiento!

—Este regimiento se gubierna él solo tan guapamente.

—Pero la soledá es muy triste.

—Más vale solo que mal acompañao.

—Se estima la fineza.

—No apretes el huso, que se va a cascar el hilo.

—Es que me hace cosquillas en la palma de la mano.

—Muy fino tienes el pellejo.

—Más que el corazón, que a puro desaire de una que yo sé, se va pusiendo más recio que el cuero de una mochila.

—¡Jesús, qué antusiasmo!

—¡Calla, ingratona!

—¡Taday, trapacerón!

—¡Olé, rrracataplán!

(Risotada general.)

También se paga su tributo a las modas. Un cintajo en el pelo de Sabel, un fruncido nuevo en las mangas del jubón de Clavellina, que al punto llaman la atención de tía Cimiana, bastan y sobran para excitar el entusiasmo artístico de la rústica modista.

—Vaya, que el diañu seis las mozas de ahora. Ca día vos ponéis un amenículo nuevo. De modo y manera que una se despistoja para cortar bien un vestido, y al cabo le salen a usté con que le falta esto o le falta lo otro, y de que no está al estilo, y que torna y que vira. ¡María, hija! Endenantes daba gusto: sabía usté que la mejor gala de una moza era la saya de baeta y el jugón de alepín respulgao de pana. De dos tirones amañaba usté los paños de la saya, hilvanaba usté los plegues, la ponía sobre el jergón, y mejor debajo de un colchón si la cama le tenía, dormía usté tres o cuatro veces encima, y la sacaba usté que daba gloria verla puesta, de cómo caían aquellos plegues. Pero ¡ya te quiero un cuento hoy! ¡El Señor me valga! Ya too el mundo quier el vestío, y tan aina angosto de manga como ancho, tan aina con floriqueteo por las muñecas, como con trencillas por abajo. ¡Como que no pierdo romería ni mercao por el aquél de ver lo que se usa y poder estar al tanto del estilo pa servir a estas chapuceras presomías!... Y entovía rejonfuñan... porque, las condenas de ellas, ca una quier una cosa diferente y trae un antojo destinto... Malos demónchicos vos lleven nunca ni no... que si no fuera porque, aunque me esté mal el decirlo, sé cumplir con mi obligación, muchas veces había de pensar que se me había olvidao coger las tiseras en la mano. Dimpués de too, si habiesis ganao algo en el cambio, juera too por Dios; pero el Señor no mampare si no paicéis sandifesios con los mingorondangos de abora. ¡Josús, hijas, quién vos vio con aquellos rutajos de endenantes tan asentaos al cuerpo y tan plegaos, y quien vos vei con esos etelajes de señoras mal acomparás, que si vos los coge una barda en da que calleja, vos deja esnugas en un periquete... ¡Si vos digo que tien que ver!

Se hace asimismo tal cual excursión por el campo de la política, y entonces lleva la batuta Tanasio.

Tanasio, como carretero, está frecuentemente en Santander, donde tiene por íntimos amigos a dos coraceros, o descargadores de carros, que le enteran, a su modo, de los sucesos más notables de que ellos tienen noticia. Además, mientras está en un escritorio aguardando que le den una guía o le paguen otra, no pierde ripio de cuanto allí se habla, si es de política. De esta manera, con datos adquiridos tan a retazos y en fuentes tan heterogéneas, forma el curioso carretero los argumentos de sus narraciones políticas, que son la delicia de tío Selmo, del Polido y de Gorio.

—Y ¿qué se sabe de por esos mundos, Tanasio? —pregunta el primero aprovechando uno de los pocos instantes de silencio en que queda la hila.

—Pus por la presente —dice el interpelado—, mucho paez que hay regüelto al respeuto de guerras.

—¿Cacia onde? —interpela el Polido.

—Ello hacia extranjería debe ser, según se corre.

—Y ¿a qué mano cae eso, si se puei saber?

Aquí es de rigor que entre Cencio.

—Extranjería es por tierra de Francia, y también de rusios y de purcios.

—Y ¿qué se pide?

—Pus too ello —continúa Tanasio—, paez ser que resulta de piques entre los reyes.

—¿A respeuto de qué?

—De sus mases y sus menos, por si lo de acá es mío u no lo es, o si quiero esto u lo otro. Paez que el francés ha ofrecío combate y los otros no han querío entrar.

—Y ¿quién son los otros?

—Pus los de Ingalaterra por un lao, y por el otro los ensalzaos, que quieren cerrar toas las iglesias.

—¡El Señor nos libre de ello, amén! —exclaman, santiguándose, las mujeres.

—Toma, como que diz que el Papa Santo de Roma ha tenío que salir un día al balcón a echar un pedrique a una porrá de herejes que ya estaban apedreándole los cristales del palacio.

—¡María Santísima!

—¡Mucho hereje, mucho, paez que hay por ese mundo!

—¿Y al auto de qué ha pedío combate el francés?

—Pus al auto de lo que vos he dicho.

—Pero ¿contra quién va?

—Contra los ensalzaos.

—Yo pensé —dice el Polido—, que el francés era hereje.

—Lo fue en sus prencipios —observa Cencio—; pero se convirtió.

—El Señor le ampare —dice Mari-Juana.

—Amén —añaden las demás mujeres.

—Pus bueno —continúa Tanasio—; ahora resulta de que como los ensalzaos no quieren entrar, nusotros los españoles paez que estamos abocaos a juzgarlos pa que entren, porque resulta que el francés es poderoso, y el caso es echarle allá los ensalzaos pa que dé cuenta de toos. Por otra parte, diz que estos ensalzaos tienen hasta reyes de herejes que sacan la cara por ellos, y a mi modo de ver el francés se va a ver mal con tantos, y puei que tengamos que darle ayuda. Por eso vos decía que al respeuto de guerras hay por la presente mucho regüelto.

—Y ¿qué le costará al probe labrador too ese laberiento?

—Pus aticuenta que algunos cuartos más de los que hoy paga.

—¿Pero no sacarán soldaos cada mes?

—Se cree que no, porque de eso, como ya toa la tropa en España es de cristinos, tenemos sobrao pa hacer frente a toa la extranjería del orbe tirraquio. Toma, pus por eso naide se mete en el mundo con nusotros... salvo los de Morería, que bien caro les costó hace poco.

—¿Que si les costó? ¡María Santísima! —salta Gorio, que guarda como una reliquia la cruz de San Fernando que ganó en los campamentos de Tetuán—. Figúrese usté...

—Mira, Gorio —le interrumpe tío Selmo—, nos lo has contao más de treinta veces y hemos llorao más de seis oyéndolo; pero ya lo sabemos de memoria.

—Quiere decirse que soniche, ¿no es verdá? Vamos, que cierre el pico.

—Por esta noche, sí.

—Pus sacabó la historia.

—Ello resulta de que no sacarán por ahora más soldaos, ¿noverdá, Tanasio? —pregunta una de las mujeres.

—Vos digo que no hay ningún cuidao.

—Pus mientras no lleven de casa a los hijos de su madre, y los males se remedien con dinero, vengan males a porrillo y salú nos dé Dios, que, al cabo, de probes no hemos de salir.

A veces se juega entre los más aficionados dos cuartos a la baraja, a tres juegos hechos a la brisca o a la flor de cuarenta. Entonces de cada real que se cruza se deja en fondo un cuarto para pagar la ballena que consume el candil con que se alumbra la hila.

En noches de días festivos, por aquello de que no se puede hilar y de que «donde va la soga que vaya el caldero», se echa un ligero reparto entre los contertulios y se consume en la hila una azumbre de lo tinto, que equivale a dos en sangría, como ha de estar para que lo prueben Sabel y Clavellina, en cuyo obsequio se bautiza y dulcifica siempre el vino.

Y con éstos u otros lances por el estilo y tal cual prefacio que entona Silguero a ruegos de la tertulia, se disuelve ésta todas las noches antes de las once, yéndose cada concurrente en paz y en gracia de Dios a su casa, bendiciendo al primero a quien se le ocurrió la manera de pasar tantas, tan baratas y tan agradables horas al amor de los tizones... uno de los cuales se lleva siempre tío Ginojo, porque dice que, manejándole como él sabe manejarle, no hay lobo que pare en dos leguas a la redonda.

Conque, imparcialísimos lectores, me parece que después de lo que ustedes han visto y han oído en casa de tío Selmo Lombío, no podrán menos de concederme que si haciendo literatura, y música, y política, y galanteos, y chismografía, y sorbiendo y jugando es como mejor se utilizan las largas noches del invierno, a este propósito las hilas de la Montaña no tienen nada que aprender de las soirées del «gran mundo», ni que envidiarles... si no es la pluma de ámbar y batista con que las cantan los Pedro Fernández de la prensa aristocrática.

Un tipo más

Corría el mes de noviembre: hacía poco más de una hora que había amanecido, y llovía a cántaros. Excusado creo decir que aún me hallaba yo en la cama, tan abrigadito y campante, gozando de ese dulce sopor que está a dos dedos del sueno y a otros tantos del desvelo, pero que, sin embargo, dista millares de leguas de los dolores, amarguras y contrariedades de la vida; estado feliz de inocente abandono en que la imaginación camina menos que una carreta cuesta arriba, y no procura más luz que la estrictamente necesaria para que la perezosa razón comprenda la bienaventuranza envidiable que disfrutan en esta tierra escabrosa los tontos de la cabeza. Punto y seguido. Abrieron de pronto la puerta de mi cuarto, y avisáronme la llegada de una persona que deseaba hablarme con mucha urgencia.

Ustedes, caballeros lectores, que estarán hartos de devorar multitud de artículos empezados con párrafos semejantes al anterior; artículos cuyos protagonistas-autores es de rigor que se tuteen, en los episodios que refieren, con un Sandoval, con un Montellano, con un Monteverde, o siquiera con un Arturo, Eduardo o Alfredo a secas; artículos dados a luz en ilustrados Semanarios, o en la sección de Variedades de tal cual papelón madrileño, por la péñola almibarada de algún revistero aristócrata; ustedes, pacientísimos prójimos, que, de fijo, estarán avezados a ese género de literatura bizarra, esperarán que yo les diga, en vista del comienzo de este croquis, que la voz que me dio el recado era la de mi ayuda de cámara, al cual mandé, después de llamarle borrico y de ofrecerle un puntapié, que corriese los cortinajes de mi balcón para que entrase la luz del día; que en seguida me envolví el cuerpo en una cómoda bata, forrada de pieles de marta, y los pies en un par de pantuflas morunas que no se oían al hollar la espesa alfombra del suelo; que me arrellané en una muelle butaca delante de los troncos que ya chisporroteaban en la chimenea; que encendí un aromático habano, precisamente de la Vuelta de Abajo, y que, por último, después de encasquetarme en la cabeza un gorro griego... o tudesco, de finísima felpa, dije al susodicho mi criado: «Que pase esa persona», es decir, esa dama incógnita, ese vizconde elegante, ese matachín de moda, ese bandido generoso o ese marido agraviado... Pues no, señores, no hubo nada de eso, al parecer tan común en la vida episódico— literaria de nuestros revisteros del día... porque, aunque a ustedes no les importe un rábano la noticia, han de saber que yo no tengo ayuda de cámara, ni gasto bata forrada ni sin forrar, ni pantuflas morunas, ni gorro persa; ni en mi cuarto de dormir hay pesados cortinajes, ni alfombra espesa, ni vegueros a granel; ni allí han entrado jamás damas misteriosas, ni vizcondes elegantes, ni bandidos de ninguna clase, ni matachines, ni maridos agraviados... por mí.

He aquí, lisa, llana y prosaicamente, lo que sucedió:

Oído el recado, que fue transmitido por una modestísima fregona, abrí desde la cama la desnuda vidriera del balcón; vestíme con lo primero que hallé a mano, como hago todos los días; encendí un pitillo de Astrea, y salí al encuentro del personaje anunciado, al cual conocí en cuanto le eché la vista encima.

Era un hombre de mediana estatura, moreno, mejor dicho, ahumado, de pequeña cabeza, con los ojos hundidos y muy brillantes bajo unas cejas espesísimas y grises, separadas por una nariz afilada y seca, de una boca rasgada y prominente. Llegábale el ancho almidonado cuello de su camisa hasta rasparle las orejas por la altura de los oídos; vestía pantalón de color de castaña con abultadas rodilleras, chaquetón azul oscuro sobre chaleco de pana de cuadros muy alegres, y capa parda sobre el chaquetón; calzaba medias caseras de mezclilla y zapatos fuertes de becerro; ceñía al pie izquierdo una roñosa espuela; asía con la mano del mismo lado la corva empuñadura de cuerno de un enorme paraguas de percal verde con contera de metal amarillo, y tenía en la derecha el sombrero de copa alta, que acababa de quitarse de la cabeza. El paraguas chorreaba; el sombrero, negro-parduzco, estaba erizado como si tiritase de frío; la extremidad inferior de la capa, parte de las medias y los zapatos, estaban salpicados de lodo y empapados en agua, y la cabeza cubierta por unas greñas muy alborotadas, que se iban en vicio por las sienes y la frente abajo, como se van por una pared vieja y descuidada las bardas y los helechos. La edad de este hombre se perdía entre los laberintos de su cara; pero yo sé que tenía cincuenta años, porque le conocía mucho. Era vecino de un pueblo cercano, había sido su padre colono de mi abuelo y me dispensaba, tiempo hacía, la no envidiable honra de venir a consultar conmigo todos los negocios que tenía en Santander, y los tenía cada semana. Llamábanle en el pueblo las mujerucas de buena fe tío Sildo; los hombres leídos y escribidos, don Beregildo; pero él, sin hacer más caso de las unas que de los otros, se firmaba siempre Hermenegildo Trapisonda, y firmaba la pura verdad.

Saludámonos de la manera más cortés y volvimos a mi cuarto.

Don Hermenegildo comenzó por dejar el paraguas a la puerta para que el chorro que despedía se largase por el corredor adelante, y el sombrero encima de una silla; luego recogió los pliegues de la capa sobre los muslos y se sentó, dejando ver las flacas pantorrillas hasta cerca de las ligas por debajo de las perneras, que no pecaban de cumplidas; y después de pasarse ambas manos por las greñas para domarlas un poco, miróme de hito en hito, haciendo un horrible gesto, especie de sonrisa con la cual mostró en todos sus detalles las enormes paletas de su rancia dentadura.

Yo me había sentado en otra silla enfrente de él, y le contemplaba con curiosidad, esperando que me explicase el motivo de su tan apremiante visita. Mas viendo que no comenzaba a hablar y que no cesaba de mirarme y de sonreír,

—Usted dirá, señor don Hermenegildo —exclamé al cabo para obligarle a entrar en materia.

—Voy allá —me respondió con su voz ronquilla y desagradable—. ¿Pero ha visto usted qué tiempo más infernal tenemos? Je, je, je. Desde las cuatro de la mañana, hora en que salí de casa, hasta que he llegado a la de usted, no ha cesado un minuto de llover. Yo pica que pica a la jaca, y el agua cae que caerás.

—¿Por qué no esperó usted a que escampara?

—¡Esperar!... Aunque hubieran caído capuchinos de bronce... ruedas de molino, no dejo yo el viaje... ¡Pues no faltaba más! ¡Jo, jo, jo! Yo soy así. Conque vamos al caso. Yo tenía que venir a Santander a resultas de tres expidientes que andan por acá a punto de resolución, y, a la verdá, lo dejaba, lo dejaba por aquello de que «no por mucho madrugar amanece más temprano», cuando, amigo de Dios, ocúrreme ayer, ¡paño!, ese disgusto sin más acá ni más allá, que, vamos, fue como si me plantaran un rejón en seco en metá de la nuca. «Esto no puede quedar así», me dije yo al instante, y aquí tiene que arder Troya, o pierdo yo hasta el nombre que tengo. Pero, ¿por dónde la tomo?, torné yo a decir. ¿Me voy al juez de primera instancia y echo a presidio a ese tunante? Esto, si bien desagravia a la ley, no me satisface la corajina, y yo necesito satisfacer la que me ahoga... y mucho más. Por otra parte, el recurso del pleito siempre me queda libre... Y dale que le das a la cabeza; torna de aquí y vira de allá, resuélvome a sacar a ese hombre a la vergüenza pública, sin perjuicio de encausarle en el día de mañana. ¿Y cómo le saco? Pues, señor, discurre y más discurre otra vez, y cátate que se me pone usté en la mollera y me digo. Ese muchacho es de por suyo dado al impreso, y tiene mucha inclinación a la letra de molde: él va a ser el que me ayude en esta obra de caridad.. Porque, ¡sí señor!, una obra de caridad es, y de las más grandes, abichornar en público a ciertos hombres y sacarles las colores a la cara... Conque... ¡jo... jo... jo...! aquí me tiene usté.

Y esto dicho, don Hermenegildo puso los brazos en jarras, irguió su cabecita, abrió cuanto pudo sus ojuelos de rámila, que lanzaban un fulgor irresistible, y volvió a dejar al descubierto los peñascales de su dentadura amarillenta.

Como ustedes pueden figurarse, no quedé de lo más enterado, con la relación hecha por el hijo del colono de mi abuelo, del verdadero motivo de su visita, aunque por lo del rejón y lo de mi afición al impreso y a las letras de molde, y, sobre todo, por los antecedentes que yo tenía del personaje, supuse desde luego que se trataba de uno de los infinitos líos que eran la comidilla de tío Sildo, entre cuyas marañas trataba este peine de enredarme a mí. Roguéle que me explicara más clara y precisamente su pretensión, y continuó de esta manera:

—Usté sabe muy bien que mi padre fue un pobre rentero del difunto abuelo de usté (que esté en gloria). Como yo no disfrutaba de otros bienes que de los cuatro terrones que machacaba a medias con el amo, y como, a la verdad, no me tiraba mucho la afición a bregar con el campo, tan aina como aprendí la escuela lo mejor que pude, marchéme a Andalucía. Bueno. Pues, señor, estuve por allá ocho años pudriéndome la sangre detrás de un mostrador, y al cabo de ellos volvíme a la tierra con ocho onzas ahorradas y alguna experiencia del mundo, que no hay oro con qué pagarla. Cuando llegué al pueblo habíase muerto el maestro, y propusiéronme que ensenara yo la escuela por un tanto, mientras se buscaba la persona que la había de regentar. Dio también la casualidad de que por entonces cayera enfermo, para no sanar nunca, el secretario del ayuntamiento, y me tiene usté a mí asistiendo en su lugar a todos los actos en que se necesitaba una buena pluma y un regular dictado; comenencias que, aunque me esté mal el decirlo, reunía yo mejor que el más pintado. Como el hombre guardador y hacendoso en todas ocasiones encuentra medios de mejorar su pobreza, sin dejar de ser maestro ni secretario interino, híceme rematante de arbitrios, amén de dos mayordomías que apandé: una del señor conde de la Lechuga, para lo respetive a las posesiones que tiene en la provincia, y otra de las Ánimas benditas, que en aquel entonces tenían en el pueblo un par de fincas morrocotudas. Ya con este pie de fortuna pude picar también en otras especulaciones, con lo cual llegué, como quien dice, a echar raíces en el pueblo, y cátame alcalde de la noche a la mañana... ¡Ay, amigo de Dios! ¡Nunca yo lo hubiera sido! ¡Qué tremolinas, qué laberientos!... Cuando yo cogí la vara, estaba el ayuntamiento que daba lástima. El depositario se había comido hasta los clavos de la caja; se echaban contribuciones cada mes y recargos cada semana; había un anticipo cada quince días, y con todo y con eso se adeudaban al médico dos trimestres, estaba la casa-escuela sin ventanas y sin atriles, y se debían tres puertos, que los vecinos habían pagado, como siempre, adelantados. Traté, según era regular, de poner allí un poco de orden, y empecé por acusar las cuarenta al depositario. Este y otros actos de justicia me valieron tres palizas y la tirria y mala voluntad de una docena de facinerosos, encubridores de tantas maldades. Cinco años viví haciéndoles toda la guerra que pude y bregando con todo género de desazones; y con todo y con ello, para que al cabo de ese tiempo dejara yo la vara, fue preciso que medio pueblo me la arrancara poco menos que a mordiscos y a puntapiés... Porque, créalo usté, el hombre toma tanta más ley a una cosa cuanto más se la disputan.

—Pero, don Hermenegildo —le interrumpí—, si la administración que precedió a la de usted fue tan mala como ha dicho, no comprendo por qué el pueblo, que debía estar a matar con ella, le despidió a usted, a usted, que quiso ponerla en orden, a mordiscos y a puntapiés.

—Porque... porque... eso consiste en que los aldeanos son así —me respondió don Hermenegildo un tanto contrariado por haber dicho quizá más de lo que debiera—. Cuanto mejor los trata usté —continuó—, menos se lo agradecen. Además, que a esos vecinos que más guerra me hicieron, los compraron los contrarios, y por eso dieron en decir que mi administración había sido más atroz que todas las anteriores. ¡Ya ve usté qué barbaridad!

—Efectivamente —repuse en el mismo tono que si lo creyera—. Pero noto que hasta ahora no me ha dicho usted nada que me indique lo que yo tengo que hacer en el asunto que le trae aquí.

—Voy allá de contado. Desde aquella ocasión, el depositario, tres regidores, el pedáneo de mi barrio, cuatro mandones que comían con ellos la sangre del lugar, y la porrá de vecinos que se les fueron detrás como burros balleneros, no me han dejado un minuto de sosiego. Fortuna que a mí nunca me han faltado buenos arrimos acá y allá, que si no, Dios sabe lo que hubiera sucedido; porque ha de saber usté que la tirria que me tomaron cuando yo cogí la vara, ha venido hasta hoy creciendo como la espuma.

—Eso es de cajón entre semejante canalla, don Hermenegildo. Pero vamos al caso.

—El caso es que conmigo, en el curso de tanto tiempo, se han hecho herejías... Hoy una paliza al entrar en una calleja; mañana me encontraba al volver a casa con que me habían echado abajo el horno del corral; otro día me amanecían en la cuadra dos vacas con el rabo cortado al rape; otra vez se le daba espita a una cuarterola de vino en la bodega, sin saberse cómo ni por quién; si se corría por el pueblo que una res se había desgraciado en el monte, no había que preguntar de quién era, porque de fijo era mía; y ¡qué se yo cuántas iniquidades a este respetive se han cometido contra mí! Pues bueno: todas ellas las he sufrido, como aquel que dice, con serenidad, y siempre me he conformado con lo que la justicia ha podido hacer, que no ha sido mucho, en reparación de mis agravios... Pero la última, la última partida que se me ha jugado, la última, ¡paño!, la última ha podido más que yo y me ha descuajaringado sin poderlo remediar. Figúrese usté, y perdone, que ayer, al ir a concejo, me encuentro con todo el vecindario reunido junto a la puerta, leyendo un papel que había amanecido pegado a ella, y dando cada risotada que metía miedo. Acércome poco a poco a leerle yo también, entérome de lo que decía y, ¡paño!, no faltó un tris para que me cayera allí mesmo redondo de coraje y del rézpede que me entró. En seguida, codeando a la gente y echando lumbre hasta por los dientes, arrójome sobre el papel... y aquí está entero para que usté lo vea.

Al decir esto don Hermenegildo, convulso y descompuesto, echó mano al bolsillo interior de su chaquetón, sacó de él una enorme cartera de badana amarilla amarrada con un hiladillo azul, y después de revolver muchos papeles que había en ella, tomó uno muy arrugado y me lo entregó.

—¡Lea usté! —me dijo, temblándole la voz y centelleándole los ojuelos.

Abrí yo el papel, que era del tamaño de medio pliego y tenía rotas las cuatro puntas por donde había estado pegado, y leí en él lo siguiente, escrito con muy mala letra y con la ortografía que copio:


Décima nueba y debertida

Cuando a la Pelindongona
la Hecharon los abangelios
Salió gomitando azufre
Trapisonda de Su cuerpo.

Anbre trujo el harrastrao
y se zampó por amuerzo
la Braña del Sel de abajo
que era rriqueza del pueblo.

Quema-casas jue dempues
tamien por trapisondero
y a las ánimas Benditas
llegó a dejarlas en cueros.

Salgamos en portision
Becinos de este lugar,
con la cruz y con el pendon
y conjuremos a ese bribon
dijiendo Quirielison
Cristelison
¡¡Viva la Costitucion!!

—Ya ve usté que eso es una infamia —gritó don Hermenegildo cuando yo hube concluido de leer el pasquín, que por cierto no carecía de sal y pimienta.

—Sí, señor —le respondí—; pero es una infamia literaria. Si alguno tiene derecho a demandar de injuria al autor, es la literatura nacional.

—¡Cómo qué! —repuso don Hermenegildo enfurecido—. ¿No ve usté cómo se me trata en ese papel?

—Sí que lo veo; y por lo mismo, soy de opinión de que no debe usted enfadarse por ello.

—¡Que no debo enfadarme, y se me llama bribón, y quemacasas... y aticuenta que ladrón!... ¡Paño!, hombre, por el amor de Dios, ¡que esto ya es mucho!

—Sí; pero se lo llaman a usted de cierta manera...

—Ya, pero me lo llaman.

—¿Y qué? Quien, como usted dice, ha recibido palizas y todo género de agravios de esa misma gente sin perder su calma habitual, no debe sulfurarse por un pasquín más o menos.

—Será todo lo que a usté le dé la gana; pero la verdad es que este golpe me ha desplomado más que ninguno, y que necesito hacer lo que nunca he hecho.

En ese caso, ¿qué es lo que usted quiere? diez por uno.

—¿Sabe usted quién es el autor de la... décima?

—Sí, señor: el depositario; conozco su letra. Además, no hay en el pueblo otro más que él que sepa escribir de manera que caiga en copla.

—Bueno. ¿Y qué va usted a decir en la contestación?

—¿Qué voy a decir? Verbo en gracia: «El muy desalmao que ha ofendido mi hombría de bien... ecetra, haría muy bien en callarse si conoce la vergüenza. Sepa todo el orbe de la tierra que la sanijuela del sudor del pobre es él... ecetra. Y si no, que diga a dónde fueron los ocho mil reales de que se hizo cargo por la corta de maderas concedida en el monte del lugar al señor conde de la Lechuga, y cuyos ocho mil reales entregué yo mismo al ayuntamiento. Ítem: que la obra pía del hospital de que él es patrono, renta ochocientos ducados, y no hay nunca en aquella casa para dar una taza de caldo a un enfermo. Ítem: que se han comido entre él y el alcalde que me antecedió y dos que me han seguido después, tres anticipos, cuatro recargos, dos puertos y la capilla de San Roque con todos sus ornamentos. Ítem: que por el aquél de que estaban rejendías, desritieron entre él y el susodicho alcalde antecesor las campanas de la iglesia, cobraron a los vecinos el valor de otras nuevas, y hoy es el día en que se toca a misa con un esquilón por no haber campanas; pues el hombre infame que me ha querido injuriar es el causante de este fraude... ecetra...». Todo esto, y mucho más que yo iré apuntando, según usté vaya escribiendo, quiero yo que se ponga en toda regla y que salga de contado en letras de molde en los diarios de esta ciudad. En seguida compro una porrá de impresos y doy uno a cada vecino y planto otro en cada esquina del pueblo.

—¡Caramba, don Hermenegildo! Repare usted que la empresa es delicada, porque son muy graves los cargos que usted quiere hacer.

—Yo lo firmo treinta veces si es preciso.

—Puede costarle a usted muy cara esa firma.

—Tengo recursos para pleitear diez años seguidos; y aunque me quede sin camisa, no me dará maldita la pena con tal de que yo ponga a ese bribón las peras al cuarto.

—Y yo lo creo. Mas, por de pronto, vayámonos con calma, que ha de serle a usted muy conveniente. Dice usted que puede acusar al depositario de todas esas iniquidades que me acaba de enumerar.

—Sí, señor, y de otras muchas.

—Concedido. Pero repare usted que no es ése el mejor medio de dejar sin valor los gravísimos cargos que a usted se le hacen en este papel: los delitos del prójimo no justifican los nuestros. Así, pues, antes de lanzarnos a contestar al depositario, veamos el fundamento que puedan tener sus imputaciones; en la inteligencia de que cuanto más inocente sea usted, tanta mayor fuerza tendrán los cargos que haga a su enemigo.

—¿Será usted capaz de dudar que todo ese papel es un manojo de imposturas, y que yo soy tan hombre de bien como el que más?

—Yo no dudo nada, don Hermenegildo; pero gusto de ver las cuestiones claras.

—Pues también yo, ya que me apura; y por lo mismo no tengo inconveniente en dar a usté cuantas explicaciones me pida sobre el particular.

—Así me gusta, y vamos al examen... Pero procedamos con orden. El primer cargo que a usted se le hace en el pasquín es haberse almorzado la braña del Sel de Abajo... ¿Qué hay de esto?

—Pues la cosa más sencilla del mundo. Cuando yo fui alcalde noté que en un bardal muy espeso que había a la bajada del monte se enredaban algunas ovejas de las que se arrimaban a pacer la yerba que había entre la maleza. Dos de ellas que se quedaron allí sin que el pastor las viera, perecieron por la noche comidas por el lobo. La gente de la aldea, como usté sabe, es de por suyo dejadona y abandonada; así es que, por más que yo decía «tener cuidado con las ovejas, que anda listo el lobo», los pobres animales se enredaban todos los días y quedaban a pique de fenecer. Viendo yo esto, y con ánimo de hacer un beneficio al pueblo, voy ¿y qué hago?, cierro el bardal dentro de un vallado, y todo ello sin más retribución que la propiedad de lo cercado.

—Pero más sencillo era haber cortado el bardal, don Hermenegildo.

—Verdad es; pero ese remedio tenía el inconveniente de que mañana u otro día el bardal volvería a crecer.

—En efecto: es usted hombre previsor.

—Por lo demás, a mí me hubiera tenido más cuenta rozarle, pues crea usté que yo salí perdiendo al comprarle por el vallado que le puse.

—Según fuera el bardal, don Hermenegildo.

—Pues hágase usté cuenta que como dos veces este cuarto.

—Entonces no era una gran cosa.

—Sí, pero cuente usté que cerré con el bardal toda la llanura en que estaba, y que esta llanura, que es lo que se llama el Sel de Abajo, pasa de ochenta carros de tierra.

—¡Ya!

—Conque ya ve usté que el vallado que rodea todo ese terreno tiene que valer mucho más que el bardal.

—Naturalmente, señor don Hermenegildo. Y diga usted: ¿ese terreno era de común aprovechamiento?

—Sí, señor.

—¿Y usted le cerró sin cumplir antes los requisitos legales?

—Nada, nada: un sencillo acuerdo del ayuntamiento, y al sol. Y desengáñese usté: todo el que quiera hacer un bien a un pueblo, tiene que hacerle así: los expedientes se eternizan en la tramitación y nunca se despachan como es debido.

—Estamos conformes. ¿Y le dejaron a usted gozar en paz la posesión de ese cercado?

—¡En paz! ¡Buenas y gordas! En cuanto dejé la vara le denunciaron a la Administración de Propiedades, y fue al pueblo un investigador y... ¡qué se yo cuánto ajo me revolvieron! Por aquel entonces no tenía yo, aunque bien relacionado, los arrimos que tengo hoy; así es que el expediente siguió su curso natural, sin que me sirvieran un rábano, para inutilizarle, más de veinte instancias que hice en apoyo de mi derecho.

—¿De modo que al fin le despojaron a usted del cierro?

—¡Quia!, no, señor... en España nunca se acaba la tramitación de un expediente. Informes por acá; dictamen por allá; consulta por el otro lado... Gracias a esto, pasóse una eternidad sin que recayera fallo alguno definitivo; olvidáronse hasta mis enemigos del asunto, y durmióse al cabo en otras ofecinas. Más que por dormido, por muerto lo daba yo, cuando, amigo, tres meses hace vuélvese a revolver el potaje, y cátate que se pide que se me despoje de la finca. Por fortuna mía no me encontraron esta vez tan desprevenido como la anterior; y por si acaso no me servía, en apoyo de mi derecho, el tiempo que llevaba en posesión de la finca y el tenerla cultivada como un jardín, voy y escribo a Su Excelencia una carta que echaba lumbres, exigiéndole protección contra el atropello que quería cometerse contra mi propiedad... Aquí está la contestación que tuve pocos días después: la traigo en la cartera para restregarle con ella los hocicos, si no anda derecho, a algún empleado de la Administración, adonde voy a ir en cuanto salga de aquí, con el aquél de dejar el asunto arreglado para sinfinito. Vela usté... ¿Dónde mil diablos la he puesto yo? ¡Como tengo tanto papelorio en la cartera!... Aquí está... No, pues no es esto... ¡Toma! ¡je, je, je...! Si es la copia del auto del juez de primera instancia. ¡Pues también tiene que ver este negocio! Es un pleito que sigo hace más de dos años con un convecino. ¿No se empeña el condenado en que he ido metiendo poco a poco en su prado los hisos de uno mío que linda con él, y que le llevo yo apandada la mitad de la finca? Fortuna que no parece la escritura de propiedad y que han sobrado testigos que declaren en mí favor, que si no, me lleva el indino medio prado entre las uñas... Pero, señor, ¿dónde se ha escondido esa carta?... ¡Ajajá! Vela aquí, y con su canto sobredorado. Téngala usté.

—Pero ¿es de Su Excelencia el...?

—Del mismo. Pues qué, ¿sólo ustedes se han de cartear con la gentona? ¡Jojojó!

Y lleno de asombro yo, que apenas he saludado de lejos a un usía, de que aquel tipo extravagante se tratase con un Excelencia, leí los siguientes párrafos en la carta que ya tenía en la mano:

«Difícil, muy difícil, era el asunto que usted me recomendó. Según los antecedentes que pedí, se halla usted completamente al descubierto por haber prescindido de todas las prescripciones legales. No obstante, he dado las órdenes necesarias a fin de que la Administración no pretenda molestarle de nuevo; y en cuanto al investigador, se guardará muy bien de volver a denunciar el cercado. Gócele usted, amigo mío, en paz y en gracia de Dios, sin escrúpulos ni recelos.

¿Y cómo va eso? ¿Está lista su gente? No olvide usted que se aproxima el día de la batalla y que el enemigo es aguerrido y temible».

La firma era de Su Excelencia, y el sobre dirigido al mismísimo don Hermenegildo Trapisonda. Yo estaba pasmado. ¿Qué podía haber de común entre dos tan heterogéneos personajes? ¿Qué batalla y qué enemigos eran aquéllos que se mencionaban en la carta?

Expliqué mis dudas a don Hermenegildo, y me contestó con aire de cómica y hasta grotesca importancia:

—Pues todo depende en las elecciones.

—¡Ah, ya! Conque porque es usted elector. No había caído en la cuenta. Mas, así y todo, paréceme que por un voto más o menos...

—¡Un voto!... No está usté mal voto: treinta votos, señor mío, son los que tengo disponibles. Ya ve usté que este número, en un distrito como el mío, que tiene tan poquísimos votantes...

—Comprendo, comprendo... Pero ocúrreseme que cuando caiga esta situación y vengan los otros, perderá usted todo cuanto ahora consiga.

—¡Ya está usté fresco! Cuando vengan los otros me paso a ellos con mis veinte votos y me tiene usté tan campante como ahora.

—De manera que en el distrito nadie le puede toser a usted.

—Sí, señor: cualquiera de mi bando que amenace a Su Excelencia con ponerse enfrente de mí con veintiún votos.

—¿Y si sus veinte votos se le desertan a usted en la hora crítica?

—Es imposible: estamos todos ligados por una cadena de compromisos de muchísima importancia: hay elector de los míos que va a presidio en cuanto yo diga media palabra.

—¿Y sería usted capaz de decirla?

—En cuanto él sea capaz de faltarme.

—¿Sin remordimiento de conciencia?

—¡Qué conciencia ni qué...! Pues si en elecciones (como en las últimas me decía el candidato mío) se fuera uno a doler de la conciencia por una atrocidad más o menos, ya podía cerrarse para eneterno el Congreso de los Diputados. Desengáñese usté: los delitos, por gordos que sean, son pecados veniales cuando se cometen electoralmente. ¡Cuánto podría yo contarle a este propósito! Personas bien estruidas, bien portadas y bien buenas conozco yo, y usté quizás también, que han hecho cosas en días de elecciones que al haberlas hecho en tiempos corrientes les hubieran valido un grillete, obrando en buena justicia.

—¿Y por qué no se ha obrado así con ellos?

—Porque era en época de elecciones.

—Es verdad; y ya usted me ha dicho que entonces los delitos no pasan de pecados veniales.

—¡Que me place esa jurisprudencia! Y mientras los pueblos duermen bajo su amparo tranquilos y felices, continuemos nosotros examinando la cuestión del cierro. Conque siga usted.

—Pues nada más tengo que añadir. Usté debe haberse convencido de que el cierro es mío, y muy mío, por las razones expuestas.

—Sí, señor, y, sobre todo, por la de Su Excelencia; conque sigamos adelante. Segundo cargo del pasquín: «Quema-casas». ¿Por qué le llaman a usted «quema-casas»?

—¡Esa sí que es impostura gorda! —respondió don Hermenegildo revolviéndose en su asiento y haciendo los más exagerados extremos de indignación—. Escuche usté y perdone. Las últimas elecciones fueron en mi distrito de lo más reñido que se ha visto. Por de pronto, por amaños de los contrarios, se habían excluido de la lista cuatro electores de los nuestros, y se habían metido, por añadidura, dos de los suyos con recibos falsos. Gracias a los manejos míos y a los del candidato nuestro, que en esto de elecciones se mete por el ojo de una llave, tumbamos a los dos intrusos y volvimos a meter en lista a tres de los cuatro excluidos. Pues, señor, con este voto de menos que otros años, la cosa estaba, la verdá, muy apurada, y yo no pensaba más que en la manera de inutilizarles siquiera un voto, para dar al traste con sus amaños. Busca de aquí, tira de allí, malógranse todas las zancadillas que eché con aquel objeto, y llega en esto el día gordo. Con mi último plan en la cabeza, échome a la calle, cójoles un votante que me debía a mí algunos favores, y viendo que se hacía sordo a mis amenazas y a todo cuanto le proponía, resuélvome a llevarle a mi casa por el aquél de que habláramos más a gusto; accede el hombre por complacerme, aunque protestando que no le haría cambiar de opinión, so pena de que le abonase un pico de tres mil reales en el acto, pico que él tenía que satisfacer a fin de mes por unas fincas compradas a plazos, y para cuyo gasto no estaba yo autorizado por el candidato, por lo cual le dije que votara conmigo y que después hablaríamos, a lo que me respondió que a él no se la daba ningún guaja, porque en punto a elecciones sabía tanto como el Gobierno...; digo que accedió el hombre a irse conmigo a mi casa, y contando con el buen saque que tiene, voy y planto entre los dos un barril de vino de la Nava que yo tenía en la bodega... «Ahora», dije yo para mí, «o revientas o te emborrachas, porque el vino es de la mejor calidad, y tú nunca has hecho al blanco una descortesía». Pues, señor, tira que tira y habla que habla, llevábamos ya el barril bebido hasta la mitad, cuando el hombre, más sereno que estoy yo ahora, dice que se acerca la hora de votar y que me deja... y me dejó el condenado. Quedéme yo solo renegando de mi poca habilidad, y pasóse, sin más novedad, como una hora. Al cabo de ella entraba yo en la Casa-concejo, precisamente al lado de mi hombre, cuando llega un vecino suyo gritando y diciéndole que se le estaba quemando la casa.

—¿Al vecino o al elector?

—Al elector.

—Y ¿era verdad que se quemaba, o era una bromita de usted?

—Bromita, ¿eh? Ardía tan de veras como estamos aquí los dos.

La cabecita de don Hermenegildo me pareció en este instante, sobresaliendo por encima de los acartonados cuellos de su camisa, la de una hiena asomada a la rendija de su madriguera. Aquellos ojuelos fosforescentes, aquella boca enarcada y colmilluda, después de los relatos que acababa de oír, no se prestaban a otra comparación más, consoladora. Seguí, no obstante, disimulando mi disgusto, y continuó don Hermenegildo:

—Como el hombre estaba escamado por lo de la convidada, vuélvese de pronto a mí, díceme que yo soy quien ha pegado fuego a su casa con la mira de que él no vaya a votar, y, ¡paño!, me sacude tal guantada, que me hizo dar tres vueltas alreador. Amigo, la gente que me quiere mal y que lo oyó, da en decir lo mismo que él... Y fortuna que la verdad siempre triunfa y no se me pudo probar el hecho, que si no, me cuesta cara la calumnia de mi vecino.

—De manera que, al cabo, conseguiría usted su objeto: el pobre hombre se largaría en el acto a apagar su casa...

—¡Ca! Primero votó.

—¡Demonio!

—Lo que usté oye: votó, y en seguida se fue; pero ya era tarde, porque el fuego había tomado cuerpo, y la casa ardió hasta los cimientos.

—Por supuesto que usted iría a ayudarle inmediatamente.

—Le diré a usté: yo hubiera ido con mil amores; pero no podía separarme mucho de la mesa, porque la elección iba muy reñida; y en el mismo caso se hallaron la mayor parte de los vecinos, unos por votantes y otros por inclinación a éstos... ¡toma!, y hasta cuatro guardias, que en cuanto oyeron lo del incendio quisieron ir a apagarle, tuvieron que quedarse al pie, como quien dice, de la mesa, mandados por el alcalde para la conservación del orden. ¿No ve usté que en estas cosas electorales, en cuanto falta el orden y se meten a barullo, se lo lleva todo la trampa? Así es que lo único que yo hice fue buscar testigos de la injuria que había recibido y reclamar en el acto contra el injuriante. Y caro que le salió, por cierto; pues amén de estar a la sombra mucho tiempo, acabó de arruinarse con las costas de justicia.

—Pero ¿y la jurisprudencia aquella de que son pecados veniales los delitos cuando se cometen electoralmente?... Porque el agravio le recibía usted de boca y mano de un votante y en el acto de ir a votar.

—Todo eso es verdad; pero como nosotros ganamos la elección... y luego el candidato lo tomó tan a pecho... ¡Vaya!, como que dijo que la ofensa que a mí se me había hecho era como si se la hubieran hecho a él... Andandito... No, y ello es la verdad que ese señor me aprecia a mí mucho.

—¿De manera que si la elección se pierde, usted se queda con la guantada, y quizá el pobre votante hubiera hallado medio de indemnizarse de los daños que le causó el fuego?

—No le diré a usté que no. Por lo demás, y volviendo a lo que nos interesa, el incendio, aunque creo que no necesito decírselo a usté, fue pura casualidad, sin que tuviera yo más parte en él que en lo de Troya.

—Por supuesto, don Hermenegildo; ¿cómo he de creer yo otra cosa?

—Pues al mismo tenor sucede con lo de las Ánimas benditas, sobre si las dejé o no las dejé en cueros.

—Efectivamente —dije repasando el pasquín—, ése es otro cargo que se le hace a usted aquí.

—Tan calumnioso como todos los demás; y a la prueba me remito. Como le dije a usté hace rato, yo fui mayordomo de las Ánimas, y lo fui seis años. Las dos fincas que tenían en el pueblo, que eran un prado y un molino de dos ruedas, venían a producir, bien administradas, mil y doscientos reales, cantidad que había que invertir en misas y sufragios. Dio la casualidad de que en cuanto yo tomé la mayordomía vino un turbión y se llevó parte de la presa del molino y rompió el eje de una rueda. Procedí, como era natural, a reparar las averías, y subió la cuenta de gastos a cuatro mil reales. Consiguientemente, en cerca de cuatro años no se cantó un responso ni se dijo una misa por las Ánimas en la iglesia del pueblo. Los que me quieren mal tomaron de aquí pie, y dieron en decir que si no se hacían sufragios era porque yo me guardaba el dinero. Enseñé entonces las cuentas, que arrojaban la cantidad que he dicho, y al verlas mis enemigos, empiezan a vociferar que todo ha sido un amaño con el contratista de la obra, porque la obra no podía costar arriba de quinientos reales, supuesto que la presa no había perdido tres carros de piedra, y el eje había quedado servible y podía volverse a colocar. Por aquí se dieron a murmurar; llevé a juicio a unos cuantos; salieron condenados en costas, y a mí me amparó la ley contra toda responsabilidad; pero, ¡paño!, no ha sido posible hacer callar a todos los que me ladran por detrás, como el bribón del depositario. Y ahí tiene usté explicado todo el aquél del negocio: de manera que se ve, tan claro como el sol, que cuanto se dice en ese papel es una pura calumnia.

Yo supongo que el lector, siguiendo en el diálogo a don Hermenegildo, habrá ido formándose una idea del carácter de éste; mas si así no fuera y esperase mi voto para decidirse... quédese bendito de Dios en su incertidumbre, porque estoy resuelto a no sacarle de ella; y en mi propósito de limitarme a consignar hechos, añado a los conocidos que, al oír las últimas palabras de mi visitante, estuve tentado a plantarle en la escalera sin más explicaciones; pero, reflexionando un momento, opté por hacerlo de otra manera menos violenta, si me era posible.

—Y bien —dije por decir algo, en un tono que nada tenía de suave.

—Pues nada —me respondió don Hermenegildo, frunciendo los ojuelos y enseñando más mandíbula y más dentadura que nunca—; lo que falta es, ahora que debe usted estar bien convencido de mi inocencia, poner mano a la obra y emperejilarme en el acto la contestación; pero recia y sangrienta... y sin miedo, ¡paño! que yo firmo.

—¿Conque ahora mismo?

—Pues ¿por qué he madrugado yo tanto? Además, que para usté es eso como beberse un vaso de agua.

—Vuelvo a repetirle a usted que no le tiene cuenta meterse en semejante empresa.

—¡Cómo! ¿después de haber oído mis explicaciones me dice usté eso?

—Precisamente porque las he oído...

—¿Es decir, que usté cree que el depositario tiene razón para tratarme así?

—No creo tal, porque nunca la hay bastante para obrar en público como él ha obrado con usted.

—Pues entonces...

—En plata, don Hermenegildo: no le complazco a usted, entre otras razones que debieron haberle evitado a usted la madrugada y el remojón de hoy, porque usted y el depositario tienen, a mi juicio, muy poco que echarse en cara, y a entrambos les conviene mucho callarse la boca si quieren morir en sus propios hogares en paz y en gracia de Dios.

Al oírme hablar así, la carita de don Hermenegildo tomó súbitamente un color amarillo verdoso, sus ojuelos rechispearon en sus oscuras órbitas, tembláronle los enormes labios y crugieron sus dientes. Llevóse luego con coraje ambas manos a la cabeza, atusó dos veces las greñas y se puso en pie, exclamando al mismo tiempo, con una voz muy parecida al silbido de la culebra:

—Conque, según eso, ¿usté cree que tan buena es Juana como su ama?

—Cabalito —le respondí, levantándome yo también.

—Pues en ese caso... conste que se desoye la voz de un hombre de bien que pide amparo contra un infame; ¡porque yo soy muy hombre de bien!

—¡Y conste que lo soy tanto como el primero!

—Enhorabuena.

—¡Y conste que usté me ha faltado!

—Corriente; pero conste también, por conclusión, que usted me está sobrando hace mucho tiempo. —Y le señalé la puerta.

—Ya lo veo —replicó don Hermenegildo ensayando, sin éxito, un tono de conmoción—. Deme usté ese papel —añadió alargando la mano.

—Ahí va el papel —dije entregándole el pasquín que aún tenía yo entre las mías.

—¡Y decir a Dios que ha de haber hombre que se niegue a dar en público al autor de estas picardías todo lo que se merece!

—Sobre ese punto, vaya usted tranquilo: no faltará quien a él y a usted les haga justicia en esa forma.

—Por de pronto, yo buscaré quien me sirva en lo que usté no ha querido servirme.

—Y en todo caso, cuente usted con Su Excelencia.

—Ya se ve que sí; que por fortuna mía y de la nación, todavía puede mucho.

—Así va ello.

—Usté lo pase bien.

—Vaya usted con Dios.

Y don Hermenegildo, echándome una mirada torcida y rencorosa, calóse con mano trémula el sombrero, cogió el paraguas, arregló, o más bien desarregló la capa sobre los hombros, y salió por el corredor como un cohete, arrastrando la espuela y con una pernera del pantalón encogida sobre la pantorrilla. En cuanto llegó a la escalera cerré yo la puerta y pedí a Dios, de todo corazón, que conservase para siempre en el hijo del colono de mi abuelo el coraje que hacia mí te animaba al despedirse, para que aquella su visita fuera la última que me hiciera.

Pasa-calle

Dame tu brazo, lector, o toma el mío si lo prefieres, y vámonos a matar dos horas que me sobran, brujuleando por las calles de la Muy Noble, Leal y Decidida ciudad; que todos estos títulos ostenta en su ejecutoria la perínclita capital de la Montaña, desde don Fernando el Santo hasta Echevarría el faccioso, o, si lo quieres más digerible, desde la toma de Sevilla hasta la «batalla de Vargas». La noche, como de otoño, está serena y apacible; y si bien el gas de los faroles que acaban de encenderse apenas bastaría para hacer visible la oscuridad, como, si mal no recuerdo, dijo en parecido caso, el discretísimo y ameno Curioso Parlante, para no darnos de testarazos contra las esquinas tendremos a nuestra disposición los plateados rayos de la luna que, como una enorme criba roja, llega en este instante, entre nubes de púrpura y naranja, sobre los viejos paredones de la solitaria venta de Pedreña.

Partimos de la calle de la Compañía, que es donde la casualidad nos ha reunido, y cediendo a un impulso natural en todo el que tiene un reló en frente, alzas la vista y la fijas en la transparente esfera iluminada del Consistorio. Por supuesto que tú sabes que es el Consistorio ese humildísimo edificio, porque yo te lo digo, pues ni de los cuatro arcos sobre que descansan sus dos pisos no muy cumplidos, ni de la solana del primero, ni de los cuatro balconcillos del segundo, ni aun de los mismos tres dorados escudos de armas que ostenta la fachada, ni de ser ésta de labrada sillería, se puede deducir tan alta jerarquía, dado el lustre que debemos suponer en un Municipio de una capital de la significación mercantil de Santander. Pero el hecho es que eso es el Consistorio, o el Principal, como aquí se dice, y que no hay más en el pueblo para albergue de la Excma. Corporación... y de sus beneméritas gigantillas. Se me olvidaba advertirte que para las grandes solemnidades oficiales y para el día del Corpus, hay unas colgaduras de seda con los colores nacionales para cubrir las balaustradas de los balcones, y unas estrellitas y un sol de luces de gas, entre cuyos rayos se exhiben, como si friéndose estuvieran, las cabezas de los Mártires patronos, la nave de mi insigne paisano Bonifaz, el Guadalquivir, la cadena rota por aquélla y la Torre del Oro, que son las figuras simbólicas del escudo de armas de esta ciudad. No te advierto, porque ya lo supondrás, que este esplendoroso ornamento no sale más que por la noche, ni que, entonces, colocado en la mencionada solana del primer piso, se llama iluminación.

Algunos rayos de ella nos vendrían bien ahora para examinar las cataduras de la gente que se vislumbra bajo los arcos; pero yo supliré esa falta con mi práctica en el terreno, diciéndote, desde luego, que los que están sentados en los poyos del soportal son señores que han venido a menos, comadres que no se conforman con la sentencia dada contra ellas en otros tantos juicios celebrados arriba por la tarde, y ciudadanos sin profesión ni rentas conocidas que, fumando, tosiendo, suspirando, maldiciendo o meditando, esperan la hora de ir a acostarse... los que de ellos tienen cama. Los que peroran y se agitan de pie junto al ángulo que mira a la plaza, o sea, el único ángulo saliente del edificio, pues éste no tiene más que dos fachadas, son jovenzuelos con tuina de faldas y mangas cortas, señales evidentes de que se hallan en esa edad en que se muda de voz y se crece a pulgada por día, razón por la que no hay entonces ropa que siente bien más de media semana. También fuman, y, por el olor, más anís que tabaco. Son humanistas, alumnos del Instituto, y apostaría las orejas a que tienen los bolsillos atestados de tronchos y pelotillas. ¿No lo dije? Ya le arrimaron un tronchazo al pobre aldeano que va hacia la calle del Peso.

Estamos en la Plaza de la Constitución, vulgo Plaza Vieja, y notarás que no pasa de ser un trozo de calle un poco más ancha que sus demás contemporáneas de Santander. Sin embargo, cuando yo era niño me parecía inconmensurable este espacio. Cuatro casas nuevas, un bazar de modas, un café vistoso, una botica de lujo y algunos otros establecimientos restaurados a la moderna, le han quitado el antiguo carácter que la hacía hasta venerable a los ojos de todo buen santanderino. Muy pocos años ha, en esta tienda de la esquina, donde se vendían estampas del Hijo Pródigo y liga de pescar pajaritos, pudiera yo haberte hecho admirar, cuidadosamente trenzada sobre el cuello de su anciano dueño, la única coleta que quedaba en España (sin contar las de los toreros). Un poco más abajo fabricaba, empapelaba y vendía los mejores caramelos de limón que yo he saboreado, doña Marcelina, más conocida por la Siete-muelas, aunque yo hubiera jurado que no tenía una sola. En aquella otra esquina vendía géneros finos doña Juana Barco, cuyo lorito, por charlatán, era en Santander tan popular como su tienda. Aquí la clásica librería de don Severo Otero, con su sempiterna tertulia de señores mayores. Enfrente la Expendición de bulas y el célebre estanco... y otros muchos establecimientos y tipos acá y allá que vieron pasar años y generaciones sin dar un brochazo de pintura a los marcos de sus puertas, ni hacer la menor alteración en sus hábitos. Para conmemorar la acción de Vargas en tiempo de la Milicia que feneció el 43, se alzaba en este mismo sitio, en la noche de 3 de noviembre, un templete de tablas de cabretón, sobre el cual se colocaba una estatua, representando no sé si la Victoria o la Fama, a la que llamaba el pueblo la vieja de Vargas, creyendo a ojos cerrados que aquélla era una imagen de la buena mujer que, según pública opinión, se apareció a los nacionales que iban a Vargas a batir la facción, indicándoles el punto en que ésta se hallaba, por dónde se la podía atacar, etc., etc... noticias a las cuales, según las mismas fuentes, se debió el éxito de la expedición. Aquella noche, tras un día de revistas, desfiles y gigantillas, había en torno al templete música y cohetes, ruedas, suspiros, correos, carretillas y cuanto daba de sí el arte pirotécnico, creyéndose en el colmo de la felicidad el que para disfrutar de la fiesta hallaba un hueco en un balcón de las inmediaciones. Echar a la plaza o ir a la plaza se llamaba en las escuelas desafiarse dos o más muchachos a escribir mejor plana, y comprometerse a pasar por el fallo que dieran dos señores de los tres a quienes se consultase al mediodía entre los que paseaban aquí: si el desafío era entre chicos de dos escuelas rivales, el suceso hacía ruido en el pueblo, y ponía en gravísimo apuro a los jueces, que se palpaban mucho y hasta se asesoraban de los amigos antes de fallar. ¡Vaya si tomaban el lance por todo lo serio! Te diré, para tu satisfacción, que en estas lides en que como competidor entré más de dos veces, jamás gané los dos cuartos que valía la apuesta. Desde este segundo piso al de la casa de enfrente se ataba, antes de misa de nueve en los días festivos de invierno, una cuerda, de cuyo centro pendía un lienzo de vara en cuadro, anunciando las funciones de tarde y noche en el teatro; pero no con grandes letreros ni finchados elogios, sino con un par de cuadros al temple, en los cuales se representaban, con colores rabiosos, las escenas más notables de los dos indispensables dramas. De tarde en tarde se iza hoy también ese cartel, pero rara vez con láminas y nunca con éxito: apenas contemplan la operación de elevarle los transeúntes de Cueto, ni le leen los chicos de la escuela de balde; y no exagero si te digo que antaño aguardaban su exhibición con visible deleite, con íntima satisfacción, hasta los hombres más a la moda, los elegantes que vistieron en Santander los primeros gabanes blancos y calzaron las primeras botas de charol con caña de tafilete encarnado... Pero observo, pacientísimo lector, que me salgo del terreno de nuestro objeto, evocando estas memorias que a ti no te importan un bledo. Perdóname generoso este descuido. Cuando aún cree distinguir mi vista en lontananza los hombres y las cosas que se van, después de haber pasado entre ellos los mejores años de mi vida, no es dado a mi corazón negarles un cariñoso adiós de despedida. ¿Ves estos individuos que con paso igual y mesurado recorren la plaza, de abajo arriba y de arriba abajo, y siempre en una misma línea, como péndolas de reló? Pues me son entrañablemente simpáticos, precisamente por ser lo único que nos resta de la antigua Plaza Vieja. Verdad es que parte de ellos no son los mismos hombres de entonces; pero son otros con los propios gustos e idénticas inclinaciones, y tanto monta. Aquí los hallarás todas las noches hasta las nueve y media, paseando sobre los mismos adoquines o las mismas losas, sin que se dé el caso de que un aficionado al arroyo se intruse en la acera, ni de que pase a la de la izquierda el que está habituado a la de la derecha. Repara un poco sus trajes, y los hallarás en evidente desacuerdo con la moda actual; y aun acercándonos más, podrías ver sobre las perneras de los pantalones de más de un paseante, no viejo, la marca de la caña de la media bota que calzan, en su profundo amor a los usos del 45 e inmediatos. Y supuesto que esta curiosidad típica es la única que te puedo enseñar aquí, doblemos la esquina y entremos en la calle de San Francisco, que es, salvas las diferencias que supondrás, como si en Madrid te llevara a la Carrera de San Jerónimo, o en París al boulevard de los Italianos.

Estas seis que vienen, al parecer, mujeres, envueltos sus talles en menguados chales y sus cabezas en flotantes pañuelos de seda cruda, a manera de capucha, son las hembras de dos familias modestas que viven en una misma escalera, y que después de cenar se han reunido para dar el ordinario nocturno paseo callejero que ahora comienzan. Todas las noches que no llueve hacen lo propio. El objeto principal de su paseo es examinar, desde afuera, los escaparates de las tiendas: si hallan un género de imitación muy barato, no para comprarlo, sino para saber que le hay, por si acaso, señalan la noche con piedra blanca; y la señalan con dos piedras si al pasar de tienda a tienda descubren algún gatuperio, notable por los actores, entre la oscuridad de algún portal indiscreto; y, en fin, la marcan con tres piedras si topan una serenata. A la misma comunión pertenecen estas otras tapadas que se cruzan con ellas, y a la propia las que están detenidas a nuestro lado. De todas ellas y otras semejantes se compone la mayor parte del pacientísimo público que en las noches de baile campestre acude a olerle desde los nuevos jardines de la calle de Vargas. Medio punto más arriba en el pentagrama social están colocadas las que vienen por la izquierda; y lo digo porque, en vez del foulard, llevan nube arrollada a la cabeza, y sobre los hombros una cosa que quiere imitar, en forma y colorido, a los abrigos de las grandes damas... No me engañaban mis presunciones: son las de doña Calixta, de quienes en otra ocasión te hablé largamente, y dos de sus amigas íntimas. Por el aire que traen se deja conocer que no van de brujuleo: si hubieran salido con este fin, ya estarían alborotando las tiendas y corrillos que dejan atrás; y no yendo de brujuleo, ni habiendo música en la plaza, ni paseo en la Alameda, ni baile de campo, necesariamente van de reunión... cursi, por supuesto. Estas cuatro que cruzan rápidas, envueltas en ricos capuchones, pisando recio, hablando mucho y oliendo a jazmín y a eliotropo, ya pican más alto. Aunque aparentan no cuidarse del vulgo, te advierto que no le pierden de vista y que le conocen muy al pormenor: también se perecen por los descubrimientos del género tenebroso y, sobre todo, por las tiendas; sólo que no se limitan en ellas a contemplar o a revolver géneros, sino que los compran, o cuando menos, comprometen para comprarlos otro día a la luz del sol. Tampoco desdeñan las serenatas si las hallan al paso. Si esta noche hubiera recepción en alguna casa de lustre, no las verías en la calle: si estaban invitadas, porque lo estaban; y si no, por no darlo a entender con su presencia entre los desechados. Aunque poco práctico en el pueblo, no dejarás de traslucir por la pinta del asunto que ocupa a esta pareja que se acerca a nosotros por la derecha. Ella, joven, suelta de movimientos, vestida de percal y sin más adorno ni abrigo en la cabeza que una cabellera negra y abundante, graciosamente peinada; él con la cara oculta entre las alas del sombrero muy caídas y el cuello del gabán muy levantado; ella hablando recio y él casi por señas... Ya están junto a nosotros, y hasta se les puede oír...

—¡Hijo, lleva usté un paso que...! ¡María Santísima! ¡Aparémonos un poco polamor de Dios!

Y pues que se paran, escuchémosles.

—¡Se empeña usted en traerme por lo más concurrido!...

—¡No, que no! ¡Pues podíamos haber ido por los Perineos! ¿Le paece?

—Pero sin ir por los Pirineos hay otras calles...

—Lo que usté quiere son tapujos, y causalmente me gusta a mí llevar la cara muy descubierta por todo el pueblo en estos ratos en que deja una la costura y ha ganado con ella muy honradamente su por qué.

—¡Si no es eso, Cipriana!

—Pues en el Tersícore bien amartelado se ponía y no tenía a menos el ajuntarse a mí. Bien que sería porque no le vería entonces nenguna señorona de la ristecracia... ¿Es, quizaes, anguna de esas de marmota que van por ahí la que le hace encultarse?

—No ha de ser usted pesada, Cipriana... y sigamos andando.

—Te veo, inglés... ¡Cómo no!... ¡Ay, cristiano! ahora que arreparo: mire qué canafeos tan devinos tiene aquí Miguel.

—¿Qué Miguel?

—¡Otra sí qué! ¿qué Miguel ha de ser? Trabanco.

—¡Ah, ya!

—Y deben ser de última, porque anoche le he visto otros iguales en la comedia a la señora de Barreduras, por mal mote, que todo lo trae de Francia... ¡Bien precioso es todo lo que hay en la vidrera! ¿Pues el vidro? Mayor es que una sábana. ¡Y cómo repompa el gas en todas las alhajas!... Padecen de puro brillante... ¡y como que lo serán!

—Conque ¿seguimos o no?

—¡Eh, cristiano, no tenga prisa, que no le piden nada de esto! Déjenle a una satisfacer tan siquiera la vista... Mire, ahí va la Gervasia con el hijo de Pelagatos, que es bien riquísimo... ¡Y bien despacio que van! ¿Quiere que les llame?... ¡Ay, qué chico ese! ¡cuánto más parcialote y manejable es que usté!

—¡Para él estaba!

—Ahí va tamién la Sidora... ¿Sabe quién es el que la acompaña? Pues es un melitar de tropa, abocao a capitán. ¡Y cómo la estima el venturao!

—¿Quiere usted que los sigamos?

—Lo que usté quiere ya lo sé yo... pero por no oírle siquiera, ya estamos diendo... ¡Hija, qué hombre!... ¡para la primera le aguardo!

—¿Por qué?

—En el Tersícore se lo diré de misas.

Y se van, lector... y nosotros nos iremos también, no detrás de la pareja que ya habrás conocido a tu gusto, sino a continuar nuestras exploraciones calle abajo, supuesto que en este sitio no veríamos ya más que repetidos ejemplares de los modelos que por él has visto pasar.

Esta mocetona en mangas de camisa, con los brazos cruzados sobre el estómago y una herrada sostenida encima de su cabeza por un prodigioso esfuerzo de equilibrio, es una cocinera que viene de la fuente: no tardará en echar un cantar... Ahí le tienes, y a toda voz:


«Si quieres que a güena vaiga
y me güelva la color,
dame más sastifaciones
y menos combresación».
 

Según canta al uso puro de su pueblo, debe hacer muy pocos días que ha llegado a la ciudad la cantadora. Me fundo en que los cantares de las pejinas, o de las que quieren aparentar que lo son, tienen otro carácter, así en el tono como en la letra... Y me remito al ejemplo de esta otra fámula del botijo, pelo enmarañado a la moda y chaquetilla encarnada, que también viene cantando. Oigámosla cuando repita. Ahora:


«A los mares prefundos
van mis sospiros,
sospiritos del alma,
probes sospiros:
que un marinero
con los ojos en glárimas,
muy retrecheros,
me dijo un día:
serenita priciosa,
tú me dechizas».
 

Notarás que su voz, aunque recia, es menos desagradable que la de su colega, su música más melodiosa, y en cuanto a la copia, un tanto más ingeniosa.

Y ya que de música tratamos, no desperdiciemos la que se oye en la inmediata callejuela. Son los trovadores el ciego de la bandurria y su mujer, que le acompaña con una guitarra: hay a su lado un mozo chupando un puro, y en la acera de enfrente media docena de curiosos como nosotros. Tenemos que convenir en que el ciego hace primores con su instrumento. Ahora canta a dúo con su mujer:


«Asómate a esa ventana,
asómate a ese balcón,
Menegilda de mi vida,
cara de luna y de sol».
 

Aquella cabeza que se asoma a aquella ventana que se abre pertenece a un cuerpo que se muere por el mozo del puro; y si no, mírale cómo le saluda con la mano y se contonea y se sonríe, tan lleno de vanidad como si aquella música y aquellos cantares que ha alquilado por real y medio fueran legítimos partos de su habilidad y de su ingenio.

¿Riña tenemos también? ¡Bah!, no correrá la sangre. Es en la taberna de al lado, entre dos aficionados al aguardiente. Míralos a la luz del velón cómo gesticulan y manotean, al paso que juran y gritan. óyelos un momento:

—¿A que no me lo vuelves a decir?

—Pus ahora te digo que no sólo en ti, sino que en tu padre y en tu madre, y en toa tu perra casta.

—¿Tú?

—¡Yo, Yo!

—¡Ni tú ni cuatro mil como tú, lenguatón!

—Te digo que yo, y me sobro pa ello.

—¡Si no ha nacío tovía el que sea auto pa tanto!

—Que te digo que yo solo me sobro.

—¿Y serás capaz de sostenerlo?

—Cuando quieras.

—¿A que no me lo dices en la calle?

—¡Por vida de toas mis entrañas!... Vamos a la calle y verás si yo no soy más hombre que el mundo entero ahí y en tous laus.

Ya tenemos la comedia junto a nosotros: verás qué desenlace.

—Ya me lo estás dijiendo aquí.

—Pos aquí tarrepito que en ti y en toa tu arrastrá prisapia, ¡baldragazas!

—¡Ajuera too el mundo!... ¡A ver, repite... repite... hombre!

—Que te digo que en ti y en tu padre y en tu madre y en tos tus cinco sentíos.

—¿Tú?

—Yo.

—¿Tú?

—¡Yo, sí, yo! ¿lo quieres más claro?

—Pus ahora lo vamos a ver: ya lo estás hiciendo... ¡Vamos!

—¡Hombre!...

—Y mujer... Así se prueban los valientes... ¿A ver cómo lo haces?

—Vamos... no matientes la pacencia, porque si matientas la pacencia, me paece a mí que esa cara recondená...

—¿Qué? vamos a ver... ¿qué harías tú a esta cara que no le debe na a la del mesmo rey?

—¡Si no juera más que golvértela al revés!

—Cuidiao la mano, mucho cuidiao con ella; porque si matocas ni tan siquiera el pelo de la ropa...

—¿Qué lo carías entonces, eh?... vamos a ver, ¿carías?

—¿Qués lo caría? ¡Ajuera too el mundo! ¿Qués lo caría? ¡Pus atoca y verás!

—Pus prevócame tú.

—Que matoques te digo.

—Que te digo que me prevoques.

—¡A ver si matocas!

—¡A ver si me prevocas tú!

—¡A ver, hombre!

—¡Vamos a ver!

En vista de lo visto, podemos retirarnos nosotros en la ciega confianza de que el asunto no pasará a vías de hecho; y sírvate de gobierno que si en este pueblo se cumpliera todo lo que se promete en el capítulo de amenazas, apenas quedarían hoy en pie los gigantes chopos de la Alameda y la casa del Pasiego.

Conste así en honra y prez de mis pacíficos paisanos, por más que sean disputadores incansables. De mil pendencias entre ellos, en noventa suenan bofetadas y en diez sale la navaja a relucir. De éstas, en cinco se envaina el arma sin haberla usado; en cuatro se hace sangre con ella, y en una se hiere de gravedad; y cuando el juzgado se presenta a recoger lo que queda sobre el campo, resulta casi siempre que el agresor es forastero. No podrás negarme que esta estadística es consoladora, si se compara con las de otras provincias en que, sin duda porque se vocea menos, se desbarrigan los hombres por un quítame esas pajas.

Y andando, andando, hemos venido a dar enfrente de la cuesta de Garmendia, o del Cordelero. Tomémosla a pechos. Ciertamente que nuestros abuelos debían tenerlos muy robustos, o estaban muy atrasaos en materia de rasantes, cuando convertían en calle un precipicio como éste, sin más preparativos que construir en él dos filas de casas y cubrir el suelo con una capa de morrillos desiguales. Tápate ahora las orejas, porque estas mujeres que bajan la cuesta braceando y cerniendo las faldas con el exagerado contoneo de sus caderas, van a echar un cantar, o faltarán a la costumbre, y tú no debes oírle: ahí le tienes. Me alegro que hayas sido sordo por este instante, pues si la música de la canción te hubiera sacado chispas de los oídos, la moral de la copia te hubiera achicharrado la vergüenza... Y repara que bien fructifica lo malo cuando se siembra a tiempo, en este rapaz que apenas tendrá siete años; ¿a que no me dejaba a mí publicar, sin correctivo, el Código Penal, y haría bien, la copla que él ha entonado a toda voz impunemente? Y eso que yo no ofendería más que a algunos cuantos lectores, al paso que los nocturnos cantares callejeros escandalizan a todo un pueblo. Hemos llegado a la cúspide: descansemos un instante, y en el ínterin, mira qué buen efecto hacen allá abajo las luces de la calle del Correo, y enfrente, en lontananza, la negra línea de árboles del paseo del Alta.

Este edificio oscuro, jiboso y carcomido que hallamos al doblar la esquina, es la cárcel: nada tengo que decirte de ella, porque eres hombre honrado; sin embargo, apostaría una oreja a que te infunde a ti más horror que a los reos que la habitan o a los pícaros que la merecen. Verdad es que sin éste, al parecer contrasentido, no habría delitos sobre la tierra; y el ser en ella hombres de bien, como tú y yo, no tendría mérito alguno.

Ni el hospital, ni el cementerio, a los cuales nos conduciría esta calzada de la derecha, tendrán a la hora presente el menor atractivo para nuestra curiosidad, que seguramente no va buscando ayes de agonía ni blandones funerarios. Echemos por la izquierda, y cátanos de patitas en la calle Alta, venerable resto de la primitiva Santander; desvencijado, vacilante y hediondo albergue de los mareantes del Cabildo de Arriba, sempiterno rival del Cabildo de Abajo, o sea, de los mareantes de la calle de la Mar.

La ebullición civilizadora del centro ha lanzado hasta aquí algunas lavas que a duras penas han logrado ingerirse y arraigarse, en forma de casas nuevas, entre este laberinto de balcones ruinosos, de aleros retorcidos, de jarcia, de aparejos y de pestilentes residuos de parrocha. Para que te formes una idea de cómo se vive en estos carcomidos palomares, puedes asomarte a la puerta de uno de ellos.» Ese grupo que ves en el fondo, especie de caverna alumbrada por mortecino candil, es una familia que se dispone a descansar de las rudas faenas de todo el día, quizá sobre el duro suelo del miserable recinto, o, a todo tirar, sobre una semidesnuda cama el matrimonio, y sobre un montón de redes los demás. Por esta derrengada escalera se sube al primer piso, en el cual vivirán por lo menos dos familias, y continuará la escalera hasta el segundo, y allí se cobijarán sabe Dios cuántos individuos; y se ramificará hacia arriba y hacia la derecha y hacia la izquierda, y en todos los pisos hasta el quinto, y en todos los cabretes y rincones y en las buhardillas y hasta en los balcones, habitarán pescadores oprimidos, sin luz, sin aire... y sin penas, felizmente, pues a tenerlas, producidas por la idea de su condición, no las sufrieran vivos muchas horas.

Y en prueba de que en este barrio no padece el ánimo gran cosa, repara con atención el cuadro que presenta la calle, la bulla que en él reina. En aquel portal cantan dos sardineras; canta en el balcón de allá un pescador; canta también en el de al lado un muchachuelo; conversa alegremente una familia desde aquella buhardilla con la que vive en la de enfrente; y aunque riñen acá dos mocetonas y se arañan otras tres en medio del arroyo, y en la taberna disputan dos pescadores, y gime un rapaz en la bodega, ni la riña, ni los arañazos, ni los juramentos, ni los gemidos, reconocen por causa la menor pena: para reñir, arañarse y llorar en estos sitios, basta un poco de terquedad contrariada y sobra un exceso de alegría. Dentro de una hora quedará todo esto en silencio; a las tres de la mañana recorrerá la calle el avisador gritando: «¡apuya!», y se levantarán los pescadores y se harán a la mar sobre sus lanchas, a robarle, con frecuente riesgo de sus vidas, el sabroso pez que tú puedes comer al mediodía, y que, de fijo, comerás, sin parar mientes en los ímprobos trabajos que ha costado llevarle hasta la plaza donde tu cocinera le adquiere regateándole cuarto a cuarto. Y así todo el año, excepto tres días, desde la víspera de San Pedro, patrono del Cabildo, hasta el subsiguiente inclusive. Entonces se alquila el tamborilero de la ciudad, se lanza todo el barrio a la calle, corre por ella el vino, entóldanla gallardetes y banderas, se encienden hogueras por la noche, tiembla el suelo con los bailes, llenan el espacio cantares y cohetes, se come en las tabernas, se duerme allí donde el sueño acomete, y si no se echa por la ventana la casa, es porque nadie se acuerda de entrar en la suya mientras duran las fiestas. ¡Bendita sea la Providencia Divina!... ¡Zambomba!, algo te ha llovido encima del sombrero... ¿A ver?... Las tripas de una sardina; pero no te extrañe el suceso, pues como estarán desbandullando muchas en el balcón de encima y son raros en esta calle intrusos como nosotros, estas buenas gentes arrojan a ella las inmundicias sin escrúpulo ni reparo... Para huir de éste y otros inconvenientes no más aseados, conviene que salgamos de aquí cuanto más antes.

Ya estamos en plena civilización otra vez, y a fe que no lo deducirás del cantar que de entonar acaba ese mozalbete de blusa... ¿Te va chocando tanta música popular? Esperaba que me lo dijeras. Pues has de saber que aquí se canta toda la noche... y todo el día. Canta la fregona al ir a la fuente y en el fregadero, y canta el peón cuando trabaja y cuando deja de trabajar, y el aprendiz de zapatero cuando va de «entrega», y el vago que se cansa de serlo, y el motil o grumetillo que vuelve a bordo, y el oficial de sastre y todos los jornaleros de todos los géneros y categorías en cuanto se echan a la calle... y no te incluyo en esta música, que es de pura afición, a los artistas de profesión, como los indígenas ciegos de vihuela, y los de gaita y lazarillo con panderetas, exóticos, de la provincia, que en ciertos días de la semana, como el sábado, aturden la población. Y si de ella sales ahora, oirás cantar al carretero en el camino real, y al mozo que ronda la casa de su moza, y al sacristán que va a tocar a las oraciones, y al enterrador que abre una fosa... y a todo bicho viviente; que aquí, como en ninguna parte, se evidencia la admitida opinión de que los montañeses de todo el mundo son bullangueros y danzarines de suyo.

¿Por qué te sobresaltas? ¿Crees que el ruido que se oye procede de algún escuadrón de demonios que se ha escapado del infierno con todos sus chismes de freír y de tostar? Pues es lisa y llanamente una cencerrada que se está dando en la calle contigua a algún viudo que se ha casado hoy en ella. Acerquémonos y verás... Calderas, bocinas, cencerros, campanillas, regaderas... de todo lo más acre, estridente y ruidoso en materia de sonidos hay en esta infernal orquesta... Ahora cesa la instrumentación y comienzan las voces solas.


Una
¿Quién se casa?

Coro.
Melitón el de la calva.

Una.
¿Con quién?

Otra.
Con Mariquita la cancaneada.

Coro.
Pues siga la cencerrada.
 

¡Y dale que le das!... Y aquel pillete que asoma por la esquina con un almirez, se une al grupo; y esa vecina que vuelve de la fuente con un calderón lleno sobre la cabeza, al ver lo que pasa derrama el agua en el suelo, mete en el cántaro unos morrillos y ¡zurra que es tarde! Silba un granuja, grazna un remendón, relincha un carretero, aúllan por simpatía los perros vagabundos, lánzase a los novios de acá un chiste, de allá una grosería y del otro lado una indecencia, y sin duda porque la boda es de pro, confúndense en este pastel horripilante la burda chaqueta y el elegante gabán, la camisa remendada y los guantes de cabritilla, el luengo ropaje del sexo débil y la estirada librea del que peina barbas y hace las constituciones y los bandos de orden y buen gobierno; que en ciertas ocasiones y para determinados actos, la humanidad no gasta remilgos ni para mientes en grados de alcurnia ni de posición social: sola se exhibe con sus tendencias ingénitas, con sus resabios esenciales, y ni la calidad ni el corte del vestido le imponen deber alguno: entonces es nieta de Caín y nada más. Ya sabes, por el apóstrofe coreado que oíste, que el novio se llama Melitón y que es calvo, y que se llama la novia María y es cancaneada o marcada de viruelas. Pues del mismo modo te irán diciendo poco a poco cuántos años tienen, y qué caudal, y por qué se casaron, y una multitud de cosas más, ciertas unas e inventadas otras, pero capaces todas de hacer enrojecerse de vergüenza a los sillares de un cuartel. Jamás he podido comprender yo el derecho en que se funda esta brutal costumbre tan arraigada aquí aún y tan popular en toda España in illo tempore. Y lo mismo que yo debía pensar de las cencerradas un señor muy conocido en Santander, cuando quiso disolver a tiros, desde el balcón, una que le estaban dando; pero no la disolvió, porque, ¡pásmate!, se llamó barbaridad al justísimo desahogo de mi anciano amigo (q. e. p. d.), y eso que desde abajo le estaban poniendo, siendo él el tipo de la honradez, como un trapo sucio; lo cual prueba que sobre el derecho natural, y sobre el sentido común, y sobre el sagrado de la familia, y sobre todo lo más santo y respetable, está la tiranía de la costumbre, por estúpida, por indigna que ella sea de la fama que lleva el siglo en que aún impera y nosotros alcanzamos. ¡Ah, pues las cencerradas, a pesar de lo que estás viendo, son aquí tortas y pan pintado! Yo te puedo citar pueblos de esta provincia en los cuales, pocos años hace, aún era costumbre admitida sorprender a los novios en el lecho, colocarlos amarrados y desnudos sobre un carro cuyas ruedas se desencambaban exprofeso y sufriendo las angustias de este bárbaro martirio, bajarlos al galope por las cuestas más rápidas y desiguales de las inmediaciones, entre la algazara del bromista vecindario; y por fin y término de la broma, darles un baño, aunque fuese en el rigor del invierno, en el río más próximo, o en el mar, si no estaba a más de una legua del pueblo... Te aseguro que en punto a cencerradas se han hecho primores en este país; y sin salir de Santander te pudiera citar tres muy célebres... En fin, hombre, yo he visto aquí una cencerrada ¡de caballería! Sí, señor: a caballo, formados en escuadrón y con trajes históricos, iban los directores y principales ejecutantes de la sinfonía. ¿Quieres más?... Pero observo que te sobra con lo que estás viendo y que deseas alejarte de aquí; y como a mí me sucede lo propio, nos vamos con nuestras meditaciones a otra parte.

El mercado de Atarazanas. Bajo esta gótica o morisca socarreña en que durante el día se venden frutas, harina y otros excesos al pormenor, vendrán a reunirse muy pronto, con los farolillos encendidos, que colocarán en fila junto a los respectivos chuzos, los serenos que a la primera campanada de las diez se dispersarán por la ciudad a cumplir su canora y nocturna obligación.

Pasamos por debajo del puente que, si mal no recuerdo, también se llama de Vargas, en conmemoración de la susodicha batalla, y me complazco en poder ofrecerte un espectáculo que te ha de borrar la desagradable impresión que conservas del de la cencerrada que aún se oye desde aquí. Y cuenta que no aludo al flamante pedestal que se alza en el centro de esta también nueva plaza, construida sobre la antigua dársena, esperando pacientísimo la estatua que nunca acaba de fundirse, de nuestro heroico paisano don Pedro Velarde, y a la cual ha de servir de base: refiérome al espectáculo que nos ofrece la naturaleza en este momento, y en el que, según observo, te has fijado ya; espectáculo frecuentísimo en Santander en las noches de otoño. Mas, para que le aprecies en toda su magnificencia, hemos de colocarnos sobre aquel negro promontorio de enfrente, que es el famoso paredón del Muelle de las Naos.

Ya estamos en el verdadero punto de vista. Tiende la tuya en derredor y dime si has admirado muchos cuadros más bellos que éste. La luna en toda su plenitud, sin una sola nube que empañe su claridad, reflejándose en el verdoso cristal de la bahía, produce sobre ella una ancha faja de luz inquieta y fosforescente que, naciendo en la angosta embocadura de San Martín, viene a perderse entre el bosque flotante de naves, que cerca de nosotros parecen dormitar, como si reponiendo estuvieran sus bríos para lanzarse mañana a luchar de nuevo con las tempestades del embravecido Océano. Como barreras de este líquido inmenso espejo, allá la negra mole de Cabarga, el gracioso pico de Solares, los cerros ondulantes del Puntal, Pedreña, Guarnizo y Muriedas, y más lejos las elevadas crestas del Asón y del Escudo limitando el horizonte; acá la larga fila de monumentales edificios iluminados por la pálida luz del astro y mirándose en las tranquilas aguas que lamen los pulidos sillares del muelle, y las colinas de Molnedo hasta el breve promontorio sobre el cual alza su joroba el desmantelado castillo de San Martín, como un inválido inútil centinela del puerto. Óyese el canto melancólico del remero, y el ruido lejano del mar, y el acompasado martilleo del molinete, y el susurro de las aguas; y como complemento de este panorama sublime y animado, mira una diadema de nubes de oro y escarlata sobre el azul purísimo del cielo, pugnando inútilmente por ceñir más de cerca el disco luminoso de la luna...

Yo no he visto las noches del Bósforo, ni las de Nápoles, ni otras cien noches más que los poetas melenudos y los touristas de hoy han hecho célebres en teatros, libros y salones; pero sí he observado que en todos y cada uno de esos cuadros fantásticos y encantadores entran, como elementos componentes, los que ahora estamos admirando: la luna plateada, la barquilla o la góndola surcando la tranquila superficie de las aguas, los reflejos, los tornasoles y hasta torrentes de luz juguetona, las montañas, la brisa, los palacios... De donde yo deduzco que en Venecia, en Nápoles o en Constantinopla podrá haber noches poéticas hasta donde tú quieras, pero no más que las de Santander.

Ni un alma en la Ribera, y es natural: siendo el centro, durante el día, de la ebullición mercantil, de noche es el sitio que más reposo necesita... Sin duda por eso vienen a turbarle esos cantadores que asoman por la esquina de la Aduana... Ocho nada más...


    «Los de Santander
no van a Madrid,
porque se le ha roto
el ferrocarril.
    Rio, rio,
rio-ja, ja, ja, ja;
los de la calle Alta
me la han de pagar».
 

Te prevengo para tu satisfacción que hace más de un año no privan aquí entre la gente del pueblo más que ese cantar tal como le has oído, y otro que no le va en zaga, así por la letra como por la música, que no tardarán en echar estos mismos trovadores... Ahí le tienes:

Una voz.
«Ayer mañana fui a bordo
y le dije al capitán:

Coro.
Que toma la vizcainita
que toma la vizcainá»
 

Tiene este cantar sobre el anterior la desdichada ventaja de que no se le oye el fin, pues preguntando la voz primera y respondiendo el coro siempre con el mismo estribillo, llega la tarea de los cantadores mucho más allá que la resignación de los que se ven en la angustiosa necesidad de oírlos.

Te llamó antes la atención lo mucho que aquí se canta de noche, y ahora caes en la cuenta de que las coplas que vas oyendo, cuando no pican de indecentes, pecan de bárbaras y chocarreras, y me preguntas en qué consiste esto. Yo no lo sé, amigo mío; pero es lo cierto que autores de mucha y muy merecida fama aseguran que el pueblo es un gran poeta. Y suelen decir en apoyo de su temerario aserto: «¿De dónde proceden, si no, esas tiernas baladas, esos cantares sentidos que andan en boca del pueblo, y aunque bajo unas formas sencillas y desaliñadas, encierran bellos y poéticos pensamientos?». Muchas ganas se me han pasado algunas veces de contestar a estos señores lo que, aquí donde nadie nos oye, te voy a decir en confianza. ¿De dónde proceden, preguntáis (les hubiera yo dicho), esos cantares tan bellos que se oyen (muy de tarde en tarde, por cierto) en boca de los sencillos trovadores de las calles y de los bosques? De vosotros, señores míos, de vosotros o de otros poetas como vosotros, que los han creado tan bellos en la forma como en el pensamiento; el pueblo los ha hallado después, los ha traducido a su lenguaje tosco y vicioso, les ha aplicado el aire que, en su sentir, mejor les cuadraba, y se los ha cantado en seguida. De modo que, en mi humilde opinión, lo único que deben esos ligeros fragmentos de bella poesía al pueblo que los manosea, es el favor de encontrarse mutilados y contrahechos a lo mejor de la vida, cuando nacieron perfectos.

Y no es posible otra cosa. Désele a ese «gran poeta» que, por ende, debe sentir las bellezas del arte en todas sus manifestaciones; désele, repito, un hermoso mármol del mismo Fidias, y suponiendo que le quiera recibir por descolorido y ordinario, se verá cómo no tarda en colgar un cascabel del cuello de la estatua, en ponerla una cofia en la cabeza y un ramillete de siempre-vivas en la mano, cuando no un refajo sobre las caderas, o en pintarle las mejillas de almazarrón y de verde las pantorrillas; y no por escarnio, no, señores, sino porque cree sencillamente que así está más maja. Millones de hechos como éste prueban con toda evidencia que el pueblo, es decir, la masa indocta, no solamente no es capaz de crear nada bello, pero ni aun de conservarlo... ni siquiera de distinguirlo. Y cuenta que éstas mis observaciones, que yo extendiera mucho más si la ocasión lo exigiese, son hijas de un detenido estudio de este pueblo, que no solamente es el que más canta de España y el que, proporcionalmente, más emigra a América y a Andalucía, y a multitud de puertos del mundo, y por tanto, el que más ve y oye y puede comparar, sino el que, como instruido, figura el primero en la estadística; es decir, que en materia de cantares y de cantares pulidos, no debe tener en España otro pueblo que le eche la pata. Pues ya has oído cómo canta. ¡Figúrate cómo cantarán los demás! Y basta de música por ahora.

No me negarás que es de gran efecto la perspectiva que en este momento presenta el Muelle contemplado desde aquí en dirección a Molnedo: hasta la soledad que en él reina contribuye a hacer el cuadro más fantástico. Repara en esta especie de ovillo humano que yace sobre el santo suelo en el hueco de esa puerta cerrada: son chicuelos de la calaña de Cafetera, de aquel raquero de quien te hablé en las Escenas, que duermen, enroscados como anguilas en banasta y sirviéndose mutuamente de colchón, almohada y cobertura, mientras llegan del mar las lanchas a que pertenecen y que han de custodiar luego hasta el amanecer en esta dársena. Lo más sorprendente es que, lo mismo que ahora, se les halla durmiendo en este sitio y en igual forma en las noches crudas de enero; y raya en lo admirable el ver cómo al despertar se ponen a cantar, o se pegan de trompadas, tan contentos, holgados y retozones como si salieran de un lecho de plumas y damascos. Pero ahora se me ocurre que quizá no les fuera dado a estos infelices encontrar el sueño entre tanta comodidad y tanto abrigo. La Providencia suele disponer éstos y otros aún más raros contrasentidos en bien de los desgraciados.

Nos aproximamos al Suizo, y aunque cerráramos los ojos, nos lo dieran a conocer las bofetadas que nos sacuden en las narices los aromas de la baja-mar. Echemos, pues, por detrás del Muelle, y por de pronto, cedamos la acera a esta parranda de cítaras y guitarras. Los que componen la comparsa son marineros, probablemente valencianos, que matan así, y parándose en tal cual taberna, sus ahorros y el tiempo que les sobra en el puerto.

Estos dos viejísimos edificios que se alzan con dificultad a los extremos de este solar, son lo único que resta de la antiquísima calle de la Mar, rival, como ya te dije, de su contemporánea y hasta comprofesora, la calle Alta. Por tanto, los mareantes del Cabildo de Abajo han tenido que diseminarse por las inmediaciones de sus derrumbadas viviendas. En esta sucia y oscura calle en que ahora entramos se albergan muchos; y si es que no los hueles desde aquí, mira, como testimonios irrecusables, las redes y las sereñas secándose en los balcones, y las bullangueras tertulias en las aceras. A propósito de bulla, vamos a ver cuál es la causa de la que se oye en la calle inmediata. Tamboril, castañuelas, panderetas, cantares y baile alrededor de una hoguera. No siendo hoy día ni víspera de los Santos Mártires, patronos del Cabildo, ni fiesta ordinaria de precepto, necesariamente ha de ser esto una boda. Preguntémoslo. Efectivamente: aquel marinero de rostro cobrizo y de pelo crespo, y la moza que con él baila, son los novios, según me informan. ¿Ves con qué agilidad se zarandean todos? Pues estremécete: esta mañana se casaron los protagonistas en la parroquia, al amanecer; pasó el cortejo a casa de la novia, y se desayunó; se echó a la calle, y saltando y cantando al son del tamboril, recorrió toda la ciudad; comió y bebió largo y tendido, también en casa de la novia, y bailó después en la sala; tornó a lanzarse a la calle; andúvolas casi todas a la vez; echó las cuatro en una taberna; bailó en ella durante una hora; salió de allí brincando y gritando... y ahí le tienes aún, a las nueve y media de la noche, rematándola entre saltos y cabriolas, como si no los hubiera probado durante el día. Esta es la costumbre aquí en tales lances entre la gente del pueblo, y es bien seguro que estos novios no habrán faltado a ella. Repara cómo, al son de la fiesta, se piropean esta mujer desde la calle y aquel hombre desde la ventana.

¡Cristo, cómo se ponen! Y por las señas, es un matrimonio.

—Sube a recogerte, ¡bribonaza!

—No me da la gana, ¡borrachón! Aquí me tengo de estar, que lo que tú quieres es acabar conmigo.

—¡Sube acá, pícara, o bajo yo!

—¡Con la josticia he de hacerte yo abajar, arrastrao!

—Pos yo no te he de dejar a la santimperie... Toma la cama.

¡Cataplum!... Un jergón a la calle... Y ahora el catre.

—Pero, diga usted, buena mujer, ¿qué es lo que pasa ahí?

—¡Ay, señor!, ¿qué tiene que pasar? Ese venturao, que es de suyo un enfelizote y güeno como el pan; pero es dao a la mosolina, y en cuanto se prohibe, se le tristorna el cerebro y no se puede con él. A la probe mujer la pegao endenantes una soba que la doblao; y ahora, porque no asube, la echao la cama por la ventana. Pos el otro día, porque no quería la enfeliz sobir a cenar goliéndose una paliza, dijo él que la iba a abajar la cena; y tan aina lo dijo, despenzó a tirar por la ventana toos los cacharros de la cocina. Y mire usté, señor, ¡quién lo pensara cuando una los vio, como quien dice, ayer, como los vi el día que se casaron los esgraciaos, triscar y bailar, lo mesmo que éstos que está usté viendo ahora a la vera nuestra!

Ya lo oyes, lector; y por cierto que la noticia me ahorra a mí una observación que iba a hacerte, a propósito de los héroes de la fiesta que alumbra esa hoguera.

Estamos en la calle del Arcillero, la que lleva la palma a todas las de Santander en materia de parrandas, pendencias y toda clase de ruidos incómodos, especialmente en noches de verbena, carnaval o víspera de alguna fiesta popular: en estos casos ya sabe el señor Morfeo que no tiene que acudir a estas vecindades. En este instante reina en ellas alguna tranquilidad, lo cual consiste en que se han ido recogiendo en los casuchos que ves a la derecha, el enjambre de comadres, sardineras, raqueros y otros análogos personajes que pululaban poco ha en balcones, tabernas, aceras y portales. Algunos pasos más y nos hallaremos en el punto de donde partimos para hacer la exploración, que podemos dar por terminada en la calle de la Compañía.

Nadie en ella... nadie en la plaza... nadie en las calles inmediatas: algún transeúnte, a lo más, que se dirige aceleradamente a su casa. No te extrañe tanta quietud: en el reló del Principal han sonado ya las diez, y esta hora es una especie de escoba que recoge, como por encanto, de las calles de Santander, a todo bicho viviente, menos a los perros... y a los cantadores parrandistas, que ninguna noche se callan por completo hasta que el alba asoma; retíranse los polizontes de su retén del Principal (y aprovecho esta ocasión de presentártelos, ya que no has podido conocerlos ni en la cencerrada, ni en la cuesta del Cordelero, ni en otros varios sitios que hemos recorrido y en los que debiéramos haberlos hallado) y aparecen los serenos... a cantar también, la hora, que es el papel que les está reservado y retribuido en esta pajarera donde todo es música y gorjeos, ni más ni menos que si en ella fueran cosa inusitada el sueño y el reposo, o el llanto y los pesares.

Y a Dios te queda, lector... Más antes de separarnos y por si no volvemos a vernos, escucha la postrera observación, la última palabra, como si dijéramos:

Con lo que has visto y oído durante nuestro paseo, puedes formarte una idea de lo que es la fisonomía general de este pueblo a la luz de la luna: no quiero que me digas ahora si la encuentras parecida a la de otros de España que te son muy conocidos, o si la juzgas digna de estudio por su originalidad; pero seguro estoy de que con estos datos nocturnos, más los que ya posees, tomados por mí del natural, así de este modelo como de la provincia entera, a la luz del sol y hasta a la de los humildes tizones, tienes cuanto necesitas para poder saludar al pueblo de la Montaña en sus diversas zonas y jerarquías como a persona conocida; de lo cual me felicito, pues juzgándote leal, confío en que harás justicia a mis paisanos, concediendo sin rebozo que si en sus costumbres hay mucho que reprender entre algo que aplaudir, hay, en cambio, muy poco que castigar. ¡Dichosos los pueblos de quienes, en los tiempos que corremos, se pueda decir otro tanto!


Publicado el 27 de octubre de 2018 por Edu Robsy.
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