Alma Vasca

José María Salaverría


Crónica, viajes



I. La inmensidad verde

¡Bello rincón del Cantábrico, dulce y fuerte Vasconia! Eres toda verdor y jugosidad, y tienes la profunda seducción que el marino de raza conoce: nostalgia y encanto de pleno mar.

Cuando en la descampada cima del monte, sentado bajo el cielo luminoso, veo tenderse a mis pies la muchedumbre de colinas, cañadas y vallecicos, no puedo decir propiamente que mi impresión sea entonces intelectual, porque apenas toman parte las ideas en mi arrobo; es, mejor, una sensación de delicia casi exclusivamente sensual. ¡El alma se asoma entera a los ojos, y todo el paisaje se ha acumulado en la absorta fijeza de los ojos!

Los ojos, poseyendo una especie de facultad divina, reflejan y absorben el verdor del paisaje, y todo el sér queda convertido en una blanda cosa tierna, amable, verde. Todo es verdura allá abajo. Y la misma altitud desde donde contemplo el panorama facilita a los ojos la posibilidad de admirar las cosas como en un plano de relieve, como en un cuadro de Navidad, como en una demostración idílica.

Lo idílico es lo particular de la naturaleza cantábrica, desde Galicia al Pirineo. En vano las sierras abruptas y los cerros boscosos ensayan con frecuencia sus rasgos terribles y masculinos; siempre resalta y vence el idilio, en su acepción infantil y femenina.

A mis pies, a tiro de piedra, debajo del monte desierto y erial, veo el lomo suave de un collado, con una casa blanca en el centro. Ninguno de los elementos clásicos que componen un cuadro de égloga falta allí; el prado de terciopelo, el manzanal simétrico, el bosquecillo de castaños, la huerta, el arroyo en la hendidura de la cañada, y, finalmente, el hilo de manso humo que brota del tejado rojizo, como una definitiva expresión de paz bucólica.

Este mismo cuadro, tal vez un poco banal por demasiado visto, acaso excesivamente de cromo o de lección elemental de dibujo, se repite hasta el infinito. Collados de suave lomo, colinitas cultivadas, praderas y casas albas, hondonadas con arroyos y bosquecillos de castaños: todo eso, tan amable e igual siempre, forma el manto encantador del país, especialmente en su proximidad a la costa.

De ese paisaje está sin duda llena el alma, porque él nutrió las primeras contemplaciones de la niñez. Es el leitmotiv de los recuerdos adolescentes, los más importantes de la vida y los que en suma prestan carácter a nuestros sentimientos. Esos cuadros de égloga, junto a la grandeza variante del mar, impresionaron con vigor el tierno espíritu, a la edad en que las cosas se fijan como verdaderas sustancias trascendentales.

¿Pero no hay un peligro en el fondo de esa naturaleza tan blanda e idílica? Sin duda existe en ella el riesgo de lo excesivamente mimoso. Su blandura demasiado fácil, su poco de banalidad, y algo como un abuso de la ternura verde, guardan el mal de lo que no ofrece resistencia. Es un paisaje demasiado accesible y nos amenaza con la tentación del conformismo. Invita a un epicureísmo fácil y tiene, por tanto, el riesgo de provocar en nuestras ideas y sensaciones la voluntad negativa de la no lucha. Es tal vez por lo que el genio cantábrico, desde Galicia al Pirineo, cuando permanece fiel y pegado a la tierra, cae fácilmente en la simplicidad y en la ñoñez. Y esto explica acaso el por qué las figuras vascongadas, que han actuado con fuerza en el mundo, nunca han actuado en su propio país. El vasco es un hombre de emigración, y el país vasco es ante todo un almácigo de energías humanas que fructifican en su trasplante a otros climas. El clima castellano es el que mejor prueba al genio vasco, quizá por lo que tiene de nutrido, sobrio y denso Castilla; por lo que tiene de compensador y complementario.

Desde la altura contemplo las colinas, los collados, y más lejos, al fondo, el vago azul de las severas e ingentes montañas. La inmensidad de ese verdor tierno recién humedecido de lluvia e iluminado por un sol risueño que no calienta, sino que acaricia; esa inmensidad de verdor concluye por empaparme todo el sér y enternecerme...

Es tal vez una sola nota de verde; es un verde sin duda poco rico en matices, monótono en su unanimidad de prado jugoso y de bosquecillo húmedo; pero el alma no desea más. Es lo suficiente para descansar. Destínese a otros paisajes la trascendencia, el vigor caliente, la sorpresa y complicación de los matices; el paisaje que ven mis ojos y que empapa mi sér de recuerdos y de ternura, es como un regazo materno en el que no buscamos la complicación, sino un amable reposo.

Si los paisajes debemos asociarlos a la melodía, la musicalidad del verde campo cantábrico debe expresarse con un ritmo dulce y sencillo. Se está oyendo sonar el tamboril.

II. El ceremonioso tamboril

A primera hora de la mañana, el pueblo, bajo un toldo de inmóviles y sucias nubes, me parece perfectamente vulgar. Una plaza, unas tiendas, unos chicos que hacen volatines temerarios entre los hierros de una verja; un guardia civil, paseando por los soportales, descifra las noticias cotidianas de un periódico, y aumenta con su actitud la vulgaridad del pueblo. En un lado de la plaza, la estatua broncínea de un ilustre evangelizador antiguo tiene toda la mediocridad deseable, como gesto y como factura.

De pronto, porque es domingo, sale el tamboril de la villa a recorrer las calles. Suenan las dos flautas acordes, tamborilean los dos tamboriles unánimes, y el chato tambor repiquetea gravemente. Y tan pronto como la música ha sonado, el pueblo adquiere nuevo valor. Todas las cosas se han entonado, se han estirado, se han magnificado. ¡En la vida hubiese creído que un tamboril tuviera tal arte milagroso!

Los tamborileros recorren la ronda, van por las calles, se ocultan a mi mirada. Pero oigo su música, que resuena claramente, melodiosamente, por todo el ámbito del pueblo. El pueblo se estremece a la música de tamboril, o creo yo que se estremece, y es lo mismo. La tonada viene por los callejones, sube por los tejados, rodea y empapa de melodía al pueblo entero, y finalmente se introduce en mi alma como una gran ola sugeridora.

Sí; la edad antigua de mi historia personal vuelca ahora de repente sus recuerdos. Me acuerdo de los innumerables tamboriles de la niñez y de la adolescencia. Cuando sonaba en la plaza de la ciudad, en las tardes dominicales, entre la lluvia insistente que envolvía a los bailadores: muchachos del muelle oliendo a sardinas rancias, y chicas greñudas de parla procaz. Cuando en la fiesta del Corpus iban los tamborileros, vestidos de frac anacrónico, a la cabeza de la procesión, y nosotros, con el traje nuevo de verano, recogíamos las espadañas que alfombraban las calles. Cuando en los domingos primaverales íbamos a las romerías, y llenos de sol, un poco chispos por la calaverada de los vasos de sidra varonilmente tragados, pretendíamos, entre tímidos y jaques, bailar con las chicas.

Ahora los tamborileros terminan su ronda y entran los tres en la plaza principal. La plaza de la villa se ha llenado de nobleza y de gravedad. Más graves que todos, los tres tamborileros se han dado cuenta de su alta misión y caminan ceremoniosamente, erguidos, en fila exacta, con paso de parada, pero no al modo rítmico de los soldados, sino con la suficiencia un poco irregular que usan los toreros al dirigirse en la plaza hacia el palco de la presidencia.

Y los tamborileros, en fin, como buenos funcionarios municipales que cumplen su elevada misión, se dirigen a los soportales del Ayuntamiento, y allí, entre las simples columnas de piedra, se cuadran los tres, se yerguen más todavía y rematan con verdadero fuego la tonada, que es un lindo aire de zortzico muy entreverado de filigranas y bordaduras.

¡Cómo canta, salta y juega la flauta de los tamborileros! Además, ¿qué genio misterioso se inmiscuye en los pueblos vascongados, que todos los tamborileros son ágiles, diestros y consumados músicos? La flauta se somete en su boca a las mayores habilidades, y nada hay más elástico y vibratil, más juguetón y ligero que esas flautas embrujadas. Su voz pastosa, un poco femenina y sensual; su voz entre aldeana y señoril; su voz engolada a veces, y otras veces palpitante y atiplada; esa voz posee el secreto de sugerir quién sabe cuántas impresiones seculares.

Nadie les escucha a los tamborileros; para los vecinos de la villa, su música se hizo familiar y habitual, como el son de las campanas. Pero esto no les inquieta; ellos son funcionarios que conocen la gravedad de su función; saben que están destinados a infundir, en cada tiempo determinado de la semana, un tono de ceremonia o de unción cívica al pueblo, igual que el campanero está encargado de inspirar, de tiempo en tiempo, unción religiosa a la villa. ¡Qué sería de los pueblos, sin estas voces funcionarias que pueden elevar el tono de los espíritus y librarlos de permanecer demasiado al ras de la tierra!

En efecto, las flautas, con sus modulaciones inspiradas y los tamboriles con su ronco y cortante son, han logrado entonar a las cosas. Todo en la plaza se ha erguido, como en aire de ceremonia, y todo ha recobrado su sentido, su expresión y su alma. ¡Oh, milagro de la voz, de la música, de lo ceremonioso!... Los chicos que juegan ya no parecen vulgares, sino promesas de ciudadanos conscientes; la estatua del evangelizador no muestra ya su pobreza artística, sino que el gesto de su mano, cayendo sobre el indio que está de hinojos, tiene la sublime significación de aquella empresa española, larga de tres siglos y extensa en tres continentes arrancados a la barbarie. Asimismo el guardia civil, que lee su periódico anodino, recupera su sentido de guarda vigilante, de brazo justiciero, de escudo social, símbolo de la ley, con su arma al cinto y su tricornio legislativo a la cabeza.

Una casa antigua, de grandes balcones y alero saledizo, ostenta su escudo de armas sobre la fachada. Otra casa, allá enfrente, tiene pintados en los muros unos cuadros al fresco, con borrosas escenas donde un caballero de capa y espada hace reverencia a unas señoras.

Piénsase entonces en la virtud social de la ceremonia, y en cómo el tamboril vulgar y aldeano llega a cumplir una alta función de entonamiento colectivo. El tamboril ha pasado triunfante por la zona del siglo XVIII, ha vivido seguramente en la época de los Austrias españoles, y, en fin, ha recogido el zumo de las elegancias antiguas, cuando el rigor cortesano y ceremonioso de los castillos y las ciudades extendíase a las capas inferiores del pueblo; cuando el baile y los usos caballerescos rozaban hasta las cabañas de los labradores; cuando los mismos labriegos empleaban la ceremonia como los propios señores. Hoy es al revés; porque las mismas fiestas de los señores están dañadas por el contagio de la plebe, y es la plebe la que influye hacia arriba.

¡Oh grave significación de la ceremonia! Lo ceremonioso está patente en la misma Naturaleza, porque un crepúsculo otoñal, una llanura rodeada de montañas, el mar, la noche estrellada, la voz de los vientos, ¿todo esto no es, por ventura, ceremonioso? La ceremonia vale tanto como decir entonación; es cuando las almas, tocadas por un mandato ideal, se ponen de pie...

Y los tres tamborileros, en un enfático acorde, arqueando todavía más sus brazos derechos con los que, aparatosamente, golpean los tamboriles, han dado fin a su tonada. El pueblo queda suspenso, callado, como empapado de unción cívica.

III. Día de fiesta en un pueblo vasco

La música virgiliana del tamboril ha despejado la última niebla de mi sueño, y he corrido a la ventana para admirar conjuntamente la gloria del sol que ríe sobre las montañas boscosas y el inocente regocijo del pueblo.

En la plaza bullen y brincan ya los niños. Los graves y solemnes tamborileros marchan los tres en una exacta fila, y los dulces arpegios de las flautas, hermanados con el redoblar de los pequeños tambores, van llenando las calles de un aire de alborada campesina. Y las viejas casas solariegas, avanzando sus tallados aleros, parecen conmoverse al son de la música tradicional.

Sobre las lomas cercanas yergue su aguda cumbre de roca el venerable Aralar; semeja un gigante que se incorporase, hasta tocar en el cielo, para mirar la fiesta aldeana. Al otro lado levanta sus crestas el Aizgorri, largo y enorme como un monstruo que avanzase sobre un sendero de selvas.

De repente, un estampido. Y el tronar de los cohetes se confabula con el precipitado compás de las dos charangas, que irrumpen en la plaza al son orgiástico de la Cale-gira, y que llevan detrás, delante, entremezclados, un montón de jóvenes de ambos sexos, todos enardecidos por el entusiasmo erótico de la carrera. Desde entonces, ¡adiós la paz de la aldea, adiós silencio y adiós reposo! El pueblo vibra y tiembla con todos los ruidos imaginables, en una verdadera embriaguez sonora.

Desde la ventana asisto a la fiesta, y veo la muchedumbre que ríe y brinca en la plaza, poseída del vértigo de la danza. En la mano tengo abierto todavía el libro confidencial: son las cartas que escribiera Leopardi a lo largo de su miserable y melancólica vida. Y existe tal contraste entre la filosofía desconsolada del bardo de Recanati y el ingenuo alborozo de la multitud aldeana que bulle a mis pies, que en cierto momento me figuro haberme transformado en una visible paradoja... Al fin el libro se desprende de mis manos y dejo que los ojos y el alma se sumerjan en la cándida orgía de los jóvenes bailadores.

¡Oh vida, eternamente mal interpretada! ¡Tú que al espíritu enfermo y lacerado y al cuerpo decadente te presentas como un destino de dolor y como un propósito estúpido, mientras al ánimo sano y juvenil eres como la mesa henchida de un banquete!

Los tamborileros han subido al tablado que hay en el centro de la plaza, y un cerco de guirnaldas rústicas les sirve de marco y adorno. Hacen las flautas sus arpegios acordes, repican monótonos los tamboriles, y el tambor, por último, marca su son infatigable. Las muchachas de blanca tez y faldas ondulantes bailan en grupos de cuatro; pronto las solicitan los mozos de ágiles piernas. Y entreverados los danzarines improvisan anchos círculos que se mueven con un vaivén gracioso y largo, mientras los pies, en un delirante temblor, bordan rápidas filigranas. El tamborilero mayor, entretanto, enardecido también él por la furia dionisíaca, arranca a su flauta inverosímiles modulaciones, gritos bruscos, brincos sonoros...

Es la hora en que el pico erecto del viejo Aralar se arrebuja en un cendal de niebla. Cae el crepúsculo, y toda la cumbre solitaria de la sierra se ha convertido en una ampolla divina, prodigiosamente morada bajo el tenue azul del cielo.

Entonces, cuando la penumbra comienza a cubrir el pueblo, las dos charangas inician un pasacalle vertiginoso. Es el Cale-gira, especie de ronda o marcha a través de las calles. Los mozos se agarran de las manos en filas imponentes, y corren bailando, gritando, riendo. Las muchachas imitan a los mozos, y bien pronto se mezclan las dos juventudes en una comunión de risas y brincos. Y allá van mezclados, en largas filas, por las calles adelante, perseguidos por el precipitado son de las alegres y ruidosas charangas.

Hay un instante de exaltación en el pueblo, de locura, de frenesí, que trae a la memoria los días helenos, tan remotos, cuando el culto de Dyonisos transfiguraba a las personas y las sumía en el vértigo de la más sublime embriaguez. Pero en este caso, aquí donde las hayas y los helechos prestan misteriosa sombra a las montañas, faltan los pámpanos y los racimos de oro, y la sensualidad del aire abrasado. La orgía pierde en esplendor trágico y en exaltación voluptuosa. Y todo se reduce, al fin, a una mera tentativa báquica...

Y cuando enmudecen las charangas, los jóvenes quedan jadeantes, roncos de gritar y sudorosos de tanto correr. En los rostros de las muchachas, en cambio, se adivina la vaga sensación de lo indescriptible y lo inconfesable. ¡El Amor ha pasado junto a ellas, y era el verdadero Amor desnudo de los climas y siglos remotos, aquel Amor que Grecia hubo de divinizar y que el Cristianismo hizo insurgente y réprobo!

Perplejas, asustadas y curiosas porque han presentido el paso del Amor misterioso, las muchachas vuelven un poco enigmáticas, mudas de miedo de mostrar demasiado sus indecibles sensaciones... Entonces, como una voz patriarcal y honesta, el tamboril inicia una tocata, y todo en el pueblo recupera su sér y su sentido. Huye el Amor heleno, meridional y pagano. El sensual Dyonisos adquiere forma nórtica. Llega de las montañas olor a pradera fresca y a helechos. Las flautas bordan sus tonadas melífluas y los monótonos tamborinos repiquetean campesinamente. Las muchachas se han puesto a bailar en corro, y con su danza cándida y graciosa parece que intentaran alejar el pecado de haber visto pasar al ardiente Dyonisos...

IV. Junto a la carretera

Mi primera visita, apenas me levanto por la mañana, es para la carretera. Yo no sé qué efecto atávico, o qué instinto malogrado de vagabundo, pone en mi alma ese cariño un poco extraño; lo cierto es que me gustan las carreteras, cauces por donde van las vidas hacia fines desconocidos. El aire de azar y de aventura, de fantasía y errabundaje que hay en las carreteras: eso me atrae sobre todo.

Todas las carreteras me gustan; pero reservo un cariño aparte para las del país vasco. En ellas probé de chico las primeras fuerzas de caminante; siguiendo su línea blanquecina ensayé, obstinado soñador, las quimeras de la juventud, y por los recodos solitarios, en las hondonadas que la semibruma de otoño hace misteriosas, más de una vez pretendió el alma reducir a métrica las vagas inquietudes de la melancolía.

Tal como las carreteras de los países extensos nos producen ideas universales, las de los países chiquitos y muy poblados originan en nosotros sentimientos íntimos, cordiales y familiares. Aquellas largas e imponentes carreteras, cruzando por la soledad de las llanuras y dirigiéndose de un horizonte a otro, nos parecen aptas para los viajes trascendentales, como el de los peregrinos remotos que van a Santiago o el de los hombres que marchan a incorporarse a una expedición de Indias. Las carreteras de los países pequeños, si es verdad que reducen la trayectoria de nuestra imaginación, en cambio nos brindan mayor calor de intimidad.

Asisto, pues, desde la mañana al paso de los caminantes, y oigo con especial agrado el ¡aidá!, ¡aidarí! de los boyeros, que bajan con sus carros de piedra rubia, de piedra blanda y tierna. Pasan también las ágiles chicas de andar garboso; sus cuerpos bonitos y firmes diríase que son elásticos sobre las blancas alpargatas. Al verlas pasar, especialmente si es lunes, algún joven boyero asoma al portal de la venta y lanza, rijoso y piropeante, un súbito grito: ¡aufá!...

También me complace entrar abajo, a la taberna, y ver uno a uno a los bebedores. Difícil será que un boyero, tanto al bajar como al retorno, deje de parar el carro a la puerta de la venta. Piden al vehemente vino navarro un refuerzo de brío, y que el alcohol, como un verdadero espíritu, les aligere la amodorrada y rudimentaria fantasía. Luego, enarbolando la aguijada, se van al paso lento de los bueyes. ¡Aidarí, motza!

Esto es a la mañana, en las horas razonables y pacíficas; es cuando vuelven a sus caseríos las lecheras, arreando a los borriquillos de áspero pelaje, con redondos panes de seis libras a la grupa. Por la tarde, una vez que el sol interrumpe su faena de luminaria, es cuando la venta y la carretera adquieren un aire menos ecuánime. Llega entonces el boyero que padece una sed insatisfecha; el que ha detenido su carro ante la venta muchas veces al día; el que todas las noches se duerme, ¡pobre!, un poco borracho; el que se cae en las altas horas de los domingos, por las quebraduras de las canteras, y tiene el rostro sellado de cicatrices. Con su gesto de buen hombre pide el último vaso, y al beberlo sonríe a las venteras como agradeciéndoles la merced de aquel vino vesperal, que tan deliciosamente cierra los episodios del día.

También llegan los troneras del villorrio. Conocen los couplets de moda y entienden de política. ¡Cómo saben comer! Sus merendolas del domingo duran hasta media noche, salpicadas de chistes ciudadanos y de socarronerías aldeanas. Los otros caseros escuchan, admirados de tanto saber. Saben cantar una tonada de zarzuela y un antiguo motivo de Vilinch, un couplet de la Argentinita y un trozo de ópera italiana. También saben tocar el acordeón.

¡Qué triste suena siempre en mi oído la música del acordeón! Me parece un órgano fracasado. Además me recuerda todo el tedio de la vida adolescente. En fin, ese órgano fracasado me recuerda las tardes en los puertos lejanos; un marino, refugiado a proa, en la soledad del malecón, tocaba sonatas de un país septentrional, tiernas y sentimentales, nostálgicas hasta el llanto.

En esos momentos de la noche en que la francachela rebasa y se excede un poco, sólo necesito salir a la carretera para que el milagro quede cumplido. La sombra y el silencio vagan sobre los campos. Una tenue penumbra, largo resto del sol, baña el cielo por la parte del mar. Luce tal vez su fosforescencia supersticiosa un gusano de luz. Un perro ladra distante sin saber por qué. Guiñan los faros. Y estando cerrada la puerta de la venta, viene la música del acordeón cernida, decantada, y adquiere entonces una fuerza de misterio y poesía que conmueve, que invita a soñar... ¿en qué? No se sabe.

V. Cataliñ

Todas las mañanas, próximo al mediodía, se oye la voz fresca, ligeramente engolada, de Cataliñ. Se detiene unos minutos en la venta, y es como si llegase una ráfaga de feminidad trascendente, o como una expresión de la belleza integral. Trae de la ciudad las cartas, los encargos, y esta misión de portadora y recadista no es sólo la que hace deseable su llegada; es ella misma, por sí misma, quien se hace desear.

Su voz, su risa, su aire, rompen el silencio de la carretera, y la perturban deliciosamente. Y mientras los boyeros, con malicia cazurra, aluden a su garbo y le insinúan algún piropo, ella va y viene, toda ruborizada, sin dejar de hablar. La misma turbación pone en sus mejillas un vivo color de juventud desbordante, y sus ojos, siempre reidores, entonces brillan como dos animadas joyas.

¡Arri, arri!... Su caballito de ancas finas es el más lindo del contorno. Pero la hermosa Cataliñ no monta en él. ¿Para qué? A ella le basta su fuerte, su rica juventud para bajar andando hasta la ciudad, tan pronto alumbra el día, y subir a la hora meridiana hasta el remoto caserío que está posado, realmente como un ave blanca en una gran pradera, al pie de una montaña.

Unas cuantas muchachas labradoras hacen cuotidianamente la jornada en cuadrilla. Portean hatos de ropa lavada, hortalizas jugosas, cándida leche. Y al retorno, cada borriquillo vuelve con un enorme pan moreno. El caballito de Cataliñ es el noble y el aristócrata de la reata; con su paso firme y vivaz abre la marcha y va delante de los asnillos llevando el pan más crugiente de todos.

¡Arri, arri!... La cuadrilla se aleja por el camino blanco; trotan las dóciles bestias, en un respingo voluntarioso, y las mujeres recobran su rítmico, su cimbreante paso. Todavía se oye la voz de Cataliñ. ¡Oh qué dulce, qué humana, qué femenina voz de perla!

Al pasar, cuando se apresura para incorporarse al grupo de sus amigas, parece que cruzara una flor de la divinidad. Ante ella se siente la presencia de lo perfecto. Si la imaginación recurre a los modelos clásicos del Arte, el recuerdo de las eximias esculturas griegas no logra reducir el valor de esa obra carnal, viva y radiante. Pálida y como esfuerzo artificioso del intelecto nos parecería aquí, en plena montaña, la Venus más hermosa. Entretanto, el cuerpo de Cataliñ vive pleno de gracia. Bajo el vestido recatado y normal no se ve, no se adivina nada; la forma, como línea expresa, diríase que no existe; y sin embargo se sabe que jamás la naturaleza ha creado un cuerpo de más consumada humanidad.

Transpiran juventud, fuerza y alegría su cuerpo, su rostro, su boca, sus ojos, su cabellera. No huele a nada, y se sabe que toda ella es fresca y olorosa como una flor de monte. Se sabe que es limpia, con limpieza ajena al baño y a los afeites; se sabe también que es limpia de alma y que su imaginación queda exenta de cualquier impureza; palabras y gestos resbalan sobre ella sin afectarla; tiene la imaginación, y es lo que vale siempre, virgen.

Cuando la hermosa chica hace un cariñoso y no estudiado gesto de adiós, frente al mar, inundada de luz vehemente, brillante el fino peinado semioscuro; cuando avanza ágil y esbelta, llena de gracia, riente aún y exclamando una última frase con su tierna voz engolada, ingenuamente pronuncio una tácita invocación: ¡Que nunca se apoderen de ti, bella Cataliñ, los lobos de las furiosas pasiones, y que un cerco de ángeles te guarde contra la liviandad, y que la alegría de tu risa no vea jamás el otoño, y que tu cuerpo trascendente se reproduzca en flores tan bellas y fragantes como tú!...

VI. Los remeros olímpicos

En la finura un poco decadente con que termina el estío en el Cantábrico, las regatas de traineras iluminan el ambiente frívolo de San Sebastián como al paso de un vigoroso aliento varonil. Para mi gusto no existe un juego de hombres en que resalte con más energía la exaltación dionisíaca del esfuerzo masculino y la casi épica voluntad del triunfo.

¿Qué otra clase de juego o de pugilato podrá interesar hasta las entrañas a la gente vascongada, como interesa la «estropada» de traineras? El ardor pugilista que vive dentro del sér vasco, el culto por la fuerza y la destreza que siente la raza, y el mismo vicio de la apuesta, tienen en las regatas un motivo de manifestarse con pleno entusiasmo. El aire libre, la luz setembrina, la excitación propia del mar, todo ayuda a convertir esa fiesta hermosa en una reproducción de los mejores pugilatos olímpicos de Grecia.

La bahía de la Concha se llena de una ondulante y nerviosa muchedumbre que asalta las terrazas, los paseos, los muelles, las alturas del Castillo y las colinas cercanas. Vienen en grupos animados los hombres de los pueblos pescadores y los campesinos del interior. Cada cual trae su cariño; a favor de su bando, los ahorros y el jornal y el mismo precio de la vaca serán jugados sin vacilación. Todos confían en sus pugilistas, porque conocen el vigor de sus brazos y el brío de sus corazones; en ellos ponen su fe, su orgullo, su honra, y si el afán de los miles de pechos que palpitan sobre la bahía tuviese la virtud material del soplo y del empuje físico, ¡cómo volarían, como saetas milagrosas, las agudas traineras!

Pero las traineras, aunque ágiles y sensibles, no se mueven más que al empuje de los nervudos brazos. Allí aguardan, temblando al menor choque, las largas barcas de fina proa. Los remeros están en su sitio; las manos sobre el remo, la cabeza sin boina, el pecho hinchado bajo la endeble camisa. Y el patrón, grave y responsable, serio y firme como un verdadero capitán de hueste, vigila a sus hombres y atiende presto a la inminente señal del Jurado.

Ved alrededor. La bahía es como un vaso policromo en que el cielo y los hombres han aglomerado luminosidades, adornos y agitados movimientos. Un aire jocundo, cálido, hace vibrar las banderas, las sombrillas, los humos y las jarcias. Los inquietos bateles van, vuelven, giran sin cesar. Unos balandros esbeltos ponen la nota blanca y elegante de sus velas en la abigarrada bahía. Los vaporcitos corren humeando, vociferando con el alarido de sus sirenas.

Vedlos ahí. Son los remeros de San Sebastián. ¿No los conozco yo tal vez, desde la infancia ingenuamente picaresca?... Los rostros cetrinos y angulosos me son familiares. Manu, Gabriel, Joshé, Telesh, Quirico, Torre, Pepe, Inashio, Mala Cara... De pronto ha sonado la señal. Y de repente, en una verdadera locura, en un arranque vertiginoso y exaltado, las dos traineras rivales han embestido de frente como dos cosas vivas, como dos caballos de raza que dan un brinco de salida. Las trece camisas blancas de cada trainera figuran ser trece puntos de delirio. ¡Señor, qué bello impulso de pugilato! ¡Qué entusiasta aspiración de triunfo! ¡Qué noble coraje, tendido en una locura de vencer! El agua se arremolina en torno a las traineras. Un ancho margen de espuma rodea y persigue a los veloces pugilistas. Y mientras los trece remeros se acompasan en un ritmo tenso e igual, el patrón, de pie en la popa, hace con una mano, dirigiéndose a sus hombres, un gesto casi maniático y casi angustioso que parece decir: ¡Más, todavía más, muchachos; siempre más, por vuestra vida, por vuestro honor, por el honor de vuestras mujeres y vuestros amigos!

Todos hemos presenciado alguna vez la lucha de esos frágiles esquifes ingleses, elegantes, barnizados, mecánicamente dóciles a la maniobra, movidos por unos tripulantes de camisetas a rayas, que son, frecuentemente, empleados de escritorio o señoritos que aspiran al premio de una copa inservible. Aquí se trata de hombres de mar, verdaderos hombres curtidos. Sus cuerpos y sus almas simples están cobijados en el seno de la Naturaleza, y el triunfo, como la derrota, dejan en ellos una huella imborrable.

Para ellos es el fracaso un aplanamiento definitivo, y la victoria es un frenesí y una delirante explosión de todas las emociones masculinas. Desde el muelle asisten las mujeres y los chicos al pugilato; desde los bateles y los vapores lanzan los amigos sus voces de aliento. ¡Ah, si los sudorosos remeros flaqueasen! Las mismas esposas están dispuestas al ultraje, con ese vocabulario un poco demasiado realista que la gente pescadora emplea para sus insultos, y que con frecuencia se refieren a los puntos más vivos de la virilidad.

No de otro modo, en los cantos de Homero, los soldados pelean largamente bajo la muralla, mientras las mujeres gritan, lloran e insultan desde el vano de las almenas...

Después, cuando la regata concluye, un aplauso denso atruena los malecones, la bahía, el muelle. Las mujeres ríen, desgreñadas, o cantan y bailan como poseídas del frenesí dionisíaco. Las músicas suenan, los cohetes rompen el aire. Ahí llega la trainera vencedora, con sus hombres manando sudor. ¡Indecible expresión de triunfo en que los rostros angulosos de los remeros parecen sublimarse y positivamente adquieren un valor de episodio homérico, olímpico, estatuable!

La fuerza muscular, la hermosa apostura varonil, la alta talla, la aptitud para la lucha y el triunfo: éstas son cualidades que el vascongado estima sobremanera; sentimiento muy lógico en una raza hermosa y vanidosa, que conserva además hasta hoy un primitivismo ruralista. Los cuentos, pues, y las leyendas del género hercúleo abundan mucho entre los vascongados.

Los chicos nos contábamos con fruición la epopeya del «marinero vasco que mató sobre las rodillas a un boxeador inglés». Era un marinero que estaba en Londres, acompañado de sus amigos. De pronto vieron en una plaza a un inglés que retaba a quien quisiera. El marinero vascongado salió a pelear, pero ignoraba la esgrima del box. El inglés le aporreaba lindamente, en las narices, en los riñones y en donde quería. Entonces el vascongado, todo furioso, atrapó al inglés con las dos manos, lo agarró del pescuezo y de los muslos y gritó a sus amigos: «¿Será libre el matar?» Los amigos respondieron: «¡Sí!» Y en seguida el marinero quebró y tronchó al inglés sobre la rodilla, como quien parte un leño.

Esta devoción franca y noble, un poco ingenua, por la fuerza sin doblez, no excluye el culto de la astucia, de la agilidad y de la esgrima. El juego de la pelota exige una alta tensión de los nervios, de los sentidos, de la inteligencia, y ese juego, que ciertamente no tiene un origen muy vascongado, ha concluído por convertirse en una esencial característica vasca. Desde niños se ensayan en las contiendas del frontón, y allí encuentra el vascongado su sitio sustancial, su pequeño y caro mundo de capacidades y de posibilidades. Corriendo tras la vibrante pelota, el vascongado ejercita las aptitudes de una robusta y bella masculinidad: fuerza, resistencia, rápido salto, golpe ágil, mirada pronta, carrera veloz, voluntad de triunfo, argucia, malicia, tozudez que sólo el aniquilamiento jadeante quebranta.

Más de una vez, cuando los barquitos de vapor no habían arrinconado a las traineras de pesca, las barcas, en los buenos días de mar calmosa, corrían unánimes a buscar el banco de sardinas que las atalayas divisaron. Y olvidándose de pescar, despreciando acaso el banco de sardinas, las traineras lanzábanse en una improvisada regata, y los cuerpos vigorosos sudaban entonces más a gusto por el entusiasmo de la pugna, que por el logro de la práctica pesca...

Eternamente y en diversos climas se repetirá, y es fortuna que así sea, el símbolo de la emulación física que los griegos, mejor que nadie, hubieron de ejercitar y que consagraron para siempre en la gloria de sus luchadores olímpicos, de sus Discóbolos. Los frisos helenos están ahora mismo aleccionándonos en la doctrina inmortal que quiere, a pesar de todos los cambios y civilizaciones, que el hombre recupere su sentido esencial en el contacto de la Naturaleza, y que destine su fecundo amor al cuerpo (la hermosura divina que jamás fracasa).

VII. Elogio del mar Cantábrico

Cómo se enternece nuestro corazón cuando al cabo de una larga ausencia volvemos a ver el mar, y sobre todo el mar de nuestra niñez! No es una emoción intelectual la que sentimos; es un golpe de ternura que necesitamos incluírlo entre las sensaciones puramente amorosas.

Una forma de pena incomportable sería, pues, la que nos condenase a no poder contemplar ya nunca el mar. Desterrados del mar para siempre, ¡qué terrible castigo! Cuando habitamos un país interior, lo que nos consuela es la esperanza de que volveremos a ver las olas y la llanura de agua infinita. Y estando lejos del mar es como se le estima y quiere con más fuerza, como la separación del sujeto amado nos hace más firme y querido su recuerdo.

Todo el que ha nacido al borde del mar es un poco marinero, o es, para decir mejor, un marino infuso. Este elogio que se hace aquí del mar quedará entonces explicado pronto, al declarar su autor que sus primeros chillidos pueriles fueron sofocados por el grave zumbido de las olas.

El hijo de la costa vive en tierras interiores con la obsesión nostálgica del mar; de repente, por un impulso irreflexivo y casi cómico, ese marino infuso toma el camino de las afueras de la ciudad pensando que se dirige a la escollera del puerto. Varias veces nos ocurre que remontamos una colina de Madrid, de París, de Roma, en la ilusión de que vamos a sorprender a lo lejos el ancho mar azul. Es así que en todo país interior o mediterráneo el hijo de la costa cree que el mar está siempre al otro lado de cualquier elevación del terreno.

El mar se me representa a mí como una orquestación sublime en la que intervienen, como elementos de armonía, los montes, la ciudad, los acantilados, el cielo jocundo y el trombón de las olas espumantes. Resulta así una sinfonía majestuosa, a la que no faltan siquiera, para ilustrar la emoción, el vuelo sentimental de los recuerdos adolescentes.

Sube, por tanto, la idea del mar en mi imaginación al modo de una divina y luminosa ampolla, clara como un concepto intelectual, conmovedora como un sentimiento nostálgico, sonante como una música.

Desde niño se habituó mi espíritu a comprender la belleza del mar en esta forma armoniosa y lírica. Y desde niño, para siempre, la imagen sublime se ha resellado en la lámina ideal de la mente donde se graban las sensaciones e ideas trascendentales. He aquí la imagen:

Hora de pleamar, en el equinoccio de otoño; viento tibio del Sur; color de azul y leche en las aguas calmas; una bahía circular de líneas clásicas; una ciudad clara y linda en anfiteatro; colinas verdes alrededor; una vieja fortaleza al fondo, con sus bastiones severos y agrietados; un bergatín a toda vela maniobra en el canal del puerto; distante, como un incensario, un vapor emite su humo en el azul.

Los violines claman finamente en la terraza del casino. Tarde serena de sol. El aire calla. El mundo se reclina como en un prurito de soñar. Tal vez allá, en lo alto del castillo, un soldado ensaya con su corneta una marcha militar. De esta manera la bahía, inflada, llena toda ella por la plenitud de la marea equinoccial, parece elevarse como el crescendo de una sinfonía en busca del gran azul, del divino y matriz azul del cielo.

Otras veces se me representa el concepto del mar en una forma menos aliñada. Entonces me veo sentado en una roca a espaldas de la ciudad y lejos de los hombres. Desde la cresta del acantilado distingo las sinuosidades de la costa y los promontorios lejanos. Toda la inmensidad líquida se abre ante mí, y yo siento la caricia falaz del vértigo invitándome a caer y a sumirme en el infinito seno.

Entonces el mar ya no es la idea académica, sino un modo de exaltación de lo libre, lo majestuoso y lo profundamente eterno. Una sensación de fuerza incontrastable parte de allí, como cuando nos asomamos al fondo de la mitología helénica. Ráfagas del infinito; forcejeo de ocultas potencias; contorsiones de monstruos olímpicos; luchas de semidioses; cantos de sirenas; alaridos de caracolas... El carro de Neptuno despeñado entre las nubes tornasoladas. Y allí Polifemo que sale de su espantable gruta a amenazar al barco dorado del ingenioso Ulises, teniendo aún el monóculo chirriante de llamas y de sangre...

¡Inmenso y hermoso mar, oh grandioso espejo que retratas el infinito!

VIII. El río dinámico

El viajero que ha cruzado por la ancha y suave llanura duranguesa halla de pronto que el paisaje idílico hace como una arbitraria inversión, y he ahí que aparece la primera escombrera de mineral; surge en el aire una vagoneta transportadora; lanza una chimenea su feo humo; los montes se erizan y se enredan, y son más ariscos, más deformes... En fin, el río Nervión envía al viajero sus reflejos sucios, y una gabarra llena de escorias anuncia toda la gravedad y trascendencia del gran río tentacular, verdadero nervio (Nervión) de Vizcaya.

Es un corto río, más bien arroyo, que al bañar los prados de las tierras interiores tiene un nombre euskérico, campesino: Ibaizabal. Le llaman, pues, Río ancho, y la hipérbole campesina hace reír un poco. Pero después, reforzado con los afluentes y en la proximidad de las mareas, el río toma su apelativo romano, Nervión, y ese es el nombre que le sienta bien. ¡Nervión!

Yo lo recorro en un flujo y reflujo entusiasta, como en una marea de emoción. Aguas arriba, aguas abajo, ¡siempre lo encuentro hermoso, sugestivo, fuerte, complejo, vario, capital! Me gusta correr sus riberas, en tranvía o en tren, o en automóvil. Yo no conozco en España otro río tan sugerente. Es el río máximo de España. Déjese para el Guadalquivir la gloria de las fértiles campiñas y el panorama de Córdoba, con la mezquita aproximándose a las aguas cuatro veces históricas; que el Júcar pueda reflejar la alegría de los naranjales y de las palmas; que el Ebro robusto caiga al mar como una brecha opulenta; sea grande el Tajo por la planicie entonada de Castilla y en los recodos de Toledo. El Nervión es tan pequeño como un arroyo; sin embargo, por virtud expansiva y como milagrosa de la marea, ved ese río parco convertirse en un hondo brazo de mar, en un puerto continuado, en un angosto estuario que vibra y alienta con un insuperable dinamismo. Los otros ríos serán grandes, bellos, rumorosos o teatrales. El Nervión es un río dinámico; el río moderno; el río maquinista, industrial, ejecutivo, activo, osado, vehemente, invasor, anhelante, ambicioso... He acoplado, sin querer, los atributos del hombre actual. En efecto, el Nervión es una persona que tiene un alma.

Es hermano de los otros ríos del mundo, como el Elba y el Támesis, que llevan tierra adentro las flotas y el temblor de las máquinas; y Bilbao es el hermano de las grandes urbes fluviales, Londres, Hamburgo, Bremen, Rotterdam, Amberes.

¡Qué aventurero y qué enérgico este río Nervión! Lejos, en la Edad Media, ya las polacras y las galeras de altura, viniendo de Inglaterra o Flandes, remontaban el curso torcido del estuario y amarraban en la modesta villa de mercaderes, Bilbao. Pero un día, de los cerros empezó a caer mineral con una prisa desacostumbrada. Los cerros abríanse en dos y se desplomaban sobre los embarcaderos; multiplicábanse los buques, todos cargados de hierro; y Bilbao se agrandaba, se enriquecía. Pero Bilbao no es todo. Lo interesante es esa ciudad abigarrada e indefinible que empieza en la iglesia de San Antón y termina en el Abra.

A lo largo del río van sucediéndose los cuadros cinematográficamente y caprichosamente, al arbitrio, al azar, sin norma, sin armonía. Nada menos clásico que ese río. Está hecho de retazos, con una bárbara brutalidad americana, inglesa o anseática. Un chalet sobre un barracón inmundo; una iglesia aristocrática pegante a un albergue de gabarreros; una huerta florida junto a la brecha de una mina; un hospital magnífico frente a un astillero. Y el río arbitrario da vueltas capciosas, como si deseara entorpecer la obra de los hombres. Los hombres no se intimidan. Por los recodos navegan los buques de gran tonelaje, y se roba espacio a las montañas para erigir fábricas y almacenes. Los puentes cruzan sobre la vena de agua. Esta vena de agua, tan somera y económica, es aprovechada casi con angustia.

Confuso, inarmónico, arbitrario, incorrecto, ¡qué admirable y sugerente el enérgico río tentacular, dinámico! No es posible describirlo fríamente; invita sin remedio al lirismo. Tiene, por tanto, este río yanqui, londinense o hamburgués, la sal de la cosa moderna, la síntesis del esfuerzo mecánico, industrial y ciclópeo de nuestros días. Los otros ríos son de otra edad, de otras civilizaciones y otras literaturas; el Nilo, el Ganges, el Tíber, el mismo Sena, esos pertenecen a otros hombres, a los tópicos antepasados. Mientras que estos ríos son nuestros, bien nuestros. De nuestro afán, de nuestra literatura.

Conmueve de veras la vista instantánea del río, cuando lo vemos dentro de la misma ciudad antigua, dentro de la acrópolis bilbaína, soportando un buque ventrudo, que hace la descarga a la sombra de unos árboles.

Desde el restaurant de un club elegante, por la ventana entreabierta, sorprendo el trajín de la calle, el puente populoso, y ahí abajo, próximo, un gran barco de carga, y otro allá, y otros cien, sucesivamente.

Luego, río abajo, hay en el aire un constante rumor de fuerzas en actividad. Martillos golpeando, sirenas vociferando, fraguas rugiendo, los trenes que gritan y pasan veloces... Se percibe un aliento de monstruo domesticado. Emana un olor de acero engrasado o de acero recién laminado. Huele a acero por todas partes. Es una ráfaga de acción vibrante y entusiasta, que circula por la angosta cuenca, que nos invita a la actividad y a la afirmación... ¡Sí! Como una fatalidad de potencia y de vida irreparable, irresistible.

Hasta que el río busca la claridad del Abra y allí se serena, sonríe, entra mansamente en el mar.

IX. Elogio de los campanarios

Los pueblos son en el paisaje puntos de orientación estética, hacia los cuales acude el piloto ideal que hay dentro de nuestro espíritu. Un paisaje sin pueblos en lontananza, sin el blanqui-negro de las viviendas y los tejados, nos da la angustiosa sensación de vacío que sentimos en alta mar. Pero los campanarios son, principalmente, los que prestan alma y expresión a un paisaje.

Cada país se reserva una fisonomía diferente; la silueta distante de los pueblos y el carácter de sus torres son las cosas que para mí contribuyen más a esa diferenciación. Cuando trato de representarme una imagen de Londres, todo mi recuerdo queda ocupado con la absorbente y exclusiva visión del Parlamento, el de las altas torres sobre el plomizo Támesis. Los valles de Suiza los recuerdo igualmente en forma de agudas torres, con su afilada flecha, irguiéndose sobre el plano verde de los prados o sobre un lienzo grande de nieve. Así también la Toscana se me representa en la memoria sembrada de aquellos ágiles campaniles florentinos, encaramados como guías rústicas en la cumbre de las colinas armoniosas.

El más hondo prestigio del campo castellano reside en la sugerición de los distantes pueblos, que emergen de la pura planicie y se recortan en el fino horizonte, con el campanario abolengo que parece, como una flecha, penetrar en el infinito azul. Sobre la grave llanura, el castillo de la Mota de Medina ya no es un mero dato arqueológico, sino algo profundamente explicativo y esencial en ese majestuoso paisaje que está, como nada, preñado de historia. La misma trascendencia tiene en el paisaje la gran torre erecta de la catedral de Segovia, cuando sobresale del ras de los collados parecida a una persona viva y pensante que nos observa y sigue desde lejos.

¡Pueblos blancos de la costa mediterránea, presididos por el campanario angosto y alto como un alminar! ¡Pueblos dichosos de Andalucía, claros, rientes sobre la tierra ocre de los opulentos labrantíos, y trémulos por el estremecimiento perezoso de las palmeras!

Si desde lejos deseo levantar en la mente la imagen de Guipúzcoa, la nostalgia toma en mí formas arquitectónicas. El recuerdo, más que la visión de los árboles y las colinas, me trae la imagen de los pueblos, sobre los que destaca siempre el campanario. Los pueblos tienen valor por sus torres. Toda la vida de Hernani está para mí en su recio y culminante campanario. Usúrbil sobre el collado, no es más que una esbelta torre barroca; y si San Sebastián posee algún sentido, es por aquellas elegantes torres gemelas de Santa María, que anteriormente se completaban con la romántica y un poco marcial torre del viejo faro de Igueldo, corona magistral de la japonesa colina, ¡que el turismo beocio ha trocado en una cosa inmunda!

Todos esos pueblos de Guipúzcoa se levantan en espectáculo cuando los solicito con la imaginación. Los conozco uno por uno. Las siluetas de sus torres me son familiares, y cada uno me trae el recuerdo de una pura sensación juvenil. Carreteras blancas entre los prados; olor a manzano florido; posadas rumorosas, llenas de hombres afeitados; color ajerezado de la sidra rezumante; el tamborreo romántico de un tamboril; y dominándolo todo, la torre eclesiástica.

Veo los campanarios, de estilo barroco casi siempre, levantar sus cupulillas de piedra en la simetría verde de los campos. ¡Con qué inteligente sentido de la armonía saben llenar y concluír la estética ruda de un valle, de una encañada, de una loma! Las torres barrocas están allí como elementos de cultura y de universalismo, y su forma vaticana, papal, católica, hace que la simplicidad iletrada, como bárbara, del boscoso y húmedo paisaje, se llene de erudición y se ilustre verdaderamente.

A veces el alma se siente perdida en esas angosturas de un primitivismo antihistórico; la sombra de las montañas cae y amenaza con la pérdida de todo horizonte posible; los caminos se pierden en la maleza; el agro no tiene el sentido culto a la romana, sino que retrocede al jaral hirsuto de las sociedades rudimentarias; el mundo, invadido por la maleza, se achica ante nosotros. Entonces, de pronto, se abre el valle, y en el sitio preciso levanta su cúpula vaticana el campanario, restituyéndonos a la idea de la cultura y de lo universal.

X. El viento del sur

La primera impresión que se nota en el país cantábrico, cuando el viajero llega del centro de España o de las llanuras interiores de Francia, es una manera de aplanamiento físico y moral, resultante de la limitación del horizonte y de la pesadez atmosférica. Se siente como si el cielo careciera de altura, y la atmósfera, cargada de humedad, es una cosa densa que cae sobre uno y lo envuelve, lo empapa, lo materializa y le presta peso y gravedad. Los primeros días en el Cantábrico son de lucha y de gimnasia psicológica; el organismo y el ánimo necesitan superar las condiciones naturales, hasta poder librarse de una especie de amodorramiento y hacerse otra vez ágil, desmaterializado y apto para el ejercicio de la imaginación.

Pero si por ventura sopla el viento del Sur, entonces el viajero no advierte aquellas sensaciones depresivas; al contrario, se siente como en ninguna parte ligero, ágil y pronto a las fugas imaginativas... Ese viento del Sur, que seguramente es la sal del país cantábrico, ¿por qué ha sido siempre tan poco simpático a las gentes de la tierra? ¿Por qué lo reciben con mal humor? ¿Es bastante motivo las neuralgias que ocasiona en los hombres y la agravación del histerismo que produce en las mujeres, para que se le aborrezca? Yo prefiero elogiarlo en este capítulo, puesto que es «mi viento».

Cada uno de nosotros tiene su viento, el preferido por nuestro organismo, nuestra salud o simplemente nuestro gusto. Hay quien se encuentra sano, feliz y atemperado cuando sopla el Noroeste; otros disfrutan de buen ánimo y apetito, y recobran la agilidad mental, cuando reina temporal del Norte. Para mi ánimo y felicidad, es el viento Sur el favorable.

Quiero extenderme algo más en este tema, y confesaré que soy un perito, tal vez un poco maniático, en vientos. En otra ocasión dediqué un artículo a estudiar la influencia que tiene la meteorología en la literatura y en todos los afanes del espíritu; hablé también de la relación inmediata que existe entre el viento reinante y nuestra salud.

En ningún país del mundo se opera tan hondo y trascendental cambio de luz, de color, de aspecto y de alma a causa de un viento como el que se produce en el Cantábrico con el viento del Sur. Desde Galicia hasta Navarra, la estrecha y larga zona de valles y barrancos queda barrida, depurada, espiritualizada por ese aliento exótico que salta las alturas de la divisoria y cae como una divina expresión triunfante de la gran sugestión poética: el Mediodía.

Es un viento extraño, sin duda. Diferente, perturbador, atrabiliario, todo lo altera a su soplo y hace tabla rasa de los fenómenos habituales. Procede con el ímpetu imperioso de todo lo meridional; arroja las nieblas, afina la atmósfera, destruye la pesadez y la lentitud, prolonga el horizonte, da nuevo color a las nubes, pone un vivo azul en el cielo, presta gracia y viveza a las colinas, obliga a las montañas a desperezarse, intensifica el color del paisaje, atenúa el excesivo verde uniforme, ablanda el mar y lo hace más azul... Es un viento imperioso, invasor como una ola asaltante que hiciera la conquista del país y lo convirtiese al régimen meridional. El viento soso del Noroeste y el pastoso sirimiri, el marinero y como escandinavo viento del Norte, el penetrante y frío viento del Este, todos huyen vencidos cuando aparece el glorioso aliento del Mediodía.

¿Qué sería de la zona cantábrica si no existiese el viento del Sur? Ante todo le faltaría al país lo insustituíble: la imaginación.

Si relacionamos la calidad de los vientos con el de las personas, podremos decir, aproximadamente, que el viento del Noroeste corresponde a ese hombre cantábrico, lo mismo asturiano, montañés, vizcaíno como guipuzcoano, que ofrece la apariencia algo bovina de un sér grande, lento, linfático, propenso a engordar, de amplio apetito y de exigencias espirituales poco pronunciadas. En cambio el viento del Sur corresponde a ese otro temperamento cantábrico que se señala por su nerviosidad y por su imaginación. La parte de locura indispensable que hay en el país, lo debemos al viento del Sur. Si no existiera ese viento, desde Galicia hasta Navarra no veríamos más que vacas pastando, grandes bosques, nieblas bajas, y unos hombres gruesos, colorados, pacíficos, que comen grandes raciones de alubias con tocino.

El viento del Sur pone agilidad y ensueño en el país; lo pone vibrante y nervioso y hace inevitable el anhelo, cualquier forma de anhelo: el religioso, el político, el literario y el artístico. Produce también el fanatismo y la polémica. Inyecta ardor a la gente y es el padre de la quimera, de la vehemencia y del entusiasmo.

El viento del Sur, como un hada benéfica, nos descorre las cortinas materiales de lo inmediato real, y de un país sin horizontes hace una cosa alada llena de lejanas transparencias. Es el viento perturbador, nervioso, que transporta el Cantábrico al fondo del Mediodía. Y cuando huye, porque vuelve el «sensato» Noroeste, queda en las almas la angustia poética de aquel bien perdido. Esta angustia o anhelo no es más que la eterna aspiración del Norte por el Mediodía glorioso. El ensueño del pino enamorado de la palmera en la canción de Heine; la nostalgia de la Mignon goethiana: «¿Conoces el país donde florece el naranjo?»...

Por mi parte, yo le debo al viento del Sur la mitad de mi vida. En sus cielos gloriosos y en su raro encanto exótico, en el prestigio inefable de sus mañanas divinas, aprendí desde niño a buscar en torno y más allá de lo posible las soluciones nunca hallables del corazón y el espíritu. Le debo el anhelo, y la nostalgia de lo remoto, y un desear lo inexistente o soñado, y un afán de marchar...

El viento del Sur pertenece sobre todo al otoño. Y el otoño, entre la gente cantábrica, no fué nunca estimado. Es una estación que puede llamarse exótica en el país; estación de los temporales y como el portazo iracundo que cierra los felices días del estío; época inútil, estéril, verdadero crepúsculo sombrío del largo invierno.

Como una opinión nueva que penetra poco a poco en los espíritus, la idea de que el otoño es la mejor estación del año en la costa cantábrica empieza a ser admitida por muchas gentes del país.

Para que la reivindicación otoñal pueda haber comenzado, sin duda ha sido preciso un aumento de sensibilidad, y diríamos que de literatura, en la región vascongada. El otoño es un concepto ideal y se manifiesta casi totalmente por matices de color, de ambiente y de pura psicología; es el tiempo propiamente subjetivo, y nada más que por llegar a la percepción subjetiva demuestra el país que empieza también él a madurar con las flores de decadencia, única zona en donde pueden esperarse los frutos de la fina cultura.

En algunos países ha llegado el otoño a penetrar hasta las honduras populares, favorecido sin duda por ciertos cultivos. La viña, sobre todo, ha sido el primer elemento de prestigio otoñal, y todas las civilizaciones mediterráneas (las que rigen todavía el clásico ritmo del arte en el mundo) ponderan y exaltan la embriaguez generosa de las vendimias. Alrededor de la vendimia ¡cuánto arte, cuánta poesía, cuántos fecundos mitos han visto la luz en el curso de las edades! El otoño estaba ya fundido en las fiestas, en los gustos, en el alma de otros pueblos; el otoño era ya en otros países un órgano de arte y de cultura. En la tierra vascongada faltaba el culto otoñal, lo que quiere decir que el espíritu carecía de la cuerda más delicada. Una persona que no vibra ante el otoño, o es inconscientemente juvenil o es irremediablemente grosera; un pueblo que omite al otoño se halla aún en el período preambular de la cultura.

La estación del año que ama el pueblo cantábrico es la primavera, prolongada hasta el corazón del estío. Es el tiempo de plenitud, cuando la tierra se llena de música, de flores, de fecundidad. Entonces las lomas adquieren ímpetus tropicales; las malezas se espesan, los zarzales cubren los caminos, los prados se hinchan y desbordan. Todo canta y vibra en la abundante fertilidad. Y un aliento dionisíaco mueve a las mismas personas, positivamente embriagadas por la energía de la naturaleza. Es la época de las fiestas patronales, de las romerías y los bailes, del campaneo y las comilonas. En su lira titubeante, el vasco sólo ha dedicado cantos a esa estación de plenitud; para el otoño no ha tenido ni una canción, ni una alusión. El otoño no existía en la conciencia vascongada. Ha sido la excitación nula, el tiempo exótico, la época que no pudiendo hablar a los sentidos era imponente para herir las cuerdas vagas, ideales, del espíritu.

Ahora que el país empieza a diferenciarse en dos zonas, la puramente rural y la ciudadana; ahora que el país no es todo caserío como antes, ni casi totalmente vascuence, y la ciudad, como es lógico, quiere imponer su ley, ahora es cuando la conciencia del otoño va penetrando en los espíritus. La aptitud para comprender cuánto hay de hondo en la hora otoñal, es el mejor indicio de la disponibilidad cultural de un pueblo. La aptitud para lo subjetivo y lo inefablemente sensitivo de otoño, y sobre todo la capacidad para sentir el latido de melancolía que hay en el otoño; esto es lo que anuncia que un país ha salido del período rural y pasa a ser candidato de la civilización.

XI. Los bebedores de sidra

Quiero hablar un poco de los bebedores de sidra, y elogiarlos un poco también hasta arrebatarles la vulgar acusación de prosaicos, sanchopancescos, que sobre ellos pesa. Yo he sido a mi hora bebedor de sidra, y por lo mismo puedo hablar del espiritualismo, vago e inefable, que alienta en el fondo de un sidrero.

No es sólo, no, el gusto material y físico de la agridulce bebida lo que persigue el buen sidrero; debe contarse además una especie de confuso sentimiento de la bella naturaleza cantábrica, cuyo fecundo panteísmo primaveral sabe comprender el sidrero de un modo acaso infuso, pero ciertamente eficaz. Grato es beber en dosis pantagruélicas; pero tal vez sea más grato todavía unirse los camaradas en grupos de buena amistad, dentro del amplio paisaje conmovedor, y al fin, al crepúsculo, cuando se haya bebido algo demasiado, cantar una tierna tonada de zorzico.

Esta inmersión amable en el seno de la naturaleza es en pocos países tan gustosa como en la tierra cantábrica; tierra de idilio y de égloga donde el padre Virgilio se encontraría feliz; país de verdes colinas placenteras, suaves como una tentación a toda renuncia, y de selváticos montes que convidan a errar en caminatas sin objeto.

La primavera es en el país vasco como una tierna rosa sembrada de alegres gotas de lluvia. Y el sidrero, el consumado bebedor de sidra, será quien mejor sabe percibir el encanto de esa flor de poesía. El sidrero puede, sin duda, aventajar a los poetas en su devoción primaveral, porque si todos los vinos y licores exigen su momento para beberse bien, la sidra, si se desea tomarla oportunamente, debe ingerirse en el campo y en primavera. Tal como el champaña requiere mucha luz eléctrica, camareros patilludos y señoras escotadas; tal como la manzanilla ha de beberse al son de las guitarras y de los regocijados palmoteos.

En invierno, cuando la lluvia y el viento azotan las esquinas, el sidrero se obliga a refugiarse en las sidrerías urbanas. ¡Qué tristeza allí dentro! Es un sótano húmedo, con las paredes llenas de churretes negros; en el espacio que los toneles dejan libres se sientan unos tediosos pescadores; huele a sardina asada y a poso rancio; el piso está pringoso, resbaladizo; el frío húmedo se cuela en los huesos. Una mujer llena los vasos, silenciosa y aburrida también ella, y en los paréntesis hace calceta... ¡Esto no es el modo bello de beber la sidra!

El buen sidrero prefiere las excursiones campesinas, el caserío entre nogales, la merienda sobre el blando césped. No es solamente la sidra lo que le emociona, alegra y entusiasma, sino algo más; ese algo indecible que se llama poesía. Al revenir de la primavera sienten los sidreros que el corazón les baila regocijado. Ahora podrán salir de los oscuros sótanos; ahora se buscarán los iniciados para decirse: «¿sabes que en Ramonenea hay una bonita sidra?» Y la noticia, corriendo como la prendida pólvora por talleres, oficinas y tiendas, pondrá en conmoción a los devotos. No son necesarios ni pregones; hay entre todos una especie de masonería singular que no fracasa nunca.

¡Qué bien entonces, en la buena estación del año! ¡Y cuántas veces, en la edad moza, ha utilizado el ánimo la disculpa de la sidrería para ir por el camino de zarzales y madreselvas hasta la cumbre de la colina!... Desde allá alto, el alma pretendía desbordarse, como el agua plena de un vaso, y confundirse en la gran ola panteística.

Desde allá arriba se columbraban tal vez a lo lejos los pueblos pescadores, los cabos y promontorios de la costa, las mansas ensenadas donde duerme un blanco bergantín, todas las velas desplegadas en la calma chicha. Las barcas pescadoras remaban en el inmenso mar. Y la calma de la tarde despertaba en la fantasía vagos anhelos de realizar largas y audaces navegaciones.

De estas esencias poéticas está empapado, a su modo, el espíritu del bebedor de sidra. Y mezclándose en él la delicia del dorado licor con la infusa delectación del paisaje, lo convierten en un sér predestinado y fatal, para quien todas las grandezas del mundo serán ociosas si falta el placer de la sidra. Un sér predestinado que no podrá vivir fuera de su pueblo, de sus colinas y sus caseríos, y que transplantado a América en forzosa emigración, languidecerá como un enfermo de nostalgia y necesitará volver a sus lares, si no quiere morirse de tedio y de tristeza.

¡Aquellas tardes de camaradería epicúrea, entre incontables rondas de vasos espumosos!... Y después, con el apetito que provocan las frescas libaciones, el sidrero sube a la cocina del caserío y él mismo escoge, prepara, y frecuentemente condimenta él mismo, los guisos y frituras, la merluza tierna, el sabroso revuelto de bacalao, las rojas chuletas. Todos en círculo comen; todos, en fila, y a determinados tiempos, se dirigen a la cuba y van transmitiéndose, de la cabeza al pie de la fila, mano tras mano los desbordantes vasos que se beben de un robusto y único tirón.

Cuando la tarde va de vencida, la imaginación del sidrero se llena de inefables brumas. ¡Podéis hablarle entonces de la vida y de la muerte; podéis ofrecerle la fortuna en un país remoto o la corona de España! Su alma se desborda en bondad, su corazón se ofrece a la alegría cósmica. Charla, ríe, canta. El aire tranquilo, la serenidad de la tarde, la belleza del campo; todo se funde en él y lo colma hasta la ternura.

Los últimos vasos han podido beberse ya. La noche comienza a caer, y los grillos inauguran, en fin, su nocturno primaveral. Entonces es cuando una ola de sentimentalismo poético llega y visita el alma del sidrero, que busca en la penumbra la línea blanquecina de la carretera. Es el mejor momento para cantar. Son esas canciones lentas, un poco tristes y dulzarronas, del país cantábrico. Y mientras el sidrero, cada vez más sentimental canta:


Begui belch eder oyec
¿zenentzat-dituzú...?.
 

el melancólico cuclillo hace en los matorrales: ¡cú-cú!... Y los escarabajos monteses sueltan su chirrido estridente y supersticioso.

XII. Los «versolaris»

Sería difícil que pudiéramos encontrar algún pueblo donde no existiese un registro, una cuerda, un organismo de poesía. El hombre de todos los tiempos y lugares ha sufrido siempre la divina necesidad de recurrir al canto o al verso para expresar aquellas emociones que realmente no caben en el espacio de la prosa.

Hablemos, pues, de los versolaris, esos rapsodas, bardos, aedas o juglares del país vasco. Entre los recuerdos de la mocedad no es el menos querido aquel que nos rememora el asombro, la admiración sentida delante de unos hombres que recitaban sus versos con una salmodia gutural y monótona, en medio de un grupo de aldeanos, a la hora vesperal en que los «cucos» preludian su sinfonía cristalina y los manzanales en flor expiden su más delicado perfume.

Lo cierto es que en el país vasco, tan sobrio de literatura y poco afecto al lirismo, han podido pervivir unos verdaderos continuadores de la casta trovadoresca. Ahora mismo, ninguna fiesta aldeana quedaría completa si le faltase la ayuda de los «versolaris». ¿Quiénes son estos hombres singulares y necesarios? Su nombre lo revela: «Versolari» quiere decir profesional del verso, versificador.

Si le llamamos rapsoda o juglar, mentiremos, porque aquéllos se constreñían a cantar y repetir las composiciones ajenas. El «versolari» crea y compone los versos que canta, y por esto debe llamársele «trovador».

Un trovador bien rudimentario, es verdad... El «versolari» no canta en los castillos señoriales ni ante las cortes magníficas de Provenza, Aragón y Castilla; simples labradores escuchan sus cantos, en las humosas tabernas o las húmedas sidrerías. Por tanto, no debe exigírsele al «versolari» que tome como asunto de sus versos las complicadas cuestiones del amor platónico, tal como preocupaban a los trovadores y que eran, por ejemplo: «¿Los goces de amor son mayores que sus penas?»

O este otro motivo: «¿Debe ser la dama la solicitante del amor del caballero, o al contrario?» No; el «versolari» no actúa en un medio platónico y exquisito, y necesita arrostrar los temas cuotidianos, un poco bestiales, que preocupan a su humilde y nada exigente auditorio.

Tampoco duda mucho el «versolari» en escoger la categoría de su gloria. Si los trovadores se habían dividido en dos bandos o escuelas, unos que buscaban la estimación de los espíritus selectos («trobar clubs») y otros que pedían la gloria de la muchedumbre («trobar leu»), los «versolaris» renuncian por necesidad a «trobar clubs», o sea la versificación oscura y conceptuosa, porque no hallarían público; se limitan a «trobar leus», y sus versos simples y vulgares llegan directamente al alma de su auditorio.

El «versolari» es un trovador que no emplea el «serventesio», el «panch», la «pastorela», la «albada» ni la «serena»; sólo hace uso de la «tensión», esa forma de diálogo satírico en que dos trovadores riñen un torneo de burlas y sutilezas.

La forma trovadoresca de la «tensión» ha quedado en las costumbres populares de muchos países, sin duda porque llena una necesidad universal del pueblo. Probablemente no fueron los trovadores provenzales quienes inventaron la «tensión», sino que estaba en el uso universal desde antes. El pueblo ama la lucha, el pugilato, tal vez la discordia integral, y verdaderamente le encanta asistir a las riñas de versos en que dos ingenios agudos se acometen con burlas y metáforas.

Mi limitada erudición folk-lorista me impide conocer los hábitos de muchas regiones del globo; pero a través de mis viajes he podido comprobar cuán extendido se halla en el mundo el uso trovadoresco de la «tensión». Asistí en Puerto Rico, dentro de las «pulperías», a luchas de canto y recitado, en que el arma de aquellos «versolaris» era una «décima», naturalmente muy tosca y mal rimada. También en Valencia oí a los huertanos contender uno contra otro, al son de la dulzaina y del parche en aquellas «albaes» tan lindas, tan campestres y musicales. Y en la Argentina, por último, existen los «payadores», semejantes a los «versolaris». El legendario Santos Vega de la pampa, con sus romances de origen español antiguo, es a través del espacio y del tiempo un hermano de Iparraguirre, el bizarro bohemio de la guitarra sonora.

Los «versolaris» emplean para sus torneos una música simple, una especie de salmodia elástica; elasticidad indispensable a los modestos versificadores, que no siempre miden con suficiente honradez sus versos rudimentarios.

Uno de los «versolaris» marca la «entrada», que significa una iniciación de las hostilidades; el otro responde al punto, y hace salir de su robusta garganta una voz semigangosa, gutural, indefinible, con la que responde al reto y alude directamente a algún defecto de su competidor. Al principio están las estrofas envueltas en cierta cortesía; después las alusiones se hacen más cálidas, penetrantes y agresivas. Las burlas chocan y se arañan, las ingeniosidades y las groserías vuelan por el aire, y el auditorio enardece todavía más a los luchadores con sus carcajadas. Ellos procuran mostrarse imperturbables, a pesar de los alfilerazos, e insisten en su salmodia gutural y lenta, de inflexiones largas y ondulantes como el canto llano de un convento.

En la húmeda y penumbrosa sidrería, o en la plaza de la aldea, esos «versolaris», esos poetas primitivos y socarrones prestan al honrado vulgo rural la parte de estética y de literatura que todo sér humano, el más salvaje, exige. Buscad y no hallaréis un pueblo que no haya inventado alguna manera de embriagarse: agria cerveza, cálido aguardiente, sidra, chicha, vino rojo, espumoso champaña, aristocrático y perfumado jerez. El hombre ha pedido siempre y en todas partes, grosera o fina, una burbuja de alcohol que le abra el recinto de la quimera. Idénticamente buscaréis en vano algún pueblo que no pida a lo inefable, música y verso, la expresión de su intimidad poética.

XIII. El humor anacreóntico de los vascos

Un pueblo que carece de literatura, estando por otra parte lleno de diversas aptitudes, es un fenómeno bien extraordinario. En la misma remota Islandia hubo a su tiempo rumor de alta poesía. Rodeado de núcleos culturales, asediado por las más fuertes civilizaciones, el país vasco ha sido en esto una verdadera isla.

No se ha dejado rozar ni menos penetrar por las corrientes literarias, y ha hecho para los menesteres de la poesía una excepción curiosa. Mientras aceptaba la sociabilidad, el régimen político, la arquitectura, la religión, las danzas y los trajes de Castilla, imponía su veto a la cultura literaria.

Los mismos romances, comunes a todas las comarcas de la Península, no han penetrado en el país. Y el país se ha visto al cabo, por esa exclusión del romancero, privado de perpetuar sus episodios épicos, las luchas dramáticas de sus banderizos y las emociones de sus afanes amorosos. A falta de mejores medios, los romances son en muchas regiones las fuentes inapreciables de la historia. Con razón se ha dicho, pues, que el vasco es un pueblo mudo.

Para la poesía erótica se ha sentido el vasco embarazado por una irreprimible timidez que hace del mozo vasco el galanteador más torpe y encogido. Los versos amatorios en vascuence están como dominados por la honestidad un poco imperiosa de la mujer; en vano buscaremos entre sus estrofas el calor lujuriante, la angustia apasionada, el deseo febril y la locura de amor que no falta ni en las canciones anónimas de otros pueblos; el verso vasco elogia a la amada con imágenes sencillas, muchas veces pueriles o ñoñas. De tal modo, que si estas poesías se traducen fielmente a un idioma literario, resultan desconcertantes por su nimiedad. Pero en ellas, sin embargo, late alguna vez un sentimiento candoroso, cuya fragancia de campo, de honestidad, de primitivismo, no se percibe sino después de una saturación local muy profunda.

El poeta amatorio por excelencia en lengua «euzkera» fué sin duda Vilinch (Indalecio Bizcarrondo). Estaba muy influído por la literatura castellana de su tiempo, principalmente por Bécquer. Sus numerosas poesías hiciéronse muy populares. Corrían de boca en boca; las cantaban los ciegos en la plaza de la Brecha, de San Sebastián, y las criadas de servicio, como los jóvenes de veinte años, encontraron en aquellos versos la parte de sentimentalismo erótico que toda mocedad exige.

Una de las poesías de Vilinch se ha hecho célebre, y ahora mismo es una de las que siempre se cantan con prioridad en todos los finales de merienda. Dice así la canción:


Ume eder bat icusi nuben
Donostiaco calean;
itz erdicho bat ari ezan gabe
¿nola pasatu parían?

Gorputza zuben liraña eta
oñaz zebiltzen aidian;
polita goric estet icusi
nere beguiyen aurrían.
 

Si reducimos estos versos a una traducción directa, no hallaremos más que lo siguiente:

«Una vez vi pasar una hermosa joven—por las calles de San Sebastián;—sin decirle siquiera media palabrita—¿cómo cruzaría yo a su lado?—Tenía el cuerpo esbelto—y llevaba los pies en el aire;—otra más bonita no he visto—delante de mis ojos.....»

Es poco, seguramente; pero en esa nimiedad alienta un algo de sencillo, de tímido, de «ternura ignorante», que nos conmueve. Además, la música está ahí para valorizar la emoción. Aunque, con demasiada frecuencia, la música vascongada suele ir unida al verso en un maridaje verdaderamente monstruoso. A veces un canto dolorido y sentimental, hondo y patético, sirve para acompañar a unos versos que ensalzan las virtudes del vino; otras veces van unos versos vulgares y chocarreros unidos a una tonada briosa y vehemente.

Hay, por ejemplo, una música anónima, de indudable antigüedad, cuyo ritmo parece pedir la ayuda de los romances heroicos o narrativos. Tiene un sonsonete monótono, apto para la narración trágica. No obstante, ese curioso motivo musical se acopla a los ridículos versos siguientes:


Andre Madalén, andre Madalén,
laurden erdi bat oliyó;
aita jornalac artzen badi tu,
ama pagatuco diyó.
 

«Señora Magdalena, señora Magdalena,—medio cuarterón de aceite:—si padre cobra los jornales,—madre le pagará a usted.....»

El humor anacreóntico salta de entre la poesía vascongada con un respingo inevitable, como una ráfaga de día de fiesta. Es ahí, en la ponderación de la vida cuotidiana, donde el humilde poeta vasco, materia tosca de pueblo, se siente con libertad y desenvoltura.....

Pero no exijamos a esta modesta literatura, familiar y casera mejor que popular, el encanto que a las canciones báquicas de la Hélade prestaban el alado y risueño aticismo de los griegos. Los misterios del culto de Dionisos y la belleza de las vides maduras bajo un cielo diamantino, se convierten aquí en la humedad de las sidrerías y en los escarceos de unos humildes «versolaris».

El cantor celebra lo que directamente ha de gustar a los contertulios; el buen comer, el buen beber, las ágiles piruetas en la danza con las alegres chicas. El elogio del vino tiene en la poesía vascongada un espacio más considerable que el amor o la tristeza erótica. El poeta guipuzcoano Artola pondera las excelencias del vino con esta honrada ingenuidad:


Erari maitagarriá,
zu gatic daucat jarriá
argumentuba larriá:
Indarra zera gorputzarentzat,
kentzendezuna egarriá,
¡gausa estimagarriá!.....
Baño zauscat igarriá
zerala engañagarriá.
 

«Amada bebida,—tú me inspiras este arduo problema:—Eres para el cuerpo la fuerza,—nos quitas la sed,—¡cosa estimabilísima!.....—Pero te he calado—que eres un engañador.»

Una canción guipuzcoana dice:


Donostiaco iru damacho
Errenterían dendarí,
josten ere badakite baña,
ardua eraten obekí...
 

«Las tres señoritas donostiarras—las tenderas de Rentería,—saben coser muy bien,—pero mejor saben beber.»

E intercalado en las estrofas, en una rara mezcla de candor y de torpeza, un estribillo:


Eta kriskitin, kroskitin,
arrosa kraveliñ,
ardua eraten obekí.
 

«Con el kriskitin, krosquitin,—rosa y clavel,—pero mejor saben beber.....»

Esta literatura vulgar, alegre y un poco grosera, como un lienzo flamenco, necesitaba especiales cultivadores que fueran al modo de unos sacerdotes del rito anacreóntico. En efecto, hasta que no llegaron otras formas de vivir más universalmente uniformadas, nunca faltó en el país vasco un plantel de hombres originales, pantagruélicos, humorísticos y gandules, a quienes podríamos llamar los «borrachos representativos».

En tierras de Guipúzcoa hubo ejemplares muy bizarros, que llevaban nombres tan bravos y pintorescos como Brocolo, Isquiña, Pello Spañ, Sacristán, Echecalte, Pedro Amezquetarra.

Eran la espuma o la hez de la raza, la flor de todos los vicios: tragones, ebrios, haraganes, malos padres de familia. Sin embargo, esos perfectos cínicos terminaban por ser simpáticos. Nutríanse nada más que de la simpatía, a costa del país laborioso. Hacían reír, y todo lo restante se les perdonaba. Sus oficios eran de una grotesca multiplicidad. Isquiña, por ejemplo, apuntaba los tantos en los partidos de pelota y hacía de torero en las novilladas; Pello Spañ, con su labio partido, conducía los cadáveres en tiempo de epidemia; Sacristán era pintor de brocha gorda, músico y gimnasta. Echecalte no tenía oficio alguno; sólo se sabe de él que prendió fuego a su caserío. Era tuerto, mal carado, pequeño y enjuto; llevaba siempre una boina colorada y los pantalones remangados hasta media pantorrilla. En cuanto a Pedro Amezquetarra, éste era el Quevedo o el Manolito Gázquez de la tierra; todos los cuentos cazurros se le atribuían, todos los chistes desvergonzados o irreverentes se cargaban a su costa.

Y eran al fin aquellos epicúreos payasos como la válvula de expansión por cuyo conducto expulsaba el país los posos de humorismo y de francachela que hay en su fondo.

XIV. Visión de pueblo antiguo

La bahía de Pasajes, en ciertos momentos de la marea, muéstrase al espectador como un raro acierto de tono, de colorido y de emoción histórica. Los barrios de San Pedro y de San Juan se desprenden del borde de la montaña y dejan que el agua bese su abigarrado y pintoresco caserío, componiendo un bello motivo de acuarela. Es una linda marina de corte veneciano, que el cielo cantábrico y la austeridad de la montaña hacen grave y lo salvan del peligro del cromo.

Desde el muelle donde amarran los grandes paquebotes, el barrio de San Juan se muestra especialmente encantador, con sus casas viejas, su larga calle sinuosa y sus portalones blasonados. Son casas abolengas que alguna vez fueron levantadas con el oro de las Indias o con los dineros de los arsenales. Allí los capitanes de la flota del Rey estimaban descansar de sus heroicas navegaciones; allí los navíos artillados se recostaban al muelle, antes de partir en busca de la canela de Tierra Firme o de las especias de las Molucas. Hoy no viven sino humildes pescadores, y la abigarrada formación de casas se desmorona, se arruina.

El hombre sensible busca hoy con afán esos pueblos ilustres y viejos; nos llaman las ruinas con voces melancólicas, y sabemos todos un poco extraer de ellas inefables sensaciones. Es porque la arquitectura contemporánea nuestra nos defrauda y nos irrita. El corte y el tono de las construcciones modernas nos parecen tan groseros y desgraciados, que el espíritu busca una manera de huír; quiere refugiarse en el ensueño de lo antiguo para poder olvidar la realidad injuriosa de lo presente.

En esa misma bahía de Pasajes, junto adonde amarran los buques de altura, se levantan barriadas y almacenes de nueva construcción, hábiles para albergar obreros, oficinas, tabernuchos y mercaderías. Su aspecto ofende a la vista y al alma. No puede inventarse nada más chabacano y cruel, y nunca la razón de utilidad podrá sincerar la existencia de esa arquitectura, en donde la vida tiene obligatoriamente que ser baja, triste y fea.

Pero ante un pueblo ilustre y ruinoso hay el riesgo de que nuestra imaginación equivoque su camino. En efecto, los anticuarios y los pintores especialmente, y por contagio los diletantes, nos han acostumbrado a ver una ruina desde un plano actual, o sea por la ruina misma. Se efectúa así un fenómeno de traslación temporal, y resulta que, por el criterio utilitarista de un pintor o un anticuario, la casa bella y vieja la consideramos como un objeto perfectamente actual. Es decir, que terminamos por imaginar que la casa ha sido siempre vieja, y que su valor estriba en ser como ahora es. El horror a la fealdad moderna influye mucho sin duda en esta arbitraria maquinación imaginativa.

Sin embargo, conviene por momentos abandonar el criterio utilitario del pintor y exigir a nuestra imaginación que se porte delante de una ruina como a nosotros, amplios intelectuales, nos conviene. Entonces, una vez que la fantasía está a nuestro propio servicio, el pueblo viejo e ilustre podemos hacer que se traslade a su máximo período de vitalidad, cuando las casas surgían, todas nuevas y flamantes, del fondo de los conceptos sociales y religiosos, del seno de las disciplinas estéticas, sujetas a un estilo y animadas de un generoso aliento espiritual.

Ese barrio de San Juan que hoy refleja su pobre, sucio y roto caserío en la calma bahía, ¿qué presencia gloriosa y juvenil, noble y opulenta no tendría en el siglo XVI? Los muros de sus palacios presentaban al sol las piedras nuevas; en los sillares había aún la marca del cincel del artesano; entre dos columnas renacentistas, al modo toledano, campaba el blasón del linaje. ¡Qué diferente aquella asunción de la casa patricia, de como ahora surge el chalet compuesto con hormigón armado y mampostería de contrata!

En la simple construcción de un depósito o almacén de mercaderías presidía entonces un sentido de utilidad estética, y no solo exclusivamente de utilidad económica. Hoy parece bien a los hombres que han pasado hasta por las Humanidades, que un depósito y una fábrica sean construídos en vista solamente del interés metálico; con que cubran los objetos y los libren de la intemperie, ya es bastante. Mientras que los hombres de otra edad ponían en la factura de una lonja de comercio, de un depósito de mercaderes, la misma invención y la misma pompa artística que en una catedral.

Con sus casas renacientes, con los restos de la arquitectura ojival todavía en buen uso, con sus palacios de blasón recién levantados, un pueblo como Pasajes de San Juan debía de ser en el quinientos una cosa admirable, rica en belleza y en rango. A veces, cuando se armase una flota, la bahía investiríase de una solemnidad grandilocuente. Los artilleros de los fuertes harían tronar en salvas los cañones, y embocando la salida del canal, una próxima a otra, las naves con sus castillos altos descolgarían las velas, y lentamente deslizaríanse hacia el mar como insignes leviatanes. Vistosas flámulas en los mástiles; dorados adornos en el castillo de popa; enormes y artísticos fanales; estandartes del Rey cayendo como tapices suntuarios hasta la misma agua.....

 

Es cierto que la tierra vascongada carece de sitios grandemente históricos y de ciudades memorables de importancia universal; no tiene cuadros gigantescos como Toledo, ni tesoros artísticos como el monasterio de Guadalupe, ni catedrales como la de León y Burgos, ni ciudades, como Sevilla, que canten con la voz prestigiosa de tres civilizaciones estéticas. Pero los viejos pueblos vascos, humildes como son por su pequeñez y su escasa universidad, guardan, sin embargo, un tono de graciosa armonía y, sobre todo, un fino sentimiento de expresión nobiliaria, ayudado por la excelencia de un bello y vario paisaje.

Los mismos vascongados han favorecido esa desatención y ese desmerecimiento, con una frívola y casi bárbara mutilación de aquello que es lo más noble, expresivo y delicado del país. La furia industrialista no ha titubeado en situar una fábrica junto a un torreón antiguo, y el afán de la modernidad y de la urbanización geométrica está cometiendo constantemente en villas y aldeas verdaderos crímenes. El vascongado moderno, en forma de concejal progresista, es un sér plebeyo que ha roto toda continuidad con sus antepasados. Tiene un concepto del progreso que se parece mucho al de los americanos: admira todo lo extraño, es humilde con las modas extranjeras, cree en lo cuadrangular de las calles y en la altura de las casas, y siente horror por las piedras viejas. Una casa nueva en forma de chalet; una calle ancha y recta; una alameda gris; un restaurant..... Esto es el ideal de la civilización y el progreso para un vascongado novísimo.

Si los filósofos y los poetas de Atenas y Florencia hubiesen perecido arrastrando sus obras al sepulcro, nosotros no dudaríamos en atribuír a aquellos pueblos la excelencia cultural sólo con que poseyéramos el testimonio de sus edificios, de sus columnas y sus tallas, llenos de gracia eterna.

Podemos añadir aún que ciertos hombres excepcionales no bastan por sí solos para patentizar la alta cultura de un pueblo; los genios son muchas veces frutos aislados que no demuestran nada, que surgen a despecho de su propio país natal. La Beocia ruda y cerril produjo más de un genio. En fin, la civilización de un pueblo necesitamos comprobarla por los diversos fenómenos particulares y colectivos, y ella será admirable cuando se nos presente armónica, intensa, amable, dotada de buen gusto y de un culto delicado por el adorno.

El culto del adorno representa al cabo y positivamente la talla, el nivel, el grado de la vida de un pueblo. En la casa limpia, barnizada y sin pretensiones estéticas de un holandés actual, sabemos que vive un hombre de vida sensata, suave y abundante. No es todo, pero ya es mucho. En un palacio renaciente de Florencia sabemos que vivía un hombre de gustos exaltados, que ponía su orgullo en escoger un traje bello, y que se preocupaba hasta la fiebre en hacer que las ventanas de su palacio fuesen armoniosas, que la estatua del patio de honor fuese una obra consumada, que el anillo de su dedo saliese del troquel de Benvenuto Cellini.

Veamos ahora: ¿qué especie de alta vida nos atreveríamos a imaginar que existe en esas barriadas, en esos ensanches de nuestras poblaciones modernas?..... Cuando nos situamos frente a esos edificios y barrios, la palabra barbarie no podrá parecernos excesiva ni injusta.

Junto al ruido y el humo de las villas industriales, cerca de los alegres y mundanos pueblecillos de la costa, apartados de la vanidad turista y veraniega, los viejos pueblos vascos duermen su sueño de lejanos siglos, al amparo de su grande iglesia y rodeados de solemnes montañas, Oñate, Segura, Vergara, Elorrio, Marquina, Orduña.....

En esos pueblos linajudos hubo alguna vez una vida intensa y elevada que nosotros conocemos tan someramente. Esas casas abolengas, con sus escudos heráldicos y sus torreones, nos hablan de las luchas de oñacinos y gamboínos, ricas en episodios trágicos y expresivas de aquel afán de dominio y violenta superación que formó el fondo del carácter vascongado. La Universidad de Oñate nos habla de una flor renacentista y docta que se abriera en el país, animando a los hidalgos y clérigos en la época de las grandes y bellas aventuras, cuando las empresas de España abrían tan ambiciosos caminos a los capitanes, pilotos, secretarios del Rey y evangelizadores vascongados.

Quien desee salvar el peligro de una inculta obcecación, necesitará siempre obedecer al mandato de una realidad histórica. Y es bien cierto que nada se podrá intentar en asuntos vascos, sin tener en cuenta la influencia castellana, el íntimo y constante contacto castellano, lo mismo en historia, como en arte, como en cultura general.

XV. Camino de las montañas

Una excursión a la montaña es siempre útil, primeramente porque nos obliga a ser humildes y porque comprendemos la vanidad de nuestras grandes conquistas de la civilización. Ante una cuesta empinada, sin otra ayuda que nuestras piernas y un tosco bastón, sentimos como si la Naturaleza se estuviese riendo de nuestro orgullo urbano, y de nuestro patético jadear. (Con las fauces muy abiertas, con el corazón que late apresurado, con las órbitas dilatadas, vemos las hayas seculares que nos rodean en círculo y nos miran compadecidas y absortas.)

En cuanto a las grandes conquistas de nuestra civilización, en la pequeña estación de Bríncola se han desvanecido. El tren nos ha dejado en plena vía y ha desaparecido en un túnel. El ruido anterior se trueca en un silencio virgiliano. La prisa de antes se convierte en una filosófica lentitud. Una ermita en el barranco, unas casas de labor entre los maizales, una modesta cantera enfrente. Dos o tres obreros acarrean piedras desde la cantera a un carro, con calma, con reconfortada lentitud, asiduamente; mientras tanto, los dos bueyes de la carreta rumian dichosos, abriendo sus hermosas pupilas húmedas como un espejo en que se miran los verdes prados.

—Y bien, ¿cuándo sale la diligencia para Oñate?

—De aquí a una hora.

—¿Una hora?.....

—Ni más ni menos. Tenemos que esperar al tren rápido de las seis y media.

Oigo con espanto lo que dice el mayoral, y mi petulancia de hombre urbano se pone a medir el valor y la trascendencia del tiempo. ¡Una hora! ¿Cómo es posible que pueda pasar una hora aquí, en esta soledad virgiliana? Y la hora de espera adquiere una fantástica dimensión, empapada de tedio y de vergüenza.

De vergüenza, en efecto. Los tres excursionistas, con nuestros maletines montañeses, hacemos casi una figura cómica. Resulta sobre todo risible nuestra nerviosidad, nuestra prisa e infantil mal humor, junto a la madura y filosófica calma de las gentes que nos rodean. Un miquelete, en mangas de camisa, nos contempla con inefable sorna. El jefe de estación se atreve a sonreír. Y el mayoral de la diligencia, gordo y de semblante picaresco, insiste a nuestras insinuaciones:

—No puede ser; tenemos que esperar al rápido..... ¿Por qué no se van ustedes a la venta? Allí hay buen vino.

Entramos, pues, en la venta próxima y pedimos alguna cosa que sirva de merienda. Discutimos un rato lo que podríamos tomar. ¿Hay cerveza? Nos dicen que no ¿Hay sidra embotellada? Tampoco. Pero hay un fuerte y ardoroso vino navarro..... En fin, decidimos pedir nos sirvan chocolate. Cuando nos sirven el chocolate, un cantero, desde la carretera, nos mira piadosamente. La tabernera sonríe, deja las jícaras delante y se va.

Ya se acerca el tren rápido. En la ecuanimidad de aquellas montañas, los hierros y las válvulas mueven un estrépito rechinante; la locomotora rasga el aire con su imperioso silbido. Se detiene el convoy un momento y parte hacia la boca del túnel, desaparece. Y torna, en el silencio virgiliano, a oírse el rumor del agua del arroyo y el sistemático tic tac de los canteros.

La diligencia está pronta. Tintinean campanillas y restalla el látigo. ¡Arre, Belcha!.....

Todo, por tanto, se ha transmutado. Retrocediendo en un curso de quince lustros, el ánimo, humilde ahora y sometido, considera que la prisa de la civilización es una cosa tan arbitraria como inútil. Verdaderamente, llegar en diez minutos o en una hora y media, resulta ser igual y lo mismo. Y así, justificando a fuerza de razonamientos la parquedad del trote de los caballos, vamos subiendo una carretera magnífica, medio oculta en la sombra de los árboles.

Desde lo alto de la cuesta, he ahí el maravilloso campo de Oñate. Teatralmente se rodea de altas montañas; bosques centenarios la circundan; y el viejo y limpio pueblo nobiliario escoge el sitio más bello de la vega, y desde allí levanta al espacio el macizo torreón del templo. Cae la tarde. Un convento medioeval junto a la carretera. Las caserías, grandes como palacios, abren sus portaladas suficientes, y las inmensas parras trepan por los muros del edificio y lo cubren todo. Escudos heráldicos sobre el arco de las puertas. Una campana toca la oración. Por la carretera pasean sacerdotes, seminaristas en vacaciones, señoritas hidalgas que van de tres en tres y que dirigen a la diligencia (a los viajeros) furtivas miradas de curiosidad y sonrisas afables.

El coche espera. Es necesario partir, antes de que la noche avance demasiado. Trotan los caballos, y el coche marcha por la empinada carretera que conduce al seno abrupto de las montañas de Aránzazu.

La carretera sube y sube. Con un poderoso y benévolo automóvil, acaso la cuesta resultase más benigna. Pero otra vez acude al remedio la razón, y gracias a unos sagaces razonamientos concluye el ánimo por pensar que es mucho más gracioso el lento paso de los caballos, y que esto permite a los ojos contemplar con mayor certeza los pormenores del áspero paisaje.

¡Lástima que la noche se haya echado encima! Sin embargo, a la luz difusa del último crepúsculo toman las montañas un carácter imponente, fantástico, hiperbólico. De pronto parece que la carretera va a precipitarse en la negrura pavorosa de un abismo. Otras veces, encima de un talud, un árbol semeja ser algún monstruo antiguo que nos quiere devorar. Y allá abajo, mientras el coche sube, se columbra en la ignota profundidad una luz temblante, que probablemente será la lámpara a cuya claridad cena la familia del labrador, pero que la fantasía quiere que sea la vaga antorcha de las brujas, los contrabandistas, los facinerosos.....

Repentinamente, en un recodo brusco, aparece el monasterio de Aránzazu.

XVI. La patria de los pastores

La alegre campana del monasterio está llamando a misa, cuando yo, despierto por el bronce dominical, abro la ventana y veo las nieblas que ondean y vagan, deteniéndose en los árboles añosos como flotantes vellones de ovejas. Unos pastores vienen ya por los senderos de la montaña, a rezar la primera misa. Traen calzadas sus abarcas, y el vestido, limpio y parco, les huele fuertemente a suero.

Necesario es partir. Abandonamos, pues, la cómoda hospedería de Aránzazu, y siguiendo las pisadas de un muchacho que nos sirve de guía, afrontamos la cuesta. ¡Oh qué terrible cuesta! Es una cuesta infinita, inhumana, sin apelación y sin piedad. Una cuesta larga cuyo fin no conocen los ojos. Es un subir continuo y penoso que no termina nunca. Las más ásperas piedras martirizan los pies. Unas hayas de tronco robusto, de ramas erectas y monótonas, acuden curiosas a contemplar al viajero. Y el viajero, que estaba aún mimado por la comodidad del lecho tibio en la hospedería, y que estaba viciado por el piso suave de las poblaciones, ahora asiste con estupefacción a los más extraños fenómenos físicos.

El corazón, primeramente, se ha puesto a latir con fuerza y alarmante celeridad; después el aliento se ha hecho tan difícil, que a pesar de abrirse la boca en toda su magnitud parece que no entrara a los pulmones ni una gota de aire. ¿Señor, qué es esto?..... Las hayas centenarias rodean al viajero, como queriendo consolarle. Y la cuesta sube, sube, sube. Sin embargo, la dignidad suple en el hombre inteligente las otras facultades del hombre primario y robusto. Y ante el seguro andar de nuestro guía, yo persisto en subir y logro, en efecto, que al poco rato el corazón se tranquilice, los pulmones se ensanchen y las piernas adquieran una feliz elasticidad.

Hay un punto en el camino que sirve como de tránsito trascendental. Al detenerme y volver la mirada atrás, distingo, allá abajo, el monasterio de Aránzazu prendido a las rocas, colgando sobre el precipicio. Lejos, en cuanto alcanza la vista, las montañas se acumulan, se aprietan, se levantan una sobre otra, en un tumulto grandioso, como poseídas de un temblor y una vida mitológicas, como piensa la imaginación que estarían en el primer momento del mundo, cuando la tierra era blanda, modelable, turbulenta.

Luego, en seguida, la cuesta ha terminado y el paisaje sufre una alteración radical. Ya no se distinguen más edificios ni campos labrados. El mismo horizonte se ha circunscrito. Estamos en una especie de cazuela, circuída de crestas rocosas que hacen las veces de una muralla, un borde, una frontera. He ahí la campa o meseta de Urbía, país de rebaños, aislado del mundo, sin comunicaciones, sin pueblos, sin ningún vestigio de lo que llamamos civilización. Un país frío y raso, de cuatro o cinco kilómetros superficiales a 1.200 metros de altura sobre el mar.

Al principio se imagina el viajero que lo han transportado las hadas como en los cuentos antiguos. Todo es diferente. La hierba misma es distinta, pequeña, sutil y apretada contra el suelo a modo de alfombra. La monotonía de esa pradera inacabable acaba por causar a la mente algo como una obsesión. Todo se halla rasurado, rapado; todo está supeditado a la igualdad y perseverancia de esa fina alfombra de césped..... Hay un silencio que no se asemeja a ningún otro silencio; es un silencio positivamente pastoril. En el aire flota el grato tintineo de las invisibles esquilas; algún balido llega de lejos a veces......

Y allá, en frente, entre los pliegues de unas rocas grises y pulimentadas por los hielos, el guía nos señala un pueblo.

Un pueblo, claro es, que disiente de toda idea urbana. Son una docena de chozas hechas con pedruscos sueltos y techadas con maderos toscos y lonjas de tierra. Cada choza ha escogido el lugar más apto. Se recuestan al abrigo de las rocas, y quieren como enchufarse en el terreno, para evitar los ventarrones.

Penetro en una de estas viviendas. Agachándome, para no pegar una cabezada, doy un paso y por poco no me ahogo. Al fondo de la choza hay encendido un fuego de leña, y el humo, que no halla rendija por donde evadirse, llena, empapa, tuesta la pobre habitación. Pero es necesario; los quesos redondos y grasos que se posan en unas maderas, a conveniente altura, van zahumándose poco a poco y quedan así bien curados y comestibles. Después, en aquel breve antro, hay diversos utensilios domésticos; una cama rústica fabricada con arbustos secos, una económica despensa, unas ropas colgadas, unas pieles. Recuerda a las cabañas de los lapones.

Así viven, contentos o resignados, los pastores de Urbía. Varios pueblos de la alta Guipúzcoa tienen opción a pastorear en la meseta. Llevan sus rebaños por la primavera, los dejan sueltos, y con las primeras nieves bajan a las tierras tibias de la costa del mar. Hacen su vida patriarcal y honrada. No se molestan ni ofenden unos a otros; se ayudan mutuamente; respetan las costumbres y las leyes del lugar; se reúnen en cónclaves, para concertar el precio de la lana o para dirimir sus asuntos comunes. Todo lo hacen con calma, con claridad, con simple y masculina buena fe. Viven sobriamente, se alimentan de lo preciso y dejan que las horas traigan sus pequeños afanes y sus pequeños placeres. En el otoño se despiden; a la primavera se vuelven a encontrar. Y así un año y otro. Así una generación y otra. Un milenario, cientos de milenarios.....

Consideraba, efectivamente, viendo a un matrimonio de viejos y afables pastores, que en la meseta de Urbía los siglos no han podido nada. ¿Qué clase de invenciones pudieron haber llegado aquí, con qué motivo, para qué fines? Estas gentes mansas y afables, son las mismas que aquellas otras cuyos rebaños pastoreaban en este mismo sitio cuando los faraones alzaban las pirámides y Moisés recibía del cielo el código de su nación; son las mismas que aquellas otras que pulían armas de piedra en las costas de Grecia..... Invariablemente se han transmitido los pastores sus rebaños a través del tiempo, continuamente, y uno tras otro han venido los pastores a la primavera, y se han marchado al otoño.

Siempre igual, inalterable, consecutivamente, como una cadena en el tiempo. De tal forma, que los pastores parecen ser los mismos siempre, y los rebaños un solo y único rebaño eternal. Son de la misma raza, hablan el idioma que hablaban los contemporáneos de las pirámides. Y sus costumbres, sus chozas, sus leyes locales, sus juntas, su civilización, han sido idénticas siempre. Y este sendero por donde ahora camino era transitado ya por los contemporáneos de los fundadores de Troya..... ¡Oh dulce y raro país de Urbía, patriarcal nación de pastores, has triunfado del tiempo, y te has visto inmune de todos los cambios e invasiones! Pero mucho temo que contra ti se avalanzará un infecto y formidable enemigo, y él, por fin, te dominará, te perturbará, te corromperá. Hablo de ese monstruo, violador de virginidades, ese sér obsceno: el turista.

El aire corre fino y ágil por la alta meseta; el sol acaricia el rostro sin quemarlo; reina un silencio ideal, como silencio de cumbre que está próxima al cielo; y entre los pliegues de la brisa llega tal vez al oído el rumor monótono de las campanillas del ganado.

No hay en Urbía sembrados ni setos; todo es pradera y campo de pastar. Para romper la sencillez de la flora, de cuando en cuando aparece una haya, único árbol que comparte con la hierba y con los musgos el señorío del país.

Yo no soy botánico, probablemente porque no soy un espíritu del siglo XVIII. Ignorante de las minucias botánicas, nunca hubiera imaginado que el musgo, esa planta inocua a la cual no prestamos generalmente mayor aprecio, poseyera tanta virtud de variedad, de expresión, de forma y de encanto.

Yo creí que el musgo era uno, indivisible e inalterable, y hallo que no es un musgo, sino infinitos musgos variantes, multiforme, hasta polícromos los que adornan el campo.

¡Oh providente amor de la Naturaleza, que no dejas ningún trozo del mundo sin una muestra de adorno y de poesía! ¡Oh materna y celosa Naturaleza, a quien he visto cubrir con la flor del cactus espinoso las abrasadas y terriblemente yermas soledades de los Andes! ¡Que pones una flor, una palma cualquiera en el mayor desierto, y que en Urbía haces maravillosas filigranas estéticas con una planta humilde como es el musgo!

Avanzo, pues, recreándome sobre las praderas, y a cada punto descubro una nueva variedad musgosa. Los musgos buscan la sombra de las hayas, y con frecuencia se enlazan a ellas familiarmente, cubren su tronco y lo visten, como jugando, de un traje prodigioso. Otras veces también sorprendo al pie de un grupo de hayas un verdadero prado en que las hierbas están sustituídas por musgos; su blandura me incita a tumbarme, a refocilarme sobre tan blanda alfombra; pero mi asombro y mi admiración me impiden mancillar aquel bello jardín espontáneo. Un jardín todo de musgos verdes, finísimos, aterciopelados, encantadores.

De repente, sin poder sofocar un grito, descubro ni más ni menos que unas flores. Son las flores del musgo..... ¡Siento el estupor del salvaje, del naturalista, del verdadero descubridor (de un verdadero e ignorante hombre de la ciudad), y estoy largo tiempo contemplando aquella maravilla de la diminuta y original flor de los musgos montañeses!

Después, desde una altura, veo aparecer la llanura de Álava, que es como un anticipo de Castilla. He ahí la meseta central; su color pajizo contrasta con el verdor de la flora cantábrica, y la nobleza, la serenidad que emerge de esa llanura forma como el anverso de la violenta naturaleza montaraz en que me hallo. Y siento mi curiosidad avivada al considerar que me encuentro en una línea divisoria trascendental; es la frontera, en efecto, de dos zonas geográficas; es el límite del vascuence y del castellano; la división de la llanura y de la montaña, del color verde y del pajizo, del Cantábrico y del Mediterráneo. Las aguas de una vertiente marchan al Ebro, y de allí al mar latino; las de la otra vertiente van al Océano.....

XVII. Meditación en la cumbre

Sobre la pequeña meseta de Urbía, sonora por el tintinear de los rebaños, alza sus crestas dentelladas la sierra de Aitzgorri, a 1.500 metros sobre el mar. Un poco más lejos, al término de la altiplanicie, se halla el lugar de la divisoria geográfica.

Es una especie de balcón, una cornisa ideal y sublime que la Naturaleza parece haber puesto allí para regalo de los ojos. Pocas personas cultas, sin embargo, pueden recibir ese obsequio natural; la penosa subida, lo desierto del país y la brusquedad de los caminos serranos, alejan a los cómodos turistas. Sólo algún pastor ocioso, siguiendo el capricho de su rebaño, se detendrá acaso en la soberbia cornisa y contemplará absorto el ancho panorama de la llanura y el azul divino de las cordilleras lejanas.

La fina hierba de los altos cubre el piso como verdadera alfombra; hayas y robles dan propicio toldo al cuerpo fatigado; los brezos y las manzanillas esparcen su amable perfume. Y el sol, en el silencio religioso de aquella altura, tiene algo como potestad divina y hace, en efecto el oficio material y sensible de Dios, padre y luz del mundo.

La persona peor dotada de sentido geográfico ha de verse aquí sorprendida. De una manera rotunda y clara se muestran los accidentes y las variaciones del terreno, como si asistiéramos a una lección práctica de topografía. La Naturaleza se convierte en didáctica y explicativa al modo escolar.

He aquí la línea trascendental de España. Vaciaríamos un raudal de agua, y si nos inclinábamos a un lado, el agua buscaría el curso de los pequeños ríos cantábricos hasta anegarse en gran seno Atlántico; si nos inclináramos un poco al lado opuesto, el agua, por la cuenca del Ebro, descendería al Mediterráneo.

Por una cara del país vemos las lomas y los valles cantábricos, cubiertos de eterno verdor, húmedos constantemente por las lluvias y nieblas asiduas, sometidos al cultivo rodado, llenos de pequeñas heredades y de numerosas caserías, con arroyos siempre vivos de continuas rompientes, hábiles para la represa y la industria. Mientras que a la otra cara del país vemos tenderse de una vez, ancha y rotunda, emocionante, sublime, la llanura de Álava, que es el principio de la gran meseta centro-española.

Los ojos y la mente no se cansan de admirar ese cuadro. Aunque la llanada alavesa no participe de la extrema sequedad de la llanura castellana, desde lo alto de estos bravíos montes parece ya completamente centro-española, porque se destaca junto a la humedad cantábrica sin transición, bruscamente. Y el ánimo considera que aquí se realiza virtualmente la separación de los dos climas esenciales: el clima alpino, de bosques y praderas, queda a un lado bien visible, y al lado opuesto se extiende el clima de lluvias sobrias y terrones resecos.

Pero además se dividen aquí la meseta y el litoral en una forma terminante, mucho más clara y definida que en otros países peninsulares. Los ríos centro-españoles horadan en otros sitios la barrera del litoral, y por los valles del Guadiana, del Tajo, del Ebro, del Júcar, del Segura, parece que algo de la meseta se corre al litoral, y que algo del litoral se introduce en la meseta. En tanto que aquí, desde Galicia al Pirineo, la divisoria hidrográfica es terminante, continua, total, y la meseta centro-española y la región cantábrica no consienten ninguna mutua intromisión; verdaderamente son territorios geográficos vueltos de espaldas, fundamentalmente divisorios, como Suiza e Italia, como Francia y España. Pero están separados geográficamente tan sólo, porque en política, historia y civilización, la región cantábrica es la que más contacto ha tenido siempre con Castilla.

Desde esta cornisa trascendental, ¡con qué majestuoso vuelo de inmensidad se tiende a los pies la llanura! No es Castilla aún, y ya tiene sus caracteres principales. El mismo pastor que sube de esa llanura, aunque lleve un apellido vasco e indiquen sus rasgos angulosos la cualidad de la raza vasca, no hablará en vascuence, sino en castellano. El campo, allá lejos y en lo hondo, ha perdido el verde excesivo, el color fresco de pradera; sembradíos de mies, grandes manchas pajizas, extensiones iguales, pardas, y elevándose en la inmensidad, los campanarios místicos de los pueblos.

Y después el horizonte que se aleja, que huye, como una fuga al infinito. ¡El religioso horizonte de Castilla! No se ven allí las cortaduras y barreras cantábricas, ni la limitación panorámica, ni la especie de angustia moral como quien yace en un pozo. La Naturaleza ya no es familiar, detallista e inmediata como en el litoral; ya no distrae al espíritu la preocupación terrena y cotidiana, minuciosa, del río, de la colina, de la casa, del seto, todo próximo y exigente. La llanura abre su inmensidad, y todo lo detallista, minucioso, cotidiano y próximo desaparece. La llanura aleja la atención de lo próximo e invita a lo lejano y eterno. Invita a pensar en siempre, más que en hoy. Empuja más allá el horizonte, ensancha el cielo, abre los portales del infinito... El alma, espontáneamente, se pone grave, y embebe un poco de la misma eternidad, y aspira a las creaciones eternas. (El Cid, Don Quijote, El Escorial, Zurbarán, el Nuevo Mundo.)

XVIII. La timidez de los vascos

Se dice que en el actual movimiento regionalista marchan los políticos vascos un poco a remolque de los propagandistas catalanes. Hasta ahora, el destino de los vascos fué siempre el de ocupar el puesto de pilotos. Dotados de altas cualidades, siendo activos como ninguno y aptos para la esforzada realización, ambiciosos y amantes de la gloria, así como del mando, los vascos han ocupado en los distintos trances de la Historia el oficio del piloto. Es la dramática crónica del pueblo que osaba al capitanato y no pudo salir del pilotaje. Pueblo que carece del don arribista, tan frecuentemente concedido a muchos países mediterráneos; pueblo en el cual ha sido imposible que nacieran César Borgia, Napoleón, Prim, Gambetta; y que, en la historia de las expansiones políticas y étnicas, es uno de los pueblos de menos impulsividad imperialista.

Entre las modalidades del carácter vasco debe ponerse en primer término la timidez. La timidez es la característica vascongada, así como su gran enemigo. Porque en la vida no son suficientes las aptitudes nobles y dinámicas; la seriedad, la energía, la ambición, el anhelo de triunfo y el esfuerzo sobreexcitado no proporcionarán nunca el éxito absoluto, si está ausente la cualidad del arribismo. El vasco es de alguna manera incompleto, y la culpa es de su timidez.

¿Tiene el idioma alguna influencia en la timidez vascongada? ¿Influye algo el aislamiento en que vive la población rural?

El vascuence es un idioma bastante difícil, y muy complicado como todo lenguaje primitivo. Su conjugación, materia admirable para el filólogo, tiene una arquitectura sabia; pero esta misma sabiduría se convierte en obstáculo para una rápida y profusa expedición verbal. Frente a una complicada arquitectura, o sea con un sabio y difícil andamiaje estructural, el vascuence dispone de un número exiguo de voces y frases.

No me atreveré a decir que el vasco campesino o marinero se obligue a una especie de laconismo por la dificultad de idioma; entre los vascos existen muchos tipos locuaces, y seguramente las gentes del pueblo dicen y expresan en su idioma todo cuanto precisan. Pero es cierto también que el vascongado, a través de numerosas referencias literarias, ha sido considerado como un hombre de pocas palabras, de tarda expresión, largo de obras y corto de discurso. El idioma, complicado e insuficiente al mismo tiempo, ha de explicarnos algo esta propensión al laconismo.

El vascongado es un hombre que usa del gesto, de la mímica y de la interjección con asombrosa abundancia. Es asombroso, en efecto, si se considera que el vasco vive muy lejos del mar latino y de los pueblos esencialmente gesticuladores. ¿Por qué el gesto, la mímica y la interjección?... Supongamos, pues, que el vascongado, frente a la premura del lenguaje y a impulso de su natural fogosidad, usa del gesto y del taco por no tener que aguardar la lenta llegada de la palabra.

El vascongado es con frecuencia nervioso, y no pocas veces se muestra impulsivo e impaciente. En estas condiciones de carácter, necesitaría un idioma fácil y elástico como son los romances; por otra parte, cuando el vasco habla en castellano emplea un idioma restringido, corto de vocabulario y pobre de fraseología. Lo mismo si habla en vascuence como en castellano, el vascongado tiene una expresión verbal muy entrecortada. Es un modo de hablar característico, algo como dicción epiléptica. Raramente sabe expresarse de un tirón, sin violencia, en frases continuas, en buen discurso, como el francés y el castellano. Raramente se encuentra un vasco dotado de ese empaque y de esa fluidez de chorro del orador. El tartamudeo, el discurso truncado, el hablar a saltos, el buscar continuamente la palabra o el giro que tardan en llegar: esto es usual entre los vascongados.

Está sembrada su conversación de puntos suspensivos y de omisiones verbales, que se remedian por gestos tácitos. Las frases no van hiladas suavemente, sino que se ensamblan con el continuo y en muchos casos monótono empleo de la partícula y (en vascuence eta).

El recurso conjuntivo no le es siempre bastante al vascongado, y entonces acude al gesto, a la mímica y a las interjecciones. El abuso de la interjección y de la pequeña blasfemia no significa que sea el vasco persona atravesada y maldiciente; esas pequeñas blasfemias, esos tacos pintorescos o crudos en que abundan los idiomas meridionales, el vasco los utiliza como un complemento de expresión, tan necesario en su hablar trunco y tartamudeante.

Si narra, pues, un suceso, el vascongado dirá: «Le vi en la calle a Pedro, y ¡zas!... le toqué en el hombro, ¡pum!... y le dije: ¡c...!» Esta narración irá acompañada de visajes y gestos, de modo que el discurso se convierte en una cosa semiviolenta, onomatopéyica y mímica. Una persona de otro país, usando de un lenguaje flexible y sabio, apenas habría precisado la intercalación de gestos, mímica y exclamaciones interjectivas. Y resulta así que el vascongado, siendo generalmente religioso, honesto y comedido, por culpa de su precaria expresión verbal suele mostrarse gesticulador y amigo de los tacos e interjecciones.

Vive el labrador vascongado en caserías, aisladas unas de otras y con frecuencia inaccesibles. En su casa de labor hace vida de solitario patriarca, y se parece un poco a un Robinsón terrestre que fía su sustento a lo que saca de su heredad, y fía todas sus proyecciones vitales a sus propias iniciativas. Religión, moral, ideas, todo necesita macerarlo en el seno de su familia aislada. Los domingos baja al pueblo a rezar, beber y conversar; el resto de la semana vive de sus propios recursos morales. En tal caso, nada tiene que asombrarnos su semimudez, y sobre todo su condición tímida. En el vascongado se agravan y acumulan los motivos de reserva, desconfianza y timidez inherentes a todo individuo rural. Y luego el clima y el paisaje ayudan todavía más a hacerle grave, escaso de verbo y tímido. Y sería triste el vascongado, si no lo evitasen la salud de la raza, el régimen democrático en que secularmente ha vivido, y esa misma tendencia a la acción, esa falta de ensueño y de imaginación enfermiza, ese no literatismo que le distinguen.

De los franceses ha dicho Taine: «Instintivamente, el francés gusta de hallarse acompañado. No tiene la perjudicial vergüenza que estorba a sus vecinos del Norte, ni las fuertes pasiones que absorben a sus vecinos del Mediodía. No necesita hacer ningún esfuerzo para hablar, no tiene que vencer ninguna timidez natural. Habla, pues, con holgura, y gusta de hablar, ya que lo necesita...»

Aunque el castellano sea bastante menos sociable y locuaz que el francés y que los mismos españoles del Mediterráneo, siempre supera mucho en sociabilidad y desenvoltura al vascongado. El vascongado se asemeja en cierto modo a los hombres septentrionales. Recuérdese cómo el inglés busca siempre en el comedor la mesilla vacía, y en el tren el departamento vacío...

La mujer vascongada se priva de la gracia más apetecida, de la sal más incitante que tienen el amor y la juventud: el galanteo. Nadie más torpe galanteador que el vascongado, cuya timidez causa la desesperación de las muchachas. Don Juan Tenorio no hubiese podido nacer en Tolosa o en Durango.

XIX. La preocupación de la hidalguía

Naturalmente orgulloso, el vasco absorbió desde el principio la idea nobiliaria que da expresión al carácter castellano; el «hidalgo» es un concepto de aristocracia que el español se reservó como privativo suyo; por donde, también en este caso, se comprueba que el vasco no es otra cosa que el alcaloide del castellano.

En el libro de García Salazar se hace, como en ningún otro libro, la descripción y la apología de los linajes vascongados con un fervor que al más imbuído de prejuicios liberales conmueve. Eso era en el último período medioeval. Pero después, a lo largo del Renacimiento y en el mismo siglo XVIII, la preocupación hidalguesca no sólo no decae, sino que con las granjerías de los empleos nacionales y el comercio de América, al aumentar la riqueza del país, crece también el anhelo de hidalguía.

Tal vez sea en las Encartaciones donde se muestra más fuerte la preocupación linajuda. En el resto de Vizcaya sigue siendo muy viva. En Guipúzcoa, la cuenca del Deva es singularmente hidalguesca. Decae mucho esta particularidad hacia el lado de Tolosa y casi desaparece en el país vasco-francés. Siendo el hidalgo una modalidad aristocrática española, los vascos de Francia dejan de tener en este punto contacto con los vascos de España. El hidalguismo es quizá la cosa que más íntimamente sume al vasco en el troquel español.

Cuando el viajero penetra en una villa vascongada, siéntese asombrado al contemplar el número y la grandeza de las casas nobiliarias, la gravedad señorial de su estilo y la opulencia con que están grabados los blasones sobre la clave de los portales. Este hallazgo produce en el forastero más sorpresa, porque se ha ponderado muchas veces la democracia vascongada y el patriarcalismo foral. Pero las palabras de democracia y de libertad asumieron desde el siglo XVIII francés un sentido tan particularista, que para muchas personas de buena fe no ha existido verdadera libertad pública hasta que la Revolución alboreó sobre el mundo.

Es cierto que la Revolución estableció los célebres derechos del hombre. Pero mucho antes la democracia vascongada, de raíz peninsular, había establecido otra forma de derecho, o sea: que todos los hombres son libres desde que son nobles. La idea vascongada, y por tanto ibérica, atribuye al hombre un destino y una obligación de libertad. Esta condición de libre no es un gusto, ni siquiera una ventaja, ni tampoco una mera vanidad, sino simplemente un deber. Entendíase que el ciudadano no podía ser tal, mientras careciese de la cualidad de libre. Y como en la Edad Media era la hidalguía la pura expresión de la libertad, los vascos insistieron en asignarse, formal y categóricamente, el título de nobles.

Al revisar el libro del Fuero, un lector frívolo podrá extrañarse del ardor con que los diputados reclaman el reconocimiento de la hidalguía original para los naturales. No era vana su obstinación, sin embargo. Decían: El país vasco está poblado por gentes libres, que nunca soportaron el yugo extranjero. Son los descendientes de los primeros pobladores de España, hijos directos de Túbal. No se han contaminado de sangre sarracena o judía. Son cristianos viejos. La hidalguía es así en ellos un derecho natural...

Salvemos lo que hay de legendario y anticientífico en muchas de estas proposiciones. Nos queda evidente un fenómeno de preocupación abolenga, digno de ser considerado como excepcional en la Historia, por cuanto se ve a un pueblo en masa bajo la obsesión casi quijotesca de la hidalguía.

Lo mismo el Fuero de Guipúzcoa como el de Vizcaya abundan en exposiciones que las Juntas elevan al Rey, rogándole la declaración formal de la hidalguía originaria de los vascos. La demanda se repite a lo largo del tiempo con una monotonía impresionante. La idea de la nobleza se convierte en una obsesión.

Y en un capítulo del Fuero de Vizcaya los procuradores explican al Rey: Que en muchas partes del Señorío, cuando la Justicia ha castigado con pena infamante de azotes a algunos súbditos, se ha visto a éstos arruinarse o morir, porque la vida con la vergüenza se les hizo imposible, y porque no han podido ejercer más sus oficios o empleos, ni han hallado mujer que quisiera casarse con ellos...

En la falda de una colina, entre la verdura de los prados y las arboledas, la casa del labrador vascongado blanquea risueñamente. A esta casa le corresponden seis, ocho, diez hectáreas de labrantío y de monte. No está situada allí caprichosamente; la casa tiene un nombre, que se refiere a una particularidad del terreno en donde fué erigida. Ha nacido como brotando de la propia tierra.

Casa y tierra implican así una idea de eternidad, de anterioridad infinita y de continuidad invariable. El terreno estaba sembrado de robles y tomó el nombre de «Arizmendi» (monte de robles). Por consiguiente, la casa se llama Arizmendi, y el hombre que primero labre la tierra en el robledal y habite la casa, se llamará de apellido Arizmendi. Tiene su bosque y su prado, sus vacas y su perro ladrador, su esposa y sus hijos, su arado y su hacha. Es el señor del predio, amo en su casa, jefe de los suyos. Es igual a los otros hombres que habitan las lomas, las vegas y las montañas. Siendo todos iguales, estiman entenderse mutuamente, reglar sus relaciones comunes, pactar una moral pública. Esta razón de libertad, basada en la nobleza, es la que se obstinaba en reclamar el Fuero.

No debe, pues, producir sorpresa el característico orgullo de los vascongados, ni ciertas formas de vanidad señoril que se advierte a veces en una zafia ama de cría. La obsesión hidalguesca y las trabas eliminatorias que de ella se derivan, tenían que originar una suerte de espurgo nobiliario, dando éste como fruto esa hermosa distinción física que es fácil observar en muchos ejemplares de la casta vasca.

XX. El problema de los nervios

Es desoladora la facilidad y ligereza con que los llamados tratadistas han resuelto el problema del desequilibrio nervioso entre los vascongados. En virtud de un cientificismo pedantesco, y casi siempre sectario, se ha proclamado sin apelación que los muchos dementes y epilépticos que rinde el país vasco tienen por causa el alcoholismo. Pero es muy usual, aun entre los que maniobran con la Ciencia, confundir los efectos y las causas. En este caso tenemos el deber de no apresurar una conclusión demasiado fácil, ni dejarnos reducir por un sectarismo propio de las «sociedades de templanza».

El alcoholismo no es una causa, sino un efecto. Demencia, epilepsia e idiotez son formas o consecuencias fraternales de una misma predisposición, de una misma fatalidad morbosa latente en el pueblo.

Ante todo sería preciso, cuando se estudian los temas vascos, que nos acordásemos más de los otros pobladores de la costa cantábrica, como son los asturianos y montañeses. El exclusivismo localista y un afán algo tortuoso de dar aspecto de «isla» al país vasco, nos conducen a extremos bien construídos, pero que nos alejan bastante de la verdad. En la redoma vasca se hacen ingresar componentes tan poco afines como el hombre castellanizado de las Encartaciones, el gascón y francés de Bayona, el tipo meridional de Tafalla y Estella y el meseteño de Vitoria. En cambio se quiere ignorar que las características naturales de Pravia son semejantes a las de Guernica, y que el aire que sopla en Santillana es el mismo que está moviendo los manzanos de Azpeitia.

Hay en Asturias un refrán que dice: «Asturiano: loco, vano o mal cristiano». (Entiéndase cristiano como sinónimo de hombre). Este refrán podría ser extendido sin muchas salvedades a la región vascongada de la vertiente marítima.

En el concepto popular, entraña de donde salen los adagios, la locura tiene un sentido muy lato y pintoresco; no son locos únicamente los que se encierran en los manicomios, sino además los chiflados, los arlotes, los estrambóticos, los maniáticos, los versolaris, los payasescos... Y estos tipos, abundan tanto en el país.

Abundan esos que en el vascuence guipuzcoano se llaman, con piadosa indulgencia, chorúas. El chorúa, que viene a ser lo correspondiente de chiflado, es ese hombre tamborilero y bizarro que hace las graciosas travesuras del país. Es el punto de sal, la nota de fantasía, la ráfaga de viento del Sur que exalta y presta amenidad a la tierra. Es ese loco de los asturianos, ese arlote de los vizcaínos, ese chorúa de los guipuzcoanos, que hace reír, que asusta a las tímidas comadres, que perturba, en fin, la exagerada tendencia a la normalidad del resto de los habitantes.

Todo iría bien si sólo se tratara de chiflados; lo triste es comprobar la existencia de tantos dementes en los manicomios regionales, y tantos idiotas pacíficos en la generalidad de las villas y aldeas.

En Bilbao circula con éxito la siguiente anécdota: Un notable especialista francés en enfermedades del estómago fué llamado a Bilbao para atender a un rico paciente; el sabio doctor tuvo que asistir luego a numerosos dispépsicos, y confesó que estaba asombrado del gran número de tales dolientes. Pero al final fué invitado por algunos amigos de la localidad a una de esas comidas pantagruélicas que se estilan en el país, y ante las proporciones del banquete exclamó:—Ahora me explico por qué existen en Bilbao tantos gastrálgicos...

Esta anécdota es falaz y despistadora. Sirve para adular la vanidad localista, en cuanto pondera la abundancia del comer, signo de mérito para el vulgo. Pero es indudable que un alemán o un sueco devoran bastante más que un bilbaíno, y sin embargo no adolecen aquellas gentes de mucha gastritis.

Es más instructiva la versión que un diestro médico de San Sebastián me revelaba una vez. La hipercloridia de carácter neurasténico, decía, no suele atacar a los alemanes del Norte; si ese ramo de la patología gástrica se estudia con éxito en aquel país, es porque se opera sobre los pacientes judíos, y los judíos son de raza débil, decadente. Yo tengo una numerosa clientela de hiperclorídico-neurasténicos entre la misma gente de las aldeas de Guipúzcoa.

Por otra parte, conviene señalar que en la República Argentina se distinguen los vascongados por el crecido contingente que dan a las dolencias gástricas de carácter ulceroso y canceroso.

No perdamos, pues, de vista una realidad: la gente del país vasco es una raza vieja, y por tanto expuesta a las morbosidades de origen nervioso. El desequilibrio neurasténico, desde los síntomas leves hasta los más graves, es frecuentísimo en el país. Los temperamentos nerviosos abundan en toda la costa cantábrica, contra lo que supone una tradición vulgar. Si se ha pensado siempre que el vasco y el asturiano son personas sanas, gordas, linfáticas y ecuánimes, es porque se ha visto sólo a uno de los ejemplares que pueblan la región, el más resaltante. Existe, es verdad, un tipo de hombre obeso, epicúreo, forzudo y sano; pero junto a él vive ese otro ejemplar de hombre anguloso, que forma una casta aparte y se distingue por su nerviosidad extremada. De él salen los chiflados, los epilépticos, los infinitos maniáticos de la tierra. De esa fracción racial han salido los aventureros del siglo XVI, los fanáticos de las guerras civiles y los católicos intransigentes cuya religiosidad tiene una violencia enfermiza.

En otro tiempo, sin duda por la proximidad al primitivismo de Rousseau, presumían los vascos de ser un pueblo nuevo, un pueblo joven, que modernamente comenzaba a vivir. Hoy no podemos recostarnos en esa teoría de la juventud. Todo indica, al revés, que los vascos deben inscribirse entre los pueblos que han vivido mucho.

 

En otra ocasión me aventuré a expresar la posibilidad de que en la mayor parte de Europa existan dos grandes razas fundamentales: la raza noble y la plebeya. Ahora me importa insistir en ese punto de la duplicidad racial, cuyos elementos se formaron sin duda en períodos ignorados de la Historia. Esta duplicidad no excluye la intromisión posterior de otros componentes raciales, venidos en tiempos históricos; germanos, franceses, castellanos, tal vez romanos, quizás algunos judíos, y después la inmigración lenta por los puertos de mar.

Si examinamos los dos tipos principales que pueblan el Cantábrico, veremos pronto un hombre macizo, propenso a engordar, de cabeza redonda, facciones poco delicadas, temple reposado y espíritu práctico. Es un individuo sano, robusto y ecuánime, exento de inútiles fantasías y nada apto para perder el tiempo en fugas imaginativas. Es el ejemplar del buen ciudadano, el que ahorra, come, engorda y ríe. Es ese asturiano forzudo y leal que todos conocemos, buen servidor, con aptitudes de tendero y de contratista; es ese vasco ciclópeo que vive a ras de tierra y que, en la emigración, pasa pronto a la categoría de «indiano». Las características de este ejemplar son semejantes al «hombre alpino» de los antropólogos, el famoso «marchand de marrons».

El otro ejemplar está ahí, en todas partes, destacándose por su cuerpo musculoso, su cuello largo, su espalda algo encorvada, su cráneo estrecho, su nariz

exageradamente larga, sus ojos oscuros, su mentón agudo, su dentadura frágil, su temperamento nervioso y su aire fino. Es el que da carácter diferencial a la raza.

¿Cuál de los dos ejemplares tiene derecho a llamarse aborigen? Yo me inclinaría a optar por el tipo ecuánime, macizo y de cabeza redonda; ese hombre pirenaico o cantábrico que sería pariente del hombre alpino, base de donde mana la gran raza plebeya del centro de Europa. El otro tipo nervioso, dolicocéfalo, fino y de ojos oscuros, es una repetición de los hombres de origen mediterráneo que habitan en Castilla y en Andalucía. Entre un vasco o santanderino de perfil agudo y ojos negros, y un hidalgo de Ávila o un fino ganadero de Córdoba, no suele haber más diferencias que las puramente externas de vestido o acento idiomático.

Este hombre aguileño y nervioso, noble y fino, forma parte de una raza muy vieja que acaso invadió el Cantábrico, y que en el mismo resto de España sería intrusa; es imposible conjeturar la fecha de la invasión, ni si trajo al país el idioma éuscaro o lo encontró ya en uso entre la gente primitiva del tipo basto. Únicamente podemos confirmar por la propia observación la naturaleza macerada, vieja y en cierto modo decadente de esa sección racial del país cantábrico.

La tuberculosis causa en ella sensibles estragos; las dentaduras se desmoronan pronto; le persigue la neurosis, las manías, las ideas fijas, la misantropía, la timidez enfermiza, los «tics» nerviosos, las pasiones vehementes, los sectarismos hondos y morbosos llevados a la política y a la religión; en fin, el alcoholismo, cuya influencia arruinadora apenas daña al tipo sano que anotamos en primer lugar, pero que hace estragos en el hombre aguileño, por su incapacidad fisiológica de reacción.

Si examinamos ahora el desgaste, nos encontraremos con una raza que, después de ser vieja, todavía tiene el peligro de la incontinencia y del clima deprimente. Favorece, pues, el desgaste de la raza esa propensión al abuso, que no es ninguna temeridad exponer como cierta y resaltante. Abuso en el trabajo, abuso en la ambición, abuso en la sensualidad. No se trata de individuos continentes, como esos levantinos que se embriagan hablando y beben mucha más agua que vino; todos sabemos a qué grado de intemperancia llega el vasco, como todo cántabro, cuando se decide a comer y beber, a trasnochar, a bailar, a jugar. Un delirio báquico, una extremosidad vehemente y frenética es lo usual en esas fiestas, en esos juegos, banquetes y bailes del país. Las mujeres sobre todo abusan de su laboriosidad, a la que se entregan con verdadera intemperancia y por la que envejecen relativamente pronto.

El clima del Cantábrico es favorable a los desequilibrios neuróticos, por su humedad pastosa, por sus cambios bruscos y continuos, por sus cielos bajos, por sus nublados interminables, por la cortedad de los horizontes. En esos cielos bajos, que no tienen la compensación de la llanura como en Francia y Alemania, las ideas fijas son una especie de carcoma en un sistema nervioso desgastado. Y los aires reinantes son tan antagónicos, tan incongruentes, que el temperamento humano necesita pasar en pocos días desde el viento ágil del Norte al viento caliginoso del Noroeste, pesado y como tropical, y en seguida al viento del Sur, excitante y seco. El clima mantiene al hombre del Cantábrico en una intranquilidad constante. Y los cielos bajos, oprimentes, hacen en los nervios su faena.

La codicia de beber es una pasión que ataca a casi todos los pueblos húmedos, nubosos, frescos o fríos. El hombre ama la luz y el calor; los necesita para el alma tanto como para el cuerpo. Cuando el cielo no presta la luz y el calor, el hombre pide el complementario, la compensación, el fuego y la luz del vino. Todas las Sociedades de Temperancia de Inglaterra son impotentes para dar al inglés un sustitutivo del alcohol, en aquella tierra húmeda donde, frente a un sol inútil como una oblea difuminada, el alma que se aburre encuentra que la vida carece de sabor.

En Francia asistimos claramente al espectáculo de unas regiones alegres, tibias y luminosas como las del Mediodía, en que el alcoholismo es moderado, y esas otras regiones del Norte, como Normandía, donde las familias destilan en las propias casas el aguardiente de frutas, que devoran todos, viejos y niños; en algún puerto normando se ha dado el caso de tener que interrumpirse a media tarde la descarga de buques, porque los obreros estaban embriagados.

El meridional, particularmente el mediterráneo, tiene por el vino un amor casi lírico; lo bebe con temperancia, y es para él una cosa clara, alegre, sin culpa; es un elemento histórico y social de la fiesta en familia o al aire libre, la herencia de Baco, la exaltación poética de las vendimias. En los climas nubosos tiene el vino un sentido como trágico y culpable.

XXI. Diferenciaciones y parecidos

Ningún trozo geográfico o antropológico del mundo se halla bastante aislado para que pueda suponérsele único, virgen de todo contacto y libre de comunicaciones reales. El territorio vasco, por su pequeñez y por la posición que ocupa precisamente en el gran camino de las migraciones, no es el que más se ha librado de las influencias externas. Nos atreveríamos a decir que los vascos, semejantes en esto a los ingleses, admitieron siempre todo lo que llegaba del exterior. Por tanto, en el contenido del país hay mucho de mosaico, cuyas piezas múltiples es fácil hoy mismo separar con un mediano espíritu de observación. En el país vasco han ido posándose los residuos de las civilizaciones circulantes, sobre todo y casi exclusivamente las civilizaciones hispano-castellanas. En el propio idioma éuscaro se descubren numerosos vocablos de origen medioeval, y hasta del tiempo oscuro en que el bajo latín se convertía en rudo romance castellano. No es necesario resaltar ahora cómo la legislación foral hispano-castellana va dejando en las leyes vascongadas sus distintos y sucesivos aspectos. En cuanto a la arquitectura, el país vasco acoge las formas que llegan de la meseta central, hasta las formas de origen mahometano; en Azpeitia y Azcoitia, efectivamente, se ven casas abolengas donde el ladrillo está trabajado según la manera mudéjar.

Las agrupaciones humanas son como círculos concéntricos, que varían por su dimensión y jerarquía, pero no por sus caracteres específicos. Una simple aldea reúne ya todo lo esencial de una gran nación: atomismo, celos de barrio, luchas de castas, diferencias de terreno y de clima. Una región es un círculo también, semejante a un círculo nacional del tipo moderno.

Si observamos, pues, la región vascongada la veremos dividida, lo mismo que un gran Estado, en partes desiguales y aun antagónicas. Geográficamente tiene zonas cálidas, mediterráneas, esteparias, meseteñas, de llanura; otras son húmedas, cantábricas, tibias y de valles estrechos; otras son de alta montaña, frías y boscosas.

La flora recorre toda la gama mediterráneo-alpina, desde los castaños y helechos de los climas brumosos, hasta el tomillo de las tierras esteparias y los olivares de los llanos calientes.

El tono de la raza, ¡qué distinto aparece también! Hacia el lado cantábrico, la gente presenta una piel más blanca y rosa; hacia el lado opuesto, en la vertiente del Mediterráneo, la piel se quema y tiende a ser cobriza o amarilla. Los del lado del mar son hombres de aspecto físico más voluminoso, de cuerpos grandes que propenden a la obesidad; los del otro lado de la divisoria son más pequeños, enjutos, violentos y vivaces.

El tipo del cráneo varía igualmente, aunque pueda señalarse una forma general, como la más frecuente: la forma dolicocefálica, común a casi todos los pueblos meridionales. No es tan uniforme el color del pelo y de los ojos. Mientras unos vascos se significan por el tono oscuro del cabello y ojos, otros se nos presentan francamente rubios y de ojos muy claros. Los ojos de color intermedio abundan notablemente, tal vez tanto como en Italia; hay pocos ojos de matiz germano puro, como en Francia, pero son incontables los matices ambiguos: azulados grises, azulados verdosos, grises verdosos.

Añadiremos todavía que a lo largo de la región es fácil descubrir zonas más o menos importantes en donde prepondera el color claro de los ojos y el pelo. Parecen manchas antropológicas caídas allí al azar, pero que obedecen a causas o inmigraciones prehistóricas. En la parte pirenaica de Navarra abundan mucho estas zonas o manchas de color claro; en los valles elevados, y en la misma cuenca de Pamplona, se ven con sorpresa cráneos redondeados y cabellos rubios, que recuerdan bastante a los del mediodía de Francia del tipo gascón y bearnés.

Contra lo que parecería natural, el tipo de ojos y pelo moreno abunda mucho más en la vertiente cantábrica. Por un efecto de ilusión, mirando sólo al matiz general de las personas, suele creerse que el vasco del lado del Cantábrico es un hombre blanco, claro, casi rubio en oposición al hombre de la meseta.

Lo cierto es, sin embargo, que en la meseta central española no abundan los tipos puramente morenos tanto como en Marquina o Andoaín. En el centro de España se da con más frecuencia el tipo castaño; para encontrar ojos y cabellos francamente morenos es preciso retirarse a las costas, sean de Cataluña, de Murcia, de Andalucía o del Cantábrico. La ilusión de «morenez» del centro de España tiene su origen en el cutis seco, tostado y amarillento, producto nada más que del clima; tan pronto como el centro de España deja de ser meseta y desciende de nivel, como ocurre en Extremadura, pierde la piel ese matiz uniforme y seco y cobra color vivo.

 

Aunque los ríos del país vascongado, como todos los de la región cantábrica, sean tan minúsculos que apenas merecen más que el nombre de arroyos, tienen, sin embargo, una positiva fuerza de diferenciación etnográfica.

Los ríos son pequeños, es verdad, pero ni en ellos mismos fracasa esa ley de Geografía que hace de las cuencas hidrográficas las más naturales y primarias expresiones regionales. En efecto, y refiriéndonos a un río famoso, todos saben que las gentes que pueblan las riberas del Ebro, desde Miranda a Tortosa, tienen puntos psicológicos y temperamentos comunes, de modo que un riojano, un navarro ribereño y un aragonés coinciden en las costumbres, en los cantos; en el tono del lenguaje y en los sentimientos.

Así también ha herido siempre mi curiosidad esa extraña filiación que se observa en los habitantes de los distintos ríos vascongados. Para conocer las diferenciaciones de lenguaje, de costumbre y hasta de matices raciales en el país vasco, necesariamente y casi exclusivamente debemos recurrir a la hidrografía. Las cuencas hidrográficas son de veras las que unen a los hombres y los diferencian de sus vecinos.

Refiriéndome a la provincia de Guipúzcoa, que es la que más conozco, diré que las tres grandes separaciones dialectales y costumbristas de esa provincia se sujetan a las tres cuencas hidrográficas importantes: el río Deva, el Oria y el Bidasoa. Los otros ríos, de curso más insignificante, como el Urola, el Urumea y el Oyarzun, aunque positivamente tienen fuerza diferenciadora, ésta no es tan notable como la de los otros ríos; sus matices diferenciadores son de índole muy sutil y no vale la pena de anotarlos.

El tono de la voz y el dialecto que hablan las gentes de Irún y Fuenterrabía, son mucho más semejantes a los de Hendaya, Vera y Echalar, que a los de Villabona, Tolosa y Beasaín. En cuanto al dialecto y las formas costumbristas de las gentes del Deva, se separan bastante considerablemente de las del río Oria. Esta diferencia de dialecto, usos y hasta tipo de raza entre las gentes del Oria y del Deva es tan notable, que parecen dos provincias diversas.

Desde Oñate y Mondragón, hasta Mendaro y Deva, el idioma adquiere rasgos vizcaínos, como son, principalmente, las terminaciones en «u» y el uso de la jota con sonido suave, como la «ch» francesa. Veremos también que en la cuenca del Deva tienen las villas un aire más señorial, y que su arquitectura, más aristocrática que la del Oria, es por tanto más fina y elegante; las casas fuertes de Oñate y Vergara, por ejemplo, indican con facilidad que en esta parte de la provincia existió mayor preocupación hidalguesca, y que fueron aquí los señores banderizos mucho más soberbios e influyentes que en la región del Oria. En fin, la raza se diferencia también; un espíritu medianamente sagaz comprende pronto que la gente de Eibar y Vergara es de tipo más moreno, acaso más fino y «decadente», menos vigoroso, más aguileño, que los ejemplares de Asteasu, Amezqueta y Tolosa.

Para mí, la verdadera Guipúzcoa se halla enclavada en la región hidrográfica del Oria, la cual se extiende a un lado y otro abarcando en cierta manera la cuenca del Urola, del Urumea y el país semillano que va hacia el bajo Bidasoa. La cuenca del Deva es una provincia aparte que abraza las comarcas afines de Marquina, Ermúa y Elorrio, hasta el llano de Durango.

Después señalaremos la diferencia bien honda entre la gente pescadora y la labriega, entre «costarras» y «goyerritarras». Y ensanchando el espacio de las comparaciones, encontraremos que, en términos generales y en mayores síntesis, Guipúzcoa es más suave y atemperada que Vizcaya; Vizcaya es más dura, más terca e irascible, y se parece al tono genérico español; Álava, prescindiendo de los apéndices de Ayala y Aramayona, tiene el aire modesto, el aire de llanura como «virtuosa» y económica, de la tierra de Burgos.

En Navarra hay porciones guipuzcoanas; otras, como el Baztán, recuerdan al país vasco-francés; otras zonas son alto-pirenaicas, y otras, por fin, tienen el tono impulsivo y cálido de la Rioja y de Aragón.

La provincia de Vizcaya, a causa de cierta arbitrariedad de sus ríos, es casi tan heterogénea y está diferenciada como Navarra. Esa cuenca del Nervión es un verdadero remolino de procedencias dispares; el vascuence y el castellano se encuentran y unen allí; afluyen las influencias del alto Ibaizábal, se unen a las de Orozco, llegan las de Álava, y reciben por último las del Cadagua. Esto explica que la zona propiamente bilbaína, desde Achuri a Portugalete, sea lo más violento, turbio y heterogéneo del país vasco y de la propia región cantábrica.

XXII. Ideas finales

Hay en nosotros una íntima resistencia frente al cambio: no queremos que las cosas varíen alrededor nuestro, porque además de la pereza que sentimos por todo cambio de postura, nos parece, tal vez con razón, que al desaparecer las costumbres a las que estábamos conformados, nosotros mismos debemos desaparecer con ellas.

Constantemente nos gritan con alarma que los usos y costumbres vascongados están desapareciendo. No hay duda que muchas formas costumbristas desaparecen. Pero la alarma sería fundada si esas costumbres desaparecieran en seco, sin ser sustituídas por otras costumbres, tan típicas como las anteriores.

Hoy pasan las formas y se cambian las modalidades con mucha más rapidez que antaño; esto ocurre en todo el mundo, y el país vasco no podría substraerse a la ley universal. Mueren las costumbres, es verdad, pero otras nuevas nacen. Y en este punto deberemos insistir un poco, porque es esencial.

Instintivamente nos sentimos dispuestos a considerar lo típico como algo que ha llegado a un país por efectos milagrosos: una costumbre, en cuanto reúne ciertas cualidades generales y permanentes, se nos figura que brota de las entrañas del país por verdadera germinación espontánea y al estilo de los hongos; nos basta reflexionar brevemente para comprender que no es así, y que lo que llamamos costumbres características son cosas que los pueblos se transmiten de uno a otro y sin cesar. Lo que hace cada país, con distinta fuerza, es imprimir su propio cuño a esas costumbres, absorbiéndolas profundamente hasta lograr que parezcan diferentes y originales.

El país vasco es quizá uno de los que mejor y más habitualmente recurre a la recepción o absorción de formas costumbristas ajenas. El país vasco es poco original en el sentido creador. No ha creado formas esenciales de vida, o no ha transfigurado las esencias adquiridas hasta exaltarlas profunda y densamente, al modo de los pueblos que consideramos fundadores de civilización (Grecia, por ejemplo). Tampoco se puede decir que el país vasco haya creado verdaderos estilos, porque, con frecuencia, las formas que adquiere del exterior las conserva casi en el mismo estado en que las recibe. Tal ocurre con el juego de pelota, con el tamboril, con las danzas de las espadas, con las regatas de traineras y con otros muchos usos llamados típicos.

Contribuye a que estos usos se llamen típicos un fenómeno de simple exclusión: son costumbres y modalidades que en otras provincias han perdido auge y difusión, y que al conservarse entre los vascongados con fuerza, producen el efecto de ser propiamente vascongadas. Así ocurre con el tamboril, que sólo en raras comarcas del resto de la Península se conserva en vigor. Los andaluces lo usan en la célebre y pintoresca romería del Rocío; lo emplean también algunos pueblos de León. Antiguamente era común a muchas comarcas españolas, sobre todo las de raíz castellana.

El caso del juego de pelota es sumamente curioso. Se le llama sport vasco, y es una diversión que ha sido adoptada de los castellanos probablemente en fecha bastante próxima. Digamos desde luego que la pelota es un útil de diversión tan antiguo como el hombre, y común a todos los hombres del mundo. Es un juguete universal, puesto que es lógico. Los relieves griegos nos presentan ya a las mujeres jugando a la pelota.

Que el juego de la pelota, en la forma actual, fué adquirido de Castilla, es indudable, porque todas, pero todas las palabras que intervienen en el juego, son castellanas. Respecto a la relativa modernidad de la adquisición, nos ayudará a la conjetura el examen, siquiera ligero, de esas palabras: efectivamente, carecen de un aire demasiado arcaico. Son voces del siglo XVI, o quizá de tiempos más recientes. Hoy se usan en el lenguaje corriente de Castilla.

Lo cierto es que nuestros pelotaris dicen «frontón», «pelota», «pared», «raya», «guante», «pala», «cesta»; califican las jugadas de «a largo», «a remonte», «a volea», «a punta», «a sotamano»; dicen «falta», «tanto», «quince»... Todo indica, pues, que el juego de la pelota tiene en el país vasco una fecha de adopción muy poco antigua.

Como ese juego ha sido adoptado, otros nuevos vendrán a sustituír a los que se pierdan. Porque los vascos se vieran con el gusto o la necesidad de tomar la costumbre de la pelota a los castellanos, a nadie se le ocurrió proferir dramáticas lamentaciones. El carácter de un pueblo no se cifra en algunas maneras externas y formales: hay algo más penetrante que ayuda a mantener el tono diferencial de un país. Aunque el «ariñ-ariñ», el «fandango» y la «purrusalda» no son más que el baile suelto que se baila en casi todas las regiones españolas, sabemos, sin embargo, que algún matiz, cierto aire diferencial existe en la danza suelta de los vascos.

Este mismo fenómeno, si lo aplicamos a las palabras, nos concederá no menos interesantes motivos de observación. En efecto, tan pronto como nos sumergimos en la lectura de las obras castellanas de la Edad Media, encontramos vocablos e interjecciones que en el siglo XIII eran de uso vulgar en Castilla y que hoy no se emplean ni se conocen si no es por los eruditos; pues bien, esos vocablos e interjecciones que el tiempo borró para siempre de los países propiamente castizos, se conservan en el país vascongado y toman en lenguaje éuscaro un franco carácter de frecuentación. De tal modo, que los mismos vascongados creen que se trata de términos absolutamente indígenas.

Para quien conoce el vascuence, resulta, pues, en extremo curiosa la lectura del poema de Mío Cid, y da ocasión a conmovedoras sorpresas. El aire rudo, masculino, honrado y marcial de esos versos rudimentarios nos arroja desde luego al alma un perfume antiguo, un saber de naturaleza que se compagina bien con el tono de la gente vascongada. El Cid, Antolínez, Muño Gustioz, Jimena, son personas bravas y simples que dan a las cosas su nombre exacto, su valor real. Pasa por todo el poema una emoción y un brío varoniles, y nada nos cuesta imaginar que aquellos seres de la vieja Castilla son vascos romanizados, o sencillamente vascos que han pasado a través de las villas y las ciudades.

De pronto tropezamos con una palabra: «asmar». El comentador del libro hace una llamada y cree indispensable dar al pie de la página una explicación de ese verbo arcaico. Nosotros, ante la explicación erudita, vemos con asombro que el verbo «asmar» tiene hoy en vascuence el mismo sentido que tenía entre los castellanos del siglo XIII. Lo mismo ocurre con la palabra «alcandora», que es de origen árabe, y se usa en el vascuence de una parte de Guipúzcoa para expresar la camisa. «Cayola» (jaula) es otra palabra que desaparece del castellano corriente y perdura en éuscaro. «Copa», en la acepción de cesto o concavidad, se usa en vascuence para significar el serón de los albañiles. «Copeta», que en éuscaro significa frente, es el «copete» arcaico. A veces salta una palabra que ha llegado del italiano al vascuence por vías ignoradas; por ejemplo, «gona», que en toscano y en el vascuence vulgar significa saya, basquiña. Es posible que se usara en castellano alguna vez, y haya desaparecido sin dejar rastro literario.

También nos detenemos con curiosidad cuando oímos exclamar al Cid Campeador, el de la barba vellida:


Ia, Alvar Fáñez, bivades muchos días;
más valedes que nos, ¡tan buena mandadería!
 

O cuando el mismo Cid se dirige a su esposa y prorrumpe entre suspiros:


Ia, doña Ximena, la mi mujer tan cumplida,
como a la míe alma yo tanto vos quería...
 

El comentador hace aquí otra llamada y explica el sentido de ese «ia»; era una exclamación actualmente en desuso, o sustituída, a nuestro parecer, por su semejante ¡ea! ¿Pero necesitábamos nosotros ninguna ayuda aclaratoria? La exclamación «ia», tan frecuente en Mío Cid, está viva y se emplea corrientemente por los que hoy hablan el éuscaro en tierras de Guipúzcoa. De este modo: «Ia, Manubel, etorrizaitez.» O en tono de imprecación y de coraje. «¡Ya, mutillac, guacen aurrerá!...»

Estos que a primera vista parecen detalles nos demuestran cómo los hombres se comunicaron en la antigüedad más frecuentemente de lo que ha supuesto una opinión pseudo-culta. Los pueblos no vivían separados como islas en los siglos medios, sino que, todo al revés, se frecuentaban, se copiaban entre sí, y esto quizá con más eficacia que ahora mismo. Los idiomas eran entonces cosas blandas, maleables, amorfas, a causa de la constante y viva comunicación. El francés se diferencia poco del provenzal, y el castellano está lleno de palabras lemosinas, italianas, gallegas y francesas.

En contacto frecuente, y viviendo la misma vida social, comercial, política y guerrera, es entonces cuando castellanos y vascongados se fundieron en un cuerpo armónico. De entonces data sin duda la aceptación por parte del vascuence de esa infinidad de voces y giros, que tomados de un castellano primitivo, nos suenan hoy tan densamente.


Publicado el 28 de abril de 2020 por Edu Robsy.
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