Lecturas Infantiles

José Ortega Munilla


Cuento infantil



Antes de leer

El niño vive en perpetua curiosidad. Él quiere saberlo todo, quiere aprenderlo todo. Ved cómo sobre la tierra sedienta caen las gotas de la lluvia que, en el acto, se secan. No de otra manera, en el ánimo infantil, caen cuantas novedades llegan a él. Por eso es tan grave la responsabilidad del que enseña. Acaso, una mala semilla destroza un corazón.

Cuentan los viajeros que recorrieron las orillas del Ganges, allá en la lejana y dorada India, que en el territorio llamado Titnebrais se crían las rosas más encendidas y galanas, las más frescas y odorantes que hay en el mundo.

Cierto Genio maléfico, enemigo de todo lo bueno, quiso destruir aquel vergel maravilloso, y lo hizo abriendo con su vara un agujero en el centro del jardín, depositando allí la semilla del arbusto llamado Brunar. Ese es el arbolillo del odio, el de los pecados, el de los crímenes. Donde él se desarrolla, desaparece lo bello y se borra lo bueno. En efecto, el encantador paraíso de las rosas quedó para siempre desierto. Todos los lindos arbustos perecieron.

No creáis que ocurre cosa distinta cuando en el alma del niño se deposita un germen virulento. Así, pues, los que escriben para distraer a los muchachos, han de examinar muy detenidamente el granito de saber y de fantasía que van a entregar a los inocentes lectores.

Y esa obligación moral, no solamente se impone a los hombres honrados, sino que les marca el camino que han de seguir en su relación literaria con los jóvenes a quien dedican sus páginas. No lo olvidaré yo ciertamente.

Las armas de la victoria

En verdad que la espada con que el soldado defiende su patria, humilla al enemigo malo y le derrota, es merecedora del aplauso y del amor. Pero hay otras herramientas, hay otros útiles con que los hombres ganan victorias imperecederas.

¿Dónde están? ¿En qué consisten?

Muchos siglos hace, muchos, que el empeño furioso del hombre le hizo descubrir entre las piedras con que topaba en su camino cierto mineral negruzco y brillante. En su ignorancia, el hombre en aquellas edades lontanas, no sabía que había dado con el tesoro de la riqueza. Porque ese pedrusco negro y brillante no tenía, cierto es, el refulgir del oro, ni el iluminar de la plata, ni el centellear de los diamantes. De apariencia humilde, constituía sin embargo la mayor riqueza a que puede aspirar el hijo de Adán y Eva.

El hombre había dado con la mina de hierro. Y luego, andando los tiempos, el hombre aprendió a manejar el metal negro, y construyó el martillo y el clavo, y la sierra y la lima, y la tenaza y el tornillo y el yunque.

Estas son las armas con que he dicho se consiguen las máximas victorias.

Bajo el golpe del martillo los peñascos se despedazaron. El morder de la sierra echó abajo a los árboles más corpulentos y los taraceó en largas tablas y en listones. El clavo sujetó esas tablas en ordenadas filas para albergue de la humanidad y para su defensa contra las fieras.

La tenaza, mano férrea, ayudó en la labor. La lima suavizó las asperezas de la madera. El tornillo sujetó para siempre las piezas varias del utensilio doméstico…

Y cuando el hombre construyó el primer yunque, y sobre él golpeó fieramente, no sólo había dominado a la madera, sino que había dominado también al hierro.

Ved la figura del laborioso que se yergue delante de la grande y luciente pieza de hierro. En su mano derecha actúa el martillo. Y ese hombre mira en torno con el orgullo y la alegría de un rey por derecho propio, señor del mundo.

La reina de la aguja

Allá, en Tordesillas, encontrábase una vez la Corte española. La reina doña Isabel I descansaba una tarde a la sombra de unos arbolillos, en la humilde huerta de la Casa Real… Entonces los monarcas no nadaban en la abundancia ni en el lujo. Míseramente vivían. No gozaban en esa hora de espléndida lista civil, que es como se llama en los tiempos modernos el presupuesto de los monarcas. La buena y santa reina preparaba la guerra contra el moro, decidida a concluir con la invasión musulmana en la península. Esto ocurría de 1482 a 1492. En ese período, la reina de Castilla y su esposo el rey don Fernando de Aragón, desvelábanse preparando la campaña.

Todo era miseria en las tierras de ambos soberanos. Poco antes hubo la invasión de la peste negra que diezmó las villas. Era una dolencia de origen oriental. Los peregrinos la traían y la iban derramando. Millares de millares de españoles cayeron por la que entonces se denominaba «Landre». La ciencia médica aun no existía. Algunos geniales descubridores intentaban medios de salud. Pueblos hubo en que, según la crónica, no quedó para contarlo, sino un pobre viejo que se salvó de la mortandad por milagro divino. Y él iba cada mañana al templo abandonado, tocaba la campana, y no pudiendo oír la misa, porque no había sacerdote, rezaba el santo rosario ante la imagen de la Virgen de los Dolores.

Iban a llegar a Tordesillas ciertos embajadores del país que había enviado la peste. Un príncipe de la Persia. Él traía de sus tierras la riqueza máxima entonces conocida. Decíase que este príncipe iba seguido de más de cien caballos, de innumerables mulas y camellos. Iba a ofrecer a los reyes castellanos y aragoneses el homenaje, con la esperanza de un convenio para la circulación de las especies por los puertos del Cantábrico.

Y la reina Isabel de Castilla examinó el bagaje de su esposo; encontrolo averiado. Y ella misma tomó en sus manos el tabardo del rey don Fernando y lo remendó gentilmente con su aguja.

La prez en el surco

Ya sabéis la historia de San Isidro Labrador. Pero yo quiero documentárosla con alguna anécdota bien comprobada.

San Isidro era un humildísimo siervo de Dios y un criado leal de un caballero matritense que poseía tierras en una y otra parte de las riberas del río Manzanares.

San Isidro no tenía otra misión que la de levantarse antes de que el sol apareciese. Salir de su casucha, situada en los que ahora se nombran barrios bajos de Madrid, esto es, entre la calle de Embajadores y la de Toledo. Aparejaba sus bueyes, uncíalos al guión del arado y marchaba en demanda de su trabajo.

Conocida es la leyenda de que una tarde San Isidro sintió su alma henchida de amor a Dios. Quiso rezar. Rezó. Ya sabía el Santo que mientras él rezaba iban a holgar los bueyes. Pero fue asombro del labriego, el ver que los bueyes seguían arando, y que la reja entraba en tierra, aún más firme que antes, abriendo los lomillos del surco. Interrumpió San Isidro la oración, y vio que iba guiando la esteva y arreando a los bueyes un ángel, blanco, rubio, luminoso… Y entonces San Isidro se inclinó sobre la tierra, rezó y mordió los arbustos que le circundaban, y entonces se sintió predestinado por la devoción del alma al culto definitivo de la Suprema Majestad.

No puede ponerse en duda que esto ocurrió y así lo refieren los biógrafas del santo. Tal es la síntesis de aquella existencia maravillosa y noble y en la que todo fue perfecto.

Un día San Isidro sintió en el alma el mordisco del amor. Delante de él iba cada mañana una hembra, nacida junto al Manzanares. Era María de la Cabeza. Al verla pasar, San Isidro interrumpía el trabajo.

—Gallarda va la moza —pensaba.

Y María de la Cabeza, la doncella pura y honestísima, saludaba al labriego diciendo:

—Bien trabaja el gentil labrador.

Y esto se repitió muchas veces, en muchas mañanas y en muchas tardes, hasta que, una primavera, cuando las graderías ribereñas saltaban en flores y ardían en perfumes, los dos humildes se juntaron en una oración.

Siguieron los bueyes su ruta sobre el surco. Apareció el Ángel Labriego.

Y así nació ese hogar, coronado hoy con la inmortalidad de la santificación.

San Isidro Labrador… Santa María de la Cabeza.

El león enjaulado

l Ayuntamiento de Madrid ha tenido una idea feliz y oportuna: la de reorganizar el Parque zoológico del Retiro, llamado por el vulgo la Casa de Fieras. En todas las grandes poblaciones hay una colección de animales exóticos que divierten y enseñan a las muchedumbres con sus saltos, sus rugidos, su graznar y sus vuelos. En España estamos privados de ese recreo. El Parque de Barcelona es malo; el de Madrid peor. La falta de curiosidad y de imaginación, se ha revelado en esto como en tantos detalles de la vida. Hemos perdido las colonias que descubrimos, sin que nadie intentara, por vía oficial o particular, traer algunos ejemplares de la fauna riquísima de ellas, y hemos tenido que ir a Londres, a París, a Berlín o a Francfort para ver cómo son los tipos más interesantes de los habitadores de los bosques y estepas de Asia, África, América y Oceanía.

Representante de los huéspedes de la Casa de Fieras es el león valetudinario que so arrastra en la jaula, lanzando de cuando en cuando débil queja, más señal de dolor que de poderío clausurado. Le vimos de niños, le hemos mostrado a nuestros hijos y a nuestros nietos, y a través de las generaciones, el rey de las selvas nos ha dado una sensación de ruindad y de pobreza, modo de que las nociones más bellas y conmovedoras se truequen en siniestras caricaturas.

No sé lo que hará el Municipio de Madrid, el cual es capaz de todo lo grande cuando se empeña, y de todo lo deplorable cuando se descuida.

Lo que sí creo es que la nueva organización del Parque Zoológico ha de modificar el viejo estilo. Ya no ha de otorgarse el lugar de honor al león, la fiera brava y noble. Él significaba el romanticismo de Chateaubriand y de Zorrilla.

Ahora la fiera que está de moda es el tigre.

El 12 de octubre

En la madrugada de un 12 de octubre es cuando escribo esta página. He leído, he releído estos días últimos, cuanto a mi alcance estaba sobre el suceso prodigioso. Sí, hoy hace los años que marca la cronología que Colón descubrió el Nuevo Mundo. Nunca hasta ahora, ni nunca en lo futuro ocurrió, ni ocurrirá maravilla semejante. Las leyendas homéricas, con ser invención genial de un vate, de una raza, o el fruto de ignoradas civilizaciones soñadoras, no merecen ser comparadas con los hechos ciertos, con las crónicas indiscutibles en que se condensa la sublime aventara. Ni en las anacrónicas, confusas nociones de la prístina existencia humana, ni en el ansia prodigiosa de poemas que ha estremecido siempre a los hombres, ha habido jamás utopía, hipótesis fantástica, suposiciones, que fuesen dignas de emparejar con el viaje que emprendieron unos cuantos locos a las órdenes del loco mayor, el que fue genio y, por tanto, fue mártir.

De tal manera juzgo yo prodigioso el acontecimiento, que ni siquiera queda en mi mente espacio ni estímulo para admirarle. Lo que satura mi cerebro es el asombro: asombro que para en la estupefacción. ¿Cómo es posible que los hijos de Isabel la Católica, cuantos nacieron o viven en España, no sientan a cada hora el amor a aquellas gentes que, en toscas naves, final proveídas, emprendieron la ruta sin ruta, un viaje que más parecía el itinerario de los suicidas que la empresa de los discretos? Comparando los trámites por los que Cristóbal Colón inició la descubierta, con las realidades y con los éxitos que la iluminaron, la razón tiembla, y hay que buscar en lo maravilloso el régimen juzgador. Ya lo he dicho, ruta, sin ruta itinerario por lo desconocido… La risa de Europa y de sus sabias, la estupenda sorpresa que en Barcelona produjo ver cómo salían de las casi inutilizadas carabelas aquellos hombres de piel cobriza, de largas cabelleras, que eran los hijos de Dios reconquistados, la prenda definitiva de la victoria evangélica.

Es para perder la razón; es para creer que los ideales justicieros no son compartidos por toda la humanidad; es para rendirse a la desesperación… ¿De manera que el pueblo español, que realizó esta empresa absurda, no ha ganado para siempre la reverencia de los otros hijos de Adán?… Pues si así es, y así es en verdad, habrá que resignarse ante las iniquidades.

Celébrase hoy, fecha en que escribo, lo que se llama Fiesta de la Raza, y en tanto que se operan las reformas desconcertadas de una alianza inconcebible de los intereses contradictorios. Pero no me intranquiliza demasiado el que los triunfadores del contubernio desdeñen y humillen a los autores del generoso prodigio. Siglos y siglos y millares de años estuvieron las inmensas tierras americanas en una soledad demoniaca, y un día Colón tropezó en su navegar fantástico, con las islas problemáticas, con los continentes ignorados… Habrá que esperar otros siglos, otros millares de años, para que el nombre de los españoles consiga la victoria espiritual a que tiene derecho. ¿Qué más da? La justicia eterna no es una moda que cambia, según las variedades caprichosas. Es un más allá. Un largo más allá… ¡Pero mientras la reparación se impone en las longevidades del dolor y en el perdurar infinito de la desesperanza, los que creemos en el bien definitivo podemos permitirnos algunas dulzuras que nos quiten de los labios la acerbidad!

Yo quisiera que la Rábida, el viejo convento situado en la confluencia de los ríos Odiel y Tinto, fuera transportable y viajara reconstituyéndose delante de los muros memorabilísimos la escena de Colón, mísero ambulante de la gloria, acompañado de su hijo Diego, conversando con el franciscano Antonio de Marchena, con el guardián fray Juan Pérez, con el físico Gari Fernández y con el marino Pedro Velasco. La Rábida, conteniendo las esencias de este suceso, habría de ser transportada ya por los prodigios de la ciencia, ya por el milagro, a través de los pueblos y de las naciones, y en la imagen de que hablo comenzaría la grande genial historia por lo que somos los primeros entre todos los pobladores de la tierra. Cuando la esterilidad de las mentes se deshaga en el delirio de la estulticia, y cuando las revoluciones sin programa y las vanidades maléficas nos gobiernen, esta visión de la Rábida bastará a que resurja el buen ideal, el santo ideal, el de las aspiraciones sin fecha y el de los amores sin mancha.

No creáis que es imposible este ensueño. La Rábida flota ámbula en los aires, va de pueblo a pueblo, de raza a raza. Por eso la fiesta del 12 de octubre no significa el orgullo de España, sino el acierto de los tristes hombres de las mesetas castellanas, que en un momento divino fueron los agentes del Señor.

El «botones»

Tipo lamentable de la sociedad moderna… A la puerta del hotel, en la antesala del club, en la redacción del periódico, en cualquier oficina o centro social, veréis al muchacho de menguada talla, vestido con un uniforme elegante, estilo británico: una chaquetilla que acaba en una punta sobre el vientre y en otra al final de la espalda. Abróchase esa chaquetilla con doble fila de botones dorados. Y el traje ha dado nombre a la criatura. Se le llama el «botones».

En las antiguas costumbres, todo servidor era llamado por su apelativo bautismal… Pepe… Juan… Lucas… Ahora no…

—¡Qué venga el «botones»!…

Y el «botones» aparece con su gorrito en la mano, se cuadra militarmente y espera la orden.

El «botones» de que voy a hablar, formaba parte de la servidumbre de uno de estos círculos nuevos en los que el gran negocio es la ruleta, el bacará o el monte; en suma, la pasión desenfrenada, el oro que impera en las muchedumbres contemporáneas.

Llamábase Eustaquio. Había nacido en un lugar de la provincia de Guadalajara. Su padre era cochero de punto, su madre lavandera, en el Manzanares. El ajuste era el que sigue: tres pesetas de jornal y las propinas. Las propinas eran muchas. Día hubo en que Eustaquio cobró veinticinco pesetas. Pero las misiones que se le confiaban eran por todo extremo peligrosas. El jugador perdidoso mandaba con el «botones» Eustaquio una carta al usurero: «Envíeme inmediatamente con el dador trescientas pesetas, que me urgen. Ya arreglaremos cuentas… » Otras veces era la carta del novio, el requerimiento a la dama, ¡y quién sabe cuántas cosas más!

Y el inocente niño guadalajareño andaba por Madrid en todas direcciones, trotando sobre las piedras, sobre la acera o sobre el asfalto. Y era portador, sin saberlo, de crímenes, de vicios, de pecados… Y él tornaba al club con la respuesta. Si ésta era favorable, el remitente le entregaba de propina una peseta, dos pesetas, cinco pesetas… Si la contestación era ingrata, diez céntimos bastaban para el servicio.

Y el «botones» Eustaquio, había de permanecer diez y seis horas en la antesala del club, respirando la atmósfera cargada de humo, viendo pasar el desfile de los viciosos, sin un ejemplo bueno, sin una doctrina salvadora, sin el descanso necesario… Y así vivió el «botones» Eustaquio hasta que un día…

Un día, yendo por la calle de Alcalá, le atropelló un auto. Él siempre iba de prisa para cumplir sus obligaciones. Saltó de un tranvía, quiso pasar rápidamente la calle, y una de esas máquinas de muerte que han inventado el lujo, la vanidad y la estupidez contemporáneas, pasó sobre el niño. Recogiéronle los guardias. Tenía rota una pierna. Había sufrido lesiones en el cráneo. Fue a una Casa de Socorro inmediata, donde le curaron con la maestría y el celo propios de estos facultativos. Pero no pudieron detener el empuje de la muerte. Es que la muerte quería llevarse al niño. Porque a veces la Muerte es la reparadora, es la justiciera…

¿Qué va a ser de un niño a quien desde la edad inicial se le entrega al espectáculo del vicio, al esfuerzo del músculo, a la insania de una atmósfera viciada.?… Lo mejor es que ese niño desaparezca.

Y Eustaquio, el «botones» de mi narración, murió tres días después del acontecimiento.

Si de algo sirvieran para los desorientados y frívolos humanos estos casos, yo se lo ofrecería a la buena voluntad común de los hijos de Eva.

Pero no sirve de nada el ejemplo; y es innecesaria la inmolación de un mártir… El «botones» quedó para siempre en la tumba, y de él no hay memoria. Sólo algún socio preguntó: «¿Qué es del «botones» de la cara blanca y del pelo rubio?… » Y un conserje del club contestó: «¡Lo aplastó un automóvil!»

El grumete

Hace años que encontrándome yo en Cádiz, me invitaron a que visitase uno de los vapores que entonces hacían la carrera de Canarias. Salimos del puerto en un bote en el que había tres remeros. El vapor se hallaba a media milla de la costa. Saltaban las olas, soplaba el viento, el terrible levante, verdugo de aquellas playas. A las veces embarcábamos una cantidad enorme de agua. Nos pusimos perdidos.

Entre los que manejaban los remos había un niño de unos catorce años. Era el que con más empuje tiraba de la pala. Vestido con un pantalón de lienzo, con una chilabita blanca, ceñido el cráneo con una boina negra, parecíame entonces el único ser tranquilo en aquella ridícula aventura, de la que yo fui casi autor. No valía la pena de ir a almorzar a un vapor anclado en la bahía, por bueno que fuese el almuerzo, si antes era preciso atravesar la vorágine de los vientos y de las olas. Cuando llegamos a la escala del barco, el capitán nos dijo:

—Han pasado ustedes un mal rato. Si yo lo hubiera previsto no les hubiera invitado.

Saltamos a la escala, subimos al puente. Entonces dije:

—Y ese muchacho, el más pequeño de los remeros, el más pobre, el peor vestido, ¿cómo se llama?

El capitán contestó:

—Ese es Tolete. Famoso en la bahía. Fuerte como el acero, es un niñito incansable, valeroso, firme en sus obligaciones, muy buen niño.

A todo esto la lancha en que quedaban Tolete y los otros remeros, subía y bajaba, rascando las paredes del barco. Y yo rogué al capitán que me concediese el honor de que subiese Tolete a bordo y almorzara con nosotros.

El capitán contestó:

—Idea magnífica la de usted.

Y adelantándose sobre el compás de la escalera, gritó:

—¡Tolete! Sube, y que los otros se vayan con el bote al puerto.

Tolete obedeció. Arrancó de su cráneo la boinita. Se nos presentó cuadrado como un recluta. He de advertir que, así en tierra como en el mar, los que están destinados al servicio de la nación y del rey aprenden, antes de que nadie se lo enseñe, la sabiduría de la ordenanza.

El capitán dijo a Tolete:

—Este señor, al que has traído desde el muelle, quiere que almuerces con nosotros. Pero no va a ser en la cocina, con los galopines del servicio. Vas a almorzar con nosotros, en nuestra propia mesa, y vas a comer lo mismo que nosotros comamos.

Tolete se nos apareció entonces como un efebo de la antigua Grecia: esbelto, glacial, enérgico y dulce… Y el niño marinero contestó, no sin emoción:

—No merezco tanto, señor capitán.

Y comimos con el grumete, nombre clásico de los niños que trabajan en los mares. Y Tolete fue sentado en la silla presidencial; él nos amparó en esa fiesta.

Volvimos a tierra. Ya el levante había calmado. La navegación fue dichosa. Y al llegar al muelle, pregunté a Tolete:

—¿Tú qué quieres ser?

Y Tolete me contestó:

—¿Yo? Nada, lo que soy. Dentro de pocos años iré a servir a la Patria en un barco, porque soy inscripto de mar. Cumpliré mi obligación. Y no me olvidaré nunca de que usted me haya hecho el honor de este almuerzo. Ha sido la única vez en mi vida en que me he saciado… ¡Qué rico todo!… ¡Qué buenos platos!… ¡Cuánto cariño!… ¡Qué bien se está entre caballeros!

El chico de la tienda

Al pasar por la puerta de la abacería que me sirve, dije al dueño:

—Envíeme un cuarto de kilo de queso de Villalón.

Y poco más tarde de mi llegada al domicilio, se presentó un niño, el dependiente del comercio, con mi encargo.

Ya conocía yo a este muchacho. Nació en Soria, tierra fecunda, matriz generosa de donde salen tantos hombres esforzados y magníficos. Llámase este chiquito Froilán. Nació en una de las aldeas circundantes de Berlanga. Seguía el camino de sus antepasados y de sus coetáneos: servir en las tiendas. Si en este oficio no se muere por el exceso de labor, hay la esperanza de llegar a ser en lo venidero poseedor de un rinconcito, de un piso bajo en el que se expendan mercancías necesarias.

Froilán era mi amigo. Cada mañana venía a mi casa con lo que nos era necesario para el sustento. Él y sus cofrades andaban siempre con la cabeza descubierta, caso imitado por los elegantes de ahora. Cubría su cuerpo con una blusa blanca, no del todo blanca, porque las manchas del servicio alteraban la limpieza. Subía las escaleras como un águila. Descendía rápidamente. Era la actividad, la honradez, la dignidad y el honor a su propio nombre. Porque estos muchachitos sorianos o astures o aragoneses o santanderinos, traían de su pueblo la tradición del honor…

En mi afán interrogativo, pregunté a Froilán:

—¿Cuántos años llevas en este oficio?

Llevo siete. Mi tío, el dueño de la tienda de la Cava Baja, me trajo con otro hermano mío. Él me colocó donde estoy trabajando. Y muy a gusto. Me dan de comer todo lo que necesito.

—¿Y tú no tienes otra aspiración, otro deseo?…

—No, señor. Hago lo qua hicieron mis antepasados, mis abuelos, mis tatarabuelos… Andar por el mundo, servir en las tiendas, trabajar… Y cuando Dios quiera, me casaré con una muchacha de mi tierra y pondremos una tiendecita y seremos amos… Y entonces recordaremos que nuestros amos primeros, los que nos enseñaron a trabajar, nos concedieron su cariño y su simpatía… Y eso haremos nosotros con los dependientes que Dios nos depare…

Y el chiquito soriano, Froilán, trazaba de este modo, en su ignorancia, la continuidad del vivir entre las dignidades aprendidas y el respeto a los deberes.

Los marineros de Ciérvana


Últimamente se han verificado en Bilbao y en San Sebastián regatas de traineras, esto es, de las lanchas que se dedican a la pesca de la sardina. Así se nombra a las navecillas que actuando con la traína, red extensa y honda que se cala rodeando un banco de sardinas. Es una chalupa de construcción muy fina en sus entradas y salidas de agua, plana en su cuaderna de maestra, de madera ligera, y de escaso calado. La trainera va tripulada por veinte o más marineros que han de remar rápidamente para que el ágil pescado no huya en el momento de su captura. Así, los remeros de este pequeño barco han de ser recios, de poderosa musculatura, superiores a la fatiga que produce tan violento ejercicio.

En una de esas regatas ha alcanzado la victoria una trainera de Ciérvana, lugar de Las Encartaciones que, con los lugares de Muzquiz, Abanto de Suso y Abanto de Yuso, forma el Ayuntamiento de Cuatro—Concejos, en el valle de Somorrostro. El premio era de 12000 pesetas, cantidad considerable para aquellos hombres humildes, virtuosos y austeros.

Triunfo tal debe ser destacado. La trainera vencedora, según refieren los que han asistido a la competencia, volaba sobre las olas al empuje de los brazos de sus impulsores. Estos, que iban casi desnudos, metían las palas en el agua con ritmo perfecto, y a cada empuje saltaba la lancha, más como si flotara en el aire que como si estuviera metida en el mar. Fue un espectáculo admirable. Allí se veía a donde llega el esfuerzo del marino en el dominio de las olas, con las que combate a diario. Gente sobria, de costumbres puras, de higiene aprendida en los hábitos de la raza, son los remeros de Ciérvana modelo de poder. Y sus almas son tan fuertes como sus cuerpos. Músculo y fe, honradez y trabado, dignidad social y modestia, forman los méritos de esos dominadores de la tempestad. Más que seres humanos, parecen alciones, los de largas alas, que vuelan más a gusto cuanto más dura es la tormenta.

Mientras los hombres de las ciudades se avillanan y depauperan fisiológica y espiritualmente, estos remeros perduran en la virtud y en la energía primitivas. Allí no hay vicios ni contiendas. Allí impera el deber. Los nacidos al pie de Somorrostro sienten el amor a Dios y el respeto a sus ministros. Antes de cada salida a los peligrosos mares de la Cantabria, una oración. Después de cada retorno, con el fruto del arriesgado oficio, una Salve a su Santa Patrona la Virgen del Mar, que se venera en una ermita del terruño. De esta suerte los ánimos van seguros. Morir no es nada cuando de tal manera está dispuesto el pecador a las divinas sentencias.

Yo quisiera que estos marineros de Ciérvana vinieran a Madrid y fuesen en viaje peregrinante por las grandes ciudades hispanas, para que los hijos de los obreros sindicalistas, los frecuentadores de tabernas y clubs los admirasen. Sería un ejemplo que daría resultados de propaganda. Más que artículos y peroraciones convencería ese pequeño batallón de luchadores que viven en el ambiente de la naturaleza, libres de la atmósfera envenenada de los magnos centros de población. Se advertiría cómo el hombre que cultiva su propia calidad moral, en la devoción de las ideas eternas, se eleva sobre las miserias y se ennoblece en el sacrificio. En las horas de tedio y de desesperanza, un rato de coloquio con uno de los tripulantes de la trainera de Ciérvana nos confortaría. Las palabras del pescador nos indemnizarían de tanta desventura como nos cerca. La voluntad ingente y sana de ese dechado de españoles nos animaría para seguir en la lucha en que estamos empeñados.

Los traineros de Ciérvana, así que llegaron a Bilbao, fueron a rendir su gratitud a la Virgen de Begoña. Un viejo sacerdote les dijo la misa, que ellos oyeron devotamente. Terminado el divino sacrificio, el oficiante habló con los remeros vencedores, alabó su religiosidad y les dijo cosas que a ellos les pusieron lágrimas en las pupilas. ¡Escena hermosísima! El cura decrépito que acababa de recibir en sus manos el cuerpo de Dios, y los humildes marineros formaban allí, en el atrio de Begoña, un conjunto de emocionante grandeza.

Esos mismos remeros fueron a San Sebastián para asistir a otras regatas y para saludar reverentes al ministro de Marina y al almirante, jefe de la Armada, que ellos sabían que estaban en el Club Marítimo del Abra. Ambos dieron la mano a todos los pescadores ciervanos, y el almirante elogió su vida y su victoria, y les dedicó los plácemes que correspondían. «La boga larga que practicáis —les dijo—, demostrativa de una grande flexibilidad de cintura y de riñones sanos y recios, es una boga ideal. Conservad siempre el honroso puesto que habéis ganado… »

Estas palabras llenaron de alegría a los pescadores, quienes vitorearon al ilustre marino con un calor y un entusiasmo cuya sinceridad vibraba en las voces de los hijos de la ola.

Esta anécdota hubiera pasado inadvertida sin el relato que me ha dirigido un hijo de Abanto de Suso, clérigo sabio, a quien agradezco la merced.

Los gritos de la calle

En mi paseo cotidiano, cuando el sol se pone, desde la Puerta del Sol a las Ventas del Espíritu Santo encontré a poco un hombre viejo, encogido, trémulo, vestido de blusa y calzones de algodón, que llevaba en la mano una cesta y gritaba de rato en rato:

—¡Mojama y cangrejitos de la mar!

Miré el contenido de la cesta. En una parte de ella había unos paquetes de cecina de atún, y en la otra un par de docenas de crustáceos rojos, el bicho antipático que es todo tripa y tenazas. El vendedor me ofreció su mercancía, diciendo:

—Lo más fresco. Anteayer andaban estos cangrejos en los peñascos de la Isla… ¿Quiere el señor una docenita… ?

Contesté que iba a darle en perros chicos el importe de una docenita de cangrejos sólo porque se detuviese cinco minutos en su marcha y contestara a mis preguntas. El viejo accedió y, dejando sobre la acera el cestón, se puso en jarras, actitud de descanso de los que tienen los brazos fatigados aunque se estime como silueta de la bizarría amenazadora.

—Bien —me dijo el cangrejero—. ¿Qué desea usted?…

Mi curiosidad, apenas excitada, hubiera necesitado un período de preparación para ser expuesta. Hube de improvisar.

—Supongo que este oficio —le contesté— no le dará lo bastante para vivir… ¿En qué otra cosa se ocupa?

Y el viejo contestó:

—Soy un rebuscador de maneras de vivir. Cada día vendo una cosa… Extraordinarios de periódicos… libros de lance, y gritó: «¡Don Ramón de Campoamor por dos reales!… » «El arte de no pagar al casero… » Otras veces vendo libros… Y si no hay otra cosa, expendo cuadernillos de papel y librillos de papel de fumar… Ahora ha llegado una partida de mojama alicantina y de cangrejitos de la mar… Y aquí me tiene usted con la cesta al lado.

—Y antes, ¿qué fue usted?

—Antes fui… cien oficios. Mil modos de trabajar… ¿Pero es que quiere usted que le cuente mi historia… ?

—Eso quisiera, pero no aspiro a tanto. Sólo deseo que me diga dónde y cómo aprendió su adaptabilidad mercantil a tanta variedad de negocios, y el secreto de cada uno de ellos, y el tono y música de cada pregón… Porque he oído su manera de anunciar esta mercancía, y he hallado en su grito el recuerdo de los vendedores de mariscos de la Isla gaditana…

Entonces el viejo me contestó:

—Es que hay una Universidad…

—¿Dónde?

—¡Ah, señor, yo soy maestro de ella!… Cada cosa que se vende en la calle a pregón, tiene su música, su tono, y en cada pueblo cambia todo ello. Sólo son iguales los pregones en algunos artículos, como lo es este de los cangrejos, y el de las bocas de la Isla, y alguno otro más… que traen su aire del lugar de donde vienen… o de donde se dice que vienen… No se vocea lo mismo en Sevilla que en Madrid o en Zaragoza… Oiga usted, señor, algunos pregones madrileños.

Y el viejo maestro de la venta callejera, entonó a media voz, mudando, según convenía, la modulación, el estilo músico, y hasta el son de la voz, una serie de anuncios de mercancías de los que estremecen el ámbito matritense a toda hora:

—«Plátanos de la Habana… A peseta la docena… » «Pichones, pichones… a siete reales la pareja. Pichones… » «Los ricos guisantes… los guisantes del caldo blanco… » «Y rábanos… la rabanera… » «La churrera, calentitos… » «Alcachofas de la tierra… » «Naranjas, naranjitas, y limones… » «Botijos de la Rambla… Alcarrazas que hielan el agua… » «Barreños, platos, y fuentes… El lañador… Se gobiernan paraguas y sombrillas… » «Las buenas plantas de alelís dobles… » «Pericos de Aranjuez… » Y así, muchos más… ¿Tendría usted un cigarrillo?

Encendido el que le di, siguió el vendedor ambulante:

—He dicho que soy maestro, y es verdad. Muchos chiquillos que se dedican a esto no saben cómo han de gritar su mercancía, y a esos los enseño yo. Me los llevo a la caída de las Vistillas o a la Huerta del Bayo, allí los doctrino. Los hay torpes que tardan mucho en aprender. Otros salen cantando desde el primer día.

—¿Y le pagan las lecciones?

—¡Ca, no señor… ! Lo hago de balde… Algún medio de vino… El tío Ventosillas… Jerónimo Ventosillas para servir a usted, no es interesado. Es preciso que ande el comercio…

Después quedó silencioso el maestro pregonero, y recogiendo sus cestas, dispuesto a continuar su paseo por la villa y corte, me dijo:

—¿Usted ha conocido a Don Federico… ? ¡Santa gloria haya!

—¿Qué Don Federico es ese?

—Don Federico el músico… Don Federico Chueca…

—Sí que le conocí, y me honraba con su amistad.

—Muy buen señor que era, no agraviando a lo presente… Pues Don Federico me llevaba alguna vez a su casa, para que le cantara yo pregones, y él los imitaba, y luego los ponía en música, y tocaba en el piano cosas que talmente eran el pregón tecleado… ¡Vaya un tío con talento! Cuando iba a hacer una obra sobre los vendedores, fue y se murió… ¡Lástima!

—¡Lástima grande… ! No puede usted figurarse cuán grande lástima. Era lo que quedaba de alegría madrileña… No lo olvide usted nunca… Ni olvide la honra que le ha cabido: la de que aquel maestro le llamara para buscar en sus gritos la inspiración…

Alejose el viejo, y yo le miré con simpatía, porque aquí, que casi nadie sabe lo que se hace, él, a lo menos, sabe lo que se grita.

Entre el ruido de coches, autos y tranvías, iba sonando por la calle abajo la voz anunciadora:

—¡Mojama y cangrejitos de la mar!

La capeta en el invierno

No recuerdo cuándo fue. Sé que hace tiempo. Era una tarde huracanada y lluviosa del mes de enero. Los lejanos montes estaban cubiertos de nieve. Desde la ventana de la casa de un cazadero en que yo me hallaba, veía cómo los árboles se torcían al impulso del viento, mientras la tierra se llenaba de agua. Los labriegos habían abandonado los surcos, y los más valientes tornaban de prisa a la aldea, refugiándose detrás de la yunta, con la cabeza tapada por la manta. Negro el cielo, trágica la tierra, todo lo vivo buscaba un escondite en que guarecerse. Y nosotros, los felices cazadores, mientras ardía en la chimenea un montón de leña, esperábamos la hora de la suculenta comida. Iban y venían los criados del rico anfitrión preparando la mesa con la elegancia y el lujo de quien «hasta entre tomillos es señor». Seguía yo mirando por el turbio vidrio de la ventana, y dije: «Esto es el desierto. El miedo al temporal ha ahuyentado a los hombres… » Pero de repente descubrí a lo lejos una pequeña mancha negra que se movía y avanzaba. Entre los torrentes del agua llovediza era imposible adivinar lo que aquello era. Fijé la vista, tomé los anteojos, y en su campo cristalino saltaron dos figuras humanas. Los trajes grises se confundían con el color del suelo y de la atmósfera; sobre las dos siluetas palpitaba algo brillante; más abajo ondeaban dos guiñapos obscuros… Sí, no había duda. Era una pareja de la Guardia civil. Alejábanse las dos siluetas, en marcha uniforme, lenta, marcial, mientras el huracán los combatía, y las dos capetas negras se movían, ya plegándose sobre los cuerpos, ya levantándose como alas.

Pregunté al guarda del monte, y este me dijo, después de columbrar el campo:

—Sí, es la pareja de la Guardia civil que sigue su ruta. Todas las tardes pasa por ahí. ¡Buenas tres leguas llevan ya en el cuerpo!

—Pero esos soldados, ¿no descansan ni cuando el tiempo hace imposible andar sobre el barro y bajo los torrentes? —contesté.

Y el guarda, que había pertenecido a la Benemérita, exclamó:

—No, señor. Ese es nuestro oficio: hacer lo que no hace nadie.

—La mesa está servida —gritó alguien, y todos acudimos en busca de la sopa bienoliente, y de las copas en que una mano enguantada de blanco vertía el viejo Jerez.

Comí, gocé de la fiesta, pero ni el delicado yantar ni la alegre conversación consiguieron el olvido de la lejana escena que mis anteojos me habían revelado. Y cuando el champaña hervía en los cálices cristalinos, me acordé de los dos guardias que acaso entonces llegarían calados, transidos de frío, a la casa—cuartel del lugarejo lejano, y descubrí sus tricornios de charol, goteando el agua de la tempestad, sus capetas mojadas, sus polainas llenas de barro, y como recompensa de este esfuerzo diario, la mísera cena de legumbres, con la esposa harta de trabajar, con los chicuelos andrajosos, condenados a vivir de pueblo en pueblo, sin esperanza de un oficio útil, desprovistos de toda posibilidad de cultura.

Pensé que si esta pareja de veteranos no anduviera siempre por lomas y valles, cuando el sol quema y cuando la lluvia cae, no habría tranquilidad en los campos españoles, y los fecundos predios serían lote de los rapaces. Ni podríamos comer en el reposo de la dicha bienhallada, porque el odio encontraría maneras de inquietarnos con sus amenazas.

Luego recordé que en mis viajes de periodista, cuando la revuelta estremece los ámbitos de la gran ciudad, esos mismos soldados viejos de la ley han sido los mantenedores de la paz. Los he visto en Barcelona, hace muchos años, cuando la huelga general, apostados en la estación del ferrocarril y en las Ramblas. Los he visto en Valencia, cuando en 1909 se esperaba el estallido de la anarquía. Los he hallado en dondequiera que peligraba el reposo ciudadano. Fracasaban Gobiernos y gobernadores, y las parejas de la Guardia civil permanecían en sus puestos, sin otra consigna que la quo dictó el fundador de este instituto de salud nacional: la de dar la vida para que no sufran las vidas de los otros.

¿Sin otra consigna?… Ya sé que a las veces la política —lo que aquí se denomina política— ha abusado de la disciplina de esos veteranos para que la autoridad de los tricornios impidiese el acceso a los colegios electorales de la ciudadanía votante. Ya sé que en el Ministerio de la Gobernación se ha contado siempre con la obediencia ciega de esos hombres que cubren sus cabezas con el tricornio. Ya sé que ellos, los militares silenciosos y abnegados, han sido lo que en el argot despreciable de nuestros regidores se llama «el resorte de la ley».

Por eso cayó sobre los nobles uniformes la antipatía de las salvajes muchedumbres. Por eso hubo días en que el tricornio fue odiado. Pero, ¿quiénes le odiaban? ¿Por qué le odiaban?… La calidad y el origen de ese odio constituye el mejor timbre honorífico de la Benemérita. Son esos ciudadanos que llevan el arma en el hombro y la benevolencia de su instituto en el corazón algo esencial que ha de perdurar en las posibles mudanzas del régimen. Los gendarmes franceses, de los que se reía Beranger y de los que ha seguido riéndose Courteline; los carabinieri italianos, que también han logrado la risa de los ironistas nietos de Pasquino, no merecían esas burlas, porque eran y son los cínicos defensores de los ultrajados. Pero la Guardia civil española sólo ha recibido una ofensa: la de los criminales, fuera de la reclamación de los que, admirando ese instituto, lo han visto empleado en campanas políticas.

En una estación ferroviaria andaluza vi que una señorita preguntaba en qué vagón iba la pareja de la Guardia civil. Sorprendido por ello traté de averiguar la respuesta de la pregunta, y vi que aquella señorita entraba en un departamento de segunda claro en que iban los civiles. Y cuando quise explicarme el caso le hallé contemplando cómo los dos soldados de la antigua y gloriosa falange saludaban a la humilde viajera y la ofrecían sus servicios. «Es lo de siembre —me dijo uno de los guardias—. Es que las señoras que viajan solas suelen solicitar nuestra compañía para que no las molesten los conquistadores… » Y entonces vi que los soldados que España ha puesto en la frontera de toda demasía son en los viajes los tutores de las pobres hembras que, sin padres, esposos ni hermanos que las defiendan, andan de pueblo en pueblo, expuestas a la grosería ciudadana.

Y esos soldados cobran una mísera paga, y los amenaza el capricho del cacique. Sin embargo, ellos continúan su obra… Recuerdo la escena de la capeta que se mueve en el viento, y al ver pasar un tricornio me descubro lleno de respeto y pongo en mi alma el incienso de la admiración.

Libertad para morir

De algún tiempo a esta parte se ha establecido en Madrid, y no sé si en alguna otra ciudad española, la costumbre de llevar a las iglesias, cuando se celebra la misa mayor del Sábado de Gloria, jaulas con pajaritos; y en el momento en que suenan las campanillas y retumba el órgano, tras el silencio ritual de los días anteriores, son abiertas las cárceles de alambre para que las avecitas salgan volando. Esto parece una forma tierna de amor a los animales, a los que se quiere restituir la libertad, como nuestro Señor Jesucristo se la otorgó al género humano con su sacrificio y su retorno al cielo. Pero, en realidad, no es sino una indiscretísima y cruel costumbre que, según parece, ha venido de Italia no ha mucho y, sin que se sepa por qué, va tomando carta de naturaleza entre nosotros.

Los pájaros dan unos cuantos vuelos, fatigados, y siéndoles verdaderamente imposible salir del templo, caen aturdidos y sin fuerzas y se posan para morir en algún resalte de los muros. Ni aun cuando se les diera esa libertad a campo abierto, se le restituiría a la antigua vida del bosque, del jardín y del campo, porque en el período del cautiverio han perdido el instinto de defensa, y ya no tienen energías para volar largamente, ya no saben buscarse la vida, ni fabricarse un nido. Es que la libertad se pierde una vez, una vez para siempre. La cadena deja huellas imborrables.

Conste, pues, que constituye una verdadera crueldad lo que, por error, se considera acaso generosísima benevolencia. Sépanlo todos los que se dispongan a ir en la mañana del inmediato Sábado Santo con los pájaros prisioneros a la Casa de Dios.

Una distinguida señora me escribe sobre ello una carta invitándome a aconsejar el olvido de esa nueva costumbre. Queda complacida mi bondadosa comunicante.

En lo que a los pájaros atañe, será preciso que una educación reformista cambie los usos corrientes. Se les persigue, se les caza, se les destruye; y con ello va desapareciendo uno de los más delicados ornamentos de la vida. Flor de pluma que nos distrae cuando vamos de paseo, cantor misterioso que anima la arboleda, juego de la Naturaleza, que despierta, hasta en el más rudo, sentimientos de poesía, es ese bichito, que parece un regalo hecho por el Niño de Dios a los niños de los hombres.

Yo he contado alguna vez, no me acuerdo dónde, una anécdota del Emperador Carlos V cuando estaba en Yuste, donde poco después falleciera. En uno de los altos álamos que se levantaban delante de los ventanales de la estancia en que pernoctaba el Emperante anidaba un ruiseñor; y en las noches de Mayo entonaba la ardiente endecha de sus amores. Despertó una noche Carlos V, y como el ruiseñor le hubiera desvelado con la dulce porfía de sus silbos y de su trinar, quejose al día siguiente a sus servidores. Uno de ellos, adulador de vil especie, creyó que servía bien al amo evitando aquella causa de insomnio. Y en la noche siguiente, cuando el pájaro renovó sus cadencias, disparó el cortesano un arma hacia el lugar donde estaba el cantor. Cayeron unas cuantas hojas y entre ellas el pajarito. Preguntó el Emperador la causa de aquel disparo. Se le dijo que acaso hubiera sido un fogonazo contra las zorras que acudían a los gallineros de Su Majestad. Pero como no volvió a oírse el canto del ruiseñor, echolo de menos el hijo de doña Juana la Triste. De sus preguntas insistentes resultó la verdad, y don Carlos montó en cólera y ordenó que se averiguase quién había matado al ruiseñor para que sufriera castigo. Fugose el que había cometido la villanía, temeroso de que la ira del señor le impusiera duro correctivo… Y el monje coronado vivió siempre, en los pocos días que le quedaron de vida, formulando esta pregunta:

—¿Quién ha matado el pajarito que me embelesaba? ¿Quién le ha matado… ? ¡Bellaco fue el tal!

Si se formase una Sociedad protectora de los pájaros, debía tener como primera cláusula de sus estatutos esta frase imperial: «¿Quién mató al pajarito… ? ¡Bellaco fue… !»

Guardemos esas delicadas criaturitas que nos divierten o nos conmueven. Perpetuos menores de edad, los debemos afectuosa tutela.

La princesa Adelaida de Orleáns, allá en los tiempos del rey de los franceses, tenía la buena costumbre de asomarse cada mañana al jardín de su palacio y con sus propias manos desparramaba una cestilla de trigo, avena y mijo, para alimento de las aves, que acudían puntualmente, esperando el regalo principesco. Llegaron los días de la revolución. El rey Luis Felipe hubo de abandonar la corte fugándose, con riesgo de su vida. Cuando la princesa Adelaida estaba en duda de si debía seguir al soberano decaído, se presentó un anciano y le dijo:

—Señora, permitidme que os ofrezca un retiro seguro y honorable, donde podréis pasar estos días de turbación, en que el pueblo, enloquecido, tal vez ose importunaros.

—¿Y quién sois vos? —preguntó la princesa—. ¿Quién os envía?

El viejo repuso:

—Señora princesa: me envían los pájaros, los pájaros a los que cada mañana dabais de comer, los que en los días de nieve hubieran muerto de hambre sin vuestro auxilio. Soy muy amigo de los pajaritos. Presenciaba yo siempre ese espectáculo… Vos, señora, en el balcón; las aves del jardín, acudiendo alegres y voraces… Os guardo perdurable reconocimiento por lo que hicisteis.

La triste dama sintió una emoción indominable. Estrechó la mano del viejo y, aunque renunció a la oferta salvadora, expresó su reconocimiento.

Y mientras los hombres, fieros, enloquecidos por el ambiente revolucionario, enviaban a Palacio mensajes oprobiosos, los pajaritos enviaban al hombre de las blancas guedejas con un ofrecimiento de salud.

Amemos a los pájaros, cuidemos de ellos, defendámosles.

La espada y el arado

Mientras Madrid se estremecía con la agitación huelguística y el tumulto espantaba a los tímidos, salime yo por una de las puertas viejas de Madrid en busca del campo: manera de apartarse de las tristes impresiones de la villa coronada. Y apenas anduve un cuarto de hora cuando descubrí sobre un descampado numerosa tropa militar que a las órdenes de los instructores aprendía y perfeccionaba los movimientos tácticos. Y poco más allá vi en una extensa llanura a un labriego que guiaba su pareja de mulas, hincando en la tierra el arado. Dos hechos insignificantes, vulgarísimos, repetidos en todo el haz de la tierra española, sin que merezcan comentarios ni causen impresión. Y, sin embargo, la facilidad emotiva de los viejos me detuvo ante la una y la otra escena…

Dejaba yo atrás a la ciudad hirviente en contiendas estériles, destructoras, inicuas, y en la fría tarde, nubosa, se me presentaban dos ejemplos salvadores: el pelotón de los bisoños que han jurado el amor a la Patria, aprendiendo el manejo de las armas, y el caso perpetuo de la vida que renace, pródigo en el esfuerzo: el mozo que abre el surco, preparándole para las cosechas benefactoras.

De modo que cercanos el soldado y el labriego, indiferentes a las querellas ciudadanas, seguían defendiendo la existencia futura, como si una orden divina les guiara, como si el consejo del cielo palpitara en sus almas… Y me acordé del viejo cuento castellano, el de la abuela que en el ejido, sentada sobre la mísera silleta, al sol, zurcía los rotos calzones de sus nietos, que poco más allá jugaban, trepando a los árboles, saltando sobre los muros de piedra viva. Y el pasajero dijo a la anciana:

—Esos chicuelos, que son los vuestros, sin duda, se están desgarrando las ropas que visten, en sus juegos briosos, y usted zurce y recompone el traje de mañana.

Y la abuela contestó:

—Señor, ese es mi oficio: reparar lo que hacen los que no saben qué se hacen. Y cuando mis netezuelos vuelvan a la casa esta noche, cubiertos de guiñapos, yo les tendré preparados los calzones y las chaquetillas que han de cubrirles mañana.

—¿Y siempre así?

—Siempre —concluyó la abuela de las guedejas blancas—. Es preciso que unos rompan y otros compongan… Y mi oficio es componer, besando las mejillas de los mocicos de mi sangre. Ellos están seguros de que, por mucho que rompan, yo compondré más, y nunca habrá de faltarles paño que los libre de los fríos y de la vergüenza de la desnudez.

Años hace que me dijeron que ese cuento se lo había referido a don Práxedes Mateo Sagasta, cuando éste era presidente del Consejo y la ira fuerista palpitaba en Navarra, cierto cura de Torrecilla de Cameros o de algún otro pueblecillo cercano de la espléndida admirable Rioja… Y yo me acordé de la conseja viendo las dos escenas que he apuntado.

Regresé a mi casa. Vi que los tranvías circulaban difícilmente, que volaban las piedras, que sonaban los estampidos, que la audacia impune seguía ejercitándose en la capital en que radica el Monarca, y cuando, encerrado en el gabinete, en que me esperaban mis buenos amigos los libros, restauré las impresiones recibidas, acerté con la fórmula que se me había presentado en mi paseo campestre: el soldado que aprende el ejercicio, el labrador que actúa sobre el surco… Un gran caudillo de Francia, el mariscal Beugeaud de La Piconnerie, el que entregó al país vecino el dominio de Argelia, el vencedor de Isly, había aceptado por divisa de su escudo las palabras que sirven de título a esta página: Ense et aratro.

Será difícil encontrar en la innumerable lista de los blasones y de los emblemas militares, políticos y nobiliarios, algo más bello, algo más tierno, algo más expresivo que esos vocablos. El arma que defiende, el arado que crea, la voluntad que en un momento condensa en sublime sacrificio todas las esperanzas y las quema en el fulgor de un cartucho… La energía indomable, incansable, diaria que se impone a la esterilidad del terruño y le obliga a arrojar a la luz del sol el secreto de sus tesoros… son los dos resortes recios que aseguran lo porvenir.

Absurdo el concepto sentenciador que reduce lo que fue y lo que va a ser a los incidentes y en los resultados de una asonada. Todos estos sucesos de la vida urbana pasan, ya con dolor, ya con risa, y en esos campos que yo vi ayer subsisten los entusiasmos de la perduración. Allí está la raza, con sus virtualidades creadoras. Suena la corneta: los soldaditos nuevos la obedecen, y marchan al compás, y se dispersan en guerrillas y se juntan en falanges geométricas… Y el hombre de la yunta entre el sonar de las esquilas y el cántico de la vieja endecha, avanza rasgando el predio, y con la esteva mata las hierbas malas, y destruye los terrones hostiles, y dispone para obra venidera caudal inagotable de energías y riquezas.

El duque de Isly, que logró de los franceses el máximo homenaje, había dado a todos los pueblos, en todas las circunstancias posibles de la historia, la fórmula salutífera…

Y cuando me contaban detalles de la refriega matritense, tranvías apedreados, infames atrevimientos, tolerancias inverosímiles de la autoridad, más que dolerme de ello, confiaba en lo futuro… Ense et aratro… Un pelotón militar que se instruye en la táctica, un labriego que ara…

Ya veremos quién puede más: si la turba frenética, o los dóciles conservadores de la gloria de este pueblo, a la que sólo falta un hombre que sepa mandar sobre la bayoneta y sobre el arado.

Por tropezar con una piedra

Cuentan los biógrafos del Eminentísimo Cardenal y Regente de España Cisneros, que siendo muy mozo salió de su pueblo, Torrelaguna, villa de la provincia de Madrid. Iba con el propósito de buscarse la buenaventura. Aunque siempre tuvo, desde la infancia primera, un gran sentimiento religioso y una veneración idolátrica por la Virgen del Carmen, no eran sus planes los de encerrarse en un convento. Más bien solicitaba la gran vehemencia de su corazón tomar parte en las guerras que entonces, como casi siempre, horrorizaban a la humanidad. Con el humilde hatillo sobre el hombro y una varita de enebro en la mano atravesó las sendas de la montaña guadarrameña, el que luego iba a ser famoso entre los famosos. Y al saltar un arroyo tropezó con un pedazo de piedra que le cortó el dedo grueso y le obligó a detenerse en la marcha. Por momentos se le iba inflamando el pie. Cojeaba, y siéndole imposible continuar el camino, procuró acogerse a un convento de Benedictinos que estaba cerca del lugar del suceso. Pidió amparo. Uno de los frailes le acogió religiosamente. Allí se le curó, permaneciendo más de veinte días en la casa de los religiosos. El fraile que le había recibido halló en el carácter del caminante algo extraordinario. Enterose de que el mocito sabía latín, y de que era muy devoto. Los consejos del fraile determinaron de la carrera de Cisneros. Allí nació en el alma de este una fervorosa inclinación a servir a Dios en el altar.

Si no hubiera tropezado Cisneros con la piedra que le hirió en el dedo gordo del pie derecho, acaso hubiera sido un soldado, un conquistador o un vencido.

Véase por qué vías misteriosas la voluntad de Dios actúa entre los hombres.

Cisóforo el mago

En los tiempos del triste rey Alfonso X, el Sabio, había en Valladolid un griego que llegó allí como criado de uno de los maestros del orientalismo literario a quienes el monarca de las Cantigas había llamado para que le ayudaran en ciertos trabajos de erudición. El sabio murió. Su siervo quedó en Valladolid. Y pronto ganó fama de adivino, de astrólogo y de descubridor de los secretos de la Naturaleza.

Cisóforo, que éste es el nombre del sujeto, anticipándose a los siglos, había descubierto la manera de que los vegetales crecieran rápida y abundantemente. Los modernos abonos químicos fueron en realidad inventados por Cisóforo. Díjose de él que era hereje, enemigo de Dios, afiliado a las huestes diablunas. Los doctores de la Iglesia intervinieron. Fue interrogado.

El Comisario de la Fe dijo:

—Se asegura que tú tienes parte con el Enemigo. Y que por eso consigues que sembrada una semilla ahora, florezca y dé fruto cinco horas después.

Contestó Cisóforo:

—Eso no es cierto, no tengo parte con el Demonio. Lo que sí he hecho es estudiar mucho, analizar los problemas de la Botánica. Y he hallado manera de que prosperen rápidamente las plantas, sin que para eso tenga que intervenir el maleficio.

Hízose la prueba. En una horterilla, de cabida como de media azumbre, puso Cisóforo cuatro puñados de tierra hortelana. Enterró allí dos docenas de granos de trigo. Tapó la cazuelita.

Y dijo al Comisario:

—Ruégole, señor, que ate con una cinta la vasija, ponga su sello de cera y la tenga en su poder, y yo vendré a verle a la hora en que ya habrá fructificado la semilla.

En efecto. Seis horas después llegaba Cisóforo a la casa del Comisario.

—Ya se habrá operado eso que llamáis milagro o maleficio, y que no es sino el cumplimiento de una ley de la Naturaleza.

Habíanse reunido para presenciar el suceso todos los notables de la ciudad. Hasta el arzobispo quiso asistir al ensayo. Roto el precinto, quitada la cobertura de la horterilla, todos quedaron pasmados. Los tallos del trigo habían crecido tanto que ya se doblaban por no tener espacio suficiente.

Intervino el arzobispo, y preguntó a Cisóforo:

—Si esto no lo haces por maleficio infernal, ¿cómo lo haces?

Y Cisóforo se hincó de rodillas, levantó juntas las manos, rezó la oración de Santa María, y luego dio la respuesta.

—Es que yo he estudiado mucho, es que yo me he pasado los días y las noches viendo cómo las plantas crecen, viendo cómo las tierras dan de sí energías creadoras. Y añadiendo al poder de la tierra ciertos ingredientes químicos que yo he inventado, se da este fenómeno.

Quedó destruida la acusación que el vulgo levantara contra Cisóforo. Y el Arzobispo le tomó a su servicio para que cuidara de los jardines del palacio de Su Eminencia.

La varona de Castilla

En el año 1109 ocupó el trono de Castilla la mayor de las hijas de Alfonso VI, Doña Urraca, de la cual hablan tanto las historias. Esta dama quedó viuda de su esposo el príncipe Raimundo de Borgoña y al cuidado de un hijo. Pasó a segundas nupcias con el rey de Aragón, Alfonso I, el Batallador. Sobrevinieron guerras intestinas, concluyendo el estado anárquico del país con una guerra que sostuvo Castilla frente a los aragoneses. Y en esta guerra surgió una heroína: doña María Pérez de Villanañe, llamada por el pueblo «La varona de Castilla».

Era de una corpulencia gigantea. Hacía la vida de los hombres. Montaba a caballo al estilo masculino, manejaba la espada y el mandoble como un hércules. Y es fama que peleó cuerpo a cuerpo con el vigoroso monarca aragonés Don Alfonso, el Batallador. Ella no era un modelo de austeridad. Aunque virtuosa y honesta, la condición de su alma y las exigencias de su fisiología la imponían un régimen de comida, abundantísimo y de grandes libaciones. Dícese de ella que devoraba medio carnero asado sobre las ascuas del pino, y libaba un cántaro de vino sin que le alterase la condición moral este exceso.

Llegó a muy vieja. Tuvo 16 hijos y 47 nietos. Y ella decía en la hora de la muerte:

—Ninguno de mis herederos es capaz de hacer lo que yo he hecho. Ellos son aniñados, endebles, cobardicos… Sin duda la Varona de Castilla se llevó toda la energía de la raza.


Publicado el 25 de junio de 2018 por Edu Robsy.
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