Los Tres Sorianitos

José Ortega Munilla


Cuento infantil



1. El padre acababa de ausentarse

En cierta aldehuela de tierra soriana, que no figura en los mapas, y creo que se denomina Pareduelas—Albas, ocurrió en la tarde del día 11 de enero de 18… un suceso que no conmovió ciertamente a Europa, ni dio trabajo a los informadores de la prensa. Sin embargo, él fue tan interesante, que sirve de tema al presente relato.

Vivía allí la familia de Dióscoro Cerdera, compuesta del padre, cuyo nombre queda anotado, y de tres hijos, que se llamaban Próspero, Generoso y Basilio: el mayor de 14 años y el menor de 9.

Dióscoro era labrador de un pedacito de tierra, en el que se criaban la planta del lino, cebada y trigo. Poseía un par de docenas de ovejas y, en lo alto de los riscos, un centenar de pinos, que él cuidaba, como los padres, y ya los derribaba a golpe de hacha, para venderlos, ya replantaba del piñón o del resalvo, según las épocas del año y las ocasiones. Y del escaso fruto de haber tan ruin, vivían Dióscoro y su prole.

Hubieran sido todos dichosos, sino se proyectara en el hogar la sombra de la muerta, de Aquilina, la esposa de Dióscoro, la madre de Próspero, Generoso y Basilio. Cuando la buena mujer resolvió partir en el viaje eterno, dejó la casa en la tristura. El dolor común del padre y de los muchachos llevaba trazas de acabar con todos ellos, porque Aquilina había llenado de tal suerte sus obligaciones de esposa y de madre cristiana, que donde quiera hallaban los tristes huella imborrable.

Si removían los lienzos curados que Aquilina tejió con sus propios dedos, y que dejó en el arca de haya, al traer y llevar de las sábanas, resurgía la figura de la matrona.

Si Próspero iba a la algora en busca de alguna herramienta de trabajo, parecíale al mocito que su madre le acompañaba.

Cuando Dióscoro, el melancólico padre, iba al alto pinar en solicitud de leña para la cocina, creía oír constantemente la voz queda y amorosa de su compañera. Y así los otros.

Una madre buena, una madre santa, no se va del mundo sin que la sustituya remembranza de eternecimientos.

Próspero dijo un día a su padre, dándole el tratamiento de Su Merced, que es propio de aquella raza:

—Mi padre… Pienso que así no podemos seguir. Estamos demasiado tristes. Y como mi santa madre no querría sino nuestra ventura, hemos de obedecerla y animarnos. Tenemos en abandono el trabajo. Más tiempo están las ovejas encerradas en el corral, que paciendo por la serranía. Las dos viejas mulas, Caracola y Gifera, apenas pueden retrepar la cuesta con la reja hundida en la tierra; y hay que venderlas y comprar otras, aunque sea a rédito.

—Está bien, mi hijo —contestó el padre— y haces obra buena, recordándome mis obligaciones, porque eres el mayor de mis hijos y en ti veo el rostro de la mujer adorada que, al irse, me ha dejado en el dolor… Pero yo no puedo, porque no sé, porque no acierto a pensar cosa alguna que nos salve de la ruina…

—No, padre, no —repuso Próspero—. Es tan grande la pena que Su Merced sufre y sufrimos vuestros hijos, que, si no hubiéramos de cumplir la obligación de Dios, la de obedecerle, la de reverenciarle, la de servirle, yo también me tiraría en el surco, que más ganas tengo de llorar y de rezar, que de ir al trabajo.

Dióscoro estaba sentado en un taburete, cerca del fuego, donde ardían unas raíces de encina. Levantose y entre lamemos y angustias, abrazó a Próspero, exclamando:

—No se hundirá en el polvo nuestro linaje. Como sorianos que somos, tenemos que defendernos y nos defenderemos, y donde no llegue mi ánimo, decaído y aniquilado, acudirá el tuyo, que ya te aventajas a los años, y parécesme viejo en la prudencia y brioso en la mocedad… Dispón lo que quieras, y eso habrá de hacerse… No quiero ocultarte que desde hace días me siento morir.

Alarmado Próspero, dijo:

—¿Qué os duele, padre?

—Duéleme todo, duéleme el vivir, duéleme el recordar… Duéleme el acordarme de mi esposa, tu madre.

—Pero esas son tristezas que yo también siento.

—No sientes lo que yo, porque en las almas nuevas las lluvias huyen, como cuando dan en las pizarras del rodajo, pero en las viejas almas, forman chorritos que van penetrando poco a poco…

—Llamaremos al médico de Santa Cristina.

—No le llames, hijo mío: estas cosas no las curan los hombres… Pero anda tú, a tu oficio, que eres el hijo mayor. Sólo por serlo, tienes obligaciones que cumplir, y más ahora, en que yo te impongo mi sustitución en vida.

Próspero habló con sus hermanos Generoso y Basilio y los tres recibieron en sus corazones nueva herida, porque, bien adivinaban, que el padre iba a partir, como partió Aquilina, la madre buena. Y, en efecto, una mañana, habiéndose confesado Dióscoro con el abad de Santa Cristina, que vino a toda prisa, apenas le llamaron, en un caballejo, y habiendo recibido el Pan de Dios y la Extremaunción, dejó de vivir aquel modelo de hombres. Encerraron el cadáver en una caja de pino, que los mismos angustiados muchachos labraron, pusieron el féretro sobre una baste en el lomo de la Caracola, y con unos cuantos vecinos que les acompañaron, llevaron lo que quedaba del santo al minúsculo cementerio de la aldea.

Y en la noche subsiguiente al día en que esto acaeció, los hijos de Cerdera permanecieron juntos, abrazados, llorando. ¡Qué soledad la suya! Solos, más solos que nadie. Los tres eran un solo espíritu. Cuando se fueron los acompañantes al entierro, diéronse perfecta idea de la vida, y recordaron la máxima en la Cuaresma predicada en la iglesia de Santa Cristina por el abad: «Sólo hay una verdad: Dios. Sólo hay una eternidad: Dios. Sólo hay una confianza definitiva: Dios… »

Y Próspero, Generoso y Basilio cayeron de rodillas, ante el viejo lecho de roble en que el linaje de los Cerdera habíase propagado desde la edad media. Inmóviles, sollozantes, desprovistos de energías para vivir, permanecieron hasta que el sol les dio en los ojos. Jamás se tributó a la tristeza ideal rendimiento semejante.

Próspero se incorporó con el cuerpo destrozado, con los párpados rojos por el llanto. Fue como si, de improviso, una energía inesperada le antecogiese; y levantando del suelo a sus dos hermanos menores, les dijo:

—Hay que vivir, hay que mantener el recuerdo de nuestros padres, hay que luchar…

Y, estrechando entre sus brazos al muchachito, que aún necesitaba caricias maternas, puso en sus oídos estas palabras, mezcladas con besos:

—Basilio de mi alma, mi hermanito. Mírame como si yo fuera padre, quiéreme, obedéceme, sigue mis consejos…

Y a Generoso, le estrechó las manos, mirándole con energía, los ojos clavados en los ojos. Díjole:

—Y tú, que me sigues en edad, tienes la obligación de ayudarme y de fortalecerme, para cuidar del niño, para honrar a nuestros padres, y para esforzarte y reprenderme, si me equivoco…

Serían las nueve de la mañana cuando entró en la casa de los Cerdera, el alguacil del Juzgado municipal: el tío Velasquillo. Llegaba cubierto de nieve. Su anguarina y su gorro de pieles de conejo, blanqueaban. Y cuando entró en la cocina del casuco, dijo:

—Os acompaño en el sentimiento.

Y quitándose la peluda monterilla, se persignó. Luego estuvo un rato en silencio, con los ojos fijos en el suelo, como si rezara un Padre Nuestro por el alma del difunto.

Próspero, siguiendo la costumbre de la tierra, buscó en una alacena, un frasco de vino y una jarrita de porcelana, y llena ésta de líquido, ofreciola al recién llegado, con las palabras siguientes:

—Confórtese con el trago. Gracias por esa oración. Díganos en qué hemos de obedecerle.

Velasquillo dio una manotada a la nieve que le envolvía, quitose la anguarina y la sacudió reciamente, para limpiarla de los copos, y sin un suspiro tragó el vino de la jarra al estómago.

—Gracias —dijo después—. Se nos fue el buen hombre. Todos le queríamos. Allá, en Santa Cristina, sabíase que el tío Dióscoro era un hombre de verdad, valiente cuando era preciso, prudentísimo siempre… He de manifestaros, a vosotros, muchachitos, que si sois como vuestro padre, mereceréis el respeto que a él se le concede. Mi buena mujer me ha dicho que os anuncie que ella rezará nueve días el Santo Rosario por el ánima de vuestro padre Dióscoro. Y el señor abad, me ha mandado que os anuncie su visita para mañana.

Ardían en impaciencia los chicos por saber el motivo del viaje del alguacil. Más le temían, que les inspiraba confianza porque el agente de la autoridad concejil, iba y venía por todas las aldehuelas y caseríos en demanda de tributos, en requerimientos de atrasos en la contribución. Él se llevaba, de ordinario, las últimas monedas escondidas en el arca familiar de los pobres labriegos.

Y Próspero, se apresuró a averiguar el motivo de la visita.

—Tío Velasquillo, ¿quiere manifestarnos a qué viene?

—Verás, niño, verás —contestó Velasquillo—. No me atrevo a decírtelo de repente.

Sobresaltose Próspero; agitáronse extremecidos Generoso y Basilio.

—¿Otra desgracia? —interrogó el primero.

—No desgracia, sino fortuna, acaso —añadió el alguacil— pero si me dierais otro trago del buen vino que escondéis en la alacena, os lo agradecería mucho, porque llevo tres horas de marcha, con la nieve en los zancajos, y ya soy demasiado viejo para resistir estas pruebas.

Próspero, vertió del frasco en la jarrita cuanto era necesario para llenar ésta. Y Velasquillo lo paladeó lentamente.

—En la casa de los buenos —dijo— todo es bueno: el alma de los que habitan, el vino con que socorren al desfallecido caminante.

Y se sentó en un taburete, añadiendo:

—Encended el fuego para que yo me caliente unas miajas.

Los chicos habían olvidado que el hogar estaba yerto, y que habían pasado la noche bajo el influjo de la helazón.

Basilio, surgió rápido, trajo unas astillas, metió fuego debajo, y, presto, iluminó la cocina una llamarada bienhechora. Instantes después reinaba en el ambiente una temperatura grata.

Velasquillo, arrimó el taburete a la hoguera, apretose las manos, frotándoselas violentamente, y luego dijo:

—Chicuelos, sentaos junto a mí. Tal vez no habéis comido desde Dios sabe cuantas horas, en esta agonía y en esta tristeza en que vivís. Debéis comer algo. Traed aquella limpísima sartén, que cuelga sobre la chimenea. Cortad de aquel jamonzuelo, que pende de una cuelga en lo alto, unas rodajas de magro. Sacad del arca que os sirvió de asiento a vuestros padres, una hogaza. Dura estará ya, porque me acuerdo que el tío Dióscoro llevaba una semana sin portar las masas al hornillo del concejo. Al calor se ablandará ese pan.

Los chicos obedecieron. Y véase cómo el hambre y la picaresca codicia de un alguacil, proporcionaron a los huérfanos el alimento que les era necesario, y sin el que hubieran desfallecido en el frenesí del dolor.

Comieron y bebieron, con abundancia Velasquillo, escasamente los huérfanos. Y cuando el ruin ágape concluyó, púsose en pie el alguacil, ya restaurado, con la libación y el yantar, y pronunció entonces estas palabras:

—Habéis de saber vosotros, los hijos de Dióscoro Cerdera, que se ha recibido en el Ayuntamiento de Santa Cristina un oficio del Gobernador de la provincia, que traslada una comunicación del Ministerio de Estado, del Rey Nuestro Señor, en el que se os participa a vosotros, como herederos de vuestros padres, que el Cónsul de España en Buenos Aires os anuncia que tenéis en aquel país una herencia, por la que seréis muy ricos…

—¿Cómo es eso? —interrogó Próspero.

—Es, sencillamente —contestó Velasquillo—, que un primo de vuestra madre, la tía Aquilina, fue hace muchísimos años a la República Argentina. Yo conocía a aquel sujeto. Pendenciero, borrachín, mala persona, pero valiente y, en sus horas, trabajador de verdad. Llamábase Roque Lanceote. Escapó de la tierra como prófugo. Fue muy enamoradizo. Más de cuatro doncellas dejó olvidadas y con daño… En resumen, él marchó no se sabe por qué camino, y embarcó, no se sabe dónde, ni de qué modo. Ello es que arribó a Montevideo. Y allí estuvo, y luego avanzó por caminos peligrosos, venciendo siempre, porque le sobraban entendimiento y voluntad. Súpose que cuando hubo revoluciones en la República Argentina, él intervino y peleó por uno de los partidos en contienda. Parece que triunfó el partido a que se había unido Roque Lanceote. Ello es que, entre las comadres de Santa Cristina, llegó a establecerse el dicho de: «Más valiente que Roque, más rico que Roque», como señal de mucha bravura y de mucha bienandanza.

Próspero interrumpió:

—Ya conocemos esa historia, pero mi padre decía, cuando nos contaba las cosas de la parentela, que había habido en ella una santa, Sor Clara de San Diego, que estaba en un convento de Guadalajara, y Roque Lanceote que estaba haciendo méritos para entrar en el infierno… De modo que, me asombra que usted, señor Velasquillo, nos diga que podemos tener ninguna especie de relación con ese hombre.

—Pues no sólo la tenéis, sino que, por tenerla, seréis ricos, muy ricos, suponiendo que dispongáis del arresto necesario, porque se os confiere una herencia que, en parte, es oro acuñado, y, en parte, máxima, trabajos, empeños, dificultades, viajes y luchas… Pero, en fin, yo no sé nada, sino lo que he oído, allá, en la antesala del alcalde. De éste os traigo la orden de que se requiera a vuestro padre para que se presentase en la Secretaría del Concejo…

—Mi padre no está ya en el mundo —contestó, con voz tétrica Próspero—. No podrá ir.

—Ya lo sé —exclamó Velasquillo—. Bien sé que ha fallecido… Y he comenzado por daros el pésame… Pero, como en la papeleta de citación se le llama, yo solo podré escribir debajo de ella que, el citado, está ausente…

Los tres huérfanos, como si un impulso cordial los hubiera unido, cayeron de rodillas, y juntas las manos rezaron un Padre nuestro.

Luego, Próspero, dijo al alguacil:

—Ausente está, ausente por las eternidades… Pero iremos nosotros, que somos los hijos del ausente, y allá veremos lo que de nosotros se quiere.

Despidiose Velasquillo, no sin pedir otro sorbo de las botellas olvidadas; y como el tiempo había mejorado y no nevaba ya, el alguacil se alejó cantando viejas coplas castellanas, en las que toda la picardía medioeval vibraba graciosamente.

2. Los sorianitos ante el alcalde

Al día siguiente, los hijos de Dióscoro Cerdera, comparecieron ante el Alcalde de Santa Cristina. Y él les manifestó, que, el Secretario del Ayuntamiento iba a comunicarles un documento que les importaba mucho. Llegó el Secretario con un pliego abultado. Sentose a la diestra de Su Señoría y, después de requerir del portero una vela, porque faltaba la luz, en un ambiente de tempestad amenazador, comenzó la lectura del documento.

Si lo copiáramos, habíamos de dedicar la mitad de este libro a esa información burocrática. El sentido de ella era el siguiente:

El Cónsul de Buenos Aires, comunicaba, en virtud de nota del agente consular de Resistencia, que había fallecido en la Estancia de los Quebrachos de San Rafael, el súbdito español Roque Lanceote y Mesnera, soltero, de 72 años, poseedor de cuantiosa fortuna, que legaba íntegramente a su primo Dióscoro Cerdera, residente en Pareduelas Albas, lugarejo de la provincia de Soria, sin más obligación ni requerimiento que del que él, el dicho Dióscoro Cerdera o sus habientes, concurriesen legalmente autorizados ante la agencia consular de Resistencia, para ponerles en posesión de los bienes del que iba a fallecer. Y allí les serían dadas las instrucciones que convenían para el total éxito de la voluntad del moribundo. A esta declaración seguían otras, en las que constaba el fallecimiento de Roque Lanceote, el depósito, en la agencia consular de Resistencia, de los bienes del muerto, y de una cartera, lacrada, que había de ser puesta en manos de los legítimos herederos, con la obligación de cumplir lo que en un codicilo secretísimo se establecía.

Y el Alcalde de Santa Cristina, después de leer lo que leer debiera, concluyó:

—Sois los hijos del buen soriano Dióscoro Cerdera. Os transmito la voluntad de vuestro pariente Roque Lanceote; y añado que el Vicecónsul de Resistencia, lugar de la República Argentina, me ha girado fondos con los que podéis trasladaros decorosamente a aquellas tierras. Decidme, pues, si estáis propensos a realizar esta empresa. Y el Fiscal Municipal, tutor de los huérfanos, os requiere conmigo para que digáis la verdad de si os sentís animados a ese largo y peligroso viaje. Si así lo resolvierais, os acompañaría la protección del Estado Español, aparte la de sorianos ilustres, que en la República Argentina viven, y allí han aumentado la gloria de estos pueblos en los que, trabajar es hábito, sufrir es costumbre, estudiar es condición natural de los aquí nacidos, y honrar a la Patria el ansia de todos…

Próspero contestó:

—Señor Alcalde: Yo he oído hablar a mi madre Aquilina de ese pariente Roque Lanceote. Mi madre rezaba cada día con nosotros un Padre nuestro, suponiendo que ya no existiera. Nada sabía ella de que el tío Roque fuese rico. Sólo sabía que era muy valiente.

Y luego Próspero, mirando a sus hermanos, les dijo:

—¿Creéis que debemos seguir este nuevo camino que se nos ofrece?

Generoso y Basilio menearon sus cabezas, sin saber lo que debían contestar.

Al fin, el más pequeño, abrazándose a Próspero, dijo:

—Lo que tu quieras, lo que tu mandes… Somos tus hijos.

El Alcalde había presenciado desde su sillón la escena, y aunque rústico, y acaso por ser rústico, sentía hondamente la emoción del caso.

—Venid —dijo—, venid a mí, hijos míos, hijos huérfanos. Yo os abrazo y os bendigo. Tierra es esta de aventureros y emigrantes. En la República Argentina hay muchos de nuestra raza. Ellos trabajan, ellos gobiernan no pocos negocios mercantiles e industriales. Seguid esa enseñanza y ventilad allá el pleito de vuestro alnado Roque Lanceote. Recoged los haberes, dejando al amparo de algún pariente o amigo, lo que aquí poseéis, en lo que intervendrá el Fiscal, vuestro natural tutor; y partid en camino de esa aventura. El día 22 de febrero surtirá de Cádiz el vapor de la Compañía de D. Antonio López, que está de turno para el viaje a Buenos Aires. Tendréis asegurado el pasaje y toda la protección que el insigne Marqués de Comillas otorga a los niños que emigran. Iréis provistos de la documentación oficial. En Cádiz, acudiendo a quien se os indicará en una carta, recibiréis todo género de auxilios y protecciones. Al llegar a Buenos Aires, tendréis en el Consulado el protocolo de la instancia y la ayuda oficial, que ha de acompañaros siempre. Porque aunque este pueblecito sea tan insignificante, tiene allá valedores, porque los sorianos gozan en la República Argentina de alto prestigio, por ser buenos, laboriosos y honrados…

3. La navegación

Un día, como si fuese cosa de magia, los hijos de Dióscoro Cerdera, se hallaban a muchas leguas de la costa española, en un gran vapor, en una villa que marchaba, como decía Basilio. Los tres huérfanos, estaban en la clase de tercera, en la más humilde. Pero tenían donde dormir tranquilamente. Gozaban de rancho admirable, tanto, que Próspero decía a sus hermanos: «Comed menos, no os atraquéis, porque puede haceros daño el exceso.» Y Generoso contestaba: «Es que es muy rico este potaje. Déjame que coma a saciedad.»

En ese tránsito que duró veinte días, los chicuelos de Pareduelas—Albas, experimentaron, primeramente, la impresión de la bienandanza. Vivían ellos harto míseramente, para que no les impresionaran la esplendidez de la comida. ¿Pan? Todo lo que se quería. Escudillas completas de carne, garbanzos y habichuelas. Otras escudillas con tocino y legumbres y berzas. Ración de vino… Las bodas de Camacho. Cierto que alguno de los emigrantes viejos, protestaban. Eran gentes de ida y vuelta, que no iban a trabajar a las nuevas tierras américas, sino ver si hallaban en ellas el prodigio de vivir sin labor. Pero no conseguían estos descontentadizos impresionar a los laboriosos querientes de un haber más pingüe que el de la tierra nativa.

En este viaje trasatlántico aprendieron los tres sorianitos más que en las escuelas a que asistieran. Fueron lecciones de experiencias, maravillosa pedagogía. Próspero, Generoso y Basilio, tenían siempre ante sus pupilas los rostros de Aquilina y Dióscoro, y esas imágenes les animaban.

Un día, cierto emigrante andaluz, que vivía en la embriaguez, dijo al ver pasar a los chicuelos:

—Sois españoles… Vais a enriquecer a los capitalistas de allá… Si yo pudiera, os arrojaría al mar ahora mismo.

Próspero contestó:

—En Dios y en su Santísima madre, creo que no habláis con nosotros, los tres hermanos Cerdera.

—Cerdera, o lo que fuere —continuó el borracho malagueño—, habéis de proclamar ahora mismo delante de mí, que huís de España, porque España es un país maldito.

Próspero avanzó, resuelto y enérgico.

—Eso no, eso no —profirió con valentía—. Somos unos niños sorianos, nacidos en la aldea de Pareduelas—Albas, hijos de padres honrados. Vamos donde nos acomoda, adoramos a nuestra patria, y nadie nos impondrá que la detestemos…

El borracho andaluz, cogió de una oreja a Próspero, y gritó enfurecido:

—¡De rodillas ante mí, canallita, chavea!…

Y empujando con violencia al muchacho, hízole doblegar.

Entonces, Generoso, avanzó como un león sobre el borracho, y le obligó a separar sus manos del hermano agredido.

—Usted es un canalla —vociferó Generoso—. Usted es un malvado… Porque se mete con niños que van en busca de su vida, sin tener quien nos defienda.

Un tanto sorprendido el malagueño, por la actitud de Generoso, quiso aún conservar su autoridad de cacique trasatlántico.

—Tú y tus hermanos, suponiendo que seáis hermanos… Si es que no sois una cuadrilla de ladronzuelos que van de España a la Argentina, haréis lo que quiera y lo que yo os mande.

Intervino Próspero, dando una bofetada al siniestro emigrante. Rodó por el suelo el hombre de la procacidad. Acudieron los marinos de guardia y sujetaron al agresor mientras levantaban al caído. Uno y otro fueron llevados a la barra, esperando que el capitán resolviera. Fue un juicio sumarísimo, como corresponde a la urgencia de los pleitos de a bordo. Sencillamente puedo resumir en unas palabras el diálogo de los acusados, y la sentencia.

—¿Por qué ha agredido usted, Próspero Cerdera, a este hombre?

—Porque él ha ofendido a mi patria.

—¿Cuál es tu patria, niño? —añadió el Presidente del Tribunal, olvidado el tratamiento reglamentario, al ver que hablaba un chicuelo.

—Mi patria es España. El lugar de mi nacimiento Pareduelas—Albas. Yo, y dos hermanos míos, vamos a la República Argentina, con todos los documentos necesarios, para asuntos que nos importan. Este hombre nos ha ofendido y le he dado la respuesta que merecía… Y la daré siempre al que haga lo mismo que este hombre ha hecho. Él debe ser muy malo porque ofende a niños viajeros.

Entonces, el oficial que ejercía de Presidente, interrogó al malagueño ebrio sobre la causa de su enojo. El malagueño contestó:

—Es que estos niños han pasado varios días delante de mí sin saludarme.

El oficial interrumpió:

—¿Y por qué habían de saludarle?

—Porque son niños, y yo soy viejo.

—En la calleja de una aldea, continuó el digno oficial de la compañía de Antonio López, eso podrá ser estimado como un signo de mala educación, pero nunca de ofensa. En un barco como éste, en el que navegan gentes de tantas naciones, eso no es sino una consecuencia natural de la multiplicidad de encuentros en el puente, en las cámaras y en los dormitorios… ¿No ha sido otra la causa de la agresión al pasajero Próspero Cerdera?

Había llegado el malagueño al máximo de su embriaguez. Y así profirió estas palabras:

—El Cerdera… Cervera… Cosas de cerdo y de ciervo… me hago la cuzca en estos niñitos y en usted, señor oficial.

El Presidente del tribunal de a bordo, ordenó a los marineros que le acompañaban que cogiesen al borracho y le llevasen al sitio que le correspondía, un recinto maravilloso que hay en los barcos de la compañía de Antonio López, donde penan sus audacias los miserables.

Después, ese oficial dignísimo, llamó a los hijos de Dióscoro, estrechó sus manos y les aseguró que, en lo futuro, hasta que llegasen a la tierra del Plata, no experimentarían agravios ni ofensas.

Próspero fue admirado y aplaudido por el pasaje de los pobres. Una mujer, de blancas guedejas, que iba a la Argentina en busca de los haberes de su hijo, muerto ya, propuso un homenaje para los tres sorianitos. Consistiría ese homenaje en una perra chica de todos los que navegaban, para aumentar el peculio, seguramente pobre, de los niños.

Pero, Próspero rechazó la oferta.

—Pobres somos todos —dijo— pero son más pobres los viejos que los jóvenes. Lo que hemos hecho es defendernos. Ya veis cómo el capitán nos ha favorecido con la justicia. Guardaos el dinero. No lo necesitamos. Nos sobra con la voluntad y con la protección de Dios, Nuestro Señor.

El malagueño ebrio seguía encerrado. Cuando el barco entró en el imponderable e indescriptible Río de la Plata, Próspero solicitó que el capitán le recibiese; y al hallarse ante la autoridad suprema del vapor, pronunció estas palabras.

—Señor capitán. Perdone que le moleste… Soy aquel muchacho a quien Su Merced otorgó un día justicia. Vamos a llegar pronto a la tierra. Y antes quisiera yo que Su Merced me concediera la libertad del desventurado que nos ofendió.

El capitán había olvidado el caso. En la muchedumbre de los incidentes de una navegación larga, el que ha de guiar la nave entre las dificultades marinas, y los peligros del río, no podía conservar la remembranza de un insignificante suceso. Pero cuando Próspero pronunció unas palabras categóricas, el capitán recobró la esencia de la historia.

—Recuerdo, por fin —dijo—. ¿Qué quieres?

—Señor capitán —siguió Próspero Cerdera—. Un hombre ofendió a mí y a mis hermanos, y a mi aldea y a mi patria, que es España. Su Merced quiso otorgarnos el reparo. Ese hombre está en el encierro, en la barra… Y yo vengo a rogar a su Merced que le liberte, que le deje volver a su vida de navegante… No sé si es un atrevimiento grande el mío.

El capitán, que era uno de esos viejos marinos que tiene la Compañía Trasatlántica en el régimen de sus alcáceres flotantes, sonrió dulcemente. Él sabía todo lo que hay que saber en los contrastes sociales y en las luchas de las pasiones. Él, adivinaba en el decir de Próspero cuánto había de dignidad en el muchachito.

Y contestó:

—Serás atendido. Ahora mismo va a venir aquí el lobo que te ofendió.

Dio las órdenes el capitán, y, minutos después llegaba el hombre viejo y triste, el que sin motivo, ni razón algunos, había ofendido a los hijos de Dióscoro Cerdera.

Fue un momento solemne. Una autoridad indiscutible regía la discordia. Un muchachuelo soriano, noble y puro, impetraba el perdón de una ofensa. Un viejo dislocado de los que van y vienen por las tierras, sin hallar nunca hogar digno, ventura posible, comparecía también. Y el juez dijo:

—Usted viene ante mí porque el niño a quien ofendió, solicita su disculpa y el perdón de las Pragmáticas de Mar… ¿Tiene usted algo que decir?…

El hombre de las barbas blancas contestó:

—Perdónenme todos, perdóneme el Sr. Presidente del tribunal de a bordo… Perdónenme estos muchachos… Soy un desgraciado… Busco la vida sin encontrarla.

El oficial Presidente, concluyó:

—Llévense a ese hombre, libre ya. Que ingrese en su clase, y que le acompañen todas las consideraciones que corresponden a los demás viajeros.

Próspero Cerdera, se adelantó al oficial que presidía y le dijo:

—¿Nada más que eso?

—Nada más —contestó el oficial.

—Yo quisiera algo más, si Su Merced me lo permite.

—¿Y qué querías tú?

—Quería que ese hombre me permitiese que le pidiera perdón.

—¿De qué perdón?

—De haberle molestado, de que por mis hermanos y por mí estuviese prisionero…

—No he de negarte esa bondad que de tu alma irradia.

Llamó el oficial Presidente a un marinero de los que hacían eficaz su mando, y le ordenó que compareciese el viejo malagueño.

Éste volvió en seguida, un tanto acobardado, temiendo algún castigo.

—Los niños a quien habéis ofendido —exclamó el oficial—, quieren que vengáis para saludaros.

Próspero adelantó hacia el malagueño, cogió las manos de éste. Y como si se hubiera verificado en este instante una fusión sublime de los ofendidos y de los ofensores, concluyó la escena en el amor de Dios… En el amor de la concordia.

4. Nuevo cielo, nuevas estrellas

En las noches de la navegación, los tres sorianitos permanecían largamente sobre cubierta, silenciosos, enternecidos. Ellos miraban el cielo, ellos miraban el mar. En la ignorancia absoluta de los niños, flotaban algunas ideas recogidas del acerbo común de las tradiciones. Habíanles dicho allá, en la aldea, que al pasar de un mundo a otro cruzarían una línea, llamada del Ecuador, y en esa línea se dividían las razas, las florestas y las faunas. Hombres, animales, árboles, plantas, cambiaban de esencia y de color. El Ecuador era una forma clasificadora que Dios había puesto donde convenía, y los que sobre él estaban y sobre los que estaban bajo él eran distintos, absolutamente diferentes.

Pero creían ellos, los intonsos viajeros, que al llegar a El Ecuador, el cielo reventaría en luces, el sol fulgiría, y todo había de ser esplendores. Les sorprendieron allá nubes, nubes negras, olas verdosas, vientos cambiantes, aguaceros bruscos… Y así pasaron los tres sorianitos del viejo mar —ante Colombino— al mar nuevo de la vida moderna. Días hubo en que la negrura del firmamento parecía anunciar la muerte. Soplaban los huracanes, rugían las antenas, bailoteaba el vapor. Cárdenos relámpagos entristecían más que iluminaban los espacios. Y los tres niños, juntas las manos y juntos los rostros, temían el final de la aventura. Ellos rezaban a la Virgencita de la aldea, la Virgencita alabastrinal, imagen medioeval que se hallaba en el altar de Pareduelas—Albas. Pensaban en los padres muertos, y se resignaban al sacrificio. Luego, las nubes se alejaban, el cielo azul, de un azul pálido, dejábase descubrir en la inmensa lontananza. Entonces el regocijo volvía a los tripulantes. Y un marinero, de los encargados de servicio de la clase tercera, hijo de Bermeo, un hombre bueno, de esos que andan por los mares, lleno de santidad y de bravura, daba, al pasar, un golpe amistoso en los rudos cráneos de los sorianos; y él decía:

—No ha de ser todo malo, muchachitos, no os asustéis… Bromas del mar. Mirad al cielo esta noche y veréis las nuevas estrellas.

Próspero dio las gracias al marinero, y contestó:

—No nos asustamos. Lo que hay es que como esto es nuevo para nosotros, todo nos parece extraordinario.

Y aquella noche, siguiendo el consejo del bermeano, los niños miraron a lo alto. Fue una sorpresa extraordinaria la que experimentaron los tres sorianitos. Ellos, niños campesinos, sabían de memoria las estrellas, y entonces observaron otras estrellas. Los espacios que separaban unas de otras eran mayores. Había inmensidades obscuras. En un paraje de la bóveda celeste, se concretaban y se unían millaradas de lucecitas. Una imperaba sobre todas. Era como un nuevo sol que osara brillar en la noche.

Próspero dijo a sus hermanos:

—Esto si que me da miedo. No veremos ya la estrelluela del pastor, ni la lunita del ciervo, ni las siete cabrillas saltadoras, que allá en nuestro pueblo nos iluminaban cuando íbamos al herrado en busca de la yegua coja, que murió al día siguiente de nuestro padre. Todo va a ser distinto, todo va a cambiar para nosotros… Pero confío en que la Santa Virgen de nuestra aldea, mande en todas partes, y ella nos ampare y nos recoja y nos defienda… Y recemos un Padre Nuestro, hermanos míos.

Y los tres sorianitos, rezaron, cruzadas las manos, altas las conciencias, mirando a aquel cielo y pidiéndole merced.

5. Al llegar

Las palabras un tanto solemnes que había pronunciado el alcalde de Pareduelas—Albas, al despedir a los hijos de Dióscoro Cerdera, habían hecho creer a estos que, apenas desembarcados en Buenos Aires, todo les había de ser otorgado. No habían de luchar con dificultades. Pero, cuando el vapor atracó al muelle, en la Dársena Norte del puerto correntino, y comenzó la salida de los pasajeros, halláronse los muchachos con un médico que les examinaba la boca y los ojos. Como Próspero ignoraba ese detalle, se negó al reconocimiento. Pero un marinero le aconsejó que se sometieran los tres chicuelos a ese examen. Fue rápido y favorable. El médico de la Sanidad marítima argentina, dijo:

—Tres resalvos puros… Niños de buena gente, de padres virtuosos… Andad y poblad.

No entendieron las sorianitos lo que ello significaba. Diéronse por satisfechos que les dejaran bajar por la escalera, llevando cada uno sobre la espalda el mísero hatillo.

Una vez en tierra, un agente de policía, les dijo:

—Venid conmigo, niños. ¿Sois españoles?… Vamos al Hotel de emigrantes. Allí pasaréis la noche, se os dará de comer y quién sabe, puede que se os dirigirá a vuestro destino.

Todo esto era inesperado para Próspero, y no hay que decir que para los hermanos menores. Sentían ellos la desconfianza, el miedo a ser capturados, detenidos, víctimas de servidumbre y de maldades. Pero el policiaco les tranquilizó:

—No temáis españolitos, no temáis… Os recibe el Gobierno de la República Argentina, que es padre de los emigrantes. Él os protegerá.

Y cuando llegaron al Hotel de emigrantes, lleno de una fantástica muchedumbre, la que arribara en el mismo barco que los sorianitos y la que había llegado en otros barcos anteriores, experimentaron los hijos de Dióscoro una indiscreptible impresión. Ellos no sabían nada de lo que iba a ocurrir. Imaginaban que, con los papeles de que eran poseedores y la carta para el cónsul de España, estaba todo resuelto. Momentos hubo en que, los mocitos, imaginaron que iban a entrar en la República Argentina como conquistadores y dueños.

Sonó una corneta, que tocó tres veces. Próspero preguntó a un hombre de edad mediana, que cerca de él estaba:

—¿Qué significa ese toque?

—Ese toque significa que nos van a dar de comer. Vosotros acabáis de llegar. Yo arribé esta mañana. Soy mejicano. Ando por el mundo. Mi oficio es el de herrero, que voy a trabajar, por contrata, a una estancia de Resistencia.

Próspero escuchó estas palabras con la atención que ponía en todo, porque harto sabía él que, los viajeros, necesitan tener el oído listo, la mirada viva, el entendimiento en perpetua vigilia, y la voluntad preparada para los casos inesperados. Y, al oír que se hablaba de Resistencia, ciudad, villa o lugar, a la que él y sus hermanos habían de ir, contestó:

—¿Va usted a Resistencia?

—Sí que voy.

—Pues yo y mis hermanos vamos también allá.

El hombre dio una risotada

—Sí, que es curioso, que aquí nos encontremos los que vamos por el mismo camino… ¿Y qué vais a hacer allí vosotros y quiénes sois?

Próspero tenía la condición de su raza, la de los buenos y nobles sorianos. Vivía en la defensa, actuaba en la desconfianza. Supo decir lo que convenía:

—Tenemos allí un negocio de la familia, y caminamos para ver si es posible.

—No temáis de mí, chicuelos, añadió el conversarte. Yo soy un hombre honrado. Tuve mujer, tuve hijos. Viví en Méjico y en Veracruz. En mi sangre hay puntas españolas. Yo soy liberal, y el gobierno de Porfirio Díaz me echó del país, del país en que había nacido. Tengo la maestría ferra mentaria. En mis manos se convierte el duro hierro en blanda materia… ¡Como si fuese cera!… Ahora me llaman para trabajar allí, en una fábrica de Quebracho… Mi mujer murió. Mis hijos murieron también cuando la peste amarilla… Y de nuevo marcho por las tierras y por los mares.

Próspero contestó:

—No dudamos de usted, ni habría motivos para que dudásemos. Harto bien nos hace con hablarnos. Somos tres huérfanos, que caminamos por el mundo sin saber nada de la vida. Disculpe nuestra ignorancia.

—Yo me llamo —siguió el ferratero—, Melchor Ordóñez. Nací en Veracruz. Tengo el título de maestro de cerrajería, dado por la Escuela municipal de Méjico. Si vais conmigo, tendré honor en acompañaros y en defenderos… , ¿Cuándo vais a salir de Buenos Aires para Resistencia?

—No lo sé —contestó Próspero—. Hemos de presentar nuestros documentos y nuestras instancias en el Consulado de España.

—Pues yo permaneceré en Buenos Aires un mes, cuando menos, en este mismo Hotel de Emigrantes. Si os conviene mi compañía, venid a buscarme, y estar seguros de que yo no voy a abusar de vuestra niñez, porque en los hijos que perdí, os encuentro a vosotros.

Advirtió Próspero en el rostro y en el acento de aquel hombre, prendas de honradez. Y concluyó el diálogo así:

—En cuanto podamos, vendremos a buscar a usted. Muchas gracias por su atención.

6. En la baraúnda

El Director del Hotel de Emigrantes ha tenido siempre amor probado para los españoles, y más si son niños. Cuando supo que tres muchachitos de Soria hablan llegado, les llamó a su despacho y les preguntó el motivo del viaje.

Próspero se halló con sus hermanos en una oficina rutilante de luz. Eran las nueve de la noche. Habían comido bien los hijos de Dióscoro, habían recibido la atención cristiana de los servidores de aquel centro de fraternidad universal. Estaban propensos a toda benevolencia y a toda confianza.

El Director les preguntó:

—¿De dónde venís?

—De Soria venimos —contestó Próspero—, es decir, venimos de Pareduelas—Albas, que es un lugar de Soria.

—¿Y a dónde vais, tan pequeños y tan sin amparo?

—Vamos a Resistencia.

—¿Tan lejos?

—Creo que está lejos —contestó Próspero—, pero medios nos darán para llegar.

—¿Los tenéis ahora?

—No los tenemos. Una cantidad corta guardo yo en mi bolsillo… Pero el Cónsul de España tiene orden de entregarnos todo lo necesario para llegar al término del viaje.

El Director, tan benévolo, tan psicólogo, tan conocedor de los ensueños de los emigrantes, se permitió dudar.

—¿Vais a trabajar, en Resistencia?

—Claro, que vamos a trabajar, pero antes vamos a cobrar dinero que allí nos espera.

—¿Sois herederos?

—Lo somos —repuso Próspero.

—¿Cómo os llamáis?

Y, Próspero dijo nombres y apellidos, y expuso claramente el motivo del viaje.

El Director tocó un timbre. Acudió uno de los funcionarios a sus órdenes. Habló el jefe con el empleado, sin que los niños supieran lo que había pasado en el misterioso diálogo.

Un minuto después llegaba a manos del funcionario del Hotel de Emigrantes una carpeta. El Director examinó rápidamente los papeles que allí se contenían, y dijo a Próspero:

—Sois el hermano mayor. Sois el representante de la familia. Vuestro pariente Roque Lanceote os ha dejado su fortuna. Los antecedentes que aquí tenemos de ese hombre son buenos. Trabajó por la honra y la gloria de la República Argentina, luchando con los indios y ganándoles tierras. No puedo consideraros como a la muchedumbre de emigrantes que aquí llega. Por ser tan niños, me asombra vuestro valor. Por ser tan desprovistos de apoyo, os ofrezco el del Gobierno de la República Argentina. Agentes a mis órdenes os conducirán a Resistencia, y allí encontraréis quien os defiendan contra las maldades de los hombres, que en todas partes las hay.

Y luego, el Director, organizó el viaje de los tres sorianitos. Iban a ser conducidos especialmente por un empleado del Hotel de Emigrantes.

Próspero, lleno de emoción ante aquella benevolencia, exclamó:

—¿Qué debemos pagar?

El Director repuso, sonriente:

—¿Traéis mucho dinero?

—Unas monedas de nuestra tierra, muy poco… Porque ya sé que aquí todo cuesta muy caro —contestó Próspero; y sacando de su cartera un billete de banco, unas monedas de oro y unos duros, los arrojó sobre la mesa del Director.

—Guarda, niño bueno —contestó el Director—, guarda ese dinero con el celo con que lo has conservado en tus bolsillos desde que saliste de la gloriosa tierra de Soria. Guárdalo para siempre y que sea la base de tu caudal y el de tus hermanos… Aquí no hay que pagar nada… Aquí se recibe a los emigrantes con amor y con simpatías. Y vosotros venís provistos de una abundancia de energía que a mí me enamora.

Próspero besó la mano del alto empleado. Alejose con los hermanos en busca del dormitorio.

Y aquel funcionario eminente de la República Argentina, pensó:

«Esto es lo más noble que España envía a su antigua colonia.»

Los tres días que los niños pasaron en Buenos Aires, enseñáronles respecto a la vida mucho más de los que antes habían sabido. Ellos no habían estado en Madrid ni en ninguna gran ciudad españolas. Partieron de su aldea de Pareduelas—Albas directamente a Cádiz. Sólo habían permanecido en esa capital unas horas; de suerte que, en su magín, no había la comprobación de que existiesen sobre la tierra centros populosísimos. Así fue abrumadora la impresión que recibieron los hijos de Cerdera, cuando, al salir un día del Hotel de Emigrantes, en el momento del crepúsculo vespertino, se encontraron en la Avenida de Mayo. Inmensa circulación, millares de automóviles y de coches de caballos, tranvías que cruzaban vertiginosamente, numerosísimas tiendas de todos los artículos necesarios a la vida y hasta de los innecesarios, que responden sólo a las exigencias del lujo, anuncios de luminaria eléctrica… todo, en fin, lo que caracteriza a la gran capital argentina. Cogidos de las manos iban los tres hermanitos, temerosos de perderse en la bullanga. Miraban a derecha e izquierda con desconfianza. Creían que no les era dable el derecho de gozar de aquella magnificencia, y que alguien iba a arrojarlos de la calle y aún a recluirlos. Media hora después, Próspero dijo a Generoso y a Basilio:

—Vámonos, volvamos a nuestro albergue, aquí nos pueden pasar cosas malas.


Y obedientes a la orden del que, más que hermano, era padre y tutor, retrocedieron hacia el río, acogiéndose al amparo de la providente casa de los expedicionarios, buscadores de trabajo.

7. En el río Paraná

Un grupo de emigrantes partió del hotel para embarcar en el vapor Payador, que iba a remontar el curso del río Paraná, inmensa vía fluvial, que constantemente se reforma por los arrastros de las tierras ribereñas. Los tres sorianitos entraron en el vapor con curiosidad inmensa. Con ellos iba el herrero, Melchor Ordóñez, viejo en las idas y venidas de la emigración. Ya había estado él otras veces en estas mismas rutas, y así gustaba de comunicar a los muchachos el programa de lo que iban a ver y la explicación de lo que veían. Y los hijos de Cerdera, pendientes de los labios del buen forjador, se divertían escuchándole.

—Este río por el que andamos —dijo Ordóñez— es uno de los más grandes de la República Argentina. Viene de muy lejos, y se nutre con otros grandes ríos. Él se los sorbe a todos. ¡Pobrecitos ríos estos otros que se rinden a las pendientes y caminan hacia la gran cuenca!… Víctimas son ellos del magnifico Paraná. Mirad, mirad, a derecha e izquierda y veréis cuánta distancia nos separa de las riberas. Ved aquellos que parecen pedazos de leños viejos, secos y carcomidos. No creáis que son leños. Son caimanes, que duermen semanas y meses flotando en las aguas con sus perezosas garras clavadas en el fango, junto a la orilla. Dicen que estos caimanes son inofensivos, que no persiguen al hombre y que se alimentan de peces. Pero no os fiéis. Yo no me fiaría.

Pero, en esto, una de aquellas bestias que se hallaba en uno de los recodos del cauce, abrió la boca, la boca enorme, castañeteó rápida y repetidamente chocando la mandíbula inferior y la superior y tornó al sopor.

Los tres sorianitos contemplaron espantados el incidente. Allá en su tierra, en los montes abruptos, solo había un animal peligroso: el lobo. Al fin y al cabo el lobo era un perro grande y fiero. Era posible defenderse de él a pedradas. Pero esos animaluchos que flotaban en el Paraná, inspiraban espanto.

Basilio dijo:

—Hay que pensar… Si nos cayéramos al agua.

—Mal lo pasaríais —contestó Ordóñez— porque yo creo que esos bichos que parecen que duermen, lo que hacen es esperar la ocasión.

—¡Santa Virgen de Pareduelas! —dijo entonces Basilio—. ¡Qué sería de nosotros!

—Pues habéis de saber —siguió Ordóñez— que en este gran río del Paraná todo es misterio. Yo lo he pasado varias veces en mi viaje, y cada día lo encuentro distinto. Es que trae muchas tierras en el arrastre de sus aguas. En ocasiones, los barcos tropiezan con el fondo y se quedan parados. Encuéntrase el navegante con islotes desconocidos. Una lancha que zozobró quedose hundida, sin más que el palo de la vela fuera. Allí se juntaron las tierras flotantes y nació un islote. Pronto se cubrió de vegetación. Y así ocurre siempre. El Paraná es un río que hace y deshace, y quién sabe si se le ocurrirá formar un dique que corte la vía.

Los sorianitos, que habían pasado en la navegación marítima no pocos sustos, volvieron a sentirlos. Según avanzaban hacia Resistencia, iba apareciéndoles el país americano, con sus novedades prodigiosas, con sus grandezas insuperadas. Bien comprendían los chicuelos, no obstante su ignorancia, que para triunfar allí era necesaria una voluntad de hierro y mucha energía física.

A derecha e izquierda iban destacándose las poblaciones. En todas ellas paraba el vapor. Allá Rosario, luego Diamante, más tarde, la ciudad de Paraná. Siguieron desfilando, Santa Elena, la Paz, Esquina, Mal—abrigo, Goya, La Valle, Bella vista, El Pedrado, Barranquera, Corriente… Allí había de desembarcar, y, en efecto, desembarcaron.

Apenas hubieron puesto los pies en el muelle, un hombre de aspecto extraño se les acercó. Impresionoles el rostro de aquel sujeto, rostro largo, caballuno, sin pelo de barba, la nariz curva y prolongadísima, los ojos, puestos en lo alto del cráneo. Vestía un chaquetón de paño rojo, pantalón a rayas. Calzaba abarcas, y cubría su cabeza, de pelo liso y aplastado, con una gorra de cuero.

Él dijo al mayor de los sorianos:

—Vosotros, niños, venís de España ¿No es así? ¿Y vais a Resistencia? ¿Vais a estar mucho tiempo en Corriente?

Ya se ha dicho que los sorianitos viajaban a la defensiva. El espíritu heroico de su raza, adaptaba todas las formas posibles para no caer en la falacia ajena. Próspero dijo:

—Sí, señor, vamos a Resistencia, pero antes tenemos que hacer algunas cosas aquí.

—Claro es —dijo el hombre de la cara caballuna— que no conocéis el país. Si queréis yo os acompañaré.

—No señor, muchas gracias —repuso Próspero— ya sabemos donde tenemos que ir.

—¿Es que desconfiáis?… Yo soy el indio Presto Culcufura. Me conceden su confianza todos los comerciantes de Corriente y de Resistencia.

Según iba mirando más y más Próspero a su interlocutor, más le espantaba la faz de aquel hombre; y el extraño modo de hablar, el sonar agriamente gutural de los vocablos, añadía a la sorpresa que le producía el indio, extremecimiento de miedo. Hubo de hacer un acto de voluntad el mocito, para rechazar definitivamente la propuesta.

Dijo al fin:

—Le agradecemos sus palabras, pero nos está encomendado que no aceptemos servicio de nadie, porque aquí en Corriente y en Resistencia, seremos asistidos por nuestro Cónsul.

El indio miró de arriba abajo a Próspero, con aire de amenaza. Siguieron caminando los chicos, y cuando ya estaban un poco lejos, Presto Culcufura, dijo entre dientes:

—Puede que os arrepintáis, niñacos. Sin mí no se hace nada por estas tierras… Y yo sé bien lo que traéis acá.

Al oír esto, Próspero, sintió un latido de brío en su alma, y, volviéndose hacia el indio, contestó:

—No venimos a que nos acobarden. Nada tenemos que ver con usted.

Había llegado entonces un vigilante de la Gobernación. Él tenía orden de buscar a los viajeros Cerdera. Y, dirigiéndose a Próspero, le dijo:

—¿Sois los herederos de Roque Lanceote?

Y sacó su cartera y allí leyó un papel.

—Venid conmigo —añadió.

Fueron los tres sorianitos con el agente de la autoridad al Consulado, donde les recibió el representante de España. Era un comerciante acreditado, amador de su tierra, de la hermosa Andalucía, donde naciera. Cumplidor fiel de sus deberes.

Recibió el Cónsul a los niños como si fueran sus hijos. Teníales preparado alojamiento en un albergue honrado. Les acompañó a cenar, les dio instrucciones sobre lo que habían de hacer.

Y de esta manera concluyó el viaje por el Paraná de los hijos de Dióscoro, el de Pareduelas—Albas.

8. La persecución

Cuando se hubieron acostado en los lechos de la hospedería, durmiéronse Generoso y Basilio. Próspero quedó despierto. Ni se desnudó siquiera, aunque sentía grandísima fatiga, porque a bordo apenas durmió y las emociones del arriesgado viaje le mantuvieron en vigilancia.

Él sabia por las manifestaciones del Alcalde de Pareduelas—Albas, que su tío Roque Lanceote era riquísimo, pero había en las condiciones de la herencia algo perturbador. Hablábase de un codicilo secretísimo que estaba en poder del agente consular de Resistencia. ¿Qué diría ese documento?… Y el muchacho que no tenía noticia alguna del problema jurídico, temblaba, ante la expectativa de graves riesgos. Traía él en su cartera, ajustada sobre el pecho por un cinto de correa, todos los documentos probatorios del derecho de los Cerdera para esa herencia. Pero, ¿qué dificultades sobrevendrían?… Y, entonces, se le apareció de improviso en la mente el rostro caballuno de Presto Culcufura. ¿Quién era ese indio? ¿Cómo sabía él que los tres sorianitos venían de Pareduelas—Albas a aquel rincón de la República Argentina? Y la sospecha de amenazas, quebrantó la energía de Próspero.

Asomose tras la cortinilla de blanca tela, para ver la calle en que estaba la fondita, que era tenida por un italiano, y se titulaba Albergue de Nápoles… . Y vio que, en la acera de enfrente, se paseaba un hombre mirando, de cuando en cuando, a la cristalera del edificio. No tardó mucho en descubrir que ese hombre era el indio Culcufura. Y ese espectáculo aterró al mozo. ¿Qué hacía allí ese hombre? ¿Por qué se ocupaba en vigilarlos?…

Sólo la inmensa fatiga rindió a Próspero. Sin desnudarse, se arrojó en el camastro. Había cerrado la puerta de la cámara, con llave y cerrojo. Aplicó dos o tres sillas a la puerta. Comprendió que iba a comenzar una lucha. No sabía con quién ni por qué, pero la presencia del indio Presto Culcufura, que paseaba por la acera de enfrente de la fondita, le mantuvo enérgicamente en cruel zozobra.

Cuando, tras breve sueño, al darle la luz del día en los ojos, se incorporó Próspero, escuchó tres golpes dados en la puerta.

—¿Quién es?… ¿Qué quiere?

—Ábreme, niño, gritó una voz sorda. Soy el indio Presto, que viene a serviros. Déjame entrar y hablaremos.

Dudó el mayor de los Cerdera, sobre lo que debía hacer, pero la idea del miedo le pareció vergonzosa. Arma no tenía, sino era una navajita cachicuerna. Lo que hizo fue llamar a sus hermanos, que se despertaron atolondrados. Él los empujó. Pronto se hallaron con sus trajes sobre el cuerpo. Luego abrió Próspero.

Entró el indio Culcufura, sonriente. En aquella faz prolongada, amarillenta, la sonrisa era espantable.

—No sabéis, españolitos —dijo el indio —cuántos peligros os amenazan. Habéis venido de vuestra tierra sin saber lo que ibais a hacer. Yo estoy enterado de todo. Sé que sois herederos de Roque Lanceote. Yo conocía a vuestro pariente. Era un hombre valiente, andaba por todas partes, los indios le respetaban, los criollos le temían, los hombres italianos y españoles de la colonia del Quebracho, le temían también. Era un bravo. Quiso él guardar el secreto de sus riquezas, pero no pudo. Oro, caridad y amor, son cosas que transcienden… Y habéis de saber los que me desdeñasteis ayer tarde, que si yo no os amparo y os protejo, seréis víctimas. Pensadlo bien. Si no queréis que os acompañe y os sirva, seréis víctimas. No lo dudéis.

Generoso y Basilio se abrazaron, dominados por el estupor. Solo Próspero se dirigió hacia el indio, diciéndole:

—Le agradecemos mucho sus ofrecimientos, como le dije ayer, al desembarcar. Pero no podemos hacer nada, ni comprometernos a nada, mientras no veamos al Cónsul, que va a enviar dentro de poco a uno de sus empleados para que nos acompañe y nos guíe… Después de hablar con el Cónsul, veremos lo que nos conviene.

El indio se retiró lentamente, caminando de espaldas hacia la puerta.

—Reacios sois, niñacos, pero ya veréis como al fin, sin que yo os ayude, no habréis de conseguir nada.

Cuando desapareció Culcufura, Próspero cerró la puerta, se unió a sus hermanos, estrechándolos entre sus brazos, y les dijo:

—Estad tranquilos, no os asustéis… Somos chiquitos, pero Dios ha querido que hayamos de convertirnos rápidamente en hombres. Acordaos que nuestro padre Dióscoro y nuestra madre Aquilina nunca tuvieron miedo.

Basilio lloraba. Oprimiendo la mano de Próspero, le dijo:

—Este hombre me espanta… ¡Qué cara tan larga!… ¡Qué nariz tan larguísima!… ¡Si parece un caballo con cuerpo de hombre!…

Próspero sentía el mismo terror que sus hermanos, pero, disimulándolo, concluyó:

—Calma y valentía… Los hijos de Dióscoro no han nacido para que nadie les imponga su voluntad.

9. Ante el Cónsul

Eran las diez de la mañana cuando los sorianos comparecieron ante el Cónsul o agente consular de Corrientes. Él los recibió con amabilidad y les dijo:

—¿No tenéis allá en vuestro pueblo pariente alguno que os acompañara?

—No lo tenemos —contestó Próspero—. Mi padre ha muerto. Mi madre murió antes. Parientes haylos, pero están en sus asuntos, son pobres: no pueden viajar y menos a estos viajes tan caros.

—Os lo pregunto —añadió el interrogante—, porque, según mis noticias habréis de tener luchas. Me ha sido muy recomendado vuestro caso por los representantes del Gobierno español. He querido yo enterarme de lo que habéis de hacer, y solo he sabido que, en Resistencia, donde vuestro tío Roque Lanceote vivió y murió, hay gran expectación ante vuestra llegada. Se sabe que Lanceote era rico, pero se ignora en qué consistía su fortuna; algunos miles de pesos dejó en su casa y esos los guarda el agente consular de Resistencia. Pero, lo principal de su haber está misteriosamente escondido, no se sabe dónde… Aunque yo pienso que ese caudal se hallará donde indique el codicilo secretísimo que os va a ser entregado… ¿Necesitáis el dinero para hacer el viaje?

Próspero dijo:

—Aún tenemos dinero. ¿Cuánto cuesta ir desde aquí a Resistencia y cómo hemos de ir?

—Iréis en el tren. Dentro de dos horas parte. El viaje es corto.

—Pues entonces, señor —exclamó con energía Próspero—, nada necesitamos; y le agradecemos su buena voluntad.

—Algo os falta —siguió el Cónsul—, documentos que he de entregaros y que ya están aquí con mi firma. Guardadlos, porque son la garantía de vuestras personalidades jurídicas.

No sabían el mayor, el segundo ni el menor de los Cerdera, que ellos eran «personalidades jurídicas». Sólo sabían que eran unos niños a quien la Providencia enviara a través de los mundos en busca de una herencia.

Entonces Próspero, creyó oportuno decir al representante de España:

—He de manifestar a usted que apenas desembarcamos se nos presentó, y nos asedia un hombre, un indio, que se llama Presto Culcufura. Y él se empeña en acompañarnos, y dice, que en defendernos.

El Cónsul, que había sonreído desde el principio del diálogo, por las simpatías que le habían inspirado los viajeros, se puso serio:

—Tened cuidado —contestó—. Ese es un hombre peligroso. Él anda de aquí para allá en busca de dinero. Acusado está de varios crímenes y su astucia le ha librado de sentencias de los tribunales.

—¿Y qué haremos? —repuso Próspero—, si sigue molestándonos?

—Negaros a todo, no tener comunicación con él.

De buena gana hubiera pedido el hijo mayor de Cerdera al Cónsul amparo y compañía para el resto del viaje, pero no se atrevió. Sin duda era la pretensión demasiada. Despidiose con rústicas palabras de gratitud, y el Cónsul acabó el diálogo con estas frases:

—Andad prevenidos. No creo que el indio Culcufura ni nadie ose afrentaros, pero siempre tendréis autoridades que os defiendan. Y en Resistencia os esperan por orden mía quienes os acompañarán cariñosamente… Acordaos de mí y pensad que en estas tierras tan lejanas de las vuestras, hay muchos españoles que tienen el común sentimiento defensivo.

10. En Resistencia

Al otro día llegaron los tres sorianitos a Resistencia, ciudad nueva, que crecía rápidamente, porque, en ese avance maravilloso de la República Argentina sobre los inmensos parajes de que antes fueron dueños absolutos los indios, la obra civilizadora se desarrollaba prodigiosamente. Resistencia era una serie de calles paralelas, en las que existía importante colonia española. Lo que más les impresionó a los recién llegados, cuando pedían el nombre de una fonda donde alojarse al jefe de estación, fue la muchedumbre de indios. No vestían como ellos imaginaban según los cuentos tradicionales de la vieja Castilla. No llevaban cercos de altas plumas multicolores sobre la cabellera: ni túnicas blancas, ni calzones en forma de zarahuelles. Vestían estos indios con trajes europeos, como obreros de Barcelona y de Buenos Aires, calzones de lienzo azul, blusas de igual color, gorras o boinas en la testa. Sólo diferenciaban de los hombres de las razas europeas por el prolongado cráneo caballuno, la tez cobriza, los ojos que se abrían en lo más alto del cráneo y la excesiva prolongación de los brazos así como las rudas, fuertes manos, de uñas aplastadas. Ellos trabajaban en los muelles de la estación, ellos conducían carritos tirados por pequeños caballos, ellos iban y venían en sus industrias hablando entre sí un idioma desconocido a los sorianos. Si entonces se hubiera presentado ante los viajeros Presto Culcufura, no le hubieran distinguido de los otros sus paisanos y coterráneos.

No sin dificultades llegaron al Agente consular. Éste les dijo:

—Mostradme los documentos que os acreditan como tales hijos de Dióscoro Cerdera.

Próspero mostró esos documentos. El representante de España los examinó atentamente, y luego dijo:

—Está bien. No sólo se demuestra aquí que sois los herederos de Roque Lanceote y Mesnera, sino que venís investidos de poder suficiente, aún siendo menores de edad, para que al amparo del fiscal Federal, recibáis vuestro peculio. Pero he de deciros que yo tengo en mi arca el codicilo secretísimo de vuestro pariente Roque Lanceote, y habréis de abrirlo en mi presencia ante dos testigos, que lo serán dos comerciantes españoles que ubican al lado de mi casa.

Y el Agente consular envió a un dependiente en requerimiento de aquellos españoles. Llegaron ellos un cuarto de hora después.

Y, enterados del caso, manifestáronse dispuestos a intervenir en la operación, no sin preguntar celosamente a los niños todo cuanto interesaban para conocer su aventura.

Uno de estos españoles había nacido en La Coruña. Llamábase Fidel de los Pazos. Llegó a Buenos Aires siendo mozo, con poca instrucción, pero con ánimo valentísimo. Anduvo en diversos trabajos y negocios y en sus nuevas emigraciones por el país argentino, llegó a Resistencia, que entonces no era sino una aldehuela. Su labor admirable, celosa y honrada le otorgó la confianza de capitalistas y criollos.Llegó a ser director de una fábrica de tanino y, más tarde, dueño de un almacén de comestibles.

Fidel de los Pazos había conocido a Roque Lanceote; y dijo a Próspero:

—Tu tío era un hombre raro. El más fuerte de la colonia española. Él andaba con los indios, él servía al Gobierno Federal, como hicieron todos los españoles en ese tiempo. Pero, con ser tan bueno y tan honrado, tenía singularidades que nunca pudimos entender. Yo era su amigo, muy amigo, acaso su mejor amigo. Y un día me dijo:

—«Aquí he trabajado mucho, pero mi fortuna no está aquí… Está allá, muy lejos… » No sé lo que contendrá ese codicilo que él me había anunciado, pensando que era vuestro padre el que viniera a enterarse del documento. Supongo que habrá cosas extraordinarias en esa última y verdadera voluntad de Lanceote.

El otro testigo buscado por el Agente consular era Fuensanto del Valle, natural de Córdoba, honradísimo mercader, de ánimo alegre, que conservaba en la larguísima estancia tan lejos de su Patria, el decir y el pensar de los cordubenses:

—Chaveítas míos —dijo—, me es muy agradable veros, porque, aunque no habéis nacido en Córdoba, sois españoles y por eso os quiero. He oído lo que ha dicho mi compañero Fidel de los Pazos… Vamos a ver lo que dice ese papelito secreto y ya veremos lo que conviene que hagáis.

El agente consular, auxiliado de su secretario, abrió el pliego, que tenia cinco lacres, con las iniciales del finado Lanceote.

11. El codicilo

Antes de leer dijo el agente consular a los herederos:

—He de manifestarles, primeramente, que tengo a su disposición, siempre que intervenga vuestro tutor legal, o sea el fiscal de la Federación, treinta mil setecientos pesos, moneda nacional; que equivalen a sesenta y siete mil quinientas cuarenta pesetas. Esta es la herencia vista y tangible de vuestro tío Roque Lanceote y Mesnera. Respecto a la entrega de esta suma, se procederá como la ley española y argentina tienen determinado. Y ahora el señor secretario se servirá dar lectura al pliego que acabamos de abrir ante los testigos fehacientes.

Los hijos de Cerdera, estaban sentados en tres sillas delante del Agente consular. La solemnidad del caso, ponía en los niños estremecimientos de angustia.

El secretario comenzó la lectura. Tratábase, más que un codicilo, de un nuevo testamento ológrafo, escrito de la mano de Lanceote, con la autorización de testigos presenciales y con todos los requisitos que las Leyes de Indias, aceptadas en la Argentina, establecen.

Si yo copiara ese documento, aburriría al lector de esta novela. Solo diré lo esencial. Contaba su vida Roque Lanceote, el nacido en Pareduelas—Albas, el que en el año treinta y siete escapó de la tierra por haber dado un golpe a un mozo, en cierta riña sobre amores, cuando la velada de San Juan. Lanceote anduvo tierras y tierras, sin dinero, pobrísimo. Hubo de detenerse en el viaje muchas veces para trabajar, como obrero agrícola, como segador. Apenas ganaba unas pesetas, él seguía su camino hacia el Sur, porque el pensamiento que tenía y la voluntad imperiosa que le animaba, le habían marcado un itinerario; él quería ir a Cádiz para embarcarse con destino a una república sud—americana, fuese la que fuera. Al fin consiguió a costa de inmensos heroicos sacrificios, ser tripulante de un bergantín, el María de Jesús, que zarpó con rumbo a Montevideo y Buenos Aires. Improvisose de marinero Roque Lanceote, y era tal su entendimiento y tan grande su resistencia, que poco después merecía la confianza del capitán, un marino de Blanes, que decía frecuentemente a los otros tripulantes, en torpe mezcla del castellano y del catalán:

—Aquest noy, es mucho valiente… Él sube a las jarcias como un mono… Bon muchacho, bon marinero.

Bajo estos elogios llegó Roque Lanceote, según él explicaba en su codicilo, a la ciudad de Buenos Aires. Quiso el capitán del María de Jesús conservarle a su servicio, pero Roque se negó. Él quería ver tierra, ver mundo. Él había leído, siendo niño, un libro de las aventuras de Hernán Cortés y de Pizarro y sentía el estímulo que aquellos grandes capitanes…

… Seguía el relato de los trabajos ímprobros, de las negras miserias… La República Argentina se hallaba en su período constituyente. Dictaduras, violencias, revoluciones, luchas a tiros… Los españoles eran mal mirados, como que era reciente la liberación de su señorío… Y Roque Lanceote aprendió en seguida su oficio. Sin dejar de sentir el amor a la patria en que había nacido, aceptó todas las imposiciones de la realidad. Permaneció en la capital, en Buenos Aires, el menor tiempo que pudo. Luego arreó camino de las Pampas, y más tarde, hacia los parajes dominados por los indios. El Gobierno de la República Argentina había dictado un decreto por el que, en su ansia civilizadora, concedía premios extraordinarios y protección magnánima a los emigrantes que osaran avanzar por las fronteras de las tribus. Era cuando el entonces coronel, luego general, Lucio Victorio Mansilla, realizó su empresa admirable en el país de los indios ranqueles. Era cuando el general Mitre, el Napoleón argentino, contenía los «malones» de la indiada… Roque Lanceote, el soriano, fue el más bravo, el más eficaz y dichoso de los que luchaban con la Fe de Cristo y por el esplendor de la República Argentina…

… Y así seguía la historia de su vida. Si nos hubiera sido dable copiarla, allí tendríamos el más interesante documento de la voluntad española, del poder dominante de nuestros emigradores… Pero he de limitar mis informes al caso de los tres sorianitos.

Lo que más nos importa de ese codicilo es, lo que copio a continuación:

«Aparte de la cantidad de treinta mil setecientos pesos que en metálico dejo a mi heredero Dióscoro Cerdera, o a sus habientes, tengo depositada mi fortuna principal, consistente en diez millones de pesos, en oro norteamericano y español en lugar seguro, libre de las codicias y peligros de los hombres. Y lo he hecho así, porque, cuando en una de mis enfermedades me sentí morir, hallándose la República Argentina en plena turbación, no fié el fruto de tantos sacrificios a bancos que podían ser intervenidos, ni a amigos fieles, que podían ser asesinados, como muchos lo fueron. El principal negocio mío fue la invención de los extractos químicos del árbol llamado Quebracho. Gocé del Gobierno Nacional, generosidades ilimitadas por lo que yo muero, cuando muera, en el amor de mi nueva Patria, a la tierra argentina, tan grande, tan leal, tan próspera. Y ese caudal se halla distribuido en dos cajas de hierro, que yo mismo he construido y soldado. Una caja, se halla a siete leguas, Norte, de Resistencia, siguiendo la línea geográfica. Es un lugar escabroso. Nunca fueron allí los hombres. Los indios le temían por la abundancia de las fieras. El Jaguareté (el tigre argentino),defendía aquellos lugares. Sufrí yo grandes peligros para buscar el seguro lugar de depósito. Después de andar once días en la dirección Norte, Noroeste, desde Resistencia, hallará el viajero una laguna, muy extensa. Allí se crían yacarés (cocodrilos). En las riberas de la laguna hay fieras. Además del Jaguareté, populan las pumas, animales mayores que las zorras sorianas, muy fieros y arrojadizos. También existe en esas tierras el zorro gris leonado. En esa laguna es tal la abundancia de nutrias que es imposible dar un paso sin ver a estas lindas bestias, que ya navegan en las aguas sucias, ya caminan por la tierra. Los indios Tobis, tienen sus rancherías en las inmediaciones de la laguna. Son fieros, están bien armados. Es difícil avanzar por aquella región sin entenderse con ellos… Yo me entendí. Capitán de una de las tribus era, cuando yo deposité la caja de hierro número 1 el indio Gerdonche, Piedra—blanca. Yo le hice muchos regalos, yo le proveí de víveres, armas y municiones, encargándole que, si llegado un día acudiesen a él mis herederos, él les amparase contra las rapiñas de sus sometidos…

En la orilla izquierda, Norte, de la laguna, hay dos piedras grandes. Entre ellas, existe un bosque de Quebracho. Andando diez pasos a la derecha desde el punto de arribada, entre las dos piedras, se verá otra piedra, blanca, de cuarzo que tiene hondos yacimientos. Lineas ferruginosas aparecen en esa piedra. A su izquierda, está el tesoro. Hay que cavar hasta los diez metros bajo el nivel del suelo. Y allí queda la mitad de lo que yo gané y allí está para mis herederos, si ellos son capaces del sacrificio… Tampoco quisiera que, por cobardía, fuesen indignos de mi herencia aquellos a quienes yo se los destino. Si fallecen en el empeño o se apartan de él por ánimo miserable, no merecerán mi cariño, porque yo sólo deseo para los hombres el valor y la virtud, prendas sublimes… »

«En cuanto a la caja número 2 está depositada a once leguas de Resistencia, siguiendo la ribera ascendente, derecha, del Paraná. Existe allí una roca verde que mojan las aguas del río. Detrás de ella, hay una piedrecita negra, muy pequeña, pero muy honda, florescencia de algún peñasco subterráneo. Caben allí mis herederos y a los once metros encontrarán la caja… »

Y a esto, añadía el codicilo, detalles legales, procedimientos de ejecución. Concluía invocando el santo respeto de los Magistrados de la República Argentina para que su voluntad se cumpliese, y solicitando su amparo, en defensa de los que acaso irían allá en requerimiento del derecho…

Más de una hora duró la lectura del codicilo secretísimo. Los tres sorianitos escucharon con atención, y según iban siendo explicados los detalles de la voluntad de Roque Lanceote, iba llenándose el ánimo de los viajeros de terror y de espanto. Así que concluyó el secretario, su oficio, Próspero, como si hubiera recibido una inspiración celestial, dijo:

—Eso es imposible. Yo y mis dos hermanos somos unos niños. ¿Cómo podremos intentar esos viajes ni esos trabajos?… Hemos venido con el engaño de una posibilidad, y nos hallamos con dificultades enormes.

El Agente consular repuso:

—No es sencillo el caso que vuestro tío Roque Lanceote ha establecido. Sin duda pensaba en vuestro padre, Dióscoro, hombre de edad madura, con la experiencia propia de esa edad. No contaba con que unos muchachitos iban a ser los ejecutores del codicilo… Pero el Gobierno de la República Argentina que conoce este asunto, y el Ministro de España, vuestro protector que lo conoce tan bien, han tomado sus medidas, para que sea realizable la voluntad del difunto. Dos agentes del Gobierno os acompañarán a vuestras expensas, gozando de un sueldo, que nosotros decidiremos. La Prefectura de Buenos Aires ha enviado para que os acompañe a dos funcionarios de la Policía, de probada reputación. Ellos son valerosos, conocedores de estas tierras. Ellos serán vuestros guiadores, vuestros defensores, los que os lleven seguramente al término de la empresa. Esos dos agentes serán depositarios del dinero que ahora voy a entregaros. Donde quiera que haya representantes de la gobernación de Formosa y del Chaco, allí tendréis protección. La obra no es fácil, pero no es imposible. Y siempre habréis de reconocer, sea la que fuere vuestra suerte, que habéis hallado en la República Argentina, para ejecutar la extraña última voluntad de Roque Lanceote, el poder de España, el celo de sus representantes, y la voluntad magnánima del Gobierno argentino.

Estas palabras emocionaron a los tres sorianitos; y Próspero contestó:

—Somos unos pobrecitos muchachos huérfanos… Nada sabemos de nada… Hemos llegado aquí de milagro… Agradecemos cuanto los señores de la Argentina y el Rey de España hacen con nosotros… Valor no nos falta. Y con esos tutores que se nos han nombrado y que van a acompañarnos, llegaremos a lo imposible… Los hijos de Dióscoro Cerdera, prefieren morir a temer.

Entonces Generoso y Basilio se pusieron en pie.

Exclamó Basilio:

—Haremos lo que debamos.

Y concluyó Generoso:

—Cobardes, no… Lucharemos, y Dios Nuestro Señor y la Virgen de Pareduelas—Albas, nos ayudará.

De este modo concluyó la escena.

Fue ya tan interesante, y había despertado tanto interés en todo el país la herencia de Roque Lanceote, que los periódicos de Buenos Aires publicaron largas informaciones. Uno de esos periódicos, «La Prensa», dio por título al relato: «Tres niños sorianos reconquistadores.» «Ellos van a buscar su fortuna entre los indios y entre las fieras.»

12. El primer avance

Al otro día muy de mañana, salían de Resistencia los tres sorianitos; acompañados de los agentes del Gobierno Federal que iban a ser sus guías y acompañantes en la expedición. Uno de ellos llamábase Juan Otaduy. Había nacido en Pamplona. Siendo muy joven llegó a la Argentina y allí quedó. Naturalizose ciudadano de la República y entró en el servicio gubernativo. Gozaba de la confianza de sus jefes. Era honrado, laborioso, valiente. Había viajado por todas partes cumpliendo encargos oficiales.

El otro policiaco se llamaba Felipe del Estero, natural de la Argentina, criollo; tenía en la Administración la fama de ser digno y celoso. Gozaba de una fuerza hercúlea. Era gran jinete, incansable andarín. Cuando las turbaciones de los indios del Chaco Austral, realizó proezas que le valieron rápido avance en las categorías oficiales.

No se puede negar que los representantes de España, que habían estudiado el caso de los hijos de Cerdera atentamente habían conseguido la más franca acogida y el apoyo más resuelto.

La primera parte del camino había de hacerse a caballo, atravesando la Reducción de indios de Anapalpi. Así se llama el territorio en que la Argentina tiene bajo su protección y su vigilancia a los indios sometidos. Viven ellos en esparcidos caseríos, en ranchos primitivos. Unos trabajan en los Obrajes de corta de Quebrachos y en la conducción y arrastre hasta la vía fluvial o hasta la estación ferroviaria de Barranquera de los troncones de aquellas y otras especies arbóreas, que se emplean ya en la extracción del tanino, ya para combustibles de las industrias y de los hogares, siendo de advertir que las locomotoras argentinas caldean sus hornos casi exclusivamente de esas maderas.

Desde luego se estableció una cordialidad risueña entre los hijos de Cerdera y los agentes del Gobierno. El más caracterizado de ellos, Juan Otaduy, había dicho a los muchachos:

—Somos vuestros amigos. Cumpliremos la orden que se nos ha dado, sin regatear esfuerzos ni sacrificios. Vamos a vivir como camaradas, aunque vosotros seáis tan mozuelos y nosotros casi viejos.

Próspero repuso:

—Nosotros agradecemos a ustedes mucho el favor que nos hacen. Ustedes mandan. Nosotros obedeceremos.

Antes, en presencia del agente consular de Resistencia, se había discutido sobre si convenía que fuera el reconocimiento de los depósitos del metálico, solo Próspero. Pero éste se negó en absoluto. No quería separarse de sus hermanos.

—Ellos —dijo— son fuertes, sanos, y están acostumbrados, como yo, a la vida del campo.

Curiosa tropa la de los sorianitos y sus acompañantes. Jineteaba cada uno de ellos en un caballejo de los que en el país abundan fabulosamente. Bestias galopadoras, de fea traza, peludos, sin herrar. Estos animales apenas obedecían el freno, pero, en cambio, sentían el rigor de las espuelas de tal modo, que apenas les herían los flancos, avivaban la marcha.

Al pasar por las oficinas de la Reducción de Anapalpí, se detuvieron los expedicionarios para refrescar y tomar algún alimento. Allí vieron la escuela admirablemente regida en que, inteligentísimos profesores enseñaban a los niños de los indios. Ya había llegado a aquel rincón del mundo la noticia de la aventura, por lo que se reunieron delante del edificio de la Reducción muchos de los indios allí habitantes. Y hubo preguntas de éstos a los huérfanos, que experimentaban emociones novísimas, según iban metiéndose en los bosques salvajes.

Otaduy conversó secretamente con el administrador de la Reducción. El policiaco y su colega, cumpliendo instrucciones del Gobierno Argentino, muy detalladas en hojas manuscritas por el Secretario de la Gobernación de Formosa y el Chaco, interrogó al susodicho administrador sobre si podría indicarles cuatro o seis indios de probada reputación para que los acompañaran y sirvieran. El administrador contestó:

—Ya conocen ustedes a esta gente. El mejor de ellos, para quemarlos… Están sirviendo bien muchos años y un día se les revuelve la sangre india, y cometen cualquier brutalidad. Pero ustedes necesitan, además de cuatro hombres fuertes, los que mejor sean estimados por nuestra experiencia, un baqueano.

Llámase en la Argentina así a los que por instinto de caminantes y por el hábito de las excursiones y cacerías conocen palmo a palmo la tierra. Y como en esta parte de aquel país no hay carreteras ni guarderías, ni otra defensa de los viajeros que la propia, personal resistencia, esos baqueanos son la garantía principal.

Una hora después estaba organizada completamente la comitiva. El baqueano elegido, era indio de la tribu Tobí; de unos cincuenta años de edad, de estatura elevadísima, de brazos que casi llegaban al suelo. Su cuello era deformemente prolongado y su cabeza muy pequeña: cráneo insignificante, con luenga nariz, boca dilatadísima, dos pequeños ojos que apuntaban debajo de las pelambreras grisáceas, y el mentón saliente. Aunque estos indios no tienen un nombre bautismal y patronímico definitivo, porque los cambian varias veces en su existencia, según supersticiones dominantes, parecía que el baqueano era conocido por el nombre de Buraic Yaganata. Los otros indios de menor categoría, que iban a marchar en concepto de obreros a las órdenes de los agentes de la Gobernación de Formosa, eran designados con apelativos animalescos. Es costumbre de esas gentes el imitar a las bestias con que luchan en los bosques, de que se sirven y de que se alimentan. Uno se llama, traducidas las palabras de los dialectos indios al castellano, el Zorruno, porque tiene alguna calidad de la vulpeja, el Cerbuno, porque corre como el ciervo, el Leporino, porque es tan cobarde como la liebre, el Aguilucho, porque ya en su traza, ya en sus hábitos, recuerda a la magna señora de los aires… Y así sucesivamente.

Otaduy, examinó uno por uno a los contratados. Se les daría, un jornal diario de diez pesos, al baqueano, y seis a los otros, quedando a cuenta de los herederos, la alimentación y estancia donde fuera posible procurarla bajo techado.

Cargaron los indios con los paquetes de ropas y de viandas, Buraic, estaba exento de la servidumbre porteadora.

—¿Qué armas lleváis? —preguntó Otaduy.

Los indios entendían algo el castellano, pero apenas sabían hablarlo. Buraic, conocía unas cuantas docenas de palabras españolas e italianas. Él contestó por todos:

—Armas, no, por tal… Sólo facones muy agudos y estacas. Nada más.

Añadió Otaduy:

—Bien me parece, porque yo no quiero que llevéis armas de fuego. Nosotros sí las tenemos, rifles y pistolas… Habéis de portaros bien y sobre lo que hemos de pagaros, se os darán mayores cantidades, si quedamos contentos de vuestra obra.

Buraic sonreía, sonreía siempre. Y en aquella faz prolongada, imberbe, que parecía la deformación de un rostro humano en cuya génesis intervino la bestialidad cuadrupedante, esa sonrisa producía miedo. Era como si un mulo quisiera alegrar sus belfos riendo.

13. La primera parada

Próspero interrogó al agente Felipe del Estero:

—Siete leguas hemos de caminar. Eso se anda pronto.

Intervino Otaduy, diciendo, entre carcajadas:

—¡Ah, niño mío! Las leguas sorianas y las de Navarra son cosas seguras. Tantos pasos, tantos kilómetros… Se llega cuando se debe llegar… Pero aquí las leguas son cosas fantásticas. Cuando crees que has concluido el viaje, apenas has hecho otra cosa que comenzarlo.

—Sin embargo —añadió Próspero—: En el apunte de mi tío Roque, se dice con toda claridad: «¡Siete leguas al Norte de Resistencia, siguiendo la linea geográfica!… Yo no sé lo que es eso, pero sé lo que son siete leguas, porque las he andado muchas veces, cuando iba en los días de mercado desde Pareduelas—Albas a Santa Cristina.

—Leguas nuestras, querido Prosperito —interrumpió Otaduy—, allí todo está establecido y aquí aún no.

—Pero mi tío no iba a dar indicaciones equivocadas…

—Tu tío era ya más argentino que español, y aún más chaquense que argentino… Pero, en fin, ¿llegaremos… ? Cómo no hemos de llegar.

El baqueano Buraic, parose delante de los caballos diciendo en su mala lengua:

—Detención habremos… Nocte al aire Comillería ahora… Dentro media hora llegar debemos a una picada, (lugar descubierto de árboles y arbustos). No sería bono andar de noche… Porque saltan los jaguaretés y andan las coralillas (víboras rojas, de mordedura mortal)…

Dialogaron Otaduy y el baqueano y aquel concluyó:

—Niños. Vamos a comer y a dormir, si es posible que durmamos, aunque es seguro que comeremos. Yo a lo menos. Traigo un hambre devoradora. Dormiremos en un ranchuelo que nos harán los indios con matas de árboles. Se encenderá una hoguera para guisar la pitanza y para espantar a los bichos. Vigilaremos por turno Felipe del Estero y yo. Vosotros podréis descansar tranquilamente, porque nada ha de ocurriros.

Media hora después los indios habían preparado el rudo albergue. Tendiose sobre la hierba amarillenta y áspera las lonas que iban a servir de lecho. Ellos buscaron ciertos vegetales bien olientes y sanos para llenar unos sacos que iban a convertirse en colchones. Entre tanto el baqueano, gran cocinero a la indiana, sacó del zurrón en que iban los comestibles, una pierna de ternera. Presto quedó asada; y ella olía tan maravillosamente, que todos se hartaron. Circuló el jarro de peltre, lleno de vino de que iba abundante depósito, porque Otaduy, como buen navarro, gustaba de zumo de las uvas… Y luego de la cena, el director del viaje mandó a los chicos que se acostasen. Hiciéronlo estos sin nuevo requerimiento, porque estaban fatigadísimos, no sólo de los esfuerzos corporales, sino de las emociones del viaje. Otaduy montó la guardia. Sentado sobre un tronco de jacarandá, uno de los más hermosos árboles de la Argentina, que se había caído de viejo o por la herida del rayo en las terribles tormentas primaverales de aquella zona argentina, puso sobre sus rodillas el rifle, lleno de cartuchos. Colocó cerca el frasco de aguardiente mendocino, encendió su pipa, cargándola del oloroso tabaco brasileño…

La noche había llegado. Todo era sombra en torno… Próspero no podía dormir. Escuchaba atentamente los rumores del bosque.

14. La inquietud nocturna

Próspero, aunque echado sobre el saco de hierbas, permanecía en la vigilia. Generoso y Basilio habían caído sobre los improvisados lechos como piedras en el estanque: dormían plácidamente. El hermano mayor los miraba satisfecho, porque él se sentía padre de aquellos muchachuelos, a quien el azar de la vida habían llevado a los peligros y a las incertidumbres, en la edad en que debían de morar bajo los besos maternos.

Otaduy, bebía y fumaba. Bien advirtió que Próspero permanecía insomnio.

—¿No duermes, niño? —le dijo.

Y Próspero repuso, en voz queda, para no despertar a los hermanos, aunque él sabía que ni el estampido de un cañón habría de despertarlos:

—Quiero dormir… no puedo.

—Levántate y ven a mi lado —contestó Otaduy.

No deseaba otra cosa Próspero Cerdera. Incorporose, se acercó a Otaduy y le dijo:

—Don Juan, no me asusta el dormir en el campo, porque he dormido muchas veces cuidando de las ovejas de mi padre, allá en los altos de la sierra de Soria, donde había lobos y águilas que se llevaban las reses. Ocho años tenía yo cuando mi padre me dio una escopeta para defenderme en el cuidado de la pobre ganadería nuestra. Pero, esta tierra es muy diferente de la mía… He escuchado gemidos, aullidos silbos… Son bichos que yo no conozco… Me da miedo lo que me han contado. Y más que otra cosa las culebrillas esas que matan solo con morder… ¿No vendrá uno de esos malditos animales a matarme a mis hermanitos?

Otaduy le serenó diciéndole:

—No. Cuando hay lumbre encendida, como la tenemos delante de nosotros, y ella durará toda la noche, hasta que el día venga, los reptiles no se atreven. Ellos son en el campo como en la vida social, enemigos de la luz.

—Eso me tranquiliza un poco —continuó Próspero— pero, ya sabe usted que tengo otros temores.

—Los conozco… Las amenazas del indio Presto Culcufura.

—Sí. Esa esa es la verdad. Ese hombre me da miedo. Lo que me han dicho en Resistencia de ese indio me aterra. Es un ladrón, es un miserable… Frente a frente él y yo, veríamos… Pero aquí, sin más amparo que ustedes, don Juan y don Felipe, sin gran confianza en los indios y en el baqueano, tiemblo. No por mí… Tiemblo por mis hermanitos, que son tan buenos, tan santos… Son mis angelitos… Son mis oraciones, oraciones de carne… Ellos me recuerdan a mis padres, y si yo los hubiese traído aquí para el sacrificio, suponiendo que me dejaran con vida los agresores, moriría yo de tristura.

Otaduy, después de beber otro trago de su botellita, repuso:

—Sobre la obligación que tengo, y aparte de la esperanza de tu gratitud, yo, que soy un navarro de corazón grande, te aseguro que, para que ese malvado, a quien conozco muy bien, consiga aniquilarnos, será preciso que todos hayamos perdido el tino… Yo tengo la experiencia del oficio. Cuando el súbdito norteamericano, Eward Simolkes, el gran naturalista, fue atacado aquí por los indios Vilellas, vine yo con el encargo del Gobierno para rescatar al cautivo. Permanecí en estos parajes medio año. Sufrí mucho, pero aprendí mucho… Conozco a las gentes… No tiembles.

Quedaron en silencio los interlocutores, y entonces, sonó a lo lejos un ruido extraño. Parecía la vibración de un cuerno de caza… Era acaso el grito de una bestia montaraz… Pero cuando se repitió el sonido, Otaduy se puso en pie.

—Eso es otra cosa —dijo—. Despierta a tus hermanos, y a Felipe del Estero. Creo que ha llegado el momento de la defensa.

15. Un lazo

Pronto estuvieron en pie Generoso y Basilio. El agente de la Gobernación tardó un poco en levantarse; no pasaron diez minutos sin que Felipe del Estero se hallara junto a Otaduy. Habló con su jefe rápidamente:

—¿Es que la indiada se revuelve?

—Es —repuso Otaduy— que vamos a jugarnos la vida otra vez.

—Lo primero que importa —dijo Felipe del Estero— es ver la gente que nos acompaña.

—Ya me imagino yo; sin verlos, lo que habrán hecho —contestó Otaduy—. Pero anda, anda a ver.

Pronto volvió del Estero, diciendo:

—Todos se han ido… Y se han llevado los caballos, y los bagajes…

—¿Y el baqueano? —interrogó Otaduy.

—Ni que decir tiene… El baqueano se fue con los otros.

Próspero intervino, con emocionada curiosidad:

—De modo que nos han traicionado.

—Nos han traicionado —afirmó el pamplonés—. Con esta gente no hay seguridad nunca… Ya os lo dije.

Aún tenía esperanza Próspero de que la alarma careciese de fundamento. Acaso los indios servidores se habían retirado buscando lugar más propicio al descanso. Y en cuanto al sonar del cuerno, fuera tal vez, o rugido de bestia, o llamada de pastores… Él no sabía que en los parajes en que ellos se encontraban, no había pastoreo posible. Sólo las fieras, sólo los animales selváticos vivían allí. Aventurose a exponer esta esperanza. Otaduy replicó:

—No quiero engañarte, niño mío. El ronquido de la cuerna que hemos oído, es el de los indios que se levantan. Autor de ese levantamiento será el canalla de Presto Culcufura. Es que él está de acuerdo con la indiada. El que ha buscado el modo de unir el ansia de libertad de los indios sometidos a la «Reducción» y el negocio que él persigue, que es el de robaros el caudal de vuestro tío Roque Lanceote.

Transcurrió media hora, sin que en la tétrica lontananza se escuchase ruido alguno. Iba cobrando confianza Próspero, y al oído, se lo manifestaba a Otaduy. Éste contestaba:

—No, no… Sé cómo se las agencian estos canallas. La sonada del cuerno ha sido para reunirlos. Ahora están preparándose, organizándose… No nos descuidemos. Un minuto de confianza sería la muerte de todos nosotros… Se trata de un complot que nos ha acompañado desde que salimos de Resistencia. ¡Ya le decía yo al señor agente consular que el baqueano Buraic era un traidor desde que naciera… ! Si yo me lo encontrase frente a frente, pagaría con su sangre la infamia!

Y entonces hubo una nota, entre cómica tierna de heroísmo.

El menor de los de Cerdera, que tenía en su mano el pistolón que le entregaron, dijo:

—Yo haré lo que pueda. Que, aunque soy pequeño, soy el hijo de Dióscoro…

Otaduy puso su mano sobre la cabeza del muchacho y contestó:

—Sé que lo harías. Guarda tu empuje para el momento. En esto sonó otro toque de cuerno, muy distante.

Otaduy exclamó:

—Es que van a rodearnos.

Y apenas pronunció estas palabras, cuando salió del boscaje cercano una cuerda lanzada maravillosamente, que aprisionó el cuerpo de Próspero. Manos recias, formidables, tiraron de esa cuerda. Y el hijo mayor de Dióscoro fue arrebatado hacia la obscuridad cercana, donde se reanudaban las tenebrosidades del bosque. Próspero gritó, quiso defenderse. Era inútil. El lazo siniestro le oprimía y le arrastraba.

Otaduy, Felipe del Estero, Generoso y Basilio corrieron detrás del muchacho, pero no lograron impedir su desaparición.

Fue caso extraordinario, digno de detallarse. Había sido arrojado el lazo corredizo de modo que sujetara el cuerpo y los brazos de Próspero. Una vez esclavizado el mocito, la atracción fue rapidísima. Arrastrando el cuerpo de Próspero sobre las hierbas, desapareció en la sombra. Sonó entonces otro toque de cuerna, muy cercano, y de entre los impenetrables secretos del boscaje, surgieron gritos, que más parecían de fieras que de hombres.

Otaduy detuvo a los que intentaban lo imposible: la persecución en la negrura de la noche, entre enemigos numerosos.

—Lo primero es la serenidad —gritó con voz enérgica—. Una inmensa desgracia nos ha ocurrido. Felipe y yo nos jugamos nuestra carrera, porque la Gobernación de Formosa nos ha hecho responsable de la vida de los herederos de Roque Lanceote. Manifesté yo ante quien debía, que era peligroso que viniéramos sin un pelotón de soldados de caballería y de infantería. Desde hace poco la indiada se muestra propensa a la rebelión. Las gestiones captadoras del criminal Presto Culcufura, añadían nuevos riesgos que yo tuve en cuenta, pero el Gobierno no ha creído necesario, o no ha podido, dar a esta expedición las condiciones defensivas que la aconsejaba la prudencia.

Generoso y Basilio lloraban. Se habían abrazado en el terror de la situación. Próspero, que era, no sólo su hermano, sino su padre y su madre, había sido arrebatado, probablemente para siempre. Imaginábanle muerto. Generoso increpó a Otaduy:

—No habéis sabido defendernos, no os habéis portado como yo creía… ¡Mi hermano, mi hermano! ¡Devolvedme a mi hermano!

Otaduy contestó serenamente:

—Comprendo tu dolor. Disculpo las acusaciones que nos diriges. Cien vidas que yo tuviese daría ahora para que no hubieran conseguido su triunfo los miserables indios… Culpa tengo, por haber aceptado un empeño tan difícil. Y esa culpa está exenta de responsabilidad porque al Secretario de la Gobernación de Formosa le manifesté los peligros que íbamos a correr todos. Pero, cállate niño, cállate… . Si ahora avanzáramos por el bosque nos cazarían los indios como a vizcachas… Hay que esperar.

Intervino Felipe del Estero diciendo:

—Yo puedo aseguraros que el interés de Presto Culcufura es el de que Próspero quede en vida y no sufra daño. Lo que él desea es que Próspero le diga dónde están los tesoros de Roque Lanceote. No lo hará vuestro hermano, pero aunque quisiera hacerlo, obligado por el dolor, por el miedo o por el hambre, no tiene datos suficientes. Somos nosotros, Otaduy y yo, los que conservamos en depósito, en recónditos bolsillos, la indicación geográfica para la busca de las dos cajas de hierro. De modo que vuestro hermano Próspero sufrirá mucho pero no será asesinado. ¿De qué serviría el cadáver de Próspero a los que sólo desean la posesión del dinero?…

—Eso opino yo también —refrendó Otaduy—. Lo primero que necesitamos es serenidad. Si nos acorralaran los indios y desapareciésemos bajo sus tiros, o con nuevos enganches de lazos, que estarán preparando ahora, todo habría concluido. Lo primero que importa es apagar la hoguera para que no sirvamos de blanco a los criminales. Debemos trasladarnos lo antes posible hacia el oeste, a algún rincón del bosque que nos ofrezca garantías… Tú, Felipe, marcharás inmediatamente hacia la Reducción de Anapalpí. Tres leguas de mal camino habrás de recorrer. En cuanto llegues, usarás del telégrafo reclamando el auxilio de las autoridades. Que venga una compañía de soldados de a caballo y todos los guardianes rurales que estén inmediatos. Nosotros permaneceremos aquí a la defensiva.

Y añadió Otaduy:

—Y vosotros, niños: demostrad que sois valientes, no llorando más. Ciertamente que la ocasión es gravísima. Sed dignos de ella. Obedecedme en absoluto, y callad…

Otaduy se ajustó sus botas de potro, se ciñó a la cintura las dos pistolas de repetición que poseía, puso sobre su hombro derecho el rifle, provisto de cartuchos y partió, heroico, abnegado, magnifico en su resolución. Honor de las fuerzas policiacas argentinas, Felipe del Estero acometía entonces una empresa que debiera merecer las canciones del Romancero y aún los estruendos de la Epopeya.

16. El arte del secuestro

Próspero se sintió morir. La opresión del lazo le asfixiaba; el choque de su cuerpo arrastrado contra los troncones de los árboles caídos y contra las desigualdades del terreno le eran muy dolorosos. Conservó, sin embargo, toda la serenidad compatible con el caso.

Apenas llegó Próspero en el viaje brutal a que se le había sometido a las obscuridades de la arboleda, paró la acción de los fuertes brazos que tiraban del cordel. Entonces se vio rodeado de indios. No obstante la falta de luz, conoció enseguida el niño a Presto Culcufura. Este dijo a los hombres que estaban a su servicio:

—Desatadle, a caballo y en marcha, rápidamente.

Luego, dirigiéndose Presto a Próspero, añadió:

—Te lo había advertido. Si hubieses aceptado mis servicios, y sin haberme dado sino una parte pequeña del caudal que buscas, te hallarías en posesión de la herencia misteriosa. Lo rechazaste… Mira las consecuencias.

Próspero no quiso contestar, aunque le sobraban alientos, porque ya se había dado cuenta exacta de lo que ocurría y del propósito de los secuestradores.

Dos indios forzudos levantaron del suelo a Próspero, obligáronle a montar en un caballo, atáronle las piernas con una correa por debajo del vientre de la bestia. Presto exclamó:

—Sería inútil que intentaras escaparte, niñaco… Puedes estar tranquilo. Conservaremos tu vida, vivirás en calma, hasta que te convenzas que sin nosotros no hay salvación por ti. Todos los indios se han revuelto contra la Gobernación de Formosa. Están decididos a acabar con los impuestos que nos arruinan y con los atropellos de que son víctimas… Conviene a tu salud y a nuestro interés que te dejes conducir tranquilamente a donde vamos, lugar a que nunca podrán llegar los que quieran rescatarte… Los que te conducen son gentes de mi confianza. No te maltratarán.

Solo entonces habló Próspero, diciendo:

—¿Y mis hermanos?… ¿Qué será de ellos?

—Tus hermanos —dijo Presto— sabrán que no corres peligro de muerte. A menos de que hagan alguna locura. Ten confianza en nosotros… Yo me contentaba con un veinticinco por ciento del dinero de Roque Lanceote. Ahora lo quiero todo… Y será mío… ¿No ha de serlo?… Yo me quedo aquí, porque soy el jefe de la revuelta, y he de estar donde conviene. Y el hombre del rostro equino, dio la orden final:

—¡Marchad al galope!

17. El bosque por cárcel

El caballo en que iba sujeto Próspero, galopó largamente. Un indio que montaba otro caballo llevaba en su diestra la jáquima del corcelprisión. Y así avanzaron el cautivo y los indios durante dos horas.

Detúvose la ligera caravana. Entonces, el indio conductor desató las correas que sujetaban las piernas de Próspero y le ayudó a descender.

Aquel hombre no era argentino, no era indio. Había nacido en Rusia. Escapando de las persecuciones de la policía autocrática, anduvo por las tierras, navegó por los mares, y sufrió inmensos martirios. Acabó por ir a Buenos Aires. Su odio a la raza que le había criado, le mantenía en el ansia del anarquismo. La policía bonaerense, le expulsó de la ciudad federal. Logró evadirse de las prisiones en que estaba, caminó por el río Paraná, en un barco de aventureros contrabandistas. Arribó a Corrientes. De allí buscó la orientación del Chaco, y llegó a ponerse a contacto con los indios rebelados. Llamábase Rumirat Genieft.

La habilidad de los eslavos para aprender lenguas extrañas, le hizo conocer en poco tiempo el dialecto quichua y el guaraní. Más tarde, manejó los vocabularios de las diferentes indiadas. Por ser hombre de gran cultura, especializada en las industrias, fue muy útil en los ranchos. Así se le confiaba toda misión difícil. El espíritu de destrucción social y humana, que palpitaba en el alma del ruso desnaturalizado, le había convertido en elemento capaz para toda empresa criminal.

Cuando Próspero se halló con sus pies sobre la tierra, pensó cosas extrañas. Imaginaba él torturas y afrentas. ¿No valdría más morir matando? Buscó en el bolsillo de su chaqueta la pistola que le dieron en la Agencia Consular de Resistencia. La pistola había desaparecido.

Y adivinando Rumirat Genieft los propósitos del mozo, dijo:

—La pistola no está donde tu crees. Te la hemos quitado. Solo ese movimiento de tu mano, me ha hecho entender lo que pensabas.

Y esto lo decía Rumirat Genieft en perfecto castellano, con cierto dejo catalán, porque el ruso había permanecido varios años en Barcelona.

Próspero replicó:

—Si me vais a matar, hacedlo pronto. Lo único que os pido es que no seáis crueles en la muerte.

Rumirat Genieft, contestó:

—¿Quién habla de matar?… Las órdenes que tengo respecto a ti, son de conservarte en vida, protegerte, rodearte de las posibles comodidades, que no serán muchas en el bosque… Hasta que venga Presto Culcufura, nuestro jefe, solo habrás de esperar en este ranchito que aquí ves.

No lo veía Próspero; pero entonces, surgió la luz de dos antorchas resinosas, sostenidas por las manos de dos indios. Apareció en ese momento una chozuela de troncos y bálagos, en la que había un camastro de hierbas, un frasco grande lleno de agua y una cesta, que debía contener provisiones alimenticias.

Rumirat Genieft, añadió:

—Esta será tu casa, o, mejor dicho, tu palacio. Toma este pito de carretilla (y le entregó el instrumento de que hablaba). Si te sientes enfermo o te ocurre algún peligro, silba en ese pito y vendremos para servirte y socorrerte. Si no nos llamas, no acudiremos, porque la orden que se nos ha dado es que reflexiones en la soledad y te vayas haciendo cargo de que, sin nosotros nada conseguirás. Si nuestro jefe, Presto Culcufura, no lo decide, aquí llegarás a viejo…

Próspero no quiso responder. Considerose definitivamente secuestrado.

Y el ruso concluyó:

—Cada mañana vendrá un indio a mis órdenes a traerte los comestibles: un churrasco de vaca, un pan, un pedazo de queso y unas frutas. También te dejarán un frasquito de vino de Mendoza, que aquí lo tenemos y lo usamos. ¿Quieres algo más?

El silencio de Próspero significó una protesta digna contra las miserables coacciones.

18. La fábula en el bosque

En vano se acostó Próspero sobre el lecho de ramajes. Dolorido el cuerpo, extremecida el alma, no podía lograr el sueño. Fue una noche terrible, el martirio del hombre bueno entre los malvados. Acordóse Próspero Cerdera de la Virgen de Pareduelas—Albas y la invocó con amor infinito, con ternura inmensa… Cada una de las palabras de la Salve, marchaba, rociada de lágrimas, en la dirección del Cielo. En la madrugada, la inmensa fatiga corporal, el derroche de los tesoros de su sistema nervioso le impusieron el sueño. ¿Sueño?… No se puede llamar dormir a la caída en el letargo, en un letargo dolorosísimo y angustioso…

Y así vivió Próspero varios días, sin darse cuenta exacta de su situación. El hambre le obligó a buscar en el cestillo la comida que le enviaban los secuestradores. Comió, bebió: la edad moza daba a las energías físicas todos los derechos que hubieran negado a un viejo decadente.

Después de la angustia, renació la esperanza.

Una noche soñó Próspero que la Virgen de Pareduelas—Albas, una Virgen pequeñita y blanca, adorada por tantos millares de sorianos, se le presentaba. Ella, la Gran Señora, se había dignado hacer el viaje desde la humilde aldehuela a las profundidades del Chaco. Y la Virgencita le sonreía anunciándolo la libertad. Hasta creyó Próspero escuchar la voz de la Señora. «Reza cada día la Salve, y reza el Padre Nuestro por tus padres difuntos, piensa en mí siempre… Ten cordura y resignación… Luego verás el bien que Dios te concede… »

Y esta visión confortó al prisionero. Ved de qué modo los efluvios de la Fe, animan a los oprimidos y convierten las prisiones en templos…

Una mañana Próspero, después de lavarse en una fuente inmediata, se puso delante de la choza y se encontró rodeado de una porción de bichitos que iban y venían, saltando unos, reptando otros, caminando algunos, volando los demás. Era la fauna del Chaco. Como esos animalejos no habían sufrido nunca la presencia del hombre, ni su persecución, no les importaba cosa alguna que delante de ellos surgiera el «monstruo racional» de que habló el Padre Feijoo. Prodújole gran sorpresa a Próspero el espectáculo. Allá, en la tierra soriana, el bicho huía del hombre, porque estaba seguro de que este iba a matarle. Aquí conservábanse los «hermanos menores», como los llamó San Francisco de Asís, libres del terror. ¿Por qué habían de matarlos? ¿Por qué habían de perseguirlos?… Y los animalucos extraños, extraños para un español, se movían valientes, indefensos, como en el país de la fábula.

Lo primero que vio Próspero fue un caparazón costroso, que avanzaba lentamente. Era el gran armadillo, al que llaman los indios «Tatús Carreta». Era así como inmensa tortuga, de patas ganchosas, de cola movible.

Luego descubrió al monito, que así se le denomina: pequeño, saltarín, de cola prensil. Marchaba de una rama a otra con velocidad fantástica, lanzando a veces un chillido…

También andaba oradando la tierra la vizcacha, llamada vizcacha de la sierra, un roedor que, apenas se detiene, intenta agujerear al suelo, preparándose un nicho en donde dormir o donde esconderse.

Media docena, o más, de liebres, estaban como en congreso formando circulo. No crean los lectores españoles que estas liebres son como las de nuestras tierras, que escapan apenas oyen ruido. Las que vio Próspero eran de doble tamaño que las liebres castellanas: sus orejas larguísimas, la piel aleonada, y ellas parecían conversar con ronquidos. Bestezuelas caprichosas, que gustan de reunirse. Tal vez tienen su idioma. Es probable que las esencias de su instinto no necesiten para ser exteriorizadas, sino un rugidito, un silabeo torpe, o un alarido, éste cuando se deciden a cambiar de parajes. No es la liebre argentina, llamada vulgarmente, patagónica, el emblema de la timidez. Y resulta que su carne es bravía e insípida. Está defendida de los cazadores por la inutilidad de su valor culinario.

Aún había más bichos en aquel paraje, el más recóndito de la frondosidad arbórea, el poquísimas veces visitados por las tribus. Allí aparecía la mulita, el armadillo sabroso, de cuya condición fisiológica discuten los naturalistas, monstruo absurdo, no por el daño ni por el temor que inspire, sino por costumbres singulares. Es como una cazuelita invertida, que marcha despacio, agitando con vibraciones infinitas el rabillo, apuntando con las orejas hacia el horizonte, mostrando sus garras largas y agudas.

Entró en el círculo de observación de Próspero, dando un brinco y siguiendo su carrera, el gentisilo Huelmul, (el ciervo de la montanera); largos cuernos, revestidos de piel, labio leporino, esto es, partido en el centro, piel roja con manchas blancas. El buen Huehmul, más que correr, vuela. De un brinco pasó sobre la docena de altos árboles.

Siguieron en el desfile la corzuela roja, que es un ciervo chiquitín. Cabría en el manguito de una dama elegante. De cuando en cuando, lanza un sonido gutural, que parece el anuncio de su paso, como la trompa de un minúsculo automóvil.

Luego cruzaron en ronda frenética los guanacos, especie de burros del desierto, peludos, lanudos, de anchas pezuñas, velocísimos en su galope.

De lo alto de un árbol descendió en pausado vuelo el tucán. Azul y amarillo, de cola corta, de alas dilatadísimas. Es el pájaro narigudo, el del pico colosal: el que, no obstante el armamento con que le favoreció la Naturaleza, es tímido, no es combatiente y se alimenta de granitos, de plantas y de la lombriz subterránea. El tucán que hubiera recordado a un literato el soneto de Quevedo:

«Érase un hombre a una nariz pegado… »

picoteó en la tierra, anduvo torpemente unos pasitos, y después emprendió el vuelo para subir a otro árbol.

Entró en la plazoleta naturalmente formada delante del rancho a cuya puerta estaba Próspero, un pájaro enorme, como dos veces mayor que un pavo. Era la avutarda de las llanuras, una gallinácea gigantesca que murmuraba, moviendo la garganta con visibles agitaciones, un grito que parecía una palabra y que, traducida a la fonética española, parecía decir:

«¡Más, más!… » ¿Era que la avutarda no se contentaba nunca con el alimento conseguido?… Humboldt ha dicho que en los gritos de los animales suenan los instintos de cada especie.

La avutarda se alejó muy despacio. Fue el único de los bichos hasta entonces presentados, que tuvo miedo al hijo de Adán, porque, al descubrir a Próspero, rompió en raudo vuelo: una tempestad de plumas recias que producían un rumor semejante al de un carrito veloz, conducido al galope de un caballo.

Pasaron más tarde diez o doce Ñandúes, el avestruz pequeño, lo que los argentinos llaman el avestruz petizo. Gallardos, cubiertos de rico plumerío, con el pescuezo desnudo y al fin de él un cráneo pequeñito con recio pico y ojos vivísimos, balanceánbanse de adelante atrás. Esas aves viven en un perpetuo columpio. Marchan describiendo curvas. No puede volar. Diríase que sus alas solo sirven para que en ellas se críen los adornos de las damas ricas.

Iba a obscurecer. El sol, rutilante, demoraba en el Poniente. Entonces apareció, flotando en el ámbito, una cosa extraña. No era un pájaro, aunque por el tamaño lo pareciese, y no de los menores. Era un pedazo de tul que flotaba. Era, más que otra cosa, la condensación de la frase de una poeta. Era la Magnamariposa, un lepidóptero, prodigioso por la riqueza de los matices de sus alas…

La primera impresión que recibió Próspero ante este casual o providencial desfile de la fauna del Chaco, fue de espanto. Temió que alguno o varios de esos bichos, fueran enemigos del hombre y picasen o mordieran, y tal vez envenenara la sangre del herido. Luego, como observó que aquello parecía el paseo de los bichos cual si se buscasen para la noche parajes cómodos a los que les conducían sus instintos, se serenó. Desde ese momento fue un testigo tranquilo; no sabía él, no podía saber, siendo ignorantísimo, que el mismo caso que a él le había ocurrido, pasole a Roberston Claudín, el naturalista irlandés, quien acertó en sus viajes por el Chaco por uno de estos desfiles zoológicos, en el que, según dijo el sabio «aprendió más zoología que en su continuo leer y en sus incansables investigaciones en los Museos.»

Próspero quedó maravillado. ¿De manera que —pensaba el chico— son tantos y tantos los muñecos que Dios ha hecho para que anden por la tierra?… Y esta idea de muñecos arrancaba de la impresión recibida por el sorianito, ya que a él le habían divertido con su tránsito veloz o lento, con sus gritos diferentes, con su aspecto vario…

El tatús carreta no había desaparecido aún. Él caminaba tan despacio que para avanzar un metro necesitaba media hora. De repente, el armadillo gigante volvió como si quisiese mirar a Próspero. Levantó el hocico con violencia, lanzó unos ronquidos, aplastose sobre el suelo y allí quedó. Entonces Próspero, cogiendo una estaca, avanzó hacia el tatús. Creíase fuerte para dominarle y para imponérsele. No es que él quisiera dañar a los animales inocentes que no le habían atacado. Es que el instinto del hombre es el de adueñarse de la tierra que pisa. Y las energías conquistadoras del soriano, exigíanle un acto de posesión.

Fue escena de sublime fábula ésta que apenas apunto. Un niño prisionero, respondiendo a la calidad de su raza descubridora y dominadora, gritó:

—¿Quién eres tú, animal horrendo?… ¿Por qué vienes aquí?… ¿Por qué te detienes delante de mi cárcel?…

Como si el tatús carreta, hubiese entendido estas palabras movió la cabeza lanzando sonidos indefinibles.

En el estado de perturbación fantástica en que se encontraba el hijo de Dióscoro, no es maravilla que el secuestrado entendiera cosas inverosímiles. Creyó que el tatús carreta le hablaba. Y hasta entendió sus palabras, que según la morbosidad espiritual del afligido, eran éstas:

—Soy el viejo del bosque, soy el que camina con su casa a cuestas, soy el perpetuo desterrado… Marcho buscando un lugar seguro, sin más caudal que las tejas que me cubren, que son las escamas de mi cuerpo… Déjame que continúe… ¿Quién eres tú que así me amenazas?

El tatús rectificó la posición de su cuerpo, y siguió en la deriva de su itinerario. Próspero se recogió a su choza, y allí permaneció largamente, con los codos sobre las rodillas, con el rostro encajado en las manos, los ojos llorosos… Había sentido una emoción inesperada. No se trataba de su persona ni de sus intereses. Es que había encontrado la magnificencia omnipotente del Creador, el poblador de las tierras, el diferenciador de las razas, el que convirtió el polvo de las llanuras y las arenitas de las montañas en animales de tan distinta calidad y de tan diferentes formas. El bosque inmenso, los árboles multicentenarios, la inagotable novedad zoológica, daba señal al muchacho de que en lo alto, sobre las luchas de la humanidad, radicaba una fuerza inagotable a la que había que rendirse… Y él lloraba, y él rezaba. Y así llegó la noche, la negra noche… El secuestrado se durmió en el seno materno, porque el último recuerdo que pasó por su memoria fue el de Aquilina, la santa de Pareduelas—Albas, la que hilaba el copo, la que engendraba hijos buenos…

19. La indiada en revuelta

A sí que partió del campamento Felipe del Estero, empezó a observar Otaduy que había de rendirse a los indios o sostener un asedio. Porque llegaban de todas partes los sublevados, los de las tribus de los Toba, los Mocobis, los Vilelas. Ellos vociferaban en sus dialectos, ellos amenazaban violentamente. Ellos, disponían de armas, porque, alguien, aún no se ha averiguado oficialmente, pero se supone que se trata de agentes extraños, acuden desde lejos, con oportunidad maravillosa para que en el día de la conjura contra el Gobierno Argentino, los rebeldes estén bien armados.

Las disposiciones que tomó Otaduy fueron muy sencillas, pero muy enérgicas. No tenía nadie que le amparase. Él y los hijos menores de Cerdera eran todo el ejército. Fue obra milagrosa el que las palabras de Otaduy influyeran de tal suerte en los dos niños, Generoso y Basilio, que ambos se convirtieron improvisadamente en veteranos. Obedecían toda orden, y hallándose, como estaban, dispuestos a morir, les hizo entender Otaduy que, la única defensa posible estaba en la disciplina.

¿Concebís, vosotros, mis lectores, lo que sería Napoleón, Napoleón el Grande, siendo jefe de una milicia compuesta de dos niños? Pues este fue el caso. Lo primero que hizo Otaduy fue escoger un terreno defensivo. Había allí cerca una montañuela, rodeada de árboles. Cerca estaban muchos troncos de árboles muertos. Él y sus dos auxiliares condujeron a las montañuelas esos troncos, y con ellos construyeron un blokao. Por fortuna en los serones que conducían los bastimentos, y que no pudieron llevarse los indios traidores, había cantidad suficiente de elementos comestibles, que fueron llevados al fortín que acababa de improvisarse. Se disponía de cuatro rifles, de seis pistolas americanas y de cartuchería abundante para unas y otras armas. Una vez instalados, Otaduy, Generoso y Basilio, en el lugar que el primero había elegido, se dispusieron a la defensa.

—Los que nos van a acometer saben que estamos solos, porque el baqueano y los otros que nos faltaron en la obligación prometida, se lo habrán dicho. Pero acaso temen la llegada de las tropas del Gobierno, y eso les hará colocarse de modo distinto a como si supieran que no encontraríamos nuevos auxiliares… Si el valentísimo Felipe ha caído en manos de esa canalla, entonces sí que estaremos perdidos. Pero si él consigue llegar a Resistencia, todo será un día de lucha. Y para sostenerla, vamos a multiplicarnos. Tú, Generoso, vas a tener cuatro nombres, que yo pronunciaré incesantemente. Te llamarás Generoso, Gaitán, Bernardo y José… Tú, Basilio, el héroe chiquitín, tendrás más nombres que tu hermano. Te llamarás Bernabé, Fabricio, Lucas, Rafael, Cayetano, Tomás… Yo, cuando nos ataquen, y comencemos a disparar, os llamaré con estos nombres, para que crean los indios que no estamos solos, sino que tenemos combatientes inesperados. Y eso les hará entender a los enemigos, que no les será tan fácil dominarnos… De modo que ahí está nuestra táctica… ¿La habéis entendido?… Con eso, y con que os mováis mucho lanzando gritos, profiriendo exclamaciones, pisoteando recio, yendo de un lado a otro del fortín, imaginarán los que nos atacan que somos muchos… ¡Aunque somos sólo tres, un viejo, cansado, y dos niños, bisoños en el luchar!…

En esto, y cuando acababa de organizarse la defensiva, sonó un largo silbido a lo lejos, y poco después una voz que decía:

—Oficial del Gobierno… Un indio quiere hablaros…

Otaduy tardó en contestar. Era un trámite que esperaba: la exigencia del rendimiento sin lucha.

Después de nuevo requerimiento de la voz lejana, misteriosa y anónima, gritó Otaduy:

—¿Quién habla?

Momentos después vino la contestación:

—Un indio, por orden del Jefe del Campo.

—¿Quién es el Jefe del Campo, y qué campo es ese?… Aquí no hay campo militar alguno sino del que yo soy comandante único… De modo que no acepto la pregunta ni la visita que se me propone… Ahora mismo espero la llegada de tropas regulares de Resistencia. La caballería está cerca. Cuando llegue, hable el supuesto Jefe del Campo indio con el jefe de la tropa. Mi misión es permanecer aquí. Aquí está el Gobierno de la República Argentina. Dispongo de medios suficientes para la defensa.

Apenas concluyó esta respuesta Otaduy, sonó a lo lejos un griterío infernal. Se dispararon varias escopetas y se observó que avanzaban los rebeldes, zancajeando a través del bosque. Otaduy adivinó el sitio por donde venían los asaltantes. Llamó por señas a los niños, y ellos y él dispararon en aquella dirección los rifles. Otaduy ordenó seguir disparando. Y el más petizo, como dicen los argentinos, el más pequeño, como decimos nosotros, de los Cerdera, fue más rápido en la obediencia. De su rifle salió todo el depósito de la cartuchería. Fue una granizada de balas. Y como si Dios hubiese puesto en la puntería el acierto que Él pone en todo, se oyeron gritos de dolor en la obscura profundidad. Varios indios habían sido atravesados por los proyectiles.

Entonces Otaduy, comenzó a gritar, con voces desaforadas los nombres supuestos de sus auxiliares.

—Generoso, Gaitán, Bernardo, José, Basilio, Fabricio, Lucas, Rafael, Cayetano, Tomás…

Mezclando estos nombres con disposiciones de defensa:

—Tú, a la derecha… Acudid vosotros del centro… Gaitán, enfronta la ametralladora hacia el comienzo de la picada en el bosque… Y haz fuego sin cesar…

Media hora duró esta lucha fantasmagórica. Luego cesó,porque los indios se habían retirado.

Súpose luego que los disparos del rifle de Basilio, habían inutilizado a tres de los asaltantes, que eran los más principales, los más valerosos… Y como tras el rápido combate reinase el silencio en el bosque, Otaduy gritó de nuevo:

—Si el indio que quiere hablarme en nombre del titulado Jefe del campo insiste, que venga, y será recibido, siempre que esté desarmado…

Largo tiempo pasó sin respuesta. Repitió la invocación Otaduy. Y luego se oyó una voz aguda, que en mal castellano contestaba:

—No iremos hasta que estéis muertos…

Contaban los indios con que, después de la defección del baqueano y de los otros servidores de los viajeros, carecerían estos de comida. No era así. Aún tenían elementos bastantes para no morir de hambre. Y Otaduy y los hijos de Cerdera estaban dispuestos a las angustias de la escasez.

20. Venatoria

Calculaba Otaduy que pronto se verificaría una embestida de la indiada. Desde el fortín veía en la noche lejano fuego en toda la redondez del campo. Eran, ciertamente, las hogueras de los asediantes. No podía imaginar el policiaco argentino, cuándo llegarían las tropas, suponiendo que Felipe del Estero no hubiera sido detenido o asesinado en su heroico empeño de comunicar a las autoridades de Resistencia lo que ocurría. Procediose al examen de los víveres. Consistían éstos en tres piernas de buey, asadas, en media docena de pollos, en unos treinta huevos de gallina, en seis panes de a kilo y en unas cuantas frutas y legumbres. Aunque Otaduy invocaba a los niños de Cerdera para que comiesen poco, la actividad en que vivían les excitaba el apetito. Comprendía también el jefe del reducto, que si aquellos, sus únicos soldados, carecían de vigor para la lucha, les invadiría el desánimo, porque tripas llevan pies. Y aún hay una frase más expresiva sobre esta relación de lo físico y lo moral. El duque de Ahumada, nuestro insigne caudillo lontano, dijo: «Buen rancho, buen soldado; carne abundante y vino que sobre, heroicidad en las luchas»…

El pamplonés argentinizado, no había de oponer trabas a la famélica condición de los herederos de Lanceote.

Díjoles:

—Poco tenemos, pero comed hasta hartaros… Lo que hemos de hacer es cazar.

En esto pasaron por lo alto varias palomas silvestres, de color de pizarra, grandes, hermosas. Ellas se pararon en las copas de los árboles inmediatos. Y Otaduy, cogiendo su fusil y sustituyendo los cartuchos de balas por los de perdigones, hizo seis disparos rapidísimos. Once palomas cayeron muertas. Él salió del fortín y volvió en el acto con la presea venatoria.

Media hora después atravesó la picada un gamo. Cumpliendo las órdenes de Otaduy, los niños permanecían silenciosos con sus rifles en las manos. El policiaco dijo a Basilio, con voz muy queda:

—Ahí tienes tu víctima. Mátanos a ese gamo.

Basilio ajustó el rifle sobre el hombro derecho, apuntó sin temblor. Oprimió el disparador, y el gamo cayó herido.

—Anda en busca de tu presa —ordenó Otaduy.

Y Basilio, saltó del reducto, corrió hacia el sitio donde el gamo yacía, y le arrastró hasta introducirlo detrás de los estacones que los defendían.

—Ya veis —repuso Otaduy— cómo vamos a alimentarnos.

Un banquete cada día, un festín sin término… Estas palomitas montaraces son de un sabor delicado. Y ellas traen el propio condimento, con sus mismas mantecas son asadas. Saben a gloria… Y el gamo, ese gamito que tu has matado, niño, Basilio, nos permitirá resistir muchos días de incomunicación con los hombres.

Generoso abrazó a Otaduy.

—Usted nos defiende como si fuese Dios. Usted nos ampara. Usted nos enseña… Porque las ideas que se le ocurren a usted son tan grandes, que nadie nos vencerá.

Y Basilio, el pequeñín, que abrazaba su rifle como si fuese una insignia de honor, gritó, exaltado:

—¡Que nos vengan los indios!… ¡Valemos más que ellos!…

21. El triste reclamante

Felipe del Estero, cumpliendo la orden de su jefe, Otaduy, y lo que él estimaba como deber fundamental de su oficio, salió en camino hacia el rumbo de Resistencia. No debía seguir las sendas, ni las picadas, porque suponía que los indios revueltos, habrían tomado sus disposiciones belicosas. Anduvo por los más espesos del boscaje, subiendo y bajando lomas, atravesando riachuelos, que ya le llegaban a la mitad del cuerpo, ya cerca de la barba. Y así caminó Felipe del Estero largamente, porque el itinerario se multiplicaba, en la huida de los parajes donde pudiesen estar los enemigos de la República.

Durmió la noche primera en un árbol, atándose con la faja al tronco para que, en la inconsciencia del sueño no cayera de lo alto.

Apenas se anunció la aurora, cuando Felipe del Estero siguió marchando con su rifle sobre el hombro derecho, con sus dos pistolas de repetición en ambos lados de las caderas. Comer no había comido en todo ese tiempo, y ya sentía el enojo del hambre.

Aunque él procuraba huir de todos los sitios donde hubiese indios, dio de repente, en una plaza en la que se elevaban varios ranchos. En cada uno de ellos había unas cuantas mujeres y unos pocos niños. Las indias se levantaron al ver al argentino. Temían que por los efectos revolucionarios de la indiada, aquel hombre iba a aprisionarlas o a darles muerte:

—¡Piedad, piedad! —gritaron en guaraní las indias.

Felipe del Estero, contestó:

—No temáis. No vengo a haceros daño.

Interrogoles sabiamente respecto a lo que pasaba, y cuando se enteró de que los indios con armas se habían levantado en la parte alta del bosque del Quebracho, añadió:

—Darme algo de comer.

Y una de las viejas indias, dijo:

—Yo soy la abuela Aginoreca, la mujer del dueño de la ranchería. Mi marido y yo somos buenos. Pero a él le han obligado a ir con los locos… ¡Dios sabe si volverá! Yo le daré de comer, buen viajero…

Y la anciana sacó del su rancho, un cestón lleno de carne asada, de huevos de gallina cocidos, de perniles de gamos.

Felipe repuso:

—Esto es demasiado.

Y tomando lo que necesitaba, partió rápidamente.

Y al andar comía, y al avanzar mascaba: tanta era su hambre y tal su prisa.

Ello fue que Felipe del Estero arribó a Resistencia sin dificultad alguna. Lo que sí ocurrió fue, que en esa expedición, tan peligrosa, tan dura, había consumido sus energías físicas y morales. Cuando se halló ante la caseta de los guardianes de Resistencia, se dejó caer al suelo. Acudió el guardián de servicio, que aún no había reconocido a Felipe, su jefe. Así que le descubrió, llamó con el pito a los otros guardianes. Tres llegaron, y condujeron en brazos a la caseta al heroico viajero.

Apenas se vio Felipe del Estero entre la buena compañía de sus subordinados, exclamó:

—Dadme un vaso de vino… Dadme un pedazo de churrasco (carne de vaca asada sobre las ascuas)… Pero antes, avisad en seguida al Prefecto para que en el acto salgan tropas camino del bosque de los Quebrachos, porque los indios se han levantado, y el mayor de los herederos de Lanceote está en poder de ellos.

Uno de los guardianes de la municipalidad, salió corriendo para cumplir la última orden, mientras el otro procuraba la alimentación del famélico expedicionario.

No tardó mucho en llegar una cesta llena de comestibles.

Felipe comió y bebió. Pronto se halló restaurado. Una india buena, esposa del guardián que servía entonces a Felipe, trajo un barreño lleno de agua caliente, y allí metió el viajero sus pies, previamente descalzados. La dulce agua alivió la fatiga del que había caminado tanto tiempo, y curó las erosiones de la luenga marcha. Y la misma india, acarició aquellos pies con sus manos de amasadora. Todo lo cual significa, que una hora más tarde Felipe del Estero se hallaba tan fuerte como antes de comenzar la aventura.

22. Cien jinetes veloces

Apenas se había puesto en pie Felipe del Estero, le avisó la buena india que salían las tropas de la Gobernación. En efecto, sobre la calzada sonó el estruendo de la bizarra Caballería. El jefe de ellas, un oficial curtido en las luchas contra los indios, se detuvo delante de la caseta en que estaba Felipe.

Éste salió al encuentro del oficial.

—Aquí estoy —dijo del Estero—. Acabo de llegar. He sufrido mucho, pero ya estoy bien. Lo que quiero es un caballo para acompañar a ustedes y decirles por donde debemos ir.

El oficial que mandaba el numeroso y aguerrido piquete, ordenó que fuese entregado un caballo de los mejores a Felipe. Este montó. La tropa marchó al galope.

No hay idea de lo que son estos soldados de la República Argentina, ni a dónde llega su esfuerzo, ni a dónde su marcialidad. Apenas entran bajo las filas oficiales, ellos se improvisan y pasan de bisoños a veteranos.

Así, esta partida de la caballería gubernamental, era un ejemplo admirable del vigor de aquel pueblo, que por ser nuestro hijo, debemos admirar y querer como a los hijos se quiere.

Mientras galopaban, Felipe del Estero instruía al jefe de la Caballería de las condiciones en que se iba a pelear. Había que atender a dos objetos: salvar a Otaduy y a los chicos menores de Cerdera; rescatar a Próspero, el hijo mayor de la familia heredera, que debía hallarse bastantes leguas al Sur. Era temible que, si los indios se veían dominados, y no fuese realizable el crimen de Presto Culcufura, Próspero muriese. Sólo le conservaban los indios afectos al secuestrador, porque de sus noticias, confidencias y revelaciones, esperaban el logro del delito… De modo que había que proceder, más que con ímpetu, con habilidad.

Llevarían caminadas dos leguas los expedicionarios militares, cuando una india, de vejez trágica, vestida con guiñapos, se puso delante de los militares.

—Hablar… hablar quiero —dijo en mal castellano.

Felipe del Estero, interrogó:

—¿Qué quieres… ? ¿Quién eres… ?

—Soy la india Cristuela, de los Añabazes. Quiero deciros que el indio Presto Culcufura, sabedor de que no podrá resistir, sólo desea que le perdonéis, que le deis algún dinero para que pueda remontarse a los montes del Paraguay… Y él, a cambio de ese perdón y de esas dádivas, hará que los indios se alejen y que los asediados y el cautivo, no sufran perjuicio.

El jefe de la Caballería de la Gobernación, desatendió esas palabras. Era hombre de ruda obediencia militar, dispuesto siempre a morir en cumplimiento de la ordenanza. No le agradaban los términos medios. Aquella vieja siniestra, le inspiraba desprecio.

Pero Felipe del Estero, argumentó:

—Permítame usted que le diga que, en mi larga experiencia de estas tierras, creo que hemos encontrado el término de la cuestión. ¿Me autoriza usted para que hable con esta mujer, reservadamente?…

Recibido el permiso, Felipe del Estero descendió de su caballo, alejose unos cuantos metros, llevando de la mano a la haraposa india, y la interrogó:

—Bueno, dime la verdad: ¿Traes la representación de Presto Culcufura?

—Presto, es mi hijo, mi hijo adorado, el más valiente de los hombres. Él me ha mandado que venga a buscaros, porque ya sabía que, pronto, la Gobernación de Formosa y del Chaco, enviaría tropas. El primer efecto de la invasión de esa tropa sería la muerte de los herederos de Roque Lanceote y la de los que les acompañaban. No podría evitarlo eso nadie. Presto no quiere sino un poco de dinero… Dádselo, y él desaparecerá. Lleva muchos años de lucha, ha sufrido toda clase de persecuciones y yo también… Y él me ha dicho:

«Mi vieja, mi madre, ¿siempre has de estar en la miseria?… Vámonos los dos con un puñado de dinero que nos entreguen los enemigos… Vámonos a remontar la corriente del Paraná, hasta llegar a Humaitá, donde residen los indios buenos, los indios respetados.»

Felipe, contestó:

—Creo en ti. ¿Cuánto dinero pide tu hijo?

—Dos mil pesos…

Del Estero permaneció silencioso un rato. Repuso después:

—¿Cuándo habían de ser entregados?

—Mañana al salir el alba… Si accedéis a la petición, en ese momento irá un indio tuerto, jorobado, que camina muy despacio, porque es zambo, y sus pies torcidos le obligan a la lentitud. Él irá al sitio en que está recluido el mayor de los Cerdera. Entonces, tú, el hombre del Gobierno Argentino, saldrás a su encuentro, y le entregarás el dinero. Se retirará el estropeado, para llevar la cantidad a mi hijo Presto, que no estará muy lejos. Y cuando éste se convenza de que se paga lo prometido, sonarán las caracolas, los indios se irán retirándose, y tu podrás salir con el cautivo de la picada que hay a la derecha, donde tendréis dos caballos, de los que fueron arrebatados.

—¿Esas son las condiciones?

—Ésas son —afirmó la vieja.

Y entonces Felipe, sin más consulta que la de la propia inspiración, repuso:

—Negocio hecho. Trato concluido. Pero si hubiese traición, no tu sangre, que vale tan poco, sino la de tu hijo y la de tus nietos, nos responderías con un castigo ejemplar.

La vieja india, se alejó rápidamente; y Felipe del Estero se incorporó a la tropa de Caballería.

Habló Felipe con el jefe del piquete militar y se convino en el procedimiento.

23. Los indios sometidos

Cuatro días después de los sucesos que quedan relatados, y apenas había comenzado el sol a lucir en el horizonte, Próspero escuchó pasos lejanos. Levantose del camastro de hierbas. Temió que acaso era esa su última hora, porque antes había recibido nuevas solicitaciones de los servidores de Presto Culcufura, para que dijese dónde estaban los depósitos del caudal de Roque Lanceote, y el muchacho había contestado con absolutas negativas, añadiendo que, prefería morir a una infidencia para lo que significaba al patrimonio de su familia.

Dispuesto estaba el hijo de Dióscoro al sacrificio. Cada mañana, apenas el sol le daba en el rostro despertándolo, juntaba sus manos, elevaba la mente y sus labios decían la oración matinal… «Dios te salve, Reina y Madre de Misericordia… »

Había llegado Próspero en su soledad a una perfección sublime del alma, como los mártires del Cristianismo que en la fiera Roma iban a luchar con los leones y con los tigres… ¿Acabar la vida… ? Eso no era nada. Eso no valía la pena de estimarlo. Decaer miserablemente en el miedo… ? Eso era morir cien veces…

Así, cuando sintió Próspero que el rumor de los pasos sobre las hierbas secas era más inmediato, pensó en Dios, pensó en la Virgencita de Pareduelas—Albas, cruzó sus manos, y esperó el fin.

El primero de los indios que llegó, era el jorobado, patizambo, hombre incompleto, que había anunciado la siniestra madre de Presto. Y este pedazo de indio, gritó desde lejos:

—Señor, señor niño, venimos a reverenciaros. Habéis sido muy bueno con nosotros. Mi amo, Presto Culcufura, os envía su saludo por mi mediación. Libre estáis. Ya llegan vuestros amigos, vuestros hermanos, los que os esperan con tanto cariño… ¿Os ha ido mal en la encerrona… ? ¿No os ha gustado el churrasco que yo os preparaba… ? Si comisteis bien, os ruego que me lo agradezcáis, con alguna limosna. Sois muy rico, sois muy rico, mi señor, niño…

Y como observase el jorobado que Próspero permanecía en silencio, concluyó:

—Antes de que el gallo—pinto pase de un árbol a otro, estaréis con los vuestros.

El gallo—pinto es un ave abundosamente multiplicada en los bosques chaquenses. Procrea de un modo, que parece ese pájaro el emblema de la infinidad. La profecía del jorobado se cumplió, porque, un minuto después se presentaban a Próspero, Otaduy, Felipe del Estero, Generoso, Basilio y el oficial que mandaba el piquete de Caballería.

Hubo abrazos, besos, cariñosas demostraciones. Próspero estrechó a Felipe del Estero y a Otaduy, diciéndoles:

—Nos habéis salvado… . ¿Qué haré yo para probar a ustedes nuestro reconocimiento?

Varios indios se acercaban temerosos, rogando ser recibidos por el jefe del Ejército argentino. Éste les dio permiso. Los indios se postrernaron de rodillas: uno de ellos dijo:

—No tenemos quejas del Gobierno federal, pero los representantes del Gobierno nos ofenden a veces. Queremos ser leales. Rogamos que no se nos moleste. Y así pedimos a todos los que os vais a marchar que seáis, si podéis, representantes de nuestros deseos ante el Excmo. Presidente de la República.

El jefe de la comisión militar, que era la personalidad más caracterizada para el caso, contestó:

—Sed buenos, sed trabajadores, sed honrados… El Gobierno de la Nación sólo desea vuestro bien, que os perfeccionéis como hombres, que lleguéis a ser ciudadanos.

Otaduy habló al oído con Próspero, consultándole sobre si convenía repartir algunas dádivas a aquellos desventurados representantes de una decadencia racial. Y previa la aprobación del mayor de los herederos, el policiaco de Formosa, distribuyó más de dos mil pesos entre la indiada. Sonaron aplausos. Porque el juntar sonoro de las manos por la gratitud del dinero recibido, es una de las pocas fórmulas universales que desde el paraíso transcendió a través de los siglos y de las razas.

24. Los ricos niños sorianos

Un mes más tarde, los hijos de Dióscoro Cerdera embarcaban en la dársena Norte de Buenos Aires, en un vapor de la Compañía Trasatlántica. Próspero había distribuido muchas dádivas entre los españoles menesterosos que en la ciudad correntina residen. Y después de remunerar a Felipe del Estero espléndidamente, había conseguido que Juan Otaduy volviese a España. Iba a ser el administrador de los bienes de Roque Lanceote. El pamplonés aceptó la idea y quedó agradecido a la propuesta del mayor de los hijos de Cerdera.

—Español nací, navarro soy. Huí de mi patria buscando mejor ambiente para mi esfuerzo. Ahora la Providencia me lleva de nuevo a España. Unos niños santos y buenos me conducen. Yo seré su servidor, su padre, su tutor y su consejero… Próspero, Generoso, Basilio… Mirad en mí a vuestro criado y a vuestro defensor.

El trasatlántico se alejaba ya de la costa. Próspero, se arrodilló con las manos sujetas a los hierros de la obra muerta y dijo, clavados sus ojos en lo alto del cielo:

—Bendigamos a Dios, nuestro Señor. Adorémosle por sus bondades… Vamos de nuevo a Pareduelas—Albas, donde está mi Virgencita Santa, la Virgen pequeña y admirable… Y tornamos muy ricos, habiendo rescatado el oro del tío Lanceote…

Junto a Próspero estaban sus hermanos y Juan Otaduy. Todos se unieron en un abrazo.

Entretanto, el vapor avanzaba, rompiendo las aguas rojas del Río de la Plata.

Próspero recordaba las peripecias de su viaje, reconstruyendo las escenas. Veía mentalmente la manera como fue buscado y encontrado el primer depósito del tesoro de su tío el Fucar. Todo estaba previsto en las indicaciones que consignara en su Codicilo el bravo Cerdera. Fue de emoción inmensa el momento en que los niños y sus acompañantes dieron con el agujero en que estaban las arcas de plomo que encerraban los sacos de valores. El oro salía inagotable de aquel silo. Tres caballerías fueron cargadas. Y en el otro escondite encontraron actas de depósito en el Banco Nacional de Buenos Aires, de tres millones de pesos oro. Otaduy, Felipe del Estero y el jefe de la fuerza militar de Resistencia que había intervenido en la obra, formalizaron, con los poderes de que los dos primeros iban provistos, el inventario de los valores y efectos hallados. En suma, aquella herencia importaba cinco millones de pesos.

Entre los papeles que había en los escondites fueron vistas y conservadas con respeto dos cartas de Cerdera el opulento. En ellas se decía, siendo la una copia de la otra: «Quien esto recoja del seno de la tierra, ha de saber que, si lo realiza con justo título, será feliz. Ha de acompañarle mi bendición. Proceda en el amor de los pobres, emplee lo que yo gané, en el servicio de Dios y de los menesterosos… Si mano aleve y criminal osara apoderarse de mi fortuna, esté cierto de que ella se convertirá en causa de desdichas… » Y otras cosas tales expresaba Cerdera, con la suma experiencia de un viejo de entendimiento, y con la bondad de un arrepentido que quería asegurarse el perdón divino.

Cuando iban a arribar los sorianitos a la costa española Próspero dijo a sus hermanos:

—Lo que hemos de hacer es que en nuestro pueblo no quede un pobre. Y hemos de regalar a nuestra Santísima Virgen una corona de oro y piedras preciosas… . Y en el cementerio construiremos una capilla donde estén los cuerpos de los padres y donde a diario celebre la misa un capellán.

Y al volver a tierra Próspero se arrodilló, elevando al Señor sus preces.


Publicado el 24 de junio de 2018 por Edu Robsy.
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