Texto: Lucio Tréllez
de José Ortega Munilla


Novela


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Lucio Tréllez

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Fragmento de Lucio Tréllez

—¡Dios mío! —balbució.— ¡Que no se muera!

Volvieron a girar sus ojos por los cuadros que cubrían completamente la pared, por las tres mesas cargadas de papeles, pleitos y procesos, de libros abiertos, de tinteros de cristal tallado, de pisapapeles hechos con pedruscos argentíferos de una mina cuyos asuntos dirigía don Adrián. Se levantó y anduvo lenta y trabajosamente sonando su palitroque sobre la encerada madera del pavimento. Cerca del balcón permaneció un breve espacio, mirando alternativamente al cielo y al suelo, moviendo su cabeza con ademanes de desesperación, pasando el arrugado dorso de su mano izquierda sobre sus párpados, en que goteaba alguna lágrima. Cruzó la galería, y, como los tiestecillos, llenos de pensamientos y azucenas que salieran al paso, y un ventrudo cactus alargara sus tentáculos pinchudos, como para cogerle, con un movimiento que tendría mucho de cómico, si no tuviese mucho de sublime, agitó su bastón y sacudió un palo al más vecino montón de hojas, haciendo a este punto un gesto que quería decir: «¡Hasta vosotros me molestáis!» Atravesó la sala, siempre sonando el palitroque sobre el piso; y los numerosos espejos, de ancha luna, que copiaban la fina esterilla del pavimento, los hules ingleses, que trazaban una a modo de senda de puerta a puerta, los muebles de raso negro y madera de palo-santo, los veladores llenos de chucherías japonesas y de figuras de incroyables, con su lente en el ojo derecho y su nudoso garrote en alto, copiaron también la corva espalda de don Adrián, su rosácea cara, afeitada a uso clerical, su gorro verde, con gran borlón, que detrás, oscilante, le pendía; sus piernas dificultosas en andar, y aquel contoneo fatigoso de un cuerpo cansado, cuyos pies tienen tendencia a la fijeza y han de tomar impulso para levantarse. Sentose en un sillón, pero fue por breve tiempo, y poco después siguió andando, con una intranquilidad creciente, con un ahogo moral y físico, tremendo. Fue de estancia en estancia convulso, llorón, sin voluntad, sin juicio, estupefacto, casi idiota, y al fin entró en la alcoba de Cristeta. Dos criadas estaban allí vigilando, y se levantaron cuando pasó. El viejo sostuvo con su propia mano la colgadura de seda de la puerta, y dijo con voz suave y queda:


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182 págs. / 5 horas, 20 minutos.
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Publicado el 22 de abril de 2019 por Edu Robsy.


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