Lucio Tréllez

José Ortega Munilla


Novela



I

Entró Lucio en la estancia, y dejó su sombrero sobre la mesa de reluciente caoba, cargada de jarroncillos blancos y cajas de dulces, vacías. Quitose los guantes, y arrojolos dentro del sombrero. Después pasó su mano, huesuda y grande, por el negro cabello y por la frente, en que brillaba el sudor, y entonces se acercó a la ventana. Estaba allí aquella muchachuela cuya cabeza, bañada por la luz de la luna, tenía extraña belleza, reflejándose suavemente la plateada luz del astro sobre sus sienes morenas, y en su cabello negro, un poco alborotado y rizoso. Sus codos se apoyaban en el alfeizar, y sus manos, pequeñas y delgaditas, sostenían el rostro, en actitud de meditación profunda.

—Luciana —dijo, con voz seca y vibrante, el joven— ¿y madre? ¿Cómo se encuentra?

—¡Ah! ¿Viniste ya? —contestó ella, volviéndose—. Está divinamente. La acosté a las nueve, la di su chocolate, y que quieras que no quieras, se lo tomó... Ahora duerme que es un gusto el mirarla... Ven y la verás... ¡Qué sueño más tranquilo! Mira, chico, parece que no, y la envidio ese sueño. Respira pausadamente y no hace aquellos gestos horribles que otras noches me llenaban de miedo.

—¿Y padre? —preguntó Lucio, dejándose caer en una silla de las cuatro o cinco que, arrimadas a la pared, constituían, con la mesa, todo el mueblaje del reducido cuartito.

—Se fue a las ocho y media a su café del Siglo.

Oyose entonces un cascabeleo acompasado, y luego se oyeron además unos menudos pasos, como si anduviese por allí una persona muy chiquita. Era una persona chiquita, sí; era Esmeralda, la apoplética y achacosa perra de aguas, que venía con gran retraso a ver a su amo y señor.

—¡Toma, Esmeralda! —dijo en voz baja Luciana, llamando a la perra—. ¡Como entres en la alcoba, te voy a dar un buen par de azotes! ¡Diablo de animalito!... ¡Siéntate aquí!

Obedeció la perra, y de un brinco se subió a la silla, que Luciana le indicaba con imperativo ademán.

—¿Has paseado mucho? —dijo la muchacha, dejando de ocuparse de la perra, para ocuparse del hombre.

—¡Pasear! Bien sabes que yo no paseo.

—Pues haces mal... Yo quisiera salirme de paseo ahora, y estar andando dos horitas justas... ¡Siento una comezón de andar! Las piernas se me marchan ellas solas, y el cuerpo es el que no puede acompañarlas.

—¡Pobre chica! La enfermedad de mi madre te tiene esclavizada, presa... ¿Cómo no te saca mi padre alguna vez?

—¡Eso! y vamos a dejar sola aquí a la enferma. No, señor.

—Pero, chiquilla. Tú pareces una vieja en estas cosas. Todo lo piensas. A tu edad esa previsión es planta precoz.

—¡Vaya! Pues si ya he cumplido los diez y siete años.

—Sí; es una edad respetable... ¿Cuándo te salen las canas?

—Hoy me he quitado una al peinarme. Pero esa me ha salido de estar por la noche de cara a la luna.

—¡Supersticiosa!

—Ríete de mí. Tú eres un sabio y yo una tonta; tú un señor abogado, que habla como un libro, y dice cosas divinas delante de los jueces, y yo soy una necia charlatana. Pero eso de la luna es verdad... Asómate a la ventana... Verás qué preciosa está esa señora allá arriba, con un ojo abierto y otro cerrado... Da gozo el verla... Yo me entretengo en eso...

—¡Buen entretenimiento! —exclamó Lucio, mirando por vez primera a la muchacha.

Ella se había acercado de nuevo a la ventana, arrimándose mucho a uno de sus ángulos, para dejarle hueco a Lucio, que se levantó de la silla y se acercó a su prima. Digamos que ésta era una niña casi; que su talle delgado y su figura esbelta y movible, mostraban cierta demacración, hija más de su natural conformación nativa que de enfermedad; su seno era, no obstante, de desarrollo mayor de lo que la delgadez del cuello prometía, y sus brazos largos cruzábanse uno con otro frecuentemente, como dos hermanos que tienen miedo de verse solos.

Afuera, la noche más hermosa de junio, envolvía en su luminoso manto a Madrid. Un montón de nubes grises vagaban por el aire en lo más alto, como fantástica góndola tripulada por el sueño, y en los confines del horizonte urbano los techos de pizarras de una fábrica, las chimeneas nuevas de un hotel en construcción y las veletas de una torre, brillaban con reflejos azulados y grises. El viejo ciprés, de tronco añoso y granujiento, asomaba su copa negra por encima de las tapias del jardín de las monjas Teresas, y una fila de olmos, cuyas hojas no se movían en el reposo supremo de la noche, parecían una fila de cabezas enormes y peludas, escondiéndose detrás de las verjas de un palacio ducal que allí alzaba su arquitectura francesa, en medio de un parterre de bojes y plátanos.

—Esta sí que es una noche hermosísima, Lucio. En Lugareda todas son así... Vieras tú allí salir la luna de entre un montón de paja de las eras, e ir subiendo, subiendo, arriba, arriba, como un globo. Todas las cosas parecen más bonitas con su luz, y dan ganas de mirarse en la sombra que hace una en el suelo, en donde se diseña un recorte negro, perfectamente dibujado.

—¿De modo que tú, chiquilla, cuando no te entretienes en mirar la luna, te entretienes viendo tu sombra? —preguntó Lucio con humorístico tono—. Eso es vivir viendo visiones.

—¡Gracias... por la parte de visión que me toca! ¿Hay algo más bonito que la luna? Yo te compadezco cuando me dices que no has salido nunca de Madrid, ni has visto jamás el campo. Respóndeme, Lucio... ¿No sientes tú aquí una especie de ahogo... una angustia, una pena, un... yo no sé qué, al pensar que al otro lado de esas casas, más allá de esos árboles pasando esos caminos polvorientos, que llamáis la Ronda, empieza algo distinto de las calles empedradas, en que no hay ruidos, ni gentes, sino flores y pájaros?

—Pareces la protagonista de una novela romántica.

—¡Ay, hijo! pues digo lo que siento... También me dice eso tu madre, cuando la refiero mis pensamientos. ¡Hombre, búscame una de esas novelas, para que yo sepa a quién me parezco!... Yo no he leído más libro que el de misa. En Lugareda, algunas veces también le leía a mi padre El Imparcial. ¡Pobre señor! Desde que volcó el carrillo de Lucas, en que iba a casa desde Viñosa, a donde tenía que marchar el día 2 de cada mes a cobrar sus quince duros de paga, quedose tan enfermo, que no levantó más cabeza, aunque se le hizo la cura de la pierna rota con gran esmero. Entonces yo me ponía cerca de él, y leía, leía, hasta que se quedaba dormido, y así que estaba con la cabeza sobre el pecho, los párpados cerrados y las manos cruzadas en reposo sobre las piernas, alzábame de la silla, y muy quedamente, de puntillas, salía al jardín, y allí pasaba un largo rato.

—¡Pensando en tu novio!

—¡Anda, Lucio, que ya sabes que no le tengo! ¡Hipocritilla!

—¡Hombre, créeme! —exclamó ella muy seria, y con profundo acento de verdad.

Lucio no prestaba gran atención a las palabras de su prima. Oíalas con cierta displicencia, paseando sus ojos desde una esquina del cuarto a otra, por una fila que formaban los ladrillos. Cuando había hecho un viaje con sus ojos por aquel estrecho surco, retrocedía en su camino con distraída insistencia. ¿Cuántos años tendría Lucio? Seguramente que frisaba en los veinticinco. Era moreno, alto, con más hueso que carne, de espalda y hombros reciamente construidos, de manos grandes, algo cubiertas de vello. Su rostro expresaba la inteligencia y la voluntad en aquel mirar negro y penetrante, en aquellos labios plegados de ordinario con severo gesto, en aquella frente no muy espaciosa, pero prominente y derecha. Traía el pelo cortado casi al rape; la barba cuidadosamente afeitada y un bigote pequeño por todo adorno varonil. No era lo que se llama un hombre guapo: era lo que se llama un buen mozo, y a más del prestigio de la estatura, podía hacer valer, ante el jurado del bello sexo, la expresión nobilísima de la cara, que inspiraba simpatía y confianza desde que por primera vez se le veía.

—Enciende la luz —dijo— y dame de cenar.

Con gran presteza se puso Luciana en movimiento, y muy quedamente, de puntillas, como ella solía decir, porque el sueño de la enferma no se interrumpiera, abrió un armario de pino blanco, sacó de él un mantel grueso y limpísimo, un cubierto de plata y dos copas de mayor y menor estatura, pues una estaba destinada al vino y al agua otra. Fuese después por el lóbrego pasillo, y allá, en la lejana cocina, oyose ruido de cacerolas, el soplo intermitente y suspirón del fuelle, el borboteo de algún líquido puesto a la lumbre, el arrastre de una cazuela sobre el fogón y el vibrar de un plato que, al ser bajado del vasar, despedíase de sus compañeros diciendo acaso: «¡Dios ponga tiento en las manos de quien me coge!» Luego volvió a aparecer en el comedor Luciana, trayendo entre las manos una fuente que, al humear, arrojando de sí un copioso vaho, obligábala a volver la cabeza a un lado.

—Aquí tienes; acércate y come. ¿Sientes apetito? ¿Quieres vino blanco del que nos enviaron ayer de casa del señor Ustáriz? Dice tu padre que es lo mejor que ha salido de Andalucía.

Para contestar, Lucio se acercó a la mesa, desdobló la servilleta, y comenzó la faena deglutiva. El guiso, aunque humilde, estaba apetitoso, y con el aroma, la apariencia y el sabor, a ser devorado prontamente convidaba. Trajo Luciana luego la castiza lechuga, sobre la cual espolvoreó con su linda mano la sal y derramó el aceite, para batirlo fieramente después, usando todas las reglas del arte. Lucio comió de todo con apetito, a prisa y sin interrumpir la masticación para hablar con su prima, ni aun para contestar a las muchas cosas que la muchacha le decía.

—¿Y se ha sabido algo del hijo del señor Ustáriz? —preguntó ella, mientras Lucio trinchaba una hoja de rubia lechuga.

—Nada —repuso él— sino que está en París, de donde saldrá el día 20 para Londres.

—Yo no sé qué atrocidades me ha contado de él esta tarde don Honorio... Que había escrito a su padre pidiéndole muchos miles de reales... Que iba viajando en compañía de una señorita, de esas que salen a bailar al teatro... Que el señor Ustáriz estaba furioso contra su hijo y que... la hija del señor Ustáriz había escrito a ese mal aconsejado calavera, advirtiéndole que si no volvía a Madrid, al punto sería desheredado.

—De todo eso —dijo Lucio, después de pasar la servilleta por sus labios y levantándose— quita la mitad, y sabrás lo que ocurre.

—Pero ¿está loco ese Anatolio?

—Tú no entiendes de eso, chiquilla —replicó Lucio con cierta sequedad—. Tú sabes mucho de quién es la luna, qué significa una nube negra, a dónde van los vilanos cuando el viento los hace pasar volando por delante de la ventana; pero de calaveradas, bailarinas y desheredamientos, lo ignoras todo.

—Sí; es verdad. Ya me callo... ¡Soy tan curiosa, tan indiscreta, tan necia!

Luciana recibió las palabras de su primo con gran pena, que se retrató en su rostro y en sus ojos, los cuales parpadearon como para contener el llanto. El lo conoció, y mirándola fijamente, procuró dulcificar el efecto acerbo de su dureza.

—Vaya, no seas así, chiquilla. ¿Y vas a llorar por tan poca cosa? Bien sabes que vengo cansado de todo un largo día de trabajo, y que me molesta el hablar. Por eso respondo alguna vez a tus preguntas con rudeza. No es que quiero herirte con mis palabras ¡pobrecilla! Es que ellas salen por su propio impulso de mi boca. Después de diez horas de trabajo estéril, se queda el alma sombría y taciturna.

—Primo, no me des explicaciones... Tú haces bien en responderme así... Pero eres tan bueno, que te calificas de severo y duro por no calificarme de tonta.

—¡Tonta tú! No lo eres, Lucianilla. Tienes aquí algo bueno —dijo él, tocando con su dedo índice la frente de Luciana—; anda por ahí un espiritillo melancólico, que te perjudica mucho, que es el que te pone tan pálida, el que te impide dormir, el que te hace amar los rayos de la luna... pero en cambio tienes un sentido tan recto, una ternura tan inagotable, una caridad... ¡No hay más remedio que quererte!

—¡No hay más remedio que quererme! —repitió ella, como lo hubiera repetido un eco.

Y se quedó pensativa, quieta, en la postura misma en que tales palabras la cogieron: con una mano apoyada en la mesa y la otra sosteniendo la barbita picuda y afilada.

Aquel enternecimiento súbito de Lucio era justificado, aun en su carácter tan duro y desabrido. Cuando vio que Luciana iba a llorar, por causa de una contestación suya, más despegada de lo que debía, una montaña de recuerdos cayó de improvisó sobre su alma. Acordose del desvalimiento de la muchacha, de su orfandad, de su cariño a aquella achacosa anciana que en la vecina alcoba dormía, de su aplicación para tener limpia, bien aderezada y dispuesta con esmero la casa, del celo que ponía en agradar a todos, de su humilde aspecto, que la recomendaba al cariño y respeto generales; y entonces se censuró a sí mismo por emplear con ella frialdad en el lenguaje, falta de interés, y a veces un desprecio absoluto. Aquella criatura insignificante le ocupaba tan escaso lugar en ese archivo de efectos personales que llevamos con nosotros, que algunas veces el sonido de su voz, viniendo a molestar con aquel timbre fino y delgado el tímpano auditivo de Lucio, hacía exclamar a su memoria: «¡Hombre, es verdad! ¡Si hay en el mundo una muchacha que se llama Luciana!» Alguna vez este recuerdo llevaba en pos de sí, y como consecuencia de arrepentimiento, un a modo de explicación, cual la que acabamos de oír. Esto lo consideraba él como un desbordamiento de ternura, aun cuando no era sino una gota líquida que el hielo de un alma cristalizada echaba de sí, después de recibir durante una hora el beso del sol.

—Quita la mesa, prima —dijo él mirándola—. ¿Qué haces ahí?

Estaba como la hemos descrito, en la misma postura, con la cara en una mano y otra mano en la mesa. Por allá dentro de su íntimo ser, andaban sonando, como divina música, unas palabrejas sueltas, vagas e insignificantes, y sus mismos labios repetían por lo bajo, como un eco de lejana voz, como si no fuesen ellos los que las pronunciaran: «¡Es preciso quererte!» De improviso cambió de postura, y se puso de nuevo en movimiento. Quitó los manteles, alzó los platos, llevose a la cocina la fuente de la ensalada, y a poco volvió, después de asomar la cabeza a la alcoba, cuyas vidrieras cubrían por dentro, azules cortinas de percal.

—Sigue descansando. Esta noche dormirá como un ángel. Hoy no tiene fiebre ninguna... ¿Vas a salir, primo?

—No —dijo él, sentándose en la misma silla que antes de cenar ocupó y echando su cuerpo hacia atrás, hasta apoyar la cabeza en la pared.

—Hombre, sal un poco... Vete a dar un paseo, a descansar de doce horas de bufete. La noche está hermosa.

—Me aburro sobremanera dando vueltas por esas calles, codeándome con una multitud compacta, que impide andar.

—Eso es si vas al Prado o a las calles céntricas; pero por aquí arriba, hacia Chamberí, y luego bajando por lo último de la Fuente Castellana, no suele hallarse sino algún que otro solitario paseante... ¡Qué silencio hay allí! Sólo se oye a lo lejos el ruido de los carruajes. La última noche que salimos tu padre y yo, por ahí fuimos, y en una horchatería que hay entre muchos árboles, estuvimos descansando más de media hora...

Sonaron entonces en la escalera tres golpes sordos, que se repetían como el martilleo de una maza de batán. Eran dos pies y un bastón que subían la escalera, ayudándose mutuamente.

—¡Ahí está padre! —exclamó ella, corriendo hacia la puerta.

También la perrilla apoplética movió su hiperbólica personalidad, y después de asomar su peluda cabeza al borde de la silla, como buscando cómodo sitio por donde bajarse, saltó al suelo y se dirigió, grufiendo, a la puerta de la habitación. Chirrió el muelle de la cerradura, abriose, y el ruido de los pies y el bastón sonó sobre el pavimento con fuerza, haciendo estremecerse el piso y los muebles, y vibrar, chocando unos contra otros, los fanales de cristal y caracolas de oreja que había sobre la mesa. El que entró era un anciano que parecía vigoroso, mirado desde el pecho a la cabeza, y un decrépito mirado desde las rodillas a los pies. Tanta robustez como tenían su cuello de toro, su cabeza bravamente erguida, sus anchos hombros, tenían debilidad aquellas piernas temblorosas y aquellos torpísimos pies, que desconfiaban al andar, palpando el piso previamente, antes de echar sobre sí el peso de la persona entera. Su rostro era redondo, grueso y afeitado; pero el rasuramiento no debía llevarse a cabo en aquellas mejillas con mucha frecuencia, pues los blancos cañones que salían a flor de su epidermis, señalaban su escaso comercio con el filo de la navaja.

El pelo, cortado al rape, era gris, y mientras por las entradas de las cejas se iban nevando, debajo del occipital conservábase aún perfectamente negro. Los ojos de esta cabeza eran pequeños, pardos, sagaces, y miraban en línea recta; para ver algún objeto colocado a su espalda, el buen hombre tenía que volver todo el cuerpo buscándole, lo cual le daba una movilidad extraordinaria desde la cintura para arriba, aumentando su analogía con un muñeco de dos piezas, la superior con goznes, e inmoble la de abajo. Un gabán de verano, color gris, pantalón de igual tela, sombrero de copa, tan traído como llevado, una camisa de antiguo cuello con dos botones, corbata de lazo hecho, que, se desprendía de la camisa, quedando más como gola que como tal corbata, y bastón de caña que golpeaba el suelo, constituían todo el traje, adorno e indumental aparato de este viejo, a quien conocían los soportales de la calle de Ciudad Rodrigo con el nombre de don Pero Tréllez. Pedro era su verdadero nombre, y hubo de modificarse en labios del vulgo, adquiriendo la resonancia castiza que hoy tiene, porque hoy vive quien le lleva, para gloria del comercio al por menor, en que conquistó capital y fama.

—Hijo, ¿cómo has tardado tanto? —preguntó Pero Tréllez— Estuve aguardándote hasta las siete, y viendo que no venías, me marché al Siglo. Afectos me han dado para ti don Dimas, el hijo de Ceruello y todos los demás compañeros de mesa.

—He salido tarde de casa de Ustáriz, y después tuve que desempeñar cierto cometido. Ello es que acabé a las ocho y media, y a esa hora vine.

—¡Ay! —dijo el anciano, tirándose en una butaca—. Yo te aseguro que esta es la noche de más calor de todo el verano. ¿Vas a tu cuarto a escribir?

—¡Hombre —exclamó Luciana—, no hagas ese disparate! Con este calor y el del quinqué se te van a derretir los sesos.

—Debes salir. Yo te aseguro que me agradecerás el consejo —añadió Pero Tréllez.

—Me aburro, paseando solo.

—Ve a buscar un amigo.

—Mis amigos no hacen buenas migas con mis gustos. Ellos se van al Buen Retiro, y yo me mareo en aquel picadero humano.

—¿Por qué no sacas a tu prima a dar un paseo? La pobre está metida en este horno como un grillo en su jaula. Yo, te aseguro que le hace falta para la salud un paseo.

Luciana se apresuró a contestar:

—No, señor. Mi primo se distraerá más paseando sin compañía, que yendo conmigo. Más vale ir solo, que mal acompañado.

—¡Vaya! ¡Lo de siempre! Doña Humildad echándose arena en los ojos... Cállate... No digas tonterías... ¡Si llevas una vida de mártir! Yo te aseguro, que cuando ya no te has vuelto loca, no perderás el juicio nunca, porque nada entontece más, que vivir encerrado entre cuatro paredes... Dígamelo a mí, que me pasaba meses enteros en mi tienda de paños... Anda, Lucio, haz la merced de llevar a esta chica a que la dé el aire... Media hora nada más.

—Media hora, bueno, vístete —dijo Lucio—, pero nada más que media hora. Después he de leer unos papeles... y, no quiero acostarme tarde.

—Pero, primo... ¿vas a sacarme de paseo? —preguntó Luciana con mucho asombro.

—Sí, mujer... Anda y vístete al punto, no sea que se arrepienta —respondió Pero Tréllez.

Vierais a aquella muchacha ir andando de puntillas a la alcoba de las cortinas azules, entrar allí, salir poco después con un vestido negro al hombro y un velo en la mano derecha; viéraisla marcharse a los cuartos obscuros del otro lado de la casa, y antes de cinco minutos, volver dispuesta para el paseo, adornada con su falda negra de Orleans, su gabancito del mismo color, y su velo puesto sobre el negro y rizoso cabello. No podía decirse que aquella criatura fuese hermosa, ni que fuese linda siquiera. Había una delgadez en sus formas, una sutileza tan excesiva en el cuello y brazos, una falta de proporción entre la espaciosa frente y el resto de la cara, que desde luego huía del que la contemplaba toda pretensión poética de compararla con cualquier diosa, virgen, o deidad pagana. Y, sin embargo, hablaban con tan atropellada y expresiva elocuencia aquellos ojos negros, movíase con tanta gracia el delicioso pliegue que formaba el labio superior, cuando para dar más íntima y cariñosa expresión a las palabras se fruncía; contrastaba con tanta nobleza la nariz redonda, recortada, pequeña, sobre las demás facciones, que, aun a pesar de las menudas pecas y pálidas manchitas que tenía esparcidas por la frente, de aquellas irregulares partes, resultaba un todo encantador. Más bien era baja que alta, pero la esbelta soltura de su talle hacíala aparecer como más bien alta que baja.

Abrió un abanico ruidosamente y se echó aire muy aprisa, moviendo la cabeza a un lado y otro, para ajustarse bien los pliegues del velo de tul. Después se miró de soslayo en un espejo, que recostado en dos clavos dorados, y pendiente, con una inclinación extraordinaria, de un cordón de seda, reflejaba los diversos objetos que llenaban la cómoda, pareciendo que estaban puestos en un plano inclinado, y que, por milagro de equilibrio, se conservaban adheridos al floreado hule de la tabla. Eran los adornos que en tales casas suelen verse: dos fanales que encierran flores de cera, un busto de Cervantes en yeso, un San Juan de igual materia, con la pellica pintada de amarillo y la banderola de verde; un fraile de china, que sirvió in diebus illis para calentar agua, poniendo el líquido en la vasija que formaba la capucha y una lamparilla de espíritu de vino en el hueco del hábito; varios caracoles, y un alfiletero de marfil labrado. También se miraban en el espejo, desde la contrapuesta pared, un cuadro litográfico que representaba el Infierno, con gran copia de diablo: negros y azules, y atroz lechigada de pecadores a quienes aquéllos ensartaban en sendos trinchantes, no más pequeños que palas de graneros, y un marco dorado en que había un paisaje hecho de pelo, con prolijo arte admirabilísimo. En medio de todos estos adornos de la estancia, se miró sobre la azogada superficie la muchacha, antes de salir, más bien como quien echa una mirada furtiva al amante desdeñado, que para deleitarse en la contemplación de su cuerpo querido. Después dijo a don Pero:

—¡Hasta luego! Que usted descanse, tío.

Acompañó el viejo a los jóvenes hasta la puerta, y cerrándola él mismo con cuidado, porque el golpazo no despertase a la enferma, volvió a aquel sillón de cuero deslustrado que solía ocupar en sus horas de ocio. Acercó luego el quinqué de loza blanca al centro de la mesa, y cogiendo de la cómoda un papel que sobre ella estaba doblado, extendiolo cuidadosamente delante de sí. Vistosos colorines embadurnaban la tersa superficie, y mil rayas y letras había en ella escritas y pintadas. Era un mapa de la guerra turco-rusa —¡para que veáis si mi historia es reciente!— regalado por yo no me acuerdo qué periódico a sus suscriptores. De ellos era don Pero Tréllez, y en su perpetua holganza servía de gustoso pasto a su espíritu la enfadosa peroración del artículo de fondo, que ha venido a ser en el periodismo, por lo sabido, reglamentario y adormeciente, como la oda académica es en la poesía; y deleitábale sobremanera la descocada esgrima de los sueltos en que los partidos luchan con toda suerte de armas, desde el cañón al cuchillo albaceteño. Pero aun más que todo, le gustaba al seguir sobre su mapa las operaciones de los beligerantes, e ir apuntando con un lápiz rojo las diversas alternativas con que la varia diosa del triunfo traía y llevaba los pabellones del sultán. Ponía el periódico en su mano derecha, extendía el dedo índice de su mano izquierda, después de haber montado en el gordo caballete de la nariz los anteojos, y comenzaba su viaje por el teatro de la guerra, acompañando los movimientos de su dedo de palabras de admiración, o duda, de gestos de disgusto o placer.

—«San Petersburgo» —murmuró entre dientes, enfilando su visual por los cristales en el papel, y leyendo el periódico—: «San Petersburgo, 18. La columna del general Tordiachic...» aquí está —añadió, dejando caer su dedo índice sobre un pueblo, como si hubiera querido aplastarle—; ha llegado —siguió leyendo— «a Bazar-Zus». ¡Buen avance, caramba! Este Tordiachic debe ser mocito de empuje. ¡Ah, bravo! ¿Dónde habrán ido a parar los turcos que manda Mucktar-bajá?

Y como nada decía el periódico ni del bajá ni de sus turcos vencidos, el comerciante de paños se puso a mirar atentísimamente el mapa; subiendo y bajando su dedo por él como guerrero victorioso que se apodera de todo el país en el tiempo que tarda en decirse. Aquel dedo redondo, sonrosado, lleno de arrugas circulares, de uña chata y rayada por pequeñas estrías, iba temblón y nervioso de un pueblo a otro, con ardor y actividad incansables. Quedó el mapa surcado en todas direcciones, desde los montes Ourales a la Grecia, y en tanta extensión de leguas no fue habido Mucktar-bajá. Después disminuyó el celo perseguidor de aquel dedo, y se movió despacio; luego permanecía largos ratos en el mismo sitio, y sólo de cuando en cuando hacía una pequeña jornada entre dos pueblos vecinos; por fin, se oyó un ronquido sospechoso, y el dedo se paró en Bazar-Zus, sobre la columna de Tordiachic. Don Pero Tréllez se había dormido sobre los laureles de los rusos.




II

Cuando Lucio y su prima salieron a la calle, acababan de sonar las nueve en todas las torres de las madrileñas iglesias. Aún las oyeron ellos en los relojes atrasados, al atravesar por delante de alguna de las muchas tiendas, que en tales barrios ocupan los pisos bajos de todos los edificios. Estaban las calles atestadas de gente. Las casas habían vertido su contenido en el arroyo, y allí se refrescaban sentados en bancos, sillas, o en el mismo suelo, los vecinos pobres, cuál en mangas de chaleco, cuál con blusa, cuál desgolletado y sin otro aliño de traje que la remangada tela de la camisa, dejando al descubierto los brazos y el pecho fuertes y peludos. Legiones de muchachos bullían y alborotaban jugando al toro con una banasta, en que habían clavado la formidable testuz de uno de esos héroes irracionales, que los domingos sucumben en el anfiteatro de la moderna Roma, a quien los pasados siglos nombraron Mantua Carpentanorum.

Unos, con ligeros capotillos hechos de las sayas viejas de sus madres, otros con verdaderos capotes de toreo de percalina y sarga, todos con mil malsonantes vocablos, en los infantiles labios, corrían delante del muchacho, ascendido a la categoría de toro, el cual desempeñaba su difícil papel con la propiedad posible, en medio de una barahúnda espantosa de chillidos. En otras calles era mayor el silencio, y conforme se acercaban a la plaza de Santa Bárbara, este silencio fue poco a poco creciente. Todos los balcones estaban abiertos, y de muchos salía confusamente el elegante teclear de un piano, en que manos crueles descoyuntaban las obras musicales a la moda. En alguna reja baja, de esas que aún recuerdan ¡en pleno siglo XIX! las costumbres galantes del siglo pasado, veíase una figura de hombre, muy arrimado a los hierros, y en lo obscuro de la estancia, una sombra, una cara blanca, la sombra y la cara de una mujer. En las fuentes de vecindad, había gran concurrencia de mozas de cántaro, y largas filas de ventrudos botijones, aguardando vez para que el chorro de agua los llenase; y mientras tanto, un chorro de chistes, groserías, imprecaciones y barbaridades brutales, iba cayendo de todas aquellas bocas, en el gran cacharro de la eterna risa nacional.

El sombrío edificio de la cárcel quedó a la izquierda. Lucio y Luciana siguieron andando silenciosos y distraídos. Él miraba al suelo. Ella miraba al cielo. Allá, en lo alto, fulguraban las pléyades con sonrisas mil de dorada luz, y era verdaderamente grato ir viajando con los ojos por el lumínico rosario, cuyas cuentas de fuego ha desparramado la creación en las inmensidades vacías. Luciana miró desde la más elevada de las estrellas, hasta la más baja y humilde, que en el remoto y obscuro horizonte confundía el parpadeo de su luz con el último farol de la Castellana. Vio allí la negra arboleda inmóvil, y como si agradara a su alma la contemplación de tal obscuridad, no apartó más la vista del confín del horizonte, en donde cielo y tierra se unían como dos labios inmensos de una enorme boca sonriente.

—¡Qué entretenida conversación llevamos! —dijo, por decir algo.

—¿Y de qué quieres que hablemos? —preguntó él con su sequedad acostumbrada.

—De mil cosas puede hablarse; pero... mira tú lo que soy yo... en este momento no me acuerdo de ninguna... Pregúntale a tu madre, y verás cuántas cosas la digo. Refiérola lo que hacía en Lugareda, a qué hora me levantaba, y cómo se llamaban mis amigas, las hijas del escribano, con quienes las noches de verbena, por Santiago y la Virgen de Agosto, salía yo de parranda y baile.

—¡Todo eso le cuentas!

—Todo eso, y ella se ríe... se ríe mucho de mí. ¡Como yo entiendo tan poco de lo que ocurre en el mundo, debo decir cada simpleza!... También le hablo de cosas tristes... de la noche en que murió mi padre. ¡Ay, Dios mío! Aquella noche no se encendió en el cielo ni una estrella, ni una luz... Era todo negro, y sólo brillaban en el mundo las hachas de cera, cuyos pábilos parecían ardorosas y siniestras miradas. Aquellas miradas derramaban, a modo de llanto, gruesas y calientes lágrimas de cera, que escurrían por las hachas abajo... Fue la primera vez que me desmayé, y al despertar de un sueño feroz, horrible y temeroso, en que pasé infinitas horas, hallé sobre mi frente la mano de un señor, a quien entonces no conocía, y que después supe que se llamaba don Pero Tréllez. Allá le llamaban el tío Pero, porque pasó su infancia en condición humilde, sin un ochavo, calzando abarcas... ¡Bien empleado está el dinero que logró! ¡Su trabajo le costó! ¡Cuánta noche mala, cuánto madrugón, cuánta penita para amontonar unas talegas pícaras de duros!... Dios se las ha dado, y Dios le ha hecho feliz.

—Sí, mi pobre padre sudó mucho para llegar a libertarse del yugo ominoso del mostrador, y eso me causa remordimiento. ¿Qué hago yo para continuar su obra? ¡Vivir a sus expensas! mucho título, mucho birrete, mucha toga, mucho humo en la cabeza... y apenas si gano para mis personales gastos.

—¿Y la fama? ¿Y la nombradía? ¿Y el lustre que das a tu apellido? ¿Eso no vale nada?

El no supo, o no quiso contestar, o no oyó las observaciones de la decidora Luciana, lo cual no era extraño, pues apenas la prestaba atención; al ver los rasgos de su fisonomía, el observador menos perspicaz habría juzgado que aquel pensamiento hallábase sumido en los túneles, cavernas y laberínticas sinuosidades de la meditación. Tampoco fue extraño, pues, que de tal hecho partimos, que no se fijara en los grupos de paseantes que bajaban de la Castellana. Eran escasos, e iban despacito, para gozar de la hermosura de la noche. No faltaban, allá, corros de niñas y niños que, girando en torno a otro de ellos, cuyos ojos estaban vendados, con alegre bullicio de cánticos y risotadas, parecían la rueda de la locura, agitándose alrededor de la felicidad. Un edificio redondo y grande arrojaba a la noche, por sus abiertas ventanillas y ojos de buey, un torrente de luz, y a veces oleadas de música, sonar de violines, vibrar de platillos y estampido de tambores. Apagábase luego aquel lejano concierto, y por los trozos que de él llegaban a oídos de Luciana, ésta comprendía que eran piezas bailables, valses ligeros, cancanes franceses y melodías de antigua corte, lo que ejecutaban allí. Escuchábase también con intermitencia el restallido del látigo, voces destempladas y chillonas, y luego el batir de palmas humanas.

—¿Es este el Circo? —preguntó Luciana.

—Sí —repuso él, y volvió a hundirse en aquel túnel profundo de los propios pensamientos.

Parecía que al decir «sí», había hecho su alma un movimiento como el del buzo que sale a tomar aire, asomando momentáneamente su cabeza sobre las verdes olas, para tornar después a las honduras del elemento frío... Luciana tampoco habló más; pero no estaba muy dispuesta a meterse en aquellos laberintos porque se perdía su primo. Su espíritu era un pájaro que al verse suelto, jamás se hundió en las tinieblas del murciélago, sino que se salía a piar de zarza en zarza por todas las de este mundo, como atrevido gorrión lleno de audacia y vuelos.

Aquella lugareña meditaba poco. No sabía mirar hacia adentro, y en las cosas exteriores hallaba siempre pábulo al afán de pequeños detalles, que la trocaba, de mujer seria, de niña frívola, en mariposuela voluble y fugaz. Cuando estaba, durante largos ratos, en silencio, no penséis que se hallase ocupada su inteligencia en raer, con el vidrio de la reflexión, la tabla negra de las meditaciones, sino que su espíritu fluctuaba en ese océano incoloro, tranquilo, sin turbulencias, sin orillas, sin fondo, que se llama el océano de la estupefacción, en cuyas aguas la inteligencia se anega, como esponja y viene a quedar inútil e inservible para su noble oficio de descifrar casos de duda y dificultosos problemas. La contemplación exterior de las cosas, era su fuerte; y no había particularidad que no descubriese al punto. Veía a una mujer, y sabía, desde luego, cuántos lazos llevaba en el vestido. Veía a un hombre, y precisaba cuántos botones traía en la pechera de la camisa. Veía una casa, y podía decir, sin equivocarse, cuántos cristales rotos ostentaban sus balcones.

En cambio, las cosas interiores pasábanle desapercibidas, por graves y trascendentales que fuesen. De una circunferencia, sólo veía la exterior curva; de un abismo, la boca negra. Pero veía perfectamente aquellas filas de casas del hermoso barrio de Salamanca, hijo predilecto del achacoso e infirme Madrid, sus ventanas, iluminadas interiormente con las luces de las viviendas, y los grupos de gente que tomaban el fresco, apoyados en los balaustres de los balcones. Algunos de aquellos grupos despertaban vivamente su curiosidad. Me refiero a esos grupos de hombre y mujer que suele el amor formar en el hueco de una ventana, o sobre un banco de piedra. Aquellas dos sombras que se movían, aquellas dos cabezas que oscilaban, como para juntarse, aquellas manos que desaparecían unas en otras, llenábanle de asombro, de curiosidad, de ternura, de tristeza, de mil distintos e inefables sentimientos. ¿Quién sabe las primeras sensaciones que allá, dentro de aquel ser despertaban, estremeciéndose como botones de un tallo, prontos a florecer? Por dicha, las manos de nieve de la alba inocencia sostenían entre aquellos grupos y Luciana un velo de misterio, y su condición superficial preservábala de los peligros a que es propenso cierto género de disquisiciones. Veía el grupo de amantes, experimentaba un latido íntimo, mitad brinco del alma, mitad titilación nerviosa, y no pasaba adelante, confundiéndose en obscura suma lo moral y lo físico, como la luz y el calor en el rayo solar.

—¿Cómo está la hija del señor Ustáriz? —dijo Luciana después de un largo silencio.

—Se muere sin remedio. El médico González Robles lo tiene ya anunciado —respondió Lucio.

—¡Qué lástima! Una niña tan bonita.

Entonces pasó por el camino un carruaje cuyos caballos sonaban muchos cascabeles, y Luciana se distrajo de su pregunta y de su exclamación con aquel alegre ruido.

Salió la luna. Una tibia y discreta claridad se difundió sobre aquel horizonte de árboles y edificios, en el cual, como por alegoría altamente expresiva, la vegetación formaba un cordón negruzco, sobre el que se alzaban, dominándole, la larga línea de edificios del Barrio de Salamanca, la lejana mole del Palacio de Buenavista, la fábrica de la Moneda, cuya chimenea arrojaba bocanadas negruzcas de humo, como fumador empedernido que ni aun mientras duerme aparta de sus labios el cigarrillo. Brillaban los vidrios de los balcones al refractar la luz de la luna, y en aquel relampagueo continuo de vívido y plateado fulgor con que los cristales devolvían la tenue claridad, había algo como llamaradas atroces de interiores incendios. Los árboles dejaban caer a la derecha su sombra negra, como una bayadera que tira su negro velo después de bailar, y se queda espetada y tiesa en postura de reposo con los brazos en la cintura. El viento descansaba. Pero de rato en rato un leve y suavísimo soplo, que parecía la respiración lenta y pausada de la ciudad dormida, movía las copas de las acacias y el follaje menudo de los plátanos, y entonces se hubiera dicho que las imaginadas bailarinas tornaban a danzar y trataban de bajarse a recoger del suelo aquel negro tul que huía de sus manos siguiendo sus movimientos. También se entretenía la luna en dibujar con negros sombrajos sobre la finísima arena las figuras de los paseantes, y Luciana, que según ella misma decía, era tan aficionada a estos entretenimientos pueriles, estábase atenta mirando con qué gracioso instinto de caricatura trocaba el astro de la noche en enorme sombrero monumental, un sombrero de copa alta, y prolongaba el aguileño perfil de la nariz de una señorita, que estaba sentada en un banco haciéndole aparecer como gancho abominable de la inquisición. Ella misma veía cual se dibujaban en la arena, siempre delante de sí, la sombra de su cabeza, el rizoso cabello, la flotante gasa del velo, que a veces quería volar y extendía sus alas de mariposa negra en el aire tranquilo y profundamente callado de la noche.

Distraído Lucio por sus meditaciones, distraída Luciana por aquel desborde de infantil curiosidad, ambos a buen paso, anduvieron silenciosos, tanto que cuando vinieron a sentirse cansados, hallábanse en el Pinar de la Fuente Castellana, frente a aquel desgarbado y presuntuoso monolito que corona una estrella de latón.

—Sentémonos, si estás cansada —dijo Lucio.

—Sentémonos —repitió ella.

Eligieron un banco pequeño que ocupaba un declive del terreno, y dejaron caer allí sus personas. Había otros bancos semejantes, que más que bancos deben llamarse pedazos de piedra, sin tallar ni pulir, en que se sientan los paseantes encargando a sus vestidos de la misión de pulir el granito y sacarle lustre. En aquella claridad difusa y engañadora se asemejaban a unos cuantos dados que hubiese abandonado en tal paraje un colosal jugador.

Desde el elevado cerrillo, que viene a ser como la almohada en que Madrid reclina la cabeza, escuchábase el rumor de la ciudad, parecido al hervor de una inmensa caldera, un sordo gruñido, un descomunal monólogo, en el que a veces resaltaban notas agudas, gritos y como lamentos, carcajadas y risas, suspiros y estertores. Entrecortadas frases musicales venían también cabalgando en el aire y se desvanecían prontamente como un perfume.

Mas allá del Pinar extendíase la inmensa y árida lontananza, que a la luz de la luna, tenía yo no sé qué aspecto medroso de cementerio. Aquel grupo de altísimos y medio secos cipreses que señala la linde de los Maudes, parecían grandes paraguas pugnando por abrirse; aquella casita terrosa, en cuyo frontispicio puede leer quien buena vista tuviere: Hernández, Polvorista. —Comidas y Callos, muestra sus dos ventanas desvencijadas como dos pupilas que guiñan ante el sueño, y su puerta abierta en que brilla un punto ígneo recordando una boca que sostiene un puro encendido. Aquellos bloques de piedra que blanquean en medio de un trigo, son como lápidas sepulcrales, que en su grandor y pesantez cuadran a maravilla con lo extenso y anchuroso del Camposanto. Aquellos palitroques mal trabados en que pende y oscila el pedazo de podrida estera que da sombra durante el día al picapedrero, es comparable a un pobre harapiento que trae al hombro la incolora manta en que se envuelve, como en púrpura real de su miseria.

—Lucio —exclamó Luciana de repente, abanicándose—, ya pasó media hora, ¿volvemos a casa?

—Aguardaremos un rato, y después de descansar emprenderemos la retirada —repuso él.

Después volvió a su mutismo enojoso y cansado. Entretúvose primeramente en rayar con el bastón la arena, pintando en ella diversos pájaros de pico largo como una espada, y luego grabó allí una porción de rúbricas; después un pensamiento y, por fin, una casa en que encerró pensamientos, rúbrica y pájaros. Cansado de pintar, montó una pierna sobre otra, y se puso a llevar el compás con el pincel, es decir, con el bastón, sobre su pie derecho, a la marcha de Aida, que silbaban quedamente sus labios. Después bajó su pierna del bagaje que la otra le ofrecía, y echando los codos sobre las rodillas, y cogiendo con arribas manos lo que sin dejar de ser bastón había desempeñado menesteres de batuta y pincel, entretúvose en hacer agujeros en el húmedo suelo, y así que los había hecho, mirábalos con atención grande, y parece que dejaba escurrirse por ellos su pensamiento, tan amigo de los túneles de la meditación ya citados, como se escurren los polvos de escribir por la criba de la salvadera.

Luciana, en tanto, pasó revista a las estrellas y a las torres más altas que desde el Pinar se divisaban. Iban aumentando las nubes y al salir compactas y negras del lado de Oriente, y escalar poco a poco la inmensa curva del cielo, tenían similitud con un mar de sombras que invadía el reino de la luz, pretendiendo ahogarla. Al mismo tiempo que el cielo, nublábase el ánimo de la muchacha, y entonces, como otras muchas veces la acontecía, después de vagar errante en alas de la curiosidad por todo el mundo sub-lunar (y super, también), sentía cierta languidez, cierto cansancio y aún más que esto, un disgusto profundo e íntimo. Cuando tal la ocurría, careciendo por completo de esa preciosa pinza de oro que se llama reflexión, y que por divina manera sirve para sacar espinas del alma, iba entristeciéndose rápidamente, y su ser todo caía, caía por un plano inclinado hasta lo más hondo de aquel océano de la estupefacción; y con el disgusto pesando dentro del espíritu como una bala dentro de un guante, hundíase, hundíase, hundíase en un descenso sin fin. Bien decía su primo, que sus divagaciones poéticas sobre la luna, las estrellas, las mariposas y las flores, eran de lo más ridículo, cursi y deplorable que puede concebirse. ¿Qué persona de criterio mediano y que se respete a sí misma, podía pasar horas y horas pensando en tales niñadas? Más vale comprar una muñeca de cartón y divertirse vistiéndola y desnudándola. Ella se declaró aquella noche una y mil veces sandia, tonta e incapaz de sacramentos, como el otro que dijo.

Cerró sus dulces ojos, y como si aún quisiera aumentar más la noche de que los rodeaba, tapóselos con las manos. Entonces el alma toda fue de la retina al oído, como insectillo encerrado en un frasco, que busca salida por todas partes. Allí escuchó e interpretó el sonido de la ciudad que en ondulaciones vagas venía: puso músicas no inventadas todavía en el silencio del campo, escribiendo fantásticas notas en un inmenso pentágrama, sin expresión posible, adivinó rumores y sonidos que no oía, y el lejano susurro, agudo como una carcajada infantil, de una fuente en el parque de uno de los inmediatos hoteles, juzgole ella voz humana que decía, entre otras mil gratísimas cosas: «¡Es Preciso quererte!»

Aun cuando Lucio y Luciana se enojen, voy a declarar que me parece completamente risible lo que a ellos les ocurría. Estaban jun tos y no hablaban. ¡Qué necedad! Cada pensamiento iba por su lado arrastrando el cencerro del aburrimiento, y el uno con sus túneles y la otra con sus océanos, causaban burlona compasión... Lo cierto es que no hablaban nada, y que si sus dos monólogos hubiesen podido unirse en un diálogo, habría sido preciso convenir en que Lucio y Luciana estaban locos de remate: tan distantes y diversos eran los caminos de sus juicios.

Él lo veía todo negro aquella noche; hasta el horizonte, pues dijo:

—Chiquilla, ¿va a llover?

—¡Ah!... ¿Decías? —preguntó ella, quitándose la noche de los ojos...— ¿Que va a llover? Sí. No... Quiero decir, no sé.

—Vámonos.

—¡Cómo te has aburrido, primo... y por mi causa!

Se levantaron y anduvieron bastante ligeros.

—Yo he nacido para aburrirme —repuso él, metiendo una mano en el bolsillo del pantalón, mientras con la otra se echaba al hombro el bastoncillo.

—Y yo también... debe ser así... porque así como antes me entretenía cualquier cosa, ahora... ahora...

—A todos nos pasa lo mismo entonces.

—A todos, a todos. ¿Y este aburrimiento no tiene cura?

—Mira, ayer se suicidó uno.

—¡Qué horror, primo! ¿No hay otro remedio, según eso?

—Sí: no haber nacido... o no haber nacido más que con el cuerpo: tener dormido el ser interior y vivir con la carne no más.

—No te entiendo jota.

—Pues es bien claro, hija: no sentir anhelo de cosas grandes, no tener esperanzas de color de rosa, sueños de oro, ilusiones azules.

—¡Echa colores! Te pareces a mí ahora, primo... De modo que si tú te aburres, ¿es por no poder conseguir algo difícil?... Vaya, eso no debe ser cierto... Yo estuve ayer aburrida hasta que fuiste a casa... Esta noche lo he estado, y lo vuelvo a estar ahora... Pues bien; ¿qué cosa grande deseo yo?

—Tú lo sabrás... pero algo deseas, cuando estás triste.

Luciana se quedó silenciosa, y como si las palabras de Lucio le hubiesen comunicado una grave e imprevista nueva. ¿Cómo? ¿Ella deseaba algo grande? ¿En aquella alma tan chiquita había deseos mayores que un cañamón?

—Pues, Lucio, créeme... Yo no me acuerdo de desear nada imposible ni difícil. He pasado lista a mis deseos, y todos ellos son humildes como matitas de albahaca... Quiero que tu madre se ponga buena, que el jilguero rompa a cantar, que tú seas pronto un abogado de nombradía... Todo esto es fácil, y al tocar con mi memoria a cada uno de esos anhelos, para preguntarle si podrán ser, exclaman agitando sus dos alas, que son, una la voluntad y otra La esperanza: «¡Seremos! ¡Seremos!»

—Pues los míos, que no tienen más que un ala, el ala de la voluntad, si quieren volar, no consiguen otra cosa que ir arrastrándose por la tierra miserablemente.

—Ten esperanza.

—El dinero se pide prestado, pero la esperanza, ¿dónde se le presta al que carece de ella?

—Ten voluntad, y lucha.

Parose Lucio de repente, miró a su prima, cogió su mano, que ella alargaba entonces para abrir el abanico, y con gravedad profunda y seria, dijo:

—¡Voluntad! ¿Ves un diamante? Pues aún es más dura la mía. ¿Ves una reja de arado? Pues aún resiste más mi voluntad. ¿Ves el mundo? Pues aún ella es más grande... ¡Luchar! ¿Qué es luchar? ¿Ir dando golpes con voluntad a los obstáculos sociales? ¡Pues los daré! Los estoy dando hace tiempo, y sólo después de morir desmayarán mis brazos y dejaré de esgrimir la terrible arma.

—¡Feliz tú! —exclamó ella dando un hondo suspiro—. Yo no sé luchar, ni tengo voluntad. Soy un alma de cántaro.

Tuvieron que detenerse para que varios carruajes cruzaran una de las travesías de la Castellana. Luego torcieron hacia los juegos de pelota. Allí verdegueaba un ínfimo y fementido pradillo, en que se oía el esquileo errabundo de un cordero blanco, cuya piel contrastaba vigorosamente sobre el color de la vegetación. Era un pedazo de idilio que bravamente pretendía meterse dentro de la prosa de Madrid. Una empalizada le tenía como preso. Mas allá un solar largo y extenso se dejaba invadir de plantas de cardo, ortigas y rubios jaramagos, sobre los cuales un gran cartelón, medio derribado por el viento, indicaba el número de pies del área y su precio.

Lucio y Luciana siguieron andando. Tan silenciosos, tan callados iban, que el novelista se ve comprometido para acompañarlos dignamente, no teniendo que referir de ellos otras cosas que gestos y miradas. Abandonémoslos por esta noche, y mañana... mañana Dios dirá.




III

Cristeta agonizaba. Decíanlo la lámpara nocturna con su débil, deslustrada luz; el ambiente de la estancia con su aroma de éter y tila evaporados; los muebles con su desorden; la gente de la casa con su triste y desesperada agitación. La alcoba permanecía completamente obscura, y en medio de sus sombras escuchábase un aliento cansado y resonante, besos y sollozos. La mesa circular de mármol cargada de papeles, periódicos ilustrados, libros con láminas y ramos de flores, tenía polvo de una semana; el azogado cristal del espejo, devolvía las imágenes de los objetos que llenaban el cuarto, como a través de una gasa blancuzca: tanta era la cantidad de pulverulentas moléculas que sobre él habían caído. Las sillas, de fino raso azul, con armadura de ébano, hallábanse desordenadas; las butacas, reunidas junto al balcón, con sus fundas de lienzo, arrugadas y fruncidas en pliegues mil, expresaban que poco antes habían servido de lugar de descanso a varias personas que estuvieron hablando detrás de las vidrieras. Todo tenía fisonomía de dolor: hasta el venerado Cristo de madera que estiraba su cuerpo amarillo en un rincón del gabinete en santo desperezo, dejaba caer de sus benditos y divinos labios, con el balbuceo tembloroso de la luz que a sus pies en un vasillo de vidrio ardía, estas palabras. «La muerte descendió de su carro. Ha armado su hoz. ¡Vais a sentir su golpe!»

Sobre el lecho, de madera amarilla torneada, en un almohadón, se veía hundida aquella preciosa cabeza rubia, en la que ya tenía grabado su sello la muerte. Era una niña, un ángel. Espesa madeja de oro caía por el almohadón, y sobre él se destacaba la tez linfática del rostro, amarillenta hacia las sienes, lívida hacia la boca, rosada sobre las mejillas, blanca cual la nieve en la barba. Su nariz abría levemente las ventanillas delicadas, en que serpeaban las venas azules, con un temblor nervioso, y en la sien latía vehemente un vaso sanguíneo, como palpitaciones fuertes de bordón que el dedo del músico pone en movimiento sonoro.

Allí cerca, una mano tomó los dobleces de la ropa del lecho y subiolos hasta ajustarlos debajo de la barba de la paciente. Luego cogió aquella barba y palpó la cabeza, sometiendo todas las esperanzas de un corazón estropeado, a la prueba de un diagnóstico que daba por datos innegables un grande fuego sobre las sienes y una helazón creciente en la barba.

—Cristeta —dijo una voz sutil, donde la mano había aparecido—, bebe un poco de refresco.

—¡Bueno! —suspiró ella débilmente.

Alzose la enfermera —pues se trata de una dama— y de un veladorcillo cargado de vasos, frascos y cajitas medicinales, tomó algo; oyose un crujido metálico, y pronto lució una cerilla al extremo de dos dedos temblones, blancos y finos, con uñas de color de rosa, y comparables a culebrillas de nieve cuya cabeza fuese de aquel matiz teñida. La luz osciló como queriendo apagarse, y después prendió su cabecita relumbrante de oro al cabo de una vela y allí hizo presa. Fue saliendo poco a poco de la sombra el cuarto, apareciendo las paredes de estuco, los cuadros de asunto sagrado, una pila de cristal, llena de agua bendita y rodeada de un gran rosario de gordísimas cuentas rojas, sillón de terciopelo apoyado en la cama, la cama misma, la enferma y la enfermera. Esta representaba unos veinte años. Era alta y linda. A través de la palidez de su insomnio, de su faz descolorida, de sus ojos tristes, que rodeaba una sombra, del desaliño del traje, que le componían una falda obscura y un pañuelo fino de color de tórtola, fulguraban la hermosura y la elegancia, la salud y el brío de la edad primera.

—Bebe —dijo, pasando su brazo derecho por el cuerpo de la paciente para incorporarla, mientras con la siniestra mano, que temblaba, ponía el vaso de la tisana junto a la boca que había de apurar su contenido.

Aquella mano sintió, tocando al cuerpo, la impresión de una piel sudorosa y ardiente. Aquel cuerpo sintió, al ser tocado, una impresión de hielo que le hizo estremecerse en nervioso calofrío.

—¿Qué hora es? —dijo Cristeta.

—Han dado las nueve —repuso su hermana.

—¡Qué temprano! ¿Qué tal día ha hecho hoy?

—¡Muy malo! —dijo Rosario, que este era su nombre, usando de una cariñosa mentira para hacer más tolerable a Cristeta la forzada quietud y la prisión forzada a que la enfermedad la reducía.

—Siempre me dices lo mismo. ¿Es que este verano no sale el sol?

—Es un verano lluvioso, Cristeta... Vamos, niña, niña, duérmete.

—¡Duérmete! Yo no duermo más. Ocho días hace que me repites esas palabras... He dormido tanto, que ya he espantado el sueño.

—Pues no duermas, pero calla... Te hace mal la conversación.

—Me callaré entonces... Pero si es peor... Déjame que te hable... Si no hablo, empiezan a bullirme en la frente unos pensamientos... Me parece que se me convierte la cabeza en una bola de hierro, que se me desprende de los hombros y rueda, rueda por unas cuestas abajo sin fin, atravesando primero unos arroyos helados... y oigo el chasquido de sus cristales al romperse... y después, unos hornos encendidos...

—Esa mente no acaba nunca de forjar quimeras... ¡Qué hornos ni que arroyos, Cristeta! Tu cabeza está sobre la almohada en que también la mía se apoya.

Y al decirlo, lo hizo como lo decía dejando caer su cabeza en la almohada. Cristeta, que estaba echada sobre la espalda, volvió sus ojos para ver a Rosario, y exclamó:

—¡Dame un beso!... otro, otro... y ahora... muchos más.

Colmole Rosario el deseo de los besos, y ella cerró los ojos, pero siguió hablando. Su charla, sus preguntas, su curiosidad, eran las de un niño que habiendo estado ocho días sin ver lo que en el mundo pasa, cree posible que en este tiempo se haya trocado la faz de las cosas todas, y los pájaros hayan perdido las alas, y el sol salga por Occidente y los árboles echen raíces en el aire. Contestaba Rosario con cariño doloroso y pena no bien disimulada. Nada más tierno que aquella hipocresía del llanto.

Cristeta preguntaba veinte mil cosas; por sus amigas, por sus compañeras del colegio de las Aguedinas, por su hermano ausente. Acabadas sus preguntas, y lleno el hondo saco de su curiosidad, refería sus recuerdos y sus impresiones. Decía cómo se sintió mala en la clase de geografía, donde estaban dos horas y media sin levantarse de un asiento de madera, muy duro. Decía cómo se desmayó, cayendo sobre el hombro de su vecina de banco. Con prolijos y menudos detalles todo lo narraba, y en su desordenado charlar confundía lo sucedido con lo imaginado, el disgusto de su dolencia con la esperanza... ¿qué esperanza...? con la seguridad de su restablecimiento. Ella no sabía que el mes de mayo había pasado, dejando llenos los jardines de rosas, de golondrinas los tejados, de amor los corazones. Ella creía que aún podría tomar parte en aquella devoción tan bonita de las flores de mayo, y cantar delante de la Virgen, a quien miraba como una celestial muñeca, porque la única idea que de ella la habían dado era la que el escultor quiso poner en la cabeza barnizada y en las manos de pino que echaba fuera de su mano de tisú, en el altar de las Aguedinas.

—Calla, Cristeta, yo te lo ruego; hermana, calla. Vamos, te voy a tapar la boca si no.

Y como en Rosario la acción seguía a la idea, puso su mano fina y suave sobre aquella ardorosa boquita cuyos labios ofrecían, al tacto, desquebrajados por la fiebre y los potingues salutíferos, asperezas y desigualdades. Calló Cristeta; pero allá dentro seguía el monólogo de la historia y profecía de su inocente vida en que el ayer y el mañana se daban las manos, como dos alegres muchachos que han jugado mucho y aún se prometen jugar más. Las flores de mayo le ocupaban todo el cerebro, y con su pintoresca imaginación, exaltada por el aburrimiento del lecho, veía delante de sí la pequeña y suntuosa capilla de aquellas monjas que por educar a las hijas de la aristocracia, han hecho del santo lugar una especie de tocador del alma, en el que los jarrones que sostienen los ramos de filas parecen arrancados del boudoir de una duquesa; la aurífera ornamentación chillona de los chapiteles, propia de un salón de baile, y los frescos del techo, copia de calcomanías francesas. Llegaba a ella el trompeteo del órgano, y hasta creía percibir el ruido que causaban los tubos cuando, faltando el aire al fuelle, quedaba la nota interrumpida con cierto sonido de voz monjil gangosa. ¡Qué aroma el del incienso! ¡Qué ambiente el de las flores, que estaban como luces de olor, puestas entre las velas rizadas!

Ella quería llegar hasta el ara relumbrante, con el ramo de azahar en las manos, y los místicos requiebros de la letanía en los labios... Veía la cara llena de arrugas y canas del capellán, que asomaba infirme bajo el caparazón sagrado de damasco y plata, como una tortuga. Oía luego la voz dulzona del predicador, que decía mil elogios a la madre de Jesús, llamándola Turris davídica, Stella matutina y Domus aurea... Después, un rayo del sol entraba por la alta claraboya, y caía delante de Cristeta, dibujando una fantástica figura impalpable de lumínico polvo. Ella recordaba haber visto aquello en otra parte: en las doradas estampas de su libro de misa... Sí; en la estampa que dice debajo en francés: «La Anunciación», había ella visto aquel ángel, de cuya boca salían estas palabras: «¡Ave, María!...» Seguía oyendo la voz del predicador, sus tropos floridos, como dos primaveras, sus ponderaciones histerológicas, sus embestidas contra la negra hueste de los impíos... pero, entonces, creía ella que no decía todas aquellas cosas tan buenas el sacerdote, sino el ángel dorado de alas de azul Prusia.

Los ojos de Cristeta se habían cerrado para ver mejor por dentro aquellas fulgurantes visiones de la piedad cristiana, y deleitábase en ellas con cierta complacencia de niño a quien muestran un juguete maravilloso.

En tanto, Rosario seguía con la cabeza sobre la almohada, con los párpados cerrados y la boca entreabierta. Descubríase en ella, a través del pliegue de coral, una fila de dientecillos blanquísimos. Su nariz recta, de punta redonda, y en que la ósea partícula interior, marcaba en el prometido de la línea una casi insensible prominencia, delatada, más que por la leve inflexión de la recta, por la mayor blancura del cutis, diseñaba sobre su mejilla izquierda una sombra, movible con el aleteo de la lamparilla. Su cabello obscuro y muy abundante, contenido dentro de una red de blanca seda, formaba una masa redonda, comparable a una gran madeja de seda negra.

Pasad este perfil, no griego ni romano, sino castizo y puramente español, propio de una mujer de esas que pintó Goya; pasadle, dijo, desde la humana carne al fino marfil y tendréis el rostro de Cristeta. Eran iguales, como dos gotas de agua que penden de dos hojas de rosa; solo que una de ellas había engrosado, y estaba a punto de desprenderse, y la otra aún no había recibido todo el desarrollo necesario para caer de allí. Y, sin embargo, por un sarcasmo terrible de la naturaleza, la gota más pequeña hallábase a punto de abismarse en ese océano luminoso en que las almas se hunden para dejar de vivir la vida terrestre.

Cristeta agonizaba. Era una naturaleza débil, un pecho enfermo, que unos cuantos días, no más, de laboriosa dolencia habían entregado al cruel brazo de la muerte. En aquella delicada máquina de su organismo había ruedas que funcionaban con retraso, exponiendo a Cristeta a percances atroces. Había cumplido los catorce años, y su cuerpo no se hallaba aún dispuesto a cruzar esa poética frontera de la pubertad en que el ser humano sacude de su traje el polvo de que se le llenó en sus juegos infantiles, y siente que invade su alma otra polvareda dorada de ilusiones. Había caído enferma el anterior año, por igual fecha que en la que la acción escasa de esta verídica historia ocurre, y desde entonces una medicación continua, un empleo diario del aceite de hígado de bacalao y del fosfato de hierro, habían tratado en vano de hacer vibrar en el ser de Cristeta cuerdas que parecían haber saltado antes de servir. Al cumplirse el año de aquella enfermedad, que fue larga y penosa, llena de crueles alternativas de vida y muerte, reprodújose con nuevo vigor. Esto temía la ciencia. La repetición de tales ataques, cuando viene fatigado el cuerpo de la anterior victoria, suele ser funesta y de temible solución. Estábanla aguardando por momentos la respetable familia de Ustáriz. Don Adrián Ustáriz, a pesar de su edad avanzada, ocaso de una vida tormentosa, en la que habían confundido sus estremecimientos los temblores de la política y los de las pasiones, llevaba dos noches sin desnudar su achacoso cuerpo, vigilante, lloroso. Iba de estancia en estancia, apoyado en un bastón, como en busca de una paz que le faltaba sobre la tierra. Sentose en su despacho, en aquel famoso gabinete donde habían ido a exponer arduas consultas tanto litigante distinguido, tanto prohombre de la política y hasta monarcas destronados, los cuales acudieron allí a encargar al insigne jurisconsulto de la defensa de sus bienes, puestos en pleito por la misma nación que los quitó la corona de sus antepasados. Revolvió sus tristes Ojillos grises, que rodeaban unas pestañas como de plata y cejas de áspero pelo gris, y un hondo lamento salió de sus labios.

—¡Dios mío! —balbució.— ¡Que no se muera!

Volvieron a girar sus ojos por los cuadros que cubrían completamente la pared, por las tres mesas cargadas de papeles, pleitos y procesos, de libros abiertos, de tinteros de cristal tallado, de pisapapeles hechos con pedruscos argentíferos de una mina cuyos asuntos dirigía don Adrián. Se levantó y anduvo lenta y trabajosamente sonando su palitroque sobre la encerada madera del pavimento. Cerca del balcón permaneció un breve espacio, mirando alternativamente al cielo y al suelo, moviendo su cabeza con ademanes de desesperación, pasando el arrugado dorso de su mano izquierda sobre sus párpados, en que goteaba alguna lágrima. Cruzó la galería, y, como los tiestecillos, llenos de pensamientos y azucenas que salieran al paso, y un ventrudo cactus alargara sus tentáculos pinchudos, como para cogerle, con un movimiento que tendría mucho de cómico, si no tuviese mucho de sublime, agitó su bastón y sacudió un palo al más vecino montón de hojas, haciendo a este punto un gesto que quería decir: «¡Hasta vosotros me molestáis!» Atravesó la sala, siempre sonando el palitroque sobre el piso; y los numerosos espejos, de ancha luna, que copiaban la fina esterilla del pavimento, los hules ingleses, que trazaban una a modo de senda de puerta a puerta, los muebles de raso negro y madera de palo-santo, los veladores llenos de chucherías japonesas y de figuras de incroyables, con su lente en el ojo derecho y su nudoso garrote en alto, copiaron también la corva espalda de don Adrián, su rosácea cara, afeitada a uso clerical, su gorro verde, con gran borlón, que detrás, oscilante, le pendía; sus piernas dificultosas en andar, y aquel contoneo fatigoso de un cuerpo cansado, cuyos pies tienen tendencia a la fijeza y han de tomar impulso para levantarse. Sentose en un sillón, pero fue por breve tiempo, y poco después siguió andando, con una intranquilidad creciente, con un ahogo moral y físico, tremendo. Fue de estancia en estancia convulso, llorón, sin voluntad, sin juicio, estupefacto, casi idiota, y al fin entró en la alcoba de Cristeta. Dos criadas estaban allí vigilando, y se levantaron cuando pasó. El viejo sostuvo con su propia mano la colgadura de seda de la puerta, y dijo con voz suave y queda:

—Rosario... ¿Cómo está?

—¡Lo mismo! —respondió ella.

Alzó su cabeza Rosario de la almohada, incorporose, y salió a encontrar a don Adrián.

—¡Dios mío! ¡Qué horrible ansiedad! —exclamó él.

Y juntó sus manos en gesto de oración, agitándolas una y otra vez.

—¿Duerme? —preguntó.

—No duerme... Está aletargada... Es un delirio sordo que cuando no se manifiesta, con palabreo incoherente, corre por lo hondo de su espíritu con turbulenta revolución.

—¿Cuándo viene González Robles?

—No tardará.

—¿Han ido a llamar a Tréllez?

—Fue Francisco... También estará aquí en seguida.

Hubo un rato de silencio. Un pequeño reloj, que representaba un cazador dormido sobre un ciervo muerto, latía en la chimenea, con un ruido que hubiera podido creerse la respiración anhelante de la locomotora del tiempo, que corre y corre sin cesar. Más de siete veces latió antes de que don Adrián dijera:

—Déjame verla, Rosario.

—Bueno, pasa; pero después te marcharás a tu alcoba... Que Juan te prepare la cama... Que te acuestes un rato.

Don Adrián miró a Rosario, y echándole los brazos al cuello, besola en las mejillas, humedeciéndoselas con el lagrimeo de sus ojos. Luego se acercó al lecho para ver a Cristeta.

—¡Qué preciosa! —dijo— ¡Qué cara tan divina!... ¡Dios mío, Dios mío! Esto no puede ser... Rosario, reza por que no se muera... Yo tengo desolladas las rodillas de arrastrarme, delante del Santo Cristo de mi alcoba, pidiéndole la vida de esa niña.

—Papá... Vamos... Fuera de aquí... No es para tanto... ¿Quién sabe? —balbució Rosario, tragándose las lágrimas que querían salir a sus ojos.

—Yo sé que no tiene remedio —murmuró el padre con acento tomado por el llanto—... Yo sé que el ángel... ¡el ángel! ¿lo oyes?... el ángel se nos va.

Salió del cuarto, dejó caer la cortina de seda, que crujió al chocar con su bastidor de ébano, atravesó el pasillo, volvió a su despacho, al salón, a los gabinetes, a la biblioteca, al cuartito de los pasantes, devanando la madeja de su infinito dolor en aquel dédalo de lujosas habitaciones. Por fin, un sillón le recibió en sus brazos de terciopelo, en una esquina de la biblioteca. Allí se quedó quieto, después de tres horas de nerviosa movilidad. Estaba entre tinieblas, y la puerta cerrada dejaba entrar por sus resquicios una raya amarilla de la luz que alumbraba el pasadizo.

Transcurrió media hora, y un: «¿Se puede?» dicho al otro lado de aquella puerta, sacó de su estupor a don Adrián Ustáriz. Maquinalmente respondió: «adelante»; y la puerta se abrió, y viose aparecer en el paralelogramo iluminado la figura de nuestro amigo Lucio Tréllez.

—¡Oh, Tréllez! —dijo el ilustre viejo.

—Don Adrián —repuso él— ¿Cristeta sigue lo mismo?

—Sigue peor, amigo Tréllez... Venga usted acá... Estoy desolado... ¡Qué fortuna negra me persigue!

Hace cuatro años murió mi esposa... Hace dos, Julián, mi buen hijo!... ¡el porvenir de mi casa!... Ahora Dios se me lleva a este ángel, a esta niña de mi alma... Yo no puedo sufrir este martilleo de desgracias... Una se sufre con resignación pero tres no pueden soportarse... Yo me voy a morir, si Cristeta no sana.

—No desconfíe usted aún. González Robles es un gran médico... La ciencia adelanta prodigiosamente, y acaso...

—No, amigo Tréllez... La ciencia no puede hacer milagros... Los milagros solo puede hacerlos Dios, y verá usted cómo ahora no los quiere hacer... Pero vamos al objeto de mi llamada... ¡Mire usted, que es fuerte cosa en los hombres de cierta posición, el que no puedan dejar de ocuparse de negocios ajenos, ni aun cuando todos los demás hombres están autorizados para olvidarse de la vida y reconcentrarse en su dolor!... Yo quiero que usted se encargue de un negocio grave... Ya comprende usted que mi dolor, mi salud, cansada de este velar continuo, mi desasosiego, me cohíben el juicio... Y, sin embargo, el asunto es de aquellos que no tienen espera... Va en él la honra de un hombre... de un personaje... usted es quien va a sustituirme. Es una comisión más bien oficiosa que oficial; más bien política que jurídica... Pero de ambos caracteres tiene... Así que usted vino hoy por tarde a despedirse, le elegí mentalmente para este encargo.

—¿Y podré yo desempeñarlo? —preguntó Lucio.

—¡No lo dude usted! Con su talento se ha contado, señor mío, que no es un grano de anís; con su formalidad honrada y franca, con su lealtad purísima... Además, usted desempeñará el encargo en mi nombre.

—¿Y usted cree que yo?...

—Sí, hombre. Creo que usted sabrá hacerlo a maravilla... Venga usted a mi despacho, y allí... ¡Dios mío, Dios mío, que no se muera!

Mientras de aquel grave asunto hablaban don Adrián Ustáriz y su pasante, había llegado el doctor González Robles, un hombre bajo, robusto, de constitución villana y fuerte, cabeza grande y huesuda, barba y cabellos abundantes, tez cobriza, ojos negros y dentadura muy blanca, de gruesas piezas formada. Pulsó a la niña y expresó con un fruncimiento labial su disgusto. Tocó el seno delgado de Cristeta, aplicó su oído a aquella como tabla de marfil y escuchó el sordo gruñido del aire peleando en un pulmón destrozado. Repitió el gesto de disgusto, y en sus ojos brilló la ira. Era un combatiente vencido a quien su adversario ha desarmado; en su indignación científica había algo sublimemente hermoso y humanitario.

—Rosario —dijo a ésta, que había seguido con ansiosa vista las operaciones de la auscultación y el efecto que produjo en la parduzca fisonomía de González Robles—, usted que representa en esta casa el buen sentido, sin los encumbramientos y exageraciones a que propenden los hombres de mucho talento como su padre de usted... debe saber la verdad.

—¡Oh, qué horror! —exclamó ella, penetrando en el pensamiento del doctor.

—Me ha entendido usted, Rosario —balbució González Robles.

Ella había entendido y habíase dejado caer sobre el sillón. González Robles se acercó a ella.

—Tenga usted fuerza de alma —exclamó.

—Digame usted, Robles —exclamó Rosario, que según costumbre general, llamaba así al médico, omitiendo su primer apellido—, ¿no hay manera de evitar este horrible trance?

—No la hay, Rosario... Es atroz e inevitable la enfermedad. Ha avanzado en tres días más que en otras personas en un año.

—¡Virgen de la Paloma! —rezó Rosario, mirando al techo con sus ojos, de los que mil gotas de llanto resbalaban—. ¡Que se salve esta criatura! ¡Que se salve!

Cristeta había entrado en un período de abatimiento e inmovilidad. Eran las diez.




IV

La urgencia del negocio no daba lugar a tregua, así que Lucio Tréllez salió de aquella mansión de dolor aceleradamente y con intento de tomar un coche de alquiler que le condujese al hotel de Arolas, que está puesto, como todo Madrid sabe, en el promedio del paseo de Recoletos. Llevaba en la mano unos papeles atados perfectamente y una cartera de gran tamaño. Su rostro se hallaba contraído por una arruga que doblando el cutis de su frente, sombreaba su cara toda con el tinte del mal humor. En la calle de Atocha subió a una berlina de punto y su persona rebotó sobre los almohadones con el traqueteo de aquella caja mal montada, que iba metiendo ruido de máquina de guerra en el desigual empedrado de esta culta villa. Mentalmente recompuso su plan, recordó las instrucciones de don Adrián Ustáriz, lo que le indicó sobre el carácter y circunstancias del grave sujeto que se le encomendaba y de la persona con que debía llevarle a efecto debido. Con estos y otros pensamientos llegaba al hotel, y después de despedir al coche, entró por la verja, en la que una campanilla sonó al abrirse la puerta de hierro. Estaban tomando el fresco, sentados en un banco, el portero, con su grandioso levitón, lleno de botones dorados, y uno que por su traje, mitad señoril, mitad chulesco, todas las trazas y anglo-castiza catadura presentaba, de ser lo que en el caló elegante del sport, suele llamarse un tronquista. El palacio u hotel no era notable pieza de arquitectura, pero sí bonito. Muchas ventanas tenía y por ellas, que estaban abiertas a la sazón podía descubrirse el interior de las iluminadas habitaciones, sus cuadros, sus espejos, sus cortinones, sus muebles todos que eran nuevos y de moda. Rodeaba el edificio un mezquino parque cubierto de césped, por el que entonces culebreaba la manga negra de la boca de riego, arrojando sobre una wellingthonia lluvia menuda, la cual plateaba la luna, al descender, goteando de rama en rama.

Lucio entró en el recibimiento. Hubo en su mano una tarjeta, pasó ésta de habitación en habitación hasta la más retirada, y al cabo de un breve rato volvió muy deprisa el criado y le hizo llegar al lejano gabinete del señor.

Había en él cuatro paredes llenas de libros que al descubierto, en estantes maqueados, mostraban sus encuadernados lomos; una luz de aceite de oliva y dorada pantalla, sobre la mesa de caoba negra, cerca de un tintero de plata; sillas de cuero granudo de color tabaco, una cabeza deforme de oso, con la boca abierta, para echar papeles rotos; y un sillón de rejilla y madera negra, ocupado por el Excelentísimo e Ilustrísimo Señor Don Juan Clímaco Arolas.

Era el señor Arolas todo un personaje. Fue dos veces ministro, y la gente le señalaba como en candidatura para serlo otra vez. Poco había de soplar sus naves la fortuna si no llegaba a presidente del Consejo, andando, y no mucho, el tiempo. Pasaba por un sabio, merecía este título, uniendo a la erudición de los libros una profunda erudición de la vida. Conocía a los hombres con verlos solo; explotaba sus debilidades, y gustaba más media palabra de elogio, cuando de aquellos labios andaluces y ceceosos venía, que un discurso encomiástico de los otros. En lo moral era así. Un poco sutilizador, por lo que a la conciencia se refiere, justificaba una gran picardía con una gran frase, haciendo de la Retórica un inagotable tratado de Ética.

Plagiaba a Talleyrand, en el gracioso y chusco decir; a Thiers en el traje severo a par que pulcro y limpísimo; tenía puntas y ribetes de galanteador, y después de obtener un triunfo oratorio en el Congreso, nada era tan de su agrado como ir a que le coronasen de laureles, en salones aristocráticos, manos de mujeres bonitas. En lo físico era feo, bajo, mal formado de hombros, ancho de espalda, erguido de cuello. Su cabeza era pequeña y casi completamente cana; su bigote gris, terminaba en dos gruesas puntas sin guía; su nariz robusta se aplastaba un tanto encima del labio. Llevaba lentes que daban aire de supina impertinencia a su rostro, y al mirar echaba hacia atrás la cabeza torciendo mucho los ojos, por, nativo vicio de estrabismo. Una dama, ilustre por su apellido y sus sarcasmos, la condesa de Prado-Alarde, cliente por cierto de Ustáriz, dijo una noche de Arolas, viéndole entrar en el salón de los más concurridos del Madrid dorado:

—Ahí vienen las ruinas de Palmira.

Preguntáronle todos el porqué de aquella rara denominación y ella repuso:

—Llámole las ruinas de Palmira, porque son unas ruinas que tienen a veces poesía.

La frase hizo fortuna, acaso sin merecerlo, y de allí adelante llamaron las gentes frívolas al señor Arolas Las ruinas de Palmira.

Cuando Las ruinas de Palmira hubo saludado a Tréllez, y obligole a sentarse cerca de él, dijo:

—Ya conozco a usted de nombre, señor Tréllez.

—¿A mí? —repuso Lucio.

—A usted... Ustáriz me habla de usted con frecuencia... Me ha referido rasgos de talento y voluntad, de esos que elevan a los jóvenes al nivel de los hombres serios.

Lucio bajó la cabeza, sin saber qué contestar ni cómo defenderse de aquella lluvia de flores. El elogio abruma.

—El hecho mismo de enviar a usted con esta delicadísima comisión —siguió diciendo el insigne Arolas— me confirma en que Ustáriz tiene a usted en alta estima.

Hablaba con cierto tono campanudo, que hacia aun más notable la andaluza y cerrada pronunciación de los vocablos en que entraban la s y la z. Su estilo en la plática familiar, siendo cariñoso e insinuante, mostraba a veces inesperado ángulo de briosa elocuencia, resabio del orador o aguda flecha de ese sarcasmo, en que la vida de las redacciones hace maestros a nuestros hombres políticos.

—Ya sé —añadió luego—, qué tremenda desventura amaga al pobre Ustáriz... ¿Y no hay esperanzas de salvar a esa niña?

—González Robles ha dicho esta tarde que la hija del señor Ustáriz no verá la luz de mañana.

—Pero, hombre. ¡Esos médicos sueltan las cosas de un modo! Expiden la cédula de morir como se expide una cesantía... ¿Trae usted esos documentos?

—Aquí están —respondió Lucio Tréllez.

Abrió la cartera y sacó de ella varias fajas de papeles de color rosa. Parecían billetes de Banco, pero no lo eran, sino unos talones de litografía, en cuyo encabezamiento, con letras azules, había estampadas estas letras: «Sociedad patriótica para la salvación del Altar y el Trono».

—Cuando usted viene a entregarme, en nombre de Ustáriz estos documentos, es porque ya sabe de qué se trata, —afirmó el insigne ex ministro, ajustándose una y otra vez los quevedos sobre la nariz—. Usted recuerda qué días de tormenta hemos atravesado en nuestro desgraciado país. Entonces, los amantes del orden, yo a la cabeza de todos, organizamos una sociedad de capitalistas, en que cada uno de los magnates, de los hombres de Estado afectos al legítimo Trono, y al Dios de nuestros mayores, puso una suma considerable. Hízose una emisión de billetes y se colocaron entre la aristocracia francesa, simpatizadora de nuestra causa. Ya conoce usted cuál fue la inversión dada a esos caudales... La obra está concluida, y el Altar y el Trono han vuelto a gozar de sus perdidos fueros... de sus fueros, que yo y mis amigos, y mis amigos y yo, habíamos defendido en la tribuna como en la prensa, en los comicios como en el Parlamento.

Acompañó estas últimas palabras de golpes fuertes dados con la palma de la mano sobre la mesa. Lucio bajaba la cabeza, con ademán afirmativo, cuando Las ruinas de Palmira acababa cada uno de sus párrafos.

—También sabe usted, pues Ustáriz fue el encargado de mediar en el asunto, cómo un canalla, un perdido, un tahúr, a quien habíamos dado malamente nuestra confianza, emitió billetes falsos, los colocó, los cobró, y gastó lindamente el dinero en diversiones, en cocottes, en paseos por Baden Baden y Monte Carlo... Yo hubiera obrado con energía contra ese perdido; pero es... un conde, y aunque de la nobleza romana, conde al fin... ¿Quién da el escándalo de que un servidor de los buenos principios ande en causas criminales, prisiones y alguaciles? Se procuró arreglarlo a gusto de todos, y yo fui el encargado, de acuerdo con Ustáriz, de reclamar y recoger estos infamatorios papelillos, que por el tren correo de Francia enviaré mañana a París, a ese grandísimo canalla del conde de San Orlando.

Arolas expresaba la más viva indignación, pero cuando acabó de hablar depúsola súbito, para expresarse a lo llano, como quien se quita una gran cruz acabada la ceremonia. Largamente hablaron de su asunto. Lucio Tréllez contestaba con aplomo, y a medida que fue adquiriendo prueba de la amabilidad de Arolas, serenose y habló con seguridad y discreción. Encantábale el suave trato del ex ministro, y no podía creer que dijeran verdad los que le atribuían una dureza violentísima, para tratar a sus subordinados, que le ocasionó, siendo ministro algún desagradable choque con los pocos seres de espina dorsal recta que van quedando dentro de la raza humana. Aquel hombre parecía manso como la malva y atrayente como la sensitiva.

Cuando acababan su conversación, oyose el ruido de un carruaje que entraba en la enarenada senda del pequeño parque. Luego unos pasos ligeros y un ruido de crujiente falda atravesaron el pasillo inmediato al despacho, y un criado entró en éste, diciendo:

—Señor... Ha venido la señorita Sofía.

La señorita Sofía paseaba en el salón contiguo al despacho, y se oía el ruido de las tablas chirriando levísimamente bajo el peso de sus pies. Arolas se levantó para indicar al joven que deseaba quedar solo y al despedirse dijo, dándole una palmadita en el hombro:

—Usted será... amigo mío... usted será.

Cuando Lucio Tréllez se alejaba, oyó una voz de mujer que tarareaba con gracioso murmurio una canción andaluza, parecida al polo. ¡Cantaba muy bien la musa inspiradora de Las ruinas de Palmira!




V

Cuando Lucio y Luciana volvieron de paseo, se halló el primero con un urgente recado del señor Ustáriz llamándole a su casa. Ya sabe el lector para qué. Luciana se desnudó las ropas de su humilde gala y se dispuso a ayudar a doña Olegaria, para entrar en el lecho de un modo definitivo. Quiero decir, que como doña Olegaria permaneció echada sobre la cama casi todo el día, por la noche Luciana tenía que desnudarla, arreglar las hundidas ropas y ordenar la alcoba, que estaba revuelta, con, los pocos muebles amontonados, un pañuelo aquí, un par de botas allá, la muleta de la anciana enferma en un lado, el rosario que el sueño arrancó de sus manos en otro, y todo, en suma, trastornado por aquella impertinente infantil movilidad del enfermo crónico. Doña Olegaria padecía tres o cuatro enfermedades que, enredándose unas en otras, la traían de continuo a mal traer. Padecía reuma en las piernas, y cuando estaba húmedo el ambiente, aquella dolencia se exacerbaba. Padecía asma, y cuando subía el termómetro los ahogos de una respiración difícil se apoderaban de ella. Padecía jaqueca, y cuando se nublaba el cielo, o pasaba la tierra de una estación a otra o apretaba el calor o el frío, la cefalalgia hundía sus negras uñas de demonio en aquel cráneo pequeño y deprimido. Su conversación era un tratado de terapéutica. Su voz, un sonido temblón y ronco. Su genio, un amasijo insoportable de irascibilidad, capricho y egoísmo: esta última condición solo alterada cuando de su hijo Lucio se tratase.

Ya estaba dentro de las sábanas y su marido que dormía en la misma alcoba, se aflojaba los tirantes para despojar de los pantalones sus piernas.

—¿Has visto? —dijo ella, poniendo con gravedad en don Pero sus ojos negros y pequeños, como dos gotas de tinta—. ¡Hoy han llamado a Lucio!

—Sí —respondió Tréllez, subiendo la pierna derecha sobre la izquierda para quitarse la bota correspondiente.

—Cada día es allí más necesario... ¡Nuestro hijo va a subir de un modo!... ¡Virgen Santísima, que sea pronto!.. ¡Virgen del Robledal, que yo lo vea!

Su voz, siempre trémula, temblaba ahora más, goteando sobre ella el llanto que corría de sus ojos siempre que hablaba de venturas venideras. Temía no llegar a ellas con vida.

—Se va haciendo el indispensable... Ese tunante de don Anatolio... ¡vaya un nombre!... anda por ahí desacreditando el apellido de su padre, emborrachándose como un Judas...

Para doña Olegaria, Judas era el ser más perverso y empecatado que nació de madre. Si quería ponderar la perversidad de alguien, por cualquier vicio o delito que fuese, comparábale con el discípulo traidor.

—...como Judas —continuó— y malgastando el caudal de la casa... El señor Ustáriz, aunque tú lo dudes, quiere mucho a nuestro Lucio, y... y yo tengo una idea metida aquí dentro...

«Allí dentro» era la frente.

—...aquí dentro; y no te lo digo, porque tú no crees nada de lo que en este asunto pienso.

—Mujer... como pasas la vida entre las paredes de este cuarto, imaginas las cosas y te las crees, aun cuando no tengan pizca de sentido común... ¿Qué es lo que ahora piensas? —preguntó Tréllez.

Ya estaba acostado, y sentándose en el lecho, hizo la señal de la cruz para besarla luego.

—Pienso —repuso doña Olegaria— que don Adrián guarda algún feliz proyecto para nuestro hijo... Su hija Rosario... aquella señorita alta y tan divina cual la imagen de la Virgen del Robledal...

Así como el supino encarecimiento de lo malo era para doña Olegaria Judas, así el encarecimiento de lo bueno y de lo bonito era la Virgen patrona de su pueblo.

—Tú no sabes nada de cosas de sociedad —respondió Tréllez—. Yo te aseguro que don Adrián no se acuerda de nuestro hijo sino para mandarle hacer los menesteres que le competan. A ti se te ocurre que Lucio es muy listo, muy honrado, un alma muy noble... pero todo eso lo ves a través del color del cariño... Yo te aseguro que don Adrián no tiene tales descabellados proyectos.

—¡Qué pesado te pones con tus «yo te aseguro»! Yo te aseguro que don Adrián piensa lo que yo.

—Bueno, mujer, bueno —dijo don Pero con tono cachazudo y conciliador—. Pero un matrimonio entre la señorita Rosario y... ¡Si no es posible! ¡Ellos tan ricos, que poseen quintas de recreo, carruaje! ¡Nosotros tan pobres, que apenas si tenemos pan que llevar a la boca!

Don Pedro la echaba de humilde y pobretón, con una que pudiéramos llamar hipocresía del oro, tan ridícula como su ostentación inoportuna y vana.

—¡Qué miserablón eres! ¡Mal año para Judas!

¡Jesús, Jesús mil veces!... ¡Que no tenemos pan que llevar a la boca!... ¿Quieres que te diga cuánto tenemos? ¿Quieres que te haga el inventario?... ¡No tenemos pan que llevar a la boca!... ¡Anda de ahí, llorón! Eres más tacaño que Judas... ¿Y los cinco mil duros que hay en el Banco? Pues qué, ¿eso no es nada?

—No te sulfures, que el asma se te sube a la garganta y pasas mala noche... Yo te aseguro que cinco mil duros, para un señor como Ustáriz, es menos que nada, es... Pero ¡diablo! ¿pues no me has pegado tu manía? Ahora iba yo a calcular si serían mucho o poco cinco mil duros, como si todo ello estribase en número de más o de menos... No digas locuras, y déjame dormir.

Dio una vuelta en la cama, que crujió bajo el peso del comerciante, y se tapó hasta el cuello.

Oyose a Luciana andar por la cocina. Luego vino a la pequeña salita y se asomó a la ventana, que seguía abierta. Era un piso tercero, con honores de cuarto, y la calle, que era una de las que cruzan desde la Corredera alta de San Pablo a la calle Ancha, culebreaba, perdiéndose en una esquina, tras un edificio que salía al paso al transeúnte, enseñándole sobre su fachada un pintorreado tablero en que decía: «Vinos y Cerbezas», con letras hechas de muñecos borrachos, los cuales se apoyaban unos en otros, para dar lugar con sus posturas, a las formas alfabéticas. Cuando Luciana se asomó, la llamaron desde arriba.

—¡Luciana, Luciana! gritó una voz infantil.

—Luciana, sube —gritó otra menuda voz.

—Ven a jugar conmigo —dijo otro niño.

¿Era aquello la Inclusa? Era el piso sotabanco, habitado por la portera de la casa, una pobre viuda de un albañil que se mató cayendo desde un alto andamio. No tenía más que cinco chicos.

Verdad es que el mayor contaba ya cinco años, y casi andaba solo. En cambio, la pobre Loreto, que había cumplido en abril los tres, se veía acometida de una horrible enfermedad: de una incurable erupción, herencia que, a falta de bienes, le había dejado el grandísimo borracho de su padre.

Después que los chicos hubieron gritado en la ventana, como atrevida cuadrilla de hambrientos gorriones, salió su madre a poner orden en aquellos desalmados alborotadores del público sosiego.

—¿Está usted ahí, Luciana? —dijo, apartando a los pequeños, para asomarse al alféizar del estrecho ventanuco.

—Aquí estoy —respondió Luciana, levantando la cabeza—. ¿Aún no ha acostado usted a esa tropa?

—¡Calle usted, por Dios, si me dan más guerra!... ¡Ambrosio, que te vas a caer!... Se pasa una la vida bregando con esta canalla... ¡Dios me dé paciencia!... ¡Gumersindo... no tires de las orejas al gato!... ¡Todos, todos a la cama!

Distribuyó un par de azotes, pero azotes de madre, de esos que suenan mucho y dañan poco, y la chiquillería se retiró de la ventana. Quedó en ella la portera.

—Bien se ha paseado, Luciana —dijo.

La portera trataba con la mayor confianza a la sobrina de Tréllez, sin duda porque ella era quien iba a la compra, quien barría, quien desempeñaba allí las faenas del doméstico servicio, lo cual la colocaba casi en igualdad de esfera social con la viuda, según ella creía.

—Sí;... pero no fue mucho, —respondió la joven, sin mirar arriba, y acariciando un tallo verde de la maceta de claveles que había en la ventana.

—Poco... pero bien aprovechado... Y en buena compañía —añadió con aire de malicia la portera, cuyo nombre es Gervasia.

—¿Aprovechado?... Hija, no... ¿Por qué dice usted eso?

—Por nada que, sea malo... Pero yo creía que usted y su primo... y su primo y usted.

—¿Qué?... Hable usted Gervasia, que escucho con atención.

—Qué... ¡Vaya! Usted quiere que le regalen el oído... Que usted y su primo son novios.

Una ola de carmín subió al rostro de Luciana. Cerró los ojos, dejó caer la cabeza sobre el pecho, y la mano soltó el tallo del clavel, que quedó columpiándose en el aire.

—No es verdad —murmuró.

—¿Que no es verdad? —repitió Gervasia, echando medio cuerpo fuera de la ventana para disminuir la distancia que le separaba de Luciana y poder hablar más bajo—. Yo sé que es verdad... El que ha sido cocinero antes que fraile, de los guisos de cocina algo sabe... El la quiere a usted... No hay más que verle tan callado, tan serio... ¡La mira a usted de un modo!

—Está usted equivocada, Gervasia —dijo Luciana.

Se había puesto grave y pensativa y sus dedos volvieron a martirizar el clavel.

—No me equivoco... ¡ay, también yo entiendo eso de amoríos!... Además, toda la vecindad lo asegura... ¿sabe usted lo que dicen las hijas de don Honorio? Pues dicen que ustedes dos se quieren, pero que son tan bobos que no se lo dan a entender.

—¡Las hijas de don Honorio son unas parlanchinas! —dijo con energía Luciana.

—Pero yo creo que no hay tal bobada, sino que ustedes se entienden...

—Repito a usted que se equivoca.

—¡Madre de Dios! —dijo Gervasia, después de una pequeña pausa—. ¿Pues no niega todavía? ¡Hija, tanta reserva!... ¿Es algún delito el quererse?... Por quererse no mata Dios ni el rey lleva a galeras... ¿Quiere usted una prueba de que lo sé todo?... Oiga usted... anteayer tarde me asomé a la ventana... y vi al señorito Lucio que cortaba un clavel de esos y lo besaba...

Luciana soltó el clavel que tenía cogido, el cual volvió a columpiarse.

—Eso no es posible —dijo.

—¿Por qué?

—Porque Lucio es un hombre serio, y esas tonterías son buenas para colegiales no más, según él mismo dice.

—¡Ay, ay, ay! A otros más bravos he visto yo hacer cosas más tontas que besar una flor... A mi difunto, que tenía el alma bien atravesada, Dios me perdone... y un corazón más duro que un peñasco, le he visto yo con estos ojos besar un collar de cuentas de vidrio que se me cayó al suelo una tarde en el baile.

—Pero aunque así fuese —exclamó Luciana, con perentoria rapidez, empujando una palabra a otra— ¿Qué prueba es esa? ¿Qué prueba el que Lucio bese un clavel?

—Prueba que la quiere a usted, porque usted es quien riega los claveles.

—¡Bien discurrido! —dijo Luciana, a tiempo que una inesperada alegría le entraba en el alma—. ¡Vaya, Gervasia!... Eso no tiene ni sentido común.

—Ya que usted se guarda el secreto, no diré nada más.

La portera volvió la cabeza hacia adentro de la habitación y gritó:

—Chiquillos, no os peguéis... ¡Como vaya!

Pero los chicos no dejaron de revolver la ropa del único lecho en que todos dormían, como una camada de gatos recién nacidos. Tuvo que dejar la ventana, Y cerrarla, para poner orden en aquella gente menuda. Gumersindo, desnudo ya, se empeñaba en cabalgar sobre la almohada, espoleándola bravamente. Ambrosio quería a su vez cabalgar en su hermano, y le echaba las piernas sobre los hombros. Celina que sentía deseo de dormir, pateaba, protestando contra el chillar ensordecedor de aquella desvergonzada chusma. Victoria berreaba y ponía el grito en el cielo... Hubo nueva va distribución de azotes, y la desnuda comparsa de angelones de retablo calló los picos.

Luciana siguió donde antes. Daban las doce en las monjas Teresas, y el sonido de la campana extendíase en el aire con vibraciones prolongadas y lentas. Allá abajo, en la taberna del abigarrado letrero, un ruido de baile hundía las tablas del piso, hallando ecos profundos bajo tierra. Sonaba una gaita gallega su flautado y gangoso cantar, y alguna voz humana acompañaba con agudo chillido tan desesperado concierto de armonías infernales. Luciana veía las puertas vidrieras de la taberna, cuya parte inferior tapaban por dentro cortinas de percal encarnado. Los cristales superiores dejaban descubrir una atmósfera de humo, en medio de la que varias figuras humanas danzaban, brincaban, movían los brazos y enarcándolos como pone las alas el avestruz fugitivo, daban vueltas unas alrededor de otras, con monótona y mareante repetición. Era un baile popular de lo más ruidoso y alegre que puede concebirse, un baile de los gallegos del barrio, en el que tomaban parte los aguadores parroquianos de la taberna, el tachuelero de la esquina, con su blusa de percal blanco rayado de azul, y su garrote en la mano, daba saltos y corcoyos delante de una apechugada moza, de anchas caderas y cara inexpresiva; los tahoneros de La hogaza de oro, cuyo despacho, más arriba, en la misma acera se veía, y que apoyados contra las mesas de pino, con su blanco traje de lienzo, las mangas de la camisa recogidas, los brazos cruzados, el delantal de bayeta doblado en la cintura, miraban a las danzarinas, riendo con aquella sonrisa que les hendía el rostro de oreja a oreja... Seguía al monótono mosconeo de la gaita, un asonante de cincuenta pies marcando el compás con los talones.

Tan enojoso ruido, que otras veces había parecido a Luciana insoportable, túvole entonces por bien concertado y armonioso. Miraba a la ventanilla de la taberna, y encontraba hasta distinguidas las personas que tales brincos pegaban, entre copas de vino y palabrotas de esas que suenan como el cohete. Una ansia de alegría la invadió el alma; un regocijo inefable corrió por sus venas; un soplo de deliciosa y nueva vida dio vueltas una y otra vez alrededor de sí, envolviéndola en un ambiente perfumado. Cogió el clavel que antes acariciaba, cortole, púsolo en su cabello. Era una coquetería infantil sumamente risible. Era adornarse para que nadie la viera, sino ella misma. Fue al espejo, se miró y tocó nuevamente el clave con sus dedos para hacerle hincarse más entre las ondas revueltas del peinado.

¡Pensaba tantas cosas buenas! Pensaba en una iglesia resplandeciente, en un altar cuyo paño era como de nieve, en un cura que alzaba sus manos al cielo, en un velo blanco que rodeaba con un lazo su cuello y otro cuello querido. Algo la preguntaba el cura. Oía que su boca y otra boca adorada, decían: «sí»; y este monosílabo volaba de sus labios como dulce abeja llevándose toda la miel de la felicidad. Ella sentía entonces crecerle en el alma aquellos menudos deseos que había comparado con matitas de albahaca. No eran matitas de albahaca, eran árboles frondosos y en su pomposa copa verde, blancas flores salían, y pájaros mil labraban su nido de esperanzas.

Largo rato pasó en mudo soliloquio. Cerraba los ojos para oírle mejor y la luz de la sonrisa pasaba por su cara como un reflejo de la luna. Enternecíase su alma repentinamente y sin dejar de sonreír asomaban algunas lágrimas en el borde de sus párpados. Estos se cerraban como para detenerlas, pero ellas habían salido ya de la retorta en que la química del corazón las condensa y no querían sino desbordarse... ¿Qué brazo era aquel que enlazaba el suyo? ¿Qué mano sujetaba su palpitante cintura? ¿Qué dedos varoniles y fuertes estrechaban su muñeca en que las venas latían alborozadas?... No sabía decirlo. Pero se dejaba estrechar y una languidez, una como muerte dulce, un ahogo delicioso quitábanle el albedrío, la serenidad, el juicio... Pero todo ello era invención de su mente. Nadie la cogía la cintura, nadie sujetaba su muñeca. ¡Tiene unos caprichos la loca de la casa!

Cuando dio la una, doña Olegaria llamó a su sobrina.

—No puedo dormir —dijo con voz entrecortada por una respiración dificultosa y sonora—. ¿Cuándo vendrá Lucio?

—Sin duda está peor la niña del señor Ustáriz —repuso Luciana.

—Sí... eso debe ser...

Doña Olegaria se sonrió. Cualquiera diría que aquella sonrisa era completamente inconexa con sus palabras.

—¿No te acuestas, chica?

—No, señora. Aguardaré a que venga.

—¿Y si tarda mucho?... ¿Y si... pasa allí la noche? —dijo la anciana, tornando a sonreír.

—Le aguardaré también... Si me acomete el sueño me dejaré caer en el sofá...

—¡Qué felicidad, Luciana! —exclamó doña Olegaria después de un rato de silencio.

—¿El qué? —preguntó Luciana.

—Nada... nada... Es una cosa que se me ha ocurrido...

Hablaban en voz baja para no desvelar a don Pero, el cual con los brazos sobre las sábanas y la boca entreabierta dormía a más y mejor.

—Dígamelo usted, tía... ¿No soy yo de confianza?

—Sí, lo eres... Pues tienes razón que debo decírtelo... Óyeme, Luciana... ¿Tú te alegrarías de la suerte de Lucio?

—¡Que si me alegraría!

—Digo que si te alegrarías de que subiera mucho, de que fuese muy nombrado, de que la gente dijese: «Tréllez», como ahora dice: «Castelar».

—No me alegraría sino que me moriría de gusto.

—¡Ah, qué buena eres, chica... Bájame un poco estas sábanas que se empeñan en ahogarme... Pues bien; Lucio va a ser muy feliz... Don Adrián le quiere de un modo... En aquella casa no se piensa sino en Lucio... Toda cosa difícil que ocurre, Lucio la resuelve... Allí no hay sino Lucio por arriba y Lucio por abajo... Y yo creo... —siguió diciendo con tono de confidencia íntima— yo creo que don Adrián quiere casarle con su hija...

—¡Cómo! ¿Con su hija? —balbució Luciana. ¿Qué hija?

—Aquella señorita tan alta, tan elegante, tan hermosa que vimos una mañana en misa... La señorita Rosario...

Luciana sintió cierto malestar repentino. Aquella caldeada atmósfera de la alcoba la asfixiaba.

No quiso preguntar siquiera el fundamento de las suposiciones de doña Olegaria.

—Pedro dice que yo me equivoco añadió la reumática pero no es así... El sostiene que don Adrián no abriga tal proyecto... Afirma que soy una loca, que veo visiones.

Luciana creyó que entraba una corriente de aire puro en la alcoba y que podía respirar mejor aquella atmósfera.

—¡Qué guapa es la señorita Rosario! —murmuró doña Olegaria—. ¿Viste qué manos tenía tan pequeñas? ¿Viste qué pies tan chicos?

Luciana se examinó las manos y saco un poquito la punta de su pie derecho, por bajo de la falda, para medirle con la vista.

—¡Luego —añadió la vieja—, ¡qué lujo, qué trajes, qué seda la de su vestido!

Nadie ponderaba como doña Olegaria. Poseía una Imaginación hiperbólica, lo mismo para elogiar que para deprimir y tenía tan fácil la lengua para lo uno, como para lo otro.

—Quiero que reces conmigo, por que mi pensamiento sea verdad... Acércate... Ponte ahí de rodillas... Vamos... una Salve porque nuestro Lucio se case con la señorita Rosario.

Aquella muchacha parecía un autómata. Se arrodilló, cruzó las manos y rezó lo que la madre de Lucio quiso; pero al fijar sus ojos en la imagen de la Virgen de la Paloma que pendía de un clavo, en un marco colonizado por las moscas, mirola de un modo que significaba: «¡Perdón, madre mía, por este sacrilegio. Yo no quiero que hagas lo que te ruego en mi oración. Esta Salve la rezo porque Lucio no se case ni con la señorita Rosario, ni con...» ¿Ni con quién? ¡La Virgen que oyó aquellas preces, sabe por qué fueron dirigidas al cielo!




VI

Aquella ventana se abrió sobre el mercado, y en ella viose aparecer a la madrugadora muchacha a tiempo que el hormiguero despertaba. Era una de las plazas mejor surtidas y más abundosas de Madrid; el estómago de un barrio populoso que, partiendo de un amplísimo y elevado caserón de hierro y tablas, extendíase luego por las calles inmediatas, como un charco que se desborda en negros arroyos, irradiando el movimiento, la vida, el rumoroso vocerío de mil bocas que gritan, el mareante ir y venir de las gentes, el traqueteo de los carros, el cántico plañidero de los ciegos y el alarido de los vendedores que anuncian, quejándose, sus mercancías.

A primera vista la confusión que tal mezcla de colores y de ruidos producían era agradable. Aquel desfilar sin fin, aquel agitado mar, cuyas orillas eran las paredes de las casas, aquel hervidero de que salía un vaho de palabras, un borboteo de voces, una como aureola de ruidos mil, tenía no sé qué hechizo atrayente muy poderoso. Lucianilla, con los brazos puestos en el alféizar de la ventana, sobre la cual reía el sol en los vidrios desiguales y verdes, que por hacer aguas podrían compararse con cristales del mar, helados en un momento de suave oleaje, gustaba de pasar largos ratos contemplando la confusión pintoresca de trajes, personas, voces, gritos y cánticos. Sus ojos hacían una mezcla de tanto matiz diverso, pareciéndole aquel mercado, cuando desde la altísima ventana le miraba, un tapiz vuelto del revés. Luego iban separándose los colores, y volvían a distinguirse entre sí. Después se desprendían las figuras unas de otras como si el aglutinante que las unía se hubiese derretido, y se movían y destacaban, naciendo los individuos de aquel caos confuso de la colectividad. Distinguíase aquí el sombrero ancho y terroso del barrendero, que, con su escoba al hombro, marchaba a tomar posiciones para empezar su diaria matutina lucha contra la suciedad municipal; allá avanzaba una desaforada cesta de paja, detrás de la que apenas si se descubría el cuerpecillo enano del criado que en sus espaldas la soportaba; por en medio, una cabeza con prolija rizadura escarolada, relumbrantes pendientes y pañuelo de seda de color muy vivo, cruzaba despacio, agitándose, con un contoneo muy pausado y cadencioso como caballo de paseo regio. Era aquí delectación de miradas gastronómicas, este abierto canal de un cerdo que mostraba francamente las llagas de su alma en el pringoso y blanco tocino; y junto a él alzábase en rimero de oro un montón de naranjas a las cuales cubría el desnivelado sombrajo hecho de un toldo de carro sobre una cruz de canas. En pila, ni más ni menos, que como el día de las bodas de Camacho, el pan rubio, que exhala el aroma del horno, excita los instintos socialistas del pobre a la puerta de la tahona; y a su lado, el brazo, cubierto con manguito de sarga, de un mozo grosero y robusto, esgrime el cuchillo sobre una pieza de vaca, sacándole sones de herrería al chocar del filo con el hueso.

Alpes de patatas y Guadarramas de coles ocupan los lugares intermedios, y en las esquinas y bocacalles no faltan esos conatos de Rothschilds, que sobre un banco de pino cambian plata por cobre, como el mundo virtud por barro. El sol brilla hiriendo el metal de un peso infiel, cuyas semiesféricas cacerolas suben y bajan a manera de bomba aspirante e impelente del dinero, e ilumina e inflama con multicolores reflejos la espetera brillante que forman a la puerta de una cacharrería los cristales de botellas, copas y tubos, o las vidriadas jofainas y recios jarrones de Talavera, sin mentar otros vasos, de cuyo nombre no quiero acordarme.

Sube la gente hacia el caserón de hierro y tablas, y al llegar a las angostas puertecillas, estréchase y se adelgaza para entrar dentro. Es la soga que quiere enebrarse por el ojo sutil de la aguja bordadora. Se enebra y pasa, y allá arriba, el ruido que libremente se esparce afuera, como aleteo de millares de miles de moscas, estalla en ronco estertor, que tiene más de la respiración trepidante de una locomotora, que del bramido de la res sacrificada, aunque a ambas cosas se parece. Marea, cansa, fastidia un rumor tan pertinaz, y como suena sin variantes, y en el mismo tono siempre, la mente fatigada de percibir su sensación monótona, compárale con el girar sin fin de rodezno de molino. Bajo la alta techumbre vibran a veces femeninas carcajadas, y suenan voces, silbidos o el férreo choque de la pesa y la balanza. Entonces, diríase que aquel imaginado rodezno ha chirriado al encontrar un obstáculo en su rotación sin fin.

Luciana estaba inquieta y nerviosa. Así pasó la noche, viendo cómo el cielo tomaba diversos matices de obscuridad y cómo después su azul profundo se aclaraba con reflejos y trasparencias de color de rosa, hasta que éste dominó el horizonte, cuando sopló el frío aliento de la madrugada. Doña Olegaria, a quien sus íntimos pensamientos y la comezón del reuma tenían como liebre, con los ojos abiertos, llamó diversas veces a Luciana durante el transcurso de la noche para mandarla acostarse.

—No, señora —respondió Luciana—, espero a Lucio. Yo sé que tiene que venir... Sino que como, en casa del señor Ustáriz esta noche hará falta, se habrá quedado hasta última hora.

Cuando hubieron dado las tres, Luciana se retiró de la ventana, temblando de frío, porque el relente del amanecer caía sin cesar. Echose en el sofá, apoyando su cabeza en uno de sus brazos. Pareció dormir. Se había tapado los ojos con una mano y debajo de aquel antifaz corría por los pliegues de los labios la luz de una vaga sonrisa que entre sueños se le salía a ella del alma.

Oyó dar las cuatro en el reloj de las Teresas y entonces volvió a asomarse a la ventana. Ya venía el sol a toda prisa y comenzaba el movimiento de la población, tronando el empedrado de las calles inmediatas bajo el andar ruidoso de los carros de la limpieza y alegrándose el aire con el desapacible esquíleo de las burras de leche.

—¡Oh, Dios mío! —pensó la muchacha—. ¡Cuánto tarda!... ¿Sí le habrá ocurrido algún percance? ¿Le habrán robado? ¿Le habrán...? ¡Bah! Estos son miedos de niña... ¡Se habrá muerto la señorita Cristeta!... Estará la casa aquella tan grande, llena de dolor... ¡Pobre señorita!

Después, sin duda, asaltó su imaginación algún deseo, cuya conveniencia o inconveniencia con íntimo debate allá dentro de su alma se discutía.

—No —dijo.

Y al poco rato hizo un movimiento como para separarse de la ventana. Sus manos agarraban la madera del vano y parecían no querer soltar, mientras su cabeza, vuelta hacia la habitación, como que pretendía escaparse adentro.

—Es una tontería... Yo misma me río de mí misma —dijo luego.

Mas ella misma no se reía de sí misma, sino que estaba muy seria.

—Pero ¿quién ha de verlo?... Es un capricho y quiero...

Volvió a dudar. Al fin, exclamó:

—Ea... Voy allá.

Separose de la ventana, se acercó a la cómoda y cogió un retrato de fotografía que estaba colgado de la pared en compañía de otro que representaba con descoloridos matices a don Pero y su mujer, en amoroso grupo, ella sentada en un sillón y él en pie, detrás de ella, con una mano puesta sobre el hombro de su compañera. El retrato que cogió Luciana, estaba dentro de un marco dorado. La muchacha volvió a su ventana con él. Mirolo allí. Era el retrato de Lucio Tréllez, hecho el año antes. Su busto salía y resaltaba sobre un fondo gris y su cabeza grande, su nariz larga, su bigote, sus ojos rasgados a que daban tanta dureza la negrura y cerrazón del entrecejo, aparecían maravillosamente copiados. Entonces sí que se sonrió ella. Pasó una vez la mano por el cristal para quitarle el polvo, buscó el foco de la luz para contemplarlo mejor, mirolo tapándole con un dedito la frente y las cejas, y así le parecía más dulce y cariñosa la expresión de su adorada fisonomía; mirolo luego tapándole la cara, y de aquella suerte los ojos y el entrecejo adquirían súbita severidad. Ella quería a Lucio sin el entrecejo, porque aquella línea espesa de pelo que se movía en los momentos de cólera como una culebrita negra, inspirábale miedo. Pero ya que Naturaleza puso debajo de aquel entrecejo tan duro aquellos ojos tan lindos, aquella correcta nariz, aquella lumbre de inteligencia que se extravasaba por todos los poros del semblante, Luciana tomaba a Lucio con entrecejo y todo. Quitó, pues, del cristal

aquel dedo con que iba corrigiendo la obra natural y acabó por mirar totalmente a su primo. Púsole cerca del tiesto de los claveles, y allí le tuvo un rato, mientras su pensamiento preguntaba:

—¿Será verdad?

Y en lo profundo de su alma, ella veía agitarse dos dedos: uno de color de rosa que decía con afirmativo movimiento: «Sí»; otro negro que negaba diciendo con entristecedora insistencia: «No».

Luciana quiso dar la razón al dedo negro.

—¡Valgo tan poco! —dijo—. ¡Y él... él vale tanto!

El dedo negro dejó de moverse negativamente y empezó a decir que «sí».

—Ya lo sé —prosiguió ella, en su diálogo con el dedo negro—. Él tiene mucho porvenir, es guapo... ¡oh, sí, lo es!.. Agrada con su trato, admira con su talento, entusiasma con su laboriosidad de hormiga... Mientras que yo, soy fea, soy tonta, soy...

—¡No, no, no! —decía el dedo de color de rosa.

—¿Qué no soy fea?... Vamos al espejo... ¿Qué no soy tonta?... ¡Dónde habrá un espejo para ver el alma!...

Fue al espejo, y el espejo la dijo que no era completamente fea, pero que con la palidez del insomnio habían perdido toda su frescura sus mejillas y su boca. Corrió a lavarse. Vertió agua en una jofaina, y con sus manos mojose repetidamente la cara, frotándose hasta que debajo del brillo de la humedad lució el color rosado de la sangre. Su barbilla goteaba perlas de agua. Secose con una blanca toalla, y entonces reparó que mientras estuvo echada en el sofá se había descompuesto su sencillo rodete. Quiso arreglárselo; pero antes salió a la ventana, donde vio la animación creciente del mercado, el bullicio de los vendedores, el trasiego sin fin de la multitud.

—Buenos días —le gritaron desde enfrente.

Quien le hablaba era una muchacha como de veinte años, que por la ventana de un piso tercero frente al de Luciana, asomaba su rostro moreno y malicioso, de barba en dos mitades partida, nariz un tantico remangada, boca si es no es grande y pelo alborotado, que cubría con un viejo pañuelo de seda blanca, recogido y atado a uso pasiego.

— Buenos días, Remigia —contestó Luciana.

—¿Han sabido ustedes, algo de casa del señor Ustáriz? —preguntó, dejando de esgrimir el plumero—. Padre se quedó allí esta noche.

—También se quedó allá Lucio —dijo la sobrina de Tréllez—. Aún no ha venido.

—Tampoco padre.

El de Remigia lo era el bueno de don Honorio Iravedra, que desempeñaba desde su juventud los menesteres de escribiente en casa del señor Ustáriz. Ya le conoceremos oportunamente.

Pero ¿qué oportunamente? ¿No es aquel viejecillo alegre que se apoya en un bastón de junco encarnado con puño de hueso roto; que anda a saltitos, eligiendo las piedras más limpias y anchas para cruzar de cera a cera; que va mirando a la cara con impertinente fijeza a todas las mujeres que pasan; que ladea su sombrero con grotesca chulada sobre su sien izquierda; que mete su mano derecha en el bolsillo del chaleco por cuya abertura sálese la pechera de la camisa, llena de menudos dobladillos muy arrugados; que ostenta en el cuello una cinta de seda negra, con la que aprisiona el reloj de plata sobredorada; que lleva un bigote ancho y erizado de guerrero, el cual contrasta risiblemente con la expresión dulzona de los pálidos ojillos chiquitines; que frunce el labio superior, gordo y belfudo, mostrando una fila de dientes multicolores, blancos unos, negros otros y amarillos otros; que gesticula al hablar, grita al gesticular y agita sus brazos cuando grita? Pues ese señor se acerca por el fin de la calle, acompañado de Lucio Tréllez. Ya le conocéis, pues.

—Allí vienen —dijo Remigia que los había divisado.

¿Quién viene? —preguntó Luciana.

—Su primo de usted y mi padre.

—Pues me voy a arreglar algo allá adentro.

—Yo me voy a limpiar la sala.

—Hasta luego, Remigia.

—Hasta luego, Luciana.

Esta entró en la alcoba de sus tíos y dijo:

—Arriba, perezosos, que ahí viene Lucio.

Después corrió a la cocina, trajo un paño y limpió el polvo a los muebles. Luego dejó el paño sobre la mesa y se volvió a marchar. Entraba y salía como loca, sin aplomo, sin fijeza, sin rumbo, alegre. Sonaron los pasos de Lucio en la escalera. Ladró Esmeralda saltando del montón de mantas viejas en que dormía. Luciana corrió a abrir, y cuando ya tenía la mano en el picaporte, se acordó de que el retrato de Lucio estaba sobre la mesa. Volvió a escape al gabinete, colgó el retrato, y al pasar por delante del espejo, con ambas manos enderezó el rodete de su pelo que caía hacia la derecha. Entonces sí, abrió la puerta.

VII

—Ha muerto a las seis y media de la mañana —dijo don Honorio Iravedra, dejándose caer sobre una silla de su casa, para responder a las curiosas preguntas de su progenie.

—¡Ay, Dios mío! —exclamó Lola.

—¡Ay, Dios mío! —repitieron a dúo Remigia y David.

—¿Cómo fue? —preguntó Remigia.

—Fue... fue... fue... ¡Qué preguntas! Fue... siendo —contestó Iravedra quitándose el sombrero de copa, que de puro planchado, parecía de metal—. Eso no lo sabe nadie más que Dios.

—¿Y la señorita Rosario?

—¡Pobre señorita!... Esa ha experimentado un ataque de nervios... verdaderamente cerval.

Como observará el lector más adelante, don Honoriz empleaba en su conversación multitud de frases hechas, giros sacramentales y vocablos de reglamento, teniendo casi siempre el acierto endiablado de aplicarlos mal.

—Una hora larga ha estado sin sentido —añadió—, y al volver al mundo, se echó a llorar como una Magdalena... Llamaba a su padre, a su tío... Porque ha llegado su tío don Teófilo, el hermano menor de don Adrián... ya sabéis quién digo... el canónigo de Cuenca.

—Sí, sí —contestó Lola.

—Además, hoy es esperado el señorito Anatolio... Lucio le ha puesto un parte a París, por encargo de don Adrián, mandándole venir en seguida ¡Vaya una vida que se lleva ese caballero!... Bravo mozo está don Anatolio... Es inútil para todo lo bueno... Ésta es la verdad y lo demás es conversación... Se preparan graves cosas en esa casa... El padre se halla dispuesto a imponerle al niño una obligación... y él se resistirá... sin duda alguna. Luego, la desgracia de la pobrecita Cristeta... Mañana es el entierro... ¡Irán más coches!

Por si hay entre el público alguien que desee conocer a la familia de Iravedra, voy a permitirme presentar a aquellos de sus individuos que aún no ha visto el lector.

Lola Iravedra era la hija mayor, y su edad rayaba en los veintiocho años. El rostro moreno, el talle delgado, el seno robusto, las manos gruesas y bonitas, la nariz redonda y con cierta tendencia levantisca, que daba suma gracia al rostro, los ojos negros y aterciopelados, el pelo castaño obscuro. Tenía un lunar en la mejilla derecha y una constelación de ellos en el nacimiento del seno, sobre aquel dulce hoyito a que, si Lola fuese de alta clase, hubiese compuesto tanto madrigal la musa dorada de los salones. Estaba casada con un mísero empleado del ferrocarril, que había venido de no sé qué pueblo, con el anhelo de ser algo, y que no sabiendo otra cosa que escribir con letra gallarda y ortografía, contar bastante bien y tocar la guitarra, pensaba que Madrid había de brindarle, a cambio de tan raras habilidades, algún alto puesto político. Su desengaño fue cruel; su amargura, sin límites; su tristeza, profunda. Acometiole la nostalgia del pueblo, sintió ansia de tornar al olvidado lugarejo de Extremadura y oír el ruido de la fuente que había en el patio de la casa de su tío el maestro de escuela. Pero ¿cómo volver? Sus recursos dieron el último resplandor con la última peseta que se gastara en una jaula de grillo y en un grillo que metió en ella. Consolábase de la ausencia de aquel adorado villorrio, oyendo cantar al insectillo, que traía a su memoria detalles sin cuento de su primera edad. Cuando su último ochavo se consumió; cuando su escaso crédito naufragó en un mar turbulento de deudores; cuando su ropita de cristianar fue desde el hondo cofre forrado interiormente de papel, en que varias escenas taurómacas había estampadas, a la casa de préstamos; cuando apenas si le quedaba por todo vestuario un par de zurcidas camisillas, un pantalón rozado y lustroso

del mucho uso y una levitica rabicorta, manguiancha y cuellirraída, entonces conoció a Lola. La vio en la calle. Dos rosas traía en el pelo; una porción de ellas en la cara. ¡Qué gracioso andar! ¡Qué osadía en la mirada! ¡Qué chusco paso! ¡Viva la gracia! ¡Aquella mujer iba pisando corazones! Su amor fue por la posta. Ella era activa, audaz y emprendedora como pocas; mandaba en jefe en todos los miembros de su familia, y cosa que ella dijera, había que hacerla sin discusión ni aplazamiento. El por qué gustó Lola a Evaristo Gargantiel es muy razonable. El por qué gustó Evaristo a Lola ya necesitaría examen mayor, pero como no es de gran importancia el saberlo, de ello podemos hacer caso omiso. Sin duda, le gustó a ella la humildad del genio de aquel mozo, su mansedumbre sin límites, su modestia sin ejemplo, el elegíaco tono de su conversación, el olvido absoluto de sí mismo de que daba pruebas a toda hora. Ello fue que se casaron, no teniendo un real el novio, y que don Honorio obtuvo de Ustáriz para el yerno un destino en el ferrocarril de Malasubida, de que era abogado consultor el insigne padre del desacreditado Anatolio. Todos vivían juntos en una casa pequeña, y daba que pensar el cómo podrían revolverse en tan reducidas habitaciones, don Honorio, sus hijas Lola y Remigia, su hijo David, y su yerno Evaristo. Ni de pie se concebía que consiguieran estar en aquella estrechez de las cuatro paredes de un cuarto tercero.

David, que era el hijo más pequeño de don Honorio, había cumplido por mayo los doce años, y se entretenía en los juegos de un niño de seis. Su cabezota, pelada al rape, sus ojos chicos, como los del autor de sus obscuros días, su remangada nariz, simbolizaban una menguada inteligencia y un pensamiento huero.

En esto de la nariz observábase curioso detalle en los miembros de la familia Iravedra. Todos ellos presentaban en sus facciones aquel detalle, solo que deformado o embellecido de uno a otro. Así, don Honorio tenía la nariz muy gruesa y respingada: tanto que su retrato parecía la caricatura de un hombre romo y narigón; Lola tenía aquel rasgo de su cara ennoblecido en el poético embellecimiento de todas sus facciones; en Remigia la nariz volvía a encanallarse en un remangue descarado; y en David, el descaro de tal facción frisaba en la desvergüenza. Era una nariz deicida que apuntaba al cielo. No se sabe cómo tuvo tan indispensable órgano aquella excelente María Antonia, que compartió con Honorio los dulces halagos del amor y que murió después de dejarle con la numerosa prole que ya conocemos; pero hubiera sido un buen dato para el fisiólogo aquella nariz difunta, madre de las narices típicas de los Iravedras.

Lola quiso enterarse de todos los detalles de la noche de agonía, y don Honorio, quitándose y poniéndose el sombrero, montando y desmontando una pierna sobre otra, agitando el bastón entre las manos, como un molinillo de hacer chocolate, alargando mucho los gruesos labios, para soltar las palabras sonoras y elocuentes, narró de pe a pa cuanto había presenciado, desde la visita de González Robles, a la conferencia de Ustáriz y Lucio, desde la atroz escena del amanecer cuando la niña dio el postrimer suspiro, hasta el desmayo de Rosarito.

—¡De modo que Tréllez ha pasado allí la noche! —preguntó Lola.

—Sí... Casi toda la noche ha estado con don Adrián, habla que te habla.

—¿De qué ha hablado? —preguntó nuevamente ella.

—¡De qué ha hablado!... ¡de qué ha hablado!... ¡de qué ha hablado! —repitió hasta tres veces don Honorio, según acostumbraba cuando no quería o no sabía responder—. ¡Facilillo es decírtelo!... De manera es que no los he oído... Dejadme ir a la cama... Voy a acostarme... Vengo más cansado que el Cid.

Fuese a la cama y las mujeres reanudaron su faena de limpieza. Crujieron las sillas de Vitoria bajo las correas del zorro, arañó el plumero los cuadros que representaban escena del Último abencerraje y de Robinsón, frotó el paño sucio las, viejas molduras de una cómoda desconchada, pisotearon el suelo las patas de las banquetas al ser removidas y luego se entornaron las ventanas para que la cegadora luz del sol no entrara, curiosa, a profanar el santuario de los Iravedras. Después se dispusieron a trabajar las dos hijas de don Honorio, y David, buscando su kepis, con larga visera de charol, su gramática latina, y su correa en que ésta iba presa, partiose para el Instituto. Anduvo delante del espejo la graciosa Lola, echó en sus redondos hombros un pañolillo de seda blanca con negros lunares, y se sentó delante de la máquina de coser. Puso el pie, mal calzado por un zapato innoble, en el balancín de la máquina, sonaron las ruedas, y dejose oír aquel velocísimo martilleo de la aguja atravesando la tela. La máquina de hacer pan había empezado a trabajar, y el primer ronquido de Iravedra gruñó en la alcoba.




VIII

Llegó a la mañana siguiente en el tren expreso de las ocho y cincuenta, trastornado por la horrible noticia, cansado por el viaje, llenos los oídos de aquel hervor de máquina que había escuchado durante veintiséis horas consecutivas, herido el espíritu por una rueda de agudos remordimientos, que sin cesar giraba, penetrándole cada vez más adentro. Maquinalmente paseaba sus ojos por el paisaje, mientras hizo la dolorosa travesía; no veía nada durante largas horas, y diríase que, habiendo perdido la función visual, aquellos ojos eran los de una estatua. A ratos, como que recobraba el uso de su vista. Entonces fijábase en un arbusto, en un palo del telégrafo y prendiéndose a él como invisibles raíces, mirábale atentamente, hasta que el tren, con su andar fatigoso de fiera encadenada, se lo ocultaba en una revuelta o altibajo del camino. Temblaba el llegar, y era insoportable aquella incertidumbre vacilante de su alma. Puede decirse que en algunos momentos, su inteligencia, dislocada en tal descoyuntamiento de dolor, tenía seguridad de no llegar nunca a Madrid. El deseaba viajar, andar, correr, pasar estaciones, puentes, abismos, túneles, pueblos, comarcas, no acabar nunca una peregrinación que le apartara de los hombres, un destierro de la sociedad, una eterna encerrona en aquel calabozo semoviente.

Era un joven alto, delgado, linfático, pálido, rubio. Sus ojos azules, parecían a veces incoloros; su bigote dorado, encorvábase sobre el labio en fina punta, endurecida por el cosmético; sus delgadas mejillas, de suave piel, estaban rasuradas cuidadosamente; el cuello, flaco, mostraba la prominencia de la nuez en exagerado ángulo saliente; su nariz era recta y hermana gemela de la de Rosario. Iba echado en una esquina de la berlina, con el brazo derecho pendiente del correón de la ventanilla y la cabeza descubierta. Allí cerca se velan el sombrero de paja, de ala estrecha, unos guantes de seda, un junquillo, unos lentes negros; todo lo cual, moviéndose con la trepidación del coche, parecía querer acercarse a su dueño.

Este contaba veintitrés años no más; pero representaba treinta. Las ojeras azuladas que envolvían sus pupilas en círculos de sombra, eran el más notable rasgo de su rostro. Sin aquellas ojeras, Anatolio hubiera tenido algo de belleza infantil, cierta delicadeza de contornos excesivamente acabada; con tal simulacro de vejez, Anatolio podía ser comparado a una dama gastada en el sabroso luchar de las aventuras amorosas.

Dentro de esta exterior corteza se encerraba un alma incompleta, falta de lastre, sin timón ni remos, pero no perversa. Bien dirigida, podía haber llegado a ser excelente. Mal dirigida, o mejor dicho, sin dirección ninguna, entregada a sus propios impulsos, no había podido hacerse completamente mala. ¿Queréis saber qué itinerario moral se hizo seguir a aquella alma? Vais a oírlo. No os hablaré de sus años primeros, de su disposición natural para el estudio, de sus primeros laureles académicos. En el colegio fue maravilla de profesores y envidia de condiscípulos. Leía una hoja de retórica, y su memoria conservaba fielmente cuanto había en ella, con puntos, comas, acentos y hasta erratas. Salió del colegio para ir a la Universidad, donde estudió leyes. Precedido de aquella fama, a un tiempo entró en las aulas y en los salones aristocráticos, repartiendo su atención entre los bailes, de gran tono y la Instituta de Justiniano. Lo que no sé deciros es cómo insensiblemente, hoy un poquito, mañana otro poquito, cual lleva la hormiga la arena de su palacio a otro lugar en que no la estorbe, fue llevando Anatolio grano a grano sus aficiones, sus gustos, sus caprichos, sus esperanzas, su inclinación, desde el alcázar de Minerva al de Venus. Ello sucedió. El cielo sabe de qué manera. Algún exitillo amoroso, alguna derrota de otro hombre de mundana reputación, acabaron de desvanecerlo, y cuando terminó su carrera, pasando por aulas, libros, matrículas y exámenes, como pasa el rayo, de sol por un cristal, puede decirse que no sabía una palabra. Verdad es que muchos condiscípulos suyos adolecían de la misma enfermedad, y esto, sin ser tonto, le consolaba, porque mal de muchos, consuelo de hombres. Don Adrián se hallaba entonces atareadísimo. Días y noches enlazaban sus manos de minutos en los crepúsculos matutino y vespertino, sin que los ojos de don Adrián dejaran de correr por aquellas líneas de procesadas letras, que son el carril sobre que marchan arrastrados por tortugas los negocios españoles. Fue cuando más creció su renombre. Tuvo triunfos ruidosos en el Tribunal Supremo y en el Congreso; redactó un proyecto de ley e hizo casar una sentencia de que dependía la fortuna o la miseria de seis familias de condes. Absorbido por aquellos demontres de papeles, don Adrián no vivía en el mundo, y cuando tornaba al recinto de su casa, solo por breve espacio, no quería acibarar su dicha con riñas ni disputas. Venía a repartir sonrisas y besos. Daba abrazos a su mujer, besos a sus hijos, y después se marchaba otra vez al despacho, como quien se marcha a Ultramar. No era, con todo, su alejamiento de la familia tan completo, que dejara de advertir algo de lo que con Anatolio pasaba; pero una voz de blanda benevolencia levantábase a mandar callar a los vagidos del orgullo de padre que anhelaba para su hijo aplausos, felicitaciones, nombradía y popularidad. Acordábase de su juventud negra y dolorosa, de sus noches de insomnio, en que, en mísero cuarto de una inhospitable casa de huéspedes, cada hora se llevaba un estremecimiento de dolor, un ahogado grito de desconfianza. Acordábase de aquel mal oliente quinqué que cegaba sus ojos, quemaba sus pestañas, hacía hervir su cerebro y asfixiaba sus pulmones. Acordábase del cruento vía crucis de su vida de no interrumpida labor, de no interrumpidos desengaños, y juzgaba crueldad, impropia de un pecho paternal, el obligar a su hijo a las mismas torturas.

—Yo lo hice porque no había otro remedio —pensaba—. Mi hijo... mi hijo... que goce.

Y su hijo gozaba; pero sus goces iban llevándole lejos de la playa en que su padre vivía, de aquella playa en que la vida es un martilleo en un yunque, un golpeo diario, un machaqueo sin fin, en que hace de mazo la voluntad, de bigornia la mesa del escritorio y de metal maleable la inteligencia. Íbase alejando de esta playa, y cuando a veces quería volver a ella, despertando en su ser nobles ambiciones, los lauros rendidos por el mundo a otros compañeros de Universidad, a amigos de la infancia, un «mañana» pronunciado en su oído por la sirena del presente, que a tantos ha devorado, hacíale seguir alejándose mar adentro, mar adentro, por las dulces corrientes de una vida inútil. Lo peor del caso, si esto no era completamente malo, era que al mismo tiempo que de la playa del trabajo se alejaba de la de la probidad, y que veía flotar a su alrededor horrendas cabezas de tiburones usurarios, a los cuales fue entregándose sin sentido casi. La generosidad de un padre amante y rico, ¡cuán grande es! Pues se agotó hasta tres veces. ¡No me digáis ahora que no puede agotarse el mar! Don Adrián Ustáriz tuvo al fin que reñir a su hijo, y la hasta entonces no turbada paz de aquellos lares, oyó palabras coléricas, discusiones acaloradas, debates iracundos entre un padre y un hijo, que acababan perdonando a aquél y llorando éste. Pero la enmienda —¡la enmienda, que es la soldadura de un diamante roto!— duraba ocho días. El insigne abogado, que también arreglaba los desagravios ajenos, no era capaz de ordenar los propios. Ocurría aquí el cuento del vidriero de Cantimpalos, que poniendo a todos los vecinos vidrios de balde, tenía rotos los de su casa.

La muerte de su madre detuvo un punto a Anatolio en su frenética caída. Aquel horrible frío que entonces sintió en el alma, aumentando la sensibilidad de su conciencia, hízole odiarse a sí propio, aborrecer su vida pasada, proponerse nuevos planes. Pero ¡ay! que estos arrepentimientos, nacidos al día siguiente de un inolvidable dolor, con el inolvidable dolor se olvidan, y al ruido de la primera risa de Cristeta, que, como el chillido de la golondrina la primavera natural, marcó allí el recomienzo de la primavera de las almas, después del helado invierno de un luto sincero, nuevamente sintió Anatolio deseos de volver a donde su presencia se echaba de menos; y al fin cedió a las dulces llamadas de aquellas mil manos perfumadas y blancas que en sus sueños venían a seducirle.

Don Adrián habló una noche seriamente con su hijo.

—Me causas una profunda pena —exclamó— no haciendo caso de mis consejos. ¿Qué amistades serias cultivas? ¿En qué ocupas tu existencia? ¿Qué lees?

El leía chabacanas novelas francesas de Boisgobey y Houssaye; él cultivaba la amistad de mucho dandy insustancial y de un par de toreros afamados; él ocupaba su tiempo en mil nonadas agradabilísimas, en montar a caballo, en ir al tiro de pichón y al tiro de los cuarenta, en una casa de juego donde solo se robaba a muchachos finos y distinguidos, y en la que, para ser despojados, por diversas quínolas y pegos dignos de Cortadillo, era preciso presentar escudo nobiliario, o cédula de contribución de más de cuarenta mil pesetas.

—Tú tienes talento —dijo el padre—. Puedes ser mucho, con mi apoyo y el prestigio del apellido. Trabaja lo bastante para justificar el éxito que desde ahora te aseguro; no quiero que dejes de divertirte, sino que mezcles lo útil y lo inútil, y seas feliz hoy y mañana.

¡Cuántas cosas no prometería Anatolio! Contestó que estaba arrepentido, que deseaba complacer a su padre, que haría imposibles por lograrlo.

—No imposibles —repitió don Adrián, sonriendo ante aquella explosión de buenas palabras—. Posibles; la mitad de lo posible es lo que te pido, Anatolio... Comience tu nueva vida desde hoy... Y para que veas que comienza por lo bueno, en vez de empezar trabajando, empezarás por la parte del placer... Ahora te marchas a París, allí pasas dos meses del invierno, y luego regresas a casa... ¿estamos?... regresas a casa... ¡a trabajar!

—¡Oh! ¡Buen padre, excelente padre, el mejor y más santo de todos los padres! ¡Venga acá esa mano que yo la bese! —balbució Anatolio, con alborozo sin límites—. Pero, ¿por qué no empiezo trabajando? ¿por qué no me dejas un par de meses de faena, y cuando haya conquistado?...

—¿Conquistado?... ¡Echa ilusiones en la balanza que pesan poco, conquistador! Haz lo que te digo y no enmiendes la plana en contra tuya... Nada, nada, señorito querido, mañana a París, y... ¡cuidado conmigo!... que me ha dado usted su palabra de trabajar.

En el mismo tren que ahora le conducía triste y desconsolado, fue entonces con mucho dinero y con muchas esperanzas. Tenía perdonadas las culpas, redimido su pasado, abierto el camino del paraíso. No era posible encontrar más dichoso mortal, ni que con encendidos candiles, por toda la ancha haz de la tierra se le buscase. Aquello mismo del trabajo futuro le gustaba. No era una espina de la rosa que su padre le ofrecía; era una de sus hojas, acaso la más apreciada por él.

Él orden que he seguido al contar a ustedes los insignificantes sucesos de mi relación, me ahorran el trabajo de decir que Anatolio no cumplió su palabra; que su padre le escribió dos veces recordándole sus contraídas obligaciones; que él contestó hablando de compromisos pecuniarios, de deudas, de aplazamientos inevitables de su regreso. Don Adrián obró con aquella debilidad que para con su hijo solía y la casa de banca de Dickensoms entregó al joven Ustáriz, en el espacio de tres meses, unos tres mil duros. Últimamente, Anatolio, después de tres semanas en que no tuvo a bien dar cuenta de su vida a su padre y hermanas, escribió a Rosario rogándola, en nombre de su madre, que apelara a toda la influencia que ejercía sobre don Adrián, para que le enviase cuarenta y tres mil reales, que le urgía poseer para cierto asunto de tanta gravedad que a no resolverse pronto, podría causarle una desgracia irremediable. Rosario imploró con lágrimas en los ojos aquel favor de don Adrián, y don Adrián no supo cómo resistir a las frases horribles de la carta de su hijo, tras las cuales vio, ¡horror! una adorada cabeza, herida por la bala del suicidio. Escribió a París, disponiendo que le fuera entregada a Anatolio aquella cantidad y ordenándole su inmediato regreso. Coincidió con tales acontecimientos la muerte de Cristeta. Para el bueno de don Adrián, fue como recibir un mazazo en la nuca, después de haber recibido otro en la frente. Por lo que a Anatolio hace, como quiera que los cuarenta y tres mil reales de su padre no normalizaban su situación pues ascendían a mayor suma sus deudas, cuando salió de París el mismo día en que el estado de Cristeta se agravara, llevaba dentro de su alma, sobre el dolor del hermano, otra comezón abrasadora y atroz que le llenaba de temores. Así venía Anatolio a Madrid.

Cuando la máquina partió de Pozuelo, Anatolio se resolvió a todo, con un a modo de heroísmo de mártir. Tomó el sombrero, los lentes, el bastón, los guantes, la manta de viaje y se dispuso para saltar al andén en cuanto el tren se detuviera. Conforme corrían los vagones acercándose a Madrid, una luz, de claridad meridiana, íbale entrando al mancebo en el espíritu, y lo que no había logrado en veinticinco horas de aislamiento, de soledad y meditación, logrolo en los cinco últimos minutos. Comprendió que sus desórdenes y necedades le habían colocado, respecto a su familia, en situación tan poco agradable, que su llegada en vez de servir de consuelo para la enfermedad, y muerte acaso de Cristeta, añadiría nuevos tormentos al pecho de su padre. Sintiose lleno de vergüenza, de dolor, abrumado bajo aquel fardo de remordimientos. Sabía que en su casa no sólo se lloraba la fuga del ángel, sino, además, la vuelta del hijo pródigo. Hubo momentos, al detenerse la locomotora, en que hubiese dado diez años de vida por estar en París, porque aquel tren partiese a seguida lejos, muy lejos; mas no tuvo tiempo de pensarlo, porque una mano fría y seca cogió la suya y oprimiésela con fuerza, mientras el dueño de la mano decía:

—¡Anatolio!... ¡Anatolio!... ¡Gracias a Dios que vienes!... Creíamos que ni aun con este motivo...

Era el primer ataque que recibía. Quien se le dio era un clérigo, el cual, por el rostro, daba a entender que su edad frisaba en los cincuenta años. Llevaba manteo de merino, sombrero de lo mismo y alzacuello de seda de color rosa, con botones de plata. Su rostro era magro y musculoso. Frecuentemente los nervios maxilares se levantaban, produciendo un movimiento en la cetrina y mal afeitada piel, que daba severidad terrible a la persona.

—Tío —balbució el joven, estrechándole un brazo con ansiedad—, ¿y mi hermana?

—Murió —dijo el clérigo—. ¡Dios nos proteja!

Y levantó sus ojos a la techumbre de los cielos, radiante de sol.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó Anatolio, como si estuviera solo—. ¡Soy un miserable!

—Vamos... Yo he venido a esperarte con el carruaje de tu padre... Esta tarde es el entierro.

Dejose conducir Anatolio, y su tío, que era nervudo y fuerte, abrió paso entre la compacta y chillona multitud que llenaba el andén. Subieron al carruaje y éste partió a galope.

Anatolio quiso preguntar a qué hora había muerto Cristeta, qué alternativas y fases siguió la enfermedad, cómo estaban su padre y hermana... pero no se atrevía a hacerlo. Pensaba él que iban a contestarle: «¡Calla, malvado; si tú tienes la culpa de la mitad de su dolor. No profanes su alma con la mirada de tu curiosidad!»!

—Tu padre —afirmó el sacerdote— me comunicó anoche los disgustos que le has causado... Debes entrar en aquella casa arrepentido y con propósito de enmienda... ¿No te toca en el alma la muerte de esa pobrecita niña?... ¿No ves algo, como revelación divina en el hecho de que Dios se lleva a una criatura angelical, a un ser sin culpas, a una santa niña y te deja a ti en el mundo para que tengas tiempo de reparar tus torpezas?

—Sí, tío... veo eso... Créame usted... Vengo, no sólo arrepentido, sino avergonzado.

—¡Avergonzado!... ¡Siempre ha de asomar el mundo su rabo de demonio en medio de lo más sagrado y hermoso de la humanidad: el arrepentimiento! —interrumpió don Teófilo con cierta amarga ironía, y mirando a una esquina del coche, como si sus palabras fuesen dirigidas a algún invisible personaje que allí se escondiera—. ¡Avergonzado!... Es decir, con la cara teñida de color rojo... Entonces, Anatolio, no es a Dios a quien temes, sino a los hombres.

El joven no contestó. ¡Tiempo era aquél de discusiones! Él sentía tantas cosas, temía de tantos modos, que no podía decir, a ciencia cierta, a dónde llegaba su miedo: si se quedaba en la tierra, o si pasaba a la mansión celestial. También Anatolio miraba al rincón del carruaje, en que tenía puestos los ojos su tío. Veía allí un hoyo muy grande, del cual sacaban tierra unos demonios negros, gritando, a cada paletada que echaban fuera: «¡Para ti! ¡Para ti!»

—Es preciso —siguió diciendo don Teófilo—, es preciso que te regeneres. ¡Corta esas lazadas que te unen a tanto ser inútil, a la sociedad frívola, con cuyo trato el corazón se pudre y la inteligencia se obscurece! Tu padre está cansado de trabajar... Su edad es muy avanzada... Está enfermo... Ha sufrido mil disgustos... Tendrá que encargar a un extraño de sus negocios... He aquí el castigo que te estaba reservado... Esa es la vergüenza que ahora subirá diariamente a tu rostro, ya que tan fácil tenéis el remordimiento encarnado.

Don Teófilo, cuando dirigía algún grave cargo pluralizaba los verbos; era una costumbre adquirida en el confesonario, así como la de no mirar a la persona con quien conversaba, sino a otro lugar más distante.

—Cuando anteanoche llegué —añadió el canónigo de Cuenca—, tu padre me indicó su pensamiento... que es como te digo... Ahora bien, ¿será posible que tú no hagas nada por impedir que tu persona sea declarada inútil, inservible y sin ningún valor?... ¿Tendréis bastante... sangre fría, bastante desprecio de vuestras propias personas, que no os resistáis a que un extraño vaya a ocupar en vuestras casas el puesto que os corresponde?...

—No entiendo a usted completa mente —dijo Anatolio saliendo de su estupor con mucho trabajo, al ver que le hablaban de un asunto concreto.

—Bien claramente me expreso... Tu padre no puede seguir ocupándose, como hasta aquí, de su bufete... Trabajará, sí, trabajará... no hará lo que tú... pero el peso de sus funciones le tiene ya fatigado, y ha de encoméndarsele a alguien... Anteanoche me lo anunció... y como yo le indicara que tú estabas llamado a sustituirle... que un derecho natural lo declara... y que el profeta dice: «Cuando tus ojos cieguen y no puedas contar el rebaño, da la cayada a tu hijo»... él me contestó con indignación: «¡A mi hijo!... ¡A ese desdichado loco!... ¡Es un hombre inútil, un mentecato!... ¿Quieres que le fíe mi nombre, mi reputación, el porvenir de mi hija Rosario... la tranquilidad de mi vejez?... ¡Nunca! No pienses en eso».

Anatolio sintió correr por sus nervios un calofrío que le hizo estremecerse. Hubiera querido gritar a los demonios que cavaban su sepultura: «¡Terminad pronto, que hace tiempo que estoy sobrando en la tierra».

—Yo prometí que te enmendarías... Creo que prometí mal, porque tú careces de voluntad, eres un espíritu linfático, sin músculos, y aun cuando quisieras imponerte un esfuerzo, no podrías realizarlo... ¡Es horrible ser así!

El joven miraba hacia su imaginada sepultura con ansia. «Si no acabáis pronto, —parece que decían sus ojos a los negros sepultureros— me tiro en ella, aun cuando no entre todo mi cuerpo. Basta que me enterréis la cabeza, para que no oiga ni vea estas cosas de que mi tío me habla».

—Ello es que tu tío prometió por ti una enmienda eficaz... ¿No es eso? ¿Dejarás mal a tu tío?

Anatolio dijo que «no» con la cabeza. La garganta no puede hablar cuando la embargan los sollozos.

—¡Que pícaras costumbres las en que vives, Anatolio —prosiguió el cura, que viendo el hierro caliente quiso machacarle más y más—. ¡Abomina de ellas para siempre! ¿Qué hacéis durante todos vuestros años de existencia, los que así vivís?... Nada bueno para Dios o los hombres... Dejáis aquí un rastro de cieno en la tierra, y un rastro de almizcle en el aire... Sois unos desventurados, dignos de lástima... Pero tú ¿sabrás salir de esa sima en que caíste?

Lo que él quería, era esconderse en la sepultura de los demonios negros, y no volver jamás a este mundo. Entretanto, no decía palabra, y la turbación de su espíritu aumentaba sin cesar. Anatolio, extraviado en sus sentimientos y aspiraciones, conservaba, sin embargo, un rinconcito de su alma con la misma sencillez que en su primera infancia. Cuando la gente reía a su alrededor, brillaba en su palabra toda la retórica de salón que también poseía. Cuando estaba rodeado de gentes serias, de rostros dolorosos, de ojos llorones, de pechos lacerados de desgracias que no podían fácilmente componerse, sentíase débil, niño falto de recursos; era otro hombre distinto; no era el Anatolio Ustáriz que con tan discretas pláticas amenizaba el tapete verde del Hourse-Club, arrojando sobre aquel mar de llamas granitos de sal, que estallaban en la risa de todos; era el Anatolio que iba al colegio y que recibía, temblón e hiposo, la filípica del maestro.

—Prepárate, pues, muchacho... Yo no he podido vencer la obstinación de tu padre... Por otra parte... tú no has estudiado una letra, y mal podrías encargarte del despacho del bufete, así, de repente... Con todo... ya veremos.

Después, como si el pensamiento de don Teófilo girando sobre sí mismo, presentase otra faz, exclamó:

—¡Qué desdichadita ha sido Cristeta! ¡Muerta ya y en el cielo aquella divina niña, aquel preciosísimo angelito!... Comprendo la desesperación de tu padre... Tu hermana Rosario se ha puesto mala... No es cosa de cuidado... pero tampoco puede menos de inspirar temor a mi hermano... Yo mismo, a pesar de mi dureza de roble, no puedo resistir tanto dolor... ¡Me troncha, me troncha!..

Había dejado de mirar al rincón del carruaje, y cerraba sus ojos, en cuyos gruesos párpados, doblados en mil arrugas por una red de abultados vasos sanguíneos, brillaban dos lágrimas. Detúvose el coche.




IX

Acabaron las palabras de dolor, acabó el llanto, acabó el gemir de los pechos; quedó agotada la humana expresión de los afectos tristes y la atonía fue poniendo a todos su inexpresiva carátula de hielo. Don Adrián no quiso acostarse; Rosario no se apartó del lecho mortuorio, y allí asistió al tocado postrero de aquella preciosa estatua. No quiero deciros quién le llevó a cabo. Hay en casos tales, como entonces las hubo, manos cristianamente oficiosas que se encargaron del doloroso ministerio, y el perfume del agua de Colonia se elevó sobre las ropas blancas del cadáver, como propia emanación del evaporado aroma de su ser interno. Una trenza dorada cayó de la hermosa cabeza, cortada a cercén; era la presea que daba la vida a la muerte.

Aquellas mismas manos que amortajaron a Cristeta, teniendo aún en los pulpejos de sus dedos el frío del sueño eterno, prestaron auxilio a Rosario, que yacía como muerta en una butaca. Al sentirse tocada volvió en sí, dio un suspiro, y el lloro arrojó sus últimas gotas de lágrimas de los enrojecidos ojos que la escocían, calcinados por el hervir de su dolor.

—¡Ay, Dios mío!, dejadme. Déjenme ustedes sola. No me digan nada... Esas palabras no consuelan y fastidian.

A los enfermos y a los desgraciados les autoriza el mundo a decir las cosas que sienten con la claridad y nitidez más completas. Las buenas almas que acompañaban a Rosarito se fueron retirando, una primero, las otras después, y al fin quedó sin compañía, pero no en la sala donde entre doble fila de humeantes cirios, aquel perfil amarillo de un cadáver se destacaba sobre las telas de seda con que le tenían cubierto, sino en su dormitorio.

Dejose caer en una mecedora de paja, y el imprudente mueble quiso columpiar su hermosa carga. Aquel balanceo la disgustó, e hizo detener a la mecedora. Su cabeza descansó en el respaldo; sus brazos colgaron fuera; sus pies se apoyaban en el suelo, y su alma empezó a sentir los efectos de un acabamiento extraño, de un fin sin fin, de un incipiente morir sin término, como si cayese por hondo y negro pozo, sin fondo alguno, y desvanecida con el horrendo desplome no acertara a precisar su situación, ni a dar cuenta de su estado. Aun cuando era de noche, largo rato hacía, no pensó nadie en llevar luces a aquella estancia. Todo era obscuridad en ella. El mueblaje, los espejos, las cortinas, el lecho desaparecían en la sombra. Estar en aquella habitación era como estar dentro de una gota de tinta.

En el vecino pasillo oíase el martilleo de un reloj de caja que pasaba sus cuentas de segundos, como una beata loca las cuentas del engarzado rezo; a veces un cuchicheo silbón, arrastre suave de pies, que luego de haber andado de puntillas un buen espacio, retumbaban con franco pisar en la madera de la escalinata, y abrir y cerrar de la puerta, precedido del cuchicheo consabido. Después fue haciéndose más rara la repetición de estos ruidos, y reinó el silencio en la casa toda. Sonaba de cuarto en cuarto de hora, con periódica regularidad, un golpe de tos chirriante, metálica, seguido de un suspiro doloroso que estallaba en el aire como el silbar de un cohete: era la enferma tráquea de una vieja hermana de la Caridad que velaba a Cristeta, quien aquel ruido desapacible producía. Al dar las dos el reloj, una mano dura tocó el hombro de Rosario. Ella volvió a la vida con repentino sobresalto:

—¿Qué es eso? —balbució palpando la obscuridad— ¿Quién me llama?... ¿Eres tú, papá?

Palpando, palpando, había cogido la mano que la tocó y la estrechó entre las suyas. Era una mano grande, huesuda, vellosa, que tenía un anillo en un dedo. Todo esto lo notó Rosario en un segundo, apenas oprimió aquellos dedos.

—Rosario, Rosario —dijo bajito la voz de Lucio Tréllez—. Venga usted... su padre se ha sentido un poco indispuesto... No es nada... Pero quiere verla... Se ha asustado cuando se le ha dicho que lleva usted cinco horas en la soledad...

Rosario, ya levantada, había vuelto a echar en sus hombros el fino pañuelo de crespón. No dijo una palabra. Salió rápidamente. Vio la luz del pasillo, que la obligó a cerrar los ojos, y cruzando por él con velocidad, entró en la alcoba de Ustáriz. También allí reinaban las sombras, y Rosario tuvo que ir a tientas hasta el lecho. Era éste de caoba, con altas columnas salónicas, coronadas por cortinas de obscura tela muy pesada. Tanto lujo había en su ornamentación, que, más que lecho de un hombre del siglo XIX, parecía túmulo de un rey godo.

—Papá —murmuró ella pasando su mano por la almohada, en busca de la venerable cabeza—. ¿Cómo estás?... Soy una egoísta... ¡Cinco horas dicen que he estado sola!... ¡Sin venir a unir mis lágrimas a las de mi padre!

Entonces fue cuando las lágrimas, de ambos se unieron. El viejo sintió aquellos labios posados en sus mejillas, sellar una y otra vez la comunidad del dolor que los estremecía, y las húmedas llorosas pestañas rozando la piel ardorosa de su frente.

—¡Qué atroz noche —dijo el anciano con acento ronco—. ¿Se ha sabido algo de... Anatolio?

—No —repuso ella—, Tréllez le ha puesto un parte.

—Que venga Tréllez.

Tréllez se acercó por el otro lado del lecho.

—¿Cómo no se va usted? —dijo Ustáriz—. Dos noches sin acostarse, son demasiado. Yo no tengo derecho a imponerle a usted tales sacrificios.

—¿Usted me los impone? —respondió Lucio—. Yo soy quien deseo, participar de estas fatigas. ¡Si al menos sirviera de algo, podría usted agradecerme mis malos ratos!

—¡Oh, hijo mío... sirven... sirven mucho —exclamó Ustáriz con voz mitad lamento, mitad llanto—. A mí me consuela que, en medio del abandono de los propios... de mi hijo, especialmente... una persona como usted...

—Gracias, don Adrián, gracias... Pero ahora no piense usted en eso... ¿Cómo va ese dolor?

Ahora... me vuelve a punzar. Aquí debajo del pecho... Es el pícaro latido de siempre... Es un nervio que salta como un bordón separado del... ¡ay!... separado del mástil.

No pudo acabar la frase. Lo que él llamaba bordón saltó debajo del diafragma, y un retorcimiento doloroso encogió aquel cuerpo con violenta postura.

—No os asustéis —añadió reponiéndose de su quebranto al ver el rostro desencajado de Rosario—. —Esto pasa pronto... Ya sabes que dura un momento y se va.

—Te daré tila —dijo ella— con unas gotas de láudano... Eso te ha aliviado otras veces.

La desgracia presente había hecho a Rosario sobreponerse a la desgracia consumada ya. Salió del cuarto y a los pocos minutos tornó, trayendo una taza de la pócima calmante. Agitaba dentro de ella una cuchara, que sonaba como una campanilla chocando con la fina loza de la pequeña vasija. Diríase que era la campanilla con que iba la ciencia llamando a la salud.

—Haga usted el favor de ayudarme —dijo a Lucio—. Enderece usted un poco el cuerpo de papá... Eso es... Vamos, papá, abre la boca... Has de acabarlo... Vamos, anda, sólo queda una cucharada.

Al enfermo se le trata siempre como a un niño. Con engaños y promesas falaces se le obliga a aquello que no le gusta... Quedose algún tanto reposado después de apurar el tazón de tila; un sudor caliente acudió a sus poros, refrescando la epidermis y sintió más ligera la cabeza y más fácil el uso de los pulmones.

—Cuando la Providencia nos envía las desgracias —dijo mientras buscaba la mano de su hija sobre el embozo de la cama para estrecharla— no se deja ninguna en el tintero... Los disgustos grandes y pequeños vienen enlazados como en rosario diabólico de cuentas gordas y menudas... La muerte de ese ángel... ¡Ay, Cristeta de mi alma... las demencias... si, las demencias de Anatolio... las necedades de Teófilo... ¿Usted no sabe, Tréllez lo que ocurre con mi señor hermano?... Pues oiga usted... Es un alma dura, un hombre sin sentimientos afectuosos... Se encierra en una concha de virtud espartana y no deja salir de sí

un rayo de cariño... ¡Mire usted si con mi posición y mi influencia hubiera podido hacerle prosperar en su carrera!... Pues ha rechazado siempre mi apoyo... Viene a Madrid y jamás se hospeda en esta casa. Ahora mismo está en Madrid y no ha consentido en aceptar mi hospitalidad. «Yo he venido a compartir tu dolor, no tu lujo», me ha contestado cuando yo le manifesté mi deseo de que viviera aquí... ¡Qué horror! Tréllez, ¿no es una cosa sin nombre, una verdadera infamia hablar de lujo a un padre, cuya hija ha muerto sin que toda la riqueza que tenía pudiera salvarla?... No, eso no es cristiano, no es bueno... Siempre he dicho yo que Teófilo era un Voltaire, pasado por el Santo Sepulcro.

—No te aflijas por esas genialidades, papá, ¿qué importa eso? No aumentes el dolor enorme con dolores pequeños... Eso es tener clavado un puñal en el corazón, y clavarse por propia voluntad mil agujas en las manos.

—Es cierto lo que Rosario ha dicho —exclamó con voz trémula Lucio.

—Pero, es que me duele, me duele no hallar cariño en sus brazos; me entristece más aún el verme entre esos parientes que son unos inútiles para todo lo bueno, y los demás orgullosos de su bondad personal.

—Repose usted —añadió Tréllez—. Deseche cavilaciones...

—Sí, papá... Yo me voy a la salita inmediata.

—Tú me llamarás si algo quieres.

—Pero ¿tampoco te acuestas hoy?

—Si no puedo dormir...

—¿Y quieres que yo duerma? ¡Egoísta del dolor!

—Tú te hallas mal de salud, débil, convaleciente de tus ataques de gota... Yo bien puedo sufrir estas tormentas... No se discuta más... Tú te quedas ahí... Yo me voy a la sala y allí... allí procuraré dormir.

Salieron Rosario y Lucio. Él sostuvo la cortina de la alcoba para que ella pasase, y su mano sintió el roce suave del cabello de Rosario, que, todo despeinado, escapábase de la redecilla de seda por varias partes en flotantes rizos.

—¡Pobre papá! —dijo Rosario, sentándose en la butaca más próxima a la puerta de la alcoba. Temo no poder soportar esta crisis de desventuras.

—Tiene mucho espíritu su padre de usted —contestó Lucio, que permanecía de pie, apoyadas las manos en el respaldo de una mecedora—. Además de que sus consuelos de usted son tan persuasivos, tan dulces...

—Para mí los necesito —contestó Rosario, tapándose la cara con su pañuelo.

—Es que aunque usted necesite consuelos de los demás, con una sola mirada consuela a todos los que viven a su lado. Hay palabras dichas de cierto modo que curan las heridas del alma. Hay personas que cuando hablan ponen en su voz no sé qué música curativa de las penas, maravillosamente eficaz... usted es de esas personas... ¿Dónde ha aprendido usted tal arte divino?

Lucio iba diciendo estas frases despacio, en voz baja, pero con entonación de interno y comprimido entusiasmo.

—No hable usted así —contestó Rosario, sin descubrir su rostro—. ¡Oh, si pudiese yo aliviar de algún modo la desesperación de mi padre!... Pero esta desgracia no puede curarse con palabras...

—Curarse, no... Aliviarse, sí... La hiel es siempre amarga, pero su acerbidad puede endulzarse mezclándola con miel... usted tiene esa miel, y no lo sabe... Cura usted los dolores, y ni por pienso cree que es médico de almas...

—Pero, ¿qué digo yo, qué hago, para que tanto prodigio me atribuya usted?

—Pues no dice usted cosa alguna extraordinaria... Ese es el secreto.

Un rato hubo de silencio. Él callaba, mirando con tristes ojos aquella preciosa cabeza en que el duelo había puesto su mano febril descomponiendo todo el aliño del peinado. Después dijo, como si una repentina idea le hubiese iluminado en la buscada solución de algo dudoso:

—Es que oyéndola a usted se comprende que hay aquí ángeles, seres superiores, espíritus más altos y sublimes que la vulgaridad de los que andan por todas partes.

—Calle usted, por favor... Quisiera ser así, porque entonces podría serle útil a mi padre; no por vanidad ni por orgullo... Harto sé que usted habla con tanto elogio, por consolarme a mí... Eso sí que es verdad... usted conoce el mundo... Mil veces se lo he oído decir a mi padre... usted sabe que el elogio distrae a los tristes y regocija a los alegres... ¿No es verdad que sólo por esto dice usted tanta palabrilla halagüeña?

Lucio sonrió levemente, pero con una sonrisa hondamente triste, y dijo:

—Eso sucede a la mayoría de las personas. Pero a usted no... Sería un desconocimiento absoluto de su mérito el emplear tal sistema para consolarla... Le digo todo esto porque no puedo menos de decírselo... porque en esta enfermedad, en estos días de horrorosa prueba, ha desplegado usted un amor tan infinito para su padre, una abnegación... Yo me he entusiasmado viendo a usted... He creído en los mártires...

Rosario alzó su rostro. Miró a Lucio, que continuaba contemplándola, y le dijo:

—¡Está usted en pie!... Siéntese... Por favor.

—No, no, Rosario... Yo me voy... yo tengo que irme... Aquí estorbo a usted con mis sandias palabras... Dispénseme usted que le haya dicho lo que... lo que sentía...

—No se vaya usted... ni me pida esos perdones, que no hay por qué pedir... ¿Usted siente eso que dice?... ¡Cuánto se lo agradezco! ¿Por qué había usted de ocultarlo? Lo que se siente, se dice...

—¡No todo!

—Todo... A mí me gusta la gente franca... Sólo por eso encuentro excusables las rudas claridades de mi tío don Teófilo.

¡A Lucio se le ocurrieron entonces tantas cosas! Y, sin embargo, no dijo ninguna. Un atropellado escuadrón de sentimientos, juntamente y en confusión, bulleron en el alma, pero a todos puso silencio aquella boca muda. ¡Qué pobrecillos sentimientos cuando se los empareda en una cárcel sin ventanas! Lucio no se sentó, mas no se alejó de allí, como había dicho. Él mismo no sabía a punto fijo cuál era la situación de su alma, y no lograba explicarse la razón de la gran simpatía que entonces despertaban en él los dolores del prójimo. Lucio, que nunca experimentó esas blanduras de espíritu, por las cuales las almas delicadas se comunican en corrientes de fraternales impresiones, experimentaba entonces un extraño fenómeno: todas las lágrimas que en aquella casa se derramaban iban llenando su ser de tristeza, de pena, de desesperación, de ira. Hubiese querido remediar lo irremediable, volver a Cristeta la sonrisa celestial que llaman vida, suprimir el dolor, anastesizar los corazones, impedir que el sonar de las campanas, que en la vecina parroquia tocaban a gloria, llegase a casa de Ustáriz, como eco regocijado de una religión que con tañidos de alegría despide de este modo a los ángeles. Tal inexplicable mudanza en su carácter, le tenía absorto y lleno de dudas. Largo rato transcurrió así. Luego oyó ruido de tela arrastrándose, y entonces, no antes, advirtió que Rosario se había levantado. Con un dedo sobre los labios, le dijo ella:

—¡Chist!... Papá se ha dormido...

Quiso preguntarla a dónde iba; pero ya estaba junto a la puerta. Abriola, y una ola de luz entró en la sala. Allí estaba el cadáver de la niña. Lucio intentó detener a Rosario, pero ella había vuelto a cerrar la puerta nuevamente, y se encontraba delante de la cama imperial, fúnebre alarde de un lujo de mal gusto, en que las negras telas que paramentaban el armazón de pino dorado formaban amplios dobleces en los cuatro ángulos de la caja. Destapada se hallaba ésta, y se veía asomar por la dorada línea del galón que bordeaba el forro un perfil agudo, la barba saliente, las manos unidas con una cruz y una rosa entre los dedos, la huella negruzca del ojo ya hundido, la rubicundez del pelo que sobre el amarillo de palma muerta del semblante aparecía más aurífero que nunca. Ni pudo acercarse Rosario a aquel teatral catafalco. El humo de la cera quemada, que ascendía por la caliente atmósfera, produciendo en ella una vibración vaporosa, visible; aroma penetrante de los dos ramos de azucenas, que habían puesto en el suelo; aquel conjunto deslumbrador de galones de oro, cintas de raso, telas enlutadas, llamas movibles, pábilos negros y maderas pintadas, en medio del cual se veía el despojo frío y casi repugnante de la materia con la última mueca de la vida, con el resplandor vidrioso de una pupila entreabierta, con las escoriadas líneas de los labios, comparables, a hojas de amapola secas; todo aquel cuadro la arrancó las fibras más íntimas de su alma, a que una mano se había agarrado y tiraba, tiraba sin cesar. Retrocedió rápidamente, dio con el cuerpo en la puerta que se abrió, y fue poco menos que rodando hasta caer en el diván. Lucio acudió a ella.

—¡Dios mío!... ¿Qué locura ha hecho usted? —exclamó.

Cogiole las manos; estaban frías. Tocó su frente; un sudor helado la bañaba. Ella tenía los ojos cerrados, echada la cabeza sobre el terciopelo del diván, parado el pulso, demudado el semblante, deshecho el lazo de su pelo, que caíale por los hombros abajo en negra cascada.




X

Después de una semana de duelo, en que durante el día le rodeaban amigos vestidos de luto y por la noche pensamientos vestidos de luto también, Anatolio logró aislarse una tarde en el despacho de los pasantes, cuando se marcharon los cuatro o cinco rábulas Incipientes que iban a divertir allí un par de horas entretenidos en agradable conversación, mientras los pleitos, con sus folios cerrados, les esperaban riendo a más y mejor. Buena falta le hacía aquel aislamiento. Sus ideas necesitan el reposo y la paz precisas para que cristalizaran en esas hermosas formas geométricas de la lógica; andaban revueltas, confusas y desordenadas. Además, no solo sus ideas le tenían pensativo; no sólo su pasado le preocupaba; no sólo el presente doloroso le causaba profunda pena: el porvenir se presentaba a sus ojos como una fiera boca monstruosa, armada de cien dientes de dragón, dispuesta a devorarle. Aquella carta que tenía dentro del bolsillo le abrasaba. Era un vil papel de color azulado, que olía a perfume; mareábale este perfume; las cinco o seis líneas que una mano negligente había trazado en aquella cuartilla le corrían por la inteligencia como inquieta procesión de hormigas de fuego; el heráldico timbre del sobre, grabado con lujosa profusión de colores, érale como insoportable signo de algo ominoso.

Habían dado las cinco. El sol entraba de soslayo, como una mirada bizca, a examinar los pájaros de oro que había pintados en el papel de la estancia. Adornaban ésta cuatro sillones de rejilla verde y negra caoba, dos órdenes de estantes, en que se veían apretadas filas de libros encuadernados con lujo; un retrato de don Adrián Ustáriz, vestido de toga, y cuyo rostro juvenil, peinado a la moda de tiempo de Espronceda, ostentaba cabellera abundante, cuidadosamente peinada; una mesa redonda, puesta en el centro de la habitación y cuyas patas torneadas amenazaban arrodillarse bajo la pesadumbre abrumadora de un mediano monte de papeles revueltos y alborotados, como si los diversos y múltiples intereses en cuya defensa se habían escrito, hubieran trabado una reñida batalla para dirimir sus añejos litigios; otras cuatro mesas de escritorio con tinteros de cristal tallado, salvaderas de laca negra, perros y ciervos de bronce que tenían, quier en la boca, quier en los cuernos, el astillero de las plumas, periódicos del día, cuidadosamente plegados unos, como diciendo: «A mí no hay quien me lea!, otros arrugados y llenos de dobleces, como diciendo: «¡Miren y de qué manera nos ha dejado la opinión»; ciertas vasijas de latón para contener las negras puntas de ya fumados cigarrillos, y dos trasparentes, uno en cada ventana, representando el más lejano de Anatolio un paisaje suizo, con lago azul, casa amarilla, árboles negros, pastores verdes y borregos dorados, y el otro las diversas metamorfosis de Brachma, en una serie de muñecos ventrudos y cabezudos, que nacían de un gran árbol de oro, como fruto humano monstruoso.

Anatolio se hallaba sentado en uno de los sillones de rejilla, con las manos cruzadas, una pierna sobre otra y la cabeza caída encima del pecho.

Aquel sol poniente le molestaba; el piar de los numerosos pájaros que de toda la vecindad venían a buscar su lecho en el árbol de sophora que había en el jardín de la casa, aún le disgustaba más; el rumor áspero de la manga de riego que soltaba su caño sobre las plantas trepadoras de la pared, parecíale desapacible e incómodo. Quería estar solo, en silencio, en obscuridad. Que nadie le viera y no ver él nada. Aquellos muebles que le hacían visajes, enviándole sus miradas cuando el sol se reflejaba en ellos; el espejo redondo que desde la frontera pared le contemplaba; el reloj de pared, que era de esos que tienen termómetro, barómetro y calendario, marcando las estaciones como los minutos, parecíanle testigos de la humillación que en su propia casa sufría y se tapaba los ojos por no verlos. Era un estado el de su alma difícil por todo extremo de pintar. No se atrevía a formular cargo alguno contra nadie, y, sin embargo, estaba descontento de los demás. No osaba declararse exento de culpa, y no le agradaba reconocerse culpable. Ciertamente que su pasado le asustaba, pero a él le parecía poder justificar todo el cúmulo de sus faltas con la juvenil inexperiencia, con los fogosos arrebatos de la edad primera, con el anhelo de vivir rápidamente un mes en un día, un año en un mes, que a la adolescencia briosa incita con sus dos acicates de oro: el amor y la ambición.

Bien es verdad que este segundo acicate no, había grandemente hostigado a Anatolio; pero ahora, al sentirse rebajado en su altura propia descendido del nivel en que las relaciones familiares debían colocarle, acometíale un ansia de recuperar el terreno perdido extraordinaria y vivísima. Las palabras de don Teófilo vibraban en sus oídos como fúnebre profecía; su despreciativo tono sacudíale el alma con convulsiones terribles de desesperación; la certeza de que su padre no contaba ya con él, ni procuraba su enmienda, calculándola imposible, sumíale en amargo desconsuelo. Si, durante su viaje vino temblando como hoja seca ante la perspectiva de la cólera paterna, ahora deseaba la reprimenda temida. Quería que su padre le riñera, como quiere el soldado enfermo que se le ampute la pierna putrefacta. ¡Oh, qué glacial frío era el que le rodeaba! Una sonrisa de compasión de los labios de Rosario, que ésta le echaba como limosna, era el único rayo de sol que atravesaba las nubes del desprecio de que en su propia casa se veía rodeado. ¡No merecía él tanto! ¡Por Dios, que todos han sido jóvenes, débiles, impetuosos! ¿Qué otro delito había cometido?... ¿le creeréis si os lo aseguro?... Pues bien, Anatolio Ustáriz, puesto en este plano inclinado de la desesperación, empezó maldiciéndose a sí propio, y acabó maldiciendo a los que no quisieron o no acertaron a enderezar el árbol torcido de su licenciosa juventud. Hubieran acudido a tiempo y él no habría llegado a la honda sima en que se encontraba, sin alas para subir al campo libre, sin garras para trepar afuera.

De en medio de tal inextricable caos, de sentimientos, ideas y juicios, todos incompletos, muchos errados, algunos llenos de lógica y buena razón, surgía a veces una lágrima. ¡Pobre Cristeta!

En su honor era. Pocas lágrimas debían derramar ya aquellos ojos azules, a quienes la desconfianza del mundo en que se hallaban, volvía hoscos y fieros. Estaban secos, ardorosos y airado. Miraban a la copa negruzca del árbol, que subiendo desde la tierra del jardín, gateando por la pared, diseñaba en esta un sombrajo negro de humedad, parecido a monstruoso bicho antediluviano. Después los ojos azules se fijaron en la carpeta de hule que había sobre la mesa, y en la que un pliego de carta hallábase comenzado a escribir, con estas palabras: «Amigo Tréllez:»

—¡Amigo Tréllez! —dijo Anatolio para sí. ¡Buen modo de comenzar! ¡No hay duda que se reirá lindamente de mí este orgulloso pedantón de Tréllez! jamás le llamé «amigo» hasta hoy, en que voy a pedirle un favor... Pero, ¿cómo empiezo si no?

Quedose pensativo y dudoso, con la pluma que había cogido suspensa sobre el papel y la mano izquierda acariciando el rubio bigote. Después dejó la pluma entre los labios y metió la mano siniestra en el hondo bolsillo de su elegante americana negra, sacando, de allí el papelillo aquel que tan inquieto le traía. Más de cuatro veces le había leído, pero aun así quiso volver a deletrearle.

—¡Ah, pícaro! —exclamó en voz alta, como si con otra persona hablara—. ¡Bien es verdad que te debo dos mil duros! pero ¿justifica esto tu infame proceder?... No podía suponer yo que abusaras de mi estúpida inocencia de tal modo. He procedido como un necio, sin pizca de seso... Decididamente soy un tonto rematado... «Mi apreciable Ustáriz —dijo luego, leyendo con los ojos, pero no con la boca—: ya sabe usted cómo quedaron nuestras cuentas, con su brusca partida. También sabe usted que yo no nado en la abundancia. Con esto queda dicho que me urge la devolución de las diez mil pesetas: usted, que es muchacho de juicio, sabrá cumplir sus compromisos, sin obligarme a usar de aquel documentito en que se declara aquello que usted recuerda, y que no hay para qué volver a repetir. No le extrañe la forma de esta carta. Después de nuestra última violenta entrevista, su partida de usted, tan inopinada como falta de explicación, me han hecho concebir el recelo de que usted quiere separar sus negocios de los míos, y de ningún modo se resigna a perder tan poderoso compañero su buen amigo, que b. s. m. —C. el Conde de San Orlando».

—¡Ah, vil! —exclamó Anatolio, tirando la carta sobre la mesa—. Sin firma conocería esta carta...

Es de aquel sapo blasonado tan procaz estilo... No podía escribir de este modo otro hombre que él no fuera... ¿Cómo llegué yo a perder el sentido hasta el punto de dejarme cazar por este presidiario de sangre azul?... Si hubiera acudido a mi padre para que remediase mi torpeza, mi necedad... Pero no hay que pensar en ello. Después de tanta culpa como aquí se me echa encima, esta nueva falta acabaría de quitarme todo crédito. Hoy se me desprecia. Mañana se me odiaría... Este camino se ha cerrado... Exploremos, exploremos por otra parte... Tréllez... Tréllez, ¿puede hacer algo? Yo no lo sé... Él sin duda que procurará servirme... El agradecimiento a mi padre le llevará a ayudarme. Pero ¿será de estos ambiciosos vulgares, que por alcanzar un grado más de confianza con mi padre, me venda?... ¡Dios sabe! Además, me cuesta trabajo entregarme a ese pedantón orgulloso... Desechado también este recurso... Romperé este papel...

Rompiolo, en efecto, y por la abierta vidriera fueron volando, como enjambres de mariposas de nieve, los restos menudos del pliego.

Exploremos por otro lado... ¿Qué amigos tengo?... Muchos; pero ¿cuántos amigos serios tengo?... Esos viejos venerables que vienen a casa no pueden ser partícipes de mi compromiso, ni les importará un bledo que yo me hunda en los mismísimos infiernos... ¡Y me sería tan cruelmente doloroso el apelar en vano a la compasión de alguien!

Largo espacio permaneció en estas vacilaciones. El amarillo resplandor del sol poniente habíase apagado, después de subir trepando desde el suelo en que dibujó los cuadriláteros de los cristales del balcón, hasta el techo; los pájaros de la sophora se habían dormido; los trasparentes no dejaban distinguir ya las figuras del paisaje ni las transformaciones de Brachma; el reloj acababa de sonar las ocho cuando Anatolio se decidió con resoluta voluntad a salir de su marasmo y sus dudas. Volvió a coger la pluma, y en otro pliego de papel escribió de nuevo: «Amigo Tréllez».




XI

No dejó de extrañarle a Lucio que aquella noche, al llegar a su casa, de la de Ustáriz, le diesen una carta que acababa de traer un criado de don Adrián. Era una carta de Anatolio, en que le citaba para las diez de la noche en uno de los cafés más céntricos de Madrid. Llenose de curiosidad con lo extraño de aquella cita, tanto más anómala por el modo como se la daba, y no acertaba a explicarse el por qué no le había dicho ni una sola palabra de ella Anatolio, cuando cinco minutos antes le vio en su casa. En resolución: no dándola gran importancia, y atribuyéndola a cualquier pueril capricho del joven, dispúsose, sin embargo, a acudir a ella.

Mil preguntas le hizo su madre sobre la salud de Ustáriz y de su hija. Ésta seguía más aliviada, pero en un estado terrible de postración y abatimiento, sin fuerzas para moverse, sin espíritu ni ánimo para levantarse del lecho. Todas las noches de insomnio, durante las cuales el dolor azotó aquellos nervios, obligándoles a mantenerse vigilantes, contra toda idea de reposo, reclamaban ahora su parte de descanso, sus ratos de dormir, y envolvían a Rosario en una atmósfera pesada y caliginosa, poblada de visiones y negruras. Don Pero también preguntó muchas cosas a Lucio, sin olvidar en su interrogatorio al hijo de Ustáriz, de quien hablaba siempre con profundísimo desdén. Los buenos viejos se consultaban con la mirada al acabar sus respuestas Lucio, y mil cosas se decían sus ojos alegres y sonrientes.

Luciana no estaba en casa. Había salido con la portera, la cual suplicó a doña Olegaria que permitiera a la huérfana acompañarla al hospital del Niño de la Bola, donde tenía a su hija Loreto. Accedió la madre de Lucio, y a las cuatro de la tarde salieron de casa Gervasia y Luciana. Hubiérais visto a Luciana cuan pálida iba. Suave sombra trazaba un como semicírculo debajo de sus ojos, y aquellos hoyuelos que el dedo de la risa hundía en su semblante, estaban desvanecidos por la taciturnidad. A veces echaba de sus labios un hondo suspiro. A veces se ponían a mirar al cielo, y clavados los dulces ojos en el azul, permanecía largo rato sin dejar por eso de andar, tropezando en las desigualdades del camino, con sus pies delicados y finos, como de dama aristocrática.

Gervasia llevaba el traje propio de su humilde condición: vestido de percal, gabán de lo mismo, negro todo, y pañuelo de tela de ramos azules y morados que tenía en las puntas el retrato de Prim. De su mano pendía otro muy abultado pañuelo.

—Estoy deseando llegar... Mire usted que llevo ocho días sin ver a mi Loreto... ¡Cuánto me alegro de que usted me acompañe! Es usted muy buena. Dios la dé salud y la haga muy feliz —dijo Gervasia, a tiempo que llegaban a la Puerta de Toledo.

—¡Sí, feliz! —respondió Luciana.

—¿No ha de serlo usted?... Cuando se case... ¡Oh qué bueno es casarse con el hombre a quien se quiere!

—¡Y qué malo debe ser no casarse con el hombre a quien se quiere!

—¡Sí que debe ser un martirio!... ¡Malhaya los celitos, que la traen a usted a mal traer!

—¿A mí? No... Ni tengo celos, ni había por qué tenerlos.

—Celos del señorito Lucio.

—Vamos, calle usted o me vuelvo a casa sola —dijo con resoluto acento Luciana.

—Callaré... para siempre... Pero hace usted mal en ser tan reservada. Los secretos dentro del alma se pudren como las espinas dentro del cuerpo. ¡Mal rayo me parta si no digo una verdad!

Descendieron por la Ronda y luego torcieron a la derecha, encaminándose hacia las Peñuelas. El piso polvoriento reflejaba la cegadora blancura de los rayos del sol, no templado en su iracundia ardiente, ni por una leve nube. Aquel mísero barrio, que se diría edificado con los escombros de una ciudad muerta, parecía dormido. Su única animación estaba en las tabernas, muy abundantes a la verdad, a cuyas puertas, sentados alrededor de circulares mesas de pino, veíanse hombres del pueblo, que jugaban a los naipes y bebían, acompañando jugadas y libaciones de fuertes tacos y palabrotas de esas que levantan ampolla.

Podía allí estudiarse al degenerado vástago de los chisperos castizos de don Ramón de la Cruz, en el mozo aquel flaco y desgarbado, de rostro juanetudo y lleno de ángulos, que adorna un lunar de pelo y cuyas sienes cubren salientes mechones de un cabello muy ensebado y reluciente. Podía verse a la última expresión de la chula clásica, envuelta en una bata de percal blanco, con el pañuelo de seda rodeando los primores de la artificiosa arquitectura de su peinado. Podían verse ciertos espantajos, mitad sombra, mitad ser humano, que con los pantalones astrosos y sucios, descalzos, cuál con la camisa por toda cobertura de su cuerpo y esa desgarrada y denegrida, cuál con amplio chaquetón hecho para cuerpo más robusto andar de merendero en merendero, fijando sus turbios ojos de alcoholizado en los vasos de vino que se despachan y beben, y paseando sus despreciables personas por aquel pudridero humano, en que se corrompen hasta las flores, pues los niños que corren y alborotan delante de tales tiendas, muestran en sus labios y en sus juegos una procacidad tristísima para todo lo malo. Ángeles de a cinco años fuman allí sus cigarrillos, alargando la procaz cabecita para arrojar las espirales de humo y otros disputan y riñen con vocablos y ademanes, que causan rubor hasta a hombres avezados a las groserías de la más grosera vida. Ángeles y demonios han caído juntos en aquel vertedero de inmundicias, y se confunde el ruido de las alas del pájaro con el de las escamas metálicas de la culebra. Tigribus agni. Todo el movimiento comercial de este barrio consiste en el ruidoso traqueo de media docena de carros desvencijados, que arrastran mulas éticas, bisuntas y poco más vivas que la mula de Cardenio, sobre cuyos lomos cruje el bárbaro látigo de un muñeco de carne, pues no debe llamarse hombre a aquel mal vestido y peor calzado carretero que prueba todos los días cómo el hombre puede sobrepujar en crueldad la más torpe bestia. Estos carros llevan huesos, tejas, animales muertos, yeso y paja podrida a unos cuantos depósitos de las afueras.

El gasómetro arde a la derecha, inficionando la atmósfera del barrio con el humazo negro de sus nunca apagadas calderas. Asomándose a los despeñaderos de unos barrancos que bordeaban el camino y a los cuales van a verter el escombro de las casas que se echan abajo en Madrid, vieron Luciana y Gervasia unas figuras negras que andaban, iban y venían sobre un suelo de tinta, en medio de una continua vaporación de gases negros, con el semblante chorreando un sudor de pecina, con las blusas y los calzones, que de lienzo azul fueron en otros días, teñidos de un betún oleaginoso. Imposible parece que de aquella inmundicia negra, salga la luz. Verdad es que de la noche sale el día.

Más de una hora invirtieron en llegar al hospital. Era un caserón destartalado, de antigua construcción, con paredes de revoco y pocas ventanas. Sobre la puerta había un Niño Jesús pintado de azul y rojo que sostenía en la mano una banderola con este letrero: «¡Dejad venir a mí los niños!» Entraron y después de saludar y obtener el permiso del portero, viéronse en una sala no muy extensa, con ventanucos ojivos en lo más alto de las paredes y estampas de santos adornando los lienzos. Cincuenta camas, en fila puestas, había a un lado y otro; bien pronto distinguió Gervasia a su hija. ¡Qué horror! Era aquella niña flaquita, desmedrada, llorona, cuya carilla de vieja, contraída por las mil arrugas de su llanto continuo, no tenía un solo rasgo de los característicos de la infancia. Su cabeza estaba cubierta con una gorra blanca y su cuerpo temblaba de frío, a pesar del calor de la estación, entre los dobleces de una recia manta. Bajo aquella pesada y voluminosa envoltura adivinábase el cuerpo huesudo, delgadísimo, magro y enteco de Loreto, como bajo la pluma del ave tísica se adivina su pobre caparazón de huesos. Su rostro presentaba manchas rojas en la frente y mejillas; su respiración era difícil; su mirar era oblicuo y cansado. Era un dolor, pero un dolor horrible el que causaba la vista de aquella criatura. Luciana lloró al mirarla.

—¡Hija mía! Angelito, reina de las reinas —balbució Gervasia, apretando entre sus brazos aquel enfermo pedazo de sus entrañas—. ¡Dios te bendiga, princesa!

¡Pobre princesa, pobre reina de las reinas! Contestó como una sonrisa que, al salir de sus quejumbrosos labios, parecía un reflejo del sol sobre un lago negro. Su madre la besó, y luego dijo:

—¿No conoces a esta señorita que viene conmigo? Es la señorita Luciana, la que te compraba confites.

Loreto no contestó. Su palabra había huido, siendo sustituida por el llanto.

—No llores, pobrecita mía —exclamó Luciana profundamente enternecida—. Loreto, dame tu mano... Eso es... Bien... Déjame besártela, niña mía... Hemos venido a verte para decirte que tus hermanos están buenos... ¿No me preguntas por ellos?

Loreto, para decir que «sí», dejó caer la cabeza sobre el pecho, como si se la hubiese roto el muelle que la sostenía sobre los hombros.

—Todos me han dado un beso y un bizcocho para Loreto... Los bizcochos vienen aquí —añadió Gervasia desatando el pañuelo—. Torna... Un bizcocho de parte de Gumersindo... Otro de parte de Ambrosio... Otro de Victoria y otro de Celina.

Conforme iban asomando los bizcochos, notose un movimiento de asombro en las otras camas. Varias infantiles cabezas se alzaron de las almohadas; muchos pares de pupilas se clavaron en las manos de Gervasia llenas de golosinas; más de una lengua descolorida salió a relamer los labios que ambicionaban saborear aquellas chucherías deliciosas.

—Verás qué pronto te pones buena —dijo Luciana—. Entonces jugaremos en mi casa tú y yo a las muñecas... Yo te compraré una muñequita de cartón, de esas que están puestas de pie sobre una tabla y andan solas como personitas muy pequeñas.

Loreto dejó de llorar y sus ojuelos pálidos como que quisieron sonreír, miraron a Luciana, y ésta dijo:

—Pronto te pondrás buena... Vendremos por ti en coche... Te llevaremos a casa, donde tus hermanos te esperarán, asomados a la ventana... «¡Ahí viene Loreto!», gritará la gente del barrio, y milagro será que no echen a vuelo las campanas.

La cara de Loreto seguía intentando sonreírse, y en sus pupilas había puesta interior regocijo, un reflejo luminoso.

Cruzaban por la sala, con mesurada andadura, las hermanas de la Caridad, luciendo sus azules hábitos y sus almidonadas tocas, comparables a las alas abiertas de un cisne. Acercábanse a los lechos de los enfermos, y les decían algo, o armadas de una cucharilla y de un frasco, los imponían por la fuerza el remedio que ellos de grado se negaban a tomar. Sonaban llantos y quejas que echaban de sus pechos aquellos santos inocentes al ser sacrificados por el Herodes cruel de la ciencia. Aquella fila de cabezas rubias y morenas, pequeñas y maliciosas, angelicales y sonrosadas, amarillentas con la amarillez de la caña seca, daban compasión, daban lástima. Era una humanidad pequeña, incipiente, que se desvanecía antes de llegar a ser, arbustos que hubieran sido árboles sin el prematuro golpe del leñador; nidos en que la dichosa juventud hubiera puesto las calientes y suaves plumas del amor, si antes la muerte no hubiera puesto su mano helada. Había siempre un doloroso quejido vagando en el aire, y la puerta del salón, al cerrarse, los ventanucos ojives al abrirse, parecían gemir. El farol que en el centro de la estancia ardía de noche, diríase que al chisporrotear, arrojando de su negro pábilo quemados restos que estallaban cuando se desprendían del foco luminoso, lloraba lágrimas de fuego. Los lechos, al crujir cuando aquellos pajaritos aleteaban, gruñían también.

No estuvieron allí mucho tiempo Luciana y la madre de Loreto, porque a las seis se cerraba al público la puerta del hospital, y para el concepto reglamentario, «público» son allí hasta las madres de los enfermos. Al despedirse de la niña, Luciana volvió a llorar. ¡Oh, pobre alma la suya, y cuán dolorida estaba! Todo la hacía sufrir a par de muerte, y tened la seguridad completa de que si al salir del hospital, en vez de un cielo hermoso y refulgente, que parecía la mirada inmensa de Dios, hubiesen cubierto el horizonte negras nubes, la huérfana se habría sentido morir, influida por la atmósfera como una libélula. Para salir pasaron por la botica donde vieron mil dorados cachivaches, serpentines de cobre, frascos con pomposos letreros decorados como un ejército de vanidosos, con su gran cruz cada uno pesando sobre el abdomen, instrumentos de hierro de esos que causan pavor y harían pensar en una tabla de carnicero, si no se supiera que son de la divina cirugía. Pasaron también por los cuartos de las hermanas de la Caridad, cuyas paredes adornaban ridículas estampas sagradas, una de las cuales era el Divino Maestro con el corazón encendido entre las manos, y otra la Virgen de los Dolores con siete espadas azules que se le clavaban en el seno. Salieron después.

—¡Oh, qué horror! —dijo Luciana al verse en la calle—. ¿Cómo permite Dios tantas desgracias? Quisiera tener en mi mano mil remedios de mil enfermedades y desventuras para abrirla y curar unas y otras. Donde se vuelven los ojos se ve una pena que necesita amparo. Parece que ha dejado de mirar Dios al mundo.

Gervasia lloraba también.




XII

Anatolio tenía apoyados los codos en el mármol de la mesa. Lucio Tréllez, sentado frente a él, agitaba el café de la taza, para que el azúcar se disolviera; a su alrededor, una atmósfera de ruidos, mareante, luminosa, llenaba el salón de alta techumbre, adornado con molduras doradas, frescos y escudos heráldicos.

—¿Sabe usted que el caso es grave? —dijo Tréllez rompiendo el silencio que hace rato guardaban.

—Es grave, es gravísimo, Tréllez; eso creo yo —contestó Anatolio mirando al fondo del vaso donde se había servido la cerveza.

—¿Cómo no me ha avisado usted antes? Estos negocios en que va el honor y en que media dinero, son llagas que se enconan cuando se olvidan... debió usted contar conmigo desde luego, ya que su padre no había de sacarle del apuro.

—¿Y usted cree que tendré algún?... quiero decir... ¿Usted piensa que?...

No sabía Ustáriz cómo dar forma a la idea. Deseaba plantear su pregunta resueltamente, y no osaba hacerlo.

—Yo creo —repuso Tréllez poniendo con la mano derecha un terrón de azúcar en la cucharilla llena de café que, con todo podremos arreglarlo... A usted debe constarle, desde luego, que yo procuraré el remedio. Debo mil agradecimientos a su padre de usted, a su familia toda, y cuantas ocasiones se me ofrezcan de demostrarlo, no las dejaré marchar, esté usted seguro de ello... Lo arreglaremos, pues, Anatolio; lo arreglaremos.

—Sí —contestó el joven Ustáriz, que mientras habló Lucio se había entretenido en soplar la espuma de la cerveza que se salía en blancos copos fuera del vaso—. Yo imagino que podrá arreglarse.

Él lo imaginaba todo. Decía que sí y que no en el mismo minuto. A aquella imaginación no había sino ponerla un carril para que por él se dejara deslizar. Lucio no pudo contener una sonrisa.

—Ahora bien; esto se lo advierto a usted —añadió el pasante—; de ningún modo puede resolverse en la presente semana como quiere usted. Hoy es viernes. Usted necesita dos mil quinientos duros... ¡Ahí es nada!... Eso no se encuentra en la primera esquina.

Anatolio hizo un gesto de contrariedad. Si le disgustaba la tardanza en resolverse su negocio, no le contrariaba menos que se juzgara por Tréllez de manera tan franca la importancia mayor o menor de la cantidad. Sopló de nuevo la espuma de la cerveza, y dijo alzando el rostro:

—Pero es el caso que ya sabe usted... San Orlando ha vuelto a escribirme... Ya le he enseñado la carta suya...

—Es un documento vil, una infamia —afirmó Tréllez enérgicamente, mirando a Ustáriz con ojos airados.

—Pues bien —añadió Anatolio volviendo a mirar la espuma de la cerveza, por no ver los ojos de Lucio—, ¿qué hago?... No tendré más remedio que matarme.

Lo dijo de tal modo, que Lucio estuvo por contestar: «¡, no se matará usted! Pero aunque sus labios se contrajeron con la sonrisa propia de tales palabras de duda burlona, exclamaron:

—No hay que exagerar los peligros. Usted es de esos hombres a quienes un grano de arena parece un monte, y, una hoja de rosa un edén de flores. Ni una golondrina hace verano, ni una gota de lluvia hace invierno... La situación de usted es enojosa, es violenta, es desairada... lo reconozco... pero no hay por qué acordarse de la muerte... Ese Orlando, o como se llame, ese perdido, amigo de usted, le amenaza, si mañana mismo no se le avisa telegráficamente el envío de los fondos, con remitir a Arolas el endiablado papelito que usted firmó, a fin de que Arolas se lo presente a su padre de usted y haga lo que conviniere para el cobro de los dos mil duros... Veamos el asunto con claridad... ¿Puede usted pagar mañana esa suma?... No... ¿Conviene evitar que el conde de San Orlando haga lo que dice?... Sí... ¿Es factible esto?... No; pues a un canalla no se le enternece con promesas... No queda, pues, sino un medio. Hablar a Arolas para que él use en favor de usted de la influencia que tiene, nadie sabe con qué motivo, sobre la cáfila de embaucadores y emigradillos mendicantes que capitanea ese tuno que se firma C. el conde de San Orlando, sin omitir jamás uno solo de sus títulos... ni cuando propone un robo.

—¡Dios mío! —exclamó Anatolio, viendo impasible cómo se desbordaba la espuma de la cerveza sobre el plato—. ¿Quiere usted, amigo Tréllez, que dé publicidad a este asunto?... ¡Qué vergüenza!

—Dígame usted si queda otro recurso.

—Pero si es mejor matarse...

—¡Qué matarse, ni qué niño muerto! Sea usted fuerte y mire sin miedo mi plan. En primer término... fíjese usted... en primer término, lo que yo digo, no es publicar su debilidad de usted, sino hacer partícipe de ella a un hombre digno, fiando en su caballeroso silencio.

—¡Sí, sí... Fíese usted en la caballerosidad!

—¡Hombre! —exclamó Tréllez de repente, con aceleradas palabras—. ¿Usted no cree ya ni en eso?... No hay duda que tratando a dos San Orlandos, se llegará a dudar de que haya una sola persona decente sobre la tierra.

Anatolio seguía soplando la cerveza. ¡Oh, qué tormento experimentaba su íntimo ser! Habíansele puesto esos sayones crueles que llaman circunstancias en un potro bárbaro, donde se le descoyuntaban tirando de un miembro con la soga del honor, de otro con la del miedo, de la cabeza con el brazo escurridizo del amor propio. Este lazo escurridizo iba ahogándole más y más. Mientras soplaba la cerveza, se arrepentía de haber confiado su secreto a Lucio, quien le hablaba con cierta dureza franca, aun cuando no con despego, y sin frisar ciertamente en el límite de lo descortés; pero Anatolio, que era impresionable como pocos, y las más de las veces juzgaba torcidamente las cosas, por, mirarlas a través del prisma falso de la ilusión, creía que en el acento del pasante sonaban las duras vibraciones guturales del desprecio. ¿Quién le había inspirado la estúpida idea de acudir a aquel pedantón insoportable? No se dude de esto. Anatolio hubiera querido que Lucio hablase con más respeto de San Orlando, porque al insultarle como le insultaba, algo del insulto venía a tocarle a él en su calidad de amigo del ilustre estafador de París.

—Si usted se deja dominar por sus repulgos de empanada, valdrá más, en efecto, pegarse un tiro, que aguardar a que los hechos vengan a empujarle a usted. Si usted quiere, yo hablaré a don Juan Clímaco, y yo buscaré el dinero... con ciertas condiciones de seguridad...

—¡Las que usted desee!

—No; yo no deseo ninguna... Quien presta ya a usted ese dinero, no soy yo... es mi padre. Juzgo inútil advertir a usted que no hay que hablar de tanto por ciento, ni de réditos, ni de miserias de este jaez... Pero tampoco puedo yo prescindir de una garantía, para lo que constituye la mitad de cuanto mi padre posee... Ya sabe usted que no es rico.

¡Uf, que vil prosa! ¡Anatolio hablando de réditos, de garantías, de negocios mercantiles! Amarguísimo era el brebaje, pero apurándole con el último trago de cerveza, dijo:

—Mi firma... ¿bastará?

—Sin duda... A mí no me hace falta ni eso... pero, por lo mismo que yo no soy sino intermediario de este asunto, no puedo consentir en que mi padre corra ni por un instante el riesgo de su ruina... ¡Ha hecho tantos sacrificios por mí! ¡Ha sido tan bueno para conmigo!

También estas palabras molestaron a Ustáriz. Quería él, por más que no se diese cuenta exacta de ello, que no hubiese hijos buenos y considerados, y aquel ejemplo de Lucio le hería en el alma, como hiere los ojos atacados de oftalmia el reflejo del sol en una luna azogada.

—¿Quedamos en eso? —preguntó Lucio, viendo que Anatolio no contestaba.

¡Gran trabajo me cuesta! —dijo Anatolio suspirando con fatiga, como si le abrumara las espaldas un enorme peso físico—. Pero... lo que le encargo a usted es que no se divulgue por ahí... Sería horrible... Dios mío.. Ya ve usted... no todos juzgarán, de igual modo mi conducta... Alguno creerá que yo... yo (hacía esfuerzos para echar las palabras fuera, como los hace un pavo para tragarse la nuez que le atravesó el cebador en la garganta), que yo soy otro petardista como San Orlando, cuando no soy sino un tonto que ha explotado el Conde por medio de añagazas, que a un idiota no le hubieran alucinado.

—Confíe usted en mí... Yo sé demasiado, Anatolio, cual es la parte de culpa que a usted cabe en esto...

¡No!... ¿Culpa?... ¡No creo¡...

—La culpa correspondiente a la ligereza, a la impremeditación... No más... Usted necesitó dinero... lo buscó inútilmente, pues había secado con la sed de oro que abrasó a usted durante tanto tiempo, las fuentes donde se le había facilitado... Deudas contraídas en el juego, ahogaban a usted... Hallose de manos a boca con el conde de San Orlando, y él le prestó dos mil duros, a trueque de un documento en que, ya que no podía usted ofrecerle garantía seria de pago, echaba sobre su cuello una cadena de esclavitud, la cual aseguraba plenamente al miserable la cobranza... Lo que yo me pregunto, sin que la lógica sepa darme contestación, es lo siguiente: «¿Cómo pudo Anatolio atreverse a firmar un papel en que declara haber recibido del Conde dos mil duros, a cuenta de la comisión que le corresponde por haber intervenido en el negocio de los billetes al portador de la Sociedad patriótica para la salvación del altar y el trono?» ¿No sabía usted que se trataba de un negocio ilícito... de una estafa?

—Sí... lo sabía... En París no se hablaba entonces de otra cosa, y en el café de Madrid la colonia española traía y llevaba sin cesar el nombre de San Orlando unido a ese asunto... Pero es que yo esperaba poder devolverle los dos mil duros dos días después... Por el pronto, me salvaban de un compromiso horrible... No me quedaban sino dos caminos: o dejarme tragar por el mar, o agarrarme a un hierro ardiendo... ¿Qué hubiera usted hecho?... Me cogí al hierro ardiendo, y ahora, claro es, me abrasa; pero no reparo en que entonces me salvó la vida... sí, la vida, no exagero.

—Usted en todo juego echa la vida sobre la baraja... Dejemos a un lado a esa señora.

—Es que trato de demostrar a usted que en mi supuesta ligereza, no hubo ligereza sino coacción de las circunstancias... que... yo...

—¿Quiere usted probarme que está bien hecho, que merece aplauso el firmar un documento tal?

—Yo pensé recogerle a los dos días, y una vez recogido y roto, sin causar perjuicio a nadie, sin manchar en lo más mínimo el decoro de mi nombre, habría salido del durísimo trance.

—Resumamos —dijo Tréllez, después de paladear el último sorbo de café—. Usted me encarga de ver a Arolas para que obligue a San Orlando a suspender el cumplimiento de sus viles amenazas.

—Sí... Pero, por Dios, que lo haga usted de modo... que no se sepa, que no lo diga a nadie...

—Usted me encarga, asimismo, de pedir a mi padre 2.500 duros que se necesitan para ultimar este desagradable suceso...

—Sí... yo quedaré reconocido eternamente; y en cuanto al pago...

—Usted lo hará... sin duda alguna... No hable de reconocimientos ni de gratitudes... Yo soy quien debe a su padre de usted tantas mercedes, que nunca podré agradecérselas bastante.

Anatolio tenía el semblante taciturno y sombrío cuando salieron los dos jóvenes del café. El reloj de la Puerta del Sol acababa de dar las once.

—¡Ah, qué redes tan infames me ha tendido San Orlando! —exclamó Ustáriz saliendo de su meditación—. ¿Qué intento llevaría con ello?... Crea usted, Lucio, que no he podido aún descifrarlo...

—A esto se le podía llamar un secuestro de su honra de usted —contestó Lucio, despidiéndose del triste calavera.




XIII

Yo bien quisiera que las cosas hubieran ocurrido una tras otra, para que ahora no tuviese yo que hacer, al contarlas, sino tirar del hilo del tiempo, como tiraba Rosario del hilo de su labor de crochet, al deshacer una estrella, en cuyas últimas vueltas se había equivocado. Pero cuando Rosario deshacía su estrella de hilo, era ocho días después de los sucesos que antes se han narrado. Descansad un cuarto de hora con el libro cerrado, y suponiendo que en esos quince minutos han transcurrido ciento noventa y dos horas, reanudad la lectura, si es que no habéis aún desistido de darla término donde la relación acabare.

Se ha dicho que Rosario trabajaba en su obra de crochet: así es la verdad. Sentada en una banqueta, delante de un pequeño cestillo de mimbres, en el que se movía el ovillo cuando las manos de él tiraban, hallábase sola en su gabinete. Una ventana tenía éste y daba al patio interior de la casa, frente por frente de los cuatro balcones de la sala de los pasantes. Vestía Rosario ya el traje de luto. Pendientes negros colgaban de sus menudas orejitas, y un alfiler de azabache prendía, donde nace la curva hermosísima del seno, el pliegue de una pañoleta de merino. Por bajo de ella salían los brazos largos y gruesos en cuyos bellos contornos parecía tener parte el cincel de Fidias o Canova. Su rostro densamente pálido, era más precioso que con los colores de la alegría y de la salud; diríase una lámpara de alabastro, cuya interna luz un soplo del viento hubiese apagado. El supremo reposo de las facciones no se alteraba, y sólo los hechiceros labios salían de la fila a que la disciplina del dolor sometió aquella cara, adelantándose con un mohín semidivino. Cuando oyó que tiraban de la campanilla (ya habían dado las cuatro) y escuchó el pisar conocido de unos pies que cruzaban la galería, su rostro se alegró, pero la aguja de crochet siguió metiéndose en el enredijo del hilo. No tardó mucho, sin embargo, en alzar el rostro y mirar por la ventana, en la que una cortina de tela persa flotaba, hinchándose al soplo del viento, como se hincha la vela del buque, y dejando ver un pedazo de las fronteras ventanas. Miró, decimos, y vio en la habitación que por la ventana se descubría la parte superior de una cabeza pelada al rape, inclinada sobre una mesa, en la que escribía, sin duda, la persona correspondiente.

—¡Ya está allí! —dijo Rosario—. Esto no es trabajar. Esto es matarse.

La cabeza del que escribía se había levantado, y se dejaba acariciar por una mano grande y fuerte. Después volvió a caer sobre el papel, y la mano desapareció a los ojos de Rosario.

—¡Es a las cinco! —dijo esta—. ¡Es a las cinco!

La cabeza del que en la sala de los pasantes trabajaba, se levantó entonces por completo y en la cara noble y simpática que se dejó totalmente descubrir, halló Rosario la de Lucio Tréllez, el cual, como sí la misma idea que a la señorita de Ustáriz se la hubiese ocurrido, buscó el reloj, que señalaba las cuatro y cuarto. ¿Cuánto tiempo hubiese permanecido Rosario mirando aquella fisonomía? Dios lo sabe. Yo no sé sino que, habiendo cesado entonces el soplo de aire que empujaba la cortina, cayó ésta pesadamente y quedó cubierto el observatorio del amor.

Cuando volvió a levantarse la cortina, también se había levantado la señorita de Ustáriz.

—Ya son las cinco —dijo consultando el pequeño reloj de oro que pendía de su cintura unido a un broche negro.

Pero cuando se decidió a salir de la estancia para hacer aquello que en hora fija le preocupaba, detúvose nuevamente, porque la cortina separada del marco de la ventana, permitía observar lo que en la sala de los pasantes acaecía, y vio que entraba en ella, con los brazos levantados y cara radiante de gozo el joven Anatolio, en el cual el regocijo, que era inmenso, a pesar de lo reciente de la muerte de Cristeta, ofrecía la ruidosa manifestación que en la infancia suele tener. Los brazos alzados de Anatolio estrecharon una y otra vez a Lucio, el cual protestaba de aquellos apretones cariñosos, cogiendo las manos de Ustáriz.

La verdad es que Rosario se sintió tocada de curiosidad, ignorando todo lo que aquello significaba. Luego que se calmó el ansia de abrazos de Anatolio, Lucio, que miraba con evidente impaciencia el reloj, se levantó de su asiento de terciopelo y dijo algunas palabras, las cuales sin duda, hubieron de decidir a Anatolio a marcharse, porque así lo hizo y Rosario oyó los pasos rápidos de su hermano alejándose del despacho. Cinco minutos más transcurrieron. Rosario abrió la puerta para salir; salió. Iba despacio, con una mano puesta sobre el serio, como para contener el golpeteo de un loco corazón que quería saltarse del pecho, sujetándose con la otra mano los vuelos del vestido de merino, a fin de que no rozara con las paredes del pasillo. Lucio, sin embargo, la oyó y abrió la puerta.

—¡Qué puntual eres! —dijo— ¡Bendita seas!

—¿Volverá Anatolio? —respondió ella, revelando en su semblante cierta intranquilidad.

—No... puedes estar aquí sin temor... ¡Qué!... ¿Piensas ya en marcharte?

—Poco puedo permanecer... Papá, que ha salido a dar una vuelta por la Casa de Campo, regresará en seguida.

—¡Hace dos días que no hablamos! ¡Qué crueldad!

Rosario echó una mirada a la galería, con inquietud y luego, haciendo un gesto de dolor, exclamó:

—¡Ay, Lucio! ¿Sabes lo que me sucede?... Yo quiero decírtelo... no, no es que quiero decírtelo, es que aun contra mi voluntad, mi alma sincera te lo contaría... Estoy llena de remordimientos...

Anoche no dormí. ¿Es bueno lo que hacemos?... Yo creo que no...

Lucio se adelantó otro paso y cogiendo una mano de la señorita de Ustáriz, que entonces subía hasta la cabeza para retener los suaves rizos que salían de su peinado y que caían sobre los hombros, contestó:

—Háblame con franqueza... ¿Sientes remordimientos o es que no me quieres?

Ella cerró los ojos, que se empeñaban en contestar antes que la boca.

—¡Lucio, Lucio! —dijo con trémula voz—. No preguntes eso... Mi remordimiento es porque aún no ha dejado de respirarse aquí el aire que respiró aquella pobre niña, y ya he consentido en que una pasión loca, unos impulsos de amor terribles, unas ansias de dicha devastadora entren en mi alma, invadiéndola de repente, ¡cuando yo debía tenerla llena, toda llena, de recuerdos negros, de pensamientos de dolor, de ideas enlutadas!

Lucio apretó más entre las suyas la mano de Rosario.

—¡Alma sublime! —exclamó—. ¿Qué más prueba de que tú no has arrojado de ti esos recuerdos de dolor, que tales remordimientos?... Pero es que no me quieres con este furor que tiene algo de infernal y que a mí me abrasa. Yo no discurro... yo no medito sobre mi amor. Le veo alzarse ante mí como un fantasma hermoso, pero terrible, mostrándome dilatados horizontes de deliciosa perspectiva, y diciéndome: «no serán para ti». Yo sé que tú no serás mía. Cuando se echa encima de los cimientos del amor un edificio de ilusiones tan grande, los cimientos se desmoronan. ¡Pesa demasiado la dicha!

Ambos callaron. Espantosa algarabía armaban los pájaros en la sophora del jardín, y el sol daba sus amarillos resplandores en las mesas y armarios del despacho, con reflejo parecido al de un horno.

—¿Qué ha pasado entre nosotros? —dijo ella, después de un largo silencio—. ¿Cómo se han entendido nuestros corazones, que en un día de conversación ha penetrado el uno en el otro profundamente?... No podía yo imaginar que ocurriera jamás esto... Parece cosa de magia... Fue como salir el sol de entre nubes, cuando salió el amor de aquellos dolores horribles causados por la muerte... Cuando recuerdo que no hemos hablado sino cinco veces, y que ya te llamo de tú, me siento avergonzada... Pues aun cuando quisiera llamarte con mayor etiqueta... créeme... no podría... Al ir desde el alma a la boca las palabras, una mano invisible trocaría el «usted» por el «tú». Es un trueco que no puedo evitar, aun cuando quisiera.

Lucio la contemplaba con fervor de devoto que admira una hermosa imagen, procurando grabar en su memoria los diversos rasgos de su rostro.

—¿Te acuerdas de nuestro último paseo con tu padre, a la Casa de Campo? —dijo—. ¡Deliciosa tarde!

—¿Cuando él se sentó junto a la fuente y nosotros nos separamos un poquito hacia la derecha, para ver el estanque? —contestó Rosario sonriendo.

—Entonces... ¿Has olvidado aquella tarde, aquel sol poniente, aquel rumor de árboles, aquel apacible reflejo de la luz en el agua?,

—Nada, nada he olvidado... Allí te llamé de «tú» por vez primera. Fue que ese trueco de palabras se llevó a cabo sin darme cuenta de ello. Quise decir: «¿Ve usted qué hermosa tarde?» y mis labios dijeron: «¿Ves qué hermosa tarde?»

—¡Felicidad imposible! ¡Cuánto te amo!

Volvió a reinar el silencio, y volvieron a alborotar con su cántico los pajarillos del frondoso árbol.

—Hace poco —dijo Rosario, mudando deliberadamente de conversación— ha estado aquí Anatolio... ¿Qué le ocurría? Reía como un loco y te abrazaba trasportado de gozo.

—¿Anatolio? —repuso Tréllez—. Nada... ¡Es tan impresionable!

—Uno de los motivos que me causan cierta comezón dolorosa, es ese chico. ¡Cuánta compasión, si no lástima despreciativa, debe producirte ese muchacho, que es tan otro que tú! Pareces el reverso de la medalla... Si yo pudiera influir en tu ánimo, trataría de arrancarte ambos sentimientos, o el que de uno u otro experimentes... ¿Quieres hacerme un placer?... Pues no tengas compasión a Anatolio; no le tengas desprecios... No te acuerdes de él, que será la única manera posible de que suceda como yo deseo.

—¡Qué ideas se te ocurren!... ¡Yo desprecio, yo compasión!... ¿Por qué? Ni uno ni otro sentimiento han nacido en mí para tu hermano. Sus debilidades son defectos de irreflexiva juventud...

—Yo no creo haber explicado bien mi idea... pero la tengo en la cabeza metida, y dentro de ella se mueve, bulle, agita sus alas y pretende salir... Es que yo no quiero ver a mi hermano perdido en el concepto de aquel a quien... en el concepto tuyo, Lucio. Quiero rehabilitarle a tus ojos...

—¡Eres un espíritu angelical! ¡Qué sublimes proyectos los tuyos!

—¡Adiós, adiós! que viene gente —dijo ella.

Sonaban, en efecto, pasos en la galería, y unos labios alegres silbaban allá un retazo de opereta bufa.

—Adiós, Rosario —contestó Tréllez besando una vez la mano de su novia, como hubiera besado una reliquia.

Y como ella, al doblar el ángulo de la galería, se volviese para hacerle con la mano un cariñoso signo él dijo a media voz:

—Adiós, mi felicidad imposible!

Anatolio apareció entonces por el lado contrario al en que Rosario se había alejado.

¡Hombre! —dijo— Tengo que contar a usted un detalle que se me ha olvidado.

En otro capítulo se sabrá qué detalle era éste.




XIV

—Cuando salía de casa de Arolas, vi pasar junto a mi lado una berlina... Desde dentro de ella, una mano me hizo señas, y una cabeza se asomó rápidamente por la ventanilla para llamarme. «Anatolio, Anatolio». Detúvose el carruaje, y me acerqué... «¿Tú por aquí, Sofía»? —dije... Era una antigua amiga íntima, muchacha alegre y hermosa, nacida en Sevilla, con una dulcísima lengua trabada en la miel de la andaluza pronunciación... «¡Maravilloso! —pensé—. Esto se llama un día afortunado. Arreglar mi asunto de París, obtener el perdón de mi padre»... (otra cosa de que también hablaré a usted luego...) «este encuentro...»

Lucio se había sentado en su butaca y ojeaba unos papeles, sin prestar gran atención a la charla insustancial del joven.

—Usted no debe estar muy enterado de estos negocios... ¿verdad?... En cosas de muchachas, usted es un cero a la izquierda —añadió Anatolio—. Ustedes los hombres estudiosos, dejan perderse un ladito del alma, de una manera que causa grima. Sujetan la cabeza al presidio del trabajo, y en tanto el corazón... ¡el corazón, amigo mío!... se enmohece. Yo no he pecado por ahí, ciertamente. Siempre di gran importancia al amor... Pues bien... que es a donde voy a parar... Yo conocí a esa hechicera Sofía... no se llama Sofía... Ese es su nombre de guerra no más... Cuando vendía pañuelos de pita en una esquina de la calle de la Sierpe, la llamaban Engracia... Pero se la llevó un inglés loco a Gibraltar, y de allí vino a otro año por la feria... ¡Eche usted lujo y elegancia! Ni la célebre madame Prhine podía competir con ella en chic... tiene mucho chic... eso es indudable. Decía que yo conocí a Sofía en sus albores, en sus tiempos primeros... Ahora está con Arolas...

—Parece imposible —dijo Lucio —que un hombre de la edad, del talento y de la altura de Arolas, pueda cometer tan ridículas tonterías. ¡Andar en amoríos chabacanos con una aventurera!

—¡Bah, bah, bah! —contestó, riendo, el joven del chic y de madame Prhine—. Bien he dicho yo que usted en estos asuntos es un cero a la izquierda... ¿Cuándo se hacen los ojos viejos? Los hombres de Estado, ¿presentan la dimisión de sus corazones al aceptar los altos puestos políticos?... Luego, amigo mío... créame usted... y mire usted que para esto tengo yo un gusto extra-fine... Sofía es una perlita... hoy mismo, a pesar de sus veintiséis años, de los cuales diez son de vida airada, está apetitosa como la primera... pero me he distraído de lo que iba a contara usted... He quedado en ir esta noche a su casa... ¡Pobre Arolas!... Le tengo lástima... Hombre, Tréllez, deje usted esos papelotes y oiga... ¿No es cierto que tiene muchos encantos jugarle una mala pasada de éstas a un grande hombre?... Cuando al morirse Arolas la gente llore la pérdida del orador, del literato, del político, del académico, yo podré decir: «al académico, al político, al literato, al orador, le desbanqué yo»... ¡Ja, ja, ja!

En aquella casa sonaba mal la risa. Hasta los ecos de las paredes la rechazaban. El dolor dormía aún con sus alas de negra pluma extendidas en algún rincón de la lujosa estancia. Lucio, al escuchar la intempestiva alegría de Anatolio, su deshilvanado e incoherente charlar, sus mundanas palabras, sus burdas bromas, impropias de un hermano abrumado bajo el peso de la desgracia que había allí ocurrido; al recordar la facilidad con que olvidaba sus promesas de regenerarse de las asadas degradaciones por una nueva vida de labor y honradez; al ver cómo cambiaba de ideas, llevándose las de ayer el viento de hoy cual el soplo de unos labios quita el polvo que ha caído sobre un cristal, sintió que no podía cumplir el deseo de Rosario, y que una arraigada convicción hablaba dentro de su alma, acusando de muchas feas cosas al rubio y almibarado mozalbete.

—¡Bien lejos estaba yo de suponer, cuando daba las gracias a Arolas por haber intervenido en mi negocio con San Orlando —continuó Ustáriz—, que había de devolverle el favor con una broma!... Porque lo que le va a ocurrir con Sofía, no pasa de ser una broma permitida... Sí, Lucio... una broma permitida.

Cesó de hablar humorísticamente Anatolio, porque aunque pervertidos sus sentimientos, no lo estaban tanto que pudieran dejar de lastimarse con aquel impropio aparato de chistes y risotadas que el júbilo traía aparejados. Entonces, como Lucio no dijese una palabra ni levantase la cabeza del papel, añadió:

—Mi tío vino anoche a buscarme. Francamente, me dio un susto, porque tiene un modo de contar las cosas tan lúgubre... «He hablado con tu padre... —me dijo—. Siempre tuvo el carácter impresionable fácilmente y nunca le he visto tan aferrado a una idea como ahora... Está disgustadísimo contigo... Yo, cumpliendo con una misión, que es, como ministro de Dios y miembro de esta familia, recordar a cada uno sus deberes, que parecéis haber olvidado, repetí mis consejos una y otra vez sin éxito... Por fin he conseguido que esta noche vayas conmigo a su cuarto, donde te dará su perdón si tú le prometes trabajar...» Como yo he de prometérselo, todo será orégano en el campo de Dios... Las dichas vienen como las golondrinas: en bandadas... Solo me falta saldar mi cuenta con usted.

—Eso no debe a usted preocuparle —contestó Lucio, porque a pesar de la creciente antipatía que le separaba de Anatolio, su exquisita y cortés delicadeza le hizo creer necesarias aquellas palabras.

—Mi tío dice bien... Yo conozco que tiene razón. ¿No sería una necedad que dejase yo de proseguir el camino de mi padre? Si al morir... o antes (porque ahora piensa dejar de ocuparse del bufete) no me encargo yo de él, se desparramarán los clientes y será un dolor el perder la base de otra fortuna como la que mi padre ha hecho... Así es que yo me he decidido... Le hablo a usted con franqueza... Las palabras de don Teófilo me han llegado al alma y me han dado a conocer la verdad... He reflexionado y he venido a formar mi plan... De un modo absoluto yo no podré arrancarme a mi antigua vida, a mi vida de placer, a mis relaciones sociales, a mis amigos del Hourse Club... Pero trabajaré algo y llevaré el nombre del trabajo... Usted me ayudará... ¿no es eso?.. La ayuda de usted me será útil.

Lucio miró a Anatolio de una manera extraña—. «¿Qué hablas tú de ayudarte, que hablas tú de trabajar? —parecía decir aquella mirada. ¿Qué hay de común entre tu vil persona y la mía, calavera adocenado? ¿En qué cosa grande pensaste tú? ¿Qué idea gloriosa se encendió dentro de tu ser como luz eléctrica esplendente? ¡Si tienes dormida la inteligencia, atrofiada la sensibilidad, la voluntad cadavérica! Apártate de mí, ser inútil, ser descreído, ser rastrero. Tú vives allá abajo... Yo vivo allá arriba. Tú no eres de mi barrio. ¡Fuera de aquí!... El miedo te hace servil, la dicha te hace orgulloso... ¡Nunca sabrás conservarte en la postura recta en que las almas grandes logran permanecer siempre. ¿Dices que mi ayuda te será útil? Yo no quiero ser útil a ningún tonto de tu especie. Déjame en paz... Fuera de aquí».

—Tal es, por otra parte, el pensamiento de mi tío —dijo después Anatolio.

Levantose del asiento en que se había arrojado al entrar y volvió a dejar solo a Lucio; pero este no leía los papeles en que antes se reconcentraba su inteligencia como el rayo del sol en el foco de la lente, sino que miraban con distraída movilidad los objetos de la mesa, los ciervos de bronce, los tinteros, las salvaderas, las arenillas que éstas habían desparramado, como creía Anatolio que se desparramarían los clientes de su padre, si él no se encargaba del bufete. El palabreo cansado de Anatolio le había hecho caer en honda meditación agitando las profundidades de su alma, no de otro modo que como agita las aguas del mar el puñado de arena que en ellas se arroja.




XV

No hay duda, sí. Fue el diablo, fue el diablo quien hizo que saliera de paseo aquella tarde Luciana, cuando pasaba los meses enteros, de ordinario, sin que tal exceso le fuera permitido. Lo cierto es que Luciana se sentía mal de salud, débil, cansada, aburrida. Había enmudecido aquella parlera boca, que todo lo contaba, y la casa, callada y triste, había tornado a ser el silencioso asilo de dos viejos. Don Pero Tréllez, cuya bondad natural, no torcida por las enfermedades como en doña Olegaria acontecía, experimentaba suave afecto y paternal inclinación hacia la huérfana desvalida, echó de ver la mudanza y dijo aquel día:

—Es preciso que pasees mucho, que te dé el aire. Yo te llevaré algún día de parranda, pero es mejor que busques otra compañía más alegre... Yo te aseguro que las hijas de don Honorio, que van a pasear con frecuencia, se holgarán llevándote...

En efecto, así era. Lola profesaba cierto interés por Luciana, amoldándose bien el carácter blando y maleable de éste, con su afán de llevar en todo la iniciativa y la voz cantante. Cuando don Pero propuso a Lola, de ventana a ventana, que si salían de paseo les acompañara Luciana, batió palmas con júbilo Lola.

—Iremos hoy mismo ella y yo —dijo.

Allá se quedó refunfuñando doña Olegaria, mientras don Pero trataba de convencerla de que la salud de Luciana hacía preciso que se la permitiera algún esparcimiento, si no se quería que su fin fuese el mismo de su madre, que murió de ictericia en las minas de carbón de piedra de Astroluengo, de las que era su marido inspector oficial. Entretanto, Luciana y Lola emprendieron su caminata.

Eran las cinco y media. Una fuerte banda de sol doraba los tejados de la izquierda, y las paredes arrojaban de sí un calor de horno inaguantable. Ya fuera de las calles, en la bajada de la estación del Norte, el aire que en el libre espacio corría trajo las emanaciones campestres de la Florida y los efluvios húmedos de la arboleda del histórico soto del Corregidor. No carecía de hermosura aquel pedazo de paisaje en que se descubría la verdegueante planicie de la Casa de Campo, las ondulaciones del monte del Pardo, la azul y remota hondonada de la Sierra y los nevados picos de ésta, que se alzan a lo lejos, cerrando el castellano horizonte por aquel lado.

—Alégrese usted, Luciana —dijo Lola, que iba vestida con mucha gracia.

—¿No estoy alegre? —contestó Luciana, cuyo rostro expresaba una negativa de sus palabras.

—No, no lo está usted... y yo sé por qué... ¡Diablo de hombres! Ellos tienen la culpa de todo lo malo que ocurre. Ellos nos levantan de cascos para dejarnos después que nos han llenado el alma de ilusiones.

—¡Ay, Lola! Pero si a mí no me pasa nada de eso.

—Sí la pasa a usted. Yo lo sé de buena tinta... Eche usted al río el disimulo y dígame con franqueza la verdad. Yo le aconsejaré a usted... Quién sabe... si acaso lo que usted tiene por desgracia será una gran suerte.

Calló Luciana y deteniéndose un momento con su compañera a ver el río que bajo sus pies, entre varios pilotes de podrida madera perezosamente se deslizaba, temiendo caer en alguno de los charcos de las orillas, pareció resolver sobre si sería conveniente echar al agua el disimulo; pero no hubo de decidirse a nada, pues no contestó a las palabras de Lola.

—¿Le da a usted vergüenza? —continuó ésta. Mal hace usted en no contarme todo... Yo la quiero a usted mucho... Porque yo soy así, lo mismo, para querer que para odiar... No sé hacer las cosas sino en grande escala... ¿Ha visto usted que una casa de comercio respetable pida géneros por libras?... No. Los pide por miles de quintales... Yo pido el cariño y el odio así... y para usted he pedido lo primero.

Sonrió Luciana ante aquel extraño modo de expresarle la amistad, y se sintió profundamente tocada por él.

En esto llegaron a la Casa de Campo, cuyas enarenadas sendas despedían grata frescura y en cuyos altísimos álamos chirriaba, gorgeaba, piaba y trinaba gran variedad de pájaros. Anduvieron a la ventura como quien se ha perdido y lo mismo le da encontrar el camino verdadero pronto que tarde.

—Es usted incorregible —dijo luego Lola—. Sea usted menos reservada...

—¿Para qué quiere usted que le cuente necedades y la maree con mis locuras?

—¡Necedades, locuras! ¿Por qué no se trata usted peor?... Razón tiene su tío de usted cuando la llama «doña Humildad, echándose arena en los ojos»... Necedades y locuras usted, que es lo más discreto que yo he conocido.

—¡Discreta yo! —contestó Luciana no pudiendo ocultar el júbilo que la producía el sincero elogio.

Pero he dicho «júbilo» y no es júbilo lo que sintió, sino ternura, que era como en ella se manifestaba el agradecimiento: un ansia de abrazar a quien así le hablaba, un deseo vago de que toda la humanidad, toda la creación, desde Dios hasta el último pájaro, percibieran su parte de gratitud.

Habían oído cruzar por el próximo camino de carruajes uno que iba despacio, arrastrado por dos negros caballos españoles, de nerviosa piel e inquieta pupila relumbrante. Iban de luto cochero y lacayo y dentro del landó (pues landó era) veíase una mano temblorosa y arrugada accionar denotando una animada conversación, a que con sus diversos gestos iba poniendo comentarios.

—¡Gran cosa es ir en carruaje! —dijo Lola—. Yo envidio el coche a todo el que lo tiene, porque es tan cómodo pasearse echada en esos almohadones de seda... Van de luto los cocheros... Este es el paseo de la gente triste. Aquí vienen los viudos el primer mes de su viudez, cuando les son insoportables las mujeres todas. El segundo mes ya van al paseo de Atocha, donde hay más gente. Pero al tercer mes... vuelve a vérseles en la Castellana o en el Retiro, donde van más mujeres bonitas... ¡Pobre del que se muere!

Plegó los párpados y movió la cabeza de un lado a otro con ademanes de altísimo y supremo desdén, como diciendo: «¡Jesús, qué despreciables son los hombres!»

Cuando llegaron a una altura desde la que se domina el estanque en toda su extensión, sentáronse. Rodeábalas un círculo de matas de tamarindo y aliaga, ambas en flor y que parecían con su amarillez monótono, algo como adorno fúnebre; al otro lado de aquellas matas, por la parte baja, se oyó ruido de pasos, unos ligeros y firmes, otros perezosos, tardíos, inciertos. Lola no pudo contener su curiosidad de conocer a los paseantes. Fama pública es que la Casa de Campo se ve todas las tardes frecuentada por las damas más elegantes y egregias de nuestra buena sociedad, y Lola supuso que aquellos pasos eran de alguna marquesa por lo menos.

Levantose del asiento y miró... ¡Cielo santo! ... ¿No refieren las viejas que hay un demonio que se emplea en poner delante de los ojos del pobre ser humano cuadros que le asustan, espectáculos espantables y escenas terribles, para que llenándosele el alma de pavor, y una vez perdido el albedrío, sea luego más débil a la sugestión infernal? Lola creyó que lo que ante sus ojos se representaba pertenecía a tal género de diabólicas invenciones. Vio a Lucio Tréllez vestido de negro, con su faz pálida y sus grandes rasgados ojos, junto a una delicada figura de mujer, de cuya cabeza caía un amplio y luengo manto, que hasta los pies llegaba con los pliegues de su fina tela. Hablaba él bajo, y con las manos cruzadas y los grandes ojos abiertos, de modo que la luz del sol poniente en ellos se trasparentaba; parecía poseer su persona una inexplicable elocuencia, que en la actitud, en el gesto, en el mirar y en el movimiento febril de los labios, se ponía en evidencia. La mujer tenía los ojos bajos y el agua que venía en pequeñas oleadas hasta sus plantas, parecía reírse de su incertidumbre, de su temor, de su rubor. A la derecha y oculto a la pareja de enamorados por una valla de lentiscos y acacias, vio Lola a lo lejos el carruaje de luto que antes pasó a su lado y en cuyas portezuelas había grabadas con tinta azul estas iniciales: A. U.

A la izquierda y detrás del declive que formaba el terreno, sentado en un banco de hierro, vio Lola a un anciano vestido de luto que con el sombrero quitado y un pañuelo entre la cara y las manos y éstas y aquéllas juntas, lloraba silenciosamente Y dejando correr su llanto sin suspiros ni lamentos, como quien deja correr la sangre de la ya abierta herida. Lola no dudó ni un momento. Supo desde luego la verdad de aquel cuadro y algunas indicaciones que había oído a su padre, y en que hasta entonces no se fijó, uniéronse y coincidieron para formar un todo lógico.

—¿Se ve algo bonito desde ahí? —preguntó Luciana, que sentada junto a Lola, alzó su cabeza para mirar la de ésta.

—Nada... nada bonito.. un pedazo del estanque y nada más...

—¡Como está usted tanto tiempo contemplándolo, cualquiera diría que es algo notable!

—¡Notable! Ya digo a usted que no...

Sentose para evitar que Luciana viese aquel pedazo del estanque, que según ella, nada tenía de particular.

Lola había adivinado el secreto de Luciana sin necesidad de gran esfuerzo y temía que hubiese de destrozarle el alma tal espectáculo.

—¡Ay, que tarde más hermosa! —dijo para llenar el silencio con alguna palabra vacía de sentido.

—Pues yo me siento peor que en casa... Parece que el aire que respiro pesa dentro de mi pecho como plomo...

XVI

—Eso se le quitará a usted descansando un rato —repuso Lola—. Bien estamos aquí.

Bien estaban allí, porque para salir al camino era preciso que pasaran delante de Lucio y su preciosa compañera.

—¡Dice usted con razón —exclamó Luciana— que me mato con mi afán de esconder mis sentimientos!... Hago como la urraca, que guarda y esconde cuantos cintajos y pedacillos de hierro encuentra... Yo escondo dentro de mí misma todas las cosas que siento... y ya empiezan a ahogarme.

Dio un suspiro, como si efectivamente se ahogara.

—Pues cuéntemelo usted todo... Yo soy callada... como un pozo, y algo se me alcanza de lo que pasa en la vida.

—Voy a decírselo a usted... pero... ¡por Dios, por la Santa Virgen! (había cruzado las manos y suplicaba como rezando ante una imagen) no se lo cuente usted a mi tía... ¡Sería capaz de echarme de casa!... ¡Y, a dónde iría yo después sin corazón, huérfana y pobre!

Sus manos dejaron de suplicar y acudieron a los ojos, donde el llanto corría. Liquefacto el hielo del alma y de los ojos, juntamente, manaba en la desbordada vena del dolor.

—¡Sin corazón! —repitió Lola—. ¿Qué quiere decir eso?

—¡Que no le tengo! ¡Que no le tengo¡ Eso quiere decir...

—¿Y dónde ha perdido usted a ese pobrecito?

—En mi propia casa... ¡Lucio!

Dejó Lola el tono humorístico de sus anteriores palabras, y, cogiendo una mano de Luciana, dijo profundamente seria:

—¡Usted cree que yo lo ignoraba!... No, querida, no... A mí no se me había escapado... Yo sé que usted adora a Lucio y que él...

¡Él!... ¿Qué?

—De él no sé nada.

—¡Ah, yo creí que usted sabía algo!

¿Qué fundamento serio podría tener Luciana para suponer enterada de los sentimientos de Lucio a su vecina? Ninguno; y sin embargo, a ella no la hubiese sorprendido Lola diciendo: «Lucio adora también a usted».

—No ha sido cosa de un día... Ello ha seguido los trámites de una espiga de trigo. Primero se sembró el granito... ¿Cuándo fue?... No lo sé... ¡Era tan bueno Lucio! —continuó Luciana—. ¡Todo el mundo hablaba bien de su talento y alababa sus excelentes prendas! Después creció el granito y echó fuera el tallo... Como paso horas enteras sola, sin hablar con nadie; como apenas me trato con una sola muchacha de mi edad, y usted y su hermana son las únicas que veo, yo no sabía si aquello era lo que llaman amor. Pero siempre imaginé que no debía serlo, porqué el amor llena de alegría las almas, como llena el mundo de luz el sol, y yo me llenaba por momentos de tristeza...

Así que yo no me juzgué enamorada... ¡He tardado mucho tiempo en convencerme de ello!

—No dé usted gran importancia a eso —dijo Lola, a quien el contraste de aquella desdichada criatura y la escena del estanque partían el alma—. ¡Puede que no sea duradero!

—¡Eso me dice usted! —replicó asombrada Luciana—. ¡Imposible! ¡Será tan duradero como yo lo sea!

Su espíritu se levantaba indignado contra la proposición de dejar de extinguir aquel divino fuego, como se hubiera levantado una vestal a quien se propusiera extinguir el fuego de la diosa.

—¿Pero es tan hondo ese amor? —preguntó Lola.

—Yo no sé si es hondo o superficial; yo sé sólo que me anda por todo el cuerpo como la sangre, como los nervios, como la vida, y que al vibrar en mí, vibra en mi cabeza, en mi pecho, en mi alma, en mi ser todo.

—¿Y Lucio?... ¿Sabe algo?

—¡Nada, nada, nada! Mejor es que no lo sepa.

—¿Mejor?... ¡No sé por qué!

—Mejor, porque de ese modo jamás saldré yo de la duda de si me corresponde... de si me quiere o me desprecia.

—¡Atroz duda! ¿No es cierto?

—¡Atroz, no!... ¡Horrible, devorante, asesina!... Y como yo un minuto le veía llevándome del brazo, con el ramo de flores de azahar de la boda sobre mi pecho; al siguiente minuto le veía con otra mujer colgada de su brazo y un ramo de flores amarillas, de esas que llaman en Lugareda flores de muerto, entre mis manos, mi alma... mi alma... iba... ¡Jesús mío, ni sé lo que me digo; estoy como loca, siento un borboteo de pensamientos tristes!...

—Cálmese usted, Luciana... ¡por Dios santo! usted no ha querido revelar su secreto, hasta que ha reventado como una mina de pólvora...

—Decía a usted, que como yo veía juntos el gusto mayor de este mundo y la pena mayor de esta vida y de la otra también, mi alma iba desde el día a la noche, desde algo brillante como el mar, hasta algo obscuro y tenebroso como las minas de carbón de piedra donde nací...

Luciana echaba las palabras de su boca como una gárgola, en día de aguacero copioso, arrojaba líquido llovedizo. Oprimíase el seno con ambas manos, habiendo dejado en tierra el abanico; y su rostro, encendido con el fuego del lenguaje, estaba de color de grana hacia las mejillas, y ofrecía en la frente irregulares trasparencias, rosadas como el marfil puesto delante del sol. Estallaba el amor dentro de ella como una mina, sí. No venía aparejado con los bucólicos arreos del idilio, sino tremendo y triste, cantando elegías y con ramaje de cipreses por adorno.

Lola hubiera dado de buena gana lo que más quería: las dos trenzas negras de su hermoso pelo, a trueque de remediar por sortilegio mágico la desventura de Luciana, inflamando con súbito y desapoderado amor hacia ésta el pecho de Lucio, una vez borrada toda huella de lo que al otro lado de los tamarindos, junto al estanque, entonces mismo ocurría. Pero ya que no pudiese disponer de extraordinario y prodigioso artificio, quiso emplear su voluntad, su inteligencia, su tacto, su iniciativa y especial maña en todo lo que fuese dar consejos, para enderezar la irremediable torcedura de aquella planta. No le daba, sin embargo, espacio a la reflexión el apresuramiento con que hablaba Luciana, que dijo de este modo, como quien estando pensativo, a sí propio dirige sus ideas:

—Aunque a veces pienso que no hay motivo para esta tristeza... Tengo sueños divinos en que mil bocas de ángeles me dicen sonriendo. «¡Quién sabe!» Tiembla mi alma al oírlas y de ilusiones benditas se me llena el corazón... ¿Podré yo ser dichosa?... ¿Qué empeño tenaz es el mío de matar las ilusiones apenas nacen? ¡Un buen desengaño daña menos que este diario suicidio de esperanzas!...

En su eterno sistema de rotación, tenían dispuesto los astros que los rayos del sol entraran entonces por la abertura del sombraje que formaban acacias y tamarindos.

Entró el sol, digo, y dio en la cara a Luciana, la cual, no más que por huir su incómoda caricia, levantose para mudar de asiento. ¡Nunca lo hubiera hecho! Al levantarse vio junto al estanque al grupo que formaban Lucio y Rosario, y un ahogo trabó su voz y su aliento; una nube negra se extendió ante su vista. Pero fue maravilla que en vez de dejarse caer sobre el banco, abrumada de dolor —aun cuando la vista de Lucio, estrechando una mano de la señorita de Ustáriz, y la ansiosa mirada que clavaba sus ojos en los de ella, le revelaron cuanto ocurría—, sentose con inverosímil calma, y saliendo a su rostro una sonrisa triste, exclamó:

—¡Ay, Lola!... ¡Dice usted que no se ve nada notable desde aquí!

Todo ello, por anómalo, impensado e inverosímil que parezca, había sucedido en tres minutos. Luciana no tuvo tiempo de pensar en la extraña coincidencia del primer estallido de su amor y el terrible desengaño. Vio sólo que el caballero andante de sus ilusiones había sido arrebatado por las grandes aspas de los molinos de viento.




XVII

Aquella tarde tuvieron la siguiente conversación don Adrián y don Teófilo, después de dar un pequeño paseo por el jardín de la casa, y reuniéndose en el cenador que había junto al invernadero:

—Déjate de exageraciones —decía don Teófilo— yo no transijo con el vicio; yo no soy de esos que se andan con paños calientes, ni aguas tibias... Sé que no hay más remedio que decidirse... o Dios o el diablo... Pero ¿y el perdón? ¿Por ventura el perdón del pecado es la aceptación de éste? ¿Confundís de tal modo tan diversas ideas?

Don Adrián miró con fijeza a su hermano, y luego repuso:

¡El perdón! ¡Cuánta palabra vana estás diciendo! Harto estoy de concederle... No una ni dos, sino cinco y seis veces ha llegado hasta mí ese muchacho, lleno de arrepentimiento, llorando, aterrado de sus culpas... Pues su enmienda no duró nunca ni cinco días...

—El perdón hay que concederle siempre... no se concede dos o tres veces... Es un derecho que tiene el que faltó.

—¡Sutilezas piadosas! ¡Bueno fuera que así ocurriese!... Entonces ¿quién sería hombre honrado, quién trabajaría? El perverso, el débil, tenían segura su redención, tantas veces como fueran débiles o perversos.

—Pero, Adrián, hermano, ¿quieres despeñar a tu hijo por la sima de la perdición?

—No... ¡me preguntas eso! Yo quiero el bien de mi hijo... y es más, a pesar de mis teorías, yo le perdonaré, yo le hablaré... A lo que me niego rotundamente es a entregarle la dirección de mis negocios...

—¿Quién va a sucederte entonces?

—¿Quién?... ¡Ah, yo elegiré bien! Pero sea quien fuere, lo que importa es que sea un hombre capaz de no destruir por dejadez e ignorancia lo que yo he labrado tan penosamente... Tú, pobre cura, que vives dentro de ti mismo, y que no entiendes jota de las cosas terrenales, a pesar de tus aires de filósofo profundo, crees que con sacar a relucir veinte textos sagrados me has de convencer de que el padre debe dar un cayado al hijo cuando él no pueda conducir el rebaño, y otra porción de tonterías, inaplicables de todo punto al caso presente... ¡Qué rebaños, ni qué carneros! Un rebaño le conduce cualquiera, y no es maravilla que esos buenos hebreos no dejaran nunca de cumplir este deber... ¡pero un bufete!... Esto es otra cosa... El amor de padre no me pone una venda en los ojos, y yo no incurriré en el general error de los padres que miran a sus hijos como notabilidades, aun cuando sólo sean bodoques...

—Pero si Anatolio tiene talento!

—Sí; le tiene; tiene gran talento, pero ¡no sabe una palabra de nada! y hay conocimientos que no se improvisan; así como tampoco se improvisa una voluntad dispuesta al trabajo, que es cosa de que por completo carece Anatolio.

—Pues es preciso que cambies de parecer... Yo no entiendo de nada... ¡Eso está bien!... Los curas carecemos de sentido común... ¿No es eso lo que quieres decir?... Bueno, hombre, bueno. ¡Por Dios sea todo!...

Esto dijo con tono humilde y resignado, luego trocándole por otro airado, y un si es no es descompuesto, exclamó:

—¡Ah!... ¡Hipócritas! Es que cuando veis la disonancia de nuestros pensamientos y vuestras acciones, halláis cómoda manera de explicarlo, diciendo: «Ustedes no saben jota de lo que pasa en el mundo». Sabemos más que vosotros, porque vemos el rincón escondido de las almas, y estamos hechos a buscarlas causas morales de las cosas... Lo que nosotros no sabemos es amalgamar la pasta de Dios y la del diablo, como vosotros sabéis, en la infernal copela de la conveniencia... ¡Lo que nosotros no sabemos es poner los asuntos temporales sobre los eternos!... Y tú estás convencido de que el perdón otorgado a tu hijo le sacaría del triste estado en que se ve... Tú sabes que encargándole de tus negocios, podías regenerarle, haciendo nacer en su alma emulaciones nobles... Pero el temor de que tu bufete pierda en clientes, el miedo de que tu fama se obscurezca un poquito, te deciden en sentido contrario a tu hijo y a Dios... ¡Oh, lo que es esta vida de transacción en que has pasado tus años! Hasta los sentimientos naturales y más hondos se transigen con la conciencia y se tuercen por móviles mundanos.

—¡Vaya, vaya, Teófilo! Demasiadas causas verdaderas tengo para sufrir!... No las aumentes con necedades... ¿Tú crees que no me entristece este debate? Quiero a mi hijo más que tú, a pesar de que hoy te has convertido en su abogado; pero quiero también a mi hija, y me quiero a mí mismo... Yo sé que Anatolio vendría esta vez arrepentido de buena voluntad, dispuesto a enmendarse; pero sé que le durarían poco los buenos propósitos... No busques términos retumbantes ni palabruchas de profesor para expresar tan sencillos pensamientos... ¡Estos retóricos piadosos todo lo trabucan con su estilo sonoro y hueco, como una campana!... Anatolio es un buen muchacho; pero se ha torcido, se ha torcido... Por costumbre, por debilidad, por impremeditación, por... ¿qué sé yo por qué?... se echa encima los compromisos. Promete cuanto se le pide, y no cumple ni aquello que puede cumplir, esperando luego, cruzado de brazos, a que los sucesos le arrollen... ¿Quieres saber lo que un hombre así significaría al frente de mis negocios? Pues significaría una no interrumpida serie de disgustos y sinsabores; un continuado rosario de desgracias... Por él mismo debemos quitarle del pensamiento toda idea de intentar que yo le entregue mi porvenir.

El clérigo se había quitado el sombrero, y pasaba su mano por la pelada cabeza gris, en cuya coronilla se veía el redondel rasurado, propio de quien el santo ministerio ejerce, y que, rodeado por las crenchas recias y nevadas del pelo, parecía una luna entre nubes. Después calose el sombrero con fuerza, de modo que penetró hasta las orejas, y levantándose con violento empuje, exclamó:

—¡Es inútil toda tentativa de arreglo!... ¿Quién me manda a mí salir de mi casa, emprender un viaje penoso y molesto, perder la tranquilidad de mis costumbres, para venir a arreglar a unos parientes orgullosos, mal avenidos, que me desprecian?... Soy un necio.

—¿Qué tonterías estás diciendo? —replicó asombrado don Adrián.

—Digo la verdad... Hablo y no me escuchas. Tú crees que tu talento ve más que ningún otro y desdeñas los consejos míos... Te hablo en nombre de Dios y en bien de la familia, y te burlas de mi ignorancia de las cosas del mundo... Yo estoy aquí demás.

Don Adrián se había a duras penas levantado, y con rostro dolorido, se acercó a don Teófilo. Cogiole con ambas manos por los vuelos del manteo, y dijo:

—¡Teófilo, Teófilo!... No me mates con tus intempestivas furias... Sé razonable... ¿Serás capaz de salir de mi casa de esta manera, dejándome sólo cuando necesito de tus consuelos? No te desprecio, sino que te quiero con toda mi alma. No desoigo tus consejos, sino que opongo a ellos consideraciones que debieras tener en cuenta, pero que tú das de lado y no te tomas la molestia de ver... ¿Quieres que perdone a mi hijo?... Pues le perdonaré... Tráele tú mismo, tú mismo... Ahora bien, no me exijas que le encargue de mis negocios. ¡Si no sabe por dónde ha de comenzar a arreglarlos! ¡Tu pretensión sobre este punto carecería de buen sentido, y tú no puedes hacerla!

Calló el abogado, y como don Teófilo hubiese dulcificado la feroz expresión de su semblante, volvió a dejarse caer en el asiento, mientras el cura se alejaba hacia la puerta del comedor.




XVIII

Cuando el canónigo se lo dijo a Anatolio, éste le abrazó lleno de gozo, sonriente, alegre; pero su tío puso grillos de hierro a su impresionable imaginación, y contestó apartando de sí los brazos que le estrujaban:

—¡Eh, caramba! Poco a poco, señor impresionable. Usted es una señorita nerviosa, y no obra sino por impulsos impremeditados... No hay motivo para tanta alegría, ni mucho menos. Tu situación es bien poco agradable en esta casa... Déjate, pues, de risas y bromas y piensa seriamente en tu plan de vida...

Anatolio dejó de reír, y tuvo quietos los brazos con que estrechaba el fornido y musculoso pecho de su tío. Sentose éste en una silla, la peor que había en el cuarto, y recogiendo la ropa talar que besaba el suelo dijo:

—¡No, no es esto lo que yo quería para mi sobrino! ¿Te acuerdas de aquellos dos años que pasaste a mi lado en Cuenca? ¡Bien estudiaste el latín, voto al chápiro! Era aquello vivir dentro de la gramática latina, acostarse conjugando y levantarse declinando, comer haciendo oraciones en dus y dormir deletreando los Comentarios de Julio César... Ya sabes cuánto te he querido... aún hoy te quiero, a pesar de tus necedades y de tus locuras; yo esperaba haber hecho de ti un buen sacerdote... Tenías todo el corte de tal. Aquella carilla menuda, rubia y sin malicia, aquella cortedad de genio, aquel miedo a las mujeres, tan grande que el ruido de una falda te ponía en precipitada fuga, estaban declarando tu vocación... Pero después te sucedió lo que a Periquillo Trabuca: echaste a andar camino del cielo, y en medio de la carrera, pediste las señas a un diablo, que bonitamente te zambulló en el infierno... Yo he notado aquí, desde que vine, una atmósfera contraria a ti, una enemiga sorda, pero verdadera; una prevención latente, pero que mañana surgirá...

—¿Qué dice usted?... Me asustan siempre las palabras de usted... Suenan a cosa fúnebre.

—¡Fúnebre! Eso es; tú has pronunciado la palabra. Tu persona es aquí un cadáver. Las manos de los otros no te molestan, por caridad, pero te apartan de sí por aversión a lo frío de tu alma... Yo no diré que no tenga razón por completo; tú has cometido mil faltas graves, pero la verdad es que alguien se aprovecha de ellas; alguien las utiliza en su propio bien y en su personal medro.

El joven callaba, pero sus ojos daban por claro modo indicio del estado de su alma; parecíale que las palabras de don Teófilo sonaban dentro de su ser como expresión de ideas vagamente por él apercibidas. Veíalas confusamente, a lo lejos, como se ve en un paisaje nebuloso la remota silueta del caminante.

—La sospecha —añadió el canónigo—, es un vendaval furioso que levanta polvaredas horribles en el alma... Yo no quiero soltar sobre la tuya ese viento enemigo de la paz íntima; pero es llegado el caso de hablar sin rodeos... Cuando el enfermo se ve en peligro de muerte, ¿no es criminal el disimularlo?

—Vuelvo a suplicarle a usted, don Teófilo, que hable claramente... Es un estilo obscuro el de su lenguaje, que amaga tantas desgracias como una negra nube, de la cual no se sabe si bajará la benéfica lluvia o el rayo asolador.

—Tú has abandonado el puesto que en tu casa te correspondía, y el lugar que en los afectos paternales tienen todos los hijos... Ha sido una deserción material y moral la tuya... No ha dejado de quererte tu padre, pero ha dejado de considerarte... Tales excesos has cometido, que sólo puedes inspirarle indignación con tus rebeldías, compasión triste con tus sumisiones... Alguien... alguien ha intentado ocupar ese sitio vacante en tu casa... Eso se hace poco a poco; es preciso para ello constancia de hormiga, mansedumbre de oveja, astucia de culebra, vigilancia de gallo, flexibilidad de ardilla; es preciso poseer esta suma de cualidades bien medidas y concertadas entre sí... ¡Ay! En esta época, en que no tenéis grandes caracteres, tenéis grandes habilidades; a la fuerza ciclópea del ánimo, habéis sustituido la sutileza; más brazos esgrimen la aguja que la lanza... Vuestro siglo es un siglo de débiles mujeres.

Anatolio empezaba a distinguir mejor aquellas vagas ideas suyas. Veía su contorno, y comenzaba a conocer sus detalles.

—¿Sabes a quién me refiero? —continuó el clérigo mirando a su sobrino—. A ese mancebo que anda siempre por aquí... ¡Ah, yo tengo buen olfato!... Apenas le vi, supe a qué atenerme... y adiviné que tú eras el sacrificado.

—¿Yo el sacrificado? —contestó Anatolio, ya en plena posesión de las ideas que despertó en su cerebro el lenguaje de don Teófilo.

—Sí, hombre, sí; no seas torpe, no seas badulaque... Déjate de exclamaciones y fíjate... Tu padre ha entregado toda su confianza a ese... a ese Tréllez... Él ha ido paulatinamente apoderándose de ella, y hoy la tiene en su mano... Eso es indudable... Tú, que eres el hijo de don Adrián, tienes derecho a su cariño... pero verás como no pasas de tener el derecho a su verdadera consideración.

—Pero ¿Tréllez?... ¿Tréllez es capaz?

—No; si Tréllez no es capaz de nada... Tréllez es un bendito —dijo con amarga y punzante ironía el viejo Ustáriz—. No hay sino ver sus ojos, que apenas se levantan del suelo en presencia de tu padre, el trémulo respeto de su postura cuando le habla, el interés que demuestra en cuanto a la casa se refiere... ¡Tiene demasiadas apariencias de amigo leal para que no sea un vil hipócrita!

—Yo creo que eso es infundado —contestó Anatolio, aun cuando no sentía una profunda convicción de sus palabras.

—¡Infundado!... Yo te puedo asegurar que no lo es... Le he observado lo bastante para conocerle... Es uno de esos hombres que yo llamo hombre-inundación, porque entra en todas partes con propósitos invasores... Rodea a las gentes de un ambiente de amistad, que no permite el uso de aquellas armas consentidas contra el enemigo... Tiene la sombra del manzanillo... grata y fresca al principio... mortífera después...

¡Maldita comparación! ¡Oh, perversa retórica de púlpito la de aquel obstinado viejo! Anatolio se estremeció al oír lo del manzanillo, y no pudo menos de levantar sus ojos al cielo, pensando ver, no el papel blanco del techo, sino el ramaje negro y lustroso del árbol funesto. Sintiose penetrado de la humedad envenenadora, y hubo en su ser un pasajero temblor de miedo.

—A mí me extraña —prosiguió don Teófilo— el que no hayas tú adivinado esto antes de ahora... Yo he adquirido la evidencia de ello... No dudes, pues, de que es así..

—Pues, tío —repuso Anatolio, aferrándose a su primera réplica, como quien a sí mismo trata de engañarse—, permítame usted que dude... que niegue... Tréllez es un excelente hombre, un joven bueno, aunque algo orgulloso de sí mismo... La verdad es que puede ser orgulloso. Su mérito...

—¿Ves? —gritó prontamente, disparando las palabras como proyectiles, el canónigo— ¿Ves?... Tú mismo te has dejado seducir por su fascinación de serpiente... ¡Ah, culebra, culebra, cuántas almas has engañado desde el día del Paraíso!...

Después se quedó pensativo y mudo. Apoyó la recia quijada en la mano áspera y morena, y sobre aquella especie de batería, sus ojos chispeantes lanzaron mil saetas de colérica luz.




XIX

La conferencia entre el padre y el hijo no fue larga, pero sí afectuosa. El dolor tenía martirizado el corazón de don Adrián, y las efusiones del amor son en ese estado más grandes. Hubo aquella noche, entre el insigne abogado y su hijo, las presumibles protestas de arrepentimiento y de cariño; pero lo que ofreció de notable la entrevista, fue debido a la intervención de don Teófilo, que dijo así:

—Bien está... Anatolio se ha arrepentido. Tú, Adrián, le has perdonado. Él se propone trabajar... Tú quieres retirarte de la vida activa de los negocios... ¡Sirva esta conversación de base a mis deseos, que ya sabes, hermano, cuáles son!...

—Ciertamente —añadió Anatolio, mirando a su tío y como consultándole con los ojos —que yo quiero trabajar... Tú, padre mío, ya que me has perdonado, querrás sacarme por completo del pozo en que caí, y no se puede conseguir eso de cualquier modo... Yo me siento avergonzado de no servirte de nada... absolutamente de nada —volvió a consultar con los ojos a don Teófilo—. Además, me causa horror mi situación aquí... Yo... yo —dudaba no atreviéndose a decirlo—, yo no podré... no podré permanecer aquí...

—¿Qué dices, hijo? —preguntó asustado don Adrián.

Pero Anatolio, decidido en medio de su vacilación, quiso acabar su discurso. No hay nada más valiente que un cobarde resuelto.

—Yo no podré permanecer aquí si tú no me aseguras que ocuparé el lugar que debo... Tú me lo concederás, porque eres un excelente y cariñosísimo padre... Yo trabajaré mucho, tú me aconsejarás... y como tú no puedes retirarte de un modo completo del bufete, podré aprender de ti... Por otra parte, ya sabes mejor que yo, que esto todo es cuestión de nombre, y el tuyo es demasiado glorioso para que no pueda iluminar hasta a una persona tan obscura como yo...

—Pero, hombre; pero, hombre, Teófilo —exclamó con inquietud don Adrián—, ¿qué cosas has aconsejado a este muchacho? Yo veo en sus palabras un eco de las tuyas... ¿Quién diablos te mete a enderezar entuertos que no existen y a restaurar princesas Micomiconas?... Es muy difícil usar del consejo, y vosotros os acostumbráis en el confesonario a abusar de él... Es un arma de dos filos, que puede herir cuando menos se piensa... Mira, Anatolio... eso que dices está bien... Me gusta... Quiero yo ver en ti tan altos deseos... ¡Oh, qué gozo tendré yo entregándote ese cayado de pastor y esas ovejas de que seguramente te habrá hablado tu tío!... Pero tú, que eres listo, comprenderás que hoy por hoy no es posible... que una mesa llena de papeles tiene mucho que entender... Trabaja desde hoy, y si tú te aplicas, llegarás pronto donde deseas, pero ¡así, de un brinco!... Eso no puede ser de ningún modo.

Reinó el silencio en la estancia, alumbrada por un quinqué de petróleo, cuya pantalla, de papel rizado diseñaba en las paredes y techo los festones y pequeños caireles de estambre encarnado que la adornaban, marcando en el cielo raso un redondel luminoso parecido al que produce en la obscuridad de la noche la boca de encendido horno. Don Teófilo, sentado cerca de la mesa, se entretenía en hacer oscilar con el dedo índice de su mano derecha uno de aquellos caireles. Don Adrián permanecía en lo más lejano del cuarto, donde no llegaba el estrecho círculo de luz. Anatolio, frente a él, estaba de pie, lo cual aumentaba, con lo desairado de su postura, la turbación que le produjeron las enérgicas frases de su padre.

El rostro magro y duro de don Teófilo tuvo varías alteraciones perceptibles, y su nariz recta y robusta se dilató y contrajo con el gesto de quien contiene a duras penas impulsos, raptos y sentimientos que se desbordan. Por fin sus labios se estremecieron para hablar.

—Esto ya no puede resistirse —dijo—. Mi situación es aquí indecorosa, ridícula, y de todo punto insostenible.

Su mano había dejado de menear el cairel de estambre, y cerrada fuertemente oprimía los papeles de la mesa, proyectando un sombrajo negro sobre ellos.

—Me voy para siempre... No me llames otra vez —continuó iracundo—. Yo no puedo consolarte, ni tú necesitas de mis consuelos... Cuando se aparta la vista de lo alto, de lo que está sobre nosotros, ¿dónde puede buscarse mitigación a los dolores? Los tuyos crecerán de día en día. Si hoy son causados por desgracias, en que no tienes culpa, mañana lo serán por hechos de que tú te reconozcas íntimamente responsable. Mi deber era decírtelo... Arrancar a este desgraciado muchacho la venda de los ojos... Ya está hecho... No quiero seguir aquí... No quiero sufrir tus insultos, tus vilipendios... No vuelvas a llamarme.

—Pero, Teófilo... tú estás loco —replicó don Adrián, como si efectivamente creyera que lo estaba—. ¿Qué motivo hay para tu conducta?... Yo no sé explicármela... Tú aconsejas cosas impertinentes... ¿Es que quieres imponer a los otros tu capricho?

—Es que quiero imponerles su deber —repuso el cura levantándose.

—Llamas deber a lo que te acomoda que lo sea... Si se te ocurriera que me tirase por la ventana, deber lo llamarías... Es esa una palabra que da de sí como el elástico, cuando a los demás la referimos, pero que no se ensancha ni tanto así cuando de cosas propias se trata.

—Bueno... Sea como quieras... Yo me voy... Te anuncio desgracias, terribles desgracias... luchas de familia.

—Tú las promoverás... sin tus ridículos empeños nadie habría oído aquí frases de disputa.

—No soy yo... no soy yo quien promueve esas luchas... Son las circunstancias... Yo las veo antes que tú y te lo aviso...

Había dado varios pasos hacia la puerta, y cerca ya de ella, exclamó:

—Acuérdate de mis palabras, y piensa en ellas... Tu hermano no te guarda rencores... perdona tu desprecio... y desea tu felicidad.

Don Adrián, que se había cubierto el rostro con ambas manos tuvo un movimiento de indignación: bajó aquella careta y no pudo reprimir estas palabras, que, cual abejas irritadas, volaron de sus labios:

—¡Calla, hermano perverso, calla! No hables de felicidad aquí, donde acaba de ocurrir la tremenda desgracia de Cristeta!... ¡Felicidad donde tú estés con tu genio quisquilloso, con tus mal ocultas envidias, con tus celos no bien disimulados!... ¿Crees tú que no distingo yo cuál es el móvil de todos tus actos?... La religión no te manda hacer eso... Te lo manda hacer cierta voz misteriosa, que suena dentro de ti y que siempre te llevó a zaherirme... Tú quisieras verme pobre, sin fama, deshonrado, y entonces puede... ¡no puede!... sin duda alguna, que me ayudarías... Pero me ves rico, con reputación, y una nube de fuego azota y calcina tus ojos... ¡Envidioso! Siempre fuiste lo mismo. ¡Has podido cercenar de tu alma todos los hierbajos asquerosos de las otras malas pasiones, y te has complacido viendo crecer el matorral de zarzas de la envidia!... Vete, déjame... no me molestes... respeta mi dolor.

—¡Insulta al sacerdote; pisotea mi sacramento, escupe a mi faz! Yo no he de descender al terreno en que te colocas... Sufriré, callaré y tendré resignación... Tus ingratitudes no tienen límite... No le tendrá tampoco mi paciencia.

Cruzó don Teófilo las manos, y sus labios se contrajeron con una sarcástica sonrisa de falsa mansedumbre.

—¿Mis ingratitudes has dicho? —contestó don Adrián irguiendo la cabeza— ¿Cuáles son? Quiero que las pongas nombre y me las presentes...

—Si las recordaras no serías ingrato... Precisamente eres ingrato porque no las recuerdas... Mis sacrificios por ti, empezaron con la infancia...

Nuestro corto peculio se dividió, y tú, con tus vanidosos intentos de llegar muy arriba, me obligaste a adoptar un camino obscuro y humilde... Sacrifiqué mis ilusiones a las tuyas... Otros sacrificios hubo luego más horribles aún... ¿No te acuerdas?... pero, hombre, ¿ni vagamente?... No he de citártelos yo... Mira a tu hijo... fíjate en su rostro, y si su contemplación no despierta en tu memoria dormidas imágenes de alguien que ya no vive, no serás digno de que se te atribuya la humana sensibilidad.

Don Adrián miró de extraña manera a don Teófilo. Los ojos del abogado revelaban una ira profunda.

—¡Qué imprudente! —dijo, dejando salir de su labio otra porción de palabras furiosas como abejas robadas— ¡Qué indiscreto! Calla por favor... No hables más de eso... ¡Aquella santa reposa en paz! No vayas a perturbar su sueño con graznidos de envidia.

—¡Este es el verdadero sacrificio, Señor! —murmuró el cura alzando el rostro, y fijando sus ojos, vueltos arriba como los de un epiléptico, en el techo de la estancia— ¡Ni agradecimiento siquiera!

Anatolio supo a qué se refería su padre, porque mil veces había oído referir en su casa, aun cuando vagamente, cierta historia de amores tristes y sombría, como la cara de don Teófilo, que era su protagonista. Anatolio temió entonces que a aquella disputa no fuera como otras de fácil arreglo, sino que marcara un completo y definitivo rompimiento de relaciones entre ambos hermanos. Pero no se atrevió a intervenir, pues temblaba más por sí que por nadie. Él había sido causa de la reyerta; y si su tío podía acusarle de no haber resistido, como prometió, a las negativas que don Adrián opuso a sus propósitos, don Adrián podía censurarle el haberlos abrigado con ánimo rebelde e insurreccional.

—Es preciso que sepas, aunque esta añeja historia es de todo punto inoportuna —dijo don Adrián—, que tu sacrificio fue forzoso... Tú te enamoraste de una mujer que el cielo me destinaba, y ella me prefirió... ¿Hay aquí sacrificio?... Hay sólo un mérito digno de estimación, si se lleva con paciencia... No si se hace el importuno alarde que tú acabas de hacer.

—Tú no sabes qué horribles días me ha costado aquella felicidad tuya... Pero no quiero que te rías de cosas que te has de parar a ver con consideración... Adiós... No me llames otra vez.

—¿Dónde vas, loco?

—Adiós, adiós...

Abrió el canónigo la puerta, y se alejó con paso rápido. Temblaron las tablas del pavimento, bajo su andar brioso, y la puerta de la calle, cerrada con violencia por él, cuando hubo salido, hizo vibrar en sus marcos todas las vidrieras de la casa.




XX

Tiempo tuvo don Teófilo de pensar en si había obrado mal o bien durante las veinte horas que duró su viaje de regreso a la fidelísima y cristiana ciudad de Cuenca. Allá, bajo las negras bóvedas de la vetusta catedral, pudo discernir sobre su conducta y analizar, en las eternas soledades del coro, los sentimientos varios de su alma, nada fáciles de entender a la verdad. Un íntimo gozo experimentaba él diciendo a su hermano las cosas que le había dicho. Notaba que dentro de su ser algo punzante se revolvía inquieto, incitándole a mostrarse severo, duro, cruel casi con el insigne hombre. Digamos las cosas con sus palabras y no nos espante la franca realidad: don Teófilo sentíase mordido por el escarabajo feroz de la envidia que le roía, le roía, le roía debajo del corazón, en aquel paraje donde tienen su vivienda los afectos naturales.

Una modestia invencible, una desconfianza del propio valer absoluta, le habían impedido intentar aventuras de esas en que la reputación puede naufragar o glorificarse, pero al mismo tiempo no tenía esa calma del hombre-peñasco, que deja hacer a los otros y mira impasible, con una serenidad cadavérica, la obra ajena. Don Teófilo padecía viendo los progresos de su hermano, y sometida su alma a estas corrientes de odio, fue trocando en desamor el cariño que naturaleza ordena entre las ramas que del mismo tronco proceden.

Pero fuera injusticia no reconocer que, partiendo de esta base, don Teófilo sentía nobilísimos propósitos al aconsejar a Anatolio lo que ya sabe el lector. Si se equivocaba al juzgar a Lucio, no era culpa suya, pues ponía toda su inteligencia en juego, y procuraba desvanecer previamente las nubes de la preocupación. Si exageraba sus ideas respecto a la influencia de aquel discreto joven en el ánimo de Ustáriz, es porque él venía de un mundo negro y sombrío, donde los pensamientos se forman en silencio, sin recibir la luz del sol, sin orearse con el viento de la comunicación humana, sin sufrir esa prueba que el choque de otros pensamientos decide. El tenía su mundo especial, y de él traía todos aquellos absurdos. Su ley le mandaba vivir a mil quinientas leguas de las pasiones del hombre, y le mandaba al mismo tiempo guiar las de sus semejantes. Era como decir a un ciego que guiara un coche.

Anatolio tuvo iniciativa para seguir representando aquella comedia de valor, que también quiso enseñarle su tío. No pudo resistir a su propensión débil, y cuando vio que don Teófilo se alejaba, toda la energía le fue cayendo desde el cerebro, donde el pensamiento de la conveniencia la sujetaba, hasta el corazón, donde el sentimiento del amor propio la retenía, y desde allí desvaneciose y volvió el joven a ser el tímido e irresoluto Anatolio de siempre. Habló largamente con don Adrián, y de lo que en aquella conferencia se tratase, puede formarse idea sabiendo que, desde el día inmediato, Anatolio entró en el despacho de los pasantes y pasó en él dos horas trabajando. Durante la primera hora, de once a doce, ocupaban las mesas inmediatas cuatro muchachos recién salidos de la Universidad, cuya incoherente charla tocaba, con el chispeante gracejo de una gacetilla, todos los sucesos del día. Cortaban sayas de honor a las más encopetadas señoras; destruían de un golpe la reputación de un escritor, a quien le costó buenos afanes el construirla, y siempre en pos de su capricho, distribuyen los dones del aplauso a diestro y siniestro, con una facilidad extraordinaria. ¡Qué necia caterva de chiquillos, a quienes un título académico había infatuado!

Anatolio les escuchaba con un profundísimo desdén.

Sentarse entre aquella caterva adolescente era para Anatolio así como debe ser para un maestro sentirse rodeado de una turba de irreverentes chiquillos, discípulos suyos que le tuteen y le gasten bromas. Al dar las doce, la caterva se dispersaba y entonces hallábase mejor Anatolio en aquella apacible soledad, alzaba el rostro de los ingratos papeles y paseaba su disgusto y su mirada por las paredes del cuarto, como se saca a paseo a un niño enfermo. Pero semejante estado era bien poco duradero, porque a la una y media llegaba Tréllez, y entonces era cuando el verdadero, el cruel tormento comenzaba. Su mesa estaba frente a la de Anatolio. Sentábase Lucio y daba principio a su trabajo. Su pluma entraba y salía en el tintero, como el pico de un ave sedienta, y su mano corría, produciendo un chirrido al rozar el acero con el papel. Anatolio ponía tanto empeño en aprender, que no aprendía una palabra. Una mañana se levantó dispuesto a trabajar seis horas seguidas, y la voluntad le faltó como una chiquilla casquivana. Una noche pasó en vela para hacer un extracto —¡cosa más fácil! —que debía repasar Tréllez al otro día, y jamás tuvo tan torpes las manos y la inteligencia. Enredábanse unas en otras las palabras, las oraciones perdían los sujetos o los verbos en el trayecto que hay desde la inteligencia a la pluma, y a más y más andar, el día se llegaba, sin que el término del trabajo, ni como profecía, pudiera anunciarse.

Terrible prueba fue para el amor propio de Anatolio —aunque no era éste muy grande— la revisión que hizo Tréllez de su obra. Dijo Lucio que estaba muy bien, y cada vez que lo decía, iba metiendo la pluma entre los renglones y tachándolos sin compasión. Entonces no le parecía a Anatolio aquella pluma el pico de una ave sedienta, sino el pico de un buitre que, como el de Prometeo, le devoraba y roía sin cesar las renacientes entrañas del amor propio. Con tímidas miradas veía ir y venir aquella pluma, en la que iba pendiente su alma.

De esta manera transcurrieron cinco, diez, doce días. Las cosas iban con pies de plomo, y los sucesos seguían esa lógica de la vida que, al hacerlas presumibles, parece como que excusan de contarlas.

Al día decimotercero, hubo cartas que fueron de Madrid a Cuenca y de Cuenca a Madrid. Helas aquí:

«Cuenca, 8 de Julio de 1878.

»Ya te dije al despedirme de ti, que no quería saber nada de vosotros. Yo no existo para ningún miembro de tu familia. También los parentescos se rompen. Tu padre me llama Voltaire; pues bien, yo he adoptado su lema: «Aplastemos al infame». Y el infame es el hermano ingrato, el hermano desleal. Tú eres su hijo, y tienes que obedecerle. ¿Te manda trabajar como un autómata sin seso? Pues trabaja así. ¿Te prohíbe las aspiraciones de ser más que un niño o un muñeco? Pues corta a tu alma esas alas, si es que en ella nacen. ¿Te supedita Tréllez? Aguanta la humillación. La ley divina así lo dispone. ¡Cúmplase la voluntad del Señor!

»Dices que te sientes vejado horriblemente. ¿Qué vale eso? Mortifica el orgullo. ¡Jesucristo se dejó abofetear, y era el hijo de Dios! Resígnate, resígnate. Es un purgatorio anticipado que el cielo te envía. Acepta sus penas con gozo.

»Pero no vuelvas a escribirme. Yo siento también indignación al recordar de qué modo fui tratado en tu casa. Veinte años he pasado trocando en cenizas mi corazón, pero aún vive en medio del montón de frío rescoldo algo que se agita y salta al recordar las humillaciones injustas. Tus cartas me producen ese efecto. No me escribas más, y recibe aquí mi último consejo. Sufre las vejaciones porque esta religión manda que nos dejemos matar por el verdugo, si no podemos convencerle de su crueldad.

TU TÍO.»

El aceite cayó sobre el fuego. Anatolio leyó esta carta con furor. El arma de que don Teófilo se valía para excitar los muertos impulsos del joven era un alfiler, que mágicamente esgrimido, llenaba su orgullo de mil invisibles pero dolorosas heridas. Pensó Anatolio que él despreciaba todo precepto por el cual se viera humillado, pisoteado, llevado a puntapiés, como un vil harapo delante del mundo. Prometerle la bienandanza celestial en trueco de la dignidad humana, era ofrecer un vaso lleno de plomo derretido a un hombre que de sed se muere. Además de que él no creía grandemente en tales promesas. Aun cuando no se había tomado tiempo para discurrir sobre tan arduos puntos, él dudaba de que más allá de la tumba pudiera comenzar una región sin fin, luminosa y serena. Un brutal pesimismo había caído sobre su alma, como cae la escarcha sobre la hierba, helándola antes de crecer, y bajo aquel manto inquebrantable yacía el cadáver de su fe, ya putrefacto. Ustáriz no quería remedios divinos y supra terrenos para su mal. Quería un remedio humano, una solución social; pero no la encontraba.

Buscando por todas partes modo eficaz de concertar sus deberes y sus deseos, cualquiera le parecía mejor que la resignación estúpida que don Teófilo le proponía en la carta. Desechado por completo este consejo, pretendía sustituirle por otro, y cuando su anhelo le decía: «¡Rebélate!» su memoria le ponía por delante el recuerdo de su compromiso con Tréllez, y su voluntad lánguida y desfallecida se negaba a luchar. No era tal situación soportable, pero no sabía cómo salir de ella; y cuando lo sabía, faltábale el indispensable elemento primero de toda acción.

¡Sentirse ligado por la cadena del agradecimiento al hombre a quien consideraba como causa eficiente de su humillación! ¡Horrible trance! No tenía otro recurso que transigir con la infamia, o ser un ingrato.

Estas ráfagas de ideas eran fugaces. Pasaban sobre su alma como pasa un enjambre de mosquitos sobre una laguna, pero huían luego, porque ya se ha dicho que Anatolio no era muy reflexivo y sólo le constreñía a pensar gravemente el encadenamiento de sucesos desagradables, cuando venía a enlazar su cuerpo como apretado lazo de traidora culebra. Después le acometían nuevas ansias de placer, y dando cuatro bofetadas a los papeles, para cerrar libros, procesos y cuadernos, marchaba a aquella elegante habitación del barrio de Salamanca, donde, en una atmósfera perfumada, entre flores y perros ingleses, dormitaba, sumida en perpetuo sopor, la hechicera Engracia. Como el bebedor de cerveza de la leyenda, después de un mes en que sólo bebía agua, echábase de cabeza en el tonel de cerveza de Heidelberg, y allí bebía hasta ahogarse. Engracia parecía un muchacho bonito. En su descaro, en su graciosa desenvoltura, en su lenguaje procaz y lascivo, había algo de la libertad masculina; sus formas robustas, pero agudas y afiladas, su talle, del que salía una línea casi recta hasta el seno, sus hombros delgados, y su cara de facciones pronunciadas, tenían también rasgos característicos del sexo fuerte. Engracia era mujer por un error de la naturaleza.

Por entonces, aquel era el terrón de miel que endulzaba el acíbar de la vida de Anatolio. Pero, así como el enjambre de mosquitos, esta nube de color de rosa cruzaba rápidamente sobre la laguna y presto volvía ésta a reflejar sus negras orillas pobladas de juncos, aliagas y obscuras espadañas, de entre las que salía la voz del sapo del remordimiento, gritando con la monótona, insistente y periódica repetición de la péndola: «¡Tréllez! ¡Tréllez! ¡Tréllez!»

En uno de estos momentos de desesperación, escribió Anatolio, sin duda, una carta que no han podido haber a mano los compiladores de esta historia, pero cuya existencia se colige de este otro pliego que recibió desde Cuenca el joven:

«Cuenca, 20 de Julio de 1878.

»¡Estás loco de remate! No es posible que exista criatura tan dejada de la mano de Dios. ¿Quién te aconseja? Tus enemigos mayores parece que lo hacen. ¡Sea todo por Dios! Eso ya no tiene remedio. Sufre las consecuencias de tu sandia condición, —y no importunes a nadie con tus quejas, ya tardías.

»Me cuentas la historia de tus relaciones con el señor Conde de San Orlando y con Tréllez. Te has atado primero a una cruz de infamia, y has llamado luego para que corten tus ligaduras a la ambición y a la hipocresía, tomando por libertadores a los más encarnizados sayones. Eso has hecho.

»En resumidas cuentas, tu carta puede reducirse a estos dos puntos: necesito salir de esta tutela de Tréllez»; «necesito, para conseguirlo, tres mil duros». ¿Supones tú que yo los tengo? Con un mísero sueldo de doce mil reales al año, ¿quién puede ahorrar esa suma? Además, que no quiero imponerme nuevos sacrificios en bien de gente desagradecida. Los que hice por tu padre fueron granos de oro arrojados en un muladar. Contigo me pasaría lo mismo. Tienes su misma sangre, y te falta su rectitud de carácter. Tu padre no mintió nunca, y a pesar de eso, soy víctima suya. Tú has mentido muchas veces, y no profesas el noble y hermoso culto de la verdad.

»Qué cosa mala no se podrá esperar de ti, desgraciado?

»Ahora puedes llamarme egoísta, como tu padre me llama. Poco me importa. Yo he cumplido sobradamente con mis deberes, y no me inquietan las censuras injustas.

»Confieso que me causas lástima, mucha lástima. ¿Qué vas a hacer ahora? Estás secuestrado por Tréllez, que te tiene en su poder, y pide por tu libertad tres mil duros. No posees esa suma, y no puedes libertarte. Transige, resígnate, aguanta la pesadumbre de los hechos.

TU TÍO.»

¡Oh furor, oh impetuosos arranques, oh valentía en la acción! Acudid al pecho de Anatolio e inflamadle. Un inusitado ardor devorole el alma al concluir la lectura de esta carta. Hubo un momento en que creció, creció como un gigante, y aún siguió creciendo hasta traspasar todas las tallas conocidas, desde la de Goliat y Giges hasta la del Himalaya. Él no había sospechado que nadie pudiera llegar tan alto con la cabeza. Viose mayor él solo que toda la humanidad junta, y entonces, como el crecimiento fue, no solo cuantitativo, sino cualitativo además, en aquel cerebro, inmenso como el espacio, encendiose una idea grande como la luna, terrible y poderosa como una tempestad, arrolladora como el huracán. Estaba decidido. ¡Muera la paz! ¡Lucha y más lucha!

Cuando salió de su casa, viéndose tan magnificado y grande, bajó la cabeza, por miedo a que tropezara con el sol.




XXI

—¿Qué tal?

—Hoy... mejor.

—¿Se cumplieron mis órdenes?

—No por obra de varón, sino milagrosamente, porque esta criatura se resiste a toda medicina, como a un tormento.

Eran don Pero Tréllez y un estudiante de Medicina quienes hablaban. Este último se llamaba Jerónimo Gómez, y llevaba siete años cursando las mismas asignaturas en la Universidad, porque, sin duda, no era partidario de la libertad de enseñanza. Franco como un día sereno, generoso como el sol, alegre como unas castañuelas, era recibido en casa de Tréllez con júbilo y placer.

—Es una enfermedad que no es enfermedad —dijo Jerónimo sentándose frente a la enferma, que no era enferma, la cual ocupaba una silla baja cerca de la ventana—. Vamos a ver, Luciana... Enséñeme usted la lengua... pero sin reírse... Eso es... ¡Caramba! ¡Si es un pedacito de grana! Usted no tiene más que aprensión... El pulso es admirable... Tic, tac, tic, tac, tic, tac... Parece un reloj... El color, cierto que ha decaído... La mirada es triste... Veamos esos ojos bien abiertos; míreme usted... sin reírse de mí... que soy el doctor.

Después de sacar la lengua, Luciana, obediente como un maniquí, descorrió el velo de sus grandes ojos, que parecían dos perlas negras incrustadas dentro de otras perlas blancas mayores. Tenían el brillo del llanto, un reflejo de lágrimas próximas a caer. La luz viva del día hirió sus pupilas, y tuvo que cerrarlos bajo aquella impresión dolorosa.

—Decididamente, no tiene usted nada... ¿Qué le duele a usted?

—Nada... absolutamente nada —contestó Luciana—. Mi tío se empeña en que miento...

—Pues yo le aseguro a don Pero, que esta muchacha está como una manzana... de sana y de bonita.

La manzana no hizo caso del elogio, ni del parte sanitario del futuro doctor.

—¿Y ese señor don Lucio? —añadió el doctor— ¿Dónde anda? Días hace que no le veo.

Luciana, a quien esta pregunta iba dirigida, no contestó, sino que fingiéndose distraída, miró el vecino tejado detrás del cual iban a esconderse, con su rápido vuelo, mil bandadas de negras golondrinas. Don Pero fue quien repuso:

—Anda ocupadísimo; pero siempre pregunta por usted, y cuando sabe que usted ha venido a hora en que él no está en casa, lo siente... Yo temo que caerá malo... No vive ni sosiega, y hace algún tiempo que le noto en la cara una tristeza...

La muchacha dejó de contemplar las golondrinas, para mirar el rostro de don Pero, quien a fin de acomodarse al sentido de la última palabra pronunciada por sus labios, contrajo el rostro, buscando el gesto propio de la tristeza...

Aquel día era de los en que más mortificada estaba doña Olegaria. La atmósfera pesada, caliginosa y cargada de humedad que amagaba caer en lluvia de un momento a otro, tenían alborotado su sistema nervioso, despierto su reuma, vigilante al demonio del asma y dispuesto el primero a saltear, el segundo a morder y el último a asfixiar a la pobre señora. Don Pero fue a verla a la cocina donde, sentada en un sillón, esperaba la hora de la cena, entreteniéndose en no sé qué menudos oficios culinarios. Quedaron solos el aspirante a médico y Luciana.

—Vamos, Luciana, anímese usted —dijo aquél—. ¿Qué es lo que tiene? ¿Qué pena es esa que oprime a usted?... ¡Ay, si fuera como la mía!

—¿Yo pena? —contestó—. No tengo ninguna.

—Si eso no puede ocultarse... Es como el amor y el dinero... Si yo fuese rico, se me conocería hasta en el brillo de la mirada. ¿No se me conoce que estoy enamorado?

—¿Usted? —preguntó Luciana, mirando a Gómez con ojos en que trató de encender la lumbre de la sonrisa.

—Yo, yo mismo... ¿No lo sabe usted? ¿No sabe usted que la quiero más que a mi vida?... Es usted una ingrata.

—¡Siempre bromista!

—Eso es, ¡siempre bromista!... ¡Maldito mi buen humor, que me quita el crédito de hombre sincero!... Usted cree que hablo de broma... Pues no, no. Estoy muy serio, tan serio como lo está el hombre que llora por dentro... ¡Ver a usted triste y no saber por qué lo está! ¡Adorar a usted de un modo,... no hay con qué compararlo... y que usted no se digne siquiera oírme seriamente!... Eso es morirse de tristeza.

Había Luciana vuelto a caer en extraño ensimismamiento. Una languidez suma corría por sus venas. La pena había dejado, momentáneamente, de clavar su aguijón en el alma de la huérfana, y mirando las golondrinas, parecía que su íntima esencia íbase con las incansables viajeras. Dios sabe dónde. Jerónimo la miraba con ansiedad. Al ponerse serio aquel rostro moreno, que encerraba en marco de sombra la barba rizosa y larga, y el pelo, menos cuidado de lo a que su nativa hermosura tenía derecho, pasaba de un aspecto alegre a un aspecto taciturno. En la cara de Jerónimo, como en el Ecuador, no había crepúsculos: o día claro, o noche obscura. La luz de la alegría encendíase en un momento y se apagaba en otro.

Jerónimo cogió una mano a la huérfana y la apretó dulcemente entre las suyas.

—Yo te adoro —dijo con voz trémula.

Ella no contestó, porque no había oído aquellas palabras, ni había sentido el contacto de la ardiente y vigorosa mano del estudiante, el cual quiso acercar sus labios a aquella pequeña joya de marfil moreno.

—¡Oh, Luciana! dispénseme usted —continuó—, yo me muero viéndola a usted triste... Me falta el aire en los pulmones... Es preciso que usted me comunique sus secretos...

«¡Secretos!» Esto sí que lo oyó Luciana. Movió los ojos y, lentamente, fue volviendo al mundo real. Vio cerca de sí la cabeza desmelenada y vigorosa de Jerónimo, sus pupilas encendidas, sus labios trémulos, que querían acercarse a su rostro, sus manos fuertes y gruesas, que oprimían la suya, débil y afilada. Experimentó un temblor, y sus pálidas mejillas se inflamaron, como amapolas blancas que de súbito enrojecen al salir el sol. El pudor, dormido en un rincón de su alma, había despertado prontamente.

—¿Qué hace usted? —dijo con seriedad— ¡Qué tonterías! Ya sabe usted que me incomodan esas sandeces... Yo... no tengo secretos.

Jerónimo se quedó silencioso y cortado como niño a quien sorprende su madre fumando un cigarro. Ni tuvo una palabra de excusa. Alzose de la silla y se acercó a la ventana. Así huye del rosal la mano que, buscando una rosa, se clavó una espina.




XXII

Había desaparecido como por ensalmo. ¿Quién? Anatolio. Una tarde salió de su casa, y a la mañana siguiente recibió don Adrián una carta en que le decía su hijo que, invitado por varios amigos, salía aquella noche con dirección a un vecino pueblo para asistir a una expedición venatoria.

¿Ves? —dijo a Rosario su padre—. Ése es el arrepentimiento del mentecato de tu hermano. ¡Aún está aquí reciente la huella del dolor y ya piensa en divertirse! ¡Y qué manera de hacerlo!... ¡Dios me dé paciencia!

A Lucio le extrañó aún más aquella súbita partida. Algún secreto motivo habría para ello. Lo cierto es que se mostró más inquieto que los demás al conocerla, y que en la soledad del despacho varias veces se sorprendió a sí mismo hablando alto, con la pluma inactiva sobre el papel y la cara contraída por amarga sonrisa.

Pasaron doce horas. Eran las cuatro de la tarde y Rosario estaba en su gabinete, cerca del balcón, bordando en un bastidor un paño de altar que destinaba al convento de las Aguedinas. Pero no; no bordaba. Su mano derecha sostenía un papel, y sus ojos le miraban con espanto. Era una carta de su hermano que acababa de llegar por el correo. Temió al verla cualquier desgracia horrorosa; pero no pudo imaginar que fuese tan grande. Decía así:

«Querida hermana: Estoy en Cuenca. Te extrañará mi viaje, como te habrá sorprendido la carta presente. Graves motivos justifican uno y otra. Tú has sido desde la niñez mi intermediario con nuestro padre. Hoy vas a serlo para un asunto de que depende acaso mi vida, y ten en cuenta que obro aconsejado por el tío, quien puede decirse que me ha dictado estas líneas.

»Cuando he vuelto de París, he advertido en casa una atmósfera enemiga. Ahí se me cree inútil para toda cosa formal, y ya que no me ha enseñado nadie a lo que, sin duda, deseaban de mí, era justo no recriminarme, porque yo he seguido mis propios impulsos, contrarios, acaso, a los proyectos de mi padre. Pero lo que más me ha disgustado, es verme sustituido, en el puesto que cerca de mi padre me corresponde, con un advenedizo que, porque tiene talento, se cree con derecho a medio mundo, por un carácter invasor e hipócrita, por ese señor Tréllez, en fin. No es esto lo peor, sino que yo mismo estoy ligado en horrenda esclavitud a ese caballero. Yo tenía un compromiso pecuniario de importancia; no quise acudir a mi padre para que me sacase de él, porque cuando acababa de obtener su perdón, cuando le veía abrumado por la desgracia, juzgué que hubiera aumentado la prevención con que me mira, y yo deseaba de buena voluntad regenerarme de las culpas pasadas. Lucio Tréllez me salvó de ese compromiso, y ahora, o tengo que someterme a él como miserable esclavo o tengo que devolverle inmediatamente la suma que le adeudo.

»La suerte ofrece sangrientas ironías. ¡Yo, hijo de un hombre millonario, sujeto por el lazo de una vil gratitud pecuniaria a un pobre que apenas sí posee lo que me prestó!

»En esto he visto yo dos cosas. Primera: que mi padre no ha obrado bien poniendo tasa a sus liberalidades y envolviéndose en un manto de cariño y dignidad ofendidos, que hizo imposible una reconciliación sincera. Segunda: que Tréllez, al ofrecerme la cantidad que me salvó del compromiso, y al ofrecérmela de un modo espontáneo y fácil, demostraba interés en atarme a su carro triunfal, para tenerme sujeto por la gratitud, como a mi padre le tiene embaucado con su falsa aplicación y su laboriosidad fingida. Dirás tú que por qué acudí a él en demanda de auxilios pecuniarios. ¡Qué quieres! Me vi rodeado de enemigos en mi propia casa, y la muerte de Cristeta, sumiéndonos a todos en el dolor, nos privaba de la frialdad necesaria para ver con calma los asuntos. Yo no pensé pedirle a él dinero, sino que me buscara un prestamista del cual pudiese obtener lo que me hacía falta. El me brindó con la cantidad, y yo acepté hasta con gozo.

»¿Qué hago ahora? Di mil vueltas en mi cabeza a estas ideas y no supe hallar solución para las dudas y problemas que cada una de ellas me presentaba. Lleno de ansiedad, repelido por aquella casa, sin valor para afrontar la cólera de mi padre ya excitada contra mí por las escenas a que don Teófilo dio margen, vine a Cuenca, donde esperaba hallar acogida y consejo en casa de mí tío. Al principio no quiso recibirme, luego se aplacó su ira y me recibió. Ha llegado, en su bondad, hasta ofrecerme los tres mil duros que debo a Tréllez. Ahorrados los tiene a fuerza de privaciones, el buen señor. No cabe más grande generosidad. Supera casi a la de mi padre.

»Pero esto no resuelve todo. Yo no vuelvo ahí mientras no entre como debo entrar. Mi dignidad padece horriblemente. No quiero trocar mi perdón por mi amor propio, y sería vejatorio para éste, el que haya dentro de mi misma casa alguien que goce de la confianza de mi padre, más que yo.

»Tienes demasiado buen juicio para resistirte a dar a mis palabras el valor de verdad que encierran, y tu cariño de hermana te prestará elocuencia para convencer a mi padre de que esto no es capricho infantil mío, como él califica siempre mis deseos, sino exigencia formal, razonada y justa de un hijo a quien se ha ofendido y humillado. Cuéntale todo; explícale mi compromiso con Tréllez y hazle ver una cosa que habrás comprendido por mi carta: que él y yo somos cantidades heterogéneas que no pueden sumarse. Elija mi padre entre su pasante y su hijo. No propongo esta alternativa por capricho, aunque él se empeñe en que yo sólo sé querer de este modo, sino porque, aconsejado de mi tío, veo que no hay otra solución. Si Tréllez me llama ingrato, sea enhorabuena. No puedo aguantar gratitud que me aprisiona. Eso no es gratitud, es servidumbre. Devolviéndole su dinero se acabó la gratitud.

»Adiós, hermana mía. Haz mi encargo y escribe a tu desgraciado hermano,

ANATOLIO.»




XXIII

Cuando un suceso inesperado, grande, monstruoso y preñado de horrores, descarga sobre nosotros la diosa voluble de la suerte, una atonía, especie de síncope del alma, detiene y paraliza las funciones naturales del juicio.

Eso acaeció a Rosario, después de leer aquella carta. Vio dentro de ella tal dosis de enorme injusticia, tanta maldad, tanto olvido de los sentimientos generosos que dignifican al hombre, que su primer impulso fue de desprecio a su autor. Pero luego reparó en que el autor era su hermano, y la naturaleza se obstinó en templar la iracundia de aquel juicio, y buscó mil formulillas para conciliar sus deberes y sus deseos, la dignidad de Anatolio con el contenido miserable de su epístola. Sin pensar en que la carta se hallaba sobre el bastidor, reanudó la delicada faena de sus manos, con el alma a doscientas leguas del mundo. Jamás estuvieron tan separados un cuerpo y un espíritu. Mientras el cuerpo de Rosario yacía en una butaca de su gabinete, su alma volaba con alas de dolor por un país luctuoso y fúnebre, en cuyas fronteras, como en las del infierno de Dante, podía haberse escrito el conminatorio epígrafe de la desesperación. ¡Ilusiones doradas, profecías de dicha, esperanzas de felicidad! Muertas todas como mariposas abrasadas, sus cadáveres cubrían la tierra que ayer pobló el amor de flores.

Después, Rosario descendió de estas alturas, en que es una pura abstracción de muchos pequeños dolores, el dolor general de una vida, cuyo ideal se arranca, a los detalles de su situación.

Consideraba indigna la carta de Anatolio, e injusta su pretensión de que don Adrián arrojara de aquella casa a Lucio Tréllez. ¡Desagradecido, vil! ¡Alma de barro! ¡Has recibido de Tréllez un favor y le demuestras tu gratitud de esta manera! No podía sospechar Rosario que hubiera ser humano capaz de acción tan fea. Veía a don Teófilo animado de cierto espíritu de envidia a la prosperidad de su padre, y de un egoísmo desarrollado en la celibataria soledad del canónigo, impulsando al sandio de Anatolio en contra de don Adrián. Veía a Anatolio sin el juicio necesario para discurrir claramente en medio de las nubes de su pasión, y con los sentimientos bastante trocados y pervertidos, para que no pudiesen ellos dominar los gritos de un amor propio tardío, que despertaba a destiempo con exigencias tan ridículas como irritantes. Veía a don Adrián en el duro trance de preferir su hijo a un hombre que tantos servicios, leal e inteligente, le había prestado. Veía a Lucio desdeñado, humillado, echado de allí por un capricho de Anatolio... Veíase ella... ella, sin felicidad, llevando dentro del pecho un amor imposible y teniendo que colaborar a la infamia de su hermano, so pena de contribuir a su infelicidad completa.

Era tan complicado y dificultoso el caos de sus sentimientos, que, enredándose unos en otros, como las cerezas al ser sacadas del cestillo, no la era posible hacer análisis de ellos ni apreciación verdadera de su importancia. Sin embargo, veía flotar sobre las demás una idea principal: la de su amor, que, aun cuando triste, como nacido al borde de una fosa, hasta entonces había nadado cual un cisne negro en las aguas tranquilas de una realización posible, era impelido ahora por el ábrego de las tempestades humanas contra una roca, en la que iba a estrellarse. Quiso llorar y no pudo, porque la muerte de Cristeta había agotado el arroyuelo de las lágrimas que corre y serpea dentro del alma, y porque una obscura indignación agitaba hondamente todo su ser.

Cuando pudo darse cuenta exacta de su situación, el reloj que frente a ella movía lentamente sus agujas dio las tres; y como respondiendo con eco inmediato a sus campanadas, el timbre de la puerta anunció la llegada de Lucio Tréllez. Rosario experimentó un estremecimiento que corrió por su cuerpo, como una irradiación de frío. Guardó la carta apresuradamente, como se guarda un puñal, para que la víctima no lo vea. Lucio entró primero en el despacho de don Adrián, y luego cruzó el pasillo hasta llegar al gabinete de su novia. Sus entrevistas eran breves como un beso, pero frecuentes.

Lucio venía desasosegado, con la cara llena de ansiedad.

—¿Has recibido carta de Anatolio? —preguntó.

Rosario se sintió morir. No podía prever que tan pronto llegara el caso de obrar, y ahora comprendió que su irresolución era un nuevo peligro en que no había pensado.

—Yo... no... no la he recibido —contestó—; ¿por qué me preguntas eso?

—Porque... la has recibido... A mí me ha escrito... Es una carta rara, desabrida; amenazadora... Me he sorprendido, y presintiendo un gran mal en ella, no he podido, sin embargo, saber de dónde viene ni a dónde se dirige... Háblame con franqueza... ¿Tu hermano conoce nuestro amor?...

—No... ni él lo sospecha, ni nadie en el mundo lo sabe... Pero ¿qué carta es esa que te ha escrito? —preguntó Rosario, cruzando sus dos manos sobre la tela turgente del bastidor.

—Una carta que me ha hecho suponer que conocía nuestros amores y que me amenazaba con su desagrado... ¡Pero si esto no tiene la más pequeña cantidad de lógica!... Aquí era mi amigo, me comunicaba sus disgustos... me buscaba como a un compañero, y de repente cambian sus ideas, y me abomina y me escribe con el lenguaje del odio y de la ira...

Rosario se tapó el rostro con las manos. El llanto salió por fin de sus dulces ojos, y un sollozo entrecortado de inmenso dolor agitó su seno.

Tréllez la contempló un momento con espantado mirar. Luego se acercó a ella, se apoderó de sus manos y apartolas de las mejillas, quedando al descubierto aquel dolor furtivo que ella trataba de sacar fraudulentamente de su alma, a espaldas de la aduana del amor. Pero ésta supo decomisar el contrabando de lágrimas con un beso, que vino suavemente a posarse en las mejillas ardorosas de Rosario.

—Dime, dime la verdad —exclamó Lucio con acento apasionado, sentándose cerca de su novia—. Háblame con franqueza. Yo descubro vagamente que un ignorado peligro nos amenaza... No sé aún lo que es, pero el corazón me anuncia el daño.

Había estrechado más aún las manos de Rosario, y tenía cogido uno de sus brazos, como sí temiera que fuesen a arrebatársela los secretos enemigos de su amor. Ella no pudo, no supo, no quiso contestar. Su cabeza cayó hacia adelante, y Lucio pudo ver entonces el precioso cuello de aquella celestial señorita, en que una multitud de rebeldes cabellos, cortos y ensortijados, nacían debajo del peinado sencillo y elegante.

—Déjame —dijeron apenas sus labios; y sus ojos se cerraron cual si no viendo las cosas que la rodeaban, pudiese alejarse del mundo.

Sintió que en medio de la turbulenta agitación de su alma, una dulzura presente le venía a hablar de lo dichosa que podía haber sido. ¿Veis al pobre caminante extraviado, que en negra noche se despeña por un precipicio, aún más negro que la noche? Unas manos de mil uñas le detienen un momento en su caída. Es una zarza, que al prolongar un minuto su existencia, le dice: «¡Aún podías vivir!» y presentándole las flores con que la engalanó Primavera, parece indicarle en su lenguaje ignoto: «¡En el mundo quedan flores de que podías haber gozado!...» Pues así se sentía suspendida Rosario sobre el abismo abierto de improviso ante sus pies en aquellos varoniles brazos. Abandonose a ellos y hubo un segundo, ¡sólo un segundo! en que la voz inaudita de su alma le habló de felicidades futuras, de dichas realizables. Mas a este abandono, casto y deleitoso, siguió una reacción de miedo, de pavor extraordinaria. Alzose Rosario de su asiento, apartó los brazos de Tréllez y fue a dejarse caer en un pequeño confidente que en el más lejano rincón de la estancia se veía; allí ocultó su rostro entre ambas manos.

Lucio no quiso seguirla y la conversación se reanudó de esta manera.

—Dime la verdad —exclamó Lucio— no me ocultes nada.

—¡Ah! Lucio —repuso ella—, es una desgracia irremediable, una desgracia sin igual... No puedes imaginarte siquiera... Nuestras esperanzas han sucumbido.

—¡Sucumbir! —contestó con firme acento Lucio—. No se sucumbe al primer golpe. Podrán acometernos todos los males de la tierra y del cielo, y si tú resistes, con energía y voluntad, no lograrán separarnos.

Con una mano oprimía el brazo de la butaca en que estaba sentado, y con la otra, teniendo cerrado el puño accionaba vivamente.

—Es que yo no puedo resistir, es que yo no puedo oponerme a mi desventura... Un deber me manda aceptarla si me la ofrecen y buscarla si no se pone delante de mi camino.

—¡Extraño deber! —repuso Tréllez— No hay deberes contra la propia dicha... Eso son sutilezas de un alma devota, que busca con ansia ocasiones de sacrificar su felicidad en aras de un ideal obscuro, de que nada nos responde.

—¡Oh! Lucio, no digas eso —balbució Rosario—. No sé cómo referirte lo que ocurre; empieza por imaginarte lo más horrible, lo más inicuo, lo más vil... y de este modo irás preparándote a recibir la horrible impresión.

—¿Qué hablas de preparaciones?... Peor cien veces son esos rodeos, que la verdad expuesta sin vacilación ni dudas.

Rosario oyó ruido de pasos en la galería, y, levantándose bruscamente, cogió de nuevo su bastidor y siguió bordando aquellas flores que parecían destinadas a adornar el sepulcro de su dicha.




XXIV

Cuando fue de noche en aquella estancia, era ya noche cerrada y obscura hacía mucho tiempo en el alma sin par de Rosario. Lucio se fue a las siete, lleno de inquietud, porque las negativas que opuso la señorita de Ustáriz a sus deseos de conocer la desgracia que les amenazaba, hiciéronle temblar —a él, que no solía temblar por pequeñeces— imaginándose cosas horribles. Fuese, no por gusto, sino porque hubiese causado extrañeza su permanencia en aquella habitación, y se llevó dentro del alma un fermento de dolor inexplicable, ciego, pero feroz y devorante. Don Adrián no comía aquella noche en casa, sino en la de Arolas, donde un deber político le llevaba a cierta reunión en que de sobremesa, entre el humo de los cigarros habanos y los vapores del Champaña, había de arreglarse un asunto de interés nacional. Rosario no quiso comer; Clotilde, su doncella, entró una luz en el cuarto de la señorita, y al retirarse no pudo contener un gesto de sorpresa, motivado por la sombría expresión del rostro de Rosario.

Ésta dejó la labor y se sentó cerca de una mesilla, donde había recado de escribir, un tintero hecho de una concha nautilus y una salvadera de bronce, en cuyo borde, una rana de cristal, armada de un disforme sable, atravesaba a una mariposa de hueso.

Si es vida el estado en que entonces se encontraba Rosario, viven las estatuas sin disputa. La inmovilidad de su cuerpo era igual a la de su alma. En la breve lucha que habían sostenido sus afectos, quedó cansada, abatida, moribunda su voluntad, y como viandante que, fatigado de andar, se deja caer en el más inmundo charco del camino, ella, buscando paz, habíase arrojado en una divagación extraña y sin nombre, en que su espíritu flotaba cual un corcho en el mar.

El relojito de pared sonaba su péndola con un agudo ruido metálico, comparable al de los élitros de un grillo; pero Rosario, perdida la noción del tiempo, no sabía si es la hora la que tiene sesenta minutos o si es el minuto el que tiene sesenta horas. Abierta de par en par la vidriera, subían hasta ella suaves aromas de acacias y jazmines, y por un hueco que dejaban en el tejado, libre al espacio infinito, la batería de chimeneas, la estrella Sirio vertía su luz, gota a gota, como destilación de oro de mágico alambique. Entró más la noche, y más fueron cayendo las sombras sobre aquella alma. Rosario advirtió entonces la presencia de la luz, y digo la presencia, porque al ver la vacilante llama de la bujía de parafina, no pudo menos de pensar que estaba en compañía de alguien, y que alguien espiaba, por el encendido pábilo, parecido a una pupila azul oblicua, los ocultos senos de su alma. Mató la llama, y por el pábilo trepó un punto ígneo, como gusano de luz que sube por una espiga en noche veraniega, y luego arrojó por un vapor blanquizco que flotó en la noche, cual bocanada de fumador. Pero no quedó completamente a obscuras el cuarto, porque la luna entraba de soslayo, descolgando sus rayos desde el tejado e iluminando la mesa y el grupo idílico de la rana y la mariposa. Entonces, aun cuando Rosario quiso volver a su situación de vaguedad espiritual, no pudo. Al desconsuelo indeterminado de su ser íntimo, había seguido una clara percepción de los detalles con que aparecía el conflicto ante sus ojos. Veíales desfilar en procesión burlesca, y unos detrás de otros, iban pasando ante sus ojos mil muñequillos de caricaturesco perfil, los cuales, haciéndola carantoñas, se le ponían delante para marcharse luego, con grotesca velocidad, dando tumbos, corcovos y zapatetas. Uno decía: «yo soy la dicha», y, haciendo una horrible mueca de burla, de un brinco se metía en un hoyo, de donde salían llamas y sulfúreos vapores; otro gritaba: «yo soy el amor fraternal», y se encaraba con otra figurilla preciosa y vendada por los ojos, exclamando: «¡vamos a ver quién puede más!» La figurilla vendada agitaba las alas, que nacían de su espalda, y quería fugarse por los aires; pero el titulado «amor fraternal» obligábala a reñir con un florete, y no paraba hasta atravesarle ambas alas de una estocada en cuarta. ¡Triste visión alegórica de su vida! Rosario quería huir de aquel teatro, donde tan horrenda tragicomedia se representaba, pero no podía; y cuando dejaba de mirar al cielo y fijaba sus ojos sobre la mesa, los menudos personajes cambiaban de lugar, y desde el cielo, donde antes hacían sus evoluciones, caían sobre la salvadera, y en ella reanudaban su esgrima, sus saltos y sus zapatetas cómico-fúnebres.

—Esto es una infamia —decía la señorita de Ustáriz, con los mudos labios de la meditación—. ¿Quién aconseja a Anatolio?... ¡Parece imposible que mi tío... un sacerdote... un santo, pueda creer que es justa tal picardía!... ¡Quieren que yo contribuya a consumarla! ¡Quieren que yo persuada a mi padre de que debe expulsar de aquí a Lucio!... Yo no he de hacerlo... ¡Virgen santísima, ampárame!... ¡Dame un buen pensamiento!... ¡Madre del Rosario, pon tu mano en mi frente, y que luzca dentro de ella una idea buena!... ¡Sacrificar por un capricho ridículamente pueril de mi señor hermano, a un hombre tan excelente como Lucio!... Esto es indigno; esto es vil y miserable... Matar sus nobles esperanzas, para que se salga con la suya una criatura informal... ¡Dios no puede consentir en tal picardía!... ¡Señor, no lo consientas!... ¡Que obre tu justicia en esta ocasión con tu sabiduría infinita!

Entonces notó —¡cosa sorprendente!— que la rana de la salvadera se incorporaba sobre el borde del platillo y agitaba los brazos, uno de ellos armado del sable.

—¡Óyeme, óyeme —cuarreaba con su áspera voz—, yo también hablo, como habla todo lo que en el mundo está puesto por Dios, cuando el oído humano sabe y quiere escuchar!... ¿Qué propósitos tienes, desdichada? ¿Quieres ayudar a los enemigos de tu hermano? ¿Quieres que Lucio triunfe?... ¡Fratricida! ¡Criminal! ¡Egoísta!... ¡Salga victorioso tu novio y que se hunda tu hermano! ¡Pobre Anatolio! ¡Pobre Anatolio!

Aquella noche el espíritu de Rosario daba vida a cuanto la rodeaba. Hasta la mariposa de hueso quiso volar y hablar como la rana, y girando en torno a la cabeza del bactricio, dijo:

—¡No hagas caso de este infame sapo! Óyeme a mí, que también hablo... Pero yo hablo la verdad de Dios que me la ha enseñado una pasionaria del jardín... mientras que a este pícaro renacuajo le ha educado el diablo de los pantanos para engañar a los peces y a los pescadores... ¿Vas a aconsejar a tu padre en contra de Lucio?... ¡Qué crueldad!... ¡Qué injusticia!... Es tu novio, ¿y si no lo fuese? ¿Harías lo que te pide Anatolio? Pues qué, ¿el cariño puede ocultar a tus ojos lo que es digno, noble y justo? Un extraño te propone un crimen, y le llamas «¡Criminal!» Un hermano te propone un crimen, y le llamas «¡Hermano!» ¿Es eso la familia? ¿Es eso el corazón? Entonces el corazón es un frasco de tinta, que llevamos dentro del alma, y que puede verterse sobre ella, llenándola de manchones imborrables. Piensa y discurre por cuenta propia... ¿Acaso tu inteligencia ha muerto? Empléala en resolver esta duda y te dirá lo que yo.

Pero entonces el sapo, que, con el sable levantado, esperaba a que la mariposa pasase cerca de él, para ensartarla, habíale alcanzado en un mandoble y tornado a sujetarla, habiendo vuelto a ocupar ambos, sobre la salvadera, su verdadera posición.

Era una fantasmagoría terrible y abrumadora. Rosario veía que sus sentimientos tumultuosos, saliéndosele del alma, tomaban forma, vida lenguaje, rodeándola de un mundo de visiones fulgurantes y absurdas. Parecíale haber perdido por completo toda idea de la realidad, y al hundirse la base de sus juicios en vano buscaba nuevo cimiento para ellos.

El amor fraternal, que hasta entonces había tenido como sagrado sentimiento indiscutible, dentro del cual la exageración era cosa bendita, parecíale ahora mísero promontorio de arcilla, sobre el cual nada podía edificarse.

El amor a Lucio en que las manos rosadas de la ilusión habían labrado un edificio mágico de dichas, temblaba también, como amenazando con horrendo desplome el ser combatido por los estremecimientos volcánicos de la contrariedad.

Rosario era como un ciego que tiene que ejercer funciones de juez en un tribunal de pintura.

Mas había entrado la luna en la estancia, y marcaba en el pavimento las rayas del plomo que unían los cristales de la vidriera. El reloj andaba con su acelerado movimiento. El alma de Rosario seguía vagabundeando por aquel estrecho sendero doloroso, donde las zarzas del camino punzaban su ser. En el colmo de su abstracción, hasta creo que habló alto, diciendo:

—¡Y si me decido por Lucio, y hablo a mi padre en este sentido! ¿Qué pensará mi padre? ¿Qué dirá el mundo?... ¡Qué vergüenza!... No puedo tampoco obrar así... ¡Tengo que transigir con la infamia, contribuir al triunfo de lo injusto!

¡Oh, qué atrocidad más abominable!

Sería, sí, una maldad de las gentes el no pensar como pensaba Rosario. Se sentía cogida por las tenazas del mundo, y entre ellas su espíritu revolvíase protestando de la inicua violencia que en ella se ejecutaba. El cansancio de su espíritu llegó a transmitirse al cuerpo. Hállanse uno y otro tan juntos, que parecen una barra metálica, que fuese en su promedio de oro y en sus cabos de hierro. No es posible machacar en el oro sin que el hierro se estremezca. Rosario, abatida en cuerpo y alma, no pudo ya dar cuenta de sí. La noche había acabado por posesionarse de aquel organismo, que, envuelto en sus sombras, podía ser comparado a un fantasma de humo encerrado en una nube de tormenta.




XXV

Pienso que todo se había detenido en su curso: el tiempo, el reloj, que es su secretario, la vida de aquella pobre señorita de Ustáriz, el andar vagabundo de la luna por el cielo... cuando el señor don Adrián llegó a su casa. Él y su palitroque recorrieron todas las habitaciones en busca de Rosario, y como no la encontraran ni en el salón de los retratos, ni en la serre, ni en el comedor, ni en parte alguna de las en que a aquella hora solía estar, fueron hacia el gabinete, donde se hallaba. Don Adrián abrió la puerta sin ruido y entró en la estancia.

—¡Rosario! —dijo con cierto asombro al encontrarla con el rostro entre las manos—. ¿Estás mala?

Ella recobró su serenidad en un instante.

—No —repuso alzándose del sillón que ocupaba.

—Sí —replicó el padre—. No me engañas a mí, Rosarito... ¿Qué tienes?... ¡Lloras tanto! ¡Sufres tanto!... Acabará por resentirse tu salud... Pero, ¿no sabes lo que ocurre? Siéntate... aquí, a mi lado... Pues bien; tu hermano... ¡Siempre ese loco!... ¡Siempre ese mentecato!... Es un mal hijo... ¡Yo creí que debajo de su alma indiferente podía vivir el amor familiar!... ¡Qué error! Es un alma helada por, fuera y cenagosa por dentro... ¡Pobre de mí! ¡Pobre de mí!

Rosario había vuelto a recobrar plenamente el uso de su aletargada inteligencia. Quiso saber de qué se trataba, y dijo:

—¿Le ha escrito a usted?

—No... a mí no... Pero ha escrito a Tréllez.

¡A Tréllez! —gritó casi Rosario, juntando las manos con un gesto de asombro y terror. ¡Dios mío!

—¡Rosario!... ¿Qué te pasa?... Tampoco encuentro justificado tu miedo... No es malo que haya escrito a Tréllez, sino que le haya escrito lo que le ha escrito... Bien es verdad, que nada debe de sorprendernos en ese mantecato... Carece de buen sentido, y sus naturales impulsos de bondad están desfigurados, contraídos, opresos por los consejos diabólicos que le da el santo de tu tío... El Señor ha permitido que se junten la culebra y el pavo real. No temería yo a la vanidad de éste si aquélla no le inspirara sus malos propósitos.

Rosario no podía volver de su asombro. Cómo sabía su padre que Anatolio había escrito a Lucio? Pero no tuvo mucho tiempo lugar su curiosidad, porque don Adrián dijo:

—Cuando salía de casa de Arolas, en el momento de subir al carruaje, oí que me llamaban, y vi a Lucio que se dirigía hacía mí. «Esperaba a usted —me dijo— para comunicarle un asunto de importancia». «¿Y esperaba usted en la calle?» le pregunté. Respondiome que sí. Le obligué a subir en el carruaje, y, durante el camino, todo me lo ha referido... todo, todo.

—¿Todo? —preguntó Rosario.

—Cuanto le dice Anatolio en su carta... que no es poco... Figúrate, hija mía —añadió el abogado cogiendo una mano de su hija entre las suyas y moviéndola con los ademanes propios de la conversación—, figúrate que dice ese mentecato de Anatolio que Lucio ha tratado de suplantarle en mi concepto, apoderándose del lugar que dentro de casa le corresponde... Este es el espíritu de su carta.

—¿No dice más que eso?

—¿Te parece poco?

No era un grano de anís; pero Rosario, que había apurado un hondo cáliz rebosante de amargo licor, tenía en menos de una gota del endiablado brebaje todo lo que don Adrián la estaba refiriendo.

—Dice además, que te ha escrito a ti encomendándote una misión muy transcendental cerca de mí —añadió Ustáriz—. ¡Buena misión va a llevar él! Pues qué ¿no hay sino perturbar una familia, amontonando sobre sus penas irremediables otras penas nuevas?... Eso es una infamia... No nos ha dado eje bergante un solo día de felicidad; pero, en cambio, nos prepara un porvenir de desventuras. No sé a quién se parece con un egoísmo caprichudo de un niño mal educado... No es a tu madre, que era una abnegación en carne humana. No es tampoco a mí, que estoy acostumbrado a transigir con el bien ajeno, sacrificando en aras suyas mis deseos más justificados y razonables... Háblame con franqueza... Dime la verdad... ¿Te ha escrito Anatolio?

¿Cómo negar? ¿Cómo mentir? ¿A qué podría conducir una negativa? Suponiendo que Rosario hubiese tenido dispuesta su alma a idear una excusa que motivara un aplazamiento de aquello que su hermano la proponía, ¿a qué podría conducir? A nada. ¿A resolver ella el conflicto creado entre su amor a Anatolio y su amor a Lucio? Ese jamás podría resolverse. Su sentimiento y su razón decían una cosa. El miedo a la opinión del mundo le imponía, a su pesar, distinto parecer. Decidiose, y contestó a su padre bajando la cabeza. Era decir que sí, añadiendo un mudo comentario de desaprobación a la conducta de Anatolio. Bastaba ver aquel rostro para leerlos pensamientos de Rosario, que eran estos: «¿Ve usted qué hermano tan infame? ¿Ve usted qué neciamente turba la paz de nuestro santo dolor? No haga usted caso de sus sandeces. ¡Impóngale usted una lección dura!» Rosario no se hubiese atrevido a darse a sí misma cuenta de tales ideas, ni mucho menos a exteriorizarlas, acomodando a cada una su frase propia; pero pudiendo decirlo todo con una inclinación de cabeza, una contracción de rostro, lo dijo sin darse explicación de ello. Un gesto es a veces una historia.

—¿Por qué me lo has ocultado? —exclamó don Adrián.

¡Oh, si Rosario hubiera podido decir la verdad; si hubiese dicho los motivos que lo indujeran a ocultar aquella carta como se oculta un crimen! Pero como nada podía revelar, calló. Por toda respuesta, sacó la carta y se la dio a su padre.

Son para descritas las gesticulaciones de la cara de don Adrián mientras leyó el papel. A veces sus ojos se abrían, como para dejar entrar en el cerebro ideas muy grandes; a veces su boca temblaba, convulsa con las agitaciones de la indignación; a veces subía y bajaba la cabeza, con ademán de ira. Cuando hubo terminado, exclamó:

—Es todo lo que podía haber ocurrido... No puede desearme mayor desgracia mí enemigo más encarnizado. ¡Qué malvado de Anatolio!.. No, no; no vengas tú a decirme ahora que le perdone... no vengas a decirme que todo ello es una ligereza juvenil... Aquí hay una infamia sin ejemplo, una alta de dignidad absoluta, un rebajamiento moral repugnante... Pero, ¿y Lucio? ¿Creerás que no me ha referido sino la parte contraria a él del asunto? No me ha contado que mi hijo le adeuda esta respetable suma de que habla la carta... ¡Qué alma, Dios mío, qué alma! El cielo ha querido que yo vea así más horrible a mi hijo, ofreciéndome el contraste de su egoísmo, enfrente de esta noble abnegación de Lucio... Dice que no volverá al despacho, que no habrá humana fuerza que le obligue a ocupar nuevamente ese lugar que Anatolio cree usurpado a mi cariño...

—¡Eso dice! —balbució Rosario, con miedo de oír una confirmación de suposiciones que temía.

—Sí... Le he hecho ver que mi hijo era un badulaque, y que mañana probablemente no se acordaría de este asunto, de que hace hoy cuestión de gabinete... No; y aun cuando se obstine toda su vida, yo no he de ceder... A mí no se me impone un tonto caprichoso... ¡Ah, Rosario! ¡Cuando pienso que Anatolio ha hecho causa común con el envidioso de mi hermano, me siento lleno de furor!

—¡El se arrepentirá! —dijo Rosario.

Estas palabras las pronunció sin saber que las pronunciaba. Su costumbre de interceder en favor de su hermano hacíanle creer preciso algo que disimulase el brusco y repentino cambio de sus sentimientos.

—Yo sé bien qué he de hacer —repuso Ustáriz. Ello tenía que acabar de esta manera... Mis debilidades me han perdido... Yo obraré con energía... sí... con energía... Tú lo has de ver.




XXVI

Doña Olegaria pegó un brinco sobre su asientos y hasta intentó andar con sus piernas torpes e impedidas para acercarse más a su hijo. Don Pero dejó caer al suelo su bastón. Luciana... ¡ah, Luciana!... Luciana no pudo reprimir aquella hermosa sonrisa de salud que salió a sus ojos como resplandor de un alma alegre.

—Pero ¿es posible? —preguntó doña Olegaria.

—Pero... —replicó Lucio—. Es inútil que ustedes me pidan explicaciones. ¡Cómo ha de ser! La suerte lo quiere así... Si no es al lado de Ustáriz, en otra parte me abriré camino.

Tono tan triste tenía su voz, que parecía que el camino que anhelaba abrirse era el camino de la tumba.

—Hijo mío —añadió la reumática—, tú nos sorprendes con esa determinación... ¿No has procedido de ligero? ¿Estás seguro de que has obrado cuerdamente?

—Estoy seguro —repuso él con firmeza—. Me he despedido de don Adrián porque debía hacerlo. ¡Evítenme ustedes el enojo de repetir los motivos que han influido en mí! ¡Son graves, son graves!

Luciana estaba alegre y sonriente. El torvo gesto de su rostro, la penita negra de su íntimo ser, todo se fue como alma que lleva el diablo, y un soplo de vida primaveral corrió por sus venas, diciendo a sus deseos, a sus esperanzas, a sus ilusiones: «¡Revivid, ejército moribundo, y tomad por asalto el corazón que os aguarda para entregarse a vosotros!»

Don Pero y su mujer callaron. Tenían a Lucio el respeto que en las familias bien avenidas se guarda al miembro de ellas que más alto puso el común apellido; y por no ocasionar alguna violenta tempestad de furor, de aquellas que, aun cuando de tarde en tarde, venían a revelar en el joven su duro carácter, omitieron las mil preguntas que su curiosidad fraguó. El silencio dominó en la estancia: un silencio penoso, debajo del cual bullían mil pensamientos de diversas índoles en cada uno de los cuatro cerebros, ansiosos de exteriorizarse.

Así reina la calma un minuto antes de caer el rayo.

Afuera, el viento mugía retorciéndose en las calles y soplando en los huecos cañutos de las chimeneas. Obscuro estaba el cielo y pesada la atmósfera. Las estrellas se habían apagado. La luna había desaparecido. Un fuerte olor de tierra mojada vaticinaba la lluvia. Cayó por fin, anunciándose con gotas gruesas, que al chocar con los vidrios de los balcones, parecían diminutas manos de ángeles llamando a los mortales para decirles: «¡Preparaos, preparaos, la tormenta viene! ¡No salgáis de casa, y si salís, no olvidéis el paraguas y los chanclos!»

Luciana experimentó deseos de respirar el aire húmedo. Sus nervios vibraban como alambres puestos al servicio de una pila eléctrica. Levantose y salió a la ventana, a pesar de que el médico se lo tenía prohibido. Entonces sonó en lo alto de la inmensa curva celeste un tableteo monstruoso y de lo más negro salió una cuerda de fuego, que osciló en el aire y se retiró poco después. A su fulgor incierto y lívido, vio Luciana el horizonte urbano de aquella parte de la villa: una sucesión monótona de tejados verdosos, filas de canales chorreando agua, árboles que brillaban como si fueran de cristal, el cimborrio del templo vecino, que, lavado por la lluvia, se asemejaba a una inmensa bola de plata, la calle negra y lodosa, los transeúntes que, caminando bajo sus paraguas, parecían una familia de tortugas veloces, los carruajes que sonaban más con el chapoteo del caballo en el charco y el entrar y salir de lar, ruedas en los depósitos del agua llovediza. Madrid era, a la luz del relámpago y a través de aquel velo de cristal hilado, una ciudad de muñecas recién barnizada.

Otro trueno estalló, y la lluvia convirtiose en el desbordamiento de un río inagotable. Caía sobre la ciudad en oleadas, cual las del viento, y al azotar el rostro de Luciana como que adquirían personalidad aquellos latigazos de la lluvia, diríase que alguien insultaba a la muchacha, valiéndose de tales látigos de agua.

Ella sacó fuera de la ventana su ardiente cabeza. Una ráfaga de aire pasó sobre ella, electrizando más y más su ser. Sintiose otra distinta. No era una paloma; era un águila. ¡Qué vigor, qué energía, que decisión tan heroica y sublime! Un tercer relámpago iluminó el horizonte, pero este no fue lineal a manera de culebra, sino a manera de incendio de los átomos del aire: una inflamación de la atmósfera, semejante al súbito apagar y encender de luz eléctrica. Luciana creyó que veía en lo lejano del Occidente la silueta negra de una hermosa cabeza femenina que la sonreía irónicamente. No pudo reprimir un movimiento de su mano, que cerró el puño y casi se levantó con ademán de desafío e ira.

Mientras estuvo midiendo varas de tela, jamás se había presentado a don Pero caso semejante al que su hijo le ofrecía. No era grandemente curioso; pero estaba ansioso de conocer la verdad de lo ocurrido entre Lucio y Ustáriz. Doña Olegaria, en el colmo del desasosiego, hacía trabajara su magín inquieto, que en vano buscaba por todas partes una satisfactoria explicación. Era como un mono puesto en un trapecio, y en el trapecio de la curiosidad se columpiaba, anhelante y medroso de que no hubieran ya venido al suelo todas las felicidades que ella había pedido para su hijo a la Virgen del lienzo negruzco que estaba sobre su lecho. ¡Pobre madre! Lucio permanecía callado y pensativo. Por huir de la presencia de sus padres, donde él notaba que había de hablar, y que al fin sería preciso decir lo que él reservaba, la causa verdadera del abandono del bufete, salió a la ventana, como aquella noche primera de nuestra historia en que le conocimos. Luciana le vio acercarse y cerró los ojos. La noche se iluminaba para ella con luz meridiana celestial. Su brazo tocaba el brazo del primo querido. Su corazón volteó en el pecho como un pájaro loco.

—Lucio —dijo ella—, yo me alegro.

—¿De qué?

—De eso... de que no vayas a casa de don Adrián nunca, nunca más.

—¿Y por qué?

—¿Por qué?

—Sí... es una alegría bien necia.

¡Bien necia! Luciana podía haberle probado que era una alegría bien justa; pero no quiso, o no se atrevió.

—No te alegrarás —repuso Lucio tras un breve silencio —cuando sepas que a mí me mata esa revolución.

—¡Te mata!

—¡Sí, me mata!... Pero calla, habla bajo; que no se entere mi madre... guárdame el secreto... ¿Quieres que te lo cuente?

Lucio se lo hubiera contado a una estatua. ¡Cuántas veces elegimos para compañeros de nuestro dolor, y confidentes de nuestras amarguras, a los más insignificantes de nuestros amigos! Es que el dolor profundo quiere extenderse sin obstáculos, como el río por una pradera llana, y no gusta de que el confidente le detenga con una objeción seria y capaz de mudar el rumbo de su curso.

—No quiero que lo sepa mi madre —añadió Lucio—, porque sufrirá al saberlo... ¡Ella cree que yo he de triunfar siempre! Su buen instinto de mujer se obscurece por su amor apasionado de madre, y no podrá imaginar concebible el que yo halle frente a mí obstáculos insuperables, poderosos... ¡Y, sin embargo, los hay!

Hablaba con voz trémula. Cuando la voluntad detiene el llanto, no se habla de otro modo. Sus dos puños cerrados, en los que alguna gota de lluvia caía, parecían aferrarse a algún invisible enemigo, luchando con él.

—¡Luciana, Luciana! —dijo en voz muy baja y más trémula todavía—. No ames nunca, no dejes entrar en el alma esos anhelos de poseer a otra persona moralmente y penetrar dentro de su corazón, como entra el fuego en una atmósfera de gas... No ames nunca... Pero ¡bien es verdad que tú no amas, tú no amas, tú tienes una sensibilidad grande para otras pequeñas pasiones... y derrochando tu amor en la luna, en las flores, en las mariposas, nada te queda para los hombres! Dentro de tu alma, el amor es un niño dormido. No puedes amar... cuando ya no has amado...

—¡Cuando ya no he amado! —repitió ella en el mismo tono en que otra noche había repetido, en igual sitio, aquellas suaves palabrillas de su primo, cuando éste dijo: «¡Es preciso quererte!»

—Yo he amado en un mes más que todos los hombres en su vida entera —continuó Lucio—. ¿Tú no sabes a quién?... A una mujer... ¡no hay otra!... Las hay más bonitas... pero ninguna lo es como ella... ¡Qué sencillez la suya! ¡Qué naturalidad!¡Qué dulzura!... Yo quiero a veces decir cómo es su carácter, y nunca puedo trazar dentro de mí su silueta moral. Es una silueta de diosa, vaga y movible... ¡Un amor tan grande, y ya lo ves, Luciana, tan grande... ha muerto!

—¡Qué horror! —exclamó Luciana.

Otro relámpago había surcado el cielo, y Luciana tornó a ver la figura femenina, con el desdeñoso labio contraído por una sonrisa de triunfo.

—Pero, ¿es que no te quieren? —preguntó ella con débil voz, como un suspiro.

—No; me quieren... Eso es lo más horrible Sería una felicidad lograda si el mundo...

—No, no es eso lo más horrible... Lo más horrible es el no ser correspondido —objetó Luciana.

—¡Qué sabes tú! —repuso Lucio, a quien no agradó que su prima ofreciese repares a sus juicios.

Luciana era una doctora en eso de amar sin esperanzas. La tal ciencia, enseñada por ese catedrático enlutado y severo que llaman dolor, habíale costado la salud, la alegría, el brillo de sus pupilas, la dulzura hechicera de su carácter... Sí, porque Luciana había cambiado mucho... Su alma y su cuerpo habían experimentado una modificación, cual la experimenta una magnolia al ser trasplantada del clima tórrido a las nieves siberianas. A veces permanecía seria, sombría, taciturna durante horas enteras, y en aquel mudo recogimiento había algo triste que no podía menos de impresionar al perspicaz observador. Cuando salía de tal estado, una ansia de loca alegría inflamaba su pecho; pero ¡duraba tan poco! Era como un fuego de artificio, y después de cuatro estallidos de una risa febril y nerviosa, volvía a reinar lo obscuro, lo triste!

—Sé, sé algo también yo de eso, primo Lucio —dijo ella.

—¡Algo!... Puede que te lo haya hecho aprender Jerónimo... Bueno fuera que estuviésemos creyéndote incapaz de amar y estuvieses enamorada de Jerónimo... ¿Es así?

—No, no es así —repuso ella seriamente— Pero no hablemos de mí... Tú me contabas...

—Lo que yo te contaba, ya está contado... Eso no puede explicarse más... Dejémoslo...

La tempestad se hallaba en el momento dramático por excelencia. Los truenos se sucedían como disparos de cañones; los relámpagos, encendiéndose y apagándose súbito en cintajos de fuego, en jirones de oro, en encajes dorados, parecían una enredada madeja luminosa, o el estallido de una estrella. La lluvia había llegado a ser torrencial, y se oía en la calle el ruido de las canales, asemejable al que produce el andar de muchos pies. Cuando más fuerte era la lluvia, llamaron a la puerta, y ladró la perra Esmeralda. La campanilla y Esmeralda formaban una especie de todo mecánico y siempre que sonaba aquélla, ladraba ésta. Corrió Luciana a abrir, pasando junto a la mesa donde estaban aquellos dos viejos tristes, pensativos, callados, mirándose uno a otro, como se deben mirar dos signos ortográficos de interrogación, puestos uno delante de otro en una pregunta insoluble.

Quien llamaba era el buen Iravedra, que entró en la estancia, llevando delante el paraguas de algodón rojo, que goteaba, dejando en el suelo un rastro de humedad. Púsole abierto en un rincón del cuarto, y luego, después de quitarse el sombrero y sacar un pañuelo con el que se sacudió las gotas de agua que se habían posado en su raída levita, dijo:

—¡Buenas noches, vecinos!... Llueve más que cuando enterraron a Jauja.

A Zafra quería decir, pero ya sabe el lector que este buen hombre solía trabucar lastimosamente las citas de que empedraba el discurso.

Respondieron todos a su salutación, y don Pero le brindó con una silla, dando en el respaldo de la más cercana un sonoro palmetazo.

—No, no, mi señor don Pero —repuso don Honorio—, llevo prisa... Quiero hablar con don Lucio de un asuntillo...

—¿Conmigo? —preguntó Lucio un tanto sorprendido.

—Con usted... sí...

—Vamos a mi cuarto.

—Vamos... Con permiso de ustedes —dijo Iravedra, echando al salir una cariñosa mirada al abierto paraguas, que ya había llenado el suelo de humedad y amenazaba inundar la estancia.

Cuando hubieron salido Lucio y el visitante, y cuando oyó doña Olegaria que se cerraba la puerta del despacho de su hijo, no pudo resistir más tiempo la curiosidad. Hubiérala ahogado sin remedio, a no haberla permitido algún pequeño esparcimiento. Aquella pasión, puramente femenina, la estrechaba entre sus brazos de arpía... No contó con nadie y no dijo nada a su marido. Alzose de la silla, y cojeando, agarrándose a las paredes, atravesó la sala y se acercó a aquella puerta. Ni don Pero ni Luciana lo echaron de ver. Cada uno se hallaba preocupado con sus propios pensamientos, a mucha distancia del mundo real. La vieja se aproximó a la puerta del despacho y acercó su pupila derecha al ojo de la cerradura, por el cual salía un chorro de la luz que alumbraba el cuarto del joven. Toda el alma de doña Olegaria estaba detrás de aquella pupila, y miró con una atención indescriptible. Vio a Lucio sentado cerca de don Honorio, el cual, según su costumbre, al hablar tenía cogida la solapa de la levita de su interlocutor y acompañaba sus palabras con demostrativos tironcitos del paño. Pero doña Olegaria no quería solamente ver... quería además oír. Su pupila y su oído trabaron una lucha dentro de su cerebro, queriendo ser preferidos ambos. La vieja reumática estableció un orden equitativo y dijo: «Primero uno y después otro». Tocó el turno al oído, que le aplicó a la cerradura como un embudo a la espita de la cuba. ¡Qué gozo! ¡Hablaban tan recio, que no iba a perder una palabra del diálogo!

Era del sempiterno recolector de refranes la voz que decía:

—Al buey por el asta, y al hombre por la palabra... ¡Fuera delicadezas monjiles! ¿No es don Adrián mismo quien suplica a usted que vuelva a su casa?... Pues es él, él quien se lo suplica... y yo vengo a decírselo a usted en nombre de don Adrián... Acepte usted desde luego.

—No puedo, no quiero —respondió la voz de Lucio.

—Es que si mucho sabe la zorra, más sabe quien la toma, y uno piensa el bayo y otro quien le ensilla... Si don Anatolio cree que lo ha conseguido todo con un par de cartitas, se equivoca el muy señor tonto... ¡Quiá!... ¡Ni por esas! Don Adrián no se deja dominar por un cura de misa y olla, y por un señoritín cabezudo... Si usted no acepta... que debe aceptar... don Adrián cierra su bufete, dispersa sus clientes, se aleja de Madrid, y entonces verá usted ese mal hijo hecho un miserable... Yo sentiré que don Adrián haga eso, porque el abad de lo que canta yanta, y yo cuando deje de cortar plumas de ave, dejo de comer... Pero aun así... mire usted... con tal de que don Anatolio no se salga con la suya, todo lo doy por bien empleado.

—¿Usted no comprende que después de la carta que me ha escrito Anatolio, yo no puedo seguir en su casa? Si él supone que he tratado de suplantarle, debo demostrarle yo que en mi alma no caben tales propósitos, renunciando completamente al porvenir que en casa de Ustáriz pudiese estarme reservado.

Doña Olegaria dejó entonces que su pupila sustituyera al oído en el observatorio, y vio la cabeza de su hijo inclinada sobre el pecho y alumbrada desde la frente por el círculo de luz de la pantalla del quinqué. Pareciole triste, tristísima, y aquella pupila observadora dejó de ver, sin que el oído la hubiera arrebatado el agujerillo de la puerta. ¡Fueron las lágrimas las que la impidieron mirar!

—¡Pobre hijo mío! —exclamó la desconsolada vieja—. ¡Pobre hijo mío!

—Por complacer a don Adrián —continuó Lucio—, haré una cosa. Ir a su casa mañana para explicarle eso que usted llama mi tenacidad. ¡Verá usted como me da la razón!

El acento grave y lúgubre de estas últimas palabras revelaba bien a las claras cuáles eran los pensamientos de Tréllez. ¡Bien sabía él que, desgraciadamente, dentro de su criterio, que era el de la rectitud, no cabía otra salida que la que por la puerta de la desesperación su suerte negra le ofrecía: dejar de ver a Rosario, renunciar, acaso para siempre, a esperanzas acariciadas... Aquel monstruo de chiquillo, aquel endiablado Anatolio, había acertado a herir la fibra más delicada del ser de Tréllez: la del amor propio. Al establecer una disyuntiva entre su dignidad y su dicha, suponiendo que para conseguir ésta alguien podía decir mañana que había atropellado aquélla, levantaba una muralla infranqueable entre una y otra. Lucio hubiera preferido mil muertes a que el mundo —¡siempre el mundo! —le juzgara un hipócrita vulgar, de esos que, disfrazados con la máscara de la laboriosidad humilde, penetran dentro de una familia para dominarla, rodeando a unos con el lazo de la amistad, a otros con el del interés, a otros con el del amor. Dábale miedo el considerar cuán grande era su semejanza con estos seres, y al ver que la apariencia exterior de sus hechos podía ser de tal suerte interpretada, cuando era tan noble, tan sublime, tan grande su generosidad, una rabia triste e impotente incendiaba su corazón con arrebatados furores. Además, no se decidía a aceptar las indicaciones que, por conducto de Iravedra, don Adrián le hacía, a causa de que éste ignoraba una de las más importantes fases de su situación: ignoraba el amor que le unía a Rosario. «¿No podrá mudar el curso de sus ideas cuando lo sepa? ¿Me encontrará digno de su hija el que me aplaude como auxiliar de su trabajo? Y si Anatolio insiste en su enemistad conmigo y en su separación de la casa de don Adrián, ¿no podrá llegar día en que ella me mire como causa eficiente de sus disturbios?» Estas ideas, llenas de razón, le perturbaban atrozmente, y el drama que dentro de su alma se desarrollaba era cien veces más horrible que esos dramas que a los espíritus groseros maravillan, en que no hay pasión que no tenga a su servicio un puñal o un veneno. Era un drama en que luchaban los sentimientos delicados de un alma íntegra, pura, incorruptible.

Doña Olegaria volvió a observar, pero viendo que don Honorio se levantaba de su asiento, como disponiéndose a salir, fuese corriendo de la sala. Su pierna reumática ayudaba torpemente a la otra en aquella fuga, y la pobre vieja, que con un instinto maternal había entrado por el agujero de la cerradura de aquel despacho dentro del alma de su hijo, adivinó sus tormentos, sin comprenderlos ni hallarlos justificados.

Cuatro palabras la habían puesto al corriente de todo. En su perspicacia había mucho de adivinación.




XXVI

Aquella iniciativa, aquella móvil voluntad, aquel audaz espíritu estaban inactivos mucho tiempo hacía. Durante varias noches quitaron el sueño a Lola Iravedra raros pensamientos con los que trataba de componer algo que, contra toda justicia ante su vista, se llevaba a cabo. La desgracia de Luciana era tan grande, que no pudo menos de conmover a Lola que era un caballeresco Quijote con faldas, y quiso remediarla. ¿Cómo? Hay cosas que no tienen arreglo posible, y una de ellas era la que Lola trataba de arreglar.

—¿Es posible que no participen en esa casa todos de mi cariño hacia esta bendita criatura? —se dijo a sí misma—. Ahora que Lucio ha dejado de ir a casa de don Adrián, es cuando debo hacer esto... sí, esta es la ocasión.

Y no necesitó más Lola para obrar. ¡Fuera reparos! Vistiose, cruzó la calle, subió a casa de Tréllez y entró en la sala como un cohete, con la cara encendida, los ojos chispeantes y alegres, al considerar que iba a ocuparse en algo grande y difícil.

No usó miramientos ni rodeos. Ce por be se lo refirió todo a doña Olegaria, aprovechando una ausencia de la huérfana, a la cual se oía andar en la cocina. Renuncio a pintar el asombro de doña Olegaria. Es posible que si la hubiesen dicho: «Esmeralda, esa perrilla de lanas, está enamorada de Lucio», lo hubiera tenido por más verosímil.

—¡Cuánto le agradezco a usted que me lo haya comunicado! —exclamó dominando un golpe de tos que estuvo a punto de ahogarla.

—Ciertamente, mi señora doña Olegaria... Usted podrá influir... ¡Pobre muchacha! Es preciso un remedio enérgico, y el remedio creo yo que es...

—Es... Llevársela de aquí cuanto antes.

—¡Cómo! ¿Qué dice usted?

—Que es preciso llevársela... llevársela a Lugareda... otra vez... aquí, ¡aquí no puede seguir!

Decíalo como si se tratara de un ser apestado.

—¡Pero, doña Olegaria! ¡Eso es inicuo! ¡Eso es matarla! ¿Usted no sabe cuál es el estado de su salud?

—Pues qué, ¿pensaba usted otra cosa? ¿Voy yo a dejarla aquí?... No, no... que no alimente ilusiones necias... ¡Cómo se ha de casar con Lucio! ¡Lucio no puede casarse con ella... porque no la quiere, porque no la quiere!... ¡Bonito negocio sería el tal matrimonio!

El asombro que había poseído a la anciana, pasó a Lola, dominándola también momentáneamente. Después no fue asombro, fue ira lo que sintió latir dentro de su corazón. «¡Madre egoísta!» ¿Piensas que por querer mucho a tu hijo, has cumplido todos tus deberes? Pues sabe que junto a ese cariño ardiente que absorbe entero el calórico de tu alma, el invierno del egoísmo hiela todos los otros afectos, y siendo muy amante de un ser, sólo guardas odio para los demás». Así discurría Lola. Ahora bien; ¿qué se proponía ella con su revelación? Nadie es capaz de decirlo. Creyó, sin duda, que la caridad podría haber hecho germinar en Lucio una nueva simpatía hacía Luciana, con la cual... ¿quién sabe?... acaso habría salido volando la mariposa del amor de la crisálida de la amistad. Pero lo que pensó, seguramente, es que sería falta de humanidad el ver morir, poco a poco, a aquella criatura sin intentar devolverla la salud, por cualquier tratamiento, siquiera fuese de eficacia fortuita.

Lola se retiró de casa de Ustáriz consternada, y dos días más tarde, cuando había comenzado a hacer girar la rueda de la máquina de coser, oyó en la calle ruido de cascabeles y después el estrepitoso rodar de un coche. ¿Fue curiosidad femenina lo que la hizo asomarse a la ventana? ¿Fue algún presentimiento? Tampoco lo sé. Sí puedo decir, que cuando se asomó a la ventana, doblaba la calle un coche de la Compañía de ferrocarriles del Norte, y que por su ventanilla divisábase el rostro triste de Luciana, y el grave mascarón arrugado con que don Pero Tréllez ocultaba sus sentimientos dulces. Si, como pudo ver, Lola hubiese podido oír, habría escuchado que don Pero decía:

—No llores... Desecha tus preocupaciones pueriles... Yo te aseguro que es sólo por bien de tu salud, por lo que te llevo a Lugareda... ¿Piensas que te abandonamos? No, cordera, no. Yo no te abandonaré nunca... Verás qué hermoso está aquel pueblo... En el huerto del tío Reliquia debe haber mucho lirio... ¡Pues no digo nada en el de casa!... La tía Jeroma, que es quien ahora nos la cuida, ha plantado más de treinta matas de albahaca. No llores... Yo te aseguro que tú te pondrás buena y serás feliz.

Eran las siete menos cuarto. El tren partió a las siete, llevándose aquel corazón marchito, trocado por sortilegio del dolor, en fuente de lágrimas.

¿Quién ha vuelto a hablar de Luciana? ¡Estas desgracias obscuras sólo pueden interesarnos a nosotros y al bueno de Jerónimo, que, según él dice, no podrá volver a amar de veras!




XXVII

Lucio permaneció firme en su propósito. Cinco días transcurrieron sin que volviese a casa de Tréllez, después de aquel en que fue a darle cuenta de su resolución. Pero al quinto —¡precisamente el mismo en que Luciana y don Pero salieron para Lugareda!— vino a llamarle don Honorio, asustado, trémulo, convulso, trabucando, no sólo los refranes, sino las palabras también.

—¿Qué ocurre? —preguntaron doña Olegaria y Lucio.

—¡Qué horror! ¡Qué horror!... ¡Venga usted, amigo Tréllez!... ¡Venga usted! —exclamó Iravedra.

Arrastrole a viva fuerza, y, con el sombrero en la mano, salió Lucio siguiendo al viejo escribiente, que parecía poseído del demonio. Durante el camino, no pudo sacarle una explicación clara... Iravedra, que era quien guiaba, tomó la dirección de casa de Ustáriz. La gente los miraba al pasar, despertando la curiosidad en todos, aquel grupo de dos hombres que, con la cara espantada, iban abriéndose paso a empujones por entre la multitud. Llegaron por fin; subieron la amplia escalera... Digo mal... No la subieron la tomaron por asalto en tres brincos. Entraron en el salón de don Adrián y hallaron a éste en la misma butaca en que había llorado las primeras lágrimas del luto de Cristeta. El ruido de los pasos le hizo levantar la cabeza. Miró a Lucio con gesto de estupidez, y, sin hablarle, le alargó una carta. Este la tomó y devoró su contenido, que era así:

«Cuenca, 28 de Agosto.

«¡Qué desgracia! Dios le había dejado de su mano. Yo no quiero echar la culpa a los hombres. Anatolio desapareció ayer por la mañana de casa. Antes de ir a decir misa, tuve con él una escena violenta, porque se negaba a volver a tu casa, como yo le ordené que lo hiciera. Además le dije que un accidente imprevisto me impedía prestarle los tres mil duros que necesitaba para saldar su cuenta con tu pasante. Se puso furioso. Nunca le vi de igual modo... ¡Qué horror! En todo el día le volví a hallar. ¿Dónde estaba? ¡En poder del diablo, sin duda alguna! Anoche tampoco vino a casa... Hoy, al amanecer, mi inquietud fue grande... Estaba lleno de horror, imaginándome lo más terrible, cuando llegó a mi casa el gobernador en persona. No sé cómo decírtelo, pero creo que no puedo dilatar ni un instante el cumplimiento de tan rudo deber. El gobernador me dijo que esta mañana se había hallado el cadáver de Anatolio, flotando en el río Júcar, y que hay motivo para suponer que se ha suicidado. ¡Qué horror, Adrián, qué horror! No se le ha hallado encima carta ni papel escrito alguno, pero la elocuencia de su muerte habla demasiado alto, para que necesite explicación. Yo cuido de dar tierra cristiana al cadáver del suicida. Une tus preces a las mías, para que el Señor le acoja en su seno.

TEÓFILO.»

Lucio sintiose morir. Lo inesperado del suceso tenía algo de abrumador que espantaba. Luego, él vio en aquella carta algo que acababa de matar sus esperanzas de dicha. Don Adrián, sin separar de su rostro las manos, dijo:

—Yo abonaré a usted esa suma que... se le adeuda... ¡Qué remordimientos, Señor, qué remordimientos!

Y tendió la mano a Lucio, que la estrechó con fervor. Estuvo un rato aún delante de Ustáriz; pero aquel silencio congojoso le ahogaba, y salió del cuarto a pequeños pasos, con actitud trágica, con los ojos cargados de un calcinador llanto. En la puerta se halló a Rosario. Ella quiso huir antes de ser vista, pero ya era tarde. Lucio detuvo por una manga de su traje a aquella muchacha, que lloraba con llanto nervioso.

—¡Esto —exclamó ella señalando su pecho —esto es ya imposible!

Lucio se sintió horrorizado. Hubiera dicho que entre Rosario y él había surgido la sombra amenazante de Anatolio, con el rostro amoratado como lo está el de todos los que se ahogan, con los puños cerrados y el mirar iracundo.

Fuese corriendo de aquella casa horrible, cuyos techos pesábanle en los hombros, como si sobre ellos se hubieran desplomado. En la escalera dejó su última esperanza, y cuando salió a la calle era un muerto vivo, destinado a pasear por el mundo el cadáver de sus ilusiones... Entonces anochecía.


Publicado el 22 de abril de 2019 por Edu Robsy.
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