Viñetas del Sardinero

José Ortega Munilla


Cuento



I. A través de Castilla

(Paisajes)

Santander (junio del 80).

La selección natural explica muchos fenómenos de la vida del hombre. Los partidos se forman de esa manera, colocando a la derecha los linfáticos, a la izquierda los nerviosos, de donde resultan los conservadores y los fusionados. En el teatro, cada noche de estreno se libra una batalla entre los partidos literarios que por selección natural también se reparten las opiniones. Llega el desenlace, muere, como es de reglamento ahora, el inocente a manos del traidor, y uno dice clavando las uñas en los brazos de su butaca:

—¡Qué picardía!

Mientras otro dice, apartando los ojos de la escena con desdén:

—¡Qué tonterías!

El primero es nervioso; el segundo linfático.

Pues bien: las gentes que ahora se marchan de Madrid, anticipándose al verano natural, en busca de un fresco que aún no ha faltado realmente a los cortesanos, son todos ellos seres nerviosos, llenos de impaciencia, gobernados por el capricho, que no tienen paciencia para aguardar los sucesos, quiero decir, los calores, y salen en busca del mar.

De este efecto de la selección natural, resulta que los primeros trenes del verano son el bagaje de los que padecen ataques de nervios, convulsiones y desmayos; de las señoritas que se asustan cada vez que silba la máquina, de los muchachos que esperan ver rodeado de bandidos el wagon a cada momento. Trenes de donde salen gritos de espanto, exclamaciones de admiración frente a un panorama bello, maldiciones a la ignorancia humana, que sólo ha inventado hasta ahora esas carretas de vapor, guiadas por el dios del descarrilamiento, que se llaman locomotoras; y una serie de «¡ah! ¡oh! ¡uf!» que contiene toda la gama de las interjecciones posibles.

Los nerviosos han estado de moda en la política y lo estarán siempre en el arte; pero es temperamento con el cual, según decía Buffon, se hace poco dinero.

El dinero de los nerviosos se lo llevan los linfáticos.

Porque el inglés es un ser linfático por excelencia.

Antes de llegar a la arenosa orilla, el tren atraviesa un mar de tierras llanas, sin árboles, sin casas, triste. Las estaciones se destacan en medio de leguas de desierto como una casita de cartón en una mesa de billar. A veces se descubre medio oculta entre los sembrados una cabeza morena, cubierta de sombrero de paja, y sus brazos, vestidos de blanco lienzo, van y vienen segando con hoz que, al brillar bajo el sol, parece hecha de un rayo. Cada diez leguas se ve un árbol, uno sólo, desesperado, lleno de penas, aburrido y dispuesto al suicidio. Todos los pájaros de la provincia acuden allí a fingirse una primavera imaginaria. Es el Biarritz de aquel contorno para la gentecilla alada. Las verdes hojas del arbolejo palpitan de continuo al vibrar de alas y cánticos con que un pueblo gracioso de gorriones, pitirrojos y calandrias lo invade. Y el árbol, ahogado bajo la lluvia de polvo incandescente que apergamina y seca sus mustios faralaes de bayadera pobre, se pierde de vista a lo lejos, quedando grabado en la imaginación con este nombre: el quitasol de la tristeza.

Esa llanura castellana, que puede compararse, cuando están prietos y amarillos los sembrados, a un mar de oro, tiene un navío que cruza sus inmensos espacios. Es la galera, la anticuada galera que en Madrid no se ha visto desde el año 27. Recias mulas la arrastran, y bajo el movedizo toldo de encañadura, van las señoritas del lugar vecino a la feria del lugar próximo, y se ven rostros bonitos y saludables, a los cuales no puede el amor poner pálidos, cabellos peinados al desgaire, manos sin guantes, robusteces envidiables y hermosas, torsos dignos de Diana y ojos dignos de figurar en la Osa Mayor (en la constelación de este nombre). ¡Ah! Esas galeras llevan la alegría bajo su toldo, y el amor a su vera, en un caballo negro montado por un fornido y esbelto mozo.

Vosotros, cortesanos empedernidos, tendréis muchas cosas buenas, pero no tendréis nunca estas encantadoras señoritas de pueblo, en las cuales ha venido a refugiarse el idilio clásico.

El mar y la llanura tienen pequeñas industrias, alivio de la pobreza, en su seno inagotable. Chicuelas descalzas y muchachos desnudos van por los trigos buscando espárragos y achicorias. Enjambres de niños merodean los tesoros del mar, espiando en sus orillas la ocasión de atraparle un cangrejo o una docena de almejas.

Preguntadle a uno de éstos cuánto gana y os responderá:

—Según... Si el día se da bueno y cogemos treinta sardinas, siempre venimos a sacar seis cuartos.

Se acuestan en la arena mojada de la playa, y el mar que viene a lamer sus pies les hace soñar que están acostados en una gran cuna donde columpian su sueño las tempestades, esas terribles hijas de los amores del viento y la electricidad.

¡San Juan! ¡San Juan! Ya llega el santo; ya empiezan a dibujarse en la azul esfera su banderola bordada de estrellas y su cordero, que está representado por una nube blanca; ya se disponen las muchachas a consultar su horóscopo. Aquel día el sol viene con sus más dorados rayos a iluminar el seno de las aguas que centellean al moverse, diciendo en su ignoto lenguaje a los amantes mil cosas felices. Hay dos noches de San Juan célebres en la literatura: la del Sueño de una noche de verano, y la de Pepita Jiménez.

Ya sabéis lo que le pasó aquella noche a Pepita Jiménez.

Cuando acaba la llanura castellana, la Naturaleza sonríe, cuelga guirnaldas de yedra en los peñascos, viste los troncos de los árboles de dalmáticas de aterciopelado musgo, agita el incensario de los tornillos y hace que los helechos abaniquen al aire como un esclavo al sultán dormido. El agua se filtra por todas partes, enreda los mil hilos de sus arroyos como un peine de cristal en las cabelleras verdes de los juncos, se derrumba en pequeñas cascadas, y luego descansa en lagos tranquilos que, divisados entre el ramaje, parecen pedazos de espejo. Se descubren esquinas de casitas campestres, tejados envueltos en nubes de golondrinas, puentecillos de tablas bajo los cuales ruge un Niágara pour rire, vacas que pastan en la boca de un abismo, grandes zonas de mar que las agudas rocas colocan en irregulares mareos de vegetación, y playas que bajan llenas de sembrados hasta las olas, y en las cuales labriegos pescadores atan la amarra de b barcaza en la reja del arado.

II. En la montaña

Solares.— La Cavada.— Liérganes.— Pamanes

Perdemos de vista a Santander. Allá queda en la brama la línea de casas suntuosas del muelle, sobre cuyas fachadas se cruzan, formando red de palos y cuerdas, los mástiles y jarcias de los navíos. Vamos en la cubierta del Corconera, un vaporcito de hélice que taja la mar con bravura. La línea de árboles del paseo do la Alta encierra a lo lejos la plaza en un cordón extensísimo. Parecen gigantescos y esquivos guardianes que, apoyados en el arma, velan sin cesar. Una nube gris se enreda en estos árboles; va avanzando hasta encapotar todo el horizonte urbano; el vapor vira... y penetramos en un brazo de mar que escarba en las orillas con sus dedos de espuma. Prados verdes bajan a buscar el agua salada; hay chopos sumergidos que agitan su cabeza sobre las olas como un nadador desesperado; pinazas tejidas de rojo por el mineral de hierro que transportan, ostentan en sus tablas manchones sangrientos como reliquia de cruenta batalla; un aéreo puentecillo flotante nos ofrece su escalinata... ¡Arriba! ¡Tierra firme! A esto lo llaman los geógrafos el Astillero. Lindas casitas blancas que sonríen entre árboles; una iglesia de no mala traza arquitectónica; mucha gente; muchos carruajes; señoritas vestidas de blanco y con sombrillas azules; pasiegos abrumados bajo el peso del cuévano —ese domicilio ambulante—; gentes de todas especies, provistas de paraguas. ¡Sabia precaución! Aquí el agua está eternamente suspendida en la atmósfera y amaga caer de continuo... ¡Ya cae! Su barniz cristalino limpia los helechos del camino, lava el monte de Cabarga, raya el horizonte de mil líneas grises, entre las cuales se adivina la silueta del demonio de la turbonada, un demonio cuya misión se reduce a dejar a la humanidad calada hasta los huesos.

¡Solares, Solares! Humilde pueblo, puesto en el rincón más hermoso de esta provincia, en el centro de un panorama de campos siempre verdes y frescos, que desde las orillas del río Miera contempla los prodigios de paisaje que este artista hace a la aguada en sus dos leguas de camino terrestre... Llegamos, llegamos a ti. Entró la noche con nosotros. El silencio domina al pueblo. Cerráronse las puertas de toda humana vivienda. El sapo pone en música la idea de la monotonía cantando entre la hierba húmeda: «Yo, yo, yo». Éste es el único ruido que de sí echan los campos. ¡A dormir!

Es día de San Juan y se celebra romería en la Cavada. Atravesamos en el trayecto una feria de ganado vacuno. Todo el camino es un rosario de hombres que van a vender vacas y de vacas que van a ser vendidas. Distintos aspectos del mismo tipo nos enseñan los rasgos característicos del montañés de esta comarca. Alta estatura, fisonomía franca y abierta, ojos claros, recia complexión. La esposa acompaña al marido. Delante va sonando su cencerro la pacífica vaca, y a su lado trota y trisca el jato que a veces alarga el húmedo y hambriento hociquillo para buscar en la ubre materna regodeo y alimento. Detrás va el matrimonio; la mujer vestida de nuevo, con chillón pañuelo en el talle y el paraguas de lienzo en la mano. Este paraguas es inmenso. Tiene más tela que las velas de un bergantín, y al abrirse, el campo se nubla, y esposo, esposa, prole y ganado quedan protegidos de la tormenta. Pereda ha pintado estas cosas con tanta maestría, que no intento reproducirlas. Él hizo el cuadro. Yo le apunto en esta hoja como en el catálogo de un museo.

Ahora llegamos a Cavada, ex-sitio real, o sitio ex-real, o como se deba decir. Ello es que aquí hubo grandiosa fundición de que vestigios enormes por todas partes se descubren. Tapias húmedas y hundidas, tejadillos chafados, capillas en que ya sólo ofician las lechuzas, cantando la epístola de las tinieblas el búho, un arco que ostenta el blasón de Carlos III, un puente adornado con grandes pedazos de hierro, memoria de la fundición. El río moja dos cañones sumergidos que han venido a ser batería de las ranas. Una espantable roca avanza sobre el pueblo, y le intenta construir un dosel. Parece que va a desprenderse, y entonces la imaginación cree ver hundirse el puente, agitarse machacadas las ruinas; moverse como mandíbulas flojas de esqueletos famélicos las ventanas de la fundición, sacar los árboles los pies de la tierra para huir de la catástrofe, y el puñado de humanidad que allí vive perecer como el enjambre de hormigas bajo la pezuña hendida del buey... Pero no hay miedo. Esa roca ha prometido no venirse abajo, y lo cumplirá. Tienen palabra las rocas. Son gente de peso. Además, ¿dónde tendría mejor puesto ni mejores acompañantes? Higueras bravías, guinderas y avellanos le han tejido un traje estupendo de elegancia. La hiedra puso el bordado y le industrió los faralaes de encaje y los festones repiqueteados y los caireles vistosos. Desde allí ve la alameda más hermosa y prieta de Europa, ve una fábrica de hilados, ve rincones deliciosos de vegetación viciosa, llena de lujo y gracia, ve a los hombres como granos de pólvora, y puede que vea el mar relampagueando a lo lejos y parecido a un espejo que moviera el señor de Eolo delante del sol para fascinar a la tierra. Esta cita clásica vale la pena de un punto y aparte.

Nada, nada queda de la antigua realeza de la cavada. Un rastro negro de pedazos de escoria va llevando adonde estuvo la fundición. Pero al llegar se cree uno engañado. Sólo se puede descubrir un a modo de enorme pozo, poblado de cantidad de zarzas, higueras y las otras plantas con que topó don Quijote en la cueva de Montesinos. Arrojad una piedra. Deben salir mil pajarracos negros y grises, de ésos que tienen los ojos en línea recta y que miran con miradas de otro siglo caduco a los que van a turbar su reposo. Allá abajo, en este hueco que fue grandiosa fábrica, deben dormir en lecho de musgo los gnomos guardadores del hierro que por todas partes asoma sus vetas rojizas y negras. Al sentir el ruido de la piedra que arrojasteis y que sonara adentro como el aldabón de un palacio a que no se llamó en muchos siglos, movimientos de pies perezosos, chasquido de espinas dorsales que se incorporan, castañeteo de manos descarnadas que vuelven a coger el olvidado martillo. Llamaradas rojas y sulfúreas se escaparán de la apagada fragua, el alto horno se incendiará como un volean, el ejército de herreros saldrá de su fosa y en esqueleto; pero manejando reciamente las herramientas formará círculo en torno a la bigornia, y allí golpearán de lo lindo. ¡Horrible escena! Todo eso pasó y murió. ¡Bien muerto! Donde se labraba el cañón que preñado del hierro de Marte, como diría un poeta clásico, vomitaba la muerte, un violinista popular ejecuta una polka. Sobre la verde pradera, cuyo césped, tiene un matiz brillante, casi dorado, hay círculo gallardo de señoritas de los pueblos vecinos. En vez de la comparsa de esqueletos, un corro de bailarinas muy bonitas. Aquí no manda el dios de las fraguas, sino Cupido.

Más arriba, en medio de una frondosidad inverosímil, está Liérganes. Cerros aviesos le rodean, y desde abajo parecen enormes encías de donde han arrancado todas las muelas. El mismo pueblo diríase que tiene dolor de muelas, según es de triste. Las nubes no le dejan respirar atmósfera inundada de sol. La vegetación crece, crece, crece. Es una primavera eterna la suya; pero primavera lúgubre, como la de los invernaderos. Aquí el establecimiento de baños pone una gota de láudano en el dolor de muelas del pueblo. Un edificio moderno y blanco sonríe más allá. En cambio, a la derecha, diez o doce casas negruzcas se amontonan y se empujan unas a otras, simulando la mano nerviosa que oprime la encía dolorida, y varios muros recién dados de cal hacen el efecto del almidón que, por remediar el acceso, se impone en la mejilla. Salgamos de Liérganes. Antes de ello, la amistad nos tiene dispuesta espléndida mesa, y una mano amiga nos hace los honores del pueblo. Estrechémosla y partamos.

Una calleja tortuosa nos lleva a Pamanes. Allí levanta sus cubos macizos el castillo de los condes de Hermosa, buena fábrica, bien conservada por defuera, a pesar de la impía mano que ha tapiado su grandioso balconaje. La capilla encierra dos mausoleos con sus estatuas arrodilladas, y en la plaza aún se descubre el símbolo del dominio, que representa la heráldica con una horca, un caldero y un cuchillo.

En la mitad de las faldas que ascienden por lo remoto del paisaje, vense cabañas negruzcas, especie de colmenas de piedra, donde viven los primeros pasiegos. Allí empiezan sus dominios.

¡Qué contraste! ¡El castillo de Hermosa y la cabaña del pasiego! Conviene ser filósofo para estos casos. La verdad es que no sabe uno qué pensar de los hombres, del honor terrenal, de las dichas de aquí abajo, cuando se observa que el poderío del castillo se ha desvanecido y que la tranquila felicidad de la cabaña continúa.

III. El sardinero

Primera impresión

¡El Sardinero! ¡El Sardinero! Ya llegamos. Primero os deslumbra el mar; porque la inmensa y líquida llanura hierve, relampaguea, se rompe en partes mil con blancas quiebras, bajo la luz del sol meridiano. Luego vais retirando vuestra atención de la lontananza movible y veis la amarilla arena, fina y suave en donde las olas vienen a expirar besándose. Más acá están las casetas, esos ambulantes domicilios en que se desnuda Venus. Luego veis soberbios edificios: el hotel de Castilla, el Gran Hotel, el Casino; y a la izquierda marismas pedregosas, infinitas, anchas, vacías. Y el mar todo lo llena con su ruido, su perfume y su movimiento. Y se ven en la lejanía azul barquías que pasan rozando con su vela el agua; y en la plaza sombrillas blancas que esconden rostros femeninos, y silba el locomóvil del tranvía y suenan los cascabeles de los carruajes, y de los restaurants se escapa ruido de platos y brindis, y parejas de recién casados se van Dios sabe adónde, y hay grupos de niños que, sentados en la orilla, mojan sus manos en las olas que vienen y juegan con el mar que, manso, protector, bondadoso, se deja acariciar por la infancia como el leen de la fábula por la mariposa.

IV. Vamos por partes

¿Quién es capaz de poner orden en lo Infinito? Yo quisiera recortar dentro de mi memoria en pequeñas porciones todo este mundo marítimo, como se puede cortar con una tijera el mapa del mundo terrenal.

Hablemos del camino, pues que es preciso empezar por algo. Propende a lo agreste, se hunde en lo escabroso, se acerca a precipicios en cuyo fondo duerme el mar, busca perspectivas deliciosas, desde las cuales se ven cabras blancas comiendo rubia hierba en una pendiente. Los alambres del telégrafo sostienen pájaros cansados que alisan sus alas antes de echarse a volar. Allá arriba está el semáforo, que con lenguas de trapo (banderas) grita al puerto diciéndole:

—¡Ahí viene un barco! ¡Ahí viene! ¡Ahí viene! Más abajo se divisa la playa de la Magdalena y el puentecillo de su desembarcadero, que sube y baja al subir y bajar las aguas, tan calado y ligero que parece hecho de alambres y tul, con el armazón de un sombrero de señora. En la galería del establecimiento balneario se descubren sombras blancas: son bañistas que se pasean envueltos en su sábana con la olímpica gravedad de los senadores romanos envueltos en su púrpura. Después los vemos desceñirse la sábana, persignarse, y... ¡zas!... a la fresca hondura de cabeza! Nadando, nadando son una burbuja viviente que el mar lleva en su seno.

V. Pájaros, mujeres y vapores

Un pájaro volando sobre el mar es el más bello de los contrastes que puede ofrecer la Naturaleza. ¡Qué cosa tan inmensa! ¡Qué cosa tan pequeña! El uno tiene sus alas. El otro tiene sus olas. El uno brama y ruge. El otro pía y gorjea... Ese pájaro seriamente colocado en un palo del telégrafo mira estupefacto al mar. Otro pájaro viene volando: es la golondrina.

—Pío —dice la arábiga viajera.

—¿De dónde vienes? —pregunta el verderón?

—De Túnez.

—¿Sola?

—Con él.

—¿Tienes tú también un él?

—Las golondrinas amamos mucho. ¡Aquel sol de África!...

—¿Y no te ayuda a viajar?, ¿no te lleva sobre sus alas?, ¿no te evita las, molestias materiales de la vida?

—¡Hijo... nada de eso! —contesta dando un suspiro la golondrina.

—¿Y a qué vienes?

—A tornar baños.

—¿En tren expreso?

—Mi tren expreso es éste —y se sacudió las alas mirándoselas al trasluz.

—Es barato.

—Y divertido. ¡Cuántas cosas nos permite ver!... A propósito. Acabo de sorprender un idilio.

—¿Dónde?

—En un vapor que viene al puerto. En un yactk inglés. El propietario es un rico irlandés que plagia a Byron.

—¿Quién es Byron?

—¡Qué ignorantes son las aves españolas!... Byron es un gran poeta que amaba a todas las mujeres, galante, fascinador, irresistible.

—¿Y ese irlandés?...

—Trae en su yactk una preciosa española.

—¿Sevillana?

—No, señor. De esta provincia misma. ¿Acaso para ser bonita una española, necesita ser sevillana?

—El poeta lo ha dicho:


«Alta, rubia, delgada y muy graciosa
¡digna de ser morena y sevillana!»
 

—No eres tan ignorante como creía.

—Gracias.

—Pues esa beldad es montañesa. ¡Si yo fuese golondrino!... Quiero decir: ¡si fuese hombre!... Tú, como no has viajado apenas, ignoras que la mujer montañesa es encantadora. Su tez es blanca; pero no de ese blanco marmóreo que refleja la luz y la rechaza, sino de un blanco mate, de un blanco de arroz o de perla, lleno de cambiantes que sabe utilizar la luz, aprisionándola y haciendo creer que la engendra... ¡Ah!, la montañesa del irlandés es divina. Los ojos son castaños, tranquilos... ¿Tranquilos?... ¡No hay que fiarse, no hay que fiarse! La tranquilidad es la del lago aquél donde Bécquer dijo que dormía la ninfa de los ojos verdes. Atrae, hechiza, arrebata el albedrío. Se peina con sencillo esmero y no necesita brillantina ni otro cosmético para que su pelo parezca acero en hebras. Dos ricillos le cuelgan en la frente, y jugando con la dulce serenidad de ella, simulan dos diablillos simpáticos y seductores empeñados en perder el alma de un severo krausista. Ella los da con la mano y los hace trepar sobre el peinado; pero pronto bajan de nuevo, esparcen sus hilillos sedosos y rizados, y cuando la muchacha se arroja en la hamaca tendida sobre cubierta y duerme soñando con un amor más ardiente que el de Irlanda, los rizos cubren la frente y un como vapor caliginoso, hecho de obsesiones y sueños sensuales vaga en torno de aquella criatura.

—¿Y cómo se llama ese vapor?

Fancy: que quiera decir Capricho.

—Sabes el inglés como los mozos del Hotel de Castilla.

No sé por qué tenía Teófilo Gautier tan terrible odio a los vapores. Los detestaba, los aborrecía, e inflamado por la más violenta indignación, decía que profanaban las santísimas soledades del mar con sus negros cascos y con su humo mal oliente. Era, sin duda, este odio, engendrado en el espíritu de contradicción a todo lo nuevo que mató a la escuela romántica, de que era ilustre hijo el autor de Avatar.— Hoy ya se discurre de otro modo, y hemos convenido los hombres en hallar bonito casi todo lo que es útil, desde lo que injustamente llamaban los románticos «vil metal», hasta las hijas de los usureros. Si Gosbeck hubiese tenido hijas se hubieran casado con duques, porque no tendrían un escudo... pero tendrían muchos.

El vapor nos parece, pues, hermoso: su humo una cabellera de undosas crines que van enredándose en las nubes y que Eolo trenza; su estela una mágica cola de plata de que las ninfas y sirenas hacen luego sus vestidos: la potencia de la hélice una magnífica representación del reinado de Neptuno sobre las aguas. Cuando en las vacías inmensidades del horizonte silba el pito de vapor, soltando chorro de blanco humo, el hombre nos parece más grande que cuando le vemos sentado en la mesa de una academia rimando una oda clásica —¡esa poesía del sueño!

—Ya se acerca el vapor Fancy —prosiguió la golondrina continuando su diálogo con el verderón—. Pero no entra en el puerto. El irlandés es celoso como un hombre. No quiere que nadie vea a su amada. ¡Oh, qué amor tan grande! Estos seres fríos tienen un amor que echa raíces como la hiedra. ¿Ves en la cubierta del Fancy una figura de mujer que tiene en las manos un objeto que brilla? Es la preciosa muchacha que mira a través de los lentes de un anteojo su país... Ya no le verá, ya no le verá... porque dos lágrimas han enturbiado los cristales y la costa habrá flotado y desaparecido en esas gotas de llanto... ¡Adiós! Me voy... No quiero llorar también... Me acuerdo de África... ¡África! ¡África!

VI. El Quechemarín García

Yo no entiendo una palabra de marina. El mar me parece hermoso, pero me detiene con el espectáculo de su majestad, diciéndome en el ignoto vocabulario de sus olas: «¡Soy inviolable!». He aquí por qué algunas veces he recorrido el muelle de Maliaño de Santander al lado de un viejo marino, empeñado en ponerme al corriente de los nombres con que en el mar cada cosa es conocida, y nunca he conseguido aprender la diferencia que media entre el bergantín y la goleta, ni saber si el bauprés va cerca del mascarón de proa, o si la escandalosa es una mujer o una vela... Pero esta vez me encuentro seguro de que el García era un quechemarín, un barco pobre, con solos dos palos, ennegrecidos y escuetos, con un casco sucio de polvo de carbón y de todas las inmundicias de los muelles, con velas de lona tan repugnantes y hediondas, que parecían los pañales de la miseria colgados en la verga del desprecio. ¡Pobre quechemarín García! ¡Pobre barco, que representas en el mar la pobreza! Cuando aprovechando la subida de la marea alta, desenredas los cables que te aprisionan al muelle de Maliaño y arrancas del puerto triste y perezosamente, me pareces un mendigo del mar que vas a pedir una limosna de aire al padre Eolo y una limosna de piedad al implacable dios de las tempestades! ¡Pobre quechemarín García!

Fue ayer tarde cuando pisé la cubierta del quechemarín. Un olor fétido y asfixiante subía de la sentina. Había allí un cargamento de bacalao podrido y barriles de escabeche infecto. El capitán del quechemarín García estaba sentado en la cubierta, mirando con tristeza el agua negruzca que se movía en derredor del barco.

—¿Cuándo es la marcha? —le pregunté.

El capitán me miró de un modo extraño. Su faz cubierta por mitades iguales de cabellos y barbas, más tenía de cabeza de oso que de cabeza humana. Ojillos grises, nariz ancha, roma y abierta, que ensañaba en ambas fosas bosque cerdoso erizado, labios carnosos y prominentes: he aquí su rostro. Un gorrillo sueco coronaba su frente como un hongo una roca gris: una camiseta de punto se ajustaba a sus músculos de Hércules, y delataba, un pecho enorme, dentro del cual debían resollar dos pulmones grandes como los fuelles de la fragua de Vulcano. Cuando se hubo fijado en mí, como no me conociera, respondió, procurando ser afable y urbano:

—Señor: ¡la marcha! ¡Mare de Déu! ¿Y quién lo sabe?... Los que navegamos en estos penosos barcos no sabemos cuándo vamos a salir del puerto ni cuándo vamos a entrar... Aquí estoy esperando cargamento... ¿Usted cree que vendrá?... Yo no, lo sé. Llevo más de un mes aquí en este banco, mirando salir y ponerse el sol... ¡Mi mujeruca me espera allá! ¡Mare de Déu! ¡Y como cuesta un real cada carta, yo no me determino a escribirla!... Y ella se figura cada mañana que las olas se me han tragado: todas las noches reza: «¡Por el quechemarín García!».

—Muchos afanes son ésos, capitán. Pero, ¿no dan un resultado en buena moneda contante y sonante?

El capitán García me miró con ojos asombrados, y una nube de humo salió de entre sus labios, que acababan de soltar la pipa llena de nauseabundo tabaco.

—¡Dinero! —digo— ¡Moneda contante y sonante! ¡Mare de Déu! ¿Usted viene de Madrid? Allí creen que un barco es una mina... ¿Sabe usted cuánto saco en cada viaje que hago a Marsella? Pues si llevo cargado el quechemarín de manera que vaya hundido hasta la borda y tragando agua, sacó 1.000 reales. De estos 1.000 reales tengo que dar 300 a la Hacienda, 100 empleo, por lo menos, en reparaciones, porque nosotros tenemos un padrastro: el Nordeste, que arranca a los palos sus vestimentas para ponérselas él... Una peseta al día nos lleva la cocina...

—¡Una peseta tan sólo!

—El hambre es frugal...

Entonces el capitán García, quitándose de la boca la pipa, gritó:

—¡Demus!

Allá abajo, en lo profundo de la sentina, se escuchó una voz infantil que respondió:

—¡Nostramo!

Y asomó por la abertura de la cubierta un muchacho de edad de hasta diez años, medio desnudo, con una alborotadísima cabellera negra, erizada y rígida como una flor de cardo. Venía mondando terrosas patatas, y después de sacar en una pieza la piel, echábala al mar donosamente con un movimiento gracioso y juguetón.

—A ver si aparejas el almuerzo.

Demus volvió a dejarse tragar por la negra boca de la sentina, y allá abajo se oyó ruido de un fuelle que soplaba con la ansiosa y suspirosa intermitencia de un pulmón que se ahoga, y una humareda densa y acre salió de las entrañas del barco, de tal manera, que no parecía sino que todas las podridas maderas que le formábanse habían prendido fuego. Imposible parecía que en hogar tan mal oliente pudiera aderezarse otra comida que el jigote infernal de los sábados. Tal espectáculo de miseria me horrorizó. Porque no se ha visto miseria mayor en las grandes ciudades, ni en el Gheto de Roma, ni en el barrio de San Antonio de París, ni en las Injurias del puente de Toledo. La miseria del quechemarín García era mucho más patética, porque balanceándose en el mar corría siempre sobre dos peligros: el hambre y el naufragio.

Como volví días después al quechemarín García, y siempre manifesté al capitán afectuoso interés, al cabo vino a revelarme sus desgracias de un modo completo.

—¿Usted me ve aquí, fumando esta pipa, tan tranquilo? Pues no sabe usted qué tormento paso. Porque no sé si al llegar yo a mi pueblo, que está a cuatro leguas de Vigo, me habrán arrebatado mi casita querida, mi palomar, donde mi mujer me espera. Cuando salí de Arrueco, hace un mes, iba a vencer el trimestre de la contribución y no tenía un real para pagarle. —¡Nos quitarán la casa! —dijo mi mujer—. Yo no quise decirle que tales eran mis temores. La contribución es terrible, no tiene entrañas... ¡Ya ve usted! En aquella casita nació mi abuelo, que estuvo en Trafalgar y allí quedó manco. También nació allá mi padre, que sirvió, asimismo en la Real marina, y se paseó muchos años en barco de rey. Nunca pensaron en enriquecer... Seguro estoy de que cuando llegue mi mujer habrá dormido muchas noches al raso... ¡Dios sabe de quién será la casa! Si hubiese encontrado un buen flete, con lo que me hubiese producido habría pagado la contribución... Pero, ¡ya ve usted!, aquí llevo muchos días, y no viene ni un saco de harina... ¡Ay de nosotros!

El rostro de García se dulcificó por el dolor, y una lágrima saltó del oleaje de sus penas como una gota de espuma del oleaje del mar.

—¡Ah! —exclamó luego, después de una triste pausa— ¡Si no fuese por mi mujer!... Pero ella es un ángel, mi única dicha... ¡Si V, la viese! ¡Tan linda! ¡Ya comprenderá usted!... ¡Dieciocho años! ¡Una cabecita gallarda, pequeña, maliciosa! ¡Unos ojos negros, hondos... como el mar!... ¡Un talle y un cuerpo!... ¡Estoy enamorado, apasionado, loco! Sueño con ella, sin ella no puedo navegar... es mi brújula.

A mí me dio miedo de ver a un hombre tan pobre y tan enamorado.

En efecto, cuando García llegó a su lugar se encontró como una golondrina sin nido. Había comprado su casa un acaudalado burgués que estuvo en la última guerra abasteciendo a los ejércitos. Con pretensiones de gran señor quería convertir la humilde casa en ostentoso palacio, y el mísero García vio cómo los albañiles arrancaban a sus redes familiares el tapiz de musgo que las cubría, los viejos marcos de las ventanas y el mohoso hierro de las rejas.

—¿Y mi mujer? —preguntó a un vecino.

El preguntado se escondió en su casa sin responder, y no halló el buen García quien le sacase de dudas. Al pasear por el pueblo ansioso de noticias de ella, las gentes se ocultaban dentro de los portales y salían a las ventanas a verle alejarse.

Cuando su dolor no inspiraba indiferencia inspiraba curiosidad.

Pero su mujer... se había marchado a América con el comprador de la casa.

VII. El álbum de Quasimodo

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Dos columnas salomónicas subían dando vueltas con sus cuerpos dorados hasta encontrar el arquitrabe de que caían guirnaldas de flores, sostenidas por parejas de faunos de hendida pezuña y corcovado lomo, y en el centro de este pórtico, sobre un tabladillo, hablaba a las gentes Guignol, el viejo desvergonzado, el novísimo Sileno a quien el vicio remoza y el placer fortalece. Sus ojos, hechos de dos cuentas de vidrio, colgaban sobre las mejillas pendientes de los mal disimulados hilos, saliéndosele del cráneo como sucede con los ojos de las langostas. Sus labios hundidos ajustábanse a una flautilla industriada de una caña de centeno, y su son era el de una pipiritaña ronca. Con la mano derecha sacudía un palo sobre una vieja caja de la Guardia civil, y de la unión del chirrido de la caña y el tañido tamborilesco, resultaba una musiquilla loca, epigramática, burlona, algo como una quadrille de Offembach, ejecutada por una orquesta de monos y cotorras. Habían crecido sus dos jorobas y su corva nariz. Estaba más feo, más repugnante, pero más alegre y chistoso, y cuando callaba la música, su trabada y ceceosa lengua de loro prometía un Carnaval dichoso, enloquecedor, animado, abundante en aventuras, en el cual la humanidad corriese, y febrilmente se agitara como una pluma de avión en el remolino de un río.

Pero al otro lado del templete donde Guignol vaticinaba los festejos de Carnaval, hervía la plebe, formando un negro mar de cabezas ondulante e inquieto, que en oleadas irresistibles llegaba a hacer vacilar el tabladillo del cínico tramposo. El profeta del Carnaval iba a ser arrollado. Hubierais visto cómo la gente rodeaba la mesa del hijo de Vechia y la derribaba, y el jorobeta, temblando, caía entre el tumulto, mientras las cuadrillas de la alegría y las hordas del escándalo penetraban por el estrecho templete con una gritería espantosa y en medio de mil músicas indescriptibles o infernales. Unos se empujaban a otros. Era un torrente desbordado sobre cuyas aguas flotasen todos los trapos del Rastro, cintajos de seda, sombreros típicos, penachos de marabú e ibis, cabezas de gigante y carátulas de monstruosas fieras. Un enano renqueaba tocando un cornetín de pistón; una dama barbuda se echaba aire con un abanico de plumas de pavo; una compañía de niños llorones, caballeros en asnos pacientísimos, agujereaba los oídos con un cencerreo descompasado. Las visiones de un cerebro enfermo de jaqueca, las siluetas de una linterna mágica, los cuentos de Offman y los sueños alcohólicos de Poe, las apariciones diablescas de San Antón... habían tomado cuerpo, forma, vida y realidad.

La copa de champaña

No quiero revelaros su nombre, ni hace al caso. Os hablaré de su rostro ovalado, pálido como el marfil viejo, de sus cabellos abundantes, que traía recogidos en apretado manojo de trenzas. No era la modista sensible, que han hecho prosaica las novelas por entregas, como han hecho prosaico al Trovador los organillos, y a la alondra los malos poetas pseudo-románticos; no era ese tipo social desacreditado en la literatura injustamente, que ha perdido el perfume de su poesía como pierde la mariposa el dorado polvo de sus alas. Era una pobre chica que vivía de su trabajo, cosiendo unos guantes que no había de ponerse, y sirviéndose de su mano menuda para molde. El Carnaval había estado pasando todo el día debajo de sus ventanas, y no cesó de llamarla con una voz que bien claramente oía ella. La figura pequeñuela y cómica de Guignol había subido trepando por los balcones, hasta ponerse a horcajadas en el hierro del antepecho, y desde allí le había dirigido la palabra de este modo:

—¡Deja, muchacha bonita, ese par de guantes, blancos! Tíralos lejos... ¿No ves ese rojo dominó que está tendido sobre la silla? ¿No ves ese antifaz de raso negro que sobre él descansa? ¿No ves los ojos amarillos con que el raso te mira a través de los del antifaz? ¿No es cierto que parece un diablo fascinador, que se te quiere, llevar lindamente como a Margarita?... Pues no es un diablo: es un ángel; o más aún, un dios: Cupido, el dios eterno; más viejo que el mundo y joven siempre como las últimas flores que nacieron... Vente, vente conmigo. Te espera aquel don Juan, de bigote castaño, de faz descolorida... No hay más gallardo talle, ni ingenio más cortesano, ni hablar más dulce... Te espera un salón como tú no lo has soñado, lleno de esas bujías de porcelana y gas que arden siempre y no se acaban nunca, siendo comparables a estalactitas, en cuyo remate un topacio refleja, quiebra y desmenuza la luz, enviándola en haces de rayos a la vajilla china, que representa pescas de sollos dorados por hombres negros en lanchas amarillas, a las botellas puestas, en fila como soldados de la embriaguez, con sus morriones de plata y sus nombramientos pegados en el abdomen... ¡Ja, ja, ja!... ¡Lindo cuadro!... ¡Cuadro magnífico!... No, no le has soñado. ¡Y cuando se derrame el primer copo de Champaña!... Es un vino que al caer en la copa, angosta y larga como el cáliz de una azucena, se trueca en encaje, brilla, fosforece, estallan los infinitos globillos que en su seno engendra el gas y al beberlo y aspirarlo —¡porque es fluido y líquido!— las cosas parecen más bonitas, las luces más vivaces, los colores más enérgicos, la vida más bella... El Champaña es el vino del amor, el brebaje de la felicidad... Tiene el jugo de las rosas y de la miel nueva que, según los griegos... se filtra en el alma primero... y enloquece después...

La muchacha no quiere oír aquella vocecilla traidora, y resiste y cose y no levanta sus ojos de la obra, con lo que parece que no hay luz en el cuarto, aunque es de día... porque aquellos ojos son la claridad misma, son la sustancia solar y brillan en el rostro conto una gota de agua en una madreperla.

Los rumores de la calle la hablan de todas las ideas que discuten en su alma; y cuando pasa una estudiantina tocando un wals de Metra, oye que alguien le dice:

—«¡Vete! ¡Deja el trabajo! ¡Goza! ¡Esas manos deben divorciarse de la aguja».

Pero cuando la estudiantina se aleja, desde el sotabanco vecino viene el martilleo de un zapatero que no cesa de blandear suelas, clavar clavos y enderezar tacones torcidos; y entre aquel martilleo cree escuchar ella:

—«¡Esto es lo santo, lo bueno, lo honrado! ¡Tan, tan, tan!... ¡El trabajo, el trabajo!... ¡Ésa es la puerta de la dicha!».

Se hace de noche... ¡Y aquella muchacha se ha olvidado de comprar luz!... Porque hasta la luz se compra... cuando esa luz no es la del sol... ¿Qué hacerse?... Ya no puede coser más... Momento de lucha de vacilación... Y en un rincón del cuarto la siguen mirando los ojos encarnados del dominó por los agujeros ovalados del antifaz, y al mirarla la fascinan y la atraen... Sólo por el puro gusto de sentirse envuelta entre seda, echa sobre su gallardo cuerpo el capuchón.

Crujió la seda al moverse el esbelto talle de la muchacha, y las pupilas de ella no pudieron menos de contemplar con gusto la gallarda apariencia de su persona y el contraste del rostro pálido sobre el capuchón rojo. En su alma se mezclaron los buenos y los malos propósitos, las ideas de virtud y los arrebatos de orgullo femenino... ¡Cómo se mezclan los cabellos de dos hermanas que duermen juntas en el mismo lecho!

Venció el mal. «Si el triunfo del mal se anunciase con clarines —dijo Byron—, viviríamos en una música perpetua» . Aquella linda criatura pasó el Rubicón y su hermosura descendió por las escaleras de cristal del placer. Como la salamandra, cruzó su virtud sobre las ascuas. El pecado es un monstruo que cual el Minotauro, se alimenta de seres inocentes.

Y para librarse de él es preciso el hilo de oro de Ariadna.

¡Un hilo que cuesta muy caro!

—¡La copa de Champagne!— seguía diciendo el seductor infame— Esos puntos brillantes que simulan partículas de azogue, que burbujean, suben del fondo y estallan espumajeando en la superficie, son unos duendecillos que luego se alojan en el cerebro, iluminándolo. Cada uno esplende como un globo de luz eléctrica. Mira a través de esa gasa plateada que forman en el borde de la copa, y verás la escena preliminar del baile... De los cofres antiguos donde yacían las galas de la moda del siglo XVIII van saliendo los casacones de color violeta, los coletos y chupas bordadas con torzal y oro, que ofrecen hinchados escudos y pajarracos de plata. La mantilla de Cluny, en cuyo encaje las menudas flores de metal noble parecen gotas de agua helada, sentaría divinamente a tu rostro. ¡Qué marco de niebla para esa cara de luz! Ya empieza el baile, un baile distinguido aristocrático, de buen gusto, sereno como el rigodon y agitado como el wals. Las manos unidas, vecinas las frentes, los alientos mezclándose... El violoncello y el violín ejecutan ese minueto de Bocherini, baile propio de aquellos enciclopedistas volterianos que sólo creían en un ángel:

El amor.

Carnaval de ángeles

Se les viste de máscara pero no se les pone careta. A lo sumo un lunar negro en la comisura de los labios o un bigotillo de crepé rizado y tieso. ¡Y cómo les molesta! ¡El ángel no se acostumbra sin dolor a ser hombre!

A una la visten de raso amarillo, y en su carilla, coloradita y menuda, nadando entre la crujiente y abundosa tela, parece una rosa entre dalias. Otros llevan la graciosa librea de Valois y con el puño sujetan el pomo del espadín, levantando la contera a la altura de los hombros. Pero también hay niños que se visten con trapajos y jirones de los vestidos maternos y van montados en una escoba —¡el hipogrifo de las brujas! —arrastrando un pedazo de estera. ¡Son los hijos de los pobres!... ¡Ángeles que van de camino a la gloria en la hacanea desmedrada del hambre!

Oíd la historia de uno de esos niños pobres. Es breve.

¡La historia de los niños suele ser, a lo sumo, una lágrima.

Iba en medio de alborotada comparsa un tristísimo diablo, un pobre diablo disfrazado con un vil traje de percalina bicolor, el lado derecho azul despintado, el lado siniestro amarillo pálido, los dos cuernos caídos como orejas de galgo cansado, la cola rellena de algodón y a la rastra. La careta era una mueca de cartón, una mejilla hundida y otra hinchada, un labio belfudo y otro partido modo leporino, mostrando un colmillo de jabalí por bajo de una nariz de pimiento injerto en tomate. ¡Qué feo! ¡Qué desgarbado! ¡Inspiraba lástima aquel diablo que a sí mismo se iba dando broma y a quien sin duda alguna echaron de los infiernos... por tonto!

Quitémosle la careta. Debajo de esa tapadera de cartón asoma el rostro de un niño sonrosado, como debajo del espinoso capullo de la amapola aparecen las hojas sedosas y encendidas de la flor silvestre. Era Ángel, un cualquiera, un muchacho de la calle, hijo de una vendedora de billetes del Pardo y de un mayoral del tranvía. Tan ilustres padres, quisieron dedicar a Ángel a la carrera de la Iglesia, y quitándole de los estudios le pusieron a monaguillo. Su esbelta y delgada persona fue metida en una funda de paraguas, que tal parecía la sotana pardusca y raída, que cuentan estuvo muchos meses espantando los pájaros hambrientos prendida a una caña en unos trigos del Arroyo Abroñigal. Peláronle al rape, y sus hermosos mechones de negro pelo fueron cortados a cercen, quedando despejada de ellos la linda frente de Ángel, las correctas cejas y los ojos zarcos. Aprendió el arte de ayudar a misa, y en aquel templo que hay al fin de aquella calle pasó muchos meses colgado de la cuerda de la campana como una araña del hijo porque se desliza, esgrimiendo el plumero sobre los bancos de la Cofradía, paseando el cepillo de ánimas por entre los fieles y llenando otros piadosos menesteres con singular aprovechamiento.

Ángel vio un Carnaval desde la torre, de la iglesia, tocando aquellos cencerros colosales, ensordecido por ellos, sin poder bajar a la calle, donde bullía un enjambre de máscaras. Él, él solo permanecía, triste y encerrado sin participar del regocijo universal. Hasta creyó que las torres de Santa María y San Ginés, y la cúpula de San Francisco el Grande, y el tejado del cuartel vecino, y todos los edificios notables que columbraba desde su campanario corrían por las calles vestidos de máscara, llevando, a guisa de careta, una nube agujereada, y dándose bromas de buen género sobre no sé qué secretos de las alturas. Y no sólo las torres... ¡hasta los gatos de los tejados que rodeaban la iglesia como un mar de olas negras petrificadas en el momento de más vivo oleaje..., hasta los gorriones y vencejos de aquel barrio iban en comparsas disfrazados, maullando y piando con carnavalesco rebullicio!

¡Pobre Ángel! ¡Pobre Ángel! ¡Los gatos tienen más placeres que tú!... Esta triste idea echó raíces en aquel cráneo, y se prometió una revancha. Pasó un año entero formando planes para el venidero Carnaval. Mentalmente hizo y deshizo muchos disfraces.

—¿Me vestiré de moro? —se preguntaba— ¡No! ¿De torero? ¿Dónde me ataré la coleta, si estoy más pelado que una rata? —y con dolor y desprecio de sí mismo se pasaba la mano por la coronilla— ¿De diablo?... Eso, eso... Decidido...

¿Por qué eligió Ángel el vestido de diablo? Por esa secreta ley del contraste que hace ponerse a los calvos sobre el cráneo ebúrneo la cabellera monumental de un kalmuko.

Ya le habéis visto vestido de demonio, aburrirse lindamente en el tumulto de las máscaras. Sus sueños eran muchos más bellos que la realidad, y el Carnaval que había visto desde la torre cien veces más pintoresco que el Carnaval en que tomaba parte. Él había soñado con que el Carnaval era un alegre desfile de cosas bonitas, de ángeles y diablos, de muchachas hermosas que traían en los cabellos coronas de estrellas y danzaban enlazadas por las manos; un correr de sombras negras provocantes a risa; una cabalgata loca en que hacía de jefe el panzudo Baco, siguiéndole cien faunos montados en carneros a cuyos cuernos se agarraban abrazándolos... ¡Qué diferencia! ¡Todo era peor de como él se lo imaginaba!

Su imaginación le había engañado. Había querido darlo una broma.

Como va el vilano en la ola del viento, fue Ángel en el torrente de las máscaras; y muchas veces quiso alejarse de él, volverse a su casa, quitarse aquellos viles harapos con que lo vistió la locura. Pero no conseguía evadirse de los abrazos de una veintena de zánganos vestidos de mujer que le rodeaban, sonando en sus oídos botes de sardinas llenos de clavos. Se puso el sol, y Ángel hubiera dado la propina del primer bautizo de su parroquia por que le dejasen irse. La caterva de pícaros y panivinajes llevándolo en volandas, sin dejarle descansar.

—¡Soltadme, por Dios! —gimió el chico.

¡Soltar! ¿Quién dijo soltar? A esta súplica respondieron con una chilladiza mareante y ensordecedora, y después de mantearlo como a Sancho en un capote de monte, le obligaron a seguir su carrera triunfal, con estaciones de reposo en las tabernas. Ángel lloró detrás de la careta. ¡Imposible contraste! ¡Debajo de aquella mueca burlona de diablo, caían unas lágrimas como granizos de agosto! —¿No quieres beber? ¡Pues toma la taza llena!— Un embudo fue ingerido en los labios de cartón, y entre el gaznate y el pecho corrió un arroyo de peleón que dejó al infeliz medio ahogado y casi ebrio. Estuvo así tres días y tres noches, arrastrado por aquellos borrachos, sin desnudarse, sin descansar, con los huesos de punta, doloridos los talones, abrumada la espalda de cansancio, sofocado el rostro, jaquecoso y calenturiento. ¿Cómo le recibiría su madre, que tenía un genio como una Euménide? ¿Y el sacristán?... ¡Oh, qué horror!

Ángel iba vestido de diablo... y en realidad iba dado a todos los demonios.

No quiero cansaros narrando las peregrinaciones de Ángel por Madrid, ni sus esfuerzos por escapar de las malditas máscaras que lo rodeaban, ni siquiera su paso por dos bailes de la peor especie, donde se bailaban habaneras íntimas —¡ese sueño bailado!— sin compás ni bastonero. Sólo os contaré que el miércoles fue paseado en andas por la pradera del Canal, y que subido en un columpio en compañía de un albañil disfrazado de beata, acabó de perder lo poco que le quedaba de cabeza. Allí comió escabeche y nueces y asistió al entierro de la sardina y a otras ceremonias de la liturgia de Baco.

Llegó la noche: dejáronle solo. ¡por fin!, ¡pero ya era tarde! Habían dado las doce. Miró el cielo nublado, tomó la cola de percalina en la mano izquierda y corrió hacia su casa. Inútilmente llamó. La madre no quiso recibirlo. ¡Ángel sin ventura!... Y tuvo que vagar hasta el amanecer como un alma en pena.

Entonces trepó a la torre de la iglesia a hurto del sacristán, y se apresuró a desnudarse. Quitose aquella cubierta del pecado, y debajo apareció de nuevo la sotanilla pardusca. No se detuvo más: con una mano arrojó fuera de la torre el forro de percalina que, flotando en el espacio, se extendió dio vueltas comme corpo morto cade.

¡Cuaresma, Cuaresma! Al llegar esta flaca dama quintañona, la culebra del pecado soltó su pellejo diablesco. El pecador no se arrepiente ni se enmienda, sólo cambia de traje.

Hoy se viste de arlequín; mañana de luto.

VIII. El gusano de seda

Fantasía

Allá, lejos, donde el río tuerce en majestuosa curva, despeñándose loco y espumajeante desde la presa de Acabadómine, el agua se evapora, se enciende, se ilumina, se trueca en encaje, en caireles de cristal, en alambres de vidrio, en tirabuzones y espirales prodigiosos de luz... en polvo argentino, en una rizada cabellera blanca, que parece la de un dios de Siberia, o en penacho plumoso del bridón fantástico de Neptuno. Queda a la derecha el lugarejo de Güerizo, que sólo existe en la geografía ideal para mis cuentos, y por mi capricho creada, y sus casas cubiertas de pajizo sombrerete humean por la chimenea, como un matón jacarandoso por las narices. Mi caballo iba cansado, yo hambriento, el calor era grande; la disposición del pueblo agradable y pintoresca... ¡Qué mucho que diera con mi persona en una silla de lustrado nogal, instalada en el portalillo del mesón y pidiera de beber y despachara en breves y ansiosos tragos el contenido de un rústico jarro vidriado con manchas negras que parecía el ánfora de Safo aforrada con la piel del tigre de Minerva!

En la vecina estancia, que detrás de flotante colgadura de percal se descubría, un rumor de hojas destrozadas se escuchaba. Era un roer de mil millones de pequeños dientecillos. A veces se le tomaba por el morder del tiempo en el árbol del olvido; por la obra lenta, incansable, continua e invasora de la carcoma en los macizos de una puerta añosa de catedral. No era, sin embargo, ni una ni otra cosa. No era la obra de la muerte, ni la obra del olvido. Era el primer aliento de una industria. El gusano de seda comía.

Yo no sé dónde fue. ¿En París? No, porque yo no he estado en París. Fue en España, en cierto hotel a la moda de veraniega ciudad que se adorna en el estío con las espigas de Ceres y los tules grises de la moda inglesa, donde vi yo a una dama delgadísima, esbelta, aérea, que al andar volaba, envuelta en un traje de raso blanco, lleno de encajes que por el seno se le escapaban en un a modo de desbordamiento de espuma nívea, o más bien como las plumas sedosas de unas alas de paloma, mal escondidas dentro del traje de mujer.

Lánguida la cabecita morena, en que los matices de la piedra cubierta, de patina por el sol y el tiempo, y el dorado oscuro de los cabellos lasos y al desgaire pergeñados se confundían en uniformidad de tonos rafaelescos, sólo se movía para devorar con unos dientecillos como perlas yo no recuerdo qué pastel exquisito de corbeches à la Montreuil o perdreaux à la Balzac. Pasó un hora y la ama seguía comiendo. Pasó otra y la voracidad de aquel ángel no se saciaba. Pareciome primero la musa del realismo inspirándose en los secretos de la repostería francesa. Después al ver su traje de seda, su aéreo perfil de hada, su languidez de ser medio adormecido le puse un nombre poco galante, pero justo. Le llamé el gusano de seda.

Luego supe que aquella inocente criatura se había pasado la vida, ¡oh candor!, devorando caudales ajenos. Juzgad de su apetito: se había comido la fortuna de un lord y los sueños de un poeta andaluz, viandas de que ella decía en un cínico alarde de erudición culinaria:

—El alimento de los primeros años de mi vida ha sido: en un principio el jamón de York; luego el vino de Málaga...

—¿Y ahora?

—Ahora... ahora mezclo ambas cosas.

—¡Pobre lord!

—¡Pobre poeta! Oiga usted una máxima: Bienaventurado el rico, porque nosotras no le haremos traición mientras tenga dinero.

—¿Y si se le acaba?

—Se le olvida.

—¿Será usted capaz de esa acción?

—Yo soy capaz de todas las acciones desde que un opulento me regaló las que tenía en el Banco de Inglaterra.

Pero no olvidemos al gusano por seguir a la mariposa.

¡El gusano de seda! ¿Dónde está? El señor... no recibe. Se ha encerrado en sus talleres y trabaja sin descanso. ¡Mosquitos, mariposas, luciérnagas, diamantes con alas, lancetas volátiles, chupadores de sangre... huid de aquí! Es primo vuestro, pero os abomina. Él es el laborioso industrial: vosotros los derrochadores de ajenos bienes, y mientras os bañáis en la luz, devoráis jugo de claveles y perdéis el tiempo dentro de las amapolas —¡las taberneras del reino alado y ornitológico! —él ha dispuesto sus telares, tendido sus hilos, enredado sus dedos ágiles en la trabazón delicadísima, y columpiándose en ella compone su obra como un poeta compone sus versos tumbado en la móvil hamaca. El gusano de la seda se ha encerrado como un filósofo dentro de su propia obra.

¡Qué cuidado es preciso para que no se malogre esa menuda prole de insectillos! Vedlos despacio, ¿Quién diría que dentro de ese capullo duerme y medita el genio del lujo? Cada uno de esos elipses de dorado o blanco vellón encierra el génesis de un vestido de seda. ¡Cuánta lágrima puede cubrir un vestido de seda! ¡Cuántas pobres mujeres, al mismo tiempo que adornaban con él la estatua de la vanidad, amortajaban el cadáver de su honra... ¿Oís el ruido de esa falda de gro que se arrastra sobre el pavimento? Parece que se quiebra algo muy delicado y divino. ¡Es el ruido de la lluvia dando contra el muro; el ruido del otoño en los campos, cuando caídas las hojas, el viento las empuja al cementerio!

El gusano de seda en China es el segundo personaje del imperio. El primero es el elefante blanco. ¡Ved qué filósofo contraste! El gran monstruo comparte sus glorias con el vil gusanillo, como el sol con la luciérnaga. Cuidan del elefante los mandarines. Cuidan del gusano las vírgenes más bellas de la tierra celeste y el perfume de sus manos de rosa queda en la obra del tejedor de Pekín.

Retazos de pensamiento, trozos de frases, restos de ideas, recortaduras de sueños, principios de remordimientos —ocasionados por el gusano de la seda.

—¡Aquella hebra de seda con que cosiste el botón del cuello de mi camisa, me atravesó el alma!... ¡Y te casaste con Pedro! ¡Y me olvidaste!... No digas que no: para ahogar a un hombre... puede bastar una hebra de seda.


«Te he visto remendar la levita de tu padre, hermosa Eladia. He visto tu dedo índice, marcado con la huella de la aguja, y hubiese querido beber con un beso aquella gota de sangre que brotó de tu piel sonrosada al pincharte. Contesta a mi amor. ¿No tienes tinta? Borda tu en un papel con una hebra de seda».

«Ibas tú delante volando, con unas maravillosas alas de arcángel. De tu mano pendía un hilo de seda y a él iba presa una mariposa que era mi alma... fue un sueño, pero es una realidad. La hebra de seda con que me encadenas es aquélla con que atas mis cartas».
 

—Tu chaqueta es muy recia, Juan. No se puede coser con seda —dice una muchacha del pueblo, con cara de princesa, a su tosco marido.

Lo mismo le sucede al alma del hombre brutal, con el alma de la mujer delicada. Ella es la seda, él es el paño recio. Dios y la ley les mandan hacer ese dobladillo del matrimonio... La hebra no puede más... ¡y se rompe!


«He visto el cadáver de mis sueños... ahorcado de un hilo de seda».
 

«¡Cosías con seda azul!... Hubiera jurado que cosías con hilos arrancados del tapiz celeste».

IX. Arabescos

La Alhambra se estremeció en sus hondos cimientos cuando unas golondrinas africanas trajeron del otro lado del Estrecho la noticia de que 20.000 kabilas querían ser súbditos españoles, renunciar a la vida del desierto, arrojar la espingarda, esa arma que llamó Dumas «el telescopio de la muerte», rasgar el alquicel que flota sobre los recios hombros, soltar en la llanura el caballo, echar en el agua los últimos granos de pólvora que quedan en su bolsa de guerra y las postreras miradas de amor a la costa sinuosa que borda sus sábanas de arena con encajes de espuma... y ¡venir a España! ¡venir a España!... ¡Pobre enjambre de golondrinas que emigran del país de la primavera, porque no hay en él ni un grano de trigo, ni un día de paz!

¡Marruecos!... Es un país de triste presente y de porvenir espantoso. Sus aldeas son montones de chozas, hacinamientos de edificios mal construidos, filas de huecos abiertos en la tierra —nidos de grillos donde duermen escorpiones—. Su vivir es luchar, Las tribus se disputan el campo como el sol y la sombra se le disputan, palmo a palmo, línea a línea. Lo que unos han levantado es destruido por los otros. Pasan como torrentes de lava, llevándose delante el amor de las mujeres, los rebaños y las joyas. La tierra es fecunda, echa de sí abundantes cosechas. La mazorca de oro del maíz nace hoy donde ayer oleadas de sangre humana humedecieron la arena, y el mismo caballo que condujo, al kabila cubierto con su kusman de lana rayada, por cuyo principal pliegue asoma el rostro feroz, la nariz chata, el bozo áspero y brusco que cubre las mejillas negras como una rala sembradura de azafrán rojizo —ese mismo caballo que pateó el cuerpo del vencido enemigo—, tira del arado tosco hecho de una raíz de palmera y un pedernal agudo. El agricultor levanta allí sus cánticos sobre el campo de batalla. La paz sonríe.

Las mujeres van a los pozos abiertos sobre la abrasada arena, y abrazando los ventrudos cacharros que rezuman el fresco contenido en perlas de cristal, traen al hogar improvisado, con la dulzura del agua cárdena, la tranquilidad eterna de aquellos hondos depósitos colocados bajo el polvo lumínico y encendido del desierto. La tienda de pieles de camello surge y se levanta en el arenal —lo ha dicho en bella frase Alphonse Daudet—, como «una vela quieta en un mar inmóvil» . Los hijos —ángeles negros— corren por entre los cañaverales como pollos de perdiz alegres, vocingleros, gustando las frutas verdes, cazando cigarras y culebras. Van desnudos y sus cabezas rudas, abundantes en crespa cabellera, parecen flores de cardo. Es la generación engendrada en el período de paz, pero que en el nido de la alondra presiente el tugurio del buitre... y el buitre se acuerda un día de su pico y de sus garras. ¡Pobres mujeres! ¡Pobres ancianos! ¡Pobres enfermos y tullidos! La debilidad es allí un crimen. El que no puede seguir la palpitante y ansiosa vida de la tribu es olvidado sobre un peñasco calcinado y árido, y el suelo ardiente, y el sol vibrante desecan sus fauces, cauterizan sus ojos, queman sus músculos... ¡Cuando llega el enemigo, en el aduar sólo quedan chozas hundidas y cadáveres carbonizados, negros, tiesos y rígidos... una familia de momias dormidas en la gran sábana luminosa del sol... ¡Y allí, a lo lejos, donde el cielo se une a la tierra besándola con los labios dorados de un horizonte curvo en que palpitan y se mueven en la atmósfera inundada de luz, polvoreda inquieta e insectos de élitros metálicos, una caravana huye y solo se ven de ella los relucientes cascos herrados de los caballos que galopan y los alquiceles flotantes de sus jinetes!

La mujer... la mujer no es en Marruecos la madre... Es la manceba. El placer perfuma su estancia. La maternidad no decora su rostro con esa sonrisa grave y serena de las madonas que pintó el Veronés. La servidumbre hace del amor la más vil de las sumisiones, y cuando delante del espejo de plata bruñida la esclava adorna su garganta de marfil ahumado con hilillos de menudas perlas, sus manos tiemblan, sus ojos —en que el cristal negro de la niña muere con resplandores de luz cambiante sobre el azulado globo— desprenden una lágrima... ¿Quién sabe si el amo hará vil mancilla de su amor, de aquel amor que tienen presa las cadenas de la servidumbre?

Navarrete refiere en sus Acuarelas de la guerra de África, que algunos señores marroquíes se complacen en abofetear a sus amadas para gozar viéndolas llorar. ¡Oh vileza! ¡Si las lágrimas embellecen su rostro, después de ellas queda su alma estremecida y turbia como un estanque donde se echó un puñado de arena al pasar!

X. Eladia

(Retazos de un cuento)

Parecía Eladia la representación de la generosidad, con ambas manos llenas de trigo que echaba sobre el inquieto y voraz averío de aquellos corrales.

Vestía de negro; falda de merino, que iba rozando con el suelo; pañuelo de seda, del mismo color, con lunares blancos; cuerpo ajustado, que delataba la suave y poco desarrollada curva del seno, y el talle sutil y derecho como un álamo joven. Su rostro era blanco-mate; sus labios finos, y su nariz, ligeramente aguileña, presentaba en el promedio de su delgada línea una pequeña prominencia, que prestaba a todo el conjunto de las facciones sello de dignidad y nobleza. Sus ojos eran pardos; los dientes ebúrneos; las pestañas, largas, diseñaban la figura del arco, moviéndose con gracioso mariposeo al parpadear. Así era Eladia.

—¡Vamos, hambrientos! —dijo dirigiéndose a media docena de palomas que frente a ella movíanse torpemente y arrastraban sobre el suelo el plumoso buche— ¿Cuándo os cansaréis de comer?

Las palomas contestaron con un arrullo, como manifestando esta idea:


«Dame pan y llámame hambriento».
 

Y la señorita Eladia metió las manos en los bolsillos de su delantal de lana y las sacó llenas otra vez de trigo. Alborotose el averío; las gallinas quisieron tomar a picotazos las primeras posiciones; un capón —que así se le llama— enderezando sobre una pata su inútil vida, meneó la cresta, hízola caer a un lado y a otro, y lanzó de su pecho un cacareo ministerial, que podía traducirse: «¡A mí, que soy tan obediente y pacífico, no me olvidará usted!» . Los gansos reclamaron también su parte, y hasta los pavos hicieron la rueda, como hombres que piden algo.

—¡Ea! Se acabó. Ya no hay más —afirmó Eladia, dando resueltamente algunos pasos hacia la puerta.

Luego volviose a las bardas del corral más cercanas, y asomando su rostro por encima de una de ellas, miró al camino.

Era una faja polvorienta, que serpeando en ondulante línea, perdíase a lo lejos en los altibajos del montuoso paisaje. No se veía un árbol ni una mata. Rastrojos agostados por la derecha; prados sin verdor por la izquierda, y allá, a lo último del horizonte, una cumbre nevada que hundía su cabeza en las nubes grises de un celaje torvo y amenazador.

—Ya son las cinco —pensó Eladia, mientras sus manos arrancaban del lomo del bardal unos hierbajos parásitos que allí crecían—. A las tres salió de Casanueva. A las cuatro habrá pasado por la Galianilla, donde le esperaba mi padre... ¡Poco tardarán!

Después miró al suelo con atención profunda. Así se mira cuando se medita.

—¡Qué tonta soy! —exclamó casi casi con la boca— ¡Qué impaciencia la mía! Si mi padre penetrase lo recóndito de mi ser, se quedaría absorto y asombrado. ¿Qué es lo que aguardo con tanta ansia? ¿Qué es lo que espero?... ¡Calma, calma, calma! ¿Qué adelanto con mirar una y otra vez?

¡Veremos quién puede más, si mi voluntad o mi corazón! Ahora me entro en mi cuarto, llamo a mi hermana, y me pongo a bordar. Aun cuando tarden una y cien horas, no he de dar señales de mi paciencia... ¿Qué señales? ¡Ni he de sentirla tampoco!

Hízolo como lo pensaba la simpática señorita, y, atravesando el corral, subió una escalerilla de piedra que conducía a la casa, en cuyo aspecto exterior observábanse todos los rasgos de la vivienda de un hacendado rural. Había en ella dos pisos un tejado invadido por hueste trepadora de jaramagos y parietarias, mucha ventana de diversos tamaños y anárquica distribución, balcones corridos de mohoso hierro, dos corrales y un jardín, único paraje frondoso en aquellas diez leguas a la redonda.

Por el interior advertíase en las habitaciones mucha desigualdad en él mueblaje y adorno. En unas salas veíanse muebles de última moda, piano vertical de siete octavas co n su musiquero de palo santo; arañas de cristal y butacas enfundadas. En otras partes, desnudez completa en las paredes, bancos de pino sin pintar, viejos arcones, cuyas bisagras chirriaban al abrirse, y aquí y allá, pendientes de las paredes, collerones de malas, montones de varas, azuelas, palas y utensilios agrícolas.

Eladia anduvo por el largo pasillo que llevaba a su alcoba, y al entrar en ella, dijo con entonación cariñosa:

—¿Dónde está esa perdida? Me dejas sola, Narcisa, y me desespero esperando.

—¡Ja, ja, ja! ¿Estás impaciente? —repuso la voz dulcísima de otra señorita.

—¿Yo?... ¡por papá! —entonces Eladia echando una furtiva mirada al espejo, donde se retrató su faz, teñida súbitamente de carmín.

—¡Por papá... por papá! ¡Picarilla! ¡Qué poca confianza tienes en tu hermana!... ¿Y ese señor don Ángel Garrido, no te inspira interés ninguno?

—¡Vaya! ¡Fuera una solemne bobada! ¿Le conozco acaso?

—Le conoces de nombre, de referencias... y de fotografía, que es conocerle poco menos de vista. Sabes que es un señor promotor fiscal de mucho talento, que tiene ojos negros, barba negra y traje negro; aquello, porque Dios quiso dárselo; esto, porque acaba de morir su madre, buenísima señora, que está, sin duda, donde la nuestra: en el cielo... Todo esto sabes... y algo más que me callo... Sabes que viene a vistas con el intento de que le conozcas personalmente y le trates... ¡en suma, para casarse contigo!

—¡Calla, calla, charlatana! ¡Qué suelta tienes la lengua! ¡Has venido del colegio hecha una oradora! —replicó Eladia, sentándose en las rodillas de su vivaracha interlocutora.

—¡Quieres que siga hablando y me dices que calle! Comprendo tu modestia, tu temor, tus ruborcillos... cuando hay gente delante. ¡Pero ahora, cuando estamos solas, yo sentada en mi silla y tú sentadita en mi falda... cuando están nuestras caras tan juntas!...

Así era verdad: los rostros de ambas muchachas tocábanse casi, y sin casi, se tocaron cuando Eladia, para poner fin al discurso de su hermana, posó sus labios en los de la habladora, imponiéndoles silencio con aquella dulce mordaza. Fue el beso de la rosa y el coral que nos refiere la fábula árabe. La boquita pequeña, levemente coloreada de Eladia, selló una vez y otra vez los labios rojos de Narcisa, y durante un breve rato, sólo se escuchó en la estancia ruido de besos.

—¿Quieres que vayamos al jardín? Sí —dijo Narcisa—. Subiremos al mirador, y desde él podremos dominar toda la campiña... En cuanto veamos el polvo de los caballos, bajaremos a nuestro cuarto, y allí nos pondremos a bordar, a coser, a regar los rosales, a limpiar las jaulas de los canarios, a... a cualquier cosa, a fin de, que no se figure ese prodigio, ese Séneca, ese Adonis... pues de prodigio, de Adonis y de Séneca tiene don Ángel... a fin de que no se figure que le aguardamos con impaciencia... ¡Quiérele mucho, pero no se lo demuestres!

—¡Muchacha! Tú sabes más de la cuenta... No es bueno el disimulo... sobre que no hace falta, pues no hay en mí tal amor, ni tal...

—¿Volvemos a las andadas? Eres incorregible. No disimules, no finjas.

—Tú eres quien me propone el fingimiento.

—Sí, ¡para ocultar el amor que finges no sentir!... ¡En marcha!

Levantáronse las dos señoritas, y tomando dos pañuelos de seda, echáronselos sobre las gentiles cabezas. La de Narcisa era pequeña y no ofrecía facción notablemente hermosa, porque si sus ojos eran vivísimos, negros, fulgurantes, en cambio no tenían grandor extraordinario; si su nariz era bella, fina, de ventanas nacaradas y movibles, en cambio parecía harto chica para armonizar con la anchura y despejo de la frente; si su pelo era negro como el de Cloe, no tenía aquel brillo de grano de mirto que Longo atribuye a la amante de Daphnis. A pesar de esto, mirar a Narcisa y sentir el influjo magnético de la simpatía, era obra del mismo instante. ¿Debía atribuirse este hechizo al fuego de sus ojos, o al de sus labios? ¿Era la luz de su mirar inteligente, límpido, sereno y claro, o alguna fuerza misteriosa y desconocida, especie de electricidad del alma, que descargaba sus corrientes alrededor de sí, colocándola en una atmósfera de atracción inevitable? Por ahora no sabemos decidir el caso. Tal vez los sucesos de esta historia nos entreguen la clave del secreto.

Narcisa y Eladia entraron en el jardín, que era grande, y se perdieron en las numerosas oscuridades de su alameda, donde mil pájaros piaban, cantaban y reñían entre los árboles.

—¡Eh, señores pajarillos! —dijo Narcisa mirando a lo alto de los árboles— ¡Casta endiablada de murguistas, Apolos con alas, tunantuelos holgazanes, guardad silencio!

Cuatro o cinco de los interpelados salieron de la copa de un plátano y fueron a esconderse en la elevada cima de un álamo blanco, cuyas hojas bicolores agitábanse mansamente, mostrando, ora la carita blanca, ora la oscura, al modo de niña coqueta, que ya nos enseña su rostro enojado y sombrío, ya sonriente, luminoso y sembrado de dulces hoyuelos por la sonrisa. Desde su nueva orquesta reanudaron la inarmónica sinfonía de pitidos, gorjeos, trinos y arrullos. Tórtolas, verderones, pitirrojos, calandrias y mirlos andaban por allí en graciosa bandada. También el romántico, el poeta, melenudo, el galán... ¡el ruiseñor digo! hacía arpegios, modestamente escondido en lo más intrincado del follaje, y el gorrión procaz, y la abubilla de largo pico y ojuelos de señorita, y la orgullosa oropéndola, que busca las soledades, andaban por allí desparramados... Todos sonaban sus instrumentos músicos, y parecía que estaban enredando una madeja musical, o poniendo en cifra los delirios de Paganini. Ya se podía creer que disputaban, haciendo acudir al pico las razones; ya que, agotadas éstas, se insultaban retándose a singular batalla; ya que hablaban de amores, y entonces era de ver cómo, del grupo más, numeroso salían volando, por distintos lados, dos pájaros, para ir a decirse en secreto algo que está mal de decir coram populo.

—Hija mía —dijo Narcisa, parándose delante de Eladia, después de haber andado algunos pasas.

—Aquí no se puede vivir. Si no fuese por nuestro pedazo de jardín, verdadero oasis de este Sahara, a que llamamos La Mancha, ¡yo me ahogaba, me moría!

—¡Qué exageraciones! ¿No he pasado yo mi vida en este pueblo? ¿No he vivido, durante los cinco años que estuviste en el colegio, sola, completamente sola, sin compañía de nadie, sin distracción de ninguna clase? —repuso Eladia.

—Es que tú eres de la madera de los mártires. Todo lo encuentras bueno... No comprendo la vida en este lugarón. Voy a hacerte la pintura de las felicidades que puede proporcionarnos... Pero andemos y hablemos al mismo tiempo.

—Vamos donde gustes —repuso Eladia sonriendo, y echándose aire con un abanico.

—Primera, distracción: —continúa Narcisa contando las distracciones por los dedos — pasear por el jardín. Segunda distracción: sentarse en el jardín. Tercera distracción: volver a pasear por el jardín susodicho... Y así sucesivamente... ¡Ah!, se me olvidaba. Además, se puede gozar mucho, muchísimo, recorriendo los barbechos y destrozándose los pies en sus endurecidos surcos, cegar con el reflejo de un sol que echa lluvia de rescoldo sobre la tierra, respirar el ambiente polvoroso, y morirse de tedio después de disfrutar estos encantos de la bella Naturaleza.

—Pero, Narcisa; prescindes de uno de los principales placeres nuestros.

—¿Cuál?

—El de la vida de la familia.

—¡Como si la vida de la familia no fuese igualmente agradable en La Mancha que en Madrid! ¡Como si fuesen incompatibles la vida del hogar, el cariño de mi excelente, de mi excelentísima hermana, y el de mi papaíto, con los encantos de las grandes ciudades!

—Tanto como incompatibles, no digo; pero confiesa que... un poco reñidillos sí están. Si se vive mucho fuera de casa, algo hay dentro de ella que se queda frío. El tizón que arde en la calle no calienta el hogar.

—¡Filosofía! Yo estoy por las cosas prácticas. Puede arder la mitad del tizón en la calle y la mitad dentro de casa... Me parece que te he vuelto bien la pelota.

Habían llegado al sitio del jardín que se llamaba el Mirador, y que no era otra cosa que una elevación del terreno que formaba un a modo de montículo, sobre el que estaba un banco de hierro. Rodeábanle diversas plantas de flor olorosa, que, mustias y marchitas por el calor del día, exhalaban su aroma en el aire quieto y pesado de la bochornosa tarde.

—¿Ves el camino? —dijo Narcisa— No viene nadie.

—¡Aún no! —repuso Eladia.

—Ahora se levanta un poco de aire... Mira cómo se menean las grandes aspas de los molinos de viento.

Meneábanse, en efecto, las ruedas de tres molinos que en la lejanía más remota se columbraban, y con sus brazos extendidos y su montera de plomo inclinada hacia la derecha, por el batir de los temporales, parecían una cuadrilla de matones embravecidos, puestos allí para amedrentar al mundo, retando a riña a todos los valientes. Más abajo extendíase el campo infinito, abierto igual, y sus tonos rojos y pardos no se veían alterados sino por algún manchón blancuzco de peñascos, o por la oscuridad de tal cual zarza silvestre.

—Ni viene ni asoma —dijo Narcisa con tono humorístico.

—Hacia los Cabezuelos veo un caballo que corre.

—¿Serán ellos?

—No, porque han de venir tres caballos: uno el de mi papá, otro el de don Ángel, y además el que trae Toñuelo con los equipajes.

—Entonces, ¿quién es ese jinete?

—Sin duda es don Melitón, el diputado provincial, que viene de Rionegro.

—¡Uf! ¡qué hombre más cargante!... Él es, sí... Ahora distingo su caballo blanco y su gran sombrero de paja.

Los Cabezuelos eran tres grandes peñascos de forma esférica que había a la derecha del camino, sobre una pequeña altura; y cerca de ellos venía un jinete, de desgarbado talle, flaco y huesudo como don Quijote, cuyo Rocinante, peludo y trotón, hacía sonar, andando, el hierro del freno. Traía el jinete polainas de cuero, espuelas viejas y herrumbrosas, borceguíes blancos llenos de barro, y un gabán, que llenándose de aire, a manera de vela latina, con el andar del caballo, aumentaba la extraña apariencia del señor Diputado.

Eladia le veía avanzar, y cuando estuvo cerca de la tapia del jardín, púsose en pie para saludarle.

—¡Hola, buenas mozas! ¿Cómo estáis? ¿No ha venido vuestro padre? —preguntó don Melitón refrenando el feo jaco.

—Aún no. Y ya esperamos con impaciencia.

—Ha sido una locura ir hasta la Galianilla sin llevar gente armada —afirmó el Diputado.

—¿Hay algún peligro? —preguntó Narcisa con gran anhelo, mientras que Eladia daba a entender en su semblante la ansiedad con que esperaba la respuesta.

—Si he de hablaros con franqueza, le hay... Esos secuestradores... Esa compañía de muchachos de temple que capitanea Luisillo Cien-reales.

—¿Y andan por aquí hoy? —preguntó Eladia.

—¿Quién sabe dónde andan? —dijo el Diputado, acariciando con una mano el cuello del Rocinante.

—Esos pájaros, de un vuelo se van de esta provincia a la de Ciudad-Real, y de otro vuelo se vuelven. Pueden más que el diablo.

—¡Dios mío! —exclamó Eladia— ¡Que no los hayan encontrado!

—Pero, señor, ¿no hay autoridades?, ¡no hay Guardia civil? —interrogó con indignada voz Narcisa.

—¡Ta, ta, ta! —repuso don Melitón— ¿No te he dicho que pueden más que el diablo? Gracias que los chicos son gente de buen sentido, y a las autoridades nos permiten circular libremente. ¡Si no fuese por su condescendencia, llegaría a Villar-Don-Lucas el correo una vez al año.

—Pero esa es una infamia —balbuceó Narcisa—. Eso es vivir gobernada por bandidos.

—No tanto, no tanto, señorita... No os llenéis de temor anticipadamente. Aún no es tarde. Acaso hayan ido los viajeros por la colada real, y entonces no sería extraño que tardasen más. ¿Queréis algo?

—Que usted descanse —dijo Narcisa.

—Adiós —añadió Eladia sin apartar sus ojos del camino.

—Si ocurre algo, llamadme —repuso el Diputado, a tiempo que su caballo, herido por la espuela, partió trotando, con cuyo violento arranque las palabras de su señor salieron completamente dislocadas.

—¡Oh, qué horror! —dijo Narcisa juntando con piadoso ademán las manos— ¿Habrán caído en poder de los bandoleros?

—No... Dios los habrá libertado de tanta desgracia... Enviaremos a Bonifa para que los busque... Salgamos al menos de esta incertidumbre. Me asustan, menos que la duda, todas las desdichas del mundo juntas.

—¡Bonifa! ¡Bonifa! —gritó Narcisa.

Su voz resonó en lo último del jardín, de donde respondió otra voz menos dulce:

—¡Voy allá, señorita, voy allá!

Escuchose el ruido de unos pies que pisaban la arena del sendero, rozar de ropas en los bojes y rosales de la vecina calle, y después apareció sobre el mirador la figura del mayoral de la labranza, del señor Pantoja.

—¿Ocurre algo, señorita? —dijo aquel rudo hombre llevando su mano a la cabeza para quitarse a medias el sombrero.

—Ocurre, ocurre... —balbuceó impaciente Eladia— ¡Dios sabe lo que ocurre! Papá tarda mucho. Tememos que le haya ocurrido algo... Monta a caballo, recorre el camino hasta Galianilla, y averigua dónde están... dónde está mi padre.

—¡Qué, señoritas! No tengan ustedes miedo. Vendrán más despacio, pero no hay nada que temer.

—¿Y esa partida de Luisillo Cien-reales?

—Por ahí anda —replicó el mayoral señalando al campo con ademán torpe—. Esos tunos se meten con la gente floja; pero con el señorito... ¡Vamos! ¿adónde irían a parar ellos? ¡Buenos humos gastan los Pantojas! Díganlo aquellos pillastres de la partida carlista de Lirones, que quisieron acoquinar una noche a su abuelo de usted... y ¡vamos!, ¡que aún deben estar corriendo! Déjenle a mi señor don Sandalio, que teniendo a mano una herramienta, así huirá él como mi padre, que está en el cementerio... A más de que don Sandalio va armado.

Ni un momento siquiera prestaron las dos jóvenes atención a las palabras del viejo mayoral. Lejanos rumores que llegaban confusamente hasta ellos las tenían preocupadas, con las pupilas fijas en lo más remoto del camino, y el rostro dilatado por el ansía de oír y ver. Eran algo como galopes de caballos, ruidos secos, que parecían aproximarse a veces y huir poco después.

—¿Serán ellos? —preguntó Eladia.

—¿Vendrán ya? —dijo también Narcisa.

—Claro es que son ellos —afirmó el mayoral.

—Bonifa. Allí aparece un jinete.

—¿Papá? —exclamó Narcisa,

—¿Ángel? —dijo Eladia.

Viose gran polvareda en un ángulo del camino, y, envuelto en ella, un jinete que corría, corría con desenfrenado galope. Detrás venía otro jinete, y otro detrás.

—¡Ahí están! gritó alegremente Narcisa.

—¡Por fin! —exclamó Eladia.

El verano oficial había venido diez días antes, pero el verano del sol aún no se había dignado asomar su ruborosa faz por los horizontes manchegos. Las violetas habían muerto, es verdad, pero las azucenas aún no habían salido del capullo en que encierran modestamente su aroma, como perfumistas que no quieren pagar contribución. Las lilas eran las dueñas del jardín, y a un lado y a otro del enarenado sendero se saludaban cual buenas vecinas con sus manos moradas, dándose felices tardes; claveles rojos se pavoneaban en los arriates desafiándose unos a otros con orgullo de bravucón jacarandoso, y la obesa petunia se arreglaba él voluminoso volante de su sangriento vestido, quitándose el polvo con que el viento arisco la ensució.

¡Grandísimo tuno es el viento! Él es quien hace girar en fantástica ronda el polvo y los papeles que andan por el suelo, como si una misteriosa fuerza los impulsara a moverse, y los pedazos de periódicos vuelan cual si tuviesen alas, que el genio hubiera prestado a la imprenta. El viento fue la causa de que aquella misma tarde en que llegó a Villar-Don-Lucas Ángel Garrido no comiese la familia de Pantoja en el cenador del jardín, como solía, sino en el salón del piso bajo, donde estaban los muebles más antiguos de la casa, recios asientos de nogal labrado, ancha mesa de encina, con patas de hierro, llenas en su base de hojas de acanto repujadas, y un reloj monumental, en cuyo horario algún artista ignoto había pintado el retrato de un hombre, que meneaba los ojos al oscilar el péndulo.

—¡Famosa tarde! —dijo don Sandalio, entrando en el comedor precedido de Ángel— Yo pensaba que hubiéramos comido en el jardín; pero, sí, sí... ¡Bueno está el tiempo!

—Hemos traído la tormenta con nosotros —dijo humorísticamente Garrido.

Era éste un caballero como de veintiocho años de edad, moreno, pálido y con ojos tan grandes, que constituían la facción más notable de su rostro. Hablando, riendo, y aún callado, aquellos ojos decían siempre algo, y hasta al perderse en la contemplación abstracta de lo indeterminado, estaban echando discursos y haciendo preguntas.

—¿Cuándo vienen esas chicas? —dijo don Sandalio, no porque le respondieran, sino por expresar que, en su concepto, tardaban demasiado.

—Aquí están —dijo Narcisa desde la puerta.

—¿Os ha detenido el tocador? —interrogó don Sandalio.

—Es claro —afirmó Narcisa con graciosa prosopopeya y cómica ironía—. A la mujer no la puede ocupar otro motivo. El tocador es su único pensamiento.

A pesar de las protestas de Narcisa, en su cabello y en el de su hermana advertíanse muestras de que el peine había hecho poco antes su oficio en aquellas cabezas. Frescas rosas, medio escondidas entre el pelo, debajo de la nacarada orejita, adornaban a Narcisa. Eladia no había querido tal adorno.

Sentáronse en torno a la mesa y circularon las viandas. El sustancioso cocido castellano anduvo en rueda, invadiendo la atmósfera del salón el caliente vaho de la sopa. Sobre la mesa descubríanse los entremeses gustosos, la plata de los cuchillos y tenedores, la cristalería fina y la loza de lujo, que, reflejando su limpieza en el mantel, producían un grato efecto aperitivo.

—Prueba el vino, Angelillo —manifestó don Sandalio escanciando de una botella; al promotor fiscal—. Es de casa. Come de esas aceitunas. De casa son... ¿No comes otra vez garbanzos?..., también son de casa... Come ternera... De eso has de tomar... Esta mañana la mató Bonifa... Es de casa.

Allí todo era de casa, y si el ser de casa hubiese sido razón para que Ángel comiese cuanto deseaba don Sandalio, habría necesitado un estómago como el de Lúculo y un hambre como la de tres Salamancas estudiantiles. Comió, a pesar de todo, cuanto le pusieron, porque en tales casos es preciso apurar con la munificencia obsequiosa del anfitrión la copa de la paciencia. Cuantos guisos puede condimentar la cocinera rústica salieron a plaza en aquella tarde. Don Sandalio era hombre que sabía hacer las cosas, y para honrar la llegada del promotor fiscal lo dispuso todo en grande. Un cochinillo entero sustituyó en su gran fuente al asado; vino después la liebre, y más tarde el jamón, al que siguieron las perdices.

—¿Cuándo piensas tomar posesión de tu promotoria? —manifestó don Sandalio mientras trinchaba una gallina.

—Pienso tomarla mañana —repuso Garrido.

—El juez me ha dicho que vendrá a verte luego... Es una excelente persona. ¿Verdad, Eladia?

—Sí, lo es —dijo Eladia—. Sumamente amable.

—¿Casado? —preguntó Garrido mirando a Eladia.

—Casado y con hijos —contestó ella.

—Lleva veinte años sentenciando causas.

—También vendrá luego a verte don Melitón, el Diputado.

—Y el escribano Pajares.

—Y el notario Rosales.

—Y los dos procuradores... don Damián y Ansualdo.

—Y... toda la curia del pueblo, digan ustedes de una vez —exclamó riendo el promotor—. Deben ustedes ser muy desdichados con tanto golilla.

—¡No faltan quebraderos de cabeza! —afirmó don Sandalio, apelando al primitivo tenedor de los dedos para sujetar entre los dientes un sabroso muslo de ave. Pero a bien que ahora vamos a tener la justicia en casa...

Detúvose, porque creyó haber dicho demasiado, y observando que Eladia bajaba sus ojos y que el promotor mostraba cierto embarazo en contestar, añadió:

—Ea, señores: yo no puedo hablar las cosas a medias. Siento una cosa, y la digo. La verdad me hace borbotones en el cuerpo y he de echarla fuera... He dicho que vamos a tener la justicia en casa... Pues está bien dicho. ¿No te vas a casar, tú, Angelillo, con mi Eladia?

—¡Ah!, don Sandalio —interrumpió Ángel—. Si yo fuese tan afortunado que mereciese su confianza, su amistad...

El promotor fiscal se puso colorado. Él, si venía decidido a casarse. Al obtener, no sin afanes y recomendaciones de diputados y ex-ministros una promotoria, tuvo presentes añejas indicaciones de don Sandalio respecto a matrimonio. Sabía que le estaba destinada la mano de Eladia, pero aquella ocasión le parecía extemporánea para hablar de ello, y algo sin nombre e inexplicable le repugnaba en el apresuramiento con que el buen señor quería consumar los planes aún no bien iniciados.

Habían sido grandes amigos el padre de Ángel y don Sandalio. Juntos estudiaron la carrera de leyes, y si luego les separó la diversa inclinación de cada uno, pues mientras Garrido se dedicó al noble ejercicio de la magistratura, Pantoja vivió en Villar-Don-Lucas consagrado a la dirección de su labor, jamás dejaron de conservar dulces recuerdos de aquella juvenil amistad, que con frecuentes correspondencias alimentaban. Hay quien dice que más de una vez acudió la bolsa escueta y chupada del juez a la gaveta ancha y bien provista del labrador, y aún alguno añade que en estos casos jamás dejó Garrido de hallar en Pantoja al amigo cariñoso y entusiasta de la juventud; mas de tales pormenores secretos nada sabe quien nos contó los detalles todos de esta historia, y habremos de prescindir de ellos. No prescindiremos en cambio de decir que al acabar el padre de Ángel su trabajosa existencia, no pudo dejar a su heredero ni medios materiales de felicidad, ni una carrera en que abrirse paso. Fue obra personal de Ángel todo lo que ahora poseía. Él trabajó con incansable afán hasta obtener la licenciatura en derecho, y en sus ansias de ser algo, rompiendo esa sombría línea, al lado de allá de la cual queda la juventud desventurada, ejército glorioso de la miseria, que perece de hambre o de tisis —¡esa hambre de los pulmones!— soñando con laureles, apoteosis, triunfos y glorias, había no sabemos qué de heroico y meritorio que despertaba simpatías en todo pecho generoso. ¡Lucha cuyo campo es la vida, y en la cual es el mayor enemigo el desaliento, y la fe sinónimo de victoria! Muchas veces durante esta época de combate y amarguras, recibió noticias y hasta cartas de don Sandalio. Contestolas éstas y agradeció sus ofrendas de protección, sin aceptarlas. Cierta fiebre orgullosa vibraba en su ser con enérgica nota que dominaba a todos sus demás impulsos y sentimientos.

Cuando terminó la carrera, no acabó la de su martirio, porque ser abogado constituye en España tan grande título para ganar dinero como ser español. Siguieron los apuros, y muchas noches durmió con el estómago vacío y el bolsillo desierto de monedas. Pero conseguido su primer propósito por esfuerzo suyo, en que nadie le ayudara, no juzgó que desdoraba su dignidad solicitando el apoyo de los amigos de su padre, y éstos le recomendaron al Ministerio de Gracia y Justicia. Más de diez veces entró en el negociado del personal de aquel departamento un volante en que se había escrito el nombre de don Ángel Garrido, con algunas líneas debajo, en las que se consignaban, no los méritos del recomendado, sino el nombre del recomendante, que es en tales materias la verdadera hoja de servicios que se consulta. No es preciso puntualizar cuándo consiguió don Ángel su anhelada promotoria, sino que al fin la consiguió, y que entonces el acaso le hizo encontrarse con Pantoja. Hablole éste de matrimonio, de su hija Eladia, y con la ruda franqueza que caracterizaba al labrador le planteó el asunto como si se tratara de un contrato. Ángel no dijo que sí ni que no. No conocía a Eladia sino por retrato y por referencias de su padre; pero como los retratos de la fotografía y los de los padres suelen favorecer mucho, pareciole aventurado e indiscreto todo compromiso. Pocos días después supo que le habían trasladado desde la promotoria fiscal de Albuérniga, de que aun no había tomado posesión, a la de Villar-Don-Lucas. Vio en ello la mano de don Sandalio Pantoja, y no supo si agradecérselo o sentirlo. Aquel juzgado era, aunque de entrada, de mayores ventajas para él, y, por este lado, se hallaba ganancioso en el cambio. Aceptó, pues, la traslación y emprendió el viaje sin demora. Pantoja le escribió anticipadamente, para que se alojara en su casa, y con Pantoja no había más remedio que aceptar o morir.

—¡Su amistad! —dijo don Sandalio contestando a la modesta duda del promotor— ¡Su amor, hombre, su amor!

—¡Qué cosas tiene usted, papá! —dijo con airado acento Narcisa— Eso no se dice de esta manera. No hablemos, más de ello.

—Pero... —quiso objetar el padre.

—Suspenda usted esta conversación. Se continuará cuando se continúe —afirmó Narcisa.

Eladia callaba. ¿Qué podía decir que fuese oportuno y digno de su difícil situación? Con las manos doblaba y desdoblaba la servilleta puesta sobre su falda, tejiendo, como Penélope, una fantástica tela.

El promotor fiscal, en tanto, daba pequeños golpecitos sobre un pedazo de pan con su cuchillo, como llevando el compás a alguna música que sonara dentro de su alma. Quiso cambiar el tema del coloquio, y como comprendió, con penetración dichosa, que esto era una de las cosas más difíciles de hacer tratándose de don Sandalio, el cual se aferraba a la conversación tirando de ella hasta que no quedaba nada que decir, fuera bueno o malo, en aquel asunto, apeló al único nervio sensible del alma del buen hombre: la curiosidad.

—¿Conque mañana empiezan las obras del ferrocarril? —dijo.

—¿Tan pronto? —respondió Pantoja— Así debe de ser, porque hoy he visto en el pueblo mucha gente desconocida, mucho jornalero francés, con su gorra de seda y su corbata al cuello.

—Ya han llegado los ingenieros —añadió Narcisa.

—Pues, creedme, es para mí una contrariedad terrible esto del ferrocarril. ¡Invento del diablo!

—¿No es usted partidario de tan grande progreso?

—No, y no, y cien veces no... ¿Qué he de ser? Calcula tú si lo seré, cuando el pícaro que ha hecho el trazado ha puesto los raíles dentro de la Galianilla, y con ellos me ha partido mi mejor finca por la mitad. Soy antiferro-carrilista decidido. ¡Muera el vapor!

—¡Reaccionario! —dijo en tono de amistosa censura y burla don Ángel.

—Eso no, caramba. Siempre fui liberal y progresista. En Cádiz comí una vez con el Duque, y cuando se marchó desterrado, yo, yo fui uno de los pocos que le escribieron a Londres ofreciéndole dinero.

—Pues a pesar de todas esas hazañas, es usted reaccionario.

—¡Gran cosa debe ser el ferrocarril para los pueblos! —exclamó Narcisa— Los une y hace vecinos a pesar de las distancias y de las montañas.

—A mí me da miedo ir dentro de un coche que va arrastrado por una fuerza bruta —afirmó Pantoja—. Los árboles, los campos, las casas, pasan volando junto a la ventanilla, como aristas de hierba seca que el huracán mueve en las eras... No se puede gozar de la vista del paisaje, ni casi respirar, porque la celeridad vertiginosa del viaje quita a los pulmones el fácil uso del aire...

—¡Qué cosas más raras le pasan a usted en el ferrocarril! —dijo Garrido.

—He podido observarlo recientemente, cuando traje del colegio a Narcisa. Vinimos, porque ella se empeñó, en el ferrocarril de Aranjuez... Y os lo aseguro, bajé del wagon mareado...

—Llueve —exclamó Eladia, por decir algo, mirando al balcón, sobre cuyos cristales sonaba el ruido de las gotas de agua que el viento impelía.

—Se nos aguó la fiesta, se nos desbarató el paseo —repuso con mal humor don Sandalio—. Bien decía Bonifa esta mañana contemplando el cielo...

—¿Es un astrónomo ese Bonifa? —interrogó Ángel.

—Es el mayoral de la labranza, pero sabe más de cosas del cielo que, el mismo que inventó los telescopios... En el campo todos sabemos poco o mucho de astronomía.

—Yo misma sé predecir la lluvia —dijo Narcisa.

—¿Cómo la predice usted? —preguntó Ángel.

—Miro el Pico de Alerce, que es un monte que hay más allá del río, y si está arrebujado entre nubes, es cosa decidida.

—El refrán lo declara: «Alerce embozado, el prado mojado» —añadió Pantoja.

—Es una ciencia curiosa la de usted, en verso y todo.

Eladia era la más silenciosa de todos los comensales. Estaba pensativa y ruborizada. Quería hablar, y cuantas ideas acudían a su mente, eran luego desechadas por vulgares y sandias. Iba arrancando flores del jardín de su modestísima inteligencia, y luego que tenía formado un ramo, arrojábalo lejos de sí por feo, pobre y mal oliente.

Había arreciado la lluvia, y al caer en el follaje del jardín, producía ruido seco, sobre el que se destacaban las notas cristalinas que el agua sonaba chocando con el vidrio del balcón.

—¡Ay, el mirlo se está mojando! —gritó Narcisa. Y alzándose bruscamente, tanto que hizo temblar la mesa con la sacudida, acercose al balcón y abriole al punto.

Notábase en sus movimientos algo de la ligereza infantil, recuerdos de una edad aún no bien terminada, y en sus arranques, de caprichoso origen, no sé qué impremeditación encantadora.

Allí fuera estaba el pobre mirlo calado hasta los huesos y tristemente encogido sobre sus patas.

—¡Adentro, caballerito! —dijo Narcisa metiendo su dedo índice por entre las cañas de la jaula para acariciar al pájaro—. Esta lluvia durará poco.

—Ni cinco minutos —afirmó Pantoja—. Ya sale el sol.

Era verdad, que el sol salía entonces, asomando media cara entre los nubarrones grises, y echando miradas bizcas a la tierra.

—Aun podremos pasear —dijo Eladia.

—Un paseo por el jardín después de la lluvia —añadió don Sandalio— es la cosa más bonita que puede imaginarse. Todo esta allí lavadito y nuevo. La lluvia es la modista de las flores... ¿Tomarás café, Ángel?... ¡No faltaba más! Aquí no le tomamos porque nos quita el sueño y nos pone nerviosos; pero le tenemos guardado en su bote para cuando viene gente de Madrid... Allí es el café como el maná en el desierto cuando los israelitas le atravesaron. Un sevillano se mantiene con una naranjita, y un madrileño con una taza de esa agua negruzca traída de Oriente.

Sirvieron el café a Garrido, y no hubo pequeñas dificultades para hacerlo. Dos máquinas tenían y ninguna se hallaba servible; una de ellas con el tubo de cristal roto, otra con el colador obturado, del no uso, fueron declaradas inútiles para el servicio, siendo preciso apelar a un puchero de barro, vidriado a trechos, el cual, puesto al fuego, hirvió, coció, borboteó y dio de sí, no el café deseado, sino el agua negruzca traída de Oriente de que hablaba don Sandalio.

Cesó la lluvia, y un grato vientecillo agitó las ramas de los árboles, haciéndoles doblarse levemente con suaves oscilaciones; más despejado el cielo, permitió ver toda la noble cara del sol, el cual dibujaba sobre la tierra las sombras de las nubes, viajeras celestiales, verdaderos judíos errantes de la atmósfera.

Los comensales abrieron la puerta del comedor que daba al jardín, y un agradable aroma de tierra mojada llenó el aire.

—Paseemos —dijo Pantoja—. Quiero enseñarte la noria de nuevo sistema... Una noria americana, que da vueltas ella sola... Para que veas que soy amigo del progreso, del verdadero progreso.

Iba delante Eladia y a su lado Ángel; detrás seguía Narcisa con una sombrilla apoyada graciosamente en el hombro, y por último, cerraba la marcha don Sandalio, con un sombrero inmenso de castor flexible y su caña de Indias en la mano. Según costumbre suya, echó ambas manos atrás, y juntándolas con fuerza, oprimió entre ellas el bastón, haciéndole girar rápidamente. El andar torpe y cansado de Pantoja, la fatigosa respiración de su pecho y aquel movimiento mareante del bastón, dábanle risible semejanza con un vapor de hélice, que nada soplando y agitando su tornillo de acero.

—Vea usted, Eladia —dijo Ángel a su compañera de paseo—. Vea usted qué hermoso está el jardín.

—¡Ah, sí! Muy hermoso.

—Veo en él la mano de usted. Aquí hay una mujer que dirige la vida de estas flores; una mujer que ha hecho de un jardín un poema.

—No, pues se ha equivocado usted... No soy yo; es mi hermana, es Narcisa quien lo dispone todo aquí y quien manda en jefe en esos ejércitos de tiestecillos, que están formados, como reclutas, a derecha e izquierda.

—Yo creía que era usted —dijo Ángel.

Y miró a Narcisa, que, con una sonrisa de candoroso orgullo, exclamó:

—No quiera usted arrebatarme glorias que me corresponden... Durante mi ausencia, y en todo el tiempo que permanecí en el colegio, escribí a Eladia dándole instrucciones para el gobierno de esta ínsula, habitada por tribus de rosas, legiones de árboles y escuadrones de magnolias. Eladia fue la regente de estos reinos mientras no viví yo en Villar-Don-Lucas.

—¡Dispénseme usted que me ría, Narcisa! —manifestó Ángel— No es por burla, es por admiración mi risa. Tiene usted indudablemente el genio del mando. Mandar en los hombres no es fácil, pero mandar en flores y por el correo...

—Nada hay tan obediente como las flores —dijo Narcisa, alzándose con la mano derecha la falda para saltar dentro de un arriate—. Ejemplo al canto: ¿Ve usted esta rosa encarnadita, que se esconde entre hojas porque no la descubramos? Pues bien; la mando yo que se me entregue y... aquí la tiene usted cortada y en mis manos... La mando ahora que busque un sitio bueno donde estar, y... mire usted, mire usted, mire usted cómo se va derecha, derecha, derecha al ojal de su americana de usted. ¿Qué tal?

Lo había hecho como indican sus palabras, sólo que la rosa no llevó a cabo aquel viaje por su voluntad semoviente, sino prisionera entre los dedos de Narcisa.

—¿Qué tal? —dijo don Ángel mirando la rosa y la mano que se la prendía— La flor obediente, usted encantadora.

—Ésas son dos flores, amigo; la de usted y la mía.

Una u otra sobran —exclamó Narcisa.

Alguien ha dicho que la frivolidad forma en la mujer parte de la gracia. De aquí, sin duda, el secreto de la gracia hechicera de aquella criatura. No tenía ni el aplomo y supremo reposo propio del augusto linaje de las mujeres hermosas, ni esa seriedad grave y reconcentrada bajo la cual arde el apasionamiento; y sin embargo, en sus vacilaciones injustificadas, en sus decisiones repentinas había un atractivo ciego y poderoso.

Pasearon arriba y abajo, vieron la noria americana, el pequeño invernadero, la glorieta y el cenador. Después una criada les vino a avisar la llegada del juez. Regresaron a la casa. Era tiempo ya, porque el cielo habíase de nuevo tapado y proseguía la lluvia.


Villar-Don-Lucas, 15 de julio.

Querido Claudio:

No me has escrito desde que te marchaste de este horrendo villorrio. Estamos separados por doce leguas de tierra no más, y parece que han echado un mar entre nosotros. Pero aunque no me escribes, yo sé de ti por los operarios de la línea, que vienen frecuentemente a Villar-Don-Lucas para comprar provisiones y gastarse bonitamente el dinero que ganan en seis días de afanosa labor, en un domingo de embriaguez, blasfemias y puñaladas. ¡Bien me dan que hacer tus malditos operarios! Desde que vinieron a esta tierra ha aumentado el número de causas criminales de un modo que causa pavor. Las gentes dicen aquí que todo este desencadenamiento de pasiones lo trae consigo el ferrocarril. Yo respondo que cuando Noé se emborrachó no existían aún, que se sepa, las máquinas de vapor.

¿Ves cómo no hay nada de aquello que tú me decías? ¿Ves cómo te engañaste? ¿Ves cómo un ingeniero, a pesar de que su oficio consiste en medir la cantidad y apreciar la calidad de las cosas materiales, puede errar de medio a medio como un soñador poeta?

Quedas, pues, desacreditado como adivino.

Narcisa me ha dado afectos para ti; se ha puesto muy morena de andar siempre al sol entre las flores del jardín; pero así con su tez bronceada, sobre la que brillan y hablan con doble elocuencia sus ojos, está más bonita que antes. Ahora mismo he sentido unos pasos leves en el jardín y me he asomado a la ventana de mi cuarto. Allí abajo estaba ella, envuelta en un peinador blanco, con una redecilla de torzal azul sujetándola el cabello, y armada de una regadera, con cuyos chorros iba chapuzando plantas y más plantas. Su padre la llamaba desde dentro, pero ella no respondía, y la he visto durante más de cinco minutos parada, quieta, absorta, con la regadera vacía, inclinada hacia adelante, como si aún estuviese vertiendo por el agujereado cañón el agua; sus pupilas, fijas en el suelo, parecían gravemente ocupadas en contar las arenillas del sendero... Cansado Pantoja de llamar, ha salido él mismo al jardín en mangas de camisa, sobre la que cruzaban los tirantes bordados y un escapulario muy viejo y desteñido. Narcisa ha vuelto de su éxtasis y ha tornado a llenar la regadera.

[...]

Ven a vernos; te lo agradecerá tu aburrido amigo:

ÁNGEL.
 


Collado Viejo, 18 de julio.

¡Ay Garrido, Garrido, Garrido! Estoy a punto de morirme de tedio, de aburrimiento y de calor. La vía progresa, y mi desesperación progresa también. Ambas tendrán el mismo término, Madrid, que cuando los rails entren en la estación de Atocha, mi alma saldrá de esta congojosa atmósfera de monotonía.

Estamos terminando el puente de Valdeorros, que tendrá tres tramos; después haremos el túnel de Balsalobre, el cual no nos costará gran trabajo, porque debe practicarse en una montaña de arena. Con mi bastón ferrado me comprometo a atravesarla. Acabada esta obra, o sea a principios de agosto, seré contigo en el paraíso, es decir, en Villar-Don-Lucas.

No creas que paraíso significa en mi idioma lo que en el de los católicos, ni menos aún en el de los mahometanos. Significa un lugar algo mejor que este mísero caserío, donde no hay otra vegetación que un tiesto de hierbaluisa, que tiene en su ventana la vieja que me hospeda, ni otra conversación que la de su marido, antiguo soldado lleno de herrumbre como el fusil que guarda en su cuarto, ni más sociedad que la de mis operarios, que ahora, ¡ahora! empiezan a hablar.

Haz presente mis recuerdos a Narcisa. Dices que se ha puesto morena. Mejor. ¡Poquito que me gustan a mí las caras de mulata!

Pero, hombre, de Eladia no me dices nada. ¿Qué es esto? ¿No tiene la que va a ser tu esposa un recuerdo en tu memoria cuando escribes a los amigos?

Te veo en mal camino. Ahora, que tú desechas mi profecía y me quieres arrebatar de la frente la llama de la presencia, ahora es cuando yo vuelvo a repetirte lo que te aseguré entonces. Te conozco como a esta pícara tierra en que estoy trabajando. He visto tu corazón como si hubiese hecho un túnel en tu pecho. ¡Ay Garrido, Garrido, Garrido! ¡Que vas mal, que vas mal.

CLAUDIO CASTILLO.
 


Villar-Don-Lucas, 7 de agosto.

Estoy, mejor, y tú no has cumplido tu palabra. Éstas son las dos cosas que antes que todo debo decirte, Claudio Castillo. Mi pierna derecha empieza a funcionar, y hoy ha sido el primer día en que he podido salir de mi cuarto desde aquél en que el maldito caballo de don Sandalio me lanzó al aire como un pelele. La fractura se ha consolidado, pero la debilidad de mi cuerpo continúa, tanto que hoy, al mirarme al espejo que Narcisa me presentó, no he podido menos de entristecerme: estoy en los puros huesos, mi palidez es cadavérica, mi respiración jadeosa y cansada. Para aliviar este negro humor, cojo la pluma y te escribo.

¡Caramba, que me vengas a ver enseguida! Te portarás como un amigo desleal si así no lo hicieras, Claudio Castillo.

También ha estado mala Eladia, pero ha sido cosa pasajera, y ahora ha salido a pasear con su padre y hermana.

¡Qué buenas gentes son! Me han cuidado como a un hijo. He visto en todas partes, durante mi enfermedad, el interés y el cariño. El silencio de la casa, otras veces llena de ruidos con la aglomeración de criados, parecía ahora decirme: «Aquí se vela por ti». Para un hombre que no tiene parientes ni habientes es esto tan agradable, que pensando en ello lloro como un muchacho. Acaso sean estas lágrimas hijas de la debilidad de mi dolencia... Pero no, deben proceder de otra causa. Yo no sé qué insólito enternecimiento se ya apoderando de mi alma poco a poco. Es como si una inundación fuese entrando pulgada a pulgada en mi pecho, o como si cada día se ablandara más mi corazón, dejando de ser de carne dura para convertirse en merengue.

Ven, Claudio Castillo, ven pronto. Me canso de escribirte y lo dejo... Además, no sé qué decirte de tantos pensamientos como acuden a la pluma. Todos quieren ser los primeros en salir por el pico de ella... ¡Pues todos vais a quedar iguales! Aquí pongo un punto. Y luego me despido de ti y cierro la carta.

ÁNGEL.
 


Villar-Don-Lucas, 10 de agosto.

Amigo Claudio:

El día 14 te esperamos sin falta. Pasarás con nosotros el día de la Virgen, y después regresarás a Collado Viejo.

Tu carta de ayer me ha extrañado sobremanera. ¡Tú metido a predicador! ¡Tú dejando el compás y el teodolito para coger el libro de las exhortaciones piadosas y el capuchón frailuno! Permíteme que me ría...................

Diecinueve puntos suspensivos de risa han desahogado mi alma, por la cual hiciste retozar tú ese impulso, y vuelvo a mi carta, es decir, a la tuya. Me preguntas si ha hecho bien don Sandalio en educar a una de sus hijas en colegio y de los más aristocráticos, mientras a la otra la ha dejado en el pueblo entregada a la vulgaridad del trato de cuatro señoritos hidalgos y de media docena de estudiantones con el pelo de la dehesa. ¿Yo qué sé? ¿Está eso en el Código?

Yo no sé por qué encuentras reprensible que un padre eduque a un hijo mejor que a otro, no pudiendo educar a los dos lo mismo, y me maravilla la dureza, injusta a mi ver, con que tratas al pobre don Sandalio por haber hecho esto. ¿Querías que se hubiese quedado el buen señor solo, entregado al desconsuelo de su viudez? Él hubiese preferido que Narcisa y Eladia fuesen al colegio; pero eso de separarse de ambas era demasiado fuerte para su amante corazón.

Muchas veces hemos hablado de esto. Muchas me lo ha dicho:


«Yo consulté las inclinaciones de cada una de mis hijas, y no era preciso ser un zahorí para descubrir en Narcisa una inteligencia más emprendedora, una valentía de espíritu superior a la de su hermana, una iniciativa resuelta y gallarda, con que imponía desde pequeña a todos los de la casa hasta el más insignificante de sus caprichos. Por el contrario, Eladia es la timidez en persona. ¡Qué sensibilidad la suya! La sola idea de apartarse de Villar-Don-Lucas, de mí y de su hermana, marchando lejos de aquí, a vivir entre gentes desconocidas, en un colegio, donde se encuentra todo menos el cariño de la familia, con lo que parece realizarse el principio universal del equilibrio, que, así en lo físico como en lo moral, rige a las cosas, pues mientras la inteligencia hace su campaña aprendiendo, el corazón descansa de la suya en los cuarteles de invierno de la indiferencia; esta idea; repito, le llenaba los ojos de lágrimas... Aun quedando conmigo, cuando su hermana marchó, en ocho días no pude ver sus ojos sin llanto... ¡Pobre Eladilla! Tú no sabes qué perla te llevas. Una palabra dura matará a mi hija; un desaire de su marido hará encogerse sobre sí misma a su alma, como caracol herido, y morir encerrada en la concha de la resignación dolorosa»

Si después de tener en cuenta estas advertencias sobre el carácter de Narcisa y Eladia aún sigues censurando a don Sandalio, será preciso convenir en que eres muy injusto.

Te esperamos el día de la Virgen. Aquí se prepara gran fiesta. Habrá toros, músicas, fuegos artificiales, grande y solemnísima procesión, en que lucirá la patrona del lugar un ropón de terciopelo y oro, bordado por las hijas de Pantoja. Esto va a ser estupendo... Sobre todo, si tú nos honras con tu visita.

ÁNGEL.
 


Collado Viejo.

Pasado mañana salgo, querido Ángel. A las cinco de la mañana cabalgaré emprendiendo mi viaje a Villar-Don-Lucas.

He recibido tres cartas tuyas, una de las cuales tengo abierta ante mis ojos al escribir ésta. Es aquella esquelita en que precipitadamente trazaste cuatro renglones, contestando a mi recomendación sobre esa causa criminal seguida al guarda-aguja Morquecho. Cogiste, sin duda, de tu mesa un papel cualquiera, escribiste en él unas cuantas palabras de respuesta a mi carta, y metiendo la tuya en un sobre, se la diste al mismo recomendado que aguardaba contestación. Este recomendado trae a mis manos la carta, yo la abro, y al comenzar su leerla me asombro y lleno de curiosidad. ¿Qué es esto? ¿Se ha vuelto loco Garrido? ¿Qué me dice a mí de citas, de señas hechas con el pañuelo, de huertos a las doce de la noche?... Pero después encuentro, entre este logogrifo, un nombre que me saca de dudas.

¡Ah tunante! Esto te lo digo muy serio. ¿No me negabas tener la más pequeña inclinación hacia Narcisa? ¿No me asegurabas que te era indiferente? No persistirás en tu hipócrita negativa después que una casualidad, en que Pantoja, con su ciega fe primitiva, vería la mano de la Providencia, ha puesto en mi poder una carta que tú escribías a Narcisa dándole una cita para las doce de la noche en el jardín, junto al huerto. Quiero que vuelvas a leer esta carta, que tú tendrás por perdida, y habrás buscado inútilmente entre tus papeles. Dice así:


«¿Cómo no fuiste anoche? Yo a las doce maté la luz y salí al pasillo, asomándome a la galería. Vi morir una a una todas las luces de la casa; sólo quedaba la de tu cuarto, que brilló hasta más de las dos. Bajó al huerto y me senté al lado de la noria aguardándote... ¡Nada! ¿Cómo no bajará? —me preguntaba cada tres minutos—... Tengo ansia de oír tu voz a solas, y quiero que otra vez me digas que me amas. Quiero que dejes una hora tus manos entre las mías en dulce guarda y depósito de amor... Pero tú no me quieres. No te pongas seria. Ésa es la verdad: tú no me quieres. Desdeñosilla, ingrata, alma fría; ¿cómo no me adoras queriéndote yo tanto?... Ahora recuerdo que anoche al levantarnos de la mesa, después de terminada la cena, me hiciste señas con tu pañuelo; pero yo que en esto de señas soy la torpeza misma, no las entendí. Acaso quisiste decirme que no podías bajar al huerto. Yo me quedé en ayunas de lo que significaba aquel gracioso revoloteo de tu pañolito perfumado. Esta noche volveré a aguardar a mi Narcisa en el mismo sitio.— ÁNGEL».
 

¡Ángel! Eso te parecerá a ti. ¡Demonio, demonio, y de los más empecatados y perversos, si es que hay grados de maldad en el infierno: eso eres tú! ¿Cómo has podido dar acceso en tu alma al amor de Narcisa, olvidando las esperanzas que hiciste nacer en Eladia?

Te advierto que mi reprimenda será terrible. Cuando nos veamos no vengas a abrazarme. Yo no abrazo a pícaros de tu redomada condición.

CLAUDIO CASTILLO.
 

Coged el pincel y describid sobre el lienzo un círculo, tomad una de arena y otra de cal y edificad en torno a ese círculo una fila de casas microscópicas. Pobladlas de un hormiguero humano, que se mueve, sube, baja y corre; llenad el aire de ruidos, de músicas, de cantares castizos, de tacos castizos, de palabrotas castizas también, y podréis contemplar a vista de pájaro el plano moral de Villar-Don-Lucas el día de la Virgen de Agosto, cuando el religioso sentimiento de sus vecinos conmemoraba el glorioso nombre de la patrona, con cohetes, toros y puñaladas.

Era un día caluroso y apacible, la atmósfera pesada, el cielo nublado a trechos, sin que el más leve movimiento de los céfiros agitase las flores que en las ventanas del pueblo exhalaban su aroma en honor a la Virgen. En las calles apartadas, el silencio era completo. Parecía que en aquel pueblo, como en el cuerpo de un paralítico, se había refugiado la vida en el corazón. Pero en el corazón, en la plaza, ¡qué baraúnda, qué mareo!

Aplicad la pupila al vidrio de un kaleidoscopo y haced girar sobre sí mismo el tubo de aquel instrumento. No veréis allí dentro, en aquella combinación de colores, en aquel caos de luz que nace y se tiñe de cambiantes matices, nada que no veáis en la plaza de Villar-Don-Lucas en el momento en que nos plugo ponerla delante de vosotros.

Confúndense en pintoresco revoltillo las telas blancas de las camisas de los que van en mangas de ella, con los chaquetones pardos; el sombrero de anchas alas, que poco a poco se apodera de las cabezas rústicas con las ideas de la civilización, y el gorro de piel de oveja, vulgarmente nombrado pasamontañas; las capas de paño oscuro —especie de frac de la aldea —con las airosas chaquetillas de terciopelo que cubre las gallardas formas de un mocetón entre patán y chulo. Pañuelos de seda de abigarrada coloración agitan sus picos sobre las cabezas, como mariposas que van a alzar su vuelo; mantillas de casco, tan olvidadas en las grandes ciudades con notoria injusticia, sirven de marco negro a rostros de marfil, naciendo entre su calada sombra flores que contrastan sobre el pelo de azabache, cual grano de nieve en el ala de un cuervo.

Sobre este indefinible motín de colores y contrastes álzanse, como el humo sobre la llama, un vaho de aroma campesino; olas de bullanga estrepitosa; vibrar de cornetines, que apaga y domina a veces el ruido de la multitud; el seco estampido del bombo, que heroicamente manejado por aquel muchacho que desempeña en la música del hospicio de la ciudad vecina tan trascendentales funciones, corta con el ritmo enojoso de una enorme péndola tal concierto de armonías.

Ya nos vamos acercando. Ya distinguimos los balcones, en cuyo barandaje de madera flotan las percalinas. Ya se descubren completamente la agitación de la muchedumbre y aquellas filas de hermoso mujerío que asoma por las ventanas, rejas y tragaluces, como enjambre de rosas trepadoras que va en busca del horizonte libre. Destácanse, a la manera de figuras sueltas que avanzan hasta ocupar el primer término del cuadro, hombres de ruda complexión, muchachos vestidos con aquel traje grosero y tosco que les da apariencia de muñecos... Corren, corren hacia un edificio grande, destartalado, en cuyo balcón de hierro brilla, esgrimido por una mano morena, el bastón autoritario, y a su orden, aquella multitud se agolpa frente a una puerta que, al abrirse, pone en dispersión a todo el mundo. El gentío experimenta oscilaciones concéntricas, como las que causa en el agua la caída de una piedra, y que van ensanchándose rápidamente.

Es que ha saltado a la plaza un novillo, berrendo en colorao, de gran romana, el cual trae pendiente del cuello un desaforado cencerro, con el que mete mucha bulla y mucho miedo al correr. Suenan mil silbidos, y un cohete sube al cielo silbando para estallar en lo alto con seca detonación. Mas no se alzan los ojos a ver aquella lluvia de flores doradas, sino que fijos todos en la imponente fiera, delatan la ansiedad, el temor y el anhelo de buscar un peligro para salvarse luego de él, que constituye el fondo de nuestro nacional carácter. Vuelan las mantas por el aire, los capotillos de encarnada percalina ábrense como inmensos abanicos de la muerte; el sombrero de terciopelo pasa de la cabeza a la mano y de la mano al suelo, donde rueda entre las pezuñas de la res, que se encabrita y piafa, haciendo polvo y mosqueando el rabo; parte el novillo sonando su cencerro, y en aquella aglomeración de toreros se abre un camino limpio y derecho como tirado a cordel, por el cual se precipita el ingeniero armado que le hizo. Gritos en los balcones, vociferaciones abajo, el novillo ha dado el primer revolcón.

Era en aquel balcón grandísimo y voleado, cuyos hierros adornaban palmas rubias y hojarasca de olivo, donde la flor y nata del lugar asistía al heroico espectáculo de la lidia. Estaban delante los hombres, y de cuando en cuando abríase paso por entre ellos un rostro femenino, el cual iba a esconderse poco después, haciendo gestos de miedo. Quienes con más ahínco palmoteaban, asomando medio cuerpo fuera del balcón, como si fueran a echarse a la plaza, eran aquellos dos muchachuelos, rubio el uno y moreno el otro, que apenas frisarían en los ocho años. El rubio tenía unos ojos azules muy pálidos y como sin vida, y su cabeza, adornada de bucles de oro, parecía demasiado grande para las proporciones menudas de su enteca persona. Su compañero de balcón y alegría era un chiquillo de tostada faz y ojillos pequeños, que con el pelo cortado al rape, con su inquietud y su charla, traía a la memoria la figura, movilidad y picolera condición de la urraca. Vestía el primero un trajecillo negro, con mucho adorno de azabache, y el otro un pequeño redingote verde, de antigua moda, y cargado de botones de acero.

—Bernardín —gritó desde dentro del balcón la voz de Narcisa— entra ahora mismo. Te está dando el sol en la cabeza... Tú no quieres cuidarte, y a los niños malos Dios los castiga.

No hizo maldito el caso Bernardín de tal promesa de la divina cólera con que Narcisa lo amenazaba, sino que formando un puchero lastimoso con la boca, se aferró más y más al balaustre del balcón, dando a entender que sólo la fuerza podría arrancarle de la vista de aquel drama, que en la plaza se había trabado. Fue preciso que unos brazos, más robustos que hermosos, asomasen como humana tenaza por entre la fila de espectadores masculinos, y cogiendo el enano cuerpo de Bernardín, le metieran prontamente adentro, mientras él pataleaba furioso.

Anselmillo, su compañero de balcón, no dio muestra de sentimiento, y ni se dignó apartar sus ojos de la fiera, que entonces se había parado en el promedio de la plaza, y allí escarbaba el polvo, bajando y subiendo la cabeza y husmeando el aire. El hombre se acostumbra desde niño a la indiferencia.

—Bernardín —dijo una voz gutural y ronca—. Que te calles... Es mucho chico éste.

—Déjele usted que vea la fiesta —repuso Narcisa.

Era su interlocutora una mujer que bien podría haber cumplido los cincuenta años; de complexión hombruna y robusta, de macizo cuerpo, en que había más hueso que carne. Vestía un traje de lana negra, y adornaba sus sienes con dos pequeños rosetones de pelo atravesados por sendas horquillas de alambre.

—Mejor será —respondió sosteniendo entre sus brazos al inquieto Bernardín— que le dejemos tomar el sol... Narcisica, créeme a mí... El que quiera saber que compre un viejo... Si permites a este muchacho todos sus gustos, mañana te pedirá la luna.

La sala en que esto sucedía era ancha y destartalada. De puro aljofifado, era el suelo un encarnado espejo, en que se reflejaban las figuras de los muebles y las personas, confundiéndose las líneas de una mesa de pino humildísimo, alarde del lujo lugareño, con los zapatos de Narcisa, y el dorado trespiés en que la entonces olvidada copa del suelo se sustentaba, con la caña de Indias que el señor juez movía entre sus manos, mientras repantigado cómodamente en el viejo sillón de cuero, fumaba un papelillo.

—¡Pobre niño mío! —exclamó Narcisa mirando con amor al chiquillo enfermo— ¿Quieres venirte conmigo?

Dijo Bernardín que sí, bajando la cabeza, y dejándola caer sobre el pecho, púsose a mirar de hito en hito a la linda muchacha.

Tomole ella en sus brazos, sentole sobre sus rodillas, cogió con su mano blanca el desencajado y anémico rostro de Bernardín, y le obligó a que recostara la cabecita sobre su seno. ¡Oh dulce almohada! Allí se quedó medio dormido el muchacho. ¡Ocho años, inocencia! ¡Qué bien dormís en el regazo de la juventud! Era bello aquel conjunto de hermosura y marchitez, de lozanía y enfermedad; era el grupo bucólico de la espiguilla de trigo moreno junto a la pomposa amapola, una alegoría de lo hermoso protegiendo a lo débil.

También estaba en aquella habitación el buen ingeniero, a quien sólo conocemos por el desenfadado estilo de sus cartas, y que departía amistosamente y en jocoso tono con el juez, cuya enorme boca reía sin cesar, y cuyos ojos pequeños, guarnecidos de grandes cristaleras con aro de oro, cerrábanse fuertemente a los impulsos de la risa. El señor don Claudio Castillo usaba de festiva crítica en su conversación, y sin poseer aquella ruda franqueza que Galdós puso por divina manera en el simpático Pepe Rey de Doña Perfecta, gustaba de zaherir irónicamente con las finas agujas de su burla las preocupaciones religiosas, sociales y políticas de la burda gente de Villar-Don-Lucas.

Alzose don Claudio del asiento y fue a mirar a una ventana del salón que caía al patio. Veíase allí un emparrado, que con su abundante follaje ocultaba el piso; pero aquí y allá, había algunos agujeros por los que podía desguindarse un alma tocada del deseo de saber; y haciéndolo, como lo hacía el alma de Claudio Castillo, podía divisarse un sillón ancho y cómodo, en cuyo respaldo, y sobre una almohada blanca, veíase una cabeza pálida, densamente pálida, cuya enmarañada y larga cabellera formaba una modo de nimbo negro en torno a aquellas facciones. Podía verse a más, sentada en una silla baja, a la modesta Eladilla, que deshacía entre sus dedos un pedazo de lienzo para luego distribuirle en pequeños haces de hilas. Podía verse, por fin, una urraca de larga cola, que ora venía andando con un paso duro, que sonaba en las losas, como si fueran de alambre aquellas zancas negras; ora en un vuelo se ponía en el respaldo de la silla de Eladia—, ya picoteando en el suelo perseguía a una familia descarriada de hormigas. Filtrábanse a través de la hojarasca algunos rayos del sol, que dibujando movibles festones de oro en las piedras, ensanchaba o disminuía los focos de su luz, según el aire agitaba más o menos las hojas de la parra. Llegaban hasta allí, desvanecidos y confusos, los ruidos mil de la plaza y el vocerío de la multitud, la bullanga musical de los hospicianos, el palmoteo del pueblo, o bien, la discorde algarabía de los chiquillos, rumores que parecían a veces perfectamente separados como en el arco iris los colores, o a veces se mezclaban y revolvían en confusa y sonoro trueno.

Dijo la cabeza pálida:

—Eladia, ¡cuánto siento que por mi causa deje usted de ver la corrida!

—¡Qué! —replicó ella mirando fijamente a Garrido, pues éste era su interlocutor— A mí no me gusta ese jaleo insoportable de la plaza. Me asustan los toros y me marea el ruido... Además, ya ve usted, Ángel, que mi hermana y yo nos relevamos de hora en hora.

—¡Qué dos ángeles! ¡Cuidan ustedes de mí con un esmero!

—Pronto se cumple el plazo de mi guardia... ¿Oye usted?... Da las tres el reloj de la iglesia... Ahora vendrá Narcisa y...

Dejó cortada su frase Eladia, y como si hubiera ocurrido algún grave suceso imprevisto en el lienzo que deshilaba, reconcentró en él toda su atención y bajó la cabeza sobre sus manos para ver mejor lo que hacían sus dedos.

—Pero, ¿por qué no me dejan ustedes solo? Yo estoy violento y malhumorado al considerar que privo a ustedes de un placer que, aquí no se repite mucho... Al fin y al cabo esta inusitada animación de un pueblo muerto, que vive sólo una vez, al año, no debe perderse. No es preciso que ustedes se molesten, ni que lleven este caritativo turno de guardias para acompañarme... Aquí tengo unos cuantos libros... Novelas escogidas, otras obras de, gustoso entretenimiento... Con ellas procuraré endulzar las amarguras de mi larga convalecencia.

—¿Cómo se siente usted ahora?

—Ahora lo me siento peor... Alguna punzada me da el dolorcillo en la pierna... pero pasa pronto.

—¡Cuánto tarda Narcisa! —exclamó Eladia, casi antes de que acabase de hablar Garrido.

Garrido, que estaba inmóvil en el sillón, sin poderse volver hacia la puerta, miró con el rabo del ojo a aquel lado, y prestó oído a la conversación que en el balcón del principal se sostenía. Estaba demasiado alto para que ni una sola palabra pudiese llegar cabal e inteligible hasta los oídos del promotor fiscal, quien sólo oía las notas agudas de quien hablaba como un siseo, y las notas guturales como el hervor de una cacerola puesta al fuego con agua.

Hablaban allí Claudio Castillo y Narcisa. Hallábase ésta sentada en una banquetilla con Bernardín, dormido entre los brazos. El ingeniero permanecía de pie y apoyado en la baranda del balcón.

—Así es mi hermana, señor Castillo. No exagero.

—Pero ¿es que ella se complace en sacrificar sus deseos?

—¡Ah! No diré a usted que goce con este bárbaro asesinato de sus caprichos. Eso no. Yo pienso que cada sacrificio suyo le cuesta un esfuerzo cruelísimo de voluntad; lo que sí afirmo es que le lleva a cabo sin vacilación, sin miedo.

—¡Qué heroísmo!... ¿Y usted?...

—Yo he querido imitar mil veces su conducta, pero no he podido. Francamente, perder aquello que se tiene en la mano porque a uno le da la gana perderlo, me parece, no sólo horrible, sino tonto además.

—De manera que en este... asunto... porque así debemos llamarle... En este asunto usted no quiere, sacrificarse.

—Mire usted, señor Castillo... Yo no sé por qué me inspira usted tanta confianza. Ocho o nueve veces he hablado con usted, y parece que te conozco desde antes de nacer.

—¡Amiguita! —dijo él en broma— Es que las almas felices y las almas insensibles vienen al mundo del mismo país. Usted y yo en ese país hemos vivido juntos.

—No sé si esa fábula es, verdad... Lo que sí es verdad es que yo le hablo a usted con franqueza, y que me parece que al decírselo a usted me lo digo a mí misma.

—Gracias.

—No es galantería. Es franqueza, lo repito, franqueza sólo.

—Bueno; pues dígame usted con esa franqueza que a mí me gusta tanto, si usted se ha propuesto apelar al heroísmo del sacrificio.

—Quiero apelar... pero...

—Pero no quiero. ¿Es eso? ¡Ah, grandísima egoísta!

—Ése es el calificativo que me corresponde... Mire usted —exclamó Narcisa alzando de improviso la cabeza para mirar al ingeniero, como quien tras breve vacilación decide lanzarse a algo importante—. A mí me parece más natural que mi hermana deje de amar a Ángel, que no dejar yo de quererle.

—¡Bravo! Siga usted diciendo verdades.

—Ella tiene educada su alma para el sacrificio.

—Y usted la tiene educada para el egoísmo. ¿Es eso?

—No... ¡si es que desde pequeñita se acostumbró a ceder!

—¡Muy mal hecho! Quien cede una vez, cede siempre. Eladia le cedió a usted el primer muñeco, y usted se empeña en que también le ceda el último..., porque un marido es el último muñeco de la niña, y no otra cosa.

Narcisa se quedó pensativa, más aún de lo que antes lo estaba, y bajó de nuevo la frente. Castillo separó sus manos del balaustre de hierro, y las introdujo en los bolsillos del chaleco, mientras fijando la mirada en la cabeza rabia de Bernardín, exclamó:

—Usted dirá que yo soy uno de esos Quijotes inaguantables, para quienes la vida es un puerto Lápice, en el que buscan doncellas perseguidas que amparar, desventuras a que prestar consuelo y empresas sandias en que comprometer el poderío de su espada... No lo negaré... Yo soy algo Quijote. Admírame aquel loco que tomaba tan a pecho los males ajenos; y cuando le veo llenarse de congoja por la desgracia de la destronada Micomicona, me dan ganas de cogerme a su cuello y llenarle de besos «las estrechas quijadas»... Pero aun cuando tengo este principio de locura, no es completa aún... Limítase a no poder contemplar con indiferencia el mal ajeno... y eso de pensar que yo no procure remediarle, y que después de ver que van a pegar un pisotón a uno, me aleje sin decirle: «Levante usted ese pie, hombre, que se le van a destrozar», es pensar lo imposible.

—A mí tan bien me duele lo que pasa... Es una cosa atroz...

—Sí. Todos nos dolemos en abstracto del mal ajeno; pero ¿quién procura remediarle?

—Yo bien quiero...

—Quiere usted y no quiere. A todos nos pasa lo mismo... Diré a usted mi pensamiento enterito. Acaso este predicador practicara menos moral de lo que dice. Acaso yo no me sintiera con bastante fuerza de ánimo para realizar lo que aconsejo a usted que realice...

—Pero yo creo que Eladia, no quiere mucho a Ángel.

—¿Usted cree eso, o quiere usted creerlo?

—Lo creo... Más bien lo demuestra indiferencia y temor... diría que hasta prevención... Cuando está con él apenas habla. En su presencia hay que sacarle las palabras del cuerpo con tirabuzón, como los corchos de las botellas.

—¡Ay, Narcisa! ¡Qué desgraciada es Eladia!... Sí, es muy desgraciada, porque lleva a cabo sacrificios que los demás no ven... Lo que hace esa criatura es ir echando pedacitos del alma al ave negra de la indiferencia, y se los echa cuando ninguna pupila humana puede divisar su acción.

—¿Qué dice usted? No entiendo esas comparaciones. Es un lenguaje helado el de usted que me hace la misma impresión que la vista de la nieve.

—Eladia sabe que usted quiere a su novio.

—¡Lo sabe! —balbuceó Narcisa, a tiempo que su cara se sentía arder con un fuego que coloreó súbito las mejillas.

—¿Lo sabe, pero no lo dice! Acaso no conoce ningún hecho determinado. De fijo que no ha visto una carta como aquélla que me puso a mí, a un amigo de ayer, a hombre un hombre para usted indiferente, en posesión del secreto, dando ocasión a que yo, Quijote de la modestia vencida, y caballero andante de la debilidad tronchada hablara con usted de este modo y le autorizase a que, cansada de escucharme tan enojoso sermoneo, me prohíba dirigirle otra reconvención más...

—No haré yo tal... Aun cuando usted me dijese cosas más fuertes... Usted tiene la razón. Además, yo no sé qué influencia ejercen esas palabras sobre mí.

La gente que hallaba en el balcón lanzó un grito de horror, y mientras las mujeres se retiraban, aproximáronse más a la barandilla los hombres.

—¡Le ha matado! —gritaba uno.

—¡Tres veces le introdujo el asta!

—¡Y en el lugar donde la herida no tiene cura!

Afuera el vocerío, que por un momento se convirtió, de lejano y sordo rumor, en chilladiza aguda y en gritar desesperado, calmose luego de repente, y un solemne y trágico silencio dominó el tumulto. Era que el toro había enganchado por la faja a un mozo, y revolcándole en la tierra, después de darle varías feroces embestidas con la testuz, habíalo levantado con espantable velocidad sobre uno de sus cuernos, haciéndole girar en aquel aparato cruel de muerte. Todos los alientos se hallaban suspendidos. El mismo aire había dejado de moverse, como una respiración enorme que espera el desenlace de algo para exhalar su aliento, de nuevo.

Narcisa se quedó silenciosa, pálida y sin acción. Alargó la cabeza hacia la ventana y dijo:

—¡Alguna horrenda desgracia!

—Sí —le contestó la mujer que había arrancado, del balcón a Bernardín, y cuyo nombre era Quiteria—. Ese bruto de Poco-pelo que ha ido a echar una suerte al toro, y claro está, la borrachera le ha entregado a los cuernos.

—¿Y le ha matado?

—No se sabe, pero abajo dicen que es sólo una herida de poca monta.

—¡Dios mío, qué atrocidad! —exclamó Narcisa sintiendo que corría por su epidermis un calo frío de horror.

—Cuarenta años —añadió Quiteria sentándose con mucho cuidado por no ajar ni descomponer los pomposos pliegues de su falda— cuarenta años hace que presencio estas corridas. Ni una sola vez ha dejado de haber que sentir. Eso consiste en que los que aquí torean no entienden de capa y salen a probar ventura como unos bárbaros que son.

El señor juez entró en la sala entonces, retirándose del balcón, y dijo:

—Esto debía prohibirse. Comprendo las corridas dadas por los toreros de oficio; pero de ningún modo estos brutales alardes de ferocidad. ¡Estas gentes desprecian la vida!

Había dejado de mover la caña, y sus lentes no servían ya de escaparate a aquella perpetua risa con que el representante de la más tremenda autoridad decoraba sus facciones. Un leve reflejo del sol en los cristales de los citados lentes parecía una huella visible de la risa de sus ojos, que sólo en las grandes ocasiones de su profesión se suspendía.

—Señor juez —dijo Quiteria—. Hablando de otra cosa. ¿Sabe usted algo de mi pleito?

—Doña Quiteria —repuso él— aún no me ha contestado el amigo de la Audiencia a quien escribí.

—¿Y usted qué cree?

—Doña Quiteria, mil veces se lo tengo dicho. Su negocio de usted es seguro; aun cuando esos parientes mal nacidos que su esposo de usted, que gloria haya, dejó en este mundo, son unos enredadores insoportables.

—¡Tunantes! —exclamó ella con calor, sin acordarse más de lo que en la plaza había ocurrido— Esos parientes son todos una mentira detrás de una mata, como el otro que dije... ¡Propalar que yo había falsificado el testamento de mi difunto don Dimas! ¡Infamia igual!

Aquella buena vieja había sido durante treinta años ama de llaves, criada y compañera, todo en una pieza, de don Dimas Bermejo, a quien llamaba el vulgo maldiciente don Dimas el mal ladrón, a causa de que aumentó su hacienda prestando a premio, y con uno nada desmedrado ni equitativo. Nadie sabe por qué pasó su vida en virginal celibato, aunque se supone que fue por economía.. como nadie sabe tampoco por qué una mañana de las últimas de su vida, se le antojó casarse con su ama de llaves, con la virtuosa Quiteria, que había paseado su cuerpecito por el mundo durante cincuenta años con toda su doncellez a cuestas, como la condesa Trifaldi. Capricho fue aquél que dio mucho que reír al pueblo, y en los corros de desocupados que se congregaban en la plaza de diez a doce de la mañana, o a la puerta de la iglesia, si había maitines, por la tarde, se inventaron mil chuscas historias para justificar una injustificable.

Ello es que don Dimas el mal ladrón y la santa Quiteria unieron sus arrugadas manos en dulce coyunda de amor ante el sacro Evangelio de san Marcos.

Lo peor del caso fue para unos sobrinos que tenía el mal ladrón, en quienes quiso la negra ventura reunir todas las plagas sociales que abruman a esos señoritos de pueblo, pobres como las ratas, holgazanes como el gorrión, y presuntuosos como el mono. Aguardaban la herencia del tío para salir de trampas, y en tanto se pasaban la vida de casa en casa, de visita en visita, de la tertulia del boticario, donde se jugaba al tresillo, a la del confitero y cerero, donde se jugaba al mus ilustrado, y aderezando sus pláticas con la pimienta picante de la murmuración. ¡Cuál no sería su sorpresa al saber el matrimonio de Quiteria y don Dimas! Puede calcularse con el dato de que aún fue mayor el que les produjo la noticia de que Quiteria se hallaba en cinta. Si les hubieran asegurado que el pico de Alerce había dado a luz un toro, no les hubiese sorprendido más que aquella mueca burlona y epigramática de la naturaleza que reservaba para la edad caduca de Quiteria la facultad maternal, que parece signo y emblema de la juventud robusta y poderosa. Murmurose en el pueblo que aquello era obra de brujería, y no faltó comadre parlanchina que jurase «por ésta» (la señal de la cruz hecha con los dedos grueso e índice de la mano derecha), haber visto a Quiteria salir por la chimenea de su casa, caballera en una escoba para ir a un aquelarre donde el diablo la otorgó, a cambio del alma de don Dimas, aquel hijo que llevaba en el seno. Cuando dio a luz, creció más el rumor, porque el niño salió, según era presumible, encanijado y mísero, y con una idiosincrasia débil y enfermiza. Bien es verdad que su cara era lindísima, y que sus ojillos azules parecían dos espejitos de los ángeles; mas con tener aquella criatura, hijo de la necedad y la vejez, medio cielo en la enferma carita, no pudo apartar de sí la fama fabulosa y brutal de su fantástica generación. Con tan negra fortuna vino a este mundo Bernardín, aquel niño cuyo padre murió el mismo día de su bautizo, créese que del disgusto que lo causara el verse obligado a aflojar lindamente la bolsa para las ceremonias eclesiásticas de rúbrica en casos tales. Morir el mal ladrón y caer sobre la casa mortuoria un enjambre de ladrones, peores que el que acababa de cerrar el ojo, fue obra del mismo instante. Manos irreverentes anduvieron registrando los cofres del finado, las cómodas de la ropa blanca, la alacena de la loza, el arcón del pan, las candioteras vacías y hasta las sábanas mismas del lecho donde reposaba con el sueño escultural sin fin aquel cadáver amarillo, cuyas entreabiertas pupilas y cuyos labios, contraídos por una como feroz sonrisa, parecían enviar despreciativa e iracunda maldición a los malvados descendientes que así profanaban sus restos.

Quiso la justicia que no encontraran ni un doblón, ni una peseta. Era previsor don Dimas, y todo lo tenía dispuesto en forma: el dinero alzado, el testamento hecho, las alhajas en manos de Quiteria, y hasta el reloj de plata sobredorada que solía usar, entregado, como único regalo de su vida, al cura don Froilán Malaparte, que le ayudó en la hora postrera a trepar con sus patas de cuervo pecador los peldaños de esa escalera, que es de palo aquí, donde empieza, y es de rayos de sol allá arriba junto al trono celestial del que todo la puede.

Los anteriores sucesos, noticias, retratos e impresiones nos fueron remitidos desde Villar-Don-Lucas por un amigo nuestro que en aquel pueblo reside de temporada. Enviónoslos, y en la carta con que los acompañaba nos decía así:


«No sería del todo falta de interés la historia de unos amores raros que aquí sienten dos hermanas por un abogadillo. Yo procuraré tener a usted al corriente de estos amores que han trascendido al pueblo y son objeto de la conversación. Hacen notar las gentes cómo, naciendo dentro de una misma familia, seres de tan diversa condición moral como Narcisa y Eladia, una ley fatal, dura y terrible obliga a ésta a ser sacrificada en aras del bien de los otros; y con filosofía vulgar, de muy buen sentido, afirman que quien principalmente podía impedir tan injusta e irritante lógica de los caracteres, es el padre, educándolos de modo que, enderezados en sus torceduras, remediados en sus defectos, corregidos en sus hierros, limitados en sus demasías y alentados en sus desmayos, cada uno adquiriría aquello que le faltase y le fuera más necesario para la lucha de la vida. Pero yo creo, no sé si usted pensará como yo, que los padres no tienen obligación de ser filósofos, y que su mismo cariño les ciega la razón natural, no viendo claro, como es preciso, para imponer la medicación espiritual que el vulgo quiere, a sus hijos y hechuras. Por otra parte, y en lo que al caso concreto de Eladia y Narcisa atañe, aún no puede decirse que sea aquélla la sacrificada, por más que es presumible. Sobre ello escribiré a usted cuando y como pudiere».
 

Más de un mes se pasó después de recibida la anterior carta, y una tarde llegó a nuestras manos esta otra:


«¡Albricias, dirá usted, albricias! Al fin puedo terminar este cuento, pues mi amigo me manda los datos que me faltan para poner fin a estas comenzadas o inconexas cuartillas. —Desgracia, señor, desgracia —respondo yo a su imaginada albricia de alborozo—. No sólo no le envío esas cuartillas que le faltan, sino que me es absolutamente imposible el cumplir mi compromiso de remitírselas.

Los sucesos han venido tan aprisa que, nadie se los explica. He procurado buscar una causa, razonarlos, ponerlos en orden o irlos enhebrando en el hilo de lo verosímil. ¡Inútil faena!, ¡tiempo perdido! Los sucesos se resisten a la lógica, como vasallos insurgentes a ley marcial, y se quejan cuando se les aplica para juzgarlos.

Sepa usted lo que se dice, y saque de ello lo que buenamente pudiere.

Narcisa, perdida toda esperanza de conseguir el logro de sus deseos, y viendo que don Sandalio disponía el matrimonio del promotor y Eladia, cayó enferma. Tuvo calenturas nerviosas y viose a las puertas del sepulcro. No se sabe qué papel jugó don Claudio Castillo en el asunto, ni cómo influyó en el ánimo del promotor, el cual, convencido sin duda de que era una infamia arrancar a Eladia las ilusiones ya marchitas de su amor, accedió resignado al matrimonio después de una explicación dramática habida entre él y Narcisa. Advierto a usted que todos estos incidentes del negocio pasaron desapercibidos absolutamente para Pantoja, mientras que el pueblo de mil encontradas maneras los comentaba.

Es el caso que la enfermedad de Narcisa iba de mal en peor, que las mejillas, enardecidas por la fiebre en los primeros días, viéronse después pálidas y amarillentas como secas hojas de Magnolia; que enflaqueció rápida y visiblemente; que, sus labios, en que antes anidaba la mariposa de la sonrisa, enmudecieron escondiendo aquel paraíso de alegrías tras el severo gesto de la taciturnidad, y que sus ojos adquirieron súbitamente la opaca negrura del terciopelo.

El promotor fiscal, a quien la caída de un caballo, según comuniqué a usted, había fracturado una pierna, tampoco adelantaba gran cosa en su curación, y en las aburridas soledades de su cuarto, con la cabeza apoyada en el respaldo del sillón y entablerada el alma entre los duros maderos de un deber ingrato, como lo estaba su tibia rota entre los tablajes de un apósito quirúrgico, largas horas de negra meditación pasaba.

Eladia vio todo esto, comprendió el motivo de aquellas desgracias, que ella inocentemente causaba; asustose de su obra, llenose de horror pensando que no podría dormir jamás el sueño tranquilo de las conciencias limpias si no trataba de impedir la desventura de sus semejantes, y olvidándose de que para llevar a cabo tan noble pensamiento de abnegación tenía antes que asesinar su dicha, sus esperanzas, sus ilusiones, habló con don Sandalio reservadamente y largo rato. Qué cosas diría Eladia a su papá son presumibles, si se lleva cuenta del número de veces que Pantoja se santiguó, que era el modo con que él expresaba su asombro. Parece que Eladia dijo que ella no quería a Ángel, que sería desgraciada casándose con él, y que por nada de este mundo se sacrificaría. Don Sandalio trató de convencerla de que su resolución era un grandísimo dislate, y ella, con una postiza sonrisa en los labios, que Dios sólo sabe cuánto trabajo le costaría fingir; con una alegre carcajada que vino a reflejarse sobre el oscuro lago de su silencioso e ignorado llanto, como la luz del sol sobre un mar negro, repuso:

—Antes me dejaré matar que casarme con Ángel.

—Pero, ¿y mi palabra empeñada con ese excelente joven? —preguntó don Sandalio apelando al último recurso que su menguado magín le ofrecía.

—Casémosle con Narcisa —repuso Eladia.

—Eso es una atrocidad... ¿Quiere ella?... ¿Querrá él?

¡Que si querían los dos le preguntaban a Eladia! ¡A Eladia, que sacrificaba en el altar de aquel amor el suyo! A punto estuvo Eladia de soltar la presa de su llanto. La sonrisa que fingían sus labios oscurecería un punto como estrella que tiembla al hundirse detrás de una nube; pero reapareció serena y tranquila poco después.

—Yo respondo de eso —contestó.

Ella respondía del amor de Narcisa y Ángel; ella respondía de un amor que la arrancaba el alma. Era como decir: 'Esté usted tranquilo, yo respondo de mi desgracia'.

Tres días después corrió por el pueblo el rumor de que don Ángel y Narcisa se casaban. El rumor era exacto. Don Sandalio le confirmó en la plaza un domingo, después de misa... Ayer se ha llevado a cabo el matrimonio... Así de repente, como quien suelta un tiro, así es como vienen las desgracias a los seres débiles, y así es como se consumó la de Eladia.

Como por ensalmo se ha restablecido los enamorados enfermos. Fuéronse noramala aquellas palideces, aquellas tristezas de ojos, aquella penita sin fin de los ánimos. Están alegres, dichosos y contentos, y esta noche creo que salen para Madrid y París. Me han asegurado que Ángel tuvo una desgarradora escena con Eladia, en la que se echó a sus pies, besó sus manos, llamola santa, diosa, mártir, y en que tras mil palabrejas de letanía, él aseguró que jamás olvidaría aquella abnegación sin ejemplo; pero acaso luego de dicho este discurso hubo de acometerla la modestia, y añadió que sin duda Eladia no le había amado nunca, y que renunciaba a su mano con menos heroísmo que gusto. Ella no supo qué contestar a estas palabras. ¿Qué podía haber dicho? ¿Que le amaba con toda su alma, que el sacrificio de su amor era infinitamente doloroso, que su corazón quedaba hecho trizas después de someterle a aquel machaqueo horrible de sus sentimientos en el duro yunque de la voluntad? Se hubiese muerto de vergüenza antes que declarar los secretos de su alma delante de un hombre, del hombre que inspiraba aquel hondo y arraigado afecto. Prefirió callar, sacrificando el diezmo del agradecimiento que su cuñado debía pagarle, en aras del pudor.

Don Sandalio dice que Eladia es un ser excepcional, y que desconfía de casarla.

—Miren Vusted que lo que ahora me ha pasado con ella no tiene nombre. Concertele la boda con un muchacho buen mozo, listo, de excelente familia, de porvenir. Estaba todo arreglado, la boda se disponía, y de la noche a la mañana me dice mi señora hija que antes que casarse se dejará matar... ¿Tiene esto el más pequeño grado de lógica... de lógica, señores, que es la razón de las cosas, la filosofía de la vida? Yo digo que no, una y cien veces.

Eladia oye estas crueles burlas, y al ver que nadie la comprende, que su heroísmo ha sido simiente echada en la arena improductiva de la ingratitud, una tristísima sonrisa se abre en sus labios como una flor amarilla sobre la fosa sepulcral. Largos ratos permanece quieta, muda, absorta, silenciosa, con las manos cruzadas, la labor de crochet abandonada en el cesto sobre cuyos mimbres la urraca anda picoteando y arrojando de su metálico gargüero duros chirridos. Su actividad ha disminuido, y a veces pasa días enteros sin ocuparse, como antes solía, de los menesteres de la casa, que anda desde hace días en poder de los criados. Don Sandalio se halla muy disgustado con tal motivo».
 

Anteayer nos remitió nuestro amigo esta otra carta:

«Una noticia final. Don Sandalio se casa... se casa con doña Quiteria. ¡Quién lo diría! Refieren que últimamente el abandono en que Eladia tenía a la casa era completo; que ha perdido la salud y que las mil atenciones de la labranza no se hallan dirigidas con la acucia que han menester, Don Sandalio, que había hecho varias indicaciones sobre esto a Eladia, como viese que ella perseveraba en su retiro a las últimas habitaciones de la casa, en sus soledades, en su mutismo y en su encerramiento en la capilla, y como, según él dice, no quiere contrariarla en lo más mínimo, ha buscado un medio de conciliar su bienestar y el de su casa con el capricho de su hija; el medio consiste en casarse con doña Quiteria, la cual correrá con el manejo de la labor, con el trato de los criados y con el gobierno absoluto de la cocina.

—Quiteria y yo —dice don Sandalio— nos completamos mutuamente. Yo necesito una mujer que supla a Eladia. Ella necesita un hombre que mire por el buen desenlace de su pleito y espante a la turba de negros golillas que vienen sobre él como tupida bandada de mosquitos chupones.

Aquí tiene usted, pues, reducida a Eladia a un papel secundario dentro de casa de su padre. Cada día está más delgada. Yo creo que acabará por enfermar.

Las gentes que conocen la verdad del caso se dividen en dos partidos al apreciar el sacrificio de Eladia. Dicen unos que es una mártir sublime. Dicen los otros que ha procedido como una grandísima tonta. Este segundo partido está en mayoría».

XI. ¡Noche de Reyes!

A mi excelente amigo y maestro

don José de Castro y Serrano.

¡Bien nevaba aquella noche! El camino de Lugareda habíase llenado de ese polvo blanco que hiela y mata, y cuando el doctor Prieto entró en el patio de su casa y se apeó del flaco caballuco, tres chorros de cristal pendían de los tres candiles de su monumental sombrero trípico. Llamó a Sancho, que dormía en la cuadra, y salió éste tiritando a recoger las bridas del jaco para conducirlo a la caballeriza. El doctor Prieto cruzó el dintel de su casa, y al abrir la puerta, una ola de ruidos mil llegó a su oído. Sonaban panderos, chirriaban rabeles, vibraban hierros, atronaban sartenes y cazos —esgrimida, tañida y aporreada toda esta variedad de instrumentos por las cien manos locas de la alegría. En el hogar un mediano monte de leña se quemaba, asociándose al rebullicio de muchachos y criadas, con algunos disparos secos y chisporroteo jubiloso, parecido al cascar de muchas docenas de nueces. Llama viva y movible surgía de entre el blanco humo con que la paja que arropaba el fuego se ha tostando, y a veces una gran lengua de oro subía hasta las altas trébedes de hierro, como queriendo lamer las golosinas que condimentaba la cocinera más sabia del lugar, la tía Sátrapa, en desaforada caldereta de dorado cobre. Esta buena mujer, sentada sobre sus talones, more turquesco, sacaba y metía sus manos ágiles en la sabrosa miel que en un tarro cerca se columbraba, y empapando las pastillas de harina en un aceite aromado con romero y jerez, zambullíalas luego en la fritanga, dentro de la cual echaban mil maldiciones, crujiendo y quejándose como condenadas. Periquín, el hijo menor del doctor Prieto, ayudaba con sus dos manos morenas y chicas cual golondrinas a la tía Sátrapa, y ésta suspendía de cuando en cuando la operación de zambullir la pasta en el óleo para tomar al niño la cara delgada y pálida, exclamando con maternal efusión:

—¡Ay qué alhaja! ¡Si viviera tu madre, se iba a comer a besos a este cocinerito celestial!

Bastián, el hijo mediano de Prieto, que ya frisaba en los ocho años, golpeaba un cuero de oveja puesto en un aro de cuba, con una vara verde, sacándole sones endiablados y bullanga infernal. Dos mozas carillenas, apechugadas, de no mala estampa, Venus sin descortezar, acompañaban el sonar del improvisado tambor abollando a puros martillazos un par de embudos de bodega, negros por de dentro del trato diario con heces y corambres. Una sola persona hallábase callada, quieta, pensativa... triste. Engracia, la hija del doctor Prieto, el amita de la casa, la que había heredado de su madre —que Dios haya— el manojo de llaves, la aguja incansable y el alma delicada y sensible como un pajarito. Esta tal Engracia quiero yo que la conozcáis, porque ha de gustaros. Eran sus ojos negros y aterciopelados, pero sin esos resplandores fulmíneos de noche tempestuosa, que más espantan que alegran y deleitan, si no mansos, apacibles y llenos de dulcísima calma. Sus pestañas sombrías semejaban hilos de seda por lo negras, largas y brillantes; sus cejas finas dibujaban un breve arco sobre la leve prominencia de una frente modesta, pequeña, que no tenía nada de la frente de Minerva, y que dando carácter al rostro de Engracia Prieto, parecía escribir sobre él estas dos palabras: «Belleza humilde». Traía el pelo re cogido en un manojo de bucles naturales y trenzas atadas reciamente con una cinta de terciopelo; nada de afeite ni artificio; ningún adobo en las morenas mejillas; ningún tinte en los labios, que parecían una parlante amapola. El talle esbelto amenazaba quebrarse al andar, como una espiga de trigo asaz cargada del rubio grano; los brazos largos y tornátiles uníanse en un lazo, por hábito natural, formando un marco al seno, poco desarrollado todavía. Pensad en que sólo contaba Engracia quince años, y no la busquéis comparación con Venus, Diana o las otras deidades hermosas. Pero si os aprieta mucho el deseo de saber a quién se parecía Engracia, acordaos de esas Vírgenes que en los trípticos del siglo XIII pintó la musa mística de los iluminados.

—¿Qué escándalo es éste? —preguntó el doctor entrando serio a par que festivo.

—Déjelos usted, señor amo —repuso la tía Sátrapa—. Es noche de Reyes.

—Señor padre —preguntó el chiquitín levantándose de su asiento para colgarse a una pierna del médico— ¿ha encontrado usted a los Reyes en el camino de Nidonegro?

—¡Pues ya lo creo! —contestó el buen doctor— Iban allá lejos, lejos, lejos... con sus tres caballitos árabes y sus tres camellos muy cansados... Verás cómo llegan todos cubiertos de nieve, con las barbas llenas de hilo de hielo, como yo.

—¿Y la estrella del rabo ha salido? —preguntó también— el curiosillo.

—¡Bah! Hombre, eso no se pregunta. ¿Qué hacer sino salir? —repuso el médico— Yo la he visto bien clara, que trepa por el cielo como una culebra de oro, dejando atrás chispas, llamas y pedacitos de luminosa materia.

—Es que va encendiendo pajuelas —dijo Bastián, que ya se andaba en letras mayores y la echaba de sabio.

El doctor Prieto se sentó cerca del fuego porque venía cansado y aterido. Estiró las manos ante la llama y las cerró y abrió cuidadosamente, acariciándose una con otra como si temiera quebrárselas o fuesen manos prestadas que había de volver en toda su integridad al verdadero dueño. Después se mesó la barba y miró a Engracia.

—¿Qué tienes, chiquilla? —le dijo.

—Nada, padre...

—Algo tienes... Estás triste.

—Es... que me acuerdo de madre; es... yo no sé lo que es, pero ¡me siento con tanta pena!...

Y era verdad. No había sino ver aquellos dulces ojos para comprender que estaban rebosando lágrimas.

—¡Lo mismo era su madre! —se apresuró a decir la tía Sátrapa mientras espolvoreaba la molida y bien oliente canela sobre el caldero de la fritanga— ¡Más parecidas! ¡Son como dos gotas de agua!

—Tía Sátrapa —gritó a este punto Periquín, para quien nada pasaba desapercibo— cuéntenos usted el cuento de las dos gotas de agua.

—Anda, tonto, que ya te le debes sabor de memoria... Entretente en lamer ese cucharón, y calla...

—Lameré, pero cuente usted.

—Eso es, huevo y torrezno... miel y cuentecico.

—¡Y si no... lloro! —dijo el tiranuelo del muchacho, que amenazaba con su llanto como un monarca con su real desagrado.

Entre tanto habíase dividido en dos grupos la gente señoril y villana de la cocina. El médico y Engracia hablaban bajito en un lado, mientras las criadas, que al entrar su señor soltaron los embudos, siguieron la operación interrumpida de pelar el severo y lúgubre cadáver de un pavo de lustroso vestido y roja cresta. El tal cadáver, con el cuello medio cercenado por horrible tajo de la cuchilla de la tía Sátrapa, parecía pedir venganza con su pico entreabierto, que goteaba sangre, y con sus ojos de vidrioso reflejo. Era un drama de corral espantoso el que allí se revelaba. La cocinera habíaselas con su caldereta y Periquín, el cual, después de hechos varios pucheros, diez momos de llanto y treinta jipidos, obtuvo lo que pedía.

—¡Vaya con el tontuelo! —exclamó la tía Sátrapa— Siempre ha de salirse con la suya. Óyelo bien, que es la décima vez que te lo cuento.

Volviose a sentar el mozo en el suelo y cerró fuertemente los puños. Sus ojos movíanse como los de un gorrión que acecha el paso de un mosquito en el alero de un tejado, y su boca abierta esperaba las palabras de la narradora como si fuese a devorarlas.

—Ello era —comenzó la Sátrapa —un río muy hondo, muy hondo... ¡qué!... lo menos medía once mil leguas de hondura, ¡mucho más! Pues, señor, que en ese río había dos gotas, una lo mismo que la otra, y una de ellas dijo una vez al río: «Padre, yo quiero irme a ver tierras». Y el río le contestó murmurando. A otro día la segunda gota quiso también irse a ver tierras, y el río la murmuró también... Las gotas estaban tan tristes, que se metieron en lo más oscuro del río, donde no las veía ni el sol... Pues, señor, que una mañana viene una nube y se acerca al río y se pone a beber.

—¿Cómo beben las nubes? —preguntó el maldito curioso de Periquillo.

—Como los caballos, alargando el cuello, metiendo los belfos en la corriente, y entre tanto el viento las silba, como hace el mayoral con el ganado para que beban más... Pues, señor, que las dos gotas se acercaron a la nube y le dijeron: «¡Bébanos usted!». La nube se las bebió, y luego levantó el vuelo y se fue ¡hala! ¡hala! ¡hala! por esos mundos del Señor. Una de las dos gotas era descastadísima, porque se alejaba de su padre, el río, sin sentimiento; pero la otra no pudo contener el dolor y se echó a llorar, con lo cual, convertida en lágrima, se cayó de la nube y fue a dar en un camino polvoroso, que se la sorbió, y nadie supo nada más de ella. La otra gota ingrata fue dentro, de la nube muy a su sabor, y cuando la nube quería lloverse sobre un sembrado donde hacía falta para el pan, le decía a la oreja: «¡No se deje usted caer aquí. Vamos a otra tierra que sea más bonita!». Y como la nube era de esas de color de rosa, tonta como un alma de Dios, en todo la hacía caso... Hasta que un día la gota de agua le dijo: «—¿Quiere usted hacerme un favor? —Según lo que sea —contestó la nube tronando, que es su modo de hablar—. —Muy sencillo: convertirme en perla, como ha hecho usted con todas esas otras gotas que antes ha enviado a la tierra». La nube se echó a reír y dijo: «No seas boba. No las he convertido en perlas, sino en granizos, lo peor que puede ser una gota de agua, porque los granizos son los perdigones del cielo, y cuando queremos matar a los ganados, a los pájaros, a las mariposas, metemos un par de buenas almorzadas de ellos en un trabuco hecho de dos nubes pequeñas, le cargamos con viento, le disparamos con un relámpago y no queda títere con cabeza en todo el mundo». No se convenció la gota y dijo: «—Usted me engaña. Yo quiero ser perla, yo quiero ser perla». La nube le contestó: «Pues sélo», y la envió a la tierra con más de cuatrocientos mil granizos... Bajaba por los aires la gota pensando: «¡Ahora sí que me tendrán envidia todas las gotas! Ahora soy una perla y me llevarán las grandes señoras colgada de un hilo sobre el pecho. ¿Dónde me pondrán? ¿En la corona de una reina? No, que es poco. ¿En la de una emperatriz? No, que es poco todavía». Así pensaba, cuando... ¡paf!... llega a la tierra y da... contra un ojo del tío Juanuco el herrero... La perla se convirtió en agua, y como venía con mucha violencia, el tío Juanuco se quedó tuerto... Colorín... colorado».

Cuando acabó la relación, Periquillo estúvose un rato callado y atento, recapacitando sin duda en lo hondo de su cerebro toda la trascendencia de la meteorológica novelilla; y ¡Dios sabe el espacio que habría pasado en tal postura si no se hubiese acordado de que tenía entre las manos el sabroso cazo lleno de un dorado almíbar, que escurría por los lados goteando verdaderas perlas de caramelo, las cuales quedábanse cristalizadas a la manera de estalactitas de confitería. El estómago goloso fue, pues, quien le sacó de la meditación. ¡El estómago! ¡El mayor enemigo de la filosofía!

Dieron dos golpes a la puerta, y abierta que fue entró por ella Pablo Prieto, un mozalbete como de dieciocho años, sobrino del doctor e hijo de una prima de éste que en el mismo pueblo vivía. Era alto, recio, hermosote, colorado, de facciones rudas, pero bellas, de ojos dulcísimos y lánguidos, sin los cuales su figura hubiera degenerado en basta. La salud latía en aquellas venas y la honradez brillaba en aquellos ojos. Al entrar lo hizo muy torpemente. Tiró una silla y se apabulló el sombrero de fieltro contra la pared, sacando buena porción de cal en los codos de su casaca de estezado. Vestía pobremente, y en las prendas de su traje veíanse señas de haber servido a cuerpo más pequeño, pues los brazos, amorcillados dentro de las mangas, apenas podían usar, por la mucha tensión de la tela, del juego de las coyunturas, y las rodillas amenazaban estallar la menguada envoltura del calzón. Dígase si es fácil parecer gallardo con tan ridícula vestimenta. Pues, con todo eso, Pablo estaba guapo y agradable.

—Buenas noches, tío... Buenas noches, Engracia... Buenas noches, todos —dijo con una voz débil, aflautada, casi femenina.

—¡Oh! don Pablo, ven por acá y siéntate —repuso Prieto con alegría— ¿Has trabajado mucho?

—No es cosa —dijo él mirando a Engracia, que se había puesto colorada—. Hemos pasado buen frío en la torre componiendo el reloj.

Pablo era aprendiz de relojero, y en la órbita de su ojo derecho podía observarse el círculo azul que la presión del anteojo había marcado.

—Mi madre quería venir, pero no puede... ¡Canastolis! Está mala.

—Lo de siempre, su jaqueca... su... —dijo Prieto.

—¡No, no! Ahora ya a ser cosa de gravedad, según parece.

Y el muchacho se puso serio, mirando siempre el rostro de su prima que estaba turbada, como se turba el cristal de un lago si en él cae un pájaro y aletea, queriendo salir a flote del ahogo. Y librar su vida del ahogo.

—¿Qué es ello? —preguntó el médico.

—Debe usted ir a verla... De cuidado, precisamente, no digo que... pero... en fin, ella quiere que usted vaya.

—¡Por Dios!, que eso debías haber dicho desde luego —repuso con perentorio ademán Prieto, y se levantó del asiento.

Buscó su capota, embozose en ella, tomó el farol y echose a la calle, no sin haberse antes persignado cristianamente. Seguía nevando, y los remolinos de nieve que caían sobre los cristales del farol semejaban enjambres de abejas blancas buscando furiosas su colmena. La luz reflejábase en la alba alfombra, virgen de paso humano, diseñando, con extrañas exageraciones la silueta del doctor. Hasta la puerta le acompañó Pablo; y cuando se hubo perdido de vista tras la esquina próxima, volvió a la cocina. Allí vio una cosa rara. ¡Su prima lloraba a lágrima viva! ¡Y era un dolor tan grande el ver llorar a aquella muchacha! Hubiera querido ver Pablo en su lugar al más cruel de los hombres, seguro de que se habría conmovido al mirar deslizarse por entre los dedos de aquellas lindas manos, que ocultaban la cara de Engracia, las gotas de llanto que caían como un rosario de diamantes roto. ¿Por qué se sintió él tocado del mismo deseo de llorar? No lo supo; pero sí supo que le acongojaba de tal manera la pena de su prima, que el llanto acudió a sus ojos, y que a duras, penas la echaba de valiente y decía:

¿Por qué lloras, tonta?... ¿Por madre?... ¡Si no es cosa de cuidado!... Si lo fuese, no saldría yo de casa.

Esto ocurría en un rincón de la cocina, mientras en el resto de ella se había reanudado la baraúnda infantil. Nuevos brazados de sarmientos puestos sobre el hogar retorcíanse como miembros vivos de un cuerpo humano y huían de las llamas girando al rededor de ellas. Un grueso botón de la seca parra estallaba como un petardo al quemarse, y luego de inflamado, soltando poco a poco su fibrosa corteza hecha ascua, parecía una rosa de oro abriéndose lentamente. En lo alto de la chimenea el viento sostenía su monólogo eterno, que era a veces zumbón, a veces triste, y en el cual podían oírse gritos y carcajadas, y hasta palabras humanas, que decían: «Yo soy el invierno, yo mato, yo asesino... ¡Mueran las flores!». Y un baladro horrible seguía a tales voces, Luego soplaba mansamente y como que decía con quedo susurro: «Yo traeré también a la primavera. Yo traeré rosas, violetas, perfumes y pájaros. Cada grano de la tierra engendrará un grano de perfume. De las aguas del río saldrá la diosa Flora con la hermosa espalda abrumada de azucenas, pensamientos, magnolias y claveles. La añosa parra que entra por la ventana de la cocina agitará su cuerpo verrugoso de culebra, y echará de sí, súbito, hojas de color de esmeraldas y uvas sabrosas. Os nacerán alas a los enamorados y a los pájaros nuevos. Yo no me llamaré Cierzo, como hoy, sino Céfiro, Brisa, o caso Favonio». Si no decía nada el viento, Pablo y Engracia acaso gracia creían oír buenas cosas y en lo alto de la chimenea, y es seguro que ambos interpretaban de igual modo los discursazos estupendos de ese tremendo orador llamado huracán, cuyos taquígrafos son el barómetro, el termómetro y la rosa de los vientos.

La tía Sátrapa comenzó a armar la mesa para la cena. Púsola cerca del hogar. Tendido el blanco mantel, distribuyó los vasos de vidrio tallado, las salvillas de loza y los tarros del vino generoso. Colocó a mano derecha del sillón paterno una cuchara de plata, en que cabía un océano de caldo, y al lado siniestro la cazuela de las aceitunas negras, que parecían ojos mirando curiosas a las bocas que iban a tragárselas. El pan partiolo en lonjas, y los platos, de barro vidriado con mañolas pintadas en su centro o cacerías de búfalos azules por indios verdes, púsolos a la redonda, como arcaduces de la noria del hambre. El soperón donde los huevos escalfados hervían ya estaba junto al fuego, y al amor de la piedra enrojecida los pimientos conservados de la última cosecha, se encogían, confundiéndose primero con las lenguas rojas de los maldicientes que Dante refiere, y luego, al acabar de enroscarse, con los cuernos dorados de Amaltea... Todo eran vahos bien olientes y aperitivos en torno a la mesa. Las vituallas puestas para el banquete convidaban a él. ¡Lástima que sus dueños no convidaran!

Como el doctor Prieto tardaba, la conversación se hizo general, una vez cansadas manos y bocas de cantar, gritar y alborotar de todas suertes.

—¿Qué me traerán los Reyes? —preguntó Periquillo.

—Lo manos un buen par de azotes —respondía riéndose la tía Sátrapa.

—A mí —afirmaba Bastián, me traerán una casullita de papel dorado, para decir misa.

—Pues a mí —aseguraba el chiquitín —me traerán muchos dulces, un sable y un matalan. Matalan llamaban entonces los niños en algunos pueblos de Castilla a unos polichinelas que constituían a la sazón el summum en la fabricación de juguetes.

—A Engracia —añadió la tía Sátrapa —ya no le traerán nada este año.

—¿Por qué no?—preguntó ella.

—Porque ya eres grande —repuso Bastián.

—Porque ya no piensas en matalanes, dijo la vieja.

—¿Pues en qué pienso?

—¡Qué sé yo! ¡Siempre estás triste!

¡Pobre criatura! ¿Qué tristeza era aquélla? Sentía su alma predispuesta y templada para toda emoción suave y delicada. El canto de una paloma estremecíala hondamente; la música, cuando el doctor tañía su violoncello viejo y cascado, hallaba dentro de ella ecos gratos, despertando en su memoria o en su fantasía remembranzas o imaginaciones soñadas o vividas en el mundo de su ilusión infantil. A veces se creía niña, y un ansia de correr la vibraba en las piernas; pero correr no era todo. Entonces quería volar, y al creerse niña deseaba ser pájaro... Otras veces pensaba, y hablaba con una gravedad casi lúgubre; y en estos ratos taciturnos... en estos ratos pensaba en su primo, en aquel muchacho tan bueno, tan guapo, tan cortés, tan tímido y tan respetuoso, que la trataba como hermana y que le parecía mejor que todos los hermanos posibles. Las fiestas la hacían llorar; las tristezas la hacían llorar... El amor dentro de su alma había causado verdaderos destrozos. ¡El amor sólo hace reí a los tontos!

—¡Es verdad que lloras! —murmuró bajo Pablo— ¡Siempre estás triste!... ¿Qué tienes?

¡La voz fina, infantil casi, de Pablo, le sonaba a ella tan bien!... ¡Música regalada de los cielos le parecía!

—No lo creas —repuso Engracia.

Periquín había en tanto dicho la lista de las cosas que esperaba de los Reyes, y gritó:

—¡Rabia, rabia, Engracia, que no te traerán nada, porque ya eres grande!

Estas palabras más bien las cantaba que las decía, poniéndolas en esa música inventada por los niños cuando quieren burlarse de algo.

Pablo miró a Engracia frente a frente:

—Óyeme —dijo—. También a ti te traerán los Reyes su ofrenda... Pon tu zapatito a la ventana cuando te acuestes.

Ella calló. Tenía cerrados los ojos abrumada la cabeza bajo el peso de una atmósfera divina de que repentinamente se sintió rodeada. Había en esa atmósfera luces, aromas, armonías, besos... Cuando llegó el doctor, aún no había respondido a Pablo la muchacha...

Pietro dijo:

—No es cosa grave ni mucho menos... Ese Pablo nos asustó... Vuestra tía no puede venir a cenar con nosotros, pero me ha dicho: «Os envío a mi Pablo y a mi corazón...». ¡Hemos hablado tu madre y yo de muchas cosas!

El médico —bien se echaba de ver— venía alegre, y en sus ojos brillaba una chispa de gozo íntimo. Miró a Engracia, miró a Pablo y sonrió. Después dijo:

—¡A cenar! Cada uno a su sitio... Tú aquí, señor relojero, junto a mi Engracia.

Y colocando el buen doctor juntos a los dos primos, apretó afectuosamente el hombro de Pablo y tomó la cara de la muchacha con verdadera complacencia. Algo raro le había sucedido en casa de su prima.

La cena fue alegre. Si Periquillo no se hubiese tragado una aceituna entera, después de estar un rato casi ahogado con el hueso en medio del gañote; si Bastián que, como hombre de ciencia que era, se obstinó en buscar la virgen que tenía el besugo en la cabeza, no se hubiese hecho saltar este sobre la cara de la tía Sátrapa, ningún incidente enojoso hubiese turbado la dicha de los comensales. Estos mismos percances fueron recibidos con broma, y dejaron un rastro de burlas y risas que regocijó el resto de la velada. En un cielo alegre, hasta las nubes tienen luz propia.

Cuando dieron las diez, la chiquillería se fue a acostar, y el doctor cogió el violoncello cascado, y sentándose en un banco, lejos del hogar, pulsó las cuerdas empolvadas. Ensayó sus recuerdos, ya borrados casi. Primero sólo acertaba con retazos incompletos, como los que de lejano concierto trae el aire. Luego fueron completándose, y al fin una gavota salió entera del ventrudo instrumento musical.

—¡Bailad, muchachos! —dijo Pietro a Pablo y a su hija.

Pablo cogió a Engracia de la mano y se puso frente a ella con caballeresca postura, grave y reposado. La regocijada musiquilla tenía a veces bellos giros e inflexiones de inesperada originalidad. Era una música propia de un salón de Luis XV, cortesana, llena de gracia elegante y urbana alegría. La muchacha, trémula de dicha, llevaba el compás a duras penas. Recogíase el vestido de negra estameña, cuya cintura nacía bajo los brazos, y de cuando en cuando una mano se levantaba hasta la frente para sujetar el rizo rebelde que quería volar. Pablo iba derecho y serio, sin una sonrisa en el rostro, con toda la tiesura de un danzarín poseído de lo importante de sus funciones. Prieto tocó un buen cuarto de hora. Luego dejó el arco, y enjugándose una lágrima con el dorso de la mano, exclamó:

—¡Bien! ¡Basta!... Pablo, vete... Ya es tarde. Pablo buscó su apabullado sombrero, subiose hasta las orejas el cuello de la vieja casaca, y se despidió.

Al día siguiente Engracia fue a la ventana no bien amaneció, y buscó a tientas su zapato. Antes dio con los de sus hermanos, donde el médico había echado golosinas, humildes juguetes de aldea y alguna pieza de cobre. Luego encontró su zapatito... Cogiolo y fue al hogar, a cuya luz pudo ver que contenía la sortija de plomo que llevaba desde niño Pablo, y un papelillo. Desdobló éste, y rió que decía: «¡Toda mi alma, prima de mi vida!».

Ella se puso roja de divino pudor, alegre como la mañana que amanecía, trémula de felicidad, y al ir a llamar a su padre, porque en tal hora salía a su visita, dijo a la Virgen de la Esperanza, que estaba en un cuadro junto al despacho del doctor:

—¡Gracias, Virgen adorada! ¡Cuando los Reyes Magos han dejado de hacerme ofrendas, me la has hecho tú de lo que más quería!

XII. Venturiela

A. T. S.

Astroso y mal parado como Cardenio, iba aquel hombre que, delante de mí, caminaba al paso castellano de su caballo peludo y enteco, del cual podía decirse lo que del caballo de Gonela, que tantum pelis et osa fuit. Nada más extraño que su rota vestimenta. Traía gabán largo raído y desfilachado, pantalón comido por los tobillos, y unas chinelas viejas en los pies, con los que espoleaba ansiosamente a la cabalgadura. ¡Inútil espoleo! El venerable cuartago no dejaba su paso sino para tomar un trotecillo saltón, aún más lento que la andadura. Era un conjunto pintoresco el que ofrecían aquel jinete deseoso de correr y aquel caballo deseoso de dar con sus huesos en la fosa, anhelando el descanso del cruel matalotaje de su vida. Pudiera decirse que representaban a la inactividad cabalgando en la inercia.

Cuando emparejé, con el desarrapado caballero, pude ver su rostro, que era profundamente simpático y lleno de atractivo. La tez morena, la barba negrísima y rizada, los ojos pardos y luminosos, el cabello muy oscuro y descuidado de peine y tijera, y no sé qué sombra de tristeza que le rodeaba, componían un semblante, si no bello, agradable, especialmente cuando miraba y hablaba (pues él me miró y me habló); y entonces adquirían poderosa animación todas las facciones, combinándose en una armonía extra-humana la dulzura de la voz con la dulzura de las pupilas.

—¿A dónde se va? —me preguntó después del saludo.

—A Nidonegro —dije refrenando mi jaca. ¿Y usted?

—¡Yo! —exclamó con pena, moviendo la cabeza, como quien tiene lástima de sí propio— ¡Si no lo sé!

—¡Singular viaje!

—Voy buscando cierto pueblo... y no sé hacia dónde cae. Usted puede que lo sepa.

—¿Cómo se llama ese pueblo?

—Se llama Villasoñada.

—¡Villasoñada! No le oí nombrar nunca.

—Todos me responden lo mismo. Nadie me quiere decir por dónde se irá a Villasoñada. ¿Es esto una conspiración de la humanidad para impedir mi dicha?

Así dijo, entre suspiros y sollozos, y luego se quedó pensativo y mudo, con la cabeza hundida en el pecho y el mirar extraviado. Después alzó la noble y ceñuda frente y se expresó de esta manera:

—A usted le habrán chocado mis palabras.

—Confieso que sí me han llenado de curiosidad y confusiones —respondí.

—Pues no es maravilla, que a todo el mundo le pasa lo propio. La misma ruta llevamos, y a fe a fe que debe faltar no poco para llegar al primer pueblo en que descansemos, pues en esta gran llanura que desde aquí diviso no se columbra casa ni choza ni otro signo de existencia social... Así, pues, entretendremos el aburrimiento del camino con mi historia, que es interesante.

Prometí oírle con atención, y, ávido de sus palabras, le supliqué comenzara; él lo hizo de esta suerte:

—«Yo, señor, era estudiante de leyes, un verdadero estudiante, porque no estudiaba letra, ni iba a clase, y me curaba de Triboniano y de las Pandectas lo mismo que del primer cigarro que fumé. Vivía en Salamanca en una casa viejísima, medio gótica, medio árabe, ocupando un cuarto cuya ventana, de hermosa ojiva, daba a un abandonado patio, donde crecían, con abundancia paradisíaca, mil plantas olorosas, algunas higueras bravías e innumerable hueste de zarzales. Allí me pasaba yo las horas muertas, soñando con lo quo faltaba en aquel hermoso retiro; en una mujer rubia o pelinegra, alta o baja, que se llamase Luisa o Clara, Anita o Pilar, Lucrecia... o X, dechado y cifra de la poesía viviente. Trascurrían los meses y no llegaba el esperado ser, dueño de mi alma; cuando un día llegó...».

—¿Llegó ella? —le interrumpí.

—«No, señor. Llegó el cartero con una carta para mí. Abrí el sobre, y eché una mirada indiferente sobre el pliego. Escribíame mi tío, hermano de mi difunta madre, suplicándome que fuese a pasar una temporada en su casa. Yo no conocía a aquel tío sino de nombre. Llamábase don Cipriano, y era maestro de latín en Villasoñada».

¿Ya pareció Villasoñada?

—«¿Dónde está? —dijo mi compañero enderezándose en la silla».

—En su cuento de usted

—¡Ah! ¡Creía que hablaba usted del pueblo! —repuso con amargo desaliento—. Dudoso estuve en aceptar aquella invitación; pero al cabo de muchas vacilaciones, y con el propósito de pasar en tal aldea no más que una semana, emprendí la caminata en una diligencia que desde Salamanca conducía a la residencia de don Cipriano. Llegué... —No hay otro verbo con que expresar la idea de la llegada al cielo. Este mísero idioma dice lo mismo: «llegué a gozar», que «llegué a sufrir»...

Llegué y conocí a mi tío. Habitaba una casa pequeñita, blanca, con persianas verdes, rodeada de un grandísimo jardín en el que había más de 400.000 pájaros. Hallábase don Cipriano en su despacho, y así que me vio alzose de la butaca que le soportaba y vino hacia mí con los brazos abiertos. Al mismo tiempo gritó:

—»¡Venturiela! Ven, que está aquí el primo Andrés.

»Sentí detrás de mí unos pasos leves, y un grito de sorpresa, que me pareció de timbre celestial. Volvime y vi a una criatura como de dieciocho años, alta, esbeltísima y delgada sin ser flaca. Sutil ora su talle, ovalado e intensamente pálido su rostro, verdes sus ojos como los de Pepita Jiménez y castaño su cabello, puesto en trenzado rodete, que abrumaba la preciosa cabecita con su peso, como una corona de hermosura y juventud.

—»Aquí está tu primo —dijo mi tío, presentándome a Venturiela.

—»Bienvenido —murmuró ella bajando los ojos.

—»Señorita... Prima... Venturiela —exclamé yo.

»No sabía qué decir. Sorprendido con la inesperada presencia de aquella divina muchacha, cuya existencia y primazgo ignoraba, no acerté a buscar fórmula de salutación, bastante expresiva y cariñosa... Sí, señor mío, sí: Aquella era la mujer que yo aguardaba en mi ventana ojiva de la ciudad, bien se llamase Pilar o Lucrecia, Luisa o Clara. Así pensaba que tendría los ojos, y del mismo modo, sencillo a par que pulcro, vestí yo su gentil persona en el taller de modista de mi fantasía... Alojáronme en un cuartito en que todo era blanco; las paredes, los muebles de madera sin pintar, las ropas del lecho, las colgaduras de la ventana. El sol entraba hasta besar la almohada del lecho, y las aves del jardín venían al alfeizar de un balconcillo a robar, ¡socialistas!, los cañamones del canario de Venturiela.

—»Este es el cuarto de Venturiela —me dijo don Cipriano sonriendo.

»No sé cómo pude contener esta respuesta: «—¡Eso ya lo sabía yo! ¿De quién sino de esa celestial Venturiela, puede ser este lecho, que exhala aroma de violetas, y esta estampita de la Virgen de la Concepción, que es su retrato, y este tocador tan modesto y hechicero?». Pero mientras pensaba esto, dijeron mis labios:

—»No consentiré en arrojar a mi prima de su cuartito. Alójeseme en cualquier parte, pero no aquí. Eso sería profanar un santuario.

»Diome gracias ella con una mirada por mi galantería, y abriéronse en su ebúrneo palmito las rosas del pudor... ¡Ay! Señor mío, ¡qué desgraciado soy! ¿Por qué me conserva Dios la vida después de tanta desventura! ¡Por qué no me mata, o me da valor para que yo mismo me mate!».

Andrés, enardecido con el relato de su historia, había soltado las riendas del caballo, el cual se aprovechaba de la libertad para mordisquear las espigas que a un lado y otro del sendero salían a insultar su hambre con sus cabecitas de oro. Caballero y bridón no representaban ya a la actividad y a la inercia. Debajo de ellos hubiera podido grabar un escultor esta leyenda: «La poesía cabalgando en el hambre».

—»No pienso molestar a usted relatándole prolijamente mis amores con Venturiela... Porque Venturiela me amó, me amó muchísimo... De noche era cuando nos veíamos en la sala. Don Cipriano leía cerca de su mesa a Virgilio y algún periódico. Nosotros hablábamos en la ventana, el uno junto al otro, sin tener alma para más que para mirarnos de hito en hito. Era mi novia tan seria en sus afectos, que nuestra pasión parecía algo como culto religioso, y se delataba más por el perfume de las almas que por esos actos con que el orgullo de los amantes suele revelar al mundo el hilo de oro que une sus espíritus en dulce coyunda. Como estaba tres y cuatro horas seguidas mirándola desde tan cerca, luego, al que darme solo, mis ojos no podían ver nada sin verla a ella. Su imagen quedaba estereotipada en mi retina, y la reproducía por un efecto, creo que moral y físico, con todos sus detalles, con sus pestañas larguísimas, tan largas que parecían enredarse unas en otras al mariposear ante la luz, con sus labios de tinte de amapola, con su color quebradito, con su seno poco exuberante, pero gallardísimamente colocado entre una garganta que era un fuste de columna y una cintura que parecía un tronco de olivo.

»Dos meses pasé en Villasoñada, y llegado que fue junio, mi tío me llamó un día a su despacho para decirme:

—»Sé que amas a Venturiela y sé que ella te quiere también. Esto me llena de alegría. Os casaréis... pero es preciso que concluyas tu carrera... Estamos en junio, el mes de los exámenes. Vete a Salamanca, examínate y vuelve a Villasoñada.

»Prometí hacerlo y lo hice. Despedime de Venturiela al anochecer de un día nublado y caliginoso. Ella no lloró, porque en la serena región sublime de su alma no cabía la idea de que yo pudiese olvidarla, dando al traste con mis juramentos... Llegué a Salamanca, pasé ocho días estudiando, si es estudio el devorar los libros con la inteligencia y apoderarse de sus ideas como se apodera un facineroso del dinero ajeno, haciendo acopio en una hora de lo que cien generaciones capitalizaron afanosamente; me examiné, me aprobaron y me dispuse a regresar a Villasoñada, a cuyo efecto enderecé mis pasos a la administración de la diligencia que hacía el servicio entre Salamanca y la aldea de don Cipriano. No recordaba bien en qué calle estaba, y así hube de preguntar a varios por ella. Ninguno me sabía contestar.

—»¿Villasoñada? —me decían —¡No conozco ese pueblo!

»Al principio no me extrañó que hubiese en Salamanca gente que no conociese a Villasoñada; pero cuando pregunté a doce o catorce personas con el mismo negativo resultado, empecé a alarmarme.

»Fui a la estafeta de correos, y un viejo empleado a quien dirigí mi interrogación, me contestó, mirándome de arriba abajo:

—»¿Tiene usted gana de broma? ¡Villasoñada! No hay tal pueblo en el mundo.

—»¿Cómo que no, si he pasado yo dos meses en él?

—»¿Está usted riéndose de mí? Cuarenta años llevó sirviendo en correos; he viajado por toda España, y le aseguro a usted que no hay pueblo, aldea, lugar ni caserío que no conozca, de nombre al menos. Pues bien: Villasoñada no existe.

»Lleneme de congoja. Las ideas daban vueltas en mi cerebro como soles encendidos de una pirotecnia, y el rostro de Venturiela y el de don Cipriano aparecían y desaparecían en aquel tumultuoso oleaje de mis dudas.

»¡Señor! ¿Qué me sucedió a mí? ¿Qué horrible y maravilloso acontecimiento era aquél? No sólo no acertaba a explicármelo, sino que ni aún sabía dar forma a mis preguntas ni a mi asombro... Cansado de recibir respuestas, negativas y burlas, me determiné a buscar yo mismo el pueblo, y aquí me tiene usted que, de nuevo don Quijote, voy, no en busca de aventuras, sino en la de mi idolatrada Venturiela, de Venturiela que me aguarda, de la que me está reservada para esposa, de la que es para todos, menos para mí, «fuente sellada y campo cerrado».

Cuando acabó su historia el caminante y se quitó el sombrero de paja que cubría su cabeza para secar el sudor que saltaba por su frente, como rezuma perlas de agua una vasija de barro, no pude menos de mirarle con pasmo y estupefacción, hasta que vino a sacarme de ella el ruido de una campana que nos saludaba anunciándonos la vecindad de un pueblo.

—Ya vamos a llegar —dijo Andrés— ¡Éste tampoco es Villasoñada!

En esto llegaron a nosotros dos policías civiles que, a buen paso, jadeantes y cubiertos de polvo, venían en dirección contraria a la nuestra. Detuviéronse al vernos, y dirigiéndose al desastrado viajero, dijo uno de ellos:

—Éste es el que buscamos.

—Deténganse ustedes —añadió el guardia civil.

—No —repuso su compañero señalándome—. Usted puede seguir su camino; éste es el que nos llevamos.

—¿A mí? —preguntó con susto Andrés.

—Sí, a ti —replicó uno de los guardias.

Y sin más miramientos apeáronle del caballo y le maniataron bonitamente.

—Sepa usted, caballero —me dijo un guardia— que este desdichado es un loco que se ha escapado esta mañana del hospital de Salamanca.

Profunda tristeza me causó la desgracia de aquel pobre joven, y no queriendo ser testigo de ella por más tiempo, piqué espuelas a mi caballo y partí al trote.

Allí se quedó él sin ventura, gritando a voz en cuello:

—¡Venturiela, Venturiela! Espérame, que yo he de ir a buscarte.

XIII. Un sueño en plena Mancha

(Monólogo)

A los cervantistas.

Era por uno de estos caminos polvorientos, estrechos, irregulares y culebreantes que llevan de algún pueblo ruin a otro en la asolada y tristísima comarca manchega, por el que yo iba


«montado en mi parda mula,
tan trotona como falsa
»,
 

una mañana de las calurosas de agosto. Pesaba el sol de tal suerte sobre el monótono paisaje, que el sudor caía en gotas, gruesas como granizos, por mi frente, y el sombrero de paja caldeaba mi cabeza, cual si el mismo yelmo de Mambrino fuera. Vibraba el aire de puro encendido, y el chirriar monótono de cien y cien cigarras que cantaban en todas partes, parecía la manifestación sonora de aquella atmósfera enrarecida. No fue pequeño mi gozo cuando divisé a lo lejos, donde dos pequeños montículos se unían, una casa mezquina y ruin, en cuya puerta un emparrado daba sombra a varias mesas cercadas de arrieros, que bebían sendos vasos de vino, en tanto que sus acémilas, con la cabeza abrasada por el sol, arrancaban sus últimas hierbas a un vecino rastrojo. Iban en mangas de camisa y traían las de la suya remangadas hasta el codo, mostrando por entre los redoblados pliegues del lienzo moreno, unos brazos negros y carbonizados de ludir con el aire abrasador del estío y el frío relente de las madrugadas.

Escanciábalos vino una moza de no mayor blancura, cuyo guardapiés encarnado dejaba a la pública expectación dos piernas rollizas y musculosas, como de guerrero de Miguel Ángel, dos zapatos de cuero rojo y unas medias azules en que podía estudiarse geomancia, como en las del don Diego de Noche de que nos habla Quevedo.

Acerqueme y pedí algo que beber. Agua me trajeron de un pozo que allí cerca había y que por su negra boca echaba un vaho húmedo que daba gozo. Apuré el jarro tripudo y desportillado que la moza me ofreció de muy buena gana, y que yo bebí de mejor, y luego sentí deseo de dar entretenimiento al estómago con algo más sólido que el licor de Hipocrene, y del cual yo nunca fui partidario, aun cuando dice Píndaro aquello de que «alto don es el agua», por más que yo para mí tengo que lo de «alto» lo dijo porque el agua cae del cielo, y no por vía de encarecimiento y elogio.

Sin manteles ni otros detalles ele cortesana gastronomía, sino con la rusticidad de los banquetes homéricos, me pusieron delante, para que yo diese cuenta de ello, un plato de jigote manchego y un cazolón grande como pila bautismal, lleno de salsa de ensalada, en la que navegaban hojas de fresca y rubia lechuga tripuladas por rábanos y huevos duros. De todo me harté lindamente, que mi hambre era descomunal, y no pude domeñar su braveza sino cuando hube embaulado todo lo que había en los platos.

Quedeme tan descansado como si nada hubiese hecho, y no sé si fue a virtud del calor de afuera o del que adentro sentía yo por obra y gracia del vino tinto que trasegué desde el jarro al estómago, una pesantez soporífera se apoderó de mi cabeza, y lo que poco antes me pesaba sobre los hombros, como un globo lleno de hidrógeno, pesome luego como si fuese madera, y poco más tarde, como si se me hubiese trocado, de carne y hueso, en mármol o bronce. Mis ojos no podían abrirse, y parecíame ver delante de ellos una manecita de color de rosa que venía a cerrarme los párpados con dos dedos finos y delgados, como dos culebrillas de nieve.

—No, no quiero dormirme —decían mis labios—. Vamos a echar una siestecilla —decían en su mudo lenguaje los párpados, que son la boca del alma.

—Que no —gritaban mis labios—. Que sí —replicaban los párpados.

Éstos vencieron, y aunque en la vaguedad del primer desvanecimiento, mis labios protestaron mascullando alguna frase para alejar el sueño, vi no éste y se apoderó de mí, echando la llave a la cerradura de mis sentidos con aquella misma mano rosada que me cerró los ojos... Soñaba que caía por una escalera de blandos colchones de pluma, y oía crujir el raso de que estaban forrados... Era delicioso aquel derrumbamiento gratísimo y embriagador... Después fueron haciéndose más duros los colchones; ya eran de lana, ya eran de maíz, ya eran de tierra, ya eran... ¡Santo Dios!... de mármol, y mi pobre persona rebotaba como una pelota, llenándome de dolores y cardenales la espalda, la frente y las rodillas. Oí luego un gran rumor de hojarasca y ramas que se tronchaban bajo la pesadumbre de mi persona, y varios cuervos y lechuzas salieron revolando junto a mí, como cuenta Cide Hamete que le ocurrió al Sr. Quijana cuando se desguindó a la cueva de Montesinos, ayudado de Sancho y el primo de Basilio. Entonces aquellos mismos dedos, finos y blancos cual culebrillas de nieve, vinieron a tocarme de nuevo los párpados y me los abrieron. Una luz clarísima llenome de rayos la retina, y vi ante mí una cosa tan rara y sin ejemplo, que yo no he podido aún creerla.

Era una procesión sin fin de muñecos graciosos y chillones. Una humanidad en que el máximum de estatura fuese el palmo, y el mínimum la pulgada, iba en larga fila delante de mí por un caminejo, apropiado al tamaño de tales transeúntes.

Sobre un caballo, poco más grande que esos caballos de cartón que los muchachos envidian, sólo que de carne y hueso, y de más hueso que carne, venía jinete un hombre muy flaco, alto y desgarbado. ¡Qué rostro más triste! ¡Qué ojos más abiertos y espantados! Eran como una viva pregunta que iba hablando el lenguaje de la interrogación y de la lástima a cuanto a su alrededor acontecía. Sus espuelas eran dos estrellas recortadas en picos como el pan de boda; su sayo de ante, bisunto en las coyunturas, contaba tantos años como la barba que, lacia y desordenadamente, caía sobre el pecho de su dueño, con un abandono parecido al del sauce llorón; sus piernas vestían polainas con avampiés, y su cabeza tenía un sombrero de más falda que copa, honrándose con vistoso airón, de dos pomposas plumas compuesto, en una de las cuales había escrito este letrero: «Genio», y en la otra éste: «Locura».

Espantosa algarabía produjo la llegada de tan extraño sujeto en una comparsa de menudas figuritas con caras de cartón y trajes de época moderna. La gritería que levantaron fue ensordecedora. Todos le aclamaban, y unos decían, agitando los microscópicos brazos:

—¡Venga acá el geógrafo! ¡Venga el Livingsthone? ¡Sea llegado en hora buena el que más supo de grados y latitudes que el mismo Malte-Brun!

Otros chillaban:

—¡Eche pie a tierra el jurisconsulto! Reciba nuestros brazos el Justiniano insigne, el sabio legislador, que en cada una de sus palabras ha encerrado más ciencia do hacer leyes que Licurgo y Solón en todas sus teorías!

Los más numerosos exclamaban:

—¡El cielo trae por acá a este bueno ele don Quijote, último evangelista de los mortales! Sea honrado el santo varón que vaticinó nuestro triunfo. ¿Quién habló más claramente del derecho divino cuando dice?.., pero ¡cata! que no me acuerdo cómo es... Bien seguro estoy de que lo dije, y de que el excelente señor don Quijote era ultramontano.

Era una batahola de chillidos mil, mareante y absurda; una sinfonía por infinito número de discordes instrumentos tañida; un congreso de monos discutiendo la abolición del organillo; una reunión de nihilistas de a dedo pequeño, pidiendo la supresión de los ricos y los buenos mozos.

El caballero no contestó a los gritos, y seguía silencioso, aunque alarmado, su camino, cuando el más audaz y valiente de la turbamulta chillona dio un brinco, y sacándole del bolsillo del sayo un rollo de polvorientos pergaminos, pregonó:

—¡Esta es la prueba de que el insigne don Quijote debe ser reputado como filósofo krausista!

Fue aquella la señal del desbordamiento, y la canalla pequeñuela se insolentó de modo que ya no hubo en ella mano que no se agarrara a los faldones de don Quijote; o, a lo menos, a las crines barrosas de Rocinante. Quién quitaba el sombrero al ingenioso hidalgo, quién le sacaba la espada del cinto y se la llevaba al hombro, abrumado con el peso de la herrumbrosa durlindana, cuál, colgándosele a un estribo, le estorbaba el uso de la espuela. Ya, por fin, un enjambre de ellos subió a gatas desde el pie a la polaina, y de la polaina a la cruz del caballo, haciéndole perder la noble y majestuosa apostura y rodar al suelo con grande estrépito y chilladiza de los que quedaron aplastados bajo el peso de hombre y bestia. La turba huyó entonces, ostentando en las manos jirones del traje de don Quijote, y él se quedó mal parado y contuso, como aquella vez en que chocó el mundo de visiones fulgurantes de su espíritu con los brazos del Briareo de palo y lona del molino.

En aquel paisaje microscópico que en medio de mi sueño distinguía, comenzaba a anochecer. Las sombras iban bajando, bajando, y lo envolvían todo. Calló el rumor de gente y el cuadro quede triste y silencioso. Hice un esfuerzo con los párpados para ver más y... Me desperté, hallándome con los codos apoyados en la mesa donde había almorzado, y los restos de campesino y venteril agasajo a mi alrededor.

También oscurecía en el mundo real de la vida; y al levantarme del duro asiento y ver a lo lejos, entre densa polvareda, un jinete de rara apariencia, sombrero de ala comida por un lado, a guisa de yelmo, larga; zancas y agigantado talle, pensando que era el mismo aporreado personaje de mi sueño, grité, echando a correr hacia él:

—¡Don Quijote, don Quijote! Espéreme vuesa merced.

Corrí mucho y le alcancé; pero no era don Quijote, sino un arriero que iba a Esquivias a comprar aceite.

XIV. La mariposa negra

Aconsejome mi tío salir del estrecho recinto de mi hogar a las anchas esferas del mundo, y yo acepté sus consejos, como acepta un pájaro la libertad que por la puerta franca de su jaulilla le ofrece la loca suerte con el descuido de su ama.

¡Luchemos, que a eso se vino a esta vida! ¡Venzamos, que ése es el premio de la batalla! Tal pensábamos mi tío, un servidor de usted y Rousseau.

Y aquí me tienen que, con el morral de lienzo blanco atado a la espalda, el nudoso garrote en la derecha mano y el sombrero de paja en la siniestra, contemplo por última vez aquel campanario negro, cuyas vocingleras vecinas me despiden con su voz quebrantada, y aquel pueblo que duerme aún envuelto en la vaporosa gasa del alba, bajo la cual canta el gallo y ladra su ronco desafío el prehistórico Sultán, centinela de los corrales de casa. Adiós, Eladia de mi vida! ¡Jamás te olvidaré!... ¿Es tu pañuelo blanco aquello que me saluda entre los hierros de la reja?... Pero no, que es una paloma que salo a ver la luz. ¡Adiós! ¡Yo volveré! Aguárdame tranquila. Me llevo la cabeza llena de ilusiones, pero en cambio me llevo el pecho vacío, porque el corazón... ¡el corazón se queda en el cajoncito de tu estuche costurero, junto a aquellas violetas secas, junto a aquel lazo negro, junto a aquel mechón de mi pelo que ayer echaba de menos sobre mi frente mi buena tía, al darme el último beso de despedida!

Salí caminando, como quien desea huir de lugares enojosos, y por todas partes sentía mágicas invocaciones, que hacíanme volver la cabeza, buscando por los aires los labios invisibles que pronunciaban mi nombre: misteriosos tironcitos de manos que yo no divisaba, y que agarrándome con sutiles dedos del chaquetón, me obligaban a suspender la marcha. Era mi espíritu quien inventaba toda aquella enloquecedora magia de llamadas; era mi espíritu que gemía separándose de la sin par, de la bendita Eladia. Magia, y nada más que magia de la fantasía era aquel errar continuo de mi mente, que hallaba en las blancas flores de los almendros del camino, algo semejante a las pupilas de Eladia, cuando ¡traidorzuelas! me miraban de reojo, ocultando la movible y chispeadora niña.

Aún dormirá mi Eladia; pero no; que el dolor nunca fue buena almohada, sino para la muerte. ¡Oh! Y qué dolor tan grande y sincero el suyo. Cuando le dije que me marchaba a Madrid, alzose del banco en que sentados nos hallábamos, y tomándome las manos y mirándome fijamente con sus ojazos negros, exclamó:

—¿Te vas?... Pues que Dios te maldiga, que el cielo llueva sobre ti todos sus furores. Que el puente de Valdeoro se venga abajo con tu vil persona encima, no pudiendo soportar toda esa carga de recuerdos míos que te llevas.

Y rompió en copioso llanto, corriendo las lágrimas en amargos arroyuelos de pena, por aquel delicioso oasis de su carita pálida de marfil.

Yo también lloré. ¿Es vergonzoso el llanto en el hombre? A ver; que me arranquen esta pena, y entonces prometo no llorar; pero mientras la lleve clavada en el alma, mientras me oprima el corazón... lloraré como lloro al referir lo que entonces me sucedía.

Lo que me sucedía es que al trasponer los linderos del majuelo de Navalcaballo, donde acababa la circunscripción de Nidonegro, paréme otra vez a contemplar la fantástica perspectiva de aquel lugarón medio moro y medio cristiano: moro, por las caras de sus mujeres; cristiano, por sus almas. Había allí un grandísimo zarzal, que nacía al amor de la humedad de una fuente; amor tornadizo; que por el estío se secaba, dejando mustias y sin el verde pomposo adorno del follaje las ramas larguiruchas, que parecían tentáculos de un pulpo petrificado. Pero entonces manaba la fuente un agua cárdena y dulcísima, filtrada de la vecina sierra, y que, como fúlgida fusión de diamantes, goteaba bajo la zarzamora. El ovalado tembloroso cristal que simulaba el pocillo de la fuente, sombreado bajo la oscuridad de la zarza, parecía una pupila negra, sobre la que se abatía aleteando una inmensa pestaña... Allí me detuve a humedecer mis ardorosos labios. Hinqué las rodillas en la mojada tierra y bajé la cabeza hasta tocar el agua... Pero entonces oí un ruido extraño, y algo leve y blando azotó mis mejillas, haciéndome cerrar los ojos. Era una mariposa que escapaba de mi compañía, agitando sus alas; era una mariposa negra. Creí que se había escapado de mi cerebro un pensamiento.

¡Ah, pillos! ¡Tunantes sin valor! ¡Pícaros sin alma! ¡Diez contra uno! Haced fuego, matadme; esas balas no me asustan; lo que me asusta es vuestra infamia.

Se fueron los muy canallas dejándome sin zurrón, sin dinero, medio desnudo, amarrado a un roble con las duras bridas de un caballo, después de haberme apaleado bien a su sabor. Eran una compañía de bandoleros; lo peor de cada casa; las burbujas del vicio que salían a la superficie, estallando en pompas de maldad; la impunidad y la cobardía juntas.

Noche de luna. Parecía esta gran señora un aro de esos que en los circos atraviesan con su cuerpecito las amazonas. Los chorlitos murmuraban entre las cañas del río a tiempo que yo tornaba a Nidonegro, arrastrando mi pierna herida, deteniendo mi marcha para volver a vendarme aquella llaga sangrienta que me quemaba como hierro candente.

Dos días duró, no más, mi ausencia. Salí para prosperar, y mi encuentro con los secuestradores de Chispillas me había cortado las alas en el primer vuelo, obligándome a restituirme a los brazos de mi familia, en los que esperaba hallar reparo al desgraciado suceso de mi primera quijotesca salida. Lo único que me consolaba, era la idea de ver a Eladia, a aquella encantadora chiquilla, de ojos y pelos negros, de frente y alma blancas, de manos y dientes menuditos, de cintura gallarda y delgada, de paso tan reposado y sereno, que al andar parecía no moverse, sino ir arrastrada sobre nubes, como visión de sueno místico. Iba a que ella me curara con sus preciosas manos, que, parecían dos divinos juguetes de marfil, poniéndome el bálsamo aquél de que mi tía conservaba la vieja receta; iba a que, en las horas de la estival siesta, me dejase reposar la cabeza ardiente en el regazo azul de su vestido.

Era la alta noche cuando llegué a Nidonegro, y al entrar en el corral de casa, después de saltado el portillo, vino Sultán a saludarme, y vi que en el portal lucía como siempre el dorado pábilo del farol, lamiendo con su lengua de fuego las sombras.

Pensé despertar a mi tía, llamar a la puerta de la alcoba donde el tío descansaba; pero me pareció mejor, a pesar de mi herida y mi cansancio— prevenir, antes que a nadie, a la princesita de mi alma, de aquel inesperado regreso. Fui, pues, a su reja, y di un golpe en la vidriera; abriose ésta de golpe al pequeño esfuerzo de mi mano, y vibraron los cristales chocando con la pared. La luna entró antes que mi vista en aquella estancia... pero allí no estaba Eladia. Vi su cama intacta, como si acabaran de hacerla, y la imagen de San Pedro, que por ser mi patrono ocupaba allí preferido lugar sobre la cabecera; vi, delante del confidente amarillo de madera torneada, los zapatos negros de Eladia; pero nada más vi. No estaba allí mi amor. ¿Dónde estaba Eladia? ¿Qué podría justificar su ausencia?

Los celos nacieron en mi alma, y de Romeo me troqué en Otello, comprendiendo en un punto, cómo pudo idear el ilustre vago de Londres con una misma mente ambas creaciones.

Decidme a entrar en la casa, y llamé al portón, sobre cuya herrumbrosa clave sonó el estampido del aldabonazo, que se repercutió en lo más hondo de las cuevas, como un ¡alerta! repetido aquí y allá por esos centinelas del silencio que se llaman ecos. Inmediatamente me contestaron. Bajó mi tío la amplia escalera de piedra, vestido completamente, con el mirar extraviado, el cabello en desorden, las manos juntas en gesto trágico de dolor.

—¿Qué nueva desgracia es ésta? —me dijo con voz ronca y ahogada— ¡Anda, miserable! ¿Qué traes ahora a aquí? ¿Qué hiciste de Eladia? ¿Dónde la dejaste? ¡Liviano!

—¡Yo!... Eladia... ¿No está aquí Eladia? —grité como un loco.

—¡Hazte de nuevas! Eladia ha desaparecido. Al día siguiente de tu marcha, después de cenar, dijo que la atáramos al arco de la cocina, porque sino se escaparía... «Sí —nos dijo—, yo me voy con él, porque le está sucediendo una desgracia ahora mismo. Le van a matar... Y yo no quiero que muera, quedándome yo viva». Pedímosla explicaciones, ¡fue inútil! ¿Sabes lo que nos contestó? «Lo sé, porque ahora mismo, cuando estaba yo en mi cuarto, ha entrado volando por la ventana una mariposa negra y ha caído muerta en la almohada de mi cama. ¿Quieren aún más prueba?» —Respondímosla que aquello era una brujería; que no era cristiano creer en tales agüeros. Y ella se calló. Fuimos a acostarnos. Amaneció el día de ayer, y ya no estaba en casa... Había salido descalza por no meter bulla; había descorrido el cerrojo, del portón y se nos había marchado... ¡Ay de nosotros!

El honrado viejo lloraba como un niño. No pude resistir más; experimenté un peso horrible en la cabeza, como si me hubieran echado en ella un mundo entero, y caí a tierra sin aliento.

Volví a ver al cabo. ¡Abriros, párpados! ¡Ojos; ved, que para eso os creó Dios y no para permanecer fijos en la negra noche de la calentura, contemplando aquel grotesco desfile de monstruos panzudos, lagartos hinchados, diablejos negros del tamaño de pepinos y con alas de mosca, cuervos que se convierten en culebras, viejas colmilludas de cuya nariz aquilina nace un alfanje, al que al oler desgarra, y los demás enfadosos y horribles abortos de la mente enferma.

Obedecieron mis ojos, y al abrirse vi a mi alrededor a mis buenos tíos, con el rostro triste y el más hondo luto en todo su semblante: —¡Eladia! balbucí.

—¡Chist! —me respondió el dedo de mi tía cerrando mis labios.

—¡Eladia! —repetí con esa pertinacia infantil que da la enfermedad a todos.

—Eladia no está aquí —me respondió por fin mí tío, tragando lágrimas y suspirando sollozos—. Está en Zaragoza.

—¿Qué hace allí?

—Allí... allí está.

— Pero, ¿qué hace allí? Díganmelo enseguida.

—¡Loca!

—¿Loca? —pregunté incorporándome en el lecho, sin entender lo que me decían.

Sí —añadió mi tío, aquella noche en que salió a buscarte, cayó en poder de los secuestradores.

Quince días la tuvieron en una cueva, y cuando salió al mundo otra vez, venía sin razón... venía... ¡ah, infames!... venía peor que muerta... ¡Ha sido preciso llevarla a una casa de orates! ¡Allí está Eladia!

Caí en el lecho como muerto, y en el nuevo desvanecimiento febril que me acometió, vi flotar ante mis turbios ojos unas alas de negra gasa que el sol trasparentaba, y escuché cerca de mi oído el revoloteo de la mariposa negra.

XV. Tremielga

A cincuenta metros sobre el nivel del suelo, en lo más alto del cimborio, junto a una lucerna, sobre un andamio, estábamos el maestro Lucio y yo gravemente ocupados en ponerle nimbo de oro a un San Marcos Evangelista que el día anterior habían hecho surgir de la pared nuestros pinceles. ¡Qué artistas éramos nosotros! El maestro Lucio comparaba mi pincel con un rayo de sol, porque como éste, hacía brotar flores donde quiera; y yo, no por corresponder a estos elogios galantemente, sino por sentirlo, decía de la paleta de aquel venerable viejo que era una sonrisa del arco iris.

—Echa más oro ahí —me dijo mojando su pincel en la cazoleta del amarillo rey.

—¿Cuándo acabamos nuestra obra? —le pregunté a tiempo que cumplía sus órdenes—. Mañana... ¡Cuarenta años encerrado en esta catedral! ¡Qué larga fecha! ¡Aquí entré de aprendiz con el buen Ansualdo, a quien mataron los franceses... Aquí me enamoré de mi Pepilla Alderete... ¡Aquí conocí a aquel desventurado Tremielga!...

—Y aquí me conoció usted a mí, señor mío, que yo soy alguien —exclamé festivamente.

Pero esta vez no produjo el ordinario efecto de otras mi humorística salida.

No se rió el maestro Lucio con aquella carcajada de honradez y franqueza que hacía temblar sus barbas de plata; no me miró afable como solía con aquellos ojos costarlos pálidos. Quedose pensativo y mudo, con el pincel alzado, la frente contraída por las mil arrugas de su vejez y las piernas quietas, colgando del andamio. Entraba el sol por la lucerna, y al dar en la noble faz del decrépito artista, tiñendo su blusa azul de los colores naranjado y rosa de los vidrios, prestábale mucha semejanza con uno de aquellos personajes bíblicos que, evocados por nosotros, habían venido a habitar las crujías del templo, los dorados camarines, el trascoro y la sacristía.

—Tú eres un niño y no te fijas aún en las cosas graves, pero aun siendo así, como es, he de contarte una historia que puede serte útil —me dijo después de un rato de silencio, sólo interrumpido por el metálico chocar de los candeleros que un monacillo, vestido de roja sotana, ponía en un altar—. ¿Te acuerdas tú, muchacho, de mi amigo Tremielga?

—¡Y cómo si me acuerdo! —contesté sin dejar de esgrimir el pincel sobre la cabeza de San Marcos.

—Aún me parece que lo veo con su cara amarillenta como un pergamino, con sus ojos del color de la tinta, con sus manos flacas y su desgarbada persona que parecía un aguilucho desplumado...

Pues bien; ese aguilucho desplumado fue grande amigo mío; pero no amigo de ésos que se unen hoy y se separan mañana, como bolas de billar cuando el taco las pone en movimiento, sino amigo de la infancia, compañero de escuela, discípulo de Ansualdo, voluntario del mismo regimiento cuando lo del año 9, prisionero de la misma jornada... pariente del alma, porque también tiene el alma sus primazgos y relaciones de afinidad.

—Por ejemplo —dije yo—, aquí me tiene usted a mí que soy, por el alma, hijo de usted, aun cuando el padre que me ha engendrado es otro.

—Dices bien, Leoncillo... Tremielga era un ángel, pero un ángel rebelde, con un amor propio más grande que el mundo, con un talento enorme y dislocado... Porque un día le reprendió el maestro Ansualdo delante de Pepilla, rompió el caballete y tiró los pedazos a la calle... Pero ya he mentado dos veces a mi Pepilla, y debo decirte por qué... Tenía yo diecinueve años, y no sé qué tristeza romántica se apoderó de mí. Era el mes de mayo. ¡Qué noches más hermosas las de aquel mes de mayo! ¡Qué reja la de Pepilla! ¡Qué macetas de rosas las que había en ella! ¡Y qué ojos los que fulguraban detrás del follaje de las macetas, atisbando mi paso y jugando al gracioso escondite del amor!... Prendome la graciosa cara de mi Pepilla; prendome su cinturita de palma valenciana; prendome la dulce canturía de su voz; prendome el enano pie que asomaba por entre los lamidos pliegues de la falda de cúbica, como diciendo: «¡Y qué nosotros que somos tan menuditos sostengamos todo este alcázar de hermosura!...». Y me enamoré locamente de Pepilla... Más de cinco veces pinté su retrato, entre rosales una, otra con el traje italiano que teníamos en el taller para vestir a la Virgen de la Silla; pero jamás acertaba a poner en su palmito retrechero aquella suave sombra que había debajo de los ojos, aquella lumbre de la pupila, y aquellos hoyuelos, fugaces como mariposas, que esparcía la risa en su rostro.

Pasaron dos meses, y el amor era un incendio en que los dos nos abrasábamos. Una atmósfera de luz y calor nos envolvía. Un aroma, que aún no han podido extraer los químicos de ninguna materia olorosa, embalsamaba nuestras almas...! Un día, en que pintaba el décimo retrato de mi novia, sentí que me descargaban en la espalda un golpe, y, al volverme, vi a Tremielga, a mi amigo querido, que con el tiento en la mano, y agitándole a guisa de espada, lleno de ira que en oleadas de siniestro fuego escapábase por sus ojos, me dijo:

—¡Qué miserable eres! ¿Qué sortilegio empleas para arrebatarme los asuntos de todos mis cuadros? Apenas los concibo te pones a pintarlo mismo que yo ideé. Diríase que yo pienso por ti y que tú pintas por mí. ¡Ah, ladrón del arte! Así crece tu nombre.

—¿Estás loco, Tremielga?

—Motivo había... ¿De dónde sacaste la invención de ese lienzo que pintas ahora? ¿Dónde has visto ese rostro?... Mira, no sigas moviendo el pincel; tírale o yo seré quien le arranque de tu traidora mano. Esa Venus la he sentido yo nacer en mí cerebro. Ese pecho, blanco como ala de cisne, ha palpitado al soplo de mi inspiración, y esa mano que adelanta hacia nosotros para ocultar misteriosas bellezas, se ha agitado bajo los creadores esfuerzos de mi mente. ¡Esa Venus es mía!

No le hice caso. Pensé que, según costumbre adquirida últimamente por él, se habría embriagado con cerveza, cosa en aquella edad tan rara en España como la afición a la lectura. Dejéle, pues, disputar y me marché del estudio. Pero desde entonces pude observar un cambio profundo en su conducta, y que a su amistad efusiva y franca sucedían una reserva y una indiferencia glaciales. Cuando me hablaba, apenas podía encubrir con fórmulas urbanas reticencias de odio que me herían profundamente, clavándoseme en el alma como púas de zarza.

—¡Tremielga te tiene envidia! —me decían las gentes.

Pero yo me negaba a creerlo. ¡Envidia Tremielga, cuando su talento es tan grande! ¡Envidia a mí, que me honraría siendo el autor del más malo de sus bocetos! ¿Envidia quien posee aquel lápiz con el que se apodera de las líneas de las cosas, hurtándoles las proporciones mismas de la realidad! ¡Era imposible!

Otra vez me dijeron:

—¡Tremielga trata de soplarte la dama! Pepilla Alderete le gusta, pero mucho.

Aquello era otra cosa. Yo no podía dudar del talento de Tremielga, pero podía dudar de su lealtad por dura que me fuese esta suposición. Traté de convencerme, y adquirí el convencimiento que vino a rasgar mi alma con sus uñas horribles. Imagínate, Leoncillo querido, que al ir a acariciar el perro que te sirvió de compañía durante tu vida toda, hallas que tu mano oprime, en vez de aquella hirsuta cabeza, símbolo de la inteligencia y la fidelidad, la cabeza escamosa y fría de una víbora. Pues eso me sucedió a mí al ver que mi amigo, mi hermano, me engañaba.

Una noche salía yo de la catedral y me encaminaba a la reja de Pepilla. Nunca lucieron más aquellas ascuas de oro que dicen que son mundos arrojados por Dios en la inmensidad azul; nunca tuvo murmurio más dulce y armonioso aquella fuente que en el patio de la casa habitada por Pepilla corría, corría tocándome con su voz monótona mil himnos de amor. ¡Oh noche divina! Fue la primera en que mis labios besaron aquellos párpados que parecían hojas de rosa puestas por un hada allí para ocultar dos tesoros de diamantes. Aún se estremece dulcemente mi alma con tal recuerdo y tiembla mi corazón en su cárcel de huesos como pájaro loco que quiere volar... El reloj de la catedral parecía burlarse de nosotros adelantando el ir y venir de su batuta con que medía el tiempo; las ventanas góticas de este viejo edificio contemplábannos cual ojos envidiosos, y a veces yo creía ver dibujarse y palpitar, como cristalina pupila que se revuelve en su órbita, el espacio negro que cortaba la blancura de las piedras, señalando el hueco de las ojivas; e imaginaba —¡necio de mí!— ver en aquella pupila el mirar vidrioso de Tremielga... Al fin me despedí de Pepilla, y era tan tarde, que por llegar a mi casa antes del alba eché a correr. ¡Cuál no sería mi asombro al hallarme detrás de la primera esquina la desgarbada persona de aquel desgraciado!

—¡Anda, miserable! —me dijo apretando ambos puños y acercando su cara a la mis con aire de reto— Me has arrancado el alma. Aquella Venus que yo soñé ha pasado a ser tuya ilegítimamente... Oye, Lucio, yo pensaba matarte, pero eso no resuelve nada. Pepilla vestiría luto y estaría más bonita, más interesante con el trajo negro, con la palidez del dolor, con la honda fiereza que había de despertar en su espiritillo voluntarioso y rebelde tu asesinato... Lo que hago es marcharme, porque aquí la envidia de tu bien me consume. Es un fuego que arde dentro de mis pulmones, reduciéndolos a pavesas... ¿Crees tú que es sangre lo que bulle por estas venas? —y señalaba con su tembloroso dedo índice los gruesos cordones azules que resaltaban sobre la amarilla piel, como las vetas de óxido en el jaspe— Pues no es sangre, sino pólvora líquida... Tú pintas mejor que yo, eres más amado que yo; me quitaste los laureles de la frente y el anillo nupcial del dedo. ¡Maldiga Dios tu pincel y tu alma!

Y se alejó.

¡Qué cosa más atroz es causar daño al prójimo! ¡Cuando se hace sin voluntad experiméntase un dolor semejante al que todo hombre compasivo sentiría pisando una hormiga que no se ha visto antes de aplastarla, y de cuya hormiga se supiera que tenía razón, esperanza, porvenir! ¡Yo había aplastado, sin quererlo, a aquella pobre hormiga, y en su postrer pataleo me daba compasión el mirarla cómo iba echando fuera los últimos alientos y las últimas ilusiones!...

Se fue a Alemania. En su cabeza llevaba un mundo muerto como el de la luna; en su corazón unas cuantas fibras secas, al modo de pedacillos de paja atados en haz de dolor. Allá vivió doce años, y cuando vino de nuevo, éramos Pepita y Lucio padres de esos tres mancebos, que son tus amigos y casi tus parientes. Venía como tú le conociste. Era, según has dicho, un aguilucho desplumado, un conjunto de huesos en fea desproporción distribuidos; pero al encontrarme un día en la calle, se irguió súbitamente, y durante un minuto volví a ver en Tremielga a aquel muchacho animoso y decidido, lleno de fe en lo porvenir, gozoso del presente, satisfecho del pasado.

—¡Ah, Lucio, Lucio! —exclamó— Despídete de tu fama, pintorcillo. Esta idea no me la quitarás. La tengo encerrada en mi cerebro y es una cosa magnífica. ¿Quieres saber dónde la concebí? Pues fue en Pirmansén, junto a un río negro como mi humor, de cuyas embetunadas ondas miré salir una musa inspiradora. Eres un desdichado emborronador de lienzos. ¡Te compadezco!

Aquel mismo día me contaron que Tremielga había ido a ver al obispo Mecenas inteligente y pródigo de los pintores, para pedirle que le cediera un salón de su palacio, donde pensaba exhibir cierto cuadro famoso que estaba terminando. Supe también que había dicho Tremielga en la plaza:

—Ese pillo de Lucio que me ha robado todas mis ideas, va a perder de una sola vez su primacía. ¡Qué asunto el de mi cuadro!... Es un combate. Hay allí luces que ese torpe no ha visto nunca; humos que salen de la tierra y se pasean sobre el campo como gasas fúnebres del ángel de las batallas; fieros rostros de soldados en los que brilla el júbilo de la victoria, y humildes caras de vencidos que piden protección. Se hablará en el mundo de mi obra, y dirán al pasar junto a la tumba de Tremielga: «¡Aquí duerme el genio!».

El obispo le otorgó lo que pedía. Instalose el cuadro en un aposento espacioso, y cubierto con una cortina aguardaba al concurso. Allí estaba el autor, consumido por la fiebre del trabajo y el interno rescoldo de su envidia. Todos llegamos, y cuando el obispo tomó asiento en su estadal y nos bendijo, tiró Tremielga del pedazo de sarga que ocultaba su obra. Cayó al suelo el telón y miramos todos. Pero, no bien puso sus ojos en el lienzo aquel concurso de pintores, un grito de sorpresa salió de todas las bocas que, a un tiempo, como coro de cantantes, dijeron:

—¡El cuadro de las lanzas de Velázquez!

Sí, Leoncillo. El pobre Tremielga había compuesto como original lo que Velázquez hizo tantos años antes, y confundiendo en su alma la memoria y la fantasía, lo que aquella le pintó como recuerdo, diputolo él creación de ésta.

Había cegado la envidia a aquel gran genio como ciega al sol la parda nube, y en tal confusión psicológica creeríase hallar una alegoría cruel de la negra pasión que levantaba en su alma trombas de fuego y polvo... ¿Has visto nunca, Leoncillo, cosa semejante?... ¿Por qué abres tanto los ojos? ¿No me has entendido? Pues este es de aquellos sucesos que no se pueden explicar... Han dado las cinco; es ya hora de bajar desde este andamio al mundo... En el mundo hallarás espíritus fundidos en el troquel de Tremielga, y ellos te enseñarán la moraleja de mi historia.

Añadiré, para darla punto, que al oír Tremielga aquella exclamación soltó una feroz carcajada, y agitando sus brazos como aspas de molino, dijo:

—¡Otro ladrón de mi pensamiento! ¡Lucio me robó aquella Venus! ¡Ese... Velázquez me ha robado la Rendición de Breda!

XVI. La Nochebuena de la cigarra

(Cuento de Navidad)

I

Tres pueblos cruzó la buena de la Cigarra sin detenerse, y llámalos la geografía por sus propios nombres, Arbolejo, Cerceda y Abondeiro. Resuelta y animada la muchacha con su guitarrilla a la espalda, ni más ni menos que poco después se la vio entrar en Madrid, iba por aquella montaña en que el aire hiela y la nieve sepulta.

—¡Veinticuatro de diciembre! —exclamaba—; ¡La gran fiesta! ¡La fiesta de las perrunillas, de los dulces, de la zambomba alegre!... En Arbolejo tenían ya los muchachos sus tambores. ¡Virgencita mía, y qué ruido el suyo! ¡Daba gozo!... Yo también me sentí llena de un a modo de alegría... Pero desde que salí de Abondeiro y la noche se viene encima... ¡Ay, Dios mío! ¡Qué miedo que tengo! ¡Madrecita de Dios, no me sueltes de la mano... Ahora sí que me llevas de ella... Eso, eso. ¡Que oiga yo el rozar de tu mantellina contra las zarzas!

La triste serenidad del campo, mojado por la lluvia reciente, llenaba el ánimo de la Cigarra de lúgubre estupor. Aquella lóbrega cadena de peñascos que semejaban un rebaño de montuosas y disformes reses, descendiendo al llano, pastoreados por la luna, recortaba sus siluetas en el fondo negro con vaguedad fantástica. De trecho en trecho un tieso pino, con la copa cargada aún de nieve, traía a la memoria de la niña cuentos de duendes y la historia del gigante Alandro, que tenía las barbas canas, y en el recio hombro la honda alforja para meter allí a los muchachos que hallaba en su camino. ¡Pobre Cigarrilla, sin padres ni amparo humano! ¿qué va a ser de ti en esa soledad sin fin? El astroso y mísero pergenio de su traje entregaban sus delicadas carnes al hielo de la noche que ya caía, caía lentamente con sus sombras poblada de fantasmas medrosas, haciendo más blanca la nieve, más empinada la cuesta, más tremebunda la boca de la Cueva-Hondona, por la que, gritando espumajeante, hirviente y loco el Arroyo-Güerizo, se despeñaba. Las negras trenzas de aquella criatura tenían aún copos desperdigados de la nevada, y al derretirse con el propio calor, hacía gotear sus cabellos. Débil, hambrienta, sola, cansada, sin zapatos, caminando entre un cielo negro e indiferente y una tierra escabrosa, pudo ver la Cigarra en aquella media hora de marcha un símil de lo que es el espíritu humano volando con alas mojadas por el cielo tormentoso de la existencia.

Cuando la luna se escondió, mil luces brillaron en las laderas de la montaña, y el gran pueblo de Villoria centelleó entre las innumerables candelas de sus calles. Faltaba poco, un cuarto de legua; ya oía la Cigarra, cuando leves suspiros del viento dejaban llegar hasta ella los lejanos rumores, sonar de pandero... tronar de tamboriles, música bulliciosa y de más estrépito que gusto artístico. En aquella negrura, los puntos brillantes perecían agujeritos hechos en un papel negro para ver por ellos el sol.

II

No hay más famosa casa de labranza en las dos Castillas que la de esos Cachopines de Laredo, tan antiguos y linajudos, que el mismo loco de la Mancha hallose con uno de ellos camino del lugar del enamorado Grisóstomo, según Cervantes refiere. Son sus trajes abundante receptáculo de miles de fanegas de rubio grano. Todos los pájaros del mundo podrían hartarse en ellos sin que la disminución de los inmensos montones se notase; y cuando el de Cachopín mide el cereal, húndese en él hasta más arriba de la cintura, y eso que es de esos mozos que encienden los puros en el farolillo de la Virgen que hay a la entrada del honrado y abundoso lugar. Y si sobre los techos de la casa gravita tan grande copia de frutos, allá abajo, en las honduras de la tierra oculta una bodega, de vino negro y ojoso, ríos que, a derramarse, harían flotar el pueblo entre sus olas. ¿Y el corral? No tuvo a sus órdenes Jerges tanto soldado como gallinas, gallos, palomas y exóticos gansos gobierna con su cayado nudoso la desgalichada Galopa —una chica de quince años, alta como un varal y robusta como un granadero—. En suma: son tan ricos los Cachopines, que cuando Dios quiere hacer a un hombre rico, le hace Cachopín.

La Galopa estaba encerrando su averío en la cuadra, cuando sintió en el portal ruido de leves pasos.

—¿Quién anda ahí? —gritó.

Era una sombra delgada y trémula que dijo:

—¡Una limosna!

La voz que pronunció esta palabra era una voz delicada y flébil. ¡Decir «limosnas» en el hogar de los Cachopines! ¡Qué contrasentido) ¡Tanto valdría hablar de sed en las riberas del Tajo! La Galopa se quedó parada sin acertar a responder. Otras muchas veces había rechazado duramente a los pobres que hormigueaban en torno a la casa como los gorriones en torno a la era; pero aquella noche, sin saber por qué, cierta blandurilla se apoderó de su alma, y ni quiso, ni se atrevió a decir ese glacial: «¡Dios le ampare!», que suena en los oídos del pobre como una blasfemia.

—¡Es una chica! —pensó la Galopa viendo de cerca a la Cigarra.

Y luego, contemplando aquella flacura de la mano que se alargaba en demanda de dinero, una sonrisa frunció sus gruesos labios, como el coral rojos, picudillos, frescos y no faltos de gracia.

—¡Qué pobre chica! —dijo— Tú no eres del pueblo.

—No, señora —balbuceó tímida la Cigarra sin levantar de las losas la vista.

—¿Vas de camino?

—Voy por el mundo.

—¡Ir por el mundo! ¡Qué cosa más rara! ¿Y qué es ir por el mundo?

—No tener casa, ni cama, ni comida. Oír palabras que hacen más daño que una piedra; ver en todas partes un palo levantado y un perro que enseña los dientes. ¡Ay, madre mía! Ir por el mundo... es casi lo mismo que ir por el infierno.

Sonaba en lo más alto de la casa alegre rumor de vasos que, chocaban y cánticos y sordo guitarreo. Temblaban los vigones del techo con un ritmo de baile. Allí arriba debía danzar ya en parejas toda la dilatada familia de los Cachopines.

—Anda, vente, vente conmigo —dijo con súbita resolución la Galopa—. Cenarás conmigo, dormirás conmigo, y mañana... con la mañanita seguirás por ese mundo en que no hay más que perros y palos.

La Cigarra se dejó conducir. Un estómago hambriento no se hace de rogar; además, la desventurada se sentía morir de frío. Dejose llevar por la ancha escalera de piedra, pero al hallarse frente a aquella puerta que daba acceso a la sala, resistiose a entrar. Era el cuadro que a su vista se ofrecía animado por demás. Figuraos la extensión de una plaza de toros encerrada entre cuatro blancas paredes; una mesa que abruman rimeros de platos, fuentes enormes, desaforados cazolones y abundantísima batería de botellas; luces pendientes del techo y sobre la mesa; sillas y butacas de vaqueta junto a los muros, y en el fondo una chimenea donde se quema un mediano monte de leña con gran chisporroteo y vivac es llamaradas, cuya luz oscurece la de las lámparas y velones. Y allí, en medio de la anchurosa estancia, más de veinte parejas que bailan jota, mientras en un rincón cerca del fuego, sentado en una mesa de encina, abrazado a una guitarra, un jorobado mueve su mano derecha, que parece descoyuntada, sobre las cuerdas tirantes y sonoras. Cinco o seis mozas agrupadas cerca de él cantan por turno. Su musa mezcla coplas de amor y coplas místicas, saetas de alma herida con la flecha de oro de Cupido, y suspirillos de cristiano frente a Belén. Y no lejos, en un venerable sillón de cuero con clavos romanos en el espaldar, un gigante casi, el tío Ruperto Cachopín, calvo, sin dientes, lleno de arrugas, fuma y suelta un: «¡viva el Niño!», cada cinco minutos, acompañando su exclamación de un sorbo de aquel corroborante zumo dorado que destila la alquitara de sus bodegas, y luego, mientras bate palmas demasiado despacio para seguir el ritmo del cantar, sus labios afeitados con esmero, gruesos y belfudos, gustan una guinda que le ofrece entre sus deditos blancos la nieta Blasa, un ángel moreno, con dos ojos tan negros como las guindas que da al viejo, y talla tan sutil como el corselete de una avispa.

El tío Ruperto Cachopín fue quien primero vio a la Cigarra, y la mandó entrar y sentarse cerca de la lumbre.

—Éste es el pobre que todas las Nochebuenas manda Dios a mi casa —dijo tomando a la chiquilla su carita fría y suave como rosa helada—. Cada pobre tiene su rico, y éste debe llevar al otro siempre cerca de él, como lleva el día detrás la noche. Pero hoy Dios ha dispuesto que el duro no sea del que le tiene, sino del que le necesite. Esta chica es ahora la dueña de mi casa, la reina de la cena; ella comerá en mi plato y quiero que todos la honren como a mí.

Después, riéndose de la sorpresa de la muchacha, mandó traer un alto taburete que servía para poner las jaulas de las perdices, y cubriéndolo con una manta zamorana primorosamente bordada de sedas y oro, él, él mismo tomó en sus brazos a la niña y la puso sobre el trono improvisado. ¡Singular contraste! ¡Una mendiga presidiendo una fiesta de ricos! ¡Un montón de guiñapos sobre un brial tan abigarrado, vistoso y brillante! Era como si en el seno de la Aurora se hubiese dejado olvidada la Noche un pedazo de su manto negro. Parecía un guijarro del arroyo en un joyero de nácar.

III

Empezó la cena. El señor cura se sentó en su sitio, y frente a él Ruperto Cachopín, y a su lado la Cigarra en su alto taburete. Aún traía ésta pendiente de una cinta y sobre la espalda la guitarra desenclavijada y ronca, aquella triste guitarra de que no debían salir más que lamentos, especie de sepultura de la música alegró y regocijada. Más de catorce muchachos que asistían a la mesa mirábanla con asombro y curiosidad. Al ir a sentarse, uno de ellos pasó cerca del taburete, y con su dedito índice hurgó los bordones de la guitarra, marchándose a todo correr después de haberlos hecho vibrar. La Cigarra mirole y sonrió. Por tal manera, la primera sonrisa que iluminaba el cielo de su cara triste se la arrancaba la inocencia.

Bendijo los manjares la mano temblona del padre, y avanzaron por los cuatro polos de la mesa, navegando en salsa negra, y dentro de desaforadas cazuelas humeantes, cuadrillas de besugos, con sus ojos dorados y sus aletas rígidas. El vino salió de las botellas, y en espumoso chorro inundó los vasos y reflejó el brillar de los velones, descomponiendo la luz como después debía descomponer las ideas esa luz del espíritu. La gula sonreía desde un rincón de la estancia, observando cómo las manos manejaban tenedores y cucharas, y cómo en torno a la mesa corrían aperitivos aromas de laurel quemado, y cómo el picante zumo del limón caía gota a gota en las blancas heridas abiertas sobre los costados del besugo, y cómo las aceitunas iban de boca en boca, y como siempre se veía en la larga fila de comensales más de un codo empinado, más de una pupila iluminada y encendida por el rescoldo de las candioteras. La Cigarra comía tan poco, que más parecía pico de pájaro que boca de mendigo aquel gracioso conjunto que formaban los dos labios descoloridos y las dos líneas de dientecillos menudos y apretados. Ni quiso probar un cortadillo de jerez que el viejo puso, riendo, a su lado, y que desde el fondo del vaso tallado la enviaba embriagadoras y punzantes emanaciones, ni quiso tomar la caliente y calduda sopa de almendra, ni encentar un panecillo rubio como las trenzas de Ceres, que le ofreció un criado, ni gustar la carne sonrosada de infinita variedad de peces que todos los mares del mundo en su representación habían enviado. Los ricos se atiborraban lindamente, y la mendiga no quería tomar parte en aquel festín inacabable, ruidoso y animado. Su hambre se sentía saciada viendo tanta abundancia de manjar, y bonita en su palidez natural, tranquila en su reposo, interesante en su apostura modesta, parecía la diosa de la sobriedad asistiendo a las hartazgas de la gula.

IV

¡Qué nacimiento! Dígase, por más que la modestia de tres hombres eminentes padezca: era obra exclusiva del maestro de escuela, el albéitar Chamorro y el escribiente de una escribanía de Villoria, tres artífices pasmosos que habían empleado un mes, mucho papel de estraza, cuatro libras de cola y más de dos arrobas de corcho y cartón, en sacar de la nada aquel mundo maravilloso y delicado. Arroyuelos de talco y vidrio le surcaban, y en su curso movían molinos de caperuza negra y ruedas dentadas. Grupos de pastores de a cuarta bailaban junto a pinos de a pulgada, porque allí las proporciones de vegetal y animal eran tenidas en poco. Los tres creadores del pequeño y ficticio mundo eran tan artistas, que no habían copiado la naturaleza, sino que la habían forjado a su capricho. ¿Y hay cosa más bella que la humanidad sea lo más grande del mundo? Es un pensamiento que consuela hasta a los enanos de Velázquez. Manadas de pavos y ovejas pastaban allí el musgo arrancado a las montañas Cueva-Hondona, y de entre los arbolillos salían ángeles con un papel en la mano y en él pintadas estas palabras: «¡Ya está aquí el hijo de David!».

¿Queréis más? Un ferrocarril —¡un ferrocarril en los años oscuros de Herodes el Magno!— corría desde la altura al llano con su sonecillo metálico de hojalatas removidas; por toda la línea palos del telégrafo, hechos de mangos de pluma, sostenían un hilo de media en aisladores industriados de habichuelas blancas. Era un telégrafo de moscas, bueno para transmitir los partes militares de la Batracomaquia. Y allí donde el agua cae, formando estanque plácido, un pastor se inclina hacia el riente espejo y varios cisnes de goma navegan junto a un vapor de hélice. ¡Cuánto anacronismo! Ni el escribiente, ni el veterinario, ni el maestro de escuela, paraban mientes en tales menudencias, y hubieran sido capaces de poner una luz eléctrica a la entrada del portal de Belén.

¡Ahí es nada! Ya se nos iba a olvidar el portal de Belén, que estaba hecho una pura ascua. San José con los brazos abiertos, la Santa Virgen cerca del pesebre y en él el Niño Divino con los ojos entornados. Más allá, el buey y la mula, y en corro pastores y lavanderas, granujas y molineros, modistas y vendedores de flores, asiáticos príncipes seguidos de negra escolta, el rey Cetiwayo atado codo con codo entre dos oficiales ingleses, el busto de Napoleón y el caballo de Atila: un baturrillo de razas y épocas, todo el escaparate de un escultor de portal volcado y revuelto y confundido en un motín que negaba la historia.

Pero, ¡ay!, que faltaba lo mejor: la estrella de rabo. A aquellos sabios creadores del mundo se les había olvidado crear el sol. De un papel dorado se recortó, y el tío Ruperto Cachopín dijo a la Cigarra:

—Dame un pelo de tu trenza, princesita... para colgar la estrella.

Obedeció la Cigarra y, ¡qué lindo perfil el suyo cuando, vuelta la cabeza para coger una de sus trenzas del color de la endrina, se le cayó de las sienes el roto pañuelo negro y quedó a descubierto su precioso cuello, que simulaba una esbelta columnilla de marfil, y sus ojos se tornaron hacia atrás mirando con el rabillo la apretada mata de pelo! Arrancose un cabello y estirolo entre sus dedos grueso e índice. Era una hebra de seda, una línea de ébano, una fibra de negro cristal. Pendiente de aquel cabo la estrella se columpió sobre el nacimiento, y los niños cantaron, rompiendo la orquesta de tambores y rabeles su sinfonía. Cruzaron los Reyes la senda enarenada, y antes de llegar al portal de Belén, en manos del más menudo de los músicos, ¡ya iba Baltasar sin turbante, cojo el trotón de Gaspar, y uno de los esclavos negros de Melchor descabezado!

La Cigarra no apartaba sus ojos de la estrella que seguía bailando en medio de las luces; y triste en medio de la general alegría, sola entre tanta gente, con ansia de llorar donde la carcajada estallaba sobre todos los labios, veía más negro su porvenir de huérfana y más oscuro el camino de su mendiguez, en que la limosna la llevaba de la mano. Y es que los goces de los demás hacen más amarga nuestra pena, como se destaca con mayor rudeza en la luz meridiana la amarillez de un cadáver. ¡Creer que se consuela a un pobre dándole de cenar esta noche y llenando su cerebro de los vapores del vino añejo! Llevad un rayo de sol a la noche del polo, y observaréis, que, aún hace más lúgubres aquellas inmensas llanuras de endurecida nieve. Si la caridad anda suelta esta noche y cargada de cadenas todo el resto del año, no conseguiréis ver salir de los labios de tanta Cigarra cómo se arrastra por el mundo una sola sonrisa de felicidad.

Dieron las dos en un reloj de cuco. Callaron las músicas pastoriles, y una boca, alimentada por los pulmones de Eolo, sopló todas las candelicas de vera, esparciéndose por la sala olor de cera quemada.

—¡Dios mío! —pensó la Cigarra— ¡Huele lo mismos que olía la iglesia cuando apagaron las velas de mi madre!

Disolviose la concurrencia, y en todas las escaleras de la destartalada casa se oyeron los pasos de la gente que se alejaba. El mismo tío Ruperto se fue cojeando a su dormitorio. Hasta la Galopa, echando una mirada de envidia a la Cigarra por los pasados honores que la habían dispensado.

—La Galopa la trajo —se decía a sí misma mientras trepaba a su zaquizamí—, y la han hecho más caso que a la Galopa.

Extinguida la llama del hogar, el último leño próximo a consumirse, lanzaba ansiosas miradas a los muebles, como pidiéndoles que se dejasen quemar. La Cigarra descendió de su taburete envuelta en la sombra, buscó su pañuelo de desgarrada lana, y en un rincón se arrojó con su desgobernada guitarrilla. ¿Lloró?, ¿durmió?, ¿soñó? El dolor, el cansancio y la fantasía la sirvieron de almohada, y sus lágrimas se mezclaron con los engendros quiméricos de la mente, viendo danzar en ciclón horrible las figuras de barro del nacimiento y las siluetas de los seres queridos a quienes para siempre perdió.

V

Al venir el día, la Cigarra caminaba de nuevo por aquella senda nieve y espinas.

Y en la fuente que hay a la salida de Villoria, las mozas decían:

—¡Anoche fue Nochebuena!

¡Cuándo, cuándo es la Nochebuena de los desgraciados!


Publicado el 21 de abril de 2019 por Edu Robsy.
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