Baile y Cochino...

Novela de costumbres mexicanas

José Tomás de Cuéllar


Novela



I. Preparativos del baile y del cochino

Se trata de celebrar el cumpleaños de Matilde, la niña de la casa, y su papá, que la quiere mucho, y además acaba de hacer un negocio gordo, va a echar la casa por el balcón.

Matilde, ante todas cosas, quiere bailar, a pesar de las objeciones de su mamá, una buena señora, muy sencillota y muy ranchera. Es preciso darle gusto a Matilde y esta idea triunfa de todos los escrúpulos.

—¡Baile! —decía la mamá—. ¿Cómo vamos a hacer baile cuando casi no tenemos relaciones en México? ¿Quiénes vienen a bailar?

—En cuanto a eso, mamá, no te apures, yo convidaré a las Machucas.

—¿Quiénes son las Machucas?

—Las muchachas de allá enfrente. Ya nos saludamos, y estoy segura de que si las convido en forma, vendrán.

—Yo, por mi parte —agregó el papá— haré por ahí mi colecta de amigos.

—¿Y de amigas también? —preguntó la señora a su marido.

—Mira, en cuanto a amigas, yo no tengo aquí todavía conocimientos; pero creo no faltarán.

—Bueno, pues si ustedes se encargan de la concurrencia ¿qué vamos a hacer? haremos baile.

Nótese que la señora de la casa había dicho «haremos baile», a propósito de lo cual se hace necesaria aquí una digresión.

Son dos cosas enteramente distintas «dar un baile» y «hacer baile», como son distintas también dar una comida o hacer comida.

Da un baile la persona que con cualquier pretexto de solemnidad invita a sus amigos a pasar unas cuantas horas en su compañía. El pretexto es lo de menos, el objeto principal del baile es estrechar los vínculos de amistad y los lazos sociales por medio de la amena distracción que proporciona a sus amigos.

En este caso los amigos son los que se consideran obsequiados y favorecidos, y después de concurrir al baile, en virtud del convite, están obligados a hacer una visita al anfitrión para demostrarle su reconocimiento, y luego para hacer entender que corresponden a la intención social del convite de estrechar y frecuentar las amistades.

En este sentido también se toma dar una comida, dar un té, dar un concierto, etc.

Ahora bien, «hacer baile» es reunir música, refrescos, luces y gentes para bailar, comer y refrescarse… y santas pascuas.

La señora mamá de Matilde, como se verá, no da baile, ni mucho menos; ¡qué había de dar! ni ella estuvo nunca en si es lo mismo dar que hacer, ni si el baile es para obsequiar a otros o para obsequiarse a sí mismo; de manera que aquello de la concurrencia, que cuando se da un baile es precisamente la parte principal, para doña Bartola, que así se llamaba la mamá de Matilde, era lo de menos.

Ya contaban con que vendrían las Machucas, que eran tres pollas, que por su talla, por lo delgadas de carnes y lo «bisbirindas» y alegres, debían ser tres bailarinas de primera fuerza.

Contaban, además, con que un amigo de la casa, encargado de «conseguir parejas», iba a invitar a una señora que tenía dos hijas. No se sabía qué clase de señora era aquélla; pero en cuanto a las hijas, que era, como quien dice, la infantería de línea, el amigo aquel aseguraba que sabían echar un valse a dos tiempos que daba miedo. Estas chicas, también por su complexión, no había miedo ni de una apoplejía ni de que se desmoronaran en el camino; guardaban, pues, condiciones de bayaderas, y por lo tanto había que esperar que fuesen incansables.

—¿Quién es esa señora de las dos hijas? —preguntaba el amigo colector de bailarinas.

—Es una señora gorda.

—Ya, pero…

—En cuanto a eso, no tiene más peros que el que se empeñan las gentes en decir que es un poco alegre.

—¡Alegre! —exclamó doña Bartola—. Entonces mejor, puesto que se trata de baile. ¡Qué vamos a hacer con gentes estiradas y tristes! Esa señora alegre me conviene. Saldaña, tráigala usted, y le recomiendo que las demás parejas sean también alegres.

Saldaña y el papá se hicieron un guiño.

—Pero oiga usted, Saldaña ¿qué, no será cosa que…? —dijo el papá llevándose a Saldaña a su gabinete.

—No, señor, toda la alegría de esa señora es que la tiene ahora don Gabriel, pero eso es todo.

—¡Ah! ¿Conque la tiene?…

—¡Vaya! desde el año pasado; y como ella no coquetea con ciertos pollos, se vengan las malas lenguas corriendo la voz de que es alegre. ¡Ya conoce usted lo que son las gentes!

—Bueno, pues ya tenemos a las Machucas, que creo son dos, y a la señora de las dos niñas… ¿Pero la dejará venir don Gabriel?

—Vea usted, viniendo don Gabriel viene ella; pero para eso no hay que decir nada a la señora de don Gabriel.

—Es cierto.

—De manera que no hay que pensar en don Pancho ni en Riquelme, porque son amigos de la casa.

—Bien, hombre, Saldaña, bien; usted se encarga de todo eso; pero nos falta gente.

—¿Conoce usted a Camacho?

—¡Cómo no!

—Tiene el maldito ahora una muchacha guapísima, y ¡qué bailar de criatura! ¡Y qué cintura aquella, y qué pies, y qué…!

—Convide usted a Camacho.

—Ahí tiene usted. Ésa es una brillante adquisición, porque es una joven que puede lucir en cualquier parte.

—¡Bravísimo! Bien me decía mi mujer: mira a Saldaña, que conoce a todo México, y él nos llena la sala.

—En cuanto a eso, no tenga usted cuidado. Sólo que no se le olvide a usted tomar en alquiler siquiera otras dos docenas de sillas.

—¿Las alquilarán?

—Sí, yo me encargo de eso.

—Gracias, Saldaña, mil gracias; es usted el hombre de las circunstancias.

—Y a todo esto ¿qué se les da de beber?

—En cuanto a beber —repitió Saldaña— según la bolsa. Champaña y licores. Eso depende de lo que se dé de comer. Vea usted: se pueden poner carnes frías, gelatinas, pasteles…

—Eso es, me parece muy bien: pasteles, carnes frías y… ¿qué decía usted?

—Gelatinas.

—¿Y esas cómo?

—Se mandan hacer.

—¿Dónde?

—Yo me encargo de eso.

—¡Bueno, hombre, bueno! Porque yo, la verdad, soy muy torpe para esas cosas.

—No has contado con la huéspeda —gritó doña Bartola—. No tenemos un trasto, y se van a necesitar muchos vasos, y muchos platos, y muchos…

—Se alquila —dijo Saldaña— todo eso se alquila.

—¿Y cubiertos?

—Se alquilan.

—¿Y manteles?

—Todo lo habrá, señora. Pierda usted cuidado.

A pocos días de que Saldaña había comenzado su reclutamiento, un corrillo de pollos, que salía de los billares de Iturbide, se detenía en la esquina de la calle de Vergara para disolverse.

—Conque hasta mañana, Daniel.

—Hasta mañana, Gustavo.

—Adiós, Perico; mañana te gano, ya verás —dijo otro pollo.

—No, mañana no vengo.

—¿Por qué?

—Tengo bodorrio.

—¿Dónde? —preguntó Daniel.

—Todavía no sé la calle: me lleva Gutiérrez.

—¿De qué se trata? —preguntó Gustavo.

—De que éste tiene baile y no convida.

—Si quieres, vamos —dijo Perico— un convidado convida a cien.

—¿Adónde es el baile?

—Dice Perico que todavía no sabe la calle.

—Por no convidarnos.

—Pues ahora te…

Los pollos tienen verbos que no se traducen.

—Vamos a sitiar a éste desde que se levante.

—No hay necesidad —exclamó Perico— ya está dicho, vamos lodos al baile.

—Por supuesto, será baile…

—Nada de eso, un baile muy decente. Van las Machucas.

—Ahora vas a hacernos creer que es necesario ir de frac.

A los pocos días de promovido el baile, el señor de la casa le decía a su señora:

—Bartolita, me parece que el negocio del baile se va formalizando más de lo que yo creía.

—Como que van a venir gentes de mucho tono, y me ha preguntado la mujer del general cuál es el color de nuestros vestidos. Yo le dije lo primero que me vino a las mientes, a reserva de hablarte de esto. Necesitamos vestidos Matilde y yo.

—En cuanto a Matilde, ya estaba decidido; pero respecto a ti, me parece que el último que te hice está muy bueno.

—No; está muy oscuro. Necesito uno más claro y más a la moda, porque yo no quiero que me critiquen.

—Está bien; mañana te proveeré de lo necesario para la compra de los vestidos. El caso es que estén a tiempo.

—No tengas cuidado.

Matilde recibió la buena nueva con una alegría indecible.

Ya hemos dicho que Saldaña era el alma de la fiesta; sin él no hubieran podido hacer nada ni el señor de la casa, que nunca había entendido de estas cosas, ni mucho menos doña Bartolita, acostumbrada, como ella decía, a hacerlo todo al estilo de su tierra.

Saldaña era efectivamente una persona muy útil, muy servicial y entendida de todo. Era de esos que saben siempre dónde venden bueno y barato, y sabía qué sastre rinconero sabe hacer unos pantalones como Salín, y qué zapatero hace botines de charol a tres pesos y medio; entendía de alquileres y era amigo viejísimo de los Castañares, de Barrera, el mueblero, y de Zepeda, Gutiérrez y Noriega, vinateros.

—¡Hola, Saldaña! —le dijo don Quintín Gutiérrez, al verlo entrar una mañana a eso de las once—. ¿Qué le trae a usted por acá?

—Adivínelo usted, don Quintín.

—¡Bah! Como no sea que se ha convenido que nuestro coñac cinco ceros es el mejor de la plaza.

—Vea usted, de eso no me convencerá usted nunca; el de Zepeda vale cien veces más, y es más barato.

—¡Qué va a ser, hombre de Dios! No sabe usted lo que se dice.

—Bueno, don Quintín. No por eso dejaré de ser marchante, y lo que es ahora le traigo a usted una facturita.

—Lo que usted guste, Saldaña. Sabe usted que la casa está a su disposición.

—¡Gracias; pero será por mi dinero!

—¡Quién habla de dinero! Mira —dijo don Quintín a un dependiente— tráele al señor Saldaña una copa del Jerez que abrimos esta mañana.

—¿Legítimo? —preguntó Saldaña, con una sonrisa de desconfianza.

—Con decirle a usted que no está de venta. Lo he recibido para mi uso. Vaya, conque de intento no he querido que lo pruebe el Presidente, porque de seguro me pide el barril.

El dependiente presentó una copita a Saldaña. Éste se echó hacia atrás el sombrero, tomó la copita con sólo dos dedos, abrió hasta donde pudo los poros de su ancha nariz, y aspiró el aire con la fuerza del que pretende cloroformizarse.

Todos se quedaron viendo a Saldaña, quien dirigió a los circunstantes, uno por uno, una mirada elocuente de aprobación y de sorpresa. Olió el vino por segunda vez, y lo cató sin respirar; en seguida hizo un castañeteo particular con la lengua y el paladar; volvió a oler y volvió a gustar, y después de cerrar los ojos exclamó:

—¡Don Quintín! ¡Hombre, don Quintín!…

—¿Qué tal, Saldaña, qué tal?

—¡Don Quintín! ¡Hombre, don Quintín!

—Pero bien, díganos usted su opinión.

—¡Don Quintín! ¡Don Quintín! —repitió enseñando su copa vacía y alargando el brazo en ademán de pedir más.

El dependiente, después de cambiar una mirada de dependiente con don Quintín, llenó la copa.

—Será lo que usted quiera, don Quintín, pero o me vende usted un par de botellas de este Jerez o rompemos nuestras amistades. ¡Habráse visto! ¡Darle a uno néctar, y salirle con que no está de venta! Como si uno viniera aquí a echar la gorra. ¡Un par de botellas, don Quintín!

—¿Son para usted?

—Sí, son para mi uso particular. Yo sé que no a todos se les puede dar estos caldos.

—Convenido —dijo don Quintín— y válgale a usted ser un conocedor tan competente.

—Gracias —dijo Saldaña arrebatando un vol-au-vent de ostiones, que engulló en dos bocados.

—Vamos a la factura, don Quintín.

Éste abrió un libro, y puso el tintero sobre el mostrador. Los dependientes y algunos otros parroquianos que estaban presentes, dejaron de fijar su atención en Saldaña, quien bajando la voz dijo a don Quintín, tête à tête.

—Se trata de… ya sabe usted, el marido de Bartolita va a dar un baile, y yo soy el comisionado de los licores.

—¿Es tomador? —le preguntó don Quintín.

—¡Quite usted allá! ¡Qué tomador! ¿Se acuerda usted del Château Lerouse del otro día?

—Sí.

—Le pareció detestable. Es de estas gentes que se enriquecen de la noche a la mañana, y creen que eso les basta para conocer los caldos y para saber beber. Eso sí, él pretende ser muy garboso y le gusta lo caro.

—Bueno, pues le pondremos una facturita…

—Sí, yo diré a usted cómo la combinamos de manera que haga bulto y que…

—Ya comprendo.

Saldaña empezó a dictar, inquiriendo el precio de cada efecto y haciendo a la vez un apunte en su cartera. Después de dictar muchas partidas, Saldaña creyó que la concurrencia tendría lo suficiente.

Volvió a tomar otro vol-au-vent, una rebanada de pan con jamón y pidió coñac.

Siempre que Saldaña hacía un negocio con don Quintín tomaba lunch doble.

II. De cómo se reclutaban parejas y se alistaba concurrencia

Había una mamá que tenía tres niñas que se bañaban en la Alberca Pane los más días, porque las tres lo necesitaban. Estas tres niñas tenían tres novios, que también se bañaban en la Alberca Pane sin necesitarlo. Como la mamá tenía también otros niños menores, se quedaba en casa, y las tres niñas tomaban los carros de verano del Circuito de baños.

Sucedía que al tomarlos, ya estaba instalado en uno de ellos uno de los novios, y al cabo de algunas paradas, saltaban al mismo carro los otros dos.

Por medio de este sistema hidroterápico, la salud de las niñas se iba mejorando poco a poco. Volvían a su casa con su toalla cada una colgada del cuello, hacia la espalda, para recibir la húmeda y encrespada guedeja de sus respectivas cabelleras, que sujetaban solamente con un listoncito azul que, pasando por la nuca, iba a enlazarse en la raya. Las tres muchachas venían oliendo a náyade, despedían emanaciones de alga, y pregonaban con la frescura de su piel la voluptuosidad del aseo; sus manitas tenían esa palidez del agua fría que retira la sangre de los dedos para enviarla donde más se necesita. En cambio las mejillas ostentaban como la primera tinta rosada de un albaricoque que se madura. Alguna que otra gotita de agua solía titilar suspendida aún en los cabellos, a pesar de la trepidación del carro y como si brotara allí, como brotan las perlas del rocío entre los pistilos y los estambres de las mosquetas.

Las niñas estaban frescas, y pasaban por ese período en que el hormigueo voluptuoso de la reacción le hace sentir al cuerpo la caricia de su propia sangre. La epidermis se había lavado de sus secreciones y los poros sentían el beso oxigenado del ambiente.

Sentían el bienestar de una caricia anónima, que podían saborear con la frente levantada y sin rubor. Hasta el contacto de la ropa limpia interior tenía algo de cariñoso.

Este estado fisiológico iba a concentrarse en un poco más de brillo en las pupilas, y en la expresión de la sonrisa.

En resumidas cuentas, las niñas no sólo estaban frescas sino que se sentían bien.

Eso es lo que querían su mamá y el doctor Liceaga. La hidroterapia, favoreciendo las funciones de la circulación, comunicaba al sistema nervioso, tan delicado, tan pulcro y tan obediente, una suma no despreciable de lo que pudiera llamarse «el placer de vivir», y todo ello formaba una atmósfera, en la cual aquella media docena de enamorados se sentían en el verdadero camino de la felicidad.

Después de aquel baño de agua, cuya temperatura había apretado el resorte de las reacciones, aquellas ninfas, y aquellos tritones de sombrerito redondo, se seguían bañando en miradas, en luz, en ambiente y en esperanzas.

Se trataba de bailar, quiere decir, de subir de un brinco muchos escalones hacia la dicha, de consumar la reacción del agua fría sobre una alfombra restirada y tête à tête con el novio entregarse a esas intimidades a las que la sociedad ha concedido patente de sanidad.

Los novios habían olido el baile de la casa de doña Bartolita, y buscaban la puerta para meterse en ella con todo y novias.

Con pocas palabras se hizo en el vagón un complot verdadero. Se entendieron, como sucede siempre entre pollos, casi sin hablarse; sin duda por la poca distancia que fisiológicamente debe suponerse existe entre el baño de agua fría y la danza habanera. De modo que en ese mismo día, a eso de las dos, uno de los novios, el más intrépido, se presentó en la casa de la mamá de las niñas acompañado de un joven capitán de caballería, enteramente desconocido de la casa.

Salió la mamá de las niñas, que, como hemos dicho, era una buena señora. Saludó al recién venido y al novio introductor, y a poco fueron saliendo una por una las tres niñas, todas todavía con su toalla felpuda a la espalda y sus cabelleras esponjadas, ensortijadas y profusas.

El capitán sintió un olor a ninfa que le produjo calofríos.

—El señor —dijo el novio a la mamá de las niñas— tiene la bondad de venir a convidar a usted para un baile.

—Pues muchas gracias —dijo la mamá sin ningún reparo.

—Va a estar muy bueno —añadió el capitán— figúrense ustedes que van las Machucas.

—¡Ah! según eso —dijo la mamá de las niñas— será un baile de mucho tono.

—No precisamente —agregó el capitán—. Lo que puedo asegurar a usted, es que es una casa muy decente.

—Yo también he sabido —agregó una de las niñas— que ese baile va a estar muy bueno.

—¿Conque puedo decir al coronel que contamos con ustedes? —preguntó el capitán a la mamá.

—¿Qué coronel? —preguntó ésta a su vez.

—¡Cómo! Mi coronel, el que da el baile.

—¡Ah! ¿Conque es su coronel de usted?

—Sí, señora, y doña Bartolita, su mujer, les manda a ustedes un recado; que aunque no tiene el honor de conocerlas, pero que tendrá mucho gusto en que se sirvan honrar aquella casa.

—¿Ya lo ves, mamá? —dijo una de las niñas— hasta la señora nos manda invitar. Ésa es mucha bondad y no debemos desairarla.

—Naturalmente —agregó el capitán—. Yo conozco bien a su mamá de usted, que es una persona tan fina, y no sería capaz de un desaire semejante.

—Por de contado —dijo el novio.

La mamá de las niñas, muy cortada delante del capitán y pensando en que tal vez cometería una falta rehusando una invitación de esa clase, hizo un movimiento de aquiescencia.

El capitán y el novio se despidieron; y a las tres niñas se les acabó de secar el pelo.

Entretanto, Saldaña no descansaba. Era hombre que sabía tomar los negocios a pechos, y su prurito era ser servicial y comunicativo, y, sobre todo, se moría por tener negocios con personas de cierta importancia. Entró a Palacio y preguntó por el jefe de cierta oficina. Se le dio antesala como a otros muchos, pero él le hizo ver al portero que no era un pretendiente, sino un amigo íntimo del jefe, y sobre todo que el negocio que le llevaba allí era negocio de familia, enteramente personal. El portero llevó a Saldaña por otra puerta, habló con el que la cuidaba, y un minuto después Saldaña estaba delante de su personaje.

—¿Qué hay, Saldaña? —le dijo éste, llevándolo aparte, porque sabía que los negocios de Saldaña se debían tratar a media voz.

—Nada; que no se comprometa usted para el domingo.

—¿Qué tenemos? Todavía la güera porfiada…

—¡No, qué güera ni qué nada! Lo voy a llevar a usted a un bailecito.

—Hombre, con esas…

—No hay nada de eso. Un bailecito en casa del coronel… —y Saldaña dijo su nombre.

—No lo conozco. ¿Quiénes van?

—Yo cuento con toda la chorcha; van Miguelito y don Cruz y Acevedo.

—¡Ah! entonces…

—No, no sea usted malicioso. Van buenas muchachas, y eso es todo.

—¿Conocidas?

—Pues de conocidas, las Machucas.

—¡Ah!

—Y las tres hijas de la señora. Aquellas de la Alberca Pane.

—¿Cómo se llaman?

—Isaura, Rebeca y Natalia.

—¡Ah, sí! ¿Y va la de don Gabriel?

—Sí, y la de Camacho.

—¿De veras?

—Me lo acaba de decir.

—Entonces sí voy. ¿Dónde es la casa?

Saldaña escribió las señas con lápiz en un pedazo de carta, se lo dejó al jefe de la oficina y salió pavoneándose.

El papá de Matilde había llegado a su casa más temprano, esperando que Saldaña le diera cuenta de sus mil comisiones.

—¿Qué has hecho? —le preguntó doña Bartola.

—Pues mira, fui a comprar unos candelabros en la casa de Lohse.

—¿Más candelabros?

—Sí, mujer ¿no ves que faltan? Acuérdate que se trata de baile, y un baile… ya puedes figurarte, un baile…

—¿Bueno, y los compraste?

—Sí, de seis luces. Con sus mamaderas.

—¿Y dónde están?

—Los traerán esta tarde.

—Bueno ¿pero en cuanto a convidados?

—Yo también he hecho mis proezas. Figúrate que el dependiente de la casa de Lohse es un jovencito…

Matilde, que a la sazón tejía, levantó la cabeza.

—Un jovencito rubio —continuó el papá— tan amable, tan fino y tan… Vamos, un caballerito, y como me enseñó tantos candelabros y se molestó tanto, me pareció natural convidarlo.

—Hiciste muy bien, para que vean las gentes que uno no es egoísta. Sobre todo, el baile se hizo para los muchachos. Y quedaría agradecidísimo.

—¡Vaya! como unas pascuas; dice que le gusta mucho bailar y… es un jovencito decente y dice que te conoce y que conoce a Matilde…

—¿Quién es, niña? —preguntó doña Bartola.

—No sé, mamá; pero creo que se llama Carlos, es el que nos vendió los cubiertos y las charolas.

—¿Creerás que yo no me fijé?

—Ni yo tampoco —dijo Matilde disimulando— pero creo que ha de ser ese.

Puesto en práctica aquel procedimiento de convite, resultó que iba a ir al baile todo México. Saldaña llevaba a los suyos, quienes a su vez llevaban a las suyas, por lo que era natural suponer que allí iban a estar las de todos, cosa que iba a hacer aquél el baile más alegre del mundo. Doña Bartola tenía razón: para los bailes se necesita gente alegre. Aquella señora por quien lo había dicho, y que según Saldaña no tenía de alegre más que el que la tenía don Gabriel, era una señora de las más a propósito: primero, porque se vestía muy bien, y luego porque tenía dos hijas.

Esta señora no siempre había dado qué decir, ni se había vestido con tanto lujo como ahora, y todo ello dependía, según expresión de su marido, de las circunstancias.

Figúrense ustedes que el tal marido se había metido en camisa de once varas, y todo por compadecerse de cierta cliente a quien acabó por ponerle casa, y como la casa era cara, se desniveló el presupuesto, y aquí de los apuros, y luego que los negocios de la curia de curso ordinario son de por sí tan poco productivos, que el pobre curial empezó a verse entre la espada y la pared; y como, por otra parte, son tantas las tentaciones y tantos los diablos tentadores, el día menos pensado echó una firma ¡maldita firma aquella! ¿Van ustedes a creer que ella fue el origen de todo? Nada, que no hubo remedio: el curial manchó su honra inmaculada, echó una firma, se metió en un negocio turbio, como él decía, y esto, aunque por una parte le picaba la conciencia, por otra le proporcionaba muy buenos ratos, tan buenos que su mujer empezaba a sentir en el cuerpo al diablo de los celos. Pero hasta eso le salía bien, porque se volvió galante con su mujer, la regalaba y la obligaba a vestirse bien y hasta a pintarse: él mismo fue quien le llevó a su mujer la crema y el polvo y le dio la primera lección. ¡Qué bien salió! No tienen ustedes una idea de lo que ganó la mujer del curial con aquel polvo; parecía otra persona, porque ella no tenía malas facciones; pero como era trigueñita, casi no se echaba de ver que tenía muy buena pestaña y muy buena ceja, y labios un poquito volteados y de un color de granate que una vez en contraste con el bismuto, tomaban no sé qué aspecto provocativo. Vamos, era cosa que el mismo curial, con todo y llevar tantos años de casado, encontró algo de nuevo en su mujer. Y para que vean ustedes lo que son los hombres, el mismo don Gabriel, que era nada menos que compadre de la señora, y que la había tratado mucho y que nunca le había encontrado nada subversivo en la cara, el día del bismuto se la quedó viendo y sintió… sintió amor; sí, señor, amor que salía del polvo aquel calcáreo como Venus de las espumas del mar. Don Gabriel se sorprendió de sí mismo, y le retozaba a solas la idea de cómo no se había apercibido en tantos años de que su comadre tenía ciertos atractivos y… nada, el hombre pone y… van ustedes a creer que… ¡lo que son las coincidencias! A la sazón que don Gabriel desenterraba el amor bajo las capas geológicas de la cara de su comadre, el curial, quiere decir, su compadre, se encontraba precisamente al borde de un precipicio: el negocio aquel turbio que decía, se descompuso, y el pobre curial, que ya había probado las delicias del lujo y las de la infidelidad, estaba a punto de dar al traste con sus glorias nada menos que en la cárcel, y vean ustedes por qué decía que lo que son las coincidencias: el único que lo podía salvar de aquel precipicio era su compadre, el mismísimo don Gabriel.

A la consideración de ustedes dejo las consideraciones que el curial guardaría a su compadre, las que el compadre tendría por el curial, y sobre todo, las que el curial y el compadre le guardarían a la señora.

Según lo comprobaron los resultados eran estas tres personas consideradísimas; al grado que la señora, de quien puede decirse que entraba en su segunda juventud, nunca fue tan feliz; era más feliz que cuando era trigueña.

Desde que su tez tiraba a imitar el blanco germánico, la señora aquella se movía por distintos resortes, y como que obedecía a otros móviles, tanto que hasta había dejado de ir a misa con la puntualidad de antes, se había vuelto muy presumida, especialmente con respecto al calzado. Don Gabriel mismo, entre el sinnúmero de consideraciones que le guardaba, le llevaba en la bolsa frecuentemente un par de zapatitos de raso, bordados de colores, forrados de seda y tan pequeños que le causaba mucha risa a don Gabriel.

La señora anda por ahí por esas calles de Dios y del Ayuntamiento, enseñando sus piesecitos primorosamente calzados con zapatito bajo, porque a don Gabriel no le gustan las botas.

Es cierto que él se las ha puesto, pero no las de su comadre, sino esas botas del refrán que tan en boga han estado en estos últimos tiempos.

Don Gabriel, como habrá comprendido perfectamente el curioso lector, era rico, quiere decir, se había enriquecido en esta época bonancible porque acabamos de atravesar.

Don Gabriel se la había ido pasando así así mientras no tuvo roce con la cosa pública; pero una vez iniciado en ella, de pobre que era se convirtió en lo que se llama un «rico nuevo». En un dos por tres, don Gabriel contaba sus entradas por miles de pesos, le llovía el dinero por todas partes, era una verdadera bendición de Dios, y ahí lo tienen ustedes gastando sus billetes como un lord. ¡Qué casa la de don Gabriel! Nunca se había visto en México casa semejante: ¡qué escaleras! ¡qué patios! ¡qué corredores! ¡qué cortinas! ¡Oh! las cortinas eran de raso bordadas de oro, y el tapiz de los muebles de raso bordado de oro, y los almohadones de raso bordado de oro. Era cosa que las gentes andaban a caza de permisos para visitar aquella maravilla.

Díganme ustedes si siendo don Gabriel tan rico, no podría salvar al pobre curial de la catástrofe que le amenazaba; bastó que su comadre le hiciera una indicación, y aquello de la firma y mucho más que había entre papeles se arregló como quien barre y deja limpio, y una vez barrido, el curial rebosaba bienestar, su mujer rebosaba juventud, de la segunda, y don Gabriel rebosaba oro y satisfacción.

Aunque todo el mundo sabía que a la señora aquella la tenía don Gabriel, solían cubrir las apariencias. El curial lucía a su mujer los domingos, ella iba muy guapa, guapísima, con vestido chillante recargado de adornos y de sobrepuestos, haciendo contraste con el bueno del curial, quien, apegado a sus hábitos, no se cuidaba de que llevaba a la sazón el saco de casimir del país y los botines viejos, y este pardear del vestuario del marido contrastaba con el resplandor de su mujer, especialmente cuando les hería a los dos el mismo rayo de sol de mediodía.

En aquella ocasión, y con motivo del baile, Saldaña pensó en que la señora preferiría ir con don Gabriel y creyó, como ya hemos visto, muy diplomático y muy acertado no convidar al marido; pero he aquí que en el furor de convidar a todo el mundo, el curial había sido invitado por interpósita persona; de manera que aquella invitación por duplicado y que venía de polos opuestos, obligó doblemente a aquel terno de personas felices, quiere decir, al curial, a su mujer y a don Gabriel, y esto, como todo lo que le sucedía a la señora de poco tiempo a esta fecha, le salió bien, porque al hablarse del baile y de que iba a estar muy bueno, don Gabriel fue el que, con esa generosidad de que había dado tantas pruebas, se encargó de la toilette de las muchachas, las que a su vez se sintieron casi tan felices como su mamá.

En cuanto a las pollas Isaura, Rebeca y Natalia, los preparativos para el baile eran de muy distinto carácter, por aquello de que el hombre pobre todo es trazas. Isaura desbarató un vestido verde limón y compró en el Portal de las Flores unas cuantas varas de otro género verde gay tramadito de seda y unas cuantas varas de listón verde esperanza, con lo cual confeccionó un traje a verdes que no había más que pedir.

Rebeca sí pidió, porque una amiguita íntima la sacó del apuro, y en cuanto a Natalia, su misma mamá le hizo de una enagua manchada una chaqueta que, según sus hermanas, parecía la mera verdad.

La mamá ya se sabía que había de ir con su vestido negro de siempre, porque, como ella decía, a las viejas ya no les están bien las composturas ni los perendengues, y tenía razón, porque a la señora efectivamente no le sentaban bien las composturas. Con esto y con haberse puesto fea en fuerza de contratiempos, hambres y enfermedades, había acabado por formar el más perfecto contraste con sus hijas, que eran las primeras en imitar las últimas exageraciones de la moda.

III. De las Machucas y de otras parejas

Por todas partes se hablaba del baile de doña Bartolita, como le decían algunos, o del baile del coronel, como le decían otros; pero lo más general era entre los convidados, llamarle el baile de Saldaña, pues, como saben bien nuestros lectores, Saldaña era el que se había encargado de la concurrencia, entre otras cosas.

No desperdiciaba coyuntura para engrosar las filas: entraba a La Concordia y encontraba un general amigo suyo desayunándose.

—¡Buenos días, mi general!

—¿Qué hay, Saldaña, cómo va?

—Ya usted lo ve, mi general, haciendo por la vida —contestó Saldaña tomando asiento familiarmente al frente del general.

—¿Qué hay de nuevo?

—¡Hombre, mi general, hombre, qué ha de haber! ¡Un bailecito! Pero oiga usted, de lo que hay poco.

—¿Cómo es eso?

—Figúrese usted que yo lo estoy arreglando.

—¿Usted?

—Sí, mi general, estoy encargado de los vinos y de convidar.

—¡Ah! ¿Conque usted convida…?

—Sí, mi general, y lo convido a usted formalmente; calle de…

Y Saldaña dió las señas de la casa.

—¿Conque va a estar muy bueno, eh?

—Vaya; figúrese usted que van las Machucas…

—¿Van, eh?

—Vaya, las primeras.

—¿Y quiénes más?

—Pues oiga usted: van muy buenas muchachas. Van la de don Gabriel y la de Camacho.

—¿La delgadita aquella?…

—Sí, la de la cinturita y los piesecitos y los… en fin, la de Camacho. ¿Cómo no había yo de convidar a Camacho?

—Quiere decir, que será un bailecito en el que…

—Van muy buenas muchachas, mi general. No deje usted de ir.

—Pero ¿quién es el dueño de la casa?

—¡Ah! se me había olvidado. Pues el coronel del…

Y Saldaña mentó un regimiento.

—No falte usted, mi general, no falte usted; hay buenos vinos. Acabo de arreglar la factura con don Quintín Gutiérrez. Conque calle de… número… el sábado en la noche. Ya sabe usted que van las Machucas.

No sabemos por qué, pero aquel general pensó lo que muchas personas habían pensado al aceptar la invitación de Saldaña: el baile ha de estar bueno porque van las Machucas.

No había pagado aún el general el chocolate, cuando se acercó a hablarle un amigo suyo.

—¿Qué hay, general? Buenos días.

—¿Cómo va, Peña? ¿Cómo va?

—Nada, aquí me tiene usted muy contento.

—¿Se ha sacado usted la lotería?

—No, general; pero me acaban de convidar a un baile.

—¿Qué baile?

—Un baile muy bueno; figúrese usted que van las Machucas…

—¿Conque van las Machucas? —preguntó el general casi maquinalmente.

—Van las Machucas, sí, señor; van las Machucas, figúrese usted.

—Hombre, Perico —dijo un pollo a otro entrando a La Concordia— no dejes de ir el sábado al baile. Van las Machucas.

—¡Qué capaz que falte! Aunque sea cojeando…

El general y Peña se dirigieron una mirada de inteligencia.

—Por todas partes se oye hablar de este baile —dijo Peña.

—Y lo más notable es que a todo el mundo se le oye decir que el baile va a estar muy bueno porque van las Machucas.

—¿Quiénes son, por fin, esas Machucas tan mentadas?

—¡Cómo! ¿no conoce usted a las Machucas, general? Entonces no va usted al Zócalo, ni a las tandas, ni al circo ni a ninguna parte.

—Yo no digo que no las conozco, y mucho ¿quién no conoce a las Machucas? Pero no sé quiénes son.

—¡Ah, hombre! en cuanto a eso… En primer lugar le diré a usted que se visten muy bien. ¡Ah! eso sí ¡qué bien se visten!

—Ya lo he visto; pero…

—No, en cuanto a lujo, yo le aseguro a usted que…

—Bien; pero vamos a ver ¿de dónde les viene?

—Acabáramos, general. Ésa es cuestión de forrajes.

—Hombre, Peña, eso es muy misterioso.

—Nada de misterio. Todo el mundo lo sabe.

—¿Pero de quién dependen ellas?

—Pues dependen… ahora verá usted… porque Gumesinda la más chaparrita, la de los ojos…

—Sí, ya sé quién.

—Pues esa… esa no es verdaderamente Machuca; ella es Obando, o mejor dicho, Pérez del Villar, porque Obando ya se había separado de su mujer cuando…

—¡Bien! No tome usted las cosas tan lejos y convengamos, como ha convenido todo el mundo, en que las dos son Machucas, Dígame usted, sin rodeos, de quién dependen, quién las mantiene, quién…

—La mantención es lo de menos, porque Machuca, el pagador, ya sabe usted que es un lebrón de siete suelas.

—Conozco su historia; le dio una salvadota Tuxtepec…

—Y desde entonces —agregó Peña— ¡arriba! Ya sabe usted, esta es la época de los lebrones. En fin, «se armó», general, «se armó» y, como él dice, se preparó para la de secas.

—¿Y él es el que?…

—Le diré a usted; porque… ya sabrá usted que la otra, la verdadera hermana de Machuca… No Gumesinda sino Leonor, cuando tuvo su niña…

—¡Ah! ¿conque tuvo…?

—Sí, general, pues por eso se fueron al interior…

—Pues desde entonces, ya todas las cuentas de la modista no las paga Machuca.

—¡Ah!…

—Ya se explicará usted el prestigio de Machuca por allá arriba.

—¡Oh, sí, eso ya lo sabía!

—Ahora en cuanto a Gumesinda…

—No sólo Gumesinda, sino la otra, la chiquita, porque las Machucas son tres.

—Ésa tampoco es Machuca; porque bien visto viene a ser media hermana de la otra; y de ésta sí, francamente, no sé el apellido, aunque tengo mis sospechas…

—Bueno; es suficiente —dijo el general, y despidiéndose de Peña salió de La Concordia, no sin proponerse no faltar al baile del coronel, entre otras cosas por ver de cerca a las Machucas.

Aunque la fama de las Machucas era universal, no sucedía lo mismo con Machuca. A ése lo conocían en la oficina, en la Tesorería y en algunas partes; pero no era muy dado a exhibirse; tanto que, para obrar él con más libertad, dejaba hacer a sus hermanas; y éstas, como era natural, hacían y hasta deshacían; cosa que les venía perfectamente, con especialidad cuando solían hacer algo bueno.

Las Machucas habían sido muy pobres, pobrísimas, tanto que Saldaña, que conoce a todo México, suele decir, cuando le piden datos acerca de ellas, que las conoció «descalcitas».

Efectivamente, las Machucas no pudieron nunca imaginarse que llegarían al apogeo en que hoy se encuentran; todo debido a lo truchimán y buscón que ha sido su hermano, capaz, según ellas, de sacar dinero hasta de las piedras; tanto, que hay quien cree que es uno de los que tienen la contrata de adoquines para las calles de Plateros.

Las Machucas tenían todas las apariencias, especialmente la apariencia del lujo, que era su pasión dominante; tenían la apariencia de la raza caucásica siempre que llevaban guantes, porque cuando se los quitaban, aparecían las manos de la Malinche en el busto de Ninón de Lenclós; tenían la apariencia de la distinción cuando no hablaban, porque la sin hueso, haciéndoles la más negra de las traiciones, hacía recordar al curioso observador la palabra «descalcitas» de que se valía Saldaña; y tenían por último la apariencia de la hermosura, de noche o en la calle, porque en la mañana y dentro de casa, no pasaban las Machucas de ser unas trigueñitas un poco despercudidas y nada más.

Decíamos que cuando hablan se dejan ver la hilaza; y es lo más natural, porque la pulcritud en el lenguaje no es un artículo de comercio como el raso maravilloso.

Observémoslas al lado de uno de sus amigos de confianza, paisano suyo, y con quien, según ellas decían, no tenían nada que perder porque se habían criado juntos.

Entraba el tal amigo por las recámaras como Pedro por su casa, hasta que encontraba a las muchachas.

—¿Qué haces, Gumesinda?

—Nada, hombre, ya lo ves, peinándome.

—¿Te bañaste?

—¡Caray, hombre, qué preguntón eres!

—No te enojes. ¿Estás de mal humor?

—Acabo de hacer una «muina».

En lo general, las Machucas eran violentas de genio; y todas tres, sin distinción, usaban la palabra «hombre» a guisa de interjección, así hablaran con un barbudo o con una niña. La palabra «caray», que aprendieron desde que las conoció Saldaña, era otro de los rasgos característicos de su estilo oratorio.

Una de las razones que había para que las Machucas fueran muy conocidas y muy mentadas, era que Machuca, que se envanecía de ser un liberal completo, había establecido en su casa, aunque no intencionalmente, la libertad de conciencia y la libertad de reunión.

Las visitas y las Machucas se encargaban de establecer las demás libertades.

Una vez establecido este sistema democrático, a las Machucas no les faltaba a la semana tamalada, baile o excursión en que divertirse; porque así estaban listas para ir a un día de campo, como a un casamiento, sin pararse en quién era el anfitrión, ni en quiénes eran los novios.

Visitaban a las Machucas muchos hombres y casi ninguna señora. Confesaban ellas mismas que, para tratar con señoras, se necesita mucho cuidado y muchos cumplimientos, a que ellas no estaban acostumbradas.

Machuca estaba en este punto de acuerdo con sus hermanas.

Una de las visitas de las Machucas era un señor un poco entrado en años, de bigote y pelo gris claro, ojos claros y aspecto inofensivo; era un señor rico, según fama, que sabía hacer negocios sin ser abogado; vivía de corretajes, de cambalaches y combinaciones, y era afortunado.

Tenía una cosa, y casi no se puede decir en castellano, porque no daría una idea exacta de lo que tenía aquel señor, y se necesita decirlo en latín. Tenía, en fin, coram vobis, que es una de las cosas muy útiles de tener en México para hacer letra.

Su aspecto era casi seráfico o, como dice el vulgo, parecía que no sabía quebrar un plato; se reía poco, sus movimientos eran pausados, y le quedaban en la fisonomía algunos rasgos de lo que hacía veinte años le había hecho aparecer como un buen mozo.

Y todo este preámbulo viene a propósito de que el tal señor era de lo más enamorado que se ha conocido. Era en toda la extensión de la palabra un enamorado de profesión; era de esas gentes que vienen al mundo con una misión esencialmente erótica, y llegan hasta a ser víctimas de la filoginia, especie de enfermedad incurable como la lesión orgánica.

Tenía este señor mujer e hijas; pero como si no las tuviera, porque, a consecuencia de sus alegrías y sus infidelidades, estaba separado de su primera familia hacía años. En cambio tenía otra familia que él se había proporcionado, cediendo a sus irresistibles tendencias matrimoniales, y esta nueva familia le costaba un ojo; lo cual no era un obstáculo para sostener hasta tres casas más, en cada una de las cuales iba a saborear a pequeños sorbos y por turno las delicias de la paternidad.

Era tan afecto a la baratija llamada mujer, que a pesar de todas aquellas satisfacciones tomaba la que le ofrecían, como los fumadores, por no decir que no, y sin embargo, aquel señor a quien todo el mundo le llamaba «ojo alegre» no tenía nada de risueño ¡qué había de tener! Era, por el contrario, adusto y reservado, lo cual no le impedía, por lo visto, ejercer su oficio con una constancia y una asiduidad de relojero.

Mantenía un ejército permanente de señoras que pertenecían a él, y aún le quedaba tiempo para comer algunas veces en la fonda algunos platillos à la carte.

Este señor visitaba a las Machucas, y su presencia en aquella casa alarmaba a los demás visitantes, como en un gallinero alarma a los pollos un gallo de espolón.

No querríamos darle un nombre por temor de que vaya a parecerse a alguno, y nos achaquen la mala intención de hacer retratos en vez de presentar tipos, faltando así a las leyes de la novela; pero como es preciso distinguirlo con algún nombre para no confundirlo con cualquiera de nuestros personajes, le daremos un nombre que no pueda tener nada de común con el de algunas personas que pudieran parecérsele, y le llamaremos a secas don Manuel.

Cuando entraba don Manuel en casa de las Machucas, algunos pollos bajaban la voz, otros se iban, y otros hacían un gesto; pero siempre hacía cambiar el curso de la conversación, al grado que las niñas decían «caray» menos ocasiones o casi ninguna.

Otra de las cosas a que eran muy afectas las Machucas era a jugar. ¡Vean ustedes qué rareza! Pero se morían por los albures, y esto con un candor y una ingenuidad admirables. De manera que en la feria de Tacubaya y otras, se las veía entrar al garito con la misma naturalidad y desparpajo con que entrarían al circo, y era que jamás les había pasado por las mientes que el juego de azar es denigrante. Como estas muchachas habían sido pobres, y además cada una tenía una mamá distinta, y cada una de estas mamás una historia más o menos complicada y vergonzosa, habían ido creciendo como habían podido, como crecen esas hierbas silvestres a pesar de tener encima una piedra del camino; crecían en razón del tiempo y de la atmósfera, de la humedad y de la ley de los organismos.

No habían tenido nunca nada; pero habían comido siempre, y siempre se habían cubierto con ropas, más o menos pobres; pero, en fin, se les podía ver o, mejor dicho, no se les podía ver su desnudez. El caso es que habían llegado a la adolescencia sin saber cómo, y hasta sin querer recordarlo; y hoy, que entran al mundo por una puerta fácil, se dejan llevar de los acontecimientos, sin aprensión y sin escrúpulos, y son felices, con la felicidad ciega del que no se para en preguntar el por qué de las cosas.

Tenían vestidos de seda y alhajas, sin pensar en que tales atavíos eran el precio de la deshonra de su hermano. Se complacían en ser solicitadas, sin pensar que eran aquellas las solicitudes del buitre que busca la carne descompuesta; y jugaban albures para probar ese contraste de emociones de perder y ganar, sin pensar ni en lo oprobioso del entretenimiento ni en que alrededor del tapete verde se ponían a la altura de las mujeres públicas que las codeaban, y de los tahures, especie de excomulgados sociales, relegados por la moral fuera de la comunión de las personas honorables.

Las Machucas perdían el dinero de su hermano y su propia reputación en Tacubaya, y volvían a su casa rebosando felicidad, y tan quitadas de la pena que nadie las hubiera podido persuadir de que debían avergonzarse de su conducta. ¡Pobres Machucas! ¡Como ellas hay actualmente tantas jóvenes llevadas al garito por este torrente de desmoralización que condena a nuestra sociedad a la depravación de todas las costumbres!

IV. De cómo entre otras cosas se preparaban para el baile del coronel las niñas de la Alberca Pane

Confeccionado el vestido a verdes de Isaura, y convertida la falda aquella en chaqueta de Natalia, faltaban todavía algunos adminículos indispensables, destinados nada menos que a corregir o, mejor dicho, a torcer y exagerar las líneas de la madre naturaleza.

Aquellas niñas habían observado con ese ojo perspicaz de la polla a la moda, que las mujeres deben ostentar hoy una curva saliente en la región del coxis, ni más ni menos que si se tratara de un absceso, de un fibroide imposible o de una jiba de dromedario; y no hay que preguntar el por qué de esa protuberancia. La moda tiene sus exigencias a que obedecen así las muchachas enhiestas como las cargaditas de hombros.

París se encarga de la corrección de líneas, de abultar, de ahuecar y de perfilar a la mujer para alejarla cada día más del tipo de nuestra primera madre en el paraíso; y si los hombros de aquella señora y de las que le sucedieron fueron escultóricos en el sentido de su redondez, hoy las hijas de Eva lo usan todo puntiagudo y anguloso, para probar que la línea de la belleza no es la curva, y se ponen zapatos de punta de lápiz y se colocan en los hombros otras prominencias que recuerdan una uña que los murciélagos tienen en la segunda articulación de las alas.

Las niñas aquellas que, como hemos dicho, eran pobres, habían agotado el presupuesto de ingresos maternos, saliendo, como la guarnición, con veinticinco días en el mes, y no había modo de comprar una de esas jaulas de varas y cintas que venden en La Primavera para abultar a las señoras. Pero Isaura era mujer de recursos y no se había de parar en tan poca cosa para no improvisar la susodicha jaula.

Tomó a su hermana Rebeca y probó a acomodarle una canastita. Natalia opinó por un tompeate, dando muy buenas razones respecto a su flexibilidad y menor peso. Y la mamá, que no pudo menos que aplaudir el ingenio de las muchachas, vino cargando varios objetos propios para abultar.

—¡No, mamá! —exclamó Natalia contrariada—. ¡Cómo vamos a ponernos jaulas de alambre ni cajoncitos de puros!

—¡Para abultar!… —dijo la mamá— al fin no se ve.

—¡Pero se puede tentar! Y la dureza…

—Pues… y la forma… —dijo Rebeca— eso debe ser blando, flexible, pues…, así como si fuera de ballenas.

—Quiere decir, un verdadero polisón.

—Sí, como los que venden en La Sorpresa y Primavera Unidas a veinte reales.

Todo esto lo decía Rebeca con su canasta colocada en el sitio a propósito.

—¡Tocan!

—¡Ave María Purísima!

—¡Cierren! Que no estamos en casa.

—¡Quién será!

—¡Sea quien fuere, no abran!

—Yo no me puedo quitar la canasta. ¡Se ha hecho nudo! —dijo Rebeca.

—¡Escondan la jaula!

—¡Y esos tompeates!…

—¡Ya van!

—¡Siguen tocando!

—¡Será persona de confianza!…

—¡No le hace!

—¡Está abierto!

—¡Ay, Jesús!…

Pío Cenizo, uno de los novios de las niñas, acababa de entrar.

Apenas saludó, notó que allí pasaba algo extraordinario. Isaura estaba pálida, Rebeca muda, Natalia temblando y la señora turbada.

—¿Qué ha sucedido? —exclamó Pío—. ¿Alguna desgracia?

Nadie podía contestar, y Pío paseaba sus miradas por todas partes.

—¿Se ha ido algún pájaro? —preguntó viendo la jaula.

—Sí, mi canario —dijo Natalia, encontrando una salida.

—¡Qué lástima! —dijo Pío—. ¿Y cantaba?

—Era un primor.

—¡Y cómo se fue a ir ese pícaro! —dijo examinando la jaula.

—¡Ah, acabáramos! Le faltan cuatro alambres. Por aquí cabe un zopilote. ¡Con razón se fue!…

Las niñas rompieron a reír, y Rebeca pudo escaparse andando para atrás porque no había podido desprenderse la canasta.

—¿Y tantas canastitas? —preguntó Pío—. Supongo que pretenderían ustedes coger al prófugo.

—Eso es —dijo la mamá— íbamos a ponerle una trampa.

—Para trampas, aquí estoy yo —dijo Cenizo— voy a cogerlo. ¿Estará en la azotea?

—Allá está cantando, óigalo usted —dijo la mamá.

—¡Allá voy!

Y Pío Cenizo salió de la sala para dirigirse a la azotea.

Los preparativos en la casa de la señora del curial eran de muy distinto género. Las dos niñas habían recibido dos magníficos vestidos de raso confeccionados por una modista de primer orden. Era un valiosísimo obsequio de don Gabriel, que deslumbró al curial y a su mujer; y no sólo los deslumbró, sino los dejó sin habla, porque la señora al ver a don Gabriel, apenas pudo articular estas palabras:

—¿Pero para qué se mete usted en esos… vestidos?

El curial no pudo articular ni siquiera esa frase, encontrando bien pronto disculpa a su descortesía en aquello de que el silencio es lo más elocuente.

En cuanto a Saldaña, que no había pensado en otra cosa más que en el baile hacía muchos días, lo había tomado más a pechos que los demás; no sólo porque Saldaña tomaba así todas las cosas, sino porque él mismo se sentía, más que nunca, dispuesto a devorar los placeres del baile, y muy especialmente los de aquel baile, que casi era suyo: él lo había hecho todo, era su creación, su obra, y se proponía gozar para indemnizarse de todas las molestias que se había tomado. La idea de bailar y lucirse lo indujo a verse en un espejo. Aquel saquito del diario estaba muy corto, muy claro y muy raído. ¡Cómo se iba a presentar en el baile con aquella facha!

Pero para Saldaña no había dificultades; del arreglo de los licores, de los alquileres y de todo lo que había tenido que manejar, le quedaba un pico que con toda conciencia él llamaba «busca legal», fundado en que el artículo 5.º de la Constitución prohibe imponer trabajo o servicio personal sin la justa retribución.

Armado con este principio constitucional, se fue en derechura a la casa de un sastre rinconero amigo suyo, y muy su amigo, que era nada menos que el Saldaña de los sastres, porque sacaba partido de toda la ropa vieja, y de los faldones de una levita sacaba un chaleco, y de un saco de codos rotos sacaba uno nuevo para niño; y era, en fin, una especialidad para transformaciones.

—¿Qué hay, don Teodoro?

—¿Qué hay, Saldaña? ¿Qué tenemos?

—Nada, un bailecito.

—Ya he sabido: el baile que le dicen de las Machucas.

—No ¡qué Machucas! Le dirán el baile de Saldaña, porque yo lo estoy preparando.

—Es natural, y va a estar muy bueno, según dicen.

—Tanto que le necesito a usted, don Teodoro.

—Vamos a ver en qué puedo…

—Una levita.

—¿Negra?

—Por supuesto, hombre; ¡negra, para baile!

—Aquí tengo una forrada de seda, una pieza magnífica y una verdadera ganga. Era del diputado…

—¡Ah, ya sé la historia! Se la voy a contar a usted, don Teodoro. Ésta es la levita nueva que llevaba el diputado hace seis meses el día del banquete en el Tivolí de San Cosme, en donde, como sabe usted, por una cuestión de faldas se agarró con el licenciadito. No se lastimaron, pero la levita sacó un rasgón y un chorro de consomé. El diputado, al llegar a su casa todavía con la turca, le regaló la levita a su criado.

—¡Llévate eso lejos de aquí! ¡Qué no vuelva yo a ver esa levita!

—Eso es, y el criado la vino a vender. Véala usted ahora; búsquele usted el rasgón y el consomé.

—¡Enteramente nueva! —exclamó Saldaña—. Y también le daría usted al criado un par de pesos por ella.

—¡Ah, qué usted! Le he dado cinco para poder venderla en quince.

—¡Quince pesos por el repelo!

—Enteramente nueva.

—Doy ocho.

—Muy buen dinero, pero vale quince.

Después de mucho hablar, Saldaña se quedó con la levita por nueve pesos.

En seguida buscó a su zapatero, el que bacía botines de charol a tres pesos y medio; compró corbata, limpió unos pantalones y echó en bencina un par de guantes que le habían acompañado seis años, porque sólo se los había puesto en las ocasiones solemnes, que habían sido pocas.

—¡Espléndido! —exclamó Saldaña, probándose a solas la levita— voy a estar hecho un potentado. Voy a dar golpe. Lo único que me falta es una buena cadena para mi reloj de níquel… Se proveerá, Saldaña, se proveerá… —dijo Saldaña, dándose golpecitos en la frente—. ¡Y ahora que me acuerdo! ¡Mi pobre Lupe! ¡La madre de mis criaturas, a quien con esto del baile no le he llevado el diario hace tres días! ¡Dejarla sin gasto! ¡Nada! Ya habrá empeñado la pobrecita… Sobre la marcha a ver a Lupe.

Lupe, como la había clasificado Saldaña, no era su mujer, ni siquiera su querida en servicio activo; porque, según Saldaña, pertenecía al Depósito, era exactamente la madre de sus criaturitas. En cambio Lupe le llamaba a Saldaña, en ausencia, el padre de mis criaturitas. Con esto está dicho cómo aquella unión provisional no tenía más lazos morales que las tales criaturitas.

Pero Saldaña, al pensar que había dejado sin gasto a su Lupe, tuvo un arranque de amor retrospectivo, y sintió el vehemente deseo de hacer partícipe a la madre de sus criaturitas de los placeres de aquel baile, en que él se proponía ser completamente feliz.

—Buenos días, Lupe —la dijo entrando—. ¿Adónde están mis pelones? ¡Acá la guardia! Vengan acá, muchachos.

Y se subió un chiquitín en cada rodilla.

Lupe meneaba el arroz que contenía una cazuela, y volvía la cara para ver a Saldaña.

—¿Has estado enfermo?

—No, mi vida, ocupado, horriblemente ocupado. ¿Y tú?

—Yo, con las punzadas.

—¿No te has curado?

—No.

—Mira, mujer, lo que tú necesitas es darte un alegrón.

—¿Cómo es eso?

—Voy a decirte. ¿Ya sabes del baile?

—Anoche hablaban de un baile en la vecindad, y como te mentaron a ti, puse cuidado.

—¡Ah! Bueno, pues ya sabes cómo arreglo yo las cosas; el baile lo hago yo… quiere decir, no lo costeo; eso no; pero lo hago y va a estar espléndido.

—Eso dicen.

—Y se me ha metido entre ceja y ceja…

—¿Qué?

—Llevarte.

—¿Estás loco?

—No, mujer; tengo ganas de echar una danza contigo como… ya sabes, como las que bailábamos…

—Sí; pero eso era entonces —dijo Lupe suspirando.

—Y ahora, sí señor, y ahora ¿por qué no? Mira, para que nos podamos entender, hoy como contigo —dijo bajando a los muchachos de sus rodillas—. ¿Qué tienes de comer? —preguntó acercándose al brasero.

—Nada más que arroz.

—No; pues hoy es día de fiesta, voy a proveer —dijo pasando su mano huesosa por la pálida mejilla de Lupe, y salió a la calle.

Lupe no había dejado de mover el arroz y ya se quemaba, cuando, volviendo ella de su sorpresa, acertó a ponerle agua. Se desprendió de la cazuela ese vapor impregnado de esencia de cebolla que, difundiéndose por toda la pieza, fue a despertar el apetito de las criaturas, quienes pidieron su sopa a dúo.

Al cabo de algunos minutos se presentó de nuevo Saldaña, seguido de un muchacho que cargaba unas cazuelas, pan, tortillas y una tina con pulque.

—Mira, mujer —exclamó Saldaña descubriendo las cazuelas—. ¡Mole de guajolote, enchiladas y frijoles con sus tortillas y su pulque correspondiente!

Las criaturitas se acercaron al mandadero, empinándose para oler aquello, y por la fisonomía de Lupe atravesó como un reflejo de alegría gastronómica que contrastó con las sombras de su habitual tristeza.

Sobre las desiguales vigas del cuarto, logró Saldaña acomodar una mesita de palo blanco, y sirvieron de asiento un baúl para los niños, y las dos únicas sillas del menaje.

Saldaña explicó a Lupe durante el almuerzo, y entre una y otra libación de San Bartolo, cómo estaba en posición de llevar al día siguiente un vestido de baile, abanico y todo lo que pudiera necesitarse para que aquella pobre mujer luciera, al menos por una noche, el papel de persona acomodada; y como no era la primera vez que Saldaña tenía de aquellas fantasías, Lupe oía resignada, y se manifestaba bien dispuesta a la transformación.

En efecto, al día siguiente Saldaña entraba a un bazar y empeño de un español, amigo suyo, a quien llamó hacia un extremo del mostrador.

—Oiga usted, don Sotero, podemos salir del vestido azul —díjole sacando una gran cartera atestada de papeles de todas dimensiones—. Aquí tiene usted el boleto. Si les gusta darán hasta catorce pesos.

—No, hombre, el patrón ha dicho que una onza es lo menos.

—Yo creo que bajará dos pesos.

—No lo crea usted, Saldaña; es lo menos.

—Bueno, pues lo llevaré para probar sacar los otros dos.

El dependiente buscó entre algunos bultos que le eran familiares uno que entregó a Saldaña.

Entretanto éste había sacado otro boleto y dijo al dependiente:

—Por el abanico dan cinco.

—Seis lo menos.

—Bueno; pues también lo llevo por ver si saco el otro. Conque por todo, veintidós… Y lo había ajustado en diez y nueve, pero vamos a ver. Hasta luego, don Sotero.

—Abur, Saldaña.

Hizo todavía éste algunos preparativos para aperar a Lupe, y cuando creyó que nada faltaba se dirigió a la casa de sus criaturitas.

Hubo necesidad de coger varias costuras del talle y cortar algo, que Saldaña estaba bien seguro no sería notado por don Solero, a quien, como se habrá comprendido, habían de volver al día siguiente el vestido azul y el abanico, so pretexto de la diferencia de tres pesos en el precio.

Quedó, pues, resuelto que Lupe iría al baile. Era aquella una transformación que asombraba al mismo Saldaña, quien, contentísimo de su hazaña, se decía a sí mismo:

—¡Magnífico! Esto se llama entenderlo. ¿Por qué no había yo de llevar a esa pobre mujer? Bastante lo merece por su resignación y su prudencia de tantos años. Ella, la pobrecita, sin goces de ninguna clase, sólo dos veces ha ido a los títeres para llevar a mis criaturas. ¡Y pensar en que yo le robé todas sus comodidades y le quité su novio y… en fin, la hice la madre de mis criaturas!… ¡Nada! Es preciso que baile, que se divierta… que… A las criaturitas las dejamos bien cuidadas en la vecindad. A Lupe la llevará un amigo de confianza, quien quedará bastante indemnizado de la molestia con el placer de ser de los nuestros, y una vez en la sala ¡quién diablos va a averiguar que Lupe es… es la madre de mis criaturitas!

Por todas partes se hacían preparativos para el baile o, mejor dicho, se hacían ni más ni menos los preparativos que se hacen para todos los bailes; pero que presentados sin cohesión como a la presente, pasan desapercibidos; y un autor de novelas tiene entre otros el derecho de meterse a su capricho en la casa de todos sus personajes, con la piadosa intención de publicar sus poridades.

Metámonos otra vez, pues, en casa de las Machucas, pues no hemos de dejar de analizar ninguna de las particularidades que las rodean. Las Machucas, entre otras muchas de sus cualidades negativas, tenían la especialidad de bailar muy bien la danza habanera, tanto que la víspera del baile, ya cada una tenía comprometidas más danzas de las que podían bailarse en una noche. Y decimos que bailar bien la danza es una cualidad negativa, por razones que si el curioso lector tiene paciencia, oirá de nuestra boca.

En la perpetua lucha que la moral sostiene contra el vicio en todas las sociedades, sucede que el incremento de las malas costumbres se efectúa por medio de transacciones preparadas por la hipocresía.

La hipocresía es una especie de agente de negocios del vicio. Toma una fiesta religiosa para atribuirle toda la responsabilidad del ultraje a la moral, y combina la fiesta de la Candelaria con la libre instalación del garito y del carcamán.

Y «esas señoras», otras señoras, y ciertas señoras, juegan juntas a los albures el precio de la hermosura, el dinero del marido y el pan de sus hijos.

La transacción se verifica sin más condiciones que la de ser transitoria y un poco lejos del centro; como transige la buena educación con un esputador de profesión o con un enfisematoso, siempre que éste escupa, no en medio de la sala, sino en un rincón y en la escupidera.

De manera que siendo en Tacubaya y por pocas semanas, hay señoras para quienes lo infamante y lo inmoral del garito es parvedad de materia.

He aquí otra transacción. La hipocresía cree muy justo despedirse de los placeres de la carne ante la terrible perspectiva de cuarenta días de abstinencia, e inventa el carnaval. Mientras en México las mujeres públicas fueron «descalcitas», como habían sido las Machucas cuando las conoció Saldaña, los bailes de máscara eran, sin distinción, para las clases acomodadas de la sociedad; pero cuando el lujo y la prostitución se dieron la mano, los bailes de máscara se componen de «esas señoras» y del sexo feo, el cual aprovecha esa ocasión anual para darles gusto a ellas sin aprensión ni reticencia.

Llegamos al fin a la transacción por que empezamos: a la danza habanera.

Los pobres esclavos de Cuba, tostados por el sol, rajados por el látigo y embrutecidos por la abyección, despiertan algún día al eco de la música, como despiertan las víboras adormecidas debajo de una piedra.

En la vida del salvaje y del esclavo, el placer es esencialmente genésico, por la misma razón fisiológica que en el animal lo determina sólo en un período de su vida. De manera que en el esclavo y en el animal, no hay placer sin lascivia, y siendo el baile la expresión del placer, el baile del esclavo no puede ser más que libidinoso.

El esclavo está en su derecho de bailar así bajo su sol ardiente, como lo está el león de rugir en el desierto tras de la leona.

Coincidiendo con estos rugidos y con estos bailes, vino el cansancio del minuet y de las cuadrillas bajo el sol tropical; y la hipocresía encontró la ocasión de hacer un baile para introducir una novedad.

Las niñas estaban con los ojos vendados y no entendían nada en materia de rugidos de león, ni de danzas de negros, y encontraron en realidad inocente y nuevo lo de llevar el compás con la manita y con los pies, y bailaron la danza habanera delante del papá.

Y todos los papás, hasta sin la intervención de la hipocresía, le extendieron a la danza de los negros su patente de sanidad para los salones.

Y se verificó sin remedio otra transacción de la moral con las malas costumbres.

Después de las anteriores reflexiones, y conocidos los antecedentes, no nos queda más para realzar las cualidades de algunos de nuestros personajes, que repetir lo que todo el mundo dice, a saber: Las Machucas bailan muy bien la danza habanera.

V. Que trata de lo que hizo con su virtud una señora invitada al baile de Saldaña

Acababa de cambiar de casa por aquellos días una familia, que según todas las apariencias había sufrido un descalabro en su fortuna.

Era una señora bajita de cuerpo, oscurita de color, de manos largas y huesosas y de maneras poco refinadas, una señorita muy elegante y un niño como de doce años. Nadie hubiera podido creer que la señora aquella era la madre de la señorita elegante, porque había tan sustanciales diferencias entre una y otra, que parecía imposible la transformación de una hija procedente de madre de tan baja estirpe. En efecto, la mamá era ordinaria y la niña pulcra; la madre desaseada y vulgar, y la niña elegante y bien educada; y si hubiésemos de penetrar en los resultados morales de estas divergencias, encontraríamos que la madre y la hija no se profesaban cariño.

Entre las graciosas ingenuidades de aquella señorita espiritual, solían aplaudirle sus amigos frases como ésta:

—¡No hay cosa peor en el mundo que las madres!

Siempre estaban en pugna; siempre se le oía decir a la hija: «¡Ah, qué mamá!» con un acento que variaba en su diapasón, desde las notas del desprecio hasta las de la ira, y era que todo, figura, carácter y educación, eran disímbolos entre madre e hija.

La señora, que tuvo en sus tiempos muy buenos ojos y cierto «chisgo» nacional, un tanto provocativo, tropezó el día menos pensado con uno de esos Tenorios despreocupados, para quienes cada etapa de su vida está marcada con una aventura amorosa. Una corta residencia en Orizaba, una tamalada y un aguacero trajeron al mundo a Enriqueta, a la hija de aquella señora, para quien su propia desgracia se había convertido desde entonces en su modus vivendi.

En efecto, desde que tuvo a Enriqueta la señora aquella, no tuvo por qué apurarse, porque el papá de la niña la quiso mucho desde que nació, y además era un señor acomodado y que tenía necesidad de cubrir las apariencias y evitar escándalos.

He aquí por qué medio podría explicarse el curioso lector la diferencia sustancial del color de la tez de la señora, de Enriqueta y del niño de doce años, que también era subido de tueste como su mamá.

Estas niñas que tienen papás ricos y mamás pobres, que salen de la peor ralea por el lado materno, y entran al mundo por la brecha de una calaverada de rico, suelen flotar entre dos aguas hasta que se ahogan en el fango.

El diablo del lujo es por lo general quien se encarga de la zambullida desastrosa.

Ya Enriqueta tenía diez y nueve años, había estado en buenos colegios, y tenía amiguitas aristócratas. Es cierto que en los colegios, por buenos que habían sido, no había aprendido gran cosa, pero en cambio, Enriqueta se sabía vestir y nada la contrariaba tanto como no estrenar un vestido o no calzarse las botas más caras de la tienda. La mamá la acompañaba a todas partes y caminaba casi detrás de ella. Enriqueta era delgadita, enhiesta y garbosa, y llevaba siempre los sombreros más raros que encontraba en las tiendas de modas; la mamá usaba un velito negro, un tapalito negro, o un abrigo de merino con escasos abalorios para los días grandes.

El papá de Enriqueta había subvenido a las necesidades de aquel jirón de su familia mientras se lo habían permitido las circunstancias; pero las cosas empezaron a ponerse malas el día menos pensado, y la mamá comenzó a pasar con Enriqueta la pena negra; tanto más, cuanto que a la niña no le había faltado nunca nada.

Afortunadamente, según decía la mamá, el equipaje de Enriqueta estaba bien provisto y podía resistir por algún tiempo a la de malas.

Así sucedió, en efecto. No se habían pasado muchas semanas, cuando Enriqueta, después de una larga conversación con su mamá sobre el partido que debían tomar, se asomó a la ventana. Enriqueta estaba triste, y se le echaba de ver. ¡Cómo no! Si sus botitas estaban raídas, y su mamá no le había podido dar para otras. Por otra parte, de la conversación había resultado esto: que Enriqueta no sabía hacer nada, y además no había nacido para trabajar, y que la mamá, aunque cosía, que era lo único que sabía hacer, el producto de la costura no alcanzaría ni para comer. Todas estas eran verdades terribles que se presentaban en toda su deforme desnudez.

La mamá comprendió que su hija haría todo, menos trabajar para mantenerse, y de todas estas reflexiones no se consolaba Enriqueta con otra cosa que con asomarse a la ventana.

Esta ventana, única de una vivienda baja, era la de una casa pequeña, pero con vista a la Avenida Juárez, tan concurrida, especialmente por las tardes.

A los pocos días de asomarse Enriqueta a su ventana, en busca de… aire, puesto que el aire es tan necesario para vivir, ya tenía cuatro osos; la elección era difícil, especialmente cuando el novio que Enriqueta había de elegir debía, reunir muchas condiciones.

Una tarde, antes de que Enriqueta acabara de vestirse para salir a la ventana, tocaron la puerta. Era una señora grande, vestida de negro, y con la cabeza cubierta con un tápalo.

Abrió la mamá de Enriqueta.

—Muy buenas tardes ¿cómo está usted, señora? ¿Cómo va de…?

—Pase usted —dijo la mamá para no ser menos atenta.

—Muchas gracias, muchas gracias —dijo entrando la recién venida—. ¡Qué dice usted, qué calor, mi’alma! Yo vengo sofocándome. ¡Como vengo desde tan lejos! ¿Usted fuma? Fume usted de éstos, son de los Aztecas, de papel de hoja de maíz para señora, que son los mejores, sobre todo, para el pecho, porque con esta tos que padezco… ¡Qué quiere usted! Las viejas ya no servimos para nada.

Entretanto la mamá había tomado y destorcido uno de los Aztecas. La recién venida sacó cerillos y ofreció la lumbre a la mamá.

—Encienda usted, mi’alma, encienda usted. Las dos podemos…

—Gracias.

—No hay por qué darlas. ¿No es verdad que son muy suaves estos cigarros? ¿Usted de cuáles fuma?

—Suelo fumar de éstos; pero ahora…

—Tome usted esa cajetilla. Yo traigo dos, y sobre todo, yo que voy a la calle, compro por ahí… tome usted la cajetilla.

—Pero…

—El obsequio es bien pobre, bien lo conozco, pero hágame usted la gracia de tomarla.

—Pues muchas gracias.

—Conque se trata… —dijo la vieja— porque ha de estar usted en que esta vivienda no debía haberse alquilado; quiere decir, usted no tiene la culpa, no, mi’alma, y Dios me libre de… Pero la vivienda estaba pagada por seis meses más, figúrese usted.

—¡Cómo! ¿esta vivienda?…

—Sí, la misma.

—Yo acabo de pagar la renta adelantada.

—En eso está la picardía. Si estos caseros son unos caribes, y por sacar dinero son capaces… pero no, mi’alma, que no la hagan a usted «guaje», y si usted se impone de lo que pasa… Porque, por supuesto, usted conoce a la persona que paga esta vivienda.

—No, yo no…

—¡Cómo! ¿no conoce usted a Manuelito?

—Manuelito…

—Sí, Manuelito, así le digo yo. Figúrese usted, después de tantos años que lo trato. No le pintaba el bozo cuando… Pues sí, Manuelito, don Manuel que le dicen, que ha sido muy buen mozo, y oiga usted, mi’alma, franco… como no he visto otro. Eso sí, se puede tener tratos con él… todo un caballero… Y oiga usted, podrido en pesos, porque eso sí, lujo el de Manuelito, y de pies a cabeza, no lujo de ese que se ve nada más… ¡Y qué mesa!… Con decirle a usted que se trata como un príncipe.

—¡Ah, sí! —dijo la mamá—. Ya sé poco más o menos de quien se trata. Sí ¿cómo no he de conocer a don Manuel?

—¿Verdad, mi’alma? ¡Pues si ya decía yo! Sería imposible que no conociera usted a Manuelito…

—Pero es el que…

—El que tiene pagada esta vivienda por seis meses, porque ha de estar usted, mi’alma, en que… Ya sabe usted las cosas de Manuelito. Aquí vivía una familia… pues, no precisamente familia, porque haga usted de cuenta que no eran más que María, la hermanita. una tía y la criada. Pero para que vea usted lo que son las malas cabezas. Va usted a creer que esta muchacha María, que estaba tan bien puesta y que… porque no le faltaba nada, y ¡qué vestidos, y qué todo lo de aquella muchacha! En fin, como cosa de Manuelito, ya se deja entender que… pues bien, estaba hecha una reina, y vea usted, Manuelito no venía sino dos veces a la semana. ¡Qué más quería la muy tonta! ¡Pero nada!, de que a las mujeres se les mete el diablo… Esta María, tan bonita y todo, de la noche a la mañana se fue… ¿Con quién piensa usted?… Con un tenientito, con un muchacho que no vale nada, y ahí tiene usted a la pobre tía que ha tenido que irse a Puebla y todo por esa mala cabeza de María; pero ¡qué quiere usted, mi’alma! las mujeres somos llevadas por mal. Yo ¡cuándo! Una vez dueña de los favores de Manuelito no lo soltaba en todos los días de mi vida.

No había podido tomar aliento ni la mamá contestar un monosílabo, cuando la vieja continuó:

—Nada, mi’alma, pues yo dije: voy a ver cómo está lo de la vivienda, que algún partido se podrá sacar, y es una cosa que clama al cielo que la vivienda esté pagada por seis meses y tal vez alguna persona pobre esté haciendo sacrificios por la renta. Conque ya ve usted, mi’alma, que la cosa vale la nena, porque en estos tiempos… y luego que no tiene uno el dinero de sobra, con que si a usted le conviniere…

—¿Pero cómo sería bueno hacer?

—Pues eso usted dirá, mi’alma. Lo que es yo, cumplo con avisar, que al fin y al cabo siempre puede resultar beneficiada alguna persona, y eso yo estoy por el refrán «haz bien y no mires a quién». Con esto la emprendí desde mi casa, Estanco de Hombres, de modo que sólo en los trenes porque a pie es imposible.

—A mí no me ocurre… —dijo la mamá—. Yo, aunque conozco de vista a don Manuel, pero…

—Lo comprendo, mi’alma, lo comprendo; y tiene usted mucha razón. Sobre todo, cuando se hace un favor se hace por completo. ¿No le parece a usted? Y yo… sí ¿para qué lo he de negar? yo consigo lo que quiero de Manuelito. Figúrese usted, que no le pintaba el bozo cuando… y desde entonces me considera y, me… ¡cómo que si no fuera por él!… ¡alma mía del niño! ¡cuántas hambres hubiera habido en mi familia! Figúrese usted; viuda y sin hombre, y cargada de muchachos; pero eso sí, se come, se come gracias a Dios y a Manuelito, eso sí, a Manuelito, porque ¿para qué ha de ser una ingrata? De mis niños tengo colocados dos: a los mayorcitos, y al otro le paga el colegio Manuelito como si fuera su padre. Conque… no hay más que animarse, y si usted quiere…

—Pero no sé cómo.

—Es muy sencillo, mi’alma, es muy sencillo; con sólo que yo le diga a Manuelito lo de la renta, y le informe de que usted… en fin, yo no sé si usted será una persona rica… pero aún así, lo que abunda no daña.

—No ¡qué rica voy a ser, señora!

—Jesusita, María de Jesús me llamo. Todos me dicen Chucha. ¿Conque decía usted… mi’alma? Yo tampoco sé su gracia de usted.

—Dolores.

—Pues bien, Lolita, decía usted que…

—Que no soy rica, y que efectivamente me vendrá muy bien aprovechar esos seis meses de renta, sobre todo, por esa niña de mis pecados.

—¡Cómo! ¿tiene usted una niña?

—Sí señora; Jesusita o Chucha, como usted quiera, tengo una niña.

—¡Oiga! —dijo la vieja fingiendo ignorarlo— ¿y qué edad tiene? irá al colegio…

No ¡qué colegio, si es tamaña mujer!

—¡Ah!… pues no sabía…

—¡Enriqueta! —grito la mamá—. lía de estar en la ventana; es su única diversión.

—¡Pobrecita! Déjela usted, no es justo…

—¡Enriqueta! —gritó más fuerte la mamá.

A poco, se presentó Enriqueta.

Chucha se puso de pie, exclamando:

—¡Válgame la Virgen! ¡qué cosa tan linda de criatura! ¡Conque su hija de usted!… ¡ah!… Lolita, tiene usted una hija… ¡vamos, es un primor!

—¿Me llamó usted, mamá?

—Te llamé para que te conociera…

La mamá no se atrevió a decir Chucha o Jesusita, porque con esa penetración peculiar de las mujeres, había comprendido poco más o menos con quién tenía que habérselas. Más todavía, estaba segura de que el negocio de la renta no era más que un pretexto, y como para ahogar en su cuna un remordimiento, evocó en su auxilio la imagen de su propia pobreza, y las profundas meditaciones de los días anteriores en busca de una salida a la situación crítica en que se encontraba.

Enriqueta, después de saludar con frialdad a aquella desconocida, volvió a su ventana.

—Pues nada, Lolita; la cosa es muy sencilla: conque yo le diga a Manuelito que se venga a ver con usted, todo está arreglado. Es un hombre tan franco, que… ¡figúrese usted si va a permitir que el casero mame a dos carrillos!… No sólo como Manuelito no tiene en este asunto que hacer desembolso, pero aun cuando se tratara de miles de pesos… toda ponderación es corta, Lolita de mi’alma, para decirle a usted lo que es Manuelito. Conque ya me voy, porque tengo que coger el tren hasta dar con el Circuito Central, y que ver a mis muchachos ¡qué quiere usted! Cuando una es sola… Conque mucho gusto, Lolita, de haber conocido a tan buena persona: María de Jesús Pinillos, una criada y servidora de usted aunque inútil, calle del Estanco de Hombres, número… vivienda de la izquierda. ¡Conque adiós, mi’alma! Nada de cumplimientos, no le vaya a dar a usted un aire, porque están dando unos constipados que parecen fiebres; adiós, adiós.

Y la vieja desapareció sin tomar aliento, dejando extática a doña Lolita.

Eran como las seis de la tarde.

El cielo comenzaba a tomar esa coloración rojiza y como siniestra, que tanto da en qué pensar a los sabios. El polvo cósmico, que dicen, le robaba a la zona crepuscular un lampo que se encumbraba más allá de la atmósfera, envolviendo el hemisferio occidental en una bóveda rojiza, como la de un horno cuando apenas lo ilumina la agonizante flama del último leño.

Enriqueta recibía de frente en su ventana aquella coloración que daba a su vestido de tinte de lila la apariencia de una amatista, y a su semblante los arreboles del rubor, y a sus ojos un brillo peculiar, cuando Enriqueta los levantaba como atraída por la creciente y enrojecida zona luminosa.

La Avenida Juárez se había hundido ya en la sombra, y pavimento y edificios presentaban una gran masa negra, de donde se destacaban en hileras luces amarillas, como las lentejuelas de oro en un manto de terciopelo negro. Eran los faroles del gas que iban a perderse entre los árboles de la calzada de la Reforma; y hormigueando como las partículas luminosas que corren en la ceniza de un papel quemado, pero corriendo de dos en dos, unas lucecitas rojizas que se movían hermanadas, en una procesión interminable. Eran las linternas de los carruajes que volvían del paseo; lucecitas movedizas e inquietas, apareadas y como temblorosas, que hubieran podido tomarse como los ojos de fuego de una manada de lobos monstruosos, que corrían en busca de las sombras.

Enriqueta permanecía muda; pero enhiesta, con su flor roja en el pecho, y su vestido lila, que la coloración celeste seguía destacando en el cuadro negro de la ventana.

El ruido pesado y monótono del rodar de los carruajes en el empedrado desigual de la avenida tomaba a veces los tonos de la tempestad de granizo, y a veces el rumor de las cataratas que acrece y se apaga a merced de las ráfagas del viento.

Enriqueta no sólo sentía la repercusión de aquel rumor en el yunque y el martillito de sus oídos, sino que a largos intervalos sentía en la suela de sus bolitas el hormigueo de la trepidación. Estas sensaciones se parecían al chirrido de la electricidad de un aparato electro-magnético, y hasta ejercían en Enriqueta cierta influencia voluptuosa.

Enriqueta estaba allí como asomada al mundo, estacionada, como se estacionan esas pordioseras en el quicio de una puerta pidiendo una limosna. Pero la limosna que pedía Enriqueta, no era el pobre mendrugo cuotidiano. Enriqueta pedía una limosna de lujo a la sociedad opulenta. Los ojos de Enriqueta se fijaban en la hilera de trenes de los ricos, y sus pupilas estaban agitadas por movimientos rapidísimos y pequeños, porque con cada mirada recorría el interior, el pescante y los frisones de un landó, o las siluetas de cuatro jóvenes en un faetón; caballos negros, colorados, retintos, con brillantes guarniciones; lacayos con librea, coches de familia, buggys, victorias y cupés; líneas de caballo y líneas de auriga; escorzos de mujer y dorsos de «gentlemen», portezuelas abiertas, fondos de carruaje acojinados, plumas de sombrero, beldades perdidas en la sombra, manos enguantadas, todo en movimiento, todo en perfiles fugaces, en líneas que apenas dejaban la impresión en la retina, eran borradas por otras y por otros en interminable vértigo.

Los sentidos de Enriqueta estaban cogidos por una gran caricia mundana. El ruido de los carruajes la aturdía como aturde un gran beso. Una carrera vertiginosa de imágenes fugaces producía en sus ojos ese deslumbramiento de los grandes espectáculos. La trepidación del pavimento le comunicaba una especie de cosquilleo magnético que le subía desde los pies hasta la cintura, y la brisa húmeda impregnada de olor a tierra y olor a barniz de coche, y a cuero inglés, armonizaba el conjunto de sus sensaciones; y porque el sentido del gusto no fuera excluido de aquel quórum sensual, masticaba con sus pequeños dientes, para hacer saliva, un pétalo de rosa.

Las muchachas que se asoman a las ventanas para ser vistas, tienen por lo general por detrás y completamente invisible un geniecillo que las aconseja apretarse el corsé y peinarse bien: es el amor.

Por detrás de Enriqueta había, no un cupidillo risueño, juguetón y huraño, sino una hada déspota, tiránica, cruel, que está avasallando a medio mundo, que lleva un cetro de oro y que se ríe de la miseria.

Se llama «la moda», porque es mujer; pero es creación del lujo. El cupidillo aquel tan ingenuo y espontáneo en los tiempos patriarcales, era en la ventana de Enriqueta y en otros balcones un simple intermediario para llegar al lujo.

En efecto, Enriqueta, como muchas mujeres elegantes, no concebía al amor desnudo, por demasiado mitológico; no podía figurárselo sino en la opulencia, y por eso lo buscaba en el fondo de los carruajes o en las facetas de un brillante de tres quilates.

Mientras Enriqueta se entregaba en su ventana a esa especie de arrobamiento que hemos procurado bosquejar, doña Dolores, la mamá de esa señorita elegante, se había quedado en el cuarto donde la encontró Chucha, sumida en profundas reflexiones.

Ya no quedaba en el horizonte más luz que la coloración rojiza del fenómeno celeste, cuyos reflejos alcanzaban todavía a destacar la silueta lila de Enriqueta en el fondo de su ventana, mientras que el cuarto de doña Dolores estaba ya completamente sumido en las tinieblas.

La mamá lo había comprendido todo, y aceptaba aquel golpe de fortuna, teniendo que cerrar los ojos; por eso encontraba que la oscuridad de la habitación le era propicia. Y para ahogar los remordimientos, que a su pesar la aguijoneaban, pensaba que la suerte de Enriqueta no podía ser otra; que aquel era su destino, y que en la situación que guardaban era una locura pensar en que Enriqueta encontrase un novio rico. La situación se había salvado, se abría una puerta en el limbo de la miseria, y era preciso salir por ella. No obstante, y debemos decirlo en obsequio de doña Dolores, no pudo impedir que de sus párpados se desprendieran dos gruesas lágrimas, que, cayendo sobre sus manos enclavijadas sobre el pecho, la hicieron estremecer de terror y de vergüenza.

La coloración del cielo había desaparecido por completo: la noche estaba negra y Enriqueta se retiró de su ventana.

Al siguiente día, como era de esperarse, se presentó don Manuel en la vivienda aquella. Preguntó por doña Dolores, quien lo recibió un tanto conmovida, porque la presencia de aquel señor venía a ser la realización de los negros pensamientos que la habían atormentado la tarde anterior.

Don Manuel tomó asiento y guardó silencio. El prólogo de aquella nueva historia de amor era embarazoso, y aunque don Manuel, como hombre de mundo, sabía por qué distintos caminos se viene a parar en estas materias al mismo punto; aunque tenía la triste experiencia de lo que el lujo, el interés y la necesidad suelen hacer con la virtud de las muchachas, no podía disimular el empacho natural que le causaba tratar aquel asunto con una madre.

Tampoco ésta se atrevía a romper el silencio; como víctima creía hacer bastante con doblar la cabeza.

Se necesitaba en aquella situación tirante cualquier pretexto, un incidente siquiera, un suspiro, para dar la primera palabra. Don Manuel buscaba con los ojos ese algo, para saber por dónde empezar, cuando doña Dolores sacó su pañuelo como para llevárselo a los ojos.

En el pañuelo encontró don Manuel el comienzo del párrafo.

—Vamos, señora —exclamó— no hay por qué afligirse.

Esta frase produjo en doña Dolores el efecto contrario. Rompió a llorar.

—No tenga usted cuidado, señora; tenga usted la bondad de calmarse, porque todo en esta vida tiene remedio. Yo no puedo ver lágrimas ni miserias, y mi mayor placer es servir de algo a las personas desgraciadas. En cuanto a la renta de esta casa, ya sabe usted que está pagada por seis meses. Ahora, si usted tiene otras aflicciones y yo le inspiro confianza, bien puede usted decirme lo que necesita.

Doña Dolores, enjugándose las lágrimas, porque veía que el paso sobre el precipicio era más fácil de lo que se había figurado, contestó:

—¡Cómo que si tengo otras aflicciones! Le parece a usted que es muy divertida la posición de una pobre mujer como yo, sin apoyo de ninguna clase, abandonada hace tanto tiempo por el papá de esa niña de mis pecados, porque… sí, eso es lo que debo decir: abandonada; porque le he escrito cuatro cartas y nada de contestación, lo cual quiere decir que no debo esperar nada por ese lado.

Don Manuel encontró la brecha y se puso a hacer preguntas, y doña Dolores, quien, entregando todas sus reservas a aquel libertador, lo puso al tanto de su vida desde antes del aguacero aquel de Orizaba, la tarde de la tamalada que sirvió de introducción a la vida de Enriqueta.

Aquella pobre mujer sabía perfectamente adónde iban a parar sus confidencias; pero no tenía valor para retroceder, y apresuraba el paso para llegar más pronto al precipicio que, por una ironía de la suerte, había escogido como punto de salvación.

Enriqueta no tomó parte en aquella entrevista, sino cuando ya don Manuel estaba para despedirse, y apenas atravesó algunas palabras con él. En lo de adelante había de suceder precisamente lo contrario.

Antes de que se cumplieran aquellos seis meses de renta de la casa, es cuando nosotros hemos tenido ocasión de hablar de Enriqueta, como una de las muchachas convidadas al baile de Saldaña; porque como don Manuel, en su calidad de hombre metódico, era protector de a horas fijas, Enriqueta podía disponer de su tiempo libre, y dispone de él efectivamente, en compañía generalmente de un estudiante calavera, muy simpático y muy entretenido. A instancias de él, Enriqueta pidió permiso a don Manuel para ir al baile de Saldaña, quien, por lo que se habrá notado, había alborotado a medio México.

Esta actividad de Saldaña, su ojo certero para escoger muchachas propias para el baile, lo numeroso de sus relaciones personales en todos los círculos, y las amplias facultades de que lo había investido el coronel, nos dan ocasión y tiempo para hacer conocer anticipadamente al bondadoso lector el elenco de aquel bailecito, uno de los muchos que vienen a justificar en México el conocidísimo adagio «Baile y cochino, el del vecino.»

En la lista de las personas que debían concurrir al baile, lista que Saldaña llevaba constantemente en la bolsa, se leía este nombre: «Venturita…»

Y era el único seguido de puntos suspensivos. ¿Quién es Venturita? Es una joven… no muy joven en la verdadera acepción de la palabra. Era de esas mujeres que parece que se vuelven, pretendiendo desandar el camino que el tiempo inexorable les ha hecho recorrer forzosamente.

Venturita tenía en el mundo este difícil papel. Era cuñada. No tenía papá ni mamá, y su casa era la casa de su hermana casada, y dependía, naturalmente, del marido de su hermana.

Venturita tenía en el alma un desengaño, fuente de todas sus tristezas, de su romanticismo y hasta de sus coqueterías. Aquel desengaño era el que le daba forma, colorido y carácter a todo lo que bacía Venturita. Si fuera posible leer de corrido y sin descansar todos los pensamientos íntimos y secretos de una persona, habría veces en que juzgáramos perfectamente maniática a quien ningún asomo diera en su vida de estar bajo la influencia de una idea fija. Pues bien, Venturita, era de esas.

Desde el susodicho desengaño no hacía cosa que no estuviera ideológicamente enlazada hasta con sus movimientos. Se ponía la mano en la frente: era el desengaño aquel. Se levantaba tarde: el desengaño. Comía poco: el desengaño.

Se salía a andar calles o se sentaba en una banca de la Alameda, iba a misa, y después de ella permanecía hincada otro cuarto de hora, suspiraba sin motivo o se ponía muy comunicativa: el desengaño. Todo esto era inspirado forzosamente por ese desengaño, que no le había de salir del cuerpo en toda su vida.

¿Qué más? Hasta la presunción y el refinamiento en el vestir y el color de las telas, y hasta un tironcito extra al apretarse el corsé, todo tenía el mismo origen, el desengaño.

Y van a ver ustedes en qué consistía el tal desengaño. De las dos hermanas, Venturita era la mayor. ¡Vaya! todavía hubo dos hermanitos entre una y otra, y no sólo era la mayor, sino la más bonita; tanto que todos tenían como cosa segura que Venturita había de ser la primera en casarse. Pero sucedió todo lo contrario: se casaron sus hermanas y Venturita se fue quedando, quedando, hasta hoy, fecha en que la pobre llega a tener ratos muy amargos, pensando en que se va perpetuar su mala suerte, respecto a los hombres, porque Venturita ha sido de lo más desgraciado que se conoce en materia de amores. Y no es decir que Venturita sea fea, no, señor; juzguen ustedes por lo que sigue.

Era un poco pálida; pero no por enfermedad ni pobreza en la sangre; era pálida porque a los colores de la juventud, como sucede con todas las cosas, les había tocado en turno y se habían ido, después de haber hermoseado por algún tiempo, más que suficiente, las mejillas de Venturita, pero de esto, ni ella ni nadie tiene la culpa.

A Venturita le quedaban sus buenos ojos, unos ojos no tan poblados de pestaña, ni tan negros que fueran de tipo esencialmente mexicano; pero, en fin, eran unos ojitos «bisbirindos» y expresivos, especialmente cuando Venturita se proponía combatir con todas sus fuerzas aquello de su mala suerte.

Lo que Venturita tenía irreprochable era el cuerpo. Sus hombros y sus omóplatos habían tenido tiempo sobrado para alcanzar su completo desarrollo, mientras que el uso inveterado del corsé había acabado por obligar a sus costillas falsas a doblegarse sin resistencia a la tiránica presión de las barbas de ballena. Este desarrollo y esta presión habían logrado trazar esas líneas forzosamente oblicuas y graciosamente curvas, que, rematando en una cintura casi inverosímil, producen cierto hormigueo en las palmas de las manos de todos los hombres deseosos de medir con dos palmos aquella circunferencia subversiva.

Esto de las líneas y del hormigueo de las palmas de las manos de los hombres se lo había revelado a Venturita una amiga íntima, quien no sólo sabía de boca de su amante ese fenómeno de cosquilleo, sino que el amante mismo a su vez había recibido exacta confidencia de parte de algunos de sus amigos.

Desde entonces el orden estricto de las ideas que pasaban por la mente de Venturita al ajustarse el corsé frente al tocador, era este: primero, el desengaño aquel; luego un tironcito más a los cordones, y después el recuerdo del cosquilleo ese de las palmas de las manos del sexo feo. Pero aun así y todo, no se podía negar que Venturita tenía un talle encantador, y esto venía hasta a justificar lo calurosa que era Venturita: casi nunca usaba abrigo, ni en invierno.

Todas las cosas de Venturita tenían un sello particular. Un zapatero de la calle del Reloj que la calzaba hacía mucho tiempo, tenía motivos para apreciar los conocimientos estéticos de aquella marchante, que le devolvía más pares de zapatos de los que compraba.

Estos conocimientos artísticos y el estudio especial que Venturita había hecho de las líneas del calzado, la ponían en posición de ser inteligente apreciadora de sus efectos y consecuencias.

Venturita se calzaba y se vestía muy bien, y se salía a andar por donde la vieran, por donde había más gente, porque ella estaba segura, y tenía razón, para considerarse enteramente presentable; y cuando tal hacía, cuando se exhibía en el Zócalo y en las calles de Plateros los días festivos, entre doce y una, no lo hacía precisamente con la intención y con las miras que lo hacen ciertas mujeres, no, señor: las miras y las intenciones de Venturita eran perfectamente legítimas. Venturita deseaba casarse, deseaba encontrar novio; aspiración que no tiene nada de censurable. ¿A qué otra cosa aspiran las muchachas bonitas? Pues con mucha más razón debemos justificar las miras de Venturita, supuesto que ella lo necesita cien veces más que muchas pollas; en primer lugar porque los días pasan y pasan, y Venturita se va haciendo casi señora grande, y luego que esto de vivir siempre de cuñada es insoportable, sobre todo cuando se trata de una mujer bonita y de mérito. ¡Qué mucho que ponga en juego toda una serie de procedimientos legales para alcanzar novio! ¡Vayan ustedes a reprochar a una mujer en semejantes condiciones que sea amable, que sea risueña, que se asome al balcón, que se apriete mucho el corsé, que se vista algo chillón, que le ajuste el botín en la punta del pie, y que haga, en fin, otra porción de cosas, que, en su esencia, nadie se atreverá a tachar de malas ni de pecaminosas, porque no son siquiera censurables! En todo caso estaba en su perfecto derecho: quería casarse y con razón, este deseo no tiene nada de malo; quería agradar: esto es lo más natural, este es el único camino conocido para eso. Esto lo hacen todas las mujeres, sólo que no siempre hay quien les ajuste las cuentas, ni quien adivine sus pensamientos; pero nosotros, para ser exactos, al dar cuenta a nuestros lectores de todo lo que pensaba Venturita, debemos entrar en pormenores.

Un día le elogiaron a Venturita mucho sus pies. Esto le sucedía con frecuencia; pero al hacerle este cumplimiento, alguno hubo de decirle que… Fulano, un joven rico y bien parecido, tenía mucho empeño en verle los pies.

Esa noche, cuando Venturita estuvo sola, sacó una de sus botitas, las últimas que se había puesto, y que conservaba todavía la forma del pie, como si las tuviera todavía puestas. Recorrió con la vista las líneas del tacón, del enfranje y del empeine… Verdaderamente era aquel un pie escultural, irreprochable, perfecto, un pie capaz de sublevar la conciencia humana, un pie. en fin, irresistible.

Con esas botitas salió Venturita el domingo siguiente, pasando ante la fila de lagartijos con una dignidad y un señorío que nadie se hubiera atrevido a pensar que aquella señorita iba buscando con el rabo del ojo un «lagartijo», ni mucho menos que con deliberada intención le hubiera acortado una pulgada a la orla de su vestido.

Al fin dio con el «lagartijo» cerca de Iturbide; lo vió venir y sorprendió (fingiendo no ver) como dos relámpagos, una mirada que se dirigió a los ojos y otra mirada que se dirigió a los pies de Venturita.

Estos dos relámpagos, los bendijo Venturita desde el fondo del corazón, como los labradores. Eran señal de que se iba a acabar la sequía.

Después que Venturita hubo examinado con ojos de artista y con profunda estética intuitiva todas las líneas de su preciosa bolita bronceada, la colocó sobre el mármol de su tocador, y dejándose caer sobre una góndola de seda encarnada, puso los codos sobre las rodillas, enclavijó las manos y apoyó la barba sobre ellas, con la firmeza con que lo haría un tirador sobre el mampuesto.

He aquí a Venturita frente a frente de su cañón krup, de su ametralladora, de su torpedo, del instrumento, en fin, de ataque más formidable que había llegado a sus alcances, y se le hacía verdaderamente imposible que no hubiera un hombre capaz de volverse loco por aquella bota, figurando como base… como base de una mujer… sí, de una mujer no despreciable ni tan entrada en años que… en fin, como base de una doncella; porque Venturita era doncella, según lo han podido comprender nuestros lectores.

Estaba, pues, Venturita, descansando sobre las armas; pero repasando en su memoria la táctica de la infantería, como lo haría cualquier militar pundonoroso; lista para el servicio, fuerte en ordenanza, con las armas limpias, el oído a la caja y la vista al jefe.

Nosotros, los hombres, si no fuéramos tan modestos como lo somos de ordinario, deberíamos conocer todo lo que valemos; si reflexionáramos en que hay en el mundo algunos miles de muchachas, más o menos avanzadas en la primavera de la vida, que, como Venturita, están formando un verdadero estudio, están tramando todo un plan estratégico, están, en fin, elaborando en el arsenal de las coqueterías una porción de proyectiles con el único, artero y, por otra parte, inocente intento de seducirnos, nos pondríamos orgullosos.

Venturita, que es el «por ejemplo» de este grupo de mal intencionadas criaturas, no perdonaba medio, no omitía circunstancia, y había emprendido, como hemos visto, denodadamente y sin reserva, la lucha más tenaz para alcanzar sus fines que eran, sin duda, los más legítimos y los más justificados, tratándose de una doncella de buenos bigotes que corre el inminente peligro de quedarse eternamente de cuñada.

Llevaba no sabemos qué tiempo Venturita de contemplar en silencio su botita bronceada, y tan absorta estaba en aquella contemplación y tan sumida en sus profundas reflexiones, que no había notado a sus espaldas a la mejor de sus amigas, quien, guardando silencio, esperaba pacientemente ver cómo terminaba aquel soliloquio emprendido con tanta solemnidad delante de una botita pespunteada y coqueta.

Venturita volvió a tomar aquel dije con el pulgar y el índice de su mano derecha, asiendo la pequeña cinta de lino que servía de oreja a la botita.

Colgada así de aquellos dos dedos puntiagudos y rosados, la botita osciló, inclinando la punta hacia la alfombra y dejando percibir ante los ojos atónitos de Venturita esos cambiantes de luz entre rojo y oro, que son peculiares de ese tinte metálico de la cabritilla. Esos resplandores de la bota eran como los del fuego sagrado que agita la vestal para que no se extinga.

A este punto, la amiga íntima que observaba a Venturita, no pudo contener una ruidosa carcajada. Venturita, estremeciéndose de pie a cabeza, soltó la botita y volvió la cabeza.

Repercutían en todos los ángulos de la casa, como después del canto de un pájaro, los ecos de aquella carcajada que salía de la garganta de una joven llena de vida y de alegría.

—¡Ventura!

—¡Lola!

—¿Qué estás haciendo, mujer de mis pecados?

—¡Nada!

—¡No: eso de nada, a la botica! Tú estabas haciendo, y mucho…

—No seas maliciosa.

—Hace media hora que estoy aquí parada.

—Y me has visto…

—Te he visto platicar con una bota. Por señas que son las que me gustan tanto. Te hacen un pie de niña.

—¿Verdad? Nunca he tenido botas más bien hechas, y pensar en que…

—¿En qué, mujer?

—Nada, pensar en… Pero no te vayas, hoy comes conmigo.

—Imposible, mi vida; tengo que ir al comercio y a…

—Nada… nada, mañana te acompaño. Pero hoy, hoy no te dejo salir de aquí. Tengo muchas cosas que contarte. Sobre todo, quiero desahogarme, quiero… cierra esa puerta, porque sólo de ti tolero que…

—Sí, que te vea hablando con tus botas.

—Eso, eso, hablando con mis botas. No te rías, Lola, y verás como lo que hablaba con mis botas, lo has hablado tú misma cincuenta veces; ya verás…

—¡Es curioso! Pero yo no tengo confidencias con…

—¡No me digas! Y cuando me oigas convendrás conmigo.

Lola cerró la puerta, se quitó el sombrero y el abrigo que puso sobre la cama, y buscó un taburete favorito para colocarse cerca de Venturita.

—Conque vamos a ver —dijo Lola sentándose cómodamente y arreglando los pliegues de su vestido y pasando con la punta de los dedos esa revista de tacto, que las mujeres habituadas a vestirse hacen con tanto tino y con tanta naturalidad para cerciorarse de que no han perdido un arete ni se les ha descompuesto un encaje.

—Pues sí, señor —dijo Venturita, tomando un tono petulante—. Hablaba con mi bota, mejor dicho, reflexionaba a propósito de ella; considerada por todos los hombres como uno de los atractivos irresistibles…

—No ¡qué irresistibles! Ya no, mi vida, ya no. Los hombres se hacen más indiferentes cada día. Te contaré. Cierta persona declaró días pasados en casa de mis primas que se volvía loco por los bonitos pies; que para él un pie elegante lo sacaba de quicio, lo avasallaba, lo… en fin, estuvo el hombre elocuente en la materia. Yo… te confieso mi culpa, mientras hablaba no podía pensar en otra cosa que en que llevaba mis choclos nuevos.

—Aquellos tan lindos —interrumpió Venturita.

—Éstos —dijo resueltamente Lola, extendiéndose de manera que salieran fuera de la orla de su vestido sus pies perfectamente calzados—. Estos ¿lo creerás? ¡Me los ha visto, y no me dijo una palabra!

—¿Pero te los vio?

—¡Cómo no! a todo su sabor; yo procuré sacarlos y estoy segura de que él los veía; pero en seguida ¡nada! ¡Tú de mi alma! ¡cómo si le hubiera visto los pies a un indio con «huaraches»!

—¡Pues algo por el estilo me está pasando! Yo también quería hacer una conquista con estas botitas; las estrené el domingo con un fin muy determinado, y nada… hasta ahora que yo sepa, no ha dado esto ningún resultado. Y esto es lo que me ha hecho perderme en profundas reflexiones acerca de los únicos recursos de que una pobre mujer pueda valerse para… para hacerse agradable y poder encontrar un hombre que la haga feliz. A ver si tú aciertas, Lola de mi alma y de mi vida, con lo que tienen los hombres. Yo los he visto correr detrás de algunas mujeres… de esas mujeres… ya sabes, que en realidad nada valen, y a personas de nuestra categoría y de nuestro tono, no les vale, ya no digas exhibirse, pero ni hacer sacrificios. Yo tengo un cuentón en La Sorpresa, que el día que se entere mi cuñado tenemos trifulca. Me he puesto a pensar, Lola de mi alma, si no será cierto que uno de los mayores atractivos de la mujer es el buen calzado y el bonito pie.

—¡Cómo no, Ventura! ¡Cómo no! ¡Si vieras todo lo que yo sé a propósito de eso! ¡Vaya! Al grado de ser muchas veces la perdición de un hombre un pie bonito.

—Por mi parte te confieso que sin ser hombre, deliro por un pie de mujer correctamente calzado.

—Con razón, y yo también y sobre todo, te puedo asegurar que ese es el gusto general de los hombres en México.

—Yo basta he llegado a dudarlo, y analizaba la forma de esa botita para explicarme en qué podría consistir que llame tanto la atención.

—¿Y qué has sacado de tus meditaciones?

—Pues muchas cosas; pero no te rías de mí ni me llames pedante, porque te hablo de estética.

—¡Ya vuelves con tu estética! ¡Desde que eres amiga de ese sabio, que tanto te visita, hablas de unas cosas tan raras!…

—Mi amigo sabe muchas cosas que me ha enseñado; por ejemplo, la estética. Héla aquí aplicada a las botas. El pie humano es, de todo el cuerpo, lo que parecía tener menos atractivo; y debíase al menos contar con la persona del tobillo para arriba, con absoluta exclusión de los pies. No de otra manera han de haber sido consideradas las matronas griegas y romanas, puesto que enseñaban el carcañal y los dedos de los pies con la desgarbada sandalia; y fue necesario el refinamiento del lujo y las costumbres para ir cubriendo esa miseria humana, hasta que en la fastuosa corte de Luis XV llegó el arte del zapatero a su último grado de perfección. La estética llegó hasta el calzado, y los pies de las damas comenzaron a figurar entre las flechas con que Cupido hiere los corazones.

—¡Bien! ¡Bravo! ¡Ventura! Tu amigo el sabio te ha puesto inconocible; pero yo no acabo de saber lo que es estética.

—Te lo explicaré. Es la corrección de las líneas de la naturaleza bajo el principio de la belleza ideal. Así, por ejemplo, ves un pie muy feo, pero tú no puedes explicar por qué es feo.

—¿Y tú, sí?

—Yo, sí.

—Explícamelo.

—He aquí un pie muy feo.

Y Venturita hizo, con lápiz, al reverso de una de sus tarjetas, con líneas rectas, el trazo de un pie.

—Ya lo creo que el pie es horrible —dijo Lola.

—¿Y por qué? —continuó Venturita preguntándose a sí misma— porque no hay curvas; obliga al pie, por feo que sea, a seguir las curvas convencionales, y tendrás lo siguiente.

Y Venturita mostró el trazo corregido.

—Con ligeras correcciones en las líneas de este trazo, resulta un pie escultural. El mismo pie escultural, metido en un zapato de hace veinte años, resulta simplemente horrible. El mismo pie horrible, obligado a seguir las líneas que la estética ha aplicado al arte del zapatero, resulta…

—¡La octava maravilla! —exclamó Lola entusiasmada.

Como se ve, Venturita no sólo sabía calzarse sino que también sabía dibujar. ¡Vaya! Como que había hecho cuadros, y el señor Corral había sido su maestro.

—Eres una mujer —continuó Lola— que sabe las cosas por principios; dame un beso.

Y Lola y Venturita, inclinándose, se buscaron recíprocamente los labios y… no queremos explicarlo, pero después de besarse no se dirigieron la vista y guardaron silencio, pero esa pausa de silencio es la que sucede al relámpago antes de estallar el trueno.

He aquí cómo tronó Venturita:

—Pues mira, Lola, aunque me llamen coqueta, aunque me critiquen, voy a hacer una cosa.

—¿Qué vas a hacer, mujer de Dios? ¿Qué vas a hacer?

—No te asustes. Me creo en mi perfecto derecho para poner todos los medios.

—Ya se ve que sí. Yo también los pongo ¿qué vas a hacer?

—Una cosa muy sencilla: el domingo salgo por la mañana con zapatos bajos…

La impasibilidad de la cara de Lola hizo comprender a Venturita que su amiga estaba muy lejos de comprenderla.

—¡Qué bien se conoce que todavía eres una niña!

—¿Por qué?

—Porque no te llama la atención mi intento.

—Explícamelo.

—Pues bien, escucha con paciencia. El calzado bajo es el calzado por excelencia, es la batería rayada, es, si hemos de considerar como proyectiles nuestras coqueterías, el calzado bajo es… la dinamita.

—¡Pero, mujer!

—Escucha. Con la bota no enseñas más que la bota, y con el zapato bajo enseñas la media. ¿Comprendes?

—Sí.

—¡Qué vas a comprender! ¡La media! ¡Mujer, la media!… Quiere decir, una desnudez, un acercamiento, un… una provocación… porque la inedia pertenece… pertenece a lo que no se enseña a nadie… en fin, a la ropa interior. ¿Me comprendes ahora?

—¿Sabes que tienes razón? No había reflexionado.

—Un pie así —continuó Venturita— con zapato bajo de seda, que apenas aprisiona la punta del pie cuya epidermis casi se adivina o, mejor dicho, se ve, se puede ver, al través de una media de encaje… Vamos, esto es mucho, y yo sé muy bien todo lo que el zapato bajo puede influir en… en el porvenir de una mujer. Ya comprenderás por qué —dijo Venturita bajando la voz— ya comprenderás por qué «esas señoras» —agregó muy quedito— se calzan así.

—¡Ah Venturita de mi alma! Y tú vas a…

—Sí: yo —contestó Venturita, dando una patadita en la alfombra— yo me he mandado hacer unos zapatos bajos de raso negro, y voy a salir el domingo con medias de seda y zapatos bajos; al fin todo el mundo me conoce y no me puede confundir con… pero lo voy a hacer, lo voy a hacer, sí señor, porque lo que es por mí no ha de quedar.

Lola se quedó muy pensativa, sorprendiéndole como, en las cosas que a ella le parecían más sencillas, su amiga encontraba materia de tanta trascendencia.

Excusado es decir que aquel día las dos amigas no hablaron más que de estética.

*

Volvamos a Enriqueta.

Como hemos visto, don Manuel había entrado en aquella casa con buen pie. Había comenzado por donde otros acaban, por pagar la casa; pero como la mamá de Enriqueta no recibía carta, don Manuel se despidió a las pocas noches, deslizando un billete en las manos de doña Dolores, quien, tragándose la mortificación que tal munificencia le causara, hizo al día siguiente cocada, que le gustaba a don Manuel, y se permitió hacer algunos otros gastos de cosas que le estaban haciendo buena falta. Cuando empezó a disfrutar del bienestar doméstico, añadiendo una a una esas pequeñas comodidades del hogar, su conciencia se iba tranquilizando y la fórmula de la tranquilidad era ésta:

—¿Qué haría yo sin don Manuel?

En cuanto a Enriqueta, si no sabía tanto como su mamá, presentía, porque todas las muchachas lo presienten, que le iba a suceder una cosa, pero ella no se daba por entendida, y lo único que le sucedía era irse acostumbrando a don Manuel, iba cobrando confianza, que era precisamente lo que iba buscando don Manuel. Tanto, que una noche Enriqueta se permitió examinar deliberadamente uno de los anillos de don Manuel, que los usaba muy buenos.

Ya llevaba don Manuel algún tiempo de visitar a Enriqueta, y todavía no la había hablado una sola palabra de amor; pero se consideraba dueño de la situación desde el momento en que, como lo anunciamos al principio, en vez de que Enriqueta saliera a la ventana mientras estaba allí don Manuel, doña Lola era la que, ora con el pretexto de que no veía bien para coser en aquella pieza o bien por los quehaceres domésticos, que, como es fácil comprender, se complicaban más cada día, dejaba a su hija con don Manuel para que pudiera hablar libremente.

No desconoce el autor lo repugnante de la conducta de doña Dolores; pero el cuadro que traza no es elección suya. Existe por desgracia, y no sólo existe, sino que se multiplica en México para mengua de la moral y de las buenas costumbres. La creciente invasión del lujo en la clase media, determina cada día nuevos derrumbamientos; y más de una madre conocemos que vive bajo el mismo techo de la hija, cuya posición social es el concubinato.

Doña Dolores había traído a su hija a México, como los indios traen las mejores de sus frutas: para su consumo; y era porque padre, madre e hija no formaban una familia, que es la ley suprema de la moral. Doña Dolores era el tiesto en que habían sembrado la flor, el papá de Enriqueta había sido el jardinero y la niña había venido al mundo como producto de mercado. Esos lazos purísimos del cariño hacia los autores de nuestros días, estaban representados en el corazón de Enriqueta por una idea vaga de su padre, marido a su vez de otra señora y padre de otros niños, y por cierto desvío respecto a doña Dolores, que, como sabemos, pertenecía a esfera más ínfima. En consecuencia, todo lo que hacía la madre le parecía mal a Enriqueta, quien, in petto, y con sobrado fundamento, por desgracia, calificaba a su mamá de ordinaria.

El respeto filial, y esa tierna y bendita veneración que siente el hijo por la madre, son como esos primeros movimientos de los pétalos de una flor que va a abrirse para derramar más tarde en el ambiente los tesoros de su perfume.

Cuando se ama, se respeta y se venera a la madre, en el corazón del niño cabrán más tarde todas las virtudes.

Pero esas cursis, como han dado en llamar los españoles a los pobres que pican alto, y esos ordinarios que se sueñan elegantes, esas niñas de polisón y bismuto, de tacón de Luis XV y pelo sobre las cejas, que llevan a remolque a una pobre señora desaseada y bonachona que, con pretexto de su edad, llevan una facha de costurera de su propia hija; esas jóvenes que creen haber adelantado lo suficiente por menospreciar a los autores de sus días, esas pollas, en fin, civilizadas y pobres, están corriendo más riesgo de ser pasto de los pícaros que de ser señoras.

Las buenas hijas nacen para ser madres; las otras, para ser «tenidas».

La suerte, pues, de Enriqueta podía haberse previsto de antemano.

La «tenía» don Manuel, a la sazón que nos ha venido la necesidad de ocuparnos de ella, como una de las «muchachas buenas» que decía Saldaña.

VI. De cómo las apariencias de las niñas cursis suelen comprometer a resultados serios

Hacía sólo dos meses que había llegado a México, procedente de los Estados Unidos y Europa, un joven que, después de haber concluido su educación en uno de los mejores colegios de Alemania, viajaba para instruirse y para conocer del mundo todo lo más que su considerable fortuna se lo permitiera. Llevaba cuatro años de estar viajando, y la República Mexicana era uno de los últimos puntos de su itinerario, antes de regresar a Venezuela, su país natal. Enrique Pérez Soto, que tal era el nombre de nuestro nuevo personaje, estaba familiarizado con el lujo y con la hermosura; era hombre de muy buena sociedad, observador de la etiqueta y de todas las fórmulas sociales, y en fuerza de lo mucho que había visto siendo aún joven, había acabado por ser poco impresionable. Le sucedía lo que a todos los touristes iba buscando siempre la última impresión.

Y sin embargo, en la última carta que había escrito a su familia, y después de una larga vacilación, había optado por prolongar su estancia en México por tiempo mucho más largo del calculado en su plan de viaje por América.

Es que Enrique se sentía por la primera vez en su vida seria y positivamente enamorado; y por más que llevara cerca de dos meses de estarse burlando de sí mismo, no podía menos de convenir, en sus ratos de profunda reflexión, en que «la mexicana», como le llamaba a su desconocida, porque no había podido averiguar su nombre, lo había impresionado profundamente.

Enrique Pérez, sin embargo, se complacía en lo que él llamaba hacer el oso a la mexicana, y no faltaba al Zócalo los domingos para verla pasar tres o cuatro veces en ese paseo de exploración que las señoras han dado en hacer, siguiendo todas las curvas del jardín entre dos filas de pollos y barbudos, apostados allí con la deliberada intención de escoger o simplemente de formarse el cargo respecto a las escogibles.

También en las tardes Enrique encontraba a su mexicana en el paseo, sentada generalmente en una de las bancas de la Alameda, frente a Corpus Christi.

—Me parece —decía una tarde a Enrique uno de sus amigos— que te empeñas demasiado en contemplar esa beldad.

—Es cierto. Ya me he hecho a mí mismo la propia observación; pero te confieso que esa mujer me impresiona vivamente. Sobre todo, sus ojos me encantan.

—Llevas dos meses de estármelo diciendo, y todavía no sabes quién es.

—Mira; me sucede una cosa. No quiero saberlo.

—Es extraño ¿y por qué?

—Por la misma razón que no veo mis billetes de lotería, sino lo más tarde posible. Quiero conservar la ilusión.

—Si es así, no corres peligro. Pero como no me gustaría que te enamoraras, voy a tomar informes. Acaso de ellos resulte que te desencantes.

—No hagas tal. Déjame adorar a mi mexicana desde lejos. Mírala: allí viene. ¡Mira qué talle! ¡Mira qué pie! ¡Mira qué garbo! ¡Parece una reina!

A este punto, la mexicana pasaba rozando el brazo de Enrique. Ella lo reconocía en todas partes, sabía que era su oso, aunque inofensivo, y ya tenía establecida desde hacía tiempo la costumbre de prodigarle una sonrisa, tan imperceptible que sólo la vista de Enrique era capaz de apreciar la contracción del labio superior; contracción que comunicaba a aquel enamorado una especie de calofrío que le gustaba mucho.

Apenas había pasado la mexicana, Enrique detuvo a su amigo, y lo obligó a contramarchar para seguir las huellas de la perseguida.

—¿Cuál es?

—La que se sonrió. ¿No lo observaste?

—No; yo vi a la otra probablemente; a la que no se sonrió. ¿Quién es?

—Entiendo que es su hermana.

—Pues no se parece. Y desde aquí deben empezar tus temores.

—¿Por qué?

—Te lo diré. Desconfía siempre de una familia cuyos hermanos no se parecen.

—¡Hombre! ¡Hombre! Ya empiezas.

—Eso es claro. Luego se encuentra uno familias por esos mundos de Dios, en las que van resultando varios papás, varias mamás, y…

—Mira —interrumpió Enrique— se van a sentar, y en la banca que sigue hay dos asientos; vamos a tomarlos.

Apresuraron el paso los dos amigos, y pasando por delante de las dos hermanas, que ya se habían sentado, se apoderaron de la vecina banca.

—Buenas tardes —dijo la persona que la ocupaba.

—Buenas tardes —contestó el amigo de Enrique.

—¿Qué tal? ¿Qué se hace?

—Nada, ya usted lo ve, tomando el fresco.

—Y viendo a las muchachas.

—Naturalmente.

—Como que usted, amigo mío, es voto en la materia.

—Mira, Enrique; te presento al señor Jiménez, gran conocedor de la sociedad, hombre muy relacionado.

—Servidor de usted —dijo Jiménez.

—Enrique Pérez Soto —contestó Enrique— mucho gusto…

—El señor Jiménez —continuó el amigo— conoce a todo México.

—¿Ha nacido usted en la capital? —preguntó Enrique.

—Sí, señor.

—Vaya —continuó el amigo—. Apuesto a que conoce a nuestras vecinas.

—¿Qué vecinas? —preguntó Jiménez.

—Las de nuestra derecha.

—¡Ah! esas dos jóvenes…

—Sí; las de los sombreros blancos.

—¡Ah! sí, por supuesto.

—¿Quiénes son?

—Una se llama Leonor, y la otra Gumesinda.

—¿Ya lo ves? —dijo a Enrique su amigo—. Era materialmente imposible que el señor Jiménez no las conociera. Vamos a ver ¿qué otros datos puede usted ministrarnos, si es que no somos indiscretos?…

—No tengo inconveniente en decir a ustedes lo que sepa acerca de ellas.

—Bien; pues si usted nos hace favor… Porque… seamos francos. Mi amigo Enrique está perdidamente enamorado de una de ellas.

—¿De cuál? —se apresuró a preguntar Jiménez.

—De la más alta —dijo Enrique, como pidiendo aprobación por haberla elegido.

—Mucho me alegro —dijo Jiménez.

—¡Ah! ¿Eso quiere decir que?… —agregó el amigo maliciosamente.

—Sí ¿para qué lo he de negar? Yo tengo algo con Gumesinda.

—Desde luego parecen personas acomodadas —dijo Enrique.

—No creo que sean muy ricas —contestó Jiménez.

—Viven de…

—Las sostiene su hermano, el pagador Machuca.

—¡Ah! ¡Conque ellas son Machucas!

—Oye, chico —le dijo a Enrique su amigo—. Desde luego el apellido no es muy poético. El Petrarca no hubiera escrito un solo soneto a Laura si ella se hubiese apellidado Machuca. Confórmate con llamarle Leonor, que eso es otra cosa, y no te vayas a empeñar por eso en cambiarle su apellido por el tuyo, que está más eufónico.

Enrique, en lugar de contestar, se mordió las labios.

—Vamos —continuó el amigo de Enrique, dirigiéndose a Jiménez— y ¿a qué altura se encuentra usted en sus amores?

—Soy simplemente oso —contestó con desconsuelo Jiménez— pero tengo fundadas esperanzas de que esa situación cambiará favorablemente el sábado próximo.

—¡Cómo!

—Sí, estoy convidado a un baile adonde van las Machucas.

—¡Dichoso mortal! —exclamó Enrique juntando las manos.

—Pues si usted gusta…

—¿De qué?

—De ir al baile.

—¡Yo… de ir!… Pero… ¿Usted puede?

—Por de contado. Estoy facultado para hacer invitación a mis amigos y…

—Me haría usted el hombre más feliz del mundo.

—Yo los llevo a ustedes.

—Aceptado ¿dónde nos vemos? —preguntó Enrique.

—Yo pasaré por ustedes a…

Hotel de San Carlos —dijeron a una voz Enrique y su amigo.

—El sábado a las nueve de la noche.

—Convenido. Un millón de gracias, señor Jiménez. Iremos al baile y… por supuesto, encontraremos quien nos presente a las…

—A las Machucas —agregó el amigo de Enrique.

—No tragues camote, y acostúmbrate cuanto antes al espantoso apellido de tu amor. ¡Machuca! Eso es contundente, y desde luego trae imágenes no muy poéticas, porque entre los verbos que implican destrucción, el verbo machucar tiene algo de irónico y de ridículo; y cuando dicen «machucado», te viene sin querer a las mientes la imagen de un sombrero sobre el que se sentó alguien, y cuando dices «machuca», te figuras a la tercera persona del singular haciendo algo inconveniente.

—¡No seas cruel, amigo mío! —imploró Enrique— y por más que te rías, el señor Jiménez y yo tenemos a mucha honra considerarnos enteramente «machucados».

—«¡Machucados!» —exclamó Jiménez— machucados; esa es la palabra.

—Y por supuesto —agregó Enrique en tono confidencial— nos presentará… y bailaremos con ella, y…

—Naturalmente —dijo Jiménez—. Yo estoy decidido a hacerle mi declaración en toda forma, sólo que…

—¿Qué? —preguntó Enrique.

—Sólo que yo tengo mi táctica. Nunca hago una declaración en las primeras danzas.

—¿No?

—Espero que hayan circulado las copitas, y como la chica sepa jalar…

—¡Hombre! —exclamó el amigo de Enrique— el alcohol es un excelente auxiliar de los enamorados. Esperan el sí cuando la dama de sus pensamientos está a media bolina.

—De todo te burlas —dijo Enrique picado— y es que como las Machucas no son más que dos, te has quedado sin parte.

—Y en aptitud para divertirme, viéndolos a ustedes emprender esa conquista.

—Permítame usted: las Machucas son tres.

—¡Soberbio, chico, soberbio! —dijo Enrique—. Tú puedes emprenderla con la tercera, aunque se llama Machuca.

—Y es la más bonita —añadió Jiménez.

—Conque ¿qué dices?

—Hombre, no me parece del todo malo. En todo caso seremos tres machucados.

—Sí, sí, los tres… Pero ya se van; ya se pararon; aquí vienen.

Efectivamente, Leonor y Gumesinda pasaban frente a aquellos tres jóvenes, volviendo hacia ellos la cara con mucha naturalidad, y Leonor volvió a sonreír a Enrique como para despedirse.

Enrique se quitó el sombrero saludando en toda forma.

Las Machucas saludaron con una inclinación de cabeza.

—¡Magnífico! —exclamó Jiménez, frotándose las manos— han picado y este saludo inaugura las amistades.

Vamos, estoy impaciente porque llegue el sábado.

—Permítame usted —observó el amigo de Enrique— no por impaciencia vaya usted a declararse antes de las copitas susodichas.

—La táctica de usted es muy buena, pero yo no quisiera deber el triunfo a la influencia del vino; prefiero…

—¡Sí, ya! Una conquista limpia, una victoria de valiente.

—Es más satisfactorio. Además, bien pudiera ser que nos encontráramos, como es muy probable, conque esas señoritas no saben beber…

—¡Qué dice usted! —exclamó Jiménez—. Tengo mis datos. Me han informado, y lo sé de buena fuente, que…

—¿Qué? —preguntaron a dúo los dos amigos deteniendo el paso y poniendo el oído más cerca de Jiménez.

—Pues, señor, que… lo que es Leonor…

—¿Qué, hombre, qué?

—Leonor les entra recio a las copitas.

—¡Borracha! Ta, ta, ta —dijo el amigo de Enrique, riéndose estrepitosamente.

No bien se hubo separado Enrique de sus amigos, sintió, como todos los enamorados, la necesidad de estar solo. Esta necesidad es la que entraña la dualidad del amor. Se quiere estar o con el objeto amado o consigo mismo, eliminando toda influencia extraña.

Enrique había recogido en aquella tarde dos sonrisas, y tras de las sonrisas un saludo, que eran como los tres primeros albores de un día lleno de luz y de poesía, día que representa en la imaginación de los amantes el punto culminante de la ilusión, porque sean cuales fueren los goces posteriores nada es comparable a ese primer instante.

Enrique lo sentía así, y no cabía la felicidad dentro de su pecho. Necesitaba de la sombra y de la soledad para saborearla. Estaba en esos momentos que engendran héroes de amor; porque ya había cerrado los ojos a toda objeción, a toda dificultad, a todo lo que pudiera desviarlo de su senda. Enrique se sentía capaz de todo: hubiera aceptado el mayor de los sacrificios que se le propusieran, se hubiera sometido a la más dura de las pruebas, hubiera hecho, en fin, proezas de valor y de arrojo si sólo por medio de ellas hubiera de llegar al objeto de sus deseos.

No obstante esta exaltación, revolaban en el campo de su fantasía las ideas que su amigo había emitido para ridiculizar a las Machucas, pues ya se sabe que el enemigo capital del amor es el ridículo.

—¡Machuca! —repetía Enrique—. ¡Qué lástima que se apellide Machuca! Pero bien visto, el apellido no hace al caso. En cambio, el nombre es poético. ¡Leonor! ¡Oh! ¡Leonor! Y eso otro que dijo Jiménez, de que las Machucas son afectas al trago… ¡Qué horror! Pero eso ha de ser una exageración de Jiménez. Y lo que ha de haber de cierto es que Leonor es afecta a probar los buenos vinos, a gozar de los placeres de la mesa. ¡Eso! eso ha de ser; lo cual viene más bien a ser una recomendación. Sí, decididamente. ¡Es imposible que una mujer tan linda, que tiene un aire tan distinguido, y tanto garbo y tanto… fuera a tener un defecto tan repugnante como la embriaguez! No. ¡Qué disparate! Jiménez, como todos, es afecto a hablar mal de las gentes. Sobre todo, y sea lo que fuere, yo estoy profundamente enamorado de Leonor, a pesar mío, es cierto, pero se me figura que no podré vivir sin ella. ¡Qué vamos a hacer! Se me ha llegado ya mi vez y… ¡adelante! La felicidad de toda mi vida está identificada con esta palabra: ¡Leonor! y de aquí no hay quien me quite. A propósito de lo cual, me ocurre la idea de escribirle una carta; una carta que reciba hoy, y el sábado en el baile… eso es… el sábado en el baile, en la primera pieza que bailemos juntos… ¡oh dicha! Ya me figuro que me dice el sí, y que nos apretamos las manos, y que le aprieto la cintura, y que… me la como con los ojos… y que… en fin ¡la mar! ¡El amor en todo el auge de su preponderancia avasallando dos corazones destinados a palpitar juntos eternamente!

Enrique se frotó las manos, se irguió, se vió al espejo, accionó como un loco durante algunos minutos, paseándose por su cuarto, y al fin fue a dejarse caer sobre la silla que estaba frente a su mesa de escribir.

«Leonor» escribió en un papel de esquela. ¿Leonor?… esa es una llaneza. Yo le llamaré Leonor cuando… pero en la primera carta… Escribió en un segundo pliego:


Señorita:

No me pude contener esta tarde, y la he saludado a usted aun a despecho de parecerle atrevido; pero…
 

—¿Por qué? ¿qué disculpa?… ¡ah! ¡ya me ocurrió!

… pero usted lo sabe, usted sabe cuánto tiempo ha que la conozco, que la sigo, que la veo, que la admiro y que… y que la amo.

—Ésta es una buena introducción; sobre todo natural… realista, como se dice ahora. Después de leer lo anterior, no hay más remedio que seguir leyendo.

Y no crea usted, señorita, que yo esté puramente alucinado con su hermosura. Al principio podría yo mismo figurármelo; pero hoy, cuando me decido a escribir a usted estas líneas, es porque tengo la convicción más profunda de que he llegado a amar con la pasión más verdadera, con el amor más intenso y con la resolución más inquebrantable, de unir mi suerte a la de usted para siempre. Soy rico, soy libre y soy caballero. El sábado, en el baile del coronel, me dirá usted si estoy destinado a ser el más feliz o el más desgraciado de los hombres.

—¡Magnífico! —exclamó Enrique, cerrando la carta que se puso en el bolsillo; tomó su sombrero y salió de su cuarto.

Mientras Enrique va a buscar la manera de hacer llegar su carta a manos de Leonor, echaremos una rápida ojeada sobre los personajes que a la presente están haciendo sus preparativos para concurrir al baile de Saldaña.

No había, por supuesto, un solo conocido de las Machucas, que directa, indirecta o subrepticiamente no estuviera ya investido del carácter de convidado. La llaneza y el sans façon de aquellas invitaciones, a contar con algunos días más, hubiera determinado una irrupción formidable a la casa del coronel; porque cada cual ponía en práctica el conocido adagio de «un convidado convida a cien».

Las niñas de la Alberca Pane, con sus tres novios y dos aspirantes; Enriqueta, la de don Manuel, con su vestido nuevo, sus botitas flamantes y su colegial alegre, que, mediante el préstamo forzoso de una levita negra, iba a estar casi elegante; Saldaña, con «la madre de sus criaturitas», y el amigo que la iba a servir de acompañante; el curial y su familia, los cuatro pollos que jugaban al billar en Iturbide, el dependiente de Lohse, Jiménez, Enrique y su amigo, y por fin, Venturita y Lola, a quienes había llegado el convite del baile, nadie sabía por dónde, pero a cuyo baile iría la familia, porque el jefe de ella tenía sus dares y tomares con Saldaña; sin contar con que el coronel que daba el baile había convidado al general y al mayor, y a dos o tres de los oficiales francos que le parecieron en el cuerpo los de mejor talla y mejores maneras.

Tenemos también a Camacho y a la suya, la primera en quien pensó Saldaña; al general que lomaba chocolate en La Concordia, al jefe de la oficina a quien Saldaña era tan útil, a Peña y a otros varios, incluso don Quintín, a quien obligó Saldaña a echar una cana al aire, y un vaso del jerez seco que lo había deleitado.

La música estaba vista y contratada. Consistía en un gran contrabajo, que con trabajo cargaba el que lo rascaba, y con más trabajo era introducido bajo las colgaduras de las puertas hasta el rincón que se le destinaba en la fiesta; al contrabajo seguían tres latones: un bajo, un trombón y un corneta pistón, que era el que iba a hacer el gasto, por lo menos el que tenía la mejor parte en aturdir al auditorio, y por último, dos violines y una flauta.

Desde el viernes Saldaña se ocupaba, asistido por doña Bartola, por el coronel y por Matilde, de poner velas en los candiles y en los candelabros, y la casa empezaba a llenarse de trastos y cajones.

Doña Bartolita había recibido ya de la modista el vestido que iba a ponerse la noche del baile. Era enteramente de su elección, aunque la confección había sido obra de la modista.

Era de raso y de un color indefinible, entre guinda y café, tirando a óxido de fierro, era un color que no pertenecía a los rojos, pero descendía de ellos; tenía el suficiente amarillo para no parecer ni rojo ni morado, y se inclinaba de una manera incierta hacia los verdes hojarasca. De cualquier manera que sea, nadie podría decir cuál era el color del vestido de doña Bartola. La modista, al contemplar aquel color tan neutro y tan imposible, no encontró en el comercio adorno que le casara, y tuvo que recurrir a esas cuentas esmaltadas de mil colores, que juntas forman una algarabía de luces indescriptibles. La modista sabía que la señora que mandaba hacer el vestido se llamaba Bartola, y comprendió que los abalorios le iban a venir a las mil maravillas. En efecto, aquel vestido, que pesaba diez libras, era la irradiación de todos los colores imaginables; brillaba como un candil y asumía las tintas más raras y los matices más incomprensibles.

Saldaña y el marido de doña Bartola se quedaron estupefactos, y convinieron en que la señora iba a estar deslumbradora, porque el adorno parecía de diamantes.

En cambio, la mamá de las niñas que se bañaban en la Alberca Pane, había tenido que enviar a la criada «a la sucursal», como ella decía, para completar algunos gastos menores de sus hijas, porque sólo a costa de ese género de sacrificios podían aquellas niñas exhibirse en días terribles.

VII. Comienza el baile

Casi toda la semana había comido y cenado Saldaña en la casa del coronel; pero el sábado fue preciso atenderlo desde el desayuno, porque tenía muchísimo quehacer; empezando por recibir los efectos de la casa de don Quintín, y los trastos, sillas, cubiertos y demás objetos alquilados.

Trastornó los muebles de la casa, improvisó mesas en el comedor, y lo llenó todo de trastos. Comisionó al coronel para partir en rebanadas el queso de Gruyère; a un capitán, que destapara latas de sardinas, a doña Bartola que pusiera las aceitunas en fuentes de cristal, mientras él formaba pirámides de pasteles y bizcochos, y distribuía botellas con cierto artificio y previsión.

—¿Qué está usted haciendo, Saldaña?

—Véalo usted, coronel. Yo soy perito en estos asuntos; ha de estar usted en que no todos saben tomar; todos beben, es cierto, pero hasta las personas que se precian de conocedoras, se les puede dar gato por liebre. Vea usted, por ejemplo; aquí tiene usted un jerez dulzón y contrahecho, en muy bonitas botellas. Éste es para las señoras: como son el málaga y el moscatel. En seguida tiene usted aquí un champaña baratito para el común de mártires. Éste se da para hacer ruido y para que se oigan muchos taponazos en el comedor. Pero venga usted ahora por acá, coronel: ¿ve usted esta caja? ¡Ésta es la Santa Bárbara! Aquí tiene usted coñac de treinta años, unos vinos húngaros, un jerez legítimo y champaña de la Viuda e imperial. De tal manera que cuando quiera usted tomar algo y traer al comedor a algún amigo predilecto viene usted conmigo. Yo sólo sé dónde pongo este guardado. ¿Me comprende usted, coronel? Ahora, en cuanto a la pastelería, los hay también para la clase de tropa y para los jefes; yo sólo los distingo, porque son iguales en apariencia; pero unos son a peso el ciento, y otros a veinte reales y tres pesos.

—¡Pero, hombre —objetó el coronel— me parece mucho!

—¿Mucho, qué?

—Mucho de beber y mucho de todo.

—No conoce usted a la gente. Y a verá usted como todo desaparece como por encanto, y tan no es mucho en mi concepto, que tengo gratificado a un dependiente de don Quintín para que esta noche, sea la hora que fuere, despache algún pedido extraordinario si se ofrece. Yo soy muy previsor.

Saldaña no sólo había intervenido en el abasto, sino que había reforzado la servidumbre de la cocina para la limpia de la loza y el cristal. De manera que desde las cinco de la tarde había invadido los dominios de la cocinera una tribu de fregatrices.

Pocas horas faltaban, y el coronel, doña Bartola y Matilde, tenían los pies hinchados.

*

Leonor había recibido la carta de Enrique, quiere decir, de aquel joven elegante que la había saludado en el paseo, pero cuyo nombre ignoraba todavía. Sin fijarse en la sinceridad que revelaba la carta, lo que más llamó la atención de Leonor fue aquella frase: «soy rico».

Es que van pasando a toda prisa aquellos tiempos felices que han hecho de la mujer mexicana el modelo de las esposas. La irrupción del lujo en las clases poco acomodadas, va oscureciendo el fondo inmaculado de las virtudes domésticas, y convirtiendo la modestia y la humildad en esa sed insaciable de atavíos costosos para engañar a la sociedad con un patrimonio y un bienestar que no existen.

La mujer, tocada por ese nuevo estímulo, se coloca voluntariamente al borde de los precipicios, porque cree haber descubierto en el mundo real algo superior a la virtud.

Leonor se ocupó de tomar lenguas, tan luego como recibió la carta de Enrique, y tocóle a Jiménez en suerte, por mediación de Gumesinda, ser el informante; puso a Enrique por las nubes, exagerando sobre todo su fortuna. Leonor sin más reticencia se propuso hacer la conquista decididamente en el baile.

*

Una vecina de los cuartos bajos de la casa de vecindad que ocupaba Lupe, la madre de las criaturitas de Saldaña, se había encargado de la toilette de Lupe. Había sobre la mesa de comer, única en el cuarto, una lata de sardinas (consumidas hacía muchos años) con agua de la tinaja, una escobeta formada de filamentos de maguey, y un peine al que le quedaban todavía algunos dientes.

Lupe, en su calidad de madre de las criaturitas de Saldaña, como era pobre, modesta y de buenas costumbres, no había pensado nunca en cubrirse la frente con el pelo: la exhibía monda y lironda para que todo el mundo pudiera leer en ella las huellas de la tristeza, que empezaban a caracterizarse por ciertas líneas que sólo se hacían perceptibles cuando Lupe reía o lloraba.

La vecina aquella, que tenía sus pretensiones de elegante en la vecindad, pues salía los domingos a misa con velo mantilla, y era además de las que ya habían entrado en la moda del «burrito», lo primero que hizo fue pelar a Lupe.

Hecha la tonsura, resultó sobre la frente de Lupe una especie de brocha mojada en humo de ocote, porque el pelo de Lupe, además de tener un «negro recamarera» muy pronunciado, era además tan rebelde como los filamentos de maguey y de la escobeta. Entre la escobeta, la brocha, Lupe y la vecina, se emprendió una verdadera campaña; se acabó dos veces el agua de la lata de sardinas, y el cuero cabelludo de la víctima comenzaba a resentirse del tratamiento, y se pensó en un emoliente. La vecina mandó a la barbería de la misma calle a un muchacho que le pidiera a don Carmen cuartilla de pomada de toronjil o de canela.

Volvió a poco el muchacho deleitándose con aquel Opoponax de cuartito, que don Carmen el barbero, a falta de otra cosa, había embarrado en un papel.

La pomada fue insuficiente para quebrar aquellos cabellos rebeldes, acostumbrados además a una tensión de veintitantos años. No había modo de que bajaran a la frente como Dios manda, de que cayeran por su propio peso sobre las cejas. Después de atusarlos, volvían a levantarse y a separarse hacia los lados obedeciendo a su costumbre.

Al fin hubo necesidad de recurrir a la prueba del fuego, y la vecina mandó entonces al muchacho a ver a doña Antonia la lavandera, que tenía el cuarto número 7, para que le prestara una de sus tijeras de encañonar. Las puso a calentar y le quebró, o más bien le tostó aquel burro insurrecto que no quería echarse sobre las cejas de Lupe, que era de lo que se trataba.

Lupe se levantó de aquel potro de tormento, se vio en un pedazo de espejo, y se desconoció a sí misma. Estaba tan rara, que ni el padre de sus criaturitas la hubiera conocido.

El corsé, que figuraba en el baúl de Lupe como objeto raro, salió a lucir sus enmohecidos broches, y, previa una alforza, sirvió para modificar esas líneas que la mujer ha dado en enmendar a la madre naturaleza; y ya con este cambio, el vestido azul del empeño podía entrar a su lugar.

Lupe no era de un trigueño tan subido que rechazara una mano de gato. La vecina la embadurnó de polvo, y Lupe empezaba a animarse como la estatua de Pigmalión, empezaba a desprenderse del cuadro; rejuvenecía y se elegantizaba, formando contraste con el cuarto, con el menaje y con las criaturitas de Saldaña.

Una vez bien ajustado el vestido azul del empeño, la vecina fue a su vivienda para traer una flor artificial, que ya había servido a varias vecinas cuando, como Lupe, tenían que concurrir a baile.

Las criaturitas, en tanto, abrían desmesuradamente los ojos, sin darse cuenta de aquella extraña transformación de su madre. El muchacho que había ido a comprar la pomada, levantaba una vela de sebo lo más alto que podía, para alumbrar bien el cuadro, y en la puerta entreabierta aparecía un grupo de vecinas curiosas atraídas por la novedad.

La vecina que se había encargado de la toilette no esperaba más que colocar en la cabeza de Lupe la flor artificial de que hemos hablado, para abrir la puerta y dar paso a los curiosos. Así fue en efecto.

—Pase usted, doña Margarita. Entren ustedes —dijo dirigiéndose a las de la puerta.

El cuarto fue invadido hasta por seis vecinas.

—¡Oh, qué cosa tan linda de vestido! —dijo una—. ¡Y de pura seda!

—¡Y es hecho por modista! —dijo otra.

—Eso a legua se conoce ¿no ve usted qué tablitas?

—Yo creo —agregó otra— que irán a ese baile muchas rotas, pero con dificultad habrá un vestido mejor que el de usted, doña Gualupita.

—Vaya, y mire usted, doña Anita, qué bien le están a Lupe los copetes.

—¿Ya lo ve usted, mi’alma? Yo se lo he estado diciendo; córtese usted el pelo. Ya sólo las de «altiro probes» lo usan largo.

Una muchacha se había sentado en el suelo para analizar y tocar lo que ella llamaba los «porabajos».

—A ver, a los porabajos —dijeron varias.

Entonces el muchacho que levantaba la vela la puso en el suelo. El examen pasó de la cabeza a los pies.

—Son de cabritilla abronzada, y charol con sus pespuntes.

—¡Miren qué bonito pie tiene la vecina!

—¡Si no hay como lo bueno! ¡A fe que con esas babuchas con que anda todos los días! Están muy bonitos. ¿Son de cinco?

—Sí, de cinco pegados —contestó Lupe llena de una satisfacción que no podía ocultar.

Otra de las vecinas, levantando la falda y examinando el adorno de las enaguas:

—Esta punta es hasta a real y medio la vara.

—No, doña Anita, eso era antes, yo la merqué a real.

Aquellas curiosas hubieran permanecido toda la noche contemplando a Lupe, si no hubiera venido a interrumpir la escena el amigo de Saldaña, encargado de llevar a Lupe al baile.

—Buenas noches.

—Buenas noches, don Lucio —contestó la vecina que había peinado a Lupe.

—Buenas noches dé Dios asté, señor —dijo una vieja— pase usted adentro.

—Buenas noches —dijeron en varios tonos las demás vecinas.

El muchacho volvió a levantar la vela, seguro de que aquel señor querría también contemplar a Lupe.

—Está usted elegantísima —exclamó el recién venido— parece usted otra.

—¿No es verdad, don Lucio? ¡De lo vivo a lo pintado!

—¡Válgame Dios! —dijo la vieja— ¡y lo que son los trapos! No en balde las muchachas hacen hoy día tantas locuras por ellos.

—Sí, no hay como el dinero.

—Ya se ve que sí —dijo otra—. Con dinero baila el perro.

—Pero don Saldaña es rico —dijo una maliciosamente.

—¡Vaya! —agregó una tercera— siempre que viene a almorzar gasta en mole de guajolote y compra hasta rial y cuartilla de pulque.

—Bueno; pero yo lo decía por el vestido.

—El vestido ha costado algunos pesos.

—¡Vaya! ¡Cómo no! ¡Si es de puro raso!

—Y del bueno —dijo otra— porque hay rasos hasta de seis riales, y éste no.

—Ande usted, mi’alma, que se está haciendo tarde, ya dieron cuánto ha las ocho.

—Pues a la hora que usted disponga —dijo don Lucio.

Este don Lucio, amigo de Saldaña, venía de levita negra abrochada y sorbete, como aquellas gentes le llamaban al sombrero alto. Sombrero que no se había quitado, con el objeto de que los curiosos aquellos pudieran contemplarlo a su sabor.

Don Lucio, efectivamente, podía confundirse en la concurrencia del baile, y por su aspecto nadie pensaría que aquel señor era artista, artista del cabello, quiere decir, que tenía un salón de aseo o, en resumidas cuentas, que era barbero. Pero como el salón de aseo de don Lucio medía tres varas y media, y estaba en calle apartada, Saldaña estaba seguro de que nadie lo conocería en el baile.

Cuando Lupe estuvo perfectamente ataviada, y vista por las vecinas, se puso en los hombros un tápalo negro, y se cubrió cuidadosamente la cabeza con una salida de teatro de estambre blanco. Después de dejar muy recomendadas a sus criaturitas con una vecina, cerró su cuarto, y levantándose la falda azul con ambas manos y pisando de puntitas sobre el sinuoso pavimento del patio, se encaminó al zaguán, seguida por las vecinas y alumbrada por dos o tres velas de sebo que bondadosamente sacaban las curiosas y los muchachos.

Entre éstos había dos que iban alumbrando con cerillos el pasadizo que recorría Lupe.

Por fin se encontró en la calle, del brazo de su acompañante, y en camino para el baile.

*

Desde las ocho de la noche comenzó Saldaña a encender las velas de la sala, mientras Matilde, Bartolita y su marido hacían su toilette. La cocina estaba atestada de criados, que se veían los unos y los otros por la primera vez.

—Yo no sé si nos debemos ir —decía una fregatriz, envuelta la cabeza en un rebozo remendado— onde que ha fregado una todo el día, que todos mis trapos los tengo empapados.

—Yo tengo las manos —dijo otra de la misma calaña— que hasta la sangre me quiere brotar; pero como no nos han pagado, yo pensaré que nos necesitan.

—¿Pa qué, diga’sté?

—¿Cómo pa qué? Pa fregar también de noche.

—¿El suelo?

—No, los trastes.

—¿Pos no ve usté que están limpios?

—Pero deje que vengan «los rotos», y vera lo que es ensuciar. Sí, yo ya sé d’eso.

—¿Pos sólo que sea pa eso, y ese será otro són? ¿No, doña?

—Pos afuerza, eso se paga aparte; porque siendo casa de desvelada… ¿no le parece a usté?

—Y luego que ni pa un trago de pulque nos han dado.

—Yo, gracias a Dios, traiba medio y tres tlacos de lo mío.

—¡Dichosa usted! Que yo me vine sin blanca, y como una viene «aucionada» a su trabajo…

—¿Pos qué tiene ora sed? —preguntó con cierta intención erótica el más joven de los garbanceros, y acercándose mucho a las dos fregatrices, que acurrucadas en el suelo y en posturas de ídolos aztecas hacían aquellos comentarios.

—¡Pos no! —dijo la más relamida, moviendo la cabeza con cierto dengue y haciéndose de nuevo el embozo del rebozo de modo de cubrirse la boca.

Cuando un caballero y una señorita coquetean, el niño amor juguetea entre ellos con el alfiler del pecho que quiere desprenderse, con el encaje del puño que se había volteado un poco, con el abanico que una frase ha dejado a medio abrir, con las puntitas color de rosa de los dedos que toman las actitudes de los tentáculos de las mariposas y de otros coleópteros; juega el niño amor, en fin, con las miradas, con las sonrisas, con las reticencias, con los puntos suspensivos, y hasta con el aliento. Pero cuando se trata de amor en nuestra servidumbre o, como se dice aquí, «entre garbanzos», entonces niño amor, encaje, abanico, sonrisa y todo eso junto, se reduce a entreabrirse con ambas manos cerca de la cara la orilla del rebozo, dejando percibir por un momento el pescuezo cobrizo y arrebujándose después con el emboce, de manera que tape un poco más la boca, aun cuando no haga frío, tapada de boca que, traducida elocuentemente por el pretendiente, es como si ella dijera: «No sea usted malo», «yo soy muy recatada», «esas cosas me ruborizan», etc., etc.

Si la fregatriz hubiera contestado a secas que tenía o que no tenía sed, el «garbancero» hubiera dado la vuelta indiferente; pero como la mujer dijo: «¡Pos no!» y se arrebujó, volviendo la cara, fue aquel el momento supremo en que el doméstico comprendió toda la inmensidad de su dicha.

Para realizarla, se dirigió a un camarada, a un criado alquilado por Saldaña y de todas sus confianzas.

—Oiga, vale —le dijo, con cierto aire de reserva— dizque las señoras tienen sed.

—¿Qué señoras?

—Pos las que fregaron.

—¿Y qué?

—Yo lo decía porque, ya ve usted, que a los criados luego les dan al último, o bien a bien no les dan.

—Pero a mí don Saldaña me ha entregado todo por cuenta, y no vaya a decir…

—No ¡qué ha de decir! Ni onde va a echar de menos una botella.

—Pos… —replicó el alquilado, rascándose la cabeza—. Lo que es necesario es tantiar y…

Misté… y pa qué es más que la verdad. Yo no sé cómo se vino entre el zacate esta botellita —dijo llevándose al vale a la azotehuela.

—¡Anisete! —dijo el alquilado viendo contra la luz de la cocina—. Bueno, pos si es anisete, lléveles a esas señoras.

El adjudicatario de la botella vació la mitad de su contenido en un jarro, volvió a meter la botella entre el zacate, y se fue a la cocina en busca de las fregatrices, que dormitaban sentadas en el suelo.

—Ande usté —le dijo a la del rebujo.

Este «ande usté», es la frase consagrada de la galantería de sarape; «ande usted» quiere decir «beba usted», o bien «¿usted gusta de beber?» o «beba usted sin cumplimientos», etc., etc.

De manera que la fregatriz obsequiada, tomando el jarro del borde e introduciendo en él tres dedos, lo pasó a su compañera, repitiendo:

—Ande usté.

La compañera hizo desaparecer sus narices, sus ojos y parte de la frente en la boca del jarro, y disfrutando a la vez de la inhalación y de la bebida, se engolfó en el anisete. Pasólo en seguida a la otra mujer, quien a su vez lo devolvía al anfitrión. Éste repitió la frase secramental «ande usté», rehusando tomar el jarro.

La fregatriz apuró el anisete, y sin dirigir la vista al obsequiante, devolvió el jarro, se limpió los labios con el rebozo y volvió a taparse la boca en señal de recato.

El criado se dirigió a la azotehuela.

No pasó nada de esto desapercibido para el resto de la servidumbre, especialmente de Francisca la recamarera, quien no había visto con malos ojos durante el día al escanciador del anisete. Buscó pretexto para encontrarse con él en la azotehuela.

—Aquí tengo para usté, doña Pachita.

—¿Qué?

—Anisetito. Y yo, como esas señoras luego hablan, les fuí a dar un trago.

—¡Ah! yo creiba…

—Ande usté, doña Pachita —continuó alargando el jarro.

—¿Usted cree que yo voy a tomar anisete, después de…? ¡Pos ora sí no faltaba más!

Y Francisca hizo un dengue, y se volvió a la cocina. Había ya, pues, para la fermentación posterior tres ingredientes en la cocina: amor, celos y anisete.

Entretanto, Saldaña había acabado de encender las velas. Los músicos acababan de entrar, escurriéndose uno tras otro, pisando quedito y hablando muy bajo. Saldaña los colocó en la pieza contigua a la sala y fue al comedor a seguir sus tareas.

La casa estaba completamente en silencio, y se respiraba por todas partes ese ambiente húmedo y de olor a ladrillo mojado. Se habían colocado dobles lámparas de petróleo en el zaguán, en el patio y en la escalera, y ya todo estaba listo, alumbrado, y limpio en espera de la concurrencia.

A eso de las ocho y media blanqueaba entre las macetas del corredor una cabeza descubierta con salida de baile. Era la primera señora que se presentaba y a quien sobrecogía el silencio que reinaba en la casa, temiendo haberse equivocado.

—¡Si no será aquí!

—Aquí es —dijo su acompañante— conozco la casa como mis manos; sino como que es baile de tono, los concurrentes vienen tarde. Entraremos.

La señora y su compañero entraron a la sala, se detuvieron un momento en la puerta, y dirigiendo una mirada en torno suyo, se convencieron de que eran los primeros concurrentes.

—No hay nadie —dijo ella muy bajo.

—Así es mejor. No tenemos que saludar a nadie. Siéntese usted.

La señora se sentó sin quitarse el abrigo. Le parecía que con aquel trapo blanco en la cabeza estaba más en carácter. Su acompañante se sentó junto a ella, poniendo su sombrero en la silla inmediata, y después de guardar silencio por algunos instantes se pusieron a hacer comentarios sobre la sala y sobre los muebles.

Al cabo de un largo rato entraron otras señoras, y como no había quien las recibiera, fueron entrando, porque para eso iban, para entrar; y como allí había una señora se dirigieron a ella.

Aquella señora, la primera que había llegado, era nada menos que Lupe, la madre de las criaturitas. Las recién venidas fueron poniendo la punta de los dedos de la mano derecha en el hombro izquierdo de Lupe, murmurando «buenas noches» o un «cómo está usted», más confuso que atento. Cada una de las que hacía aquello, se sentaba en seguida, y cuando había cosa de seis, entraron otras, quienes a su vez hacían eso de los dedos de la mano derecha con las demás hasta encontrar silla vacía. No habían llegado a encontrarse dos conocidas; de manera que aquellos símbolos de abrazo y aquellas frases de «cómo está usted» y «buenas noches», eran cada vez más de pacotilla, al grado que parecía que aquellas gentes no se saludaban, sino que se olían. Tenía, en efecto, aquella ceremonia más de canina que de social, tanto que cuando ya había más de diez señoras, las recién venidas no se encontraban con ánimo de dar diez abrazos, y al llegar a la quinta o sexta de la fila, saludaban con la cabeza y se sentaban.

Los hombres se habían quedado todos en la antesala y en el corredor. Algunos pollos se calaban guantes blancos a grandes tirones, con más aire de boxeadores que de bailarines, y alguno exclamaba:

—¡Caray, hombre, voy a echar una bailada esta noche!…

—Y yo también, pero no seas egoísta; me buscas pareja tú que conoces a todas.

—¿Ya vinieron las Machucas? —preguntaba un pollo empinándose.

—No; las Machucas vendrán más tarde —dijo otro como haciéndose sabedor de intimidades.

Había ya tanta gente, que los músicos se creyeron en el deber de templar, y la flauta soltó un la agudo, y el contrabajo respiró como un león que huele la carne. Las de los pollos temblaron de emoción y de esperanza.

Bartolita, su marido y Matilde aún no parecían; habían tenido que hacer muchas cosas para vestirse; pero la flauta había sido la voz de alarma.

Ya había en la sala más de veinte personas, y todavía las de la casa no acababan de vestirse. El marido de Bartolita fue el primero que salió de su recámara, cojeando.

—¿Qué tiene usted, coronel? —le preguntó Saldaña al verlo apoyarse en las sillas para andar.

—¡Qué he de tener! ¡Este maldito zapatero que me ha hecho unos botines tan estrechos!…

—¡De baile, coronel, botines de baile! Le hacen a usted un pie elegantísimo.

—¡Por cierto de la elegancia! ¡Si no puedo dar un paso!

—Ya darán de sí. Píselos usted un poco.

—Dudo que los pueda dominar.

—Deje usted que asienten.

—¿Y mi mujer? ¿Dónde está mi mujer? ¿Ya está en la sala?

—No; se está vistiendo.

—¡Válgame Dios! ¡Qué tocador tan largo! La concurrencia está sola.

—Si a usted le parece, haré que toquen una pieza para que se entretengan y así no echarán de menos a los señores de la casa.

—Bueno, mándela usted tocar.

Saldaña entró a la sala, y se dirigió a la pieza en donde estaban los músicos.

—Vamos, maestro; toquen ustedes una pieza. Es necesario empezar.

Se enderezó perezosamente el contrabajo, y los músicos volvieron a templar sus instrumentos.

Al ver Saldaña que muchas señoras habían conservado sus abrigos, fue acercándose a ellas para suplicarles que se los quitaran. A medida que lo hacían, Saldaña iba recibiendo tápalos, sacos, salidas de teatro, bufandas y capas en el brazo izquierdo, hasta formar un promontorio con el que apenas cupo por la puerta, y en la recámara dejó caer aquella carga, invirtiéndola, sobre una cama, con lo cual estaba ya preparado el desorden y el extravío de los abrigos.

Había sobre algunas mesas y algunas sillas sombreros, bastones, paltós y paraguas. Saldaña cargó con aquel material y lo amontonó en la cama para despejar la sala.

Empezó la música. Era una polka; pero casi nadie se dio por entendido. Lupe y muchas otras de su calaña no sabían bailar polka; don Lucio mucho menos, y algunos otros pollos eran de esos que no aprenden a bailar en las academias de baile, porque escasean en esta culta capital, sino de los que se sueltan bailando de buenas a primeras por esa intuición coreográfica propia de la edad y del atrevimiento. De manera que lo que más fácilmente aprenden es la danza, que casi no es baile, sino vaivén acompasado y roce acompasado.

No hubo, pues, quien bailara la polka. Saldaña se dirigió a los señores.

—Vamos, señores, la polka.

—Yo no bailo polka.

—Ni yo tampoco.

—Que toquen una danza.

—Sí, es mejor danza.

—Maestro, una danza —dijo Saldaña al oído al violín.

Acababan de llegar Enrique, Jiménez y su amigo, el que llevaba intención de enamorar a la tercera de las Machucas.

Ya Saldaña había abierto una de las puertas de las piezas interiores que daban al corredor, y todos los recién venidos entraban por allí para dejar sus abrigos.

Doña Bartolita acertó a salir a la sala en el momento en que bailaban la danza. De manera que entró, y como nadie la saludaba, porque no la conocían, buscó asiento y se sentó, como una de tantas; de lo cual quedó ella muy satisfecha, porque le hubiera sido embarazoso saludar a tantas personas. De la misma manera se deslizaron a la sala el coronel y Matilde, sentándose cada cual donde mejor les pareció.

Entraban por la puerta de la recámara el curial y su mujer, elegantísimamente vestida, con vestido de brocado blanco, con blonda de seda, adornado con rosas Príncipe Alberto.

Se produjo en seguida un rumor en la antesala, que anunciaba la llegada de las Machucas, y Saldaña, acercándose al coronel, le dijo al oído:

—Ahí está la de Camacho.

—¿Cuál?

—Ahora la verá usted entrar, trae un vestido color de rosa, trae plumas y flores en la cabeza, y el pelo salpicado de polvo de oro.

—¡Caramba! —dijo el coronel, pretendiendo pararse sobre sus botines de charol ajustados.

—¿Ésa? —preguntó.

—¡Ésa! —dijo Saldaña con satisfacción.

La de Camacho atravesó la sala llamando la atención de todos los concurrentes, y sin apercibirse de no ser presentada, tomó asiento, abrió su abanico y se dejó ver más bien que veía a los demás.

A la sazón entraron las Machucas. Ellas se dirigieron a besar a Matilde, y saludaron a varias de las señoras que estaban sentadas.

Tras de las Machucas, y después de producirse una oleada en los pollos, como en la mar cuando se zambulle un tiburón, entraron muchos en la sala.

—¿Quiénes son esas señoritas?

—Son las Machucas.

—Luego me lo figuré —dijo otra— que esas habían de ser las Machucas.

—¿Por qué se lo figuró usted?

—Yo no sé; pero como son tan mentadas…

—Pues como verá usted, no tienen nada de particular.

—Muchos ojos.

—Y mucho blanquete.

—Y muchas pretensiones —agregó otra señora.

Las niñas que iban a la Alberca Pane, su mamá y los tres novios acababan de llegar, y ya no tuvieron asiento en la sala. Estuvieron mucho tiempo en la recámara, sin que nadie las saludara ni las invitara a quitarse los abrigos, hasta que acertó a pasar Saldaña, que estaba en todo.

—Señoritas —les dijo— pueden ustedes darme sus abrigos; vean ustedes, por aquí les buscaremos un rinconcito para que puedan encontrarlos a la salida.

Isaura dejó ver en todo su esplendor su vestido a verdes, y Raquel su chaqueta aquella, la de la transformación.

Ya había en la recámara varias señoras, que no alcanzando sillas en la sala, se habían sentado en las camas y donde habían podido. Lo mismo hizo la mamá de las niñas; aunque haciéndole poca gracia quedarse en la recámara. Ya que no bailaba hubiera querido ver bailar, porque para eso iba; pero había tanta gente, que se dio por afortunada con sentarse sobre un baúl.

Dos señoras acaban de entrar en la recámara con aire misterioso, porque se decían de vez en cuando palabras al oído.

—Yo sé lo que te digo, si lo conozco.

—¡Me parece imposible! ¡Un joven tan decente y de tan buena familia!…

—Pues no te quede duda. Pregúntale a Marianita a quien le consta el hecho.

—Sólo porque tú me lo dices.

—Créelo, y sobre todo, vamos a poner nuestros abrigos en puerto de salvamento.

—¡Pero cómo! ¡Mira en qué estado están los abrigos! Son un montón informe. Es probable que tengamos mucho trabajo para encontrarlos.

—Pues no hay más. Ven.

—Con permiso, con permiso —dijeron aquellas dos señoras pasando por la recámara al través de la multitud. Cuando estuvieron en un rincón empezaron a buscar sus abrigos. No bien habían empezado aquella operación, cuando se les acercó un indiscreto.

—¡Cómo! Qué ¿se van ustedes tan temprano?

—No, señor —contestó una de ellas.

—Yo decía, porque sería una lástima.

—No, señor, buscamos nuestros abrigos para separarlos simplemente.

—¿Qué señas tienen? Ayudaré a buscar.

—Son blancos —contestó una de las señoras, buscando ella misma entre aquella trapisonada.

Tiraban de las puntas de todos los abrigos blancos, y de esa manera iban mezclándolos y confundiéndolos todos.

—¡Qué es eso! —dijo un tercero. Parece que algunas señoras se quieren ir.

—¿Quién se va?

—No. ¡Nadie! ¡No se va nadie!

—¿Qué? ¿Qué, se va alguno? Conque ahora empezamos…

—Por supuesto —dijo un tercero, que acababa de bailar y se limpiaba el sudor de la frente.

Entretanto aquellas dos señoras encontraron sus abrigos y con ellos en el brazo buscaban persona a quien encomendárselos.

—¿Les parece a ustedes que veamos al señor Saldaña? —preguntó el comedido aquél que había ayudado a buscar los abrigos blancos.

—¿Quién es Saldaña? —preguntó una de las señoras.

—Saldaña es… en fin, es el que… el encargado del baile.

Las dos señoras se preguntaron con los ojos.

—Nosotras deseamos entregar estos abrigos a alguna persona de la casa.

—Pues al señor Saldaña, porque las personas de la casa, yo… la verdad, no las conozco.

—Pues sea al señor Saldaña.

—Voy a llamarlo.

Las señoras esperaron con sus abrigos sobre el brazo.

Al cabo de un largo rato, apareció Saldaña muy fatigado.

—¿Qué se ofrece, señoritas?

—Queremos entregar a usted personalmente nuestros abrigos.

—¡Oh! ¡aquí están perfectamente!

—Sin embargo, si usted tiene la bondad de colocarlos convenientemente en algún lugar determinado…

—¡Ah, ya comprendo! —dijo Saldaña— para que ustedes puedan encontrarlos a buena hora.

—Precisamente.

—¿De qué se trata? —preguntó un amigo de aquellas señoras que ponían en salvo sus abrigos.

—¡De qué se ha de tratar, hombre de Dios! De salvar nuestras salidas de baile; figúrese usted que las acabamos de recibir de París.

—¿Y ustedes se imaginan que corren peligro?

—¡Y como que sí! Acaba de entrar…

Y una de aquellas señoras dijo un nombre al oído de su amigo…

—¡Y qué! —exclamó éste atónito.

—¿Cómo? ¿Qué, no sabe usted las gracias de ese sujeto?

—No ¿qué gracias?

Y una de las señoras hizo con la mano derecha esa seña tan conocida en el lenguaje universal, que consiste en un movimiento de los dedos que todo el mundo traduce de esta manera: «ladrón».

—¿Qué me cuenta usted? ¡Eh! ¡tan joven y de tan buena presencia!

—¡Y de tan buena familia! —agregó la otra señora—. Pero el hecho es cierto. No hay baile a que concurra en donde no se pierdan los abrigos.

—¿Pero será él? —insistió el caballero, todavía dudando.

—¡Sí, señor, él, él mismo! Ya se le ha cogido infraganti; ya se ha rescatado alguna vez un abrigo perdido, que él había guardado en una casa de empeño.

—Sólo porque ustedes me lo aseguran… ¡parece increíble! Pero en fin, ¿qué han hecho ustedes?

—Entregar nuestros abrigos a… ¿cómo se llama?

—Saldaña —contestó la otra señora.

—¡Eso es! Un señor Saldaña que es el que…

—¡Sí, ya sé, Saldaña! ¡Oh, sí, Saldaña! Entonces no tengan ustedes cuidado. ¿Él los guardó?

—Personalmente; y nos aseguró que estaban bien guardados.

Mientras pasaba esta escena en un rincón de la recámara, Saldaña iba y venía del comedor a la sala, de la sala a la cocina y de la cocina a las recámaras. En la sala era bastonero, en el comedor repostero, en la cocina mayordomo, y en las recámaras guardacapas.

Todos buscaban a Saldaña, todos preguntaban por él, y él estaba en todas partes, rojo de calor y de fatiga, y sudoroso; pero solícito e incansable.

Mientras arreglaba una polka, se le colaron al comedor los pollos de la Alberca Pane, el ladrón de abrigos y los pollos de Iturbide. El más intrépido sacó un tirabuzón de bolsa y destapó coñac. ¡El coñac de cinco ceros de Saldaña! Le descubrieron la Santa Bárbara, le olieron la podrida, y al aparecer de nuevo en el comedor…

—Vamos, señor Saldaña —le dijo un pollo—. Una copita de coñac con nosotros.

—Sí, a la salud del señor Saldaña.

—¡Y qué bueno está! Se conoce que usted compró los licores.

—A la salud de usted.

—¡A ver más copas!

—Falta Federico.

—¿Conque les parece a ustedes bueno el coñac?… —dijo Saldaña sin poder disimular su ira.

—¡Oh, excelente! —dijo un pollo bebiéndose una segunda copa.

—Pero si no tomas algo, se te sube —le dijo otro pollo— toma este sandwich.

—¿Es de jamón?

—Sí ¿quieres otro?

—No.

La botella de cinco ceros pasaba por todas las manos menos por las de Saldaña, a quien obsequiaban a porfía todos los pollos, con una sopa de su propio chocolate.

Ya no era posible contener la avalancha. El olor del coñac había llegado hasta la sala para llamar a los aficionados, que estaban en mayoría.

Siguió el del tirabuzón obsequiando a propios y extraños, muy ufano de su previsión y de su talento.

—Vea usted —le decía a otro pollo—. Yo en estas cosas lo primero que hago es echarme a la bolsa mi tirabuzón.

—Muy bien hecho.

—¿Quiere usted jerez?

—No, prefiero coñac.

—Tiene usted razón; es de primera.

—Mira, chico —le dijo un jovencito a Federico— vamos ahorrando una botella de este coñac.

—¿Para qué la quieres?

—Se la tengo ofrecida a Patrocinio.

—Así yo también ofrezco; cógela si quieres.

—Pues déjame pasar.

El pollo se escurrió por entre los demás hasta ponerse al alcance del coñac, y en el momento en que todos le daban la espalda puso la botella en la faltriquera de su levita.

—Vamos, señores —dijo Saldaña sin ser apenas oído, y viendo que la langosta estaba en plena posesión de todo lo comible—. Es necesario que las señoras tomen algo.

—Bueno, yo me comisiono —dijo un pollo tragándose medio panqué.

Saldaña, con una confianza de tendero, con el desparpajo del despecho, y con el mal modo del cansancio, volteó sobre una gran charola toda una canasta de pasteles, que cayeron, como debe suponerse, en lastimoso desorden.

¡Qué tal sería la cosa, donde los pollos acostumbrados a ver caer el maíz y otras cosas, sin cuidarse de anverso ni reverso, sintieran al ver caer los pasteles un escrúpulo de estética y se pusieron a voltearlos boca arriba!

Salió un joven a ofrecer pasteles a las señoras, mientras un grupo disponía la batería rayada sobre otra gran charola que llevaban entre dos; habían colocado algunas docenas de copas de todos tamaños, y otros dos pollos escanciaban indistintamente vinos dulces, anisete y, sobre todo, coñac.

—No sirvas tanto coñac, que es para las señoras.

—Si todas beben, chico. Ya lo verás.

—No seas hablador.

—A la prueba, chico; ya verás qué pocas son las que prefieren vino.

Seguidos de otros dos jóvenes que llevaban botellas, para refaccionar, según ellos decían, salieron los de las copas, precedidos por Saldaña, que iba abriéndose paso entre la multitud agrupada en las recámaras.

Difícilmente podían circular los obsequiantes a espaldas de los que bailaban y la fila de las señoras que permanecían sentadas, y más de una vez se corrió peligro de un desaguisado; pero si las charolas no sufrieron percance en su viaje de circunvolución, no sucedió lo mismo con los pasteles. Mientras un pollo levantaba el codo para engullir un pastel lleno de crema, un valsador desenfrenado, que llevaba a la de Camacho en carrera vertiginosa, dio con el hombro al codo levantado, y voló el pastel de crema a estamparse en el vestido azul de la mamá de las criaturitas de Saldaña.

Lupe, al sentir el proyectil, lanzó un grito involuntario y se levantó violentamente, pretendiendo, aunque tarde, librarse de aquello; el pastel resbaló por la falda y saltó a la alfombra donde la crema se extendió a sus anchas.

—Se van a caer con eso.

—¿Se manchó el vestido, señorita? —preguntó a Lupe un valsador.

—Mire usted —dijo ésta, enseñando un chorreón amarillento a lo largo de su vestido azul.

—Tome usted mi pañuelo.

Una señora aceptó el pañuelo y limpió con él el vestido. Entretanto, Saldaña, que estaba en todo, había corrido a la cocina gritando:

—¡A ver acá! ¡Una con un trapo para limpiar la alfombra!

—Vaya usted, doña Pachita —dijo una de las fregatrices que había repetido la ración de anisete— vaya usted, que es de la casa, porque nosotras semos extraordinarias.

Entró Francisca a la sala con un trapo mojado en la mano, pero en señal de respeto se puso el rebozo y se cubrió con él la cabeza.

Francisca era lo que se llama, propia o impropiamente, un «garbanzo»: un poco relamida y menos desaseada que la generalidad del gremio. Usaba las consabidas enaguas de percal tocando al suelo, un saco holgado de la misma tela y el nacional rebozo.

Las primeras familias de los conquistadores que venían a tomar asiento en las Indias preferían para su servidumbre a los indios que comenzaban a masticar el castellano; y aunque al principio la servidumbre se mantenía con ración de maíz y chile, poco a poco fue transigiendo con las viandas españolas, lo cual era considerado por los demás indios como una prevaricación y como un pecado de lesa nacionalidad.

Una de las semillas importadas por los españoles fue el garbanzo, leguminosa de que ningún puchero español se ha privado desde antes del Cid. El conquistador importaba, pues, entre otras muchas cosas para su regalo, los garbanzos que por muchos años han seguido viniendo de la madre España, no obstante su fácil aclimatación y cultivo en México. El indio, pues, que además de chapurrear el idioma de los blancos, comía de los garbanzos del amo, se llamó «garbancero», en señal de desprecio patriótico; y este mote, perpetuado hace trescientos años, se ha vuelto sustantivo con el uso, para aplicarlo con doble maliciosa intención a la criada joven. De tal manera que si la Academia de la Lengua hubiera de prohijar los modismos de las antiguas colonias españolas, siquiera para ilustración de los que lean los relatos de nuestras costumbres, adicionaría su noticia sobre el garbanzo con estas dos aplicaciones:


«GARBANCERO: pr. Méx., criado doméstico de la clase indígena, o bien mestiza, que habla castellano y come garbanzos.»

«GARBANZO: criada joven con las mismas circunstancias que el garbancero
 

Por otra parte, no necesitamos especificar ni explicar el enlace ideológico que existe entre «garbanzo» y «pollo», porque esas analogías pertenecen a la vida estrictamente privada; pero no debemos omitir a fuer de fieles narradores que Francisca no atravesó la antesala y más especialmente el corredor, sin sufrir algunos empellonchos y algunos pellizcos cariñosos. (Histórico, y proverbial en la crónica de las cocinas y de los bailes como el que hacía Saldada.)

—¿Cómo le fue a usted, doña Pachita? —le preguntó la fregatriz locuaz.

—Cómo me había de ir —contestó Francisca enfadada.

—¿Qué fue usted a limpiar?

—Pos ese como atole que tienen por dentro los pasteles.

—¿Como huevo?

—Sí, espeso.

—Se llama clema —dijo la cocinera.

—Yo ¡cuándo hubiera entrado a la sala! —continuó la fregatriz que respiraba anisete—. Los probes a la cocina.

—¡Demonios de rotos!

—¿Qué le hicieron a usted, doña Pachita?

—Nada, que no pueden estar sin pelizcarla a una —contestó Francisca restregándose con los dedos el antebrazo izquierdo.

—Ya lo ve usted, doña Pachita. No ¡yo cuándo! No porque una sirve…

—¡Pos ya se ve!… Uno es que una sea probe y otro que…

VIII. De cómo el calor de las velas, en combinación con el coñac de cinco ceros y otros peores, suelen hacer de un baile un pandemonium

Desde el momento en que la primera parvada de pollos cayó sobre el comedor, la concurrencia tuvo sobre los pasteles la perseverancia voraz de la langosta. Este acridio cae sobre todo lo verde hasta hacerlo desaparecer, porque tal es su misión destructora, y aquella gente, que había invadido el sancta sanctorum de Saldaña, parecía llevar la misión de agolar todo lo harinoso y todo lo líquido.

Había algunas personas serias que desde la puerta se entretuvieron en contemplar aquella obra de destrucción, y observaron que muchos jóvenes se habían instalado allí durante algunas horas y sin ocuparse de lo que pasaba en la sala, con el exclusivo intento de comer y beber.

No tenía más defensa Saldaña contra aquella guerra de exterminio, que transportar los almacenes de depósito para repartir las municiones.

—¿Qué hace usted, Saldaña? —le preguntó el marido de Bartolita.

—¡Qué he de hacer, coronel! Aquí con algunos amigos emprendiendo una verdadera cruzada contra la invasión. Habemos seis encargados de traer comestibles de la mesa para hacerlos circular por la sala, por los corredores y por donde quiera que haya gente.

—¿Qué dice usted? ¡Qué jóvenes tan mal educados! —decía una señora a otra.

—Esto ya no se puede tolerar. Era una de las causas porque no quería yo traer a mis hijas; porque sospechaba que iba a venir esta caterva de jovencitos que no hacen más que apoderarse de los licores hasta embriagarse.

—¡Y todavía lo que nos falta! ¡Dios nos saque con bien!

—¿Pues qué nos falta?

—Que hasta ahora parecen en su juicio; pero déjelos usted otra media hora, y no respondo del orden.

—¡Oiga usted, oiga usted, cómo gritan! Se van animando demasiado; será bueno retirarnos de aquí.

—Yo venía a tomar un vaso de agua.

—Yo también.

—¿Querían ustedes algo? —les preguntó un señor entrado en años, el curial por más señas, que por un resto de… por un resto de amor, no quería ver bailar a su mujer y se refugiaba en el comedor contra sus propios escrúpulos.

—Deseábamos tomar agua.

—¿Quieren ustedes vino?

—No, señor; mil gracias.

—Algunos pasteles… dulces…

—Agua solamente, si nos hace usted el favor.

El curial se echó a buscar agua en aquella emborrachaduría, y después de mil pesquisas inútiles, tuvo que ir a buscarla a la cocina.

—Una poca de agua, si me hacen ustedes el favor —dijo asomándose.

—¿Agua pa beber? —preguntó la fregatriz locuaz.

—Sí, para dos señoras.

—¿A ver qué quiere el señor? —preguntó la cocinera.

—Pos que quere agua.

—Aquí está la agua —dijo la fregatriz, embozándose con una mano y alargando un jarro con la otra…

El curial hizo un movimiento al ver aquel jarro negruzco y desportillado.

—Es limpia del barril —objetó la fregatriz, volviendo a taparse la boca con el rebozo.

—Sí, pero… ¿No hay un botellón, una jarra más decente?…

—Lo que es de la casa, no, señor —contestó Francisca— sólo que de lo alquilado, y eso sólo don Saldaña sabe de eso.

El curial tenía que optar entre dejar morir de sed a aquellas dos señoras o llevarles el jarro. Se decidió por lo segundo, y llegando al comedor comenzó a buscar un vaso.

—¿Qué anda usted haciendo con ese jarro, señor licenciado? —le preguntó un pollo.

—Es pulque —dijo otro.

—No; es agua —contestó el curial picado.

—Ustedes dispensen —agregó, acercándose a las señoras sedientas— pero no he podido conseguir más que jarro para traer la agua.

—Pero se ha ido usted a molestar mucho por nosotras —dijo una de las señoras.

—No es ninguna molestia.

Las señoras admitieron la agua procedente del feo y negruzco jarro, viéndose una a la otra.

—¡Adiós! —dijo otro pollo— ya es cosa de jarros.

—¿Quién tiene jarro? —le preguntó su compañero.

—¡Mira!

—¿Qué jarro es ese? —dijo otro.

—Nada, hombre; un jarro como todos.

Tanto se empezaba a hablar del jarro, que el curial, tan luego como hubo llenado el segundo vaso, depositó aquel trasto debajo de una mesa.

Enrique, entretanto, había sido presentado en forma a Leonor, y tanto él como Jiménez tenían concertadas algunas piezas de baile. La concurrencia se había distribuido por sí misma en grupos, como si cada cual empezara a ocupar el puesto que le correspondía. En la sala estaba el grupo de los bailadores, que por supuesto se cuidaba poco de las libaciones, lo cual es ya una ventaja en favor de ellos, y patentiza, además, que la educación social segrega a la juventud de los vicios y de los malos hábitos.

En efecto, el baile como complemento de la educación social de la juventud, es un ramo de enseñanza indispensable en toda sociedad culta. La juventud que no concurre a academias de baile, lleva en sí una secreta disposición de retraimiento y antipatía que la hacen huraña y mal contenta. Por el contrario, los que bailan han desatado un nudo gordiano, de saludable enseñanza para la moral del individuo, que influirá y no poco en su porvenir.

Tomaremos, por ejemplo, en la ocasión presente, que es la más favorable, los dos tipos opuestos y estudiémoslos.

Jiménez era bailador. Perico, uno de los pollos que jugaba al billar en Iturbide, no bailaba.

Jiménez no bebía. Perico se embriagaba todas las noches.

El nudo gordiano a que nos hemos referido, es este: Jiménez había descubierto, bailando, que se pueden disfrutar placeres inocentes y puros entre un joven y una señorita; que el ritmo y el compás en el movimiento a dúo en el salón puede ser un pasatiempo legítimo, enteramente inofensivo, y de ninguna manera trascendental; que por más que la malicia y la depravación de las costumbres vaya muy lejos en esta materia, hay una línea en donde sin esfuerzo puede el hombre detenerse, cualquiera que sea la vehemencia de sus pasiones; y finalmente, que bailando es como desaparece cierto fantasma siniestro, que no marca más que un camino oscuro y tortuoso al amor de la juventud.

Perico era por el contrario. Por motivos de educación había rehusado el contacto con el bello sexo. Sin madre y sin hermanas, no conocía más que la vida de colegio. La primera mujer con quien se había puesto en contacto fue una recamarera y se enamoró de ella. Para Perico no existía el contacto de los dos sexos más que en el amor y por el amor; la sinceridad, el trato ingenuo e inocente le parecían quimeras; ni comprendía que el hombre se acerque a la mujer por otra causa que el amor. Perico, audaz y todo como quería aparecer, temblaba delante de una niña; casi les tenía miedo. Entonces, rebelándose sus instintos viriles, se vengaba de su propia debilidad enamorando a la mujer con quien se ponía en contacto. Perico, como hemos dicho, no bailaba; pero sí con algunas copas en la cabeza entraba a una sala, y escogía su víctima, como el lobo: aquellas ovejas no servían más que para devorarlas.

Perico era de los que se habían estado en el comedor desde el principio del baile, fumando y bebiendo copa tras de copa, con todos sus amigos, y empezaba a entrar en el primer período de excitación, que él mismo, por sugestiones de su timidez, iba buscando, y comenzaba a sentir cierto brío, cierta entereza, cierto valor para ponerse frente a frente de las muchachas. Sólo así se atrevió a entrar a la sala, y aunque confundido con la multitud, nosotros podemos apreciar todos sus movimientos. Se había parado casi en el centro de la sala, con las manos puestas hacia atrás, y con la mirada insolente iba recorriendo el estrado, midiendo como en un matadero los tamaños de la res, las formas de todas aquellas señoras. Estaba eligiendo pareja.

Dejémosle en esa actitud, mientras nos ocupamos de algunos de nuestros personajes.

Enrique había logrado al fin ofrecer su brazo a Leonor para bailar un valse. Casi era la única oportunidad para hablar cómodamente.

¡Qué bella estaba Leonor! Su estatura y la de Enrique se hermanaban de tal modo, que las palabras, en la misma línea horizontal, iban y venían en el diálogo, que hacía fácil y amena esta misma circunstancia.

Leonor tenía, además, una manera particular de tomarse del brazo. Se inclinaba mucho hacia adelante y en sentido oblicuo hacia el compañero, como para recoger con más exactitud sus palabras. Esta inclinación, que además de favorecer las curvas salientes, ponía en contacto su cuerpo con el brazo de Enrique, era uno de los movimientos característicos de Leonor.

Enrique se sentía turbado: lo primero que había hecho había sido enviar a sus pulmones un pie cúbico del aire caliente de la sala impregnada de Corilopsis que brotaba de los encajes del seno de Leonor.

Había lo suficiente para hacer boca.

Y luego los ojos de Leonor, vistos de cerca, tenían un atractivo singular. Cambiaban de aspecto completamente: había en ellos algo de naturaleza salvaje, algo indómito que resistía a todos los esfuerzos del refinamiento. La mirada de Leonor era como indomable, tenía cierta fiereza agreste; sus pestañas de un negro mate, y su grosor, y su poca curvatura le daban a la mirada ese aire dominante que Leonor no podía evitar. Esta particularidad inconsciente de su modo de ver era a lo que Leonor debía su gran popularidad, era tal vez la mirada que había subyugado a Enrique.

Ya hemos dicho que las Machucas bailaban bien, y como eran delgaditas de cintura y ágiles de miembros, se llevaban un pollo por esos salones en las vueltas vertiginosas de un valse, hasta desvanecerlo de dicha y de voluptuosidad.

Enrique emprendió ese vuelo, asiendo a Leonor con ese primer estremecimiento de la pasión, parecido al que se observa en la loca mariposa cuando hinca los pequeños garfios de todas sus patas en los pétalos de una flor que acaba de abrirse, ásperos de polen, húmedos de rocío y ricos de aroma.

Allí valsando, hipnotizado por círculos de luz que parecían girar alrededor de su cabeza; mezclando sus sílabas al unísono, con algunas notas de la flauta; su respiración con algunos frotamientos del contrabajo; su aliento con algunos efluvios químicos de los aromas, y con algo del aire caliente que ya habían tamizado los bronquios de Leonor, allí declaró su amor, todo su amor, con esas frases rotas que se escapan y se precipitan sin saberlo, asumiendo una elocuencia que ningún madrigal y ningún idilio pudieron reunir jamás.

Leonor se dejó arrebatar, sin pensarlo: entró sin saberlo en el círculo magnético de Enrique, a quien clavó sus ojazos negros como la zorra a su presa fácil. Enrique sentía en su mano izquierda, en contacto con el raso que ceñía la cintura de Leonor, como los alfilerazos de la electricidad; y apoderado de todo el ramal nervioso de la enguantada mano izquierda de su compañera, sentía como la fusión inevitable de dos organismos, como un soplete ígneo que funde dos metales en un solo líquido.

A esta sazón cesó la música, causando en Enrique el mismo desagrado del sediento a quien arrebatan el vaso de sus labios.

—¡Que siga! —gritó uno.

—¡¡Que siga!!… —gritaron muchas voces.

Y la música siguió.

Era que la concurrencia había formado círculo a las dos parejas que bailaban, que bailaban divinamente, según expresión de algunos entusiastas.

Las dos parejas únicas que bailaban aquel valse eran Enrique y Leonor, que efectivamente bailaban a las mil maravillas, y Perico y Gumesinda, otra de las Machucas.

¿Cómo era que Perico, que no sabía bailar, estaba llamando la atención al grado de hacerle círculo?

Mientras Enrique era tal vez el único entre los bailadores que sabía bailar, Perico no había bailado valse en su vida. Enrique conocía la estética del baile, y sin haber en él nada de afeminado, sus movimientos eran graciosos, sus actitudes naturales, la expresión de su fisonomía agradable, y en todo el conjunto podía notarse al caballero de buena sociedad que ha aprendido a bailar.

Perico, como hemos visto, se había puesto a elegir compañera. Le gustó Gumesinda y le pidió una danza.

—Las tengo dadas todas —le había contestado Gumesinda— ¿baila usted el valse?

Y Perico, con el atrevimiento de la ignorancia, había dicho sí; y por un acto de audacia que sólo el coñac había podido engendrar, se soltó dando vueltas con Gumesinda. Sucedióle, sin embargo, que el ritmo de la música y el haberse dejado llevar, lo hicieron coger el paso, o más bien adivinarlo, como ha sucedido a algunos que han aprendido a nadar con sólo echarse al agua.

Una erupción de fatuidad hinchó a Perico, que se creyó por un momento el rey del baile. Era feliz; sólo que su felicidad, de muy distinto género de la de Enrique, se iba materializando a un grado inconveniente. A las pocas vueltas empezó a perder la conciencia de lugar: líneas negras y amarillas cruzaban con rapidez vertiginosa en el campo de su visión; rumores y estrépitos como de cascadas y coros al mismo tiempo, descomponían los sonidos de la música, como se descomponen los colores con el movimiento de rotación. ¡Quién sabe cómo iba tomado de Gumesinda, en qué actitud ni con qué afianzamiento, ni por qué artes iba adherido! Pero él, como arrebatado por los círculos concéntricos de una vorágine, iba perdiendo rápidamente la conciencia de sí mismo, hasta que, como si hubiera tocado el último círculo o como la piedra de la honda que se desprende en tangente para lanzarse al espacio, Perico sintió un arrancamiento, una explosión y una luz, que fue a terminar en inacción, en silencio y en oscuridad.

¡Yacía tendido en la alfombra con los brazos abiertos y como muerto!… Gumesinda gritó y levantó los brazos, y una oleada y un grito general se produjo en la concurrencia.

—¿Qué ha sucedido?

Que Machuca, el pagador, había asestado una bolea descomunal al pobre de Perico, y lo había postrado en tierra sin sentido.

—¿Qué ha sucedido? ¿Qué pasa? —exclamaban muchas voces.

—¡Nada! ¡Una desgracia!

—¡Un golpe!

—¡Una trompada!

—¡¡Un herido!!

—¡¡¡Un matado!!!

Así llegó la noticia a la cocina: ¡Un matado!

—¡Ave María Purísima! —exclamó la cocinera— son esos «rotos» de mis pecados que ya se «entrompetaron».

—¿Ora qué hacemos, doña Pachita?

—Pero ¿quién es el muerto?

—Dicen que se llama el niño Perico.

—¿Y quién le pegó?

—Pos dizque un tal Machuca.

—¿Con arma?

—Pues yo creeré que con belduque —dijo el garbancero.

—¿Y lo mató dialtiro?

—Voy a ver.

Las señoras habían salido en tropel hasta el corredor, y entre cuatro hombres cargaban a Perico para llevarlo a la recámara.

Todos creían ver sangre donde no había más que coñac, y exclamaban por todas partes: «¡Un matado! ¡Qué horror! ¡Vámonos! ¡Vámonos!»

—Niñas, cojan los abrigos.

—¡A la calle! Aunque sea en cuerpo.

—¿Dónde estás, Lola?

—¿Dónde están mis hijas? ¡Alma de la Virgen!

Mientras las señoras se separaban de los hombres como el aceite del agua, los hombres estaban todos alrededor del muerto.

—No es nada. Una bolea.

—Pero ¡qué bolea!

—Machuca es fuerte.

—Pero oigan ustedes, no hay que alarmarse; Perico no está siquiera privado. A ver, doctor —dijo uno dirigiéndose a Capetillo, que estaba entre los concurrentes.

Capetillo reconoció a Perico, y por único diagnóstico extendió el meñique y el pulgar de la mano derecha, doblando los otros tres dedos contra la palma, ademán, que ya colocado entre las frases del lenguaje universal, hizo reír a los circunstantes.

Efectivamente, Perico no tenía lesión alguna, pero el coñac, el valse y la bolea eran elementos suficientes para tenerlo fuera de combate.

—No es nada, señores, no es nada; tengan ustedes la bondad de calmarse; siéntense ustedes. Vamos, señores ¡a bailar, a bailar!

—Sí, a bailar. «¡Que haya un cadáver más, qué importa al mundo!» —gritó un pollo.

—Uno menos y a bailar.

—¡A ver, una danza!

—¡Orden! ¡Orden!

Pero nada de esto era suficiente a calmar la agitación y la alarma difundida por las señoras.

Machuca, el de la bolea, había desaparecido desde el primer momento, por prudencia o avergonzado de lo que había hecho.

Saldaña, doña Barlolita y su marido lograron detener a varias señoras que ya bajaban la escalera, y las obligaron a volver a entrar a la sala. El cuarto de los abrigos presentaba la más completa confusión y desorden; había sombreros machucados, abrigos pisoteados y grandes hacinamientos de abrigos de estambre y de seda, cuyas borlas, flecos y mallas se habían trabado unos con otros de tal manera que era imposible separarlos.

—¿Qué están haciendo? —le dijo una polla a otra.

—¡Mira qué diablura! Aquí está mi abrigo, pero se ha enredado de tal manera con otros dos, que no hay modo de sacar el mío. Ya he roto muchos flecos y no sale. Parece que los tres están tejidos en uno.

—Tira por aquí.

—¡Adiós, ya tronó! ¿De quién será?

—No importa, jala, porque ya nos vamos.

Aunque entre Saldaña, el curial, don Manuel y otras personas serias habían logrado contener el desorden en corredores y recámaras, el comedor era de nuevo un campo de Agramante. Los pollos habían emprendido formal disputa sobre si Machuca había tenido o no razón. Quién aseveraba que Perico había besado a Gumesinda, quién que iba tomando de una manera inconveniente, quién que le iba haciendo una declaración estúpidamente grosera; el caso es que los pollos se acaloraban unos en contra y otros a favor de Machuca.

Sonó de nuevo la música en la sala, a la sazón que se cruzaban ya palabras descompuestas entre dos pollos alcoholizados, y voló por el aire una botella de vino tinto que, dando contra el vidrio de un estante, produjo un estrépito infernal, seguido de gritos y exclamaciones tumultuosas.

—¡Orden, señores, orden! —gritaba Saldaña, con los cabellos en desorden y los cuellos de la camisa empapados de sudor y laxos como dos pellejos—. ¡Orden! ¡Orden!

Pero no bien acababa de gritar estas palabras, se oyó en la calle una detonación, algunos gritos y el pito del gendarme.

—¡Adiós, demonios! —exclamó Saldaña brincando los escalones de cuatro en cuatro—. ¿Qué sucede?

—¡Hay tiros en la calle! —gritaban desde el corredor.

—¡Otro pleito!

—Han comido gallo.

Un tropel se precipitó por las escaleras siguiendo a Saldaña. Al llegar a la calle, se agitaban en todas direcciones las linternillas de los gendarmes, y la voz de alarma por medio de los pitos, se difundía a diez cuadras en contorno.

—¡A ver! ¿Qué sucede?

—¿Quién tiró? —preguntaba un gendarme.

—¿A quién le pegaron? —gritaba otro.

—¿Quién es el herido?

El coronel, a pesar de sus botines apretados, estaba en la calle, sin sombrero y dispuesto al combate.

—¿Qué sucede?

—Son el pagador Machuca y Pío Cenizo, que se han dado de golpes.

—¿Por qué?

—Por Perico.

Efectivamente, Cenizo en un grupo, y Machuca en otro, estaban ya en poder de los gendarmes.

El coronel pretendía ejercer jurisdicción, y reprendía severamente a los gendarmes. Pretendía la libertad de Machuca y Cenizo, alegando que eran unos caballeros y quién sabe cuántas cosas más.

Los gendarmes, tocándose el kepí y cuadrándose al frente, alegaban el cumplimiento de su deber. El coronel se exaltaba con las réplicas, y salió a lucir aquello de que era muy hombre y que había dado su sangre por la patria y, sobre todo, con lo que creyó desarmar completamente a la policía, obligándola a echar tierra en el asunto, fue con una frase que, poniéndole la mano en el hombro, dijo al gendarme con acento ronco y enfático:

—Soy… íntimo amigo… de Porfirio…

El gendarme permaneció impasible.

El coronel volvió a acercarse al oído del gendarme.

—Carlos Díez Gutiérrez es mi compadre.

El gendarme no contestó, y no obstante lo cabalístico de aquellas dos declaraciones formidables del marido de Bartolita, dos grupos compactos de gendarmes, en cuyos respectivos centros estaban Cenizo y Machuca, tomaban el camino de la Inspección de Policía.

El estrépito que produjeron los cristales del comedor, el altercado de los pollos, los gritos y voces de alarma que se oían en la calle, y los lamentos y exclamaciones de las señoras, presentaban en la casa del coronel el cuadro más completo de confusión y desorden.

Grupos de señoras bajaban las escaleras precipitadamente para buscar puerto seguro en la calle, y otros grupos volvían del zaguán y subían las escaleras propagando la alarma del exterior. El cuarto de los abrigos llegó a ser un verdadero zaquizamí, porque ya nadie se cuidaba de ver lo que pisaba. Hubo pollo que intencionalmente anduviera sobre sombreros y paltós como por su casa.

Afortunadamente el grupo de la calle, con la intervención de un jefe oficioso, encontró manera de hacer desistir a los gendarmes de cargar con los contendientes, y todas las familias que deseaban salir se precipitaron en tropel fuera de la casa.

Saldaña, el pobre de Saldaña, sacaba fuerzas de flaqueza, y mandaba tocar danza, para ahogar con la música los gritos tumultuosos y hasta las palabras obscenas de los pollos borrachos.

Más de tres cuartas partes de la concurrencia habían desaparecido; pero el pie veterano del baile había quedado allí, para acreditar su temple y su valor civil.

Se había quedado Venturita. ¿Cómo no había de quedarse Venturita? Aquel señor que quería verle los pies, aquel por quien Venturita hizo un domingo un rodeo solemne desde el Zócalo al Hotel de Iturbide, aquel que se había manifestado reacio y cuya indiferencia había inducido a Venturita a pensar en la estética del calzado, aquel señor estaba allí, se había acercado a Venturita, había bailado con ella, le había dicho muchas cosas galantes y, por último, cuando Venturita corría hacia la recámara en actitud de Ione en el último día de Pompeya, para salvarse de la catástrofe, el señor aquel había dicho con acento dramático:

—No se vaya usted.

Venturita levantó sus ojillos inteligentes, los clavó en aquel Glauco, y arrojó su abrigo blanco sobre las ruinas de la recámara.

¡Cómo no había de quedarse Venturita!

Otras de las del pie veterano, de las supervivientes de la catástrofe, eran las Machucas, cada una de las cuales sostenía tête à tête con alguno.

Leonor con Enrique, Gumesinda con Jiménez, y la otra, la más chica, con el amigo de Jiménez.

Lupe, con su manchón de crema en el vestido azul, no podía contener el sueño a pesar de lo entretenida que estaba. Andaba buscando los rincones para cabecear sin ser vista. A Lupe no la habían enamorado. Era fea, la pobre, estaba mal forjada, y luego aquel fleco rebelde que mientras permaneció húmedo fingió una mansedumbre insidiosa, apenas subió la temperatura de la sala, comenzó a insurreccionarse con una tensión feroz, presentando sobre su frente no el rizo que cae y sombrea el ojo, sino una brocha negra que se yergue como si le guardara rencor a las tijeras.

Con semejante fleco, se comprende muy bien que sólo don Lucio, el barbero, acompañante de Lupe, bailó con ella.

Ya serían las tres de la mañana, y hasta esas horas no pudo el pobre coronel ponerse sus botines viejos. Estaba enteramente cojo, y evitaba por todos los medios posibles moverse de un asiento.

Matilde bailó mucho y se asustó poco, y doña Bartolita estaba con un «flato» espantoso, le apretaba todo, y lo que quería era que aquello se acabara pronto.

La vela de la cocina se había apagado, y la servidumbre dormía a favor de las tinieblas; y como tras del anisete había venido el coñac y el champaña y grandes remesas de pasteles, queso y carnes frías, el sueño era realmente reparador y confortable; así al menos eran las apariencias.

La de Camacho había sido de las primeras en desaparecer sin despedida. Enriqueta y don Manuel habían seguido su ejemplo.

Las dos señoras que habían dejado a guardar a Saldaña sus abrigos lo buscaban con insistencia para pedírselos y retirarse, y como Saldaña estaba en todo, oyó que lo llamaban, y anticipándose a los deseos de las señoras, fue en busca de los abrigos al lugar seguro en que los había guardado.

—¡Maldición! —exclamó Saldaña entre dientes y abriendo mucho los ojos. Aquel ropero había sido literalmente saqueado; las tablas ostentaban toda su desnudez. Sabía muy bien Saldaña el desorden que había reinado; tenía experiencia de que en los bailes, tales como aquel, hay ladrones de abrigos, y como Saldaña había quedado responsable no quiso sufrir los reproches de las señoras despojadas, y corrió a la cocina, y tropezando con fregatrices y sirvientes dormidas, atravesó las tinieblas y se fue a esconder a la azotehuela.

Los gritos a Saldaña se repetían por toda la casa; bien es que desde las ocho de la noche le habían estado acabando el nombre, y ya no respondía cuando lo llamaban.

Las señoras buscaban a la dueña de la casa, y entonces fue cuando conocieron a Bartolita.

Presentaron su queja con la mayor moderación.

—¡Saldaña! ¿En dónde está Saldaña?

Salió a buscarlo el coronel y varios comedidos; Saldaña no parecía, y hubo quien asegurara que se había marchado. Buscaron los abrigos en el ropero en donde los habían guardado y, como Saldaña, lo encontraron vacío.

Doña Bartolita hubo de proporcionar a aquellas señoras con qué abrigarse, ofreciendo mandarles sus abrigos cuando parecieran.

Tras de aquellas señoras había dos caballeros que habían perdido sus paltós, y en cuanto a sombreros, todos los que habían quedado eran viejos y algunos pisoteados.

Saldaña estaba en la azotehuela oyendo rugir la tempestad, y decidió no asomar las narices.

Lupe y don Lucio también lo buscaban por toda la casa, y ya habían resuelto marcharse sin él, cuando al pasar por una pieza, cuya ventana daba a la azotehuela, oyeron una voz que salía con cautela por la hendidura.

—Acércate, Lucio.

—¿Qué? ¿quién? ¿eres tú?

—Sí.

—¿Saldaña?

—¡Chist! cállate. Voltéame la espalda para disimular, y escucha.

—Ya.

—Pon cuidado.

—Di.

—Toma tu sombrero y llévate a Lupe.

—Bueno.

—Chist… oye.

—¿Qué?

—Cuando bajes la escalera…

—Sí, qué…

—Espera. A mano derecha, tras el barril del eucaliptus, está una canasta.

—¿Y qué?

—Nada, que he apartado algunas frioleras para mis criaturitas.

—Bueno, ya comprendo. Adiós.

Lupe, que no podía hacer otra cosa, metió los dedos por la hendidura de la ventana, y Saldaña se los mordió quedito por el otro lado.

Lupe y don Lucio se alejaron.

Saldaña estaba decidido a no salir de su escondite mientras lo siguieran llamando. Por largo rato estuvo oyendo su nombre, repetido en todos los tonos, pero permanecía inmóvil. Aquel corto reposo, después de un trajín continuo de muchas horas, lo indujo a sentarse. La azotehuela en que se encontraba Saldaña estaba atestada de cajones vacíos y de la paja de los empaques. Buscando con las manos encontró bien pronto un cajón que acomodó para sentarse.

Al doblar las dos piernas, pensó en que no se había sentado desde la víspera.

Reinaba la más profunda oscuridad, y a medida que los rumores del baile iban extinguiéndose, otros ruidos se percibían a lo largo de la cocina y de la azotehuela.

Las fregatrices roncaban, si no con la felicidad del justo, al menos con el sopor del anisete y las satisfacciones de una cena exótica.

Aquellos ronquidos, compasados unos, estrepitosos otros, guturales algunos, se mezclaban en una especie de coro de ranas, con respiraciones estertorosas y frotamientos de paja. Aquella era la región del sueño, el reino de Morfeo. ¡Qué mucho que Saldaña agregara al coro aquel, por su propia cuenta, un bostezo descomunal, bostezo de cuarenta y ocho horas de vigilia, y antes de que tuviera lugar de persuadirse de que ya no lo llamaban, se quedó dormido!

El baile se había acabado por su propia virtud: la concurrencia se había ido saliendo sin despedida.

Bartolillo se fue a acostar, y Matilde y su papá apagaron las velas.

IX. Conclusión

A poco amanecía.

La luz de la mañana venía con sus rayos azulados y limpios a poner en evidencia aquel lecho de placer de donde acababan de huir las bestias humanas.

Salía por las puertas del comedor y de la sala una especie de vapor alcoholizado, un vapor humano y tan pesado que casi se arrastraba por el suelo, como no queriendo luchar con la atmósfera limpia y diáfana de la aurora. Una luz color de rosa parecía asomarse por los pretiles de la azotea para ir a curiosear lo que había quedado en aquel comedor o campo de Agramante; filtrándose como podía por entre las macetas y las cortinas, iba a pintar filetitos azulosos en el borde de las copas y a lo largo de las mamaderas de los candelabros, cuyas velas habían dejado un arrecife de estearina sobre los manteles. La alfombra estaba impregnada en vino y sembrada de tiestos de vidrio; había queso de Gruyère sobre las sillas, debajo de la mesa, dentro las copas y sobre los sombreros; los pasteles pisados habían acabado de cubrir las flores que le quedaban visibles a la alfombra. La mesa presentaba todas las huellas de la batalla, porque más eran las copas y botellas volcadas y rotas que las que habían quedado en pie.

El queso de Gruyère seguía diseminado en la sala, sobre los sillones, en la moldura de los cuadros, en los arbortantes de los candelabros, sobre las columnas de yeso, en las escupideras y en el suelo. No había un solo resquicio plano que no estuviera ocupado por una copa a medio vaciar, por un pastel o por un pedazo de queso. Es que se les había dado a aquellas gentes más de lo que querían y más de lo que podían consumir, y cada cual se encontró alguna vez con algo en la mano que le salía sobrando.

Mientras los concurrentes hacen en sus casas los comentarios del baile, y de los cuales hacemos gracia al benévolo lector, oigamos las impresiones de Enrique, el apasionado de Leonor Machuca.

Como de costumbre concurrió, puesto que era domingo en la tarde, al paseo en donde no tardó en encontrar a Jiménez y a su amigo.

—¿Qué tal, Enrique, ha dormido usted la desvelada? —le preguntó Jiménez.

—No he pegado los ojos. No he dormido desde antes de ayer.

—Buen síntoma, estará usted en grande.

—¡Oh! ya se entiende —agregó el amigo de Jiménez— que el triunfo ha sido completo.

—Cuéntenos usted, Enrique, sus impresiones.

—A condición de que sea… allí —dijo señalando la Alameda— en una banca aislada.

—¡Magnífico! Así seremos todos oídos; vamos.

—Vamos.

Y los tres amigos se instalaron en una banca, eligiendo el lugar menos transitado.

—Pues, señor —prorrumpió Enrique, poniéndose la mano en la frente, y apretando los ojos como para concentrarse en sus ideas—. ¡Estoy salvado!

—¿Cómo?

—Pongan ustedes atención: al ser presentado a Leonor, nos dimos la mano y… cuestión de magnetismo… era yo hombre al agua. Aquel apretón de mano afirmó de golpe todas mis resoluciones, y armado de la arrogancia de aquel que ha tenido valor para quemar sus naves, entré en materia, hablé con Leonor por la primera vez. Le dirigí algunas preguntas y… no van ustedes a creerlo, el timbre de la voz de aquella mujer me causó una impresión extraña; me parecía que la voz no salía de aquel cuerpo; sentía como si hubiera equivocado a la persona; no estaba, en fin, en consonancia la impresión que me había producido su figura con la impresión que me producía su voz. No era cuestión puramente acústica; la parte moral o intelectual de sus respuestas encerraba un desencanto. Leonor es una mujer enteramente vulgar, es una elegante cursi en toda la acepción de la palabra. ¿Cuál piensan ustedes que fue el único tema de conversación que pudo animarla?

—El amor —dijeron a dúo Jiménez y su amigo.

—No, señor; eso hubiera sido lo natural. No fue el amor: fue el juego.

—¡El juego!

—Sí, señores. Leonor es jugadora, es apunte. Me contó, con un desplante digno de Martel, cómo hacía tres tardes se le habían hecho cinco chicas, y cómo en seguida había perdido una vaca de cincuenta pesos, con un desconocido que la enamoraba. Celebraba esta mujer con escandalosa ingenuidad cómo se había propuesto arruinar a aquel pretendiente que se empeñaba en correr su suerte. Confieso a ustedes que esto me hizo un efecto detestable; pero lo que acabó completamente con mis ilusiones fue lo segundo.

—¿Qué es lo segundo? —preguntaron con interés Jiménez y su amigo.

—Lo segundo es esto: que Leonor es borracha.

—No, hombre.

—Palabra de honor. Había yo dejado de bailar con ella y la observaba desde el corredor. Se había puesto a cenar, y como se quitó los guantes que regularizaban las líneas de sus manos, y además cubrían la tez, la vi alargar una mano huesosa, trigueña e inculta, para devorar pasteles y beber copas.

»Cuando la volví a ver en la sala, aquellos ojazos que me encantaron por algún tiempo, tenían esa mirada vaga y estúpida de la embriaguez; los párpados estaban ribeteados con una huella sanguinolenta. Ella fue quien me dirigió entonces la palabra… la palabra pastosa del borracho, las repeticiones innecesarias, y sobre todo la declaración final:

»—Usted me ha de dispensar… porque no estoy precisamente trompeta, porque a mí no se me sube; que se lo diga a usted éste —agregó poniéndole la mano en el hombro a un joven— pero usted verá; nos hemos tomado dos botellas de champaña entre tres, además de las copas; sólo de coñac me he tomado seis; pero yo tengo muy buena cabeza; lo único que me sucede es que me arden los ojos como con el humo; pero nada más…

»Aquí Leonor dejó escapar una risita idiota, y en su cuerpo pudo notarse una de esas oscilaciones involuntarias de los borrachos; cuando un exceso de gases amenaza la noción del equilibrio.

»La hada, la creación poética de mi fantasía, la mujer que el prestigio irresistible de su hermosura parecía poner a sus pies con una mirada mi porvenir y mi existencia, se ha evaporado, no existe, no ha existido nunca. Por lo tanto soy libre, me vuelvo a Europa y doy a ustedes las gracias por habernos invitado al baile, porque hoy ya sé a qué atenerme respecto a las Machucas».

—Pues yo —dijo Jiménez— no soy tan escrupuloso como Enrique; según lo que dije a ustedes, puse un poquito jalada a Gumesinda y nos arreglamos.

—A mí —dijo el amigo de Jiménez— la más chica de las Machucas me dio tres besos anoche y me quedó a deber otros tres.

Ya han pasado tres días del baile, y todavía la casa de doña Bartolita huele a coñac desde el zaguán. Las alfombras y el tapiz de algunos muebles quedaron inútiles para un segundo baile. El pobre del coronel no había cesado de pagar cuentas, que aumentadas con las de gastos imprevistos por roturas y destrozos, acabaron con el dinero contante. El coronel quedó endrogado.

Don Lucio, como se lo había dicho Saldaña, cargó con un gran canasto con botellas, latas, pasteles, queso y cuanto encontró digno de llamarle «frioleras» para sus criaturitas. Don Lucio, Saldaña y Lupe, y los niños, comieron juntos al día siguiente hasta reventar.

Las niñas de la Alberca Pane no se refrescaron ese domingo; acariciaban el calor del baile para aprovecharlo todo. Habían bailado mucho con sus novios.

Finalmente, doña Bartolita, rendida de cansancio, avergonzada por la pérdida de los abrigos, por los escándalos dados en su casa, molesta por las habladurías de los vecinos y afligida por la ruina de su marido, exclamó con una elocuencia de que nunca se había sentido capaz:

—Mira, esposo mío ¡primero y último! Es necesario ser como todas las gentes, egoísta, porque lo dice el refrán y nosotros debimos haberlo tomado en cuenta: «Baile y cochino, el del vecino.»


Publicado el 24 de diciembre de 2018 por Edu Robsy.
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