Estampas del Siglo XIX

José Tomás de Cuéllar


Cuento



La Linterna Mágica

—¿Qué linterna es ésa? —me preguntó el cajista al recibir el original para las primeras páginas de esta obra—. ¿Qué va a alumbrar esa linterna; a quién y para qué?

Este título, que bien puede servirle a una tienda mestiza, ¿es una palabra de programa altisonante y llamativa para anunciar el parto de los montes, o encierra algo provechoso para el lector?

—Confieso a usted, estimable cajista —le dije—, que en cuanto al título de LINTERNA MÁGICA lo he visto antes en la pulquería de un pueblo; pero que con respecto al fondo de mi obra, debo decirle que hace mucho tiempo ando por el mundo con mi linterna, buscando no un hombre como Diógenes, sino alumbrando el suelo como los guardas nocturnos, para ver lo que me encuentro; y en el círculo luminoso que describe el pequeño vidrio de mi lámpara, he visto multitud de figuritas que me han sugerido la idea de retratarlas a la pluma.

Creyendo encontrarme algo bueno, no he dado por mi desgracia sino con que mi aparato hace más perceptibles los vicios y los defectos de mis figuritas, quienes por un efecto óptico se achican aunque sean tan grandes como un grande hombre, y puedo abarcarlas juntas, en grupos, en familia, constituidas en público, en congreso, en ejército y en población. La reverberación concentra en ellas los rayos luminosos, y sin necesidad del procedimiento médico que ha logrado iluminar el interior del cuerpo humano, puedo ver por dentro a mis personajes.

Como éstos viven en movimiento continuo como las hormigas, he necesitado ser taquígrafo y armarme de un carnet y una pluma, no diré bien tajada, porque eso lo hacen en Londres, pero sí mojada en tinta simpática, y en poco tiempo me he encontrado con un volumen.

—¿Y este volumen es la linterna mágica?

—Exactamente, caballerito. Pero no tema usted que invente lances terribles ni fatigue la imaginación de mis lectores con el relato aterrador de crímenes horrendos, ni con hechos sobrenaturales; supongo, y no gratuitamente, a los lectores fatigados con la relación de las mil y una atrocidades de que se componen muchas novelas, de esas muy buenas, que andan por ahí espeluznando gente y causando pesadillas a las jóvenes impresionables.

Yo he copiado a mis personajes a la luz de mi linterna, no en drama fantástico y descomunal, sino en plena comedia humana, en la vida real, sorprendiéndoles en el hogar, en la familia, en el taller, en el campo, en la cárcel, en todas partes; a unos con la risa en los labios, y a otros con el llanto en los ojos; pero he tenido especial cuidado de la corrección en los perfiles del vicio y la virtud; de modo que cuando el lector, a la luz de mi linterna, ría conmigo, y encuentre el ridículo en los vicios, y en las malas costumbres, o goce con los modelos de la virtud, habré conquistado un nuevo prosélito de la moral, de la justicia y de la verdad.

Ésta es la linterna mágica; no trae costumbres de ultramar, ni brevete de invención; todo es mexicano, todo es nuestro, que es lo que nos importa; y dejando a las princesas rusas, a los dandis y a los reyes en Europa, nos entretendremos con la china, con el lépero, con la polla, con la cómica, con el indio, con el chinaco, con el tendero y con todo lo de acá. Conque bástele a usted por ahora, apreciable cajista, y sírvase usted parar estas líneas en lugar de las del prospecto, al que le encontraba yo de malo ser como todos los prospectos, a los que les sucede lo que a varios conocidos míos, que ya nadie los cree bajo su palabra.

FACUNDO

Las Machucas

Por todas partes se hablaba del baile de doña Bartolita, como le decían algunos, o del baile del coronel, como le decían otros; pero lo más general era, entre los convidados, llamarle el baile de Saldaña, pues, como saben bien nuestros lectores, Saldaña era el que se había encargado de la concurrencia.

No desperdiciaba coyuntura para engrosar las filas; entraba a La Concordia y encontraba un general amigo suyo desayunándose.

—¡Buenos días, mi general!

—¿Qué hay, Saldaña, cómo va?

—Ya usted lo ve, mi general, haciendo por la vida —contestó Saldaña tomando asiento familiarmente al frente del general.

—¿Qué hay de nuevo?

—¡Hombre, mi general, hombre, qué ha de haber, un bailecito!, pero oiga usted, de lo que hay poco.

—¿Cómo es eso?

—Figúrese usted que yo lo estoy arreglando.

—¿Usted?

—Sí, mi general, estoy encargado de los vinos y de convidar.

—¡Ah!, ¿conque usted convida?...

—Sí, mi general, y lo convido a usted formalmente; calle de...

Y Saldaña dio las señas de la casa.

—¿Conque va a estar muy bueno, eh?

—Vaya; figúrese usted que van las Machucas...

—¿Van, eh?

—Vaya, las primeras.

—¿Y quiénes más?

—Pues oiga usted, van muy buenas muchachas. Van la de don Gabriel y la de Camacho.

—Quiere decir, que será un bailecito en el que...

—Van muy buenas muchachas, mi general. No deje de ir.

—Pero, ¿quién es el dueño de la casa?

—¡Ah!, se me había olvidado. Pues el coronel del... —y Saldaña mentó un regimiento—. No falte usted, mi general, no falte usted; hay buenos vinos. Acabo de arreglar la factura con don Quintín Gutiérrez. Conque calle de... número... el sábado en la noche. Ya sabe usted que van las Machucas.

No sabemos por qué, pero aquel general pensó lo que muchas personas habían pensado al aceptar la invitación de Saldaña. El baile ha de estar bueno porque van las Machucas.

No había pagado aún el general el chocolate, cuando se acercó a hablarle un amigo suyo.

—¿Qué hay, general? Buenos días.

—¿Cómo va, Peña, cómo va?

—Nada, aquí me tiene usted muy contento.

—¿Se ha sacado usted la lotería?

—No, general; pero me acaban de convidar a un baile.

—¿Qué baile?

—Un baile muy bueno; figúrese usted que van las Machucas...

—¿Conque van las Machucas? —preguntó el general casi maquinalmente.

—Van las Machucas, sí, señor; van las Machucas, figúrese usted.

—Hombre, Perico —dijo un pollo a otro, entrando a La Concordia—, no dejes de ir el sábado al baile. Van las Machucas.

—¡Qué capaz que falte! Aunque sea cojeando...

El general y Peña se dirigieron una mirada de inteligencia.

—Por todas partes se oye hablar de este baile —dijo Peña.

—Y lo más notable es que a todo el mundo se le oye decir que el baile va a estar muy bueno porque van las Machucas. ¿Quiénes son, por fin, esas Machucas tan mentadas?

—¡Cómo!, ¿no conoce usted a las Machucas, general? Entonces no va usted al Zócalo, ni a las tandas, ni al circo, ni a ninguna parte.

—Yo no digo que no las conozco, y mucho, ¿quién no conoce a las Machucas?, pero no sé quiénes son.

—¡Ah, hombre!, en cuanto a eso... En primer lugar le diré a usted que se visten muy bien. ¡Ah!, eso sí, ¡qué bien se visten!

—Ya lo he visto, pero...

—No, en cuanto a lujo, yo le aseguro a usted que...

—Bien; pero vamos a ver, ¿de dónde les viene?

—Acabáramos, general. Ésa es cuestión de forrajes.

—Hombre, Peña, eso es muy misterioso.

—Nada de misterio. Todo el mundo lo sabe.

—¿Pero de quién dependen ellas?

—Pues dependen... ahora verá usted... porque Gumesinda, la más chaparrita, la de los ojos...

—Sí, ya sé quién.

—Pues ésa... ésa no es verdaderamente Machuca; ella es Obando, o mejor dicho, Pérez del Villar, porque Obando ya se había separado de su mujer cuando...

—¡Bien!, no tome usted las cosas tan lejos y convengamos, como ha convenido todo el mundo, en que las dos son Machucas. Dígame usted, sin rodeos, de quién dependen, quién las mantiene, quién...

—La mantención es lo de menos, porque Machuca, el pagador, ya sabe usted que es un lebrón de siete suelas.

—Conozco su historia; le dio una salvadota Tuxtepec...

—Y desde entonces —agregó Peña—, ¡arriba!, ya sabe usted; ésta es la época de los lebrones. En fin, se armó, general, se armó y, como él dice, se preparó para la de secas.

—¿Y él es el que?...

—Le diré a usted; porque... ya sabrá usted que la otra, la verdadera hermana de Machuca... No Gumesinda, sino Leonor, cuando tuvo su niña...

—¡Ah!, ¿conque tuvo?...

—Sí, general, pues por eso se fueron al interior... Pues desde entonces, ya todas las cuentas de la modista no las paga Machuca.

—¡Ah!

—Ya se explicará usted el prestigio de Machuca por allí arriba.

—¡Oh, sí, ya lo sabía!

—Ahora, en cuanto a Gumesinda...

—No sólo Gumesinda, sino la otra, la chiquita... porque las Machucas son tres.

—Ésa tampoco es Machuca; porque bien visto viene a ser media hermana de la otra; y de ésta sí, francamente, no sé el apellido, aunque tengo mis sospechas...

—Bueno; es suficiente —dijo el general, y despidiéndose de Peña salió de La Concordia, no sin proponerse no faltar al baile del coronel, entre otras cosas por ver de cerca a las Machucas.

Aunque la fama de las Machucas era universal, no sucedía lo mismo con Machuca. A éste lo conocían en la oficina, en la tesorería y en algunas partes; pero no era muy dado a exhibirse; tanto que, para obrar él con más libertad, dejaba hacer a sus hermanas; y éstas, como era natural, hacían, y hasta deshacían; cosa que les venía perfectamente, con especialidad cuando solían hacer algo bueno.

Las Machucas habían sido muy pobres, pobrísimas, tanto que Saldaña, que conoce a todo México, suele decir, cuando le piden datos acerca de ellas, que las conoció descalcitas.

Efectivamente, las Machucas no pudieron nunca imaginarse que llegarían al apogeo en que hoy se encuentran; todo debido a lo truchimán y buscón que ha sido su hermano, capaz, según ellas, de sacar dinero hasta de las piedras, tanto, que hay quien cree que es uno de los que tienen la contrata de adoquines para las calles de Plateros.

Las Machucas tenían todas las apariencias, especialmente la apariencia del lujo, que era su pasión dominante; tenían la apariencia de la raza caucásica siempre que llevaban guantes; porque cuando se los quitaban, aparecían las manos de la Malinche en el busto de Ninón de Lenclós; tenían la apariencia de la distinción cuando no hablaban, porque la sinhueso, haciéndoles la más negra de las traiciones, hacía recordar al curioso observador la palabra descalcitas de que se valía Saldaña; y tenían, por último, la apariencia de la hermosura de noche o en la calle, porque en la mañana y dentro de la casa no pasaban las Machucas de ser unas trigueñitas un poco despercudidas y nada más.

Decíamos que cuando hablan se dejan ver la hilaza; y es lo más natural, porque la pulcritud en el lenguaje no es un artículo de comercio como el raso maravilloso.

Observémoslas al lado de uno de sus amigos de confianza, paisano suyo, y con quien, según ellas decían, no tenían nada que perder porque se habían criado juntos.

Entraba el tal amigo por las recámaras como Pedro por su casa, hasta que encontraba a las muchachas.

—¿Qué haces, Gumesinda?

—Nada, hombre, ya lo ves, peinándome.

—¿Te bañaste?

—¡Caray, hombre! ¡Qué preguntón eres!

—No te enojes. ¿Estás de mal humor?

—Acabo de hacer una muina.

En lo general, las Machucas eran violentas de genio; y todas tres, sin distinción, usaban la palabra hombre a guisa de interjección, así hablaran con un barbudo o con una niña. La palabra caray, que aprendieron desde que las conoció Saldaña, era otro de los rasgos característicos de su estilo oratorio.

Una de las razones que había para que las Machucas fueran muy conocidas y muy mentadas, era que Machuca, que se envanecía de ser un liberal completo, había establecido en su casa, aunque no intencionalmente, la libertad de conciencia y la libertad de reunión.

Las visitas y las Machucas se encargaban de establecer las demás libertades.

Una vez establecido este sistema democrático, a las Machucas no les faltaba a la semana tamalada, baile o excursión en que divertirse; porque así estaban listas para ir a un día de campo como a un casamiento, sin pararse en quién era el anfitrión, ni quiénes eran los novios.

Visitaban a las Machucas muchos hombres y casi ninguna señora. Confesaban ellas mismas que, para tratar con señoras, se necesita mucho cuidado y muchos cumplimientos a que ellas no estaban acostumbradas.

Machuca estaba en este punto de acuerdo con sus hermanas.

Una de las visitas de las Machucas era un señor un poco entrado en años, de bigote y pelo gris claro, ojos claros y aspecto inofensivo; era un señor rico, según fama, que sabía hacer negocios sin ser abogado; vivía de corretajes, de cambalaches y combinaciones, y era afortunado.

Tenía una cosa, y casi no se puede decir en castellano, porque no daría una idea exacta de lo que tenía aquel señor, y se necesita decirlo en latín. Tenía, en fin, coram robis, que es una de las cosas muy útiles de tener en México para hacer letra.

Su aspecto era casi seráfico, o como dice el vulgo, parecía que no sabía quebrar un plato; se reía poco, sus movimientos eran pausados, y le quedaban en la fisonomía algunos rasgos de lo que hacía veinte años le había hecho aparecer como un buen mozo.

Y todo este preámbulo viene a propósito de que el tal señor era de lo más enamorado que se ha conocido. Era, en toda la extensión de la palabra, un enamorado de profesión; era de esas gentes que vienen al mundo con una misión esencialmente erótica, y llegan hasta a ser víctimas de la filoginia, especie de enfermedad incurable como la lesión orgánica.

Tenía este señor mujer e hijas; pero como si no las tuviera, porque a consecuencia de sus alegrías y sus infidelidades estaba separado de su primera familia hacía años. En cambio, tenía otra familia que él se había proporcionado, cediendo a sus irresistibles tendencias matrimoniales, y esta nueva familia le costaba un ojo; lo cual no era un obstáculo para sostener hasta tres casas más, en cada una de las cuales iba a saborear a pequeños sorbos y por turno las delicias de la paternidad.

Era tan afecto a la baratija llamada mujer, que, a pesar de todas aquellas satisfacciones, tomaba la que le ofrecían como los fumadores, por no decir que no; y sin embargo, aquel señor a quien todo el mundo le llamaba ojo alegre no tenía nada de risueño, ¡qué había de tener!; era, por el contrario, adusto y reservado, lo cual no le impedía, por lo visto, ejercer su oficio con constancia y una asiduidad de relojero.

Mantenía un ejército permanente de señoras que pertenecían a él, y aún le quedaba tiempo para comer algunas veces en la fonda algunos platillos a la carte.

Este señor visitaba a las Machucas, y su presencia en aquella casa alarmaba a los demás visitantes, como en un gallinero alarma a los pollos un gallo de espolón.

No querríamos darle un nombre por temor de que vaya a parecerse a alguno, y nos achaquen la mala intención de hacer retratos en vez de presentar tipos, faltando así a las leyes de la novela; pero como es preciso distinguirlo con algún nombre para no confundirlo con cualquiera de nuestros personajes, le daremos un nombre que no pueda tener nada de común con el de algunas personas que pudieran parecérsele, y le llamaremos a secas don Manuel.

Cuando entraba don Manuel en casa de las Machucas, algunos pollos bajaban la voz, otros se iban, y otros hacían un gesto; pero siempre hacía cambiar el curso de la conversación, al grado que las niñas decían caray menos ocasiones o casi ninguna.

Otra de las cosas a que eran muy afectas las Machucas, era a jugar. ¡Vean ustedes qué rarezas!, pero se morían por los albures, y esto con un candor y una ingenuidad admirables. De manera que en la feria de Tacubaya y otras se las veía entrar al garito con la misma naturalidad y desparpajo con que entrarían al circo, y era que jamás les había pasado por las mientes que el juego de azar es denigrante. Como estas muchachas habían sido pobres, y además cada una tenía una mamá distinta, y cada una de estas mamás una historia más o menos complicada y vergonzosa, habían ido creciendo como habían podido, como crecen esas hierbas silvestres a pesar de tener encima una piedra del camino; crecían en razón de tiempo y de la atmósfera, de la humedad y de la ley de los organismos.

No habían tenido nunca nada; pero habían comido siempre, y siempre se habían cubierto con ropas, más o menos pobres; pero, en fin, se les podía ver, o mejor dicho, no se les podía ver su desnudez. El caso es que habían llegado a la adolescencia sin saber cómo, y hasta sin querer recordarlo; y hoy, que entran al mundo por una puerta fácil, se dejan llevar de los acontecimientos, sin aprensión y sin escrúpulos, y son felices, con la felicidad ciega del que no se para en preguntar el porqué de las cosas.

Tenían vestidos de seda y alhajas, sin pensar en que tales atavíos eran el precio de la deshonra de su hermano. Se complacían en ser solicitadas, sin pensar que eran aquéllas las solicitudes del buitre que busca la carne descompuesta; y jugaban albures para probar ese contraste de emociones de perder y ganar, sin pensar ni en lo oprobioso del entretenimiento ni en que alrededor del tapete verde se ponían a la altura de las mujeres públicas que las codeaban, y de los tahures, especie de excomulgados sociales, relegados por la moral fuera de la comunión de las personas honorables.

Las Machucas perdían el dinero de su hermano y su propia reputación en Tacubaya, y volvían a su casa rebosando felicidad, y tan quitadas de la pena que nadie las hubiera podido persuadir de que debían avergonzarse de su conducta. ¡Pobres Machucas! ¡Como ellas hay actualmente tantas jóvenes llevadas al garito por este torrente de desmoralización que condena a nuestra sociedad a la depravación de todas las costumbres!

En el Tívoli del Eliseo

A pesar de todas las reticencias de Amalia y de su falsa reserva con respecto a Ricardo, la mañana en que salió de su casa, después de la embriaguez de Sánchez, fuese en derechura a ver a la Chata.

—Chata de mis ojos, le dijo al entrar, tú eres mi paño de lágrimas.

—¡Ave María Purísima! Amalia, qué mala idea me da tu visita. ¿Qué te ha sucedido?

—Tronamos.

—¿Cómo?

—Ni más ni menos.

—¿Pues qué...?

—Figúrate que llegó Sánchez... ya sabes...

—¿Borracho?

—Como una uva.

—No me digas más; por mis negros pecados me ha tocado verlo así algunas ocasiones, y ¡te compadezco!

—Pues bien, vamos a lo que importa —dijo Amalia bajando la voz—. ¿Has hablado con Ricardo?

—Sí.

—¿Y qué?

—Te quiere...

—Pero entendámonos, Chata, a mí no me basta saber que me quiere... así como tú me lo dices.

—¿Pues cómo?

—Mira; yo necesito saber... pero fíjate en esto, necesito saber hasta qué punto me ama Ricardo, hasta qué punto es hombre de resoluciones y en fin... si en último caso puedo contar con él.

—¿Para qué?

—¡Anda, Chata!, ¿para qué ha de ser? ¿No ves que ya no es posible vivir con Sánchez?

—Pero salvo ese maldito vicio, por lo demás no debes quejarte.

—Estás hoy muy candorosa, Chata de mi alma; escúchame, motivos no me faltan, especialmente con respecto a él; figúrate que sé...

—¿Qué, mujer?

—Lo de la americana.

—¿Y ya se lo dijiste?

—Tengo mi plan.

—Piénsalo bien.

—En fin, te diré la parte más grave del asunto.

—¿A ver?

—Sánchez está arruinado.

—Ya lo sé.

—Un día de éstos nos quedamos en un petate; y ya verás que no teniendo yo la culpa de ese despilfarro, no debo soportar las consecuencias; pero a la vez no quiero dar un golpe en falso y por eso te pregunto si Ricardo será hombre de resoluciones y si puedo descansar en él.

—Mira, Amalia, eso es muy grave, y no me atreveré a aconsejarte resueltamente; lo que es Ricardo es hombre de posibles, ya lo ves cómo gasta y con qué lujo se viste; yo no sé cuáles serán sus recursos, pero pasa por hombre rico: en cuanto a que te ame, él me ha dicho muchas veces tantas cosas de ti, que he llegado a creer que está verdaderamente enamorado. Vamos a ver, me ocurre un plan que nos servirá para explotar el terreno.

—Veamos tu plan; necesitas lucirte en esta ocasión, porque la cosa es grave.

—Pues mira, provocaremos una conferencia.

—¿Los tres?

—Los tres.

—¿Y dónde?

—Déjame a mí.

La Chata llamó a una criada y le dijo:

—Vas a la calle de San Juan de Letrán y le dices a Jacinto Rodríguez, de mi parte, que me mande el coche cerrado del otro día, el de los frisones tordillos.

La criada salió.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Amalia.

—Ya sabes que soy mujer de expedientes.

—¿Pero a dónde vamos?

—Del lugar no has de quejarte.

—¡Ah, ya sé!, al Tívoli.

—¡Qué mala eres!

—¿Por qué?

—Como Ricardo es poeta, vas a poner la escena en un jardín.

—Si fuera en una noche de luna respondía del éxito.

—¿No te digo que eres mala?

—¿Por qué? Yo no hago sino preparar las situaciones.

—Debías haber sido novelista.

—Ya se ve que sí, escribiría tu historia y la mía; pero no tengas cuidado, que aun cuando yo no escriba tengo quien lo haga.

—¿Quién?

—Un buen amigo mío.

—¿Cómo se llama?

—Facundo.

—¡Dios nos asista, Chata de mi alma! Mira que tú y yo estamos que ni pintadas para salir a danzar en la Linterna Mágica.

—Pues el día que quieras te presento a Facundo, le cuentas tu historia y le das facultades; verás cómo en seguida nos dedica un libro.

—Bueno, ya veremos eso; vamos a lo que importa y ya que tú vas a dirigir la escena, dime ¿qué es lo que yo debo hacer?

—¿Tú? Llorar.

—¡Pero si no tengo ganas!

—¿Quieres una cebolla?

—¿Es preciso llorar?

—Sí, indispensablemente.

—Pues dame una cebolla.

La Chata desapareció por un momento y en seguida volvió trayendo en un plato una cebolla y un cuchillo.

—No tienes remedio, Chata de mis pecados, eres la más mala que yo he visto.

—Vamos, date prisa.

—¿Y si me huele?

—¡No!, te lavas las manos con mi jabón.

—¡Ay, qué sacrificio! Se me van a poner los ojos de bruja.

—Al contrario, si vieras que te sienta llorar.

—¿Es posible?

—Cuando lloras, me gustan más tus ojos.

—¡Ah!, entonces salgo ganando de todos modos.

Y partiendo Amalia la cebolla, se la aplicó a los ojos lo bastante para producirse una ligera inflamación.

Algún tiempo después llegó la criada.

—Me tardé, dijo al entrar, porque no estaba allí el señor Rodríguez, pero ahí está el coche.

Amalia y la Chata se dirigieron al Tívoli del Eliseo.

Hay ciertos parajes públicos, lo más secreto que se conoce en materia de citas.

El Tívoli del Eliseo estaba solo. Al través de aquellas callecitas que caracolean en torno de los cenadores circulares se deslizaron Amalia y la Chata, y apenas un criado las vio por los intersticios de las enredaderas. La Chata dejó instalada a Amalia en un cenador, salió del Tívoli y volvió a montar en el coche.

Media hora después volvía acompañada de Ricardo, sólo que en esta vez no se paró el coche a la puerta del Puente de Alvarado, sino en la Calzada del Paseo de Bucareli.

La Chata guió a Ricardo a un cenador.

—¿Conque es cierto? —exclamaba Ricardo—, ¡qué hombre, Dios mío, qué hombre! ¡Pobre Amalia!

—Y más que usted no sabe y que no hay para qué se lo cuente; sobre que la pobrecita ha vivido mártir, pues como usted conoció muy bien desde un principio, de semejante unión no podía resultar nada bueno; pero qué quiere usted, las mujeres somos tontas para elegir y siempre vamos a dar con lo peor.

—¿Y dice usted que Amalia se ha salido de su casa?

—Sí señor, ¿qué había de hacer la pobre?

—Pero, ¿a dónde habrá ido?

—Por lo pronto yo sé dónde está, pero lo que me aflige es el porvenir de esta desgraciada.

—En cuanto a eso —dijo Ricardo con aire de gran señor—, aquí estoy yo; conozco mis deberes, y supuesto que he tenido una parte tan directa en este rompimiento, a mí me toca darle a Amalia una compensación; yo no soy rico, pero no importa; ¿quién piensa en el dinero cuando hay deberes de honor que cumplir? Sin dilación, Chata, sin dilación; vamos a ver a Amalia, quiero tranquilizarla, quiero probarle que... ¡vamos, vamos!

—Piénselo usted bien, Ricardo.

—¿Cómo pensarlo? ¿Acaso necesito consultar con nadie mis asuntos?

—No, pero tal vez un acaloramiento será causa de que después...

—¡Qué disparate! Jamás me arrepentiré.

—Figúrese usted que la pobrecita, que tanto ha llorado, en medio de sus lágrimas en lo que más pensaba era en usted.

—¿En mí?

—Sí, para que no supiera usted nada...

—¡Ah, qué alma tan noble tiene Amalia! —exclamó Ricardo enterneciéndose.

—Usted era su ir y venir, y me decía: Chata, ¡por Dios que no sepa nada Ricardo! Mira que él es muy caballero y muy noble y si sabe el predicamento en que me encuentro, es capaz de sacrificarse por mí.

—Y cómo que sí.

—Y yo no quiero eso, decía Amalia —continuó la Chata—, no quiero jamás que Ricardo haga por mí lo que tal vez no ha pensado; no, Chata de mi vida, que nada sepa Ricardo; veré donde me voy, me volveré a encerrar en el colegio, si es necesario, pero que él no se sacrifique por mí, ni se encuentre tal vez en un compromiso.

—¿Todo eso dijo?

—Todo eso; si no tiene usted una idea de cómo lo quiere.

—Vamos a ver a Amalia, dígame usted en donde está —dijo Ricardo en tono suplicante.

—Figúrese usted, dijo la Chata, que por lo pronto... como la cosa me cogió de sorpresa, no supe qué hacer con ella; en mi casa la buscarían y en otra parte no tendríamos libertad para hablar; tomamos un coche y nos vinimos aquí.

—¿Aquí está?

—Y yo, al verla tan afligida y sin saber por mi parte qué partido tomar, me pareció conveniente avisarle a usted.

—¿En dónde, en dónde está? Vamos a verla.

—Vamos.

Y la Chata y Ricardo salieron del cenador que ocupaban y se dirigieron al que ocupaba Amalia, quien había tenido tiempo sobrado de prepararse y había estado observándolo todo desde su escondite.

—¡Amalia! —dijo Ricardo abriendo los brazos.

—¡Ricardo! —dijo Amalia arrojándose a ellos y reclinando la frente en el pecho de Ricardo.

Hubo el silencio propio del tableau, silencio durante el cual la Chata fingió enjugarse una lágrima, de manera que lo pudiera notar Ricardo.

—¡Vamos! —dijo éste—, ¿qué lágrimas son ésas? No, señor, nada de llorar, hoy es día de felicidad, de alegría, de... ¡mozo!... Soy el más feliz de los hombres; Chata, deme usted un abrazo, es usted mi madrina, a usted se lo debo todo, ¿no es verdad, Amalia?

—¡Ay, es tan buena amiga la Chata!

—¡Mozo! —volvió a gritar Ricardo.

El criado se presentó.

—¡Comida para tres! ¿Tomaremos Sauterne? ¿O prefieren ustedes el tinto?

—¿Pero para qué se va a meter usted en...? —dijo la Chata.

—¿Qué apetito vamos a tener con esta aflicción?

—Los duelos con pan son menos; conque ¿Sauterne?

La Chata y Amalia no contestaban.

—Trae Sauterne y Borgoña; dicen ustedes que no tienen apetito; ¡mira! —agregó llamando al criado—, tres copas cognac y curacao, ¡vuela!

—Pero... —murmuró Amalia—, ¡esto es una calaverada!

—Qué quieren ustedes, hijas mías, ésta es la vida; yo por eso me la paso bien; en todas partes soy muy filósofo y recibo las cosas como vienen; no hay por qué afligirse, y lo que es yo me he propuesto ahorrarme todos los disgustos posibles; hagan ustedes lo mismo y no se arrepentirán de haber seguido mis consejos; ¡qué más da!, vamos, el mundo es grande y yo les garantizo a ustedes que nos vamos a pasar una vida de ángeles, ¡ya verán!, ¡ya verán! Vamos, aquí están las copas, ustedes curacao, y yo cognac; pero mira —agregó dirigiéndose al criado—, trae las botellas.

El criado dejó las copas y voló a traer una botella de cognac y otra de curacao y las destapó en el acto.

—¡A la salud de ustedes, por nuestra futura felicidad! Vamos, Amalia, no hay que asustarse por tan poco o creeré que ha perdido usted algo saliendo del poder de un hombre que... no quiero hablar, señor, no quiero hablar; porque me he propuesto que hoy sea sólo día de placer; conque... ¡a la salud de ustedes!

La Chata y Amalia besaron sus copas.

—¡Pero qué es esto! ¡Traición! ¡Esto es una traición! ¡Qué se diría de semejante desacato! No, señor, ¡hasta verte, Jesús mío! ¿Saben ustedes el origen de esta frase? Ya se lo explicaré cuando tenga seis copas en la cabeza. Conque... hasta arriba.

—Pues por mi ahijado —dijo la Chata y bebió su copa.

—Por usted —dijo Amalia y bebió la suya.

—¿Por usted? —preguntó Ricardo—, pues ahora vamos a beber es ta otra... «por ti».

Y llenó las copas.

—Pero... —se atrevió a murmurar Amalia, refiriéndose a la segunda copa.

—¡Amalia! —exclamó la Chata en tono de reconvención, y le dio la copa.

—¿Por quién? —preguntó Ricardo.

—¡Por... por ti! —dijo Amalia sabiéndose poner colorada.

—¡Muy bien! —dijo la Chata en son de aplauso.

Ricardo bebió, se limpió los labios, tomó la mano de Amalia y la dio un beso.

La Chata fue entonces la que se supo poner colorada.

Amalia bajó los ojos.

Ricardo la miró y pensó.

No sabemos qué pensaría Ricardo.

El criado había ya puesto la mesa.

—Mira, chico —le dijo Ricardo al criado—, te recomiendo que nos traigas huevos a la polaca.

—Está muy bien, señor.

—Y... será bueno un poco de pollo a la Marengo.

—Sí, señor.

—¡Oh!, si hubiera mondongo a la lionesa sería yo el más feliz de los hombres; verán ustedes qué platillo; ¿hay mondongo a la lionesa?

—Voy a preguntar.

—Ve, hombre, ve a preguntar si hay mondongo a la lionesa.

El criado voló.

—Pues, señor, creo que no vamos a almorzar muy mal.

—Al contrario —dijo la Chata—, ¡cómo habíamos de almorzar mal en el Tívoli!

—Ésta es mi vida; aquí donde ustedes me ven, no hay semana que no tenga aquí dos o tres convivialidades.

—¡Dichoso usted! —dijo la Chata.

—Pero no hay cuidado —contestó Ricardo—, ya de hoy en adelante mis convivialidades serán a tres; voy a abandonar a todos mis comensales y que busquen anfitrión, porque lo que es yo me incrusto entre este par de encantadoras beldades y ni se vuelve a hablar de mí en México.

—¡Qué buen humor tiene siempre Ricardo! ¿No te lo decía yo, Amalia?

—Sí, sólo conmigo es adusto, sólo a mí me pone mal modo.

—¡Ay, hija! ¡Qué mal modo! ¡A pesar de que has sido tan cruel conmigo, me has hecho sufrir tanto!, pero eso sí, vida nueva, ¿no es verdad, amor mío? Se acabaron las trabas y ancho mundo. ¿No es verdad que no nos volveremos a separar, Amalia?

—Sólo Dios lo sabe.

—Y tu amante y tú, ¿no es cierto?

—¡Vamos!, ¡vamos, ahijado!, en todo caso su madrina de usted es una persona de respeto.

—¿Usted?

—Yo.

—Usted es una Chata sin pasar de ahí, pero tan encantadora que es usted el tipo de la buena amiga, de la hermana, de la madrina, de la... de todo lo que hay de más hechicero sobre la tierra.

—¡Pues está usted galante!

—No, expansivo; hablo con el corazón y al aire libre.

El criado trajo los huevos a la polaca y comenzó el almuerzo.

Amalia se proponía comer poco, y la Chata mucho; porque la Chata era de buen diente.

—Acaba los huevos, vida mía.

—¡Es mucho!

—¿No te gustan?

—Están deliciosos —dijo la Chata saboreándose.

Amalia siguió tomando los huevos.

—¡Ah!, bien; ahora... petit poison a la crème; ¡oh!, ¡esto es selecto!

Ricardo tomó un pedacito de pescado de su plato y lo ofreció a Amalia, poniéndoselo muy cerca de la boca; Amalia iba a tomar el tenedor, pero Ricardo le dio a entender con una mirada que deseaba otra cosa.

—¡Anda, niña! —dijo la Chata en cierto tono de reconvención cariñosa, como si hubiera querido decirle: ¡Qué chambona eres!

Amalia abrió la boca.

—¡Gracias! —le dijo Ricardo—, me haces feliz. ¿No te encelarás si le ofrezco una sopita de cariño a la Chata?

—¡Encelarme! Yo no soy celosa.

Ricardo dio a la Chata, en la boca, otro pedacito de pescado.

Aquel platillo estuvo mejor que el primero.

—¡Oh!, ¡esto es soberbio! —dijo Ricardo viendo el tercer platillo—. Vea usted, madrina.

—¿Qué es eso?

—Esto es jamón York lazañas al Málaga; pero antes tomaremos.

Y sirvió Sauterne en las copas.

Chocáronse las tres, y se agotaron con delicia.

Amalia empezaba a olvidar sus proyectos de comer poco.

Al servirse el tercer platillo, la Chata se comía a señas a Amalia, quien comprendiendo al fin lo que debía hacer, partió un pedacito de jamón, le colocó encima la pasta, y a su vez lo acercó a la boca de Ricardo quien, prendado de aquel mimo, no supo cómo ponderar su agradecimiento.

Amalia también le ofreció a la Chata otra sopita de cariño.

El tercer platillo estuvo mejor que el segundo —dijo Ricardo.

—¡Ya se ve! —dijo la Chata.

—¡Otra libación! —exclamó Ricardo.

—¡A este paso...! —dijo la Chata.

—¡Oh!, el Sauterne, el haute Sauterne se puede tomar por barriles, éste es un vino noble; yo no tomo otra cosa.

—¡Con razón, si es delicioso! —dijo la Chata, lamiéndose, los labios después de haber apurado su copa.

Debemos confesar, en obsequio de la verdad, que Ricardo fue el más amable de los anfitriones, y que supo hacer los honores de la mesa de tal manera que logró hacer aquel el más delicioso almuerzo a tres de que pueden hacer mención los cenadores del Tívoli del Eliseo.

Chucho el Ninfo

Estábamos en el Teatro Nacional, y nuestras miradas recorrían las localidades, pasando esa revista de que no se puede prescindir cuando se encuentra uno en el centro de una reunión. Algunos conocidos viejos, tal o cual familia a quien habíamos dejado de ver mucho tiempo y muchas personas más, fueron objeto de nuestra atención; en seguida nos arrellanamos, no diremos muy cómodamente, en nuestro asiento disponiéndonos a gozar del espectáculo, cuando nuestra vista se fijó en un pollo.

Era el tal un jovencito como de catorce a diez y siete años, con el pelo castaño claro, hermosos ojos, tierna y sedosa barba, boca voluptuosa y fresca y magníficos dientes.

Estaba muy bien vestido; su ropa era flamante, su camisa de irreprochable blancura, y sus manos estaban oprimidas en unos guantes color de lila. El joven era una de esas personas que tienen la misión de hacerse ver y el derecho de no pasar nunca desapercibidas.

En sus maneras revelaba el amaneramiento y el estudio; no cesaba de moverse cual si pesara sobre él la imprescindible obligación de cuidarse, de revisarse a sí mismo incesantemente. Ora se tocaba el nudo de la corbata para cerciorarse de si la había descompuesto; ora se veía los puños de la camisa para cuidar que salieran lo suficiente más adelante de la manga de la levita, cubriendo la extremidad inferior del guante; ora recorría lentamente aunque con disimulo las costuras del guante, por si la seda hubiera podido faltar y descoserse; ora se arreglaba la barba, después el pelo; ora, en fin, tomaba una actitud que sostenía por largo tiempo, fingiendo estar preocupado con la vista de alguna joven, pero en realidad nada veía.

Si se hubiera podido sorprender su pensamiento, se le hubiera encontrado pensando que su figura era elegante, y que en aquella actitad realzaba sus prendas físicas a los ojos de algún observador que lo estuviese contemplando.

No era corto de vista, pero de vez en cuando creía darse un aire interesante plegando ligeramente los ojos, como si apurara la vista para distinguir algún objeto distante, y en seguida abría decididamente los párpados, pensando entonces que sus ojos tomaban la expresión interesante y franca que le era habitual.

Si se encontraba con la mirada de alguna joven, se le veía afectar cierto disimulo y tomar una actitud que, favoreciendo sus contornos, proporcionara a la interesada la ocasión de estudiarlo, de verlo bien, de convencerse de que aquel joven era apuesto, elegante, buen mozo y gentil como un Adonis.

Este acopio de observaciones engendró en nosotros el deseo de averiguar quién era aquel joven.

—¿Conoce usted a aquel pollo?

—No; es nuevo —me dijo un amigo—, ya me había llamado la atención.

Repetí esta pregunta y nadie pudo darme más razón del joven sino que se había hecho ver; en suma, su exterior no había pasado desapercibido para la mayoría; pero de sus antecedentes nadie sabía una palabra, ni siquiera su nombre.

Me dirigí a uno de esos Pérez que todo lo saben y tuve estos datos.

—Este joven vive en la calle de...

Me dijo mi hombre una calle céntrica.

—Creo que es hijo natural de...

Me dijo el nombre de un personaje.

—Parece que lo ha reconocido hace poco y pasa por su sobrino; pero es su hijo.

—¿Y cómo se llama?

—Se llama... ya no me acuerdo de su nombre.

A la sazón me saludaba una señora desde la platea inmediata.

Esta señora me dio al día siguiente estas noticias.

—Yo sé perfectamente la historia del joven, y supuesto que usted se interesa en conocerla —me dijo la señora—, voy a contársela.

Viajaba yo hace poco en diligencia; antes de las cuatro de la mañana del segundo día de viaje, entré al coche para acomodarme anticipadamente en mi asiento. No conocía a ninguno de mis compañeros de viaje; además la oscuridad era tal, que sólo pude notar al cabo de un rato que entraban al carruaje un hombre, una mujer y un niño.

Debo advertir a usted que yo sé dormir en diligencia y que había pasado en el mesón una noche infernal, de manera que apenas empezamos a andar me cubrí la cara y me dormí profundamente.

Cuando desperté era ya entrado el día; y pensé, lo primero, en mi exhibición; iba a descubrirme ante mis compañeros de viaje y a darles los buenos días; abrí un ojo y percibí a través de mi espeso velo que mis compañeros tenían también cubierta la cara y dormían.

Al cabo de un rato despertó el compañero.

Esto me contuvo.

En seguida despertó la mujer, se descubrió, y al ver al compañero hizo un movimiento de sorpresa.

Esto acabó de decidirme a permanecer con la cara cubierta.

—¡Don Francisco! —balbució la señora, y su semblante se descompuso notablemente.

—¡Elena! —exclamó el compañero, y tomó entre las suyas las manos de la señora.

Aquí va a pasar algo bueno, dije para mí, y no debo descubrirme, fingiré que sigo durmiendo. Hubo una pausa durante la cual don Francisco y Elena se quedaron viendo uno a otro, no sabiendo cómo romper el silencio.

—Todo se puede reparar —dijo don Francisco.

—Es tarde —dijo aquella señora a quien nombraré Elena, supuesto que desde ese momento supe su nombre. Le confesaré a usted que cuando Elena dijo: ¡Es tarde!, me acordé de la Traviata, y estuve a punto de reírme.

—Para una reparación nunca es tarde, hoy mi posición es distinta y no me pararé en los medios.

—Todo concluyó entre nosotros; ¡me ha hecho usted llorar tanto!...

—Perdóneme usted, Elena, se lo pido a usted en nombre de nuestro hijo.

Elena llevó la mano a la boca indicando a don Francisco que callase; en seguida le mostró el niño que iba dormido. Don Francisco lanzó una exclamación, que por lo estrepitosa me pareció que requería un movimiento de mi parte; pero los actores de aquella escena parecían estar bastante preocupados con sus asuntos para cuidarse de mí.

Elena había descubierto la cara al niño. No sé si sería el efecto de la luz rosada de la aurora, pero aquel niño me pareció encantador.

A don Francisco le estaba pareciendo enteramente lo mismo que a mí, porque se puso muy inquieto y procuraba con ahínco besar al niño; pero Elena contenía a don Francisco para que su hijo no despertara.

—Es mi hijo, ¿no es verdad?

Elena contestó con una mirada de madre.

Aquella mirada fue un sí mudo de los más elocuentes que yo he visto.

Como éramos sólo cuatro pasajeros, ocupábamos los cuatro rincones de la diligencia; pero don Francisco desde las primeras palabras del reconocimiento se había pasado al lado de Elena.

Llegamos a la primera posta y me fue preciso despertar.

Como la primera parte de aquella historia había pasado, según sus actores, desapercibida para mí, supuesto que me creían dormida, don Francisco y Elena adoptaron, sin ponerse de acuerdo, un estilo enigmático para poder continuar su interesante diálogo delante de mí.

Él está dispuesto a reconocer a su hijo, y ya corre de su cuenta.

—Pero ella tiene miramientos que guardar y compromisos que respetar.

—Todo lo demás importa poco; lo esencial es que él ha encontrado a su hijo.

Como es de suponer, la conversación se mantuvo animada en todo el camino, y yo tuve ocasión de enterarme de una intriga que referiré a usted con todos sus pormenores.

Creí no volver a ver a aquellas personas, y aun por lo pronto no supe su paradero; pero hace algunas noches he sabido que el niño aquel de la diligencia es precisamente ese joven por quien usted se interesaba en el teatro, y el mismo que pasa hoy ante la sociedad por sobrino de don Francisco, a quien usted conoce perfectamente.

—¿Y sabe usted el nombre del joven? —pregunté a la señora.

—Sé que se llama Chucho, pero en cuanto a su apellido corren varias versiones: unas le dan el de don Francisco, otros le llaman Flores, y más generalmente le he oído llamar «Chucho el Ninfo».

En esta época en que ya Chucho el Ninfo figuraba en la categoría de pollo, Elena había vuelto a México, madre de dos niños que en nada se parecían a Chucho y a quienes todos conocían con el nombre de los niños Aguados.

Con diez años más, Elena estaba ya completamente tranquila en materia de posadas; pero no así con respecto a sus asuntos.

Las amigas de Elena apenas la reconocían; había desaparecido por completo aquel resto de gentileza y aquella morbidez que tanto efecto hicieron en el coronel, con quien, según expresión de la misma Elena, había purgado todos sus pecados.

Con el último de los niños Aguados, había caído sobre Elena el crudo otoño blanqueando sus cabellos.

Por lo que toca a Chucho, al poco tiempo de su reconocimiento por don Francisco se separó de su mamá para vivir en una hacienda al lado de don Francisco, a quien desde entonces llamó su tío; de manera que hacía cerca de diez años que no veía a su madre, y por supuesto no conocía a sus hermanitos.

Chucho, al pasar de la casa materna a la de su tío, llevando todos los defectos de su educación afeminada, no hizo más, por desgracia, que agregar a sus costumbres malas y viciadas todos los defectos inherentes a la ociosidad opulenta.

Don Francisco era un rico-home, pagado de su hacienda y jurando que no hay nada más allá de una buena cosecha de trigo.

Don Francisco creía dedicar a su sobrino al campo, y en realidad a eso lo dedicaba prácticamente, desechando el estudio teórico de la agricultura, los conocimientos anexos y las aplicaciones de la ciencia, pues don Francisco era de los que se reían de los libros como de invenciones de extranjeros muy propias para otros climas y otras costumbres, pero no para este país privilegiado en el que la madre naturaleza es tan pródiga.

Don Francisco vivía solo, pasaba por viudo, y como la mayor parte de su vida la había empleado en el campo, su salud era perfecta y representaba menos años de los que contaba.

Chucho se fastidiaba soberanamente en medio de las monótonas tareas del campo, y el aislamiento en que vivía lo obligaba a buscar constantemente un género de distracción más adecuado a sus instintos que los surcos y los herraderos, las pizcas y las matanzas.

No tardó Chucho en acreditarse en más de veinte leguas a la redonda, y era tenido por las lugareñas y rancheritas de las haciendas y pueblos colindantes como un excelente bailador, galante y apuesto como pocos.

Entre aquellas buenas gentes Chucho no era conocido con el apodo de Chucho el Ninfo, sino por el «niño de la hacienda»; en cambio Chucho nunca llegó a acreditarse ni de labrador ni de valiente; pero sí alcanzó renombre entre el bello sexo, que se disputaba a porfía los favores del niño de la hacienda.

Toda la servidumbre de don Francisco, incluso la peonada, que era numerosa, le llamaban a Chucho el niño.

Con estos antecedentes y después de este aprendizaje y noviciado, Chucho vino a México después de diez años de ausencia, apareciendo de la noche a la mañana en los altos círculos, a donde ingresó por medio de las relaciones de don Francisco, quien en su carácter de antiguo y rico labrador cultivaba relaciones con esa parte de la sociedad mexicana que representa la aristocracia del capital.

No tardó Chucho en verse rodeado de los jóvenes más elegantes y en contraer amistad con las principales familias; se exhibió en Bucareli en el coche de don Francisco y algunas veces montando magníficos caballos.

Un amor desgraciado

A las diez de la noche la casa de Elena presentaba un conjunto de los más animados.

Desde la puerta de la calle adornaban cornisas, pilares, puertas y corredores, gran número de farolitos de colores. El corredor era un completo jardín veneciano, y la sala del baile, si no presentaba el conjunto severo del buen gusto y la elegancia, sí ofrecía a los concurrentes alfombra, si bien añadida y completada como capa de pobre; asientos, si bien mosaico churrigueresco digno de un remate; y luz, si bien vertida ora por quinqués alimentados con aceite, ora por velas de esperma, pues por entonces ni la estearina, ni el gas de trementina, ni el petróleo iluminaban todavía los salones.

Elena, como lo había notado muy bien Pérez, estaba encantadora; y porque el lector no nos tache de inconsecuentes por haberle hecho conocer a Elena de un modo y hacerla pasar hoy por una metamorfosis violenta, daremos el porqué de esta transformación.

Elena, como dijimos muy bien, no era bonita, pero tenía dotes de un valor intrínseco; dotes de esas que pueden pasar desapercibidas para un pollo atronado, pero que en manera alguna se escapan a la profunda e investigadora mirada de un gallo viejo.

El mismo Pérez no había descubierto los hechizos de Elena sino cuando ésta, abandonando su crisálida de los días de trabajo, se le había exhibido en el baile del 24, en las boleras y dando a luz aquellos piececitos color de cielo.

El coronel, más experto y avezado cazador, había explorado el campo con su primera mirada, y al primer golpe de vista había sabido estimar convenientemente desde los hoyitos de las manos de Elena hasta lo aéreo y fino de sus pequeños pies.

Adivinó Aguado la tersura de la piel y la morbidez de los contornos con la misma precisión con que había solido explorar al enemigo, si carecía de bagajes y municiones, o si estaba montado en regla para el ataque.

De manera que, lo que para Pérez había sido obra del tiempo y la casualidad, para Aguado fue un golpe de ojo, verdaderamente de pillo.

El pobre de Pérez había acertado a doblar la rodilla en mal momento.

La misma Elena conocía en su interior que Pérez se había dormido.

En materia de homenajes de amor, la mujer es sensible al desperdicio.

A las diez y media se presentó el coronel Aguado, de riguroso uniforme, acompañado del teniente coronel, del mayor, de dos capitanes y otros oficiales subalternos.

La música del cuerpo de Aguado, colocada en el patio de la casa, tocaba a la sazón la marcha de Norma, lo cual le dio a la entrada del coronel cierta solemnidad.

Al pisar el salón algunas personas se pusieron de pie, movimiento que fue seguido hasta por algunas señoras, para quienes las reglas de etiqueta no eran muy familiares.

Esto acabó de darle a aquel acto cierto carácter oficial.

Aguado, antes de hacer un saludo general, se adelantó seguido de sus oficiales hacia el lugar en que estaba Elena, atravesando el salón; la dio la mano inclinándose cortésmente y presentó a sus oficiales.

Éstos hicieron a Elena un saludo militarmente cortés, y Aguado, en seguida, se volvió para saludar a la concurrencia, y en derechura pasó después a saludar a Pérez, que permanecía de pie, erguido, metido en el frac de Zarricolea y proyectando en la pared la silueta de una pirámide truncada con la sombra de su rizada cabellera.

—Muy bien, amigote; se ha portado usted admirablemente, debe usted haber trabajado mucho.

—Sí, señor coronel —respondió Pérez mostrando su blanca dentadura, pero dejando percibir no obstante cierto fondo de tristeza amarga.

—Supongo —continuó el coronel— que se habrá nombrado un bastonero.

—No, no, señor, todavía no.

—¿No se ha bailado nada?

—Esperaban a usted para romper el baile —dijo una vieja que estaba próxima y rebosando júbilo.

—Pérez es muy a propósito para bastonero —dijo Pablito que acababa de entrar.

—¡Eso es! —exclamó el coronel—, vamos, amigote, a bailar cuadrillas.

—¡Cuadrillas! —gritó Pérez.

Aguado se paró en primera con Elena.

Los oficiales lo imitaron, tomando sus compañeras.

Y comenzó el baile.

Pérez había cuidado de hacer pareja con Elena y Aguado para colocarse en paralelas con el enemigo.

Esto contrarió a Elena, porque la puso a dos fuegos; pero en estas asonadas de amor lo reñido y lo complicado suele ser el platillo más confortable.

El baile es el protector natural de los amantes; Aguado sabía tomar sus posiciones con admirable maestría.

Pérez contaba los compases de las cuadrillas, sin descuidar a Elena, a quien le apretaba la mano en cada media cadena y en cada cola de gato.

Estas suaves presiones estaban representando en las manos de Elena el papel del telégrafo electro-magnético.

El apretón de Pérez era la corroboración de su hincada en el tocador, y el apretón del coronel era el recuerdo de sus esplendideces.

Aguado supo decir al oído de Elena algunas frases apasionadas, que Elena recibía como al que le cae algo de arriba. No podía combatir, ni rehusar, ni discutir.

El coronel tenía el tino de no hacer preguntas. Avanzaba sin consultar al enemigo.

Elena temía hacer una barbaridad rehusando los galanteos del coronel.

Después de las cuadrillas circularon por la sala algunas charolas con copas, y en el comedor se formó una tertulia de buenos bebedores, a cuya cabeza estaba Aguado.

Pérez encontró muy natural ofrecer una copa al coronel para darle a probar un ron de Jamaica exquisito.

—Soy costeño, amigote, y he bebido a bordo.

Pérez abrió los ojos temiendo haber hecho una barbaridad.

—El ron lo tomo en vaso, amigo Pérez; esas copitas son para señoras. Vengan dos vasos.

Un criado presentó dos vasos al coronel.

Éste tomó la botella y sirvió dos medios vasos de ron.

—Así se brinda, amigo Pérez.

—Pero, señor...

—No hay que andarse con melindres, ¿somos amigos?

—Tengo el honor...

—Pues a beber, amigo. Por la salud de usted, amigo Pérez.

El coronel apuró su vaso y Pérez dio un trago y lo apartó de sus labios.

—Un día —continuó el coronel— tuve un desafío con un marinero por un desaire semejante.

Y señaló el ron que Pérez había dejado.

—Yo lo tomo en dos tiempos —se apresuró a decir Pérez.

—¡Ah!

—Es para catarlo.

—Bueno, hombre, bueno, se conoce que es usted de los míos. Yo no lo caté, porque como usted me lo ofrecía supuse que era bueno, como en efecto lo es.

Pérez apuró el resto del ron a trueque de sentir una corriente de lava candente en el esófago.

Bailáronse algunas piezas más, y a las doce en punto Elena invitó a la concurrencia a presenciar la acostada del Niño.

Se encendieron velas de cera y, previas las oraciones de costumbre, Elena colocó un Niño Dios de cera en el pesebre, a cuyo acto siguió una salva de cohetes y una diana tocada por la música militar.

Acto continuo la concurrencia pasó al comedor. Aguado rompió la marcha conduciendo a Elena, después seguían los oficiales llevando otras señoras, y Pérez, como se lo estaba temiendo, a fuer de galante y obsequioso se quedó sin asiento.

Pérez perdía terreno a su pesar.

Aquel jardín improvisado presentaba un aspecto verdaderamente encantador; y para que el lector se forme una idea de la concurrencia que ocupaba la mesa, diremos que Aguado y Elena ocupaban la cabecera, seguían a derecha e izquierda algunos oficiales del cuerpo acompañando a algunas jóvenes convidadas aquella noche y que por primera vez formaban parte de la reunión.

Hubiera notado allí el observador, en el conjunto heterogéneo de la fiesta, a las hijas de un señor magistrado junto a las incultas sobrinas del señor cura de la Santa Veracruz; a la vecina relamida y ordinaria, vestida de prestado aquella noche, junto a unas señoras que habían entrado al baile por equivocación, pues no era allí a donde estaban convidadas; y unas y otras concurrentes confundidas con algunas niñas de esas que viven solas y que eran conociditas de algunos de los oficiales presentes.

En cuanto a los hombres, figuraban al lado de Pablito (quien había ya disculpado a su familia con Elena) el platero de la esquina, el dependiente del juzgado, cuatro o seis pollos de los que nunca faltan en parvada a todos los bailes, el cobrador de la casa, dos empleados, un dueño de pulquerías, los españoles del empeño de la otra calle, y finalmente un número respetable de viejas, tías y mamás, troncos de aquellas ramas.

En aquella reunión en que no se conocían los unos a los otros, reinó al principio el encogimiento y la reserva, y en seguida el desorden, pero nunca la cordialidad.

En cuanto a la cena, se contaba que había ocho clases de pescados, la consabida ensalada de Nochebuena, compuesta de veinticuatro ingredientes, y el nacional revoltijo con pencas tiernas de nopal desmenuzadas.

En una cena de Nochebuena es de rigor tener un apetito decidido, circunstancia que la concurrencia no tardó en poner de manifiesto, haciendo todos los honores a la cocinera.

Pérez, en vez de saciar el apetito de que también no carecía, empezaba a sentir que el ron es una bebida muy fuerte.

—¡Ha visto usted cosa! —decía Pérez a un señor que se encontró al paso—; ¿sabe usted, señor, que el ron es una bebida muy fuerte? ¡Qué cosa tan extraña!, oiga usted, señor, esto es un hecho, el ron es una bebida muy fuerte. El coronel me invitó a tomar, y ¡cosa más extraordinaria!, yo... porque, oiga usted, he notado que el ron es una bebida muy fuerte.

Un resto de juicio hizo notar a Pérez que estaba repitiendo una misma cosa sin poderlo evitar y sintió un pesar verdaderamente profundo; iba a ahogar su mundo de ilusiones, su Nochebuena, su frac de Zarricolea, sus rizos y su chaleco blanco, su conquista, su amor y su poesía, en un poco de ron...

—¡Infame coronel, tal vez lo hizo de intento para descartarse de mí!

El interlocutor de Pérez había desaparecido y Pérez terminaba a solas cada período de su monólogo con la muletilla de que el ron es una bebida muy fuerte.

La cena se prolongó hasta cerca de las tres de la mañana, pues hallándose Aguado y Elena bastante complacidos no pensaban en levantarse de la mesa. Entre tanto, Pérez cenaba parado e intentaba formalmente persuadirse de que un plato de revoltijo acallaría los estragos del ron, si bien con grave riesgo de la pureza columbina de su chaleco blanco.

En efecto, el empellón de un criado resolvió este peligro y el chaleco blanco de Pérez se tiñó de revoltijo.

—¡Un herido! —gritó un oficial.

—¿Quién es? —preguntó otro.

—El señor Pérez.

—¡Cómo!

—¿Dónde tiene la herida?

—En el corazón —dijo un chusco.

Todas las miradas se fijaron en el chaleco de Pérez, que ostentaba un chorreón de chile en el lado izquierdo.

Aguado pensó que el revoltijo había completado la obra del ron, y dirigiéndose a Elena le dijo:

—¡Cuánto me gusta el revoltijo!

—¡Qué malo es usted!

Para Pérez no era, no obstante, tan fuerte el ron que le hubiera impedido probar toda la amargura de su situación.

—La cocinera —dijo un oficial— opina que la herida del señor Pérez es de las más honrosas.

—Por lo menos —agregó otro— ha sido recibida en el campo del honor, como digno combatiente.

Pérez prescindió de seguir cenando, y medio oculto en un naranjo se ocupó de sostener una larga mirada de tigre dirigida al coronel y a Elena, que coqueteaban espantosamente.

Al pie de aquel naranjo concibió Pérez un pensamiento.

—Voy a darle celos a Elena, me vengaré; voy a despreciarla y a probarle que a nadie le falta quien...

A Pérez le parecía éste un pensamiento salvador y dirigió una mirada en torno suyo hasta que se fijó en una joven muy rubicunda y que hablaba muy recio; le pareció bonita, amable y bien vestida, y abrochándose el frac de Zarricolea para cubrir la herida honrosa, se dirigió a la señora de su pensamiento.

Oyó que le decían Lola.

—Lolita —dijo acercándosele—, ¿tiene usted la bondad de tomar esta copita a mi salud?

—¡Ah! —dijo Lola—, yo creí que me iba usted a ofrecer revoltijo.

Los oficiales rieron de buena gana y Pérez se cortó. Estaba de malas.

Pérez comprendió que era necesario hacerse a las armas y continuó:

—Efectivamente, es revoltijo.

—Ah, pues entonces no lo tomo, porque se me sube.

—Quiero decir que en esta copa está revuelto el vino con un amor.

—¿De quién?

—Mío.

—¿Y quiere usted que me lo beba?

—Sí, señorita.

—¿Y si me enamoro de usted?

—Me hará usted el más feliz de los hombres.

—¡Ay, señor Pérez! Pues temo que a mí no me suceda lo mismo, porque soy muy desgraciada en amores.

Pérez insistió hasta lograr que Lola bebiese, y se consagró a galantearla.

Se bailó en seguida, y Pérez se apoderó de Lola; pero no había visto a un oficial que hacía tiempo que no le quitaba la vista.

Pérez no se ocupaba más que de Lola, y de vez en cuando procuraba observar si esto hacía algún efecto en Elena.

Al pasar junto a ella bailando Pérez le dijo a Lola de manera que Elena lo oyese:

—La adoro a usted.

Resonó en la sala una argentina carcajada de Elena, y a Pérez le zumbaron los oídos.

No bien hubo sentado a Lola, el oficial celoso se acercó a Pérez y le dijo:

—Dispense usted, caballero... ¿Se sirve usted acompañarme?

—A donde usted guste; ¿a beber?, estoy a sus órdenes.

Y siguió al oficial.

Pero éste, en vez de tomar la dirección del comedor, tomó la escalera. Pérez pensó que por todas partes se va a Roma y siguió al oficial.

Cuando estuvieron en el patio, Pérez sintió que el mundo se le vino encima, y en seguida que él se caía sobre el mundo.

Acababa de recibir una bolea en el ojo izquierdo que le hizo caer en tierra; después sintió algunas patadas por vía de apéndice, y se quedó quieto pensando que el ron es una bebida muy fuerte.

El oficial, que afortunadamente no había sido visto ni sentido, volvió a la sala disimulando lo mejor que pudo su emoción.

Aguado había enarbolado ya el pabellón del triunfo. Elena estaba suave como un guante, y se trataba ya con cierto calor y seguridad de proyectos para el porvenir, de la carrera de Chucho, de cambiar de habitación y de otra porción de cosas.

La animación del baile había llegado a su colmo y reinaba la franqueza y la expansión en todos los convidados, quienes convenían simultáneamente en que el baile se había puesto bonito de repente.

—¿Y Pérez? —preguntó uno.

—Se fue a acostar —contestaron.

Efectivamente, Pérez estaba acostado sobre las piedras del patio y dormía; pero con la sustancial diferencia de que no se había ido a acostar, sino que lo habían acostado.

A las cinco de la mañana Pérez apareció en la sala con su frac de Zarricolea revolcado, y ostentando un chichón en un ojo.

Ya Aguado y los oficiales habían desaparecido, y a Elena no se le podía hablar porque se había recogido.

Pérez se acostó sobre un sofá y continuó su sueño comenzado en el patio.

Chona

La revolución, en sus cien mil engendros monstruosos, hace morir sus últimas oleadas en la familia.

En la familia está escrita esa fatídica palabra como el título genérico de muchos volúmenes, que son otras tantas historias de lágrimas.

La revolución nos ha proporcionado, entre muchos, uno de esos tomos que hemos hojeado para dar a conocer al lector nuevos personajes, que en relación y contacto con los ya conocidos hasta aquí completan el número de los que nos han de dar hasta el fin la materia de que trataremos en este volumen.

Como la jamona es por ahora el objeto de nuestro estudio, empezaremos por ella.

La jamona, según hemos dicho ya, tiene perfiles que se escapan, y presenta cambiantes tornasoles como algunas reacciones químicas.

En ese piélago de dudas y contradicciones que constituye el corazón de la mujer, hay, no obstante, fundamento para asegurar que determinadas causas producen casi con generalidad determinados efectos; y esta circunstancia nos anima a emprender la difícil tarea de señalar algunas, siquiera como aviso anticipado que pueda servir de farol para que no caigan en el precipicio algunas apreciables criaturas.

Vamos a hablar de la señora doña Encarnación N..., persona conocida con otro nombre convencional que la costumbre se ha empeñado en que sea el mismo; quiere decir, a esta señora la llaman todos Chona o Chonita.

Chona es rica, bastante rica; no ha sabido jamás lo que es miseria, ni se la ha podido figurar hasta el momento en que tuvo que ver con una sociedad filantrópica que se llama La Conferencia.

Tiene Chona en la actualidad sus cuarenta y tres calendarios, y tal circunstancia constituye el primero y el más importante de sus secretos íntimos.

Chona es una mujer bien cuidada; la visita Lucio como médico de cabecera hace veinte años; y es tan formal la lucha que Chona ha emprendido desde entonces contra los estragos del tiempo, que se puede decir propiamente que no ha pasado día por ella.

Chona disfruta, además de todas las cualidades de su posición y su patrimonio, de las inmunidades propias a su condición y nacimiento.

Chona, en su calidad de mujer de polendas, ha sido una de las más encarnizadas enemigas de la reforma, y sin transigir un solo momento con las ideas del progreso, se encastilla en sus preocupaciones y es implacable en sus odios, para los que encuentra siempre una sanción en la conciencia.

Nació oyendo hablar mal de todos nuestros gobiernos y de todas nuestras cosas; sus padres, descendientes por ambas líneas de los principales conquistadores, heredaron el odio de aquellos señores contra todas las cosas de México, que nunca vieron como su patria, sino como la colonia arrebatada a sus legítimos dueños por el desbordamiento de las ideas del 93; de manera que Chona, esclava de la tradición y con apego a todo lo viejo, había aprendido a conservar todos sus errores y a aborrecer a quienes no pensaran del mismo modo que ella.

Las ideas nuevas fueron consideradas siempre en casa de Chona como una verdadera nota infamante.

El portero de la casa era un viejo español mutilado, del regimiento de la Reina, y se apellidaba Santos.

Las personas que visitaban la casa eran, casi sin excepción, todos los ricos que aún conservaban los pergaminos de sus ascendientes, y además las notabilidades eclesiásticas; si contraían algunas nuevas amistades, eran las de algún ministro extranjero o de algún español que por razón de sus asuntos mercantiles estuviera ligado con el escritorio de la casa.

La familia tenía casa en Tlalpan, en San Ángel y en Tacubaya.

Chona no había sido la hija única; tenía dos hermanos que muy niños habían sido enviados a educarse a Europa.

Chona, obligada a sentir y a vivir en cierto círculo, se había habituado desde niña más a aborrecer que a amar, porque incesantemente las conversaciones familiares rodaban, por lo general, sobre la antipatía profunda que inspiraban los hombres y las cosas de México.

A los catorce años supo Chona que la persona que le estaba destinada para marido era uno de sus parientes educado en Europa, y que estaba próximo a llegar a México.

Chona no había amado a nadie, si se exceptúa una corta temporada en la que uno de sus primos tomó la costumbre de visitarla con frecuencia; pero constantemente vigilada, no llegó a oír nunca de la boca del primo una declaración en forma.

Llegó por fin el pariente, su presunto esposo; y como venía rodeado de todo el brillo que un elegante de veintiocho años e hijo de una familia rica puede adquirir en París, a Chona no le fue antipático el novio, al grado de que, sin pensarlo siquiera, consintió en el enlace.

En aquel matrimonio se trabajó más en el escritorio que en la Iglesia, pues se trataba, sobre todo, de unir dos fortunas que juntas iban a formar en lo de adelante un capital de consideración.

Chona vivió tranquila, pero sin goces; educada en el refinamiento y el lujo había acabado por habituarse a todas las comodidades que hacían su segunda naturaleza, sin apreciarlas en lo que valen y sin pensar que había nada más allá de aquella vida en que todo le salía tan bien y tan a medida de su deseo.

El marido de Chona había dejado en París todo lo que a los veintiocho años le quedaba de sentimentalismo y de fe; y gastado hasta la indiferencia, había aceptado su posición de marido y padre de familia como el segundo período indispensable de la vida, en el que entraba por hacer lo que hacen todos.

A la sazón en que conocemos a Chona ha entrado ya a la edad de la mujer, tiene más de treinta años, período de tiempo que, a pesar de la notable hermosura de Chona, ha podido imprimir a su fisonomía no sabemos qué gesto de desdén aristocrático, que la hace de cierta manera interesante.

El marido de Chona tiene un amigo, un amigo íntimo y compañero suyo en su vida parisiense; juntos hicieron allí la campaña contra su propio corazón, contra su resistencia y contra su fe.

Este joven se llama Salvador, era de Buenos Aires y pertenecía a una familia rica de comerciantes.

A Salvador lo habían mandado sus padres a París para que se educara, y Salvador sabía efectivamente a su llegada a México todo lo que hacen los estudiantes: conocía prácticamente y con intimidad el barrio latino, ciencia que le basta al hombre para no quedar en aptitud de necesitar aprender otra cosa.

El marido de Chona vivía en el escritorio, donde entre los grandes libros de caja se engolfaba horas enteras, porque ya en este corazón marchito no había quedado más que este último jugo amargo que se llama avaricia.

En cambio Chona se fastidiaba soberanamente entre sus colgaduras, entre los tapices y primores de sus habitaciones, y buscaba un entretenimiento en las labores de mano, en esas curiosidades en las que la mujer que las concluye no tiene siquiera el mérito de la invención; bordaba con cuentas de vidrio sobre terciopelo una cartera, pero todos los trabajos preliminares eran obra del bordador, a quien le pagaba porque estirara el lienzo y pusiera la cartulina, de modo que Chona reducía su afán de ensartar cuentas para cubrir la labor.

Chona no había tenido hijos, circunstancia que había obligado a los médicos de la casa a tener largas conferencias con el marido, quien a su vez confesó con ese motivo el forzoso desencanto a que estaba reducido merced a sus prodigalidades parisienses.

Salvador, en su calidad de hombre acomodado, se había acostumbrado a vivir con esa triste facilidad del que no lucha para conseguirlo.

La lucha del trabajo, esta lucha que para algunos es una sentencia y hasta una maldición, encierra el tesoro de la esperanza, la perspectiva de un más allá que nos alienta, explotando nuestras facultades y empeñándonos en sacar de nosotros mismos ese material de guerra, doloroso, si se quiere, pero con el que compramos un pan blanco y una cama donde se duerme bien.

Salvador desde niño no había aceptado un puesto en esa lucha perenne, no era obrero ni paladín de la esperanza, era simplemente consumidor, y el caudal de sus esfuerzos era nada más el depósito de esa suma de facultades para el goce y para los placeres.

Salvador decía que había nacido para gozar, y gozaba; pero si bien lo averiguamos, no soñaba la felicidad como nosotros la soñamos, nunca había despertado con el deslumbramiento de una de esas dichas lejanas que se le acercan al pobre sólo en mirajes y fantasías.

Salvador no tenía necesidad de poner a contribución sus deseos no realizados, sus esperanzas de mejoramiento, sus ensueños, sus imposibles, sus quimeras; todo esto era para él una música incomprensible porque todo lo tenía; era buen mozo, no carecía de talento y de gracia, y siendo muy rico, no necesitaba apurar su ingenio para procurarse comodidades.

Había sentido la saciedad antes que el hambre, y su espíritu repleto no esperaba ya en la vida ninguna transformación, no se alentaba con ningún estímulo, estaba muerto en el término de su viaje moral; en una palabra, un fisiólogo hubiera podido diagnosticar sin equivocarse esa terrible enfermedad moral que se llama spleen; no el abuso de esta palabra que no tiene embarazo hoy en aplicarse con risible prosopopeya hasta el miserable remendón, sino la legítima desolación inglesa que llega a hacer suicidas a los millonarios.

Salvador, pues, pasaba al lado de Chona las largas horas que su amigo pasaba en el escritorio.

—¿Qué tiene usted, Chona?

—Nada. ¿Y usted?

—¿Yo?... nada.

—¿Nada de nada?

—Nada de todo.

—Lo compadezco a usted.

—¿Por qué?

—Está usted muerto.

—Me hago digno del mundo, digno de la época, digno de la sociedad en que vivimos.

—¡Blasfemo!

—Vea usted, Chona, le hablo a usted con el corazón.

—¿Qué corazón?

—Me hace usted unas preguntas...

—Eso es porque lo conozco.

—Creo que no.

—Mucho, Salvador.

—Deme usted una prueba.

—Ésta.

—¿Cuál?

—Dejarlo a usted pasar junto a mí cuatro horas diarias.

—Llámeme usted de una vez inofensivo.

—No quería decir la palabra, me parecía dura.

—Eso requiere una explicación.

—Estoy dispuesta a darla.

—Pero deje usted esas cuentas de vidrio, a las que tengo una aversión horrible.

—¿Por qué? ¡Pobres cuentas! Las dejo.

—¿Por qué me considera usted inofensivo, vamos a ver?

—¿Cuántos años tiene usted?

—¡Ah!, la cosa es seria; treinta y dos.

—¡Me da usted lástima! —dijo Chona después de un momento de contemplar a Salvador.

Salvador sintió, como el enfermo, que la sonda había llegado hasta el fondo de la herida y guardó silencio, pero un silencio terrible, porque Salvador sintió que algo muy amargo se había revuelto en el fondo de su alma.

Después de un largo rato dijo Salvador con una voz vacilante, y conmovido, contra su costumbre.

—Tiene usted mucho talento.

Otra vez se quedaron callados y sin verse.

—¿Y no tengo remedio? —preguntó Salvador.

—¡Ah! —exclamó Chona moviendo la cabeza con ese gesto del médico que no tiene esperanza.

—Cúreme usted.

—¿Yo?

—O usted o nadie.

—¿Quién soy yo?

—Ahora me toca a mí. Usted es una mujer desgraciada.

—Entonces un enfermo no puede curar a otro.

—Sí, porque uno de los enfermos es médico, y el otro es simplemente enfermo. Usted, Chona, tiene todavía lo que yo ya perdí para siempre, usted no ha malgastado su caudal.

—Es lo mismo, porque mi caudal consiste en bienes de manos muertas.

—Yo seré la ley de 25 de junio.

—Gracias.

—Yo sé una cosa: que usted nunca ha amado.

—¿Cómo lo sabe usted?

—No sé cómo; pero conozco las flores que no se han abierto.

—Soy casada.

—No me haga usted reír.

—Le recuerdo lo que pretende usted olvidar.

—Al contrario, hablemos de usted como de mujer casada; ¿no tiene usted inconveniente en ello?

—No, ¿por qué?

—Usted se casó sin amor.

—Cierto.

—Y no había amado antes.

—Cierto.

—Usted no ama todavía.

—Eso... eso no es cierto.

—¡Chona, cuidado con mentiritas!

—Entendámonos; amo a mi marido.

—Lo creo, ¡pero si viera usted cuántos peros hay que poner después de esa frase!

—¿Muchos?

—Sí, muchos.

—Me voy haciendo curiosa; empiece usted.

Salvador sacó su reloj.

Chona se acercó a una mesita china que servía para sostener una magnífica licorera, que consistía en una caja de madera preciosa con incrustaciones; tocó un resorte y la caja se transformó.

—Me entristece usted, Chona.

—¿Por qué?

—Si le digo a usted lo que pienso, ¿no se burlará usted de mí?

—¡Burlarme! ¡Salvador!...

—Pues bien, óigame usted: este detalle es una galantería por parte de usted, que aislada tiene un atractivo encantador.

—Pero...

—Pero me ha hecho una impresión distinta de la que debía producirme. No cabe duda en que me adivinó usted el pensamiento; mejor dicho, eso es lo que yo iba a pensar y usted pensó por mí; pero en seguida me ha sucedido una cosa muy rara.

—¿Qué?

—Si se riera usted por lo que voy a decirle, me lastimaría mucho.

—No me reiré, voy a estar formal.

—Pues bien, me ha dado vergüenza beber delante de usted.

Chona se quedó pensando.

—No me reiré, ¿pero me será permitido sorprenderme?

—Sí, sorpréndase usted como yo, sorprendámonos.

—Insisto en que me voy volviendo curiosa; explíquese usted.

—Las licoreras, las copas, las botellas, los bufée, son las hojas secas de mi historia; del fondo de las copas de cristal han brotado mis tristezas y mis alegrías; todo ese aparato del placer opulento es un teatro de día que me hiela la sangre. París me sigue por todas partes como una novia que estuviera yo obligado a cargar por todas partes asida a mi cuello; París me mató, Chona, y no puedo aborrecer ni su esqueleto, ni su sombra; no quiero volver y lo extraño; no quiero acordarme de él, y todo me lo recuerda; estoy enamorado, contra mi voluntad, de mi verdugo.

Acabo de ver a París dentro de esa licorera, y al abrirse me ha parecido que usted también veía lo que yo en esas copas y en esos frascos... voy a cerrarla y... no he de beber delante de usted, Chona.

Salvador cerró la licorera.

Problemas suntuarios

Confeccionando el vestido a verdes de Isaura, y convertida la falda aquella en chaqueta de Natalia, faltaban todavía algunos adminículos indispensables, destinados nada menos que a corregir, o mejor dicho, a torcer y exagerar las líneas de la madre naturaleza.

Aquellas niñas habían observado con ese ojo perspicaz de la polla a la moda, que las mujeres deben ostentar hoy una curva saliente en la región del coxis, ni más ni menos que si se tratara de un absceso, de una fibroide imposible, o de giba de dromedario; y no hay que preguntar el porqué de esa protuberancia. La moda tiene sus exigencias a que obedecen así las muchachas enhiestas como las cargadas de hombros.

París se encarga de la corrección de líneas, de abultar, de ahuecar y de perfilar a la mujer, para alejarla cada día más del tipo de nuestra primera madre en el paraíso; y si los hombros de aquella señora y de las que le sucedieron fueron escultóricos en el sentido de su redondez, hoy las hijas de Eva lo usan todo puntiagudo y anguloso, para probar que la línea de la belleza no es la curva, y se ponen zapatos de punta de lápiz y se colocan en los hombros otras prominencias que recuerdan una uña que los murciélagos tienen en la segunda articulación de las alas.

Las niñas aquellas que, como hemos dicho, eran pobres, habían agotado el presupuesto de ingresos maternos saliendo, como la guarnición, con veinticinco días en el mes, y no había modo de comprar una de esas jaulas de varas y cintas que vende La Primavera para abultar a las señoras. Pero Isaura era mujer de recursos y no se había de parar en tan poca cosa para no improvisar la susodicha jaula.

Tomó a su hermana Rebeca y probó a acomodarle una canastita.

Natalia opinó por un tompeate, dando muy buenas razones a su flexibilidad y menor peso.

Y la mamá, que no pudo menos que aplaudir el ingenio de las muchachas, vino cargando varios objetos propios para abultar.

—¡No, mamá! —exclamó Natalia contrariada—. ¡Cómo vamos a ponernos jaulas de alambre ni cajoncitos de puros!

—¡Para abultar!... —dijo la mamá—, al fin no se ve.

—¡Pero se puede tentar! Y la dureza...

—Pues... y la forma... —dijo Rebeca—, eso debe ser blando, flexible, pues... así como si fuera de ballenas.

—Quiere decir, un verdadero polisson.

—Sí, como los que venden en La Sorpresa y Primavera Unidas, a veinte reales.

Todo esto lo decía Rebeca con la canasta colocada en el sitio a propósito.

—¡Tocan!

—¡Ave María Purísima!

—¡Cierren! Que no estamos en casa.

—¿Quién será?

—¡Sea quien fuere, no abran!

—Yo no me puedo quitar la canasta.

—¡Se ha hecho nudo! —dijo Rebeca.

—¡Escondan la jaula!

—¡Y esos tompeates!...

—¡Ya van!

—¡Siguen tocando!

—¡Será persona de confianza!

—¡No le hace!

—¡Está abierto!

—¡Ay, Jesús!...

Pío Cenizo, uno de los novios de las niñas, acababa de entrar.

Apenas saludó, notó que allí pasaba algo extraordinario. Isaura estaba pálida, Rebeca muda, Natalia temblando y la señora turbada.

—¿Qué ha sucedido? —exclamó Pío—. ¿Alguna desgracia?

Nadie podía contestar y Pío paseaba sus miradas por todas partes.

—¿Se ha ido algún pájaro? —preguntó viendo la jaula.

—Sí, mi canario —dijo Natalia, encontrando una salida.

—¡Qué lástima! —dijo Pío—. ¿Y cantaba?

—Era un primor.

—¿Y cómo se fue a ir ese pícaro! —dijo examinando la jaula—. ¡Ah, acabáramos! Le faltan cuatro alambres. Por aquí cabe un zopilote. Con razón se fue...

Las niñas rompieron a reír, y Rebeca pudo escaparse andando para atrás porque no había podido desprenderse la canasta.

—¿Y tantas canastitas? —preguntó Pío—. Supongo que pretenderían ustedes coger al prófugo.

—Eso es —dijo la mamá—, íbamos a ponerle una trampa.

—Para trampas aquí estoy yo —dijo Cenizo—; voy a cogerlo. ¿Estará en la azotea?

—Allá está cantando, óigalo usted —dijo la mamá.

—¡Allá voy!

Y Pío Cenizo salió de la sala para dirigirse a la azotea.

Los preparativos en casa de la señora del curial eran de muy distinto género. Las dos niñas habían recibido dos magníficos vestidos de raso confeccionados por una modista de primer orden. Era un valiosísimo obsequio de don Gabriel, que deslumbró al curial y a su mujer; y no sólo los deslumbró, sino los dejó sin habla, porque la señora, al ver a don Gabriel, apenas pudo articular estas palabras:

—¿Pero para qué se mete usted en esos... vestidos?

El curial no pudo ni siquiera articular esa frase, encontrando bien pronto disculpa a su descortesía en aquello de que el silencio es más elocuente.

En cuanto a Saldaña, que no había pensado en otra cosa más que en el baile hacía muchos días, lo había tomado más a pechos que los demás; no sólo porque Saldaña tomaba así las cosas, sino porque él mismo se sentía, más que nunca, dispuesto a devorar los placeres del baile, y muy especialmente los de aquel baile, que casi era suyo; él lo había hecho todo, era su creación, su obra, y se proponía gozar para indemnizarse de todas las molestias que se había tomado. La idea de bailar y lucirse lo indujo a verse en un espejo. Aquel saquito del diario estaba muy corto, muy claro y muy raído. ¡Cómo se iba a presentar en el baile con aquella facha!

Pero para Saldaña no había dificultades; del arreglo de los licores, de los alquileres y de todo lo que había tenido que manejar, le quedaba un pico que con toda conciencia él llamaba busca legal, fundado en que el artículo 5.º de la Constitución prohíbe imponer trabajo o servicio personal sin la justa retribución.

Armado con este principio constitucional, se fue en derechura a la casa de un sastre rinconero amigo suyo, y muy su amigo, que era nada menos que el Saldaña de los sastres, porque sacaba partido de toda la ropa vieja, y de los faldones de una levita sacaba un chaleco, y de un saco de codos rotos sacaba uno nuevo para niño; y era, en fin, una especialidad para transformaciones.

—¿Qué hay, don Teodoro?

—¿Qué hay, Saldaña? ¿Qué tenemos?

—Nada, un bailecito.

—Ya he sabido; el baile que le dicen de las Machucas.

—No, ¡qué Machucas! Le dirán de Saldaña, porque yo lo estoy preparando.

—Es natural, y va a estar muy bueno, según dicen.

—Tanto, que le necesito a usted, don Teodoro.

—Vamos a ver en qué puedo...

—Una levita.

—¿Negra?

—Por supuesto, hombre; negra, para baile.

—Aquí tengo una forrada de seda, una pieza magnífica y una verdadera ganga. Era del diputado...

—¡Ah, ya sé la historia! Se la voy a contar a usted, don Teodoro. Ésta es la levita nueva que llevaba el diputado hace seis meses en el Tívoli de San Cosme, el día del banquete, donde, como sabe usted, por una cuestión de faldas se agarró con el licenciadito. No se lastimaron, pero la levita sacó un rasgón y un chorro de consomé. El diputado, al llegar a su casa todavía con la turca, le regaló la levita a su criado. «¡Llévate eso lejos de aquí! ¡Que no vuelva yo a ver esa levita!».

—Eso es, y el criado la vino a vender. Véala usted ahora; búsquele el rasgón y el consomé.

—¡Enteramente nueva! —exclamó Saldaña—. Y también le daría usted al criado un par de pesos por ella.

—¡Ah, qué usted! Le he dado cinco, para poder venderla en quince.

—¡Quince pesos por el repelo!

—Enteramente nueva.

—Doy ocho.

—Muy buen dinero, pero vale quince.

Después de mucho hablar, Saldaña se quedó con la levita por nueve pesos.

En seguida buscó a su zapatero, el que hacía botines de charol a tres pesos y medio, compró corbata, limpió unos pantalones y echó bencina a un par de guantes que le habían acompañado seis años, porque sólo se los había puesto en las ocasiones solemnes, que habían sido pocas.

—¡Espléndido! —exclamó Saldaña probándose a solas la levita—; voy a estar hecho un potentado. Voy a dar golpe. Lo único que me falta es una buena cadena para mi reloj de níquel... Se proveerá, Saldaña, se proveerá... —dijo Saldaña dándose golpecitos en la frente—. ¡Y hora que me acuerdo! ¡Mi pobre Lupe! ¡La madre de mis criaturas, a quien con esto del baile no he llevado el diario en tres días! ¡Dejarla sin gasto! ¡Nada! Ya habrá empeñado la pobrecita... Sobre la marcha a ver a Lupe.

Lupe —como la había clasificado Saldaña— no era su mujer, ni siquiera su querida en servicio activo, porque, según Saldaña, pertenecía al Depósito; era exactamente la madre de sus criaturitas. En cambio, Lupe, en su ausencia, le llamaba a Saldaña el padre de mis criaturitas.

Con esto está dicho cómo aquella unión provisional no tenía más lazos morales que las tales criaturitas.

Pero Saldaña, al pensar que había dejado sin gasto a su Lupe, tuvo un arranque de amor retrospectivo, y sintió el vehemente deseo de hacer partícipe a la madre de sus criaturitas de los placeres de aquel baile, en que él se proponía ser completamente feliz.

—Buenos días, Lupe —la dijo entrando—. ¿A dónde están mis pelones? ¡Acá la guardia! Vengan acá, muchachos.

Y se subió un chiquitín en cada rodilla.

Lupe meneaba el arroz que contenía una cazuela, y volvía la cara para ver a Saldaña.

—¿Has estado enfermo?

—No, mi vida; ocupado, horriblemente ocupado. ¿Y tú?

—Yo, con las punzadas.

—¿No te has curado?

—No.

—Mira, mujer, lo que tú necesitas es darte un alegrón.

—¿Cómo es eso?

—Voy a decirte. ¿Ya sabes del baile?

—Anoche hablaban de un baile en la vecindad, y como te mentaron a ti, puse cuidado.

—¡Ah! Bueno, pues ya sabes cómo arreglo yo las cosas; el baile lo hago yo... quiere decir, no lo costeo; eso no; pero lo hago y va a estar espléndido.

—Eso dicen.

—Y se me ha metido entre ceja y ceja...

—¿Qué?

—Llevarte.

—¿Estás loco?

—No, mujer; tengo ganas de echar contigo una danza como ya sabes, como las que bailábamos.

—Sí, pero eso era entonces —dijo suspirando Lupe.

—Y ahora, sí señor, y ahora, ¿por qué no? Mira, para que nos podamos entender, hoy como contigo —dijo bajando a los muchachos de sus rodillas—. ¿Qué tienen de comer? —preguntó acercándose al brasero.

—Nada más que arroz.

—No; pues hoy es día de fiesta, voy a proveer —dijo pasando su mano huesosa por la pálida mejilla de Lupe, y salió a la calle.

Lupe no había dejado de mover el arroz, y ya se quemaba cuando, volviendo ella de su sorpresa, acertó a ponerle agua, y desprendió de la cazuela ese vapor impregnado de esencia de cebolla, que difundiéndose por toda la pieza fue a despertar el apetito de las criaturas, quienes pidieron su sopa a dúo.

Al cabo de algunos minutos presentose de nuevo Saldaña seguido de un muchacho que cargaba unas cazuelas, pan, tortillas y una tina con pulque.

—Mira, mujer —exclamó Saldaña, descubriendo las cazuelas—. ¡Mole de guajolote, enchiladas y frijoles con sus tortillas y su pulque correspondiente!

Las criaturitas se acercaron al mandadero, empinándose para oler aquello, y por la fisonomía de Lupe atravesó como un reflejo de alegría gastronómica que contrastó con las sombras de su habitual tristeza.

Sobre las desiguales vigas del cuarto logró Saldaña acomodar una mesita de palo blanco, y sirvieron de asiento un baúl para los niños y las dos únicas sillas del menaje.

Saldaña explicó a Lupe durante el almuerzo, y entre una y otra libación del San Bartolo, cómo estaba en posición de llevar al día siguiente un vestido de baile, abanico y todo lo que pudiese necesitarse para que aquella pobre mujer luciera, al menos por una noche, el papel de persona acomodada; y como no era la primera vez que Saldaña tenía de aquellas fantasías, Lupe era resignada, y se manifestaba bien dispuesta a la transformación.

En efecto, al día siguiente entraba Saldaña en un bazar de empeño de un español, amigo suyo, a quien llamó hacia un extremo del mostrador.

—Oiga usted, don Sotero, podemos salir del vestido azul —díjole sacando una gran cartera atestada de papeles de todas dimensiones—. Aquí tiene usted el boleto. Si le gusta darán hasta catorce pesos.

—No, hombre, el patrón ha dicho que una onza es lo menos.

—Yo creo que bajará dos pesos.

—No lo crea usted, Saldaña; es lo menos.

—Bueno, pues lo llevaré para probar sacar los otros dos.

El dependiente buscó entre algunos bultos que le eran familiares uno que entregó a Saldaña.

Entretanto, éste había sacado otro boleto y dijo al dependiente:

—Por el abanico dan cinco.

—Seis lo menos.

—Bueno; pues también lo llevo por ver si saco el otro. Conque por todo veintidós... Y lo había ajustado en diecinueve, pero vamos a ver. Hasta luego, don Sotero.

—Abur, Saldaña.

Hizo todavía éste algunos preparativos para esperar a Lupe, y cuando creyó que nada faltaba se dirigió a la casa de sus criaturitas.

Hubo necesidad de coger varias costuras del talle y cortar algo que Saldaña estaba bien seguro no sería notado por don Sotero, a quien, como se habrá comprendido, habían de volver al día siguiente el vestido azul y el abanico, so pretexto de la diferencia de tres pesos en el precio.

Quedó, pues, resuelto que Lupe iría al baile. Era aquella una transformación que asombraba al mismo Saldaña, quien, contentísimo de su hazaña, se decía a sí mismo:

—¡Magnífico! Esto se llama entenderlo. ¿Por qué no había yo de llevar a esa pobre mujer? Bastante lo merece por su prudencia y su resignación en tantos años. Ella, la pobrecita, sin goces de ninguna clase, sólo dos veces ha ido a los títeres para llevar a mis criaturas. ¡Y pensar que yo le robé todas sus comodidades y le quité su novio... y... en fin, la hice la madre de mis criaturas!... ¡Nada! Es preciso que baile, que se divierta... que... A las criaturitas las dejamos bien cuidadas en la vecindad. A Lupe la llevará un amigo de confianza, quien quedará bien indemnizado de la molestia con el placer de ser de los nuestros, y una vez en la sala ¡quién diablos va a averiguar que Lupe es... la madre de mis criaturitas!

Por todas partes se hacían preparativos para el baile, o mejor dicho, se hacían ni más ni menos los preparativos que se hacen para todos los bailes, pero que presentados sin cohesión, como a la presente, pasan desapercibidos; y un autor de novelas tiene entre otros el derecho de meterse a su capricho en la casa de todos sus personajes, con la piadosa intención de publicar sus poridades.

Metámonos otra vez, pues, en casa de las Machucas, pues no hemos de dejar de analizar ninguna de las particularidades que las rodean. Las Machucas, entre otras muchas de sus cualidades negativas, tenían la especialidad de bailar muy bien la danza habanera, tanto que la víspera del baile ya cada una tenía comprometidas más danzas de las que podían bailarse en una noche. Y decimos que bailar bien la danza es una cualidad negativa por razones que, si el curioso lector tiene paciencia, oirá de nuestra boca.

En la perpetua lucha que la moral sostiene contra el vicio en todas las sociedades, sucede que el incremento de las malas costumbres se efectúa por medio de transacciones preparadas por la hipocresía.

La hipocresía es una especie de agente de negocios del vicio. Toma una fiesta religiosa para atribuirle toda la responsabilidad del ultraje a la moral, y combina la fiesta de la Candelaria con la libre instalación del garito y del carcamán.

Y esas señoras, otras señoras, y ciertas señoras, juegan juntas a los albures el precio de la hermosura, el dinero del marido y el pan de los hijos.

La transacción se verifica sin más condiciones que la de ser transitoria y un poco lejos del centro, como transige la buena educación con un esputador de profesión o con un enfisematoso, siempre que éste escupa no en medio de la sala, sino en un rincón y en la escupidera.

De manera que, siendo en Tacubaya y por pocas semanas, hay señoras para quienes lo infamante y lo inmoral del garito es parvedad de materia.

He aquí otra transacción. La hipocresía cree muy justo despedirse de los placeres de la carne ante la terrible perspectiva de cuarenta días de abstinencia, e inventa el Carnaval. Mientras en México las mujeres públicas fueron descalcitas, como habían sido las Machucas cuando las conoció Saldaña, los bailes de máscaras eran, sin distinción, para las clases acomodadas de la sociedad; pero cuando el lujo y la prostitución se dieron la mano, los bailes de máscaras se componen de esas señoras y del sexo feo, el cual aprovecha esa ocasión anual para darle gusto a ellas sin aprensión ni reticencia.

Llegamos al fin a la transacción por la que empezamos: a la danza habanera.

Los pobres esclavos de Cuba, tostados por el sol, rajados por el látigo y embrutecidos por la abyección, despiertan algún día al eco de la música, como despiertan las víboras adormecidas debajo de una piedra.

En la vida del salvaje y del esclavo el placer es esencialmente genésico, por la misma razón fisiológica que en el animal lo determina sólo en un período de su vida. De modo que en el esclavo y en el animal no hay placer sin lascivia, y siendo el baile la expresión del placer, el baile del esclavo no puede ser más que libidinoso.

El esclavo está en su derecho de bailar bajo un sol ardiente, así como lo está el león de rugir en el desierto tras de la leona.

Las niñas estaban con los ojos vendados y no entendían nada en materia de rugidos de león, ni de danzas de negros, y encontraron en realidad inocente y nuevo lo de llevar el compás con la manita y con los pies, y bailaron la danza habanera delante del papá.

Y todos los papás, hasta sin la intervención de la hipocresía, le extendieron a la danza de los negros su patente de sanidad para los salones.

Y se verificó sin remedio otra transacción de la moral con las malas costumbres.

Después de las anteriores reflexiones y conocidos los antecedentes, no nos queda más, para realzar las cualidades de algunos de nuestros personajes, que repetir lo que todo el mundo dice, a saber:

Las Machucas bailan muy bien la danza habanera.

Don Jacobo Baca

Don Jacobo Baca es un padre de familia, de esos que hay muchos, sobre los que pesa una grave responsabilidad que no conocen, y que están haciendo un perjuicio trascendental de que no se dan cuenta.

Don Jacobo ha sido alternativamente impresor, varillero, ayudante del alcaide de la cárcel, por cierto mal negocio, después jicarero encargado de pulquería, y últimamente ha sentado plaza de arbitrista, que es como se la va pasando.

Don Jacobo cree que sabe leer y escribir, pero buen chasco se lleva, pues en materias gramaticales confiesa él mismo, con admirable ingenuidad, que nunca se ha metido en camisa de once varas.

En otra de las cosas en que se lleva chasco don Jacobo es en creer que sabe hacer algo, pues nosotros, que bien le conocemos, estamos seguros de que a pesar de sus letras no sabe hacer nada.

Su inutilidad lo condujo, aunque paulatinamente, a la situación lamentable en que el lector lo encuentra.

Aburrido don Jacobo de buscar destino, y más aburrido de no hallarlo, pensó en una cosa.

Esta cosa la han pensado las nueve décimas partes de los hombres inútiles que hay en el país. Lanzarse a la revolución.

Esta idea, acariciada en medio de la ociosidad y de los vicios, es el calor con que la madre discordia empolla sus hijuelos; esta idea ha sido el prólogo de muchas epopeyas, así como el primer paso en la senda del crimen; esta idea entra en el número de las resoluciones desesperadas, y se equipara con la de suicidarse.

Respetemos, aunque no aludiendo a don Jacobo, esta misma idea de lanzarse a la revolución cuando es engendrada por el noble arranque del patriotismo.

Don Jacobo, arbitrista y todo, llegó a desesperar, se le cerraron todas las puertas, como él decía, y comprendió que necesitaba lanzarse a la revolución.

Don Jacobo tenía un compadre.

—He pensado una cosa —le dijo un día.

—¿Cuál? —le preguntó el compadre, sorprendido de que don Jacobo pensara algo.

Lanzarme a la revolución.

—¡Pero compadre!...

Hubo un momento de silencio, durante el cual don Jacobo escupió por un colmillo.

—¿Lo ha pensado usted bien?

—No me queda otro recurso; ya usted lo ve, no hay destinos, nadie presta, y luego mi mujer...

—Pero compadre —repitió don José de la Luz, que así se llamaba el interlocutor.

—Lo único que me falta es caballo y armas.

—Es decir, todo.

—Casi.

—Para pelear se necesitan armas.

—Cabal.

—¿Y contra quién va usted a pelear?

—Pues contra cualquiera, yo lo que necesito es la revolución.

—Pero usted ¿no tiene principios políticos?

—Pues vea usted, compadre; en cuanto a eso, usted sabe que al hombre lo hacen las circunstancias.

—Pero usted puede elegir. Diga usted.

Don Jacobo meditó profundamente con la vista fija en tierra, y luego preguntó:

—Ahora ¿quiénes están mejor?

—¿Cómo mejor?

—Quiero decir, ganando.

—Pues los liberales siempre ganarán, compadre, a la larga o a la corta. Por mi parte yo voy a los liberales a ojos vistos, es albur que sale; porque mire, aquí no pega lo de los extranjeros ni lo de las coronas.

—Sí, eso ya lo sé, compadre.

—¿Se acuerda de lo de Tampico?

—¡Pues no!

—Y ya usted sabe que van los mochos, que vienen los mochos, pero siempre la libertad triunfa. Éste es país libre, compadre.

—Pues con los liberales, compadre, dijo don Jacobo iluminado.

—¡Dios saque a usted con bien! Mire que los mochos fusilan bonito.

—Sí, pero...

—¿Y la familia?

—Ahí se la dejo, compadre; no le diga nada a mi mujer hasta que yo me haya escapado; que Pedrito se haga hombre, le dice que no ande ahí con mañas; y Concha, que se case.

Los dos compadres, por fin, se despidieron.

Don José de la Luz pensó más en la mujer de su compadre que en su compadre mismo. Era natural. Quedaba encargado interinamente.

Don Jacobo pensó menos en su mujer que en procurarse caballo. Era natural: el caballo era muy importante y su mujer ya estaba bien recomendada; de manera que don Jacobo se fue en derechura a casa de un amigo que tuviera caballo, y se lo pidió prestado; después buscó otro amigo que tuviera pistola y le ofreció limpiársela.

Empeñó un resto de equipaje y se puso en tren de defender la madre patria.

Había pernoctado en un mesón de Santa Ana, despertó muy temprano y arregló su cabalgadura. Era ésta un caballito de rancho, malicioso y asustadizo, tordillito mosqueado, con una oreja gacha, malos cascos y peor boca.

Don Jacobo le puso doble rienda, colocó a la grupa una gran maleta, pagó al huésped y se encaramó más bien que montó en el tordillito, el que al sentir sobre el lomo aquella humanidad asustadiza, comenzó a caracolear en el patio del mesón, más bien de disgusto que de brío, y al fin, resignándose, salió a la calle.

Aquel jinete no llevaba espuelas, pero en cambio llevaba miedo y cuarta. El animal, si no tenía buena estampa, tampoco tenía otras cualidades; trotaba furiosamente, y a pesar de las dos riendas, le sucedía lo que a México, tenía mal gobierno.

Don Jacobo, en quien el valor no era precisamente una de sus cualidades distintivas, creía que los transeúntes le conocían en la cara aquello de que se estaba lanzando a la revolución, y afectaba un disimulo que para nada le servía.

La calzada de Guadalupe se le figuró inmensamente larga hasta que llegó a la garita.

Allí le ocurrió otra cosa, y eran dos cosas buenas las que según él le habían ocurrido.

Lo de lanzarse a la revolución era una, y encomendarse a María Santísima de Guadalupe era la otra; pero en cuanto a la segunda, empezó a encontrar inconvenientes poderosos; el primero era apearse y no tener dónde dejar su caballo; pero bien pronto le ocurrió otra cosa buena, más buena que las otras, y ya eran tres las que en pocas horas iban cambiando la faz de su vida; esta última cosa buena fue aquella de que con la intención basta, y encontró tan de su gusto el consuelo, que hasta se atrevió a dar por primera vez un azote al tordillito, que contestó espeluznándose como un gato y encogiendo el cuarto trasero como si le hubiera dolido mucho, movimiento que empezaba a revelar que entre don Jacobo y su caballo había cierta analogía: aquél debía ser el caballo de don Jacobo, habían nacido el uno para el otro.

Cuando don Jacobo salió de la ciudad de Guadalupe, respiró más libremente, figurándose que acababa de salir con bien de un gran lance, y repetía interiormente:

—Por fin ya estoy lanzado a la revolución. Ello es cierto —continuaba después de un largo rato— que bien puede costarme caro... una bala... pero por otra parte en la revolución siempre se come, porque cuando no lo hay se toma.

A propósito de tomar sintió sed y tomó pulque, pagándolo, costumbre que estaba próximo a perder, una vez bien lanzado a la revolución.

Después de pagar pensó en su mujer.

Don Jacobo pensaba siempre por analogías.

Su compadre don José de la Luz tenía la misión diplomática de informar a la familia de don Jacobo de lo de la revolución.

—O vuelvo rico —decía don Jacobo—, o no vuelvo; yo pasaré trabajos, pero llegaré a tener una guerrilla y entonces... Dios es grande, y mi compadre muy caritativo, de manera que mi mujer no se morirá de hambre; en cuanto a mis hijos, el varoncito que se enseñe a hombre; y Concha, como ya se sabe vestir, se casará pronto.

Absorto en sus reflexiones don Jacobo caminó todo el día, y a la oración estaba en el mesón de un pueblo en donde tomó lenguas para orientarse al día siguiente.

Una guerrilla

Transcurrió un largo espacio de tiempo en medio de un silencio terrible.

La lluvia había calmado, y la tempestad recorría en largas distancias el espacio.

La guerrilla desfilaba entre las malezas, sin hacer ruido; parecía una gran serpiente negra que se arrastraba acechando la casita blanca.

En el interior de esta casita se oía el animado diálogo de Rosario y María; vibraba su voz en medio del silencio como el lejano canto de los zenzontles en el bosque.

El peón que velaba en el portal se adelantó algunos pasos hacia el campo y se puso en observación; nada veía, pero notaba un ruido extraño, mezclándose al de las corrientes.

A poco entró a buscar al viejo.

—¿Hay novedad? —preguntó éste al ver entrar al peón.

—Creo que vienen ya.

—¿Por dónde?

—Deben estar cerca; no se ve, pero se oye.

—¿Y mis hijos?

—No han venido.

—Que entren los peones; corre, aquí nos encerramos; que traigan sus armas.

—¿Qué hay, padre? —entraron preguntando Rosario y María.

—Nada, hijas, nada; una precaución; vamos a encerrarnos.

—¿Y mis hermanos? —dijo María.

—Ya vendrán, ¡pronto, a la troje!, allí se encierran ustedes.

—¡Ya vienen! —gritó un pastor.

—¡Ahí están ya! —dijo un peón.

—¡Mi machete!

—¡Acá todos!

Y un tropel de mujeres y niños y algunos peones se precipitó al patio de la casa, en medio del ladrido de los perros que husmeaban en todas direcciones y aturdían mezclando sus ladridos a las voces de los peones, al llanto de los chicos y al inexplicable rumor de la repentina alarma.

—Ya nos sintieron —dijo Capistrán, y aflojó la rienda a su caballo, que se desprendió como una saeta, y tras él los demás jinetes, y al último don Jacobo.

Capistrán llegó a tiempo que iban a cerrar la puerta, al grado que un momento después se hubiera estrellado contra ella; pero el caballo de Capistrán, azuzado, se lanzó sobre la última línea de luz que proyectaban las dos hojas de la puerta, línea que se ensanchó de nuevo para dibujar toda la figura del bandido.

Se oyeron tres tiros en la azotea, y después dos en el patio, y en seguida un rumor siniestro y una confusa algarabía de golpes, quejidos, gritos, blasfemias y alaridos.

Un guerrillero había caído del caballo en el patio; todo era confusión y desorden en medio de la más profunda obscuridad.

Dos jinetes tiraban tajos y mandobles y acometían con sus caballos a cuatro peones que habían hecho fuego sobre ellos, y que en seguida se defendían a culatazos, pero bien pronto cayeron a los pies de los caballos.

Otros forzaban una puerta que daba al interior de las habitaciones, y Capistrán gritaba a los suyos:

—¡Mátenlos a todos!

Capistrán había disparado los seis tiros de su primera pistola, y había empuñado la espada.

Poco tiempo bastó para que hubieran desaparecido del patio todos los de la casa.

Un guerrillero apareció con un hachón.

Había cuatro cadáveres.

Eran éstos los dos peones, un guerrillero y el viejo.

Capistrán los reconoció uno por uno, y al llegar al último hundió todavía dos veces su espada en el pecho inerte del anciano, que yacía en un lago de sangre.

—Ahora sí —exclamó—; así andarán siendo chismosos estos mochos. Muchachos, ¡que viva la libertad!

—¡Que viva! —gritaron algunos con voz lúgubre, en medio de aquel cuadro de muerte.

En seguida Capistrán distribuyó su fuerza. Envió algunos a forzar puertas, otros a perseguir a los de la azotea que se habían escondido, y a otros a rondar por el exterior y a atrapar fugitivos.

—No suelten a las mujeres; y si chillan mátenlas.

Don Jacobo no había sido atacado en toda la refriega más que por un perro, que se empeñó en no dejarle movimiento; y don Jacobo, entrando en singular combate, sable en mano, sacrificó su primera víctima en aras de la patria.

Atravesó al perro de parte a parte, y después le partió la cabeza hasta callarlo.

Cuando hubo terminado buscó más gente a quien matar, pero ya no había, y entonces fue cuando don Jacobo se sintió en todo el apogeo de su valor personal.

Permanecieron más de una hora aquellos bandidos abriendo baúles y sacando ropa y dinero; obligaron a dos prisioneros a cargar la mula de la casa con el botín, y dos guerrilleros con la mula y los dos peones, a quienes obligaron a arrear, fueron los primeros que salieron del patio.

Capistrán había recorrido toda la casa.

Uno de los que rondaban por el exterior entró corriendo al patio.

—¡Mi coronel, viene gente! —dijo a Capistrán.

—Vayan dos que vean quién es.

—¡Tropa armada! —gritó un tercero.

—¡A caballo! —dijo el jefe.

—Es la fuerza de la Soledad —gritó un tercero.

—Echa el hachón en el ocote y vámonos —dijo Capistrán a un camarada—. Acá todos: que Juan, el Coyote y Chema cubran la retaguardia. ¡Vámonos!

—No están todos —dijo uno.

—Van por delante.

—¿Por onde jalamos?

—A coger la vereda grande, y si nos pican mucho, en dispersión, a caer mañana al Gato.

—¿En la lomita?

—Sí, hasta arriba.

No bien se habían alejado los últimos jinetes, cuando empezó a salir de la casita una ráfaga rojiza que iluminaba el principio de una nube negra en forma de espiral.

Aquella luz fue creciendo, y una lengua de fuego se meció majestuosamente en el espacio, difundiendo una penumbra temblorosa en los campos vecinos.

Pepe y Rafael venían por el valle con una fuerza de caballería y al ver el incendio se desprendieron bruscamente de las filas para llegar los primeros.

El patio de la casa era una inmensa hoguera que había comunicado el fuego a las trojes y a las piezas interiores.

Rafael iba a precipitarse con su caballo en aquel horno y Pepe lo detuvo.

—Todo está ardiendo; espérate.

—¡Rosario! —gritó Rafael.

—¡María, padre! —gritó a su vez Pepe—; ¿por dónde están? ¡Padre, padre!

Sólo el chasquido de la madera que ardía y ese zumbido siniestro de las grandes llamas respondía a los acentos de desesperación de aquellos jóvenes.

—Por atrás —gritó Pepe—, por la otra puerta.

Y los dos hermanos se precipitaron en busca de la puerta.

Estaba rota la puerta de la troje que daba al campo; entraron a caballo gritando siempre a Rosario, a María y a su padre.

Nadie contestaba.

Se oyeron algunos tiros de los que cubrían la retaguardia a Capistrán.

Pepe y Rafael lograron entrar por una ventana a las piezas interiores; el desorden de las habitaciones les reveló el drama que acababa de pasar.

El dolor de aquellos dos huérfanos no tenía límites.

—Estarán en el patio.

—¡Ardiendo! —exclamó Rafael.

—¡Vamos!

—¡Vamos!

El viento, que comenzaba a soplar de nuevo, había alejado el humo y las llamas de la puerta, y los jóvenes pudieron penetrar algunos pasos; tropezaron con el cadáver de su padre, cuyos vestidos comenzaban a arder.

—¡Mi padre! —gritó Pepe—, ¡ay!... ¡y mis hermanas! ¡María! ¡Rosario!

Los dos jóvenes se precipitaron hacia el cadáver para apagarle el vestido con las manos.

La fuerza de caballería de la Soledad siguió persiguiendo a la guerrilla.

A Rafael le acometió un acceso de locura, y dejó a Pepe llorando sobre el cadáver del viejo.

Ni una voz humana resonaba alrededor de la casita, de donde hasta los animales habían huido para el campo.

A poco rato apareció un peón que había logrado esconderse y encontró a Pepe besando la fría y destrozada cabeza de su padre.

—¿En dónde están mis hermanas?

—Se las llevó la fuerza.

—¿Quién?

—Capristán.

—¡Ah, Capistrán, Capistrán! —gritó aquel joven levantando la frente al cielo como para pedir el castigo para el asesino.

Dos días después, a veinte leguas de distancia del rancho, la fuerza de la Soledad pudo alcanzar a la guerrilla.

Rafael estaba entre los perseguidores, se había incorporado con la esperanza de rescatar a Rosario; esta fuerza la mandaba el dueño del caballo prieto que montaba don Jacobo, y estaba compuesta en lo general de vecinos agraviados por Capistrán.

Rafael fue acogido con entusiasmo por la fuerza, pues era conocedor del terreno y de valor acreditado.

Capistrán fue sorprendido en un recodo del camino, y no bien hubo aparecido su fuerza a la vista de la que lo perseguía, cuando, lanzándose como una flecha, Rafael llegó hasta Capistrán, que le esperaba preparado para dispararle a quemarropa.

Rafael había empuñado su espada.

Capistrán hizo fuego, pero casi al mismo tiempo se sintió pasado de parte a parte por la espada de Rafael.

Entre los demás contendientes se trabó una lucha encarnizada, en la que hasta don Jacobo, sacando fuerzas de flaqueza, se acreditó de valiente; se batió con el valor de la desesperación y fue afortunado en sus golpes, al grado de poner tres contendientes fuera de combate.

La fuerza de Capistrán desmoralizada se dispersó, abandonando el botín.

Rafael acababa de caer herido, pero en los brazos de Rosario y de María, que habían presenciado aquella horrible escena.

El denuedo con que cargaron los perseguidores de Capistrán hizo notable este hecho de armas, al grado que un periódico dijo, a los pocos días, que el supremo gobierno era lo más popular y querido que se conocía, porque por todos los ámbitos de la República se veían levantarse fuerzas armadas y montadas por su cuenta para exterminar a la canalla.

Los restos de la fuerza de Capistrán formaron nueva banda a las órdenes de don Jacobo Baca.

Una cocota

Fue preciso a don Aristeo tomar aliento en el patio y concentrarse para alejar de su mente aquellas contrariedades. Después de un momento subió lentamente la escalera y tiró del cordón de la campanilla.

Salió una criada.

—¿Está en casa... la señora?

—¿Trae usted tarjeta? —le preguntó la criada.

—Se entra aquí con boleto —pensó don Aristeo—. ¡Tarjeta! —repitió—; no, no traigo tarjeta.

—¿Su nombre de usted?

—Me llamo Aristeo.

—Voy a avisar.

Y la criada desapareció.

Al cabo de un rato volvió, diciendo:

—Que no lo conoce a usted la señora, que le mande decir lo que quiere.

—Es muy largo —dijo maquinalmente don Aristeo—; dígale usted que vengo de parte de mi compadre Sánchez.

Volvió a desaparecer la criada, y un segundo después se abrió ante don Aristeo una vidriera de par en par y se presentó Ketty.

Esta aparición hizo en el rostro de don Aristeo el efecto del cardillo, y estuvo a punto de retroceder rodando la escalera.

Don Aristeo se descubrió, lleno de un respeto que él mismo estaba muy lejos de esperar; se le olvidó completamente su prevención contra la inmoralidad de la cocota, y hasta este nombre le pareció una especie de calumnia.

—Pase usted, caballero —dijo Ketty en buen español, aunque con un acento ligeramente inglés.

Don Aristeo anduvo, sin sentir el piso bajo sus pies.

Ketty se adelantó para guiar a don Aristeo y bien pronto estuvieron ambos en la sala.

Ketty se sentó en un gran sillón de metal, e indicó a don Aristeo que tomara asiento en el sofá.

Don Aristeo tenía en las manos su sombrero, su bastón, sus guantes y su pañuelo, pero no se acordaba de ninguno de estos objetos, ni de sus manos tampoco, porque no podía quitarle la vista a Ketty.

Era efectivamente hermosísima la cocota; su cabellera casi blanca estaba tan artísticamente rizada, había tal gracia en aquel agrupamiento semidesordenado de rizos y de cintas que levantaban, sobre el interesantísimo óvalo de la propietaria, un verdadero edificio tan majestuoso como una corona imperial.

Era una mujer de alabastro, porque sobre la tez blanquísima de las hijas del Norte, todavía había alguna crema maravillosa que realizaba el bello ideal de la belleza.

Ligeras tintas sonrosadas, como esas que el sol sabe poner en algunas nubecillas, hacían presentir la presencia de no sabemos qué rosas encantadas, así como en los labios de Ketty se presentía el beso que parecía haber anidado allí, sobre aquel granate, junto a aquellas perlas, en aquel botón de rosa, en aquella válvula de donde probablemente todas las palabras que salieran habían de ser amor, todos los acentos música, el aliento fuego y la humedad miel.

Ketty estaba vestida de raso verde hermoso, de ese verde que lo es hasta de noche, de ese verde que le hace a uno volver la cara apenas lo percibe con el rabo del ojo; en fin, verde-primavera de México, verde-floresta de México, verde-esperanza, si es que esta señora se ha vestido alguna vez como Ketty.

Don Aristeo tenía trabada la lengua; y luego que, desde que había penetrado allí, había percibido un aroma tan exquisito, un olor a flores o a ángeles, pero tan pronunciado, tan ferozmente voluptuoso, que don Aristeo dilataba las ventanas de su nariz para oler más, como dilataba sus pupilas para ver más y más a aquella aparición verde.

Lo único que no podía hacer don Aristeo era hablar.

—¿Usted es padre de Sánchez? —preguntó Ketty con una voz que le pareció a don Aristeo cajita de música.

Don Aristeo primero tragó, después tosió, y no seguro de que a pesar de esas dos cosas le saldría la voz, hizo un grande esfuerzo y dijo:

—No, señorita, soy su compadre.

Era tan rara la voz de don Aristeo que a él mismo le pareció que otro era el que había contestado por él.

Ketty empezó a mecerse en el sillón, y como don Aristeo a su pesar tenía la vista clavada en los ojos de Ketty, a los pocos momentos empezó a sentir el viejo un extraño desvanecimiento.

Aquella figura oscilaba delante de él como el mar de la dicha; aquel movimiento le imprimía todavía algo más de fantástico y aéreo.

Ketty tenía una mano cerca de la mejilla; ¡pero qué mano!, era una mano modelo, blanca también como una azucena, ligeramente sonrosadas las yemas de los dedos; ¡era una mano tentadora!

Don Aristeo pensó:

—¿Si me dará la mano?

Se vio tentado de retirarse, sólo por hacer la prueba.

—¿Qué dice Sánchez? —preguntó Ketty.

—Está enfermo —se apresuró a contestar don Aristeo.

—¡Pobrecito de Sánchez! ¿Qué tiene?

—Dolor de costado... quiero decir, creo que es jaqueca; pero está enfermo y no ha salido, no; ni podrá salir a la calle.

—¿Pero está muy malo entonces?

—No, no mucho, señorita, mañana estará bueno ya.

Ketty recorría con una mirada impasible a don Aristeo, y acaso como mujer de mundo ya había comprendido el efecto que causaba.

—¿Es usted americana, de Norte América?

—No, señor, nací en Francia, pero desde niña vivo viajando.

—¡Viajando!

—Sí, señor; el mundo es para verlo.

—Es cierto —dijo don Aristeo, y agregó para sí—; yo nunca he salido de Oaxaca.

—Yo también quisiera viajar —continuó don Aristeo—; no conozco el mar, ni París. ¿Es bonito París?

—Hoy está feo.

—¿Y le gusta a usted México?

—Puede llegar a ser muy bonito México; el clima es muy agradable; hay gentlemen muy buenos; pero está México pobre, se llevan el dinero a otras partes, aquí sólo se hace pero no se gasta aquí.

—Efectivamente, señorita.

—¿Usted tiene minas?

—Sí —dijo resueltamente don Aristeo—, quiero decir, tengo barras y acciones.

Ketty cesó de moverse en el sillón.

—¿En Pachuca?

—En Pachuca, sí señorita, y en Guanajuato.

—¿Y así no viaja usted, señor? Con minas se puede viajar; los mexicanos tienen muchas minas pero no viajan; el mundo es muy bonito, señor; hay ciudades muy hermosas: New York, París, Londres, Berlín, ¡oh!, es muy hermoso todo y se viaja con muchas comodidades. Hoy nadie está en su casa siempre, sino en los viajes; ¡oh, es tan fastidioso estar en un mismo lugar!

—Sí, señorita, yo voy a viajar; ¿y a dónde me aconseja usted que vaya primero?

—Primero a los Estados Unidos por la vía de New Orleans para conocer todas las poblaciones importantes; después vivir un poco en San Francisco, un poco en New York, un poco en el Niágara; después a Saint Nazaire y a París, y luego a Londres, en fin, se debe ver todo.

—Y dígame usted, señorita, ¿usted tiene familia?

—¡Ah!, sí, sí.

—¿Y está?...

—En New York; pero yo estoy independiente.

—¿Hará mucho tiempo que no la ve usted?

—¡Ah!, sí, sí... diez años.

—¡Diez! —exclamó don Aristeo.

—Mis hermanos también viajan; uno está en el Japón, otro está en la expedición inglesa al Polo, una hermana está en Lisboa y otra en Río Janeiro, y yo en México a su disposición —dijo Ketty echando a don Aristeo su primera sonrisa como una paloma correo.

A don Aristeo le temblaron los brazos como si aquella sonrisa hubiera sido una batería de Buntzen.

Ketty agregó una segunda sonrisa como resultado del efecto de la primera.

Don Aristeo seguía viendo con una atención casi inconveniente la cara y la mano de Ketty.

Ésta, por su parte, estaba ya segura de que algo muy hondo se había insurreccionado en aquel señor.

En este momento entró la criada; la criada se parecía mucho a doña Felipa; tenía un vestido igual e iguales maneras.

Como don Aristeo estaba tan impresionado, creyó por un momento que entraba doña Felipa, y sus ideas empezaron a turbarse.

La criada traía una gran charola que casi no cabía por la puerta, y sin consultar a su ama colocó aquella charola sobre una mesita que estaba junto a Ketty.

Había en la charola una servilleta muy limpia y algunos platos con jamón de Westfalia, queso inglés, unas jaletinas, frutas secas y pan.

Después puso la criada dos botellas de cristal, una con cognac y otra con vino de Madera.

—Usted se va a... —dijo don Aristeo parándose.

—Usted tendrá la bondad de tomar el lunch.

—Señorita... yo no acostumbro —y pensó don Aristeo—. Me va a convidar a almorzar; ¿qué dirá mi compadre? ¿Quién sabe si no será de buen gusto rehusar esto, o tal vez se mortificará esta señora de que la vea yo abrir la boca?

—¿Usted no toma el lunch?

—Señorita... acompañaré a usted.

La criada acercó la mesa de modo que don Aristeo pudiera alcanzar los platos, y tomando un cubierto lo dio a don Aristeo.

—¿Le sirvo a usted, señorita?

—Gracias —dijo Ketty cortando un pedacito de queso.

Don Aristeo cortó otro pedacito de queso.

La criada sirvió cognac para Ketty y vino para don Aristeo.

—¡Salud! —murmuró Ketty apurando su copa.

—¡Salud! —repitió don Aristeo bebiendo la suya.

La criada se retiró.

Ketty tomaba de vez en cuando pedacitos de queso y don Aristeo la imitaba.

Se le estaban yendo los ojos tras el jamón, pero temía parecer glotón si comía carne a tales horas, y se limitaba a su pesar a imitar a Ketty.

Bastó a don Aristeo aquella copa de vino de Madera para sentirse más expansivo.

—He tenido una agradable sorpresa en conocer a usted, señorita —dijo.

—¿Por qué?

—Ya sabía que era usted muy hermosa, ¡pero no tanto!

—¡Ah, señor, gracias!

—Positivamente, señorita, es usted la mujer más hermosa que he conocido, con razón mi compadre... mi compadre la quiere a usted mucho.

—¡Pobrecito de Sánchez! —volvió a decir Ketty.

—¿Y... no se vuelve usted a Europa?

—Sí, señor.

—¿Pronto?

—Tal vez.

—Quédese usted.

—¡Ah, no señor!, ya he vivido mucho en México.

—¿Y Sánchez?

—Él me ha dicho de venir también conmigo.

—Mejor será que usted se quede, señorita.

—Usted puede viajar también.

—Sí, efectivamente —dijo don Aristeo acordándose de que no tenía un centavo.

Las resoluciones de don Aristeo habían encontrado una contrariedad que no esperaba.

No tenía valor para afrontar la cuestión de trabajar contra Sánchez; y hasta llegó a encontrar, hasta cierto punto, justificado el gasto de los trescientos pesos. Aquella sala era elegantísima, mejor que la de Sánchez, y aquella mujer realmente tenía algo que nunca había visto don Aristeo.

De esta consideración pasó a la de su miseria, que por primera vez le estaba pareciendo una verdadera calamidad.

—Por otra parte —pensaba don Aristeo—, si yo le he de hacer la guerra a mi compadre, no puede hacerse esto por otro medio más que por el amor; pero eso es imposible.

—¡Ay, señorita, si yo fuera joven!...

—¿Qué haría usted?

—Procurar que me amaran.

—Debe usted tener quien lo ame.

—¡Nadie, señorita, nadie! ¿Quién me ha de querer a mí? El amor es para los jóvenes.

—Pero usted tiene minas, y un señor con minas bien puede hacerse amar.

Esto, lejos de alentar a don Aristeo, le entristeció más.

—Pero ¿sería posible que una señorita tan hermosa como usted pudiera amar a un hombre... así, que no fuera joven?

—Ya lo ve usted, yo amo a Sánchez.

—Sí... es verdad; y entre mi compadre y yo... en fin, no hay mucha diferencia.

—La gratitud —agregó Ketty— es la puerta del amor.

Ketty empezaba a comprender que don Aristeo podía ser un cómodo compañero de viaje, quien teniendo minas podía prestar todo género de garantías.

—¿Habla usted inglés?

—No, señorita.

—¿Francés?

—Vea usted, señorita, lo pronuncio muy mal, porque como nada más lo traduzco lo hablo como está escrito, y cuando digo bon jour se ríen de mí.

La sola idea de acompañar a Ketty en su viaje estaba sacando a don Aristeo de sus casillas; y el pensar que tal vez con igual cantidad a la que su compadre gastaba podía ser tan dichoso como él, era para don Aristeo una felicidad tan sorprendente, que por primera vez comprendió lo que vale el dinero.

Aunque hubiera querido pasar todo el día, si era posible, al lado de Ketty, le pareció que debía retirarse para no ser molesto.

—Voy a pedirle a usted un favor, señorita.

—¿Qué favor?

—Que no sepa mi compadre que he venido a ver a usted; yo vine oficiosamente a avisar a usted que está enfermo; pero no hay necesidad de que lo sepa.

—Bueno —dijo Ketty—, Sánchez nunca viene en la mañana, sólo viene de tarde y algunas noches; usted puede venir si gusta.

—Tendré esa satisfacción.

Ketty fue quien alargó la mano a don Aristeo para despedirlo; don Aristeo se apoderó de aquella mano que había estado contemplando por tanto tiempo, y su entusiasmo no conoció límites; se creyó feliz; aquella mano era extraordinariamente suave y aquella presión extraordinariamente dulce.

Se despidió don Aristeo de Ketty, no sin haber agotado los cumplimientos y las galanterías, y repitió que pronto tendría el honor de volver.

Cuando estuvo en la calle le pareció que acababa de despertar, aunque seguía sintiendo en la mano la impresión de la mano de Ketty.

—¡Decididamente es una mujer encantadora! ¡Vea usted lo que son las cosas, señor! ¡Si bien dicen: de nada se puede juzgar por informes verbales, porque uno es que le cuenten a uno y otro es palpar las cosas! ¡La verdad, ya se comprende cómo mi compadre lleva ocho meses de estar pagando trescientos duros! ¡Hace bien, muy bien hecho! ¡Yo haría lo mismo! ¡Pues no me ha impresionado esta mujer! ¡Y yo que la creía un demonio! ¡Yo que me escandalicé cuando me contó mi compadre!... ¡Vamos, vamos, esto parece increíble! ¿Y ahora qué le digo a doña Felipa, que me estará esperando con tamaña boca?... ¡Vamos!, ya veo que es necesario obrar con reserva, porque si doña Felipa huele que yo... que... en fin, que he cambiado de modo de pensar, me armaría una que... ¡Dios me libre!... Nada; le diré a Doña Felipa que esto es obra larga; que he ganado terreno; que las cosas no están mal; y que tenga esperanzas de que llegaremos a quitarle a mi compadre el tal quebradero de cabeza; quebradero que, por otra parte, es de todo mi gusto.

Don Aristeo se acordó en aquel momento de las reliquias que llevaba para no caer en la tentación.

Era tarde.

Celos

En aquella sala de baile, más que en ninguna otra, podía juzgarse de la sociabilidad y cultura de la concurrencia por su manera de portarse. Cuando no sonaba la música, la sala aparecía despejada; todos los hombres se habían alejado del centro de la reunión para apostarse en las piezas inmediatas o en el corredor, esquivando el contacto o la conversación con las señoras. Éstas, a su vez, ocupaban todos los asientos y permanecían inmóviles y silenciosas en estos entreactos del baile, en los que se entregaban a la crítica y comentarios sobre las otras señoras, en voz baja y en tono de cuchicheo.

El objeto de toda reunión en buena sociedad es la conversación, el trato de los unos con los otros, el estrechamiento de las relaciones superficiales, el fomento de las relaciones ya contraídas y la adquisición de nuevas relaciones. Los bailes, los conciertos y las comidas son el puro contexto social, pero no el objeto. Las personas cuya cultura está muy lejos de llegar al refinamiento van a los bailes sólo por bailar, y a las comidas sólo por comer. Ésta es la razón por la cual aquella sala se despejaba con la última nota de cada danza; los dos sexos eran el aceite y el agua que, sacudidos al compás de la música, se juntaban para separarse apenas entraba el reposo.

No había un sólo pollo, por desalmado que fuese en la calle, que osara atravesar el salón; aquello era un sacrificio casi doloroso.

Después de un largo intervalo de silencio, los pollos que parecían intrépidos, en razón de los grados de entusiasmo inspirados por alguna joven, se animaban mutuamente desde la puerta para emprender aquella travesía de uno a otro extremo de la sala, orlada de señoras.

—Acompáñame, Suárez.

—¿Para qué?

—A atravesar la sala para pedirle la que sigue a Chole.

—No, chico; no me atrevo; espera a que empiece la música.

—Vamos desde ahora.

—No.

—¿Por qué?

—Si vieras qué mortificación me da atravesar la sala.

—Oye, pues a mí también.

—Me parece que la sala tiene un cuarto de legua.

—A mí también me tiemblan las piernas.

—A mí me parece que piso en huevos.

—A mí me sucede que pido la pieza, me dicen que sí, y ya no se me ocurre qué decir; me quedo callado después de decir muchas gracias, y tengo que volver a atravesar la sala. Entonces me parece que todas las señoras me critican mi modo de andar, mi corbata, mis botines o algo.

—O tus patillas.

—Ya empiezas con las patillas. ¡Ya verás dentro de un año!

Mientras los pollos se aborregaban en la antesala y en las puertas, las señoras se entregaban a la crítica.

—¿Quién es aquella —preguntaba una señora grande a su hija que tenía a su lado— de los moños azules?

—Es una muchacha de la vecindad, se llama Juvencia y va a la escuela nacional.

—¿Sabe usted, Juanita —le decía una señora mayor a otra contemporánea—, sabe usted que no me da muy buena espina la señora de la casa?

—¿Por qué, doña Gualupita?

—Porque... en primer lugar, no es tan bonita como dicen; está muy pintada.

—Eso, ya sabe usted que todas...

—Ya se ve, si hay algunas que parecen ratas de panadería.

—En segundo lugar —prosiguió la señora—, porque tiene una manera de sentarse... Vea usted ahora, con disimulo. Es cierto que tiene muy bonito pie y está muy bien calzada, pero los enseña demasiado.

—¿No le parece a usted?

—Sí, ya lo había notado. Pero yo sé algo peor.

—¿Qué?

—Dicen que no es mujer legítima del general.

—Eso sí que no, doña Gualupita. Ya sabe usted lo que son las gentes de habladoras. No, en cuanto a eso yo sí creo que es mujer legítima. De otro modo, ¡cómo había yo de permitir que vinieran mis hijas!

—Ello es que se dice. Y aún hay más; hay quien conozca a su mujer verdadera y a sus hijas.

—En eso está el error. La otra es la que no es su mujer legítima.

—Calle usted, ¡qué cosa!

—En eso está el misterio.

Durante este pequeño diálogo cuatro pollos habían abordado, por fin, la empresa de atravesar la sala, y detrás de ellos vinieron los demás a tomar sus compañeras ya cuando los músicos habían empezado a tocar.

A eso de las once y media el Chino había destapado algunas botellas y había hecho circular entre los concurrentes algunas docenas de copas, por vía de aperitivo; copas que empezaron a derramar su influencia en la sala, donde ya se hablaba más recio, y algunos pollos aun se atrevían a cruzar la sala y formar grupos en el centro.

La segunda danza que el diputado bailó con Julia tuvo una prosodia tan elocuente que el general les puso el veto con sólo esta palabra:

—Siéntate.

Pero Julia que no se doblegaba, le contestó con un dengue, y a la segunda intimación con una rabieta. Entonces el general se dirigió al diputado y le dijo al oído:

—Siente usted a Julia.

Estas palabras fueron dichas en un tono tan brusco que el diputado obedeció, no sin protestar con la mirada.

Julia, al notar que el diputado iba a sentarla, exclamó:

—No puedo ver a los cobardes.

Y soltándose del brazo del diputado se dirigió al empleado padre de las muchachas de allá enfrente, y le dijo con una afabilidad y una dulzura desusadas:

—¿Quiere usted bailar un pedacito de danza conmigo?

El pobre empleado, que ya no bailaba danzas y que había hablado muy pocas veces con Julia, no pudo articular palabra; pero la mano de Julia estaba ya sobre su mano, y había que dar la otra a la pareja de enfrente. El empleado se fascinó de tal manera que no supo lo que hacía; sintió el contacto del raso en la mano derecha, y el de la mano de Julia en la suya, y un torrente embriagador de aromas que brotaban del seno de Julia como del cáliz de una magnolia. Le pareció que soñaba, y se movía al compás de la música, pero inconsciente; se sentía ligero, ágil y enteramente apto para el baile. ¡Cosa rara! La última vez que bailó con su mujer le rompió el vestido y la pisó dos veces, y ahora se sentía todo un bailarín. Era bajo de cuerpo, más bajo que Julia, y a veces los pétalos de las gardenias que Julia llevaba en el pecho le rozaban las narices, le hacían cosquillas y lo atraían, no obstante, como a la abeja la miel. Era para él una sensación nueva, inusitada, y que no había experimentado jamás. A cada vuelta de vals volvía a sentir el cosquilleo de aquellos pétalos de género y le vino la tentación de besarlos, tentación que al brotar en su cerebro realizó su boca, y besó las flores sin que Julia ni la concurrencia lo notaran.

De repente oyó a sus espaldas una voz que decía:

—Mira, mira a mi papá cómo se entusiasma.

—Muy bien, papacito —agregó otra voz—, ¡qué milagro es éste!

El empleado temió que sus hijas hubieran visto los besos.

Cuando terminó la danza sentó a Julia, le dio las gracias con una expresión que rivalizaba con la de Julia cuando lo invitó a bailar. En seguida se salió al comedor para estar solo con sus emociones y saborearlas a su placer. Allí se encontró al Chino, que era el escanciador de oficio, y le ofreció cognac. El empleado estuvo muy amable con el Chino, al grado que no quiso tomar solo y los dos bebieron.

¡Extraña coincidencia! El general, el Chino, el diputado y el empleado habían tenido la misma inspiración de tomar cognac a consecuencia de las inspiraciones que alternativamente había producido Julia en cada uno de ellos.

Mientras Julia había bailado con el empleado, el general y el diputado hablaban de pie y con cierto aire de reserva en la pieza aquella que hemos mencionado al principio de esta historia, y que era una especie de vestíbulo por los diferentes usos a que se destinaba.

Julia, cuando acabó de bailar, pasó a su recámara y pudo observar de lejos que el general y el diputado hablaban aparte. En esto dieron las doce de la noche y la concurrencia pasó al comedor, en donde estaba servida ya la cena.

Ni el diputado ni el general se sentaron junto a Julia, y ésta, sin saber cómo, se encontró sentada entre el Chino y el empleado. Comprendió que algo serio pasaba, pero con la volubilidad que le era propia se fijó más en las inusitadas galanterías del empleado y en los obsequios del Chino, que había vuelto a ponerse pálido, que en los asuntos del general. Bien pronto se generalizó la alegría y empezó a reinar la mayor animación en el comedor. Tras la animación vino el desorden, en el que algunas personas que habían cenado a medias cedieron sus asientos a otras que no habían cenado.

Esto dio lugar a la desaparición del diputado y del general, desaparición que pasó desapercibida para Julia.

Mientras la concurrencia cenaba más o menos, pasaba en la cocina una escena interesante.

—Oiga usté, doña Trinidad —decía Anselmo con aire misterioso a la mujer que había limpiado los romeritos—, usté dice que conoce a Narciso, el gendarme.

—Sí.

—¿Y dónde está ahora?

—¿Para qué?

—Lo podemos necesitar.

—¡Adiós; ah, qué usted!...

—Formal, doña Trini. Yo estuve oyendo en la azotehuela que el general y otro señor se estaban... pues se estaban averiguando.

—¿Y qué?

Posque se van a dar de balazos.

—¡No me lo cuente, don Anselmo!

—Por vida de usté.

—¿Y cuándo? ¿Aquí en la casa?

—No. Si ya se fueron.

—¡Conque están cenando!...

—No, doña Trini. Ya se salieron el general y el otro señor, que es diputado, el señor Rosalitos y otros más; salieron cuatro y yo creo que es cosa de desafío.

—¡Válgame la Virgen Santísima, don Anselmo!

—Por eso le decía que era bueno avisarle al gendarme.

—Pero, oiga; que nadie lo sepa.

—Voy a ver si está allá abajo, porque no sé si estará franco.

La criada salió de la cocina para ir a buscar al gendarme.

Anselmo tenía razón; el general y el diputado iban a batirse al rayar el día. Los testigos eran el otro diputado y Rosalitos.

Anselmo

El hombre de las piñatas había llegado a la ca del general, como él la llamaba; pero nosotros, a fuer de historiadores, debemos tener alerta a los lectores en materias de traslación de dominio y de títulos colorados; porque en los tiempos que corren no es remoto encontrar un general que no lo sea; y en cuanto a lo de su casa, se nos antoja que hay asunto para pasar el rato.

Lupe y Otilia llegaron a la casa cuando ya alumbraba la luz eléctrica.

El de las piñatas entregó la novia, y recibió los catorce reales; pero mientras calentaba aquellas monedas en la mano, pensaba en que la ca del general le era propicia, y que no debía abandonarla. Ofreció, pues, sus servicios a las niñas: llevar ramas de cedro, y aun insistió en que se le comprara otra piñata, que, como hemos dicho, representaba un general.

El tal vendedor era un viejo harapiento, muy conocido en las inspecciones de policía, en Belén y en el hospital de San Pablo. Los practicantes le habían visto los sesos y las entrañas, y contemplaban a Anselmo, pues tal era su nombre, con el interés científico que les había inspirado aquel borracho, salvado dos veces por milagro de una herida en el vientre y otra en la cabeza.

Lupe y Otilia fueron benignas con Anselmo, y con razón; estas niñas estaban muy contentas, eran muy felices y... ya irá sabiendo el curioso lector cuántos motivos tenían para sentirse tan bien y tan capaces de generosidad y otras virtudes.

La cocina de aquella casa era espaciosa; la había hecho un joven ingeniero muy hábil y muy ilustrado, de manera que tenía horno de ladrillo. Es cierto que en materia de brasero la cocina aquella, como todas las de México, estaba a trescientos años de la fecha; todavía el aventador se sobreponía a las verdades científicas de la pesantez del aire y de producción de calórico; pero esto era porque el ingeniero había dirigido aquello al estilo del país, por encargo de una tía suya.

Había hasta cuatro criadas, de las cuales dos revelaban, por su facha miserable, su carácter de supernumerarias.

La austera vigilia, la abnegada penitencia y la mortificación de la carne, aparecían de bromita en aquella cocina. La virtud disfrazada y del brazo con la gula, celebraban, como en carnaval, el portentoso acontecimiento de la cristiandad. Lúculo y Heliogábalo acudirían gustosos a la fiesta, entrando por la cocina. El bacalao y el robalo volvían a tomar un baño frío después de muchos meses; las criadas limpiaban romeritos y condenaban a la nada algunos millones de generaciones de moscos, haciendo una torta con sus huevos. De blancas rebanadas de jícamas hacían figuritas que iban a teñirse con la materia colorante de la remolacha en la ensalada de Noche Buena; ensalada clásica y tradicional que, en fuerza de mezclar frutas y legumbres heterogéneas, ha dado su nombre a piezas literarias y a cuerpos colegiados, pero que concentra la alegría de los comensales, y es la prosodia de esa cena de familia que lloran los muertos.

Lupe y Otilia recibían a dos cargadores que llevaban cajones con vinos y conservas alimenticias de parte de Quintín Gutiérrez; y cuando acabaron de recibir las latas de pescados y una batería de botellas, leyeron un papelito que decía: «De parte del general N... para la casa número 2, calle de... etc. Gutiérrez».

Y ya eran dos personas, hasta ahora, las que ceñían la banda al señor de aquella casa: el hombre de las piñatas y Quintín Gutiérrez.

La casa de Sánchez

Sánchez es una verdadera presea para el interés creciente de nuestro relato; le sabemos muchas cosas y hemos de decirlas, inocentemente.

Sánchez no tenía sólo una casa, tenía dos; pero tal lujo de domicilios había permanecido hasta entonces envuelto en misterio.

Pero doña Felipa tenía una amiga y amiga de la tía Anita. Era la tal otra vieja chocolatera que se alternaba en chocolates y habladurías con doña Anita.

Esta vieja se llamaba doña Zeferina; tenía un hermano clérigo que la mantenía, y doña Zeferina no vivía, hacía muchos años, sino para procurar la salvación de su alma; obra por lo demás erizada de dificultades, pero que todas, en concepto de la misma doña Zeferina, estaban allanadas completamente.

Veamos su sistema.

Doña Zeferina madrugaba y oía la primera misa que se decía en la iglesia de su barrio; volvía a su casa a desayunarse, y en seguida emprendía el camino hasta la iglesia en donde estuviera el circular; allí oía la misa mayor y rezaba dos novenas, que siempre traía entre manos; una andada y aplicada por sus propias necesidades, que eran algunas constantemente, y otra por oficiosidad por los cuidados y desgracias de alguna de sus amigas, a quienes, como debe suponerse, nunca les faltaban cuidados y desgracias.

Volvía a su casa a comer, dormía siesta y se levantaba para ir a tomar el chocolate a alguna visita; los lunes con las monjas, martes con una comadre, miércoles con las hermanas de su confesor, jueves con una amiga, viernes en la casa de Sánchez; el sábado tenía mucho que hacer y el domingo se quedaba a comer en alguna parte, y el lunes anudaba el turno nuevamente.

El chocolate no le impedía concurrir al depósito, al sermón, a los desagravios o a la novena solemne en alguna iglesia.

Lo único que cambiaba la monotonía de su vida era el ir por una amiga o amigas a su casa para ir en su compañía a la iglesia.

Doña Zeferina tenía la costumbre inveterada de comer en la casa de sus amigas cada día de cumpleaños, y en algunas partes se quedaba a dormir, porque no había quien la llevara a su casa de noche.

A doña Zeferina nunca le faltaba qué hablar, tenía materia abundante para todo el año contando en una casa lo que oía en otra, circulando las noticias de las funciones religiosas, y describiendo las fiestas de familia a que concurría.

Sabía de memoria el calendario; y más exacta que las interesadas, avisaba con anticipación en cada casa:

—No se te olvide, mi alma, que el 22 de éste es San Anastasio y el 29 San Francisco; ahí tienen ustedes a doña Anastasita la Ortiz y a mi señor don Francisco el licenciado, a quien tantos favores le debe tu familia; no se te vaya a pasar.

Un viernes entró doña Zeferina a casa de Sánchez.

—Buenas tardes Felipita; Anita, ¿cómo te ha ido? ¿Cómo están todos por acá? ¿Cómo está el señor Sánchez y Amalia y la Chata? ¿Cómo les ha ido de tiempo?

—Buenos todos, a Dios gracias.

—¿Y don Aristeo?

—Bien.

—¿Conque todos buenos? ¡Cuánto me alegro! De santos nos debemos dar con que no haya venido por aquí la plaga de los catarros de mis pecados; acabo de venir de la casa de las hermanas de mi padre confesor, que es tan bueno y tan santo, y todas, mi alma, todas están del catarro, perdidas; si es en la casa del licenciado, lo mismo, tiene dos niños con tos ferina, de mucha gravedad; y hasta una de las madres, de las madrecitas las pobres, me la he ido a encontrar con un constipadazo que hasta parece pulmonía; vamos, si te digo, mi alma, que ya no sé a dónde vamos a parar con tanto catarro; es el tiempo, es el tiempo; estos cambios tan repentinos, que sale una caliente, y zas, allá van los estornudos y catarro para una semana; ¡como ha de ser, que se haga en todo la voluntad de Dios! ¡Si te digo que yo ya no sé qué plaga nos faltará, porque todo se nos junta, todo, todo! ¡Porque si es de arranquera no me digas, que están todos que se sorprende uno! ¡Y vaya, si dijéramos los pobres, pero no, mi alma, los ricos también!; ¡asombra ver en ese montepío los primores que llevan!; ¡y qué alhajas!; ¡y qué cortes!; ¡qué tápalos chinos! ¡Todo de gente que tiene!; ¡conque figúrate cómo estarán las cosas, Felipita de mi alma y de mi vida!; ¡pero cómo ha de ser! ¿Conque por acá todos buenos?

—Sí, vamos pasando.

—¿Y en paz?

—Así, así.

—Ave María Purísima, ¿conque?...

—Ha habido de todo.

—No lo permita la cruz de mi rosario, Felipita de mi alma, ¡qué me cuentas!, ¿conque ha habido de todo? Yo, mi alma, como soy vieja ya no me sorprendo de nada; pero ve uno cosas que con razón; ¡ya se ve!, ¡es imposible, imposible que ciertas cosas salgan bien, porque ya sabes que de la tierra al cielo no hay nada oculto, y el día que uno menos lo piensa, ¡adiós!, se descubre todo, porque ya sabes que nunca falta un yo lo vi; si te digo, mi alma, que estoy aburrida; ¡ya no quiero vivir, Señor, ya no quiero que me cuenten nada, pero qué quieres!, le cuentan a uno y no hay remedio; ¿yo?, ¿pues cuándo sabía nada de lo de acá? Estaba muy quitada de la pena cuando me dice una señora que oye misa conmigo:

—¿Usted visita la casa de Sánchez?

—¡Cómo no, mi alma —le dije—, si Felipita es íntima amiga mía!

—Y la pobre de Amalia, ¿no sabe nada todavía?

—¿De qué?

—¡Cómo de qué! De la mujer esa que dicen que tiene el señor Sánchez y que es la causa de tantos disgustos.

—¡Conque eso te dijeron! —exclamó Felipa sorprendida.

—Eso.

—Mira qué gente tan lenguaraz.

—Oye, mi alma, en cuanto a lenguaraz yo respondo que no, porque lo que es a esa señora la he visto comulgar y me debe el mejor concepto; es una señora grande y no creo...

—¡Ah!, pues eso es una calumnia, mi hermano es incapaz de tener otra mujer, que bastante tiene el pobrecito con Amalia, que lo tiene sacrificado por el lujo que gasta.

—Pues yo sentiría mucho que fuera cierto, pero has de saber que yo ya tenía mis antecedentes.

—¿Tú, tú también? ¿Luego lo crees? Ya lo ve usted, tía Anita, ¡oh!, si no se puede ya tratar con nadie, si las gentes tienen una lengua que yo no sé a dónde vendremos a parar.

—Pues yo nada pongo, mi alma, y si yo te digo esto es en descargo de mi conciencia; pero ni pongo ni quito, y sobre todo, que lo que fuese sonará, porque ve uno tantas cosas...

—No, pues ahora es preciso averiguar la verdad, porque eso es muy grave, y necesitas decirme quién te lo dijo o me peleo contigo.

—El pecado se dice, pero no el pecador.

—¡Es una cosa de honra!

—Por lo mismo.

—¡Dime quién te lo dijo!

—No, mi vida, porque el chisme agrada, pero el chismoso enfada.

—Pues esto no se puede quedar así, ni yo he de permitir que el pobre de mi hermano ande por ahí en boca de todos como trapo viejo, porque si yo doy con la habladora la he de poner como ropa de pascuas.

—Mira, Felipita, que lo mejor será que yo averigüe, porque sería mucho descaro inventar todo lo que me han dicho.

—¿Pues qué te han dicho?

—¡No, cómo quieres que te lo diga cuando te exaltas tanto!, y lo que es yo no he de ser causa de que te vayas a morir de un derrame de bilis; ¡Dios me libre!, yo también me moriría de pesadumbre.

—Te ofrezco no exaltarme; pero dime lo que te han dicho, que al menos siempre es bueno saber a qué atenerse.

—¿Pero me ofreces...?

—No tengas cuidado, dime lo que sepas.

—Pues yo te digo que nada invento; me dijeron que el señor Sánchez tiene otra casa; y esto no puede ser mentira, porque sé el número y la calle, y quién vive allí. Ahora, en cuanto a que el señor Sánchez paga la casa, no me cabe duda porque he visto los recibos, que me los enseñó el cobrador; y te diré más: conozco a la señora.

—¿Sí?

—¿Te acuerdas de la extranjera?

—¿Qué extranjera?

—¡Vaya, mi vida, la de los rizos!

—¿Ésa?

—Ésa.

—¿Y qué?

—Ésa es la que vive allí por cuenta del señor Sánchez, y la tiene bien puesta; pues si vieras qué vestidos de seda y qué castañas y qué tren; ¡vaya!, sobre que pasa por su mujer en la vecindad.

—¡Me dejas de una pieza! Conque quiere decir que tú sabes...

—Yo sé muchas cosas, no porque las pregunto, porque eso sí no tengo, curiosa; pero le cuentan a uno.

—Pues mira, mejor será saberlo todo de una vez; te encargo que te informes bien, porque si eso es cierto es necesario ver cómo se remedia.

A la sazón que esto pasaba en la asistencia, resonaron unos gritos en el corredor; era Sánchez.

—¿Y usted qué quiere? —preguntó Sánchez a un hombre que le había estado esperando una hora en el corredor.

—Este recibo —dijo el hombre.

—¿Qué recibo?

—El del periódico.

—Ya he dicho que no me importunen; yo no he visto gente más molesta que los impresores; vuelva usted mañana.

—Señor, llevo ocho días de estar viniendo.

—¿Y eso qué importa?

—A mí, sí, porque para cobrar seis reales vengo hasta quince veces seguidas.

—¿Parece que usted es un poco altanero?

—No, señor, y la prueba es que suplico a usted que me pague ahora, o que me cite usted para día fijo.

—¡Quite usted allá con su día fijo! ¿Cuánto es?

—Seis reales.

—¿Seis reales?

—Sí, señor.

—Vuelva usted mañana.

—¡Pero señor!

—Ya dije que mañana... A ver, Pizarro —agregó gritando—, no me deje usted subir a estos ociosos, y el que venga a cobrar, que no hay dinero, que sólo pago los días primero de cada mes; y es preciso cortar este desorden.

A mí me van a arruinar en este México; recibitos a todas horas, ¡habrase visto!, no parece sino que no tiene uno el dinero más que para tirarlo en lo primero que se le antoja; ¡recibitos a mí!

—¿Qué le ha sucedido a usted, compadre? —preguntó don Aristeo.

—Qué me ha de suceder, que ya me acaban; yo no he visto gente más molesta que estos cobradores de periódicos; no hay día en que no haga diez cóleras.

Don Aristeo se encogió de hombros.

—¿Qué le parece a usted que será bueno hacer, compadre?

—¿Me pide usted consejo?

—Sí, ¿por qué me lo pregunta usted?

—Porque generalmente pedimos un consejo cuando estamos menos dispuestos a aprovecharnos de él.

—¿Ya me va a salir usted con sus ranciedades, compadre?

—Ya sabe usted que yo soy rancio, pertenezco a la pelea pasada.

—¡He amanecido de buenas! —exclamó Sánchez con enfado.

Don Aristeo guardó silencio.

—Vamos a ver, compadre, sea usted de la pelea pasada o no, necesito que me inspire usted una idea.

—Platicaremos, compadre, platicaremos, pues de la discusión nace la luz.

—A ver, ¿qué le parece a usted que debo hacer?

—¿Cuánto tiene usted, compadre?

—Pues... qué sé yo... haga usted cuenta: el sueldo, las casitas, en fin, ponga quinientos pesos cada mes.

—¡Hermosa renta! ¿Y así se queja usted, compadre?

—Ya usted lo ve, no me alcanza para nada, debo un dineral y cada día las cosas se complican de una manera que yo no sé a dónde iremos a parar.

—Y... ¿cuánto gasta usted, compadre?

—Huum... eso sí no se lo puedo decir, ya me conoce usted, yo sé tirar el dinero como pocos.

—Ya lo veo, y en eso está el mal.

—Pues si en eso quiere usted encontrar el remedio, perdemos el tiempo.

—Minore usted sus gastos, compadre.

—¿Qué menos puede gastar un hombre al mes que media talega? Hay lores que gastan medio millón.

—Sí, compadre, pero porque lo tienen.

—Yo gasto le que tengo.

—No, gasta usted más, mucho más.

—Pero es indispensable.

—En eso está el error; Amalia gasta mucho lujo.

—¡Amalia! Cómo había de gastar Amalia lo que gasta mi chica.

—¿Quién? —preguntó don Aristeo frunciendo el ceño.

—¡Cómo! ¿Pues que no sabía usted, compadre? ¡Vamos!, pues ahora sí veo que está usted en Babia, me parecía que le había contado a usted.

—No.

—Pues es el caso que Manuel, ¿ya conoce usted a Manuel?, mandó traer una cocota.

—¿Una qué?

Cocota, compadre, ¿no sabe usted lo que es cocota?

—No.

—Una queridita.

—¿Conque la mandó traer?

—Sí; y después de seis meses me dijo un día echando albures: oye, Sánchez, siempre he pensado volverme a Francia; ¿cuánto me das por mi cocota?

—¡Jesús, María y José! ¡Qué inmoralidad!

—No me venga usted ahora con sus sermones, porque no le cuento, compadre.

—Está bien, siga usted.

—Pues, hombre, le dije a Manuel, ¿ella qué es lo que necesita?

—Con trescientos pesos cada mes se conforma; la tienes dos o tres meses y luego se la pasas a algún amigo.

—Negocio arreglado, le dije, y me quedé con la cocota.

—¡Pero, compadre! —exclamó don Aristeo.

—Y como este Manuel es tan célebre y tiene tanto talento, me convidó a cenar una noche para hacer el testamento; y oiga usted, la escena estuvo de lo más original. «Ketty», le dijo a la cocota, «aquí tienes a Sánchez, íntimo amigo mío, etc., etc...», y me hizo la entrega. Al día siguiente me estrené pagando una cuenta a la modista y, según las instrucciones de Manuel, deslicé en la mano de Ketty algunos billetes de banco; y lo peor del cuento, compadre, es que llevo ocho meses de esto y estoy en quiebra.

Don Aristeo se había cogido la cabeza con ambas manos y estaba aturdido.

—¿Y no sería lícito —dijo de repente don Aristeo— administrar a esa señora unas píldoras de estricnina como a los lobos?

—¡Qué barbaridad, compadre! ¿Pero por qué?

—Porque es un animal muy caro; ¡trescientos pesos cada mes!, para una... ¿qué?

Cocota, compadre.

—¿Y qué tiene de raro esa cocota?

—¡Que es hermosísima!

—De cuerpo puede ser, compadre; pero de alma, decididamente es un demonio.

—¡Si viera usted qué buenos sentimientos tiene!

—¿Y se deja traspasar como un mueble?

—¡Ah!, qué quiere usted, compadre, ésos son los usos europeos, y en su calidad de cocota tiene que...

—¿Tiene qué? ¡Compadre, por el amor de Dios! ¡Si esto no se ha visto ni en Gomorra!

—No, efectivamente; allí estaban atrasados; ¡de eso hace tantos años!... Hoy la mujer se explota de distintos modos; ¡qué quiere usted, la civilización!

—Sí, compadre, la mujer ha llegado a ser un mueble de lujo; estoy cierto que usted no puede querer a esa cocota, ¿cocota se dice?

—Sí, compadre.

—¡Ha visto usted nombre! No está en las Pandectas, es nombre nuevo.

—Es nombre francés; en París se dan las cocotas, y ya lo ve usted, se dejan importar.

—Ya lo creo, un mueble de ésos, ¡y luego tan caro!

—¡Ah!, pero es una criatura angelical; ¡si viera usted qué alma, compadre!

—¡Por vida de usted, compadre, que no me vuelva usted a hablar de sus prendas morales, porque me va usted a volver loco! ¿Cómo puede haber sentimientos nobles en un corazón tan corrompido?

—Sobre que le digo a usted que es un ángel.

—¡Vamos!, yo no sé una palabra, el mundo ya cambió completamente, y yo estoy en pañales; tiene usted razón, compadre, será un ángel; pero déjelo usted que se vuele.

Concha

Todo lo que los ojos de Concha tenían de ricos, tenía ella de pobre; pero decididamente la hermosura engendra las aspiraciones.

Concha cultivaba con ahínco heroico la amistad de unas señoritas ricas.

Ya hemos visto nosotros a señoritas ricas tener amistad con jovencitas pobres, como estas jovencitas sean hermosas; éste no será un motivo suficiente, pero sucede y sucedía así con Concha.

Ésta empezó por encontrarse atribulada en materia de atavíos propios para presentarse; pero estas dificultades acabaron por desaparecer, merced al cariño de las amiguitas, quienes hicieron al fin costumbre vestir a Concha.

Esta polla no necesitaba más que plumas, distintivo esencial de la raza fina; y el primer gro que crujió a los movimientos de Concha, no se desprendía de la propietaria como podría haberle sucedido, sino muy al contrario.

El sastre y el tenor oyeron crujir aquella seda al barrer sus puertas como si hubiera pasado por ellas la Fortuna; las vecinas cuchichearon y se asomaron a sus puertas como llamadas con campanitas; y, en una palabra, el traje de Concha fue el platillo de todas las conversaciones.

Vieja hubo que, torciendo el gesto, protestara humilde y devotamente no volver a saludar a Concha; y bien averiguado que no eran ni el sastre ni el tenor los obsequiantes, toda la atención de la vecindad se concentró en buscar al protector desconocido.

El lujo que trae consigo la vanidad, trae la mentira. Concha ocultaba la procedencia de su vestido de seda.

Y bien visto, no tenía necesidad de contarlo.

Concha estuvo presentable, y sus amiguitas exclamaron entre sí:

—Ahora ya es otra cosa, ya podemos llevar a Concha al paseo, al teatro, ¡pobrecilla!

—Y lleva bien el traje.

—¡Como que es tan bonita!

Concha fue invitada a comer un domingo con sus amiguitas.

La casualidad hizo que ese domingo Arturo, primo de las amiguitas, comiera también en casa.

Arturo era un pollo fino, de buena familia, y además era bonito, espigado, nervioso, pequeño de cuerpo, prometía llegar a tener muy buena barba; era pulcro, elegante, aseado, se vestía bien, calzaba bien y era simpático; era hijo único y no necesitaba buscar destino, y bien podía, como Pedrito, no saber hacer nada supuesto que tenía dinero.

Bien podía también emplear su tiempo como mejor le pareciera, de manera que en lo general no lo empleaba en nada, y podía ser vago sin título y sin riesgo.

El lector, antes que nosotros lo digamos, ha dado por hecho que Arturo y Concha estaban predestinados.

Concha pensó a un mismo tiempo en sus ojos, en el sastre, en el tenor y en Arturo.

Arturo pensó en sí mismo y en Concha.

A poco rato hablaba con una de sus primas en estos términos.

—La voy a emprender con Concha.

—¡Arturo, Arturo! —exclamó la prima escandalizándose—, te lo prohíbo.

—¿Y por qué?

—Porque es una pobre muchacha a quien queremos mucho y la hemos de defender de ti.

—Es que lo que yo quiero es quererla tanto como ustedes.

—Pero tú eres un pillo.

—Gracias, prima.

—Quiero decir, eres hombre.

—Otra vez gracias; pero todo eso no impide que me gusten mucho los ojos de Concha.

—¿Oiga? —preguntó la prima con un acento en que había tanto de ironía como de celos.

—¡Son divinos!

—Pues cuidadito; porque nosotras no lo hemos de permitir.

Esto que la prima decía, en tratándose de amor, daba el resultado diametralmente opuesto.

La oposición, la resistencia, la dificultad, lo vedado, son combustibles con que desde antaño atiza el niño amor su antorcha. Arturo no necesitaba tanto, pero la prima trabajaba inocentemente en contra de Concha.

Arturo se calló para insistir.

Los ojos de Concha habían ya tejido, como los gusanos de seda, un capullo alrededor de Arturo.

Esto es lo que se llama envolver a uno en las redes del amor.

Arturo por su parte había tejido otro capullo alrededor de Concha.

Eran dos capullos electro-magnéticos, pero bastaban. Aquello no tenía remedio.

La ocasión propicia no se hizo esperar mucho.

—Concha —exclamó un día Arturo—, estoy enamorado de usted.

Concha se puso colorada.

—Es usted encantadora.

Concha no se puso más colorada.

Hubo un momento en que las dos cabezas de aquellos pollos eran dos devanaderas.

A Concha le palpitaba el corazón a pesar de estar prevenida hacía tiempo para este caso.

—¡Concha!... —exclamó Arturo, como si esa sola palabra bastara a decirlo todo.

Bien pudo ser así, porque Concha entonces miró a Arturo.

Los ojos, los de Concha, hablaron.

Arturo tomó una de las manos de Concha y la cubrió de besos antes que ésta pudiera retirarla.

Volvió a reinar el silencio.

En la música de amor no hay cosa más elocuente que los compases de espera.

Durante uno de esos compases Concha vio delante de sí ese mundo nuevo, encantado y misterioso que se aparece a las niñas a la primera palabra de amor, se deslumbró de tal manera que no pudo contestar; una felicidad desconocida cerró sus labios y sintió que se le humedecían los ojos.

Arturo la vio encantadora, como efectivamente lo estaba a través de su turbación, y la estrechó la mano.

El sacudimiento hizo brotar una lágrima de los ojos de Concha. La flor se despojó de su rocío. Muchas veces la expresión de la felicidad pura es el llanto; hay almas que gozan tanto que lloran. Concha había contestado al amor de Arturo como las flores, como las nubes, con gotas de rocío.

¡Amor, amor cuyo primer perfume es siempre puro, puerta de un edén de donde se sale con la hiel en el alma!

¿Acaso en la lágrima de Concha había aparecido el sombrío presentimiento del porvenir?

Concha inculta, Concha pobre, tenía un tesoro, su pureza; tenía un peligro, su inocencia; tenía un enemigo, su amor; tenía un mal consejero, su vanidad; todo esto delante de una realidad estoica: el pollo...

Arturo era el más feliz de los pollos.

La felicidad en el pollo es la fatuidad.

Arturo se infatuó, tosió, se compuso la corbata, encendió un puro y acercó su silla a la de Concha con la seguridad de un derecho conquistado legítimamente.

Esta actitud del pollo es uno de sus aleteos más interesantes.

En esta actitud, cuando el pollo es fino, quiere decir, de buena sangre, de familia moralizada y que no ha perdido la pureza del alma al contacto de la depravación de las costumbres actuales, entonces el pollo nada más ama, nada más espera.

Pero cuando el pollo es tempranero, cuando es de esos pollos que abundan, sahumados con humo parisién, echados a perder al soplo del precoz libertinaje, entonces el pollo en vez de amar corrompe, en vez de esperar apresura, en vez de contemplar se precipita; y el neófito de la inmoralidad moderna, aspirando a ser un Lovelace o un Riosanto, de un amor primero, de un amor puro hace un crimen, y en las puertas de un Edén abre una sentina.

Arturo había acercado su silla para ajar aquella flor, y la primera bocanada de su aliento fue corrompida.

Concha se estremeció.

En seguida estuvo perpleja, pero por fin se levantó diciendo:

—Pero yo no debo amar a usted.

—¿Por qué? —preguntó Arturo.

—Porque no debe ser, porque usted es rico, porque usted no me ama.

—¡Que no la amo a usted, Concha! Míreme usted a sus pies.

Y cayó de rodillas tomando entre sus manos las de Concha.

—Levántese usted y...

Concha no pudo continuar.

Arturo se levantó en silencio y... debemos decirlo aunque él no lo confesara... pasó algo negro sobre su cabeza, sintió como la desazón de aquel a quien su conciencia le reprende.

Concha vio en aquella nube un horizonte frío, oscuro, profundo...

Permanecieron de pie y callados por algún tiempo.

Arturo rompió el silencio diciendo con acento reposado:

—Sentémonos.

Concha se dejó caer en una silla.

—¿Cree usted que el que yo sea rico puede ser un obstáculo para nuestro amor?

—Sí.

—¿Desearía usted que yo fuese un miserable?

—No, miserable no, pero pobre.

—Eso es una extravagancia. ¿Acaso no sabe usted que el dinero lo puede todo?

—Sí, menos igualarnos.

—¡Cómo no! Concha, desde hoy no faltará nada en la casa de usted; desde hoy usted tendrá todo cuanto apetezca y jamás tendrá usted penas.

—Usted tiene familia.

—Está ausente.

—Usted se avergonzará de mí mañana.

—Jamás —contestó Arturo cómicamente.

Esta entrevista, como casi todas las entrevistas de amor, fue bruscamente interrumpida, circunstancia que proporcionó a Arturo una salida honrosa, y a nosotros pasar a otro capítulo.


Publicado el 18 de septiembre de 2020 por Edu Robsy.
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