La Historia de Chucho el Ninfo

José Tomás de Cuéllar


Novela


La Historia de Chucho el Ninfo
Parte primera
I. En el que se ve que el amor acaramelado de las mamás no es el más a propósito para criar héroes
II. En el cual comienza la descripción de las luces, maitines, función y procesión de la Virgen de la Merced
III. Sigue la colecta en la casa de don Pedro María
IV. La comida en la casa de don Pedro María, las primeras páginas de una historia triste. Chucho el Ninfo en la procesión
V. La sobremesa del chocolate en la casa de don Pedro María
VI. Un bailecito de cumpleaños, del que hay mucho que decir y poco que pedir
VII. En el cual el curioso lector vuelve a encontrar a San Juan Bautista
VIII. Un sueño de Chucho.—Rarezas
IX. Un negocio grave en la casa de don Pedro María
X. En el que se ve que en materia de amor, el rodeo suele ser el camino más corto
XI. De los ingredientes indispensables para un matrimonio por amor
XII. Las posadas en la casa de Chucho el Ninfo
XIII. Preparativos.—Baile y cena de la Noche Buena. El nacimiento del Mesías.—Munificencias del coronel Aguado
Segunda parte
I. Pérez o un amor desgraciado
II. De cómo se confecciona en regla un matrimonio
III. La luna de miel
IV. De cómo se carga en un matrimonio una batería de Buntzen, para cuando se necesite
V. Chucho el Ninfo hecho pollo
VI. En el que, anudando el hilo de la historia, volvemos a encontrar a nuestros personajes
VII. Otro matrimonio feliz que está preparando una erupción volcánica para cuando la escena la requiera
VIII. El amor considerado como artículo de primera necesidad
IX. El diablo
X. Las orugas, las crisálidas y las mariposas: el diablo, la naturaleza y el amor
XI. Continuación de la importante materia tocada en el capítulo anterior
XII. De la manera con que Chucho el Ninfo se cubre de gloria

Con datos auténticos
debidos a indiscreciones femeniles
(de las que el autor se huelga)

Parte primera

I. En el que se ve que el amor acaramelado de las mamás no es el más a propósito para criar héroes

Allá por los años de cuarenta a cuarenta y uno pasaba todas las mañanas por el costado del norte de la Alameda, una criada joven, limpia y relamida, conduciendo a un niño muy lindo.

La criada se miraba en el niño; lo cual no era un obstáculo para que el alamedero se viera en la criada; porque al pasar, criada y niño, por la puerta que ve a la Santa Veracruz, el alamedero se paraba allí invariablemente para saludar a la criada.

El niño se veía libre de la mano que lo conducía y se ponía a jugar, mientras el alamedero hablaba cosas más formales con la criada.

Al niño, al alamedero y a la criada se les hacía tarde. Solía transcurrir una hora, de esas que parecen un soplo, horas de niño, horas de amor, que se pierden sin saber cómo.

Al cabo de esa hora, el calor del día había aumentado, y con el calor los colores de la criada, que estaba entonces más bonita; el niño se había empolvado los zapatitos y el alamedero había tenido tiempo de hacer en el respaldo de la banca un agujerito donde le cabía el dedo.

Como todos los días se sentaban en el mismo lugar, el agujerito iba siendo más hondo.

Esta manía de perforación no es sólo peculiar del alamedero en cuestión; la incuria tiene una mímica taladrante, significativa y especial.

El indio, sobre todo, no trata de asuntos amorosos sin rascar la pared; la beldad cerril no oye si no rasca, y el elocuente lenguaje de las manos, el recomendado acto segundo, se reduce en ciertas gentes a hacer un agujerito.

La criada y el niño seguían el camino de la escuela y el alamedero se quedaba parado.

El niño había nacido el día del Dulce Nombre de Jesús, lo cual, en concepto de su mamá, había sido una felicidad, en virtud de la cual le daba a su hijo el nombre menos parecido al del Mártir del Gólgota: le llamaba Chucho, y Chucho le decían todos, y como tal Chucho nos le presentaron en el mundo.

Chucho tenía siete años; pero representaba cinco, y estaba aprendiendo a leer en una amiga, porque su mamá temía que los niños de la escuela le enseñaran algo malo a Chucho, lo cual no podía suceder con las niñas.

Chucho, sin ser precisamente de la opinión de su mamá, estaba muy contento entre las niñas, bienestar a que quedó aficionado perpetuamente.

Chucho era dócil, manso, dulce e inocente. Era la adoración de su mamá.

Hablaremos de su mamá. Era toda amor: por amor se había casado con un oficial, con la intervención de la autoridad y sin el consentimiento paterno; por amor había seguido a su marido al campo del honor en donde quedó viuda; por amor lloró largos días y por amor se sacrificaba por Chucho. La mamá de Chucho era lo que se llama vulgarmente un terrón de amores.

Tenía veintiséis años, y no era precisamente una hermosura; pero tenía un «chisgo» y un aquel, que al difunto militar lo volvieron loco. Se llamaba Elena y era hacendocita, devota y locuaz.

El ministro de la guerra tenía simpatías por Elena, lo cual proporcionaba a la viuda comodidad en la quincena y con esto y «las buscas» de que hablaremos después, Elena y su hijito Chucho no le llegaban a ver las orejas al diablo de la miseria, sino que, por el contrario, no faltaba lengua que, de las comodidades de la viuda, sacase intrincadas y difamatorias deducciones.

La infancia de Chucho atravesó por esa clínica complicada y penosa de la mayor parte de los niños en México, época fecunda en peripecias, las más veces precursoras de pérdidas tempranas.

Llama la atención, de día en día, el obituario de los niños: la muerte se complace en arrancarle a México a centenares sus botones; y cuando éstos se salvan de los peligros inminentes de la infancia, es para guardar lesiones que, cuando menos, marchitan a los niños, dejándoles desmedrados y enclenques, pequeños, débiles y malcriados como «los pollos de la ensalada».

Entristecen esas reuniones de niños que, conducidos por las mamás y las nodrizas, salen a buscar en el Zócalo o en la Alameda un poco de oxígeno, después de una bronquitis, una pulmonía, una disentería o el crup.

Gavarni no podría menos que representar esos grupos inocentes por medio de un manojo de salsifís, ataviados con sombreritos con plumas y flores.

Chucho tuvo todas las enfermedades, desde las de la dentición hasta las de la falta de higiene y sentido común de la almibarada Elena, su madre, quien, como quería tanto a su hijo, lo mataba.

Elena no empleaba el caudal de razón, de superioridad y de experiencia de la madre para criar a su hijo, sino solamente el inmoderado deseo de complacerlo.

Chucho no era el ser débil y tierno, cuya difícil conservación está encomendada a ese cuidado y desvelo maternal, de que nos dan tan elocuentes ejemplos los animales; no, Chucho era un tiranuelo en pañales que borraba, con el torrente de sus lágrimas, toda medida racional para su conservación.

Elena creía firmemente que su única misión como madre era darle gusto a su hijo. Las lágrimas de Chucho eran un «úkase» para Elena. Chucho llorando, hubiera hecho de Elena una heroína.

Elena perdió a jirones su lozanía, viéndose en Chucho.

El amor maternal estaba representado por el conjunto de todas las condescendencias; y nunca mayor suma de tiranía estuvo representada en sultán tan pequeño.

Chucho nació dominando, para que nunca naciera en él la intuición de la primera superioridad: la madre.

Tan luego como Chucho supo pegar, le pegó a su madre. Elena festejó esta primera gracia, admirándose ingenuamente de la precocidad del niño.

Chucho sabía romper juguetes de alto precio, y era muy afecto a jugar con pesos fuertes, que llamaba «medios». Efectivamente son el medio que conduce al hombre a todos los fines.

Elena, en suma, era la madre más mimosa que se conoce; era casi tan consentidora y tolerante como la patria, y Chucho asumía la soberanía nacional.

Así fue creciendo Chucho, objeto siempre y a pesar de todo, del más acendrado de los cariños.

Chucho era uno de los niños más bien vestidos y más bien aseados que se conocen, pues el aseo era una de las pasiones dominantes en Elena.

Chucho era, además, un niño muy bonito, que le disputaba la hermosura a su madre. Elena estaba loca de gusto.

Un día lloraba Chucho a reventar, aturdía, cansaba, alborotaba el mundo. El niño a quien Elena llamaba su rey y su ídolo y su todo, tenía un capricho: quería pegarle con su espadita a un niño pobre; la madre del niño pobre estaba pidiendo limosna a Elena.

—¿Cómo darle gusto a mi hijo? —decía ésta.

—Señora —continuó dirigiéndose a la pobre— ¿quiere usted que mi Chucho le pegue a su hijo de usted?

—¡Señorita! —exclamó la pobre.

—No tenga usted cuidado, tome usted esto —y le dió un peso— yo le cambiaré a mi hijo su espadita de fierro por una de cartón.

—¿Y si lastima a mi hijo, señorita?

—No hay que temerlo, es un juguete; pero vea usted a mi hijo como llora; consienta usted, consienta usted. Se lo suplico.

Chucho logró pegarle al niño pobre: madre e hijo quedaron satisfechos.

El niño pobre no lloró; pero la madre pobre sí lloró sobre aquella moneda más valiosa y más amarga que todas.

He aquí por qué camino y por medio de qué circunstancias se habían sofocado en el alma de Chucho estos dos sentimientos: el respeto a la madre y la consideración a los pobres.

Estas condescendencias habían hecho en la moral de Chucho lo que hacen los jardineros para impedir el nacimiento de una rama en el arbusto: destruir las yemas.

Como los niños le hacían mal a Chucho, y las niñas no, Elena procuraba inculcar a su hijo esta máxima:

—No quieras a los hombres.

—¿Y a las mujeres? —preguntaba el angelito.

—A las mujeres, sí.

—Por eso quiero a las niñas de la amiga.

—¿Y a mí, me quieres?

—A ti no.

—¿Por qué, mi rey?

—Porque no me compras un coche.

—Yo te lo compraré, encanto mío.

—Pero pronto.

—Muy pronto, mañana.

En el fondo de este pequeño diálogo, había otras dos yemas que Elena destruía, para que no crecieran las ramas.

No crecerían ni la sociabilidad ni el valor, pero en cambio nacería la pasión por el lujo, sacrificando a este vicio social el amor filial.

Elena y un usurero compraron al día siguiente un lindo cochecito de muelles para Chucho, y en el mismo día un tronco de chivos guarnecidos.

Chucho atesoró con hartura en su pequeño corazón toda la dosis de orgullo de que es capaz un niño. Elena, toda la vanidad de madre que representaba el papel de rica que hacía feliz a su hijo. El usurero acumuló otro veinticinco por ciento al crédito de Elena.

Los tres estaban contentos, el cochecito de Chucho hizo gran sensación en «las Cadenas» y en la Alameda.

En ese día no se hizo más que pasear a Chucho.

Chucho estaba más bonito cada día, y después de sus enfermedades crecía con ese desarrollo lento de los niños débiles, y apenas una tinta sonrosada, como de rosa pálida, coloreaba sus mejillas.

Elena, no obstante, veía con placer aquel desarrollo; y al notar que las formas del niño se redondeaban, abandonaba sin dificultad la idea del vigor varonil, tan deseado en el crecimiento del niño, y se inclinaba a contemplarlo bajo la forma femenil.

Elena había agotado ya todas las modas, y su imaginación se había cansado inventando trajecitos fantásticos para Chucho, hasta que un día le ocurrió vestirlo de mujer. Chucho se exhibió vestido de china.

Estaba encantadora, según Elena; y como Chucho era objeto de repetidos agasajos en traje de hembra, se aficionaba a esta trasformación que halagaba su vanidad de niño bonito y mimado.

Esta metamorfosis y estos mimos, y más de que hablaremos después, iban preparándole a Chucho para más tarde el adecuado y no muy envidiable nombre de Chucho el Ninfo.

II. En el cual comienza la descripción de las luces, maitines, función y procesión de la Virgen de la Merced

El 16 de septiembre del año de 1840, a eso de las siete de la noche, las calles de la Merced ostentaban mayor número de faroles en sus balcones y puertas, no precisamente porque en aquel día se celebrase el trigésimo aniversario de nuestra independencia, sino porque en ese mismo día había comenzado el novenario de Nuestra Señora de la Merced, y este acontecimiento solía entonces conmover más a los fieles que todas las glorias de la patria.

Hacía dos meses que en el viejo convento de la Merced se notaba un movimiento desusado: los frailes habían celebrado ya varios capítulos y se habían puesto en comunicación activa con los hermanos de una archicofradía y con varios vecinos ricos y devotos.

Entre éstos, ocupa un lugar preferente el Sr. don Pedro María…, que durante veintinueve años no recordaba haber faltado un solo domingo a la misa de once, ni a ninguna de las fiestas titulares.

Era don Pedro María un hombre hecho y derecho, empleado en Palacio, y reputado como uno de los fieles devotos, de arregladas costumbres e intachable conducta. Tenía entrada franca al claustro, y franca amistad con todos los frailes, desde el padre maestro hasta el perrero, desde el organista hasta el campanero.

Don Pedro tenía un carácter afable, y aire de jovialidad y de franqueza, que es, por lo general, el indicio de una conciencia pura.

—Padre procurador —le decía a un frailazo que aparecía en el atrio del templo— es necesario que no escondas los tomines, porque la función de este año ha de ser la mejor que se haya visto.

—Como que se estrenan ornamentos, señor don Pedro.

—Ya visité a las señoras que los están bordando.

—¡Fue usted a la casa!

—¿Te admiras?

—No, sino que nada me han dicho.

—¡Ah, bribonazo!…

—Señor don Pedro, no sea usted temerario.

Don Pedro se rió con la mayor naturalidad, y el fraile se mordió los labios.

—Usted tan chancista como siempre —dijo el fraile procurador cuando don Pedro acabó de reírse.

Efectivamente, don Pedro tenía fama de chancista, y todos los padres le toleraban sus bromas en gracia de su habilidad y talento, y porque don Pedro los conocía a todos como a sus manos.

No cesaba el trajín de los sacristanes de número y supernumerarios, quienes del día a la noche desempolvaban, lavaban y aderezaban santos, altares, atriles, ornamentos y estandartes, y removían la palizada de las bodegas y revolvían aquella casa de Dios de arriba a abajo.

El padre procurador tenía un quehacer extraordinario con los colectores, hermanos limosneros, sacristanes, mendicante y fieles donantes fervorosos de motu propio; todos causantes de una de las contribuciones más hábilmente establecidas, y que gobierno civil o ministro de hacienda alguno no ha podido plantear ni con la Reforma.

—¿Estás solo en el convento, padre procurador?

—Sí, señor don Pedro María.

—¿Y los padres?

—Vea usted, señor; el padre Catarino, el padre Martínez y el padre José María, mi primo, andan con alcancía colectando en los mercados; el padre secretario y el padre doctor andan también colectando en las casas, con las bandejas de plata; el padre Jorge está ahora en la casa de uno de los abogados del convento porque, según he oído decir, es necesario embargar a más de quince inquilinos pobres porque falta mucho para completar lo de la cera, y todavía no hay ni para los fuegos artificiales.

—¡Ah! Sería una lástima —dijo don Pedro María—. ¡Qué escándalo sería para el vecindario que nos quedáramos sin castillos! No lo permita Dios, padre procurador; que embarguen, que embarguen a esos inquilinos que, además de ser morosos, son malos católicos.

—Vea usted, señor don Pedro María, eso está muy enredado, porque andan con que si las niñas del 18 son menores; y con que las otras de la casa chica son medio parientas del padre secretario, y que te fue y que te vino, y que si contra las mujeres no puede la ley, y ya sabe usted, señor don Pedro María, que no faltan chismes, y que a la hora de pagar salen los empeños, y ya sabe usted… como las casas se dan… así, por empeño de los mismos padres… luego salimos…

—Pues no hay más que justicia seca, padre procurador.

—Ésa fue mi opinión en el Capítulo, porque, figúrese usted, el padre procurador es todo: se trata de la función y ¡Ave María Purísima! no tengo cabeza: padre procurador por aquí y padre procurador por allá; y el padre procurador que pague las reposiciones y los salarios, y los sastres y la cera y la música y el banquete.

—¡Ah, ah! —exclamó don Pedro María al recordar el banquete, y lamiéndose los labios, agregó—: cuidado, padre procurador, con no poner en la mesa aquellos chiles rellenos en nogada, que le costaron un miserere al padre Cayetano.

—Y los bobos rellenos, señor don Pedro María, y sobre todo aquel vino español, que lo puso a usted tan alegre.

—Sí, sí; el vinito, el vinito.

—Nos hará usted otros versos, por de contado.

—Ya no hago versos, ya sabes, padre procurador, que yo soy prosaico.

—Nada de eso, nada de eso. ¿Y los sonetos del año pasado?

—Son de mis hijos, mis hijos poetizan; como están estudiando…

—¿Y qué tal?

—Pablito, es el que más le sopla la musa.

—¡Oiga!

—Sí, padre, le «intelige», le «intelige».

—Pues que Dios y María Purísima de la Merced, se los conserve a usted por muchos años.

—Así sea; pero ¡diablo! ya van a dar las once y sale la misa, hasta luego, padre procurador.

—Hasta luego, señor don Pedro María; vaya usted en hora buena.

El padre procurador continuó ocupándose con asiduidad en sus complicadas atenciones, pues se trataba de aumentar las entradas en aquellos días críticos, y durante los cuales la función titular era el gran negocio, que ocupaba exclusivamente la atención del padre Provincial, de la comunidad, de los dependientes, sacristanes, acólitos y limosneros y de la mayor parte de los veinte mil vecinos que rodean el convento.

Se han hecho los nombramientos de celebrantes, predicadores, diáconos, ayudantes y monaguillos, se han provisto las plazas supernumerarias de campaneros y sacristantes; se ha acordado dar un espléndido banquete dentro del convento en honra y gloria de la santa patrona; se han reformado, recosido y relujado los ornamentos; se está limpiando la plata, y se hacen importantes reparaciones en santos, blandones y muebles, y todo esto durante quince días, con el acompañamiento de un re fa o sol largo como un zumbido de oídos y penetrante como una punzada.

Estas notas largas las está dando el órgano todo el día, porque lo están afinando y esta es obra más larga de lo que parece.

Ha habido una junta de blancos mercedarios y negros coheteros, para dilucidar detenidamente la importante cuestión de fuegos artificiales, a los que contribuyen especialmente los panaderos, vendidos y empeñados, y que en un arranque de fervor religioso se han empeñado por otros seis meses más, por tal de que los fuegos estén buenos.

La limosna cuotidiana colectada a las puertas del templo, ha aumentado un setecientos por ciento con sólo cambiar el tema; el limosnero hace un mes que está pidiendo para la cera de la función titular por intención de los que dan su limosna, en lugar de pedir por la redención de cautivos por amor de Dios.

Los fieles que han dado todo el año para redimir cautivos, sin saber de qué cautivos se trata, dan ahora con más razón, porque saben de qué cohetes y de qué cera les hablan.

Los limosneros ambulantes, armados de alcancías y de charolas, recorren todo el barrio con mucha escrupulosidad porque no haya quien se ofenda ni tache a los limosneros de parcialidad y preferencias odiosas; de manera que van de puerta en puerta, de casa en casa, de puesto en puesto y de vecino en vecino, haciendo la colecta, a cuya idea, idea inocentemente retozona, sonríe la buñolera, la portera, el peluquero, el fondista, el cacahuatero y toda la numerosa falange de tratantes en pequeño, con la firme creencia de que el rehusar el óbolo a la iglesia les acarrearía la desgracia en sus especulaciones, por pecadores indignos de la protección del cielo.

Acaban de entrar dos mercedarios en una casa baja, de pobre apariencia. Matiana les salió al encuentro.

Matiana es una mujer gorda, aseada y de cierto aplomo, que ha marchitado su juventud al calor de las hornillas y entre los gases de la cocina. Matiana es una magnífica cocinera.

—Buenos días, Matiana —dijeron los frailes.

—Buenos se los dé Dios a sus paternidades, padrecitos.

A la palabra padrecitos aparecieron dos muchachas, las hijas de Matiana.

Eran las tales, dos apiñonadas, de ojos negros como el ala del cuervo, de largas trenzas, flexibles de cintura, vivarachas y listas, zandungueras, y capaces de decir una claridad al más pintado.

Las hijas de Matiana, lo primero que hicieron fue besarles la mano a los padrecitos. Después, fueron a traer cada una su limosna.

Vicenta, que era la más lista, dijo a uno de los frailes, contando un puñado de monedas de cobre y de plata.

—Vamos, padre, aquí está esto, pero con una condición.

—¿Cuál? —preguntó el fraile.

—Que la Virgen me conceda vender mejor que hace un año.

—¿No vendiste bien tus buñuelos?

—Siempre me sobró masa y tuve que hacer «humildes» y ¿no se acuerda su paternidad que le envié un platito?… Conque porque me vaya bien —dijo, y arrojó en la bandeja del convento su puñado de monedas.

—Dios te conceda venderlo todo, aunque no me mandes «humildes», hijita.

—Muchas gracias, padre.

La hermana de Vicenta y Matiana dieron su limosna, cuando ya una nube de muchachos rodeaba a los padres.

Estos chicos se disputan el honor de besar la mano a los padres, pero estos les presentaban el hábito blanco, y los muchachos se conformaban con la lana en vez de la carne, que siempre era algo.

Matiana tenía, además, un hijo que hacía zapatos. Se llamaba Antonio. Por lo general empezaba a trabajar el jueves de cada semana, el viernes era un modelo de actividad, el sábado velaba y echaba los pulmones por la boca, el domingo recibía el producto de su trabajo y se vestía de limpio, el lunes se emborrachaba y lo gastaba todo, el martes dormía la mona, el miércoles volvía a buscar trabajo, y el jueves empezaba a trabajar.

Éste es el modelo de algunos miles de artesanos en México. Su vida está invariablemente sujeta a ese programa, sólo interrumpido por una que otra semana que mudan temperamento en la cárcel.

Pero en honra y gloria del culto religioso externo, debemos decir que Antonio se desconocía a sí mismo en septiembre.

En septiembre trabajaba Antonio toda la semana, y en acercándose los días del novenario de la Virgen de la Merced, el zapatero velaba todas las noches.

Durante todo el año estaban satisfechas todas sus necesidades, incluso la necesidad extraordinaria, la de embriagarse; pero en septiembre, Antonio tenía que cubrir atenciones de otro género.

Obraba entonces al impulso de un móvil poderoso: su fe religiosa. Dar limosna al convento era para Antonio una necesidad imperiosa, una costumbre arraigada, y un medio empleado de buena fe para salir bien en lances apurados.

Cuando Antonio, ebrio, armaba un escándalo y se libraba, merced a sus piernas, de las garras de la policía, reflexionaba después muy seriamente en que aquella chiripa era la intercesión de María Santísima de la Merced, su santa patrona, quien se manifestaba agradecida a las limosnas de Antonio en todos los momentos críticos.

Estas limosnas eran, pues, para Antonio una cómoda transación con sus vicios, pues, lejos de pensar alguna vez en no emborracharse, lo cual hubiera sido más conveniente para él y más agradable a la santa patrona, revalidaba anualmente su suscripción de «seguros» contra todo género de percances.

Antonio podía, durante un año, ser lo más malo y pernicioso posible; pero en septiembre se abstenía de libaciones y otras cosas, para hacer zapatos de una manera infatigable.

El producto de estos desvelos, en nada mejoraba su posición ni le proporcionaba en manera alguna comodidad para los meses subsecuentes.

Muy al contrario, Antonio, en los días de la octava, empeñaba la herramienta y la camisa, hasta que algún compadre lo habilitaba de nueva cuenta para anudar de nuevo el hilo de sus costumbres.

En la octava, Antonio estaba pobre pero tranquilo, y se entretenía en contar a sus amigos que el producto de su trabajo lo había repartido de este modo:

Primero, había dado limosna al convento antes de la función; después había dado limosna para las misas que se dicen todos los días de la novena, por intención de los que dan su limosna; había contribuido para los fuegos artificiales, y después para dos «toritos» que se quemaron en su calle; había comprado flores y obleas arrojadizas el día de la procesión, había consumido una gran cantidad de golosinas las noches de las luces hasta lograr enfermarse, y el resto de su ahorros, finalmente, lo había empleado en pulque.

Durante nueve años Antonio había hecho lo mismo invariablemente y tenía veinticinco.

Matiana que, como hemos dicho, es una mujer fresca, obesa y magnífica cocinera, se propone hacer un bonito negocio (que efectivamente hacía) tomando en arrendamiento una accesoria y estableciendo una fonda que duraba abierta el mes de las fiestas.

Vicenta hace buñuelos, para lo que, según la fama, Dios le dió gracia especial, pues no es más fino el cambray batista ni la gasa de Italia que los aéreos buñuelos de las bonitas manos de Vicenta.

Susana, la hermana de Vicenta, que no la casta, hace unos tamales de chuparse los dedos.

Y Matiana, Vicenta y Susana contribuyen con fe ardiente y celo religioso al culto, con el producto de sus industrias respectivas.

Hacen todos los días sus cuentas, y convienen en que nueve días del novenario y ocho de la octava, son diecisiete, de tanto trabajo como lucro, y de tanta animación como alegría.

Los chicos sueñan con los «castillos», con los «toritos», con los cohetes corredizos, con la procesión, con los títeres y con todo un complicado y largo programa de diversiones.

Las muchachas preparan, confeccionan o desempeñan sus enaguas y rebozos de lujo, y ya en los días más próximos al día grande, quiere decir, al 24, las hijas de Matiana son verdaderos tipos de limpieza y donaire con sus enaguas de castor o de mascadas y sus zapatitos de raso de color, que no hay más qué pedir.

Ya en esos días han logrado atraerse las largas miradas de algún calaverón que da en pasar por allí, ya han hecho pensar en muchas cosas subversivas a los gachupines de la tienda de la esquina, que las camelan con nuevo ímpetu en el novenario; porque entonces todo sube de punto, hasta el amor; y ya, en fin, han recibido serias reconvenciones del novio oficial, por la inusitada compostura que está siendo causa de más de cuatro cosas.

Matiana aumenta el número de comensales sólo al incitante olor del pipián suculento y del nacional mole de guajolote.

Matiana, nutriéndose por absorción durante un mes, se elabora felizmente a sí misma algunos centímetros cúbicos de humanidad, y toda ella respira bienestar y dicha a todas horas.

Algunas familias acomodadas del vecindario no vacilan en concurrir, una que otra noche, a la fonda de Matiana, como por vía de calaverada, y otras consumen desde su casa las incitantes enchiladas, el fiambre y el «pipián», que gozan de una reputación tradicional.

III. Sigue la colecta en la casa de don Pedro María

Los padres mercedarios acaban de subir las escaleras de la casa de don Pedro María. La portera los dejó subir, registrando su bolsa para darles al bajar.

La recamarera, muchachuela alegre y franca, corrió a avisar y en seguida invitó a los padres a pasar a la sala.

La señora de la casa era una señora muy amable, de «muy buen humor», vecina vieja del barrio, piadosa, arreglada y buena.

—Buenos días, padres —dijo en el momento de ver a los mercedarios—. ¿Qué tal vamos de colecta?

—Regular, mi señora doña Rosario —contestó el más viejo— ya sabe usted que los fieles en estos días se esmeran en sus piadosas manifestaciones hacia María Santísima.

Efectivamente, la bandeja de plata que cargaba el padre joven estaba rebosando.

—¡Ah! —dijo doña Rosario, viendo la bandeja—. Ya veo, ya veo que no estamos mal. Por mi parte, aunque con mucha mortificación…

—No se mortifique usted, mi señora doña Rosario, que Dios recibe todo y la Provincia de Nuestra Señora también.

—Los negocios de mi marido no andan bien, y luego tenía familia… ya sabe usted, tenemos Merced en casa y ya calculará usted lo que se gasta.

Todo esto lo decía doña Rosario revolviendo entre sus dedos un manojito de llaves.

—Lo que se pueda, lo que se pueda, mi señora…

—Estoy con ustedes —dijo a los padres— pero sírvanse ustedes sentarse aunque no me tardo.

Los padres iban a sentarse.

—Por aquí —indicó doña Rosario— en el sofá estarán ustedes mejor.

—No se moleste usted.

El padre viejo se sentó en el sofá y el joven, teniendo miedo a los resortes, descansó en una silla, se puso la bandeja sobre las rodillas y estiró los brazos que traía entumecidos.

No tardó en salir doña Rosario trayendo dos escudos de oro que depositó en la bandeja.

—Dios pague la caridad —dijo el padre y entregó a doña Rosario una estampa de la Virgen de la Merced.

La noticia de que allí estaban los padres colectores corrió hasta la cocina, de manera que cuando éstos salían, todos los criados de la casa los esperaban en el corredor y pusieron cada uno en la bandeja su limosna.

Don Pedro María era un viejo empleado en Palacio, hombre probo y de buenas y dulces costumbres.

Como, además de su sueldo, tenía algunos negocitos, hacía también algunos días que hojeaba libros y removía papeles para facilitar un ingreso extraordinario a sus fondos con motivo de acercarse el día de Nuestra Señora de la Merced, para cuyo día solemne se hacían ya grandes preparativos.

Ya había ido el carpintero a barnizar los muebles, el hojalatero recomponía los faroles, y don Pedro estaba preparando a la sordina, además de las compras ostensibles, algunas de sorpresa y de obsequio a su bija Mercedes, como por ejemplo, una vajilla, unos aretes y otras chácharas.

Doña Rosario, por su parte, había tomado efectos en el cajón de Orvañanos, calle de la Monterilla; y hacía días que, en unión de sus dos hijas, Mercedes y Angelita, entraba y salía a las sederías, a las tiendas de ropa y a las mercerías, habilitándose de encajes, botones, lazos, y esos cien mil dijes indispensables entre señoras que van a estar de fiesta.

La imaginación de estas dos niñas, hijas felices y mimadas, se perdía en el intrincado dédalo de un programa risueño y subversivo, pasando rápidamente a cada rato, por el campo brillante de su fantasía, como en las combinaciones de un cromotropo y sucesivamente, estos nombres: las luces, los cohetes, los chocolates, los dulces, las visitas, los novios, el novio, la procesión, la comida, el baile, los vestidos, el valse, las cuelgas, el matrimonio, la felicidad, en fin, bajo todos los prismas y en la más deslumbradora de las confusiones.

La señora doña Rosario, que es persona de sociedad e incapaz de olvidar ningún detalle, ha empezado a hacer visitas, quiere decir, ha ido recorriendo la larga lista de sus amistades, empezando por aquellas con quienes se encontraba más en descubierto o, como ella decía, «endrogada».

La cuestión de relaciones amistosas, la deja la señora doña Rosario cada año como un pelo.

Pero no como un pelo que se revienta, como cuando la suspensión de nuestras relaciones diplomáticas, sino como un pelo de ese que se usa para hacer esta comparación, que no sabemos de dónde venga.

Doña Rosario se aparece a principios de septiembre en las casas de sus antiguas amigas, y después de las amistosas y mutuas recriminaciones, acaba doña Rosario por convidar a sus amigas a las luces, a la procesión, a la comida y al baile del 24; las amigas, después de fingir todas las dificultades imaginables, acaban por aceptar en conjunto todos los convites.

Arregladas las relaciones exteriores, doña Rosario toma a su cargo la cartera de gobernación, como ministro nuevo, y comienza por la policía de la casa, también como ministro nuevo, y sigue el tráfico de freganderas y el ruido de escobetas que es un gusto.

No ha descuidado ir en persona a buscar a la cocinera de los días grandes, y eso con anticipación para que no se comprometa en otra parte.

Merced y Angelita piden moldes prestados, consultan figurines y a sus amigas más elegantes, cortan y cosen incesantemente y les parecen largos los días anteriores al de la fiesta.

Cuentan ya con algunas amiguitas de confianza para que las acompañen en todo, así como don Pedro María ha convidado a algunos compañeros de oficina, a algunas personas graves, al padre Martínez y al señor cura de San Pablo, ambos a dos sus compañeros de tresillo.

Don Pedro María, para completar su dicha, tiene un lujo grande de quien no hemos hablado: Pablito.

Pablito estudia cuarto año de Leyes, es un jovencito que tiene mucho talento, según su papá y su mamá; hace versos buenos, y ha puesto ya en letras de molde algunos trabajos literarios.

Pablito dijo unos versos en la distribución de premios de su colegio y lo hizo muy bien.

Pablito está enamorado como un bárbaro, y por medio de sus hermanas está a punto de realizar la inocente intriguilla de hacer convidar a su novia para la fiesta de la Merced.

A las siete de la noche, las niñas están vestidas esperando a las visitas, que son obsequiadas, entre nueve y diez, con bizcochos, dulces y copitas de licor.

Los balcones están adornados con cortinas blancas y con faroles, y las vidrieras permanecen abiertas hasta las doce, para que las visitas gocen del cuadro que presenta la calle, en la que, a cortas distancias, están colocados a la orilla de las banquetas, numerosos puestos de vendimieras y mesitas, que son otros tantos figones que prodigan el incitante olor de los varios manimientos y de los chorizones de Toluca.

No hay una sola puerta, balcón o ventana en todo el trayecto de las calles que convergen al convento, en donde no alumbren faroles de vidrio o de papel, y esas calles están literalmente llenas de gente.

Estamos en la sexta noche.

En las cinco precedentes Merced y Angelita han lucido su habilidad en el piano; don Pedro María, su señora y el señor cura de San Pablo, el padre Martínez y dos señores muy buenos amigos de la casa, forman un coro donde se platica, al principio con gravedad y después con animación, porque el padre Martínez es muy ocurrente, y el señor cura tiene mucho talento.

El padre Martínez tiene una fisonomía franca y rubicunda, reboza buen humor y bonhomía, y toma chocolate con un apetito envidiable.

Las niñas y los pollos se agrupan en los balcones y pueden, merced al ruido de la calle, decirse muchas cosas. El ruido es conveniente para los amantes, para… no hacer ruido.

La antevíspera del 24 pernoctan en la casa de don Pedro María algunas amiguitas de las niñas, con objeto de ver la salva al día siguiente.

La salva consiste en el madrugar de todo el vecindario, que a las cuatro de la mañana en punto se vuelve loco de gusto, y hay a esa hora repiques, cohetes y música.

En la noche tienen lugar en el templo los maitines solemnes, con asistencia de toda la comunidad y con gran orquesta.

Diez mil personas se disputan el honor de entrar al templo, adonde bien pronto dejan satisfecha su curiosidad y salen a gozar de nuevo del animado espectáculo de «las luces», que termina con «los castillos» y con nuevos repiques.

Todo es gritos y animación, todo es alegría y movimiento. No hay en todo el barrio una sola persona que no contribuya gustosa a formar de aquel cuadro la más tumultuosa y animada de las diversiones.

Llega el día 24. Toda la casa de don Pedro María está de fiesta; los criados están muy limpios y la cocina ha recibido refuerzo de batería y de manos.

Las niñas han convertido su recámara en un arsenal de lienzos almidonados, de flores, de encajes, de aromas, y después de algunas horas del más complicado, minucioso y difícil tocador, salen Merced y Angelita, radiantes de hermosura, prodigando aromas, vendiendo juventud y lozanía, como flores que acaban de abrirse dentro de un invernáculo.

Las niñas pasan la mayor parte de la noche en confidencias y cuchicheos, y es tal el alborozo que el sueño huye de sus ojos.

Apenas se exhiben, son contempladas con envidiable deleite por don Pedro María y doña Rosario, quienes se sientan cómodamente para recrearse en sus hijas, a quienes estudian y analizan con nimio cuidado y no menos interés que cariño: las besan en la frente y en seguida presentan a Merced sus respectivos obsequios.

Merced es el objeto de todas las atenciones, la llaman el santo de la fiesta y va a recibir, desde la tarjeta dorada y calada de la mujer que aseó el corredor, hasta el soneto acróstico de su novio; desde el platón de cocada de la monja o de la tía anciana, hasta el lujoso devocionario que la regala el padre Martínez.

Se cubren las mesas de platones de dulces, y de obsequios de todo género. Merced goza de esa manera febril con que se goza a los quince años, recibiendo, puras, las emanaciones del cariño, del amor, de la fe y del entusiasmo. Merced lloró de gozo: era completamente feliz.

Toda la familia va a la función de iglesia. Merced y Angelita se arrodillaron frente al altar, y poco a poco aquellas dos almas puras se fueron entregando a una beatitud apacible y dulce.

El estrepitoso acento de la orquesta, que resuena de una manera especial en las bóvedas del templo, conmovía y agitaba las fibras nerviosas de aquellas jóvenes, con ese sacudimiento particular que produce una especie de calosfrío delicioso.

Ese bienestar indecible que experimenta el cuerpo cuando al aseo reciente sucede la presión de la ropa nueva, el contacto del cambray y de la seda; y esa otra sensación gratísima que engendra la aspiración de un aroma penetrante, esa lucidez con que la imaginación recorre los pasados horizontes de una juventud que es un cielo sin nubes ni tempestades, sino sereno, azul y tranquilo, como el cielo de abril, y los efluvios místicos de una religión de amor rodeada de los atractivos de un culto deslumbrador y de grandioso aparato: todo esto estaba produciendo en aquellas dos almas sencillas y tiernas, la más completa la más dulce de las mistificaciones, y por medio de todo ese conjunto de sensaciones y de deslumbramientos, se elevaban Merced y Angelita en esa molicie leda, precursora del éxtasis.

Sentían como la sanción absoluta de su dicha, y se entregaban con ardor y sin esfuerzo a una oración que tenía más de entusiasmo que de piedad, más de placer que de plegaria.

Merced y Angelita habían creído sin esfuerzo, se habían dejado conducir a una felicidad en que se engreían y, en medio de la saciedad de su alma, juntaban el cielo con la tierra.

¡Ah, cuán felices eran! Todavía el aguijón de la duda no había acercado su punta envenenada a sus almas puras; todavía el negro monstruo de la corrupción actual no había arrojado a su casto seno la bocanada de su aliento inmundo. ¡Amaban y creían!

IV. La comida en la casa de don Pedro María, las primeras páginas de una historia triste. Chucho el Ninfo en la procesión

A la una la casa de don Pedro María presentaba ya el conjunto más ameno y variado.

Casi todos los asientos de la sala estaban ocupados por las visitas. En la mesa del centro se ostentaba una variada profusión de tarjetas, con los nombres, desde el del alto funcionario hasta el del criado doméstico jubilado.

Merced y Angelita, engalanadas, radiantes de aseo y de compostura, eran el centro de todas las atenciones.

Acaban de entrar a la sala, saludando graciosamente, tres jóvenes. Uno es Pablito, el hermano de Mercedes y Angelita. Otro es Carlos, el novio de Mercedes. Y el tercero Gustavo, novio de Angelita.

Los tres, por lo tanto, causaron sensación en la concurrencia, porque merced a aquella intriga de que hablamos antes, la novia de Pablito estaba en la sala.

Al observador le hubiera bastado mirar para leer las tres historias de amor.

La de Mercedes en el color de sus mejillas, porque desde el momento en que se presentó Carlos, Mercedes se puso más colorada de lo que estaba.

Angelita se denunció por un estremecimiento nervioso, y la novia de Pablito se hizo reo del mismo delito porque dejó traslucir su disimulo.

De las tres historias de amor iniciadas, la de Mercedes merece nuestra preferencia y de ella nos ocuparemos en seguida. Diremos por qué.

Mercedes era un alma, tipo de pureza, y estaba predestinada a ser la víctima de las ideas nuevas.

Para el escritor de costumbres hay un mundo en esta palabra: Reforma.

La historia de Mercedes nos va a proporcionar la ocasión de presentar al lector la sinopsis de los efectos morales de la Reforma en uno de sus mil resultados.

He aquí los elementos de las posteriores complicaciones.

La familia de don Pedro María pertenecía al antiguo régimen.

Carlos iba adelante.

Merced era una hechura: la sugestión, el orden y la regla prescrita eran su guía: estaba acostumbrada a obedecer pasivamente y sin esfuerzo; la docilidad más perfecta se lo hacía todo fácil, y vivía casi sin responsabilidad moral.

Carlos, por el contrario, se pertenecía a sí mismo, se elevaba; y su sed de saber le había hecho traspasar ya la barrera de la coacción moral; discurría con independencia, pensaba por su cuenta, analizaba.

No obstante estos elementos contrapuestos, Mercedes y Carlos se amaban; y si se le preguntaba a Mercedes por qué amaba a Carlos, contestaba:

—Porque es muy buen mozo y muy simpático.

Carlos amaba a Mercedes, porque Mercedes era un ángel.

Las dos causales, como se ve, eran las razones torales del amor.

El ruido que, como hemos dicho, es tan propicio a los amantes, permitió a Merced y a Carlos dialogar, aunque para esto les hubiera sido preciso emplear algunos preliminares estratégicos.

—Qué bella está usted hoy, Mercedes.

Mercedes dió las gracias con una de esas miradas que las mujeres tienen a su disposición, y que les sirven más que las palabras.

—Mamá ha notado algo —dijo Mercedes después de la mirada.

—¿Le ha dicho a usted?

—No.

—¿Entonces?…

—Lo conozco en que tuvo más empeño que nunca en que me confesara.

Carlos hizo un gesto.

—¿Y el señor don Pedro María?

—Mi papá no se fija en nada.

Este diálogo fue interrumpido por la llegada de los convidados que faltaban. Eran unas amiguitas, quienes, después de los besos y mimos de costumbre, se pusieron a ver las «cuelgas» y a analizar todos los obsequios hechos a Mercedes ese día.

La señora doña Rosario no tardó en presentarse en la sala a dar a los convidados la buena noticia de que la sopa estaba en la mesa.

Carlos ofreció el brazo a Mercedes, Gustavo a Angelita, Pablito a su novia, y así cada galán eligió compañera a su gusto.

Un momento después el comedor presentaba un conjunto de los más agradables.

Había más de cincuenta personas, número mayor que el de cubiertos, y aquí fue Troya: eliminóse a los muchachos como medida extrema y se les improvisó una segunda mesa en un rincón; en seguida se escurrió una anciana, después, se estrecharon las distancias hasta que, por último, se colocaron todos.

El padre Martínez fue el primero que le hizo públicos honores a la suculenta sopa de ravioles, preparados por la señora de la casa.

El padre Martínez «repitió», y a su ejemplo dos tías y algunos convidados.

Pablito estaba fatigadísimo haciendo los honores de la mesa, por librar a su mamá de esta tarea; y había tomado a pechos la de distribuir en platos un enorme platón colmado de disímbolas legumbres y menudencias: pidió auxilio a sus adláteres y acabó proponiéndose no volver en su vida a ser distribuidor del complicado puchero español, en días solemnes.

Un pollo, después de haber apurado tres copas, se atrevió a decir:

—Que brinde el padre Martínez.

—¡Sí, sí, sí! —repitieron todos.

—Vamos, padre Martínez, usted despunta —dijo con cierta autoridad don Pedro María.

El padre Martínez acabó con su último bocado, se pasó la servilleta por los labios se puso en pie, y dijo:


En este plausible día
de reunión tan placentera,
de oro cítara quisiera
para cantar mi alegría;
mas no todo lo que ansía
puede conseguir mi amor,
ni me da todo el favor
hoy aquí la musa mía,
pues el profeta decía

Vinum lœctificet cor.
 

Resonó un estrepitoso aplauso, que se prolongó al ruido que hicieron todos los muchachos, repicando con los cubiertos y los vasos.

—Eso quiere decir —exclamó don Pedro María— que el padre Martínez necesita beber más para estar contento.

—No lo permita Dios, señor don Pedro.

—A ver esa otra botella de Medoc… ¿o prefiere usted el tinto de la Rioja?

—Pero, señor don Pedro…

—Nada, padre Martínez, usted lo ha dicho: Vinum lœctifice cor; conque a beber, ¡a beber!

—Van a embolar al padre —dijo una polla.

—Me alegraré —dijo otra— porque se «pone chulísimo».

—¿Qué quiere decir eso de lœctifice cor? —preguntó una niña.

—Que el vino alegra el corazón, muchacha —contestó el señor cura.

—¡Pablito! ¡Que brinde Pablito! —gritaron los muchachos.

—Pablito… —dijo en tono de súplica una polla.

—¡Pablo! —dijo Angelita ratificando.

La novia de Pablito no le dijo nada, pero lo miró.

Pablito esperaba sólo esto para desenvolver un cartapacio.

—¡Silencio! Que no hagan ruido en la cocina —gritó doña Rosario.

—¡Esos niños! —dijo una voz.

—Atención, que va a brindar Pablito.

Pablito se puso de pie, dirigió una mirada a su novia, después otra a Mercedes, tomó una actitud parlamentaria y prorrumpió de esta manera:


Dadme vino; en él se ahoguen
los recuerdos; confundida
sin cesar huya la vida;
paz me traiga el ataúd.
 

(Espronceda).

Desdobló de nuevo el papel, hizo una pausa, tosió, y en tono más claro continuó:


Numen de los ensueños juveniles,
dame el plectro purísimo del oro,
y al enjugar las gotas de mi lloro
dale paz al marchito corazón.
 

Después, gritando y subiéndose medio punto de orquesta, continuó:


¡¡¡Porque ya siento aquí todo un infierno,
que mi pobre existencia martiriza…!!!
¡Y entre horribles tormentos agoniza,
agoniza!… ¡el marchito corazón…!

¡Hermana amante que en la senda de flores
vas recogiendo de virtud la palma,
recibe las angustias de esta pobre alma
que al Vesubio semeja en el vapor…!!!
 

Al terminar este arranque, hizo otra pausa, y luego continuó con voz apagada:


Y cuando… en tumba fría… mi cuerpo inerte
descanse… y sea día de tu santo,
¡Mercedes! piensa en mí… pues sufrió tanto
en la vida… ¡¡¡mi marchito corazón!!!
 

Pablito se dejó caer en la silla.

—¡Bravo! ¡Bravo! —gritaron muchos.

Los muchachos emprendieron de nuevo el repique porque conocieron que era hora de aplaudir.

Doña Rosario se bebió una lágrima.

La novia de Pablito se entristeció.

—Este muchacho —dijo por lo bajo don Pedro María al señor cura— este muchacho, con esas ideas tan lúgubres…

—Qué quiere usted, señor don Pedro, los jóvenes de hoy… En nuestros tiempos éramos más alegres.

—Hoy lloran más temprano —dijo el padre Martínez.

—¡Bomba por el padre Martínez! —dijo un atrevido.

—Padre Martínez, una bomba por Mercedita.

—Ahora le toca al señor don Carlos —contestó el padre Martínez, dirigiendo una mirada al novio de Mercedes.

—Con mucho gusto —dijo éste, tomando una copa y poniéndose en pie: —«Brindo —continuó— por la prosperidad y la dicha de una familia tan recomendable y tan virtuosa como la del señor don Pedro: porque ni una sola nube empañe el horizonte de sus días, recogiendo sin cesar los ópimos frutos de las virtudes de que es dechado. Brindo por la felicidad de Mercedita.»

Este brindis no fue muy aplaudido; pero en cambio fue entonces cuando don Pedro María sintió enternecerse, y entonces cuando Mercedes creyó encontrar algo muy superior en Carlos.

—¿Qué le pareció a usted el brindis de Carlos? —le dijo una polla a Pablo.

—Este Carlos es muy serio, la da de diplomático.

—¡Ahora mi papá! —gritó Angelita—. También hace versos.

—Ya me lo sospechaba —dijo el señor cura.

—Yo no, absolutamente; eso se queda para Pablito mi hijo.

—¡Bomba por mi papá! —gritó un chico.

—Vamos, señor don Pedro —dijo el padre Martínez— no hay escapatoria. ¡Bomba por el señor don Pedro!

—Pero si yo no improviso.

—¡Bomba, bomba! —dijeron todos.

—Pero ¡señores! ¿No es verdad, Rosario, que yo no hago versos? —agregó dirigiéndose a su mujer.

—¿Digo la verdad? —preguntó doña Rosario, con una cara que revelaba que allá en su imaginación revoloteaban algunos recuerdos de su juventud.

—Sí; pero…

—No de los que me has hecho a mí.

—¡Hola, hola! —exclamó el padre Martínez—. Eso seguro.

—Sí; pero allá… cuando joven… Eso es otra cosa.

—Voy a denunciarlo.

—¡A ver, a ver!

—Ha hecho un soneto a la Virgen de la Merced.

—¡El soneto, el soneto! —dijeron varias voces.

Don Pedro María no encontró más excusas, e hizo una seña a un criado que trajo en seguida un bulto.

Era la edición del soneto, edición arrojadiza que iba a servir para la procesión.

Don Pedro María leyó el siguiente

SONETO


El alto y grande Jove preparaba
de casta Virgen portentosa hechura,
y por dar todo el lleno a su hermosura
para los grandes fines que intentaba,

más y más en su obra se empeñaba
para hacer más perfecta a su criatura;
y cuando ya sintiendo su ternura
que el prodigio tan grande terminaba,

—Ahí va a Tenochtitlán con alegría,
dijo, y según la historia lo calcula,
aparecióse en un sereno día,

si tradición no miente o disimula,
en mula la escultura de María
de la Merced, y se perdió la mula.
 

—¡Bravo, bravo! —gritaron todos; y el aplauso fue más prolongado, en honor del autor y del asunto. Una de las ancianas suspiró con sincero fervor, y pidió un ejemplar, y en seguida pidieron todos.

Pablito se encargó de repartir.

—Exacto, mi señor don Pedro María, exacto; esa es la tradición —dijo el padre Martínez.

—De facto que no cabe duda —dijo el cura— sí señor, que se apareció nuestra Santísima Madre en un cajón en lomos de una mula. ¿Que de dónde vino esa mula? Nadie lo sabe. ¿Que quién puso el cajón? Adivina quien te dió; pero es el caso histórico y auténtico, mi señor don Pedro María.

—Yo quise —contestó don Pedro María con modestia— popularizar la tradición, porque siempre es bueno que los pobres que no tienen libros, sepan estas cosas.

—Muy bien hecho, señor don Pedro María, muy bien hecho.

—Porque ya ve usted, por desgracia nuestro pueblo es tan ignorante, señor cura.

—Efectivamente.

—Y nosotros, los que sabemos algo, tenemos el deber de inculcarle…

—Esto es, la tradición… y fomentar así su piedad religiosa y su… porque no se canse usted, señor don Pedro María, sin religión no hay nada.

La comida estaba en su apogeo: se saboreaba a la sazón los exquisitos chiles rellenos en nogada, por cuyo platillo recibió doña Rosario las felicitaciones de los convidados.

—Yo recomendé al padre procurador, que en la mesa que se sirvió hoy en el convento —dijo don Pedro María— no dejara de ponerse este platillo, soy tan aficionado a él que, aun sin probarlo, me gusta que lo haya en todas partes.

A la hora de postres, la animación de la mesa había subido de punto y se producía ya ese ruido, el ruido propicio de que hemos hablado, y bajo cuyo grato rumor los novios dialogaban con holgura.

Todavía resonaron algunos brindis; pero la conversación se había hecho general, y merced a la influencia del vino la expansión era de lo más comunicativa y agradable que pueda imaginarse.

Dos tías, las tías de las muchachas, habían puesto en sus pañuelos una abundante provisión de pastelitos, frutas y dulces, después de haber encargado a la criada de confianza que les apartara de ciertos platillos.

En esto estaban cuando se oyó el segundo repique.

—El segundo toque, señor don Pedro.

—El café —dijo don Pedro— que traigan el café.

Este repique anunciaba que al siguiente saldría la procesión, lo cual reanimó a los concurrentes y los obligó a apresurarse para concluir.

Don Pedro María se puso el frac negro y se hizo seguir de un criado que conducía en una primorosa cajita de caoba el santo escapulario de María Santísima, y se dirigió al vecino convento de la Merced.

Las muchachas no tardaron en coronar los balcones de la casa, que estaban adornados con limpias cortinas de muselina y lazos de seda de colores.

En todo el trayecto que se percibía de la calle se veían criados regando y barriendo con desusado esmero; atravesando la calle pendían de acera a acera cordeles colgados de tápalos y mascadas; y de trecho en trecho, especialmente en los cruceros de las bocacalles, arcos de «tule» adornados con zempatxóchitl.

No había puerta, balcón o ventana en donde no estuviera colgada una cortina, y de las azoteas de algunas casas pendían gallardetes y bandillas de todos colores, que agitados por el viento de la tarde, presentaban una orla movible y deslumbrante que completaba aquel agradable conjunto abigarrado de cortinas y adornos.

El entusiasmo religioso se hacía más palpable en las panaderías de la carrera de la procesión, porque veinte o treinta hombres que vivían en una cautividad voluntaria, sentían, tal vez en virtud de su pobre condición, el espíritu de cuerpo e interrumpían gozosísimos la monotonía de su vida árida y triste, con aquella fiesta anual, que si no los sacaba de su amasijo, los sacaba, por lo menos, de sus casillas.

En esa época el panadero era un esclavo, un hombre vendido a la sórdida avaricia de gachupín tirano y especulador que no recibía trabajadores, sino cuando éstos, tal vez para pagar una deuda de honor, vendían a vil precio su trabajo y su libertad de muchos días y aun de años enteros; por este medio el patrón se hacía de esclavos a quienes imponía su voluntad despótica.

Estos esclavos, para quienes todos los días del año eran lo mismo, no vacilaban, en acercándose las fiestas de la Merced, en imponerse una nueva y crecida cuota y en reempeñarse en más, con tal de celebrar dignamente a la Inmaculada Patrona la Santísima Virgen de la Merced.

Generalmente inventaban que un ángel de carne y hueso descendiera por unos cordeles, desde la azotea de la panadería, hasta colocarse sobre la cabeza de la divina imagen para bañarla de flores.

El segundo punto del programa era quemar algunos miles de cohetes, arrojar algunas arrobas de flores deshojadas y de obleas, y por último regalar al pueblo también algunos miles de piezas de pan arrojadizas.

Después del segundo repique ya los balcones, azoteas, puertas y ventanas, estaban coronados de gente; y las bocacalles todas que convergían a las calles de la carrera de la procesión, estaban obstruidas por multitud de carruajes; además, todas las banquetas estaban llenas de concurrentes y en algunas partes había largos estrados formados de sillas y bancas que se alquilaban a los que venían de lejos a ver pasar la procesión.

Todo lo cual se comprenderá fácilmente si tenemos en cuenta que en ese día se cerraban las oficinas y el comercio, y que la procesión de la Merced conmovía, sin excepción, a los doscientos mil habitantes de la capital y aun a algunos otros más de los pueblos vecinos.

Por el centro de las calles discurrían a paso lento los jóvenes amantes, los pollos vecinos de otros barrios, los oficiales de la guarnición vestidos de gala, y, en fin, el sexo feo haciendo un aleteo en masa, husmeando pollas y gallinas y deleitándose la vista con la triple hilera de palmitos frescos y rozagantes.

Entonces las gentes se veían unas a otras, y como en virtud de pensamiento religioso no había un solo pollo a quien le diera vergüenza andar en la procesión, ni a quien le ocurriera llamar idolatría a la adoración de la Imagen, ni mucho menos quien se atreviera a burlarse de aquel acto piadoso y de aquella costumbre inveterada, había una animación en aquel conjunto y tal homogeneidad, que el acto tenía mucho de solemne y de grandioso.

El tercer repique difundía por los aires un rumor colosal producido por más de cincuenta mil voces: había llegado el momento, la procesión iba a salir. Abría la marcha una escuadra de batidores armados con los relucientes instrumentos de zapa, instrumentos que por entonces sabían más de procesiones que de trabajos de paralelas, de asalto y otros no menos rudos.

Algunos de estos gastadores que en la mente del Ministro de la Guerra fueron desde su creación hombres robustos y de aspecto imponente, llevaban barbas postizas, porque desde entonces no hemos concebido ni el aire marcial ni la elegancia del soldado sino al través de los figurines franceses, pero nunca en las líneas puras de la raza azteca.

Después de estos, aparentemente feroces guerreros, venían las archicofradías con sus estandartes, los hermanos y el acompañamiento de faroles adornados con penachos de cristal en hilos y con «almendras» y prismas colgantes, que producían un ruido particular al chocar con los vidrios planos de los faroles.

Venían después, en número considerable, niñas vestidas de indias, y niños de polleros, carboneros y vendedores de «buteas», jaulas, etc.

Esta costumbre era una manifestación pública de que los padres consideraban ya a los indios también como hijos de Dios y herederos de su gloria, después de la bula de Su Santidad que se dignó declararlos racionales desde Roma.

Venían atrás niñas vestidas con trajes blancos y coronadas de flores, y a quienes todo el mundo convenía en llamar «almas gloriosas».

Multitud de niños seguían también la procesión vestidos de ángeles.

Estos ángeles de procesión, en lo general, bien poco tenían de apocalípticos, ni mucho menos de aéreos ni de poéticos; pero eran admitidos como tales ángeles si ceñían su frente con una cinta, en la que se colgaban relumbrones y dijes, cinta que sostenía una gran pluma que nacía en el cerebro del inocente.

Ajustaban el cuerpo del ángel con un corpiño chillante y le ponían una tunicela con el indispensable respingo de un lado, para que le dejase ver su escuálida pierna ligada con cintas rojas.

Las alas, que ni eso les faltaba a los angelitos, eran de papel o de hojadelata, pues en las hojalaterías de entonces, se alquilaban, a la par que tinas, calentaderas y faroles, alas para ángel; artículo que, según la opinión de los hojalateros modernos, está por los suelos, sin que por eso de los tales hojalateros se pueda decir que se les han caído las alas.

Entre el numeroso séquito de ángeles, indios, indias y cautivos, que era la especialidad de esta procesión, pues, como se sabe, la redención de cautivos fue el gran asunto de la orden; entre esta variedad de gremios, decíamos, descollaban los tres Reyes Magos, reproducción paródica y carnavalesca de aquellos que, guiados por la estrella, llegaron a la cuna del Salvador.

Estos tres Reyes Magos hacían su segunda exhibición, pues fueron los precursores de las fiestas en el víctor.

Este víctor era el convite o el anuncio del novenario, y tenía por objeto repartir las invitaciones impresas en el vecindario, pero que por mayor pompa se hacía esto sacando un gran carro fantástico en el que eran conducidos la imagen de la Virgen, San Miguel y el diablo, muchos cautivos, un homónimo en muchacho de San Pedro Nolasco, otro de San Ramón Nonato y otros de varios santos mercedarios.

Este carro era precedido por los tres reyes, por algunos moros a caballo y seguido de una música militar y de cien muchachos armados de cañaverales y de banderas, que gritaban hasta alborotar todo el vecindario.

—¡Viva Nuestra Señora de la Merced!

Los mismos tres reyes se exhibían en la procesión y algunas veces el mismo carro como en el víctor.

Concurrían y formaban parte de la procesión todos los religiosos de la orden y de las órdenes hermanas; asistían los padres de los Colegios de Portacœli, San Ángel, Merced de las Huertas, San Juanico, San Pablo, San Ramón y los padres dominicos.

En lugar preferente, y ya cerca de la Ilustre Archicofradía y de la comunidad, iba San Juan Bautista.

Éste era un niño muy hermoso, muy blanco y muy gordo, desnudo y muy güero, muy rizado y medio cubierto solamente con una piel de borrego, blanca como el armiño. Llevaba una cruz dorada con el lema Ecce Agnus Dei e iba conduciendo con un cordón de seda al Cordero Pascual.

Pero como en la raza lanar de aquí (y con total exclusión del sagrado símbolo) no están arraigadas ciertas costumbres piadosas, al borrego de San Juan había que obligarlo, mal de su grado, a andar en la procesión conservando, hasta donde es posible en un borrego, la circunspección debida.

De esta circunspección estaba encargado un criado, que, en toda la carrera, y era larga, tenía la misión de empujar a la irrespetuosa oveja por el cuarto trasero.

Junto a San Juan Bautista, iba su mamá, pero vestida y gozándose en la desnudez de su santo. Esta mamá feliz, era Elena. San Juan Bautista, era Chucho el Ninfo.

Elena, que había gozado tanto con tener un hijo tan lindo, que lo había contemplado absorta vestido de china, lo veía ahora con verdadero transporte vestido (si por traje se entiende una salea) de San Juan Bautista.

Excusado es decir que el San Juanito era el que más llamaba la atención en la procesión; ¡era un niño tan blanco y tan güerito!

Traía el estandarte de la orden un padre caracterizado, y las borlas que pendían del estandarte, eran sostenidas por el secretario y otra persona de distinción.

Venían luego los hermanos de la Archicofradía, con casaquín blanco y azul: entre los hermanos figuraba don Pedro María.

Era este señor un poco calvo, y en días de procesión doña Rosario su mujer lo peinaba con pegajosa bandolina para que el viento no despeinase a don Pedro y perdiera, con un enmarañamiento grotesco, su compostura, y con ella su unción piadosa.

Llevaba don Pedro un grande corbatín, chaleco blanco de piqué, un gran prendedor de diamantes tablas, en la aletilla de la camisa, una corta cadena con sellos de topacio en el reloj que salía bajo la extremidad del chaleco. Vestía un frac negro, exhumado hacía pocos días de la cómoda y puesto en exhibición algunas horas, para que abandonara el tufo de alcanfor, que es contra la polilla; y el día 24 en fin, el frac había sido cepillado por doña Rosario en persona, con un cepillo humedecido con agua de Colonia.

La bota de don Pedro era nueva y un tanto opaca porque, según el criado dijo, no había querido coger la bola.

Llevaba don Pedro María colgado al cuello, su gran escapulario bordado de oro; en la mano izquierda un mosqueador de papel de dos colores, y en la derecha una vela de cera de a media libra, con una arandela de plata, que don Pedro María tomaba empuñándola, a la vez que una gran mascada de la India, flamante y abigarrada.

Seguía la comunidad de mercedarios, en la que sobresalían uno muy alto y tres con altos y negros copetes en el «cerquillo».

En seguida venía el gran palio, conducido por ocho hermanos y bajo el cual marchaba el sacerdote revestido, conduciendo al Divinísimo, y después, en unas enormes andas, cargadas por treinta y dos cargadores, la milagrosa imagen de la Virgen de la Merced, ostentando un riquísimo manto azul bordado de oro y perlas.

La imagen llevaba el cabello suelto, aunque, a juzgar por el traje y la corona, estaba vestida de gran lujo. La cabellera tardó bien poco en desaparecer bajo una capa de flores deshojadas y de obleas, que le habían echado adrede desde las azoteas, que estaban coronadas de gente. Preparadas millares de personas con pañuelos llenos de flores, y pendientes de un cordel por un ángulo, los arrojaban con fuerza tirando en seguida del cordel, de manera que figurase un petardo que poblara el aire con una lluvia de flores.

Esta operación, repetida cincuenta veces en un corto trecho, llegaba a nublar el aire, a interceptar la luz, a oscurecer la calle en pleno día.

Detrás de la Virgen venía una música militar y en seguida un batallón vestido de gala y marchando al paso regular con arma al hombro; después de la tropa y a los lados de la columna caminaban más de dos mil curiosos.

Pasaba la procesión y no por esto se acababa la diversión en las calles de la Merced, pues que para prolongar los regocijos, los panaderos se entretenían en arrojar, desde las azoicas, tortas de pan al pueblo, que se amotinaba ostentando un hambre que no tenía; pero que a pan tirado nunca le hizo gesto, y menos en días de atragantarse a lo divino.

En los balcones de la casa de don Pedro María, permanecían Mercedes, Angelita, Pablito, Carlos y otras personas, gozando también con el compacto grupo de curiosos devotos, que cogían al vuelo los sonetos impresos del señor don Pedro María, que a pausas y poco a poco salían de las manos de las niñas.

V. La sobremesa del chocolate en la casa de don Pedro María

Apenas comenzó a oscurecer, el comedor de don Pedro María tomó un nuevo aspecto: sobre blanquísimos manteles de alemanisco se levantaban, de trecho en trecho, platones con bizcochos calientes de la bizcochería de Puerto, grandes fuentes y platones de cocada, antes, cubiletes y pastas de almendra, diáfanos garrafones con agua filtrada, vasos muy limpios y cubiertos relucientes, todo alumbrado con dos candelabros con velas de esperma.

Era la mesa para los chocolates.

La señora doña Rosario fue también esta vez la que dió la voz, y la concurrencia íntegra se trasladó al comedor.

El padre Martínez, el señor cura, don Pedro María y otras personas graves tomaron chocolate de Arancivia, con bizcochitos de a cinco, algunas pollas probaron uno que otro dulce, y algunas ancianas y señoras serias tomaron chocolate y dulces, conservas, bizcochos y un vasito de leche endulzada.

En el corro de las personas graves se había suscitado una gran cuestión a propósito de las fiestas, y el señor cura, que era muy erudito, dijo cómo la fundación del convento de la Merced no databa sino del año de 1593.

—Cabal —dijo el padre Martínez.

El padre Martínez no lo sabía.

—Eso es —agregó don Pedro María— y eso fue mucho tiempo después de que los franciscanos, los dominicos y los agustinos estaban ya establecidos.

—Y Fray Bartolomé Olmedo fue el primero que hizo oír a los indios la palabra de Dios, y era mercedario —dijo el cura.

—¿Recuerda usted, padre cura, cuándo se principió este convento? —preguntó el padre Martínez.

—Ya recordarán ustedes que los primeros mercedarios tenían un mal local que hacía de seminario en una casa por San Lázaro, hasta que en 20… sí, en 20 de enero de 1594 pensaron en establecerse en mejor local, y el padre Fray Francisco Jiménez, vicario general que fue en 1601, compró, me parece que en 18,000 pesos, varias propiedades a un sacerdote llamado Guillermo Berondate. A estas propiedades se fueron agregando otras y allí se fundó el templo. La primera piedra se colocó como por 1602 por el señor virrey, conde de Monterrey, en persona. La mina de Zacualpan, explotada por los padres mercedarios, y una cantera de tezontle situada entre los lagos de Chalco y de Texcoco, dieron los gastos de construcción.

—Tiene usted una memoria prodigiosa, señor cura —dijo don Pedro María.

—Algo, algo me queda —contestó el padre cura; tomó un polvo y siguió diciendo:

—Por entonces los mercedarios habían dependido y dependían de la provincia de Guatemala; pero un breve de su santidad Pablo V, y previa la real cédula de 15 de junio de… eso es… de 1616, concedió al general de la Orden la facultad de separarlos y constituirlos en provincia independiente.

—¡Oiga! Sí, sí, algo he sabido yo…

—Y yo también —agregó el padre Martínez, que no sabía nada.

—De modo y manera —continuó el señor cura— que allá por los años de 620 se verificó el primer capítulo: entonces se fundó Merced de las Huertas, unos cinco o seis años después.

—Pero permítame usted, padre cura, que me atreva a hacer a usted una observación: yo no soy fuerte en fechas, pero tengo mi memoria, y vea usted, entiendo que la iglesia grande no se comenzó sino allá por los años de 1634, quiere decir, algunos años después…

—Efectivamente es usted mi señor; pero yo me he referido a la primera fundación, a la de la capilla.

—¡Ah! ¡Ah! Eso es.

—Eso es —repitió el padre Martínez.

—Tanto, que entre las dos columnas de la izquierda de la fachada está la inscripción, sí señor.

—Allí está de facto —dijo el señor cura— 21 de marzo de 1634 se puso la primera piedra.

—Y ¿a cuánto ascendió la primera suma invertida en el templo?

—Los maestros arquitectos pidieron unos cien mil pesos; pero se gastaron más de ciento y cincuenta; lo sé porque para completar la primera suma el padre fray Juan de Herrera tuvo la luminosa idea de procurarse una suscripción entre cien personas de a mil pesos cada una, y se juntó de facto.

—¿En calidad de préstamo?

—No, mi señor, ofreciendo el patronato de la obra, y no sólo, sino que fueron pagaderos en misas, ejercicios espirituales y otros varios privilegios, como el de sepultura y otros, como el de sentarse en la banca cubierta con guardapolvo de terciopelo carmesí, en las funciones de la Santísima Virgen, y aun en otras.

—Eso sí —continuó el cura— la iglesia no se abrió sino hasta el 30 de agosto de 1654, en presencia de S. I. el arzobispo metropolitano don Francisco Manzo y Zúñiga y del virrey duque de Alburquerque.

—¿Agosto decía usted, padre cura? —interrumpió el padre Martínez que acababa de encontrar una magnífica oportunidad para hablar—. ¿Agosto? Pues entonces en septiembre del mismo año fue la primera función titular.

—Permítame usted, padre Martínez, es usted mi señor, pero la iglesia no se consagró definitivamente sino hasta el 18 de enero de 1682.

—¡Cómo así, señor cura! —exclamó el padre Martínez, deseando que el señor cura se hubiese equivocado.

—Hay una prueba de bulto —dijo entonces el señor cura dirigiéndose, no ya al que iba a confundir, sino al señor don Pedro María— hay una prueba: la inscripción que está en el tercer pilar de la derecha de la gran nave.

—De facto, señor cura, que ya la recuerdo, dice: «Consagró esta santa iglesia el Ilustrísimo y reverendísimo Maestro don Fray Juan Duran, del real orden de Nuestra Señora de la Merced, redención de cautivos, domingo 18 de enero de 1682 años, habiéndose dedicado el 30 de agosto de 1654.»

—Exactamente y muy bien, señor don Pedro, lo conserva usted en su memoria.

—Vea usted qué casualidad, el domingo me tocó oír la misa junto a la lápida, y la estuve deletreando.

—Vamos, padre cura, díganos usted algo del escudo heráldico que aún se conserva en los escapularios —dijo el padre Martínez.

El padre cura tomó otro polvo y continuó:

—La Orden de la Merced fue instituida en 1218 por San Pedro Nolasco, bajo el reinado de don Jaime de Aragón; fue en un principio compuesta esta orden de caballeros que tenían un carácter militar: usaban calzón corto, con ataderos y hebillas, el perpunte y la ropa a la española.

—A la española antigua, sí señor —agregó el padre Martínez.

—Y sobre el pecho —continuó el cura— un escudo con una cruz blanca en su parte superior y tres barras de oro sobre fondo rojo, en la parte inferior.

—Cabal —dijo don Pedro.

—Eso es —repitió el padre Martínez y, desabrochándose la sotana, sacó por la aletilla de la camisa el escapulario de la Merced, que el padre Martínez acostumbraba traer al cuello, en unión de dos rosarios y otras reliquias.

Don Pedro María también se quitó su prendedor de diamantes tablas y sacó de debajo de la pechera de la camisa, su escapulario, su cera de agnus, su rosario y todas sus reliquias.

—Está usted bien provisto —dijo el señor cura a don Pedro.

—Es mi costumbre; vea usted esta bolsita, padre cura.

—¿Qué hay en ella?

—Son reliquias de Roma, tiene una astilla de la cruz, tierrita del pesebre de Belén, una muela de Santa Apolonia, auténtica, y algunas otras cosas: esta medalla es un obsequio del señor arzobispo.

—Yo también tengo en esa materia mis preciosidades, pero no tengo astilla de la cruz.

—Es muy rara esta reliquia.

—Pero volvamos al escudo —dijo el padre Martínez, guardando sus reliquias.

—Pues como iba diciendo, la cruz blanca representa que el Orden fue fundado en la diócesis de Barcelona, las barras de oro perpetúan el recuerdo de la salvación de un rey de Aragón que, perseguido por los moros, apoyó su mano ensangrentada contra las murallas, en el momento de salvar un foso peligroso, y dejó allí estampados los dedos. Los religiosos continuaron usando ese traje hasta la reforma, verificada por San Ramón Nonato.

—Es sorprendente la instrucción y la buena memoria del padre cura —exclamó don Pedro María.

—Favor que usted me hace, señor don Pedro María.

A la sazón que esto pasaba en el comedor, Pablito y la señora doña Rosario se ocupaban en poner velas en el candil de la sala y en todos los candelabros, y con cada vela una alcachofa de papel encarrujado, verde, blanco y colorado.

Las niñas se habían declarado incomunicadas en la recámara, y se disponían para el baile.

A las ocho llegó una compañía de músicos. Era Manuel el «pañero,» maestro afamadísimo en aquel barrio; Manuel venía con dos flautas, dos bajos y dos blandones.

Los músicos generalmente no entran sino que se escurren, avanzan con cierta precaución y miramiento, a pesar de que saben que se les espera con ansia siempre, como parte integrante de una fiesta; pero en el músico hay una timidez que le es peculiar, especialmente cuando tiene el instrumento debajo del brazo.

Manuel y los suyos se deslizaron andando quedito, con su sombrero en una mano y el bandolón en la otra. Pablito los recibió con una sonrisa. Siempre a los músicos se les recibe con una sonrisa. Esta sonrisa, la da todo el mundo a buena cuenta de lo que va a gozar.

Los músicos tienen también otra sonrisa dispuesta para contestar, y se sonríen. ¡Misioneros de paz y de armonía, bien venidos seáis al valle de dolores! Os sonreímos.

Sentaos sobre nuestro montón de horas negras y tañed. Tened la bondad de aturdimos y os pagaremos a tanto por hora.

Este «speech» mental se le dirige siempre al músico que se os exhibe, mitad hombre y mitad instrumento.

Algo como todo esto pasó entre Manuel el «pañero» y Pablito.

La música se instaló en el hueco de uno de los balcones, que era donde menos estorbaba.

Reinó el silencio por algún tiempo, hasta que los músicos comenzaron a templar los instrumentos.

La vibración de algunas notas musicales asume a veces todo el prestigio de una obertura.

Hay notas que rompen el silencio de un modo peculiar; detrás del silencio está nuestro corazón, que se ha refugiado como tras de una nube.

Decimos esto porque las primeras notas del bandolón que sonaron en la sala, rompiendo el silencio, fueron a dar al corazón de Mercedes.

Mercedes estaba pasando en esos momentos por la atonía de su felicidad: había gozado tanto, era tan feliz que descansaba; y descansando la sorprendieron las notas del bandolón. Como si despertara, se estremeció Mercedes y, cosa rara, lloró.

Esto nos hace creer que en el círculo de lo indeterminado, el dolor empieza en el mismo punto en donde está el placer. Ésta es la felicidad que llora.

Mercedes lloró con todo el placer de la dicha. Y como si esta dicha fuese su apogeo moral, Mercedes en ese momento se puso más bonita.

Era la flor con toda su esencia, con todos sus jugos, con todos sus pétalos y pasando por el zenit de su exuberancia, de su vida… de su amor…

Mercedes irradiaba: en sus ojos había esa luz que arranca al pintor el pincel impotente y lo deja caer; esa luz que tortura la imaginación del poeta y le hace prorrumpir en disparates.

Merced estaba indescribible, y todo por una nota musical puesta en contacto con su alma rebosante de dicha.

Aquellas notas de bandolón recorrieron el ámbito de la casa, y multiplicándose de una manera mágica, fueron cayendo en los oídos de todos, y produciendo en cada uno emociones más o menos placenteras.

Por ejemplo: Pablito pensó en su novia. La novia de Pablo pensó en Pablito.

Doña Rosario pensó en sus hijas; ¡las quiero tanto! —exclamó interiormente.

Angelita pensó en las primeras cuadrillas y en que su novio le había dicho que tenía unas manitas muy lindas.

Los mismos tres señores graves que tan gravedosamente platicaban acerca del escudo de Nuestra Señora de la Merced la Virgen Santísima, al oír las primeras notas del bandolón, insensiblemente los condujo su imaginación desde la cumbre de sus eruditas elucubraciones hasta el terreno de las danzas, de las cosquillas, de lo retozón; y un observador hubiera podido notar en los tres pie de gallo del ojo de aquellos santos varones una ligera contracción parecida a la que precede a una sonrisa.

El demonio de la tentación diluido en un la agudo, había ido a tentar aquellos tres corazones quietos y pacíficos, aun al través de la prosa de la oficina de Palacio y los sagrados cánones.

El padre Martínez se quedó pensativo. Don Pedro María sintió el deseo de saber si ya estaban listas las muchachas, porque un papá que ya no baila sigue bailando con los pies de sus hijas, pies, por otra parte, hechura suya y calzados por su cuenta y riesgo.

El padre cura fue el único que no tardó en diferir del género de ideas que preocupaban al padre Martínez y al señor don Pedro María, y dijo:

—En fin, ustedes van a divertirse y yo me retiro, dando a usted las gracias, señor don Pedro, por su amabilidad.

—¡Cómo es posible, mi señor! No lo permita Dios. ¡Cuándo va a comenzar el bailecito!

—Precisamente por eso, señor don Pedro.

—Vamos, vamos, ya caigo… pero mire usted… tengo mi plan.

—¿Veamos cuál?

—Usted, el padre Martínez y yo, vamos a instalarnos en mi gabinete que no está iluminado; y desde allí, casi sin ser vistos, disfrutamos un rato de la alegría de los muchachos.

—¡Pero señor don Pedro de mi alma!

—No hay remedio, padre cura, un ratito, un ratito; todos son de confianza; vamos, vamos. ¿No es verdad, padre Martínez?

—Por de contado, señor cura, un rato más o menos…

—Aprenda usted al padre, señor cura —dijo don Pedro en tono de chanza— él sí se alegra y hasta suele bailar sus cuadrillas.

—¡Hola, hola!

—¡Ah! Pero eso es porque me comprometen las muchachas. ¿Se acuerda usted hace un año, señor don Pedro María?

—Hace un año le hicimos bailar hasta «tagarotas».

—Pero el padre Martínez es joven y de un carácter a propósito…

Entraba doña Rosario, a la sazón.

—¡Cómo, señor cura! ¿Nos quiere usted dejar tan pronto?

—Tenía intenciones…

—¡Dios no lo quiera! ¡Con que va a estar tan bonito nuestro baile! Ya verá usted, ya verá usted.

—Yo no sé desvelarme.

—Hasta las diez nada más, no soy exigente. ¡Sentirían tanto las muchachas que se fuera usted!

—Pues sea, mi señora doña Rosarito, pero nada más hasta las diez.

Como se ve, bastaron aquellas notas de bandolón para imprimir en todos los habitantes de aquella casa un nuevo género de ideas.

Pablito se puso a encender las velas, y media hora después comenzaron a llegar los convidados.

VI. Un bailecito de cumpleaños, del que hay mucho que decir y poco que pedir

Eran dos jóvenes vecinas con su mamá y su tía y una «pilmama» (nodriza); después llegaron dos pollos poniéndose los guantes; en seguida otras dos familias con niños de varias edades y dos pilmamas más.

Un rato después la cama matrimonial de doña Rosario y don Pedro María era un «monte parnaso» de abrigos, sombreros y paraguas; las demás camas eran depositarías de niños dormidos con su correspondiente criada cada uno, y ya la sala estaba llena de gente.

Ya no era posible que Mercedes y Angelita se hicieran esperar más, y se exhibieron recorriendo el estrado y haciendo con cada señora esa cosa que hacen todas las señoras al saludarse.

Decimos «esa cosa» porque estamos seguros que ni las mismas señoras se atreverán a llamar abrazo a un movimiento que consiste en inclinar la cabeza hacia el lado izquierdo y tocar el hombro derecho de la interlocutora con la uña del anular derecho.

No obstante, las muchachas intercalaban en esta revista uno que otro par de besos tronados a tal o cual amiguita íntima.

Y como todavía no había mucho ruido, aquellos besos resonaban en toda la sala, y al eco de aquellos besos pasaba por el alma de los pollos algo parecido a las susodichas notas del bandolón.

Los primeros momentos de un baile se prestan al estudio serio. Estos momentos son uno de los rasgos de elocuencia del silencio.

El baile lo inventó el hombre en el primer momento en que se desmoreció de gusto. Le pareció pobre la palabra, pobre el gesto, pobre el canto, pobres sus brazos y recurrió a sus piernas: el hombre, no sabiendo qué hacer con su regocijo, inventó el primer zapateo, pero a más no poder.

Terpsícore nació como las avestruces…

Con permiso de usted, lector, nos metemos en la historia natural.

Cuando el pollo, el gran pollo del avestruz no ha acertado a romper su cascarón, la hembra avestruz, por un procedimiento que bien puede ser muy maternal, pero no por eso menos grosero, ayuda a nacer a sus hijos a patadas.

Por esto decimos que Terpsícore nació a patadas como las avestruces. Desde entonces, el baile le pareció al hombre una cosa muy racional, y comenzó a bailar adrede; y como no es posible que todos los ánimos estén, a una hora dada, de cierto temple, resulta algo de embarazoso y heterogéneo en los primeros momentos de un baile.

Se concibe que el que saca la lotería, o un ministerio, o cualquier prebenda, se suelte bailando de gusto; pero que en medio de un silencio sepulcral se paren adrede cuatro parejas delante de otras cuatro para hacer a sangre fría lo que hacen los que están muy contentos, es sin disputa una disonancia.

En la sala de don Pedro reinaba esa perplejidad de todos los principios de baile, que hemos pretendido explicarnos.

Todos hablaban quedito y ni pollos ni pollas, se atrevían a atravesar la sala de un lado a otro.

Había pollos que estaban parados a la puerta de la antesala, pollos que ya estaban bailando interiormente, pollos que se estaban volviendo ojos, devorando a las pollas que ocupaban los asientos del estrado, y que no obstante no se atrevían a atravesar la sala.

—Oye Perico —le dijo un imberbe a otro— tengo muchas ganas de ir a saludar a Lupe y a Pepita; pero no me atrevo a atravesar la sala.

—A mí me sucede lo mismo.

—Es imponente: todos lo ven a uno.

—¿Me acompañas? Iremos juntos.

—Espérate a que haya tantito ruido para que no llamemos la atención.

Esto que les sucedía a los pollos, les pasaba a la mayor parte de los concurrentes.

Todos los hombres están agrupados en la antesala, todos los asientos están ocupados por señoras que no hacen ruido más que con los abanicos.

Se acaban de encontrar en la puerta dos amigos que se saludan sin alzar la voz.

—Buenas noches, González.

—¿Qué hay, Pérez?

—¿Qué tal?

—Bien.

—¿Qué se hace?

—Ya lo ves.

—Divirtiéndote.

—Qué se ha de hacer.

Pausa… ruido de abanicos y de cuchicheo.

—Bonita concurrencia.

—¡Ah! ya lo creo.

—Está esto de mucho tono.

—Es cosa de guantes.

—Yo los traje a prevención.

—Bien hecho.

Otra pausa: ruido de abanicos.

Hablan las pollas.

—¿Ya viste a Pérez?

—Sí, allí está en la puerta con González.

—¡Qué pícaro!

—¿Quién?

—González.

—¿Por qué?

—Yo te contaré.

Pausa, abanicos, etc.

Hablan dos tías.

—¡Qué dice usted qué calor, mi alma!

—Yo me ahogo.

—¿Qué tal será después?

—¡Figúrese usted!

Pablito apareció por la puerta de la recámara; se había ido a vestir de negro y a ponerse guantes y un alfiler de esmeraldas, que le prestó su papá.

—Niño —le dijo doña Rosario al verlo— ¿qué hacías?

Pablito se acercó a su mamá que estaba inmediata a la puerta y le dijo:

—Estaba rebanando el queso, y me fui a vestir.

—Haz que bailen, ya hay bastantes parejas.

Pablito atravesó la sala con la autoridad del niño de la casa; no obstante, se le hubiera podido notar cierto embarazo en que se iba ajustando los guantes.

Un momento, lector, a propósito de los guantes.

El hombre que en todo pone la mano, las metió un día en las letrinas de París y sacó ratas, después las volvió guantes y metió en ellos las manos y quedó contento de su obra.

Adán se sorprendería hoy, al ver que su raza no da al aire más que la cara.

El hombre, no pudiendo esconder las uñas como los gatos, se las cubre con cabritilla, y esta operación, resultado del refinamiento y del lujo, suele ser para algunos un verdadero suplicio, al que se sujetan disimulando mal su embarazosa situación.

Cuando una mano ha gastado algunas cajas de guantes, vuelve a recobrar la flexibilidad, el tacto y la gracia.

Pero cuando cinco dedos incultos se meten por primera vez en unos guantes, el propietario sufre, sin poderlo remediar, todos los percances del aprendizaje.

Lo primero que le sucede al que nunca se ha puesto guantes es que pierde su pañuelo; y en seguida revela su embarazo, en que no sabe qué hacer con sus manos, y para disimular esto, se ocupa incesantemente en ajustarse los guantes que nunca le acaban de entrar.

Pablito, pues, y la mayor parte de los pollos, no hacen otra cosa que calzarse los guantes.

Pablito, como decíamos, atravesó la sala, se acercó a los músicos, y dejó caer de sus labios esta palabra:

—Cuadrillas.

Ni más ni menos que como el asaltante que, teniendo gran confianza en su gente y en el éxito, dice con voz segura y tranquila: Preparen.

En seguida, se dirigió al grupo de la puerta y dijo:

—Señores, se va a bailar cuadrillas, las señoras esperan…

Los dos imberbes atravesaron los primeros y tras ellos otros.

Empezó el rumor, y a medida que las parejas se fueron colocando, iba habiendo más ruido, pero resultaban cinco parejas de un lado y tres de otro.

—Se necesita un bastonero —dijo un pollo.

—Pablito —dijo otro.

—No, Pérez, Pérez —dijeron varios.

Pablito dijo también:

—Pérez, tú eres el bastonero.

—No, tú.

Y Pérez fue bastonero.

Se paró en el centro de la sala y contó en voz alta:

—¡Una, dos, tres, cuatro! Caballero ¿tiene usted la bondad de pasarse de este lado? Usted por acá. Angelita con González, acá; dos, cuatro, seis, ocho. ¿Estamos completos? Parece que sí.

—¡Maestro! —dijo dirigiéndose a los músicos—. ¡A una!

Los estrepitosos bandolones con sus triples cuerdas metálicas, derramaron un torrente de notas, capaz de avergonzar a todos los canarios del mundo.

Todas las bocas y todos los ojos ondularon a un mismo tiempo, proyectando una sonrisa, de la misma manera que una rama con muchas hojas se riza al sentir una ráfaga de viento.

La música armonizaba el conjunto, identificaba a las parejas, las hacía solidarias del goce, y el compás, el compás que parece una cosa tan insignificante, era el motor de aquellas máquinas humanas que se iban sintiendo mejor a cada momento.

La música agita los ramos nerviosos por medio de la vibración de los sonidos, mientras que los pies ponen en juego los grandes centros nerviosos y todos los músculos.

El compás es el encargado de armonizar esta revolución voluptuosa.

Por el compás se procura no perder el oído. Por el oído no se pierde el compás.

Y todo el cuerpo prueba una sensación rítmica.

De todo esto, resulta en el baile eso que se llama garbo, donaire, gentileza, chic. De estas combinaciones nacieron los bailes expresivos, como la danza y el cancán, la «zopimpa» y la «malagüeña» y otros muchos.

Desde que la mímica encontró el compás, el hombre habla con las piernas.

Júntese a todo esto la unión de pollo y polla, y se tendrá una idea del placer del baile.

Este placer es un buzón donde caben otras cosas que sirven para exacerbarlo: por ejemplo, un apretón de manos, una miradita, un suspiro, una presión con tres grados más de la fuerza comprensiva necesaria y usual, un roce, el aliento de uno, que distraídamente se bebe el otro, el aroma de un frasquito destapado de esencia que ella lleva en el seno… etc.…

Excluid del baile la idea de la música, derramad silencio sobre las parejas y dejadlos seguir; a poco rato, os arrancarán una carcajada aquellos que os hacían gozar del espectáculo del baile.

Veamos bailar a Pablito.

Pablito estaba en esa edad en que se baila bien, edad en que se acepta con fe el papel de bailarín y, por lo tanto, Pablito procuraba lucirse.

El bailarín debe contar con muchas cosas: en primer lugar, con la indulgencia del espectador, en segundo lugar con sus formas, y luego con su agilidad y ligereza, con su gracia y su soltura, etc.

Pablito contaba con todo esto: creía tener bonito cuerpo, bonito pie, bonita mano y mucha gracia; todo esto lo ratificaba Pablito cada vez que pasaba frente a un espejo, y estaba seguro de que en aquellos momentos su porte y su manera de bailar estaba llamando la atención de muchas señoritas y exaltando la envidia de algunos pollos feos, y tanto preocupaba a Pablito esta idea que dijo a su compañera:

—No sé, señorita, si bailará usted cómodamente conmigo.

—¿Por qué, Pablito?

—Porque no sé bailar.

—No se caiga usted para que lo levanten.

—Positivamente.

—¿Lo ha dicho usted de veras?

—Como lo siento.

—Pues vea usted, si alguno tiene fama de bailar muy bien es usted.

—Favor que usted me hace.

—No es sino justicia, lo dicen todos y sin ir más lejos yo… lo que es yo, con nadie bailo vals más a mi gusto que con usted.

—Vea usted ¿es posible?

—Es muy cierto.

—Entonces tendrá usted la bondad de bailar el vals que sigue conmigo.

—Sí, Pablito.

—Gracias.

Pablito se irguió saboreando su triunfo.

Terminaron las cuadrillas con la consabida cadena corrida y las señoras volvieron a sus asientos. El calor de la sala subió cuatro grados.

Cuando las señoras se sentaron, los caballeros se salieron a la antesala y volvió a reinar el silencio.

El bastonero dió buenas cuentas.

Hablemos del bastonero.

Según hemos dicho ya, se llamaba Pérez; era escribiente de un juzgado, lo cual no le evitaba seguir siendo muy pobre.

Pérez tenía una levita que él mismo había volteado, porque antes de dedicarse a la curia, su padre le dió el oficio de sastre.

Pérez vivía con unas señoras grandes que le daban cuarto y plato porque les cobrara los recibos y les lanzara los inquilinos morosos de unas casitas que tenían las dichas señoras. Pérez era un buen muchacho y tenía vocación; era de esas gentes predestinadas a ser algo en virtud de esa virtud envidiable que se llama fortuna de pícaro.

Pérez era comunicativo, servicial y simpático; era un trigueñito de ojos negros, flaco, alto, de pelo un poco crespo, bigote delgado y franca sonrisa: tenía los dientes muy blancos y muy listos: la dentadura de Pérez hacía un papel importante en la expresión de su rostro, su interlocutor se encontraba siempre bajo el brillo de unos ojos vivaces y una hilera de dientes que daban una buena idea de Pérez.

Había muchachas que querían mucho a Pérez, más que a otros ricos y encopetados.

Tenía lo que se llama sangre ligera; tan ligera como su apellido.

Era de esas personas a quieres nunca se les ha dicho señor: ni señor don, ni se ha preguntado su nombre de bautismo, ni le ha importado a nadie: todo el mundo le decía Pérez, al grado que si alguna vez se hubiera dicho delante de los que lo conocían mucho, el señor Pérez o don Ramón Pérez, nadie lo hubiera recordado; al paso que cuando se decía Pérez, todos sabían de quién se trataba.

Doña Rosario tenía mucha confianza en Pérez, hasta el punto que, vigilando a sus hijas como madre cuidadosa y severa, solía exclamar:

—¡Ah, no hay cuidado! Están con Pérez.

A Pérez se le confiaban poridades que se ocultaban a los amigos de confianza; Pérez servía para ir al montepío, para sacar una cita, para hacer un reclamo a la policía, para buscar música, para ajustar una canoa, para traer coche sin número, para ir por doña Rosario y por las niñas a una visita, para velar a un enfermo, para arreglar un entierro, para vender desechos y para todas estas cosas, en fin, que en ciertos casos no tienen precio.

Esto era Pérez.

Por supuesto no había una sola persona en la sala que no le conociera.

—Pérez —le dijo una señora.

—Mande usted, Charito.

—¿Me hace usted un favor?

—Con mucho gusto.

—¿Quiere usted ver si está durmiendo mi hijo?

Pérez se asomó a la recámara y volvió con la razón.

—Duerme tranquilamente.

—Gracias.

—Pérez —decía otra— ¿me hace usted favor de decirme en dónde puso usted nuestros abrigos?

—¡Cómo! ¿Qué ya se van?

—No; pero quería saber…

—Están bien guardados, tengo un escondite; cuando se vayan me avisan.

—Bueno.

—Pérez —dijo doña Rosario— ¿quiere usted dar su vuelta por el comedor?

—Bueno y… ya comprendo… la sangría…

—Sí, Pérez, ya sabe usted; como siempre.

Pérez lo hacía todo, servía a todos, y todos se complacían en tener algo que hacer con Pérez.

Volvió a la sala, y, ya aconsejado por Pablito, pidió vals.

—Vamos, señores —dijo en voz alta— «ya cuanto ha» que no hacemos nada: ¡a bailar, a bailar! ¡Las señoras esperan, caballeros! Se va a bailar vals, tengan ustedes la bondad.

—Eso es, eso es —dijo doña Rosario— si Pérez no anima esto, nos vamos a morir de fastidio.

—¡Vamos, señores, a bailar! ¿O desean ustedes que las señoras vengan a sacarlos?

—¡Bien, Pérez! —gritó desde su gabinete don Pedro María—. Anime usted a esos jóvenes: en mi tiempo no eran así los muchachos. ¡Vamos jovencitos!

Los pollos salieron de la antesala en parvada y tomaron compañeras.

Pérez no tardó en decir:

—¡A la una! —frase coreográfica aceptada para empezar a bailar.

El vals ya es otra cosa. A todos los ingredientes del baile, el vals agrega el vértigo: bailar ya es algo, pero girar ya es mucho; entonces todos los objetos pasan a nuestra vista rápidamente dibujando rayos de luz, entonces todo se precipita a nuestro rededor y nos sentimos como en el desvanecimiento de una carrera sin fin.

Hay en el vals algo del placer del funámbulo: sentiros aéreos hasta el grado de ir perdiendo la conciencia del peso específico: sentir en el brazo una cintura, en la mano una manecita, y pareceros que voláis con una paloma; tocar apenas la alfombra con los pies y sentir que hendéis el aire con esa rapidez de que nos podría dar una razón exacta la golondrina, si la golondrina tuviera la bondad de hablarnos; este es un placer que, mezclándolo con el amor propio, quiere decir, con la ilusión de creerse uno gracioso y lleno de atractivos físicos, es una verdadera felicidad.

Esta felicidad es una compensación anticipada y la gozamos a cuenta de lo que en la edad de la razón fría sufrimos sin tomarnos más trabajo que el de ver las cosas tales como son.

Pablito, Pérez, González y otros jóvenes; Mercedes, Angelita y otras niñas, pasaban rápidamente rozando y azotando a los sentados con las faldas ondulantes, y enlazados estrechamente en un abrazo de resorte, abrazo franco cuanto lícito y grato cuanto único.

El vals acabó por colocar a todas las parejas en los peldaños del entusiasmo y por difundir la animación en la sala.

Pablito se perdía de vista ¡qué aptitud, qué soltura, qué gracia!

—¡Mira qué bien baila Pablito!

—Sobre que parece que ni pone los pies en el suelo.

—¿Vas a bailar con él?

—Me pidió la contradanza.

—¡Dichosa tú!

Los pollos se pasaban el pañuelo por la frente, porque el vals les hizo sudar la gota gorda.

Pérez y Pablito aparecieron en la sala ofreciendo bizcochos, queso y licores a las señoras.

Pablito traía un platón coronado de puchas, soletas y otros bizcochitos al estilo del país, y Pérez venía siguiendo a Pablito trayendo un plato con queso y una charola con copitas de anisete y vinos dulces.

VII. En el cual el curioso lector vuelve a encontrar a San Juan Bautista

Después apareció una criada con una gran charola con vasos de sangría.

La animación subió de punto.

El hombre decidido a darse gusto se prepara oportunamente reacciones químicas en su propia economía. Después de lisonjear el tacto, la vista y el oído, termina por complacer al gusto y al olfato.

Esto es lo que se llama gozar con los cinco sentidos.

A las diez y media se presentó Carlos.

Carlos era elegante, pero elegante sin afectación y sin forzamiento: sabía, como dicen los sastres, «llevar la ropa». Era sencillo en el vestir y se conocía en él el hábito del aseo por educación.

Carlos se destacaba en todos los grupos como la figura de primer término.

Había quien lo tachara de orgulloso, pero en realidad los mismos que así lo calificaban solicitaban sus sonrisas: tenía en sí mismo la superioridad sin pretenderla, la elegancia sin apercibirse de ella, la afabilidad sin estudiarla y el tacto, en fin, más exquisito para hacerse querer.

Aunque sobrio en sus palabras, tenía siempre en sus labios una frase para cada uno, y había allí quienes hicieran alarde de tener amistad con Carlos por estar reconocido como una persona de distinción.

En efecto, era rico e instruido, franco y caballeroso.

Sus amores con Mercedes se habían hecho públicos en pocos días.

Daremos las causales de esta publicidad. Carlos no había hecho más que dar los primeros pasos en la senda de su amor; pero como a primera vista había sido y era calificado por todos como un buen partido, estos primeros pasos los habían traducido de este modo:

—Carlos se va a casar con Mercedes.

Apenas se presentó Carlos en la sala aquella noche, dos señoras que lo vieron entrar, hablaron de este modo:

—¿Ése es?

—Sí.

—¿Qué le parece?

—Me gusta para Merced.

—Es buen partido.

—¿Y es rico?

—Por supuesto.

—¿Y cuándo es la boda?

—Creo que pronto.

Por otro extremo de la sala, dos jóvenes hablan así:

—Ése es el novio de Merced ¿qué te parece?

—Es muy buen mozo.

—A mí no me lo parece.

—¿Qué dices?

—Es decir, no es tanto como dicen.

—¿Y Merced lo quiere?

—Está loca por él.

Con este tema, la concurrencia hizo cien variaciones, pero en realidad lo único que había era que Carlos había galanteado a Mercedes, sin que por esto dejara de existir cariño mutuo.

Carlos bailaba poco, y aceptaba el baile no como motivo de placer, sino como ramo de educación y por no excluir este medio social en su trato con las señoras.

Merced acababa de dar las cuadrillas a Pérez, pero al ver a Carlos, se supuso que Carlos vendría a pedirle las cuadrillas y se echó a pensar cómo se descartaría de Pérez. En dos palabras se puso de acuerdo con su vecina, quien desde luego mandó llamar a Pérez con un pollo. Esta vecina de Mercedes se llamaba Lupe.

—Éstas son las cuadrillas que le di a usted, Pérez.

—¿A mí? —preguntó Pérez.

—¡Qué mala memoria tiene usted!

—Pero si yo…

—Usted no se acuerda.

—Éstas son, Pérez —agregó Mercedes— yo estaba presente cuando usted las pidió.

Pérez vaciló, pero al fin dijo:

—Sí, Lupe, éstas son.

—Pero, si usted no quiere bailarlas…

—De muy buena gana y doy a usted mil satisfacciones: soy un distraído.

—No, no; sin compromiso.

—Compromiso… ¡Ca! —exclamó Pérez, que empezaba a conocer que era víctima de una intriga—. Es cierto, muy cierto; es usted y no Mercedita mi compañera.

El cambio estaba hecho. Mercedes respiró viéndose libre de Pérez y en aptitud para aceptar por compañero a Carlos. La música anunció la cuadrilla. Carlos no se acercaba.

Comenzaron a pararse las parejas y Carlos apareció en una cabecera con doña Rosario, quien a pesar de sus hijos no había abandonado el baile, pero no siempre tenía quien la invitara: de manera que este rasgo de educación de Carlos, acabó de poner a doña Rosario enteramente de su parte.

Mercedes recibió la primera contrariedad al quedarse sin Pérez y sin Carlos, y pretextando quehacer salió de la sala.

Al terminar las cuadrillas, un incidente vino a desviar la atención de los concurrentes del asunto matrimonial que los preocupaba.

Resonaron en la recámara los gritos de un niño; pero era un niño que reventaba los oídos, que aturdía llorando con todas sus fuerzas.

Hubo un movimiento de alarma en la concurrencia y no faltó quien preguntara en voz alta:

—¿Quién llora?

Y tampoco faltó chusco que contestara:

—San Juan Bautista.

Una risa general sucedió a esta respuesta, y Pérez, tomando a su cargo la explicación del enigma, dijo:

—Sí, señores, es San Juan Bautista; quiero decir, el San Juanito de la procesión.

—¡Cómo! —preguntó uno—. ¿Ese niño tan güero y tan bonito que iba esta tarde?

—El mismo —dijo Pérez— aquí está, pueden ustedes pasar a verlo.

—Vamos a ver a San Juan.

—A San Juan.

—Vamos, vamos.

Y muchas señoras entraron a la recámara, para ver a San Juan Bautista.

Sobre una cama estaba Chucho y a su lado estaba Elena mimándolo para que no atarantara.

—Aquí está San Juan.

—¿Cómo te va San Juanito? —le dijo una vieja.

—Los santos no lloran —le dijo otra.

—¡Qué niño tan lindo, lástima que llore!

—¿Qué le han hecho a San Juan? —preguntó una polla.

—¿Qué te han hecho, santo?

—Quiere su borrego —dijo la mamá.

—¿Qué es eso? —preguntó el padre Martínez desde el gabinete.

—Es San Juan Bautista que llora por su Cordero pascual, padre Martínez.

—¿Qué jerigonza es esa?

—Es el San Juanito de la procesión, es un niño que se llama Chucho y quiere su borrego.

—Eso es otra cosa —dijo el padre Martínez.

San Juan no transigió con separarse del borrego, sino cuando lo hubieron colmado de juguetes, de dulces, de bizcochos y de besos.

Diremos por qué estaban allí Chucho y su mamá.

En el año a que nos referimos el ceremonial de la etiqueta no era precisamente riguroso en materia de presentaciones: el que daba un baile en su casa no se sorprendía de encontrarse en medio de multitud de personas desconocidas que ni lo saludaran, ni se cuidaba mucho de inquirir la procedencia de sus convidados, pues suponía buenamente que alguno los había llevado.

En efecto, Elena había entrado con Chucho pasando casi desapercibida, con excepción de dos o tres personas que la conocían y a quienes Elena había ya saludado.

A Elena la llevó Pérez. ¿Qué de común tenía Pérez con Elena? Nadie lo sabía.

Si otro hubiera llevado a Elena aquellos hubieran inquirido el parentesco de Elena con su compañero, pero simultáneamente se conformaban todos con esta respuesta que no sabemos por qué parecía toral.

—La trajo Pérez.

Ya hemos dicho que Pérez era un hombre de confianza; Pérez era de esos hombres que tienen el privilegio de no inspirar sospechas, era de esos hombres de quienes no se piensa mal nunca.

El mismo don Pedro María había oído alguna vez voz de hombre en el cuarto de sus hijas, se había asomado a ver quien era y había exclamado muy tranquilo:

—¡Ah! Es Pérez.

A decir verdad ni el mismo Pérez sabía por qué inspiraba tanta confianza.

En cuanto a Elena, le bastó ser madre de un niño tan lindo como Chucho para que muchas personas le encontraran esa recomendación y fue objeto de sinceras felicitaciones.

—Qué feliz es usted, mi alma —le decía una de las tías de Mercedes— qué feliz es usted en ser la madre de San Juan Bautista, tiene usted un hijo como un dulce. María Santísima se lo conserve a usted por muchos años.

—Mil gracias, señora.

—¿Y lo querrá usted mucho?

—Es mi adoración.

—Tiene usted razón de sobra. Vamos, que esta tarde me dieron ganas de comérmelo.

—Parecía de porcelana —dijo otra señora.

Chucho se atragantó de dulces y se puso en pie; su mamá le sacó a la sala, donde Chucho siguió recibiendo los agasajos de la concurrencia.

Después de las doce de la noche, llegó a su máximum la animación del bailecito.

La concurrencia había saboreado, aunque tal vez no con mucho deleite, copitas de licor de canela, de rosa, de garuz y de «perfecto amor», había consumido algunos platones colmados de «cuchufletas», «puchas», soletas, rodeos y polvorones, a todo eso con la añadidura de rebanaditas de queso fresco, según hemos dicho ya.

Elena se había vuelto expansiva y estaba rubicunda. Muy pocos habían notado que Pérez era el que más obsequiaba a Elena.

Como entonces no se bailaban sino cuadrillas, contradanza y vals, la concurrencia empezaba a sentir la necesidad de quitar la monotonía al baile.

No faltó denunciante que asegurara que Pérez bailaba boleras, y un grupo de jóvenes lo rodeó en seguida rogándole que bailara.

Don Pedro María no era hombre a quien le faltaran dos pares de castañuelas, de manera que bien pronto recibió una diputación en demanda de este adminículo.

—Les daré las castañuelas o los palillos, como los llaman ustedes los elegantes —dijo don Pedro María— y podría darles también el tratado de Crotalogía que aún conservo.

—¡Ay! —añadió don Pedro, abriendo su ropero— yo fui un excelente bailarín; todavía se acuerda mi mujer de nuestras boleras, y oigan ustedes, se le podían ver bailar; y como Rosario ha sido mujer de buen pie y pierna, encantaba en una concurrencia; vamos, Pérez, aquí tiene usted los palillos.

Pérez se ajusto los palillos y se acercó a Elena, quien a su vez hizo lo mismo.

Elena y Pérez ocuparon el centro de la sala, tomando la acostumbrada actitud muy conocida, hasta de los que no bailan, con el nombre de «primera de boleras».

Elena y Pérez estaban bien plantados: rompió la música y después de los primeros compases, brazos y piernas hicieron de las suyas. Entre los concurrentes estaban los gachupines de la tienda de abarrotes de la misma calle, quienes acompañaron con el alma las boleras, y además tronando los dedos.

Jadeantes hicieron la última pirueta Pérez y Elena, y en medio de un estrepitoso aplauso, Pérez mereció de los gachupines el honroso calificativo de muy listo en el tejer, y Elena, Elena encantó a la concurrencia porque también tejió.

Hubo más cuadrillas y contradanzas, y más tarde se tocaron tagarotas.

Hablaremos un poco de Elena.

Hemos dicho al principio que Elena no era precisamente una hermosura, y en efecto, no llamaba la atención; pero era, sin embargo, de esas mujeres cuyos atractivos se exhiben lentamente.

Elena tenía la piel fina. Pérez se lo había notado a poco tiempo de tratarla.

Elena era cachigorda, bajita de cuerpo, y cuando se la estudiaba, el observador se encontraba agradablemente sorprendido al contemplar una mano bien hecha, de dedos puntiagudos y unos hoyuelos que no carecían de gracia.

El brazo de Elena era también torneado y exquisito, y su pie arqueado, mexicano y gracioso.

Las boleras dejaron percibir que Elena llevaba un zapatito de raso azul, sujeto con delgadas cáligas, y además una media finísima «de la patente».

Pérez, que todo lo sabía, tenía ya para su coleto, y ya hacía quién sabe cuanto tiempo, hecho este acopio de observaciones; y eso era porque Pérez era muy curioso.

Como a las cuatro de la mañana, se bailó el jarabe, el palomo y otros bailes del país.

Pollos y pollas estaban ya rendidos por la fatiga y por el sueño, y a las seis de la mañana se retiraron los músicos, y tras de ellos los últimos concurrentes, ofreciendo volver otro día más despacio; chiste que desde entonces sirve para disculparse de hacer una visita demasiado larga.

VIII. Un sueño de Chucho.—Rarezas

Chucho el Ninfo, el héroe de esta historia, debe por ahora ocupar preferentemente nuestra atención, para seguirlo, si no en todos los detalles de su vida, al menos en todos aquellos incidentes que sean dignos de tomarse en consideración porque influyan en la formación de su carácter y costumbres.

Las mamás, que hoy pecan de consentidoras, eran por entonces todavía manilargas, y aquello de que la letra con sangre entra no había perdido todo su prestigio.

Chucho, merced al mimo con que se criaba, permanecía ignorantito en todo aquello que no fuera el catecismo del padre Ripalda, y Elena estaba muy contenta porque su hijo relataba «los misterios» con la rapidez de un cohete corredizo.

Por otra parte, el chico se hacía a veces insoportable, al grado de hacer llorar a Elena.

Ésta recurría entonces a su paño de lágrimas: a su confesor, porque Elena, según hemos dicho, era muy buena y muy devota.

El confesor de Elena era un hombre muy escrupuloso y muy nimio en el cumplimiento de sus deberes, y Elena era una de sus hijas predilectas.

—Ya el niño tiene como siete años —decía el padre un día a Elena— y es indispensable que vaya preparando su primera confesión.

—Mi hijo es muy inocente.

—Por lo mismo.

—¡Y es tan impresionable!

—Es una cualidad provechosa, porque así tendrá para él ese acto solemne, todo el prestigio que debe tener.

—¡Pobrecito! se va a resistir mucho.

—No lo creas, haremos que me conozca y yo lo atraeré.

—¿Con que lo juzga usted preciso?

—Indispensable, hija mía.

—Esperemos siquiera un año.

—Ya sabes que a los siete obliga el precepto, con que disponlo poco a poco y le haremos el paso lo más agradable que se pueda.

Elena no tuvo más que obedecer y volviendo a su casa se puso a hablar con su hijo de este importante asunto.

—¿Te quieres confesar, hijo mío? —le dijo acariciándolo.

—Yo no.

—¿Por qué, mi vida?

—Porque les tengo miedo a los padres porque regañan.

—Pero el padre Juanito no te regañará, sino que te mandará juguetes, si eres buen muchacho.

—Yo no soy muchacho.

—Quiero decir, si eres un niño fino y bueno.

—Niño fino lo soy, tú me lo has dicho.

—Pero no eres bueno.

—¿Por qué?

—Porque me pegas y me haces llorar, y confesándote, en lugar de hacerme llorar, me harás cariños.

—¿Y eso es ser bueno?

—Sí.

—¿Y si soy bueno que me das?

—Todo lo que quieras.

—Pues ya soy bueno, dame dos reales.

—Todavía no, hasta que te confieses.

—¿Y cómo me confieso?

—Yo te lo diré. Esta noche empezaremos el examen de conciencia.

—¿Y me das dos reales?

—Después.

—No: dos reales por el examen y dos reales por la confesión.

—Pero si esas cosas no se pagan con dinero.

—¿No? ¿Pues con qué?

—Las paga Dios.

—¿De veras? Pues mejor para mí; porque Dios me las paga por su lado y tú por el tuyo. Tú que no eres Dios me darás cuatro reales o no hay examen.

—Chucho, Chucho ¡qué malo eres! —exclamó Elena afligiéndose—. De eso también te has de confesar.

—¡Adiós! ¿de todo?

—De todo, sí señor.

Este diálogo y otros muchos del mismo género precedieron a la primera confesión de Chucho, quien cedía a todo y docilitábase a peseta por transacción.

El día en que Chucho se confesó, estaba rico.

Siguió la comunión, y ese día Chucho estuvo muy bien; su mamá le dijo que estaba muy bonito, que tenía una estrella en la frente y que los ángeles habían de bajar a tomar con él el chocolate; a cuyo efecto, la criada le enfloró el desayuno.

Chucho estuvo más contento que nunca; le pidió perdón a la criada por las patadas que le había dado varias veces, y ofreció solemnemente no volver a ser manilargo.

Después de la primera comunión, Chucho pasó a una escuela de niños, en donde los niños grandes lo bautizaron el primer día con el apodo de «el Ninfo».

Chucho, a pesar de haber cumplido siete años, conservaba su aspecto dulce y delicado.

Elena bañaba a Chucho cada tercer día, y antes de vestirlo le ponía en todo el cuerpo polvo de haba aromatizado y le sujetaba todas las noches el cabello con plomos o papelitos para que amaneciera rizado.

Chucho tenía hermosa cabellera, que hacía muy buen efecto en su frente blanca y tersa, y realzaba las ligeras tintas color de rosa de sus mejillas.

Sin embargo de que Elena era un terrón de amores y era tan dulce y tan buena, solía tener sus arranques, en medio de los cuales se acordaba de que todos la acusaban de consentidora; y entonces la ira sustituía a la debilidad de carácter y descargaba en Chucho todo su furor.

Pero como quiera que estos rasgos de rigor no eran sino resultado de accidentes extraños a la educación de Chucho, sucedía que Elena azotaba a su hijo cuando menos debía castigarlo.

Esta anomalía, que por desgracia es muy frecuente, producía este efecto: Chucho no recibió nunca un castigo sin unir la impresión del daño recibido a la de la injusticia cometida.

Éste es el camino más corto para desprestigiar a todo poder ejecutivo.

Y allí donde la razón se declara impotente y recurre a la indicación brutal, allí estaba el reproche y el desprestigio: de manera que por esta senda podría afirmarse que mientras más graves fueran las faltas que Chucho cometiera, más nulo sería el correctivo, supuesto que si éste era equivalente, había de ser calificado de injusto por Chucho.

El amor había deshojado allí un heliotropo y se había quedado riendo.

Chucho entre dos existencias femeniles, era acariciado doblemente. Su mamá lo quería, le daba juguetes y lo azotaba.

Chucho descansaba de su mamá con su nana, se entretenía con ella y ella sabía divertirlo a las mil maravillas. A su nana le aprendió cuentos, versos y juegos; con su nana dormía, y con su nana despertaba.

Elena, entre todas sus prendas tenía esta: era celosa.

Tenía la virtud de los amantes tontos. Y tanto llegaba Chucho a entretenerse con la criada, que Elena lo resentía y se indisponía formalmente.

Elena se lo contaba todo a su director espiritual.

Un día le hizo esta consulta:

—Padre, tengo un escrúpulo de conciencia.

Veamos prácticamente de qué manera los correctivos crueles suelen producir efectos contraproducentes.

El amor que toma en este pícaro mundo tan sinuosas sendas, que opta por las curvas y caracolea, y que se ha propuesto ir de ceca en meca haciendo diabluras; el amor, decimos, retratado en Grecia con aljaba y flecha, y en París retorciéndose el bigote y fumando; el amor tenía más que ver con Elena y Chucho de lo que a primera vista parece.

Chucho vivía entre dos amores. Elena entre otros dos. La criada de Elena entre otros dos. Y Pérez también entre otros dos.

Chucho era amado por su madre y por su criada. Elena por su criada y por Pérez. Pérez amaba a Elena y a Chucho. Chucho amaba a Elena y a la criada, y la criada a su ama y a Chucho.

—¿Qué es ello, hija mía?

—Tal vez sea ridículo.

—Habla.

—Estoy celosa.

—¿De quién?

—Le diré a usted, padre; mi hijo está mejor con su nana que conmigo.

—¿Y qué hace?

—Como su nana lo entretiene y lo divierte tanto…

—Pues ahí tienes la explicación.

Elena fingió darse por satisfecha, pero estaba segura de no haber hecho más que media consulta.

La otra media le estaba dando vueltas en la conciencia.

—Mejor será observar —pensó en seguida.

Y quién sabe cuántas cosas pensó después Elena: tenía, como muchas mujeres, gran facilidad para dejarse llevar de su fantasía.

Un día Elena se levantó viendo negro: estaba indispuesta, nerviosa, biliosa, de mal humor.

Oyó reír a Chucho con la criada con la mayor frescura y naturalidad: la criada huía de Chucho que la perseguía con un fuete.

Elena se lanzó furiosa sobre Chucho y sin decirle ¡agua va! le aplicó una azotaina inquisitorial.

Chucho dió una docena de dos de pecho, y Refugio, que así se llamaba la «nana», impidió parte de la ejecución.

Chucho lloró con verdadero dolor: fue esta la más fuerte de sus impresiones y el primero de sus momentos amargos, y se ocultó en un rincón donde lo sorprendió el sueño.

Chucho se acostó sollozando.

Elena quiso desplegar un rigor que le pareció de muy bien efecto, dejando a Chucho abandonado a su suerte, y a su vez se acostó y se durmió bien pronto ufana de su ejecución de justicia.

—Ya soy fuerte —pensaba—. Ya es necesario un poco de rigor con este niño, que de otro modo acabaría por dominarme. Ya no me echarán en cara que lo consiento y lo malcrío; que duerma solo para que no se le olvide; durmamos.

Y Elena lo hizo como lo dijo, se durmió.

Veamos lo que entre tanto pasaba en el interior de Chucho.

Como hemos dicho sollozaba y aun le escocía el ardor de los azotes.

La sangre había fluido al lugar del castigo, los tejidos se habían inyectado y se estaban produciendo todos los fenómenos fisiológicos de la flagelación.

Chucho encontraba cierto consuelo triste en sus propios sollozos, y poco a poco su dolor físico y su dolor moral se iban modificando en la irradiación de ondas luminosas que esmaltaban su sueño.

El dolor físico iba tomando nueva forma y ya más sentía calor que dolor.

La cesación de dolor es el punto donde empieza el placer: cuando una punzada va a terminar recibimos un aviso placentero que abrevia el padecimiento.

Chucho sentía que ya se iba a acabar el dolor, y probaba la entrada al bienestar, y este momento era de tal manera grato en la inmovilidad, que Chucho procuraba volver a probarlo moviéndose en sentido de hacerse daño nuevamente para volver a sentir el acabamiento.

En la mente de Chucho había una cosa en primer término, a pesar de todo y sobre todo: la imaginación del niño se había avivado y los objetos que se presentaban en el campo de su fantasía se dibujaban con una lucidez inusitada: el mismo Chucho hallaba placer en sus visiones, las acariciaba como un poeta acaricia sus primeras inspiraciones.

Chucho iba entrando física y moralmente a un bienestar desconocido, al campo virgen de elucubraciones peregrinas: era una región poblada de luces, de deslumbramientos, de intuiciones y de deleites de un género enteramente desconocido.

La excitación nerviosa, el sacudimiento de toda la máquina, la impresión dolorosa, el equilibrio de la circulación con sus fenómenos congestivos por afluencia y depresivos con el efecto del síncope, estaban produciendo aquella revolución.

En medio de aquella región, en la que el niño entró por la puerta de las lágrimas, se destacaba una imagen: Refugio.

Refugio adquirió la brillantez de todo el panorama; se enaltecía.

Refugio tenía en aquel mundo más amor, más caricias, más consuelos; Refugio se le aparecía enternecida, amorosa, buena, como la paz, como la compensación. Así se durmió Chucho.

IX. Un negocio grave en la casa de don Pedro María

El 25 de septiembre la casa de don Pedro María presentaba distinto aspecto que la noche del 24.

El placer había dejado su huella por todas partes, y reinaba el desorden como en un campo de batalla, y no obstante, aquel desorden era atractivo porque avivaba los recuerdos placenteros de la noche del baile.

La vigilia había marchitado las rosas juveniles; Mercedes y Angelita estaban desveladas, habían reñido con el tocador y con la luz, y fluctuaban entre la desazón de la velada y los mil recuerdos dulces de la pasada fiesta.

Doña Rosario se había manifestado displicente, y tanto Mercedes como Angelita contemplaban con sobresalto que por aquel lado había una nubecilla en el horizonte que presagiaba tempestades.

En cuanto a don Pedro María, estuvo como siempre; pero a solas con su mujer y ya recogido el matrimonio, hubo un diálogo íntimo que, habiendo llegado hasta nosotros por fidedigno conducto, lo transmitimos hoy a nuestros lectores.

Don Pedro María rezó todas sus devociones, que eran largas, y doña Rosario, por su parte, aunque fingía hacer lo mismo, en realidad pensaba en algo que la preocupaba más que los Padres nuestros de todas las noches.

Al fin llegó el matrimonio al momento en que se daba las buenas noches para apagar la vela.

Doña Rosario, en vez de apagar la vela, tomó la palabra.

—Es necesario —le dijo a don Pedro— que pensemos muy seriamente en una cosa.

—¡Ave María Purísima! ¿En qué cosa, mujer?

—No te alarmes, y si yo me anticipo es porque ya sabes que a mí nada se me va y porque siempre es bueno estar prevenidos para lo que pueda suceder.

—¡Pero de qué se trata! —exclamó don Pedro María sobresaltado— ¿qué ha sucedido?

—Nada… es que yo he notado lo de Merced.

—¡Lo de Merced! Pero ¿qué ha hecho Merced?

—Ten calma; no ha hecho nada, pero… lo de Carlos… porque, en fin, yo creo que se quieren.

—Acabaras, mujer; si eso es todo ya veremos; estaremos a la mira, y si el muchacho viene con buenas miras…

—Si, en cuanto a miras yo creo que las tiene buenas; él es un caballero, y yo ya tengo mis informes; además, Carlos no es un millonario, pero en fin, tiene por su familia algo, y por ese lado la muchacha no iría mal.

—Pues bien, si ya has adelantado todo eso, debemos darnos de santos con que el primer novio de la muchacha preste garantías.

—Pero hay una cosa.

—¿Qué hay?

—Que me parece que no vamos conformes en ideas.

—¡Cómo!

—Quiero decir, Carlos es muy buena persona.

—¿Entonces?

—Es un poco libre.

—¡Vamos, vamos, mujer! Explícate ¿en qué te fundas?

—Pues oye, he escuchado una conversación que no me ha gustado. Hablaba Carlos con el Licenciado y ninguno de los dos se fijó en que yo estaba inmediata.

—Bueno ¿y qué?

—Que Carlos habló mal del clero.

—¡Hola, hola! ¿pero estás cierta?

—Ya sabes que tengo buen oído y por lodo lo que pude notar, Carlos tiene ideas que no me gustan.

—Te habrá parecido.

—No y no; que bien sé lo que digo; le oí decir clarito que es «demócrata».

—¿Oiga?

—«Demócrata» ¿está bien dicho?

—Sí.

—¡Vaya! y muchas cosas más que no digo, pero que, francamente, no me gustan; ya comprenderás que estoy muy poco dispuesta a darle mi hija a un hereje, a uno de estos libertinos que, so pretexto de ilustración, tienen ideas escandalosas.

—¿Y qué te parece que debemos hacer?

—Mira, me ha ocurrido que busquemos una persona que lo trate y que procure averiguar cuales son sus ideas con respecto a la religión.

—Me parece más sencillo que yo…

—No, tú lo echas a perder y, sobre todo, Carlos tendrá cuidado de no revelarle la verdad.

—¿Y has pensado en la persona a propósito para ese encargo?

—El señor cura sería muy a propósito; pero sucedería lo que contigo, que Carlos no se externaría lo suficiente… ¡Ah! ya caigo, ya sé quién es el más a propósito.

—¿Quién?

—Pérez; Pérez es hombre timorato; Pérez frecuenta, que yo lo he visto, y tiene además su talento y en siendo cosa nuestra, es seguro que pondrá sus cinco sentidos en complacernos.

—Pues me parece muy bien; mándalo llamar mañana, le das la consigna, lo instruyes bien y que él haga el resto.

—Eso es.

—¿Y en cuanto a Merced?

—Creo que lo quiere, y me temo que la muchacha esté fuertemente impresionada.

—¿No le has hablado?

—Estoy preparando una entrevista, y para esto lo primero que he hecho es procurar que Merced se confiese.

—Muy bien hecho.

—Y en saliendo de la iglesia le hablo y así, ni como ocultarme nada, me espeta la verdad monda y lironda.

—Me parece todo muy bien pensado, y que Dios te ilumine.

—No tengas cuidado.

—Pues mira lo que son las cosas, al principio me pareció que me ibas a hablar de Angelita.

—Ése es otro asunto, pero acerca de eso estoy más tranquila; porque lo que es González se confiesa con el padre Espinosa y no hay cuidado.

—¿Supongo que también estarás en observación?

—Por supuesto.

—¡Cómo ha de ser! Ya las muchachas empiezan a prepararnos pesadumbres de otro género. ¿Y Pablito?

—Pablito es un buen muchacho.

—Pero esas ideas tan tristes…

—A pesar de eso viene temprano a casa y hasta ahora no le he notado inquietud particular.

A poco rato de esta conversación, el matrimonio se santiguó de nuevo y se durmió.

Al día siguiente Pérez recibió un recado de doña Rosario y acudió a la cita sin tardanza.

Como el asunto de que se iba a tratar no debían enterarse ni remotamente las muchachas, la cita que doña Rosario le dió a Pérez fue para la iglesia de la Merced en la misa de ocho.

Pérez concurrió y doña Rosario llamando a Pérez hacia un lugar apartado del atrio, le manifestó su plan, le encareció la necesidad que había de obrar con suma cordura y circunspección, y quedaron convenidos de que desde ese momento Pérez sería, no sólo la policía de Carlos, sino su explorador en la parte moral.

Dado este primer paso, doña Rosario pasó a inquirir la disposición de ánimo de Mercedes y después de prepararla por el método, que, según doña Rosario, le parecía infalible, entró en materia.

—Vas a decirme la verdad en todo lo que te pregunte —le dijo— recuerda que acabas de comulgar y que sería una cosa indigna de ti y muy ajena de una buena hija y de una buena cristiana engañarme en un día de pureza y de santidad; con que vamos a ver; tú amas a Carlos.

Merced quedó silenciosa.

—No me lo niegues, porque ya sabes que a mí no se me va nada por alto. Responde.

—Sí señora, no lo puedo negar.

—Y antes de entregarle tu corazón ¿no te has puesto a pensar si será un hombre que te conviene? Porque ya sabes que las apariencias engañan y no sería extraño que fueras saliendo con que el señor don Carlos es un libertino.

—Permítame usted decirle —dijo Merced toda turbada— que hasta ahora nada hay que valga la pena de contarse. Carlos, es cierto, me trata con predilección y con cariño, pero no me ha hablado de amor.

—Pero tú lo quieres.

—Le profeso cariño y gratitud porque él se hace acreedor a ello con su conducta.

—Pues estos son asuntos muy delicados y es necesario no obrar con ligereza.

—Estoy dispuesta a obedecer a usted en todo.

—Bueno: empezamos porque no verás a Carlos sino cuando a mi me parezca conveniente, y eso después que yo tome mis informes.

Doña Rosario quedó muy satisfecha de sus procedimientos, y ufana de sus triunfos, le comunicó sus impresiones a don Pedro María.

En cuanto a Merced, sintió por medio de esa intuición delicada de las mujeres el presentimiento de futuras disensiones y contrariedades.

Su amor acababa de recibir el impulso secreto de la dificultad, que es el agente más eficaz de los amores, y Merced se enteró de que amaba a Carlos más de lo que ella misma pensaba.

A doña Rosario le pareció que era preciso no omitir medio alguno para aclarar aquella importante cuestión que la preocupaba incesantemente. Comenzó por contarle sus impresiones y comunicarle el asunto a varias de sus amigas de confianza, pero de una manera reservada y confidencial.

Las amigas de doña Rosario, hicieron a su vez la misma confidencia a sus amigas, reencargando el secreto, y de boca en boca y de vieja en vieja, este asunto llegó a tener toda la popularidad de un secreto femenil.

En cuanto a Pérez, debemos decir que la consigna de doña Rosario tenía para él más importancia de lo que parecía a primera vista.

Pérez era un arbitrista completo y acabado y profesaba la útil teoría de no hacer ascos a gaje, propina, arbitrio o trabajo de ningún género.

Pérez se preciaba de saber ganar su vida por medio de mil arbitrios desconocidos de muchos.

Efectivamente, según el mismo Pérez decía, no daba paso sin linterna y en un solo día sabía ser testigo en dos o tres juzgados, redactar una solicitud para una viuda, empeñar una prenda, conseguir dinero a premio, ajustar un entierro, hacer una correduría y llevar diez recados.

Pérez pesó una a una las palabras de doña Rosario y desde luego calculó que había mejorado su posición, pues poseía un secreto explotable.

—Don Pedro María —pensó— es hombre influyente con los padres y bien podría conseguir una capellanía vacante. ¿Y para qué quiero capellanía? ¡Ah! ya caigo, para Chucho el hijo de Elena, y ya que a ésta no la puedo obsequiar debidamente por lo precario de mi situación, la podré ofrecer la capellanía. En cuanto a Carlos, tiene demasiados asuntos como hombre rico, y en haciéndome necesario habrá algo que esperar.

—Yo hago todo esto —continuaba— porque es preciso ante todo no dormirse y arbitrar recursos por cuantos caminos se presenten.

Todo esto lo pensaba Pérez en camino para la casa de Carlos.

—Pero soy un cándido —dijo parándose de repente—. ¿Con qué pretexto me presento? Entrar hablando del asunto es una torpeza, hacerle una primera visita sin motivo… ¡Ya está aquí! —exclamó gozoso—. Adelante.

Entre los negocios que Pérez tenía pendientes ese día, contaba con el encargo que le habían hecho de vender una purera.

—¿Señor don Carlos?

—¿Qué hay, Pérez?

—¿Cómo le fue a usted de desvelada? ¿No ha habido novedad notable?

—No, ninguna; gracias.

Hubo una ligera pausa.

—Siéntese usted —dijo Carlos.

—Gracias, señor don Carlos, tengo mucho qué hacer —contestó Pérez sentándose y luego continuó—: vine a traerle a usted… ¡Ah! se me olvidaba… parece que «por allá» sí ha habido alguna novedad.

—¿Por allá? —repitió Carlos—. ¿Por la casa de don Pedro María?

—Exactamente: parece que Merceditas estaba algo indispuesta.

—¿Es posible?

—Sí, pero nada de cuidado. Con que… me voy… sólo vine a traer a usted su purera que dejó olvidada.

—¡Mi purera! Yo no fumo puro.

—¿No es de usted esta purera? —preguntó sacando del bolsillo la purera que le habían dado a vender.

—No, no es mía.

—¡Ha visto usted cosa más rara! ¿Con que no es de usted? Pues lo que es yo lo hubiera jurado, tal creí haberla visto anoche en las manos de usted.

—Pues no es mía.

—¿De quién será? ¿De quién será? ¿Usted no se figura?

—Absolutamente.

—Estoy en que Merceditas me dijo que era de usted; ¡pobre Merceditas!

—¿Por qué dice usted eso?

—No, nada; por nada, sino que como la familia… ya sabe usted lo que son las señoras, especialmente cuando son tan timoratas como doña Rosario.

—Y bien ¿qué sucede?

—No, nada; es que yo no quiero andar trayendo y llevando, porque no me gusta meterme en estas cosas, porque una cosa es que uno oiga y sepa lo que pasa y otra es andar diciendo lo que uno no sabe si convendrá decir o no.

—Pero por fin ¿de qué se trata?

—Señor don Carlos; no baga usted caso; yo digo esto porque vino al caso, pero por lo demás no me meto, y usted me dispensará. Tiene usted la bondad de decirme ¿qué hora es? Porque tengo una cita, para ver si me dan una colocación; porque ya ve usted, señor don Carlos qué malas están las cosas, y que para cada destino hay diez pretendientes y se vive con un trabajo, que sólo Dios sabe. Con que ¿qué horas son?

—Las diez van a dar.

—¿Me permite usted?

—Pero es, que yo desearía saber.

—Le pido a usted mil perdones pero la cita era entre nueve y diez, y temo llegar demasiado tarde, ya sabe usted que cuando uno solicita es necesario andar muy listo.

—Pero… en fin ¿volverá usted?

—Si usted lo quiere así, señor don Carlos estoy para servirlo.

—Bueno, espero a usted.

—¿A qué hora?

—En la tarde ¿le será a usted posible?

—En la tarde, en la tarde —murmuraba Pérez hablando consigo mismo—. Permítame usted… a la tarde… a la una, a las dos, a las… Entre cuatro y cinco estaré aquí.

—Está bien; esperaré a esas horas.

—Porque… en fin… si usted tiene interés en saber ciertas cosas, y en esto puedo prestarle un pequeño servicio… yo tendré mucho gusto. Ya sabe usted que en la casa de don Pedro María tienen la bondad de considerarme, y yo se lo agradezco, eso es otra cosa, porque en fin, yo nada valgo… Pero la señora para todo cuenta conmigo, y el señor don Pedro María (tan bueno) no hace nada sin contar con Pérez. ¿Que se trata de baile? Que venga Pérez. ¿Que se trata de día de campo? Que venga Pérez. Y Pérez para cobrar, y Pérez para esto y Pérez para lo otro y lo de más allá; y yo a todo, señor don Carlos y firme como el Santo Dios. ¿Con que entre cuatro y cinco, no, señor don Carlitos? Aquí me tendrá usted, y en todo lo que le pueda servir…

—Gracias, Pérez.

—Con que adiós, adiós, hasta la tarde.

—Adiós, nos veremos.

—Sí, por supuesto, entre cuatro y cinco, muy bien. Con que… voy a preguntar de quién es la purera.

Pérez salió de la casa de Carlos lleno de ilusiones. Carlos pensó que sería conveniente tener a Pérez de su parte.

Lo mismo se había quedado pensando doña Rosario cuando se separó de Pérez, porque creía tener en él un agente activo, eficaz y muy a propósito para sus planes.

Merced, sobresaltada con lo que su mamá le había dicho, pensó en que era preciso tener alguna persona de su parte y por medio de la cual se pusiera en conocimiento con Carlos, y esa persona debía ser Pérez.

Don Pedro María, al día siguiente de la conferencia nocturna, se levantó diciendo para sí:

—Después de todo, ese Pérez es buen hombre y es necesario seguir contando con él para todo, es tan servicial y tan honradote…

Hasta Elena había pensado también, después del baile, que Pérez no tenía precio.

—¿Qué haría yo sin Pérez? —decía—. ¡De cuántas apuraciones me ha sacado Pérez! Ya no me va pareciendo tan feo. Y lo que es las boleras las baila bien; pero ya se ve, si todo lo hace bien Pérez.

He aquí de qué manera Pérez era en todas partes el hombre de la situación.

X. En el que se ve que en materia de amor, el rodeo suele ser el camino más corto

Merced después de los consejos de doña Rosario, y Carlos después de las reticencias de Pérez, pensaron por primera vez formalmente en que se amaban.

—Me ha hecho impresión lo que me ha dicho Pérez —pensaba Carlos— y esto es porque Mercedes me interesa más de lo que yo creía; y como cada casa es un mundo, sabe Dios lo que estará pasando en la casa de don Pedro por mi causa, sin que yo me aperciba de ello. Yo hasta ahora no he querido hacer la menor declaración, ni comprometerme a nada… ¡Qué diablo! Esto del matrimonio es una cosa seria y todavía no quiero dar paso en un sentido determinado; pero, por otra parte, tal vez esté yo siendo la causa de algún trastorno de familia… De todos modos Pérez me sacará de la duda y me pondrá al tanto de lo que pasa.

La actividad de Pérez tomó creces, y su facultad de locomoción y su verbosidad tuvieron ancho espacio.

A doña Rosario le dió cuenta de su comisión, buscando mil medios ingeniosos de hablarla aparte, sin que de ello se apercibieran las niñas.

—Vamos bien —le dijo en un aparte, dramáticamente buscado—. Nuestro hombre me espera entre cuatro y cinco.

Pérez sabía que era de muy buen efecto esto de «nuestro hombre» en lugar de «Carlos» porque de este modo no mentaba personas y corroboraba su fidelidad, su secreto y su confianza.

Para Merced tuvo también Pérez un momento propicio.

—Quiero preguntar a usted una cosa, Pérez.

—Estoy a la orden de usted, Mercedita; ya sabe usted que la quiero como si fuera usted mi hija.

—Ya lo sé, y si no fuera por eso…

—¿Qué desea usted?

—¿Ha visto usted a Carlos?

—Calle usted, criatura; mucho cuidado, mucha mesura, que las cosas se están poniendo color de agua tibia. Vea usted qué purera tan bonita; está buena para el señor don Pedro María.

—Mi papá chupa puros, pero chiquitos.

—Podían ustedes hacerle un regalito decente con ella; no vale más que doce pesos, es regalada, es toda cincelada, vea usted este bajorrelieve: representa el paso de las Termópilas.

—Es muy bonito… Con que ¿qué decía usted?

—Que la cosa se complica, mucho cuidado.

—¿Pues qué sabe usted?

—Yo nada, pero… cuente usted conmigo.

—¿De veras?

—Ya me conoce usted.

—Pues bueno, yo desearía hablar con Carlos.

—¿Y la mamá?

—Pues usted dirá.

—Yo lo arreglaré.

—¿Cómo?

—¿Tiene usted confianza en Angelita?

—Sí.

—Procure usted ir a misa el domingo sola con Angelita.

—Imposible.

—Pues por el balcón.

—Tengo miedo.

—Por la azotea.

—¿Y si me caigo? Yo nunca subo.

Doña Rosario cortó este interesante diálogo. Pérez se despidió y se fue hasta San Hipólito, a donde vivía Elena.

—En usted estaba pensando.

Pérez pensó esto: Todos están ahora pensando en Pérez.

—¿Sí? ¡Cuán dichoso soy!

—No empiece usted.

—No empiezo, sigo.

—¡Ay qué hombre!

—¡Ay qué Elena!

—¿Y yo qué tengo?

—¡Tantas cosas!

—Eso ya lo sé.

—¿No es verdad que tiene usted muchas cosas?

—Sí, muchas cosas que decir a usted.

—A más de esas, yo hablaba de otras cosas que usted tiene.

—¿No le digo a usted que ya empieza?

—¿A qué?

—A ponerse insoportable.

—Pero usted es muy buena y me soporta siempre.

—Y dale.

—No se enfade usted.

—Estoy de mal humor.

—¿Le ha sucedido a usted algo?

—A mí siempre me sucede algo.

—Dichosa usted; a mí nada me sucede.

—¿Pues qué quiere usted que le suceda?

—Algo.

—¿Cómo de qué?

—Que me machuque un coche, que me dé un tifo, que me den una estocada.

—¡Ave María Purísima! Está usted desesperado.

—Casi.

—¿Por qué?

—Usted tiene la culpa.

—Pérez, Pérez, tenga usted juicio.

—Vuélvamelo usted.

—¿Yo?

—Sí, usted me lo robó.

—Yo no.

—No, sus ojos.

—¡Ah que usted!

—Sí, eso es ¡ah que yo!

Y luego, fijando una larga mirada en Elena, exclamó como estallando:

—¡Cruel!

Elena bajó los ojos y al cabo de un rato dijo:

—Hemos de hablar con formalidad ¿sí o no?

—Como usted guste, usted manda y yo obedezco.

—¿Cómo le fue a usted de baile?

—Tengo las boleras pintadas en el corazón.

—¿Con qué? —preguntó Elena riéndose.

—¡Con fuego!

—¡Ah, qué horror!

—Y los pies de usted, aquellos pies color de azul celeste… a aquellos piesecitos les pone alas mi imaginación y se vuelven dos querubincitos.

—¡Oiga!

—Sí, Elena.

—Y se van al cielo, como son celestes…

—¡Ay! Y a mí me dejan en el infierno.

—¿Qué me cuenta usted, Pérez?

—Es usted muy cruel.

—Y usted muy chancista.

—Hablo de veras. Vamos a ver ¿qué le ha sucedido a usted, Elena?

—Me han pegado una cólera.

—¿Quién? ¿Quiénes? Porque aquí está Pérez para servirle a usted de… barricada.

—¿De qué?

—De barricada.

—Hábleme usted de modo que lo entienda, que no me gustan palabras dudosas.

—Barricada, hija, trinchera; quiero decir que usted se ponga detrás de mí.

—¿Y para qué?

—Para que yo reciba los golpes y los balazos, y usted se esté quieta y salva.

—¡Ah! ¿Lo decía usted por eso?

—Sí, por eso.

—Pues gracias, y oiga usted lo de la cólera.

—A ver.

—Figúrese usted que los muchachos de la escuela, los muchachos ordinarios por supuesto, le han puesto a mi hijo un sobrenombre.

—¿Un apodo?

—Sí, eso.

—¿Y cómo le han puesto?

—Chucho el Ninfo.

—¿El ninfo?

—Vea usted, Pérez, qué infamia, y todo porque mi hijo va aseado y bien vestido.

—Eso no es más que envidia.

—¡El Ninfo! Pues no faltaba más sino que mi hijo de mi corazón anduviera como un limosnero; no señor, primero pido limosna yo.

—¿Y ese es el motivo de la cólera?

—Sí, Pérez, quiero que inmediatamente vaya usted a buscar otro establecimiento en donde poner a Chucho.

—Pero si ya iba aprendiendo.

—No le hace, yo no he de permitir que maltraten a mi hijo ni que le pongan nombres.

Pérez informó a Elena de cuáles eran los mejores preceptores, y le dió, como en todas, noticias frescas en esta materia.

El runrún del casamiento de Mercedes llegó a oídos del señor cura y del padre Martínez, quienes, echando una raya en el agua, como ellos decían, suspendieron una noche su tresillo, para hablar del asunto del matrimonio.

—A la verdad, señor don Pedro María, que yo ya tenía para mi capote lo que pasa; porque yo, como suele decirse, corlo el pelo en el aire —decía el padre Martínez—. Nosotros los eclesiásticos, por razón de nuestro ministerio, vemos las cosas de otro modo ¿me comprende usted?

—Es natural, padre Martínez. Yo les confieso a ustedes que soy un poco distraído en estos asuntos, pero descanso en mi mujer.

—Y hace usted bien señor don Pedro, porque doña Rosario es toda una señora, y ¡qué conciencia! ¡qué conciencia, señor cura! —agregó—. Oiga usted, da gusto. En eso sí, señor don Pedro está usted muy bien jugado, y la Divina Providencia lo ve a usted con ojos de misericordia, porque, sin exagerarle a usted, se ven unas cosas… ¿No es verdad, señor cura?… Pero ¡cómo ha de ser, señor, cómo ha de ser!…

—Pero, como decía —insistió don Pedro— yo me descuido en estas cosas; pero ahora que se trata del asunto quisiera saber la respetable opinión de ustedes, en concepto de que, siendo cosa de conciencia, espero que se me hable con toda la franqueza…

—¡Ah! Eso por de contado, mi señor, ya no sólo por nuestro carácter sino como amigos de la casa…

—Pero es el caso que la cosa no parece muy sencilla.

—¡Cómo!

—Sí; parece que el señor don Carlos…

—¿El presunto? —preguntó el señor cura.

—Sí, señor cura —contestó don Pedro María— el señor don Carlos parece estar contaminado.

—¡Ave María Purísima! ¿Y de qué, mi señor don Pedro?

—Quiero decir, tiene sus ideas…

—¿Liberales? —dijo quedito el padre Martínez, como si hubiese pronunciado una obscenidad.

—En eso es en lo que yo no estoy muy al tanto; mi mujer me ha dicho que si Carlos tiene sus ideas y que si no es muy religioso, y que si ha tenido sus conversaciones, y que te fue y que te vino, y qué sé yo; pero es el caso que no tenemos bastante seguridad acerca de sus opiniones religiosas.

—Pues mucho cuidado, señor don Pedro, mucho cuidado; vea usted que esa es la base de la felicidad, y esto del matrimonio es muy expuesto.

—Sobre todo —agregó el señor cura— en estos tiempos en que las ideas de la desenfrenada democracia van tomando unas creces, que yo no sé a dónde irán a parar.

—En eso está mi dificultad, en que yo no sé asertivamente si Carlos es solamente inclinado a la libertad, o si ya sus ideas han tomado ese carácter tan marcado de protestantismo y de…

—¡Ah! ¡El protestantismo! La lepra de las sociedades, señor don Pedro María; Dios nos libre de ese azote.

—¿Cómo hiciera yo, señor cura, para averiguar la verdad? Porque decididamente no daré mi hija a uno de esos caballeritos ilustrados que, con pretexto de cultura, le espetan a usted una teoría disolvente traída de Europa.

—Por supuesto, señor don Pedro —dijo el cura— ante todo que sea buen cristiano.

—Escuche usted, señor don Pedro: yo tengo un medio seguro para averiguar exactamente las creencias de cada individuo.

—Veamos cuál es ese medio, padre Martínez.

—Yo tengo hechas sobre esto algunas observaciones.

—¿A. ver?

—Dígame usted, señor don Pedro ¿ese caballerito lee a Voltaire?

—No lo sé.

—¡Qué lástima!

—¿Por qué?

—Porque ese dato es precioso. Averigüe usted si el presunto novio de su hija lee a Voltaire, y ya lo tenemos acá todo. ¿Me comprende usted?

—Pero…

—Vea usted, señor don Pedro. Ese condenado Voltaire tiene una labia y un modo tal (sofístico por supuesto), que le convierte a usted un muchacho de la noche a la mañana.

—Es cierto —dijo el cura— y con razón sobrada se han quemado tantos ejemplares de sus obras.

—Pues yo tengo hecha esa observación, hombre que lee a Voltaire, hereje seguro.

—¿Sabe usted que no me parece mal? Con que decía usted, que el todo es averiguar si lee a Voltaire.

—Eso es.

—Y si lo lee es claro que le tendrá en su casa.

—Es probable.

—Pues caerle a su casa y dar una ojeada a sus libros.

—O preguntárselo.

—No lo confiesa.

—Dice usted bien.

—Entonces…

—Me ocurre una idea.

—¿Cuál?

—Que vaya una persona de confianza a hacerle una visita —dijo el padre Martínez.

—Me parece muy acertado.

—Y yo ya sé quién es esa persona.

—Y yo también —dijo el cura.

—¿Quién? —preguntó don Pedro.

—Pérez —dijo el cura.

—¿Pérez? —repitió el padre Martínez.

—Pérez —repitió don Pedro— sí señores, Pérez, y ya eso lo tenía dispuesto, y ya fue.

—Y qué resultó ¿tenía a Voltaire?

—Vea usted, lo de Voltaire no me había ocurrido; esa es idea de usted; pero sí lo de explorar sus creencias religiosas.

—Pero en fin ¿qué dice Pérez?

—No ha venido.

—Pues eso es lo que hay que hacer, y nada más.

—Pero ¿no se sabe —agregó el cura— que ese señor don Carlos frecuente los santos sacramentos? En fin ¿no se sabe quién lo confiesa y si va a misa?

—No —contestó don Pedro— nosotros nada sabemos de eso.

—Pues también es un camino.

—Ya lo creo: en la práctica del culto se dan a conocer unos a otros los fieles.

—En todo caso, señor don Pedro —dijo el cura— le aconsejo a usted mucha previsión y cuidado, porque el asunto es de los delicados.

Esa misma tarde, Pérez había estado entre cuatro y cinco en la casa de Carlos.

—Estoy a las órdenes de usted, señor don Carlitos, ya pareció el dueño de la purera. ¿Cómo le ha ido a usted? Parece que he sido exacto; así soy yo para mis citas, porque no me dé usted persona de esas a quienes usted cita a las cinco y vienen a las diez: yo no, yo soy inglés, aunque mi color me agravia. ¿Qué ha pensado usted, señor don Carlitos?

Carlos resistió esta andanada con calma, y luego dijo:

—Me ha picado usted la curiosidad, con las noticias que me dió esta mañana.

—Con razón, señor don Carlitos, con razón; comprendo muy bien su inclinación de usted. Merceditas es una perla, que puede hacer la felicidad de un hombre, y ante todo, le felicito a usted por su elección.

—Vea usted, lo que hay de cierto aquí es que hay una simpatía mutua, pero yo no he formalizado nada todavía.

—¡Ah! Pues ya por todas partes se habla de su matrimonio de usted; ya sabe usted lo que son las gentes, señor don Carlitos; y según he oído decir, la noticia se recibe con agrado generalmente, y hasta se ha asegurado que van tan acordes en ideas, que la familia está contentísima, porque dice que es usted buen cristiano. ¿Usted se confiesa con el padre Espinosa?

—No.

—¡Ah! Ya me acuerdo, con el doctor Aguirre.

—Tampoco.

—Pues vea usted, tal creía…

Después de una pausa, Carlos preguntó:

—¿Y la familia se ha ocupado de estos detalles? Tal vez desearía conocer mis opiniones y…

—Permítame usted, señor don Carlitos, lo que es la familia no creo que se haya ocupado de eso; pero las gentes, ya sabe usted, las tías y los parientes, que lo comentan todo. Yo por mi parte, como quiera que sé que en esto le presto a usted un pequeño servicio, no vacilo en darle cuantos datos crea usted necesarios.

—Gracias —contestó secamente Carlos.

—Y ya sabe usted que, tanto el señor don Pedro María como doña Rosario son tan escrupulosos…

—Francamente, desean saber lo que pienso y lo que creo.

—La familia hasta ahora… hasta ahora no, pero yo me lo temo; y debo advertir a usted a tiempo que cualquiera divergencia en ciertas materias de conciencia sería un tropiezo…

—Me alegro saberlo a tiempo, pues por mi parte no acostumbro ocultar mi fe ni mis principios.

—Hace usted muy bien, señor don Carlitos, porque ¿quién ha dicho que cada uno no es libre para pensar como guste? Pero no todas las personas son tolerantes; personas hay que no creen que puede usted hacer nada bueno, si es usted liberal; otras por el contrario, y vaya usted a averiguar el interior de todos, porque cada cabeza es un mundo. Y digo, en el caso en que a mí me preguntaran algo, porque en fin, yo soy como de la casa ¿qué será bueno que diga?

—¿De qué?

—Digo, de si, por ejemplo: sé ya si usted es o no es, de si usted frecuenta o deja de frecuentar, de si…

—He dicho a usted que no acostumbro ocultar mis opiniones.

—Bien hecho, muy bien hecho, así soy yo.

—De manera que, si le preguntan a usted, puede decir la verdad.

—Sí, la verdad es de caballeros. Y digo ¿aunque la verdad le sea a usted contraria?

—En todo caso.

—Quiere decir, que puedo decir que es usted…

—Liberal.

—¿Liberal? Bien, señor don Carlitos. ¡Liberal! Eso sí: lo mismo que yo; porque yo soy también liberal, pues no faltaba más. Pues está muy bien. ¿Y digo esto sólo en el caso en que me lo pregunten…?

—En todo caso, obre usted con libertad en el asunto.

—Muy bien, señor don Carlitos, porque… decía yo… pues como ya le había dicho a usted, esto va a ser una bomba porque en fin… la familia es así… ya sabe usted, es muy buena; pero el señor don Pedro es timorato hasta la exageración, y doña Rosario, le dice quítate que allá voy; y en el momento en que sepan que somos liberales, adiós amistad, y vea usted que lo digo con experiencia. Nada menos que el 24 ¿creerá usted que no invitaron a su compadre porque han dado en que es hereje? Pues sí señor; antes se lo bebían en un jarro de agua, y mi compadre por aquí, y mi compadre por allí, pero desde una noche en que el compadre se puso a hablar de las monjas, adiós compadre, como si se hubiera muerto; figúrese usted que fue a decir que si estaba contra el celibato de los señores sacerdotes, de que si debía hacer exclaustración como en España y quién sabe cuantas atrocidades más; el caso es, que dejó escandalizada a la familia, y el padre Martínez fue el primero en aprobar que se le diera de mano al compadre. Y desde entonces, para que vea usted lo que son las cosas, señor don Carlitos, desde entonces empezaron a encontrarle tantos defectos al pobre compadre, que de un hombre tan bueno y tan querido, hicieron el más odioso de los hombres; y quién viene a decir que ya se sabía que el compadre leía libros prohibidos, y otros, que si el compadre se había burlado de los milagros; en fin, señor don Carlitos, como yo, francamente le quiero a usted bien y me simpatizó usted desde el momento en que lo conocí, no quisiera que se volteara aquella casa, y lo tomaran a usted entre ojos y fuera usted tal vez a sacrificar sus inclinaciones porque, oiga usted, pues… decía yo… porque Merceditas lo quiere a usted bien; ya sabe usted, yo todo lo observo, y cuando usted llegó al baile yo iba a bailar con Merceditas, y creyendo ella que usted iría en seguida a sacarla, me hizo droga las cuadrillas, haciéndome creer que me las había dado Lupe; yo conocí la cosa, porque, qué quiere usted, soy penetrante y cuando uno anda en el mundo y rapa barba sabe muchas cosas; yo lo conocí y me di por enterado y bailé con Lupe; y no sólo esto sino lo que hizo en toda la noche.

—¿Qué hizo?

—¡Cómo qué! Señor don Carlitos, no perderle a usted movimiento; vamos, yo estoy seguro de que Merceditas se muere por usted y sería una lástima que…

—¿Está usted seguro?

—Segurísimo; sobre que la estuve observando toda la noche. Y hay más, pero no me descubra usted, señor don Carlitos, porque en fin, yo soy amigó de la familia y no quisiera hacerles una inconsecuencia; pero francamente he de hacer más por usted que por los demás; porque basta que sea usted liberal para que me crea yo obligado a servir a usted ya no sólo como su amigo, sino como su correligionario.

—Gracias, Pérez.

—Y digo; sé más todavía… pero, señor don Carlitos…

—Hable usted con franqueza, y en todo caso cuente usted con mi discreción.

—Me basta, me basta, señor don Carlitos, una palabra de usted es suficiente. Pues hay esto: ya picaron.

—¿Ya qué?

—Quiero decir, ya doña Rosario está sobre sí.

—Eso ya lo había notado.

—Y actualmente inquieren sobre si usted… ya usted sabe lo del compadre.

—¿Y Mercedes?

—Merceditas firme, señor don Carlitos, tan firme que… diga usted lo que es ella… si usted quisiera comunicarse secretamente estoy seguro que usted lo conseguiría.

—¿Le ha dicho a usted algo para mí?

—No, precisamente; pero yo conozco mi gente, y por lo que hemos hablado calculo que no sería difícil. Lo quiere a usted, señor don Carlitos, lo quiere a usted bien.

—¿Y me dice usted que puedo contar con usted?

—Enteramente, señor don Carlitos, enteramente: nuestras ideas y nuestra… Cuente usted conmigo.

—Gracias, Pérez, llegará la vez.

Esto lo dijo Carlos sacando el reloj y consultando la hora.

Pérez, que comprendió que la visita se había hecho larga, se levantó diciendo.

—¡Ah señor don Carlitos! Vea usted qué casualidad, esta mañana pasé por una mercería, y un amigo que tengo allí me dijo: «Vea usted, Pérez, usted que es persona de gusto, vea qué lapicero» —y me enseñó éste—. Mire usted, señor don Carlitos, qué lapicero tan primoroso, de oro, con semanario, con pluma y con una amatista ¿qué le parece a usted?

—Es muy bonito —dijo Carlos examinando el lapicero.

—¿No es verdad? Vaya si yo conozco el gusto de usted. Pues decía yo, el mercillero me lo enseñó y en el momento me vino una inspiración; me dije: este lapicero debe ser del señor don Carlitos, que es una persona tan elegante y de tanto gusto. —¿Cuánto vale? —Ocho pesos. —Me pareció dado y le dije al mercillero: lo llevo; a la tarde le traigo a usted su importe, seguro de que usted, señor don Carlitos, no se había de quedar sin el lapicero. ¡Imposible! Si usted es persona que sabe gastar ¿no es verdad señor don Carlitos?

—Bien: supuesto que lo tomó usted para mí, tome usted su importe —dijo Carlos dando media onza de oro a Pérez.

—No precisa, no precisa; me lo dará usted cuando guste: yo lo pagaré en la mercería, y luego…

—No hay necesidad.

—Pues será en todo como usted lo desea, señor don Carlitos. Y digo: nos veremos ¿cuándo? porque esto se queda pendiente.

—Sí, tengo quehacer. Nos veremos mañana.

—¿En la tarde?

—Sí.

—Pues hasta mañana en la tarde, señor don Carlitos.

Pérez bajó la escalera alborozado y triunfante; entró a un estanquillo para comprar puros con su media onza: como no hubo cambio, llevó los puros sin pagarlos.

Esto ya lo sabía Pérez antes de entrar al estanquillo.

En seguida paseó su media onza por varias partes, y la enseñó cuantas veces tuvo motivo para ello, hasta que por fin encontró al dueño del lapicero que se lo había dado a vender en cuatro pesos.

XI. De los ingredientes indispensables para un matrimonio por amor

En la casa de don Pedro María esperaban con ansia a Pérez para saber el resultado de su misión diplomática; pero como ésta no había quedado terminada en la primera entrevista con Carlos, Pérez prefirió no aparecer en la casa de don Pedro hasta saber a punto fijo el partido que debía tomar.

Entretanto las amigas graves de doña Rosario creían prestarle un verdadero servicio con tomar a pechos lo de los informes secretos, y desde el momento en que cayó aquel asunto bajo su dominio, no perdonaron medio, ni espionaje, ni pesquisa para averiguar la verdad; y entre si Carlos era santo o réprobo, desentrañaron las amigas de doña Rosario la historia privada de Carlos, quien, por su parte, estaba muy ajeno de ser la causa de aquella conspiración femenil.

Pérez había acertado: le había caído un negocio explotable, y su primer cuidado fue interesar vivamente a Carlos y a Mercedes, porque ésta era la base de sus combinaciones.

El amor de Mercedes y Carlos contó desde su iniciación con el poderoso estímulo de la contrariedad, sin la cual probablemente aquel amor no se hubiera desarrollado.

Para doña Rosario era una verdadera calamidad casar a su hija con un hombre que ante todas cosas no fuese timorato, y este era su único punto objetivo.

Don Pedro María, que desde que fue novio de doña Rosario, su mujer, tuvo la manía de conceptuarla mujer de talento, se había acostumbrado a seguir pasivamente el dictamen de su mujer, condescendencia que, por otra parte, cooperó y no poco a mantener una paz inalterable en el matrimonio.

A medida que los días pasaban sin que la gran cuestión que preocupaba a doña Rosario tuviese una solución terminante, se aumentaban las precauciones, en el fondo y en la forma inútiles, para cuidar a Mercedes.

Ésta comenzó a ser el objeto de una vigilancia enojosa, al grado de experimentar todas las pequeñas contrariedades de la tiranía doméstica.

He aquí por qué medio el amor de Merced encontraba más y más estímulo.

La primera intuición del amor había sido en Mercedes tan espontánea, como lo es la simpatía; pero desde el momento en que comenzó a sufrir por esta simpatía, comenzó el culto de su amor.

En Carlos se efectuaba igual reacción, y como el amor en el hombre propende al heroísmo, Carlos empezaba a creerse obligado por caballerosidad a redimir a Mercedes de la tiranía que sufría por su causa.

Pérez, entre tanto, no había llegado a aclarar la cuestión pendiente, no había podido satisfacer la insaciable curiosidad de doña Rosario.

—Pues bien —decía ésta— ¿por fin a qué debemos atenernos? ¿Carlos es liberal de esos que hay tantos y cuyas máximas van ya hasta la herejía y la impiedad, o es un hombre timorato y de buenas costumbres? Hable usted claro, Pérez; pues nosotros nos hemos fiado de usted, y esperamos que será usted leal y sabrá corresponder a nuestra confianza.

—Muy bien, mi señora doña Rosarito, todo eso está muy bueno ¿qué desea usted saber?

—Esto: ¿Carlos frecuenta?

—Eso es lo que no se sabe.

—Pues entonces no frecuenta: adelante. ¿Carlos es liberal?

—Quiero decir…

—Nada de ambajes ¿sí o no?

—Vea usted, mi señora, las ideas liberales no se oponen ni a la buena conducta, ni a la fe religiosa.

—Malo, malo, usted no me dice terminantemente que no es liberal, luego lo es.

Tales vió las cosas Pérez en la casa de doña Rosario, que creyó prudente aconsejar a Carlos que no se presentara en ella, y con este paso quedaron decididas las relaciones ocultas.

De este género de relaciones, han nacido las nueve décimas partes de los matrimonios desgraciados.

Si la misión de los hombres en sociedad es, considerada bajo una de sus fases, la de engañarse mutuamente, la misión de los amantes es, con doble motivo, la de representar una comedia sin público, en lo que, creyendo cada uno trabajar para su provecho, trabaja para su ruina.

Parecer bien al objeto amado, es el primer cuidado del que ama, y de esta manera se exhibe bajo su aspecto más favorable.

Este anhelo recíproco forma el falso pedestal de los amores, y si a esto se agrega la dificultad de la comunicación y el trato social, hallamos una solución de la palabra novio, dividida en dos palabras: no vió.

No viendo, permanecieron Merced y Carlos algún tiempo: el suficiente para excitar un deseo, para enardecer una ilusión, para fomentar un sentimiento y para formar un capricho.

De día en día se redoblaba la vigilancia y se aumentaban con esto los sacrificios y las privaciones, hasta que un día Carlos resolvió poner término a aquella situación, más por lo embarazosa y molesta, que porque la pasión por Mercedes lo hubiera colocado ya en el último extremo.

La formal pretensión de Carlos, unida a la certidumbre de que Carlos era liberal; fue una pesadumbre para la familia, y para la mayor parte de sus amistades.

Faltaba esta peripecia indispensable al amor de Carlos, para hacerlo aspirar al heroísmo; las cosas desde este momento tomaron un carácter alarmante y se tocaron, por ambas partes beligerantes, los recursos extremos.

Se hizo mudar a Merced de residencia y Carlos recibió un día la visita del padre Martínez.

Carlos a pesar de ver en el padre Martínez una ave de mal agüero, lo recibió con atención exquisita y la mayor afabilidad.

—Mi misión —dijo el padre Martínez— como ya habrá usted podido comprender, señor don Carlos, es altamente delicada y difícil, y si no fuera por mi carácter eclesiástico, crea usted que hubiera renunciado a serle a usted molesto.

—Usted no me molestará de ningún modo.

—Gracias, mi señor. El caso es que mi amigo el señor don Pedro María y su señora esposa, la señora doña Rosarito, desean que usted, oyendo los consejos de la amistad y las razones poderosas que les asisten para la oposición al pretendido enlace de usted, desista, así, buenamente de sus pretensiones. Nada le quitan a usted por supuesto, de su buena opinión y fama, ni tienen nada que decir de su caballerosidad y buena conducta; pero… mi señor don Carlos, usted comprenderá que estamos en unos tiempos en que las ideas de eso que dan en llamar el progreso de la humanidad, están siendo ya la causa de disensiones que llegan basta el bogar doméstico, y calculan definitivamente, señor don Carlos, que el matrimonio no puede ser feliz, supuesto que los contrayentes difieren esencialmente en ideas.

—De manera —interrumpió Carlos— que ni usted ni la familia, conciben que pueda haber felicidad doméstica que se concilie con ninguna idea de progreso y de libertad en el orden político.

—Así lo creemos, mi señor don Carlos.

—¿Aun cuando por parte de los que pretenden unirse, haya los elementos sólidos de la felicidad conyugal?

—¿Y cuáles son esos fundamentos?

—La educación, la moral, el respeto a las leyes civiles y a sí mismos, el amor y el deseo mutuo de agradarse. Me parece que con tales bases se hace basta ridículo tocar la cuestión de creencias políticas y creer este punto indispensable para la felicidad doméstica.

—Sin religión, señor don Carlos…

—Sin religión. Permítame usted preguntarle: ¿con qué derecho se juzga sin religión al hombre que profesa los principios liberales?

—Porque es un hecho.

—No es sino una superchería, una arma hipócrita de partido tal aseveración; y ya que tan abiertamente me llama usted a este terreno, entro en la lid con mucho gusto. El clero de México tiembla ante la idea de una reforma, como la que ha verificado ya el espíritu del siglo en otras partes; y bien convencido de que es inevitable su caída, y viéndola próxima, esgrime sus gastadas armas para embotar los golpes que le asesta la civilización de un pueblo que llegará a emanciparse de la tiranía religiosa, como se emancipó de sus dominadores después de tres siglos.

—Creo que lo preocupan a usted los buenos deseos de una transformación imposible. El pueblo mexicano es eminentemente católico; y aun añadiré lo que un predicador, compadre mío, decía hace muy poco en la cátedra del Espíritu Santo: «este pueblo es escogido de Dios. Non fecit taliter omni nationi, no hizo otro tanto con las demás naciones».

—¿Quién? —preguntó Carlos—. ¿Dios o la Virgen de Guadalupe?

—Su Divina Majestad por medio de Nuestra Madre Santísima, intercesora y prueba manifiesta de…

—Dejemos a Dios en el cielo, si usted gusta, y sigamos nuestro tema en el terreno de nuestros asuntos, porque nos hemos remontado mucho.

—Dios sobre todo.

—No hay quien lo niegue.

—Porque todo nos viene de Dios.

—Menos lo que nos viene de las malas pasiones.

—Por supuesto —contestó el padre Martínez un poco turbado y dejó hablar a Carlos.

Aquella entrevista, en la que el padre Martínez oyó más de lo que hubiera querido, terminó sin dar más resultado que la exacerbación de las pasiones.

Gracias a los buenos servicios de Pérez y a pesar de la vigilancia paterna, Mercedes y Carlos habían podido comunicarse varias veces, las suficientes para que los amantes hubieran tenido tiempo de reiterar sus mutuos juramentos.

Después de estos juramentos, los asuntos matrimoniales comenzaron a tomar un carácter alarmante, poniéndose en juego por parte de Carlos el resorte de la autoridad pública, y por parte de don Pedro María el de la autoridad eclesiástica, apoyado por todas las intrigas femeniles.

—¿Qué le parece a usted doña Rita, de la desgracia de Rosarito? —decía una vieja.

—¿Qué desgracia? —preguntó la interpelada.

—Que le casan a Merceditas.

—¡Es posible! ¿Y contra quién, mi alma?

—¿Cómo contra quién? ¿Usted no sabe cuando basta los muchachos lo chiflan? ¡Con don Carlos!

—¿Y no es del gusto de la familia?

—Cómo ha de ser si es hereje.

—¡Ave María! ¿Hereje?

—Sí, doña Rita, se ha averiguado todo; y vea usted, es una lástima, porque por lo demás es hombre de posibles.

—¿Pero es cierto lo que usted me dice?

—¡Vaya si es cierto! Sobre que no oye misa ¿lo creerá usted, doña Rita?

—¡Ah! Pues eso es muy serio; pero la oirá temprano.

—Ni de doce y cuarto; domingo por domingo nos hemos encargado algunas de las amigas de la casa de averiguar el hecho. A mí me tocó la última, y desde las cuatro de la mañana estuve esperando a que el mentado hereje saliera a misa, y nada; dieron las ocho y el señor en casa; las nueve y lo mismo; las diez y salió a la calle, y dije para mí, a misa de diez, lo seguí y entró, ¿dónde le parece a usted que entró? A una peluquería de donde salió a las once, a esa hora yo necesitaba ver por mí, pues como calculará usted, no era justo que por espiar al novio me quedara yo sin misa; porque él no había de cargar como yo, con mis once años de purgatorio.

—¿Y qué hizo usted para no abandonarlo?

—Puse a mi comadre en mi lugar, mientras fuí a misa de once a Catedral; salí en seguida y mi don Carlos parado en el atrio. —¿Qué ha sucedido? —le pregunté a mi comadre—. No se ha movido de allí. —¿Está usted segura? —Segura. —Pues bien, esperemos, porque falta la misa de doce y de doce y cuarto.

A los tres cuartos echó a andar y nosotros tras él: se paró a saludar a unas señoras… Yo no conozco a las señoras a quienes saludó y no le podré decir a usted qué cosa eran; ellas iban bien vestidas y una era muy bonita… en fin, puede que hayan sido buenas gentes… yo no sé… ni me gusta quitar créditos.

—¿Y luego?

—Dieron las doce, y dije ahora sí, a la misa de doce; oiga usted, mi alma; no era yo y me temblaban las piernas; deseaba yo que su Divina Majestad le tocara el corazón y se metiera a la iglesia, porque se me resistía extraordinariamente ir a dar a Rosarito la mala noticia; pero nada, dieron las doce y cuarto y mi hombre parado como si tal misa hubiera en el mundo.

—¡Jesús, María y José de mi alma! ¿Con que se quedó sin misa?

—Sí, señora; y nada de decir que por enfermedad o por ocupación, nada de eso; no oyó misa porque no le dió gana y porque, no se canse usted, es hereje, es hereje.

—¡Que no cabe duda!

—¿Y cómo quiere usted que doña Rosarito le dé su hija a un hereje? No, señor, primero muerta, dice la pobrecita: primero la vea con cuatro velas que esposa de un hombre sin religión.

—¡Qué horror! Tiene mucha razón doña Rosarito.

—Y luego, lo que ha seguido después.

—¿Pues qué ha seguido?

—Que el novio, el señorito, parece que es persona de resoluciones, y se ha presentado al señor Gobernador.

—¡Ave María! ¿Con que escandalito tenemos?

—Sí, mi alma, y grande, que va a estar eso para poner tablados.

—Pues no deje usted de contarme lo que pase.

—Ya le daré a usted noticias; siento que esté usted tan de prisa, que si no le había de contar a usted más de cuatro cosas.

Mientras las viejas se habían encargado de averiguar si Carlos oía misa, el padre Martínez llegó a averiguar lo que quería.

—El señor don Carlos lee a Voltaire, mi señor don Pedro María.

—¿Con que es posible?

—Sobre que me lo citó como autoridad en la conferencia que tuvimos…

—¡Qué calamidad! —exclamó don Pedro, y se quedó pensativo.

El padre Martínez también se quedó pensativo.

XII. Las posadas en la casa de Chucho el Ninfo

Necesitamos apartarnos por algún tiempo de la casa de don Pedro María, en espera de acontecimientos que valgan la pena de referirse, y volver a Elena y a Chucho el Ninfo a quien debemos dar la preferencia como el héroe de esta verídica historia.

Chucho había visitado ya tres establecimientos de primeras letras, y en todos ellos no había dejado la idea de llegar a ser un hombre instruido; y esto era porque Chucho contaba ante todo con su mamá.

—Como mi mamá me quiere tanto —decía— aunque no estudie, ella me dará lo que necesito hasta que sea yo grande.

Efectivamente, Chucho crecía sin necesitar más que a su madre.

A Refugio la iba necesitando menos cada día; aunque Refugio, como sucede siempre, conservaba el mismo cariño a Chucho y le ayudaba a Elena a admirarse del desarrollo precoz del hijo mimado.

Por lo que toca al pobre alamedero, había abandonado hacía tiempo la grata tarea de perforar la banca de la Alameda, en la que solía sentarse esperando en vano a Refugio.

Refugio había decidido no casarse por no salir de la casa de Elena, en la que tantos motivos tenía para estar contenta.

Pérez seguía simpatizando con Elena.

Elena y Pérez eran arbitristas.

Elena hacía dulces, fiaba ropas, prestaba a premio, marcaba pañuelos, bacía rifas y entraba a la lotería; todo esto sin contar otras industrias del momento que su espíritu mercantil nunca desperdiciaba.

Pérez, según lo hemos dicho ya, hacía cosas por el estilo; de manera que estos dos personajes se identificaban por sus tendencias y por su modo de vivir.

Desde que en la casa de don Pedro María había entrado la tristeza por los acontecimientos que hemos referido, relativos al casamiento de Mercedes, en la casa de Elena soplaba un viento favorable.

Hacía tiempo que Pérez y Elena estaban de buenas, habían hecho rifas sacándoselas ellos mismos. Elena se había sacado una lotería, y con esto y la exactitud en las quincenas, el bienestar se había aclimatado en la casa de Chucho el Ninfo.

Era diciembre.

Elena vivía en una casa de varias viviendas; pero Elena era la vecina más rica, la más «planchada», según expresión de las mismas vecinas, quienes en formal diputación invadieron un día la habitación de Elena para rogarle se pusiera a la cabeza de una tanda de posadas.

Elena no tuvo embarazo en ceder a aquella súplica desde el momento en que Chucho, que estaba aprendiendo a bailar, se empeñó en ello.

Las vecinas formularon un voto de gracias a Chucho el Ninfo, quien agregó a todas las que ya atesoraba, esta gracia más.

Pérez recibió con una triple sonrisa la noticia de las posadas; y la primera idea retozona que le vino a las mientes, fue la de regalar a Elena un par de zapatitos verdes.

Elena, por su parte, creyó no poder excusarse de bailar algunas noches las boleras con Pérez, y esta idea, también retozona, le arrancó a Elena delante de Pérez otras tres sonrisas; de manera que las sonrisas de Pérez por los zapatitos verdes, y las de Elena por las boleras, se confundieron al grado de que cualquier malicioso hubiera pensado en algo más que en boleras y zapatitos.

Procedióse solemnemente a formar un presupuesto del gasto de aquel novenario, y se convino en que las primeras noches se la pasarían sin música, conformidad humilde que Pérez, que tenía un recurso para cada circunstancia, se encargó de premiar, ofreciendo un tocador de arpa amigo suyo y poco pretencioso en materia de retribuciones.

Elena, que como hemos dicho, era curiosita de manos, transformó un panadero de trapo de la industria poblana en San José, una china en la Virgen, y compró mula y ángel, con lo que formó el grupo de los santos peregrinos.

Llegó el 16, y la sala de la casa de Elena estaba iluminada, y a las ocho en punto llegó el de la arpa con Pérez y la mayor parte de los vecinos.

Elena se arrodilló y comenzó las oraciones, que eran interrumpidas por coplas cantadas, en las que la voz de Pérez sobresalía, pues era la de cantar una de sus habilidades.

Pérez era músico de guitarra y cantaba canciones amorosas en los estrados; Pérez cantaba y tocaba la guitarra, acompañando al de la arpa, y un coro de voces gritonas y guturales, destempladas y desacordes, seguía a la música.

Llegó el momento de ponerse en pie y de encender las velas, porque se iba a entonar la letanía y a salir la procesión: multitud de muchachos tocaban pitos de caña que nada tenían de melodiosos, y la procesión comenzó a desfilar, rompiendo la marcha los muchachos, después los convidados de dos en dos; en seguida un grupo de señoras grandes rodeando a Elena, quien llevaba la primera voz, después Chucho el Ninfo tras de su mamá, con vela de cera; atrás las andas con los santos peregrinos, y Pérez y el del arpa cerrando la marcha.

La procesión recorrió toda la casa, cantando la letanía, hasta que llegó a una puerta detrás de la cual estaba un grupo de cantores que iba a recibir la posada, lo cual quería decir que iba a dar hospitalidad a los peregrinos.

Entablóse el diálogo consabido entre pretendientes y donantes, y al fin, según todos lo sabían, se abrieron las puertas y ¡aquí fue broma!

Pérez y el del arpa tocaron diana; los muchachos gritaron a reventar, y todos se desmerecieron de gusto porque llegaba la hora de «la colación».

La vecina a quien le tocó recibir la posada, obsequió a la concurrencia con confites, cacahuates y tejocotes, y a los muchachos y criadas, que eran muchos, les arrojó al suelo el resto de la colación.

Los muchachos y criadas se retiraron de la sala con su botín, y las personas serias quedaron instaladas en plena tertulia puramente profana.

Elena y Pérez cantaron una canción de estrado, sentimental y romántica, de largas y sostenidas fermatas que causaron la admiración de las vecinas.

—¡Qué linda voz —exclamó una vieja— Dios se la conserve a usted, mi vida!

—Estoy muy ronca —contestó Elena: contestación de estampilla de todas las cantoras de canciones de estrado.

—Y el señor Pérez —objetó otra anciana— tiene un timbre muy agradable.

—Gracias, señora.

—¿Y qué voz es la de usted caballero? ¿Es usted tenor?

—Como lo hago de afición…

—¡Ah! es usted lírico.

—Sí, lírico.

—¿No conoce usted la nota?

—Muy poco, la llave de sol…

—Pues usted debía dedicarse.

—Es muy linda la música.

—Que cante otra vez el No procures, mi mamá —gritó Chucho con su voz de tiple; y como Chucho era el niño de la casa, cada concurrente se creyó obligado por educación, a celebrar esta gracia, de manera que al grito destemplado de Chucho, resonó en la pieza un coro de risas en octava baja.

Pérez y Elena volvieron a tomar la actitud propia; quiere decir, Pérez tomó una silla y se colocó frente a Elena, y repitieron el No procures.

En seguida el del arpa cantó una tonadilla con voz de sochantre, que dió mucho que reír a la concurrencia, hasta las diez de la noche, en que cada uno tomó el camino de su vivienda.

A nadie se le abría la puerta de aquella casa después de las diez de la noche; pero Pérez era el hombre feliz y tenía buenas y antiguas relaciones con la casera, quien protestaba que sólo al señor Pérez, por ser Pérez, le abría la puerta.

Las vecinas que iban a recibir la segunda posada celebraron un importante concilio a fin de quedar mejor que la vecina de la noche anterior, y decidieron iluminar el patio con faroles de papel.

Nuevos convidados aumentaron la concurrencia, y esta noche, además de la parte lírica desempeñada por Elena y Pérez con el No procures y el de la arpa con sus tonadillas, se bailó una cuadrilla, pues entre los nuevos convidados vinieron cuatro pollos y algunas pollas más engalanadas de lo que convenía a lo humilde y pobre de aquella concurrencia.

Durante las tres primeras noches, aquellas posadas no habían llamado la atención; pero poco a poco se fueron aumentando y al del arpa lo sustituyó una música de bandolones, y se adicionaron a la colación algunas botellas de licores y algunos bizcochos.

Chucho comenzó sus estudios coreográficos y era el centro del grupo de las pollas, quienes, con la confianza que inspira un niño, si bien despierto, le acariciaban tiernamente.

Chucho era feliz.

Elena sonreía, con esta felicidad, aunque Pérez fruncía no pocas veces el ceño al contemplar esta misma felicidad.

Refugio, por su parte, se embelesaba viendo bailar a Chucho; y Refugio era con quien Chucho estudiaba de día lo que aprendía de noche.

De manera que sus adelantos en el baile fueron muy rápidos. Este arte no exige a sus adeptos ni la rigidez de miembros ni la severidad del guerrero.

Terpsícore gusta de la flexibilidad y la gracia, de la soltura y la ligereza.

Chucho tenía todo esto y entre las cosas que a Refugio le encantaban, eran los pies de Chucho; era un pie de mujer a propósito para el baile, pie gracioso y por sí solo subversivo y listo.

Chucho tenía veinte compañeras; entre las que se escabullía y charlaba como Periquito entre ellas.

Hechas las amistades en las primeras noches, en las subsecuentes reinó mayor animación y alegría, habían ingresado algunos militares que conocían a Elena, se había cuidado de invitar, escogiéndolas a propósito, pollas bailadoras, aptas y benitas; de manera que la tertulia iba cobrando más y más animación y el baile iba siendo el objeto principal de las reuniones.

Los oficiales convidados pidieron una noche, que les fue concedida, e introdujeron una verdadera revolución.

—Esta noche será cosa de no poderse presentar a la posada sino con guantes —decía una vecina pobre.

—Todo lo han venido a echar a perder los oficiales, si con razón no puedo ver a los soldados.

—Ya esto se volvió de tono —exclamó otra— yo ya no puedo competir con las que vienen.

—Es triste ponerse una en evidencia.

—¡Y tan bien que empezamos!

—Pero ya verá usted; los oficiales van a echar el resto.

—Como que son tan garbosos.

—Pues yo sí voy; ya pedí un vestido y un peinado.

—Pues yo no; que no están los tiempos para lujos.

—Ya mandaron dos cajas con botellas, los oficiales.

—¿Qué dice usted no más? Esto va a ser una borrachera espantosa.

Efectivamente, a las ocho de la noche la casa de Elena estaba inconocible; la concurrencia difería ya esencialmente de la de las primeras noches. La misma Elena se había permitido ponerse un vestido transparente y una rosa en el peinado.

Pérez encontró entonces una ocasión propicia para ofrecer sus zapatitos verdes.

Pérez, que se había puesto en manos del peluquero, apareció rizado y con chaleco blanco. El peluquero había empleado una hora en rizar la espesa cabellera de Pérez y, merced a este artificio, Pérez tenía en su fisonomía algo de esa entonación misteriosa que sólo una mujer puede definir.

Elena encontró bien a Pérez; hasta se lo quedó viendo.

Pérez conoció que sus rizos habían hecho efecto, y aprovechando esta buena disposición de ánimo, se atrevió a insinuarse.

—¡Qué linda está usted, Elena!

—¿Ya empieza usted?

—Ya: y con ardor, porque está usted más hermosa que otras veces. ¡Qué vestido! ¡qué cintura! ¡qué pecho! ¡qué…!

—¡Vamos, vamos! juicio, señor de los rizos.

—¿Le gustan a usted mis rizos?

—No; está usted más feo.

—¿Más? —preguntó Pérez clavando sus ojos negros en Elena.

Ésta, que por la mirada creyó haber dicho más de lo necesario, se corrigió, diciendo:

—Menos.

—¿Menos feo?

—Sí; más pasadero.

—Pues ya es algo. Oiga usted, Elena, todavía me están revoloteando en la cabeza aquellos zapatitos azules con que bailó usted conmigo las boleras.

—¡Oiga!

—Sí; son mi pesadilla.

—Ya me lo ha dicho usted cien veces.

—Me hacen soñar.

—Ya lo sé.

—Y en mi sueño hace pocas noches no los vi ya azules. —¿No? ¿pues de qué color?

—Verdes.

—¿Como la esperanza?

—Sí, como la esperanza.

Y Pérez inclinó hacia un lado la cabeza viendo a Elena con unos ojos muy tiernos.

—He querido realizar mi sueño.

—¿Sí, eh?

—¡Y qué bien le estarán a usted unos zapatos verdes esta noche!

—¿Sí? pues píntelos —dijo Elena riéndose.

—¿Se los pondría usted?

—¿Por qué no?

—Pues aquí están.

Y Pérez sacó de su faltriquera los zapatos verdes envueltos en un papel.

—¡Pícaro! —dijo Elena.

Esta palabra «pícaro» la saboreó Pérez como un vol-au-vent. Jamás había recibido un piropo más expresivo.

Elena, entretanto, contemplaba sus zapatitos verdes que le estaban pareciendo deliciosos.

No tardó en oírse en el patio una estruendosa música de viento, y toda la casa se estremeció como con una descarga eléctrica.

Comenzaron a entrar los convidados y las señoras venían esta noche más apuestas y engalanadas que en las anteriores: oficiales de riguroso uniforme, pollos con guantes y muchas personas desconocidas.

Todo lo que el rezo y las oraciones perdían en aquella noche en fervor y escrupulosidad, ganaron la procesión y el baile.

Elena, que seguía llevando la voz en el rezo, sincopó las oraciones, omitió Ave Marías, y todo lo hizo con una precipitación desusada.

Los oficiales obsequiaron a la concurrencia con preciosas canastitas con dulces finos, y después hubo profusión de bizcochos y licores.

El baile estuvo animadísimo y la concurrencia se entretuvo hasta las dos de la mañana, a cuya hora Pérez y Elena, a invitación de algunas personas, bailaron sus boleras.

Los pies de Elena hicieron un grande efecto en el Estado mayor.

—Capitán Núñez —dijo un subteniente— ¿parece que la viudita no le parece a usted mal, por lo visto?

—Oiga usted, tiene unos pies de lo mejor que hay.

Pérez, entretanto, se lamía un labio y se mordía otro.

Elena conoció que hacía efecto; observación que Elena había hecho repetidas veces y siempre con una atingencia extraordinaria.

Chucho ya tenía algunas pollas predilectas, sus compañeritas en el baile, pues en el curso de las posadas, Chucho, siguiendo sus instintos de niño y el gusto de su mamá, no había contraído amistad con pollo alguno; pero sí con todas las pollitas tiernas y acarameladas que le rodeaban.

Los oficiales anunciaron oportunamente a Elena que no habían querido privar a su coronel del placer de aquella posada y que le habían invitado, por parecerles a la vez un acto de buena educación.

—Han hecho ustedes muy bien —contestó Elena dándose por muy satisfecha.

A poco rato se presentó el coronel; venía también de uniforme: era un soldado de la República, un hombre como de treinta y ocho años, trigueño de buena barba, mirada de águila, buen porte y aire marcial; y con ese desparpajo y naturalidad del soldado que ha corrido el mundo saludó graciosamente a Elena dándole la mano.

Esta costumbre no estaba por entonces muy extendida, especialmente en la clase media; tanto que se consideraba como desatención o como una libertad imperdonable dar la mano a las señoras.

Pero a Elena no le pareció lo mismo sino muy al contrario: encontró aquella acción muy natural y prueba de una galantería de buen gusto.

El coronel entró con buen pie.

Pero cuando vió el de Elena, el coronel se sintió acometido violentamente por una simpatía viva y por un apego pertinaz.

Felicitó a Elena por la gracia y donaire con que bailó las boleras; le elogió los pasos y los padiburés, porque también el coronel bailó boleras cuando joven, y de gracia en gracia y de detalle en detalle vino el coronel a caer a donde Pérez había caído ya: a los pies de Elena.

—Sobre todo —decía el coronel bañando a Elena con la aldehida de la colación de aquella noche— sobre todo tiene usted unos pies que deberían incrustarse en oro.

—Favor que usted me hace.

—No, hija —replicó el coronel— todavía no me encuentro en mi larga carrera militar un pie como el de usted. Vamos, sobre que me ha sacado de mis casillas…

Pérez comenzaba a arrepentirse de haber obsequiado a Elena con los zapatitos verdes.

—¿Me permite usted, Elena —dijo el coronel— que tome una noche de posadas?

—No queda ya más que la Noche Buena.

—La Noche Buena es de todos —dijo uno.

—No, sino mía —dijo el coronel— la Noche Buena me pertenece, y aquí se bailará por mi cuenta hasta el amanecer.

—Lástima que la casa sea tan chica —dijo un oficial.

—Para el coronel Fernández Aguado no hay dificultades —exclamó el coronel—. Ése es un tabique de pipiripao y en mejores murallas he abierto brecha. Se tirará el tabique. ¿De quién es esta casa?

—Del convento de la Concepción.

—Madrigal, el mayordomo, es amigo mío; tiramos el tabique mañana y se levanta al tercero día.

—¡Que viva el coronel! —gritó un pollo ahogándose de felicidad.

—¡Que viva! —respondieron muchas veces.

—Y el comedor, ¡oh! el comedor aquí; el corredor es amplio: se cubrirá con lienzos y se pondrá aquí el comedor. Capitán Núñez mañana una fagina; se trae usted unos muchachos que transporten ramas y las fundas de los carros.

—Está bien, mi coronel.

—Pero señor coronel —objetó Elena— ¿para qué se mete usted en estos gastos?

—Señorita —dijo el coronel picado— usted es la reina, y merece, no lo que yo hago por usted, sino que se bajen las estrellas con la mano para que usted les ponga encima sus piececitos verdes.

—Los zapatos —murmuraba Pérez entre dientes— los zapatos verdes. ¡Tonto de mí!

—Pues no faltaba más —continuaba el coronel, a quien no faltaba ni garbo, ni dinero, ni amor— Elena, se volverá la casa de arriba a abajo; pero le probaré a usted que cuando el coronel Fernández dice una galantería, la sostiene con su bolsa y con su espada. Es usted muy linda.

La reunión se disolvió aquella noche, resolviendo que a la noche siguiente no habría posada, por no ser compatible con los preparativos para la Noche Buena.

XIII. Preparativos.—Baile y cena de la Noche Buena. El nacimiento del Mesías.—Munificencias del coronel Aguado

Pérez no se fue.

Era preciso arreglar muchas cosas, porque aquellas disposiciones, verdaderamente militares, decía Pérez, no se pueden poner en práctica con sólo la voluntad del coronel Aguado, que ha venido a trastornarlo todo.

—¿Le parece a usted mal? —preguntó Elena.

—Malo —dijo Pérez—. El coronel Aguado nos va aguar la diversión.

—Todo porque es un hombre franco, porque tiene el corazón en las manos.

—Y porque le dijo a usted que tiene bonitos pies.

—Eso ya me lo han dicho, y usted también.

—Ya se ve que sí, tanto que me arrepiento de haber traído los zapatos verdes.

Elena sacudió los pies y dejó caer los dos zapatitos, que cayeron graciosamente a algunos pasos de distancia.

—No se vaya usted a resfriar.

—No me cuide usted.

—No lo decía por eso.

—¿Pues por qué?

—Porque le han gustado mucho al coronel y…

—Es la horma.

Pérez estaba cenizo.

—Bien, dejemos eso y pensemos en lo que debemos hacer para mañana; no se formalice usted, Elena, por tan poca cosa.

Chucho, que se había hecho el dormido, recogió los zapatos y se los puso a su mamá.

Elena besó a su hijo, y se puso suave como un guante.

—En primer lugar —continuó— mañana me pertenece usted, Pérez, desde las seis de la mañana, porque es usted mis pies y mis manos; tengo mucho qué hacer, pues yo no me quedo sin acostar al Niño y sin poner mi Nacimiento.

—Omita usted eso —dijo Pérez.

—¡Eso es, judío! Los santos son los que lo pagan todo, hereje. ¿Le parece a usted justo que porque nos vamos a divertir, no se acueste el Niño, ni se rece la posada? Dios me libre, que yo soy cristiana y no tomo esas cosas como juguete.

—Pues sea —dijo el bueno de Pérez.

La conversación del programa de la fiesta se prolongó tanto, que la luz sorprendió a Pérez y a Elena.

—Supongo —dijo Pérez, oyendo cantar un gallo— que no pretenderá usted que me vaya, pues ya desde este momento me pongo a sus órdenes.

A las seis de la mañana llegaron unos albañiles y algunos soldados enviados por el coronel Aguado.

Al mando de Pérez, los soldados vaciaron las piezas, trastornaron los muebles y a poco comenzó el derrumbe.

En dos horas habían desaparecido hasta los escombros y un pintor igualaba la decoración de las paredes.

Los oficiales del cuerpo de Aguado, en un trajín verdaderamente militar, iban y venían acompañados de sus ordenanzas, trayendo y llevando muebles, alfombras, candiles, vajillas, faroles, cajas de vino y medio mundo, en fin.

La actividad de Elena llegó al heroísmo; se multiplicaba, estaba en todas partes, atendía a todo, dirigía la cocina, ponía el Nacimiento, disponía su traje, y no olvidaba ninguno de los detalles indispensables de aquella fiesta.

Pérez listo, ágil, servicial y solícito, era, como Elena había dicho, sus pies y sus manos; la comprendía con sólo que Elena moviera un ojo; donde Elena ponía la vista, allí ponía Pérez las manos, pues a las prendas diligentes de Pérez, había que agregar el amor, locomotiva que desde tiempo inmemorial hace andar al hombre más listo que de ordinario.

Los oficiales improvisaban un verdadero jardín en el corredor de la casa, armaban las mesas para la cena, colocaban faroles y candiles, columnas y candelabros, y por toda la casa se difundía el olor peculiar del pinabete y de la lama fresca, olor que a los muchachos les hacía exclamar: «Huele a Noche Buena».

Al mediodía recibió Elena de parte del coronel, la visita de una francesa.

Elena, sorprendida, le salió al encuentro. Era la modista, que venía de parte del coronel Aguado con algunas cajas de cartón, conteniendo un traje blanco de baile, peinados, pañoletas, guantes y otros adminículos.

A Elena le pareció que se iba a casar. A Pérez también.

Elena puso una cara como unas pascuas. Pérez torció el gesto y tomó la expresión de los condenados de Dante.

No obstante, Elena se encerró con la modista, para medirse el traje.

Pérez, entre tanto, sintió cierto escozor en los ojos y le escurrieron dos lágrimas.

El mismo Pérez hizo un esfuerzo por persuadirse de que le había dado un aire, y como estaba desvelado, se le habían inflamado las glándulas.

En la tarde se presentó el coronel Aguado. La transformación se había operado. La pobre casa de Elena ofrecía ya a los concurrentes un salón amueblado y un comedor, cuasi kiosko o jardín veneciano.

Aguado entró con el mismo aire con que hubiera entrado a visitar un prisionero de guerra.

Elena tembló. Este temblor se lo han enseñado las flores a las mujeres, en pro de sus atractivos.

Elena temblando había subido un cincuenta por ciento.

Afortunadamente no la vió Pérez, porque estaba clavando.

Esto sucede a menudo. Generalmente, cuando unos clavan, otros tiemblan.

No queremos decir por esto que Elena amase a Aguado, no señor, Dios la librara; Elena era una mujer honesta a pesar de las boleras.

Pero la impresionabilidad es patrimonio de la mujer y hay acciones que deslumbran y se agradecen.

La mujer se ha devanado los sesos buscando un medio para neutralizar el efecto de las esplendideces, y no lo ha podido conseguir todavía.

¿Cómo hacer una grosería a un hombre tan fino y tan franco y tan espléndido? Esto hubiera sido imperdonable; y todo podría tener Elena menos ingrata.

De manera que sin temor de faltar a sus deberes, Elena pronunció las frases de su agradecimiento, diciendo que no tenía palabras para expresarlo. Eso era lo que quería Aguado.

Dijo también que aquello le parecía mucho, muchísimo más de lo que ella merecía. Eso lo sabía también Aguado.

Insistió en que el coronel no debía haberse metido en esos gastos. Aguado opinó de distinta manera, y finalmente sacó del faldón de su levita militar una cajita con un elegante aderezo y lo ofreció a Elena.

—Eso sí que no lo admito —dijo Elena.

—¿Cómo se entiende? ¡Cañones! —exclamó levantándose—. ¿Son acaso falsas las piedras, niña de mi alma?

—No, no es eso: es que eso es mucho para mí, y yo no merezco…

—¡Acabara usted de volverme la sangre al cuerpo, muchachuela! En cuanto a que usted no lo merezca, es cosa que a mí me toca decidir; que si pudiera bajar esta noche con la mano la misma estrella que guió a los santos Reyes Magos, le había de mandar hacer con ella un prendedorcito para ese pecho… Conque, tome usted, y no me vuelva a ofender, porque no me gusta la gente desagradecida.

—¡Desagradecida! No lo permita Dios, señor coronel Fernández.

—Fernández Aguado —repitió el coronel— que mi padre era Aguado, de los Aguados nobles, y Fernández Aguado es mi apelativo en honra de mis predecesores.

—Pues muy bien, señor Fernández Aguado, yo no soy desagradecida.

—¿No?

—No, mil veces.

—Pues así me gusta la gente; porque la gratitud es de almas nobles, y en siendo uno agradecido, lo demás está de más, niña. Conque… esta noche la veré a usted muy guapa, siendo la reina del baile, que esa es mi intención y nada más, que cada quien debe estar en su puesto. ¿Estamos? Y yo como militar me gusta que el servicio se dé en orden y con la debida subordinación, y al coronel como coronel y a la coronela… ¡ay niña! de pensar en que va usted a ser la coronela, hasta me dan ganas de pronunciarme, que nunca lo he hecho.

—¡Yo la coronela! Pero si…

—No empecemos, que donde está el coronel Fernández Aguado y una señora de las altas prendas de usted a su lado, todos los honores de ordenanza son para la hembra; porque soy yo tan galán como soldado, o como dicen, no quita lo cortés a lo valiente; y si no fuera porque está lejos el cuartel le hacía partir la retreta de las puertas de su casa; pero ya arreglaremos eso, coronelita. Por ahora a divertirse y no haya que temer: ¿qué falta? ¿Han traído lo suficiente?

—Todo con una abundancia que…

—¿Abundancia que…?

—Que se va a desperdiciar la mitad.

—¿Y qué importa que sobre? Lo cogerán los pobres: porque todo el mundo beberá a nuestra salud esta noche. ¡A desperdiciar! Pues no faltaba más sino que yo supiera tasarme: o las cosas se hacen o no se hacen, y usted no me conoce, y hoy como hoy, sólo dos cosas hay en el alma del coronel Fernández Aguado, la una es usted, niña primorosa, y la otra mi regimiento, eso sí, mi regimiento, niña… Ya se lo pasaré mañana por su balcón y verá qué muchachos y qué banda y qué oficiales: ya conoce usted algunos buenos caballeros ¿no es verdad?

—Efectivamente son muy amables —dijo Elena que no podía cortar las locuciones del coronel, sino con gran trabajo.

—Todos la quieren bien, y están dispuestos, como su coronel, a batirle marcha regular, que no tendrá usted queja. Conque decía que si nada falta.

—No, creo que no…

—¿Le han dado dinero los oficiales?

—Sí, me han dado para gastos más del que se necesita.

—Pues gástelo todo, y si falta, un vale al portador y al habilitado; que ya tiene orden de obedecer a usted, mi vida, que yo respondo.

Elena no había palpado nunca un ejemplo de prodigalidad semejante, y sentía como que a cada nuevo arranque de Aguado, se encajonaba más y más en una situación de la que no podía retroceder, y hasta le iba sucediendo una cosa: se le había olvidado Pérez.

Ya se ve, las descargas cerradas del coronel no la dejaban pensar en nada: aquel hombre era una cascada de palabras, de obsequios, de galanterías. ¿Qué había de hacer Elena con todo el regimiento? ¿Cómo resistir a Aguado y a los suyos?

Elena, identificándose con su anfitrión, pensaba ya militarmente en que todo aquello no podía dar más que este resultado: rendirse a discreción.

Tras de esta derrota estaba un consuelo.

El porvenir de Chucho porque… en fin, un hombre como Aguado, debía ser un protector decidido de su hijo de su corazón.

El coronel estaba en este momento presenciando la maniobra de subir unos grandes naranjos por la escalera para acabar de formar el jardín que iba a servir de comedor.

—¡A ver, esos reclutas! ¡A la derecha! ¡marchen! ¡De frente! ¡Alcornoque de cabo, marcha de frente!

A estas voces asomaron algunos vecinos, y Chucho el Ninfo, temblando, se vino a refugiar con su madre.

—Aquí tiene usted a mi hijito.

—¿Cómo te va, valiente? ¡Qué hijo tan lindo tiene usted, niña!

—Es un servidor de usted, señor coronel. —Contesta, niño. —Es muy huraño.

—Ya se lo quitaremos.

—Dile al señor que eres su servidor.

Chucho permaneció callado.

—Vamos, amiguito, haremos las paces y seamos buenos amigos.

Diciendo esto, el coronel se sentó colocándose a Chucho a horcajadas sobre sus rodillas.

—Vamos, amiguito, aquí están estos medios para juguetes. ¿Te gustan los soldados?

—Responde, niño.

El coronel puso cuatro pesos en las manos de Chucho.

Chucho, hijo de su madre, sintió algo parecido a lo que había ya sentido Elena. Cuatro pesos para juguetes, era una de esas felicidades con las que nunca soñó Chucho el Ninfo, y aun se dignó levantar su rosada carita, y contemplar la tostada faz de Aguado.

—¿Te gustan los soldados?

—Sí, me gustan los soldados y también las vivanderas.

—¡Ah pícaro! Tú tienes vocación, tú harás carrera. ¿Quieres vestirte como yo?

—Sí, con mis charreteras y mi espada que corte.

—Bueno, bueno, te voy a mandar hacer un traje completo de militar. ¿Quieres ser militar?

—Sí, para matar a todos los muchachos feos de la calle.

—Valiente pintas. Pídele permiso a tu mamá para ser militar.

—¿Cómo es eso?

—Dile que si quiere que seas militar.

Chucho pidió permiso a su mamá.

Ésta se lo concedió con el agregado de tres besos que hicieron parpadear al coronel más que la metralla.

—¡Capitán Núñez! —gritó el coronel.

—Mándeme usted, mi coronel —dijo el capitán Núñez, apareciendo en la puerta.

—Dé usted de alta en la primera al soldado Jesús Flores.

El capitán Núñez, con la mano en el chacó, dijo con una formalidad muy militar:

—Está bien, mi coronel.

—Puede usted retirarse.

—Con permiso de usted, mi coronel.

Y el capitán Núñez dió media vuelta y siguió dirigiendo la maniobra del corredor.

—Vaya usted a jugar, amiguito, ya es usted soldado y los ascensos vendrán a su tiempo: ya lo verá usted de coronel, niña.

—Muchas gracias —dijo Elena, poniendo en juego una de esas miradas y una de esas sonrisas que las mujeres tienen guardadas, como los boticarios, en una alacena en que están todos los venenos y que llaman «el ojo».

El coronel recogió mirada y sonrisa por cuenta del saldo de sus gastos de ese día y se acordó de los acuerdos que ponía a veces en las comunicaciones oficiales: «Enterado con satisfacción».

La noche se acercó bien pronto, aumentando con sus sombras el trajín de la casa de Elena.

Pérez había hecho prodigios, sin descuidar entre éstos, el de convidar a Carlos, por una parte, y a la familia de don Pedro María, por otra, para la fiesta de la noche.

Pérez, que había corrido con los gastos menores, se abonó, tutta conciencia, el treinta y tres por ciento de comisión con cargo a sus industrias particulares; pues sabía a donde estaba la azúcar entreverada a 18 reales, y la soleta por mayor a 5 pesos la media arroba; sabía cómo se ajustan cargadores, y donde se compra pan grande con ganancia; mezcló a todo su crédito y sacó el mayor partido posible de la situación, haciendo alarde de su economía y de la buena calidad de los efectos; de manera que lo que Pérez perdía en amor, ganaba en lucro; y tal compensación amenguaba por el pronto sus contrariedades de amante amartelado y crónico de Elena.

Pérez tuvo tiempo para todo, y después de arreglar todos los negocios del baile, recorrió con una precipitación asombrosa, en un coche de alquiler, algunas sastrerías hasta dar con Zarricolea, sastre vizcaíno y afamado entonces para «pintar» una casaca.

Pérez se probó un frac y se irguió ante un espejo.

—Como hecho para usted —le dijo Zarricolea.

Con tal sanción, Pérez pagó el frac, lo envolvió en su mascada y subió al coche, paró en la peluquería de Montauriol y se hizo afeitar y rizar, y compró guantes blancos.

En seguida, llegó a la casa de las señoras en donde vivía, y notició que no lo esperasen.

Sacó su mejor camisa, y en breve, Pérez quedó transformado en un diplomático, y en el mismo coche llegó a la casa de Elena.

Ésta estaba a la sazón en su habitación.

Elena se había prestado para esa noche uno de los espejos que el coronel había mandado; pues Pérez, que en todo estaba, había adornado una pequeña pieza, a la que Pérez llamaba pomposamente «tocador para las señoras», y no contento con llamarle así, colocó un letrero hecho por él sobre la puerta.

Elena se estaba viendo a la sazón de cuerpo entero y se esmeraba en su compostura, como no lo había hecho más que el día de su boda con el difunto militar.

Pasaban tantas cosas por la imaginación de Elena, que muchas veces no se daba cuenta de lo que hacía; respiraba vida y alborozo y veía perderse su pasado ante el deslumbramiento de un presente de sensaciones inusitadas y violentas. El coronel, con su ruda franqueza, tenía un prestigio dominador, pero a pesar de eso, Elena no lo amaba, más bien le temía; pero el pícaro del amor propio, tirano y dominador, no permitía a Elena, a pesar de todo, omitir ninguno de los detalles de su tocador.

Elena se probó el vestido más ajustado a su talle y más bien hecho que todos los que se había puesto en su vida; fue necesaria la fuerza toda de una robusta criada para cerrarlo, y la presión que Elena sentía en su talle no la hubiera soportado en circunstancias comunes; pero en aquella noche le parecía a Elena que hubiera sido imperdonable tener la cintura poco graciosa.

Otro tanto le sucedía a Elena con los pies. Estaba soportando con una resignación heroica de que sólo es capaz una mujer, la presión de su calzado blanco. Se acababa de calzar unos zapatitos de niña, zapatos que convertían los pies de Elena en dos adminículos, en dos chucherías más a propósito para un museo de curiosidades que para servir de remos a persona alguna. No obstante, sobre aquel cimiento frágil estaba la humanidad de Elena, tal vez simbolizando el deleznable fundamento de sus resistencias.

Elena se iba cerciorando más y más de que todo aquello iba a hacer un efecto decidido y magnífico en Aguado.

Tal es la mujer.

Elena rehusaba, hasta dentro de su conciencia íntima, la idea de pertenecerle a Aguado; no transigía con traspasar los límites de su deber y de su honra: por nada se hubiera ofendido más que por que la supusieran amante del coronel, y, no obstante, ella sabía bien que aquel refinamiento, que aquella prolijidad para componerse no tenía más objeto que agradar al coronel.

A Elena le parecía muy natural esto.

—Supuesto que al coronel le cuesta su dinero, nada más justo que complacerlo (en los límites, se entiende, de la decencia) lo cual no quiere decir que yo le dé esperanzas, ni quiera con esto significar que correspondo a su cariño: no señor, todavía para eso… tiene que rabiar su señoría y mucho; porque lo que es yo, no estoy tan tirada a la calle que digamos. Mujeres más feas he visto… ¡vaya! mucho más feas, ahí están doña Juana la Solórzano y la prima de Amparo, la que casó con el español; ¡qué dieran por ser como yo! Y sin embargo, tanto el español como Solórzano hicieron sacrificio y medio por ellas; de manera que ¿por qué no ha de hacer conmigo el coronel lo que por doña Juana hizo Solórzano? Y ya así será otra cosa. Vamos, decididamente es necesario contenerse en cierto límite y dejar venir los acontecimientos.

—¡Elena! ¡Elena! —gritó una voz vibrante a la puerta del tocador.

Elena sintió como un baño de regadera.

Era Pérez.

En el cerebro de Elena, Pérez representaba en ese momento la prosa y Aguado la poesía.

—¿Qué quiere usted, hombre de Dios? —preguntó Elena desde adentro.

—¿Que dónde ha puesto usted las llaves?

—En la sala.

—No están.

—Sobre una rinconera.

—No están.

—Búsquelas.

Los pasos de Pérez se alejaron.

—Y éste —pensó Elena— éste que está tan entusiasmado ¡pobre!

Este «¡pobre!» es intraducible.

Tiene la mujer un lado vulnerable y no en el talón, sino en el corazón, y merced a esta vulnerabilidad entra, y con mucho, la conmiseración de la mujer en su aquiescencia.

Pérez, por lo tanto, estaba más cerca de Elena al decir «pobre», que el coronel con todo su boato y sus magnificencias.

—Lo cierto es que Pérez se va a volver loco con mis zapatos blancos, porque si con los verdes se puso insoportable ¿qué será de mí, Dios mío, cuando me vea estos que me están tan bien?

—¡Ay! —continuó— tengo en mi poder las llaves de dos corazones.

—No están las llaves —dijo Pérez acercando la boca al agujero de la llave.

Elena se estremeció: por un momento creyó que Pérez la había adivinado, reflexionó un momento y enseguida se hecho a reír.

—¿De qué se ríe usted Elena?

—De nada, Pérez.

—¿Cómo de nada?

—De que aquí tengo las llaves.

—¡Y yo buscándolas!

—¡Pobre de usted!

—Pobre de mí ¿por qué?

—¡Pobrecito!

—¡Ah! eso es otra cosa.

—Voy a abrir tantito para darle a usted las llaves.

—¿Y no espío?

—No, le está a usted prohibido.

—¿Por qué?

—¡Qué pregunta!

—Tantito.

—¡No, y no! ¿Estamos?

—Es que yo me mato por verla a usted vestida.

—Ya me verá usted en la sala.

—Quiero ser el primero. ¿Me lo concede usted?

Elena reflexionó.

—Bien visto pide poca cosa ¡pobre! Después de todo, este Pérez tiene unas cositas…

—¿En qué piensa usted tanto?

—¿En qué?

—Sí ¿en qué?

—En usted.

—Si me lo vuelve usted a decir echo la puerta abajo.

—¡Hola, hola! caballerito; se guardaría usted muy bien.

—Eso lo digo para significarle a usted…

—Sí, ya sé lo que me quiere usted significar.

—¿Verdad? ¿Conque cuatro dedos no más?

—¿De qué?

—De luz entre las dos hojas de la puerta.

—¿Cuatro dedos?

—Vaya cinco, para que quepan las llaves.

—Por tal de que…

—Sí, por tal de que la deje en paz —murmuró Pérez.

Y la puerta se abrió cinco dedos no más; pero como Elena estaba tan cerca, Pérez no la podía ver.

—Aquí están las llaves.

—Ésas ya las tiento, pero a usted no la veo.

—¿No?

—Retírese usted un poquito de la puerta.

—No, porque usted abre mientras.

—No.

—¿No?

—Mi palabra de honor.

—¡Ay de usted si falta a ella!

Y Elena se fue a colocar frente a las luces que iluminaban el espejo.

Pérez no abrió más pero metió los dos ojos y las narices entre las hojas de la puerta.

Elena vió brillar los ojos de Pérez como los de un gato, y como tenía la luz cerca no podía ver que Pérez abría la puerta.

Pérez tenía la conciencia de no estar espiando más que por un espacio de cinco dedos, los convenidos; pero por un movimiento secundario de que ni él mismo se daba cuenta, y absorto en su contemplación, iba abriendo poco a poco.

Elena que sabía que estaba haciendo un efecto magnífico y fiada en la palabra empeñada, se siguió viendo al espejo arreglándose las flores que adornaban su peinado, y dándose esos últimos toques, en los que la mujer imita a la flor que rompe su broche y extiende sus últimos pétalos con una atención voluptuosa, para ostentarse en seguida en la plenitud de su hermosura.

Ya a Pérez le cabía la cabeza, después los hombros, después los brazos, y por último de un solo brinco cayó de rodillas a los pies de Elena.

¡Oh poder atractivo de la hermosura! Pérez había sido una de esas partículas livianas de pluma que la electricidad atrajo irresistisblemente.

Fue aquello tan rápido, que Elena se tragó el grito de ordenanza.

—¡Elena, Elena, es usted divina! Ya no puedo negarlo, sépalo usted todo, la amo a usted, la adoro con toda mi alma; y si usted se riera ahora de mí, me mataría de desesperación: no sea usted cruel, vea usted que nadie la ha de amar como yo… Y a ese paso tengo un horrible presentimiento. Me parece que la voy a perder a usted para siempre, Elena, pero por Dios no se alucine, prométame usted que va a ser reflexiva, está usted corriendo un peligro inminente con…

—Levántese usted, Pérez; pronto, pronto.

—¿Pero me amará usted?

—Levántese usted.

—No, hasta que me diga usted una palabra, una sola, una esperanza.

—Bien, veremos, siento pasos.

—¿Me amará usted?

—Pero no sea usted imprudente.

—¡Ah! —dijo Pérez levantándose y tomando entre las suyas una de las pequeñas manos de Elena y cubriéndola de besos—. ¡Qué buena es usted! ¡Gracias, gracias!

Elena sintió en su mano no sólo los besos, sino dos lágrimas a una temperatura de 80 grados.

—¡Está usted divina!

—¿Estoy bien?

—¡Encantadora! ¡Qué talle! ¡Qué pecho!

—Chist, chist, bajito, amigo mío, bajito.

—¡Qué pecho! ¡Dios mío! Es usted un ángel.

Elena se sonrió. Cada una de las frases de Pérez había caído a plomo en el cáliz de la vanidad de Elena; las saboreó, admitiéndolas con la convicción de que las merecía.

La gratitud de Elena tomó una forma rara.

Las mujeres tienen a veces un idioma intraducible, al grado de que si el hombre no fuera poligloto en amor, se quedaría en ayunas.

La forma que tomó la gratitud de Elena fue esta:

Con el pulgar y el índice rosados de su manecita, tomó como quien toma rapé, la pequeña piocha de Pérez, haciendo con ella un ligero movimiento de oscilación, sostenido por cuatro segundos.

Pérez pensó entretanto que se debe entrar al paraíso de Mahoma tirado de las barbas por dos deditos color de rosa.

Segunda parte

I. Pérez o un amor desgraciado

A las diez de la noche, la casa de Elena presentaba un conjunto de los más animados.

Desde la puerta de la calle adornaban cornisas, pilares, puertas y corredores, gran número de farolitos de colores. El corredor era un completo jardín veneciano y la sala del baile, si no presentaba el conjunto severo del buen gusto y la elegancia, sí ofrecía a los concurrentes alfombra, si bien añadida y completada como capa de pobre; asientos, si bien mosaico churrigueresco digno de un remate; y luz, si bien vertida ora por quinqués alimentados con aceite, ora por velas de esperma, pues por entonces ni la estearina, ni el gas de trementina, ni el petróleo iluminaban todavía los salones.

Elena, como lo había notado muy bien Pérez, estaba encantadora; y porque el lector no nos tache de inconsecuentes por haberle hecho conocer a Elena de un modo y hacerla pasar hoy por una metamorfosis violenta, daremos el por qué de esta transformación.

Elena, como dijimos muy bien, no era bonita, pero tenía dotes de un valor intrínseco; dotes de esas que pueden pasar inadvertidas para un pollo atronado, pero que en manera alguna se escapan a la profunda e investigadora mirada de un gallo viejo.

El mismo Pérez no había descubierto los hechizos de Elena sino cuando ésta, abandonando su crisálida de los días de trabajo, se le había exhibido en el baile del 24, en las boleras y dando a luz aquellos piesecitos color de cielo.

El coronel, más experto y avezado cazador, había explorado el campo con su primera mirada, y al primer golpe de vista había sabido estimar convenientemente desde los hoyitos de las manos de Elena, hasta lo aéreo y fino de sus pequeños pies.

Adivinó Aguado la tersura de la piel y la morbidez de los contornos, con la misma precisión con que había solido explorar si el enemigo carecía de bagajes y municiones, o si estaba montado en regla para el ataque.

De manera que lo que para Pérez había sido obra del tiempo y la casualidad, para Aguado fue un golpe de ojo verdaderamente de pillo.

El pobre de Pérez había acertado a doblar la rodilla en mal momento.

La misma Elena conocía, en su interior, que Pérez se había dormido.

En materia de homenajes de amor, la mujer es sensible al desperdicio.

A las diez y media se presentó el coronel Aguado de riguroso uniforme, acompañado del teniente coronel, del mayor, de dos capitanes y otros oficiales subalternos.

La música del cuerpo de Aguado, colocada en el patio de la casa, tocaba a la sazón la marcha de Norma, lo cual le dió a la entrada del coronel cierta solemnidad.

Al pisar el salón, algunas personas se pusieron en pie; movimiento que fue seguido hasta por algunas señoras, para quienes las reglas de etiqueta eran poco familiares.

Esto acabó de darle a aquel acto cierto carácter oficial.

Aguado, antes de hacer un saludo general, se adelantó seguido de sus oficiales hacia el lugar en que estaba Elena, atravesando el salón; le dió la mano inclinándose cortésmente y presentó a sus oficiales.

Éstos hicieron a Elena un saludo militarmente cortés, y Aguado en seguida se volvió para saludar a la concurrencia y en derechura pasó después a saludar a Pérez que permanecía de pie, erguido, metido en el frac de Zarricolea y proyectando en la pared la silueta de una pirámide truncada con la sombra de su rizada cabellera.

—Muy bien, amigote; se ha portado usted admirablemente, debe usted haber trabajado mucho.

—Sí, señor coronel —respondió Pérez, mostrando su blanca dentadura, pero dejando percibir no obstante cierto fondo de tristeza amarga.

—Supongo —continuó el coronel— que se habrá nombrado un bastonero.

—No, no señor, todavía no.

—¿No se ha bailado nada?

—Esperaban a usted para romper el baile —dijo una vieja que estaba próxima y rebosando júbilo.

—Pérez es muy a propósito para bastonero —dijo Pablito, que acababa de entrar.

—¡Eso es! —exclamó el coronel— vamos, amigote, a bailar cuadrillas.

—¡Cuadrillas! —gritó Pérez.

Aguado se paró en primera con Elena. Los oficiales le imitaron, tomando sus compañeras. Y comenzó el baile.

Pérez había cuidado de hacer pareja con Elena y Aguado para colocarse en paralelas con el enemigo.

Esto contrarió a Elena porque la puso a dos fuegos; pero en estas asonadas de amor, lo reñido y lo complicado suele ser el platillo más confortable.

El baile es el protector natural de los amantes; Aguado sabía tomar sus posiciones con admirable maestría.

Pérez contaba los compases de las cuadrillas, sin descuidar a Elena, a quien le apretaba la mano en cada media cadena y en cada cola de gato.

Estas suaves presiones estaban representando en las manos de Elena el papel de telégrafo electromagnético.

El apretón de Pérez era la corroboración de su hincada en el tocador, y el apretón del coronel, era el recuerdo de sus esplendideces.

Aguado supo decir al oído de Elena algunas frases apasionadas, que Elena recibía como al que le cae algo de arriba. No podía combatir, ni rehusar, ni discutir.

El coronel tenía el tino de no hacer preguntas. Avanzaba sin consultar al enemigo.

Elena temía hacer una barbaridad rehusando los galanteos del coronel.

Después de las cuadrillas circularon por la sala algunas charolas con copas y en el comedor se formó una tertulia de buenos bebedores, a cuya cabeza estaba Aguado.

Pérez encontró muy natural ofrecer una copa al coronel, para darle a probar un ron de Jamaica exquisito.

—Soy costeño, amigote, y he bebido a bordo.

Pérez abrió los ojos temiendo haber hecho una barbaridad.

—El ron lo tomo en vaso, amigo Pérez; esas copitas son para las señoras. Vengan dos vasos.

Un criado presentó dos vasos al coronel.

Éste tomó la botella de ron y sirvió dos medios vasos.

—Así se brinda amigo Pérez.

—Pero señor…

—No hay que andarse con melindres ¿somos amigos?

—Tengo el honor…

—Pues a beber, amigo. Por la salud de usted, amigo Pérez.

El coronel apuró su vaso y Pérez dió un trago y lo apartó de sus labios.

—Un día —continuó el coronel— tuve un desafío con un marino por un desaire semejante.

Y señaló el ron que Pérez había dejado.

—Yo lo tomo en dos tiempos —se apresuró a decir Pérez.

—¡Ah!

—Es para catarlo.

—Bueno, hombre, bueno, se conoce que es usted de los míos. Yo no lo caté, porque como usted me lo ofrecía supuse que era bueno, como en efecto lo es.

Pérez apuró el resto del ron a trueque de sentir una corriente de lava candente en el esófago.

Bailáronse algunas piezas más, y a las doce en punto Elena invitó a la concurrencia a presenciar «la acostada del Niño».

Se encendieron velas de cera y, previas las oraciones de costumbre, Elena colocó un Niño Dios de cera en el pesebre, a cuyo acto siguió una salva de cohetes y una diana tocada por la música militar.

Acto continuo, la concurrencia pasó al comedor. Aguado rompió la marcha conduciendo a Elena, después seguían los oficiales llevando otras señoras, y Pérez, como se lo estaba temiendo, a fuer de galante y obsequioso se quedó sin asiento.

Pérez perdía terreno a su pesar.

Aquel jardín improvisado presentaba un aspecto verdaderamente encantador; y para que el lector se forme una idea de la concurrencia que ocupaba la mesa, diremos que Aguado y Elena ocupaban la cabecera, seguían a derecha e izquierda algunos oficiales del cuerpo acompañando a algunas jóvenes convidadas aquella noche y que por primera vez formaban parte de la reunión.

Hubiera notado allí el observador, en el conjunto heterogéneo de la fiesta, a las hijas de un señor magistrado junto a las incultas sobrinas del señor cura de la Santa Veracruz; a la vecina relamida y ordinaria, vestida de prestado aquella noche, junto a unas señoras que habían entrado al baile por equivocación, pues no era allí a donde estaban convidadas; y unas y otras concurrentes confundidas con algunas niñas de esas que viven solas y que eran conociditas de algunos de los oficiales presentes.

En cuanto a los hombres, figuraban al lado de Pablito (quien había ya disculpado a su familia con Elena) el platero de la esquina, el dependiente del juzgado, cuatro o seis pollos de los que nunca faltan en parvada a todos los bailes, el cobrador de la casa, dos empleados, un dueño de pulquerías, los españoles del empeño de la otra calle y, finalmente, un número respetable de viejas, tías y mamás, troncos de aquellas ramas.

En aquella reunión en que no se conocían los unos a los otros, reinó al principio el encogimiento y la reserva, y en seguida el desorden; pero nunca la cordialidad.

En cuanto a la cena se contaba que había ocho clases de pescados, la consabida ensalada de Nochebuena, compuesta de veinticuatro ingredientes, y el nacional «revoltijo» con pencas tiernas de nopal desmenuzadas.

En una cena de Nochebuena es de rigor tener un apetito decidido; circunstancia que la concurrencia no tardó en poner de manifiesto, haciendo todos los honores a la cocinera.

Pérez, en vez de saciar el apetito de que también no carecía, empezaba a sentir que el ron es una bebida muy fuerte.

—¡Ha visto usted cosa! —decía Pérez a un señor que se encontró al paso—. ¿Sabe usted, señor, que el ron es una bebida muy fuerte? ¡Qué cosa tan extraña! Oiga usted, señor esto es un hecho; el ron es una bebida muy fuerte. El coronel me invitó a tomar, y ¡cosa más extraordinaria!… yo… porque oiga usted, señor, el ron es una bebida muy fuerte.

Un resto de juicio le hizo notar a Pérez que estaba repitiendo una misma cosa sin poderlo evitar y sintió un pesar verdaderamente profundo: ¡iba a ahogar su mundo de ilusiones, su Nochebuena, su frac de Zarricolea, sus rizos y su chaleco blanco, su conquista, su amor y su poesía, en un poco de ron!… —¡Infame coronel! Tal vez lo hizo de intento para descartarse de mí.

El interlocutor de Pérez había desaparecido y Pérez terminaba a solas cada período de su monólogo, con la muletilla de que el ron es una bebida muy fuerte.

La cena se prolongó hasta cerca de las tres de la mañana, pues hallándose Aguado y Elena bastante complacidos, no pensaban en levantarse de la mesa. Entre tanto, Pérez cenaba parado, e intentaba formalmente persuadirse de que un plato de revoltijo acallaría los estragos del ron, si bien con grave riesgo de la pureza columbina de su chaleco blanco.

En efecto, el empellón de un criado resolvió este peligro y el chaleco blanco de Pérez se tiñó de revoltijo.

—¡Un herido! —gritó un oficial.

—¿Quién es? —preguntó otro.

—El señor Pérez.

—¡Cómo!

—¿Dónde tiene la herida?

—En el corazón —dijo un chusco.

Todas las miradas se fijaron en el chaleco de Pérez que ostentaba un chorreón de chile en el lado izquierdo.

Una carcajada general acabó de poner a Pérez en un predicamento ridículo.

Aguado pensó que el revoltijo había completado la obra del ron, y dirigiéndose a Elena le dijo:

—¡Cuánto me gusta el revoltijo!

—¡Qué malo es usted!

Para Pérez no era, no obstante, tan fuerte el ron que le hubiera impedido probar toda la amargura de su situación.

—La cocinera —dijo un oficial— opina que la herida del señor Pérez es de las más honrosas.

—Por lo menos —agregó otro— ha sido recibida en el campo del honor, como digno combatiente.

Pérez prescindió de seguir cenando, y medio oculto en un naranjo se ocupó de sostener una larga mirada de tigre dirigida al coronel y a Elena que coqueteaban espantosamente.

Al pie de aquel naranjo concibió Pérez un pensamiento.

—Voy a darle celos a Elena, me vengaré; voy a despreciarla y a probarle que a nadie le falta quien…

A Pérez le parecía éste un pensamiento salvador y dirigió una mirada en torno suyo hasta que se fijó en una joven muy rubicunda y que hablaba muy recio; le pareció bonita, amable y bien vestida, y abrochándose el frac de Zarricolea para cubrir la herida honrosa, se dirigió a la señora de su pensamiento.

Oyó que le decían Lola.

—Lolita —dijo acercándosele—; ¿tiene la bondad de tomar esta copita a mi salud?

—¡Ah! —dijo Lola—. Yo creía que me iba usted a ofrecer revoltijo.

Los oficiales rieron de buena gana, y Pérez se cortó. Estaba de malas.

Pérez comprendió que era necesario hacerse a las armas, y continuó:

—Efectivamente es revoltijo.

—¡Ah! pues entonces no lo tomo, porque se me sube.

—Quiero decir, en esta copa está revuelto el vino con el amor.

—¿De quién?

—Mío.

—¿Y quiere usted que me lo beba?

—Sí, señorita.

—¿Y si me enamoro de usted?

—Me hará usted el más feliz de los hombres.

—¡Ay! señor Pérez; pero temo que a mí no me suceda lo mismo, porque soy muy desgraciada en amores.

Pérez insistió hasta lograr que Lola bebiese, y se consagró a galantearla.

Se bailó en seguida, y Pérez se apoderó de Lola; pero no había visto a un oficial que hacía tiempo no le quitaba la vista.

Pérez no se ocupaba más que de Lola; y de vez en cuando procuraba observar si esto hacía algún efecto en Elena.

Al pasar junto a ella bailando, Pérez le dijo a Lola de manera que Elena lo oyese:

—La adoro a usted.

Resonó en la sala una argentina carcajada de Elena, y a Pérez le zumbaron los oídos.

No bien hubo sentado a Lola, el oficial celoso se acercó a Pérez y le dijo:

—Dispense usted, caballero… ¿Se sirve usted acompañarme?

—A donde usted guste ¿a beber? Estoy a sus órdenes.

Y siguió al oficial.

Pero éste, en vez de tomar la dirección del comedor, tomó la de la escalera. Pérez pensó que por todas partes se va a Roma y siguió al oficial.

Cuando estuvieron en el patio, Pérez sintió que el mundo se le vino encima, y en seguida que él se caía sobre el mundo.

Acababa de recibir una bolea en el ojo izquierdo que le hizo caer en tierra, después sintió algunas patadas por vía de apéndice, y se quedó pensando que el ron es una bebida muy fuerte.

El oficial, que afortunadamente no había sido visto ni sentido, volvió a la sala disimulando lo mejor que pudo su emoción.

Aguado había enarbolado ya el pabellón del triunfo. Elena estaba suave como un guante, y se trataba ya con cierto valor y seguridad de proyectos para el porvenir, de la carrera de Chucho, de cambiar de habitación y de otra porción de cosas.

La animación del baile había llegado a su colmo y reinaba ya la franqueza y la expansión en todos los convidados, quienes convenían simultáneamente en que el baile se había puesto bonito de repente.

—¿Y Pérez? —preguntó uno.

—Se fue a acostar —contestaron.

Efectivamente Pérez estaba acostado sobre las piedras del patio y dormía; pero con la sustancial diferencia de que no se había ido a acostar, sino que lo habían acostado.

A las cinco de la mañana Pérez apareció en la sala con su frac de Zarricolea revolcado, y ostentando un chichón en un ojo.

Ya Aguado y los oficiales habían desaparecido, y a Elena no se la podía hablar porque se había recogido.

Pérez se acostó sobre un sofá y continuó su sueño comenzado en el patio.

II. De cómo se confecciona en regla un matrimonio

Desde el 25 de diciembre la marcha de los acontecimientos que llevamos referidos cambió esencialmente.

Aguado llegó a ser en Elena un elemento indestructible. Aguado había tenido el tino de apoderarse de la situación de Elena de una manera irrevocable.

Elena empezó por conceder al coronel una noche de posadas, y desde el momento en que Elena recibió el primer obsequio puso los pies en una pendiente resbaladiza sobre la que ya no pudo retroceder.

Elena no hubiera elegido nunca a Aguado como amante, y más podemos decir todavía: no lo amaba; pero hay hombres que saben ejercer un dominio absoluto y que sin tener precisamente el poder de fascinar, son irresistibles en fuerza de ser galantes.

Aguado asedió la plaza por todos los flancos, se apoderó de lo más caro para Elena: del porvenir de su hijo.

Halagó la pasión más peligrosa de la mujer: la vanidad.

Puso en juego el medio universalmente reconocido como infalible: la prodigalidad.

Elena objetó el escándalo de los vecinos. El coronel hizo mudar de habitación a Elena a los tres días del baile.

Elena quiso poner por medio y previamente el trato familiar, el tiempo, la reflexión. Aguado no exigió nada, y concedió todo.

Elena se creía ya relegada al olvido. Aguado la sacó a la luz.

Elena era pobre. Aguado la hizo rica.

Elena, en fin, en el cerco que le tendió Aguado no pudo encontrar un solo punto vulnerable.

El éxito debía ser éste: rendirse a discreción.

En cuanto a Pérez, debemos decir que el sol del 25 lo encontró triste como a Job, y tan resignado como aquel santo varón.

Lo primero que Pérez se vió al despertar fue el chorreón de chile en el chaleco blanco; y lo primero que se tocó fue la frente, abultada y deforme por un soberbio chichón.

Pérez se contempló al espejo y escudriñó con profunda tristeza los colores azul, morado, verde y amarillo de su ojo izquierdo, resultándole del examen de este iris epidérmico la convicción de que la bolea había sido de la mejor calidad.

La segunda reflexión de Pérez acerca de aquella desgracia fue todavía más triste.

No se acordaba a quien le debía aquel favor.

Y Pérez repitió en el goce de todas sus facultades lo que tantas veces había repetido ebrio: el ron es una bebida muy fuerte.

No teniendo otra conclusión más lógica ni más adecuada a la situación, tomó su sombrero y abandonó aquel salón medio oscuro, lanzando un profundo suspiro.

Pérez también se había rendido a discreción.

Bástale al lector lo expuesto como base del primer cambio importante y trascendental en la vida de Chucho el Ninfo, quien, al sentar plaza de soldado en el cuerpo de Aguado, comenzó a percibir sus haberes íntegros; fortuna que le proporcionaba la ventaja de enseñarse a pródigo y desperdiciado; pero dejemos a Chucho el Ninfo hacer carrera, pues nadie podrá poner en duda la rapidez de sus ascensos militares, y volvamos a ocuparnos de los amores de Mercedes y Carlos.

Desde el momento en que Carlos tocó el resorte de la autoridad pública, decidió de su suerte y de la de Merced, y por medio de los trámites conocidos y no menos embarazosos y molestos, llegaron las cosas a la inevitable resolución del casamiento.

Don Pedro María y doña Rosario se resignaron, evitándose el desagrado de separarse de Mercedes por medio de una providencia oficial de depósito, y se determinó que el matrimonio se verificara en paz.

Hubo serias controversias sobre si la ceremonia debía tener lugar en la casa o en la Parroquia, y esta cuestión mantuvo por algunos días la discusión en la casa de don Pedro María, hasta que por fin don Pedro, con la intervención del padre Martínez, del padre procurador de la Merced y del señor cura de San Pablo, dispusieron que todo se hiciera en la iglesia de la Merced, previas las disposiciones y trámites eclesiásticos conducentes.

—Porque… —decía don Pedro— si la ceremonia es en casa, cate usted que tenemos el inconveniente de los convidados; y a la verdad no estamos para bailecito ni cosa que lo valga.

—Ya se ve, señor don Pedro María ¡qué bailecito ni qué calabazas! —dijo el padre Martínez.

—Si la cosa es en la Parroquia, resulta un matrimonio de pacotilla, como el de los pobrecitos; y a Dios gracias, todavía no estamos en estado tan lastimoso.

—Y sobre todo —decía doña Rosario— si la ceremonia fuera en la Parroquia, esto influiría para que el novio viera mañana a mi hija sobre poco más o menos; y eso sí que no, porque ya que tengo la desgracia de darle mi hija a ese…

—¡Vamos, mujer, vamos, vamos! —dijo don Pedro cariñosamente.

—Pues sí, pues sí —repetía doña Rosario— que al menos se haga la cosa con decoro y con decencia.

—De modo y manera —repitió don Pedro— que la dada de manos y la velación será todo junto.

—Todo junto —repitió doña Rosario.

—Todo junto a las cuatro de la mañana en la iglesia de la Merced.

—En el altar mayor por supuesto —dijo doña Rosario.

—Mira, mujer: yo desearía que fuese en el de mi Castísimo Patriarca.

—En ese caso en el de la Purísima Concepción de María —dijo doña Rosario— porque tratándose de casamiento… ¿No le parece a usted padre Martínez? Decía yo que en el de la Purísima Concepción.

—En el que ustedes gusten —dijo el padre procurador— en cualquiera que sea, yo mandaré poner los blandones grandes, los atriles dorados a fuego, los ornamentos blancos, se pondrán cojines de terciopelo para los novios y se encenderá bastante cera.

—Y que ¿no sería bueno, padre procurador —dijo doña Rosario— que se tocara el órgano?

—No veo inconveniente, se tocará el órgano.

—Veremos a Guzmán.

—Mejor a don Manuel, don Manuel es profesor.

—Pues a don Manuel.

—De modo y manera —interrumpió don Pedro María— que a las cuatro de la mañana…

—O a las tres —dijo doña Rosario.

—Es muy temprano, mujer.

—Al mal paso, darle prisa.

—No empieces, no empieces, por el amor de Dios. Pues, como decía, a las cuatro de la mañana, estarán aquí los coches.

—Porque aunque está tan cerca… —dijo el padre procurador.

—¿A pie? —exclamó doña Rosario—. ¿Mi hija a pie? No lo permita la cruz de mi rosario. Padre procurador, mi hija no iría a pie a la iglesia, ni por una de estas nueve cosas; que si conforme está la iglesia a cien pasos estuviera a uno, mi hija subiría al coche y se volvería a bajar, pero no iría a pie.

—No quise decir… —dijo el padre procurador avergonzado.

—No, padre, ya que la damos, que sea como Dios manda, que al fin ¡quién sabe qué clase de vida se le espera a la hija de mis entrañas!

Y doña Rosario se soltó llorando.

—¡Si acabaré mi cuento! —dijo don Pedro María.

—Siga usted.

—De modo y manera que a las cuatro, sí señor, a las cuatro estarán aquí los coches; usted padre procurador, y el señor cura se entienden con su iglesia y con su altar, etc., etc.

—Por supuesto.

—Y oiga usted, sería bueno poner la colgadura de terciopelo, eso le daría a la cosa un aspecto como más severo…

—Me parece muy bien, se pondrá la cortina de terciopelo: mañana mismo mandaré que la recorran, porque está un poco usada.

—Bueno, pero no se le conoce; de modo y manera que a las cuatro montamos en los coches y allá nos esperan ustedes y… ahora verá usted, somos… los novios, dos… padrino y madrina, cuatro; mi mujer y yo, seis… Angelita y Pablito ocho.

—Y Pérez nueve —dijo doña Rosario enjugándose las lágrimas.

—¡Eso es! —dijo don Pedro María—. El bueno de Pérez. Como que también está apesadumbrado.

—No sé lo que le he notado en los ojos —dijo el señor cura.

—Es una inflamación —dijo doña Rosario.

—De facto —dijo don Pedro María—. ¡Pobre Pérez! De modo y manera que somos nueve personas.

—No ¡qué estás diciendo! —dijo doña Rosario—. ¿Y mi compadre, y los tíos de la niña y las criadas? Sí, las criadas; porque toda la cocina está alborotadísima; todas quieren ir, me lo han pedido con las lágrimas en los ojos. ¡Pobrecitas!

—Pues que vaya toda la cocina mujer, no hay quien se oponga. ¿De modo y manera, que somos quinientos, padre procurador?

—No le hace, la iglesia es grande.

—Bueno, conque se casan ¿y luego…?

—Eso es lo mismo que yo digo, y luego…

—Porque, oigan ustedes, ese paso es fuerte.

—Es fuerte.

—La separación…

—La separación.

—Eso…

—Porque irse uno escurriendo…

—Nada más natural —dijo el padre Martínez— en la puerta de la iglesia se despiden, les echan ustedes la bendición, los novios y los padrinos parten en su coche, y ustedes se vuelven a su casa.

—Eso está muy bueno para dicho, pero ¡calcule usted cómo será esa vuelta! —dijo doña Rosario.

—Sea todo por el amor de Dios —exclamó don Pedro María—. ¡Cómo ha de ser, señor! ¡Cómo ha de ser!

Esta y otras por este estilo, fueron las conversaciones de la casa de don Pedro María.

III. La luna de miel

Al recorrer la historia de Chucho el Ninfo, nos hemos encontrado un período de tiempo en el que, bien poco o ningún interés ofrecen los acontecimientos relativos a nuestro héroe.

Efectivamente, hay una edad en los niños que las gentes llaman «fastidiosa», la que, por lo general, se presta poco al estudio del novelista, y esta consideración nos ha inducido a trazar a grandes rasgos los acontecimientos que tuvieron lugar en ese período; y sin soltar el hilo de cada uno de nuestros personajes llegaremos a la época en que Chucho el Ninfo, ya en su calidad de pollo, nos ofrezca, si no sabroso, al menos abundoso pasto a nuestras habladurías y maledicencias.

En la casa de don Pedro María todo se hizo según habían tenido a bien convenir los señores graves; porque don Pedro, por quitarse ya de calentamientos de cabeza, quería a todo trance salir de aquel asunto, cuyos resultados ponía en manos, según él mismo decía, de la Divina Providencia y bajo la protección y amparo de Nuestra Madre Santísima de la Merced.

Después de la presentación y pedimento del novio, una noche se presentó el señor cura en la casa de don Pedro María para comunicar a Mercedes oficialmente los deseos de Carlos, recabar el consentimiento paterno y llenar todos los requisitos del contrato matrimonial, ajeno por entonces de toda intervención civil.

Aquella noche fue lúgubre para la familia de don Pedro María, porque ocho días después debía celebrarse el matrimonio.

—En la manera de casarse —decía doña Rosario— se conoce a la gente decente; y eso de esperar tres domingos mortales, en los cuales publican su nombre de una para que lo traigan de boca en boca, eso se queda para la gentuza: hoy nadie se casa sin dispensa de vanas, y ¿qué son sesenta pesos para un hombre que se va a casar? De manera que me parece muy bien pensado que la ceremonia sea sólo a los ocho días, porque así todo el mundo sabrá que hubo dispensa de vanas.

—Tienes razón, mujer —le contestaba don Pedro María— ya eso de las amonestaciones se queda para los pobres.

—¡Dios nos asista! No faltaba más si no que para mayor desgracia fueran ahora sujetando a mi hija a las amonestaciones.

Carlos al casarse había obedecido a las sugestiones de su vanidad, excitadas por el desagrado manifiesto de la familia, de manera que procuró ser espléndido y al día siguiente de «la toma del dicho» envió las donas.

Los cien mil misterios que forman el corazón de la mujer, o los complicados pliegues de que se compone, como dicen algunos, se ponen en movimiento como las hojas de un árbol, delante de un regalo de bodas.

La casa estaba tranquila y cada uno en sus tareas, pero cuando resonaron las palabras «Ahí están las donas», hubo una verdadera confusión.

Pérez venía por delante de los criados, Pérez venía abriendo de par en par las vidrieras para que pudieran pasar las charolas y las grandes cajas de cartón; y un momento después media docena de argos en faldas, aplicaban el microscopio de su curiosidad a los regalos.

No hubo puntada, ojilla o randa, encaje o cordón que no analizaran.

Sólo Merced permaneció callada.

Tía había en la rueda que pretendía pasar por mujer de mucho gusto; quién la daba de indiferente, quién comparaba aquellas donas con las suyas, quién torcía el gesto diciendo con aplomo:

—Esto es a doce reales —con la conciencia de que valía doble.

—El vestido blanco es bueno, pero me parece muy recargado.

—Para que sea de costo necesita ser así.

—Yo lo quisiera más sencillo.

—Pero vea usted qué puntadas.

—Como todo lo de las modistas.

—La mantilla es de las de doscientos.

—Lo mismo que la mía.

—Sí, trapeada.

—¡La caja no está fea!

—Cuando yo me casé —dijo una vieja— me la puse blanca.

—Vea usted, en cuanto a alhajas no me parecen gran cosa…

—Aquí hay más de mil pesos en piedras —dijo doña Rosario no pudiendo resistir a la evidencia.

—Si todo es fino, puede.

Merced fingió no oír, fingía ver y sufría con cada palabra.

—¿Y de qué son las camisas?

—De Holanda fina, de la de la Monterilla, la conozco: es de hilo redondo.

—Vaya, vaya —dijo una tía— no se puede negar que tu marido es vanidoso, mira qué medias, éstas valían una onza.

—Pues mi alma, que no sea lo último, porque lo que es yo —dijo otra vieja— tuve pan para hoy y hambre para mañana, porque mis donas fueron así; pero allí paramos.

—Eso nos suele suceder a las mujeres generalmente: al casarnos nos parece que vamos a ser ricas toda la vida, pero después el tiempo da fin con todo.

—Yo vendí mis vestidos de novia en cuatro pesos.

—Y yo mi mantilla en diez.

Aquellas donas dieron materia a las viejas para hablar como cotorras y para arrojarle a su pasado algunas docenas de suspiros, al novio algunas docenas de pullas, y a su alma algunas gotas de la hiel de la envidia.

Pérez hacía entretanto su acopio de observaciones, que no echaba en saco roto, y, contra su costumbre, hablaba poco.

Carlos había allanado hasta entonces todas y cada una de las dificultades que se le habían presentado: su hacienda le permitía llenar todos sus requisitos, satisfacer todas las exigencias sin dejar un solo punto vulnerable en su conducta de novio picado; pero surgió una grave dificultad con que no contaba, y en la que, como se deja entender, contó inmediatamente con Pérez.

—Tengo una apuración —le dijo—: necesito confesarme y comulgar.

—¡Cáspita! —dijo Pérez.

Este «cáspita» resumía la situación porque Pérez iba a exclamar de buena gana:

—¡Qué diablura! Pero no hay cuidado —contestó— tengo un padrecito amigo mío, somos compadres y es muy campechano por más señas.

—¿Y qué?

—Que mi compadre nos sacará del apuro.

—No tiene usted precio.

—Conozco el mundo un poco, señor don Carlitos: cuando usted esté apurado llama usted a Pérez y saldrá de los malos pasos.

—Quiere decir que descanso en usted.

—Vaya, señor don Carlitos, pues no faltaba más sino que a mí se me atorara un hueso.

Llegó el día de la ceremonia, y todo se verificó como se había previsto.

Carlos y Mercedes se habían unido para siempre.

Otro tanto había sucedido a Elena con el coronel Aguado.

Éste había sido un pulpo contra el que Elena buscó en vano una defensa. Aguado daba soluciones expeditivas a toda dificultad.

Elena se resignó.

Pero más bien por Chucho que por otra cosa; al grado de que, sin el amor de madre que Elena sentía, tal vez el coronel no hubiera sido tan afortunado.

Aguado tenía posesiones en Tabasco.

Chucho fue a crecer a Tabasco, en compañía de su mamá.

Pérez se despidió de Elena, de Aguado y de Chucho una noche.

Al desprenderse, quizás para siempre, de su compañera de boleras, recibió un bultito.

—¡Es un recuerdo! —exclamó Pérez, sintiendo rodar una lágrima tibia de reconocimiento ardiente.

Pérez besó aquello.

Repitió esta operación a hurtadillas, conteniendo su curiosidad y pensando en que Elena estaba muy linda y Tabasco muy lejos.

Por fin abrió el bulto.

Eran los zapatitos verdes…

Carlos y Mercedes hicieron, poco más o menos, lo que hacen todos los recién casados.

Salieron «solitos» una noche.

Cenaron en la fonda.

Anduvieron calles.

Carlos apretaba a Mercedes la mano con el brazo y Mercedes le apretaba a Carlos el brazo con la mano.

Unas veces se quedaban viendo y se sonreían.

Otras veces no se sonreían.

Fueron al teatro.

Hicieron muchas visitas.

Fueron estrenándolo todo poco a poco.

Tenían muchas cosas de qué platicar.

Mercedes estaba encantada con su casa, con su cocina, con sus muebles, con su tocador, con su piano, con sus pájaros y con sus macetas.

Todo el día hacían programas.

Merced procuraba ser económica. Carlos procuraba ser muy pródigo.

Merced fingía saber guisar. Carlos fingía tener el mismo paladar que Mercedes, y finalmente los dos ponían sus cinco sentidos en complacerse y Carlos quería que Mercedes no se molestara y Mercedes quería que Carlos no se tomara ninguna molestia. Carlos procuraba que no le faltara nada a Mercedes, y Mercedes encontraba que tenía, no sólo lo necesario, sino lo superfluo; todo lo cual ha sido bautizado, no sabemos por quién, con el extraño título de luna de miel.

Doña Rosario, don Pedro, Angelita y Pablito les hicieron por fin una visita asaz ceremoniosa; lo elogiaron todo, y lo vieron todo; pero doña Rosario lo veía de dos modos.

El uno fingiendo que no veía; y el otro viendo sin que la vieran hasta fotografiar la casa en su imaginación.

Una idea preocupó a Mercedes durante un mes consecutivo, y esta idea era expresada en esta frase:

—Ya estoy casada.

Carlos estaba alegre, satisfecho y orgulloso, pero ya se había quedado pensativo muchas veces pensando esto:

—Ya estoy casado.

Esta frase tiene toda esa tensión inexorable de lo eterno; es una frase de granito que no se deslíe con las lágrimas, y que sólo la dicha y los placeres logran encubrir a medias.

El cambio operado en la vida de Merced le parecía un sueño y le costaba trabajo persuadirse de que no estaba de visita en aquella casa.

Merced y Carlos se amaban, se consideraban, se complacían mutuamente, y tenían todo lo necesario; a Mercedes no le faltaba nada, absolutamente nada; sus cómodas y sus roperos eran un almacén surtido superabundantemente de cuanto puede apetecer la mujer.

Carlos estaba pendiente de sus menores deseos; Mercedes procuraba complacer a Carlos hasta en sus menores caprichos; ni una nube, ni la más ligera contrariedad, ni el más ligero asomo de perturbación empañaba la luna de miel; ya había pasado un mes y, cosa rara, no se habían encontrado ningún defecto; siempre estaban de acuerdo; siempre estaban bien.

Una tarde, eran las cinco, Mercedes y Carlos estaban sentados en dos silloncitos detrás de la vidriera de un balcón de la sala; una criada india acababa de arrimar una mesita redonda en donde colocó una limpia servilleta y en seguida el chocolate, espumoso, oliendo a canela y acompañado de sabrosos y tibios bizcochitos; era un chocolate verdaderamente monástico.

Carlos y Mercedes lo sorbieron con delicia, con más delicia que de ordinario; porque casi ya acababan y no habían hablado.

—Qué callada estás.

—Eso mismo te iba a decir yo.

—¿En qué piensas?

—En el chocolate —dijo muy pronto Mercedes.

—Está riquísimo.

—¿Te gusta así? La otra molienda se hará lo mismo.

Volvió a reinar el silencio.

Durante este silencio Mercedes se afanaba por encontrar una frase para romperlo, veía a la calle para buscar motivo de hablar, no pasaba nadie; iba a pararse, le pareció inútil, y sobre todo, hacer grande lo que no lo era. ¡Qué tonta soy! —pensaba—. ¿Qué no me ocurra que hablar?

—Qué feo silencio —pensó Carlos—. ¿Qué diré? Creo que ya nos lo hemos dicho todo.

—¿A dónde vamos esta noche? —dijo por fin Carlos. Mercedes respondió y sonrió con el placer de tener ya motivo para hablar.

—A donde quieras.

—Por mí… —dijo Carlos encogiéndose de hombros. —¿Te es indiferente?

—Iremos donde tú quieras.

—No, tú lo dices…

—Sobre que para mí es lo mismo.

—Y para mí también.

—Pero en fin, tú tendrás más deseo de ver a unas amigas que a otras.

—¿Creerás que no?

—A algunas has de querer más.

—Ya sabes que después de ti, no tengo predilección ninguna; de manera que iremos donde tú quieras.

—Pues si tú no lo determinas, a mí no me ocurre nada.

—Yo te preguntaré. ¿A la casa de tu familia?

—Ya fuimos ayer.

—¿De tu maestro?

—No, hasta que vengan de allá.

—¿A casa del ministro?

—¡Hay tanta gente!…

—¿A Donceles?

—¡Dios me libre!

—Pues no hay a dónde ir.

—¿Por qué no me preguntas si iremos a tu casa?

—No me había acordado.

—¿No?

—Sí, sí pero a mi casa…

—¿Qué?

—Será bueno no ir seguido.

—Pero yo creo que eso te contraría.

—No, positivamente no; sino que así es mejor.

—¿Lo dices como lo sientes?

—Sí.

—Que «sí» tan frío.

—Sí, señorito mío.

Y Mercedes dijo esto haciendo uno de esos guiños que son tan conocidos del lector como difíciles de escribir.

La luna de miel de Mercedes y Carlos tenía manchas no descritas y que el telescopio de los esposos no alcanzaba a percibir claramente: aquel amor se resentía de intermitencias soporíferas.

El silencio es un síntoma terrible: allí donde acaba la palabra, comienza el fastidio. Instintivamente buscaban ambos esposos y por diversas curvas, motivos y pretextos para llenar el tiempo, para conjurar la venida de uno de esos largos intervalos de sueño, de silencio y de fastidio.

Se ha dicho que el amor es como la luna, porque el amor y la luna o están creciendo o están menguando. Los esposos sentían la verdad de este axioma en toda su desnudez.

El diablo doméstico, cuyo oficio es descomponer matrimonios, había aceptado un papel negativo, pero no menos fecundo en resultados: los había dejado solos.

Carlos amaba a Merced, pero tenía miedo de no seguirla amando.

Merced, por su parte, temía no ser suficientemente compatible para Carlos.

Así pasaron algunos meses.

El retraimiento de la familia de Merced, hacía a ésta más palpable su soledad y su situación. Merced se entristecía y a su ahinco por complacer a Carlos, agregaba el de tener que ocultarle su tristeza.

Bullían en la mente de Mercedes algunas ideas negras cuando procuraba explicarse la causa de aquel malestar moral, y se desesperaba de no encontrar ninguna explicación profunda; no se atrevía, por otra parte, a hacer a nadie esta confidencia, porque ni ella misma hubiera querido decírselo.

IV. De cómo se carga en un matrimonio una batería de Buntzen, para cuando se necesite

Merced estaba un día sola y entregada profundamente a sus meditaciones; y aunque en la apariencia estaba afanada confeccionando tapetes y curiosidades de manos, el hecho era que aquella laboriosidad no era más que el pretexto para concentrarse, entregándose de lleno a sus ideas y tristes elucubraciones.

Carlos estaba fuera de casa.

Merced se encontró de repente frente a doña Rosario, y se estremeció como el que sale de su ensimismamiento; en seguida sonrió con alegría al parecer, pero al abrazar a su madre, sintió que se le salían las lágrimas.

Doña Rosario sintió estas lágrimas rodarle por el cuello y un mundo de palabras se le atoró en las fauces.

Madre e hija quedaron en silencio por algún tiempo, al cabo del cual doña Rosario le preguntó a Merced con voz calmada.

—¿Qué tienes?

—Nada.

—¿Por qué lloras?

—Me dió gusto ver a usted.

Doña Rosario, con esa lógica que podemos llamar de madre, pensó: «Luego estaba sufriendo»; y agregó:

—Pero además del gusto que te ha dado verme ¿qué tienes?

—Nada.

—No eres feliz —dijo con seguridad doña Rosario.

Merced no se tardó más que un segundo en contestar, pero en este segundo cabía un «no», que doña Rosario se encargó de colocar.

—Si, soy feliz, nada me falta, mi marido es muy bueno; me da gusto en todo, me colma de obsequios y se porta admirablemente.

—Entonces…

—Los extraño a ustedes mucho, y como creo que todavía me guardan rencor porque me casé…

—No seas ligera para hablar ¿qué es eso de rencor? Uno es que no estemos conformes con las ideas de tu marido y otro es que te guardemos rencor; rencor ¿por qué? Lo sentimos, es cierto, pero tú no tienes la culpa. Conque… entremos a cuentas. ¿Tu marido es celoso?

—No señora.

—¿Y tú?

—Tampoco.

—¿Tiene mal genio?

—No, al contrario.

—¿Tienes muchas visitas?

—Algunas.

—¿Quiénes vienen?

—Con frecuencia, nadie.

—¿Nadie?

—Sólo Pérez.

—¡Ah!

—Pero Pérez y nada, es lo mismo.

—¿Gastas mucho?

—Menos de lo que quiere Carlos.

—¿Ahorras?

—Sí, tengo ya llena mi alcancía.

—Los negocios de tu marido ¿se han puesto malos?

—No, al contrario; va a comprar otra casa.

—¡Habíase visto cosa más rara! Pues ¿por qué lloras?

—¿No le he dicho a usted, que porque echo de menos a mi familia? Usted no quiere venir y se me pasa ya hasta una semana para ver a los de mi casa.

—Eso es conveniente; porque ya sabes que no estando conformes en ideas (te ha dicho tu marido) lo mejor es estar lejos —dijo doña Rosario recalcando las palabras.

—Pero no tanto que no pueda contar con usted para nada.

—¿Me necesitas?

—Como siempre.

—Bueno, bueno; sigue siendo buena hija, y si esto es así, entonces ten por seguro que alcanzarás el consuelo que apeteces; vamos a ver ¿desde cuándo no te confiesas?

—Desde que me casé.

—¡Pues ahí está todo! ¿Y así te estás devanando los sesos por encontrar la causa de tu tristeza? ¿Qué más motivo quieres que el de no estar bien con Dios? Pues, como dice muy bien el señor cura: «El pasto del alma, el pasto del alma». Pues, la cosa es muy sencilla; ofrécele una comunión a la Purísima Concepción de María y verás cómo te tranquilizas, porque esa tristeza y esas lágrimas no son más que avisos del cielo para que no abandones tus prácticas religiosas, y para que te libres del contagio de las ideas modernas.

—Pero, es que Carlos no quiere que me confiese.

—Y qué tenemos con que no quiera ¡pues no faltaba más! En su conciencia de uno nadie manda. ¿Qué no quiere que te confieses? Pues se le engaña; se hace sin que él lo sepa.

—Pero esa es una falta.

—¡Qué disparate! ¿Falta, cuando se trata de la salvación de tu alma? No señor, estás en un error; esto no es una falta; yo ya le tengo consultado ese punto al señor cura y me ha dado su aprobación; me ha dicho que en nada debe uno engañar a su marido; pero que, en siendo para una cosa buena, sí se puede. ¿Y qué cosa más buena que cumplir con la Iglesia? Porque tu marido será dueño de ti; pero no tiene derecho de exigirte que te condenes; que con el infierno no se juega, y tú no estás exenta de un ataque violento, de un mal parto, en fin, de cualquier cosa; y quedarás lucida con morir en pecado mortal, sólo porque el ilustrado del señor don Carlos, tu marido, no quiere que te confieses. ¡Pues estaba bonito el mundo! No señor, tú te puedes confesar sin decirle nada a tu marido, porque esas son cosas de la conciencia y la conciencia es una cosa muy sagrada.

—Pero ¿está usted segura de que no cometo una falta engañando en esto a mi marido?

—Te digo que no; y, sobre todo, tú puedes cerciorarte. El domingo hay función en Jesús María, allí confiesa el padre Martínez; te acercas y le haces la consulta, si estás conforme allí mismo le «desembuchas»: ya el padre Martínez te ha confesado y sales de una vez de ese negocio, y en un día de la semana veré al padre procurador para que él mismo te dé la comunión en el altar de la Purísima, aunque tenga yo que mandar decir la misa; con que ¿estás conforme?…

—Está bien, así lo haré.

Doña Rosario se fue contentísima y realmente consolada en el fondo, porque le parecía que acababa de nacer una buena obra procurando la salvación de su hija.

—¿Qué te parece lo que he hecho? —le dijo a don Pedro María tan luego como llegó doña Rosario a su casa—. Ya la catequicé.

—¿A quién?

—A Mercedes.

—¿Para qué?

—Para que se confiese.

—¿Cómo?

—Va a ofrecer una comunión a la Purísima.

—¿Es posible?

—El domingo.

—¿Y Carlos?

—No lo sabe.

—Peí o mujer… no vayas a descomponer…

—No, qué descomponer; todo se va a hacer con el mayor sigilo… pero están tocando… es el padre Martínez.

—Dios lo envía a usted, padre Martínez.

—¡Vaya! Pues viniendo de parte de mi amo y señor seré bien venido.

—¡Y como que sí!

—¿Qué le ha sucedido a usted que está tan alegre, doña Rosario?

—¿Cómo qué? La salvación de mi hija.

—¡Cómo es eso!

—Vuélvase usted todo orejas, padre Martínez, el domingo próximo, quiere decir, pasado mañana se me planta usted en un confesionario de Jesús María.

—¿Y qué hago allí?

—Espere usted; se me planta usted allí desde las siete de la mañana.

—Pero, si yo digo misa de ocho en la Merced.

—No le hace, se me planta usted en el confesionario.

—Y bien ¿qué hago?

—Espera usted a que llegue mi hija Merced, que quiere hacerle a usted una consulta.

—¡Ave María!

—No se alarme usted; le va a preguntar si puede confesarse sin que lo sepa su marido.

—Pues ya se ve que puede.

—¡Bueno! Pues como eso es lo que usted le ha de contestar, acto continuo, su acto de contrición, y a desembuchar sin pérdida de tiempo: yo creo que será obra de pocos minutos, porque ¿qué pecados va a tener mi hijita tan buena? En seguida, le echa usted la absolución y me la deja en disposición de comulgar el lunes.

—¿Y eso es todo?

—Ya ve usted, padre Martínez, que no es un gran sacrificio.

—¡Ya se ve!

—¿Conque estamos arreglados?

—Sí; pero me da usted chocolatito del de la otra noche.

—¿Le gustó a usted?

—Estaba delicioso.

—Allá le mando a usted las libras que me quedan.

—No lo decía por tanto; un pocillito, un pocillito nada más para tomarlo en compañía de ustedes.

—Pues pocillito y libras.

—Acepte usted, padre; acepte usted —dijo don Pedro que había estado abriendo la boca hacía rato— en recibir no hay engaño, padre Martínez. Ya verá usted qué desplumada le doy esta noche en el tresillito.

—Es usted chambón, don Pedro.

—Ya veremos.

—¡Qué bueno es el padre Martínez! —pensó doña Rosario, dirigiéndose a la cocina para hacerle personalmente el chocolate.

Doña Rosario hizo todavía al día siguiente una visita a su hija para asegurarla en su propósito, y quedó definitiva y solemnemente pactado que Merced saldría antes de las siete de su casa, y que se confesaría con el padre Martínez en Jesús María.

A Merced, no obstante, la preocupaba la idea de engañar a Carlos, y como era la primera vez que iba a desobedecerlo, procuraba disimular lo mejor que le era posible.

Cuando llegó Carlos encontró a Merced muy alegre.

Carlos se sorprendió agradablemente.

—Me ha dado mucho gusto verte —le dijo Merced.

Carlos le hizo una caricia. Merced estuvo locuaz en la comida y como más comunicativa, al grado que Carlos empezó a reprocharse interiormente haber vacilado alguna vez acerca de su felicidad.

Merced se había admirado del resultado de su disimulo por su primer engaño: veía a Carlos tan contento, tan cariñoso, que se sorprendió ella misma de su facultad para ocultar algo.

—¡Qué ajeno estará —se decía— de que lo estoy engañando! ¡Lo que son los hombres! Ahora es cuando él está más seguro de mí, precisamente cuando tengo algo que ocultarle. Yo no me perdonaría esto, si se tratara de otra cosa; pero se trata de una cosa buena, de una cosa santa, de confesarme, de ser buena cristiana y esto me tranquiliza.

Carlos, a su vez, no sabía qué hacer con Merced: su cariño había recibido un nuevo impulso.

—¡Qué ligero he sido —pensaba— al creer que Mercedes me ocultaba algo! Esa tristeza y el estarse callada largos ratos, no era más que apariencia engañosa. Gracias a Dios que se me ha quitado esta idea, que era un peso que me atormentaba.

El sábado llegó Carlos más temprano que de ordinario, y detrás de él venía un mozo cargando unos bultos.

—¿Qué traes? —le preguntó Mercedes.

—Cajas cerradas.

—¿Para quién?

—¿No lo adivinas?

—No.

—¡Ah!… pues ábrelas.

—Tú tienes la llave.

—¿Yo?

—Sí… aquí, en los labios.

Y Merced puso los labios para que se los besara su marido.

En seguida se abrieron las cajas.

—¡Otro vestido! —exclamó Merced— ¡y otra manteleta!

—¿Qué tal?

—Es hermosísimo.

—Para el domingo.

Merced se puso colorada.

—He aquí mi programa —continuó Carlos— y mi programa sin apelación.

Merced creyó que debía no ver de frente a Carlos y le dijo:

—Siéntate —con objeto de apartarse un poco de la luz.

—La familia de Donceles —dijo Carlos, cuando ya se habían sentado— tiene un día de campo el domingo en su casa de San Ángel, porque es el cumpleaños de una de las muchachas y nos han convidado. ¿Qué tal?

—¿Día de campo?

—Y estará espléndido. Ya lo ves, ese vestido es para el domingo.

—¡Qué bueno eres!

—Conque el domingo a las siete de la mañana.

—¿A las siete? —preguntó Merced acordándose de la intriguilla.

—Sí, a las siete viene el coche por nosotros.

—Es muy temprano.

—¿Para ir al campo?

—No, pero para disponerme…

—Todos los días, a las seis ya estás lista.

—Sí, pero…

—No hay pero, te pruebas el vestido para prevenir alguna demora.

—Pero… el domingo.

—Nada tienes que hacer.

—Vienen visitas.

—¿A las siete?

—No, pero hay que esperarlas.

—Yo les mando avisar ¿a quién esperas?

—A mis primas.

—Pero si tus primas van a San Ángel.

—¡Ah! entonces… está bien…

Mercedes se quedó pensativa.

—¿En qué piensas?

—En que realmente es muy temprano.

—¡Ah! pues si te fuera muy molesto —dijo Carlos picado.

—No, molesto no…

—Realmente las siete es muy buena hora.

—Dices bien —dijo resueltamente Mercedes, viendo que no tenía remedio.

—¿Conque estarás lista? Ya sabes que allá son muy exactos, y me he comprometido solemnemente.

En la noche, Carlos estaba tan complaciente que invitó a Mercedes a ir a la casa de don Pedro María.

Mientras Carlos estaba en la sala con algunas visitas hablando de política y generalidades, Mercedes, doña Rosario y dos lías, formaban un grupo en una recámara a oscuras.

—Pues no tiene remedio —decía doña Rosario— el padre Martínez te espera, y si no se aprovecha la ocasión, esto se queda en tal estado y será una lástima.

—Me ocurre una idea —dijo una tía.

—¿Cuál?

—Que se quede aquí Mercedes.

—¿Con qué pretexto?

—Dios me libre —dijo Mercedes.

—Al fin, es por tu bien.

—Que se finja mala.

—Eso es —dijo doña Rosario— le diremos a Carlos que tienes un dolor y que aquí te quedas; mañana temprano sales, te confiesas, y te vuelves a tu casa; todo será una demora de una media hora, y ¿qué más da que vayas al día de campo media hora después? Vale la pena de hacer este sacrificio por conseguir el resultado de que te pongas bien con Dios; mira que hasta he mandado componer el altar de la Purísima y también van a ponerse ese día unos ramilletes blancos y azules, los ornamentos serán también blancos y azules, y acá todos nos vamos a vestir ese día de blanco y azul; conque ¿qué te parece?

Mercedes vacilaba.

—Yo resolveré la cuestión —dijo una tía, mujer como de cuarenta años que la echaba de expeditiva y lista.

Entró a la sala y dijo a don Pedro María de modo que lo oyeran todos:

—¿Tiene usted en su botiquín una poquita de manzanilla, señor don Pedro?

—¿Cómo? ¿qué?… ¿para quién?… ¿quién esta enfermo? ¿qué se ofrece?… A ver a ver.

—No, no es nada —dijo la tía— es un dolor que le ha dado a Merceditas.

—¡Ave María Purísima! Voy por la manzanilla.

—¿Qué ha comido? —preguntó uno.

Carlos pidió permiso para entrar: la otra tía, que todo lo estaba observando, se paró en la puerta y al ver llegar a Carlos, le manifestó que estaban curando a Merced.

Doña Rosario, que oyó hablar a Carlos, le dijo a Merced:

—Quéjate.

Merced tenía que elegir entre poner en ridículo a su familia, o engañar a Carlos, y optó por quejarse dolorosamente.

Se prepararon algunas drogas que doña Rosario se encargó de hacer desaparecer, y se desempeñó por doña Rosario y las tías el más verosímil de los sainetes.

Después del dolor vino el sueño y el silencio. Carlos oyó las dos de la mañana, esperando el resultado; pero se le aseguraba que Merced seguía durmiendo y que otra vez que la habían despertado había vuelto a enfermarse.

Al fin consiguieron que Carlos se marchara; y las viejas triunfantes aseguraban haberle quitado una presa al diablo, al menos por el pronto.

V. Chucho el Ninfo hecho pollo

Ya había transcurrido largo tiempo después de los acontecimientos que acabamos de referir, cuando una circunstancia inesperada vino por casualidad a reanudar el hilo de esta historia, sirviéndonos dicha circunstancia de abundante materia, con agradable sorpresa nuestra.

Estábamos en el Teatro Nacional, y nuestras miradas recorrían las localidades, pasando esa revista de que no se puede prescindir cuando se encuentra uno en el centro de una reunión. Algunos conocidos viejos, tal o cual familia a quien habíamos dejado de ver mucho tiempo y muchas personas más, fueron objeto de nuestra atención, en seguida nos arrellanamos, no diremos muy cómodamente, en nuestro asiento, disponiéndonos a gozar del espectáculo, cuando nuestra vista se fijó en un pollo.

Era el tal un jovencito como de catorce a diecisiete años, con el pelo castaño claro, hermosos ojos, tierna y sedosa barba, boca voluptuosa y fresca, y magníficos dientes.

Estaba muy bien vestido: su ropa era flamante, su camisa de irreprochable blancura, y sus manos estaban oprimidas en unos guantes color de lila. El joven era una de esas personas que tienen la misión de hacerse ver y el derecho de no pasar nunca inadvertidas.

En sus maneras revelaba el amaneramiento y el estudio: no cesaba de moverse cual si pesara sobre él la imprescindible obligación de cuidarse, de revisarse a sí mismo incesantemente. Ora se tocaba el nudo de la corbata para cerciorarse de si se le había descompuesto; otra se veía los puños de la camisa para cuidar que salieran lo suficiente más adelante de la manga de la levita, cubriendo la extremidad interior del guante; ora recorría lentamente, aunque con disimulo, las costuras del guante, por si la seda hubiera podido faltar y descoserse; ora se arreglaba la barba, después el pelo; ora, en fin, tomaba una actitud que sostenía por largo tiempo, fingiendo estar preocupado con la vista de alguna joven, pero en realidad nada veía.

Si se hubiera podido sorprender su pensamiento se le hubiera encontrado pensando que su figura era elegante, y que en aquella actitud realzaban sus prendas físicas a los ojos de algún observador que lo estuviese contemplando.

No era corto de vista, pero de vez en cuando creía darse un aire interesante plegando ligeramente los ojos, como si apurara la vista para distinguir algún objeto distante, y en seguida abría decididamente los párpados, pensando entonces que sus ojos tomaban la expresión interesante y franca que les era habitual.

Si se encontraba con la mirada de alguna joven, se le veía afectar cierto disimulo y tomar una actitud que, favoreciendo sus contornos, proporcionara a la interesada la ocasión de estudiarlo, de verlo bien, de convencerse que aquel joven era apuesto, buen mozo y gentil como un Adonis.

Este acopio de observaciones, engendró en nosotros el deseo de averiguar quién era aquel joven.

—¿Conoce usted a aquel pollo?

—No: es nuevo —me dijo un amigo— ya me había llamado la atención.

Repetí esta pregunta y nadie pudo darme más razón del joven sino que se había hecho ver: en suma, su exterior no había pasado inadvertido para la mayoría; pero de sus antecedentes, nadie sabía una palabra, ni siquiera su nombre.

Me dirigí a uno de esos Pérez que todo lo saben y tuve estos datos.

—Este joven vive en la calle de…

Me dijo mi hombre una calle céntrica.

—Creo que es hijo natural de…

Me dijo el nombre de un personaje.

—Parece que lo ha reconocido hace poco, y pasa por su sobrino; pero es su hijo.

—¿Y cómo se llama?

—Se llama… ya no me acuerdo de su nombre.

A la sazón me saludaba una señora desde la platea inmediata.

Esta señora me dió al día siguiente estas noticias.

—Yo sé perfectamente la historia del joven, y supuesto que usted se interesa en conocerla —me dijo la señora— voy a contársela.

Viajaba yo hace poco en diligencia: antes de las cuatro de la mañana del segundo día de viaje, entré al coche para acomodarme anticipadamente en mi asiento. No conocía a ninguno de mis compañeros de viaje; además, la oscuridad era tal, que sólo pude notar al cabo de un rato que entraban al carruaje un hombre, una mujer y un niño.

Debo advertir a usted que yo sé dormir en diligencia, y que había pasado en el mesón una noche infernal, de manera que apenas comenzamos a andar, me cubrí la cabeza y me dormí profundamente.

Cuando desperté era ya entrado el día, y pensé, lo primero, en mi exhibición; iba a descubrirme ante mis compañeros de viaje y a darles los buenos días; abrí un ojo y percibí al través de mi espeso velo, que mis compañeros tenían la cara cubierta y dormían.

Al cabo de un rato despertó el compañero.

Esto me contuvo.

En seguida, despertó la mujer, se descubrió, y al ver al compañero hizo un movimiento de sorpresa.

Esto acabó de decidirme a permanecer con la cara cubierta.

—¡Don Francisco! —balbució la señora y su semblante se descompuso notablemente.

—¡Elena! —exclamó el compañero y tomó entre las suyas las manos del señor.

Aquí va a pasar algo bueno, dije para mí y no debo descubrirme; fingiré que sigo durmiendo. Hubo una pausa, durante la cual don Francisco y Elena se quedaron viendo uno a otro, no sabiendo cómo romper el silencio.

—Todo se puede reparar —dijo don Francisco.

—Es tarde —dijo aquella señora, a quien nombraré Elena, supuesto que desde ese momento supe su nombre. Le confesaré a usted que cuando Elena dijo: «¡Es tarde!» me acordé de la Traviata y estuve a punto de reírme.

—Para una reparación nunca es tarde: hoy mi posición es distinta y no me pararé en los medios.

—Todo concluyó entre nosotros. ¡Me ha hecho usted llorar tanto!…

—Perdóneme usted, Elena, se lo pido a usted en nombre de nuestro hijo.

Elena llevó la mano a la boca indicando a don Francisco que callase; en seguida le mostró el niño que iba dormido. Don Francisco lanzó una exclamación que, por lo estrepitosa, me pareció que requería un movimiento de mi parte; pero los actores de aquella escena parecían estar bastante preocupados con sus asuntos para cuidarse de mí.

Elena había descubierto la cara al niño. No sé si sería el efecto de la luz rosada de la aurora, pero aquel niño me pareció encantador.

A don Francisco le estaba pareciendo enteramente lo mismo que a mí, porque se puso muy inquieto y procuraba con ahínco besar al niño; pero Elena contenía a don Francisco para que su hijo no despertara.

—Es mi hijo ¿no es verdad?

Elena contestó con una mirada de madre.

Aquella mirada fue un «sí» de los más elocuentes que yo he visto.

Como éramos sólo cuatro pasajeros ocupábamos los cuatro rincones de la diligencia; pero don Francisco, desde las primeras palabras del reconocimiento, se había pasado al lado de Elena.

Llegamos a la primera posta y me fue preciso despertar.

Como la primera parte de aquella historia había pasado, según sus actores, desapercibida para mí, supuesto que me creían dormida, don Francisco y Elena adoptaron, sin ponerse de acuerdo, un estilo enigmático para poder continuar su interesante diálogo delante de mí.

Él está dispuesto a reconocer a su hijo y ya corre de su cuenta.

—Pero ella tiene miramientos que guardar y compromisos que respetar.

—Todo lo demás importa poco, lo esencial es que él ha encontrado a su hijo.

Como es de suponer la conversación se mantuvo animada en todo el camino, y yo tuve ocasión de enterarme de una intriga que referiré a usted con todos sus pormenores.

Creí no volver a ver a aquellas personas, y aun por lo pronto no supe su paradero, pero hace algunas noches he sabido que el niño aquel de la diligencia, es precisamente ese joven por quien usted se interesaba en el teatro y el mismo que pasa hoy ante la sociedad como sobrino de don Francisco, a quien usted conoce perfectamente.

—¿Y sabe usted el nombre del joven? —le pregunté a la señora.

—Sé que se llama Chucho, pero en cuanto a su apellido corren varias versiones: unas le dan el de don Francisco, otras le llaman Flores, y más generalmente le he oído llamar «Chucho el Ninfo».

En esta época en que ya Chucho el Ninfo figuraba en la categoría de pollo, Elena había vuelto a México, madre de dos niños, que en nada se parecían a Chucho, y a quienes todos conocían con el nombre de los niños Aguados.

Con diez años más, Elena estaba ya completamente tranquila en materia de posadas; pero no así con respecto a sus asuntos.

Las amigas de Elena apenas la reconocían; había desaparecido por completo aquel resto de gentileza y aquella morbidez que tanto efecto hicieron en el coronel, con quien, según expresión de la misma Elena, había purgado todos sus pecados.

Con el último de los niños Aguados, había caído sobre Elena el crudo otoño blanqueando sus cabellos.

Por lo que toca a Chucho, al poco tiempo de su reconocimiento por don Francisco se separó de su mamá para vivir en una hacienda al lado de don Francisco, a quien desde entonces llamó su tío; de manera que hacía cerca de diez años que no veía a su madre, y, por supuesto, no conocía a sus hermanitos.

Chucho, al pasar de la casa materna a la de su tío, llevando todos los defectos de su educación afeminada, no hizo más, por desgracia, que agregar a sus costumbres malas y viciadas todos los defectos inherentes a la ociosidad opulenta.

Don Francisco era un ricohome, pagado de su hacienda y jurando que no hay nada más allá de una buena cosecha de trigo.

Don Francisco creía dedicar a su sobrino al campo, y en realidad a eso lo dedicaba prácticamente, desechando el estudio teórico de la agricultura, los conocimientos anexos y las aplicaciones de la ciencia; pues don Francisco era de los que se reían de los libros como invenciones de extranjeros muy propias para otros climas y otras costumbres; pero no para este país privilegiado en el que la madre naturaleza es tan pródiga.

Don Francisco vivía solo, pasaba por viudo, y como la mayor parte de su vida la había empleado en el campo, su salud era perfecta y representaba menos años de los que contaba.

Chucho se fastidiaba soberanamente en medio de las monótonas tareas del campo, y el aislamiento en que vivía lo obligaba a buscar incesantemente un género de distracción más adecuado a sus instintos que los surcos y los herraderos, las pizcas y las matanzas.

No tardó Chucho en acreditarse en más de veinte leguas a la redonda, y era tenido por las lugareñas y rancheritas de las haciendas y pueblos colindantes como un excelente bailador, galante y apuesto como pocos.

Entre aquellas buenas gentes Chucho no era conocido con el apodo de Chucho el Ninfo, sino por «el niño de la hacienda»; en cambio Chucho nunca llegó a acreditarse ni de labrador ni de valiente; pero sí alcanzó renombre entre el bello sexo, que se disputaba a porfía los favores del niño de la hacienda.

Toda la servidumbre de don Francisco, incluso la peonada, que era numerosa, le llamaban a Chucho «el niño».

Con estos antecedentes y después de un aprendizaje y noviciado, Chucho vino a México después de diez años de ausencia, apareciendo de la noche a la mañana en los altos círculos a donde ingresó por medio de la influencia de don Francisco, quien, en su carácter de antiguo y rico labrador, cultivaba relaciones con esa parte de la sociedad mexicana que representaba la aristocracia del capital.

No tardó Chucho en verse rodeado de los jóvenes más elegantes y en contraer amistad con las principales familias: se exhibió en Bucareli en el coche de don Francisco y algunas veces montando magníficos caballos.

VI. En el que, anudando el hilo de la historia, volvemos a encontrar a nuestros personajes

No pasaba día por Pérez.

Los diez años transcurridos habían probado la excelencia de las razas primitivas, pues, como sabe el lector, Pérez era trigueño, y su negra cabellera era de esas que saben resistir el hielo de los años.

Pérez nunca olvidó a Elena; su amor resistió a la prueba del tiempo, de la ausencia y de la distancia, y siempre estuvo al tanto de la vida de Elena; de manera que Pérez fue el primero que en México supo el regreso de ella y el único que se adelantó a recibirla en la garita.

Pérez, que había conservado la imagen de Elena mórbida y graciosa y mostrando sus piesecitos azules en las boleras, estuvo a punto de desmayarse al encontrarse frente a la vieja mamá de los niños Aguados.

Jamás el estrago del tiempo fue tan manifiesto, y Pérez no daba crédito a sus propios ojos; pero aquella señora mayor era Elena a pesar de todo: y apenas había cosa más natural, pues esa ilusión de Pérez frisaba en los cuarenta y ocho.

Elena confesó a Pérez llorando, que, alucinada con el coronel, lo había preferido; pero que esta preferencia la había hecho probar todos los sinsabores imaginables.

—Muy poco tiempo me bastó para conocer que el coronel Aguado es un monstruo.

—Lo creo —dijo Pérez— en cambio ha necesitado usted diez años para saber que Pérez ha sido y era su buen amigo, y que hubiera llegado a ser…

Pérez no se atrevió a pronunciar la palabra.

Elena le pagó aún con un guiño, que los pies de gallo de sus ojos y la falta de dos dientes se encargaron de hacer grotesco.

Pérez esperaba a Elena sólo para no dejar sin sepultura sus ilusiones.

En la casa de don Pedro María las cosas habían cambiado también. Angelita se había casado con González y Pablito era periodista.

El casamiento de Angelita difirió esencialmente del de Mercedes; y la razón eficiente para que este enlace hubiera sido del agrado de la familia, fue ésta: González se confesaba con el padre Espinosa.

De manera que Angelita tuvo el gusto de casarse con toda la solemnidad que el caso requería, pues hubo baile en la casa de don Pedro María la noche de la toma del dicho, baile en la ceremonia, y día de campo el día de la velación.

Merced tenía una niña único fruto de su matrimonio.

Más adelante impondremos al lector de lo que acaeció en lodo el tiempo transcurrido.

A los dos meses de haber venido Chucho a México llegó Elena, y, por conducto de Pérez, madre e hijo se vieron después de tan larga ausencia.

La pasión del lujo y las comodidades tienen el funesto poder de marchitar los sentimientos y de secar el corazón.

A Chucho le faltaba este otro toque: ser mal hijo.

Efectivamente, recibió con frialdad a su madre e hizo veinte gestos porque la encontró en mal predicamento; le parecieron muy feos sus medio hermanos, y apresuró el término de su primera visita.

Chucho procuró olvidar la prosa de su infancia desde que empezó a hacer el papel de potentado, y despreciaba todo lo que no estuviera en armonía con su refinamiento y sus pretensiones de gran señor.

Chucho llegó a tener un solo culto: su persona. Un solo deseo: parecer bien.

El esmero que empleaba en su persona absorbía la mayor parte de su tiempo, y se exhibía en el resto que le quedaba libre, seguro de aumentar el número de sus conquistas.

La vida sibarítica de Chucho en la época en que el desarrollo físico acababa por tomar su rasgo fisonómico, imprimió en su semblante un gesto que revelaba tanto bienestar como suficiencia.

Chucho tenía siempre los labios entreabiertos, mostrando una parte de los dientes superiores, los que generalmente le ayudaban a su labio superior a pronunciar las «bes». Chucho, además, silbaba las «eses», y pronunciaba ligeramente las «zetas»; de manera que su pronunciación era dulce, blanda y se alejaba un poco de la manera con que en México se pronuncia el español.

Este modo de hablar de Chucho era nuevo y resultado de un estudio especial; además, hablaba muy despacio.

Chucho repugnaba la acentuación varonil y combatía en su fisonomía la venida de esas líneas que deciden el aspecto viril. Chucho deseaba aparecer niño, y una mancha en el cutis la hubiera conceptuado como una verdadera desgracia.

El uso del coldcream había realizado su ensueño de tener una tez virginal; había logrado mantener arqueadas las pestañas, calentándoselas con un instrumento de su invención; se pintaba los labios con carmín, y tenía diez preparaciones diversas para conservarse la dentadura.

Había logrado convertir su cabello lacio y opaco en ensortijado y brillante; conocía todas las preparaciones adecuadas al efecto, y empleaba gran número de peines y cepillos en su tocador.

Se hacía servir por un camarista que le ayudaba a desnudarse.

Don Francisco lo quería mucho; pero, a pesar de esto, solía reprocharle aquel exceso de afeites y composturas.

—Esteban —decía Chucho una mañana a su camarista— saque usted un pantalón claro y un gabán ligero, porque voy a «Petit Versailles».

El camarista trajo tres pantalones claros.

—Muy bien: colóquelos usted sobre las sillas y traiga usted el gabán.

El camarista trajo los gabanes.

—Vea usted Esteban; vaya usted casando gabanes y pantalones para elegir.

En seguida Chucho hizo una seña para que Esteban acercase una silla, y se sentó frente a su ropa. Después de un detenido estudio dijo al camarista sin moverse:

—Mire usted, Esteban: el pantalón color de lila y el gabán azul. ¿Tengo chalecos blancos?

—Sí, señor.

—Pues deme usted uno de solapas: en cuanto a corbatas, es necesario que sea muy ligera y cuyas puntas floten.

—En el campo —pensó Chucho— es gracioso que la extremidad de la corbata se agite con la brisa; de manera que una mascada de gasa de seda a cuadros me caerá muy bien: los guantes bien pueden ser color de yesca; este color sobre el lila del pantalón hace buen efecto.

Estas disposiciones las tomaba Chucho envuelto en una bata de cachemira y calzado con pantuflas de raso verde bordadas con cuentas de vidrio.

A poco rato empezó a asearse: templó el agua del lavamanos, donde virtió algunas gotas de vinagre aromático; usó varias aguas y distintos jabones y se enjugó con una toalla finísima: en seguida se puso coldcream y después polvo de arroz; se limpió los dientes, hizo buches y se pintó los labios. Se dedicó a rizar su cabellera, procurando que dos rizos le sombrearan la frente, dejándolos caer simétricamente y como por casualidad; usó del cosmético blanco para asentar ciertas partes del pelo y se puso brillantina en la barba.

Hizo sonar un timbre y el camarista apareció para vestirlo.

Dos horas después de haber empezado aquella serie de operaciones y preparativos, Chucho quedó irreprochable.

Se presentó a la reunión, saludó con desdén a algunos caballeros, con cariño a algunos pollos y con exquisita afabilidad y detenimiento a las muchachas.

—¿Cómo está usted Leonor? Pero ¡qué pregunta! ¡Cómo ha de estar usted! Bien, muy bien, encantadora como siempre.

—Y usted ¡como siempre! galante.

—Qué quiere usted, hija, yo soy así con el bello sexo. ¡Qué hermoso está su vestido de usted! Lo vi en casa de Coralia, esas bellotas son graciosísimas: ha tenido usted una elección brillante. Como siempre, hija, como siempre.

—Gracias, Chucho.

Pasó en seguida Chucho a otro grupo y dió la mano a cinco pollas.

—¿Por qué veniste tan tarde? —le dijo una en voz baja.

—Me estaba vistiendo.

—¡Jesús! Qué tocador tan largo.

—Qué quieres hija, yo no soy soldado ni pastor, yo estoy acostumbrado a mis comodidades, y luego, como tengo ya tanta ropa, me tardo mucho en elegir, pero no en balde. ¿Te parezco bien?

—Eres muy coqueto; oye ¡cuidado como te vea hablar tanto con Leonor!

—¿Te encelas?

—No, pero no me gusta.

En seguida habló Chucho con una señora casada que estaba en un cenador con su hija pequeña.

A la sazón dos caballeros, un poco apartados de la reunión, no habían perdido uno solo de los movimientos de Chucho.

—¿Qué opina usted del Ninfo?

—No es él quien me llama la atención sino las señoras.

—¿Por qué?

—Porque lo aceptan, en lo general, con entusiasmo.

—Yo creo que se burlan de él.

—Está usted en un error, yo creía lo mismo porque es natural creer que la mujer tiene formado otro bello ideal del hombre; pero no así: la mujer tiene sus aberraciones y esta es una de ellas. Ese joven afeminado no sólo es bien recibido, hay algo más.

—¿Es posible?

—Vea usted aquella joven del vestido color de rosa.

—¿Ernestina?

—Sí, creo que así se llama.

—¿Y bien?

—Esa joven está profundamente enamorada del Ninfo.

—Pero bien, es una niña.

—Observe usted aún.

—¿A quién?

—A Mercedes.

—¿La mujer de Carlos?

—Sí.

—¿Sería posible?

—¡Vea usted qué desgracia!

—Pero si Carlos es todo un hombre y comparado con ese títere…

—Estudie usted y se persuadirá de que tengo razón.

—¿Pero qué clase de atractivo tiene ese joven?

—Todavía no dé usted rienda suelta a su sorpresa, ya le impondré a usted de otras cosas.

Un grupo de pollas se había colocado cerca de un cenador.

—El que más me gusta es Chucho.

—Nadie está tan bien vestido como él.

—¿Has visto que boca tan preciosa?

—¡Y qué pie!

—¡Y tan elegante!

—¿A Ernestina la enamora?

—Se divierte con ella, a mí me lo dijo.

—Todas dicen que es muy enamorado; pero no es cierto; lo que tiene, es galante.

—Es cierto, a mí me galantea pero no me enamora.

—Conmigo hace lo mismo.

—Pues a mí, no me gusta Chucho, es demasiado pulcro.

—¡Están verdes! —dijo una polla cantando.

—¿Verdes? Si yo quisiera…

—Ya se ve, cómo que eres tan bonita.

—No, pero tengo mis razones.

Dos de estas pollas estaban más que en buena disposición para corresponderle a Chucho, y allá en el mundo encantado de sus ensueños de niñas, adivinaban una dicha misteriosa y rara en el amor de aquel pollo tan buen mozo, tan elegante, tan aseado y tan simpático.

En cuanto a Mercedes, debemos decir que en el campo de sus elucubraciones, se cruzaban en tumultuoso torbellino ideas que la hacían estremecer.

—¿Por qué vi a ese joven? Es cierto que casi no es más que un niño, pero ¿por qué me persigue su imagen por todas partes? ¿Por qué me hace temblar a pesar mío? Ayer oí decir que es fatuo, que es tonto y aun le tacharon de… no sé qué… Y esto, en vez de alejarlo de mi memoria, lo acerca a mí, porque lo compadezco; es la envidia, porque no es brusco y ordinario como los demás. Temo que me venda mi emoción, quiera Dios que no me hable… no me hablará, se lo tengo prohibido… ¡Ay Dios mío! Si lo notaran… No debí haber venido, porque no me siento con fuerzas para aparecer serena o indiferente, ni siquiera contenta.

—Mercedes —dijo Carlos, viendo a Merced en el cenador—. ¿Qué haces aquí tan sola?

—Me parecía que la niña está mal.

—¡Mi hija! ¿Qué tienes? —preguntó Carlos a su hija acariciándola.

—Estoy cansada, papá.

—Le hace daño el sol —agregó Mercedes— y la traje aquí donde hace menos calor.

Pérez estaba allí.

Pérez había ido en el coche, con Carlos y Mercedes.

Pérez se había encargado de los abrigos, de las sombrillas y de algunos bultitos que contenían los botines usados de Mercedes y la botella de la bebida de la niña.

Aunque aquel círculo representaba una parte bien encopetada de la sociedad, todos conocían a Pérez y Pérez conocía a todos los concurrentes y a todos los cocheros.

Pérez había cuidado de que se sombrearan los coches, había encontrado lugar para poner abrigos y paraguas, y era un intermediario utilísimo entre los convidados y los anfitriones, y aún le sobraba tiempo para tomar parte en las intriguillas de amor.

Cuando vió que Carlos hablaba con Mercedes se puso en guardia, se acercó, fingió andar distraído pero observaba.

En seguida sustituyó a Carlos en el cenador y entró acariciando a la niña.

—¿Hay novedad? —preguntó con disimulo a Mercedes.

—No, está bien; está contento.

—¡Por Dios! mucho cuidado.

—¡Qué desgraciada soy, Pérez!

—Sea usted discreta; no se hablen.

—Dígale usted a Chucho que ni me vea.

—No tenga usted cuidado.

Acto continuo, Pérez hablaba con Chucho que era el único de los hombres que no jugaba a los bolos, pretextando estar enfermo del brazo derecho, pero en realidad lo que Chucho evitaba era el quitarse los guantes y descomponerse la ropa con ese ejercicio, para Chucho tan fastidioso, de los bolos.

—Te voy a pedir un favor, Chucho.

—¿Cuál?

—Que ni la vista le dirijas a Merceditas.

—Ya. ¿Dijo algo Carlos?

—No; pero ella está muy afligida.

—¡Qué tonta! Dígale usted que no tenga cuidado, que voy a disimular enamorando a Ernestina.

—Eso es, porque esto de las señoras casadas es muy serio; no te expongas a un lance.

—Lo que es por eso ya sabe usted que manejo las armas.

—¡Ave María Purísima, niño!

—No tenga usted cuidado.

He aquí el efecto que Chucho hacía en la reunión, efecto que Chucho conocía perfectamente y que, por lo mismo, lo infatuaba más y más.

Para Chucho el mundo era un festín hecho para él; vivía en sí mismo y nada de lo que le rodeaba dejaba de contemplarlo como hecho para su deleite.

Las amargas censuras de que se apercibía lo enaltecían a sus propios ojos; ser el objeto de una crítica mordaz, era para Chucho un placer de amor propio; jamás pulla alguna dejó de estrellarse en la tranquila convicción de que era hija de la envidia.

Acreditarse de pillo en materias de amor era su aspiración favorita.

—He aquí un Lovelace —dijo un joven a otro, refiriéndose a Chucho.

—Tiene usted fama de terrible —le dijo el otro joven.

—No es para tanto: no me debo quejar de las mujeres, pero en realidad hago lo que todos.

—No; algo más que todos, por ahí hay algunas casaditas…

—Qué quiere usted, las mujeres casadas…

Al hablar de las mujeres casadas no podían referirse los jóvenes más que a Mercedes, pero el plural halagó a Chucho y no lo reclamó; y era porque Chucho aspiraba más a que se le atribuyera un amor que a tenerlo.

A este vil precio hirió la honra de muchas mujeres honestas.

VII. Otro matrimonio feliz que está preparando una erupción volcánica para cuando la escena la requiera

Angelita y González tuvieron una luna de miel estrepitosa; los dos eran muy alegres y no había semana que no se entregaran a los inocentes placeres de una tamalada, de unos chongos, de una merienda casera o de un bailecito improvisado.

González era la solución del movimiento continuo, y traía a Angelita de casa en casa, de teatro en teatro, de tertulia en tertulia, y, de noche, de fonda en fonda; porque, además de las estimables prendas que adornaban a González, era gastrónomo.

Entre sus regalos de boda, envió a Angelita un diccionario de cocina.

González era bueno, inofensivo, empleado de Hacienda, y marido a pedir de boca; jugaba a las damas con su mujer y se chanceaba mucho con ella.

A su casa iba todo el mundo y él iba a todas partes; vivía de prisa y llenaba sus horas con una festinación extraña; se fijaba en todo y era distraído y olvidadizo.

Un día se le olvidó que Angelita le estaba viendo e hizo una declaración de amor a una señorita.

Esta distracción le proporcionó la dicha de hacer un descubrimiento.

Angelita era celosa.

—¡Adiós! —dijo González—. Mi mujer tiene esa fea manía, si fuera como yo…

—Angelita —le dijo a su mujer al tercer día de que ésta no le había dirigido la palabra— perdóname lo de la declaración y no te vuelvas a formalizar por esas bagatelas.

En efecto, la tal declaración de amor había sido en González una humorada, que él mismo estaba muy lejos de formalizar; pero no hubo poder humano que persuadiera a Angelita de la inocencia de su marido: ruegos, súplicas, protestas, pruebas, todo fue en vano. Angelita puso el grito en el cielo, comunicó su desgracia a su familia, habló de divorcio, de separación, de alimentos, y de otra porción de cosas graves, y se empeñó, por último, en acabar con la paz del matrimonio, y consiguió también que el bueno, el sencillo, el pacífico González se formalizara en fuerza de aquella obstinación estúpida.

La gravísima cuestión de la felicidad doméstica, en la que tanta parte tiene la mujer, suele ser arrojada por ésta al basurero en un tumbo de dados.

La falta de prudencia en la mujer, está convirtiendo todos los días los nidos de palomas en pequeños infiernos.

González se enflaqueció en quince días, y, lejos de buscar en su casa el solaz y el descanso, y de ir con ansia a probar la miel de los placeres domésticos, se fastidiaba sentado en un café, o inventando nuevos modos de distraerse.

Volvía a su casa con la esperanza de un cambio favorable; insistía de nuevo, hablaba mucho, y no conseguía más que oír llorar en lodos los tonos, y volvía a salir al aire libre.

Tan obstinada anduvo Angelita que González tuvo ocasión de contraer una amistad.

Fue invitado una noche para concurrir a un bailecito: la manera misteriosa con que lo convidaron le picó la curiosidad.

Angelita había acertado aquel día a estar insoportable, de manera que González deseaba la noche con ansia.

El bailecito estaba ameno: las niñas eran alegres, los hombres conocidos, la cena abundante y la cordialidad no tenía límites.

Muy pronto González tuvo compañera: era una joven de hermosos ojos, de flexible talle y de buenas maneras. Se llamaba Concha.

No había amado más que a Arturo, que murió en un duelo, y a un general, que se había lanzado a la revolución, como su papá, que ya era coronel.

Los lectores de la Linterna Mágica ya conocen a Concha.

Pues Concha era la compañera de González.

González acometió la empresa de consumar su primera infidelidad, como por vía de compensación, ahogando el último escrúpulo en ponche caliente.

Muy pronto llegó a conocer Angelita que González había cambiado efectivamente.

Aquel matrimonio era ya desgraciado.

*

Cuando Chucho el Ninfo se retiró a su casa la noche del día de campo, la primero que hizo al llegar, fue mirarse al espejo y obsequiarse a sí mismo con una sonrisa; sacó de sus bolsillos una violeta, que colocó entre las hojas de un libro, y escribió la fecha del día en la página; en seguida sacó un pañuelo perfumado y lo guardó en una cajita, y por último desdobló un billete amoroso y se puso a leerlo en voz alta:


Chucho de mi vida:

Sólo te escribo por si no tenemos tiempo para hablarnos.

¿Es cierto qué me amas? Dímelo mil veces.

Ya sabes que yo seré hasta la muerte tu

ERNESTINA.
 

—Esto no vale nada —exclamó Chucho— ésta es una niña, pero de tan buena familia, que es necesario seguir en estas relaciones. ¡Ah! Yo creo que me ama con locura… Ya veremos… En cuanto a Lola y a Julia, ya cayeron; y son tres; pero la que me tiene inquieto es Mercedes; su marido es tan brusco… Muy bien Chucho has hecho hoy un efecto mágico… Ya se ve, era yo el más elegante; pocos saben vestirse como yo…

En seguida Chucho llamó a su camarista, que comenzó a desnudarlo.

Al día siguiente, Chucho se vistió estudiando la manera de hacer completo contraste con el traje de la víspera, y se dirigió a la casa de Merced, a hora en que Carlos no estuviese en casa.

Encontró a Mercedes entregada a sus labores domésticas.

Su saludo fue casi sin articular una palabra.

Merced le dió la mano temblando y al cabo de un rato de silencio dijo:

—¿Me concede usted por fin el favor que le he pedido?

—¿Cuál?

—Que no nos veamos más.

—¿Por qué?

—Por compasión.

—Yo no puedo abandonar a usted nunca.

—¿Ni en obsequio de mi tranquilidad?

—Usted no estará más tranquila cuando no nos veamos, a menos que mi presencia le sea a usted odiosa; lo cual no creo.

—¿Y el odio y el amor —preguntó Mercedes— deberán ser los únicos móviles de nuestras acciones? Yo he tenido la debilidad de no poder ocultar lo que siento, pero en cambio tendré la fuerza suficiente para luchar conmigo misma y sacrificar mis sentimientos a mis deberes.

Chucho, para quien no era el amor sino la fatuidad el móvil de sus acciones, a falta de un arranque apasionado, del que no era capaz, recurría a medios mezquinos para luchar.

—¿Y está usted segura de que su marido de usted cumple a su vez con esos deberes?

—Sí.

—Es usted muy niña, usted no sabe lo que pasa.

—No quiero saberlo —interrumpió Mercedes temiendo el efecto de esta prueba.

—Pues bien, está usted en su derecho, es usted libre desde el momento en que Carlos ha roto los lazos…

—No siga usted.

Mercedes a su vez no sabía luchar, pero en su interior sentía toda la fuerza y la energía suficientes para resistir a la seducción a pesar del vivo amor que sentía por Chucho.

—De todos modos, ruego a usted que esta sea nuestra última entrevista.

—Imposible.

—¿Pretende usted perderme?

—No, amarla siempre.

—Usted no me ama.

—Con toda mi alma.

—Pues si ese amor es verdadero, respéteme usted y ennoblezca su cariño con un sacrificio.

—Esos sacrificios son de las comedias, Mercedes, y yo no soy cómico.

—¡De las comedias!… Yo creo que esos sacrificios son de las almas grandes.

—La mía es pequeña y no me comprometo a hacer ese sacrificio; no puedo porque la amo a usted.

Cuando a este punto llegaban, por lo general el diálogo era interrumpido por una de esas mil contrariedades que surgen en el hogar doméstico: mucho tiempo pasó sin que llegara la solución tan deseada, cuanto temida, por Merced.

Al recorrer los datos de esta historia, nos hemos preguntado algunas veces: ¿por qué Mercedes amaba tanto a Chucho y no a Carlos? ¿Qué especie de prestigio fatal revestía a Chucho que, para ciertas mujeres, era de un atractivo irresistible? Carlos valía más y era más digno del amor de Mercedes ¿por qué, pues, no lo amaba?

¡Cuán difícil es penetrar en el corazón de la mujer y explicarse las aberraciones en que incurre!

Ya hemos dicho que el primer pensamiento que preocupó a Mercedes recién casada, fue el que contiene esta frase: Ya estoy casada.

Carlos había pensado lo mismo.

A este pensamiento sucedió un vacío; al vacío, la tristeza; a la tristeza, el fastidio.

Mercedes encontraba a Carlos frío, serio y demasiado circunspecto, aunque nada tenía que reprocharle.

Carlos pensaba que Mercedes era incapaz de comprenderlo.

Mercedes, movida por los primeros impulsos vagos y sin objeto del amor, encontró por lo pronto en Carlos una encarnación que convirtió en su objeto amado; pero en el fondo misterioso del corazón de la mujer hay gérmenes que no se desarrollan, e impulsos que perecen al soplo de no sabemos qué viento frío y funesto.

El amor de Mercedes no encontró incentivos en el matrimonio; no parecía sino que este enlace había segado un botón, había inutilizado un germen, y al presente se convertía en la tumba de las ilusiones de ayer.

Cuando Mercedes procuraba explicarse estas tristezas y estos desvíos, no encontraba más que un motivo:

Decían que Carlos era hereje.

¿Y lo era en efecto? No, Carlos era simplemente despreocupado y su ilustración le había permitido proscribir los errores del fanatismo.

Mercedes, por el contrario, tenía la religión de la forma y estaba acostumbrada a no examinar ni su propia fe, a no discutir, por no pisar un terreno vedado; a obedecer, por no incurrir en una falta; a detener el vuelo del pensamiento, por no penetrar a la región del pecado.

Como todas las imaginaciones perezosas y como todas las almas débiles, el mundo espiritual que envuelve las altísimas cuestiones de la moral y la filosofía estaba convertido para Mercedes en un comercio sencillísimo y fácil; y deprimiendo sus propias facultades y coartando el desarrollo de sus ideas, limitaba lo espiritual y todo lo grande a una práctica material: no mediaba para Merced más distancia entre su alma y su salvación, que la que había de su casa a la iglesia; la inmortalidad, la gloria, Dios, estaban al alcance de su mano con la intervención de un sacerdote con quien Mercedes creía tener una cuenta corriente de fácil y expeditivo saldo; de manera que cuando Mercedes pensaba mucho en Chucho el Ninfo, y esto, como era natural, le parecía malo, se confesaba, cumplía la penitencia y quedaba tranquila.

Mercedes no tenía la intención de faltar a sus deberes, antes bien, abrigaba la seguridad de poder combatir a todo trance aquel peligro. No podía despedir a Chucho; Chucho era muy bien recibido por Carlos, era un joven muy caballero y muy distinguido: el confesor de Mercedes había opinado que no debía exacerbarlo y convertir tal vez una idea loca y vaga en una pasión funesta.

Mercedes no tenía más que dos cosas que ocultar a su marido: su amor a Chucho y sus repetidas confesiones y, de vez en cuando, alguna que otra conferencia con doña Rosario; porque, como según decía la familia, Carlos estaba tan mal dispuesto, que no era prudente tener intimidades de las que pudiera resultar un disgusto.

En cuanto a Chucho era incapaz de todo arranque apasionado y fogoso; era frío por temperamento, frío por egoísmo y retraído en su ensimismamiento; de manera que para Chucho, el amor no era el impulso irresistible que lo inducía a obrar. Chucho aceptaba el amor como asunto de entretenimiento y pábulo a su vanidad; Chucho sabía quitar el honor a las mujeres, como los niños se quitan unos a otros sus juguetes: sus empresas amorosas no las coronaba el resultado inmediato de sus víctimas, sino el escandalillo y el runrún de las gentes.

Chucho prescindía de toda conquista a la sombra, y no tenía atractivo para él un amor oculto ni unas relaciones amorosas que no le atrajeran la envidia y la murmuración de propios y extraños.

Y no se crea que describimos en Chucho un ser fantástico, novelesco y que, a fuer de aparentar originalidad, le prestamos tintas de nuestra propia cosecha, no señor; por desgracia en esta época y en esta sociedad abundan estos adeptos del escándalo y de la inmoralidad.

Chucho había aceptado el amor como su profesión, como su destino, y estaba persuadido de que la bella mitad del género humano es una colección de chácharas para regalo del hombre que sabe dedicarse a estos inocentes entretenimientos.

Por eso para Chucho el Ninfo eran bagatelas las altas cuestiones del honor, de la felicidad doméstica, del porvenir de la mujer, del respeto a las leyes; y estaba muy lejos de comprender ni la abnegación ni la nobleza en el amor.

Chucho se ocupaba en el mundo sólo de sí mismo, y en consecuencia, su primera conversación, su primer asunto era su persona, y para enaltecerla decía, haciendo alarde de un cinismo que le parecía de muy buen efecto:

—Yo no soy jugador, no soy borracho, no soy ladrón; lo único que tengo es ser alegre: me gustan las hembras y nada más, y como todas me hacen formal me dedico al ramo.

Chucho solía con frecuencia verse rodeado en una cena de Fulcheri, de media docena de pollos a quienes se encargaba de edificar. Allí era donde Chucho se daba el papel de protagonista, y donde se exhibía abiertamente y sin reserva.

Hacer alarde de cinismo y desvergüenza, y afectar una filosofía disolvente e inmoral es patrimonio de nuestros modernos Lovelaces de quince años.

Algunos conocidos de nuestros lectores rodeaban una vez a Chucho el Ninfo en una mesa de café.

—¡Qué afortunado es ese maldito! —dijo un pollo que se llamaba Pío Prieto, y permitiéndose este adjetivo: maldito, como su entrada a la confianza de Chucho.

—¿Por qué? —preguntó éste.

—¡Cómo por qué! Yo le conozco a usted más de cuatro muchachas a cual más lindas.

—¡Que cuatro! —dijo Pío Blanco— tiene más.

—Contémoslas —dijo un tercer pollo que se moría por refrescarle la sangre a Chucho.

—¡Ernestina! —dijo Pío Prieto, sacando los dientes.

—Y Lola —agregó Pío Blanco.

—Y Mercedes.

—Calle usted Pío —dijo Chucho pavoneándose de satisfacción.

—¡Qué dichoso es usted! —agregó Prieto, lamiéndose los labios.

—¡Todo por tres chicas! Eso no vale la pena.

Chucho el Ninfo no avanzaba sustancialmente en sus pretensiones con Mercedes, y ésta seguía luchando con denuedo; pero, en cambio, se murmuraba ya en alta escala de estos amores, que Chucho negaba de una manera tal, que cada negativa suya era una confirmación.

VIII. El amor considerado como artículo de primera necesidad

Entretanto, González creía haber encontrado una perla en el muladar, y se felicitaba por haber tenido esa fortunita.

—La chica es guapa —exclamaba González a sus solas— yo siento ser infiel, pero ¡cómo ha de ser!… mi mujer se ha empeñado en hacerse odiosa, y las cosas han venido de rodada. Si yo hubiera seguido siendo caserito merced a las buenas prendas de Angelita, no hubiera andado de aquí para allí como un loco buscando entretenimiento; pero Angelita llegó a aburrirme y me sucedió esta atrocidad… Y ahora a lo hecho pecho, adelante; yo procuraré que mi mujer nada trasluzca; porque si tal cosa sucediera me armaban un escándalo gordo.

Diremos en qué predicamento encontró González a Concha.

Concha había amado, como saben ya nuestros lectores; primero a Arturo, después al general y después a Pío Blanco. Tras de Pío Blanco asomaron la cabeza las mil necesidades que Concha hasta entonces había tenido cubiertas.

La mujer, tan mal jugada en materia de equilibro social cuando pasa de la categoría legal de esposa o hija, tiene que convertirse en la «orquídea» de un individuo del sexo fuerte por razón de equilibrio; pero he aquí que toda unión que está fuera del orden moral establecido, subsiste a merced de todas las contrariedades y de todas las vicisitudes.

La mujer fuera de la unión legítima se pone enfrente de todas las humillaciones, y comienza una lucha en la que siempre deja, con los jirones de su pudor, los restos de toda su valía moral.

Concha vió con horror su vestido de seda el primer día que le faltó pan: y se puso a pensar en el precio del pan con toda la amargura del hambre.

Hasta allí se lo habían dado los que la habían amado; pero ya nadie la amaba.

Concha le preguntó a la sociedad por su derecho al pan cuotidiano; y la sociedad no le enseñó una panadería sino un espejo.

La moral le enseñó un castigo.

Sólo el amor era su sostén: tenía que subsistir por el amor.

Esta exigencia es la más terrible de las necesidades. Los desheredados de la fortuna tienen derecho a los consuelos de la moral, de la filosofía, de la estimación y hasta del orgullo; pero las desheredadas del amor, llaman a las puertas del festín muertas de hambre, y sólo la humillación que las afrenta les entreabre las puertas.

Concha no amada por nadie sintió todo el terror del aislamiento; y cada día que pasaba sin homenajes, sin sonrisas, sin generosidades, deletreaba estremeciéndose, la traducción de esos beneficios en una sola palabra: «hambre».

Concha, que hasta entonces no había necesitado ni aun ser coqueta para ser amada, pensaba el mendigar amor al precio de mil humillaciones.

Y los días pasaban con toda la prosa de sus incesantes exigencias, sin que un solo galán la redimiera, sin que hombre alguno viniera en pos de sus atractivos… Nada, ni un postor, ni un impresionable… ¡el sexo fuerte parecía haberse olvidado de sí mismo!

Concha pensó en trabajar; pero el trabajo era tan rudo para sus manos engreídas en la ociosidad, y la recompensa era tan mezquina que se mataría trabajando inútilmente; sin embargo, consiguió costuras y se sentó a coser pensando más bien en el monto de sus deudas y en el jornal insuficiente, que en la costura; y los complicados cálculos aritméticos en que se divagó echaron a perder su trabajo.

Cortó mal, se equivocó, y comprendió al terminar el día que tenía que pagar la costura, y se entregó a la desesperación y las lágrimas.

Así la encontró Pío Prieto, quien por vía de consuelo, le propuso llevarla a un baile.

Al principio Concha desechó la idea, pero a instancias de Prieto fue animándose, porque en su mente atravesaba una esperanza que ni a sí misma quería confesarse.

En esta disposición encontró González a Concha, quien, en lo íntimo de su pensamiento, creyó tener ya la solución del presupuesto mientras que González, según hemos visto, se regocijaba de aquel golpe de fortuna que lo iba a indemnizar de los malos ratos que le daba Angelita.

Pero hay lunas de miel que acaban muy pronto; y González tuvo de ello una prueba prematura, porque poco después del notable menoscabo de sus quincenas se le apareció un día doña Lola, la madre de Concha.

—Caballero —le dijo a González con voz ronca, pues doña Lola había enronquecido y envejecido al lado de un compadre suyo, llamado don José de la Luz— caballero, al fin soy madre y veo por mi hija, que a Dios gracias, no siempre se ha encontrado en tan mala posición como usted la ve; y esto clama al cielo, porque mi Conchita está acostumbrada a otra cosa, de manera que como usted la quiere, según sé, y es usted un hombre decente, vengo a saber de cuánto es la pensión.

—¿Qué pensión? —preguntó González.

—Quiero decir, ella no pide lujo; pero está muy empeñada y está perdiendo todas sus prendas.

A González se le vino el mundo encima; y ante aquella calamidad no había más recurso que una transacción ruinosa, que aceptó al fin González como el primer paso para su perdición, en obvio de los escándalos que le amenazaban.

Mientras esto le pasaba a González, Chucho el Ninfo procuraba hacerle a Angelita menos monótonas sus largas horas de aislamiento; de manera que el horizonte no se presentaba de lo más halagüeño para González, ni por parte de Angelita, ni por parte de la feliz compensación que había creído encontrar en Concha.

El amor, como se ve, estaba siendo el móvil de todos los acontecimientos.

Concha necesitaba el amor como alimento nutritivo y como solución favorable.

González lo tomaba en grandes dosis como la zarzaparrilla de Bristol.

Mercedes lo aceptaba como veneno.

Carlos lo veía alejarse como ilusión.

Y Chucho el Ninfo lo usaba como sus levitas, y alimentaba con él la serpiente de su vanidad.

El niño vendado de antaño es un gran autor en la comedia humana y desempeña en algunas petipiezas múltiples papeles.

En cuanto a las pollas que Chucho enamoraba, eran calificadas por él como moneda corriente, porque no le oponían resistencia, y con esta confianza Chucho hacía todos los días una o dos conquistas de este género.

La mujer en su primera edad, considera al hombre como un bonito juguete: por eso las niñas se enamoran del pollo más pulcro y más insustancial, del que tiene más bonitos ojos y es más afeminado.

En este terreno, Chucho el Ninfo no tenía rival. El último animal de la escala, llamado el rey de la creación, el hombre, es para las pollas un problema oscuro y sin atractivo; de manera que un pollo almibarado mientras más se aleja del tipo ideal del hombre, tiene más aceptación entre esas larvas humanas que se llaman pollas.

Chucho el Ninfo pintándose los labios y calzándose ajustados los botines, haciéndose rizos en la frente, oliendo a magnolia y hablando despacio, no tenía precio en la región de las larvas.

En algunas mujeres, especialmente en las poco ilustradas, queda en su mente, aun en su mayor edad, el bello ideal del hombre en su estado de pollo; porque una imaginación poco cultivada no llega a comprender el tipo «hombre» en la plenitud de su majestad y su verdadera belleza.

La mujer poco instruída está expuesta a elegir por esposo una nulidad social, y cuando esa cadena eterna y sagrada que se llama matrimonio cae sobre el cuello de dos esposos que lo fueron en virtud del atractivo de un labio masculino teñido con carmín, o del corte de un chaleco de Gardoqui, no hay que esperar, fundadamente, en que la unión moral no sea un infierno abreviado.

Mercedes y Carlos se habían amado, pero no se habían unido.

Lo mismo les había sucedido a González y Angelita.

Hijas de la misma madre, Angelita y Mercedes habían visto el mundo de las dimensiones de su vista miope; al hombre lo habían juzgado por la forma y por la bolsa, y sin ir más allá, habían hecho en su pequeño mundo lo que todos, hasta casarse.

De manera que cuando estas dos jóvenes habían empezado a conocer el mundo práctico, se habían espantado.

Angelita se obstinó en encontrar una desgracia irreparable en un hecho sin trascendencia; creyó que su marido le era infiel, que ella había hecho una barbaridad casándose con González y aceptó de lleno el papel de esposa infeliz.

No tenía ella la culpa de no encontrar soluciones más allá de sus cejas. Las mil complicadas combinaciones de la unión moral, la obra espiritual de la fusión de dos almas y la práctica de las virtudes —prudencia, amor y abnegación— eran para Angelita y para Mercedes un dédalo de dificultades, una trigonometría incomprensible, En medio de este aislamiento moral, de esta negación de espiritualismo vieron bonito a Chucho el Ninfo y lo amaron.

El primer impulso de amor pertenece a la forma.

El amor se exhibe primero para los que ven.

Consiente con los que sienten.

Y se engrandece, se inmortaliza y se sublima con los que piensan.

Chucho el Ninfo era el ideal de todas las mujeres tontas.

El hombre como elemento, como residencia y como agente es el amor mismo, en virtud de su sensibilidad.

Pero la inteligencia es el sello sublime del amor, la eterna luz, el lazo eterno que une el cielo con la tierra.

La falta de una educación filosóficamente moral y la imposibilidad de que cada ser sea perfecto y precozmente avisado, engendraron una aberración que se llama el diablo.

Doña Rosario lo veía con cuernos y le tenía un miedo horrible a sus uñas y a su trinche de dos puntas, y de puro miedo se metía en la iglesia.

Angelita lo veía tentando a su marido para que hiciera declaraciones amorosas delante de ella.

Mercedes le veía en Chucho el Ninfo, en sus ratos de fervor religioso, y ¡cosa rara! cuando lograba ver a Chucho el Ninfo en está forma se consolaba, porque encontraba entonces una solución fácil y expeditiva a su situación, pues sabía de memoria todas las recetas reconocidas como útiles contra el diablo.

Pero cuando Chucho traía una levita nueva, lo cual acontecía con mucha frecuencia, cuando se presentaba con su boquita entreabierta y su cabellera rizada y lustrosa, con su pie de mujer, con sus miradas de ángel, con sus manos de seda y con todos sus primores, Merced se olvidaba completamente del diablo y no sabía qué hacer.

En cada una de estas perplejidades, Chucho daba un pasito.

Y cada pasito de Chucho era un resbalón de Merced.

Al resbalón seguían las lágrimas, luego el arrepentimiento, luego la confesión y al último la penitencia.

A este grado de cosas Chucho se quedaba esperando, porque una de las virtudes de Chucho era la imperturbabilidad.

Y en medio de estos compases de espera, cuando le preguntaban a Chucho:

—¿Y Mercedes?

—Ahora está santa —contestaba, y se entretenía con otra cosa.

Como todos tienen que hacer algo en el mundo con este personaje que se llama el diablo, diremos que a Pérez se le presentaba en dos piesecitos azules: los de Elena.

A Elena se le apareció al oír la marcha de Norma que tocaron en su casa, al presentarse el coronel Aguado.

A Aguado se le presentó en los graciosos hoyitos de las manos de Elena.

A don Francisco también se le apareció así; y desde entonces, quiere decir, durante diez y siete años, don Francisco recordaba al diablo viendo a Chucho.

En cuanto a Chucho, debemos decir que el diablo no tenía para él un papel ostensiblemente importante, pero no por eso dejaba Chucho de tener algo que ver con este sujeto, A pesar de los diez años que Chucho pasó al lado de su papá el señor don Francisco, conservó los restos de su primera educación en materia de creencias, pero de una manera original, si bien común por desgracia.

Chucho no medía la deformidad de sus faltas ajustándose a las leyes estrictas de la moral, ni dejaba de obrar en el sentido que le dictaban sus pasiones por respeto a la sociedad ni a sus deberes, sino que se había acostumbrado a complacer a su conciencia por medio de ciertas compensaciones expeditivas.

Cuando ese aviso secreto de la conciencia hacía vacilar a Chucho en medio de su perversión; cuando sentía ese reproche íntimo e irresistible que obliga al hombre a conocer el mal que hace, Chucho seguía resueltamente el consejo de sus pasiones y después se lavaba las manos.

Chucho no dejó en todos los días de su vida de tomar agua bendita. Tenía una pilita de alabastro, recuerdo de su mamá, y la tenía siempre llena: todos los días tomaba agua bendita en alguna iglesia y rezaba una salve a la Virgen, que era una devoción muy buena, que le había enseñado Elena y que Chucho jamás dejó de practicar; además, oía misa y rezaba el Trisagio el día primero de cada mes: las demás devociones las había olvidado por parecerle demasiado embarazosas y porque, según él decía, con aquello le bastaba; por otra parte, Chucho tenía alta idea de la caridad, y la hacía con cierto fervor de que él mismo quedaba muy contento.

Todos los días le daba medio a un pobre, y al dárselo formulaba poco más o menos esta plegaria: —«Dar de comer al hambriento es una buena obra: Dios me la reciba en descuento de mis pecados».

Y daba el medio al pobre con la seguridad de que la tal plegaria atravesaba el cartón de su sombrero alto y llegaba al empíreo. En esto estaba Chucho también muy en sus estribos y sabía bien que las oraciones de los pecadores llegan a donde se las envía, con toda exactitud.

Éste era Chucho, que si bien era conocido por el nombre del Ninfo, el lector habrá tenido ya ocasión de compararlo a esa pequeña víbora de la Tierracaliente, que se llama coralillo, vestida con hermosos colores, pero cuya picadura es mortal.

IX. El diablo

Vale la pena de dedicarle al diablo algunas líneas, para que veamos prácticamente la influencia que ejercía en nuestros personajes este sujeto de tan malos antecedentes. Retrocedamos.

Un miércoles a las ocho y media de la mañana, el desayuno de la casa de don Pedro María tenía un aspecto de verdadera fiesta.

Presidía la mesa el Padre Martínez, que saboreaba su predilecto Caracas con envidiable satisfacción.

Doña Rosario acababa de quitarse la mantilla y había quedado con su saya de gro azul y una pañoleta blanca de encajes.

Don Pedro María tenía un chaleco de terciopelo azul labrado a fuego, y estaba sentado junto al padre Martínez.

Angelita vestía también de azul y las dos tías, aunque más modestamente ataviadas, tenían una de ellas una mascada de gasa-blonda azul celeste al cuelo, y la otra una mascada azul de la India.

En el mismo comedor y sobre la cómoda de los trastos se había levantado un altar de tres gradas, sobre las cuales descansaba un gran nicho que encerraba una escultura que representaba la Purísima Concepción de María: ardían cuatro velas en el altar, que también estaba adornado de blanco y azul.

—De modo y manera —exclamó don Pedro María tragando un medio bizcocho impregnado en chocolate— de modo y manera —repitió— que el diablo ha llevado hoy por nuestra cuenta una buena corrida.

—¡Y cómo que sí! —replicó una tía sirviéndose leche—. El enemigo malo ha de estar hoy contra nosotros que chilla.

—Todo ha salido a las mil maravillas —dijo doña Rosario no cabiendo en sí de satisfacción —figúrense ustedes que el domingo después de la consabida enfermedad…

Todos soltaron una carcajada, recordando la farsa del sábado en la noche.

—La tragó el marido —exclamó una tía con el placer con que hubiera pensado en una píldora de estricnina tragada por un lobo.

—Y vaya si la tragó ¡pobre! —dijo la otra tía.

—Pues como iba diciendo —continuó doña Rosario procurando atraerse toda la atención de su auditorio y olvidándose hasta de su chocolate— a las seis del domingo, ya Mercedes y yo estábamos en la calle.

—¿Y Carlos mandó recado? —advirtió don Pedro María.

—Sí —contestó doña Rosario— a las cinco y media mandó preguntar cómo seguía Mercedes y se le contestó que había pasado muy mala noche y que estaba aún recogida. En punto de las siete llegó el padre Martínez a Jesús María ¿no es verdad, padre?

—A las siete en punto; sí, mi señora, cita inglesa.

—Apenas se había plantado el padre en el confesionario ¡cataplum! allá va Mercedes. —Anda, hijita, bendita de Dios —le dije— aquí ofrezco mientras la confesión: —la pobre de mi hija se puso a la reja; yo la vi,, y no tienen ustedes idea del placer que sentí al verla confesándose.

—¡Con razón! —dijo una tía.

—¡Ya se ve! —dijo el padre Martínez.

—¡Naturalmente! —agregó don Pedro.

—Pues bien —continuó doña Rosario— ¿qué, creerán ustedes que aquello fue muy largo? No señor, en menos de un cuarto de hora despachó; y vi con el rabo del ojo la mano del padre Martínez y oí clarito clarito el ego te absolvo. —Ahora sí, dije para mí, ya el diablo la llevó: salimos de la iglesia y a toda prisa nos vinimos a casa: ya Carlos había mandado otros tres recados, y según el criado, estaba furioso.

—Vea usted que energúmeno —dijo una tía que era la que siempre daba el pie forzado para toda murmuración.

—Ya se ve —observó el padre Martínez— él sólo estaba pensando en el día de campo.

—Y mal se avienen —agregó don Pedro— la pureza y la gracia del alma, con el deseo de los placeres.

—¡Naturalmente! —exclamó doña Rosario— qué diferencia entre una joven que acaba de recibir la gracia de Dios y un hereje de la calaña del tal don Carlos.

—Vamos, mujer —le dijo don Pedro en tono de reconvención.

—Si no puedo ver a los herejes, no consiste en mí, pero les tengo muy mala voluntad.

—No se carece de razón para ello —dijo el padre Martínez— pero lo mejor es tener piedad de sus culpas y procurar inducirlos a abjurar de sus errores, porque, al fin, su Divina Majestad tarde o temprano, se digna tocarles el corazón y los pobrecitos herejes tienen que cantar la palinodia.

—Pero, no crea usted que se consiga nada acerca de Carlos; yo por lo menos no me he de meter a convertirlo, allá se lo haya —dijo doña Rosario—. Lo esencial es salvar a Mercedes, y eso parece que lo hemos conseguido.

—Por lo menos, el diablo ha llevado buen chasco —agregó una tía riéndose.

—Y dígame usted, padre Martínez, usted que sabe y ha estudiado sagrada teología ¿el diablo es realmente de la forma con que nos le pintan? Porque, oiga usted, yo he visto diablos pintados y son verdaderamente horribles.

—¿Qué si son así? —preguntó doña Rosario— vaya si son. ¿Quién no conoce su figura? Uñas muy grandes, especialmente las de los pies, cuerpo de hombre, por supuesto, cola como de mono, alas de pellejo, sin plumas, como las de los murciélagos, y cuernos retorcidos; así es como he visto siempre al diablo ¿no es verdad? —agregó dirigiéndose a todos como peritos en la materia.

—Exactamente así son los diablos —dijo una de las tías.

—Dicen, además —continuó doña Rosario— que los hay verdes y otros negros, y como medio rojizos.

—De modo y manera —dijo don Pedro María— que efectivamente, padre Martínez, el diablo es como nos lo pintan.

—Se sabe —dijo el padre Martínez— que el fuego nuestro no es más que fuego pintado, comparado con el del infierno; y así calculo yo, que los diablos deben ser todavía más feos que los que nos pintan.

—Ése es un argumento que me convence —exclamó don Pedro.

—Lo que yo no puedo comprender —dijo la tía— es ¿cómo esos diablos que naturalmente son del tamaño de una persona, pueden hacerse invisibles y tentarnos y todo sin que nosotros los veamos?

—Eso es porque vienen en espíritu, señora. ¿No considera usted que si el diablo nos tentara viniendo del infierno con alas y todo lo veríamos venir, y nos familiarizaríamos con ellos o quedarían expuestos a las acechanzas de los hombres? Porque entre éstos los hay tan malvados que estoy seguro de que no faltaría alguno capaz de darle un palo al diablo.

—¡Ay que bueno! —exclamó una tía— pues yo si pudiera le había de pegar uno que se había de acordar de mí para toda su vida.

—Yo no sé pegar; pero haría lo mismo que mi hermana —dijo la otra tía.

—Bien es —agregó el padre Martínez— que los chascarrillos que el diablo se lleva a veces con los buenos católicos equivalen a un palo; sea este por ejemplo.

—Ya se ve —exclamó doña Rosario— si por eso estoy contenta: figúrense ustedes que, en lugar de una alma que el diablo disputaba, hoy se han purificado: las de mi marido y la mía, dos, Merced tres, mis hermanas cinco y Angelita seis: ¡medio docena de almas purificadas! Por una que el diablo quiso corromper.

—Ya verán ustedes —dijo el padre— que esto es un verdadero palo.

Esto pasaba, como recordará el lector, cuando Mercedes llevaba poco tiempo de casada con Carlos, y ya desde entonces el diablo tenía la interesante misión de pervertir a Mercedes. Diez años después, quiere decir, en la época en que hemos visto a Chucho el Ninfo hecho un pollo, el diablo, si mal no comprendemos, persistía en su obra y ponía en juego los más pérfidos resortes.

Volvamos, pues, al cabo de esos diez años a la casa de don Pedro María.

Los mismos muebles, el mismo aspecto tenía todo; sólo las personas habían cambiado esencialmente.

Don Pedro María estaba muy viejo y muy enfermo; en doña Rosario había aún todo el vigor de la jamona que lucha con las navidades por medio de la rutina higiénica pero no obstante, era ya una señora mayor.

Las dos tías estaban cartilaginosas y comenzando a momificarse en vida; una de ellas había perdido un ojo y la otra el oído, pero ninguna de las dos la lengua.

Pablito era, como hemos dicho, periodista y por lo tanto político y hombre de pretensiones.

Una tarde de agosto, la sala de don Pedro María estaba oscura; habían cerrado los balcones por temor a la tempestad y alumbraban con una luz amarilla, una vela de la Candelaria, otra de Nuestro Amo y una lamparita de aceite de olivo.

Parecía que del sofá se habían apoderado las tres parcas. Estaban allí doña Rosario y sus dos viejas hermanas, las tías de Mercedes.

Doña Rosario se enjugaba las lágrimas, y las tías cartilaginosas se apretaban las manos; ni el padre Martínez, ni don Pedro, ni el señor cura, ni siquiera Pérez las consolaba. Estaban entregadas a su dolor, oyendo el rimbombar de los truenos, porque el cielo estaba enojado y en la imaginación de aquellas tres señoras las descargas eléctricas tenían este nombre: «la ira de Dios», sin más razones que la que tiene un boticario para llamarle a una infusión astringente agua del Papa.

Las viejas lloraban, temblaban y rezaban, y razón tenían: acababa de caer en aquella casa un rayo, pero no enviado por Júpiter, sino por el diablo. Este rayo era la certidumbre de que Merced, era una esposa adúltera: las tías habían husmeado, habían puesto celadas, habían conjurado a las criadas de la casa de Carlos, en nombre de su salvación eterna, a que dijeran la verdad, y la verdad había aparecido desnuda, asquerosa, descomunal.

Mercedes era criminal y nadie se había atrevido a pensar nada mal de Chucho el Ninfo.

—Sobre que oye misa y reza y toma agua bendita —decía la tuerta— que yo lo he visto.

—De las pasiones del alma no es dueño Juan Carbonero —agregó la sorda, calculando que aquel refrán había de venir al caso en cualquier momento.

—¡Mi hija de mis entrañas! —exclamaba doña Rosario.

—¿Y su marido?

—No lo sabe todavía.

—Figúrese usted lo que sucederá cuando lo sepa. ¡Dios nos coja confesadas!

—Pero ¿cómo es posible que no lo sepa, cuando por todo México no se habla de otra cosa? —continuó la tuerta—. Ayer nada menos, estuve en Chiconautla y con lo primero con que me van saliendo: —¿Qué dice usted, mi alma? ¡Qué desgracia la de Merceditas! Haberse ido a enamorar de ese jovencito. —Pero si es un niño— dijo doña Marta. —Eso es lo mismo que yo digo. —Yo no lo conozco. —Ni yo. —Pues yo sí lo conozco, les dije. —¿Y qué tal? —Pues oigan ustedes, en obsequio de la verdad, Merceditas no ha carecido de razón; quiero decir, de disculpa, porque Chucho es como un dulce. —Dicen que es buen mozo. —¡Chulísimo! —Pero de todos modos es una desgracia. —¿Y no tiene padre? —¡Cómo no! El señor don Francisco, el ricote. Pero dicen que es su tío. —No, sino su padre. —Es hijo natural, pero don Francisco es su padre, que yo lo sé bien —dijo doña Marta, que, como saben ustedes, es mujer que tiene tantas relaciones. Vaya, sobre que no hablamos de otra cosa en toda la visita, que fue larga; figúrense ustedes que un color se me iba y otro se me venía, porque al fin se trataba de mi sobrina y ya saben ustedes cuanto he querido a esta muchacha.

—Está muy en boga esto de los amores de mujeres casadas: ahí está el divorcio de doña Luz, y el otro negocio de la calle del Indio Triste.

—Yo no vuelvo a ver a Mercedes —dijo doña Rosario.

—Ni yo.

—Ni yo —dijeron las tías.

—¡Jesús, María y José! —exclamó la tuerta al oír un trueno— creo que ya se va a acabar el mundo. ¡Oye qué tempestad, Rosario!

Y las tres ancianas se echaron en oración.

—A mí nadie me quita de la cabeza —dijo la sorda— que con la novena de San Judas Tadeo, la cosa se compone.

—¡Qué San Judas Tadeo! Si esto ya se echó a perder —le gritó la tuerta a la sorda.

—¿Qué no? Pues mira, en casa teníamos un pegote de hombre, que iba todos los días, que no nos dejaba a sol ni asombra; llevaba unos papeles, creo que era cobrador, yo no sé, pero es el caso que el hombre nos tenía la vida quitada; se lo dije a mi comadre. —¿Quiere usted que se vaya? —me preguntó. —¡Cómo no he de querer! —Pues récele usted una novena a San Judas Tadeo. —¿Es posible? —Y poderoso. —¿Y se va? —Irremisiblemente. —Pues lo voy a hacer. —Pero oiga usted, comadre, antes es indispensable una cosa. —¿Cuál? —Que le ponga usted una estampa en el sombrero. —¿Qué estampa? —La de San Judas Tadeo; en el forro del sombrero. —¿Y después se reza la novena? —Sí, y antes que se acabe se va. —¿Con seguridad? —Sí. —¿Y si no se va? —Entonces es porque no conviene.

—Pues le pondremos una estampa de San Judas Tadeo a ese malvado, en el forro del sombrero.

—¿A qué malvado?

—A ese señor don Jesús de mis pecados.

—Bueno.

—¿Qué te parece de esto, Rosario?

—Yo sé que esa es una devoción muy buena. Doña Teófila López se la puso a su marido y hasta que se divorció; y las Jiménez se quitaron una visita de más de dos años, con sólo la estampa de San Judas Tadeo: hasta ahora, cuantos casos se han ofrecido, en todos el santo ha hecho el milagro; hasta un pariente de las muchachas Ríos, que les comía medio lado, tomó las de Villa Diego un día antes de que se acabara la novena de San Judas.

—Pues está decidido, le ponemos la estampa, a ver si así quiere Dios que las cosas no vayan a más.

—Cuéntalo como en la bolsa.

—Pero ante todas cosas —dijo doña Rosario— que nada de esto sepa mi marido, porque al pobrecito le costaría la vida esta pesadumbre.

No sólo en la casa de don Pedro María, sino en todos los círculos se hablaba de estos amores escandalosos; y como se verá más adelante esta publicidad no era debida precisamente a la perspicacia de los observadores, sino a la manera con que Chucho el Ninfo trataba estos asuntos.

Un día llegó a saberlo todo Elena, quien se creyó en el deber de reprender a Chucho severamente, a la sazón que éste se dignaba hacerle una visita a la señora su madre.

—Se habla mucho de tus amores escandalosos con una mujer casada.

—¿De mis amores? —repitió Chucho con calma—. Ya sabe usted que hay gentes envidiosas y mal intencionadas.

—Pero es que esto se sabe de una manera cierta.

—No sé cómo, porque no hay nada que valga la pena de referirse.

—Tus continuas visitas.

—¿Ya no puede uno visitar a nadie?

—Sí; pero dos o tres veces al día es mucho visitar para quien no tiene interés en una casa; y luego, que no te conformas con ir, sino que vas en el coche de don Francisco, que todo el mundo conoce, y no tomas siquiera la precaución de decir al cochero que vuelva por ti, sino que le haces esperar hasta que sales, y esto por mañana, tarde y noche; de modo que no hay una sola persona que pase por la calle de Zuleta, que deje de enterarse de que estás de visita en casa de Carlos. ¿Y así quieres que no se murmure?

—¿Pero tengo yo la culpa de que las gentes sean maliciosas? Yo voy, es cierto; pero nadie me puede probar que yo tenga relaciones con esa señora, quien, por otra parte, es muy buena y frecuenta los santos sacramentos.

—Pues es necesario que tengas moralidad y que seas buen cristiano.

—Voy a misa.

—Pero no te confiesas.

—Cada año sí.

—¡Qué confesiones harás!

—Muy buenas, mejores que las de usted.

—Calla y no seas lenguaraz.

—No haga usted caso, mamá, de lo que le cuenten, porque todo ello no tiene más origen que la envidia de mis detractores: ven que me visto bien, que soy elegante, que gasto lujo, y que se mueren por mí las muchachas; y no puedo yo acercarme a mujer nacida sin que desde luego me la atribuyan; otros hacen cosas peores, pero como son feos, nadie se fija en ello, mientras que yo…

Elena tenía razón; porque Chucho en sus pretensiones con Mercedes, había buscado antes el escándalo que la correspondencia.

Merced permanecía largas horas encerrada en su casa, porque su marido hacía mucho tiempo que había dado en ausentarse por largas temporadas para atender a algunos negocios que tenía en unas fincas de campo.

La enfermedad moral de que se sintió atacado este matrimonio pocos días después de la luna de miel, se hizo crónica; de manera que la unión conyugal tomó ese aspecto de sociedad de conveniencia mutua a que llegan muchos matrimonios.

Merced era la sub-administradora doméstica: Carlos el proveedor capitalista.

Y reinó allí la calma soporífera de las uniones frías, sostenidas solamente por respetos y consideraciones mutuas. Ni la ternura, ni el amor, ni esa intimidad dichosa del hogar, ni las largas confidencias ni las mil pequeñas peripecias conyugales que son las flores de un nido de amor indestructible, nada había quedado bajo el hielo de una especie de amistad ceremoniosa y grave, y tanto Carlos como Mercedes se sentían mejor cuando estaban uno del otro ausentes.

En medio de este aislamiento, Mercedes rescataba de entre las sombras de su pasado todas sus ilusiones vírgenes, todos sus sueños de mujer, todo su caudal de sentimiento, y lo enagenaba por primera vez a la encarnación de su ideal, a Chucho el Ninfo, y, temblando ante el crimen, saboreaba con una delicia extraña su hiel de víctima.

Desde la monotonía de sus diez años de esposa, desde el erial desierto de esta época de acabamiento y de languidez, se levantaba el alma de Mercedes al inusitado incentivo de una regeneración amorosa, jugando con las hechiceras creaciones de sus sueños, llamando a las visiones poéticas en su auxilio para emprender su encantada peregrinación por la región de los dulces sueños y de las auroras amorosas.

Mercedes sentía la savia de su nueva vida como una de esas plantas silvestres moradoras de los desiertos y recogidas un día por hábil jardinero; todo era regeneración en su ser, y hasta le parecía que era otro sol el que la alumbraba, que era otra brisa perfumada y pura la que solía besar sus cabellos y la que aspiraba con desusada delicia; todo, hasta el aire empezaba a ser nuevo para Mercedes: era la mariposa que acababa de romper las paredes de la crisálida en que vivió diez años, en que encerró una primera juventud precursora de una juventud reformada, lozana como la primavera. Mercedes, en fin, experimentaba, en medio de un raudal de intuiciones desconocidas, el placer inefable de una alma que se diera cuenta de su metempsicosis con la conciencia de un ayer negro en la alborada de una vida edénica y sublime.

Mercedes se encontró de pronto frente a la naturaleza, y de paria de la vida se había convertido en uno de esos mil acentos que forman el himno del universo a Dios; para Mercedes comenzaron a tener un nuevo atractivo las flores, las brisas, los arroyos, las aves y las estrellas, y deletreaba absorta la palabra «amor» en medio de su admiración y su enagenamiento.

Y no se crea que esto era la obra de Chucho el Ninfo, no; este quidam se quedaba a cien leguas de distancia del oasis moral en que vivía Mercedes; Chucho no había sido más que la llave de cobre de un santuario espléndido.

El amor, exclusivamente, era el agente regenerador; y Chucho a este respecto había sido sólo el niño indiscreto que entreabre la puerta de un tesoro.

Mercedes, al romper su crisálida moral, había buscado luz y espacio; y como hasta entonces había sido una de esas mujeres para quienes la poesía de la naturaleza no pasa de una jerigonza, comprensible sólo para los que escriben coplas o cosas por ese estilo; Mercedes, decimos, buscó de pronto por instinto ese templo grandioso que Dios mismo se formó para que lo adoremos; y una mañana en que con planta débil se encaminaba a la vieja y sucia iglesia de la Merced, impulsada por la fuerza de la costumbre, volvió la cara y vió en la altura algunas nubes blancas que avanzaban con voluptuosidad bajo un cielo azul purísimo; la vista de Mercedes siguió las nubes y se fijó en seguida en las montañas del poniente esmaltadas por el sol y presentando esas variantes misteriosas a las que la distancia les presta un encanto que atrae.

Sintió Mercedes lo que todos sentimos al ver un panorama o una planicie distantes: el deseo de trasportarse allí. ¡Cuántas veces hemos contemplado las sinuosidades de una cordillera, las ondulaciones de una montaña, o las vaporosas oscuridades de una arboleda y hemos deseado tener alas para transportarnos a aquel lugar, con la idea de encontrar en él no sabemos qué placer que nos aguarda!

Mercedes sintió esto y detuvo su marcha, y pensó en seguida con horror en las tres largas naves de la iglesia de la Merced, en su negro artesonado y en el pavoroso silencio de los altares; e impulsada por una resolución enérgica dió la vuelta y dijo a la criada que conducía a su hija:

—Vámonos.

La criada hizo un gesto de extrañeza pero dió la vuelta; a pocos pasos pasaba cerca de Mercedes un coche de alquiler, cuyo cochero, como si hubiera adivinado a Mercedes, le ofreció el vehículo.

Mercedes contestó al cochero parándose, y éste a su vez arrimó el coche.

Tres cuartos de hora después, Mercedes estaba en las lomas de Tacubaya, cerca del Molino del Rey.

Doña Rosario supo esto y juró en medio de un arranque de fervor y de pena, que el coche aquel era la barca de Carón y el conductor el diablo mismo en persona disfrazado de cochero del sitio.

X. Las orugas, las crisálidas y las mariposas: el diablo, la naturaleza y el amor

Nada hay más importante en la raza humana que la edad que corresponde exactamente al período de la oruga.

El niño no es más que la oruga del hombre: este es el período de la nutrición, del desarrollo y del trabajo para el porvenir.

La naturaleza tiene para las orugas los blandos renuevos, los jugos ácidos de las hojas y la miel de las flores.

La humanidad tiene también renuevos, jugos y miel, en una segunda naturaleza que se llama la instrucción pública.

A esta segunda naturaleza concurren las orugas humanas con una irregularidad funesta, con un descuido punible, y a veces con una falta tal de sentido común, que resulta consumada la más estupenda de las barbaridades por el más inteligente de los seres de la creación.

La oruga no deja nunca de extraer el jugo que le es propio para su nutrición y mantenimiento, y con una previsión y cuidado dignos de un hombre, elige el bien, evita el daño, prevé el peligro y se prepara, siempre a tiempo para la época de la abstinencia, del frío, de las privaciones y de la abnegación.

El hombre productor de orugas humanas, las mata para disminuir el censo de la población en China; las deja vagar en las calles de las grandes ciudades, sin pan para su cuerpo y sin luz para sus almas; forja teogonías para enfermar la raza y obligarla a prorrumpir en desatinos sublimes; inventa derechos de un origen oscuro, para imponerlos a su arbitrio, con la seguridad de un resultado claro.

El hombre, en fin, en virtud de la sublime prerrogativa del pensamiento, se come a sus hijos y vive y se nutre embruteciéndolos, tiranizándolos y procurando que se maten unos a otros.

Todo esto en contraposición del lobo que lame y acaricia a sus cachorros.

He aquí bajo qué auspicios llegamos a esta edad que se llama viril.

Tenemos que atravesar ese período de oruga humana, exponiendo cada día nuestras esperanzas y nuestro porvenir a las mil vicisitudes que rodean a la niñez, a los innumerables contratiempos de un obituario horripilante contra el cual nada puede toda la generación hipocrática.

Buscad, pues, el origen de todos vuestros males en el fondo de vuestro período de oruga, y lo encontraréis.

Busquémoslo en nuestros personajes, para ser consecuentes y para dar el ejemplo.

El héroe de esta historia, Chucho el Ninfo, se lo debía todo a su mamá y a su papá el señor don Francisco el rico.

Era un animal ponzoñoso con alas. La ponzoña se la debía a su mamá, por la educación afeminada y viciosa que le diera; porque Elena tenía la dicha de haber cultivado, por medio de su acaramelado cariño, esa deformidad moral de Chucho; y las alas se las debía a la munificencia de su papá que se vengaba del destino que le dió un hijo, con dorar ese gusano social para que no inspirara horror a las muchachas.

Mercedes y Angelita se casaron en estado de orugas.

Doña Rosario y don Pedro María habían hecho lo mismo; y ante el análisis del naturalista, aparecía este matrimonio presentando el aborto de una confusión extraña entre la oruga, la crisálida y la mariposa.

Las tías cartilaginosas y magras de quienes hemos hablado, habían permanecido orugas, y ya tarde les habían salido las alas que les servirían para volar al cementerio.

Concha era otra oruga criada por doña Lola; oruga próxima a fabricar su crisálida.

Sólo que hay orugas humanas que forman su crisálida en el muladar.

Pasemos a examinar ahora las crisálidas.

Doña Rosario y don Pedro María habían ayudado a Merced y a Angelita a fabricar su crisálida; cosa que en la historia natural no acontece, y tal vez en esto encontraremos que las crisálidas eran deformes.

La educación de antaño, de la que aún saboreamos los funestos resabios, era la crisálida moral de los educandos.

La oruga de los jardines, previendo la época de las tempestades y del frío, época que se puede comparar con la de las pasiones, se fabrica su cárcel imponiéndose el duro sacrificio de la abstinencia y hasta de una especie de muerte; pero para resucitar convertida en mariposa a una vida mejor.

La educación del hombre tiene por objeto enseñar ese ejemplo, para lograr hombres transformados después y dignos de una vida mejor.

La teomanía influyó muy directamente en el mundo en la formación de las crisálidas, y esta sabia consejera hizo que las orugas se fabricaran crisálidas sui generis y que al cabo de algunos siglos han venido a resultar contrahechas.

Según íbamos diciendo, doña Rosario y don Pedro encajonaron a sus dos bijas en la crisálida de la rutina, las enseñaron a no pensar, extravagancias elevadas a la categoría de culto y que ha dado pingües frutos.

Hay quienes se hayan encargado de pensar por los demás para evitarles esta molestia, que suele convertirse en herejía y en una porción de atrocidades; porque al principio se pensó que el mundo era para unos pocos en cuyas manos estaba constantemente el cucharón.

Las pobres orugas cogidas desde chicas, se domesticaban en las manos de los del cucharón y atravesaban esta vida, enclenques de cerebro y tributarias perennes de esos bellos sujetos.

Se les confeccionó su «caminito» y su «más allá» y se les tuvo a raya, y así pasaron siglos.

Cuando una oruga resulta mala esposa o mala madre, en virtud de su embrutecimiento, tenía una salida fácil: el infierno.

De manera que Mercedes y Angelita ya sabían a qué atenerse en materia de Chucho el Ninfo; no amaban a sus maridos, ni se habían hecho amar de ellos tampoco.

—¿En qué consistirá esto? —le preguntó Angelita a Mercedes—. Yo no quiero a mi marido.

—Ni yo tampoco.

—¿Para qué nos casaríamos?

—Eso es lo mismo que yo digo.

—¿Y crees que se puede vivir sin amar?

—Es esa una vida muy triste.

—Y está una expuesta…

—Ya se ve.

—Oye —dijo de repente Mercedes después de un ralo de perplejidad— te voy a hacer una confidencia.

—Me das miedo.

—Pero ¿cuento con tu discreción?

—Enteramente.

—Pues… me enamora Chucho.

Angelita se puso colorada y tembló y se tragó esta frase: «A mí también».

Aquella operación le pareció a Mercedes efecto de una sorpresa muy natural.

Pero no era eso. Angelita vió en Mercedes a su rival, y estaba sorbiendo ese veneno que corre con el nombre de celos.

Mercedes continuó:

—Chucho me visita todos los días y me ha hecho hace tiempo su declaración; está enamorado de mí perdidamente.

—¿Y tú lo crees?

—Tengo pruebas.

—¿Cuáles?

—Sea esta por ejemplo: todas las muchachas sé mueren por él, porque ya lo conocemos, es tan elegante y tan buen mozo y tan simpático…

—Eso es lo que no tiene para mí.

—¿Qué no es simpático?

—No.

—Tú eres la única que lo dices. Pues, como iba diciendo, todas las muchachas se mueren por él, y él a nadie le hace caso, a nadie quiere más que a mí, a pesar de que soy casada; y ya vez que no puedo menos de creer que su amor es verdadero, supuesto que siendo yo casada, me prefiere a muchas muchachas libres con quienes podría casarse.

—Ésa es una prueba, pero…

—¿Pero qué?

—Que eso es malo.

—Pues ya ve que lo es; pero yo no sé qué hacer.

Mercedes en esto hacía lo que todas: no saber qué hacer.

—¿Qué me aconsejas?

—Que lo despidas.

—No puedo, daría un escándalo; además, ya se lo he dicho y me ama tanto que no se va.

—No lo recibas.

—Por no querer recibirlo hoy ¿creerás que tuvo valor para entrar a mi cuarto de vestir?

—¿Hasta allí?

—Allí me había yo refugiado.

—¡Qué audaz!

—Es muy audaz —repitió Merced haciendo un gestito con el que procuró fingir que la audacia de Chucho la indignaba, y agregó—: por más que hago, no puedo enojarme con él.

—Pues estás perdida: figúrate qué pecado mortal estás cometiendo.

—Eso me da miedo.

—Pues a mí también me visita Chucho; pero la verdad yo le tengo mucho miedo al diablo y procuro por la salvación de mi alma; de manera que no apruebo tu conducta, ni la de Chucho, y desde luego me eximo de tomar parte en tus asuntos, porque no quiero ser tu cómplice ni tu confidente. Yo soy tan desgraciada como tú, pero a Dios gracias, no tengo, como tú, un diablo tentador en mi casa, y aunque a mi vez creo que a Chucho no le parezco mal, Dios me libre de caer en semejante lazo.

—Compadéceme, hermana, y no me abandones.

—Mientras seas buena no te abandonaré; pero llevando los pasos que llevas, tendré, a mi pesar, que dejarte entregada a tu suerte.

Cuando Angelita se separó de Mercedes, después de una larga conferencia, sintió que en su interior se operaba una reacción extraña. Sintió un vivo deseo de agradarle a Chucho; y aquello que en su hermana afeaba con tanta rectitud, lo deseaba ahora para sí; sentía su amor propio ofendido por la preferencia que Chucho daba a Mercedes.

Era martes, y los martes la visitaba Chucho por la tarde.

Angelita corrió a su tocador, se peinó de nuevo y se puso otro vestido.

—Quiero que Chucho me enamore abiertamente, que se declare, para probarle a Mercedes que sé despreciarlo, que soy una mujer honesta, y que, a pesar de tener un marido tan malo, sé cumplir con mis deberes; este será mi triunfo, porque al fin Mercedes no es mejor que yo. A mí me ha dicho Chucho que soy muy inteligente y muy… ¿cómo me dijo?… muy espiritual. Pues bien, eso quiere decir que hay algo adelantado, esperaremos y… yo haré que Chucho caiga a mis pies… Esto no es malo porque… en fin… así consigo que al enamorarse Chucho de mí, rompa con Mercedes, y una vez quitado de su lado yo sabré quitarme de él, porque al fin, no lo amo…

Angelita se hizo una pregunta como en secreto, y continuó:

—Quiero decir, lo aprecio, le tengo cariño, pero no amor.

Angelita empezaba a no creerse a sí misma. Poco rato después entró Chucho.

—¡Qué linda está usted esta tarde, Angelita!

—¿Por qué?

—Ese vestido blanco la cae a usted tan bien, que verdaderamente nunca me había parecido usted tan hermosa.

—¿De veras?

—Créalo usted, hija mía.

—No me diga usted hija.

—¿Por qué?

—Porque no es usted tan viejo.

—Es una frase de cariño.

—Así les dice usted a todas.

—A todas mis amigas.

—¿Y a las que son más que amigas?

—También.

—Pues no quiero que me diga usted hija.

—Le diré a usted… mi ángel.

—Eso es mucho para amiga.

—Precisamente por eso se lo digo, porque yo deseo…

—No vaya usted a decir una barbaridad.

—No diré más que lo que siento.

—¿Sí?

—Y lo que siento es un amor ardiente por usted.

—Eso no es cierto.

—Le daré a usted mil pruebas.

—Yo tengo una en contra de todas.

—¿Cuál?

—Que ama usted a mi hermana.

—Es usted una niña.

—Que tiene ojos.

—Y muy hermosos por más señas.

—No se trata de eso.

—Fue una digresión.

—Muy inoportuna —dijo Angelita sonriéndose.

Esta sonrisa fue un viento favorable.

Chucho se preparó para izar las velas.

—Si es ese el único inconveniente que usted tiene para amarme, ese inconveniente desaparecerá como por encanto a la primera sonrisa de usted, Angelita.

—¿Nada más con la primera?

—Nada más.

—Pues es muy fácil —dijo Angelita, acuñando una sonrisa expresamente para aquel acto.

Chucho la recogió haciéndole todos los honores, tomó las manos de Angelita y las estrechó entre las suyas con pasión. Los dos habían triunfado.

Chucho se felicitaba de haber empleado tan poco trabajo en aquella conquista, y Angelita creía estar haciendo una obra meritoria con apartar a Mercedes de un mal paso.

En ese mismo día Chucho había recibido una nueva repulsa de Mercedes y se propuso aprovechar con Angelita el tiempo que perdía con la hermana esquiva que se consagraba de nuevo a la reparación y al arrepentimiento.

Por lo visto ni Mercedes ni Angelita habían sabido cautivar el corazón de sus respectivos maridos, ni mucho menos habían sido bastante fuertes para triunfar de la difícil situación en que una mujer se coloca cuando siente vacío el corazón.

La dulce compañera del hombre no tiene más que dos maneras de ser: o ser la compañera de un hombre, o estar próxima a serlo; quiero decir, sólo la novia y la esposa están bajo el amparo de la ley natural.

En todas las demás situaciones, inclusa la viudedad, la mujer es una hoja suelta, que vuela y se agita a merced de todas las vicisitudes, sin más apelación que ésta: la vejez.

En una palabra, la crisálida moral de Mercedes y Angelita, era insuficiente e imperfecta; estaban próximas a ser mariposas y esta transformación debía ser fecunda en peripecias curiosas y en resultados peligrosos.

XI. Continuación de la importante materia tocada en el capítulo anterior

Lo dicho: las contravenciones del orden basado en la moral de las costumbres, traen irremisiblemente sobre el infractor el condigno castigo.

Concha va a ser una de las pruebas de este aserto.

Antes de descender al fondo de la disipación, Ja mujer resbala en su pendiente y lucha con los restos que le quedan de pudor.

Sea esto dicho en loor del sexo débil: el luchar lo disculpa, y, cuando menos, esto es un elocuente tributo al principio moral.

González, como sabe ya el lector, era un buen muchacho; circunstancia apreciabilísima, pero por desgracia insuficiente tratándose del presupuesto económico de Concha.

Sin la insuficiencia monetaria de González, Concha lo hubiera amado de veras; y no se crea que esto es paradójico. ¿Qué influencia puede tener el vil metal para convertir en verdadero el amor? —se nos preguntará. Pues no hay cosa que suceda con más frecuencia que ésta.

Concha entró al mundo filiándose entre las gentes acomodadas, merced a un golpe de fortuna, y concurrió al banquete de los placeres, sin más título que sus hermosos ojos, su talle esbelto y sus bonitos pies: he ahí su capital inmueble.

Concha cobró los réditos y se los pagaron.

González, el último de los censatarios, sólo entregó dividendos y redujo los pagos, como en tiempo de revolución, a terceras partes.

Nos habíamos propuesto no decirlo, siguiendo nuestro prurito de no hablar mal del prójimo, pero es necesario no callar en esta vez.

Concha tenía algunos pecadillos más.

Antes de conocer a González, conoció a un señor natural de Veracruz, munífico por más señas.

Concha lo consideró tan listo y llano pagador, que se moría de gusto y de cariño.

El de Veracruz tuvo que ausentarse a poco tiempo, confiándole a Concha esa quisicosa que con tanta facilidad se traspapela en las ausencias: la fe de los amantes.

Concha vió alejarse al de Veracruz y derramó lágrimas por si fueren útiles y porque le pareció que no es bueno despedirse en seco; acarició las últimas onzas que le quedaban, como el más tierno recuerdo de su amante, y se volvió a quedar sin réditos.

Éste es el grave inconveniente de ciertos capitales; los pícaros hombres solemos estar intratables en algunas ocasiones y no parece sino que ya somos insensibles a los atractivos del sexo hermoso.

Tal pensaba Concha, y más de una vez apostrofó a la raza de Adán por sus incalificables esquiveces, hasta que encontró a González, que desempeñó su interinato lo mejor que pudo.

Pero he aquí que retornó el de Veracruz preguntando por la susodicha fe, que era precisamente la que en aquellos momentos se encontraba tan mal parada. A la pregunta de la fe, agregó el de Veracruz un programa de futuras esplendideces, y las matemáticas de Concha hilvanaron una operación aritmética que le dió un residuo que se llamaba «González».

González acertó aquel día, en su visita cuotidiana a estar más expresivo que de costumbre.

Concha hubiera deseado tener un microscopio para encontrar en González algo que le diera motivo de enojo, pero González se estaba portando admirablemente.

Concha se fingió celosa: González la satisfizo plenamente.

Dudó de su amor: González le dió pruebas.

Se fingió pobre: González la obsequió.

Se fingió triste: González la hizo reír.

Tanto hizo Concha para desprenderse de González, pretextando motivos e inventando pretextos, que González conoció que había moros en la costa.

Concha ejercía un dominio absoluto sobre sus glándulas lacrimales. Jamás esta arma femenil tuvo propietaria más pródiga.

Concha sabía dejar caer de sus ojos las lágrimas, como de sus labios las palabras.

Un día dejó caer estas perlas sobre los hombros de González.

—¿Qué tienes? —le preguntó éste.

—Triste.

—¿Por qué?

—Por mi reputación.

—¿Quién la ataca? Señálame al villano y me lo como vivo.

—Eso es lo que yo quiero saber, pero no lo conozco. —¡Qué lástima!

—Pero me calumnian: dicen que soy liviana, que te amo a ti y… a otros.

—¡Qué atrocidad! ¿Con que a otros?

—Sí, a varios.

González soltó una carcajada, y exclamó:

—No hagas caso de hablillas; en tu carácter de mujer sola, te verás calumniada constantemente; tu hermosura incita a inventarte amantes.

Al día siguiente, González supo lo del de Veracruz. —Sigo triste —le dijo Concha.

—Con razón.

—Siguen las habladurías.

—Pobre de ti ¡qué injusticias!

—Tengo un amigo.

—¿El de Veracruz?

—El mismo.

—¿Y qué?

—Que han llegado a sus oídos las murmuraciones. —Lo siento.

—Y eso me aflige horriblemente.

—¿Por qué?

—Porque tal vez lo crea.

—¿No te conoce?

—Sí.

—Pues no debe creerlo.

—¿Y tú…?

—Yo no creo nada, yo sé muy bien que tú eres una santa.

—Pero yo no quisiera que mi amigo el de Veracruz supiera que me amas.

Concha, en el más difícil de los papeles de dama joven, se entregaba en cada palabra; y después de una lucha heroica, en la que llegó a creer que había triunfado, quedándose con el de Veracruz en cambio de González, recibió una misiva lacónica y elocuente firmada por sus dos amantes.

González respiró libremente, y al volver al hogar doméstico, saboreando aún la susodicha compensación que pretendió hallar en Concha, se encontró a Chucho el Ninfo.

Chucho tenía el don de la imperturbalidad, aun delante de los maridos.

González en la reacción de su conciencia creyó acertar manifestándose complaciente y obsequioso.

Angelita pensó lo mismo que González.

Y Chucho pensó lo mismo que el matrimonio, de manera que los tres estaban a cual más cariñosos.

—¿Por qué estás tan alegre? —le preguntó González a su mujer.

—Porque me ha dado gusto —dijo ésta— que vengas tan temprano.

—¡Qué cosa tan rara! —pensó González.

—Efectivamente —agregó Chucho— ya se hacía necesaria su presencia de usted aquí, señor González; porque a mí ya se me va agotando el caudal en la conversación, y nos pasamos algunos ratos en silencio. ¿No es verdad, Angelita?

—Cierto, así sucede muchas veces.

Aquellos tres personajes estaban haciéndose sospechosos entre sí a fuerza de amabilidad.

Angelita creía de mal agüero la dulzura de González.

González encontró a su mujer tan cambiada que creyó que le ocultaba algo.

Y a Chucho le parecía el rugido de la tempestad aquella armonía conyugal.

González pensaba con horror en la pena del Talión, y Angelita encontraba muy de su gusto que González tuviera celos; primero para que su marido no se quedara sin probar ese platillo, y luego porque, como al fin aquello no era más que un santo ardid para evitarle a su hermana Mercedes un desaguisado, Angelita estaba interiormente tranquila y con aire triunfante.

Chucho el Ninfo, entretanto, estaba satisfecho de su obra; le parecía haber llegado al colmo de lo que en lenguaje de pollo se traduce así: «pico largo».

Para adquirir este honroso título había empleado todos los medios que le sugería su vanidad de calavera, y el ruido que había logrado hacer con sus amores era la aura popular que más le lisonjeaba.

Para Chucho el triunfo era completo desde el momento que sus amores eran públicos; el resultado práctico le importaba poco, lo que Chucho quería era el escándalo.

Tenía la certidumbre de la impunidad y aseguraba que ninguno de los dos maridos le pediría cuentas de su honra. Para Chucho, el marido era en la sociedad el tipo ridículo más despreciable, y juraba a mil cruces que jamás se casaría.

Mercedes, por otra parte, llevaba ya mucho tiempo de luchar de una manera heroica consigo misma; pero las reacciones de este trabajo ímprobo de su conciencia y su corazón eran funestas. Amaba a Chucho a pesar de todo y cada vez con más ardor: mientras más pensaba arrancar de su corazón aquella imagen que la perseguía, más y más sus pensamientos no eran más que para aquel ser, despreciable para quien lo conociera, pero que para Mercedes era la encarnación de su más bello sueño.

Mercedes comenzó a recibir grandes desaires de sus mejores amigas y a echar de menos a su familia, que casi se había retirado completamente de su casa.

Un día recibió la visita de su tía, de la tía a quien le faltaba un ojo; pero quien con el que le quedaba desempeñaba el papel de Argos admirablemente.

Encontró a Mercedes llorando.

—No te pregunto por qué lloras, porque eso todo el mundo lo sabe.

—¡Todo el mundo! —exclamó Mercedes sorprendida.

—Sí, todo el mundo; excepto tu marido porque eso es lo que sucede siempre; ya se ve, es el único de quien probablemente se cuidan tú y ese… señorito, que ha venido a amargar la existencia de tu familia y a alejarte de la estimación de las gentes.

—Pero ¿qué es lo que me está usted diciendo?

—La verdad, sobrina mía, la verdad, porque yo soy así; ya me conoces, tan fea como tan franca, y aunque nada me escandalizó hay cosas que sólo para vistas.

—¿Quiere decir que se habla de mí?

—Y con razón. Lo extraño es que tú no acabes de comprender el papel que estás haciendo.

—Pero nadie tiene razón para despreciarme.

—¿Nadie?

—No, nadie —respondió Mercedes con energía, porque, efectivamente, Mercedes no había faltado a sus deberes sino en la apariencia; pero el público había pronunciado su fallo, y los fallos del público son inapelables.

—De nada te sirve ya esa indignación que manifiestas porque nadie te creerá; el mal está ya hecho, la sociedad te ha juzgado ya, y aunque supongamos, porque yo también quiero suponerlo, que eres pura, las gentes hablan y aseguran todo lo contrario. —Ya se ve, el señorito no se para en pintas, y no sólo, sino que hace alarde de sus vicios; te digo que debe quererte mucho el hombre que primero te roba la honra y la tranquilidad para que, una vez perdida, nada te quede que sacrificarle.

—Pues jure usted tía, jure usted como yo, que una y mil veces he rechazado este amor; jure usted que no he faltado a mis deberes; jure usted que seguiré luchando hasta conmigo misma para no tener jamás de qué avergonzarme. Atienda usted a que lucho sola porque todos me han abandonado, y porque en medio de mi tribulación y mi aislamiento no tengo ni un consuelo, ni una esperanza por parte de los míos: en todos leo las señales de la desaprobación, y veo que huyen de mí como de una apestada; y sin embargo, que lo diga él mismo, lo desafío a que me sostenga que soy su amante, y si tal dice miente; pero no… no lo dice, ni puede decirlo nunca. Dígale usted a la sociedad, dígale usted a mis padres que no me condenen, que todavía soy pura, que todavía soy digna de su estimación. Y ya lo ve usted, hasta mi marido me abandona; si él hubiera estado de mi lado, yo no me hubiera separado de su vista; yo le hubiera hecho protestas de amor delante del hombre que me roba el honor y me arrebata para siempre la tranquilidad sólo porque soy impotente contra sus persecuciones. Rehabilíteme usted, señora; rehabilíteme usted y no me abandone como todos, porque me faltarán las fuerzas para luchar por más tiempo. ¿Qué más puedo hacer que imponerme el más penoso de los sacrificios? Porque, sépalo usted todo de una vez para que me condene o me absuelva, y entonces me ampare: sépalo usted, señora, mi corazón está virgen de amor, soy casada, pero jamás he amado a mi marido, ni tampoco he sido nunca amada por él, y mi primer amor, el único ser que ha sido capaz de inspirarme una pasión que me mata, es Chucho. Yo no sé si lo que él hace es efecto de su amor: tal vez es imprudente pero es tan joven que no mide el tamaño de sus indiscreciones. Hasta hoy no le he confesado mi amor; él insiste y arrostra por todo, y yo sé muy bien que la única manera de conseguir su discreción y su prudencia, es ceder a sus deseos: si yo le hubiera correspondido, nadie sabría nada, obraríamos de acuerdo, y sería yo criminal, es cierto, pero conservaría el aprecio de las gentes; pero mi repulsa, mis negativas, mi obstinación en no faltar a mi fe de esposa, obliga a Chucho, ya que no le doy mi amor, a robarse mi honra ¿y a qué precio puedo rescatarla, si aún es tiempo? ¡Ah! yo he preferido mi conciencia a mi honra: si hubiera sacrificado mi pureza me hubiera salvado; mientras que hoy, el cumplimiento de mis deberes me ha perdido. ¿Qué debo hacer para rehabilitarme? lumíneme usted, y en lugar de reprocharme, como todos, mi conducta, compadézcame usted, señora, se lo ruego. Tal vez mi padre me desprecia, y mis amigos se avergüenzan de venir a verme, todo porque he luchado. ¡Dígales usted, señora; dígales usted, por Dios, que aún soy pura, que me salven, que me salven!…

La tuerta tía, en cambio del ojo que hacía tiempo le había cerrado la suerte, abría desmesuradamente el otro y estaba en aquellos momentos petrificada sobre la silla, como de modelo fotográfico.

Hubo una larga pausa, durante la cual Mercedes virtió abundantes lágrimas; y la tía, no sabiendo qué partido tomar en una situación tan difícil, se propuso ponerlo todo en conocimiento de doña Rosario, su hermana, para que con los consejos de algún sacerdote se tomara el partido y la resolución más conveniente.

—Vengo muriéndome —le dijo a doña Rosario, entrando en la casa.

—¿Por qué?

—Vengo de ver a Mercedes, tu bija, que me ha partido el corazón.

—¿Pues qué pasa de nuevo?

—De nuevo nada.

—¿Pues entonces?

—Figúrate que si no todo, parte de lo que nos han contado y de los rumores que circulan es falso.

—¿Cómo es eso?

—Que… dice que… pues dice que no le ha correspondido a Chucho.

—¿Y tú lo has creído?

—Yo sí; y si tú no lo crees es porque no la has oído, porque no has visto como yo sus lágrimas, porque no te ha dicho las cosas que a mí, que me han partido el alma.

Y el ojo de la tía destiló una gruesa lágrima que valía por dos.

—¿Pues qué será bueno hacer? —preguntó doña Rosario toda temblorosa y conmovida.

—Yo creo que será bueno consultar el negocio con el padre Martínez, que ya la ha confesado; y aunque el padre Martínez nos ha echado tierra, yo creo que si le ocupamos en este asunto que tanto nos afecta, se apresurará a venir y nos servirá como siempre.

—Tienes razón. Pues que vayan a llamar al padre Martínez.

—Mejor iré yo en un coche y lo traigo.

—Me parece bien, corre.

—Hasta luego.

Y la tía desapareció.

Doña Rosario, aprovechándose de la ausencia de don Pedro María, encendió todas las velas de cera que había en la casa, y anunció a las criadas que aquella misma noche se iba a «andar» la novena de la Purísima.

Poco tardó la tuerta en volver con el padre Martínez.

—Nada de sentimientos, padre Martínez, que en las tribulaciones no hay para que acordarse de lo pasado; ahora se trata de la pobrecita de mi hija, que pide a gritos que la salven.

—¿De qué mi señora? ¿Pues que le ha sucedido? ¿De qué está enferma?

—No, no está enferma.

—¿Pues qué tiene?

—Tiene al diablo, padre Martínez, al diablo en persona, que ya sabe usted cómo se ha empeñado el enemigo malo en hacerme desgraciada a mi hija de mi corazón, que es una compasión verla cómo llora. Aquí nos contaron, pero ya conoce usted a las gentes, padre Martínez, cómo abultan, y de una esquina a otra ni quien conozca las noticias…

—Pero en fin ¿qué se dice?

—Nos contaron… en fin que mi hija se había perdido.

—¡Ave María Purísima!

—Quiero decir, que tenía un amante.

—Y no es cierto, por supuesto.

—Vea usted el amante existe pero mi hija no lo quiere.

—Pues entonces estamos bien.

—No, padre Martínez, estamos mal, porque aunque mi hija no lo quiere, las gentes lo creen así y en el público se dicen unas cosas para taparse los oídos.

—Y bien ¿qué es lo que usted piensa?

—Eso es lo que queremos que usted haga, pensar en lo que será conveniente.

—Pero ¿está usted segura de que Merceditas?…

—Ahí está mi hermana que le impondrá a usted, ella está al tanto de todo lo que pasa.

—Hable usted, mi señora —le dijo el padre Martínez a la tuerta.

Ésta le hizo una relación circunstanciada de los acontecimientos y de la disposición moral de Mercedes.

—Me ocurre una idea luminosa —dijo el padre Martínez.

—¿Cuál?

—¿A ver? —dijo la tuerta.

—Traigo en la bolsa una boleta de ejercicios para una hija mía de confesión que debe entrar mañana, no le he puesto todavía el nombre a la boleta y…

—¡Magnífico! —exclamó doña Rosario.

—Efectivamente es una idea luminosa —dijo la tuerta.

—¿Conque mañana?

—Mañana.

—¿Pero Mercedes se prestará? —dijo la tía.

—Según dicen, la pobre de mi hija está dispuesta a todo.

—Sí.

—Pues entonces…

—Yo me encargo de preguntarle; voy en el coche a consultar su voluntad y vuelvo.

Veamos entre tanto lo que pasaba con Angelita.

XII. De la manera con que Chucho el Ninfo se cubre de gloria

Hubo un veranito en la casa de González, pero este verano era el precursor de la tempestad.

González, arrepentido interiormente de su infidelidad y encontrando en la afabilidad de Angelita un tierno llamamiento al orden, se propuso buscar la paz y el bienestar en la única fuente posible para un casado: en el hogar doméstico.

Inauguraron la paz con un almuerzo al que concurrieron la familia de Angelita, el padre Martínez, Pérez, Chucho el Ninfo y Elena, quien cuidó de no hacer concurrir a los niños Aguados.

Pocos días antes Chucho el Ninfo, rodeado de su cohorte de pollos callejeros, había recibido en su ánimo un nuevo impulso que le obligó a tomar medidas extremas.

—Sentimos que estés de malas —le decía un pollo.

—¿Por qué?

—Porque se te acortan los recursos en tu ramo de mujeres casadas.

—No, no tanto —dijo Chucho viendo venir el chubasco.

—¡Cómo no! Tu encantadora Mercedes está en ejercicios, que yo la vi, se está purificando una vez por todas y esta conquista se aguó.

—Y en cuanto a Angelita —agregó otro pollo— se va a celebrar con un almuerzo su reconciliación con el marido. ¿Estás convidado?

—Por supuesto.

—¿Y vas?

—Primero falta el vino que yo.

—¿A presenciar tu derrota?

—No, a triunfar.

—¿A triunfar? Qué presuntuoso: estás vencido, chico, estás vencido.

—No lo crean ustedes. Ya se ve, en materias de amor, sois muy niños.

—Véngate de nosotros como gustes, pero estás derrotado.

—Ya veremos.

Chucho se separó de sus amigos, extraordinariamente contrariado porque le habían dicho la verdad, y se puso a hilvanar un proyecto estupendo que la casualidad vino a hacer más negro todavía.

Chucho recurría al arbitrio de aturdirse, según él decía, cuando le sucedía algo, y tuvo una cena de cuya descripción nos libran ciertas consideraciones.

Chucho habló con Concha.

Ésta enteró a Chucho de sus amores con González. Chucho guardó aquellos datos, como si se hubiera echado en el bolsillo un frasco de ácido prúsico, y en seguida se manifestó espléndido con Concha, quien, a su vez, encontró en esto a Chucho muy de su gusto.

Llegó el día del almuerzo, reinó en él la mayor cordialidad: y las tías de Angelita, las cartilaginosas tías se sentaron juntas, para darse de codo; pues como todo lo sabían, se estaban gozando en que aquella reconciliación fuese para alejar a Chucho el Ninfo, a quien, según las viejas, no le quedaba más recurso que dirigir sus tiros a otra parte.

—Parece que nuestro santo, el señor San Judas Tadeo de mi alma, se ha portado como quien es.

—Sí, yo me muero por él. ¡Qué capaz que se le fuera ésta, vaya! ¡En más graves casos, nunca se ha quedado sin hacer el milagro!

—Le mandaré decir una misa, que bien lo ha ganado.

—Aquí es donde yo quiero ver a los impíos; se quedarían con la boca abierta.

—¡Milagro más patente!…

—Porque, de fijo, Chucho toca retirada.

—La conciencia, hermana, la conciencia.

Doña Rosario hacía señas a sus hermanas y estaban las tres ancianas que no cabían en sí de gusto.

En la noche de ese mismo día, la sala de la casa de González presentaba un cuadro opuesto al de la mañana.

Angelita lloraba reclinada en un sofá y González se paseaba furioso.

—Bien decía yo —exclamaba Angelita— ¿quién había de ser si no una mujer perdida, la que me roba tu amor? ¿Quién si no esa Concha, la ojona, la ordinaria, la que te quita de mi lado? ¡Hipócrita! pero eso sí; ésta será la última; esto no tiene remedio. Mañana estaré yo en mi casa y todo el mundo sabrá qué clase de sujeto es usted. ¡Ay Dios mío, qué desgraciada soy!

González a quien se le había caído el gozo en el pozo, recurrió primero a la energía y a las amenazas, e hizo admirablemente el papel de hombre resuelto y de carácter enérgico.

La luz de la aurora sorprendió al matrimonio en plena guerra; y en las primeras horas de la mañana llegó refuerzo de la casa de Angelita. La tuerta traía el estandarte del escándalo.

—Déjame a mí —le decía a doña Rosario— ya sabes que soy mujer de recursos; y desde luego me ocurre que, supuesto que Dios nos ha inspirado la idea de poner a Mercedes en la casa de ejercicios, y supuesto también que aún no se acaba la novena de San Judas Tadeo, es claro, clarísimo, que el camino que debemos seguir es el mismo; y de esta manera habremos puesto fin a tanto escándalo y nos descartaremos para siempre del… jovencito, del don Jesús condenado.

—¿Pero crees tú que González pase por entrar a ejercicios?

—¿Por qué no? Ya lo verás.

—Pues anda; y que Dios te ilumine.

Debemos decir, en obsequio de la sagacidad de la tuerta, que cumplió su misión admirablemente: Angelita ofreció aceptar a su marido, con la condición de recibirlo purificado y santo después de los ejercicios.

González se resignó, por su parte, y algunos días después Angelita hacía los preparativos para enviar al pecador de su marido a hacer penitencia por nueve días.

—¡Aleluya! —gritó la tuerta, el primer día de los nueve en que Angelita iba a estar sola—. Van dos milagros que nos hace en uno mi querido señor San Judas Tadeo, a quien veo como a las niñas de mis ojos. En primer lugar, nos ha quitado a ese don Jesús, el elegante, de la casa de Mercedes; porque yo supongo que después de los ejercicios y con el mal modo que todos le hemos puesto, no aportará más por la casa; y todo esto, según lo tiene de costumbre mi santo de mi alma, antes de que se acabara la novena; y el segundo milagro es haber quitado a González del lado de esa… ¡Ave María Purísima!… ya iba a decir la palabra; de esa… ¡infeliz! Porque no son otra cosa esas mujeres, que hasta animales me parecen.

—Efectivamente —dijo doña Rosario, muy convencida del poder de San Judas— y aún hay más que agradecer a su Divina Majestad, y es que de nada de esto se haya apercibido el pobre de mi marido, que moriría seguramente de un derrame de bilis si llegaran a sus noticias las atrocidades que han pasado en estos días, y que a la verdad, no sé cómo be tenido serenidad para aparentar delante de mi marido tanta calma.

—En cuanto al seductor, ya nada tenemos que temer —dijo la tuerta— porque aun cuando siga visitando a Angelita, ahí me las den todas; ésa no es Merced, porque ésa sí es una muchacha arreglada, que no ha dejado de confesarse y de hacer sus comuniones.

—Eso sí —exclamó doña Rosario— me cabe la satisfacción de que mi hija Angelita ha seguido siendo buena cristiana, y tengo una confianza en su juicio y en su honradez, que muy pronto, ya lo verás, va a poner al Chucho en la puerta de su casa.

—Yo entiendo —dijo la tuerta— que con todo lo que ha pasado, bastante debe comprender que está de sobra el angelito, y tomará su portante.

Esta previsión de la tuerta, era la que menos había de realizarse, pues Chucho, animado por la misma Angelita, veía abierta una brecha a sus ataques.

Efectivamente, Chucho se consagró a Angelita, con toda la insistencia y tenacidad que le conocemos.

Angelita, fiel a su propósito de librar a Mercedes de aquel amante tan peligroso, y creyéndose cada vez más segura en las resoluciones que llevaría a cabo después, dijo a Chucho:

—Pues bien, pongo una condición.

—¿Cuál?

—Que jamás vuelva usted a ver a Mercedes.

—¿Y a ese precio me amará usted?

—Sí —dijo Angelita, jugando con la verdad y sin temblar.

Chucho oyó aquel conmoviéndose profundamente, contra su costumbre; porque, como la vanidad era el móvil de su amor, ésta estaba plenamente satisfecha.

Chucho cayó a los pies de Angelita, y se dejó llevar del torrente de sus ideas amorosas; se le hubiera desconocido, porque estaba elocuente; y lo que es más, ardiente y poético: tal vez sentía Chucho por la primera vez un arrebato semejante, y las más dulces imágenes, las más risueñas perspectivas descorría, con desusada locuacidad, a la vista de Angelita. El amor pintado por Chucho en aquellos momentos, tenía tan extraño prestigio, ejercía una influencia tan nueva en el ánimo de Angelita, que ésta lo escuchaba absorta.

Al principio sólo su vanidad respondió a las primeras palabras de Chucho; pero a medida que éste hablaba y su acento iba tomando el carácter ingenuo y la marca de verdadera pasión, Angelita comenzó a sentir algo enteramente nuevo en todo su ser, que la ponía a merced de aquella fascinación desconocida.

Le sucedió una cosa muy rara: se olvidó de González, de su familia, de todo el mundo; y como en un sueño se concentró toda en aquel amor que brotaba, inundándolo todo con sus rayos deslumbradores.

Era aquella una de esas horas fatales en que todo calla a nuestro rededor, en que no surge ni el más ligero obstáculo, ni la más trivial interrupción; ni una tos, ni un sonido, ni un reloj que dé horas, ni una puerta que rechine, nada, en fin, que turbe ese silencio soporoso, pero lleno para los actores de aquella escena de esos rumores extraños, de esos ruidos que lodo lo absorben, porque son la sangre que afluye al corazón haciéndolo palpitar violentamente.

No parecía sino que en aquella sala modesta, pero agradablemente tapizada, iluminada por una sola luz opaca y medio velada por un ramo de flores; no parecía, decimos, sino que en las largas sombras que proyectaban los muebles y que se extendían por las paredes, estaba ese diablo de las conquistas que suele deleitarse con las escenas de amores terribles; ese diablo familiar de los salones que destapa los pomos de la esencia de rosa, que hace crujir la seda, que alumbra con la luz azul de sus pupilas un seno blanco que ondula como una góndola mecida por la brisa sobre un lago; ese diablo cortesano que alza, sin que nadie lo vea, la orla de un vestido y hace exhibir un pie calzado con blanquísima seda; diablo que sabe por qué medios se humedecen los ojos y se les hace brillar como las estrellas, que sabe dejar caer un rizo de sedoso cabello sobre una frente que se estremece; diablo que envía el aliento de una boca a los labios de otra entreabierta por la más dulce de las agonías…

Ese diablo estaba allí…

Él recogió en la palma de su mano amarilla unas cuantas lágrimas de Angelita, y contrajo su angulosa fisonomía con una sonrisa dedicada a Chucho el Ninfo, cuando éste pensó a sus solas que aquella noche se había cubierto de gloria.


Publicado el 23 de diciembre de 2018 por Edu Robsy.
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