Antaño i Hogaño

José Victorino Lastarria


Cuento



EL MENDIGO

(1842)

I

No ha muchos años, en una tarde de octubre, me paseaba sobre el malecon del Mapocho, gozando de la vista del sinnúmero de paisajes bellos que en aquellos sitios se presentan. La naturaleza en la primavera allí ostenta con profusion todos sus primores, i parece que desarrolla ante nuestros ojos su magnífico panorama, con la complacencia de una madre tierna que presenta sonriéndose un dijecillo al hijo de su amor. El Mapocho ofrece en sus márjenes mil delicias que le hacen recordar a uno con pena aquellas bellas ilusiones que se forma en sus primeros amores: aquí aparece el aspecto duro i melancólico de una ciudad envejecida, cuyos edificios ruinosos están al desplomarse; a lo léjos, una confusa aglomeracion de edificios lucidos, de torres esbeltas i elegantes, i el puente grande del rio que se ostenta majestuosa i soberbiamente sentado sobre sus formidables columnas; allí multitud de grupos de árboles floridos, que a veces se confunden con los lijeros i blancos vapores que se elevan de las aguas; allá interminables corridas de álamos de color de esmeralda, cortadas a trechos por el lánguido sauce i por otros arbolillos que contrastan sus matices verdinegros con el triste amarillo del techo de las chozas. De entre las densas arboledas, se ven salir en direcciones curvas i varias las columnas del humo del hogar; los niños triscan en inocente algazara sobre las arenas del cauce, el pastor desciende con su blanco rebaño por las laderas del San Cristóbal i se pierde de repente tras de las peñas o arbustos que se encuentran al paso; i en medio de estas rústicas escenas, se oye la armonía universal de la naturaleza que se despide de la luz del dia, i que confunde sus ruidos misteriosos a la distancia con el sordo bullicio de la ciudad. ¡Oh encantos del Mapocho! ¡Cuántas veces habeis henchido mi pecho del regocijo mas puro! ¡Cuántas veces habeis ahuyentado de mi corazon penas acerbas! ¡Yo derramaria lágrimas de ternura, si estando separado de mi patria, me asaltara el recuerdo de esas escenas de simple rusticidad en el centro de la cultura de un pueblo!

El sol comenzaba a ocultarse en las colinas de occidente, dibujando en el azulado fondo del cielo diversos copos de luciente nacar, tiñendo de un suave color de rosa las nubecillas que flotaban sobre las faldas de los Andes, i dorando el manto de nieve con que se cubren estos jigantes del mundo, de modo que los hacia aparecer como montañas de oro macizo puestas allí para sustentar el firmamento con sus encumbradas cimas. El aura de la tarde era fresca i aromática, yo dejaba flotar a su impulso mis cabellos i permanecia reclinado sobre la muralla, mirando las corrientes del rio: ellas se llevaban consigo mis pensamientos i mi vista, i se precipitaban bulliciosas hasta estrellarse en esas ruinas adustas que ha dejado en su paso el antiguo tajamar, i que hoi, inmóviles i silenciosas desafian su embate i lo desprecian. Pero aquel momento de delicias en que todo lo sentia, sin pensar en nada, fué mui corto para mí; un hombre se puso a mi lado sin pronunciar una sola palabra i me sacó de mi ensueño: era de grande estatura, aspecto grave, semblante apacible; i melancólico; su barba era larga i blancuzca, sus ojos humildes i hermosos. Vestia una manta larga i gruesa, calzon i media de lana blanca, i en su mano derecha tenia un sombrero de paja burda, en actitud de respeto. Al instante reconocí al misterioso mendigo que recorria todas las tardes aquellos sitios implorando la caridad de los transeuntes, sin desplegar los lábios; no habrá en Santiago quien no le recuerde; apénas hará cinco años que ha desaparecido. Ese hombre atraia poderosamente mi atencion: siempre habia procurado con algunos amigos saber quién era, pero nunca habíamos logrado oirle mas que monosílabos. Entónces traté de trabar con él una conversacion; le dí una moneda i nos cruzamos estas palabras:

—¿Me conoce usted a mí, buen hombre?

—Sí señor, usted siempre me ha hecho bien; me respondió con voz apagada.

—¿Sabe usted cómo me llamo?

—Nó.

—¿I su nombre de usted?, dígamelo, mire que siento ardientes deseos de saber quién es usted, de saber algo sobre su vida. Vamos, hable usted.

Despues de un silencio, durante el cual ví en su rostro cierto aire de ternura, me dijo:

—Soi un antiguo soldado de la patria, me llamo Alvaro de Aguirre; i bajó al suelo sus ojos guarnecidos de una blanca i larga pestaña.

Yo continué haciéndole varias preguntas, i él contestándomelas a medias. Luego que supo por mi nombre quien era mi padre esclamó: ¡Buen señor, siempre me da limosna; estuvimos juntos en el sitio de Rancagua, en una misma trinchera, él era paisano i peleaba como nosotros!—Estas frases pronunciadas con cierto aire de nobleza, me hicieron palpitar el corazon i traté de hacerle conocer el interes que me inspiraba su desgracia, le prometí amistad i conseguí al fin de muchas súplicas que me dijera algo sobre su vida. Marchamos juntos hasta la penúltima pirámide; en su base tomó asiento el mendigo i yo permanecí en pié. La luna principiaba a rayar sobre los Andes, i su luz rielaba sobre las lijeras i bulliciosas aguas del rio, figurando en ellas una prolongada cinta de plata estendida en desórden sobre la arena; todo estaba en calma. El aspecto del mendigo me inspiró veneracion i me causó mil ilusiones misteriosas que pasaron por mi mente con la lijereza de la brisa que lamia el encumbrado follaje de los álamos. Su voz me sacó de mi meditacion, pero no era ya la voz apagada del que sufre, sino firme i sonora, como la del hombre que revela con franqueza su corazon. Principió conmigo una conversacion, la mas interesante que he tenido en mi vida: la rapidez de su narracion i de su lenguaje, me reveló desde luego que no tenia en mi presencia a un hombre comun. A cuantas preguntas le dirijia me respondia entónces con desembarazo i con firmeza; de modo que llegué a creer que aquel era un mendigo supuesto, un personaje mui diferente del personaje que representaba, i me persuadí de que por alguna de aquellas anomalías, tan frecuentes en el mundo, habria llegado este hombre a habituarse a permanecer en una situacion tan despreciable como era la en que se encontraba. Pero esta persuasion me duró poco tiempo, porque luego ví que eran mui naturales i aun comunes los accidentes que le habian precipitado en la desgracia. Voi a tratar de trazar aquí la historia de su vida con el mismo aire i animacion con que él me la refirió, omitiendo detalles, i en frases cortadas como él lo hacia.

II

«Yo nací en la Serena, dijo, i mi nacimiento causó la muerte de la que me dió la vida; mi padre, que era uno de los comerciantes de mas crédito en aquel pueblo, cuidó esmeradamente de mis primeros años, i me educó sin perdonar sacrificios. Ya habia salido de mi infancia, ya principiaba a sombrearme la barba, cuando me entregó a un amigo suyo, rico mercader de Lima, para que me llevase consigo i me comunicase sus luces i su esperiencia. Yo partí lleno de angustias: el corazon me presajiaba entónces un porvenir de lágrimas i de sangre. ¡Ah! ¡jamas olvidaré el aspecto de mi padre en aquel instante! El anciano desgraciado lloraba como un niño, me estrechaba sobre su pecho i me acariciaba con ternura, dándome consejos i protestándome que me separaba de su lado solo porque deseaba mi felicidad! ¡Padre querido! ¡mil veces te he llorado como ahora i jamas he podido hallar consuelo!....» El mendigo ocultó sollozando su rostro entre sus manos, i despues de un suspiro profundo, continuó: «Ocho años hacia que yo estaba en Lima, cuando supe que mi padre habia muerto, agobiado de pesares a causa del mal estado de sus negocios; sus acreedores se habian repartido de los efectos de su comercio para pagarse; el entierro de su cadáver se hizo de caridad; ¡no tuvo un deudo, un amigo que derramase una lágrima tan solo sobre su sepulcro! ¡Ah! ¡yo debiera haber partido entónces a mi pueblo! pero mil esperanzas vanas me encadenaron en Lima, i me decidí a permanecer allí para siempre. El mercader a quien mi padre me habia encomendado habia muerto tambien, i yo continuaba con su hijo malbaratando el caudal que aquel hombre honrado le formó con tantos sacrificios: ámbos éramos de una edad, i sin guia, sólos en aquella Cápua de la América, nos habíamos lanzado a la disipacion. Nuestros negocios se encontraban en el peor estado, no teníamos crédito, ni avanzábamos en el comercio: un dia de aquellos en que el demonio se apodera del alma para arrancarle la razon i precipitar al hombre en el vicio, mi amigo, Alonso, tomó el dinero que habia en caja i nos encaminamos a casa de su querida, en donde se juntaban de ordinario varios hombres perdidos. Serian las seis de la tarde, en invierno; entramos en silencio hasta una pieza oscura, sin sentir el menor movimiento en toda la habitacion, pero no bien habíamos puesto en ella el pié, cuando oimos palpitante el estallido de un beso lleno de amor, i luego un prolongado suspiro: pedimos luces i al momento sentí que se acercó a mi amigo su querida llenándole de caricias. Al iluminarse la sala, vimos reclinado sobre un canapé a un militar español que en la noche anterior nos habia ganado allí mismo veinte mil duros. Se levantó restregándose las manos i diciéndonos: «¿vienen ustedes a continuar la partida?» i nosotros no le respondimos palabra.

Alonso, que estaba con sus facciones contraidas, se dirijió a él en silencio, como a exijirle una esplicacion, pero a la sazon entraron varios con las mujeres que formaban el embeleso de aquella tertulia. El juego, el ponche i la corrupcion dieron principio; las horas comenzaron a pasar lijeras para todos, pero lentas para mí. Mui tarde era ya, las luces ardian en candiles i a su opaco resplandor continuaban los jugadores su tarea con mas ardor: yo estaba fastidiado i dispuesto a retirarme. Alonso habia perdido todo su dinero, el almacen de su comercio, i hasta su reloj, pero permanecia mirando jugar con su cabeza reclinada sobre el hombro de su querida.

Las mujeres no me habian impresionado aquella noche, yo sentia en mi alma una amargura que me desesperaba. En un momento en que la algazara del desórden habia cedido su lugar al cansancio, se acercó a mí un fraile de la buena muerte, que andaba con una guitarra en la mano, i tomando un aire sério me dijo al oido: «yo no quiero guardar mas un secreto que pesa sobre mi conciencia: sepa usted, don Alvaro, que a su amigo le han ganado mal. Su misma adorada ha facilitado al militar los dados falsos.»

Yo me quedé pasmado con esta fatal revelacion, i luego que me serené, con mucha calma, me puse junto a la mesa de juego: mi amigo permanecia como he dicho ántes, i aquella mujer perversa lo acariciaba todavía, resbalando una mano suavemente por sus barbas. Estaba yo observándola i tratando de descubrir en su semblante la verdad de la revelacion que acababa de hacerme el fraile; i al fijarme en sus ojos apacibles i bellos, llegué a considerarla incapaz de un crímen. Pero luego la ví hacer un jesto de intelijencia al militar i pasarle unos dados, diciéndole:—«toma, éstos son mejores.» No pude contenerme i esclamé: ¡esos dados son falsos, señora!...—Sí, tiempo ha que yo lo sospechaba, grita Alonso, hundiendo al mismo tiempo su puñal con fuerza en el corazon de su traidora amante. ¡El español se levanta furioso i dirije una pistola al pecho de mi amigo, yo se la arrebato, i éste le deja muerto en el instante mismo con el puñal que le habia servido para principiar su venganza! En aquel momento terrible, todos altercaban en confuso desórden i gritería, i de tal modo se trabó la riña i tanto duró, que la ronda se introdujo, aprehendió a varios allí mismo i entre ellos a mi amigo Alonso. Yo me precipité entre la turba i logré ocultarme en una casa vecina que era de un comerciante con quien habia tenido relaciones.

Quince dias, los mas espantosos de toda mi vida, pasé encerrado en un sótano, que tenia su entrada en el cuarto mismo que habitaba mi salvador i corria hacia una callejuela de la ciudad, por donde habia mucho tráfico i que daba a espaldas del palacio del virei. ¡La oscuridad de aquel sitio inmundo no me dejaba ver siquiera mi propio cuerpo, la humedad trababa mis miembros i penetraba hasta mis huesos, la fetidez me hacia desesperar i correr frenético a los ángulos de aquella prision en busca de aire puro que respirar! Desde ahí percibia yo el bullicio de la calle i hasta las conversaciones de los transeuntes. Un dia sentí gran tropel, voces i gritos confusos; oia tocar la agonía en una iglesia próxima, i de cuando en cuando una lúgubre campanilla precedia el grito de álguien que pedia limosna para el que iban a ajusticiar. ¡Este era Alonso, sí, mi amigo Alonso, que ese dia fué arrastrado a un banquillo, por la piedad del virei, que le habia conmutado la pena de horca a que fué condenado por los jueces. La misma sentencia recayó sobre mí....!

El que me habia salvado la vida completó su favor, haciéndome salir con precaucion para el Alto Perú. ¡Dos años vagué por pueblos estraños, procurándome la subsistencia, unas veces de limosna i otras soportando los trabajos mas duros para comer un pan de maiz humedecido con mis lágrimas! Atravesé el pais hasta llegar a la Rioja, i despues de un sinnúmero de sacrificios i de privaciones, trasmonté los Andes i pude alcanzar a la Serena, ¡mi patria! Entónces desperté como de un letargo, me sentí estenuado, me ví lleno de andrajos, rodado de miseria; ¡pero hubiera gritado como un loco, al reconocer las calles de mi pueblo! ¡Hubiera acariciado con delirio a todos los que encontraba al paso, sin embargo de que ellos ni siquiera me echaban una mirada de compasion! ¡Nadie me conocia, la casa que habité en mis primeros años estaba ocupada por jentes estrañas!

La primera noche que pasé en aquella ciudad deliciosa no tuve donde acojerme: estendí mi manta sobre las losas de una de las puertas del templo de Santo Domingo, i me dormí arrullado por el estruendo de las olas del mar; tuve sueños de ventura, i me desperté, al rayar el sol, riéndome, como si hubiese sido el hombre mas afortunado del mundo. Pero tenia hambre, estaba cubierto de harapos i era preciso pensar en mi situacion; ya me habia puesto en pié para ir a buscar adonde trabajar, cuando se abrieron las puertas de la iglesia. Entré lleno de veneracion i me arrodillé a oir una misa que principiaba. ¡Mi corazon en aquellos momentos fué todo de Dios, me sentia feliz con acercarme a él a pedirle misericordia i amparo! Al acabar su misa el sacerdote, se volvió al pueblo, i con voz trémula i aire apacible, le pidió una oracion implorando el favor de la Vírjen Santísima sobre los desgraciados que acababan de morir en la plaza de Santiago, en defensa del nuevo gobierno que se habia instalado a nombre del rei.

Esta noticia que oia por primera vez, llamó sériamente mi atencion. Salí del templo, llevando en mi corazon el placer que se gusta despues de haberse acercado a Dios, pero lleno de curiosidad por lo que habia oido decir al sacerdote. Me acerqué a una pobre anciana, que tambien salia, para hacerle algunas preguntas; quise reconocer sus facciones, llaméla por su nombre i ella me respondió con sorpresa: no pude contenerme, la abracé i me le dí a conocer. La pobre vieja habia estado al servicio de mi madre, me habia asistido hasta mi partida a Lima. ¡Lloramos juntos en silencio! i cuando pasó nuestra primera ajitacion, me llevó a su casa i me prodigó mil cuidados.

De ella supe cuanto deseaba saber de mi desgraciado padre, cuya memoria no existia ya, sino en uno que otro de los habitantes de aquel pueblo. Supe, ademas, que como ocho meses ántes de mi llegada, se habia cambiado el gobierno del rei en Santiago, por medio de una revolucion que presajiaba muchos desastres.

Algunos dias despues, pude presentarme a varias personas, pero todas me desconocieron; i reflexionando entónces que el hombre, cuando está sumido en la miseria, solo puede confiarse en sus propias fuerzas, principié a trabajar en lo que se me proporcionaba accidentalmente para ganar mi subsistencia i no hacerme tan oneroso a la pobre vieja que me habia facilitado su hogar i su mesa.

Yo sentia que mi juventud se iba apagando i encontraba en mi corazon un vacío que me hacia la vida insoportable. Los recuerdos que asaltaban mi mente eran todos funestos: solo un pensamiento que me habia acompañado en todas mis peregrinaciones me conmovia agradablemente. Pero era una ilusion vaga, como aquellas que le quedan a uno despues de un sueño delicioso, era el recuerdo de un amor inocente i puro que habia dominado mis primeros años.

Mi padre acostumbraba, cuando yo estaba todavía a su lado, visitar todas las noches a una anciana viuda, con quien le ligaba una amistad de muchos años; la anciana tenia una hija, menor que yo, la cual por su pureza i hermosura parecia un ánjel. Todas las noches nos reuníamos: nuestras conversaciones eran inocentes, nuestros juegos tambien lo eran; a veces advertíamos que los dos ancianos nos fijaban sus ojos con placer i se sonreian; nosotros nos ruborizábamos i quedábamos en silencio. Yo no tenia durante el dia otro pen samiento que el de llevar por la noche algun dije a mi amiguita Lucía, o el de aprender algun cuento para referírselo, porque sentia un profundo placer de verla con sus ojos clavados en mí durante mi narracion; sentia necesidad de que me mirase i de mirarla yo tambien...

El amor habia estrechado nuestros corazones i nosotros lo ignorábamos, no hacíamos mas que sentir sus efectos. Este amor fué el que hizo amarga mi separacion de la Serena, ese amor fué el que siempre tuve presente durante mi ausencia, él habia llegado a ser para mí una especie de relijion, que no me atrevia a abjurar, porque temia cometer un crímen, o mas bien porque no podia hacerlo; ese amor era mi vida. Así es que miéntras duró mi mansion en Lima, jamas me atreví a mirar a una mujer, sin que me asaltase el temor de ser infiel a mi Lucía.

A los dos años de mi residencia en aquella ciudad, supe que habia muerto la madre de Lucía, i nunca mas volví a tener de ésta la menor noticia. Sin embargo, todas mis ilusiones le pertenencian; alguna vez me aficioné de tal o cual mujer, porque mi imajinacion me la figuraba parecida en algo a mi Lucía; siempre que me entregaba a las ilusiones, que son tan frecuentes en la juventud, ella era el único término de mi aspiracion; la ausencia me le hacia mas bella, mas anjelical; i como no habia yo tenido otro amor, i mi corazon necesitaba amar, ella ocupaba sola toda mi alma, i por ella sola vivia.

Despues de mi llegada a la Serena, traté de tomar noticias acerca de esta linda niña, pero sin descubrir mi corazon; i la vieja María me hizo saber que la antigua, amiga de mi padre, al tiempo de morir, habia encomendado su hija i todos sus bienes a un español que era mui conocido en aquel pueblo por la orijinalidad de sus costumbres.

Este hombre singular que se llamaba don Gumesindo Saltías, habitaba en una casa aislada, al estremo del poniente de la poblacion, a la orilla de la vega que se dilata hasta la playa: no tenia familia, no se le veia jamas en público, i de los esclavos que le rodeaban, solo uno practicaba las dilijencias que necesitaba en la calle. En esa casa habitaba mi Lucía, i era opinion comun entre todos los de la ciudad que habia enloquecido al poco tiempo despues de muerta su madre, por cuyo motivo jamas se la habia visto por nadie desde aquella época.

Un año empleé practicando las mas prolijas diligencias a fin de ver a mi querida o de saber algunos pormenores mas sobre su suerte, pero nunca pude avanzar mas en mi objeto. Me propuse andar siempre mal traido para no llamar la atencion sobre mí, i tomé la costumbre de dirijirme a la vega, con mi caña de pescar, todas las tardes, apénas terminaba los pocos quehaceres que tenia. Me colocaba al pié de las paredes de la casa de don Gumesindo, i desde ahí estaba en continuo acecho, i siempre sacando con mi anzuelo los camarones de la vega. Desde aquel sitio, que estaba para mí lleno de encantos, presenciaba la caida del sol en los abismos del mar; sus reflejos iluminaban las aguas de tal modo que parecia que iba a hundirse en una inmensa hoguera, cuyas llamas herian la vista, miéntras que el cielo estaba cubierto i matizado de nubes negras i rojas que a veces me arrobaban el alma i me hacian olvidar a la pobre Lucía. De este modo pasaba la tarde i venia la noche a encontrarme en la misma situacion, porque así permanecia horas enteras calculando i buscando modo de conseguir salir de aquella penosa situacion a que me habia reducido mi suerte.

Lo único que me sacaba a veces de mis delirios era una voz vaga i suave que entonaba algunos versos al otro lado de la pared i que yo alcanzaba a percibir, porque ésta tenia en lo mas alto unas aberturas largas i angostas cruzadas de dos barras de hierro mui fornidas. Para mí no habia duda de que aquella era la voz de Lucía, i esta persuasion me daba el consuelo mas grande que en aquellas circunstancias podia esperar.

Mucho tiempo hacia que no recibia mi alma este descanso, cuando una tarde oí patentemente que cantaban estos versos:

Aunque me olvidas, te adoro,
i aunque no me das consuelo,
yo lo tengo porque lloro.

I despues de algunos mas, que no alcancé a percibir sino mui vagamente, oí con mucha claridad estos otros:

No creas que porque sufro,
soi cobarde:
No hai mal que por bien no venga
aunque tarde.

Yo lloraba amargamente al oir estas quejas i me imajinaba ver a Lucía con sus grandes ojos negros cubiertos de lágrimas, sentia que estrechaba mi mano entre las suyas, i mi ilusion llegaba hasta el estremo de persuadirme de que hablaba con ella i de que ¡la poseia para siempre...!

III

El fruto principal de mis tareas en un año, habia sido la amistad que me procuré con el negro Luciano, que era el único esclavo de quien don Gumesindo se confiaba. Principié a agasajarle i a captarme su cariño, pero era tanto el poder que sobre su corazon tenia el amo, que aun se recelaba para responderme a las preguntas mas insignificantes que yo le hacia acerca del réjimen de la familia. Al fin de muchos trabajos, logré de él tener algunas nuevas de Lucía, las que no hicieron mas que avivar mi pasion; pero como yo temia todavía del negro, no me atrevia a tentar su fidelidad. Un dia le encontré en la calle i me dijo que buscaba a un carpintero para que acomodase una gran parte que se habia caido del altar del oratorio de su señor, porque el maestro que trabajaba en su casa estaba aquella vez mui enfermo: aprovechando yo la oportunidad, me le ofrecí, i con pocas instancias logré que me diese aquella ganancia. En efecto, busqué algunas herramientas, i aunque no entendia el arte, me atreví a improvisarme carpintero, confiado solo en el amor; i una hora despues estaba a la puerta de don Gumesindo a cuya presencia fuí conducido por Luciano.

Estaba el español recien levantado de siesta, con el gorro calado hasta las cejas, i sentado en un canapé en cuyo brazo tenia apoyado el codo de manera que afirmaba su barba sobre la palma de la mano, abrazándose la garganta entre el índice i el pulgar: su aspecto era el del gato que acecha, por que tenia un ceño terrible. Díjole entre dientes a Luciano que me condujera al oratorio i volviese para tratar. Así lo hicimos i nos ajustamos por un precio mui bajo, quedando de principiar la obra al otro dia. Me retiré con el sentimiento de no haber visto a nadie mas que a don Gumesindo en la casa, i llegué a temer que no me seria posible ver a Lucía, que era el único objeto de mis esfuerzos.

Desde aquel momento no pensé mas que en el modo de dármele a conocer, i al efecto escribí una carta para entregársela al dia siguiente. Un amigo mio, que era un español llamado Laurencio Solis, me sorprendió aquella noche al tiempo de estar trazando en el papel la revelacion de mi amor; i como yo lloraba i escribia a un mismo tiempo, no pude ocultarle mi propósito; a mas de que necesitaba desahogar mi corazon, deseaba tener un amigo que aprobase mis sentimientos, que me ausiliase con su consejo. Desde entónces consideré a Laurencio como un hermano que el cielo me concedia para templar mis amarguras.

Llegó el dia deseado, i al rayar el sol me puse en casa de don Gumesindo, armado con los útiles necesarios para ejecutar la obra i comunicarme con mi querida. Entré temblando a la presencia de este hombre, que entónces me pareció mas terrible que nunca: me dijo sin mirarme i con voz mui entera:

—¿Vienes para el trabajo?

—Sí, señor.

—Pues bien, si no acabas a las diez, puedes pensar en no hacer nada.

—Acabaré ántes, señor.

—¡Eh! ¡qué dócil pareces, bribon! ¿de dónde eres tú?

—De Lima, señor.

—¿Mucho tiempo ha que estás en estos lugares?

—No, señor.

—Pues bien, no tienes mala pinta, anda al trabajo, me replicó hiriéndome con una mirada que acabó de intimidarme.

Al pasar por el cuarto contiguo al oratorio, que comunicaba con el de don Gumesindo, ví a Lucía sentada en el estrado i tejiendo randas en un cojinillo pequeño que apoyaba sobre su rodillas: al verla se me cayeron de la mano las herramientas, ella levantó sus hermosos ojos, los fijó en mí, el cojinillo rodó por la alfombra i la pobre niña quedó con sus lábios entreabiertos i yerta como si hubiese caido un rayo a sus piés. Un grito terrible de don Gumesindo, que me decia:—¡Hola, ya principias con torpezas! me sacó de mi atolondramiento; tomé las herramientas i seguí mi camino.

Dí principio al trabajo sin saber lo que hacia, porque aun podia divisar desde allí a mi ánjel que no se atrevia a levantar los ojos, sin embargo de que don Gumesindo estaba en una posicion desde donde no la veia. Despues de un largo rato me puse a aserrar una tabla enfrente de ella i entoné un yaraví peruano con los versos

Aunque me olvidas, te adoro,
i aunque no me das consuelo,
yo lo tengo, porque lloro.

El ruido de la sierra no dejaba percibir a don Gumesindo la letra de mi canto, pero Lucía la entendió al momento, porque la ví mirarme con sus ojos llenos de lágrimas i suspirar con ternura. En aquel momento delicioso fuí mas feliz que lo he sido en toda mi vida; olvidé mis pesares, i en lugar de llorar me reia como un niño. Luego trajeron a don Gumesindo una gran taza de chocolate, él se desvió un poco de la puerta del oratorio para tomársela al sol, i aprovechando yo aquel momento, saque mi carta i se la tiré a Lucía; ella la recojió i sonriéndose la besó. Volví a aserrar otra tabla i Lucía acercándose a la puerta me dijo en una voz suave i dulce:—«Alvaro, yo no sé leer!».....

Perdí todas mis esperanzas al oir aquella fatal noticia i llegué a desesperar de mi suerte, pero por fortuna llegó entónces Luciano a avisar a su amo que le buscaba el guardian de San Francisco; i don Gumesindo se dirijió a recibirle diciendo a su esclavo: «atiende a ese hombre.»—El español era tan celoso que nunca dejaba entrar a alma nacida a las piezas que comunicaban al segundo patio donde yo estaba trabajando, i por eso acostumbraba recibir a los que le visitaban, que eran dos o tres personas, en un cuarto que estaba cerca de la calle. A él se encaminó don Gumesindo para recibir al guardian.

Luciano, abusando de su confianza conmigo, se introdujo al oratorio a darme conversacion; yo estaba desesperado i no hallaba medio alguno para retirarle, hasta que se me ocurrió decirle que necesitaba fuego para seguir el trabajo; i miéntras se apartó para cumplir mi deseo, Lucía se aproximó a la puerta temblando, pálida como si acabara de cometer un gran crímen, i nos cruzamos estas palabras en voz baja:

—Lucía, ¿me amas todavía?

—¡Jamas te olvidé!

—¿Con que no sabes leer? ¿Cómo podremos comunicarnos? tengo muchas cosas que decirte.....

—No hallo cómo.

—Dime, estas ventanillas que hai en lo alto de la pared del costado de la casa, ¿a dónde caen?

—A la despensa i al cuarto de una esclava negra, que es la única mujer que hai aquí, i la cual me espía i me maltrata mucho.

—¿Pero no podrias subir por la despensa?

—Sí, porque hai algunos trastos grandes que pueden servir para ello, pero tú no podrás alcanzar por la calle.

—Pierde cuidado, nos veremos esta noche.

—No puedo; mañana sí, a media noche.

—¿Me prometes no faltar, Lucía? ¡Dame tu mano.....!

Me dió un sí espresivo, i entónces no ví mas, no sentí mas que su linda mano: maquinalmente la estreché a mis lábios, perdí el sentido; la fiebre me abrasaba el corazon i todos mis miembros perdieron su vigor. En ese instante entró Luciano; Lucía estaba ya en su asiento, i yo permanecia aun lánguido i sin accion para moverme ni hablar una sola palabra.

Desde luego no traté mas que de concluir la obra para retirarme de aquel sitio en donde un momento ántes habria deseado permanecer para siempre: no sé por qué se apoderó de mí una zozobra, una inquietud inesplicable: me parecia que habia sido sorprendido, que me iban a matar i a privarme de asistir a la cita que acababa de darme mi Lucía. En poco tiempo mas, estuve desocupado. Don Gumesindo llegó al oratorio, miró el altar i pasándome el precio de mi trabajo, me dijo: anda con Dios, te has portado..... Al salir, nos correspondimos con Lucía una mirada que significaba mas que cuanto habíamos hablado.

De ahí me fuí lijero a buscar a Laurencio, le describí cuanto habia ocurrido, i obtuve su promesa de ayudarme a trepar hasta la ventanilla por donde habíamos de vernos con mi Lucía.

Para omitir detalles, no quiero demorarme en la descripcion de las infinitas citas que tuve con aquel ánjel en lo sucesivo: yo permanecia horas enteras apegado a la ventanilla por donde nos veíamos, pendiente con una mano de la reja i afianzando los piés en una cuerda que me servia para izarme; pero miéntras estaba con aquella mujer divina no sentia incomodidad alguna, no veia otra cosa que a ella, no oia mas que sus palabras, ni respiraba mas que su aliento. Recíprocamente nos contábamos nuestras desgracias, nos comunicábamos los proyectos que formábamos para salir de tan penoso estado, hablábamos de nuestro amor i nos lisonjeábamos con un porvenir de placer i de ventura: estos coloquios avivaban nuestro fuego, nos consolaban i nos hacian dulces nuestras angustias.

La situacion en que ella se encontraba era desesperante: desde la muerte de su madre, jamas habia pisado el dintel de la puerta de calle de la casa de su tutor. Este jamas le dirijia una palabra, la forzaba a estar todo el dia sola en un cuarto que le servia de prision, sin ver mas que a unos cuantos esclavos que nunca desplegaban los lábios en su presencia; por la noche se ocupaba en rezar con una vieja, que era su espía i la cual ejecutaba fielmente todas las órdenes de tiranía que le daba don Gumesindo. Se veia, en fin, precisada hasta de reservarse de su confesor, que era el capellan de la casa, porque sospechaba que procedia de acuerdo con su tutor.

Yo era el hombre mas feliz, porque en medio de la miseria a que me veia reducido, me sentia adorado por la única mujer que habia ocupado siempre mi corazon; pero la pobreza me condenaba a no ver realizadas jamas mis ilusiones. Ella era rica i tampoco podia disponer de sus riquezas: solo podia llorar conmigo nuestra desventura.

A veces me asaltaba la desconfianza por su amor, porque no hallaba motivo para que una mujer tan bella i de tantas prendas estimables se fijara en un miserable como yo, que para vivir se veia precisado a trabajar de artesano; en un hombre sin porvenir i condenado por su destino a una perpetua desgracia; pero ella me consolaba con sus caricias i me juraba amarme siempre a pesar de todo. A los ocho meses de mantener esta comunicacion, resolvimos fugar de aquel lugar aborrecido i establecernos en otra parte, en donde pudiéramos gozar libremente de nuestra union, i reclamar con el tiempo sus propiedades. Combinamos el plan de nuestra fuga, i a mí me pareció bien consultárselo a Laurencio, el cual se interesó tan vivamente en el buen éxito de la empresa, que prometió acompañarme a donde fuera con mi querida.

Este hombre que me inspiraba tanta confianza i con quien tanto simpatizábamos, corria entónces la misma suerte que yo; era pobre i desvalido. Habia llegado a la Serena casi a un tiempo conmigo, pero se ignoraba de dónde i con qué fin: él decia que habia sido comerciante en su pais i que viniendo al Perú con sus negocios, un naufrajio le redujo a la indijencia. Despues veremos la verdad de este relato.

El dia de la Cruz de Mayo de 1813, debia efectuarse nuestra partida a las dos de la mañana, i Lucía habia de salir vestida de hombre por una alta pared que cerraba por un costado la casa de don Gumesindo. Todo estaba dispuesto, i contábamos entre los preparativos cuatro hermosos caballos, que nos habian costado muchos meses de trabajo a mí i a Laurencio. Amaneció el dia deseado i nosotros estábamos alegres porque no habia obstáculo que no estuviese ya vencido, i teníamos la seguridad de no haber sido descubiertos.

Yo ansiaba por que llegase el momento i me reputaba mui dichoso; pero pasando por la plaza con el objeto de hacer todavía alguna dilijencia, tres soldados me detuvieron i me llevaron a la presencia del juez, que despues de haber sabido mi nombre i mirádome mucho, me remitió a la cárcel con la órden de que me colocaran incomunicado i con una barra de grillos. Al instante temblé i obedecí sin replicar, porque no hubo duda para mí de que habia sido descubierto nuestro plan. La desesperacion se apoderó de mi alma de tal modo, que si el carcelero no me hubiera quitado un puñal que llevaba conmigo, me habria dado la muerte en aquel instante mismo. Pero luego quedé en calma i en una especie de embrutecimiento que no me dejaba pensar, ni siquiera sentir.

Así permanecí dos dias, durante los cuales no ví mas que al carcelero que se acercó a mí dos veces para darme de comer: al tercer dia fuí llevado ante el juez i sufrí un largo interrogatorio sobre si conocia a don Gumesindo, si tenia mui estrecha amistad con el esclavo Luciano i sobre un plan que se decia que yo habia formado con éste para asesinar a su amo. Todo esto contribuia a aumentar mi confusion, i llegué a sospechar que el juez se valia de tales rodeos para desentrañar mejor el rapto de Lucía; pero al salir, ví que entraba tambien a la sala del juez el pobre negro Luciano con grillos i lleno de sangre: despues supe que su señor le habia castigado ferozmente ántes de entregarle a la justicia.

Tres veces mas me llevaron ante el juez en ocho dias que estuve incomunicado, i por los interrogatorios i cargos que me hacian, vine en cuenta de que yo estaba acusado de asesino i de complicidad con Luciano; i supe, con gran sorpresa, que por la noche del dia en que me apresaron habia fugado Lucía de la casa de su tutor. La ajitacion que me causó este accidente, oido de boca del mismo juez, fué tomada por éste como un efecto de mi inocencia en el rapto, i al instante decretó que se me pusiera sin prisiones en el calabozo de los demas presos. Allí encontré a Luciano i a una multitud de facinerosos, cuyo aspecto me dió pavor i me hizo pensar de nuevo en todo el peso de mis desgracias: uno de los presos se acercó a consolarme, otros se reian en mi presencia de mis angustias, i trataban de ridiculizarme con espresiones groseras, segun decian ellos, para darme valor.

Yo no lo tenia, es verdad, ni siquiera para darme a respetar de aquellos malvados. El mas viejo de todos conversaba con Luciano, refiriéndole la vida de don Gumesindo, el cual, segun él decia, habia venido de marinero en un buque español para cumplir la pena a que en su pais fué condenado por varios delitos que cometió. Luciano lo oia con mucha complacencia, i le replicaba que él no tenia mas crímen que el haberle servido con fidelidad desde su niñez. Al fin se acercó a mí el negro, i conversamos acerca de nuestra prision: me dijo que en la tarde del dia anterior al en que me prendieron, su amo habia recibido una carta de un amigo, i luego que la leyó, le habia llamado a su presencia para hacerle algunas preguntas sobre mí, despues de las cuales le maltrató cruelmente hasta dejarle medio muerto i cubierta de heridas la cabeza, por cuyo motivo pasó esa noche i el siguiente dia, que era mártes, postrado en su cama. El miércoles, siendo ya mui tarde, se advirtió que Lucía faltaba de la casa, se la buscó prolijamente; i siendo inútiles todas las pesquisas, su amo enfurecido le habia hecho remitir a la cárcel, en donde se encontraba todavía sin saber a punto fijo de qué delito se le acusaba.

Compasion, i mucha, me inspiró la sencillez del pobre negro, i al hacerle saber la imputacion que se le hacia, le ví llorar, pero sin que su semblante sufriese la menor alteracion: no sé si lloraba de despecho o de pena, lo cierto es que el esclavo tambien era sensible.

Mi amor, la desesperacion que tuve al verme preso, la melancolía en que caí despues, todo se me habia convertido en una aversion, un odio reconcentrado contra todos los hombres; ya no sentia mas que un deseo frenético de vengarme, aun a costa de lo que podia serme mas caro en este mundo i en el otro; sentia a veces un placer inesplicable cuando oia referir escenas de horror, salteos i asesinatos a los que me acompañaban en la prision, i me entretenia en hacerlos hablar sobre sus crímenes, porque este era el único consuelo que tenia.

Despues de vivir un mes en aquella situacion ignominiosa, un dia nos hicieron marchar a varios de los presos para Santiago, permitiéndonos, algunas horas ántes de nuestra partida, hablar con nuestros amigos o parientes. Yo no tuve otra persona que me viese en aquellas circunstancias que la vieja María, la cual me refirió que Laurencio habia andado mui inquieto el dia de mi prision, i que desde entónces no habia vuelto a verle mas, porque se habia huido, llevándose mis caballos i varios otros objetos que me pertenecian. Esta revelacion i la circunstancia de no haberse acercado Laurencio una sola vez a la cárcel desde que entré en ella, me hicieron venir en cuenta de que este infame me habia traicionado huyendo con mi Lucía. Pero no hallaba cómo conciliar una alevosía semejante con el amor i la amistad que me ligaban con ellos: aborrecia, sin embargo, a los hombres, i mi odio me lo pintaba todo como posible. Partí para Santiago sin saber mi destino, pero jurando a cada momento no descansar hasta verter la última gota de sangre de Lucía i de Laurencio i recrearme en su agonía: este era el único deseo, la única esperanza que me daba fuerzas para soportar las fatigas del viaje i los sinsabores de mi triste condicion.

IV

Despues de un viaje penosísimo, entramos a esta ciudad una noche a fines de junio: era una noche de invierno, hermosa i serena; la luna alumbraba en todo su esplendor, las calles estaban solas i en silencio. Al pasar por el puente, ví por primera vez este rio cubierto en toda su estension de una neblina delgada que me lo hizo aparecer como el mas caudaloso que en mi vida habia visto. Desde aquel paraje divisaba gran parte de los edificios de este pueblo i veia que sobre ellos se alzaban como fantasmas blancas las torres de los templos: al instante me asaltó el recuerdo de Lima i por consiguiente el de mi vida pasada. Maldije de nuevo a los hombres i me resigné a sufrir hasta alcanzar la venganza que tanto ansiaba. Tales fueron los pensamientos que me ocuparon miéntras llegamos a un cuartel en donde nos dieron posada en la cuadra de los reclutas.

Al siguiente dia nos filiaron i nos vistieron como soldados, i esto me causó a mí mas gusto que a todos mis compañeros de infortunio. Con aquella ceremonia principiaba para mí una nueva vida, un porvenir mas halagüeño que el que habia tenido presente miéntras fuí tratado como criminal. Durante los pocos dias que permanecimos en Santiago, practiqué las mas esquisitas dilijencias para descubrir el paradero de Lucía o de Laurencio, pero no pude obtener la menor noticia. Pensé entónces en abandonar furtivamente las filas, con el fin de buscarlos con toda libertad, i solo desistí de este propósito cuando consideré que mas me importaba lidiar contra los enemigos de mi patria i saciar en ellos mi sed de sangre, que perseguir a una mujer que me habia traicionado tan cruelmente. No podia, sin embargo, apartar su imájen de mi corazon; la adoraba con mas vehemencia a cada instante, porque ya me habia acostumbrado a sus caricias, porque ya habia sentido tiernamente correspondido un amor de toda mi vida...

En una de aquellas mañanas hermosas que suele haber en invierno, salió para el Sur la division militar a que yo pertenecia. La calle de nuestro tránsito estaba llena de jentes; por todos lados nos victoreaban, nos dirijian tiernos adioses i de algunos balcones nos arrojaban flores, como para presajiarnos nuestros triunfos; las músicas de la division mezclaban sus sonidos al bullicio popular i entusiasmaban el corazon. Yo marchaba con la mochila a la espalda i el fusil al hombro, pensando ver a cada paso a mi adorada Lucía entre las mujeres que lloraban o reian viendo marchar a la guerra a sus camaradas; pero todo era solo una ilusion. Yo no tenia quien me llorara ni quien me dirijiese siquiera una mirada: era talvez de todos mis compañeros el único hombre desvalido, el único desgraciado, que en aquellos momentos no podia entregarse al entusiasmo que ardia en el pecho de todos.

Al pasar por cada uno de los pueblos del tránsito, se repetia la misma escena, i aprovechándome de los pocos momentos que en ellos permanecíamos, me ocupaba siempre en buscar a Lucía, pero sin obtener jamas el menor dato.

Llegamos por fin a Talca, i entramos por las calles en medio de un pueblo numeroso que nos recibia con aclamaciones de entusiasmo, i allí nos incorporamos al ejército del jeneral Carrera. En pocos dias mas estábamos ya acampados en las cercanías de Chillan i sitiando esta ciudad.

Quiero pasar rápidamente sobre mi vida militar, porque ella pasó tambien sobre mí con la rapidez de un relámpago: de batalla en batalla, marchábamos entónces en una perpetua ajitacion i rodeados de todo jénero de privaciones. Mil veces he oido que el soldado es un vil instrumento que no piensa ni tiene voluntad, pero en aquellos tiempos no era así: todos conocíamos i amábamos la causa por que peleábamos, todos aborrecíamos de muerte a la España i a su reyes, porque se nos habia hecho entender que nos hacian la guerra por esclavizarnos. De otro modo no habriamos arrastrado la muerte, sin mas interes ni esperanza que tener patria i libertad; habriamos pedido pan i dinero, en vez de sufrir el hambre i el frio i de mirar con avidez i con envidia al que tenia algo para llenar sus necesidades. ¡Ah! pasaron para mí aquellos dias de miseria gloriosa, i hoi no me quedan mas que las amarguras de un mendigo. Todos me desprecian i no habrá un hombre siquiera que sospeche que yo derramé mi sangre por la independencia: yo tambien los desprecio a todos, porque lo único que me ha dejado la esperiencia en el corazon es un odio verdadero al mundo. Las interminables desgracias a que me he visto condenado durante treinta años me han dado suficiente fuerza para arrastrarlo todo: estoi resignado con mi suerte i ni los peligros ni la injusticia de los hombres me harán bajar la frente. Pero volvamos a mi vida.

Cuando se habia vuelto a romper la guerra entre nosotros i las tropas del rei, despues de los tratados con Gainza, i se habia celebrado la paz entre los jenerales O'Higgins i Carrera, llegó la division a que yo pertenecia, al pueblo de Rancagua, en donde procuró hacerse fuerte para resistir al enemigo, que marchaba confiadamente con nuevo jeneral i tropas de refresco a tomar posesion de la capital. Aquí vuelven a ligarse mis relaciones con la mujer que por tanto tiempo habia sido objeto único de mi amor i de mi venganza.

Amaneció el dia primero de octubre i nosotros estábamos alegres i con la confianza en el corazon, esperando que las tropas de rei se acercaran a las fortificaciones que se habian formado dentro de las calles de aquella ciudad. Apénas formábamos poco mas de mil hombres i no dudábamos de que venceríamos a los cinco mil que nos mandaba el tirano, porque éramos valientes i peleábamos por la independencia. Todos permanecíamos en nuestros puestos, los jefes recorrian las trincheras exhortándonos i recordándonos la causa que defendíamos; pero lo que mas nos entusiasmaba era el estruendo del ataque que a pocos pasos de allí se habia empeñado entre nuestras guerrillas i el enemigo que se acercaba. La mecha del cañon ardia sobre las trincheras, los soldados en silencio i sobre las armas nos mirábamos como para inspirarnos confianza i valor; las calles estaban solas, i de cuando en cuando se veia atravesar de una casa a otra, algun hombre o mujer que llevaban el pavor pintado en su semblante.

Al fin de algun tiempo de estar en esta situacion violenta, se rompió el fuego en medio de mil aclamaciones que se ahogaban con el estampido del cañon. En la tarde de aquel dia de gloria i de sangre era ya jeneral la batalla: se peleaba en las trincheras, en las calles, sobre los techos de las casas i hasta desde los árboles de los huertos, en cuyos ramajes estaban los guerreros apiñados, se hacia un fuego, vivo i se combatia con arrojo: por todos puntos ardian las casas de la poblacion, i sus llamas producian un calor abrasador; una nube densa del humo del incendio i del combate pesaba sobre nosotros i nos desesperaba de sofocacion; no teníamos en todo el paraje que ocupábamos una gota de agua para apagar la sed. Al estruendo de las armas se unian los repiques de los campanarios que anunciaban victoria, los ayes de los moribundos i el clamoreo de los soldados i oficiales que se animaban a la pelea.

De repente el cielo nos manda una ráfaga de viento que despeja la atmósfera, nos hace ver la luz del sol i nos deja respirar en libertad. Un grito ronco de ¡viva el jeneral! se hace oir en la primera cuadra que corre desde la plaza por la calle de San Francisco hasta las trincheras en que yo me hallaba; el grito se redobla con entusiasmo i el jeneral O'Higgins se acerca a nosotros montado en un caballo brioso, i con su es pada en mano: su semblante estaba tranquilo, pero severo, sus, ojos arrojaban fuego. «Héroes de Rancagua, nos dijo, reconoced por jefe de estas trincheras al capitan Millan, porque es uno de los pocos oficiales valientes que os quedan: los demas han muerto por la patria: imitad su ejemplo...... un momento mas de constancia i de valor nos dará la victoria sobre los esclavos de Fernando».... Nosotros le oimos i dando vivas a la patria i al jeneral, volvimos a la pelea con mas ánimos: el jeneral permaneció con nosotros algunos momentos mas exhortándonos i dirijiéndonos; luego marchó a la plaza entre mil aclamaciones. Los soldados caian a su lado i él despreciaba las balas que cruzaban en todas direcciones.

Al dia siguiente peleábamos todavía con furor, pero los españoles habian ganado mucho terreno, i a veces llegaban hasta las mismas trincheras a buscar una muerte segura a trueque de tomárselas. En una de las salidas que hicimos por la calle de San Francisco a desalojar algunas partidas enemigas que se habian apoderado de las casas vecinas para atacarnos con mas seguridad, tuvimos un encuentro horrible, que fué uno de los mas heróicos de aquel dia.

Eramos poco mas o ménos veinticinco hombres los que salimos de la trinchera a batir una partida de enemigos que, derribando murallas, se habia apoderado de una casa próxima: a la primera descarga nuestra, se replegaron al patio i nos cargaron a la bayoneta; yo descargué mi fusil sobre el oficial que los mandaba, i al verle caer a mis piés, conocí que era Laurencio, el traidor. Me fuí sobre él gritándole: «dónde está Lucía, dímelo ántes de morir,» pero su respuesta fué una mirada aterradora i un suspiro ronco i profundo que exhaló con la vida...... Todos los demas perecieron tambien a nuestras manos i volvimos a nuestro puesto para defender la trinchera. La venganza que Dios me habia preparado para aquel momento terrible acababa de desahogar mi corazon: sentí entónces la necesidad de vivir, i cada vez que me acercaba al parapeto para descargar sobre el enemigo, deseaba que no me tocara alguna de sus balas hasta despues de ver a Lucía, a esa mujer que hasta en medio de las zozobras de una batalla ocupaba mi corazon i me atraia con un poder májico.

En la tarde de aquel dia funesto, el jeneral O'Higgins abandonó la plaza i los españoles entraron en ella haciendo la mas espantosa carnicería; yo me refujié en un templo que estaba próximo a mi puesto, pero a los pocos momentos me sacaron de allí con otros varios prisioneros i nos condujeron a la presencia del jeneral Osorio, i despues a una quinta inmediata donde estaban los equipajes del ejército español. En el patio de esta casa habia varias mujeres que se ocupaban en vendar una herida que tenia en el brazo derecho un oficial realista. Cuando oí que llamaban a este hombre el coronel Lizones, me fijé en él, porque ese era el mismo apellido de aquel a quien dió muerte mi amigo Alonso en Lima, i ¡cuál seria mi sorpresa al ver que su fisonomía era idéntica a la de la víctima de nuestros estravíos!

Luego perdí de vista al coronel, porque nos encerraron en una bodega, donde nos dejaron entregados a las angustias que necesariamente habia de producir en nuestros corazones nuestra triste condicion: yo me recliné sobre el suelo húmedo de aquel calabozo, porque ya no tenia fuerzas para resistir la fatiga del cansancio i la desesperacion que se habia apoderado de mí.

Durante el dia siguiente degollaron en el mismo umbral de la puerta de nuestra prision a varios prisio neros de los que estaban conmigo: yo esperaba i aun deseaba la misma suerte. Llegó la segunda noche i el sueño que en todo ese tiempo me habia abandonado, vino entónces a restablecer mis fuerzas. Hacia mucho tiempo que dormia tranquilamente, cuando oí pronunciar mi nombre a una persona que me habia tomado la mano. Desperté, pero creí que era una ilusion: la luna entraba por la puerta que estaba abierta i a su luz ví que todo parecia en calma i que el centinela dormia profundamente. El que me habia despertado me estrechaba la mano i en silencio me conducia fuera de la prision, pero yo me le resistia lijeramente porque sospechaba que aquello fuera un lazo que se me tendia. Salimos al patio i todavía me condujo a la arboleda sin decirme una palabra, i yo advertia que su mano temblaba i que su respiracion era ajitada.

Al llegar a una de las tapias, me dijo en voz baja: huyamos por aquí, no temas, el centinela que tú has visto durmiendo nos ha favorecido, porque le he comprado; él mismo me designó el lugar en que estabas.

—¿Pero quién eres tú, que tanto muestras interesarte por mí?

—¡Alvaro! ¡no me conoces! Ah; ¡te he ofendido tanto! pero no.... ¡no te ofendí jamas! ¡siempre te he amado!...

Estas palabras, pronunciadas con ardor, me hicieron reconocer a Lucía; olvidé mi resentimiento i la estreché silenciosamente entre mis brazos; pero me duraba aun la emocion de las caricias i permanecíamos trémulos cuando me asaltó el recuerdo de mi agravio.

—¿Por qué me traicionaste, mujer ingrata, esclamé, por qué me has engañado? ¡No huiré contigo jamas, nunca! ¡Deseaba hallarte, solo para vengarme de tí!

—No seas cruel, Alvaro, soi inocente. Huyamos, cuando estés libre sabrás mis desgracias i me harás justicia.

—No, ¿quién me asegura que esta no sea tambien una traicion? Te aborrezco.... Habla, vindícate, si quieres que te siga.

—Ya que te obstinas, óyeme i perdóname. En aquella noche fatal en que fugué con Laurencio de casa de mi tutor, creí que marchaba contigo hasta que la luz del dia vino a revelarme mi error; quise volver sobre mis pasos, pero Laurencio me aseguró que tú vendrias luego a reunirte con nosotros, i que si volvia a mi casa encontraria una muerte segura. De engaño en engaño, me condujo hasta Chillan, en donde se encontraba el ejército español en aquel tiempo, i se presentó al jeneral a dar cuenta de una comision que habia tenido durante su ausencia. Despues he sabido que este hombre era el espía que tenian los realistas para comunicarse con sus partidarios residentes en otros pueblos. Perdida ya la esperanza de volverte a hallar, porque Laurencio me notició que habias muerto, quise separarme de él, pero adonde podria yo ir a encontrar el amparo que necesitaba; sola i desconocida en el mundo, no me quedaba otro refujio que permanecer al lado del único hombre que tenia deber de protejerme, ¡porque él me habia sacado de mi hogar i me habia hecho rendirme a sus deseos....! Si bien no le amaba yo, a lo ménos él era mi cómplice i manifestaba amarme. Despues del sitio de Chillan, le mandaron de guarnicion a la plaza de Colcura, yo le seguí, porque en aquel destierro iba a estar léjos de la guerra, léjos de un ejército, que era testigo de mi deshonra i de mis lágrimas. Allí permanecimos hasta hace un mes que recibió Laurencio la órden de juntarse a su batallon, i bien a mi pesar he vuelto a seguir sus pasos. ¡Pero el cielo principia ya a compadecerse de mí! Laurencio murió ayer en la batalla i hoi te alcancé a ver a tí, mi pobre Alvaro, entre los prisioneros. Desde ese momento, no vacilé ni he descansado hasta prepararlo todo para nuestra fuga; ahora seremos felices, ya no te separarás mas de mí, tú eres mi único apoyo, porque te amo como siempre.........

—Lucía, es verdad que has sido inocente hasta el momento de rendirte a ese hombre perverso que murió ayer a mis manos, porque Dios me le entregó para vengarme; ¡pero ahora eres impura! Faltaste a los juramentos que me hiciste. Yo no puedo partir contigo.

—¡Alvaro, no me abandones!

—Tú me has buscado porque murió Laurencio, no porque me amas.

—¡Dios mio, por qué soi tan desgraciada! ¡Alvaro, perdóname, yo te amo!....

La esplosion de un fusil i el silbido de una bala que pasó por mi oido interrumpió sus palabras. Nos quedamos pasmados, la alarma principió en la quinta, e inmediatamente fuimos conducidos a la presencia del coronel Lizones, que era el jefe de mas graduacion que habitaba aquella casa.

El coronel se habia levantado de su cama envuelto en una capa de grana, i al oir que le decian que yo pretendia fugarme ausiliado por Lucía, esclamó furioso i señalándome a mí:—«¡Sarjento, haga usted que le tiren a ese insurjente cuatro balazos en el momento!....» Lucía se arrojó a sus piés pidiéndole mi perdon i él la escuchaba i la replicaba con una sonrisa de furor:—«ese hombre merece en tu corazon mas que yo, Lucía, i no puede quedar vivo.» Esta le aseguraba lo contrario i le protestaba amarle, porque al pretender salvarme habia sido guiada solamente por la gratitud: «ese pobre soldado, le decia, es inocente, yo le conocí en mi pueblo cuando era niña i le debí servicios, por eso queria ahora restituirle su libertad.»

Ya estaba yo arrodillado esperando que los soldados prepararan las armas que me habian de dar la muerte, cuando oí estas terribles palabras: Lucía, si consientes en ser mañana mismo mi esposa, se salvará el insurjente.—Sí, coronel, a ese precio consiento en ser su esposa de usted. Ya no resistiré mas.—Soldados, gritó Lizones, llevad a ese hombre a su prision.—Nó, repliqué, deseo morir, porque no debo consentir en el sacrificio de esa mujer que me pertenece... Pero ya el coronel no me oia i los soldados me llevaron al calabozo por la fuerza. Yo gritaba frenético i procuraba desprenderme de sus manos, pero ellos me maltrataban i al fin me encerraron violentamente sin tenerme piedad......

V

Desde aquella escena terrible, estuve privado de mi juicio hasta muchos meses despues. Yo, que habia tenido valor para despreciar la muerte tantas veces en presencia del enemigo, no lo tuve para soportar la desgracia de verme despojar de mi Lucía en el momento mismo de haberla recobrado a fuerza de fatigas i padecimientos. Mi locura me valió la libertad: yo vagaba por las calles cubierto de andrajos, riéndome a veces i otras llorando, pero siempre sin hablar una palabra. ¡Cuando tenia algun intervalo lúcido, consideraba todo el peso de mi desventura i me lastimaba el verme despreciado i aun vejado por todos!

Lucía habia partido al Perú con su esposo i yo habia perdido para siempre la esperanza de volver a verla siquiera. Pero la fuerza de mi infortunio calmaba poco a poco mis furores i me restituia lentamente a la razon.

Al cabo de dos años, logré enrolarme de marinero en un buque español que partia para el Callao; i despues de una navegacion penosa, llegué a Lima, en donde debia volver a ver a la mujer que tanto habia influido en mis desventuras.

Todavía vivia aquel amigo mio a quien debí el salvarme de la pena que sufrió Alonso ocho años ántes: a él me acojí de nuevo i volví a deberle mil favores. La historia de mis desgracias le interesó en gran manera, i si yo hubiese seguido los saludables consejos con que pretendió volverme a mi estado primitivo i consolarme, no me hallaria ahora soportando la vejez entre las miserias de la indijencia.

El coronel Lizones, el cual supe entónces que no era el mismo rival de Alonso, sino su jemelo, se hallaba en aquella ciudad con Lucía i gozaba de todas las consideraciones a que se habia hecho acreedor por sus victorias en Chile i por su capacidad. Me arredraba la idea de amargar los dias de este hombre, despues de haber contribuido al asesinato de su hermano; i a pesar de mis crueles padecimientos, sin fijarme en que me habia visto reducido a servir a los hombres como esclavo i a sufrir todas las fatigas de un marinero, tan solo por volver a estrechar en mis brazos a una mujer, traté de refrenar mi pasion por ella i me resolví a permanecer con otro nombre por algun tiempo mas en Lima, con solo el objeto de verla una sola vez para consolarme. ¡Qué mas podia hacer yo, que durante toda mi vida habia sido desgraciado! ¡yo, que siempre habia sido contrariado por una fatalidad ciega en mis deseos mas santos i puros, en mis esperanzas mas fundadas!....

Pero mi destino quiso hacerme tocar otra vez la felicidad para arrebatármela luego. Varias veces habia ya recibido el consuelo que deseaba, habia divisado a Lucía en sus balcones, i no me habia contentado con esto, como lo esperaba; sentia tambien necesidad de que ella me viese una vez sola i supiese que yo padecia todavía por amarla.

Un mártes santo por la mañana, pasaba por la calle en que habitaba Lucía, una procesion suntuosa. La jente llenaba toda la carrera i la procesion marchaba con trabajo, abriéndose paso por entre la muchedumbre que se agolpaba silenciosa, a ver las imájenes que se llevaban en las andas. Yo me habia colocado al frente del balcon en que se hallaba Lucía, i en un momento en que se despejó el paraje que ocupaba, la ví fijar sus hermosos ojos en mí: se enrojeció su semblante i permaneció largo tiempo mirándome, como si dudara de lo que veia.

Cuando la procesion pasó, permanecimos todavía en la misma actitud; i entónces ella, como reanimándose, me hizo una seña para que pasara a su habitacion. Marché trémulo a obedecerla, sin pensar en nada i como arrastrado por una fuerza superior e invisible. Llegué a su presencia, quise abrazarla, i al verla muda i séria me contuve; ella me tendió la mano, la estreché a mis lábios i permanecimos algunos momentos en silencio i llorando..... Nuestras lágrimas esplicaron en aquel momento el estado de nuestros corazones.

Al fin nos hablamos, pero no ya con la efusion de ternura que en otros tiempos; el matrimonio habia elevado entre ámbos un muro de hierro. Ella me manifestó que la unia a su esposo un sentimiento no ménos puro que el amor: la gratitud, i que estaba resuelta a respetarle, a serle fiel, como él le era amante. Pero no me atreví a reconvenirla, a recordarle su amor, sus juramentos; le hablé de mis desgracias, de mi fidelidad; i ella, sin conmoverse, sin suspirar siquiera, respondió:—«Alvaro, por amarte, abandoné mis bienes i violé el asilo doméstico; por amarte, sufrí todos los horrores de la guerra, sufrí la pérdida de mi honor i fuí desgraciada; por amarte, en fin, arrastré la muerte, i por salvar tu vida dí mi mano a un hombre que aborrecia; pero era un hombre honrado i virtuoso; déjame serle fiel, déjame cumplir mis deberes. Te he llamado, no para avivar esa pasion funesta que nos ha perdido, sino para servirte, para protejerte en este pueblo estraño en donde talvez no tienes quien te ampare.»

Delirante i ciego de enojo entónces, la ultrajé sin piedad, lloré i aun me arrojé a sus plantas pidiéndole una vez sola su mano para estamparle un beso i separarme de allí para siempre; pero ella me rechazó con indignacion; la ingrata se habia olvidado del pobre soldado, porque su amor habia sido solo una de aquellas ilusiones caprichosas de la juventud de una mujer. Ahora se hallaba rica i elevada a un alto rango i ¡quién era yo para considerarme con derecho a su amor, para pedirle otra cosa que compasion! Pero su compasion me irritó i concebí en el momento la idea de terminar allí mismo una existencia aborrecida: tiré un puñal que llevaba sobre mi corazon, i ella dió voces, creyendo que yo atentaba contra su vida; ¡acudieron en su ausilio, i uno de sus esclavos me hirió i me hizo rodar exánime a los piés de aquella maldita mujer!.... ¡Esta mano mutilada es el recuerdo que me queda de aquel momento de ignominia i de desesperacion!....

Cuando el coronel volvió a su casa, habia sido yo conducido a la cárcel, pero sin sentidos; a pocas horas volví a la vida, ¡mas no a la razon!.... ¡Dejadme, señor, correr un velo sobre lo demas, porque no podria contaros mi vida de entónces, sin volver a la locura! ¡Ah! pero mi locura era el delirio del amor exaltado por la rabia que dejan en el corazon los contrastes. Todos me despreciaban, todos me oprimian: doce años me mantuvieron en San Andres, encerrado en una jaula de hierro, porque no me consideraban sino como un loco; mi locura no inspiraba caridad a nadie, todo el mundo reia de verme delirando por la traicion de una mujer.

I en verdad que tenian razon, porque es mui débil el hombre que delira por lo que sucede a cada paso en esta sociedad de miserias ¿No es verdad, señor, que es mui loco el hombre que delira por el desprecio de una mujer? El tiempo al fin curó mi mal i cuando recobré mi juicio i mi libertad, hallé mis cabellos encanecidos, me ví solo en el mundo, ¡sin patria, sin amigos, sin familia! ¡Es cierto, tenian razon los hombres para reir de un loco que lo perdió todo por una mujer! ¡Yo tambien me hubiera reido! ¿No es verdad que vos no me teneis lástima, señor?....

Hace tres años que llegué aquí, despues de haber hecho por tierra el mismo camino que en otro tiempo para llegar a mi pueblo, i aun cuando siempre me acompañan la miseria i la desgracia, al fin estoi en mi patria: esto me consuela. La viuda de un antiguo camarada me ha acojido: con ella lloro a veces i parto el pan que me dan de limosna: ¡ya veis, señor, que mendigo porque no puedo trabajar, porque soi viejo i mis locuras me hicieron perder el mejor tiempo i tambien una mano! ¡Qué haré ahora sino mendigar i llorar!....»

* * *

Los sollozos ahogaron la voz del pobre viejo: ¡yo tambien le acompañé en su llanto! Cuando le ví ya desahogado de la opresion de su corazon, le pregunté por Lucía; i él, con una carcajada satánica i unos ojos de relámpago, me respondió: «se fué a España, señor, con su marido: allá será feliz, ¡miéntras yo soi un mendigo!....» I tomando su palo, marchó a paso acelerado. La luna estaba en la mitad del cielo i toda la naturaleza dormia en calma.....

Algunas veces despues le volví a ver, pero ya hace tiempo que no sé del pobre anciano: habrá muerto quizá, i Lucía habrá llegado sin duda a ser, por su marido, una de las damas de la nobleza de España.

EL ALFEREZ ALONSO DIAZ DE GUZMAN

I

—Concluyamos, doña Ines; en este momento estoi resuelto a no continuar nuestras relaciones: vos podeis ser mas feliz con don Juan de Silva. Os dejaré para siempre, pediré al gobernador que vuelva a agregarme a los tercios del Maestre de Campo Alvaro Nuñez de Pineda i me alejaré de Concepcion: no volveré a veros.

—No os comprendo, Alonso; ayer no mas me jurabais eterno amor i me pedíais esta entrevista para arreglar nuestras bodas. ¿Quereis burlaros de mí?

—Desconfio de vuestro padre: es imposible que consienta en nuestra union. ¿Un caballero del hábito de Santiago querrá unir su hija a un soldado que no tiene mas que su espada?

—¿Vos lo dudais? ¿Acaso con vuestra espada no os habeis conquistado un nombre? ¿Con ella no triunfásteis en los llanos de Puren, i arrancásteis del poder de los infieles nuestra bandera? ¿Quién no se honra hoi dia con vuestra amistad?

—No me atrevo a proponer este asunto a vuestro padre, Ines.

—Se lo propondrá el capitan don Miguel de Erauso; es vuestro protector, es mi amigo i no vacilará en prestarnos este servicio.

—Don Miguel os ama, Ines, i no podrá hacernos el sacrificio de su amor.

—Si tal fuese cierto, confiémonos entónces de mi hermano don Basilio de Rojas, con quien tan estrecha amistad os liga.

—¡Ah! ¡desgraciado de mí! vuestro hermano, Ines, ¡vuestro hermano es un traidor!... ¡Decidme adónde se halla, decídmelo, por Dios!...

—¡Por qué os enfureceis, Alonso mio! Calmaos, mi hermano es fiel amigo vuestro, no os ha hecho ofensa.

—¡Mi amigo! nó: decidme, Ines, ¿don Basilio ama a Anjelina, es verdad?

—Sí, a lo ménos, lo parece.

—I Anjelina le adora, ¿no es verdad?

—Tambien es cierto, mal que os pese, Alonso: vos amais a Anjelina, vos sois el aleve. ¿Por qué me habeis engañado? Los celos os hacen delirar... ¡Dios mio!...

Ines habia caido de rodillas, sin sentido, al pronunciar sus últimas palabras; don Alonso la sostenia i temblaba de furor. Una idea le asalta; medita, i luego deja a Ines reclinada sobre las flores del jardin en que se hallaban i huye precipitadamente, salvando las tapias que lo separaban de la calle.

La luna brillaba en todo su esplendor i daba un matiz plateado a las graciosas nubecillas blancas que flotaban en el horizonte. El bullicioso estrépito de las olas del mar i el ruido de las auras de la noche formaban una armonía misteriosa, que a veces interrumpian los prolongados y melancólicos aullidos de los lobos marinos que retozaban en las peñas de la playa.

La ciudad de Penco estaba quieta i silenciosa. Solo un hombre se divisaba atravesar sus calles con paso presuroso. Era el alferez Alonso Diaz que acababa de abandonar a su querida en un momento supremo, porque estaba dominado de un vértigo espantoso. Él habia concurrido a la cita, por cumplir su palabra de español, pero su corazon de jóven estaba sojuzgado por otra pasion furiosa, i no le era dado halagar siquiera la ternura de Ines, que le amaba con delirio. Largo rato habia batallado por desengañarla; pero ella no podia comprender su lenguaje, porque ya estaba acostumbrada a su amor i fascinada con la seguridad de poseerlo.

Repentinamente se detiene Alonso en las ventanas de una casa contigua a un cuartel: habia en ella gran concurrencia. Las voces de alegría se mezclaban a los dulces preludios de la guitarra, i el tañido de las castañuelas anunciaba que un baile iba a principiar.

Alonso escucha, acecha un momento, i lleno de despecho penetra a lo interior.

—¡Bien venido seas, alferez Diaz! esclaman todos, i unos le abrazan i otros le convidan a beber.

—Decidme, Alonso, gritó una voz, ¿no os gusta mas la zambra que la guerra?

—Si no fuera el auditor quien habla así, contestárale de otro modo, replicó Alonso con enfado.

—No os olvideis, Alonso, que tan bien esgrimo la espada como la peñola; i que lo de auditor no me quita lo valiente: pero hoi se trata de divertimos; no sea que nuestro historiador don Basilio de Rojas, que está presente en el fandango, como lo está siempre en la batalla, tenga que engañar a la posteridad diciendo que nosotros solo sabíamos pelear i no galantear. Venga un vaso para Alonso i otro para mí i bebamos por la preciosa Anjelina. Su salero me peta mas que un proceso.

Anjelina, que estaba entónces al lado de don Basilio en la mesa del juego, se levantó graciosamente i tomando otro vaso, acompañó al auditor i al alferez que bebian por ella. El auditor la toma de la mano i pide que se toque un fandango.

Los concurrentes rodean a los danzantes i con movimientos i gritos los animan i celebran.

Alonso se separa i toma el asiento que habia dejado Anjelina. Sus ojos de águila enrojecidos, su aire tétrico i reconcentrado, sus lábios trémulos, su rostro pálido i descarnado, todo anunciaba el furor de que estaba poseido su corazon. Don Basilio le dirijió una mirada cariñosa i echándole sobre los hombros su brazo, continuó apostando a los dados. Alonso pareció mas sereno por un momento: pero volvió a enrojecerse de furia, cuando oyó que Anjelina llamaba la atencion de sus amigos diciéndoles:

—¡Qué os parece, caballeros, don Basilio abrazando a ese alferez, que mas tiene cara de mujer que de guerrero!

—Si son celos, Anjelina, replicó el historiador, retirando su brazo, ven acá i verás que sé abrazar de otro modo a las donosas.

Anjelina le contestó con un desden i se confundió entre la multitud de damas i militares que formaban la tertulia.

Alonso permaneció en silencio i pensativo.

Desde aquel incidente, no hubo tranquilidad para el jóven Rojas: sus miradas estaban fijas en Anjelina i jugaba sin atencion ni gusto. Poco mas permaneció en la mesa, i se levantó a buscar el lado de Anjelina, dejando su lugar al alferez, quien siguió jugando de la misma manera, sin fijarse en lo que hacia, por espiar los movimientos de los dos amantes.

Era ya tarde de la noche, el cansancio iba apagan do el bullicio i venciendo al contento; pero don Basilio no dejaba de rogar i de ofrecer sus rendimientos a Anjelina, que se le mostraba cada vez mas desdeñosa.

Al fin álguien repara que una mujer tapada se asomaba solícita a las ventanas: todos se fijan, inquieren, conjeturan; cual la cree una vision, éste mira en ella al demonio disfrazado de viuda, aquel juzga que es el gobernador en persona que los observa, i muchos quieren que sea una querida de alguno de los circunstantes. Esta opinion prevalece i principian las burlas i las bromas.

Alonso se levanta i con tono solemne i maligno esclama:

—Yo os juro, camaradas, que esa mujer es la querida de don Basilio de Rojas; una pobre mujer a quien engaña ese pérfido i cuyos hijos abandona por Anjelina.

Todos quedan estupefactos, i don Basilio duda de lo que oye; pero, incorporándose, rompe el silencio:

—Alonso, no seas majadero: no jures una mentira.

—¡Juro en verdad, señores, es su querida!..

—¡¡Mientes como un cornudo, infame!!—I al decir estas palabras, las espadas de ámbos se cruzan. Las damas gritan, se alarman i huyen en tropel; algunos animan, otros quieren la paz, todos se mezclan, se confunden, suenan las armas i el estrépito de la riña crece por momentos.

Don Basilio cae con el pecho atravesado: todos cargan sobre Alonso; i el auditor don Francisco de Párraga le coje fuertemente por el cuello de la ropilla, diciéndole—¡dáte al rei asesino! El capitan don Miguel de Erauso, que se habia levantado de la carpeta, se acerca a Alonso i le dice en vascuence que procure salvar la vida. El auditor estrecha i clama favor a la justicia; Alonso le tira un golpe de daga, que le atraviesa los carrillos, sin verse por eso libre de sus fuertes puños; tírale otra estocada i el auditor cae sin vida.

Alonso usa entónces de su espada i se abre paso entre todos los que le acosan, hasta la puerta, en donde le dejan solo; huye i toma seguridad en el convento de San Francisco, que estaba inmediato, dejando la consternacion i la muerte en aquel salon en que un momento ántes reinaban el amor i la alegría.

II

A la sazon estaba abierto el templo, i la campana llamaba a los fieles a la misa del alba. Alonso se introduce precipitado, encuentra al provincial rezando en el presbiterio, se echa a sus piés, la declara su situacion i le pide asilo. El anciano se levanta con gravedad majestuosa, e imponiéndole su manto, le dice:

—Que Dios te perdone, hijo mio, así como el patriarca te defiende de la justicia de los hombres.

I conduciéndole a su celda, se vuelve a su oracion.

Una hora despues, el convento estaba cercado por gran número de las tropas de la guarnicion; i los clarines anunciaban por las calles un bando en que don Alonso García Ramon, gobernador i capitan jeneral del reino i presidente de la Real Audiencia, prometia premio a quien entregase muerto o vivo al alferez Alonso Diaz Ramirez de Guzman; i prohibia, bajo severas penas, que se le diese embarcacion en ningun puerto, ni albergue en ninguna guarnicion, plaza ni presidio, por ser reo de muerte.

A esa hora se hallaba en su palacio el gobernador con su secretario el capitan don Miguel de Erauso, quien escribia i dictaba apresuradamente, interrumpiendo a cada momento su trabajo hondos suspiros que le ahogaban el pecho.

El gobernador se paseaba por la sala i daba repetidas órdenes con voz firme i amargo ceño.

Un oficial avisa desde la puerta que ya esperaban en la antesala todos los testigos i presos que se habian recojido. El trabajo se suspende, i don García se dirije a su secretario:

—¿A quién interrogarás primero, don Miguel?

—A quien vuesa merced me indique, señor. Para mí, que he sido testigo del hecho, no hai necesidad de interrogaciones: el alferez fué provocado i necesitó defenderse como hombre i como caballero.

—Tu amistad te engaña, don Miguel; el alferez ofendió primero al de Rojas, i éste no hizo mas que querer castigar un insulto.

—El de Rojas, señor, cortejaba a la dama de Alonso, miéntras que la suya le espiaba desde afuera. Si se ofendió de que el alferez denunciase el hecho, valiérale mas proceder como quien era, i no enredar la pendencia, que no es de caballeros el reñir entre las damas.

—Anjelina me ha jurado esta mañana que no solo no es la dama de Alonso Diaz, sino que ni siquiera ha cruzado jamas con él una palabra; i Anjelina no miente.

—Anjelina es una mujer liviana, señor.

—Repórtate, don Miguel, que tu cariño al alferez te torna deslenguado.

—Mucho hablais de mi amistad por Alonso, señor, i pienso que me honra el ser amigo con el mas valiente guerrero de nuestros tercios. ¿Quién tiene hazañas como las suyas? ¡quién mas leal, quién mas bravo en la refriega! Mozo imberbe es todavía i cuenta mas glorias que años. Aquí llegó soldado desvalido, como lo sabe vuesa merced, i si yo le tomé en mi compañía i bajo mi amparo, fué porque ademas de sus prendas, hallé que era de mi pueblo i conocia a mi familia. Si esto es una tacha, señor, pondré para borrarla mis largos servicios al rei nuestro amo...

Los ojos del capitan brillaron como de orgullo, i el gobernador, estrechándole la mano, puso fin al diálogo i dió principio a las indagaciones.

Miéntras esto sucedia, los claustros del convento presentaban otra escena: a lo léjos i hundido en un escaño se divisaba al provincial, su capucha calada i sus brazos cruzados sobre el pecho. Alonso estaba a sus piés de rodillas, sin armas i con la cabeza descubierta, confesando sus culpas con fervor.

Don Francisco de Rojas, caballero del hábito de Santiago, miraba al penitente con un aire de melancolía i rabia que daban a su cara una espresion misteriosa; pero sin moverse del poste en que se habia apoyado para esperar la terminacion del acto sagrado.

Alonso recibió la absolucion con su frente reclinada sobre el suelo, besó la manga del sacerdote i se levantó, dirijiéndose al templo con sus ojos humildemente cerrados.

El caballero le sale al encuentro i dándole súbitamente con la punta de su capa un golpe en la cara, esclamó:

—¡Ya sabeis, canalla, para qué os busco!

El primer movimiento de Alonso fué poner mano a la cinta, i hallándose sin armas, se arroja sobre don Francisco, como un tigre furioso, a devorarle. El provincial, que seguia sus pasos, le pone mansamente la mano sobre la cabeza, preguntándole con voz suave:

—¿Qué hicísteis, mancebo, vuestro propósito?....

El alferez suelta su presa, enmudece, baja los ojos i tiembla de rabia i de dolor.....

Don Francisco, libre de su adversario, hace una profunda reverencia al prelado, i con voz trémula i balbuciente,—perdon, padre mio, le dice, este perro es al asesino de mi hijo, el seductor de mi hija, i no puedo lavar mi afrenta sino con mi espada.

—¿Olvidais, señor, que este paraje en que estais, es la casa del Dios que perdona, que da la paz i nos enseña la humildad?

—Nó, mi padre; pero sé que este hombre me debe su sangre i que puedo matarle en donde le halle: ya que su paternidad le ampara, señálemos campo i hora, que yo con mi palabra aseguro su libertad, i juro no ofender la santidad del claustro.

—Yo no me batiré con vos, replicó secamente Alonso.

—¡Porque sois un asesino cobarde! esclamó el caballero.

Alonso se enfurece de nuevo, pero el padre intima a don Francisco que se retire, i conduciendo al penitente al templo, se arrodilla con él i le enseña a pedir misericordia.....

Alonso tenia fijos en la imájen de la Vírjen sus ojos arrasados en lágrimas; las palabras del sacerdote herian su corazon i le llenaban de angustia: un crímen acababa de disipar para siempre la mas bella de sus ilusiones.....

III

Era el 1º de octubre de 1612: la ciudad de Concepcion ostentaba uno de sus mejores dias. Penco o Concepcion, que era entónces la cabecera de la colonia, estaba situada en la rada que hoi lleva aquel nombre; i sus casas se estendian desde la playa del mar, en la que estaba situada una fortaleza, en el mismo sitio donde hoi se ven las murallas en la que se construyó mas tarde. Al costado sur de la plaza, que aun subsiste, estaba la catedral, i la manzana del frente, al norte, estaba ocupada por el cabildo, palacio del gobernador i el cuartel. Detras del palacio, arroyo de por medio, se hallaba el gran convento de San Francisco, que ocupaba una manzana entera. La poblacion era enteramente española.

Los habitantes, vestidos de gala, llenaban las calles que en aquella mañana se veian adornadas vistosamente con tapices de diversos colores. Un sol apacible de primavera i el aura embalsamada de los contornos, aumentaban el contento, como si la naturaleza misma hubiese querido concurrir a dar la bienvenida al nuevo gobernador don Alonso de Rivera, que entraba en aquellos momentos rodeado de un brillante cortejo de oficiales, entre cuyos penachos i cimeras se hacia notar el modesto sombrero del jesuita Luis Valdivia, el cual traia en las manos, con gran reverencia, los pliegos en que Felipe III proponia la paz al congreso araucano.

Los entusiastas vivas del pueblo se mezclaban al estruendo de la artillería i a los repiques de las campanas, i el Gobernador se hallaba recibiendo en la sala capitular los homenajes del Cabildo, cuando una mujer, cubierta de negro, se abre paso entre la muchedumbre i llega hasta los piés del nuevo gobernador pidiendo gracia.

—Para quién la pedís, hermosa señora, le dice don Alonso, alzándola del suelo cortesmente; i súbito se interpone el caballero de Rojas, quien, reprimiendo la cólera que le domina, aparta a la bella Ines, diciendo:

—¡La pide, señor, para el matador de su hermano, para el asesino de mi hijo!....

El dolor ahoga la voz del anciano, i el silencio sucede por algunos momentos.

El gobernador promete que se hará justicia segun la lei del rei i la de Dios, sin olvidar la intercesion de una dama honesta, que harta razon mostraba tener, cuando pedia perdon para el asesino de su hermano en una ocasion tan solemne.

El anciano Rojas se retiró llevándose a su hija i los regocijos públicos siguieron, contribuyendo no poco a entretener las conversaciones el lance que acababa de suceder en la sala del ayuntamiento.

Luego que terminó la ceremonia, el capitan don Miguel de Erauso, que habia sido ratificado en su puesto de secretario de guerra, instruia a don Alonso de Rivera en todos los pormenores del suceso ocurrido en casa de Anjelina i movia su ánimo en favor del valeroso alferez, que aun permanecia asilado en San Francisco, aunque no en la rigorosa incomunicacion en que permaneció los seis meses que el gobernador don García habia mantenido las guardias que estableció en el convento.

Fué tanto el empeño que el secretario puso por conseguir la libertad de Alonso Diaz, que el capitan jeneral le prometió que pasado algun tiempo le remitiria agregado a los tercios del Tucuman, de donde él venia dejando amigos a quienes podia recomendar al alferez con gran provecho suyo, porque conocia mui de cerca al mancebo i le habia visto combatir a su lado muchas veces con heroismo.

—¡No debemos perder, decia el gobernador, a un soldado que tanto puede servir a la causa del rei i de la relijion!

El alferez en aquellos momentos estaba ignorante de lo que acerca de él pasaba, i sólo, en su celda, se ocupaba en limpiar sus armas i en aderezar sus vestidos, como si se preparara para una funcion. A veces se le oia suspirar, i murmurando algunas palabras, suspendia su ocupacion i se ponia profundamente triste. Luego se arrodillaba, estrechaba fuertemente sus manos sobre el pecho i se veian sus hermosos ojos brillar con lágrimas de dolor. Otras veces empuñaba su espada, la miraba con aire marcial i se reia, como ajitado por el recuerdo de algun triunfo.

En uno de estos delirios se encontraba, a tiempo que el sol poniéndose apénas daba un lijero tinte amarillo a los avellanos que hermoseaban el claustro, cuando el alferez don Juan de Silva se le presentó.

—Dios os guarde, Alonso, amigo.

—El os guarde, don Juan. ¿Habeis avanzado algo?

—Está todo perdido.

—¿Qué habeis hecho? ¡Decidme!

—Desesperado de no poder vencer la pertinacia de doña Ines, i conociendo que es imposible hacerla desatender los consejos de ese demonio de Anjelina, que no se aparta de su lado, desde que matásteis al hermano, me determiné a pedir su mano a don Francisco.

—Sin prepararle de antemano, sin esperar a que yo hablase con doña Ines.... Habeis hecho mal, don Juan, habeis destruido mi plan. Doña Ines habria sido vuestra, si no hubieseis precipitado las cosas.

—¡Qué demonio! Si se me presentó ocasion, ¡cómo no habia de aprovecharla! Esta mañana visité a don Francisco; despues de cierto acontecimiento ocurrido en el Cabildo, de que luego os hablaré, halléle determinado a encerrar a doña Ines en un monasterio i aun tomó allí mismo algunas providencias para verificarlo. Habléle sumisamente i díjele que yo admitia a doña Ines por esposa, si él nos otorgaba su venia; pero me dió una negativa tan furiosa i terminante que no poco pesar me costó reprimirme para rogarle lo mismo i apaciguarle. El me insulta, me veja i por fin me dice que la hija de un Rojas no puede unirse a un canalla, a un perro que desciende de judíos. Mi respuesta se la dí pronto estampándole mi manopla en un carrillo, i el duelo quedó emplazado para esta noche a las once. Eso es todo.

—¡Qué habeis hecho, don Juan!......

—Lo dicho: i vos tendreis que acompañarme al sitio, porque no tengo otro amigo que vos.

—Yo no puedo ser testigo de un duelo en que va a batirse ese anciano a quien tanto debo.

—Si no os parece, no sea; yo me iré solo, que a otro no he de fiar mi lado.

—Reflexionad, don Juan, Ines me ama a mí, al matador de su hermano; su anciano padre es desgraciado por mí.... ¿Deberé yo ausiliar a su contrario?....

—Ya os dije que así sea: no estoi ahora para responder a los argumentos del miedo. Vos me precipitásteis en esto, i yo os perdono aunque me abandoneis, así como perdonaba a doña Ines el que os amase.

—Eso ménos, don Juan, mi pecho no conoció jamas el miedo, i de mí no se dirá que abandoné a un amigo en el peligro. ¡Fuerte es la prueba que voi a daros, pero os la daré. ¡Vive Dios!....

Escandecióse el rostro del jóven i don Juan le estrechó la mano, separándose de él i asegurándole que en su casa le aguardaba.

Una hora despues se veian en un estrecho cuarto, sin tapiz ni muebles, dos hombres sentados alrededor de una mesa de nogal i apurando una bota de un añejo, cuya fragancia trasminaba el aposento. Las oscilaciones del candil que los alumbraba imprimian un aire siniestro a sus fisonomías i retrataban sus formas en jigantescas dimensiones sobre la pared. El uno era corpulento i abundaba de salud; su frente abultada se dilataba hasta la mitad de la cabeza, por falta de cabello; pero a trueque de esto, tenia una barba espesa que sombreaba su roja i espaciosa cara, i el bigote le cubria enteramente la boca. El otro era un jóven de regular estatura, de aire macilento, pelo negro i abundante, pero sin barba; ojos hermosos i de un mirar fogoso i atrevido, nariz corva i pulida boca; está con su codo apoyado en la mesa i la mano en la mejilla, enteramente contraido a la narracion que de sus hechos le hace el primero, cuyo nombre, como sabemos, es don Juan de Silva.

La noche era horriblemente tempestuosa. El mar ajitado mezclaba el prolongado estruendo de sus olas al estampido del trueno que se repetia a cada momento con mas fragor: un viento caliente, anuncio infalible de la tempestad, zumbaba sordamente en los techos i los sacudia a manera de un terremoto. La oscuridad era tan densa que el mundo parecia perdido en un caos insondable i espantoso.

Son las diez: los dos alféreces se levantan, apuran el último trago que les quedaba en la bota, i salen con sus espadas i dagas. No se divisaban en las calles ni edificios ni alma viviente: la poblacion estaba en silencio, porque el repentino cambio del tiempo habia puesto fin a los regocijos de aquel dia.

Llegaron ámbos a un sitio próximo a la ribera del arroyo i allí se pararon: Alonso propuso a su compañero que se pusiera cada uno su pañuelo atado al brazo, para no desconocerse en lo que pudiera ofrecerse, a causa de la oscuridad, i así lo hicieron.

Largo trecho hacia que esperaban, cuando una voz, conocida por la de don Francisco de Rojas, dijo—¡don Juan de Silva!

Don Juan respondió—¡Aquí estoi!

Metieron ámbos mano a las espadas i se embistieron rabiosos, miéntras los dos testigos permanecian quietos en sus puestos. Fueron bregando sin que ninguno cediera al otro, i la luz siniestra del relámpago brillaba en sus espadas i mostraba a cada combatiente la situacion de su adversario.

Un trueno revienta con fragor terrible casi sobre las cabezas de los que reñian, i al mismo tiempo un hondo quejido muestra a Diaz que su amigo estaba herido: púsose luego a su lado, i al punto el otro, al lado del caballero de Rojas: entónces el combate se hizo jeneral, sin que una de las dos parejas estorbase a la otra.

A poco andar, cayeron los dos primeros; i Alonso con su enemigo continuaron tirándose tajos con furor i con destreza. El uno dobla sus rodillas i suelta la espada diciendo:—¡Ah! traidor, ¡que me habeis muerto!

Alonso, que era el vencedor, pregunta ¿quién sois vos?... i el moribundo responde:

—¡Don Miguel de Erauso!...

Los tres caidos pedian a voces confesion, i Alonso, atónito i casi sin sentido, corre a San Francisco, les envia dos relijiosos i se encierra en su celda. Los dos primeros espiraron en el acto i el secretario de guerra fué conducido a casa del gobernador.

Allí se le ofrecieron los ausilios del arte, e inmediatamente se dió principio a la sumaria para indagar quién era el que sobrevivia i someterle a la justicia. El capitan don Miguel lo declaró todo, ménos el nombre de su vencedor. El gobernador increpábale su reserva, pero nada pudo alcanzar.

Así hubiera permanecido libre Alonso, si en un momento de delirio, don Miguel, que porfiaba con el doctor Robledo por que le diese a beber vino, no hubiera esclamado:

—¡Mas cruel sois, doctor, que el alferez Diaz, que me ha herido!

Luego murió, i el gobernador pasó la noche en vela, preparándose para hacer al otro dia la justicia que todos sus oficiales i los principales vecinos le pedian contra el desgraciado Alonso.

IV

El cadalso está preparado en el centro de la plaza de Concepcion; las tropas lo rodean i un numeroso concurso vaga en silencio por los alrededores. El dia se avanza i el reo todavía no parece.

El gobernador se paseaba pensativo en el salon de su despacho, esperando el resultado de la tercera i última intimacion que habia hecho a frai Francisco de Otárola, provincial de la órden seráfica, para que entregase al reo Alonso Diaz, asilado en su convento. Al fin aparece el oficial mensajero, trayendo por respuesta una redonda negativa del provincial.

El gobernador se hace seguir de su guardia de piqueros i marcha al convento, resuelto a allanarlo para sacar por sus propias manos al reo. Llega; se manda abrir las puertas, le resisten; las hace derribar, penetra con espada en mano i encuentra a la comunidad que le cierra el paso con sus brazos cruzados sobre el pecho i la capucha calada; pretende abrirse paso i los frailes, con tono humilde, le intiman que no volverá a salir Su Merced ni sus tropas, si se atreven a violar su asilo.

En tanto, el provincial contiene al alferez Alonso, que, con espada en mano, quiere él solo impedir la entrada del gobernador; le insta, le ruega que s e salve i que evite una profanacion de la santidad del claustro; i miéntras que su comunidad resiste humildemente en la puerta, el santo prelado consigue, casi por fuerza, que Alonso escale las tapias del jardin i salte a la calle.

Despues de un largo altercado, el Capitan Jeneral, aconsejado por el jesuita Valdivia, se resuelve a respetar la inmunidad eclesiástica, tan consagrada por las leyes de entónces, i se retira confiado en la promesa que le hacen los franciscanos de que el reo será enjuiciado por sus trámites i segun los fueros de la Iglesia.

Alonso perturbado en la calle, penetra en una casa cuyos departamentos le son desconocidos: vaga, largo rato cautelándose, sin encontrar a nadie, i despues entra en una sala cuyas puertas i ventanas estaban entornadas. Una mujer cae exánime gritando ¡el asesino! i otra cubierta de luto se reclina sobre ella a prestarla ausilios....

Alonso permanece en pié, helado, con una especie de pavor que jamas ha sentido, sin poder proferir una palabra: acaba de ver caer a Anjelina i miraba a la hermosa doña Ines, que tambien le ha reconocido.

A ese tiempo resonaban en la calle los clarines de los tercios que se retiraban de la plaza, i los gritos i algazara del pueblo que los acompañaba a sus cuarteles.

Vuelta en sí Anjelina, i despues de un profundo i significativo silencio, durante el cual permanecieron los tres mirándose de hito en hito, como espantados, Alonso se arroja a los piés de las dos damas, que estaban fuertemente abrazadas; i sollozando, con voz ahogada i balbuciente:

—¡Perdon, perdon, las dice, no para un criminal, sino para... para la mujer mas desgraciada que jamas la tierra sustentó!!...

—¡Mujer! repiten ambas horrorizadas i retrocediendo como si huyeran de un espectro.

—Mujer, sí, ¡la mas infeliz!...

En esta situacion permanecieron sin proferir mas palabras, hasta que doña Ines, rompiendo en amargo llanto, levantó al alferez del suelo en que yacia, preguntándole:

—¿Quién sois? decídmelo sin engaño.... ¡no añadais el escarnio a mis tormentos!...

—¡Soi doña Catalina de Erauso, nacida de nobles padres en San Sebastian! Pasé mi niñez en un convento, de donde me fugué a tiempo de profesar. Vagué por la España, en traje de hombre, hasta que la suerte me atrajo a estas rejiones, en donde fuí arrastrada por la fortuna a tomar la carrera de las armas. Vosotras conoceis mis hazañas i ahora sois las únicas depositarías de mi secreto... Maté a vuestro hermano, doña Ines, porque le amaba con delirio i me sentia arrebatada por los celos: yo no podia hacerme amar de él, pero tampoco podia sufrir que entregase su corazon a otra. Por eso os engañé: vos me amasteis, me lo disteis a conocer, i yo no podia desecharos, porque habria perdido al ídolo de mi corazon. Un arrebato de los celos, un momento de vértigo me hizo cometer aquel crímen que lloraré toda mi vida... ¡Perdonadme, doña Ines!... Vos sois la única que puede absolverme acá, para que Dios me perdone en el cielo: si vos me condenais, él tambien me condenará...

—¡I mi padre, mi anciano padre! interrumpió doña Ines.

—¡Yo no he muerto a vuestro padre: el honor, un compromiso me arrastró a ser testigo de su duelo, que ojalá jamas lo hubiera sido! Allí encontré a un hombre, un hombre con quien debia batirme tambien, sin saber quién era; le dí la muerte batallando lealmente, ¡pero ese hombre, doña Ines, era mi hermano, mi protector!... el amigo que me habia favorecido sin conocerme... ¿Quereis mayor espiacion? ¿No es este un castigo de Dios? ¡Mil vidas daria por volverle la que le quité!... ¡¡el cadalso es poca afrenta, no es castigo para mí!!... yo merezco mas... yo no debí huir... ¡¡Aquí, aquí, estoi!!...

I diciendo esto quiso correr hácia la puerta i cayó sin sentido...

V

Son las diez de la noche: la ciudad está en silencio i sus calles desiertas.

Tres mujeres se ven atravesar con paso ajitado i sin hacer ruido alguno. Pasan el arroyo que separa a San Francisco de la vereda del sur.

Al llegar a cierto paraje, donde se encuentran algunos avellanos silvestres que se empinan jigantescos, robustos e inmobiles, una de ellas se arroja de rodillas a los piés de una de las otras.

—Aquí es, doña Ines, la dice, ¡¡donde debeis darme vuestro perdon!!...

Doña Ines la levanta i sollozando le responde: ¡Dios te perdone!...

En aquel sitio habian caido la noche anterior don Francisco de Rojas, don Juan de Silva i don Miguel de Erauso.

Las tres se arrodillan de nuevo: pasan algunos momentos durante los cuales el aura lleva algunos suspiros ardientes i varias palabras misteriosas, i las tres continúan su camino. Trasmontan la colina en que estaba la Hermita i desaparecen.

En las altas horas de la noche, se ven tres jinetes acercándose al Biobio, que en aquellos momentos está abundante i majestuoso por el flujo de la mar. Cruzan la ancha ribera i llegan a la orilla, en que las aguas jugueteaban silenciosas. Eran las mismas mujeres que ántes habian salido de la ciudad.

Allí está un hombre con un caballo enjaezado i algunas armas en la mano. Una de las mujeres arroja su traje, se ciñe la espada i dando un abrazo mudo i tierno a cada una de sus compañeras, monta el corcel i se precipita a las ondas.

Las dos que quedan en la orilla miran con solicitud a la que se retira...

Ya no se ve mas que un punto negro allá a lo léjos, en la superficie de las aguas, que reflejan las estrellas de los cielos.

El punto desaparece: no se oye mas que el murmurio de las corrientes que juguetean en las arenas. Las dos se postran i rezan...

Despues de una prolongada angustia, se oye en la ribera opuesta un tiro de arcabuz.

Esa señal significa que se ha salvado la Monja Alferez.

ROSA.

(Episodio histórico)

I

El once de febrero de 1817 la poblacion de Santiago estaba dominada de un estupor espantoso. La angustia i la esperanza, que por tantos dias habian ajitado los corazones, convertíanse entónces en una especie de mortal abatimiento que se retrataba en todos los semblantes. El ejército independiente acababa de descolgarse de los nevados Andes i amenazaba de muerte al ominoso poder español: de su triunfo pendia la libertad, la ventura de muchos, i la ruina de los que, por tanto tiempo, se habian señoreado en el pais; pero ni unos ni otros se atrevian a descubrir sus temores, porque solo el indicarlos podria haberles sido funesto.

La noche era triste: un calor sofocante oprimia la atmósfera, el cielo estaba cubierto de negros i espesos nubarrones que a trechos dejaban entrever tal cual estrella empañada con los vapores que vagaban por el aire. Un profundo silencio que ponia espanto en el corazon i que de vez en cuando era interrumpido por lejanos i tétricos ladridos, anunciaba que era jeneral la consternacion. La noche, en fin, era una de aquellas en que el alma se oprime sin saber por qué, le falta un porvenir, una esperanza; todas las ilusiones ceden: no hai amigos, no hai amores, porque el escepticismo viene a secarlo todo con su duda cruel; no hai recuerdos, no hai imájenes, porque el alma entera está absorta en el presente, en esa realidad pesada, desconsolante con que sañuda la naturaleza nos impone silencio i nos entristece. Temblamos sin saber lo que hacemos, el zumbido de un insecto, el vuelo de una ave nocturna nos hiela de pavor i parecen presajiarnos un no sé qué de siniestro, de horrible...

Eran las diez: las calles estaban desiertas i oscuras; solo al pié de los balcones de un deforme edificio se descubria, envuelto en un ancho manto, un hombre que, a veces apoyado en la muralla i otras moviéndose lentamente, semejaba estar en acecho.

De repente hiere el aire el melodioso preludio de una guitarra, pulsada como con miedo, i luego una voz varonil, dulce i apagada deja entender estos acentos:

¿Qué es de tu fé, qué se ha hecho
El amor que me juraste,
Rosa bella?
Acaso alienta tu pecho
Otro amor i ya olvidaste
Mi querella?

¿No recuerdas, linda Rosa,
Que al separamos jurabas,
Sollozando,
Amarme siempre, i donosa
Con un abrazo sellabas
Tu adios blando?

Como entónces te amo ahora,
Porque en mi pasada ausencia;
A mi lado,
Te soñaba encantadora
Compartiendo la inclemencia
De mi hado.

Torna, pues, a tus amores
No deseches mi quebranto;
Que muriera,
¡Si ultrajáras mis dolores,
Si desdeñáras mi llanto!
¡Hechicera!...

Pone fin a las endechas un lijero ruido en los balcones i un suave murmullo que, al parecer, decia:

—¡Cárlos, Cárlos! ¿Eres tú?

—Sí, Rosa mia, yo que vuelvo a verte, ¡a unirme a tí para siempre!

—¡Para siempre! ¿No es una ilusion?

—Nó: hoi que vuelvo trayendo la libertad para mi patria i un corazon para tí, alma mia, tu padre se apiadará de nosotros: yo le serviré de apoyo para ante el gobierno independiente, i él me considerará como un marido digno de su hija...

—¡Ah! no te engañes, Cárlos; ¡que tu engaño es cruel! Mi padre es pertinaz, te aborrece porque defiendes la independencia, tus triunfos le desesperan de rabia...

—Yo le venceré, si tú me amas; prométeme fidelidad, i podré reducirle...

—Espera un instante, ¡que en ese sitio estás en peligro!

El diálogo cesó. Despues de un tardío silencio, se ve entrar al caballero del manto por una puerta escusada del edificio, la cual tras él volvió a cerrarse.

Pero la calle no queda sin movimiento; a poco rato se vislumbra un embozado que sale con tiento de la casa, desaparece veloz, i luego vuelve con fuerza armada, i ocupa las avenidas del edificio: voces confusas de alarma, de súplica, ruido de armas, varios pistoletazos en lo interior, turban por algunos momentos el silencio de la ciudad.

Una brisa fresca del sur habia despejado la atmósfera, las estrellas brillaban en todo su esplendor i la luna aparecia coronando las empinadas cumbres de los Andes; su luz, amortiguada i rojiza, contrastaba con la oscura sombra de las montañas i les daba apariencias jigantescas i siniestras.

El chirrido de los cerrojos de la cárcel i de sus ferradas puertas resonó en la plaza: un preso es introducido a sus calabozos...

II

A la una del dia doce, estaba sentado a la mesa con toda su familia el marques de Aviles. Uno de los empleados del gobierno real acaba de llegar.

—¿Qué nos dice de nuevo el señor asesor? pregunta el marques.

—Nada de bueno: los insurjentes trepaban esta mañana a las siete la cuesta de Chacabuco: nuestro ejército los espera de este lado, i en este momento se está decidiendo la suerte del reino, señor marques. Entre tanto, ¿V. S. no ha leido la Gaceta del Rei?

—No, léala usted i veamos.

—Trae la misma noticia que acabo de dar a V. S. i este párrafo importante.

—El Asesor lee:

«Anoche ha sido aprehendido, en una casa respetable de esta ciudad, el coronel insurjente Cárlos del Rio. Se sabe de positivo que este facineroso ha sido el vencedor de nuestras avanzadas en la cordillera; i que juzgando el insolente San Martin que podia sacar gran ventaja de la audacia i sagacidad de este oficial, le ha mandado a Santiago con el objeto de ponerse de concierto con los traidores que se ocultan en esta ciudad. Pero la Providencia divina, que proteje la causa del Rei, nuestro señor, puso en manos del gobierno el hilo de esta trama infernal, i uno de los mejores servidores de S. M. entregó anoche al insurjente, el cual se habia atrevido a violar el asilo de aquel señor con un objeto bien sacrílego. S. M. premiará a su debido tiempo, tan importante servicio, i el traidor espiará hoi mismo su crímen en un patíbulo, a donde le seguirán sus cómplices...»

Aquí llegaba la lectura del Asesor, cuando Rosa, que estaba al lado de su padre el marques, cae desmayada, lanzando un grito de dolor. Todos se alarman, la marquesa da voces, el Asesor se turba, unos corren, otros llegan; solo el marques permanecia impasible, i diciendo al Asesor:

—No se fije usted en esta loca, yo he sido quien ha prestado al Rei ese servicio, yo hice aprehender aquí, en mi casa, a ese insurjente que me traia inquieta a Rosa de mucho tiempo atras; ¡qué quiere usted! ¡casi se criaron juntos! La frecuencia del trato, ¿eh?... El muchacho se inquietó con los insurjentes, yo le arrojé de mi presencia i ¡hoi ha vuelto a hacer de las suyas!

Despues de algunos momentos, merced a los ausilios de la marquesa, Rosa vuelve en sí: sus hermosos ojos humedecidos, su color enrojecido, sus lábios trémulos, su cabellera desarreglada, sus vestidos alterados, todo retrata el dolor acerbo que desgarra su corazon: es un ánjel que llora, que pide compasion i que solo obtiene por respuesta una sonrisa fria, satánica....

—¡Padre mio, dice arrodillada a los piés del mar ques, yo juro no unirme jamas a Cárlos, pero que él viva!... Un sollozo ahoga su voz.

—Que él muera, replica el anciano friamente, porque es traidor a su Rei.

—¿No os he dado gusto, padre mio? ¿No me he sacrificado hasta ahora por respetaros? Me sacrificaré mas todavía, si es posible, pero ¡que él viva!

—¡Vivirá i será tu esposo, si reniega de esa causa maldita de Dios que ha abrazado, si vuelve a las filas de su Rei!... El anciano se conmovió al decir estas palabras.

Rosa se levanta con una gravedad majestuosa, i como dudando de lo que oye, fija en su padre una mirada profunda de dolor i de despecho, i concluye esclamando con acento firme:

—¡Nó, señor! quiero mas bien morir de dolor, i que Cárlos muera tambien con honra por su patria, por su causa: yo no le amaria deshonrado...

Desapareció. Un movimiento de espanto, como el que produce el rayo, ajitó a todos los circunstantes...

* * *

Las tinieblas de la noche iban venciendo ya el crepúsculo, que hacia verlo todo incierto i vago.

Habia gran movimiento en el pueblo, el susto i el contento aparecian alternativamente en los semblantes, nadie sabe lo que hai, todos preguntan, se inquietan, corren, huyen; el tropel de los caballos i la algazara de los soldados de la guarnicion lo ponen todo en alarma. La jente se apiña en el palacio, el Presidente va a salir, no se sabe a dónde: allí están el Marques, la Marquesa, el Asesor i otros muchos de los principales.

Rosa aprovecha la turbacion jeneral, sale de su casa disfrazada con un gran pañolon: oye vivas a la patria, sabe luego que los independientes han triunfado en Chacabuco, i corre a la cárcel a salvar a su querido: llega, ve todas las puertas abiertas, no halla guardias, todo está en silencio, los calabozos desiertos; corre despavorida, llama a Cárlos, solo le responde el eco en las ennegrecidas bóvedas. Penetra al fin en un patio: allí está Cárlos, el pecho cruelmente desgarrado, la cabeza inclinada i atado por los brazos a un poste del corredor... ¡Una hora ántes le habian asesinado los cobardes satélites del Rei!

Rosa toma entre sus manos aquella cabeza que conservaba todavía la bella espresion del alma noble, intelijente, del bizarro coronel; quiere animarla con su aliento ... se hiela de horror ... vacila i cae de rodillas... Una mano de fierro la levanta, era la del Marques que con voz trémula i los ojos llorosos le dice:

¡Respeta la voluntad de Dios!

III

Era el 12 de febrero de 1818: el ruido de las campanas, las salvas de artillería, las músicas del ejército, los vivas del pueblo que llena las calles i plazas, todo anuncia que ¡se está jurando la Independencia de Chile!

¡La patria es libre, gloria a los heroes que en cien batallas tremolaron victoriosos el tricolor! ¡Prez i honra eterna a los que derramaron su sangre por la libertad i ventura de Chile!...

En el templo de las Capuchinas pasaba en ese instante otra escena bien diversa: las puertas estaban abiertas, los altares iluminados, algunos sacerdotes celebrando; una que otra mujer piadosa oraba. Las monjas entonaban el oficio de difuntos, su lúgubre campana heria el aire con sones plañideros. En el centro del coro se divisaba, al traves de los enrejados, un ataud...

Ese ataud contenia el cadáver de la hija del Marques de Aviles; estaba bella i pura como siempre, i su frente orlada con una guirnalda de rosas.

DON GUILLERMO

(1860)

Quid Romæ faciam, mentiri nescio.
Juv.

I. El Aguila

Mui mal pintada era la que llenaba una gran enseña que estaba enclavada encima de una puerta de la calle de Cochrane, en Valparaiso; pero en su pechuga, i como guarecido por sus enormes alas, mostraba un escudo en forma de corazon azul, tachonado de estrellas blancas, que bien decian que el dueño de la fonda de adentro era uno de esos orgullosos ciudadanos de la feliz rejion de América que riegan el San Lorenzo i el Mississippi.

En una tarde de invierno húmeda i nebulosa, trasminaba aquel caramanchel de un espresivo olor a café, que provocaba i atraia a cuantos marineros navegaban el lodo de aquellos andurriales. Yo, que habia lanzado en ese océano las enormes lanchas que llevaba por zuecos, caí tambien en la tentacion i me zampucé en la ahoyada fonda, no sin que el umbral me descubriera la cabeza e hiciese rodar mi sombrero por el barro, pues aquella puerta estaba calculada para hombres bajos i de gorra de lana, i no para los que, aunque pigmeos, cubrimos nuestras cabezas con un cubo de felpa.

Esto supuesto, imajinaos cuál no seria mi admiracion al ver en el recinto de la sala junto a una mesa a un enorme yankee plegado en tres dobleces sobre la silla que le servia de sustentáculo, i pendiente de una nariz colosal que podria haber servido de centro i arco a dos ojos del puente grande del Mapocho.

Lo primero que se me ocurrió, despues de mi sorpresa; fué preguntarme por dónde habria entrado allí aquel jigante. Pasé en revista puertas i ventanas, tragaluces i escotillas, todos los agujeros de la fonda; i se aumentó mas mi confusion cuando ví que por la mayor de aquellas avenidas, apénas cabia la nariz de mi hombre. Decididamente, le habian puesto allí para edificar la casa. Solo cuando se me vino esta reflexion, digna de Descartes, me tranquilicé, cual el porfiado matemático que no se tranquiliza, sino despues de haber resuelto un problema, haciendo un millon de garabatos.

Entónces pensé en acercarme a aquella maravilla para verla, oirla i palparla; i así como que no quiere la cosa, me senté a su mesa con gran confianza. Una mirada tranquila i llena del portentoso yankee me inundó todo entero. Quedé calado, es decir, conocido hasta el fondo: i le inspiré la misma simpatía que él habia despertado en mi corazon.

«Mozo, traiga usted café», esclamé casi asustado; i mi vecino, poniendo su enorme cachimba entre sus enormes lábios, volvió a mirarme con agrado, como si se alegrara de retirar su vista de los grotescos marineros que llenaban el recinto i espesaban la atmósfera con sus emanaciones tabacosas.

El no era marinero, visiblemente: su porte era grave, semblante pálido i sereno, sonrisa natural en su boca, pelo a la Caracala, i su cuerpo antidiluviano envuelto en un hermoso sobretodo camaleon a la Benjamin Constant. Tenia delante su café casi agotado, i mas que destilada una botella que debió ser de jinebra, cuando se la pasaron llena.

El vapor embalsamado del café que me servian flotó entre nuestras caras, pero sin ocultarme su nariz; nos mirábamos al traves, i ámbos aspirándolo esclamamos: ¡Qué café! El con voz baja, sin duda por temor de hacer estallar los vidrios a soltarla entera, i yo en mi tiple usual. Estaba establecida la corriente eléctrica de la amistad con aquella sola esclamacion en que se habian encontrado nuestros bellos espíritus: nos comprendiamos; pero yo si que comenzaba a dudar de la solucion de mi problema i no acababa de comprender cómo habia entrado allí aquel hombre acompañado de su nariz i de su paltó.

—¡Qué buen café! me dijo, con un acento casi paternal.

—Excelente, le repliqué, i como estaba yo preocupado con mi problema, agreguéle esta pregunta—¿Ha entrado usted a tomarlo?

—Sí, señor, desde que salí, acostumbro entrar aquí todas las tardes a tomar este buen café. ¡Hacia tantos años, tan largos años que no lo tomaba! esclamó con acento dolorido.

—¿Usted sale? le pregunté yo sorprendido, ¿entra a tomar este buen café?

—Sin duda, me replicó; desde el primer dia de mi salida, pasé en la tarde por aquí, por recorrer las calles, i el aroma de este café despertó mi antigua aficion a tan rica bebida, i me entré sin titubear. Pedí café, i bebí cuanto me sirvieron. ¡Hacia tantos años que no gustaba este néctar celestial!...

—¿Por dónde entró usted?

—Por la misma puerta que usted, i sin perder el sombrero, como usted.

—¡Cosa estraña! Es tan baja esa puerta, i esta casa es tan estrecha que...

—Sí, pero no hai estrechuras para quien ha vivido tantos años como yo bajo tierra, dijo dando un suspiro de lo mas hondo de su pecho.

—Ya... No le será difícil a usted entrar por cualquier parte, ¿no es esto? ¿Pero ha entrado usted por allí? dije, señalándole la puerta.

El hombre volvió entónces a inundarme con una mirada, requirió su cachimba, cabalgó su pierna derecha sobre la izquierda, i como descontento de mi estupidez miró a otra parte.

—¿Es usted chileno? me preguntó mirándome de reojo.

—Neto, le respondí con orgullo.

—Se conoce, me dijo, lanzando una bocanada de humo, i escanciándose el concho de su cafetera en la taza. Volvió a suspirar, i despues de una pausa, que me tenia aterrado, tornó a mirarme con amor, i agregó: ¿Conoce usted los restaurants de la ciudad? ¿Sabe usted dónde se sirva tan buen café, con mas decencia i con ménos concurrencia de marineros?

—No, señor, pero es probable que en casa de Guinodie se halle tan bueno como aquí.

—¿Será algun restaurant frances el que usted me nombra?

—Sí, caballero; el mejor, segun creo, de la ciudad.

—No me gusta; será farsa de café lo que allí sirven: prefiero tomarlo bajo el pabellon de las estrellas, aunque sea entre marineros; al fin estos son hombres que andan sin máscara, i que no están en escena, sino cuando se columpian en las gavias tomando o soltando rizos.

—No ha entrado usted nunca al café de Guinodie?

—No, sin duda, desde que salí no he entrado mas que aquí, i al hotel de Europa donde alojo.

—Sí, eso se comprende, el hotel de Europa es el que está en la plaza Municipal, uno de puerta mui grande i de patio, ¿no es así, caballero?

—Justo, ese es el hotel de Europa. Pero al parecer usted está preocupado, jóven, con las puertas anchas i las pequeñas. ¿Le ha causado mucha impresion el coscorron que se dió en el umbral de ésta al entrar? Serénese usted, nadie se fijó en eso, i aquí entre ingleses no tiene usted que temer. Nosotros no nos curamos de los golpes que cada hijo de vecino se da donde puede. Cada uno es dueño de golpearse cuando Dios le deja de su mano.

Este lenguaje me sorprendió. ¿Quién será este hombre? decia yo entre mí. Yo le he tomado por yankee al ver su estravagante figura, i sin embargo, él habla de Dios, cosas poco conciliables, a no ser que sea un yankee rico, que son los únicos que creen en Dios, porque necesitan ser ricos para pensar en tener una relijion. Ahora se hace el ingles, i eso es mas difícil de creer, porque un ingles no habla jamas el español, como este lo habla, a no ser que haya nacido en Jibraltar o en otra parte de la Península. ¿Quién será este hombre? Estas reflexiones me calentaban la cabeza, i para salir de una vez de mis aprietos, hube de abordar de frente la dificultad.

—¿Es usted norte americano? le pregunté.

—Por afeccion i casi por principios, porque he pasado en Estados Unidos lo mejor de mi vida, ántes de venir a Valparaiso.

—¿Está usted aquí mucho tiempo ha?

—No tengo cuenta del tiempo que hace. He sabido despues de mi salida que está corriendo el año 41, i solo ahora principio a contar fechas.

—¿Pero ha estado usted siempre en Valparaiso?

—Supongo que sí, porque fué aquí donde llegué de Inglaterra, mi patria: aunque el Valparaiso de hoi no es ni siquiera una sombra del Valparaiso que ví a mi llegada.

—¿Piensa usted permanecer aquí?

—No precisamente aquí, porque debo principiar desde mañana una eterna peregrinacion entre Valparaiso i Santiago.

Volví a callarme, confuso con semejantes respuestas, ¡Quién es este hombre, Dios mio! esclamaba en el fondo de mi alma, ¿Cómo podré descubrirlo? ¿De dónde ha salido? ¿Qué ocupacion tiene? Abismado estaba yo en mis reflexiones, cuando él se levantó pagó su puesto i salió despidiéndose de mí con una insinuante cortesía.

No quedé ménos asombrado, cuando advertí que no tenia la talla estraordinaria que yo le habia visto, sino un cuerpo airoso, elegante i de una altura no tan enorme. Su andar era grave, de paso largo i casi rápido. Llegó a la puerta i la salvó con mas facilidad que yo dejándome abrumado bajo el peso de mi curiosidad.

II. La segunda tarde

La curiosidad suele ser una pasion en algunos, aunque siempre lo es en todas: la caja de Pandora fué abierta por pura curiosidad; la primera manzana que se gustó en el mundo fué comida tambien por pura curiosidad. Es verdad que fueron mujeres las que tales atentados cometieron; pero tambien es cierto que los hombres no les van en zaga; con la diferencia de que la historia no nos señala grandes crímenes cometidos por curiosidad, cuyo autor no sea una mujer. Testigo, el pecado de comer manzanas, que ha cundido desde la madre Eva, que dió el ejemplo, hasta nuestros dias, de un modo espantoso i con un contajio inevitable, que no perdona edad ni sexo.

No es tan peor que la curiosidad no produzca tales estragos cuando anima a los hombres: al fin no les pica a estos sino por esplorar i descubrir rejiones desconocidas, donde no pocas veces se pierden, como Sir John Franklin en las nieves polares, i tantos otros que en alas de la filosofía o en los lomos del Pegaso han ido a parar a las mas ardientes alturas de una cabeza caliente.

Como quiera que sea, la curiosidad es el instinto mas útil que tiene la especie humana: sin él no habriamos habitado este mundo del bien i del mal, i habriamos tenido que pudrirnos en la eterna primavera del paraiso terrenal; sin él careceriamos de tantos descubrimientos como han hecho los curiosos en los dominios del espíritu i en las rejiones del globo.

Ese instinto me disculpe, pues al dia siguiente de mi escena con aquel hombre tan curioso, yo no pensaba, ni veia, ni oia, ni hacia cosa alguna que no fuese para satisfacer la ardiente curiosidad con que tal ente me habia contajiado. En la tarde de ese dia llovia, como es uso en Valparaiso, de atravieso, i de arriba abajo, i aun de abajo para arriba, en fuerza de un huracan antojadizo que soplaba sin sujetarse a lei ni a regla ninguna: entónces no sirven zuecos ni paraguas, sino una buena resolucion para lanzarse en aquellas calles, que rivalizan con el mar por sus corrientes. Tuve esa resolucion, i a las cuatro estaba ya instalado en la misma mesa del Aguila, donde habia conocido al objeto de mi pasion.

La fonda estaba poco visitada, i el patron mascaba tabaco, apoyando toda su mole sobre sus propios brazos, que tenia cruzados i juntos sobre el mostrador, a cuyo respaldo estaba en pié. Miraba tristemente a la puerta, por donde entraban a veces en lugar de parroquianos, fuertes ramalazos de lluvia impelidos por el viento. Su mirada era fija i parada, como de ojos sin vida, su rostro era atezado, redondo i peludo, cruzado por una ancha boca de la cual arrojaba amenudo torrentes de zumo de tabaco mascado. Un gorro lacre de marinero coronaba aquel cuadro.

Pasada una hora comencé a desesperar de mi esperanza, i como habia bebido i pagado bastante café, me creí con derecho de interpelar al patron; i lo hice mui afablemente, hablando del tiempo, tema obligado en todos los casos en que no hai de que hablar, o en que uno necesita introducirse a platicar con otro. Mas el patron no me respondió: lo único que hizo fué mirarme con ese desprecio con que los ingleses o sus descendientes los yankees, miran a todos los que les hablan en español. Picado un poco mi amor propio, volví a levantar la voz, repitiendo en ingles lo que ántes habia dicho en español: el patron, entónces, soltó las amarras a sus ríjidas e inmóviles facciones, i tejió conversacion con la mayor familiaridad, como si estuviera con un antiguo conocido.

—Dígame usted ¿quién es ese hombre con quien tomé café ayer en esta mesa?

—¡Oh! ese es un hombre que ha venido varias veces a tomar café al Aguila.

—¿No le conoce usted?

—¡How! sí, mucho: hace dias que viene aquí, i todos mis parroquianos le han visto tomar café i jinebra.

—¿Cómo es su nombre?

—Mr. Livingston. ¡Oh! paga mui bien i bebe mucho, i paga siempre en onzas antiguas.

—¿Pudiera usted darme noticias de él?

—¡Oh! Mr. Livingston toma mucho café, parece un frances, pero paga mui bien.

—¿Mr. Livingston es ingles?

—¡Oh! Habla ingles mui bien.

—¿De dónde ha venido aquí?

—Viene del hotel de Europa, todos los dias a tomar café.

—¿Pero de dónde, de qué pais ha venido a Valparaiso?

—¡How! Mr. Livingston ha llegado mucho tiempo ha; pero solo en estos últimos dias se ha hecho parroquiano del Aguila, por el buen café que aquí se sirve.

Cansado ya de interrogar a aquella mole tabacosa, i sin esperanzas de adelantar en mis investigaciones, determiné irme al mismo hotel de Europa, resolucion suprema, que me presentaba el camino mas corto para llegar a mi descubrimiento. Despedíme del patron, i eché a nadar hácia la plaza de la Municipalidad. El patio del hotel estaba inundado i su escalera azotada por la lluvia; pero nada me arredró. Penetré por pasadizos oscuros i silenciosos hasta el hogar de la patrona, conducido por un muchacho de la casa.

Era aquella una francesa, con gorra por supuesto, i de formas ópticas mui raras, pues representaba ni mas ni ménos una de esas muñecas encaramadas en una bala, que se mueven en todas direcciones, segun el impulso. Sin poderme definir su aspecto i sin darme cuenta de sus líneas, porque la luz era mui opaca, me le fuí al abordaje inmediatamente, con la palabra se entiende: ella me recibió el ataque con una inundacion, con un diluvio de frases de todos calibres, que, aseguro, me aterró; i si mi curiosidad no hubiera sido tan grande, me habria dado por derrotado por aquella voz tiple, que salia de una larinje que no tendria ménos de setenta años de uso continuo.

Al nombrarle a Mr. Livingston, ella, como si hubiese estado enamorada del ingles, suspiró con ternura, i entre esclamaciones i aspavientos me aseguró que habia partido esa misma mañana para Santiago, sin mas ropa que su sobretodo i una frazada; i como se suelta la tarabilla, cuando principia a rodar la piedra del molino, ella se soltó diciendo:—«I mire usted, caballero, don Guillermo, que así se llama Mr. Livingston, no se ha ido como quien es, sino a pié, a pesar de que tiene bastante dinero para pagar todos los carruajes que quiera. Tomó su ropa al hombro i con su cara siempre risueña echó a andar, despues de pagar su cuenta en el hotel. Mr. Livingston es hombre mui estraordinario, habla con los espíritus, no duerme, se rie solo, se pasea a la media noche, se encierra de dia, no tiene equipaje, i sin embargo le sobra el dinero en su faltriquera; habla todas las lenguas, todo lo sabe, no tiene curiosidad por nada, cuenta muchas historias, pero no habla con todos. Solo a mí me abria su corazon, solo conmigo conversaba; ya se ve, hace tantos años que nos conocemos... Cuando yo llegué a Chile con mi Ferran, siendo yo todavía mui jóven, él era cajero de la casa de Monsieur Waddington, i fué uno de los primeros huéspedes que tuvimos en el hotel de Francia, que estableció Ferran. Entónces le conocí, le traté i fuimos grandes amigos. Un dia de esos se desapareció de repente, i no volví a verle mas hasta hace pocos dias que se apareció aquí. Yo le hice saber que me hallaba viuda, porque a Ferran se le ocurrió destaparse la cabeza de un pistoletazo; le conté mi historia, él me oyó no mas, i hoi se ha ido sin volver a conversar mas de estas cosas»... La patrona dió un suspiro i yo me sentia mareado...

III. El camino de Valparaiso

No canto el polvo, nó, que envuelve a los viajeros en un dia de verano, ni aquellos interminables lodos en que se atascan en un dia de julio. Nó, eso seria cantar al gobierno o a sus injenieros, que se recrean en remover durante el buen tiempo cuanta tierra hai en el camino, o en acarrearla por carretadas, para que haga bastante barro en el invierno. Cada loco con su tema: yo respeto la de nuestros tutores, i por eso debo acatar tambien su ciencia de componer carreteras i de construir ferrocarriles: a bien que el costo no sale de su bolsa, sino de los ataditos que el pobre hace en la punta de un mal pañuelo, para tener con que pagar peajes, barreras i sisas.

Mi cantar no es en sí bemol, como se necesitaria para espresar las angustias del triste caminante que tiene que dejarse despeñar por aquellas cuestas, haciendo esguinces a las carretas que se agolpan, gozando de la plena independencia de locomocion que les deja la lei para andar como quieran en los caminos, rabie quien rabiare.

Mi cantar es ménos sério, ménos triste, pues templo i modulo mi rabel para recordar a todos cuantos han atravesado el susodicho camino de Valparaiso una cosa que todos han visto, en la cual todos han fijado su atencion, sobre la cual todos han discurrido a su modo por un momento, i la cual todos olvidan hasta que vuelven a verla otra vez.

Esa cosa es un hombre indefinible que marcha i marcha siempre a pié por las veredas del camino, haya sol o llueva a torrentes, haya lodo o tierra en que envolverse. El marcha siempre con paso igual i seguro, sin mirar a su alrededor, sin volver sus ojos a ninguna parte. Lleva la cabeza inclinada en ademan de ir absorto en un pensamiento terrible. Su tez es blanca, como la de los habitantes del norte de Europa, i sus lacias canas caen a confundirse con una barba blanca en que se divisan todavía los visos dorados de un cabello que fué rubio en otro tiempo. Su estatura elevada va un poco disimulada por una lijera inclinacion hácia adelante, i por una frazada que lleva colgada en el hombro. El largo i añoso poncho que le cubre deja ver a veces los faldones de un paletot, último recuerdo de una condicion perdida.

¿Quién es ese hombre? se preguntan todos los pasajeros que le encuentran o le alcanzan, i si la pregunta se dirijo alguna vez al cochero o postillon, el pregunton observa que el postillon o el cochero se recata un poco, se sonrie como con miedo, i agrega un no sé, o cuando mas esplícito anda, dice que es un ingles que anda siempre por el camino, que no pára en ninguna parte, i que apénas llega a Santiago, vuelve a salir para Valparaiso, i en esta ciudad entra tomando la playa, i sale en seguida sin que nadie sepa a dónde se dirije.

Alguna vez se presenta al caminante la ocasion de dirijir la palabra a aquel hombre raro; entónces vé un semblante apacible que se sonrie i unos ojos azules que miran con dulzura, pero no entiende las breves palabras que modula el peregrino, sin detener su paso rápido i firme. Si uno es bastante jeneroso para alargarle una moneda, el peregrino estiende la mano i la recibe, sin variar su actitud; i si el que ha usado esa jenerosidad, pudiera observar al peregrino mas adelante, le veria llegar a un rancho del camino, agasajar a los perros, acariciar a los niños i dar la moneda que acaba de recibir a alguno de los pobres habitantes de la choza, siguiendo despues su camino con el mismo paso firme i seguro que traia.

Pero sea dicho en verdad: no hai jente ménos observadora ni mas indiferente que la que transita aquel camino. Si el transeunte es chileno, ya se sabe que no se le ha de dar nada de nada, que mira sin ver lo que va encontrando, i que si ve lo que mira, no surje en su opaco espíritu ni una observacion, ni un pensamiento. Ni es mas observador si es estranjero: el ingles va despreciándolo todo i absorto en el negocio que le hace caminar: el yankee va despedazando el coche con su navaja, i mirando la comarca, se imajina como la escuatriaría si Chile se anexara a las estrellas: el frances va como una tarabilla i levantando el codo a cada instante para besar su botella; el aleman, va criticando cuanto mira; el español, contando andaluzadas o elojiando su península; i el italiano va cantando o platicando por boca i narices sobre la independencia de Italia.

Así es que el peregrino hace jeneralmente su camino como por un desierto; i tan seguro va de eso, que amenudo se rie solo i habla con los espíritus, sin curarse de los transeuntes: él es el señor del camino, está allí como en su casa, i conversa con los duendes que le asisten como si no estuviera en público.

Mas no se ha escapado de mi curiosidad, pues aunque pertenezco a la mas honorable de aquellas nacionalidades, i tengo mucho de su característica indolencia, poseo tambien bastante necedad para preciarme de que no se me va ninguna, i no era posible que el perpetuo viajero se escapase a mi curiosidad.

Así sucedió que estando yo de paso en Casa Blanca, i estacionado en la puerta de la posada de don Duardo, como le dicen los cocheros, admirando con todas las fuerzas de mi espíritu los insondables barriales de las calles de aquel pueblo en un dia de invierno, pasó por allí el peregrino con su cabeza inclinada i meditabunda, con paso tranquilo i seguro, como si pisara en un pavimento de mármol. Mi primera mirada cayó de lleno sobre su nariz, que era bastante hermosa para llevarse la preferencia, i luego la recorrí por la vasta mole de su cuerpo, creyendo reconocer al mismísimo hombre que tanto me habia interesado en otro tiempo en la fonda del Aguila. Quise llamarle por su nombre, pero algo misterioso debió operarse en mi espíritu en ese momento, porque me sentí mudo i sobre todo me creí atraido tras de los pasos del peregrino como por una fuerza irresistible.

Dí las órdenes convenientes a mi conductor para que, si no volvia a encontrarme, entregase mi equipaje en Santiago, i tomé la direccion a esta ciudad a pié, siguiendo al viajero a cierta distancia. Al salir de las goteras del pueblo, cosa que conocí, no por la ausencia de tejados, sino porque disminuia el barrial, apuré el paso, i llegando a una distancia conveniente de mi perseguido, esclamé:

—Don Guillermo, óigame usted una palabra.

El viajero paró, i volviendo hácia mí con benevolencia, me dijo:—Yo tambien le he reconocido a usted, a pesar de que no le he visto sino un sola vez en la fonda del Aguila: ¿qué quiere usted?

—Hacer el camino con usted para conversar largo, mui largo, porque me muero de deseos de ser su amigo....

—I de saber mi historia ¿no es esto? me interrumpió el peregrino sonriéndose.

No pude negárselo. Le confesé mi interes, mi curiosidad, i le rogué que me abriese su corazon como a un amigo. Muchas fueron las condiciones que me puso, muchas las pruebas que me exijió de lealtad, muchas las preguntas que me hizo para comprender mi carácter; pero ello es que marchamos juntos, i tardamos tres dias en llegar a la capital, tres dias durante los cuales ví i oí las cosas mas asombrosas que jamas he visto i oido, tres dias durante los cuales se trasformó cien veces Mr. Livingston, tres dias en fin en que yo fuí tambien a mi turno metamorfoseado a cada paso por mi compañero, i permanecí invisible para todo el mundo, hasta para mi cochero, que buscándome, me alcanzó i no me vió, dejándome abandonado en el camino.

Ahora, que me he humanizado de nuevo i que he recobrado mis facultades, voi a contar lo que oí i ví, por si hai curiosos, como yo, que deseen saber el sino de aquel hombre misterioso, o por si hai quien quiera leer cosas estupendas sin daño de nadie i sin peligro.

IV. La Cueva del Chibato

Para saber i contar i contar para saber que no ha mucho tiempo habia al pié de un cerro de la ciudad de Valparaiso una cueva al parecer mui somera, pero que en realidad era honda como la eternidad. Esta cueva estaba situada en el centro de la poblacion i en un paraje que era de paso obligado para todos los transeuntes, pues nadie podia ir del Puerto al Almendral i del Almendral al Puerto sin atravesar la estrecha garganta que formaba el cerro de la cueva con el mar, i sin mojarse a veces los piés en las olas que llegaban a estrellarse, en tiempos de crece, contra el morro.

Ahora ha variado todo eso, pues merced a la poderosa voluntad de un millonario, el morro fué recortado i la cueva tapiada i convertida en un sólido edificio de bóveda destinado a guardar los tesoros de un banco. Pero vamos hablando de los felices tiempos en que aquel Creso no habia cerrado todavía la cueva, para dejar en eterna prision lo que ella contenia. Entónces no habia la hermosa calle que hoi se ve allí, ni habia vecinos que habitasen los contornos, ni gas, ni aceite que alumbrase la oscuridad de las noches: así es que aquel paraje era peligroso a ciertas horas i no podia un cristiano arriesgarse a atravesarlo impunemente.

La poblacion entera de Valparaiso sabe que, en la época a que nos referimos, habia dado a la cueva su nombre i mucha celebridad cierto chibato monstruoso que por la noche salia de ella para atrapar a cuantos por allí pasaban. Es fama que nadie podia resistir a las fuerzas hercúleas de aquel feroz animal, i que todos los que caian en sus cuernos eran zampuzados en los antros de la cueva, donde los volvian imbunches, si no querian correr ciertos riesgos para llegar a desencantar a una dama que el chibo tenia encantada en lo mas apartado de su vivienda.

Los que se arrojaban a correr aquellos peligros tenian que combatir primero con una sierpe que se les subia por las piernas, i se les enroscaba en la cintura i en los brazos i en la garganta, i los besaba en la boca; despues tenian que habérselas con una tropa de carneros que los topaban, atajándoles el paso, hasta rendirlos; i si triunfaban en esta prueba, tenian que atravesar por entre cuervos que les sacaban los ojos, i por entre soldados que los pinchaban. De consiguiente, ninguno acababa la tarea i todos se declaraban vencidos ántes de llegar a penetrar en el encanto. Entónces no les quedaba mas arbitrio para conservar la vida que dejarse imbunchar, i resignarse a vivir para siempre como súbditos del famoso chibato, que dominaba allí con voluntad soberana i absoluta, como muchos sultanes de este mundo.

Es pues escusado decir que nadie volvia de la cueva a referirnos sus misteriosas peregrinaciones, i que todas esas historias que contaba el pueblo se sabian solo por revelacion o intuicion. Pero lo cierto es que casi no habia familia que no contase la pérdida de algun pariente en la cueva, ni madre que no llorase a algun hijito robado i vuelto imbunche por el chibato, pues es de saber que éste no se limitaba a conquistar sus vasallos entre los transeuntes, sino que se estendia hasta robarse a todos los niños mal parados que encontraba en la ciudad. I como Valparaiso es ciudad en donde hormiguean los niños, i como hai tantos niños que tienen madres tan descuidadas, si las tienen; i como para remate hai tantísimos niños que se distraen con cualquier friolera, o que corren tras cualquier monada, aunque los imbunchen, el chibato hacia una abundante cosecha, de modo que si no le tapan la cueva, talvez tendria imbunchada a toda la poblacion a estas horas.

Fácil es imajinarse que el animal no se echaria por esas calles en su forma propia i natural a caza de muchachos; i así es la verdad, pues cuentan las buenas madres robadas, que son brujas i tambien de vez en cuando brujos machos, quienes roban chicos en la ciudad. Eso puede probarnos que el señor de la cueva tenia i tiene a su servicio algunas viejas, que precisamente han de serlo las brujas, que se ocupan en sonsacar muchachos; i sin duda tendrá tambien brujos jóvenes que sonsacan muchachitas para llevárselas a sus dominios. Pero seguramente esos fieles servidores que salian de la cueva no debieron entrar allí de otra parte, i sin duda fueron criados i nacidos en aquella rejion, o a lo ménos formados imbunches en edad temprana, para no tener inquietudes en el mundo esterior, ni adherirse a partidos estraños, ni a intereses ajenos de los de su poderoso señor.

V. A picos pardos

¿Quién no ha andado alguna vez a picos pardos? Confesémoslo llanamente: nadie deja de ser quien es ni deja de cumplir su sino en este mundo por haberse hecho gato alguna vez en su vida. Alejandro Magno no dejó de ser el mas célebre de los filibusteros de la antigüedad, ni sus capitanes dejaron de ser famosos guerreros por haberse andado a picos pardos, aquel con Taltestrida, reina de las amazonas, i éstos con las tres cientas damas que de tan largas distancias acarreó consigo aquella reina de puro enamorada. Ni Julio César ha dejado de trasmitimos su gloriosa fama, a pesar de que se echaba tan a menudo a picos pardos, que llegó a ser el terror de los maridos romanos, i mereció que sus soldados le anunciasen de vuelta de sus triunfos, clamando:—Romani, servate uxores, adducimus Calvum, dicho que con su acostumbrada sabiduría nos recuerda el sério señor de Brantome.

Pero basta de erudiciones profanas, que no necesitamos de ellas para escusar a don Guillermo Livingston por haberse anublado alguna vez en aventuras nocturnas. Mr. Livingston, a quien ya conocemos de vista, era ántes de ser embrujado un hombre formal a las derechas. Cajero de una casa de comercio de Valparaiso, tenia hácia sus veinticuatro años tanto aplomo como un hombre de ochenta. A las cuatro de la tarde terminaba sus tareas i se instalaba en el hotel de Francia, donde comia sin hablar con nadie i sin beber un gota de vino. Concluida esta segunda faena, se acampaba en el meson a platicar con madama Ferran i a tomar café hasta las ocho, hora en que se retiraba a su cuarto a leer i a dormir.

Pero un dia de esos hubo una linda almendralina que tuvo bastantes atractivos para arrancar algunas chispas eléctricas del helado corazon de nuestro conocido, i ya desde entónces se alteró un tanto su ríjido método de vida. Madama Ferran fué quedando poco a poco privada de aquellas sabrosas conversaciones de la tardecita, i la arenosa calle del Almendral contó un paseante mas, que como todos hacia su vuelta al Puerto mas que de prisa al anochecer.

Andando el tiempo, se estrecharon tambien las relaciones de Mr. Livingston con la almendralina, i su amor llegó naturalmente i por sus pasos contados al periodo de la cristalizacion, periodo crítico en el cual está espuesto un amante ingles, mas que ningun otro, a perder la chaveta. Afortunadamente nuestro amigo no alcanzó a perderla, pues no alcanzó a salir de sus casillas mas que una sola vez.

I esa fué con ocasion de una cita. La bella almendralina, a pesar de que se llamaba Julia, habia sido no solo parca, sino pertinaz en no conceder a su enamorado, no digamos un favor, ni tan siquiera un dedo de sus blancas manos, para consuelo. Esto habia traido mui intrigado a don Guillermo, pues habiendo aprendido en sus estudios históricos que el emperador Severo habia perdonado a su infiel consorte solo porque se llamaba Julia, hallando mui natural que lo fuese una mujer de este nombre, el ingles comenzaba a dudar de la esperiencia del emperador, puesto que hallaba una Julia que parecia Lucrecia. Para salir de sus dudas i aprensiones, tomó la línea recta de todos los enamorados, procurándose una entrevista a la media noche. Durante muchos dias atacó en este sentido su inespugnable fortaleza, i al fin hubo de conseguir lo que tanto apetecia: Julia habia consentido en esperar a nuestro amigo en el huerto de su casa a las doce de una noche de verano, que para mayor fortuna era oscura.

Don Guillermo principió su tocador esa noche a las ocho, habiendo comprado en el dia por primera vez en su vida algunos perfumes que le costaron bien caros, tales como jabon de almendra, opiata i agua de la banda de cincuenta grados. A las once, despues de mil interrupciones durante las cuales tuvo el enamorado brillantes ilusiones, ardientes soliloquios i no pocos ardientes suspiros, el tocador estaba concluido, i Mr. Livingston quedó de punta en blanco, aunque con fraque negro i guantes de castor verdes, que estaban mui en moda en el año de gracia de 1828.

Entónces Mr. Livingston pensó en su seguridad personal, sabiendo que no era mui prudente arriesgarse por aquellas calles oscuras a ninguna hora de la noche, sin llevar armas que aumentasen la fuerza del transeunte nocturno. Un par de cachorritos de bolsillo, bien cargados a bala, formaban el arsenal del ingles: no se conocia entónces la invencion de Colt, i era preciso limitarse a dos tiros, fiando lo demas a la Providencia.

Ya está nuestro aventurero en la calle a picos pardos. El corazon le latia con violencia i las piernas le flaqueaban, sin embargo de que no tenia que andar ménos de veinte cuadras para llegar al paraiso donde debia tentar a la primera Julia de este mundo que, en su concepto, habia necesitado de tentaciones.

Habia una profunda tranquilidad, i el triste silencio de la noche solo era interrumpido por el leve ruido que se prolongaba en toda la playa al impulso de la mansa resaca de un mar apacible. No se oia ni sentia nada en las calles, i don Guillermo pisaba despacito, como si hubiera temido alterar el sueño de la ciudad con el sonido de sus botas.

VI. En la puerta del horno se quema el pan

Nuestro ingles habia ya tomado viento. Desvanecidas las primeras impresiones que le causaran la soledad i el silencio de la calle, marchaba con rapidez i seguridad; como por un terreno conocido, i con la confianza, o mejor dicho, con el descuido que es natural en el que va entregado a su pensar.

En ese momento discurría Mr. Livingston que el emperador Severo podia haber tenido mucha razon, i se le hacia viva la parada; pues se imajinaba encontrar una Julia, que aunque no era como la romana, por no tener un marido emperador, podia ser de la propia naturaleza que aquel atribuia a todas las que responden a tan dulce nombre.

Cuando mas le halagaba esta ilusion, llegó a aquel paraje donde el mar estendia sus espumas casi hasta el cerro; i por no humedecerse las plantas o por conservar el lustre de sus botas, se inclinó a la derecha, rozándose con el morro de la Cueva del Chibato, i al darle vuelta, recibió en el pecho un golpe violento que le hizo saltar hácia atras como cuatro varas. Si Mr. Livingston hubiera sido ménos fuerte i no tan ájil, seguramente habria quedado tendido exánime, al recibir tan feroz topetada.

Un instante le bastó para recobrarse de la sorpresa e incorporarse con un cachorro en cada mano, como valiente que era; pero tambien otro instante le bastó para quedar temblando de piés a cabeza, al verse frente a frente de un cabron enorme, que tenia el volúmen de un toro i los cuernos de un ciervo, i que miraba al ingles con dos ojazos como brasas que alumbraban todo el contorno. I así medio desatentado Mr. Livingston i maquinalmente le disparó sobre la ancha i coronada frente uno de sus cachorros: el golpe de la bala sobre el cráneo fué como el eco de la esplosion, pero instantáneamente tambien rebotó la bala contra don Guillermo, colándosele derecha en la boca, que la tenia entreabierta por la sorpresa. El ingles, dando una estupenda gargajeada, escupió con fuerza la bala, que fué a parar a los piés del chibo; pero al mismo tiempo vió que las facciones de éste se contraian con una risa atroz, de la cual no pudo dudar cuando sintió que de aquel hocico enorme salia un balido como carcajada.

Veinte topedadas como la primera habria aguantado el animoso jóven por no ser el blanco de tan tremebunda carcajada; pero no por eso sucumbió. Antes bien, su noble sangre le hirvió en el pecho, i con redoblado coraje le asestó otra vez en la frente su segundo balazo. El rebote de la bala tomó esta vez otro jiro, pues Mr. Livingston sintió que se le dormia la pelotilla en un ojo, i casi ciego con el golpe i la rabia, se arrojó sobre el cabron, i aferrándose de los cuernos con todas sus fuerzas, le dió una sacudida como para traerlo al suelo. El animal estuvo a punto de ceder, pues alcanzó a inclinar la cerviz; pero a su vez dió tambien un sacudon que hizo describir al ingles una voltereta, formando en el aire con todo su cuerpo un círculo perfecto, cuyo centro estaba en las manos, que permanecieron aferradas a los cuernos, porque los guantes verdes le servian para ello maravillosamente.

Puestas otra vez sus plantas en suelo firme, don Guillermo volvió a la carga con mas fiereza para derribar a su adversario; pero entónces fueron mas impotentes sus fuerzas, porque fastidiado el chibo con tanta obstinación, movió su cabeza con un poco mas de desenfado i tiró al enamorado jóven por los aires cuan largo era, haciéndole describir un arco que fué a terminar en la playa, en el instante mismo en que el mar la bañaba con una oleada hermosa i repleta.

El estirado cuerpo del ingles, estendidos brazos i piernas, hendió violentamente las aguas, i éstas, al retroceder mansamente a su centro, juguetearon sobre él, ri zándose i formando gorgoritos, sin desquiciarle de la arena, donde se habia posado.

La linda imájen de Julia atravesó por la mente de Mr. Livingston como un vapor que se disipa, i un hondo suspiro que se exhaló de su pecho, parece que se habia llevado su último aliento, pues quedó inmóvil como un cadáver.

VII. Nadie sabe para quién trabaja

Ese es un adajio vulgar que encierra mas filosofía que la facultad designada con este nombre en la Universidad de Chile. No es esto decir que no sean mui filósofos sus miembros, pues a buen seguro que hartarian a desvergüenzas a cualquiera que se les atreviera, no siendo el gobierno, que cuando la autoridad hace o dice lo que quiere, no hai filosofías que se tengan, pues ella es mas filósofa que Aristóteles.

¿Quién no ha esclamado alguna vez herido con el cruel dolor de un desengaño?:—¡Nadie sabe para quién trabaja! Pero quién ha escarmentado jamas al ver pasar el fruto de sus sudores a otro, que viene con sus manos limpias a gozarlo? Ya se ve, es una lei natural la que nos hace aprovecharnos sin saber leer ni escribir de lo que otro nos deja sin comerlo ni beberlo, pero lei mui dispareja. Hai hijos de la dicha destinados a vivir del trabajo ajeno, pero a su lado estamos otros que sobre perder siempre lo que es nuestro, no nos hallamos nunca un centavo ajeno, ni encontramos jamas un zonzo que nos regale, o que pierda para nosotros lo que está de Dios que pierda para otros.

Este mundo es una gran colmena de abejas que melifican para otros; pero para muchos es tambien un ancho redil de carneros que llevan el vellon para sus amos, i no hai pocos para quienes es un espacioso establo de bueyes que se pintan solos para arrastrar el arado en beneficio ajeno. Lo que Maron decia que les pasaba a todos esos animales, nos sucede literalmente a los cristianos. Allá a los que no tienen la fé de Cristo les pasa algo peor: testigos el Asia, el Africa i la Oceanía enteras, donde el hombre no puede volar como las abejas, ni balar libremente como los carneros, ni rumiar en tranquilo descanso como los bueyes. No dejaria, sin embargo, de sucedemos a nosotros eso mismo, si el poder de los que mandan fuese místico, o si los que hacen profesion de lo místico, fuesen mandones: donde quiera que la relijion es gobierno, o que el gobierno es el sacerdote, allí el hombre no solo está espuesto a llevar el vellon como los carneros, sino que, lo que es peor, si escapa de sus iguales, no escapa del amo comun, que a nombre de Dios le convierte en bestia harto ménos limpia i noble que las abejas, que los carneros i los bueyes del cantor de Arcadia.

Para aprovecharse de aquella dispareja lei de nuestra naturaleza, toda la dificultad consiste en hacerse zángano, sin parecerlo. Pero el zángano nace como el poeta i no se hace como el orador: la gran mayoría nace para abejas, i por eso es que no hai quien escarmiente al saber por esperiencia en cabeza propia que nadie sabe para quien trabaja. El que nació para trabajar tiene que criar hijas bonitas para el zángano, tiene que ahorrar i atesorar para el zángano, tiene que envejecer i gastar las fuerzas de sus miembros o los alientos de su espíritu para que goce el zángano. I es tal el imperio de esta lei, que a sabiendas el avaro vive en la miseria por guardar para los zánganos, el usurero aprieta la soga a los ahorcados para capitalizar para los zánganos, i el rico tonto se desvive i madruga i se fatiga de la noche a la mañana i de la mañana a la noche, tan solo para que gocen los zánganos que, despues de su muerte, van a dividirse la herencia.

¡Como ha de ser! El refran dice:—«Dios te dé ovejas o hijos para ellas;»—pero no dice:—«i lobos para comerlas,» porque esto no hai necesidad de desearlo, pues lo que sobra son lobos en este mundo pecador.

Así le sucedió al interesante Mr. Livingston, segun lo supo mucho tiempo despues por un cura que encontró de paso para el otro mundo. Siguiendo la relacion de este santo varon, sucedió que a las once i media de aquella noche terrible, salió Julia haciéndose que andaba en puntillas i se encaminó a una higuera de su huerto, la cual daba frente a un portillo por donde debia entrar su desgraciado amante, a gozar de la entrevista que tanto le habia costado conseguir. Pero el cuarto de donde salió la hermosa Julia no quedaba solo: sentados allí en estrecho círculo cuchicheaban la mamá de la doncella, el cura de la parroquia i dos amigos de éste. Habia un complot. Se trataba de sorprender a la niña, que se haria la sorprendida, en el momento de abandonarse dulcemente en los brazos de su amante, que realmente iba a ser pillado en todo el rigor de la palabra, pues se trataba nada ménos que de cazarle, i casarle infraganti. La mamá habia tenido buen cuidado de ocultar el nombre herético del novio, por evitar los escrúpulos del señor cura; pero valiéndose del ascendiente que tenia en su ánimo, le habia persuadido de que la cosa era mui llana de hacer, i le habia asegurado la soltería del amante de Julia.

El perro de la casa, que era tan celoso como su ama vieja, dió unos cuantos ladridos al sentir ruido en la huerta, hasta que olfateó el perfumado ambiente de su ama niña; pero eso bastó para que se desgañitaran los perros de la vecindad, que siendo leales vasallos de un tio de Julia, callaron cuando tambien les dió en las narices el aroma de la familia.

—Así ladran los perros cuando sale a verme Julia, dijo entónces el hijo del tio, que a la sazon estaba en pié todavía picando un pliego de papel, donde iba a poner, entre corazones i flechas picadas, unos versos para su prima.

Decir i hacer, todo fué uno: el primo salió de su cuarto, apénas lo intentó; saltó la cerca de su huerto i estando en el vecino, creyó ver con los ojos del alma a su adorada Julia, levantando con la mano el mismo traje de muselina con que la habia visto en la tarde, para sacar con mas libertad un lindo pié calzado con zapatitos de cabritilla bordados i ligados a la mórbida pierna con atacados de cinta negra que subian cruzándose para arriba. Era el momento en que Julia llegaba a la higuera, temblando de emocion i sin oir ni ver nada de lo que pasaba.

Lo que no sabemos decir, porque la historia calla en este punto, es si el primo era el sustituto de don Guillermo en el corazon de Julia, o si estaba colocado mas alto. Lo cierto es que uno i otro la adoraban, i ella los amaba a ámbos, al uno por ser su primer amor i al otro por ser su amor segundo, bien que la mamá no estaba por los primeros amores, porque, segun su esperiencia, se contraian sin cálculo i a riesgo de no tener en un matrimonio mas que pan i cebollas.

Cuando ménos lo pensaba Julia, se halló entrelazada por los brazos de su primo, que entre sorprendido i enojado la reconvenia porque no le habia avisado que iba a salir. Julia callaba, porque no sabia que responder; pero dando a su desagradable sorpresa todo el aire de una emocion amorosa, le hizo creer que iba a confesarse al dia siguiente, i que por el calor, habia salido a examinarse debajo de la higuera.

A esto se siguió un ardiente escopeteo de súplicas mutuas, la una porque la dejaran sola, i el otro porque le dieran una muestra mas de amor, aunque fuese a riesgo de aumentar el catálogo del exámen de conciencia. No habia remedio: Julia necesitaba terminar pronto aquella escena, ántes que llegase Mr. Livingston; i acababa de abrir sus brazos al primo, cuando cayeron sobre la pareja, como llovidos, la mamá, el cura i los testigos.

Allí fué Troya: ciega la mamá de entusiasmo al ver el acierto de sus planes, hizo su papel como lo tenia estudiado, sin conocer a su sobrino; i dando el último golpe maestro, declaró que aquello no se arreglaba sino con un casamiento incontinenti, porque el honor de su hija no podia quedar en peligro i en descubierto ni un momento mas. No se queria otra cosa el primerizo de Julia; así es que sin vacilar respondió tres veces «sí quiero» a las tres preguntas sacramentales que el cura le habia dirijido ántes que escampase el torbellino de la tia. Julia estaba aturdida, pero como el cura contaba de antemano con su consentimiento, no atendió a sus respuestas balbucientes, i dió su bendicion, desahogando la relijiosa espansion de su corazon con un suspiro.

El cura quedaba satisfecho de poner con dos dedos una barrera insuperable al pecado mortal. Julia se desmayaba en los brazos de su novio. I la mamá, que acababa de reconocer a su sobrino en un cabeceo que tenia por maña i costumbre en todas circunstancias, corrió despavorida pidiendo luces a gritos....

El cura, despues de muerto, no refirió mas de esta historia a Mr. Livingston; pero éste creia mui probable que, cuando las aguas del mar se entreabrieron para dar un lecho en las arenas a su cuerpo arrojado al aire por el Chibato de la cueva, Julia entreabria tambien sus sábanas para dar un lecho abrigado i muelle al marido que acababa de cazar a la media noche.

Todo puede suceder, porque nadie sabe para quien trabaja; pero como hai en este mundo una justicia que tarde o temprano nos mide con la misma vara que nosotros medimos, es de presumir que no se casara impunemente aquel primo, que tenia una maña tan sintomática, i que sin saber lo que pensaba el emperador Severo, casaba con una Julia medio desmayada, a la media noche i debajo de una higuera que ella habia elejido de árbol de la ciencia para otro Adan.

VIII. El De profundis

Pero, a propósito, ¿qué es de Mr. Livingston, a quien hemos dejado despatarrado en la playa despues de su descomunal pelea con la fiera de los cuernos?

¡Lo que son las mujeres, Dios mio! ¡Qué admirable poder tienen para hacernos olvidar lo que mas nos interesa! Si el estudiante deja sus libros i muchas veces cuelga sus estudios por seguir un palmito de rosa; si el marido deja sus lares en completo abandono, arrastrado por unos ojos que le hacen comprender la sabiduría de la poligamia; i si hasta los viejos dejan a un lado la salvacion de su alma por perderla en una mujer que los aguanta, ¿qué mucho es que un narrador deje a su héroe estirado en el agua, miéntras da cuenta a sus oyentes de una Julia que se habia atravesado en su cuento?

Previa esta escusa, vamos ahora a ver como se encuentra tirado largo a largo don Guillermo, ya no en la playa, sino en el suelo de un De profundis, que no sabemos si es cuarto o cueva, o si es un sepulcro o un cajon de coche u otra cosa parecida. Es aquello una cavidad rectangular donde el cielo, las paredes i el suelo son de pura piedra azuleja, sin grieta, ni abertura, ni puerta, ni ventana. Por dónde ha entrado allí el cuerpo de nuestro amigo, no lo sabemos. Por dónde entra ahora una vislumbre rojiza que alumbra la estancia, tampoco. ¿Qué sitio es aquel, a qué casa, palacio o cárcel pertenece? ménos. Pero ya que nada sabemos, observemos; pues la observacion es el principio del saber.

Mr. Livingston parecia vivo: su cara estaba hácia arriba i sus facciones enérjicas i regulares tenian un tinte sañudo que revelaba ira. Su cuerpo hermoso i esbelto tenia el aplomo de una persona que duerme.

De repente levanta una pierna i la posa sobre la otra; estira un brazo, luego el otro, como desperezándose, i los cruza sobre el pecho a diferencia de Durandarte que, alargando uno de los suyos, decia: «paciencia, i barajar.» Un hondo suspiro anuncia que ya vuelve en sí. Abre los ojos, discurre la vista por la estancia: se toca, se siente empapado i lleno de arena; busca su reloj, no lo halla; mete sus dedos al bolsillo del chaleco, no encuentra su dinero; requiere su meñique en busca de un anillo de oro que llevaba destinado a la cita, i ve que habia desaparecido. Todo le anunciaba que habia caido en poder de bandoleros i que lo del chibato, cuyo recuerdo se le avivó al instante, no era mas que una farsa de Caco.

La prudencia le aconsejó entónces un reconocimiento del sitio. Se levantó, lo vió i tocó todo, i se persuadió, de que estaba en una hermeticidad de viva piedra, que no tenia salida alguna i aun le pareció ver escrito de color oscuro el terrible

Lasciate ogni speranza, voi che entrate.

Abrumado, confuso, sin poder darse cuenta de su situacion, se quedó en pié, estático, la vista fija, la boca entreabierta i los brazos cruzados sobre el pecho. Pero Mr. Livingston estaba constipado, i fué repentinamente asaltado de un furioso estornudo que le hizo dar señas de vida. Instantáneamente se cuajó toda la roca de cabezas humanas que estornudaban a reventar. El ingles se espantó; aparta sus ojos de las murallas, mira al cielo i lo ve apiñado de cabezas estornudantes; baja la vista i ve el suelo cobijado de caras que todavía estornudan.

Don Guillermo cerró los ojos, recapacitó un poco, i juzgó que era juguete de una ilusion. Mas sereno, volvió a mirar, i advirtió que todas las caras le hacian guiñadas, visajes i muecas, i que le sacaban unas lenguas largas, húmedas i amoratadas. ¡Qué horror! Volvió a cerrar los ojos, i un momento mas de reflexion, le dió nuevo valor. Entónces meditó, apeló a todos sus recuerdos científicos i trató de indagar cuáles eran los medios naturales que podrian producir aquel fenómeno. El no queria consentir en que aquello fuese una cosa sobrenatural, ni abandonaba la presuncion de hallarse en una guarida de bandidos, que trataban de aterrorizarle despues de haberle robado. La calidad de la luz que le alumbraba i la singular arquitectura de aquel De profundis o caverna le sujirieron la idea de que cuanto veia era un efecto de óptica producido por algun hábil prestijitador que habria entre los ladrones.

La dificultad estaba esplicada. El ingles abrió entónces los ojos mui tranquilo, i casi risueño volvió a mirar las caras que siempre le sacaban la lengua i le visajeaban. Dió unos cuantos pasos, i le pareció que pisaba en carne viva. Se acercó a la muralla de enfrente, i dirijiéndose a la cara mas atroz que le pareció, trató de apretarle las narices, pero la cara le tiró un tarascon, haciendo una horrible contraccion de enojo; los dientes se chocaron como las muezas de una tenaza, i Mr. Livingston vió que habia escapado sus dedos merced a su lijereza. Esta realidad que destruia su esplicacion científica, le contrarió i le enfureció de tal modo, que dando a fondo un trompis a toda fuerza contra la cara que le hacia frente, se hizo pedazos el puño en la roca, como si no existiera aquel tapiz de cabezas humanas que veian sus ojos.

Mas su furia, no tanto por el dolor, se convirtió en nuevo espanto, cuanto porque observó que al dar su trompis, todas las cabezas habian achatado i estirado sus narices hácia la boca i habian echado barbas largas i cuernos retorcidos, convirtiéndose en cabrones de todos colores i aspectos. Aquellos cuernos se tocaban, eran una realidad visible como la que presenta a la simple vista cualquier animal cornudo. No habia remedio. Falto ya de ciencia i de coraje, nuestro héroe se declaró vencido, con el dolor de no poder repetir el dicho de Francisco I en Pavia, dicho que tantos otros repiten aunque no venga al caso, i que habria sido una blasfemia en esta ocasion, porque no era mui digno de un ingles el dejarse vencer por chibos, ni mui honroso para un amante rendido el caer agoviado bajo un diluvio de cuernos.

Don Guillermo se sentó en el suelo, entrelazó sus manos delante de sus rodillas, inclinó la cabeza como para ocultar su impotencia, i esperó resignado lo que sucediera.

IX. Comienza a aclarar

El corazon humano es mui leal, no hai duda; pero no sabemos por qué el de Mr. Livingston palpitó al recuerdo de Julia, cuando su dueño habia quedado poco ménos que en cuclillas, al aspecto de tantos cuernos. A esa hora tal vez la bella almendralina, imposibilitada ya para tomar el velo de monja, i durmiendo en el brazo izquierdo de su primo i marido, soñaba con el ingles, pagando el primer tributo a la infidelidad conyugal. ¡Pero quién es dueño de un ensueño! ¡Ni quién es árbitro de los augurios del porvenir! El cuadro que se representaba a los ojos del amante abandonado podia coincidir con el que pasaba por la imajinacion dormida de la infiel querida; pero si era una amenaza para el marido, bien podia ser tambien un emblema de lo que sucedia el amante. Talvez aquello no era otra cosa que una espresion de la doble infidelidad de Julia, que traicionando a un querido, soñaba con traicionar tambien al otro. En todo caso, ello no seria mas que una corroboracion de la teoría del emperador romano sobre las Julias.

Mr. Livingston estaba realmente abatido. Amaba de buena fé, aunque no habria querido casarse de buenas a primeras. Al fin era comerciante i sabia que no se debia comprar sin muestras, sino cuando la especie es mui barata i no cuesta tanto como la libertad de un soltero. En eso meditaba, i no sabiendo si habia hecho bien o mal, desahogó su incertidumbre, sacudiendo la cabeza i dando un suspiro. No tan pronto abrió los ojos, cuando vió que se adelantaba hácia él un hombre de fraque negro como él, que marchando hendia la roca de la muralla como si fuera una nube o una sutil neblina.

Era el recien venido un hombre de regular estatura, flaco i nervudo, de pelo de color incierto por las canas que se le entreveraban, i de patilla angosta i mas canosa que la cabeza. Sus ojos grandes daban a su cara un aspecto agradable i risueño. Restregándose las manos como con gusto, le dijo con familiaridad:

—¿Cómo va, don Guillermo?

—¿Quién es usted? contestó éste sorprendido de hallar allí quien le conociera.

—Soi un escribano, añadió el otro sonriéndose.

—¿Qué tiene que hacer conmigo i en este sitio un escribano?

—Es que va a venir el juez del crímen a interrogar a usted.

—¡El juez del crímen! ¡A mí, que no soi delincuente! ¡Que soi por el contrario víctima de un atentado atroz!

—No se asuste usted... Estos tienen la costumbre de entregar al juez del crímen a todos los que caen en sus manos. Pero ya se reformará eso: están pensando en someter a consejo de guerra a todos los que son de otro color. Ya eso será mas llano i ménos molesto para nosotros, porque un fiscal militar no tiene mas que atender a su formulario, para sacar culpable al interrogado, i sea o no inocente, pone su conclusión fiscal pidiendo que se le pase por las armas.

—¿Pero, por Dios, de qué se trata? esclamó Mr. Livingston desesperado al oir hablar de procesos i acusaciones.

—Tranquilícese usted, le dijo amablemente el escribano; sométase a todo lo que le manden, hágase el leso no mas, i verá como lo pasa bien. Cuando me atraparon a mí, quisieron hacerme imbunche para que hiciera mi noviciado, pero yo me allané a todo, i luego me dieron el mismo puesto de escribano que tenia allá en el mundo.

Estupefacto Mr. Livingston, preguntó con voz ronca de terror.—¡I qué! ¿Acaso no estamos en el mundo?

—Nó, en el de allá arriba, nó. En el de aquí abajo, sí; respondió el escribano.

—Luego estoi en una cueva de ladrones, esclamó el ingles; ya lo creia yo al encontrarme sin mi dinero ni mis alhajas.

—Nó, no son ladrones. Le han quitado a usted eso, porque los jenios están mui necesitados. ¿No ve usted que tienen que hacer tantos gastos? Antes están pensando ahora en aumentar los derechos de importacion, en ponerlos a la exportacion de la plata i demas productos del pais, i aun en restablecer la bula de la Santa Cruzada para aumentar las entradas, porque de otro modo es imposible conservar el órden.

Al oir esta respuesta del escribano, don Guillermo quedó mas confuso que cuando se desengañó de que las cabezas i caras que le burlaban no eran efecto de la óptica. Se calló aterrado, i el escribano le miró con compasion.

Despues de una larga pieza de silencio, miró al curial como implorando una esplicacion, i preguntándole adonde estaban.....

El escribano le comprendió i le dijo:

—Estamos no se adónde, don Guillermo, pero dicen que este pueblo es el de los jenios de la colonia, que se han refujiado aquí desde la revolucion de la independencia, i que desde aquí trabajan por inspirar a los de arriba, por conquistar prosélitos i por hacer la contra-revolucion para reconquistar su poder. Yo no sé lo que haya en esto de cierto; yo veo todo lo que se hace aquí, i sé que es una pura picardia; pero...

—¡I cómo no huye usted! le interrumpió el ingles sublevado en lo mas noble de su corazon, al oir aquel lenguaje.

—Es imposible. Esto no tiene salida.

—¡Por qué no resiste usted, por qué se somete a servir a la iniquidad!...

—Qué quiere usted, don Guillermo, si le pagan bien a uno, i uno es pobre. No hai mas que aguantar.

Nuestro amigo vió que esa era la filosofía de todos en el mundo de donde venia, i comprendió que en aquel mundo subterráneo se encontraba con conocidos. El escribano era hablador, como muchos de su oficio; se revelaba sin embozo, i censuraba sin cautela a sus soberanos, como muchos empleados públicos vituperan al gobierno de que dependen, sin perjuicio de votar por él en las elecciones i de obedecerlo ciegamente en los mismos actos que le vituperan. Su filosofía es la del escribano: ¡que quiere usted, somos pobres i nos pagan! ¡Como si la pobreza autorizara la maldad!

Pero con todo, Mr. Livingston no podia todavía atar los hilos que recojia. Lo que le descubria la afable locuacidad del interlocutor, quedaba oscurecido por la redundancia. Era necesario hacerlo que tuviese mas precision en sus respuestas.

—Por fin, insistió el ingles, ¿en qué pais estamos?

—En el pais de Espelunco, replicó el escribano con alguna solemnidad, voz que se deriva de la latina Spelunca, que significa Cueva. Aquí se usa mucho el latin, pues para ser buen Espelunco, es necesario siquiera poder leer los salmos del santo rei profeta i asistir a maitines.

—¡Cómo! ¿Se usan tambien esas cosas por acá?

—Sí, señor, todo lo que va en derrota por allá arriba tiene aquí su refujio, principalmente la relijion.

—¡Hum! I dígame usted, ¿qué papel hace aquí ese chibato que me ha atacado a mí esta noche, i qué son esa multitud de cabrones que habia en estas murallas cuando usted entró?

—Ese chibato es el diablo, i los que se asomaban por aquí son sus ayudantes, que jeneralmente sirven de público en este tribunal para preparar el ánimo de los neófitos.

—¿Cómo se comprende esa asistencia de los demonios con las cosas relijiosas de que usted me habla?

—¡Oh! Eso es mui fácil de comprender. Como aquí se sirve a Dios, trabajando para que triunfe el espíritu antiguo tan atacado por la revolucion, es sin duda lícito poner en juego al diablo i todas las cosas, porque todo depende en este mundo i el otro de Dios. Fuera de que el diablo no hace aquí nada que no sea bueno: su oficio es reclutar jente, como le ha reclutado a usted, i luego abatirles la soberbia para que se rindan por el terror. Hai muchos dóciles como yo, que al instante nos allanamos a servir la causa. Hai otros mas renitentes, porque no han nacido con vocacion para ser Espeluncos: a esos se les somete al procedimiento de imbuncharlos, lo mismo que a los chicos que se pescan, a los cuales se les hace imbunches para contar despues con mas seguridad con sus servicios.

—Tenga usted la bondad de esplicarme ese procedimiento i su objeto.

Imbunchar se llama coserle al paciente con hilo fuerte i buena aguja todos los agujeros, salidas i entradas de su cuerpo, teniéndole así cierto tiempo de noviciado, privado de los cuatro sentidos mas peligrosos, que son ver, oir, oler i gustar, hasta que, olvidado del uso de esos sentidos, se le puede imprimir el carácter e inclinaciones de un buen Espelunco. El tacto esterno se les deja libre, porque hai una tradicion entre los Jenios de la colonia, segun la cual no podrá desencantar a la libertad del encanto en que ellos la tienen, sino el hombre que sea capaz de vencer sin fuego ni hierro i solo con el empleo de sus fuerzas corporales a cuatro monstruos que la guardan. Por aquí verá usted que no hai peligro en dejar a los neófitos el uso de sus manos, brazos i piernas.....

La palabra del escribano fué interrumpida por la repentina aparicion en la estancina de todas las cabezas cornudas que se habian ántes ocultado.

X. El interrogatorio

Aquellas palabras i la variacion de escena hicieron creer a don Guillermo que soñaba. Cuando el entendimiento por sí solo no puede darse razon de un fenómeno, se rinde al prestijio del misterio i cree en lo sobrenatural; pero hai hombres, como nuestro ingles, que por educacion i por carácter rechazan toda intervencion sobrenatural en las cosas de esta vida, i cuando no comprenden un hecho porque sus luces no les alcanzan o porque su corazon no ayuda al juicio, lo llaman ensueño o lo creen una ilusion del arte. Era esa la situacion de don Guillermo en los momentos en que el juez del crímen se acercaba a él hendiendo la roca, como la habia hendido el escribano, cual si fuera una neblina.

Era de aspecto sério el nuevo personaje, de cara pelada i llena, de ojos capotudos i despreciativos, i de boca que anunciaba soberbia en sus pliegues. Tenia este hombre un aire glacial i por su sequedad i sus maneras parecia como hecho a propósito para el oficio.

—¿Promete usted decir verdad en todo lo que se le pregunte? fué lo primero que dijo, clavando una mirada amenazadora en don Guillermo; i habiendo éste respondido afirmativamente, agregó: está bien, pero tenga entendido que si no declara la verdad, le hago azotar por mano del verdugo.

A semejante amenaza, se enrojeció el rostro del ingles i sus ojos brotaron fuego; pero reprimiendo su furor, se limitó a observar que él era súbdito de S. M. la reina de la Gran Bretaña.

Esta palabra pronunciada con noble orgullo hizo a los demonios que presenciaban el acto mirarse i sonreirse complacidos, como si entre ellos i los hijos de la poderosa Albion hubiera alguna simpatía.

El juez, haciendo un mohin de desprecio, agregó:

—No hai Gran Bretaña que valga, le azoto a usted si no declara o si me anda con insolencias. Diga usted, ¿quiere seguir aquí su jiro de comercio, con tal de que sirva relijiosamente a la causa del órden, como sus paisanos, i combata enérjicamente todas las innovaciones que se hacen en nombre de la libertad i todas las pretensiones que se dirijen contra el espíritu antiguo de nuestra madre patria?

—Nó, respondió secamente don Guillermo.

—¿Cree usted en la libertad?

—Sí.

—¿Cree usted en la república?

—Sí.

—¿Seria usted capaz de servir a estas ilusiones perniciosas i de sacrificar a ellas sus intereses de comerciante?

—Sí, i mil veces sí

—Que se le peguen cincuenta azotes, dijo el juez, dirijiéndose bruscamente al escribano.

—¿Por qué? preguntó Mr. Livingston.

—Porque miente, dijo el juez: un ingles como usted no puede pensar así.

—Un ingles imbécil, concedo, agregó don Guillermo: el que solo piensa hacer dinero, puede sacrificar a su negocio la libertad i el bienestar de sus semejantes; pero el ingles que ama el nombre de su patria, hará en cualquiera parte del mundo lo que sus antepasados hicieron para conquistar la libertad de que goza la jeneracion presente, i sacrificará sus intereses por alcanzar que la humanidad entera conquiste lo que la Gran Bretaña desea, o por lo ménos lo que ésta tiene ya conquistado.

Tan enérjica respuesta hizo al juez refocilarse en su silla, al escribano rascarse la frente, i a los cabrones de la muralla repiquetear con sus cuernos por efecto de un movimiento horizontal de duda o compasion que hicieron con la cabeza.

I mirando de hito en hito a don Guillermo, el juez le preguntó:

—¿Entónces dice usted la verdad?

—Nunca digo sino la verdad pura, fué la respuesta.

—¡Luego es usted leso! le dijo el juez como sorprendido.

—Segun i conforme: yo llamo zonzos a los que ocultan la verdad o mienten, no a los que dicen la verdad, porque en la verdad no hai peligro, ni el decirla trae los males de que va aparejada la mentira, dijo el ingles con aplomo.

—Usted es un iluso, replicó el juez sonriéndose malignamente; no tiene mundo, no es hombre práctico ni positivo. ¿No sabe usted que está en un pais donde nadie puede vivir sino en el órden, i que viene de un pueblo como el que está arriba, donde basta hacerse el abogado o el secuaz de lo atrasado i del espíritu de órden antiguo para abrirse paso a la fortuna, al poder i a todo lo que hai de grande en la realidad de las cosas prácticas?

—Puede ser así, dijo un poco despechado don Guillermo, pero yo no especulo con la mentira, ni quiero elevarme en alas de una ambicion innoble, atropellando los fueros de la verdad i de la justicia.

—Decididamente usted es un leso, esclamó el juez, a no ser que sea uno de esos locos de atar que traen el caletre trastornado por las ideas revolucionarias, i que pretenden reformar el mundo, haciéndole olvidar la relijion i renegar de la obediencia pasiva a sus tutores naturales, sin cuyos bienes no hai órden ni sociedad posibles. Contra esos locos obra nuestro poder, i miéntras tengan este sagrado asilo los jenios del pasado, habrá esperanzas de que no cundan las ideas nuevas i de que se rehabiliten con todo su esplendor en América el espíritu i las costumbres de los afortunados tiempos de la colonia. Milagrosamente tenemos ardientes servidores en el pais, cuyas entrañas habitamos, i no hai peligro de que los locos de la libertad logren desencantarla del poder de la Mentira, de la Ignorancia, del Fanatismo i de la Ambicion, que son los cuatro poderosos monstruos que la guardan, devorando a cuantos tienen la locura de encararseles i de combatir con ellos.

—Yo deseo hacerlo, replicó con entereza i vivacidad don Guillermo, i sin hierro ni fuego venceré a esos monstruos, i les arrebataré su presa.

El togado i el golilla se rieron con desprecio, los demonios estiraron sus cabezas para mirar al ingles como a una cosa curiosa, i éste quedó impasible i sereno, como el que revela naturalmente i sin esfuerzo lo que pasa en su conciencia.

El juez entónces, tomando un aire sério i ceñudo i ahuecando la voz, dijo:—Yo conozco la especie de locura que usted padece, pero como cuantos han venido con ella a estas rejiones, han curado milagrosamente con una simple costura, le condeno a usted a sufrirla, con la calidad de que cuando se canse de ser imbunche i se sienta domado i dispuesto a servir a nuestra causa, avise para que se le descosa. Pero si hai en usted una tenacidad sobre natural que le mantenga firme en su locura, a pesar del imbunchaje de un año, irá usted a probar si puede desencantar a su diosa.

Un balido jeneral de las cabezas circunstantes sirvió de aplauso a esta sentencia definitiva. El juez i el escribano se eclipsaron en la roca, i una mano poderosa que apareció de lo alto pegada a un brazo colosal, agarró del cogote a don Guillermo i desapareció con su presa.

XI. Los imbunches

¡Feliz mil veces el que nace con alma de cántaro! Para ese, el coser i hacer albardas todo es dar puntadas; i no ha menester de que a él le peguen ninguna para ajustarle a un molde. El que tiene el alma vacía se amolda a todas las ideas, o mejor dicho, recibe en su vacuidad cuanto le derraman. ¿Qué mas le da que el mundo marche al oriente que al poniente, que triunfe Dios o Lucifer, que el hombre viva en libertad o muera en la esclavitud? Para él todo es uno, porque en este número se encierra toda su filosofía.

En la Cueva del Chibato no se hacia imbunches a esa clase de hombres, porque los jenios del pasado encuentran en ellos su mejor cosecha. La gran mayoría de los seres humanos nace para la esclavitud, o por lo ménos para servir de pasto o de sosten a los tiranos. ¡Qué amarga es esta verdad! ¡Qué terrible! ¡Qué ofensiva al orgullo del hombre! ¿Pero se puede acaso dudar de ella en presencia de los millones que viven sometidos a la voluntad de un déspota, i de los millares de servidores, santificadores i cantores que halla el despotismo donde quiera que el infierno lo vomite?

Deciamos, pues, que contra esa gran mayoría no ejercian su poder los jenios de Espelunco, sino contra los rebeldes que naciendo un poco mas alumbrados, se enamoran de la libertad i sirven a su triunfo. Pero como entre éstos hai variantes, como en todas las plantas de una misma familia, sucede que muchos de los que no nacen para esclavos, son palomos a nativitate, porque tienen la condicion de seguir al primero que les hace pió, pió, pió i les arroja algunas migajas. Admirable poder del hambre sobre la naturaleza, poder que modifica hasta los instintos de la organizacion. Para éstos no habia en el pais de Espelunco ni costuras, ni suplicios, sino migajas i buen grano, pues los palomos tienen alas para trasmigrar de rama en rama en busca de su alimento.

Las costuras se reservaban solo para los espíritus fuertes, para aquellos que conciben la verdad, que la aman i la proclaman, que la sirven i se hacen crucificar por ella.

En esto estaban perfectamente de acuerdo los usos de la Cueva con los del mundo que habitamos. Alguien ha dicho con mucho acierto que en todos tiempos se ha sacrificado o quemado a los pocos hombres que han sabido alguna cosa i que han sido bastante locos para dejar desbordar sus almas i para revelar al pueblo sus sentimientos i sus miras; i no hai nada de estraño en ello, puesto que en todos los tiempos los sacrificadores i los quemadores no han podido sostener su autoridad sino a la sombra de la mentira.

El buen corazon revela la verdad a los ignorantes, i la ciencia descubre a los sabios la razon de las cosas; pero como el poder de los reyes i de los presidentes no tiene corazon, o si lo tiene, lo tiene malo i corrompido; i como anda siempre atras de la ciencia, ha sucedido siempre que los amantes de la verdad i de la razon han sido despreciados i sacrificados como locos o perturbadores del órden de cosas que se apoya en la mentira i en el mal. No parece sino que los gobiernos tuviesen constantemente a su oreja un Mefistófeles que les estuviera gritando a toda hora:—«Despreciad la razon i la ciencia, esas fuerzas supremas del hombre; dejad al espíritu de la mentira que os afiance en sus obras de ilusiones i de encantamentos;»—pues vemos en todas partes i en todos tiempos, que los que mandan se esfuerzan por sostener el error, cerrando los ojos a la luz de la ciencia que les descubre la verdad i que les revela la injusticia de sus leyes i de sus actos. ¡Ai del que tiene espíritu fuerte para proclamar la verdad! La persecucion i el sacrificio son su lote, i si tiene bastante fortuna para escapar con vida, el desencanto i el cansancio completan la obra, agotando su fé, inhabilitándole para siempre: son raros los que salvan de ese naufrajio.

Ese es el mundo; pero en Espelunco se habia perfeccionado el sistema: allí se habia sustituido la aguja a los medios ordinarios de persecucion usados por el despotismo vulgar. La aguja, este antiquísimo instrumentillo, que en los tiempos modernos ha sido tan perfeccionado, servia a los jenios del pasado para secuestrar completamente, para anular a los hombres animosos que no nacieron para la esclavitud, ni para ceder al hambre como los palomos. ¡Cuánto ganarian los gobiernos si adoptaran ese plan! Anulando a los amigos de la verdad i de la justicia, anularian tambien la libertad; secuestrándolos, no en una cárcel, sino en la sociedad misma, inhabilitándolos por medio del desprecio i del olvido, convirtiéndolos en verdaderos párias, los desarmarian i se ahorrarian de sacrificarlos pomposamente en un destierro, en un calabozo o en un patíbulo. Allá en la Cueva se hacia esto fácilmente imbunchando a los rebeldes: acá, al aire libre, se puede tambien imbuncharlos, sin coserlos, pues basta agotarles el espíritu por medio de una perpetua hostilidad.

No sino, cosed a un infeliz mortal todas sus avenidas, todas sus entradas i salidas. Mantenedle así algun tiempo contrariado en todos sus instintos naturales, en todos los usos i costumbres que su organizacion le imprime, i vereis cómo su espíritu se agota, su fé se disipa, sus fuerzas se aniquilan. Esa era la suerte a que estaba sentenciado nuestro valiente don Guillermo, i los demonios, ayudantes de la justicia ordinaria de aquel pais embrujado, le habian arrancado del De Profundis en que fué interrogado para conducirle al barrio de los imbunches.

XII. Tambien hai brujas hechiceras

¡Qué órden tan admirable reinaba en el pais de Espelunco! Allí estaba el modelo del buen gobierno, no a lo Felipe II, que era lo que en otro tiempo se llamaba buen gobierno, sino del buen gobierno a la moda, que consiste en esclavizar al pueblo i en apretarlo hasta hacerle saltar la sangre i las lágrimas a nombre de la libertad en el órden i de los progresos i felicidad universal. Bien decia Mefistófeles: «La civilizacion que pule al mundo se ha estendido hasta el diablo: no se trata hoi de cuernos, de cola, ni de garras.... A ejemplo de los jóvenes, he adoptado, desde muchos años ha, la moda de las pantorrillas postizas.»

Tal ha hecho el despotismo civilizado. Es preciso ser mui torpe para despotizar hoi como el rei Bomba, para presentarse al pueblo con cuernos, garras i cola, o con otras deformidades o adefesios a la laya, cuando se puede dominar tan bien a la sombra de una palabrota, como:—«El imperio es la paz;» «Viva la federacion, mueran los salvajes unitarios;» «El principio de autoridad;» «La libertad en el órden i el órden en la libertad;» o si no, gritando como los moros que invadian la España:—«Viva la relijion, vamos robando.»

Los Jenios comprendian bien i hacian mejor su tarea. El barrio de los imbunches era un gran seminario, donde se preparaban buenos ciudadanos, pacíficos, modestos i mansos, como bueyes. A los tontos no hai necesidad de prepararlos, a los egoístas tampoco, a los ignorantes ménos, a los palomos basta arrojarles migajas; pero a los que nacen con el espíritu chispeante, es necesario apagárselo, i para ello era un escelente medio el imbuncharlos. Allí estaban los imbunches, inermes e inertes, andando a tientas i a topetones, bajo la direccion de las brujas que los cosian i que los dirijian en sus pasos dentro de aquel limbo de preparacion. Mejores directores no podian haber hallado los Jenios, si es que condicion de las brujas sea el ser engañadoras, embusteras, rabiosas, envidiosas, cobardes i aleves.

Cuando Mr. Livingston cayó allí arrojado por los demonios, torbellinos de brujas se revolvian a flor de tierra tirando hebras de hilo de una madeja sin cuento que se disputaban, se quitaban, arrojaban i enredaban; otras enhebraban convulsivamente sus agujas, i algunas las esgrimian en ademan de dar puntadas, haciendo visajes horrendos. Todas chillaban como micos, ahullaban como perros, mayaban como gatos, i gritaban i silbaban i pifiaban.

Un enjambre de brujas se echó sobre don Guillermo, cuando le vieron caer como llovido i en la misma situacion en que debió encontrarse el padre Adan, cuando se halló de repente en el paraiso, estupefacto, abismado i sin alientos para tener malicia, ni pudor, ni virtud, ni esperanza, ni fé, ni caridad. Ese interregno del alma, esa evaporacion del espíritu producida por el espanto, realzó la belleza natural del ingles, bañándole de un candor apacible, de una inocencia inefable, como la que forma aureola al niño hermoso que descansa desnudo en el regazo de su madre.

Las brujas se lo arrebataron i disputaron con una algazara propia de moros encarnizados en un combate: cual le tomaba en sus brazos, ésta le hacia saltar por el aire, aquella le peloteaba, la de mas allá volaba con él bien aferrado, hasta que una turba la alcanzaba i se lo quitaba para volar con él en direccion opuesta. Todas preparaban sus agujas, algunas le tiraban sus puntadas i todas se enredaban i estorbaban por coserle las primeras.

Pero una bruja hermosa, que tambien las hai; bruja que no merecia el nombre de tal, sino el de hechicera, porque cautivaba con sus ojos que habian robado algo a la esmeralda, porque prestijiaba con sus movimientos graciosos, i con una cabellera castaño claro capaz de enredar el alma como una mosca en la telaraña, se apodera de repente del neófito. La caterva la sigue con furor, pero ella con sus hechizos, con sus untos o sus polvos, no se sabe cómo, se convierte, i metamorfosea al ingles en un abrir i cerrar de ojos, en pájaro, i ámbos a dos tienden el vuelo, dejando el torbellino de brujas viejas i de brujas niñas revolcándose de rabia. Muchas repitieron la misma metamórfosis, pero aunque hubieran volado como el halcon, ya no era posible alcanzar a la bella pareja que se remontaba i se perdia de vista.

XIII. Lucero

Mr. Livingston hacia de pájaro a las mil maravillas. Volaba i mas volaba al lado de su pareja, sin abrir siquiera el pico para preguntarle a donde le llevaba o para darle las gracias por su salvacion. Talvez dudaba él de poseer el habla o temia desencantar a su salvadora dando un gorjeo como el cuervo, o algun graznido como el pavon de Juno. No se habia ensayado en todas las costumbres de su nuevo estado i aceptaba su papel de pájaro volátil simplemente con toda la buena fé de un ingles honrado, i por eso no se atrevia siquiera a pensar. Fuera de esto, la novedad del encanto i el placer de dar un vuelo le traian arrobado; i en verdad que no era para ménos: verse cortando raudo los aires, dulcemente mecido por un par de alas que se balancean, es una delicia inefable que absorbe el pensamiento i apaga la gratitud i todos los sentimientos que sirven de lazo entre los hombres que andamos. Los pájaros no deben sentir, ni deben tener vigor para pensar cuando van ejecutando una operacion tan estupenda como es el volar. Sin duda esa es la razon por que no se les ve hacer las funciones serias de la animalidad, sino cuando se asimilan al hombre usando de sus dos piernas.

Así lo juzgó despues don Guillermo, cuando recordó que viendo el mundo de Espelunco, allá a lo léjos, mecerse en su atmósfera inflamada, no recibió con esa vista mas impresion que si viera a Júpiter por el tubo de un telescopio; i de aquí concluyó que para pensar, discurrir i sentir como hombre, era necesario tener la forma humana, i que fuera de esta forma el pensamiento i la sensacion cambian de naturaleza.

Otra cosa fué cuando ambos pájaros, poniendo fin a su vuelo, posaron en tierra sus piés humanos, viéndose convertidos instantáneamente en hombre i mujer situados a la puerta de un inmenso edificio. Ambos se miraron con curiosidad, despues con ardor, fascinándose el ingles con la vívida luz de los ojos de esmeralda de Lucero; i sintiendo un simultaneo latido en el corazon, se abrazaron i se estrecharon como dos amantes antiguos que se encuentran despues de una larga ausencia.

Al primer respiro que desahogó su pecho, Mr. Livingston, mirando con avidez a su pareja i asaltado por un recuerdo, le tomó la mano cariñosamente, i le dijo:

—Anjel mio, mi salvadora, ¿quién eres?, dime; tú no eres Julia ¿no es cierto?

—Nó, yo soi Lucero, respondió la hechicera: así me llaman las tias, desde que me trajeron del mundo i me enseñaron su oficio.

—¿Cuánto tiempo ha que estas aquí?

—Desde el primer año de mi edad, fuí robada de mi casa. No he conocido a mis padres i cuento ya veinte años de vida, veinte años que han sido para mí veinte siglos, i que serán una eternidad mas, si un hombre que me ame no me desencanta.

—¿Qué es necesario para desencantarte? Yo te amo; no, no, te adoro, te has hecho dueño de mi alma. ¿Qué he de hacer para salvarte, Lucero de mi vida?

—¡Ah! ¡se necesita mucho! ¡Un gran sacrificio! El que me ame ha de peregrinar veinte años sin cesar entre dos grandes ciudades de mi patria, para hallar, al fin de tres mil viajes que ha de hacer en los veinte años sin que la falte ni sobre tiempo, el talisman del PATRIOTISMO que se ha perdido en una de esas ciudades. El dia del hallazgo será dia de gloria, de contento, de paz i de fraternidad; i yo podré volver a ejercer en mi patria mis funciones, pues soi el hada del noble sentimiento perdido. El hombre que acometa tan alta empresa ha de tener un corazon formado para el amor, i no para el odio, profundas convicciones, ardiente fé en el porvenir i perseverancia incontrastable......

—Si no es necesario mas, yo soi ese hombre, esclamó con entusiasmo Mr. Livingston: ponme en camino i fia en mí, Lucero, si no se necesita otra cosa.

—Sí, hai algo mas: el hombre de que hablamos ha de pronunciar de cierto modo en cada una de las dos ciudades tres palabras sacramentales, cuantas veces llegue al término de un viaje.....

—Dímelas, interrumpió con viveza don Guillermo.

—Nó, tratemos primero de tu salvacion; despues debo probarte, i cuando tenga en tí plena confianza, sabrás esas palabras.

—¿I cómo vas a salvarme?

—Voi a pedir a los Jenios tu libertad.

—¿Qué no sabes que estoi sentenciado? Los Jenios me forzarán a cumplir mi condena, a no ser que me permitan cumplir la promesa que he hecho de desencantar a la Libertad, venciendo sin hierro ni fuego a los cuatro monstruos que la aprisionan.

Una sonrisa inefable iluminó el bello semblante de Lucero, i luego, con la ternura que inspira a una persona esperimentada la candorosa inesperiencia de un niño, tomó las dos manos de su amante i con dulzura le dijo:

—Nó, piensa primeramente en hallar el Patriotismo perdido; despues esa virtud celeste, por sí sola, completará lo obra de vencer sin hierro ni fuego a aquellos monstruos.

—Entónces es indudable, replicó Mr. Livingston, que los Jenios me someterán a la sentencia que sobre mí pesa.

—Tampoco; no lo temas, le dijo Lucero: los Jenios practican aquí lo que inspiran a sus adeptos de allá arriba: aquí la voluntad que forma las leyes está sobre las leyes, i éstas no se dictan sino para los indiferentes i para aplicarlas sin piedad a los enemigos; pero para los que las hacen i sus amigos son una regla elástica que se alarga i se encoje como conviene, conservando su forma. Un medianero rara vez deja de alcanzar lo que se desea, cuando pone en juego ciertas influencias; su empeño se convierte en interpretacion, cuando hai necesidad de salvar las formas, o simplemente en mandato, cuando la lei no se opone abiertamente. Así caen las leyes i las sentencias, i así caerá la que te condena, cuando yo haga valer mis relaciones i el interes que hai en tenerme siempre grata para que no anhele volver al imperio que me corresponde como hada del patriotismo.

—Soi tuyo, Lucero de mi alma; me entrego con amor a tu poder i sabiduría. Sálvame, que yo te pagaré con un inmenso amor; i aunque emplée toda mi vida en salvarte, moriré contento, si tú mantienes en mi ancianidad el fuego de mi corazon.

—Nó, tu alma i tu corazon no envejecerán, si te alienta mi amor; i aun cuando el tiempo blanquée tu cabeza i desgaste el vigor de tu cuerpo, yo le volveré su juventud i su hermosura con el primer abrazo que te dé allá en el mundo.

XIV. El alcázar de los Jenios

¡Ai, desgraciado del que nace feo! ha esclamado algun poeta dominado del númen de la verdad, mas que del estro de la poesía; i en realidad que no es una ilusion poética la desgracia que trae consigo la fealdad. ¿Qué feo inspiró jamas un amor a primera vista? El feo que logra ser amado, lo consigue siempre a fuerza de mañas, o de bondad de corazon, o de injenio: por eso las mujeres que se ven conquistadas por un feo se escusan amenudo con un—«¡pero si es tan bueno!»—u ocultan su vergüenza bajo el prestijio de la habilidad o del talento de su feo. ¡Mas qué será, Dios mio, del que ademas de tener la fealdad en su cara, tiene la pobreza en el corazon i menguado el entendimiento! A ese solo puede salvarle el capricho femenil, i si no sabe esplotarlo o si no es capaz de aprovecharse de las estravagancias de una mujer, no le queda otro mundo que la celda de un convento, ni otro amor que el de Dios.

Al fin esto es algo: peor es entregarse como Calivan al amor del diablo. ¡I sin embargo, hai tantos Calivanes en este mundo, que sin ser hijos de la bruja Sycorax, tienen una intelijencia grosera, un natural ruin i una figura humana con todos los instintos i deformidades de la figura bruta! ¡Para esos, la maldicion del hombre i de la mujer! El que nace Calivan i no tiene la virtud de la conformidad, i en lugar de hacerse bueno, cultiva la envidia, i se enardece con el odio i el egoismo, es un monstruo que no merece tan siquiera los caprichos de una bella, ni las estravagancias de una fea, porque la mujer que se dejase conquistar por él, no podria disculparse con un—«¡pero si es tan hábil!»

Afortunadamente no se hallaba don Guillermo clasi ficado en ninguna de estas categorías de la fealdad, como fácilmente se habrá colejido al verle enamorar con solo su presencia a una hechicera tan encantadora por sus gracias como por sus artes. I aquel amor era como todos los que se descifran a primera vista: él i ella se habian leido el corazon el uno al otro, i se habian intimado i casi cristalizado, como si llevaran largos dias de buen trato i de dares i tomares.

Hallábanse los enamorados a las puertas de un inmenso edificio, que era el alcázar de los Jenios, cuando se cambiaron sus últimas promesas. Lucero penetró en el alcázar seguida de su pájaro, el cual no tenia ya ni la forma de tal, ni la del padre Adan en que habia sido cazado: era el mismo hermoso don Guillermo que solia ver en su meson Madama Ferran por las tardes, con la diferencia de que su rostro estaba ahora radiante con las luces del amor i de la esperanza, i no sombreado por las dudas que en otro tiempo le inspiraba Julia.

Lucero se perdió en aquella atmósfera crepuscular que ocupaba los antros del alcázar, dejando a Mr. Livingston en un punto de apoyo desde donde podia descubrirlo todo. No habia allí salones, ni apartamentos, ni bóvedas, ni suelo: era un espacio inconmensurable, infinito, sin luz, porque no eran sus habitantes los Jenios de la luz; ténuemente alumbrado por un claror parecido al de la incierta luna bajo la enramada de una encina, como el que alumbraba el infierno cuando el poeta lo visitó. Sombras diáfanas pero opacas circulaban lentamente, unas verticales, otras inclinadas, éstas recostadas muellemente en el ambiente, i muchas como hendiendo el aire para subir o descender: eran los Jenios, i los habia de todas dimensiones i figuras, pero conservando siempre aquella forma que los pintores dan al alma, cuando la representan desprendiéndose del cuerpo que muere. Voces metálicas, sonoras, vibrantes, como las que arranca una pasion ardiente, surjian de todas partes, al parecer en confusion.

Pero esa confusion era aparente: cuando don Guillermo fué recobrando el imperio de su discernimiento i el uso de sus sentidos, libre ya del estupor que le habia causado la novedad i estrañeza del espectáculo, observó que en todo reinaba un órden admirable, i que los Jenios, poseedores del portentoso poder de abrazar aquella inmensidad con una mirada, con su voz, con su atencion, se comprendian sin estorbo, i se ocupaban familiarmente de sus tareas sublimes. La intelijencia humana del ingles no alcanzaba a descifrar otra cosa, sino que desde aquel centro inconmensurable partia la inspiracion para el mundo profano; pero no podia esplicarse cómo, ni podia distinguir a los mensajeros que trasmitian los apotegmas con que resonaban los antros. A juzgar como puede hacerlo un mortal, se trataba allí de muchos puntos simultáneamente.

En algunos círculos se ocupaban al parecer en dictar la Constitucion política de un pueblo, pues se oia vibrar una o muchas voces que esclamaban:

«Aquella es la mejor de las constituciones políticas, que mas fácilmente puede ser desobedecida i burlada por los que mandan, mediante una sábia interpretacion, o merced a alguna cláusula que destruya las garantías que ella concede.»

«Los abusos de la autoridad son santos, o por lo ménos inocentes: cuando se trata de evitar el uso de la libertad i los abusos de los que obedecen.»

«La fuerza del poder no debe buscarse en la opinion ni en el concurso de los intereses de todos, sino en las armas i en los tesoros; pues la resistencia a las pasiones ajenas i a los intereses ajenos es la mejor política de los que mandan.»

En otras partes se oian proclamaciones que parecian consejos:

«No hai leyes buenas, se decia, si son malos los hombres encargados de aplicarlas: corromped el corazon de los hombres i no tendreis que temer de las reformas.»

«Enseñad a esperarlo todo de la voluntad de los que mandan, i así acostumbrareis a los hombres a respetar la autoridad en las personas que la ejercen i no en las leyes.»

«Haced a los hombres desleales, disimulados e hipócritas, egoístas, orgullosos e intolerantes, i así tendreis defensores contra toda novedad que hiera el sistema actual de vida.»

«Entristeced al pueblo, quitadle todas las ocasiones en que pueda holgarse su espíritu, con el pretesto de atacar los vicios i de evitar la corrupcion, i así lograreis inspirarle aquellas virtudes.»

«Protejed i fomentad la relijion, como aliada del poder, porque miéntras mas relijioso es el pueblo, mejor podrán vuestros aliados ayudaros a conservar el órden.»

Mas allá se oia que se trataba de prescribir el escudo de armas de una nacion, pues una voz sonora esclamaba de este modo:

«El emblema de un gran pueblo que está bajo nuestros auspicios, no debe componerse del árbol de la libertad ni de los Andes i el sol. Es necesario que los símbolos sean mas adecuados, i si se han de buscar en la naturaleza, debe elejirse una ave de rapiña i un cuadrúpedo montaraz, huraño i tan inútil, que ni siquiera haya sido visto por los hombres: orladas esas criaturas por dos ramas de laurel entrelazadas, formarán un verdadero jeroglífico de ese pueblo.....»

Una luz mas viva ajitó el aire i Lucero, radiante i veloz, apareció a los ojos del ingles, que atónito i abismado, contemplaba i oia con toda su alma lo que pasaba i se decia. Los ojos claros de la hada i su semblante abierto i espresivo, derramaron el consuelo i la esperanza en el corazon de su enamorado.

—Ya estás libre, le dijo, pero necesitas llenar una condicion de ceremonia.

—¿Cuál es? Ordena, Lucero, i serás obedecida.

—Los Jenios te conceden su indulto, pero debes solicitarlo en una representacion respetuosa, en que implores perdon.

Una sombra siniestra cubrió la frente de Mr. Livingston, que bajó los ojos como pesaroso i triste.

—¿Qué te sucede, esclamó Lucero, dudas?

—No dudo, dijo él siempre mústio; ¿pero de qué imploraré perdon? ¿Cuál es mi culpa? ¡Hai mucho de indigno en la víctima que pide perdon a quien oprime sin razon i sin mas lei que la de la fuerza!

Lucero se entristeció, pero reanimándose súbitamente, replicó:

—Una gracia se pide siempre al poderoso.

—Es verdad; observó Mr. Livingston, pero yo no creo que deba pedir gracia, cuando me hallo en el caso de reclamar justicia; i cuando no tengo quien me la haga, ni puedo valerme por mí propio, me resigno a mi suerte, ántes que implorar favor, porque un favor solo ha de pedirse o recibirse, cuando es grato deberlo.

—Comprendo tu dignidad, le dijo Lucero, oprimiéndolo cariñosamente con su brazo; i no solo la comprendo, sino que te amo ya demasiado para que pueda imponerte un sacrificio, ni contrariar tus sentimientos. Pero si no te libertas por este medio, tienes que arrastrar grandes peligros para conseguirlo con una fuga: yo te acompañaré, porque nuestra causa es comun, i padeceré contigo. ¡Vamos!

—¡Imposible! Tampoco debo yo imponerte a tí sacrificios, déjame solo.....

—Me los impones sin ofenderme, i yo los acepto con amor i con la esperanza de que traerá tu libertad mi triunfo. Déjame el placer de ser tu guia, tu salvadora, que él es mas grande que las penas que tenga que sufrir por tí. ¡Vamos! ¡Adelante!

XV. Digresiones

No sabemos cuanto tiempo habia pasado desde que don Guillermo fué trasportado como cuerpo muerto de la playa del Pacífico a los antros de la Cueva del Chibato, ni cuanto va trascurriendo desde que emprendió su fuga con Lucero, desde los umbrales del Alcázar de los Jenios en busca de su libertad. Si, como creian los antiguos, el espacio i el tiempo no son mas que simples relaciones de los seres; o si el tiempo como creen otros, no es mas que la determinacion de la duracion, hecha por el entendimiento i revestida de formas por la imajinacion, de todos modos, no podemos saber cómo con sideraban esas cosas los habitantes de Espelunco; pues ni conocemos asertivamente sus relaciones, ni tenemos datos sobre el modo como contaban la duracion. Lo mas probable es que no les hubiese alcanzado la correccion Gregoriana, por católicos que fuesen, i que, por consiguiente sus meses i sus años fuesen mui diferentes de los nuestros. ¿Quién sabe si aquel año de noviciado que hacian sufrir a los imbunches no era un siglo? ¡Ya se vé que eso no habria sido tan malo, pues hai espíritus tan tenaces que no se doman jamas! Testigo aquel porfiado prisionero de Chillon, de quien nos cuenta Byron, i a quien no le bastaron ocho años de argolla para dejar de ser republicano; i tambien aquel otro viejo empecinado a quien no abatieron diez i seis años de silencio forzado, ni tres de reclusion rezando los salmos penitenciales, para que dejase de hacer alarde de sus herejías, esclamando e pur si muove, cuando se levantó del sitio en que le puso arrodillado la santa Inquisicion para que abjurase sus errores. ¡Rara condicion la de algunos hombres que no saben jamas amoldarse a las circunstancias para pasarlo bien, i que prefieren sacrificarse por una quimera de esas que se llaman teorías o utopias! Bien merecido tienen su mal, i ellos solos lo sufren, con la maldicion del diablo i la befa de la jente sensata que sabe vivir. Nosotros los hombres prácticos, los vividores, como se decia al estilo antiguo, no debemos incomodarnos por mejorar el mundo: si somos súbditos, bien nos viene el obedecer i callar, porque donde manda capitan no manda marinero, i porque al fin i al postre no hai nada mejor que el gobierno; i si por fortuna somos mandones o estamos en peligro de serlo, ahí está nuestro modelo, el ladino Sancho, que cuando se las soñaba en el reino de Micomicon, esclamaba: «¿Qué se me da a mí que mis vasallos sean negros? ¿Habrá mas que cargar con ellos i traerlos a España, donde los podré vender i a donde me los pagarán de contado, de cuyo dinero podré comprar un título o algun oficio con que vivir descansado todos los dias de mi vida? No sino dormíos, i no tengais injenio ni habilidad para disponer de las cosas, i para vender treinta o diez mil vasallos en dácame esas pajas: por Dios que los he de volar, chico con grande, o como pudiere, i que por negros que sean, los he de volver blancos o amarillos: ¡llegaos, que me mamo el dedo!» Así han dejado a los pueblos, mamándoselo, algunos ex-presidentes i ministros americanos que se han ido a vivir descansados todos los dias de su vida a Europa, i a gozar de los frutos de su injenio, que no lo tuvieron ménos grande que Sancho. ¿Hai mas que imitarlos? ¡Bueno es el mundo i bien se está San Pedro en Roma!

Otra cosa que ignoramos es el cómo la hermosa Lucero inició a su querido en sus hechicerías, enseñándole a metamorfosear su figura instantáneamente, a volar por lo alto como pájaro, a arrastrarse como culebra por lo bajo i a resbalarse como pez entre las manos. Ya se ve que todo eso i mucho mas era preciso a quien tenia que andar asendereado i perseguido en un pais donde la policía estaba servida por brujos capaces de dar caza al mismo Cojuelo, si hubiese ido a incomodar i a alterar el órden. Semejante policía no cabeceaba ni roncaba, cuando estaba de servicio, ni incomodaba con pitos ni gritos a los vecinos que la pagaban, ni mostraba su valor sableando a los inermes i estropeando a los beodos, ni probaba su vijilancia dejando robar a los ladrones, sin prenderlos, i aprisionando o espiando a los enemigos de la autoridad que no hacen daño. Nó, aquello era otra cosa, i don Guillermo tenia mucha necesidad de las artes de su dulce amiga para escapar del peligro de las agujas, de que ya le habia salvado una vez.

¡Ah! cuánto dieran algunos de por acá para alcanzar a poseer esas artes diabólicas! Pero es el caso que debe haber mucho de cierto en lo que pensaba de nosotros el padre Malebranche, cuando sostenia que el alma no obraba de manera alguna sobre el cuerpo, i que Dios es el único que obra sobre el alma i sobre el cuerpo: así es que, por mas que uno desee volverse perro para amar i no sentir, o moscon para fastidiar al prójimo, jamas lo consigue, porque Dios no quiere, i porque el cuerpo solo puede acordar sus movimientos al pensamiento mediante la accion divina. No queda mas recurso que un pacto con el diablo. ¿Pero esto quién lo consigne, ni quién puede verle la cara a ese ánjel? Desde que él acabó sus tareas en el mundo, se jubiló i desapareció para siempre: hoi ya ni se acuerda de nosotros. Estuvo tanto tiempo enseñándonos i nos enseñó tanto, que viendo que en maldades i necedades podiamos darle lecciones, se restregó las manos complacido i se retiró a descansar. Solo allá, de tarde en tarde, cuando aparece un Fausto en el mundo, cosa que no se ha visto mas que una vez, i en Alemania, suele darle el padre viejo permiso para venir a acompañarle.

Ahora hai quien evoca los espíritus i tiene comercio con ellos, pero ese es un negocio absolutamente yankee que no se puede hacer en todas partes ni por todos. Santos i notabilísimos varones ha habido que lo han tomado a lo sério, i aun han lanzado contra los que lo hacen anatemas i escomuniones. ¡Pero quién tiene la fé o las creederas que estos santos necesitan tener! Los yankees de los espíritus se han de estar riendo de esas creederas, como se rien de los que les compran los jamones i moscadas de madera que venden tan barato.

Como quiera que sea, si no hai cuerpo que no tenga su espíritu, en ese grande i admirable órden de la naturaleza, lo cierto es que hai muchos humanos que al parecer no tienen el suyo, a no ser que lo tengan tan escondido como las rocas o los árboles. Pero tanto el arte de evocar esos espíritus ocultos, como las demas artes diabólicas, no se pueden aprender fácilmente en el estado actual de cosas. Desde que la filosofía ha dado al traste con la fé, los brujos han ido a esconderse en los antros de la tierra, i quien no tenga la fortuna de Mr. Livingston, no puede ponerse al habla con ellos ni aprender sus hechizos.

Mas, en obsequio de la verdad i en honor de nuestro héroe, debe reconocerse que lo de brujo no disminuyó en un ápice sus instintos de buen ingles, pues lo primero que hizo en el pais de su peregrinacion, fué instruirse del estado en que se hallaban las garantías de habeas corpus, ya que tanto le interesaba conservar el suyo. Pero halló que en materia de prisiones, aquello era una atrocidad, porque sobre estar habitualmente presas, como en un convento, aquellas jentes, sucedia que no habia brujo ni bruja, como quien dice perro ni gato, que no tuviese la facultad de mandar a la cárcel i aun de condenar a muerte a cualquiera estante o habitante, aunque no fuese mas que por verle mala cara. La seguridad individual no era allí conocida, sino por los servidores de los Jenios, que, al fin como de la carda, estaban exentos de los percances que ellos eran encargados de hacer sufrir a los demas. El ingles se asustó de ver que el habeas corpus estaba suspenso sin ceremonia, i nunca perdió el susto por mas que procuraba imitar a los paisanos suyos que por allí encontraba enteramente conformes i contentos con esa inseguridad: pero no advertia que esos eran tambien de la carda, miéntras que él habia desechado las propuestas de afiliacion que en otro tiempo le hizo el juez del crímen de Espelunco.

Pero en cuanto a libertad de pensamiento, era eso otra cosa: los Jenios dejaban la libertad de pensar i la de hablar por lo bajo cuanto se quisiera, con tal que no se pasara de la conversacion privada; i era libre el chismeo i el cuchicheo hasta lo infinito, i se podia hasta soplar a la oreja un venticello de aquellos cuya fuerza describia don Basilio tan sabiamente. No, en ese punto estaban todos a sus anchas i contentos, i hasta se les dejaba campo abierto para hacerse oradores públicos, si querian, pues no se prohibia el hablar a gritos ni a los histriones, ni a los predicadores, ni a los panejiristas del gobierno de los Jenios, siempre que en todas esas loas fuesen estos loados i no enlodados.

La misma libertad existia para el pensamiento escrito: ¡gracias a Dios, existia la libertad de imprenta! La censura estaba rigurosamente abolida para ántes i despues del parto: la autoridad no censuraba ántes de la publicacion lo que parian los escritores, pero tampoco permitia publicar ningun parto que la censurase a ella. La lei era pareja i por consiguiente justa, pues cuando un gobierno no censura previamente las obras, tiene justicia para no permitir la publicacion de escritos en que lo censuren a él o a sus amigos. ¡Qué cosa mas racional! Pero sobre ser justo este plan, produce ademas una ventaja inapreciable, tal es la de que no pueden aparecer otras publicaciones que las que la autoridad fomenta o tolera; i si alguna de estas saca a veces los piés del plato, hai razon para que las otras i la autoridad se le vayan encima, las primeras con el peso de la injuria i la calumnia, i la segunda con su pesantez específica i cuantitativa, para castigarla i anonadarla, pues que faltó al pacto i perturbó el órden.

Mas don Guillermo, ingles al cabo, no comprendia esta libertad de imprenta i se imajinaba que mas bien era una libertad de mentir por escrito con patente autorizada, pues observaba que los escritores eran verdaderos prestijiadores que embaucaban a sus lectores, variando el sentido de las cosas, adulterando los hechos i convirtiendo en liebres todos los gatos. Segun él, habia una perfecta contradiccion entre los hechos que tocaba en la sociedad i los artículos que leia en la prensa; pues miéntras que en aquella todo era malo, atrasado i podrido, para esta no habia gobierno mas justo i liberal, ni mejor administrador, ni pueblo que hiciera mas progresos ni que fuese mas afortunado que el de Espelunco.

Solo un ingles puede tener la estravagancia de no conocer que hai un derecho natural tan sagrado como el de la defensa propia, i es el del propio elojio. Los ingleses no conocen cuánto cinismo i perversidad hai en revelar nuestros vicios, i en descubrir nuestras lacras, pues ellos hallan mui natural i puesto en razon el censurar a sus gobiernos i el criticar sus vicios sociales. ¡Que falta de patriotismo tan imperdonable! ¡Qué ingratitud! Maldecir de su propia madre, acusando sus vicios, i atacar a su gobierno descubriendo sus pasteles, son verdaderos parricidios que merecen el terrible consorcio del jimio, del gallo i la culebra. Pero los ingleses no solo cometen esos crímenes diariamente, sino que asilan en su tierra a todos los perseguidos i les dejan ámplia libertad para que maldigan de sus gobiernos i desacrediten a su patria, revelando al mundo lo que como buenos patriotas debian callar, basta que se trate de los suyos, pues entre buenos hermanos todo debe quedar en casa. No hai emigrado en Inglaterra que no haya gozado de esa libertad de desacreditar: los españoles de Fernando VII, los franceses de Napoleon, los napolitanos del rei Bomba i hasta los arjentinos de Rosas. ¡Qué mucho, si los malos se dan la mano i se protejen! Pues esos mismos emigrados cometen cuando pueden en sus paises los mismos crímenes, echando sin vergüenza a la estampa sus vicios sociales, i celebrando a los escritores que lo hacen hasta elevarlos a la categoría de clásicos! ¿No han hecho eso los españoles con su Larra i los franceses con una caterva de escritores parricidas? ¿No han elevado estátuas a Voltaire, a Cervantes i a otros maldicientes de este jaez? ¿I los ingleses no se llenan la boca con los nombres del dean Swift i del cura Sterne, dos sacerdotes protestantes tan deslenguados i sarcásticos contra las costumbres de su tiempo, como el benedictino Rabelais?

Pues esa perversidad era lo que echaba de ménos el ingles entre los virtuosos habitantes de la Cueva, quienes, si como criaturas frájiles, tenian sus defectos, como buenos cristianos se los disimulaban, i como buenos patriotas los callaban para no desacreditar su Cueva ni a sus amos.

Viciado por su educacion el criterio de don Guillermo, i agriado su ánimo por la persecucion de que era víctima, no podian ser acertados los juicios que se formaba del pais que recorria; i haciendo abstraccion de ellos, para salvar nuestra responsabilidad, así como de las cuestiones de tiempo i modo que pueden suscitarse sobre la duracion de su peregrinacion en la Cueva i sobre su aprendizaje de las artes diabólicas, sigamos sus pasos hasta el punto donde le encontramos al principio, i basta de digresiones.

XVI. Primer cuadro

Grandes voces. ¡No hai que salir! ¡De aquí no nos moverémos! ¡Estamos en paz! ¡aquí no hai riñas ni bulla! Afuera los brujos; ¡Muera la policía!

Un jefe. ¡Sí saldrán! ¡No se permiten reuniones! ¡Afuera, afuera!

Suenan los sablazos. Un gran grupo de hombres sin armas se echa sobre los sableadores, que retroceden.

Algunas voces de estranjeros. ¡Por aquí, por aquí! ¡Viva la autoridad! ¡Favor a la lei! ¡Rodeadlos, tomadlos presos...!

Reforzados los brujos por los estranjeros, dispersan el gran grupo en fracciones que huyen, i aprehenden a varios hombres que amarran i conducen a la prision. Los ausiliadores quedan en el mismo sitio i dos jóvenes, al parecer estranjeros tambien, se acercan i les hablan en lengua estraña.

Varias voces. Tienen razon esos pobres diablos. Estaban quietos i no daban motivo.

Uno de los jóvenes. ¿Entónces, por qué ayudasteis a perseguirles?

Una voz. Porque es necesario apoyar a la autoridad.

El otro jóven. ¿Aunque no tenga razon?

Otra voz. Ciertamente.

Primer jóven. Habria sido mejor no mezclarse. Nosotros debemos prescindir i mantener neutralidad en todos los asuntos del pais.

Otra voz. Ménos cuando se altera el órden i se pone en peligro nuestra propiedad.

Segundo jóven. Podemos defender nuestra propiedad, no hai duda; pero cuando se halle atacada. La lei i el gobierno nos protejen, i es preciso confiar en esa proteccion, ántes de anticiparnos a su accion. Si con el pretesto de evitar un peligro, nos creemos autorizados para tomar parte en las cuestiones intestinas, podremos equivocamos mui a menudo i nos espondrémos a atacar a nuestra vez el derecho de otros.

Otra voz. No importa: lo que nos conviene es la estabilidad del que manda, sea quien fuere, i cualquiera que sea su conducta. Nosotros no debemos mezclamos en las cuestiones intestinas para averiguar quién tiene razon o a qué lado está la justicia; pero sí debemos en todas circunstancias apoyar a la autoridad, reforzar el poder, aunque sea el de Lucifer, porque eso es lo que conviene a nuestros intereses.

Otra voz. ¡All right! No discutamos al aire: ¡vamos!

Los dos jóvenes se separaron i siguieron hasta entreverarse en los grupos de jente del pueblo que llenan una espaciosa calle, i que marchan cabizbajos en una misma direccion.

Un hombre. ¡Buen dar, amigos, que no podamos divertirnos onde nos dé la regalada gana!

Otro. Ni cuando ni como queremos, sino como quieren los brujos.

Un viejo. Toa la via ha sio lo mesmo: no hai mas que aguantar. Para morir nacimos i para sufrir vivimos.

Una vieja. Como los burros: en eso nos parecimos i en la paciencia. Bienaventurados los que lloran.

Un mozo. Porque llorarán siempre.

La vieja. Bienaventurados los que han hambre i sed de la justicia porque ellos serán hartos.

El mozo. Para allá me las guardes. Somos pocos todavía; cuando seamos hartos se nos quitará la sed.

El hombre. No hai mas que ir al garito: allí sí que es permitido divertirse.

El otro. ¡I caer en el garlito! ¡Qué se ha de hacer!

Uno de los jóvenes. ¿Por qué no les permiten divertirse donde ustedes quieran?

El viejo. Así está mandao, señor.

El jóven. ¿Quién lo manda?

La vieja. ¡Quien puede! Aquí manda no quien quiere, sino quien puede.

El otro jóven. ¿Quién es el gobernador de esta ciudad?

Un hombre. ¡Quién sabe! Yo no lo conozco ni sé quién es.

Varias voces. Ni yo tampoco. Yo ménos.

La vieja. Yo no conozco mas que a algunos de los brujos que cuidan del órden.

El mismo jóven. ¿Pero sabrán ustedes por qué les permiten ir al garito i no a otra taberna?

El mozo. ¡Miren qué gracia! Porque si allí pierde uno la plata que le adelantan, tiene que quedar obligao a servir!

El mismo jóven. ¿En qué?

La vieja. ¡Preguntón es el jutre!

El hombre. En ir afuera a trer niños.

El otro. I hombres que hacer imbunches.

El viejo. Para aumentar los vasallos.

Una vocería interrumpe el diálogo: es orijinada por una riña que se traba entre varios grupos. Todo se conmueve: los niños silban, las mujeres chillan i los hombres gritan, se revuelven, se entreveran, se golpean. Ayes i blasfemias se perciben en medio de la grita. Algunos hombres ensangrentados huyen. El tumulto se aplaca poco a poco; pero la policía no parece. Solo quedan hombres jadeantes i de miradas atroces. Algunos arreglan sus vestidos, otros rien a carcajadas, i no pocos hai sérios i tristes.

Los jóvenes que se habian visto envueltos en el torbellino, reconocen que han sido despojados por manos diestras de los adminículos que guardaban sus faltriqueras. Pero continúan mezclados con los grupos i si guen la marcha, anudando su diálogo, o mas bien empezando otro, porque sus interlocutores han desaparecido.

Primer jóven. ¿Por qué ha sido la riña?

Una mujer. Porque un hombre quiso vengarse de otro.

El segundo jóven. Contadnos eso.

Un hombre. ¡Con cuánto lo manda!

Primer jóven. Lo suplicamos: no tendriamos con qué mandarlo. Nos han dejado los bolsillos pelados.

Una carcajada universal estalló al oir esta gracia.

Otro hombre. ¡Chuparse el deo no mas! Otra risotada acompañada de rechifla casi hizo avergonzarse a los preguntones. Una mujer comprendió la situacion de los jóvenes i se interesó por ellos, esclamando:

—Yo les contaré, pero vamos andando. Todos se pusieron en marcha. A los lados de los jóvenes caminaban mujeres i niños que los miraban con curiosidad. A alguna distancia iban hombres silenciosos que los miraban de reojo.

La mujer. No era naa, sino que un hombre habia jurao que otro se la habia de penar; lo encontró agora, i le metió el belduque.

Los amigos salieron a la defensa i se formó el pleito.

El segundo jóven. ¿Qué le habia hecho el otro?

La mujer. Le habia levantao el testimonio de que era desertor, i por eso le habian pegado muchos palos i lo habian tenio preso hasta agora.

El primer jóven. ¿I le habian tomado preso por el falso testimonio?

La mujer. No, señor, aquí agarran jente para que sirva, i así lo habian tomao.

Otra mujer. Pero como cualquiera puede libertarse, dando un tanto en plata, éste iba a dar lo que le tocase, i entónces el otro, que es un testimonero, lo acusó en falso.

El primer jóven. ¿Por qué fuerzan así a la jente?

Un hombre de atras. Porque somos pobres, i para el pobre no hai mas que zanja i horca.

El mismo jóven. Se reclama......

Una voz. ¡A quién!

Otra voz. ¡Contra quién!

Muchas voces. ¡Para el pobre no hai justicia!

Uno de los jóvenes al otro. Silencio, mas cautela, porque aunque éstos no conocen a la autoridad, sino que la aborrecen, nunca falta entre ellos algun traidor que la busca para denunciar estas conversaciones, pues saben que esos denuncios se pagan jenerosamente.

Estas palabras no fueron oidas mas que por el otro jóven. El silencio sucedió por algunos momentos. Un silbido trajo otros, una palabra lanzada al aire provocó otras, i sin embargo de que todos marchaban en paz, comenzaron a elevarse algunos terrones i piedrecitas que caian perpendicularmente sobre los jóvenes.

Así continuaron hasta que fueron desapareciendo casi todos por la puerta de una fonda, dentro de la cual habia gran ruido i movimiento.

Los dos jóvenes que habian entrado tambien tranquilamente, sin hacer caso de las provocaciones, se instalaron en una mesa que estaba sola; pero los circunstantes no podian reconocer en ellos a los que les habian hecho compañía por la calle, pues eran enteramente distintos en fisonomía.

Uno de los jóvenes al otro. ¿Observas a algunos de esos hombres que entran a aquel caramanchel i salen de allí contando dinero?

El otro jóven. Si, he visto a varios. ¿Se da acaso dinero en ese cubichete?

—Nó, se presta, con la condicion de devolverlo ántes de salir de este sitio. El que recibe se pone a pro bar fortuna en el juego, i si pierde, tiene que pagar el préstamo con su persona.

—¿Cómo así?

—Quedando obligado a servir en todo lo que lo ocupen los Jenios, principalmente en perseguir i cazar mas hombres en el mundo para aumentar el número de los que aquí sufren.

—¿No acaban de quejársenos esos mismos porque no se les hace justicia? ¿No deploran su situacion, mostrando su odio contra la opresion que sufren? ¿Cómo es entónces que lo olvidan todo por satisfacer un vicio, i venden su misma libertad?....

—¿No comprendes que todas esas contradicciones i esas miserias son efecto puro de la ignorancia? Esos hombres no conocen el poder de los Jenios, sino por el mal que les hace; i, sin embargo, olvidan ese mal, por dar rienda a su egoismo, i sirven lo mismo que aborrecen.

—¡La ignorancia!

—Sí: observa la verdad de lo que te he dicho ya. Aquellos monstruos que encantan i aprisionan a la libertad, no son sino una alegoria de la verdad. Esos monstruos existen en la sociedad, son la sociedad misma, porque en ella están la ignorancia, la mentira, el fanatismo i la ambicion: circulan en su sangre. Recuerda lo que has visto, observa lo que ves. ¿No viste ya la ambicion entronizada, trabajando por sostener su imperio? ¿No viste ya la mentira infiltrada en la prensa i en la sociedad? Vé ahora la ignorancia encarnada en el pueblo mismo: observa mas i la irás encontrando en todas partes entrelazada fuertemente, de un modo indisoluble, con la mentira i el fanatismo. ¿Comprendes ahora cómo es que esos monstruos no pueden ser combatidos ni vencidos con el hierro i el fuego? ¿Comprendes que para vencerlos por la fuerza seria preciso decapitar a la sociedad entera?

—¡Sí, Lucero: tú me iluminas, pero abates mi espíritu con tan terribles verdades, que me dan a conocer que la libertad no puede salvarse de sus enemigos, que la libertad es imposible!....

—No, Guillermo:¡la libertad no es imposible! ¿Por qué desesperas? La libertad es la justicia misma i existe en la naturaleza del hombre. Es cierto que ella aborrece la violencia, porque su triunfo no es la fuerza; pero aunque lentamente, tarde o temprano, se abre paso ayudada por la ilustracion que mata la ignorancia, alumbrada por la verdad que ahuyenta la mentira. Cuando la accion de estos ajentes es dirijida por el patriotismo, ese amor celestial, esa caridad fecunda, que armoniza nuestro interes con el de todos i que enjendra la noble ambicion de enaltecer la patria que nos dió el ser, entónces no se hace esperar el triunfo de la justicia; de la justicia que, inspirando seguridad a todos, derrama en la sociedad la confianza, la tranquilidad i el contento, que dan dignidad al hombre i brillo a las naciones. ¡Ese es el imperio de la libertad!

XVII. Segundo cuadro

De noche ya, van entrando en una ciudad, opaca i silenciosa, un viejo i un jóven. El primero tiene narices para dar i prestar, i el segundo, aunque niño todavía, muestra unos ojos claros, tan poderosos i ardientes, como si fuera mujer. Sí, porque los hombres, aunque tengan ojos hermosos, jamas los tienen poderosos como las mujeres.

Entran ámbos a una casa que estaba iluminada i concurrida.

—¿Hai posada para dos viajeros? preguntó el viejo.

—Como no, le respondieron, i para mas tambien: entren ustedes al salon: por aquí, inter se les prepara un cuarto. ¿Con dos camas, no es esto? Porque ustedes no deben ser la pareja de macho i hembra que acaba de venir a buscar la policía.....

Estas palabras fueron dichas por el fondista adentro del gran salon, donde habia muchos parroquianos. Todos levantaron la cabeza hácia la puerta por donde entraban los viajeros, i muchos se miraron entre sí, como de intelijencia mutua.

El niño que acompañaba al viejo, haciéndose mas indiscreto que el fondista, replicaba a éste:

—Pierda usted cuidado: tras de la misma pareja andamos nosotros, porque somos ajentes secretos, como muchos de estos señores que están aquí.

El fondista se descubrió i saludó a los recien venidos, cosa que no habia hecho ántes, porque no les habia adivinado la autoridad. Ellos, por su parte, tomaron asiento mui familiarmente alrededor de la mesa a donde estaban los demas velando un tazon, o mas bien, abismados en la llama de un tazon de ponche.

—¡Loado sea Dios! dijo uno cuando se estinguió la llama.

—¡Cómo tarda esa en quemarse! dijo otro.

—Esto es siendo espíritu, agregó un tercero. ¡Cuánto tardaria el cuerpo de un hereje cuando se usaba la hoguera!

El viejo, como si hubiera tenido algo de hereje, esclamó conmovido:

—¡Afortunadamente, hoi no se quema a nadie!

—Quienes pierden con eso, replicó el niño, son los mirones. ¿Qué mas le da al que muere que le maten a fuego de leña o de fusil, a hierro de cuchillo o a soga? Todo es morir: la muerte es la que espanta, la que encanece todos los cabellos en una noche, no el instrumento.

Todos callaron, como aterrados por la locuacidad del niño, quien, sin ser invitado, se sirvió ponche i continuó.—El hombre necesita matar a su semejante, porque solo la muerte sacia su orgullo: si hubiera un dolor mas supremo que la muerte, el poder del hombre no se saciaria con ella, i la muerte dejaria de ser pena capital, quedando al nivel de cualquiera otra de esas penas que no satisfacen. En otro tiempo la relijion servia de pretesto para quemar, porque no se hallaban bastantes delincuentes en el órden ordinario. Felipe II, ese corazon seco, que solo estaba apasionado de su autoridad, i que castigaba con la muerte cualquiera contradiccion a su poder, no teniendo rebeldes que ahorcar, fué a buscar en las hogueras de la inquisicion, una satisfaccion a su orgullo: por eso la fomentó i por eso esclamaba que mas queria no tener ningun vasallo, que tenerlos herejes. Desacreditado aquel pretesto, la autoridad ocupó el lugar de la relijion: hoi no se usa de la hoguera para castigar la opinion relijiosa; pero se usan muchos jéneros de muerte para castigar las opiniones políticas. ¡I se dice que han mejorado las costumbres!

—A mí poco me importa que se empeoren, esclamó uno de los circunstantes, escanciándose una buena parte de la ponchera. Todos imitaron su ejemplo, i otro, mirando el fondo de su vaso despues de haberlo apurado, agregó:

—¡Quisiera Dios mostrarme mi porvenir en el asiento de este vaso!

—Eso es lo que interesa, i no la mejora de las costumbres, dijeron varios con algazara.

—Por eso hacen ustedes bien en mirar el concho, agregó el viejo, porque el vaso suele decirlo todo cuando se llena i se vacía repetidas veces.

—En lo que hacen mal, observó el niño, es en pedir a Dios que muestre el porvenir. Dios no se ocupa en eso, ni tiene para qué pensar en el porvenir de bribones como nosotros. ¿Quieren ustedes que yo evoque al Diablo para que nos cuente nuestro horóscopo?

—Sí, sí, repitieron todos; veamos cómo.....

El niño trazó encima de la mesa, con una varita que sacó de su ropa, dos triángulos inversos, i dijo: esta es la cruz de Salomon. Despues hizo tres círculos concéntricos a la cruz, i puso sobre ésta la ponchera. Vació una botella de ron, allegó la luz i revolvió con la varita, recitando entre dientes un conjuro. De repente surjió una hermosa llama de fondo azul i flancos amarillentos, que dió a todos los semblantes un color lívido i cadavérico: las luces de la sala se apagaron solas, i las sombras de los que rodeaban la mesa, se retrataron tremulosas i jigantescas en las murallas.

Todos miraban de hito en hito la llama i con unas caras ávidas i desconcertadas. El viejo solo tenia un aire tranquilo i meditabundo.

En el centro de la llama comenzó a delinearse un objeto. Todos se apiñaron, devorando con los ojos la figura, hasta que apareció bien perceptible en el puro azul de la luz una máscara roja, de cuya ancha boca salian siete lenguas, i cuyos costados estaban guarnecidos de multitud de orejas.

—¡Qué es eso! ¿Quién es ese? preguntaron varios precipitadamente.

—¡Todos! respondió el niño.

—No, no, no; ese no puede ser el porvenir de todos, gritaron muchos. Toda la vida no hemos de estar escuchando, chismeando i mintiendo; esta es una carrera como cualquiera otra. Nuestro horóscopo no es ese.

—No, es el presente, replicó el hechicero: cada cual verá su horóscopo en su vaso. Apronte cada uno el suyo, voi a servir para que bebamos.

—Empecemos por el principio, esclamó uno, el primero toca al mas anciano. Despues continuarémos a la redonda: vamos, número uno; i señaló al viejo.

Este alargó impasible su vaso. La máscara habia desaparecido, i la llama del tazon borbollaba formando jirones, círculos i tirabuzones, como impulsada por un fuego activo. El niño llenó el vaso que se le presentaba, cayendo el licor como si hubiera sido de rubíes derretidos, i coronando los bordes una ténue llamarada azul, que poco a poco fué condensándose i mostrando una figura.

Era un viejo de estatura elevada, pero inclinado hácia adelante. Parecia absorto con un pensamiento terrible. Sus lacias canas bajaban hasta confundirse con su blanca barba. Tenia un ancho sombrero, cargaba sobre su hombro una manta, i llevaba un largo bordon en la mano derecha.

Todos miraban con curiosidad, pero el asombro se pintó en los semblantes, cuando vieron que el viejo se trasformaba en un hermoso jóven que dando la mano a una mujer radiante de belleza, se elevaba con ella hasta confundirse en una estrella vivísima que iluminó por un momento la estancia, dejando a los circunstantes deslumbrados.

—¿Qué es eso? preguntaron varios.

El niño respondia con un sonrisa, i el viejo dijo secamente que él comprendia su horóscopo i no tenia para qué revelarlo.

—¡Número dos! gritaron todos, i el que se sentaba al costado del viejo alargó su vaso. La misma operacion se repitió pero la llama dibujó otra figura, que no fué comprendida a primera vista, i que despues de examinada apareció ser una banda o faja bicolor enredada en un baston.

Hubo un silencio profundo. Todos miraban la figura i cavilaban, hasta que álguien dijo con énfasis: «¡Eso significa poder, autoridad, mando!»—I una carcajada universal estalló como eco de esas palabras.

Varios.—¡Hombre! ¡Tú con poder! ¡Tú mandatario! ¡A los cincuenta años de vicios, de pereza i de miserias! ¡Cómo puede ser cierto este horóscopo! Ja, ja, ¡jaaa!

Número 2.—Vamos por partes, mis amigos: ¿acaso no estoi yo en carrera como ustedes? ¿No puedo llegar adonde ustedes se proponen? ¿Qué mas tienen ustedes que yo? La mayor o menor edad, no importa: aunque han dado en creer que los jóvenes son mejores para el mando porque son mas enérjicos, cuando no son mas que atolondrados. Puesto en el caso, yo probaria que solo en mi edad se encuentra la verdadera enerjía, ¡i demostraria que hai siúticos capaces de mucho!

Uno.—¿Eso quién lo duda? Pero tú debes tener líquida, porque hai siúticos i psiúticos...

Otro.—¡No toquemos esas cuestiones de nobleza!

Varios.—¡Que bestia! ¿Qué tiene que ver con esto la nobleza?

Número 2.—Ahora no hai mas nobleza que la del vicio o el talento. La nobleza de pergamino está en derrota. Cualquier hombre como yo puede elevarse i hacer fortuna por el trabajo.

Todos.—¡Ja, ja, ja, jaa! ¡En qué trabajas tú! ¡Ni tú! ¡ni tú tampoco!

Uno.—¡Ni nadie! ¿Quién de nosotros sabe hacer nada? ¿Quién quiere trabajar? Vamos claro: cuando se nos ofrece una mayordomía, la desechamos por el poco sueldo i mucho trabajo. No aprendemos oficio, porque es indigno de nosotros, aunque nuestros padres hayan sido zapateros. Ni queremos trabajar bajo la dependencia de otros, porque hemos nacido para patrones. Pero lo que hai de cierto en todo esto es que no sabemos hacer nada, que no queremos hacer nada, i que solo aspiramos a tener fortuna por medios cómodos, por caminos fáciles, sin trabajo, aunque sea a costa de la honradez i de la decencia....

Varios.—¡Cierto! ¡Es verdad! ¡Bueno ha estado el sermon! ¡Qué se repita! Número 2 tiene la palabra.

Número 2.—Entendámonos: cuando yo he hablado de trabajo, es porque he tomado la palabra en su sentido mas lato. Todos trabajamos: el que entre nosotros sobresale por su talento o educacion tiene la breva segura, es verdad, con solo alistarse entre los servidores de la buena causa, pero sin embargo no deja de tener que trabajar. El que no pese aquellas ventajas, como yo, debe trabajar el doble, primero para congraciarse con los que mandan, a fin de conseguir un destino, i despues para acreditarse de buen servidor. ¡Cuánto no tendré yo que hacer todavía para poner mi crédito a la altura en que debe estar el de un candidato al mando político de un pueblo! Yo trabajaré en ello, no hai duda, alcanzaré lo que otros muchos: por eso he dicho que un hombre como nosotros puede elevarse por el trabajo. Estas ajencias en que andamos, son un trabajo como cualquier otro. ¡I para qué habriamos de tener este cargo, sino hubiéramos de subir! Valdria mas entónces seguir la carrera de la virtud, que aunque no conduce a los puestos públicos ni a la fortuna, nos llevaria siquiera al cielo, aunque tarde. Si queremos lo positivo, lo mas pronto i bueno en este mundo pecador, es necesario sacarle el quilo al vicio, i para esto es necesario trabajar. ¿Me entienden ustedes? ¿Me he esplicado? ¡Caballeros! El siútico deja de serlo, cuando mejora su traza, cuando cambia su tipo, que es puramente transitorio; i para esto es necesario trabajar, no en tareas manuales, que son pesadas i duras; ni en faenas serviles, que son indignas de nuestras aspiraciones; ¡en algo mas grande i de pronto lucro!

Uno.—¿Pero en qué, si no tenemos una profesion ni talentos, ni cabeza para nada?

Número 2.—¡Vean qué bruto! ¿Qué no sabes que la maldad i el vicio han sido siempre necesarios al sosten de las grandes causas? Un jeneral en campaña necesita de los espías para triunfar; la inquisicion fomentaba i pagaba a los delatores; el despotismo necesita de muchos ajentes: esto sin contar el interes individual, que tambien echa mano mui amenudo de los servicios de un bribon. ¿Para qué necesitamos de profesiones ni de talentos? Yo tengo el talento de la maldad, i eso me basta.....

Muchos.—¡Es claro! ¡Es evidente! ¡Tiene mucha razon! ¡Has hablado como un libro! ¡Vamos a otra cosa! ¡Número 3, número 3!

Este puso su vaso. La llama de su líquido representó al instante un grupo informe, que poco a poco fué aclarándose i dibujando charreteras, espadas i trofeos militares.

Nueva algazara de risas, hurras i esclamaciones.

—Señores, pido la palabra, gritó uno: el niño nos embroma: no dudo yo de que un calavera sin oficio ni beneficio tenga talento para distinguirse de algun modo, aunque sea un triste ajente de maldades, i que a fuerza de constancia llegue a ennoblecerse i a procurarse un destino que le eleve a la majistratura i a los honores: ese tunante de Número 2 puede llegar a ser gobernador de alguna ínsula, aunque no tenga otro talento que el del vicio, porque yo, como Sancho Panza, he visto ir mas de dos asnos a los gobiernos; i que llevasen a éste no seria cosa nueva. Pero que este otro salvaje pueda llegar a los honores militares, nequaquam: eso no me entra a mí, porque para ascender en la milicia, cuando no se tiene valor, se necesita siquiera no ser un tonto como Número 3.

Número 3.—Nadie es tonto para su negocio, amigo; i yo tengo para mí que el niño no nos engaña i que mi horóscopo puede ser cierto; pues aunque no soi militar, ni ganas tengo de serlo, no estoi léjos de llegar a ser coronel de milicias siquiera. Todo está no mas en que al diablo se le antoje, pues si yo me doi maña para meter bulla a tiempo, i para acreditarme de buen servidor, aunque no sea mas que de correveidile o de patrullero en épocas de bochinche, no está léjos que me emplumen i que salga cierto mi porvenir.

El niño.—Lo que está escrito, está escrito: yo no quito ni pongo rei. El diablo es quien les predice a ustedes la buena ventura: pero si no lo creen, asunto concluído.

Todos.—No, no, siga usted, hasta ver el porvenir de todos.

El niño.—No es posible, la llama casi no arde ya, solo hai para tres, i acabemos.

Los tres números siguientes ponen sus vasos: la llama del cuarto representa una pluma negra, grande i gruesa; la del quinto, una soga, i la del sesto, otra pluma mas chica jaspeada de blanco i negro. Todos se paralizan sin comprender lo que ven. Un rato de silencio....

Uno.—Lo de la soga está claro: éste va a parar en verdugo o va a morir ahorcado.

Otro.—¡Sin duda! I bien lo merece. ¿Pero qué quiere decir esa pluma de jote i esa otra de pavo?...

Número 4.—Que seremos escritores con el tiempo i la voluntad de Dios.

Otro.—Solo así, obrando Dios un milagro, pueden ustedes ser escritores.

Número 6.—Hombre, no seremos escritores de pluma de acero, ni de pluma bien cortada; pero, ¿por qué no lo hemos de ser de pluma de jote o de pavo? La cosa no es difícil. Yo por ejemplo me siento con vocacion para cronista o para corresponsal de un diario?....

Número 4.—I yo para historiador....

Número 6.—Ustedes son desconfiados i mas que todo intolerantes: si supieran que Rousseau empezó a escribir a los cuarenta años de edad, no estrañarian que nuestro porvenir sea el de escritores, porvenir que sin duda es el de mas fácil realizacion. ¿Qué se necesita para ser escritor? Nada mas que voluntad, porque el papel i plumas abundan, i las palabras sobran. ¿Qué mas hai que poner por escrito lo mismo que hablamos? Si yo fuera diarista, escribiria contra los abogados, contra los literatos i contra los que pretenden monopolizar las plumas que Dios ha dado a todos los pájaros de este mundo i que ha hecho del dominio comun, como el aire i la luz. Escribiria....

Número 5.—¡No sigas, hombre! ¡Qué hablas de escribir tú, cuando no sabes ni ortografía, ni siquiera tienes buena letra! Para escribir, se necesita tener alguna educacion.

Número 4.—Tú estás chafado, porque te ha salido una soga en tu llama. No eres voto. Si te hubiera salido una pluma, comprenderias, como nosotros, que no se necesita saber escribir para ser corresponsal o cronista de un diario: así se principia la carrera, i uno comienza a hacerse espectable, vistiéndose al efecto de negro, andando con paso sério i con cara feira por la calle. ¿Qué educacion ni ortografía se necesita para alabar a la autoridad por angas o por mangas, para dar cuenta de las muertes repentinas, de los albañales o pantanos, de los ascensos civiles i militares, i de todas las demas porquerías, calumnias, mentiras i adulaciones al poder con que se llena la prensa diaria? ¡Al fin, para ser historiador, como yo deseo, se necesita algo mas! Pero tambien se puede salir del paso con solo parlotear un poco, sobre todo si se escribe para el otro mundo, es decir, para América. Cuando yo sea escritor, enseñaré a los americanos que «la principal mision del partido conservador de esos paises, es la de restablecer, en la civilizacion i en la sociabilidad, el espíritu español para combatir el espíritu socialista de la civilizacion francesa;» no el espíritu español actual, porque la España tambien está fuera del buen camino, sino el de la España del tiempo de la colonia. ¡Yo haré ver a aquellas pobres jentes que al meterse a improvisar repúblicas con las reminiscencias del contrato social i el ejemplo del réjimen anglo-americano, se han olvidado de una sola cosa, i es que para constituir democracias se necesitan pueblos!

El viejo.—¡Bravo! No tiene usted mas que escribir lo que dice i ya está realizado su horóscopo. Pero no olvide de decirles a los americanos que aunque sus pueblos no eran educados para la democracia, cuando establecieron sus repúblicas, eran, sin embargo, buenos, dóciles i bien intencionados; que con esto tenian bastante para principiar, porque siempre se ha de principiar por algo; i que si en los cuarenta años que llevan de vida política, no los hubieran corrompido i estraviado, pervirtiendo su espíritu, desmoralizándolos, i acostumbrándolos a ver en las formas republicanas una farsa i en el poder un negocio de granjería, ya estarian mui adelantados en la carrera pública, mui acostumbrados a su sistema republicano, porque no hai nada que eduque mejor i con mas prontitud al pueblo que la práctica leal i real de sus derechos. Para constituir democracias, se necesitan pueblos, es verdad, pero mas que todo se necesita que los que las constituyen sean honrados i comprendan con amor la forma. Si los norte americanos, en lugar de sus Washington i Jefferson, hubieran tenido los mandones que han deshonrado a la América española, sus pueblos no habrian servido tampoco para la democracia ni para gobierno alguno.

Número 4.—¡Eso no! ¡Es usted un animal! No diré yo semejantes disparates, porque perderia mi carrera. Diré al contrario que los americanos han hecho mui bien en corromperse, en pervertir i desacreditar la forma republicana, en llegar a ser ingobernables por su falta de fé, de patriotismo i de principios fijos, porque eso es lo que conviene para el triunfo de la reaccion del espíritu antiguo de la colonia: así seré premiado, laureado, encumbrado a los mas altos puestos. I tú, número 6, si llegas a realizar tu vocacion de cronista, no salgas de este tema, que así serás grande!

Número 6.—I alcanzarémos, hijo, a poseer la gloria mas brillante de estos tiempos, ¡la gloria literaria!.....

Número 2.—¡Error craso! ¡no es la gloria literaria la mas brillante, es la del mando!

Número 3.—¡Mentira insolente! ¡Es la gloria militar! ¿Qué puede compararse a la aureola deslumbrante del guerrero?

Uno.—¡Eso es cuando es guerrero, cuando el militar tiene el talento de la destruccion i el valor de una fiera, pero no cuando es un cobarde i un bestia como tú!

Número 3.—¡Qué engaño! Ese talento i ese valor se suplen, amigo mio, con un poco de maña: si encuentro a tiro a una tropa de enemigos, indefensos, me los como, aunque sean mis hermanos; o si se presenta la ocasion de hacer una delacion, la hago aunque arda Troya. En uno i otro caso gano grados i honores, i no necesito talento para destruir, ni valor para pelear. Mas hace un tonto con un poco de trapacería a tiempo, que un cuerdo con su talento. ¡Sobre todo, hijos de mi alma, tengamos confianza i audacia, que la fortuna ha de fortalecernos a todos, pues que del pueblo salen i han salido siempre los grandes hombres!

El viejo.—Sí, pero cuando el pueblo es ignorante i sus hijos corrompidos i egoístas, en lugar de dar grandes hombres, da grandes malvados....

La ponchera voló por la cabeza del viejo a estas últimas palabras, estinguiéndose la débil llama que aun le quedaba. La oscuridad fué profunda. Las blasfemias i gritos fueron aterrantes. Las puertas del salon estallaron súbitamente, i la policía se presentó intimando silencio.....

El niño.—Por aquí, Guillermo.....

El viejo.—Sálvame, Lucero.....

Ambos se escurrieron como sombras por la oscuridad, i dejaron a la policía i a sus ajentes secretos ocupados en un prolijo registro de la fonda.

XVIII. Huye, que solo aquel que huye escapa

Puestos en salvo i en la calle los dos fujitivos, Lucero declaró que era indispensable que ámbos se separasen para distraer la atencion de la policía, que naturalmente debia fijarse en todas las parejas que encontrara, puesto que era una pareja lo que buscaba.

El ingles recibió con pesar esta órden i aun se atrevió a objetarla con la consideracion de que era mucho peor que aprendiesen a uno solo. Pero Lucero le convenció, ménos con argumentos, que con el ascendiente que sobre él tenia, i le persuadió a separarse.

Si tú caes, le decia, quedo yo libre para trabajar en tu salvacion. Pero si a mí me toca esa mala suerte, tú debes solo pensar en hallar la salida de la Cueva para ir al mundo a emprender la peregrinacion que ha de salvarme. Harias mal en emplear aquí tu tiempo para arrancarme de mi cautiverio: no lo conseguirias; i aunque tuvieras la felicidad de romper mis prisiones, no podrias desencantarme miéntras aquí permanecieras. Haz lo que te digo, sigue fielmente mis instrucciones, si no has de volverme a ver en estos lugares; no dejes nunca de tenerme sobre tu corazon. Si perdieras mi recuerdo, no solo serias ingrato para mi amor, sino traidor a tus convicciones i a la santa causa que has jurado. Vete i no olvides un momento ni mis consejos ni mi amor.

Dijo, i ámbos se estrecharon mudamente, confundiéndose en un espíritu sus dos almas en aquel momento de efusion íntima i completa. Despues, cada uno caminaba en opuestas direcciones al punto de reunion que se habian señalado, pero por un movimiento eléctrico i simultaneo, los dos volvian a mirarse de cuando en cuando i a suspirar, hasta que se perdieron de vista.

Hicieron bien: las calles estaban atestadas de brujos que acechaban i que se aprontaba listos para lanzarse sobre la primera pareja que hubieran husmeado. La policía de aquel lugar estaba montada a la francesa, es decir, no porque anduviese a caballo, que eso habria sido a la chilena, sino porque sus ajentes eran invisibles: no gastaban uniforme, ni porte ni armas militares, ni pitaban, ni gritaban, ni miraban a lo turnio por las calles; sino que eran mansos i vestían i andaban como todos i entre todos.

Don Guillermo apresuró su paso, i en pocos minutos llegó al lugar de la cita, que estaba fuera de la ciudad.

Entretanto la poblacion estaba como si le hubieran tocado arrebato: todos corrian, pero a esconderse, porque uno de los jefes de los brujos, estimulado por su propio miedo, i no por el de nadie, habia desplegado una enerjía estraordinaria para perseguir i aprehender a todos los vivientes, como suelen hacer los cazadores de jilgueros, que por tomar uno de uña blanca, arrastran con todos los que se acercan a la trampa. I en efecto que el tal jefe hacia mui bien, porque solamente con un arrastre semejante podia alcanzar a cojer algo de lo que deseaba. Así lo comprendieron las estranjeros de Espelunco, que no los nacionales, siempre tardíos e injustos para apreciar el mérito de sus compatricios, pues aquellos con esa imparcialidad que es natural en todos los traficantes, votaron una accion de gracias en favor del distinguido jefe, haciéndose los ecos de la poblacion entera. Eso se llama hacer justicia a tiempo. Un soberano premia con decoraciones i títulos a sus beneméritos servidores: así el pueblo debe premiar a los que se han distinguido en su servicio, aunque sea apaleándolo, decian los estranjeros con ese aplomo que Dios les ha dado. Pero no fué esto todo: los autores de tan bello pensamiento tuvieron ademas la habilidad de asociar a su manifestacion a los mismos que habian sufrido en aquella batida del jefe, o a los que la habian reprobado, lo cual no era difícil de lograr en aquel pais, que como inculto que era, abundaba en imbéciles, pues tales bichos tienen de comun con el poleo, eso de multiplicarse en las tierras incultas hasta el estremo de infestarlas. Contra la imbecilidad no hai mas remedio que la cultura: la imbecilidad es el verdadero pecado orijinal de la humanidad, la fuente de todos los vicios i errores, de todas las faltas i crímenes, pues que todo eso tiene su asiento en la flaqueza de espíritu, que es el patrimonio comun del hombre, i que no se corrije sino a fuerza de educacion i de cultivo.

La noche estaba fria, pues aunque primavera en aquel pais, era ya una de esas altas horas en que la tierra comienza a despedir vapores húmedos que destemplan la atmósfera, i afectan el sistema nervioso de los que no están recojidos en su cama. Don Guillermo se sentia enteramente crispado por un calofrio mortal, i trató de guarecerse en el alfeizar de una enorme puerta que vislumbró cerca. Pero allí seguia tiritando, a pesar de que estaba resguardado; i entónces comenzó a comprender que su calofrio partia del corazon. En efecto Lucero tardaba mucho ya para que su enamorado no estuviera rodeado de temores i aprehensiones, que le hacian afluir a borbollones la sangre al corazon, helándole las estremidades i la superficie.

¿Qué hacer? pensaba el ingles: si voi a buscarla, me espongo a que ella venga, i no encontrándome en el sitio, se alarme i vuelva al pueblo en busca mia. Todo parece ya en silencio. ¿Habrá terminado la San Bartolomé que los brujos han representado esta noche? ¡Ah! ¡Qué va a ser de mí si pierdo a mi Lucero! Esa mujer es el complemento de mi ser: su corazon es parte de mi corazon, su intelijencia es la luz de mi intelijencia, su vida es mi vida. No, con esa mujer no se cumplirá jamas en mí aquella eterna lei que hace que el corazon aborrezca hoi lo que ayer deseaba con fervor. Esa lei se ha hecho para el curso ordinario de la vida humana, i en esa lei está el principio de actividad que lleva al hombre siempre tras de lo mejor, en pos de la perfeccion. Pero cuando uno ha encontrado esa perfeccion i la siente en todo su ser, el corazon late satisfecho i no se cansa ni sacia jamas con la felicidad.

I tenia razon de sobra Mr. Livingston, porque hai ocasiones, aunque raras, en que dos seres se complementan como un tornillo con su tuerca; de modo que si llegan a encontrarse i a concertarse, quedan como en su centro, como queda el tornillo cuando se le ajusta la tuerca, i el corazon deja de volar tras de las ilusiones que lo arrebatan, cuando todavía no ha encontrado otro corazon que lo complete.

Esa era su situacion respecto de Lucero, i he allí la razon por qué tiritaba con solo la aprehension de perder a su hechicera.

En estos i en otros pensamientos converjentes al quicio sobre que rodaban todas las ideas de nuestro ingles, fueron pasándose las horas, hasta que los primeros albores de la mañana comenzaron a desprenderse de las montañas i a inundar el valle. Los pajarillos, desperezándose i sacudiendo su plumaje, lanzaban las primeras notas del armonioso concierto con que saludaban el alba. La brisa embalsamada ajitaba los follajes; i las flores, como sensibles a su aliento, se elevaban para alcanzarla, sacudiendo las gotas de aljófar que durante la noche habian inclinado sus corolas hácia el suelo. Ruidos indefinibles se alzaban por todas partes, porque la naturaleza toda comenzaba a despertar.

Don Guillermo estaba arrobado, porque esas grandes escenas de la naturaleza tienen el poder de arrebatarnos la atencion i de hacernos olvidar aun los pensamientos que dan aliento a nuestra existencia. Todo renace, decia él, todo se renueva cuando la naturaleza sacude el sueño de la noche. ¿Qué es el hombre en ese cuadro portentoso que se reproduce sin cesar siempre bello, siempre fresco i nuevo? No es mas que esa flor, no es mas que ese árbol, que esa avecilla: ¡ínfima parte de un todo infinito, detalle insignificante, elemento perecedero i frájil, que no se renueva i que solo aparece por algunos instantes a embellecer un punto del inmenso cuadro de la naturaleza, que no perece jamas, i que se muestra cada vez mas jóven, lozana i brillante!.....

Pensamientos son estos capaces de quitar el frio a cualquier cristiano; pero como don Guillermo era protestante, no se le alcanzaba que el rei de la creacion, destinado por Dios para la vida eterna, no puede ni debe ser considerado como una avecilla destinada a ser comida en estofado, o como una flor, que si llega a tener buen fin no es otro que el de perecer disecada en el álbum de un enamorado. El hombre, aunque pecador, debe ser mas respetado: basta que todo le pertenezca en este mundo i el otro, segun lo ha dicho no sé que santo. Don Guillermo pensaba en aquellas herejías naturalmente, i por eso no perdia el frio que le tenia yerto i sin accion.

Súbitamente se abre de par en par la puerta en que estaba apoyado, i por poco hubo de caer, al sentirse flaquear en cuerpo i alma, pues que a mas del espanto natural que esto le producia, perdia el punto de apoyo que habia hallado en la puerta cerrada.

Una especie de hombre fué lo que vió detras Mr. Livingston, cuando volvió sus ojos espantados, i luego otro, i otro mas, todos vestidos uniformemente i con aire i actitud iguales.

—Recóbrese, hermano, le dijo uno de ellos, i pase adelante, si se le ofrece algo.

—Gracias, replicó el ingles medio aturdido, debo permanecer aquí.

—Es inútil, agregó otro, porque la persona a quien usted espera no vendrá. Anoche ha sido aprehendida, a poco de separarse de usted, i usted mismo lo habria sido, si no hubiese salido tan pronto de la ciudad.

Don Guillermo ocultó su rostro en sus dos manos, como para esconder la impresion dolorosa que le causaron estas palabras. Quedó irresoluto, perplejo, temiendo que aquello fuese otra prision donde se le hacia entrar con buenos modos para que no se alarmase. Casi estuvo a punto de echar a correr para salvarse, pero vió que no tenia para donde. El valle era allí estrechísimo i cerrado por altos cerros, que describian en su curso el estremo de una elipse, cuya parte abierta se prolongaba por el lado donde estaba situada la ciudad. ¿Será este el término de la Cueva, pensaba entre sí Mr. Livingston, o será la entrada?

Los personajes que tenia al frente le miraban como adivinándole sus pensamientos. Entre usted le dijo uno, talvez estaria usted mas seguro entre nosotros que aquí afuera; no tema usted nada, que estamos dispuestos a ampararle.

Mal de su grado hubo de corresponder el ingles a tan bondadosa oferta i siguió los pasos de sus nuevos protectores que le conducian en silencio.

XIX. Vida contemplativa

Nada mas propio de un amante desgraciado que meterse en un convento: testigo de ello la célebre poetisa cubana que cuando enviudó por primera vez se retiró a las monjas i no salió de ellas, sino cuando le volvió el estro del consuelo i se reconcilió con el mundo. Otros muchos testigos podrian citarse en apoyo de esa verdad; pero para qué se necesita mas testimonio que el de una mujer que por sí sola equivale a un rejimiento. El dolor, con ser la lei primordial de nuestra flaca naturaleza, es sin embargo siempre una cosa nueva para nosotros, siempre nos toma desprevenidos, i nunca, a pesar de su frecuencia, nos produce efectos análogos, sino bien diferentes i aun contradictorios. En unos desarrolla la sociabilidad hasta el punto de confundir sus efectos con el miedo, porque el dolorido no puede quedarse solo un momento, i halla su alivio en la compañía de otro ser que le comprenda; pero en los enamorados, el dolor desarrolla la mas seca misantropía, los hace ariscos i fieros, insociables i fastidiosos, hasta que pára con ellos en algun convento, como en busca de arrepentimiento, o les inspira el saludable deseo de suicidarse, como para libertar a la especie humana de un ente inútil. Todo eso es natural i sucede porque debe suceder: luego no debemos condenarlo; ni tampoco debemos admirarnos de que nuestro héroe se hubiese hallado tan bien i tan a sus anchas en aquella especie de convento donde le dejamos entrando, que pasados algunos dias, ya no pensaba en salir, porque solo allí podia llorar con libertad la pérdida de su Lucero. I afortunadamente lloraba, que así pudo salvarse de la enfermedad propia de los de su raza, que se suicidan hasta por libertarse del trabajo de abrocharse los pantalones. ¡Qué sábia es la naturaleza! Solamente a los ingleses les ha regalado esa enfermedad que se llama esplin, porque solo ellos son los mas orgullosos de los hombres, i por tanto los que mas necesitan de un mal que les haga comprender que son tan miserables como los demas humanos. Así nos ha dado tambien a los españoles la manía de gobernar demasiado, porque precisamente somos los mortales mas ingobernables, cuando tenemos libertad, acostumbrados por tantos siglos como estábamos a ser arreados a látigo en todo i para todo. Este mal de nuestra casta ha sujerido a algunos sábios el dislate de que no somos aptos para el sistema republicano ni para ejercer nuestros derechos: con la misma lójica podriamos discurrir que el esplin hace a los ingleses incapaces para la cocina, i esto no seria tan erróneo, porque todavía no se ha visto entre los ingleses ni un Botargus, ni un Brillat Savarin, ni un Soyer.

Pero don Guillermo no pasaba todo su tiempo en llorar, que al fin los ojos son una brillante porcion de la humanidad, i naturalmente cumplen tambien con la lei de cansarse de hacer siempre una misma cosa. Largos i frecuentes ratos empleaba en sabrosas i sábias conversaciones con sus albergadores, pero sin llegar jamas a comprenderlos a derechas. Al principio tomólos por escribas i fariseos por lo doctos i leguleyos que eran, i tambien por ciertos ribetes de hipócritas que les hallaba; pero luego varió de parecer i los calificó decididamente de Esenios. No era mui versado el ingles en materias de cultos, ni mucho ménos en conocer órdenes relijiosas, pues todo su saber no pasaba en el asunto de ciertas reminiscencias bíblicas; pero creia encontrar en sus huéspedes los mismos principios i sistema que aquella secta judía profesaba. Hacian vida comun, sin comunidad de bienes; se trataban como hermanos i tenian su espíritu de cuerpo, sin fraternidad; creian en la inmortalidad del alma, pero negaban absolutamente el libre arbitrio, i por tanto nuestra responsabilidad personal, como los Esenios; pues sostenian que todos nuestros actos i pensamientos son el resultado necesario de un órden superior que no comprendemos ni podemos variar; practicaban el celibato, pero sin negar ni desconocer las ventajas del matrimonio, sino solo por motivos de pureza, a diferencia de aquel mozo de perros de que nos habla Victor Hugo, que habia renunciado a varios matrimonios ventajosos, i se habia consagrado a cuidar perros, por la sencilla razon de que estos tienen solo siete especies de rabia i la mujer mil.

Como quiera que fuese, los Esenios de la Cueva, ya que por tales los tomó quien pudo observarlos de cerca, eran allí una potencia, en cuanto no se movia una paja sin su voluntad en todos aquellos contornos: ellos dirijian las conciencias i las opiniones, o mas bien eran los dueños del pensamiento, porque presentándose como ministros de Dios i como intérpretes de su divina voluntad, su palabra era la lei, i su persona merecia una especie de adoracion, como que era el reflejo del poder eterno en cuanto repartian a su arbitrio la bienaventuranza o la perdicion. I para que su analojía con los Esenios antiguos fuese mas perfecta, tenian el mismo talento organizador, pues por medio de asociaciones piadosas, reglamentaban la caridad en su práctica, el sentimiento relijioso en todas las formas imajinables, hasta las de la idolatría, i todos los demas sentimientos i deberes, i aun los usos, trajes, maneras i modales, proporcionándose así un ejército de devotos que no les costaba un centavo, i consiguiendo por medio del ascendiente relijioso mucho mas que cuanto pudo alcanzar Pedro el Grande con todo su poder, cuando se propuso domesticar a los rusos. De esta manera les pertenecia a ellos, mucho mas que a los Jenios, la sociedad entera de Espelunco, i si habia jentes en quienes no tenia mucho prestijio el poder de los Esenios, esas jentes, sin embargo se sometían a él por no aparecer como rebeldes i conservar su buen crédito, o por no chocar lo que en su lenguaje llamaban preocupaciones del vulgo, i que, a pesar de creerlas tales, acataban i reverenciaban como verdades, como justas i sábias creencias.

Don Guillermo, hombre poco vividor, nada práctico, como hemos podido ya conocerlo, no podia estar en paz con las jentes que por indolencia soportaban i aun aprobaban lo que su conciencia rechazaba i su juicio condenaba como malo. A él no le causaba estrañeza que los Esenios no se contuvieran en el verdadero límite de su ministerio, i que arrastrados por la facilidad de conquistar poder, fuesen hasta sojuzgar la razon i pervertir el buen sentido con supercherías i mentiras: al fin en eso no hacian ni mas ni ménos que lo que hace todo ambicioso sin nobleza i todo el que especula con el engaño. Pero lo que no podia soportar era que hombres que se daban el aire de tales, reconociendo aquella invasion i condenándola en secreto, se abstuviesen de elevar su voz i su poder contra ella i la tolerasen con indiferencia o con respeto, ya por indolencia, ya por no poner en peligro su nombre o su quietud. En esto pensaba como ingles de educacion i honradez, pues que en su pais son mui raras esas transacciones de la indolencia i del egoismo con la maldad o el error, o a lo ménos no son tan frecuentes como en los pueblos de nuestra projenie, i tal suponemos al de la Cueva, donde la indolencia raya en imbecilidad i el egoismo en crímen.

Estas i otras observaciones de nuestro héroe casi son capaces de hacernos creer que los habitantes de la Cueva eran medio porros, pues vivian embaucados, imbunchados i estraviados en todos sus actos i pensamientos i a todas horas. Don Guillermo, que habia conocido al pueblo i a los hijos del pueblo cuando corria la caravana con Lucero, estaba últimamente entre los Esenios colocado mui ventajosamente para tratar i conocer a la flor i nata de aquella sociedad, i hallaba que no era ella ménos que el pueblo pobre la víctima de la ignorancia, de la mentira, del fanatismo i de la ambicion. En todas las clases notaba la misma indolencia, el mismo egoismo, el mismo descontento i malestar moral; la misma falta de principios, la misma carencia de amor i de fé por alguna idea o sistema, i por fin, la misma ansiedad por algo nuevo, por algo que variase la situacion social entera: i en nada contribuia la fé relijiosa para consolar ese eterno dolor, porque en realidad no existia tan siquiera esa fé, i lo que se tomaba por tal no era otra cosa que miedo a la vida eterna en unos, especulacion en muchos, i en los mas, principalmente en las mujeres, necesidad de un principio, de un sentimiento, de algo en que ocupar la actividad humana que no hallaba en aquella sociedad muerta para todo lo bueno i lo grande ni empleo, ni estímulo, ni asiento.

Es cierto, decia entre sí don Guillermo: si las jentes de allá arriba son como éstas, no pueden ni con mucho tener el sentimiento del patriotismo. ¿Qué atractivo para el espíritu, qué goce para el corazon pueden hallar en una sociedad semejante? Fuera de los afectos do mésticos, no hai nada que ligue al individuo con la patria, nada que halague siquiera su orgullo nacional; i fuera de los goces íntimos, el corazon no encuentra ni gloria que lo haga palpitar, ni grandeza que lo atraiga, ni belleza moral que despierte su amor hácia la patria, ni goces ni bienestar que lo adhieran al lugar de su residencia. El hombre se apega a las cosas por el sentimiento, i cuando la sociedad que nos da el ser no tiene medios de insinuarse en nuestros corazones, i por el contrario, nos hace pesada la vida, no puede ni debe contar con nuestro amor. ¡Apostaria que no hai un habitante de Espelunco que no desee ser estranjero!...

El trato con Lucero habia hecho filósofo a Mr. Livingston, i el retiro del claustro en que vivia, el silencio de sus parques i jardines, i mas que todo las penas que le atormentaban, le hacian meditar i moralizar a menudo, i aprovechar las lecciones de la esperiencia: es cosa sabida i mui repetida que los viajes i las desgracias enseñan mas que una biblioteca.

Pero habia una cosa que le hacia perder sus ínfulas de filósofo i le hacia reir en medio de su dolor, i era la pretension que tenian algunos caballeros de los que frecuentaban su asilo de querer hallar un remedio a aquellos males sociales en la monarquía o en el gobierno de un rei. No estaban contentos con la oligarquía de los Jenios, i querian un solo dueño, una familia consagrada que les diera gobernantes de casta, a modo de los aficionados a las riñas de gallos que buscan el pollo fino i lo cultivan desde que es huevo, hasta que tiene estacas que afilarle, con la diferencia de que los galleros se comen en cazuela los pollos que salen malos, miéntras que los monarquistas son comidos vivos por el rei de casta que sale bribon.

Don Guillermo no discutia con estos políticos, sin embargo de que departia a menudo con ellos, paseándose en los jardines o descansando en los hogares de los Esenios. Ni como discutir con hombres que leian los escritos de algunos españoles a quienes se les ha ocurrido justificar las crueldades de don Pedro el colorin, porque con ellas se proponia dar unidad a la autoridad real; o rehabilitar a Felipe II, porque tambien se proponia otras grandes cosas, como si el fin justificase todos los medios, o como si esos grandes fines no hubieran podido conseguirse sino con enterrar hombres vivos i con quemar en la hoguera, perseguir i espatriar a jeneraciones enteras. Naturalmente esos políticos debian estar enamorados de los gobiernos fuertes, i llamar a Felipe, con cierto obispo electo de acá arriba, el pio, humano i liberal monarca, justificándole porque otra reina herética mató mas cristianos, como si un bandido pudiera escusarse con presentar otro mas bandido que él. Con su pan se lo coman, decia entre sí el ingles: si éstos creen que porque hai grandes naciones bajo el gobierno monárquico, deben esa grandeza a la monarquía i no a una antigua i vasta civilizacion i a otras causas benéficas que se han desarrollado a pesar de esta forma de gobierno, yo les daria que viniesen a remover con veinte yuntas de reyes los hondos males que aquejan a este pais. Nó, no es el despotismo de uno o de muchos, cualquiera que sea su forma, el que puede estinguir la ignorancia, desterrar la mentira, atajar los avances del fanatismo i evitar los estravíos de la ambicion en una sociedad, sino el gobierno que, naciendo del pueblo, respeta su oríjen i corresponde al pueblo, protejiendo sus derechos, haciéndole justicia, sirviéndole con amor, i cimentando su autoridad en el interes comun, en la union de las opiniones, en la fraternidad que surje naturalmente de la concordia i armonía de todas las aspiraciones.

Algun egoismo habia al parecer en esta reserva de Mr. Livingston, pero aun sin atenerse al refran que dice: en el pais a donde fueres haz lo que vieres, él necesitaba mucha circunspeccion para no chocar a los que le retenian en un asilo tan seguro, del cual no se atrevia a fugar, miéntras no tuviese siquiera algun conocimiento de la topografía de aquella comarca, para dirijirse en busca de la salida de la Cueva.

¡Terrible situacion la de nuestro amigo! Era víctima del amor como Abelardo, un Abelardo prisionero, sin saber donde, como Monte-Cristo; un Monte-Cristo pobre como Aman; un Aman lleno de paciencia i de esperanza, como Job; un Job dispuesto a sacrificarse por salvar a un pueblo como Marco Curcio. ¿Qué va a ser de él? ¿Cuándo podrá salvarse? ¿Cuál será el premio de tanto sufrimiento?

XX. Tercer cuadro

Era una tardecita de invierno, i el sol habia traspuesto los montes vecinos, dejando los parques i jardines de los Esenios iluminados con los últimos reflejos que todavía inundaban la bóveda celeste. Pero la oscuridad invadia ya las grutas i cenadores, los bosquecillos i los laberintos de aquella deliciosa mansion. Un aire sutil penetraba por los ramajes i enfriaba el ambiente.

Don Guillermo, que meditaba o penaba solitario en aquellos sitios, se retiró a los claustros, sintiendo la necesidad de abrigo. Allí notó un movimiento desusado: multitud de notables de la ciudad llenaban los corredores, i secreteaban como tratando sobre algun gran acontecimiento. Poco a poco fueron desapareciendo, pues entreverados con los Esenios, entraban a un salon reservado, i cerraban tras de sí la puerta.

El ingles quiso mostrarse desentendido de todo i ganó otro claustro, tomando una galería en alto que corria al costado del salon i que estaba ya oculta entre las sombras de la noche. Allí se puso a pasear a lo largo i cabizbajo, sin tener en su mente idea fija ninguna: estaba en una de aquellas situaciones en que suele uno encontrarse cuando se propone averiguar un misterio i no halla por donde principiar, ni tiene luz alguna que le dé entrada a la cuestion que quiere resolver. Pero habiéndose acordado ya su vista con la oscuridad del sitio, al poco rato de estar allí, divisó un bulto que le sorprendió, i que estaba inmóvil cerca de una puertecita aislada que habia como única abertura del largo paño de muralla que formaba aquel corredor. Aproximóse a él, i vió claramente que era un viejecillo pequeño, enjuto, de mala pinta, narigon i de ojos grandes que relampagueaban en la oscuridad, como los del tigre. Una conmocion involuntaria le heló la sangre i le hizo dar un chasquido en el corazon.

El viejo, sonriéndose i en una jerga poco intelijible, le preguntó:

—¿Has perdido tú un rosario?

—No, respondió don Guillermo un poco amostazado.

—Ahí está uno colgado en el tirador de esa puerta, le dijo el viejo, i si tú lo quitaras i lo arrojaras bien léjos, me harias un gran servicio.

El ingles, lleno de sospechas, se acercó a la puerta, pasando por detras de su interlocutor, por precaucion, i notó que ademas el viejo tenia en sus espaldas una enorme joroba. Descolgó el rosario, i conoció, en el tacto, que era de cuentas de Jerusalem i que tenia en su estremo una cruz i un corazon pequeño de paño, que sin duda contenia alguna reliquia. Al volverse al viejo, como señalándole el rosario, notó, item mas, que el hombrecillo era cojo, pues dió un paso hácia atras con una pierna tiesa e inflexible que parecia de palo.

—¿Crees tú en la virtud de ese sartal católico, apostólico, romano? le preguntó el viejo.

—No, dijo el protestante, porque no creo que nuestro Señor lo haya autorizado, ni en las sagradas escrituras se encuentra nada que lo autorice.

—Arrójalo, entónces.

—Será mejor colocarlo en esta baranda, replicó el ingles, acercándose a la de los balcones del corredor; basta que haya aquí una cruz.

—Lo mismo da; pero allá, bien léjos, añadió con sonrisa el viejo i haciendo chispear sus ojos: ese talisman no me dejaba abrir la puerta. Me has hecho un favor, porque me interesa mucho asistir de tapado a la conferencia que hai adentro de esa sala. ¿Quieres tú asistir tambien?

Don Guillermo no queria otra cosa, pero dudando aceptar la invitacion que le hacia un desconocido, que no le habia sido presentado, le dijo:

—No sé si deba, pues no sé con quién hablo, aunque me trata de tú.....

—¡Hum! esclamó el viejo, ¡escrúpulos de ingles! I resbalando hácia atras su pierna de palo, hizo un esguince en forma de cortesía, i añadió accionando con su mano derecha: Tengo el honor.... Soi el señor Asmodeo, interventor en todos los negocios humanos, i que ya una vez, hace trece años, tuvo que ver contigo, hijo mio.

Otro tiriton volvió a retirarle la sangre de las estremidades al ingles, al oir esta peregrina presentacion. Se quedó estático, i miéntras tanto el viejo se acercó a la puerta, la tocó con dos dedos para abrirla de par en par sin ruido, i volviendo a repetir su cortesía con el cuerpo i la mano derecha, le dijo:

Come in, come along, conmigo.....

Don Guillermo titubeó; estuvo a pique de arrancar. Pero luego tuvo una corazonada, i siguió a su cortes compañero, entrando a una tribuna alta i balconada que daba vista al interior de una sala espaciosa i de muros altos, sin adorno arquitectónico de ninguna clase.

El viejito se sentó en un taburete de los que allí habia, puso su pierna buena sobre la mala, sacó de su bolsillo una ancha cartera roja, cuyo lápiz revisó, i apoyando su barba en el puño cerrado de su derecha, inundó la sala con sus ojos grandes i redondos, que lanzaban rayos siniestros i que se armonizaban con una perpetua sonrisa que pendia de sus finísimos lábios.

Allá, en el fondo del salon, se divisaba una larga mesa cubierta con tapete verde i rodeada de sillones del mismo color, en los cuales estaban como incrustados los Esenios i los caballeros. A lo largo de la mesa corrian en hileras veinte blandones de metal con sendas hachas de cera verde coronadas por una llama azulada, que despedia reflejos inciertos i que apénas aclaraba los ángulos i la bóveda del salon.

¡Miren qué cuadro! dijo Asmodeo. ¡Miren qué caras! Ninguno de los convidados tiene ni lo negro de la uña del padre Schwartz, pero no por eso dejarán de ir a hacer tertulia en los infiernos a este reverendo inventor de la pólvora. Unos son panzones, otros enjutos; unos viejos, otros mozos; unos soberbios, otros humildes; pero de todos ellos no se puede hacer un buen demonio. I diciendo esto, comenzó a escribir en su cartera, con mano convulsa, pero lijera, veloz, rápida, como si fuera movida por vapor; i sin dejar la operacion, preguntó a don Guillermo: ¿Qué dices tú de esto, hijo?

Mr. Livingston se iba familiarizando con un viejo tan afable, lijero i gracioso; i tomándole por un instante por taquígrafo de algun diario como el Times, le correspondió con esta otra pregunta:

—¿Toma usted apuntes para publicar esta sesion?

—¡Qué disparate!, le replicó el viejo con una mirada que avergonzó al ingles. ¿Me has visto cara de chorlito o de escritor que es lo mismo? Mira, en este pais no hai ente inverosímil de esos que estás mirando que no sepa hacer su negocio mejor que los escritores, pues estos nenes cifran toda su dicha en verse reproducidos por la estampa, i por tal de publicar sus ideas en urdiembre, se despestañan i gastan su dinero, tiempo i salud, a sabiendas de que nadie los lee, ni entre ellos mismos, porque nadie sabe leer, aunque algunos sepan decorar. ¡Con qué! ¿Me ves pinta de pertenecer a esa especie de locos? Vamos atendiendo a la sesion: allá tienes un tonel que habla.

I en efecto, un señor casi cuadrado, que se divisaba de frente, llevaba la palabra en ese momento. «Yo vivo retirado del mundo i pensando solamente en estar bien con Dios; pero no por esto me liberto de vejaciones atroces. No hago mal a nadie.....»

—Pero tampoco haces bien, refunfuñaba entre dientes Asmodeo, rasguñando, que no escribiendo en su cartera; ni eres capaz de dar un grano de trigo al gallo de la pasion, porque piensas que con solo rezar por tu alma cumples con el que está allá arriba.

«Yo, agregaba otro de los notables, he consultado con mi conciencia mui detenidamente i hallo que la resistencia es un deber.»

—Así puedes hallarte sábio en tu conciencia, gruñia Asmodeo, porque tú te la formas a tu paladar, pues la conciencia no es sino la opinion que cada cual se forma segun sus creencias, errores, gustos e inclinaciones.

Otro convidado tomó la palabra, protestando que él no pensaba mas que en sus negocios, sin mezclarse en nada, i que, sin embargo, sufria mucho en su persona e intereses.

Pero Asmodeo le acotaba:—Piensas en tus negocios, pero mucho mas en los ajenos, porque tienes los instintos de la sanguijuela, a pesar de tu figura de tábano.

«Yo, esclamaba, uno, hago todo el bien que puedo;» porque estás cansado de hacer mal i temes a la muerte, añadia el viejo siempre tomando notas.

«¡Para qué cansarnos, señores!» gritó con énfasis otro. ¿Quiénes mas acreedores a respeto i consideracion que nosotros, que siempre hemos apoyado el poder i permanecido devotos a nuestra relijion?...

—Sí, dijo Asmodeo riéndose, la devocion es vuestro fuerte. Sois devotos al poder porque os gusta gobernar o porque sacais siempre piltrafas de estar bajo el ala del poderoso; i sois devotos a la relijion de puro miedo al infierno, porque os imajinais saldar con golpes de pecho vuestra larga cuenta con el diablo, i no por amor a Dios ni a su lei, que no conoceis ni por las tapas. En el fondo no teneis mas que egoismo i presuncion, indolencia i orgullo.

—¿I es posible, preguntó el ingles, que todos sean tan malos?

—No, replicó Asmodeo, hai tambien buenos, i con esos no hablo, porque están en minoría, i se limitan a llorar i deplorar la corrupcion jeneral. Allá en el cielo se duerme mucho, amigo, o se pasa el tiempo mui bien entretenido, pues nunca se acuerdan de las cosas de acá abajo i dejan a los buenos sin proteccion, i a los malos sin atajo: por eso es que nuestra cosecha es siempre mejor i mas abundante que la del padre viejo, i por eso es que mas gobernamos nosotros en el mundo que el Dios de los buenos.

En ese momento tomaba la palabra uno de los Esenios, encantando con su dulce semblante i sus suaves ademanes a la concurrencia; pero arrancando al viejito algunas esclamaciones, como éstas: ¡Brigand! ¡Bribon! ¡Rascal! ¡Impostore! ¡Conspirador! ¡Traditore!

«Confiando nosotros, decia aquel, en el parecer que uniformemente han mostrado todos estos respetables señores, hemos tomado algunas medidas preventivas. Entre otras, por ejemplo, hace tiempo que retenemos aquí a un estranjero que era perseguido con una hechicera que le acompañaba en su fuga. Una noche en que hubo de ser aprehendido, pudimos obrar de modo que lo fuese su compañera, i él quedase libre i asilado entre nosotros.» (Esto es contigo, dijo Asmodeo al ingles.) «Este hombre puede servirnos mucho. Estando a nuestra disposicion i en nuestra casa misma la salida de la Cueva, porque nosotros dirijimos la inspiracion de los Jenios al mundo, i mantenemos la comunicacion con esas rejiones, podemos facilitarle la salida con la condicion de que nos procure el auxilio de los de afuera para derrocar a los Jenios i establecer nuestro poder.» (Don Guillermo no respiraba: no era mas que orejas para oir i ojos para mirar.) «Este hombre necesita vengarse de su larga peregrinacion en la Cueva, se afiliará con entusiasmo a nuestro servicio. Nosotros poseemos la clave del sistema sobrenatural de que los Jenios se valen para influir en las cosas humanas, pero no tenemos la fuerza necesaria para derrocarlos, para ocupar su lugar i ejercer su poder. Apelemos a la alianza con los hombres que en el otro mundo profesan nuestra doctrina. Pero para llevar a cabo el plan, es necesario que podamos disponer de un caudal, que lo formemos entre todos»...

El discurso fué interrumpido por los regüeldos de un notable a quien le habia dado flato.

—¡Fuit Illium! dijo Asmodeo, ardió Troya, i se echó a reir convulsivamente.

El enfermo se habia levantado de su asiento, i con él casi todos los concurrentes. Algunos de ellos, ganando la sombra de los otros, se acercaban a la puerta mui disimulados i desfilaban para afuera. Otros se ponian en corrillos a conversar por lo bajo con gran seriedad; aquellos se paseaban, i muchos, contajiados por el flato, comenzaron a sentirse indispuestos. En un cuarto de hora mas, habiendo ya mui pocos concurrentes, el senescal de los Esenios creyó prudente aplazar la reunion para otro dia, i el salon quedó desierto i a oscuras. La reunion habia terminado sin acuerdo ninguno, sin resultado, repentinamente, como termina la sesion de una cámara, cuando se ve en apuros un ministro que dispone de la campanilla. Talvez los Esenios i sus afiliados no tenian hábitos parlamentarios, o talvez entre estos últimos habia costumbre de salvar un compromiso o de conjurar un peligro, recurriendo al flato.

Como quiera que sea, los dos espectadores de este espectáculo se habian quedado en la tribuna el uno riéndose i refunfuñando, i el otro estupefacto, como una estátua de piedra, i casi en ayunas del contenido i significacion de lo que acababa de ver.

XXI. En donde se ve que no es malo salir como se ha entrado

—¿En qué piensas, Guillermo? decia Asmodeo un momento despues a su compañero, sacudiéndole de un brazo; i éste alumbrado en medio de aquellas tinieblas por los dos carbunclos que usaba por ojos el otro, tomó un asiento, como fatigado i siguió pensando, puesto un dedo en la sien i la vista fija en el suelo.

—¿Piensas quedarte aquí? No puede ser porque voi a cerrar la puerta, agregó el viejo.

—Nó, al contrario, dijo el ingles: pienso en irme ahora mismo. ¿Como ha podido escapárseme la salida de la Cueva?, puesto que está en esta misma casa, que tanto he recorrido i examinado. ¿Qué misterio es este? ¿Miente acaso el Esenio que acaba de hacer esa revelacion?

—Dice la verdad, replicó Asmodeo, i tú debes haber pasado mil veces por esa salida sin reconocerla: está al fin del parque mas inmediato. ¿Pero por qué no esperas a que te nombren embajador?

—¡Si hubiese de ser para que todos cayeran, esperaria! ¡Mas, la salida! ¡¡Dios mio!!...

—Cuidado con esas esclamaciones, si quieres hallar la salida.

—¿Por qué? ¿Podria señalármela usted?

—Es claro que sí. Favor por favor: tú me has abierto la puerta de esta tribuna; yo te abriré la otra. Pero necesitas, no solamente el valor que tenias cuando entraste a la Cueva, sino otro tanto mas: vas a atravesar un camino espantoso. Yo te acompañaré con una condicion...

—No admito condiciones: fio en mi valor i en mi porvenir.

—Corriente. Voi solamente a ponerte en la puerta; favor por favor i estamos a mano. Vamos.

—Vamos pronto.

I salieron de la tribuna, cerrándose tras de ellos suavemente la puerta. Bajaron de la galería, tomaron un claustro, se introdujeron por un pasadizo, pasaron una puerta, otra mas i despues otra; todavía un callejon i salieron a un parque cuyos frondosos árboles dormian en silencio, sin que la mas lijera brisa ajitase su follaje. El silencio era profundo; solo se oia el golpe de la pierna coja de Asmodeo en el suelo limpio i endurecido de la avenida de árboles que habian tomado. El viejo marchaba a paso redoblado adelante, i el ingles tenia que apurar el suyo para no quedar atras.

Al fin de la avenida, se esplanaba el lugar, pues terminaba la arboleda i solo tenian a su frente un cerro elevadísimo que parecia tocar las estrellas con su cumbre. Mr. Livingston veia levantarse sombras vaporosas por todos lados, i comprimió sus ojos con la mano, para persuadirse de que esos fantasmas eran una ilusion de su vista. Pero cuando volvió a mirar, los halló mas cerca, i no pudo ménos de esclamar:

—¡Estamos perdidos, nos han rodeado los Esenios!

—No hai cuidado, son mis espíritus, que me hacen los honores de ordenanza, esclamó el viejo, al momento de llegar a tocar una enorme roca que se avanzaba del cerro, como centinela. Aquí esta la puerta: busca un boton que debe estar ahí.

Don Guillermo recorrió con su mano durante algunos minutos el paraje que se le indicaba i halló un punto redondo que le pareció de fierro.

—Aquí está, dijo conmovido.

—Apriétalo, le replicó Asmodeo; i el peñasco dió una media vuelta sobre su eje, a la presion violenta que el ingles hizo en el boton, dejando en su base una abertura oscura i renegrida, larga i angosta, que seguia en su curso la curva de la figura de la roca.

—Entra, agregó Asmodeo, i buenas noches; hasta mas ver.

El ingles intentó darle la mano en muestra de agradecimiento, pero él le volvió su joroba mirando hácia el parque i silbando despacito un aire de «Roberto el Diablo».

Bajó Mr. Livingston lleno de emocion, i adentro sintió una atmósfera tibia i seca que le paralizó.

—¡Adelante, derecho, sin titubear, valor!... le gritó de afuera Asmodeo.

El obedeció, i sintiendo el suelo firme i parejo bajo su planta, echó a andar con rapidez. Despues de algun tiempo de marcha no interrumpida, notó que la oscuridad no era tan profunda ni el silencio tan continuado, pues que algunos ruidos indefinibles herian su oido. Pensó en Lucero, suspiró por ella con dolor i con esperanza, i recordó la descripcion que en otro tiempo le habia hecho del camino de la salida i las instrucciones que le habia dado. Pronto debo encontrar, dijo entre sí, al monstruo de la ignorancia.

Un rujido espantoso aturdió a don Guillermo, pero no conmovió su corazon. Sintió que le repelian con violencia, i fijando con toda intensidad su vista, vió delante de sí que la bóveda de la caverna habia desaparecido, i que marchaba por una agostura aclarada por una vislumbre opaca que dejaba ver a uno i otro lado elevadísimas murallas de roca. A pocos pasos mas, ya no pudo andar sintiendo sus piés enlazados como por un anillo de hierro. Cruzó ambas manos sobre el pecho i esperó. El anillo de hierro subia lentamente, pero mas bien eran nuevos anillos los que le abrazaban las piernas, puesto que mas arriba del primero que le ligó los piés, sentia otro i otros que se le enroscaban i apretaban, produciéndole una impresion de hielo que le daba un frio mortal a pesar de sentirse empapado de sudor. Un jadeo silbante i áspero, como el del boa constrictor, llegaba a sus oidos, i sentia un hálito pestífero, cuando los anillos le subian ya hasta la cintura.

El peso de los anillos casi le doblaba, i al mover sus brazos para balancearse i equilibrarse, sintió con ellos la cabeza enorme de la serpiente que le envolvia i tocó la forma i la morbidez glacial de su cuerpo. Entónces los levantó hácia arriba para que en ellos se enroscase el monstruo i preservar su cuello de la estrangulacion. Así sucedió, i aquella serpiente atroz dobló sobre el codo del brazo derecho su cabeza de un pié de largo, con ojos de áscuas, de boca abierta i de lengua de saeta que movia horizontalmente con velocidad, i la colocó cerca de la cara del animoso ingles.

«¡La luz de la Justicia, el ardor del Patriotismo i el poder de la Democracia disipan las tinieblas, i aniquilan la ignorancia!» dijo el héroe con voz trémula i pausada.

La serpiente dió un silbo parecido al que hace la tempestad en la jarcia de un navío, i se desplomó al suelo...

El héroe quedó inmóvil algunos instantes i repitiendo—Justicia, Patriotismo, Democracia, emprendió su marcha rápida i segura hácia adelante.

Una luz viva i rosada inundaba entónces aquel estrecho sendero por donde apénas cabian cuatro hombres de frente. A uno i otro lado se notaba la superficie desigual i ondulada de la montaña, que al parecer habia sufrido un rajamiento obrado por un cataclismo, como se ve en la angostura de Chañarcillo i en las gargantas del Caspio. Los ángulos i demas formas salientes de un lado correspondian a las hendiduras i curvas del otro; i el perfil de ambas líneas culminantes era igual, i ese perfil se divisaba a una elevacion prodijiosa.

Mr. Livingston abarcó de una mirada la fisonomía del lugar, i siguió las ondulaciones del camino, sin saber lo que habia detras del punto que le interceptaba la vista. Pero marchaba con valor i confianza, a pesar de que todavía sentia helada su sangre, húmeda su frente, i se miraba las manos como si fueran de mármol.

A medida que avanzaba, notó que la vereda se ensanchaba, pero que la luz disminuia i se ponia de un tinte incierto que estraviaba la vista i hacia vacilar la cabeza. Trató de sobreponerse a aquel prestijio i redobló su paso; pero al dar vuelta una curva de la montaña, se halló con tres caminos. Paróse dudoso i casi se aflijió: no sabia cuál de esos caminos debia tomar, i habia perdido la direccion del rumbo que traia.

Una mujer bellísima se presenta en el punto que hacia centro a los caminos. Vestia ropas lucientes i ricas, tachonadas de máscaras i lenguas rojas, mostraba solo una pierna por la abertura de su túnica talar, porque la otra le cojeaba; i llevaba en la mano un haz de pajas ardiendo, cuyas llamas deslumbraban i perturbaban la vista del viajero.

—¿A dónde vas? le preguntó con una sonrisa que descubria una boca negra i oscura.

—En busca del Patriotismo, respondió con severidad don Guillermo.

—¿Para qué? ¿Con qué fin?

—Porque esa virtud nos traerá la luz de la Justicia i el poder de la Democracia, que hacen triunfar la verdad i matan la mentira!

—¡Marchad! dijo ella i se estinguió repentinamente la llama del haz de pajas, despidiendo humo renegrido i hediondo.

—¿Cuál es el camino? preguntó el viajero.

—El de la derecha...

—¿I por qué no el de la izquierda?

—El que queráis, dijo la bella, i dió vuelta las espaldas, ocultando con el manto su pierna coja.

Pero el ingles miró con vista fija i cierta, i distinguió bien que el camino del centro estaba iluminado, miéntras que los otros eran oscuros, diferencia que ántes no habia notado, porque su vista vacilaba i la llama del haz de pajas la estraviaba. Entónces tomó con denuedo la senda iluminada, miéntras que la Mentira se perdia en las sinuosidades lóbregas del camino de la derecha, i se oia el gárrulo sonido que hacia al andar con sus vestidos.

La luz fué mas viva i dorada por algun tiempo i la angostura mas ancha i derecha, pero allá a lo léjos se divisaba una columna negra que cerraba el camino en toda su altura, como si fuera su término. Así anduvo el viajero una inmensa distancia, hasta que vió distintamente que la columna no era un cuerpo perpendicular, como le habia parecido, sino una abertura profunda, que indicaba que el camino continuaba oscuro como una caverna, estrecho i sinuoso. Por un instante sintió que el corazon se le oprimia, pero un rayo de su mente le representó la imájen de Lucero i cayó sobre su corazon, desahogándolo i dándole contento.

¡Adelante! dijo, i penetró en las tinieblas. Pero al punto tropezó en un estorbo, i una voz gutural, ronca i desapacible como la que sale de un pecho enfermo, esclamó:—«Cuidado con mi pierna, que es la mala, mi buen Guillermo! Eres valiente i sagaz. ¡Bravo! Has dado pruebas mas espléndidas que las que dió en su mocedad nuestro hijo Napoleon el Grande. ¡Eres mas grande tú! ¡Eres un Wellington! I a propósito, ¿sabes que ese diantre de viejo se conserva todavía en todos sus brios i comiendo uvas como un viñatero?»

Mr. Livingston habia reconocido al mismo Asmodeo, su compañero en la tribuna, que estaba allí sentado en el suelo i que le miraba con sus ojos redondos i ardientes.

—¿Qué hace usted aquí? le preguntó sorprendido.

—Hijo, le respondió, me adelanté a tí luego que te ví triunfar de la sierpe, pues te habia seguido desde la entrada, i aquí me he puesto a esperarte.

—¿Para qué?

—Para aconsejarte que no sigas adelante. Me das lástima, i me intereso por un valiante como tú.

—Estoi decidido: yo no vuelvo a la Cueva, suceda lo que sucediere.

—¡Ah, tú no sabes lo que te espera!

—Pero usted lo sabe i me lo dirá.

—Me gusta tu confianza. Pues, hijo, aquí, en esta noche de mar en tempestad en que vas a entrar, te encontrarás con una bandada; nó, con una turba, ménos: con una atmósfera de cuervos voraces que te harán pedazos i para quienes no valdrán los conjuros que te ha enseñado Lucero.

—Yo venceré, pasaré adelante.

—Lo creo, tú te volverás águila, porque puedes hacerlo i pelearás, hasta salir desplumado. Pero mas adelante i en el término de la salida, no te valdrá ninguna brujería, ningun ensalmo, ningun valor. Allí el suelo está erizado de bayonetas, al estremo de no haber donde pueda pisar un mosquito; i la atmósfera está cruzada en todas direcciones de balas de todos los calibres imajinables, que te matarían aunque te volvieras pulga. Hijo, yo te lo digo con esperiencia: con los cuervos i los soldados que manejan aquellas armas no hai medio, pues que los unos pican i los otros matan todo lo que no les pertenece. Lo mejor es no hacerles frente, no luchar con ellos a la descubierta, i dejarlos que solos entre sí se piquen i se destrozen, porque cuando tienen enemigos que combatir, se unen i se hermanan respectivamente a las mil maravillas.

—Es cierto que yo no debo combatir ni resistir.

—Ya, pero tampoco debes siquiera presentarte a esos monstruos en ningun caso. Un hombre cuerdo no lo hace jamas. Lo que importa es huir bien léjos de ellos, dejarlos aislados, solos, que se devoren en su propio fuego.

—¿Qué hacer entónces?

Asmodeo se quedó pensativo un rato. Luego continuó:—Hombre, yo te salvaría, pero no puedo hacer nada de valde, i tú no admites condiciones. ¿Me darías tu alma?

—La tengo dada a Lucero.

—Para dirijirla solamente, para ser tu padre espiritual.

—Lucero me dirije.

—¡Qué diablos!... Pero me ayudarias allá en el mundo en algunas cosas que yo te encargaria de vez en cuando?

—Eso sí, con tal de que no me estraviase de mi principal mision.

—¡No hai temor! Yo tengo hecho ya el ánimo a ver triunfar la democracia. Los hombres son hombres siempre, i tanto me da pescarlos en China como en Inglaterra, en Turquía como en la Union Norte Americana. Vamos, manos a la obra.

El viejecillo se levantó, i dando una cabriola, volvió las espaldas al ingles. Súbitamente se desprendieron de su joroba dos enormes alas de murciélago, que desplegó con natural donaire. En la articulacion superior de esas alas aparecieron dos pequeños cuernos rosados que las coronaban graciosamente.

—Ya está, esclamó, échate sobre mí i aférrate de esos cuernecitos. Cuernos de cabron fueron los que te simbraron a la playa del mar cuando entraste a la Cueva, i cuernos de murciélago son los que te sacan para lanzarte a la ceja de la cordillera. Lo mismo da, i saldrás como has entrado.—Dijo i partió volando hácia arriba como una bomba arrojada por el mortero.

El vuelo fué atroz, violento, mas veloz que el huracan, mas impetuoso que el rayo. Don Guillermo, aferrado de los cuernos i tendido en las espaldas de Asmodeo, sentia silbar el aire en sus oidos, veia precipitarse como una ilusion las montañas hácia abajo, i un vértigo doloroso le quitó el sentido. El instinto o mas bien la crispadura de sus nervios, le mantuvo asido a los cuernos.

Asmodeo llegó arriba i sentó airoso su planta. Sacudió el cuerpo i tiró su carga al suelo. El ingles estaba exánime, lívido, sin pulso. El viejo le echó una mirada al soslayo, sonriéndose; i haciendo una castañeta con ambas manos, ahuecó su boca dándole el sonido burlesco de un calabozo, i se lanzó a la Cueva como un águila sobre su presa...

XXII. 1841

El sol estaba en su zenit, i desprendia a torrentes sobre la tierra esa luz caliente, confortante, clara, nítida, espléndida con que nos regala en un dia de junio, cuando el suelo está ennegrecido por la lluvia, i los árboles en esqueleto nos presentan su triste desnudez.

La bóveda celeste ostentaba toda su pureza, ni un vapor la empañaba, i su limpio azul relucia mas, en vez de atenuarse, con el esplendor del sol. La vista podia dilatarse i penetrar bastas las últimas ondas de aquel éter dulcísimo que azula nuestro cielo en un dia de invierno.

Ese calor vivificante obró en los miembros ateridos de nuestro héroe, que vuelto en sí, recobró todo su vigor i se puso de pié. Estaba en la cumbre de una montaña, a cuyo pié se estendia manso, inmenso i portentoso el océano: allá a lo léjos se divisaba una franja de espuma blanca como la nieve, describiendo el mismo curso de la base de las colinas, que formaban una estensa bahía. En el fondo aparecian como columnas flotantes algunos buques que surcaban las olas, i otros se veian de costado ostentando todo el lujo de sus velas, como las gaviotas que se columpian en sus alas desplegadas. Al pié de la montaña se elevaban columnas de humo, i en los últimos declives se distinguian casas apiñadas, cuyos techos de diversos colores estaban limpios como despues de un aguacero.

Don Guillermo suspiró con efusion inefable, i sintió que las lágrimas se le agolpaban i le eclipsaban la vista. Se arrodilló i oró......

Despues de pasada esta primera impresion consagrada a Dios, reconoció que estaba en una senda que se prolongaba por toda la ceja de la montaña i descendia al mar.

—¡Este es el camino de Carretas, dijo; no hai duda! ¡¡¡Allí está Valparaiso!!!....

I corrió como un niño hácia abajo, lanzando gritos de alegría i ajitando sus brazos de contento. Despues de largo tiempo, se sintió fatigado; paró, se sentó en una peña, i desde allí descubrieron sus ojos una ciudad estensa, cuyas calles se prolongaban a la orilla del mar, formadas por edificios elegantes, limpios i de variados colores. Sintió el bullicio, i en las casas que faldeaban las colinas mas próximas, vió el movimiento de los habitantes.

—¡Nó, esclamó tristemente, nó; Valparaiso no es ese, no es tan grande, no es así! ¡Adonde estoi!

Mucho rato estuvo absorto, pero sin pensar en nada; i al fin su vigorosa intelijencia despertó.

Se puso en marcha de nuevo, pero pausadamente i aun con tristeza. Así comenzó a penetrar por entre las primeras casas, i no siéndole estraño el tipo de las jentes que encontraba, paró enfrente de unas mujeres que cosian tomando sol a la puerta de una habitacion.

—¿Qué barrio es este, niñas? les preguntó en buen español.

—El cerro de Carretas, señor, le respondieron con afabilidad.

—Gracias, dijo, i siguió su camino.

—Mira, ¡qué gringo tan buen mozo! oyó que decia una mujer.

—¡Qué pálido! ¡De dónde vendrá! decia otra.

Don Guillermo iba mas tranquilo, i su continente era ya el de un hombre que ha sufrido grandes desgracias, mas calmado.

El sol descendia tras de la punta de Curaumilla, cuando el ingles bajaba las últimas laderas de la quebrada del Arrayan i penetraba por callejuelas estrechas i barrosas.

Despues de algunos minutos desembocaba a la plaza Municipal i se dirijia sin vacilar a la calle de la Planchada. Multitud de jentes cruzaban en todas direcciones, pero nadie se dignaba echar una mirada sobre el viajero. Entre tanto él los miraba a todos i a cada momento creia encontrar a algun antiguo conocido; el corazon le palpitaba con violencia, la cabeza se le reventaba i sentia vahidos que le hacian sudar, las piernas le flaqueaban: tal era la fuerza de su emocion al verse salvo en los mismos sitios donde ántes soñó venturas.

De repente i casi maquinalmente, paró en el hotel de Francia, en cuya ancha puerta habia unos franceses con sendos i poco fragantes puros en la boca, hablando todos a un tiempo, sans façon, como si estuvieran en casa. El ingles entró derecho, i ellos, haciéndole paso, le miraron de alto a abajo, no sin fijarse en el hermoso sobretodo que le cubria su elevado cuerpo, hasta mas abajo de las rodillas.

En el patio se presentó un mozo, i Mr. Livingston se dirijió a él preguntándole por madama Ferran.

—Ya no está aquí, señor, le dijo aquel, tiene ahora el hotel de Europa.

—¿A dónde?

—En la plaza Municipal, a la entrada de la calle de los Alamos.....

Mr. Livingston dió media vuelta i desanduvo su camino, volviendo a llamar la atencion de los franceses de la puerta, que le tomaron entónces por capitan de buque.

Llegó a la casa señalada, i apénas entró al patio sintió que madama Ferran llenaba todos los ámbitos de la casa con su voz sonora, dando órdenes desde los altos. Subió la escalera, siguió el rumbo de la voz, i llegó hasta la persona que la producia. La voz paró un momento, pero luego se desató como una catarata. La servidumbre entera se puso en movimiento. Corrian luces por todas partes, tronaban los pisos entablados con las carreras, tropezaban los mozos llevando ropas de cama, bandejas, cubiertos i uno de ellos se despeñó escalera abajo, impulsado por madama Ferran que le mandaba a la cocina.

Un cuarto de hora despues todo estaba tranquilo.

Pasados algunos dias, en una tarde húmeda i nebulosa, Mr. Livingston estaba tomando café en el Aguila i sucedia lo que se refirió al principio.

XXIII. 1860

Pronto se enterarán diez i nueve años contados desde aquella tarde. Mr. Livingston habrá hecho hasta entónces dos mil ochocientos cincuenta viajes entre Santiago i Valparaiso, i habrá repetido en cada una de esas ciudades mil cuatrocientas veinte i cinco veces tres palabras misteriosas.

¿I nosotros qué hemos hecho? Nada. ¡Un solo viaje! ¿Para atras o para adelante? Ese es el problema. Los descontentos, que son muchos, dicen que para atras. Los contentos, que son pocos, dicen que para adelante. Mr. Livingston, que nos ve con ojos serenos, talvez creerá que principiamos a andar cuando él emprendió su peregrinacion, pero que a pocos pasos que dimos tropezamos i nos caimos de cabeza en un abismo.

¿Pero cuáles serán esas tres palabras sacramentales que el ingles pronunciará todavía ciento cincuenta veces hasta enterar sus veinte años de peregrinacion? ¿Serán las mismas que pronunciaba al salir de la Cueva—justicia, patriotismo, democracia? No lo sabemos; puede ser que sean, si es cierto que el amor a la patria, cuando es puro i verdadero, estimula al patriota a practicar la justicia i a buscar la felicidad de la patria en el triunfo de la democracia.

Lo que es indudable, porque Lucero lo dijo, es que el dia en que se halle el patriotismo perdido, será dia de gloria, de contento, de paz i de fraternidad.

Entónces talvez se aclarará el problema ántes indicado, i sabremos si hemos vivido hácia atras, como Quevedo; si hemos ido adelante como la tortuga, o si hemos estado en un abismo como suelen estar los zapos entumecidos i sin accion en las entrañas de la tierra.

Mr. Livingston viaja todavía. Su constancia es un ejemplo. Hoi se le ve ya estenuado de fatiga, flaco i andrajoso. Su color se ha atezado, sus ojos se han apagado. La melancolía mas profunda se pinta en su semblante. ¿Acaso desespera de hallar lo que busca? ¿Morirá ántes de ese dia de gloria que le anunció Lucero?.....

Hace mui pocos dias que un coche paraba en el camino de Valparaiso, i un ingles de figura respetable sacaba medio cuerpo por la portezuela para llamar a don Guillermo. Este se acercó triste, mirando al suelo, i saludó. El del coche le paso su mano estendida i cubierta de monedas; el peregrino tomó una sola.

—¿Cuál es su nombre? le preguntó aquel en ingles.

Pagan (peegan), respondió éste i saludando siguió su camino.....

¿Por qué ese otro nombre? ¿Cuál es el verdadero?

Como quiera que sea, Livingston o Pagan, él es digno de las bendiciones del cielo.

Postdata

Esa fué la última vez que vimos a nuestro héroe. El nombre de Pagan que habia tomado simbolizaba su idolatría, i la espresion inefable de su rostro perfilado i trasparente indicaba cuán ardiente era la fé que tenia en su ídolo.

Yo participaba de su fé, i hubo momentos en que me aluciné, creyendo que él habia triunfado, llenando su mision. ¡Engaño cruel! En 1868 he sabido que el pobre loco habia muerto despeñado en una cuesta del camino de Valparaiso por una carreta, ¡ántes de completar sus tres mil viajes sagrados! El talisman del patriotismo quedó siempre encantado i Lucero perdida en las tinieblas. Lo que yo creia un triunfo no habia sido otra cosa que el claror deslumbrante del haz de pajas de la Mentira.

¡Funesta desgracia! El héroe habia vencido a la Ignorancia i a la Mentira con una firmeza incontrastable, i se habia salvado del poder de la Ambicion i del Fanatismo con un valor de todos los diablos. ¡Trabajo perdido! Su admirable constancia no alcanzó a desencantar al Patriotismo, i la verdad, la justicia i la democracia quedarán todavía en los abismos, hasta que las levante de allí otro héroe que no muere jamas, que tiene mas firmeza i mas valor que un hombre solo; otro héroe que ha atravesado los siglos luchando por aquellos bienes, a quien los griegos llamaban Demos, talvez por lo que tiene de demonio, i a quien nosotros llamamos Pueblo, en nuestro lenguaje moderno.

EL DIARIO DE UNA LOCA

I

¡Ah! Estoi sola. ¡Gracias a Dios!...

Son las dos de la mañana. ¡Qué lindo es mi reloj! ¡Pobre muchacho! El me lo regaló el dia en que se casó con mi hija. ¿Qué será de ella? ¿Adónde estará?...

¡Ah! Estoi libre, ¡sola!... Pero no, esa monja horrible, mi guardian, está allí. Está tranquila, merced a mi estúpido sueño, i no estoi libre. Esa pesada puerta está con llave, ni es posible moverla siquiera. Pero la ventana ¡oh, qué alegría! ¡De par en par! ¡Dios mio! ¡Qué reja tan enorme!

Habrán sabido sin duda que mi mas vehemente deseo, mi deseo de tantos años, es matarme. ¡Mas no saben que soi tan cobarde! Mil veces he podido acabar con esta vida espantosa, ¡pero he tenido miedo!...

¡El suicidio! Sí, recuerdo las palabras de aquel célebre escritor, amigo de mi marido. ¡Qué bella era aquella tarde! Vino de visita i lo recibimos en el corredor de la quinta, con vista al rio.

Recuerdo que estábamos tomando mate. El sol se habia escondido en la pampa, i las aguas del Plata se dilataban a nuestra vista mansas i blancas, formando un inmenso horizonte. ¡Qué fisonomía tan enérjica la de aquel hombre! No recuerdo su nombre, pero tengo viva su imájen, ¡i sus palabras resuenan todavía en mis oidos!...

«Los pesares profundos, dijo, matan o enloquecen, cuando no hai fuerza de espíritu para recibirlos de frente i sonreirles. Los cerebros débiles se dejan dominar por la idea del dolor i se gastan o se desorganizan, hasta el punto de hacerse maniáticos, o de debilitar el organismo i hacerlo pasto de las enfermedades naturales o artificiales. El suicidio es una enfermedad artificial, voluntaria.»

¡Cierto! Mi organismo firme i robusto me ha salvado de las enfermedades naturales, i de esa enfermedad artificial, que se llama suicidio. El ha predominado por su fuerza vital, i ha hecho prevalecer sobre el deseo de morir la necesidad de vivir. Mi cobardía no es mas que esa necesidad imperiosa de vida que tiene mi sér. Pero mi cerebro es débil, i no se ha resistido a la locura....

¿Será cierto que estoi loca?

¡Qué noche tan oscura! ¡Que calor tan sofocante! El Pan de Azúcar se vé aquí cerca, como una sombra jigantesca. La bahía de Botafogo apénas se dibuja por la oleada fosfórica de la orilla. El mar no hace ruido. Pero esa luz blanca que estalla pausadamente, de cuando en cuando, contra la ribera, indica los latidos de su hondo seno.

Sí, estoi en Rio, lo conozco. Allí se ven las luces de la calle, que se reflejan en los boscajes inmóviles de los jardines. Todo duerme. Pero yo velo, i casi siempre estoi velando, cuando todos duermen.

¿Será cierto que soi loca?

¿Qué se han hecho los mios? ¡Ah! Dicen que han muerto! ¡I me han dejado aquí, sola, en una casa de locos!

Lo recuerdo bien. Si estuviera loca, no lo recor daria. O será que cuando lloro mucho, despierto de mi locura. Sí, mi pañuelo está empapado de lágrimas. Siempre está así, cuando me pongo a pensar i a escribir. I ántes de llorar ¿qué ha sido de mí? ¿He estado dormida, o he estado loca? Pero lo recuerdo bien: un dia me llevó mi marido a una gran casa. Bajamos del coche. Entramos a un gran vestíbulo. Subimos las escaleras. Allí habia otro vestíbulo espacioso con dos estátuas bronceadas que representaban hombres vestidos a la moderna. Parecian negros. ¿Serian estátuas de negros? Tambien habia una estátua blanca que dijeron era del emperador. Nos recibieron mui bien....

Desde entónces no recuerdo mas. Los recuerdos me vienen solamente cuando he llorado mucho. ¡Oh, el llanto es el rocío del alma! La mia está seca i helada como un páramo. Necesita de ese rocío para vivificarse.

Sí, comprendo. Soi loca. Por eso me trajeron aquí. Lo recuerdo bien. Llegué buena, pero profundamente triste. Algo de mui raro sentia yo en mi pecho. Hubiera dado mi vida en aquel momento por llorar, ¡i no podia!...

¡Qué multitud de fisonomías! En un salon habia muchos hombres a lo largo de una mesa. Los ví al pasar. Todos jesticulaban i trabajaban; pero estaban en silencio, i unas monjas de caridad los vijilaban. Mas allá entraban en ese momento a otro salon muchas mujeres en fila, todas vestidas uniformemente, i venian custodiadas tambien por monjas. Contigua a la salita a que me condujeron (¡oh! ¡es esta misma, la misma colgadura, los mismos muebles!) habia otro aposento en que se paseaba con lijereza una mujercita fea, de ojos saltados, vestido aseado; pero era horrible. Dijeron que era una portefía rica, que se llamaba... no sé cómo. Entramos aquí, nos sentamos, ¿i entónces?... ¡Entónces!

¡Ah! Sí, él. Pasó ese infame. Lo ví, la misma figura, la misma sotana, el mismo breviario en la mano... ¡Oh! Sí, lo ví. ¡Infame! ¡Sacrílego! ¡Demonio! ¡Satélite infernal de mi hermano! ¡Ah! ¡Ah! ¡Me muero! ¡Socorro!... ¡Quita allá, monja del diablo!... ¡Yo no te llamo, no te quiero!...

II

Bueno: que se vaya en paz. Pobre monja. Es bondadosa. Con qué risa tan cordial me contaba el trabajo que le costó sujetarme anoche, i cuánto habia hecho por hacerme callar. Dice que la ultrajé mucho: pero lo decia con una alegría que muestra el candor de su alma, que da donosura a su seco rostro i gracia a su enorme boca llena de raros dientes. ¡Pobre monja! ¡Qué paciencia necesitan estas mujeres para soportar su oficio!

Son las dos de la tarde en mi lindo reloj. He dormido mucho; pero tengo fiebre. ¡Ah! ¡qué seca está mi mano, qué negra i arrugada! Soi vieja, sí, vieja de cuerpo; pero mi pobre corazon se resiste a envejecer.

Es él quien me atormenta. Es él quien tiene la memoria de lo pasado. Es él quien ama todavía. Mi razon solo le ha servido para ocultar sus deseos, para disfrazar sus latidos, para disimular sus arranques, sus delirios, sus dolores; pero jamas lo ha dominado, jamas le ha puesto freno.

¡Ah, corazon! ¿Por qué no envejeces como mi cara, como mis manos? Si hubieras envejecido, yo habria sido feliz. Mi vida habria corrido tranquila como el Plata, luciente como ese pequeño golfo que diviso al traves de la reja, serena como el Illimani...

¡Ah! Mi cerro, mi monte querido, el compañero de mi infancia, el blanco de las profundas miradas de mi juventud. ¡Mi cerro! ¿Te acuerdas de mí? Yo miraba tu blanca cabeza todas las mañanas al levantarme, i me estasiaba contemplándote. Cuando el sol del ocaso te doraba, tú atraías mis ojos i hermanabas tu eterna juventud con mi juventud pasajera. Yo tambien resplandecia entónces. ¿Te acuerdas? Cuando una cortina de gasa cubria tu inmensa majestad, yo estudiaba los graciosos pliegues de tu velo para imitarlos en mi traje.

Todos me llamaban bonita. Talvez lo seria. Nó, realmente lo era. Este elevado talle que aun me queda era flexible i gracioso como una tierna tacuara. Mi color i mi cútis, enrojecidos por el dolor, eran de rosa: i mis ojos, cárdenos i marchitos ahora, tenian tus luces i tus relámpagos, hermano mio, caro Illimani...

Tú estás siempre allá, inmóvil en tu base de oro. Yo soi un tizon de tus yaretas arrancadas para el fuego. Nunca me lo imajiné. Creia vivir siempre contigo, i siempre como tú. ¡Cuántos juramentos hice a tu presencia, creyéndolos eternos, como tú eres! ¿No te acuerdas? Una noche pasaba yo a tu vista, descansando amorosamente en el brazo de Fructuoso. La luna lo abrazaba todo con su luz de turquesa, i tú apagabas sus ondas con el reflejo de tu cumbre nevada.

—Mira como se hermanan, me decia Fructuoso, la luz del Illimani con la de la luna. Se podria señalar la línea en que se confunden.

—Son la imájen de tu alma i la mia, le replicaba yo, con aquel acento imperceptible que solamente oyen los corazones que se adoran.

—Pero la imájen mengua i desaparece, Pepa querida,—dijo él suspirando como quien llora.

—I vuelve siempre, eternamente, i no acabará jamas, como mi amor, le repuse, estrechando su brazo dulcemente.

En ese momento paraba nuestra comitiva i guardaba silencio para oir. Nosotros, que íbamos adelante tambien paramos. Se sentia una sonora guitarra, pulsada con maestría. Aquellos acentos eran deliciosos. Yo temblaba i no era dueña de mí. Una voz varonil i dulce, acompañada de la música, cantaba un yaraví cuyos últimos versos se me quedaron grabados en el corazon:

El que jura amor eterno,
Triste, se olvida
De que amor no es el infierno,
Sino la vida.

I esclamé entónces con toda la fuerza de mi alma:

«Prefiero que el mio sea un infierno para que no acabe.»

—No, alma mia, será un cielo, que tambien es eterno, murmuró Fructuoso a mi oido.

¿Cuál de los dos anunció la verdad en aquel momento de felicidad, de que tú fuiste testigo, Illimani portentoso?

Mi deseo se cumplió. ¡Mi amor ha sido i es un infierno!...

Estoi loca. En los accesos de mi mal debo amar furiosamente. Las palabras i los actos que me recuerda la monja, como para correjirme, lo dicen. El llanto apaga ese incendio: pero entónces quedo amando, como ahora, con el dolor punzante del recuerdo, con el fuego concentrado de un volcan que se esconde debajo de su cráter. Siempre mi amor es un infierno...

¡Ah! Si yo pudiera salir de aquí, navegar libremente en ese lindo golfo, sentada a bordo de esos pequeños vapores que lo cruzan, oyendo la música de las harpas i violines de los italianos, que ganan su vida tocando! ¡Qué feliz fuera yo!

Allí aparece uno. Rompe audaz las olas serenas, levantando espumas. ¡Cuál viene la jente! ¡Qué movimiento, qué alegría! Pero no se acerca aquí. Esta playa es desierta. ¡Han aislado la mansion de la locura!...

¿Por qué no aislan tambien las ciudades? ¿No son todos locos? ¡Oh, sí, el mundo tambien está aislado! Será porque está habitado por locos. ¿A quién hacia yo mal? ¿No devoraba en silencio mi dolor? ¿No callaba? ¿No me ocultaba para llorar? ¿Por qué me han puesto aquí? ¿Quién podrá libertarme, si todos los mios han muerto?...

¡Sí! ¡Fructuoso! ¡Oh qué muerte tan horrible! ¡El clérigo! Allí, allí aparece...

No, no os alarmeis, sor María. Entrad sin cuidado. No estoi loca. Hablaba sola, porque estoi escribiendo lo que hablo. Sentaos, i dejadme llorar, las lágrimas me ahogan...

III

Mucho lloré ayer, i despues me dormí profundamente. ¿Qué será el llanto, qué serán las lágrimas?... ¿Por qué el dolor del alma se desahoga mas por los ojos que por los suspiros del corazon? Parece que el fuego del alma produce la lluvia como los rayos de que se corona el Illimani producen los torrentes que se desbordan de sus faldas. Aquí tambien el fuego de este cielo abrasador sofoca a veces, i cuando los rayos estallan con su espantoso estampido en la cumbre del Corcobado, el cielo se deshace en lágrimas, i con el fresco de la hume dad, se restablece la calma. ¿Será que él tambien padece i llora como yo?...

¡Ah! ¡Es preciso no llorar! Quien llora como yo, es encerrado en un asilo de locos... Los cuerdos no lloran, rien de todo. Para ser cuerdo, es necesario no tener fuego en el alma. Eso que llaman gran mundo en la sociedad tiene un páramo en su cerebro, siempre helado, siempre yerto, jamas ardiente.

¡Prefiero ser loca...!

Pero esta mañana se ha admirado el doctor de mi mejoría, i le repetia a sor María: «que ella duerma, cuidad de su sueño, que duerma mucho, aunque llore mas. Los ojos, cansados de llorar, se cierran pronto... Hacedla pasear por las galerías»...

¡Pasear! ¿Para qué? Para presenciar aquel cuadro espantoso?

Los locos desfilaban a hacer su almuerzo en el comedor. Iban callados i en órden, como los niños de un colejio. Abajo, en ese hondo patio, separado por rejas de las galerías que lo rodean, habia unos cuantos, de ropas desgarradas, de caras siniestras, dispersos i léjos unos de otros. Ni se miraban. Uno vestia casaca. Era militar. Su alma, sin duda, no fué un páramo...

¿Quiénes son esos? pregunté a sor María, que me hablaba en ese momento de la Vírjen.

—Son los furiosos,—me respondió.

—¡Ah! ¿Tan pocos hai?

—Todos los demas, añadió ella, con cierta intencion, están en sus celdas separadas, i tienen cada uno un guardian... como yo...

¿Seré yo furiosa? dije entre mí...

A las sazon les tiraban el almuerzo por la verja a los furiosos. El militar lo arrojó con la punta del pié, se quitó la casaca, la dobló con prolijidad, i poniéndola de cabecera, se tendió en las piedras.

Los otros comieron. ¡No he visto jamas nada mas horrible! Solo el tigre come así, devorando, aspirando el alimento, mirando a todas partes, gruñendo tal como si hubiera otro tigre para arrebatárselo, lanzando rayos por los ojos. En un minuto no habia nada sobre las losas, i los furiosos gruñian todavía. Estaba allí solamente el animal. El espíritu se habia volatilizado...

Me admiré. Me aflijí, temblé de miedo...

—¿Así como yo? pregunté a sor María, llena de vergüenza.

—¡Oh! ¡No, señora mia, mi pobre señora! Usted no come cuando está con el accidente, me replicó la monja.

—¿Hago como el militar?

—¡Sí, mi señora, pero nadie la vé, sino yo, que la cuido, yo que la quiero tanto!...

—¿Quién es ese oficial?

—Un frances, un compatriota mio, que dejó aquí un navío que vino a repararse, de paso para la Guayana, llevando prisioneros del golpe de Estado. El pobre se volvió loco a bordo. Solo se enfurece el 2 de cada mes, i se lleva tres dias combatiendo por la república.

—¿Tambien enloquece el amor a la libertad?...

—Debe ser así, porque en mi pais hai muchos de esos locos...

—Los tiranos no enferman así, porque la locura es su elemento. Están como el pez en el agua. Son los reyes de los locos, de toda esa turba que se cree cuerda, porque no tiene alma, i que hace casas como esta para los que la tienen. Vamos, sor María, me siento mal...

IV

En efecto, aquello me enfermó. He reposado. Sor María me ha dejado sola.

¡Qué dia tan espléndido, pero cuán ardiente! No, hai brisa. El golfo no se mueve. He ahí a Rio de Janeiro, con sus colinas resplandecientes de verdura i cuajadas de blancos edificios. Allá el Rosario, mas acá las palmas del Largo de Machao, todos esos boscajes que suben son los jardines de Larangeiras. ¡Qué lindas quintas! Mas acá se perfila el barrio de Botafogo, con sus elegantes casas aisladas i rodeadas de verdes mangueiras, de plateadas magnolias, i de aquellos arbustos de hojas purpurinas i amarillas, que tan bello contraste forman entre esos abundantes i ricos colores. ¡Qué naturaleza!

¡I esa es la mansion de un pueblo de cuerdos, que ha construido en este sitio un palacio para sus locos! ¿Adónde está la razon, allá o aquí? Allá, si la razon consiste en ajustar la vida a las conveniencias del egoismo i a las exijencias de la sociedad: aquí, si únicamente tienen alma los que saben pensar i sentir sin egoismo, sin esclavitud, sin miedo, sin estupidez.

¡La humanidad no piensa, i se llama racional i se dice la reina del mundo! Solo piensa una mínima porcion, i de esos que piensan, los unos no hacen mas que estudiar el modo de esclavizar el espíritu i de sujetar a la sociedad a un sistema de ideas i de intereses, propio para dominarla: los demas que piensan, i no piensan de ese modo, son locos.

Pero todos sienten i se dejan llevar de sus instintos. El que sabe gobernarlos en provecho propio, saciándolos en secreto, i disimulándolos en público, para ajustarse a las conveniencias de la sociedad, ese es cuerdo.

En eso consiste la racionalidad, la superioridad del hombre. Solo los brutos no calculan, ni especulan con sus instintos. Tambien los locos... El cerebro que no calcula i se deja dominar de una idea, de una pasion, es cerebro descompuesto. Va al hospital.

¿Tiene una la culpa de ser así? ¿Por qué nos aprisionan entónces, como a los criminales? ¡Ah! porque somos bestias feroces, no somos racionales... El cerebro desorganizado carece de razon...

Yo no soi racional, porque me he dejado dominar de un amor tan inmenso como desgraciado...

¡El era tan hermoso, tan valiente, tan noble! La primera vez que lo ví, muchacho aun, con su uniforme punzó, a la cabeza de un batallon vistosamente vestido, me pareció un ánjel que irradiaba, que deslumbraba... Mi primer movimiento fué entrar a mi aposento i postrarme delante de la Vírjen, con el corazon anhelante, a pedirle que salvara de la muerte a aquel precioso jóven, que le tuviera de su mano en los combates, en los peligros de la guerra.

Volví a los balcones, en el momento de la partida. Iban a la campaña del Perú. Todo era movimiento en aquella plaza, todo bullicio; pero las músicas militares llenaban el aire con sus melodías, i parecia que lloraban. Sus acentos atravesaban el alma i humedecian todos los semblantes con dulces lágrimas.

Fructuoso montaba un potro blanco, que no marchaba sino que piafaba.

Frente a mis ventanas estuvo mucho tiempo, i yo me extasiaba mirándolo.

El sol reflejaba mas sobre el blanco mate de su cara, que sobre sus bruñidas armas. Parecia tranquilo, pero triste i severo. Su cabeza levantada dejaba ver toda su hermosura.

Sus ojos se fijaron muchas veces en mí, i cuando los mios se encontraron con ellos, me parece que se unieron i confundieron dos rayos de luz, que él cortó, moviendo graciosamente su espada para saludarme...

¡Ya nos amábamos!...

Una hora despues estaban desiertas la plaza i las calles. Pero yo creia divisar todavía a Fructuoso entre la nube del polvo que dibujaba por la senda del Alto la columna en marcha.

Me parecia oir todavía la vaga armonía de la música que se despedia, i sentia mi corazon opreso con aquella angustia del amor en ausencia.

El recuerdo de ese dia me hace llorar i mis lágrimas van borrando lo que escribo. ¿Este dolor tan dulce será locura?...

V

Basta de lágrimas. Pero, no; quiero reanudar esos recuerdos.

Yo no sé tampoco si viví o no durante aquellos largos meses que pasaron hasta que Fructuoso volvió con los laureles de Yanacha i Socabaya.

Era coronel i estaba aun mas bello, mas dulce, mas adorable.

Tenia veintitres años, i no habia una mujer que no se muriera por él.

En el primero de los grandes bailes con que se celebraban aquellos triunfos, se atraia todas las miradas. Allí estaba la corte de la Gran Confederacion. El Protector i sus jenerales brillaban por el oro de sus trajes i la pedrería de sus cruces.

Fructuoso, vestido sencillamente, brillaba entre todos por la elegancia de su porte, por la serenidad i hermosura de su rostro.

El Protector lo presentó a mi madre i a mí, i cuando él estrechó mi mano, pidiéndome una contradanza, me desvanecí, no sé si de gloria o de amor...

Cuando bailábamos, me dijo él:

—Usted es la reina del baile, segun el voto de todos; pero yo la he visto a usted mas bella i mas deslumbradora en otra ocasion.

—¿Cuándo?

—En aquel momento de mi partida a la campaña. Cuando nuestras miradas se cruzaron, confundiendo nuestras almas en un ardiente amor.

—¡Señor!

—¿Para qué disimular? Nuestros corazones se comprenden, i no es justo que nosotros los tiranicemos, haciéndolos disfrazar su intimidad.

En efecto. Desde este instante nos hablamos i nos comunicamos como si hiciera largos años que nos tratábamos. Eramos uno.

Seis largas filas de contradanza, infinitos grupos de cuadrillas se organizaban en aquel vasto recinto, cubierto de luces i de flores que enbalsamaban el ambiente, i a mí me parecia estar sola con él.

Nada veia, sino su dulce fisonomía; nada escuchaba, sino sus encantadoras palabras al traves de los vivaces compases de la música.

Cuando paseábamos, yo reclinada en su brazo i lánguida de emocion, se abrian para darnos paso aquellas turbas de oficiales brillantes i alegres, que parecian saludar con entusiasmo una nueva aurora de amor que se levantaba; i yo entónces veia la aprobacion i el aplauso en todos los semblantes.

Si era tan simpática la union de nuestros corazones, ¿por qué fué despues tan cruelmente desgarrada, por qué he venido a llorarla en una casa de locos?

¡Oh! El amor feliz es simpático, no hai duda; pero cuando la desgracia lo hiere, todos apartan de él sus miradas. La sociedad no gusta de la desgracia, no quiere que la imájen del dolor se le presente en su camino. Por eso hace hospicios. Por eso no se acuerda de los que lloran, i los deja rezagados a un lado de la senda, para que mueran léjos de su vista.

Su caridad consiste en tener depósitos para que el dolor se albergue léjos, mui léjos de su bullicio.

¡Maldita sociedad! ¡Amasijo de egoismo, de estupidez i de fatuidad! Yo no te necesito para llorar. El horrible crímen que tronchó los lazos de mi amor fué tu triunfo. Si no lo aplaudiste, como aplaudes toda infamia, lo aprobaste; o callaste de miedo, ¡lo que es peor! La virtud que habia estrechado aquellos lazos fué la víctima. ¿Cuándo has tendido tu mano a la virtud? Jamas, sino cuando esperas que te aplaudan, ¡o cuando ganas!

La virtud que tú respetas es la que te humilla, la que te amenaza, esa virtud que te habla a nombre de Dios, ¡i que a nombre del infierno te esclaviza! ¡Qué bien te conocen tus amos, los que te despotizan!...

VI

Hoi ha leido al doctor algunas pájinas de mi diario.

—¡Bien! esclamó. Dejadla escribir, sor María. La pluma, el llanto i el sueño van a curarla pronto. Ya lleva una semana de mejoría, i todo se debe a...

—Acabad, doctor, agregué yo. ¿A qué se debe?

—Dejadme mirar vuestros ojos. ¡Ah! Estais tranquila...

¿No es así? Parece que ese apóstrofe que lanzasteis a la sociedad os desahogó. Lanzad cuantos os vengan a la imajinacion. Vaciad vuestra alma en el papel. Prefiero verla en tinta, ántes que en lágrimas...

—Dejad las chanzas, doctor. ¡Decidme a qué se debe todo!...

—¡Eh! Ya vais a tomar otro barreno. Todo se debe a que os quité de la vista al que habiais tomado...

—No entiendo, doctor. Por piedad, hablad claro. Ya sabeis que la mejor panacea que tomo es vuestra conversacion, i ella no ha sido jamas enigmática. La claridad de vuestras ideas es lo que ha iluminado mi espíritu. Hablad, hablad...

—No tengais aprensiones, señora. Principiad a curaros de vuestra susceptibilidad. Lo que he dejado de deciros es una nimiedad. Atendedme, pero prometedme no preocuparos. He notado que muchas veces os causaba el acceso un pobre loco que paseaba libremente por estas galerías, i he dispuesto lo pongan en otra parte. Eso es todo. ¿Comprendeis?

—¡Un clérigo!...

—Sí, un clérigo. Sentaos. Perdeis el color, ¡Dios mio! Fijaos bien en mis palabras. Desechad recuerdos. Ese clérigo os recordaba algo, pero no es él quien puede haberos hecho mal. Es un pobre que tiene la rareza de haber pasado de tonto a loco. Nunca ha salido del Brasil. No podeis haberle hallado en otra parte.

—No por cierto. Es que se parece a otro que a decir verdad no me ha hecho mal; a otro que ayudó a bien morir a...

—¡Señora! Fijaos en mí. No recordeis nada. ¡Agua, sor María! El pomo...

—¡I despues se reía!...

—¡Tomad un poco de descanso! Hablemos de otra cosa. Es un rico olor el de ese pomo, ¿verdad? ¡Venid, venid a la ventana, el emperador pasa! Va a la Lagoa, al Jardin de Plantas....

Este es el diálogo que he tenido con el doctor esta mañana. Lo he copiado por encargo suyo. Quiere ver si es exacto i darme en premio patente de sanidad. Si os falta un ápice, me dijo, si hai inexactitud, es prueba de que aun estais mal. Yo no recuerdo si mediaron otras palabras. No sé que refirió sobre la visita del emperador al jardin...

—¡Oh! ¡si tuviera yo una persona que me hablara así, como ese viejo doctor, tan alegre, algunas horas todos los dias! El portugues me parece una lengua hermosísima en su boca. ¡Qué bien habla! ¡Como resplandecen sus lucientes ojos en su negra cara i bajo esa cabellera blanca como la nieve! Es un médico mui sabio. Es médico de locos...

¡Qué diferencia con sor María! Siempre me habla de Dios en su jerga gabacha, sin salir de su tema. Quiere convencerme de que Dios prueba a sus criaturas mandándoles fuertes pesares, horribles pasiones, grandes dolores. ¡Qué ocupacion! Yo habria preferido que no me probase! Si él sabe que soi débil, ¿por qué me puso entre el crímen i el amor? ¿Por qué no inspiró mejor al criminal, para ahorrarme el dolor en mi inocencia, para ahorrarme la locura!...

¿Esta monja sabrá mi historia tal vez? En mis raptos de dolor se me habrá escapado. Siempre alude a lo mal que hace una mujer cuando ama sin reserva, i sin temor de Dios, a un hombre. ¿Será necesario amar a medias, sujetar el amor al temor de las iras de Dios?

Talvez se podrá hacer eso, cuando se ama tranquilamente, sin obstáculo, a un hombre que debe ser esposo; o cuando se ama a un hombre con quien no podremos unirnos jamas; i es necesario que la razon prevalezca para salvarnos de una vergüenza, de una deshonra...

¿Pero era alguna de esas mi situacion?

Yo respeté las leyes de Dios i del honor, miéntras mi amor era aplaudido de todos, miéntras mi madre lo bendecia, i Fructuoso era mi prometido. Entónces corrian felices nuestros dias. Fructuoso me trataba libremente i queria hacer bendecir nuestra union ántes de que se emprendiera una nueva guerra. Se decia que los chilenos trataban de declararla a la Confederacion.

Un dia llegó mi hermano, del ejército. Yo temblé; sabia que odiaba entrañablemente a mi prometido. Fructuoso desapareció durante largos dias. Yo estaba llena de angustias. Mi madre se mostraba severa: mi hermano mústio i sañudo. Al fin, recibí furtivamente una carta que conservo en la memoria:

«Mi Pepa querida, ídolo mio, insisto en escribirte, aun que no me contestes. Tal vez no has recibido mis cartas; pero creo que esta llegará a tus manos. Tu madre me ha intimado romper toda relacion contigo. Tu hermano se ha atrevido a declararme que me matará si intento verte. He tenido que sufrir el ultraje. Es tu hermano. Por conservar tu amor, toleraria que él me matara.»

«Somos nuevos Romeo i Julieta, pues mi tio i tu hermano son Mantegon i Capuleto. Esto lo dice todo. ¿Qué haremos? Necesitamos ponernos de acuerdo. Pienso que la nueva campaña que se anuncia pueda obrar un cambio eficaz.

«Yo partiré al Perú i despues de la guerra, tal vez tu hermano se saciará de honores i de poder, i los pagará concediéndome tu mano. Mi tio, estoi seguro, lo olvidará todo por nuestra felicidad.

«Alma mia, mi Pepa, ten valor. No para reñir, nó; una lucha ahora romperia para siempre nuestras esperanzas. Confia i espera. Mas es necesario que ordenemos de acuerdo nuestro plan, para vencer a nuestro enemigo.

«Si no puedes escribirme, está todo perdido. Es preciso que nos veamos. Habla con esa buena amiga que te entregará esta carta con un millon de cariños de tu—Fructuoso.»

Esa carta me lo revelaba todo. No sé por qué me reí al leerla, si de furor o de amor. ¡Mi hermano! ¿Qué títulos tenia él para dominarme así? ¿Era mi padre? ¿Por qué me hacia la víctima de sus odios? Mi anciana madre podria cederle. Yo, nó, mil veces nó. Desde ese momento lo miré frente a frente, desafiándolo, i delante de él mismo interpelé a mi madre sobre su intimacion a Fructuoso.

La señora calló i se deshizo en lágrimas. El quiso tratarme como a un soldado, haciéndome callar i obedecer. ¿Para qué recordar aquel ardiente diálogo? El tuvo que callar i aceptó mi declaracion de guerra con su mirada i un movimiento de cabeza, sin decirme una palabra. Tal vez no quiso aumentar el dolor de mi madre que tenia su cara cubierta con el pañuelo en que enjugaba su llanto...

VII

Ayer estuve mal. Los recuerdos que escribí el dia anterior me hicieron daño.

El doctor ha estrañado mucho el quebranto, i como es mi confidente, tuve que confiarle la causa. Leyó i me consoló. El quiere que me habitúe a hacer estos recuerdos con tranquilidad, que tenga valor i serenidad para afrontar el pasado. Su conversacion me ha fortalecido, i él me ha prescrito que la narre aquí: es su receta.

—No recordeis, me ha dicho, esa catástrofe que tanto os espanta, i que yo no quiero saber. Contadme solamente vuestro amor. Su recuerdo puede ser un bálsamo para vuestro corazon. ¿Os visteis con Fructuoso?

—Sí, muchas veces, a pesar de la vijilancia de mi hermano, que me tenia rodeada de guardianes i de espías.

—Los guardianes son temibles. Los espías nó.

—Con efecto, los espías fueron pronto mios o de Fructuoso. Los guardianes se olvidaban de su cargo, cuando se ausentaba mi hermano.

—¿I vuestra madre?

—Ella me queria, me hacia justicia, i tal vez se imajinaba que al fin se santificaria nuestra union. Pero no creo que supiera que Fructuoso me veia.

—Era peligrosa vuestra situacion. Una jóven no puede exponerse jamas a un amor clandestino.

—Lo sé, ¿pero tenia ya lo culpa? ¿Deberia yo apagar, aniquilar mi amor, en obsequio de los odios de mi hermano? ¿Deberia someterme a su capricho i condenar a mi amante a un eterno olvido? ¿Qué razon habia para exijirme tal sacrificio? ¿Qué conveniencia? Mi amor no habria sido amor, si hubiera cedido a semejante obstáculo... Al contrario, él se exaltaba i se hacia mas ardiente a presencia de tal injusticia.

—Comprendo. Era lo natural, sobre todo cuando no mediaba el respeto al amor o al interes de nuestros padres que en ocasiones merece el sacrificio de una hija amante.

—¡Oh! si esa hubiese sido mi situacion, Fructuoso mismo me habria fortalecido para arrastrarla. Era tan noble, tan leal; i me amaba tanto que, apesar de no ser otra la causa de nuestra desgracia que un capricho indigno de respeto, él me trataba siempre como a la esposa que queria recibir pura i honrada.

—¡Admirable jóven!

—¿No es cierto? Si, ¡era admirable, era adorable!..... El primer beso que estampó en mi frente fué tan puro como su amor, i no se ocultó de nuestra amiga confidente.

—¿I cómo creeis no haberos salvado de una vergüenza?

—Por que al fin fuí madre... Si ello es mi vergüenza, no la siento. Si es una falta, la he purgado mui severamente...

—Nó, no lloreis, amiga mia, haced vuestros recuerdos con tranquilidad. Referídmelo todo.

—La última noche, víspera de la partida de Fructuoso a la segunda campaña al Perú, la pasé en sus brazos, desvanecida, extasiada... No tengo ideas fijas... Ni quiero tenerlas... ¿Fuí débil? No lo sé. Pero, ¡Dios mio!...

—¡Basta, no lloreis! Yo os absuelvo con toda la efusion de mi amistad paternal.

—¡I vos llorais tambien, i no quereis que yo llore! Todos me han absuelto. ¡Mi madre, mi pobre madre tambien! ¡Ménos mi hermano!...

—¿Volvisteis a ver al padre de vuestro hijo?

—Sí. Fructuoso volvió con los restos de ejército de Yungai. La campaña habia sido desgraciada. Mi hermano se aprovechó de aquella inmensa desgracia de la patria para llenar su ambicion. Se hizo poderoso...

—Se frustró el plan de vuestro novio...

—Sí, pero él creyó alcanzar mi mano a fuerza de constancia. Se sometió a todo, continuó en el servicio bajo las órdenes de su enemigo, con la esperanza de reducirlo a fuerza de sumision i lealtad... ¡Ah! ¡no puedo mas! ¡Doctor mio, me viene a la memoria aquella horrible catástrofe! ¡Favor, piedad! . . .

—Llorad, llorad ahora. Venid aquí, a la ventana, respirad la brisa del mar, enjugad vuestros ojos... Tomad este calmante, que os hará dormir dulcemente. Vamos a olvidar todo eso. Solamente os prescribo que me narreis otro dia, con calma, vuestro matrimonio, vuestra peregrinacion al Plata, cosas así, que os sean gra tas, que no os hagan llorar. Recostaos. Yo i sor María vamos a velar vuestro sueño...

VIII

¡Mi hijo! ¡ah! ¿vive aun o muere? Nada sé de él. ¿Se parecerá a su padre? ¿Será bello, valiente, noble, como él? ¡Tener un hijo, saber que vive, i no conocerlo, no saber como es, no haberle oido jamas!... ¿Hai una cosa mas rara?

Mi voto mas ardiente es que mi hijo no sea jamas el satélite de un déspota. El debe vengamos, i para vengamos tiene que ser el azote de todos los tiranos, ¡el paladin de la inocencia i de la justicia!

¡Los tiranos! ¿Hai nada mas horrible? ¿Hai nada mas irracional? ¿Cómo es necesario ser para vivir odiando, para vivir matando, para vivir en lucha constante con todos i con todo, con la justicia, con la honra, con la amistad, con el amor?... ¿Cómo se esplican esos odios tenaces, fervientes, implacables, que la política aborta, i que, unidos en una alma de fiera, producen lo que se llama un déspota? ¡I para estos locos no hai hospicios! ¡Solo hai honores, riquezas, sumision, humillacion, vileza! ¡Ah! ¡que mi hijo. Dios mio, no sea jamas, el siervo de una locura semejante!...

Si él tiene en su alma una chispa de la mia, sabrá ántes morir que someterse a esa infamia, que es propia, solamente de esa turba de tontos i egoístas que llaman pueblo.

Yo, ¡jamas me sometí, jamas me humillé! Si el cielo no pone en mi camino a un hombre de gran corazon, que, por amor o por lástima, me sacara de la esclavitud; ¡juro que todavía jemiria en ella, pero sin someterme!

—Tu matrimonio esta arreglado, me dijo un dia mi hermano, ¡consiento en él!...

—¡Hola! ¿Consientes? le contesté yo, lo mismo daria que no consintieras, si él, tan caballero, como es, quiere salvarme de tu opresion.

—¿Todavía estás loca? Yo no te oprimo.

—Pero has asesinado mi corazon, me has vuelto loca. Mi desgracia es tu obra. Sacrificaste mi amor en aras de tus odios.

—Quise vengarte i salvarte de la perdicion.

—¿Vengarme? ¿de qué? ¿de ser amada? ¡Hipócrita! ¿Salvarme de la perdicion? ¿Quién me perdió si fuí perdida?, sino tu infamia, tus odios, ¡tu venganza!...

—Te perdió quien te sedujo, i el que seduce a una niña es un criminal.

—Tú lo dices. ¿I el que seduce a las esposas de los servidores, de los amigos? ¿I el que no se sacia jamas de seducir, prevalido del poder?...

—Ese tiene el derecho de hacer todo lo que dices, porque puede.

—¡Pero no debe asesinar a azotes al que supone amante de su mujer! ¡Ni debe matar a sus propios hijos, por suponerlos de otro hombre! Ni debe asesinar al esposo de la hermana...

—¡Estás mas loca que nunca! Te haré encerrar otra vez, en el acto, hasta que te vuelva la razon...

—¡Oh! Nó; ahora no. Soi la prometida de un hombre jeneroso, que me salvará, i ¡a quien tú no podrás asesinar!...

—¡Loca! ¡Necia! ¡Ese hombre sabrá tu historia repugnante i te abandonará!

—Ya sabe mi historia desgraciada, no repugnante, i a pesar de eso me toma por esposa i me salvo de tí...

—¿Quién se la ha referido, dí, habla?...

—Solo un infame puede imajinar que una mujer desgraciada sea capaz de engañar al hombre noble que se compadece de ella i que liga a ella su suerte. ¿Te imajinas que yo callaria i no revelara mi pasado al amigo jeneroso que me ofrece su mano? ¿Crees que yo le haya mentido amores, o le haya ocultado la verdad? Le he abierto mi corazon, le he presentado mi pasado. ¡Todo lo sabe, ménos, sí, te lo juro, ménos tu crímen!...

—¡Ah! ¡Respiro! Has obrado como quien eres, como la hermana de un hombre como yo...

—Si hubiera obrado como tu hermana, habria mentido, habria engañado, habria traicionado, habria...

—Calla, Pepa. Tu odio a mí te pierde. Esa es tu locura. Sé racional por tu propio interes. Vamos a separarnos. El dia de tu matrimonio será para mí el principio de mi descanso. No volvamos a hablar. ¡Por nuestra santa madre, te pido que me olvides!...

—¡Perdonarte, sí. Olvidarte, no! ¿Cómo puede olvidar la víctima a su verdugo?

—Muriendo.

—Matándola. Tú debes saberlo. ¿Por qué no me has muerto a mí? Harto lo he deseado. He deseado mas. He querido matarme yo misma. Desde que tú asesinaste mi corazon, hace ya algunos años, no he tenido otro anhelo...

—No estarias ahora de novia.

—Sí, no estaria ahora obligada a asirme de esa única tabla de salvacion. Si quieres, la trueco por la muerte. Me caso por salvarme de tí. Por conseguir lo mismo, me mataria, dejaria con gusto que me mataras; i talvez seria mejor. ¡Quién sabe lo que me va a suceder!

—¡Eso no me importa!—dijo él dando vuelta las espaldas, i retirándose despechado, talvez furioso.

Yo quedé desahogada. Hacia años que no hablaba con él, que ni lo miraba siquiera.

No sé cuánto tiempo habia pasada encerrada, sin mas asistencia que la de dos cholas, que cuidaban de mí, i que a menudo lloraban conmigo... Decian que estaba loca. Tomaban por locura mi dolor; pero era porque no se queria que mis lamentos revelasen la verdad. Al fin me sacaron a la sociedad. ¿Seria porque habia dejado de lamentarme? Talvez. Ya entónces mi dolor era mudo, impotente, resignado, no hacia daño...

En la sociedad, fuí muda. Tenia la relijion del dolor i me encerraba para rendirle culto, el culto de mis lágrimas. Todos me compadecian, i no disimulaban su compasion. Cada cual se esmeraba en protestarme sus buenos deseos. ¡Qué consuelo! El desgraciado sabe bien lo que valen los buenos deseos de los felices. Le dan risa. Solo estima las simpatías de otros desgraciados.

¿Mi marido lo seria? ¿Por qué simpaticé con él? ¿Por qué me comprendió él, i se intimó conmigo? Tal vez porque era jeneroso, i no sabia mentir los buenos deseos con que ofenden los afortunados.

El dia de nuestro enlace volví a hablarle, a decirle la verdad, porque aun era tiempo de que desistiese de tomarme por esposa. El se reia con aquella injenuidad que le hacia tan amable. Me dijo que le bastaba que yo le tomase como libertador, aunque no lo amara, que su oficio era libertar, i que en esta vez lo ejercia conmigo porque me amaba. Si soi capaz de libertar a los que no conozco, me agregó, ¿con cuánta mas razon no me sacrificaria por libertar a la mujer que amo i a quien elijo por compañera de mi vida? Pepa, tranquilizaos, ¡me vais a deber amor i libertad!

Así fué. Cumplió como caballero. Pero como el cielo no me ahorró dolores, tambien me arrebató a mi libertador...

IX

¡Oh, qué sublime! ¡Todo está iluminado por la luz de la borrasca!

Son las dos de la mañana. Es imposible dejar de contemplar este espectáculo, por mas que el doctor me ordene dormir en paz toda la noche, sin levantarme.

La tempestad asusta. A mí me deleita. Una luz verdosa, pero vivamente ajitada, intermitente, fosfórica ilumina todo el horizonte. Es un relámpago perpetuo. El trueno no acaba, redobla en todos los ámbitos, i solo es sobrepujado por el estampido de los rayos que caen acá, allá, mas léjos, en todas direcciones, describiendo violentos ángulos con su fuego, i bordando las nubes con cintas i culebrillas rojas i azuladas. Es un solo trueno, un solo relámpago, pero los rayos i centellas son a millares.

El mar ajita sus olas, que parecen de fuego i de esmeralda. Es una esmeralda en combustion, que se liquida i hierve. Sus resplandores dibujan la ribera, e inundan los edificios i los árboles, que parecen fantasmas que danzan i se ajitan convulsivamente.

La lluvia es un torrente que se desploma. ¿Por qué no hunde este asilo i la ciudad misma bajo su peso? ¡Cómo reiria el Gigante! ¡Ese Gigante recostado sobre la sierra que circunda la bahía! ¿Estará en este momento siempre tendido, siempre dormido? ¿No se ajitan, ni se desplegan su enorme nariz i su puntiaguda barba con una risa atroz?

¡No, ya el cielo se apaga, el trueno se retira, la tempestad corre, i solo deja en pos el torrente que se desprende de las nubes!

¡El pecho se ensancha! ¡Qué grato es respirar este ambiente húmedo i fresco! ¡Qué léjos se oye el trueno! ¿Por qué pasa con tanta lijereza la borrasca? Ya el mar no se vé. ¡Se oye solamente, como se oyen rodar los torrentes que bajan de la montaña!...

¡Imájen de la vida! El cielo tropical es el remedo de nuestra vida. Aunque seamos de los polos, de las alturas o del llano, nuestra vida tiene borrascas como las de este cielo. ¡Cuando las borrascas son perpétuas, oh, viene la locura!...

¿No ha bastado para enloquecerme una sola que demoró sobre mí mas de lo que debiera? ¡I aun hoi todavía pesa sobre mi corazon!

Ayer escribia para mi doctor la historia de mi matrimonio. Ese episodio fué en la borrasca de mi vida el viento que refresca, pero el trueno no cesó. Aunque a lo léjos, su estampido no se apagó, como se ha apagado ahora el de la borrasca que acaba de pasar.

El cambio de vida, la variacion de la escena reaccionaron en mí favorablemente. Viví consolada, pero siempre triste. El bullicio de la sociedad me distrajo, sin impresionarme. Las nuevas relaciones me impusieron deberes que me fastidiaron i que por lo mismo distrajeron mi dolor.

Mi llegada al Plata fué de buen agüero. Llegué en dias de fiesta, que a mí me parecieron de alarma, de conflicto. Las calles se veian llenas de jentes que corrian, de corrillos que discutian, de transeuntes que se atropellaban, de pesados carretones que asordaban el aire, de carruajes que volaban. Todo era por que se aproximaban las dos de la tarde, hora en que el cañon del Parque anunciaba que estaba abierto el carnaval. Aquellos dias de agua, de ruido i de algazara, de mascaradas, de bailes i saraos me impresionaron vivamente; pero me iniciaron en la vida alegre de aquella risueña cuidad, vida que restituyó la calma a mi espíritu, aunque no cauterizó jamas su herida.

Cuando pasó la novedad de mi instalacion, cuando mis ojos se habituaron a aquel inmenso horizonte, cuando se me hicieron familiares el rio, la pampa, los boscajes de la ribera, entónces mi imajinacion me trasportó al Illimani. Yo no veia lo que me rodeaba. Solo veia a mi patria, sus altas cumbres, sus torrentes, sus profundos senos... Una cruel memoria volvió a atormentar a mi pobre corazon.

X

Un afan, al cual nunca me habitué, i un amor cuyos encantos se disiparon, fueron la principal ocupacion de mi vida durante aquellos años de calma.

El afan de disimular el tenaz recuerdo de mi pasado. El amor del ánjel que vino a consagrar mi union, el amor de mi linda hija.

Dedicada a los deberes de mi estado, tenia siempre en mi alma la punzante espina de mi dolor. Nada lo calmaba, i a todo instante vivia en mortificante alarma, temiendo que mi marido sorprendiese mi pena. Conversaba, sin ideas fijas; trabajaba, absorta en mis recuerdos; paseaba sin ver el paisaje, dormia despertando sobresaltada de temor de que mi ensueño me denunciara; i cuando oia música, huia con cualquier pretesto, para que las lágrimas no me traicionaran.

¡Qué afan tan crudo! Era mi locura. Todos lo veian al traves de mi triste semblante, de mis lánguidas miradas, i me preguntaban qué tenia, qué sufria, haciéndome estremecer con esta terrible pregunta. Solo mi marido no me lo preguntaba jamas. Lo sabia todo.

Entre tanto mi hija crecia, i sus gracias, su anjelical belleza, crecian con ella. ¿Pero mi maternal cariño bastaba a consolarme? Nó. Miéntras mas dulce i graciosa me parecia, mas temia que ella, como yo, llegase a ser víctima de un amor desgraciado. Miéntras mas cariñosa era conmigo, mas me recordaba a mi otro hijo, perdido para siempre. No sabia como inspirarla, como dirijirla. Su enseñanza me era grata, pero su educacion, la formacion de su espíritu me arredraba, porque temia contajiarla con mi locura...

Esta niña, me decia su padre, solo hace su voluntad. No hai quien la dirija.—Déjala que goce, le contestaba yo, es única i puede ser la reina de mi casa. ¡Quién sabe que porvenir la espera!

Ella no fué desgraciada, como yo lo temia. Su primer amor fué bendecido por nosotros. No hubo un tirano que la sacrificase a sus venganzas. Mi ambicion fué satisfecha. Pero parece que con ello tomó nueva fuerza mi antiguo dolor.

¿Por qué sucede esto? me preguntaba yo. ¿Es acaso envidia de la felicidad de mi hija lo que aviva en mí el dolor de mi desgracia? Nó, no era envidia. La hija que se emancipa por el matrimonio no pertenece ya a su madre. Es la rama de un árbol trasplantada a otro terreno feraz; ésta i el árbol paternal son dos seres distintos, por mas que la sávia de su vida sea una misma. Desprendida de mí aquella parte de mi sér, separado de mí aquel ánjel, que no debia jamas participar de mi dolor, yo tambien me sentí libre para sufrir, i mi terrible recuerdo, comprimido por tan largo tiempo, volvió a dominar mi corazon. El temor de disgustar a mi marido se disipó. Me habia habituado a creer que él era el único de quien no podia ocultarme, i naturalmente pasé a no poner cuidado en disimular delante de él.

Los años no habian bastado. La edad habia sido ineficaz. ¿Pero qué pueden los años, ni la edad, cuando se ama a una sombra ensangrentada, cuando se ama a un cadáver destrozado en medio del bullicio i de la curiosidad de un pueblo? ¿Es ese un amor que se apaga, un amor que se olvida? ¿Hai algo en el mundo, algo en la vida, que sea capaz de hacer olvidar la imájen de un patíbulo?

Mi linda hija pudo eclipsar esa imájen. El eclipse terminó. La imájen brilló de nuevo. Sola yo, mi recuerdo empezó. Me faltó la fuerza para dominarlo. Me entregué a él, i las forzosas ausencias de mi marido quitaron toda valla a mi dolor. Los dias huyeron de mí. No los sentí, no los ví, no supe si pasaban. Solamente recuerdo que algunas veces me rodeaban en mi lecho mi marido, mi hija, mis amigos, que me trataban como enferma, que se alegraban de poder hablar conmigo, i me preguntaban qué sentia, qué necesitaba.

No sé cuanto tiempo pasó así, ni recuerdo cómo llegué aquí. Pero ahora debo estar sana, puesto que siento los dias, veo la luz, respiro la brisa del mar por la noche, siento las tempestades i me recreo en ellas, escribo i lloro, sabiendo lo que hago. El doctor tambien lo dice, que estoi buena...

¡Oh! El entra, le mostraré mi última frase...

XI

Mucho temo que ella sea tambien la última de su diario. ¡Pobrecita! Pobre mujer, tan noble como desgraciada.

Yo talvez tengo la culpa. He apurado demasiado.

¿Cómo es posible que un médico viejo i esperimentado, como yo, haga esto?

Pero ella estaba ya en la plenitud de su razon. Se habia habituado a escribir con calma sus impresiones, sus recuerdos; i hablaba conmigo, abriéndome su corazon i su clara intelijencia, con tanta lucidez, que me imajiné que ya era tiempo de probar su situacion. La prueba era sensible. Me proponia hacerla que me refiriese con calma la catástrofe cuyo recuerdo le habia causado la locura.

Lo hizo así aunque con rapidez, sin detalles, porque era necesario no apurar demasiado su sensibilidad. Pero al fin su tierno corazon estalló... La furia ha reaparecido. La fiebre la devora. Su estado es alarmante.

Miéntras velo su vijilia, ese sopor que la fiebre causa en su cerebro, voi a continuar su diario. Ella tendrá placer de ver trazado por mí su terrible diálogo, cuando mejore. Tal vez, leyéndolo una i otra vez, a mi lado, con mis consuelos i reflexiones, se acostumbre a afrontar su espantoso recuerdo.

—Ved lo que acabo de escribir, me dijo ayer, cuando entré a verla.—«El doctor tambien lo dice, que estoi buena.»

—Sí, le contesté. Efectivamente, hace tiempo que no sorprendo en vos ningun síntoma de vuestro mal. Ahora mismo leo aquí que decis que amais a una sombra ensangrentada, que recordais un patíbulo; i a pesar de eso, veo que continuais vuestra narracion con toda cordura. Esto es un progreso inmenso.

—¿Lo creis así? Pues entónces estoi buena. Escribí eso sin llorar, i recordé sin estremecerme el último instante de mi amor. Podria referíroslo, aunque talvez lloraria...

—Lo que no seria peor. Hace dias que no llorais, me parece...

—Eso no. Lloro diariamente, i casi siempre despierto por la noche llorando, porque sueño con Fructuoso muerto.

—¿Nunca dejareis de representárosle así?

—¡Jamas! No puedo recordarlo jamas, sino en sus últimos momentos.

—¿Qué murió a vuestro lado?

—¡Oh! No...

—No contengais vuestras lágrimas. Desahogad el corazon, pobre amiga mia. ¿Tal vez hubo jente bastante temeraria que os hizo la historia de su muerte?, o vos lo fuisteis para oirla o leerla. ¿Pero no seré yo tambien un temerario al haceros hablar de esto?

—Nó, no, doctor. Es preciso que lo sepais todo. Lo necesitais para curarme. Si hubo temeridad, solo fué de mi parte. En la víspera de aquel terrible dia, presté el oido imprudentemente a una conversacion que ciertos infames satélites de mi hermano tenian en una antesala.

Uno se jactaba de haber prestado una declaracion en las mismas palabras que estaban en el papel que se le habia dado. Otro le reprochaba que esa fidelidad podia ser causa de que fusilaran al coronel injustamente. No será mia la culpa, replicaba el primero; he cumplido con la órden que se me dió, aunque sé que el coronel es inocente, i que si lo fusilan es en castigo de su amor... No por conspiracion, pero a mí, ¿qué me importa? Al contrario, me darán un grado, para que calle...

Esta conversacion me hizo estremecer. Hacia muchos dias que no sabia de Fructuoso, que no hallaba noticias suyas. Mi inquietud fué terrible. No comí, no dormí; lloré, me desesperé, i llegué al estremo de intentar salir a la calle esa noche, a las tres de la mañana, en busca de Fructuoso. No lo conseguí. No pude forzar ninguna puerta, ni escalar ningun techo, ni seducir a ningun sirviente, a ningun soldado...

Al dia siguiente, apénas se abrió mi casa, salí para ir a la iglesia. En la puerta de calle, un soldado me detuvo, diciéndome que no se podia salir. Todo fué inútil. Nadie me obedeció, nadie me oyó siquiera.

Volví a mi aposento, llorando amargamente. Me eché en un sofá, fuera de tino, llena de dudas, de aprehensiones, de temores, que desechaba o admitia, que combatia o aceptaba. Un coronel, víctima inocente. Pueden haber varios. ¿Por qué ha de ser Fructuoso? Pero será fusilado en castigo de su amor... ¿Acaso los amores no son parte principal de la política de mi hermano? ¡Habrá tantos castigados por causa de su amor! ¿Por qué ha de ser precisamente Fructuoso?...

I estas reflexiones eran justas en ese momento. La plaza, las calles estaban de fiesta: destacamentos militares con sus músicas, jentío, bullicio, gritos, silbos, risas de alegría. Todo era movimiento i algazara. No era dia de castigo, no era posible que se tratara de ajusticiar a nadie. ¿El pueblo podia estar tan alegre?

Casi me tranquilicé. Pero temblaba de acercarme al balcon, aunque la curiosidad me devoraba. La música habia cesado, el bullicio se apagaba. Yo daba un paso al balcon i dos atras. Algo me sujetaba. No sabia qué. La angustia me sobrecoje de nuevo. Me reprendo. ¡Qué cobardía! ¿Por qué me formo fantasmas? ¡Estoi loca! ¡Vamos, serenidad!...

¡Un redoble! Una voz de mando, ruido de armas! Silencio... Un tambor sordo se acerca, tocando una marcha que aun ahora me retumba en el corazon—tan—tamatan—tan... ¿Qué será? ¿Por qué ese silencio? ¡Ese tambor siniestro!...

Me lanzo a la ventana. Miro: era él, Fructuoso, sí, Fructuoso, rodeado de soldados; un clérigo con un Santo-Cristo en las manos le acompañaba i le hablaba. El marcha sereno, firme, airoso. Al pasar me saluda con la mano, llevándosela al corazon. Pasa... Yo no creo lo que veo. No lo comprendo. No me lo esplico. No sé, no...

—Basta, basta, amiga mia, no continueis.

—Sí, no continué. Me desvanecí. Me doblé, me desplomé sin vida; pero veia, oia, sentia... Silencio profundo. Una descarga, música, bulla...

—¡Oh, estoi despierta! Era todo ilusion. Me levanto, pero como de una pesadilla, con un vértigo que me despedaza la cabeza. Miro, veo gran movimiento; allí, allí, donde mismo le habia conocido seis años ántes, bizarro, deslumbrador; sí, allí donde el sol me habia iluminado su bello semblante; allí mismo estaba sentado en un banquillo, su bella cabeza inclinada hácia atras, su pecho desgarrado, cubierto de sangre...

Todos pasaban. El clérigo, rodeado de varios, con el crucifijo en una mano, un libro en la otra, accionaba con viveza i reia a carcajadas...

Sí, reia como yo... ¡Ahaaaa, jajaja!...

—No, Pepa, amiga mia, no riais...

—¡Qué no veis que es la carcajada de las lágrimas!... ¡I vos no reis, vos! ¡Ahora! todos rien, el clérigo, los hombres, las músicas, los niños. ¿No los veis? ¡La sangre hace reir, las lágrimas hacen reir, el gusto hace reir, el dolor hace reir!... ¿I por qué no? ¿Qué le importa al mundo que muera un hombre querido, un hombre inocente? ¿No mueren los malvados? ¿Por qué no han de morir los buenos? Todo da risa, todo da llanto. ¿I qué diferencia hai entre el llanto i la risa? ¡Oh! miradle, allí, venid a la ventana i vereis que no miento. ¿No es verdad que está lleno de sangre? ¿No es verdad que rodean el patíbulo muchos curiosos, que se retiran, unos callados, otros hablando, riendo; sí, todos rien, como el clérigo, como su Santo-Cristo, como yo. ¡Aha-ja-ja-ja!...

—Sor María, ayudadme a levantarla; pongámosla en su lecho; está desmayada...

XII

Me fué imposible contenerla. Su narracion nerviosa, intermitente, violenta, no me daba lugar. La impresion misma que me causaba, me impedia dominar el caso: la sensibilidad triunfaba de la ciencia. Yo no era médico en aquel instante. Su delirio la abatió, i a mí me despertó. Pero todo fué inútil, ineficaz, en aquel momento de crisis. La fiebre ha sobrevenido. El letargo cerebral ha dominado. ¡Ah! ¡si él bastara a restablecer el organismo! La reaccion suele restablecer las funciones... Pero la debilidad, la atonía...

¡Oh! no, ella despierta, se incorpora, se sienta, su mirada no está turbada. Voi, amiga mia...

XIII

Sí, fuí a su lecho...

¡Pero para recojer su último suspiro!

—Doctor, me dijo, estoi buena. Me habeis vuelto la razon, pero para morir. Me siento morir... No con el corazon desgarrado por las balas, como él. ¡El mio está sano para consagrarle su último suspiro!... ¡Dios bendiga a mis hijos! Dios los salve de la infamia, que es la locura de los cuerdos...

Su voz se apagó. Su busto cayó dulcemente sobre el lecho. Era un cadáver...

MERCEDES

I

Corria el año 1831, i Alejo cursaba estudios mayores en Santiago de Chile. Hacia cuatro años que habia llegado a esa ciudad, niño aun, solo, sin guia i armado de una recomendacion que le aseguraba la asistencia que un estudiante forastero puede necesitar en una gran ciudad para completar su carrera.

Vivia en un barrio apartado i solitario, algo mas, un barrio peligroso; i aunque él era valeroso, o a lo ménos indolente, cuidaba sin embargo de que las sombras de la noche no le tomaran fuera de su casa. Todos los vecinos hacian lo mismo.

Las historias de los peligros de aquella calle venian de mui atras. Se contaba que en otro tiempo una viuda la cuidaba de noche, viuda terrible, espantosa, que perseguia a todos los transeuntes. Un respetable vecino de Santiago, don José Olmedo, salia una madrugada al campo por esa calle, su caballo se espantó al enfrentar un matorral, i miéntras don José le afirmaba las espuelas, la viuda saltó a las ancas, saliendo de entre las ramas. El jinete quiere derribarla i su brazo se estrella con un cuerpo de bronce, duro i helado, que le hiela a él la sangre i le heriza los pelos. El caballo no podia correr a pesar del látigo i la espuela: solo marchaba jadeando i casi doblándose con el peso de la viuda. Al salir de la calle, la vision se desmontó tranquilamente i desapareció.

Hacia tiempo que los vecinos no tenian noticias de la viuda; pero casi todas las mañanas, cuando Alejo salia hojeando su libro para recordar la leccion, las comadres del barrio le referian que el penitente habia desnudado a alguno o le habia herido, o se habia contentado con quitarle la bolsa.

Entónces estaban en uso unas bolsas de tejido de malla, que eran una comodidad para el penitente.

Este recorria la calle con el busto desnudo, un fustan blanco a la cintura i la disciplina en la mano; pero llevaba una máscara. Los vecinos sentian desde su encierro los azotes que se descargaba sobre las espaldas, i los que se arriesgaban a transitar por allí los oian desde léjos. Al encontrarlos el penitente, los detenia con esta frase sacramental:—La bolsa o la vida.—El transeunte largaba la primera i confiaba a la lijereza de sus piernas la segunda.

Alejo hacia bien en encerrarse temprano. ¿Qué curiosidad podria tener de ver a un penitente, él que habia visto tantos en sus cuatro años de residencia en la capital?

Aislado, desconocido, habia seguido a las turbas con su libro debajo del brazo, para ver fusilar al teniente Villegas en la plaza de San Pablo, a los oficiales Trujillo i Paredes en el Tajamar; a un negro del Pudeto en el Basural, por atentado de lujuria contra su señora.

Luego habia estado en la plaza por la madrugada, i en el cuartel de San Pablo por la tarde, el dia de la sublevacion de la escolta de coraceros. Ese dia se habian cerrado las aulas, pero el café de la Nacion habia abierto sus mesones de balde a todo el mundo, inclusos las estudiantes. Alejo habia llenado con toda servidad su deber; sin abandonar su libro i sin dejar de hacer honor a cuanta botella se habia destapado, estuvo en el ataque de la tarde colgado a una reja de ventana para verlo en todos sus detalles. ¿Que mas podia haber hecho?

En la derrota de las tropas cívicas en la Aguada, él estuvo divertido detras de unas tapias; i al dia siguiente fué de los que mas gritó en la plaza, unido al pueblo, contra el batallon sesto i los dragones vencedores de la víspera.

Durante la campaña del ejército del Sud en Ochagavia, a fines de 1829, Alejo, aunque el colejio estaba cerrado casi todos los dias, llegaba a sus puertas relijiosamente con su libro estrechado al pecho. ¿Las hallaba con llave? Seguia de paso redoblado hasta los Olivos de Ovalle, donde acampaba el ejército constitucional, i allí pasaba hasta la tarde, siguiendo con vivo interes todos los encuentros diarios, los tiroteos de avanzadas, las escaramuzas i los asaltos. Al anochecer estaba encerrado, estudiando con toda atencion, i sin curarse del penitente de su calle.

Alejo hallaba a Santiago mui divertido, mui alegre, i no tomaba a lo sério nada de lo que veia. Solo dos cosas le habian impresionado vivamente, un muerto i una casa misteriosa. Ninguna relacion habia entre ambas cosas, pero en su memoria estaban asociadas. El recuerdo del muerto le hacia estremecer i le asaltaba a menudo, sobre todo en la cama. La casa misteriosa le causaba una curiosidad que rayaba en inquietud.

II

Era una mañana fria del invierno de 1828. Alejo entraba a la plaza de la Independencia por la calle de las Monjitas, recitando de memoria su leccion i apresurando el paso para llegar a tiempo al colejio. El frio le hacia dar diente con diente, pero él, mui en cuerpo, estrechaba sus codos para abrigarse i apretaba las manos sobre el pecho.

Al enfrentar al pórtico de la cárcel, un grupo de curiosos le llama la atencion. Rodeaban un cadáver que estaba estendido de espaldas sobre el empedrado. En ese tiempo se esponian allí los muertos que se encontraban abandonados. Hoi parece que es costumbre conducirlos al hospital, como a los enfermos.

Alejo se acercó, miró i quedó absorto. El muerto era un jóven de veintidos años, de elevada estatura, bello i elegante; pelo negro, abundante i sedoso, como sus patillas; largas i crespas pestañas. Su traje era rico i esquisitamente arreglado: pantalon bombacho, al uso de la época, de color tórtola i menudamente plegado en la cintura; fraque azul de botonadura dorada, camisa bordada i chaleco amarillo. Una gruesa cadena de oro, terminada con tres enormes sellos de lo mismo, pendia de la relojera del pantalon i se estendia hasta el suelo en que yacia el cadáver.

No habia sangre. ¿Cómo habia muerto?

Uno de los soldados de la guardia satisfizo la curiosidad.

—La herida está en la espalda, dijo, i debe haber sido de daga, porque es mui chica i no tiene sangre.

—Pero ¿dónde fué encontrado?

—En la calle de Santa Rosa afuera, cerca del Cequion, añadió el mismo soldado; i los serenos de la calle han declarado que tarde de la noche vieron salir en un caballo colorado a un hombre flaco, que llevaba a otro por delante, sujetándolo con mucho trabajo, porque se iba para los lados como borracho. Despues volvió solo el mismo hombre en su caballo.

—¡Pobrecito! esclamaron algunos, ¡Dios lo haya perdonado! ¡Tan niño! ¡Tan buen mozo!

Alejo callaba, siempre absorto, i devoraba todos los detalles del cadáver con sus miradas, ¡Esta cadena! decia para sí, yo la he visto, pero ¿a dónde? Todos las usan iguales, mas una noche yo he encontrado a un jóven alto como este, que me llamó la atencion porque iba de prisa i llevaba una cadena parecida que se cimbraba i sonaba al andar. ¿Seria este mismo? ¿Cuándo fué eso? Sí, hace pocas noches, cuando se me pasó la hora viendo jugar una partida de billar en el café de la Nacion. El jóven iba, sí, por mi calle. ¡Ah! El penitente, ya estoi. Pero no, el penitente le habria quitado por lo ménos el reloj.

Alejo se retiró del pórtico despues de largo tiempo i siguió su camino, siempre absorto en sus reflecciones. ¡Nó, no puede ser, decia continuando su monólogo; hai tantos iguales! ¡Fuera malos juicios! Yo no he de ser el juez de este crímen. ¡Qué jóven tan hermoso! ¡Qué bien vestido! Debe ser mui conocido. ¡Pues sí, yo creo haberlo visto muchas veces!...

Balbuceando estas i otras frases, llegó al colejio. La hora habia pasado. Alejo volvió a su casa dominado de la misma impresion. No pudo estudiar. El cadáver estaba tenazmente a su vista. En la tarde se le pasó tambien la hora, i faltó al colejio. Por la noche se sintió mal, tomó la cama; pero su sueño fué una larga pesadilla con el muerto.

En 1831, todavía tenia viva la imájen del cadáver, i no habia acontecimiento de los muchos que habia presenciado, en aquella época ajitada, que le hiciera olvida al muerto. Lo mas raro es que jamas habia podido adquirir la menor noticia que le aclarase el misterio. Muchas veces habia escuchado con interes las conversaciones del café sobre el muerto, pero lo único que habia sacado en limpio era que nadie, ni la misma justicia, habian podido adquirir dato alguno sobre el asesinato. El jóven habia sido mui conocido i estimado; pero Alejo no habia sabido de él otra cosa que su nombre. Se llamaba Manuel P.... Todo lo demas que habia oido eran conjeturas, como las que él mismo habia formado. El nombre de su calle no habia figurado jamas en las hablillas del café.

III

Aquel muerto habia quitado muchas horas al estudio i al sueño de Alejo.

No se las habia quitado ménos la casita misteriosa de su barrio. Pero ¿qué tenia de particular esa casa? Nada. Unicamente se distinguía de los demas caserones vetustos del barrio, interceptados por anchos solares tapiados o aportillados, en que tenia al frente un altillo, un solo balconcito, que eternamente estaba cerrado. Así lo estaba tambien la puerta de calle, que era talvez la mas alta i decente de toda la calle.

Alejo conocia a todos los vecinos, o mejor dicho, sabia quiénes eran. Pero siempre que preguntaba quién vivia en la casita, le respondian que unos viejos godos, Como la mayor parte de los propietarios del barrio. Su nombre no lo sabian, o las vecinas se disputaban entre sí sobre cuál era el verdadero.

Cualquier jóven habria pasado por alto estas menudencias.

Pero Alejo era curioso, i sobre todo mui inclinado a lo misterioso. Regularmente se sentaba en el umbral de su puerta de calle a leer o estudiar, pero atisbando siempre la casita, i jeneralmente despues de largas horas, tenia que entrarse, sin haber visto nada, sin haber siquiera sentido moverse las puertas de la casa misteriosa.

Al fin se propuso olvidar esa pesadilla, i se impuso el deber de no mirar a la casita; pero sus ojos le desobedecian, la curiosidad le vencia, i él tenia que renovar con juramento todos los dias su propósito.

Un domingo de otoño, Alejo subió al cerro de Santa Lucía a tomar su paseo de descanso. Los rayos tibios del sol de la tarde inundaban la ciudad i la campiña, i el aura ténue i deliciosa refrescaba el ambiente. Las arboledas i las viñas amarillaban al lado de los verdes potreros, al Oriente i al Sur; el rio corria solitario i serpenteaba a lo largo del tajamar, dejando a la orilla opuesta un blanco pedregal que se iba a perder en las lejanas arboledas de San Cristóval; i al poniente estendia la ciudad sus largas calles de techos brillantes, sobre los cuales se alzaban los templos i uno que otro edificio público. ¡Hermoso panorama! Alejo estaba embebido, i sobre todo no podia apartar sus ojos de los claustros del Cármen Alto, que tenian para él el atractivo del misterio por su soledad, apénas interrumpida de tarde en tarde por el bulto de una monja que se escurria a lo largo de un corredor. Alejo pensaba en la austeridad de aquel aislamiento, i esta idea le recordó aquella casita, que tambien estaba aislada allí en su barrio.

La tenia a sus piés, la dominaba con su vista. ¡Prodijio! ¡qué veo! esclamó Alejo.

En efecto, un batiente de la puerta del balcon estaba despejado. Se afirmaba contra la hoja una mujer que, leyendo un libro, estaba como escondida, dando su frente al cerro, pero sin que saliese ni siquiera el ruedo de su vestido al balcon. Desde la calle era imposible verla. Pero desde los altos peñascos en que estaba sentado Alejo, se la veia como era, pequeña de estatura, pero mas bella que el lucero que aparece al alba coronando los Andes.

Alejo creia verla tan bien como si la tuviera a su lado; veia el jiro luminoso de sus grandes ojos sobre el libro, sus lábios entreabiertos, su perfilada nariz, su tez de rosa; creia sentir su respiracion i ver las oscilaciones de su ancho seno, que apénas estaba velado a medias por el corpiño gracioso de su vestido.

El sol llegaba ya a su ocaso i Alejo no sentia el tiempo. Solo despertó de su arrobamiento cuando la bella lectora cerró su libro, paseó sus ojos por el cielo, suspiró mirando a los peñascos en que estaba Alejo, i como sorprendida juntó violentamente la puerta.

Desde entónces, Alejo estableció su bufete de estudio en los peñascos de Santa Lucía; pero jamas volvió a ver a aquella mujer, que ya era ídolo de su alma. El misterio se complicó.

IV

Alejo tenia una alma tan ardiente como sensible. Estaba en la edad en que se ama todo, si se tiene un corazon bien puesto, como el suyo. Los espíritus tímidos o apocados no conocen esa época de la vida. La pasan entre la fé ciega i el miedo, habituándose al cálculo. Calculan para defenderse contra los fuertes de su círculo. Calculan para ocultar sus inclinaciones i sus sentimientos de miedo de que se les castigue en esta o en la otra vida. Calculan, en fin, para pasarlo bien con Dios i con los hombres, porque temen al uno i a los otros. En ellos prende de veras el santo temor de Dios, que es el arte de saber vivir.

I ellos son despues los hábiles, los afortunados en la sociedad. El corazon jeneroso i desprendído, el espíritu independiente i noble, que no aprendió a calcular desde temprano, que se dejó arrebatar por el ideal de lo bello, de lo bueno, de lo justo, entra a la sociedad a luchar, no a eludir las batallas de la vida, a sacrificarse, no a medrar.

Alejo era de estos últimos, i su juventud despuntaba entre el ardor de las pasiones jenerosas i el anhelo por lo grande, por lo desconocido, lo maravilloso, lo bello. Su curiosidad por aquella casa misteriosa se habia satisfecho, convirtiéndose en un amor, tanto mas ardiente, cuanto era imposible. Desde entónces compartió su tiempo entre sus libros i su bella desconocida; pero a menudo era ésta la que ocupaba mas su espíritu, i su imájen andaba siempre barajado con los temas de sus estudios.

Todos los dias ideaba i abandonaba nuevos proyectos para penetrar el misterio, para llegar hasta aquel ánjel de sus ilusiones. Pero en vano. El tiempo trascurria, i él no adelantaba.

Habia momentos de desesperacion, de cruel desengaño, pero su amor volvia con mas violencia i le reanimaba. Hacia un bello aprendizaje de constancia, que talvez, mas tarde, debia servirle en mucho, aunque no fuera mas que para investigar una idea, como ahora investigaba un amor de niño.

Salia una mañana de su barrio a la hora de costumbre, a las siete, i tuvo un encuentro que habia dejado de llamarle la atencion, porque era casi diario. Pero esta vez iba enardecido, casi iracundo.

El insomnio de la noche le habia fastidiado, i pasaba por uno de aquellos instantes de decepcion, que le habrian hecho incomodarse del aire.

Al salir a la calle encontró a un viejo a quien encontraba siempre casi en el mismo sitio.

Era un viejo albino, de ojos colorados, como los de un conejo blanco. Sombrero bajo i una capa cuesco de lúcuma, que jamas se apartaba de sus hombros, hiciera frio o calor, i que cubria su cuerpo vestido de chaqueta i de calzon de pana negra. El calzon se ajustaba a la rodilla con una hebilla de acero i dejaba libres unas medias blancas como la nieve, que terminaban en zapatones de pana igual a la del traje.

—Esta estampa me choca, murmuró entre dientes Alejo. Es un viejo brujo que debe vivir por este lado. ¡I que no haya sido yo capaz de averiguar quién es! Lo he de seguir, aunque falte a clase.

Dicho i hecho. Volvió sobre sus pasos, i tuvo que acortarlos al tenor de los del viejo.

—¡Que haya todavía estafermos a la laya! pensó Alejo. ¡I conservan sus vestidos! ¡Todo pasa sobre ellos, como sobre esa piedra de esquina!

Distraido así, se acercaba en ocasiones demasiado al viejo, i paraba para tomar distancia. Pero en una de las veces en que mas se le habia acercado, sin saberlo, el viejo paró, sacó una llave, abrió una puerta, i al entrar se encontró con otro hombre flaco, seco, de color verdoso, que le dice:

—Buenos dias, Miguel, ¿ya oíste tu misa?

—Sí, Ramiro, contestó el albino, i te encomendé a Dios.

Ambos se cruzaron, la puerta se volvió a cerrar, i Alejo estaba en el mismo umbral, convertido en estátua de piedra. Ramiro le miró al soslayo i dijo:

—¿Qué quiere este babieca?

Pero siguió su camino.

Cuando volvió Alejo de su vértigo, de su pasmo, esclamó:

—Luego esta escena se repite todos los dias! ¡I miéntras yo estoi en el colejio!... ¡Qué estúpido! Nunca he acechado a estas horas. ¡Tal vez ella tambien sale!...

La puerta en que esclamaba de este modo, la puerta que se habia abierto i cerrado, para dar paso a Miguel i a Ramiro, era la puerta de calle de la casita del misterio.

Alejo echó casi a correr para alcanzar a Ramiro, que tenia tranco largo, porque era alto i de largas piernas, i le llevaba mucho adelantado.

Queria verle de cerca, saber a dónde iba i averiguar quién era.

A las cuatro cuadras estuvo cerca de él; pudo estudiarle. Llevaba fraque verde oscuro de angostas puntas que le pasaban de las corbas, i de ancha solapa cuyos pequeños picos se le veian desde atras recostados sobre los hombros. Sombrero alon de campana, pantalon de brin blanco, i grueso garrote por baston.

Alejo acortó el paso i guardó una respetuosa distancia. A dos cuadras de la plaza, en la calle de la Catedral, Ramiro se paró, abrió una puerta de par en par, i entró. Alejo pasó despues, mui quedito, i vió que aquel cuarto era una fábrica de tacos de billar i de otros útiles de lo mismo.

—Este hace tacos i tambien bolas, dijo para sí. ¿I aquel chonchon de ojos de ají ¿qué fabricará? ¡El misterio se aclara! ¡Paciencia i esperar! Yo no tengo que barajar como Durandarte en la cueva!...

V

En el poco tiempo trascurrido desde que le atrapó el amor en las rocas de Santa Lucía, Alejo se habia transformado. Su alma habia abandonado aquellos vagos horizontes en que revolotea el alma de un jóven, cuando es ardiente, como las mariposas amarillas de verano en un jardin.

Tenia un horizonte fijo, volaba el rededor de una sola flor.

I esa flor le hacia pensar sériamente.

No solo eso: le hacia tambien calcular sus propias fuerzas; i como entre las que el amor emplea, figuran en primera línea las de los atractivos personales, el espejo pasó a serle tan importante como sus libros, i el sastre entró a ser uno de sus primeros ausiliares. Tenia la esperanza de que su bella desconocida le mirase i le viese en la ocasion ménos pensada.

Dejó de vagar por las calles en las horas de ocio. Dedicó las primeras de la noche al café, i casi abandonó las relaciones de sus camaradas de estudio.

El café de la Nacion i el de Hévia, que acababa de establecerse en la plaza de la Independencia, eran entónces de la primera sociedad. Los comerciantes i los jóvenes de mundo los invadian a todas horas. Los aristócratas i sus retoños acudian a refrescar por la noche, i a pasar algunas horas en tertulia. Para éstos, aquellas casas hacian el oficio que hoi desempeñan los clubs.

La juventud de Santiago no estaba por esos años tan adelantada como ahora. Quizá la aristocracia tendria en ella algunos estafadores que la representaran. Talvez no faltaban cortabolsillos elegantes, de esos que, llevando nombre i fisonomía de caballeros, despojan de su reloj al primero de los suyos que encuentran beodo, o que escamotan su portamonedas al primero que entra en una partida de juego por aturdirse i pasar mejor su noche. Eso es de todos los tiempos i paises, i las familias que se dicen nobles no se preocupan de tener en su seno un calavera, porque saben que para él no se han hecho las leyes. Lo que era desconocido entónces entre los jóvenes era ese tipo aristocrático del letrado injerto en jesuita, que profesa i mantiene la relijion de sus padres, ardiendo en odios piadosos, i que no vé el progreso ni halla la libertad fuera de la iglesia romana.

Aquellos jóvenes no adoraban al Papa, ni al becerro de oro. Eran mas bien jentiles que sacrificaban a Venus, a Terpsícore i a Baco; eran unos perdidos que no sabian especular, haciéndose los santurrones o los siervos del poder para enriquecerse i hacer carrera. No hablaban ni del confesor, ni de sermones, ni del retiro de los domingos, ni de los herejes, ni de los gobiernos ateos, ni de los escándalos de los impíos.

Hoi se sabe vivir mejor.

Un devoto, o como se dice un pechoño, no solo cuenta con los respetos, sino con la proteccion de todos los poderes i de los potentados. Un rico con solo serlo, es respetado, aplaudido, adulado: nadie tiene que averiguar como llegó a la fortuna. Para él todos los aplausos, todos los elojios, todas las atenciones; así como para el que ejerce algun poder, sobre todo si tiene un gran poder. Para el verdadero mérito, hai siempre alguna palabra de desprecio, siempre algun desden, si no alguna calumnia. ¿Qué mérito puede haber sin poder o sin riquezas? ¿Prueba que lo tiene quien no ha alcanzado a hacer fortuna, quien no ha logrado un alto empleo?

En aquel tiempo, un usurero, un estafador de los que amasan riquezas a costa de los sudores i de las lágrimas de los pobres, i quizá de algo mas, era simplemente un ladron, i no se le estimaba de otro modo. Las lenguas andaban sueltas, no al oido, sino al aire libre, contra los bribones, porque siempre el brazo estaba listo para sustentar las sentencias de la opinion. El arte de don Basilio no estaba todavía en uso. La calumnia i la maledicencia andaban solo en letra de molde, pues la prensa no era aun el instrumento de la verdad i de la discusion, sino una máquina de hacer ruido i de arrojar lodo, sin ser visto; allí se parapetaban los calumniadores.

Hoi ha variado todo eso. Solo calumnia o ultraja en letra de molde el que emplea la prensa para representar el pasado; i ello es lójico, porque no se puede defender el atraso contra las invasiones del progreso i de la libertad, sin mantener la prensa diaria en su situacion incipiente. En los tiempos que recordamos, la sociedad vieja estaba vencida i carecia de defensores en la prensa. Ni aun en Francia habia aparecido entónces el escritor católico, ese que hoi en todas partes se llama diarista clerical, cuya definicion nos da en estos términos un pintor de costumbres: «El diarista clerical es una especialidad aparte, como escritor, que adora las polémicas i las querellas empenachadas de injurias i de palabrotas. Fuera de la esfera de sus ideas, no hai salvacion. En lugar de esponer los principios conservadores i relijiosos en lenguaje sencillo, prefiere morder a sus adversarios mas abajo de los riñones. Las cuestiones de forma, las cuestiones secundarias—he ahí su estribillo. Sublevar desacertadamente cuestiones inútiles, espinosas, en que Roma i el clero no llevan la ventaja—he ahí su fuerte. Su oficio es irritar a todo el mundo i no convencer a nadie»... Este tipo de la edad moderna no era conocido.

Aquella era una sociedad en embrion. Como entónces no habia sino mui pocas fortunas i el poder aun no se habia consolidado, el imperio no pertenecia ni a los gobernantes, ni a los ricos. Estos apénas comenzaban a emprender para alcanzarlo i hacerlo suyo en todas partes, de arriba a abajo.

Aquella sociedad era de todos, pertenecia a todos, i como no habia quien la dominase, quien la empujase por una sola vía, cada cual hacia de las suyas i era señor de sí mismo. Por consiguiente habia una franqueza casi salvaje, sin disimulo, sin hipocresía, sin sujecion a conveniencias determinadas, ni a creencias regladas.

La juventud no era brillante, sino atolondrada. Hablaba recio i claro, aunque sin presuncion. Le faltaban todas las condiciones del buen tono: la voz ronca, el hablar traposo, desgalichado, desganado, que sienta tan bien a un elegante, sobre todo cuando afecta suficiencia i decide majistralmente hasta sobre lo que sucede en la luna; el andar en el paseo, como en casa, hablando a gritos i riendo a carcajadas, lo que es una gracia; el tutear a todos i maldecir de todos; el mirar con cara abobada, pero con ojos de maton, sin saludar. Le faltaban en fin todas las gracias de la buena nobleza i todos los síntomas del buen tono. No andaba en coches, porque no los habia; ni oia su misa los domingos, porque no necesitaba ir al templo para hacer negocio o para ver a las amigas; ni salia atropándose i encimándose de la platea del teatro, ántes de caer el telon, para verlas salir, formándoles calle en el vestíbulo. Era aquella una juventud perdida, que frecuentaba el café, que charlaba i discutia en público sobre todo, hasta de relijion i política, que paseaba a caballo i en carreta, a la luz del medio dia, i que bailaba todas las noches, en todas las casas, sin necesidad de soirée, de sarao, ni de ambigú.

Ya se puede comprender qué haria en aquella sociedad, sin tutores ni directores, un jóven como Alejo, que no los tenia de su parte, porque parece que sus padres le habian lanzando solo a aquel gran mundo, con fiando quizá demasiado en su juicio i en su aficion al estudio.

Pero Alejo creia que podia ser buen estudiante i tener un amor, aunque fuese platónico, para entretenerse agradablemente. I con efecto, él nunca faltaba a sus deberes, a pesar de que amaba locamente, i de que jugaba al billar en el café, poniéndose a veces su mejor camisa, para jugar una partida a fraque quitado, como lo hacian los elegantes de la época en las noches de verano. Alejo usaba diariamente el fraque, como todos, i para tiempos frios no le faltaba su chaqueta ricamente encordonada, para debajo del capote de pañon con tres o cuatro esclavinas sobre la espalda.

No habia nadie que no le conociera, quien no gustara de su osadía i despercudimiento; pero él preferió a los tertulianos del café de la Nacion, porque eran pipiolos, i por supuesto jente mas abierta que la que rodeaba las mesas del gran patio del café de Hévia, donde no se hablaba mucho de amores ni de política. Aquí solia llegar con otros estudiantes, i regularmente veia al fabricante de tacos de billar, solo, fumando, pensativo i tocando alguna marcha sobre la mesa con sus dedos encorvados.

¡Qué hombre tan seco, tan verde de cara, tan anguloso, tan militar en su porte! ¿Quién es este? decia siempre Alejo a sus compañeros. ¡Quién sabe! respondian los otros con desden, porque entónces no habia costumbre de averiguar quién era un vecino a quien se le ocurria andar por la calle, o entrar al café, o pasearse en el tajamar. Con ménos poblacion, Santiago era ménos curioso de saber la vida i milagros de sus habitantes.

VI

Eso así, Alejo tenia una costumbre contraria, la de seguir la pista a Ramiro i al viejo albino, para conocer quiénes eran, de dónde venian i adónde iban. Diariamente saludaba con gran cortesía al albino,—¡Dios lo guarde, señor don Miguel!—Pero a Ramiro, no se atrevia ni a mirarle de frente.

El albino le contestaba cariñosamente, i a fuerza de oirle saludar, ya le conocia desde léjos cuando le encontraba por la mañana, o le veia, a pesar de sus ojos de sangre, arrodillado cerca de él en la Merced, oyendo misa. Siempre que Alejo podia, entraba a la Merced a observar al viejo, i cuidaba de pasarle la mano mojada en agua bendita, cuando, al salir del templo, se acercaba don Miguel a la pila.

Un domingo salieron juntos, saludándose como antiguos amigos.

—Parece que llevamos el mismo camino, dijo el viejo.

—Como no, señor don Miguel, le respondió Alejo; si somos vecinos, i yo lo conozco a usted tanto, i lo quiero de gracia.

—Dios se lo pague, amiguito. Eso prueba buen corazon, i su Divina Majestad premia siempre a los niños que honran a los pobres viejos ciegos, como yo.

—No diga usted eso, señor; usted no es un pobre viejo, sino un caballero de respeto que merece honra i consideracion.

—¡Qué bien hablado el muchacho! Tú no debes ser de estos tiempos, hijito; pues eres el único de quien oigo tales cosas. Todos los dias me empujan i me insultan en la iglesia i en la calle. No oigo otra cosa: allá va la lechuza—quita allá lechuza...

—Vea usted que desvergüenza! Disimule usted, señor don Miguel, no haga caso de eso.

—¡Oh! si yo les hiciese caso, ya estaria loco, como mis hermanos. Se lo ofrezco todo a Dios, i paso mi camino; llego a casa i me encierro hasta el otro dia. De casa a la iglesia, i de la iglesia a casa. Hace muchos años que no salgo de aquí, ni sé cómo está la ciudad.

—Pero el señor Ramiro sí que anda mucho, ¿Me parece que vive con usted?

—Sí, a veces llega a comer o a dormir. Como es casado con mi sobrina Mercedes...

—¡Pobre señorita! Tan sola que lo pasa. No se la ve nunca. ¡Parece que no hubiera mujer en la casa!

—Así es. Ni ella ni su madre se mueven, ni siquiera a misa. O son judías o locas. Yo no las entiendo. La Mercedes no baja de su cuarto, ni siquiera a comer. Los domingos suele bajar a saludarnos.

—¿Qué hace sola?

—Se lleva leyendo, i siempre manda buscar papeles, como ese que llevas en la mano. ¿Qué papel es ese?

—El Trompeta, continuacion del Defensor de los Militares, señor don Miguel. Un papel mui bien escrito, que le gustaria mucho a la señorita Mercedes.

—¿De los militares? ¡Será de los insurjentes! ¿Cómo pueden defender a esos condenados?

—Nó, señor, no se trata de insurjentes, sino de los caidos, de los nuestros, que tarde o temprano han de volver...

—Los nuestros no caen, niño de Dios. ¿Qué estás creyendo tú en los triunfos de los insurjentes? ¡Dios no lo permita! Dios no lo permita, repetia el albino, abriendo la puerta de calle, i cerrándola despues de él i de Alejo, que se habia deslizado con él del modo mas natural.

Al entrar en la salita, el viejo fué interrumpido en sus imprecaciones contra los insurjentes por otra vieja que le preguntaba a quién traia. Miguel presentó a Alejo, como vecino i antiguo conocido, i la señora hizo que el jóven se sentara cerca de ella.

La sala era pequeña i tenia una tarima, como de un pié de alto, que cubria una tercera parte de su ancho, i estaba colocada desde la puerta de entrada hasta la cabecera de la pieza. Sobre la tarima se estendia una alfombra de motas de todos colores, mui espesa i blanda, i a la orilla de la pared corria una hilera de taburetes forrados en baqueta. Al estremo se sentaba la señora sobre unos cojines de filipichin rojo. El resto del ajuar eran taburetes de brazo arrimados a la pared, i una mesa de nogal, de patas arqueadas i talladas, que sustentaba, al arrimo de la pared, un rico crucifijo de marfil, dos urnas a los lados con la Vírjen i San Juan, i algunas conchas de perla que servian como de floreros. Los ladrillos del piso estaban soplados.

El albino arrojó su capa i su sombrero i se sentó en la tarima de medio lado, afirmando su mano izquierda de plano sobre la alfombra. Una muchacha de pollera azul le pasó mate i un pan blanco, que el viejo partió con trémula avidez.

La señora tenia su blanca cabeza cuidadosamente peinada. Un paño blanco doblado en triángulo le ceñia el cuello i cubria el seno, formando armonía con un estrecho vestido de angaripola de fondo rojo oscuro, con flores blancas i azules. Su semblante era dulcísimo i lleno de inocencia.

VII

Doña María, que así se llamaba aquella amable matrona, hizo a Alejo un fuego graneado de preguntas, i en dos por tres le averiguó sus antecedentes i consi guientes, su pasado, presente i porvenir, i hasta sus intenciones; congratulándose mui cordialmente de que el muchacho no fuera insurjente i de que se le mostrara afecto a la causa, como se decia entónces, i firmemente persuadido, como lo estaban la vieja i el viejo, de que Quintanilla se mantenia fuerte en Chiloé, i de que los patriotas habian sido deshechos en abril del año treinta sobre la misma Cancha Rayada, donde lo habian sido en marzo de 1818.

Alejo se portaba sériamente, i aunque era un patriota exaltado, i mas que eso, un pipiolo intachable, se hizo el godo i juró por el rei Fernando. El mate, entre tanto, pasaba de mano a mano entre el viejo i la señora, i Alejo sintiéndose mas fuerte en su repugnancia a la bombilla, que en su patriotismo, habia resistido tenazmente a las invitaciones que se le hacian para que aceptase un matecito. La sirvienta debia cebarlos mui sabrosos, porque los tomadores se mostraban complacidos i hacian gargantear la bombilla de lo lindo.

Entre mate i mate, doña María esclamó:—«¡Mira, chivata, todavía no le has llevado el chocolate a tu amita!»—Su merced dijo que bajaria a tomarlo aquí—respondió la muchacha.

Al acabar la frase, una lijera sombra se deslizó en la sala, i ántes de que nadie se fijara, Mercedes estaba saludando a su madre i abrazándola. Miéntras la señora le contestaba i la reconvenia por que no habia bajado el dia anterior, Mercedes en pié, puesta blandamente su mano derecha sobre el hombro izquierdo de su mamá, se quedó mirando con sorpresa, pero con graciosa dulzura, a Alejo, que en pié tambien i lánguido de emocion esperaba un saludo.

—Siéntese usted, caballero, le dijo Mercedes, rechazando con la mano a la muchacha que le presentaba el chocolate, i señalándole la mesa para que colocase el plato. Luego saltó de la tarima i fué a sentarse frente a frente de Alejo, en un taburete al lado de la mesa.

—Aquí tienes, dijo la señora, a un vecinito nuestro, que se ha hecho amigo de Miguel. Pobre niño, solo i forastero...

—Estoi reconociéndolo, replicó Mercedes con viveza.

—¿A mí, señorita? añadió Alejo sorprendido.

—A usted, caballerito. ¿No vive usted mas arriba, casa de...?

—Justamente, señorita; pero estraño tener la dicha de que usted me conozca.

—¿Por que? ¿No pasa usted tantas veces al dia por mi ventana?

—Pero como la ventana está siempre cerrada...

—I los postigos tienen vidrieras, que dejan ver para fuera, i hasta me permiten verlo a usted estudiando entre los peñascos del cerro... ¿No tiene usted allá su estudio?

—¿Entre los peñascos estudia don Alejo? preguntó la señora, riéndose.

—¡Qué lindo nombre! esclamó Mercedes. ¿Usted se llama Alejo?

—¿Le gusta a usted de veras? contestó éste.

—¡Mucho! ¡Tengo los recuerdos mas gratos de un Alejo que me ha gustado tanto! ¿Conoce usted Alejo o la casita en los bosques? Justamente aquel dia, hace meses, ¿recuerda usted? aquel dia en que usted miraba desde los peñascos del enfrente, yo leia esa novela i estaba afirmada en la puerta de mi balcon, gozando de aquella tarde tan deliciosa...

—Yo era entónces actor en otra novela que podria titular—Alejo i la casita misteriosa, replicó el jóven con intencion.

Una graciosa risotada de Mercedes, que le hizo descubrir sus dientes de plata mate i su boca de corales, dejó frio i casi avergonzado al pobre enamorado. Mercedes comprendió, i agregó:

—Escríbala usted. Yo me rio porque recuerdo que en aquel instante era tambien personaje de otra novela que ideaba. ¿Qué papel tiene usted en la mano?

—El Trompeta.

—¡Ah! mi papel. ¿Trae mucho de bueno?

—No he leido mas que una graciosa letrilla que tiene este estribillo:

«El uno se llama Diego,
El otro José Tomás.»

—Tenga usted la bondad de leerla.

Alejo leyó con esa voz fresca i plateada de un pecho bien organizado, con aquella uncion que se les derrama a los enamorados. A cada verso Mercedes reia i apostillaba con agudeza, i cuando acabó la lectura esclamó:

—¡Qué bien lee usted, Alejo! ¡Oh si yo tuviera quien me leyera así!...

—Nada mas fácil, señorita. Para mí seria una dicha ser su lector en las horas desocupadas que tengo, en la noche por ejemplo.

—Usted ganaría en eso, dijo doña María, pues dejaria de ir al café, i no lo pasaría tan solo. Figúrate, Mercedes, que no tiene con quien hablar en su casa, ni amigos en el barrio, ni niños conocidos, i se ve obligado a ir al café, a riesgo de adquirir malas costumbres, o de que una noche lo encuentre el penitente, i...

—Sí, añadió Mercedes, véngase usted a casa, no tiene mas que llamar a la puerta.

—Que siempre está cerrada, dijo la señora, desde que murió el finado...

—I que no se abrirá, segun dice su merced, hasta que vuelvan a gobernar los godos, añadió Mercedes. Pues ahora ya están en el gobierno. ¿Qué son ese Diego i ese José Tomás de que habla la letrilla? ¿No son i han sido godos toda su vida?

—No está en eso la monta, dijo el albino que hasta entónces habia permanecido callado; lo que importa es que se sometan a su señor natural, porque nosotros ni el reino ganaremos nada con que ellos sean realistas, si se usurpan el poder real.

—¿Para qué estamos con esas? esclamó doña María, la puerta no está cerrada de dia sino por tu marido, ¡que no quiere que nadie entre en la casa!...

Mercedes se puso pálida i un lijero tinte violado coloró sus párpados; pero mostrando una habilidad ejercitada, se echó a reir, i probó con hechos convincentes que todos tenian la culpa del encierro misterioso: su mamá por el duelo, su tio i su mamá de miedo a los ladrones, ella por hábito de soledad i encierro, su marido por celos infundados; i en fin, todos porque se sentian mejor en el aislamiento de su pobreza...

Alejo, mostrándose satisfecho con las esplicaciones, afectó una injenuidad infantil, i les refirió, causándoles gran hilaridad, que él habia vivido tan preocupado con aquel encierro, que durante algunos años, la Casita misteriosa habia sido su pesadilla.

—¡Ya está deshecho el encanto, disipado el misterio! acentuó Mercedes con gracia fascinadora. Puede usted venir a la Casita misteriosa como a la suya; la puerta se abrirá apénas usted la toque, i adentro hallará jente pobre i sencilla que le ofrece cariño i amistad.

Alejo lució su donaire espresando sus agradecimientos, i creyendo oportuno aquel momento para retirarse produciendo buen efecto, hizo una despedida tan graciosa, que dejó encantados a los ancianos i fascinada a Mercedes.

VIII

I ya era tiempo. La visita se habia prolongado un tanto. Pero Mercedes estaba tan encantadora, que el dia entero no le habria bastado al estudiante para admirarla i adorarla.

I en efecto que Mercedes era bonita.

Sus ojos coronados de crespas i largas pestañas, i algo relevados, despedian luces a torrentes, i su aire espresivo, su habla viva i dulce la daban un atractivo tan poderoso, que casi no se podia estar con ella, sino oyéndola i admirándola.

Vestia entónces traje celeste de anchas i enfaroladas mangas, i de falda tan alta, que dejaba ver un pequeño pié calzado de zapato de cabritilla bordada, i su pierna cubierta de una rica media de seda encarnada, sobre la que cruzaban anchas cintas negras, sujetando el calzado. Una bufanda de punto, crespa i elástica, de seda rosa i verde, apénas velaba su ancha escotadura, cayendo desde el cuello a la falda. Su pelo profuso, negro i sedoso estaba arreglado en gruesos crespos sujetos en peinetas sobre las sienes, i atras recojido en trenzas al rededor de una peineta de carei tan ancha como su cabeza i alta, en forma de corona de condesa.

Mercedes no salia de casa, pero diariamente consagraba a su tocador algunas horas, teniendo a menudo que desnudarse, por la noche, sin que otros ojos que los suyos hubiesen gozado de su tocado i de su belleza.

Su salita, adornada con ajuar moderno, tenia en un rincon un tálamo matrimonial de bronce, que parecia poco usado, i al lado una pequeña alcoba que le servia de dormitorio a ella sola.

Todo estaba allí bien colocado, todo limpio i brillante, i las flores vivas, cuidadosamente colocadas en ramilletes sobre pequeños floreros, embalsamaban el ambiente.

Los libros, únicos compañeros de aquella preciosa solitaria, se veian en las mesas i en las sillas, i uno o dos estaban siempre en el costurero de caoba, revueltos con cintas i muselinas, con carreteles i almohadillas.

El marido solia llegar. No era su costumbre; i cuando llegaba a aquella perfumada estancia, era para dormir la siesta, entre una i dos de la tarde, o para pasar la noche solo en el tálamo.

Cuando llegaba, Mercedes estaba siempre recojida en su alcoba.

Nunca se veian, cuando mas se oian. ¿Por qué esa incomunicacion? No lo sabemos.

Lo cierto es que Ramiro, cuando estaba en casa, solo charlaba con la suegra i el tio, i no subia a dormir la siesta, sino cuando aquellos se dormian ántes, i no le prestaban una almohada para echarse sobre la alfombra de la tarima.

Ramiro tuvo noticias de la nueva amistad, i oyó callado i hosco los elojios que su suegra hizo del vecino. Despues subió a los altos con pesados pasos, se acercó a una de las mesas de arrimo donde habia tintero i algunos cuadernillos de papel, tomó la pluma i con buena letra española trazó esta línea:

«¿Hai otra vez moros en la costa? ¡Cuidado!»

No volvió hasta los cuatro dias a la misma hora, i acercándose a ver lo que habia escrito, halló debajo, de puño i letra de Mercedes, esta respuesta:

«El tigre sueña. Tiembla de una paloma. ¡Qué risa!...»

El semblante cetrino del fabricante de tacos se puso anaranjado, i eso fué lo único que reveló su vergüenza, porque no se movió un solo músculo de su cara, i sus ojos quedaron firmes i airados como siempre.

Dió la vuelta i se echó a la cama, donde permaneció despierto, pero inmóvil, por mas de una hora.

Se levantó, se acercó de nuevo a la mesa, volvió a leer, i salió, sonriéndose i meneando la cabeza.

Ninguno de sus movimientos se habia ocultado a Mercedes.

Durante aquellos cuatro dias, Mercedes, sin embargo, no habia podido olvidar a la paloma con la cual soñaba el tigre.

Mercedes soñaba tambien con ella, i casi no se habia apartado del postigo de su ventana, con el libro o la costura en la mano, pero sin leer una línea, ni dar una puntada.

¿Qué se habria hecho Alejo? No le habia vuelto a ver.

IX

Era que Alejo tenia el pudor del niño, i mas que todo se estimaba demasiado para arriesgarse a pasar por importuno. Su eclipse no era efecto de un cálculo de enamorado. Nadie sufria mas que él, eclipsándose en aquellas circunstancias; pero tuvo bastante fuerza para no hacerse sentir de Mercedes, i hasta para no pasar por su balcon en esos dias, sin embargo de que de noche no apartaba su vista de la luz que alumbraba la estancia de Mercedes, hasta que las vidrieras de la ventana dejaban de reflejarla.

No sabia a qué horas debia hacer su segunda visita, i esta fué una cuestion que le preocupó tanto, que por resolverla no estudiaba ni atendia a las esplicaciones de su profesor. Al fin se decidió por las horas del medio dia, i se acercó una vez temblando a tocar la puerta de calle.

La muchacha le abrió, i en cuanto le reconoció le dijo:

—Suba arriba, señor, que mi amita Mercedes me ha mandado que le diga que allá lo recibe.

La sangre de Alejo estaba paralizada. Un vértigo le turbaba la cabeza i la vista. Al subir la escalera dió unos cuantos tropezones con paso pesado, de modo que Mercedes se perturbó, i arrojando el libro que tenia en las manos, se levantó murmurando esta frase:—«¡Ramiro a estas horas!» i corrió a encerrarse en su alcoba, donde se puso en acecho.

Al entrar a la estancia, Alejo respiró, ensanchando sus pulmones con aquel ambiente embalsamado que se respira en el hogar de una mujer bonita i elegante. Se apretó los ojos, casi los enjugó, volvió en sí, i no viendo a nadie, se apoyó en el sillon de Mercedes. Levantó un pañuelo que habia caido, lo acercó dulcemente a sus lábios, respiró su aroma i quedó extasiado. El pañuelo se le desprendió i volvió a caer en el momento de aparecer Mercedes, radiante i llena de contento, en la puerta de su dormitorio, saludándole con toda la espansion de una mujer que comprende que es adorada.

—¡Qué mal cumple usted! dijo Mercedes tomando su asiento i señalando otro a Alejo. ¿Ahora no mas se acuerda usted de que me prometió ser mi lector?

—No he tenido tiempo, murmuró Alejo avergonzado.

—¡Hola! ¿Le falta a usted el tiempo para mí? I de noche, ¿qué hace usted?

—Señorita, dijo Alejo con viveza, no sé disimular, no soi para rodeos. No he venido de...

—De cortedad, acabó Mercedes.

—Algo mas, de vergüenza, de miedo talvez.

—¡Miedo! ¿A qué, a quién? preguntó Mercedes un poco sobrecojida.

—No lo sé. Es lo cierto que no deseo otra cosa que venir aquí, i sin embargo no puedo. Hai algo que no me esplico i que corta a cada instante mi determinacion.

—¡La falta de costumbre! Es que todavía no sabe usted visitar, no sabe usted tener amistades, exclamó riéndose Mercedes; pero, observando que Alejo se avergonzaba, agregó: ¿quiere usted que yo sea su maestra? Venga aquí como a su casa, i le aseguro que en mui breve tiempo se acostumbrará usted al trato de señoras. Yo no soi de sociedad, no tengo mundo; pero al fin soi diferente de sus condiscípulos, únicas personas a quienes usted trata; i quizas, quizas podré acertar a iniciar a usted en el trato con las damas. Seria una dicha para mí que usted mas adelante, cuando sea un jóven notable en los estrados, se acordase de que una pobre ermitaña como yo le dió las primeras lecciones.

Esto, dicho con candor i amabilidad, cayó sobre el espíritu de Alejo como el riego sobre una flor marchita a las horas en que el sol se pone. Su cabeza se irguió, se estremeció de vida i de placer, sus ojos se purificaron, i su voz i sus palabras brotaron entónces seguras i sonoras.

Alejo tuvo confianza. Replicó a las ofertas de Mercedes con gracia i desenvoltura; pero calló, quedó meditabundo i sério. Una idea le habia asaltado. «¿Puedo yo ofender con mi amor a una mujer tan noble, tan buena, tan afectuosa conmigo, siendo esta mujer la esposa de otro?»

—¿Qué tiene usted? le dijo Mercedes; parece que piensa usted en la ruina del mundo.

—Talvez pienso en lo que lo arruina, replicó Alejo.

—¿En el odio, en las venganzas, en los crímenes de la ambicion, de la codicia, de la ingratitud?

—¡En los de la traicion! agregó con énfasis el estudiante, i Mercedes palideció.

—¿Cuándo se hace traicion? esclamó Mercedes serenándose.

—Cuando se falta a la fé jurada, cuando se promete para no cumplir, cuando se finje para engañar, contestó Alejo.

—¿I si jura usted o promete sin saber lo que hace, por obedecer?

—Yo distinguiria. Cuando se jura o promete sin saber lo que se hace, yo absolveria la falta. Pero cuando se jura o promete por obedecer, porque obedeciendo sacamos algun provecho, entónces queda ligada nuestra voluntad i no podemos faltar sin hacer traicion.

—¡Qué severo es usted, Alejo!

—Mas yo he salido de mi cuestion. No hablaba de esa especie de traicion. Me referia a la que se hace engañando. ¿Le parece a usted, Mercedes, que uno seria inculpable, finjiendo amistad para conseguir la satisfaccion de otra pasion, como la de la codicia, por ejemplo?

—¡Seguramente que no! Pero parece usted un estudiante de moral. Yo tenia un hermano mui querido que cuando estudiaba moral en el Instituto, me hacia leer sobre las pasiones el cuaderno impreso por su profesor don Miguel Varas, i allí se hablaba de la amistad como usted me está hablando.

—Justamente. Ese es mi estudio ahora. ¿Pero no cree usted que mi observacion es justa?

—A no dudarlo, Alejo. Mas ¿quiere usted decirme cómo es que usted ha saltado tan alto, para salir de una conversacion tan llana como la que teníamos?

—¡Qué quiere usted! no sé hablar de otra cosa que de lo que tengo entre manos. I como usted me brindaba tan sinceramente su amistad, no estrañe que al jurar acá en mi pecho ser su verdadero amigo, haya yo remontado el vuelo hasta hablar de las traiciones que pueden hacerse a un juramento.

—¿Luego usted estaba jurándome amistad entre sí?

—No, precisamente. Estoi dudoso. No me atrevo todavía a hacerle a usted ese juramento.

—¿Es posible, Alejo? ¿No se atreve usted a ser mi amigo?

—¡Ah! No diga usted eso, Mercedes, no sé lo que seré para usted. Seré un esclavo. No mas por ahora. No me pregunte ni me exija mas. No sabria qué responder, qué hacer. ¡Hablemos de otra cosa!...

Mercedes, disimulando un suspiro con una risa de encantadora gracia, tomó el libro que estaba en su costurero, i hojeándolo dijo:

—«Sampreerá a Julia.» Vaya, mi esclavo, mi favorito esclavo blanco, lea usted ahí...

Alejo leyó con amor i dulzura una carta de la Julia de Rousseau, miéntras Mercedes plegaba unos encajes, dándole furtivas miradas, i revelando a cada paso las impresiones i observaciones que le sujeria la lectura.

Al acabar la carta, Alejo esclamó:

—¿Se podrá engañar así a una niña inocente i pura? ¿No es esto hacer traicion?

—El hombre que seduce por darse el placer de una conquista, dijo Mercedes, es simplemente un infame, algo mas que un traidor. El que ama de veras, el que en amores no hace el oficio del cazador, acechando la tórtola para dispararle, es otra cosa...

—I el que ama sabiendo que no debe amar, que no puede amar, llega a ser tan infame como el que finje amor para seducir, agregó Alejo.

—¿Pero se puede vencer un amor verdadero por la sola consideracion del deber? preguntó Mercedes.

—Ahí está la virtud, la fuerza de espíritu para vencer al corazon, para sofocar los afectos estraviados.

—¡Bella teoría! ¡Pero cuán difícil en la práctica! Yo creo que nadie es mas filósofo que el amor, Alejo, para argüir i contestar las razones del deber.

—No lo he experimentado. Talvez eso depende de la fuerza moral de cada cual, de las circunstancias de cada caso. Yo no sé qué hacer. No sabria qué hacer si amara a una mujer que no fuese libre para corresponderme...

—A una mujer casada. Yo, por ejemplo. ¿No es esto?

—Sí, por ejemplo. Si yo la estimara i la respetara como la estimo a usted i la respeto, no me atreveria a amarla. Tendria fuerza para no amarla.

—¡Solo por estimacion, no por respeto al matrimonio! ¿Es así?

—Mercedes, el matrimonio es un pacto, un compromiso de lealtad entre los esposos, con el cual nada tienen que ver los estraños, sobre todo si no deben amistad al marido.

—¿Eso le enseña a usted su profesor de filosofía? ¡Jesus! qué teorías!

—No precisamente. Es lo que discurro.

—¡De modo que si usted no estimase a la esposa, ni tuviese amistad con el marido, se permitiria amarla!

—Creo que no podria amarla sin estimarla. Desde que la amara de veras la estimaria, i huiria de hacerla faltar a su deber. Pero si mi amor fuera pura galantería, talvez procederia de otro modo.

—Parece que usted ha pensado mucho sobre el asunto. ¡Tiene ideas tan fijas!

—Lo he pensado, i he tenido gran interes en pensarlo.

—¿I se ha puesto usted en el caso de un matrimonio descompuesto, que exista solo en el nombre?

—Seria inútil. Estimando i respetando a la mujer a quien se ama, la situacion es igual, porque tanto vale hacerla faltar a su esposo, como hacerla faltar a la sociedad.

—Le repito a usted que es mui severo, Alejo.

—Talvez de palabras. No sé si podré practicar mis ideas.

—Justamente ese es un punto que discutí muchas veces con mi pobre hermano. El tenia convicciones fijas. Salido al mundo, se echó de lleno en la gran política. No le veíamos en casa sino al levantarse. Algunas mañanas estaba profundamente triste.—¡Cómo tiene uno que modificar sus ideas en el mundo! me decia; no te puedes imajinar, Mercedes, cuánto tengo que sufrir. Casi nadie piensa como yo; a cada paso tengo que hacer cosas que no apruebo.—Eso solo prueba tu debilidad, le replicaba yo. Sometes tus convicciones al interes de los demas, en lugar de convencerlos.—Pero no es posible vivir con los demas, me decia él, sin cederles, sin seguir la corriente.—Eso harán los egoístas, los especuladores, objetaba yo; un hombre de carácter puede condescender, puede sacrificarse, pero en sus conveniencias, mas no en sus ideas: es preciso hacer lo que se dice i decir lo que se hace.

Alejo escuchaba con admiracion aquellas palabras de Mercedes, las cuales caian una a una estereotipándose en su mente.

Mercedes calló, enjugando una lágrima que le arrancaba el recuerdo de su querido hermano; i Alejo, sin poder reprimirse, le arrebató una mano i estampó en ella un ardiente beso.

—¡Sí! dijo, juro practicar siempre mis ideas, i en esto seré, Mercedes, su fiel discípulo, mas que en aprender el trato de las damas.

—Será usted, Alejo, un desgraciado. El mundo no sufre a los hombres que tienen ideas propias, i se subleva contra toda superioridad. ¡Testigo ese pobre muchacho, cuyo recuerdo me hace llorar todos los dias!

—¿A dónde está ahora?

—En el destierro... ¡Talvez para siempre!...

—¡Ah! ¡si yo pudiera reemplazarle! exclamó Alejo con viveza.

—¡Imposible! dijo Mercedes sollozando.

—Sí, imposible es ocupar su lugar en el corazon de usted, Mercedes; pero no es imposible que yo la ame a usted como él, mas todavía, si un hermano puede adorar a una hermana...

El horizonte de aquellos dos interlocutores se habia estrechado, se habia oscurecido. Cuando ámbos volvieron en sí, Alejo estaba de rodillas inundando de lágrimas las manos i el regazo de Mercedes.

Mercedes le miraba con lánguida sonrisa i con ojos velados por el llanto i profundamente dulces...

X

Aquella primera visita habia fijado de un modo definitivo las relaciones de Alejo i de Mercedes.

Esta le amaba como ama una mujer de gran corazon i de espíritu independiente, con pasion i sin reserva. Alejo amaba a Mercedes como a una hermana de alta superioridad, con acendrada veneracion i no poca admiracion.

Ambos amores estaban en contraste, pero solo era Mercedes quien lo notaba i quien se sentia contrariada.

Alejo aprendia mucho con su trato, i ella se habituaba poco a amarlo como hermano, i se enorgullecia de su superioridad sobre aquel niño cuyo corazon disciplinaba, i a cuyo espíritu abria anchos horizontes.

La intimidad crecia. Muchas veces Alejo, despues de hacer una larga lectura que encantaba a Mercedes, o despues de discutir con ésta los temas de sus estudios, reclinaba la cabeza en el blando regazo de su amiga i se dormia sintiendo un beso en la frente, o desmayándose bajo la cariñosa mano de Mercedes que resbalaba por sus cabellos i jugaba con ellos.

Pero en ocasiones el corazon se sobreponia al espíritu, i entónces Mercedes era la que mas se dejaba arrastrar por él, en tanto que Alejo era el que con mas severidad refrenaba sus ímpetus, pues su voluntad era poderosa. De esas luchas ardientes, mudas pero violentas, Alejo salia siempre satisfecho de haber cumplido su juramento de venerar al ídolo de su alma. Mercedes le admiraba i sin decir por qué, ni sin que viniera al caso, terminaba siempre con esta esclamacion, que Alejo no comprendia i que ya le era habitual:

—¡Tú vas a ser un grande hombre!

No sabemos cuánto tiempo duró aquella escuela de amor i de virtud entre esta mujer estraordinaria, que unia a todas las graciosas i dulces debilidades de su sexo un espíritu elevado, i aquel estudiante que se estrenaba en la vida equilibrando las fuerzas de su corazon con las de su alma, para hacerlas marchar unidas i mas poderosas. Lo cierto es que aquella jimnástica hizo un hombre de un niño de diez i ocho años.

Alejo no aspiraba mas que a ser digno de Mercedes, e idolatraba en ella.

XI

I bien lo probó en cierta ocasion.

Era el medio dia de un domingo de verano, i los salones del café de Hévia estaban llenos de jentes que tertuliaban o jugaban al billar. El café de la Nacion habia decaido con el partido pipiolo: uno que otro rezagado se veian en sus mesas, mústios i hablando jeneralmente en secreto.

El gobierno pelucon triunfaba en toda la línea, persiguiendo sin piedad a los vencidos, dispersándolos o encarcelándolos. En el café de Hévia no se oia mas que su elojio, i eran naturalmente sus mas ardientes partidarios los políticos del café.

Entre éstos figuraba como el primero, por su locuacidad i arrogante presencia, un jóven que acababa de volver a Chile, despues de haber derrochado una fortuna en el estranjero, i que pretendia recobrarla al calor del sol que se levantaba. Era un espadachin de primera fuerza, i entre sus muchas aventuras, la que le allegaba mas fama era la de haber dado muerte en duelo a dos hermanos que, pretendiendo vengar el honor de una hermana seducida por él, le habian desafiado, cada uno en distinta ocasion i en paises diferentes. Todos le respetaban o le temian, i el gobierno le trataba como a uno de sus mejores adeptos.

Aquel domingo el brillante seductor jugaba guerra, en una mesa con Alejo i otros, habiendo colgado su frac verde de botones de oro, para lucir una camisa de estopilla ricamente bordada.

Se hablaba mas de política que de los lances del juego, i el seductor tenia la palabra, justificando el destierro de muchos pipiolos notables, sobre todo el del hermano de Mercedes, a quien maldecia cada vez que le nombraba. Alejo le habia replicado varias veces con moderacion i firmeza, i sus réplicas habian enardecido al novel pelucon, que dando suelta a su lengua, agregó:

—Una cosa buena tenia ese infame gallego, su hermana jemela, a quien le hice el amor algunos dias, i me gustó; para qué lo he de negar.

—¡Un caballero no habla así de una señora! dijo Alejo con serenidad, mirándole de frente.

—¡Pero sí de una mujer! replicó con insolencia el politicastro, al tiempo que Alejo le quebraba la punta de su taco en la cabeza.

El agredido tiró un estileto italiano i se lo perdió en el hombro izquierdo al estudiante, cayendo en el acto derribado i con la cabeza abierta por la masa del taco que éste le descargó con violencia.

Toda la concurrencia del café se agolpó al sitio de la catástrofe, i la atencion jeneral se contrajo al caido, creyéndole muerto.

Alejo salió sin ser sentido, i despues que pasó la primera sorpresa, i se vió que el caido estaba vivo i sin peligro, todos los circunstantes buscaban al estudiante para felicitarle, i no se alzaba una voz que no fuera en su defensa.

Entre tanto, él habia llegado a casa de un su amigo, que tenia la gracia de ser uno de los dos únicos estudiantes de medicina que habia en aquel tiempo, i allí sentado en una silla, medio desnudo, habia recibido la primera curacion de su peligrosa herida, para tomar despues la cama, haciendo decir en su casa que le habia atrapado el contajio de la escarlatina, que hacia poco habia diezmado la poblacion de Santiago.

XII

Ramiro, constante parroquiano del café, conoció aquella aventura a las pocas horas, pero guardó silencio.

Mercedes, ignorante de lo sucedido, comenzó a inquietarse de la ausencia de Alejo, cuando pasó sin verle tres dias. ¿Es posible, decia ella, que haya salido de vacaciones mi Alejo sin despedirse? ¿A dónde se ha ido? En la semana anterior todo fué ocuparse de sus exámenes, pero llegaba aquí por momentos a noticiarme sus triunfos. El dia en que dió su exámen final en público i a presencia del presidente i los ministros, vino a descansar en mis faldas. Desde entónces no le he visto a derechas. Ahora ha desaparecido. ¿Habrá mandado por él su familia sin dejarle tiempo de venir?

Tales conjeturas quitaban a Mercedes su tranquilidad, su sueño. Los dias corrian, i ella no tenia noticias de su querido. Al fin arriesgó un billetito primorosamente escrito i doblado con amor; pero se lo devolvieron con la respuesta de que Alejo no estaba en casa. Le fué imposible resistir mas: bajó su escalera, i corrió a la casa vecina, en la cual no tenia relaciones. Entró temblando de amor, de dudas, de vergüenza, i se quedó estática, desvanecida, cuando supo que Alejo tenia la escarlatina i que estaba asistido con esmero paternal en casa del doctor Moran.

Sin ser dueña de sí misma, Mercedes salió de allí, i a poco despertó en los umbrales de una casa situada a las espaldas del templo de la Merced, donde era recibida con esquisita urbanidad i conducida al lecho de Alejo.

El momento fué solemne. Ambos se abrazaron en silencio, i pasados algunos minutos, Mercedes se desplomó en la silla de la cabecera sollozando. Los circunstantes guardaron silencio respetuoso, pues conocedores de la aventura del café, respetaban aquellas lágrimas, que juzgaron derramadas por la gratitud, no por el amor.

Alejo se habia desmayado. La fiebre le devoraba, la inflamacion de su herida era mortal. Los médicos estaban en junta, el doctor Moran sostenia que debia abrirse de nuevo la herida i prolongarse, so pena de perder al enfermo; i agregaba que si su hijo hubiera hecho aquello desde el principio, el jóven estaria ya sano.

—¡Lo salvaremos, padre mio, lo salvaremos! repetia el hijo; pero los demas doctores opinaban que la operacion, aunque indispensable, era sumamente peligrosa. Sin embargo, el anciano Moran no desmayaba. Con el ascendiente que le daban su talento, su lenguaje enfático i persuasivo, sus ojos vivaces i espresivos, su cabeza de nieve que formaba contraste con el color moreno de su semblante, dominó a la junta e hizo adoptar su parecer.

Todos los doctores llegaron al lecho del enfermo, cuando él habia vuelto de su desmayo i cambiaba algunas palabras con su madre, una señora jóven i hermosa, i con Mercedes, cuya belleza se realzaba con el dolor. El doctor Moran principió por hacer salir a la primera i a los demas circunstantes, pero Mercedes persistió en permanecer al lado de su amigo, i éste lo exijió tambien, diciendo que estaba dispuesto al trance.

Hechos los preparativos, el viejo doctor esclamó con voz acentuada:

«Nunc opus, Eneas! Nunc pectore firmo.»

—Eso me sobra, replicó Alejo. Tengo mucha voluntad de vivir; i tendió a Mercedes su mano derecha con una sonrisa encantadora.

Mercedes estrechó aquella mano de fuego con efusion, i al sentir el rasgo de la horrible cuchilla, dada con mano firme por el anciano, reclinó su frente sobre la de su querido, i casi selló sus lábios con su boca de rosas.

Alejo no habia hecho mas que suspirar, pero de nuevo se habia desmayado. Mercedes cayó de rodillas i sin color.

El doctor Moran la alzó con dulzura, i la condujo afuera, persuadiéndola con amabilidad de que debia retirarse.

Mercedes se encontró sola en el patio. Todas las puertas estaban cerradas, i no se atrevió a tocar a ninguna. Una hora pasó allí enjugando sus lágrimas, hasta que salieron los médicos de la junta a montar a caballo para retirarse.

—¿Vive? preguntó temblando al mas anciano.

¡Todavía! le respondió éste, agregando que nada se podia asegurar hasta que pasaran veinticuatro horas; pero que era necesario mucho silencio i que nadie se acercase al lecho del moribundo...

Mercedes salió desolada tras de los médicos a la calle. El sol reverberaba en las dos aceras. Todo estaba solo. No se oian mas que los galopes de los doctores que se retiraban por diferentes rumbos.

Cuando llegó a su casa, el postigo de la puerta de calle estaba entornado. Subió a su aposento i se echó en su sillon, sin sentido i agobiada de calor i de fatiga.

XIII

¿Quién no conoce esas horas de dolor, en las cuales no se vive, ni se muere? Todos los instintos se apagan, el alma no tiene mas que una sola idea, si tiene alguna.

Una especie de vapor envuelve nuestro sér, una noche tenebrosa, en la cual no reluce mas que una sola estrella, la del dolor.

El tiempo pasa lento i pesado; pero el corazon no lo siente, i aun lo halla corto para su pesar.

Así habia pasado aquel dia infausto para Mercedes, i las sombras de la noche habian oscurecido su salon, sin que ella lo notase.

Mas de repente un prolongado silbido la despierta i sobresalta. Fija su oido, i terminado el silbo, cantaba el sereno del barrio:

«¡Ave María purísima! ¡Las diez han dao i nublaaaao

Mercedes salta de su sillon i en pocos momentos mas, penetraba en puntillas en la casa del doctor Moran.

Todo estaba en silencio i a oscuras. Pero en la puerta del aposento que conducia al de Alejo, a un lado habia un brasero encendido con tetera encima de las brasas, i al otro lado una mujer sentada en una silleta pequeña.

Mercedes se acercó lentamente, la mujer se levantó, i respondió a sus preguntas, noticiándola de que el enfermo estaba malo, i que solamente entraban a su cuarto la madre i el doctor jóven, que no se separaban del lecho.

Mercedes rogó a la mujer que le permitiera estar con ella i ayudarla a trasnochar.

La mujer le cedió su sillita de paja i se sentó a su lado en el suelo.

El silencio era profundo. La noche estaba borrascosa i el calor sofocante. A menudo relampagueaba, i la luz eléctrica iluminaba aquellos dos bultos negros.

La mujer, como acabando de rezar, se santiguó, i suspirando dijo por lo bajo:

—La noche está de muerte.

Mercedes se estremeció i preguntó:

—¿Cree usted que morirá Alejo?

—Así dicen, señorita, i tendremos otra ánima que pene en esta casa, ademas de las muchas que ya hai.

—¿Aquí hai ánimas que penan?

—¡Ah! no se puede figurar su merced cómo nos tienen; pero el patron no crée, i cada vez que la señora le cuenta alguna mano, se echa a reir i nos trata de tontas i majaderas. Yo creo que este caballerito enfermo se va a morir, porque desde que está aquí, entran hasta de la calle las ánimas.

—¡Cómo es eso! replicó con viveza Mercedes.

—Sí, señorita. Nunca se habia visto lo que ahora. Algunas noches se aparece aquí en el patio, sin saber cómo, una fantasma que pregunta por el enfermo i se desaparece. Nadie sabe quién es, ni se le puede ver la cara.

—¿Vendrá esta noche?

—Puede ser, porque hace dos o tres noches que se aparece. Vea, señorita, hablando del rei de Roma: allí la tiene en el zaguan. ¡Madre mia del Cármen, favoréceme! ¡Jesus, Jesus!...

Un hombre alto, mui alto i seco, acechaba desde el zaguan i los primeros rayos de la luna que entraban por la puerta de la calle dibujaban su sombra.

Luego, paso a paso se acercó a las dos mujeres i en voz mui baja preguntó:—¿Cómo está el jóven?

La cuidadora, haciendo la cruz con una mano i tapándose los ojos con la otra, le respondió:

—No pasa de esta noche.

El fantasma quedó inmóvil i medio inclinado hácia las mujeres. Mercedes se cubrió con su mantilla.

Momentos despues, el fantasma estiró su largo brazo i asiendo del puño a Mercedes, la levantó i arrastró con él a la calle, diciéndole:

—¡Tú no debes estar aquí, imprudente!

La luna menguante se elevaba sobre los Andes entre nubes negras, cuyos bordes teñia de ópalo i zafiro, e iluminaba la vereda del sur de la calle de la Merced.

—Vamos a la sombra, dijo Ramiro, sin soltar el puño de Mercedes, que temblaba de coraje.

—¡Me persigues hasta en mi dolor, hombre siniestro! dijo Mercedes casi llorando.

—No, cálmate, Mercedes. Comprende. Piénsalo bien. ¿No basta que yo sea el órgano de tu gratitud?

—¿Mi gratitud? ¡Quieres decir de mi amor! ¿Tú el órgano de mi amor?...

—Espera. Sé que amas a ese muchacho; pero ¿puede convenirte a tí ni a mí que el mundo crea que él ha hecho eso porque es tu amante? ¡Qué gracia tendria entónces! Por el contrario, nadie sabe que te conozca, i todos creen que ha obrado de puro noble i valiente. Precisamente por eso paso siempre a informarme de su salud i hoi he estado al morirme de cólera, al saber que tú habias venido.

Mercedes calló. No entendia ni una palabra de este lenguaje, i pensó un momento que su marido estaba loco. Pero a medida que éste insistia en persuadirla de que no debia ver a Alejo, comprendió que habia algo de mui grave, que ella no conocia i se interesó en la conversacion de Ramiro.

Cuando llegaron a la casa, ya Mercedes estaba instruida de la aventura del café, i su corazon latia con violencia.

El español entró a su aposento, diciéndole con toda la dulzura de una fiera:

—Prométeme, mujer, no ir otra vez a casa del enfermo. Yo te traeré noticias de él...

—¡No puedo! Me moriria si no fuera a verlo siquiera una vez al dia...

—Pues, ¡muérete! No irás, yo cargaré la llave de la puerta, dijo Ramiro, cerrando con ímpetu la de la alcoba.

Todo quedó en silencio en la habitacion. A lo léjos se oia el triple i sonoro tañido de la campana de las Capuchinas, que llamaba a los maitines de la media noche.

Mercedes sintió la necesidad de Dios, i cayó de rodillas a pedirle favor, a rogar por la vida de su amigo.

XIV

Al dia siguiente, Ramiro estaba sentado en uno de los salones de billar del café de Hévia. Era domingo.

Varios estudiantes, que aun permanecian en Santiago, jugaban una partida con gran ruido i algazara.

—¿Qué será del defensor del gobierno? decia uno de los jugadores.

—¿Cuál, preguntaba otro, el de la camisa de estopilla?

—Sí, agregaba un tercero, el de la cabeza abollada.

—¡Oh! Dicen que ha habido que raparle a navaja i ponerle un parche de mate, esclamaba aquél.

—No, decia el de mas allá, yo he visto en la calle al tal asesino. Sale de noche, pero todavía con la cabeza atada. Ha hecho cama muchos dias, i lo ha asistido el médico de palacio.

—¿Quién? ¿Indelicato? Por supuesto, su compañero en la tertulia de Portales, esclamaba uno de los jugadores, gritando en seguida: Pásame la de Alejo, billarero, que esa es la que merecen todos esos tunantes.

El billarero le alargaba la maza, i el estudiante ántes de tirar, la blandió en señal de amenaza.

—¿Que será del pobre Alejo? dijo en voz baja el otro jugador, al picar de pasa-bola la suya, i se quedó mirando su rumbo con todos sus sentidos.

Todos callaron.

—¿Ninguno ha ido hoi a saber de él? esclamó un momento despues otro estudiante que no jugaba.

—¿Para qué? dijo uno. ¿Para recibir la tremenda noticia, i pasar un mal dia de fiesta?—En ese momento entraba otro, i varios de los de adentro le preguntaron a un tiempo: ¿Has sabido de Alejo?

—Debe de ser alma del purgatorio en este momento, respondió el que llegaba. No me he atrevido a ir a saber de él.

—¿Por qué lo dices?

—Porque anoche estuve en una casa, donde el doctor Polar estaba descuerando al viejo Moran, porque se habia salido con hacer una operacion, contra el parecer de todos los médicos. Ellos opinaban que debia desarticularse el brazo, por lo imposible que era penetrar en la fosa del estileto del asesino, para abrir de nuevo la herida; pero el viejo se salió con la suya, echándose toda la responsabilidad. ¡Quién sabe!

—¡Morir tan jóven!... ¡Pero con honor!...

Ramiro, que habia permanecido impasible, se conmovió al oir tal esclamacion, i salió de prisa del salon.

Ninguno de los circunstantes sabia que ese hombre era el marido de la mujer, cuya honra habia defendido Alejo. Pero, sin saber por qué, todos le miraron a un tiempo, cuando se levantó.

—¿Quién será ese pejegallo? dijo riendo uno de los estudiantes.

—¡Algun espía!

—Compañero del de la camisa bordada.

—Justamente, debe serlo, esclamó uno de los jugadores. Jamas habia visto en los billares a ese as de bastos, sino en las mesas del patio. Pero desde el suceso de Alejo, su presencia aquí parece suplir la ausencia del de la cabeza remendada.

La partida se terminaba en ese momento.

—En fin, dijo uno, tirando el taco: no se diga de nosotros que somos indolentes i mataperros. Vamos todos a saber de Alejo. Si el viejo Moran ha acertado su cuchillada, seguimos de largo hasta los baños de Alexandri, donde acabaremos alegres el dia, para irnos esta noche al Parral de Gomez.

—¿I si el viejo ha echado bolas a la raya? preguntó el último llegado.

—Tambien seguiremos de largo, pero solo a bañarnos. Haremos duelo por ese bravo muchacho; i escarmentaremos en él. Por lo que a mí toca, aunque hable de mi madre el primer pillo que llegue, me callaré la boca. ¡Pues ahí es nada, que por cosa de mas o ménos le entierren a uno el puñal, i lo despachen en los albores de la vida!

—¡Qué bestia! esclamó aquél. Hablas como un canalla!

—¿Así piensan en el Maule? preguntó otro.

—Cada uno para sí i Dios para todos, respondió el interpelado. Ya pasaron los tiempos de don Quijote.

—Pero el tiempo de los caballeros i de las almas nobles no pasa nunca, concluyó el que le llamaba bestia.

Los estudiantes salieron, sin cuidarse de los que oian su conversacion, i al salir por el gran patio, encontraron a Ramiro que volvia sereno i casi alegre a tomar asiento en una de las galerías del jardin.

—¡A dónde iria tan de prisa este lagarto? esclamó uno de los estudiantes.

—A saber de Alejo, respondió con fisga otro, sin saber que acertaba en la verdad.

Al cruzar para los viejos portales de la plaza, los estudiantes vieron pasar al galope, en un caballo blanco, al doctor Moran i esclamaron: parece que va contento el señor don Pedro. ¡Buenas señas!

La caravana se dirijió a la calle de la Merced.

XV

Varios dias habia pasado Mercedes en su estrecha prision. Ya no tenia lágrimas en los ojos. La fiebre la consumia.

Ramiro, que contra sus hábitos habia estado mas a menudo en casa, durante esos dias, se habia acercado algunas veces al dormitorio de Mercedes, i dando tres golpecitos en la puerta, le habia dicho secamente:—«El enfermo está fuera de peligro.»—«Tu amigo convalece rápidamente.»

Cada vez que Mercedes oia algunas de estas palabras, esclamaba:—«¡El tigre se divierte!»—«¡El infame se burla!»

El silencio volvia a reinar en los aposentos, i solo era interrumpido por hondos suspiros, por ayes de angustia, por sollozos sofocados.

Mil medios habia tentado Mercedes para salir a la calle, pero en vano. Hasta habia creido posible lanzarse por el balcon.

Mediante la bondad de su madre, a quien habia confiado su pesar, se habia aprovechado de las salidas indispensables de la muchacha sirvienta, para informarse de Alejo; pero sin avanzar nada.

En la casa vecina, la muchacha no habia podido penetrar. Estaba sola i permanecia cerrada.

En casa del doctor Moran, que la sirvienta habia tardado en hallar, nunca le daban contestaciones fijas, i siempre la habian despedido en la puerta.

Al fin un dia Mercedes oyó decir a su tio el albino, que en la noche precedente habia estado en los Desagravios, en la Merced.

—¿Cómo pudo usted salir de casa, mi tio? preguntó Mercedes.

—Por la puerta, dijo don Miguel secamente.

—¿Pues qué, ya no tiene la llave Ramiro?

—Nó, hace dias que me la entregó, diciéndome que ya no la necesitaba.

—¿Se fijó usted, mi tio, en la casa que está a los piés de la iglesia? ¿Notó usted algo?

—¿Cual, la del médico? Sí, estaban tocando el piano creo que bailaban.

Mercedes se cubrió con las dos manos la cara.

—¡Oh mundo! esclamó. ¡Ayer un muerto, i hoi música i baile!

—El muerto al hoyo i el vivo al pollo, dijo sonriéndose don Miguel.

—¿Podriamos ir, mamita, a los Desagravios esta noche? preguntó con cariño Mercedes, i agregó: ¿no le parece a usted que Ramiro no me prohibirá ir a la iglesia?

—¡Quién sabe! esclamó la señora. ¡Hace tanto tiempo que no puedo salir a la iglesia!

—Por favor, dijo Mercedes, abrazándola; iremos al paso, se apoyará su merced en mí, i descansaremos donde sea necesario.

—Anda, mujer, añadió don Miguel. Cuando la hija te pide que vayas a la iglesia, es porque Dios habla por su boca.

La señora se inclinó hácia su hija i la dijo en voz baja:

—¿Por qué no vas tú sola? Desde que tu marido ha dejado la llave i no te vijila, se entiende que no reina su prohibicion.

—No obstante, mamita, le respondió Mercedes estrechándola, no me atrevo a salir sola, ni quiero rebajarme a preguntar a ese hombre si puedo salir. Acompáñeme su merced. ¡Haga este sacrificio por su hija desgraciada!

Mercedes se inclinó llorando sobre el seno de su madre. Esta la besó en la cabeza i le dijo:

—Cálmate. Iremos al anochecer.

—Al cabo Dios tocó tu corazon empedernido, esclamó el albino, levantándose de la mesa, donde los tres habian hecho su comida.

Mercedes estaba ya mas familiarizada con la idea de la muerte de su querido. Habia pagado el primer tributo de angustias i de desesperacion que produce la separacion eterna de un ser amado; le quedaba aquel dolor que es tanto mas sereno miéntras mas profundo, en el cual suele cebarse el corazon. Por eso anhelaba conocer los detalles de la muerte de Alejo. La curiosidad la molestaba cada dia mas, desde que su marido habia dejado de dar los tres golpes en su puerta para decirle en seguida una frase de consuelo, que ella recibia como un sarcasmo.

Al anochecer de aquel dia, bajaban lentamente por la vereda del sud de la calle de la Merced dos mujeres de luto, con lijeras i angostas mantillas sobre la cabeza que cubrian los perfiles de sus rostros.

Las chilenas no acostumbraban entónces vestirse de monjas, con anchos mantos, para asistir al templo.

De trecho en trecho se paraban a descansar. Una de ellas, que era la madre de Mercedes, se apoyaba en ésta, i se sentaba si el sitio ofrecia un asiento.

Al entrar en la cuadra de la Merced, ambas afirmaron su marcha. Mercedes se sintió fuertemente conmovida al oir el piano de la casa del doctor, cuyos acordes en ese instante parecian estar en la calle, porque estaban todas las puertas abiertas. Las ventanas del estudio estaban de par en par, i adentro conversaba en alta voz el anciano con varios amigos. ¡Qué contraste para el pobre corazon de aquella hermosa!

Mercedes no sabia cómo hacer. ¿Entraria en la casa? ¿Llamaria para tomar informes del primero que saliera? ¿Pasaria de largo, perdiendo el objeto de su escursion?...

Pero al enfrentar a la puerta, el doctor jóven salia i se encontró frente a frente de Mercedes. Esta tuvo valor i le detuvo.

—Por favor, señor, le dijo, ¿podria usted oirme una palabra?

El jóven vaciló un momento. Mas al reconocerla, esclamó:

—¡Oh qué fortuna! Desde hoi tengo una carta para usted, señorita, i me proponia hacerla llegar a sus manos esta noche misma. Me encaminaba a buscar su casa.

—¡Una carta! repitió Mercedes.

—Sí, de Alejo, que me escribe por primera vez, desde que nos separamos.

Mercedes sintió paralizarse la sangre de sus venas. No comprendió nada i se quedó mirando estupefacta al jóven.

—¿No oyes? la dijo la señora sacudiéndola: ¡una carta de Alejo!

—Sí, de Alejo, continuó el jóven, que está de carnaval en Rancagua, en donde ha asistido a dos bailes de máscaras. Su familia vino con él a pasar allí los últimos dias, despues de haber estado un mes en la hacienda donde yo lo dejé ya sano.

—¡Sano! repitió Mercedes conservando la carta en la mano con la misma actitud en que la habia recibido.

—¿No lo crees? ¡Qué niña! esclamó la señora sacudiéndola del brazo otra vez.

—¡Oh! Su sanidad quedó asegurada al otro dia de la terrible operacion, prosiguió el jóven. Luego creimos conveniente sacarlo al campo, e hicimos con la familia el viaje en carreta. Yo no me vine sino cuando ya lo dejé paseando a caballo. El me encargó que la visitara a usted, i me confieso reo de la falta. Pero entre tanto pasaremos adentro. No se diga que yo las recibo a ustedes en la calle.

—No, gracias, contestó la señora, es imposible...

La despedida fué cariñosa, ménos de parte de Mercedes, que apénas tuvo alientos para dar las buenas noches.

Ambas volvieron sobre su camino. Mercedes anhelante, ahogada en suspiros i lágrimas, arrastraba mas bien que conducia a su madre.

—¡Vive! esclamaba a veces. ¡Alejo vive! ¡Dios mio! i estrechaba a su corazon la carta i la besaba con efusion.

—Sí, añadia la señora, vive. Dios es justo. Ya lo decia yo; ese jóven no podia morir.

La mañana siguiente era espléndida. Una lijera tormenta de verano la habia refrescado i las auras jugueteaban sin rumbo.

Los balcones de Mercedes estaban abiertos.

Ella vestia de blanco i tenia todo su negro i joyante cabello estendido sobre las espaldas. Un lijero tinte violado en sus párpados, resto de su agudo pesar, formaba contraste con la alegría que se irradiaba de su bello semblante.

Eran las diez de la mañana i a esas horas todavía leia Mercedes, por milésima i una vez, las siguientes líneas:

«¿Qué es de tí, hermana querida, mi Mercedes, mi amiga idolatrada? ¿Por qué no me has escrito?»

»¿Sabes por qué no lo habia hecho yo ántes de ahora? Porque estaba en una hacienda, donde ademas de no conocerse el papel, ni mas plumas que las de las aves del corral, no me dejaban hacer otra cosa que pasear i aburrirme.

»La última noticia que tuve de tí, era que habias sido arrebatada del patio del doctor, una noche, por un fantasma que te arrastró por los aires, despidiendo raudales de chispas.

»Todos los dias hacia yo repetir esta conseja a mi sirvienta, testigo de vista. Su seriedad nos hacia reir, pero su fé solia ser contajiosa, pues mi madre i la señora del doctor no se reian en ocasiones.

»Al tiempo de mi partida, dejé encargo de que te avisaran, dándote mi direccion para que me escribieras. Por eso es que no he podido esplicarme tu silencio.

»¿Te diré que pensaba i pienso en tí a toda hora, i que mi alma te pertenece aun en sueños? Si así no hubiera sido, no habria yo convalecido. Queria vivir para tí. Queria sanar para tí. ¿Tengo yo otro halago en la vida?

»Me parece que te oigo a cada momento, i a menudo, aun estando profundamente pensativo, me sobresalto, porque siento que tú murmuras mi nombre a mi oido. ¡Te amo tanto Mercedes!

»Pero no. No tengo para qué escribirte una carta de amor.

»Ni sé hacerlo, ni tú necesitas que lo haga.

»He tomado la pluma para notificarte que estoi bueno i próximo a trasladarme a Santiago. Pero no ya para vivir cerca de tí. Sigo a mi familia a otra casa.

»¿Mas me será posible verte, como ántes?

»Se me olvidaba esto, que es lo que me preocupa, i lo que mas necesito comunicarte.

»Estoi lleno de sobresalto, desde que recibí la carta que te incluyo. Es de tu marido i te aseguro que me da miedo. Ya te he dicho otras veces que el único hombre que me ha inspirado terror en mi vida es él. Hará conmigo lo que promete?

»Mira, mi adorada Mercedes, tú debes creerme que por tí moriria con placer. Mas despues de haber sacrificado mi corazon por honrarte i ser digno de tí, ¿es posible arriesgar la vida para deshonrarte i perderte?

»No sé qué hacer. No hallo otro arbitrio que entenderme con él i exijirle que fíe en mi probidad, i me permita verte. No me siento capaz de adoptar un plan para burlar su vijilancia, porque desde que nuestra amistad fuera furtiva, declinaria, i mi Mercedes dejaria de ser mi ánjel.

»Seria necesario que yo te amara ménos, para prostituirte. ¿I podria yo arrancar del trono de mi corazon, para arrastrar en el fango, al sér que mas venero, a la mujer que mas amo, a esa alta intelijencia que ha abierto los horizontes de mi espíritu, que ha educado mi corazon, que me ha hecho lo que soi?...

»Necesito de tí. Ya lo ves. Principié alegre esta carta, i ahora me siento abrumado de pena, de incertidumbre. La luz de alegría que me iluminaba al saludarte, se ha convertido en tinieblas. Se me ha cerrado el mundo. ¿No lo ves? Necesito de tí.

»¿Cuándo hablaremos? Te buscaré el siguiente dia de mi llegada, el primero del entrante, a las tres de la tarde. ¿Oyes? Creo que a esa hora podremos estar solos. Hablaremos. Definiremos nuestro porvenir.

»Adios, hasta entónces. Te abrazo desde este momento. Entónces te dará un beso tu

Alejo

¡Alma de oro! esclamó Mercedes. ¿Hai álguien mas noble en el mundo? ¿Ni mas inocente, ni mas puro? ¡No, ídolo mio, no serás tú el sacrificado! ¡Antes que esa fiera te toque, yo la enfrenaré!... ¡La haré caer a mis piés!

¿Es esto posible? ¿que se haya atrevido este infame a escribir esa carta al que por defender mi honor, el de él, ¡del infame! ¿hubo de perder la vida? ¡Alma de cieno!... ¡Oh cuánta es mi desgracia!...

I Mercedes estrujaba la carta de Ramiro a Alejo; i despues la estendia i la releia con una risa sarcástica en su graciosa boca:

«Señor D. Alejo.

»Mui señor mio i mi dueño:

»Como usted ya está bueno, segun se me asegura, creo de mi deber advertirle que en llegando a ésta, será usted perseguido por aquel asesino del café. Si usted quiere salvarse, es necesario que le desafíe ántes i tenga seguro que le admite.

»En tal caso, yo reclamo su lado, pues ningun otro que yo debe ser su padrino. Mas ántes es preciso que usted reciba algunas lecciones. Yo sé estocadas que nadie conoce, i puedo adiestrarle a usted en dos horas.

»Con esto pago a usted mi deuda, i a fuer de caballero leal, debo declararle que allí terminarian nuestras relaciones.

»Conozco sus amores con mi esposa, i no está en mi dignidad tolerarlos. Espero que usted será bastante caballero para no ponerme en el caso de probarle que tengo un pulso mas certero que el de aquel tunante. Que no le vea a usted, por Dios, en mi casa, ni cerca, pues no quisiera cumplir el juramento que le hago, de cortar con el acero los amores que usted, si es honrado, debe cortar voluntariamente. Soi de usted

Ramiro

¡Los amores!—¡Mi esposa!—¡A fuer de caballero leal! repitió Mercedes sonriendo.

I en efecto, la carta está calculada para inspirar terror a un niño como Alejo. ¿Niño? Nó. Es un hombre. Es valiente. Pero es mas que todo caballero i honrado. Sí, ¡es necesario salvarlo del tigre! Lo salvaré.

No debo pagarle su amor, su jenerosidad, su defensa de mi honor con esponerlo a ser... ¡Ah! ¡Sí, Dios mio! ¡A ser asesinado! ¡A mis plantas! ¡Por mí!...

Nó. Valor. Soi yo quien debo sacrificarme. Sí, me sacrificaré. Salvaré a mi hermano, a mi querido Alejo. Es fácil. Lo veré ... sí, una sola vez. Me despediré de él para siempre!...

Mercedes lloró. Mas tranquila despues, se levantó casi contenta.

Qué ¿no podré yo amarlo, sin tenerlo a mi lado? ¿No podré adorarlo desde léjos? Oh, sí: lo amaré siempre. Sabré de él. Sus triunfos serán mi alegría. Lo buscaré, lo miraré a la distancia. Lo adoraré i no lo perderé...

Mercedes dejó las cartas i pasó a su tocador; al mirarse en el espejo esclamó:

¡Oh! sí. Entónces se criaban hijas bonitas para darlas al primer mastin que las apetecia. ¡Qué tiempos! ¡I hai mujeres casadas a la antigua española que son felices! ¡Almas de cántaro!... ¡Ya se vé, no les habrá tocado un taco de billar por marido! ¿Qué un taco? ¡Un asesino!...

Calló i se estremeció.

XVI

El dia de la cita se acercaba, i entre tanto Mercedes leia siempre las cartas i meditaba. El tono de su mirada i la tranquilidad de su semblante anunciaban que habia tomado una resolucion.

Llegado ese dia que era de fiesta, los transeuntes pudieron verla a cada instante en su balcon, primorosamente ataviada i espléndidamente hermosa.

Entre tres i cuatro de la tarde, la calle estaba solitaria, i Mercedes distinguió mas con el corazon que con los ojos, a Alejo que se acercaba lentamente i como receloso: al instante bajó a la puerta de calle. Allí esperó tranquila, serena.

Alejo, al verla, se precipitó, i llegó tendiéndole los brazos. Mercedes le tomó de la mano sin desplegar sus lábios, i le condujo a su salon, cerrando cuidadosamente la puerta tras de sí.

Un abrazo mudo, estrecho, prolongado, precedió a las caricias i a las lágrimas de aquellas dos almas ardientes que se idolatraban.

Entre risas i suspiros, Mercedes hizo a su querido la historia de sus sobresaltos durante la ausencia. Alejo la escuchaba enternecido, i le pedia perdon, culpándose a sí solo de no haber tenido cuidado de informarla directamente, cuando ella le suponia muerto.

—Ahora, tenemos que fijar nuestro porvenir, dijo Mercedes, sobresaltándose instantáneamente.

Pesados pasos hacian crujir la escalera.

Mercedes toma violentamente a su querido i le empuja a la alcoba. Allí le encierra en un ancho ropero tallado i cuajado de labores de concha de perla, i coloca la llave en su pecho. Alejo habia obedecido en silencio. Mercedes se habia recostado en su lecho.

En ese momento, la puerta de la alcoba se abre, Ramiro aparece airado, ceñudo.

Mercedes se endereza con mirada furibunda, blandiendo convulsivamente en su mano derecha, que apoya de puño en la cama, un pequeño i agudo puñal.

—¿Qué quieres? le dice.

—Nada, creí que no estabas sola, respondió el español, dando vuelta la espalda i cerrando de nuevo la puerta.

Por un momento se sintieron los pasos de Ramiro. Luego el ruido del tálamo indicó que se echaba a reposar, como solia hacerlo a veces.

Ella permaneció en la misma actitud, pensativa, con los ojos fijos en la puerta, inmóvil, sus lábios entreabiertos. Pasó mucho tiempo.

Reinaba un profundo silencio, que solo era interrumpido a veces por el que reposaba en el salon. A cada ruido, Mercedes se ajitaba, acechaba, i en cierto momento se acercó a su puerta en el ademan de la fiera que se lanza sobre su presa.

Allí quedó fija como una estátua, pálida, los ojos desencajados, un pié hácia adelante, su mano derecha hácia atras, pronta a levantarse para descargar el puñal.

Los pasos de Ramiro, que se repitieron, no la conmovieron. Esos pasos se sintieron de nuevo en la escalera. Mercedes abrió su puerta i salió espiando.

Cuando él estuvo en el patio, ella volvió i se encontró de sorpresa con Alejo, que habia abierto por dentro el ropero i la seguia de cerca.

Ambos se encontraron. El puñal cayó i Mercedes estalló en sollozos i convulsiones violentas, cayendo tambien al suelo...

Alejo la colocó en el sillon i le suministró los recursos que tuvo a mano para mitigar el ataque. Cuando Mercedes pudo respirar i dar espansion a sus suspiros i lágrimas, él la cubrió de caricias.

Los últimos lampos del crepúsculo de la tarde alumbraban aquella escena.

Mercedes jemia aun i por momentos se sofocaba. El se puso de rodillas, para estrecharla mejor. Mas ella, lanzando un ¡ai! profundo, se levantó bruscamente esclamando:

—¡No! ¡No! Por Dios, Alejo, no: él estaba así cuando ese monstruo lo asesinó a mis piés...

—¿Quién? gritó Alejo, levantándose, i volviendo a sentar a Mercedes.

Esta se incorporó, tomó aliento i haciendo sentar a su lado a Alejo, continuó:

—Sí. Es preciso que lo sepas todo. Tu eres el único que puede absolverme.

—Habla, alma mia. Tú no puedes tener secretos para tu hermano. Confia en mí, le dijo Alejo acariciándola.

—Mi primera culpa es tu amor, Alejo idolatrado. Antes no fuí culpable. Solo fuí coqueta por curiosidad, yo no lo amé jamas. Admití sus obsequios, como una muchacha que desea conocer qué es el amor. El me perseguia i te juro que yo a veces me sentia contrariada, i le oia sin atencion, i aun le dejaba mi mano por indolencia. Jamas le cumplí sus deseos, diciéndole que le amaba. ¡Te lo juro por nuestro amor, Alejo mio!

Mercedes calló i lloró. Alejo no sabia qué pensar.

—Mas una tarde como esta, continuó Mercedes, cubriéndose la cara i llorando amargamente, el llegó aquí a estas horas. Me halló en este sillon i se precipitó a mis piés, repitiéndome sus protestas de amor. Yo principié por reir. Luego sentí vergüenza i gran inquietud. Traté de levantarlo. Quise levantarme yo misma i él me sujetó. Esta lucha no me dejó oir...

Los sollozos ahogaban a Mercedes. Alejo estaba estupefacto. Mercedes continuó con palabras entrecortadas i apénas perceptibles:

—Mi marido habia penetrado hasta aquí... El no lo vió... Yo dí un grito; i le ví caer en el estrado... atravesado de una puñalada...

—¡A quién! gritó Alejo.

—A Manuel...

—¿A Manuel P.?... interrumpió Alejo.

—Sí, murmuró Mercedes.

—¿Cuyo cadáver fué espuesto en el pórtico de la cárcel al dia siguiente? volvió a interrogar Alejo.

—Sí, repitió Mercedes. Sí, pero ese cadáver estuvo aquí muchas horas. Yo me habia desmayado. Cuando volví en mí, me hallé a oscuras i encerrada. No tenia como encender luz. Abrí los balcones. Con la vislumbre de la calle distinguí el cadáver en el mismo sitio. Vacilé, pero con la intencion de salvarlo aun, me acerqué, lo toqué i sentí que estaba yerto. Volví a caer sin sentido.

Alejo estrechó a Mercedes a su corazon i lloró con ella.

—¡Pobre hermana mia! Tranquilízate. No hables si te mortificas.

—No, Alejo mio. Debes saberlo todo... Yo me habia refujiado de terror a mi dormitorio, i aunque apretaba los ojos, veia todavía el cadáver de aquel desgraciado. Me desesperaba... ¡Ah! ¡no puedo recordar esas horas!... Tarde de la noche, sentí pasos. El tigre llegó hasta mí, i tomándome de un brazo me condujo diciendo: «¡Ayúdame a bajar a tu amigo!...» El arrastró el cadáver escalera abajo i me forzó a conducirlo hasta el patio, donde estaba un caballo ensillado... El asesino colocó a su víctima en la montura, no sé cómo, i montó detras. «Abre la puerta» dijo, «ciérrala otra vez i espérame aquí mismo.» Al venir el dia volvió, i fué a reconocer si quedaba sangre en algun sitio. No halló nada...

El silencio sucedió por largo tiempo entre los dos interlocutores. Mercedes sollozaba. Alejo estaba abismado. Habia plena oscuridad. De repente, Mercedes se levantó i tomando a Alejo de la mano, le dijo:

—Ahora, hermano mio, ¡sálvate! ¡Quizá yo no podré defenderte! Vamos, despidámonos para siempre... Acepta el juramento que te hago de ser tuya, aunque vivamos separados. Si te compadeces de mí, haz que yo pueda verte alguna vez...

Mercedes conducia al mismo tiempo a Alejo por la escalera, i llegó así, hasta la puerta de calle, que abrió con cautela.

—Nó, Mercedes, dijo Alejo: nos volveremos a ver i convendremos en la manera de vernos en adelante. Yo no puedo despedirme así de tí. ¡Imposible!

—Para verme, replicó Mercedes, espera a que yo te cite. Ahora apresúrate. El va a llegar...

Se abrazaron i Alejo partió paso entre paso, todavía abismado.

Marchaba así por la calle, cuando de sorpresa se siente detenido al frente por un hombre.

—¿Viene usted de casa, amigo? le pregunta Ramiro.

—¿Solo usted vive en esta calle? le contesta Alejo.

—¡Cuidado! esclamó el español.

—¿Amenazas? dice Alejo. ¿Tú, infame asesino, amenazarme a mí? Te he de arrastrar de la lengua al patíbulo, ¡canalla! ¡Cuidado que me molestes, i que yo sepa que molestas a tu desgraciada esposa por celos conmigo!

El español habia saltado hácia atras. Estaba inmóvil, estático.

¡Paso! esclama Alejo apartándole con violencia. ¡Que no te vea yo otra vez, porque irás a pagar en el banquillo tu crímen!

Alejo prosiguió de prisa. El español quedó allí como un poste.

XVII

¡Hace cuarenta años!

¿Se han vuelto a ver Alejo i Mercedes?

Jamas...

¿Se han olvidado?

Nunca...

Las crónicas refieren que el español desapareció desde aquellos momentos. Hai quien asegura que realizó su negocio, que partió a Valparaiso, i se embarcó, no se sabe para dónde.

¿Tendria miedo al patíbulo?

Mercedes le vió desaparecer, pero temió una acechanza. Creia verle llegar todos los dias.

Talvez por eso no dió la cita prometida.

I Alejo, ¿por qué no volvió a ver a Mercedes?

¿Cuáles fueron las reflexiones que le hicieron dominar su pasion?

Talvez, la misma fuerza de voluntad, que empleó para conservar pura a Mercedes, le sirvió para apartarse de ella para siempre.

Pero él mismo se sorprendió muchas veces al rededor de la casita misteriosa, sin saber cómo.

Las puertas permanecian cerradas, siempre cerradas, como en la época en que Alejo viera aquel cadáver en el pórtico de la cárcel...

Mercedes se habituó al aislamiento. El se acostumbró a no turbar su encierro. Los triunfos de escuela, i talvez puede decirse, nuevos amores distrajeron el alma del estudiante.

Pasado el tiempo, Alejo miró todo aquello como una novela.

UNA HIJA

ANÉCDOTA DEDICADA A LA DISTINGUIDA SEÑORA DOÑA MARTINA BARROS DE ORREGO.

I

—¡Escelente viaje, hermanas mias! decia un jóven casi niño, a dos hermosas, que estaban sentadas en un salon del Hotel Morin, situado en la plaza principal de Lima, esquina de las Mantas. ¡Escelente viaje! Pocos tendrán, como nosotros, la felicidad de llegar de Liverpool al Callao en cincuenta dias, habiendo atravesado ese portentoso Estrecho de Magallanes, que se abre entre dos cadenas verdinegras, coronadas de blanca nieve.

—¡Calla, Roberto! esclamó una de las hermanas, tambien mui niña, con una cara tan de criolla, que se la habria tomado por una de esas graciosas limeñas de ojos negros i de tez pálida que pueblan las vecindades del Acho, si los suyos no fueran color de cielo, i si sus crespos cabellos no fueran de un rubio apagado, pero claro. ¿Portentoso el Estrecho de Magallanes? continuó, riéndose. No hai nada en el mundo mas oscuro, mas tétrico, mas adusto i viejo, que ese tormentoso estrecho de rocas pardas i negras, de vejetacion raquítica i amarillenta. Se oprime el alma, al recorrer aquel paisaje siempre melancólico.

—Ana, le replicó Roberto, tú no tienes el gusto de lo raro, de lo estraño...

La palabra fué interrumpida por la aparicion de otro jóven de aspecto severo, que decia a unos cargadores: por aquí, muchachos, en ese cuarto del fondo colocad las maletas de las señoritas, i en este otro el equipaje del señor; i despidiendo con su propina a los conductores, el jóven tomó asiento, como fatigado i esclamó.—¡Pero, chicos! ¿Por qué habeis hecho el viaje por el Estrecho, que es el fin i remate de estas Américas? Cuando, tú Roberto, me anunciaste el viaje, supuse que lo harias por el Istmo. Así es que cuando don Sebastian me escribió a Lambayeque que bajarian del Polo, me sorprendí; pero con sorpresa i todo, me embarqué inmediatamente en un vapor que pasaba i he tenido la fortuna de llegar al Callao un dia ántes que vosotros.

—Deseábamos conocer, respondió Roberto, a Montevideo, esa blanca corona del Plata, el Estrecho, Valparaiso, que parece se estendiera agazapándose sobre sus altos cerros, para no caerse al mar, i todos los demas puertos de esta costa, cuyas poblaciones parecen campamentos provisionales. Felizmente partia para estos rumbos un nuevo vapor de la compañía inglesa del Pacífico, i lo aprovechamos. Escelente barco el Nueva Granada, flamante, bien servido, i con un tiempo de mi flor. Mis hermanas han tomado el viaje como un paseo. ¿No es así?

—Ménos en el Estrecho, añadió Ana. Por lo demas, parecia que para darnos gusto se habian hecho el buen tiempo, el mar i el buque. Si no hubiera sido eso, yo me habria muerto de fastidio, ántes de llegar a esta patria tan remota.

—Sí, estamos en nuestra patria, esclamó Roberto. Nada de ella recordaba yo, pero no sé por qué, me parece que ya la conocia. ¿I tú, Luisa, que tienes, tú debes recordar algo de nuestra Lima?

—¡Imposible! murmuró con tristeza la interpelada. Tenia yo tres años, cuando nos llevó papá a Inglaterra. Ana andaba en dos, i tú no habias cumplido seis meses. Ni aun siquiera sé de donde partimos, i solo recuerdo que papá nos referia que el viaje habia sido desastroso, i que llegamos a Liverpool con el buque desmantelado.

—¡Qué diferencia con nuestro viaje de vuelta! Pero, Luisa, te repito que te noto triste. Te estraño, pues no te he visto así en toda la travesía. Al contrario, venias tan alegre, que eras el encanto de todos los compañeros de viaje.

En efecto, estaba pensativa Luisa, que era una jóven de veintitres años, alta, esculturalmente modelada, de proporciones graciosas, de aire noble i un tanto severo, i de un bello rostro, sombreado por una espesa cabellera negra i naturalmente rizada. Su vigor i su tono estatuario revelaban un alma enérjica i levantada.

No respondió a la observacion de Roberto, pero despues de un corto silencio, Ana esclamó con viveza.

—¿Quieres que te diga la causa, Roberto?

—¡Ah! La comprendo, dijo éste. Desde 1830, en que nos fuimos, hasta 1850, en que volvemos a la patria, Luisa se ha hecho inglesa perfecta, i comienza a sentir nostaljia.

—No es eso, muchacho, continuó Ana riéndose, los ingleses no saben sentir nostaljia, porque han nacido viajeros, como los pájaros trasmigrantes. Luisa está triste... ¿Lo digo?...

—Alguna estravagancia. ¡Calla, loca! interrumpió Luisa.

—Mira, continuó la hermana, tú misma me lo has revelado, i lo olvidas. Estás triste porque tienes la aprehension de que Pedro te ha recibido con frialdad, hasta con indiferencia... Eso es todo.

—¿Yo indiferente? esclamó don Pedro de Llorente, que era el jóven que habia recibido a los viajeros. ¡No lo sé! Creo haberlos recibido a los tres con todo cariño. Si no he hablado particularmente contigo, Luisa, durante el viaje del Callao, es porque tenia que conversar con todos. Luego, como venian tantos pasajeros en aquel maldito carro... Por eso no me gustan los trenes yankees, en que se viaja en compañía de todo el mundo...

—Has hecho bien, murmuró Luisa con dulzura. Sin embargo, Pedro, debo decírtelo, ya que se ofrece: he notado en tí no sé que desvio, cierta reserva en tus modos, que me ha dado miedo. No he visto, como lo esperaba, tu alma en tu saludo, i me has tratado con cumplimientos que no usas conmigo i que sientan mal en un novio... Hace solo cuatro meses que nos separamos, i ya...

—No se han cumplido aun los cuatro meses, es verdad, replicó Llorente con cierta gravedad; i es natural que yo recuerde que, al separarnos en Londres, tu padre estaba lleno de vida i de esperanzas. Cuando él dispuso que yo viniera al Perú, a examinar el estado de sus propiedades i a conocer a tu madre, ántes de verificar nuestro enlace, yo no pude imajinarme que habia de morir a los quince dias de mi partida...

Todos quedaron en silencio, i Roberto pensó entre sí que aquella gravedad e indiferencia de Llorente podrian significar un mal estado de los bienes de la familia.

Luisa con sus miradas bajas i como distraida, agregó pausadamente.

—Como papá te dijo que si despues de tu viaje aquí, no insistias en nuestro matrimonio, te dejaba en plena libertad, como si no existiera nuestro compromiso...

I Ana continuó con sorna:

—Temiendo talvez que el señorito encontrara por acá una limeña que le cautivara i que le retrajera de hacerse fabricante de azúcar contigo en Lambayeque...

—Eso no, interrumpió Llorente con indiferencia. ¿Por qué tomar las cosas de ese modo? El señor Greene, vuestro padre, era prudente, previsor, i a fuer de tal hizo aquella salvedad. Pero bien sabia él que Luisa no tiene rival, pues que ni aun tiene pareja, i que yo estaba decidido a darle mi mano...

Entónces bruscamente cortó Roberto las dificultades del momento, pidiéndole a Pedro noticias del estado de los intereses. Este respondió con entusiasmo que todo iba con admirable prosperidad, que el injenio producia cuatrocientas arrobas de azúcar al dia, que la hacienda era la mejor de Lambayeque, que las plantaciones de caña i de arroz no tenian fin i que por último, en el órden i arreglos de aquel gran establecimiento, se notaba a cada paso la habilidad i prevision de su fundador, el padre de su novia.

—¿Viste a mi madre? le preguntó con timidez la hermosa Luisa.

—Mucho que sí, respondió Llorente. Durante diez años despues del viaje de tu padre a Inglaterra, ella fué la directora de todo aquello. Pero la pobre se postró despues, el trabajo la ha inutilizado, no es dueño de sus piernas, i tienen que conducirla en un sillon. ¡Como deseaba doña Rosalia venir conmigo a recibiros! Con que amor recuerda a su Robertito, a tí, a quien, cuenta ella, quiso robarse para que no te llevaran, a Ana, que ya principiaba a hablar cuando la separaron de su regazo. ¡Vamos! Ella tiene mil historias de vuestra niñez.

—¡Pronto la abrazaremos! esclamó con efusion Luisa. ¿No es así? Partiremos para Lambayeque en el vapor que sale dentro de cuatro dias. ¿Recuerdas, Ana, que en la primera carta que mamá nos dirijió decia que habia aprendido a escribir, solamente para podernos decir que nos idolatraba?

Ana respondió:

—¿I por qué no habia aprendido ántes a escribir?

Mas, Roberto como indiferente a la candidez de esta respuesta, volvió a hablar de negocios i preguntó a Llorente por las cuentas de don Sebastian Agüero, el apoderado de su padre. Pedro declaró que eran irreprochables, i que no sabia que admirar mas, si la honradez de aquel buen viejo, que era tan campechano, franco i alegre, o la fiel amistad que habia profesado al señor Greene i a su señora. El ha procedido siempre añadió, de acuerdo con doña Rosalia i hoi mismo lo administra todo con su consejo.

—Es decir, interrumpió Ana, que te haces azucarero, Pedro, puesto que te gusta tanto el injenio, i no renunciarás a Luisa, desde que no le has hallado rival.

En ese momento un sirviente anunció que el almuerzo estaba servido. Luisa se escusó de ir a la mesa i Llorente quedó con ella, diciendo que habia almorzado en el Callao, cuando entraba el Nueva Granada.

La mañana era como muchas del verano de Lima, entoldada, húmeda i sofocante. El ánimo de los dos personajes que permanecian en el salon parecia estar bajo la influencia de aquella pesada atmósfera. Guardaban silencio, sin mirarse, él en pié i pensativo, i ella mirando inciertamente las corrientes de transeuntes que se chocan i entreveran con gran ruido en la confluencia de la calle de las Mantas i la de Mercaderes con la plaza.

II

De improviso Luisa se acerca a Llorente, le toma una mano con cariño i le dice, casi llorando.

—¿Es posible que tan corta ausencia haya puesto a prueba tu amor?...

—No, Luisa mia, contestó Pedro, con aire sincero, no te dejaria de amar, aunque estuviéramos un siglo separados. Tú sabes que hace dos años nos conocimos en Roma, cuando viajabas con tu familia en el continente. Tu belleza me cautivó entónces, i seguí a tu padre en sus viajes, por seguirte a tí. En Londres nuestro amor ya era nuestra vida, i tu padre lo bendijo. Te amo siempre lo mismo.

—¡Sin embargo, has variado tanto! ¿Tienes alguna queja de mí?...

—Ninguna. Eres tan buena, tan sincera, tan fiel, que jamas me creo autorizado a quejarme de tí. ¿Pero sabes? Preferiria que me hubieras dado algun motivo de queja... Talvez no seria hoi tan desgraciado...

—¿Desgraciado?... No te comprendo, replicó la hermosa niña, sorprendida. ¡Tú desgraciado! ¡Tú deseando tener motivo de amarme ménos! Necesitas esplicarte...

Llorente calló, i despues de una pausa, agregó:

—¿Que quieres que te esplique? Soi desgraciado. Bástete saberlo. Tú misma lo eres, pero no me preguntes por qué... Luisa, no debemos amarnos... ¡Nuestra union se ha hecho imposible!

—Te comprendo ménos, Pedro. ¿Hai aquí algun misterio que yo no debo penetrar? Te creia un caballero i jamas esperé de tí una traicion. Sin embargo, ahora me dices que nuestra union es imposible. Amarás a otra...

I diciendo esto, le volvió la espalda con despecho i se dirijió a su dormitorio. Llorente la detuvo cariñosamente i esclamó:

—Nó, mi pobre Luisa, no soi perjuro. No amo; no amo a otra. No me condenes tan sin justicia. A lei de caballero debo hablarte como te hablo; pero no puedo... sí, a lo ménos por ahora, no puedo decírtelo todo...

—¿Qué esperas? ¿Tenerme en martirio un siglo, para llegar a revelarme la causa misteriosa de tu desvío, cuando las dudas, los celos, la desesperacion hayan acabado de destrozar mi corazon? ¿Te parece a tí que por ahora debo conformarme con oirte decir que nuestra union es imposible, sin saber por qué?...

Luisa se echó llorando en un sillon. Llorente quedó meditabundo i despues añadió con calma:

—Tienes razon... Mas espera, Luisa mia, no me condenes todavía.

—¡No condenarte, cuando te veo romper sin piedad nuestro amor!... Dímelo pronto, sí, dime sin vacilar ¿por qué no debemos amarnos? ¿Quién me arrebata tu corazon?...

—Tienes razon... sí, pero yo no sé como hacer. Soi un torpe mas bien que desleal... Espera, Luisa. Habria un medio... En tu mano está. Puedes sin contrariarte, sí, tú puedes...

—Habla por Dios, no trepides. ¿Qué es lo que yo puedo, cuál es ese medio? le interrumpió Luisa con animacion.

—Dime, Luisa, respondió Llorente, estrechándole las dos manos, pero dímelo con calma... Puedes tomarte el tiempo que quieras...

—¿Acabarás? ¿qué cosa te he de decir? ¿por qué vacilas?...

—¿Renunciarias por mí a tu madre? le preguntó Pedro vacilando.

—¿A mi madre? esclamó Luisa, desprendiéndose de sus manos i tomando una actitud trájica. ¡Renunciar a mi madre! ¿Te he oido bien? No te entiendo. ¿Qué me propones?...

—Sí, a tu madre...

—Me asustas, Pedro... ¡Tú no estás en tu juicio! ¡Renunciar a mi eterno anhelo de ventura, a mi madre, a quien amo tanto, con este amor que se ha hecho mas intenso, miéntras mas he pensado en ella; con este amor que se ha convertido en una ilusion, en una fantasía, a medida que mi padre se mostraba mas reservado sobre mi pobre madre!

—Lo sé, pero ha llegado el momento de acabar con esa fantasía... Tu padre tenia razon en esa reserva...

—¿Por qué?... ¿Acabará por fin este misterio?... Sí, lo recuerdo: siempre que interrogaba a mi papá sobre mi madre, acerca de la causa de su larga separacion, jamas me daba esplicaciones satisfactorias... Pero no la acusaba, no la trataba de ingrata, de infiel... la amaba i nos enseñaba a nosotros a amarla... Aun mas. Si su última voluntad fué la de que nos uniéramos a ella, ¿por qué pretendes tú quitármela?... ¡Hai una crueldad inmensa en este misterio! Cuando yo voi a tocar mi tesoro, tú quieres arrebatármelo. ¿Por qué?, dime, ¿porque me pides que te sacrifique mi bello ensueño, mi amor de hija, mi deber de hija?

—¿Sabes por qué?... Porque no puedo volver contigo a mi familia, si tú no renuncias a tu madre. Es casi una condicion de nuestra felicidad futura. Piensa, Luisa, que cuando mi padre me mandó a viajar al continente, no fué para que renunciara a mi patria, que es España, ni para que abandonase a mi familia. Cuando te entregué mi corazon, no fué tampoco para renunciar a mi patria. Tú recuerdas que te lo dije. Cuando tu padre me concedió tu mano, le declaré que te llevaria a vivir conmigo en Madrid, i él me dió su aprobacion. Mis padres tambien bendijeron mi eleccion por eso: te esperan con sus brazos abiertos. Mas no puedo llevarte, si tú no renuncias a tu ilusion. Debes hacerlo por tu propio interes, para asegurar tu porvenir.

—Cada vez te comprendo ménos. ¿Por qué llamas ilusion el deber de una hija? ¿Por qué ha de ser una ilusion el amor de una hija, i no lo seria tu amor por tus padres? La razon: quiero saberla. ¿Por qué una hija ha de tener que renunciar a su madre para asegurar su porvenir? ¿Se ha visto eso alguna vez?... ¿Quién es mi madre? ¿Una mujer indigna, criminal, infame, hasta el estremo de que sus hijos deben renegarla?

—Nada de eso, Luisa. No habrá quien pueda tachar con motivo la conducta de tu madre. Me lo has oido, ella es quien ha dirijido los negocios, duplicando la fortuna de tu padre, hasta imposibilitarse en el trabajo... Pero...

—A tí te conviene que yo renuncie a ella, porque talvez no corresponde a tu cuna, a tus ideas de nobleza... Ahora te comprendo. Sin embargo mi madre es mi madre, i yo seré su hija, aunque sea la hija de una mujer criminal. ¡Yo la rehabilitaria!

—Tu ilusion, que no tu amor filial nos pierde a tí i a mí, Luisa. No te engañes. No puedes amar a una madre que no conoces, i vas a ver, cuando la conozcas, que esa mujer no puede inspirarte amor.

—¿Será talvez deforme, espantosa?... Mayor motivo para amarla... ¿Pero qué te contiene? ¿por qué no dejas ya esas reticencias, i me dices quien es mi madre?...

Esto decia Luisa, juntando las manos en ademan de súplica, cuando Pedro, buscando en su cartera, sacó una fotografia i se la presenta, diciéndole:

—¡Aquí la tienes!...

Luisa, mirándola con avidez, se queda estática i esclama sordamente:

—¡Una negra!...

—Sí, una negra esclava, acentúa Llorente con desden.

Luisa, reponiéndose i levantando el retrato con orgullo, le replica:

¡Es mi madre, caballero... Mi querida madre!...

III

En esos momentos volvian del comedor Roberto i Ana, conduciendo a un jóven de baja estatura, fino de facciones, de ojos negros, hermosos e intelijentes, i vestido con esmerada elegancia.

—Te presento, dijo el primero, dirijiéndose a Luisa, al doctor Agüero, hijo de don Sebastian, que nos le manda a prevenirnos su visita.

Tambien le presentó a Llorente, i el jóven limeño, que habia saludado a Luisa con cierto asombro, impresionado por la hermosura de la hija de la negra, se mostró un poco chocado de la terquedad del español, que estaba sañudo i preocupado.

—Nuestro amigo Agüero, continuó Roberto, que ya lo es, pues basta verle una vez para quererle, nos ha estado dando una idea de la situacion de este pais, que ya tú debes conocer, Pedro. Por lo ménos sabrás que el Presidente de la República es todo un orijinal.

—Sí, tengo el honor de conocer al jeneral Castilla, dijo Llorente, i sé que es un gran carácter, que con sus orijinalidades mantiene en órden esta tierra, i ha convertido a Lima en el refujio de todos sus vecinos.

—Con efecto, agregó el pequeño doctor, hai aquí muchos emigrados granadinos, ecuatorianos, chilenos i arjentinos, como otras veces, i aun ahora, ha habido muchos fujitivos peruanos en las repúblicas vecinas. Pero lo que es el jeneral no tiene buen modo de mantener el órden, porque gobierna con la punta de su bota, como lo hacen a punta de bayoneta en otras partes, i a filo de cuchillo en Buenos Aires.

—A falta de un rei de dinastía, replicó Llorente. Eso es lo que necesitan estas pobres colonias, que creyeron ser mas felices con la república, que bajo el cetro de la España. La prueba es que solo prosperan aquellas que tienen presidentes con talla i voluntades de soberano, como Rosas.

—Error, caballero, si Ud. me lo permite, interrumpió el doctor, tomando una actitud que le hacia aparecer de doble tamaño. ¡Craso error! Precisamente esos presidentes soberanos son los que nos retienen todavía en el réjimen colonial, alejándonos de la república. Si se practicara con sinceridad el gobierno republicano, si los que se apoderan del mando tuvieran amor por esa forma, fundando el poder en el derecho, enseñando al pueblo a practicar el sistema, ya veria Ud. que sus monarquías europeas tendrian que envidiarnos.

—Lo creo, se apresuró a decir Roberto. Mi padre lo repetia siempre que nos llegaban a Londres noticias de las turbulencias americanas. Tienen que aprender, decia, a usar de la libertad, como tienen que aprenderlo los franceses i los españoles; i no lo aprenderán en América miéntras no tengan gobiernos que les hagan olvidar sus tradiciones monárquicas i amar las prácticas democráticas. Pero ello vendrá.

Entre tanto Luisa se retiraba del salon, mirando furtivamente el retrato de su madre, i Ana esclamaba festivamente:

—¡Qué bien hace mi hermana en huir de estas cuestiones políticas! Voi a imitarla, porque nada tengo que hacer con la punta de la bota del jeneral Castilla.

—No hagas tal, la replicaba Roberto, quédate Ana, pues vamos a variar de tema. Yo tambien quiero cortar la conversacion política, porque no tengo las ideas de Pedro, i no quiero reñir con él. Pero Luisa no ha huido de nuestra conversacion política. Huye de la jente. Está mui preocupada.

—Quizá está arrepentida de haber hecho el viaje, dijo sordamente Pedro. ¡Quién sabe si a todos nos va a suceder otro tanto!

—No lo espero, ni lo temo, se apresuró a decir Roberto. Es natural que uno esté desabrido en los primeros momentos de llegar a un pais que no se conoce, aunque sea la patria.

—En efecto, añadió el jóven Agüero, lo desconocido siempre inquieta el ánimo; fuera de que la señorita Luisa quizá echa algo de ménos, sentirá saudades...

—Luisa, acentuó Ana, no puede estar ni arrepentida ni inquieta de haber llegado aquí, pues va a realizar su deseo supremo.

—¿Cuál? preguntó Llorente.

—El de conocer a mi madre, respondió Ana, yo haria dos veces el viaje por conocerla.

—I yo cuatro, añadió Roberto. Es nuestro anhelo, al fin de nuestra larga empresa; i tú verás, Pedro, que es vano tu temor, pues no nos hemos de arrepentir de haber venido a conocer a mi madre, a llevárnosla, para cumplir con la voluntad de mi pobre papá.

—¿Sabes que no comprendo el motivo de ese mandato de tu padre? dijo Llorente con animacion. ¿Por qué mover de su pais a una mujer enferma, anciana, imposibilitada, que jamas podrá acomodarse a vivir en Inglaterra?

—El motivo es claro, esclamó Roberto, puesto que mi padre queria que viviéramos al lado de nuestra madre, para atenderla en su enfermedad, para hacerle llevadera su ancianidad.

—¿I eso, por qué no aquí, en el propio pais de la señora? preguntó Llorente.

—Yo no me conformaria con eso, esclamó Ana.

—Mi padre, dijo Roberto, tuvo siempre deseos de que no viviéramos en el Perú. Talvez temia a los gobiernos de bota fuerte.

—En tal caso, replicó Llorente, bastaria que conocierais a vuestra madre, i volvieseis a residir sin ella en Inglaterra.

Roberto i Ana esclamaron a un tiempo, el primero.—¡Imposible!—la segunda—¡Eso seria lo mejor!

IV

Un sirviente puso fin a aquel diálogo, anunciando a don Sebastian, en un viejito risueño, de movimientos ájiles que entró haciendo gran ruido.

Era él de un color cobrizo que daba tono a una cara espresiva, de ojos vivaces, al traves de los anteojos que descansaban en una nariz aguileña, la cual se encorvaba hácia una boca sin dientes i de pliegues de constante burla. Su espaciosa frente, que se apoyaba en cejas prominentes i pobladas, se ligaba con una lustrosa calva que invadia casi todo su cráneo, bien modelado.

Don Sebastian hablaba alto, con acento español i una pronunciacion perceptible, acentuada, pero abierta como la de los venezolanos.

Roberto se adelantó a abrazarle, llamándole el fiel amigo de su padre.

—¡Hijo mio! esclamó don Sebastian. ¡Ah, tú eres Roberto!, ¿no es verdad? ¡Tú eres Robertito, aquel a quien, hace veinte años, llevé en mis brazos abordo de la fragata Bacon, viejo cascaron que por nada no dió en los abismos con su cargamento, incluso la familia de mi amigo Greene! Esta es Ana, la adivino. ¡Qué linda niña, qué mona! dijo abrazándola, i luego mirando a todos lados, añadió.—¡Pero Luisa! ¿Adónde está Luisa?

Esta salia apresurada en ese instante de su aposento i se echaba en los brazos de don Sebastian, quien, despues de estrecharla, se quedó mirándola, i esclamó:

—¡Pero niña, que bella eres! ¿Sabes que eres mas hermosa que la otra? Haces honor a Lambayeque, donde viste la luz. ¿Mas, me parece que has llorado? ¿Por qué mi linda Luisa, que tienes, dí?

—He estado contrariada, respondió ella. Esperaba hallar aquí a mi madre. ¡Deseo tanto estrecharla a mi corazon!...

—Tienes tiempo, hija mia. Entre tanto, consuélate con tu novio. Tu padre, al recomendarme a este afortunado señor don Pedro, que está de cuerpo presente, me decia que iba a ser tu marido al volver a Inglaterra. Lo que es tu pobre madre, no ha podido venir a esperarte, porque tiene una parálisis, que segun tu futuro, le impidió hacer el viaje, aunque lo mismo da para un paralítico que lo echen a su aposento que en un barco. ¡Tú la recordarás talvez mi bella Luisa!

—No la recordaba ántes de llegar aquí, contestó esta; solo hacia vagas reminiscencias de mi nodriza, i acabo ahora de comprender que la que yo recordaba como en sueños era mi madre, mi querida madre...

—En realidad, ella te crió a sus pechos, dijo el viejo conmovido. ¡Qué hermosa era en aquellos tiempos la buena Rosalia!... ¡Vamos, todo se acaba!...

—¿Mucho tiempo hace, le preguntó Roberto, que usted no la vé?

—¡Toma! Si voi todos los meses al injenio. ¿Por que me ves viejo, crees que no puedo viajar a Lambayeque? ¡Quién no puede viajar desde que los ingleses han traido a estos mundos esa infernal invencion de los vapores! Hoi todo se hace por vapor, i cuando tu veas el que mueve el injenio de azúcar, te has de quedar estupefacto.

—¿Con cuántos esclavos se trabaja la hacienda? interrogó Roberto.

—¿Esclavos, dices?... esclamó don Sebastian, arrugando las narices, señalando sus rojas encias i echando atras los brazos. ¿Qué no sabes que hace diez años, tu madre i yo, con el poder de Greene, emancipamos a mas de quinientos que habia, por escritura pública i demas solemnidades del caso? Ese era el gran deseo de doña Rosalia, i estraño mucho, que tú no conozcas un hecho que levantó aquí una bataola infernal, dando que hablar a todas las gacetas del mundo. I lo mas orijinal es que ninguno de los emancipados salió del injenio. Todos quedaron al lado de tu madre, trabajando como hombres libres, con su salario, con habitaciones cómodas para sus familias, con escuelas, enfermería, tratados en fin como jentes. ¡Viva la libertad! Tú vas ahora a ver ese pueblo de libres.—¡Ah! ¡I como se han chasqueado los que vaticinaban que se iba a arruinar la empresa con la libertad de los esclavos! Justamente desde entónces han llovido las bendiciones de Dios sobre nosotros. ¡Un ingles, como tú, no debe hablar de esclavitud!

Luisa i Ana se habian conmovido, oyendo con sumo interes la relacion de don Sebastian, i esclamaban:

—¡Libres! ¡Todos libres! ¡Bendita sea mi madre! I el alegre anciano, batiendo el brazo en el aire, gritaba:

—¡Libres, como nosotros!

Pero luego, bajando la voz, agregó:

—Aunque en realidad de verdad por acá no lo somos tanto, ¡como los negros del injenio! Que no me oigan los libres de esta tierra!...

—Aunque emancipados, los esclavos nunca dejan de ser tales, dijo secamente Pedro, quien lo habia oido todo, sin participar de la alegría de los demas.

El jóven Agüero se sonrió i con mucha cortesía le replicó:

—Otra rectificacion, señor Llorente, i perdone Ud., que siento mucho no estar de acuerdo con su opinion. No creo que en jeneral el emancipado permanezca siempre esclavo i no pueda rejenerarse. Es indudable que la esclavitud degrada, corrompe, pervierte; pero es porque siendo ella la negacion mas completa de la personalidad humana, deja sin embargo viva la responsabilidad personal. El esclavo que carece de derechos, tiene que respetar los ajenos, i debe cumplir deberes como hombre libre: de modo que es fustigado como bestia de trabajo i se siente horriblemente destrozado como ser moral. Emancípelo Ud., vuélvalo a su equilibrio moral, como hombre de derecho i de responsabilidad, i verá que en la mayor parte de los casos sale de su abyeccion para rejenerarse por el trabajo i la libertad. Esa es la esperiencia.

—¡Déjate de filosofías, gritó don Sebastian, con los amigos de la esclavitud, con los partidarios del despotismo! ¿No han inventado ellos tambien su filosofía para hacernos creer que hai una raza latina que no ha nacido para la vida libre, sino para vejetar bajo el amparo de sus déspotas coronados? Con su pan se lo coman esos nenes que han dado en llamarse raza latina; i como en materia de latines no hai quien tenga tantos como los españoles, dejemos al señor Llorente con su amor a la esclavitud de los negros, quienes por la cuenta deben ser de la misma raza latina. En el poco tiempo que conozco al señor don Pedro, me ha hecho pensar muchas veces que los de su raza son incorrejibles en materia de preocupaciones contra la libertad. ¿No se lo he dicho a Ud. mismo, caballero?...

—Le debo esa, como otras muchas franquezas, señor don Sebastian, respondió Llorente; pero no se equivoque Ud: no soi partidario de la esclavitud, ni sé latin, por mas que pertenezca, como español, a la raza latina. Lo que sí creo es que la esclavitud es a veces una necesidad, un hecho que se impone por la fuerza de las cosas, como aquí en el Perú, en Cuba, en Estados Unidos; i me parece que tal hecho es justificable respecto de los negros, i solo de los negros, que no son de nuestra raza, sino seres imperfectos nacidos para esclavos. I eso es tanto, que aunque se les emancipe, siempre quedan esclavos, porque son negros.

—Parece que no conocieras la historia, le interrumpió Luisa con tristeza. Recuerda un poco que la primera civilizacion de que hai memoria en el mundo, esa gran civilizacion ejipcia que ilustró a los griegos i judíos, que pasó a los romanos, i de todos ellos, a la edad moderna, es la obra de la raza semítica i de los pueblos bérberis. Esos son los negros que tanto desprecias, i la civilizacion de que hoi nos jactamos no nos autoriza para vejarlos en su decadencia, como no nos da tampoco fundamento alguno para esclavizarnos entre nosotros mismos, inventando una raza latina con el fin de justificar lo injustificable.

—Todas esas son historias, Luisa mia, esclamó don Sebastian, i debes saber que la historia, a fuerza de tornizcones, tanto puede servir a los enemigos de la libertad como a los que la defendemos, sin necesidad, puesto que la libertad se defiende por sí misma, sin que la dañen el pro ni el contra. Yo quiero solo hacer una pregunta al señor Llorente, o latino, que es lo mismo. ¿Por qué han de ser los negros mas apropiados a la esclavitud que los blancos?...

—Porque nacieron tiznados! respondió Llorente, i Luisa se retiró aflijida del círculo i sentóse en un ángulo de la sala.

—Luego Ud. i yo, que lo somos un poco... agregó don Sebastian con una cara radiante de risa. Pero, amigo mio, ¿no vé Ud. que por razon análoga los blancos deben ser mas aptos para la esclavitud puesto que nacen desteñidos? Si hai antagonismo entre ambas razas por su color, por su fisonomía, por su civilizacion, i eso le da a Ud. título para esclavizar a los negros, tambien debe confesar que éstos a su turno tendrian igual derecho, por el mismo motivo, para esclavizar a los blancos. Entónces tenian razon los piratas de Túnez i de Arjel cuando cautivaban blancas para sus harenes i blancos para sus servicios. ¡Ah! Si ellos hubieran tenido mas fuerza que los europeos que robaban negros en Africa para venderlos en América, i hubieran hecho otro tanto en España i en Italia, hoi estarian los señores moros i los etiopes servidos por blancos. I yo no sé, querido, que estos no se hubiesen enbrutecido, corrompido i envilecido mas que los negros, despues de trescientos años de cadena. De seguro que Ud. no habia de hallar ahora en su raza blanca eso que puede ver a cada paso en los pobres negros, que despues de diez jeneraciones de esclavitud, conservan siempre, con el vigor i gracia de las formas, aquella profunda bondad del alma que se revela en esa eterna risa que descubre sus dientes de plata i en aquella inocencia con que hablan en alta voz a solas, publicando su pensamiento a todos vientos!...

—Sin embargo, interrumpió Ana, señor don Sebastian, a mí me asustan los negros, me horripilan. ¡No lo puedo remediar, me parecen monos, qué sé yo!...

—No me pasa a mí otro tanto, dijo con cierta reserva Roberto. Mas, aunque nunca he visto un esclavo, se me figura que me he de aflijir si veo alguno. Bendita sea mi madre que me ha libertado de ese dolor!

Don Sebastian los miró alelado, diciendo entre dientes:

—Luego estos no saben que...

Pronto agregó:

—¡Vamos, niños, no exajereis! Estoi cierto de que mi amigo Greene no ha de haberos inspirado tales aprensiones. Por el contrario, ha de haberos enseñado a amar a todos los hombres, como él los amaba, blancos, negros o amarillos, que tambien los hai. Solo inspiran horror los tiranos, sean monarcas, presidentes, o negreros, que lo mismo da. No hai otros monstruos en la humanidad. No hai mas bestias feroces en la sociedad que los que despojan al hombre de sus derechos, sea para gobernarle como a bestia, sea para hacerle esclavo en su provecho. No hai diferencia entre un tirano coronado o con banda i un hacendado negrero. A todos esos es preciso darles con un canto, i no a los pobres que jimen en la esclavitud. Para éstos, la libertad, la enseñanza, a fin de rejenerarlos. Eso hicieron vuestros padres... Mas dejémonos de darnos codillo por cosas de negros. Hablemos de otra cosa. Dime, Roberto, ¿de qué murió mi amigo Greene?

—De una violenta anjina que apénas le dió tiempo para hacer sus disposiciones, dijo éste.

—¿Cómo dispuso de sus bienes?

—Mitad para su esposa, segun la lei del Perú, i mitad para nosotros. Ademas me encargó venir a llevar a mi madre, para establecerla en una propiedad que habia comprado cerca de Dover, i ordenó que se hiciera el matrimonio de Luisa, segun el rito católico, si Pedro persistia en la union, a su vuelta del Perú. Parece que papá quiso que el futuro de su hija conociera a mi madre, ántes de decidirse.

—Era tan prudente, repuso el anciano. ¿Nunca os dijo por qué habia prolongado tantos años su separacion de doña Rosalia?

—Por atender a nuestra educacion, por sus negocios... Pero constantemente proyectaba viaje para venir a llevársela...

—Dime, le preguntó don Sebastian, ¿cómo os hablaba de ella? ¿Tenia su retrato?

—Nos decia que era un modelo de bondad, que nosotros no nos pareciamos a mamá i que él deseaba que fuéramos buenos como ella. Pero no tenia su retrato.—

Luisa, en ese momento, se levantó repentinamente del lejano asiento en que habia permanecido, e interponiéndose entre los interlocutores, presentó a don Sebastian la fotografia que le diera Llorente, i le preguntó:—¿Conoce usted este retrato?

Ana i Roberto se agruparon con suma curiosidad a ver la fotografia, preguntando de quién era, i don Sebastian les contestó con alegre cariño:

—¡Es vuestra madre, hijos mios, la buena Rosalia!...

Ana, desvaneciéndose, esclamó:—¡Una negra!...

Roberto, asustado, gritó:—¡Imposible!

Llorente sostuvo en sus brazos a Ana, i el doctor Agüero estrechó cariñosamente las mano de Roberto.

Hubo un largo silencio.

V

El silencio fué interrumpido por la hermosa Luisa, dando lugar su palabra a la siguiente escena dramática entre los circunstantes:

Luisa. ¡Qué! ¿Os espanta vuestra madre?

D. Sebastian. ¡No lo permita Dios! Un hijo que se asustara de su madre seria un imbécil.

Ana. (Volviendo en sí, risueña.) Pero es una broma, ¿no es verdad?

Roberto (tétrico). ¡Una impostura!

D. Seb. Calma, hijos mios, calma. ¿No veis la resignacion anjelical de vuestra hermana mayor?

Ana (levantándose con resolucion). ¿Pero tengo yo cara de negra, Dios mio? ¿Podemos nosotros descender de una negra? Basta mirarnos.

D. Seb. Sin embargo, no hai nada mas cierto. No sois los primeros blancos que nacen de una negra.

Rob. De todos modos, hai una impostura: esa negra no ha podido ser la esposa de un caballero ingles. Bien puede un hijo ignorar quién fué la querida de su padre.

D. Seb. I seria su deber no averiguarlo. Mas cuando ella es madre i se revela a sus hijos, éstos no pueden negarla, sin cometer un crímen.

Luisa. Mi corazon me dice que esa negra es mi madre. Yo la acepto, yo la amo. No me importa que os asuste.

Rob. Eres una loca, Luisa. Yo necesito pruebas; i aun así...

D. Seb. Tú eres el loco. Pero, hombre, no hai que darse por perdidos, solo porque vuestra madre no os ha trasmitido su color. ¿I si en lugar de heredar la sangre de vuestro padre, hubiese prevalecido en vosotros la naturaleza de su esposa?

Rob. (con calor). ¡No fué su esposa!...

Luisa. ¡Pero es nuestra madre!...

D. Seb. Sí, su esposa i vuestra madre; no lo dudeis. Os sentis contrariados por vuestras falsas ideas, por vuestra vanidad de muchachos, lo diré sin rodeos. ¿Qué mas da? ¿Cuántos blancos hai que descienden de negros, sin alarmarse como vosotros? ¿I qué son una buena parte de los blancos que hacen la gloria de estas Américas, sino descendientes de negros? ¡Vamos, si no sabeis conformaros con lo que os impuso la naturaleza, vuestra será la culpa!

Rob. (con amargura). ¡Nó, nó; la culpa seria de quien nos dió el ser, sin contar con nuestra vergüenza!

Luisa (indignada). ¡Calla, temerario! ¡Es una infamia inculpar a nuestro padre! Un hijo no puede jamas, si no es un infame, juzgar al autor de sus dias! Si una falta es nuestro oríjen, aun mas, si un crímen lo fuera, el que cayó en esa falta, el que cometió ese crímen, es sagrado para nosotros. Un hijo solamente puede, solo debe perdonar i amar al instrumento de Dios, al ajente de la naturaleza que le dió la vida...

D. Seb. (conmovido). ¡Ven ánjel, que te abrace! (La abraza). Tú no haces mas que obedecer una lei de Dios, que tus hermanos pisotean, la que nos manda venerar a nuestros padres. Serás bendecida de Dios i de los hombres... Yo he visto hijos abandonados de sus padres, llorar su abandono, pero sin condenarlos. He visto hijos que no han conocido a sus padres, que no han nacido en una familia, quejarse de la desgracia de no tenerlos para amarlos, pero sin condenar jamas la falta que les dió el ser. He visto hijos de padres desnaturalizados, viciosos, criminales; pero no los he visto condenar, sino defender, disculpar a sus padres desgraciados. Creedlo, nada hai mas natural en el hombre que el honrar a sus padres, sin necesidad de que lo mande el decálogo. Pero lo que no he visto jamas es un hijo que pretenda negar a su madre porque es negra, i que condene a su padre porque le dió tal madre...

Rob. (echándose en los brazos de Llorente). Ya lo has visto, Pedro. ¡Es una negra! Pero, dime: ¿es cierto que fué la esposa de mi padre?

Llo. (con gravedad). Indudable. He visto los documentos que comprueban su matrimonio con la negra esclava.

D. Seb. Calumnia señor Llorente, ¡calumnia impropia de un caballero! Doña Rosalia era ya libre, cuando nació Luisa, este ánjel del cielo. El señor Greene le otorgó su libertad, cuando le dió su corazon i la hizo su esposa ante la Iglesia, porque la consideró digna de ser la madre de sus hijos. Si esa virtuosa negra no hubiera preferido quedarse en el trabajo, para multiplicar la fortuna de su marido, miéntras éste iba a educar a sus hijos en su patria, vosotros, queridos niños, habriais crecido amando a la negra que hoi os repugna.

Rob. (desolado, dirijiéndose a Llorente). Qué vamos a hacer. ¡Dios mio! Tú debes resolver...

Llo. Volvernos a Inglaterra.

Luisa. ¿Sin verla?

Llo. (secamente). Sí.

Ana. Sin verla, sí, inmediatamente.

Rob. Esa es mi resolucion. Nos volvemos.

Luisa (con dignidad). ¡Pero sin mi! Volveos en hora buena, que llevareis la maldicion de Dios i la risa de los hombres... ¿Yo? ¡yo, corro a abrazar a mi madre!

Rob. Eso es imposible. Se disolveria nuestra familia.

Luisa. Se disolverá, si así lo quereis, i Pedro faltará a su compromiso.

Llo. En tal caso, serás tú, Luisa, la que faltas.

Luisa. ¿Por qué no desprecio a mi madre, por obedecer a tus preocupaciones?... Quereis que partamos todos, despues que mi madre sabe que hemos venido a conocerla? No comprendeis que vais a matarla con un desprecio criminal?

Rob. Quédate tú, para consolarla, ya que renuncias a tus hermanos, a tu esposo...

Luisa. ¡Ah! ¡No, sois vosotros los que renunciais a vuestra hermana, los que repudiais a vuestra madre!... ¡Es Pedro el que me abandona!...

D. Seb. Mirad lo que haceis. No tomeis de pronto una resolucion tan grave, una resolucion, permitidme que os lo diga, que os acusa de locura i de algo mas. El señor Llorente es dueño de quedar como un mal negro, faltando a su compromiso; pero tú, Roberto, tú Ana, no sois dueños de renegar de vuestra madre i de vuestra hermana. Ved lo que haceis...

Llo. Luisa rompe nuestro compromiso por obedecer a su capricho. Ha rehusado terminantemente renunciar a su madre. Yo no puedo, no debo unirme a ella, si prefiere quedar al lado de la que quiere reconocer como madre...

D. Seb. Eso es claro: Ud. señor Llorente, no quiere casar con la hija de una negra, puesto que a su entender, su compromiso fué con la hija de una blanca. Pero Roberto i Ana son hijos de una negra, i no tienen derecho de negarla, aunque se hayan creido hijos de una blanca.

Rob. Sin embargo, la negaremos i nos iremos de aquí, sin reconocer a tal madre.

Llo. Sí, nos iremos, i Luisa con nosotros.

Luisa. Perded toda esperanza... Yo no mato a la que me dió el ser, desconociéndola, despreciándola... Volveos a Europa, vosotros, si quereis romper tan cruelmente los vínculos que nos unen, si quereis desobedecer a nuestro padre, ultrajar su memoria... (llorando). Volveos, yo corro a abrazar a mi madre, a consolarla de vuestra ingratitud... ¡Yo lloraré con ella!...

VI

Ocho dias despues, a las dos de la tarde, se encontraban Luisa i el doctor Agüero conversando, en el mismo salon del Hotel Morin en que habia pasado la escena dramática que se acaba de leer.

Luisa estaba sentada al piano, recorriendo con indolencia el teclado, del cual arrancaban sus bellas manos vagas melodías i dulces reminiscencias de los pasajes mas tiernos de Bellini. Agüero estaba en pié a su lado.

Tocando con la derecha el llanto de la Sonámbula, cuando su novio le arranca el anillo, decia Luisa.

—Me complazco en reconocerlo. Es Ud. mui jeneroso. Debo agradecerle el interes que ha tomado en mi defensa.

—Me paga Ud. con usura, la replicaba el doctor. No merece gratitud mi sincera admiracion, mi admiracion entusiasta por la hija que ama i venera a su madre, hasta sacrificar su porvenir a su deber filial. ¿Qué hago yo con aceptar su noble causa? ¿Qué mérito tengo en combatir las absurdas preocupaciones de sus hermanos i de su novio, que la sacrifican en aras de su error, renegando aquellos de la que les dió su ser, desgarrando éste el corazon de su prometida? ¿Qué hago sino ponerme al lado de lo mas justo i noble, obedeciendo a ... mis principios ... a, lo diré claro, obedeciendo a la admiracion, al amor que Ud. me inspira...

Al oir estas palabras, Luisa se levantó con dignidad del piano, i si hubiera mirado a la puerta del salon, que estaba entornada, podria haber descifrado la figura de Llorente, que acababa de llegar, quedándose afuera en acecho de lo que pasaba en lo interior.

—¿Su amor por mí? esclamó ella. No, señor Agüero. Yo no puedo aceptar su amor. ¿Podria yo consentir en que me amase otro hombre que el que posée mi corazon? Permítame Ud. ser franca i pagarle con mi sinceridad su noble desprendimiento.

—¡No soi digno de amarla, hermosa Luisa! murmuró turbado el doctor.

—No es eso, caballero. En todo caso yo seria la indigna de su amor, desde que no puedo ni debo corresponderlo.

—En verdad, volvió a murmurar Agüero, hace apénas una semana que nos conocemos, i no ha tenido Ud. tiempo de comprenderme, ni de estimarme...

—Tampoco es eso, acentuó Luisa, pues yo le conozco a Ud. i le estimo como a un verdadero amigo. Pero Ud. lo sabe, soi la prometida de Pedro, a quien tanto amo...

—Lo sé demasiado i por eso no sé concebir por qué le guarda Ud. fidelidad, despues que él...

—Me ha abandonado, interrumpió la hermosa. ¿Pero soi yo dueño de mi corazon? ¿No le pertenece siempre, a pesar de su desvío? Nunca podré olvidarle, no sabré jamas aborrecerle, i siempre tendré que confesar que le amo, para consolarme...

—Ud, aprenderá, Luisa, a olvidarle i tambien a aborrecerle.

—¡Jamas! ¿Puede una mujer olvidar al hombre que despertó su corazon, que le inspiró su primer amor, sus primeras ilusiones, sus primeras esperanzas?

—¡Puras fantasías de niña! ¡Fantasías que sirven de lenitivo al desden señorita! Su juicio de Ud. triunfará, tiene que triunfar cuando Ud. se convenza de que no puede retener al que despertó su corazon, por que él tiene mas amor, mas fidelidad por su cuna que por su novia... Apelo a su futuro desengaño.

—Apelará Ud. en vano. Ya tengo el desengaño en el alma, pues el abandono que hace de mí el que debió ser mi esposo me ofende de veras: i tanto, que no estaria en mi dignidad de hija de una pobre negra el no conformarme con él, sin réplica. ¿Cree Ud. que yo podré jamas rogar al que me abandona, al que rompe sus compromisos tan solo porque descubre que es hija de una negra la que ántes llamaba su ídolo?...

—Eso seria indigno de Ud., i por lo mismo comprendo ménos la sinceridad de sus protestas de amarle siempre.

—Son sinceras porque ni sé vengarme, ni tampoco sé cómo despedazar mi corazon para arrancarle un amor que lo ocupa todo entero. Cierto es que hai ofensas que no tienen otra reparacion que la muerte. ¿Pero puedo yo tener un corazon de Otelo? ¡Ah! ¡Será mi propia muerte la que me vengue, poniendo término a un amor que no sé cómo dominar!...

—¡He ahí el despecho, noble Luisa! No lo dude Ud. Eso acabará cuando Ud. se calme, cuando reflexione con serenidad, que no la ha amado el hombre que conquistó su corazon, puesto que sus preocupaciones de familia son mas fuertes en su espíritu que el amor que le juró a Ud., i mas sagradas que su juramento. Entónces, cuando ese desengaño que hoi la atormenta aclare su mente, Ud. me hallará a mí siempre amándola con toda mi alma. Espero. El verdadero amor tiene paciencia.

Luisa lloraba, i entre sollozos esclamó:

—No hablo por despecho. Acepto mi desengaño i no conservo esperanza alguna. Mi espíritu está sereno, cuando le digo a Ud. que solo acabará mi amor con la muerte. Tengo la conviccion de que no dejaré de amar nunca al hombre que es indigno de mi amor... ¿Qué no sabe Ud. que hai amores indelebles, que hai amores que no pueden desecharse, ni apagarse jamas?... ¡Bien lo sabia yo cuando me resolví a sacrificarme, por mi deber, a mi desgraciada madre!...

La voz de Luisa se apagó entre lágrimas, al oirse en los pasadizos la de don Sebastian que altercaba con álguien, i en ese momento penetró Llorente en el salon, seguido mui de cerca por el bullicioso anciano.

VII

Llorente se adelantó al sillon en que Luisa reposaba, i tomándole con cariño la mano, le preguntó por qué lloraba, llamándola Luisa querida.

—¡Ah!... No lo sé, respondió ella, levantando sobre él su lánguida mirada, todavía velada por el lloro; i luego agregó:—Hablábamos con este caballero sobre mi situacion, sobre nuestra situacion, Pedro...

Llorente estaba perturbado. No respondió, i tomó asiento al lado de Luisa. Entre tanto don Sebastian habia entrado haciendo esclamaciones de contento, al hallar a su hijo, a quien decia estaba buscando una hora hacia en toda la ciudad; i luego, dirijiéndose a la hermosa niña, esclamó:

—¡Qué tal, Luisita! Siempre llorando ¿eh? Ud. señor don Pedro parece que está algo atufado!...

—No hai de qué estar contentos, señor don Sebastian, replicó Llorente; i miéntras don Sebastian retiraba de un brazo a su hijo hácia un estremo del salon, se puso a conversar en voz baja con Luisa.

Padre e hijo hablaron con animacion i en secreto, sin que se dejase de percibir que el anciano decia que esos niños habian dispuesto su viaje a Europa para el dia siguiente, en el vapor ingles que debia salir para Panamá; i ordenaba al hijo salir para el Callao inmediamente.

—¿Con qué objeto? dijo éste.

I don Sebastian le contestó al oido:

—Temo que en el Paquete del Norte, que llega esta tarde, venga doña Rosalia, i si se nos presenta aquí de improviso, arde Troya, i lo echamos todo a perder. Ana i Roberto, aconsejados por el español, están resueltos a desconocerla, i serán capaces de matarla con su desprecio. El fanatismo de la nobleza es como el de la relijion: mata en honra i gloria de su dios, i se lava las manos. Es necesario evitar un desastre.

El doctor preguntó a su padre por qué creia que podia llegar doña Rosalia; i éste cruzando los brazos por detras, i echándole su calva frente sobre el rostro, a punto de hacerle dar un paso atras, le dijo:

—Pues es claro. ¿Qué no sabes que la señora queria venirse con Llorente? que éste se negó a traerla, hasta fastidiarla? Ella me lo dice en su carta, e insistiendo en que quiere venir, cree poder tomar el próximo vapor, el que llega hoi. ¿Entiendes? ¿Una mujer acostumbrada a mandar en jefe, aunque sea una negra, cesgar en sus determinaciones? ¡No seas nene!

—I qué debo de hacer, dijo el doctor humildemente.

—Traerla a casa con todo sijilo, respondió el viejo, para que no se presente a sus hijos sino en el momento en que yo lo determine. Si Ana i Roberto llegaran a saber que su madre está en Lima, alcanzarian al sublime de su locura. ¡Qué se vayan con cuatro lejiones de diablos, como réprobos que son; pero que no se salgan con la suya de despreciar a la madre que los parió i que los adora!...

Don Sebastian se enjugó una lágrima, i el doctor le dijo:

—Ordene Ud., padre mio; ¿qué debo hacer? El tiempo urje, pues el tren para el Callao está al partir.

El padre tomó al hijo con violencia del brazo i partió con él.

Al salir, Llorente esclamó:

—Diga Ud. don Sebastian, ¿volverá pronto? Tenemos algo que hablar para el arreglo de los poderes que debemos dejarle i demas cosas de nuestra partida.

Don Sebastian, sin volver la cara, replicó:

—Luego. Volveré en el acto para ponerme a sus órdenes.

VIII

Llorente, volviéndose a Luisa, le dijo con tristeza.

—Ya le corresponderás; te lo repito. Ya comenzarás a amar, si no amas ahora mismo a ese ardiente limeño.

—Puede ser, replicó Luisa, sonriendo dulcemente. ¿No dicen que muchas veces del trato nace el amor?

—Cuando no es de primera vista, esclamó Llorente; pero tú no necesitas criar tu amor por él, ya lo tienes en el corazon.

—Tanto mejor para tí, Pedro, así te considerarás disculpado en tu infidelidad...

—Pero no estaré libre de celos, murmuró Llorente, i Luisa continuó:

—Eres mui afortunado. Me retiras súbitamente tu amor i tu promesa, porque descubres que mi madre no es blanca; abandonas como indigna de tu alcurnia a la hija de la negra, que amaste miéntras la suponias señora; i al momento hallas quien te reemplaze, como para dejarte libre hasta de remordimientos... ¿Que mas podias desear?

—Eso es falso, decia hablando para sí Llorente. No hai quien me reemplaze en tu corazon, i sin embargo los celos me devoran... I dirijiéndose a su interlocutora le dijo con firmeza:—Nó, Luisa, no soi yo quien te abandona. Tú eres la que...

—Concluye, esclamó ella, concluye. Yo soi la que por no despreciar a su desgraciada madre te abandona a tí... ¿No es esto lo que quieres decir?

—Tú lo dices...

—¡Lo digo i tambien lo hago, porque no quiero matar de dolor a la que me dió el sér, no quiero abandonarla, en homenaje a una preocupacion que en tu alma tiene mas fuerza que el amor que me juraste! Nó, jamas sacrificaré mis deberes filiales a mi felicidad contigo, si para ser feliz debo sacrificar a mi madre en aras de tu ciego error. ¿Cómo podria yo salvarme de mi arrepentimiento el dia que tu amor decline? ¿Mi deber de hija tendrá que desaparecer ante tu capricho?

—No se trata de sacrificar un deber. Te alucinas.

—¿No tiene una hija el deber de amar i de honrar a su madre?...

—A una madre digna de tí, digna de mí, sí. A una negra que no conoces, a quien no has visto jamas, i que no ha podido inspirarte amor, ¡nó! ¡nó!

—De manera, esclamó Luisa indignada, que a tu juicio una negra no tiene el derecho de ser madre; i si lo es, no tiene derecho a que sus hijos la honrasen, cuando son blancos, a que la reconozcan como tal, aunque hayan vivido, como yo, con la ilusion de poseer una madre, adorándola en la ausencia... ¡I tú te llamas civilizado, i haces alarde de ser cristiano católico, de ser caballero, hombre de honor!... ¿Cómo conciliar todo eso con tu desprecio por la madre de tu prometida; con el abandono que haces de mí, quitándome a mis hermanos, porque no desconozco a mi madre, porque no la humillo para darte gusto, porque no la mato de pesar para probarte mi amor...

—Basta, dijo secamente el español, basta ya... Yo no falto a mi honor.

—Sin embargo de que faltas a tu compromiso, exi jiéndome como condicion para cumplirlo que yo sofoque en mi corazon el amor que me liga a mi madre, ese amor entretenido i fortificado por el constante anhelo de conocerla, ese amor que renacerá mas ardiente cuando el tuyo se resfrie, i que me mostrará en toda su deformidad la culpa que cometeria si obedeciera a tu capricho. ¡Oh, tú nunca me has amado! Tú no eres digno de que yo te ame!...

Llorente le tomó con efusion las dos manos, diciéndole:—Cálmate, Luisa, reflexionemos como amigos, como dos esposos que se aman. No digas que soi indigno de tu amor, que siempre ha llenado mi alma. No he dejado de adorarte. Pero piensa, mi Luisa, que no basta que tengas razon en lo que me dices. Advierte que tambien es necesario pensar como piensa la sociedad en que vivimos, respetar sus conveniencias i sus costumbres, someternos a lo que prescribe esa civilizacion que invocas... Me tengo por caballero, i precisamente por eso es que procedo del modo que tú repruebas.

—Luego uno u otro estamos equivocados, replicó Luisa con cariño. Veamos si soi yo, Pedro, ya que no pienso cómo piensa la sociedad. Si desconozco a mi madre, porque es una negra, si huyo de ella, despreciándola, como mis hermanos, ¿la sociedad aplaudirá, la civilizacion aprobará, crees tú?...

—No terjiverses, le interrumpió Llorente. La sociedad i la civilizacion reprobarian al hijo que tal hiciera con su madre. Pero la alta sociedad rechaza de su seno al que se confiesa hijo de un negro, sin ocultar su oríjen, pudiendo hacerlo.

—¿Entónces será preciso engañar a la sociedad, será necesario hacerle creer que una no es hija de la que le dió la vida? interrogó Luisa.

—I con tanta mas razon, querida mia, cuanto que tú no has conocido jamas a la que te dió el sér, i puedes con toda facilidad volver a Europa sin reconocerla, para que la alta sociedad en que hemos de vivir no conozca tu desventurado oríjen.

—¡Oh! esclamó Luisa, tú hallas lícito ese proceder que despedazaria mi corazon i me sumiria en un remordimiento eterno! Hallas conforme a la moral, a la civilizacion que yo mate a mi madre con mi desprecio, para que la sociedad no sepa de quien soi hija. Luego, segun tu moral, se puede cometer un crímen, con tal, que se salven los apariencias, se puede llevar el alma manchada i torturada, para gozar de las consideraciones de esa alta sociedad, para procurarse en ella un puesto de prestado, que se perderá el dia en que se descubra el secreto... Si eso es la moral, si eso es la civilizacion de la alta sociedad en que vamos a vivir, dime, ¿no podrá tambien una esposa deshonrar a su marido, cuidando de que éste ni la sociedad lo sepan?... ¿No será lícito pisotear todos nuestros deberes, ultrajar todas las leyes de Dios i de los hombres, con tal que la alta sociedad lo ignore, aunque sea por algun tiempo? ¿Qué tal, Pedro querido? ¿Te parece que mi padre aprobaria estas doctrinas, él, que siempre nos dió el ejemplo i la enseñanza de la probidad?...

Llorente despues de dar un paseo por la sala, como para despejar su turbacion, le contestó:

—No arguyas, Luisa. Reflexionemos con tranquilidad. El hecho es el hecho. Puede no tener razon la sociedad, pero su desprecio, es desprecio, i yo no me siento capaz de arrostrarlo... Quiero vivir en el centro en que nací, i quiero vivir contigo por que te amo, por que sin tí no quiero la vida, Tú lo sabes, mi eleccion de la mujer que ha de ser la compañera de mi vida es la obra de mi corazon, i fué tambien aprobada por tu padre, que me consideró digno de tí. Imitemos a tu padre: el no reveló jamas el oríjen de sus hijos...

—Te engañas, Pedro. Mi padre confesó siempre a su esposa, nos la presentó siempre como madre, i al morir, nos ha ordenado juntarnos a ella, reconocerla a nuestro lado.

—Pero jamas os dijo que era una negra, porque ese era su propio martirio. El era justo i prudente.

—I tú quieres ahora que esa espiacion del padre continue atormentando a la hija, que quiere salvarse de semejante martirio, prefiriendo tener la satisfaccion de reconocer a la negra como madre, para no tener que ocultar su oríjen.

—Precisamente, dijo Llorente con cariño, es eso lo que no quiero. No reconociendo tú a Rosalia como tu madre, te salvarás del martirio de tu padre i no harás sufrir a tus hijos. Reconociéndola, publicando tu oríjen, condenas a tus hijos a la vergüenza de ser rechazados de la sociedad en que debemos vivir. Un hombre bien nacido que cautivase el corazon de una hija tuya, la repudiaria como esposa, al saber que descendia de una negra, i causaria la desgracia de toda su vida.

—Haria lo que tú conmigo. ¿No es eso? Mas si yo tuviera una hija, le inspiraria ideas exactas de moral i de honor, como las que me inspiró mi padre; i con la esperiencia que tú me das hoi, la enseñaría a huir de los hombres que fundan el honor en la limpieza de su sangre. ¿No llaman así la raza sin cruzas? No haria yo de una hija mia la esclava de esa sociedad en que los hombres que se creen nobles o simplemente hidalgos, como tú, se suponen autorizados para no ser honrados, para terjiversar la moral, para faltar a las leyes del honor, causando la desgracia de una pobre niña, que no quiere mancharse, a los ojos de Dios i de su propia conciencia, con el crímen de despreciar a su madre, por finjir que su sangre es limpia. Mi padre fué tambien de noble cuna en Inglaterra, i no vaciló en dar su mano a la negra que le entregó su corazon i su pureza, ni en enseñar a sus hijos a que amaran a la negra que es su madre. Tú, Pedro, que no eres capaz de sacrificarme tu preocupacion, me exijes que te sacrifique a mi madre, porque no hallas digna de tu mano a la hija de una negra...

—Soi capaz de sacrificarte mi vida, Luisa mia...

—Mas no tu preocupacion, le interrumpió la hermosa jóven. Si, tu preocupacion infundada, porque tú no tienes títulos de nobleza; solo tienes una simple vanidad.

—Tengo que respetar el medio en que nací, las ideas de mi centro social, que son las de una familia de hidalgos.

—En hora buena, Pedro, sigue esas ideas i déjame a mi seguir mi deber, si eso puede mas en tu corazon que tu amor, que tus juramentos. Haces bien, perfectamente bien. Si no puedes vivir como mi esposo aquí, en mi patria o en Inglaterra, donde tu carácter te daria una posicion como la que tienes en España por lo ménos, te absuelvo de tu compromiso. No quiero tu amor.

—Pero, Luisa, sé racional. Recuerda que tengo que volver al seno de mi familia...

—Allí no puedo yo vivir contigo, sino a condicion de renegar a mi madre. Solo con esta condicion me crees racional... No, mil veces nó. Vuelve tú a tu patria. Yo no puedo seguirte a donde mis cualidades personales no me salvarian del desprecio, que agoviaria a la hija de una negra, que tambien tiene su honor, que tambien crée en la probidad...

Dijo esto Luisa anegada en lágrimas i salió del salon, a la vez que entraban hablando en alta voz don Sebastian i Roberto.

IX

Don Sebastian, que habia oido las últimas palabras de Luisa, entró refunfuñando estas frases.

—Sí, la hija de una negra que tambien tiene su honor, i que por su admirable buen juicio es mas señora que muchas de sangre azul que yo conozco, i que usted tambien conocerá, señor Llorente. ¡Esto se vé siempre que los blancos o trigueños tienen alma de cántaro! No lo digo por ustedes, nada de eso, mis amigos, porque espero que al fin me probarán que son blancos, no haciendo cosas de negros...

—De eso se trata, interrumpió Llorente.

—Lo veremos, agregó Roberto. ¿Pero sabes, Pedro, que tropezamos con un millon de dificultades para arreglar nuestro viaje?

—No sé cuales, dijo Pedro, que se mostraba preocupado i sin tomar interes en la conversacion.

—Oye, dijo Roberto: el notario o alguacil a quien fuimos a ver me declaró, mirándome de alto abajo, que yo no podia dar poder a don Sebastian, ni a nadie, por ser menor de edad; i que siendo albacea de mi padre doña Rosalia, necesitaba yo presentarme al juez, para que me diera un curador. Lo mismo dijo de Ana i nos despidió para que viésemos a un abogado que nos dirijiera en la larga tramitacion que se necesita. Esto nos impediria partir en el vapor de mañana.

Llorente observó con indiferencia que habria que hacer lo que exijia el escribano.

—O no, replicó Roberto. Tú puedes dejar el poder, como marido de Luisa. Ana i yo arreglaremos nuestra representacion en Londres.

—¿Olvidas que no soi todavía el marido de Luisa? preguntó Llorente.

—Puedes serlo hoi mismo, dijo el jóven.

—Eso supondria que Luisa consiente en casarse i en irse, sin ver a su madre, agregó don Sebastian.

Hubo un largo silencio, que interrumpió Roberto, preguntando a Pedro.

—¿Qué dice Luisa? ¿Se va con nosotros?

—Luisa es inexorable, murmuró aquel. No puedo persuadirla. Antes bien...

—¿Te ha persuadido a tí? interrogó Roberto. De modo que no hai quien tenga autoridad sobre esa caprichosa. Ella ha de hacer su voluntad.

—¡Pues es claro! gritó don Sebastian. ¿Quién tiene autoridad para obligar a una hija a que reniegue a su madre?

—Su novio, su esposo, contestó Roberto. El que puede conducirla al altar en el acto, señor don Sebastian.

—Tampoco, niño atolondrado, acentuó el viejo. El poder de un marido no llega a tanto. El de un amante, talvez... Pero a Luisa, no sé que nadie pueda hacerla cometer un disparate, ni aun el jeneral Castilla. Me imajino que no ha de haber sobre la tierra quien pueda conseguir que una muchacha que no es torpe se someta a semejante exijencia. ¿Verdad, amigo Llorente?...

—I mui amarga, dijo éste, con desesperacion. Yo he agotado mis recursos. No sé mas... He puesto a prueba su amor con mi indiferencia, con mi terquedad. He hablado a su corazon, que me pertenece. Le he demostrado nuestro interes, nuestra conveniencia recíproca en el porvenir. Nada... No puedo dominar su alta intelijencia ni su altivo corazon. Sus ideas, sus convicciones, hijas de una educacion especial, son inquebrantables...

—Pero no habrán triunfado de tí, lo espero, interrumpió Roberto. Dejémosla con su madre, que abandone a su novio i sus hermanos, que falte a su compromiso, no importa. Tú puedes cumplir con mi padre...

—No sé como, dijo secamente don Pedro.

—Casándote con Ana, que tambien te ama.

—¡Saltó la liebre¡, esclamó don Sebastian. Sí, es cuestion de quedar siempre en la familia, no importa el cómo. No se trata de casar con Luisa por amor, i tú supones, Roberto, que para el caballero de Llorente es lo mismo la una que la otra. ¿Tiene el señor algo del leon, que espresa con la misma cara i el mismo visaje tanto la rabia como el contento?...

Llorente sintió bochornos en su cara, i visiblemente turbado, dijo sin mirar a nadie.

—Amo a Luisa i no podré vivir sin ella. La amo mucho mas ahora, que la estimo mas, ahora que la admiro, i que he aprendido a venerar su virtud...

Roberto se indignó i preguntóle con violencia.

—¿Ya te has resuelto a obedecer su capricho, a quedarte con ella?...

—No lo sé, contestó el otro.

—¡Perdon! le dijo don Sebastian, estrechándole la mano, perdon, amigo. Reconozco al hombre de corazon, respeto al caballero.

—Soi digno de su amistad, don Sebastian; i tú Roberto, no debes precipitarte: tenemos tiempo para resolver lo que mas convenga.

—Veo, dijo éste, que cambias de modo de ver en tus cosas, i con mucha prontitud. Esta mañana considerabas urjente nuestra partida, porque temias que llegara la mujer de mi padre...

—Tu madre, dirás, le interrumpió don Sebastian.

—No temia eso, agregó Llorente. Tenia esperanza de reducir a Luisa hoi mismo, para partir mañana.

—¿I lo esperas todavía? interrogó Roberto.

—Talvez. Hai situaciones que exijen calma, i nosotros nos encontramos en la necesidad de tenerla.

X

En ese momento entraba al salon el doctor Agüero, i a la vez Roberto se echaba como desesperado en un sillon, ocultando su rostro en sus dos manos. Llorente dió un lento paseo con su cabeza inclinada, sin fijarse en el doctor, que hablaba en voz baja con su padre. Este con la cabeza hácia atras, arrugando las narices i señalando los dientes, decia a su hijo, a medida que le hablaba.

—¡Bien! Te has portado mui bien; ¡perfectamente!...

Llorente, volviéndose a Roberto, esclamó: Pero hai un medio, que puede aprovecharnos maravillosamente; un arbitrio en el cual no habíamos pensado.

I ámbos comenzaron a hablar en secreto. Entre tanto don Sebastian decia a media voz.

—Todo va bien. Estos están llenos de dificultades para su viaje, i sospecho que el español se quedará al fin con Ana. Lo que es a Luisa, no la pescas.

—Ana no es como Luisa, balbuceó el jóven Agüero.

A lo cual el padre contestó, encojiéndose de hombros.—Si no te gusta la rubia, no seré yo quien te haga fuerza.—I dirijiendo la palabra al español, le preguntó de que plan hablaba. Este decia a la sazon:

—No te equivoques, Roberto: tu hermana tiene ese bello ideal i no renunciará a realizarlo. Quiere conocer a su madre, i yo como su esposo no puedo contrariar su voluntad, que es justa. Démosle gusto, para que se desengañe ... i agregó contestando a don Sebastian con otra pregunta.

—¿No es verdad que usted se prestaria para acompañar a Luisa a ver a su madre? Porque yo decia ahora a Roberto que en estas circunstancias nos conviene complacer a Luisa, haciéndola ir a Lambayeque para que conozca a doña Rosalia. Despues que haya satisfecho su anhelo, volverá mas tranquila, i probablemente desengañada de sus ilusiones... En tal caso podremos verificar nuestro matrimonio, i Luisa no se resistirá a seguimos a Inglaterra.

—Bien pensado, dijo don Sebastian. El plan es racional i si lo aprueba Roberto, yo estoi dispuesto a acompañar a Luisa en el vapor que partirá mañana, i que debia llevarlos a ustedes a Panamá.

—Entre tanto, añadió Llorente, tu podrás Roberto, arreglar aquí tu representacion. El señor Agüero, que es abogado, tendrá la bondad de decirnos qué se ha de hacer para obtener que el juez te nombre un curador.

—Poca cosa, dijo el doctor. Bastaria presentar las partidas de bautismo i una constancia de la muerte del señor Greene.

—Basta entónces presentar el testamento, en el cual consta nuestra edad, i ademas lleva, en las dilijencias de comprobacion, la fé de muerte, esclamó Roberto.

—En hora buena, agregó el doctor, presentaremos el testamento del señor Greene, i con él probaremos ademas que los tres son hijos de doña Rosalia.

—¡Caspita! gritó Roberto. En tal caso buscaremos las partidas de bautismo i guardaremos el testamento.

—I como de esas partidas de bautismo, dijo riendo a carcajadas don Sebastian, ha de constar lo mismo, te luces, querido. ¿A dónde irás, pobre cabezudo, que no te encuentres con documentos que prueben que eres hijo de la madre que repudias?...

—En tal caso me iré sin dejar representante.

—Sin embargo, observó el doctor, hai todavía otros medios...

—No seria Ud. abogado si le faltaran medios, esclamó con cortesía Llorente.

El doctor continuó:

—Se puede ofrecer una informacion de testigos que den fé de la menor edad de Ud. i de Ana, de la muerte del padre, i de que ámbos no tienen madre conocida.

—Perfectamente, esclamó don Sebastian, i Roberto repitió la palabra. Pero aquel agregó:

—I como del testamento resulta que Luisa es hija de la esposa de Greene, a la cual reconoce, ama i venera la muchacha, probando con buenos testigos que Roberto i Ana no tienen madre conocida, por que no son hijos de la esposa de su padre, tendremos que mi escelente amigo Llorente, como marido de la hija lejítima, se saca la lotería, es decir, arrastra con un milloncejo algo largo de pesos, i los deja a ustedes tocando tabletas. ¡Bravo! ¡Justo castigo de la imbecilidad!

Roberto dió varios pasos atras, como asustado, i abriendo los ojos preguntó:

—¿De qué nos sirve entónces dejar aquí un curador?

Don Sebastian respondió:

—Pues es claro! Para darte el placer de comprobar que tú i Ana no son hijos de su madre. ¿No es esa tu aspiracion? Pues realízala a costa de tu fortuna. Reniega a tu madre, que mas te vale ser hijo adúltero que serlo de una negra, la cual sin embargo es mas digna de respeto que tú, i mas señora que la gorra de Pilatos!

—Esto es grave, dijo Llorente. Hablemos seriamente, i llamemos a Luisa, debemos oir su parecer.

—Entren ustedes, señoritas, esclamó don Sebastian. Ya lo han escuchado todo desde la puerta. Venga Anita i díganos si quiere lo que su buen hermano Roberto quiere para sí.

Ambas niñas entraron, Luisa con aire severo i resuelto, Ana cabizbaja i sonriendo de despecho. Aquella dirijiéndose a Llorente, desde su entrada, decia con firmeza:

—Mi parecer, lo conoces tú. Mi resolucion está to mada, nadie la desconoce. Pero tú que aconsejas a mis hermanos, deberias resolver las dificultades en que los colocas... Con todo, se deberia tener en cuenta, i ustedes me permitirán decirlo bien alto, que si hai en esta familia, en el momento presente, una cabeza, no es mi hermano menor, ni mucho ménos Anita, que no sabe lo que hace...

—¡Bien dicho! interrumpió don Sebastian. Hace tiempo que debieras, Luisa, haber reclamado tu puesto. ¡Tú tienes el deber i el derecho de dirijir a tus hermanos!

—No lo hacia, acentuó aquella, porque Pedro tenia la direccion. Pero hoi es otra cosa. El me abandona, deja de ser mi novio, i yo le absuelvo de sus compromisos. Hoi no es sino el amigo, que podria aconsejarnos bien a todos, pero no dirijir a mis hermanos.

Todos quedaron en silencio, como sobrecojidos por la actitud de Luisa. Llorente reclinó su cabeza sobre la mano izquierda, mirando al suelo.

Pero Roberto, que se balanceaba, como dudando rompió el silencio con cierta altanería, i el diálogo continuó precipitado i ardiente, mas o ménos en esta forma:

XI

Roberto. Tambien mi partido está tomado. Me vuelvo a Inglaterra con Pedro, sin dejar representacion, que Luisa haga lo que quiera, ya que es libre.

Ana. Yo te sigo, Roberto. No me quedo con Luisa, si ella quiere tener una madre que no puede ser la mia...

D. Seb. Pero reflexionad que vosotros no sois dueños de hacer vuestra voluntad, i que no debeis seguir al señor Llorente, quien no es ya nada para vosotros, i que mañana u otro dia puede dejaros para siempre.

Rob. (insistiendo). Mas es nuestro amigo, i no nos abandonará...

D. Seb. I entre tanto vosotros abandonais a vuestra hermana, renegais a vuestra madre, por un amigo. ¿No ves, Roberto, que esto es sencillamente un absurdo?

Luisa. Es sencillamente el capricho de un niño, que no sabe lo que dice. Tú, Roberto, no puedes resolver, tú no puedes disponer de tu persona, ni hai amigo alguno que pueda separarte de mí; ni a tí, ni a Ana. Desconocereis a mi madre si quereis, pero estareis a mi lado, porque tengo la responsabilidad de vuestro cuidado.

Llor. No vamos tan allá. Si todo estaba ya arreglado, ¿por qué ir a tales estremos? ¿Por qué entrar en estas disputas de autoridad? Dime, Luisa, ¿consientes en ir con don Sebastian a abrazar a tu madre, a pedirle que bendiga nuestra union, para volver despues a Lima, donde celebraremos nuestro matrimonio?

Luisa. Pregunta escusada, desde que reanudas nuestro compromiso, consintiendo en que yo reconozca a mi madre. Mas quisiera saber si persistes aun en ponerme condiciones para despues de nuestro matrimonio...

Llor. Satisfecho tu deseo, nos volveremos a Europa, i tú no volverás a ver tu madre, eso es todo.

(D. Sebastian sale, sin ser visto.)

Luisa (con superioridad). ¿De ese modo piensas conciliar mis deberes de hija con los de esposa, i con el capricho de mis hermanos? Nos iremos, ellos renegando de su madre, sin reconocerla; i yo abandonándola en su enfermiza ancianidad, ¿no es eso? ¿Crées digna de tu esposa semejante conducta?

Llor. (vacilando) No pretendo imponerte nada que sea indigno... Si quieres quedar al lado de tu madre... Si no quieres seguir a tu marido... Pero dejemos eso para meditarlo despues. Vé i entre tanto deliberaremos...

Ague. (aparte) ¿A donde habrá ido mi padre?... ¿Creerá llegado el momento?

Rob. (a Ana). Veo que Pedro quiere abandonarnos, hermana mia. ¿Qué vamos a hacer?...

Ana. No sé, sino que me espanta la idea de confesarme hija de una negra.

Llor. No tienes, Roberto, por qué decir eso: yo no te abandono. Cumplo con tu padre, al resolverme a tomar a Luisa como mi mujer. Yo no puedo iniciar con un choque brutal mi matrimonio con ese ánjel, que amo tanto, que admiro...

(Luisa se enjuga las lágrimas.)

Ague. (aparte a Luisa). Reciba, Luisa, mis sinceras felicitaciones por el triunfo de su virtud. Aplaudo su union i me conformo con ser el mas respetuoso de sus amigos...

(Luisa le estrecha la mano.)

Rob. ¿Sabes que no te entiendo, Pedro? Estás resuelto a complacer a Luisa, que quiere lo que nosotros no queremos; i sin embargo aseguras que no nos abandonas... El resultado será que tú i ella tendrán una madre que nosotros no podemos tener, i que Ana i yo quedaremos solos...

Llor. Siempre tendrán tú i Ana una madre en Luisa, i en mí a vuestro padre. No quedareis solos, ni os haremos violencia para que acepteis una madre que repudiais... Esta ignorará siempre vuestro proceder, i es necesario que lo ignore para no morir de dolor...

Ana. Mas creo que no podremos permanecer aquí, ni estar al lado de Luisa, sin reconocerla... ¡Qué haremos; Dios mio!...

Rob. Sí... ¡qué haremos! Dílo tú, Pedro, tú que ya eres el jefe de nuestra familia...

D. Seb. (volviendo, i desde la puerta del fondo). ¡No es cierto, querido, no lo es!... Aquí no hai otro jefe de vuestra familia que la señora doña Rosalia, que está presente... Luisa, abraza a tu madre...

(Sorpresa jeneral.—Dos sirvientes introducen a Rosalia, vestida de negro i con un velo espeso que le cubre el rostro, sentada en un sillon, que colocan en la penumbra de la lámpara.)

Luisa (precipitándose a abrazar a Rosalia, cae de rodillas a sus piés). ¡Madre, madre mia!...

D.ª Ros. ¡Mi Luisa!...

Llor. (que ha seguido a Luisa, colocándose al lado del sillon). I su esposo, señora, si me la concedeis...

D.ª Ros. Su padre te la dió... Es tuya (alzando a Luisa i entregándola a Llorente, que la recibe en sus brazos). ¡Pero a dónde está Roberto! ¡Cuál es mi Ana! ¡Por qué no vienen!

D. Seb. (que ha estado instando a Roberto i Ana, los empuja hácia el sillon). ¡Que Dios mueva vuestros corazones empedernidos! ¡Vamos, un momento de jenerosidad con la pobre madre!

Rob. i Ana (miéntras dice don Sebastian estas últimas palabras, corren a arrodillarse a los piés de Rosalia, esclamando:) ¡Perdon, perdon, madre mia!...


Publicado el 29 de diciembre de 2016 por Edu Robsy.
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