El Gorro de Papel

José Zahonero


Cuento



Á D. José Blázquez.

I

La guerra era inevitable.

La razón de tan tremendo caso, tan solo conocida de los grandes diplomáticos y capitanes, no podré exponerla; lo único que se puede decir es que los cristianos se disponían á zurrar de lo lindo á los mahometanos. Entiéndase que no eran todos los cristianos, sino los españoles, y que se intentaba vapulear, no á todos los mahometanos, sino á los moros.

Había, en fin, guerra dispuesta entre moros y cristianos.

Los preparativos eran grandes en casa de Carlitos, nombrado por sí mismo general en jefe; componía con papel dorado la empuñadura de su sable de madera, que le había servido en otros encuentros de guerra; colocábase cruces y galones, charreteras y gola, porque lo valiente no quita nada á lo ostentoso y brillante; y de todos los rincones de su cuarto de juguetes, que le servía de sacristía cuando oficiaba de obispo, y de parque y de arsenal cuando sentía arderse en fuego bélico, fueron saliendo banderas, lanzas, cornetas y tambores. Ante estos preparativos hasta los espejos y los muñecos de rinconera podían temer una catástrofe.

El héroe arreglaba sus armas.

El balcón del cuartel estaba abierto de par en par, descubriendo un hermosísimo cielo azulado, y los altos árboles del jardín luciendo los matices verdes, amarillos, morados y rojos de las hojas otoñales; imperceptible movimiento las comunicaba un ligero vientecillo, produciendo ese ruido dulce de soplo lejano que el huracán eleva hasta semejarse á un oleaje furioso; y todo convidaba al goce de la paz, y más que aspecto de guerra ofrecíase un risueño y tranquilo aspecto, tanto que ante la perspectiva de un cesto de doradas uvas y un trozo de pan que comer bajo los árboles, se hubiera comprado al guerrero, y por entonces los moros hubieran logrado alguna suspensión de hostilidades ó tal vez una paz de larga duración.

Ya dispuestas las armas, Carlos notó que le faltaba el sombrero de tres picos, distintivo de su categoría; exploró en los rincones, y por último se fué por la casa en busca de lo que no hallaba, hasta que la fortuna, que hace de los más jóvenes sus predilectos, puso ante sus ojos un ancho periódico, de recio papel, el número del día no sé si de La Epoca ó de El Progreso, y en rápido medir, cortar y doblar, plegando y ajustando con gracia extremada, convirtió el periódico en sombrero de general, cuando los generales los llevaban, cosa que ignoraba Carlos, y menudencias y distinciones que apunto, porque ellas suman en la historia muchas veces los resultados gloriosos. Lo cierto es que tuvo su sombrero.

II

Sobre aquella cabecita rizada, rodeando sus blancas y azuladas sienes por cima de su frente candorosa y en que, como en la de todos los niños, se veía difundida una claridad que parece gemela de la del alba en el cielo, estaba un mundo. Cuatro negras bandas formadas por las columnas impresas, se perdían en los dobleces hechos primorosamente por los dedos del general.

Y en aquellas bandas había mayor guerra y mortandad que en todas las batallas. Ataques, defensas, luchas, victorias sin cuento, el combate de todos los días, el acta de la gran lucha humana por la libertad y por la civilización. El niño ignoraba que su gorro era todo un ejército, que cada columna impresa lo era de guerra, que desde el artículo de fondo hasta la última noticia representaban un combate de ideas, de pasiones, de intereses, de aspiraciones, de desengaños que en breve espacio desarrollaban escaramuzas, retiradas, ataques y defensas; ignoraba que todo aquello tan deleznable, tan ligero, tan despreciable, aquel papel manchado llevaba fuerza bastante para derribar una conjuración de reyes. No es extraño, aún hoy lo ignoran los hombres.

Pero si grande era la Babel que soportaba en su cabeza, no era menor la baraúnda que armaba dentro de ella su imaginación. La guerra iba á comenzar.

Un general ha de acudir á todas las partes de su ejército, pero Carlos las llevaba todas en sí. Daba los toques de atención, escudriñaba vista adelante la presencia del enemigo, y pensaba y ejecutaba por sí mismo el plan. ¡Ah! que los moros no se habían descuidado; en la habitación contigua se hallaban, Carlos los veía con grandes barbas, amplios albornoces, turbantes mayores que un almohadón de lana al pié, bigotes tremendos, y alfanjes que habían de cercenar cabezas como las hoces siegan espigas.

La lucha comenzó; el valiente capitán desenvainó su espada, y la blandió en molinete y revueltas tenaces; ya retrocedía por librarse de los golpes del enemigo, ya avanzaba para asestárselos seguros, y por valer más que todos los héroes conocidos, él peleaba y arengaba á su ejército sin que un soldado retrocediese, sino cuando él retrocedía, ni avanzase sino á la vez que él avanzaba; y no diremos que se movía como un solo hombre, porque sería impropio, pero sí como un solo chico, y eso que según el estruendo, más bien parecían tres mil. Y en cuanto á perspicacia y talentos militares qué os diremos, sino que cuando muchos generales no ven al enemigo aun teniéndolo en las narices, este veía millones de soldados, jefes y reyes moros, donde cualquiera no hubiera visto sino una habitación con muebles alineados; y donde, á no alborotar el gran capitán, no se hubieran oído ni las moscas.

—Pero había enemigos, tantos y tan tenaces, que hubo necesidad de atrincherarse, colocando barricadas de sillas y haciendo fuertes de butacas; más presto la victoria coronó la batalla y pasillo arriba y escalera abajo y aun por todo lo largo del jardín, el ejército cristiano persiguió legiones de moros invisibles.

III

Los efectos de la lucha fueron tremendos. El general, pasadas algunas horas de correr y pelear, sintióse rendido y durmió sobre sus laureles y bajo un copudo árbol. ¡Cuán hermoso sueño, arrullado por los rumorosos ecos que acuden de todas partes cuando el hombre se halla en la soledad de la naturaleza! Por párpados parecía tener dos corolas de rosa, agitaba el aire sus rizos, su boca fresca emitía aliento de pajarillo y bajo su pecho agitábase dulcemente su corazón tan grande quizá y de la naturaleza misma de los Magno-Alejandros, su mano derecha mantenía desenvainada la terrible espada, y de la izquierda, abierta por la laxitud del sueño, se había desprendido el estandarte real.

¡Cuán ajeno estaría al dormirse de haber causado un desastre! Su guerrear había roto en mil pedazos la cabeza de un ilustre personaje. Su hermano mayor, en el limbo de la fantasía guerrera y heroica, la cabeza de un D. Quijote de yeso!

Si de puntillas os hubiérais acercado al general, hubiérais leído un artículo en que se ponía de vuelta y media á los héroes con sacrilega impiedad; felizmente el aire llevó el ligero papel, arrastrándole á su soplo juguetón, y pasó aquella defensa de la paz por la cabeza de Carlitos como pasan muchas ideas por los ojos de muchos grandes hombres, dejándoles en sueños y quimeras.

Ante aquel niño dormido sonreía Cervantes. Excusado es decir que los moros han de volver á presentarse, pero confiamos en nuestro general.

Una pregunta impertinente: ¿Por qué los sueños del luchador-obrero, combatiente útil, no se dan en los niños? Porque esto está todavía muy lejos del pensamiento de los hombres, me contesto, y acabo mi crónica de la guerra de moros y cristianos, destinada á ir inserta tal vez en un gorro de papel.


Publicado el 17 de diciembre de 2020 por Edu Robsy.
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