Texto: Azar
de Joseph Conrad


Novela


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Azar

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Fragmento de Azar

»El “Cetro”, establecimiento asociado, se desmoronó sin que transcurriese una semana. No diré, a la usanza americana, que a De Barral, con todos sus asuntos e intereses encima, de pronto se le abriese el suelo bajo los pies, ya que jamás había pisado suelo firme. El público había optado por verter sus ahorrillos en algo parecido a las vasijas de las Danaides. Que los dineros se habían esfumado, a la vista está; el juicio por bancarrota que siguió de inmediato fue poco menos que una farsa siniestra, un brote de carcajadas proferidas en un escenario que dominaba una demudada angustia, la de los depositarios, que no en vano eran cientos de miles. Las risas fueron irresistibles, acompañamiento del proceso público por bancarrota.

»No sé si fue por absoluta falta de inventiva, o bien por poseer cierta clase de imaginación en una proporción indebida por completo, o por ambas razones, y conste que las tres alternativas son admisibles, pero se descubrió que este hombre que había sido aupado a las alturas gracias a la credulidad del público era más crédulo y más bobo que todos los depositarios juntos. Había sido carne de cañón de toda suerte de estafadores, aventureros, visionarios y hasta de lunáticos. Embozado tras un aura de secreto misterio, impenetrable e imbécil, se había lanzado a por las empresas más fantásticas: un puerto con abundantes muelles en la costa de la Patagonia, canteras en la península de Labrador… y especulaciones por el estilo. Una de ellas era nada menos que la instalación de una industria conservera a orillas del Amazonas. La compra de la soberanía de un pequeño principado en Madagascar, otra. A medida que fueron saliendo a la luz uno por uno los detalles grotescos de estas transacciones inverosímiles, las carcajadas sacudieron la atestada sala del juzgado por oleadas, cada cual algo más audible que la anterior. El público asistente terminó por desternillarse de risa, sin poder contenerse ante el efecto acumulativo de tanto absurdo. Rió el registrador, rieron los abogados y los periodistas; los míseros depositarios, apretadas las filas y atentos a cada palabra, sin perder comba, rieron como un solo hombre. Rieron histéricamente, pobres diablos, al borde del llanto.


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508 págs. / 14 horas, 49 minutos.
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Publicado el 28 de enero de 2018 por Edu Robsy.


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