Texto: Con la Soga al Cuello
de Joseph Conrad


Novela


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Con la Soga al Cuello

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Edición física


Fragmento de Con la Soga al Cuello

En esta evocación, rápida y muy detallada, como el fogonazo de una luz de magnesio en los nichos de un oscuro mausoleo, el capitán Whalley contempló todo lo que una vez había sido importante: los esfuerzos de hombres pequeños por el crecimiento de ese lugar, ahora despojados de valor por la grandeza de los hechos ya realizados, por esperanzas aún más grandes. Esa visión le dio, durante un instante, una aprehensión casi física del tiempo, una comprensión tan profunda de nuestros sentimientos inmutables, que se detuvo bruscamente, golpeó el suelo con el bastón, y se dijo:

—¿Qué diablos estoy haciendo aquí?

Parecía extraviado en una suerte de estupor. Pero oyó que una voz sibilante lo llamaba por su nombre, una, dos veces, y giró sobre los talones lentamente.

Hacia él avanzaba, bamboleándose, con aire autocrático, un hombre de aspecto anticuado y gotoso, con el pelo tan blanco como el suyo, pero con las rojas mejillas bien afeitadas, y una corbata al cuello (casi una servilleta) cuyas puntas rígidas se proyectaban muy por debajo del mentón; las piernas redondas, los brazos redondos, el cuerpo redondo, la cara redonda, daban, en conjunto, la impresión de una diminuta persona inflada con una bomba de aire hasta donde aguantaban las costuras del traje. Era el administrador general del puerto. El administrador general tenía un grado superior al de comisario de puerto y era, en el Oriente, una persona de bastante importancia; un funcionario de gobierno, un magistrado en aguas portuarias, con una vasta aunque mal definida autoridad sobre marinos de toda clase. De ese administrador en particular se decía que calificaba a su autoridad de miserablemente inadecuada, ya que no incluía un poder sobre la vida y la muerte. Era una broma exagerada. El obeso capitán Elliott estaba bastante satisfecho de su posición y apreciaba debidamente el poder que tenía. Su propio temperamento, engreído y tiránico, no dejaba que esa autoridad se le escapara de las manos por falta de uso. La tumultuosa, colérica franqueza de sus comentarios sobre el carácter y la conducta de la gente hacía que secretamente lo temieran. Aunque en la conversación muchos simularan no darle ninguna importancia, otros sonreían ácidamente cuando se mencionaba su nombre y algunos hasta se atrevían a llamarlo «ese viejo rufián entremetido». Pero para casi todos, un estallido temperamental del capitán Elliott no era menos desagradable de enfrentar que una amenaza de aniquilación.


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154 págs. / 4 horas, 30 minutos.
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Publicado el 31 de enero de 2018 por Edu Robsy.


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