Texto: La Bestia
de Joseph Conrad


Cuento


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La Bestia

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Fragmento de La Bestia

—No —asintió el desconocido, haciéndome un guiño—. Al parecer, tampoco los Apse lo creían, pero trataban bien a su gente… como ya no se la trata hoy día, y sentían un inmenso orgullo por sus barcos. Nunca les había ocurrido nada. Ese último, La Familia Apse, iba a ser como los otros, pero todavía más recio, más seguro, aún más espacioso y cómodo. Encargaron que se construyera en hierro, teca y laurel negro, y las escuadras de las piezas que se emplearon fueron algo fabuloso. Si algún barco fue construido con espíritu orgulloso, ése fue aquél. Todo era de lo mejor. El capitán jefe de la casa era el que iba a mandarlo y los aposentos que planearon para su acomodo eran como los de una casa en tierra, bajo una enorme y alta popa, que llegaba casi hasta el palo mayor. No es extraño que la señora Colchester no dejase al viejo renunciar a aquel empleo; en toda su vida de casada no había tenido una casa como aquélla. Era una mujer de nervio.

»¡Y anda que no dieron trabajo los Apse mientras se construía aquel barco! Que si mejor que esta parte sea un poco más fuerte, que esto otro sea más recio; “¿No sería mejor quitar esto y poner otro más grueso…?”. Los constructores se contagiaron de aquella manía y así fue creciendo el barco y convirtiéndose poco a poco en el buque más compacto y pesado para su tamaño que jamás se ha visto. Todo esto sucedía a vista de todos y al parecer sin que nadie se diera cuenta de ello. Debía tener 2000 toneladas de registro, puede que incluso un poco más, pero en absoluto menos. Y fíjense en lo que pasó: cuando por fin se dispusieron a tomar medidas, resultó que tenía 1999 toneladas y pico. ¡Consternación general! Todo el mundo asegura que el viejo señor Apse cogió tal enfado cuando se lo dijeron, que se metió en la cama y se murió. Hacía veinticinco años que el buen señor se había retirado del negocio y ya había cumplido los noventa y seis; así que su muerte tampoco fue, al fin y al cabo, una cosa muy sorprendente. Sin embargo, el señor Lucian Apse estaba convencido de que, de otro modo, su padre habría vivido hasta el fin de siglo. La lista podría empezar con él. Detrás de él vino el pobre carpintero de ribera al que la bestia agarró y redujo a papilla al abandonar la grada. Decían que era la botadura del barco, pero por los alaridos y gritos de terror, y toda aquella gente corriendo de un lado a otro para ponerse a salvo, parecía que habían soltado un demonio sobre el río. Rompió todos los calabrotes de contención como si fueran bramantes y se lanzó como un basilisco sobre los remolcadores que estaban a la espera. Antes de que nadie pudiera darse cuenta ya había enviado al fondo a uno de ellos y había puesto a otro en tal estado que necesitó tres meses de reparaciones. Una de sus amarras se partió y después de aquello, sin saber por qué, se dejó recobrar con la otra, con la docilidad de un cordero. Y así es como se comportaba siempre, uno nunca podía uno estar seguro de lo que estaba tramando. Hay barcos difíciles de manejar, pero casi siempre se puede tener la seguridad de que se van a comportar de una manera más o menos previsible; pero con aquel barco, se hiciese lo que se hiciese, uno nunca sabía en qué iba a acabar. Era una mala bestia. O quizá lo único que tenía era que estaba loco.


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29 págs. / 51 minutos.
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Publicado el 30 de agosto de 2018 por Edu Robsy.


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