La Majestad Caída

o la revolución mexicana

Juan Antonio Mateos


Novela



I. El Centenario

I

En el valle más lindo del mundo, donde dijo el Génesis: «Aquí», plantando las joyas más valiosas de sus secretos, los picos nevados de «La Mujer Blanca» y de la «Estrella que humea» el Iztaccíhuatl y el Popocatépetl, destacándose sobre el azul del infinito, con su voz de rayos y sus ritmos de tempestad. Allí donde tendió sus lazos, espejos purísimos donde se asoman las vividas estrellas de las constelaciones. Allí donde pupulan los jardines flotantes, que arrojaron en montón las perfumadas flores que columpiaron en las gargantas de las divinidades antiguas, que viven todavía, con su mirada altanera bajo las bóvedas de los museos, como los vencidos de la civilización y de la historia.

Allí está tendida dulcemente la virgen de Anáhuac, la gran Tenochtitlan, reclinada en la colina suntuosa de Chapultepec, como en un nido de águilas, coronada con las ramas sagradas de los ahuehuetes antediluvianos, y empapando sus sandalias en las linfas ardientes y sulfurosas del Peñón, donde se sumergían indolentes las mujeres y las esclavas de los emperadores. Pasó la Conquista con el vendaval salvaje, esa pléyade brutal de bandidos, que empapó con sangre mexicana hasta el pomo de sus tizonas, levantando su sacrilega clerecía, las encendidas llamas del Santo Oficio, como el «Memento Homo» de la raza conquistada y contra cuyos hechos indignos, protesta la historia y la conciencia humana.

En medio de esa noche oscura de los siglos, despuntó la primera luz de un sol inmortal, en las montañas de oro de Guanajuato, que alumbró los altares de la patria, a cuyas plantas se arroja la generación actual, para celebrar el primer centenario de la independencia mexicana.

II

La Gran Tenochtitlan está de fiesta, adornada de las joyas más deslumbrantes y magníficas que le han dado la naturaleza pródiga y la civilización. Se envuelve en un cielo medio oscuro, donde se amontonan las estrellas, como huyendo de las tempestades del infinito.

Las nubes blancas, pasan como las aves del cielo siguiendo el giro de las constelaciones, hasta agruparse en las rectas del horizonte.

La inmensa Plaza, con sus hermosos jardines y juegos de aguas, iluminada por múltiples faroles venecianos, haciendo oír por todos sus ámbitos el estruendo entusiasta de las músicas militares. El Palacio Nacional iluminado a giorno, con estrellas luminosas y millares de focos incandescentes, orlando sus múltiples balcones y cornisas y ondeando en el centro, majestuosamente, la bandera de la Patria. Sobre el balcón del centro, entre un disco resplandeciente de soles de colores, la campana histórica que dio las once hace un siglo, convocando al pueblo y llamando a la nación entera a la sangrienta lucha de la independencia mexicana.

Al son de aquel bronce sagrado, el sacerdote humilde de Dolores, llamó con voz profética a la libertad y ungió con sus manos sacrosantas el lábaro de la patria, en presencia de un grupo de hombres, que se convirtió en un ejército poderoso, arrojándose terrible sobre el Castillo de Granaditas y arrancando el laurel de la victoria en el combate sangriento del Monte de las Cruces.

III

Dentro de aquel palacio guardado por innumerables soldados de apostura marcial, con sus oficiales cubiertos de galones de oro y cascos relucientes; rodeado del Cuerpo Diplomático, vestido con la elegancia deslumbrante, europea, con el lujo de Oriente; y los dignatarios más altos del Estado y lo más prominente del ejército y del mundo civil, se destacaba la arrogante figura de un hombre, que ostentaba en su traje un alto grado militar, las condecoraciones más distinguidas, cosechadas sobre el campo de la guerra extranjera. Alto, llevando en su rostro señal de los soles de la campaña, mirada, unas veces benévola y otras terrible, en sus labios unas veces la sátira punzante, otras, la sonrisa de la generosidad; fino en extremo, cordial con todos, pero manteniendo un aire de superioridad irritante, bajo el refinamiento que da la cultura y embellece la civilización.

Ésta era la Majestad de la República, circundada por la deslumbrante aureola de las naciones del mundo, significada en las personas de las embajadas. Ésta era la Majestad, salida de las filas del ejército a las supremas alturas de la República; saludada por los pueblos todos de la tierra, condecorada con las cruces de todo los pueblos, y saludada por las banderas del Universo… ¡Majestad imperante, absoluta, jactándose de haber levantado a la nación mexicana a las primeras alturas de los pueblos cultos. Y bajo los doseles de oro y terciopelo, con la majestad de los Césares antiguos, esperando inquieto, que le traiga su insolente fortuna el fallo inflexible de la historia!

La ciudad está esplendorosa; sus edificios todos con banderas, flámulas y gallardetes, todos iluminados elegantemente.

Las once avenidas que desembocan en la Plaza de la Constitución, desbordándose en un mar de gente, que entre gritos de entusiasmo, vítores y músicas se agolpa, como un mar embravecido y se encauza en la gran Plaza, dando contra los árboles, derribando los arbustos y estrujando los prados, va a esperar el toque de las once. El Palacio del Ayuntamiento centellea y se levanta como una joya.

En el balcón del Palacio Nacional multitud de oficiales y dignatarios rodean a la majestad del presidente de la República.

Las multitudes, como corrientes marinas, atraviesan en todas direcciones; las vendimias se multiplican, y se oyen a lo lejos roncos clarines de la artillería y el sonido de los tambores.

Es la noche del Centenario primero de la Independencia Mexicana; una noche histórica, hermosa, soberbia, imponente.

Hay una grande espectación: el reloj de la Basílica, da pausadamente las once. El presidente sale al balcón central, toma el cordón de la campana histórica, y da los once toques, que recuerdan al pueblo mexicano esa hora augusta de la libertad del pueblo. A los ecos de aquella campana contestó un grito terrible, como si saliera de los antros del planeta. Grito que estremeció a la tierra mexicana.

Después una gritería gigantesca; las músicas militares recorriendo las avenidas, y las luces de Bengala iluminando el cielo con lluvias de chispas y confettis de fuego.

Las campanas a vuelo de todos los templos de la ciudad, los silbatos de todas las fábricas, y en los balcones, las señoras aplaudiendo y los niños tocando sus cornetas de barro: reinando la alegría más franca en todos los hogares mexicanos, y allá a lo lejos, el estruendo de la artillería.

Al primer toque de las once, se iluminó la Catedral con millares de focos eléctricos recorriendo las cornisas, balcones, chapiteles y accidentes todos arquitectónicos, formando un conjunto de arte y de belleza.

Los extranjeros dijeron que nunca habían presenciado espectáculo semejante, más bello y encantador.

Las tropas desfilando y oyéndose el ronco clarín de la caballería, el paso tardo de los caballos y el sonar de los sables de los dragones.

Las vendimias con sus luminarias, los gritos agudos de las mujeres y el vocerío de los niños, al desparramarse por el espacio de las luces de los cohetes de Bengala.

Los nombres de Hidalgo y de Morelos, palpitaban en todos los labios, llevando un sublime eco a todos los corazones. Había gritos y lágrimas, expresión tierna del pueblo, en memoria de los héroes, y de aquellos combates.

Un ministro extranjero, dijo a uno de sus colegas:

—Quisiera ser mexicano esta noche. ¡Qué espectáculo tan sublime!

—Este pueblo no se dejara arrebatar nunca su independencia.

¡Qué loca ha estado la Europa en sus invasiones; con razón han terminado en un drama!

La Majestad, tendida indolentemente en un sillón, todo lo oía; pero no se adivinaba qué preocupación había en su espíritu, ni qué pensamiento cruzaba por su mente y que parecía querer disipar intentando apartarlo de su frente que restregaba con su mano. Meditaba tal vez, en un lance que aquella noche había pasado desapercibido para todos, menos para él, una turba de estudiantes, desfiló frente al Palacio, trayendo en una bandera el retrato de un revolucionario.

—¡Así paseaban el mío, antes de la revolución!

»¡Así me aclamaba el pueblo para llevarme más tarde al campo de batalla y levantarme a esta altura, donde he llegado jadeante de cansancio, pero lleno de orgullo, por mi gloria!

»Yo, pobre soldado, tiré los dados de la fortuna, y a costa de mi sangre me elevé como un sol sobre el horizonte de la vida, sin que una nube obscureciera el cielo de mi predestinación.

»Sí, me eleve como Juárez…

»Lerdo, era otra cosa, me imponía respeto, casi miedo. Era una figura que estaba en mis pesadillas; lo veía entre las nubes del sueño, y… ¡lo arrojé del poder!

»Me parece ver una sombra, ir paso a paso, entre la obscura noche de la revolución, viéndome de hito en hito con la verde luz de sus ojos…

»¿Sufriré alguna vez las amarguras que le hice sufrir?

»¿Le vengará el destino…? —¡No; ya es tarde! Empero yo me sobrepongo, soy absoluto, ya todos los que podían disputarme el poder han muerto, yo les he dado sepultura… No he podido resistir a la fama de su nombre, me he inclinado ante sus cadáveres y he sido el primero en incensarlos… ya están en el sepulcro… Si los resucitara la venganza… ¡Puede ser!

»Pero, todo este mundo que me rodea, se inclina ante mí; todas esas multitudes me saludan, el cielo me sonríe… El Viejo Mundo se apasiona, y me envía sus condecoraciones y sus plácemes… Pero, allá, en las regiones fronterizas oigo los respiros de un gigante… El día en que se despierte y encuentre a su lado una autocracia, puede extender su mano y sofocarla; allí en el Capitolio está la libertad, la libertad en todas partes; parecen un himno los estruendos del Niágara…

»¡Negra pesadilla que me contraría!

»El presidente de la Unión Americana me ha estrechado la mano en la frontera, pero he visto en su sonrisa irónica, algo de trágico y horrible… ¡Fuera, fuera estos sueños de locura!».

Las multitudes ebrias de entusiasmo continuaban penetrando por las avenidas, como revueltos ríos en el océano, y resuena la gritería en la que se mezcla el redoble de los tambores, el sonar de los sables y los ecos marciales de las músicas. Atraviesan con trabajo los carruajes y los automóviles de los delegados, de los ministros extranjeros y de los personajes mexicanos que concurren, como el pueblo, a oír el toque de las once.

La Majestad, con una desdeñosa indiferencia, oculta el temor que hay en el fondo de su alma, de que todo aquel grandioso aparato desapareciera en las sombras de la revolución, que ya se dibujaba en los lejanos horizontes de aquella majestad suprema; pero no pensaba que aquel mismo tumulto lo derribaría en breve de su pedestal, para envolverlo en las nubes confusas de la proscripción y del olvido. Pero volvió a su imaginación la efigie de aquel hombre cuyo retrato acababa de pasar frente a sus balcones: caminaba como el Cristo por todos los pueblos de la República, pregonando el amor a la democracia y a la libertad.

Volvió a restregarse la frente, como si quisiera borrar los pensamientos que brotaban como chispas en las obscuridades de su cerebro; se internó en el salón para aturdirse entre aquel mundo de damas de la aristocracia y de caballeros diplomáticos y notabilidades en la ciencia y en la política, donde se hablaba de los preparativos de un gran baile que dedicaba el Primer Magistrado de la República a la sociedad de México y de la suntuosa velada en honor de Hidalgo, donde se escucharía la bellísima música del maestro Meneses, el discurso del doctor Agustín Rivera y los suntuosos versos de Justo Sierra.

La Majestad se sentía sola entre aquella multitud, entregada a sus fúnebres pensamientos, y murmuraba: «Este pueblo que se agita en mi derredor me debe todo; es cierto que los empréstitos de millones se han consumido en mis manos y no se pagarán en muchas generaciones, pero he tendido los nervios de la civilización por todo el territorio, los teléfonos y las vías férreas, convirtiendo las radas en grandes puertos como las obras del puerto de Veracruz, el desagüe del Valle de México, el drenaje de la ciudad, los edificios científicos, los grandes monumentos, como el de Juárez, que semeja al de Júpiter Capitolino, o las ruinas de Partenón; la columna de la Independencia, el teatro, que será el primero de América, los palacios de los Poderes y las escuelas, teniendo por música los gritos de la Preparatoria y de los normalistas y los rugidos de volcán del Barrio Latino, resonando allá a lo lejos los himnos patrióticos de los niños de California y de Tepic, que repiten las selvas intrincadas de Quintana Roo».

»Todo lo he engrandecido, pero levanté la paz sobre los cadalsos de Veracruz, que enloquecieron a Terán. Se revuelcan a mis plantas once millones de esclavos, al oír los sables de mi guardia presidencial, lamen las hojas de las espadas con que los degüello, nadie se mueve ni respira sin mi voluntad; en mis manos el oro de la corrupción, el hacha de la muerte. ¡Las veintisiete entidades federativas, las he convertido en veintisiete bajalatos de piedra, con sus sultanes y sus genírazos, encauzando a la República en el poder tiránico de mi voluntad y de mi brazo! Nadie piensa, nadie habla, nadie respira sin mi voluntad… ¡Soy invencible!

»Cuando una multitud se insolenta, caen mis soldados sin compasión sobre las chusmas, como en Río Blanco y en Orizaba, envolviendo su rebelión en una oleada de sangre… ¡Cuántas sombras desfilan frente a mí!».

Levantóse violentamente y dijo a sus convidados:

—¡Señores, señores, bebamos una copa de champaña, por la independencia de México!

Todos se agruparon con entusiasmo y bebieron por la independencia y pronunciaron brindis y discursos de complacencia y de entusiasmo.

A poco salió en automóvil de Palacio, atravesando las calles que ya comenzaban estar desiertas, y se entró a todo escape por la calzada de la Reforma, llegando, entre guardias y policías secretos, al Castillo de Chapultepec, la antigua residencia de Moctezuma y de Maximiliano.

—¡Malditas sombras! —dijo, al entrar en el regio túnel.

«¡Estas historias me desesperan…!».

»¡No importa, soy la Majestad!».

II. La primera chispa

I

El ilustre millonario de California, que había sacado a montones el oro de aquella riquísima tierra, que fue nuestra, y que perdimos en una indemnización de guerra, de la injusta intervención americana, había reunido en su magnífica casa de la Avenida de Londres, a lo más distinguido de la sociedad mexicana, en un suntuoso baile.

Los salones estaban tapizados de flores y luces y un ambiente perfumado envolvía todo el recinto. Aquella casa era un palacio: cortinajes, alfombras, espejos, estatuas, lámparas gigantescas; todo de un gran lujo y gusto exquisitos. El millonario era un americano de mucho talento, hábil en los intrincados negocios de la banca y tenía el trust del petróleo y del azogue, que repletaban de oro sus cajas. Era como todos los americanos: un constante trabajador.

La esposa del señor Jorge Williams estaba en la época de la plenitud de la mujer: rubia, de ojos azules oscuros como el cielo, blanca como la nube; su nariz imperceptiblemente levantada; una boca pequeña y sonriente, que dejaba ver una dentadura hermosa y magnífica (porque las americanas cuidan especialmente de su boca); su cuerpo esbelto y airoso, con majestad de reina. Sobra decir, que aquella mujer ejercía un dominio completo sobre su marido, pero sobre ella gravitaba con peso más grande el de sus hijos: Esperanza y Alberto. La niña era bellísima, la decían la Criollita, porque tenía un color apiñonado; los ojos grandes, hermosos, relucientes como luceros y una boca que semejaba un beso. El cabello, negro, suave y sedoso, caía sobre su seno virginal en una cascada de ébano, de pie pequeño y las manos como de una escultura.

Alberto era alto, rubio, guapo y todo un caballero y un hombre.

El señor Williams estaba encantado con aquellos dos seres; para ellos y su esposa no había reserva, todo era para ellos, hasta satisfacer el más mínimo deseo. Esa noche no lucían sus diamantes, ése era su lujo y ostentación.

La concurrencia era elegantísima.

Esperanza rivalizaba con las más altas bellezas. Al pasar junto a la madre, la besaba, y la señora sentía por ella una grande adoración.

Damas y caballeros que bailaban al son de una magnífica orquesta, formaban un conjunto de civilización encantador.

II

En la pieza inmediata al salón, conversaba el señor Williams con algunos mexicanos distinguidos y oía con atención marcada cuanto decían.

—Hemos hecho hasta ahora —decía un caballero de bigote negro y ojos encendidos— cuanto ha querido el presidente, sin ponerle obstáculo y sin aventurar una palabra, pero esto es imposible, es absurdo.

—Verdaderamente es absurdo —repitieron otros caballeros.

El de bigote negro continuó: —Yo he visto la guerra del Yaqui. He presenciado los terribles combates que han sostenido aquellos hombres; presencie la batalla de Tomoche, donde he visto lances de un valor extraordinario, y esa guerra injusta… Vamos, no puede ser… Yo me opondré a la candidatura de ese hombre para vicepresidente de la República.

—Ya se le ha hecho saber al general Díaz lo impopular de esa candidatura. Se opone la nación entera, el pueblo se subleva.

—Todos protestan —agregó otro de los concursantes.

—Yo se lo he dicho —agregó el de bigote negro—, le he mostrado cartas, le he leído todos los periódicos, y he notado en su mirada una horrible contrariedad.

—Está empeñado, es un verdadero capricho.

—Y como se ha de hacer cuanto quiere, saldrá don Ramón Corral electo vicepresidente de la República.

—Eso no pasaría en los Estados Unidos —dijo el señor Williams—, allí se impone la voluntad del pueblo.

—Es verdad, pero ése es un gran pueblo y el notable ejemplo de la verdadera libertad.

—Pero ésta es un obstinación imposible, ya lo dijo y será contra toda la opinión del país.

—Pero la obediencia es buena hasta cierto límite —dijo el señor Williams.

—Lo que siento —contestó el joven de bigote negro— es que tras este imperioso mandato, puede venir la revolución.

—El general Díaz no la teme, cuenta con ese grande ejército, máusers, ametralladoras y con esto desafía todos los peligros.

—Ya hemos visto —dijo un americano— caer la autocracia más grande que ha habido en México: el poder del general Santa Anna, aquellos cuerpos de la guardia eran magníficos: sus granaderos de a pie y de a caballo, los húsares, como los de Napoleón. En fin, un grande aparato guerrero y apasionado de la personalidad.

—Y eso —dijo otro de los contertulios— sin contar con que lo apoyaba la sociedad entera: diplomáticos, hombres de ciencia, doctores. Lo más alto del clero: obispos, arzobispos, canónigos; y luego, en grandes carrozas doradas, con mantos azules de raso bordado de plata, los Caballeros de la Orden de Guadalupe; y un pueblo admirado, aplaudiendo tanta grandeza…

—¿Qué pasó? Que aquel hombre a quien levantaron estatuas, las vio derribadas, y arrastrado el pie que perdió en defensa de la patria, después de haberlo vencido en las montañas del sur los hombres del machete, sus estatuas fueron derribadas, hechas trizas y todo aquel aparato teatral desapareció como por encanto, al soplo gigante de la revolución. ¡Éstas son las glorias y las grandezas humanas!

—Esto es lo que temo y… lo que auguro.

—Es fatal una equivocación en política; yo no sé lo que pasa en México, pero por lo que oigo y leo en la prensa…

—Señor Williams —dijo el de bigote negro—, la candidatura de Corral será la primera chispa. Ya recorren todos los estados de la República jóvenes estudiantes y abogados, pregonando la libertad y la democracia, y en todas partes reciben sus palabras con aplausos; la revolución comienza a infiltrar en el organismo social; o más bien nacional, pero el general Díaz se obstina ciegamente y no ceja. Ha de imperar su voluntad contra el sentimiento de la nación.

—Y Corral saldrá electo, contra viento y marea.

—Todavía hay esperanza.

—Veremos…, pero no lo creo, es una política imponerse sobre la opinión manifiesta del país, y esto trae sus riesgos.

—Siempre hay una venda sobre los ojos de los que gobiernan —dijo el señor Williams.

—Pero cuando esa venda cae, nos podemos encontrar al borde del abismo.

—El señor ministro de Justicia —dijo un lacayo.

Todos se pusieron en pie. El señor Williams se levantó también saliendo al encuentro del ministro.

III

Penetró en el salón el anciano ministro de Justicia, el viejo constituyente, el dechado de la honradez y de la intransigencia, el hombre que ha caminado siempre por la línea recta del deber.

Ya aquella cabellera y barba rubia, se han convertido en hilos de plata, pero no pierde su actividad nerviosa, bajo su sonrisa benévola.

Después de saludar cordialmente, sentóse con sus amigos.

—¿De qué se hablaba? —preguntó sonriendo.

El joven de bigote negro contestó:

—Señor ministro, del asunto del día: de la candidatura a la vicepresidencia.

—¡Ah, sí; de Corral!

—Precisamente. Y como a usted no se le engaña, le diré que el país entero rechaza a ese hombre, que ve con odio la tal candidatura.

El ministro sonrió; el joven continuo:

—Hay mucha excitación en toda la República, la nación entera se encuentra contrariada.

—¿Qué cargo le hacen al señor Corral?

—Corren muchas anécdotas de su vida privada y de su vida pública. Se le acusa de no haber hecho nada útil, ni como ministro, ni como vicepresidente; además con ese sentimiento no engaña a las multitudes: a todos les es antipático, su modo brusco y altanero le ha acarreado odiosidades que se han generalizado, sin explicarse cómo.

El ministro movió la cabeza.

—Creo —continuó el joven— que si el general Díaz impone esa candidatura, va a provocar una situación desesperada.

—Eso no —dijo el ministro—, no es fácil.

—Señor, el día en que el pueblo comience a perder el respeto que siente por el general Díaz, ese día comenzará una revuelta.

El ministro guardó silencio: su posición oficial le vedaba entrar en una conversación peligrosa. Por lo bajo dijo al joven:

—No se exprese usted con tanta vehemencia.

Dejóse oír en la calle una algazara de gritos y silbidos. Asomáronse todos al balcón, mientras el baile seguía animadísimo. Era una turba de estudiantes que gritaban insultos y denuestos a Corral.

—¿Ya lo oye usted, señor ministro? —dijo el joven.

—Ya lo oigo, licenciado —contestó el ministro—, ya lo oigo.

—¿Y a pesar de esto el general Díaz insiste en sostener la candidatura?

—Su opinión es de hierro —dijo el ministro.

—Pero el hierro se ablanda con el fuego, señor ministro, y ese fuego ya se va encendiendo.

El ministro simuló que no había oído esas palabras.

Un grupo de oficiales se detuvo en la banqueta, frente al balcón, viendo pasar a los estudiantes. Entre los oficiales estaba un capitán sumamente pequeño, de cabello azafranado, gran bigote y mirada feroz sin motivo. Llevaba una espada que casi era del tamaño de su cuerpo; hablaba con cólera con sus compañeros:

—¡Esto es imposible! —decía el capitancito—. Esta turba de demonios no sabe lo que se dice y lo que se hace; ¡ganas me dan de arremeter contra ellos y desbaratar la procesión!

—¡Silencio! —le dijo otro capitán, alto, moreno, de ojos brillantes y de aspecto serio y valiente—, a nosotros no nos importan estas manifestaciones, están en su derecho, ellos saben lo que hacen. Nosotros somos servidores de la nación y nada más.

—Pero yo soy paisano del señor Corral.

—¿Y eso qué nos importa?

—Va a decir que no lo defendemos.

—Pues que lo diga; primero es la disciplina.

—¡Estoy desesperado!… Vea usted, compañero, allí traen un retrato del señor Corral, para estarse mofando de él. ¡Oh, zánganos!

Entonces un grupo de estudiantes que oyó las últimas palabras del capitancito, gritó: —¡Viva el capitán Pulga!…

—¡Viva el capitán Pulga!… —gritaron todos, silbando de lo lindo.

—¡Pero esta Pulga saca sangre!… —gritó el capitán ya amostazado.

—¡Bravo por el Pulga!… ¡Que no nos pique! ¡Ya salta, mucho cuidado! ¡Hurra por la Pulga!…

El capitán sacó su espada: —¡Qué venga un hombre y lo ensarto! —gritó.

—¿Y si es mujer?… —contestaron burlonamente los estudiantes.

—¡También! —rugió el capitancito.

—¡La Pulga es corralista! —gritaron los muchachos—. ¡Que lo encorralen! ¡Que lo encorralen!

El capitancito, fuera de sí, iba a arrojarse sobre la chusma, pero el compañero lo detuvo diciéndole:

—Envaine usted esa espada, que no es para estudiantes, está reservada para otros lances. ¡Vámonos!

Lo tomó del brazo y lo metió furioso a la más próxima cantina.

—¡Adiós, Pulga! —gritaron los estudiantes—. Pícale a Corral y que te lleve yo sé a dónde, para que piques —dijo una voz que se desprendió del grupo.

Esta palabra fue recibida con risas, carcajadas y silbidos de todas partes, y siguió adelante la manifestación, sin hacer caso de los gendarmes y seguida por una inmensa multitud que vociferaba y aplaudía, participando de la alegría de todos.

IV

El baile estaba espléndido. Esperanza Williams se imponía con su deslumbrante hermosura; bailaba con el joven de bigote negro.

—Fortunato —dijo la niña—, estoy muy contenta, esta reunión es de todo mi gusto.

—Esperanza, yo estaría más contento, si usted tuviera una sola palabra de esperanza para mí, porque yo la amo con toda mi alma. Jamás he sentido un amor más puro, pero a la vez más violento que este que ahora siento por usted.

—Calle usted Fortunato; eso lo dicen todos esta noche, y tienen razón, hay jóvenes tan hermosas, que ¿quién no se siente apasionado al verlas? Vea usted, aquí viene Enriqueta, la beldad más encantadora.

Acercóse la joven; las dos niñas se besaron sonriendo. Después de los saludos de reglamento y algunas otras frases cambiadas entre las dos, Esperanza continuó bailando con el licenciado, que prosiguió en su tarea de obtener alguna respuesta.

—Está usted implacable —dijo Fortunato.

—Si es que digo la verdad, señor licenciado —contestó Esperanza sonriendo.

—No me diga usted «licenciado». Me parece que estoy en el Palacio de Justicia o en Belem.

—Pues ése es el lugar de usted y de todos los abogados. ¡Y qué bien que hablan en los jurados!

—Esperanza, me fastidia sobremanera eso de que usted dice, y me parece hasta ordinario. La compañía entre ladrones y asesinos no me es muy agradable.

—Pero si es el oficio de ustedes.

—Es que yo no ejerzo; he estudiado por tener un título, que el dinero no lo da, y por el que sentía yo ambición.

—¿Es usted ambicioso?

—En este momento, lo soy del amor de usted, y ése sería mi gran caudal, el término de todas mis aspiraciones.

—Pues se contenta con muy poco.

—Esperanza, ¿me va usted a enloquecer? Llamar poco a la vida, a la vida y a la felicidad, ¡a la luz purísima!…

—Que a la salida del baile ya se convertirá en sombras —dijo Esperanza.

—Sí, en sombras —respondió Fortunato—. En sombras… porque la felicidad envuelve el corazón en una nube de incienso y de perfumes. ¡Oh, no sabe usted lo que es amar! Convertirse en un ser bueno, adorar la imagen encantadora de una mujer querida, postrarse ante ella, levantarle un altar en el fondo del pecho y llevarle la ofrenda preciosísima de nuestros recuerdos y de nuestras ilusiones.

—¡Qué hermoso es todo eso para contado! —dijo Esperanza.

—Y para sentido —contestó Fortunato—. ¡Oh, sí; tener siempre delante el fantasma divino de un amor inmenso, soñar, hablar solo con él, y postrarse como un desgraciado, gritándole desde lo más hondo del corazón: Te amo!

Las palabras de Fortunato hacían estremecer el talle de Esperanza, como el viento de la noche hace estremecer las flexibles ramas del almendro.

—Si a usted le parece —dijo ella—, dejaremos esta conversación para otra vez.

—Yo no tengo más voluntad que la de usted, Esperanza, y hago lo que usted manda. Otra ocasión le hablará a usted este amor, pero sepa que yo no la olvidaré jamás, ni dejaré de amarla.

—Está bien, hábleme usted de otra cosa, que su conversación me es siempre muy agradable.

—Gracias, Esperanza…

Callaron un momento.

—Qué hermosa concurrencia, pero entre todas estas jóvenes, una de las más bellas es Enriqueta, la amiguita de usted.

—Es verdad. ¿Y a usted le ha simpatizado mucho?

—Delante de usted, nadie me simpatiza.

—Pero en ausencia…

—Ni en ausencia, porque usted ocupa mi corazón entero.

—Enriqueta es bella —siguió diciendo Esperanza—. La conocí en el teatro: la galanteaba un oficial muy guapo. Parece que está enamorada. A cada corazón le llega su hora; pero ha de ser terrible sentirse encadenada y a merced de un cariño que puede desaparecer como una nube de verano.

—Pero con cadenas de rosas, Esperanza, que acarician en lugar de oprimir. Se aman hasta los sufrimientos, los desdenes, los desaires; todo forma un conjunto que produce sonrisas y arranca lágrimas.

—Está usted esta noche muy romántico; la luz y la música lo han exaltado, está usted…

—Dígalo usted, y de una vez… «loco», porque la razón se pierde, el pensamiento naufraga, quedando el alma como un vapor que flota, como una esencia que se disipa, como un albor que se pierde. ¡Sí, loco, loco! ¡Y es que el cerebro es un vaso roto donde se pierden y extravían las ideas y se apagan y se encienden los pensamientos; donde cruza un relámpago y alumbra la demencia de un hombre!

—Me asusta usted, Fortunato, pero la pieza ha concluido. Siénteme usted junto a mamá.

Fortunato llevó a Esperanza, llegando al asiento de la señora precisamente en los momentos que el señor Williams se acercaba a su esposa.

—Caballero —dijo a Fortunato— deseo presentarlo a mi esposa.

—Tendré mucha honra en ello.

—El señor licenciado Fortunato Berea —dijo Mr, Williams, dirigiéndose a la señora.

—Tengo el honor de ponerme respetuosamente a los pies de usted, dando al señor Williams las gracias por su exquisita galantería.

—Caballero —dijo la señora—, quiero rectificar esta presentación suplicándole que mañana nos acompañe a la mesa, siempre que no tenga usted inconveniente.

—Hay honras que no se declinan; estaré a la hora, que espero ya con impaciencia, y si la señora me permite ofrecerle mi brazo para dar una vuelta al salón, me sentiré más honrado todavía.

Levantóse la señora, y tomándose del brazo de Fortunato, desapareció entre aquella lujosa concurrencia que inundaba el salón. El señor Williams estuvo un rato meditabundo y luego murmuró: Me gusta ese hombre… Ya veremos en el porvenir; será mi brazo derecho.

V

Los oficiales tomaron asiento en la cantina, cuando todavía se escuchaban los gritos de la multitud… ¡Viva el capitán Pulga!

—Estos diablos de estudiantes me la van a pagar más tarde.

—Pero yo te la he pagado muy temprano.

—Enriqueta me espera en el balcón de Esperanza, y yo aquí, evitando un encuentro que sería muy gracioso, tú y los estudiantes. Sentémonos y tomemos un refresco de cognac.

—¡Sí, bebamos, que es la noche más hermosa del año!

Otro oficial dijo: —Propongo que cenemos.

—¡Aprobado! —grito el capitán Pulga—. Yo hago el menú. ¡Muchacho! Todos cenamos: sopa al gratén, pescado frito, bolovanes de langosta, venado con papas al vapor, avecillas…

—¡Basta hombre! ¿Vas a pedir la lista?

—No señor; faltan pulpos, un soldado no está satisfecho si no toma pulpos.

—Pues que los traigan. ¿Y quién paga?

—¡Yo! —gritaron todos.

—Pues tomaremos champaña.

—¡Aprobado!

Sirvióse la cena que con tanto gusto sirven en la casa de Prendes.

—Me han dividido los estudiantes, y no obstante tengo una gran alegría. ¡A la salud de mis compañeros!

—¿No quieres tomar por los estudiantes?

—No tengo reparo. Aunque les quisiera hacer lo que el coronel en Tepic.

—Cuenta lo que pasó.

—Es muy sencillo; es una operación muy sencilla.

—¡Cuenta, cuenta!

—Pues han de saber mis compañeros que el cantón de Tepic estaba sublevado; eran aquellos restos del bandido Lozada, a quien los generales Ceballos y Carbó fusilaron delante de aquella gente y en la misma ciudad que servía de teatro a sus hazañas; allí murió el Tigre de Nayarit.

—¡A la historia, a la historia! —gritaron los oficiales.

—Esperen, voy a remojar la garganta, esto acostumbran los narradores —y bebió dos copas de champaña—. He tomado dos para no interrumpir el relato.

—Pues tomemos la tercera por lo que pudiera ocurrir.

—Nunca he rehusado una invitación de esta clase, bebamos… ¡Ahora sí, que me siento bien! Pero con otra seré hasta elocuente.

—¡Otra copa! —gritaron todos.

Ya el capitán Pulga estaba algo trastornado.

—Pues bien, señores —dijo—. Todo Tepic estaba levantado y no podía sosegarse ni a cañonazos, cuando el coronel propuso un armisticio para hablar con los pronunciados. Convinieron en él, y se celebró una junta amigable con los jefes prominentes de la revolución.

—¿Qué quieren ustedes? —dijo el coronel.

—Queremos que nos entregue Tepic con todo y el Nayarit.

—Ya que ustedes —contestó el coronel— me piden lo que es suyo, no tengo inconveniente.

—Es que usted desocupará con sus tropas el Cantón.

—Naturalmente —repitió— pues es de ustedes. Y se comprometerán a guardar el orden, siempre obedeciendo al gobierno de la nación.

—Nos comprometemos —dijeron los jefes—, y estamos a las órdenes del gobierno.

—Queremos además el puerto de San Blas, poniendo nosotros los empleados y aplicando las entradas a la indemnización de los gastos de la revolución.

—Es muy justo, tendrán ustedes el puerto de San Blas.

—Se entiende —continuaron— que nosotros pondremos a todas las autoridades.

—Señores, eso se subentiende; pero siempre que sean personas honorables.

—Ya lo creemos, como que aquí no hay pícaros.

—Eso se conoce, desde luego.

—Gracias, señor coronel, y si le parece, firmaremos las condiciones del arreglo.

—Con mucho gusto y es lo debido.

Se pusieron a escribir, leyeron el documento y todos firmaron.

—Ahora —dijo el coronel— esperen unos días a que venga la ratificación del gobierno de México.

—Esperemos ocho días.

—Entre tanto no dispararemos un tiro.

—Nos comprometemos.

—Ahora tomaremos una copa si ustedes gustan.

—Gustamos —dijeron los jefes, sumamente satisfechos; y comenzaron a tomar hasta muy entrada la noche—. A propósito, vamos nosotros a tomar otra copa que ya se me secó el paladar —dijo el narrador.

—Bebamos —gritaron todos— que ya nos está interesando la historia.

En un momento se vació una botella de la Viuda de Cluquot.

—Ahora continúa.

—Continúo… El coronel se quedó pensativo y luego soltó una carcajada de condenado. Luego comenzó a pasearse por el aposento, como sintiendo la presión de una idea: —¡Miserables! —exclamó—. ¡Han querido burlarse de mí… me han creído un estúpido creyendo que yo consentiría entregar el Cantón a los bandidos…!—. Pero más tarde volvió a reír con un sarcasmo que espantaba.

—Señor —le dije— ¿llevo ese pliego al correo?

—No; siéntese usted y escriba (yo era secretario particular del coronel). Me senté a la mesa y esperé su dictado.

—Escriba usted: «Se ha recibido en este ministerio el oficio de usted en el que inserta el proyecto de paz, propuesto por los jefes de la revolución de Tepic, recomendado por usted, y el C. Presidente se ha servido mandar se diga a usted, como lo hago, que aprueba el referido proyecto en todas sus cláusulas, notificando así a los referidos jefes y que usted en el acto se retire con las fuerzas que tenga y se sitúe en la ciudad de Guadalajara, dando cuenta al Gobierno de haber cumplido en un todo con el mandato del señor presidente».

—Ahora firme usted con el nombre del señor ministro de Gobernación, póngalo en un sobre y séllelo.

Yo obedecí al coronel, guardé el pliego en el sobre y lo sellé.

—Ahora lo guarda usted y dentro de ocho días pone usted una carta particular llamando a esos señores.

—Yo dispuse todo, como el coronel me lo había ordenado y pensando nada más en lo que iba a suceder.

—Esto pinta en tragedia —dijo el otro capitán.

—Sí, señores, en tragedia —contestó el narrador—. Remojemos la garganta, que falta lo mejor.

Todos bebieron.

—Pues señores —continuó el capitán Pulga…—. Pero antes se me ocurre que los estudiantes son de Oaxaca, porque allí mi coronel Félix Díaz me puso el nombre de «Pulga», porque era muy zumbón… Pero adelante con la historia: seré el capitán Pulga, pero nadie se me para a cuatro pasos con una pistola.

—Adelante —gritaron todos—, adelante.

—Eso es otra cosa. Pues decía que puse la carta, y todos los jefes ya envalentonados con su triunfo, concurrieron a la cita. ¡Alma del diablo!

Aquello era para espeluznarse. El coronel leyó el oficio y todos los jefes aplaudieron. El coronel estaba pálido, como si lo fueran a sepultar.

—¿Están aquí todos los señores jefes? —preguntó el coronel.

—Todos.

—¿No falta ninguno? Deseo que todos firmen, para no dejar pendiente nada.

—No falta ninguno.

—Pues a firmar.

Los jefes, por orden, firmaron los convenios y hasta comenzaron a disputarse a gritos el mando y a decirse rencillas.

—¡Orden, señores! —dijo el coronel—, después ya se arreglará todo, y no en los momentos de firmarse la paz.

Después de mucho entraron al orden, no sin disimular el desabrimiento, que comenzaba a notarse entre ellos.

—Perdone usted —dijo un jefe—, yo fui el primero en pronunciarme y los señores me secundaron.

—Sí, pero nos hemos batido, mientras usted estuvo en su casa.

—Usted no sabe lo que cuenta, porque siempre está borracho.

El aludido sacó su pistola y el jefe la suya.

—¡Alto! —gritó el coronel—. Dirán que yo los asesiné.

Volvieron a sosegarse.

—Ahora, todos amigos y a almorzar.

—Vamos, señor coronel. Ya todo concluyó; somos compañeros y amigos.

Yo no sabía qué pensar; estaba lelo, imaginando el final de aquella escena. Comenzó el almuerzo y todos recobraron el buen humor, sólo el coronel estaba convulso y descolorido. Yo que lo conocía, me estremecí, porque veía venir una tempestad sobre nosotros. El coronel con mucha reserva había hablado con todos los oficiales de su estado mayor, y en la mesa cada uno de ellos se sentó junto a uno de los jefes de la revuelta.

Cuando el entusiasmo había subido al último punto, se levantó el coronel, y enmedio del silencio más profundo: «Señores —dijo—, brindemos por el señor presidente de la República». A esta voz, que despertó un nutrido aplauso, los oficiales todos del Estado Mayor sacaron sus pistolas e hicieron fuego sobre los jefes que estaban a su lado. Como los disparos eran a quemarropa fueron certeros los tiros y los revolucionarios cayeron envueltos en sangre. Sólo uno pudo escaparse por una ventana, y eso milagrosamente. Quedaron los cadáveres tendidos en el suelo; el espectáculo era espantoso: uno con un ojo saltado, otros con la cabeza abierta, otros sangrándoles el corazón… En fin, una escena de los tiempos antiguos, una tragedia del tiempo de los bárbaros.

Daba miedo comtemplar a aquellos hombres, hacía un rato contentos y entusiasmados, y en un momento arrojados al suelo, tendidos en charcos de sangre.

—Concluimos —dijo sereno el coronel—. Ya todo acabó. El Nayarit está salvado. Ésta es una sangre extravasada que ya no alimentaba al organismo social sino que lo envenenaba. He acabado con los cabecillas del motín, estoy satisfecho.

Yo no podía hablar una palabra, tenía un sacudimiento de nervios espantoso. Los oficiales autores de aquella catástrofe se pusieron al cinto sus pistolas, saludaron al coronel y se fueron muy tranquilos a sus cuarteles. Corrió la voz en Tepic que los cabecillas habían peleado unos contra otros por el celo del gobierno, y que habían hecho una horrible carnicería, sin que el coronel los hubiera podido contener. En la misma tarde enterramos a los muertos guardando sus prendas para las familias que llegaron al día siguiente llenas de espanto y dando alaridos de dolor. —¡Éstos son pantalones! —grito el capitán Pulga—, y no volverá a haber otro almuerzo igual. Fue peor que el convite de Lucrecia Borgia… El coronel murió poco tiempo después. (Debe haberse presentado escurriendo sangre desde la cabeza hasta los pies en presencia del ángel que todo lo ve desde las alturas del cielo.)

—¡Bravo por este párrafo final! —gritaron todos—. ¡Más cognac!

A poco el capitán Pulga rodaba debajo de la mesa, presa de una terrible borrachera, y roncaba a pierna suelta.

VI

Salió el otro capitán de la cantina y se dirigió frente a la casa del señor Williams, donde vio salir a Fortunato.

El pretendiente de Esperanza notó que el oficial se fijaba con insistencia en los balcones, como en espera de una cita, y ardiendo en celos se acercó, y encarándose con el capitán le dijo:

—Me parece que usted busca algo aquí.

—No le parece mal —respondió el capitán desdeñosamente—. Espero que se asome una dama a uno de esos balcones para hablar conmigo.

—No será mientras yo viva.

—Es fácil arreglar este negocio; nos pondremos a cuatro pasos. Saque usted su revólver.

—Estoy listo —contestó Fortunato—. Así verá Esperanza que sé morir por ella.

—No entiendo a usted, caballero. ¿Qué Esperanza es ésa?

—La mujer a quien idolatro y a quien no tengo valor para ver que hable con otro hombre.

—¡Rayos del cielo!… Si yo a quien vengo a esperar es a Enriqueta, su amiga, que ha venido al baile, y… vea usted; ya se abre el balcón.

Efectivamente; crujió la persiana y apareció una figura blanca. Acercóse el capitán y la dama le arrojó un pañuelo y una camelia.

—Mañana —dijo con voz de ángel.

—¡Mañana, vida mía! —contestó el capitán.

Luego volviéndose al lado de Fortunato, le dijo:

—Vea usted la marca de este pañuelo —y lo acercó a la luz eléctrica que proyectaba el foco de la próxima esquina.

—Déme usted un abrazo —dijo Fortunato— y perdone mi imprudencia. ¿Quiere usted ser mi amigo?

—¡Por toda la vida!

Aquellos dos seres generosos que hacía muy poco se conocían, se estrecharon en un abrazo fraternal, jurándose amistad eterna.

III. Viento de fronda

I

La excelentísima señora doña Rosaura Carmona de Vasconcelos, hacía venir su prosapia de los nobilísimos condes del Jaral; en su casa, en el árbol genealógico se había enredado con otra, produciendo una confusión; pero ella había saltado sobre las ramas y se había asido al tronco, haciéndose llamar por sus criados y por sus amistades: «La señora condesa».

Rica y poderosa; elegante, aristócrata con ínfulas, gastaba el dinero en darse una vida espléndida; vivía en una suntuosa casa adornada a la antigua y con viejos retratos de los que ella llamaba sus antepasados y que había comprado en remates públicos y ventas privadas, donde se expenden antigüedades; les había puesto marcos dorados, y daban a los salones el aspecto suntuoso de los castillos feudales.

La excelentísima señora tenía su corte compuesta de muchos caballeros que conservaban las tradiciones de la Colonia y suspiraba por aquellos tiempos de la nobleza y los señores de la horca y cuchilla. En cuanto a señoras tenía por visitas unos escuerzos melancólicos, capaces por su figura de despertar la contrición en los pechos más encallecidos por el pecado; pero eso sí, muy aristócratas y llenas de historias de antepasados y maldiciendo los tiempos de la República.

Completaban la corte una turba de jóvenes elegantes, que se desparramaban por la ciudad con sus zapatos blancos, sus refajos de colores, sus grandes sombreros de plumas y sus sombrillas rojas. La señora condesa decía que era necesario renovar los tiempos hermosos de la corte del cardenal Richelieu.

En cuanto a los varones acudían a los grandes bailes, con casacas rojas, media negra y zapatos con hebilla de oro, teniendo todo un sabor aristócrata que cuadraba con las ideas elevadas de la señora condesa, que bailaba el minuet con mucha ceremonia; era un recuerdo de sus antepasados.

La tarde en que comienza esta historia, se encontraba la señora condesa hablando con sus cuatro amiguitas consentidas: Irene, Elvira, Estrella y Catalina; cuatro muchachas lindísimas, finas y elegantes, que daban la moda en la capital.

Ya iremos describiendo a las jóvenes oportunamente.

—Pues decía —hablaba las condesa—, que ya estoy fastidiada de nuestra oscuridad y de nuestro silencio; solamente se habla de nosotros en las crónicas de las tertulias y de los grandes bailes, sin decir nada de nuestros trajes y de nuestras alhajas; esto es horroroso, ¡qué inciviles son los hombres! Todavía están en la penumbra de la civilización… No inventan nada nuevo. Son estacionarios.

Las jóvenes se echaron a reír, exclamando:

—¡Qué talento tiene la condesa!

—Sí, hijas mías —continuó la señora—, digo bien, todos los días son desengaños; el más vivo resulta cuando menos insulso, si no es animal, sin contar con su orgullo y su vanidad, y pensar que la mujer está sometida, esclavizada a esa gente, es para desesperarse. Yo tengo una grande idea, no porque es mía, pero ustedes van a juzgar; es obra de muchas horas de insomnio y de pensar mucho, de madurarla en el cerebro.

—Ya escuchamos con ansia —dijo Irene—. Hable usted; se lo rogamos.

—Sí, sí —dijeron las demás.

—Hasta hoy es un secreto que voy a revelar, porque temo que la prensa de estos beduinos, la vaya a desprestigiar. Ustedes saben que todo lo que no hacen o piensan los hombres, es malo; nosotras somos unas máquinas de bailar o de cualquier otra cosa.

—Veremos —dijo Estrella.

—Pues bien —continuó la condesa—, esta noche va a ser de escándalo; tengo citada una gran sesión y de improviso me desplomo como una catedral; el golpe va a ser rudo y tremendo; he querido hacer mi primera revelación a ustedes porque temo a las mujeres tontas o inexpertas, que son capaces de echar a perder todo… ¡vamos, que están sugestionadas por los hombres!

—Señora —dijo Catalina—, estoy en ascuas.

—¡Voy —continuó la Condesa— a hacer una revolución; esta noche proclamo la redención de la mujer!

—¡Bravo! ¡Bravísimo! —gritaron todas.

—La frase lo dice —agregó la condesa—. Ya ustedes comprenderán lo grandioso de la idea, y más aún en su desarrollo.

—¡Magnífico! ¡Grandioso! —gritaron las jóvenes—. Usted es nuestra redentora.

—Precisamente, amigas mías, y estoy dispuesta hasta el sacrificio.

—¡Todas con usted hasta el Calvario! —exclamaron las muchachas.

—Sí, la redención de la mujer —repitió la condesa—. Las esclavas blancas se rebelan contra su señor.

—Sí, sí —dijo Estrella—, ¡libertad!, ¡libertad para nosotras! Cambio de papeles; ellos a nuestras plantas, y nosotras, reinas y señoras, pero no solamente en el hogar, sino en la sociedad entera.

—Ésa es mi idea, hija mía; arrebatar el cetro a los tiranos, desconcertarlos, humillarlos y enseñarles cómo se gobierna a una nación; ¡reviente el volcán! ¡Ya sonó la hora de nuestra reivindicación; la mujer impera, se adueña del mundo, impone su voluntad y se ciñe la corona de soberana!

—¡Muy bien, muy bien dicho! —exclamaron todas—. Esta noche nos damos la revancha y queda constituido el Club Feminista.

—Nos falta algo más —dijo la condesa—: el escándalo para no pasar desapercibidas; invitaremos a mister Devis, que es el enemigo jurado de la mujer, lo haremos hablar o blasfemar, que es lo mismo, y lo anonadaremos. ¡Será un gran triunfo!

—Sí —dijo Estrella—, será una sesión a la francesa: gritos, interrupciones y hasta desafíos.

—No tanto, hija, no tanto —dijo la condesa.

—Pero, señora condesa —continuó Estrella—, desde el momento en que nos imponemos como hombres, el duelo viene como una lógica; es necesario no ser ya mujer.

—Puede que tengas razón, hija mía. Conque, estad prevenidas todas… y, ahora, a rotular las invitaciones. Terminaremos con un lunch y un baile.

—Perfectamente —dijo Estrella—; consideremos a nuestros opresores, a este sexo débil que vendrá con sus caravanas y sus monerías y será el primer clarín que pregone nuestra fama.

—Sí, sí. ¡La primera victoria! —exclamaron todas.

La casa de la condesa se adornó suntuosamente: el salón fue el señalado para la ceremonia. Se levantó un dosel de terciopelo y todo el atrezzo era sumamente antiguo. Grandes sillones y mesa de nogal con carpeta roja bordada con escudos; un gran tintero de plata. El resto del salón estaba lleno de sillas para la concurrencia.

Desde las siete de la noche comenzaron a llegar las damas de la aristocracia; parecía una tertulia de los tiempos de Napoleón III.

Cuando todos los invitados se encontraron reunidos, la señora condesa, rodeada de sus damitas que oficiaban como de secretarias, tomó asiento y agitó la campanilla.

Reinaba un gran silencio en el salón. La condesa, que ya llevaba un discurso preparado, copiando algunos párrafos ya muy comunes en la materia y otros sacados de conversaciones análogas, pensaba en esa interesante sesión.

—Señores —dijo la condesa algo turbada—, vengo con temor a presentaros una grande idea que llamaré «la mujer irredenta».

Resonó un aplauso nutrido, que dio aliento a la condesa.

—La mujer —continuó—, desde los tiempos primitivos, no ha sido más que una esclava llena de vejaciones; el hombre ha sido el señor, y ella la sierva; por eso en la actual civilización, la Iglesia, al presentar a la desposada, dice: «Mujer te doy, y no esclava». Estas mismas palabras denuncian un estado social.

—¡Bravo!, ¡bravo! —gritaron todas las señoras.

La condesa continuó:

—La mujer, mitad del género humano, debe tener iguales derechos, desde el gobierno hasta la guerra.

Un palmoteo estruendoso contestó a las palabras de la oradora.

—Cuando la mujer —prosiguió la condesa— ha querido mandar ejércitos, lo ha hecho; ahí está Juana de Arco, ¡y con cuánta entereza sobre las llamas de la hoguera! ¡Ahí están las mujeres fuertes de la Biblia, y ahí están las mártires del circo: valerosas y enteras en el sacrificio salvaje, con una aureola de luz en la frente y un rayo de sol saliendo del corazón!

El entusiasmo crecía en la concurrencia y las demostraciones se sucedían.

—Y no obstante —continuó la condesa—, la mujer ha seguido siendo un objeto de sarcasmo, cuando ha pretendido salir de esa atmósfera pestilente que la asfixia, el hombre en sus instintos brutales, digámoslo de una vez, la tiene tiranizada y fuera de los lindes de la civilización; no pasa de una triste cautiva, como en los países musulmanes; pero ha llegado el momento histórico de la reivindicación; es necesario, puesto que se nos niega los derechos, ¡tomarlos donde los encontremos!

—¡Bravo!, ¡bravo!

—Ascender a los puestos públicos, dirigir la voluntad popular, entrar en el areópago de la ley, elevarnos al derecho, al jurado, al municipio, a la judicatura y a todas partes donde signifique una autoridad. Compartir con el hombre y hacerle comprender que, como individuos de la raza humana, el mismo nivel pasa sobre nuestras frentes.

—Sí, sí. ¡La igualdad! —gritaron cien voces.

—¡Si la naturaleza nos ha señalado para dar a luz a la criatura, nos ha investido también de autoridad, para educar, para mandar, y ése es el derecho que se nos arrebata, o más bien que se nos defrauda; protestemos contra la tiranía de los hombres!

—¡Sí, sí! ¡Abajo los tiranos!

—Pues bien, la unión da la fuerza. ¡Asociémonos y nuestros esfuerzos reivindicarán el derecho hollado, luchemos con valor; las mismas mujeres, sometidas a las crueldades les arrojarán la sátira al rostro; los hombres reirán desdeñosamente, pero nosotras resistiremos esa tempestad y triunfaremos al fin del combate!

—¡A luchar! ¡A luchar! —gritaron todas.

Los hombres quedaban silenciosos. En un lugar apartado del salón estaba un hombre pálido, con el cabello largo; el rostro afeitado, con las manos cruzadas sobre el pecho; fijaba una gran atención a todo cuanto estaba teniendo lugar. Era el padre mister Davis, el sacerdote protestante.

La condesa hizo un movimiento brusco y dirigiéndose al sacerdote, le dijo con aire de sarcasmo:

—¿Hay todavía quién predique humildad y resignación a la mujer; quién indique en su cerebro la idea de que sus deberes únicos son la crianza y la educación de sus hijos, y que no le es dable salir de esa esfera, bajo la pena de caer en el ridículo? Yo quisiera oír esa palabra, esa voz que nos niega nuestros derechos y nos abate, hasta hacer de nosotras unas incubadoras, un aparato para la generación humana, un animal en el seno de la civilización.

—¡Sí, sí; que hable el padre Davis; que hable! —dijeron todas.

El padre Davis inclinó la frente.

—Yo no admito el silencio; el padre Davis es el enemigo jurado de la mujer; nos debe una reparación y la franca declaración de que nos asiste entera justicia. Las sociedades modernas están llamadas a esa evolución civilizadora; media humanidad está incompleta y necesitamos completarla.

—¡Que hable, que hable! —volvió a gritar la concurrencia.

Atravesó el sacerdote lentamente el salón, subió a la plataforma y sin inmutarse, saludó respetuosamente a la concurrencia.

Las señoras, galantemente, le dieron un aplauso.

—El padre Davis tiene la palabra —dijo la condesa, y un silencio casi solemne reinó en el vasto salón.

—Señoritas y señoras: tengo la desgracia de que se me haya tomado por el enemigo implacable de la mujer, y esto no es exacto; estoy muy lejos de ser el antagonista del bello sexo.

—¡Mañoso! —gritó Irene.

Al protestante pasó desapercibida la exclamación.

—Yo soy —dijo— grande admirador de la mujer; me parece oír todavía las oraciones que flotaban sobre mi frente, vertidas por los labios venerados de mi madre.

—¡Bien, bien! —gritaron algunos.

—Nada más bello que una mujer, cuando se ciñe la aureola de madre, ¡nada más respetable! Asume una misión sagrada, es un dios en el hogar, que se convierte en templo; su mirada tiene luz de estrella, su sonrisa es la de un ángel celeste…

—¡Bravo!, ¡bravo!

—¡Hipócrita! —gritó Estrella.

—¿Dónde hay en el mundo —continuó el padre Davis— un asiento más alto? ¿Qué son los honores de los hombres, ni las dignidades humanas en presencia de esa santidad, ungida por el óleo santo de la madre naturaleza?… Entonces hay que descubrirse la cabeza y doblar la rodilla delante de la mujer.

—¡Bravísimo! —gritaron todos.

—¡Si la mujer es una niña, qué espectáculo tan tierno! Aleteando como un ángel, jugueteando como una mariposa con los iris del cielo, respirando el aura pura del candor y de la inocencia.

—¡Bien, bien!

—¡Solapado! —gritó Irene.

—Si es joven la mujer, ¡cuánta belleza y encanto, respirando los primeros alientos de la adolescencia; abriendo su corazón a los rayos solares del amor y de la ternura; cediendo a las primeras impresiones, como las aguas de los lagos al caer una gota de lluvia; y la imaginación con todo su poder arrojando un mundo de ensueños en su cerebro y en su corazón; y si esa joven se ciñe la corona de desposada y entra por el arco del triunfo al templo del hogar, entonces es necesario creer en el cielo, en la presencia de los ángeles, en todo lo desconocido sobre la tierra!

—¡Bien!, ¡muy bien!

—¡Ya va a empezar lo bueno! —gritó Irene.

—Mujer y sacrificio, es todo uno —prosiguió el sacerdote—. Yo las he visto en el campo de batalla y en los hospitales de sangre, con el rostro animado de valor y entereza, ante aquel cuadro lleno de desolación y de muerte, ocultando bajo las alas blancas del gorro de las Hermanas de la Caridad el torrente de sus lágrimas. Yo las he visto recoger el huérfano, arrullar al niño y consolar a los desgraciados. ¿Decid ahora, señores, si puedo ser el enemigo de la mujer?

—¡Sí! —gritó un soldadón revoloteando un grueso bastón de encino—. ¡Yo he oído decir a ese clérigo, que la mujeres es el mono de la civilización y las viejas los orangutanes de la historia!

Una carcajada resonó en el salón, las ancianas se mordieron los labios de rabia.

—Puede ser que yo haya dicho todo eso —dijo el protestante—, la frase no es totalmente inexacta; las jóvenes para acentuar las gracias de alguna amiga, la llaman mona y hasta remonísima y si esa mona llega a la ancianidad, nada más natural que sean los orangutanes de la historia.

—¡Ah, viejo bribón! —gritaron las señoras.

—¡Abajo!, ¡abajo!

—¡No, no; que siga barbarizando, que siga!

—Con permiso de ustedes, prosigo y ruego a las señoras que no me interrumpan. Es cuestión de nervios; procuraré serenarme.

El protestante las saludó cortésmente y siguió en su perorata:

—Parece que la mujer, fatigada de presenciar inmóvil la lucha de la ambición, quiere descender de su altar para mezclarse en el combate y adquirir todos los derechos del hombre, perdiendo los de la belleza y la ternura; ya quiere cuando sea madre, aplicar el motor eléctrico a la cuna del hijo mientras ella vela sobre el bufete o asiste a una junta de accionistas del banco, y el niño criado al calor de la estufa, educado solamente para el acto del cheque, no conozca ni la risa ni el llanto, y se torne un ser egoísta y desnaturalizado, que no vuelva la vista a sus padres, sino para calcular el monto de la herencia.

—¡Abajo!, ¡abajo! —gritaron las mujeres.

—¡La madre que desatiende el hogar, que olvida sus obligaciones sagradas y se convierte en un ser extravagante y ridículo, es un ente, un ser perdido para el seno de la sociedad!

—¡Fuera, fuera!

—Me habéis llamado para humillarme con vuestros discursos y tenéis que oírme hasta el fin.

—¡Sí, sí! ¡Que hable!

—¿Qué ha sido la mujer fuera del hogar y sin la sombra del marido, cuando ha pretendido lanzarse a horizontes desconocidos?… La burla, el sarcasmo, nada más… La mujer, fuera del hogar, es un fiasco.

—¡Fuera!, ¡fuera!

—No, no me iré sin concluir —dijo el protestante—; respondan mis adversarios con la mano puesta sobre el corazón, desde que el mundo es mundo, ¿qué invento se debe a una mujer? Ni aun en sus oficios manuales ha podido adelantar; la máquina de coser, la de ensartar agujas, los bordados, algo de lo que hacen los modistos europeos… ¡Nada!… En lo único en que se han distinguido es en la poesía. Safo, Santa Teresa, la Avellaneda, Carolina Coronado y Ester Tapia, Josefina Pérez y otras muchas, porque están en el campo de la imaginación, en la atmósfera de los sueños, es decir, en todo lo inútil.

—¡Bárbaro!

—Pero la mujer, tiene sus grandes virtudes, enterezas, valor, resignación todo es suyo. ¿Para qué aspira a las cualidades de los hombres? La verdad es que hay en su cerebro una reconocida represión, un alejamiento de facultades debido a su organismo; no tiene la culpa, hasta hoy es y ha sido un embrión, que más tarde tomará forma; suyo es el porvenir ya que no puede entrar en el presente.

—¡Fuera, fuera!

—Termino, señoras, aconsejándoles que prescindan de la quimera de obtener los derechos civiles; es una carga que no pueden tolerar, es superior a sus fuerzas, siempre como las reinas tendrían que procurarse un ministro, un marido, un amante, que las dirigiera, porque solas… ¡Dios las tenga de su mano!

—¡Abajo!, ¡abajo! —gritaron todas.

El protestante dejó la tribuna.

—Pido la palabra —dijo Irene.

La presidenta dijo solamente:

—La señorita Irene tiene la palabra.

Luego que Irene se presentó en la tribuna, se dejó oír un aplauso ruidoso.

—Señoras —dijo Irene—. Yo respeto al padre Davis, pero no me sucede lo mismo con sus ideas que voy a combatir, lo cual es muy fácil, porque toda su argumentación es pueril y se ha fundado en preocupaciones antiguas, que ya no son de nuestros tiempos.

—¡Dice bien!

—La mujer ha sido siempre esclava, todo se le ha negado y se le niega aún, se pretende que sea un instrumento en el mecanismo de la Humanidad y que viva relegada al trabajo doméstico, tan fastidioso, y pronta a los servicios religiosos para acabar de embrutecerla.

—¡Verdad!, ¡verdad!

—La civilización, abriéndose paso, ha puesto en los libros sagrados y en los civiles, unas palabras, que son la confesión explícita de lo que ha sido la mujer: «Esposa te doy y no esclava». Luego las sociedades antiguas han considerado como esclava a la mujer, ¡esto es horrible! La mujer ha logrado sobreponerse a fuerza de estudio y al elevarse en sociedad y desplegar sus dotes, el hombre se ha alarmado, digámoslo de una vez, ha tenido miedo de perder su imperio y de ahí la burla y el sarcasmo, de ahí la guerra implacable, que la mujer está llamada a sostener con valor, segura de vencer en el combate.

—¡Bravo!, ¡bravo!

—Dice el padre Davis, que la mujer nada ha inventado desde que el mundo es mundo, es verdad; pero no todos los hombres inventan, brotan como chispas los genios, y la Humanidad se aprovecha y esto no les da superioridad al resto de los hombres; son tan incapaces como las mujeres y acaso más ignorantes. Nosotras no estudiamos los microbios porque estamos dedicadas a animales más grandes.

Un grande aplauso acogió la sátira de Irene.

—Admitiendo las cosas en su verdadero punto de vista, no necesitamos inventar nada, como no necesitamos sembrar la tierra, ni matar borregos, ni fabricar casas; todo eso tenemos quien lo haga, como lo tienen el resto de los hombres. Lo único que viene a resolver el problema, es que la preponderancia del hombre está en la fuerza brutal esgrimida por su salvajismo.

—¡Bravo!, ¡bravo!

—Ésta es la diferencia, nada cerebral; todo cuestión de músculos: un hércules de plazuela, es superior a una profesora; un torero está más alto que una mujer de talento; un cargador es un héroe. ¡Qué superioridad tan disparatada! Aspiramos a los derechos civiles y al profesorado y tenemos razón; se abren las escuelas normales, se nos entrega la dirección de la juventud, se nos dan títulos de profesores, y se nos prohíbe votar en las elecciones de ayuntamiento.

—¡Bravísimo!, ¡bravísimo!

—La que tiene cierto criterio e instrucción, bien puede elegir un munícipe o diputado, ¡que contradicción tan brutal la de nuestros tiranos!

—¡Viva Irene!, ¡viva Irene! —gritaron las señoras.

—Ya veis que la mona de la civilización, como nos llamó el padre Davis, vale algo, donde va a cosechar laureles al mismo campo enemigo. Los médicos se han abrogado el derecho de matar, y si una mujer doctora extravía una cura, la linchan; los abogados tienen el derecho y la facultad del embrollo, y si la mujer lo ejerciera, dirían que no se puede con la lengua de las mujeres; los ingenieros hacen puentes que se caen, edificios que se derrumban, y si le aconteciera a una mujer, paraba en la penitenciaría.

—¡Bien!, ¡bien!

—Está mujer tiene, en ese bajo cerebro, una depresión moral absoluta, cuando ella educa a los hijos, aconseja al marido, pulsa los peligros y ejerce hasta la adivinación enmedio de su ignorancia… Educadnos, ponednos en el medio ambiente y os quedaréis espantados, no os mataremos en el baño como Carlota Corday a Marat, ni os cortaremos la cabeza como Judith a Holofernes, sino os arrancaremos el cetro de hierro que hacéis pesar sobre nuestras frentes; la mujer irredenta, sacude sus cabellos como su melena el león herido, proclama el derecho inviolable de su independencia social.

—¡Bravo!, ¡bravo! ¡Viva Irene!

Descendió Irene de la tribuna entre los estruendosos aplausos de la concurrencia. Todas las señoras se precipitaron a abrazarla y a cubrirla de besos. La presidenta levantó la sesión. Todos los hombres fueron a rendir sus homenajes a la oradora.

Luego que terminó la sesión, pasaron al comedor que estaba lujosamente dispuesto. La señora detuvo al padre Davis que, con la mejor calma y buen humor, se sentó a la mesa. El primer brindis fue en honor del protestante, que esto aconsejaba la galantería.

—Señoras —dijo el padre Davis poniéndose en pie—. El vencido saluda con entusiasmo a la vencedora.

Resonó un nutrido aplauso. El general que había ocupado asiento junto a la señora, dijo por lo bajo:

—¡Pobre clérigo, le han chafado!

Reinaba la alegría más pura, por doquiera se oían los comentarios sobre el discurso de la joven; todos elogiaban su talento, el mismo padre Davis, reconocía una gran capacidad en ella.

—Señora condesa —decía el general—, es hermosa esta concurrencia, digna de las tradiciones de esta casa.

—Usted exagera, señor general —dijo la condesa.

—Señora, es lo más distinguido de la sociedad mexicana, cuanto se haya reunido en torno de esta mesa; el banquete es espléndido.

—Regular, regular —dijo la condesa.

—Señora condesa —dijo el general—, yo pertenezco a la aristocracia del ejército y me glorío de ello, he llegado al lugar que ambicionaba, pero yo desearía enlazarme a una de las familias cuyo árbol genealógico se remonta a los grandes de la antigüedad.

—Está usted en su derecho, señor general, yo le ayudaré a usted en su propósito.

—Señora, usted me honra demasiado… pero… Señora condesa, yo soy soldado a pesar de mi categoría y no sé mentir ni ocultar, yo estoy enamorado de V. E. y aspiro al alto honor de poseer su mano.

—Ésa es una descarga, señor general, y con dinamita.

—Bien puede ser, señora condesa, pero en esa bomba va la verdad entera, yo amo a usted por su belleza, por su gran talento, y sobre todo por sus ideas que me cautivan; soy partidario, no sólo de la igualdad, sino de la preponderancia de la mujer, y usted ha levantado el estandarte de la mujer irredenta, como dijo Irene.

—Esto es un negocio muy serio, para tratarlo en una mesa, ¿no es verdad?

—Tiene usted razón, señora condesa, pero desde ahora, ámeme usted o no, juro sobre el puño de mi espada, obedecer a usted en todo, someterme a sus ideas y no tener más voluntad que la suya. Usted es el general, yo soy el recluta.

—No tanto, no tanto —dijo la condesa.

—Y aun es poco —murmuró el general.

—Le debo a usted una contestación —dijo la condesa—, y se la daré dentro de dos meses.

—¡Dos meses!… —exclamó el general.

—Necesito poner a usted prueba; sentir el temple de su alma, porque la cuestión de un enlace es muy seria.

—Tiene usted razón, señora condesa, y como primera prueba de sumisión, esperaré resignado esos dos meses, que me parecen una eternidad, y todos los días pasaré revista de presente, si usted me lo permite.

—Estoy de acuerdo; pero todo con mucha prudencia y exquisita reserva, y entienda usted que todo esto no quiere decir una esperanza.

—No soy tan jactancioso, señora condesa; todo es benevolencia en usted y queda en absoluta libertad de amarme o despreciarme; pero si alguien se atreve a levantar los ojos a usted, lo mato simplemente.

—Cuidado con esos humos de cuartel, señor general.

—Perdone usted, señora condesa, si he hablado de matar; pero eso sí, ¡lo estrangulo, como hay Dios!

Se sonrió la condesa, porque a las mujeres les agradan mucho los valientes.

—Ya sabe usted, señor general, que desde hoy soy periodista.

—Y yo señora condesa, el primer suscriptor.

—Así me gusta, señor general.

Junto a Irene estaba un joven elegante, guapo, de grandes ojos, bigote a lo Guillermo II, insinuante y de gran talento.

—Irene, sabe usted cuánto la amo —decía el joven—; espero una pronta respuesta; ha pasado en espectativa sufriendo, lo que yo llamo tiranía de usted.

—Ricardo, me hace usted reír.

—Ésa es la respuesta que usted ha adoptado para contestar a mis súplicas de cariño y entrañable amor.

—Pues le diré a usted en serio, que hace más de dos años que estudio para abogado, y dadas las actuales preocupaciones, usted no consentiría que yo ejerciera mi profesión, la que no me lleva más afán que demostrar la competencia de la mujer en ese género de estudios.

—Confieso a usted que me sería muy penoso que se creyera que usted trabajaba y que yo lo consentía por un ruin interés.

—Ya lo ve usted, Ricardo, las preocupaciones antiguas dominando la clara inteligencia de usted.

—No son preocupaciones, Irene, es el modo de pensar de la sociedad actual.

—Ésa es nuestra lucha, Ricardo, eso es lo que vamos a desafiar con entereza y hasta con resignación; no se me oculta que voy a ser objeto de ironías y de sarcasmos, pero estoy resuelta a todo y no quiero sacrificar a usted, a quien verdaderamente amo.

—Ha pronunciado usted una palabra que me hace feliz. Usted me ama, y yo sacrifico amor propio, orgullo…, todo, todo, en cambio de ese amor que es toda mi dicha… Puede usted hacer lo que guste; ya estoy resignado.

Irene le estrechó la mano y fijando en él una mirada intensa le dijo:

—Ricardo, soy toda una mujer; no pondré nunca en ridículo a mi mando ni le haré representar un mal papel en sociedad.

—Gracias, Irene, me fío a usted por completo y no volveré a pronunciar una palabra; reconozco en usted un ser superior e inteligente que llevará la felicidad en mi hogar.

—¡Irene, Irene! —gritó Estrella—. Ya me figuro que tendrás el mismo altercado que yo con tu novio; estos hombres no nos comprenden. El estúpido de Anselmo, cree que la medicina es una ciencia muy honda, incapaz de ser cumplida por la mujer, que siguen los misterios antiguos, el sacerdocio viejo, en el que el hombre era dueño de la ciencia y de la naturaleza. ¡Qué estupidez! Hoy el velo se ha descorrido; la ciencia es luz que todo lo ilumina; ya no hay tinieblas, entablamos un duelo, ¡veremos quién vence!

—Estrella —contestó Irene—, Ricardo no piensa lo mismo que tu novio; es un hombre ilustrado que comprende el problema social en todos sus peligros y sus amenazas, y lo deja venir, con esperanza de que lo conjuremos.

—Es una felicidad —contestó Estrella— encontrar un cerebro tan despejado y fuera de la atmósfera de esas preocupaciones que han labrado nuestro infortunio.

—Señorita —contestó Ricardo—, yo soy partidario de la mujer, y no tendría conciencia para negarle sus aptitudes; pero, no es ésta la cuestión, es que la mujer es el enemigo más grande de la mujer.

—No comprendo —dijo Irene.

—Óigame usted, Irene: los hombres toleramos todo, y hasta nos hace gracia; impulsamos el talento, favorecemos la aptitud, pero la mujer, poseída de la envidia, cuando comprende la superioridad de otra, se vuelve como una serpiente, para herirla y envenenarla; y ellas son las primeras en reírse, en esgrimir la sátira, en jugar el sarcasmo, diciendo que la mujer ha nacido para la esclavitud del hogar, y fuera de él, todo es quimera y absurdo.

—Tiene usted razón, Ricardo —contestó Irene—; el mismo sexo perpetúa la tiranía social, y en lugar de comprendernos y de admirarnos, por sostener esta brega, en lugar de alentarnos en la lucha, nos apostrofa y nos humilla, pero nosotras, aun a pesar suyo, nos haremos libres; los israelitas extrañaban las cebollas del cautiverio; hasta los hombres extrañan la esclavitud, pero viene después el amor a la libertad; caballero, tenemos muchas lágrimas que derramar, muchos sollozos que exhalar, pero estamos decididas; ya ve usted al padre Davis, que…

Entró un caballero muy alarmado.

—¡Señoras!, ¡señoritas! —dijo—, corre ya un viento de revolución.

—Hable usted, caballero —dijo Irene—, ¿qué es?

—Que lo que nadie se sospechaba ha sucedido; un señor Francisco I. Madero, que andaba diciendo discursos por todas las ciudades y poblaciones, fue acusado por uno de tantos denunciadores oficiosos, de haber dicho insultos a la persona del señor general Díaz, y fue aprehendido y llevado a San Luis Potosí y sometido al juez de distrito.

—Que el señor Madero ha burlado la prisión y dicen que después de arreglar la cuestión de dinero en los Estados Unidos, ha vuelto al territorio mexicano y se ha pronunciado contra el gobierno, proclamando la no-reeleción y otros principios. Esto ha causado un gran escándalo en el mundo oficial, pues se creía que delante de un grande ejército nadie se atrevería a ponerse frente a frente; que esto pudiera ser una locura, pero que parece haber una ramificación peligrosa, y ya comienzan los vagabundos a esparcir noticias alarmantes; ahí están en las cantinas, y ya hay quien grita: ¡Viva madero!

—¡Mejor! —dijo Irene—, ésta es nuestra hora; tomaremos nuestra parte; verán los hombres si somos capaces de inclinar una balanza.

—Pero, usted sueña, señorita.

—No sueño, caballero. Nosotras somos un factor importante, y si nos ponemos del lado de la revuelta, ya tendrán cuidado, sólo a cuentos los marcaremos; podemos ser correos sin que lo sospechen; atisbaremos a nuestros padres, o a los maridos, las que los tengan, y si son soldados sabremos más cosas y podremos influir en grandes sucesos; aquí valemos las mujeres más que los hombres y nada arriesgamos.

—Es verdad señorita, ¡pero eso sería horrible!

—Ya estamos curadas de espanto.

—Decididamente entramos a la revolución —dijo Estrella.

—La oportunidad es magnífica.

—La aprovecharemos.

—Y cumplirán lo que dicen —murmuró el padre Davis.

—¡Señores! —dijo Irene—. ¡Ya la paz se la llevó el diablo!

En todas las casas de comercio y en el seno de todos los hogares no se hablaba de otra cosa. La revolución comenzaba por una pequeña chispa, pero podía terminar en un incendio. Después de treinta y seis años de silencio, el pueblo sentía la nostalgia de la revolución, que lo había agitado tanto tiempo de lucha, sin saber que la guerra podía poner en peligro a la nación.

Así empezó la revolución francesa, por una palabra de la tribuna de los Estados Generales, recogida inconscientemente por el pueblo, ebrio de entusiasmo y con deseos de entrar en lucha contra un enemigo imaginario; por eso se lanzó contra la Bastilla a derramar su primera sangre. Es que la palabra Libertad, tiene un encanto, una magia poderosa que envuelve el alma e ilumina el espíritu. Junto a la Libertad está el abismo.

La palabra está pronunciada; el abismo estaba abierto. ¿Quién caería en él?

IV. El hombre y la sombra

I

En una casucha, más bien una choza que parecía cabaña de pastores y que estaba en las orillas fronterizas del Bravo, se encontraba un hombre sentado en una silla de bejuco, con un brazo recargado sobre una pequeña mesa donde había un tintero de campaña y unos pliegos de papel y sobres de cartas. El hombre tenía un aspecto sombrío; sacó de su cinto una pistola y la puso como al descuido sobre la mesa. Sus párpados se fueron cerrando como presa de un sueño y comenzaron a desfilar por su cerebro un tropel de fantasmas, como esas olas del río que van empujando en la corriente hasta sepultarse en el océano. La noche iba cayendo y sus pesadas sombras apagaban lentamente los últimos tintes del crepúsculo. No aparecían las estrellas. El viento del monte soplaba con furia y las nubes iban rápidas en sus alas, como las viajeras del cielo. No se oía más que el rumor del agua que azotaba las márgenes del río. Las aves de las últimas parvadas se hundían en el manto de la noche.

El campo era un mar negro, triste y misterioso. Los árboles parecían fantasmas que se quejaban cuando el aire los movía… A lo lejos se escuchaba el ladrido de los perros vagabundos.

El hombre de la cabaña seguía soñando despierto.

—Yo —exclamaba—, que he alcanzado la riqueza humana, que puedo ahogarme en el oro que poseo, que tengo un hogar lleno de encantos y de amor, que siento la fuerza de la dicha y los ardores de la juventud; que estoy en la plenitud de la existencia, lleno de ilusiones y de esperanzas… ¿Qué me falta?… Hay una voz que me grita en el fondo del alma: ¡la Patria!… Sí, la patria, y ella pide el sacrificio. Yo puedo llegar a la meta, tengo valor… Me arrebata el fanatismo por una idea, y no me espanta la muerte —levantó la cabeza; se oprimió la frente entre las manos y después, como respondiendo a sus pensamientos, exclamó—: ¡Él es un gigante y yo un pigmeo!

Levantóse desesperado; sacudió su cabeza, revolvió su mirada en torno de las sombras que envolvían la noche, y exclamó: «¡También los gigantes caen!». Pasó el relámpago de la historia por su cerebro, y hablando con su destino, murmuró, como si leyese una página sombría del pasado, que cubrió de espanto los últimos días del siglo XVIII:

¡El águila caudal que se levantó soberbia de la isla de Córcega, para ir a empapar sus alas en las aguas sagradas del Nilo y secarlas en el fuego abrasador de las pirámides, que encumbró las altas montañas del Alpe y se empapó en sangre en los combates de Marengo y de Wagram; que se enfrentó con el sol de Austerlitz y pasó entre el candente plomo de Arcole y se cernió vencedora en el cielo de la Europa, para caer tarde, más tarde, como un aerolito desprendido del astro de la grandeza, en la isla pavorosa de Santa Elena; esa majestad solemne que entró sacrilega en la ciudad de los Césares y de los pontífices para despedazar las tiaras de los siglos, destronar a las monarquías de las edades y repartir como un botín de guerra entre sus soldados, a las naciones y los viejos pueblos de la soberanía de Europa, tendió su garra implacable sobre la España, rompiendo un trono y llevando como reos convictos a los reyes católicos que arrastraban en su sangre la savia de aquellas ramas, que lucharon setecientos años por conquistar la independencia y arrojaron allende el estrecho los últimos restos de una raza vencida por la historia!

Y pensar que todo aquel movimiento inconcebible, era la acción de un solo cerebro, de un solo hombre, que ponía en la puma de su espada todos sus pensamientos, que alumbraba con el fuego de los combates, que resolvía sus cuestiones en la arena revuelta de la lucha y de los más arduos problemas de la política y de la guerra, entre los más agudos dolores del cáncer que devoraba su organismo; y que, dominado por aquel genio no le impedían correr como un huracán en los campos de batalla y hacer ostentación de su fuerza, como César, que tiraba las riendas de su caballo y pasaba a pie las abruptas montañas de los Alpes, con la cabeza desnuda, en su paso para las Galias.

¿De dónde venía aquel hombre, que lo mismo escribía un código, que mandaba un combate, que hizo nula la diplomacia ergotista de su época, que comentó a César y fue superior a Maquiavelo? ¡Ese hombre, cuando Carlos IV le cedió el trono de España y su soberanía sobre todo el reino, tendió la vista al continente americano y por un momento se creyó dueño del mundo!

El África lo recibió en los bazares de El Cairo y le saludó desde la Esfinge, que inquieto y perverso la salpicó de sangre, escribiendo la pagina más brutal de sus campañas y aquellas pirámides de quien dijo orgulloso a sus soldados: «Cuarenta siglos os contemplan», durante un siglo comtemplan sus horrores y el fin trágico de aquella existencia nacida para esclavizar a las razas y a las naciones, mezcla de libertad y de tiranía, vil consorcio de la barbarie y de la civilización en los vaivenes eternos de la historia.

¿De dónde venía ese hombre que llevó a su lecho nupcial las convicciones de la política, rompiendo el lazo conyugal que lo ataba a Josefina y celebrando un nuevo matrimonio con una austriaca, María Luisa, cuyo enlace fue un estruendo, una explosión de lujo, de ostentación y de riqueza en la imperial París, la capital entonces del Universo?

Imperaba sin condiciones, nadie presentía a Waterloo, abortaban todas las ligas, se perdían todas las intrigas de Coxe, se aniquilaban todas las tendencias, y aquel genio flotaba sobre el mar revuelto de una revolución pavorosa que se extendía en su contra en el cielo todo de la Europa. Flotaba como un monstruo sobre aquel mar revuelto, se ocultaba como un astro, unas veces entre las nubes de la tempestad, y aparecía después más lleno de luz y de omnipotencia. Esas apariciones que están en los secretos de la humana naturaleza, no pueden deprimirse, apenas entran en el estudio de los hombres, sin explicación y sólo en el relato de los hechos, el por qué de esos hombres en el seno de las sociedades, el secreto de su encumbramiento, la magia de su poder incontrastable, la sabiduría de sus doctrinas, todo entra en las sombras del misterio que abruman la conciencia humana.

¿Quién es ese soldado de fortuna que preside la academia como un consejo de guerra, que funda órdenes de honor que subsisten al través de un siglo, que acuchilla sin piedad a los prisioneros, como César que les mandaba cortar una mano a los vencidos; que levanta patíbulos para los príncipes, como Condé, que arroja a los papas a la proscripción como a Pío VII, y pone en los tronos a los cabos de su ejército y a sus hermanos y que cubriendo con el manto de las abejas imperiales tantos crímenes, es la admiración del mundo y el ídolo del Universo? Afortunadamente seres como éstos no aparecen todos los días en la atmósfera del mundo, ni en el cielo espléndido de las sociedades humanas. Hay hombres a quienes no les alcanza la venganza de los pueblos y caen en la tumba, en medio de su grandeza, que parece que ni la justicia humana ni la divina rompen la cadena de sus crímenes ni de sus desmanes; pero la mayor parte comparecen ante el tribunal del destino y sufren sentencias inesperadas y fallos terribles que se ponen al nivel de la grandeza o de la perversidad que deja un reguero de lágrimas como la vía láctea del crimen sobre la tierra. Este hombre poderoso, intocable por la mano del infortunio, a quien la suerte había colocado como un astro en mitad del horizonte, cayó desplomado por un rayo al pie de una roca, donde el destino había señalado su sepulcro enmedio de las rudas tempestades del Atlántico, y donde se oía allá a lo lejos, ante los pavorosos tumbos del océano, el eco siniestro de los cañones de Waterloo. No lo pudo vencer ni el valor ni la táctica, ni aun el saber; lo venció la perfidia, el engaño, todo lo que tiene de monstruoso el corazón de los hombres, cuando se envuelven en las sombras de la venganza sedienta, y dan a mansalva una estocada en el silencio de la noche o la soledad del campo o de los mares.

Desapareció el Universo con todo su poder, encantos, riqueza, brillo, amor, combates, triunfos, ovaciones… ¡cuánto ha inventado el orgullo humano para trastornar el criterio de los hombres y arrojarlos al abismo sin fondo de su destino…!

La majestad imperial, envuelta en su redingot, como un soldado en la víspera de un combate, arrojado a la soledad insondable de una isla, sin más ecos que los tumbos del mar, los truenos del siglo, o los quejidos prolongados del viento; que enmedio de su pesadilla tendía la mano para aprisionar las riendas de un caballo blanco como la nieve, en que había atravesado los Alpes; que llamaba a gritos a sus soldados, que mandaba una batalla y olía el humo de la pólvora y escuchaba el sonoro rugido de los de los cañones y veía a lo lejos las columnas despejadas de polvo, levantadas por la marcha misteriosa de sus caballerías, donde lo húsares llevaban la vanguardia y los cazadores los flancos de la columna que se arrojaba sobre el fuego mortífero de la artillería, como disputando a la muerte su estandarte… y despertarse agitado, epiléptico, neurasténico y tropezar con la tiniebla, y despertar al fin al grito de: «¡Centinela alerta!» de sus guardianes, cuyo eco parecía llegar a la orilla del océano… ¡Soñar en todo y no ser nada! ¡Pensar como un gigante y ser el átomo de un sol apagado para siempre, agonizante en la isla de Elba, y muerto y amortajado en los brazos implacables de Waterloo!…

¡Qué importa morir cuando se ha llenado un siglo con la luz inextinguible de la gloria y se ha pasado entre laureles al juicio de la posteridad, en las hojas brillantes de la historia!

III

El mundo contemplaba absorto aquel espectáculo, en que la majestad imperial guardaba bajo su tienda a tres reyes que se arrodillaban a sus pies como unos vasallos para enseñarles a la humanidad el valor de las grandezas y lo perecedero de las ostentaciones de los hombres.

Napoleón pensaba en medio de su poder en el desenlace de aquella aventura sin nombre, en que la fortuna había puesto en sus manos a esos tres jirones del desprestigio y de la vergüenza: Carlos IV, inútil, corrompido, traidor a su patria y a su estirpe, marido complaciente alentando a un miserable valido que pregonaba la deshonra de una mujer, sin vergüenza y sin pudor que enlodaba el lecho conyugal en presencia del esposo que debía haber hecho lo que Enrique VIII, siquiera para no ser la burla del pueblo y del mundo todo. Y su hijo, Fernando VII, que siguiendo las huellas de su padre, embustero, cruel, asesino y miserable, heredaría el trono de sus antepasados, para llenarlo de vergüenza y de ignominia… ¡Destino adverso el del pueblo español!

No es fácil encadenar a los hombres, lo que sí es difícil y casi imposible, es subyugar a un pueblo. Bien se puede en un momento dado hacerse árbitro de una nación; pero al desplegarse una tiranía, cuando se siente el dogal al cuello y al pie la cadena, se despierta; el hierro se quebranta al primer esfuerzo, y el viento de la libertad se desata como un huracán.

Así el pueblo español, traicionado por un amigo desleal que lo invadió infamemente, llevando el engaño y la malicia al último extremo, que le arrebato a sus reyes, que acobardados delante de aquella grandeza, cayeron de rodillas y se entregaron a todas las cábalas de una política sin fe y llena de embrollos y de crímenes; pero aquel pueblo tuvo una reacción espantosa, acordóse de su glorioso pasado, limpió sus armas, sacudió sus banderas y entró en el campo de la lucha a una pelea sin tregua, afrontando todos los peligros de la fortuna y las contingencias de la muerte. La nación se irguió como un solo hombre, la sangre española comenzó a derramarse a borbotones, se sucedían escenas de valor y abnegación, de grandeza, que acabarían por anonadar a Bonaparte, que no esperaba aquella actitud; creía que toda España era de Borbones, y que con sólo su hermano en el trono, sería suficiente para dominarla. La España estaba en pie, derramaría hasta la última gota de su sangre, antes que posternarse vencida a los pies de Napoleón I. Desafiaba al gigante, se encaraba con el coloso, llamaba a la lucha todo lo que el mundo había admirado y aplaudido, y a aquella nación que había vencido el gigante poder de los árabes no le sería difícil arrastrar a los galos a una derrota. En aquellos momentos supremos, llegaron noticias de México y de la actitud de la primera colonia americana, que daría con su conducta la norma a todo el continente. Napoleón recibió los pliegos, y la majestad quedó profundamente pensativa…

Si aquel hombre hubiera tenido en mientes la independencia del Nuevo Mundo, se le hubieran levantado estatuas en todo el continente, pero pensó adueñarse de la América, hacer un poder gigante, como no se había visto en la historia, y poner sobre la frente de esa América esclavizada la corona de hierro de los Lombardos, cubrirla con el manto de las abejas imperiales y uncirla al carro de su victoria.

Estas regiones acuchilladas impíamente por las tizonas de Cortés y de Pizarro entraban en el crepúsculo de su independencia, y el sol apagado durante tres siglos, asomaba en el horizonte como había alumbrado el Atlántico, cuando aparecieron allá a lo lejos, entre las espumas del oleaje, las atrevidas naves de Cristóbal Colón…

Se desplomó también aquel gigante, se apagó su gloria, se marchitaron sus laureles, se rompió su espada, y sólo quedaron los restos de la majestad, pudriéndose en la tumba de Santa Elena…

¡También los gigantes caen!

—Porque todas esas grandezas se han derrumbado al soplo omnipotente de un pueblo —exclamó el hombre de la tiniebla.

—¡Sí, sí! ¡También los gigantes caen!

Quedó embebido el hombre de la choza en sus pensamientos, y luego continuó:

—¡Sólo!… Enteramente sólo; frente a frente de ese poder inmenso que aplauden el nuevo y el viejo continente… Frente a ese poder que ostenta su grandeza en un soberbio ejército con las armas modernas del mundo; que pasea sus cañones, como las joyas de su orgullo, que atraviesan la ciudad de sus batallones y dejan oír sus caballerías el ruido de sus armas y los roncos clarines de sus bandas, el estruendo de sus músicas militares, ese poder a quien la sociedad entera le rinde sus homenajes. Esa majestad descollando como la de los antiguos Césares. Y, yo… ¿yo he de ser el que derribe ese gigante?… ¡Imposible!

Se paseó fuera de la choza entre las tinieblas y luego dijo:

—Hidalgo tenía la voz del sacerdocio, y yo, nada tengo más que la vida que poner en la balanza del destino… Yo no retrocedo un paso, entro con fe en la lucha; no faltarán hombres que se pongan en torno de mi idea. Las armas me las dará el enemigo, esas luchas desesperadas siempre tienen porvenir… Alentado por el espíritu de la patria, aquí, alumbrado por la luz del relámpago, y en el silencio de la noche, convocaré al pueblo a la lucha, y mi voz saldrá de estos desiertos para hacerse oír en las ciudades y en los campos… ¡Yo derribaré al gigante!

Y aquella voz, como un viento de combate, se escuchó en la vasta extensión de la tierra mexicana.

Limpióse el copioso sudor que inundaba su frente y hablando con la noche, se avanzó a la tiniebla y se lo tragó la noche.

V. En mar que se encrespa

I

La presidente del Club de la Mujer Irredenta recibía al general enamorado con una frialdad glacial. Aquel desgraciado no podía despertar una ilusión, y menos un sentimiento de amor, en el alma de aquella mujer, creada en las tempestades de la vida. Acostumbrada a las galanterías del refinamiento, le parecía extraña aquella voz de cuartel y aquellos arranques de soldado.

El general era un hombre mal educado, tonto y ordinario; tres circunstancias que lo ponían fuera de una sociedad culta y decente. La que se hacía llamar condesa, aunque no estaba en la plenitud de la edad, sí aspiraba a un segundo enlace, pero entre la crema de la sociedad que la rodeaba; y el general se despedía en tangente de aquel círculo, pero a la señora le agradaba la galantería de cualquiera, y un general no dejaba de ser una buena víctima.

El general acudía con una puntualidad militar a la cita, con la esperanza de ver premiados sus afanes.

—Señora, he estado impaciente, contando los días y las horas que me iban acercando a usted —decía el general.

—Ya me había olvidado, señor general; perdone usted, pero son tantas las ocupaciones, que no se tiene tiempo para nada: figúrese usted que nos movemos con la fiebre de un vértigo, que aprovechamos la coyuntura de la naciente revolución para conquistar nuestros derechos y hemos mandado una emisaria a la frontera, para que en el plan revolucionario se consignen esos preciosos derechos que nos han arrebatado los fanatismos de los hombres, para convertir a la mujer en un ser inferior y despreciable.

—Tiene usted razón, señora condesa, y yo estoy con usted en todo y por todo; como que la mujer vale mucho… ¡Caracoles!

Aquella palabra le zumbó en los oídos a la condesa: ¡Caracoles! Quedóse callada, convencida de que aquel hombre era un animal.

—Señora —dijo el viejo, quebrando el hielo de aquel silencio—; yo estoy en espera de una palabra.

—Pues decía —continuó la condesa— que no se nos trata con injusticia.

—Es verdad, pero… esa palabra es mi sentencia.

—¡Cuánta barbarie! —exclamó la condesa—. ¡Estoy atónita!

—Sí, pero la palabra.

—Y no lo hemos de permitir —prosiguió la señora condesa.

—Harán bien; pero ¿la palabra?

—¡Se nos sacrifica impíamente! ¡Esto es abominable!

—¡Caracoles! —exclamó el general—. ¡Yo espero, señora, tenga usted compasión…!

—Y no la tienen de nosotras; se nos veja, se nos ultraja… ¡Malditos sean los hombres!

—¡Caracoles! ¡Caracoles…! ¡Señora…, la palabra!

—¿Sabe usted, general, que abusa usted mucho de esa palabra?

—Perdone usted, señora condesa, soy un soldado y nada más.

—Me agrada ver a un hombre condecorado, ¿y esas cruces?…

—Las he ganado en mi carrera.

—Me asusta pensar en las batallas.

—Y a mí también; pero estas cruces son de constancia.

—¿Qué quiere decir eso? Porque yo no creía que hubiera hombres constantes.

—Quiere decir, que siempre he percibido mi haber con toda puntualidad; en cuanto a los combates de la guerra civil, los he visto desde la torre de la Catedral, con un anteojo. ¡Qué cuadro! ¡Caracoles!

—¿Por supuesto que no le habrá tocado a usted una bala?

—Debía ser muy buscona si me encontraba; más duele el pellejo que la camisa.

—¿Y cómo ha llegado usted a general?

—Muy fácil: fui amigo del presidente Arista, y me ascendió cuando menos lo esperaba; ese día estaba de buen humor, le había llevado yo una preciosa pescadera a su señora, con unos peces rojos y blancos, y me quiso corresponder. ¡Cosas de los grandes hombres!… Pero, señora… ¡La palabra!

—¡Ah, sí! Ya voy, pero antes, señor general, desearía que usted fuese a la frontera, ofreciera sus servicios al jefe, y procurase que pusieran en el plan el voto de la mujer.

—¡Caracoles!… ¡Un viaje a la frontera, una deserción del ejército y… tal vez un desaire del otro lado!

—Usted es todo un hombre y sabe afrontar todos los riesgos, y más, cuando ése será… el precio de mi mano.

—¡Caracoles!… Me pone usted en un brete, señora, pero… lo haré.

—Yo le entregaré las pagas de marcha.

—Estoy por aceptarlas, porque… el viaje es costoso.

Se levantó la señora y fue a abrir su secreter, sacó una cartera, tomó un billete y lo entregó al general, diciéndole:

—Aquí tiene usted esos quinientos pesos, y mañana mismo sale usted para la frontera; le enviaré mis instrucciones.

—Muy bien, saldré para la frontera…

—Y se hará usted inmortal. Es la hora de la prosperidad.

—¿Pero usted me cumplirá su palabra?

La condesa le tendió la mano, que la general restregó con sus enormes bigotes. La condesa no pudo contenerse y limpió la mano con su pañuelo.

Levantóse el general y ofreció cumplir su palabra, y se marchó contento con el billete y la oferta del casamiento.

II

Luego que se marchó el general, la condesa exclamó:

—¡Qué tufo a cuartel tiene ese soldadón ordinario…! Ya lo puse a nuestra disposición y cumplirá a su modo con el compromiso: es un animal en toda regla, pero es general y puede que lo atiendan; entre soldados todo se arregla. Además es simpática la idea, en tanto espero a Irene… Pero me parece oír el ruido de un coche.

En efecto, a poco entró en el aposento de la condesa la joven oradora.

—Te esperaba con ansia, muchacha —dijo la señora.

—Ya estoy aquí, señora condesa, y vengo a decirle que estoy dispuesta a marchar, a enfrentarme con los hombres de la revuelta y obtendré lo que solicitamos, porque esta revolución triunfa.

—¿Y nada temes?

—No, nada temo, conozco a los fronterizos: son caballeros y me respetarán.

—Ya tienes una compañía buena, el general va también a la frontera.

—Está bien; aunque… no tengo fe en ese viejo.

—Es valiente.

—No lo crea usted, señora, lo respetarán por viejo y nada más; pero, siempre es una compañía.

—Pues disponte: pasarás por su hija y será tu salvaguardia.

—No me parece mal.

—Allí formas un club, exaltas el ánimo de las mujeres y les serviremos a los revolucionarios, seremos espías, contaremos todo a los soldados, nos informaremos de sus movimientos y daremos aviso a todos los hombres de la revuelta. No encontrarán mejores agentes, te lo juro.

—Después recibiremos el premio; yo me conformo con que nos dejen los ayuntamientos… ¡Imbéciles!… ¡Nos dan la instrucción pública y nos niegan el voto!

—¡Es inconcebible!

—Mi novio vendrá aquí a por mis cartas: cuando estime usted conveniente lo ocupa usted en cuanto quiera, es todo nuestro.

—Perfectamente, ya estamos en campaña.

—Pero ese general debe de estar muy enamorado de usted.

—Así parece, pero yo no estoy enamorada de él.

—¿Y por qué no?

—En primer lugar, porque la gente de cuartel no me gusta, en segundo, porque es muy ordinario, y en tercero, porque es un viejo inservible.

Irene soltó una carcajada.

—Figúrate, muchacha, que a todos tiros dice: ¡Caracoles!, ¡caracoles! ¡Y me pone nerviosa!… No lo puedo tolerar; y luego trasciende a tabaco, no se quita el abominable puro de la boca, y ese olor me produce náuseas; que se vaya, y si lo matan, mejor, y que Dios lo perdone.

Irene volvió a reírse.

—¡Pobre hombre! —exclamó la joven.

—Pero que busque otra pobre, porque aunque venga vencedor, no alcanzará nada de mí.

—Es usted implacable, señora.

—Pero ese sacrificio no lo aceptaría nunca; él y sus cruces de constancia me tienen sin cuidado.

—Y luego que el pobre se llama don Bárbaro Correa. ¡Qué combinación tan estúpida de nombre y apellido!

—¡Es un verdadero bárbaro!… Y pensar que vale más que nosotras, es una humillación espantosa, pero, dejemos a Correa y concluyamos: tú sales esta noche, llevas fondos y lo espero todo de tu talento y capacidad, es importante formar el círculo de señoras; mira que es un verdadero triunfo.

—¡Oh, sí, señora! El triunfo es nuestro, y déme usted un abrazo; ya dentro de unos días estoy en la frontera.

—Adiós, Irene, y confío, como te dije, en tu talento y tu sagacidad; ya le encargo al esperpento del general que te cuide mucho. No dejes de telegrafiar, que me dejas con cuidado. Adiós y ya pertenecemos a la revuelta.

—¡Adiós!

Se abrazaron aquellas dos mujeres atrevidas y aventureras, llevadas por la quimera de una idea.

En el jardín de Santo Domingo y frente a la estatua del maestro Carmona que levantó allí la gratitud y reverencia de la Escuela de Medicina de México, había una turba de estudiantes inquietos y alborotados, discutiendo sobre una manifestación, no ya en contra de una autoridad del colegio, sino contra la personalidad del presidente de la República.

La empresa era descabellada, porque se oponía el entusiasmo juvenil a la fuerza de policía y de las armas, pero a todo estaban resueltos, con esa imprudencia propia de la edad.

—¡Ya estamos fastidiados! —decía un jovencito con cara de hurón y con el sombrero echado hacia atrás, dejando ver un cabello rizado y en desorden—. Ya no toleramos tanto orgullo; nos tratan como perros, nos maltratan, nos encarcelan, pero no pueden con nuestras ideas que avanzan cada vez.

—No importa —dijo otro estudiante, flaco y descolorido, con unos brazos largos, como aspas de molino—. Le somos simpáticos a la sociedad entera y metemos más ruido, más bulla y más enredos que el mismo demonio. Nos opusimos a la candidatura de Corral, que es el punto negro de la cuestión, y que se nos impuso a la fuerza; el general Díaz se obstinó en sostener a ese hombre y sacarlo avante en la elección, contra la opinión pública, y a él, tan estimado por todos y tan querido, se le puso en contra esa opinión, y su personalidad, que nunca había sido atacada, hoy es el blanco de todos… «¡Abajo el general Díaz!» es el grito que se oye por todas partes, y nosotros, a nuestra vez, gritamos también: ¡Abajo el general Díaz!

—Como que ya tenemos nuestro hombre: Madero. Y ese hombre es una bandera para nosotros. ¡Viva Madero!

—¡Viva! —gritaron todos los estudiantes.

Se acercó un policía levantando su garrote y diciendo:

—O se sosiegan, o van todos a la comisaría.

Desde que se acercó el gendarme, comenzó la broma. Los estudiantes empezaron a burlarse de él, y el guardián del orden público se puso furioso, amenazándolos con llevarlos a la comisaría.

Los estudiantes gritaban:


¡No me mates, no me mates,
déjame vivir en paz!…
 

Y después una chifla escandalosa. Continuaban los gritos y las mofas:

—No te enojes, tecolote.

—¡Fray polainas!

—Llévate a la comisaría la campanilla de Corral.

—¡Adiós, palo tieso!

El gendarme corrió entre las carcajadas y silbidos de aquella turba, aparentando que iba por auxilio.

Organizóse la procesión, violentamente; eran más de doscientos estudiantes y una multitud de pueblo que los seguía. Desfiló aquella multitud alegre y rezotona por las calles de Santo Domingo y desembocó en la plaza por el Empedradillo. Al pasar por el mercado de flores, se volvió a encender la broma y los chistes:

—¿Cómo te va, chupa-rosas?

—¡Adiós, pinta-flores!

—¡Flor de muerto, hazme una corona para el director!…

—¡Adiós, Lila!…

Y todo esto acompañado de silbidos, palmoteos y carcajadas. Por fin, cruzaron frente a la Catedral y pasaron por Palacio, donde tenía lugar la manifestación. Con gran valor, los estudiantes gritaban: ¡Viva Madero! Aquello era un grito de sedición. Las gendarmería quiso disolver la manifestación y no pudo. Entonces los gendarmes de la montada arremetieron contra los estudiantes, derribando a muchos que fueron pisados por los caballos. Los estudiantes atropellados, se levantaban contusos, heridos o lastimados, pero no cesaban en sus gritos. La manifestación estaba hecha y con éxito, por el escándalo.

El populacho ayudaba pero como la fuerza es la fuerza, los estudiantes se disolvieron y en grupos fueron dejando la plaza de armas. Algunos fueron presos y entonces los estudiantes amenazaban con la huelga si no ponían en libertad a sus compañeros, y empezaron las reclamaciones y los escritos, así como las comisiones al gobernador, hasta conseguir la libertad de los detenidos.

Seis meses antes nadie se hubiera atrevido a dirigir esas manifestaciones populares; por el contrario, las manifestaciones populares todas eran a favor del caudillo y así se vio desfilar a lo más alto de las dignidades políticas y de las colonias extranjeras pidiendo su continuación en el poder y el pueblo entusiasta vitoreábalo.

Irene y el general caminaban rumbo a la frontera en busca del jefe de la revolución. Cierto que la misión aquella no valía: un viejo inútil y una mujer. El viejo con su apolillada pasión y la muchacha con ideales imposibles: dos soñadores sin éxito. Sería curioso que un revolucionario proclamase en un plan los derechos políticos de la mujer y que pusiese en sus filas la espada mellada o virgen de un sexagenario. El general no estaba del todo satisfecho con la promesa de la dama de sus pensamientos y preguntaba a Irene:

—¿Me querrá esa mujer?

—Por supuesto, señor general, ¿eso quién lo duda? Un hombre que se encuentra en la mejor edad para ser un marido, bravo, valiente y con cruces de constancia, es irresistible.

El general se sentía orgulloso al oír aquellas mentiras.

—¿Y es muy rica?

—Sí, tiene muchos bienes; usted entrará a la administración y duplicará el capital.

—Como que tengo grandes productos, pero ahora vengo a ofrecer mi espada y no sé si saldré con vida.

—No la ha perdido usted antes, para que ahora temiera usted perderla.

—Es verdad, conozco la táctica, sé cómo debe portarse un general y es difícil, pero no imposible, porque estos fronterizos son el diablo. Yo recuerdo que cuando la Reforma, entraron con hacha en mano sobre la Plaza de San Luis y la tomaron, y luego sobre Zacatecas con un impulso desesperado; aquel Zuazua, era una centella y las batallas eran terribles, como la de Ahualulco.

—Pero esos tiempos han pasado, ahora es otra cosa —dijo Irene.

—Siempre matan las balas, muchacha.

—A los que se acercan.

—Es verdad, eso de ponerse fuera de tiro es el secreto.

—Con correr.

—¡Eso nunca…! ¡La carrera se la encomienda uno a su caballo!

—Bien hecho. ¿Y qué le va a decir a Madero?

—Muy sencillo: «Aquí está mi espada».

—¿Y para qué la quiere?

—Para utilizarla.

—Si sus fuerzas las mandarán los fronterizos.

—Entonces yo daré academia de táctica y estrategia.

—Ése, ése —dijo Irene— es el lugar a que debe usted aspirar.

—Diga usted, muchacha, si no pienso bien.

—¡Perfectamente!

—Después, si triunfamos, entraré como un héroe en México, y me casaré con la condesa.

—Pero antes, y es su compromiso, hará usted que se nos ofrezca lo que solicitamos: los derechos de la mujer.

—Si tienen ustedes tantos, ¿para qué quieren más?

—No nos han comprendido, creen que somos unas habladorcillas que queremos ser hombres, y es una equivocación; lo que queremos es la igualdad. ¿Por qué hemos de estar subyugadas? ¿Por qué nos han de considerar punto menos que idiotas? Todo podemos, todo, menos votar o ser votadas.

El general pensó: «Yo ya he botado a algunas».

—¿No le parece a usted, general?

—Sí, y yo procuraré cuanto pueda para el logro de esas ideas. Pero, diga usted, ¿no me habrá ensartado la condesa en una aventura sin salida? ¡Caracoles!

—¿Y con qué objeto?

—Con el de desprenderse de mí.

—Eso lo podría hacer a cualquier hora.

—Es verdad, pero un hombre como yo que no aguanta pulgas, siempre es una carga para una mujer.

—No hay cuidado, veremos cómo salimos, que es lo que importa.

Quedóse dormido el general; su compañera sacó una carterita y comenzó a hacer apuntes sobre su viaje.

III

En el mismo tren venían dos hombres del pueblo; fingiéndose comerciantes de baratijas, platicaban muy en secreto. En un extremo del vagón, un joven rubio, de grande bigote y aspecto militar iba silencioso y parecía ocultar su apostura militar. De pronto volvió la vista al lugar opuesto, y se encontró con otro viajero a quien no esperaba.

—¡Roberto!

—¡Fortunato!

—¿Qué diablos vienes hacer a Chihuahua?

—Vengo —dijo Fortunato— a un negocio muy sencillo; ¿y tú?

—A otro asunto igualmente sencillo.

—Pues no nos separaremos, pero… para que engañarnos; tú sigues adelante y ambos vamos al Paso.

—Es verdad.

—Los dos vamos a la revolución que ya ha comenzado.

—No quiero engañarte —dijo Roberto—, vengo a ver con qué elementos cuenta esta revuelta.

—Y yo, para dárselos —dijo Fortunato.

—Está bien; pero nosotros siempre de acuerdo.

—Siempre —y se estrecharon las manos.

—Voy a referirte lo que me ha pasado —dijo el abogado.

—Yo te escucho.

—Me invitó la señora Williams a almorzar al siguiente día del baile, tú sabes el amor tan grande que tengo a Esperanza. Al terminar la mesa el señor Williams me llevó a su despacho: «Caballero —me dijo—, con usted no hay que andarse con misterios; yo le necesito».

—Estoy a sus órdenes.

—Nosotros los americanos, todo asunto por extraño que sea, lo volvemos negocio.

—No comprendo…

—Pues bien; el país va a turbarse o ya está turbado, las traiciones comienzan a apoderarse del campo y se teje la red que amenaza envolver al general Díaz. La revolución está triunfante, aunque apenas comienza y se nota el movimiento unánime del pueblo.

—Pues bien, señor Williams…

—Usted es todo un hombre.

—Gracias, señor.

—Y bien se le puede fiar una empresa.

—Ya escucho a usted.

—He comprendido que usted es adepto a la revolución.

—Efectivamente, me es simpática. Poco me he mezclado en política, pero pienso, veo la situación y aun he resentido algo en los tribunales.

—Sí, es una pandilla que se ha apoderado de todo y juega su influencia en todos los negocios.

—Pero esto es horrible, señor.

—No se espante usted; en Francia han vendido hasta la cruz de la Legión de Honor.

—Es verdad.

—Pues bien. ¿Quiere usted representar un papel en la revuelta?

—Sí, señor, me cansa la oscuridad, deseo la luz; tengo dinero y eso no me satisface, soy joven y tengo aspiraciones.

—Bien, bien; pues hará usted fortuna. Por ahora necesito que vaya usted al campo y se presente como salvador de esta situación.

—No comprendo…

—El dinero es el alma de todo, y allí se necesita mucho para tan grande empresa y usted lleva por valor de tres millones de pesos para la revolución, celebrando, por supuesto, un contrato que ya llevará usted escrito.

—Muy bien.

—Ésa es toda la seguridad que quiero.

—¿Y si matan al jefe o lo destituyen?

—Todos los negocios corren riesgo, pero si se hacen ya es otra cosa, mi interés es el petróleo y el azogue; usted no conoce las minas de Almaden ni los manantiales de petróleo que tiene su país, como no conocieron los mexicanos el oro inmenso de la California; ésta va a ser una revelación.

—Acepto cuanto usted diga.

—Es poco, usted es el tesorero de la revolución y me pone al tanto de cuanto pase.

—Está bien, señor Williams —le dije—. Me rotula usted las cartas a la Legación Americana y no las abrirán.

—Perfectamente —me contestó—. ¿Y cuánto necesita usted para el viaje y a cuánto asciende sus emolumentos de comisión?

—Ni un peso, señor Williams —le dije.

—No sea usted tan mexicano —me contestó—. Si a un millonario americano le proponen llevar un bulto a la otra calle, carga con él y cobra su mandado.

—Yo tengo otras aspiraciones al servir a usted.

—Ya, ya las conozco, y al regreso de usted hablaremos. Lleve esos billetes —me dijo, y me los entregó a pesar de mis reiteradas negativas.

Nos despedimos.

—¡Maldito yanqui! —dijo Roberto.

—¡No, hombre, que es el padre de Esperanza!

—Pues entonces: ¡Bendito yanqui! Tu historia es interesante, amigo mío, pero la mía es menos pingue y más arriesgada; donde sospechen de mí, me ahorcan estos fronterizos.

—No hay cuidado; diré que eres mi secretario y te salvas.

—Bien pensado. En cuanto a Enriqueta la vi muy fría, parece que mi viaje más bien que entristecerla le agradó; yo no comprendo a las mujeres, aunque en esta vez comprendí algo: me ve pobre y desesperado y pensará que lo que quiero es gastar su dinero, pero te juro que no me lleva interés alguno: amo a esa criatura con todo mi corazón, pero ahora comprendo que está en lo justo, aunque a mí me lleven todos los diablos.

—Pues te diré que Esperanza no me ha correspondido; me ha dejado en vacilación y no tengo derecho de reclamarle ni exigirle nada.

—¡Malo, amigo Fortunato!

—Pero tú ya conoces a los americanos; el negocio es lo primero, y yo tengo uno de primera fuerza.

—Desconfiemos de los ricos: a los pobres nos tratan a patadas.

—Hombre, no me desconsueles, porque yo, como tú, también estoy enamorado de Esperanza. Esa mujer es una criolla que me devana los sesos y creo que es un negocio arreglado.

—Si las mujeres todo lo desarreglan.

—¿Y de qué servirá mi viaje hasta la frontera?

—Si los americanos van hasta el Polo Norte.

—Entonces esperemos con resignación, aunque no puedo olvidar los ojos de Esperanza.

—Ni yo los de Enriqueta.

El tren continuaba su marcha, y los dos enamorados jóvenes se durmieron soñando con sus novias.

IV

Pero volvamos a México, donde el capitán Pulga ya estaba en campaña. Había formado un club para la candidatura de don Ramón Corral.

—¿Pero en qué piensa, señor capitán? —le preguntaba un compañero—. Si ese hombre es imposible para todo el mundo.

—Es porque ya se volvió estribillo entre la canalla esa odiosidad. Donde el general dice que es su candidato, es porque debe ser bueno.

—Pero si al general Díaz todo el mundo se lo dice: los periódicos y hasta los muchachos lo silban en la calle.

—Pues yo soy corralista a macha-martillo, aunque todos los del club estén en contra.

—¿Y usted solo, señor capitán, va a luchar?

—Ya todos los jefes políticos están listos para la elección; ya he visto las tarjetas y…

—Pero lo que no ha visto usted, es lo que vendrá; toda la opinión pública está en contra.

—No me hable usted de la opinión. Ésa es movediza como la piuma al vento de Rigoletto.

—Es cierto, pero en estos momentos todos rechazan la candidatura, y si votan lo harán por la fuerza.

—Pues no quiero un pleito como los del club; me marcho a ver a Petronila.

—¿Quién es Petronila?

—Es una muchacha guapísima, de quien estoy enamorado hasta los tuétanos. ¡Rayo de Dios! es linda hasta la pared de enfrente.

—Está usted prendido, señor capitán.

—Esta noche —dijo el capitán Pulga— me la robo sin más ni más. Figúrese usted, que los padres me aborrecen, y que un maldito estudiante, ¡estudiante había de ser!, le hace cucamonas, y esto me tiene frito. Como vive Petronila en casa baja, se sale por el balcón; ya es cosa arreglada; me la llevo al cuarto de banderas y mañana me presento en la casa a pedirla.

—¿Y para qué?

—Para casarme con ella y no me puedan negar su mano. Ahora me disfrazo, aunque por el cuerpo pueden conocerme, y consumo el rapto. No soy un don Juan Tenorio, pero tengo vocación para ello; ¡les voy a dar un disgusto a los viejos…! Mi sangre arde, mi corazón palpita, y… ¡Ya me voy, porque se acerca la hora del rapto!

—¿Ya lo pensó usted bien?

—Si quiere usted acompañarme, presenciará usted todo.

—Iré y veré desde lejos lo que pase.

—Pues, andando, que van a ser las diez, hora en que los papás se acuestan. Ella me espera impaciente, ¡la victoria es mía!

Los dos amigos echaron a andar. Llegaron al callejón de las Golosas, rumbo al Carmen, donde vivía Petronila.

Desde las nueve un estudiante estaba en el balcón de la joven:

—Petronila —decía el estudiante—; solo a ti se te ha ocurrido prestar oídos a las palabras del capitán Pulga. Es un títere que lo vuelo de una trompada.

—¡Jesús! —dijo la joven—. Yo no te conocía cuando me enamoró y tenía deseo de un novio, cuando el señor Pulga, como ustedes le dicen, me hizo una declaración; pasaba todos los días con la guardia de bandera y andaba de una manera tan marcial que era la envidia de mis compañeras que estaban enamoradas de los comisarios de Belem. Allí viene el poder judicial, me decían, y pasaban unos señores con papeles bajo el brazo y se metían a refrescar a la cantina de enfrente.

—¡Buenos novios!

—Pero tú no sabes que estoy en un grave compromiso.

—Habla, Petronila.

—Pues el capitán Pulga me ha dicho que esta noche me roba, y como yo le tengo miedo, saltará por el balcón.

—¡Demonio! —dijo el estudiante—. Ésas son palabras mayores.

—Pero trae una pistola.

—¿Conque tiene pistola?

—Y de seis tiros, y yo tengo mucho miedo.

—Yo te sacaré del apuro.

—Hazlo, hazlo pronto.

—Para evitar que te robe, yo te robo; vámonos.

—Pero si tú no tienes un centavo.

—Eso no importa, te sacas tus alhajitas y ya tenemos para unos días, mientras me habilito.

—Pero… pero…

—No hay peros, o te vas o te lleva ese diablo de capitán Pulga.

—Voy por mis alhajas; estoy dispuesta a todo, al fin mis padres ya están acostumbrados, he sido engañada dos veces y he vuelto a casa como si tal cosa.

—Entonces no hay cuidado, será la tercera… y veremos.

Entróse Petronila, recogió su ropa y sus prendas, y como ya estaba experimentada, saltó por el balcón y se marchó con el estudiante.

V

Llegó a la esquina el capitán Pulga y dijo a su acompañante:

—Espéreme usted aquí.

La noche era profundamente oscura. Negros nubarrones encapotaban el cielo, ni una estrella; en cambio los relámpagos se sucedían, comenzaban a caer goterones como arrojados con furia a un suelo sediento, que los devoraba inmediatamente. Se oían a lo lejos los pasos de algún trasnochador.

Acercóse al balcón el capitán y vio que la vidriera estaba entreabierta.

—¡Qué experta es esta mujer! —dijo—. Para no hacer ruido ha dejado entreabierto el balcón.

En esos momentos apareció un embozado tambaleándose por el alcohol.

—¡Muera Corral! —gritó.

—¿Y quién es usted? —preguntó el capitán.

—Y a usted, niño ¿qué le importa?

—¡Soy hombre y capitán!

—Pues yo soy maderista de pura sangre; nos quieren imponer a ese hombre por terquedad del general Díaz, y no lo hemos de consentir.

—Me alegro. Váyase por su camino, que ya no puede ni andar.

—No me da la gana, ésta es mi casa.

—¡Diablo! —dijo el capitán—. Es el padre de Petronila que viene borracho —y se apartó violentamente del balcón.

El amigo que vio acercarse el bulto, dijo:

—Aquí va a haber una de Dios es Cristo, yo no doy dado —y se tiró a correr, poniendo los pies en polvorosa.

El padre de Petronila, se entró en la casa, diciendo:

—¡Muera Corral! —que ya se decía y gritaba en todas partes.

A poco volvió el capitán y silbó, como de costumbre, para llamar a Petronila.

—Como esta niña es tan tímida y no sabe de estas cosas, le voy a tapar la boca con esta mascada para que no escandalice y me manden a Santiago.

Sacó la mascada y se preparó. La criada fue a cerrar el balcón y se asomó a la calle. Rápido como un gavilán sobre una gallina, le envolvió la cara el capitán y a fuerza la sacó por el barandal.

La criada apenas murmuraba:

—Yo me iré por bien, don Ventura —éste era un obrero con quien tenía amores, y se dejó llevar por el capitán.

Se entraron en el cuartel y allí la descubrió.

—¡Pero, qué es esto! ¡¡Rayo de Lucifer, si es Toribia!!

—Sí, señor, yo soy, pero usted me ha traído, y ahora me quedo; ya la casa está cerrada.

—Haz lo que quieras. ¿Y tu ama?

—Pues la señorita, hace una hora que se marchó con el estudiante.

—¡¡Rayo del cielo!! —exclamó el capitán Pulga—. ¡Me han soplado a la novia!

Entró en la casa el padre de Petronila.

—¿Dónde está esa niña? —preguntó.

Se buscó a Petronila, y se vino en cuenta que se había marchado.

—Lo de siempre, lo de siempre —dijo el borracho—. Esto no tiene remedio, pero no abrigo temor, ya está acostumbrada y volverá el día menos pensado… Ha salido igual a su mamá y no hay que culparla… ¡Muera Corral!

VI. El alpha de la Revolución

I

¡Puebla!, la patria de la belleza, la cuna del valor y del heroísmo. Ciudad que se tiende en el valle más hermoso del Anáhuac, con la joya suntuosa del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl y velado por la silenciosa esfinge de la Malinche y se circunda por las aguas purísimas de un río que riza sus praderas y sus jardines. La vencedora de los primeros soldados del mundo, la que vio arriar las banderas vencedoras en Magenta y que ondearon en la torre de Malakof, defendida por los vencidos de los japoneses.

¡Puebla!…, ¡la que lleva sobre su osada frente los laureles de Santa Inés y Pitiminí! El suelo natal de Comonfort, el héroe de Zapotlán el Grande, el que llevó el recuerdo histórico de haber publicado la victoriosa Constitución de 57. Se arrepintió de aquella soberbia política y se suicidó con el golpe de estado del diecisiete de diciembre. Vagó proscrito y arrepentido y al escuchar los disparos de la formidable invasión francesa, dejó oír el ruido de sus acicates en la frontera, y penetró a México para ponerse al frente de un ejército y sufrir la derrota de San Lorenzo, y loco, como un sonámbulo, fue en busca de la revancha cuando cayó asesinado por los bandidos.

Y ese hombre fue cobijado por cien banderas al llegar victorioso a México después de vencer a la reacción en la misma tierra que lo vio nacer, tornaba en una camilla de ramas transportado a un pueblo despedazado por las balas; ¡así se desploman las glorias humanas!

En Puebla todo ha sido grande: El primado de la Iglesia mexicana, Labastida, el soldado más bravo del catolicismo, el hombre más impetuoso y de más talento en la clerecía, se puso tras los muros de la Ciudad Angélica y sostuvo un sitio, paseando en medio de la tempestad de plomo que abrasaba a la ciudad. Derrotado y vencido salió para el extranjero y volvió para poner las llaves de la Ciudad de Zaragoza en las manos temblonas del viejo estúpido mariscal Forey. Ese abad de la Edad Media, inquieto, revolucionario, para poner a los pies de la Iglesia el poder civil, murió solo, abandonado en una finca de la tierra caliente. Un sirviente penetró en su aposento, puso la mano en su corazón que ya no latía, le abrió un párpado y ya no había luz en aquellas pupilas. La clerecía le fue ingrata; un sobrino suyo, el padre Plancarte, le ha puesto una estatua saliendo del sepulcro, parece que se ha detenido al querer salir de la tumba… No importa, es un adorno en la Basílica de Guadalupe y un recuerdo de lo deleznable de las glorias humanas.

¡Puebla!, ¡la tierra natal de los Olaguíbel, Cardoso, Lafragua y otros muchos, y donde se escucha al son de las roncas tempestades, la voz de Manuel de Zamacona, el grande orador de la tribuna mexicana! En esa ciudad todo es grande, hasta los crímenes. Cuando Sardou escribió la Tosca, poniendo a una mujer tendiendo el cadáver de un hombre a quien había asesinado y encendiendo cirios, se dijo que aquella escena era una visión de la mente del poeta. Pues bien, en Puebla, los asesinos de Stein, en su propia casa tendieron al muerto, le pusieron bujías, y estuvieron a punto de enviar tarjetas de duelo, como una burla a la sociedad y a la ley.

Pero, llegar a Puebla, oír el repique de las múltiples campanas de sus templos, ver sus hermosos paseos, sus monumentos y contemplar esa Catedral que semeja un gigante de granito, sus cerros históricos, sus bellos edificios y sus preciosas avenidas; sus flores y sus cielos azules, sus celajes de oro y color de fuego, se cree en la traición fantástica de otros tiempos en que se decía que los ángeles habían fundado aquella ciudad soberbia.

¡Puebla seguirá siendo siempre, porque está predestinada a serlo, escenario de grandes sucesos que recogerá la historia!

II

En un suburbio de la Ciudad Angélica y en un vasto salón, estaban reunidos multitud de hombres de todas clases, desde abogados hasta obreros, y cosa rara, dos señoras finas, agradables y elegantes.

Presidía la sesión un joven delgado, alto, de mirada penetrante y resuelta, bigote acicalado y a pesar de su edad era calvo en la prolongación de la frente, sin turbar la fuerza de su juventud.

—¡Señores!… —decía aquel hombre, con acento gozoso y voz sonora—. Yo ya lo he pensado mucho, la revolución es nuestra, porque se trata de un paso en el camino del progreso, alumbrado por la luz de la libertad: levantar la cabeza, enfrentarse con el cielo, donde van las quejas doloridas de los oprimidos, hablar, pensar, escribir, significarse en la sociedad donde se vive y ser árbitros de su destino en la gloria humana… pero, para llegar a esa altura, es necesario atravesar charcos de sangre y acaso inmolar la existencia.

—¡De algo ha de servir la vida! —exclamó Carmen, que así se llamaba una de las señoras—. Los días se pasan sin hacer nada, si es necesario sacrificar esa existencia inútil, yo estoy dispuesta.

—Si así se expresa una mujer —dijo uno de los conspiradores—, los hombres debemos seguir por ese camino; esperamos que nos indiquen la senda por donde debemos ir.

—Es muy sencillo —dijo el joven, que se llamaba Aquiles Serdán—. Para una fecha muy próxima iniciaremos el movimiento: cuando se dijo que Madero vendría a predicar sus doctrinas, hubo un grande entusiasmo en el pueblo, las múltiples fábricas entraron en evolución, los obreros se llenaron de entusiasmo; después de tantos años no habían oído, y acaso ni conocían la palabra «no reelección», ni sufragio libre, y aspiraron desde entonces el aliento de la libertad; pues bien, ese pueblo, será el alma de la revolución, es valiente, decidido y conoce el campo de batalla, los muros y calles de la ciudad están salpicados con su sangre y a un llamado nuestro acudirán para conquistar sus derechos.

Se oyó un nutrido aplauso. Entre aquella multitud había un hombre torvo, que no perdía ni una palabra de lo que se decía; en su rostro había un relámpago de traición.

—Fijaremos un día —dijo uno.

—Me parece —dijo Aquiles Serdán—, que dentro de dos meses estaremos listos; comenzaremos desde hoy la propaganda y reuniremos elementos de municiones, de armas, de toda clase de pertrechos y hasta bombas de dinamita. La invención moderna para el ataque y la defensa.

—¡Bravo! —gritó otro revolucionario—. Yo las sé manejar; seremos invencibles.

Serdán era una fanático, un sectario, y con el impulso de la juventud verdaderamente terrible.

Continuaron hablando mucho, y quedaron comprometidos, esperando se les dijera la fecha en que debían lanzarse al campo de la lucha.

Serdán desde aquel día comenzó a imprimir hojas sueltas subversivas y a repartirlas entre el pueblo con profusión, llamándolo a la revuelta. Marchó a Texas, habló con los principales fronterizos de la revuelta, se hizo caudillo, y regresó a Puebla, ya con la sangre caliente de la revolución.

Serdán era un inspirado; el alma de un revolucionario joven, atrevido y resuelto. Iba a su destino, como a una misión celeste y su palabra era luz entre las multitudes.

Ignoraba Aquiles Serdán que la suerte le deparaba a ser la primera gota de sangre en el campo de la revolución.

El hombre aquel, que estaba en la reunión, salió de allí y se dirigió a la jefatura política, donde ya le esperaba un personaje siniestro que había tenido complicaciones en el asesinato de Arnulfo Arroyo, y en otros, como el del padre Tortolero, de ese hombre distinguidísimo, a quien lo maniataron y con un embudo lo llenaron de alcohol hasta ahogarlo y después lo tendieron en una calle, diciendo que había muerto de una congestión alcohólica.

El verdugo era odiado por el pueblo de la ciudad. Astuto, valiente e inteligente, era el policía más peligroso, pero también el más aborrecido.

Recibió sereno la delación del traidor y sin comunicar a nadie sus planes, emprendió desde luego cateos en la casa de Aquiles Serdán. Esos cateos importantes servían para dar más seguridad a la casa.

Aquiles Serdán amontonaba armas, cajones de parque y bombas de dinamita; se prevenía para el combate.

Se encontraba en la referida casa, que estaba situada en la calle de Santa Clara, haciendo aprestos bélicos, disponiendo los fusiles, componiendo pistolas, disponiendo los cartuchos y de preferencia las bombas, que serían un toque de llamada al pueblo que se levantaría al oír la explosión de la dinamita. Serdán preparaba todo para el día veinte, pero la fatalidad se anticipó, y el dieciocho fue la tragedia.

Serdán estaba acompañado de ocho o diez hombres que le ayudaban en aquella faena siniestra, y también por la madre, la hermana y la esposa: tres grandes almas, tres mujeres superiores que se asociaban a las inspiraciones de Aquiles Serdán, que soñaba con la victoria y la venganza de un pueblo; que soñaba con sacudir un yugo opresor que humillaba a ese pueblo.

Pero la denuncia ya estaba planteada y el golpe era seguro. Daban las siete de la mañana, cuando se oyó en la casa de Aquiles Serdán un recio golpe dado en el zaguán. Carmen abrió en seguida y aparecieron en el dintel el coronel Cabrera y un tal Fragoso, acompañados ambos del policía denunciante. Serdán espera de pie, valientemente, con aquel puñado de hombres que le acompañaba, y las tres mujeres: madre, esposa y hermana. Se oye una descarga; el coronel Cabrera cae atravesado por el plomo, y el denunciante policía se derrumba con el cráneo hecho pedazos. Sale Serdán al patio, y grita: «¡Fuera esos cadáveres!», y a puntapiés arroja a la calle los muertos.

Ya tirados los dados, Serdán y sus compañeros aguardan imprudentemente a la tropa, que no se haría esperar mucho tiempo; pero Serdán confiaba en que el pueblo se levantaría, y más, cuando una multitud se agolpaba a ver el cadáver de Cabrera.

El movimiento militar comenzó, ocupando las alturas de las casas contiguas. Era una fuerza terriblemente superior a aquel puñado de hombres, entre los que había jovencitos estudiantes. Entonces aquel grupo se dividió: una parte fue a la azotea y la otra se quedó en el patio, para defender las entradas; algunos de los estudiantes cuidaban las habitaciones, por si lograban entrar los asaltantes.

Comenzó el fuego sobre la casa, con una furia infernal. Aquiles Serdán y los suyos repelían el ataque y arrojaban bombas de dinamita, para llamar al pueblo; pero el pueblo, mudo testigo de aquella lucha, no tomaba parte en la pelea. Las mujeres llevaban los cartuchos y apareciendo por todas partes hacían fuego con sus rifles. Serdán se multiplicaba, desafiando el peligro con un valor inaudito. Repentinamente apareció en las alturas de la casa una mujer empuñando un rifle; era aquél un cuadro de Juana de Arco; la mujer aquella llamaba a gritos al pueblo y le ofrecía su arma sin hacer caso de la lluvia de balas que, como una tempestad, amagaba aquella existencia.

La mujer valerosa que se había presentado, era Carmen, la esposa de Serdán; fue arrancada de aquel sitio peligrosísimo, pero no quiso abandonar el puesto hasta que disparó los tiros de su rifle… ¡Gloria a ti mujer sublime, cuya figura aparecerá como una sombra entre el humo del combate!

¡Has escrito la página más brillante de una epopeya inolvidable en los fastos de esa ciudad soberbia, donde ha corrido más sangre por la libertad, que ondas arrastran las corrientes del Atoyac!

Y continuaba el ataque; los soldados se habían posesionado del templo de Santa Clara, que estaba situado frente a la casa de Serdán, y hacían fuego a discreción. Uno de los defensores cayó a los pies de Carmen que volvió la mirada siniestra hacia el cadáver, y continuó haciendo fuego sobre los sitiadores.

En el crucero de Santa Teresa y Santa Clara, cayó la primera bomba de dinamita y parecía estremecerse la ciudad… y el pueblo impasible fue abandonando aquel grupo de valientes que fueron cayendo uno a uno. Cesó el fuego lentamente, como una tempestad que se va acallando. Las mujeres esperaron tranquilas al enemigo que ocupara la casa; ni un grito, ni una carrera, nada que indicara miedo ni sobresalto.

Los soldados habían disparado más de cinco mil tiros contra diez personas. Aquiles Serdán no aparecía entre los muertos. Dos estudiantes que intentaban salir, fueron asesinados. Por fin, la tropa penetró en la casa; Máximo Serdán, uno de los héroes de la defensa y que entre el fuego cuidaba a la madre y a la hermana, yacía tendido en las losas, desangrándose horriblemente y con la vista apagada, parecía buscar a la autora de sus días para defenderla contra los enemigos; aquel hombre había matado más de diez soldados, que fueron el precio de su vida.

Las tres mujeres se sentaron fríamente a esperar la llegada del enemigo.

Se oyeron por fin ya dentro de las habitaciones algunos disparos; por fin penetraron los soldados hasta el aposento donde esperaban las Serdán.

—Esas mujeres están armadas, regístrenlas —dijo el jefe.

Carmen Serdán dio un paso atrás, temiendo que los soldados osaran tocarla, y mostró su cuerpo atravesado por una bala, sin pronunciar una sola palabra.

¿Cómo pudo una débil mujer soportar el dolor de aquella herida y seguir en la fiebre del combate?… La heroicidad no reconoce sexos; hombre o mujer llevan una predestinación celeste.

Las tres damas fueron enviadas a la cárcel; al subir al coche que debía conducirlas, la madre de Serdán dijo:

«Yo creí que esto iba a ser peor».

Sin duda aquella madre, ignoraba que, dentro de algunas horas, el cadáver de su hijo sería paseado en triunfo por los asaltantes.

Quedó la tropa posesionada de la casa. Aquiles Serdán se había ocultado en un subterráneo, preparado de antemano. Oía los pasos de los soldados, el ruido de las armas, los culatazos de los fusiles, dados en los suelos, para buscarle. Atento a todo ruido, oyó las voces de las señoras y de los jefes; pero aquella tropa no dejaba la casa, y aquel hombre se asfixiaba. Por fin, aquel hombre, en un arranque de indomable valor, en un arranque desesperado, rompió la tapa del subterráneo y se presentó, como si saliese de un sepulcro.

—¡Aquí estoy! —dijo.

Los soldados se impresionaron en el primer momento. Un oficial llamado Pérez, entró con su carabina preparada.

—No tire usted —dijo Serdán—. Yo soy Aquiles.

—Pues a usted lo buscamos —dijo Pérez, y sin agregar una palabra más, disparó sobre Serdán. La bala penetró por un ojo y salió por el cerebro. Otro oficial disparó poco después, atravesando el proyectil el pecho del infortunado Aquiles.

¡Así murió aquel héroe! Así sucumbió aquel valiente, a quien el pueblo ahora lo inmortaliza en sus romances y en sus leyendas; ese pueblo que se apasionó de las hazañas de aquel héroe, cuyo nombre estará siempre grabado en los fastos de la Ciudad de Zaragoza.

Aquella sangre fue la primera victoria de la revolución. ¡Siempre sobre la tumba de un mártir ondeará el estandarte del triunfo!

¡Las víctimas de una idea, son el prólogo de la revolución que triunfa en el porvenir, y la Historia clava su estandarte sobre los sepulcros de los héroes, para defender la vida de los muertos!

VII. El destino

I

El señor Williams estaba inquieto, cuando recibió dos cartas que leyó con avidez: «Señor Williams —decía la primera—. Me regreso inmediatamente, porque llegué tarde; la revolución no necesita por ahora de fondos, acaso más tarde…». El americano arrojó con desdén la carta y leyó la segunda:

«Querido amigo: Mi hijo Alfredo va a esa capital; lleva letra abierta. Lo encomiendo a nuestra antigua amistad».

El señor Williams se quedó pensativo.

Había hecho un gran negocio, su casamiento con una millonaria de Virginia; le faltaba el casamiento de su hija Esperanza, esa niña mimada, a quien él amaba inmensamente, y a quien dejaba con gusto derrochar el dinero. Luego que leyó la carta, pensó en su amigo, que era uno de los más grandes capitalistas de Nueva York. Comenzó a pensar; era un buen partido el hijo de su amigo: «Estoy seguro que, ver a Esperanza y prendarse de ella, es obra del momento… Lo alojo en mi casa, y es un buen principio de negocio… En cuanto a mi emisario, es un imbécil, no sirve para nada… Creo que Esperanza se interesa por él; las mujeres prescinden con facilidad ante el brillo de la opulencia… ¡El otro, es un pobre diablo; el oro es el rey del mundo!».

Guardó las cartas y tocó el timbre.

—A la señorita Esperanza; que venga.

Entró Esperanza y besó la frente del viejo. El padre hizo un cariño a su hija.

—Vamos, Esperanza, que se le disponga el aposento de arriba al joven Alfredo Kooc, que viene a ser nuestro huésped; tendremos una compañía muy agradable.

—En el acto —dijo Esperanza—. Estará cómodamente, sin molestarnos, pero no comiences con los celos…

El señor Williams se sonrió y abrazó a su hija.

—¡Te amo tanto!…

—¡No como yo a ti, padre mío!

—Esos cariños quieren decir, oro. Gasta lo que quieras, eres dueña de todo. Lo que quisiera, hija mía, era verte establecida; yo ya estoy de partida…

—Yo iré contigo —dijo la niña.

—No me separaré nunca de ti, pero ya moriré tranquilo.

—Pues búscame un marido a tu gusto, porque las mujeres siempre nos equivocamos.

—Te tomo la palabra, hija mía, pero desde ahora te advierto que no será Fortunato. Quise hacer su fortuna y… no sirve para nada.

—Está bien: me simpatiza y nada más; veremos tu elección. Voy a disponer todo para alojar a tu amigo.

Salió Esperanza. El señor Williams, después de ver alejarse a su hija, dijo:

—El negocio se presenta bien.

Se puso el sombrero, tomó su abrigo, bajó pausadamente la escalera, se entró en su carruaje, y fue en derechura a la estación del Mexicano, a donde llegan los viajeros de Veracruz.

Había conocido muy niño a Alfredo, pero entre los americanos se acostumbra desprenderse de sus hijos muy pronto, dejándolos que busquen la fortuna por sí solos y labren su porvenir. Había visto partir a Alfredo, y no se había vuelto a preocupar de él.

Por fin, después de algún tiempo de espera, anunció a lo lejos el silbato de la locomotora, la llegada de los viajeros; a poco entró el tren a la estación, y el señor Williams vio, entre los que bajaban, a un joven de melena y barba rubia, mirada viva y correctos ademanes.

—Me gusta ese joven —dijo adivinándolo—. El negocio adelanta.

Acercóse al viajero y le dijo, con la seguridad del que no cree equivocarse:

—¿Eres Alfredo Kooc?

El joven se volvió para ver al que le interrogaba, y reconociéndole en el acto, contestó:

—¡Oh, señor Williams! —y le tendió los brazos—. ¡Usted es el amigo de mi padre!

—Sí, yo soy y vengo por ti.

—Pero, es una molestia grande…

—¡Te equivocas, es una satisfacción!

—¡Oh, gracias!… ¿Y aquella preciosa niña que yo tuve en mis brazos?

—¡Oh, ahora está muy crecida! Cuando veas a Esperanza te vas a sorprender.

—Tendré un placer inmenso.

—Pues, vamos, sube a mi carruaje —dijo llevándolo al coche que esperaba a la puerta—. Ya llevarán el equipaje.

El señor Wdliams y Alfredo se entraron en el carruaje, y partieron al paso de los frisones a la casa, donde ya los esperaban Esperanza y la señora de Williams.

II

Durante el viaje a México, Alfredo había trabado amistad con Irene, que venía del Paso, a donde había ido, enviada por la Sociedad de la Mujer Irredenta. La joven había tenido un éxito colosal. Mexicanas y yankees, la habían recibido con entusiasmo; en fin, había enloquecido al sexo femenino con sus brillantes discursos. El entusiasmo era devorante, y era que ya estaba en El Paso la revolución, y corría viento de combate: las mujeres ayudarían a los hombres.

Se le regaló a Irene una medalla de oro, y quedó establecida la correspondencia en el club feminista.

La imaginación de la mujer es ardiente, entusiasta; porque la mujer piensa más con el corazón que con el cerebro. Volvía Irene llena de laureles, sin sospechar que la presidenta, la señora condesa, había dado al traste, casándose con el sacerdote protestante que había hablado la noche de la inauguración de la Sociedad de la Mujer Irredenta.

El protestante había asegurado que Martín Lutero no prohíbe el matrimonio de los eclesiásticos, y como la señora condesa no se encontraba segura en su edad, atrapó al protestante, sin importarle nada Martín Lutero ni sus salmos.

—¡Yo volveré católico a este fanático! Lo único que me detiene —decía la condesa—, es que todos se van a reír cuando lo vean vestido de blanco ir a recibir las aguas del bautismo; pero no importa, lo que se necesita, es que se catolice este animal, que al fin es un marido.

Al protestante, que se había enamorado de la condesa, no le importaba bautizarse, y habiéndolo expresado así, tuvo lugar la ceremonia de género chico, y aquel infeliz se puso la túnica de catecúmeno y se bañó en las aguas de rosa del bautismo.

Todas las beatas lo abrazaron y lo llenaron de felicitaciones cuando lo vieron comulgar:

—¡Es un santo! —decían las devotas—. Ésta es una gran conquista para el cielo.

Una devota le dijo muy seria:

—Adiós, señor Veriguel.

III

Irene y Alfredo habían estrechado su amistad durante el viaje, y como era natural, entablaron relaciones amorosas.

Cuando Irene vio que el señor Williams se llevaba a Alfredo, sin dejarlo ni aun despedirse de ella, comprendió que todo había acabado; conocía a Esperanza, y con ese don de adivinar que tienen las mujeres, vio a su naciente amor despedazado a los pies de la hija del millonario Sintió la fiebre de los celos, se rebeló su orgullo de mujer y se dispuso a la lucha con la fuerza de una mujer de talento.

Cuando Irene se presentó en el club, fue ovacionada y nombrada presidenta por aclamación. Ya tenía a su lado un tumulto de mujeres que la ayudasen con lenguas en el combate que iba a emprender con su soñada rival.

Llegó el señor Williams a la casa y presentó a Alfredo a su hija Esperanza.

—¿Usted, señorita, es esa niña que tuve tantas veces en mis brazos? —dijo Alfredo—. Yo no sospechaba que llegase usted a una belleza tan deslumbrante.

—Gracias caballero —contestó Esperanza a quien había impresionado el viajero—. Nos es grato recibir a un miembro de esa familia a quien tanto estima mi padre.

—Gracias, señorita.

Alfredo quedó instalado en casa del señor Williams y hablaba a todas horas con Esperanza. Aquellos ojos soberanos, aquel cabello negro como el ébano, aquella dentadura de marfil, aquellos labios purpurinos y aquel talle elegantísimo, acabaron por enloquecer al joven americano.

Alfredo había nacido aventurero; dilapidó en Europa un capital considerable. Osado y valiente, ya arruinado, se hizo filibustero y luchó en los campos de la América del Sur y pasó a California y a la línea de Bravo. Reconciliado con su padre, volvió a ser el correcto caballero, el dandy más acabado y venía a México en busca de negocios. Muy hábil calculista de bolsa y dado a las empresas, corría en la rueda de la fortuna hasta encontrarla. Galanteador de oficio, era vasto el campo de sus conquistas, pero ahora se sentía aprisionado en las redes de la mexicana y estaba tímido y confuso, sintiendo profundamente haber hablado de amores a Irene. Tenía miedo, había sondeado el corazón de aquella mujer, conocido sus instintos y su valor y temía le interrumpiese los planes que ya tenía, de hacerse del corazón de Esperanza, que le deslumbraba.

Una de tantas noches hablaba con Esperanza, con esa mujer que lo subyugaba, y que sentía envolverse en una nube al percibir aquel aliento embalsamado que le llenaba el corazón de incienso. La conversación rodaba sobre el amor, como era natural.

—Usted —decía Esperanza—, que ha estado en París, donde hay tanta hermosura, debe haber sentido mucho por las francesas.

—No, señorita, allí todo es mentira, los afectos son vistos con desprecio, con lástima, ya amar es muy antiguo, pertenece al género novelesco; Sardou, Victor Hugo y Lamartine ya no se usan, ésos eran unos soñadores y nada más, ahora todo lo superficial, la afección de un momento… después olvidos y arrepentimiento.

—Usted se equivoca —dijo Esperanza—. Las mujeres europeas son apasionadas, van hasta el delirio, y más aún, hasta el sacrificio.

—Se engaña usted, Esperanza; eso dicen los libros y los novelistas, los periódicos inventan cuentos y dramas y tragedias, pero en realidad no hay nada. Desgraciado del que crea en algo; el desengaño es terrible: al día siguiente de una fiesta, no encuentra usted a nadie, ni quien la salude, todo se evapora, todo se pierde con las primeras luces, porque allí no se vive de día, la noche es la existencia de París, seguramente porque todo es un sueño, seguramente porque el americano es de otro temple; todo lo encuentra extraño.

—Será como usted dice, Alfredo.

—Sí, Esperanza, nosotros hemos hecho un dios de la mujer; la divinizamos para adorarla con toda el alma. Salí del país casi niño y no pude dedicarme a la mujer americana; pero entre ellas y las mexicanas hay una diferencia inmensa. No sé qué secreto tienen ustedes, que avasallan con una mirada, queman con su aliento y adormecen con la sugestionadora mirada de sus ojos, como adormece la serpiente a los pajarillos; yo no comprendo lo que pasa, lo siento nada más.

—¿Está usted enamorado?

—Esperanza, sí, lo estoy ¿a qué negarlo? Pero, tengo tan poco concepto de mi personalidad, que me creo enteramente perdido. ¡Yo amo a una mujer, desde el momento en que mis ojos se posaron en aquel semblante angélico, desde que los rayos de sus ojos se encontraron con los ópalos de los míos, desde que oí su voz, que resuena constantemente en mis oídos, hace estremecer mi corazón!… ¡Sí, amo, pero sin esperanza! Ya pronto partiré de aquí para alejarme de ese imposible, quiero interponer la distancia del mar, entre esa mujer, ese fantasma, esa aparición de mis sueños de locura; porque estar a su lado envenenándome, y para verla acaso desaparecer en brazos de otro hombre… ¡no!… Eso, ¡jamás!

Esperanza guardaba silencio y comprendía que esas palabras eran una declaración de amores. Sintió que amaba a Alfredo, y harto deseaba que se prolongara aquel momento.

—Hable usted a esa mujer.

—¿Qué puedo hablar? Yo, calavera, disipado, filibustero, lleno de aventuras políticas, despierto de ese pasado horrible, me restituyo a mi primitivo ser, vuelvo a lo que antes fui… ¿y por qué? Para encontrar acaso una mujer en quien no he podido despertar una sensación de afecto y de cariño. Aquí estoy a sus pies, como un reo esperando una sentencia que me abrirá las puertas del porvenir o de la muerte.

Arrodillóse el joven, y lleno de emoción exclamó:

—¡Esa mujer es usted, Esperanza! ¡Yo la amo con delirio!

Esperanza le tendió la mano.

En aquel momento tocó el timbre y Alfredo besó cariñosa y respetuosamente aquella mano y la oprimió contra su corazón que palpitaba terriblemente.

Se presentó un lacayo, y dijo con voz sonora:

—La señorita Irene Monterreal.

—Ésa es visita de usted, me retiro.

—Esperanza, esa señorita es una viajera que me dio a guardar unos papeles de importancia y viene por ellos —dijo Alfredo no pudiendo contener la emoción y la sorpresa que causó en él la visita de Irene.

Esperanza se levantó para recibir a Irene.

—Perdone usted, señorita, si acaso los he interrumpido, pero necesitaba algunos papeles que le di a guardar al señor Kooc y vengo por ellos.

—Aquí los tengo a la disposición de usted —dijo Alfredo, temblando.

—Gracias, señor —dijo Irene—. Era todo lo que quería.

Aquellas palabras embozaban una amenaza, que fue comprendida por el joven.

—Señorita, buenas noches —dijo Irene dirigiendo una mirada llena de rencor a Esperanza.

—Aguarde usted —respondió Esperanza—. Este caballero va a acompañar a usted.

Alfredo, sin responder, dio el brazo a Irene para bajar la escalera. Esperanza quedó sola. Pasó por su cerebro un relámpago de celos, y luego exclamó:

—¡No, no…, ésas son tonterías! No nublemos con sospechas el primer momento de amor. He visto la verdad en sus ojos; sus palabras han llegado al fondo de mi alma… ¡Le amo!

Alfredo e Irene bajaron la escalera.

—Caballero —le dijo Irene—, olvide usted todo; hemos concluido.

—Irene… ya nos veremos, y le diré…

—No prosiga usted; esa mujer es mi rival, o lo fue, porque entre usted y yo nada existe.

Subió Irene al carruaje y se alejó con el alma llena de rencor y sentimiento de la casa de Esperanza, donde dejaba deshojado el ramo de sus ilusiones y perdidos los sueños de amor con que había gozado durante la travesía de su viaje por el desierto.

VIII. Duelos y quebrantos

I

Fortunato estaba de regreso, había hablado con los hombres de la revolución, se había impuesto de todo, y abrigaba la convicción de que aquella revuelta era un movimiento popular incontenible, presentándose formidable en todo el territorio fronterizo y pronto cundiría por toda la nación.

Había oído a todos los hombres patriotas inspirados en grandes sentimientos, a los que ayudaban las contingencias de la política, las obstinaciones, el desprecio a la opinión social.

Fortunato afirmó sus ideas, al ver que se rehusaba el empréstito que él proponía, porque otros hombres sin fe y solamente dados a las especulaciones del escándalo, hubieran desde luego pillado aquellos millones.

Volvía triste a México, aunque en el fondo de su alma abrigaba la esperanza de un amor en el que comprometía su existencia entera. Las palabras embozadas del señor Williams, la cita sin horas, pero recogida en el aire, como una mariposa, formaba un todo de ilusiones y esperanzas que le hacían soñar despierto. Ya tenía un aliado, Roberto, el novio de Enriqueta, de esa niña dulcemente tranquila, pero que no sabía sentir: era una camelia bellísima, pero sin aromas; amaba, como debe amar la nieve, sin variar de temperatura. Pero Enriqueta era la amiga de Esperanza y un poderoso conducto para saber cuanto deseaba el enamorado joven.

Llegó a México, se acicaló elegantemente y se dirigió a la casa del señor Williams. En la escalera tropezó con Alberto Kooc, que iba hecho un parisiense guapo, elegante y distinguido; subió a un precioso automóvil y partió veloz como el rayo.

—No sé por qué ese hombre no me gusta —murmuró Fortunato al penetrar en aquella antesala de la casa de Williams, que era el palacio de sus grandes ilusiones. Se dejó caer en uno de los divanes que allí había y esperó. A poco se presentó el ayuda de cámara del millonario.

—Señor —dijo el sirviente—, el señor Williams ha dado orden de que cuando usted venga, se le diga que no puede recibirlo.

—Está bien… —murmuró Fortunato con desaliento.

El ayuda de cámara salió y Fortunato, terriblemente contrariado, tocó el timbre; apareció una damita de compañía de Esperanza.

—¡Hola, Herlinda!

—¡Señorito! ¿Ya llegó usted?

—Sí, y te he traído, como un recuerdo, este billete americano.

—¡Cincuenta pesos! —exclamó Herlinda.

—No vale la pena… Y dime, ¿puedes avisar a Esperanza de mi visita?

—Perdone usted, señorito, pero tengo orden de decirle a usted que no recibe.

—Pero ¿qué quiere decir esto? ¡Explícame, yo te lo ruego!

Herlinda jugaba entre sus dedos el billete de banco; tenía los ojos bajos, y dudando si hablaría, no respondió.

—Te ruego, Herlinda, que me saques de esta duda espantosa, no temas un escándalo, no tengo derecho a nada; pero sí reclamo mis fueros de caballero y de hombre decente para no ser arrojado como un lacayo de esta casa.

—Es verdad —contestó Herlinda—. Pero las circunstancias varían y no todos los días son lo mismo.

—¡Habla, por Dios! —gritó Fortunato—, que me estoy muriendo.

—Pues bien, acaba de salir de aquí un señor.

—Sí, le he visto.

—Pues bien, ese señor es el novio de la señorita Esperanza.

—¡Rayo de Dios! —exclamó Fortunato—. ¡Eso no puede ser…, la última vez que nos vimos en el baile, me abrió las puertas de su corazón y me hizo comprender que me amaba!… ¡Esto es imposible!

—Es un señor americano muy rico.

—Ya comprendo mi desgracia… ¡Adiós!… No volveré jamás a esta casa de donde salgo con el corazón hecho pedazos.

Esperanza, que oyó una voz violenta, creyendo que algún lacayo reñía con Herlinda, entró de improviso en la antesala. Fortunato, al verla, cayó de rodillas con los ojos llenos de lágrimas.

—¡Esperanza —dijo sollozando—, acaba de salir de aquí un hombre!… No tiene la culpa, ni me ha ofendido; ¡pero… yo estoy loco!… He amado a usted y la amo hasta el delirio… Vengo de atravesar el desierto, y allí, solo, delante de aquellos horizontes callados que se perdían en el infinito, pensaba en usted, mi sola idea, creía que al volver encontraría una palabra de compasión, ya que no de amor, y encuentro… ¡Oh, encuentro que la sima del infierno se abre a mis pies!

—Sosiegue usted, Fortunato; entre usted y yo han mediado palabras de sociedad, galanterías que se les dicen a todas las jóvenes en el ardor de una fiesta… Las flores, las luces, los espejos, reflejando el mar revuelto de damas y caballeros, el perfume esparcido por el salón, el abrasador aliento del baile; todo ese conjunto que llama a voces a las ilusiones… pero todo eso pasa como una nube de verano que se deshace al primer viento, ¿no es verdad?

—Sí, pero yo llevaba la voz del cariño, el acento de una pasión que se agitaba como una tempestad dentro de mi pecho.

—Por otra parte, yo estoy sujeta a la voluntad de mi padre, y no puedo contrariarle.

—Él también ha jugado con mi corazón.

—Yo no quiero engañar a usted ni hacerle concebir ninguna esperanza que sería para los dos irrealizable; mi mano está comprometida y dentro de algunos días se efectuará ese enlace, y partiré para Europa.

—Me aterra la calma de usted, Esperanza.

—Es la calma de la mujer que estima a un hombre, que sería su amigo, su hermano, con toda el alma.

—¡No, no! ¡Yo no quiero amistad! ¡Sería un dogal que me pondría al cuello! ¡O amor o muerte!… Sí, la muerte; yo la buscaré atrevido hasta encontrarla.

—Reflexione usted, Fortunato, y no me haga sufrir al verlo de ese modo.

—Ya no me verá usted… ¡Éste es el momento más trágico de mi vida, de esta vida que aborrezco y que maldigo!… Siga usted amando a ese hombre, tal vez lo merezca… continente de hombre, aspecto de caballero… y todo, todo lo que puede cautivar a una mujer; pero yo le juro que ya no me verá usted más…

Esperanza deseaba ya que concluyese aquella escena dramática. Nada le importaban las lágrimas de aquel hombre, porque ya estaba enamorada de otro; y hasta le parecían ridículas aquellas lágrimas que se deslizaban por el negro bigote de aquel actor del teatro de la tragedia.

¡Qué impías son las mujeres, cuando les falta el impulso del amor!… Serían capaces de presenciar sonriendo, la agonía de un hombre.

—Además, caballero —continuó Esperanza—, mi situación no está para escenas; hace un mes que naufragó el Borgoña; en él iban mi madre y mi hermano… Este traje le dirá a usted la desgracia horrible que nos ha ocurrido.

El llanto apareció en los ojos soberanos de la joven. El señor Williams, que presenciaba oculto aquella escena, al oír las palabras de la joven, murmuró:

—¡Lo tengo presente: a la altura de las Islas Británicas fue el naufragio; ya apunté en mi libro de caja, las pérdidas, que no son pocas… y este Banco de Londres que es tan terrible!

Se incorporó Fortunato, terrible, y tomando su sombrero, arrojó una mirada siniestra sobre Esperanza que ya le rebosaba el fastidio.

—Adiós —le dijo— y perdone si he abusado de su benevolencia.

—Adiós, Fortunato, y no conserve usted de mí una mala memoria.

—Será muy buena la memoria que conserve de usted Esperanza —dijo irónicamente aquel desengañado amante.

—Concluyamos —dijo Esperanza, molesta por la ironía de aquellas frases con que Fortunato había respondido a las galantes palabras que ella le decía—. Concluyamos; yo con usted no tenía compromiso alguno, no tiene usted por qué reclamarme, dueña soy de mi corazón y lo llevaré donde me parezca. Ya he tolerado una escena imprudente e inmotivada; mi padre, que está en la habitación cercana, puede enterarse y suponer que yo he dado lugar a semejantes lamentaciones. Terminemos esta comedia.

—Sí, terminemos —contestó Fortunato—. Ésta es la comedia de la vida y no hay por qué admirarse, ya estoy sereno, recobro mi ser y presento mis respetos a la señorita Esperanza Williams, suplicándola me dispense si en algo la he molestado, y… crea que conservaré su recuerdo, mientras tenga aliento… A los pies de usted, Esperanza.

La joven le tendió la mano, que él estrechó respetuosamente, y salió de la estancia para siempre.

Luego que Fortunato desapareció, Esperanza, haciendo una mueca de desagrado, dijo:

—¡Qué fastidiosos son estos románticos!… Ya no se usan esas pasiones cómicas que tanto empalagan… ¿Qué hacía yo con ese salvaje enamorado? Me causan horror y hasta me espantan esos impetuosos. Pero, ya salimos del paso; ahora a pensar solamente en el hombre a quien tanto amo… ¡Qué diferencia!

Salió Fortunato casi loco de aquel recinto. La frialdad americana le había pasmado.

El millonario que había visto perderse un negocio, tomaba la revancha con él, que no tenía la culpa. Pero el millonario no carecía de razón; Fortunato era un hombre que le podía haber servido, sus gestiones fueron inútiles, y lo arrojaba como un harapo… Pero, Esperanza, ella… ¡También tenía razón!: un abogado sin clientela, una juventud perdida, y que sólo serviría en las filas de la revolución, no tenía encanto para la que estaba educada en un lujo asiático, recibiendo todos los homenajes que se rinden a la hermosura y a la riqueza; porque las sociedades humanas, son como los israelitas: levantan el becerro de oro. La pobreza es fúnebre y se toca con la desesperación… ¡Por eso hay tantos ebrios!… Adormecerse, olvidar por un momento las penas, para volver a llevar después, cuando se disipan las nubes producidas por el alcohol, la pesada cruz de la miseria.

A pesar de las maldiciones que se lanzan, los pobres viven de los ricos, aunque los ricos vivan del trabajo de los pobres. ¡Es cierto que la riqueza no es la felicidad completa, pero es un pedazo de felicidad que todos ansiamos, porque ella merma las eternas vicisitudes de la existencia!; pero ¡es tan difícil ser rico!

II

Decíamos que Fortunato salió de aquella casa trastabillando; las piernas se negaban a sostenerlo. Le parecía todo aquello un sueño, sin comprender que él era el que había soñado y se despertaba a la luz de la verdad que le calcinaba las pupilas.

Tropezó con un viejo, que al sentir el empellón, le gritó:

—¡Animal! Vea usted por donde anda… ¡Salvaje!

Fortunato se volvió sorprendido, encontrándose con el general, pretendiente de la condesa, aquella presidenta de la Sociedad de la Mujer Irredenta, acérrima feminista.

—¿Es usted, general?

—¡Con mil diablos, soy el mismo, que ha atropellado usted con fuerza de veinte caballos!

—Perdone usted, salgo desorientado, loco; me acaba de pasar un lance terrible: figúrese usted que amaba a una mujer con adoración… ¡Era mi única esperanza, y me encuentro con que va a desposarse con otro!

—¡Puf! —dijo el general—. Eso es muy poco; óigame usted lo que me ha pasado, pero no puedo hablar sin beber, entremos en la cantina y allí le abriré a usted mi corazón. ¡Caracoles!

—Entremos —dijo Fortunato—. Yo también necesito beber mucho para aturdirme.

Penetraron en la cantina, donde se encontraron con los parroquianos de ordenanza: el capitán Pulga, Roberto y otros oficiales.

—Yo cuento mis historias delante del mundo entero; me tienen sin cuidado: son aventuras de un viejo soldado, heridas de las cuales me curo fácilmente… ¡Caracoles!

—Oigamos esa historia —dijo el capitán—; tú, Fortunato, no bebas tanto cognac; te vas a emborrachar.

—De eso trato.

—Pues no te lo permito.

El capitán Pulga le quitó el vaso a Fortunato, y se lo bebió de un sorbo.

—Te he prestado un servicio; deja que nosotros bebamos, ya estamos acostumbrados, pero tú y Roberto que no lo hacen siempre, se ponen perdidos con una sola copa. ¿Y qué cosa es una copa?… Nada, un trago sin importancia.

—Ya les contaré… —dijo Fortunato.

—Tú siempre andas con historias de mujeres; ésas son siempre infieles. No hay como una botella… ¡ésa sí que es fiel hasta que se acaba!

—¡Muy bien dicho, capitán! —dijo el general—. ¡Caracoles!

Sentáronse alrededor de la mesa y comenzó el general a hacer uso de la palabra:

—Pues señores, a pesar de mis sesenta años…

—¿Cuántos, mi general? —dijo el capitán Pulga.

—Me había equivocado, señores; setenta.

—Y lo que se comulga —murmuró el capitán.

—Pues decía —continuó el general—, que a pesar de mis setenta y dos años, el corazón está en su lugar y que las mujeres todavía son mi encanto. Esas hijas de Eva me suelen trastornar el ser, porque hay unas…, ¡caracoles!, de chuparse los dedos y desenvainar la espada.

—Adelante.

—Sí, adelante: conocí a una cotorra, porque ya estaba en la edad, aunque no lo crea la muy bribona, y me enamoré de ella, como que tenía un lunar negro como la noche, en el carrillo izquierdo… ¡Caracoles! Y que dentadura de oro, y qué cabello… pintado, y qué busto, quiero decir, ¡que talle! La jamona era suculenta y además rica y condesa.

—Ésa sí es historia —dijo el capitán Pulga.

—Pues se volvió fábula. Me ha chafado la condesa. Se le antojó que fuera a la frontera, donde nos conocimos, y ofreciera mi espada a la revolución; ésa era la condición que me ponía, y que yo acepté, porque doy la vida y hasta mis cruces de constancia por una hija de Adán. Fui al Paso, y me encontré con un cabecilla fronterizo. «¿Qué quiere, Matusalén?» —me dijo—. Señor, venía a una gran cosa. «Pues suéltela.» Venía a ofrecer mi espada. «¿Y para qué la queremos?» Para pelear hasta morir. «¡Si usted ya se está muriendo!» Pues sirvo de mucho —contesté ya cargado de aquel tono crónico del tagarno—. «¿Y esa espada, es de hoja de lata?» Dejémonos de bromas; quiero pelear en las filas de la revolución. «Pero, hombre de Dios, si usted ya no puede ni con la fe del bautismo. ¿Dónde iba usted a emprender a caballo hasta Chihuahua? En el camino clavaba usted la estaca.»

—Tenía razón el fronterizo; cien leguas a caballo, yo que no viajo más que en tranvías.

—Está bien —le contesté—. ¿Es decir que soy inútil?

—No tanto; puede usted encargarse del rancho de la tropa.

—Caballero, yo no soy soldado de rancho; soy general.

—Perdóneme usted, mi general, pero haría bien en volverse, porque aquí corre mucho riesgo, ahora empezamos a la desbandada y vamos por lugares donde no pueden ni caballos; cuando nos organicemos, podrá usted venir, si puede, y entonces tendría su lugar, pero ahora es imposible.

—Tiene usted razón. ¿Y no podría usted poner en el plan, que las mujeres deben gozar el derecho de votar y ser votadas?

—Ése es su oficio, y lo hacen muy bien, sin necesidad de leyes. ¿No lo han botado a usted alguna vez?

—Muchas, y yo también las he botado… al demonio. Pero, traía ese encargo.

—Cuando estemos jugando —me respondió—, entonces les concederemos este derecho.

—Eso me satisface, y me marcho.

—Tómese ese dinerito, y váyase, pues si lo agarra aquí una de balazos…

—Ya, ya me voy. Y me planté en el tren y hasta México no he parado, bendiciendo a ese fronterizo que no quiso sacrificarme, pero, aquí va lo gordo: Me presento en la casa de mi Dulcinea, y ¿qué creen que encontré? ¡Caracoles!

—¿Con qué se encontró usted, mi general? —dijo el capitán Pulga—; ¿con un sustituto?

—Precisamente, pero con el que menos me esperaba; eso ni aun lo sospechan ustedes ni lo adivinan.

—Hable usted.

—Pues ya se había casado con un cura protestante de los anabaptistas.

Todos soltaron una carcajada.

—Sí, señores, con un cura nada menos y que ya se bautizó el maldito; le hizo gracia a la jamona, que ni me ha dado la cara y… ¡Cataplún! Se fue con el clérigo a formar familia a orillas del Niágara.

—¡Bravo!, ¡bravo! ¡Una copa por la vieja y el protestante! —Todos apuraron sus copas.

—He quedado en cuartel —dijo el general—. Voy a pedir mi baja; esta derrota es la última. ¡Caracoles!

—¿Y tú, qué diablos tienes? —dijo Roberto dirigiéndose a Fortunato.

—Nada, ya todos ustedes saben que estaba enamorado de Esperanza.

—Sí, ya, y nos rompías la cabeza en contarnos la belleza de tu dona.

—Pues bien, se casa con un americano.

—¡Diablos de yanquis! —gritó el capitán Pulga.

—Ha sido una burla muy amarga que me costará la vida.

—¡Tonto! —dijo Roberto.

—Hablo en serio —dijo Fortunato—. Es un golpe que no puedo resistir.

—Pues yo te vengaré —dijo el capitán Pulga—. Ya estos yanquis me tienen el alma frita.

—Él no tiene la culpa, es todo un caballero.

—Eso no importa.

—Sí importa; ésa sería una injusticia.

—No será la primera que cometa.

Y ya borracho el capitán Pulga se tiró a la calle en busca del americano.

Los amigos creyeron que todo era obra del cognac, y dejaron que el capitán hiciera cuanta locura quisiera sin preocuparse por el resultado. Siguieron bebiendo y ya ebrio el general, se fue dando traspiés.

Roberto y Fortunato se retiraron también y terminó la tertulia de la cantina del Pájaro Azul.

III

El capitán Pulga se dirigió a la casa de Petronila, que hacía tres días que faltaba, sin que se supiese de ella, ni su padre se inquietara por su ausencia.

Entró furioso el capitán.

—¿Dónde está Petronila? ¡Yo quiero matarla!

—Ésa es una barbaridad —dijo el padre.

—Será, pero si hoy no se presenta la mato; ya van tres veces que se me escapa, y la cuarta no la tolero.

—Paciencia, amigo mío, paciencia; estas golondrinas sí volverán.

En aquellos momentos entró insolentemente Petronila, se quitó el sombrero que arrojó sobre una silla, y dijo muy enojada:

—No puede una faltar un rato, todo lo encuentra en desorden —y comenzó a bajar los vasos y los platos.

—¿No lo dije? —exclamó el padre de Petronila—. Ya está aquí, y eso sí, sabe cumplir con sus deberes; ¡qué muchacha tan chiflada! Lo dicho: ¡igual a la madre! ¡Así se me escapó muchas veces, pero que honor tan ileso!

—¡Y tan elástico! —dijo el capitán que veía el descaro de Petronila.

Se cruzó de brazos y se puso frente a su novia.

—¿Y qué es esa figura? —dijo Petronila—. Ya estoy aquí y nada se ha perdido.

—¡La vergüenza! —gritó el capitán.

—¿Vergüenza de qué?

—De que has faltado tres días a la casa y ahora entras con un desgaire…

—No te quejes, no te he olvidado ni un momento; vengo de Xochimilco donde me detuvieron unas amigas. Bastante fastidiada he estado.

—¡Entonces, Petronila, dame un abrazo!

—Y dos si quieres.

Se abrazaron en una reconciliación amorosa.

—Yo creía que te había pasado algo, o más bien, que me había pasado a mí; pero no, en Xochimilco, cualquiera se entretiene.

—Pregúntale al capitán González y al teniente Pérez, al mayor Hernández…

—¡Basta de soldados, parece una lista de revista!

—Con ellos he estado, ellos son testigos de mi comportamiento. ¡Y qué noches…! Un bailar continuo y un beber sin descanso.

—Ya me lo supongo.

—Pero, todo tiene fin, ya me tienes aquí, y usted papá.

—Yo no tenía cuidado; ya te conozco, Petronila —contestó el viejo.

—Pues me voy —dijo el capitán—. Tengo entre ceja y ceja un negocio importante.

—Te espero esta noche.

—Estaré al toque de retreta.

—Te espero.

Se marchó el capitán, y montando a caballo, se dirigió al Paseo de la Reforma, y después de haber hecho múltiples indagaciones con un portero de la casa de Williams, galopo por las calzadas, y ya oscurecía, cuando apareció por una de aquellas calzadas el automóvil del señor Williams con Esperanza.

—¡Es ella! —exclamó el capitán.

A poco, en un precioso overo, iba un arrogante jinete; era Alfredo Kooc, el novio de la encantadora hija de Williams. El joven se había apasionado de una manera violenta, hasta el delirio, de Esperanza Wiiliams. No se ocupaba de otra cosa: salía temprano a esperar al mercado de las flores a los vendedores de Mixcoac y de San Ángel, compraba las flores más hermosas y las enviaba en profusión a los altares de sus amores; en seguida pasaba a las dulcerías y lo más coqueto que encontraba, lo más bien presentado, lo compraba para Esperanza. ¡Cuánta galantería de buen gusto, cuánto obsequio de oportunidad, todo, todo para ella, que era su encanto!

IV

Alfredo esperaba en la Reforma a su prometida.

Luego que se acercó el automóvil, se acercó el americano y le ofreció unas crisantemas a Esperanza, que se llevó el ramo a los labios.

El capitán llevaba una flor también, y con todo atrevimiento la arrojó a los pies de Esperanza. El yanqui palideció y acercándose al capitán le dijo:

—¿Con qué derecho le falta usted a una dama?

—¿Y a usted qué le importa?

Por toda contestación el americano le cruzó la cara con el fuete.

El capitán con entera calma sacó su tarjeta y la entregó al americano. Esperanza estaba pálida; comprendió al momento que era un lance buscado, pero al ver la figura exótica del capitán se tranquilizó, y en verdad que no era temible un tipo así.

Los jinetes se alejaron y Esperanza regresó a su casa sin ninguna inquietud.

Al día siguiente, Roberto y Fortunato se apersonaron con el americano, que acostumbrado a los lances, se portó con toda corrección, nombrando a sus testigos.

El lance quedó concertado para la tarde del mismo día, y sería a muerte, porque, haberle azotado el rostro a un capitán del ejército mexicano, y aunque no lo fuera, se trataba de un caballero.

El americano no tuvo disculpa que presentar, llegaba hasta una satisfacción que los testigos del capitán se rehusaron a recibir, y no había más que se verificara el lance.

Llegó la tarde, y ya en el lugar, se hizo saber a los contendientes que habría dos disparos: uno a diez pasos y otro a discreción. Los dos estaban serenos y resueltos, el uno por la injuria y el otro por quedar bien con su novia.

Pusiéronse a distancia y después de registrar sus armas, a la primera señal tomaron puntería. Sonó la segunda señal y simultáneamente dispararon. El quepis del capitán voló por el aire, pero él no había sido tocado; una causalidad había hecho que no le levantara la tapa de los sesos. El capitán, se quedó firme, con asombro de los testigos, que no dejaban de tener desconfianza. Llegó el momento supremo. El capitán, con toda calma, revisó su pistola. El americano apuntó la suya y midió con su vista de águila a su adversario.

Ambos contendientes avanzaron con gran valor y ninguno disparaba. Se estrechaba la distancia y la catástrofe era inminente. A un tramo de cuatro pasos ambos dispararon. Al disiparse el humo, se vio al americano con las manos comprimiéndose el pecho, y después de breves momentos desplomarse al suelo. Acercáronse los médicos y después de un detenido examen, declararon que Alfredo Kooc estaba muerto.

El capitán estaba con los brazos cruzados; después saludó y acercándose a Fortunato le dijo: «Ya estás vengado, tu rival ha muerto».

Nadie habló una palabra, y en silencio se retiraron los actores de aquella tragedia.

A poca distancia del lugar del combate, estaba un coche donde venía una dama enlutada y cubierto el rostro densamente con un velo.

Oyó la dama el primer disparo y se arrodilló dentro del coche comenzando a rezar. Último trance de las almas afligidas.

A pocos momentos otro disparo y un prolongado silencio. Quedó en expectativa la dama, cuando alcanzó a ver a los médicos y testigos que llevaban el cadáver de un hombre para depositarlo en un carruaje. Pasó tan de cerca el cortejo, que la dama pudo ver perfectamente que el muerto era Alfredo Kooc. Dio un grito, que todos oyeron. Acercóse uno de los médicos al coche, por si la dama enlutada hubiese tenido algún acceso y encontró a Esperanza, llorando, inconsolable. El doctor la conocía, era el médico de la casa.

—¡Doctor! —gritó Esperanza—. ¡Dígame usted, por Dios, qué pasa!

El médico no respondió.

—Hable usted, doctor; a mí me ha parecido ver el cadáver de Alfredo.

—Señorita Esperanza; estos caprichos de los hombres llevan a la ruina… ¡El señor Kooc ha muerto!

Esperanza sufrió un vértigo y se desplomó dentro del carruaje.

El doctor saltó inmediatamente al interior para atenderla. Al fin, después de algunos minutos, Esperanza volvió en sí.

—Yo no quiero volver a casa, perdería el juicio —dijo la afligida joven.

—Vamos, señorita; avisaremos al señor Williams lo que ha pasado.

—No, ya pronto lo sabrá; yo tomo resueltamente una final resolución.

El doctor se asustó.

—Mi vida, mi juventud, todo, radicaba en el amor de ese hombre… existencia, riqueza, todo, todo lo olvido. Todo lo he perdido. ¡Ya no soy más que una sombra que se irá perdiendo lentamente, hasta desaparecer!; doctor, avise usted a mi padre que yo abandono el mundo, me entrego a la caridad: ¡me voy a la Cruz Roja!

IX. Las olas altas

I

¡Así como la marea se arroja sobre la playa y se azota contra las rocas, así el impulso indomable de la revolución crece y se agiganta, sube al cielo y registra los abismos; así aquel torbellino que se inició en los desiertos fronterizos rugía como el huracán y se ensañaba, adueñándose del campo y la ciudad. Un hombre solo, que convocó a su lado al valor y a la destreza… que sintió apoyo en los robustos brazos de Vázquez Gómez y Pascual Orozco; que desafió al poder inquebrantable de treinta y seis años de acción absoluta, arrojándose como César y su fortuna en el revuelto mar de la guerra!

Entre estos hombres, descollaba un joven inteligente y modesto, el sobrino de Díaz Covarrubias, una de las víctimas de Tacubaya. El señor licenciado Juan Sánchez Azcona ha sido una poderosa ayuda de la revolución. Hoy mantiene esos principios en la Nueva Era, que se ha hecho lugar en toda la prensa mexicana, colaborando con el licenciado Jesús Urueta, escritor clásico y notable orador en la cámara popular y en la tribuna pública.

Parecía un sueño aquella empresa, una quimera irrealizable, una pesadilla del cerebro, un arrojo del destino sobre los imposibles humanos; y no obstante, las multitudes acudieron como llamadas y atraídas por un misterio que se guardaba en el seno de la muerte, y que podría resucitar a la espléndida luz de la victoria.

Y alzó las banderas como las velas de una nave que iba a entrar en los peligros del océano, y comenzó la lucha desesperada como la del huracán con los árboles seculares.

La sangre se sorbía en la caliente tierra, los huesos blanqueaban en las llanuras al fuego del sol y al frío de las horas nocturnas. El patriotismo quemaba sus primeros cartuchos en el campo de la lid, y los gritos del combate resonaban en las soledades de los desiertos por donde Juárez llevó el estandarte de la República y Lerdo la luz de su cerebro que alumbraba las eternas noches de la proscripción.

Chihuahua era el teatro de aquellos grandes sucesos; en su terreno se librarían los combates más atrevidos, las batallas más desesperadas. Y comenzaron los encuentros entre hombres casi desarmados y un ejército con todos los elementos de combate. Pero aquellos débiles se iban haciendo fuertes y aquellos fuertes se iban debilitando como el hierro dentro del fuego. El valor, el entusiasmo y la obstinación iban triunfando en los azares de la guerra.

Comenzaron, como era natural, por las derrotas, pero el entusiasmo no decaía y la fe, esa fuerza incontrastable, donde se han forjado los héroes y los mártires, no vacilaba un solo instante; la idea flameaba en los espíritus indomables de aquellas huestes. Buscaban al destino que se escondía entre el humo de los cañones, y veían el triunfo entre los horizontes alumbrados por el constante fuego de las armas. La idea incendiaba a toda la nación, desde los palacios hasta las cabañas, se condensaba eso que siempre triunfa, que domina, que esclaviza, que tritura, que demuele; eso que se siente gravitar sobre el cerebro y ante lo cual se inclinan las cabezas más altas y doblan la frente los gigantes… ¡La opinión pública!

II

Estaba ardiendo la frontera, cuando se presentaron a uno de los jefes cuatro hombres.

—¿Quiénes son ustedes, y qué quieren?

Roberto y Fortunato, contestaron:

—Venimos a pelear; la idea nos atrae, queremos la libertad.

—Aquí hay armas —dijo el jefe.

—Y aquí hay corazón —exclamaron los jóvenes.

El jefe les tendió la mano.

—Serán ustedes mis ayudantes.

—A las órdenes de usted.

—¿Necesitan algo?

—Un revólver —dijo Fortunato.

—Aquí está el mío —contestó el jefe presentándole su pistola.

—Lo sabré disparar a su tiempo. Soy fronterizo; fui a mis estudios a la capital y me hice abogado.

—¡Bravo! —dijo el jefe—. Lo llevaré a usted con el señor Madero, conocerá usted a nuestro jefe: es todo un hombre.

—Tendré mucho placer y mucha honra.

Luego dirigiéndose a los otros, les preguntó:

—¿Y ustedes?

Uno de ellos tomó la palabra y dijo:

—Yo no sé mentir, no vengo por la gloria, vengo a vengarme; prometí hace tres años la revancha y la vengo a tomar.

—¿Quién es usted?

—Soy el hijo de un hombre de Orizaba; mi padre ha sido asesinado cobardemente.

—¿Por quién?

—Escúcheme usted, señor.

—Ya escucho.

El joven que hablaba, tendría veinticinco años; lampiño, de pelo negro y vestido correctamente. Todos esperaban con ansia oír lo que aquel hombre iba a revelar.

—Mi padre —dijo el joven—, pertenecía a la clase obrera, a una clase desheredada que vive esclavizada por el rico, y a quien no le oyen sus quejas. Vivíamos casi en la miseria; mi padre trabajaba día y noche. No era un ignorante ni un obcecado, había tenido estudios, pero la orfandad y la desgracia le hicieron desatender sus estudios y se hizo obrero de una de las fábricas de Río Blanco Yo le acompañaba; mi madre había muerto y vivíamos solos… ¡Qué vida señores! Trabajo y humillaciones; hasta nuestro salario se nos arrojaba a la cara; pero era preciso sufrir, cargar la pesada cruz de nuestro martirio. Un día apareció un papel en las puertas de la fábrica, en que se mandaba que todas las piezas de los aparatos que se rompieran, las pagaría el obrero. Aquella injusticia clamaba al cielo, y mi padre, que a pesar de sus años tenía una terrible energía, se puso de acuerdo con sus compañeros; protestaron contra aquella orden y se declararon en huelga.

—¡Bien hecho! —gritó el jefe—. Ése era un abuso incalificable.

—¡Bien, bien! —dijeron los demás.

El joven continuó:

—Hubo, como era natural, algunos desórdenes, pero sin consecuencias, porque esos señores, cuando se les toca, ponen el grito en el cielo y cuando ejercen la tiranía sobre el desgraciado, les parece muy sencillo, no tienen conciencia.

—Es verdad —exclamó el fronterizo.

—Como todos los obreros se resistieron a entrar al trabajo, se formó el escándalo consiguiente. Mi padre y otro de los principales, dijeron a los dueños que si no se retiraba esa orden, conservarían los obreros la misma actitud.

El joven tomó aliento y continuó:

—Los amos hablaron por telégrafo a México, pidiendo auxilio armado. Al día siguiente llegó una fuerza al mando del general Rosalino Martínez, y aparentando calma, éste llamó a mi madre y a su amigo, que fueron a exponer humildemente sus quejas. Cuando esperaban oír algo racional, el jefe de la fuerza hizo una señal, y un oficial les indicó a mi padre y a su amigo que lo acompañasen. Mi padre nada sospechaba, ni podía sospecharse un crimen tan horrendo.

—¡Maldito general! —exclamó el jefe.

El joven continuó:

—Yo seguía a mi padre, que iba entre una patrulla. Llevaron a los presos a un lugar apartado, y con una sangre fría terrible los fusilaron y dejaron sus cadáveres en el campo. Yo me arrojé sobre le cuerpo de mi padre, di de alaridos, maldije a los asesinos, y juré delante de aquellos restos sagrados para mí, vengar aquella sangre derramada tan inicuamente.

—¡Bien, muy bien! —gritó el jefe.

El joven limpió las lágrimas que corrían por su rostro y dijo:

—A poco oí el ruido de una fusilería, gritos terribles y carreras. Quise ver lo que pasaba; era tan infame como lo que acababa yo de presenciar. Estaban todos los obreros reunidos allí con sus mujeres y sus hijos, cuando la tropa, sin previo aviso, y como si fuera una caza de tigres, hizo fuego sobre la multitud; era de dar dolor cómo se desplomaban los hombres, cómo se azotaban contra el suelo las mujeres y caían los niños, todos atravesados por las balas… ¡Espectáculo horrible que yo no olvidaré jamás!

—¡Qué infamia! —gritó Fortunato—. Eso no merece perdón de Dios.

—Fue una matanza de salvajes, una carnicería de panteras —dijo el joven—. ¡Tales eran las órdenes en México: matar sin compasión, ahogar en sangre los derechos del obrero, apagar con su propia sangre las quejas de los desgraciados!

Acosados por la muerte, volvieron los obreros a la fábrica, pero con el seno lleno de rencores, odios que habían de estallar tarde o temprano. ¡Yo quiero armas!… La venganza late en mi corazón; yo estaré en las primeras filas. ¡La venganza!, ¡la venganza!…

—Así se hace, muchacho; tú serás de los nuestros, pelearemos hasta morir por el pueblo, por los que sufren.

El joven se arrojó llorando en los brazos del fronterizo.

III

Roberto y Fortunato salieron muy satisfechos; quedaron en las filas de la revuelta.

—¡Demonio! —dijo Roberto—. Yo soy un desertor y si me pillan me matan.

—No hagas caso, aquí venderemos caras nuestras vidas.

—¿Qué te parecen estos hombres?

—Que es una oleada nueva, que no tiene remedio; ya llegaron otros hombres, otras ideas y otros sucesos. Es eso que llaman una evolución. Ya por todo el país ha cundido la revolución, y el gobierno cae, como cae todo lo antiguo.

—Parece mentira.

—De esas mentiras salen las sociedades modernas y la marcha humana, pero dejémonos de filosofar; éste es un hecho consumado y nada más.

—Ya lo veo, lo trajo una equivocación política: la elección de Corral, y allí se levantó la hoguera donde se ha quemado una situación.

—Se rumorea que entre el general Díaz y Madero medió una conversación.

—Me dicen que es cierto; que Madero fue presentado por un amigo del presidente, y que lo recibió con una actitud no muy cordial, por el contrario, muy desdeñosa. «¿Qué quieren ustedes?» —les preguntó—. «Pues queremos —les contestó Madero—, la no-reelección, la libertad electoral, el sufragio libre; queremos salga este gabinete y estos gobernadores de piedra, que los tienen esos tiranuelos que se llaman jefes políticos y extorsionan al pueblo; queremos la imprenta libre y algo más todavía.» El general Díaz tomaba nota de todas las pretensiones de Madero, que formaban un plan revolucionario, y después dijo: «Los candidatos a la presidencia son muchos», y pronunció nombres que son la burla popular. Después reaccionó, se acordó de toda su fuerza y exclamó bruscamente: «Si todo eso provoca una revolución, la suprimiré con mano de hierro…».

Madero se levantó y dijo: «Nos veremos, señor general». Aquello era un desafío.

Luego que salió, el presidente dijo: «Lo llaman los jueces de San Luis… que le abran la puerta, nada vale; se alzará con doscientos hombres que no producen inquietudes».

Madero fue preso y se evadió de San Luis Potosí; marchó a los Estados Unidos, preparó un movimiento arriesgado y volvió a la frontera, donde se proclamó sin embozo su plan revolucionario, fijándose en la personalidad del general Díaz, pidiendo su inmediata separación, como primera cláusula de su plan.

—Pero, me parece una locura.

—De esas locuras está llena la historia; estás palpando la verdad. El país entero está insurreccionado, hasta las mujeres y los niños.

—Como que he oído decir que las feministas, exaltadas por los discursos de nuestra amiga Irene, se han puesto en las filas con banderas, y que entran al fuego como los hombres.

—Eso quería la maldita vieja; esa condesa que se casó con el protestante. ¡Fin trágico!

—Sí, pero de zarzuela; y, entre paréntesis, yo creo que las viejas son hombres.

—No, hombre, hay viejas que a los cincuenta y tantos, todavía tienen amante, aunque sea su cochero.

—No estamos para bromas, Roberto, mañana salimos para auxiliar a las fuerzas de Casas Grandes, que ya están al tomar la plaza.

—Se baten como leones.

—Como demonios.

—Y eso, sin contar con la superioridad del armamento de los federales, los máuseres, las ametralladoras, los cañones de fuego rápido; y los fronterizos, con armas antiguas.

—Pero que también matan, ¡demonio!

IV

Al día siguiente la plaza de Casas Grandes era asaltada por los fronterizos, con una fuerza espantosa. Los federales unas veces retrocedían y otras saltaban trincheras, pero el fuego era intenso. Multitud de cadáveres sembraban el suelo, multitud de muertos cubrían las trincheras. El combate estaba indeciso, aunque la plaza parecía vacilar. Repentinamente se vio a lo lejos una nube de polvo que se iba prolongando. ¿Serían tropas fronterizas? ¡La espectación era horrible! Pasó un cuarto de hora, cuando el fuego de los que llegaban se abrió sobre los insurrectos, que se vieron envueltos por vanguardia y retaguardia. Entonces, como unos soldados experimentados, hicieron un movimiento con todas las reglas de la táctica, haciendo pasar su línea de batalla y por los flancos comenzaron a desfilar, haciendo fuego y alejándose en todo orden del campo del combate. No los pudieron seguir las caballerías, puestas fuera de los tiros de las ametralladoras y de los cañones.

No había ni vencedores ni vencidos, estaba probado el valor de los mexicanos; amigos y adversarios, habían demostrado un gran valor; ¡lástima que aquella sangre no se hubiera reservado para derramarla en las luchas con el extranjero!… Pero el ejemplo estaba vivo: si en la nefanda guerra fratricida se peleaba con tanto valor, ¿qué sería cuando se tratara de defender a la patria?…

Enmedio de aquella espantosa refriega en que se batían cuerpo a cuerpo y en que la artillería no cesaba de vomitar plomo, un grupo de soldados hizo prisioneros a dos oficiales de la revolución que se rindieron después de una obstinada resistencia.

—Aquí están dos prisioneros —dijo un soldado entregando a su capitán a aquellos oficiales, y se alejó, perdiéndose entre el polvo de la lucha.

Luego que el capitán reconoció a los prisioneros, exclamó:

—¡Roberto, Fortunato! ¡Hermanos míos! ¡Aquí no hay prisioneros ni vencidos! ¡Ustedes son todo para mí!

—¡Capitán! —gritaron los prisioneros, y se arrojaron en sus brazos.

Aquel bravo capitán, que era uno de los héroes de la jornada, con un grande ímpetu se había portado, dando ejemplo a sus soldados y que parecía increíble, al ver su pequeña estatura, casi a la par que un niño, era nada menos que el capitán Pulga.

Cuando Fortunato lo estrecho con fuerza contra su corazón, el capitán dio un grito terrible y cayó desplomado.

—¿Qué pasa? —exclamaron los prisioneros.

—No es nada; pero no había reparado que estoy herido —y desgarrando su uniforme, descubrió su pecho en el que se veía una cavidad por donde había pasado una bala. Como si el uniforme hubiera hecho presión sobre la herida, al sentirse libre salió un chorro de sangre.

—Me siento morir, hermanos míos —dijo el capitán.

—No —respondió Fortunato— esto no es nada —y con su pañuelo vendó la herida del capitán.

Pero aquel semblante se descomponía por momentos, las sombras de la muerte comenzaban a pasar por aquellas facciones; el valiente joven pedía agua, y no había.

—¡Me muero, me muero! La bala me ha atravesado… Oye, Fortunato, le dices a ésa que al morir me he acordado de ella… que no se olvide de mí.

—Pero tú no puedes morir.

—Sí; ya siento que la vida se escapa —respondió el capitán con una voz tan débil que apenas se oía. Sus párpados se cerraron, entreabrió la boca, levantó las manos como buscando algo y tropezó con una de las manos de su amigo, la que estrechó contra su corazón, que iba apagando sus latidos.

Poco tiempo después ya el capitán era un cadáver…

Fortunato y Roberto lloraron en silencio.

Colocaron sobre el suelo del campo el cuerpo de su amigo, le besaron la frente, y entre el polvo del combate se lanzaron, procurando salir de aquel campo cubierto de muertos, donde dejaban el cadáver de uno de los amigos más generosos y valientes que habían tenido.

—Ya estamos en salvo —dijo Roberto.

—Sí —contestó Fortunato—, pero llenos de amargura. ¡Maldita guerra civil!

En lo recio del combate se vio, sostenido por algunos oficiales, un alto jefe, que tenía una mano hecha pedazos, que acusaba desde luego una amputación. Aquel jefe era el general Samuel García Cuéllar que había entrado valerosamente en el combate y decidido la batalla, dejando escrito su nombre en las revueltas arenas de la refriega. En el ejército se le conoce con el nombre de: «El héroe de Casas Grandes».

V

Los periódicos de la capital contaron la batalla de Casas Grandes, como el Waterloo de la revolución, y después agregaban derrotas y derrotas por todas partes, de tal manera, que la nación creyó terminada la revolución, y a Madero y Vázquez Gómez perdidos entre el humo del combate, y a Pascual Orozco trashumante y hecho pedazos; sin fe, sin esperanza en la revuelta, buscando el paso para Estados Unidos, como el último refugio para salvarse.

Enmedio de aquella victoria se oye con sorpresa, con admiración, la palabra: Armisticio.

—¿Quién pedía el armisticio? ¿Era un gobierno victorioso? Eso era imposible, no cabía armisticio con el vencido. ¿Lo pedía Madero con sus huestes despedazadas? No, ni se le hubiera escuchado.

Queda en el misterio quién pidió la cesación de las hostilidades.

El hecho fue que todo se suspendió por un momento y que el gobierno de México envió sus delegados oficiales y extrajudiciales para abrir conversación con los revolucionarios; y comenzaron sus conferencias.

Madero, con una entereza inquebrantable, dijo: «Primera cláusula: La separación del general Díaz de la Presidencia de la República».

Aquí fue la gran dificultad; y se detuvieron las conferencias. Ninguno, ni Madero, ni Vázquez Gómez, ni los otros jefes se separaban de su programa; cesación de la presidencia del general Díaz, y de la vicepresidencia de Corral.

El término del armisticio expiraba. En vano el gobierno había solicitado la ayuda del padre de Madero y de otros influyentes… Nada, no había convenio posible, y terminó el armisticio después de que los delegados hicieron esfuerzos poderosos e imposibles. Entre tanto el general Díaz, al abrir las Cámaras, aceptó todo el programa de la revolución y las Cámaras comenzaron a votar esos principios. Todos vieron desde entonces triunfante la revolución y comprendieron que la situación estaba perdida. Todas las victorias de los federales habían sido una gran mentira en el mundo de la política.

El plan había sido bueno: hacer un centro de operaciones en Chihuahua para tener en jaque a la frontera; pero todo había fracasado, los fronterizos estaban triunfantes y la revolución crecía y crecía sin que nadie pudiera contenerla. Quedaba un punto de vida o muerte: la toma de Ciudad Juárez.

Durante el armisticio los campamentos se convirtieron en una verbena; todos paseaban por Ciudad Juárez y por las estaciones de la revolución. Un mundo de americanas y americanos inundaba aquellos lugares fronterizos con los revolucionarios, haciéndole ovaciones a Madero y a Pascual Orozco, joven distinguido, de vasta instrucción y de conocimientos militares, que era el alma del ejército revolucionario; su valor lo había elevado a esa dignidad; era el héroe de los encuentros y de los combates más reñidos sangrientos, el alma de la revolución armada y el jefe más prominente y popular en aquella tempestad desatada que venía de los negros horizontes del Norte.

Como era natural, los espías de Madero estudiaron Ciudad Juárez que parecía intomable: vieron sus parapetos, sus obras todas de defensa, contaron la artillería, midieron el riesgo de un asalto y levantaron planos después de recontar a los defensores de la plaza.

Los espías del gobierno, a su vez estudiaron los campamentos rebeldes, contaron las fuerzas, vieron el armamento, inferior al de ellos, y creyeron firmemente que la plaza era inexpugnable.

Roberto, que se había visto envuelto en un lazo revolucionario, todo lo había aceptado por cuidar a su compañero, a quien le tenía un afecto entrañable.

Fortunato estaba desmoralizado.

—¿Qué tienes? —le preguntó Roberto.

—Nada, que he venido a buscar la muerte y la muerte no aparece; entre tanto el maldecido recuerdo de esa mujer sacude una tormenta sobre mi corazón. Mi rival murió a manos del capitán que acaba de expirar en nuestros brazos y no obstante no estoy satisfecho. Ya habrá otro… ¡Condenación!

—Olvida, Fortunato, olvida. La mujer es un sueño que pasa.

—Pero ésta es una pesadilla. Nos hemos batido entre los mayores peligros y nada me ha pasado, nada, cuando aborrezco la existencia.

—Aprende de mí, que estoy enamorado de Enriqueta, la amo y no obstante ni me he vuelto a acordar de ella. Bien es verdad que a ella le pasará lo mismo; en cambio en estos días de armisticio me he enamorado de una yanqui bellísima, alta, esbelta, rubia como una mata de trigo y unos ojos verde-mar, que cuando miran subyugan; parece una tigre vencedora en el desierto.

—Al diablo con tu fiera, ésa no es una mujer.

—Pues la quiero, es mi encanto; su dentadura me dio una mordida en el brazo, que todavía me duele.

—Pues me gustan los cariños de tu tejana.

—Las costumbres de los pueblos; ésta me ha mordido en un brazo, tu Esperanza te ha mordido en el alma, que es peor.

—No me mientes a esa mujer… Recuerdo sus ojos, sus cabellos, su frente; todavía me quema su aliento. No olvido la noche del baile en que me dio tantas esperanzas y que yo la amé hasta el delirio… después el desprecio más profundo, la frialdad, casi el aborrecimiento, y ¿vivo?, ¿vivo todavía?

—Pero, hombre, si te sacrificaras por una mujer que te amara, lo comprendería, pero por ella, que ya ni quiso recibirte, ¡qué diablos! Eso no es lógico.

Fortunato guardó silencio y apoyó su frente sobre la mano derecha.

Roberto no quiso pronunciar una sola palabra más.

Llamaron a la puerta de su aposento.

—Adelante —dijo Roberto.

Con gran sorpresa de ambos apareció la figura del millonario Williams.

Fortunato se estremeció. Williams venía acompañado de una jovencita.

—¡Enriqueta! —gritó Roberto, y sin poderse contener la abrazó.

—Bien, bien —dijo el señor Williams—, ésta es la raza latina; todas son ternuras.

Después de pronunciar aquellas palabras, se sentó en un banco que había próximo al sitio donde se encontraba.

—¿En qué puedo servir a usted, señor Williams? —dijo Fortunato.

—Creo —dijo el americano—, que ya está usted en intimidad con la revolución.

—Es verdad.

—Sé que en Agua Prieta, en Casas Grandes, se ha batido usted con denuedo, así me lo han asegurado mis amigos de la línea.

—Exageraciones; me he batido como todos.

—Bien; pues yo deseo ser presentado, para hablar de negocios, y después para que me permita visitar los hospitales de la Cruz Roja.

—Así lo haré, hoy mismo, si usted gusta.

El señor Williams se levantó diciendo:

—En el acto. Queda aquí la señorita Enriqueta mientras vuelvo.

—Será cuidada bajo mi palabra de honor.

—Así lo espero —dijo el señor Williams, y salió acompañado de Fortunato.

El joven y el señor Williams salieron para dirigirse al cuartel general, Enriqueta y Roberto quedaron solos.

—¿Me has olvidado, Enriqueta? —preguntó el capitán.

Enriqueta inclinó la cabeza y dijo:

—No.

—¿Te has acordado mucho de mí?

—Sí.

—Porque tú crees que yo te amo.

—Sí.

—Porque tú no puedes dudar.

—No.

—Yo sé que eres fiel.

—Sí.

—Y que no te olvidarás.

—No.

—¡Rayo de Dios! Con estos monosílabos de esta bruta —pensó el capitán que se había entusiasmado con la inesperada presencia de Enriqueta, y que en estos momentos se acordaba de la americana, tan entusiasta, tan ferozmente enamorada de él. La nieve y el fuego; el entusiasmo y la frialdad. ¡Qué comparación tan horrible!

—Pero, dime, ¿cómo has venido?

—Desde que aquel imbécil se dejó matar por un muchacho, se desapareció Esperanza, y el señor Williams la busca con ansia; ella es todo su cariño en el mundo.

—¿Y el señor Williams no ha vuelto a recordar a Fortunato?

—Sí, alguna vez dijo: «La muerte de Kooc se debe a ese hombre; ha sido una venganza por mano ajena».

—Y dijo la verdad: el capitán tomó la demanda por su cuenta, y se ajustó ese lance que tuvo un desenlace tan funesto.

—¿Y Fortunato?

—Está conmigo en las filas rebeldes. Acabamos de tener un terrible combate en Casas Grandes; nos han hecho pedazos, pero les ha costado muy cara la victoria. Nos hemos retirado entre el fuego, y ¿sabes que hemos tenido un mal momento? El capitancito que mató a Kooc, lo mató una bala; era nuestro amigo.

—El que a hierro mata, a hierro muere —dijo Enriqueta.

—Pero ya la campaña está al terminar, creo que el gobierno está vencido; ahora sólo tenemos un lance de guerra decisivo; si tomamos Ciudad Juárez, nuestra es la victoria, y si perdemos, la lucha se prolonga.

—¡Qué horror!

—La plaza está inexpugnable y costará mucha sangre, pero la revolución está dispuesta a todo; ya ha perdido muchas vidas y se sacrificarán más, si es preciso; pero la victoria estará en sus banderas.

—Están muy valientes ustedes.

—Algo, Enriqueta: si tú conocieras a Pascual Orozco; ése sí que es todo un hombre y sabe más de lo que le han enseñado.

—¿Es general en jefe? —preguntó Enriqueta.

—Aquí no hay generales. Orozco es el que manda y nada más: y no sólo manda, sino que enseña; siempre está el primero en el peligro: sereno, reposado, valiente y con un ojo militar como ninguno.

—Es bueno tener un jefe así —dijo Enriqueta.

La niña, que parecía humilde, candorosa y tonta, no tenía nada de eso; era terrible, nerviosa, pero mustia como un jesuita, todo lo comprendía perfectamente.

—Ese Fortunato —dijo—, es un tonto: estar queriendo a una mujer que está apasionada todavía de un muerto, y que lo dejó y lo humilló hasta despedirlo de la casa.

—Eso fue horrible —dijo Roberto—. Con razón está loco ese hombre.

—Pero, si vieras —dijo Enriqueta—, que comenzaba ya una reacción en el alma de Esperanza.

—Es muy posible.

—La última vez que la vi, porque has de saber que la vi antes de que desapareciera de la casa, me dijo algunas palabras de resurrección de aquel amor que Fortunato había sabido engendrar en su corazón; el recuerdo no la dejaba, y menos desde la muerte de Kooc; aquello tenía el aire de una ilusión y nada más, aunque ella misma creía que era cariño, pero no es difícil que si volviesen a verse, tal vez entrarían en relaciones.

—Yo le tengo miedo a Fortunato, porque él no busca gloria, ni persigue una idea; lo que quiere es morir, y nada más.

—Pues si vive, tiene una esperanza.

—¿Se lo puedo decir?

—No, porque Esperanza es loca y no sé si en estos momentos ya está ilusionada por otro.

—¡Demonio con la niña!… Pero tú no eres así. Tú me amas y yo te idolatro.

Roberto se arrodilló a los pies de Enriqueta y le tomó las manos, que casi desaparecían entre las suyas. En estos momentos se abrió de par en par la puerta y apareció la americana. Roberto se levantó temblando. Enriqueta quedó sorprendida ante la actitud de aquella mujer.

Nerviosa, levantándose su robusto seno, como una ola encrespada del océano, con la mirada ardiente y fija en aquel hombre, y los labios sangrando por la presión de sus dientes.

—¿Así se ultraja a una dama? —dijo con acento terriblemente sombrío—. ¿Así se humilla el amor de una mujer?…

Roberto no contestó. La americana continuó:

—No, eso no. Eso no es de un caballero ni de un hombre de honor. En los Estados Unidos pediría una reparación ante la ley. Aquí el hombre puede burlarse impunemente de una mujer… Yo te desprecio.

Y le arrojó una saliva a la cara.

Roberto tendió instintivamente los brazos y rozó el rostro a la americana. Sentir este contacto y sublevarse, todo ello tuvo la duración de un relámpago; sacó un pequeño revolver de repetición y violentamente, sin que nadie pudiera impedirlo, hizo puntería disparando cinco proyectiles sobre su amante. Roberto cayó inundado en sangre.

Enriqueta, la niña candorosa e inofensiva, se volvió una fiera terrible, se arrojó sobre la americana, le arrancó la pistola de la mano y le disparó el último tiro que quedaba, el cual atravesó las regiones del cerebro de aquella mujer. La americana se desplomó ya muerta.

Enriqueta salió violentamente de aquel sitio de horror, y luego con una tranquilidad, que tal vez estaba lejos de sentir, se fue en busca del señor Williams y Fortunato que venían del cuartel general.

X. El nudo gordiano

I

El señor Williams, Fortunato y Enriqueta, volvieron al aposento donde había tenido lugar aquella tragedia. Fortunato, dando gritos de dolor se arrojó sobre el cadáver de su amigo, bañándolo con sus lágrimas.

El señor Williams, se volvió a Fortunato y le dijo:

—La verdad es clara y fácil: esa mujer ha matado a su amante y luego se ha suicidado; son lances muy comunes en la Unión. No hay que impresionarse; la mujer americana es violenta y decidida. Que la sepulten, yo pago los gastos; ahora hablemos de lo que importa.

Fortunato estaba asombrado de la calma del americano.

El señor Williams sacó del brazo a Fortunato, diciendo:

—Dejemos ese espectáculo que no es muy agradable.

Fortunato se dejó llevar y ya fuera se puso a oír al señor Williams, cuya peroración era grande.

—Vea usted —le dijo—; continúa usted con mis poderes para el empréstito; comprendo que por ser americano, tengo la inquina de los otros negociantes, pero luego ocurren a nosotros por ricos y formales.

Enriqueta estaba intensamente pálida, pero no revelaba ser la autora de aquel terrible drama.

El señor Williams continuó diciendo:

—Aún tiene que gastar mucho la revolución, pero tendrá que triunfar, nada se arriesga en el empréstito; insistamos con calma y es negocio arreglado.

—¿Y qué dice usted sobre una probable intervención americana?

—Que el gobierno de los Estados Unidos es muy práctico, y que esa intervención, aun con éxito, no le convendría a la nación. Taft es todo un político. No estamos en los tiempos de las intervenciones. Les ha puesto el punto final la doctrina Monroe; dejemos esa vieja costumbre de los europeos con los moros y con los chinos. Esa teoría es muy vieja; México no debe tener esas preocupaciones a este respecto; su territorio es inviolable. En esta cuestión les hemos puesto el hasta aquí a los filibusteros, que desean solamente la rapiña y a otras ambiciones igualmente absurdas.

Fortunato oía con sumo respeto aquellas declaraciones del millonario.

—Me voy —dijo el señor Williams—. Voy a buscar a mi hija.

—¿A Esperanza? —preguntó agitado Fortunato.

—Sí, a Esperanza, que ha heredado todo el carácter americano, es aventurera y terrible; ama el peligro y lo afronta desde el día en que le mataron al novio; y es probable, casi seguro que anda por aquí; es obstinada con la sangre india y aventurera con la mezcla americana, y no es difícil que me equivoque; por aquí anda, por aquí debe estar, y si no en este lado, está cerca de la línea. La encontraré entre los curiosos que esperan el combate de Ciudad Juárez.

—Como que ya se está preparando, tal vez hoy mismo dé principio el asalto. Madero y Pascual Orozco están ya listos.

—Ya los conozco; darán un asalto japonés, a ese general que no supo cuidarse durante el armisticio, lo han planeado descubriendo sus elementos de defensa, le han contado su artillería y su fuerza y con toda probabilidad caerá en poder de la revolución Ciudad Juárez.

—Así lo creo.

—Costará alguna sangre; cuando las situaciones tienen apoplegía, con una sangría se les salva.

Aquel yanqui era una calamidad.

II

Enriqueta, que se había separado del señor Williams y de Fortunato, se entró en el cuarto del hotel; deseaba descansar después de aquel lance desgraciado y del cual no se arrepentía. Mustia, pero consentida y caprichosa, sentía aún la fiebre de los celos. El capitán era muy pequeño para ella, cuya alma se escondía entre los pliegues de su silencio. No había amado nunca y cedió a los impulsos de la inexperiencia, pero ya estaba hecho y no había remedio.

Pasaba por la calle un carro de la Cruz Roja y resonaban los aplausos. Enriqueta se asomó al balcón y desde luego se fijó en una joven que iba en el carro; era Esperanza. A su vez la hija de Williams vio a Enriqueta y de un salto se puso en la calle, penetró en el hotel y las dos amigas se estrecharon con cariño.

—¿Pero qué haces aquí, Enriqueta?

—Desesperada y próxima a dejar esta vida horriblemente fastidiosa.

—Has hecho una locura.

—Sí, ya lo comprendo, pero quería salir de aquella atmósfera que me asfixiaba.

—¿Te acuerdas mucho de tu novio?

—¿Cuál novio?

—Kooc.

—¡Quién se acuerda de ese muerto! Al principio hasta lloré, ¡qué tonta!

—¡Eres terrible, Esperanza!

—¿Qué mal hice? Las señoras caritativas me embaularon aquí; ellas no vinieron ni vienen nunca; hacen bien. Es intolerable estar en una sala de heridos… ¡qué palabras tan soeces, qué maldiciones… qué espectáculo tan horriblemente repugnante y qué gente tan ordinaria y tan rebajada! A la hora de la curación se despierta la tempestad y se oye lo que nunca se ha oído ni aun imaginado… y poner las manos en esas heridas… ¡puff!… ¡Qué asco, qué barbaridad! ¡Hoy me deserto, al diablo con esa caridad evangélica que hace volver el estómago!

Enriqueta se echó a reír.

—Tu padre ha venido a buscarte.

—Dios mío, ¿mi padre?

—Ya sabes cuánto te quiere y no puede vivir sin ti.

—¡Pobrecito!

—Va a venir al hotel y lo verás muy pronto… Puede ser que llegue…

—¿Con quién?

—Pues, con Fortunato.

—Ya sabía que se encontraba en las filas rebeldes y te juro que mi debilidad deseaba encontrarlo.

—¿Le amas todavía?

—No lo sé, pero creo que sí. Es un amor manso, casi compasivo; él está enamorado de mí y creo que ha venido a buscar aquí la muerte para acabar con sus padecimientos.

—¿Hablas en serio, mujer?

—Hablo con toda seriedad; sería una aventura muy bonita… ¡Amor en el campo de batalla, entre el humo de los cañones! ¡Amor guerrero!, ¡pasión de combate, ilusión de batalla!

—¿Y si lo matan?

—Enviudaré dos veces, lo cual no deja de tener su encanto.

—¡Insufrible, insufrible! —dijo Enriqueta besando a su amiga.

En estos momentos penetró el señor Williams, y Esperanza se arrojó en sus brazos llorando.

—¡Perdóname, padre mío! Esta cruz roja sobre mi pecho dice bien claro mi honradez.

—Otro abrazo, Esperanza, ya todo lo sabía.

Levantó a su hija que había caído de rodillas y como si fuera una niña la cubrió de besos y lágrimas; luego sentándola sobre sus rodillas le dijo:

—Vamos, Esperanza, ya sabes lo que es todo eso de la Cruz Roja y todas las cruces; no puedes estar aquí. La caridad, cuando se hace y puede hacerse, es con dinero; pero, venir aquí, entre esta gente, una persona refinada y de alta sociedad, criada en la más exquisita educación, eso es imposible… Tú, acostumbrada a los perfumes de la India, a los de París…, ahora metida en esta corrompida atmósfera y en este trato brutal y ordinario de gente desvergonzada e inmunda; tú que has vivido en el mimo y en el cuidado, en la crema social, es inconcebible.

—Todo eso no vale nada —dijo Esperanza—; lo que no puedo sufrir ni quiero, es vivir lejos de ti, a quien he consagrado mi existencia.

Esperanza se arrojó llorando en el seno del millonario.

El americano, acaso por primera vez en su vida, sintió que sus ojos se humedecían por las lágrimas.

—Nos marcharemos —dijo el señor Williams—, y no nos volveremos a separar. Da las gracias a Enriqueta que me ha acompañado, llenándome de atenciones.

—Si tú no la conoces todavía, si es un primor —dijo Esperanza, besando a su amiga.

—Sí, sí —dijo el señor Williams—. Yo la venero.

Esperanza, en uno de sus locos arranques, dijo:

—Como que tengo un proyecto que he de realizar, porque depende de mi voluntad.

El señor Williams la oía con extrañeza.

—Pues mi proyecto, papá, es que te cases con ella.

El golpe había sido brusco:

—¡Pobre criatura, con viejo…! —dijo el señor Williams.

—Pero con un viejo como tú; es muy codiciable.

Enriqueta le tendió la mano, que el americano besó respetuosamente. Esperanza se quitó de un dedo una preciosa sortija con hermosísimo brillante capuchino y se lo puso a Enriqueta; ésta a su vez lo puso en manos del señor Williams, que exclamó:

—¡De mi hija y vuestro!… ¡Qué prenda tan querida para mí!

—Ahora —dijo Esperanza—, vayan ustedes, ya los alcanzo; voy a despedirme de las viejas, ya estoy fastidiada con sus olores de hospital y las palabras brutales de esos salvajes.

El señor Williams y Enriqueta salieron del hotel; el americano iba en pos de un lugar cómodo para ver el combate sobre Ciudad Juárez, que se iniciaba en aquellos momentos. Oíase una terrible gritería en la calle y Esperanza se asomó al balcón. Una mujer con una bandera y montada en un caballo fogoso atravesaba entre los sarcasmos de los soldados y la rechifla del populacho. Esperanza al verla, pensó: «Yo conozco a esa mujer… ¡Ah, es aquella Irene que provocó mis celos con Alfredo Kooc!». —Y luego con aquella dulzura, propia del alma de una mujer, exclamó: «¡Ojalá y la maten!».

Iba a salir del cuarto, cuando llamaron a la puerta; arreglándose el traje de la Cruz Roja, gritó:

—¡Pase!

La puerta se abrió y Esperanza no pudo contener un grito de sorpresa…

—¿Qué se ofrece, caballero? —preguntó la joven.

—Señorita —dijo Fortunato—, la suerte me ha deparado este momento para desvanecer la idea que pudiera usted tener de mí, tocante a la causa del desafío que ocasionó la desgraciada muerte del señor Kooc.

—Es un asunto —dijo Esperanza— del que me he prometido no hablar.

—Es que yo no quiero aparecer como un miserable que busca una mano ajena para deshacerse de un rival.

—Yo no puedo suponer esa bajeza en un caballero como usted. A ese hombre lo mató el destino. Lo que siento es que el matador se dará ínfulas de que venció y estará orgulloso de su hazaña.

—Señorita; ese hombre era un gran corazón y estaba muy lejos de ser lo que usted se imagina. En cuanto a estar orgulloso no puede ser, porque hace pocos días que ha muerto en el combate de Casas Grandes; yo lo dejé sobre el campo… no pude sepultarlo.

—Pues lo lamento y nada más.

—¡Esperanza, cuánto he sufrido!

—¿Y qué busca usted aquí?

—¡La muerte! —dijo Fortunato con acento desesperado—. ¡La muerte, porque la herida que sangra mi corazón es intolerable: porque yo amo a usted sin esperanza… Soy un desgraciado!

Esperanza comenzó a raciocinar: Fortunato era joven, arrogante; su sangre corría como la lava; su corazón lleno de vida, estaba en la plenitud de los sentimientos; en fin, delante de ese hombre, delante de aquel amor tan grande, comenzaba a sentirse subyugada.

—¡Pero la muerte no viene! —prosiguió Fortunato, en un rapto de desesperación.

Esperanza guardaba silencio.

—Si tras esa cruz —continuó Fortunato—, hubiera todavía un alma de mujer, si tras esos ojos que no ven más que la miseria humana, resplandece un cerebro pletórico de los sueños más hermosos de la edad, yo me atrevería a pedir compasión en nombre de los sufrimientos que me han devorado el alma y apagado mi espíritu; porque yo no vivo, mi existencia es una máquina que obedece al destino, una forma que acabará por descomponerse si yo no tengo el valor suficiente para desbaratarla.

—Calle usted —murmuró Esperanza.

—Señorita; yo no tengo en mi memoria, sino aquella noche en que fui despedido ignominiosamente; oigo las palabras de usted; sus ademanes despreciativos están en mi pensamiento.

—No creí —dijo Esperanza—, que aquella contingencia en la vida de una mujer, causaría en usted un estrago tan grande… estoy arrepentida.

—¿Es verdad lo que escucho? —exclamó Fortunato lleno de júbilo, arrodillándose a los pies de la joven—. Oh, usted no sabe, Esperanza, cuánto he llorado; usted no puede imaginarse el llanto amarguísimo que ha corrido por mis ya secas mejillas, y los gritos desesperados con que he llamado a usted en el desierto, y sólo respondía a mi voz el eco de aquellos vastos horizontes… ¡Solo en el mundo, triste, desamparado… solo con aquella imagen en mi cerebro y aquel aliento sobre mi frente!… ¡La absorción de la existencia en el crisol del infortunio!… Aún es tiempo; ya olvido ese pasado de dolor y desventura, para volver a los sueños de la juventud. ¡Esperanza: mi vida, mi sangre, todo, todo por ese amor que me saca de la tumba para hacerme feliz, cuando ya nada esperaba!

—Ese amor, lo tiene usted en mí, Fortunato; aquel lance me parece un terrible castigo por mis ligerezas… Ya está usted vengado.

—¡La recompensa es sublime! ¡Gracias, gracias… gracias!

Esperanza estrechó la convulsa mano de Fortunato poniéndola sobre su pecho.

—Ahora —dijo la joven—, yo a quitarme la Cruz Roja, que ha sido un gólgota para mí, y usted, Fortunato, a despojarse de ese traje de filibustero que me horroriza.

—Sí, Esperanza, volvamos a ser lo que fuimos; juro a usted que haré su felicidad, si le basta un corazón entero y una alma consagrada enteramente a su cariño.

—Sí, me basta… Ya no quiero esta vida errante; aspiro al amor y a la tranquilidad del hogar.

—Pues lo que yo puedo hacer, Esperanza, es amar a usted hasta morir, contemplándola siempre con amor, y no vivir sino para adorarla como a un dios.

—Fortunato, se abre ante nosotros desde ahora una era de felicidad para los dos, seremos dichosos… pero ahora es preciso separarnos un instante; voy al hospital a despedirme; nos reuniremos con mi padre, y marcharemos juntos para México, donde nos espera la felicidad.

—Hasta dentro de muy poco, Esperanza; no olvide usted que la espero para marchar de aquí y no separarnos nunca más.

Fortunato besó muchas veces las manos de su adorada antes de separarse.

III

Fortunato salió loco de aquel lugar; lloraba, reía, hablaba, sin saber lo que decía… El nombre de Esperanza brotaba de sus labios a cada momento. Pero no tenía un amigo a quien contarle su felicidad… Roberto y el capitán ya estaba muy lejos de la tierra; esto era lo único que empañaba el cielo de su dicha. Marchó violentamente a su cuartel, donde ya se le esperaba con impaciencia.

—Señor capitán —dijo el coronel—, usted con su compañía asaltará las primeras trincheras.

Fortunato sintió miedo por primera vez; pensó en Esperanza y se puso a temblar. Pero no había remedio, tenía que cumplir con un compromiso de honor, y al frente de su compañía se dirigió a Ciudad Juárez, donde había comenzado el fuego.

Esperanza llegó al hospital y dijo a la superiora:

—Tengo el sentimiento de abandonar por ahora la Cruz Roja; mi padre está aquí y voy a acompañarle a su viaje a México.

—No es posible en este momento —dijo la superiora—. Dentro de dos horas podrá usted marchar, porque a nadie se le detiene aquí contra su voluntad, pero ahora ruego a usted, y será la última vez, que atienda a los heridos que están llegando: el combate ha comenzado ya, oiga usted los disparos. ¡Dios mío, ten compasión de los desgraciados!

—Está bien, señora, dentro de dos horas me iré, aunque con bastante sentimiento en el corazón.

Esperanza se entró luego en el salón de los heridos, donde presenció la escena más chusca del mundo.

IV

El viejo general, a quien ya conocemos, se empeñó en volver al campo insurrecto y le ocurrió lo que le habían predicho; montó a caballo con arrogancia quijotesca; el animal, al oír un disparo lejano, se encabritó y arrojó al viejo general a gran distancia. Como ya a esa edad los huesos son frágiles, se rompió una pierna, y los médicos que le atendieron, diagnosticaron que su muerte era irremisible, que la amputación era del todo inútil y lo abandonaron.

Aunque el viejo estaba moribundo, conservaba su carácter violento y vomitaba insolencias sin descanso y al por mayor.

—¡Caracoles! —decía—. ¡No hay un condenado fraile donde arrojar mis pecados; voy a morir como un perro! ¡Caracoles!…

Se le acercó Esperanza y le preguntó si se le ofrecía algo.

—¡Con una carretada de demonios!… Yo quiero un fraile o un diablo, siento que ya me lleva Lucifer y que me está faltando la vida.

—En estos momentos —dijo Esperanza—, no hay un sacerdote, yo le rezaré a usted.

—Eso no vale nada, las mujeres no sirven sino para dar tentaciones. Además ¿cómo le voy a decir a usted, niña, las diabluras que he hecho en toda mi vida? ¡Demonio, esas historias no son para contadas más que a un hombre!

—Pídale usted entonces misericordia a Dios —dijo Esperanza—. Él es el remedio de todos los males.

—Lo bueno fuera que no los consintiera, para que no tuviera que remediar luego nada.

—Él sabe lo que hace.

—Pero yo sé mejor, que estoy sintiendo estos dolores terribles que me matan. ¡Cartucho!

—Se expuso usted a los peligros.

—Es verdad, me acerqué a los parapetos del enemigo.

—En eso estuvo el mal.

—No, señor, me acerqué en el armisticio.

Esperanza se sonrió.

—Esta herida no es de bala, es de caballo. Ese maldito animal me azotó contra el suelo; si hubiera sido bala, hubiera sido muy buscona para encontrarme, y yo quiero aliviarme para ascender…

—¿Otra vez a caballo?

—No, a general de división.

—No entiendo.

—Ni estoy para explicaciones.

En este momento entró un clérigo protestante.

—Ya tenemos sacerdote —dijo Esperanza.

—Pues que se acerque, porque la cosa urge. Ya me dan el toque de silencio.

Esperanza llamó al sacerdote y lo dejó con el moribundo.

—Confesión, reverendo padre.

—Yo no puedo, pertenezco a la religión protestante, donde los hombres hablan nada más que con Dios.

—¿De qué diablos me sirve usted entonces?

—Rezaré mis oraciones cristianas.

—Pero… oiga usted, yo lo conozco. ¿Dónde lo he visto? —dijo el general mirando fijamente al fraile.

—Yo voy por todas partes.

—Bueno, pero ¿quién es usted? ¿Cómo se llama?

—Me llamo Angélico Davis.

—¡El mismo! —gritó el general, incorporándose—. Usted se casó con la condesa que me dio calabazas.

—Sí, señor, fue mi esposa.

—¿Cómo fue? ¿Luego usted se ha desvie jado? ¿Ha muerto esa guacamaya?

—No, se fue con un capitán y la vengo a buscar.

—Esa vieja es capaz de irse con el ejército permanente y hasta con los rurales.

—¡Caballero, es mi esposa!

—¡Pues usted y ella se van al demonio! —Y diciendo esto, tomó las botellas de medicinas que había junto a la cama en un buró y las arrojó, estrellándoselas en la cabeza al protestante.

El fraile se echó a correr con la cabeza rota.

—¡Así, así —decía el general— me vengo de la maldita vieja, y de este tuno que me la pilló; me alegro de que la condesa lo haya…! Pero yo me muero; ¡señora, señora!

Llegó Esperanza corriendo a los gritos del general, encontrando al viejo con la vista vidriada y un gesto mortal que le contraía el semblante.

El padre protestante, desde lejos, se limpiaba la sangre que corría por su cara y lo llenaba de maldiciones, y entre las maldiciones del protestante y las sonrisas de Esperanza entregó el alma, no se sabe si a Dios o a todos los diablos, el pobre general.

—Ya murió —dijo el fraile—. Que Dios lo haya perdonado; me ha hecho dos heridas terribles en la cabeza, que se las perdono, aunque me duelen mucho.

—Lo que siento son las cucharadas, que podían servir para otro —murmuró Esperanza.

V

El fuego arreciaba. Retrocedían las avanzadas y los rebeldes seguían haciendo un fuego tenaz y desesperado. La plaza esperaba prevenida el ataque.

Repentinamente entró a la sala de heridos del hospital un grupo de soldados que conducía a un combatiente que sangraba de un carrillo.

—Pónganlo en esa cama, para atenderlo —dijo Esperanza.

Los soldados llevaron al lecho al herido y se retiraron.

La superiora llevó a unos sacerdotes para que auxiliaran a los moribundos; salióse después, y dejó a Esperanza para que atendiese al herido que acababa de llegar. Luego que la joven se acercó a la cama, dio un espantoso grito, que hizo abrir los ojos al herido.

—¡Fortunato! —había gritado Esperanza, al ver a su amante con una terrible herida en el pecho de donde salía un borbotón de sangre.

—¡Esperanza! ¡Esperanza mía! —exclamó con voz doliente Fortunato—. Dios lo ha querido… Yo me muero, sí… La vida se escapa… pero que sea junto a ti.

Esperanza estaba pálida, trémula… Se acercó y besó la frente a Fortunato.

—¡Qué muerte tan dulce!… —dijo Fortunato al sentir sobre su frente el contacto de aquellos labios—. Oye, niña… ¿conservarás mi nombre?…

—¡Lo conservaré siempre! —gritó la joven—. ¡Espera, espera, no quiero que mueras! ¡Espera, espera!

La joven llamó a uno de los sacerdotes que se encontraba más próximo y le dijo:

—Padre, va usted a celebrar un matrimonio en artículo de muerte.

—¡Señorita!…

—Pero en seguida, que el herido está en agonía.

—Pues vamos, ¿y los testigos?

—¡Dios es el mejor! —dijo Esperanza.

Se acercó el sacerdote al lecho, rezó algunas oraciones y luego preguntó al moribundo:

—¿Recibe usted por esposa y compañera a la señorita Esperanza Williams?

—Sí —contestó Fortunato inundado por la felicidad que sentía al escuchar todo aquello que apenas comprendía; creía que era un sueño, pero un sueño delicioso.

—Y usted, señorita —continuó el sacerdote—, ¿recibe por esposo y compañero a este señor cuyo nombre ignoro?

—¡Cien veces sí! —exclamó Esperanza en un arranque de amoroso entusiasmo.

El sacerdote los bendijo y así terminó la ceremonia.

El padre estaba emocionado.

—Ahora —dijo Esperanza—, quisiera quedar sola con él; tengo que hablar sin testigos con mi esposo.

Todos se alejaron. Entonces la joven se puso de rodillas junto al lecho del que en esos momentos era su dueño, y entre un torrente de lágrimas se puso a hablar al oído de Fortunato, que ya no la oía, y que con sus manos frías y trémulas estrechaba con cariño las de Esperanza. ¿Qué le dijo aquella alma atribulada?… Nadie lo sabe.

Después, abriendo un devocionario, comenzó a rezarle esos salmos tristísimos de los agonizantes. De pronto, Fortunato volvió la vista hacia Esperanza, fijó en ella sus ojos sin luz, como queriendo darle en esa mirada el postrer adiós en que iba toda su alma enamorada.

Poco a poco, como un sol que se apaga lentamente en el lejano horizonte, entre las olas de un inmenso horizonte, se extinguió su mirada… Aquel hombre se despedía para siempre de sus esperanzas, de sus más bellas ilusiones. Lanzó un suspiro en el que se escapó su último aliento.

Esperanza se enjugó el copioso llanto que resbalaba por sus hermosos ojos, y limpió la herida de aquel cadáver; después fue a buscar unas flores con qué llenar aquel lecho; encendió unas bujías y veló toda una noche los restos de aquel hombre que había expirado amándola como quizá ningún hombre pudiera haberla amado. A los primeros albores de la mañana siguiente lo hizo sepultar. Lloró largo rato sobre aquella tumba querida y besando la tierra que la separaba de su amante, último relicario donde se depositan las humanas cenizas, salió del cementerio donde dejaba los jirones de su alma y se apagaba la brillante luz de su espíritu.

XI. Ciudad Juárez

I

Allá, más allá todavía, en los límites de la frontera con los Estados Unidos, la Unión Americana, está Ciudad Juárez, cuyo nombre conserva en la historia, por haber estado allí, el Benemérito de la América en los días terribles de la invasión francesa, y de donde salió victorioso con la bandera nacional, hasta clavarla en el Cerro de las Campanas, después de pasearla por las soledades del desierto. A los cuarenta y cuatro años resonaba el cañón en esas regiones. La toma de Ciudad Juárez era el desideratum de una gran revuelta que librara a la nación entera de una dictadura de treinta y seis años.

En esa ciudad doblemente histórica, se resolvía un problema en el álgebra de la política y de la guerra. Si la revolución era vencida, continuaría por toda la nación, siguiendo la contingencia de su destino. Si la plaza era tomada, sería aquél el último combate. La opinión pública pedía el término de una situación que agonizaba ya al estruendo de las voces y de los disparos de una nación armada. Apareció una revuelta, tomó las dimensiones de una formal revolución incontenible en el seno del progreso, que va empujando los sucesos inesperados y las contingencias no pensadas, hasta realizar lo que ayer parecía una quimera, un sueño de hombres.

Un hombre nada más había conjuntado las ideas de un pueblo y en torno de su bandera, vinieron dos generaciones; una con todas las armas del presente, la otra con todos los derechos del porvenir.

¿Quién había convocado a las huestes?… ¡Nadie!

¿Quién había presidido tantos levantamientos?… ¡Ninguno!

Era una oleada humana que caía sobre una sociedad envejecida. Un sol que alumbraba los yermos campos del pasado. Era la historia que ejercía su dominio sobre todo lo que declina y desaparece.

II

La revolución que había comenzado con un grupo se había hecho terrible.

El César comprendió al fin que su última hora había llegado en el reloj de su destino; su aliento juvenil que le hubiera llevado a los combates estaba frío; su frente turbada, sus ímpetus apagados; quedábale solamente el rescoldo de los tiempos antiguos, que se iba enfriando pausadamente, como todo lo que agoniza y muere en el seno de la humanidad.

Ya no era aquel que llamó con el pomo de su espada al último baluarte del imperio, su mano estaba trémula, y turbia su mirada. Se sintió vencido, ya no tenía ánimo para hacer el último esfuerzo; si aquella ciudad era tomada, todo estaba perdido. Acumuló cuantos elementos pudo, hasta declarar los tácticos que la plaza era inexpugnable y esperó, después de haber accedido a todo lo que pedía a gritos la revolución: proscripción del gabinete, no reelección, destitución de gobernadores, libertad electoral, libertad de sufragio; pero, todo inútil, porque la revolución pedía el abandono del poder.

Las «concesiones» fueron el gorro frigio puesto sobre la cabeza de Luis XVI por el huracán revolucionario.

Los datos estaban tirados; el destino resolvería.

La toma de Ciudad Juárez era un problema político y de guerra.

Las conferencias habían puesto de manifiesto la debilidad del gobierno del general Díaz, sus condescendencias con el programa de la revolución, casi habían resuelto la cuestión; el gobierno se había doblegado al peso de los que lo rodeaban, más que al esfuerzo revolucionario. Madero seguía implacable y ninguna proposición aceptaba, mientras el gobierno de México cedía paso a paso a las exigencias todas, y todos los enviados pugnaban por una transacción imposible, promesas, ofertas, cuanto podía seducir a Madero; y éste, sin quitar el dedo del renglón: «La separación inmediata del general Díaz y Corral».

En este estado de cosas y roto el armisticio comenzaban las hostilidades y Ciudad Juárez era el teatro de la contienda.

Las opiniones se encontraban en aquel campo y era necesaria una revolución. Se reunieron los jefes principales y celebraron una junta de guerra. Después de una discusión sobre política, entraron a la de las armas y unánimemente resolvieron el asalto a la ciudad. Había soldados armados, con valor desesperado; elementos poderosos.

La plaza estaba declarada inexpugnable; todo lo que cae vencido al impulso del valor y de la táctica y sucumbe al peso de la estrategia.

Se dividieron las fuerzas, poniéndose al frente esa juventud fronteriza, esa sangre nueva que ya corría por las arterias de la República. Tomaron sus puestos, descollando el valiente Orozco, Villa y Garibaldi, y otros que entraron al ataque arrojados por su patriotismo, llevados por el ardor de los años, que trae el desprecio a la muerte.

Los defensores de la plaza esperaban a pie firme la victoria, y se dejaron oír los primeros disparos; se estremeció aquel campo, tembló la ciudad y comenzó el asalto.

De aquella espesa nube de humo, que todo lo envolvía, como el fuego que arroja el cráter de un volcán en erupción, salía un rugiente alarido de combate; un grito terrible, imprecaciones, voces de mando, amenazas; ese todo de las batallas que arrastra a las multitudes al abismo.

Entre le humo aparecían las figuras esfumadas de los jefes al frente de sus columnas y volvían a desaparecer, como borradas por el fuego, que como serpiente, corría y circundaba los parapetos que se derrumbaban.

Entre los clamores de la victoria se veía a los soldados de la revolución sobre las trincheras; la primera línea estaba tomada y sobre los muertos y la sangre, comenzaba el ataque sobre la segunda línea.

Continuaba tremendo el combate; las avanzadas porfiristas se lanzaron con denuedo.

Los rebeldes se arrojaron con ímpetu violento a la refriega, haciendo retroceder palmo a palmo al enemigo. Los soldados se lanzaron al parapeto y comenzó la lluvia del plomo de los cañones, de las ametralladoras y de los máuseres. Los rebeldes furiosos, casi en desorden, afrontando con inaudito valor la muerte, se arrojaron sobre las trincheras salpicadas de sangre, y las tomaron, clavando sus banderas sobre los parapetos. Aquélla era una primera victoria y comenzó el avance sobre la plaza enmedio de alaridos espantosos y gritos de venganza. Los federales los recibieron a la bayoneta y en combates parciales, cuerpo a cuerpo y en actos heroicos por ambas partes; continuó la zambra como un encuentro japonés. Se verificó un movimiento de circunvalación y el ataque se hizo general. Los rebeldes avanzaban terriblemente hasta asaltar la segunda línea fortificada y tomarla a la bayoneta, encontrando una vigorosa resistencia.

Apoderados de los edificios y avanzada la artillería se dirigieron a los fuertes y últimas posesiones del enemigo. Volaron la cárcel con dinamita…, después de un combate reñidísimo y ya casi diezmados por la artillería, en un impulso valeroso y terrible, tomaron la iglesia ya acribillada por sus cañones, y aquella toma de la iglesia fue la última palabra de la batalla.

El cuartel fue capturado, cayendo prisioneras las fuerzas defensoras y el jefe de ellas. Una bandera insurrecta izada sobre un tinaco de la casa del Ayuntamiento, anunció que Ciudad Juárez había caído en poder de la revolución. En ese mismo instante, todavía los federales hacían fuego en algunos puntos de la ciudad; la lucha parecía renovarse en aquellos lugares, aunque sin éxito. Garibaldi, uno de los jefes rebeldes, se ocupó en arrojar bombas de dinamita desde el hotel «Porfirio Díaz» en que estaba, sobre el edificio de la aduana, donde los federales se seguían sosteniendo con toda energía, pero al fin fueron desalojados, cayendo en poder de los rebeldes. El general Navarro, jefe de las armas de Ciudad Juárez, así como su estado mayor, han quedado prisioneros en el cuartel general de la población.

El botín fue espléndido: ametralladoras, cañones, parque en abundancia y una gran cantidad de armas.

El bravo general Pascual Orozco instaló su cuartel general en el palacio del Ayuntamiento. El jefe de la revolución, Francisco I. Madero, atravesó a todo escape y entró en Ciudad Juárez entre las aclamaciones de su ejército y los aplausos del pueblo ebrio de regocijo.

Hubo un momento espantoso para Navarro; se decía por los rebeldes, que habiendo mandado fusilar hasta a los heridos en un día de frágil victoria, pedían que fueran vengados sus hermanos con la sangre de Navarro. Entonces Madero, con una generosidad sin nombre, lo llevó personalmente y exponiendo su vida, a la línea americana, salvándolo de una muerte segura, pues hubiera sido despedazado por el pueblo.

Se dejó su espada al general Navarro. Y esas escenas son viejas y fuera de uso; la última fue la de Napoleón III en Sedán, donde los prusianos no le hicieron caso; todo ese aparato pertenece a la Edad Media; hoy el que pierde, pierde, sin que le importe al vencedor que conserve su espada el vencido. Pero la verdad es que Ciudad Juárez fue el sangriento teatro de la batalla histórica que le dio un espléndido triunfo a la revolución.

Habría mucho que decir de los inumerables detalles de la jornada en que hubo heroicidad y rasgos de valor que honran a los combatientes mexicanos y que se lamenta que no se reservaran para una lucha con el extranjero, sino que se despilfarrara en una guerra fraticida.

El triunfo de Ciudad Juárez, fue el triunfo definitivo de la revolución, el nudo gordiano roto por la mano del destino. Desde luego se entabló un nuevo armisticio con todas las exigencias del vencedor, aunque es preciso confesar que Madero se sostuvo en lo que había dicho desde el principio de las conferencias: La separación del presidente y vicepresidente del poder, inmediatamente. Las otras demandas, ya serían obra de la revolución triunfante.

El gobierno de México, perdió la moral, y fue el gran prisionero de la revolución. Ya no habría lucha, el general Díaz dejaba la presidencia y Corral dimitía, resignándose a la petición de los vencedores. Lo único que pudo conseguirse con muchos esfuerzos, para librar al general Díaz de un mal momento, fue que en las estipulaciones se dijera que había ofrecido retirarse dentro de unos días, que no pasaban del mes. Entonces ya no se pensó en más: ¡La renuncia!, era lo que corría de boca en boca, esto era la exigencia del ejército revolucionario y de toda la República.

Cartas de estudiantes, de mujeres, de obreros, de la prensa, en fin, de la nación toda, pidiendo ¡La renuncia! ¡La renuncia!…

Ya todo había desaparecido; una oleada humana había arrastrado una situación que parecía eterna.

Ciudad Juárez había sido la llave; allí fue la manifestación nacional y extranjera; allí en la línea donde se mezclaron todas las protestas, todos los gritos, todas las aclamaciones que derribaron la autocracia de treinta y siete años, que se presenta ante la historia como la generadora de una época de civilización y de progreso. El pueblo de Ciudad Juárez, donde se agolparon un mundo de americanas y americanos, atronaba al cielo con un clamoreo: hurras a la libertad y vivas a Madero que organizaba violentamente su gobierno provisional.

Llegó la noche, se encendieron fogatas a cuyo alrededor bailaban los muchachos y vociferaban como unos locos. Las americanas y americanos cantaban, gritaban y bebían refrescos, porque Madero prohibió las bebidas embriagantes para evitar el desorden. No hubo una sola nota discordante. Todo era alegría, todo era gozo y satisfacción por la victoria. Los innumerables visitantes recorrían la ciudad, pasando sobre los escombros humeantes todavía y cegados por el estrago de la dinamita y el fuego de los cañones.

Los hospitales estaban llenos de heridos, y las señoras de la Cruz Roja se multiplicaban, socorriendo a los desgraciados. Los soldados federales eran objeto de atenciones; bien podía decirse que no había prisioneros.

Entre aquella turba había una mujer joven y bella, que pronunciaba discursos y que siempre hablaba de la mujer, que debía participar de los peligros y de los goces sociales; que la mujer debía salir de la imbecilidad a que la había reducido la tiranía de los hombres; que los derechos a la libertad eran humanos. La joven recibía aplausos entusiastas, sobre todo de las mujeres, que se sentían animadas. Pasaba por ahí Esperanza, que iba en pos de su padre y de Enriqueta que ya la esperaban con impaciencia, y que habían presenciado el combate y toma de Ciudad Juárez.

Esperanza tropezó con Irene. Las dos jóvenes se reconocieron y sacudieron la melena como dos leonas del desierto.

—¡Eres tú! —exclamó Irene.

—Sí, yo soy —contestó Esperanza con violencia—. Tú has sido mi rival.

—Ya sé que murió ese hombre, pero mi odio hacia ti vive aquí —dijo golpeándose el pecho.

—Y yo siento que mi sangre hierve sólo al oír tu voz —contestó Esperanza.

—¡Pues a la lucha! —gritó Irene.

—¡A la lucha! —repitió Esperanza lanzando una mirada impregnada de odio.

Los fronterizos formaron violentamente un círculo para ver reñir a las dos damas, que arrojaban espuma por sus labios. Irene desenvainó un puñal que llevaba en la cintura y Esperanza empuñó unas tijeras grandes y agudas que usaba en el hospital. Se arrojaron furiosas una sobre la otra.

Irene abrió una profunda herida en el cuello de Esperanza y ésta, al sentir el golpe, hundió hasta el puño las tijeras en el corazón de su rival. Las dos contendientes rodaron por el suelo como heridas por un rayo.

La gente guardó silencio.

En aquellos momentos y abriéndose paso entre la multitud, se dejó ver el señor Williams y Enriqueta. Cuando el infeliz padre vio a su hija tendida en el suelo y cubierta de sangre, cuando llegó junto al cadáver de aquella niña que había sido su amor, su ilusión, sus esperanzas, partió de su lacerado corazón un gemido, acaso el primero de su vida: ¡Hija mía!

Enriqueta levantó el cuerpo de su desventurada amiga, lo limpió con amor y cuidado de la sangre que cubría aquel hermosísimo rostro, lo bañó de lágrimas y lo cubrió de besos.

—¡Solo!, ¡solo en el mundo!… —exclamó el señor Williams, pero al reparar en la presencia de Enriqueta, la abrazó llorando y exclamó—: ¡Tú, tú nada más me acompañarás en los últimos días de esta vida llena de amarguras y desengaños!

Enriqueta reclinó su frente en el pecho de aquel desventurado padre y lloró desesperadamente.

Causó impresión terrible aquella tragedia cuyos ecos se perdieron entre el estruendo de alegría que envolvía a Ciudad Juárez.

Al día siguiente, una carroza fúnebre lujosamente enjaezada y seguida por múltiples vagones enlutados, pasaba conduciendo el embalsamado cadáver de Esperanza Williams, que iba a dormir el sueño eterno al cementerio aristocrático de Filadelfia.

XII. En la boca del cráter

I

El César claudicante, vencido, conservaba las últimas ráfagas de su antigua grandeza.

«Él era de la patria: pero la patria era de él.»

Cerraba los ojos, y ante su cerebro desfilaba la adulación, la bajeza y la infame despedida de aquellos a quienes engrandeció llenando con oro las alforjas de mendigo que cargaban sobre los hombros; eran los judíos, los que tenían derecho a la traición, porque en esas alforjas llevaban los «treinta dineros», ignominioso precio del amo.

El César estaba solo con su conciencia, entablando un diálogo que a todos está vedado escuchar. Ningún hombre puede interrumpir la solemnidad de la noche del destino.

Mas el pasado habló implacablemente con la voz iracunda de la verdad, y acaso aceleró los latidos del corazón de aquel hombre que había encendido la hoguera del cerro de San Juan.

Sí, aquel pasado le recordó sus impotencias, sus miserias, y al par la voluntad enorme que tuvo para triunfar sobre situaciones y elementos.

El caudillo no estaba entonces circuido de la aureola del oro, no dispuso de los millones; pero tenía un cerebro de acero que se había de tornar en espada, y un corazón fuerte que le haría vencedor en todos los combates.

Aquellos instantes eran los del sol naciente, pletóricos de ráfagas inundadas de vida, éstos eran el tristísimo recuerdo de aquéllos; el cerebro cansado de pensar, está anémico, el corazón cansado de latir está débil.

El César está vencido por sus propios temores, porque no le había ordenado al clarín de órdenes la retirada.

Él mismo se derrotó, y acaso en su mente surgían de una manera insensible los compañeros de las viejas campañas, los soldados de los viejos triunfos, y entonces una sonrisa se diseñaba tristemente en sus labios, para convertirse después en una mueca de dolor al mirar a los hombres del presente a quienes había desdeñado.

No escuchaba la voz de la verdad, la voz del pueblo, esa que debían haberle transmitido aquellos a quienes él llamaba sus amigos; él creía en las antiguas convenciones que le rogaban a la faz del mundo que no descendiera una sola de las gradas del trono; él creyó que la dictadura era necesaria todavía, y estando en las cumbres, sus arterias oficiales no sintieron que el lecho donde reclinaba su cabeza, era el cráter de un volcán que ardía y estaba próximo a estallar, que estallaba…

II

Promediaba el 24 de mayo de 1911; la atmósfera estaba cargada de electricidad, comunicando su sensibilidad al espíritu del hombre. ¿Qué había de raro y qué de extraño?

Que el dictador se iba, que la Asamblea Nacional había esperado durante varios días la «renuncia», y que ésta no llegaba.

El pueblo mismo, sumiso y respetuoso durante más de treinta años, se sentía exasperado, violento; con ansia de que vibraran en sus oídos las palabras prometidas, a las que no podían dar crédito, bien que fueron arrancadas con la ruda firmeza de los rifles maderistas.

La mañana de aquel día los diarios El País, El Diario del Hogar y otros menos notables, aseguraron que en la tarde se presentaría ante la Cámara de Diputados la esperada «renuncia».

Una hora antes de que se abrieran las puertas de la Cámara, un enorme tumulto invadía las puertas laterales, la soberbia escalinata, y hacía resonar su planta en los mármoles de las artísticas escaleras del interior lanzándose calenturientos a ocupar todos los sitios, hasta darse el caso de ver algún hombre por encima de las cabezas de los que ocupaban las galerías.

En las gradas del cuerpo diplomático, acompañado de otro ministro extranjero, estaba el embajador americano.

¡Qué expectación aquélla! Sí, iba a interrumpirse un lapso histórico que se creía eterno. Era el instante divisorio entre el pasado y el porvenir, omitiendo un presente fugaz como un suspiro.

Entre aquella muchedumbre surgían oleajes encrespados de indefinibles huracanes humanos. Era el rumor de un pueblo que despierta.

Lentamente fueron apareciendo los diputados para tomar asiento en sus escaños reservados; llegaban silenciosos entre el rumoreo de avispa que se escuchaba bajo las bóvedas del Palacio Legislativo.

El silencio y el temor, abajo, por un momento: la tormenta arriba… El sonido argentino de una campanilla anunció la apertura de la sesión; se dio cuenta con el acta anterior y después de un proyecto de ley sobre instrucción, en el que mediaron ocho votaciones.

El secretario, impasible, lanzaba al viento con voz sonora, el nombre de cuarenta y tantos diputados que al reconocerse nombrados hacían una reverencia afirmativa, más que al proyecto de ley, a las exigencias de la situación.

Aquella muchedumbre que durante algún tiempo escuchó resignada, de pronto fue intolerable; aquella muchedumbre poderosa que fue humilde, se reconoció y fue valiente: un grito nervioso, atronador, como si saliera de la boca de un Júpiter tonante o de un César Olímpico, clamó: «¡La renuncia! ¡La renuncia!».

Los clamores crecieron hasta interrumpir la sesión y ahogar la voz del secretario.

Aquel grito fue el relámpago al que siguió el trueno; trueno formidable que brotaba de un solo pecho, que surgía de una sola voluntad, que era en fin un mandato: ¡La renuncia! ¡La renuncia! ¡La renuncia!…

No hubo en aquella asamblea un Marat ni un Mirabeau que impusieran su verba prepotente sobre el rugido popular, y la figura de un diputado, candidato y ministro para el nuevo gobierno, no pudo con sus ademanes de acreditado gimnasta vencer a la opinión pública.

¡La renuncia! ¡La renuncia!, clamaba la multitud iracunda.

Después de treinta minutos de una inconcebible algarabía callaron las multitudes, no por el esfuerzo de los oradores, sino cansadas de rugir.

Aquel momento fue el aprovechado por el presidente de la Cámara para cometer la más absurda de las torpezas: aconsejar cultura a los que suponía que se les había retardado el cumplimiento de una «palabra»; apostrofar a la revolución era una demencia.

Aquel hombre no midió lo gigantesco de su imprudencia, lo torpe de su indicación, que horas después había de costar sangre mexicana salpicada sobre el suelo de la capital.

—¡La renuncia! ¡La renuncia!… —y la renuncia no llegó.

Increpaciones, injurias, rugidos de león y todo estrépito salía del pueblo, del pueblo que inundaba las alturas de la Cámara.

El presidente agitó la campanilla ordenando a la policía que desalojara el salón; la policía fue impotente y la tormenta arreciaba. Los diputados desistieron de pretender aplacar la cólera que les lanzaba sus rayos y abandonaron su sitio, antes que la nube se hubiera deshecho.

Delante de aquel desastre político, y comprendiendo el pueblo su preponderancia, abandonó el recinto de la Cámara enmedio del mayor escándalo.

Aquella multitud, respectivamente pequeña, salió a la calle que estaba inundada de gente; la mecha encendida abrasó a la ciudad entera. De los barrios y suburbios salían las multitudes alborotadas, como las olas de aquella borrasca. Gritos, detonaciones, silbidos, en fin, un ruido que espantaba a los habitantes todos de la capital. Como aquel estruendo era al caer de la tarde, se temía que se interrumpieran las corrientes eléctricas y quedara la ciudad envuelta en sombras y entonces el desorden no reconocería límites. La policía, inútil y vencida, nada podía hacer; no obstante, cuidaba de los hilos de la luz eléctrica. Un puñado de hombres asalto un establecimiento del Factor en que había un retrato de Madero y subiendo a una carretela, pasearon la efigie del jefe de la revolución.

Los vagones de todas las vías fueron asaltados, apedreados y rotos. La tropa hizo varios disparos y corrió la sangre, pero aquel torrente no era contenible y ya comenzaba a decirse que era necesaria la dinamita.

La ciudad estaba con pánico. Se oía el ruido de los cristales que despedazaban las piedras lanzadas por las turbas y la rechifla popular.

El comercio cerró sus tiendas y se preparó a la defensa.

Llegó la noche; el tráfico de tranvías y carruajes quedó interrumpido, las casas todas estaban cerradas y nada detenía el escándalo. Repentinamente aquella multitud se lanzó a pedradas contra el Palacio Nacional; entonces se oyeron descargas de fusilería, la gente buscó abrigo en los portales del frente de la Diputación. De las torres de la Catedral se hizo fuego, los muertos y heridos quedaban tirados, la policía era impotente hasta para recogerlos porque nada detenía aquel furioso desbordamiento.

Ya no eran los gritos de «¡Muera Corral!»; ya a ese personaje parecían haberlo olvidado; ya el pueblo agredía únicamente al general Díaz: él simbolizaba todo, en él se resumían todas las responsabilidades; él era el dictador y él debía de caer y derrumbarse. La vacilación sobre la renuncia se hacía palpable y la renuncia era lo que podría aplacar la revolución. Ya todos los partidos del general Díaz clamaban porque renunciara, alegando que no era al general a quien atacaban, sino al Círculo a que se había entregado imprudentemente, y se oían mueras a los científicos.

Y aquellos políticos, cuya jactancia y vanidad tenía azorada o más bien fastidiada a toda la sociedad, ya no ataban ni desataban presas del pánico, veían el resultado de su obra y se inculpaban los unos a los otros. El gabinete nadie lo tomaba en cuenta; sus hombres habían salido de la oscuridad un momento, para asistir a la catástrofe. Hombres nuevos, sin fe y sin amigos en sus tareas era unos de tantos; mudos y silenciosos, renegaban hasta de la hora en que habían aceptado semejante bromazo que se convertía en serio en aquellos momentos fatalísimos. Ministros de un día, cayeron en la noche de su destino, como un cerillo que se apaga con un golpe de viento, o un eco que se pierde en el silencio de la noche. Al general Díaz lo rodeaban a lo lejos algunas amistades platónicas que no servían de nada. Rezos y velas de cera ardiendo, y oraciones, para librarlo de aquella catástrofe; pero hasta el cielo se mostraba implacable; la revolución tronaba como una centella y la nación unánime se levantaba como un solo hombre, en su contra; el abismo estaba abierto.

Todos los oprimidos y vejados por los gobernadores, jefes políticos y otras autoridades, se convertían en soldados, se hacían una falange para derribar la dictadura. Era el día del juicio del poder, pintado en los cuadros de Miguel Angel. Las trompetas anunciando el fin del mundo; los muertos resucitaban pidiendo reparación. Los caídos se levantaban, los abofeteados crispaban los puños; los oprimidos, desde los calabozos de la penitenciaría, pedían venganza. Los huérfanos y las viudas clamaban y en el Yaqui y Quintana Roo se oían los gemidos de las razas asesinadas impíamente por los ladrones de su territorio; no había compasión ni misericordia. ¡Abajo el dictador!

Desde aquella hora fatal en que la Cámara recibió la protesta del general Díaz como presidente, y del coronel Corral como vicepresidente, ya se transparentó lo terrible de una situación que el público no conocía.

Estos dos personajes se presentaron en la asamblea; el uno pálido y decaído, como si le agobiara una gran dolencia: era que ya tenía hundido el puñal dentro del pecho; el otro casi moribundo, descolorido, balbuciente, bamboleándose como la péndola de un reloj al que se le acaba la cuerda, tartamudeando la protesta, como una sentencia de muerte.

El general conociendo, aunque ya tarde, el error de haber sostenido la candidatura de Corral, impuesta con arrogancia y hasta con desdén, separó del ministerio a aquel hombre, enviándole a tomar las aguas de Tehuacán para ver si la tormenta se conjuraba; después lo mandó definitivamente fuera de la República, que era su salvación, y afrontó solo la tempestad que ya se desencadenaba. Y quedó solo, porque unos habían tomado apresuradamente pasaje para Europa, y otros trémulos y asustados, no servían de nada.

Así cayeron Carlos I y Luis XVI. Derrumbar es el placer de las multitudes; la revolución es una fiebre que todo lo devora, un océano que todo se traga, una tormenta que todo lo arrebata y despedaza; ya nada se podía: el ejército dividido, o más bien, repartido en multitud de puntos de la República, ya no podía dominar el movimiento universal… Ya no había remedio más que hacer lo que los náufragos: arrojarse al abismo del océano a esperar a que lentamente se hundiera la nave despedazada por el rayo y la furia de las olas.

Aquel hombre, que hombre ha sabido serlo y lo es todavía, no tuvo entereza para caer. El hombre que había visto cien veces la muerte sobre sus párpados sin temblar, se estremecía al ronco ruido de la revolución que serpeaba en torno de su habitación y lo aturdía con el alarido de sus gritos. ¿Era que la sangre de la juventud se había coagulado? No. ¿Era que el valor había decaído? No, era la fuerza salvaje del destino que se impone sobre las almas más fuertes y las aprisiona entre sus cadenas, con eslabones de acero. Casi inconsciente de cuanto le rodeaba, perdido entre aquellas sombras, sin un relámpago que le alumbrara, viendo rostros afligidos; los de una esposa dulce y tierna y los de sus hijos que le rodeaban, ocultando todos sus lágrimas… Y la revolución implacable bramando a lo lejos, como una tempestad desenfrenada. Entonces le pasó por primera vez una idea entre las oscuridades de su cerebro: tomar a todos los suyos, su esposa, sus hijos, sus nietos, todos los que lo amaban, y correr con ellos a esconder su desastre a las naciones extranjeras, más piadosas que su misma patria. Aquel grupo doliente, acogió la idea; porque el amor no quería ni pensaba más que en la salvación de aquel ser tan querido, amenazado impíamente por la revolución incontenible. Iba a dejar aquel cielo azul, alumbrado en aquellos momentos, como una ironía de la suerte, con los últimos rayos de un sol esplendoroso, que presenciaba impasible y majestuoso la catástrofe. Hubiera preferido morir, como soldado en el campo de batalla, a sentirse caer bajo el peso de lo impalpable, de lo que no podía romper el plomo de sus cañones, ni el fuego de sus máuseres: las contingencias de lo desconocido, los fenómenos de la conciencia humana.

XIII. La última noche

I

Rugían las multitudes, se le habían roto los frenos a la bestia humana. Una ebriedad, una locura espantosa en que una idea se había apoderado del cerebro de aquel conjunto que se agitaba frenético pidiendo a voces la renuncia del presidente; el escándalo era su voz, el desorden, las manifestaciones de voluntades mezcladas con el desastre; eran las olas encontradas de un mar embravecido, la lógica del furor llevada en el torrente de la revolución hasta el último límite, en que se pedía la muerte del general Porfirio Díaz. El cielo mexicano no había oído nunca esas palabras en el imponente alarido del pueblo; por el contrario había oído vitorear al César, ovacionar a la majestad imperante, escuchando cánticos a la paz.

La noche envolvía en sus sombras las contradicciones de la historia. Múltiples voces, alaridos, gritería, disparos de armas, relámpagos de fuego, carreras y tumultos. El pueblo escribía las últimas páginas de la dictadura. La revolución francesa vengaba los siglos de opresión y de feudalismo; el pueblo mexicano derribaba una autocracia de treinta y cinco años; todos los pueblos tienen un día de semejanza. La idea estaba triunfante y vencedora, y se imponía con la fuerza del triunfo, era incontrastable.

Aquella voz resonaba como un volcán que ruge, y que azotando a la ciudad encontraba eco en una vasta extensión del territorio mexicano. La voluntad suprema se erguía, y el coloso se bamboleaba a los choques de aquella fuerza. La caída era inminente. Desde que el general Díaz había leído su mensaje a las Cámaras, proclamando todos los principios de la revolución, ésta se sentía victoriosa, y él vencido.

Neker le aconsejaba a Luis XVI que aceptara todos los principios proclamados en la asamblea y así salvaría a la monarquía y su personalidad.

El rey se resistió porque se puso al tanto del movimiento y vio desde entonces perdido todo en aquel naufragio.

Convencidos todos del carácter imperativo del general Díaz, comprendían que el mensaje tenía por objeto desarmar a la revolución sometiéndose a todas sus exigencias.

El presidente legitimaba la revolución, ya estaba doblegado, perdido, víctima de una política desleal y absurda que lo llevaba impíamente al precipicio.

Mientras gobernó con sus inspiraciones, todo caminaba bien; en cuanto se entregó a un consejero, un gabinete sin fuerzas, sin iniciativa, sin valor ni entereza, vino aquella derrota que se consumaba en esos momentos.

II

En una sala de la casa de Cadena, habitación del general Díaz, estaba el gabinete silencioso y desmoralizado; los parientes y amigos del general, todos armados para resistir aquella agresión del pueblo amenazante.

El César, con los codos apoyados en una mesa y el rostro hundido entre las manos, sufría resignado sus dolencias exacerbadas por la terrible situación. El hombre que verdaderamente presidía el ministerio, era un ministro fracasado: pálido, convulso, presenciaba aquel fiasco espantoso que daba al traste con su gran poder; se había equivocado y entregaba maniatado al presidente en manos de sus adversarios; él era el responsable de aquella situación tremenda, temblaba delante del peligro, pero ya era tarde para retroceder, y sólo pensaba en su salvación personal. Todos tenían aquel pensamiento porque el peligro crecía. Entre el estruendo y el vocerío, se oyeron los pasos de la tropa que venía a resguardar el edificio. Era el arrogante batallón de los zapadores, resto de aquel ejército que la ciudad vio desfilar por sus calles y que volvió en vano en las solemnidades de mayo en que el César rehusó ir como de costumbre a depositar una corona en la tumba de Zaragoza, vencedor de los franceses en el cerro de Loreto y Guadalupe. ¡Todo había desaparecido!

Aquella ostentación de fuerza irritó más al pueblo, que hubiera pasado con facilidad a las vías de hecho y que se conformaba en imponer a gritos su voluntad: ¡La renuncia! ¡La renuncia!… Si aquella tropa hubiese disparado, perecerían irremisiblemente el general Díaz y cuantos le acompañaban, porque la dinamita circulaba, porque ya los dados estaban tirados y pesaba sobre aquellos hombres la sentencia de la historia.

El César estaba abatido, ese hombre que le restregó en el rostro a la nación la suprema injuria de permitir y cuidar a Leonardo Márquez, el asesino de Tacubaya, de Ocampo y de Valle, arrojado para siempre del país por una ley; haciéndolo pasear satisfecho por todas partes, contra la voluntad de toda la nación, que protestaba contra aquel bandido, asesino de la juventud, y el primer ladrón en los días del sitio de la ciudad.

Pagaba ya el general Díaz esas insolencias sanguinarias; ya comenzaba a saber lo que era la opinión pública, que lo arrancaba del poder; ya sentía aquella fuerza potente, antes escondida y humillada, y en aquellos momentos terrible y espantosa, ya sentía moverse todo lo que tuvo oprimido bajo su planta. Aquello no era un motín, como le dijeron a Luis XVI, era una revolución. Comenzó el movimiento por una revuelta, siguió por una revolución y terminó por una evolución histórica del progreso.

Una ola humana se extendió sobre todas las obras del pasado y arrolló en su marcha, conviniendo en escombros, los palacios levantados por la débil humanidad. Pero el César no pensaba en que la exageración revolucionaria se vengaría, negándole hasta sus glorias, que nadie había discutido, disputándole la banda de general y hasta sus condecoraciones y regateándole sus últimos honores hechos en Veracruz, condenando aquella ceremonia consagrada a una persona que ya no era nada; aquél fue el último desengaño.

El César continuaba silencioso, sus ministros llenos de pánico y desconcertados, ni quien se atreviera a decir una palabra; cuando más se decían algo por lo bajo, y aquel hombre que había desplegado en todas ocasiones su valor a toda prueba, con catorce mil soldados y ochenta millones de pesos se entregaba como un cordero al sacrificio y entregaba, como Boabdil, las llaves del reino. Había borrado a todos los que valían, soldados y políticos, y en el supremo instante no encontraba a nadie había un frío a su alrededor. Su renuncia estaba redactada, todos tenían en ella la vista fija, pero él no la percibía. ¿Qué hacer en aquella situación?

Ya estaba convenido que renunciaría y no renunciaba todavía. Continuaba el estruendo revolucionario, que gritaba en su espíritu, y aquello debía tener un término desastroso.

Por fin, acosados todos de miedo, se atrevieron a decirle: «Firme usted la renuncia».

El César no se movió; seguramente le era violento firmar aquella sentencia, por su propia mano, con la abjuración de toda su vida de soldado y de hombre; la abjuración de su existencia de gobernante, y sin embargo…

Volvieron a insistir: «Señor, no hay más que firmar».

El César no quería aquella depresión de su orgullo y guardaba silencio.

Dice un testigo presencial, que las señoras de su familia, con las lágrimas en los ojos, le suplicaron que firmara la renuncia.

En silencio tendió la mano, mojó la pluma y trémulo de emoción puso su firma en el documento que sería enviado a la cámara popular, y arrojó la pluma. Se ignora quién dio aviso a las multitudes, que se retiraron en medio de aplausos y de algazara, gritando: «¡Ya renunció! ¡Mañana al congreso! ¡Hemos concluido!».

El pueblo pasó en vela toda la noche, en son de guerra. Todos los personajes comenzaron a eclipsarse, excepto el señor De la Barra, ministro de Relaciones, quien por acuerdo de la revolución, y conforme al pacto federal, debía ocupar la presidencia de la República.

El gabinete fracasado se disolvió; ya el general Díaz no era presidente.

El César no pudo conciliar el sueño; el cuadro de toda su vida estaba delante, su lucha con aquel gigante a quien no pudo vencer, lo que hubiera sido un padrón de vergüenza para la historia; no, eso de arrojar a la proscripción al Benemérito de América, al hombre del desierto, al coloso de la reforma, no, la fortuna salvó a México de ese oprobio. Pero aquella revolución fue un rasgo de audacia inconcebible. La época de Juárez había pasado, supo morir a tiempo, no era posible que como personalidad que había alcanzado tres épocas en la historia, dominara una cuarta época, la muerte enmedio de la gloria y el poder, fue una fortuna; Lerdo fue la continuación de aquella etapa, y tenía que sucumbir, no era un gobierno nuevo, era el mismo y ya la historia había dicho: Hasta aquí.

No fue la traición de Tolentino ni la escaramuza de Tecoac, fue la ley del progreso la que proscribió a Lerdo, a quien la muerte trajo a una sepultura de la tierra mexicana.

Acaso el general Díaz no tendría los honores de Juárez y de Lerdo; porque los odios de la política alcanzan más allá del sepulcro.

Ya había pensado en su ostracismo necesario y le dolía pensar que podía morir en tierra extraña y lejos del pueblo por el cual pensaba haberse sacrificado. Veía su existencia humilde enmedio de tantas ovaciones aduladoras, veía a la luz del sol relucir las armas de su ejército a quien adoraba y pasaba con desdén la vista por todas esas condecoraciones que la Europa echaría en olvido al verlo caído y hasta se arrepentiría de habérselas conferido.

Estaba herido y le dolía esa herida, la ingratitud de muchos de sus amigos a quienes había elevado y protegido, lo indignaba.

Todo se había vuelto en su contra y no le quedaba más que el destierro. Huir, huir de este suelo en que había sido tan dichoso, ausentarse acaso para siempre del suelo en que había nacido y de quien llevaba tantos recuerdos. Luz, esperanza, gloria, poder… los sueños todos de la existencia, realizados por un instante y después, oscuridad, sombras, ingratitudes, perfidias y olvido. Esa Iglesia a quien había sostenido contra la Constitución unánime del pueblo, que levantaba doseles en el presbiterio a la esposa del dictador, que fundaba conventículos, no tenía una palabra en las horas de tribulación.

La fortuna había huido, ya no era el hijo mimado de la suerte, el destino le tenía aprisionado, era el encausado de la historia. Ya estaba sobre la fecha de las ejecuciones de Veracruz que enloquecieron al señor Terán y que respondieron a treinta y cinco años de paz, no obstante sintió su pecho oprimido, oyó a lo lejos los alaridos de las víctimas de Río Blanco, sacrificadas impíamente por Rosalío Martínez; entonces exclamó: ¡Tanta sangre!…, ¿y para qué?

No podía adivinar que la prensa continental y la europea no tendrían un solo artículo en su estruendosa caída, que la verían como un suceso cualquiera, y que se ocuparían más de Castro el de Venezuela que de su personalidad.

Parecería que el mundo callaba y que triste, enfermo y desesperado llegaría a la vieja Europa como un peregrino de Tierra Santa o un desterrado moscovita. ¡Maldita suerte!… Cuando es ingrata, lo es por completo.

¡Pensó en los amigos! Aquel grupo de corazones leales que le señalaron el peligro, que a riesgo de despertar sus iras, le dijeron que la candidatura impuesta del coronel Corral, contra la voluntad de la nación entera, era la revolución, y que al instalarse la gran convención rehusaron poner a ese hombre funesto como candidato a la vicepresidencia de la República, lo que causó una gran sensación. Esos hombres que se enfrentaron con él al condenar la política de ese grupo que lo rodeaba y lo conducía al abismo, esos hombres en fin, que se apoderaron de la prensa para señalarle el peligro, le gritaron que estaba perdido, desde el momento que una revolución civil, la primera que se veía en el país, se alzaba como un coloso amenazador y cuyo éxito se palpaba en los ámbitos todos de la nación.

El orgullo infalible veía con todo desprecio. Hasta que puesto en su cabeza el gorro frigio, proclamó en la tribuna del parlamento y en presencia del pueblo y del ejército el triunfo definitivo de la revolución… ¡Ya tarde conocía todo! Ya era tarde para rehacerse; no había más que someterse a los sucesos y obedecer al destino. Entonces el llanto apareció en sus ojos que se habían cegado con la vanidad y la costumbre de imponer una voluntad decisiva y terrible sobre todos los acontecimientos, dominando, o más bien, aniquilando todas las contradicciones. Había proclamado el derecho divino de los Césares y lo hundió el derecho humano de los adoradores de la libertad… «No han sido ingratos mis amigos, ¡yo he sido el ingrato con ellos!»

¡Pasó por su cerebro la imagen de una mujer que lo había acompañado desde sus primeros años en todas las vicisitudes, con la ternura de una madre, una hermana que ya dormía en el seno de la muerte!… Dio un gemido y azotó la frente sobre la mesa.

Pero ya la renuncia estaba firmada. Aquella noche era la última de su reinado, era la noche triste de su destino. Sus ex-ministros y su fatal círculo caían como las ramas secas de un árbol derribado. No lo rodeaba el último afecto, porque los hombres de gabinete eran desconocidos para él y para la nación; habían durado lo que una bujía de luz opaca. Sólo Limantour era ministro antiguo, se había quedado para entregar al presidente en manos de la revolución; hábil en números y neófito en política, se había derrumbado con todo y gobierno en una maniobra fracasada. Poner un ministerio insulso, conspirar con el padre del jefe de la revolución, enviar al campo de la lucha a dos ínfimas personalidades a conferenciar extraoficialmente, a pedir una transacción con Madero, rogando por todas partes, como Colón en el campamento de Isabel la Católica, sin que nadie le hiciera caso y teniendo que huir de los fuegos de Ciudad Juárez; ofrecer dinero de la reserva, formular capitulaciones, volver teológica la cuestión, mientras Madero, con una firmeza terrible, no quería pasar de la primera cláusula: ¡Abajo el general Porfirio Díaz!, y no desatendió las otras bases hasta que el telégrafo del Palacio de México no le dijo: ¡Se retirará el general Díaz! Entonces ya Limantour viendo su obra concluida, no pensó sino en la fuga. El general Díaz debe estar satisfecho de su ministro, o más bien de su privado y coadjutor. El partido científico, elevaba su estandarte sobre un campo de ruina y desolación. ¡No había más que resignarse!

Pasóse la noche en una angustia horrible, hasta que asomaron los primeros rayos de la luz.

El pueblo seguía recorriendo las calles en un tumulto horrible; las casas comerciales estaban cerradas y muchas mostraban los grandes cristales rotos por los furores de la víspera.

Serían las tres de la tarde, cuando desembocaron las multitudes por las cuatro avenidas que dan al edificio de la Cámara de la Diputación.

Crujieron las tres rejas de fierro y dieron paso a la avalancha que llenó con estruendo las galerías en un gran desorden; todos esperaban con curiosidad la renuncia del general Díaz. Se abrió la sesión y resonó un aplauso unánime y estruendoso. Después de leída el acta, el secretario leyó con voz pausada:


México, mayo, 25 de 1911

Señor:

El pueblo mexicano, ese pueblo que tan generosamente me ha colmado de honores, que me proclamó su caudillo durante la guerra internacional, que me secundó patrióticamente en todas las obras emprendidas para robustecer la industria y el comercio de la República, fundar su crédito, rodearla de respeto internacional y darle puesto decoroso entre las naciones amigas; ese pueblo, señores diputados, se ha insurreccionado en bandas milenarias armadas, manifestando que mi presencia en el ejercicio del supremo poder ejecutivo es la causa de su insurrección.

No conozco hecho alguno imputable a mí, que motivara este fenómeno social, pero permitiendo, sin conceder, que puedo ser un culpable inconsciente, esa posibilidad hace de mí la persona menos a propósito para raciocinar y decidir sobre mi propia culpabilidad. En tal concepto, respetando como siempre he respetado la voluntad del pueblo, y de conformidad con el artículo 82 de la Constitución Federal, vengo ante la representación nacional a dimitir sin reserva el encargo de presidente constitucional de la República con que me honró el voto nacional: y lo hago con tanta más razón, cuanto que para retenerlo, sería necesario seguir derramando sangre mexicana, abatiendo el crédito de la nación, derrochando sus riquezas, cegando sus fuentes y exponiendo su política a conflictos internacionales.

Espero, señores diputados, que calmadas las pasiones que acompañan a toda revolución, un estudio más concienzudo y comprobado haga surgir en la conciencia nacional un juicio correcto que me permita morir llevando en el fondo de mi alma una justa correspondencia de la estimación que en toda mi vida he consagrado y consagraré a mis compatriotas.

Con todo respeto.

Porfirio Díaz


Señores secretarios de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión.
A las Comisiones Unidas segunda de Gobernación y primera de Puntos Constitucionales.
 

Cosa rara, la multitud guardó un silencio profundo.

La renuncia pasó a las comisiones, que después de breves momentos presentaron su dictamen pidiendo se aceptara la referida renuncia. Se procedió a la votación que fue casi unánime en favor del dictamen. Entonces hubo una tempestad de aplausos y aquella multitud desalojó inmediatamente la Cámara; quería participar al pueblo que ni la policía ni la tropa podía contener, que ya el general Porfirio Díaz no era presidente de la República, y que la renuncia de Corral como vicepresidente había sido aceptada. Aquella nueva fue recibida con gritos y aplausos, y ya la manifestación tomó el cariz de una fiesta; ya no hubo voces sediciosas ni mueras el general Díaz, todos eran vítores a Madero y a la libertad. La asonada había terminado.

De la Barra es todo un caballero, abogado instruido y de gran talento, con educación exquisita; humilde y correcto como su padre el general De la Barra, que había prestado tantos servicios a la causa de la libertad y de la Reforma; educación heredada también de su abuelo el general Benito Quijano, el soldado más pulcro y más apuesto del ejército de la República.

Aquel vástago de dos ramas ilustres, simbolizaba la luna de miel de la revolución triunfante.

Llevará la historia de estos días el nombre de De la Barra.

El pueblo lo recibió con los brazos abiertos y lleno de esperanzas; la Cámara le dio la bienvenida con una estruendosa ovación.

XIV. Adiós

¡La ciudad dormía, la historia estaba en vela!

Envuelto en las sombras de la noche, un hombre, rodeado de un pequeño séquito, llegó a la estación desierta de San Lázaro. Entróse con la comitiva a un vagón, oyóse el alarido de la locomotora y el tren se lanzó con su resplandor de chispas, sobre la vía, como si huyera entre las sombras de la noche de las persecuciones del destino. En una tregua de los dolores físicos y abrumado aquel hombre por la violenta lucha de las emociones, cayó en una especie de letargo, sueño reparador que lo aislaba en la vaporosa región de la indiferencia y del olvido. Cuando abrió los ojos, reclinó su frente en el marco de la ventanilla y su pecho se dilató con una inspiración convulsiva. En ese instante vio pasar como arrebatados con la película del cinematógrafo, los espléndidos paisajes de aquella sierra: las colinas, las llanuras, los bosques que parecían girar en torno del diamantino pico de Orizaba, penetrando en los campos de desolación que quedaban siempre atrás en la rápida marcha de la locomotora. Aquel constante descanso que se hace desde la altura de las cumbres abiertas con el lujo de la vegetación tropical, hasta los cereales de la costa mexicana, eran como la representación e imagen de su destino. Después, a cada mutación del paisaje, los toques de luz en la perspectiva de la floresta, el brillo de un torrente, las flores que tiemblan, las grietas de los basaltos, los vapores errantes, el aspecto del cielo, todo suscitaba en su memoria la imagen de un pensamiento guerrero, cuando enmedio de esos paisajes, la naturaleza en aquellas horas derramaba también sus encantos. Veía fulgurar en los rayos del sol el oleaje de los aceros y flotar entre el humo de los cañones esa bandera con la que se había desposado en los campos de batalla; y saludada por los ritmos de los clarines. Pensó en la patria… Ante este nombre desaparecieron todos los sueños de la ambición vulgar…

Treinta y cinco años de omnipotencia, de embriaguez cesárea, de incienso cortesano, de ilusiones, de popularidad, de halagos de la suerte que lo hizo temido y opulento, se abismaban en la abstracción, para no dejar visible sino al joven patriota, que sin más riqueza que su haber de soldado, sin más ambición que las caricias de la gloria, soñaba con las ilusiones de la edad, durmiendo al raso en el lecho que le ofrecían los campos de batalla. Absorto en esa vuelta hacia el pasado, volvió a caer en el sopor, y su sueño fue dulce, dilatado y profundo. Al día siguiente, pálido de emoción y con la cabeza descubierta, dirigió un adiós a la multitud que lo acompañaba hasta la orilla del océano. Volvió la vista y contempló la bandera tricolor y lanzó un gemido; sus ojos se llenaron de lágrimas, oyó el estampido de los cañones y la marcha nacional; recordó su grandeza de ayer y casi demente se lanzó a la barca que lo llevó a bordo del Ipiranga que se balanceaba en las ondas encadenadas de la bahía. Se asió de la borda del buque, porque ya no podía sostenerse, presa de la agitación nerviosa que lo subyugaba, sacudió su blanco pañuelo y dijo un adiós a la tierra mexicana. El hombre de los nervios de acero, sintió penetrar en sus entrañas el más horrible de los dolores. El Ipiranga viró de bordo y se entró en las soledades del océano. Sus olas, poco antes agitadas, se habían calmado; el sol asomando por encima de un grupo de pardas nubes, lanzaba su áureo rayo sobre la nave. Callaban los rumores del golfo, que al sentir sobre sus lomos el peso de aquella nave, lanzó un grito terrible que se cernió sobre el océano y se perdió en las inmensidades del cielo.

¡Paso a la Majestad caída!


Publicado el 17 de junio de 2019 por Edu Robsy.
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