Texto: Discurso Cívico
de Juan Díaz Covarrubias


Discurso


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Discurso Cívico

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Fragmento de Discurso Cívico

Aquella chispa se convirtió en llama, aquella llama en hoguera, aquella hoguera en incendio y aquel incendio arrojó sus lívidos reflejos por todo el país; a su rojiza claridad se vio levantarse del polvo de la esclavitud a Allende, Aldama, Abasolo, Morelos, Matamoros, a Galeana y a mil gigantes; y como tiemblan y se estremecen las aves a la llegada del azor, así temblaron y se estremecieron aquellos orgullosos castellanos a quienes el derecho de la fuerza había hecho crueles y la costumbre de la dominación inhumanos; y como tres siglos antes había llorado Cortés en Popotla, en aquella triste noche, al contemplar que el furor azteca destrozaba su ejército, así regaban con lágrimas de despecho la tierra ya humedecida con lágrimas de pesadumbre, al sentir que ya el cierzo del despotismo, en vez de apagar aquella hoguera encendida por un solo hombre, la atizaban más y más. Sin embargo lanza edictos el virrey, fulmina excomuniones la inquisición, un doble ejército se levanta para castigar el valor de los insurgentes y ambas huestes se chocan como en el fondo de una cañada dos despeñados torrentes; en la montaña de las Cruces, que se eleva en el valle de Toluca, donde por fin retumba venciendo y vengando afrentas de tres siglos el cañón de los libres. El ejército español se dispersa, es hecho pedazos y huye medroso, simulando al huir esas bandadas de aves que atraviesan ligeras el espacio y a quienes la presencia del cazador espantó. Mas, ¡ay!, aquella masa de indisciplinados insurgentes que sólo combaten porque les guía la luz de la fe, que sufren resignados con la esperanza de un porvenir para sus hijos, diferente del pasado que ellos tuvieron pero que se precipitan en las batallas sin orden, sin armas casi, es deshecho a su vez en un aciago día, en el puente de Calderón. El ejército naciente es hecho prisionero, o se dispersa, los calabozos escuchan más gemidos en su recinto, los patíbulos se enrojecen con la sangre de los libres, la inquisición se venga, en los templos de la corte se entonan solemnes Te Deum y se hacen suntuosas procesiones que forman un irónico y espantador contraste con la procesión de sangre que simulan los infelices mexicanos al huir. La desdicha les persigue y son derrotados de nuevo en las inmediaciones de Chihuahua, donde Hidalgo es hecho prisionero y fusilado como traidor. ¡Noble Hidalgo!, su vida fue una aspiración, su agonía una prueba, su muerte una transición a otro mundo mejor. Hijo de la esclavitud y la desdicha, tenía la bondad en el rostro. Y la resignación en el alma. Murió como había vivido, perdonando. Su sangre al caer, regó el árbol santo de la libertad. ¡Flor que ha vivido en la atmósfera pestilente y envenenada de la esclavitud, quiso en un día abrir su corola al perfume de la libertad; pero el huracán del infortunio arrastró sus hojas hasta las playas de la muerte, y las mariposas que solían acariciarla en la alborada, no la encontraron en la tarde! ¡Ave que una mañana cantó dulcemente en la enramada, denunciando su presencia al cazador, el último rayo de la luz crepuscular proyectó la vaga lumbre de su penumbra, sobre su cadáver ensangrentado!


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21 págs. / 37 minutos.
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Publicado el 18 de junio de 2019 por Edu Robsy.


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