El Diablo en México

Novela de costumbres

Juan Díaz Covarrubias


Novela corta



Dedicatoria

Al joven poeta Luis G. Ortiz

Tacubaya, noviembre de 1858

Hermano:

Le envío a usted esta pequeña novela que acabo de escribir, y que muy pronto se publicará.

Tal vez habrá muchos que digan que sólo un niño o un loco es el que piensa en escribir en México en esta época aciaga de desmoronamiento social, y pretender ser leído a la luz rojiza del incendio y al estruendo de los cañones. Acaso tengan razón. Pero, ¡Dios mío!, ¿se han acabado ya también esos hombres sensibles, esparcidos en todas las clases de nuestra sociedad, que se deleitan con esas tristezas, esos desconsuelos, esas esperanzas, presentimientos y deseos vagos que forman los cantos de los poetas?… ¡Ah!, usted y yo sabemos que no, sabemos que hay todavía almas buenas que no han sido embriagadas por el vértigo del positivismo; ¡almas que laten unísonas con las nuestras, que en una presión de mano, o una palabra, nos dicen que nos han comprendido, que gozan, esperan, se desconsuelan y sufren como nosotros! ¿Y acaso hay un placer más tierno, más incomprensible que ese eco simpático que nuestro canto produce en el alma de un desconocido? Yo he publicado mis libros por sólo el deseo de producir ese eco en algún corazón. Yo no me desaliento, porque espero con la civilización el renacimiento literario, y me resigno a consumir mi juventud en el martirio de un trabajo estéril, con la esperanza de gozar algún día con usted y mis hermanos en poesía, el paraíso de la gloria.

Introduzca usted estos cuadros aislados que no son ni una novela, en los salones de esas hermosas jóvenes que le inspiran tan hermosos versos.

Adiós, Luis, no se olvide usted de su hermano.

Juan Díaz Covarrubias

I. La misa del perdón

Aquellos de mis lectores que no han tenido la fortuna de visitar la hermosa capital de la República, y a quienes mi novela caiga en las manos, en el rincón de una aldea o una hacienda, creerán al leer el encabezamiento de este capítulo, que se trata de una de esas solemnes misas, que preceden, acompañan o siguen a una grave ceremonia. No es así precisamente, y mis lectores de la capital, que ya saben poco más o menos de lo que se trata, me permitirán que haga a los primeros una ligera explicación. Hacia la parte sur de la suntuosa catedral, hay un altar llamado vulgarmente del Perdón, a causa de no sé cuántas indulgencias, concedidas no sé por qué arzobispo, a los devotos que oyeren la misa en él celebrada. De aquí resulta, que como en México el número de devotos es considerable, y como además es el altar en que generalmente se celebra el santo sacrificio, refluye allí constantemente la multitud, principalmente los domingos y días festivos, en que las misas se suceden sin interrupción cada media hora, desde las siete de la mañana, hasta las doce del día. En efecto, en los tales días una elegante concurrencia llena y obstruye aquella parte del templo casi vacía por los demás. De manera, que reasumiendo, podemos hacer una clasificación de los asistentes, según la hora en que concurren. De siete a ocho, ancianos de capa, beatas y verdaderos devotos; éstos van generalmente en ayunas. De ocho a nueve, comerciantes, abogados viejos, tenderos ricos. De nueve a diez, padres de familia acompañados de su numerosa prole. De diez a once y media —ésta es la hora exclusiva de los enamorados de ambos sexos, de los admiradores de la divinidad humana, de los elegantes, de los que desean no oír o ver la misa, sino hacerse ver—. En esta hora suele además encontrarse una que otra beata rezagada, una que otra de esas viejas regañonas que se hacen dueñas del templo y que tienen la pacífica costumbre de distribuir pellizcos sobre las partes más carnosas del cuerpo, consiguiendo de esta manera abrirse paso entre la multitud, y colocarse en el sitio mejor. La misa de doce está reservada para los flojos, y para los que se les ha hecho tarde. Finalmente, los que tienen la saludable costumbre de levantarse a las doce, y tomar el desayuno en la cama, tienen el recurso de la misa de doce y cuarto en el Sagrario.

El altar del Perdón es un talismán de recuerdos gratos, es una página de la amorosa historia de muchos corazones. En efecto, casi todos los jóvenes esperan con ansia toda la semana, la llegada del domingo, porque es seguro que la joven más recatada, y que menos se deje ver, asistirá en tal día a la misa del Perdón. ¡Oh! y allí hay una buena media hora para las miradas, los suspiros, y qué sé yo cuántas cosas más de esas que constituyen la vida de los corazones enamorados.

Hechas estas ligeras explicaciones, y salvadas todas las pequeñas dificultades, entremos en materia.

El segundo domingo del mes de marzo de 1856, había una solemne fiesta en la catedral, y una multitud más numerosa que la de costumbre, obstruía el templo. Las místicas melodías del órgano llenaban las naves y derramaban en las almas ese infinito recogimiento interior y de noble unción que las músicas religiosas inspiran. Sin embargo, la devoción era interrumpida por el demasiado estrépito que producían los católicos que incesantemente afluían y refluían. Sería materia para algunos capítulos, la simple descripción de las infinitas personas que oían la misa de once; por consiguiente nos limitaremos a tomar de entre la multitud, algunas de las que deben figurar en esta novela. En la capilla que está hacia la derecha del altar, se contenía la flor y nata de los devotos, o la rosa de oro y el clavel de plata, como ha dicho el duque de Rivas; pero aún allí había una rosa que particularmente llamaba la atención. Era una joven que debía tener dieciocho años a lo más, pero tan bella, tan elegantemente vestida, y con tal aire de gracia y distinción, que sintiendo mi pluma débil para describirla, apelo a mis lectoras y lectores. Figúrense las primeras (aunque me tachen de impolítico y poco galante) a la mujer que por su rostro y su cuerpo les haya inspirado más envidia, y la que menos hayan deseado que contemple su marido, o el hombre amado de su corazón. Recuerden los segundos, si es que tienen menos de treinta años, a la mujer querida, y fijo edad, porque en la primera juventud se ama a las mujeres sólo por sus cualidades físicas. Sin embargo, como se me haría cargo de conciencia no dar yo también mi voto, diré que la joven de que se trata, era blanca como una inglesa; pero con esa blancura mate o pálida, por decirlo así, tan interesante, teniendo además su cutis la tersura del raso y la transparencia de una placa de marfil vista al través de una lámpara; tenía una frente regular, coronada por finos cabellos de color castaño oscuro, que caían formando dos bandas sobre las sienes y se recogían detrás de dos orejas pequeñitas para formar el peinado sencillo de las mujeres puritanas, sus ojos ocultos por decirlo así, debajo de la bóveda de sus graciosas y arqueadas cejas, eran de un color más claro que el del pelo; y como la mirada no se puede describir, vuelvo a ocurrir a mis paciente lectores. En efecto, tomen ellos el fuego de los ojos negros, la dulzura de los azules, la melancolía de los zarcos (suplicándoles que los verdes no entren para nada), y tendrán una idea todavía lejana de la mirada que los de la joven lanzaban. Era una de esas miradas húmedas, vagas, silenciosas, que resultan de la dilatación de la pupila. La nariz, es decir, el órgano que menos se puede poetizar, era recta y fina, la boca carmina y pequeñita, y cuando se entreabría formando una sonrisa de una triste dulzura y dejando ver los dientes, a nada se podría comparar con más exactitud que a una Conchita llena de perlas. Reposaba aquella cabeza sobre un cuello blanquísimo, graciosamente inclinado sobre una estatura ni demasiado alta ni demasiado pequeña, pero exquisitamente delicada como el tallo de una sensitiva. Había una cosa que llamaba más la atención, y era la dulce expresión de aquella fisonomía pensadora y rêveuse, como si la joven acostumbrara a menudo sumergirse en esos éxtasis en que el alma desprendiéndose de la cárcel del cuerpo, se lanza a las etéreas regiones del espiritualismo. Los tales éxtasis son en verdad una enfermedad como cualquier otra, y muy peligrosa y por cierto, sobre todo para las jóvenes de dieciocho años, enfermedad que ataca su alma, e imprime a su rostro un triste y particular sello de melancolía. Un francés al ver a aquella joven hubiera exclamado con entusiasmo: ¡Oh! c’est une vièrge. Un inglés habría dicho muy serio y sin que se contrajese un solo músculo de su cara: Indeed is the most beatiful woman that I have seen. Un italiano la habría llamado Sorella degli angele, y un alemán Himels tochler. En cuanto a un ruso, habría proferido algunas palabras acabadas en off o en owsky. Nosotros únicamente lo que decimos es que era muy hermosa. Vestía un traje riquísimo de gros moirè azul claro, y por un alfiler de brillantes se prendía a sus suaves cabellos una mantilla negra de finísima blonda, sus manos pequeñas y delgadas se encerraban en unos guantes de Jouvin color de paja, y el libro de oraciones en que leía, era de marfil con incrustados de oro. Y aunque decimos que leía, esto no impedía el que usando de ese privilegio que tienen todas las mujeres de ver mejor con el rabo del ojo que de frente, observase sin apartar la vista del libro a un joven que a dos varas de ella se reclinaba ligeramente sobre la reja de la capilla. Era un joven de veintitrés años, muy pálido, con cabello y finos bigotes castaños, ligeramente rizados, con una frente convexa y ancha, como la suelen tener los poetas y los hombres de genio, con unos ojos de color azul oscuro, y una fisonomía en general llena de distinción y varonil hermosura. Su estatura era fina y esbelta. Estaba vestido con exquisita elegancia, y con una de sus manos pulidamente enguantadas tenía un ligero bastón con puño de oro. Sus ojos no se separaban de la joven, que a veces cuando estaba segura de no ser vista por su admirador, levantaba tímidamente los suyos y le lanzaba una mirada rápida y disimulada. Por otra parte, la admiración del joven por la hermosa señorita, parecía ir aumentando en razón del cuadrado de los tiempos, porque si al principio sus ojos se fijaban en el altar en que se celebraba el santo oficio, después ya no se separaban de aquella otra imagen arrodillada a su lado.

Quién sabe qué tiempo hacía que duraba aquel cambio de miradas, cuando la misa concluyó. La multitud comenzó a agitarse en todos sentidos como el oleaje del mar enfurecido, y la hermosa niña lanzando una última mirada al elegante joven, hizo una seña a otra persona que detrás de ella oraba de rodillas. Era una de esas que en la antigüedad se llamaron dueñas, más tarde, ayas, y hoy reciben de las jóvenes un nombre un poco más grosero, las llaman simplemente viejas. Iba vestida con la clásica saya negra y la correspondiente mantilla con centro de tafetán. El joven había andado algunos pasos en dirección a la puerta; pero al volver el rostro vio a la bella desconocida que se dirigía a la fuentecilla del agua bendita que a sus espaldas quedaba. Un pensamiento iluminó súbitamente su imaginación, calculó su tiempo, se volvió lentamente, introdujo la punta de sus dedos en el agua y los presentó a la señorita que se acercaba. Los dedos se tocaron al través de los guantes. La doncella se ruborizó hasta en lo blanco de los ojos e inclinó la cabeza. El joven se puso pálido hasta en el sonrosado de los labios, y se llevó las manos al corazón como si el exceso de la emoción amenazase reventarle dentro del pecho. Tal vez esto parecerá exagerado a las naturalezas poco impresionables que dudan de todo; pero no hay duda para las almas ardientes, que media hora es tiempo bastante para hacer nacer una pasión, y aquel que ama se estremece al sentir aunque sea al través de un guante el contacto de la mano de la persona amada. Las almas gastadas necesitan el tiempo o una viva excitación para conmoverse; pero las almas juveniles se entusiasman pronto y fácilmente. La joven había salido ya del templo, y todavía su conmovido amador permanecía inerme y soñando. Fue sacado de su éxtasis por un brusco sacudimiento en su brazo, y por una voz alegre y franca que le dijo:

—¡Hola, eh, Enrique!, en vez de estarte ahí hecho una estatua de panteón, mejor será que vayamos en pos de esa niña linda.

Enrique se volvió lentamente y vio a su lado a un joven alto, robusto, con una fisonomía muy simpática, en la que lo más que sobresalía era una frente ancha y despejada, unos ojos negros llenos de vida, de juventud, de inteligencia, y una barba y bigotes negros: estaba vestido decentemente; pero con menos elegancia que él.

—Buenos días, amigo Miguel; cuánto me alegro de encontrarte, y qué a tiempo llegas —dijo Enrique tendiendo a éste su mano y estrechando cordialmente la suya…—. ¿Pero cómo has visto?

—No te he perdido movimiento desde que empezó la misa; pero la gente me impedía acercarme a ti, y por más que he tosido, no he conseguido llamar tu atención enteramente consagrada a esa hermosa niña.

—¡Oh, sí!, hermosa, muy hermosa —dijo Enrique con apasionada exaltación.

—Pero tonto, en vez de estar perdiendo aquí un tiempo precioso, vamos a seguirla para saber a dónde vive.

Y Miguel uniendo la acción a la palabra, introdujo su brazo en el de su amigo, y lo sacó del templo a tiempo que la bella desconocida descendía el último escalón del atrio de la catedral, dejando ver al levantarse ligeramente el vestido, dos piececitos monísimos, elegantemente aprisionados en unos borceguíes de raso azul. La joven acompañada de su aya atravesó las cadenas obstruidas por una multitud de elegantes, que formando grupos diversos más o menos compactos diseminados indistintamente, platicaban alegremente y buscaban con la vista de entre la turba que lanzaban las dos puertas del templo a las hermosas devotas. Enrique y Miguel cogidos del brazo, la seguían con los ojos.

—Pues señor —dijo el segundo—, has adelantado bastante en media hora, y ese paso de la agua bendita estuvo muy poético; pero cometiste una torpeza muy grande, y fue la de no ofrecer el líquido a la dueña que la acompañaba. ¡Ah Enrique —continuó con acento cómico—, tú no sabes lo que es el odio de una vieja!

—¿Y no sabes cómo se llama ese ángel? —preguntó Enrique.

—Toma si lo sé, se llama Elena.

—Elena, ¡qué nombre tan bonito!

—Diablo, a lo que veo, tu corazón se va interesando más de lo que deseo en este negocio, pues ya hemos llegado a los ángeles y a los nombres bonitos —exclamó Miguel riéndose.

En este momento las damas después de haber atravesado el espacio que hay entre el atrio y el portal de Mercaderes, entraron en la calle de Plateros. La niña, aparentando componerse el túnico, lanzó una mirada rápida hacia atrás, y vio a los dos jóvenes que la seguían a distancia de quince varas. Un vivo rubor cubrió su blanca fisonomía. Enrique suspiró ligeramente.

—Diablo, repito que eres inflamable como la pólvora —continuó Miguel—, suspiras y estás a punto de prorrumpir en llanto: y ¿por qué?, porque vamos siguiendo a una muchacha bonita, cuya mano has tocado al través del guante. ¡Oh!, eso es el amor platónico, con razón lo aborrezco yo tanto, sólo trae consigo pesares y lágrimas; no, nada de espiritualismo, nada de sentimiento, viva la prosa, vivan las costureritas que no dan disgustos, viva el café, el champagne, los bailecitos de piso bajo. ¡Eso es la vida!

Y al exclamar de esta manera, Miguel distraído, apoyó su pie sobre el de un señor gordo, de capa y espejuelos, que dio un grito de dolor, no comprendiendo que hubiera razón para que un hombre entusiasta le pisase los callos.

—Mira —dijo al cabo de un momento Enrique—; si atendiera yo solamente a tus ideas sobre el amor, no me atrevería a decirte una cosa; pero como sé que bajo esa corteza de alegría y de prosa, ocultas el corazón más noble del mundo, como sé que eres mi mejor, mi único amigo, más bien que mi amigo mi hermano, no me avergüenzo de confesártelo, aunque aparentes burlarte de mi romanticismo, como le llamas. Pues bien, Miguel, si no estoy ya enamorado como un niño, como un loco de esa joven, conozco que voy a estarlo.

—¡Qué locura! ¡Dios mío! ¡Qué locura! Pero mira, mira qué garbo, qué salero. ¡Adiós, alma mía, mi vida!

Estas palabras de Miguel eran dirigidas a una muchacha del pueblo que pasó junto a él vestida con un fino rebozo de seda, y unas enaguas encarnadas de lana. Los jóvenes llegaban en este momento a la mitad de la segunda calle de Plateros. Elena y su aya torcían entonces por la del Espíritu Santo. Al volver la esquina, la joven lanzó una segunda mirada tan disimulada como la primera. Pero esta vez ya no se ruborizó al ver a Enrique, porque su instinto de mujer le había hecho adivinar que éste le seguiría hasta su morada. ¡Por Dios!, lectoras mías, no empecéis a hacer comentarios que manchen la pureza de mi heroína, no llaméis coquetería a lo que sólo es curiosidad mujeril, porque cualquiera de vosotras hubiera hecho lo mismo con un joven que os hubiera estado contemplando media hora en el altar del Perdón, y que os hubiera ofrecido el agua bendita con una exquisita urbanidad. Hoy por ti, y mañana por mí, etcétera.

Enrique y Miguel torcieron a su vez por la calle del Espíritu Santo tomando la acera opuesta a la que seguían las damas.

—¿Y cómo has sabido su nombre? —preguntó Enrique a su amigo.

—En mis frecuentes excursiones a San Ángel con los estudiantes, la he visto en la ventana de una casa que allí posee su familia, y que tiene por cierto un hermoso jardín. He preguntado su nombre y me lo han dicho. Vaya, sé todavía algo más, y es que tiene una madre muy aristócrata, muy déspota, que tiene muy buen carácter, salvo que es algo romántica y soñadora.

—¡Oh!, es un ángel, es un ángel, ¿no es verdad, Miguel? —exclamó Enrique.

—Sí, un ángel, malditos sean los tales ángeles, llévales tu corazón y ya verás qué angelicalmente lo huellan con los pies y lo arrojan al lodo. Pero en vez de prodigar lágrimas y suspiros, prodiga oro, y ya verás también de qué diferente manera te tratan. No, nada de eso; si es que el amor existe, no será más que en el pueblo y la clase media, es decir, en mi círculo, y por lo mismo doy gracias a Dios que me ha formado el corazón de esa manera.

—¡Oh!, no lo creas, Miguel, esa joven es la excepción de su sexo —murmuró Enrique.

—Así sea.

Las damas entraron en uno de esos palacios que forman la suntuosa calle de Cadena bastante cercano al puente del Espíritu Santo. Enrique y Miguel se detuvieron un momento en la esquina. Un velo de melancolía cubría el rostro del primero.

—Pero hombre, ya lo ves, no hace una hora que has visto a Elena, y ya estás ahí con una cara afligidísima, ¿qué tal será después? —dijo Miguel a su amigo con un acento jovial en el que se traducía sin embargo no sé qué de afectuoso y paternal.

—Es verdad, Miguel, te confieso que una cosa me ha entristecido, y es el ver que esa niña en el hecho de que habita esa magnífica casa, posee bienes de fortuna que a mí me faltan, y esto abre tal vez un abismo entre nosotros —dijo Enrique con tristeza.

—Ya lo ves, pero bien, si tú conoces que estás enamorado de ella, no hay por qué afligirse todavía. Has concluido ya tus estudios teóricos y prácticos de abogado; si no eres rico, tampoco eres pobre; has hecho una brillante carrera, te recibes, consigues un juzgadito en México, luego te pones a redactar un periódico demócrata, intrigas para salir nombrado orador en las festividades nacionales de septiembre, y escribes un discurso muy elocuente, en el que te encargo que prodigues mucho la palabra «pueblo», después ganas las elecciones, y consigues ser elegido diputado; una vez en la cámara, estás ya a un paso de un ministerio, y entonces ya todo es vida y dulzura, señor ministro.

—Sí, ¿pero Elena?

—¡Oh!, eso es la cosa más sencilla del mundo, le rondas un mes la calle, le escribes tiernísimas cartas, y así que estés seguro del éxito, un día me pongo de corbata blanca y frac, ya sabes, el de punto alto que sólo sale cuando repican a vuelo en catedral: con este traje y la respetabilidad que me da mi posición de estudiante del último año de medicina, y practicante en el hospital de San Pablo, le hago una visita a la terrible mamá, le digo lo que pasa, y consigo ablandarla: te permiten visitar la casa, y un año después asisto al bautismo de tu primer chiquillo. ¡Oh!, qué diferente porvenir al mío se te espera, yo tendré que conformarme con el modesto empleo de médico interno de un hospital, o cirujano de aldea… Pero, ¿qué tienes?, ¿qué te sucede? —exclamó Miguel asustado, al ver a su amigo ponerse encendido y después pálido como un cadáver.

—¡Oh!, nada, pero ese cuadro de felicidad que me has pintado, me ha afectado sobremanera, y ya sabes que cualquier emoción fuerte influye de una manera terrible sobre mi enfermedad de corazón —murmuró con voz ahogada Enrique.

—¡Oh!, esa hipertrofia, esa funesta hipertrofia: pero vamos, agárrate de mi brazo, voy a llevarte a tu casa, de donde no volverás a salir en todo el día, porque el ejercicio te hace mucho mal; además tomarás una de aquellas píldoras de digitalia que te receté hace poco.

Y Miguel al decir estas palabras con un acento paternal, colocaba debajo del suyo el brazo de Enrique y se lo llevaba en dirección a la calle de Zuleta. Era simpático el aspecto de aquellos dos jóvenes, unidos con el dulce vínculo de una amistad fraternal, y caracterizando uno el sentimiento, la gracia, la delicadeza; y el otro la fuerza, la franqueza, la energía.

A tiempo de que pasaban enfrente de los balcones de Elena, de los que Enrique no apartaba la vista, se agitó una cortina indiscretamente, y una linda cabeza se retiró violentamente hacia atrás para no ser vista.

¿Esto era amor, coquetería o curiosidad? Yo no quiero decirlo, porque francamente les tengo miedo a mis lectoras. ¿Y qué sería un suspiro que la dueña de aquella linda cabeza lanzó de lo íntimo del pecho después de haber permanecido un largo rato silenciosa con la vista fija sobre el suelo? Mucho menos me atreveré a decirlo.

¿Y quién reuniría a Elena y Enrique en la misa del perdón?, ¿quién inspiraría a éste la idea de seguir a aquélla? Yo creo sinceramente que fue el diablo.

II. El teatro de Iturbide

En la noche del domingo en que tuvieron lugar las escenas referidas, se representaba en el teatro de Iturbide, entonces recién abierto, y por lo mismo en moda, un drama de Pantaleón Tovar, acaso el mejor de todos, intitulado: Una deshonra sublime. Al dar la campanada de las ocho se abrió una puertecilla de uno de los palcos del primer piso dando paso a las personas siguientes: primero a una joven de dieciocho años, no hermosa sino bonita simplemente, gracias a unos lindos ojos negros, a un par de cejas graciosamente arqueadas, a una barba con un hoyito, a un cutis terso, aunque algo moreno, y a unas mejillas frescas, rozagantes, encendidas con los vivos colores de la salud, del contento, de la satisfacción. Era alta y bien formada, la cintura no era muy delgada, pero en cambio los brazos y los hombros eran perfectamente torneados y redondos, el seno levantado, palpitante, etcétera. Iba vestida con un túnico amarillo muy chillante, y mal velaba lo que la vista hubiera querido penetrar mejor, un chal de crespón encarnado muy subido: deslumbraba, además, con la cantidad de piedras preciosas que creía tal vez la adornaban. En efecto, llevaba aretes de brillantes, y en los diez dedos de las manos ocho anillos encima de los guantes; rodeaban sus bonitos brazos unas pulseras de oro con broches de diamantes, y su garganta un collar no menos valioso. Detrás de ella apareció una matrona ridícula, aunque lujosamente vestida, y que a leguas revelaba ser madre de la joven. Luego aparecieron dos muchachos de ocho a diez años, que en vez de llevar esos trajes graciosos que tanto sientan a los niños, iban vestidos con levita, chaleco, corbata encarnada, como si tuvieran diez años más. Tenían un parecido notable con la joven y en el momento se conocía que eran sus hermanos. Por último se presentó el cabeza de aquella familia que era un hombre de sesenta años, bajo de cuerpo, rechoncho, de fisonomía alegre y vulgar. Iba encerrado en una levita verde de paño, un chaleco amarillo y unos enormes cuellos que rodeaba una corbata de color azul celeste. Nadie al verlo hubiera desconocido al tendero rico o comerciante en abarrotes.

El teatro estaba todavía casi vacío, dos o tres familias comenzaban a instalarse en los palcos, y algunos grupos de jóvenes platicaban y fumaban cerca de las puertas de entrada del salón.

—Vamos, Concha —dijo la mamá de la joven que ya conocemos—, siéntate en la hilera de por delante en medio de tus hermanos, que tu padre y yo nos sentaremos por detrás.

La joven y los muchachos se acomodaron de esa manera.

—Deja que te componga el peinado, bájate un poco más el chal para que luzca bien el collar y el prendedor —continuó la mamá, arreglando las cintas del peinado de su hija, que se prestaba gustosa a los deseos de la autora de sus días.

—Sí, hijita, luce esa hermosura que Dios te ha dado, y diviértete, que mientras tu padre te viva, y la tienda progrese nada te ha de faltar —añadió el buen comerciante.

—¡Oh!, que mi papá, siempre me está alabando —dijo la joven mortificada a su mamá.

—Tienes razón, Concha, porque estoy segura de que ninguna de esas señoronas encopetadas, que se llaman de la aristocracia, y que tienen coche y caballos frisones, trae esta noche las alhajas que tú; vas a llamar la tentación de todos los jóvenes, ya verás —exclamó la mamá visiblemente contrariada sin embargo de no pertenecer a aquella aristocracia, objeto de sus sarcasmos.

—Y además —añadió el comerciante—, que todo lo que traes está pagado y no se ha adquirido a fuerza de drogas como todo lo de esa gente.

—Ya se ve, y ojalá y viniera Enrique y te viera así tan linda —murmuró la madre al oído de la joven.

Concha se puso encarnada, los muchachos se rieron maliciosamente.

—Papá, queremos dulces —dijo uno de ellos.

—Pues párense, niños, vamos a comprarlos —dijo el complaciente papá saliendo del palco con ellos.

La madre y la hija quedaron solas.

—¿No es verdad Concha —continuó la primera— que Enrique es muy simpático, muy buen mozo, muy caballero, y que si nos visitara con más frecuencia, tal vez acabaría por enamorarse de ti que lo quieres tanto?

—Sí mamá, es cierto que Enrique me simpatiza mucho, pero ya usted ve con qué despego me trata, y sólo va a casa cuando tiene negocios con mi papá que es el encargado de sus bienes.

La madre iba tal vez a hacer una observación, cuando su marido volvió a entrar con sus hijos cargados de enormes papeles con dulces, y sólo se limitó a decir:

—Cuidado niños, cuidado con manchar el vestido de Concha.

Durante esta conversación, el teatro se había ido llenando gradualmente, sólo se oía el ruido de las sillas de los palcos que ocupaban hermosas y frescas jóvenes, el que formaba la multitud subiendo por las escalerillas de madera, y las disputas de los acomodadores que colocaban a los concurrentes del patio. La música tocaba a toda orquesta una obertura.

En el peristilo dos jóvenes se despedían de esta manera:

—Enrique, entra tú al salón, que yo me voy a la galería, a donde he visto estar subiendo muy bonitas muchachas, ya sabes de cuáles; rebozo de bolita, enaguas de castor, zapatos de raso verde, sobre todo, una que acaba de entrar, y con la cual creo haré negocio.

—Está bien, Miguel; pero es necesario que nos veamos en los entreactos, y al terminar el espectáculo.

Y en tanto que el estudiante de medicina se dirigía a la alta galería, Enrique penetraba en el salón, y después de haber lanzado una mirada distraída hacia los palcos, se había dejado caer sobre un sillón, el último de una hilera, y por consiguiente contiguo a un palco ahora vacío, y se había puesto a soñar despierto. ¿Y en qué pensaría? ¡Dios mío!, en qué cosa había de pensar sino en los encantos de Elena, cuya imagen no se había apartado en todo el día de su imaginación. ¿En qué se piensa a los veintitrés años la noche del día en que ha visto uno en el altar del Perdón a una interesante joven y la ha seguido hasta su casa? Enrique conocía que ella no debía apartarse ya de su vida, que iba a ejercer una profunda influencia sobre su destino, porque hay un instinto en el corazón, que sin saber por qué, nos hace adivinar una parte del porvenir. ¿Pero cómo acercarse a aquel ser al cual le atraía ya ese magnetismo que se llama amor?, ¿cómo comunicarle un átomo del fuego en que él se abrasaba? ¡Fuego!, y tan pronto, dirán algunos riéndose. Repito que este libro no está escrito para ellos.

El primer acto del drama había comenzado, y Enrique apenas escuchaba esos versos tan sentimentales de la infeliz y a la par adúltera esposa. En el palco de Concha bastante lejos del asiento que ocupaba Enrique, se tenía la siguiente conversación:

—¿Has visto a Enrique, Concha?

—Sí, mamá; pero está tan distraído que ni siquiera nos ha visto.

—¿Cómo haremos para llamarle la atención?

—¡Por Dios, mamá!, cualquiera que oyera a usted quién sabe qué pensaría.

—¿Qué había de creer?, que nos visita, que es muy simpático, que tiene unos modales muy corteses, que pertenece a una familia distinguida, y que no tiene nada de extraño el que yo desee un hombre semejante para marido de mi hija.

La joven se ruborizó al oír estas palabras de su madre, los niños se pusieron a ver alternativamente a Enrique y a su hermana riéndose. En cuanto al papá, sólo atendía a la comedia sin hacer caso de lo que pasaba a su alrededor.

De repente Enrique se volvió al ligero ruido que produjo al abrirse la puertecilla del palco que estaba a su lado.

Tres personas entraron a él, una de ellas era Elena.

La otra era una señora de cuarenta años, de fisonomía muy hermosa todavía, pero algo dura, algo imperiosa, y vestida con exquisita elegancia.

La tercera era un caballero de edad.

Elena iba sencillamente vestida con un traje blanco y una manteleta de seda del mismo color; su pelo estaba graciosamente recogido a un lado por una camelia, que aunque debía ser artificial, imitaba perfectamente el natural; y a su brazo derecho tan blanco que se confundía con sus guantes y su vestido, se suspendía un abanico de plumas y armiño color de rosa.

Enrique ni se sorprendió al verla. En efecto, ¿no os ha sucedido muchas veces, estar pensando en una gente y de repente volver la vista y tenderle la mano, cuando realmente está a vuestro lado, sin que os sorprendáis, porque ya la esperábais? Esto es porque la ilusión se llega a identificar de tal manera con la realidad que ambas se confunden, o bien porque se duda de ésta, y se cree estar todavía bajo la influencia de la ilusión.

El señor que acompañaba a las damas les quitó las manteletas de los hombros, las colocó sobre el respaldo de una silla y acercó dos al salón que ellas ocuparon; él se sentó un poco atrás. Tendió Elena una mirada distraída por el salón, y al encontrarse sus ojos por casualidad con los de Enrique, que pálido, palpitante, desfigurado por la emoción la contemplaba, allí a sus pies, junto de ella casi, no pudo contener una ligera exclamación que salió de sus labios.

—¿Te ha sucedido algo, hija? —preguntó la dama que la acompañaba.

—¡Oh!, nada, mamá, me he lastimado el brazo con la extremidad del abanico —respondió la joven al cabo de un momento de vacilación. Y para disimular su turbación y ocultar el rubor que sentía sobre su frente, llevó a sus ojos los gemelos y volvió su rostro hacia el escenario.

La madre se volvió a su compañero, y se puso a conversar con él en voz baja sin hacer caso de la comedia.

Entonces comenzó entre los jóvenes esa especie de ataque, en el que aprenderían mucho los más hábiles diplomáticos, sólo con estudiar la expresión de los ojos del agresor y la agredida.

Elena tenía una de esas fisonomías angélicas, que sin querer hacen pensar en el cielo, una de esas fisonomías que traen como una vaga idea de la patria que ningún mortal ha visto. Era una de esas mujeres que esparcen alrededor de sí, yo no sé qué perfume de santidad, de poesía celeste; mujeres sensitivas que teniendo el sello de Dios en su rostro, no son jamás satirizadas aún por los hombres más cínicos: ángeles desterrados del cielo, que extranjeros en el mundo, no lo comprenden ni son comprendidos por él, y que tienen sus miradas vueltas naturalmente a su patria primitiva. ¡Flores del edén, que las intemperies de la tierra marchitan o las plantas de los hombres arrancan de su tallo! ¡Exhalaciones que se ven brillar en una noche de estío! ¡Forma corpórea, de los suspiros que lanzan en el firmamento los ángeles enamorados! El mundo no es para ellas; el exceso de sentimiento las mata, generalmente son burladas por hombres indignos que abusan de su espiritualismo, o bien son entregadas por sus padres a magnates que las hacen sus esposas, y entonces obedeciendo a las necesidades materiales de la vida, su poesía se convierte en prosa, su espiritualismo en vulgaridad. Tal vez hubieran podido hacer la felicidad de un hombre sensible; pero su posición social es un abismo que las separa de ese hombre. Son como la cuerda de un arpa, siempre pueden dar una armonía al suave contacto de una mano; pero el día en que se casan, la cuerda se rompe para no volver a sonar más.

Elena algunas veces volvía su rostro del escenario y hablaba algunas palabras con su madre, clavando de vez en cuando sus ojos, por una especie de magnetismo en los del joven que no se apartaban de ella.

Dejemos a Enrique perderse en ese océano de ilusiones en que se pierden los jóvenes, cuando comienzan a sentir los primeros síntomas de esa enfermedad que se llama amor, ilusiones dulces al principio como la miel, y que después se tornan en desengaños amargos como el acíbar, y digamos algunas palabras acerca de las personas que ya conocemos físicamente, y que ahora se hallaban reunidas en el teatro de Iturbide.

Comencemos por la familia de Concha.

Hacía treinta años que don Raimundo González, el padre de ella, había venido a México desde un pueblecito de Jalisco, a pie, sin más recursos que dieciséis pesos y una carta de recomendación para un pariente, rico tendero de la capital, que su padre le había dado. El tío que poseía una gran tienda de abarrotes, necesitaba entonces un dependiente y admitió gustoso al joven, que durante el primer año no tuvo más que quince pesos de sueldo cada mes, la casa y la comida: mas como fuese activo y laborioso, al segundo año le fue duplicado el sueldo. Raimundo era muy tonto, todo su saber estaba reducido a leer, escribir y las cuatro primeras reglas de la aritmética; pero había en él el germen de una ambición, y los ambiciosos generalmente prosperan. Consistía ésta en verse algún día al frente de una tienda que le perteneciese enteramente. De manera que durante los diez años mejores de su vida, esos años que todos los jóvenes consumen en toda clase de placeres, Raimundo permaneció encerrado en la tienda, sin tener más mundo que el despacho y las bodegas; pero como el sueldo le había aumentado desde el tercer año a cincuenta pesos, al cabo de diez había podido ahorrar, él, que no gastaba más que en lo estrictamente necesario, una cantidad de tres mil pesos, con lo que empezó a hacer negocios por su cuenta. Entonces otra idea vino a albergarse en aquel cerebro. Su tío tenía una hija, bastante bonita, hija única que reinaba como soberana en la casa y en el corazón de su padre. Raimundo pensó que un matrimonio con aquella joven le convenía absolutamente. Así es que para poner en planta su proyecto, buscó pretextos para subir de la tienda a la casa con más frecuencia: durante las horas de la comida y el almuerzo en que ella los acompañaba a la mesa, le lanzaba él tiernas miradas y por último después de algunos meses de este juego, un día declaró ex abrupto sus proyectos a su tío que había conocido todo y que se regocijaba interiormente de un enlace entre su hija y un hombre trabajador asociado ya a los intereses de su comercio. La niña tenía un gran defecto sin embargo. Era muy vanidosa, y su ambición consistía en casarse con un hombre de una familia distinguida que la presentase en los elegantes salones de la aristocracia, a que ella, a pesar de haber nacido en la clase media, pertenecía de todo corazón. Sin embargo, merced a los repetidos ruegos de su padre, se resignó a unirse al joven asociado, contando desde luego dominarle como a un niño, dominación con la que éste, por otra parte, se conformó desde el día en que los esposos recibieron la bendición nupcial. Poco tiempo después murió el buen comerciante, dejando por únicos herederos de sus bienes a sus hijos. La ambición de Raimundo se había cumplido. Era dueño de una magnífica casa cuyo piso inferior estaba ocupado por la tienda, los almacenes y las bodegas; y es necesario decir en su elogio, que desde el día en que el establecimiento fue suyo, comenzó a prosperar de una manera notable, gracias a su actividad y a su buena inteligencia en los negocios. Durante los veinticinco años que habían transcurrido desde el día de su casamiento hasta la época en que lo hemos dado a conocer a nuestros lectores, cuatro hijos habían venido a llenarle de alegría y a aumentar su fe y su constancia en el trabajo. Esos cuatro hijos eran los tres que ya conocemos y un joven de veinticuatro años del que más tarde tendremos ocasión de hablar. Concha sobre todo había satisfecho el orgullo de su madre. Sin que los cuatro lustros de una unión apacible, de una vida pasada en la abundancia y la comodidad, hubiesen disminuido en nada su vanidad y su inclinación a la aristocracia, pensaba en que ya que ella no había podido introducirse en esa clase, su hija al menos no se privaría del placer de tener un marido que perteneciese a una familia distinguida. Por consiguiente Concha había sido educada en esas convicciones, y su madre había puesto los ojos en Enrique, que gracias a sus estudios y al nombre de su padre, célebre abogado que durante su vida había ocupado los puestos más honoríficos y más elevados del gobierno, contaba relaciones con la gente más distinguida de la sociedad mexicana. Enrique no era rico, sin embargo, su padre al morir le había dejado algunos bienes de fortuna que eran manejados por don Raimundo, cuya probidad comercial era indisputable; no tenía más familia que una hermana de menor edad que él y en cuya compañía vivía. El joven no había podido menos de conocer lo que pasaba en la casa de don Raimundo; pero sentía, si no despego, sí indiferencia por aquella joven Concha tan vulgar, tan prosaica y últimamente escaseaba sus visitas a la familia González hasta donde le era posible. Don Raimundo ni se ocupaba de los proyectos de su mujer.

Con respecto a la familia de Elena, estaba compuesta de una mamá y un tío, su hermano. Era una de esas familias que fundan todo su orgullo en la distinción de su clase.

México es un país eminentemente republicano por su forma de gobierno, y sin embargo, tal vez ni en la monarquía más absoluta de Europa, está establecida de una manera tan notable la distinción de las clases. Tres son las que predominan. La aristocracia, la clase media y el pueblo. Pues bien, cada una de ellas tiene su fisonomía, sus costumbres particulares, nunca se mezclan, por el contrario, están separadas por el odio, y ni la amistad, ni el matrimonio, ni el pensamiento, las han podido unir jamás. ¡Oh!, y el día en que las tres se confundan, en que la aristocracia dé su dinero, la clase media sus virtudes, y el pueblo su trabajo, en que los lazos de familia unan sucesivamente a la una con la otra, ese día tendremos una probabilidad más de conseguir esa paz anhelada por la que hace cincuenta años suspiramos. La madre de Elena pertenecía a esa aristocracia que primero se muere que transigir con otra clase, y como en México sólo el dinero puede formar esa aristocracia puesto que no hay pureza de sangre siendo mixta nuestra raza, ni premio de servicios porque no hay gobierno estable, de ahí resultaba que para aquella señora todo el que no era rico enormemente, pertenecía sin remedio al pueblo o gentecilla como ella le llamaba.

Y sin embargo, ¿cómo es que Elena no había heredado de su madre ninguna de esas terribles ideas? ¿Cómo es que era humilde como un ángel y dulce como una paloma? Tal vez por una de esas rarezas tan frecuentes en las familias. Tal vez porque la joven había pasado su infancia en el convento, y su primera juventud en su casa; pero lejos de la elegante sociedad que se reunía en el salón de su madre, leyendo esos libros que educan la imaginación, que quitan las faltas, que hacen bueno y sensible el corazón. Sin embargo, la joven profesaba a su altiva madre una obediencia mezclada de temor, y estaba acostumbrada desde su infancia a ejecutar sin proferir una palabra, sin hacer una observación, lo que ella le ordenase, aunque fuese una cosa contraria a sus gustos o a sus inclinaciones naturales.

Enrique era un joven bueno, muy sensible, estudioso, uno de esos jóvenes que pasan la vida soñando con lindas quimeras y delirando con placenteras ilusiones, jamás había amado a otra mujer que a su hermana, bella niña de quince años, para quien él era un padre, puesto que la pobre había perdido como él al suyo antes de la edad de la razón. Ambos hermanos se amaban entrañablemente y la afección orgánica del corazón que Enrique padecía desde la infancia, al mismo tiempo que imprimía a su carácter un sello de ternura melancólica, daba a la joven motivo para rodearlo de esos cuidados íntimos y especiales que forman el todo de los enfermos.

En cuanto a Miguel, era uno de esos jóvenes, que bajo un aspecto jovial y rudo ocultan un corazón de niño. Qué sé yo qué desengaño había marchitado sus ilusiones allá en la primera juventud, y desde entonces él procuraba aturdir sus pesares en el estrépito de una vida agitada. Era uno de esos jóvenes que los estados lanzan a México solos, sin recursos, para hacer sus estudios de medicina y que sin parientes, sin conocimientos en la capital, se mantienen y hacen su carrera de una manera verdaderamente providencial. Tipo del verdadero estudiante de medicina que hoy va ya desapareciendo, las horas que el hospital le dejaba libres las empleaba en correr los barrios en busca de aventuras amorosas de segundo o tercer orden, en requebrar a las muchachas bonitas de la clase media, en asistir a los fandangos de Santa Anita, en correr por último detrás de todos los placeres juveniles. Amaba a Enrique con la ternura de un padre a su hijo, prevenía sus necesidades, adivinaba sus menores deseos, y tal vez en su interior, y a pesar de sus teorías, profesaba una amorosa simpatía a Clotilde su bella y pura hermana.

En tanto la comedia había continuado, el público prorrumpía a cada rato en espontáneos y estrepitosos aplausos al escuchar esas tiernas palabras que dice la hija a su padre implorando su perdón y recordándole los dulces años de la infancia.

Elena en esta escena no pudo contener una lágrima, que desprendida de su pupila rodó silenciosa por sus mejillas. Enrique hubiera querido beber de rodillas aquella lágrima. Los jóvenes somos así; sentimos un secreto placer en ver sufrir a la persona querida cuando ella aún no ha admitido nuestro amor; su alegría entonces nos hace daño.

A las once terminó el espectáculo. Tovar había sido llamado tres veces a la escena. ¡Pobre Tovar! ¡Pobre hermano mío!, ¡qué amarga ironía forman los triunfos de aquella noche, con la prisión que hoy lo agobia! ¡Reciba él en la oscuridad de su calabozo, este recuerdo tierno de mi leal amistad!

Enrique después de haber visto en el peristilo salir a Elena acompañada de su mamá y su tío, se dirigió lentamente a su casa, llevando en su corazón todo un mundo de ilusiones, de esperanza, de amor. Vivía en el Puente de Alvarado en una habitación compuesta de un elegante saloncito, de una alcoba destinada para su hermana, de un gabinete de trabajo y otra alcoba algo independiente del resto de la casa, y donde él habitaba. Cuando el joven llegó a su casa, encontró en el saloncito a su hermana.

—Clotilde, ¿por qué no te has acostado?, hace tiempo que dieron las doce —le dijo con interés.

—Estaba yo con mucho cuidado, porque esta mañana que viniste de misa con Miguel, me ha dicho él que habías estado malo —dijo la niña.

—¡Oh, no tengas cuidado, hermana mía, me siento muy bien, vete a acostar que ya nuestra buena tía debe estar durmiendo hace tiempo!

Y Enrique besó a su hermana en la frente, acompañándola hasta su alcoba.

Ahora bien, hemos hecho un pacto con el diablo para saber lo que hacían a la una de la mañana las personas que hemos visto en el teatro de Iturbide y vamos a hacerlo saber a nuestros lectores.

Elena se dormía pensando en Enrique.

Concha murmuraba en sueños el nombre del joven.

Su madre soñaba que asistía con el joven ya esposo de su hija a un baile en casa del marqués de…

Enrique encerrado en su cuarto escribía a Elena una carta en la que vertía su corazón.

Y por no ofender el pudor de mis lectores, no digo dónde estaba Miguel.

III. En San Ángel

Es una noche de julio.

Alumbra la Luna con sus pálidos y tembladores rayos un jardín de San Ángel. Suspira la brisa en las ramas, murmura dulcemente el arroyuelo, canta un ave en su nido, derraman las flores aromas que adormecen. La vista se pierde en calles de rosas, de dalias, de camelias, de arrayanes, perfectamente alineadas y cubiertas de arena. Las ramas de los sauces, de los tilos, de los manzanos parecen los brazos de un esqueleto. La amorosa yedra cubre con un verde tapiz las tapias. Los sauces al mover sus hojas por el viento, parece que se quejan tristemente. Vierten sus perfumes los azahares, las violetas, los claveles, los nardos, los jazmines, las flores de la magnolia. Las gardenias se duermen blandamente en el seno de los mirtos. Las trinitarias y las azucenas se querellan de amor con los tulipanes y los geranios. Las doce calles del jardín van a terminar a una fuentecilla de mármol, que vierte ocho chorros de agua por la boca de ocho silfos. Sus cuatro ángulos están ocupados por cenadores en los que la yedra y la mosqueta forman un verde y perfumado tapiz. En cada uno de esos cenadores hay, formado en la circunferencia, otro pequeño jardín por macetones y tiestos de exquisitas flores, y en el centro hay alrededor de una mesa fija a la tierra, un banco de madera. La casa ocupa una ala del huerto y de cada lado hay un pabellón al que se sube por una escalenta de piedra.

Dan las doce en el reloj de Nuestra Señora del Carmen.

Sólo se escucha el lejano ladrido de los perros en el campo, el dulce reclamo de un ave desvelada por amor, y esos murmullos vagos y sin nombre de la media noche.

Las luces que hace poco se veían brillar detrás de las ventanas, se han ido apagando gradualmente. Sólo el pabellón de la derecha ha quedado alumbrado. Lancemos una mirada a su interior. No hay en él más muebles que un lecho de metal con colgaduras de crespón blanco, un sofá de damasco encarnado, un piano de Collard y una mesa redonda de caoba cubierta por un tapiz de varios colores. Encima de esa mesa hay un libro abierto y un quinqué de bomba apagada. El libro es el León Leoni de Jorge Sand. En el sofá está sentada una persona. Es una joven vestida con un traje de muselina blanca con adornos de terciopelo negro. Apoya su linda cabeza en una de sus manos y sueña despierta. Al cabo de un momento se levanta distraída y se dirige al piano. El teclado comienza a gemir bajo sus manos. Primero toca esa monótona Invitación al vals de Weber, en que se puede seguir cada nota sin ninguna dificultad; luego las Campanas del monasterio y por último siguiendo su inspiración, toca sobre un tema de Beyer fantasías vagas y sin nombre. Los sonidos graves se mezclan con los agudos, saltan las notas semejando unas veces el gemir de la lluvia, otras los ayes del corazón que lastimó el pesar, el último canto funeral de un cisne, el suspiro del viento en las ruinas de un convento, el reclamo de una tórtola, las risas de los niños, el ¡ay! postrero del moribundo… De repente la joven se para, se acerca a la ventana, lanza una mirada al jardín iluminado por la luz de la Luna, aspira el perfume de un ramo de violetas que se encierra en una jarra de porcelana, y exhalando un suspiro tal vez al ver que el que espera aún no viene, mata la luz y vuelve al piano. El pabellón queda alumbrado por la Luna, sus rayos penetran hasta el centro y dan un tinte de melancolía a todos los objetos. Fuera se escucha el murmullo de las hojas de los árboles meneadas por el viento. La joven se ha puesto a cantar. No parece la suya una voz humana, hay algo de celestial, algo de fantástico en ese acento dulce, trémulo, quebrado como si estuviese formado de suspiros y sollozos. Es una de esas voces que escuchadas una vez ya no se pueden olvidar nunca. Hay en su acento, un son para el oído, pero también un canto para el corazón. Es una voz que habla de tiempos mejores que ya pasaron y nunca volverán. Es una voz que hace pensar en las músicas del cielo que en loor al Señor de lo creado, entonan los ángeles artistas. Es una voz que despierta el alma, y dándole mayor actividad, le hace contemplar a un tiempo su pasado tan alegre, su presente tan amargo, su porvenir tan incierto. Es una de esas voces cuyo eco, repercutido en el corazón, dura muchos años, tal vez toda la vida…

La joven ha cantado primero trozos de Verdi y Bellini, después ha modulado su voz en las estrofas de una canción que acaba así:


Hay una vida mística enlazada
tan cariñosamente con la mía,
que del destino la inflexible espada
ninguna o ambas deberá cortar.

Hay un seno de amor que es todo mío
do mi cabeza enferma reclinó,
unos labios que ríen si yo río,
ojos que lloran cuando lloro yo.
 

¡Ay!, al escuchar esas palabras de los labios de esa joven, no se puede menos de exclamar también:


¡Feliz quien junto a ti por ti suspira,
quien oye el eco de tu voz sonora,
quien el halago de tu risa adora,
y blandamente palpitar te mira!
 

… Al cabo de un rato la joven se para del piano, se acerca a la ventana, aspira el perfume de las violetas y echándose de codos lanza sus miradas al jardín y se pone a soñar… ¿En qué pensará?… Es sacada de su éxtasis por el ruido que produce al abrirse con precaución una puertecilla de madera practicada en la tapia que da al campo.

—Elena, Elena —murmura una voz.

—Enrique, Enrique —responde la joven.

Y ligera como el pensamiento desciende al jardín y sale al encuentro del joven… Y los dos amantes cogidos de la mano se dirigen a uno de los cenadores. Y allí sentados en un banco reunidos casi los labios con los labios, dejan desbordar el torrente de su amor. Y durante algún tiempo no se oyen más que suspiros, palabras vagas de pasión, quejas, besos, sollozos, juramentos, promesas, etc., etc.…

Pero de repente, por uno de esos cambios tan comunes en el mes de julio, la Luna se ha ocultado, densas nubes enlutan el cielo, gime entre las ramas de los árboles un viento húmedo de tempestad, las aves y las flores se estremecen en sus nidos y en sus tallos, el trueno rebrama sordo y aterrador en lontananza y los relámpagos rasgan siniestros las nubes… La tempestad se desata, el cielo arroja sus cataratas a la tierra, gruesos goterones de lluvia azotan las hojas de los árboles semejando gemidos del espacio. A veces dominando el gemir del aguacero, se escuchan palabras vagas e incoherentes, saliendo del cenador, o frases tales como:

—Te adoro, Elena.

—Te idolatro, Enrique.

—Nadie nos separará.

—Nos amaremos hasta la muerte.

Nuevos besos, suspiros, etc., etc.

El aguacero, continúa…, las flores se han deshojado, el jardín está inundado, y los arroyos se llevan los pétalos de las rosas, de las azucenas, de las gardenias… Los jóvenes se han refugiado de la lluvia en el pabellón de Elena. ¡Hace tanto daño mojarse de noche! ¡Pobres flores del jardín, quién les había de decir esta mañana cuando se abrieron galanas recibiendo los besos del ambiente, que sólo habían de vivir un día, y que a la noche rodarían hechas pedazos por el lodo! Pero si nadie se los dijo, ellas debieron figurárselo, porque lo mismo sucede con las mujeres, y lo mismo que los poetas les dicen a las mujeres que son hermanas de las flores, el céfiro las debe comparar con aquéllas.

Son las dos de la mañana. Enrique y Elena están sentados en el sofá. Se estrechan la mano, permanecen un rato silenciosos como para saborear el exceso de su felicidad y prorrumpen de nuevo en amorosas querellas.

—Pero dime, Elena, ¿es cierto que no soy víctima de un sueño mentiroso que al despertar me ha de arrojar al negro abismo de la realidad?

—Te adoro, te idolatro con toda mi vida.

—Júramelo de nuevo.

—Te lo juro.

Nuevos juramentos, promesas, suspiros, besos, etc.

Son las tres de la mañana…, la lluvia ha cesado, las nubes comienzan a disiparse y la Luna quiere aparecer de nuevo.

A sus dudosos rayos se ve a un hombre salir del jardín con precaución y perderse en los campos.

—Tuya hasta la muerte, ¡amor mío! —murmura una voz de mujer en el pabellón…

¿Qué ha sucedido? ¡Quién sabe! ¿Es bueno que una joven reciba a media noche en su aposento al hombre que ama? Casi todos dicen que no. Pero ¿si esa joven tiene una madre déspota y ambiciosa, si antes de leer la primera carta de ese hombre a quien ella ama desde el primer día en que lo ha conocido, se la presenta, y esa madre en vez de darle un tierno consejo la amenaza y le prohíbe severamente verle, cuando ya la pobre niña se muere de amor por él? ¿Si la única causa porque lo hace es porque él no tiene más caudal que su talento, su amor y sus esperanzas? ¿Si es porque quiere vender a su hija como si fuera un mueble, a un magnate, a un hombre rico que ni la ama, ni es amado por ella?…

Y luego esa madre para evitar a su hija que vea al joven que loco de amor por ella la sigue a todas partes, se la lleva a San Ángel…, como si fuera difícil para la mujer que ama, hacer saber a quien convenga ese viaje… Después, la joven habita el pabellón, porque en el campo no es necesario como en la ciudad habitar la misma pieza que nuestra madre… Después se va una sola a pasear al «Cabrío» donde se encuentra con el joven que se ha ido a vivir también a San Ángel, porque como ¡está malo del corazón!…, y Miguel dice que el aire del campo es bueno…, se le da una cita para el jardín…, luego se pone uno a tocar en el piano las Campanas del monasterio y a cantar mientras la terrible mamá se duerme, yo no se qué de comunión de almas, de vidas místicas enlazadas cariñosamente, etc.…, luego se oye una voz que dice: «Elena, Elena». Hay un cenador que parece preparado para el efecto, y a él se dirige uno con el joven… Juramentos, besos, suspiros… Aguacero, oscuridad en el pabellón, las tres de la mañana… «Tuya hasta la muerte, ¡amor mío!» Comentarios del autor para probar que son muy malas las madres déspotas que por ambición tiranizan a sus hijas cuando están enamoradas, etc. Y ahora se le ha puesto en la cabeza al autor, hablar él sin que venga al caso, ni esto se acostumbre en las novelas, ni él lo haya hecho jamás en las que hasta aquí ha lanzado al tolerante público.


Fragmentos de un diario

(Febrero de 1858)
 

Niña, ¡cuánto os he amado, cuánto os amo, cuánto os amaré aún! ¿Quién sois que tal podéis ejercer sobre mi corazón? ¿Por qué habéis venido a habitar en mi alma? Quiero alejaros de mi pensamiento y él se rebela contra mi voluntad, retratando sólo vuestra imagen, cierro mis ojos para no veros, y al través de mis párpados cerrados os miro pasar, bella, deslumbradora, envuelta en una atmósfera de luz…, mis labios intentan pronunciar otros nombres y sólo el vuestro vibra en ellos…, cierro mis oídos y la música de vuestra voz resuena en mi alma despedazada…, creo encontrar en el sueño descanso a mi amor imposible, y ¡ay!, mi sueño sólo es una continuación de mi vigilia. ¡Dios mío!, ¡hay en eso algo superior a mi voluntad y a mi resignación humana! ¡Ah!, vos habéis olvidado ya el pasado; pero yo aún no lo puedo olvidar… Vivíamos en el campo…, las ventanas de vuestro aposento daban a él, y las melodías de vuestro piano y la música de vuestra voz llegaban a mi corazón sin pasar por mis oídos. Consumía yo entonces días enteros en pensar en vos, en contemplaros al través del follaje de los árboles, ir atravesando esas selvas en cuyos troncos había yo grabado vuestro nombre, vuestro dulce nombre que quisiera yo borrar de nuevo con mis labios para tener el placer de volverlo a escribir; en escribir versos que nunca tendrán otro lector que yo, en decir palabras de pasión que el viento se llevaba confundidas con las vibraciones últimas de vuestro canto. Me recostaba yo sobre el césped, con un libro de Byron abierto delante de mis ojos, y a pesar de que entonces era mi autor favorito, nunca conseguía yo leer ni dos páginas, y me ponía a soñar despierto con vos, a pensar en la dulzura de vuestros ojos, en la blanca palidez de vuestro semblante, en cada uno de los encantos que os adornan. Y por la noche cuando en el salón de vuestra casa, pasaba yo horas enteras mirándoos sentada al piano, lánguida y seductora, o cuando a la luz de la Luna que caía sobre vuestro rostro dándole un sello de yo no sé qué de celestial y vago, os veía, confundida entre las demás jóvenes, y para mí sin embargo única en medio de ellas, pensaba en que era imposible que yo me resignara algún día a vivir lejos de vos, y sin embargo no me atrevía a deciros una palabra reveladora del infinito de amor que para vos guardaba yo en mi corazón. La media noche llegaba, las horas se deslizaban sin que el sueño cerrara mis párpados fatigados, y cerca del amanecer me dormía pensando en vos. ¡Cuántas veces he atravesado, delirando, convertido en una calentura viviente, esas praderas y esos senderos que conducían desde la ciudad a que la prosa de los negocios me obligaba a venir con frecuencia, hasta el campo en que vivíamos. Las horas que yo pasaba en la ciudad, lejos de vos, se me hacían largas y tediosas…, mi mundo, mi patria, erais vos, vos sola! ¡Cuántas veces he besado con religiosa ternura las paredes y las ventanas de aquella casa en que entonces vivíais, y que ahora cuando paso y me detengo delante de ella con las lágrimas en los ojos y vuestro nombre en los labios, me parece fría y muda como un sepulcro! Y sin embargo yo estaba muy triste cuando os conocí, la vida parecía haber agotado para mí sus encantos; y si me hubiesen dicho entonces que en el desierto sombrío de mi corazón había de brotar una nueva flor, que tras de tan negros desengaños habían de venir tan blancas ilusiones, hubiera creído que el que aquello decía, se burlaba de mi dolor… Mi madre, mi madre adorada, cuyo nombre no puedo pronunciar sin lágrimas, esa santa mujer que fue mi vida, estaba muerta… Una mujer indigna se había divertido durante mucho tiempo en arrojar mi corazón al lodo jugando con él…, y el recuerdo de otra que me había amado y para quien yo fui un infame, se estremecía en mi corazón como un horrible remordimiento… Y sin embargo, en aquel corazón lastimado, os retratasteis vos como una pura flor…, y os amé como nunca he amado en la vida, como os amo todavía a pesar de que hay un abismo de llanto que nos separa, y ese amor se ha convertido en una esperanza tan vaga, tan vaga como ese humo que al desmayar la tarde se ve flotar encima del techo de las cabañas, luchar en vano, con el inclemente viento que lo disipa. Hoy ese amor, ya lo sabéis, se ha convertido en una resignación…

Se me olvidaba advertir al lector que a lo que parece, durante la noche, el diablo había mudado de residencia, y se había traslado de México a San Ángel.

IV. Un baile casero

—Raimundo, ¿ya mandaste que enciendan los candiles de la sala?, porque no debe tardar en empezar a llegar la gente.

—Sí, Cenobia, ya todo está, he andado como un bárbaro toda la tarde convidando a los amigos.

—¿Y a qué hora les has dicho que ha de empezar el baile?

—Toma, a las ocho, para que no nos desvelemos tanto.

—Ah, bárbaro, ¿no sabes que es de tono que comience a las diez?, y ya lo ves, son cerca de las nueve y nadie llega aún.

—¡Oh!, pues yo no sabía que era de uso desperdiciar dos horas útiles que más tarde se pueden emplear en dormir… ¿Pero ustedes ya se vistieron?

—Estoy dando la última mano a Concha, que si la vieras, está linda como un sol.

—Vaya, pues si ya puedo entrar, ábreme mujer, que ardo en deseos de ver a mi hija.

—Entra, pero vuelve a cerrar porque no quiero que entren los muchachos y vengan a tentarlo todo.

Este diálogo tenía lugar al través de una puerta cerrada de un aposento en la casa de don Raimundo González, situada en una de las calles de San Juan, entre él y su mujer doña Cenobia, personajes que ya conocemos por haberlos visto una noche en unión de su hija Concha en el teatro de Iturbide.

—¡Caramba!, qué linda estás. Concha, cómo relumbras de brillantes, pareces una diosa —exclamó el comerciante acercándose a su hija, que de pie delante del tocador, se dejaba adornar por su madre.

La joven estaba en efecto deslumbrante en toda la extensión de la palabra. Tenía un vestido de gros color de rosa, aretes, collar y pulseras de brillantes, y en el momento en que su padre entraba, se ponía unos guantes blancos adornados con perlas pequeñitas. Su tez un poco morena, estaba ahora casi blanca merced a la «toalla de Venus» que en un frasco se veía sobre el tocador confundido entre los botes de pomadas y esencias.

—Vamos, mamá, ya estoy, ahora acábese usted de vestir, y póngaseme muy guapa con el traje que ha traído esta tarde la modista —dijo la joven a su mamá.

—Lo principal es que tú estés para que recibas a los convidados, que yo en un momento me arreglo, señorita condesa —exclamó la madre, usando de un título que daba a su hija todas las veces que estaba de buen humor.

—¿Y usted papá, en qué piensa que no se viste?

—Es verdad; mira, Cenobia, hazme favor de sacarme mi ropa nueva, la que trajo esta mañana el sastre.

Doña Cenobia entró en el cuarto inmediato y trajo un frac color de pasa con botones dorados, un chaleco de terciopelo carmelita, un pantalón color de café con leche y una corbata verde gay que puso sobre la cama. Don Raimundo se empezó a vestir con precipitación, su mujer hacía lo mismo, y Concha se paseaba por en medio del aposento.

—Papá, mira a Pepe, se está comiendo los bizcochos que están encima de la mesa del comedor —dijo una voz infantil a través de la puerta.

—Mentira, papá, él es el que se ha comido dos —añadió otra voz en segundo término.

—Ahora lo verán pícaros —exclamó la mamá con terrible acento sin pararse sin embargo del asiento que ocupaba delante del tocador.

—Mira, Juanita, baja a la tienda y dile a don Nicanor que cierre ya y que suba las llaves —gritó don Raimundo.

—¿Pero después entro, papacito? —suplicó el muchacho.

—Ahí veremos; anda ve pronto…

—¿Voy yo con Juanito, papá? —añadió el segundo muchacho.

—Sí, sí, quítense de aquí…

Los niños se alejaron.

—¿Y no ha venido Guillermo? —preguntó al cabo de un momento don Raimundo.

—No —respondió simplemente su mujer.

—¿En todo el día?

—En todo el día.

Don Raimundo no pudo menos de exhalar un suspiro a tiempo de que se acercaba al espejo para ponerse la corbata. Hacía cuatro años que su hijo mayor le daba mil pesares, desconociendo casi su autoridad paterna. Educado por su tonta y vanidosa madre, mimado y consentido por ella, el joven había creído humillante hallarse detrás de un mostrador, y diciendo que él no había nacido para eso sino para brillar en el mundo, había preferido seguir la noble carrera de empleado de la hacienda pública. Pasaba su vida en continuas orgías con los calaveras de su edad, sin hacer caso de las reconvenciones de su padre, que enteramente dominado por su esposa y tímido por carácter, encontraba en ella un ardiente defensor para los extravíos del joven.

—¿Por qué cada vez que hablas de Guillermo suspiras y te pones de mal humor, Raimundo? —preguntó doña Cenobia con dureza.

—¿Por qué?, porque ese muchacho, por tu consentimiento, me está matando a pesares, porque se burla de mis regaños, porque en vez de pasar su tiempo trabajando y al cuidado de sus intereses que yo por mi edad no puedo ya administrar mucho tiempo, lo pasa en picardías y calaveradas —respondió don Raimundo con esa dignidad del padre ofendido, del hombre honrado que a su pesar ve a su hijo convertirse en un zángano de la sociedad.

—Qué poco tolerante eres, Raimundo, no te pones en que no se debe pasar la vida lo mismo a su edad que a la tuya, y que en el gran mundo, en la aristocracia, no hay joven que deje de hacer lo mismo.

—Esos jóvenes de la aristocracia son unos bribones, y si mi hijo hace lo que ellos, mi hijo también es un bribón.

—¡Mi hijo, mi Guillermo un bribón! —exclamó doña Cenobia llorando casi.

—Sí, un bribón, ¿sabes lo que ha hecho anoche?, ha jugado sobre su palabra y esta mañana he pagado trescientos pesos en que quedó comprometido.

—¡Dios mío!

—¿Sabes lo que he sabido hoy?, que vive casi públicamente con una mujer perdida con quien se presenta en todas partes…, en la calle, en el teatro.

La madre iba tal vez a responder, cuando Concha acercándose a ella le dijo con tono cariñoso, dándole un beso:

—Por Dios, mamá, no piense usted en eso, no se enoje con mi papá, hoy que sólo debemos pensar en divertirnos y estar contentos porque es día de mi santo, y soy obsequiada por mis padres con un baile.

—Es cierto, Concha, no hablemos ya de cosas que no tienen remedio; hoy es día ocho de diciembre, vamos a tener muchos convidados al baile y es necesario estar contentos —exclamó don Raimundo, procurando ocultar bajo una fingida capa de alegría el dolor profundo que sentía.

—¡Ah!, ¿y has convidado por supuesto a Enrique como te encargué, y a Clotilde su hermana? —preguntó doña Cenobia.

Por supuesto, hija, y no deben tardar en venir con su amigo Miguel, ese estudiante tan francote y tan simpático… Yo mismo he ido esta tarde a su casa del Puente de Alvarado…

Concha al oír el nombre del joven se puso colorada por la emoción, su madre por el placer.

—Sabes, Cenobia —continuó el honrado comerciante—, quisiera yo pedirte un gran favor.

—¿Qué cosa?

—Quisiera que me evitaras la molestia de ponerme guantes me siento tan incómodo con ellos que ni sé qué hacer…

—¿Estás loco, hombre?, presentarte sin guantes en un baile a donde van a venir Enrique y su hermana que son tan decentes, y están acostumbrados a ir…

—Papá, aquí está don Nicanor —interrumpió una voz.

Don Raimundo salió del cuarto dejando entreabierta la puerta.

El que el comerciante llamaba don Nicanor, era un joven de dieciocho a veinte años, tímido, encogido, que nunca había visto más mundo que la tienda y la casa de su principal.

—¿Hizo usted subir el vino? —le preguntó éste.

—Sí, señor.

—¿De cuál?

—Una caja de Champagne, otra de Jerez, otra de Sauterne…

—¿Y los bizcochos y los pasteles vinieron?

—Todo está ahí.

—Está bien, váyase usted a vestir.

Don Nicanor se alejó lanzando al través de la puerta entreabierta una furtiva mirada a la señorita Concha. Hacía un año que el pobre muchacho estaba enamorado como un loco, como un insensato de la hija de su patrón; pero nunca se había atrevido ni a mirarla siquiera, y se habría tenido por muy feliz si ella se hubiese dignado permitirle besar la orla de su vestido, las huellas de sus plantas. ¡Extraña graduación del amor!, todos hacemos a la vez el papel de verdugos y víctimas. Así Concha que era vista con indiferencia por Enrique, era adorada como una diosa por don Nicanor, que siendo para ella un átomo de polvo, era amado sin embargo en secreto por la costurerita de la casa, que encontraba muy rogazantes las mejillas del joven tendero.

—Papá, ya está viniendo gente, acaban de llegar unos señores —avisó uno de los muchachos.

—Mentira, papá, son señoras —añadió el otro.

—Chismoso.

—Sinvergüenza.

Y en tanto que don Raimundo salía al encuentro de sus convidados, se oyó en el pasillo el ruido de una pelea infantil.

Los convidados empezaron a llegar poco a poco, los músicos templaban, don Raimundo y Concha hacían honores de la casa, doña Cenobia daba la última mano a su tocado, don Nicanor se ponía una levita nueva y ropa limpia, Pepe y Juanito hacían malas crianzas.

Doña Cenobia se disponía a salir de su cuarto, cuando encontró a su hijo. Era un joven de buena presencia y vestido con exquisita elegancia; pero llevando impresas en su rostro esas señas que sin saber precisamente en lo que consisten, revelan sin embargo a primera vista una juventud consumida en la prostitución.

—Buenas noches mamá —dijo el joven con voz melosa al entrar.

Su madre hizo que no lo había visto.

—¿Está usted enojada conmigo y por eso no me quiere hablar? —continuó Guillermo con un acento en el que mal se ocultaba la burla.

—Sí, me tienes muy enojada —exclamó la madre estallando—. Anoche has ido a jugar y esta mañana tu padre ha tenido que pagar trescientos pesos, he sabido también que andas en público con una mujer de mala reputación; hoy en vez de venir a contentar a Raimundo, te has estado todo el día en la calle, y si esto continúa, te prometo que te aborreceré.

El joven vio descargar sobre él la tempestad; pero conocía el lado débil de su madre, así es que no se alteró, y al cabo de un momento le dijo acercándose a ella y dándole un beso en la frente.

—No, mamacita, mira lo que pasó y ya verás cómo no podía yo hacer otra cosa: figúrate que estaba en el salón de la señora de… cuando un caballero propuso que se jugara… ¿Cómo había de rehusarme? En un momento perdí lo que llevaba en el bolsillo, y me pareció muy feo pararme de allí y seguí perdiendo sobre mi palabra… En cuanto a esa mujer de quien te han hablado, no es otra que la señora… que ya ves que es de la aristocracia y tiene carruaje y es muy bien recibida en todos los salones.

—¡Ah!, es la señora de…

La tempestad se aplacaba, Guillermo continuó:

—Además, he prometido presentarte a ti y a mi hermana en casa del señor… que ya ves que es ministro, y en su salón recibe lo más granado, digamos, de la aristocracia.

—¡Ah!, conque has prometido presentarnos, ¿y cuándo?

—Muy pronto, mamacita, una de estas noches.

La tempestad se había tornado en bonanza.

—Ahora quisiera yo pedirte otro favor, que estoy seguro que me vas a conceder, porque eres la madre más buena del mundo, noble como una marquesa y amorosa como una duquesa.

—Veamos qué favor es ese que me pides con tantos preámbulos.

—¿Pero me lo concederás?

—Veremos, di.

—Pues mira, mamacita, no tengo ni un real, y mañana tengo que pagar la ropa que me he hecho para el baile de esta noche, porque como ya ves que es día de su santo de Concha, yo no debía presentarme en el traje de todos los días.

Y Guillermo dio al decir estas palabras, un tercer beso a su madre.

—Pero hombre, ¿en qué gastas tanto?; aparte de lo que te da tu padre, no se pasa ni una semana sin que me vengas a pedir dinero —dijo doña Cenobia, resistiendo por hábito a la súplica de su hijo a quien quería con particular ternura.

—Mira, mamá, cuando anda uno entre gente rica, contrae ciertos hábitos, ciertas necesidades de que es imposible prescindir porque entonces se pondría en ridículo.

—¿Y cuánto quieres?

—Lo menos que necesito son cinco onzas, mamá —dijo Guillermo dando un cuarto beso.

—No tengo aquí más que cuatro —dijo la madre dirigiéndose a su guradarropa y sacándolas de allí.

—Está bien, ¿pero me darás mañana la otra? —preguntó Guillermo guardando el dinero en el bolsillo.

—Ya veremos.

—¡Oh!, mamá, qué buena eres —exclamó el calavera dando un quinto beso a doña Cenobia.

Y ebria de gozo por tener un hijo elegante que la iba a presentar en casa del ministro, doña Cenobia apoyada en su brazo, se dirigió al salón. El baile acababa de empezar con una contradanza. La concurrencia era numerosa, estaba compuesta en su mayor parte de familias de honrados comerciantes amigos de don Raimundo. Ancianas ridículamente ataviadas y cargadas con el abanico, el pañuelo y otras cosas de sus hijas o sobrinas que bailaban, formando lo que los franceses llaman la tapicería de los bailes. Treinta o cuarenta jóvenes de quince a veinticinco años, frescas, robustas, de bellos ojos y malos cuerpos, de manos y pies pequeños y bien formados, de tez apiñonada o moreno y cabellos negros, vestidas con trajes de crespón; seda, o tarlatana blanca, amarilla, color de rosa o azul, y aprisionados sus manos y sus pies en guantes blancos y zapatos de raso del mismo color. Igual número de jóvenes vestidos con frac o levita negra, chaleco blanco de piqué o de seda, y pantalones negros o de color, y cabellera perfectamente rizada en la peluquería. Estos jóvenes eran casi todos empleados en las oficinas del gobierno, dependientes de los almacenes de ropa, pasantes de abogado, o licenciados recién recibidos y practicantes de medicina. Había entre ellos sin embargo, cinco o seis jóvenes aristócratas amigos de Guillermo, y que se distinguían por su exquisita elegancia, por sus maneras afectadas y por las miradas desdeñosas que al través del lente arrojaban sobre la concurrencia. Una docena de señores, de cuarenta años para arriba, que sin necesidad de escuchar la conversación que seguían en los dos o tres grupos que formaban, se podían clasificar desde luego en la familia de los comerciantes en abarrotes, y de los empleados antiguos en las oficinas de segunda categoría. He aquí en resumen la concurrencia de esta noche. El salón era bastante extenso, las pinturas del cielo y las paredes eran de vivos colores, la alfombra era verde y encarnada. Estaba adornado con sillas, consolas y rinconeros de madera de rosa: encima de éstos se veían enormes candelabros y muñecos de plata maciza, y el candil suspendido en medio era de almendras gruesas de cristal con cinchos de plata. A las diez llegaron tres nuevos concurrentes. Eran Enrique, su hermana Clotilde y su amigo Miguel. Los dos primeros iban vestidos de esa manera que sin ser de un gran lujo, sin embargo deja atrás a todo lo que hace consistir la elegancia en la esplendidez. Un simple vestido de crespón blanco y un sencillo traje negro, ponían a los jóvenes en una altura mayor que los demás convidados. En efecto, hay personas que sea por su figura, por sus modales, por la dignidad que les da su posición social, quedan perfectamente adornados con los trajes más sencillos.

Los tres jóvenes fueron a saludar afectuosamente a don Raimundo, a su esposa y a Concha, y un minuto después Clotilde bailaba con Miguel y Enrique con Concha. En los primeros compases del vals, y bailando con Concha por pura cortesía, se forjó tal vez la ilusión de que lo hacía con Elena; pero después le parecía que los ojos de la señorita Concha eran muy negros, que sus labios eran carmíneos, que sus manos y sus pies eran pequeños y que su garganta era muy bonita. Y como esto causase que la invitara para la segunda pieza, se entabló entre ellos la siguiente conversación:

—¿Y por qué se pasa tanto tiempo para que nos venga usted a visitar?, si hoy no hubiera ido en persona mi papá a convidarlo, estoy segura que no habría venido.

—¡Oh!, señorita, ha sido porque he estado viviendo algunos meses en San Ángel, porque Miguel ha dicho que el aire del campo me haría bien.

—¿Y está usted mejor?

—Estoy enteramente bueno.

—¿Y cómo está la señorita Elena?

—¿Elena?

—Sí.

—¿Por qué me lo pregunta usted?

—Por una cosa muy sencilla. Guillermo mi hermano que visita la casa, me ha dicho que cuando por casualidad pronuncia su nombre de usted se pone ella muy ruborizada.

Pero eso nada quiere decir.

—¡Oh!, y tiene usted muy buen gusto, es muy bonita.

—Usted lo es también, Concha.

—¡Oh!, no, ¿quién se ha de interesar por mí? (Un suspiro.)

—Quién sabe cuántos suspirarán por usted y cuál será el hombre a quien hace usted feliz.

—¡Oh!, no, nadie, no lo crea usted. (Con empeño.)

—¿De veras?

—Se lo juro a usted.

A Enrique le pareció Concha en este momento muy hermosa.

—Quisiera pedir a usted un favor.

—¿Cuál es, Enrique?

—Que tenga la bondad de bailar conmigo todas las piezas que siguen…, pero tal vez usted no querrá…, no vayan a decir…

—No, nada me importa lo que digan; pero habiendo tanta muchacha bonita en la sala, va usted a estar muy molesto…

Un poeta mexicano ha dicho que el vals fue inventado por el diablo, a petición de un zapatero que le dio su alma a cambio de un baile que le debía proporcionar, merced a sus destructores compases, mucho trabajo. No hay duda en que lo primero es cierto, y que el tal baile no puede menos de ser diabólica invención. Llevar en brazos casi al compás de una música voluptuosa a una mujer que se os abandona, estrechar su mano y su cintura, sentir su aliento de fuego quemando vuestras mejillas, ver palpitar su seno, sentir el magnetismo de su mirada, son cosas capaces de hacer hervir la sangre menos inflamable. Por mi parte aseguro que sufro mucho en ver valsar con otro hombre a una mujer que amo; y creo francamente que los que valsamos con una mujer la profanamos con nuestra imaginación.

Una vez aceptada la propuesta, Enrique no se separó de Concha durante toda la noche. Doña Cenobio estaba muy contenta con esto. Don Nicanor los seguía con la vista sentado en un rincón de la sala. ¡Oh!, habría dado la mitad de su vida por saber bailar, para tener el placer de invitar a Concha. Guillermo galanteaba a todas las jóvenes casi con las mismas palabras, les estrechaba dulcemente su mano, y hacía que se apoyasen livianamente en sus hombros. Miguel platicaba alegremente en un grupo de jóvenes, o bailaba alguna vez con Clotilde. Pepe y Juanito se atravesaban entre las parejas y enredaban las cuadrillas. Los músicos alentados por el calor del vino cantaban con destemplada voz:


A la Habana me voy
te lo vengo a decir, etc.
 

A las tres de la mañana se retiraron Clotilde, su hermano Enrique y Miguel. Este último fue a acompañar hasta su casa a los jóvenes, anduvo en las calles mientras amanecía, y se dirigió a su habitación que era un modesto aposento en la calle de Santa Catarina, cambió de traje, se desayunó en un café de la calle de Tacuba, y se encaminó al hospital de San Pablo.

Ahora merced al diablo que entonces estaba en México, tenemos los detalles siguientes: Concha soñó que era esposa de Enrique. Clotilde soñó con Miguel, Guillermo con Elena, don Nicanor lloró y suspiró todo el resto de la madrugada. Doña Cenobia, se soñó en el salón del ministro, y Enrique al dormirse pensó mucho en Elena y tuvo remordimientos. Ahora cuando uno tiene remordimientos, es porque ha cometido una falta.

V. Correspondencia


Elena a Concha

San Ángel

Señorita: aunque no tengo el honor de visitar a usted sé por su hermano el señor Guillermo, que nos visita con frecuencia, y a quien mi mamá estima mucho, que es usted muy amable, y creo por lo mismo, no me negará lo que voy a pedirle.

Quisiera que viniera usted a pasar conmigo una temporada en el campo que ahora está muy bonito; sé que usted le ama mucho, y yo estaré muy contenta de tener una amiga que me acompañe en mi soledad. Sirva esta carta y el recado que de mi mamá lleva el señor Guillermo para obtener el permiso de los padres de usted. Creo, señorita, que su venida será la contestación, y que dentro de muy poco tiempo seremos amigas inseparables.


Concha a Enrique

Enrique: vengo a pasar unos días en San Ángel, en la casa de la amable señorita Elena, que me ha invitado por medio de Guillermo que visita su casa. Aunque usted no ha vuelto a mi casa desde la noche del baile y ya no se acuerda de mi, yo sin embargo que soy siempre buena amiga, no olvido a usted; y ahora que también está viviendo en San Ángel para curarse del corazón según me ha dicho el señor Miguel, le escribo a usted para decirle que aquí me tiene a sus órdenes como siempre. Si como me sospecho tiene usted relaciones con la señorita Elena, vendrá tal vez con más gusto, ya que no por mí, al menos por ella.

Su amiga que lo aprecia.


Guillermo a un amigo

Por fin a fuerza de intrigas conseguí que Elena convidase a mi hermana Concha a ir a pasar una temporada en el campo. Esto me da lugar para ir con más frecuencia a su casa, pues ya te he dicho que me simpatiza muchísimo la niña, aunque ella me ve con algún despego y evita cuanto puede mi presencia. Sin embargo, como la mamá me quiere tanto, y desde que ha conocido mi inclinación me hace magnífico juego porque cree que tengo más fortuna de la que realmente es, no pierdo aún la esperanza. Pero esta Elena siempre tan triste, tan pensativa, parece estar enamorada, no sé de quién; pero sospecho algo de Enrique. En fin, ya veremos.


Enrique a Clotilde

San Ángel

Hermana mía:

No puedo irme este mes todavía porque sigo algo enfermo. Uno de estos días iré a México para darte un beso en la frente. Saluda a nuestra tía y envíale esa carta a Miguel.


Enrique a Miguel

Amigo mío: Imposible es que yo me separe de San Ángel mientras Elena esté aquí. Conozco que mis obligaciones me llaman a México; pero entonces ¿podré verla al mediodía y en la noche en su jardín?, ¿podré seguirla de lejos por las tardes cuando bella y apacible va a pasear en compañía de su mamá por Tizapán y el Cabrío? ¡Oh!, imposible, ese amor es mi vida, el día en que me faltara, me moriría de tristeza; Miguel, no lo dudes, ni te rías con esa risa sarcástica que me hace tanto mal. Déjame amarla y delirar, no me desvanezcas tan dulces ilusiones, porque con ellas soy tan feliz como puede serlo un hombre debajo del cielo. Sí, soy feliz con la felicidad de Dios. En esta semana he mudado de residencia y he alquilado en Tizapán un cuartito desde cuya ventana veo a lo lejos el jardín de la casa de Elena, ese jardín donde soy tan feliz dos veces al día. La dueña de la casa me toma por un enfermo que viene a buscar en el clima y los baños el alivio. ¡Ay!, ella no sabe que yo no soy más que el sacerdote de un culto que tiene mucho de divino. Hace algunos meses que vivo aquí y la mamá de Elena no lo sospecha aún, no sabe que mientras ella duerme nosotros gozamos el placer de los ángeles. ¡Qué va a comprender de eso su corazón helado que sólo la avaricia hace latir!, ella cree que su hija me ha olvidado ya y que yo estoy en México. Olvidamos uno de otro, ¡ah!, imposible, antes la muerte. Concha ha venido a pasar una temporada con ella, y me ha escrito una carta que con trabajo he podido leer apenas. Tomó muy a lo serio las galanterías del baile. ¡Pobre muchacha!, no sabe que mi corazón es un paraíso en el que vive sola y sólo la llena una mujer, un ángel que Dios ha enviado a la tierra para cubrir de flores los abrojos que bordan la ruta de pesares que en mi primera juventud seguía. Sigo un poco malo; pero si mi enfermedad llegase al punto de arranque de una vida que amo tanto, sólo sentiría morir por no amarla, por no idolatrarla algunos años más. Cuida de Clotilde y ven a verme pronto.


Miguel a Enrique

Sigue siendo tan feliz, etc.; toma tu digitalia, y espérame un día de la semana entrante.


Don Nicanor a un

La señorita Concha se ha ido a San Ángel. ¡Quién fuera la tierra que ella pisa o siquiera su zapato!, ¡quién la siguiera hasta el fin del mundo! ¡Ah!, pero qué dirían ella y el patrón si lo supieran. ¡No lo permita Dios!

El lector convendrá sinceramente con nosotros, en que sólo el diablo podía haber arreglado las cosas de tal manera.

VI. Amor

Hermoso estaba el jardín al mediodía.

El Sol que ardiente reverberaba, templaba y convertía en una brisa tibia como un suspiro del espacio el viento húmedo del invierno. Grupos de nubes de caprichosas formas, figurando templos, castillos, palacios, árboles o animales, volaban por el azul del firmamento, cambiando de forma a cada instante, tornándose en un arbusto lo que un minuto antes era un gigante, en un ave lo que era un palacio. Las nubes me han parecido siempre en sus distintas trasformaciones el espejo de las veleidades de la tierra. A veces rodeaban de tal manera el azul del cielo, que éste parecía un limpio y tranquilo lago cuya orilla estaba bordeada de árboles gigantescos y en cuyo centro volaba y volaba empujada por la brisa una ligera barquilla conduciendo a dos venturosos amantes. Una que otra ave se remontaba en anchas espirales, cortando el aire con lento y pausado vuelo, y de repente se suspendía un momento en medio del éter, como para mirar a la Tierra o para deslumbrarse con el Sol, y a poco se perdía enteramente en el espacio. Las hojas de los árboles desprendidas por el aire de invierno, caían girando oblicuamente y produciendo al caer sobre otras, un ruido vago como un suspiro y triste como un sollozo. El céfiro, ese eterno galán de las flores que no han llegado todavía al segundo día de su existencia, andaba suspirando entre ellas. A veces, ellas abrían su cáliz cuando pasaba y él entonces, aprovechándose, dormía en él un momento, como esos jóvenes que cuando una mujer les da su mano procuran retenerla lo más que pueden entre las suyas. Veces había sin embargo en que las acariciaba con tal ardor, que las inclinaba desgarrando su manto de grana contra las espinas cercanas, y entonces la flor comenzaba a ver desprender uno a uno los pétalos de su corola, y flor que hubiera podido vivir tres días, vivía sólo algunas horas. La madreselva de verde color cala lánguida en festones flotantes…

Elena descendió aérea y ligera al jardín, en tanto que Concha reclinada en el sofá del pabellón, se entretenía con la lectura de las poesías de Escalante. Enrique la esperaba en el cenador que ocupaba el ángulo más lejano del jardín. Los dos jóvenes confundieron su vida en una presión de manos, y la emoción que sentían al verse, les impidió articular una sola palabra como si el fuego de su interior las evaporase al salir de los labios. Después se sentaron una al lado de otro y clavaron los ojos en los ojos, viéndose con esa mirada dulce, apacible, fija, ardiente, misteriosa, mirada que no puede ser otra cosa que el beso de dos almas enamoradas. Enrique interrumpió al cabo de un momento el silencio diciendo:

—Amor mío, Elena de mi vida, ¿por qué tardabas tanto en venir, cuando hace más de una hora que el más leve ruido que producía la brisa entre el follaje me parecía el rumor de tus pasos, los suspiros del céfiro tu aliento, la vaga sombra de una nube interpuesta un momento entre el Sol y la Tierra tu sombra?

—Mi mamá no se retiraba aún a su aposento, y la señorita Concha se paseaba aún al extremo opuesto del jardín; yo podría hacerle saber todo; pero temo que la publicidad quite a nuestro amor ese perfume que para sólo nosotros tiene; ¿puede acaso algún indiferente comprender lo que nosotros sentimos?, ¿puede creer, Enrique, que el acento de tu voz es mil veces más dulce a mis oídos que la música de la creación entera, que tus miradas reflejan una trasparencia tan pura como la del cielo, y que tu memoria, cual si fuera mi segunda vida, me sigue a todas partes, y donde quiera que fije mis miradas allí te encuentro, y durante el día pienso en ti y de noche sueño en ti y en sueños murmuro tu dulce nombre, Enrique de mi corazón?

—¡Oh!, Elena mía, gracias, gracias, ¡si vieras cuánto bien me haces con tus palabras, si vieras cuánto sufro, al pensar que nuestra felicidad es ya demasiado grande y que acaso algún día Dios se canse de preferirnos entre todos los mortales!

—¿Puede alguno separarnos?, ¿quién será bastante fuerte para romper las cadenas de esa pasión inmortal que une nuestros corazones, quien podrá vanagloriarse de convertir en dos vidas una sola vida, de separar dos almas que el amor convierte en una sola alma, gozando, esperando y sufriendo por las dos? Enrique, ¿no soy ya tu esposa ante Dios?, ¿qué pueden hacer entonces los hombres?

Y en tanto que los jóvenes se morían de amor, el céfiro suspiraba manso entre las flores, y las nubes volaban en caprichosos giros, y las aves cantaban dulcemente entre el ramaje y las hojas amarillas al desprenderse del árbol caían a la tierra sollozando.

—Quisiera yo vivir mil años Elena, para pasarlos adorándote olvidado del mundo, quisiera tener mil vidas para confundirlas todas con la tuya, y amar con una intensidad mil veces mayor que la que puede guardar mi pobre naturaleza de hombre, hoy sin embargo, convertido en ángel por tu amor.

—¡Cómo había yo de creer lo que la señorita Concha me ha dicho hoy de ti, sin saber tal vez que tú eres el hombre que adoro con toda mi vida!

—¡Oh!, Elena, no me hagas descender desde el cielo a la tierra, ¿qué es junto a ti, ángel del Señor, esa pobre mujer del mundo? ¿Acaso alguna vez he dudado yo de ti con respecto a Guillermo?

—Guillermo, y ¿qué es Guillermo a tu lado, ángel mío?, ¿no sabes que cuando él me está abrumando con torpes galanterías, yo ni le escucho porque estoy pensando en ti y siempre en ti?

—Sí, mi Elena, sólo tu olvido me separará de ti, porque la misma muerte no hará más que llevarme a continuarte adorando en el cielo.

—Tuya hasta la muerte, tuya o de Dios. Y al decir estas palabras, Elena, lánguida de amor, dejó caer su cabeza sobre el pecho de Enrique. Y sus cabellos al tocarse les hicieron estremecer. Y sus manos se estrechaban dulcemente. Y sus ojos se cerraron como para no contemplar otra cosa que sus ensueños… Y en tanto que los jóvenes se morían de amor, el céfiro suspiraba manso entre las flores y las nubes volaban en caprichosos giros y las aves cantaban dulcemente entre el ramaje y las hojas amarillas al desprenderse del árbol caían a la tierra sollozando…

VII. Moraleja

Lector, si sois feliz, si para vos la vida en vez de ser un valle de lágrimas es un camino de flores, si os vive aún vuestra madre, si la mujer que amásteis no os ha engañado, si no amáis sin esperanza, si vuestros amigos os han sido fieles, si nunca habéis dejado el hogar paterno para andar proscrito mendigando como un perro el amargo pan del huérfano amasado con vuestras lágrimas, si en fin para voz la vida no ha sido más que una larga infancia…, entonces no continuéis leyendo esta novela, os lo suplico, porque perderíais una ilusión al ver que su desenlace no es el que esperábais, y yo lector feliz no quiero perder vuestra estimación, porque entonces ya no volveréis a leer mis novelas, ni las llevaréis a vuestra novia para que las lea en vuestra compañía, y me arrebataréis un girón de esa gloria por la que he perdido todo en el mundo y que tal vez no va a lucir ni en mi pobre sepulcro. Pero si por el contrario, lector, sois desgraciado, si para vos la vida no ha sido más que un valle de lágrimas, si habéis encontrado el desengaño a vuelta de la ilusión, si cuanto habéis intentado os ha salido mal, si habéis perdido cuanto amábais, si habéis adorado un imposible, si para vos la vejez ha comenzado a los veinte años, entonces continuad leyendo porque en el desenlace no veréis más que un espejo de lo que todos los días sucede, de lo que a vos mismo os ha pasado tal vez en esta larga agonía que se llama vida para los desgraciados, y yo quiero vuestra estimación, lector infeliz, porque «las almas que lloran se comprenden» como ha dicho mi amigo el poeta Cuéllar… Oíd los consejos que os da el diablo por mi boca, a vosotros los que llamáis ángeles a las mujeres y las juzgáis espíritus puros.

Nunca veáis si no queréis perder vuestra pasajera ilusión, acabado de levantar, a vuestro ángel. Ni veáis su ropa sucia, ni sus zapatos viejos, ni su pañuelo en viernes o sábado… Amáis mucho a una joven, la amáis con todo vuestro corazón, con toda vuestra vida, sin que ella corresponda vuestra pasión; la amáis durante mucho tiempo en silencio por no profanar con vuestras palabras el infinito de vuestra alma; pero por fin una noche en que la ocasión se presenta la decís entre suspiro y suspiro vuestro amor, vuestros tormentos, vuestras esperanzas; y entonces ¿qué sucede?; que si ella no responde con una carcajada a vuestras leales palabras, os ofrece su amistad en cambio de vuestra pasión. Salís de su casa loco de dolor; en los primeros momentos de desesperación pensáis en matarla y matar al que creéis un rival, o suicidaros, o partir a un viaje para no volver y dejarle esta carta… «Ingrata, me suicido, o parto, y usted tiene la culpa de mi muerte o de mi proscripción…» Luego un pensamiento siniestro cruza por vuestra imaginación, os dirigís a lento paso a vuestra habitación en la que os encerráis, os paseáis una hora, escribís llorando algunas cartas, y sacáis una pistola del cajón de vuestro bufete: pero al llevarla a la sien la sentís muy fría, y en ese momento pensáis que apenas tenéis veinte años y pensáis en vuestra madre tan joven y tan tierna, en vuestras hermanas tan bonitas, en vuestros amigos que os quieren tanto, en vuestros libros favoritos, y la dejáis caer y os echáis sobre el lecho llorando y al cabo de dos horas os quedáis dormido y a la mañana siguiente lo primero que hacéis al despertar es llorar; pero ya vuestras lágrimas caen entonces sobre la taza de café o chocolate con que os estáis desayunando.

¿Qué hace en tanto vuestra adorada? Sigue platicando con las visitas, luego se va a la cocina a hacer las cuentas, después se va a acostar y se duerme tranquila, mientras vos os morís de pesar. Y la cosa no acaba en drama como vos hubierais querido, porque a los pocos días vuelve a vuestra casa y os platica de modas, de su mamá, etc.; y entonces de espiritualista ciego que erais os hacéis un brutal positivista y al perder las ilusiones os hacéis un hombre frío y escéptico. Pero eso es lo que sucede todos los días. Tal es la vida; una amarga y cruelísima ironía… Toda esta charla inútil no ha tenido más objeto, lector amigo, que prepararos para el desenlace de la novela.


Seis meses despues
 


Enrique… y Concepción… participan a usted haber contraído matrimonio, y se ofrecen a su disposición, etc., etc.
 

Corre el mes de septiembre de 1857.

Expira la tarde y las suaves tintas crepusculares empiezan a reinar en el espacio. El Sol fatigado se ha ido a reclinar detrás de las lejanas montañas que circundan a San Ángel. El firmamento está adornado con cuatro franjas de diverso color. La inferior que se confunde con las cumbres de las montañas, toma, alumbrada por los últimos rayos del Sol moribundo, un color rojo de fuego, diríase que es una ciudad lejana o una selva que se está incendiando: la segunda tiene un color naranjado, la tercera es amarillenta y la cuarta se va confundiendo con el azul plomizo del cielo. A poco, a medida que la reflexión de la luz solar se va perdiendo en las penumbras del crepúsculo, las cuatro franjas se convierten en un inmenso celaje rojizo, y media hora después la Luna que antes sólo aparecía como un témpano de nieve en el turquí del éter, va dando a esos celajes el color de las nubes de la noche, se oculta un momento en ellas y a poco empieza a lanzar a la tierra sus pálidas luces. El campo aparece al principio envuelto en una tinta, término medio entre la penumbra del crepúsculo y la oscuridad de la noche; poco a poco los rayos lunares disipan enteramente las penumbras crepusculares, y el campo se inunda en una claridad pálida. La Luna es la reina de la noche, las estrellas en el cielo y las luciérnagas en la tierra que reinan en las noches oscuras, ahora se ocultan avergonzadas. Las perspectivas se hacen lejanas, las montañas aparecen como manchas informes en el cielo, los árboles como fantasmas o como centinelas de la llanura; el canto monótono de los grillos, el lejano rumor del río, el gemido del cierzo entre las ramas, se confunden para formar un solo murmullo vago, melodioso y triste que parece el sollozo de la noche o el suspiro del espacio. De cuando en cuando un ave desvelada se queja en su nido, y aúlla un perro con lúgubre son, o se oyen a lo lejos las risas de los niños que juegan en el campo delante de las puertas de las cabañas. ¡Noche tranquila que parece encerrar en su seno seres felices solamente!… El jardín de Elena está solitario; no se ve brillar luz en el pabellón porque las puertas están herméticamente cerradas; pero a través de ellas penetremos en él.

Elena está sentada cerca de la mesa y escribe a la luz de una bujía que alumbra débilmente la estancia. Su cabello castaño cae sobre sus hombros de marfil en desordenados rizos; su frente está más pálida que de costumbre; sus ojos derraman lágrimas que ruedan silenciosas por sus mejillas y van a caer sobre el papel en que escribe:

«Enrique, Enrique, ¡qué tiempos tan dulces evoca este nombre en mi memoria!, las horas mejores de mi vida, esas horas que pasé envanecida con un amor tan mentiroso, que se evaporó como el perfume de una flor, ese amor que fue mi gloria y sin el cual no puedo ya vivir. Yo creía que después de aquella tempestad que enlutó el cielo de nuestro amor, volvería la calma de una felicidad más duradera; pero, ¡ay de mí!, ¡cuánto me engañé! ¡Adiós!, ¡para siempre, adiós! Muero adorándote, y deseando que seas feliz en los brazos de esa mujer que es tu esposa. ¡Adiós! ¡Adiós!»

Elena no puede continuar, deja caer su linda cabeza entre sus manos y se pone a llorar; pero a llorar con ese llanto que revela todo el martirio de un corazón que lastimó el pesar, todo el dolor de una alma que dice su último adiós a un mundo donde sólo encontró pesares y decepciones, todo el desconsuelo de un amor mal correspondido. De repente se para con la mirada brillante por las lágrimas y la calentura, se asegura si las puertas están herméticamente cerradas, se dirige a un rincón donde ha comenzado a quemarse un montón de carbón; y pálida fatigada por el dolor, aplica sus lindos labios que nada más fueron hechos para exhalar plegarias o palabras de amor, y activa la combustión… El aposento comienza a llenarse de vapores que hacen el aire irrespirable, un acceso de tos desgarra el pecho de Elena que se deja caer sobre el sofá…, los vapores avanzan, avanzan y la lámpara no encontrado aire se apaga… El pabellón queda envuelto en una oscuridad siniestra. Y nada, ni un ruido, ni un rumor que anuncie la llegada de una persona que impida morir a esta pobre niña, víctima de su desesperación de un momento… Se levanta con paso vacilante y se dirige al piano, y con voz triste, apagada y desgarradora, formada de sollozos y suspiros, murmura las estrofas de una canción que acaba así:


¡Oh!, tú que fueras mi pasión un día,
ser de mi ser a quien viví adorando,
el que a la noche del dolor sombría
con mano despiadada me arrojó.

¡Adiós!, ¡por siempre, adiós! tú que pudiste
embalsamar con tu divina esencia
el desierto sombrío de la existencia
y hacerme tan feliz, ¡adiós, adiós!
 

Su voz expira en su garganta, su respiración se pone anhelante y sus dedos vibran sobre el teclado el vals de Weber, ese vals triste como un último suspiro y desgarrador como el postrer adiós de un moribundo.

De repente se pone de pie buscando aire que respirar; pero flaquean sus miembros y cae sobre la silla golpeando con su cabeza el teclado que produce un sonido lúgubre, y reuniendo todo lo que le resta de vida para murmurar:

—¡Adiós, Enrique, adiós, amor mío, adiós para siempre!

Los vapores avanzan y avanzan. Un minuto más y todo se habrá perdido, y esa hermosa joven que hace una hora apenas vivía rica de juvenil ardor, no será más que un cadáver frío y asqueroso… Pero de repente se escucha fuera del pabellón ruido de voces y pisadas, como si alguna persona subiese precipitadamente la escalerilla del jardín, y al saltar la puerta, una corriente de aire puro inunda el aposento.

Guillermo González y Elena… participan a usted su enlace y se ofrecen a su disposición, etc., etc.

Sí, lector, Elena salvada de la muerte por una de sus criadas, se ha casado con Guillermo, y aquella Elena tan poética, tan pulida, tan sentimental, se ha puesto prosaica y ahora sólo habla de nodrizas, de enfermedades de niños, etc. Esto es lo que sucede, lo que vemos todos los días en el mundo.

Enrique se ha aliviado del corazón y se ha puesto gordo; vive en unión de Concha y su hermana Clotilde y es juez menor.

Doña Cenobia no ha visto realizado su deseo de asistir a la tertulia del ministro; pero se consuela con que la esposa de su hijo sea de la aristocracia y esto da lugar a Guillermo para pedirle nuevas cantidades.

Don Raimundo un poco triste al ver que la utilidad de su tienda es absorbida por su hijo.

Cuando mandan a don Nicanor con un recado a la casa de Concha, se pone colorado, suspira, da vueltas al sombrero y equivoca las razones.

Miguel, ese buen muchacho, se está riendo al leer esto en Yucatán, donde ejerce ahora su profesión.

Cuando Elena y Enrique se encuentran en la sociedad, se ríen y platican de los gastos de una casa, de las enfermedades de los niños, etc.

En cuanto al diablo, parece que se ha radicado en México.


Publicado el 18 de junio de 2019 por Edu Robsy.
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