La Clase Media

Novela de costumbres mexicanas

Juan Díaz Covarrubias


Novela



Dedicatoria

Al joven poeta José María Ramírez

México, abril de 1858


Hermano:

Reciba ud. esta pequeña novela en prenda de amistad, recíbala vd. como un recuerdo de esas horas amarguísimas de nuestra vida que hemos pasado juntos, lastimado el corazón por unos mismos dolores, recíbala Ud. como todas mis obras, empapada todavía con las lágrimas que sin esperanza he derramado por la gloria, con la misma benevolencia con que han recogido mis versos Zorrilla y Florencio Castillo.

Usted, pobre amigo mío, desde la soledad de su retiro me ha seguido con una mirada cariñosa por el viaje de la vida, me ha visto luchar con una suerte siempre contraria y sufrir con la fe de un mártir, y cuando he venido a Ud. con el corazón lastimado, me ha dado tiernos consuelos y ha vuelto a colocar en mis manos la pluma que el desconsuelo me había hecho soltar.

Recíbala Ud., no como lo que ella vale, sí como una prenda de desinteresado y fraternal afecto.

Al sentir mi abandono en la vida, he levantado en mi corazón un altar a la amistad.


Su hermano

Juan Díaz Covarrubias

I. El hotel de la gran sociedad

Por una hermosa tarde del mes de julio de 1854, dos jóvenes que por su traje y sus maneras revelaban desde luego pertenecer a la clase más distinguida de la sociedad mexicana, atravesaron tomados amistosamente del brazo, el espacio que hay entre la Alameda y la entrada del puente de San Francisco.

Uno de ellos representaba tener muy cerca de treinta años, era de elevada y elegante estatura, su rostro pálido y el círculo sombrío que rodeaba sus hermosos ojos negros, indicaban a primera vista una juventud consumida en las orgías y la prostitución.

Vestía con cierto abandono un elegante surtuot de color oscuro, un chaleco de terciopelo de anchas solapas y un pantalón de delgado casimir color de flor de lila, que dibujaban una pierna fina y bien contorneada y que caía sobre unas botas cuidadosamente barnizadas; rodeaba su cuello hermoso como el de una estatua de mármol, una corbata de raso bordado y sus manos aprisionadas en unos guantes claros, jugaban con un delgado bastoncillo con puño de oro: debajo de su sombrero negro de seda, que se calaba hasta las cejas, sobresalía una cabellera casi rubia y naturalmente ensortijada.

Su compañero era un joven de veinte a veintidós años, endeble, raquítico, llevando impresas en su rostro insignificante, las señales de una juventud envejecida por la prostitución y vestido con la misma elegancia.

Los dos amigos atravesaron confundidos entre la multitud y el estruendo de los carruajes que se dirigían al paseo de Bucareli, saludando a algunas de las jóvenes hermosas que dentro de ellos se reclinaban, o diciendo sangrientos chistes acerca de otras, las suntuosas calles de San Francisco.

Al llegar a la esquina del Espíritu Santo, otros dos jóvenes, vestidos con igual elegancia y tomados igualmente del brazo, desembocaron por la calle de San José del Real.

—Espera, ¿no son aquellos Enrique y Luis? —dijo a su compañero el más joven de los elegantes.

—Ellos son en efecto —respondió éste.

Los dos jóvenes se acercaron.

—Buenas tardes, amigo Isidoro —dijo uno de ellos estrechando con efusión la mano del joven de quien hemos hecho la descripción.

Cuánto me alegro de volverte a ver, no sabía que habías llegado ya de París.

—Hace dos días solamente que me hallo en México y aún no he tenido tiempo de saludar a todos mis amigos; pero ahora que por una casualidad nos encontramos, aprovecho la ocasión para ponerme a tus órdenes y a las de Luis, como siempre —dijo Isidoro tendiendo la mano al compañero de su interlocutor.

—Pero, en vez de estar aquí parados en medio de la calle, ¿no sería mejor que fuésemos a descansar un rato y tomar una copa en el Bazar que está sólo a un paso? —observó Luis.

—Mejor en la Gran Sociedad, donde hay gabinetes separados y donde podremos conversar más a gusto —dijo Enrique.

—Pues a la Gran Sociedad.

Vamos, pues.

Y los cuatro jóvenes, formando una sola hilera que ocupaba todo el ancho de la acera, e impedía el paso a los transeúntes, atravesaron la calle del Espíritu Santo.

Los que no conozcan este hotel, sepan que es un vasto edificio situado en la esquina de las calles del Águila de Oro y del Espíritu Santo: en su piso superior se sirven comidas y en el inferior café, helados y todo género de licores.

Los cuatro amigos penetraron en él por la puerta que da a la última calle, y después de haber atravesado un patio que adornan algunos jarrones con naranjos pequeños, se instalaron en uno de los gabinetes que forman el ala izquierda del edificio.

Un criado acudió solícito.

—¿Qué tomaremos? —preguntó Luis.

—Mira —dijo Isidoro dirigiéndose al criado—, haz que preparen una jarra de ponche, y entretanto está, trae cuatro fósforos, dos botellas de champagne, dos de Sauterne y cuanto creas que podemos comer de bizcochos, pasteles y otros regalos de esa clase.

El mozo fue a traer lo pedido.

—¡Diablo! —dijo alegremente Enrique, veo que Isidoro, en vez de corregirse con el viaje a París de sus instintos de orgía, ha vuelto, por el contrario, con su gusto más refinado por esa parte.

—¡Oh! si me hubieran ustedes visto en esas alegres noches del último carnaval, beber, bailar y besar unos hombros desnudos hasta caer desfallecido por la triple fatiga; si me hubieran visto en esas estrepitosas comidas del café Tortoni y la Rocher de Cancale. ¡Oh!, aquello era gozar —dijo Isidoro estremeciéndose al recuerdo de tales delicias.

—¿Y por eso quieres hacernos beber hasta reventar?

—Sí Enrique, ustedes tres, son tres de mis buenos amigos, y es justo que esta tarde que nos volvemos a encontrar después de dos años, nos alegremos hasta…

—Hasta la embriaguez, ¿no es verdad?

—Bien dicho, Carlos, hasta la embriaguez.

El mozo trajo lo que se le había pedido en un enorme azafate.

—¿Ya están preparando el ponche? —preguntó Isidoro.

—Sí, señor amo, dentro de un ralo estará.

—Bebamos, pues, amigos míos —continuó.

—Bebamos —respondieron en coro los tres elegantes.

—¿Y por qué no has permanecido más tiempo en París?

—Friolera, Carlos, porque habiendo muerto mi padre, yo tenía que arreglar mis intereses, que de otra manera habrían ido a parar a manos extrañas.

—¿Es decir que te encuentras ahora a la cabeza de un magnífico capital de cien mil pesos lo menos?

—Una cosa así.

—¡Bonito caudal!

—¿Y cuánto has gastado en ese viaje a París?

—Alguna cosa, Luis, porque además de la mesada que el bueno de mi padre me había asignado, no pasaban ni tres meses sin que le mandase pedir nuevas cantidades.

—¡Diablo!

—Figúrate, que en los dos años que he permanecido fuera de mi país, he vivido sumergido en toda clase de placeres, he vivido un año en París y otro he empleado en viajar.

—¿Por dónde?

—He recorrido casi toda la Francia, después me embarqué en Marsella para visitar a Nápoles y todos los puertos del Mediterráneo, he atravesado la Italia.

—¡Cuánto has gozado!

—Mucho, Enrique; he paseado en coche con las grisetas y las loretas de París; me he reclinado en el hombro de una mujer atravesando en una góndola el canal de Venecia; he caminado por el Pópolo con una romana; he ido en Sevilla a los toros, vestido de majo con una manola linda como un sol; he surcado las ondas del Mississippi solo con una bella cuarterona, en un ligero buquecito de vapor cargado de algodón.

—¡Qué placer!

En ese momento el criado trajo el ponche que despedía azuladas llamas e iluminaba con una luz siniestra, como la que se refleja desde su infierno sobre la severa frente del Dante, a los cuatro calaveras, ya medio embriagados por los vapores del licor.

Ya era casi de noche, y el criado encendió un quinqué.

Los jóvenes comenzaron a apurar sendos tragos de ponche.

—¿Y Amparo, que ha sido de ella? —preguntó Carlos.

Isidoro fingió no haber escuchado.

—¿Qué sé yo? —dijo Isidoro encogiéndose de hombros y apurando un vaso de ponche.

—¡Pobre muchacha!, es muy probable que ahora pida limosna —dijo Enrique en cuyo corazón todavía germinaba un resto de sensibilidad y de nobleza.

—Me parece que una vez que he ido al templo de San Fernando para ver a mi Carolina, la he mirado orando en un rincón —dijo Carlos.

—¿Qué tiempo hará de eso? —preguntó Isidoro con indiferencia; pero sin poder ocultar la conmoción que causa en el alma por encallecida que esta sea, un remordimiento.

—Hará seis meses.

—¿Pero la conoces tú acaso?

—Dos veces solamente la he visto, Isidoro, dos veces que tú me la has enseñado ha dos años.

—¿Y dónde vive ahora?

—No sé, puesto que ni tú mismo lo sabes.

Isidoro apoyó la cabeza entre sus manos y pareció sumergirse en una profunda meditación.

—¡Eh!, qué diablos te ha sucedido Isidoro, ¿irías acaso a ponerte triste por esa chicuela? —exclamó Enrique.

—No ciertamente, no vale la pena, era bonita, débil, me enamoré de ella, la abandoné… y terminó la historia —dijo Isidoro.

—Pues bebamos entonces.

—Bebamos.

—Por tu salud.

—A la tuya.

—¿Y en qué piensas ocuparte ahora en México?

—Voy a pasar el rato con la linda Eulalia de Guzmán, a quien he visitado anoche y a quien he encontrado hermosa, rica, coqueta, incitadora.

—Pues a la pronta coquista de Eulalia —dijo Luis alzando su vaso.

—A la pronta conquista de Eulalia —repitieron sus amigos bebiendo.

Isidoro apuró su vaso.

Los jóvenes habían llegado a ese grado de excitación, en que se dice exactamente lo que se piensa, en que las ideas amontonadas en el cerebro, se expresan sin orden en atropelladas frases, en que las impresiones llegan a su mayor grado de exageración, y el hombre, no tomándose la pena de ocultarlas, canta o llora, según su naturaleza.

—Hermosa de veras es Eulalia; hace pocas noches la contemplaba yo con delirio en el teatro.

—¡Oh!, esa noche estaba divina —exclamó con estusiasmo Luis.

—Y orgullosa como bella —murmuró sentenciosamente Carlos.

—Con razón lo dices —dijo Enrique.

—Sí; yo he sido uno de los muchos que han pretendido ganar su inexpugnable corazón. He empleado dos meses en seguirla al paseo, al teatro, en rondarle la calle, en enviarle perfumados billetes que ni se ha tomado la pena de leer.

—¿Es decir que no has obtenido nada de ella? —preguntó Isidoro.

—Nada, absolutamente nada.

—¿Y crees que yo obtenga algo?, amigo Garlos.

—¡Ah!, tú es cosa diferente; eres rico, elegante, vienes de París, visitas su casa.

—Sin embargo, la rodea una turba de pretendientes y de aduladores y creo muy difícil hacerme notar de ella en ese caso.

—¡Viva el amor! —gritó Luis medianamente borracho, arrojando sobre el mármol de la mesa su vaso que se estrelló en mil pedazos.

—Viva el amor, el placer, las buenas mozas —respondió Enrique, que había llegado a igual estado que su amigo.

—Ahora que ya sabemos en lo que se ocupa Isidoro; diga cada uno de nosotros en lo que pasa su tiempo —propuso Carlos.

—Sí, sí.

—Empieza tú, Carlos.

—No, que comience Luis.

—Pues yo —dijo Luis apurando un largo trago de ponche, me levanto entre diez y once, salgo a pasearme por las calles de San Francisco, para hacerme peinar y comprar lindas chucherías en casa de Montauriol, vuelvo a casa a las doce y bajo al despacho para ayudar a mi padre en sus cuentas, hasta las tres, a las cinco monto a caballo para correr en Bucareli detrás del coche de Guadalupe; de las siete a las ocho ayudo a mi padre a despachar el correo, y cerca de las nueve me voy al teatro a ver a Guadalupe y conversar con los amigos, retirándome a acostar a la medianoche.

He aquí mi vida en resumen.

—Ahora tú, Enrique.

—Me levanto una hora antes que Luis y me dirijo de mala gana a la oficina, de donde no salgo sino hasta las cuatro.

—¡Diablo, cuánto escribes! —interrumpió Isidoro.

—Por el contrario, casi todo el día estoy de ocioso, y como nadie se mete en obligarme a escribir, me llevo a la oficina mis novelas.

—¿Qué libros lees?

—De todo, Carlos, las novelas de Paul de Kock, Sué y Dumas; las comedias de Bretón, los versos de Esteva que se acaban de publicar.

—¿Y después?

—Después, como no tengo un caballo como Luis, no voy a Bucareli, y paso la tarde en la Tercena o la Alameda, y como no soy rico como Isidoro, no puedo ir todas las noches al teatro; pero las paso muy divertido en una tertulia casera, donde se toca el piano, se canta, se hacen juegos de prendas y loterías, y donde hay el apretoncito de mano por debajo de la mesa, las declaraciones y las citas al oído en el «tres veces sí y tres veces no», donde se desliza en la mano la cartita en el «florón anda en las manos», y se va a dejar hasta su casa a la linda visita, tomándola del brazo y adelantando veinte varas a los papas.

—Placeres inocentes y que nada cuestan, ya ven ustedes, amigos míos —dijo Enrique bebiendo.

—Pues yo —dijo Carlos—, en mi calidad de pasante de abogado, paso el tiempo lo más lindamente que puedo, bailo, me divierto, voy a la temporada en San Ángel, y sólo vengo a México los jueves a la academia, charlo de política con los políticos, de amor con las damas, de literatura con los poetas, y le he puesto ya la proa para cuando me reciba, a un juzgadito que deja algún dinero.

—Bebamos, porque consiga Carlos el juzgado —interrumpió Luis.

—Bebamos —respondieron sus amigos.

—Trae otras dos botellas de champagne —gritó Isidoro al criado.

—¿Y no sabes una historia? —dijo Carlos mirando a Isidoro con esa mirada desvergonzada peculiar del hombre a quien los vapores del vino comienzan a turbar.

—¿Una historia?

—Sí, figúrate que Eulalia tiene un amante.

—¿Un amante? —dijo Isidoro sorprendido.

—¡Oh!, pero qué amante, es un pobre diablo que como Hoffman, es artista y poeta; hace pocos meses le daba lecciones de piano, no sé por qué casualidad, y desde entonces el desdichado se enamoró locamente de ella.

—¿Y Eulalia?

—Después de mucho tiempo de vacilaciones, se atrevió él un día a declararle su atrevido pensamiento, entre suspiro y suspiro.

—¿Pero ella?

—Ella lo agobió con su desprecio, le prohibió volverla a hablar del asunto; mas como el pobre diablo no se curaba de su pasión sin esperanza, se lo dijo ella a don Febronio su papá, el cual lindamente lo plantó de patitas en la calle.

—¿Y entonces?

—Desde entonces él le ronda la calle, la escribe tiernísimas endechas que se leen en público en el salón de Eulalia, la sigue a todas partes y…

—¡Vaya un amor! —interrumpió Isidoro apurando un vaso de champagne y soltando una estrepitosa carcajada. ¿Y como se llama ese desdichado?

—Víctor… Víctor Castillo —dijo Carlos.

—Pues no rae inquieta mucho ese rival —murmuró Isidoro.

—Víctor Castillo, ¿sería por ventura hermano de una joven que se llama Elena? —preguntó Luis.

—No sé; pero ¿qué diablos tienes que ver con esa joven Elena?

Friolera, Carlos; figúrate que esa Elena es una pobre muchacha linda como un cielo y a quien he conocido en mi casa, donde suele ir a ver a mi hermana que le da algunas costuras; le he hecho creer que estoy enamorado de ella, y ahora nada menos he escrito una carta en que la invito a abandonar su familia por seguirme.

Y al decir estas palabras, el cínico joven medio embriagado, se puso a cantar en voz baja una canción báquica:


Que pasen las horas,
que pasen ligeras,
llevándome raudas,
de mi vida al fin.

Si viene la muerte,
que venga en buena hora,
bebiendo la espero
en loco festín.
 

—Entonces, esa Elena es de la familia de Amparo. Clase media, género abundante, ¿no es verdad, Isidoro? —dijo Carlos con expresión de chiste.

Isidoro sin responder volvió a llenar los vasos. Luis, medio borracho, seguía cantando:


Venid, mis amigos,
si el vaso es estrecho
de nuevo llenadle
de hirviente licor.

Mentira es el mundo,
engaño es la dicha,
un sueño la gloria,
fábula el amor.
 

II. La casa de vecindad

En medio del laberinto de callejones que forman el barrio de San Salvador el Verde, hay uno sin salida, cuyos costados son las tapias de unos potreros y cuyo fondo está formado por una casa de vecindad.

Se entra a ella por un zaguán angosto y oscuro, al que continúa un patio pequeño cuyo paso obstruyen los escombros de las columnas que sostenían en otro tiempo el piso superior, que ahora sostienen tres o cuatro vigas ennegrecidas y apolilladas.

En el piso inferior hay de ambos lados algunos cuartos pequeños y oscuros que habitan algunos miserables artesanos.

Al final del patiecito hay una escalera angosta, que expuesta completamente al desamor de la intemperie, se ha destartalado, de modo que se ven las piedras desnudas de su pasamano; se termina por un corredor ancho y bastante largo, hacia el cual dan las cinco puertas de las únicas cinco viviendas que en el piso superior tiene la casa.

Ciertamente no debe esta finca medio arruinada, y situada en uno de los barrios más solitarios de la ciudad, atraer muchos habitantes ni dar gran producto a su posesor.

Ahora que ya conocemos un poco la habitación, pasemos a los habitantes del piso superior.

Hemos dicho, que cinco eran las viviendas colocadas en la misma dirección y con sus puertas, dando al corredor.

En la primera habitaba, hacía algún tiempo, una buena mujer, viuda de un honrado militar muerto como un valiente en el campo de matanza de Padierna, víctima inmolada en las aras de la libertad de un pueblo desdichado.

Desde la muerte de su marido, la pobre mujer se había visto obligada a ganar su subsistencia y la de una niña huérfana que había adoptado, con un trabajo personal, ese trabajo tan improductivo de las infelices obreras, que sólo puede darles lo muy preciso para llenar las necesidades animales.

En la vivienda contigua a la que vamos a penetrar, usando nuestro privilegio de novelistas, habitaba un joven.

Era la más pequeña de las cinco, puesto que se componía de un solo cuarto, al que estaba adjunto otro pequeñito que estaba destinado para cocina.

Un ventanillo estrecho sin vidriera, daba a un pantano que se hallaba a un lado de la casa.

El aposento no tenía frisos y estaba pintado pobremente de blanco, dejando ver en algunas partes la argamasa.

Los únicos muebles que adornaban tan modesta estancia, consistían en un lecho con cabezal pintado, una mesa de madera blanca, encima de la cual se veían hasta una docena de volúmenes cuidadosamente colocados en hilera, un armario de nogal y dos o tres sillas con asiento de paja.

La habitaba un joven.

Se llamaba Gabriel, tenía veinte años y era de una fisonomía y un exterior agradable, resignado y dulce.

Hacía cuatro años que el pobre joven había venido a México desde un pueblecillo de la Baja California, para concluir sus estudios de abogado en el colegio de San Ildefonso.

Pero muy pocos meses después de haber abandonado con tan noble intento el pobre hogar doméstico, murió su padre que era un honrado administrador de una hacienda, y su infeliz madre había quedado expuesta a todo el espantoso desamparo de la miseria.

Por consiguiente, el joven dejó de recibir la modesta pensión que su padre con mil trabajos le había asignado, y recibió una carta de su tierna madre, en la que le llamaba a su lado para compartir juntos los pesares de la miseria.

Pero Gabriel, en vez de volver al hogar para serle gravoso a su madre, determinó quedarse en México para concluir sus estudios a toda costa y aun procurar enviarle algunos recursos.

Solicitó un lugar de dotación en el colegio de San Ildefonso; pero si su conducta era intachable, no contaba con ninguna clase de recomendaciones, puesto que a nadie conocía en la capital, y no consiguió lo que pedía.

Gabriel tendió una mirada a su alrededor, y se halló solo, sin recursos, sin relaciones, lejos de su país natal; pero determinó no obstante, seguir su carrera y volver al lado de su madre cuando llevándole un título, pudiese hacer cesar su miseria.

Era una de esas naturalezas sufridas y resignadas que mueren sin proferir una queja, que padecen sin perder la esperanza, que oran y esperan.

Buscó trabajo por mucho tiempo inútilmente; por fin, consiguió ser admitido como maestro de francés e inglés, dos idiomas que conocía perfectamente, en un establecimiento particular de niños. Dedicó a este trabajo dos horas diarias y le fue asignada la modesta pensión de veinte pesos.

Realizó los objetos de algún valor que poseía, para comprar los libros que le eran más necesarios, y fue a habitar el modesto aposento en que ahora lo encontramos.

Se propuso vivir oscuro e ignorado, sin hacer como muchos jóvenes, la pública ostentación de su miseria para mendigar protección.

Logró conseguir trabajo en el estudio de un abogado célebre, que le asignó una pensión de diez pesos por dos horas diarias de escritura.

Por consiguiente, Gabriel, a fin de atender a su estudio y a su subsistencia, dividió sus horas con exactitud, a fin de no desperdiciar un solo momento de aquel tiempo tan precioso.

Dividió igualmente su pensión de la manera siguiente:

Por comida en una pequeña fonda del barrio de Necatitlan, ocho pesos.

Por el aposento que ocupaba, tres pesos.

Destinaba nueve pesos cada mes para ir reuniendo una cantidad con que comprar cuando le eran necesarios, vestidos, libros y algunos otros objetos.

Los diez pesos restantes los enviaba a su infeliz madre para auxiliar en algo su miseria.

Su traje era pobre poro aseado.

Ropa blanca siempre limpia, levita, chaleco y pantalón de paño sencillo, calzado cuidadosamente limpiado del polvo que debía coger en los barrios por los que el joven transitaba.

Un niño de diez años, hijo de una infeliz familia de la vecindad del piso inferior, se había destinado a su servicio, por un peso que Gabriel le regalaba cada mes.

Se levantaba al rayar el día, arreglaba por sí mismo su lecho, limpiaba su calzado y sus vestidos y pasaba dos horas estudiando sin descanso. Después de haber tomado el frugal desayuno, se dirigía a la cátedra para escuchar las sabias lecciones del profesor Morales, cuyo nombre se ha hecho célebre en México, bajo el seudónimo de «El Gallo Pitagórico».

El resto del día lo pasaba Gabriel en su lección de idiomas y en el estudio del abogado, volviendo a su pobre y aislada habitación casi al declinar la tarde.

Las horas de la noche las empleaba en estudiar y meditar. ¿Qué pensaba el abandonado joven, en esas largas horas de fatiga, de aislamiento y de contemplación?

Pensaba en su madre, en su porvenir, en su país y acaso se entregaba a la dulce vaguedad de un sentimiento nuevo para él.

Hemos dicho que la viuda que habitaba la vivienda contigua, había adoptado hacía algún tiempo, a una huérfana.

Esta huérfana, era una joven de catorce años que se llamaba Guadalupe.

Era una niña hermosa, modesta, con una fisonomía dulce y resignada como la de un ángel, con unos ojos azules vueltos naturalmente hacia el cielo, como para implorar a la Providencia al contemplar su desamparo en el mundo.

Cantaba con un acento quejoso y melancólico como el de un arcángel, acompañándose con un pequeño clavicordio que la señora Paula había escapado a toda costa de la venta de su menaje de otros días, porque había puesto todo su cariño en la pobre niña que había adoptado.

Guadalupe, hija de un honrado militar muerto en 1847 por el cañón extranjero que convertía en escombros la heroica ciudad de Veracruz, había pasado su infancia en un convento y tenía por consiguiente su carácter mucho de ese misticismo que la soledad, la contemplación y la fruición, hacen nacer.

A la edad de once años fue llevada a la casa de la señora Paula, y allí continuó su misma vida apacible de recogimiento y meditación.

Dos años después fue a habitar el aposento contiguo, el joven Gabriel.

Como vecino, algunas noches solía visitar a la señora Paula, se entretenían los tres conversando o leyendo algunos de los libros que un compañero suyo bastante rico les prestaba.

Uno de esos libros fue un volumen en el que se contenían las Confidencias, el Rafael y el Jocelyn de Lamartine, es decir, las mejores obras de ese poeta del hogar doméstico, que ha sabido combinar tan bien el amor con la religión, y llenar de una contagiosa poesía las escenas más vulgares de la vida.

Los tres se sentaban alrededor de una mesita.

La señora Paula tomaba su labor, Guadalupe escuchaba con toda su alma, pendiente, por decirlo así, de los labios del joven.

El rostro de Gabriel naturalmente hermoso, se ennoblecía y se dulcificaba al recitar traduciendo con un acento lleno, armonioso, suave y vibrador, esa sublime prosa de Lamartine que parece poesía y esa poesía fácil de comprender como la prosa.

Guadalupe hizo a Gabriel leer dos o tres veces esos libros y se abismó en ese océano de sentimiento, de misterio, de misticismo, de amor, de religión que inunda el alma de Lucy, de Graziella, de Julio y de Lorenza.

¿Se amaban acaso estos jóvenes que la vecindad y la semejanza de caracteres reunían?

No sabemos si se puede llamar ya amor, a esa amistad tierna, silenciosa, resignada.

Si tal amor existía, los jóvenes sin embargo no habían dicho ni una sola palabra que revelara ese dulce fuego de la juventud.

Él se veía pobre y abandonado; ella huérfana infeliz en el mar del mundo.

Por consiguiente, aquel amor silencioso, que por nada se traducía, era una resignación, una ilusión, tal vez una esperanza.

Aquel amor no tenía presente, tenía porvenir, si es que existía en el fondo del corazón.

En el tercer cuarto habitaba, hacía poco tiempo, una joven que por sus maneras y su traje aseado, aunque modesto, revelaba que sólo la miseria podía haberla obligado a vivir en tan aislada habitación.

Era una joven de veinte años, pálida, delgada, con una fisonomía doliente, con un estatura graciosa, con una hermosura perfecta, meditativa, espiritual; hermosura impresa por intuición en cada rasgo de su fisonomía; en la mirada triste, cubierta por un velo de lágrimas, en la frente pálida como de marfil, en la boca pequeña que se entreabre por una sonrisa de dolor, en la estatura nerviosa y delicada como la de la sensitiva.

Estaba vestida pobremente de luto, con un vestido de lana y una mascada de seda.

Los vecinos por una casualidad, sabían que se llamaba Amparo, pues nunca salía da su cuarto, a excepción de una o dos veces cada semana que iba a entregar las labores en que se ocupaba todas las horas del día y parte de las de la noche.

Su cuarto permanecía cerrado siempre y sólo penetraba en él una pobre mujer de la vecindad, consignada a su servicio.

Por otra parte, la joven parecía vivir tranquila en una casa cuyos habitantes buenos y apacibles no vigilaban o comentaban su conducta.

Les saludaba con su cuanto triste, dulce sonrisa, siempre que salía o entraba; pero nunca entablaba con ellos conversación, porque parecía tener vergüenza o timidez, delante de aquellas buenas gentes.

¡No sé qué experimentaba, al contemplar aquella joven tan hermosa, tan pálida, tan doliente, vestida de luto, huérfana abandonada en el mar borrascoso de la vida!

Era un sentimiento de compasión, de tierna amistad, hacia aquel ser tan desgraciado.

¿Qué podía haberla reducido a tan triste situación, cuando a primera vista se conocía que nunca había vivido en medio de tan espantosa miseria?

¿Cómo había quedado huérfana tan joven aún?

¿De dónde había venido?

Sólo el Cristo colocado encima de su lecho, ante el que oraba de rodillas con lágrimas y suspiros, podía saberlo.

En el cuarto aposento habitaba desde hacía un mes, un joven de veinticinco años.

Era alto, pálido, con una fisonomía interesante y distinguida; estaba vestido sencillamente de negro.

Guardaba la misma reserva que Amparo, y lo mismo que ella parecía deseoso de huir del mundo y vivir algún tiempo ignorado en su retiro.

Se sabía que era médico, porque una noche que un pobre hombre de la vecindad se moría sin recursos y sin auxilios, presa de uno de esos ataques fulminantes de apoplejía tan inmediatamente mortales, él, que a la sazón llegaba de la calle, se ofreció a curarlo dándole una abundante sangría que en el acto produjo un gran alivio, y le siguió asistiendo durante algunos días, hasta su completo restablecimiento.

Como es de suponerse, no había recibido ninguna retribución, antes por el contrario, había dado a la pobre familia cuanto había necesitado para las medicinas.

Se llamaba Román.

Hijo de una familia acomodada de Veracruz, desde la edad de quince años había partido a Europa para hacer sus estudios de médico; pero en los diez años que permaneció en París, acabaron completamente por la muerte sus pocos parientes, y al recibir su título, supo la muerte de su padre.

Se apresuró a volver a su patria para arreglar los pocos intereses con que contaba; pero se encontró con que éstos eran disputados por acreedores, y en vez de seguir un pleito para el que no tenía medios se resolvió a venir a México para solicitar el empleo de médico de la marina.

Pero había pasado un mes sin que Román hubiera podido conseguir lo que solicitaba.

¡Quién sabe por qué razón causa tanta lástima y tanto respeto un médico joven, que iniciado en los secretos más profundos del corazón humano, está sin embargo expuesto a la calumnia o al menosprecio del vulgo!

Hacía diez años que Román estudiaba sin cesar su profesión. Alumno del Hotel Dieu, había seguido con asiduidad y constancia la clínica de los maestros más célebres de la facultad de París, observando siempre y no dejándose arrastrar jamás de las exageraciones teóricas que han dividido en dos sistemas la medicina europea.

No era un anatomista que veía en el hombre una máquina que se mueve por sí sola, era un médico, era un fisiologista, que creía que cada hombre tiene una alma y lo mismo que con sus medicinas alivia los padecimientos físicos, con sus consejos y palabras de consuelo curaba las llagas del alma.

Aquella frente pálida por el estudio; aquellos ojos hundidos por las vigilias, aquella boca recogida por la meditación, daban al rostro del joven un aspecto de nobleza y de triste ciencia de la vida.

Parecía que su pasado había arrojado una sombra de amargura sobre su presente.

Finalmente, en el último aposento que formaba el fondo del corredor, habitaba una desdichada familia.

Componíase, de un anciano militar, que después de haber pasado su juventud en el campo del honor, formando parte de ese ejército del norte, el verdadero ejército de México, que simulando una procesión de sangre atravesó varias veces los abrasados desiertos de Texas y el Potosí, para defender la integridad del territorio nacional, había quedado paralítico a consecuencia de las heridas recibidas tantas veces, y medio loco al verse lanzado por el gobierno al espantoso abismo de la miseria, lo cual fácilmente se comprenderá al saber que el capitán Castillo, éste es el nombre del anciano, en cuarenta años que había permanecido en el servicio jamás se había pronunciado.

De una pobre mujer, su esposa, una de esas mujeres, ejemplo de fidelidad, de resignación y de todas las virtudes domésticas.

De dos niños, sus hijos, el mayor de los cuales contaría diez años solamente.

De una hermosa niña de diez y ocho años que se llamaba Elena.

Y de un joven de veinticinco años, el hijo mayor, que trabajando doce horas diarias, apenas podía ganar lo suficiente para atender a las necesidades primeras de su familia.

Víctor, éste era su nombre, no había podido seguir una carrera literaria, puesto que su infancia y su primera juventud se habían pasado en las aldeas miserables de la frontera, donde su padre que formaba parte de las compañías presidiales, había sido destinado; pero había recibido del cielo un don, que se parece sin embargo mucho a un castigo del infierno, el don de la poesía.

Era además artista, artista distinguido.

De manera que el pobre joven, habiendo nacido poeta, y habiéndose formado artista casi por sí solo, vendía su talento como una prenda inútil, ya arreglando dramas y comedias al teatro mexicano, ya traduciendo novelas para los folletines de los periódicos, ya dando lecciones de piano; comedias, traducciones y lecciones que se le pagaban demasiado mal.

Últimamente, a los pesares de la miseria había venido a unirse un nuevo dolor intenso, profundo.

Víctor había concebido una pasión ardiente, fija, sin límites, por una joven de la alta aristocracia, Eulalia de Guzmán, a quien en un tiempo había dado lecciones de piano.

Pero según hemos oído de los labios de Carlos, el desdichado Víctor había sido arrojado de su casa.

¡Cuánta humillación, qué pesar tan hondo, tan espantoso!

¡Ser arrojado como un lacayo de la casa de la mujer que se ama!

III. La música y el alma

Una noche, oyó Román, el joven médico, gemidos de dolor en el contiguo aposento de Amparo.

Inmediatamente corrió a prestarle algún auxilio.

Pero en la puerta se detuvo, pensando si debía penetrar en la habitación de la joven.

Sin embargo, los gemidos se hacían cada vez más dolorosos y Román penetró en el cuarto.

En un rincón de la estancia, estaba Amparo tendida sobre su lecho, con el rostro descompuesto por el dolor, con la mirada apagada por el sufrimiento.

Una lámpara alumbraba débilmente esta escena.

—¿Está usted enferma, señorita? —dijo Román con emoción acercándose respetuosamente al lecho.

La joven no respondió, porque la contracción de sus mandíbulas la impedía hablar.

Román acercó la lámpara, tomó entre sus manos la mano helada de la joven, levantó con su dedo el párpado para contemplar la dilatación de la pupila y la llamó por su nombre.

Pero Amparo no daba otras muestras de vida, que el sufrimiento impreso en su fisonomía, y un ligero estremecimiento nervioso, que agitaba su cuerpo por intermitencias.

De vez en cuando se escapaba también de su oprimido pecho un gemido de dolor.

Román levantó uno de sus pálidos brazos; pero éste volvió a caer pesadamente sobre el lecho sin dar muestras de contracción.

Los músculos del otro brazo estaban rígidamente tendidos como en un acceso tetánico.

El joven aplicó el oído sobre el casto seno de Amparo para escuchar las palpitaciones del corazón, éste, lo mismo que el pulso, latía muy débilmente.

A pesar de que era muy cerca de medianoche, Román corrió a llamar al cuarto de la señora Paula para informarla de lo que pasaba y suplicarle le ayudase a atender a la joven.

La señora Paula y Guadalupe se levantaron inmediatamente.

Román entretanto, tomó en su aposento algunos frascos que contenían líquidos de diverso color y se dirigió precipitadamente al de Amparo.

La joven continuaba inmóvil sobre su lecho.

La señora Paula y Guadalupe la contemplaban con triste admiración.

Román destapó cuidadosamente un frasquillo, empapó con el líquido que contenía un pañuelo de seda y lo acercó al rostro de Amparo.

Ésta no dio más señales de vida, que un ligero estremecimiento y un débil quejido.

Frotó Román varias veces con otro líquido las sienes, el nevado cuello y los pálidos brazos de la joven; la piel se enrojeció en los puntos que habían estado en contacto con el licor estimulante; pero la joven no hizo ninguna señal de dolor.

Hizo Román que la señora Paula y Guadalupe frotasen todo el cuerpo helado de Amparo con el mismo líquido, mientras que él entreabría sus pálidos labios para hacerle tragar algunas gotas de un licor rojizo que en otro frasco se contenía.

Pero pasó media hora sin que Amparo diese otras señales de vida que un sollozo que levantó trabajosamente la tabla anterior de su pecho y algunos movimientos convulsivos que de vez en cuando hacían agitar sus miembros.

Guadalupe, siguiendo ese impulso natural de la juventud que inmediatamente simpatiza con la juventud, se había arrodillado al borde del lecho y calentaba entre sus manos cubriéndolas de besos, las heladas de Amparo.

La señora Paula seguía frotando con el líquido su cuerpo.

Román, de pie cerca del lecho, con los brazos cruzados, con el rostro más pálido que de costumbre, con la mirada fija, observaba y meditaba.

Pasó otra media hora sin que Amparo volviese a la vida.

—Mire usted señora —dijo Román a la señora Paula al cabo de un rato—, he hecho ya lo que cualquier otro médico hubiera hecho en este caso; pero puesto que esa joven no vuelve en sí y continúa en ese estado funesto, voy a probar un último medio, para el cual pido su ayuda de usted.

—Ordene usted señor, que estoy dispuesta a obedecer con mucho gusto.

—He oído algunas veces sonar un piano en su aposento de usted, y creo que esta joven lo toca —dijo Román señalando a Guadalupe.

—Sí señor, es un piano pequeño en que toca mi hija Guadalupe.

—¿Querría usted que le trasportásemos a este aposento?

—¿Traerle aquí?, sí señor… pero no comprendo…

—Mire usted, señora —dijo Román con grave acento—, si uno de esos médicos, que acostumbrados a luchar constantemente con el cuerpo, niegan a el alma toda influencia en las enfermedades, supiese lo que voy a hacer, seguramente que se burlaría de mi, o me tomaría por un charlatán; pero usted que es buena, usted que por lo mismo que ignora la ciencia, no se deja arrastrar por teorías que sólo prueban erudición, pero no práctica; usted, en fin, que acaso es desgraciada, me comprenderá lo que voy a decirle.

Está usted mirando que esa joven padece un ataque nervioso y no debe ignorar que ninguna causa es más directa y más activa para producir las afecciones nerviosas, que las impresiones morales fuertes, los pesares, las amarguras del corazón.

—Sólo desde que soy desgraciada en el mundo, he padecido esa clase de enfermedades —dijo con tristeza la señora Paula.

—Pues bien, habrá usted visto asimismo que los médicos, encaprichados en negar la influencia del alma, curan solamente el cuerpo, con medicinas que acaban por destruirlo.

—¡Es una triste verdad!

—¿Por qué no curar el alma, cuando se está mirando claramente su influencia sobre el cuerpo?…

En una ciencia en que se camina a tientas, ningún medio que se emplee es malo; en la naturaleza nada hay de mentiroso.

¿Quién puede negar la influencia sobre las organizaciones nerviosas de cierta clase de medios extraños morales y físicos, como los consuelos, el amor, la música?

¡Pues bien!, después de haber empleado los medios físicos, voy a emplear los morales, después de obrar sobre el cuerpo con medicinas, voy a obrar sobre el alma con la música.

—¿Me comprende usted?

—Perfectamente, señor, y si usted faltase de aquí en este momento, yo misma haría según acaba de decir —respondió la señora Paula.

—Gracias, señora, creo que nos hemos comprendido.

Como usted está mirando, soy un médico oscuro, a quien nadie conoce aún; pero a pesar de que soy tan joven, he estudiado mucho y he visto en Alemania emplear por sabios médicos de la escuela de Hufeland, contra las afecciones nerviosas, el agente que ahora voy a usar; he visto la música del órgano de la capilla contigua a una sala de un hospital de París, hacer cesar instantáneamente por una casualidad, una afección nerviosa terrible que se llama eclampsia y que atacaba a una infeliz mujer: he visto en un hospital de mujeres dementes en la Suiza, hacer volver la razón a una desdichada tocándole en el clavicordio los aires de su país natal.

Un día, pasando por una posada en la frontera de Saboya, vi a un infeliz hombre que se retorcía con las convulsiones de la epilepsia; pregunté cuánto le duraban los ataques, y me respondieron que media hora. Volvía a la sazón de Chambery de una Posta religiosa la música de Ancessy, y los músicos entraron a la posada para tomar descanso; híceles tocar una pieza, y no habían pasado tres minutos, cuando el hombre se levantó bueno a pesar de que acababa de comenzarle el ataque.

¿Quién podría negar la influencia de este agente en una enfermedad que resiste a cuantos medios se han empleado para combatirla?

Había tal acento de sencilla verdad en las palabras del joven médico, su rostro pálido, triste y meditativo respiraba tal aire de profunda ciencia de la vida, que la señora Paula le escuchaba con respetuosa admiración y la misma Guadalupe había apartado sus ojos del rostro dormido de Amparo para fijarlos con silenciosa mirada en el de Román.

La lámpara iluminaba débilmente esta escena.

Fuera de la habitación el viento se estrellaba contra las vidrieras y la atmósfera cargada de electricidad, era iluminada siniestramente de vez en cuando por un fugitivo relámpago como si estuviese próxima a estallar una tempestad.

—Vamos a trasportar aquí el piano —dijo al cabo de un rato la señora Paula—, tú, hija mía, permanece al lado de la enferma mientras que el señor, Gabriel, a quien voy a despertar, y yo, le traemos muy fácilmente, porque es demasiado pequeño.

Guadalupe permaneció al lado de Amparo.

La señora Paula y Román salieron fuera de la habitación.

El viento seguía sollozando y las nubes cargadas y negras se entreabrían para dar paso a los relámpagos, la tempestad rugía sordamente en lontananza.

No fue necesario llamar a Gabriel, porque éste había despertado al ruido y se hallaba a la puerta de su aposento.

En un instante fue informado de lo que pasaba.

El piano fue trasportado a la habitación de Amparo.

Ésta seguía tendida sin dar muestras de sentimiento.

—¿Qué toca usted señorita? —preguntó Román a Guadalupe.

—Muy poco, señor, casi nada —respondió ésta ruborizándose.

—¿Podría usted repetir esta noche un trozo de esas melodías alemanas que ayer en la tarde tocaba?; melodías de Beethoven o Thalberg, según creo.

La música italiana es el idioma del amor y la poesía, la música francesa el del entusiasmo; pero la música alemana es la música del alma, la que hace vibrar las cuerdas del corazón, el idioma del sentimiento.

Una, debe escucharse en los jardines o en el hogar, la otra en los campos de batalla o los salones; pero la última en todas partes, porque en todas partes hay sufrimiento y donde quiera que resuene encontrará eco en los corazones.

Guadalupe se acercó al piano.

La tempestad se había desatado; gruesos goterones azotaban la única vidriera del pobre aposento, el cielo había abierto sus cataratas para lanzarlas a la tierra, y el trueno rugía sordamente, produciendo este triple ruido un eco triste y lúgubre en el interior de la estancia.

Guadalupe, con su mirada dulce, con su aire hermoso de modesta tristeza, comenzó a hacer gemir el teclado con esas fantásticas y sentimentales melodías alemanas impregnadas de mística poesía y contagioso dolor, por decirlo así.

Era una de esas melodías que sus autores han compuesto en una noche de fiebre, con la imaginación llena de luz y que parecen formadas de los sollozos de un corazón que desgarró el pesar del primer suspiro del primer amor, del acento de una mujer querida, de la última despedida de un moribundo, según resuenan en nuestro corazón, sin pasar por los oídos.

¿Qué será la música que al escucharla se nos llenan los ojos de lágrimas, se nos escapan los suspiros del pecho, y una corriente que produce una sensación extraña circula por nuestro cuerpo?

Hay músicas que despiertan recuerdos, sea porque, las hayamos escuchado en otro tiempo, sea porque al escucharlas, miremos hacia nuestro pasado y contemplemos nuestra infancia, nuestro país natal, nuestra madre, nuestra juventud corriendo en común con la de una mujer que arrebató la tumba o que nos engañó, y que de ambas maneras ha muerto, sea para el mundo, sea para nuestro corazón.

Músicas hay que hacen renacer en nuestra alma las muertas ilusiones, el entusiasmo, los nobles sentimientos, la alegría.

Era un espectáculo interesante el que presentaban los personajes que ocupaban la estancia.

Una joven apenas en la flor de la juventud y ya desgraciada, víctima ahora de una extraña enfermedad.

Un joven, apenas entrado también en la juventud y ya iniciado en todos los secretos de la ciencia, en todos los dolores ocultos de la vida, de pie cerca del lecho, teniendo entre sus manos las de la enferma, para observar en el pulso el estado del corazón.

Una niña casi, huérfana, hermosa y resignada, haciendo resonar tristemente el teclado bajo sus manos, iluminada con su inspiración de artista.

Un joven, ejemplo de la honradez, del trabajo, de la constancia, de pie cerca del piano, contemplando con aire de pasión el rostro de la niña y suspirando en silencio al verla.

Una mujer ya entrada en la edad de la reflexión, modelo de la virtud y la resignación.

Cinco criaturas humanas, perteneciendo en el rango social a la clase media, ejemplo de todas las virtudes y nobles instintos.

La música seguía sonando, medio apagada por el mido de la tempestad.

Amparo continuó inmóvil primero.

Al cabo de diez minutos, la convulsión que la agitaba por intermitencias se hizo continua.

Después cesó.

Sus labios se entreabrieron por una triste sonrisa, a su rostro pálido afluyó coloreándole la sangre y su pecho oprimido exhaló un débil suspiro.

Luego abrió lentamente los ojos y los paseó azorada por la estancia.

—Se ha salvado —murmuró Román, que seguía con ansiedad sus movimientos.

Al acento de esta voz, Amparo pareció despertar completamente de su peligroso letargo, porque se volvió hacia el lugar de donde había venido y se incorporó trabajosamente sobre el lecho, preguntando con débil acento:

—¿Dónde estoy?

—Con nosotros, señorita —respondió Román.

—¿Qué ha pasado?… mas, ¡ah!, ya recuerdo —continuó Amparo recorriendo con miradas de asombro a las personas que la rodeaban.

—Ha estado usted mala y hemos acudido a socorrerla —dijo la señora Paula.

—¡Oh, gracias, mil gracias! —exclamó con acento de tierna gratitud Amparo.

Guadalupe había cesado de tocar y se había acercado al lecho.

—¿Y hace mucho tiempo que padece usted esta clase de ataques? —preguntó al cabo de un rato Román.

—Hace tres años solamente; pero los dos últimos que he tenido me han durado más de cuatro horas.

Y al decir estas palabras, Amparo, como herida por un recuerdo, se echó sollozando en los brazos de Guadalupe.

—¡Bueno! —murmuró Román—; este llanto la ha aliviado completamente.

IV. Amor silenciso

Desde esta vez, una dulce intimidad comenzó a reinar entre los vecinos.

Amparo al ver las atenciones de que era objeto y la franca benevolencia de las buenas gentes que la rodeaban, parecía haber perdido algo de su timidez y su vergüenza.

Román asimismo solía visitar algunas veces a la señora Paula, y a pesar del velo de profunda melancolía que parecía envolver su existencia como con un paño mortuorio, se entretenía con la inocencia de Guadalupe y las esperanzas de Gabriel.

Con respecto a Amparo, no es muy fácil decir la especie de sentimiento que el joven experimentaba.

Pero aquella semejanza de carácter, aquel aislamiento común, aquella triste hermosura de Amparo, su aire de melancolía, su vida de misterio, debían hacer despertar en el corazón de Román un sentimiento nuevo, un deseo vago de comunión de almas, una especie de simpatía tierna hacia aquella joven que vivía casi a su lado.

¿Pero qué podría ofrecerla el pobre médico, aislado en medio de una gran ciudad donde nadie le conocía?

Era en otra escala un sentimiento muy semejante al que Gabriel experimentaba con respecto a Guadalupe.

Hemos dicho que los vecinos se reunían algunas noches en el aposento de la señora Paula.

Allí, seguían una conversación sencilla o escuchaban de los labios de Gabriel la música de las estrofas que forman las leyendas de Zorrilla, ese sublime poeta de la imaginación; o los cantos de Espronceda, ese genio que ha sabido llenar de una contagiosa poesía el mismo cansancio y hastío de la vida.

Estas estrofas, impregnadas de amor y de sentimiento, recitadas por un acento varonil y modulado, llenaban de un místico recogimiento a los jóvenes.

Amparo escuchaba con la cabeza inclinada hacia la tierra.

Guadalupe recibía con avidez esas primeras impresiones.

Román meditaba.

Así pasaron dos meses.

Algunos domingos, Román solía invitar a sus vecinos para un paseo a fin de respirar en el campo otro aire que el infecto que respiraban toda la semana.

Amparo algunas veces se excusaba a acompañarles o lo hacia con su tristeza habitual, sin que las hermosas perspectivas que contemplaba la distrajesen un instante de su profunda melancolía.

A las nueve montaban en un coche de la gran plaza y se dirigían, ya por la Ribera de San Cosme hacia esos hermosos pueblecitos de Popotla y los Remedios y esas llanuras de la Escuela de Artes, ya por las calzadas de la Verónica o Anzures a Tacubaya, Mixcoac, San Ángel; ya por Peralvillo a la estéril, pero poética Villa de Guadalupe.

Otras veces salían por la garita de San Lázaro, y en la ribera de los lagos que forman de ambos lados un espejo para mirar su calva frente el severo y romancesco Peñón, tomaban una canoa y se dejaban llevar sobre la azul superficie de las aguas y acariciados por la húmeda brisa, a los graciosos pueblecitos de la ribera, que cual nueva Venus parecen estar naciendo de un océano de flores.

En estos largos paseos, el alma de aquellos buenos amigos se llenaba de una suave alegría y de un tierno reconocimiento.

¿No era en efecto una felicidad, después de una semana de rudo trabajo, de privaciones, de existencia en medio de una atmósfera viciada, respirar esa brisa pura y aromada que suspira en el sin par Valle de México, contemplar esas perspectivas que parecen cuadros salidos del pincel de Dios, sentirse bajo la bóveda de un cielo siempre azul, siempre sereno, siempre fúlgido; hallarse, en fin, en el punto que hubiérase podido escoger para mirar desde el cielo, hacia la tierra?

La señora Paula escogía sus mejores vestidos.

Guadalupe se engalanaba con un vestido de merino azul oscuro perfectamente arreglado a su cuerpo y que hacía resaltar más sus formas delicadas y un tápalo de merino también, escarlata en cuyo fondo se destacaba su rostro hermoso, aunque algo pálido por las privaciones y coronado por sus suaves cabellos castaños.

Amparo sólo trocaba su vestido de luto por otro del mismo color, más nuevo.

¿Quién sabe qué triste conmoción se experimentaba al verla con su rostro tan hermoso, tan pálido, tan perfecto, surcado por algunas venas delgadas y azules que daban a su fisonomía ese aspecto de languidez particular a las personas en quienes domina el temperamento nervioso-linfático, con su cuerpo gracioso, flexible, delicado como el tallo de esa flor que se llama amapola, tan débil y a ese paso tan ajada por la intemperie, triste en medio de la dulce alegría que la rodeaba, meditativa y silenciosa en medio de la tierna expansión de sus amigos, como atormentada por un secreto, como sintiendo en su corazón lastimado el torcedor de un recuerdo dolorosísimo?

Román, el pobre médico, la contemplaba en silencio no osando profanar con la revelación de su amor sin esperanza, el santuario de su misterio, la amargura de su dolor, sintiendo un tierno respeto hacia aquella joven, que tan semejante a él, hacía el viaje de la vida impelida hacia la tumba por la voz secreta de un pasado de infortunio.

Hay en efecto cierta clase de mujeres, que sea por el fondo de su carácter, sea por lo doliente de su historia, inspiran al corazón un noble respeto como si fueran santas y a quienes nadie, ni aun los mismos jóvenes impuros y prostituidos como Isidoro el que hemos visto al principio de esta historia, se atreverían a profanar.

Amparo era una de estas mujeres.

Volvían a la ciudad al caer la tarde, y sin conocerlo sentían oprimirse su corazón al dejar tras de sí aquellas hermosas perspectivas que por algunas horas les habían mentido una felicidad que nunca es verdadera en la clase media de la sociedad a que pertenecían; porque esa clase, siendo honrada, es virtuosa y siendo virtuosa, tiene que llevar una vida de abnegación y martirio, porque esa clase colocada entre la alta y el pueblo, no tiene los placeres de la primera, teniendo sus aspiraciones y sufre con los dolores de la segunda sin tener su ignorancia.

Una de esas pobres mujeres no anhela llevar los diamantes con que se engalana la aristocracia; pero tampoco puede dejar sus miembros desnudos como el pueblo, y para poder llevar un vestido tiene que comprarlo a costa de su vida casi.

Porque nada está más mal recompensado que el trabajo de la clase media.

El pueblo, teniendo pocas necesidades diferentes que las animales, puede satisfacerlas con el producto de su trabajo; pero la clase media, sin tener la prodigalidad de la aristocracia, tiene casi sus mismas necesidades, y gana con su trabajo muy poco más que el pueblo.

Decidlo, si no, vosotras, desdichadas jóvenes, recordad cuando, con el producto de vuestro trabajo que sólo llegaba a medio peso, teníais que alimentar a una madre enferma, a unos hermanos pequeños, que alargaban la mano pidiendo pan, mientras trabajáis doce horas con la aguja.

Recordad vosotros, pobres jóvenes, aquella época en que érais el sostén de vuestra viuda madre y de vuestros desvalidos parientes, al mismo tiempo que seguíais una carrera que también os causaba gastos.

Y sin embargo, a pesar del mezquino sueldo que ganabais por respetar vuestra educación y las exigencias sociales, teníais que habitar una casa pobre, pero en segundo piso; era necesario comprar un tápalo para vuestra madre, un vestido para vuestra hermana, ropa blanca para los niños; vosotros mismos teníais que llevar un sombrero, un frac, pantalón y calzado, lo mismo que el joven rico, y para llenar esas exigencias sociales, teníais tal vez con frecuencia que privaros casi de alimento.

Porque esto vosotros sólo lo sabíais; mientras que si os hubierais presentado en la oficina o en el almacén donde trabajabais, con vuestro vestido desgarrado, dejando ver vuestros enflaquecidos miembros, os habrían despedido, y entonces habríais muerto de hambre…

Después de estos paseos seguía el duro trabajo de la semana, amenizado sólo por las lecturas de Gabriel, o las melodías de Guadalupe y su canto, ese canto modulado y triste de los aires nacionales, calcado en la música alemana.

El día se pasaba triste.

La señora Paula y Guadalupe, inclinadas sobre su labor.

Gabriel en su árido y penoso trabajo.

Amparo trabajando en la costura doce horas, suspirando y padeciendo.

Román encerrado en su aposento, estudiando, meditando o pensando en Amparo.

Por otra parte, se había establecido entre ambos jóvenes una tierna intimidad y algunas veces, solía Román visitar a Amparo en su aposento; pero siempre guardando un embarazoso silencio y un profundo respeto.

Mientras estas escenas de expansión pasaban entre los vecinos, otras demasiado dolorosas, tenían lugar en el aposento de la desdichada familia Castillo.

Una tarde se hallaba el anciano militar sentado en una silla, su mujer enferma y achacosa a fuerza de privaciones, ocupaba el lecho rodeada de los dos niños que la contemplaban con aire de súplica.

Víctor, el hijo mayor, se paseaba con una triste lentitud por la desamparada estancia, mirando alternativamente a su padre que con aire atrevido fijaba distraidamente sus ojos en el suelo, a su madre o a su hermana Elena, que sentada en un rincón sobre una estera, leía a hurtadillas un papel.

Era un billete que contenía estas palabras:


Elena:

En ti consiste salir de esa miseria horrible en que se consume toda tu familia; me has dicho que me amas y yo quiero hacerte dichosa.

Esta noche voy a esperarte cerca de tu casa en un coche, y según hemos convenido, irás a habitar en una hermosa casita en San Cosme, donde no te faltará nada y tu existencia será muy diferente de la de hoy.

Te ama y espera con ansia

Luis
 

La joven dejó caer de su mano la carta, peinó cuidadosamente su hermosa rubia cabellera, arregló la pañoleta que cubría su cuello de cisne, se miró a un pequeño espejo que adornaba la estancia, se quedó un rato pensativa y cuando hubo cerrado la noche, se deslizó fuera de la habitación, aprovechándose de la profunda distracción en que el dolor sumergía a sus hermanos y a sus padres.

—Tengo hambre —dijo uno de los niños que ocupaban el lecho, al cabo de un momento.

—Y yo también —murmuró el otro.

La madre los estrechó contra su corazón, procurando apagar el ruido de sus palabras.

Víctor se acercó al lecho, tomó la mano de su madre ardiente por la calentura, y llevándola a sus labios, dijo con acento de profunda y desgarradora tristeza:

—¡Oh, madre mía, a qué estado hemos llegado!

—No creas, hijo mío, estos niños han comido ya —dijo la madre con un acento cortado por los sollozos, pero que procuraba hacer aparecer tranquilo.

—No, esos niños no han comido, porque ayer se ha acabado el último dinero que traje, y hoy, por más que he hecho, no he podido conseguir nada.

—¿Y Elena, dónde está? —preguntó la madre.

Víctor se volvió al lugar que pocos momentos antes ocupaba su hermana; pero ésta no se hallaba allí; el joven levantó de la estera el billete, se aproximó a la lámpara que iluminaba tristemente la estancia, y después de haberle recorrido, lanzó un grito de desesperación y dolor.

La madre se lanzó del lecho, arrancó de las manos de su hijo la carta, y antes de acabar de leerla, articuló un quejido desgarrador y cayó aplomada sobre el duro suelo.

Los niños se pusieron a dar gritos de espanto.

El anciano que con su mirada de demente había contemplado todo, se levantó trabajosamente de su silla y leyó el fatal billete.

Brillaron dos lágrimas en sus ojos sombríos y murmuró con un profundo acento de dolor:

—¡Pobre de mi hija, la quería yo tanto!

Luego aquel rayo de la luz de la razón se desvaneció en las tinieblas de la locura, y lanzando una estridente carcajada que produjo un eco lúgubre en los rincones del aposento, exclamó:

—Pero ¡vale más!, ahora al menos ya no pasará trabajos, como yo, por haber servido bien al gobierno.

Víctor tomó entre sus brazos a su madre y la depositó en el lecho.

—¡Oh! —murmuró con voz desgarradora—, mi hermana se prostituye, mi madre se muere, mi padre pierde el juicio, mis hermanos tienen hambre, Eulalia, el alma de mi vida, me desprecia. ¡Dios mío, Dios mío, así la existencia es un castigo!

V. La casa de Jalapa

Una tarde tristísima del mes de agosto, en que la lluvia, después de haber caído todo el día lenta y monótona, azotaba la ventana del aposento de Amparo, produciendo un sonido lúgubre, se hallaba ésta sentada cerca de Román que la contemplaba con una triste admiración.

Los dos parecían muy conmovidos.

Era una de esas tardes en que encontrando triste a la naturaleza, es un placer hallamos en compañía de un ser humano, una de esas tardes en que deseamos comunicar nuestros pensamientos, nuestras esperanzas, nuestros dolores y depositar en el seno de una persona amada, el fardo de lágrimas que ahogaba nuestro corazón.

Parecía que los jóvenes seguían una conversación comenzada, porque Amparo dijo:

—¿Insiste usted en que le refiera la historia de mis dolores?

—Lo suplico, señorita, para procurar aliviar los padecimientos con que veo a usted languidecer día a día, conociendo su causa —respondió Román, procurando ocultar bajo un acento tranquilo los latidos de su agitado corazón.

—¡Gracias, mil gracias a usted que se ha dignado lanzar una mirada de compasión a esta pobre huérfana abandonada en medio del mundo!

—¡Oh, Amparo! —exclamó Román con trasporte.

Pero después, reflexionando un momento, el joven se interrumpió y pareció absorberse en una profunda meditación.

Amparo dijo con un acento de triste resignación:

—No ocultaré a usted ninguna de mis faltas involuntarias, porque acaso me las perdonará.

—¡Dios mío!, señorita, ¿puedo yo perdonar cuando demando perdón, puedo acusar cuando suplico? —exclamó Román.

Amparo al cabo de un momento de silencio, en que pareció reunir sus recuerdos, empezó de esta manera:

—Aunque he nacido en esta ciudad, fui llevada muy niña a una posesión que tenía mi padre en Jalapa, donde se deslizó mi infancia como un dulce sueño, rodeada de todas las abundancias que dan, si no la riqueza, al menos el bienestar social, y de la ternura de mi madre, que era una hermosa joven perteneciente a una distinguida familia de la Florida donde mi padre la había conocido en un viaje que hizo a los Estados Unidos en calidad de secretario de embajada.

Los dos se amaron tiernamente y la iglesia bendijo la unión de sus corazones.

Concluida su misión regresó mi padre a México en unión de su esposa.

Sus negocios y la política lo retenían largas temporadas en México, y mi madre vivía sola conmigo y sus criadas en una casa de Jalapa, situada casi fuera de la ciudad.

Era una casa de un solo piso, pintada alegremente de blanco, aún me parece contemplarla, y con cuatro ventanas a los lados de un portón verde. El primer patio de aspecto alegre, sembrado de rosales y floridos arbustos, estaba circundado por amplios corredores, hacia los cuales daban las puertas y ventanas de los cuartos, los pretiles estaban cubiertos de macetas con las más hermosas perfumadas flores, que embalsamaban el aire, las columnas estaban tapizadas por una alfombra de verde yedra, y del techo pendían jaulas, en las que se encerraban alegres pajarillos, que impregnaban el aire de melodías, dando todo esto a la casa el aspecto de una fiesta eterna.

Los aposentos estaban decorados sin lujo; pero con una elegante sencillez.

De este primer patio se pasaba a un segundo, en el que se contenían multitud de animales domésticos. Después seguía un huerto de inmensa extensión, lleno de cuantos árboles y plantas crecen en ese suelo bendito de Dios.

—Perdone usted que me detenga en estos detalles, porque ellos están impresos de tal manera en mi memoria, que a pesar de los años que han transcurrido desde que no habito los lugares de mi infancia y de las terribles y variadas impresiones que han agitado mi juventud, no se borran de ella aún —dijo Amparo.

Román se inclinó sin responder.

—Mi madre había preferido este retiro a la capital.

Era demasiado joven todavía y de una hermosura dulce y apacible como la de una santa.

Separada de su familia y su país natal, separada también de su marido, cuya atención absorbía completamente la política, sin darle lugar a fijar en otra cosa su cariño, mi pobre madre había concentrado en mí todo el amor de su aislamiento.

Educada con un régimen metódico, disfrutaba yo de una completa salud, y a los seis años era una niña hermosa y alegre.

Iba yo vestida generalmente con trajes ligeros y de vivos colores.

Mi madre me hacía levantar muy de mañana, después de haber recitado de rodillas sobre mi lecho, mi plegaria matinal.

Hasta la edad de diez años no tuve maestros de ninguna clase, porque mi madre que poseía una instrucción muy sólida, sin afectación, me enseñó a leer y escribir correctamente, a coser, bordar y aun bastante regular su idioma nativo, que era el inglés.

Era muy sentimental, muy virtuosa, muy resignada, había aprendido las máximas sublimes de los escritores ingleses, y me daba esa educación religiosa y sólida que ella misma había recibido de sus padres.

Nunca una sonrisa de sarcasmo erró por sus labios, nunca exhalaron éstos otra cosa que palabras de ternura y plegaria, no tenía ninguno de esos defectos de la generalidad de las mujeres, era económica, caritativa con los pobres, que eran por otra parte las únicas gentes extrañas que penetraban en nuestra casa.

Consagrada enteramente, a mí, nunca salía más que en mi compañía.

Me tomaba de la mano y nos dirigíamos al caer la tarde a recorrer lentamente los campos que continuaban por todos lados la casa hacia el camino del pueblecito de Coatepec.

Me hacía notar todas las bellezas de la naturaleza; el sol moribundo detrás de las lejanas colinas, los celajes fugitivos de grana, la suavísima tinta crepuscular, los cantos de los labradores que volvían del trabajo, las aves volando hacia sus nidos y cuando me veía conmovida, como se puede conmover un niño, me hacía dar gracias al buen Dios que había creado tanta maravilla.

Me hacía acostar temprano, después de haber hecho mi oración.

Entonces mi madre se retiraba a su aposento y se encerraba en él para meditar, orar y llorar el abandono en que mi padre la dejaba hacía dos años.

Esta educación religiosa, este aislamiento, me había formado un carácter meditativo. La tranquilidad en que vivíamos y la absorción de mi aislamiento, habían impreso su sello en mi rostro, y a los doce años era yo una niña apacible, obediente y humilde, con una frente tersa que simbolizaba la pureza de mis pensamientos, con una mirada lánguida y vaga por la meditación y el recogimiento de la tranquilidad.

En efecto, ¿qué más podría yo desear? No vivíamos en la opulencia, pero sí en una dulce medianía; mi madre consagraba a mí todo su cariño y yo también la amaba con todo mi corazón; no experimentaba los horrores de la desesperación, la inquietud de pasiones exaltadas, las asechanzas de una sociedad en cuyo centro no vivía.

Pero esta felicidad no debía ser muy larga.

El gobierno en el cual mi padre ocupaba un puesto elevado, fue derrocado completamente y tuvo él que abandonar la capital, huyendo de los encarnizados partidarios que le seguían, viajando de noche para ganar el puerto más próximo, que era Veracruz y expatriarse.

Una noche llegó a las doce a Jalapa, me abrazó y me besó conmovido, y al cabo de un rato se arrancó para continuar su camino, de los brazos de mi madre que cayó desmayada.

Desde ese día la salud de mi madre comenzó a languidecer por una enfermedad del pecho y su vida a apagarse lentamente como una lámpara.

Sin embargo, procuraba ocultarme sus padecimientos con una cuanto dulce, falsa sonrisa que me hacía llorar.

¡Padecimientos físicos que consumían su cuerpo delicado, padecimientos morales que lastimaban su corazón tan exquisitamente sensible!

Una sombra de tristeza se había extendido sobre aquella casa tan tranquila antes, si no alegre.

Algunas noches que despertaba, veía brillar luz en el contiguo aposento de mi madre que padecía ocultándomelo. Me levantaba para ir a su lado; pero ella me reprendía dulcemente y me obligaba a volver a mi lecho, diciéndome que era una casualidad y no otra cosa, la que la hacía estar despierta.

Me acercaba a su lecho y me daba un beso en la frente.

Al sentir el contacto de aquellos labios abrasados por la calentura, al contemplarla tan pálida, tan doliente y tan resignada, sentía las lágrimas subir desde mi corazón a mis ojos y me arrojaba sollozando entre sus brazos.

—Vamos, ¿qué es eso, hija mía? —me decía estrechándome contra su seno y con su voz quebrada por la emoción y ahogada por las lágrimas acumuladas en su corazón.

—¡Madre, madre mía! —exclamaba yo.

—¿Pero por qué lloras, niña, no ves que te amo, que estoy aliviada? Vamos, vuelve a acostarte, que esto te puede hacer mal.

Yo volvía a mi aposento y desde que había salido escuchaba sus sollozos que delante de mí había estado conteniendo.

—Y si yo muriese, ¿qué sería de ti?, ¡pobre hija mía! —me decía algunas veces entre lágrimas.

—¡Oh! no, madre mía, no diga usted semejante cosa, si tal sucediere yo también moriría —exclamaba llorando y estrechando su delicado cuerpo con el mío.

Y permanecíamos abrazadas y llorando de esta suerte largo tiempo, hasta que al fin ella recobraba su tranquilidad y me decía con dulce acento:

—Pero, ¡qué locas somos con estar afligiéndonos por cosas que aún no suceden!

Y para tranquilizar mi ánimo completamente, ese día se esforzaba por aparecer alegre y aliviada y hacía tomar a la casa y a los criados un aire de fiesta que no me volvía la calma sin embargo.

Así pasó un año, sin que durante este tiempo, recibiésemos una sola carta de mi padre.

Él, tenía buen fondo, era honrado, amaba a mi madre; pero la política que a tantos hombres buenos ha extraviado en México, absorbía completamente su atención y el tiempo que habría de emplear consagrado a su familia, lo empleaba en conspirar o en buscar medios para sostener el bando político a que pertenecía.

Mi madre seguía cada vez más enferma, y cuando un nuevo gobierno abrió a mi padre las puertas de la república, sólo vino a encontrar en su esposa a una moribunda que un mes después arrebataba la eternidad.

Me acuerdo que el día anterior al de su muerte, recibió mi madre los últimos sacramentos con el fervor y la contrición de una santa.

Luego que el religioso y sus acompañantes se hubieron marchado, luego que todo ruido hubo cesado, me hizo penetrar en su aposento y allí entre lágrimas y sollozos, me abrazó, recomendándome que siguiese siendo buena como hasta allí lo había sido, y diciéndome todo lo que la más amante de las madres puede decir a su hija a las orillas del sepulcro.

Después de lo cual, nos despedimos para la eternidad.

Mi padre me arrancó del lecho privada de sentido.

A este recuerdo, Amparo ocultó su cabeza entre las manos y lloró dolorosamente.

Román la contemplaba con una triste conmoción sin atreverse a interrumpir su dolor.

La noche había caído completamente inundando con sus sombras el aposento.

Amparo se levantó al cabo de un rato, enjugó sus lágrimas con la punta de su mascada y fue a encender la lámpara, volviendo a sentarse al lado del joven para continuar su narración.

Fuera de la estancia seguía gimiendo la lluvia.

VI. Una madrastra

Un mes permaneció mi padre en Jalapa guardando el duelo de mi madre; pero al fin el nuevo gobierno le llamaba a México para recompensar los sufrimientos de su destierro y premiar sus servicios con un elevado puesto en la magistratura.

Siéndole ya inútil por consiguiente la casa de Jalapa, la vendió tal como estaba, hasta con sus muebles, a un rico comerciante de Veracruz y comenzó a hacer los preparativos para el viaje.

Yo sentí mi corazón despedazarse al tener que abandonar aquella morada de paz y silencio que me había abrigado durante catorce años al lado de mi madre, de las tempestades del mundo, aquella morada ocupada todavía por su sombra, perfumada por su atmósfera, santificada por su memoria.

Una hora antes de partir, recorrí todos los aposentos para decirles mi triste despedida, el salón donde recibía la instrucción y hacía mi labor al lado de mi madre, los lugares todos impregnados de un mundo de recuerdos, mi aposento con sus ventanas al alegre corredor, los objetos debidos a su tierna solicitud, el jardín ahora abandonado donde en otros días habíamos cuidado juntas de las flores, el lugar donde hablamos de alguna cosa, aquél donde me dio tiernos consejos, tal otro donde se leyó con lágrimas una carta de mi padre, su aposento con los objetos colocados aún de la misma manera que ella los había puesto, su lecho donde la había visto languidecer y que ahora iba a pasar a manos extrañas que lo profanarían.

Iba yo, corría de un lugar a otro, abrazando los muebles como si fuesen seres amados, besando con lágrimas su lecho, guardando en mi maleta sus vestidos y todos los objetos pequeños que le habían pertenecido, guardando en mi seno las flores de su predilección, anhelando en fin, mirar por la última vez aquella santa habitación que no debía volver a contemplar.

Una hora después, seguía yo en un coche el camino de México con mi padre y una anciana mujer que había amado a mi madre como hija, a mí como nieta y que me había servido de aya.

La opulenta capital, en vez de agradarme, me causó una impresión dolorosa con su estruendo, su gentío, su lujo.

Sólo muy pocas veces, por dar gusto a mi padre, fui en su compañía al teatro y a los paseos.

Fuimos a habitar una elegante habitación a la calle de Cadena; pero aquella suntuosidad, aquellos ricos muebles, aquellas pinturas, aquellas lujosas alfombras, que hacían tanto contraste con la alegría, los muebles sencillos, el jardín de nuestra casa de Jalapa, produjeron una desagradable impresión en mi alma.

Como mi padre permanecía fuera casi todo el día, yo pasaba las horas al lado de mi aya hablando de mi madre, contemplando los objetos que le habían pertenecido, y llorando al recordar los pormenores de su existencia.

Pusiéronme maestros de música y de dibujo, hizo mi padre venir a una modista para que escogiese yo las telas y las hechuras de mis trajes; pero nada de esto me halagaba; yo sentía esa triste y nostálgica languidez moral que se llama «mal del país».

La brisa de ámbar de la existencia había acabado para mí.

Pocos meses después, comenzaron a adornar la casa, a traer nuevos y ricos muebles, un suntuoso carruaje.

Un día supe la causa de este movimiento.

Mi padre se iba a casar.

Durante su permanencia en México, mantenía hacía algún tiempo impuras relaciones con una mujer, que aunque no muy joven, pertenecía a una familia distinguida. Esta familia se componía de otras dos hermanas que se habían casado y una madre que acababa de morir.

Por esta razón se casó mi padre con ella.

Mi madrastra fue a habitar su casa nueva.

Permítame usted, señor algunas palabras sobre ella.

Era una mujer que a pesar de tener cerca de cuarenta años, era todavía y debía haber sido en su juventud muy hermosa.

De elevada y elegante estatura, con un aire de reina, con una mirada altiva y penetrante, con un acento dulce, pero imperioso, era una hermosura muy diferente de la de mi madre que consistía en la afabilidad, en la mirada dulce, en el aire resignado.

Una era hermosa como una diosa; la otra como una santa.

Una era altiva prostituida, orgullosa: la otra era humilde, virtuosa y sufrida.

Los auspicios bajo los cuales entró a la casa fueron terribles para mí.

Había amado a mi padre con una pasión tan ardiente como impura y sin conocerla había aborrecido a mi buena madre, que aunque había sospechado lo que pasaba, nunca se atrevió a hablar una sola palabra y había llorado en silencio su abandono.

Todo su odio había recaído en mí y desde muy temprano comenzó a atormentarme con él.

Como había adquirido un dominio tan completo sobre mi padre, éste no se atrevía a contrariarla directamente en nada, y ella le hacía creer que las reprensiones que yo recibía sin ofenderla y por las cosas más insignificantes, eran merecidas.

Pocos días después despidió a mi aya, bajo el pretexto de que era una mujer de baja clase con quien yo estaba engreída.

Una circunstancia dará a usted, una ligera prueba del carácter de mi madrastra y de sus sentimientos hacia mí.

Yo iba vestida de luto, porque aún no hacía un año que mi buena madre había muerto.

Una mañana me preguntó con altanería:

—¿Y por qué no se pone usted señorita, esos trajes que su padre le ha mandado hacer últimamente?

—Es que aún no se cumple el tiempo de que deje el luto, le respondí con temor.

—Ya con lo que ha llevado usted basta, y esta noche iremos al teatro vestidas de color —exclamó.

Yo me opuse y lloré; pero mi padre vino a suplicarme lo hiciese y me dejé arrastrar sollozando al espectáculo para darle gusto y evitar nuevos rencores.

Y lo hacía para atormentarme, poniendo un especial cuidado en hacerme padecer.

Fue tan audaz y tan poco delicada, que me hizo entregarle algunas joyas y objetos de valor que habían pertenecido a mi madre y que yo me proponía conservar a toda costa.

Lo que yo sentí al ver engalanada a aquella mujer con objetos santificados por mi madre, es imposible de decir; pero lloré y me resigné sin proferir una queja.

Como mi padre permanecía fuera casi todo el día, yo quedaba entregada a aquella mujer, que había reconcentrado en mí todo su odio.

Referiré a usted otra injusticia.

En mi aposento y arriba de mi lecho, tenía yo como el del ángel de mi guarda, un pequeño retrato de mi madre, lo confieso, todas las mañanas, me ponía ante él de rodillas y oraba porque el odio de mi madrastra se calmase.

Una mañana me sorprendió en esta posición y me preguntó con acento de cólera.

—¿Qué hace usted de esa suerte?

—Nada, señora —la respondí—, rezo por el descanso del alma de mi madre.

—Creo —continuó—, que usted se ha propuesto irritarme con esa eterna consagración a la memoria de ésa…

—¡Silencio, señora! —exclamé al escuchar la terrible palabra que había proferido.

—Pero entonces ella, rabiosa como una pantera, se arrojó sobre el retrato, lo arrancó de su sitio y… lo pateó haciéndole pedazos —exclamó Amparo llorando a este recuerdo.

—¡Dios mío, qué infamia! —exclamó Román horrorizado.

—Cuando hubo salido, recogí el retrato, lo limpié del polvo, y después de haberlo cubierto de besos y lágrimas, lo guardé cuidadosamente en mi ropero.

Mi madrastra dijo a mi padre cuando volvió, que yo era una hipócrita, que con mi aire de candor y resignación la hacía desesperar. Yo conté a mi padre sencillamente lo que había pasado, él entonces se atrevió a reprenderla y esta reprensión avivó más su odio contra mí.

No perdía ocasión de atormentarme. Si encerrada en mi aposento trabajaba yo sobre mi labor, decía que huía yo su compañía; si leía, era porque era yo literata y romántica, si rehusaba acompañarla al teatro o a las tertulias, era por malicia para hablar durante su ausencia con un amante.

Y no era porque lo creyese así, pero procuraba hacerlo creer a mi padre.

Bajo el pretexto de que era una parienta pobre, había llevado a vivir a su lado a una mujer de su misma clase y antigua compañera de su juventud.

Figúreme usted, señor, entregada a aquellas dos mujeres que me aborrecían de muerte.

Veía yo con dolor y sin poderlo impedir, a mi madrastra derrochar el dinero que recibía de mi padre, en un lujo desenfrenado y verdaderamente escandaloso.

Había un sinnúmero de criados ladrones y desmoralizados que de nada servían y a quienes no se tomaba cuenta de nada.

Yo, por amor a mi padre, intentaba algunas veces poner coto a este desorden; pero los criados que veían el desprecio con que era yo tratada por mi madrastra, se quejaban a ella, y eso me acarreaba nuevos insultos.

Concertaba ella con su amiga proyectos de placer, y como mi padre nada le negaba, podía satisfacer sus menores deseos.

Había hecho adornar suntuosamente el salón, y además de las tertulias que todas las noches se organizaban en él, daba muy frecuentemente espléndidas fiestas.

Concurría a ellas lo más florido y a la par lo más impuro de la sociedad mexicana.

Casi nunca iba yo al salón y permanecía encerrada en mi cuarto a riesgo de arrostrar el enojo de mi madrastra.

Figúrese usted, señor, cuánto debía sufrir en aquel escandaloso estruendo, yo, que estaba acostumbrada al silencio, al recogimiento, a la dulce tranquilidad de mi casa de Jalapa, a la compañía y tiernos consejos de mi buena madre.

La vida que ella llevaba era escandalosa.

Se levantaba a las once, y después de haberse hecho ataviar lujosamente por una de sus muchas criadas, salía en carruaje y pasaba el resto de la mañana en visitas, en las casas de modistas, en los almacenes de las calles de Plateros y la Monterilla.

Cerca de las tres volvía con su amiga, cargadas ambas con sus compras, que consistían en juguetes de tocador que le costaban sin embargo bastante dinero, y casi los más días también con telas ricas para trajes.

Cuando mi padre volvía de palacio, la encontraba perfectamente ataviada, porque como ya el brillo de su hermosura se había opacado un tanto, ponía especial cuidado en conservarla intacta a fuerza de afeites y de adornos.

Comíamos todos juntos, y durante la comida, no perdía ocasión de hablar mal de mí a mi padre, con disimulo, para que él no creyese que era una guerra abierta la que me había declarado.

Por la tarde se iba a Bucareli con su amiga. Aunque algunas veces me invitaba a acompañarlas, yo casi siempre rehusaba y me quedaba encerrada en mi aposento leyendo, orando o trabajando sobre mi labor.

Dos veces a la semana durante la noche daba tertulias, las demás noches se iban al teatro volviendo después de las doce.

He dicho que se vestía de una manera deslumbrante y era citada como modelo de elegancia y buen gusto.

Entre los tertulianos más constantes, había uno que se llamaba Isidoro de San Román.

Era un joven muy rico, muy gallardo, muy calavera, sumergido completamente en la disipación y los placeres, sin que en su alma se abrigase ningún noble sentimiento.

Era de los más asiduos compañeros de placer de mi madrastra.

Le tenía ésta un cariño especial, le caía en gracia cuanto él hacía o refería, por más que sus narraciones sobre aventuras amorosas causasen espanto a un corazón honrado.

Como él frecuentaba tanto la casa y casi todas las noches acompañaba al teatro a mi madrastra me vio algunas veces y excité sus deseos.

A pesar de que yo nunca iba al salón, él, por medio de mi madrastra, procuraba acercarse a mí y me hizo algunas insinuaciones; pero yo, que sentía hacia él un profundo desvío, le prohibí severamente que volviera a hablarme, amenazándole con quejarme a mi padre.

Yo había llegado a la época más peligrosa de la juventud, en que sólo el dulce cuidado de una madre puede guiarnos por la senda de la vida que cubre de flores envenenadas el placer.

Había cumplido diecisiete años, mi madrastra misma confesaba que era yo muy bella, y la pureza de costumbres, y el método uniforme de vida, habían conservado a mi juventud la frescura de mi infancia.

Entonces, sólo la sombra de mi padre me pudo amparar contra la persecución de aquel joven, protegido para sus impuros deseos por mi madrastra.

Mi desdén convirtió el interés que acaso experimentaba hacia mí, en odio, y acostumbrado a obtenerlo todo de las fáciles mujeres con que trataba, juró desde aquel momento vengarse tarde o temprano, de la que lo despreciaba y se había atrevido a amenazarlo.

¡Ay!, las circunstancias debían favorecer más tarde su venganza.

Amparo permaneció un momento silenciosa.

Se podían escuchar los latidos del corazón de Román.

VII. Violación

La joven continuó:

—Mi padre murió repentinamente una noche, sin tener tiempo más que para besar la mano de su esposa y la frente de su hija.

Este golpe fue terrible para mí.

Entonces quedé entregada completamente al odio de mi madrastra y con el porvenir espantoso de la miseria.

En efecto, la buena posición que ocupaba mi padre en la sociedad, era debida a su honorífico empleo, y la decente medianía que disfrutábamos, a su elevado sueldo.

Pero como las disipaciones de mi madrastra no habían permitido economizar nada, y como no poseíamos otra cosa que su sueldo, quedamos expuestas a la miseria.

Ella, sin embargo, no disminuyó casi nada su tren, y durante algún tiempo nos mantuvimos con la venta de sus dos carruajes, sus alhajas, y ¡Dios mío!, también las que habían pertenecido a mi adorada madre.

Después comenzó a vender los muebles y otros objetos de valor.

La desgracia y la muerte de la única persona que había amado en el mundo, hizo su carácter más atrabiliario, recayendo sus efectos sobre mí.

Las visitas y los tertulianos se fueron ahuyentando uno a uno como aves espantadas.

Fuimos a habitar en una pobre casa del Puente de San Dimas.

Mi madrastra recurrió a los escasos parientes que le quedaban; pero éstos, en vez de auxiliarla, la volvieron la espalda.

Entonces, para salir de una pobreza a que no podía acostumbrarse, recurrió a un medio horrible, ¡especular con los restos de su hermosura!

Se vendió, contrayendo impuras relaciones con un viejo rico.

La casa se adornó con mejores muebles, ella compró algunos trajes bastante lujosos.

Yo sufría y lloraba en silencio.

Isidoro, su amigo favorito, aunque con menos frecuencia que antes, no había cesado de visitarla, y sus deseos hacia mi se habían avivado con mi orfandad.

Entonces empezó una lucha sorda, constante, terrible, la de la virtud débil y desamparada, con el vicio altanero y protegido.

Cuando pienso en esos días en que yo, pobre joven sin experiencia del mundo, tenía que defenderme contra los ataques de un hombre lascivo y de una mujer malvada, me estremezco al ver cómo no sucumbí desfallecida desde el primer día.

Unas veces mi madrastra me decía que Isidoro me amaba y que yo debía corresponder a su amor, puesto que era rico y me podría cubrir de esplendor.

Él, en efecto, había comprado su voluntad con magníficos presentes que le hacía de trajes, de aderezos, de joyas, llevándola al teatro y a las diversiones que ella amaba.

Otras veces me reñía ásperamente con palabras muy injuriosas, encolerizada por mi resistencia.

Varias ocasiones, por un convenio anterior, se salía de la casa con la única criada que teníamos, dejándome sola completamente.

Apenas acababa de salir cuando llegaba Isidoro. Yo corría a encerrarme en mi aposento.

Entonces comenzaba una lucha terrible.

Primero me llamaba por mi nombre, me suplicaba, me hacía promesas halagadoras. Después recurría a la fuerza, golpeaba la débil puerta que a poco cedía, y yo huyendo de un lugar a otro venía por fin a caer entre sus manos y forcejeaba defendiéndome de sus impuras caricias hasta sentirme desfallecer por la fatiga.

Por fin él se fatigaba y se iba lanzándome miradas terribles y haciéndome amenazas que me llenaban de espanto.

Al anochecer casi, volvía mi madrastra, me miraba con aire malicioso preguntándome si alguna persona había venido en su ausencia. Yo guardaba silencio llena de indignación.

Isidoro dejaba de ir a la casa algunos días; pero al cabo de poco tiempo volvía más ardiente, más impuro, más amenazador.

Otros dos o tres jóvenes calaveras, amigos suyos, le acompañaban a sus visitas a nuestra casa.

Mi madrastra procuraba encender en mi casto seno, deseos y pasiones ardientes, imaginando y valiéndose de cuantos medios podía poner en juego una mujer de tanto talento y tan infame como ella.

Unas veces hacía caer en mis manos, recomendándome su lectura, libros envenenados tales como las novelas de Pigault-Lebrun y Voltaire.

Yo comenzaba a leerlos y aun los concluía, sin comprender el veneno que encerraban hasta después de haberlos leído.

Otras, se atrevía a referirme escenas que me hacían ruborizar.

Hacíamos un contraste extraño.

Yo, pobre joven tímida, casta, recogida. Ella, mujer sensual, elegante y amiga del estruendo.

Nuestros aposentos participaban de la misma diferencia.

El mío, pequeño, adornado sólo con un lecho modesto, un armario para encerrar mis pocos vestidos y mi labor, con algunos cuadros representando las escenas de Pablo y Virginia.

El suyo, extenso, adornado con un lecho, un tocador y muebles bastante lujosos para la posición que guardábamos, un amplio ropero lleno de elegantes trajes, encima de las mesas estatuas de mujeres desnudas, reclinadas voluptuosamente y decorando las paredes cuadros con pinturas francesas que me hacían ruborizar.

Por un verdadero milagro, conservaba yo la pureza que en mi alma derramó mi madre, en medio de aquella atmósfera de corrupción.

Una vez quise ir al templo para confesarme como siempre lo había acostumbrado al lado de mi madre y cuando aún vivía mi padre; pero mi madrastra me lo prohibió, diciéndome que era yo bastante buena y virtuosa para tener de qué confesarme.

Algunas ocasiones al sentirme débil para una lucha tan horrible, concebía y revolvía en mi imaginación proyectos de fugarme de aquella mansión de espanto.

Pero a poco desistía. En efecto, ¿dónde iría yo sola, sin recursos, sin conocer a nadie en la ciudad?

Entonces quedaba yo tal vez más expuesta a las asechanzas del vicio.

Por consiguiente, después de un momento de vacilación e inquietud, acababa yo por dejar correr las fuentes de mi llanto. Mi madrastra me encontraba de esta suerte llorando y profería en improperios.

Después se serenaba y decía:

—¿Pero se ha visto alguna vez criatura más rara, desprecia una vida de lujo, de amor, de embriaguez, de placer, por otra de encierro y martirios de monja?…

Isidoro seguía persiguiéndome con obstinación.

Un día amanecí muy triste, más triste que de costumbre.

Parecía que el corazón me avisaba en secreto de la proximidad de una desgracia.

Toda la mañana la pasé orando de rodillas ante el crucifijo que estaba suspendido encima de mi lecho.

Mi madrastra a la hora de la comida estuvo muy obsequiosa y muy benévola conmigo.

Esta benevolencia tan extraña en ella, en vez de halagarme, me inspiró desconfianza y espanto.

Era, en efecto, la primera vez, después de dos años, que mi madrastra me trataba sin injusta dureza y con alguna atención.

La víspera había sido día de su santo y se había ido con Isidoro y algunas otras gentes a un paseo en el bosque de Chapultepec, al que yo me rehusé a acompañarles, porque además del desprecio con que me trataban, iba yo siempre muy pobremente vestida.

Al mediodía vino a la casa un criado, trayendo en un grande azafate el presente que Isidoro hacía a mi madrastra.

A pesar de mi indiferencia por el lujo, no pude menos de lanzar un grito de sorpresa al contemplar el presente.

Era una mantilla magnífica de finísima blonda, un traje de la misma tela blanco como la nieve, y un aderezo completo formado por un collar, pulseras, aretes y prendedor de brillantes.

Con este regalo, cualquiera hubiera podido atraerse la voluntad de una mujer tan amante del lujo como mi madrastra.

Su viejo amante le había enviado la noche anterior un regalo no menos espléndido.

Así es, que cuando este día al anochecer volvió a ver a Isidoro, poco faltó para que le estrechase entre sus brazos.

Éste se despidió de ella a poco rato.

Ambos se miraron de una manera particular.

Cenamos más temprano que lo de costumbre, y estuvo tan cariñosa conmigo como en la mañana.

Después de cenar tomé como lo acostumbraba, una taza de leche que ni concluí porque me supo un poco mal.

A poco sentí tanto sueño y tanta fatiga, que me retiré a acostar a mi cuarto.

No hice atención a la mirada particular con que mi madrastra me siguió hasta la puerta.

Apenas me había acostado cuando me dormí profundamente.

Tuve una pesadilla horrible, espantosa, que al despertar, sin embargo, me había de hacer ver el abismo de la realidad…

Me pareció oír en medio del sueño, un ruido en el aposento.

Después sentí a mi lado un cuerpo extraño que me oprimía y me estrechaba.

Yo, por un instinto, quería moverme, quería gritar; pero no pude y me agitaba impotente como en una pesadilla.

Cuando desperté ya estaba muy entrado el día. Un rayo de luz horrible vino a alumbrar mi alma.

En un momento comprendí lo que había pasado.

Di un grito y me desmayé.

Isidoro, de acuerdo con mi madrastra, se había valido de un poderoso narcótico para penetrar en mi aposento…

A este recuerdo, Amparo ocultó su cabeza entre las manos y rompió a sollozar de una manera que revelaba todo el océano de dolor de su lastimado corazón.

Román, pálido, anhelante, sintió subir a sus ojos las lágrimas agolpadas en su alma durante esta narración.

Amparo enjugó sus lágrimas, y al cabo de un rato continuó con un acento desgarrador y tan triste, tan triste, como una música de nuestro país natal, escuchada en un suelo extranjero al expirar el día…

—Cerca de dos meses permanecí al borde del sepulcro presa de una fiebre maligna y lenta que me hacía morir poco a poco.

Tenía yo acceso de delirio espantoso.

Era porque a mi imaginación calenturienta llegaba el recuerdo de aquella noche de insomnio, de deshonra y de crimen.

Poco a poco mi estado se fue haciendo menos funesto, y el médico que mi madrastra había hecho venir, dio algunas esperanzas de vida.

Mi convalecencia fue muy penosa, porque la presencia de mi madrastra me causaba una desagradable impresión de dolor, que me sumergía en una especie de muerte aparente como la que usted ha visto.

¡Oh, Dios mío!, lo que yo pensaba en esas largas horas de soledad y abandono, era horrible.

Me encerraba yo en mi cuarto, huyendo de mi madrastra, a quien durante mi convalecencia, había hecho cargos terribles y había llenado de acusaciones. Pero ella, en vez de guardar silencio, me llenaba de ultrajes, diciéndome que en nada tenía la culpa de lo que había pasado, y que a su vez por este crimen, había sido engañada por Isidoro. Éste no había vuelto a presentarse delante de mí, aunque yo muy bien comprendía que él visitaba a mi madrastra algunas veces.

Entonces al verme deshonrada, infeliz, comencé a concebir un proyecto siniestro.

No podía yo huir de aquella mansión maldita, porque no tenía dónde ir, enferma, doliente, moribunda casi.

Pensé en arrancarme una existencia que había llegado a ser una carga para mí. Muchos días, como si fuera a cometer un crimen, anduve sombría y preocupada; pero en el momento en que iba a poner en ejecución mi horrible plan, me detuve…

Pensé en mi hijo…

Sí, yo le llevaba ya en mi seno, yo a mi pesar era madre, y hubiera sido un crimen espantoso matar a mi hijo. Yo debía vivir para él, aunque mi vida fuera un espantoso castigo.

Esta idea me hizo desistir de mi proyecto y dulcificó un tanto la amargura de mi dolor. Fue un rayo de luz en medio del oscuro abismo de mi deshonra.

Lloré mucho, pero me consolé un poco.

Mi madrastra al verme tan enferma, se compadeció de mí y me trató con alguna dulzura. Era que una sombra de remordimiento, había opacado la horrible y eterna luz de aquella alma criminal.

Pasaba yo los días llorando y rezando. Pocos meses después escuché el primer gemido de mi hijo.

Era una niña. Los pesares que me hablan combatido el tiempo que la llevé en mi seno, la hicieron nacer débil y enfermiza, y los primeros meses los pasó al borde de la tumba. Pero poco a poco se fue restableciendo y volviendo a la vida.

Entonces una dulce melancolía hizo lugar a la desesperación que había desgarrado mi alma, y casi volví a ser feliz.

Pasaba horas enteras contemplando a mi hija dormida sobre mis rodillas, cubriéndola de besos y lágrimas.

¡Pobre hija del crimen, de la desdicha y la violación! ¡Pobre niña sufriendo antes de nacer y alimentándose con lágrimas!

Pero el cielo había decretado que aquel tibio rayo de luz que había alumbrado débilmente la oscura noche de mi dolor se convirtiese en la negra y espantosa tiniebla de la desesperación.

Apenas había cumplido mi hija un año, cuando la fatiga que había experimentado para criarla débil como estaba, se convirtió en una enfermedad que me postró completamente durante algunos meses.

—Y bien, señor, ¿sabe usted lo que hizo mi madrastra durante este tiempo, que luchaba yo entre la vida que quería conservar para mi hija y la muerte a que ella me había orillado? ¡Arrebatarme a mi hija! —exclamó Amparo con acento de profunda desesperación.

—¡Dios mío, Dios mío! —murmuró Román.

—Sí, la infame mujer me la había arrebatado. ¿Y adivina usted o se figura al menos para qué?

Para darla a criar a personas extrañas, que la diesen inclinaciones y despertaran en su alma sentimientos diferentes de los que yo hubiera podido inspirarle, a fin de valerse de ella y especular con su hermosura en la vejez a que ya comenzaba a entrar. Sí, para especular con ella, porque la niña prometía ser hermosa, muy hermosa, como lo había sido mi madre.

Cuando mi enfermedad me permitió comprender lo que había pasado, grité, lloré, supliqué, la amenacé con la justicia para que me volviera a mi hija; pero ella despreció mis exclamaciones y mi llanto, escuchó con indiferencia mis súplicas y se burló de mis amenazas.

En efecto, ¿qué podría yo hacerle, pobre, deshonrada, desconocida; a ella altiva, llena de recursos, relacionada con gentes de influencia?

Así me lo hizo comprender, y yo, convenciéndome de mi impotencia, desistí de mis amenazas con una justicia mundana que casi nunca, por no decir «jamás», existe para los pobres y para los desgraciados.

Con la esperanza de ablandarla, permanecí todavía un mes llorando y suplicando; pero aquella mujer era inflexible en sus criminales resoluciones, era, según creo, la criatura más malvada que ha existido sobre la tierra.

Entonces, aquella morada de infamia, que sólo el recuerdo de mi madre o la presencia de mi hija, podía haber hecho soportable para mí, se convirtió en un infierno, luego que mi deshonra hubo ahuyentado de mi alma esa memoria, ángel de la guarda de mi existencia; luego que un crimen multiplicado mil y mil veces me hubo arrebatado a mi hija.

Determiné abandonar tan funesta mansión. Una tarde salí de allí enfermiza, delirante, medio loca, dejando escrito un papel en que llenaba de acusaciones a mi madrastra.

¡Primera queja verdadera que yo profería contra aquella infame mujer!

No me llevé nada más que el vestido que traía puesto y una cruz de brillantes que desde muy niña me había suspendido mi madre al cuello y que yo siempre había llevado, ocultándola de la avaricia de mi madrastra.

Durante algún tiempo anduve corriendo como loca de un lugar a otro de la ciudad buscando a mi hija, preguntando por ella en los lugares en que un asomo de sospecha me hacía creer que mi madrastra la ocultase. Pero las gentes a quienes yo me dirigía, no me comprendían y se burlaban de mí claramente, tomándome por una joven demente, o creyendo otra cosa, se atrevían a hacerme insinuaciones que me hacían ruborizar llenándome de indignación.

¿Quién de aquellos indiferentes podía imaginarse siquiera la intensidad del dolor de una madre tan desdichada como yo?

Tuve que vender llorando, porque me moría de hambre, en la octava parte de su valor, la única prenda que me quedaba de mi madre, aquella cruz que me traía en medio de la oscuridad de mi espantoso presente, un recuerdo grato al par que doloroso, un rayo de luz de mi pasado tan sereno.

Por fin, me presenté a solicitar trabajo en casa de una modista a fin de vivir con él los días que me restan de vida, pensando en mi madre, llorando por mi hija con la esperanza de encontrarla alguna vez, sufriendo y orando.

Mi exterior inspiró confianza a la buena mujer, y desde entonces me confía algunas obras en que trabajo todo el día. Mi madrastra ha muerto hace cuatro meses, y por consiguiente, hoy, la única persona depositaría del secreto de la existencia de mi hija, sea acaso su infame padre que muy poco después de su crimen, partió para Europa, de donde ha vuelto ya, porque una vez que fui a dejar mi labor, le he visto sin ser notada por él, en un carruaje que se dirigía a Bucareli, reclinado junto a una hermosa joven de la alta sociedad.

Ya usted lo ve, señor, soy una mujer deshonrada sin haber cometido un crimen, soy impura y desdichada sin ser culpable.

Y sin embargo, apenas tengo veintidós años.

¡Quiera el cielo perdonar a esa mujer y darle en clemencia, cuanto ella me causó en infortunios!

Amparo rompió a llorar dolorosamente.

—Pero sin embargo —exclamó al cabo de un momento—; si yo pudiese volver a ver a mi hija, si yo pudiese decirle alguna vez, cubriéndola de besos y lágrimas: ¡hija, hija mía, hija de mi corazón!, deja que te estreche en mis brazos y contra mi seno, porque yo soy tu madre, porque si has nacido por un crimen, sólo por otro crimen más horrible han podido arrebatarte de mi lado, porque tú, pobre niña, no tienes padre, no; pero tienes una madre que te idolatra, con un infinito amor. ¡Oh!, si tal sucediera, entonces volvería yo a ser casi tan feliz como lo era en mi infancia, de mi desdicha sólo me quedaría el recuerdo, trabajaría doble de lo que hoy trabajo para mi hija, no me apartaría un momento de su lado, le daría en amor cuanto yo recibí en odio.

Amparo inclinó su cabeza sobre el pecho y lloró.

Román, sin proferir una palabra lloró también en silencio.

Al cabo de un momento en su rostro pálido y desfigurado por la emoción y por mil encontrados sentimientos, se pintó el sello de una resolución terrible, como la conciencia, firme e inflexible como la venganza, sublime como la abnegación. Se levantó sereno, tomó la mano de Amparo, y depositó en ella un beso casto, silencioso; pero ardiente y apasionado.

Después salió de la estancia sin proferir una palabra y lanzando una última mirada impregnada de infinito amor sobre la desgracia joven.

—¡Oh! —exclamó Amparo con acento de queja y de pasión, luego que Román hubo salido—. ¡Criatura generosa, alma noble, que desde la altura de tu virtud, te has dignado lanzar una mirada de compasión sobre esta desdichada mujer; yo daría la mitad de mi existencia por estrecharte contra mi corazón, por aspirar el amor en tu aliento, por depositar en tu hermosa frente un beso en que exhalase mi vida! Pero ¡imposible!, ¡a mi deshonra está prohibido amarte a la faz del mundo; yo sólo puedo idolatrarte sin esperanza, guardar tu imagen adorada en el fondo de mi corazón!… llorar y sufrir.

Y Amparo ocultó su hermosa cabeza entre las manos.

Eulalia de Guzmán

Trasladémonos ahora a una elegante habitación situada en la suntuosa calle de Donceles.

Era un palacio completamente.

Se componía de tres pisos. En el inferior estaban las piezas destinadas para almacenes y bodegas, dando a un extenso patio, obstruido en parte por dos magníficos carruajes y algunos tercios con efectos mercantiles arpillados aún, Los entresuelos estaban destinados para el despacho, escritorio y habitación de los dependientes. En el piso superior habitaban los opulentos dueños de esta casa, al parecer comerciantes acomodados. Después de subir una amplia y elevada escalera, se encontraba uno en un extenso corredor, en el que se había formado un jardín, según la profusión de macetas cargadas de flores exquisitas compradas tal vez en el jardín de San Francisco. Al costado izquierdo de este corredor, daban las puertas de los aposentos.

Esta suntuosa morada pertenecía al rico comerciante don Febronio de Guzmán, que poseía un capital activo de doscientos mil pesos, una extensa hacienda en el estado de Guanajuato, algunas fincas en la capital, y una hija de veinte años, linda como un cielo.

Como se ve, con semejantes dotes el bueno de don Febronio, no podía menos de ser solicitado y bien recibido en todas partes, como era además hombre de buen humor, algo campechano y muy necio; pero no; no digamos esa palabra, digamos mejor muy tonto, su casa era el centro de reunión de cuanto más florido, más elegante, más rico y (vergüenza causa decirlo) más prostituido tiene la parodia aristocracia mexicana.

En otra novela he hecho una crítica de esta clase inútil y tan ridícula en México; por consiguiente no hablaré más de ello, para evitar ser lo menos enfadoso posible a mis lectores. Baste saber que don Febronio pertenecía a la aristocracia, que su esposa aunque tenía cincuenta años, era una de esas mujeres que se empeñan en no envejecer jamás, y que su hija era muy hermosa.

Eulalia, éste es el nombre de la hija, era una joven bella como la inspiración de un artista; pero con esa belleza especial y terrible, por decirlo así, que parece la obra sublime de un genio malévolo, el genio de la tentación, una de esas jóvenes que los hombres más fríos y que han formado más teorías acerca del amor y la hermosura, los arrebata con un estremecimiento nervioso y les trastorna la cabeza con una pasión violenta que se parece mucho a un deseo: envidia de las otras mujeres, objeto codiciado por todos los hombres, aunque no sean muy codiciosos.

En efecto, figuraos una frente tersa, unos ojos ardientes y que no se sabe de qué color son verdaderamente, porque nunca se les puede ver sin sentirse deslumbrado y abrasado, una boca ni muy pequeña ni muy fina, pero entreabierta por una sonrisa fatal, algo sarcástica, algo desdeñosa, muy bella, para dejar ver dos hileras de dientes blanquísimos, parejos, bellos, dos hileras de perlas como diría el galante poeta Luis [G.] Ortiz, o flores del café como ha dicho Plácido; una barba con un hoyito pequeño, nido de amores; un rostro, en fin, que estudiado detenidamente, no presenta tal vez nada de hermoso y hasta llega a ser feo; pero todo el mundo opina que esta hermosura que consiste en el conjunto y no en los detalles; esta bella fealdad, permítasenos la expresión, es la que más atrae y enamora. Figuraos un cuello blanco rosado con el color de la primera tinta de la aurora, un seno redondo, túrgido, palpitante como si estuviese fatigado o excitado; una cintura delgada como la de una abeja, unos pies pequeños que conociendo su valor se calzan con primoroso lujo, una estatura souple, como diría un francés, elegante, más bien alta que mediana unos brazos redondos, unas manos no muy pequeñas; pero tan bellas, tan perfectamente torneadas, que hubieran causado la admiración y hubieran servido de modelos de escultura a Miranda y Antonio Romero; una marcha lánguida, perezosa, que comunicaba al cuerpo una oscilación suave como la del tulipán mecido por la brisa de septiembre. Figuraos ese conjunto animado y simpático, tan agradable de contemplar de los cuadros de don Miguel Mata, ese distinguido artista mexicano, y tendréis una idea completa de la hermosura de Eulalia.

Hemos penetrado en esta casa, porque hay en ella esta noche una fiesta, un gran baile nada menos.

¿A qué es debido? Lo diremos en pocas palabras:

Hacía algunos años que Eulalia, con su hermosura de reina, atraía tras de sí un cortejo de aduladores y admiradores que invadían su casa en calidad de tertulianos y visitas admitidas por don Febronio y su esposa doña Juliana.

Muchas miradas se habían clavado con pasión en su bello rostro, muchas dulces palabras se habían murmurado a sus oídos en medio de la embriaguez de un vals de Strauss, muchos billetitos se habían deslizado en sus manos, en una contradanza, o se habían hecho llegar a ellas por medio de criados que vendían este servicio a peso de oro; pero Eulalia no hacía caso de las miradas porque creía merecerlas, escuchaba las dulces palabras como un tributo de admiración a su sin par hermosura de diosa y volvía los billetes después de haberlos leído, o sin tomarse esa pena, los volvía despedazados o los guardaba sin hacerles caso ni contestarlos jamás.

Así es, que algunos amantes, después de suplicar algún tiempo, se alejaban de ella tan enamorados como el primer día; pero huyendo de un abismo; otros se desesperaban, otros de adoradores se convertían en sus enemigos mortales, y la boca que otros días exhalaba palabras de súplica y ternura, después sólo se abría para proferir sangrientos chistes acerca de su conducta, o maldiciones.

Pero Eulalia pasaba erguida e indiferente por en medio de estos pesares, de esas desesperaciones, de esas hablillas… Su hermosura la escudaba y justificaba sus acciones por crueles que éstas fuesen.

Sin embargo, la hermosa joven había sido la heroína de una historia de llanto.

Un día, Víctor, el desdichado artista que Se daba lecciones de piano, había dejado caer de sus labios algunas de esas palabras que apenas alcanzan a revelar un átomo de la pasión infinita en que se abrasa un corazón lastimado, un corazón que no vive más que por esa llama que al par que le da vida, le consume. Pero Eulalia, que no podía menos de conocer la pasión que en silencio le profesaba hacía algún tiempo el infeliz poeta, se llenó de indignación al escuchar sus palabras.

¡Atreverse a amarla, a ella, rica, hermosa, seductora, un artista, un poeta cuyo caudal está sólo en la imaginación y en el alma, y que en vez de producir el dulce retintín de las monedas de oro, produce los sonidos del cielo y habla en el idioma con que Dios habla a los bienaventurados en esas regiones en que todo es luz!

¡Fuera un hombre rico, tal vez, pero un poeta o un artista mexicano, uno de esos judíos de la actual sociedad, un hermano de Serán que murió de hambre en Guadalajara y de Rodríguez Galván que murió de pesares!

El enojo de Eulalia había producido la expulsión de su casa al desgraciado Víctor.

Así es como había llegado hasta la edad de veinte años, despertando pasiones, deseos, esperanzas y desengaños. Pero últimamente se había presentado un nuevo admirador que tenía todas las probabilidades de éxito en aquella lucha de amor.

Eulalia era inexpugnable. Pero también Gibraltar era inexpugnable, y sin embargo, a fuerza de sangre cayó en poder de los ingleses.

Isidoro de San Román, que era el nuevo amante, contaba en su favor muchas circunstancias, En primer lugar, era muy rico, en segundo, era muy hermoso, de una figura muy simpática, y se vestía con una elegancia que había adquirido en Europa. En tercero, conocía perfectamente a las mujeres y su lado débil. En cuarto, estaba muy enamorado, es decir, enamorado como lo puede estar un hombre cuyos sentimientos ya conocemos por la orgía de la Gran Sociedad y por la historia de la infeliz Amparo. En quinto, había formado un capricho de poseer a aquella mujer y ganar la prenda que tantos se disputaban.

Con la primera circunstancia, se había atraído la voluntad y el cariño de los padres de Eulalia. Con la segunda, ambas cosas de la joven. La tercera, le era un poderoso auxilio en aquella lucha. Con la cuarta gozaba de antemano, Y para conseguir su capricho y salir vencedor, había dejado caer estas palabras sacramentales, suficiente casi siempre para vencer a la mujer más rebelde.

«Me caso.»

Así es, que después de haber hablado de ello a Eulalia, pidió formalmente a sus padres la mano de la joven que le fue inmediatamente concedida. Eulalia, al fin, se había enamorado de Isidoro.

Entonces los numerosos amantes de la joven, sintiéndose impotentes para luchar con aquel coloso, desistieron de su empresa. Unos se retiraron desairados, otros siguieron visitando la casa en calidad de amigos.

Todo se empezó a disponer para el casamiento. Por eso era el baile de esta noche. Lo daba Isidoro a la familia de Eulalia, que dentro de pocos días debía ser su esposa.

Ahora que ya conocemos los antecedentes, penetremos en el salón.

IX. El baile

Era un espectáculo magnífico el que presentaba aquel extenso salón cerca de la media noche. El conjunto era hermoso; pero los detalles, contribuyendo a darle esa esplendidez, eran bellos por sí.

Las arañas de cristal puro, como si fuesen de brillantes, produciendo una luz deslumbradora, los espejos aumentando la perspectiva y formando agradables ilusiones de óptica, la alfombra finísima de hermosos colores, el piano elegante… y sobre todo, la lujosa multitud que ocupaba aquel salón, rostros de diosas, ojos de mexicanas, estaturas artísticas, blondas, diamantes, oro, manos pulidamente enguantadas, senos de alabastro, brazos torneados, una multitud agitándose sin compás, entrelazando las manos con las manos, los brazos con las cinturas; rostros reclinándose casi sobre hombros desnudos, pies diminutos y hasta fabulosos primorosamente calzados de blanco, sobresaliendo del no menos blanco vestido, dulces sonrisas de amor, de placer, miradas de embriaguez y de lánguida pasión, reflejando una luz más bella que la de la luna.

Y toda esa multitud pasando en confuso torbellino, impelida por un vértigo, como el que impele a las Willis y a los personajes de las baladas alemanas; en una palabra, la locura justificada. Si esto contemplaba la vista, no menos escuchaba el oído.

Una música alegre y estrepitosa unas veces, como las risas de los niños, otras compasada y triste como un sollozo; voces de mujer tan dulces y vibradoras que parecen un instrumento desconocido que cada una de ellas va tocando, palabras vagas medio escuchadas, de amor, de queja, de febril delirio, suspiros de pasión, de tristeza, de despecho, de tierno placer, sonrisas, acentos de alegría, frases rotas de chanzas, de promesas…, todo ese ruido, en fin, que puede producir una juventud agitada de diferentes pasiones en una noche de entusiasmo y locura. Se respiraba un suave perfume, ese perfume delicioso, formado de todas las flores y que siempre exhala y deja tras sí la elegante aristocracia.

Ahora que la pieza que se bailaba ha concluido, que la música ha cesado, que las señoras han vuelto a su asiento, enviando con su abanico la brisa a su rostro ardiente por la fatiga y la emoción, que los jóvenes forman grupos o se pasean en los corredores, detengámonos un momentos sobre algunos de los concurrentes. Contemplemos un instante a Eulalia.

Estaba deslumbrante y hermosa como una reina. Vestía un traje blanco completamente, de delicada blonda, recogido en algunas partes para formar pliegues, con broches pequeños de diamantes, escotado en el seno, que veleba un schall pequeño o bufanda, a su talle delgado se ceñía un cinturón detenido por otro broche grande de diamantes y oro también; una flor, una verdadera camelia de piedras preciosas recogía hacia atrás de la cabeza su pelo fino y abundante de un suave castaño, a su brazo derecho, se suspendía por un anillo formado de perlas pequeñitas, un porte bouquet de oro que contenía un hermoso ramillete de flores naturales de vivos y variados colores, que exhalaban un perfume delicioso y embriagador. Al verla con su vestido blanco y sus diamantes, se la hubiera podido tomar por una de las creaciones del pincel del sublime Grandville en las Estrellas Animadas.

Su rostro estaba animado por el placer, sus ojos al clavarse en el rostro de Isidoro, brillaban de pasión, por sus labios carmíneos erraba una bella sonrisa de satisfacción y su seno se levantaba por la excitación.

Isidoro, por su parte, estaba completamente simpático. Su rostro algo ajado por el vicio y la continuación del placer, estaba ahora coloreado por la sangre que su corazón latiendo violentamente por la fatiga y el deseo le enviaba; sus ojos cuyo fulgor algo habían apagado las vigilias de sus orgías, despedían sin embargo un brillo particular y lanzaba una mirada ardiente, prolongada, amorosa casi, impregnada de deseos y anhelante placer, al fijarse en la divina Eulalia. Estaba vestido con elegancia, de negro con centro blanco y guantes del mismo color.

¡Ay!, qué doloroso contraste formaban Eulalia e Isidoro, con Amparo y Román. Una feliz, alegre, obsequiada, cubierta de oro y adulación. La otra desdichada, llorando huérfana las consecuencias de un crimen que no había cometido sin embargo.

Isidoro, joven, infame y prostituido, que en vez de reparar su falta con su conducta posterior, arrojaba sobre ella una nueva mancha, anhelando unirse con un lazo indisoluble a una joven a quien tal vez abandonaría haciéndola desdichada, luego que satisfecho su ardiente deseo, la luna de miel de la existencia hubiese pasado. Román pobre médico del cuerpo y del alma, que se abrasaba en casto y dulce fuego por Amparo, y que al escuchar su dolorida historia había tomado una resolución firme, terrible.

Paralelo exacto que siempre ante los ojos del hombre honrado favorece a la clase media.

Don Febronio, alegre como unas pascuas conversaba en un grupo, de comercio, de haciendas y de otros asuntos más o menos impropios en un baile. En otro grupo en que se hablaba de Eulalia, estaban Enrique y Luis, los dos jóvenes calaveras amigos de Isidoro y que hemos visto una vez en la Gran Sociedad, seductor uno de ellos de Elena la hermana de Víctor.

Las damas envidiaban a Eulalia, los hombres a Isidoro.

La música preludió un vals. Las parejas comenzaban a formarse, cuando un joven exclamó:

—¿No sería mejor que la señorita Eulalia tuviese la bondad de cantar alguna pieza?

Esta proposición fue acogida con entusiasmo por todos los tertulianos. Eulalia, sin ruborizarse, a pesar de que todas las miradas estaban fijas en ella, llamó a Isidoro y le preguntó con dulce acento:

—¿No querría usted acompañarme en el piano, Isidoro?

—Con mucho gusto, Eulalia, se apresuró a responder éste, ofreciendo el brazo a la joven para conducirla al piano. Eulalia se apoyó en él componiéndose el vestido. Isidoro preludió con desembarazo y ejecución, Eulalia comenzó a cantar con un acento tierno, suave y vibrador como si estuviese formado por un concierto de aves, esa aria hermosa de la Casta Diva de Norma, que Enriqueta Sontag ha popularizado en México. La música y el pensamiento de Bellini, estaban perfectamente comprendidos por Eulalia. Las mexicanas tienen disposiciones notables para la música, y si en la capital se establece un conservatorio de este arte sublime, en muy poco tiempo se palparían ventajosos resultados.

Cuando la joven hubo concluido, sonaron prolongados y estrepitosos aplausos y fue invitada para tocar otra pieza. Entonces moduló esa música quebrada y trémula como un sollozo del corazón que desgarraron los pesares, o vaga como un ensueño de la juventud y que Beriot llamó Reverie, Parece la expresión de un dolor intenso; comienza como un suspiro, continúa como un sollozo, sigue como un gemido, y va muriendo gradualmente hasta semejar una música de otro mundo. Eulalia siguió perfectamente esa graduación. No se escuchaba en aquel salón ni una voz, ni el sonar de un abanico. Parecía que aquella alegre multitud poco antes tan bulliciosa, había contenido hasta su respiración para escuchar mejor. Sólo de vez en cuando un murmullo de aprobación interrumpía aquel profundo silencio. Nuevos aplausos resonaron cuando hubo concluido.

La música volvió a preludiar el vals. Eulalia se lanzó con Isidoro al torbellino de parejas.

Era uno de esos valses que Strauss compuso en una noche de fiebre, viendo pasar ante su vista mil imágenes fantásticas impelidas por un torbellino o una tromba, o recordando los argumentos de las baladas de Schiller, en que corría el caballo… y corría la joven… y corría el diablo detrás de ella.

Fernando Orozco, dijo que el vals sólo se debe bailar con la persona amada, y creemos que tuvo mucha razón ese desgraciado escritor mexicano, que muy bien se puede llamar el poeta de las tertulias y los bailes, según el retrato perfecto que de ambas cosas hizo en su Guerra de treinta años.

Eulalia se apoyó en los hombros de Isidoro, sus rostros se juntaron hasta tocarse casi, sus alientos se confundieron, los ojos se fijaron en los ojos, sus labios aspiraron el ámbar del amor, sus manos se estrecharon con una suave presión y durante algún tiempo la lánguida embriaguez de su pasión les impidió hablar. En efecto, hay momentos en la vida en que el fuego del corazón convierte las palabras en fluido y las evapora al salir de los labios.

Entonces se guarda un silencio más expresivo y más elocuente que todos los discursos que puede inspirar el talento.

Al cabo de un momento, Isidoro preguntó en voz baja y con dulce acento:

—¿Estás contenta amor mío, Eulalia de mi corazón?

—¿Puedo dejar de ser feliz estando a tu lado, escuchando tu voz, estrechando tu mano con la mía, contemplando tus ojos, respirando tu aliento, adorándote y viviendo como los ángeles?, murmuró Eulalia con su músico acento.

—¡Oh!, qué felices vamos a ser dentro de pocos días, unidos para no volvernos a separar más.

—¡Dios mío!, sólo de pensar en ello me estremezco de felicidad.

Y entonces los dos jóvenes, medio apagada su voz por los acentos de la música y el estruendo de la fiesta, dejaron desbordar por sus labios el torrente contenido en su corazón. ¡Felices ellos, que así olvidados, pensando el uno en el otro, arrebatados por el torbellino de la pasión, gozaban con una ventura tan avara para tantos seres!

De repente, el vestido de Eulalia se desgarró ligeramente del talle en la precipitación del vals. La joven no lo notó, hasta que la danza hubo concluido. Entonces, apoyada lánguidamente en el brazo de Isidoro, se dirigió al interior de la casa, en uno de cuyos aposentos más lejanos y retirados, se había colocado una modista que remediase y atendiese a los accidentes de las señoras, tales como el que acababa de pasar a Eulalia. La modista de ésta que era una francesa, no habiendo podido ir, había mandado a una joven de su confianza. Sólo la esperanza de ganar en una sola noche para aliviar su miseria, lo que sólo se hubiera ganado en dos semanas de constante trabajo, podía haber obligado a la joven a ir, porque su rostro, su traje, sus modales, revelaban desde luego que si la desgracia la había reducido al miserable estado de costurera, no había nacido ciertamente en esa clase. Pero ¿quién la conocía en aquella suntuosa morada? ¿Qué importaba pasar por obrera durante algunas horas, si éste era el solo medio de ganar honradamente la subsistencia? Así es, que la joven, habiendo llegado al anochecer, se había instalado en el aposento destinado y dejándose caer en un sillón y ocultando la cabeza entre las manos, se había puesto a meditar. Por otra parte, nadie la había visto, y hasta aquel lejano aposento de la casa, sólo llegaban los ecos vagos y perdidos de la música del salón. Mucho debía haber sufrido aquella pobre joven con el contraste, los acentos de la lejana música debían llegar produciendo una dolorosa impresión a su alma llena de amargura, porque no se había movido de su posición. Al ruido que produjeron en la puerta Eulalia e Isidoro, la joven levantó la cabeza. Su mirada se fijó en las personas que se acercaban. De repente, al ver a la hermosa Eulalia apoyada en el brazo de Isidoro con esa confianza particular que sólo da el amor y que cualquiera puede comprender a primera vista, al reconocer a este último radiante de felicidad, la joven exhaló un quejido triste como el último suspiro de Weber, y al querer pararse de su asiento, se desmayó. Eulalia dio otro grito de espanto y se acercó al cabo de un momento a la joven, exclamando:

—¡Dios mío!, señorita, ¿qué sucede?

La joven, como si estuviera muerta, no hizo ningún movimiento.

—¡Socorro!, ¡socorro!, exclamó Eulalia lanzándose a la siguiente habitación para llamar a las criadas, y volviendo a poco con un vaso de agua y un frasquillo con esencias.

De repente, Isidoro, en un movimiento de la joven desmayada que le permitió ver su rostro, lanzó un grito de sorpresa, como si aquella fisonomía desfigurada por la desgracia y la miseria se hubiese presentado otros días a su vista con las suaves tintas de la inocencia y la pureza, como si aquel rostro pálido por un dolor hondo e inmenso, se hubiese retratado en su alma como un remordimiento.

Fue tan marcada la emoción de Isidoro, que Eulalia volvió lentamente la cabeza hacia él. Pero el joven había tenido tiempo, sin embargo, para recobrar su impasibilidad.

Amparo, a quien el lector habrá conocido, empezó a volver lentamente en sí. Eulalia la dejó entregada a los cuidados de las criadas y se volvió al salón diciendo con sorpresa:

—¿Pero qué habrá sucedido a esa joven?

—¿Quién sabe?, respondió Isidoro perfectamente tranquilo.

Ésta ha sido la parte dramática del baile. Y se alejó cantando:


O bell’alma innamorata
Ne congiunga il nume in ciel…
 

X. Román

La tarde que siguió a las escenas referidas, Isidoro al volver a su casa que era una elegante habitación de la calle de Santa Clara, fue detenido por su criado que le anunció que hacía una hora le esperaba un joven.

—Pero imbécil, ¿para qué le has dejado entrar? —dijo Isidoro impacientado por aquella visita importuna que le iba a robar algún tiempo del sueño a que iba a entregarse, para recuperar la desvelada de la noche anterior.

—Le he dicho que su merced no estaba en casa y que tardaría mucho en volver; pero él ha dicho que le esperaría hasta que llegase, respondió el criado.

—¿Es acaso algún amigo mío?

—No recuerdo haberle visto nunca en la casa.

—¿Y dónde está ahora?

—Le he hecho entrar en la antesala.

—Algún importuno que viene a pedirme dinero —murmuró Isidoro dirigiéndose a sus habitaciones que formaban el ala izquierda de la casa que habitaba en unión de su madre, que era una anciana que no sabía más que rezar y que amaba a su hijo con idolatría.

Isidoro se halló enfrente de Román. Aquella frente ancha y severa, aquella mirada profundamente pensadora, aquel sencillo y grave traje negro, llamaron la atención de Isidoro. Al verle entrar, el joven se había puesto de pie, saludándole con una fría cortesía.

—¿Podría yo saber a que debo la honra de ver a usted en mi casa con tanto empeño? —preguntó Isidoro algo impacientado.

Román lanzó una mirada orgullosa de profundo desprecio al elegante.

—No es un mendigo, pensó éste.

—¿Estamos solos? —preguntó al cabo de un momento Román.

—Perfectamente solos; pero si no fuera indiscreción, me atrevería yo a preguntar a usted ¿para qué es tanta precaución y tanto misterio? —dijo Isidoro.

—Puede ser que no agradase a usted mucho que alguno escuchase lo que voy a decirle —dijo Román con un acento particular.

—Entonces, pasemos a mi cuarto.

Román se inclinó y siguió sin proferir una palabra al joven.

Su aposento, bastante aislado y enteramente independiente del resto de la casa, era extenso y decorado con un lujo que revelaba desde luego sus instintos.

Muebles elegantes, magnífica alfombra, dos espejos suntuosos, cuadros comprados en casa de Michaud, representando «Las bailarinas de la Porte Saint Martin», «Une nuit de carnaval», «Une promenade dans le bois de Boulogne» y «La juventud de Jean Jacques Rousseau».

Todo esto contempló Román con una rápida mirada.

—¿Está usted satisfecho ahora? —preguntó Isidoro invitando a sentarse al joven después de haber cerrado tras de sí la puerta.

—No es mucho lo que tenemos que hablar, por fortuna —dijo Román permaneciendo de pie—; vengo solamente a hacer a usted una pregunta, una súplica más bien, a exigir asimismo una reparación.

—No comprendo, caballero, lo que está usted diciendo —dijo Isidoro con altanería, y le suplico tenga la bondad de explicarse un poco más.

—Pronto lo va usted a comprender.

—Ya espero.

—¿Se acuerda usted de Amparo?…

Fue tan brusca la pregunta, que Isidoro, a pesar de su completa indiferencia y de su impasibilidad, no pudo menos de estremecerse y ponerse un poco pálido.

—¿Por qué me hace usted y con qué derecho, esa pregunta tan extraña? —preguntó al cabo de un rato de silencio, recobrada ya su calma.

—¿Tan extraña le es a usted, caballero, una cosa en que debiera estar pensando continuamente? —dijo Román clavando sus ojos en los de Isidoro que no pudo menos de bajarlos al sentir el magnetismo de aquella mirada penetrante, sombría, acusadora como la voz de la conciencia.

—¿Me pregunta usted que si me acuerdo de Amparo?

—Sí, de Amparo.

—¡Pues está bien!, me acuerdo, ¿y qué hay en ello?

—Puesto que se acuerda usted de esa pobre joven, se acordará también que hace cuatro años, era pura, inocente y casta como un niño; recordará usted mismo que una noche, valiéndose de un narcótico y ayudado por una mujer malvada, penetró un hombre infame en su aposento, para arrancarle el honor y marchitar la flor de su pureza.

—¡Caballero!

—¡Silencio, joven!, no me obligue usted a revelar el nombre de ese infame.

—¿Viene usted como acusador?, ¿cree usted amedrentarme con amenazas? Pues se engaña, porque voy a hacerle arrojar por mis criados —dijo Isidoro lanzándose a la puerta para llamar.

—Pero Román se interpuso entre él y la puerta, y tomándole por un brazo, lo empujó con violencia obligándole a sentarse en el sofá. Isidoro se levantó con el rostro purpúreo de cólera, con los ojos chispeantes de furor, y tomando una pistola que estaba sobre un buró, se precipitó sobre Román. Pero éste, sin muestra ninguna de cólera, sacó del bolsillo de su levita una pistola y apuntando al furioso joven —le dijo con un acento tranquilo y sereno.

—Si da usted un paso adelante, si hace un movimiento, le tiendo muerto a mis pies.

Isidoro se quedó inmóvil, pasado el primer ímpetu de su enojo.

—Vamos, guarde usted esa pistola; antes de llegar a ese extremo tenemos aún algo que hablar —continuó Román depositando su arma sobre una mesa.

Isidoro dejó caer la pistola, dio dos o tres paseos por el cuarto sin hablar una palabra como si estuviese solo, y dejándose caer sobre el sofá y lanzando una mirada terrible a Román, le dijo:

—Pues bien, hablemos ya que usted se empeña; pero le suplico que no sea muy larga la conversación, porque después de ella, tenemos que arreglarnos para la reparación del ultraje que acaba usted de hacerme en mi propia casa.

—No; yo no he venido como acusador —dijo Román con dulce acento; yo he venido a suplicar, yo he venido a hacer una pregunta cuya respuesta es la vida y la felicidad de una persona, y sólo la violencia y la precipitación de usted, son las que me han obligado a estrujarle para evitar un escándalo en esta casa.

—Está bien; pero ¿qué diablos quiere usted? —exclamó Isidoro colérico.

—Yo no vengo a exigir a usted una satisfacción sobre el crimen con que manchó hace cuatro años a esa desdichada joven Amparo, envolviéndola para siempre en el infortunio y la desesperación, no; porque eso a nada conduciría, porque esa afrenta sólo se podría lavar con un matrimonio imposible por mil circunstancias, yo no soy un aventurero que conocedor de esa falta de su juventud, vengo a hacer comprar mi silencio, yo vengo a suplicar a usted, a decirle: «Joven, si en el corazón de usted hay un germen de virtud y nobleza, si aún conserva un resto de compasión para una desdicha que ha tenido tanta parte, si quiere usted reparar su criminal extravío, dígame en qué sitio se encuentra su hija, la pobre niña fruto de esa violación; no anhelo otra cosa que volver su hija a la madre a quien veo ir languideciendo día a día, porque falta a su existencia la savia del amor filial.

»Dígame usted, ¡por Dios!, en qué parte la malvada mujer que fue causa de todo, ha ocultado a la niña…, yo iré a tomarla, la colocaré entre los brazos de su madre, en vez de ser una prostituta, será una joven virtuosa y honrada, Amparo volverá a ser feliz y perdonará la falta por la restitución. Tres seres agradecerán a usted la felicidad que disfrutan y Dios escuchará sus súplicas y hará feliz y dichosa su existencia.»

Román, al proferir estas palabras, estaba pálido por la emoción, trémulo por la ansiedad.

—¡Ah!, ya comprendo, usted, de acuerdo con esa joven Amparo, quiere apoderarse de la niña para valerse de ella como un instrumento; quieren tener una prueba palpitante de un extravío de mi juventud para especular conmigo y arrancarme dinero, amenazándome con una revelación.

—¡Miserable! —exclamó Román lívido de cólera al escuchar las palabras de Isidoro—. ¡Miserable!, creía yo encontrar en esa alma de lodo un germen de virtud, creía yo ser el intermediario entre Jesucristo y un hombre infame, obteniendo el olvido de un crimen por una reparación; pero veo que me he engañado y que en la aristocracia de este país, no hay más que cieno, prostitución.

—¡Silencio! —interrumpió Isidoro rugiendo de furor—, no prosiga usted hablando sin darme satisfacción de los ultrajes que me ha hecho. ¿Sabe usted lo que es el honor de un caballero?

—¡Honor!, ¿y se atreve usted a hablar de honor, usted joven prostituido, que en este momento está acumulando infamia sobre infamia, usted que está pisoteando las creencias más santas y los sentimientos más puros, con una sospecha vil y mezquina?… Sí, yo daré esa satisfacción que se me pide, muy pronto, porque también soy un caballero, y como tal he recibido una ofensa muy grave en esta casa.

Isidoro lanzó a Román una mirada llena de indignación y preñada de rencor.

—Dice usted que yo me quiero valer de esa niña como una prueba —continuó el médico con dulzura—, si tal intentase, ¿no podría yo amenazar a usted, y venderle mi silencio diciéndole: «Joven, yo me he interesado por la existencia de Amparo, la he visto sufrir con un dolor eterno, sin tregua, al verse separada de su hija, he comprendido que muerta su madrastra, usted es la única persona poseedora del secreto de la existencia de esa niña; para obtener ese secreto que es la vida de una madre, le he seguido algunos días, he sabido que ama usted y está próximo a unirse a una hermosa y rica joven y que puedo decirle a ella y a sus padres: Isidoro, el joven que vais a adoptar por esposo y por hijo, ha cometido el crimen de marchitar la flor de la pureza de una joven casta como una virgen»?

—No lo creerían.

—Yo procuraría que lo creyesen, y usted simplemente, por evitar una sospecha, compraría mi secreto.

Isidoro lanzó una mirada no menos rencorosa que la primera al joven médico y reflexionó un momento.

—Comprendo perfectamente —dijo al cabo de un rato—, usted no es un aventurero; pero está enamorado de esa joven y quiere hacerla feliz y ganar su simpatía volviéndole a su hija.

Román no respondió y se ruborizó ligeramente.

—Yo, por otra parte —continuó Isidoro—, no tengo interés en conservar esa niña cerca de mí, puesto que ni vive a mi lado, apenas la conozco, y cuando la madrastra de Amparo ha muerto y yo he vuelto de Europa, he recibido una carta suya en la que me informaba del lugar donde la había dejado para que lo avisase, si alguna vez se presentaba a reclamarla, a Amparo que había abandonado su casa y a quien no había vuelto a ver. Dentro de la carta venía incluido una especie de recibo con el cual se podía recoger a la niña en cualquier tiempo. He dado a la casa que la educa, el dinero suficiente para un año de manutención, y no he vuelto a pensar más en el asunto.

—¿Y ese recibo, ese recibo? —preguntó anhelante Román.

—Ese recibo se lo voy a entregar a usted ahora mismo, ya que estoy convencido que va a hacer llegar la niña a las manos de Amparo, de lo cual me alegro, lo confieso, ahora que usted me ha jurado que Amparo es tan virtuosa como lo era en otro tiempo y que no se va a valer de ella como un instrumento.

—¡Oh!, ¡gracias, mil gracias!, caballero, una sospecha vil lo hacía a usted ser injusto —exclamó Román—, pero la verdad y el convencimiento lo hacen bueno. Acaba usted con esta acción de reparar esa falta de su juventud.

Isidoro se dirigió a su bufete, abrió con una llave que guardaba en un bolsillo con algún cuidado, un pequeño cajón, y después de buscar entre algunos papeles, tomó uno que puso en las manos del médico.

Éste lo abrió violentamente, recorrió su contenido y lo guardó cuidadosamente en su bolsillo, pintada en su rostro una dulce satisfacción.

—Joven —dijo estrechando la mano de Isidoro—, ha hecho usted la felicidad de su hija y de una madre, nunca se arrepentirá de ello y usted es más honrado y más bueno de lo que yo creía.

Isidoro estrechó a su vez la mano de Román. Ambos jóvenes hubieran llegado a ser amigos a pesar de que uno era un calavera y el otro honrado; pero el espantajo del honor se había interpuesto de antemano entre ellos.

—¿Y la satisfacción de ese ultraje? —dijo Román con triste desaliento.

—¿Puede dejarse estrujar un caballero sin exigir una satisfacción?

—Es verdad, nosotros debemos batirnos.

—Acaso después de ese duelo, y si es posible, seremos amigos…

¡Triste y desconsoladora filosofía de los duelos!, por un capricho, por un asunto de honor social pésimamente interpretado, os batís sin ganas, sin que os creáis ofendido, con temor y repugnancia muchas veces, hasta con vuestro mejor amigo por llenar una exigencia de la sociedad, porque no os llamen cobarde, a pesar de que vuestro contrario tiene tanto temor como vos en ese horrible asesinato pensando y a sangre fría que se llama duelo. Por la parodia del honor, por una palabra, por un insulto, os batís con un hombre a quien no tenéis motivos para aborrecer hasta el extremo de matarle, y sin embargo, muchas veces transigís con el honor en otras cosas en que con menos razón debierais transigir.

—Joven —dijo Román—, yo suplico a usted que se difiera este duelo para mañana a las cuatro, porque antes de batirme tengo que arreglar algunos asuntos concernientes a esa pobre niña.

—Está bien, tenga usted la bondad de enviar a su padrino para que se arregle con el mío en esta casa, mañana a las ocho —respondió Isidoro.

—Vendrá a esa hora. Hasta mañana, caballero.

—Hasta mañana.

Román salió de aquella casa delirante y medio loco.

Tanta emoción había fatigado su alma con un ardor febril. En efecto, había recobrado aquella niña, iba a volver su hija a una madre y hacerla feliz. Trabajaba por la dicha de Amparo sin que ésta lo supiese, había comprado la vida de su hija a costa de la suya tal vez. Atravesó distraído y sin saber lo que por él pasaba, las calles de Santa Clara y San Andrés. Al llegar a la Alameda se detuvo, se sentó en la aislada glorieta que está frente a la iglesia de San Juan de Dios y quitándose el sombrero para refrescar su frente calenturienta, se puso a meditar.

El joven, distraído hasta entonces su pensamiento con la ciencia, esa amante de los desgraciados, no había dejado germinar en su alma otros sentimientos que los del amor a la humanidad y la gloria; pero ahora una imagen se había retratado en el cristal de aquella alma noble, un sentimiento profundo, eterno, dominador, le avasallaba y sus labios a cada instante murmuraban un nombre, el nombre de la dulce imagen estampada en su corazón hacía algunos meses. ¡Amparo! ¡Amparo! ¡Amparo!

¿Y llegaría a amarle con el mismo fuego con que él la amaba, aquella pobre joven víctima de la sociedad, tan joven y tan desdichada?

¿Se podría llamar amor aquella dulce confianza con que lo trataba, aquel rubor que encendía su hermoso rostro al verla, aquellas reservadas confidencias que sólo para él tenía? Román en su modestia no podía adivinarlo. Lo único que él sabía, era que la amaba con todo su corazón hasta el delirio, que habría sido muy feliz viviendo a su lado y que ahora iba a dar gustoso, tal vez su existencia por verla feliz. El joven recobró su calma, volvió a leer el papel que había recibido de Isidoro y echó a andar lentamente y como reflexionando. Atravesó la plazuela de San Juan de Dios y los callejones que la continúan hacia la derecha hasta llegar al sombrío edificio de las hermanas de la Caridad. Entró en la portería y preguntó por la superiora. Ésta lo hizo penetrar en el locutorio. El joven le presentó el papel. La hermana, después de haberlo recorrido, se disponía a salir, cuando le dijo:

—¿Está aquí la niña?

—Sí señor, y voy a hacerla venir… pero ¿va usted a llevarla ahora mismo?

—No señora, si usted me lo permite, sólo la veré, para volver mañana temprano por ella.

—¿Es usted su padre?

—Sí señora, respondió Román después de un momento de vacilación.

La religiosa fue a llamar a la niña.

Una sombra de remordimiento había hecho a la madrastra de Amparo, durante su última enfermedad y en los días en que se hallaba próxima a morir, arrancar a la niña de las manos de las sórdidas personas que la criaban, para enviarla a una casa de santidad. Había escrito una carta, como ya sabemos a Isidoro, incluyendo en ella el papel con que en cualquier tiempo podría reclamarla Amparo, cuyo paradero ignoraba. Isidoro, por otra parte, había entregado la corta pensión que la superiora, por medio de una mujer, le había pedido.

Román volvió en sí de la meditación en que se había sumergido, por el acento de una voz infantil que decía:

—Mi papá, ¿es verdad, dónde está mi papá?

El joven se volvió y contempló a una niña de tres años a quien la religiosa conducía de la mano.

Era una niña hermosa como un querubín, con unos ojos de azul oscuro, con una frente blanquísima y tersa coronada por cabellos rubios que caían sobre sus hombros formando rizos, con una boquita encendida y pequeña. Se asemejaba mucho a Amparo en la dulce y triste expresión de la fisonomía y en la finura y pureza de la tez.

—¿Este señor que está ahí sentado es mi papá? —continuó la niña.

—Sí, alma mía, yo soy tu papá —dijo Román tomándola entre sus brazos y dándole un beso en la frente.

La niña empezó a acariciar con sus manecitas el pálido rostro del joven. Éste notó con espanto al través de aquella fisonomía infantil, pero un poco enflaquecida, las señales del veneno de una enfermedad.

—¿Está enferma ahora la niña? —preguntó con interés a la religiosa.

—Sí señor, desde el día que ha venido aquí.

Román se estremeció.

—Pobre niña, murmuró volviéndola a besar, ¡hija de la desdicha, flor brotada en un páramo, poco, muy pocos vas a halagar con tus perfumes el alma de tu infeliz madre!

—¿Es cierto que yo voy a irme contigo? —preguntó la niña.

—Sí, hija mía, mañana volveré por ti —dijo Román.

Cuando el joven salió de allí, ya la tarde comenzaba a caer.

Se dirigió atravesando la ciudad hasta su aposento, donde llegó cuando la noche había cerrado completamente.

Gabriel se encontraba ya en su aposento, el médico le hizo venir y estuvo hablando con él cerca de media hora. Después se encerró en su cuarto sin visitar a Amparo, como hacía algún tiempo lo acostumbraba; hizo venir asimismo a la señora Paula con quien habló largo tiempo; se paseó agitadamente durante algún tiempo, y pasó el resto de la noche arreglando algunos papeles y escribiendo una carta.

Estaba dirigida a Amparo. Quiso dormir un momento cerca del amanecer; pero no pudo conseguirlo. Muy de mañana estando a la puerta de su aposento, oyó a Amparo salir a la primera misa. El joven sintió impulsos de hablarle, de referirla lo que había sucedido la tarde anterior, el encuentro de la niña; pero conoció que una noticia tan brusca, podría causarle un accidente y se limitó a verla medio oculto por la puerta lanzando un suspiro. Cerca de las nueve entró Gabriel en su cuarto.

—¿Qué ha habido? —le preguntó Román.

—Nada, por más que he hecho no he podido obtener un arreglo, a pesar de que usted también me lo había prohibido, el padrino de ese joven es un amigo suyo que se llama Enrique, hemos hablado mucho tiempo; pero él parecía inflexible y yo no he querido que fuese a creer iba yo a darle una baja satisfacción. El duelo se verificará esta tarde a las cinco en un lugar solitario que se llama «Lomas de Santa Fe», con pistolas, una de las cuales se cargará solamente, quedando la otra sin carga para que la suerte designe a la víctima.

—¿A qué distancia tiraremos?

—A treinta pasos.

—Está bien, ¡gracias!, Gabriel, es usted el único amigo que tengo en el mundo, y voy a hacerle como tal otro encargo.

—Román, triste es el motivo porque sirvo a usted ahora; pero le amo y espero con confianza en Dios, que no será esta la última vez.

Lo creo, joven, lo creo y de otra manera no le haría el encargo que voy a hacerle. Si por una desgracia, que no sería sin embargo extraña, muriese yo en este duelo, entregará; usted esta carta a Amparo y seguirá las instrucciones que en ese papel se contienen —dijo Román señalando dos cartas cerradas que estaban sobre la mesa—. No tengo que recomendarle la discreción en este asunto. Que nadie comprenda el asunto que tratamos.

—Esté usted tranquilo, Román. ¿A qué hora partiremos?

—A las tres.

—Hasta luego.

—Adiós.

Y los dos jóvenes se dieron uno de esos apretones de manos, que en las circunstancias tristes de la vida, son mil veces más elocuentes que los más arrebatados discursos. Román se dirigió al centro de la ciudad, y después de haber oído una misa en la catedral con la devoción de un niño, tomó un coche en la Plaza de Armas, diciendo al conductor:

—A las hermanas de la caridad.

El coche siguió la dirección de las calles de Santo Domingo, Donceles, la Canoa, la Estampa de San Andrés, y se detuvo en el convento.

Román entró a la portería e hizo avisar a la religiosa. Diez minutos después se presentó ésta trayendo de la mano a la niña, a quien desde ahora llamaremos con su nombre de bautismo que era el de María. Al ver ésta al joven, corrió hacia él exclamando:

—Papá, papá, ¿vienes ya por mí para que vayamos a ver a mi mamá?

—Sí, hija mía —dijo el médico conmovido.

La religiosa puso en manos de Román un bolsillo diciéndole:

—Devuelvo a usted este dinero, porque como se ha pagado un año de pensión últimamente y la niña sólo ha estado aquí siete meses, sobra por consiguiente el importe de cinco.

—Guarde usted ese dinero, señora, respondió el joven; acaso algún día lo necesite usted para una niña tan desgraciada como ésta. Y después de haberse despedido de la religiosa dándole las gracias, tomó a la niña entre sus brazos y montó en el coche diciendo al conductor:

—A San Salvador el Verde.

—Mi mamá, ¿es cierto que vamos a verla, papá? —exclamó María.

—Sí, hija mía, pero ¿cómo sabes tú que tienes mamá? —preguntó Román.

—¡Oh!, muy bien, porque yo sé que todas las niñas tienen mamá y la señora con quien estaba yo antes de venir a esta casa me lo dijo.

—¿Que te decía?

—Me decía, que yo tenía mi mamá; pero que nunca la había de ver, y cuando le preguntaba yo, me pegaba y me hacía llorar.

—¿Y nadie te iba a ver?

—Sí, una señora.

—¿Y qué te decía?

—Nada; pero me pegaba también.

—Pues ahora, ya nadie te castigará, porque dentro de dos días vas a ver a tu mamá.

Román la víspera había hablado largo tiempo con la señora Paula; le había referido la historia de Amparo porque lo creyó necesario, y la buena mujer se había conmovido hasta las lágrimas.

Ambos habían convenido en ocultar en su aposento a la niña María por dos o tres días solamente, a fin de ir preparando poco a poco a Amparo, y no darle bruscamente un placer que podría ser de muy funestas consecuencias para una organización tan nerviosa como la suya.

Esto era muy fácil, puesto que Amparo visitaba a la señora Paula una vez a la semana y la víspera precisamente había tenido lugar esa visita. Cuando la señora Paula oyó parar el coche, bajó precipitadamente a la puerta.

—¿No está por ahí? —preguntó Román.

—No ha salido en toda la mañana de su cuarto —respondió aquélla.

Román, después de haber despedido al cochero, tomó a la niña entre sus brazos y subiendo la escalera, entró con ella en el aposento de la señora Paula.

—¿Es esta señora mi mamá? —preguntaba la niña al ver que Guadalupe la llenaba de besos y caricias.

—No, no es —respondió Román— y sólo la verás y te quedarás con nosotros, si me prometes no hacer ruido hoy y estarte aquí jugando con esta niña.

María, con esa dulce ignorancia de los niños, no comprendió lo que se le decía, y se puso a ver a Guadalupe sonriéndose con ella. La señora Paula, según las instrucciones de Román, había comprado una camita para María y algunas telas para vestidos. Sin embargo, ignoraba el desafío de en la tarde. Román sintió impulsos antes de partir para aquel duelo, del que quizá no volvería jamás, ver por la última vez a Amparo, escuchar su dulce acento; pero temió cometer una indiscreción y apoyando sus manos sobre su pecho para apagar los latidos de su corazón, se fue a buscar a Gabriel.

En cuanto a Isidoro, había salido del lecho a las nueve de la mañana, después de saber por su amigo Enrique los pormenores y arreglos del duelo, mandó ensillar su caballo, se dirigió al Tívoli de San Cosme donde almorzó perfectamente, fue al tiro de pistola de las Delicias, donde estuvo ejercitándose en colocar algunas balas en el anillo del centro de la placa, luego se lanzó a galope por la romancesca calzada de la Piedad, volvió a su casa, donde se vistió con un esmero y elegancia con que lo haría para un baile, estuvo una hora en casa de la divina Eulalia platicando y tocando el piano, y por último, se fue a buscar a Enrique, con su indiferencia habitual cantando entre dientes una canción báquica.

XI. El duelo

A las tres, Román y Gabriel montaron en un coche en la gran Plaza de Armas. El cochero recibió la orden de conducirlos a Tacubaya. Como se había convenido entre Enrique y Gabriel, Isidoro debía llevar las pistolas, una de las cuales se debía cargar solamente. Román se reclinó en el fondo del carruaje y con la cabeza entre las manos, se dejó avasallar por la influencia de una triste meditación. Todo su pasado se presentó con vivos colores a su imaginación calenturienta y presa de mil contrarias impresiones. Pensó en su infancia tan serena, pasada al lado de su madre en un hermoso pueblecito de la costa veracruzana, en su bella hermana, ¡pobre ángel, cuyo porvenir no fue de este mundo y que voló a esperar en otro más verdadero a su madre!, en aquellos alegres paseos en lancha por la azul superficie del mar, en sus excursiones por tierra a Veracruz, en su triste despedida el día que tuvo que partir para Europa, en sus diez años de estudio, de meditación, de práctica en los hospitales de París, en sus viajes por la Alemania y la Italia, en su dolor al volver a México y hallarse sin un pariente, sin un amigo, entregado al desamparo de la miseria, teniendo que vivir pobremente mientras encontraba un destino, con los restos que había conseguido salvar del naufragio de su fortuna, y sobre todo, en aquella joven que se había presentado en su camino, tan bella, tan desdichada, para despertar en su alma un sentimiento nuevo, pero impregnado de un atractivo irresistible, eterno, avasallador de su existencia; ser de su ser y alma de su alma, bella imagen que semejante a un espejo de la creación, se le presentaba en todas partes, durante el día en cada luz del astro rey, durante la noche en cada vaga penumbra de la pálida deidad del cielo, en cada temblante fulgor de las estrellas, durante la tarde en cada celaje, en la media luz de cada tinta crepuscular; cielo de su día, lámpara de su noche, dulce olvido de su pasado, eterna idea de su presente, vaga esperanza y apacible luz de su porvenir, casta y doliente imagen que convertía sus sueños en una continuación de la vigilia, nombre repetido mil y mil veces por los labios del alma, escuchado en cada suspiro del ambiente, escrito con caracteres de fuego, en las tinieblas de su corazón. Qué importaba la muerte si un minuto antes se podía decir: «Corazón mío, ámala aún; pensamiento, retrata su imagen; ojos míos, lloradla; labios, pronunciad su nombre por la última vez. Muerte, llévame a continuarla idolatrando en la eternidad. ¡Dios mío, dadle en felicidad, cuanto yo le di en amor sobre la tierra!»

Quien haya sentido alguna vez al despertarse una pasión inmensa en su alma, convertir su cuerpo en una fiebre que anda, que se agita movido por una sola idea, la idea de esa pasión, comprenderá muy bien el estado de Román al decir su adiós a aquella encantadora ilusión cuya realidad se llamaba Amparo.

Gabriel le contemplaba en silencio sin atreverse a interrumpir su vaga y triste meditación.

El coche corría con rapidez por la calzada que divide en dos esa arquería, obra maestra del genio y la constancia. A poco se presentó Chapultepec, ese severo castillo que reposa sobre una alfombra de verdura, ese testigo mudo, sombrío acusador de las locuras y extravíos de la opulenta capital, esa página palpitante de nuestra infeliz historia, desde Moctezuma hasta Santa Anna, desde la entrada del ejército trigarante en 1821, hasta el estruendo del cañón invasor en 1847, ese gigante que vive con la existencia de los siglos. El bosque que los jóvenes dejaban hacia su derecha estaba hermoso como lo está siempre en los últimos días de otoño, las ramas de los árboles caían lánguidamente en festones que tapizaban con una alfombra de un hermoso verde la blanca tapia que lo circunda. A poco se presentó Tacubaya la de los idilios juveniles, la niña más consentida de México, la de las alegres tertulias en que el corazón enamorado encuentra una dulce expansión, la de las serenatas a la tibia, temblante y fugitiva luz de la luna, la villa realizadora de las ilusiones con que la juventud en su dulce privilegio, nutre su imaginación abrasando en blando fuego su alma. A tiempo que el coche entraba por la hacienda de la Condesa, otro coche, conduciendo a Isidoro y Enrique lo alcanzó y lo adelantó bien pronto, merced a los ligeros caballos que lo arrastraban. A alguna distancia de Tacubaya, los jóvenes se apearon. Gabriel habló en voz baja con el cochero, que espoleó sus mulas y fue a colocarse a un lado del camino en una de las llanuras que se encuentran a la derecha de la calzada que conduce a Mixcoac. Cerca de allí estaba otro carruaje. Los jóvenes salieron de la calzada y comenzaron a andar con precipitación en dirección a las solitarias lomas que se encuentran entre el camino de Toluca y el Olivar del Conde.

Eran las cinco de la tarde, el día había estado muy nublado y por consiguiente el crepúsculo debía adelantarse media hora envolviendo a la naturaleza en una bella media luz.

A poco andar distinguieron a Isidoro y a Enrique caminando en la misma dirección; el segundo llevaba una pequeña caja. Bien pronto se reunieron cambiando un cortés saludo.

Gabriel y Enrique se adelantaron a un lado del camino para cargar una de las dos pistolas que dentro de la caja que llevaba el último se contenían. Isidoro y Román se quedaron de pie. El primero se puso a golpear negligentemente con una varilla que llevaba en la mano, los hermosos arbustos y campesinas florecillas. El segundo volvió la espalda y se puso a contemplar el paisaje magnífico que se desarrollaba ante su vista. Era en efecto magnífico el paisaje, y al ver aquella naturaleza tan risueña, cualquiera hubiera creído que aquellos silenciosos jóvenes en vez de reunirse para un siniestro objeto, eran artistas o poetas que corrían ávidos en busca de inspiraciones. Por una parte, a sus pies, se veía la villa de Tacubaya, hundida al parecer en un barranco, porque las cruces de sus torres y los miradores de sus palacios se contemplaban casi al nivel del suelo; en segundo término, el torreón del castillo de Chapultepec, sobresaliendo de una verde alfombra; en lontananza las torres y edificios de México la bella, la hermosa coqueta, orgullosa con las adulaciones que murmuran a sus oídos las ondas de Chalco y de Texcoco, la ciudad de los palacios y los jardines, la blanca beldad cuya frente, sin embargo, está manchada de sangre de hermanos, la de los mil suntuosos templos, medio encubierta por las brumas de los lagos y las primeras tintas del crepúsculo. Por otra parte, los campanarios de las aldeas de Mixcoac, San Ángel, Santa Fe, sobresaliendo de un océano de flores, como ramilletes tirados al acaso por una maga. Y todo ese valle de México, obra maestra de Dios, admiración de los hombres, impregnado de recuerdos del barón de Humboldt.

Y todo esto bajo un cielo siempre azul, siempre fúlgido, ahora plomizo a causa de las nieblas, ornado encima de las nieves del Popocatépetl y el Ixtacíhuatl por un disco argentado y vago que dentro de dos horas se tornará incandescente y alumbrará con sus pálidos reflejos y tembladores rayos la vasta extensión de los silenciosos y dormidos campos. Se respiraba una brisa tibia impregnada de los perfumes de las violetas de Tacubaya, de las rosas de San Borja, de los manzanos de Mixcoac, San Ángel y Coyoacán. Nada interrumpía el silencio más que esos ruidos vagos y sin nombre de la soledad, que parecen formados de los suspiros de las flores enamoradas, del canto lejano de las aves, de la música de la creación que envía un himno eterno de amor y gratitud al Supremo Hacedor, del triste, confuso y melancólico tañir de las campanas de las aldeas vecinas.

Una de las pistolas estaba cargada. Gabriel y Enrique escogieron el sitio, que era una llanura encajonada entre dos pequeñas colinas y contaron exactamente treinta pasos. Román e Isidoro tomaron sin ver cada uno su pistola y fueron a colocarse en el sitio que sus padrinos les designaron a su lado.

Román, como se había convenido, apuntó al ocaso e hizo fuego… Pero el tiro no salió y sólo se oyó el choque de la llave.

Reinó entonces un profundo silencio que ni la respiración de los jóvenes interrumpía. Parecía que aquellos cuatro hombres se habían convertido en cuatro estatuas.

Gabriel alargó maquinalmente los brazos a Román. Éste, pálido, pero resuelto y sereno, se cruzó de brazos mirando fijamente a su contrario.

Isidoro alargó el brazo y apuntó, Román vio en frente de su pecho el cañón de una pistola; pero no se desvió ni una línea del lugar en que estaba colocado.

El tiro salió, Román se estremeció, llevó maquinalmente las manos a su pecho, dio algunos pasos hacia atrás y cayó en los brazos de Gabriel. Al mismo tiempo su levita negra que llevaba completamente abrochada, se tiñó en sangre encima del lugar del corazón.

Isidoro y Enrique ayudaron a Gabriel a trasportarle al coche que esperaba a un lado del camino. Los dos primeros montaron en su carruaje y se alejaron en dirección del camino de Tacubaya.

La ofensa estaba vengada. La mancha sobre el honor se había lavado con sangre. ¿Qué importaba que un hombre muriese, si el mentido honor de un caballero quedaba bien puesto…? La sociedad nada hubiera dicho al saber la violación de Amparo porque, ¿no se ha criado la clase media para víctima de los placeres de la aristocracia? Pero hubiera alzado el grito si hubiera sabido que Isidoro, el rico, el admirado joven, toleraba los insultos y permitía ser estrujado por un hombre decente y honrado, pero pobre, que osaba pedir una restitución. ¡Oh!, los salones de Plateros y San Francisco le habrían desdeñado. Bucareli habría murmurado. El patio del teatro y la tercena habrían proferido sangrientos chistes. ¡Ya se ve!, la igualdad no puede existir en México. Bastante había hecho Isidoro con desafiarle en vez de hacerle despedir a palos por sus lacayos o hacerle poner preso. ¡Famosa nobleza! ¡Nobleza de caricaturas! ¡Aristocracia arlequín! ¡Aristocracia pulichinelli! —¿De qué estás formada?—. ¡Dios mío! ¡Vergüenza causa decirlo! Jovencitos, parodias de los salones de París: mujeres hermosas sin afecciones patrias y sin sentimiento. ¡Ejército corrompido! ¡Bonapartes de procesión! ¡Apóstatas del presidio!, cuyos méritos son diez pronunciamientos por hambre (pacte de famine) y que en vez de comer humildes el pan bendito del orden religioso y civil habéis convertido la patria en ensangrentado teatro de vuestra ambición y vuestros crímenes. Por ceñiros una banda de general, por llegar a un ministerio, habéis caminado por una alfombra de despedazados cadáveres, sin ver los ríos de sangre que atravesabais y sin oír los lamentos desgarrados de las familias de la clase media que vuestra rapacidad había dejado huérfanas.

¡Noble ejemplo nos habéis dado a nosotros jóvenes! Nosotros al nacer hemos recibido por bautismo las lágrimas de nuestras madres que gemían a nuestros muertos o desterrados padres, que bebían el agua de ríos extranjeros amargados por su llanto y comían el mendigado y negro pan del proscrito; nosotros desde niños hemos visto brazos hermanos armados de contrarios puñales; hemos sentido el vendaval envenenado de la guerra civil penetrar hasta el rincón más santificado de la casa, quemando y agostando las más hermosas y de más blando perfume flores del jardín paterno.

¿Y esos jovencitos, y esas bellas mujeres, y ese mal ejército, se llama aristocracia? ¡Dios mío! ¿Qué es lo que pasa? ¡Mas no!, ten fe y esperanza, clase media, clase inteligente, clase virtuosa, la democracia y la igualdad vienen, el siglo avanza arrastrando en su empuje a los malvados y los traidores. ¡Fe y esperanza, si es suyo el presente, tuyo es el porvenir!…

Entre Gabriel y el cochero, que mudo y aterrorizado no comprendía lo que acababa de pasar, acomodaron a Román en el coche.

Gabriel tendió una mirada inquieta por toda la extensión del campo que podían abarcar sus ojos, y un rayo de satisfacción bañó su fisonomía. Lejos, muy lejos, acababa de distinguir una casita, blanqueando, entre el follaje de los árboles que formaban una pequeña selva entre el camino extraviado que conduce a Cuajimalpa y la aldea de Nonoalco.

Gabriel subió al coche y dio orden al cochero de conducirlos allí lentamente. En efecto, la tarde comenzaba ya a declinar, Román parecía estar muy mal herido, y era empresa arriesgada y peligrosa quererle conducir a México por la gran distancia, y a Tacubaya por el escándalo que se formaría con la presencia de un herido.

Román había caído en un letargo a causa de la sangre que escurría por su herida, y Gabriel, después de haber entreabierto su casaca y su camisa, la restañaba con su pañuelo.

Ya había anochecido cuando el coche se detuvo delante de la casa. Era una hermosa y pequeña granja con su patio lleno de flores, con sus trojes de un lado y sus aposentos del otro, perteneciente a unos honrados labradores. Gabriel informó a las buenas gentes de lo que pasaba. Su exterior les inspiró confianza, ayudaron a introducir al herido en un aposento prodigándole los auxilios del momento, y un criado partió a galope a San Ángel para traer un médico…

Veamos ahora lo que pasa en la casa de San Salvador.

La señora Paula había visto salir al mediodía a Román y Gabriel juntos. Amparo, por una casualidad, los había visto también.

Pasó toda la noche, pasó todo el día y ninguno volvía.

María había permanecido entretenida por Guadalupe sin salir del aposento.

Cerca de la medianoche, la señora Paula fue a llamar al cuarto de Amparo para comunicarle sus temores, sin revelarle, sin embargo, la existencia tan próxima de María. Las dos corrieron al cuarto de Román. Estaba abierto.

Encima de la mesa se veía una carta. Estaba dirigida a Amparo. La joven la abrió y leyó violentamente las siguientes palabras:


Amparo:

He muerto, puesto que Gabriel entrega a usted este papel; pero he recobrado a María, la hija de su corazón. Está entre los brazos de la señora Paula y ya no se separará de su lado de usted. ¡Adiós, adiós! La amaba yo a usted con toda mi vida, y muero tranquilo y contento, puesto que al morir le dejo la felicidad.

Al estrechar contra su corazón a esa niña, acuérdese usted de mí.

Román
 

Amparo dejó caer el papel, su rostro se contrajo, sus ojos giraron en sus órbitas, tendió rígidamente sus brazos hacia delante, y lanzando un gemido triste como el último suspiro de Weber, cayó privada de sentido sobre el pavimento.

XII. Sacrificio de mártir

Han pasado tres meses desde las últimas escenas que hemos referido.

Es una triste tarde del mes de febrero, en que el invierno al despedirse lanza su último suspiro helado.

Penetremos en el aposento de Amparo. Éste, siempre triste, está hoy, sin embargo cubierto por un nuevo velo de sombría amargura. Seis personas lo ocupan. En un rincón y sobre un pequeño lecho reposa la niña María, pintadas en su rostro las últimas señales de la agonía. Su organización enfermiza por los pesares que combatían a su desdichada madre al llevarla en su seno, se ha gastado ahora por una de esas afecciones inflamatorias en los órganos de la respiración que tan a menudo complican las fiebres eruptivas de la infancia y en las que la muerte se produce por asfixia.

Hace un mes que se está apagando lentamente como una lámpara.

A su lado, con los brazos apoyados en el borde del lecho, con el rostro pálido y desencajado, con la mirada fija, está Amparo contemplando la fisonomía descompuesta de su hija. Sus ojos no tienen ya una lágrima, su pecho un sollozo; hace dos meses que aquéllas han secado sus ojos, y éstos han lastimado su pecho. Ha llegado a ese estado en que el sufrimiento se convierte en una desesperación silenciosa, muda, sombría. No se llora, no se suspira, no hay un gemido, se ha convertido uno en una especie de estatua insensible a fuerza de sufrir. Un nuevo dolor no sorprende, no aumenta la desesperación, porque ya se le esperaba, porque se llega a dudar de la existencia de la felicidad, y ¡Dios mío!, también hasta de vuestra Providencia. Esta resignada desesperación, por decirlo así, es una nueva prueba, sin embargo, de la vida de la Providencia, es un beneficio ese embotamiento de los tiros del dolor sobre el alma. En prueba de esto, no puedo menos de repetir aquí lo que he dicho en La sensitiva. Hay en la vida una enfermedad incurable que se desarrolla en el corazón, cuando el dolor nos martiriza sin tregua; mal espantoso que presenta diversos períodos. En el primero lloramos mucho al ver burladas así nuestras esperanzas y dudando aún, se conserva una ilusión vaga en medio de esas lágrimas. Éste es el sufrimiento.

En el segundo, cuando perdemos ese último destello de fe, se va concentrando en nuestro corazón toda la hiel que el mundo nos ha dado a probar, y le volvemos odio por odio, sarcasmo por sarcasmo; sin embargo, cuando los recuerdos de una felicidad pasada, ese martirio eterno, viene a cruzar por nuestra memoria, todavía encuentra un eco en nuestro corazón, todavía la sensibilidad adormecida se excita, todavía nos hace derramar llanto. Ésta es la duda.

El tercero es la indiferencia profunda, los ojos se desecan por tanta lágrima, el corazón se convierte en cenizas, no se recuerda un pasado, ni se llora un presente, ni se ansia un porvenir. Entonces el marasmo más horrible se apodera del cuerpo, la lepra del alma. Se recibe con la misma indiferencia una lisonja o un insulto, no se ama ni se odia, no se llora ni se ríe, los días van pasando lentos y descolorados sin idealismo, sin fe, sin amor, sin desengaño, sin luz, el cuerpo adquiere el dominio del corazón, porque el sentimiento que a éste daba vida, está muerto. Las mujeres con sus amores, los hombres con su ambición, los niños con su dulce olvido, son otras tantas figuras deslavadas del sombrío cuadro de la vida. Entonces, caído ya el hermoso ropaje del horrible esqueleto de la vida, lo mismo da ser o no ser, morir hoy que morir mañana. Entonces, el cuerpo por falta de acción, y el alma por falta de sensibilidad, se van apagando poco a poco como una lámpara por falta de alimento. Ése es el último período del sufrir, por consiguiente, es casi la felicidad terrestre.

Amparo, sin embargo, era demasiado sensible para llegar a este estado, por consiguiente, en ella la lucha siendo más terrible, la hacía sufrir demasiado. ¿Pero qué hacer cuando se ve la mano del dolor suspendida sobre nuestra cabeza, cuando ni nuestras lágrimas, ni nuestras súplicas, ni nuestros gemidos, ni nuestras imprecaciones, pueden ablandar el enojo divino? Sufrir mucho hasta morir de pesar; pero resignarse a vivir con una vida que en vez de bendición del cielo, se ha convertido en tormento del infierno. Amparo, además, merced a las impresiones de su infancia, tenía impregnada su alma de ese sentimiento religioso, bálsamo eficaz de las llagas horribles del alma y que más incurables parecían, muro sólido contra los ataques de la adversidad consuelo de la desesperación más intensa…

Cerca del lecho, con el rostro pálido como el de un cadáver, con la mirada fijamente clavada sobre Amparo, con los brazos cruzados sobre el pecho, estaba de pie Román. Su herida había sido grave, pero no mortal; la bala había deslizado a lo largo de la costilla, entre su cara externa y los músculos superficiales; pero sin herir gravemente la arteria intercostal. Los eficaces y prontos auxilios del cirujano y las buenas gentes que le dieron una hospitalidad tan dulce, habían bastado para ponerle al cabo de una semana, en estado de poder volverse a la capital.

Gabriel, desde el día siguiente al del duelo, había escrito una carta a la señora Paula, a fin de tranquilizarla lo mismo que a Amparo y Guadalupe por su ausencia.

Decir cómo fue recibido Román por Amparo, es cosa imposible, porque no hubo palabras, sino silencio. ¿Qué podría decir Amparo, al joven que noble y generoso amante, le volvía a sus brazos a la hija de su corazón, a costa de su vida, al joven a quien ella idolatraba en silencio y avergonzada, con toda su alma, con un amor profundo, intenso, sin límites, y que ahora, después de haber hecho el sacrificio de su vida casi por ella, volvía modesto, tímido, respetuoso como siempre?… Recobrar a su hija y vivir al lado de aquel joven adorado, viéndole, idolatrándole hasta la locura, éste era el pensamiento que en secreto había gastado el alma de Amparo hacía algunos meses. Lo primero se había realizado, había vuelto por fin a ver a su hija, la estrechaba frecuentemente contra su corazón cubriéndola de besos y diciéndola, ¡hija, hija mía, hija de mi alma!, pasaba largas horas mirándola entretenerse con Guadalupe; durante la noche se levantaba y acercándose a su camita que se había colocado al lado de la suya, la besaba en silencio para no despertarla…

Pero lo segundo, ¿lo podría realizar? ¡Imposible! En su conciencia, pura como la de un niño, aún al través de tantas amarguras y decepciones, se retrataba con los colores de un crimen un matrimonio entre ella, mujer deshonrada y físicamente impura, aunque inocente, y aquel joven tan noble, tan generoso, que la perdonaba y la amaba. Por consiguiente, ella no podía vivir lícitamente a su lado, ella no podía más que adorarle en silencio, adorarle con todo su corazón hasta morir de amor, pero sin proferir una palabra, sin aceptar tampoco su ardiente amor y sus leales ofertas. A algunas naturalezas francas y expansivas, les parecerá esto imposible; pero a otras tímidas y demasiado susceptibles, les parecerá muy verosímil. En efecto, ¡cuántas de vosotras pobres jóvenes!, ¡os habéis enamorado hasta la locura, de una persona a quien las conveniencias sociales y el pudor os impedían amar a la pública faz, y entonces os habéis resignado llorando a idolatrarla en silencio, mirando que amaba a otra persona, vuestra hermana o vuestra amiga tal vez, y era amada de ella! Hay almas que no pueden ni un momento contener sin dejarle desbordar por los labios, el torrente de sentimiento que las inunda; pero hay otras, que temen la palabra como una profanación del sentimiento, y aman, y sufren, y se mueren sin proferir un acento que revele su infinito. Amparo era de éstas. Por otra parte, un nuevo dolor lastimaba su corazón y su felicidad no debía ser larga. María, un mes después, comenzó a languidecer. Román, aunque conociendo desde luego que su enfermedad era mortal, puso sin embargo todo su anhelo para procurar hacer una nueva restitución a la pobre Amparo, sobre cuya existencia parecía haberse suspendido una negra sombra. De manera, que el amor de ambos jóvenes, no consistía en palabras, consistía precisamente en aquel deseo oculto de buscar el uno la felicidad del otro. Amparo no tenía más que su debilidad de mujer y su amor. Román tenía además su ciencia y su fuerza de hombre. Por consiguiente, él sólo amparaba a la joven, y esto aumentaba la timidez de ella.

Hacía un mes que la infeliz madre estaba desolada. Veía a María irse muriendo sin que los eternos y eficaces cuidados que Román le prodigaba, consiguiesen mejorar un momento su funesto estado. Éste, por su parte, estaba convencido con ese triste convencimiento que les entra a los sabios cuando después de haber luchado como gigantes contra las leyes invariables de la naturaleza, se sienten impotentes para seguir luchando en ese desafío terrible entre el sabio y Dios. En efecto, ¿qué puede hacer un pobre médico, cuando está mirando a la muerte irse apoderando de un órgano importante?

Sufrir y resignarse, porque Dios sólo puede darle la vida.

En este día la niña había entrado en la agonía, y Román, al ver su cuerpo debilitado y lastimado por la enfermedad, consideraba que esta agonía no debía ser muy larga. Y hacía ya dos horas que estaba agonizando. En un rincón del aposento oraba de rodillas la señora Paula. Guadalupe procuraba en vano arrancar a Amparo del lecho. Parecía que el dolor la había clavado allí, para ser ella la que recogiese el último suspiro de su hija.

Gabriel se paseaba meditativo y silencioso.

La respiración de María, poco antes precipitada y anhelante, se había hecho imperceptible. El aire ya casi nada penetraba en sus pulmones. Su fisonomía descompuesta y lívida, el círculo sombrío que rodeaba sus cerrados ojos, sus labios azulados y entreabiertos hacían dudar si era un cadáver ya o todavía una moribunda. Sólo se conocía lo último por un estremecimiento que de vez en cuando agitaba sus labios y por un débil suspiro que se escapaba de su pecho.

Había llegado a ese estado en que la muerte, venciendo a la vida, ésta se va retirando de los órganos que la primera va ocupando.

Su rostro y sus extremidades estaban fríos. Román no percibía ya los latidos de su pulso. De repente la niña hizo un último estremecimiento y se alargó.

Román hizo una exclamación y Amparo, por un instinto, dio un grito, a sus ojos asomaron las lágrimas mucho tiempo comprimidas en su corazón, y su pecho se levantó por gemidos y sollozos desgarradores, como los de una madre delante del cadáver de su hija.

Todo había concluido en efecto.

María se había dormido en la tierra para ir a despertar al cielo; había dejado la pasajera mansión de las sombras para ir a habitar las regiones en que todo es luz…

El ángel de su guarda había volado con su alma de niña a la patria de la eterna felicidad.

Arrancaron del lecho a Amparo medio loca…

Ocho días habían corrido.

Amparo no había salido de su aposento. Su esperanza estaba perdida, perdida para siempre.

Cerca del anochecer, Román de pie delante de ella, la contemplaba con triste curiosidad. Los dos permanecieron largo tiempo silenciosos. Por fin el joven interrumpió el silencio diciendo con una voz conmovida:

—¡Amparo!

Ésta, que estaba sentada cerca de su lecho con la mirada clavada en el suelo, la levantó y la fijó en el rostro de Román con indefinible expresión de angustia.

—¡Amparo! —volvió a decir el joven—, he venido para decir a usted que dentro de muy pocos días debo partir; una casa francesa me destina como médico de uno de sus buques mercantes que hace viajes a casi todos los puertos de Europa y América. Pero antes de partir yo anhelo…

Román se interrumpió porque la emoción ahogaba su voz en su garganta.

—Sí; yo comprendo lo que usted anhela saber, noble joven que desde, el cielo de su virtud, se ha dignado lanzar una mirada a esta infeliz mujer sumergida en el cieno del deshonor. Yo también sé, que hace algunos meses he encontrado a usted en medio de la oscuridad de mi camino, como un faro de celeste esperanza, que sólo por usted he vivido, que la llama de la inmensa pasión que me había inspirado, ha sostenido al par que ha consumido mi helada existencia.

—¡Oh!, Amparo —exclamó Román tendiendo hacia ella los brazos y cayendo de rodillas a sus pies.

Amparo le levantó y continuó diciendo:

—¡Oh!, yo era casi feliz, respirando el mismo aire que usted respira, contemplándole oculta en mi aposento, escuchando su voz, idolatrándolo en silencio hasta el delirio, hasta la locura.

—¡Amparo, Amparo! ¡Ya nunca nos separaremos sobre la tierra! —exclamó delirante Román.

—Por el contrario, joven, va usted a partir; pero a partir sólo —dijo la joven con una voz tan triste, tan triste, como esas músicas que interrumpen a medianoche nuestro sueño, sueño mentiroso de una felicidad que no existe.

—Sólo. ¡Dios mío!, sólo.

—¡Perdón! ¡Perdón! ¡Perdón!

—¡Y yo que la amaba a usted con todo mi corazón, yo que pensaba que nos uniríamos para no separarnos más, que juntos y viviendo el uno para el otro, cruzaríamos los mares!

—¡Ay!, no lastime usted más mi corazón con el aspecto de una felicidad con que tantas veces he soñado, si yo no estuviese manchada, si yo pudiera tener derecho para idolatrarle, para ser su esposa, para amar y morir…, habría encontrado en ese amor todo un cielo en el mundo; pero mi deshonor, mi afrenta es una barrera que se levanta para siempre entre nuestros corazones. Un hombre honrado no debe unirse a la mujer perdida.

—Pero si usted es inocente, si yo, aunque no lo fuera la perdonaría, si el amor de usted es mi vida y sin él, la arrastraré como un castigo, ¿por qué no darme en afecto al menos, cuanto yo tengo en idolatría?

—¡Imposible!, yo no sería feliz, la voz de mi conciencia me gritaría a cada paso, tendría remordimientos de haber abusado demasiado por egoísmo del ser de mi ser, mientras que así, lo veré partir, pero Dios me habrá dejado el derecho de adorarle hasta morir, de verle acaso algún día amado y unido con otra mujer más digna de su pasión que la infeliz que tuvo la osadía de amarle.

—¡Nunca, nunca!

—Yo voy a sepultar mi existencia marchita en un convento para llorar, para pedir a Dios, haciéndole el sacrificio de mi vida, dé a usted en felicidad cuanto yo le di en amor sobre la tierra.

Amparo se puso a sollozar de una manera desgarradora.

—¡Perdón, perdón! —continuó cayendo a los pies de Román y arrastrándose sobre sus rodillas con el rostro descompuesto, con los ojos inundados de lágrimas, con los brazos tendidos—. ¡Perdón! por haber osado desde el abismo en que una desdicha me ha sumergido, amar a usted el más noble, el más generoso de los mortales; mi existencia marchita no debe correr junta con la del ser de mi alma, yo sólo puedo orar y sufrir. Y sin embargo, nadie podría llegar a amarle como yo, he idolatrado a usted con delirio, como se ama cuando es uno desgraciado, hubiera sido feliz con pasar mi vida contemplándole, idolatrando y muriendo.

Y Amparo se abrazaba a las rodillas del conmovido joven, llorando y lanzando desgarradores sollozos que rompían su pecho…, tomaba sus manos, las llevaba a su corazón y a sus labios cubriéndolas de besos y de lágrimas.

Era un espectáculo conmovedor el de aquella desdichada joven diciendo su última despedida al amado de su corazón, y rehusando su pasión que era su vida, por un sentimiento exquisito de nobleza, de abnegación sublime…

Media hora después, Román, loco, delirante, sollozando como un niño, se precipitaba fuera de aquel aposento. Amparo se quedó de pie, y cuando el ruido de sus pasos se hubo perdido completamente, tendió los brazos en la dirección que seguía el joven, y cayendo de rodillas, golpeando su rostro contra el suelo, con las manos clavadas en su pecho, exclamó entre dolorosísimos gemidos.

—¡Adiós, amor mío, alma de mi vida! ¡Adiós, adiós! ¡Adiós para siempre!

Epílogo

Una noche, Gabriel, trémulo y conmovido, hizo entre suspiros la declaración de su amor a Guadalupe. ¡Era una noche de luna, noche hermosa de amor, de poesía y de expansión! Guadalupe estaba pálida y enternecida. Los dos jóvenes juraron amarse y esperar. ¡Esperar dos años! Pero ¡es tan dulce la esperanza, cuando después de la ilusión que la diviniza, está una dulce realidad!

Amparo, moribunda casi, por tanto sufrimiento, tomó el hábito en el convento de Santa Brígida.

Este desenlace no es del gusto de mis lectores, bien lo conozco. Ellos hubieran querido una unión dulce y apacible. Esto hubiera sido más hermoso; pero no más verdadero. Yo sólo escribo lo cierto, y fuerza es confesar que en la vida no hay más que pesares, sufrimiento, tal vez una felicidad rota en el momento de alcanzarse.

Isidoro y Eulalia se casaron el mismo día en que profesó Amparo.

Hoy es el matrimonio más lujoso de nuestra sociedad, cuando se presentan en los elegantes salones, todos al verlos exclaman:

—¡Qué hermosa pareja!, parecen formados el uno para el otro.

En el mismo día en que tuvo lugar este feliz enlace, atravesó un joven los callejones de San Salvador, se detuvo en una aislada accesoria situada a corta distancia de la casa en que han tenido lugar las escenas de esta historia; cerró cuidadosamente la puerta, se quitó su levita, tapó con ella las rendijas de su parte inferior a fin de impedir la entrada del aire; y luego se acercó a un rincón donde se encontraba un montón de carbones murmurando:

—¡Oh!, ¡Eulalia se ha casado y está por siempre perdida para mí, mi madre ha muerto de pesares, mi hermana, después de haber sido abandonada por ese miserable, se ha prostituido, mi padre ha sido conducido al hospital de dementes, mis hermanos mendigan en las calles el pan! Estoy sólo, completamente sólo en el mundo, y no me resta más que morir. ¡Adiós, Eulalia de mi vida! ¡Adiós para siempre!

Luego encendió una bujía, prendió con ella fuego al combustible y lo activó soplando con toda su fuerza…

Cuatro días después, la justicia rompió la puerta y extrajo de allí un cadáver en putrefacción.

La señora Paula goza con la felicidad de Guadalupe y Gabriel, a quienes llama «sus hijos». Sin embargo, muy a menudo, una nube de tristeza viene a enlutar por un instante el cielo de su felicidad. Es que se acuerdan de Amparo y Román…

El Amerique salió del puerto de Veracruz en dirección al Havre.

Cerca del escotillón, de codos sobre la barandilla de cubierta, iba un joven muy pálido vestido de negro. Permaneció con la vista tenazmente clavada en la montaña del Pico de Orizaba, cuya nieve se confundía con las nubes del firmamento, tomando ya esa forma que distingue uno a cuarenta leguas de la costa y que los marinos llaman La Paloma de América.

Cuando las costas mexicanas se hubieron confundido con el mar del golfo, dos lágrimas rodaron silenciosas por las pálidas mejillas del joven, y sus labios se entreabrieron para decir con triste acento: ¡Adiós, Amparo, Amparo. Amparo!


Publicado el 18 de junio de 2019 por Edu Robsy.
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