Una Apuesta

Juana Manuela Gorriti


Cuento


I
II

I

¿Quién no ha oído hablar del genio burlón y aventurero de la hermosa Eleonora de Olivar, duquesa de Alba? Emanación brillante del sol andaluz, la hechicera sevillana entró un día como un ardiente torbellino en la austera corte de Carlos III despertando los graves ecos de su alcázar con las risas de su inagotable alegría.

Los cronistas de la época se extienden con delicia en relación con la graciosas locuras de aquella amable aturdida que por tanto tiempo tuvo en continua agitación, en perpetua zozobra, la corte y la ciudad; porque fastidiada algunas veces de sus travesuras aristocráticas, descendía con frecuencia del mundo brillante que habitaba para buscar otras más picantes en la plebeya atmósferas de las callejuelas.

En nuestros días Eleonora habría sido horriblemente calumniadas; pero en aquellos benditos tiempos se tenía más confianza en una mujer honrada, y el duque de Alba y a ejemplo suyo toda la corte, veneraban profundamente la virtud de la duquesa, ¡Honor a la fe de nuestros mayores!

Pero si Eleonora era burlona no era maligna, como lo son generalmente aquellos que tienen ese odioso carácter. Ni con sus chistes, ni con sus locuras, jamás hirió el amor propio, ni la sensibilidad de nadie. Al contrario, si ella gustaba de reír era más bien para alegrar a los otros y sus travesuras eran tan benévolas y lisonjeras que cautivaban siempre el corazón de aquel que era su objeto. Así, el estudiante a quien en tan ligero equipo hizo bailar aquella célebre zarabanda la debió su fortuna y el capitán de guardias la restitución del regio amor que le había robado.

—¿Duque, ¿te parezco bien así? —dijo un día Eleonora presentándose a su marido, vestida de peregrina.

—¡Encantadora! —respondió el duque contemplándola admirado.— ¡Oh! Jamás la túnica de la viajera cubrió un cuerpo tan gentil.

—¡Gracias, mi bello caballero! —respondió la irresistible andaluza, rozando con su delicada mejilla la negra barba del castellano.— Pero no es para oír tus amables galanterías que me presento a ti vestida de esta manera... Mi objeto es alcanzar una piadosa concesión.

—Pide lo que quieras, hermosa mía, con tal que me permitas besar esos piececitos calzados con sandalias.

—Están a tu disposición, duque, si quieres dejar a la mía un mes de mi existencia.

—¿Y qué harás de ese mes? Supongo que no querrás robármelo.

—Iré sola y a pie en peregrinación a Santiago de Compostela.

—¡Sola... ¡Y a pie!... ¡A Santiago!...

—Sí, señor.

—¿Eleonora piensas en lo que dices?

—Con toda la seriedad de que soy capaz, duque.

—¿Has olvidado la adorable revelación que anoche me hiciste?

—Te dije que tenías ya un heredero.

—¿Y no sería destruir esa esperanza el ceder a la locura que imaginas?

—Precisamente para que esa esperanza se realice debes consistir en mi peregrinación.

—¿Cómo?

—Es un antojo. Ya sabes que, si no lo cumpliese moriría nuestro hijo.

—¿Y crees tu que viviera si fuese bastante insensato para exponerle a las fatigas y accidente de ese largo y penoso viaje.

—Sin embargo, será necesario que me des permiso... ¡Es un antojo!

—¡Qué delirio! ¿Cómo puedes, querida mía, persistir en esa extravagancia? Sin contar que en el estado en que te hallas, tu posición y tu empleo en la corte te retienen cerca de la reina. ¿Qué diría su Majestad si le hablaras de tal extraña rareza?

—Tengo ya su permiso para pasar un mes en nuestros estados.

—¿Y la princesa de Asturias?

—La princesa de Asturias está envidiosa de mí y me aborrece lo bastante para alegrarse de mi ausencia, aunque yo fuera hasta la Meca.

—Eres demasiado hermosa para justificar la envidia de la princesa. Donde tú apareces, toda belleza se eclipsa.

—¡Vamos señor de Alba! No piense Vuestra excelencia adormecerme, con sus lisonjas... ¡El permiso, señor, el permiso!

—Imposible, hermosa mía; tan imposible como que "ría el conde de Girón" —dijo el duque creyendo cortar la cuestión.

—¿Quién es el conde de Girón y porqué no ha de reír? Cuéntame eso, duque —Dijo volublemente Eleonora echando uno de sus brazos al cuello de su marido y dejando sobre sus rodillas el sombrero adornado de conchas.

—El conde de Girón, amada mía, es un señor del antiguo régimen tan apegado a las costumbres de su tiempo, que no pudiendo sufrir las innovaciones que el progreso ha traído a los nuestros, abandonó la corte y los empleos que en ella tenía, retirándose a unos de sus castillos que tenía cerca de Aranjuez donde vive como en el tiempos del Rey Rodrigo y cercado de escuderos, pajes y dueñas tan anticuadas como pide el gusto de su señor, cuya gravedad por otra parte incontrastable ha pasado a proverbio y es fama que nunca quiso casarse por no tener que sonreír a su novia siquiera el día de la boda. Así, cuando se quiere calificar algo de imposible en grado superlativo se le compara con la risa del conde de Girón.

—Muy bien. Y si el conde de Girón riera, ¿Qué dirías, duque?

—Dijera que el buen apóstol Santiago, enamorado de tu hermosura, hacía un milagro para lograr la dicha de verte.

—¡Oh! Duque, por esta vez caí en el lazo de tu lisonja. Acepto la hipótesis. Besa mis sandalias y has mañana una visita la conde de Girón.

—¿Es una apuesta Eleonora?

—Sí, duque... es una apuesta.

II

En la tarde del siguiente día, el duque de Alba, de vuelta de la caza, pidió hospitalidad en el castillo de Girón y fue recibido con todas las ceremonias de la antigua usanza.

El cuerno del vigía tocó la fanfarria que anunciaban la visita de un gran señor; el puente levadizo se bajó con estrépito; los escuderos acudieron al estribo; los pajes de rodillas descalzaron las espuelas del duque; las dueñas envueltas en sus blancas y reverendas tocas le presentaron el aguamanil de oro y el pebetero de sahumerio, y más allá, en fin, de pie en la puerta del salón de honor, el viejo castellano recibió al duque con toda la rigidez de la etiqueta que Felipe V heredó de su bisabuelo; con todos esos requisitos del paso y del asiento que hicieron al duque sonreír más de una vez pensando en su mujer, porque el grave personaje hacía todas aquellas evoluciones de la antigua ordenanza palaciega con una seriedad imperturbable que prometía al del Alba un triunfo seguro en su apuesta.

El cuerno del vigía se dejó oír de nuevo y un momento después, el portero de estrados anunció al conde que un joven con trazas de estudiante en vacaciones se había presentado a las puertas de castillo, pidiendo ser introducido cerca del señor a quién tenía que comunicar un asunto importante a la casa de Girón.

—¡A la casa de Girón! —observó gravemente el conde.— Yo soy el único representante de esa casa y tengo obligación de escucharlo, hacedle entrar.

El portero de estrados transmitió la orden y un momento después, abriéndose la puerta de las entradas ordinarias, apareció en el umbral iluminado por los últimos rayos de sol, un muchacho cubierto con una opalanda desgarrada en todos sentidos, pero que el picarillo llevaba tan gallardamente como el conde su capa de grana. Cubrían la mitad de su rostro las anchas y agujereadas alas de un gran sombrero que se quitó al entrar, mostrando unas facciones llenas de malicia y dos hermosos y ardientes ojos negros que guiñaron solapadamente al duque de Alba, aturdido ante aquella aparición.

—Señor conde —dijo con desenfado el estudiantillo avanzando hacia el castellano;— tengo el honor de presentaros en mi humilde persona a uno de vuestros más próximos parientes.

—¡Tú! —exclamó el conde arqueando las cejas y alargando desdeñosamente el labio.— ¿Qué es lo que dices?

—Vuestro más próximo pariente —repitió el diablillo.— ¡Qué! ¿no conocéis los rasgos de familia?

—En fin —replicó severamente el conde.— ¿Quién eres tú?

—Un Girón por los cuatro costados, y sino miradme...

Y dando una rápida vuelta ostentó uno a uno a los ojos del conde los mil "girones" de que se componía su vestido.

Entonces, un acontecimiento inaudito, un extraño fenómeno se efectuó en el castillo de Girón. Los labios del conde se dilataron, sus dientes vieron por primera vez la luz del sol, y con espanto del duque de Alba oyose un ruido insólito, una carcajada que atrajo a aquel sitio a los escuderos, pajes y dueñas y hasta dicen que despertó asustados a los murciélagos que dormían en el antiguo artesonado.

El diablillo se volvió radiante hacia el duque y le dijo inclinándose graciosamente:

—El apóstol Santiago hizo el milagro y he ganado mi peregrinación.

Y sonriendo maliciosamente recogió sombrero y desapareció.


Lima, 1855


Publicado el 20 de mayo de 2020 por Edu Robsy.
Leído 5 veces.