Texto: La Petición
de Jules Renard


Cuento


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La Petición

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Edición física


Fragmento de La Petición

—¿Sabe? Tengo miedo por la salsa; puede ocurrir alguna desgracia. ¿Qué hacemos?

Indecisa y cogida desprevenida, consultó a las señoritas que le respondieron una : «¡Oh!, me da igual», y la otra «¡Oh!, me da igual». Y no es que fueran indiferentes, es que ignoraban las normas de urbanidad.

—¡Vamos, mujer, nos estás aburriendo. ¡Vaya maneras! Siéntese aquí, señor Gaillardon, a mi lado; y las otras arréglense como quieran. Después de todo, es usted de la familia, y si lo no es aún, lo será.

¡Qué hombre tan llano el señor Repin! ¡Llano como la tierra!

—¡Santo y bueno! Al menos usted comprende los asuntos —dijo el señor Gaillardon. Iba a sentarse, pero no había tenido aún ocasión de dejar su sombrero en algún sitio. Buscó con la mirada un clavo para colgarlo. Como no descubrió ninguno, y como ninguna de aquellas damas se ofrecía para librarlo de él diciéndole: «Deme pues, deme pues», tuvo que dejarlo sobre una silla. Le gustaban los platos en su punto y agradó de inmediato al señor Repin. Los dos eran igual de calvos, pero gracias a su barba blanca y larga, el señor Repin ganaba en autoridad a su futuro yerno. Además él hablaba alto, orgulloso de tener un domicilio. Hablaron de bueyes y al cabo de mutuas concesiones, llegaron al acuerdo de que es necesario que un buey vendido pague su engorde a razón de un franco por día; y aún así, no es demasiado, porque se realizan muchos gastos. A la hora del postre, cuando el señor Gaillardon encontró un momento para darle vueltas a sus pulgares sobre el vientre, se aventuró a mirar a la señorita Marie. Sin duda, no se atrevía a mirar primero y abiertamente como un descarado a la señorita Henriette. Al menos eso pareció evidente para todos. Henriette lo comprendió tan claramente que bajó los ojos confiada. La mirada no se dirigía hacia ella, pero era para ella. Al contrario, al no tratarse de ella, Marie no consideró conveniente intimidarse y, con la cabeza levantada, cara a cara, miraba al señor Gaillardon, lo que acababa de turbarlo.


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10 págs. / 18 minutos.
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Publicado el 22 de octubre de 2016 por Edu Robsy.


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