Texto: El Viejo Underwood
de Katherine Mansfield


Cuento


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El Viejo Underwood

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Fragmento de El Viejo Underwood

Al irse acercando a la ciudad, el viejo Underwood moderó el paso. Y al llegar a las primeras casas se puso a menear el paraguas como si fuese el bastón de un heraldo, sacando el pecho y mirando bruscamente a uno y otro lado. Daban acceso a la ciudad unas feas casuchas de madera con dos ventanas, una puerta, un veranda raquítica y una verde alfombra de césped delante. Bajo una de aquellas verandas, unas gallinas cobrizas se apretujaban huyendo del viento. «¡Sus!», les gritó el viejo Underwood, y se echó a reír al ver cómo escapaban. Y se volvió a reír al ver a una mujer que salió a la puerta y le amenazó con el puño, un puño encarnado y jabonoso. En el corral de otra casa había una niñita desenredando unos trapos de un tendedero. Cuando vio al viejo Underwood, dejó caer el tenderete y se precipitó hacia la puerta, golpeándola y gritando: «¡Mami, mami!» Esto dio nuevo impulso al martillo que llevaba en su corazón. «¡Ma-mi, ma-mi!» Vio un semblante arrugado, los cabellos grises y el mentón tembloroso, que se asomaba por una ventana cuando a el se lo llevaban. «¡Mami, ma-mi!» Alzó la vista hacia el caserón rojo del penal encaramado en el cerro, y su rostro se contrajo como si fuera a echarse a llorar.


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5 págs. / 9 minutos.
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Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.


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