Aquella mañana Marcial y Camila salieron a pasear muy temprano. Marcial estaba sombrío, aunque hacía esfuerzos por ocultarlo, fingiendo reír hasta enseñar los dientes, pero con una risa estúpida que no tenía razón de ser. La mañana estaba azul, las flores frescas de rocío y el río echaba espuma como caballo cansado: todo motivo para sentir alegría. Pero en un hombre taciturno y enfermo como Marcial, eternamente dolorido del género humano y sin avenimiento con las ridiculeces del siglo, no cabía risa verdadera.
Marcial era por instinto un quijotesco fuera de época, exagerado en su moral, dispuesto a desfacer entuertos aunque arriesgara vida y hacienda. Ignoraba la existencia de Cervantes y de su ilustre manchego, pero hubiera sido trovador provenzal si el destino no lo hubiera hecho nacer en un pueblo de México y ser maromero por educación y necesidad. Su padre fue el ecuestre más notable de las compañías de funámbulos que recorrían la república; su madre, hábil acróbata de salón. Así que Marcial nació para el trapecio.
Camila, por su parte, era hija de una acróbata enferma de tisis, que murió pronto. La niña fue recogida por la familia de Marcial. Creció en el ambiente del circo, con libertad de acción y lenguaje atrevido, pero sin corromper su corazón. Sabía de la vida y presentía el amor, alegre y feliz, sin nervios ni preocupaciones.
Sentados bajo un mezquite junto al río, Marcial atrajo dulcemente a Camila y le dijo: —Camila, yo te amo. ¿Quieres ser mi esposa? ¿Quieres que nos casemos y no volvamos jamás al trapecio?
La muchacha creyó estar soñando. No subir más al horrible trapecio, tan alto y áspero… Pero recordó que esa misma noche debía trabajar sin red, en el trapecio volante y doble. No respondió, solo sonrió tristemente. —¿No me amas? —preguntó él.
Camila lo amaba, pero pensó en la función de esa noche. Preguntó tímida: —¿Tampoco esta noche trabajaré? —Esta noche sí, porque el empresario no lo permitiría. Pero después no; ni mañana, ni nunca. Nos casaremos en una semana y yo subiré al trapecio por ti y por mí. ¿Quieres?
Ella cayó muda en sus brazos.
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Llegada la noche, la plaza de gallos del pueblo se abrió para la función. El público acudió con cañas, cacahuates y naranjas. No había red: suprimirla era el lujo de las funciones de beneficio. La compañía se preparaba en promiscuidad de hombres y mujeres, pintándose y ajustando aparatos.
Sonó la campanilla y comenzó la función. Tras varios actos, salió Camila a ejecutar un número ecuestre, acompañada del payaso Pepino, que hacía reír con chistes groseros. Marcial, siempre preocupado por ella, la vigilaba desde arriba. Camila hizo difíciles piruetas y arrancó aplausos. El payaso, en su afán de divertir, llegó a acariciar las piernas de la ecuestre y a hacer gestos obscenos. Marcial sintió que le faltaban fuerzas.
Más tarde llegó el acto principal: el trapecio doble de Marcial y Camila. Subieron juntos, cogidos de la mano. Todo salió bien hasta la última figura: Marcial debía sostenerla con los pies mientras ella giraba en el aire. Era vistosa pero peligrosa. Camila estaba ya tendida horizontalmente cuando Marcial distinguió al payaso entre el público, recordando su insolencia. Perdió las fuerzas y la niña cayó desde lo alto, fracturándose el cráneo.
Marcial descendió en estado de idiotismo. La policía lo protegió de la plebe indignada que lo acusaba de crimen. Esa noche entró a la cárcel del pueblo, bajo la luna menguante, con el corazón destrozado.
