Este cuento —que funciona como una crónica literaria— describe una experiencia de veraneo en grupo, lejos de la ciudad, en plena naturaleza. A través de una voz narrativa reflexiva y sensible, se retrata el contraste entre la vida urbana, marcada por el tedio, la enfermedad y la lucha egoísta por la existencia, y la vida campestre, donde todo se transforma: los cuerpos se sanan, los vínculos se estrechan, y hasta la fe parece más accesible.
Por la gran avenida empezaba a agruparse la gente a presenciar el desfile de la parada, y ya las carretas, empavesadas del comercio que éste suele enviar como reclamo, aguardaban su turno metidas en una y otra acera.
Nos embarcamos muy a tiempo de zarpar el vaporcito, por entre bandadas de gaviotas que ni se sobresaltan siquiera al pitar del silbato, ni mucho menos pensaban en huir. El gusto que nos daba a todos alejarnos del caserío apretado, que a medida de la distancia se nos achicaba y envolvía en el vaho gris del humo y de la niebla. Allá se quedarían rezagados los amos y patrones y la pihuela de toda obligación cumplida por paga.
La mar estaba dulcemente tranquila, y de ella surgía, como castillo encantado, el casco a medio aparejar de un gran vapor de guerra: el Oregón. Sus claraboyas y troneras, sus torres y parapetos, le daban aire de fortaleza medieval, erguida como atalaya del océano. Calaba tanto, que, a no ser por la obra muerta, diríase, viéndola a distancia, que era una tabla con que se complacían en jugar las olas.
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Publicado el 18 de febrero de 2026 por Fernando Guzmán.
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