Quedó resuelto que saldríamos a veranear. Nos lo pedían los huesos helados por la incesante lluvia del invierno, los músculos ateridos clamaban por un poco de sol, los ojos cansados de la inmensidad gris del mar anhelaban salir de lo verde en la campiña y el matiz de las gayas flores. Mientras llegó el día de la marcha y nos ocupamos en preparativos de viaje, la tarea diaria se nos hizo más llevadera.
“Seremos veinte los de la expedición” —pensábamos— y por aquella porción menguada de la gran masa que poblaba la ciudad porteña, sentíamos particular simpatía, cuanto era desdén indiferente por el enjambre humano que íbamos a dejar atrás. Qué se nos iba o se nos venía de que los demás se ahogaran o se secaran como pergamino. El sentimiento egoísta que nace de la aglomeración humana en lucha por la existencia era la única muestra de sentir que a mí me daba el corazón.
Con el embarazoso bulto de las tiendas de campaña plegadas hasta lo mínimo, y provisiones de boca hasta para un mes, salimos de la ciudad el 4 de julio, día de aniversario de la independencia norteamericana, día terrible, como del juicio final, hasta para los mismos nacionales. La ciudad estaba envuelta en humo, y aletargada con el monótono crac crac de los cohetes chinos, que a las puertas de las casas quemaban los niños y viejos en señal de patriótico regocijo. Causaba tedio. Nada dice al espíritu del extranjero el sentimiento de un pueblo cuya vida no se ha podido identificar; y eso mismo me acontecía. ¿Qué se me daba de Jorge Washington y sus hazañas en aquel terruño, cuya historia no es la de México y en el cual mis pies solicitaban con recelo el privilegio de pasar?
Por la gran avenida empezaba a agruparse la gente a presenciar el desfile de la parada, y ya las carretas, empavesadas del comercio que éste suele enviar como reclamo, aguardaban su turno metidas en una y otra acera.
Nos embarcamos muy a tiempo de zarpar el vaporcito, por entre bandadas de gaviotas que ni se sobresaltan siquiera al pitar del silbato, ni mucho menos pensaban en huir. El gusto que nos daba a todos alejarnos del caserío apretado, que a medida de la distancia se nos achicaba y envolvía en el vaho gris del humo y de la niebla. Allá se quedarían rezagados los amos y patrones y la pihuela de toda obligación cumplida por paga.
La mar estaba dulcemente tranquila, y de ella surgía, como castillo encantado, el casco a medio aparejar de un gran vapor de guerra: el Oregón. Sus claraboyas y troneras, sus torres y parapetos, le daban aire de fortaleza medieval, erguida como atalaya del océano. Calaba tanto, que, a no ser por la obra muerta, diríase, viéndola a distancia, que era una tabla con que se complacían en jugar las olas.
Media hora para atravesar la bahía y otra media para cruzar algunas millas de caserío en ferrocarril, y ya estamos en el punto donde comenzaba verdaderamente el alejamiento de los sitios poblados y antipáticos que deseábamos ardientemente no ver y olvidar. Estábamos al pie de la montaña.
A la salida de este último pueblo, todavía se encontraban casitas muy monas, desparramadas en la falda del monte; otras se alineaban en la áspera pendiente, formando amplia calzada, pues que estaban a una y otra banda. Era más bien una senda entre dos guirnaldas floridas, al comenzar el alegre julio. El ruido del mundo no llegaba hasta allí, y el susurro del viento y el roce de las alas de los pájaros contra las ramas al dejar sus nidos, eran la única noción de sonido que alcanzábamos a tener.
De cuándo en cuándo algún peón que subía, adelantándonos con su paso rápido y seguro, o algunos rancheros que bajaban a abastecerse a la ciudad, rompían la monotonía de nuestra ascensión. Íbamos cortando rosas de los cercados que, por producirse en abundancia, colgaban cortina hasta la acera. Arriba ya no más había flores silvestres y ni casas ni hombres: sólo pájaros. Los pájaros, envanecidos de su libertad, nos enviaban gorjeos desde las copas de los árboles, o al menos así se lo figuraba nuestra bondad. ¡Para lo que les serviría a las criaturas saludar nuestra presencia! Bien podía verse que les importábamos un ardite.
Sube que sube, llegamos por fin a la cima, pero otra mole que la niebla no nos había permitido entrever se descubre a la vista, desanimándonos. Esto era como un heraldo de otras y otras que se nos fueron ofreciendo, no percibidas con claridad por la cerrazón del horizonte. Casi ya sin aliento estábamos al dominar el último crestón de monte, y luego comenzamos a bajar, rodando más que andando por la pendiente abrupta, hasta llegar a la orilla de un arroyo, donde los diligentes compañeros que se nos habían adelantado desplegaron y fijaron con maniotas y estacas las tiendas de campaña. ¡Cuánto les agradecimos el favor! Ellos, tendidos a la bartola sobre el césped, nos advertían que habíamos llegado al punto de parada. Era allí, a campo raso, donde íbamos a veranear.
¡Qué pronto nos acomodamos a aquella vida rústica y sosegada! Servían las carpas para recogernos por la noche; pero de luz a sombra no hacíamos sino correrías de venado, trepando aquí, saltando y corriendo de picacho en picacho. Atravesaba la cañada un torrente que engrosaba el arroyo, por entre frondosos laureles. En su linfo más cristalino apagábamos la sed, en sus recodos escondidos nos bañábamos, y todavía la mansa y rumorosa corriente nos daba líquido en abundancia para nuestros deficientes usos domésticos.
Desde el segundo día de vida campestre ya no tuvimos que aprender la ligereza de los venados ni la penetrante mirada de los pájaros de presa; como éstos, percibíamos con claridad los objetos distantes y en cuanto a soltura de pies, buena cuenta pudiera dar de ella las orquídeas holladas, los helechos chafados a pisotones, cuando el miedo infundado de las fieras salvajes nos hacía precipitar en busca de escondite.
Apenas se manifestó en músculos y sangre el vigor que suele producir el aire puro de las montañas, las dolencias que habían llevado a cada uno a buscar alivio en el descanso desaparecieron o se tornaron en bienestar. Tedio no lo hubo más, sino anhelo saludable de vida. Los odios que nos amargaban la existencia huyeron avergonzados; los rencores se fueron, escabullendo poco a poco a manera de prisioneros que horadan un muro de la cárcel y escapan por la estrecha abertura, uno tras otro, ante la naturaleza vivificadora y sincera; sólo sabíamos ser buenos. Casi extraños a la ciudad donde se vive enfermo de aborrecimiento y de envidia, donde apenas amarran los lazos amistosos, éramos íntimos ya. En aquella comunión salvaje nos amábamos tiernamente.
El sol alumbraba nuestras correrías por la montaña y la luna amorosa nos reunía en ruedo fuera de las carpas, a contarnos nuestras aventuras, a comunicarnos, a comprendernos mejor y echar vínculos de amistad —triste es decirlo— endebles, efímeros, pero que nosotros, por lo sano del corazón en aquellos días, creíamos arraigados con firmeza.
Durante la vida cortesana, no podíamos admitir la rústica, exenta de aburrimiento; y ahora que pasábamos las horas sin sentir, ni siquiera nos asombraba el prodigio. Hasta la fe que suele faltar bajo las bóvedas de austeras catedrales descendía espontáneamente a nuestro corazón en presencia de las maravillas de la naturaleza. Dios bajaba a curar las pobres almas enfermas de duda y las iluminaba con la misma llama de la fe.
No teníamos ni reloj que nos azuzara al trabajo, ni periódicos que nos recordaran que el hombre sólo seduce, mata; ignorábamos cuántos criminales habían subido al patíbulo, cuántos cobardes se arrebataron la existencia, cuántos infelices perdieron la suya aniquilados de miseria y de hambre. El incitante olor de la olla nos señalaba la hora de comer; el fatigado cuerpo sabía encontrar oportunamente, en el montón de paja, el apetecido descanso; los nervios, templados por la reparadora acción del aire libre, no daban nada qué decir. Hasta el albedrío, que nada tiene de libre teniendo que habérselas con un organismo morboso, parecía obrar desatado de sus trabas.
¡Ay! Llegó la hora de desbandar y volver a la diaria labor, a la lucha por la vida. ¡Qué melancólico y desalentado fue el regreso! Al llegar al poblado, cortamos de nuevo flores de los cercados, para llevar como un recuerdo de nuestros breves días de amor y ventura.
Las despedidas fueron tiernas y tristes. Después entramos en el engranaje de la máquina social, y de todo aquello del bello pensar y del dulce sentir que había sido nuestra dicha, sólo quedó en el corazón un dejo amargo y un tufo como el de las flores marchitas, donde ha estado un cadáver. Las ilusiones y las alegrías dispersas y deshojadas. ¡Como las rosas muertas!
