Bien segura estoy de que las ráfagas de octubre, echando a mala parte el pudor de los tiernos arbustos, desnudábalos sin preocuparse de la suerte de los pobrecitos gorriones que entre hojas y capullos diéranse a fabricar palacios góticos, castillos señoriales y hasta chalets a la moderna usanza. También creo recordar que las estrellas temblaban, al través de ligerísima bruma, con esa trémula palpitación de las vírgenes bajo el albo velo nupcial. Sirio, la reina Sirio, sobresalía en blancura brillante y luminosa en medio de todas las otras rojas, verdes y azules que decoraban el espacio. El cielo teñido suavemente entre azulado y verdoso tiraba a superficie de mar, pero un mar alegre y sereno; y hasta se me alcanza que las demás estrellas han de haber estado hechas una furia de celosas: cierto que resplandecían; mas con ese fulgor siniestro de las miradas de una mujer en presencia de su rival.
Hacía frío, muchísimo frío. La cima encrespada del volcán que cierra el término del paisaje se empinaba cuanto podía en el espacio, semejante a un obelisco de plata; mirándolo de cerca, creíase divisar en su cresta toda una población despreciada por la estadística: fantásticas torres de encaje, arcos esbeltos ornados de primorosos arabescos y festones, puentes colgantes, barcos gigantescos dando al viento sus trapos desplegados, ligeros juncos y débiles esquifes; también parecía haber hombres muy altos y mujeres muy blancas y deformes: una llevaba, unidas a la espalda, abiertas alas de halcón; otras, sobre la cabeza, descomunal casco romano; algún hombre empuñaba un tirso con el mismo arrojo que si fuera lanza, el de más allá acometía con ira a unos perros, armado de un paraguas y arrastrando con dificultad la enorme cola de delfín que ocupaba el lugar de sus piernas.
Yo estaba en punto de admirar ese cuadro fantástico, en lo más recóndito del bosque de pinos; allí todo era oscuro; la densa lobreguez no permitía siquiera divisar lo que pasara a un metro de distancia. Súbito, unas nubes plomizas que se empujaban arremolinándose del lado de occidente dejaron en tinieblas espeluznantes el objeto de mi atención: el volcán que ocupaba mis sueños y delirios. Y un rayo de luna, un discreto rayo de luna que se enderezó hacia el bosque, dejome ver, ¡lo que nunca viera!, un elegante busto, una mano morena y nerviosa que empuñaba una guitarra, y unos ojos negros como la sombra de los árboles, que me miraron abrasándome y que yo siento me miran todavía.
El rayo de luna recorrió a prontos trechos el bosque, dibujando a mis pies temblorosa y movible alfombra de encaje con la sombra de las hojas agitadas por el vientecillo sutil; y ocultose tras de enorme masa negra y compacta que borroneaba allá abajo, en el horizonte, arrebatando a mis miradas el volcán primero, el cielo azul, el busto, la mano y aquellos ojos negros como el dolor...
Por un buen rato no acerté a pensar nada; mis ideas informes y vagas atropellábanse en el rincón más escondido del cerebro, y mis nervios tirantes, a más no poder, por la emoción, amenazaban con estallar en gritos, en sollozos, en suspiros, ¡qué sé yo en qué! Iba, por fin, a darme a correr bregando con las tinieblas, cuando el airecillo helado y cortante trajo a mi oído un preludio de guitarra, un acorde después y luego los dulces y timbrados ecos de una voz al par deleitosa y robusta que entonaba una canción del país.
Los nervios ya no pudieron más: y diciendo “crac”, reventaron en lágrimas, en estas lágrimas que me ahogan aún...
Y al referírmelo, la ola amarga empapó sus últimas palabras.
