El Barón

Leandro Fernández de Moratín


Teatro, comedia



Advertencia

En el año de 1787 escribió el autor una zarzuela intitulada El Barón, que se debía representar en casa de la condesa viuda de Benavente, lo cual no llegó a verificarse; pero la obra corrió manuscrita, con más aprecio del que efectivamente merecía.

Una dilatada ausencia del autor dio facilidad a algunos para que apoderándose de ella la trataran como a cosa sin dueño. Alteraron a su voluntad situaciones y versos, añadieron personajes, aumentaron o suprimieron donde les pareció varios trozos cantables, y la desfiguraron de un modo lastimoso. Con estas enmiendas, supresiones y apostillas, la tomó a su cargo D. Josef Lindón, organista de la Capilla Real, y compuso la música según pudo y supo. Entretanto cayó en poder de los que se llaman apasionados: juventud ociosa y alegre, y poco difícil en materias de gusto. Parecioles muy buena (como era de temer), la estudiaron a porfía, la representaron sin música en varias casas particulares y, por último, en el teatro público de Cádiz apareció mutilada y deforme.

Restituido el autor a su patria, vio la mala suerte que había tenido su obra, y una de las mayores dificultades que tuvo que vencer fue la de persuadir a su amigo D. Josef Lidón a que diera por perdido el tiempo que había gastado en componer la música, y a que desistiera del empeño que tenía en que los cómicos se la cantaran. Logrado esto, conoció la necesidad de corregirla, para lo cual suprimió todo lo añadido por mano ajena, y todo lo cantable: dio a la fábula mayor verosimilitud e interés, a los caracteres más energía, y alterando el primer acto, y haciendo de nuevo el segundo, de una zarzuela defectuosa compuso una comedia regular.

Entretanto que la estudiaban los mismos actores, que con tanto celo y acierto habían desempeñado las dos primeras piezas del autor, la compañía de los Caños del Peral se dio por ofendida de aquella preferencia. Sus protectores (gente poderosa y grande influjo en la corte) meditaron una venganza poco delicada, para desahogo de su mal fundado resentimiento. Hallaron un buen hombre que se prestó a sus miras, dilatando en tres actos la zarzuela de El Barón, suprimida la música, añadidos de propio caudal varios trozos y lo restante copiado a la letra del original que estropeaba. Sin haberlo sospechado jamás, se halló de repente poeta: puso por título a sus mal zurcidos retales el de La lugareña orgullosa; la llamó comedia original; insultó en el prólogo al autor de El Barón, y la pieza contrahecha se estudió, se imprimió, y se representó en el teatro de los Caños; antes que en el de la Cruz estuviera corriente la de Moratín. Tanta fue la actividad con que se aceleró la ejecución de aquella materia. El público no quedó, sin embargo, muy satisfecho del mérito de la obra; y siendo ya tan conocida la zarzuela de El Barón; la rapiña del autor intruso, su mala fe, sus cortos alcances y su ridícula presunción, le desacreditación completamente.

La comedia de Moratín se representó en el teatro de la Cruz el día 28 de enero del año de 1803. Sabíase de antemano que iba a ser silbada: el jefe que mandaba la expedición era conocido y temible, la turba que tenía a sus órdenes numerosa e intrépida. Durante la representación intentaron los voceadores el ataque más de una vez; pero el público logró contenerlos; faltaban pocos versos para concluirla, y creyeron que era ya urgente hacer el último esfuerzo, y cumplir el empeño que habían contraído. Voces, gritos, golpes, silbidos, barahúnda espantosa, todo se puso en práctica, y aquella parte del auditorio a quien había parecido bien la comedia, contribuyó con aplausos a crecer el estrépito y la confusión. Unos pedían que se anunciase otra función para el día siguiente y otros gritaban que siguiese la misma.

En medio de este tumulto, que se dilataba con tesón de una y otra parte, Antonio Pinto, amigo del autor, logró con dificultad que le oyeran, y dijo: «Los cómicos han creído que la comedia que se acaba de representar es una de aquellas pocas composiciones que más ilustran el teatro español. Una parte del público abunda en esta opinión y lo manifiesta de un modo indubitable; otra parece que la desaprueba y quiere que se anuncie para mañana pieza distinta. Deseando los cómicos acertar, quisieran saber si la comedia de El Barón ha de repetirse mañana, o no. Lo que decida el público, eso harán ellos, su obligación es complacerle». Esta alocución, lejos de calmar el desorden y conciliar los ánimos, sirvió solo de aumentarle y dividirlos, y hubiera durado mucho tiempo aquella discordia, si los conjurados, dando ya por seguro su triunfo, no hubieran salido atropelladamente a dar el anuncio a los que esperaban afuera.

Corrió la voz por las esquinas y callejuelas, tabernas, cafés y tertulias, de que la comedia de Moratín había sido silbada, noticia que llenó de regocijo a los que lamentándose continuamente de que nada se hace bueno en España, cuando alguna vez se hace, desestiman lo que echaban de menos y atropellan el mérito que son incapaces de competir. Algunos sabios y sabias se acostaron tarde aquella noche, ocupados en escribir coplillas mordaces e insípidas en celebridad de la gran victoria que habían logrado contra el talento y la aplicación virtuosa, la parcialidad y la ignorancia. Corrieron estos opúsculos al otro día de mano en mano, y a pocas horas de existencia perecieron en desprecio y olvido. En la segunda representación no hubo más ruido que el de los aplausos; los conspiradores no asistieron, el vino los había reunido, y el vino está caro en Madrid. El público desapasionado vengó con su aprobación los insultos anteriores; retuvo como frases proverbiales muchas expresiones de la comedia, y desde entonces oye siempre con aprecio esta fábula sencilla, verosímil, cómica, instructiva, y en la cual se observan, como en todas las otras del autor, los preceptos del arte y del buen gusto.

Antonio Ponce desempeñó con mucha inteligencia el difícil personaje de El Barón. Antonio Pinto, para quien era muy acomodado el carácter de D. Pedro, satisfizo las esperanzas del autor y del público. Mariano Querol, en el de Pascual, acertó como siempre lo hacía cuando copiaba la rústica y lerda sencillez de nuestros lugareños. El papel de la Tía Mónica en boca de María Ribera se admiró como lo más perfecto que puede presentar la ficción dramática.


Noli adfectare quod tibi non est datum,
delusa ne spes ad querelam recidat.

Phedri, Fab. Lib. III.

Personajes

DON PEDRO.
LA TÍA MÓNICA.
ISABEL.
LEONARDO.
EL BARÓN.
FERMINA.
PASCUAL.

La escena es en Illescas, en una sala de casa de LA TÍA MÓNICA.

El teatro representa una sala adornada al estilo del lugar. Puerta a la derecha que da salida al portal, otra a la izquierda para las habitaciones interiores, y otra en el foro, con escalera por donde se sube al segundo piso.

La acción empieza a las cinco de la tarde y acaba a las diez de la noche.

Acto I

Escena I

LEONARDO, FERMINA.

LEONARDO:
Sí, Fermina, yo no sé
que extraña mudanza es esta;
ni apenas puedo creer
que en tres semanas de ausencia
se haya trocado mi suerte de favorable en adversa.
¿Qué misterios hay aquí?
¿Por qué su vista me niega
Isabel? ¿Por qué su madre,
que me ha dado tales pruebas de estimación, me despide,
me injuria?... ¡Oh! ¡Cuánto recela
un infeliz!... Pero, dime,
ese Barón que se hospeda
en esta casa...

FERMINA:
¿El Barón?

LEONARDO:
Sí, ¿qué pretende? ¿Qué ideas
son las suyas?

FERMINA:
No es posible
que un instante me detenga.

(Mirando adentro con inquietud.)

LEONARDO:
Pero, dime...

FERMINA:
Es que si viene
mi señora, y os encuentra,
habrá desazón.

LEONARDO:
Después
que yo de tu boca sepa
mi desventura, me iré.
Di...

FERMINA:
Pues bien, la historia es esta.
Ya sabéis que hace dos meses
con muy corta diferencia,
que el barón de Montepino
se nos presentó en Illescas.
Tomó un cuarto en la posada
de enfrente. Estando tan cerca,
desde su ventana hablaba
con nosotras... bagatelas,
y chismes de vecindad.
Vino hasta media docena
de veces a casa, y luego
fue la amistad más estrecha.
Hablaba de sus vasallos,
de su apellido y sus rentas,
de sus pleitos con el Rey,
de sus mulas, etcétera.
Mi señora le escuchaba
embebecida y suspensa,
y todo cuanto él decía
era un chiste para ella.
Hizo el diantre que a este tiempo
se os pusiese en la cabeza
ir a ver a vuestro primo
que, a la verdad, no pidierais
haber ido en ocasión
más mala.

LEONARDO:
Estando tan cerca
de Toledo, estando enfermo
de tanto peligro, ¿hubiera
sido razón...?

FERMINA:
Yo no sé...
Voy a acabar, no nos sientan.
Nuestro Barón prosiguió
sus visitas con frecuencia:
siempre al lado de mis amas,
siempre haciéndolas la rueda,
muy rendido con la moza,
muy atento con la vieja;
de suerte, que la embromó.
La ha llenado la cabeza
de viento; está la mujer
que no vive ni sosiega
sin su Barón; y él, valido
de la estimación que encuentra,
quejándose muchas veces
de que la posada es puerca,
de que no le asisten bien,
que los gallos no le dejan
dormir, que no hay en su cuarto
ni una silla ni una mesa;
tanto ha sabido fingir,
y ha sido tan majadera
mi señora, que ha enviado
por la trágica maleta
de El Barón, y ha dado en casa
eficaces providencias
para que su señoría
coma, cene, almuerce y duerma.
En efecto, ya es el amo:
se le han cedido las piezas
de arriba; viene a comer,
se sube a dormir la siesta,
vuelve a jugar un tresillo,
o sale a dar una vuelta
con las señoras; después
vienen a casa, refresca,
cena, sin temor de Dios,
vuelve a subir y se acuesta.
Tal es su vida. El motivo
de haber venido a esta tierra,
ha sido, según él dice...
¡Para el tonto que lo crea!
No sé que lance de honor,
de aquellos de las novelas:
persecuciones, envidias
de la corte, competencias
con no sé quien, que le obligan
a andarse de zeca en meca...
En fin, mentiras, mentiras,
mal zurcidas todas ellas.
Esto es lo que pasa. Ahora
inferid lo que os parezca.
Isabel os quiere bien;
pero Patillas lo enreda
a veces y...

LEONARDO:
Sí, su madre
es tal que podrá vencerla;
y hará que me olvide, hará
que a su pesar la obedezca...
¡A su pesar!... Pero, ¿quién
me asegura su firmeza?
¿Quién sabe si, ya olvidada
del que la quiso de veras,
a un hombre desconocido
dará su mano contenta?...
Adiós... Pero tú, que sabes
cuanto mi amor interesa,
haz que yo la pueda hablar;
dila el afán que me cuesta...
Dila, en fin, que no hay amante,
por más infeliz que sea,
que si no merece afectos,
desengaños no merezca.

(Hace que va y vuelve. Vase.)

FERMINA:
¡Pobrecillo! Mucho temo
que el tal Barón te la juega.
Y al cabo de tantos años
de ilusiones lisonjeras,
tantos suspiros perdidos,
tanto rondar a la puerta,
tus proyectos amorosos
en esperanzas se quedan.
¿Y esto es amar? Esto es
vivir remando en galeras.

Escena II

LA TÍA MÓNICA, FERMINA.

TÍA MÓNICA:
Fermina, ¿diste el recado
de que mi hermano viniera
al instante?

FERMINA:
Sí, señora.

TÍA MÓNICA:
Mucho tarda.

FERMINA:
Si es un pelma.

TÍA MÓNICA:
Y es para una cosa urgente.

FERMINA:
¿Para qué?

TÍA MÓNICA:
¡Cierto que es buena
la curiosidad!

FERMINA:
¡Señora!
¿Pues a qué santo es la fiesta?
¡No es cosa! ¡La paletina,
la saya rica, las vueltas
de corales!...

TÍA MÓNICA:
Calla, loca.

FERMINA:
¡Válgame Dios! Si lo viera
el difunto.

TÍA MÓNICA:
¿Qué difunto?

FERMINA:
El que está comiendo tierra.

TÍA MÓNICA:
¿Quién?

FERMINA:
Mi señor, que en su vida
pudo lograr que os pusierais
una cinta, y os llamaba
desastrada, floja y puerca,
andrajosa, y...

TÍA MÓNICA:
Si no callas
he de romperte las piernas,
habladora.

FERMINA:
Yo...

TÍA MÓNICA:
Bribona.

FERMINA:
Si...

TÍA MÓNICA:
¿Qué palabras son esas?...

FERMINA:
Señora, si él lo decía,
y los vecinos se acuerdan...
¡Válgame Dios, que yo no
lo saco de mi cabeza!
Por cierto que muchas veces
daba unas voces tremendas,
que alborotaba la casa;
y os llamaba majadera...

TÍA MÓNICA:
Calla.

FERMINA:
Y...

TÍA MÓNICA:
Calla.

FERMINA:
Bien está.

Escena III

DON PEDRO, LA TÍA MÓNICA, FERMINA.

DON PEDRO:
Hola, ¿quién riñe?

TÍA MÓNICA:
Es con esta
picudilla.

FERMINA:
Mi señora
me pone de vuelta y media
porque digo la verdad,
y porque...

TÍA MÓNICA:
Vete allá fuera.

FERMINA:
Porque digo que mi amo...

TÍA MÓNICA:
Vete.

FERMINA:
Ya me voy.

TÍA MÓNICA:
No vuelvas
sin que te llame; y cuidado,
no te plantes a la reja.

Escena IV

DON PEDRO, LA TÍA MÓNICA.

DON PEDRO:
Con que, mi señora hermana,
asunto de consecuencia
debe de ser el que ocurre.
Yo, como sé tus vivezas,
no me he dado mucha prisa

(Sentándose.)

a venir; pero se enmienda
todo con haber venido.
Vaya pues.

TÍA MÓNICA:
Sólo quisiera

(Se sienta junto a DON PEDRO.)

que me dieras unos cuartos.

DON PEDRO:
¿Para qué?

TÍA MÓNICA:
Para una urgencia.

DON PEDRO:
¿Urgencias tú?... Bien está.
¿Cómo, cuánto?

TÍA MÓNICA:
Si tuvieras
cien doblones.

DON PEDRO:
Sí los tengo;
pero ajusta bien la cuenta,
que se acabará el dinero
a pocas libranzas de esas.
Doce mil reales me diste,
si la mitad se cercena
quedan seis mil, nada más.

TÍA MÓNICA:
Ya lo sé.

DON PEDRO:
Pues bien, receta;
ello es tuyo, si lo quieres
todo, allá te las avengas.

TÍA MÓNICA:
No, todo no, cien doblones
me darás.

DON PEDRO:
¿Con que hay urgencias?

TÍA MÓNICA:
Sí señor, lo necesito,
y no quiero darte cuentas
de cómo, y cuándo, y por qué.

DON PEDRO:
Pues yo tengo mis sospechas
de que tú quieres decirlo.

TÍA MÓNICA:
¿Decirlo yo? No lo creas.

DON PEDRO:
¿No? Pues bien, no hablemos ya
del asunto.

TÍA MÓNICA:
¡Bueno fuera
que siendo el dinero mío
cada vez que se me ofrezca
gastar algo, te pidiese
el dinero y la licencia!

DON PEDRO:
No dices mal.

TÍA MÓNICA:
Pues, tú quieres
tenernos como en tutela.
¡Buena aprensión!

DON PEDRO:
Sí, por cierto;
y a fe que es mala incumbencia
querer mandar a una viuda,
tan verde y tan peritiesa,
con paletina y brial.

TÍA MÓNICA:
¿No podré, cuando yo quiera,
ponerme mi ropa?

DON PEDRO:
Sí;
pero me admiro de verla
salir a lucirlo, al cabo
de medio siglo que lleva
de cofre.

TÍA MÓNICA:
Ya que lo tengo,
quiero gastarlo.

DON PEDRO:
Es muy cuerda
resolución; tanto más
que convienen la decencia
y el adorno a una señora
en cuya casa se hospeda
todo un Barón.

TÍA MÓNICA:
Es verdad,
ya entiendo tus indirectas.
Sí señor, le tengo en casa,
ni un solo ochavo le cuesta
comer y dormir aquí.
Le regalo, y le quisiera
regalar con tal primor,
que en vez de sufrir molestias,
no echara menos su casa,
su fausto y sus opulencias.

DON PEDRO:
¡Sus opulencias!... ¡El pobre
Barón!... Y ¿qué mala estrella
redujo a su señoría
a ser vecino de Illescas?
¿De qué enfermedad murieron
sus lacayos? ¿En qué cuesta
se rompió el coche, y cayeron
la Chispa y la Vandolera?
¿Qué gitanos le murciaron
el bagaje? ¿Qué miserias
son las suyas, que se vino
sin sombrero y sin calcetas?
¿No podrás satisfacerme
a estas dudas?

TÍA MÓNICA:
No tuviera
la menor dificultad.

DON PEDRO:
Pero, en efecto, ¿me dejas
en la misma confusión?

TÍA MÓNICA:
Sí; piensa de él lo que quieras,
nada importa.

DON PEDRO:
Y, en efecto,
hermana, hablando de veras,
¿es un caballero ilustre?

TÍA MÓNICA:
De la primera nobleza
de España, muy estimado
en las cortes extranjeras,
primo de todos los duques.

DON PEDRO:
¡Oiga!

TÍA MÓNICA:
Y es, por línea recta,
nieto de no sé que rey.

DON PEDRO:
¡No es cosa la parentela!

TÍA MÓNICA:
Si le trataras, verías
qué conversación tan bella
tiene, qué cortés, qué afable,
qué expresivo con cualquiera, y qué desinteresado.

DON PEDRO:
Eso la sangre lo lleva.

TÍA MÓNICA:
Pero el pobre caballero,
¡válgame Dios!, cuando cuenta
sus desgracias...

DON PEDRO:
¿Qué desgracias?

TÍA MÓNICA:
Hará llorar a las piedras.
Ha sido gobernador,
yo no sé si de Ginebra...
Ello es en Indias; y un conde,
hermano de una duquesa,
cuñada de un primo suyo,
el picarón, mala lengua,
le ha puesto en mal con el rey.

DON PEDRO:
¡Haya bribón!

TÍA MÓNICA:
Y por esta
calumnia se ve obligado
a disfrazar su grandeza
y andar de aquí para allí;
pero, Dios querrá, que venga
a saberse la verdad,
y entonces... ¡Pero, si vieras
cuanto favor le merezco
al buen señor! Él me enseña
todas sus cartas y algunas
que vienen en otras lenguas,
de Francia y de más allá
de Francia, para que sepa
lo que dicen, las explica
en español todas ellas.
¡Pero, qué cosas le escriben!

DON PEDRO:
¿Qué cosas?

TÍA MÓNICA:
Cosas muy buenas.

DON PEDRO:
Ya.

TÍA MÓNICA:
Le dicen que se vaya
a Londres, o a Inglaterra,
que el rey de allí le dará
mucho dinero y haciendas...
Pero él no quiere salir
de España.

DON PEDRO:
Pues no lo acierta.
¿Por qué no se va al instante
a tomar esas monedas?
¿Qué puede esperar? ¿Que un día,
ahí en una callejuela,
le conozcan, se le lleven,
y le corten la cabeza
por una equivocación?

TÍA MÓNICA:
No, que según las postreras
noticias, van sus asuntos
de mejor semblante, y piensa,
dentro de poco, poner
tan en claro su inocencia,
que al que levantó el embuste
quizás le echarán a Ceuta.

DON PEDRO:
Eso es natural... Y, dime,
hablando de otra materia
que nos interesa más,
y conviene tratar de ella.
¿Qué tenemos de tu hija?

TÍA MÓNICA:
Nada.

DON PEDRO:
¿Nada? ¿Estás dispuesta
a casarla con Leonardo?
Lo supongo.

TÍA MÓNICA:
No, no es esa
mi intención.

DON PEDRO:
¡Calle! Y ¿por qué,
se ha mudado la veleta?

TÍA MÓNICA:
Porque sí.

DON PEDRO:
Ya, ¿con que quieres
hacerla morir doncella?

TÍA MÓNICA:
¿Qué prisa corre el casarla?

DON PEDRO:
¡Oiga! ¡No es mala la idea!
¿Qué prisa corre? ¡Ahí es nada!
Tú, hermana, ya no te acuerdas
de cuando tuviste quince.
¡Qué prisa corre! Es muy buena
la especie, por vida mía.

TÍA MÓNICA:
Digo bien.

DON PEDRO:
Vamos, ya empiezas
a delirar, y estas cosas
piden discurso y prudencia.
Es menester que se case.

TÍA MÓNICA:
Pues yo no quiero que sea
con un pelgar, infeliz.

DON PEDRO:
Muy bien, pero considera
que casándose a mi gusto
es suyo cuanto yo tenga.
Que Leonardo es un muchacho
de talento y buenas prendas;
que en Madrid le dio su tío
una educación perfecta,
y cuando llegó a faltarle,
(renunciando a las ideas
de ambición, considerando
que el producto de su hacienda
bien cuidada, y sobre todo
su moderación, pudieran
hacerle vivir feliz)
vino, reclamó la oferta
que le hiciste de casarle
con Isabel... Lo desean
entrambos; todo el lugar
su esperada unión celebra,
tú lo has prometido, y...

TÍA MÓNICA:
Sí;
pero las cosas se piensan
mejor, y... vamos... Yo sé
lo que he de hacer, no me vengas
a predicar.

DON PEDRO:
Eso no.
Tú harás lo que te parezca;
pero, mira que es tu hija.
No la oprimas, no la tuerzas
la voluntad, ni presumas
que con gritos y violencia
has de extinguir en un día una inclinación honesta,
que el trato y el tiempo hicieron
inalterable.

TÍA MÓNICA:
No temas
nada... Yo me entiendo.

DON PEDRO:
Adiós.

(Se levantan los dos.)

TÍA MÓNICA:
Anda con Dios.

DON PEDRO:

(Aparte.)

¡Qué cabeza!
Voy a contar los seis mil
y haré que el muchacho venga
conmigo para traerlos.
A más ver.

TÍA MÓNICA:
¡Qué mosca lleva!

Escena V

LA TÍA MÓNICA, EL BARÓN.

BARÓN:
Señora, muy buenas tardes.

TÍA MÓNICA:
Estoy a vuestra obediencia,
señor Barón.

BARÓN:
Hoy ha sido
mucho más larga la siesta.

TÍA MÓNICA:
¡Qué! No señor... A las tres
ya estaba haciendo calceta.
Mi alcoba es un chicharrero...
Y la calor la desvela
a una, de modo que...

BARÓN:
Cierto.
Aquí faltan unas piezas
de verano... Ya se ve,
¡Estas casas tan mal hechas!
¿Estuvisteis mucho tiempo
en Madrid?

TÍA MÓNICA:
Muy poco; apenas
estuve un mes.

BARÓN:
De ese modo

(Paseándose.)

es casualidad que vierais
mi casa.

TÍA MÓNICA:
¿En qué calle está?

BARÓN:
Es un caserón de piedra
disforme.

TÍA MÓNICA:
¿En qué calle?

BARÓN:
Y tengo
pensado, luego que vuelva,
echarle al suelo.

TÍA MÓNICA:
¿Por qué?

BARÓN:
Para hacerle a la moderna.

TÍA MÓNICA:
Será lástima.

BARÓN:
No tal;
además que se aprovechan
todos los jaspes, y al cabo
por mucho, mucho, que pueda
gastarse, vendrá a costar
tres millones... y aún no llega.

TÍA MÓNICA:
¿Y hacia adonde está?

BARÓN:
He pensado
reducirle cuanto sea
posible; y según los planos
que me vinieron de Antuerpia,
queda más chico y mejor.
Una columna abierta,
circular, y en el ingreso
esfinges, grupos y verjas.
Gran fachada, escalinata
magnífica, cinco puertas,
peristilo egipcio... Y dentro
su jardín con arboledas,
invernáculos, estanques,
cascada, gruta de fieras,
saltadores, laberinto,
aras, cenotafios, bellas
estatuas, templos, ruinas...
En fin, cuatro frioleras
de gusto... Y sobre la altura
del monte que señorea
el jardín, un belveder
de mármoles de Florencia,
con bóvedas de cristal,
en medio de una plazuela
de naranjos del Perú.

TÍA MÓNICA:
¡Válgame Dios, qué grandeza!

BARÓN:
Todo es vuestro; allí estaréis
servida como una reina.
Mi palacio, mis sorbetes;
mis papagayos, mi mesa,
mis carrozas de marfil
con muelles a la chinesca,
todo es para vos.

TÍA MÓNICA:
Señor,
tanto favor me avergüenza.

BARÓN:
Más merecéis, más os debo,
que habéis sido en mi deshecha
fortuna el iris de paz,
y es justo que a tanta deuda
corresponda... Mas, decidme,
(que entre los dos la reserva
y el misterio no están bien)
un joven que nos pasea
la calle, y atentamente
nuestras ventanas observa.
¿Quién puede ser? Él es nuevo
en el lugar.

TÍA MÓNICA:
De manera,
señor Barón, que...

BARÓN:
Esta noche...
No sé si estabais despierta...
Ello era tarde, sonó
una cítara, y con ella
un romance de Gazul,
cierto moro que se queja
de que su mora, por otro
nuevo galán le desdeña.
¿No me diréis...?

TÍA MÓNICA:
Sí señor...
¡Válgame Dios! Yo estoy muerta.
Por más que procuro...

(Aparte.)

BARÓN:
En fin,
¿podré yo saber quién sea?

TÍA MÓNICA:
Sí señor, sí... Ya se ve,
como él es de aquí.

BARÓN:
¿De Illescas?

TÍA MÓNICA:
Sí señor, y ha vuelto ahora
de Toledo... Pero ella...
No señor... nunca...

BARÓN:
Ya estoy.

TÍA MÓNICA:
Él es un tonto, y se empeña
en que... ¡Vaya! Lo primero
que la diré, cuando vuelva,
cuidado, no ha de ponerme
los pies en casa.

BARÓN:
¡Discreta
prevención! Si Isabelita
no le quiere, que no venga.

TÍA MÓNICA:
¡Qué ha de querer! No señor,
nada de eso. ¿Pues no fuera
un disparate?... No digo
que la muchacha merezca
un marqués...

BARÓN:
¡Merece tanto,
Doña Mónica!... Es muy bella,
muy amable... Ved que es mucho,
mucho, lo que me interesa
su felicidad... Adiós,
que aún no es tiempo de que os deba
decir más. Llegará el día
de mi fortuna y la vuestra.

(Asiéndola de la mano y apretándosela con expresión de cariño.)

Escena VI

LA TÍA MÓNICA, FERMINA.

TÍA MÓNICA:
No hay que dudar, él está

(Se pasea con inquietud, interrumpe o acelera el discurso, según lo indican los versos.)

perdido de amor por ella,
es claro, es claro... ¡Y el otro
picaruelo!... Como vuelva,
ni de noche, ni de día,
a hacernos la centinela
yo le aseguro... ¡Qué dicha!
¿Pero, quién me lo dijera
dos meses ha? ¿Quién? Y ahora,
las señoronas de Illescas,
las hidalgotas, que son
más vanas, y... ya me llega
mi tiempo a mí... ¡Presumidas!
Rabiarán cuando lo sepan.
Fermina.

FERMINA:
Señora.

(Responde desde adentro y sale después.)

TÍA MÓNICA:
¿En dónde
está Isabel?

FERMINA:
En la pieza
de comer.

TÍA MÓNICA:
¿Sola?

FERMINA:
Solita.

TÍA MÓNICA:
¿Y qué hace allí?

FERMINA:
Se pasea
de un lado al otro, suspira,
llora un poquito, se sienta,
se queda suspensa un rato,
se pone a coser, lo deja,
vuelve a llorar...

TÍA MÓNICA:
¿Y a qué es eso?

FERMINA:
A que no está muy contenta.

TÍA MÓNICA:
¿Por qué?

FERMINA:
Porque... Yo no sé
porque... Locuras, rarezas,
juventudes.

TÍA MÓNICA:
¿Con que tú
no sabes de qué procedan
esa inquietud y esos lloros?

FERMINA:
Yo sí.

TÍA MÓNICA:
Pues dilo, ¿qué esperas?

FERMINA:
Que me prometáis oírme
con mucho amor.

TÍA MÓNICA:
No me tengas
impaciente.

FERMINA:
Que si digo
alguna cosa que escueza,
no me pongáis como un trapo...

TÍA MÓNICA:
Vamos.

FERMINA:
Que no haya quimeras
y...

TÍA MÓNICA:
Despacha.

FERMINA:
Y venga yo
a pagar culpas ajenas.

TÍA MÓNICA:
¿Has acabado?

FERMINA:
Ya empiezo,
puesto que me dais licencia.
El mal que tiene es amor;
y ya que explicarme deba
claramente, vos tenéis
la culpa de su dolencia.

TÍA MÓNICA:
¿Yo?

FERMINA:
Sí, señora; Leonardo...

TÍA MÓNICA:
No me le nombres, no quieras
que me irrite.

FERMINA:
Bien está;
si os enfada, no se vuelva
a mentar. Aquel mocito,
hijo de Doña Manuela,
que en otro tiempo os debió
mil cariños y finezas;
aquel, como ya se ve,
tiene bonita presencia,
es halagüeño y cortés,
y sabe explicar sus penas, prendó a la niña... Esto es cosa
muy regular y muy puesta
en razón, y el que lo extrañe
poco entiende la materia.
¡Ahí es nada! Juventud,
discreción, obsequio, prendas
estimables, juramentos
de amor y constancia eterna;
y esto ¿no ha de enamorar?
¿Pues, digo, somos de piedra?
Después...

TÍA MÓNICA:
No me digas más.

FERMINA:
Callaré como una muerta;
y si los demás callaran
también; pero, sí, ya es buena
la gente de este lugar.

TÍA MÓNICA:
¿Pues qué?

FERMINA:
Nada.

TÍA MÓNICA:
No me vengas
con misterios.

FERMINA:
Como hay tantos
bribones, malas cabezas,
dicen que... Pero, chitón.
No quiero ser picotera.

TÍA MÓNICA:
¿Qué dicen?

FERMINA:
Esta mañana,
ahí al lado de la iglesia
cierto conocido vuestro...
El nombre nada interesa
para el caso. Me llamó,
y me dijo: picaruela,
que no nos has dicho nada...

Escena VII

PASCUAL, LA TÍA MÓNICA, FERMINA.

TÍA MÓNICA:
¿A qué vienes tú? ¡No es buena

(PASCUAL sacará en la mano un pequeño envoltorio de papel. A las primeras palabras de LA TÍA MÓNICA, hace ademán de volverse por la puerta que entró.)

la gracia! Sin que te llamen
ya te he dicho que no vengas.
¿Lo entiendes?

PASCUAL:
Muy bien está.

TÍA MÓNICA:
Para eso tienes la pieza
de los perros.

PASCUAL:
Bien está.

TÍA MÓNICA:
Y que nunca te suceda
subir cuando yo esté hablando
con alguien, cuenta con ella.

PASCUAL:
Bien está.

TÍA MÓNICA:
¡No es mala maña!

PASCUAL:
Bien, yo, como...

TÍA MÓNICA:
Oyes, ¿qué llevas?

PASCUAL:
Un rebujo.

TÍA MÓNICA:
¿Qué?

PASCUAL:
Un papel.

TÍA MÓNICA:
Pero quien... Llámale, lerda.

(FERMINA va hacia la puerta para detener a PASCUAL.)

¿Qué es eso?

PASCUAL:
Es un cucurucho
de papel.

TÍA MÓNICA:
¡Mira que flema!
A ver.

PASCUAL:
Me voy con los perros.

TÍA MÓNICA:
Yo he de perder la paciencia.
¿No te le ha dado mi hermano?

PASCUAL:
Sí, señora.

TÍA MÓNICA:
¿Pues, qué esperas?
Dámele acá, y vete.

(Quitándole el papel de la mano. Aparte, al tiempo de irse.)

PASCUAL:
Siempre
se enfada, cuando...

TÍA MÓNICA:
¿Qué rezas?

PASCUAL:
Cuando... Si por más que uno
quiere... nada, nunca acierta.

Escena VIII

LA TÍA MÓNICA, FERMINA.

TÍA MÓNICA:
Prosigue.

FERMINA:
Pues me decía,
¿conque la boda está hecha
de El Barón y Isabelita?
Yo, señor, de esa materia
no sé nada, dije yo.
¡Que no sabes a tu abuela!
Tú callas, porque conoces
el disparate que piensa
tu señora; pero ya
por todo el lugar se suena.
Todos dicen que a su hija
la esclaviza, la violenta
llevada del interés.
¿De dónde la vino a ella,
la locona, emparentar
con marqueses, ni princesas?
¿De dónde? ¿No han sido siempre
en toda su parentela,
alta y baja, labradores?
¿Pues qué más quiere? ¿Qué intenta?
¿Por qué no casa a Isabel
con un hombre de su esfera,
que la pueda mantener
con estimación, que sea
hombre de bien, que el honor
vale por muchas grandezas,
y no entregarla a un bribón,
que nadie sabe en Illescas
quien es, ni de donde vino,
ni a dónde va, ni qué espera?
¡Galopín, que ha de ser él
Barón como yo Abadesa!
¡Desarrapado! Que vino
sin calzones y sin medias,
y heredero de tu amo,
con poquísima vergüenza,
de galas que no son suyas
adornado se presenta
por el pueblo. ¡Badulaque!
¡Ay! ¡Si alzara la cabeza
el que pudre, y en su casa
tantos desórdenes viera!
¡Pobrecito! No murió
de gota, murió de aquella
maldita mujer que fue
su purgatorio en la tierra,
ridícula, fastidiosa,
atronada, tonta y vieja...

TÍA MÓNICA:
Vamos, calla, bueno está,
y que digan lo que quieran,

(Paseándose con inquietud.)

eso es envidia y no más.

FERMINA:

(Aparte.)

¡No has llevado mala felpa!
Ya se ve, todo es envidia.

TÍA MÓNICA:
Yo haré lo que me parezca.

FERMINA:
Ya se ve.

TÍA MÓNICA:
No necesito
que ninguno de ellos venga
a gobernarme.

FERMINA:
Seguro.

TÍA MÓNICA:
Si están que se desesperan,
los picarones... En fin,
querrá Dios que yo los vea confundidos, que me aparte
de ellos, y que nunca vuelva
a este maldito lugar.

FERMINA:
¿Sí? ¡Válgame Dios, qué buena
determinación, señora!
¿Y a dónde iremos?

TÍA MÓNICA:
¡Qué necia
eres! A Madrid.

FERMINA:
¡Qué gusto!
A Madrid... ¿Con que, de veras,
a Madrid? ¿Con El Barón?

TÍA MÓNICA:
Pues ya se ve.

FERMINA:
¡Qué contenta
se pondrá la señorita!
¡Qué felicidad la nuestra!
¡A Madrid!

(Aparte.)

Pobre Isabel,
ya está dada tu sentencia.
El Barón, señora.

TÍA MÓNICA:
Vete...
¡Ah! mira: sacude aquella
ropa y avisad al sastre.

Escena IX

LA TÍA MÓNICA, EL BARÓN. Sale muy pensativo con unos papeles en la mano.

TÍA MÓNICA:
Vaya, me alegro. ¿Qué nuevas
tenemos? ¿No respondéis?
¡Ay, señor!

BARÓN:
¡Cómo se mezclan
entre las mayores dichas,
los cuidados y las penas!
Aquel sujeto, de quien
os dije veces diversas,
que va a Madrid disfrazado,
y allí examina y observa,
ve a mis gentes, y conduce
toda la correspondencia;
ya llegó.

TÍA MÓNICA:
¿Sí? ¿Y ha traído
alguna noticia buena?

BARÓN:
Esa es carta de mi hermana.
Si queréis, podéis leerla.

(La da uno de los papeles, y lee LA TÍA MÓNICA.)

TÍA MÓNICA:
Mi querido hermano: he recibido la última tuya, y la sortija de diamantes que me envías de parte de esa señora, a quien darás en mi nombre las más atentas gracias, asegurándola de los vivos deseos que tengo de conocerla, y diciéndola también que no la envío por ahora cosa ninguna, para que no juzgue que aspiro a pagar sus expresiones, y la merced que te hace, con dádivas que, por muy exquisitas que fueran, siempre serían inferiores al cordial afecto que la profeso. Nuestro primo el arzobispo de Andrinópoli ha escrito desde Cacabelos, y parece que dentro de pocos días llegará a su diócesis. Mil expresiones del condestable, y del marqués de Famagosta su cuñado. Ya puedes considerar cuál habrá sido nuestra alegría, al ver aclarada tu inocencia y castigados tus enemigos. El Rey desea verte, lo mismo tus amigos y deudos, y más que todos, tu querida hermana. La Vizcondesa de Mostogán.

¡Válgame Dios, qué fortuna!

(Volviéndole la carta.)

Os doy mil enhorabuenas.
Gracias a Dios.

BARÓN:
¡Ay, señora!

TÍA MÓNICA:
¿Qué pesadumbre os aqueja,
en tanta felicidad?

BARÓN:
La mayor, la más funesta
para mí... Ved esa carta
y hallaréis mi muerte en ella.

(Da otro papel a LA TÍA MÓNICA, que ella lee.)

TÍA MÓNICA:
En efecto, amado sobrino: tus cosas se han compuesto, como deseábamos. Ayer se publicó la resolución del Rey: declara injustos cuantos cargos se te han hecho, y el conde de la Península, tu acusador, está sentenciado a prisión perpetua en el castillo de las Siete Torres. Quedo disponiendo a toda prisa los coches y criados que deben conducirte y, entretanto, no puedo menos de recordarte que tu boda con Doña Violante de Quincoces, hija del marqués de Utrique, capitán general de las islas Filipinas y costa Patagónica, concluido este asunto que la retardó, no tiene al presente ninguna dificultad. El caballero Wolfanlgo de Remestein, jefe de escuadra del Emperador (que se halla en Madrid, de vuelta de los baños de Trillo) será el padrino, y esperamos con ansia ver efectuado este consorcio, en que tanto interesan las dos familias. Recibe por todo mis enhorabuenas, y manda a tu tío que te estima. El Príncipe de Siracusa.

¿Conque según esto?

BARÓN:
¿Veis

(Toma el papel, y se lo guarda con los demás.)

cómo se tratan y acuerdan
entre los grandes señores
cosas de tal consecuencia?
Porque lleva en dote cinco
villas y catorce aldeas,
porque es única, y porque
nuestro sucesor pudiera
añadir a mis castillos
de plata, y mis bandas negras,
dos águilas, siete grifos
verdes y nueve culebras;
¡Por eso yo he de perder
mi libertad!... Si pudiera
resolver... ¿Y por qué no?
Piense lo que le parezca,
el de Siracusa, y diga
el senescal lo que quiera;
mi elección es libre... Pero,
¿qué he de hacer en tan estrecha
situación? En un lugar
miserable... Ni hay quien tenga
comercio, ni hay corredores,
ni se pueden girar letras,
ni... ¡Vaya, es cosa perdida...!
Si a lo menos conocieran
mi firma, yo libraría
sobre Esmirna o Filadelfia
diez mil rixdalers, y entonces...

TÍA MÓNICA:
¿Y entonces?

BARÓN:
Yo resolviera.
Yo evitara que me hallasen
aquí; dejara dispuestas
las cosas, me marcharía
con la mayor diligencia
a Montepino, que dista
unas diez y siete leguas.
Ibais allá, y un domingo
en mi capilla secreta
nos desposábamos.

TÍA MÓNICA:
¿Quién?

BARÓN:
¿Pues, no adivinas quién sea
el objeto de mi amor?
Isabel.

TÍA MÓNICA:
¡Señor!...

BARÓN:
Por ella
todo lo despreciaré.

TÍA MÓNICA:
Permitid.

(Quiere arrodillarse y EL BARÓN lo estorba.)

BARÓN:
¿Qué hacéis?

TÍA MÓNICA:
Quisiera
hablar, y no puedo hablar, porque es tanta la sorpresa
y el gozo... ¡Bendito Dios!

BARÓN:
No os admire la violencia
de mi pasión. Tanto pueden
la hermosura y la modestia.
Pero, ¿ha llegado a entender
Isabel, cuanto la aprecia
su huésped? ¿Ha conocido
cuanto su favor desea?
¿Sabe acaso...?

TÍA MÓNICA:
Ella, Señor,
no tiene pizca de lerda,
y aunque nunca lo haya dicho,
sino, así, por indirectas...
Ya se ve, no era posible
menos, sino que advirtiera
grande inclinación en vos.

BARÓN:
¿Y vuestro hermano qué piensa
de mí? ¿Qué dice? ¿Ha sabido
algo?

TÍA MÓNICA:
A lo menos sospecha
mucho, porque es malicioso...
¡Vaya!... Pero no hay quien pueda
contar con él para nada;
siempre estamos de contienda,
y, ya lo veis, es muy rara
la vez que pisa mis puertas.
Hombre extravagante, y...

BARÓN:
Pero,
es vuestro hermano, y no fuera
justo pasar adelante
en ello, sin darle cuenta.
Además que yo conservo
una especie... y no debierais
olvidarla vos. Me acuerdo
que una vez, hablando en estas
cosas, dijisteis: que quiere
mucho a Isabelita, piensa
darla en dote... ¿Cuánto?

TÍA MÓNICA:
Puede
darla mucho, si él quisiera.
¡Oh! si...

BARÓN:
¿Pues, qué? ¿No querrá?

TÍA MÓNICA:
Si es muy bruto.

BARÓN:
Eso me llena
de admiración. ¿No querrá?
Pues cuando Isabel no muestra
repugnancia, cuando vos
entráis en ello contenta,
¡Cuando quiero yo!

TÍA MÓNICA:
Señor
no os alteréis, son rarezas;
cosas suyas.

BARÓN:
Pues, no importa,
es menester lo sepa.

TÍA MÓNICA:
Inútil será.

BARÓN:
¿Por qué?
Conviene que yo le vea,
yo le hablaré.

TÍA MÓNICA:
Bien está;
pero no esperéis que ceda.
Es muy cabezudo.

BARÓN:
Y cuando
ese temor nos detenga,
¿Qué os parece que podemos
hacer? Suponed que llega
mi tren; que se llena el pueblo
de látigos y libreas;
que mi primo el archiduque,
no habrá remedio, me lleva
a la corte... ¿Y Isabel?
¿Y mi amor?... ¡Cuando se encuentra
un gran señor sin dinero,
que chiquito que se queda!
¡Maldito dinero! Amén.

TÍA MÓNICA:
Si para la fuga vuestra
bastaran... Ello es tan poco
que casi me da vergüenza
ofrecéroslo. Aquí tengo
cien doblones, si os sirvieran...

(Saca el papel que la dio PASCUAL, le toma EL BARÓN y le guarda.)

BARÓN:
A verlos... ¿Y en oro? Bien...
Muy bien... Iré como pueda.
En una mula... Al instante
doy allá mis providencias
para que mi mayordomo
traiga un coche, que se queda
en la ermita, y llegará
cuando todo el mundo duerma.
Viene, os avisa, estaréis
prevenidas, de manera
que salís de aquí a las dos
de la noche, con la fresca.
Y reventando seis tiros
estáis a las ocho y media
en Montepino. Nos dice
una misa muy ligera
mi capellán, nos desposa,
y si es menester nos vela,
y a las diez ya sois mi madre.

TÍA MÓNICA:
Pero, señor...

BARÓN:
¿Qué os inquieta?

TÍA MÓNICA:
Nada... ¿Es un sueño?

BARÓN:
Conviene
que dispongáis cuanto sea
necesario. Por mi parte
no omitiré diligencia...
Y, adiós.

TÍA MÓNICA:
Bien está...

(Aparte, al tiempo de irse.)

No sé
lo que me pasa. Estoy fuera
de mí... Loca, loca... y tiemblo
toda, de pies a cabeza.

BARÓN:
Cansado estoy de mentir

(Paseándose.)

por más que diga esta vieja...
Sí, yo he de verle... Si al cabo
ha de darla el dote, venga,
que estoy de prisa... Se toman
los cuartos y, adiós Illescas,
adiós tontos, que me voy
a donde jamás os vea.
Sí... ¡Caramba!... Y este nuevo
amante, que nos acecha,
no me gusta, no.

Escena X

EL BARÓN, FERMINA.

Saca FERMINA varios vestidos de mujer, que pondrá sobre una silla; se acerca a la puerta de la derecha, y llama.

FERMINA:
¡Pascual!

BARÓN:
¡Oiga! ¿Qué galas son esas?

FERMINA:
Son vestidos de mi ama,
que con suma ligereza
se han de achicar, alargar,
aforrar, tapar troneras,
guarnecer, desfigurar,
de tal modo que parezcan
nuevecitos... y empeñada
su merced en que lo hiciera
yo... ¡Buena droga! ¿Pues, qué,
no hay sastres? ¡Cómo receta!

BARÓN:
¡Pobre Fermina!

FERMINA:

(Llama.)

Pascual.
¡Eh! Se estará en la bodega
estudiando a Carlo Magno.
Pascual.

(Llama.)

BARÓN:
Le diré que venga.

FERMINA:
No, señor, yo.

BARÓN:
Si voy
a salir, nada me cuesta
decírselo.

(Al irse EL BARÓN sale PASCUAL por la misma puerta.)

FERMINA:
Muchas gracias.

Escena XI

EL BARÓN, FERMINA, PASCUAL.

BARÓN:
Dime, Pascual; ¿será esta
buena ocasión para ver
a Don Pedro?

PASCUAL:
De manera
que como suele acostarse
después de cenar, y cena
unas veces tarde, y otras
presto, y otras... Ello, buena
hora es de verle.

BARÓN:
¿Sí?

PASCUAL:
Digo,
como él esté ya de vuelta
en su casa, entonces... Pero
si no ha vuelto; de por fuerza
él...

BARÓN:
Ya estoy.

PASCUAL:
De juro...

BARÓN:
Adiós.
¡Famosas explicaderas!

(Vase.)

PASCUAL:
¿Me llamabas?

FERMINA:
Sí; al instante,
aprisa, de una carrera,
has de ir a casa del sastre.

PASCUAL:
Allá voy.

(Hace que se va y vuelve.)

FERMINA:
Oyes, badea.
Si no te he dicho el recado
que le has de dar ¿a qué es esa locura?

PASCUAL:
A que no me digan
que soy sosonazo y pelma.

FERMINA:
Dile que venga al instante,
al instante, que le espera
el ama. ¿Lo entiendes?

PASCUAL:
Sí.

FERMINA:
Pues anda, y mueve esas piernas.

Escena XII

ISABEL, FERMINA.

ISABEL:
Fermina, Leonardo viene,
le he visto desde la reja,
y va a subir. Quiero hablarle;
quizá por la vez postrera.
Mi madre, que está rezando
en su cuarto, nos franquea
la ocasión. Tú... sí, Fermina,
débate yo la fineza,
si me quieres bien... En ese
pasillo estarás, y observa
si sale mi madre o llama,
o alguno viene de afuera,
y avísame, no nos hallen
juntos, y todo se pierda.
¿Lo harás por mí?... Pero, él viene...
Amiga, no te detengas,
Adiós.

FERMINA:
Voy allá.

Escena XIII

LEONARDO, ISABEL.

LEONARDO:
Isabel.

ISABEL:
¡Leonardo, quién lo dijera!...
¡Leonardo!

LEONARDO:
¿Y quién, al dejarte
tan cariñosa y tan tierna,
debió temer que hallaría
tantos males a su vuelta?
¡Este breve tiempo ha sido
bastante!...

ISABEL:
¡Fatal ausencia
la tuya!

LEONARDO:
En fin, sepa yo
de una vez cuál es mi pena,
cuál es mi suerte... Disipa
las dudas que me atormentan.
¿Dime si puede ser cierto
lo que ya todos recelan...,
si esas lágrimas me anuncian
amor, si debo creerlas?

ISABEL:
Leonardo, no es ocasión
de que los instantes pierdas,
burlándote de mi fe
con dudas, que son ofensas.
No es ocasión. Si lo fuese
mucho decirte pudiera,
pero ¡donde el tiempo falta
están por demás las quejas!
Yo te he querido, y te quiero...
Sabe Dios cuánta violencia
padezco al decirlo, y cuánto
sufre una mujer honesta,
si lo que debe al silencio
tiene que decir la lengua.
Te quiero... y voy a perderte.

LEONARDO:
¿Eso dices?... ¿Nada esperas
de mí?

ISABEL:
Si lo que hasta ahora
fue temor, ya es evidencia.
Si mi madre al escuchar
tu nombre, toda se altera,
si no quiere que atravieses
los umbrales de mis puertas,
si manda que sus criados
ni aun te saluden siquiera,
y... ¿Pero qué más? Si ahora
acaba de darme cuenta
de ese enlace aborrecido...
¡Mísera yo!

LEONARDO:
Nada temas.

ISABEL:
Y ha de ser pronto, según
pude alcanzar... Está ciega,
fuera de sí... ¿Qué podemos
hacer? ¿Qué esperanza resta?

LEONARDO:
Pero, Isabel, dueño mío.
¡Qué extraño dolor te aqueja!
¿Tú infeliz, viviendo yo?...
No así de temores llena
me quites todo el valor;
que mal tenerle pudiera
viéndote desconsolada
en triste llanto deshecha.
Veré a tu madre, y si tienen
las pasiones elocuencia,
yo la sabré reducir,
o cuando burladas viera
mis esperanzas, amor
muchos ardides inventa,
y nada me detendrá
como tú, Isabel, me quieras.

ISABEL:
¿Resuelves hablarla?

LEONARDO:
Sí.

ISABEL:
¿Qué has de decirla que sea
bastante al fin que procuras?

LEONARDO:
¿Qué la diré? Que si piensa
hacerte infeliz, venderte
a una soñada opulencia,
dar tu mano a un impostor,
faltar a tantas promesas,
perderme, burlarme a mí...
Cosa difícil intenta.
La diré que tú eres mía;
que al bárbaro que pretenda
privarme de ti, rompiendo
los nudos que amor estrecha,
sangre ha de costarle y muerte.
Si a tanto aspira, prevenga
el pecho a mi espada, y juzgue
que para usurpar la prenda
de mi cariño, no basta
que engañe, seduzca y mienta;
debe lidiar y vencer.
Tú serás la recompensa
del valor, ya que tu llanto
y tu elección se desprecian;
y el más infeliz, al golpe
de su enemigo perezca.

ISABEL:
¿Eso has de hacer?

LEONARDO:
O dejar
que en solo un punto se pierdan
tantos años de esperanzas,
tan bien pagadas finezas,
tan puro amor... Pero, no,
no los instantes que vuelan
se malogren... Voy a hablarla.
Adiós... La desgracia nuestra,
resolución, osadía
pide, no cobardes quejas.

ISABEL:
Todo es en vano. La vas
a irritar; no a convencerla.

LEONARDO:
Sí, cederá.

ISABEL:
Mal conoces
su obstinación.

LEONARDO:
Cuando sea
tanta, y este medio falte;
otros, eficaces, quedan.

ISABEL:
¡Duros, sangrientos!

LEONARDO:
Quien ama
como yo, todo lo intenta.
Es mucho lo que me importa,
para que vacile y tema;
vale mucho mi Isabel
para exponerme a perderla.

(Cogiéndola con ternura de la mano y besándosela.)

ISABEL:
Leonardo, mi bien... No sé
que decir... Haz lo que quieras.
En tal peligro, tú solo
sabes lo que más convenga;
yo, ¡infeliz! ¿Qué he de saber?
Llorar... Adiós: Él te vuelva
más venturoso a mi vista,
y este afán alivio tenga.

LEONARDO:
Siempre fue de los osados
la fortuna compañera;
el cobarde, que la teme,
siempre la ha tenido adversa.

Acto II

Escena I

EL BARÓN:
¡Válgate Dios por el hombre!
Cuando no nos hace falta,

(Se sienta junto a una mesa en que habrá dos luces.)

a las cuatro de la tarde
está metido en la cama;
y hoy, que me interesa el verle,
no parece por su casa.
¡Oh, si a cuenta de la dote
quisiera dar unas cuantas
onzas!... ¡Gran golpe!... Es verdad
que el tal abuelito es caña,
muy socarrón...

Escena II

EL BARÓN, LEONARDO.

LEONARDO sale hablando entre sí; al ver al BARÓN, exclama, complacido de hallarle.

LEONARDO:
Qué mujer,
¡Qué carácter, qué ignorancia...
qué insensible!... ¡Ah!...

BARÓN:

(Aparte, con timidez.)

¡Malo! Ahora
este demonio me envasa.

LEONARDO:
Señor Barón.

BARÓN:
¡Oiga! ¿Qué

(Levantándose.)

se ofrece?

LEONARDO:
Cuatro palabras.

BARÓN:
Decid catorce, y sentaos;
que no es bien que...

LEONARDO:
Nada, nada.
Estoy bien así... ¿Sabéis
quién soy?

BARÓN:
Yo no; pero basta
veros, para conocer
que sois hombre de importancia.
Tomad asiento.

(Vuelve a sentarse.)

LEONARDO:
Ya he dicho
que no.

BARÓN:
Bien.

LEONARDO:
A mi me llaman
Leonardo, soy un vecino
de este pueblo. Esa muchacha
me quiere...

BARÓN:
¿Quién?

LEONARDO:
Isabel.

BARÓN:
Ya.

LEONARDO:
Yo la quiero. Se trata
de violentar su albedrío,
y a mí, de veras, me enfada
este proyecto. La niña
os aborrece de ganas,
y pensar, ni por asomo,
que porque su madre es fatua,
y vos un señor, o un pillo,
(que de esto no sé palabra)
por eso, ella y yo, debemos
tolerar ofensa tanta;
es locura. De los dos
uno solo ha de lograrla;
con que, si sois... ¿Quién lo duda?,
caballero, y os agravia
el que intenta disputaros
el cariño de una dama,
esta noche a media noche
os espero, en esas tapias,
cerca del camino. Allí
veremos quien...

BARÓN:
¡Qué bobada!
¡Eh! No, señor; yo no quiero
mataros, no.

LEONARDO:
Muchas gracias;
pero ha de ser.

BARÓN:
¿Ha de ser?
¿Y a media noche?

LEONARDO:
Sin falta.

BARÓN:
Allí en las tapias de...

LEONARDO:
Sí;
cosa de un tiro de bala
de aquí... Pero, si queréis,
yo os esperaré en la plaza;
iremos juntos.

BARÓN:
No tal,
yo iré solo... Ello me causa,
cierto, me da compasión,
así, por una niñada...
¡Qué diantres! ¡Quitar la vida
a un hombre de circunstancias
como vos!

LEONARDO:
No os dé cuidado.

BARÓN:
¿Qué edad tenéis?

LEONARDO:
La que basta
para no temer la muerte.

BARÓN:
¿Tenéis madre?

LEONARDO:
Sí, y hermanas...
¿Y vos qué tenéis, cordura,
o miedo o como se llama?

BARÓN:
¿Miedo yo?

LEONARDO:
Digo, pudiera
suceder.

BARÓN:
¡Qué petulancia!

(Se levanta con viveza.)

¡Qué insulto!

LEONARDO:
¿No la tenéis?
Pues bien, espero que vaya
el señor Barón.

BARÓN:
Sin duda.

LEONARDO:
¿A las doce?

BARÓN:
Hora menguada
para vos... Iré a las doce.

LEONARDO:
Adiós.

(Hace que se va y vuelve.)

BARÓN:
Agur.

LEONARDO:
Aún me falta
que decir; porque no quiero
dejaros en ignorancia.
Ved que si no vais, la burla
os ha de salir muy cara; y donde quiera que os vea,
solo o con gente, con armas,
o sin ellas, en la calle,
en cualquiera parte... en casa,
en la iglesia, os atravieso el pecho de una estocada.

Escena III

EL BARÓN, solo.

BARÓN:
¡Estamos bien!... ¡Yo salir!...
Y el tal hombre tiene trazas.

(Paseándose.)

De hacer lo que dice... ¡Yo
salir!... Saldré; pero falta
saber por dónde... Sí, el aire
seco de Illescas me daña...
Cosa de miedo no tengo...
Él me conoció en la cara
que no soy espadachín...
Esto de que yo me vaya
sin dar un susto al zurraco
del viejecito, es chanada.
Eso no... ¿Pues que en Illescas
se sabe más que en Triana?
Las ocho...

(Saca el reloj.)

Pero, si espera
en efecto, si se enfada
porque no voy, si me encuentra
luego y me... ¡Cosa más rara!
¡Calle! Ya está el otro aquí.

Escena IV

DON PEDRO, EL BARÓN.

BARÓN:
Si os ha dicho la criada
que os fui a buscar, sería
mejor que a mi me avisaran
y hubiera pasado allá.

DON PEDRO:
A mí no me han dicho nada,
ni vengo por vos. Quería
hablar un rato a mi hermana
de un chisme que me han contado.
Una especiota, de tantas
que corren por el lugar...
Es la gente muy bellaca,
y sobre una friolera
miente, desatina, y hablan
cosas que... ¡Vaya!

BARÓN:
¿Y en fin,
qué ha sido?

DON PEDRO:
Nada en sustancia;
pero que, tal vez, pudiera
tener resultas muy malas.
Mi hermana no considera
estas cosas; tiene en casa
una muchacha, y la pobre
chica, honesta, bien criada,
que nunca ha dado ocasión
a decir una palabra
contra su conducta; pierde
por su madre, lo que gana
por sí.

BARÓN:
Doña Isabelita
es un conjunto de gracias
y perfecciones, y el verla
oscurecida, eclipsada
en un lugarote, expuesta
a que la entreguen mañana
a un rústico labrador,
sin modales, ni crianza,
ni estudios; da compasión.
Bien que no falta, no falta
quien tal vez sabrá extraerla
de esta atmósfera, elevarla
a mayor sublimidad,
y hacer que en ella recaigan,
y en su familia, los dones
que la fortuna contraria
les negó.

DON PEDRO:
¡Qué tontería!
No señor, no es desdichada
tanto como vos decís,
ni tan oscura y opaca
la atmósfera, ni hay eclipses,
ni es menester levantarla
tan alto... ¡Qué! No, señor.
En este lugar se casan
muy bien las niñas. Es cierto
que no hay aquí (y es desgracia)
una juventud de alcorza,
corrompida y perfumada,
cigarrera, petulante,
ociosa, habladora y fatua,
como la que he visto yo
ir bailando contradanzas,
allá en la Puerta del Sol.
De eso no tenemos nada...
Pero hay jóvenes honrados,
ricos, de buena crianza,
atentos, que nunca insultan
al decoro de las canas.
Que a las mujeres, ni las
adoran ni las ultrajan,
las estiman; que si ignoran
las locas extravagancias
que inventa el lujo, se visten
como la modestia manda...
La instrucción no es mucha, pero
tienen aquella que basta
para ser hombres de bien;
para gobernar su casa,
dar buen ejemplo a sus hijos,
y hacerles amable y grata
la virtud, que ellos practican.
Isabel no está enseñada
a otra cosa, ni la inquietan
ambiciosas esperanzas.
Tiene un novio que la quiere,
ella le estima en el alma,
yo soy contento y espero
que no pasen dos semanas
sin que haya boda... Tendremos
gran comida, trisca y danza,
y a la tarde, chocolate,
agua de limón y horchata.

BARÓN:
Mucho me admira ese modo
de pensar.

DON PEDRO:
Y a mi me pasma

(Imitando el tono grave y ponderativo del BARÓN.)

el vuestro. ¿Queréis que sea
vizcondesa o almiranta?

BARÓN:
Quisiera verla feliz.

DON PEDRO:
Pues si lo queréis, dejadla.

BARÓN:
Pero, si la suerte hiciese
que se la proporcionara
otro destino mejor...

DON PEDRO:
¿Mejor que verse casada
a su gusto, en su lugar?
No puede ser.

BARÓN:
Yo pensaba
que su madre, en este caso,
debiera ser consultada
y obedecida.

DON PEDRO:
Su madre
es una pobre aldeana,
y no sabe más de mundo
que los chiquillos que maman.
Pero no importa. El encargo
de convertirla y sacarla
de error, no es cosa difícil;
y a pesar de su ignorancia,
dentro de muy pocas horas,
conocerá quien la engaña.

BARÓN:
¿Pues quién se atreve?...

DON PEDRO:
Hay bribones
que viven de enredo y trampa.

BARÓN:
¿Qué me decís?

DON PEDRO:
Sí, señor;
pero a bien que están tomadas
las callejuelas, y espero...

BARÓN:
¿Pero, qué ha sido? ¿Qué pasa?

DON PEDRO:
No es cosa, un cierto sujeto
que ignora, según la traza,
con quien las ha, miente, pilla
dinero, adula a mi hermana,
introduce enemistad
en nuestra familia, y causa
mil disgustos... Pero, el tal
picarón, que así nos trata,
o se arrepiente esta noche,
o le enterramos mañana.

BARÓN:
¡Oiga!... Pues...

(Con turbación.)

Señor Don Pedro,
si me permitís que vaya...
Tengo que escribir... Estuve
a buscaros... solo, para
tener el gusto de veros,
y... pues...

DON PEDRO:
Ya estoy.

BARÓN:
Aunque basta
para mayores empresas
la prudencia consumada
que os adorna; si queréis
valeros de mí, me holgara
infinito concurrir
en cuanto yo pueda y valga,
a vuestros fines.

DON PEDRO:
Lo estimo.

BARÓN:
Os tengo afición, y cuantas
veces os miro, me acuerdo
de Pero Núñez de Vargas,
mi bisabuelo. El retrato
que tenemos en mi casa
tanto se os parece, que...

DON PEDRO:
¡Calle! Sí, la misma gracia

BARÓN:
Sí, la misma gracia
de mirar, la ceja corba,
y esa nariz prolongada,
robusta y...

DON PEDRO:
¡Cierto que es buena
fatalidad! Quien pensara
que...

BARÓN:
¿Cómo?

DON PEDRO:
Digo que es fuerte
desdicha. Un señor de tanta
suposición parecerse
a un pobre demonio, es gaita.

BARÓN:
Pues no lo dudéis.

DON PEDRO:
Ya estoy.

BARÓN:
Diez mil escudos me daba,
en onzas de oro, mi primo,
el duque de... Por la tabla
no más.

DON PEDRO:
¿Sin el marco?

BARÓN:
Pues,
sin el marco.

DON PEDRO:
¡Pieza rara
será el tal cuadro!

BARÓN:
Allí tengo
todo lo mejor de Italia...

DON PEDRO:
Buenas noches.

BARÓN:
A más ver,
repito lo dicho, y...

DON PEDRO:
Gracias,
señor Barón.

BARÓN:

(Aparte. Toma una luz y se va por la puerta del foro.)

¡Este viejo
es un talego de maulas!

Escena V

DON PEDRO, ISABEL.

DON PEDRO:
Mucho miedo lleva el nieto
de Pero Núñez... ¡Qué charla
tiene! Y...

ISABEL:
Señor.

DON PEDRO:
Isabel:
¿Qué es eso? ¡Qué acongojada
estás, qué triste!

ISABEL:
¿Queréis
que no lo esté? Ni esperanza
de consuelo tengo ya,
viendo que el ruego no basta,
ni la sumisión, ni el llanto,
ni razones, ni amenazas.
En vano Leonardo quiso
persuadirla y moderarla;
más la irritó.

DON PEDRO:
Ya lo sé
ya me lo ha dicho... Y estaba
enfadadillo además.
En la juventud nos falta
moderación... Ni es posible
usar de aquella templanza
que dan los años. Leonardo
se ve ofendido, mi hermana
es terca, no será mucho
que de una en otra palabra,
la disputa haya venido
a parar, en lo que paran
todas, cuando las pasiones
nos acaloran y arrastran.

ISABEL:
Es verdad, bien lo temí...
Se lo dije; pero estaba
empeñado en verla.

DON PEDRO:
Y bien,
¿cómo ha de ser? Es desgracia
inevitable.

ISABEL:
Tal vez
otras mayores me aguardan.
¿Sabéis que intenta reñir
con El Barón?... Si esto pasa...
Si muere... O vuelve culpado
de un homicidio, ¡qué infausta
victoria! ¡Qué objeto horrible
para mí!

DON PEDRO:
No temas nada,
Isabelita. Valor.
¿Presumes tú que llegara
a tener efecto, haciendo
yo papel en esta farsa?
No por cierto. El tal Barón
no gusta de cuchilladas.
Leonardo, al salir, le dijo
que a las doce le esperaba
ahí fuera. Esta sería
resolución temeraria
y necia, en otra ocasión.
Pero como aquí se trata
de acosarle, de aburrirle,
de obligarle a que se vaya
o que desista, y nos diga
claro y en pocas palabras
que es un tunante, conviene
llenarle de miedo al mandria,
y ya lo está. No hay peligro.
El uno teme y se guarda,
y al otro le guardo yo.
Ten segura confianza
en mí.

ISABEL:
Sólo en vos pudiera
tenerla.

DON PEDRO:
Verás burlada
la malicia de tu huésped.
Verás que tu madre acaba
de conocer hasta dónde
las apariencias engañan.
Sí, consuélate. Ya sabes
que siempre he sido en tu casa
tu amigo y tu protector;
que no hay cosa, por extraña
que fuese, que me detenga,
cuando de tu bien se trata.
¿No te acuerdas de que siendo
chiquitita, me llamabas
el otro papá? ¿Que has sido
alivio de mis desgracias?
Que en esta ocasión, soy yo
quien ha de suplir la falta
de tu buen padre; y hará
que vivas afortunada
y muy contenta... ¿Lo sabes?

ISABEL:
Sí señor, lo sé.

DON PEDRO:
Pues calma
esa agitación.

ISABEL:
Mi llanto,
mi turbación, no la causa
el temor... Ya es alegría,

(Besando la mano a DON PEDRO, y acariciándole.)

ternura, dulce esperanza,
y agradecimiento.

DON PEDRO:
Vamos
un minuto, ¡eso faltaba!

ISABEL:
¡Querido padre!

DON PEDRO:
¡Hija mía!

ISABEL:
¿Me queréis?

DON PEDRO:
Pregunta es vana.
¿No te he de querer? ¿No ves
que a mi también se me arrasan
los ojos?... Pero, tu madre
viene.

ISABEL:
Ya no me acobarda
su vista, pues tengo en vos
un amigo que me ampara.

Escena VI

DON PEDRO, LA TÍA MÓNICA, ISABEL.

TÍA MÓNICA:
¡Oiga!... Los dos en consulta.
¿Qué negocios de importancia
tendrán que tratar? ¿No he dicho

(A ISABEL.)

mil veces que no me salgas
acá afuera?

ISABEL:
Yo salí...

TÍA MÓNICA:
Ya sabes que no me agrada
tanto palique.

ISABEL:
Señora,
sí...

TÍA MÓNICA:
Vete. Tú la levantas
de cascos, tú me la pierdes.

(ISABEL hace una cortesía y se va.)

DON PEDRO:
¿Yo, mujer?

TÍA MÓNICA:
Sí, tú... ¿Qué estabas
diciéndola?

DON PEDRO:
Que te sufra.

TÍA MÓNICA:
Habrás venido a inquietarla,
a llenarla de ilusiones
la cabeza, y que no haga
cosa que la mande yo.

DON PEDRO:
No tal, he venido a causa
de que ya por el lugar
dicen todos que la casas
con El Barón; me preguntan
a mí, que no sé palabra,
y hago un papel infeliz...
¡Es fuerte cosa! No hablan
de otra materia en las tiendas,
en la botica, en la plaza,
en casa del alojero.
¡Y a mí no me dices nada
de este bodorrio!

TÍA MÓNICA:
A su tiempo
lo sabrás; y esos que pasan
la vida en chismotear,
verán después si se engañan,
o aciertan.

DON PEDRO:
Pero, si vieras
qué risa les da, y qué ganas
me dan a mí de rabiar.
¿Quién ha de tener cachaza
para sufrir que se digan
tales cosas de una hermana?
Yo te digo la verdad;
si quieres ver acalladas
esas voces, desmentir
los enredos que levantan
contra ti, cásala presto.

TÍA MÓNICA:
Presto será.

DON PEDRO:
Y que se vaya
ese Barón, o ese infierno,
que nos tiene alborotadas
las cabezas.

TÍA MÓNICA:
Cuando quiera
hallará la puerta franca.

DON PEDRO:
¿Y si no quiere?

TÍA MÓNICA:
Si no
quiere, no tengo yo cara
ni desvergüenza bastante
para echarle de mi casa.
A un señor de su carácter,
a quien he debido tantas
atenciones, ¿te parece
que es regular se le hagan
esos desaires? Tú allá
con tu gramática parda
sabrás mucho; pero en punto
de urbanidad y crianza,
sabes muy poco.

DON PEDRO:
En efecto,

(Siéntase.)

la tal noticia no es falsa.

TÍA MÓNICA:
¿Qué noticia?

DON PEDRO:
La de estar
persuadida y confiada
en que El Barón ha de ser
tu yerno... ¡Ilusión más rara
no se dará!... ¡Vanidad
maldita!, ¡que así nos saca
de juicio y nos pierde!... Un hombre
de tan ilustre prosapia,
primo de condes y duques,
biznieto de Doña Urraca
y chozno del rey Don Silo;
venir a hacernos la gracia
de casarse con tu hija...
¡Qué desatino!

TÍA MÓNICA:
¿A qué llamas
desatino? ¿Por ventura,
te parece cosa mala,
cuando vemos favorable
la ocasión, aprovecharla?
¿Será la primera vez
que un caballero se casa
con una mujer humilde?
¿Quién ignora lo que arrastra
una pasión?

DON PEDRO:
¡Qué pasión,
mujer, ni qué calabaza!
¡Cuidado que!... ¿Dónde has visto
pasiones de esa calaña?
En las comedias que vienen
Príncipes de Dinamarca
vestidos de jardineros
y están de amores que rabian
por alguna pastorcita,
con su zurrón y sus cabras.
Se dicen flores, hay celos,
desdenes, lloros, mudanzas...
Se casan al fin, y luego
salen con la patochada
de que la tal moza es hija
del duque de Transilvania
y otros delirios así;
pero en el mundo no pasa
nada de eso.

TÍA MÓNICA:
¿No?

DON PEDRO:
Jamás.
Y cuando en amores trata
algún señorón con una
jovencilla biencarada,
huérfana, plebeya y pobre,
ojo avizor, que allí hay trampa.
No, señor; los matrimonios
de esa gente no se entablan
por trato y cariño. Cogen
la pluma y en una llana
de papel suman partidas.
Cuatro y dos seis, llevo nada;
ocho y siete quince, llevo
una, y cuatro cinco; sacan
el total al pie, y según
lo que en el ajuste ganan,
hay boda o no hay boda... Y sea
la novia gibosa y chata,
y tuerta, y el novio manco,
vizco, gotoso y con sarna;
conózcanse mucho o nunca
se hayan hablado palabra,
con amor o sin amor...
¡Bendígalos Dios! Se casan.

TÍA MÓNICA:
Eso sí, como te dejen
hablar, piquito no falta,
ni murmuración... En fin,
si te incomoda y te enfada
cuanto digo y pienso, vete.
Déjame en paz, no me traigas
cuentos, ni alborotes más
con esas extravagancias
a tu sobrina. Yo soy
la que debe gobernarla,
sé lo que más la conviene;
nadie como yo se afana
tanto por ella... Es mi hija,
y a este amor ninguno iguala.

DON PEDRO:
¿Y por ese amor, la quieres
precipitar, entregarla
a un hombre desconocido,
trapalón, tuno de playa?...
¡Y tú tan boba!... No ves
que es un pícaro y te engaña,
¿no lo ves?

TÍA MÓNICA:
No, porque tengo
antecedentes que bastan
a persuadirme. Tú no
los tienes, por eso ensartas
tanto disparate.

DON PEDRO:
Pero
yo te concedo de gracia
que es un señor, que él y el rey
meriendan juntos. ¿Qué sacas
de aquí? ¿Le darás tu hija?

TÍA MÓNICA:
¿Tuvieras tú repugnancia
en dársela?

DON PEDRO:
Sí.

TÍA MÓNICA:
Se ve
que no eres su madre, y hablas
como un viejo sin cabeza.

DON PEDRO:
Hablemos claro, hermana.
Ese cariño de madre
que me ponderas con tanta
frecuencia, no es el motivo
que te dirige; y si tratas
de engañarme a mí, no pierdas
el tiempo. Mira, tú rabias
por hacer gran papelón.
Siempre has sido tiesa y vana,
muy amiga de mandar,
enemiga declarada
de quien tiene más dinero,
mejor jubón, mejor saya
que tú. Te comes de envidia
cuando ves que a las hidalgas
las llaman Doñas, te lleva
Dios cuando las ves sentadas
en la iglesia junto al banco
de la justicia, y por darlas
que merecer, por vengarte
de la humillación pasada,
eres tú capaz, no sólo
de entregar esa muchacha
a un hombre indigno, sino
de ponerte a la garganta
un dogal.

TÍA MÓNICA:
¿Yo?

DON PEDRO:
Tú... ¿Qué ideas
tienes tan descabelladas
de grandeza? ¿No es verdad
que ya a tus solas aguardas
el feliz momento, en que
oigas que todos te llaman
Excelencia; que señoría
es cosa bien ordinaria?
¿No es cierto que allá en tu mente
el plan de vida repasas
que has de tener? Coches, modas,
brillantes, sedas y holandas,
mesa para los hambrientos
que por lo que adulan tragan...
Baile, academias, teatros,
solemne robo de banca;
prodigalidad, miseria,
orgullo, bajeza y trampas.
Llamar cultura a la infame
depravación cortesana,
bestia a todo hombre de bien,
y a todo acreedor, canalla...
¿No es ese tu plan? ¿No es esta

(Levantándose.)

la gran fortuna que guardas
a mi sobrina infeliz?...
Y esa ambición insensata,
esa vanidad, ¿te atreves
a desmentirla y llamarla
amor de madre?

TÍA MÓNICA:
¿Me quieres
dejar en paz? Vete, calla.

DON PEDRO:
¿Sabes el mal que apeteces?
¿Sabes tú que donde falta
moderación, no hay placer?
¿Sabes que donde no haya
virtud, no hay felicidad?

TÍA MÓNICA:
Hombre, por Dios, no me hagas
desesperar.

Escena VII

EL BARÓN, LA TÍA MÓNICA, DON PEDRO.

Sale por la puerta del foro con una luz en la mano, que dejará sobre la mesa.

BARÓN:
¿Permitís
que un solo instante os distraiga
de vuestra conversación?

TÍA MÓNICA:
No era cosa de importancia,
y aunque lo fuese...

BARÓN:
Me alegro
de hallaros juntos... Yo estaba
indeciso... Pero es fuerza
salir una vez de tantas
inquietudes; explicarme
con claridad, no dar causa
a disgustos, ni sufrir
en mi decoro la mancha
más pequeña. Yo, señor
Don Pedro, por la desgracia
que acaso sabéis, me vi
en la situación amarga
de abandonar mis amigos
mis conveniencias, mi patria...
Disfrazado, fugitivo,
hube de fingir en varias
partes, nombre y calidad;
y cuando después de tantas
desventuras, vi lucir
algún rayo de esperanza,
vine a este pueblo creyendo
que estar a poca distancia
de la corte me sería
favorable. Vuestra hermana
me vio, la conté mi historia,
condolióse al escucharla,
me hospedó aquí, donde a fuerza
de atenciones no esperadas,
y tal vez no merecidas,
alivio hallaron mis ansias.
Isabel... ¿Cómo pensáis
que fuese fácil tratarla,
sin quererla bien?... Yo os ruego
que no os alteréis, me falta
poco que añadir, y espero
que tendréis la tolerancia
de no interrumpir a quien
por última vez os habla.
Digo que la quise bien;
y aunque su madre os lo calla,
traté de hacerla mi esposa,
en la segura esperanza
de conseguirlo, y creyendo
que vos no perdierais nada.
Pero he visto que en el pueblo
se murmura, se propagan
mil calumnias contra mí.
Hay alguno que nos guarda
la puerta, y tan atrevido
que me insulta y me amenaza;
hay alguno que desprecia
mi carácter, que me trata
de seductor, y...

DON PEDRO:
¿Por quién
lo decís?

BARÓN:
Por nadie, tantas
injurias no las toleran
los Benavides de Vargas...
Con dos renglones pudiera
confundir a quien me agravia,
y... no lo haré... Tengo ya
noticia de que me aguardan
en la corte; mi contrario
está preso, el rey me llama,
quiere verme, y es preciso
que con diligencia parta.
Pero en tanto, no os daré
disgusto. El tiempo que haya
de estar en Illescas (puesto
que hasta pasado mañana
no vendrán mis coches) pienso
alojar en la posada
que cuando vine ocupé,
y os juro que de esta casa
saldré luego que amanezca;
y aunque en el pueblo quedara
muchos meses, nunca en ella
pondré los pies. Ya que tanta
ofensa ha sido aspirar
a esta unión abominada,
ahí os queda la infeliz
Isabel, sacrificadla...
Yo la quise hacer dichosa;
vos no queréis, y esto basta.

TÍA MÓNICA:
¡Válgame Dios! Pero...

BARÓN:
No,
no os canséis.

TÍA MÓNICA:
¡Fuerte desgracia
es esta!... Porque otros digan...
Mientras yo no he dado causa;
mientras la niña está pronta
a lo que su madre manda...
¡Ánimas benditas, pues
cierto!... ¿Y tú qué dices?

DON PEDRO:
Nada.
que El Barón habla muy bien,
que le tomo la palabra,
que si la cumple, debemos
darle todos muchas gracias...
Y que me voy a acostar.

TÍA MÓNICA:
¡Qué necedad, qué ignorancia!
¡Si es muy tonto!... Pero yo,
Señor, por qué...

DON PEDRO:
Consoladla,
Señor Barón.

BARÓN:
No hay remedio.

TÍA MÓNICA:
¡Qué mujer tan desdichada!

BARÓN:
Es preciso hacerlo así,
lo exigen las circunstancias;
mi estimación es primero
que mi amor.

DON PEDRO:

(Aparte.)

¡Que zalagarda
me ha querido armar!... Adiós,
Mónica, duerme y descansa.
Señor Barón, buenas noches.
¿Quedamos en que mañana,
luego que amanezca?...

BARÓN:
Sí.

DON PEDRO:
¿Os iréis a la posada?

BARÓN:
Ya lo he dicho.

DON PEDRO:
¿Y no volvéis
aquí?

BARÓN:
No.

DON PEDRO:
¿Y así que os traigan
el equipaje, los tiros
y las carrozas de nácar,
os vais?

BARÓN:
Me iré.

DON PEDRO:
Lindamente.

(Aparte.)

Pues con todo, no me engañas.

Escena VIII

EL BARÓN, LA TÍA MÓNICA.

TÍA MÓNICA:
¿Qué es lo que pasa por mí?
¿Señor Barón de mi alma,
qué es esto?

BARÓN:
Ver si por medio
de un artificio, se calma
la envidia, el odio, el furor
de esa gente temeraria.

TÍA MÓNICA:
¿Qué decís?

BARÓN:
Ficción ha sido;
jamás han salido vanas
mis promesas, no temáis.

TÍA MÓNICA:
Yo al escucharos estaba
muerta, muerta... Si quisieran
sangrarme, no me sacarán
gota de sangre.

BARÓN:
Lo creo.
Pero todo ha sido traza
para deslumbrarle.

TÍA MÓNICA:
Bien,
bien hecho.

BARÓN:
Fue necesaria
precaución... Pero escuchad
lo que se ha de hacer, sin falta.
Mañana pasaré el día
en el mesón: cuando caiga
la noche saldré de Illescas,
dejo en Toledo encargada
al Arcediano la mula,
tomo su coche, y me plantan
las colleras de un tirón,
antes que anochezca, en Parma,
un lugarcito pequeño,
el primero que se halla
de mis estados, cruzando
el lago de Nicaragua.
Hoy es lunes, bien; estoy
el miércoles en mi casa,
jueves, viernes... sale justa
la cuenta. Estad preparadas,
tenedlo todo dispuesto,
y el sábado sin tardanza
ninguna, recibiréis
a media noche una carta,
que os dará mi mayordomo.
Y al instante, acompañadas
de él, y de un negro, salís
adonde el coche os aguarda,
y... ya lo he dicho, el domingo
se logran mis esperanzas.
¿Con qué, estáis? A media noche...

TÍA MÓNICA:
Sí, sí, ya estoy enterada;
el sábado. Bien está.

BARÓN:
Ved que en esa confianza
me voy, y os espero.

TÍA MÓNICA:
¿Pues,
Señor, teméis que no vaya?
Aunque fuera menester
ir solas, a pie y descalzas,
fuéramos, vivid seguro.

BARÓN:
Podéis llevar la criada
también, para que os asista.
Y advertid que se levanta
ya un fresquecillo al salir
el sol, que molesta y daña.
Cuidado, abrigarse bien;
porque aunque tiene persianas
el coche, pieles y estufa,
estáis algo delicada
y es bueno cuidarse.

TÍA MÓNICA:
Así
lo haré.

BARÓN:
Si esto se llegara
a saber, tal vez sería
cosa muy aventurada.
Ya veis que en Madrid me ofrecen
una rica mayorazga,
hermosa, ilustre. Su padre
es caudatario del Papa,
su primo, duque de Ultonia,
nobleza más acendrada
que la suya, más antigua,
es imposible encontrarla
aunque expriman la de todos
los príncipes de Alemania.
No es fácil, pues, renunciar
a este enlace sin que haya
desazones, y a este fin
pienso escribir unas cartas,
para evitar desde luego
que vengan por mí, con varias
excusas que fingiré.
De esta manera se gana
tiempo... Pero a nadie, a nadie,
habéis de decir palabra.

TÍA MÓNICA:
Bien está, señor.

BARÓN:
A nadie.
y cuando digan mañana
o esotro, que me marché,
fingid que no sabéis nada.

TÍA MÓNICA:
Bien está.

BARÓN:
Disimulad
el corto tiempo que falta;
idme a buscar, logre yo
la posesión suspirada
de Isabel, y hasta ese punto
nadie entienda lo que pasa.

TÍA MÓNICA:
Ya, ya estoy.

BARÓN:
Después veréis
que en esta dicha os alcanza
aún más de lo que esperáis.

TÍA MÓNICA:
Pues, señor, ¿qué más?...

BARÓN:
Pensaba
en no decíroslo; pero,
hablemos en confianza.
¿Vos, qué edad podéis tener?
Estáis fresca, bien tratada,
robusta y ágil... Es cierto
que no deja de hacer falta
la dentadura.

TÍA MÓNICA:
¡Ay, señor!
¡que no es la vejez la causa!
Jaquecas y corrimientos
y pesadumbres...

BARÓN:
Mi hermana
la vizcondesita, cumple
veinte y dos años por Pascua,
y está lo mismo que vos:
y porque no se la caiga
un diente que la ha quedado,
sólo come cosas blandas:
sémola, huevos mejidos,
puches, y así... La obstinada
tos que padecéis, los flatos,
la debilidad y náuseas
del estómago, se curan
mudando de temple y aguas
y alimentos. Con un poco
de ejercicio, y unas cuantas
friegas que os den, se disipa
la hinchazoncilla que carga
a las piernas, y en dos días
os hallaréis fuerte y apta
para las segundas nupcias.

TÍA MÓNICA:
¿Quién, yo?... Pero, señor... ¡Vaya!
¡Jesús, qué calor!

BARÓN:
Amiga,
la viudez desconsolada
es un estado terrible,
y en él las jóvenes pasan
muchos trabajos... A ver,
un polvo.

TÍA MÓNICA:
Y en la de plata.

(Saca una caja y se la da a EL BARÓN, el cual después de tomar un polvo se la guarda como distraído.)

BARÓN:
Mi tío, de quien algunas
veces os hablé, se halla
viudo y sin hijos; si muere,
todos sus estados pasan
a un extranjero, cuñado
del hospodar de Valaquia;
y esto es doloroso.

TÍA MÓNICA:
Cierto,
siendo un nación.

BARÓN:
Yo tomara
que fuese nación no más,
pero lo que nos enfada
es, que además de extranjero,
es hereje.

TÍA MÓNICA:
¡Virgen santa!
¡Hereje!

BARÓN:
Pues, ved qué gusto
nos dará, que si mañana
llegase a faltar el tío,
todos sus bienes los haya
de gozar aquel mastín;
que no entiende una palabra
de español, ni sabe el credo,
ni va a misa.

TÍA MÓNICA:
¡Qué canalla!

BARÓN:
Ni ayuna, ni...

TÍA MÓNICA:
¡Picarón!

BARÓN:
Pues por eso se pensaba
hacerle una burla; el tío
está en lo mismo y se allana
a todo. El fin es casarle.
Y si la novia se encarga
de darle en dos o tres años
dos o tres chiquillos, basta.
No piden más, y el otro
se queda tocando tablas.
Conque ved si...

TÍA MÓNICA:
Yo, Señor,
aunque, a la verdad, estaba
bien ajena de pensar
en eso..., pero se trata
de serviros y podéis
mandarme como a una esclava.
Y en todo aquello que yo
pueda, y...

BARÓN:
Bien.

TÍA MÓNICA:
Si estoy turbada,
Señor, y no sé...

BARÓN:
Al instante
quiero escribir lo que pasa
al príncipe vuestro esposo,
que está esperando con ansia
la resolución.

TÍA MÓNICA:
Decidle
mil cosas.

BARÓN:
Ya estoy.

TÍA MÓNICA:
Y gracias
infinitas.

BARÓN:
Bien. Ahora
voy a poner esas cartas.
Cuidad que no suba nadie
por allá arriba, ni hagan
ruido.

TÍA MÓNICA:
Bien está.

BARÓN:
Porque
al instante que las haya
cerrado, me iré a dormir.

TÍA MÓNICA:
¿Sin cenar?

BARÓN:
No tengo gana;
he comido bien.

TÍA MÓNICA:
Siquiera
unas sopas.

BARÓN:
Nada, nada.

TÍA MÓNICA:
O un huevecito escalfado.

BARÓN:
No, no es menester. Mañana
llevará un posta los pliegos
a Madrid, y así que él parta,
me voy al mesón... Adiós.
Un abrazo.

(Abrazándola.)

TÍA MÓNICA:
Y mil.

BARÓN:
Honrada
dueña.

TÍA MÓNICA:
Servidora vuestra.

BARÓN:
Adiós... La ausencia no es larga.

TÍA MÓNICA:
Con todo, señor, si ahora
no llorase, reventara.

(Enternecida y enjugándose las lágrimas. Toma una de las luces para ir alumbrando a EL BARÓN, el cual se la quita; la coge de la mano, se la besa respetuosamente, y se va con la luz por la puerta del foro.)

BARÓN:
Hasta el domingo... ¿Qué hacéis?

TÍA MÓNICA:
Alumbraros.

BARÓN:
No faltaba
más.

TÍA MÓNICA:
Pero si yo...

BARÓN:
Vos sois
mi madre, no mi criada.

Escena IX

TÍA MÓNICA:

(Sola.)

¡Bendito, bendito, amén!
¡Con qué respeto me trata
el pobrecito!... ¡Qué humilde!
Si a boca llena me llama
su madre... Pero, no dice
bien, no señor... Si me faltan
algunos dientes, también
tengo las muelas muy sanas,
gracias a Dios... Ni me huele
la boca, ni... Pues me agrada
la especie de... ¡Bueno fuera
que nos viniese de extranja
el otro bribón, aullando
en su lengua chapurrada!...
¡Maldito!... Pues aunque él viva
más años que Mariblanca,
yo le juro que no lleve
ni un alfiler, ni una hilacha.
No señor, todo a los niños...
¡Ay! ¡Hijos de mis entrañas!
¡Angelitos!... ¡Sí, pues, poco
los querrá su padre! ¡Vaya!

Escena X

PASCUAL, LA TÍA MÓNICA.

PASCUAL:
Pues, señor, ya fui allá,
y dije que le esperaban
al instante.

TÍA MÓNICA:
¿A quién?

PASCUAL:
Al sastre.

TÍA MÓNICA:
¿Después de dos horas largas,
te vienes con eso?

PASCUAL:
Pues,
fui y dije, digo: el ama
está esperando al señor
Juan, y dice que le aguarda,
que no deje de ir corriendo,
corriendo, porque hace falta
que vaya, y...

TÍA MÓNICA:
¿Bien, y qué dijo?

PASCUAL:
¿Quién, él? Él no ha dicho nada.

TÍA MÓNICA:
¿Pues qué, no le has visto?

PASCUAL:
Yo,
no por cierto.

TÍA MÓNICA:
¿Qué, no estaba?

PASCUAL:
Sí, señora.

TÍA MÓNICA:
¿Y no le dieron
el recado?

PASCUAL:
La Colasa
se le dio.

TÍA MÓNICA:
¿Con qué vendrá?

PASCUAL:
¡Qué ha de venir!

TÍA MÓNICA:
Pues, acaba,
¿Por qué no viene?

PASCUAL:
Porque
parece que esta mañana...
Pues, señor, el pobre sastre
subió a poner unas tablas
al palomar, y una red
para tapar la ventana,
y estando allí se le fue
la cabeza, como andaba
clavando clavos, y el pelo
se le enredó en una escarpia...
Y desde allí se cayó
sobre el palo donde enganchan
la garrucha cuando tienen
que subir sacos de paja;
y desde allí se cayó
al tejado de la Marta;
y desde allí cayó al suelo
y desde allí, por la trampa
de la cueva, zas, cayó
a la cueva, porque estaba
sin cerrar; y desde allí
se cayó en una tinaja
de aguardiente... Y desde allí,
le llevaron a la cama;
y mientras esté acostado
no quiere salir de casa...
Conque no puede venir.

TÍA MÓNICA:
Soy en todo afortunada;
porque tanto cuando yo
le llamo, se descalabra.
Toma esa ropa... Cuidado,

(Harán lo que denotan los versos.)

y llévala adentro... Aguarda,
¿no ves que lo arrugas todo?

PASCUAL:
Es porque no se me caiga.

TÍA MÓNICA:
¡Mira qué aliño!

PASCUAL:
Si...

TÍA MÓNICA:
Suelta;
Fermina vendrá a doblarla;
déjalo.

PASCUAL:
Bien.

TÍA MÓNICA:
Oye, di:
¿Por qué dejaste que entrara
Leonardo esta tarde?

PASCUAL:
¿Yo?
Porque... luego se me pasa
todo... Ya no sé por qué.

TÍA MÓNICA:
Cuidado con que le abras
la puerta otra vez... ¿Estás?

PASCUAL:
Ya estoy.

TÍA MÓNICA:
Mientras no le llaman,
no hay para qué venga. Dile,
si vuelve otra vez: que el ama
te ha dicho que no le dejes
subir que está fastidiada
de él, que no quiere ni oírle
ni verle más, que se vaya.
¿Lo entiendes?

PASCUAL:
Pues ya se ve
que lo entiendo. Si yo estaba
en lo propio, y cuando vino
dije, digo: no está en casa
el ama, y él dice: tonto,
si la he visto a la ventana...
Con que entró, y aquí se estuvo.
Salió después... Yo pensaba
que no volviera, y a poco,
cátale otra vez. Se para
a la puerta, y dice... No.
Entonces no dijo nada,
cogió y se entró derechito,
sin hablar una palabra;
con que yo, como le vi
así, que no preguntaba
cosa ninguna...

TÍA MÓNICA:
¿Dos veces
estuvo?

PASCUAL:
Dos... Pues si anda
siempre... ¡Toma!... Y hace señas...
Y anoche, a las once dadas
estuvo cantando, y...

TÍA MÓNICA:
Bien,
ya lo sé.

PASCUAL:
No era guitarra,
era otra especie de...

TÍA MÓNICA:
Sí,
ya estoy.

PASCUAL:
De instrumento.

TÍA MÓNICA:
Calla
¡Picarones!... Todos, todos
son contra mí, todos tratan
de burlarme, pero yo
les prometo...

(No atiende a lo que dice PASCUAL, y se va con mucho enfado.)

Escena XI

PASCUAL:

(Solo.)

Pues cantaba
unas coplas... Eso sí,
Las coplas eran muy guapas,
y... ¡Calle, ya se marchó!
Si está medio espiritada
esta mujer... ¡Ay, qué rico

(Acércase adonde está la ropa; desdobla una bata y la examina con admiración.)

zagal!... No señor que es bata,
y con su cola y sus vuelos
largos, y sus cintas... ¡Anda
majo!... ¡Y como ruge! Apuesto
que a mí me viene pintada.
¡Vaya, vaya, estas mujeres
que cosas tan buenas gastan!
Y es bien anchota... Probemos.

(Se pone la bata, mírase a un espejo y empieza a pasearse afectando ademanes mujeriles.)

A ver... ¡Qué!, si está cortada
para mí... ¡Pobre Pascual,
siempre vestido de lana
churra!... ¡Ay! ¡Qué guapo! Así va
la médica por la plaza;
lo mismo, lo mismo, así.

Escena XII

PASCUAL, FERMINA, LA TÍA MÓNICA.

FERMINA:
¿Qué estás haciendo? ¡No es mala
la diversión!

PASCUAL:
¡Ay! ¡Qué susto
me has dado!

FERMINA:
Vamos, despacha

(Harán lo que indica el diálogo.)

Ropa fuera... ¡Se habrá visto
mayor zangandungo!

PASCUAL:
Vaya,
no te enfades... tira...

FERMINA:
Poco
a poco, que me lo rasgas.
¡Por vida de!...

PASCUAL:
No te enfades,
mujer.

TÍA MÓNICA:
Fermina.

(Llamando desde adentro.)

FERMINA:
¡Ay! que llaman.

PASCUAL:
¿Qué te parece, si viene
y nos pilla?

FERMINA:
Me alegrara.

PASCUAL:
Como está sobre la chupa
se arruga todo y se atasca.

TÍA MÓNICA:
Fermina.

(Vuelve a llamar desde adentro.)

PASCUAL:
¡Válgate Dios!
Tira mujer.

FERMINA:
Si no alargas
un poco el brazo ¡Ay, que viene!

PASCUAL:
Ya se ve que viene.

FERMINA:
Marcha,
corre.

PASCUAL:
¿A dónde?

FERMINA:
¿Qué sé yo?
Al desván.

PASCUAL:
Arriba patas
al desván... Oyes, por Dios,
que no digas...

(Hace que se va, y vuelve.)

FERMINA:
Corre y calla.

(Vase PASCUAL por la puerta del foro, con la bata a medio quitar, y arrastrando.)

Escena XIII

FERMINA, LA TÍA MÓNICA.

TÍA MÓNICA:
¿Dónde estás, sorda, que grito
como una desesperada
y no respondes?

FERMINA:
Aquí,
doblando esta ropa.

TÍA MÓNICA:
Acaba
presto, y danos de cenar.

FERMINA:
¿Son las nueve?

TÍA MÓNICA:
Poco falta.

FERMINA:
¿Pero, no he de hacer la sopa
de almendra?

TÍA MÓNICA:
No, que no baja
el señor Barón. Está
escribiendo, y cuando haya
cerrado sus pliegos, quiere
recogerse.

FERMINA:
¡Cosa extraña!
Sin cenar... no lo acostumbra.

TÍA MÓNICA:
Oyes, mira que mañana,
a eso de las cinco,
debe salir. Tenle preparada
la manteca, el chocolate,
bollos, agua de naranja;
en fin, lo que toma siempre,
¿Estás?

FERMINA:
Bien.

TÍA MÓNICA:
Deja entornada
la ventana, que si no
cuando estás entre las mantas
y a oscuras, eres un tronco.

FERMINA:
¿Con que en efecto se marcha
El Barón? ¿Y qué, no lleva
una tortilla con magras,
o un poco de...?

TÍA MÓNICA:
Si no sale
del lugar.

FERMINA:
¡Ay, desdichada!
¿Con que vuelve?

TÍA MÓNICA:
No por cierto.
Nos deja, se va de casa,
y no vuelve más.

FERMINA:
Agur
¿Pero, cómo...?

TÍA MÓNICA:
Ya me enfada
tanto preguntar. Recoge

(Ladra un perro a lo lejos.)

esos vestidos, y saca
la cena, y déjame en paz.
Pero... ¿Qué es eso?

FERMINA:
Que ladra
el Turco.

TÍA MÓNICA:
¡Si aquel zopenco
de Pascual!... ¡No hay quien les haga
entender!... Le tengo dicho
que me le deje en la cuadra
encerrado... Él se alborota
con un mosquito que pasa.

(Vuelve a ladrar.)

FERMINA:
Ladra mucho... No haya gente
en el corral.

TÍA MÓNICA:
Pues si estaba
durmiendo el señor Barón,
cierto que... Mira quien anda
en la escalera.

FERMINA:
¿Quién es?

Escena XIV

PASCUAL, LA TÍA MÓNICA, FERMINA.

PASCUAL:
¿Quién ha de ser? La fantasma.

TÍA MÓNICA:
¿Pues de dónde vienes?

PASCUAL:
Yo
lo diré... Porque la gata,
como maya tanto... digo,
si se queda allí encerrada
y empieza a rabiar... Con que
fui... ¡Pero qué! Si se escapa
y... vete a cogerla... ¡ya!
Michita, michita, nada
miz, miz, miz... Un arañazo
me tiró que...

(Ladra el perro.)

TÍA MÓNICA:
¿Cómo ladra
tanto ese perro?

PASCUAL:
Sí... ¡Calle!
Lo mejor se me olvidaba.
¿Pues no ha de ladrar el pobre
chucho? Yo también ladrara.
¡Toma!... Y cuenta que es verdad;
que desde aquella ventana
de arriba..., no la grandota
donde están las alcarrazas,
sino la de más allá...

TÍA MÓNICA:
¿Y bien, qué?

PASCUAL:
Se descolgaba
El Barón poquito a poco.

TÍA MÓNICA:
Calla, bruto.

PASCUAL:
¡No, que es chanza!
Si le he visto yo.

FERMINA:
¿De veras?

TÍA MÓNICA:
Anda, ve, mete en la cuadra
el perro; y duerme, que estás
perdido de vino.

PASCUAL:
Vaya
con Dios... pero yo le vi.

TÍA MÓNICA:
¿Qué has de ver, tonto?

PASCUAL:
Si estaba
yo en el desván, y le vi.
¡Dale!... Y con la soga larga
del tendedero, a la cuenta.
¿Qué sé yo?... Debió de atarla...
Ello, yo le vi, y el pobre
Turco se desgañifaba;
huauh, huauh, huauh...

Escena XV

ISABEL, LA TÍA MÓNICA, FERMINA, PASCUAL.

ISABEL:
¿Madre, no habéis
sentido el rumor que anda
en la calle? Gritos, golpes...
Yo estoy atemorizada.
Parece que alguno de ellos
iba huyendo, y le acosaban
otros...

TÍA MÓNICA:
¿Y bien, qué tenemos?
Serán los mozos, que pasan
de ronda.

(Suena a lo lejos un tiro.)

¡Válgame Dios!
¿No ha sonado un tiro?

ISABEL:
Calla.

FERMINA:
¿Qué será?

PASCUAL:
¡Qué miedo!

ISABEL:
Vamos
a la reja de la sala.

TÍA MÓNICA:
Alguna quimera que
al cabo no será nada...
Vamos.

(Suenan golpes en la puerta de la calle.)

PASCUAL:
¡Ay!

ISABEL:
¡Qué golpes!

TÍA MÓNICA:
Lleva
esa luz, mira quién llama.

PASCUAL:
¿Y he de abrir?

TÍA MÓNICA:
Si no conoces
quien es, no.

TÍA MÓNICA:
Fermina, baja
con él.

PASCUAL:
Mucho miedo llevo:
Fermina no te me vayas,

(FERMINA tomando una luz se va con PASCUAL. Continúan los golpes en la puerta.)

Los dos juntitos.

FERMINA:
¡Qué prisa
tienen! Ya van.

TÍA MÓNICA:
¡Es desgracia
por cierto! Precisamente
esta noche que me encarga
que nadie suba, que nadie
le incomode, ni distraiga,
porque tiene que escribir,
y ha de recogerse, para
madrugar... ladridos, voces
carreras, tiros, patadas,
alboroto... Si anduviese
por el lugar una sarta
de diablos, no hubieran hecho
mayor estrépito.

Escena XVI

LA TÍA MÓNICA, ISABEL, DON PEDRO, FERMINA.

PASCUAL. Saldrá DON PEDRO muy alborotado. PASCUAL saca un atadillo que pondrá sobre la mesa. FERMINA delante de ellos con la luz.

DON PEDRO:
Hermana,
Isabel, albricias, nuestro
huésped cumplió su palabra.

TÍA MÓNICA:
¿Cómo?

ISABEL:
¿Qué decís?

DON PEDRO:
Que ya
no tenéis Barón en casa.
Tal prisa lleva, que habiendo
puerta, eligió la ventana
para salir. Y pudiendo
irse en carrozas doradas,
con tiros napolitanos,
lacayos, pajes y guardias,
por el camino de Esquivias
va, que el diablo no le alcanza.
Pacorrillo, el sacristán,
y el chico de la Tomasa,
nuestra vecina, que son
dos galgos si se desatan,
le siguen; pero yo temo
que su diligencia es vana.
Él al principio se quiso
hacer el guapo; dispara
una pistola, erró el tiro,
y a consecuencia descargan
dos o tres palos en él,
tan fuertes, que si le plantan
otro igual... Bien que no quiso
su fortuna que acertaran.
Entonces, tirando al suelo
ese hatillo que llevaba,
dio a correr, y según va,
sus pies no son pies, son alas.

TÍA MÓNICA:
Fermina, ven, que me quieren
volver loca, ven.

(Coge una de las luces, se va apresuradamente por la puerta del foro, y FERMINA detrás.)

Escena XVII

DON PEDRO, ISABEL, PASCUAL, LEONARDO.

DON PEDRO:
Desata
ese rebujo, y veamos
el equipaje y las galas

(PASCUAL desata el envoltorio, poniendo en la mesa lo que saca de él.)

de aquel caballero... ¿Y tú,
niña, no me dices nada?

ISABEL:
Confusa estoy... De alegría
no acierto a decir palabra.
Pero... ¿y Leonardo?

DON PEDRO:
Leonardo
no se ha muerto, ni le matan,
ni corre peligro... Mira,

(Saldrá LEONARDO, fatigado y lleno de polvo, y se sienta.)

ya está aquí, ¿le ves? Ensancha
ese corazón... ¿Qué nuevas
nos das?

LEONARDO:
Que El Barón se escapa;
tal ligereza de piernas
jamás la vi.

DON PEDRO:
Que se vaya
enhorabuena... ¡Quién sabe!
Tal vez el susto que acaba
de llevar, será su enmienda.
Así el infeliz se salva
de un presidio; en donde lejos
de reprimirse las malas
inclinaciones, se aumentan;
donde los delitos hallan
castigo, no corrección.

Escena XVIII

LA TÍA MÓNICA, FERMINA, DON PEDRO, ISABEL, LEONARDO.

LA TÍA MÓNICA, llena de abatimiento, se sienta junto a la mesa.

FERMINA:
¡Marchose por la ventana
el pícaro! Allí no hay más
que una chupa desgarrada,
un sombrero viejo, un par
de calcetas... nuestra bata
de boda, en una gatera,
cubierta de telarañas;
la cuerda que le ha servido
de escalera, y unas chanclas.

DON PEDRO:
Aquí debe aparecer
lo demás. Mira, una caja,

(Irá mostrando lo que dicen los versos.)

y ésta es la tuya, un pedazo
de galón, una cuchara
de plata...

FERMINA:
¡Qué picardía!
La que le di esta mañana
con el vaso de conserva.

DON PEDRO:
Un estuche, dos barajas,
un anillo... también tuyo...
y a que hay dinero... Él estafa,
pero restituye.

FERMINA:
Es hombre
de conciencia delicada.

TÍA MÓNICA:
Bien está; dejadme sola;
idos, que ya es tarde... Baja,
Pascual, y cierra las puertas.
Idos.

DON PEDRO:
¿Qué pasión te afana?

TÍA MÓNICA:
¡Picarón!... ¡Maldito!... ¡y yo
tan sencilla, tan bonaza!
¡Y burlarme así!

ISABEL:
¡Querida
madre!

LEONARDO:
No es tiempo de tanta
aflicción.

DON PEDRO:
Un error breve,
que no ha producido infaustas
resultas, puede ser útil;
porque instruye y desengaña.
Quisiste salir de aquella
humilde esfera en que estabas,
y te expuso esta ilusión
a un abismo de desgracias.
Horror me da contemplar,
cuantos males preparaba
tu ceguedad.

TÍA MÓNICA:
Ya lo veo,
y eso me angustia y me mata.

DON PEDRO:
Mira tu consuelo aquí.
Sobrina, llega y abraza
a tu madre.

(ISABEL abraza con ternura a su madre. DON PEDRO asiendo de la mano a LEONARDO le obliga a que se acerque. ISABEL y LEONARDO se arrodillan a los pies de TÍA MÓNICA.)

TÍA MÓNICA:
¡Ay, Dios!

DON PEDRO:
Tus hijos
son estos, y sólo aguardan
tu bendición para ser
felices... No temas nada,
Leonardo, llega; que ya
mudaron las circunstancias.

TÍA MÓNICA:
Es verdad... ¡Ay! ¡Hija mía!...

(Abrazando con ternura a ISABEL y a LEONARDO.)

Y tú... perdóname tantas
locuras, Leonardo... Tuya
es Isabel.

LEONARDO:
¡Madre!

(Los dos besan la mano a LA TÍA MÓNICA, se levantan y abrazan a DON PEDRO.)

ISABEL:
¡Amada
madre!

TÍA MÓNICA:
Perdonadme.

(Se levanta y se acerca a DON PEDRO, que asiéndola de ambas manos, la habla cariñosamente.)

DON PEDRO:
¿Ves
como a este placer no iguala
otro ninguno? Esta es
la felicidad más alta,
esta... y los sueños que excita
la ambición, promesas falsas.
Vive contenta en el seno
de tu familia, estimada,
querida y en dulce paz;
que el fausto, la pompa vana
de las riquezas no pueden
hacer que disfrute el alma
estas dichas... ¡Infeliz
el que no sabe apreciarlas!


Publicado el 19 de septiembre de 2018 por Edu Robsy.
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